¡Hola a todos! Lo sé, llego tarde no, tardísimo, pero llevo una temporada en la universidad... trabajos, exámenes, más trabajos... Me queda aún un examen por hacer la semana que viene, pero me alegra poder deciros que las demás asignaturas están aprobadas, así que mi retraso al menos ha valido la pena jejejeje
Bueno, dado que os he echo esperar mucho por la actualización, responde a los anónimos y os dejo leer, que ya os dije que el capítulo de hoy tendría sorpresita. Muchas cosas cambiarán a partir de este :P
Io – Marianna: ¡Hola! No sabía cómo llamarte! Jejeje siento no haber actualizado rápido, pero si hubieras visto mi vida sabrías que había días que solo paraba para comer! Me alegro que te guste el triángulo amoroso, pero ya es hora de que se vaya resolviendo, y como hay disparidad de opiniones, la resolución no va a gustar a todos, pero es la que hay, y solo puede haber una. A mi, personalmente, creo que el italiano me gusta aún más que Sirius jejeje me encanta su forma de ser, creo que creé mi hombre ideal para él, al menos en carácter, porque físicamente puede haber alguien mejor que Sirius en HP?:P espero que te guste el capítulo!;)
Roxanne Potter: ¡Hola guapa! Si el capítulo anterior te dio pena, espera a ver este, me ha costado muchísimo escribirle :( aquí sabrás qué pasó con los padres de Rachel, pero hasta el siguiente capítulo no sabremos nada del traidor. Creo que conseguiré sorprenderos ;) no es que Lily se ponga super celosa, pero tienes que admitir que la idea de tener una rival así asustaría a cualquiera jeje yo no me fiaría del todo de un chico con las hormonas revueltas como James, y aunque ella es inteligente, es lógico que tenga sus dudas! Como bien has dicho, Grace tiene las ideas claras, y aunque en parte sea egoísta en querer saber si Sirius se pone celoso para subir su ego, tampoco querría hacer daño a Kate. Es algo egocéntrica, pero no mala persona, así que haber cómo queda el final de este triángulo ;) Siento haber tardado y espero que ahora se acerca el verano pueda actualizar antes! Un besazo!;)
Ana J: ¡Hola guapa! Bienvenida al club de los lectores visibles! Jejeje espero que te siga gustando la historia y continúes comentando! Un besazo!
Bueno, ya después de esto os dejo con el capítulo, que espero que os guste. Ya sabéis que nada de esto es mío, sino de la maravillosa y única JK.
"JURO SOLEMNEMENTE QUE MIS INTENCIONES NO SON BUENAS"
O-oOOo-O
Capítulo 31: Sucedió... lo que tenía que pasar
Cuando Albus Dumbledore llegó al que había sido el refugio de los Perkins se sintió sobrecogido al ver la casa completamente destruida. Benjy Fenwick corrió delante de él, guiándole por el recibidor hasta llegar a las escaleras que conducían al segundo piso. En ellas estaban sentados los hermanos Prewett, llenos de sangre y sudor, aún intentando recuperar el aliento. Algo que le llamó la atención, es que todo el suelo de la casa estaba completamente separado, roto en dos, como si hubiera habido un terremoto.
- ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde están Susan y Harold? –preguntó en anciano mirando en derredor, esperando verlos sentados en el suelo o cruzar la puerta-.
Los dos gemelos compartieron una mirada ansiosa, y miraron al hombre con los ojos nublados.
- Vinimos tan pronto como sonó la alarma de destrucción de hechizos. Había casi una decena de mortífagos, y nosotros solo éramos tres, en principio. Después se nos unió Benjy y pudimos hacerles huir –explicó Gideon secándose el hilo de sangre que le caía de la ceja-.
Su hermano le pasó la mano por el hombro y le tomó la palabra.
- Entonces nos pusimos a buscarlos por la casa. Encontramos al señor Perkins, y Dorcas le llevó a San Mungo –se mordió el labio inferior, y se pasó una mano por la barbilla-.
- ¿Y Susan?
Los dos gemelos miraron a la vez a Benjy, quien se pasó una mano por el pelo, nervioso. Su mirada se desvió hacia la habitación que estaba al otro lado del pasillo, y suspiró.
- No llegamos a tiempo, señor.
El corazón del anciano comenzó a rebotar salvajemente en su pecho. Su mirada siguió la de Benjy, y sus pies le llevaron hasta el cuarto. Era la sala de estar, había estado pocos días antes tomando el te con ellos allí, para tranquilizarlos por el paradero de Rachel. Ahora se alegraba más que nunca de no haber sucumbido a las súplicas de la madre de la muchacha, y haberla dejado en Hogwarts. Entró en la habitación y allí, encima de la mesa, colocada con todo el cuidado del mundo, estaba Susan.
Al verla inmóvil, pálida, con los ojos respetuosamente cerrados, claramente muerta, sintió que el aire se le detenía en el pecho. Ya había perdido a demasiada gente esa noche, pero aunque fuera injusto, esto le dolía más. A Tomás y Cora hacía seis años que les conocía, y habían sido grandes colaboradores, pero al mirar a Susan, al igual que ocurrió con Ethan, veía a la pequeña niña a la que tanto la costaba su asignatura. Tenía los mismos rizos que su hija, exceptuando que los suyos eran casi azabaches. Seguramente era lo único que Rachel había heredado de ella, pues todas sus facciones recordaban más a su padre, un muggle que apenas había conocido el año anterior.
No había signos de violencia en el cuerpo de Susan, solamente la ausencia de vida probaba que estaba muerta. Seguramente un Avada había sido rápido e indoloro. Al menos tenían que agradecer eso, pues no quería saber lo que el matrimonio Mendes había debido sufrir antes de morir.
- ¿Señor?
Los tres hombres le habían seguido hasta la salita, y le observaban con una mezcla de cautela y pena. Gideon Prewett se adelantó.
- Edgar Bones acaba de llegar buscándole. Dice que en Hogwarts le han dicho que usted estaba aquí.
Dumbledore palmeó cariñosamente la mano de la mujer fallecida, y apartó la mirada, recuperando por completo la compostura.
- Averiguad el estado del señor Perkins, y venid a Hogwarts a comunicármelo, por favor –pidió cuando pasó a su lado-.
El señor Bones estaba en el umbral de la puerta de entrada, mirando pálido el interior.
- ¿Acaso no hemos tenido bastante esta noche? –preguntó con la voz tomada, aún con los signos del disgusto que había sufrido horas antes-. ¿Están bien, verdad?
Dumbledore cerró los ojos, y negó suavemente con la cabeza.
- Espero que Harold pueda salir de esta, pero la pobre Susan... Voldemort debe estar satisfecho, no solo me ha dado un buen palo con Tomás y Cora, sino que ha dado un paso más para extinguir a la familia Jonhson.
Edgar se apoyó un momento en las jambas de la puerta, cerrando los ojos con fuerza, y sorbiendo por la nariz. Cuando se incorporó, había recuperado la compostura.
- He dejado a Anthony en su despacho, pero si considera que no es momento para hablar con Gisele...
- No –respondió Dumbledore apresuradamente-. No puedo permitir que la pobre muchacha se encuentre con la noticia en los periódicos. Vamos ahora...
OO—OO
Sirius y Remus aún no había reaccionado después de que Gis se fuera con McGonagall, cuando Grace y Kate bajaron las escaleras de dos en dos, seguidas por Sadie. Las tres estaban pálidas como la cera.
- ¿Qué ha pasado? –preguntó Remus sintiendo un nudo formarse en su estómago-.
- No sabemos. McGonagall solo ha dicho que el director quería hablar con ella...
Kate parecía a punto de ponerse a respirar con dificultad de la preocupación. No era tonta. Habían visto esa escena demasiadas veces en los últimos años para no suponer lo que el director querría hablar con Gis. Solo esperaba equivocarse.
- ¿Alguien está pensando lo mismo que yo? –preguntó Grace mordiéndose el labio inferior-.
Pasó su mirada de su mejor amigo a Kate, después a Sadie, quien parecía más preocupada de lo que se esperaba, y por último a Sirius, que tenía el ceño fruncido.
- Ni siquiera lo digas, rubia. No ha podido pasar nada. Es imposible –la dijo con voz dura-.
Sabía que era engañarse a sí mismo, pero en ese momento no quería creer que nada malo le pudiera pasar a la siempre alegre Gisele.
- ¿El qué no ha podido pasar? –preguntó Peter llegando en ese momento junto a Jeff-.
Los cinco se miraron entre sí en silencio durante un segundo, antes de que Kate contestase.
- McGonagall ha subido a buscar a Gis. Al parecer Dumbledore quería hablarla en su despacho.
El pequeño no parecía entenderlo, sino que frunció el ceño confundido. Miró a Sirius y Remus, esperando que le aclararan el problema, cuando Jeff cayó en ello, y ahogó una exclamación.
- No le ha pasado nada a su familia, ¿no?
Todos se encogieron un poco cuando lo que estaban pensando fue expuesto en voz alta. Sadie miró a su hermano como si hubiera cometido un delito por hacerlo, y el muchacho se encogió de hombros levemente.
El incómodo ambiente de silencio que siguió a su pregunta, se rompió cuando Nicole saltó sobre la espalda de su novio, con su habitual buen humor.
- ¡Buenos días! ¡No puedo quedarme, me he olvidado de hacer los deberes de Encantamientos, y tengo que copiarlos, pero te saludo para que luego no te enfades conmigo!
Su risa inundó toda la sala, y Grace la agradeció por primera vez en su vida. Era como tener un trozo de normalidad en un día que había comenzado de una forma tan extraña.
- Nicole, si no bajamos ya, no te dejo los deberes –dijo Tara pasando por su lado con el ceño fruncido-.
Les hizo un pequeño saludo al grupo con un leve movimiento de mano, pero ninguno se dio cuenta. Jeff enseguida sintió que la mano de su novia le soltaba, cuando corrió por el retrato detrás de su nueva amiga.
- ¿Creéis que...? –comenzó Peter con voz temerosa-.
Sirius le interrumpió aclarándose la garganta.
- Vamos abajo, haber si nos enteramos de algo.
- Sí, puede que Gis ya esté desayunando tranquilamente, y no haya sido nada –añadió Remus poco convencido-.
OO—OO
Evidentemente, Gis no estaba desayunando en el Gran Comedor. El correo ya había llegado cuando entraron, y se encontraron a James y Lily inclinados sobre el periódico, con una expresión que no presagiaba nada bueno. Kate se adelantó un poco al grupo, soltando la mano de Sirius, y se puso al lado de Lily, cuando vio a su lechuza posada sobre la silla contigua, esperándola. Algo asustada por la expresión de sus amigos, tomó la carta con rapidez, pero suspiró de alivio al reconocer la ilegible letra de su hermana.
- A Denise ya se le ha pasado el enfado –dijo con una risita, repasando por encima la misiva-.
- ¿Qué ocurre, James? –preguntó Peter mirando la cara de su amigo, mientras se ponía tras Lily-.
Pálido como la cera, el muchacho obligó a su novia a incorporarse del periódico para que su amigo pudiera leer. El pequeño, a la vez que Kate, se inclinó rápidamente hacia delante, y leyó el titular de la noticia principal de la sección.
"TRAGEDIA EN GRINGOTTS: DOS PERSONAS SON ENCONTRADAS MUERTAS DENTRO DE UNA CÁMARA DE ALTA SEGURIDAD"
Los fallecidos han sido identificados como Tomás y Cora Mendes, matrimonio formado por un seguritas y una trabajadora del banco. Los aurores han encontrado signos de magia oscura dentro de la bóveda, aunque el Ministerio ha informado que aún no tienen sospechosos.
No continuaron leyendo el artículo, sino que Kate y Peter se incorporaron a la vez, con sendas caras de abatimiento, al comprender lo que decía.
- ¿Los padres de Gis? –preguntó Kate perdiendo todo el color de la cara-.
Por primera vez se fijó en el rostro de la pareja. A Lily la caían lágrimas silenciosas por las mejillas, y miraba por detrás de ella, seguramente buscando a Gisele. James tenía la mandíbula apretada con fuerza, y su expresión hacía que su aspecto, que solía estar favorablemente desordenado, luciera algo enfermizo. Se dio la vuelta, mirando a los demás, que se habían quedado rezagados, aunque por su semblante parecían haberse enterado también de lo ocurrido.
Inconscientemente, Kate dio un par de pasos hacia la mesa de los profesores, esperando ver a Gis entrar por la puerta de atrás. Pero su amiga no estaba por ningún lado, al igual que la profesora McGonagall y el director Dumbledore. ¿Estarían en el despacho de este aún? ¿Y si iba allí ahora?
- ¿Dónde está tu amiga, Hagman? –preguntó una desagradable voz a su derecha-.
Alecto Carrow estaba casi al lado de ella, de pie, junto a su mesa y acompañada de su hermano. Ambos tenían una expresión divertida en el rostro.
- Tal vez celebrando. Dicen que los trabajadores de Gringotts tienen un estupendo seguro de vida. Mendes va a estar cubierta de galeones –añadió Amycus, provocando la risa de su hermana y varios compañeros de Slytherin-.
A él no le dio tiempo de reírse mucho, antes de que un puño se estampara contra su mejilla. Se tambaleó hacia atrás, pero otro puñetazo de James le tiró definitivamente al suelo, momento en que este aprovechó para saltar sobre él.
Todo ocurrió muy rápido. Alecto se tiró sobre la espalda de James, tirándole del pelo mientras él seguía golpeando a su hermano. Peter retrocedió un par de pasos, sorprendido, y sin embargo, Sirius avanzó un poco, siendo detenido por Remus, que había visto a Lily levantar la varita para detener la pelea. Pero antes de que ella pronunciara un hechizo para separarlos, vio llegar a Mulciber, que le gritaba a Alecto que se apartara, y se dispuso a pegar una patada a James en la espalda. Lily reaccionó tirándole sobre una mesa, momento en el cual, Peter sacó valor de no sabía donde para ponerle la zancadilla.
Al ver sumarse a más compañeros de Slytherin, Remus no solo soltó a Sirius, sino que también él avanzó para ayudar a sus amigos, cuando fueron detenidos de nuevo, esta vez por Grace, quien agarró de un brazo a cada uno.
- Esperad –exclamó señalando con la barbilla a varios profesores que ya estaban llegando al tumulto con el ceño fruncido-.
De mientras, la batalla había perdido el control, y varios compañeros de otras casas se habían unido. Lily se desgañitaba exigiéndoles que pararan, pero nadie la escuchaba. No veía a James por ningún lado, y la sorprendió ver a Derek Rumsfelt pegándole un codazo a Mulciber, quien estaba masacrando al pobre Peter. A su lado, vio a Kate caerse al suelo cuando otros que peleaban (los cuales no reconoció) la empujaron sin querer.
- ¡ALTO!
Jamás la voz de Slughorn había tenido tanta autoridad como entonces. El grupo entero se detuvo, y poco a poco se fueron poniendo todos de pie, separándose. Lily vio aparecer a James entre Mcnair y Carrow, quien tenía los dos ojos hinchados y la nariz sangrando. Se apresuró a ir hacia él, mientras su profesor de pociones seguía gritando, y vio que tenía el labio partido, las gafas rotas, una mejilla cada vez más morada, y toda la cara y el cuello arañados.
- Merlín James, ¿por qué caer en su provocación? –le susurró acercando un dedo a su labio-.
James se apartó con un gesto de dolor, y la miró con el ceño fruncido.
- ¿Quién ha comenzado esto? –exigió saber Slughorn-. ¿Quién?
Todos los Slytherin, que inmediatamente habían puesto su mejor cara de inocencia, señalaron a James. Hubo algunas protestas, pero Sprout las silenció todas con un movimiento de varita. Slughorn entrecerró los ojos al ver a James, quien supo que se había metido en más problemas.
- ¿Tiene algún modo de explicar su deplorable actuación, Potter, o actuó por pura diversión, como de costumbre? –preguntó el profesor con ironía-. Me parece que ya está usted castigado y cesado temporalmente del equipo de quidditch, ¿no es así?
La complacencia con la que hablaba, le causó repulsión al muchacho. Sabía que haría todo lo posible para que Dumbledore le expulsara definitivamente del equipo, y puede que lo consiguiera. Pero en ese momento no se podía arrepentir. Si Carrow volvía a repetir aquello sobre Gis, le pegaría una paliza delante de la mismísima Ministra de Magia.
Sorprendentemente, vio a Lily adelantarse unos pasos. La pelirroja tenía el pecho lleno de coraje al ver a Severus sonreír con diversión ante el espectáculo. ¿Una de sus amigas había perdido a sus padres, y ese que alguna vez se hizo llamar su mejor amigo, lo encontraba gracioso? Tenía ganas de escupirle en la cara, pero en vez de eso, se dirigió a Slughorn.
- Profesor, si va a castigar a James, le suplico que también me castigue a mi. Él solo reaccionó antes de que lo hiciéramos el resto, pero mi intención, y creo que la de alguno más, era hacer lo mismo.
El hombre aún no había salido de su estupefacción, cuando varias voces asintieron con fervor, otra de ellas sorprendiéndole mucho.
- Lo cierto es que yo también iba a intervenir, profesor. Con una provocación semejante, ¿cómo no? Justo cuando usted ha llegado, yo iba a hacerle tragar a Alecto el tenedor del desayuno. Castígueme a mi también.
Era Jane Green. James abrió tanto la boca que le dolió el labio, y la tuvo que cerrar. A su lado, Peter, con el peor aspecto de los últimos tiempos, estaba igual que él. Las dos niñas bonitas de Slughorn, Lily Evans y Jane Green, que además eran rivales, se habían unido en la causa. Varias voces más exigieron ser también castigados, Sadie y Jeff entre ellos, para estupor de varios.
Todos los profesores se quedaron de piedra ante aquello, sin saber cómo reaccionar. Tras abrir y cerrar la boca varias veces, el profesor Flitwick decidió que el desayuno había terminado, y les mandó a sus clases.
- Mis alumnos que se queden. Quiero decirles unas palabras -consiguió decir Slughorn, con el ceño fruncido de la confusión-.
Miró a Jane, seguramente intentando saber a qué se refería la chica al referirse a una provocación, pero ella se limitó a encogerse de hombros, y darse la vuelta. Parecía que el tema había dejado de interesarla.. De mientras, Lily cogió de la mano a James, y le condujo hasta la salida.
