-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 20

La celebración había sido una forma de liberarse, Daisuke no iba a negarlo, había sido la oportunidad perfecta para entablar la paz con su hermana Sarada tras lo ocurrido, para reencontrarse con sus hijos y recomponer inicialmente su relación con Midoriko, pero apenas y había conseguido prestar atención a otra cosa que no fuera la bella joven que había estad sentada a su lado en todo momento y que—desgraciadamente—se había retirado antes que todos de la celebración, bajo autorización de sus padres.

Aun tenía muchas cosas en que pensar, Koyuki—por ejemplo—no iba a negar que, pese a saber que estaba mal. Aun sentía cosas por ella y además estaba bajo su responsabilidad ya que era su amante, pero esta vez su sentido de la prevención y responsabilidad era mayor, no cometería las mismas imprudencias, pero la repentina noticia—de parte de su hermana Sarada—sobre que Koyuki no podría engendrar ningún hijo suyo…había resultado decepcionante, pero ahora veía que era una señal, no existía un futuro para ambos, o al menos no en el que ella fuera Sultana.

Las puertas de sus aposentos le fueron abiertas—sin demora—por los guardias, como siempre. Lo que más deseaba en ese momento era dormir y olvidarse de viejas rencillas ya que—y como su madre había prometido—este día había sido diferente, la aparición de Aratani había hecho que fuera diferente. El Uchiha se llevó una sorpresa al encontrar, de pie junto a su cama, a la joven que no podía evitar ser dueña de sus pensamientos.

-Alteza- reverencio Aratani.

Con su largo cabello castaño cayendo como una cascada de rizos sobre sus hombros y espalda, la hermosa joven se encontraba únicamente vestida con un camisón de seda blanco perfectamente adecuado para resaltar su figura con un calce perfecto, un sencillo escote en V que proyectaba inocencia y unas mangas holgadas, abiertas a la altura de los hombros para exponer parte de su piel, sin mayor aditamento que intentara ensalzar todavía más su magnánima belleza.

-Tu nombre es Aratani- recordó Daisuke ante lo cual la pelicastaña asintió respetuosamente, sin poder evitar clavar su mirada en los ojos de él. -¿De dónde eres? Tengo la sensación de que nos hemos visto antes- indago el Uchiha, ciertamente intrigado por ella.

Sabía muy bien lo que significaba su presencia, era un ofrecimiento de parte de su madre, una concubina que reemplazara a Koyuki y su viejo interés carnal por ella, era la posibilidad de empezar de nuevo con una joven virginal e inocente que-a lo largo de la velada-no había ocultado sus encantos y había provocado conscientemente su interés, cautivándolo con su inocencia como nadie había hecho antes, pero lo desconcertaba la familiaridad con que ella lo observaba, pareciendo reconocerlo, pareciendo haberlo visto anteriormente, pero él-desgraciadamente-no podía recordar donde la había visto, y de ser así, se preguntaba: ¿Cómo podría haber olvidado un rostro tan hermoso?

-Así es, alteza- sonrió Aratani, alagada interiormente porque él pareciera recordarla. -Tenía doce años cuando llegue al Palacio, usted cruzo el harem ese día, espere volver a verlo desde ese día…- la serena mirada de la pelicastaña perdió su seguridad, obteniendo un sutil matiz de tristeza que preocupo a Daisuke, -pero, no sucedió- admitió Aratani finalmente.

Ella aun podía recordar ese día cuando-vistiendo harapos y ropa vieja como todas las concubinas recién llegadas-el Príncipe hubo aparecido en el Harem, entonces había contado con dieciséis años y le había parecido el hombre más guapo que había visto en el mundo, pero él no se había fijado en ella, pero Aratani nunca podría olvidar como-en ese momento-su corazón había latido desbocado, inundado por un sentimiento que jamás recordaba haber sentido y que se repetía cada vez que pensaba en él, y más ahora que estaba frente suyo como una ofrenda absoluta. Daisuke realmente se sintió mal por un segundo, lamento no haberle dado importancia a ella en el pasado, sintió como si hubiera cometido un error al no fijar su vista en el ella en ese entonces, pero en aquel tiempo las cosas eran diferentes: haba sido padre recientemente en aquel tiempo y vivía pendiente de Midoriko y los asuntos de estado, apenas y había tenido tiempo para otras cosas, había sido indiferente a demasiadas cosas, ella incluida.

-Estoy aquí ahora- tranquilizo Daisuke, maravillado con su belleza, no pudiendo evitar acariciar su rostro.

Las miradas de ambos se entrelazaron inconscientemente, dejando actuar con libertad a sus propios deseos, acerándose el uno al otro más y más a cada momento, presos de una traición que no entendían pero que los llevaría a algo que comprendían muy bien ya fueran que lo hubieran experimentado, en caso de Daisuke, o no, en caso de Aratani.

