-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 21

Sola en los baños, con una toalla cubriendo su figura y su cabello húmedo que caía sobre sus hombros, Koyuki se hallaba sola con sus pensamientos, intentando pensar coherentemente en cómo actuar, decepcionada al darse cuenta del poco-por no decir nulo-valor que tena ante Daisuke. ¿Cuándo había cambiado así?, ¿Cuándo se había desmoronado todo sin que se diera cuenta? Era lamentable sentirse impotente y no poder evitar ver que ella era la única persona en la relación que amaba tan profundamente sin ser correspondida como deseaba.

-¿Te molesta si te acompaño?- se escuchó una voz tras ella.

Koyuki volteo, sorprendida, encontrando a la Sultana Naoko que le sonreía amigablemente.

-Sultana Naoko- murmuro Koyuki, impresionada por su presencia.

-La misma- sonrió la pelinegra.

Era un honor estar en presencia de una Sultana, tanto si se trataba de una tan poderosa como lo era la Sultana Sakura o alguien más cercana a ella como podía serlo la Sultana Naoko, por ende resulto una experiencia abrumadora para Koyuki tener el privilegio de poder convivir con una Sultana que, hasta ahora, era la primera en tratarla con una amabilidad sincera.

-Claro- acepto Koyuki, saliendo de su sorpresa inicial.

Sin hacer desaparecer la sonrisa de su rostro, Naoko ocupo el lugar a su lado, observando co compasión la tristeza de Koyuki. Sabía lo que la Princesa estaba viviendo y debía reconocer que le tenía lastima, a nadie le gustaba ser ninguneado o de esa forma, pero por desgracia la Princesa se encontraba en una situación sumamente complicada, ser infértil en ese Palacio era algo de lo que pocas veces se podía escapar, siendo que ya era vergonzoso llegar a un periodo de la edad en que no se podían tener más hijos.

-Sé que es difícil, pero comprendo por lo que estás pasando- inicio Naoko, confundiendo a Koyuki que frunció levemente el ceño por sus palabras, -sobrevivir en este palacio es una experiencia realmente dura y destruye toda inocencia-se expresó la Sultana, observando vagamente los muros de mármol, -me recuerdas a mi cuando llegue a este Palacio- reconoció Naoko con una sonrisa.

-¿a Usted?- se sorprendió la Princesa.

-No te dejes engañar por los títulos, ser una Sultana es una bendición y una maldición- advirtió Naoko, -siquiera llegar a la cama del Sultan me resulto difícil- reconoció la pelinegra.

-¿Y por qué?- no entendió Koyuki.

-Si un Sultan tiene una Haseki, siempre hay batallas que librar- comparo Naoko, aludiendo omniscientemente a la Sultana Midoriko, -la Sultana Sakura es insuperable, nadie ha accedido a la cama y al corazón del Sultan más que ella- reconoció la Sultana con una sonrisa arrogante en el rostro, aceptando vagamente los logros de Sakura, -yo tuve que esperar mi oportunidad mientras el Sultan estaba en Otogakure, una única vez- rememoro Naoko con lejanía, -cuando la Sultana Sakura se entero estaba tan furiosa que me envió al viejo Palacio- se burló la Sultana, alabada por el interés de Koyuki en su relato. -Claro que eso solo duro hasta que comenzaron los síntomas de un embarazo, mi hijo el Príncipe Rai, gracias a eso pude regresar- se expresó Naoko.

-Tuvo suerte- reconoció Koyuki, asombrada por el instinto de superación de la Sultana, -ni aunque lo intentara, yo ya no podría hacer eso- entristeció la Princesa.

-No se trata solo de ser madre y ser Sultana, sino de la intención- explico la Sultana. -Piénsalo, yo tuve poder, fui la madre de un Príncipe…-rememoro Naoko aludiendo brevemente las etapas de su vida en el pasado, -pero no me atreví a hacerlo, era tal mi temor por lo que la Sultana Sakura pudiera hacer que solo me mantuve callada y silente, si pudiera cambiar las cosas, me habría enfrentado a ella sin dudarlo- reconoció Naoko sin remordimiento. -Tómalo como un consejo de alguien que conoce la experiencia de vivir en este Palacio- planteo Naoko.

Era la primera vez que recibía un consejo tan sensato y gratificante de parte de alguien que no fuera la Sultana Izumi que, por cierto, solía hablar más e su romance con Boruto. Los verdaderos aliados se encontraban en los momentos más increíbles, en las oportunidades más insospechadas y ella, tal vez, hubiera encontrado a alguien que la ayudara a ganar el poder que quería y merecía.

-Gracias, Sultana- sonrió Koyuki.


Un nuevo día iniciaba glorioso en el Palacio ante el magnífico ánimo que latía en el corazón de todos, o casi todos, que podían respirar con absoluta tranquilidad ante una inusual pero gratificante serenidad que reinaba en el aire. La Sultan Sarada se encontraba en los aposentos de su madre, celebrando la gran dicha que significaba para ella poder vivir lo que sentía con absoluta libertad.