Un poco más atrás, el único que no parecía haberse dado cuenta de ese espectáculo de compañerismo era Sirius. Cuando Grace le había detenido, su mirada se había paseado curiosa y furiosa a la vez por la mesa de Slytherin. Inconscientemente estaba buscando a alguien, quería saber su reacción en un tema semejante. En principio se alegró al ver que Regulus no parecía tan divertido por la noticia como el resto de sus compañeros, más bien su expresión indicaba lo contrario. Pero enseguida se percató de que su hermano tenía una carta en las manos, y su expresión sombría debía deberse a su contenido.
Algo se removió en su interior, cuando pensó que algo debería haber pasado con su familia. Sin embargo, la preocupación no se debía a la salud de sus padres ni de ningún otro pariente, sino más bien el semblante agitado de su hermano. Por lo visto, después de un año, él era el único de esa familia que aún le importaba algo.
Alargó la mano, y a ciegas tanteó hasta encontrar la muñeca de Grace, la cual asió. La chica conocía bien a Regulus, quería saber su opinión. Se inclinó hacia ella para poder susurrarla al oído.
- ¿No ves raro a mi hermano?
La rubia apartó la mirada del espectáculo que eran los Slytherin quejándose, y buscó a Regulus con la mirada. Le encontró enseguida, y su rostro también mostró preocupación. Algo le estaba torturando. Abrió la boca para darle su opinión a Sirius, pero alguien se dirigió a ella, interrumpiéndola.
- Grace, he oído parlare a los demás, de que la notificazione del periódico, habla de la familia de Gisella, es giusto?
Marco tenía cara de preocupación, y su mirada vagaba por toda la sala, seguramente buscando a Gis. Grace apreció su sincera conmoción, y se apresuró a contestarle.
- Lo cierto es que sí. Han matado a sus padres. En este momento deben estar dándola la noticia –hizo una mueca, y compuso una amarga sonrisa-. Me temo que no has elegido un buen momento para solicitar una beca en Inglaterra.
Se volvió hacia Sirius para retomar la conversación sobre Regulus, pero este ya no estaba a su lado. De lejos le vio arrastrar a Kate de la mano hacia la salida, y una parte de ella no pudo evitar preguntarse por qué la habría dejado con la palabra en la boca.
OO—OO
Cuando Gisele entró en el despacho del director, acompañada de la profesora McGonagall, solo se encontró a Anthony, paseándose inquieto por la ventana, y tirándose del pelo nervioso.
En su inconsciencia, tardó varios segundos en reconocerle, pero al escuchar la puerta, el muchacho se volvió exaltado. Su rostro mostraba una inquietud que la contagió.
- ¿Tony? ¿Qué haces aquí? –preguntó sin enlazar su llamada al despacho, con la presencia de su novio allí-.
El pobre muchacho, que se sentía increíblemente pequeño e inseguro, balbuceó varias palabras inteligibles, y la miró casi con auxilio. Esa mirada fue también dirigida a la profesora McGonagall, quien parecía buscar a Dumbledore por el despacho. No esperarían que él se lo contara, ¿no? Porque no sería capaz. No podía hacerlo, le iba a explotar el corazón de los nervios sino llegaba alguien a atraer la atención de Gis. No soportaba ver sus ojos interrogantes clavados en los suyos.
Gisele observó su cara, su expresión, y de repente, todo hizo "click" en su cabeza. En solo un segundo perdió todo el color en su rostro, y ahogó una exclamación.
- ¿Qué ha pasado? –preguntó en un susurro que pretendía ser un grito. Pero se había quedado sin voz de repente-.
Anthony volvió a mirar a la profesora, sin saber qué hacer.
- ¿Dónde está el director, señor Bones? –preguntó McGonagall, ahorrándole el responder-.
El chico evitó la mirada suplicante de su novia, y se centró solo en la mujer, respondiéndole todo lo que sabía.
- Por lo visto tuvo una emergencia, profesora. Pero yo no se...
Afortunadamente, la llegada del director acompañado por su padre, distrajo el resto de las atenciones. Gisele se estaba poniendo cada vez más nerviosa, al no ver a ninguno de sus padres. Algo les había pasado a ellos. A los dos. Si solo hubiese sido solo a uno, el otro estaría allí, con ella. ¿Estarían en San Mungo? ¿Habría sido alguna misión de la Orden? Sí, tenía que serlo, sino no estarían todos ellos allí. Aunque quizás habían ido a acompañarla al hospital para que les viera.
No se había dado cuenta de que comenzaba a hiperventilar, hasta que sintió que la profesora la acariciaba un brazo, y el señor Bones se arrodillaba frente a ella.
- Gisele, tranquilízate, por favor. Sabes que estamos contigo, todo va a estar bien –la dijo con voz tranquilizadora-.
Pero no conseguía tranquilizarse. Esas eran palabras vanas, y Tony seguía evitando su mirada, y observaba el suelo con expresión de dolor. Algo muy malo les tenía que haber ocurrido para que él no quisiese mirarla. Se maldijo a sí misma, ¿por qué no se había dado cuenta de algo así cuando McGonagall fue a buscarla?
- Gisele, mírame.
El señor Bones cogió con ternura su barbilla y la hizo enfocar la mirada en sus ojos marrón verdoso, el mismo color que el de Anthony. Aunque se hubiese sentido más tranquila si hubiesen sido sus ojos. Era su novio, con él tenía más confianza. Apenas había hablado tres o cuatro veces con ese hombre.
- Te necesitamos fuerte, ¿de acuerdo? Vas a estar bien.
¡Ella ya sabía que estaría bien! ¡Lo que quería saber era si sus padres estarían bien! ¿No la entendían? Quería preguntar por ellos, pero la voz no la salía, y cada vez la costaba más respirar.
De repente, los pulmones se la abrieron, y se sintió más relajada. Miró a su alrededor, volviendo un poco al mundo, y vio que el director la apuntaba con la varita.
- Gisele, tenemos que contarte algo, pero no aquí. No tardaremos nada, pero antes me van a pasar un informe. No serán más de dos minutos, pero te necesito calmada.
Después de esas palabras suspiró un poco mejor. La llevarían a San Mungo con sus padres, y el informe seguramente sería para saber la última hora sobre ellos. Seguro que estarían bien, eran fuertes. Estaba tan aliviada, que no se percató de las miradas inconformes que tanto Anthony como el señor Bones le dirigieron al director. Ellos no comprendían por qué insinuarla una esperanza que no existía.
En poco más de un minuto, apareció por la chimenea el informe esperado, y Dumbledore lo cogió al vuelo. Leyó rápidamente el contenido, y su expresión se ensombreció. Antes de que Gis se alarmara de nuevo, Anthony se colocó delante de ella, mirándola por fin. Con su cuerpo tapaba la imagen del director, pero ella no se percató, sino que agradeció su tacto tranquilizador.
- Bien, vayamos –declaró Dumbledore tragando saliva con fuerza-.
Gisele se preparó para un viaje por la red flu, pero el director y el señor Bones se dirigieron a la salida del despacho, seguidos por la profesora McGonagall. A Anthony y a ella les dejaron para los últimos, y agradeció que su novio no soltara su mano.
- ¿Por qué volvemos al castillo? –le preguntó a Tony encontrando de nuevo su voz-.
Él se encogió de hombros.
- No lo sé, pero estate tranquila, ¿vale? Estoy aquí.
Esa última frase tuvo más efecto en ella que las anteriores, y apretó su mano más fuerte mientras recorrían rápidamente los pasillos. No tardó en darse cuenta que se dirigían a la sección donde estaba la habitación de Rachel, y se sintió algo intranquila. Sabía que el señor Bones y Tony no dirían nada, pero ¿a qué iban allí?
- ¿Señor...?
Pero Dumbledore la dijo con un gesto que esperara, y llamó a la puerta. Enseguida Rachel atendió, con las consecuentes precauciones que la habían indicado, y su expresión fue de sorpresa al verles a todos frente a su puerta.
- Prof... ¿Qué...? ¡Gis! ¿pasa algo?
Su mejor amiga solo supo encogerse de hombros con un nudo en el estómago, y pasó a la habitación cuando su novio la empujó levemente. Sin soltar la mano de Anthony, se puso rápidamente al lado de Rachel. Sino la habían llevado a San Mungo era por algo, y temía descubrir el qué, aunque sabía que se lo dirían en breve.
- Chicas, por favor, sentaos –sugirió Dumbledore con un suspiro-.
Rachel supo desde el primer momento que había pasado algo horrible. Ella había tratado más al anciano ese último año, y sabía que esa mirada era temible. Era una mezcla entre dolor y resignación. Había tenido la misma en su rostro el día que la comunicó el asesinato de sus tíos y sus primos, y también el día que fue a su casa para decirles que ahora les buscaban a ellos.
Alguien había muerto. ¿Sus padres? ¿O era algo de Gis? ¿Por qué estaría su amiga allí? La acompañaban el señor Bones, a quien conoció una vez ese verano, y el muchacho que la sujetaba la mano debía ser Anthony, por lo que reconoció de alguna foto. Quizá la habían llevado, porque debían darla una mala noticia a su amiga, y ella debía estar como apoyo.
Inconscientemente tomó asiento como Gisele, quien la arrastró cuando ella también lo hizo. Vio, por el rabillo del ojo, que Anthony apretaba más la mano de Gis, cuando Dumbledore abrió la boca, y sintió envidia. Ojalá Remus estuviera con ella. Se habría sentido más valiente.
- Os preguntareis por qué estamos aquí. Bien, han ocurrido varias cosas que debo deciros a ambas. Y creo que es mejor que estéis las dos juntas, dada la profunda amistad que os une.
El director titubeó. Sabía que sería mejor que las dos amigas se tuvieran la una a la otra en ese momento pero, ¿qué noticia dar antes? Las dos eran igual de malas, y habían pasado en un periodo tan corto... Tomó aire, y empezó por lo primero que le salió.
- Gisele, querida muchacha –la llamó. Gis terminó de confirmar que debía ser algo malo, pues las dos veces que había sido llamada a su despacho con anterioridad (nada que ver con lo que habían sido esos cuatro que tenía por amigos), no la había llamado de un apelativo tan afectuoso-. Me temo que han atacado a tus padres. Faltan por determinar la hora, el lugar y lo ocurrido, pero esta madrugada han encontrado sus cuerpos sin vida.
Dada la reacción de Gisele, Rachel consideró que la habían llevado allí porque ella ayudara. Al fin y al cabo, entre la profesora y los dos Bones no podían calmarla, ni acallar los gritos que comenzaron a salir por su garganta. Y la comprendía. Las lágrimas comenzaban a salir por sus ojos lentamente, de solo pensar en Tomás y en Cora, y en tantos momentos pasados en su casa.
Se arrodilló en el sofá, mirando a Gis, y apretando fuertemente su mano, le intentó decir por encima de su ataque de ansiedad que se tranquilizara, que ella estaba allí. Estaba cada vez más nerviosa. Gisele no dejaba de llorar histéricamente y no parecía escucharla. Estaba a punto de tirarse de los pelos, y ponerse a pasear por la habitación.
Sintió un golpe en el hombro, y cuando se giró vio al director, mirarla únicamente a ella.
- Mi niña, me temo que tengo malas noticias para ti también. Hace pocos minutos me llegó un aviso de que habían atacado el refugio de tus padres –inspiró un momento, pero esta vez no dudó tanto en seguir-. Fui en cuanto me lo comunicaron, pero siento decirte que llegué tarde para tu madre. Acabo de recibir un informe de San Mungo sobre el estado de tu padre. Está en coma.
Si Rachel sintió que dolía la muerte de sus tíos y sus primos, esto no se comparaba con nada. Sin embargo, actuó de la forma opuesta a Gisele. Ni gritó, ni pataleó, ni se negó a aceptar la realidad. Se deslizó lentamente por el sofá, sintiendo que las fuerzas la abandonaban, y se quedó mirando al vacío, pensando en la cara de su madre. Sintió que unos brazos la apretaban en un reconfortante abrazo, y agradeció a ese hombre que se comportara como un abuelo, una vez más. Así, por fin, pudo dejarse llevar por un doloroso llanto que estaba lleno de pérdida.
OO—OO
- No quiero problemas, ¿de acuerdo?
La profesora Merrythought había pasado el primer cuarto de hora de clase separándolos a todos, de modo que ningún Gryffindor estuviera suficientemente cerca de ningún Slytherin. No quería que se repitiera la escena del desayuno, y los serpientes parecían bastante enojados por la charla que el profesor Slughorn les había dado. Y evidentemente, los leones seguían muy susceptibles por la noticia que acababan de leer.
Su mirada se escapó al asiento vacío que debía haber ocupado Gisele Mendes. Por lo que decían, la pelea había comenzado por lo ocurrido a los padres de esa niña, aunque ningún profesor había estado lo suficientemente cerca como para escuchar nada. Pero no eran estúpidos. Sabían los problemas que habían entre las casas, y las ideologías de cada uno. En esos tiempos no era difícil ver una confrontación entre los Slytherins y el resto del colegio.
Los chicos estaban esparcidos por la habitación, y aunque estaban más cerca entre ellos que de los alumnos de la otra casa, no podían comunicarse más que con gestos. Las que peor se habían tomado la situación eran Lily y Kate, quienes también eran más proclives a llorar con estos temas. Grace y Sadie parecían más furiosas que dolidas, aunque ese era solo el primer instinto. La rubia podía ser impredecible a la larga, y Sadie aún no sabía cómo reaccionar, no había vivido esa situación nunca, hasta ahora ella no se había visto metida en una guerra. En Alemania se oían cosas, pero siempre era en la distancia.
Su hermano estaba igual, aunque se mantenía ocupado centrando su mente en el examen. Era la misma técnica de Remus. Prefería seguir pensando en ello hasta que pudieran ponerse en contacto con Gisele. De momento, no ganaban nada sufriendo solos. Peter parecía intentar pensar como él, pero los nervios y la tensión con los Slytherin hacían que estuviera dando saltitos en su silla. No sabía qué era mejor, si hacer como Remus, o matar con la mirada a los Slytherin como Sirius y James.
- De acuerdo, tenéis una hora para hacer el examen. No quiero que nadie mire ni a los lados ni atrás, y cualquier intento de comunicarse con un compañero, servirá de penalización. Podéis empezar.
Con un movimiento de varita, los pergaminos volaron hasta cada alumno, y estos se inclinaron a escribir. Pocos de los presentes se pudieron concentrar en la prueba, por uno u otro motivo. Las miradas asesinas que mandaban, a escondidas de la profesora, los Slytherins a los Gryffindor, podían competir con las de James y Sirius, que seguían prefiriendo arreglar el asunto a golpes, que intentando hacer un examen en el que no se podían concentrar.
Una hora después, la última del grupo en entregar su prueba fue Kate, y este era apenas ilegible debido a las lágrimas que habían ido cayendo sobre él, a medida que escribía palabras sin sentido. Ni siquiera la preocupaba suspender, estaba demasiado preocupada por Gis.
- Hagman –la llamó alguien detrás de ella-.
Se giró, esperando encontrarse a Alecto Carrow o alguien parecido que quisiera seguir la broma, aprovechando que estaba momentáneamente sola. Sin embargo, era Dulcy Yexter la que se dirigía a ella, y pocos pasos por detrás, estaba Samantha Hinkes, mirándola con expresión asesina. La rubia no tenía tanto odio en su rostro, y seguramente era por eso, por lo que la había hablado ella.
- Esta tarde vamos a quedar para continuar con el trabajo de Slughorn en la biblioteca. Estate a las cinco en punto –la ordenó, más que la informó-.
Kate pasó el dorso de su mano por su mejilla para atrapar una lágrima rebelde, y la miró con asco. Si pretendían que ese día lo iba a pasar aguantando sus desprecios después de lo ocurrido a Gisele, la podían esperar sentada.
- Iros a la mierda... –murmuró mientras se daba la vuelta y salía del aula-.
No supo si esas dos pretendían seguirla, pues en la puerta la esperaban el resto con impaciencia.
- ¿Qué escribías, el testamento? –murmuró Sirius de malhumor-.
No le tomó en cuenta porque sabía que estaba demasiado frustrado por lo ocurrido como para pagarlo con ella sin darse cuenta, pero por el rabillo del ojo vio que Lily y Grace le dieron un golpe, cada una en un costado.
- Ya estamos todos, ¿vamos a buscar a Gis? –sugirió James, aunque ya habían llegado a ese mudo acuerdo mucho antes-.
No les apetecía hablar. Con las noticias recibidas no era extraño, pero resultaba incómodo que la gente los mirara con compasión cada vez que se los cruzaba. Era lo mismo cada vez que una persona de un grupo se veía afectada por esa maldita guerra. Con lo de Richard también lo habían sufrido...
Tomaron el camino hacia el despacho de la profesora McGonagall, pues ninguno sabía la nueva contraseña del despacho del director. Al fin y al cabo, la profesora no podía faltar a las clases, y podría llevarles hasta Gis. El que llamó fue Remus. Las chicas estaban más rezagadas, y dado lo ocurrido esa mañana, era mejor que James no diera la cara el primero.
- Adelante.
Al menos estaba allí. Remus abrió la puerta, con sus tres amigos pegados a la espalda, y metió la cabeza, pidiendo permiso. En cuanto McGonagall vio quien era, dejó los papeles que estaba leyendo, y se levantó con cara afligida.
- Señor Lupin...
- Profesora, sentimos interrumpirla, pero queremos ir con Gisele. ¿Sigue en el despacho del director?
Era lo que había pasado con Rachel el año anterior. Dumbledore y el hombre del Ministerio habían estado con ella y sus padres en el despacho del primero hasta que sus amigas salieron de clase, y estuvieron con ella en la habitación. Sin embargo, no cayeron en que en aquella ocasión, el fallecido no se había tratado de ninguno de sus padres, como era el caso de Gis.
El rostro de la profesora McGonagall se tornó más preocupado y comprensivo, y su mirada vagó por todos los presentes, que esperaban que les guiara hasta el despacho del director.
- Me temo que la señorita Mendes no se encuentra en el colegio.
- ¿Qué?
- ¿Cómo?
- ¿Cómo que no está? ¿Dónde se ha ido?
- Calmaos un momento –suplicó la profesora alzando las manos para llamar la atención del grupo, que se había puesto a hablar a la vez-. Se ha marchado con el señor Bones, quien se ha ofrecido a acogerla en su casa hasta el día del funeral. –se detuvo un momento al ver los que estaban presentes, y cuando vio que no había peligro, siguió hablando-. Ella y la señorita Perkins estarán muy bien cuidadas en...
- ¡¿Qué tiene que ver Rachel...? ¿A dónde se ha ido? –preguntó Remus atropellándose con las palabras-.
La mención de su novia había derrumbado su aparente tranquilidad. Ella no debía salir a ningún lado, Dumbledore había sido muy claro al respecto. Sus amigos no parecían entenderlo tampoco, pero esperaron ansiosos la explicación de McGonagall. James puso una mano sobre el hombro de su amigo.