-Soy suya, mi Príncipe- susurro Aratani, marcando una nimia distancia entre sus labios y los del príncipe, -puede hacer lo que desee conmigo- se entregó la pelicastaña.

Aratani recibió gustosa, aunque un tanto extrañada, una suave caricia por parte de los labios del Príncipe sobre sus labios, había esperado una fogosidad impetuosa, pero para su sorpresa parecía estar pidiendo su permiso, consciente de que era su primera vez y lo importante que habría de ser. Obteniendo una suave sonrisa de agradecimiento de parte de ella, Daisuke recibió la aprobación total para proseguir, permitiendo que el beso fuera profundizado por anhelo de ambos.

El Uchiha poso delicadamente sus manos sobre los hombros de la pelicastaña que asintió en medio del beso, como afirmación, antes de que el hiciera resbalar el camisón por sobre sus hombros, dejándolo caer al suelo. Envolviendo sus brazos alrededor del cuello del Uchiha, Aratani se dejó guiar en todo momento hasta sentir su espalda chocar contra el colchón de la cama…


Un nuevo día iniciaba en el Palacio y, pese a la habitual rutina cortesana, Boruto apenas y se sentía capaz de concentrarse.

Paseándose fuera de los aposentos del Sultan en su habitual estado de vigilancia-hasta que fuera necesaria su presencia o intervención-el Uzumaki jugo entre s manos con un fino pañuelo de seda blanca que tenía bordado sobre si el emblema de los Uchiha engarzado por flores de cerezo, obsequio o recuerdo de su Sultana que lo haba dejado en prenda para él como obsequió por su labor de distraerla de tantos problemas con sus besos y promesas de amor solemne. Boruto, de vez en vez, no pudo evitar acercar el pañuelo a sus fosas nasales, detectando el femenino y cadencioso perfume femenino de la Sultana Sarada que, indiscutiblemente, era la dueña de su corazón.

No podía sacarla de su mente por más que se esforzara y lo peor es que no quería cambiar eso.

La Sultana Mikoto—vistiendo unas elegantes galas burdeo de cuello alto y cerrado adoradas por encaje en la falda superior y el corpiño, con mangas abullonadas de los hombros al codo, ajustadas desde los codos a la muñeca—observo ciertamente intrigada a Boruto mientras se detenía en la entrada del pasillo que daba a los aposentos de su padre. El largo cabello de la Sultana se encontraba elegantemente adornado por una diadema de oro—que sostenía un largo velo burdeo—en forma de espinas adornada por infinitos rubíes y granates en una creación sencilla pero favorecedora a juego con un sencillo par de pendientes en forma de lagrima.

-Buenos días, Boruto- saludo Mikoto.

Pese a hacer todo lo posible por mantenerse a pegado a la realidad, Boruto no pudo evitar sobresaltarse, guardando velozmente el pañuelo en el bolillo de su chaqueta, reverenciando apresuradamente a la Sultana que sonrió tan disimuladamente como le fue posible, feliz ante el estado de amor que compartían si hermana Sarada y Boruto a quien consideraba como su hermano.

-Buenos días, Sultana- saludo Boruto, un tanto apenado.

La pelirosa no consiguió ocultar su diversión, cruzando los brazos por sobre su pecho en un intento por aportar seriedad, pero le resultaba difícil. Pero, -y la confundía enormemente-no conseguía saber porque sus padres la habían llamado, esperaba que no fuera a causa de los rumores que-por culpa de Izumi-circulaban con respecto a ella y Boruto. Lo que menos deseaba, en ese momento, era avergonzar al Imperio por un juego de niños, que justamente lo que Izumi estaba haciendo.

-Vine a ver a mi padre- comunico Mikoto con una sonrisa, -aunque, viéndote tan distraído mejor no te interrumpo- tranquilizo Mikoto, señalando al Uzumaki con la mirada.

-Sultana- reverencio Boruto.

No necesitando de más palabras, Mikoto siguió con su camino en tanto los dos guardas jenízaros en las puertas de los aposentos de su padre le hubieron permitido pasar. Boruto espero a que las puertas se hubieran cerrado y-teniendo únicamente a las doncellas de la Sultana como testigos-sin más se retiró a sus aposentos. Necesitaba aclarar su mente y pensar con cordura, pero era demasiado difícil.

Era imposible no pensar en el mar de amor que la Sultana había hecho nacer en su pecho.


