¡Hola a todos! ¿Qué tal? Yo matada... ¡En serio! Estoy de vacaciones de Semana Santa (ya terminándolas) y no lo he notado más que porque he estado en casa, y he dormido más por la mañana. Los profesores de la universidad quieren matarme, os lo digo yo ¬¬ Si sufrís de insomnio, os recomiendo que os leáis a Cicerón. ¡Fulminante! He llegado a dormirme hasta en el gimnasio, cuando lo leía mientras hacía cycling jejeje¡GRACIAS POR SUPERAR LOS 200 REVIEWS! Soy feliz :D
En fin, no lleváis un mes esperando para que yo os cuente mis problemas jeje, respondo a anónimos y seguimos con la historia:
Roxanne Potter: ¡Hola guapa! ¿Qué tal? Sé que los nuevos son algo raros, pero si son normales no tienen gracia jejeje de todas formas os quedaba por conocer a la tercera, que es la normal :P de los ligones hay en todas partes, y ya que Sirius ya no está en circulación, había que poner a alguno :P además, sin saberlo hará una buena labor ;) La francesa sí es semi-veela, ¿por qué dices que no lo parece? ¿No viste que todos se quedaban obnubilados con ella? No la gusta que la miren, porque quería ponerla con una personalidad algo distinta a lo acostumbrado. No es una veela al completo, por lo que no tiene por qué tener su carácter egocéntrico, y hay gente que de verdad no le gusta llamar la atención solo por el físico. Ten en cuenta que deben sentirse poco apreciadas si nunca quieren mirar su forma de ser... Sirius se pasó bastante diría yo jeje no es normal que se comporte de esa forma ni con su novia, porque no es como si ella estuviera haciendo nada malo. A veces es un poco egoísta, y sí, está confundido. Pero no te puedo decir con quién se quedará, no tiene gracia jejeje De las cajas... en este capítulo verás que la cosa avanza, aunque no sé si del modo deseado! Espero tu opinión, un besazo!;))
Io: Me alegro que te gustara el capítulo! Espero tu opinión en este también. Un beso ;)
Bueno, quiero informaros de una noticia, a ver qué os parece, y si me apoyáis la llevaré adelante: Quiero hacer una precuela de esta historia. Significa escribir el antes de que comenzara, y había pensado escribir un mini-fic de seis capítulos, uno por cada año en Hogwarts de estos diablillos, para que vierais lo que yo veo de su pasado. No tengo fecha para publicarla, pues esta historia también me lleva mucho tiempo (que no me sobra, por cierto) y es mi prioridad, pero quería saber vuestra opinión al respecto. Le agradezco a Popis su apoyo, pues ella fue la primera en saberlo. ¡Un besazo guapa! ;))
Sin más, quiero dedicar este capítulo a los afectados por el terremoto de Chile del febrero pasado, y espero que ninguno de vosotros haya sido afectado de ningún modo. Evidentemente, mis pensamientos también están en Haití, que siguen sufriendo.
No soy J.K. Rowling, y Harry Potter no me pertenece. AVISO que este capítulo puede tener situaciones y descripciones fuertes que pueden dañar la sensibilidad. Lo leéis bajo vuestra responsabilidad.
"JURO SOLEMNEMENTE QUE ESTO ES UNA TRAVESURA"
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Capítulo 30: Descubiertos.
La luna estaba en lo más alto del cielo. El cuarto menguante reinaba esa noche, dejando una oscuridad que no presagiaba nada bueno. Oscuro como los planes que se preparaban en ese lugar.
El pueblo era pequeño. De él solo llamaba la atención la mansión que se erigía sobre una colina. Antaño esa gran casona pudo ser señorial y grandiosa, pero en aquel entonces tenía un aspecto completamente siniestro. La hiedra tapaba toda la fachada de piedra, y los grandes ventanales, que en buenos tiempos iluminaban el gran salón de la mansión, estaban cegados con tablas desquebrajadas.
En el interior, las habitaciones estaban en penumbra, y en la única que había algo de luz, un tímido rayo de luna se colaba por los huecos que habían dejado las tejas del tejado. Era una habitación con muebles antiguos y sucios, donde la chimenea estaba prácticamente apagada, aún conservando restos de llamas. La gran reunión había terminado, y en la estancia solo quedaban dos hombres.
El primero, joven, con una ancha barriga, y de cabello claro, estaba sentando con tensión en una destartalada silla de madera. El otro hombre, alto, delgado, y con aspecto inhumano, se paseaba pensativamente por la habitación, mientras se llevaba una mano a la barbilla de forma pensativa, analizando toda la información que le habían traído. En un momento dado miró al joven, y una sonrisa burlesca atravesó su rostro, pero la corrigió antes que este le viera, transformando su expresión en un intento de sonrisa cómplice.
- ¿Sabes dónde nos encontramos, muchacho?
El joven pareció alterarse al ser hablado. Había estado metido en sus pensamientos. Miró a Lord Voldemort con una expresión entre interrogante, y algo temerosa. El hombre fingió no percatarse y continuó con su jovial conversación.
- Era la casa de mis queridos abuelos –le explicó con una risa fría-. Les maté a ellos y a mi adorado padre en esta misma estancia. Aquí estaban cuando llegué, cenando tranquilamente, con sus mugrosas ropas de muggles ricos. A mi padre fue al primero que maté, ni siquiera le di tiempo a preguntarse el por qué del parecido entre él y yo –parecía disfrutar con el recuerdo, y su siervo tuvo un escalofrío al oír de nuevo su risa fría. Sabía que la ira de ese hombre era mortífera, y por primera vez temía que fuera dirigida hacia él por sus pocos adelantos. Voldemort se había quedado observando pensativo las llamas de la chimenea, y apartó la mirada. Captó la mirada interrogante del joven, y sonrió macabramente-. No entraré en detalles de esto, pero desde luego ya sabes que eran indignos. No podía conservar semejantes manchas en mi noble linaje. Pero bueno, muchacho. Tú me entiendes perfectamente cuando digo que no se puede elegir a la familia, ¿no es así?
El aludido asintió más seguro que en ningún momento en esa conversación. La convicción de aquella afirmación le había llevado hasta allí. Voldemort dio una vuelta sobre sí mismo, y se sentó en el butacón que había frente al joven, invocando con la varita una botella de wiskhy de fuego, y dos copas. La primera la condujo hasta el regazo de su acompañante, y la segunda la cogió con sus delgados y afilados dedos.
- Pero no te he pedido que te quedes para rememorar mi historia familiar. Las cajas. ¿Por qué han pasado dos semanas desde que conseguimos la primera, y solo tengo esa?
- Mi... mi señor, verá... –comenzó a titubear el joven al sacarse el tema que tanto temía-. No he tenido muchos avances en la investigación desde la última vez...
- ¡Es irrelevante chico! –exclamó Voldemort interrumpiéndole, y soltando la copa con fuerza contra la mesa-. Tú me aseguraste, cuando comenzamos la empresa, que podrías ofrecerme todas las cajas en un mes a lo sumo, en cuanto tuviéramos la poción rastreadora. Muy bien. Mi fiel elaborador de pociones la hizo sin ningún problema, y la tengo en mi poder desde hace dos semanas. Sin embargo, solo tengo una caja.
- Es que... la que usted me pidió, Señor. Es más difícil... yo...
Con un movimiento de varita, la botella de wiskhy salió volando y se estrelló contra la chimenea. El joven se encogió en su asiento, temiendo que tan temida vara se volviera contra él, como ya había visto con sus compañeros mortífagos.
Sin embargo, pareció tener suerte en esa ocasión. Voldemort inspiró pesadamente, y le miró con sus ojos como rendijas, analizándole. Parecía que su furia se había desvanecido. Un segundo después, le clavó la varita en el cuello, dificultándole la respiración, y acercó su cara de serpiente a la suya.
- Te daré el beneficio de la duda. Tráeme otra caja. La que sea, ni siquiera te pido la complementaria. Tienes un día.
Apartó la varita con furia, y se dirigió casi deslizándose hacia la puerta. El joven respiraba agitadamente, aún con el alivio de haberse salvado, cuando escuchó de nuevo su fría voz.
- Y esta vez no tienes que ser tan discreto. Que vean lo que se les viene encima. Vamos, sé creativo.
Con esta última sugerencia, Lord Voldemort abandonó la estancia, dejando solo al joven mortífago, que se preguntaba cómo haría su siguiente paso en ese complicado enigma de las cajas elementales.
OO—OO
Horas más tarde y muchos kilómetros más lejos, en un castillo completamente distinto tanto en apariencia como en el interior, los alumnos se iban despertando poco a poco. Los miércoles no eran un buen día. Pillaba justo en medio de la semana, por lo que aún era demasiado pronto para el fin de semana. Además, el horario de clases no era el que más disfrutaban los chicos, pues las tenían todas muy concentradas, sin tiempo para relajarse a media mañana.
Pero a Sirius Black no le preocupaban sus clases en ese momento. Tumbado bocarriba en su cama, con Kate dormida sobre su pecho, miraba fijamente lo alto del cobertor. No había dormido mucho esa noche (y no era por hacer otro tipo de actividades) lo que daba a ver que algo iba mal. Él siempre dormía del tirón. Esa noche, como no hacía desde que volvió con ella, la había pedido a su novia que se quedara con él. Cuando supo que se había enamorado de ella, le gustaba tenerla cerca mientras dormía, con su suave aliento contra su cuello, su respiración acompasada, y ese olor tan característico de Kate. Una mano de ella se apoyaba en su pecho, dejando un peso cómodo sobre él. Con ella sentía mucha seguridad, y aquello era agradable.
Sin embargo, seguía dando vueltas a las palabras del fetuchini. "Me parece que no tienes claro quién es tu novia, y quién tu amiga", había dicho el tapón ese. Él sabía muy bien quién era su novia. Se lo había demostrado a Kate esa noche, dos veces. Así ya de paso había echo definitivamente las paces con ella, y había complacido sus insatisfacciones, de las que tanto se había quejado en Navidad. Pero de todas formas, se repitió mentalmente, no tenía que demostrarse nada a sí mismo. Sabía que volver a tener una buena relación con Grace traicionaba a algunos de sus instintos, pero había barreras que estaban muy separadas entre sí.
- ¿Sirius? –escuchó la voz somnolienta de Kate contra su oído izquierdo-. ¿Estás despierto? –le preguntó extrañada, al notarle despejado a tan temprana hora. Normalmente se las veía y deseaba para sacarle de la cama-.
Kate se incorporó levemente, para escudriñar su rostro con sus grandes ojos azules. Al estar tan despierto, pudo apreciar los detalles de su rostro. Tenía la mejilla llena de marcas de su propio cuerpo, los ojos entrecerrados aún por el sueño, y su corto cabello alborotado. Y, recordando sus pensamientos de un minuto antes, le pareció más guapa que nunca. No sabía por qué no se había fijado en ella antes. Kate era la chica perfecta para él, eso estaba más que claro.
La sonrió traviesamente, haciéndola ver que todo estaba bien, pero Kate frunció los labios aún insegura. Le conocía demasiado bien como para saber que algo ocurría para quitarle el sueño.
- ¿Te preocupa algo?
Se apoyó sobre sus codos, y dejó caer perezosamente la barbilla contra el pecho de su novio, dándole un tierno beso justo donde le latía el corazón. Era una costumbre que había tenido desde sus primeros momentos íntimos, y que a Sirius le resultaban tan extraños y dulces.
- No, ¿por qué lo dices? –preguntó haciéndose el desinteresado-.
- Tú nunca te despiertas hasta que te hemos tirado dos o tres jarras de agua. La última vez que te vi con insomnio fue cuando murió Richard.
La vio hacer un mohín al tener que recordar ese momento, y levantó una mano para acariciarla la mejilla. En realidad, si Kate había observado su insomnio, era porque ella no había pegado ojo esos días. Después de Rachel era la que más le había llorado.
- Solo me ha despertado un ronquido de Peter. Creo que es la única persona del mundo que me supera –dijo en broma, consiguiendo arrancar una divertida sonrisa de los labios de su novia-.
Pero ella negó con la cabeza.
- Tú no te enteras de nada cuando duermes. Te podría pasar un camión por encima, y tú ni darte cuenta. No. Algo te debe rondar la mente, si tienes el sueño tan ligero.
Sirius se encogió de hombros, sin saber cómo continuar fingiendo. Se inclinó hacia delante, y la dio un beso en los labios para distraerla. Pareció funcionar, pues le respondió al beso encantada. Minutos después, estaban abrazados, con los brazos y piernas entrelazados entre sí, y sus respiraciones acompasadas. Ambos despiertos, pero en absoluta calma. Sirius pensó que podría estarse toda la vida así, tumbado en la cama, con su novia desnuda sobre él, y enredando sus cortos rizos en sus dedos. Sin embargo, la realidad les bajó de su nube cuando empezaron a escuchar sonidos en la habitación. Seguramente serían Remus o Jeff, que eran los más madrugadores. Peter era tanto o más dormilón que él, si cabe.
Kate eligió ese momento para volver a hablar, aunque por el tono parecía como si llevara rato pensando en cómo decirlo.
- ¿Sabes? Ayer estuve pensando un poco...
- ¿Sobre qué? –preguntó Sirius con escaso interés, pasando la yema de sus dedos por la espalda de ella, que sabía que la relajaba-.
- Sobre algo que dijiste cuando discutimos la otra noche... No lo entendí, no lo entiendo –se corrigió-. Sobre que odiaste a Grace durante dos años por decir algo de tu familia. ¿Por eso comenzasteis a llevaros tan mal?
El nombre de la rubia le hizo tensarse en el acto. La curiosidad de Kate era completamente ingenua, lo sabía. Notaba en su tono de voz que su chica solo estaba sorprendida y extrañada por esa deducción, pero él pensaba en todo lo que ella no sabía. Si supiera que aquello había sido el menor de sus problemas con Grace...
- Bueno –dijo tragando saliva-. Ya sabes que de antes, ella se llevaba muy bien con mi hermano...
No sabía qué decirla exactamente. Aquello le había pillado completamente desprevenido. Notó que Kate asentía con la cabeza, recordado aquello, e instándole a seguir.
- En fin... que cuando se escuchan cosas, a veces se habla sin pensar, y...
- ¿Y ya lo habéis arreglado? ¿Por fin os ha dado por hablar como adultos? –preguntó ella mirándole a los ojos y sonriendo-.
Sirius hizo un gesto ambiguo con la cabeza mientras la sonreía. A ojos de Kate se podría decir que lo habían arreglado: se habían acabado las discusiones, y mantenían una cordial relación, más o menos parecida a la que tuvieron antes de enamorarse.
Estrechó su abrazo, y bajó sus labios al cuello de Kate, intentando alargar el momento de levantarse. Ella, sin embargo, rió en voz baja, y se apartó.
- Ya no hay tiempo de eso –musitó destapándole para que saliera de la cama-.
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Lily entró de puntillas en la habitación. No quería hacer ruido y despertar a James con un sobresalto, sino que prefería hacerlo suavemente. Desde que salían juntos y él la había levantado la prohibición de entrar a su cuarto, la encantaba ir a despertarle todos los días. Un James adormilado era de lo más divertido y entrañable.
En la habitación solo se escuchaban los ronquidos de su novio, que eran bastante particulares. No roncaba muy fuerte, pero lo hacía descompasadamente, inspirando en un momento dado, y expirando cuando le venía en gana. Podía pasar de respiración acelerada a completamente acompasada en un segundo. Una vez, incluso, se asustó al ver que pasaba mucho tiempo y no soltaba el aire que había retenido; pero él estaba bien. De hecho, siempre dormía perfectamente sin darse cuenta de nada. Remus se había reído mucho cuando le había contado la experiencia, y la había asegurado que la primera vez que lo vio, él también se asustó.
Y allí estaba. Inspiraba, y cinco segundos después soltó aire. Volvió a inspirar rápido, pero hasta que pasaron veinte segundos, no expiró. Ya acostumbrada a eso, se sentó a su lado, y le acarició los brazos que su camiseta de manga corta dejaba descubiertos. Ella ya le había advertido sobre que debía abrigarse más en las noches de invierno, pero como siempre, James hacía lo que quería. Tenía los brazos fríos, y le notó dar un respingo al sentir su tacto. Pero no se despertó.
Mientras seguía acariciándole con calma, sin prisas, recordó la tarde anterior, cuando volvieron a salir a flote sus inseguridades. Afortunadamente, contó con los consejos de Remus, la dulzura de Peter, y sobretodo, una demostración de James de lo que ella era para él.
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10 de enero de 1978
- De acuerdo, yo creo que por hoy esto nos sirve –dijo Lily cargando con tres libros en la salida de la biblioteca-.
Detrás de ella, Remus y Peter cargaban con otros tantos cada uno. El pequeño la miró frunciendo el ceño. En su opinión, era imposible que en una sola tarde hicieran toda la tarea. Sin embargo, tanto ella como Remus obviaron esa mirada, y se encaminaron a buen paso hacia el tercer piso, donde habían quedado con Rachel.
- ¿No creéis que es agobiarla un poco? –preguntó Peter con un poco de vergüenza-. Quiero decir, que vosotros lleváis todo el curso estudiando, pero ella no.
- Ya lleva días poniéndose al día, Gus –le respondió Remus-. Seguro que no tiene muchos problemas.
El pobre Peter no recordaba cómo se había visto envuelto en un grupo de estudio que solo conseguiría agobiarle, pues todos esos iban muy por delante de él. Sin embargo, el castigo de James y Sirius, y su nula existencia de planes, le habían empujado a aquello.
Lily sonreía divertida de su expresión, y animada por volver a tener un grupo de estudio. A diferencia de la mayoría, ella sí disfrutaba estudiando. Sin embargo, su sonrisa se borró cuando vio la imagen que se acercaba desde el otro lado del pasillo. James junto a Cynthia, la chica nueva, venían caminando, hablando y riéndose, sin darse cuenta de su presencia.
Como pasaba siempre que se había visto cerca de esa chica, su perfección la golpeó de lleno. Hasta su risa era increíble, no necesitaba ver la sonrisa boba de Peter para averiguarlo. Pero James no tenía una sonrisa boba. Hablaba y miraba a la chica como siempre lo hacía: con una sonrisa divertida y un brillo travieso en los ojos. Y aunque sonase estúpido, no sabía si aquello no la daba más miedo: Él no parecía sentir problemas para mostrarse tal cual era con ella. Se sentía en confianza.
A su lado, Remus dejó de mirar divertido a Peter, para volver la vista hacia ella, y ver su expresión preocupada. Como siempre ocurría, averiguó qué ocurría sin necesidad de que se lo dijeran.
- ¿No estarás celosa, no Lily?
La pelirroja le miró con el ceño fruncido, pues había un toque cómico en su voz. Antes de que pudiera mentir, Peter hizo un comentario inconscientemente, y muy oportuno.
- Hay algunos que tienen suerte...
El más pequeño solo seguía mirando como su amigo y la perfecta chica se aproximaban por el pasillo, entre bromas y aún sin verles. La expresión de Lily se rompió, y volvió a mirarles, insegura y mordiéndose el labio.
- Sé que solo lleva un día aquí –le susurró a Remus-. Pero por lo que la he observado, no intima mucho con la gente. ¿Por qué parece tan cómoda con James?
- Supongo que será porque es el primero que conoció –contestó su amigo encogiéndose de hombros-. O porque no babea como Peter.
La última frase la hizo fruncir más el ceño, al contrario de conseguir que se riera, como era su intención. Remus le dio un codazo a su amigo, que cuando dejó de mirar a la veela, quitó su expresión soñadora.