La profesora se mordió el labio, pero se decidió a contarlo. Al fin y al cabo, al día siguiente todo aparecería en El Profeta.
- Esto no saldrá hasta el periódico de mañana, pues apenas hace unas horas que ha ocurrido. Pero me temo que la familia de la señorita Perkins ha sido atacada –una exclamación general fue la reacción de la mayoría, lo cual no la extrañaba, pues más o menos así fue la suya-.
- ¿Están bien? –preguntó Lily con un hilo de voz-.
- De su padre aún hay esperanzas de que se recupere, pero su madre ha fallecido en el ataque.
Hubo un incómodo silencio. Era otra desgracia más. Las dos a la vez, las dos a Gis y a Rachel. Parecía una ironía del destino. Remus se dejó caer en una silla con la vista en el horizonte, haciéndose a la idea de que la mujer que tanto les había ayudado a él y a su padre el año anterior, estaba muerta. Al igual que su madre. Las dos lo estaban. Era un pensamiento cruel.
- ¿Podemos ir con ellas?
A la pregunta de Grace, se le sumó el asentimiento del resto y las ganas de ir a donde fuera que estuvieran sus amigas. Remus despertó del sopor, y fue el más insistente. Rachel le necesitaba, tenía que estar para ella, como ella lo estuvo para él.
- ¿Están ustedes locos? –preguntó incrédulamente la profesora McGonagall-. Por supuesto que no pueden ir. ¿Qué van a hacer todos estos días fuera de la escuela? Las chicas necesitan tranquilidad, y aunque no dudo que sus intenciones son buenas, estoy segura que en este momento su compañía no es lo más favorable para ellas.
Hubo protestas, pero Remus consiguió hacerse oír por encima.
- Por favor, déjenos hablar con el director Dumbledore. Solo queremos saber sobre ellas.
Su expresión persuasiva y la tranquilidad de su voz convencieron a la mujer, que no las tenía todas consigo. Les condujo hacia el despacho del director, donde les dejó esperando para comprobar si podía recibirles. Cinco minutos después, e ignorando las advertencias de McGonagall, los chicos volvieron a insistir, esta vez al director.
Si esperaban que en esta ocasión sería distinto, se equivocaron. Él se negó también en rotundo a que todos abandonaran el colegio para estar con sus amigas esos días. Lo consideraba perjudicial para las chicas, y una pérdida de tiempo para ellos.
Remus se adelantó, con toda su compostura intacta, y mirando directamente al anciano a los ojos.
- Señor, déjeme ir –suplicó en voz baja-. Comprendo que se pudieran agobiar con mucha gente, pero estando yo Rachel estará mejor. Se lo suplico.
El director iba a negarse de nuevo con todo el dolor de su corazón, pero reflexionó un momento antes. Rachel no había reaccionado como Gisele. Ella lo había reprimido, apenas había manifestado el dolor. Y él sabía que, de este modo, este dolería más y se haría más duradero.
También comprendió que las palabras del muchacho seguramente eran ciertas. Recordaba cómo se cogían de las manos la noche que Rachel llegó al castillo. Puede que aquello fuera solo un simple amor de adolescencia, pero para momentos como ese eran un gran apoyo. Solo había que haberse fijado esa misma mañana en la señorita Mendes y el señor Bones. No eran la personificación del amor puro en absoluto, pero ella se había apoyado por completo en él, y él la había recibido con los brazos abiertos.
Devolvió seriamente la mirada a Remus, dándose cuenta de que, aunque la visita de los demás podía ser perjudicial, la de él, no. Y menos para Rachel. Suspiró con fuerza.
- De acuerdo, señor Lupin. Usted puede ir.
Los demás protestaron queriendo unirse, pero el director fue inflexible.
- Allí no harán más que estorbar. Les daré permiso para que acudan a los funerales, pero ese mismo día volverán a Hogwarts, y yo me encargaré de ello personalmente. No les voy a quitar la vista de encima.
No protestaron más, pues al menos habían conseguido ir a los funerales, lo cual ya era más de lo que McGonagall habría estado dispuesta a dar. Asintieron como niños buenos, y aceptaron todas las condiciones que el director puso. Al menos podrían ver a Rachel y Gisele.
- Lupin, vaya a preparar su baúl. Después de la comida lo acompañaré donde se encuentra la señorita Perkins –le informó, despidiéndoles con un gesto, y dirigiéndose a la chimenea para informar a los Bones que tendrían un nuevo invitado-.
OO—OO
El resto de la tarde desde que Remus se fue, los chicos estuvieron intranquilos y nerviosos. Dumbledore les dijo que los funerales no serían hasta dos días después, y hasta entonces se sentían impotentes. Cansados de las miradas de lástima, se habían marchado todos a la torre de James y Lily, desperdigándose en la sala común sin hablar entre ellos.
James estaba tumbado en un sofá cuan largo era, y apoyaba la cabeza en las rodillas de Lily. Sus ojos se iban cerrando a medida que la pelirroja jugaba inconscientemente con su pelo, mientras la mirada de esta estaba perdida. Grace y Kate estaban sentadas la una junto a la otra. La primera tenía las piernas dobladas y apretadas contra su pecho, y sus manos acariciaban sus rodillas nerviosamente, sin percatarse de ello. La morena, en cambio, tenía las piernas encogidas al estilo indio, y sus dedos se enroscaban en su pelo, el cual iba arrancando sin darse cuenta.
En el sillón de enfrente, Sirius miraba un punto entre ellas, con los brazos cruzados, el ceño fruncido y el trasero casi saliéndose del borde del sofá, de lo espatarrado que estaba. Peter estaba cerca suyo, observando por la ventana como el campo de quidditch se había medio inundado por la lluvia vespertina que había arreciado hacía pocos minutos.
Ninguno hizo ningún intento por hablar, sino que parecían estar en su propio mundo. Sadie les miraba de uno en uno, sin saber cómo debía reaccionar. Pensaba que los había conocido bastante, pero se dio cuenta de que no era así cuando no sabía qué hacer en una situación tan anormal. Entre ellos, aunque tristes, parecían cómodos y seguros, a sabiendas de cómo comportarse en esos momentos, transmitiéndose energía solo con su presencia. Ella estaba ajena a eso.
Ahora comprendía por qué Jeff había preferido quedarse en Gryffindor con Nicole, quien por segunda vez desde que la conocía, parecía haber perdido su sonrisa. La primera vez fue cuando se enteró de quién era su padre, y esta vez parecía más bien que comprendía el dolor del grupo, y lo respetaba de esa forma, dejando de sonreír.
Hasta el idiota de su hermano tenía a alguien en quien confiar. ¿Y ella? Emil estaba lejos y apenas la había escrito durante el curso. No había nadie más. Inconscientemente su mente recordó la cara de Regulus esa mañana. Con todo lo ocurrido después, se le había olvidado preguntarle qué le habían escrito para tener esa expresión.
La curiosidad la pudo. O tal vez era la preocupación, o las ganas de separarse de ese incómodo grupo. Merlín sabía. Sin embargo, se levantó despacio, atravesó la sala común, y salió por el retrato sin que nadie la preguntara a donde iba. Seguramente ni la habían oído.
Sus pasos la llevaron inconscientemente hasta los soportales, al banco donde solía reunirse con su amigo por las tardes. Hacía mucho que no lo hacían. Desde antes de Navidad, y por una cosa o por otra no habían vuelto a reunirse. Dudaba que estuviera allí, pero era un buen lugar para empezar a buscar.
Sin embargo, se llevó una sorpresa cuando se le encontró. Estaba justo allí, como si no se hubiese movido desde diciembre. Pero algo no iba bien. Estaba sentado en la misma postura que había estado Grace en la sala común, con las rodillas contra el pecho, dejando a un lado esa elegancia Slytherin que llevaba siempre a rajatabla. Su rostro estaba medio escondido por sus brazos, y lo poco que le veía, sus ojos miraban fijamente el suelo, sin pestañear.
- ¿Regulus? –preguntó tanteando el ambiente-.
Tuvo que llamarle dos veces más para que la oyera. Estaba tan ido como sus otros amigos, pero dudaba seriamente que fuera por el mismo tema. Cuando la miró, una extraña película cubría sus ojos. Cansancio. Preocupación. Rendición. No era una expresión agradable, y menos aún verla en el rostro de Regulus.
- ¿Ocurre algo?
Tuvo ganas de rodar los ojos apenas terminó de pronunciar la pregunta. Por supuesto que ocurría algo. Su amigo no se comportaba de esa forma jamás. No es que fuera el chico más alegre del mundo, pero sí mantenía una expresión de indiferencia hacia todo, muy parecida a la suya. Pero esa vez no lo había conseguido, y se preguntaba qué le pasaba, y en qué podría ayudarle.
- ¿Qué ha pasado? –dijo rehaciendo la pregunta para que tuviera más sentido-.
El pequeño Black la miró unos segundos más con una expresión indescifrable hasta para ella, que había aprendido a leer sus facciones. Después se deslizó un poco hacia un lado, y la señaló a su izquierda, a algo que había posado en el banco.
Sadie miró, y vio que eran unos pergaminos algo arrugados. Le miró de nuevo, como pidiendo permiso, y cuando Regulus asintió levemente, los tomó, y los desdobló para leerlos.
Querido Regulus –decía el primero de ellos-.
Durmstrang ha cubierto por completo mis expectativas. No hay ningún sangre sucia en todo el colegio, y todo el mundo tiene esa porte y distinción, que parece que se trate de una escuela llena de Slytherins. Solo faltas tú, el increíble Regulus Black para dar tu elegancia a...
Si seguía leyendo vomitaría rosa. No entendía la cara de Regulus, aunque a ella también la habría revuelto el estómago que alguien como Yaxilia Selwyn la escribiera algo así.
- ¿Una carta de tu prometida te pone tan extraño? –preguntó incrédulamente-.
Regulus la miró extrañado, y la quitó el pergamino de la mano. Lo repasó durante un segundo, y después le hizo una bola, y lo tiró por encima de su hombro. La tendió el segundo pergamino, que sería lo que le querría enseñar en primer momento.
Sadie cogió la carta, y se dispuso a leerla con más desconfianza que antes.
Estimado Regulus:
Recibí tu carta, y te contesto, como así me pediste, para informarte del estado de tu padre. No ha mejorado, pero tampoco ha ido a mucho peor. Hemos contratado un sanador personal, pues estos días San Mungo está repleto de inmundicia, y no queremos mezclarnos con ellos en absoluto.
Te exijo que no pienses más en el tema, pues aún no tienes que venir a casa a acudir a ningún entierro. Tu padre sigue vivo por el momento. Cuando llegue el momento, te avisaré con tiempo para que puedas informar a tus profesores, y tomaremos las medidas pertinentes.
Y cambiando de tema: ¿Te has escrito recientemente con Yaxilia? Debes ser atento con tu prometida, y ponerte a su servicio en caso de que no se sienta cómoda en su nuevo colegio. No olvides escribirle una nota asegurándola lo mucho que la extrañas. Hazlo, pues sino lo sabré por la señora Selwyn. Aquí no es necesario que escribas más por el momento.
Walburga Black.
Aunque el contenido de la carta era más serio, Sadie no comprendió qué alteraba tanto a Regulus. A parte de la indiferencia de su madre por la salud de su marido, y su constante (e irritante) insistencia a que intimara con la chica con quien le habían prometido, no había nada especial en la misiva.
Le miró extrañada.
- ¿Estás preocupado por tu padre? –era lo único que podía tener sentido-.
Él no contestó, sino que se quedó mirando el mojado paisaje de Hogwarts. Suspiró profundamente, y comenzó a hablar monótonamente, sin mirarla.
- Aún no ha empeorado demasiado. Pero temo que si muere pronto, mi madre me obligue a dejar el colegio. Tampoco le importa tanto si es él o yo, mientras los Black tengan un cabeza de familia. Y empiezo a creer que yo me he hecho cargo de más de lo que puedo soportar, más de lo que me correspondía en principio –añadió en un susurro para sí mismo-.
Al ver su cara de agobio, Sadie maldijo mentalmente que el mayor problema de Sirius fuera elegir entre su novia y su ex (si es que tenía tal problema). Regulus ya se había hecho mortífago y había aceptado un compromiso con alguien que no soportaba. ¿Acaso sus padres le podían pedir más cuando había tomado el lugar de su primogénito, con tanta responsabilidad y obediencia? Él parecía creer que sí.
Sin saber muy bien cómo actuar, le pasó un brazo por el hombro, consolándole torpemente. No era muy proclive a esos gestos, pero parecía que él lo necesitara. Para su sorpresa, Regulus se inclinó hacia ella, y apoyó la cabeza en su hombro.
Había sido inconsciente. Si hubiera pensado que era Sadie, jamás lo habría hecho, pero se dejó llevar por esa reacción normal a cuando eran su propio hermano o Grace (las dos únicas personas que le habían tratado así) quienes lo hacían. Cuando recordó que era la alemana a quien había abrazado, se tensó momentáneamente, pero enseguida se relajó. Estaba más cómodo con ella que con los demás, pues Sadie se había molestado en conocerle más, incluso, que Sirius y Grace.
Al cabo de un rato, también Sadie comenzó a sentirse lo bastante cómoda como para apoyar la cabeza sobre la de su amigo, y acomodar la postura para seguir en esa posición el tiempo que hiciera falta.
OO—OO
Efectivamente, como decía la señora Black, San Mungo era un hervidero de pacientes. Las últimas horas habían sido especialmente agotadoras, pues se habían sucedido dos incidentes en diferentes lugares de Inglaterra. Haworth, en el norte del país, había sido asediado por varias bolas de fuego, salidas de no sabían dónde, que habían acabado con la vida de varios infortunados vecinos. En Cardiff, un inusual terremoto había dejado en la zona varias decenas de víctimas, y la situación era insostenible.
Ante la certeza de la presencia de magia oscura en ambos acontecimientos, el Ministerio de Magia se había visto obligado a intervenir, cuidando al máximo la discreción, y confundiendo a la mitad de los conductores de ambulancias muggles, para dirigir un porcentaje de heridos a San Mungo.
Nadie sabía exactamente qué estaba ocurriendo, pero todos tenían en mente un solo nombre: Voldemort. Aquel a quien nadie se atrevía a nombrar, pero quien nadie podía olvidar en ningún momento. No sabían cómo podía llegar a controlar el fuego ni la tierra, pues el Ministerio ya había descartado la presencia de gigantes en Cardiff (lo que sería una gran excusa para el terremoto). Solo una persona en San Mungo tenía una idea de lo más aproximada de cómo lo había conseguido, pero su propia angustia le impedían sentir lástima por los desafortunados heridos. Ella también estaba en peligro.
Andrea Divon no había pegado ojo esa noche. La confirmación de la muerte de los Mendes solo había conseguido asegurarla lo que ya sabía: estaban en un callejón sin salida. De cuatro a quienes Dumbledore había confiado la misión, solo quedaban dos con vida. Precisamente al otro, a Adam, iba a visitar. Le daban el alta ese mismo día, pero ella prefirió hablar con él en la seguridad del hospital.
La tentación de dejarlo todo y entregar a Dumbledore su propio problema, era muy grande. Tenía una familia que cuidar, una hija pequeña que la necesitaba constantemente. Nadie podría reprochárselo. Ahora ya no podían achacar la muerte de Ethan a una desafortunada casualidad. Sabían quienes eran e iban a por ellos. A Tomás no le habrían reconocido de no ser así, y la facilidad con que habían dado con él era alarmante.
Con la cabeza dándole vueltas, como si estuviera sobre una irreal pesadilla, cruzó con grandes zancadas el último pasillo, y se internó, sin llamar, en la habitación que había visitado con Tomás pocos días antes.
- Podrías llamar... –dijo una voz protestona desde una esquina de la habitación-.
Adam llevaba una túnica de hospital, amarrada con una bata cutre, que le daba un aspecto débil. Estaba paseándose por la habitación, seguramente en un ejercicio para fortalecer su espalda. Aún caminaba algo encorvado.
- Disculpa –contestó fríamente, cerrando la puerta, y tirando su abrigo en un sofá-. Habrás leído El Profeta...
Adam cerró los ojos, como intentando apartar un horrible recuerdo. Asintió con la cabeza mientras se mordía con fuerza el labio inferior, y la miró con el mismo dolor que ella sentía.
- Aún no puedo creerlo. No quiero. –negó con la cabeza, pasándose la lengua por los labios, con evidente incomodidad-. De todas las posibilidades que había pensado en caso de salir mal, jamás pensé que él caería. Era el elemento más fuerte del grupo. Casi me da miedo pensar en el futuro.
Andrea estaba de acuerdo, pero frunció el ceño y se irguió, buscando seguridad.
- Pues ya puedes ir reponiéndote, Potter, porque hay que hacer algo. No tengo ninguna intención de dejar que me maten. Así que debemos buscar cualquier fallo que Tomás haya podido tener en la seguridad, y unirlos a los de Ethan para buscar un patrón. Algo debió escapárseles que pueda sernos útil a nosotros dos.
- Eso, o que tengan un modo de dar con las cajas con bastante precisión –aventuró Adam con ironía-.
- Es exactamente lo que yo pienso, Adam –dijo una voz desde la puerta-.
Andrea no se alarmó al escuchar el sonido desde su espalda, pues ya llevaba rato esperando a que Albus Dumbledore llegara, y les dijera qué debían hacer. El mismo anciano la había sugerido tener una reunión allí. Les miraba con la misma preocupación que tenían ellos, pero también había algo pensativo en su rostro.
- ¿Qué ha querido decir, señor? –preguntó Adam con suspicacia-.
El joven le miraba con el rostro concentrado, y fue avanzando poco a poco hacia él.
- Quiero decir que creo que tienen un método para dar con lo que quieren con toda la precisión del mundo –anunció el anciano con calma. Sin embargo, un toque intranquilo se notaba en su voz-. Comencé a investigarlo todo cuando murió Ethan, pero hasta anoche, no lo he confirmado. –suspiró con paciencia, y la hizo un gesto caballeroso a Andrea-. Sentaos por favor. Tenemos que hablar seriamente.
- ¿Qué comenzó cuando murió mi hermano? –preguntó Andrea tomando asiento. Aún la dolía recordar su reciente muerte, pero los acontecimientos más cercanos, unidos al temor por su propia seguridad, eran más importantes-.
Dumbledore esperó a que Adam se sentara incómodamente en la cama, antes de continuar. Entonces se puso a dar vueltas por la pequeña habitación, como si necesitara esto para darse fuerzas para lo que iba a decir.