Sentada sobre el diván junto a la ventana, la hermosa Sultana Sakura se encontraba elegantemente ataviada en unas exquisitas galas purpura claro de escote corazón, por sobre el escote—con un corte redondo, ajustado bajo el busto—se encontraba una capa superior bordada en pasamanería con encaje dorado y cristales dorados que dividían el centro del corpiño—levemente más oscuro y decorado por seis botones de diamante en caída vertical-de los costados, manga ajustadas—con muñequeras de pasamanería, igual a la del corpiño-aliadas a un par de mangas superiores, más oscuras, holgadas y abiertas desde los hombros y falda de doble capa, una superior purpura claro y una inferior levemente más oscura. Su largo cabello rosado caía libremente tras su espalda, adornado por una corona de oro, cristales purpuras y amatistas que emulaban flores de jazmín en una compleja estructura, alrededor de su cuello una gargantilla de diamantes simplemente exquisita de la que pendían tres prominentes cristales en forma de lagrima a juego con un par de pendientes.

Sentada frente a ella, se hallaba su hija Sarada luciendo dignamente unas galas bermellón de escote corazón y mangas ajustadas bajo una chaqueta de terciopelo, escote redondo y mangas holgadas y abiertas desde los hombros, bordada en hilo cobrizo, adornada por cinco botones de oro en caída vertical. Alrededor de su cuello se encontraba un sencillo collar de oro con el emblema de los Uchiha como dije a juego con un sencillo par de pendientes de rubí en forma de lágrima. Su largo cabello azabache, peinado en una marea de rizos sobre sus hombros y tras su espalda relucía ante una corona de oro, rubíes y granates en forma de flores de cerezo confiriéndole una imagen tan poderosa como femenina.

-Me hubiera gustado que tuvieras más confianza Sarada, que al menos me lo hubieras dicho a mí- comento Sakura, levemente preocupada de que su hija no hubiera compartido con ella sus sentimientos y atracción por Boruto, -hubiéramos tenido tiempo de evitarle a Izumi un dolor que la marcara profundamente- aseguro la pelirosa.

Su hija y ella nunca habían tenido secreto, no tenían un motivo por lo que hacerlo, por ello resultaba preocupante para Sakura no haber sido conocedora de los sentimientos que Sarada había albergado por el Uzumaki, ¿Cómo era posible?, ¿Acaso había hecho algo mal como para que su hija no confiara en ella? Sakura temía decirlo pero creía que era así, creía no haberlo transmitido la confianza necesaria para hacerle saber que siempre estaría ahí incondicionalmente.

-Lo sé, madre, pero tenía miedo- se disculpó Sarada, sosteniendo las manos de su madre entre las suyas, -temía que no lo aprobaran, ¿Cómo podía estar segura?- cuestiono la Uchiha.

Amaba a su madre, desde que tenía memoria siempre había deseado ser como ella, fuerte, hermosa, digna, noble, bondadosa, una mujer que no se dejaba vencer ante las adversidades. Creía no tener lo suficiente como para ser la sombra de su madre siquiera, pero intentaba emularla en cada uno de sus actos para ser merecedora de llamarse la hija de la Sultana Sakura. No era algo personal, en lo absoluto, claro, podía confiar ciegamente en su madre y contarle lo que fuera, pero las inseguridades eran suyas, no a causa de algo que su madre erróneamente le hubiera transmitido, no, jamás, su madre jamás le había transmitido algún sentir que no fuera paz, serenidad y amor incondicional, su madre nunca erraba.

-Eso no importa ahora- desestimo Sakura, olvidándose de sus propias divagaciones, sonriéndole a su hija, -lo único importante ahora es tu felicidad, mi hermosa rosa albana- adulo Sakura, observando con autentico orgullo a su hija.

Sarada había desperdiciado su vida-de no ser por su hijo Izuna-al lado de Inojin, claro que Sakura lo aceptaba y valoraba que por primera vez su hija hiciera su elección y pudiera ser feliz, estaba marcando u propi independencia, estaba comportándose como se esperaba que actuase una Sultana.

-Me gustaría contárselo a Boruto- reconoció Sarada con emoción.

-Pronto podrás disfrutar de la noticia con él- advirtió Sakura, causando al confusión de su hija, -tu padre prometió llamarlo y presentarle la idea, solo por si acaso- confeso la Sultana, sonriendo radiante.

-Le dará un ataque, no se lo espera- rio Sarada, imaginando la escena en su mente.

Boruto era alguien usualmente calmado, alguien que jamás fallaba en su debido comportamiento pero en este caso…en este caso Sarada no tenía ni la más remota idea de cómo iba a reaccionar cuando supiera la noticia que su padre iba a darle, cuando supiera que lo que se empeñaban en ocultar podía ser vivido a ojos de todo el mundo sin reparo existente.

-Lo hombres jamás se esperan lo que nosotras hacemos- justifico Sakura.

Madre e hija se observaron en silencio por menos de un segundo antes de romper en risas de diversión de solo imaginar la que podría ser la reacción de Boruto, sin duda sería algo impagable.


-Adelante- indico Sasuke.

Había sido una mañana ajetreada y eso que apenas y había hablado con los Pashas en el salón real, aún faltaban el resto de reuniones del día y los informes que leer, así como los edictos que firmar, puede que para otras personas pareciera algo simple pero en realidad, a él, le resultaba un absoluto incordio todo eso. Ataviado en una regias túnicas color ébano, hechas según el tradicional cuello alto y cerrado y mangas ajustadas que quedaban expuestas bajo un Kaftan de terciopelo hasta el suelo, pronunciadas hombreras, mangas holgadas y abiertas a la altura de los hombros, corte en V hasta la altura del abdomen, del mismo color, con gruesos estampados en hilo cobrizo, emulando el soberbio emblema de los Uchiha.