- Me preocupa más que ella se sienta especialmente cómoda, que otra cosa...
- No te preocupes, Lily. Por muy cómoda que se sienta, no estará interesada. No es como si James fuese un guaperas. Si fuera Sirius me preocuparía más...
Con ese comentario tan sincero a la par que bruto, Peter consiguió lo que no había logrado Remus: hacerla reír. Pero aunque fuera consciente de que James no era, ni de lejos, tan guapo como Sirius, ella le consideraba mucho más especial. Era más amable, más divertido, y más tierno. James tenía un carisma que Sirius no alcanzaría en su vida, y ella no había sido la primera en fijarse. Miedo le daba de que la chica veela también se diera cuenta.
- Creo que eres la chica de Hogwarts que menos tiene que preocuparse –la dijo Remus al oído, abrazándola por el hombro-. Desde que estamos en quinto curso, James solo tiene ojos para ti. Te quiere con locura, créeme.
Estaba tan ocupada mirando a su amigo, y asumiendo esas palabras, que la pilló de sorpresa cuando James la cogió por la cintura, y la dio un beso corto, pero firme en los labios. Le miró, y él la observaba con la misma sonrisa de siempre. Y solo a ella.
- Ya me preguntaba dónde estaríais todos –dijo mirando a sus amigos, sin soltar el agarre de su cintura-.
Peter había vuelto a su mundo de caramelo, mirando soñadoramente a Cynthia, que estaba bastante incómoda, unos pasos más atrás.
- ¿Os he llegado a presentar? ¡Eh, Cyn, ven! Ellos son Lily, Remus, y el que babea es Peter. Está soltero. –añadió guiñándola un ojo-.
Peter se puso violentamente rojo, y agachó la mirada avergonzado, mientras Remus se adelantaba para estrecharla la mano. Sin embargo, la atención de ella se fijó enseguida en Lily, y la miró con una sonrisa en la cara.
- Así que tú eges Lily. Vaya, James no paga de hablag de ti. Todo "est": Lily esto, Lily lo otgo... ¡Te teneg en un pedestal!
Lily sonrió ampliamente ante esas palabras, y miró a James, que la observaba sin una pizca de vergüenza. Captó una mirada de Remus que decía claramente "¿Qué te decía yo?", y le dedicó una amplia sonrisa a la chica francesa.
- Encantada de conocerte, Cynthia. Yo también he oído mucho de ti.
En realidad había escuchado muchas palabras de ella, bastante soeces, pero en abundancia. La chica pareció saber a qué se refería, pues hizo un pequeño mohín, pero se adelantó para darla tres besos en las mejillas. Lily se sintió algo extraña, pero ella sonrió.
- En La France, es "coutume"dag "trois" besos al pgesentagse.
La pelirroja la sonrió más ampliamente, sin estar acostumbrada a tanto contacto con un extraño. Sin duda en Francia eran más efusivos que en Inglaterra. Pero lo que más la alivió, fue ver que James no apartó su mirada de ella en todo el rato. Ni siquiera para observar la visión perfecta que estaba a su otro lado.
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Sonrió recordando aquello. Su mano volvió a acariciar el brazo de James en toda su extensión. Consideraba muy tierno por su parte que se esforzara tanto en intenta ser amable con la chica nueva. Hasta la ofreció acompañarlos en la cena ante su inexistencia de amistades. E invitar a un Slytherin, aunque sea de rebote, no era típico de James Potter. Eso quería decir que estaba madurando.
- James... ya es de día –le susurró al oído-.
El muchacho pareció oírla de lejos, pero enseguida giró la cara para volver a hundirla en la almohada, negándose a salir de los brazos de Morfeo por el momento. Ella se rió en voz baja, y se volvió a inclinar sobre él, para darle un beso en la mejilla.
- Se va a hacer tarde, vamos... –le susurró de nuevo-.
James hizo como si no la estuviera escuchando, pese a que ya estaba despertándose. Lily se volvió a inclinar, y esa vez le besó en el juego de la mandíbula, y bajó para darle otro pequeño beso al comienzo del cuello. Cuando se apartó, pudo observar una pequeña sonrisa en el rostro de su novio, que la hizo ver que él ya estaba despierto. Volvió a reírse, y frotó su nariz contra la de él.
De repente, James se incorporó con una energía imposible de creer un segundo antes, y, entre risas, la aprisionó contra el colchón, poniéndose encima de ella sin aplastarla. Lily sonrió ampliamente, acariciando su despeinado pelo con las dos manos.
- Buenos días.
- Sí que lo son –respondió James con una sonrisa, inclinándose para besarla en los labios-.
Lo que comenzó siendo un pequeño beso, se fue transformando en algo más intenso. James dejó caer un poco de su peso, para acomodarse mejor, mientras una de sus manos vagaba por la espalda de Lily, hasta llegar a su final, y apretar su trasero casi tímidamente.
Ella gimió en su boca, y acercándole más a ella con sus manos, profundizó el beso. Esa era otra. Le encantaba besarle. La habían gustado otros chicos, pero lo que sentía por James estaba comenzando a crecer tanto que la asustaba. No la forma sentimental. Era consciente de que si no hacía nada por evitarlo, acabaría enamorándose perdidamente por, seguramente, primera vez en su vida. Lo que a ella la asustaba era lo otro. Esa necesidad de sus labios y sus manos por su cuerpo, ese calor que la envolvía cuando él la tocaba, cuando guiaba sus manos hacia algún lugar aún inexplorado, esa sensación de inconsciencia cuando estaban los dos solos. En un momento estaban dándose un inocente beso, y de pronto ella había perdido el control de un modo que no comprendía. Casi la daba por pensar si James no hubiera utilizado amortentia con ella. Sentía como si no pudiese controlar su propio cuerpo.
- Lils, si sigues así, no puedo asegurar que sepa controlarme –escuchó la voz ronca de James-.
La había vuelto a pasar. De repente, había metido las manos por debajo de su camiseta, y había rodeado su cintura con las piernas. Su novio la miraba con las mejillas coloradas, la respiración algo descompensada, y una mirada interrogante. Como de costumbre, ella pegó un salto hacia atrás. Se puso tan colorada como su pelo, y volvía a sentir calor por todo el cuerpo, aunque ahora un frío la atravesaba la columna vertebral.
- Lo siento –dijo en un susurro muy bajo-.
Se levantó, y se dirigió torpemente hacia la puerta. Le dijo apresuradamente que ella se adelantaría para desayunar, y le esperaba en el Comedor, y James, cuando se vio solo, se dejó caer en la cama. Una parte de su cuerpo, la irracional, le gritaba que era idiota por haberla advertido cuando era evidente que había perdido el control. Pero su parte racional le tranquilizó, diciendo que era mejor que Lily se fuera dando cuenta de las cosas poco a poco. A alguien como a ella, tan inocente y racional, la iba a costar un poco dejarse llevar por el deseo.
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Los de quinto curso de Gryffindor y Hufflepuff fueron los más madrugadores del colegio ese día. Tenían que recuperar media clase de Herbología, y la profesora Sprout decidió que lo mejor sería que ese día comenzaran media hora antes. No es que estuviesen muy de acuerdo, pero nada pudieron hacer para convencer a la profesora.
Por eso Nicole y su grupo de amigos llevaban ya rato en el Comedor, cuando los más madrugadores comenzaron a entrar. Ellos ya casi terminaban. Jugando con una de sus mechas verdes, abría la boca continuamente, y miraba a las tostadas como si la hubieran ofendido gravemente.
- No te gusta madrugar, ¿eh Nicole? –preguntó una tímida voz a su lado-.
Tara, la chica nueva, rara vez comenzaba una conversación por sí misma. El día anterior ella se las había visto y deseado para conseguir sacarla unas pocas palabras, pese a que hablaba el idioma perfectamente. Un día con ella, y habían averiguado que era muy inteligente, pues ella sola habían conseguido cincuenta puntos para Gryffindor en una sola mañana. McGonagall la miraba como si fuera su sueño hecho realidad, pero lo cierto es que la alegraba de que por fin, en ese curso de los leones hubiera alguien con buen nivel.
Nicole levantó la cabeza poco a poco, y con aspecto de cansada. Miró a su nueva amiga con ironía, y bufó mientras asentía con la cabeza. Era cruel que para una vez que se animaba a hablar, ella no estuviera muy receptiva, por lo que agitó la cabeza, e intentó concentrar su energía de siempre.
- Perdona –dijo usando su voz por primera vez en el día-. Es que odio que me remuevan mis horarios. Estoy acostumbrada a levantarme media hora más tarde, y madrugar más, me mata.
La chica búlgara sonrió comprensiva, mientras se acercaba una tortitas al plato.
- Yo, sin embargo, duermo muy poco, y no me afecta madrugar lo que haga falta. Siempre he sido de poco sueño.
Lo que le llamaba la atención a Nicole de la chica, es que siempre hablaba en voz muy baja, como si temiera que alguien además de su interlocutor la escuchara. Ella era todo lo contrario, hablaba a gritos siempre, sin importar quien oyera. Total, rara vez tenía secretos...
- Además, el frío de Bulgaria ayuda a despejar por las mañanas. Aquí la temperatura es más cálida.
La pareció una ironía que llamara cálido a un día en que la nieve aún no se acababa de derretir, pero supuso que la comparación hacía eso.
- A mi me gusta madrugar, pero no tanto –aclaró-. En vacaciones siempre me levantó sobre las nueve o las diez. Pero madrugar más me parece un pecado...
Algo en su expresión hizo reír a la chica nueva, y eso llamó la atención del resto del grupo. Nicole tampoco entendía qué veían de raro en que la chica riera. Tenía un buen humor pese a su extrema timidez, y el día anterior la había visto usarlo con frecuencia. Claro que rara vez había hablado con los demás, pues parecía sentirse más cómoda con ella solamente.
- Es fantástico que por fin podamos trabajar con una tentácula venenosa, ¿no crees? –añadió la chica en voz baja, pero con un toque de emoción. Nicole se encogió de hombros, pues no sentía especial interés por la herbología-. ¡En Durmstrang hasta sexto curso no las damos! Es una suerte que me hayan dado la beca este curso.
- Me pregunto si el nivel de tu clase es tan alto como para que hayan dudado en dártela –comentó Nicole con una sonrisa divertida-.
Tara se sonrojó al percibir el elogio que su nueva amiga la estaba ofreciendo, y con una pequeña sonrisa, se llevó el vaso de leche a la boca, sin decir más.
En ese momento, Jeff llegó junto a ellas, saludando por el camino a unos amigos de Nicole. La saludó amablemente, y Tara se limitó a hacer un movimiento de cabeza mientras él le daba a Nicole un beso de buenos días. A la chica se la había iluminado la cara de repente.
- Mucho has madrugado –comentó Jeff sentándose al lado de ella-.
- Hoy comenzamos las clases media hora antes –le informó su novia-.
- ¿En serio? –le extrañaba que ella no se lo hubiera dicho el día anterior. Solían contarse todo sin excepción, ni obviando ningún detalle. Era lo que más les gustaba a ambos de su relación-.
- Sí. No me acordaba, pero Tara me despertó esta mañana recordándomelo.
Ella le dedicó una amplia sonrisa a la chica, que les escuchaba fingiendo no estar pendiente de la conversación, y acababa su desayuno. Jeff la dedicó una tímida sonrisa, que a ella pareció que le costaba devolver.
- Sería mejor que fuéramos yendo –dijo Tara encogiéndose de hombros, y observando como varios del grupo se levantaban de la mesa-.
Nicole, que se había puesto a susurrar cosas con Jeff, miró hacia su derecha, y uno de sus amigos la hizo un gesto para indicarla que ya era la hora. Se puso de pie de un salto, recogió su mochila, y le dio un apresurado beso a Jeff en los labios. Después se marchó del Comedor llevando del brazo a Tara.
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Poco después, el Comedor estaba repleto de estudiantes que se encontraban desayunando. El grupo se había completado según todos fueron llegando, y Jeff se había unido a ellos tras la marcha de Nicole. Justo en el momento en que la última integrante del grupo, Sadie, entraba por la puerta, comenzaron a llegar las lechuzas con el correo. Estas no interrumpieron las conversaciones matutinas, ni el jolgorio de la gente. Ella ya había divisado a Kate y Gisele entre el mar de cabezas, y se dirigía hacia ellas cuando el sonido de la cerámica al romperse la hizo detenerse. A su derecha, en la mesa de Hufflepuff, de repente reinó el silencio que se fue extendiendo poco a poco por todo el Gran Comedor.
Cerca de ella, un chico que parecía de su edad, o quizás algo más joven, había roto su taza al dejarla caer de golpe. Le vio observar fijamente una carta que temblaba violentamente en sus manos. Tenía los ojos abiertos de par en par, y parecía que le costara respirar.
Sadie se quedó parada entre las dos mesas observando, como todo el mundo, cómo el chico era rodeado de sus amigos. Ella que estaba cerca, pudo captar las palabras "madre" y "muerta", que se extendieron por el comedor como la pólvora. A los pocos segundos, una niña perteneciente al grupo de los más pequeños de su casa se levantó, tirando algún utensilio por el camino, y se quedó mirando al chico en silencio. Él levantó la mirada, y la conectó con la pequeña, y Sadie no necesitó comprobar si lo que se estaba rumoreando era cierto, pues lo vio en los ojos del muchacho. La niña pareció verlo también, porque inesperadamente salió corriendo hacia el vestíbulo sin hacer caso a quien intentara detenerla. Sadie vio cómo el chico se limpiaba las lágrimas de los ojos antes de seguir a la que debía ser su hermana.
Varias personas se habían levantado, cuchicheaban unos con otros cambiándose de mesas, y algunos profesores susurraban entre ellos, a excepción de las profesoras McGonagall y Sprout, que salieron corriendo detrás de los dos chicos. Dumbledore no estaba por ningún lado. Ella pudo observar con claridad cómo, mientras las otras tres casas estaban bastante afectadas por lo ocurrido, en Slytherin todos desayunaban en calma. También captó varias miradas dirigidas a ella, y no lo entendió hasta que recordó las palabras de Regulus: "Comprendo que no compartas mis ideales, y lo respeto, pero si tu padre es mortífago, tienes que saber que así son las cosas. Son daños colaterales para conseguir beneficios para los magos". Sintió un nudo en la garganta, pues no necesitó la legeremancia para saber que se preguntaban si su padre habría tenido algo que ver en ese asesinato. Se encontró con la mirada de su hermano, y aunque no habían vuelto a hablar desde su discusión en el tren, supo que él estaba notando lo mismo.
Se dio media vuelta de inmediato para salir del Gran Comedor. Se le había quitado el apetito.
- ¿Ya has desayunado?
Casi se había chocado contra Regulus mientras miraba hacia atrás. ¿Por qué no estaba en el Comedor? Le miró con sospecha, pues aún seguía enfadada y dolida con él.
- ¿Qué haces que no estás desayunando tan ricamente como los demás de tu casa? –le preguntó con mal atalante. Y sabía que tampoco era justo, porque era evidente que él no sabía nada de lo que acababa de ocurrir-.
Regulus enarcó los cejas con ironía al captar su tono, y estuvo a punto de responderla con la misma soberbia. Pero llevaban varias días sin hablarse, y en el fondo echaba de menos que ella pagara su mal carácter con él. Sadie no le ignoraba como la mayoría del colegio, ni le decía que sí a todo como los miembros de su casa. Ella estaba enfadada por algo que él había dicho, así que intentó respirar hondo, y solucionar el tema.
Levantó un pergamino que le había sobrado, y se explicó:
- Tenía que contestar a una carta de mi madre. Mi padre no se encuentra bien últimamente.
Sadie asintió con menos agresividad. Se había quedado sin palabras al escucharle, y quería irse, pues se sentía cómoda con él al no haber arreglado las cosas. Claro que no las arreglarían si alguno no daba su brazo a torcer, y esa no sería ella.
- Oye –la llamó Regulus en voz baja-. Perdona si el otro día dije algo que no debía. No quería que te enfadaras.
Había sido él el que había dado su brazo a torcer, como siempre. Pero tampoco sabía por qué se estaba disculpando, y su irreflexivo carácter la tentó a dejarle con la palabra en la boca. Solo la detuvo el hecho de que esos días se había aburrido mucho sin hablar con él. Sus amigas de Gryffindor eran agradables, pero no conseguía conectar con ellas del todo. Echaba de menos a Regulus. Discutir con él era mil veces peor que discutir con su hermano, pues la producía una especie de dolor de estómago. Además, su parte reflexiva la recordó que él no sabía nada sobre su padre. Por primera vez, consideró que era preferible que se enterara. No tenía por qué cambiar su amistad, solo porque ella estuviera radicalmente en el lado contrario, ¿no? Suspiró.
- Regulus. Verás, hay algo que no...
Le miró a la cara y supo que no la escuchaba, pues estaba mirando algo por encima de su hombro izquierdo. Se giró con curiosidad, y vio a Jeff acercarse con inseguridad. Adiós al Regulus comunicativo. Siempre que alguno de ellos estaba cerca, él escurría el bulto. Como sospechaba, se despidió apresuradamente, y entró al Gran Comedor sin perder el tiempo. Sadie gruñó en voz baja, y esperó a que su hermano acabara de dirigir sus pasos vacilantes hacia ella, y pagar con él su frustración.
- ¿Todo bien? –preguntó Jeff con timidez y apuro. Sadie suspiró fuerte, rodando los ojos, antes de mirarle-. He visto que te fuiste sin desayunar –añadió como justificando su presencia-.
Sadie hizo una mueca. No la acababa de salir ser borde con ese imbécil cuando se ponía tan atento. Había heredado esa gilipollez de su madre, y la irritaba no poder enviarles a freír espárragos cuando se ponían así.
- La situación me quitó el hambre –explicó lacónicamente, pero con sinceridad-.
- Ya... Fue extraño que algunos se quedaran mirándonos. Seguro que pensaban en papá. Remus me ha dicho que pase de los comentarios, pero...
Jeff hizo una mueca, y Sadie no pudo ignorar que la situación de su padre le afectaba igual que a ella. Su consuelo ese año había sido pensar que ella era la más dolida por la situación, y que su hermano no era más que un egoísta, pero su teoría cada vez tenía menos fuerza. Asintió con la cabeza, y sus pensamientos se dirigieron a si su padre seguiría en el país. Quería verle. Iba a hacer un año desde la última vez...
Estuvo a punto de preguntarle a Jeff qué creía él, cuando su hermano se la adelantó.
- Si no quieres entrar, vamos a las cocinas, pero come algo. Llevas varios días sin desayunar, no creas que no me he fijado.
Estaba preocupado, y encima había estado pendiente de ella. Eso la enfadó más.
- ¿Tú qué sabes dónde están las cocinas? –preguntó con su habitual tono frío, intentando burlarse-.
Jeff, acostumbrado a ese trato, no se dio por aludido, y se encogió de hombros. Sonrió, como siempre que pensaba siquiera en ese nombre, y lo pronunció en un suspiro.
- Nicky...
OO—OO
Su primera clase ese día era Encantamientos, y el profesor Flitwick parecía obsesionado porque nadie acabase su EXTASIS sin hacer aparecer correctamente un patronus. Remus, Kate, Sirius, James y Lily ya lo habían conseguido sin problemas. Un lobo, un osezno, un perro, un ciervo y, para sorpresa de Lily, una perfectamente formada cierva, corrían por la clase entrelazándose con otros pocos animales que sus compañeros de Ravenclaw habían conseguido hacer aparecer.