- Cuando llegamos a la cabaña, tú no lo recuerdas, evidentemente, Andrea, y tú no estabas, Adam, pero había varios signos extraños en el lugar. Tomás estaba de acuerdo conmigo. Los signos de pelea, el ordenado desorden de la habitación, que solo estuviera cavada precisamente la zona donde se escondía la caja... Nada encajaba. Era evidente que algo raro había pasado allí, pues sabían exactamente la ubicación de la caja, y no parecían haberse tomado mucho esfuerzo para acabar con Ethan. Eso me llevó a pensar: Uno, que sabían que estaría solo y supieron exactamente a cuantos mortífagos mandar por él. Y dos, que había muy pocas posibilidades de que supieran donde había enterrado la caja. Una de ellas sería que el mismo Ethan se lo confesaría, hecho que no se cree ninguno de los presentes. Y otra es que tuvieran algo que les hiciese averiguarlo con garantías.
- ¿A dónde quiere llegar, Albus? –preguntó Adam algo mareado por el discurso, del cual solo había entendido una parte-.
- El caso, Adam, es que consideré seriamente la última posibilidad, y he estado investigando desde entonces cómo es posible. Anoche, prácticamente, me dieron la confirmación.
Andrea se levantó del sofá, y fue a tomar asiento junto a Adam, compartiendo ambos una extrañada mirada. Dumbledore, de mientras, se llevó una mano dentro de un pliegue de la túnica, y sacó varios documentos. Los miró un momento con seriedad, y después cerró los ojos, tendiéndoselos a ellos dos.
La mujer alargó la mano y tomó el fajo de documentos, poniéndolo en su regazo para que su compañero también pudiera verlo. Eran fotografías, pero la primera imagen, una instantánea general de cómo había quedado la bóveda de los Mendes, la llevó a cerrar los ojos con fuerza. Adam no fue tan fuerte. Se inclinó a un lado de la camilla, y devolvió todo el desayuno.
- Así estaban Tomás y Cora cuando les encontraron. Ambos sabéis que en la bóveda guardaban la caja y...
- ¿Cómo entraron en Gringotts a la fuerza? Es lo que me gustaría saber -interrumpió Adam incorporándose. Se pasó el dorso de la mano por su barbilla, y le miró algo ansioso-.
- Me temo que jamás lo habrían conseguido sin ayuda. Seguramente Cora les llevó hasta allí, y abrió la cámara. El resto ya sabéis.
- Pero, ¿cómo podían saber que tenían que buscar en Gringotts? –preguntó Andrea-.
Dumbledore la señaló con el dedo mientras asentía con la cabeza.
- Hasta ahí quería llegar –admitió-. ¿Cómo, de tantos lugares, fueron directos a Gringotts sin perder el tiempo? Pues bien, mirad las últimas fotos.
Lo hicieron, y vieron que la mayoría no eran tan horribles como las primeras. Eran detalles de la habitación, la colocación de ciertos miembros, las extremidades de ambos... Un brazo de Tomás les llamó la atención a la vez, e incorporaron la cabeza, mirándose extrañados. Después miraron al director.
- ¿Es la dirección?
- ¿Cómo podían...?
- Ahí está la cuestión. Pues bien: Hay una poción, aún en proceso de prueba, que permite a alguien localizar algo con suma precisión. Lo único que necesita, es entrar en contacto con la sangre del guardián del objeto, y le imprime en su propia piel la dirección exacta donde guarda dicho objeto.
Las expresiones horrorizadas de ambos, hicieron ver que habían comprendido la magnitud del problema. Hablando vulgarmente: estaban jodidos.
- Es decir, que si nos cogen a nosotros, solo es cuestión de minutos que...
No, aquí falla algo –interrumpió Andrea-. Esto es muy arriesgado para la caja, pero no responde al cómo podían saber que los guardianes eran Ethan y Tomás. Hemos sido completamente cuidadosos, era imposible que con espiarnos unas horas al día, averiguaran que éramos los guardianes. ¿Cómo lo han averiguado?
Dumbledore se pasó una mano por la cara en señal de desesperación.
- Ese es el dato que me falta. Eso me está quitando el sueño. ¿Cómo pueden haberles localizado, cómo es posible que puedan averiguar que vosotros dos sois los otros guardianes? No lo vamos a saber hoy, pero no voy a cesar de luchar hasta que descubramos su juego. Pero de mientras, por favor, cuidaos muchísimo, tened los sentidos alerta y a la mínima sospecha mandadme un mensaje.
Andrea y Adam asintieron ausentemente, aún digiriendo lo que Dumbledore les acababa de contar. El miedo atravesó el cuerpo de ambos, y la mente de Adam comenzó a funcionar con mucha rapidez.
Tal vez no consiguiera salvar su vida (aunque haría todo lo posible por salir por su propio pie del problema en que estaba), pero podría salvar la caja. Se precisaba la sangre del guardián. Si le cogían en ese momento, la caja se la llevarían junto a su vida. Pero si se adelantaba en el juego...
Solo tenía que asegurarse que otra persona se convirtiera en el guardián, en lugar suyo. Aunque le secuestraran y le aplicaran la poción a la fuerza, la pista se perdería con él. Solo tenía que asegurarse de que nadie sabía a quien se lo había confiado, y no podrían dar con la caja. Estaba decidido: tenía que escribir a James.
OO—OO
Al cerrarse la puerta, Remus pudo percibir el silencio del hogar de los Bones. Se habían comportado de forma muy amable al permitirle quedarse junto a Rachel. Él se habría conformado con que le dejaran visitarla, y hospedarse en el Caldero Chorreante, que no estaba demasiado lejos de esa gran casa solariega. Unos pocos kilómetros separaban el céntrico Charing Cross con ese acogedor vecindario de las afueras.
La señora Bones le recibió con una gran amabilidad e instinto maternal. Apenas levantó la voz de un susurro, lo que le hizo comprender que así había permanecido el ambiente todo el día.
- Te llevaré a la habitación de Rachel. Supongo que no os importará compartirla, pues estamos algo limitados de camas –le dijo con una comprensiva sonrisa que no llegó a sus ojos-.
- No quisiera importunarla, señora. Me iré al Caldero Chorreante, y alquilaré una habitación. Solo quería estar con Rachel cuanto pudiera.
El ofrecimiento era en serio, y de hecho bajó de espaldas el único escalón que había subido. Pero la mujer negó suavemente con la cabeza.
- No molestas en absoluto. Cuando mi esposo me dijo que venías a intentar animar a la niña, lo consideré muy adecuado. Ha sufrido un duro golpe, y la vendrá bien la compañía de su novio. Además, Dumbledore nos ha asegurado que nos darás tan pocos problemas como Rachel. –sonrió tiernamente-. La he conocido apenas esta mañana, pero se ve una niña tan buena... No podía dejarla con Gisele, pues esta estaba demasiado histérica. Pero tampoco quería que estuviera sola, por lo que la pedí ayuda con los niños. Aún después de lo que ha pasado, ha tenido una paciencia infinita con ellos. Eso sí, apenas ha hablado con monosílabos.
A Remus se le encogió el estómago con aquella descripción. Rachel se había vuelto a encerrar sobre sí misma, como siempre. Cuando saliera de ese trance, apenas recordaría lo que había pasado en todo ese tiempo.
Negando con la cabeza, intentó concentrarse en otra cosa para no derrumbarse. Mientras llegaban al rellano del primer piso y seguían hacia el segundo, miró a la señora Bones con cautela.
- ¿Tan mal está Gis? –la preguntó-.
Su amiga nunca había tenido una pérdida así en su vida, pero con su carácter exagerado, casi podía ver el histerismo que la señora Bones le describía. Le contó que no había atendido a razones, y había estado llorando hasta la histeria hasta que consiguieron darla una poción del sueño. De eso apenas hacía una hora.
- Anthony no se ha separado de ella –suspiró la mujer-. No sé cómo serán las cosas a partir de ahora...
Se quedó pensativa unos instantes, mirando una puerta que pasaron de largo, y que le hizo suponer a Remus que allí estaría su amiga. Después pareció quitarse esa idea de la cabeza, y aceleró el paso hasta llegar a la última puerta a la izquierda del pasillo.
Cuando llegó hasta ella le hizo un gesto, indicándole que era esa, y llamó con cuidado.
- ¿Puedo pasar, querida?
El débil "sí" que recibió, le encogió el corazón al muchacho. Conocía ese tono a la perfección, aunque preferiría no haberlo escuchado nunca. Entraron a la habitación sin hacer mucho ruido, y Remus pudo ver a Rachel sentada en la cama, con las rodillas pegadas al pecho, y la rizosa melena tapando sus ojos.
- ¿Qué tal estás, cariño? –la preguntó la mujer con dulzura-.
Rachel asintió lentamente sin levantar la mirada.
- Bien. Gracias, señora Bones.
La mujer le miró con intención, dándole a saber que esas habían sido ya muchas palabras para ella. Remus ya lo sabía, pues lo mismo había ocurrido la anterior vez. Rachel no hablaría más, hasta que hubiese pasado a la siguiente fase: la aceptación.
En ese momento se lamentó profundamente de no tener a Lily a su lado, pues la pelirroja había sido la que había conseguido que Rachel se recuperara mejor la otra vez. Ella era la de la mano izquierda, y aunque él fuera más sensible que el resto de sus amigos (lo cual tampoco era un logro), no sabía muy bien qué debía hacer.
Esperó a que la señora Bones cerrara la puerta tras ella, para aclararse la garganta y hacerla ver a Rachel que no estaba sola en la habitación. Ni en el mundo.
- ¿Rach? –la llamó con duda al ver que no reaccionaba-.
La chica levantó la cabeza como un resorte, y abrió los ojos como platos. Pudo ver en ellos el brillo de las lágrimas, pero hasta en ese momento le parecieron los ojos más bonitos del mundo, tan grandes, redondos y marrones.
Rachel pareció quedarse en suspenso unos eternos segundos, y cuando por fin reaccionó, hizo un gran puchero, y se tiró de la cama para pegar la cara al cuello de su novio. Remus solo pudo apretarla con fuerza, y sintió cómo rápidamente su camisa iba mojándose. Eso sí, silenciosamente, como todo lo que hacía ella.
OO—OO
Pasaron dos días sin pena ni gloria. En Hogwarts el ambiente seguía igual que siempre, y el grupo recuperó parte de su alegría habitual, obligados por la rutina que debían seguir. Grace volvió a convocar al equipo a un entrenamiento, y como los profesores habían decidido ser algo comprensivos con el grupo, James pudo ir a verles a las gradas. Fue algo contraproducente, pues desmentía a gritos todo lo que ordenaba la capitana temporal, y no se calló hasta que ella amenazó con llamar a McGonagall para que le echara.
Peter, Lily y Kate se pasaban el día en la biblioteca, matando el tiempo y callando los pensamientos. Él ya no necesitaba buscar más información para el trabajo de pociones, pero su insistencia convenció a Mary para que le acompañara en la inservible tarea.
Sirius, en un intento de llenar su mente, estuvo todo el día comiéndose el coco qué le habría pasado a su hermano para estar tan raro hacía unos días. Se había vuelto a fijar en él, y le pareció verle bastante apagado, aún teniendo en cuenta que nunca había sido la alegría de la huerta. Tras dudarlo un poco, volvió a compartir sus sospechas con Grace, quien pensó que el más pequeño solo estaba agobiado por los estudios. Sirius no tardó mucho en pensar también eso, y volvió a pasar de su hermano, lo que le hizo ganarse una colleja de parte de Sadie, cuyo motivo él no entendió.
Ese mediodía, cuando se dirigieron al comedor para almorzar, una lechuza le llegó a Lily con la letra de Dumbledore. En ella, el director les avisaba de que, si aún querían ir a los funerales, después de comer debían ir a su despacho y él mismo les llevaría.
Jeff y Sadie rehusaron al instante con incomodidad, y los demás se apresuraron a comer rápido para que no se les pasara la hora. Sin embargo, al llegar al despacho del director solo encontraron dentro de él a la profesora McGonagall.
- El profesor Dumbledore ha tenido que atender una emergencia, por lo que no podrá acompañarles hasta los funerales. Deberán conformarse conmigo –respondió después de que Sirius preguntara por el director con algo de brusquedad-.
Todos respiraron tranquilos al saber que, pese a que el director no estaba allí, no se quedarían sin ir a hacer compañía a sus amigas.
- Bien –dijo McGonagall con un ceño que hacía creer a los muchachos que actuaba en contra de su propia voluntad-. Sentaos. Debemos esperar aún diez minutos antes de coger el traslador.
Peter, el más rápido, ya se había sentado en una de las sillas con la comodidad que se adquiere tras siete años visitando ese despacho todas las semanas, cuando Kate se adelantó tímidamente.
- Profesora, ¿no podemos ver a Gis y Rachel antes de los funerales? –preguntó con un poco de inseguridad-.
McGonagall la miró sorprendida durante un momento, pero después relajó el ceño, comprendiendo.
- Lo siento mucho, pero tengo orden de llevarlos directamente al cementerio, y regresarlos en cuanto terminen las ceremonias. A las chicas las verán directamente allí –algunos fruncieron el ceño, y la profesora les miró maternalmente, comprensiva-. Lo lamento de verdad. Comprendo vuestra situación, pero pensad que es por vuestra propia seguridad.
Los chicos no tuvieron más remedio que obedecer y, algunos más de acuerdo que otros, se fueron sentando hasta que llegara el momento de irse. Nunca diez minutos se hicieron tan eternos, y los signos de la impaciencia se iban dejando ver a medida que pasaban los segundos. McGonagall no parecía sentir absolutamente nada, era una estatua de sal sentada correctamente en la mesa del director, y Lily consiguió, mediante miradas silenciosas, que nadie dijera una palabra hasta que acabara el plazo. Ella había comprendido perfectamente el dilema que les habían planteado a los dos profesores. Ellos querían estar con Gis y Rachel, pero era consciente de todos los quebraderos de cabeza que eso suponía a quienes eran responsables de ellos.
Cuando los diez minutos concluyeron, McGonagall se incorporó sin ceremonias, y les tendió uno de esos cachivaches que Dumbledore tenía en la mesa, aparentemente inservibles. Cuando el último de ellos lo hubo tocado, el objeto se vio envuelto en una gran nube azul, y todos sintieron el familiar gancho en el ombligo.
Un segundo después, y cuando todos excepto la profesora McGonagall trastabillando, o cayendo al suelo, se encontraron en un lugar a cielo descubierto. Grace localizó el cementerio la primera, dándose cuenta de que habían llegado a una de las calles adyacentes de alguna parte de Londres. El santo lugar se encontraba a unos quinientos metros de donde ellos habían aterrizado, y podían ver cómo varias personas se dirigían a él entre conversaciones en voz baja.
La profesora McGonagall se aseguró de que la zona era segura antes de hacerlos pasar delante de ella, vigilando la retaguardia solo por si acaso. Entraron en el lugar, y fueron pasando a través de pasillos de lápidas, siguiendo a los demás magos que allí había. No tardaron en dar con el lugar: un ataúd estaba flotando a pocos centímetros del suelo, y una tumba se encontraba abierta, dispuesta a acoger los restos del muerto. A un costado, desde una fotografía mágica, la madre de Rachel sonreía amablemente, en un gran retrato hecho cuando era más joven. Había una considerable cantidad de gente allí reunida, y en el momento en que se iban aproximando, un reverendo se acercó al frente del grupo, indicando que la ceremonia iba a comenzar.
No había señales de Dumbledore por ningún lado, pero sí pudieron encontrar a las chicas. Estaban junto a un matrimonio mayor, Rachel por delante de Gisele, escondiendo la cabeza en el hombro de Remus, que lucía tan pálido como un día tras la luna llena. Solo se la veían sus rebeldes rizos, pues su cara permanecía oculta. Gisele estaba más atrás, mirando un punto vacío delante suyo, con la mirada ausente. Detrás de ella, con una mano sobre su hombro, estaba un muchacho alto que Grace y Peter reconocieron como Anthony.
Kate se desembarazó del resto y aceleró su paso hasta llegar a Gisele, quien tardó en fijar la mirada en ella, pero que la abrazó con fuerza. Los demás iban a seguirla cuando el reverendo empezó a hablar, y McGonagall les empujó hacia la parte de atrás de la comitiva, llamando a la discreción. James reconoció algunas caras de los miembros de la Orden del Fénix que había conocido por su tío, pero no consiguió localizar a este. Lily llamó su atención sobre la presencia de Alice Longbottom, la aurora y ex compañera de Hogwarts, que se encontraba allí junto a su marido. Por su lado, Peter le dio un codazo a Sirius al reconocer al hombre que estaba a un par de metros de ellos. Estaba mucho más desmejorado de lo que recordaba, más viejo y achacoso, pero era él sin dudas: el padre de Remus. Miraba hacia el ataúd con la tristeza inundada en los ojos, al igual que el resto de los presentes.
Grace, al igual que Lily, vio al matrimonio Longbottom, y cuando ellos les miraron saludó a Frank con un gesto de cabeza y una mueca. Las sonrisas estaban de más ese día.
- ¿A quién saludas? –preguntó Sirius en voz baja con curiosidad-.
- A Frank –contestó señalándole con la barbilla. Sirius y Peter le miraron, pero no le reconocieron-. Es uno de los guardaespaldas de mi padre. El Ministerio le manda de vez en cuando vigilar mi casa.
- Es una suerte que tus padres tengan dinero –dijo Peter sin pensar-. Así no les pasará lo mismo que a los padres de Gis y Rachel.
Grace se giró hacia su amigo con una expresión extraña en la voz, y cuando Peter se dio cuenta de cómo había sonado aquello, fue a rectificar. Sin embargo, McGonagall se aclaró la garganta, pues la ceremonia ya había empezado. Grace miró hacia delante aún con la extraña expresión en su rostro.
- Yo bauticé a Susan, al igual que tuve el privilegio de hacerlo con su hija, Rachel –estaba diciendo el reverendo-. Siempre fue una mujer bondadosa, llena de buenos sentimientos, que jamás recayó en los odios que hoy en día amenazan nuestro mundo. Prueba de ello fue que se enamoró y se casó con un hombre que no poseía magia, a sabiendas que ella tenía de sobra para los dos. Susan no tenía...
La ceremonia se hizo eterna, sobretodo por lo triste y horrible que era alabar tanto a alguien que murió antes de tiempo, consciente que nadie volvería a verla jamás. Rachel no se movió en toda la misa, y Remus, aunque parecía agotado, no paró de acariciarla con cuidado. La mujer que estaba a su lado, la señora Bones, tenía agarrada una de las manos de Rachel, y la apretaba con lágrimas en los ojos.