Las puertas, tras haber dado su orden, se abrieron permitiendo el ingreso de Boruto-como siempre-ostentando los ajuares jenízaros de cuero que tanto acostumbraba.

-A sus órdenes, Majestad- reverencio Boruto con diligencia absoluta.

Sarada y él habían llegado a un acuerdo la noche anterior y ahora era momento de que Sasuke diera su veredicto, que le concediera a Boruto el magnífico e incomparable honor que significaba tener la mano de una Sultana en matrimonio, peor no cualquier Sultana, su hija favorita, su rosa albana, su segundo ángel en aquel palacio repleto de traiciones e intrigas.

-Sabes que te estimo Boruto- inicio el Uchiha, observando atentamente al Uzumaki que se sentía confundido a causa de sus palabras, -con los años y tu continua lealtad hacia el Imperio te has ganado mi absoluta confianza- garantizo el Sultan.

-Solo soy un sirviente leal que sirve al Sultan del mundo- justifico Boruto con humildad.

Boruto realmente se sentía confundido. Claro, recibiendo una orden del Sultan para verlo era su deber acudir sin titubeo, pero no tenía idea de porque el Sultan pedía su presencia, ¿Acaso había errado de alguna forma?, ¿Habría decepcionado sus expectativas y lo que pensaba de él? De ser así, Boruto no tenía ni la más remota idea de que había hecho para merecer reproche alguno, no porque no lo mereciera, sino porque no sabía el porqué.

-Me complace escucharlo- asintió Sasuke, más que conforme al ver que Boruto incluso superaba sus expectativas. -Seré franco, sabes que mi familia es lo más importante para mí, ¿no es así, Boruto?- planteo el Uchiha.

-Si, Majestad- respondió Boruto, mecánicamente.

-Y solo encomiendo la protección de quienes amo a personas de mi absoluta confianza y no solo por esto, sino porque quiero que asciendan en esta jerarquía y sean capaces de interferir aun cuando yo no pueda hacerlo- relaciono el Sultan, dando a saber el criterio que tenía y porque tomaba ciertas decisiones en particular aun cuando algunos creyeran que ra una persona fría y distante, -por ello te he elegido- señalo el Uchiha, viendo al Uzumaki levantar la cabeza con absoluta sorpresa, -quiero que protejas interinamente a una de mis hijas, que garantices su seguridad y le confieras tu autoridad- indico Sasuke, completamente seguro de su decisión.

No podía ser cierto, el Sultan estaba aludiendo algo realmente increíble, solo había dos Sultanas elegibles para contraer matrimonio; la Sultana Izumi…y la Sultana Sarada, ¿Sería posible? Boruto deseo pellizcarse para saber que no estaba soñando, sintiendo su corazón latiendo vertiginosamente, rogando que el Sultan hubiera decidido lo mismo que él anhelaba de todo corazón.

-Majestad, usted…- titubeo el Uzumaki.

-Sí, quiero que te cases con mi hija- acepto Sasuke, respondiendo las dudas de Boruto pero dejado en el aire la identidad de su hija en cuestión, -la Sultana Sarada- menciono el Uchiha finalmente, percibiendo el brillo de alegría en los ojos de Boruto. -He demostrado tener más vista que tú- se mofo el Sultan.

Una sonrisa débil apareció en los labios del Uzumaki, estaba eufórico, no sabía que decir realmente, no podía pensar siquiera, no podía emitir una palabra coherente, iba a casarse con la mujer que amaba y ella a él, ¿Cómo era posible que su sueño cobrara realidad? Parecía imposible, no dejaba de ser un sueño. Boruto sentía como si, de un momento a otro, tuviera que despertar y chocar contra la realidad de que eso no era sino una fantasía muy lejana, pero en realidad parecía no tener fin, parecía real, demasiado real. Tenía que ser real.

-Su Majestad, yo…- Boruto se apretó las manos, superado, incrédulo de lo que estaba escuchando, incapaz de considerarse merecedor de tamaño honor, -no sé qué decir- admitió Boruto finalmente, con una sonrisa nerviosa.

El Uchiha contemplo con obviedad sus dudas, había solo una respuesta lógica que dar en ese momento, no podía ser tan difícil de decir.

-Un "si" sería lo más apropiado- ironizo Sasuke, con una sonrisa ladina. -La oportunidad que te doy no solo es eso, sino también una carga- advirtió el Sultan, -el último hombre que me vio a los ojos prometiendo hacer feliz a mi hija no tiene una tumba donde descansar- recordó Sasuke, aludiendo de manera omnisciente a Inojin, -si me entero que ella no es feliz, perderás tu vida, Boruto, tenlo en cuenta- amenazo sutilmente el Uchiha.

Pero no tenía miedo, ¿Cómo tenerlo? Amaba incondicionalmente a la Sultana Sarada y sabía que so no cambiaría sin importar lo que sucediese, el Sultan aprobaba ese amor sincero, todo era perfecto. Boruto no se atreviera a corresponder a un amor por el que no fuera a velar incondicionalmente, su mayor y única labor era ser merecedor del amor de la Sultan y eso conllevaba hacerla feliz, hacerla sonreír y evitar que derramara la más mínima lagrima, ese era su deber y mayor deseo: hacerla feliz y sr feliz a cambio.