Daisuke había entrado en razón, Midoriko estaba más que segura de ello y no pudo evitar transmitirlo mientras cruzaba los pasillos del Palacio, de regreso a sus aposentos tras haber desayunado junto a la Sultana Sarada. Su Príncipe le había sonreído por primera vez en mucho tiempo, había sostenido su mano y le había pedido perdón abiertamente por todas las formas en que la hubiera ofendido, preocupándose nuevamente por ella como había hecho en el pasado. Midoriko tenía fe de que, a pesar de todo, los viejos días aun podían regresar, aun había esperanza para ellos.

La Sultana, en su camino—cruzando el Harem—era más que digna de admirar. Lucia unas elegantes galas color rojo—el emblemático color oficial del Imperio Uchiha—de mangas ajustadas y escote corazón. Un sinfín de diamantes dividan la falda inferior de la superior, marcando un dobladillo sumamente elegante, unas muñequeras de tamaño promedio y un elegante bordado de cristales e hilo de plata que emulaban dos cisnes en el corpiño con el emblema de los Uchiha en el centro. Su largo cabello violáceo era adornado por una sencilla corona de plata, rubíes y granates en forma de capullos de rosas que brillaba con el movimiento de su andar, a juego con un sencillo par de pendientes en forma de lagrima.

Si, los viejos tiempo habían muerto, era hora de un nuevo inicio para ella, para su Príncipe y para sus hijos.

Pero, y como una nota sorpresiva, discordante e incomoda a su vez, se hubo encontrado en su camino con la joven que, casualmente, había pasado la noche con el Príncipe Daisuke, Aratani. Midoriko la observo disimuladamente de arriba abajo; rostro delicado, ojos llamativos de un brillante esmeralda—como los de la Sultana Sakura—y largo cabello castaño, lo común, pero era significativamente bella y transmitía un aire inocente que hacía sentir respeto, expectativa, era como contemplar a la Sultana Sakura en el pasado, era como recordar la joven que había sido en los primeros años de reinado del Sultan.

Aratani, observo entre sorprendida y feliz a la Sultana. Ahora con el título de "favorita" del Príncipe, la pelicastaña lucia unas elegantes galas turquesa de escote corazón y mangas ajustadas hasta los codos y abiertas como lienzos, por sobre el vestido una chaqueta del mismo color bordada en hilo de plata, diamantes y pequeñas incrustaciones de zafiros y topacios. Su largo cabello castaño caía como una cascada de rizos, sobre sus hombros y tras su espalda, adornado por una sencilla diadema de oro en forma de tulipán con diamantes y zafiros engarzados a juego con un sencillo par de pendientes en forma de lágrima.

-Sultana Midoriko- reverencio Aratani,- es un honor conocerla finalmente, he oído grandes cosas de usted- sonrió la pelicastaña, agradecida por la oportunidad de conocer la Haseki del Príncipe Daisuke, la madre de un Príncipe y una Sultana.

-Gracias- sonrió la Sultana, escuetamente, antes de reparar en la situación y la amabilidad de la joven concubina. -Esto es un poco incómodo- admitió Midoriko, sonriendo nerviosamente.

-Si- rio Aratani, sabiendo lo que la Sultana habría de sentir y la desconfianza que, para ese momento, habría de tenerle en base a lo experimentado por culpad e la Princesa Koyuki, -se de sus inseguridades, Sultana, pero confié e mi cuando le digo que no hay ni habrá nada entre el Príncipe y yo- prometió Aratani.

Pese a que su primera vez con el Príncipe Daisuke fuera una noche memorable que haba continuado esa mañana hasta que amos hubieran quedado-momentáneamente-satisfechos el uno del otro, Aratani no olvidaba sus valores y eso implicaba no ser un estorbo para la Haseki principal del Príncipe, la mujer que le había dado un Príncipe y una Sultana. Tal vez fuera Sultana algún día, pero no lucharía por el poder, solo lo aceptaría si habría de ganarlo, no se enemistaría con nadie salvo con la Princesa Koyuki y solo si hacía falta.

-Aun así, estuviste en su cama anoche- recordó Midoriko.

-Por deber, Sultana- justifico Aratani. -Nunca me atrevería a anteponer algún sentimiento egoísta por sobre su seguridad y la de sus hijos- explico la pelicastaña con autentico respeto hacia ella, -crea en mi cuando le prometo que nunca seré una amenaza para usted- garantizo Aratani.

Midoriko no sabía que decir, ¿Cómo creerlo? La mayoría de las jóvenes en el Harem eran respetuosas y correctas, desde luego ya que el protocolo dictaba eso, pero solían cambiar al encontrar la oportunidad de ascender al poder, ¿Cómo confiar en ella? Quería hacerlo, pero ya no contaba con el poder que podía ganar en la cama del Príncipe, si quería recuperar eso habría de ser cuidadosa y a mejor forma de hacerlo era no teniendo una enemiga potencial. Aratani parecía ser leal al deber Imperial, tal vez pudiera razonar con ella pero para eso debía conocerla mejor.