Peter aún soltada solo un pequeño humo plateado de su varita, y Gis ya formaba algo que parecía ir adquiriendo forma. Aunque aún era irreconocible. Sadie no lo había conseguido por pura desgana, pues tampoco lo intentaba mucho, pero su hermano ya iba consiguiendo, con la ayuda de Remus, un patronus que cada vez formaba mejor una forma parecida a algún tipo de ave. El caso de Grace era el más curioso. Su patronus aún no pasaba de una gran humarada negra, que sin saber por qué, embestía contra los demás patronus y los hacía disolverse a los más débiles, o huir a los más consistentes.
- ¡Rubia! Tienes mucha rabia acumulada, tienes que hacértelo mirar –rió Sirius cuando su perro gruñía al humo negro con su voz, e iba retorciendo a medida que el otro avanzaba-.
Grace le respondió saludándole con un solo dedo, agitando la varita, y gruñendo de frustración. No entendía qué pasaba con ese hechizo. Encantamientos se la solía dar bastante bien.
Cerca de ella, James vio de repente el patronus de Lily, que la chica manejaba con alegría, y sonrió pícaramente.
- Vaya pelirroja –murmuró abrazándose a su cintura por detrás, y riéndose en su oído-. Puedo tomar esto como acoso.
Lily, que había pasado la clase bastante concentrada, dio un respingo y le miró interrogante. James, con una sonrisa cómplice, levantó la varita por delante de ella, y conjuró su patronus con un hechizo no verbal. Un ciervo plateado surgió de la punta de su varita, dirigiéndose corriendo hacia la cierva de Lily, y enlazándose ambos en una especie de abrazo animal.
Lily sonrió tiernamente ante la imagen, y notó como James apretaba más su abrazo.
- Hacen buena pareja, ¿no crees? –le dijo en voz baja, mientras su novio se inclinaba para darle un pequeño beso en el cuello-.
Ella se rió por las cosquillas, e inconscientemente inclinó la cabeza, inventándole a repetir aquello. James se rió en su oído y se propuso repetir la operación. Pero entonces...
- Señor Potter, le agradecería que si va a tratar de pervetir a la señorita Evans, sea fuera de este aula.
El profesor Flitwick estaba delante de ellos, con las manos en las caderas y mirándoles reprobatoriamente, pero con una sonrisa adivinándose en sus labios. La clase se rió en voz baja, y Lily se sonrojó intensamente, mientras James se revolvió el pelo, dirigiéndole al profesor una sonrisa algo sinvergüenza. Kate, Gis y Grace se miraron entre ellas y volvieron a mirar Lily, riéndose nuevamente. Era insólito que la prefecta perfecta tuviera ese comportamiento en público. Pero lo cierto es que James Potter, de un modo u otro, siempre la había hecho perder los papeles.
OO—OO
Al acabar la clase, todos estaban más despiertos y de mejor humor. Sirius y James se burlaban de Peter asegurando que su patronus sería una rata tan fea que espantaría a los dementores por sí misma, y Gis estaba pletórica porque había conseguido hacer algo parecido a un patronus. Como de costumbre, al salir se cruzaron con los Hufflepuff que entraban al aula. Lily aún intentaba escaquearse de James, que se había pasado el resto de la clase riéndose de su sonrojo ante las palabras de Flitwick, y se topó con la dura mirada de Sam. ¿Esa chica iba a odiarla toda la vida? A su lado, Roger la dedicó una tímida sonrisa. Ese chico era de pocas palabras, pero claramente más amable. Le sonrió de vuelta, pensando en que debían echar de menos a Mark. Ella también le extrañaba en cierto modo.
A su lado, a Grace se la pasó la frustración al momento. La tiró su mochila con impaciencia, haciéndola trastabillar, y se puso a arreglarse a toda velocidad el pelo, el jersey y la falda. Marco estaba en la parte de atrás del grupo, rodeado por tres chicas que hablaban con él alegremente. Parecían reírse por algo que él había dicho y, algunas más evidentes que otras, intentaban llamar su atención. El italiano parecía estar en su salsa.
Haciéndola a Lily un gesto para que avanzase, Grace se recostó contra la pared al lado de la puerta, de modo que tuviera que verla al entrar en clase. Su amiga rodó los ojos.
- Por favor... –murmuró pensando en que ella jamás podría comportarse de ese modo. Claro que ella no era Grace-.
Marco se dio cuenta de la presencia de la rubia enseguida, y la guiñó un ojo, antes de volver la atención a una compañera que le zarandeaba del brazo. Lily se apresuró a avanzar hacia James, que junto a algunos del grupo, observaban la escena. Marco finalmente había despedido amablemente a sus amigas, y se acercó a Grace con una sugerente sonrisa en el rostro.
Lily suspiró con una sonrisa adivinándose en sus labios. No sabía no por qué se extrañaba. Grace siempre sabía hacerse ver, y encima quedaba elegante, en vez de desesperada. Aquella no era nuevo.
- ¿Por qué esta petarda siempre se lleva a los mejores? –preguntó Gis con falsa pena-.
Hizo como que soltaba un suspiro resignado, y al segundo siguiente ya se le había olvidado, pues había comenzado una interesante charla con Sadie y Jeff, y empujaba a Peter entre risas a su siguiente clase. Riéndose en voz baja, Remus los siguió.
- Vámonos –murmuró Sirius con el ceño fruncido, y arrastrando de la mano a Kate para que siguiera al grupo-.
James y Lily fueron los último en irse, y la pelirroja miró con curiosidad al mejor amigo de su novio, pensando en si la cosa no se les estaría yendo de las manos a aquellos dos. Grace, pese a su reciente interés por el italiano, ya la había confesado que sus sentimientos comenzaban a volver sin que pudiera hacer nada, y el ceño fruncido de Sirius podían interpretarse a celos. Pero a él ya no le importaba Grace, ¿no? Su repentino mal humor la hizo dudar de su afirmación, y aquello la dio un mal presentimiento.
Esperaba que Grace no se enterase de esos posibles celos, porque por mucho que quisiese a su amiga, temía que fuese algo inconsciente en ese tema y no pensase en Kate. Ella estaba mejor tonteando con Marco.
OO—OO
- ¡Grace, cara mía! –exclamó Marco cuando llegó a su lado, mirándola con una amplia sonrisa-. ¡Que alegría volver a verte!
Grace sonrió satisfecha de que recordara su nombre entre la cantidad de chicas que se le habían acercado el día anterior, y fingió poner una falsa cara de enfado.
- Ya pensé que me ibas a ignorar –le reprendió con un gesto divertido-. Me has saludado y has seguido hablando.
- Solo pretendía ser educado –dijo él con una sonrisa-. Pero tú eres mi preferida, mi bella ragazza.
Grace se echó a reír. ¿Cuántas veces habría dicho ya eso desde que había llegado? Desde luego ella no se lo iba a creer, pero sonrió fingiendo que el piropo había colado. Solo porque a ella la interesaba. Marco la devolvió la sonrisa, y la miró de arriba abajo disimuladamente. ¡Desde luego era una de sus preferidas!
-- ¿Cómo ha ido la clase, se te da bene Encantamientos?
- La asignatura se me suele dar bien. Pero me temo que jamás conseguiré hacer un patronus. La que se la ha lucido es Lily, ¿la recuerdas?
Le señaló a su amiga, que se alejaba de la mano de James. Lo bueno de que su amiga estuviera tan colada por su novio, era que podía nombrarla sin problema a que la atención se desviara hacia ella. Desde que salía con James no tenía ojos para nadie más. Marco la vio de perfil cuando ya doblaba la esquina y asintió sonriendo.
- ¿Cómo olvidar esos occhi verdes? –murmuró para sí mismo-.
Grace no se molestó por el comentario, sino que sonrió ampliamente. Él la correspondió ya con Lily fuera de su mente.
- Me quedé pensando en ti después de conocerte –la confesó encantado por su sonrisa-. Lo cierto es que me impresionaste.
- Yo y la mitad de la escuela, según tengo entendido –le dijo con una risa-.
Marco no pareció avergonzarse en admitir eso.
- No busco nada exclusivo, así que, ¿para qué voy a esconder mis intenciones? Pero si te digo que me llamaste mucho la attenzione, es cierto.
Grace sonrió satisfecha con su repentina sinceridad. Cartas sobre la mesa, como a ella la gustaba. No como el idiota de Derek. Se llevó una mano al pelo, apartándose el molesto mechón corto de la cara, y fingió un gesto de aburrimiento.
- Bueno, si no cuento mal, esta es la segunda vez que nos encontramos sin planearlo. Si la suerte nos da una tercera, tal vez podríamos planear la cuarta.
- ¿Y por qué no planeamos directamente la tercera? –preguntó Marco con una sonrisa curiosa-.
Grace se hizo la desentendida, con una mueca divertida.
- Porque dos veces pueden ser casualidad. Tres veces ya significa algo. Y siempre dicen que a la tercera va la vencida.
Ambos sabían que jugarían sucio para manipular ese encuentro "casual", pero Grace adoraba hacerse de rogar. Eso la destacaba de las demás. Antes de irse, se acercó lo justo para susurrarle sin que le oyeran los que estaban cerca.
- Por cierto: yo tampoco busco nada exclusivo.
Y se marchó bajo la mirada del italiano, y de algunas compañeras molestas.
OO—OO
Cuando salió el vestíbulo de Gringotts, Cora se sorprendió de que el día estuviera encapotado. Aún era de noche cuando había entrado a trabajar esa mañana, pero el cielo apenas tenía nubes, y había creído que saldría un soleado y frío día.
Había pasado la mañana en las bóvedas, asegurando los hechizos de seguridad del cuarto subterráneo junto a tres duendes que tenían la costumbre de tratarla como una subordinada, a pesar de que tenían el mismo rango. Suspiró. Había que tener mucha paciencia con esa especie.
- ¿Has acabado ya, Cora? –preguntó uno de sus compañeros al verla entrar en el cuarto donde guardaban los abrigos y pertenencias-.
Se giró, y sonrió al hombre, que era poco más joven que ella.
- Solo una parte, Charlie. Esta semana estoy de jornada partida. He entrado a las cinco, y regreso a la tarde hasta las siete.
El hombre chasqueó la lengua, comprendiendo. Era el turno que todos odiaban.
- Intenta sacar un rato para echar una siesta, porque es demoledor.
- A mi me vas a contar –exclamó ella con una sonrisa-.
Se despidió con una mano de él, y caminó por el vestíbulo mientras se ponía el abrigo sobre la túnica. Se quedó observando el ambiente poco animado del lugar, lo cual no era extraño. Desde hacía siete años, lo raro es que hubiera un ambiente festivo en cualquier lugar público.
Se ensimismó tanto en observar su alrededor, que no se dio cuenta que se aproximaba a otra persona, hasta que chocó con ella.
- Discúlpeme, siento mucho mi torpeza –dijo apresuradamente, antes de mirar a la chica que estaba frente a ella-.
Sería pocos años mayor que su hija Gisele, pero no se parecía en nada a ella. Parecía una vieja prematura, pese a la belleza y juventud de sus rasgos. El pelo rubio la caía hasta la cintura con suavidad, pero su expresión de asco la afeaba la cara notablemente.
- ¿Por qué no miras mejor por dónde pasas? Cada vez que vengo a este banco, me sorprendo más por la vulgaridad de sus trabajadores. ¿Cómo van a cuidar bien nuestro dinero si no saben caminar correctamente?
Cora se quedó momentáneamente sin palabras, ante la falta de educación de la joven. Por edad, ella podría ser su madre, y esa chica debía tratarla con el respeto correspondiente. Frunció el ceño ofendida, y abrió la boca para dejarla las cosas claras, cuando sintió que alguien la agarraba fuerte del codo.
Se dio la vuelta, liberándose del impulso de darle un codazo a quien fuera, y se encontró a Charlie mirándola con cautela, y dirigiendo después su mirada a la chica. Cora no le entendió, y volvió de nuevo su atención a esa maleducada joven.
- ¿Qué ocurre, Narcisa? –preguntó un hombre llegando junto a ella-.
Cora le reconoció de inmediato, y supo el por qué de la mirada de Charlie. Lucius Malfoy. Sí, había oído hablar de él en El Profeta, y sobretodo, había visto varias veces su foto entre los posibles mortífagos. Muchos lo sospechaban, pero ninguno había podido asegurarlo. Recordó que Alice y Frank, que habían coincidido con él en Hogwarts, no dudaban ni un minuto de que fuera mortífago, e incluso que formara parte del círculo más cercano a Voldemort.
Así que ella era su esposa. Había oído que se había casado recientemente, pero hasta ese día no la había puesto cara. Hacían una extraña pareja.
- Lo de siempre, Lucius. Este banco está lleno de gentuza. –respondió la joven alzando la barbilla, y frunciendo más la nariz-.
- Tranquila querida, solo nos quedaremos unos minutos.
Después el hombre posó sobre Cora sus fríos ojos, y una desagradable sonrisa se formó en sus labios. Parecía como si la hubiera reconocido de algún lugar, pero eso era imposible. Nunca se habían visto en persona.
- Además, Narcisa, el tiempo pone a cada mago en su sitio –añadió sin apartar los ojos de la señora Mendes, que se estremeció ligeramente al captar su tono-.
La pareja siguió su camino ignorando a los dos trabajadores, y alzó la barbilla desafiante. Cora no supo reaccionar, hasta que su compañero posó una mano en su hombro.
- ¿Estás bien, Cora? Malfoy sabe ser muy desagradable.
La mujer asintió con la cabeza, mientras recuperaba la compostura.
- Había oído hablar mucho de ese hombre –le contestó como respuesta-. Dicen que siempre ha sido un mimado, y que es demasiado joven para llevar el patrimonio que lleva. De ahí su soberbia.
- Creo que ya nació con ella, amiga –contestó Charlie con gesto de asqueo-. Y se ha casado con una igual que él...
- No había visto la cara de ella hasta ahora. Son una extraña pareja, se parecen demasiado.
- Cortados por el mismo patrón –aseguró el hombre-. Pero mejor no enfrentarse a ellos. Si son tan peligrosos como poderosos, es mejor mantener las distancias.
Cora asintió, y se despidió de Charlie nuevamente. Cuando salió de Gringotts, tuvo un escalofrío, y se abrochó más fuerte el abrigo. Pero el escalofrío que había tenido al escuchar las palabras del joven Malfoy, no se iba por mucho que se abrigase.
OO—OO
Dos horas después, y para finalizar la mañana, los Gryffindor compartían clase con los Slytherin. Defensa contra las Artes Oscuras. Remus estaba en su elemento. No así Jeff, que era en la asignatura que más fallaba, siempre obviando pociones. En esa clase podía competir con Gisele haber quien explotaba antes su caldero.
La profesora Merrythought decidió ir repasando la teoría que habían dado los primeros meses, y la forma que más la gustó fue haciendo un examen oral. Remus podía sentir a Peter temblar a su lado. Su amigo no era malo en esa asignatura, pues era de las que mejor nota sacaba, pero, por una razón que no acababa de comprender, con esa profesora se asustaba bastante. Era una anciana bastante fría y gruñona, pero Remus simpatizaba con ella. Él, Grace y Lily eran de los pocos que lo hacían, pues la mayoría compartía la opinión de Peter.
La profesora se paseó entre las mesas pensando alguna pregunta difícil para el siguiente. La gustaba pillar a los alumnos por sorpresa, pero empezar la ronda con Snape, no había sido lo mejor para eso. Como siempre, había dado una respuesta aún más exacta que el libro, y al poco rato le habían llovido en la cabeza varias bolas de pergamino, que curiosamente provenían de cerca de donde estaban sentados Sirius y James.
- Señorita Hagman, ¿cuáles son los métodos para matar una banshee? –preguntó de repente la profesora, volviéndose de golpe, y sobresaltando a Kate, que no esperaba que la fuese a interrogar a ella-.
La chica estuvo cinco segundos callada, pensando la respuesta, y temiendo ponerse colorada por tener a toda la clase mirándola. Se sabía esa pregunta, pero tenía que hacer un poco de memoria. Además, tener delante a Lily tratando de contenerse para no levantar la mano, no ayudaba.
- Pues... lanzándole un hechizo enmudecedor –dijo recordando la ilustración del libro donde una banshee se llevaba las manos al cuello con expresión agónica al no poder gritar-. Eh... abrirle la garganta y...
Se quedó en blanco. Había una tercera cosa, estaba segura, y de hecho casi podía ver el lugar de la página donde estaba escrito, pero esa zona estaba borrosa. Siempre tenía la misma visión cuando no recordaba algo.
- Arrancar su cabello, señorita Hagman –completó la profesora con un suspiro-. Aunque no está del todo mal. Cinco puntos para Gryffindor.
Kate sonrió bastante satisfecha, pero interiormente aún estaba pensando en su fallo. La profesora, sin embargo, se dio otro paseo por la clase.
- Señor Carrow. Dígame las características de un hombre-lobo.
Sirius bufó en voz baja ante la facilidad de la pregunta. Era un tema de los TIMOS. Sin embargo, Amycus no parecía estar de acuerdo con él, pues su ceño estaba tan fruncido intentando recordar, que casi no se le veían los ojos.
Por su parte, James se encontró con la mirada burlona que Snape pretendía lanzar a Remus, y encuadró la mandíbula. Afortunadamente su amigo estaba demasiado pendiente de la clase para darse cuenta de ese detalle. Al final, el Slytherin pasó su atención del licántropo al capitán de quidditch, y al ver la cólera brillando en los ojos de James, apartó finalmente la mirada.
- ¡Oh, por Merlín! Esto es un temario de quinto curso. ¡Haga memoria! –exclamó la profesora después de dos minutos en completo silencio de Amycus Carrow-. ¿Señorita Yexter? –preguntó a otra Slytherin, casi con súplica en la voz-.
La rubia chica dejó de jugar con uno de sus rizos, y miró a su amiga Amanda un segundo, antes de ir recitando las pocas características que se la estaban viniendo a la memoria en primer momento.
- Tienen la cola de penacho, las pupilas más dilatadas, el hocico más pronunciado... –y no supo qué más decir-.
- La grosura del pelaje, la forma de las garras... –continuó la profesora haciendo un ademán impaciente con las manos. Bufó en voz baja cuando Dulcy se encogió de hombros, pensando que ya lo había dicho todo por ella. Y razón no le faltaba a la Slytherin-. Pobremente explicado. De todas formas dos puntos para Slytherin. Señor Williams, ¿cuál es el único que hechizo que se conoce para librarse de un ataque de un Lethifold?
Mierda. Los chicos casi podían ver tatuada esa palabra en el rostro de Jeff, mientras que Peter respiraba tranquilo por el momento. Miró a su hermana que estaba a su lado, pero Sadie se encogió de hombros. Si él no lo sabía, ella menos. Era Jeff el cerebrito de la familia. Dos filas más adelante, estaba claro que tanto Lily como Grace sabían la respuesta. La pelirroja casi votaba del asiento de la pura desesperación, y la rubia pronunciaba algo con los labios que él no conseguía leer, y el tema ya se estaba volviendo muy evidente.
- ¿Señor Williams? –insistió la profesora al verle sin intenciones de responder-.
En la mesa de al lado, Remus intentaba chivarle la respuesta sin que sonara demasiado evidente. Se colocó el puño frente a la boca, fingiendo apoyarse, y murmuró con voz rasposa:
- Patronus. Patronus...
Pero por lo visto el oído de Jeff tampoco era el mejor. El chico se inclinó un poco a su derecha, intentando oírle mejor, pero la profesora se puso delante de él, poniendo las manos en sus caderas, y frunciendo el ceño. Y él solo había alcanzado a escuchar el final de la palabra, así que se arriesgó:
- ¿Expelliarmus? –respondió con una pregunta insegura-.