-Majestad- reverencio Boruto al Sultan, obnubilado al ver que su sueño, el suyo y de su Sultana, se hacía realidad, -juro fielmente mi lealtad a este Imperio, a usted, a la Sultana Sakura y a la Sultana Sarada- prometió el Uzumaki.

Sarada no había errado en lo absoluto en su elección, Boruto era más que idóneo para tal ascenso, si se casaba con Sarada, pasaría de ser un simple jenízaro a ser un Pasha, inclusive un Visir si se lo proponía, todo un logro y apoyo para su estirpe, en situaciones así necesitan de sus mayores aliados, no vivían en tiempos de paz precisamente como había sucedido hacia un tiempo atrás, un tiempo que ahora parecía tremendamente lejano de contemplar.

Libraban una guerra.


Amena y calmada, la Princesa Koyuki cruzo el harem siendo reverenciada en su camino, tal vez no fuera una poderosa Sultana pero seguía siendo una Princesa.

Lucía un elaborado vestido lavanda claro de escote corazón—con seis botones de diamante en caída vertical-y mangas ajustadas hasta la altura de los codos, bordado en hilo cobrizo ribeteado en diamantes en los costados del corpiño, en la falda superior, las mangas y la espalda. Su largo cabello azul, peinado en una especie de coleta, caía libremente tras su espalda y sobre su hombro izquierdo, adornado por una corona de oro y perlas en forma de orquídeas, y alrededor de su cuello una fina cadena de plata con un pequeño dije de cristal en forma de lagrima a juego con un par de pendientes.

La conversación con la Sultana Naoko, la noche anterior había animado a Koyuki en demasía, ahora sabía que no necesitaba tanto tener un hijo para sobrevivir en ese palacio sino más bien ser inteligente y cauta, saber jugar con las intrigas y el poder, tenía que aprender cómo sobrevivir y pronto o de lo contrario la Sultana Midoriko acabaría recuperando el lugar que ella inicialmente le había quitado, aún tenía tiempo y esa era su mayor ventaja, por el momento. Debía fingir sumisión y silencio, debía fingir ser tonta, no podía ser tan complicado después de todo, si la Sultana Naoko lo había hecho, ella también podía.

-Princesa Koyuki- llamo alguien a su espalda.

Tras ella-reverenciándola con respeto-se detuvo una concubina que parecía haber seguido sus últimos pasos, era imposible no reconocerla, se trataba de la favorita de su Príncipe; Aratani. Koyuki la detestaba y odiaba como ella no tenía idea.

La hermosa pelicastaña lucía un sencillo vestido turquesa de escote corazón y mangas ajustadas bajo un chaqueta cerrada de escote cuadrado, levemente redondeado, decorado por seis botones de diamante en caída vertical hasta la altura del vientre donde se abría la falda y exponía el vestido inferior Su largo cabello castaño, —adornado por una diadema de oro y esmeraldas en forma de flores de cerezo-cual cascada se rizos, caía libremente tras su espada excepto por un mechón que caía sobre su hombro izquierdo, exponiendo parcialmente un sencillo par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima.

-Lamento no haberme presentado apropiadamente ante usted antes- sonrió cortésmente Aratani, -pero creí que no sería necesario, sabiendo lo que el Príncipe Daisuke siente por usted, era imposible para mi encontrar las palabras con que manifestarme- alabo la pelicastaña con una voz serena y dulce que hubiera dado a entender que sus intenciones eran totalmente buenas, -más aun teniendo en cuenta su condición- aludió escasamente Aratani.

La forma de actuar, en sí, era relativamente fácil; el Príncipe Daisuke ya estaba desplazando sutilmente la autoridad que-en un principio-le había dado a la Princesa, la labor de Aratani y la Sultana Midoriko no era otra que ningunear por completo a la Princesa hasta que esta no pudiera hacer nada, hasta que viera cuan pobre era su autoridad y cuan sola estaba realmente en aquel palacio. La tarea en cuestión no era difícil en absoluto.

-¿Mi condición?- cuestiono Koyuki, no entendiendo a que se refería la concubina.

A menos que las concubinas y la servidumbre estuvieran haciendo correr rumores infundados, Koyuki no conseguía comprender qué clase de problema tenía como para que Aratani, una simple concubina, se atreviera a sentir lastima por ella, ¿Quién creía que era? Era una Princesa de Hungría, no una mujer cualquiera como aquellas que conformaban el Harem, no su igual.

-Se acerca de su imposibilidad para tener hijos, Princesa, realmente lo siento- se excusó Aratani, ofendiéndola sutilmente pero con toda la intención por destruir sus aspiraciones por completo.

Koyuki bajo la mirada ante esto, haciendo todo lo posible por mantenerse imperturbable, pero…era realmente difícil, sabía que no dependía de ello para sobrevivir pero eso no significaba que no deseara ser como otras mujeres, tener hijos y verlos creer, esa mujer la estaba atacando en el punto exacto en que más dolía la herida y con una sutileza que la impresionaba y enfurecía a la vez, ¿Quién se creía que era para hablar de esa forma? Ni siquiera era una Sultana y aunque lo fuese no dejaba de ser una esclava y nunca cambiaria.