-Quiero creerlo, Aratani, pero solo el tiempo lo dirá- concluyo Midoriko.

-Amén, Sultana- acepto Aratani, sonriendo amablemente.

No tenían por qué forzar las cosas entre ambas ya que deseaban lo mismo, hacer feliz al Príncipe y mantenerse-por razones diferentes, sin duda-leales al Imperio al que servían y-ahora-pertenecían. En la entrada contra el Harem,-en compañía de su leal doncella y amiga, lady Yugito-Koyuki observo un tanto curiosa la interacción de la Sultana Midoriko con una simple concubina que, sin embargo, vestía claramente mejor que las demás mujeres del Harem.

La Princesa vestía unas sencillas galas rosa suave de mangas ajustadas y escote cuadrado, con diminutos cristales rosa y diamante ene l centro del corpiño, el dobladillo de la falda y diferentes partes de la tela para emular flores de jazmín. Por sobre su largo cabello azul—que caía tras su espalda como una cascada—se encontraba una diadema de oro en forma de cintillo que complementaba un par de largos pendientes de cuna de oro con un rubí en el centro.

-Lady Ino, ¿Quién es ella?- inquirió Koyuki.

La Yamanaka, que por entonces acababa de despedir a una joven, dándoles ordenes específicas, volteo a ver confundida a la Princesa antes de reparar a donde estaba observando.

-Su nombre es Aratani, Princesa- dio a conocer Ino, -es la favorita del Príncipe Daisuke, disculpe- informo la Yamanaka, retirándose para cumplir el resto de sus deberes.

Koyuki se mantuvo incrédula ante la desaparición de la Yamanaka y la información que esta le había brindado…debía de ser una mentira, no podía ser cierto, Daisuke no podía traicionarla de esa forma. No tenía sentido, tenía que ser una treta de la Sultana a Midoriko, no había otra explicación. Yugito apoyo su mano sobre el hombro de su amiga y Princesa, temiendo la reacción que pudiera tener a causa de la presencia de esa mujer llamada Aratani.

-Princesa- intento consolar, Yugito.

-¿Cómo pudo?- Koyuki observo incrédula la desaparición de la Sultana Midoriko y el pronto ingreso de esa mujer; Aratani, al Harem, -me traiciono- concluyo con la voz quebrada, dolida al enterarse de lo reemplazable que era para Daisuke, -yo estaba sufriendo sin él y ahora me entero que tiene una amante- la Princesa apretó los puños, presa de la frustración.

¿Por qué?, ¿Qué tenía esa simple concubina que no tuviera ella?, ¿A dónde se habían ido todas las promesas que Daisuke le había hecho?, ¿Cómo es que, de la noche a la mañana, se había vuelto tan poco importante para él? Tantas promesas hechas, tantos planes e ideales…ahora todo estaba hecho trisas, todo no era sino arena que se llevaba el viento, todo eran simples palabras, todo era una absurda mentira.

-Es una mujer sin importancia, Princesa- tranquilizo Yugito, intentando evitar otro posible foco de conflicto para su amiga, -usted es importante- le recordó en base a lo que el propio Príncipe había dicho anteriormente sobre ella, -el Príncipe ya que cansara de ella- aseguro la doncella.

Koyuki no asintió ni negó las palabras de Yugito, no iba a servirle de nada hacerlo. Si discutía, esta vez, no iba a hacer nada sino humillarse inútilmente a sí misma, tendría que cerrar los ojos y soportar, no podía hacer nada más.


Los aposentos del Sultan eran participes de la animada charla del magnánimo gobernante y su siempre radiante esposa, la Sultana Sakura. Había temas de suma importancia que compartir, la liberación de Daisuke, la ya iniciada labor de Aratani y la eliminación de los rumores acerca de su hija primogénita, Mikoto.

Como siempre, la Sultana Sakura era una imagen más que digna de contemplar por quien pudiera o deseara hacerlo, pero solo alcanzable para un hombre. La Sultana lucía un sencillo vestido verde azulado de un favorecedor escote en V levemente redondeado y mangas holgadas hasta casi cubrir las manos, abiertas a la altura de las muñecas. Por sobre el vestido se encontraba una chaqueta azul oscuro bordada en hilo de plata en los bordes y que emulaba—con cristales y trozos de topacio y zafiros—flores de cerezo bordadas en hilo de plata. Alrededor de su cuello se encontraba el siempre soberbio emblema de los Uchiha a juego con la corona de plata, zafiros y topacios sobre su cabeza en forma de flores de cerezo, —así como un sencillo par de pendientes—resaltando su largo cabello elegantemente recogido tras a nuca.