Lily no pudo contener las lágrimas y, para extrañeza de Grace, Sirius también derramó un par de ellas. Junto a Gis, Kate parecía llorar tanto como su amiga, a la que se oía por todo el cementerio. La rubia le pegó un codazo a Sirius confusa, y él se encogió de hombros sin apartar la vista del frente y se enjuagó las lágrimas con rapidez. Después comprobó que Peter también había sucumbido, y que McGonagall tenía la temblorosa barbilla enterrada en un pañuelo de seda. De vuelta a ver a su mejor amiga, vio cómo James la abrazaba, pero el moreno no lloraba. Casi sintió un alivio de no ser la única. ¿Por qué ella no lloraba? Ese día era uno de los más tristes de su vida, pero no era capaz de derramar ni una sola lágrima. Se sentía como si estuviera seca por dentro, y se repelió a sí misma, creyéndose insolidaria, uniéndose esa sensación a las palabras de Peter.
Cuando el funeral de la madre de Rachel dio fin, algunos invitados se marcharon, y otros se arremolinaron en grupos para hablar. Los chicos se acercaron por fin a sus amigas, y Lily consiguió que Rachel soltara a Remus para que la abrazara a ella. Él aprovechó para abrazar a su padre, quien había preferido quedarse a un lado. Grace dio unos torpes pasos al frente, y se acabó uniendo al abrazo en grupo de Kate y Gisele.
Los cuatro merodeadores, junto a Anthony, se miraron impotentes e inútiles, pues no acababan de saber si dar un abrazo, un beso, o solo la mano. Finalmente James imitó a Grace, y sus brazos abarcaron tanto a Rachel como a Lily, quienes lloraban estrechamente abrazadas la una con la otra.
Media hora después estaba programado el funeral de los padres de Gis en la otra punta del cementerio. La chica, cuando se lo dijeron, se puso bastante difícil, aumentando su llanto y negándose a moverse del lugar. No podía ver las lápidas, no podía, repetía en voz alta. Pese a que Anthony lo intentó, no pudo convencerla, y Kate y Grace, quien finamente había sucumbido al llanto, consiguieron llevarla en volandas, aunque el novio de la chica, junto a Peter y Sirius, tuvieron que colaborar.
Todo estaba arreglado más o menos parecido al funeral de la madre de Gis. Dos ataúdes estaban situados, el uno junto al otro, frente a dos tumbas abiertas, esperando acogerles, y un retrato aún más grande que mostraba a los fallecidos posando juntos en un sobrio retrato. Sin casi fuerzas de tanto llorar, a Rachel empezaron a fallarle las piernas, por lo que Lily propuso esperar en la parte de atrás de la muchedumbre que se estaba acercando, donde había un muro de piedra para sentarla. Al final, solo Kate y Peter se quedaron en la parte de adelante, junto a Gisele, quien de todos modos no parecía percibir que estaban allí.
Remus no tardó en llegar tras despedir a su padre, y James se corrió un sitio para dejarle sentarse junto a su novia. Incómodo por la escena, el muchacho de gafas miró en derredor y descubrió que su tío sí estaba en esa ocasión. Intentó llamar su atención, pero el hombre permanecía de pie, algo alejado de la multitud y mirando fijamente los ataúdes. Sin duda estaba especialmente afectado por la muerte de los Mendes, lo que le hizo suponer que estaban muy unidos. Nada podía suponer él que todo el tema de las cajas estuviera relacionado, pues él jamás le dijo quien más estaba involucrado en ese tema. Se levantó con la intención de ir a saludarle, en parte contento por verle fuera del hospital, pero McGonagall se aclaró la garganta, y él decidió dejarlo para después del funeral. Se sentó junto a Sirius, y ambos, codo con codo, intentaron sobrepasar el rato con la mayor compostura.
Sin embargo, el entierro de los padres de Gis no fue tan tranquilo como el de la madre de Rachel. El reverendo apenas estaba diciendo unas palabras amables, pero algo más vacías al no conocerlos personalmente, cuando algunos murmullos comenzaron a surgir por todas partes. Al igual que McGonagall, varias personas se aclararon la garganta, pero el zumbido de conversaciones solo cesaba unos instantes y volvía. Discretamente, algunas personas comenzaron a marcharse en distintas direcciones, intentando no hacer ruido ni llamar la atención.
- Ha pasado algo –le susurró Sirius a James mirando como los Longbottom se marchaban a paso ligero por una de las esquinas. Como sincronizados, ambos muchachos fruncieron el ceño a la vez-. Se está yendo demasiada gente, ¿no les notas nerviosos?
James fue observando a cada uno de los que se iban yendo, y después buscó a su tío con la mirada, pero ya no estaba por ningún lado.
- Todos los que se han ido son de la Orden del Fénix. ¿Crees que es por lo que no ha venido Dumbledore?
- ¿Otro ataque? –coincidió su amigo con el rostro crispado por la preocupación-.
Lily estaba demasiado pendiente de Rachel como para notar el nerviosismo de McGonagall, que estaba a su lado deseando que la ceremonia terminara. Esto tardó en suceder más que unos pocos minutos más, pues al parecer el reverendo decidió acortarla a la vista de que la mitad de la congregación se había ido nerviosamente, y la otra mitad se sentía intranquila por el ambiente que se había formado. Al instante, y sin darles opción de acercarse a Gis y los demás, la profesora se puso frente a ellos.
- Tengo que llevaros ahora mismo a Hogwarts.
- Pero, Gis... –comenzó Grace, pero James la interrumpió-.
- ¿Ha ocurrido algo, profesora? Estaba todo el mundo...
- Primero os llevaré a Hogwarts, y después, cuando me asegure que estáis todos a salvo, me detendré a saber qué ocurre. –dijo cortante. Se volvió hacia Rachel y la llamó, haciendo que levantara la cabeza del hombro de Lily-. ¿Quiere regresar con el grupo, o prefiere quedarse unos días más con los Bones?
El apremio con que le preguntó hizo ver que necesitaba respuesta urgente, pero Rachel se sentía muy lenta. Todo parecía flotar a su alrededor, veía mal por las lágrimas, y oía como a través de un vidrio. Además, las pocas palabras que oía no conseguía procesarlas bien.
- Rach... ¿vienes al castillo o te quedas con los Bones? –insistió Remus cogiéndola la cara con las dos manos para que fijara su atención en él-.
Lo pensó durante cinco segundos eternos, mientras todo el mundo parecía tener prisa por marcharse. Kate y Peter llegaron hasta ellos, y detrás de ellos dos, los Bones, junto a Gisele y Anthony, parecían esperar también la respuesta de Rachel.
Ella hizo un mohín, frunciendo la boca, dando muestras de que iba a ponerse a llorar de nuevo. Cerró los ojos, y una lágrima se escapó por sus húmedas pestañas.
- Quiero irme a casa... –murmuró contra el hombro de Remus-.
Todos entendieron el mensaje a la primera: volvía a Hogwarts. En cuestión de segundos todo se hizo, y mientras los Bones se llevaban a una Gisele algo inconsciente, los chicos tomaron una piedra que McGonagall había convertido en un traslador, y en menos de un minuto ya se encontraban en la protección del castillo.
OO—OO
Ver desde la distancia cómo todo el pueblo se resquebrajara en un movimiento de tierra que jamás se había visto en Inglaterra, era un absoluto deleite para Voldemort. Ya ni siquiera le importaba que su siervo no hubiera conseguido traerla la caja que le pidió: la complementaria al fuego, la del agua.
Cuando había acudido a él con otra de las cajas elementales, aunque no fuera la que pidió, se había sentido muy satisfecho. Le había felicitado por su gran trabajo, y después le había sometido a una pequeña sesión de cruciatus para recordarle que nada debía distraerle de conseguir las demás cajas. La elemental de agua era tan posible de conseguir como las demás, y él no podía permitirse que el muchacho dudara en su cometido. Las quería todas, y las quería pronto.
De momento se divertía observando los gritos aterrados de los vecinos de esa pequeña localidad mágica. Los muy infelices ni siquiera se estaban dando cuenta de que, con los movimiento de tierra, les conducía donde quería, al centro de todo, donde sus fieles mortífagos esperaban su merecida diversión. Sería una batalla desigual, pero lo divertido era cazar a los demás magos como si fuesen ratones, y ellos los gatos.
Sin embargo, las cosas comenzaron a nivelarse a medida que iban llegando más y más magos en ayuda de los pueblerinos. El pájaro dorado que estaba estampado en las ropas de algunos de ellos le dio la pista de quienes se trataban, y no le quedó más que desear que sus mortífagos dejaran alguna baja en la Orden del Fénix. Él no iba a intervenir, aquella ocasión era demasiado insignificante. La aparición de un hombre anciano de barba blanca le tentó, pero con un movimiento aburrido, Voldemort se desapareció del lugar con su nueva posesión, quizá pensando en divertirse con ella en cualquier otro lado.
OO—OO
Cuando llegaron a Hogwarts, la profesora McGonagall les apresuró a salir del despacho del director, mientras ella se aproximaba rápidamente a la chimenea de la habitación, buscando noticias. Ella no sabía nada, era evidente, así que los chicos prefirieron intentar enterarse por otros medios y en otro momento. James se había quedado con ganas de hablar con su tío, pero él se había ido tan pronto como había llegado. Si había ocurrido algo, él estaba en el lugar.
Para conseguir llevar a Rachel a su refugio sin que nadie la viera, y siendo esto difícil al ser apenas las seis de la tarde, James se apresuró a buscar su capa de invisibilidad para que su amiga pudiera usarla. Iba tan rápido que no vio la lechuza de su tío esperándole en el alfeizar de la ventana, pero sí la vio la segunda vez, cuando volvieron a la torre. Rachel se había quedado dormida mientras le esperaban, y Sirius se había ofrecido a ayudar a Remus a llevarla, pues él no se sentía con fuerzas para intentar cargar con ella. Después había desaparecido con Kate, al igual que después había hecho Grace al poco. Remus se quedó en el cuarto con Rachel, y Peter, Lily y él fueron a la torre a tomar una ducha relajante y cambiarse de ropa, pero a James se le olvidó todo cuando vio la lechuza.
Había visto a su tío esa tarde, lo que significaba que él le había escrito antes de los entierros, o quizá inmediatamente después. Aunque si había ocurrido algo en cualquier sitio, dudaba que su tío perdiera el tiempo escribiéndole. Tomó la carta con algo de incertidumbre, incentivado por los nervios y las emociones del día.
- ¿De quién es? –le preguntó Lily con curiosidad-.
- Es la lechuza de mi tío –contestó el chico rompiendo el sobre-.
La pelirroja y su pequeño amigo demostraron su curiosidad al acercarse a él para ver, al menos, su expresión mientras la leía. Él les ignoró, pues lo que decía la misiva era mucho más interesante.
Querido James,
Te dije que te escribiría en cuanto me dieran el alta, pero desgraciadamente han ocurrido varias cosas que han atraído mi atención estos días (ya te habrás enterado de la muerte de los Mendes, una tragedia. Y también han asesinado a la hermana del magistrado Johnson. Su hija es tu amiga, creo que me dijiste, ¿no?). Así que comprenderás que había otros asuntos importantes de los que ocuparme, como también tu seguridad. No quiero que te enojes por cómo suena, se que sabes cuidar de ti mismo, y que en Hogwarts estás seguro, pero a continuación te contaré lo que ocurre.
Sé que te dije que te escribiría cuando me pudieras mandar de vuelta la caja, pero hay muchas cosas que han cambiado. Ya no quiero la caja de vuelta, es más, quiero que la escondas bien, en un lugar que ni yo sepa cuál es. Necesito que te hagas completo responsable de ella, que lo creas profundamente y que olvides que alguna vez esa caja estuvo a mi cargo. Te sonará extraño, pero todo tiene una buena explicación que procederé a relatarte.
Te has enterado, sin duda, de la muerte de los Mendes. Al fin y al cabo tienes mucha amistad con Gisele. Pero dudo que sepas algo más aparte de que les atacaron, y cómo fue su macabro final. El motivo pocos lo conocemos, pero tengo que decírtelo. Tomás era el encargado de otra de las cajas. Sí, te hablé poco del tema, pero había más de una caja. Cuatro en concreto. Y este es el segundo guardián que es asesinado en menos de un mes, lo que significa que Voldemort tiene en su poder dos de las cuatro cajas. Solo quedan otra y la que tienes tú. Y no podemos permitirnos que caigan en su poder.
Por ello necesito que guardes la que tienes incluso de mi mismo. No te lo pediría si supiera que el riesgo es grande. De hecho, por esto quería que me la devolvieras al principio. Pero hemos estado investigando, y Dumbledore cree que están usando la poción rastreadora. Esta poción permite encontrar cualquier objeto siempre y cuando se capture antes a su guardián. Por esto el que te pida que te hagas completamente responsable de la caja, pues aunque me capturen, el rastro se perderá conmigo al no ser yo el guardián. Y créeme, preferiría morir antes de darles tu nombre, lo sabes. ¿Me harás este favor?
Espero que aceptes pues eres mi única esperanza. Tendrás pronto noticias mías. Ya sabes, guárdala y mantenla a salvo de cualquiera. Yo te mantendré a salvo a ti. Con cariño.
Adam.
James frunció al ceño, tratando de entenderlo todo. ¿Tenía sentido lo que decía su tío? No mucho, pero Dumbledore lo creía posible, por lo que él confiaba ciegamente.
- ¿Estás bien? ¿Qué dice? –preguntó Lily abrazándole por la espalda-.
- Esto... ¿queréis que os deje solos para hablarlo? –preguntó Peter con inseguridad-.
Ya había dado dos pasos hacia el retrato cuando James le detuvo.
- No, es algo que los dos sabéis. De la caja.
Les explicó un resumen del contenido de la carta, y cuando finalizó observó las expresiones de su novia y amigo. Sus expresiones desoladas le incomodaron y se despeinó el pelo nerviosamente.
- ¿Por esto han matado a los padres de Gis? –preguntó Lily a riesgo de que más lágrimas volvieran a caer por sus ojos-.
- ¿Cómo les habrán encontrado? No dice nada de eso –comentó James extrañado-.
- ¿Y si tienen un método especial? –preguntó Peter con un toque de miedo en la voz, y los ojos muy abiertos-. ¿Y si averiguan que la tienes tú y deciden ir a por ti? Creo que deberías contestarle a tu tío que no puedes. Te está pidiendo mucho, ¿y si entran en Hogwarts?
- ¡No digas tonterías, Gus! Si llega a ser así, habrían venido hace mucho tiempo.
- Además de que si está en Hogwarts, es imposible de rastrear –informó Lily algo más calmada-.
Los dos chicos la miraron interrogantes, y ella asintió rodando los ojos.
- Creo que tu tío debe estar desesperado para pedirte esto. Bueno, de cuatro ya han matado a dos, aunque ignoró quién es el otro, por lo que la situación es delicada. Creo que no sabe a qué dar más prioridad, si a tu seguridad o a la de la caja. Yo te la daría a ti sin duda, pero si se la da a la caja es por algo. Lo mejor será quedársela hasta que sepas más.
James asintió pensativo, y se volvió hacia Peter.
- ¿Y tú qué opinas, colega?
- ¿Y-yo? –preguntó Peter sorprendido. No esperaba que le preguntaran su opinión-.
El muchacho se calló unos segundos sin saber qué decir.
- Creo que Lily tiene razón –dijo sin estar convencido-. Al menos hasta que tu tío diga más sobre la caja, debes cuidarla bien.
James volvió a asentir.
- De acuerdo, se queda. Haber qué me dicen luego Sirius y Remus. –se volvió hacia Lily para cogerle de la mano cuando la vio en la ventana, mirado algo del exterior con el ceño levemente fruncido-.
- ¿Qué miras? –la preguntó al ver que no que no apartaba la vista del jardín-.
La pelirroja le miró recuperando la sonrisa, y negó con la cabeza juguetonamente.
- Nada –respondió añadió acercándose a él-.
Pero no pudo evitar volver a ver la vista atrás, como queriendo asegurarse que lo veía.
OO—OO
Lo que Lily miraba no era a otra que a Grace. Su amiga había salido a los jardines, e, ignorando el frío, se había sentado a la orilla del lago, y metido los pies dentro. Estaba empezando a tiritar, pero no se había dado cuenta. Ahora que por fin estaba sola, y de nuevo en la comodidad de Hogwarts, su cabeza daba vueltas sobre todo lo sucedido ese día.
El gran dolor de Gisele, la profunda y silenciosa pena de Rachel, las palabras de Peter sobre sus padres, su casi nula capacidad para llorar por sus amigas. Apenas había derramado un par de lágrimas hacia el final. Era increíble. Las conocía desde hacía siete años, habían vivido cama con cama durante tanto tiempo, compartido tanto, habían estado más unidas cada vez que pasaba otro año, ¿y ni aún así conseguía sentirse solidaria con ellas? Bueno, ella siempre había valorado más a Lily que a las demás. Era duro decirlo, pero ellas eran prescindibles en su vida, no tenían tanta importancia. No como Lily, que era su mejor amiga. Pero, ¿habría llorado por ella? No lo hizo cuando la contó la enfermedad de su madre... Pero Amanda no había muerto, seguía luchando. Claro que sus padres también estaban vivos, y Lily había llorado cuando supo que estaban amenazados. La llorona de Lily...
También pensar en su amenaza la recordaba las palabras de Peter. No la había querido ofender, era evidente, ella ya conocía al pequeño del grupo. Pero puede que tuviera razón. Sus padres tenían guardaespaldas, así que puede que tuvieran más suerte. O no. Durante mucho tiempo había creído que era una guerra contra los hijos de muggle, y que ellos eran los perseguidos. Inconscientemente, creía que ser sangre pura te salvaba de esos asesinos. Pero a los padres de Gis eso no los había salvado, y tampoco a la madre de Rachel, ni a Richard y su familia... Puede que, aunque les pusieran mil guardaespaldas, alguien pudiera llegar a sus padres y hacerles daño. Se estremeció cuando la posibilidad caló en su mente, y echó la cabeza atrás para estirar el cuello. La escasa luz que quedaba en el cielo volvía naranja el interior de sus párpados, y se concentró en ese color mientras seguía pensando.