-Mi deseo no es ofenderla- advirtió Aratani por si es que la Princesa se hacía una idea errónea, -pero déjeme decirle que lo mejor que puede hacer es hacerse a un lado- sugirió la favorita con una sutil sonrisa sínica en su rostro al ver el efecto que podía causar en la Princesa, -el deber de una mujer en este Imperio es continuar el linaje de los Uchiha- recordó Aratani con propiedad, aludiendo a los principios del Harem y las mujeres en la sociedad Imperial, -si una mujer no puede hacer tal cosa simplemente no tiene un propósito en este Palacio- justifico duramente, pero con voz suave, la pelicastaña.

No sería juguete del destino ni de nadie, Koyuki estaba determinada a ello, por lo cual no le resulto difícil o vergonzoso retirarse sin decir absolutamente nada, no tenía porque, ella era la Princesa y Aratani una simple esclava, no tenía por qué rebajarse a tanto por una baratija. Una sonrisa triunfal se plasmó en el sereno y hermoso rostro de Aratani al ver desaparecer sin más a la Princesa, cumpliría las ordenes de la Sultana a cualquier costo, sin importar lo que pasara y una de esas órdenes eran hacer desaparecer a la Princesa Koyuki.

La Princesa saldría del Palacio de una forma u otra.


Para Mitsuki la belleza tenia nombre en específico, un nombre digno y hermoso a la vez: Izumi, la Sultana que desde su llegada lo cautivada cada vez más y solo encontrarse con ella en el mismo pasillo le resultaba una experiencia gloriosa de vivir, revivir y rememorar en cada oportunidad, no importa cuánto desease apartar la idea de su mente, no podía sacar la dulce y bella faz de la Sultana de su mente.

-Sultana- reverencio Mitsuki, gallardo.

-Pasha- saludo Izumi con una sonrisa.

La hermosa Sultana lucía un favorecedor vestido de satín verde teal claro con una chaqueta superpuesta turquesa claro hasta las caderas—en el frente—y hasta la mitad, —en los muslos—estampada en flores violeta bordadas en hilo de oro, de escote cuadrado, exponiendo un fino margen de oro en el borde, —del vestido inferior—mangas ajustadas hasta los codos, finalizando en una corta formación abullonada, perteneciente al vestido inferior. Un grueso cinturón de seda jade ajustaba el conjunto perfectamente a su figura curvilínea, decorado superficialmente por cinco botones de oro en caída vertical. Su largo cabello se encontraba elegantemente recogido tras la nuca, exponiendo su cuello adornado por una encilla gargantilla de diamante a juego con una diadema sobre su cabello que emulaba diminutas gotas de múltiples colores para acompañar u par de sencillos pendientes de oro y cristal aguamarina en forma de lagrima.

-¿Quién es usted?- se aventuró a preguntar Izumi, dándose cuenta de que no sabía el nombre de aquel gallardo individuo que le resultaba extrañamente familiar. -Lo he visto mucho en este Palacio, pero temo que no se su nombre- justifico la Sultana.

-Mitsuki Pasha, Sultana, a sus pies- se presentó el peliceleste, honrado porque la Sultana repara en él.

-El gobernador de Bosnia- reconoció Izumi finalmente.

-Era, el gobernador de Bosnia- corrigió cortésmente el peliceleste, -se dice más de mí de lo que desearía- fingió congoja el Pasha.

Regresar a la rutina cortesana le había resultado relativamente fácil, pese a que muchas cosas habían cambiado en el Palacio a causa de todos los años que llevaba lejos, en Bosnia, por ello aún no estaba bien informado del todo con respecto a las cosas que se rumoraban de él, pero dudaba que dijeran solo cosas buenas de su persona, eso no era lo más habitual en el Palacio, por obvias razones.

-Solo cosas buenas, se lo garantizo- tranquilizo Izumi.

Eso no era mentira, si de alguien se hablaba bien en el Palacio era del Pasha delante de ella, alababan su diligencia, su lealtad, su seguridad y corazón noble así como su devoción y respeto por el Imperio entero, a lo largo de los años Izumi solo recordaba haber oído cosas buenas de él, más que admirables. Mitsuki, por su parte, pensaba igual solo que a causa de la Sultana, las cosas que se decían de ella-a causa de su belleza-eran arena que se llevaba el viento, ella era mucho más maravillosa de lo que relataban los rumores, los rumores no conseguían graficar siquiera un céntimo de su auténtico ser, de su incomparable belleza.

-Como de usted- se atrevió a reconocer Mitsuki, -la Sultana que rivaliza al sol en luz y belleza- adulo seductoramente el peliceleste.

Las dos jóvenes doncellas de la Sultana, de pie tras ella, se ruborizaron sutilmente ante el atractivo del Pasha, pero sabiéndose insignificantes, el peliceleste parecía solo tener ojos para la Sultana quien, lastimeramente, tenía su interés amoroso sobre el Hasoda Basi del Sultan, una autentica lastima ya que quien estaba totalmente disponible no era otro que el hombre delante de ella y que la cortejaba con increíble veneración y respeto propios de un mortal que contemplaba a una diosa.

-Me alaga- acepto Izumi, con un suave sonrojo en sus mejillas, -¿Qué puede decirme de Bosnia? Nunca he estado ahí, me encantaría conocer esa provincia- reconoció la Sultana con auténtica curiosidad.