-Todo ha resultado de maravilla- alabo Sakura.

-Debo reconocer que tenía mis dudas- admitió Sasuke.

Dejando el libro de Reuniones del Consejo-que había estado revisando, Sakura no pudo evitar voltear a verlo, sorprendida. Sasuke no era alguien precisamente escéptico con respecto a las personas, más aun alguien que ella eligiera. Debía admitir que se sentía un tanto sobrevalorada ante sus palabras, no le gustaba que sus decisiones e ideas fueran cuestionadas, y era la primera vez que Sasuke lo hacía.

-¿Y eso por qué?- inquirió Sakura, un tanto ofendida.

Sasuke la abrazo por la espalda, dándose cuenta de su deje de ofensa a causa del tono de sus palabras. Su intención no había sido ofenderla, no dudaba de sus decisiones, en lo absoluto, pero si del talento de Aratani y su compromiso, haba mujeres de todas las clases en el Harem, dese inteligentes como para llegar a ser Sultanas, hasta tan tontas como para solo ser sirvientas, mujeres sin aspiración. ¿En qué categoría entraba Aratani? No podía saberlo, no había vuelto a verla desde su partida, solo sabiendo que le era leal al Imperio, pero la lealtad era solo una parte, para sobrevivir en ese palacio se necesitaban todas las armas posibles.

-No niego que Aratani es muy bella, pero se necesita más que solo belleza para sobrevivir y lo sabes- le recordó el Uchiha.

-Por eso la elegí- aclaro Sakura, volteando por completo, sin romper el abrazo, dando por hecho de que, en efecto, Aratani no era solo una cara bonita, -su belleza va a la par con su inteligencia- prometió, conociendo absolutamente bien a su pupila. -Aun cuando no podamos ejecutar a Koyuki o desterrarla, ya no será una amenaza- garantizo la pelirosa, mucho más tranquila por esto, -su poder nunca tendrá lugar aquí- zanjo Sakura, sonriéndole al Uchiha.

-Sea- afirmo Sasuke.

Las puertas se abrieron con un leve chirrido-haciéndolos romper su abrazo de mala gana-permitiendo el ingreso de su hija Mikoto, a quien habían solicitado para aclarar un asunto que los tenía un tanto preocupados, necesitaban aclarar que es lo que Sarada había intentado decir la noche anterior y que, hasta ahora, no había querido contar pese a lo anunciado.

-Majestad, madre- reverencio Mikoto debidamente antes de llevar su mirada confundida y curiosa a los rostros de su padres. -¿Querían verme?- supuso, en espera de saber el porqué de su llamado.

-Si, Sarada aludió algo anoche- informo Sasuke para confusión de su primogénita, -dijo querer hablar conmigo respecto a su felicidad y lo que quería de ahora en más- evoco el Uchiha.

-Por no decir que encubrió el amor platónico de Izumi hacia Boruto- recordó Sakura, complementando lo dicho por su esposo, -supongo que tú sabes algo que nosotros no- aludió la Sultana.

Mikoto suspiro únicamente ante estas palabras, sabía que tarde o temprano las cosas habrían de saberse, de un modo u otro, por no esperaba tener que ser intermediaria. No tenía una obligación real ni nada, no tenía por qué ser la encargada de desvelar la verdad, pero estaba segura que-de no hacerlo ella-Sarada tardaría demasiado en hacerlo, dándole a Izumi la oportunidad de realizar lo que ella consideraba que era un amor correspondido. Tenía que hacer algo.

-Si- afirmo Mikoto, sabiendo que de nada le serviría ocultar la verdad por más tiempo, -Boruto está enamorado de Sarada…- rebelo la pelirosa para conformidad de sus padres, -y ella le corresponde- finalizo sorprendiendo a sus dos padres.

¿Boruto y Sarada? No habían reparado en esa posibilidad.


No iba a reclamar, no iba a gritar y esperar que Daisuke le rindiera explicaciones, sabía que no le serviría de nada tampoco, por ello Koyuki había entrado en los aposentos del Príncipe que la había recibido cortésmente y que-sin embargo-guardaba distancia emocional con ella, sentando a su lado, pero sin dirigirle la palabra, sin verla a los ojos y decirle que la extrañaba, que la amaba, sin emitir palabra alguna para reconfortarla, contrario a como había actuado anteriormente. Estaba actuando diferente, las cosas eran diferentes.