- Moony, chivas de puto culo –le susurró James a Remus, inclinándose hacia delante para que la profesora no le oyera-.
Esta cerró los ojos un momento, y al abrirlos, miró a Jeff negando con la cabeza.
- Usted sí que necesita un Expelliarmus, señor Williams. ¡Estáis en un nivel muy bajo! –exclamó al resto de la clase-. ¿Y vosotros pretendéis aprobar los EXTASIS dentro de cinco meses? Seréis el hazmerreír del colegio. Al director Dumbledore se le caería la cara de vergüenza, con lo bueno que era él en esta asignatura. Pero veréis como de ahora en adelante esto cambia. Mañana haréis un examen sobre la materia dada hasta el momento este curso.
- ¡¿Qué?! –gritó Lily a la vez que Remus, Amanda Tyler y Albert Avery-.
Snape estuvo a punto de gritar también por lo repentino del aviso, pero se contuvo y mantuvo su expresión neutra. La mayoría la miraba como si esperasen que se echara a reír de un momento a otro.
- ¿Es broma, no? –preguntó James con algo de inseguridad-.
- No, señor Potter. Así que sugiero que aprovechen bien la tarde, porque será un examen con el nivel que todos debéis tener en los EXTASIS.
- ¡¿Mañana?! ¿Mañana, de mañana? –tartamudeó Kate sin poder cerrar la boca-.
Todos empezaron a protestar a la vez, y se fueron exaltando cada vez más, hasta el punto en que la profesora tuvo que convocar un hechizo silenciador.
- ¡Me da igual lo que digáis! Mañana realizaremos un examen que repercutirá en la nota final. ¡Y no aceptaré excusas de ningún tipo para faltar. Os pondré a todos en el mismo nivel, como sea.
OO—OO
A la hora de la comida, los ánimos seguían bastante alterados por culpa de la repentina noticia del examen. Curiosamente, Lily era la más nerviosa de todos, y apenas estaba probando su comida mientras repasaba el libro sobre la mesa. Cada vez que James intentaba hacerla una pequeña broma para incluirla en la conversación, ella le pegaba en el brazo o, como poco, le miraba con el ceño fruncido. Sirius tampoco había podido distraer a Kate, que se había sentado al lado de Lily y observaba el libro de la pelirroja, mientras de vez en cuando intercambiaban impresiones sobre qué preguntaría.
Delante de ellas, Grace, Gisele y Peter las miraban extrañados, y compartiendo miradas nerviosas entre ellos. Si las dos más empollonas estaban asustadas, ¿qué pasaba con ellos? Algo más lejos, Jeff hablaba con Nicole sin prestar mucha atención a su novia, cosa que no la gustaba a ella. Al final, y evitando que la más pequeña le agrediera, Jeff se sinceró, y acabó pidiéndole ayuda a Remus, que parecía más tranquilo mientras hablaba con James y Sirius.
- Lo cierto es que todo que no sean Herbología y Runas, soy un negado –se excusó el chico alemán-. Y lo de mañana lo llevo fatal. Dudo que me de tiempo a ponerme al día.
- Solo es cuestión de la técnica que se use –le tranquilizó su amigo con una sonrisa-. He pensado que quizá podíamos subir a la habitación de Rachel y estudiar todos juntos. ¿Te apuntas?
Jeff asintió con algo más de seguridad. No podía ir peor que cuando lo estudiaba solo.
- ¿Y vosotros qué decís? –preguntó Remus a James y Sirius-.
- ¿El qué?
- Subir a la habitación de Rach a estudiar todos juntos para el examen de mañana.
Los dos se echaron a reír, como si la idea fuera del todo absurda.
- ¿Crees que necesitamos pasarnos la tarde con estos estudiando, Pad?
- Va a ser que no –respondió Sirius cruzando los brazos tras su cabeza-. Bastante tengo con aguantar a Hagrid la primera parte de la tarde. El resto la pienso pasar de relax.
- Algún día os fallará esa "gloriosa" memoria, y veréis qué hacéis –espetó Lily con acidez-.
- Vamos Lils, nos sabemos el libro de memoria.
James intentó volver a pasar un brazo por sus hombros, pero su novia le apartó de nuevo para volver a inclinarse sobre el libro.
- ¿Cómo será tener esa capacidad de memorizar algo solo con leerlo? –preguntó Gis compartiendo una mirada comprensiva con Peter-.
- ¡No me quejo! –contestó Sirius echándose a reír-.
Remus ni siquiera entró en la conversación. Rodó los ojos, y se volvió hacia el resto.
- ¿Los demás os apuntáis a estudiar en grupo?
- Peor no me puede ir –le dijo Peter encogiéndose de hombros. Gis le secundó-.
- Yo también me apunto –coincidió Lily-. Desde este fin de semana no he tocado ningún libro.
- Pues entonces lo llevarás mejor que yo. Desde que hemos vuelto de Navidades, yo no he hecho nada. Me falta todo el tema de las mantícoras, y tengo que volver a repasar entero el de los basiliscos, porque no me acuerdo de nada.
- ¿Hemos dado esos temas? –preguntó en voz baja Gis a Grace, mirando a Lily y a Kate para si tuvieran tres cabezas-.
La rubia asintió algo nerviosa. Más o menos creía que lo llevaba bien, pero a medida que hablaban de temas, se daba cuenta que necesitaba un repaso más grande del que creía en un principio. Enseguida se apuntó ella también a subir a la habitación de Rachel.
- ¡Guau! –exclamó Nicole sorprendida cuando les vio ponerse de acuerdo-. Una tarde de estudio en grupo. ¡Vosotros sí que sabéis divertiros!
James y Sirius se atragantaron con la comida al echarse a reír, al igual que también hicieron Jeff, Remus, Peter, Gis y Grace. A Kate y a Lily no parecía hacerles tanta gracia.
- ¿Y tu hermana, Jeff? ¿No ha bajado a comer? –preguntó Gis dándose cuenta de su falta-.
- Creo que por fin se ha dado cuenta de en qué curso está, y ha ido a la biblioteca para empezar a estudiar.
- Quizá la interese venirse luego con nosotros –pensó Kate en voz alta-. Luego subimos a comentárselo.
Hasta los más pesimistas estaban de mejor humor después de eso. Al fin y al cabo, un suspenso en grupo era mejor que uno en solitario. Grace apartó enseguida su plato de comida para tomar el postre. No tenía especial hambre, solo un poco de gula que quizá saciaría un yogurt.
- Creo que esta es la tercera vez. ¿Planeamos ya la siguiente? –preguntó una voz a su oído, que ella reconoció al instante-.
Se dio la vuelta a tiempo de ver como Marco se sentaba en el asiento vacío de su lado, y no pudo menos que corresponder a su sonrisa. Al fin y al cabo, había ido a buscarla él a ella, y no al revés. El examen se escapó de su mente en ese momento.
- ¿Tú no has forzado un poco la situación? Mira que te dije que quería que fuera cosa del destino –le dijo intentando picarle-.
- Y lo es –aseguró Marco asintiendo con la cabeza-. No me atrevo a sentarme en mi mesa. El destino ha querido que esté a punto de formarse una pelea allí, y no pienso estar en medio.
Grace miró por encima de su hombro a la mesa de Hufflepuff, y comprobó que parecía haber una discusión que aumentaba cada vez más. Algunos estaban empezando a levantar la voz, y la profesora Sprout ya se dirigía hacia ellos. La mitad de su mesa parecía también pendiente de lo que ocurría.
- Creo que alguien ha hecho una broma de mal gusto sobre la madre de Ray –escuchó que Peter le contaba a Gis-.
Ray era el chico que había recibido la carta esa mañana. Ella le conocía porque era miembro del equipo de quidditch. Estaba en sexto curso, y su hermana pequeña iba en segundo, y estaba en Gryffindor. Apenas el año pasado les habían visto tener una discusión muy cómica por el resultado de la copa de quidditch.
- Han encontrado a su madre muerta anoche –le aclaró a Marco por si no lo sabía. Lo cierto es que los chicos habían elegido una mala época para ir de intercambio escolar a Hogwarts-.
- Sí. Ya me contó Allisa esta mañana –la contó señalando con la barbilla a una chica morena de su curso que, desde su lugar en la mesa, miraba con preocupación el centro de la pelea-.
Grace se apresuró a cambiar de conversación en cuenta los profesores hubieron bajado los ánimos. No quería seguir por ese tema. Le sonrió de nuevo, y preguntó, como quien no quiere la cosa.
- ¿Y por qué no te sientas con Allisa?
- Porque en estos momentos prefiero tu compañía –la dijo sonriendo aún más-.
- ¡Italiano! –exclamó Gis rompiendo el momento íntimo, y haciendo que el resto del grupo les mirase-. ¡No me he dado cuenta de que estabas aquí! ¿Te acuerdas de mi?
Marco se tomó unos segundos para recordar su nombre. Había hablado con demasiada gente el día anterior, aunque la recordaba como una de las chicas sobre las que había puesto la marca de "No disponible".
- Gisella, ¿no?
- Gisele –respondió la latina pronunciando cada sílaba-. Pero bueno, casi.
- No me extraña que ni siquiera se sepa sus nombres –le susurró Sirius a James. Los dos le miraban con el ceño fruncido-.
- Hubo una época en que tú tampoco te esforzabas en aprendértelos, Pad.
- Cállate Moony –respondió su amigo viendo su expresión divertida-.
Lily cerró el libro, y se apresuró a hacer algo de caso a James, no fuera a montar un drama innecesariamente. El chico de gafas pareció más satisfecho de la presencia del italiano desde ese momento.
- Si quieres, de ahora en adelante te puedes sentar aquí –se apresuró a invitar Gisele, ignorando la patada que Kate la dio bajo la mesa. Ella era directa siempre, no era una novedad-.
Marco la sonrió y la agradeció la invitación. Bromeando con Grace, dijo que quizás lo tomaría en cuenta, y Kate se echó a reír divertida por su interacción. Sirius no supo qué le molestó más, si la risa de su novia, y la sonrisa coqueta que Grace le estaba dedicando al italiano. De todas formas, se levantó, y se dirigió hacia Kate sin dudar. Se inclinó hacia ella, y la susurró:
- Vámonos un rato solos.
- Pero si habíamos quedado en ir a estudiar. Y tú tienes castigo –le respondió ella extrañada. Sus amigos que estaban más cerca la escucharon también el tono-.
- Tranquila, si para cuando estos terminen de comer, nosotros ya hemos terminado lo que vamos a hacer –contestó Sirius desviando un momento la vista hacia Grace-.
Le gustó ver que la rubia había estado prestando atención a toda su conversación, y continuó analizando su expresión mientras se marchaba con Kate de la mano. Grace frunció el ceño, mientras apartaba lo que quedaba de su yogurt con asqueo. Sirius tenía que ser así de imbécil, claro, sino no estaba tranquilo. Súbitamente y sin pensarlo mucho, se volvió enérgicamente hacia Marco.
- ¿Te apetece ir a dar una vuelta? –le propuso-.
Él asintió contento, y ambos se levantaron de la mesa.
- Grace, no te olvides que hemos quedado –la dijo Lily-.
- Tranquila. Para entonces yo también habré terminado –respondió ella alzando la barbilla orgullosa-.
Al final, todos compartieron una mirada de desconcierto. Ahí acababa de pasar algo muy raro.
OO—OO
- Según tú, ¿qué es lo que vamos a hacer, que acabaremos enseguida? –preguntó Kate enarcando una ceja-.
Habían salido hasta la entrada, y Sirius seguía tirando de ella hacia la calle.
- Pasear –respondió él encogiéndose de hombros. Kate se echó a reír, y Sirius la miró con una sonrisa divertida-. Que todos seais unos mal pensados, no es culpa mía.
- Claro, porque tú nunca harías un comentario con doble intención –ironizó ella-. Ahora en serio: has montado esta escenita por Marco, ¿no es así?
Sirius frunció un poco el ceño al verse descubierto, y se quedó mirando con mucho interés las copas de los árboles del bosque. Después hizo una mueca chistosa, y Kate se rió de nuevo, dándole un afectivo beso en la mejilla.
- ¿Quién conoce a papi? –se burló. Cuando dejó de reírse, añadió-. Pero no tiene que molestarte su presencia. Vino a ver a Grace. El resto ni siquiera existíamos para él. Cosa que, curiosamente, suele pasar cuando Grace está en medio.
La última frase la dijo pensando para sí misma, pero Sirius tampoco la prestó mucha atención, pues estaba pensando que quizás ese era el problema que tenía con el italiano: su interés por Grace. Agitó la cabeza, apartando ese pensamiento de su cabeza, y miró a Kate con una sonrisa.
- ¿Hoy también te quedas a dormir conmigo, no?
- ¡Ja! Tengo mucho que estudiar aún. Me meteré con el libro en la cama, y apuraré hasta el último minuto.
- ¡Vamos, Katie! –suplicó exagerando un puchero-.
Ella se giró de golpe, entrecerrando los ojos, y levantó la mano como si fuera a pegarle. Había dicho lo de Katie a posta. Él sabía lo mucho que la molestaba que se hubiera pasado todo el primer curso confundiendo su nombre con el de Katie.
- ¡Es broma! –exclamó Sirius antes de recibir una colleja-.
OO—OO
- ¿Esta es la cuarta vez, o no conto? –preguntó Marco mientras Grace le conducía por los pasillos del segundo piso-.
- ¿Qué más da? Esta puede ser la cuarta, y la siguiente la quinta. ¿Qué importa contabilizarlas? –preguntó la rubia con una amplia sonrisa-.
Marco había notado su cambio de actitud en los últimos minutos. Desde que el otro chico, el que le había amenazado el día anterior, se marchó de la mesa con su novia. Se preguntaba si su repentina invitación a dar un paseo guardaría relación con que él había sido algo desagradable al dar a entender algo íntimo frente a todos. No es que le importase el motivo, pero si al final las amenazas del chico tenían fundamento, no quería que le pegaran una paliza por hacer el tonto.
- Grace. Tú no sales con nadie, ¿no?
Ella se giró, sorprendida por esa pregunta.
- Ya te dije que no. Además, ¿no es evidente? –le preguntó alzando sus manos unidas-.
No era un gesto romántico. Más bien sentía como cuando le daba la mano a Remus o a James, como un gesto amistoso, sin ninguna connotación más. Pero no por eso no era agradable.
- ¿Y voi hablabas de verità, con lo de que no buscabas nada serio?
Grace se echó a reír.
- ¿Crees que mentiría en eso? ¿No sería tirar piedras contra mi propio tejado?
Por la expresión de Marco, él no había entendido el dicho, pero en vez de explicárselo, Grace se echó a reír de nuevo, y le empujó contra una pequeña puerta que se abrió bajo el peso de los dos. Era un escobero que ella había utilizado mucho esos años en Hogwarts. Y si se ponía a pensarlo, llevaba mucho tiempo sin utilizarlo. Desde que no estaba con Derek, y parecía que había pasado una eternidad desde entonces.
Como a ella la gustaba volver a las viejas costumbres, entró en el escobero y cerró la puerta tras ella. Estaban casi a oscuras, pero a ninguno le molestaba. Grace le echó las manos al cuello a Marco, y se aproximó a su boca. Pero él la detuvo.
- Una cosa más –Grace frunció el ceño, algo cansada de hablar-. ¿Tú... tú tienes algo con este ragazzo... el que se levantó de la mesa?
Ella se apartó nerviosa. ¿Qué había notado?
- ¿Con... con Sirius, dices?
Marco se encogió de hombros. No sabía su nombre, pero suponía que hablaban del mismo chico.
- ¿Por qué preguntas eso? –preguntó Grace algo nerviosa-.
¿Acaso había sido muy evidente con su pequeña escenita de celos? ¿Había notado que le había invitado a dar una vuelta por despecho? Marco notó enseguida su nerviosismo, y la miró extrañado. No veía muy bien sus rasgos, pero juraría que se estaba mordiendo el labio. ¿Ahí había gato encerrado?
- Por cosas que he visto. Sé que él tiene novia, pero me pareció que os traeis un juego muy extraño entre vosotros dos. Además, ayer pareció molesto porque hablé contigo.
- ¿Se puso celoso? –preguntó Grace sin poder evitarlo. Agitó la cabeza, regañándose por su actitud. El entusiasmo en su voz había sido más que evidente-. Quiero decir que, bueno, es mi amigo. No sé, quizá le moleste el que puedas hacerme daño, o vete tú a saber. Pero no tengo nada con él.
- De acuerdo –contestó Marco con inseguridad-. Solo que...
- Hablas demasiado.
Le volvió a echar las manos al cuello, y le estampó los labios contra los suyos. Cualquier cosa que Marco iba a decir, le pareció perder importancia a medida que la lengua de la rubia se iba adentrando en su boca. ¿Acaso hablaban de alguien más? En ese momento el italiano ni siquier recordaba su propio apellido.
Estuvieron varios minutos dentro del escobero, besándose, y tocándose un poco por encima de la ropa. Grace pensó que era una buena técnica para dejar de pensar, y se preguntó por qué habría estado tanto tiempo de abstinencia, cuando a ella la encantaba besar a chicos guapos. Y proposiciones no la faltaban.
Cuando comenzó a notar la mano de Marco intentando colarse por su jersey, volvió a la realidad, y se preguntó cuanto tiempo habría pasado. Tampoco disponía de mucho. Dándole un último, y bastante apasionado beso, tiró de los pelos de la nuca de Marco para echarle hacia atrás. Tuvo que esperar varios segundos para controlar la respiración y poder hablar, y él parecía estar en las mismas condiciones.
- ¿Qué hora es? –preguntó Grace-.
Vagamente, Marco sacó su varita, e hizo un giro de muñeca. Unos hilos se componieron en el aire, formando unos números, e indicándoles a ambos la hora que era. Grace dio un respingo.
- ¡Tengo que irme!
- ¿Tan pronto? –preguntó Marco con impotencia, viéndola abrir la puerta con rapidez-.
- Vamos caro mío, ya acabaremos esto en otro momento –respondió ella en broma-.
- ¡Te tomo la parola! –gritó Marco cuando la vio desaparecer por el pasillo-.
Ahora su principal preocupación sería cómo se entretendría el resto de la tarde. Grace había puesto el listón tan alto.
OO—OO
Poco antes, Lily había acompañado a James hasta su torre. Él tenía que dejar su mochila, y dada la experiencia del día anterior, prefería cambiarse de túnica antes de ponerse a limpiar con Filch. Ella así aprovechaba para dejar en su habitación los libros que no necesitaría esa tarde. Ya había quedado con los demás en la habitación de Rachel, si es que Kate y Grace se acordaban, claro.
Dejó rápidamente su mochila en su cuarto, cogiendo solo su libro y sus apuntes de Defensa, y bajó a la Sala Común, donde James ya estaba abrochándose una túnica más vieja.
- Espero que sea leve el castigo –le dijo con un tono de burla. Le gustaba fastidiarle, y en el fondo él sabía que se merecía la detención-.
- ¡Lo será! –exclamó James con una amplia sonrisa. Parecía muyconvencido-. Ya he quedado con Cynthia en que pase disimuladamente por donde tengo que hacer el castigo, y me dejará de nuevo la varita. Ayer Filch no se enteró de nada, así que pienso seguir haciendo trampa. ¡Diviértete tú estudiando!
La burla en su voz fue más que evidente, y Lily frunció el ceño. Ella era partidaria de cumplir a rajatabla los castigos, pues por algo eran impuestos. Y no la gustaba que James se librara con métodos ilegales de ellos, máxime si era con la ayuda de una espectacular chica francesa.
- Quizá tenga que hablar yo con ella para que no la manipules –dijo entrecerrando los ojos-. Dumbledore no se sentiría orgulloso de que te aproveches de los nuevos.
- ¿Manipular? ¿Aprovechar? –James soltó una carcajada-. Se nota que no conoces a esa chica.
Es cierto. No la conocía. Al fin y al cabo solo hacía dos días que había llegado. Lo que la molestaba era la afirmación implícita de que él sí la conocía. Resopló en voz baja, y se encaminó hacia la salida, apartando los celos de su mente. El día anterior había tenido muestras suficientes de que no tenía motivos para estar celosa.
- Buenas tardes, James.
- Lily, tu lechuza.
- ¿Qué? –preguntó dándose la vuelta-.
- Está en la ventana.
James estaba señalando uno de los ventanales que dejaban al descubierto parte de los jardines y el campo de quidditch. En el alfeizar de una de ellas, efectivamente, estaba su lechuza.
Noticias de casa. En cuanto esa idea se instauró en su cabeza, echó a correr hacia la ventana, y la abrió de golpe, dejando entrar al pájaro, que tenía atada una carta en la pata. La desenrolló con premura, notando la presencia de James detrás suyo, y comenzó a leer la breve misiva.
En cuanto acabó, dejó escapar un suspiro de alivio, y su cuerpo se relajó. James la abrazó por la cintura, aún sin terminar de leer. Cuando lo hizo, la miró con una sonrisa, que ella ya llevaba tatuada en la cara.
- Han ido bien –afirmó Lily, aunque él ya lo sabía. Era más la alegría de poder decirlo en voz alta, que otra cosa-. Las pruebas han ido bien.
- Te dije que se solucionaría –la contestó su novio sonriendo tanto como ella-.
La dio la vuelta, y, abrazándola por la cintura, la cargó y dio una vuelta sobre sí mismo, mientras la pelirroja soltaba una feliz carcajada. El mundo parecía rodar más deprisa, ahora que sabía que había muchas posibilidades de que su madre se recuperara. El cáncer no se había extendido más allá de la pierna, que es donde le había surgido. Pronto comenzaría el proceso de quimioterapia, y las probabilidades de que se extinguiera del todo, eran muy grandes. Estaba pletórica, ahora todo volvía a estar bien.
- Gracias por apoyarme tanto estos días –le susurró a James contra sus labios, antes de darle un pequeño beso-.
Se había portado de maravilla, quedándose hasta tarde por las noches, hablando con ella, abrazándola o simplemente dándola la mano. Se había quedado con ella hasta que consiguiera dormirse, para luego retirarse silenciosamente a su habitación. Cosas que, un año atrás, habría considerado impensables en James Potter.
- ¿Para qué estoy yo, sino? –preguntó él con una de sus sonrisas, devolviéndola el beso-.
- ¡Pero qué bonito es el amor! –exclamó una voz desde la entrada de la torre-.
Ninguno de los dos tuvo que girarse para saber quién había llegado a interrumpir.
- Hola Grace –dijeron al unísono, soltándose-.
La rubia había entrado dando saltos, y se había tirado en uno de los sofás, mirándoles divertida.
- ¿Tú no estabas dándole a la lengua con el italiano? Porque podías haber seguido un rato más.
- ¡James! –le susurró Lily dándole un golpe en la espalda-.
Pero Grace no se sintió ofendida. Sonrió al ex capitán ampliamente, y le respondió:
- Tan encantador como siempre. En realidad he venido porque estaba más preocupada por tu lengua, James. No está tan acostumbrada al trabajo, y lo mejor es que os lo toméis en pequeñas dosis.
Soltó una carcajada, y esquivó a tiempo un cojín que su amigo la envió. Pero James tampoco pudo aguantarse la risa mucho más. Lily les miró divertida y bastante sonrojada. Se preguntaba cómo era posible que no tuvieran ningún prejuicio a la hora de hablar en ciertos temas. Ella no podía evitar ponerse colorada al hablar de según qué cosas con según qué gente.
- Bueno, dado que nos han interrumpido, y dudo que sea para hacer un trío... –James fingió hacer una pausa para preguntar a Grace con la mirada, que le devolvió otra que decía: "No tendrás esa suerte, ya lo siento", y después continuó con una sonrisa divertida-... yo tengo un castigo que "cumplir". Nos vemos luego.
- Intenta pasarte a estudiar –le gritó Lily cuando ya salía por el retrato-.
Antes de que se cerrara, se escuchó la divertida risa de James.
- Sabes que no va a aparecer, ¿no?
- La esperanza es lo último que se pierde –Lily se encogió de hombros. Después la curiosidad pudo con ella, y corrió a sentarse al lado de su mejor amiga-. Cuenta.
Grace sonrió, y se llevó una mano al pecho de forma dramática, dejándose caer contra el sofá, mientras ambas se reían.
- Ese italiano me mata, Lily –dijo exagerando el tono de su emoción, y mirándola con una sonrisa divertida-. Creo que ya tengo mi medicina para superar esta estúpida fase de Sirius.
- ¿Ah, sí? –preguntó Lily con sarcasmo-.
- ¡Ya te digo! Dos encuentros más dentro del armario de las escobas, y me olvido hasta de su nombre –exclamó Grace de buen humor-.
Lily suspiró. A ella también la gustaría creer eso, pero se veía en la obligación de bajar a Grace de su nube, antes de que se estampara contra el suelo.
- Grace, hay cosas que no se pasan de un día para otro.
- Bueno, pero esto es solo un cuelgue –insistió su amiga vehementemente-.
- ¿Dices que lo que sentiste hace dos años fue solo un cuelgue? –preguntó Lily aún con más sarcasmo-. Pues en Navidades me vendiste el asunto como la primera vez que te enamoraste, y bla, bla, bla...
Se calló al recibir un cojín en la cara, y dejó de hacer aspavientos imitando a Grace cuando se exaltaba. Se echó a reír para que Grace no se enfadara con ella.
- Solo digo, que si lo de hace dos años fue algo sólido, puede que lo que te pasa ahora no sea un cuelgue, sino que, en el fondo, nunca lo llegaste a superar.
- ¿Qué dices? ¡Claro que lo superé! Estuve saliendo con el idiota de Derek, ¿no te acuerdas?
- Sí, claro que me acuerdo. Y también me acuerdo que, según palabras tuyas, no te sentías capaz de pasar de segunda base. Eso, teniendo en cuenta que no te he visto tener problemas con relaciones esporádicas, me da que pensar.
Grace frunció el ceño sin entenderla.
- Pensar, ¿qué? No me apetecía acostarme con él, mira tú qué cosa. Tú misma has dicho que con otros no he tenido ese problema, y si hubiera seguido colgada por Sirius todo este tiempo, no habría querido hacerlo con nadie.
- Sí, o puede que sea otra cosa –continuó Lily haciéndose la interesante-. ¿No te has parado a pensar, que si hubieras llevado tu relación con Derek hasta el final, sería como aceptar que todo lo de Sirius se habría acabado? Significaría que te habías enamorado de otro, que has pasado página. Podías estar con otros esporádicamente, porque no significaba lo mismo, pero el único chico con el que has tenido el peligro de volver a enamorarte, le has apartado con vientos destemplados. Creo que eso significa algo.
Grace se quedó sin habla ante el argumento de su mejor amiga. Lily la miraba con suficiencia, como si se sintiera orgullosa de haber llegado a esa conclusión sobre sus sentimientos antes que ella. Inesperadamente, la rubia levantó una mano y pegó a su amiga en el brazo.
- ¡Augh!
- Esto por ser una maldita psicóloga. Ahora resulta que he estado obsesionada durante dos años con el mismo imbécil. Entonces es más fuerte de lo que pensaba, ¿no?
- Me temo que sí –dijo Lily acariciándose el brazo-. Y no creo que porque un italiano guapo haya llegado a darte cuatro besos, se te vaya a pasar. Hay que tomar medidas más drásticas.
Grace asintió pesadamente, casi con desgana. De pronto su rostro se iluminó, cuando pensó en otra posibilidad.
- También puede ser que no haya estado colgada de Sirius dos años, sino que cuando he sabido la verdad, hay ciertas atracciones que han vuelto. Aparte de que me lo he comido con la mirada un par de veces, no he sentido nada más fuerte... creo...
Lo último lo dijo con más inseguridad, recordando las malditas mariposas en su estómago, que se parecían peligrosamente a las de dos años atrás. Lily negó con la cabeza, con una mirada comprensiva.
- Aparte de que esa teoría deja suelto el tema de Derek, entre otras cosas, ¿por qué te has pasado estos años buscando cualquier excusa para discutir con Sirius, entonces?
- Yo no fui la única, que él también se metía conmigo –protestó, no sin razón-.
- Pues él también debería hacérselo mirar –murmuró Lily asegurándose que Grace no la oía-.
- ¿Qué?
La pelirroja negó con la cabeza. Aquello la había salido del alma. Encontraba su teoría muy convincente en todos los sentidos, pero dejaba suelto el cabo de Sirius. ¿Por qué hasta cuando ya estaba con Kate, la buscaba la lengua a Grace? Esos dos tenían más peligro que James con acceso libre al despacho de Filch.
Grace la estaba mirando como esperando que dijera más, pero prefería dejar el tema por la paz, no fuera que su amiga acabara sacando sus mismas conclusiones, y todo se desmadrara. Lo único que faltaba era que el triángulo Grace-Sirius-Kate se volviera realidad.
- Además, tú no deberías estar preocupándote de esto ahora. Mañana hay un examen, ¿recuerdas?
- ¡Cierto! –exclamó Grace al recordarlo-.
Se levantó de golpe del sofá, y salió hacia la puerta, con Lily detrás, mirándola pensativamente. Desde luego, acabaría por rebautizar a Hogwarts como la escuela de las hormonas. Empezando por ella misma.
OO—OO
Rachel miraba de un lado a otro, la locura en que se había convertido su cuarto en unos minutos. Kate paseaba de un lado a otro, llevando el libro con ella, y repitiendo al aire lo que leía. Rachel no pudo evitar que una sonrisa se instaurara en su cara. Había olvidado que su amiga tenía esa peculiar forma de estudiar. Por otro lado, Remus se estaba agobiando un poco. No solo intentaba explicar a Jeff y Peter el tema de los basiliscos (el más pequeño seguía convencido que era su silbido el que mataba, y no sus ojos), sino que encima tenía que vigilar a Gis, pues aunque se había comprometido a escucharle, se levantaba con frecuencia buscando alguna excusa. Gis nunca había sido buena para concentrarse, se distraía con facilidad, y se aburría enseguida de las cosas.
Pero Remus aún no había perdido la paciencia. Sería un profesor fantástico, Rachel estaba segura. De todo el cuadro que estaba delante suyo, la única que parecía más calmada era Sadie, que estaba sentada en un rincón, sin apartar la mirada del libro de Defensa. Casi ni pestañeaba, y ella se preguntó si realmente estaba leyéndolo.
Un bufido detrás de ella la indicó que Kate había dado la vuelta a la habitación. Se giró, y la vio llevándose el libro a la cabeza en señal de desesperación.
- Kate, cálmate. Siempre te pones nerviosa, y siempre te salen bien las pruebas.
- Fácil para ti que no tienes que examinarte mañana –la espetó su amiga con una inusual brusquedad-.
No la dio tiempo de ofenderse, cuando la morena la echó las manos al cuello, disculpándose.
- Lo siento, lo siento, lo siento. Es que no me esperaba que nos pusieran exámen tan pronto, y estoy bajo mucha presión.
Rachel sonrió de nuevo. Esa sí era su Kate. La devolvió el abrazo, consciente de que necesitaba una inyección de moral.
- Te va a salir bien, verás. Lo llevas muy bien, siempre has sido buena en Defensa.
- Sí pero llevo un par de semanas sin tocar nada, no se cómo voy a hacerlo. No tienes idea de lo mucho que me queda, no exagero ni intento hacerme la víctima, pero es que...
Alguien la había puesto una mano en la boca y no era ella. Grace apareció sobre el hombro de Kate, bufando en voz baja.
- Si te sigo escuchando, me deprimo –la dijo-.
Ignoró la mala mirada de Kate, y se sentó junto a Gis, pasándola una mano por el hombro para retenerla en el asiento. Remus la dirigió una mirada de agradecimiento.
- Muy bien profe. Necesito un repaso a fondo, así que confío en ti –le dijo la rubia guiñándole un ojo-.
- Estoy intentando hacer milagros, así que únete a nosotros.
El comentario de Remus aflojó un poco la tensión en los rostros de Peter y Jeff, e incluso Sadie se acercó a escuchar también ella.
- Es estupenda la capacidad que tienes para hacerte escuchar, Remus –le dijo Lily sentándose junto a él y cogiendo uno de sus pergaminos-. Si la utilizaras para todo, James y Sirius no habrían movido un pelo en estos siete años.
- Puedo hacer milagros, Lily, pero eso escapa a mis capacidades –respondió él con una risa divertida-.
Rachel se rió junto al resto. Ella no tenía ningún examen la mañana siguiente, pero la encantaba que hubieran ido a estudiar junto a ella. Se pasaba los días estudiando para los EXTASIS, y las visitas de los chicos con sus conversaciones banales y sus agobios con las pruebas, la hacían olvidar que estaba encerrada. Casi era como volver al colegio con todas las letras.
OO—OO
Pasaban las siete de la tarde, cuando Cora entró en su casa. Colgó su bolso en el perchero de la entrada, y se quitó la túnica con el distintivo de Gringotts. No se fijó en que esta había caído al suelo, pues se dirigió directamente a la sala de estar.
Agotada, se dejó caer en el sofá, y cerró los ojos dos segundos, antes de que su marido saliera de la cocina.
- No te pongas muy cómoda, cariño. Me temo que tenemos reunión dentro de media hora.
- ¿Reunión? –preguntó perezosamente. Ese horario partido iba a poder con ella-.
- Sí, Moody me mandó un patronus hace unos minutos. Anoche hubo un ataque en una vivienda familiar, y Dumbledore quiere que los aurores nos intenten dar algún dato.
Cora se incorporó un poco, mientras Tomás se sentaba a su lado. Se deshizo el tirante moño que recogía su cabello, y se inclinó sobre él para que la diera un pequeño masaje capilar.
- Ya lo leí esta mañana. Murió una mujer. Decía El Profeta que dejaba dos hijos más pequeños que Gisele. Una tragedia...
- Sí... –suspiró Tomás moviendo los dedos por la cabeza de su esposa-.
Agitó la cabeza, intentando no pensar mucho en aquello. En media hora tendría que dedicarse a ello en cuerpo y alma, pero no era necesario amargarse antes. Se apresuró a cambiar de tema, a uno que era mejor.
- Y han dado el alta a Frank. Sigue sin recordar nada de la pelea, y como los medimagos han comprobado que no tiene lesiones cerebrales, creen que pueden haberle borrado la memoria. Dumbledore cree que con un poco de trabajo se podría sacar la información, porque si le han hecho un obliviate es por algo.
- Tal vez reconoció a alguno de los que aún no están fichados –supuso Cora-.
- Sí, eso parece creer Moody. Esta noche veremos si se puede hacer algo. Será una noche larga.
Se echó a reír cuando Cora gimió en señal de protesta. Sabía que había tenido un día duro, y acabarlo con una interminable reunión de la Orden del Fénix, no era lo que su mujer tenía pensado. Y él tampoco, la verdad. La comida que había recogido en un restaurante muggle del centro, y el ambiente que había creado en la cocina, se echarían a perder. Aunque tal vez podrían realizar una cena romántica otra noche. Su aniversario no sería hasta el fin de semana.
- No te estarás durmiendo, ¿no? –la preguntó cuando la dejó de oír-.
- ¿Mmhmm?
- Cora, tenemos que irnos dentro de poco.
Su mujer le empujó con poca fuerza del sofá, y se hizo un ovillo, justo de la misma forma en que lo hacía Gisele.
- Nos vamos a aparecer, así que puedo permitirme una pequeña siesta. No seas cruel, y déjame descansar los ojos un poco...
Tomás decidió ser bueno, y subió a darse una ducha, dejándola descansar unos minutos. Al fin y al cabo, se lo merecía.
No supo si habían pasado dos minutos, o dos horas, pero había caído en una medio inconsciencia de lo más molesta. Escuchó a su marido moverse por la sala, y de pronto su figura la tapó la luz del techo, indicándola que estaba frente al sofá, seguramente con las manos en las caderas, mirándola con impaciencia.
Sonrió imaginándose la escena, y se forzó a abrir los ojos y salir de su ensoñación. Al fin y al cabo, el día no acababa para ella aún.
- Vale, vale. Ya estoy despierta. Podemos irn...
Cuando enfocó la vista en su marido, se dio cuenta de que no era él, sino un enmascarado. De hecho, había siete u ocho hombres encapuchados en la pequeña salita, mirándola fijamente con sus inexpresivas máscaras blancas, y apuntándola con varitas.
El grito que salió de su garganta fue escalofriante, al igual que la sensación que recorrió a Tomás, cuando la escuchó. Salió del baño solo con la toalla alrededor de la cadera, apenas tomándose tiempo para recoger su varita. Bajó las escaleras más rápido de lo que lo había hecho nunca, y se encontró cara a cara con la imagen más aterradora que podía imaginarse.
Era como revivir una de sus peores pesadillas. Un grupo de mortífagos repartidos en su salón, apuntándole con las varitas, y teniendo como rehén a su esposa, que intentaba librarse de las ataduras invisibles que serían producto de algún encantamiento.
- Baja la varita, Mendes, o la matamos –dijo la voz de un hombre que no reconoció, mientras apuntaba a Cora-.
- Como si no fuerais a hacerlo de todos modos –exclamó su mujer con fuego en los ojos-.
Otro movimiento de varita, y una mordaza invisible la impidió volver a hablar.
- ¿Qué queréis? –preguntó Tomás sin soltar la varita-.
Intentaba escurrir su mente, buscando alguna solución que los sacara a él y a Cora de esa situación sanos y salvos. O al menos solo a ella. Lo único que se le ocurría por el momento, era intentar distraerles.
Unas risas surgieron de varias máscaras. Un individuo con voz rasposa, que estaba a la derecha del grupo, hizo un movimiento cómico, burlándose.
- Como si no lo supieras.
- Tira la varita, o la ejecutaré antes siquiera de decirte lo que buscamos –repitió el primer hombre. No esperó ni dos segundos, cuando decidió demostrar que iba en serio-. ¡Crucio!
Cora no pudo gritar por la mordaza, pero la forma en que se retorcía en el suelo, y el modo de cerrar sus ojos, le dejaron ver a Tomás lo mucho que estaba sufriendo.
- ¡Está bien, está bien, detente! –exclamó lanzando su varita al otro extremo de la habitación-.
Uno de los encapuchados del fondo la convocó, y se la puso en el cinto de la túnica, mientras que el primer hombre bajaba la varita, y la tortura cesaba.
- Veo que estás dispuesto a colaborar. Eso es bueno. Ahora te diremos lo que buscamos, y espero, por vuestro bien, que sigas colaborando.
Dio un paso a un lado, empujando a Cora, que seguía encogida en el suelo, y dejó espacio para que otro de sus compañeros se adelantara. Este se acercó hasta Tomás, quedando a pocos pasos de él, y le miró con su máscara blanca e inexpresiva. El hombre mantuvo la compostura, como si el miedo no se estuviese apoderando de todo su cuerpo. Entonces, el encapuchado dejó de apuntarle, y dirigió la varita a sí mismo, haciendo que la máscara desapareciera.
Cuando tuvo cara a cara al mortífago, la expresión de Tomás era de absoluta sorpresa. Sus ojos se abrieron con platos, la mandíbula se le desencajó, y las rodillas le fallaron. No podía ser, él no...