Habia visitado algunas provincias, claro, acompañando a sus padres, pero como Sultana su deber era permanecer en la capital Imperial, lugares como Bosnia eran sumamente lejanos para ella, imposibles de vislumbrar algún día, por ende sentía curiosidad con respecto a este Pasha que-contrario a ella-había tenido oportunidad de conocer y ver el mundo.

-Es un lugar hermoso, Sultana- admitió Mitsuki, perdiéndose escasamente en sus propios recuerdos, -pero nada puede compararse a Konoha, esta es la capital del mundo, todo palidece ante este Imperio de joyas sin par y bellezas inalcanzables- adulo el Pasha contemplando la belleza de la Sultana que tenía en frente. -Bien dice el poema Fui y soy amigo de amar, y me conviene el mal de amores, muchos vi de gran pesar pero este suma todos los dolores- recito el peliceleste con una sonrisa.

Las dos doncellas de la Sultana hicieron todo esfuerzo posible para no suspirar como dos enamoradas ante la poesía pronunciada por el Pasha y que había capturado sus corazones cuales mariposas atrapadas en pleno vuelo. Había escuchado a muchos hombres recitar poesía antes, era lo usual ya que ella-como Sultana-solo debía ordenar algo y se haría, si quería que un hombre hiciera algo por ella o recitara poesía solo tenía que pedirlo y sucedería, pero nunca se había sentido tan identificada, tocada emocionalmente.

-Mitsuki Pasha- se sintió alagada la Uchiha, -haría bien en encontrar paz en lugar de congoja en este palacio o nos obligará a alimentar su desdicha- aconsejo Izumi.

-Sultana- reverencio Mitsuki.

El Pasha sonrió sin más ante la Sultana que, bajando la cabeza en un gesto respetuoso, se retiró dignamente siendo seguida por sus doncellas que, de vez en vez, voltearon a verlo, enamoradas de su voz y su coquetería, pero la mirada del peliceleste no las siguió a ellas, sino que a la Sultana Izumi. Estaba completamente prendado de esa mujer, ella había cautivado su corazón.


Ya que la Sultana Sakura se encontraba ocupada, en los aposento del Sultan, Aratani hubo de informar en su lugar a la figura de mayor autoridad en el Palacio—tras la Sultana Sakura—la hija primogénita de su Sultana, la Sultana Mikoto quien, en sus aposentos, se encontraba junto a la Sultana Midoriko.

Sentada sobre uno de los divanes de su terraza, la hermosa Sultana pelirosa lucia su largo cabello cual cascada de rizos que caía tras su espalda, reposando—a su vez—sobre su hombro derecho, adornado por una exquisita corona de oro y granates en forma de capullos de rosa, así como un par de largos pendientes de cuna de oro con un granate en el centro. Su envidiable figura se encontraba ataviada con unas sencillas galas de escote redondo, cuello falso en V y mangas ajustadas bajo una chaqueta de satín bordada en plata, cerrada a la altura del escote y abierta bajo el vientre, de cuello alto y escote redondo con un bordado recordó en el centro del corpiño—y los hombros—que se dividía en la abertura de la falda, plagando al resto de la tela de diminutos estampados que replicaban perfectamente el emblema de los Uchiha.

-Hiciste bien al decir eso- garantizo Mikoto con una sonrisa, -Koyuki ahora sabe a lo que se enfrenta- sonrió la pelirosa.

Estaban lidiando con grandes problemas, y no solo a causa de los rebeldes que cai exigían que Rai fuera nombrado Príncipe de la corona, eso era lo de menos en realidad, se trataba de los problemas dentro de su propio Palacio; Koyuki, Naoko y todos los espías que se decían leales al Imperio cuando en realidad eran leales a sus propios intereses. Mikoto no lo decía en voz alta, pero de ser por ella daría la orden para que las cabeza de todos los sospechosos cayeran al suelo en charcos de sangre, le importaba la paz, no el costo de ella, eso era lo primordial en esas circunstancias.

-Es la ley del Harem, Sultana- se justificó Aratani con humildad, sentada frente a la Sultana Mikoto, -tenemos un propósito y si no lo cumplimos no somos nadie, desaparecemos simplemente- acepto la pelicastaña.

Sabía que debía embarazarse para ser realmente una Sultana, pasar las noche en la cama del Príncipe Daisuke solo la hacía su favorita, no más, un hijo la haría Sultana y no solo lo decía por el deber, sino porque deseaba tener la oportunidad de ser madre, si no podía amar a un hombre con libertad, al menos podría darle su amor a un hijo y ese era su mayor consuelo, conocer el amor que la Sultana Sakura le había entregado al cuidar de ella y criarla como si fuese su hija. Quería conocer y prender de ese tipo de amor.

Sentada junto a Aratani, la Sultana Midoriko por su parte lucia unas sencillas galas blancas de escote corazón—con cuatro botones de diamante en caída vertical—y mangas ajustadas hasta los codos, abiertas en lienzos bajo una chaqueta de satín celeste metálico—de corte en V, cerrada a la altura del vientre—ribeteada en oro y diamantes en los bordes, emulando flores de cerezo. Por sobre su largo cabello violáceo, plagado de rizos, se encontraba una elegante y digna corona de oro, diamantes y topacios perfectamente ubicados para emular flores de jazmín que brillaban contra la luz así como un par de diminutos pendientes de cristal en forma de lágrima.