-Este palacio es muy solitario- comento Koyuki, intentando iniciar una conversación, -te extrañe todo el tiempo y soñé con volver a verte- garantizo la Princesa con su usual voz atrayente y romántica, apartando levemente la mirada, no pudiendo olvidar lo que había visto, lo que ahora sabia. -Pero obviamente tu no sientes lo mismo- murmuro Koyuki.

Pese a saber lo que ella estaba aludiendo, y el hecho de que debía conocer los detalles, Daisuke no volteo a verla, no levanto la mirada ni dio señal alguna de comprender de lo que hablaba. No quería más problemas, aunque lo más difícil en ese momento no era sino apartar a Aratani de su mente, no había cesado de recordar todo lo vivido la noche anterior y durante esa mañana, jamás recordaba haberse sentido tan complacido y a la vez necesitado de una mujer, era extraño sin duda, lejos de satisfacer su deseos-como haba sucedido con Koyuki y Midoriko-Aratani enaltecía ese fuego, esa pasión, lo hacía necesitarla más de lo que hubiera podido creer posible.

-¿A qué te refieres?- se hizo el desentendido Daisuke.

-Tienes una favorita, la vi en el Harem- espeto Koyuki, ocultando eficazmente su decepción y tristeza por su traición. -¿Estoy equivocada?- pregunto con un deje de burla que hizo a Daisuke apartar la mirada por el tono crítico que ella estaba empleando. -Me hiciste promesas, dijiste que yo sería la única mujer para ti- recordó Koyuki que, si bien oculto sus emociones, no pudo evitar el matiz quebrado de su voz, presa de la tristeza más absoluta por saberse insignificante, -pero ahora cambia todo porque no puedo darte un hijo- se insultó la Princesa.

-No viene al caso hablar de eso, Koyuki- se negó el Príncipe.

-Solo estoy preguntando- justifico Koyuki con voz serena, fingiendo una calma que no sentía. -¿Sientes algo por ella?- interrogo la Princesa abiertamente.

Daisuke levanto la mirada para intentar fingir, pero se sorprendió al ver que-en lugar del interrogante rostro de Koyuki-quien estaba a su lado no era sino Aratani, la hermosa doncella que se había entregado a él la noche anterior, esa belleza que se había enamorado de él con solo verlo una vez, teniendo solo doce años, esa mujer de belleza exuberante a quien no podía sacar de su cabeza y que lo hacía sentir extrañamente vulnerable y fuerte al mismo tiempo…pero, desgraciadamente, se vio obligado a volver a la realidad, viendo a Koyuki que esperaba una respuesta.

-Regresa a tus aposentos Koyuki- ordeno Daisuke, apartando su mirada del rostro de ella, -necesito estar solo- zanjo el Uchiha.

Koyuki lo observo por un par de segundos, esperando que sus palaras no fueran sino una broma, pero Daisuke no hizo nada para contradecir su orden, cosa que la hizo retirarse sin protesta alguna, herida en lo más profundo de su orgullo, pero completamente incapaz de aceptar que eso pasara, ella no era una baratija, no se desharía tan fácilmente de ella si es lo que Daisuke estaba pensando. Distante de esa realidad, Daisuke no hacía sino evocar en sus pensamientos a la única persona que deseaba tener a su lado en ese momento.

Necesitaba a Aratani.


Tomar una decisión con la cabeza fría era, sin lugar a dudas, la labor más difícil a ejercer sin importar cuanto poder se tuviera, toda decisión creaba un problema o una solución y eso no evadía a la elite más soberbia y poderosa del mundo. Sentada sobre un diván junto a la ventana, -en sus aposentos—la Sultana Sarada veía transcurrir el día hasta que el sol hubiera desaparecido en el horizonte recientemente, incapaz de haber revelado sus sentimientos ante su padre como le había asegurado que haría, incapaz de ser egoísta como seguramente podría hacer su hermana Izumi.

La hermosa Sultana se encontraba ataviada en unas elegantes galas violeta purpureo de escote corazón y mangas ajustadas hasta los codos, abiertas como lienzos, por sobre el vestido una chaqueta sin mangas de igual color noblemente bordada en hilo de plata, cristales y diamante que emulaban un bordado en forma de pétalos de cerezo en los bordes de la chaqueta y el dobladillo de la falda, cerrando la chaqueta a la altura del vientre. Su largo cabello azabache—plagado de risos—caía libremente tras su espalda, adornado por una corona de oro, diamantes y amatistas en forma de lirios a juego con un sencillo par de pendientes de una de oro de los que pendía un cristal en forma de lágrima.