- ¡Tú! ¿Có... cómo...?
El hombre sonrió como si estuviesen manteniendo una conversación normal.
- Siento presentarme en tu casa sin avisar, Tomás. Pero tienes algo que mi señor quiere, y la paciencia se le está acabando. Así que no te hagas el idiota...
- Pero... pero...
Tomás era incapaz de salir del shock. De todos los que creía que se pasarían al lado oscuro, nunca... Se sintió tan traicionado que en ese momento no se acordó de que estaba desarmado, de que un grupo de mortífagos había irrumpido en su casa, que tenían a su mujer. Solo quería atacar...
Se lanzó sobre el hombre con los puños en alto, pillándole por sorpresa. Consiguió tumbarle de un puñetazo, antes de que dos mortífagos le inmovilizaran contra el suelo, sometiéndole a un cruciatus por partida doble. El dolor físico era horrible, pero no tanto como el emocional. Les habían usado. Les habían traicionado.
El único hombre que llevaba la cara descubierta apareció por encima de él, con el labio partido. Se limpió la sangre con un simple movimiento de varita, y le escupió con rabia.
- ¡¿Cómo puedes ser tan idiota?! ¿No tienes instinto de supervivencia?
- ¿Qué va a tener? –preguntó burlonamente el mortífago de la voz rasposa-.
Varios rieron, y ese último se acercó hasta él con un marco de fotos en las manos, que había cogido de la chimenea.
- ¿Es tu hija, Mendes? –preguntó mostrando un retrato en el que Gisele salía riéndose, como siempre. Soltó un silbido cuando le vio apretar los dientes con furia-. Que pena que no esté aquí hoy. Le habría añadido a la situación bastante diversión.
- No te atrevas...
- Quien no debe atreverse a nada, eres tú Tomás –intervino el hombre de la cara descubierta, apretando su varita contra su cuello-. Y tú, deja la foto donde estaba, no queremos desordenar el dulce hogar.
Estalló en una risa fría, y le sonrió de forma maniaca, una que no habría reconocido en su rostro en el pasado. Aún le parecía imposible, como si fuese a despertar de una pesadilla.
- ¿Te haces una idea de lo que buscamos, no es así? –preguntó el hombre burlonamente-.
Claro que Tomás lo sabía. No tenía ninguna duda de ello, y estaba seguro que daría su vida antes de entregarles la caja. Pero, ¿sería capaz de dar la vida de Cora? El hombre pareció leer su mente, pues le hizo una seña al mortífago que retenía a su esposa, y este la recogió del suelo con brusquedad, y la llevó hasta donde ellos estaban.
- La caja. Entrégamela, y puede que os dejemos con vida.
Tomás no creyó ni por un momento esa mentira. Apretó los dientes, intentando no encontrarse con la mirada de Cora. No se sentía capaz de mirarla a la cara, aunque sabía que probablemente eran los últimos minutos que tenía para hacerlo.
- ¿Acaso crees que la tengo aquí? –preguntó entre dientes, mirándole con un odio que casi había creído imposible que existiera dentro de él-.
- Se muy bien donde la tienes –repuso el hombre tranquilamente-. Pero sabes que necesito bastantes trucos para llegar hasta ella. Y tú me los darás.
- ¿Y la poción? –preguntó el mortífago que sostenía a Cora-.
Tomás no sabía a qué se referían, pero al parecer estaban hablando entre ellos, no se dirigían a él. ¿De qué poción hablaban?
- No será necesario. Sé dónde la tiene. Debemos reservar para las siguientes cajas.
- Hay poción de sobra para todas las cajas, y no puedes saber si la ha cambiado de ubicación. Ya oíste al Señor Oscuro, debe ser algo rápido antes de que Dumbledore pueda intervenir. Si nos equivocamos de lugar, y consiguen quitárnoslas de las manos, poco importa que llevemos a estos dos para que les mate. Sus cadáveres solo servirán de aperitivo para los nuestros.
Las palabras del mortífago parecieron entrar en la mente de su compañero. Un ligero toque de temor se instauró en su rostro, y Tomás imaginó que también había ocurrido en el de los demás, pese a que no podía ver sus rostros. Sus mismos siervos eran los primeros en temer la ira de Voldemort.
- Tienes razón, será mejor asegurarse.
Haciendo un ademán conforme al salirse con la suya, el enmascarado le tendió un pequeño frasco, que el hombre tomó con mucho cuidado. La atención volvió a girar hacia Tomás, mirándole con sus fríos ojos.
- Extiende el brazo, Tomás.
- Primero suelta a mi mujer. Dejadla libre, y os llevaré hasta la caja.
El mortífago que sostenía a Cora la soltó contra el suelo de golpe, y levantó con furia su varita contra él. El hombre le agarró el brazo con fuerza, evitando que le hechizara. Después volvió a mirarle, con una divertida sonrisa.
- Está bien. Hagamos un trato. Tú extiendes el brazo, y después de hacer el encantamiento, soltamos a tu esposa. No la necesitamos para nada, al fin y al cabo.
No. No la necesitaban, solo era una testigo incómoda. No sabía cómo iban a dejarla viva después de ver el rostro del traidor, pero esperaba, o más bien suplicaba, que la hicieran un obliviate, y la dejaran ir. Aunque sus instintos le recomendaban que hiciera la contrario, se fió por última vez de ese hombre.
Obedientemente extendió el brazo, y le rasgaron la túnica en el mismo instante. El hombre hizo un movimiento cortante, y una herida le abrió en dos el brazo, desde la muñeca hasta el codo. El corte comenzó a sangrar abundantemente, y Tomás tuvo que morderse la lengua para no gritar de dolor. Pequeñas lágrimas involuntarias se acumulaban en las esquinas de sus ojos, mientras observaba cómo vertían la poción en su brazo. ¿Aquello le mataría? ¿Sería así su final?
Creyó que sí cuando la herida comenzó a latirle fuertemente, doliendo como los mil demonios. No pudo evitar un gruñido de dolor, al sentir que los fuertes latidos se iban acrecentando cada vez más y más. Y de pronto se detuvieron.
Tomás suspiró, pensando que todo había acabado, pero de repente un dolor aún más grande le recorrió primero el brazo, y después todo el cuerpo. Tuvo ganas de llevarse al pecho la herida y apretarla hasta que dejara de doler, pero ese asqueroso traidor le tenía cogido fuertemente del brazo, incluso apretando parte de la herida, provocándole más agonía.
Cuando se atrevió a mirar, la imagen de su brazo le aterrorizó. Escrito en su piel, como si se lo hubiera grabado con un cuchillo, y con su propia sangre, estaba escrito un texto. "Cámara 576. Gringotts".
Era su cámara. La cámara de Cora. Donde había guardado celosamente la caja elemental. ¿Cómo podía ser que mediante esa poción...? Su respiración estaba completamente agitada sin que él se diera cuenta. Escuchó varias voces a su alrededor, pero no sabía lo que decían. Desvió su mirada, y por primera vez en todo el rato miró a Cora a los ojos, que parecían tan extrañados y atemorizados como los suyos.
Compartieron una mirada profunda, intentando infundarse valor el uno al otro, pese a que ambos sabían que tenían pocas esperanzas. Una risa conocida y desconocida a la vez, les sacó de su ensoñación.
- Bien. Ahora que está todo aclarado, viene la segunda parte del plan...
OO—OO
- ¡Gis! ¡Deja de reírte, me desconcentras! –se quejó Kate llevándose las manos a los oídos-.
- Perdona –la dijo su amiga secándose una lágrima que la risa había dejado caer por un extremo del ojo-. Pero es que... ¡me pasa siempre que leo ese nombre! ¡Gusamoco!
Y volvió a reírse sin poder evitarlo. Peter la secundó, y al otro extremo de la habitación, Grace también soltó una carcajada, aunque una mirada dura de Lily la calló.
Remus se levantó de la mesa donde estaba sentado junto a Rachel, Jeff y Sadie, y la quitó el libro de "Animales fantásticos y dónde encontrarlos" de las manos. Después la tendió el suyo de Defensa, con una mirada seria.
- Gis, te recuerdo que necesitas aprobar el examen de mañana para sacar un EXTASIS aceptable. Y dudo que tus padres consideren como excusa el que te pasaste la tarde leyendo los libros de Rachel.
A Gis no la hizo mucha gracia, pero le hizo caso a su amigo, y abrió perezosamente su libro por el tema de las mantícoras. En parte Remus tenía razón: haber quién aguantaba a su padre si le decía que había suspendido Defensa pero quería entrar en la Orden del Fénix. Sería una discusión sin fin.
- Lily –susurró Grace-. A mi no me acaba de quedar claro lo de cómo un mago puede matar un basilisco. Quiero decir, ¿el avada funciona, o no? Porque no lo deja muy claro.
Lily suspiró, apartando la mirada de los apuntes para hablar con su amiga.
- No. No funciona. Dice que Erverst Cleadown recurrió a ese hechizo cuando luchó contra un basilisco, pero su piel es demasiado gruesa, y solo le aturdió.
- Entonces, solo se les puede matar con el sonido de un gallo, no? –preguntó Kate en voz baja uniéndose al grupo. Esa parte es la que la confundía un poco-.
- Pues menos mal que suelo ir con un gallo en el bolso a todas partes... –suspiró Grace, consiguiendo que ambas se rieran aunque no quisieran-.
- También funciona lo de los espejos –dijo Lily con mejor humor-.
Grace y Kate se miraron extrañadas.
- ¿Espejos? –preguntaron a la vez-.
- ¿No os habéis leído el apéndice? –preguntó Lily con su típica expresión de "¿Es que tengo que estar yo en todo?"-.
Kate palideció al instante.
- No... –comenzó a retorcerse las manos nerviosamente, agobiándose a medida que veía que el tema crecía y crecía, y ella no acababa de comprenderlo-.
- ¡Ey, que no cunda el pánico! Lily, haznos un pequeño resumen, anda.
Lily se apresuró a hacerle caso a su mejor amiga antes de que Kate tuviera un ataque de histeria. Ella tendía a agobiarse mucho con los exámenes.
- Pues veréis: Los basiliscos matan con la mirada, ¿no? –las dos asintieron, conformes hasta ese punto-. Pues si se ven a sí mismos reflejados en un espejo, al captar su mirada también mueren. ¿No veis la lógica del asunto?
-Enrevesado, pero puede que sí. Es lógico –murmuró Kate mordiéndose una uña-.
- Es una serpiente gigante con cresta de gallo y "mirada matadora", no podía tener una forma sencilla de morir. Tenía que ser enrevesado.
Las tres se echaron a reír ante esa observación.
- Vosotras tres, ¿vais a empezar también? Si sois las buenas... –exclamó Remus casi con súplica-.
Enseguida la chicas se llamaron al silencio y continuaron estudiando en calma. Rachel se inclinó hacia su novio para susurrarle al oído, con el fin de no molestar a los demás.
- Deberías plantearte de verdad dedicarte a la enseñanza.
Le dio un beso en la mejilla, y sonrió ante la expresión satisfecha de Remus.
OO—OO
- Ey Pad, ¿qué crees que estarán haciendo ahora? –preguntó James mientras cogía con la mano la snitch dorada que había desenterrado de su baúl-.
- El tonto...
Ambos estaban en la sala común de la torre de James y Lily, cada uno espatarrado en un sillón.
No tenía gracia la tarde si sus amigos estaban todos ocupados, y si los Slytherin también estaban inclaustrados estudiando. Habían visto a Snape en la biblioteca, y pensaron quitarse el aburrimiento a su costa, pero no esperaban que Madame Pince les pillara agachados tras una estantería, y les sacara de allí arrastrándoles de una oreja a cada uno.
Desde entonces, estaban allí tumbados, mirando al techo con más curiosidad de la que sentían, e intercambiando conversaciones insustanciales.
- Como no se nos ocurra algo entretenido, voy a acabar por ponerme a estudiar –amenazó James-.
- Ni siquiera bromees con ello, Prongs. La pelirroja está causando una mala influencia en ti. La idea es que fuera al contrario, tío.
James se echó a reír.
- Yo también soy una mala influencia. Mira que últimamente nos pasa cosas que otros años no haría. Y además, ya me encargo de ser mala influencia en otros aspectos.
Sirius soltó una carcajada, y se medio incorporó para mirar a su amigo.
- Así que la pelirroja en el fondo es una fiera, ¿eh? –preguntó moviendo las cejas sugestivamente, y haciendo que usaba un látigo imaginario-.
James le tiró con un cojín, mientras le fulminaba con la mirada.
- No hables de mi novia en esos términos, pringado. Me refiero al hecho de que está aprendiendo a divertirse más, y sacarse el palo del culo de vez en cuando.
- Vaya, que no te la has tirado –sentenció Sirius encogiéndose de hombros, y volviendo a tumbarse en el sofá-.
- Pero, ¿tú qué...? ¡Deberías preocuparte de tu vida sexual y dejar la mía tranquila! –protestó James soltando la snitch-.
- ¿Qué pasa con mi vida sexual? Está perfectamente. Anoche la ejercí por partida doble, ¿y tú?
- ¡Vaya! ¿Por fin se te curó tu problema? –se burló James, que estaba al tanto de la escasa intimidad que su amigo había tenido con su novia últimamente. Convenientemente ignoró su pregunta-.
- ¡No tenía ningún problema, James! Solo estaba bajo presión. Estas chicas acabarán conmigo... –suspiró con el ceño fruncido. La broma no le había hecho ni un poco de gracia-.
James se rió por su queja.
- Suerte que ha venido el italiano ese para liberarte la carga, ¿no?
Sirius rechinó los dientes ante su mención. No había intercambiado más que un par de frases con él, y ya le estaba empezando a odiar de verdad. James se percató, pero siguió picándole, para ver hasta donde llegaba el fastidio de su amigo.
- Me refiero a que ya no tienes ningún problema con Grace. No hay peligro de que se vuelva a colgar de ti y te de la lata, porque está demasiado pendiente de él.
- ¡Bah! Solo han hablado un par de veces. No es como si le hubiera prestado una atención excesiva.
- Bueno, la lengua fijo que la han utilizado mucho –exclamó James con doble sentido, antes de estallar en una carcajada-.
Se detuvo al ver que Sirius no le secundaba, y le miró extrañado. Su mejor amigo le miraba con el ceño fruncido, al parecer bastante molesto con su afirmación.
- ¿Qué quieres decir con eso? –le preguntó-.
- Bueno, después de que Kate y tú os fuerais, ellos dos desaparecieron solos. Y bastante rato después, Grace vino a ver a Lily con una cara que, a riesgo de equivocarme, se parecía mucho a la del "post-orgasmo".
Aunque lo intentó, Sirius no pudo evitar un gruñido al imaginarse a esos dos, juntos. Muy juntos. Excesivamente juntos. Merlín, iba a vomitar si lo seguía imaginando.
- Ese fetuchini es un cabrón –murmuró entre dientes-.
James le observaba atentamente muy extrañado por su actitud.
- Pero, ¿a ti qué más te da? Tú mismo lo dijiste: estás con Kate, y al parecer ya sin ningún "problema" que os aceche. ¿Qué te importa lo que haga Grace?
Sirius le lanzó una mala mirada a su casi hermano, y dejó caer la cabeza con fuerza contra el respaldo del sillón.
- Eso mismo me pregunto yo...
OO—OO
En un barrio de los suburbios de Londres, la reunión de la Orden del Fénix había comenzado hacía rato. Caradoc Dearborn estaba de pie, relatándole a Dumbledore la información de la mujer asesinada la noche anterior. Era vecina suya, por lo que la conocía bien.
- Sé que es una de las subordinadas de la Ministra, señor, pero nunca llegó a decir a nadie cuál era su misión exacta en el Ministerio.
- A nosotros tampoco nos han aclarado ese punto –coincidió Moody con un gruñido-. No sé cómo esperan que resolvamos un crimen, si la misma oficina de la Ministra nos pone dificultades.
- ¿Acaso crees que podría ser un encargo algo ilegal, Albus? –preguntó Elphias Doge sin levantarse de su asiento en la primera fila-.
El director de Hogwarts frunció el ceño, pensativo.
- No lo sé, Elphias. Conocía poco a Regina, apenas de cruzármela en el Ministerio. Si Caradoc no ha conseguido saber más, dudo que nadie aquí consiga averiguarlo.
- Yo creo más bien que podría estarse ocupando de asuntos privados de la Ministra –intervino Dorcas-. La forma en que se comporta el Ministerio, cómo quiere cerrar el caso enseguida... Quizás ella llevaba algunos temas de índole particular, y los mortífagos querían obtenerlos para llegar hasta la Ministra.
- Es una idea un poco enrevesada, Dorcas –la contestó Moody sin creerse que aquello fuera posible-.
- Pero posible –añadió Caradoc-. Debía tener algún cargo importante que estuviera encubierto. A una simple secretaria no se la paga tanto dinero, y su marido trabaja en el Departamento de Mantenimiento. No da para tanto, y sin embargo vivían holgadamente.
Estuvieron varios minutos más analizando la vida de la mujer fallecida, intentando encontrar alguna conexión con los otros asesinatos, pero el resultado aún quedó un poco en el aire.
- Bien. Puede que hayan conseguido lo que buscaban, o puede que no. Alastor, vigila un poco al marido por si está en peligro. De sus hijos me encargo yo –comentó Dumbledore-.
- Tendré un ojo sobre él, Albus –prometió el auror-.
El director asintió con la cabeza, y volvió a pasear la mirada sobre el grupo, como llevaba haciendo la última media hora.
- ¿Tomás y Cora no han venido? –preguntó en voz alta.-
Andrea, que estaba en un rincón sentada al lado de Alice y Frank, y que también había notado con nerviosismo su ausencia, negó con la cabeza, a sabiendas de que el director la veía.
- Vi a Tomás en el Ministerio esta tarde –intervino Alice-. No parecía haber ningún problema.
Como siempre que algo anormal ocurría con relación a alguno de ellos, el ambiente se volvió tenso, y comenzaron las murmuraciones.
- Tal vez solo se retrasen –pensó Marlene en voz alta, compartiendo una mirada nerviosa con Fabian-.
Pero media hora después, ya no había excusa. El matrimonio no daba señales de vida por ningún lado, ni parecían recibir los patronus que les habían mandado insistentemente. Dumbledore tomó el asunto como prioridad absoluta, y dejó de intentar recuperar la memoria de Frank. Aquello era más importante.
- Fabian, Gideon y Marlene, id a su casa a ver si ocurre algo –ordenó con el rostro serio e implacable-. Alastor, hazme el favor de pasarte por el Ministerio por si ha habido alguna alarma de ataque. Y el resto, os agradecería que no os movierais de aquí hasta nuevo aviso. Hoy está ocurriendo algo raro.
- Dumbledore –susurró Andrea acercándose hasta él para hablar en privado-. Déjeme acompañar a los chicos a la casa. Quizá si...
- Andrea, si les han cogido por algo relacionado con las cajas, tú, menos que nadie, debes arriesgarte. Lo siento, pero prefiero que te quedes aquí, a salvo con los demás.
Reticente, Andrea asintió y decidió obedecer la petición. Suspiró con la preocupación a flor de piel, y se sorpendió cuando Dumbledore se puso la capa de viaje.
- ¿No se queda a esperar noticias?
- Vendré enseguida. Voy a hacer una visita relámpago a San Mungo, para asegurarme de que Adam está perfectamente. Sé que es difícil entrar en el edificio, pero si han logrado entrar en la casa de Tomás y Cora, todo puede pasar. Después comprobaré tu casa, pero estoy seguro que, de haberte buscado, te habrían atacado a la salida del Ministerio.
Andrea tragó saliva nerviosamente, mientras volvía a asentir con la cabeza. Esperaba que su compañero estuviera perfectamente, y que Tomás y Cora apareciesen de un momento a otro con una buena excusa. Prefería pensar que lo de Ethan, aunque completamente doloroso, solo había sido un caso puntual. No podían haber encontrado un método para darles caza. No era posible.
OO—OO
La casa estaba completamente a oscuras cuando ellos llegaron. No había movimiento en el interior, ni parecía que lo hubiera habido en las últimas horas. Gideon se adelantó a su hermano y a la benjamina de la Orden, y conjuró el hechizo para saber si había alguien en el lugar.
Estaba vacío. No había presencia humana. Mirándose el uno al otro con preocupación, Fabian y Marlene le siguieron al interior, iluminados únicamente por sus varitas. Lo primero en que la chica se fijó, fue que había un abrigo tirado en el suelo. Era algo absurdo, y de hecho los gemelos habían pasado por encima de él sin prestarle más atención, pero ella había observado lo suficiente a los Mendes para saber que Cora no saldría de casa dejando un abrigo tirado en el recibidor. Aunque ya llegara tarde, esa mujer se detendría dos segundos para ordenarle, estaba segura.
- Esto está vacío –le susurró Fabian a su hermano, asegurándose de que Marlene estaba detrás de él-. Aquí no hay nadie.
- Parece en orden –comentó su gemelo mirando alrededor. Los muebles no parecían arrastrados, y todos los objetos seguían en su sitio, intactos-. No hay ninguna señal de pelea. Salvo porque no tenían activados los hechizos de seguridad, todo parece estar bien.
- Demos un vistazo a la segunda planta, y volvamos al cuartel. Quizá Tomás y Cora han llegado con alguna excusa. Tal vez una llamada a última hora del trabajo, un aviso de un familiar enfermo...
- Toda su familia vive en Santo Domingo –le informó Marlene-. Solo tienen a su hija, y si habría pasado algo con ella, Dumbledore lo habría sabido.
Los dos hombres fruncieron el ceño, pensativos. Algún motivo tenía que haber. Nadie se esfumaba sin más, sin ningún motivo, sin dejar ningún rastro.
- Voy a mirar el piso superior –le dijo Fabian a su hermano-. Tu cuida que todo vaya bien aquí.
Le lanzó una mirada rápida a Marlene, para indicarle que tuviera un ojo sobre ella. Era su padrino dentro de la Orden, pero Gideon siempre le había ayudado con el tema de la muchacha. Era una chica muy inteligente, y demasiado audaz e intrépida para tener tan poca experiencia.
Sin hacer ruido, subió los escalones de dos en dos, y desapareció por la escalera. Gideon giró sobre sí mismo, iluminando toda la habitación con su varita. Marlene estaba caminando entre sofás, y parecía medir pasos entre el sillón y la mesita del centro.
- ¿Qué haces?
- No hay la misma distancia desde un lado del sillón que desde otro. Alguien lo ha movido.
Gideon se adelantó hacia ella, pero no notó la diferencia que ella veía.
- Yo lo veo bien.
- No –murmuró Marlene con un resoplido de impaciencia-. No está alineado con la alfombra. Y si algo he aprendido de mi madre, es que toda mujer alinea sus muebles según la alfombra. Hazme caso. Aquí ha habido alguien.
Gideon resopló mientras negaba con la cabeza. Su mirada volvió a vagar por la habitación.
- En caso de que sea así, aquí ya no hay nadie, Marlene. Y si fueran mortífagos, habrían dejado la Marca Tenebrosa, y nos habríamos encontrado con dos cadáveres.
- Quizá aparezcan andando ellos solos –propuso Fabian bajando por la escalera-. Arriba no veo nada raro. El baño algo desordenado, únicamente. Pero no hay signos de lucha por ningún lado.
- En ningún lugar de la casa los hay –coincidió su hermano-.
- ¡Fabian, espera! –exclamó Marlene subiendo de repente el tono de voz-. No te muevas, ni muevas la varita.
Los dos hermanos pegaron un respingo, y el que bajaba por la escalera, se detuvo en el escalón en el que estaba, en el acto. Su pupila se precipitó hacia el pie de las escaleras, y se puso de rodillas contra la pared. Gideon se acercó por detrás, y Fabian intentó no moverse, tal y como ella le había indicado.
- ¿Qué es? –preguntó la chica tocando una pequeña mancha en la pared-.
- Es como una salpicadura –susurró Gideon entrecerrando los ojos y moviendo la cabeza para ver mejor-. Como si algo hubiera salpicado aquí.
- ¿Tal vez sangre? –preguntó la chica con el corazón en la boca-.
- Marlene, no puedes ver algo macabro en todas partes. Puede ser un poco de sangre, o alguna comida que se haya salpicado. No lo podemos saber ahora. Así que yo sugiero que volvamos al Cuartel y demos un informe de lo que hemos visto aquí. Hasta tu salpicadura –añadió mirándola condescendiente-. Cuanto antes informemos, antes podremos buscarles en otro lado, dado que aquí no están.
De acuerdo con su hermano, Gideon e incorporó, y sujetó a Marlene de un codo para ayudarla. En pocos segundos, los tres salieron de la casa, se agarraron del brazo, y desaparecieron a la vez, con las mismas preguntas con las que habían llegado.
OO—OO
Albus Dumbledore caminaba apresuradamente por los pasillos de San Mungo. Todo parecía en calma en el hospital, y al menos eso le daba un poco de tranquilidad. No tardó en llegar al sector al que se dirigía, y antes de entrar en la habitación, se encontró con un miembro de la familia que buscaba, en el pasillo. Dorea Potter, quien fue Dorea Black en los tiempos en que la tuvo de estudiante. Una de las mejores alumnas que tuvo como profesor de Transformaciones, y cuya habilidad, tenía entendido, había heredado su hijo.
- ¡Dumbledore! –exclamó la mujer al verle-. Que agradable sorpresa. ¿Viene usted a ver a Adam?
La calma con la que hablaba, ya le confirmó al viejo director que allí todo estaba en orden. De todas formas, y dada la inseguridad en que se encontraba Adam en ese momento, creía oportuno informar a su familia de su sospecha.
- Lo cierto es que sí, señora Potter. Quería saber si todo va bien. ¿Ha habido algún problema?
- ¿Se refiere a algún problema que haya ocasionado Adam? Es un hombre muy cabezota, pero se está tomando las cosas con más calma, y si todo sigue igual, seguramente pasado mañana...
- No –la interrumpió-. Verá señora Potter, me refiero a si algún desconocido ha intentado entrar en su habitación, si han notado algo raro hoy.
- Ningún desconocido entrará en la habitación de mi hermano, mientras él esté convaleciente y yo esté cerca –dijo una voz detrás de Dorea-.
Charlus Potter había salido de la habitación, y se dirigía con seriedad a Dumbledore, después de haber cerrado la puerta. Le había parecido escuchar su voz dentro del cuarto, pero no creía posible que el director de Hogwarts estuviera allí. Su voz se ensombreció cuando la lógica le dijo que aquella visita seguramente se debía a algo relacionado con la Orden del Fénix. Adam ni siquiera se había recuperado del todo, y ya le volvían a meter en problemas.
Dumbledore notó su cambio nada más mirarle a la cara. Al igual que con Dorea, mirar a Charlus era como verle en su época estudiantil: alto, delgado, con las gafas y esa presencia tan seria. El campeón de duelo de la escuela, el líder de su pandilla. Poco se veía ya de ese joven, en aquel anciano con aspecto resentido.
- ¿Ocurre algo? –preguntó Dorea mirándoles a ambos. Ella no había caído en la suposición de su marido-.
- Me temo, amigos míos, que el señor Potter tiene razón con su suposición. Mi visita está relacionada con la Orden del Fénix –adivinó Dumbledore-.
- ¿Y qué es tan importante como para querer importunar a mi hermano a estas horas de la noche, y cuando aún se encuentra ingresado por su última colaboración con su asociación? –preguntó Charlus con voz dura-.
Dumbledore intentó ser condescendiente pese a la dureza de su tono. En el pasado había contado con la simpatía y apoyo de los señores Potter en relación a su cargo de director, pero esa noche sería más difícil, y no podía culparles.
- En realidad no tenemos que molestar a Adam en absoluto, él no tiene por qué saber que he venido –dijo con tranquilidad-. Mi visita solo es por precaución, para asegurarme de su seguridad. Han desaparecido dos de mis colaboradores, y uno de ellos tiene una relación estrecha con la función de Adam en la Orden. Solo quería asegurarme que él se encuentra bien.
- ¿Han secuestrado a dos miembros de la Orden? –preguntó Dorea llevándose una mano a la boca y abriendo mucho los ojos-.
Dumbledore hizo un gesto indeciso.
- De momento solo sabemos que no aparecen, pero puede quedar todo en una falsa alarma. Puede que los señores Mendes simplemente hayan tenido algún contratiempo, pero mi deber está en asegurarme.
Dorea ahogó un grito al escuchar que los desaparecidos eran conocidos suyos, ni más ni menos que padres de una de las amigas de su hijo. Charlus también pareció afectado, aunque supo mantener su expresión mejor que su esposa, que prefirió no escuchar más, y se metió a la habitación de su cuñado.
Una vez solos, Charlus se adelantó un paso para preguntarle al director con gesto compungido.
- ¿Cree que haya posibilidades de que estén con vida?
- Rezo por ello, amigo mío, pero en estos tiempos, si uno piensa mal, acertará –suspiró Dumbledore-.
Charlus asintió gravemente con la cabeza.
- ¿En qué afecta su desaparición a mi hermano?
Dumbledore suspiró.
- Ya le he contado que ambos tienen una función muy parecida en la Orden. –se quedó unos segundos en silencio, y después, aún indeciso, añadió más-. Si le soy sincero, señor Potter, cuatro de mis colaboradores, incluido su hermano, tenían una misión. Hace pocos días mataron a uno de ellos, y ahora Tomás Mendes ha desaparecido. Como comprenderá, la seguridad de los otros dos es una prioridad para mi.
Charlus asintió, reservándose las ganas de entablar una ardua discusión sobre las misiones suicidas que Dumbledore proponía a sus colaboradores. Desgraciadamente, nada podía hacer para convencer a Adam, y él era mayorcito para hacer lo que quisiera. Solo le quedaba intentar mantenerlo a salvo mientras no estuviera en sus cinco sentidos.
- Yo me encargaré de que todo esté bien aquí –aseguró firmemente-. Cuando den el alta a mi hermano, le informaré de que ha venido. Aunque espero que la desaparición de los Mendes sea un contratiempo que tenga una buena explicación.
Dumbledore asintió.
- Yo también lo espero. No dudo que usted podrá encargarse de todo aquí, aún recuerdo sus duelos de juventud. El orgullo de Hogwarts, me acuerdo perfectamente.
Charlus hizo una mueca, pero el director se despidió levemente con la mano, y comenzó a caminar.
- ¡Dumbledore! –exclamó llamándole. El director se giró-. Ya tiene a mi hermano metido en su asociación, así que en el futuro deje a mi hijo en paz.
No sabía si el anciano estaba al tanto de los planes de James y el consentimiento de Adam, pero prefería dejar clara su postura desde el primer momento. Dumbledore asintió pensativamente.
- Le prometo, señor Potter, que jamás daré el primer paso para que James ingrese en la Orden del Fénix.
Y pensaba cumplir su palabra. Otra cosa era que su actual alumno recurriese a él en primer lugar. Volvió a caminar apresuradamente, perdiéndose en los pasillos mientras buscaba la salida.
Potter se quedó observando el vacío corredor unos segundos, y después se internó en el cuarto donde su hermano dormía, y su mujer intentaba no pensar lo peor de la noticia que les habían dado. Él también intentaría ser positivo.
Dumbledore no perdió el tiempo. Cuando salió de san Mungo, tras despedirse con amabilidad de la recepcionista, giró sobre sí mismo hasta aparecerse justo frente a la casa de Andrea Divon. No era su prioridad, pues estaba seguro que, en caso de querer atacarla, los mortífagos habrían aprovechado su trayecto desde el Ministerio hasta el cuartel de la Orden, ya que sabía que esa tarde no había ido a su casa.
Los seguían a todos durante bastantes temporadas como para saber sus rutinas, y era ilógico que la fueran a buscar a un lugar en el que sabían que no iba a estar. Pero los casos de chantajes también se estaban haciendo frecuentes, y ella tenía una hija pequeña.
Se aproximó a la pequeña casa, y aunque los hechizos de seguridad le impedían ver el interior, supo que el lugar era seguro. Si los encantamientos de protección estaban fuertes y en pie, no debía haber problemas. De todas formas se propuso llamar a la puerta para preguntar si todo estaba en orden.
Cuando iba a medio camino de la puerta principal, un destello a su derecha le alarmó, y alzó su varita para enfocar al patronus de Moody, que avanzaba hasta él.
- Albus, en el Ministerio no hay alarmas de ningún ataque, pero nos ha llegado un informe que tienes que ver. Nos reuniremos en el cuartel en unos minutos.
Al escuchar el mensaje, todo lo demás perdió importancia. Dio media vuelta, y giró de nuevo sobre sí mismo para aparecerse en las inmediaciones de East End. Con una agilidad sorprendente para su edad, atravesó rápidamente las calles adyacentes, y entró en el bloque de edificios donde estaba el cuartel.
Moody aún no había llegado cuando entró en el apartamento, pero varios miembros de la Orden se reunían alrededor de los hermanos Prewett y Marlene McKinnon, quienes ya estaban relatando su informe a los demás. La falta de dramatismo en sus expresiones, le tranquilizó. ¿Habrían contactado con ellos?
- ¿Les habéis encontrado en su casa? –preguntó buscando a los Mendes con la mirada-.
Todos se giraron hacia él cuando se percataron de su presencia, y varios se apartaron, formando un paseíllo para que el anciano pudiera acceder al trío.
- No, señor. No estaban allí –le informó Gideon cambiando su cara a una de circunstancia-.
La expresión de Dumbledore decayó. Había tenido la esperanza de que el matrimonio estuviera allí, y tuvieran alguna excusa. Algo más apartada del centro del grupo, Andrea se mordió un dedo en señal de nerviosismo.
- Hemos registrado la vivienda, y no hay signos de violencia, señor –añadió Fabian-.
Marlene se apartó de Anthony, con el que estaba hablando en voz baja, y se aclaró la garganta.
- Pero si había algo extraño en la pared.
- Podía ser cualquier cosa –intervino Gideon para evitar que cundiera el pánico-. Era como una salpicadura, tal vez de comida.
- O...
Marlene se calló ante la mirada de advertencia de Fabian. Este estaba observando como algunos de los demás estaban empezando a ponerse realmente nerviosos.
- O sangre, ¿no es así, Marlene? –finalizó Dumbledore, asintiendo comprensivamente-.
Hubo un instante de silencio, antes de que Fabian volviera a hablar.
- Pero en todo caso señor, antes de que sepamos nada más, creo que deberíamos tener en cuenta que verdaderamente no había signos de lucha, y que una pequeña mancha incierta no prueba nada.
- Lo que nos preocupa no es una mancha, sino que a estas horas aún no hayamos podido contactarlos –intervino Elphias Doge-.
- Es como ocurrió con Matt. Desapareció sin dejar rastro –murmuró Dorcas rememorando la muerte de su hermano pequeño-.
Andrea asintió con la cabeza con aire ausente. Ethan también desapareció sin dejar ninguna prueba, y la siguiente vez que le vio... Se le revolvió el estómago al recordar que en ese momento, Tomás había estado buscándole con ella. Y ahora él era el desaparecido. Agradeció enormemente tener a Frank a su lado, pues sentía que las rodillas se la doblaban a medida que pasaban los segundos.
Se encontró con la mirada de Dumbledore, y el hombre asintió imperceptiblemente, asegurándola que todo lo que había ido a comprobar estaba bien. Al menos esa parte no la tenía que preocupar.
- No adelantemos acontecimientos. Van a conseguir su propósito: asustarnos. En momentos así debemos ser positivos y no dejarnos dominar por el pánico –dijo el director sabiamente-.
- Difícil no hacerlo... –murmuró Caradoc paseando de un lugar a otro de la estancia-.
En el momento en que Elphias Doge abrió la boca para preguntar otra cosa, un temblor en la tierra les pilló de sorpresa. No fue muy fuerte, pero les obligó a agarrarse a todo cuanto tenían a mano, hasta que se detuvo. Se miraron los unos a los otros extrañados. ¿Un terremoto en Londres?
- ¿Estáis todos bien? –preguntó Dumbledore frunciendo el ceño-.
Asintieron de distintas formas, pero antes de que pudieran preguntarse del por qué de ese extraño acontecimiento, Alastor Moody entró por la puerta con aire confuso y preocupado.
- ¿Qué acaba de ocurrir? –preguntó el auror extrañado-.
Dumbledore obvió su pregunta, y se adelantó hacia él.
- ¿Qué has conseguido, Alastor?
El auror ensombreció su rostro, y sacó de su túnica unos pergaminos que le tendió al director.
- Hace pocos minutos ha llegado este aviso de Gringotts, Albus. Dicen que hay irregularidades en la cámara 576, y que han percibido magia oscura al ir a revisarla. Necesitan el permiso de los propietarios para abrirla, pero como no les localizan, han pedido al Ministerio de Magia que intervenga. Tengo que enviar dos aurores para que se encarguen ellos de forma diplomática.
- ¿Qué...? –pero la pregunta quedó en el aire, y aunque la mayoría no entendía aún nada, a Dumbledore se le encendió una bombilla-. ¿A nombre de quién está la bóveda?
- De Cora Mendes –respondió Moody con el rostro crispado de la preocupación-.
Los murmullos comenzaron a extenderse por toda la habitación.
- No puede ser casualidad –decía Anthony a su padre-.
- Pero, ¿cómo han podido entrar sin que les vean? –preguntó Dorcas-.
Dumbledore se había llevado una mano a la boca, como si intentara controlar todas las emociones que se iban creando en su interior. Moody volvió a hablar con decisión.
- Intenta descubrir algo de ellos. Quizá les hayan secuestrado para obligarles a vaciar su bóveda, con el fin de financiarse.
-Yo mismo iré con los dos aurores. Por cierto, Alice, aunque no estés de servicio te he incluido junto a Stevens. Me hubiera gustado llevar a Frank, pero al estar aún de baja podrían sospechar. No tardaremos.
Alice se apartó del lado de su marido, y se dirigió a toda prisa con él hacia la salida. El tiempo era crucial en ese caso, y no podían perder más.
Todo el ambiente se quedó en silencio tras su salida, y Dumbledore no pudo evitar comenzar a dar vueltas. ¿Qué clase de hombre era, si estaba en juego la vida de dos personas, y él no podía apartar la mente de esa dichosa caja? No paraba de dar vueltas pensando en algo que se les hubiera escapado, alguna pista. Pero no había nada. No comprendía.
- ¿He obviado algo? ¿Acaso les han estado siguiendo y no lo hemos visto? –se preguntó el voz baja-.
- Eso mismo he estado preguntándome yo, señor.
Andrea estaba a su lado, incorporándose al paseo del anciano. En los ojos de la mujer había más preocupación que la que se atrevía a mostrar exteriormente.
-Es que no s...
El director volvió a quedarse a mitad de frase cuando otro temblor, este más fuerte que el anterior, azotó la tierra. Hubo algún grito ahogado cuando la lámpara en desuso cayó al suelo, y cuando se rompieron los cristales de una de las ventanas, pero ninguno salió herido esa vez tampoco. Antes de que Dumbledore pudiera volver a extrañarse, Andrea se llevó las manos a la boca con expresión horrorizada.
- La caja... –murmuró-.
- ¿Qué ocurre con ella? –preguntó Dumbledore impacientemente-.
- Tomás nos dijo que... ¡Merlín!
- Andrea, ¿qué ocurre?
- Nos dijo que su caja estaba escondida en la bóveda de su esposa –dijo. No lo había recordado hasta la segunda sacudida, pero ahora todo parecía tener un trágico sentido-.
- ¿Os hablo de su localización? –preguntó el anciano con preocupación y censura-.
Andrea agitó la cabeza.
- Se le escapó un día que estábamos los cuatro. Yo... Esto es demasiada casualidad, ¿verdad Dumbledore? –preguntó insegura-.
El director de Hogwarts asintió gravemente, cerrando los ojos.
- En pocos minutos tendremos noticias de Alastor y Alice. Hasta entonces...
OO—OO
- No puedo dormir –dijo Gis removiéndose entre las sábanas-.
De fondo se podía escuchar la respiración acompasada de Grace, que sí había sucumbido a los brazos de Morfeo.
-Cállate y duerme, Gis –murmuró Sadie contra la almohada-.
La alemana era de sueño más ligero, y pese a que estaba realmente cansada, no podía dormirse si su compañera no paraba de removerse y hacer ruido.
-No puedo... –insistió de nuevo la muchacha, sentándose de golpe en la cama-.
Kate suspiró, y se sentó también en su cama, mirando hacia Gis que estaba al otro extremo del cuarto.
- ¿Ahora estás preocupada por el examen? Si es que siempre te pasa... –murmuró con desaprobación-.
- Yo creo que para un aceptable vas preparada –murmuró Sadie dándose la vuelta para coger postura-. El tema de los dementores lo pillaste a la primera, y todo lo que sean animales, tú lo entiendes...
- Sí, así que cierra los ojos e intenta dormirte –añadió Kate-.
Se volvió a tumbarme en la cama, y se escuchó el bostezo de Sadie por toda la habitación, por fin cómoda y lista para dormir. Pero Gis no podía. Se quedó sentada, y miró intranquila por la ventana a la oscura noche que se cernía sobre ellas.
- No es eso. Es que me duele el estómago, me siento extraña, preocupada.
Sadie bufó y no la contestó, y Kate se removió.
- Son los nervios. Tú túmbate boca abajo, y el dolor de estómago se quitará.
Gis asintió pensativamente, y después se tumbó, aún incómoda, reprochándose a sí misma que los exámenes solo la afectaran a última hora, y cuando ya no tenía remedio para estudiar. Se dio la vuelta, buscando postura, y se forzó a cerrar los ojos, pese a que la inercia se los abría.
- Buenas noches, Kate –la susurró-.
- Felices sueños...
OO—OO
Si esos coches y ese camino eran oscuros y tenebrosos en cualquier momento, más ocurría si era la una de la madrugada, y el cortejo era algo tan serio como una comisión de seguridad de magia tenebrosa. Para Alice tuvo el doble de significado, pues la suerte de sus compañeros la atormentaba.
Quizá se la notó la preocupación en la cara, pues Stevens, un auror de poco más de treinta años, se volvió hacia ella intentando sacarla una sonrisa.
- Tranquilízate Alice. Seguramente han intentando robar con magia tenebrosa, o quizás incluso lo hayan conseguido. Pero eso es problema del banco, únicamente.
Alice le miró, pero no pudo responderle nada, tenía la garganta seca. Le sonrió débilmente, y volvió a mirar hacia delante, procurando no marearse.
- Lo que me alarma es que hayan podido entrar sin ser vistos –gruñó Moody que había escuchado a su subordinado-. Para ello se habrán tenido que utilizar técnicas que en este momento ni me imagino.
- O haber tenido ayuda de dentro –repuso Stevens-.
El duende que les acompañaba le lanzó una furiosa mirada, pero el auror no se dio por aludido, y siguió murmurando con su jefe sobre las técnicas que podrían haber usado.
Cuando llegaron al subterráneo, Alice observó que se trataba de una bóveda de alta seguridad, pero tampoco de las mejores, pues esta no contaba con la custodia de ningún dragón. Tampoco tenía cerradura para abrir con llave, sino que era un panel de piedra completamente liso, del cual solo sobresalía una pequeña placa de bronce.
- Bien. –dijo Moody sacando un pergamino de dentro de su túnica, y alisándolo toscamente. Era un informe oficial, que se dispuso a leer para hacer legal el procedimiento-. En nombre del Ministerio de Magia, e intentado asegurar los bienes de sus ciudadanos, y su propia seguridad, doy mi consentimiento para abrir la cámara 576 del banco Gringotts ante comportamientos extraños, y la ausencia total de sus propietarios. Firmado: Millicent Bagnold, Ministra de Magia.
Cuando terminó de leer, hizo un movimiento brusco con la mano, invitándoles a proceder, y dobló el pergamino para volver a meterlo en su túnica.
Dos duendes se adelantaron a un mago, trabajador de Gringotts, y le untaron en las yemas de los dedos, lo que parecía un extraño gel que brillaba como diamantes. Alice estiró el cuello con curiosidad, preguntándose qué debía ser eso. El hombre se dio cuenta, y mientras posaba todas las yemas de sus dedos en la placa, la explicó:
- Estas bóvedas solo las pueden abrir los propietarios, pero nos dejan una copia de sus huellas dactilares para casos de emergencia como estos.
La seguridad de la cámara reconoció las huellas, y un sonoro "crack" se escuchó por todo el túnel. El hombre se apartó de un salto, y los dos duendes tiraron de la puerta hacia fuera. Alice cogió aire, esperando encontrar alguna pista sobre donde estarían Tomás y Cora...
Un grito al unísono salió de la garganta de todos los presentes. Ni siquiera los duendes pudieron fingirse impasibles ante semejante espectáculo. El mago que había abierto la bóveda corrió hacia los raíles del cochecito, y vomitó.
Alice había apartado la mirada, llevándose las manos a la boca intentando no seguir el mismo camino que el trabajador del banco. Su respiración estaba agitada, y sentía que el aire no llegaba a sus pulmones. Bajó la mirada al suelo, y a su lado vio a Stevens apretando los puños con fuerza, también visiblemente afectado.
El primero en reaccionar fue Moody, quien se adelantó hasta entrar en la cámara. Pese a tantos años y tantas experiencias, aún se sentía un joven principiante cuando tenía que observar espectáculos semejantes, sobretodo si las víctimas eran unos amigos. Era un cuadro grotesco, que perfectamente podía haber sido sacado de una novela de terror.
Las monedas, que al parecer no faltaba ni una, estaban completamente manchadas de sangre, regadas del líquido rojo que salía por todas partes de los dos cadáveres recostados en ella. Los dos cuerpos desnudos, acuchillados y casi completamente irreconocibles. Sino fuera porque conocía perfectamente a Tomás y Cora, no los habría reconocido.
Hasta la posición de los cuerpos parecía ser premeditada, formando una X entre ellos, con los ojos arrancados, y posicionado uno en cada mano de su dueño. Las cuencas de los ojos estaban abiertas, pues los párpados estaban arrancados, y la sangre bañaba por completo sus rostros, que tenían un corte profundo en cada mejilla. Como adorno final, la marca tenebrosa brillaba amenazante desde el techo de la bóveda. Era una de las imágenes más grotescas a las que Alastor Moody se había enfrentado en su vida.
Se obligó a sí mismo a no apartar la mirada, y se apresuró a inspeccionar el lugar del crimen como si las víctimas fueran completos desconocidos. Stevens se sumó al poco tiempo al equipo, y Alice solo pudo colaborar tomando anotaciones que la iban citando, siempre de espaldas a la bóveda. Ella también tuvo que hacer un esfuerzo inhumano para no echarse a llorar en ese preciso momento, pero entonces todos los presentes habrían sabido que el matrimonio asesinado era más para ella de lo que fingían de cara a los demás. A Cora supuestamente no la conocía, y con Tomás apenas había intercambiado un par de frases mecánicas en público.
Una hora después, casi podía felicitarse por su compostura. El camino de vuelta era silencioso y sobrecogido. No acababa de asimilar lo que significaba aquello, que Cora y Tomás estaban muertos. Se sentía cómo si un hilo tirara de su cuerpo y fuera el que la guiara sobre qué hacer. Aún no pensaba con claridad, no asimilaba, solo se movía por inercia.
- Merlín... Es que... Mendes... ¿Quién lo iba a decir? ¿Qué podrían tener contra él? –preguntó Stevens de repente, como si esas mismas cuestiones hubiera estado haciéndoselas en silencio durante un largo rato-.
Alice no dio muestras de oírle. De hecho, no lo hizo, y Moody solo se limitó a suspirar, y llevarse las manos a la cabeza en señal de impotencia. De reojo observaba a la joven aurora, y se preguntaba si acabaría entrando en shock. La imagen había sido muy dura, seguramente la más dura a la que se había enfrentado ella en su corta carrera, y más teniendo en cuenta que eran compañeros.
Se sentiría más tranquilo cuando la dejara con Frank, aunque eso significara que habría llegado el momento de revivirlo todo para contárselo a Dumbledore. Estaba seguro que llevaría esa imagen en su mente el resto de su vida...
OO—OO
Varias horas después, Hogwarts amanecía ajeno al horror que había sucedido la noche anterior. Sadie estaba sentada en su cama, poniéndose los calcetines y escurriéndose su pelo mojado de la reciente ducha. Se llevó las manos a la cabeza, y se lo recogió a una informal coleta, como siempre hacía.
Kate suspiró por enésima vez en el día, pese a la temprana hora. Si Gisele no había conseguido dormirse pronto esa noche, despertarla era una odisea. Y con Grace ocurría otro tanto todos los días. Volvió a intentar despertar a la latina, y pese a que esta notó sus golpes, se giró en la cama, y se abrazó a la almohada.
Gruñendo en voz baja, Kate se dirigió a la cama de Grace, y la movió violentamente de un lado a otro de la cama. Nada. Grace solo tenía dos formas de despertar: o muy poco a poco, o cuando su cerebro reaccionaba ante la palabra "quidditch". Ella ese día no estaba muy paciente, así que se acercó al oído de su amiga, y susurró:
- Grace, James dice que como no estés en cinco minutos en los vestuarios, te pondrá en el banquillo en el partido contra Slytherin.
La rubia de repente pegó un bote sobre la cama, sentándose de golpe, y aún con los ojos cerrados.
- ¡No, no! ¡Voy a aplastar a Hinkes! –gritó-.
La risa de Kate llenó la habitación, y Grace por fin abrió los ojos. Cuando recordó que aún faltaban varios meses para el partido contra Slytherin, observó cómo su amiga se divertía a su costa, e incluso Sadie dejaba escapar una sonrisa.
- Eres cruel –la dijo volviendo a tumbarse con pereza-.
Kate se rió de nuevo.
- Siento haberte desilusionado. Hoy no te enfrentarás a Samantha Hinkes, pero seguro que en el examen hay alguna pregunta sobre basiliscos.
- O sobre dementores. El parecido físico es alucinante –añadió Sadie haciendo un chiste al que no estaban acostumbradas las chicas-.
Grace se echó a reír, al tiempo que se iba arrastrando por la cama hasta abrir el baúl. Kate se volvió hacia Gis, y directamente la agarró de un pie, y tiró de él.
- Cinco minutos más –suplicó esta poniendo la cabeza bajo la almohada-.
- Gis, el examen es dentro de media hora, y tú tienes que desayunar algo para ser persona –la aconsejó su amiga-.
La latina gimió en protesta, mientras Grace comenzó a tirarla del brazo. Contra dos era casi imposible luchar.
OO—OO
Remus llevaba casi una hora en la sala común. Aprovechando que estaba casi desierta a esas horas, estaba dando el repaso de última hora. La noche anterior había estado hasta tarde explicándoles todo a Peter y Jeff, y viendo con malhumor, como Sirius se leía el libro a las once de la noche, y a las doce se metía en la cama satisfecho y seguro de sí mismo. Y seguro que encima sacaba un Extraordinario.
Hablando del rey de Roma, bajaba con parsimonia por la escalera, sonriendo a los que se cruzaba, y con una tranquilidad y una seguridad que parecía sacado de un anuncio. Jamás se extresaba con los exámenes, nada le quitaba la sonrisa de la cara. "Que envidia" pensó Remus antes de saludarle con un golpe de cabeza, y volver a mirar el libro.
- Moony, ¿por qué pegarle tantos repasos, si te lo sabes mejor que nadie? Si sigues con la nariz metida en los libros vas a acabar tan cegato como James.
Le quitó el libro en broma, y lo cerró, para después devolvérselo. Remus suspiró, aguantándose las ganas de pegarle una colleja. Con Sirius allí, su tiempo de estudio se había acabado.
- Jamás llegaría al caso de James, no te preocupes por mi. Además, ¿no escuchaste a la profesora cuando dijo que de este examen dependería mucho la nota de los ÉXTASIS?
- Sí, ¿y?
Remus suspiró, rindiéndose.
- Nada...
Antes de que pudieran seguir con una conversación más intrascendental, el retrato se abrió de golpe, y la profesora McGonagall entró por él con rapidez. Los pocos que estaban en la Sala Común se callaron y la miraron expectantes, pero ella, tras recorrer la habitación con la mirada, deteniéndose unos segundos en ellos dos, caminó a paso rápido hacia la escalera, y subió por el tramo que conducía a los dormitorios femeninos.
Remus y Sirius se miraron extrañados. ¿Qué podría haber pasado para que la jefa de Gryffindor pareciera tan alterada?
OO—OO
- Kate, ya estoy más que despierta. No tienes que esperarme mientras me visto, vete a desayunar –dijo Gis ajustándose la falda-.
Su amiga negó con la cabeza, mientras se recostaba en uno de los postes de la cama, con los brazos cruzados.
- Prefiero vigilarte de cerca.
Gis bufó en voz baja, mientras Grace se reía, desde el espejo, donde se estaba peinando la corta melena.
- Pareces mi madre –la murmuró la latina a su amiga, cogiendo los zapatos, y sentándose en la cama para ponérselos.
- Yo sí que voy bajando –intervino Sadie cargando con su mochila y encaminándose hacia la puerta-.
- Espera, voy contigo –se apresuró Grace, cogiendo el pomo de la puerta y adelantándose a su compañera-.
En la puerta se tropezó con la profesora McGonagall, que entraba en ese momento, y la mujer se tambaleó, agarrándose a las jambas de la puerta.
- Disculpe profesora.
- No se preocupe, Sandler –dijo la profesora con el rostro serio. Entró por la puerta, y Grace y Sadie anduvieron hacia atrás, preguntándose qué ocurriría para tener su visita esa mañana.
- ¡Pensaba limpiar luego, profesora! –exclamó Gis temiéndose una inspección de habitaciones-.
Pero McGonagall ignoró su excusa. Cuando la escuchó hablar la miró directamente, y la tembló el labio inferior. Estuvo varios segundos callada, observando a Gisele, sin decir nada, ni darse cuenta. Las demás comenzaron a ponerse nerviosas.
- ¿Ocurre algo, profesora McGonagall? –preguntó Kate con una mala sensación en el estómago-.
McGonagall pareció darse cuenta de su estado, y se aclaró la garganta para despejarse. Su mirada volvió a posarse en Gisele, con compasión.
- Señorita Mendes, ¿sería tan amable de acompañarme al despacho del director? El profesor Dumbledore quiere verla. Las demás, tengo entendido que tienen examen, así que dense prisa.
Gis frunció el ceño extrañada, y asintió con la cabeza. Miró a Kate por última vez, pero ella tenía el rostro repentinamente serio. Grace y Sadie no parecían tener mejor aspecto, y ella no acababa de entender la situación.
Bajaron las escaleras en silencio, y atravesaron la Sala Común, en un sepulcral silencio. Antes de cruzar el retrato, Gis miró a Remus y Sirius, y los saludó levemente, aún perdida. Ellos también la miraba seriamente. Ella no comprendía para qué el director querría verla en su despacho a primera hora de la mañana, si no había cometido ninguna falta. O más bien, era su subconsciente quien no quería encontrar ningún motivo para ese extraño acontecimiento.
OO—OO
El director Dumbledore se paseaba intranquilo por su despacho. Había pasado la noche en vela, intentando comprender mejor la situación. Muertos Tomás y Cora, muchas cosas cambiaban, y desgraciadamente el tema de las cajas se estaba volviendo extremadamente peligroso. Voldemort ya tenía dos de ellas en su poder, los temblores de la noche anterior habían sido demostraciones claras. Pero esa noche no había podido comenzar ningún plan con la Orden del Fénix, pues bastante habían tenido con llorar la pérdida de dos de sus miembros más veteranos. Apenas había hablado con Andrea, y debía acudir esa mañana a San Mungo a explicarle todo lo ocurrido a Adam.
Pero antes tenía la peor tarea que le podía tocar. Decirle a una de sus alumnas que sus padres habían muerto, y se había quedado sola en el mundo. Bueno, sola no. Pese a que la muchacha había cumplido recientemente la mayoría de edad, se preocupaba por quién podría hacerse cargo de ella hasta que fuera psicológicamente capaz. Dinero no la faltaría, pero Gisele Mendes no estaba preparada para hacerse cargo de su vida.
Afortunadamente, aunque había sido una larga noche deliberando ese tema, Edgar Bones le había dado la solución. Como la chica era la novia de su hijo mayor, él y su esposa se habían prestado enseguida a hacerse cargo de ella. Él y su hijo Anthony llegarían en breve por la chimenea, para ayudarle a darla la noticia, y estar allí para ella. Por supuesto se marcharía varios días fuera de la escuela, y aunque él preferiría que continuara, no la obligaría a volver después.
Se sentó en su escritorio, y se llevó las manos a las sienes. Necesitaría su pensadero en breve, pues tenía demasiadas cosas en la cabeza, y comenzaría a saturarse. De pronto el fuego se volvió azul, y Dumbledore se incorporó para recibir a los Bones, pero de allí salió una figura más joven y bajita que Edgar.
- ¡Benjamin! –exclamó cuando reconoció a Benjy Fenwick, que apenas se había reincorporado la víspera del día anterior tras su paso por San Mungo-. ¿Ha ocurrido algo?
El joven respiraba agitadamente, y sin tiempo que perder, informó al anciano lo que le había llevado allí.
- Me envían los Prewett. Tiene que venir, señor. Los mortífagos han descubierto el refugio de los Perkins.
O-oOOo-O
¿Qué os pareció? Me ha costado horrores escribir este capítulo, porque es la muerte de dos personajes que yo había tomado un aprecio especial. Es un palo muy grande para Gis, pero afortunadamente la familia de su novio la apoyará, y también los chicos. En cuanto a los padres de Rachel... no os voy a decir nada hasta el siguiente capítulo, pero yo que vosotros haría caso a las palabras que Dumbledore le dice a Charlus.
Sé que no os gusta que mate a personajes principales, pero es necesario para la trama, y desgraciadamente no será la vez que más lloremos de aquí al final. Sé que la escena ha sido algo fuerte, pero he obviado adrede el momento en que los asesinan, porque no creo estar preparada para describir algo así.
Como habréis adivinado, el siguiente capítulo será muy difícil para todos, pero también habrá otros temas más livianos. Los seguidores de la pareja Sirius&Grace, preparaos.
Sin más os dejo, esperando vuestros reviews! Deseadme suerte en la universidad, que cuanto mejor me vaya, antes podré escribir.
"TRAVESURA REALIZADA"
Eva.