-Pero ya haya sido con intención o no, evitaste que ella siga dándose aires- felicito Midoriko, comenzando a confiar en Aratani y aceptando que ella no era su enemiga, -no se detendrá hasta que salga de aquí como un cadáver, y presiento que aún nos queda mucho que aguantarle- lamento la Sultana.

-Sera lo que tenga que ser- determino Mikoto, resignada a sentarse, esperar y ver en que acaba toda esa guerra por desgaste, que es lo que era. -Kami decidirá su destino, no nosotros- justifico con raciocinio.

Si en algo creía el Imperio, pese a su crueldad y "barbarie" como decían algunos, era en el destino y en la providencia, en la fe hacia Kami, en la ida de que todo se relacionaba a un bien mayor, claro, había quienes elegían cambiar las cosas, justificando que el destino era decidido por ellos y a través de ellos por Kami, pero Mikoto y su familia no pensaban así, ellos creían que no se podía actuar sin pensar en la consecuencias, la cautela y la conciencia eran primordiales en la vida humana y lo entendían a la perfección.

-Amén, Sultana- acepto Aratani, -no la conozco lo suficiente para inferir algo sobre ella, pero cuando la tuve en frente fue como ver fijamente a una serpiente- se estremeció con sinceridad la pelicastaña.

No quería tratar demasiado con esta "Princesa Koyuki" y con justa razón, no era una mujer muy fácil de tratar o pasiva siquiera. Una sutil sonrisa se plasmó en los labio de Midoriko al escucharla, pese a su seguridad Aratani no dejaba de ser una joven inocente que-eficazmente-sabia camuflar a la perfección sus emociones para no ser descubierta ni agredida, había aprendido el mejor de todos los talentos de la Sultana Sakura: la frialdad insuperable.

-Acostúmbrate Aratani- advirtió Midoriko, dando a conocer su propia experiencia, -en este palacio solo se ve eso, las joyas esconden lágrimas y la belleza maldad- la Sultana Mikoto asintió ante la inferencia de la pelimorada, -los Palacios y el poder no son en absoluto lo que se cree- sonrió Midoriko.

La verdadera jaula de oro, la verdadera tortura y castigo eran el poder y la gloria material; tener poder no significaba ser feliz.


-¿Boruto lo tomo bien?- curioseo Sakura.

Sentada junto a su esposo, que de vez en vez desviaba su atención al libro de reuniones de Consejo Real, Sakura solo podía intentar no reír de solo imaginar cual había sido la reacción del Uzumaki al enterarse de la oportunidad que le estaba siendo servida cual trofeo en bandeja de plata, un auténtico sueño para el jenízaro y para su hija, pero-con toda seguridad-se trataba de algo que Boruto no podía haber imaginado siquiera, no había forma en que lo hiciera.

-Creo que se hubiera desmayado si no hubiera sido yo quien estaba delante de él- se burló Sasuke.

Todo estaba saliendo a pedir de boca, y no se trataba solamente de Boruto y Sarada, sino también con respecto a Aratani, a quien no necesitaba preguntarle si estaba cumpliendo con sus órdenes, sabía que era así, confiaba en ella, no necesitaba preguntar siquiera para saber que así era, y estas órdenes estaban orientadas con tal de ningunear a Koyuki y no darle oportunidad de sentirse segura, lo que representaba un riesgo para ella, para Sasuke, sus hijos y el imperio.

-Apuesto a que sí- rio Sakura. -Aratani instigo a Koyuki, por lo visto las cosas serán mucho más fáciles de lo que imaginamos- garantizo la pelirosa.

-La volatilidad de la Princesa lo hace posible- justifico el Uchiha, no restándole importancia a Aratani y su labor.

En solo un par de días, Sasuke había recuperado su vieja confianza sobre la, ahora, favorita de Daisuke, la lealtad de la joven pelicastaña para con el Imperio era absolutamente incuestionable. Si desaparecer la sonrisa de su rostro, Sakura bajo su mirada, contemplando con interés y curiosidad genuina el libro que el Uchiha leía atentamente, desviando su atención de ella y generando un estado de preocupación sobre la pelirosa que temía la posibilidad de que él le estuviera ocultando noticias preocupantes.

-¿Qué es?- se interesó Sakura, -¿Son las reuniones del Consejo?- supuso, no pensando en otra cosa.

Usualmente no revisaba los informes del Consejo a menos que fueran de importancia, por ende resultaba curioso para Sakura la atención que su esposo le daba a aquel exhaustivo informe. Volteando a verla, Sasuke le tendió cuidadosamente el libro, depositándolo sobre el regazo de ella que lo acepto sonriente, dirigiendo su curiosa mirada a lo que ahí yacía documentado con tanto celo y esmero.

-Algo así- Sasuke señalo la página de mayor relevancia, -informes sobre las demás casas europeas- aclaro el Uchiha, sin demasiada importancia.

Esta alusión no pudo evitar resultar alarmante para Sakura que, despegando su mirada esmeralda del documento, clavo sus ojos en la gemas ónix del Uchiha, temiendo que pudiera gestarse cualquier clase de conflicto que pudiera afectar al imperio o a su poderío sobre el mundo.