Su familia tenía dinero, y solo por eso el Ministerio se había encargado de que dos buenos aurores les protegieran. ¿Y qué pasaba con los demás? ¿No tenían más urgencia los padres de Rachel, cuando ya habían asesinado a la mitad de su familia? Por lo que sabía, se habían tenido que refugiar bajo la protección de Dumbledore, pero el Ministerio no había hecho nada. Y ahora su madre estaba muerta, y su padre en coma. ¿Cómo podía mirarla a la cara, sabiendo cómo diferenciaba el mundo mágico la importancia entre la vida de su familia y la de su amiga? No había podido en toda la tarde. No sabía cómo se había acercado a Gis, pero se había alejado enseguida, con miedo de que la reprochara eso. Quizá si el Ministerio hubiera puesto el mismo empeño en proteger a sus padres como a los de ella, todos estarían vivos. Tal vez si sus padres hubieran rechazado la ayuda...
No pudo más, iba a explotar con tantos sentimientos encontrados. Se llevó las manos a la cabeza, y un sollozo ahogado se escapó de su garganta con una furia que la raspó toda la traquea. Se sentía impotente, triste, deprimida, culpable, insensible, atemorizada... Sin darse cuenta se había agarrado el pelo y tiraba de él como si quisiera arrancárselo. Quería dejar de pensar, pero no podía, todo se revolvía en su cabeza, y cuanto más fuerte cerraba los ojos, más nítidamente veía las caras de dolor de sus amigas. Aquello parecía ser un castigo.
Dio una patada al agua, y este salpicó mojándola entera, y provocándola más frío. Pero siguió sin moverse. Continuó agarrándose el pelo con fuerza, cerrando fuerte los ojos y respirando con dificultad, como si fuese una niña con una rabieta. Quizá es lo que era, una niña mimada con una rabieta infantil.
- ¿Grace?
Alguien la había llamado, o quizá no, porque había escuchado la voz desde muy lejos. Apretó más fuerte los puños contra su pelo, y cerró sus ojos con más violencia, apretando también los dientes.
- Grace, che cosa succede?
Era imposible no distinguir a esa persona con esa voz tan persuasiva y ese italiano tan atrayente. Abrió los ojos y levantó la mirada, mientras sus brazos caían a ambos lados de su cuerpo con desgana.
Marco estaba a pocos pasos de ella, mirándola extrañado y preocupado. Detrás de él vio una figura más alejada, por lo visto mirándola también con cautela. Ignoró al chico y la miró hasta que la reconoció. Ni siquiera ella podía confundir esa belleza tan grande. Era la chica francesa, la veela. Ahora no recordaba su nombre. Eso sí, debía recordar decirle a Lily que esos dos habían tenido una cita, así quizá dejara de acojonarse cada vez que la muchacha se acercaba a James.
Vio a Marco girarse hacia la chica, y ambos intercambiaron unas palabras en voz baja. Pero a ella no la importaba. Volvió a mirar al lago, con el bosque de frente, tan misterioso, peligroso y hermoso. Siempre la pareció precioso, quizá porque estaba prohibido. Deseaba que ambos chicos se fueran y la dejaran pensar. Egoístamente, quería seguir hundiéndose en su autocompasión. Sin embargo supo que no habría forma cuando sintió a alguien sentarse al lado de ella. De reojo vio a Marco acomodarse, y giró la cabeza para ver a la chica francesa marcharse hacia el castillo.
- No deberías dejar a tu chica sola. Me temo que hoy no soy una buena compañía –le dijo en un susurro ronco-.
Marco la ignoró, y la tendió su capa encima de los hombros al verla mojada.
- Saca los pies del agua –la dijo en voz baja-. Si sigues así te enfermarás.
Debía estar preocupado de verdad si no estaba usando el italiano. Por lo visto no estaba intentando impresionarla y se esforzaba por hacerse entender. Pero en ese momento estaba en su plan de niña mimada y no quería oír nada de nadie.
- Marco, solo quiero estar sola. Vuelve con tu chica y ya hablaremos en otro momento.
- No es mi chica. Solo hablábamos. A veces los nuevos necesitamos unirnos entre nosotros –murmuró mientras la arrastraba para obligarla a sacar los pies del agua. Vale, eso no le gustaría tanto a Lily-.
Ella no se opuso, pero tampoco colaboró. Tampoco se quejó cuando la envolvió los fríos pies con la túnica para calentárselos. Decidió ignorarle haber si así se aburría de jugar al buen samaritano.
- ¿Qué ha ocurrido? –insistió Marco sin inmutarse por su actitud. Es más, la puso los calcetines y los zapatos, dando muestra de su paciencia al cuidar de los demás. Sí, sería un gran medimago-.
- Nada –suspiró Grace echándose hacia atrás para tumbarse-.
- ¡Ey, no, no, no! –exclamó Marco poniéndose de pie de un salto y tirando de sus brazos para que se incorporara-. Está bajando la temperatura, y a saber cuanto tiempo llevas aquí. Venga, vámonos.
La rubia estuvo muy cerca de mandarle a la mierda, pero lo cierto es que no podía ser tan malagradecida con su ayuda desinteresada. Parecía realmente preocupado. Si supiera que ella era de las que menos tenía que preocuparse... Tenía dinero de sobra para que todo el mundo lo hiciera. Pensar en eso de nuevo la revolvió el estómago.
- ¿No pillas las indirectas, verdad? –preguntó de malhumor-.
- ¿Scusa? –preguntó Marco sin entenderla-.
Por fin se le escapó el italiano, pensó haciendo una mueca de diversión. Suspiró, negándose a salir tan pronto de su autocompasión.
- Quiero estar sola –dijo claramente mirándole a los ojos por primera vez esa tarde-.
Marco la miró también, y sus ojos marrones parecieron analizar toda su expresión. Después sonrió como si no hubiese dicho nada.
- Pero yo no quiero dejarte sola. Vamos, algo te pasa. Siempre es bueno hablarlo, ¿sabes?
- A ti esto no debería importarte –bufó Grace más para sí misma que para él-.
- Sempre he disfrutado de meterme en los questioni de los demás –dijo Marco con una sonrisa que más parecía sacada del repertorio "James Potter". Inmediatamente después se puso serio de nuevo-. ¿Es por los funerales, no es así? Allysa me dijo que habíais obtenido permiso para ir.
- Mucho hablas tú con Wayman, ¿no? –dijo desviando el tema. Le había visto con su compañera de Hufflepuff bastantes veces, y de hecho parecían llevarse muy bien-.
- Así que sí es de eso. ¿Qué tal está Gisela? –la preguntó ignorando su intento de cambiar la conversación-.
- Gisele está mal –dijo repitiendo de nuevo su nombre. Marco no se lo aprendería nunca-. ¿Cómo esperas que esté?
Marco hizo una mueca al comprender lo absurdo de la pregunta. Evidentemente la chica estaría mal, acababa de perder a sus padres.
- Y tú estás mal por ella –dijo comprensivamente-.
Pero Grace ya estaba negando con la cabeza. Lo cierto es que no se sentía ni de lejos tan solidaria.
- No. Soy más egoísta que todo eso.
Descubrió que se sentía mejor hablando con alguien ajeno a todo eso, así que le contó cómo se sentía con respecto a todo. Al terminar no se atrevió a mirar a su amigo, por lo que se puso a caminar mientras observaba el castillo, y miraba el cielo que se iba oscureciendo. No escuchó a Marco responder inmediatamente, lo que hizo que se sintiera peor.
- No es culpa tuya –la dijo por fin-. Ni de tus padres. Es cierto que no es justo que valoren más vuestra vida que la de otros, pero no es culpa de vosotros. Vosotros no habéis matado a nadie.
Grace negó levemente con la cabeza. Seguía sintiéndose fatal, y pensó que tampoco había sido una buena idea contárselo. Él no sabía nada de cómo estaban las cosas, al fin y al cabo. Un poco de teoría y había visto noticias, eso era todo. Pero nadie aprende de la guerra de esa forma. Marco aún no sabía lo que verdaderamente estaba pasando en Inglaterra en ese momento.
- Oye, he oído que il mese prossimo hay salida a un pueblo de aquí al lado –dijo Marco de pronto-.
Grace le miró con curiosidad. ese cambio de tema y de tono había sido muy evidente.
- Sí, ¿y qué?
- Nada, que he oído que coincide con San Valentín –dijo Marco como si la cosa no fuera con él. Miró a Grace de reojo y sonrió-. ¿Has quedado con un ragazzo?
Ella no pudo evitar una pequeña sonrisa al captar el asunto. Estaba distrayéndola del tema, y ya de paso coqueteando con ella de nuevo. Ese chico tenía mucho peligro.
- Aún no.
- ¿Aún? –preguntó el muchacho divertido-. Bueno, ¿por qué no vas conmigo? Si quieres, solo como amici, no tienes que hacer nada que no quieras.
Grace siguió caminando unos segundos en silencio, mirándole de cuando en cuando de reojo. Era un chico encantador, y la daba opción de repetir o no lo que unos días atrás había pasado en aquel armario. Sin presiones y, aparentemente, sin buscar segundas intenciones. Finalmente se encogió de hombros. En cualquier otro momento eso la habría alegrado, pero no la apetecía celebrar nada, ni mostrarse coqueta. Ese día, no.
- Claro, ¿por qué no?
Marco asintió con la cabeza y siguió caminando a su lado un rato más. Cuando ya no supo qué hacer para distraerla, la agarró de la mano y tiró de ella.
- Sigues pensando en eso. Haber si así consigo sacarte el tema de la cabeza.
Tal y como ella hizo en el armario unos días antes, la cogió del cuello y la besó en la boca, moviendo los labios con fuerza para hacerla poner toda su atención en el beso, y no en otras locuras que pasaran por su cabeza. Intentando no repasar lo que había pensado poco antes, Grace, simplemente, se dejó llevar.
OO—OO
- Kate, vamos dentro. No tengo ganas de nada y aquí hace frío –se quejó Sirius-.
Su novia, sin embargo, siguió apoyada en la columna de los soportales, mirando ensimismada los jardines.
- Vete tú –le dijo-. Yo quiero quedarme un rato más. No quiero entrar en la torre y ponerme a pensar en la cara de Gis.
Tras dejar a Rachel en la habitación, Lily le dijo a Sirius que creía que Kate necesitaba tomar el aire. Estaba bastante deprimida, pero todos lo estaban. Al final no sabía si había sido buena idea haber ido a los funerales. Él no había hecho nada por las chicas, y solo había conseguido sentirse fatal al estar en ese ambiente.
Pero en vez de hacer caso a la sugerencia de su novia, suspiró y se apoyó en la otra columna, pidiendo más paciencia. Lily tenía razón, Kate necesitaba distraerse un poco, pues ahora que estaba Rachel en Hogwarts y Gis no tardaría en volver, sería en ella en quienes más se apoyaran. Por mucho que los demás estuvieran ahí, que Rachel tuviera a Remus, que Lily y Grace intentaran colaborar y ellos idearan algún método para hacerlas reír, Kate sería su principal objetivo, pues siempre habían sido ellas tres. Igual que Lily y Grace habían ido algo aparte, y que él y James estaban más unidos entre sí que a Remus o Peter. Simplemente era cuestión de años de amistad.
- ¿Quieres bajar a las cocinas? Allí podremos coger cosas para la cena y subimos a mi cuarto. Puedes dormir allí hoy, si quieres.
Su cuarto no le podía recordar ninguna expresión triste de ninguna de sus amigas. Ni siquiera se había planteado la doble cuestión que podría sugerir esa situación. Ninguno pensaría en algo así ese día.
Kate suspiró de nuevo.
- Vamos a dar una vuelta. Hace mucho que no paseamos por los jardines al atardecer.
Dudaba que su novia pensara en un paseo romántico, pues comenzó a andar sin esperarle, y una vez Sirius la alcanzó, apenas le miró una vez. Simplemente no tenía ganas de hablar, la pasaba siempre que estaba triste, que lloraba mucho... Solo quería reponerse completamente para volver a sentirse normal, y quizá la ayudaría que Sirius no estuviera presente mientras se tranquilizaba. Pero cualquiera se libraba de él...
- No es un farol. Estoy bien, solo me apetece estar un rato callada. ¿Por qué no te adelantas tú a la cocina y escoges lo que quieras? Nos podemos encontrar luego en tu cuarto.
Como esperaba, Sirius negó suavemente con la cabeza y siguió caminando a su lado. No podía dejarla sola. Aún no sabía por qué Kate tenía esa manía después de haber pasado un episodio triste. Él siempre necesitaba estar acompañado cuando estaba mal, y que ella necesitara lo contrario le descolocaba. No, debía estar haciéndose la fuerte.
Aburrido, y sin saber qué hacer mientras Kate se sintonizaba con la naturaleza o alguna gilipollez de esas, se puso a mirar a su alrededor. No había nadie. Lógico. Ellos eran los únicos idiotas de todo Hogwarts capaces de salir a pasear por los jardines cuando debían estar a 3 º C, el relente estaba cayendo, y hacía un viento bastante frío.
Se equivocó. Enseguida llegó a su vista otra pareja que también estaba en los jardines. Claro que ellos parecían encontrar un método de combustión más fácil y tradicional. Si él se estuviera enrollando con Kate de esa forma, no estaría sintiendo como se le congelaban los brazos.
La pareja se separó, y se dispersó cada uno por un lado, dándole tiempo a reconocer a la chica. El ceño se le frunció al instante al ver que era Grace la que ahora caminaba hacia el castillo, y rápidamente buscó al gilipollas que había estado besando antes. No le sorprendió demasiado ver al imbécil del italiano pararse cerca del lago, y observar el paisaje.
Sorpresa no era. Pero sin duda fue rabia lo que sintió. Por alguna razón, esa imagen le hizo olvidar todo lo demás: la tristeza por Rachel o Gis, el frío y el cansancio que tenía, e incluso la presencia callada de Kate.
- Creo que tienes razón. Creo que voy a buscar a James. Luego nos vemos –le dijo a su novia entre dientes-.
Ahora le apetecía quedarse solo para poder pegar varios puñetazos a las paredes, y después consultaría con James las peores putadas que podrían hacerle a ese gilipollas. Le había avisado, vaya si le había avisado, y hasta que no se metió con ella no paró. Se iba a enterar, se iban a enterar los dos. Estaba demasiado enfadado para ser un poco racional, y cuando Kate quiso reaccionar, ya estaba entrando por la puerta del castillo.
De todas formas, ella había conseguido lo que quería, que era quedarse sola. Así que ni le llamó, ni hizo ningún intento porque volviera a su lado. Ahora estaba mejor.
OO—OO
Aquella tarde no había sido muy difícil. Al estar en el funeral de Tomás y Cora no pudieron mandarse patronus los unos a los otros avisando del pequeño ataque que había al sur del país, pero la noticia fue extendiéndose de boca en boca por todo el cementerio. Frank y Alice se habían marchado apenas se habían enterado del lugar, y ahora, cuando ni siquiera había pasado una hora, los mortífagos habían ordenado retirada. El resultado final había sido de cinco muertos y dos decenas de heridos, y, dolorosamente, era una buena noticia. Para lo que podía haber sido, el resultado había sido bueno.
Mientras los medimagos comenzaban a llegar al lugar y los aurores a marcharse, Alice despidió a sus compañeros, y se dirigió hacia el lugar donde estaba sentado su esposo, sobre una pared de piedra en una esquina de ese parque donde se había desarrollado la batalla, y que ahora estaba prácticamente en ruinas. Cuando estuvo cerca de él, supo que algo no iba como debiera. La mirada de Frank estaba ausente, su ceño fruncido y se había hecho sangre en el labio de tanto mordérselo.
- ¿Qué ocurre, cariño? No estás herido, ¿no? –preguntó con voz dulce mientras pasaba un brazo por sus hombros y se sentaba a su lado. No había heridas visibles por lo que descartó esa posibilidad, pero pensó en que Frank hacía muy poco que había salido de San Mungo-. ¿Te has cansado?
Frank simplemente negó de forma vaga con la cabeza y entrecerró más los ojos pensativo. Estuvo varios segundos más callado, y después suspiró con fuerza.
- Ha pasado algo. Ha sido extraño.
- ¿A qué te refieres? –preguntó Alice con ansiedad-.
- Me ha parecido recordar algo. Algo del día de Charing Cross. Pero no... no se...
Alice le miró con mucha curiosidad, entendiendo ahora la confusión de su esposo. Pero aquello era una buena noticia. Todo lo que supusiera que fuera recuperando la memoria, lo era.
- ¿Qué ocurre? ¿Qué has recordado? ¿Alguna escena especial?
Frank negó con la cabeza de nuevo.
- Fue más como una sensación... No lo sé... Había también una imagen. Un enmascarado conseguía derribarme, me dolía mucho el pecho y la cabeza, y de repente le tenía sobre mi, mirándome desde arriba y dispuesto a matarme. Ahí se va todo. Solo ha sido un "flash", nada más.
Alice frunció el ceño, pero no le había dicho nada que no supiera. El pecho y la cabeza habían sido lo que más le había costado sanar, y la misma Dorcas le había contado cómo le había quitado a un mortífago de encima.
- ¿Qué sensación recordaste? –le preguntó con paciencia-.
- No vi su rostro. O no recuerdo haberlo hecho –se corrigió a sí mismo rascándose la cabeza-. Pero no sé... Algo me dice que eso es importante.
- Claro que es importante. Es nuestro trabajo: averiguar su identidad y detenerlos. Y supongo que tu subconsciente te quiere decir que debes poder con todos ellos para que no vuelva a ocurrir lo de ese día. Creía que moriría del susto –añadió con voz temblorosa, recordando el pánico que la invadió cuando Bellatrix había dicho que él estaba muerto, y cuando después la avisaron sus compañeros-.
Frank pareció olvidar su problema y se volvió hacia su mujer, mirándola con comprensión. Él también sabía lo que era tener el corazón en la mano por causa de su bienestar. La sonrió débilmente y la estrechó en sus brazos, besándola en la cabeza.
- No me voy a ir a ningún lado.
Alice sonrió ante aquello, y sin levantar la vista de su regazo apretó su abrazo.
- Y si lo haces, yo me iré contigo.
Y se quedaron así varios minutos, sin prisas, disfrutando del calor del otro en esa fría tarde de enero. Sin embargo, cuanto más tiempo pasaba, la mente de Frank volvía a esa premonición que había sentido en los últimos momentos de batalla. Negó con la cabeza frustrado.
- En serio, Alice, algo me dice que si no recuerdo pronto algo más de ese cabrón, puede pasar algo terrible...
Y no sabía, en ese momento, cuanta razón tenía...
OO—OO
Lily acababa de quedarse sola en su torre cuando apareció Grace, algo cabizbaja y arrastrando los pies. Su amiga la descubrió medio tumbada en el sofá, con un libro sobre el estómago, y vestida con un conjunto deportivo muggle.
- Me preguntaba dónde estarías –la riñó la pelirroja haciendo una mueca-.
Grace se encogió de hombros.
- Tomando el aire. Me apetecía estar un rato en los jardines. Después de la experiencia de hoy, ha sido reconfortante...
- Sí... –suspiró Lily dejando el libro sobre el respaldo del sofá-. Menudo día. En parte me alegro de que hayamos tenido que irnos con prisa, y eso no está bien. Quizá Gis habría querido estar un rato con nosotros.
- O quizá quería descansar como Rachel –repuso su amiga encogiéndose de hombros-.
Las dos suspiraron a la vez, y finalmente la rubia se fue a sentarse junto a su amiga. Posó los pies en la mesilla del centro, y echó hacia atrás la cabeza en un gesto nada elegante.
- ¿Estás bien? –preguntó la pelirroja comenzando a hacerse una trenza en la cabeza-.
- Sí... –se quedó unos segundos mirando el techo, pero temiendo que Lily fuera tan observadora como Marco (y sabía que lo era más aún), se apresuró a sacar un tema-. ¿Y James?
- Se fue con Peter a las cocinas. James pensó que seguramente Remus no haya comido nada hoy, y sinceramente, creo que tiene razón.
Grace lo pensó vagamente unos segundos, y después asintió con la cabeza.
- Sí, es lo más probable. ¿Bajará a cenar luego? –preguntó girando la cabeza hacia su amiga-.
Lily se encogió de hombros, observando con interés la punta de su trenza. Grace volvió a girar la cabeza, y cerró los ojos. La charla con Marco la había ayudado a sacar algo de pesar de sí misma, pero el sentimiento amargo aún seguía allí. En parte no podía dejar de sentirse mal por las circunstancias que la rodeaban a ella, y las que rodeaban a sus amigas. Sin darse cuenta, bufó en voz alta, agobiada.
- Sé lo que estás pensando –dijo Lily-.
Grace abrió los ojos y se incorporó para mirarla con curiosidad. Lily la observaba seriamente, con el ceño levemente fruncido, y una mueca reprobatoria en los labios.
- Desde que escuché el comentario de Peter, supe lo que pasaba por tu mente –dijo negando con la cabeza-. Y no tienes razón. Peter hizo un comentario muy inocente, y tú tienes la peculiaridad de trasgiversar lo que te dicen.
- Eso no es cierto –respondió Grace molesta-.
Lily rodó los ojos pero se abstuvo de insistir. No quería discutir con su amiga, no era esa su idea cuando había sacado a relucir el tema.
- No tienes razón -insistió-. Ninguno de ellos ha muerto porque tus padres tengan protección, y nadie podría culparos por eso. Aunque que Kingsley o el otro hombre no os protegieran, ellos no se habrían salvado. Si estaban de morir, iban a hacerlo de todas formas, y Rachel y Gis jamás pensarían en culpar a nadie más que a sus asesinos. Y menos a vosotros.
Grace suspiró. Sabía que no eran responsables directos, pero no estaba tan segura con lo de que si no les protegieran a ellos, no habría para proteger a otros. Los padres de Rachel debían haber tenido ayuda, y el hecho de que no la tuvieran mientras sus padres sí, la descorazonaba.
- Grace, no pienses en eso. Es un tema absurdo en el que no habrías caído si el pobre Peter no hubiera hecho ese comentario tan desafortunado. Y él no quería molestarte ni hacerte sentir mal cuando lo dijo.
- Lo sé... –murmuró ella sabiendo que aquello era cierto-. No me hagas mucho caso...
Lily negó con la cabeza, pero no quiso insistir más. Sabía que Grace saldría de su estado de autocompasión cuando ella quisiera, y no cuando nadie más se lo pidiera. Era obstinada hasta para eso. Observándola concienzudamente, se dio cuenta de que tenía parte del pelo mojado, y se temió que, con lo loca que estaba, se hubiera metido al lago.
- ¿Qué has hecho ahí fuera? No habrás cogido frío, ¿no?
Grace resopló y lanzó al aire una risa cansada.
- Otra sanadora no, por favor –medio suplicó en una especie de broma-. Ya he tenido bastante con Marco. Se ha creído mi niñero.
- ¿Has estado con Marco? –preguntó Lily con curiosidad-.
Grace se encogió de hombros.
- Me vio y vino a ver qué pasaba. Estaba con la chica esa francesa, ya sabes quién, paseando.
Aquello sorprendió a Lily, es más, como ya había supuesto su amiga, la encantó el hecho de que pudiera haber algo entre esos dos, aún ignorando las intenciones que había tenido su amiga con el chico.
- ¿En serio? –preguntó en un tono que no dejó esconder su esperanza-.
- No te emociones –la cortó su amiga-. Me dijo que solo eran amigos. "Los nuevos tenemos que unirnos entre nosotros", o algo así dijo.
Lily hizo un gesto de desagrado. Grace había supuesto todas sus reacciones, y había acertado en todas.
- Bueno –dijo en un intento de optimismo-. Quizá con el tiempo la guste y ella a él. Es un chico simpático, y no está mal, ¿no?
- Sí, pero ya sabes que a esa clase de chicas les suelen gustar los raritos, y James da el tipo –respondió Grace para picarla-.
Una pequeña sonrisa asomaba en sus labios, cuando Lily la pegó con un cojín del sofá.
- Deja a mi novio en paz. Todos los tíos con los que has estado, ni aún juntos le llegan ni a la suela del zapato –le respondió Lily sacándola la lengua-.
- Es posible –concedió la rubia-. He estado con tíos muy especiales.
Ambas se echaron a reír, recuperando, sino bien el buen humor, sí un poco de vitalidad. No era difícil llegar a la conclusión de que estar triste porque sí, tampoco solucionaba nada. Así pasaron casi una hora, hablando de todo un poco e intentando evadirse de la realidad más inmediata, que no era en absoluto agradable.
- Deberíamos ir bajando al comedor –sugirió Lily-.
Grace frunció el ceño.
- Aún es pronto para cenar.
- Ya, pero seguro que James y los chicos ya están allí. Con suerte habrán conseguido convencer a Remus de que baje. Con lo cansada que estaba Rachel, dudó que se despierte antes de mañana.
La rubia asintió, con la esperanza de que el resto de la noche fuera, al menos, tranquilo para todos ellos. Ya mañana podrían volver a enfrentarse a todo, y quizá Gis volvería pronto. A su lado, Lily dio dos golpes en el sofá, uno a cada lado de su cuerpo, como si golpeara el mueble, y se levantó de golpe.
- Voy a ducharme y bajamos. ¿O quieres bajar tú ahora? No tienes que esperarme.
- Me da igual –concedió la rubia encogiéndose de hombros. No hacía nada allí abajo tan pronto-. Te espero aquí. Pero no tardes media hora, anda.
Lily ya había subido de dos en dos la escalera, dejándola a mitad de frase. Si algo la caracterizaba a ella era la rapidez. De pronto Grace se encontró sola en la torre de premios anuales, volviendo a pensar en sus amigas y, casi ferozmente, recordando de nuevo las palabras de Peter.
OO—OO
Era absurdo que se sintiera así, lo sabía. Pero no podía evitarlo. Estaba furioso, dolido, se sentía traicionado. Pero, ¿por qué? Grace podía hacer lo que quisiera, a él le daba igual. Bueno, tal vez el problema residía en que no le daba igual. Le importaba. Le gustase o no, le importaba. Se sentía igual que cuando la vio por primera vez con otro después de cortar, pero no tenía sentido, porque entonces aún sentía algo por ella, y ahora no, ¿no? Porque ese sentimiento que no reconocía, y que no era ni dolor ni furia ni traición, no podían ser celos, ¿no?
De todas formas, solo tenía clara una cosa: la culpa era de Grace. ¿Qué clase de chica se comportaba así, besándose con el primer idiota que se la pone delante? Sintió como comenzaba a respirar con dificultad de nuevo, y volvió a empujar una de las mesas del aula, arrastrándola a un metro de distancia con violencia. Realmente estaba intentando controlarse para no volver sobre sus pasos y romperle la cara al gilipollas que habían importado de Italia. Ya tenía bastantes problemas, y aún no había terminado el último castigo por la famosa fiesta de Slughorn. McGonagall les había perdonado a él y a James esos últimos días, por ser tan difíciles para todo el grupo, pero sabía que seguramente al día siguiente volvería a llamarles. No podía meterse en más líos por el momento, y darle una paliza al alumno de intercambio, seguramente fuera una de las cosas que molestase a su profesora.
Pero es que, haber, ¿por qué tenía que haber ido a Hogwarts precisamente? ¿Por qué tenía que fijarse en Grace? ¿Por ella tenía que hacerle caso? ¡Tenía todo un colegio para elegir! ¡Meterse en su terreno era provocarle abiertamente! En ese momento, la mente de Sirius estaba completamente descolocada, y no parecía recordar nada que estuviera relacionado con Kate. Solo veía cabellos rubios, labios finos y a un fetuchini con aires de dandi demasiado cerca de ellos...
Sintiendo que su ira aumentaba al recordar esa imagen, dio un puñetazo contra la pared de piedra, sintiendo un profundo dolor en la mano. Mierda, solo faltaba que se la rompiera. Se miró el puño, y vio que la piel de los nudillos estaba rasgada y sangraba levemente, mientras que un profundo escozor invadía toda la zona. Soltó un rugido de frustración al tiempo que agitaba el brazo intentando evadir el dolor. Inútil, aquella mierda ardía. Otra cosa de la que culpar a Grace.
Por un momento pensó en ir a la enfermería a que le quitaran ese maldito dolor, pero solo de pensar en la mirada escéptica de Madame Pomfrey se arrepintió. Ese día no estaba para aguantar eso, y la enfermera no le dejaría salir sin interrogarle sobre en qué cara de cuál alumno se había roto la mano.
En ese momento solo necesitaba calmar su mal humor, y hablar con alguien del tema. Necesitaba que alguien le escuchara, le diera la razón en todo y le acompañara a Hogsmeade a emborracharse. Y solo había un candidato perfecto para esa misión: su hermano de otra madre, James. Además, con lo lista que era la pelirroja, seguro que le ayudaba con ese dolor, y quizá no le preguntaba el motivo. Desde que era la novia de James, Lily estaba ligeramente más permisiva con sus fechorías.
Aún resoplando, mitad adolorido, mitad furioso, se encaminó hacia la Torre de Premios Anuales, subiendo las escaleras de dos en dos. Cuanto antes llegara, menos posibilidades tenía de encontrar a alguien por el camino que pagara su mal humor. En ese momento no se fiaba en absoluto de su autocontrol.
Afortunadamente sabía cuál era la contraseña, pues realmente se habría sentido como un primo gritando desde el retrato hasta que sus amigos dejaran de hacer la guarrada que estuvieran haciendo para escucharle. Solo pensar en que podía cortarles el rollo casi le hizo retroceder, pero al final entró, dando muestra de su empecinamiento.
No había ningún tipo de orgía en el sofá, como se había llegado a imaginar, y como casi se había encontrado otras veces. Esos dos parecían sufrir combustión espontánea últimamente, y si no la solucionaban rápido, todo el grupo temía ser testigo de más de lo que querían ver. Pero ninguno de los dos estaba en la sala. Solo había una persona: la culpable de todos sus males. Grace no le había oído entrar, y estaba recostada vagamente en el sofá, con los pies sobre el respaldo, haciendo movimientos extraños con ellos, mientras sus ojos color miel los observaban como si fueran lo más interesante del mundo. Su cabello rubio cobrizo, recientemente cortado por encima del hombro, estaba desparramado en el cojín donde tenía apoyada la cabeza, formando una especie de abanico. Mierda, estaba guapísima. ¿Cómo no se había dado cuenta de ello antes?
Aún intentaba enfocar su mente entre la repentina revelación que estaba teniendo y el enfado que seguía sintiendo, cuando ella levantó la cabeza con parsimonia.
- Ah, hola Sirius –le saludó con una leve sonrisa-. No te he oído llegar.
No le gustó la tranquilidad de ella ante su presencia, mientras él tenía que cerrar con fuerza los puños sino quería empezar una guerra en ese momento. Tenía que salir de allí pronto. Respiró hondo, e intentó sonar lo más impersonal posible.
- Hola –respondió secamente-. ¿Dónde está James?
- Por lo que me ha dicho Lily, debe estar en el comedor con Peter y Remus –respondió Grace encogiéndose levemente de hombros, y volviendo a mirar sus pies-.
No vio la expresión de Sirius, por lo que no sintió cómo el globo de cordialidad que los había unido en los últimos tiempos, estaba a punto de explotar. Él se dio la vuelta, dirigiéndose de nuevo al retrato, cuando Grace habló de nuevo sin darse cuenta que ya se iba.
- Nosotras vamos a bajar ahora, si quieres acom...
- No, gracias, prefiero no ir contigo a ningún lado –dijo entre dientes-.
Ya está. Había explotado, y no había modo de volverse atrás. Estaba demasiado enfadado, y la indiferencia de ella le alteraba más. Acababa de perder la paciencia por completo. Grace no pudo evitar percibir su tono helado por muy distraída que estuviera. Casi la había parecido que se había imaginado esas ofensivas palabras, pero el modo en que Sirius la estaba mirando, daba poco margen a dudas.
- ¿Disculpa? –dijo incorporándose-.
- ¿Qué? ¿Te extraña? –la espetó acercándose al lugar donde ella le miraba asombrada, aún sentada en el sofá-.
Grace boqueó un par de veces antes de aclararse lo suficiente para contestarle.
- ¿De qué vas? Si ya habíamos quedado bien. –entrecerró los ojos, sintiéndose cada vez más molesta. ¿Qué bicho le había picado a ese?-. ¿Qué quieres, desenterrar el hacha de guerra?
Sirius rió de una forma extraña, sin humor. Y después de eso la miró con un asqueo que la hizo echarse hacia atrás. Creía que jamás volvería a verle mirarla así.
- No, solo quiero olvidarme de que tú existes –la dijo manteniendo esa dura mirada-. Desde que te conozco, de un modo u otro, me has amargado la vida.
Ahí ella ya no pudo más. Completamente ofendida, se incorporó de golpe, levantando la voz hasta gritar, sin importarla que Lily les pudiera oír.
- Pero, ¿qué mosca te ha picado? ¡Yo no te he hecho nada para que me trates así!
- Ya, supongo que me imaginé esa escenita de antes en los jardines –la respondió negando con la cabeza como si le hubiera decepcionado-.
- ¿Escenita? Si ni siquiera sabía que habías estado en los jardines. ¿Cómo voy a hacer algo que te moleste si no sabía que estabas delante? –aquello era absurdo. Cuando le vio por última vez, en la habitación de Rachel, todo estaba bien entre ellos. ¿Qué se suponía que pasaba? Empezó a temer que entonces en el asunto estuviera involucrada una poción multijugos, y rogando paciencia inspiró fuerte-. Haber, según tú, ¿qué he hecho?
- Con el fetuchini –espetó Sirius entre dientes, mientras entrecerraba los ojos-. Te he visto con él. Comportándote como la zorra que eres.
Si hubiera estado algo más controlado, se hubiera arrepentido al instante de sus palabras, pero en ese momento no había nada de lo que estuviera más convencido que de aquello. Para Grace había sido, sin duda, un buen mazazo. Se quedó unos instantes callada, anclada en el sitio y con la cabeza abierta. No se lo esperaba. Supo que no había sido ninguna poción, y que la había visto hacía un rato. Pero ni siquiera se planteó lo que podía haberle llevado a actuar de esa forma si Marco estaba involucrado. Solo le importaba su última frase.
En cuanto reaccionó, se adelantó rápidamente hasta donde estaba él, y le cruzó la cara de un bofetón.
- ¡Eres gilipollas! –le gritó empujándole con más fuerza de la que Sirius esperaba, haciéndole trastabillar. Quería hacerle daño, como fuera. Se había cegado tanto como él-. ¡¿A ti qué coño te importa lo que haga o deje de hacer con Marco, o con quién quiera? ¡Yo no tengo que darle cuentas a nadie!
En ese momento ninguno de los dos tenía control sobre su actuar. Con un movimiento rápido, Sirius la agarró de las muñecas, asegurándose que no se alejaba de él, mientras clavaba su mirada en la de ella.
- ¡No le conoces de nada y andas metiendo tu lengua en su boca, es asqueroso, y solo sirve para que todo el mundo te señale! –la gritó-. Luego te quejas de la fama que tienes, pero no es más que la que te mereces.
Grace se revolvió, pero como él no la soltaba de las muñecas (pese a que no estaba apretando su agarre), intentó darle una patada, indignada. ¡Sabía que no era justo, lo sabía!
- ¡No hago más de lo que hacen muchas en este colegio! –dijo no sin razón-. Pero la doble moral es increíble. Que Allysa Wayman también se haya enrollado con el nuevo no está mal, pero que lo haga Grace Sandler es porque es una puta, ¿no?
Sirius la soltó de golpe, enfadado por su intento de cambiar de tema, según su perspectiva.
- ¡A mi me importa una mierda lo que haga Allysa Wayman! –estalló dirigiéndose a la mesita del centro del salón y, de una patada, la rompió así en tres partes que se desparramaron por la alfombra-.
Grace pegó un bote, pero enseguida le encaró, enfadándose más porque siempre consideraran que sus acciones eran peor que las de los demás.
- ¡¿Y qué te importa lo que hago yo? –le gritó-.
Era un milagro que Lily no hubiera escuchado todo el follón a esas alturas, pero la pelirroja no parecía oír absolutamente nada de la batalla que tenía lugar en su sala común, pues sino habría bajado a detenerlos.
- ¡Pues mucho! –gritó Sirius de vuelta-.
- ¡Eres increíble! –exclamó Grace estupefacta-. Tú puedes hacer con Kate lo que quieras y yo tengo que entenderlo, pero yo tengo que controlarme de lo que hago cuando tú estés delante porque igual te ofendes. ¡No te mereces más q...!
No pudo terminar la frase. De todas formas, Sirius llevaba rato sin escucharla. Veía todo rojo, lleno de furia, y su vista estaba fijada en sus labios. Qué decía era lo de menos para él, lo importaba era que esos labios se movían de una forma bastante atrayente, y recordar que esa misma tarde otro los había besado, le enfureció más. De repente tuvo ganas de marcar su territorio en ellos.
Y lo hizo, sin dudarlo, aunque su cabeza estuviera en otro lado. Cuando Grace no iba más que por la mitad de la frase, la agarró con poca delicadeza del cuello, y la atrajo hacia él, presionando sus labios contra los de ella.
La rubia, furiosa, intentó liberarse, pero Sirius, sin ser consciente de ello, creó una trampa con sus brazos, casi imposibilitándola moverse. Grace se revolvió realmente enfadada, sintiendo dolor en los labios, en el cuello y en la cintura, que era donde la tenía fuertemente sujeta. Por su cabeza pasó la idea de morderle, era fácil y posible, ya que podía coger entre sus dientes el labio inferior sin dificultad. Pero, él tenía otras armas, y comenzó a mover su boca con experiencia, al tiempo que introducía su lengua en el juego.
Inconscientemente, Grace se fue relajando hasta que solo era consciente del sabor de los labios de Sirius. Ya no la sujetaba tan fuerte, pero eso ya no importaba. Dejándose llevar por la dulce sensación, le echó las manos al cuello para apretarle contra ella. Ahora los dos había perdido la conciencia, la cabeza y el sentido de la realidad. Como alguien no apareciera en ese momento, podía ocurrir cualquier cosa...
Pero nadie apareció entonces, ni en los siguientes minutos durante los cuales siguieron besándose cada vez más acaloradamente. Queriendo más, como siempre, Grace tiró del pelo a Sirius y, pegando un salto, enroscó sus piernas en su cintura. El jadeo que recibió a cambio fue música para sus oídos, como tacto divino fue para él posar sus manos en su trasero, para sujetarla.
A los pocos segundos, incapaz de seguir cargando su peso, Sirius caminó torpemente hacia uno de los sofás, dispuesto a dejarla caer en él. Cuando Grace farfulló un gemido de protesta.
- Arriba –le ordenó sin separar sus labios de los de él-.
Sin cuestionarse más, Sirius obedeció, solo consciente de que quería estar más cerca de ella. Cómo subió las escaleras y abrió la puerta de la habitación de James, es un misterio. Solo fueron mínimamente conscientes de lo que estaban haciendo, cuando cayeron de golpe contra la cama, él encima de ella.
Ambos tuvieron un segundo de lucidez, en que se miraron a los ojos, gris contra marrón, igual de perdidos. Pero esos instantes no fueron suficientes para detenerlos. Ya habría tiempo para arrepentimientos, en ese momento solo querían sentir.
Fue Grace quien tomó la iniciativa, uniendo de nuevo sus labios, mientras acariciaba con suavidad una cicatriz que Sirius tenía justo debajo de la nuca, y que se la había hecho a lo largo de una de tantas travesuras cuando era más pequeño. Eso la sirvió para reconocerle de nuevo, para saber que era él y no otro. Era maravilloso, era como volver a casa. Al fin y al cabo, ambos habían perfeccionado juntos el arte de besar.
Para ella habría bastado con seguir así, besándose, acariciándose suavemente por encima de la ropa, con las piernas enredadas entre sí, y el pecho pegado al del otro, sintiendo los acelerados latidos de sus corazones. Pero Sirius sí parecía necesitar más, pues comenzó a acariciarla el vientre y la cintura casi con violencia, hasta que pudo meter la mano por debajo de la blusa. De pronto a ella la entró la misma urgencia que a él, y aquella cama se convirtió en un jaleo de movimientos espasmódicos, tirones de ropa y acercamiento de cuerpos. Una especie de frenesí los envolvió y no fueron conscientes de nada más.
Lo siguiente que supieron, era que estaban tumbados uno al lado del otro, intentando recuperar la respiración, y sudando abundantemente. Ni siquiera habían llegado a quitarse la ropa. Sirius seguía teniendo la camisa puesta, abierta de par en par mientras los botones parecían estar por todas partes, y ni siquiera notó sus pantalones enredados en los tobillos. Con un brazo se cubría la cara, y el pecho le subía y bajaba con rapidez, aún luchando por introducir aire en sus pulmones.
Grace aún tenía la camisa enredada en sus codos, su sujetador estaba completamente enredado, y aún llevaba puesta la falda del colegio, que originalmente le llegaba por debajo de las rodillas, y en ese momento apenas la cubría los muslos. La ropa interior restante estaba... por alguna parte. Seguía en la misma posición que cuando se habían separado, con las manos a ambos lados de su cabeza, como si estuviera rindiéndose a algo, y las piernas aún abiertas. Su pecho subía y bajaba con la misma rapidez que el de Sirius, y sus ojos aún estaban fuertemente cerrados.
Solo en ese momento se dieron cuenta de la barbaridad que acababan de cometer. Sirius se apartó de golpe el brazo de la cara, y la miró con la culpabilidad escrita en la cara. Pero ella aún no abría los ojos.
- Grace –la llamó frunciendo el ceño con preocupación-.
¿Le había hecho daño? La rubia hizo un gesto de dolor, pero no abrió los ojos, sino que los cerró con más fuerza y negó con la cabeza, sin decir nada. El pánico le inundó. Debía haberla hecho daño. Aparte de cometer una estupidez tan grande como esa, que no sabía exactamente cómo iba a arreglar, la había hecho daño. Apenas podía recordar qué había hecho, había perdido el control, había sido un bestia. Aún intentaba respirar con normalidad cuando intentó hablar de nuevo con ella.
- Grace, ¿estás bien?
Tampoco le contestó esa vez. Y le estaba oyendo, pero Grace quería ignorarle el mayor tiempo posible. No era propio de una Gryffindor, pero creía que si cerraba los ojos y no le veía, e ignoraba su voz durante unos minutos, iba a poder retrasar lo inevitable. Y esta vez no tenía la excusa que se había puesto a sí misma en septiembre; esta vez Kate no estaba liando las cosas, sino que habían arreglado sus problemas y estaban bien. Era ella quien se había metido en medio esa vez, quien no había pensado más que en sí misma, y en lo que deseaba en ese momento. Estaba claro: había metido la pata hasta el fondo.
OO—OO
Ni siquiera habían pasado diez minutos desde que habían desaparecido por la escalera cuando Lily bajó trotando de su cuarto, esperando encontrarse a Grace en la sala común. Recién salida de la ducha, como bien atestiguaba su melena mojada cayendo por su espalda, no había escuchado la discusión debido al ruido del agua. Por eso la sorprendió que su mejor amiga no estuviera esperándola, como la había dicho que haría.
Sin embargo, acostumbrada a que, de cuando en cuando, Grace cambiara radicalmente de opinión, no tardó en encogerse de hombros y salir por el retrato de la puerta. Cuando esta se iba a cerrar, la pareció escuchar un ruido arriba, en la habitación de James. Se extrañó pensando que su novio hubiera vuelto a la torre y no la hubiera dicho nada, y estuvo a punto de subir para comprobarlo, pero en el último momento pensó que se había imaginado el sonido, pues él había dicho claramente que estarían en el comedor. Como no escuchó más ruidos, se convenció de que todo había sido producto de su imaginación.
Bajó directamente al Gran Comedor, como ya habían quedado en hacer. James, Peter y Remus debían estar allí, y seguramente Grace se había aburrido de esperarla y se les había unido. Por el camino saludó a varios compañeros y se detuvo una vez para regañar a unos alumnos de segundo curso que se intentaban colar en el baño de chicas para hacer llorar a Mirtle, cosa que no era en absoluto difícil. Cuando llegó abajo, su novio y sus amigos ya estaban allí, como había supuesto. Sadie estaba sentada junto a James, sirviéndose en silencio la cena que acababa de aparecer en la mesa, y él tenía al otro lado a Remus, aún con aire alicaído, mientras su novio le pasaba un brazo por el hombro en señal de apoyo. Frente a él, Peter estaba inclinado, susurrándole algo que solo podían escuchar ellos tres debido a la proximidad a la que estaban.
Extrañada, escudriñó su alrededor, y vio a Jeff y a Nicole sentados unos pocos asientos más alejados, pero no había rastro de Grace por ningún lado, igual que tampoco lo había de Sirius y Kate.
- ¿Pasa algo, Lily? –la preguntó James cuando la vio detenida a pocos metros de ellos, mirando alrededor-.
La pelirroja hizo una mueca confusa, y mientras se sentaba frente a él, paseó su mirada por la mesa de Hufflepuff por si estaba allí Marco Mancini. Si también él faltaba, tenía una idea de donde podía estar Grace. Pero allí estaba él, de hecho hablando con un nutrido grupos de tejones. Parecía que por fin se estaba integrando también con los chicos, que ya no le miraban con tanto odio, e incluso había quienes compartían bromas y risas con él. Pero, si él estaba allí, ¿en qué se había entretenido Grace?
- Asumo que Sirius y Kate han decidido saltarse la cena, pero ¿habéis visto a Grace? –les preguntó a todos-. Estaba arriba conmigo, pero cuando he bajado de ducharme se había ido sin esperarme.
Los tres chicos se encogieron de hombros negando con la cabeza, y Sadie levantó la mirada con tranquilidad.
- ¿No estará con el chico de intercambio? Juraría que antes la vi hablar con él en los jardines –dijo sin darle mucha importancia-.
- No. Marco está allí –respondió la pelirroja señalando con la barbilla la mesa de Hufflepuff-. Y ella dijo que me esperaría para bajar juntas. No entiendo por qué se habrá ido.
- Bueno, ya sabes que a Grace la dan ramalazos –contestó James encogiéndose de hombros, y sirviéndose una ración grande de patatas bravas-.
En realidad, aunque no era habitual, sí había pasado más veces, por lo que ninguno se detuvo mucho rato en pensar en el tema. Llevaban unos minutos cenando y hablando con tranquilidad, consiguiendo que a Remus se le fuera pasando la congoja de ver a Rachel en tan mal estado, cuando llegó Kate.
- Hola chicos –saludó con cansancio, mientras se dejaba caer al lado de Lily-.
- ¿Estás mejor? –la preguntó la pelirroja después de que todos la saludaran. A nadie le había extrañado que Kate fuera la más impresionable ese día, pues siempre había sido muy sensible al sufrimiento de su entorno, y en esa ocasión se trataba de sus dos mejores amigas-.
La morena asintió con la cabeza, sonriendo débilmente. Sin embargo, tenía mucho mejor aspecto que esa misma tarde.
- Sí, necesitaba andar un rato por la calle, respirar aire puro. Sienta de maravilla, en estos casos.
Remus la sonrió, estando de acuerdo con eso. A él también le relajaba dar un buen paseo observando el inigualable paisaje que rodeaba el castillo de Hogwarts.
- ¿Dónde has dejado a Padfood, Kate? –preguntó James mirando hacia la entrada de la gran sala, como si su mejor amigo fuera a aparecer de un momento a otro-.
La chica le miró anonadada.
- ¿No estaba contigo? –le preguntó frunciendo el ceño-. Si se fue hace como una hora a buscarte. Dijo que quería hablar contigo de algo y que subiría a vuestra torre...
Tuvo que callarse para golpear a Lily en la espalda, pues la pelirroja se había atragantado con la comida de repente. Lo cierto es que esa información, el hecho de que Grace había desaparecido de un momento a otro, y ese extraño ruido que había escuchado (que de repente ya no la parecía tan imaginario), la hicieron conectar las ideas demasiado rápido. Esperaba que no fuera lo que creía, pero tenía que reconocer que había muchas posibilidades de que Sirius hubiera llegado a la torre cuando Grace estaba sola, y solo se la ocurrían pocas cosas que irían a hacer juntos en el cuarto de James, y ninguna inocente.
Pero si algo había pasado, no sería buena idea que Kate lo supiera. Así que le dio una patada a James por debajo de la mesa, cuando este estaba contestando demasiado precipitadamente.
- ¿Qué dices? Por lo que Lily ha dicho... ¡Augh!
James la miró acusadoramente, pero la pelirroja le dirigió una fiera mirada.
- Te estaba contando, cariño –añadió con un tono nada adecuado para ese apelativo cariñoso-, que Sirius vino preguntando por ti, y que como no quería seguir esperándome, Grace le acompañó hasta las cocinas haber si habías bajado allí.
James tardó unos segundos en comprender el por qué de esa mentira, y por qué meter a Grace en medio, cuando la propia Lily había reconocido que no sabía donde estaba. Pero Remus lo entendió antes que él, y pasó una mano por su hombro, apretándoselo para que comprendiera.
- Pero si acabas de... –comenzó Peter mirando a la pelirroja extrañado. Con rapidez, Remus le cortó la frase, desviando su atención para que no la liara-.
- ¡Mira, Wormtail, han hecho chuletas de cordero!
Afortunadamente el apetito de Peter, unido a su nulo interés por el tema le impidieron seguir preguntando por esa extraña explicación, y Lily, Remus y James consiguieron formar una excusa perfecta en caso de que esos dos hubieran hecho algo, y encima tuvieran la poca inteligencia de aparecer juntos por el comedor.
Kate se lo creyó sin asomo de dudas, y enseguida se puso a cenar y a hablar con tranquilidad. Ellos tres, Sadie y Peter la seguían la conversación, pero la mente de cada uno funcionaba a mil por hora. Lily solo sabía suplicar: que por favor que aquello fuera producto de su degenerada imaginación, que por favor que no fueran tan estúpidos como para hacer algo de lo que se arrepintieran, que por favor que Kate no se enterara... La costaba sonreír al pensar en esos dos locos, y la comida la sabía a plástico. Remus, más que una súplica, tenía una determinación en mente: si había pasado lo que Lily creía que había pasado, iba a matar a Sirius. Sin más, ese pulgoso no tenía escapatoria. James, por otro lado, tenía un comedero de cabeza interior. Lo único que hacía era asentir, y de cuando en cuando sonreír a lo que le decían, pero no escuchaba. Más le valía a Sirius que aquello fuera imaginación de la mente sucia de Lily, pues jamás le perdonaría que estrenara su torre antes que él.
OO—OO
- Grace, me estás asustando. ¿Estás bien? ¿Te he hecho daño? –exclamó Sirius levantando la voz-.
De un salto se había puesto en pie y se había subido los pantalones, mirándola preocupado. Su tono rudo hizo reaccionar a Grace, que se incorporó comenzando a vestirse con rapidez.
Al ver que no le contestaba, Sirius la cogió del brazo para poder ver su cara, pero ella se apartó de un manotazo, y le miró sin ninguna expresión en la cara.
- Evidentemente no estoy bien. Hemos hecho una barbaridad, ¿acaso no te das cuenta?
Sirius suspiró. Eso ya lo sabía, pero antes de volverse loco por ese tema, necesitaba confirmar otro.
- ¿Te he hecho daño? –repitió en un susurro algo acongojado. Bastante tenía con lo que había pasado para incluir la culpa de aquello-.
Grace cerró los ojos un momento, buscando paciencia. Después negó con la cabeza.
- No, no me has hecho daño. Lo único que me importa es el pedazo de error que hemos cometido.
Sirius suspiró, viendo cómo la rubia se ponía el jersey sobre su arrugada camisa.
- ¿Qué vamos a hacer? –preguntó para sí mismo en voz alta-.
- ¡¿Qué vamos a hacer? –repitió Grace con tono ofendido-.
Cuando la miró, vio que ella le dirigía una mirada de obviedad, mezclada con otra que parecía estar cargada de paciencia.
- Pues nada. Aquí no ha pasado nada –insistió Grace mirándole a los ojos, para que el mensaje quedara claro-.
- Pero...
- No. No le des más vueltas. Olvídalo, ¿vale? Aquí hoy no ha pasado nada.
Pese a que Sirius quería seguir hablando, Grace pasó por delante de él, y abrió la puerta, saliendo por ella. Pese a que tardó en reaccionar, Sirius la alcanzó cuando aún no había salido por el retrato.
- ¿Cómo voy a olvidarlo? Esto ha pasado, Grace, te guste o no –la dijo intentando hacerla ver su punto de vista-.
- ¡Ya se que ha pasado! Pero, ¿qué vas a hacer? ¿Contárselo a Kate? ¿Para qué? Solo harás que ella me odie y a ti no te lo perdonará. Y encima no saldrá nada bueno de eso. Mira, vamos a hacer como que nada ha pasado, ¿de acuerdo? Volvemos al plan anterior: somos amigos y no nos metemos en la vida del otro, ¿vale? Eso sí, lo mejor será que durante unos días no coincidamos mucho. Por comodidad, más que nada.
No esperaba otra opción, y tampoco la aceptaría, por lo que nada más dejar clara su postura sobre lo que debían hacer, se marchó todo lo rápido que pudo, dejándole con la palabra en la boca.
Sin embargo, Sirius no estaba de acuerdo. No sabía por qué, pero no le gustaba la idea de actuar como si no hubiera pasado nada, porque sí había pasado. Hacía dos años que no estaba con ella de esa forma (no contaba lo ocurrido en septiembre, pues no se acordaba de nada de aquella noche), y le sorprendió notar que había cosas que nunca cambiarían. ¿Es que Grace no lo había notado? ¿No había notado esa conexión entre los dos, que nada tenía que ver con la física, mientras hacían el amor? No, él no quería olvidarse del asunto.
Pero Grace tenía razón. ¿Para qué? No lo sabía, pero tenía claro que no podía dejar las cosas como se habían quedado. No sabía qué quería, ni qué hacer con ese tema, pero lo que más le asustaba era la revelación que tuvo en ese momento, y que cambió toda la perspectiva de la situación: No se arrepentía de lo que acababa de pasar. Acababan de hacer una barbaridad, habían caído en la trampa de nuevo, había traicionado a Kate de la peor forma... Y no conseguía arrepentirse por más que lo intentaba. Eso solo podía significar una cosa.
Mierda...
O-oOOo-O
Y hasta aquí puedo leer... Habrá quien se lo imaginara y quien no, habrá a quien le guste y a quien no... Pero así están las cosas, y así se las hemos contado. Me ha costado mucho escribir la pena de Gis y Rachel, y eso que a mi latina favorita la he tenido que dejar un poco de lado (en el próximo capítulo tendrá más protagonismo). Luego la pena de todos es lógica y normal, han sido días apagados para ellos, como buenos amigos.
Y luego está Regulus. Me da mucha pena que tenga él solo tanta pena y responsabilidad, y Sirius no lo sepa y esté más pendiente de las familias de sus amigos que de la suya. Todos se lo merecen, pero creo que Regulus no, menos mal que Sadie está por ahí...
Supongo que durante unos minutos habréis pensado que el trío se estaba convirtiendo disolviendo con la movida de ficha de Marco, pero con lo último que ha pasado esto parece más un cuarteto... ¿Cómo acabará? Permitidme tener mi especial afecto por Kate, que creo que es la única inocente de esta historia.
En fin, la próxima vez que publique estaré de vacaciones de verano, pero si la entrevista que hice el otro día me sale bien, es posible que esté haciendo las prácticas en un periodo de mi región, así que deseadme suerte, que la semana que viene me dirán mi veredicto.
Pronto nos leemos! Un besazo amigos!
"TRAVESURA REALIZADA".
Eva.