Había deseado hacer lo prometido, confesarle a su padre lo que sentía por Boruto…peor no era capaz, ¿Cómo vería a Izumi a la cara?, ¿Cómo podría ver su odio cada día? Esa carga emocional era demasiado grande como para olvidarla así sin más, no podía ser egoísta, no podía pensar solo en ella, anteponiendo sus sentimientos, tenía que recordar lo que era realmente importante, pero, ¿Cómo hacerlo? Era una mujer como cualquier otra y, al menos una vez, quería amar y ser plenamente correspondida. Irrumpiendo en sus pensamientos, las puertas de sus aposentos se abrieron repentinamente como una señal que la hizo levantarse del diván y alisarse la falda, reverenciando prontamente a su padre que la observo un tanto curioso.

-Padre- saludo Sarada con el debido respeto.

Usualmente, jamás, había tenido que reparar en el comportamiento de Sarada, ella nunca cometía un error y ahora no era la excepción a esa regla, pero lamentaba que su hija se viera oprimida de alguna forma, viviendo un amor a escondidas. Sakura y él no se oponían a un matrimonio si es lo que ella quería, pero querían que ese deseo, esa voluntad naciera de ella, de su voz y su corazón, querían saber que-esta vez-su hija habría de ser plenamente feliz.

-Anoche dijiste algo, Sarada- recordó Sasuke, desconcertado.

La Uchiha bajo la mirada, tragando saliva tan inaudiblemente como le fue posible, un tanto incomoda por el tema en cuestión. No quería aludir eso, no quería responder en ese minuto, nunca, en realidad, claro que quería vivir su amor con Boruto libremente, pero no quería ser egoísta a causa de ello.

-Estuve esperando toda la tarde y sin embargo no apareciste- continuo Sasuke, consiente del intento de evasión por parte de su hija. -He de suponer que los sentimientos que Boruto tiene por ti te confunden- aludió el Uchiha ante lo cual, en el acto, Sarada levanto su mirada, absolutamente sorprendida. -Tu madre y yo hemos llegado a una conclusión respecto al tema- advirtió Sasuke, no dando detalles demasiado importantes, -pero quiero escuchar tu opinión antes de decidir- determino el Uchiha.

¿Cómo es que su padre sabia de su romance-corrección-amor, por Boruto? No tenía ni la más remota idea, pero en cierto modo agradecía que estuviera libre de su opresión inicial, no tenía por qué mentirle a su padre como había hecho con su madre anteriormente, esta vez no tenía por qué ocultar sus sentimientos, esta vez no tenía por qué callar la que sentía. Pero pensar en manifestarse, verbalmente, no era lo mismo que hacerlo del todo, cruzar esa línea era más difícil de lo que parecía.

-Padre- inicio Sarada, con el debido respeto, sabiendo que si no hablaba ahora no lo haría nunca, -he sido leal a este Imperio desde que nací, nunca te he pedido nada, ni siquiera pude oponerme al pretendiente que ustedes creyeron conveniente, no tuve el valor de hacerlo- justifico, aludiendo escasamente a Inojin, -pero si no quieres aceptar esto, al menos permíteme seguir soltera o elegir a un Pasha que sea digno- pidió Sarada, bajando la mirada.

-¿Y Por qué no habría de considerar digno a Boruto?- cuestiono Sasuke.

Sarada levanto la mirada de forma inmediata ante esta alusión, incrédula por lo que escuchaba, pero su padre no hizo sino sonreírle ladinamente, afirmando que lo que ella considerara estaría bien. Una breve sonrisa agradecida se plasmó en el rostro de la Sultana ante la aprobación de su padre, pero no tardo en desaparecer ante la remota posibilidad de que su anhelo fuera visto como una traición por parte de su hermana menor.

-Pero, Izumi…-intento protestar Sarada.

-Izumi hará lo que yo diga- zanjo Sasuke, irrebatible.

Le preocupaba la situación de su hija, Izumi-con el pasar del tiempo-comenzaba a asemejarse más a su hermana Rin que no había hecho sino imponer sus propios intereses por sobre los del Imperio, masacrando a inocentes e imponiendo una crueldad solo equiparable a la que Obito y Mei habían ejercido. Si no marcaba un alto ahora, tal vez en el futuro fuera demasiado tarde, y si bien Izumi pronto estaría en edad de casarse, el pretendiente debería de ser de su absoluta confianza, alguien irreprochable pero a que su vez antepusiera la lealtad a él por sobre la que habría de sentir hacia Izumi.

-Me he dado cuenta de que está siguiendo y anteponiendo sus propias ambiciones antes que el bienestar del Imperio- menciono Sasuke, apartando momentáneamente su mirada de su hija que asintió, un tanto resignada pero triste ante el camino que su hermana parecía querer seguir, -en momentos como este necesitamos personas que sean leales a nosotros y a nuestra causa- recordó Sasuke, observando a su hija, -Boruto lo es- afirmo el Uchiha.