-¿Se avecinan batallas?- planteo Sakura.

La última campaña militar-en favor del Imperio-había tenido lugar hace tan solo dos años atrás, aproximadamente, Sakura no quería estar sola nuevamente, no quería pasar por la agonía de esperar a su Sultan, enviándole cartas al frente, ansiando sus respuestas, añorándolo con desesperación y viceversa, no, una separación así era una tortura infinita para ambos, impulsándolos a intentar acercarse el uno al otro tanto como les fuera posible. No, no estaba de ánimo ni necesitaba involucrar al Imperio en otra batalla, por más que supiera que ganarían, ni tampoco deseaba separarse de su ángel, de su Sultana, lo único que quería era paz y solo la obtendría estando junto a ella, de eso estaba absolutamente seguro.

-Nuestras, no- tranquilizo Sasuke, besando la frente de su ángel que sonrió agradecida, -pero si un conflicto agresivo entre Austria y Francia- advirtió Sasuke, señalando con su vista el informe que ella leía, -por otra parte el rey de España solicita apoyo- dio a saber el Uchiha.

La mayor cualidad del Imperio Uchiha era su independencia, su territorio estaba lejos de las otras potencias europeas, pero perfectamente cerca para mantener un intercambio comercial envidiable, estaban situados en un punto de inflexión económico que los proveía de todo cuanto pudieran desear o necesitar, por esta razón no era necesario para ellos involucrarse en un conflicto a menos que ellos mismos aspiraran conseguir algo en particular.

-¿Piensas dárselo?- inquirió Sakura, con preocupación.

-No, en absoluto- confeso Sasuke, envolviendo su brazo alrededor de los hombros de ella, -ya nos involucramos bastante en batallas extranjeras, dejemos que ellos se destruyan entre si y nosotros gocemos del triunfo sobre sus cenizas- sonrió ladinamente el Uchiha.

Ya habían luchado bastante por su cuenta, habían librado todas las batallas que eran necesarias, Sasuke estaba seguro que no necesitaba más conquistas políticas ni territoriales en su Sultanato, prefería legar mayores logros a sus hijos y descendientes, y Sakura apreciaba que fuese así. El resto del mundo, el resto de los Reyes y Emperador es podían destruirse entre si y a ella no le hubiera importado menos, no tenían porque involucrarse en nada más, solo ser espectadores que disfrutaran del espectáculo.

-Kami mediante no tendremos que esperar por ello- sonrió Sakura.


El poder era adictivo, algo tan sublime y digno de anhelar que resultaba imposible resistirse a él, un sentir particularmente excepcional que impulsaba a alguien a ascender irremediablemente, pero a Naoko no podía importarle menos tal diatriba, el poder era poder y nada más, eso era suficiente para su lívido que la hacía acercarse cada vez más al imponente peñasco que la haría dar con la gloria absoluta, el Sultanato entero en cuanto su hijo fuera el Príncipe de la Corona y por ende futuro Sultan del poderosísimo Imperio Uchiha.

Un pesado abrigo—de cuello alto—de piel color negro se encontraba por sobre el vestido de la Sultana, ocultando su magnificencia con eficacia, a juego con un velo que era sostenido por la sublime corona de oro y diamantes dorados sobre su cabeza, equiparando un par de largos pendientes de cuna de oro. Una digna Sultana de las sombras, la antítesis de la Sultana Sakura.

-Sultana- reverencio Kisame, -espere ansiosamente a que llamara por mí- alabo el Pasha con caballerosidad.

Kisame Hoshigaki Pasha era su mayor aliado, aquel que podía fingirse leal al Sultan Sasuke como eran en realidad los demás Pashas que conformaban el Consejo Real, sirviéndole a ella y a su Príncipe únicamente, Naoko estaba absolutamente segura de que podía confiar en él, recompensaría su esfuerzo y apoyo incondicional nombrándolo Gran Visir en cuanto ella fuese Madre Sultana.

-Gracias por acudir, Pasha- sonrió Naoko, contando incondicionalmente con su mejor aliado. -Por fin tenemos a quien nos ayudara a recuperar nuestro bien merecido poder, alguien que está en contra de la Sultana Sakura y sus aliados tanto como nosotros- menciono Naoko, completamente segura de que tanta espera había valido la pena, -la Princesa Koyuki- una sonrisa maliciosa apareció en el rostro de Naoko.

El plan ya estaba en marcha.


PD: lamento la demora pero quería actualizar lo más decentemente que me fue posible, trayéndoles la novedad de que la serie "Kösem La Sultana" esta a solo cuatro capítulos de su final y con ello me di cuenta de que mi fic-en base a mis modificaciones y demás-sera más largo :3 los informo por el cariño y aprecio que les tengo por seguir mis historias. Como siempre, este capitulo esta dedicado a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro y a quien aviso que estoy escribiendo el próximo capitulo de "La Bella & La Bestia", además de informando que sucederá algo muy importante en el próximo capitulo de "El Siglo Magnifico: La Sultana Sakura") y a Adrit126(que hizo un breve regreso y a quien prometo actualizar su fic "El Emperador Sasuke" a mediados de Junio, no solo por su petición sino porque tendré algo de trabajo que me impedirá actualizar todas mis historias), así como a todos ustedes, mis queridos amigos :3 muchas gracias por todo mis queridos lectores, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.