Su padre siempre había sido alguien atento, el mejor padre que Sarada hubiera podido imaginar en su vida, nunca dejaba que las responsabilidades políticas interfirieran en el ámbito familiar a menos que fuera estrictamente necesario y eso no sucedía habitualmente, ni siquiera con Rai.

-Gracias, padre- sonrió Sarada.

-Pero, hay una condición- estipulo el Uchiha, -solo lo aceptare si no vuelves a derramar una lagrima- sentencio Sasuke, -si llego a enterarme que sufres por algún motivo, toda mi confianza en el desaparecerá- juro el Uchiha.

Confiaba ciegamente en Boruto, ¿Cómo no hacerlo? Lo conocía desde hace años, lo había visto probar su lealtad en incontables ocasiones, si pudiera depositar su vida en manos de alguien-que no fuera Sakura-definitivamente seria en Boruto, sabía que el haría todo lo necesario para proteger al Imperio, y eso incluía proteger a su hija, pero tampoco olvidaba el pasado poco romántico que tenía el Uzumaki y no quería que una experiencia, como la de Inojin, volviera a repetirse.

-Descuida padre- tranquilizo Sarada, -el me devolvió la felicidad, nunca lloraría por su causa-prometió la Sultana.


Lo que le había dicho a la Sultana Midoriko era absolutamente real, no osaría intervenir entre ella y el Príncipe Daisuke, pero Aratani debía de admitir que sentía algo muy fuerte por el Príncipe, algo que sabía podía considerarse más que simple atracción…pero ese sentimiento no podía ni se volvería algo egoísta, nunca se atrevería a olvidar quien era y los valores que tenía. La Sultana Sakura le había dado una oportunidad sumamente valiosa, una oportunidad de pasar de ser una simple esclava a una poderosa Sultana, como había hecho ella anteriormente.

La ocasión era simplemente perfecta. Daisuke contemplo sin disimulo alguno la belleza de la hermosa mujer a su lado, con la cabeza reposando sobre sus brazos, su largo cabello cubriendo su espalda y su cadenciosa figura femenina expuesta por completo ante él. Sus ojos recorrieron el cuerpo de ella, iluminado por la dorada luz de las velas que parecía morder su figura. Su largo cabello castaño, cual olas oscuras, caía libremente por su espalda hasta la altura de sus caderas. Sus labios relucían brillantes y rojos por todo el desenfreno que habían dado y sentido.

-Soy el hombre más afortunado del mundo—sonrió él sinceramente, contagiando a Aratani que imitó su expresión, marcando su hermosa sonrisa. -Eres tan hermosa- adulo Daisuke, completamente fascinado por ella.

Aratani se sentía completamente alagada, hermosa y amada teniendo la pesada y sumamente agradable mirada de él sobre su figura desnuda, escaneando y reconociendo cada sector que él mismo había tocado y besado devotamente con anterioridad. No le molestaba ser objeto de su atención, de hecho, no quería que dejara de verla de esa forma.

-La belleza nace del amor, alteza- garantizo Aratani, sentándose sobre el colchón y exponiendo sin reparo su figura ante el Príncipe, tomando una de sus manos y colocándola osadamente sobre su pecho. -Siéntalo, este corazón late por usted- prometió la pelicastaña inclinando su rostro hacia el del Príncipe que no podía evitar escanear su ser por completo: su rosto angelical, su figura absolutamente perfecta, su voz melodiosamente dulce, como el canto de una sirena. -Soy suya- sonrió Aratani, casi rosando sus labios con los del Príncipe, tentándolo más a cada momento, haciendo incontenible el deseo que ambos sentían.

La mano del Uchiha sujeto posesivamente la nuca de ella, haciendo chocar sus labios con una pasión inexorable e incontenible que los hizo volver a sumergirse en aquella feroz entrega que los unía tanto, en ese mar de pasión que los hacia completamente afines entre sí.


PD: se que prometí actualizar antes del fin de semana, pero no pude y lo siento, pero por ello me he esforzado tanto como me ha sido posible y actualizado hoy a más tardar :3 disculpándome con ustedes ya que comprendo lo que es ansiar un capitulo nuevo :3 lo vivo a diario. Esta actualización esta dedicada (como siempre) a: DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro y a quien agradezco por su paciencia, prometiendo actualizar su fic "La Bella & La Bestia" esta noche o mañana, así como "El Sentir de un Uchiha" antes del fin de semana), Adrit126 (que sentía preocupación por Midoriko y a quien deseo la mejor de las suertes en todos sus deberes y planes :3 ) y a Melilove (que se reintegro y que pidió una pronta actualización) :3 muchas gracias mis queridos lectores, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima :3