¡Muy buenas y oscuras noches! Aquí vuelvo con una nueva entrega, en la que he tardado más de lo que pensé jejeje pero lo siento, he empezado las vacaciones de verano (¡aprobé todo! :D), pero estoy trabajando haciendo prácticas en la página web de un periódico, por lo que tengo poquito tiempo libre para escribir entre semana. A cambio, ya sabéis que siempre traigo capítulos kilométricos, y este viene cargado de material :P

Como no tengo mucho tiempo, y no queréis leer qué pienso, escribo rápido al review anónimo, y empezamos.

Roxanne Potter: ¡Hola guapa! A mi también me da pena Kate, porque de hecho, es mi favorita de los tres. Pero hay veces que se supera sin problemas el primer amor, y veces en que no. Creo que Sirius aún es demasiado inmaduro para poder superar lo que sintió por Grace en algún momento, así que esta es la realidad actual. Quizá en el futuro se arrepienta, o quizá no... ¿Quieres saber quién es el traidor? Hoy lo sabrás, el misterio se levanta :P Y sí, Frank le vio. ¡Oh, pobre Regulus, no le hagas eso! No es que su padre no le preocupe, pero haber, con lo que se han preocupado sus padres de él, ¿crees que se merecen el cariño de su hijo? Bastante suerte tienen con que él se siente en deuda con ellos, no puedes pretender que de vez en cuando no quiera vivir su vida, y librarse de esas cadenas, como hizo Sirius. Él escapó, pero Regulus se quedó, y es cruel su situación. Veo que todos habéis relacionado las cajas para que Voldemort los enfrente tres veces, pero quizá, más que porque quisiera obtener la caja, lo que ocurrió es que a partir de ahí se dio cuenta de lo poderosos que eran juntos :P En cuanto a lo que me dices de los funerales y los comentarios, creo que depende mucho de cada Iglesia o cura. Sólo he acudido a un funeral en mi vida, el de una amiga, y al tratarse de una mujer joven, el cura, que la conocía de toda la vida, sí habló un poco del recuerdo que tenía de ella. Fue bonito y emotivo, porque era más cercano. Quizá en tu lugar no se haga eso, pero yo me dejé llevar por mi experiencia. En cuanto a Grace, sé que se martiriza, pero tampoco es agradable estar en una situación privilegiada, cuando lo que querrías es protegerlos a todos por igual, y ves que tus amigas pierden a sus padres, mientras los tuyos tienen guardaespaldas continuos. ¡Lily SIEMPRE lo sabe todo, no lo olvides! Jajajajaja ¿Marco y Cynthia buena pareja? Yo les veo más guapos cada uno por su lado jejeje no, no, ellos son sólo buenos amigos, para rabia de Lily (que no sé de qué se queja :P). ¡Espero tu opinión sobre este capítulo! Un besazo!

Bien, ya acabé, así que vamos a leer! Nada de esto es mío, ni me lucro con ello. Sólo me divierto y vuelvo loca mi imaginación :P

¡Por cierto! Quiero que quede claro que adoro a Jane Austen, y cualquier cosa que leáis es opinión de los personajes, y jamás mía :P

"JURO SOLEMNEMENTE QUE MIS INTENCIONES NO SON BUENAS"

O-oOOo-O

Capítulo 32: El traidor.

Era extraño verle solo y pensativo. Aquel que estaba siempre dispuesto a buscar diversión, a montar escándalos y llamar la atención a donde quiera que fuera, se encontraba escondido del mundo, buscando soledad y tranquilidad.

Remus habría pensado que estaba enfermo, Lily que tramaba algo, Peter no lo entendería y James se preocuparía. Pero ninguno de los cuatro estaba con él en su habitación, donde se había recluido con las cortinas de su cama echadas, y la luna casi llena colándose por una de las rendijas.

Ni siquiera había bajado a cenar, y eso era grave en él. Bueno, puede que hubiese bajado a las cocinas a pedir un poco de comida (cuatro muslos de pollo, dos chuletas de cerdo, un plato de patatas bravas y media tarta de melaza), pero había sido por pura supervivencia, porque a los diecisiete años un chico tiene que alimentarse bien.

Sin embargo, ahora que la comida había desaparecido, y no había llenado ese hueco en el estómago que tenía desde hacía dos horas, Sirius sabía que era de preocuparse. Ya era alarmante que aún después de pensarlo y repensarlo no consiguiera arrepentirse de lo que había ocurrido esa tarde con Grace, pero saber que no era producto del calentón que aún había tenido tiempo después, que seguía pensando exactamente lo mismo ahora que estaba con la mente despejada, era realmente acojonante.

Sabía lo que tenía que significar eso, era obvio y él no era tan estúpido. Pero, aunque sabía que era irremediable, no quería que ocurriera eso. No quería que esa maldita rubia se le volviera a meter en la cabeza, porque no le venía bien. Era nocivo volver a colgarse de alguien tan inestable y egocéntrica, alguien tan igual a él en la mayoría de los aspectos. Le gustaba comportarse como un niño y hacer el tonto por diversión, pero había madurado lo suficiente como para saber que -mirara por donde mirara-, Kate era mucho más adecuada para él que Grace. Es más, no se merecía a alguien como Kate, estaba demasiado cuerda y era demasiado fantástica como para perder el tiempo en alguien como él. Pero, por lo visto, sus pensamientos (y ciertas partes de su anatomía) seguían pendientes de Grace, que estaba tan loca como él.

Debería estar sintiéndose como una mierda, como la basura más asquerosa por traicionar de esa forma la confianza de su novia y encima ser tan poco gryffindor como para no dar la cara. Pero no, estaba con ese absurdo objeto en la mano, esa tontería que había guardado durante dos años y medio por Merlín sabe por qué. No paraba de darle vueltas con su mano, sintiendo cosquillas en la yema del dedo índice cada vez que lo enrollaba en él. Y claro, pensando en ella. En cómo pasaron ese verano, en cómo le atrapó con sus redes cuando él solo pretendía que ella fuera una más. Ni entonces ni ahora había conseguido convencerse de eso. Desgraciadamente para él, Grace era demasiado especial.


24 de julio de 1975.

Cuando llegó a la playa, Grace parecía llevar bastante rato allí, pues se había puesto cómoda. Estaba tumbada en una toalla, de espaldas a él, y con una túnica azul de verano que la quedaba por encima de la rodilla, y su corta melena -por fin libre de extensiones- recogida con una diadema. No sabía qué estaba haciendo, pero no le oyó llegar, sino que ni siquiera levantó la mirada del suelo. Cuando estaba más cerca, vio que leía un libro pequeño con el ceño fruncido.

- ¿Qué haces? –preguntó dejándose caer de golpe a su lado, y dándola un buen susto-.

Grace pegó un bote, y le miró acusadoramente, para después sonreír.

- Nada. No encontraba qué hacer mientras te esperaba, y me acordé que Lily me había dejado un libro muggle que insistió en que leyera. La verdad es que no le veo nada especial, para ser, según ella la mejor historia de amor jamás contada, la protagonista es egocéntrica y el chico bastante tonto.

Sirius se rió de la expresión de su cara, que indicaba que realmente no comprendía a los muggles cuando decían cosas así. Se inclinó para leer la portada, y levantó la ceja con esceptismo.

- ¿Orgullo y Prejuicio? ¿Qué clase de título es ese?

Grace bufó.

- Ni idea. Lo escribió una solterona muggle que vivió con sus padres hasta que murió, así que figúrate. Por cierto, olvidé mencionar que fue hace unos doscientos años.

- Y luego los retrógrados somos nosotros –respondió él con voz de pito, imitando a la pelirroja cuando un día lo dijo en clase enfadada. Después se echó a reír-.

Grace le dio un golpe en el brazo, recriminándole.

- No te metas con mi mejor amiga, o la tenemos, Black –le dijo medio en verdad, medio en broma-.

- ¡Ja! –respondió el muchacho con diversión-. ¿Y qué pensaría tu mejor amiga si supiera que estás conmigo en la playa?

- ¿Y qué pensaría tu mejor amigo? –eludió ella la pregunta-.

- Que me lo sé montar muy bien –contestó Sirius con sinceridad, echando una carcajada-. Pero, ¿Y Evans?

Ella se encogió de hombros, aunque sabía que el discurso de su amiga duraría horas.

- No lo sé. Afortunadamente no tengo por qué averiguarlo.

Él enarcó las cejas con diversión.

- ¿No la vas a contar nada de esto? Pensé que erais íntimas.

Grace sonrió irónicamente.

- Y lo somos. Pero no tengo por qué contarla cosas sin importancia.

Sirius sonrió, considerando en aceptar ese reto implícito que llevaba esa conversación. Se inclinó hacia ella, y rozó sus labios con los suyos, apenas levemente. Al separarse, ella seguía con la misma cara de antes, como si aquello no le hubiera afectado. Esa especie de control que tenía sobre sus reacciones con él, al igual que él lo tenía con ella, le resultaba tan divertido como frustrante.

- ¿Crees que esto no es nada? –preguntó refiriéndose al beso-.

Grace se rió, poniéndose de rodillas, guardando el libro en su bolso de playa, y mirándole de reojo desde arriba, claramente divertida.

- Solo hemos salido un par de veces –dijo encogiéndose de hombros-.

Divertido y herido en su orgullo, con toda la intención de ganar ese juego que había comenzado hacía dos semanas, Sirius se levantó de golpe, dándola un beso algo más largo y rudo. Al despegarse, se puso en pie sin mirarla, y se quitó la ropa hasta quedarse con el bañador. Antes de correr hacia el mar, la miró con una sonrisa "made in Sirius", y exclamó con diversión:

- Ten cuidado o puedes acabar colada por mi, Sandler.

Echó a correr sin esperar respuesta, pero pudo escuchar perfectamente la risa de Grace, como si aquello lo considerara tan divertido como él.

- ¡Quizá tú caigas antes, Black! –le gritó para que pudiera oírla-.

Pudo, y se giró para mirarla cómo se había puesto de pie y se sacudía la arena de la túnica, despreocupadamente. Por no mirar por dónde iba, se tropezó con una pequeña piedra y cayó despatarrado en la orilla, en una posición mucho menos elegante de lo que pretendía.

Con el dedo del pie adolorido, y el orgullo herido, se quedó allí boca arriba, sujetándose el pie, y sintiendo como el frío agua del mar le pasaba por encima. La risa de Grace, sin embargo, se oía a la perfección. A los segundos, su rostro apareció encima de él, mirándole divertida, con su amplia y bonita sonrisa.

- Cuando dije que caerías antes, no quería ser tan literal –bromeó, consiguiendo que él se riese también-.


Bueno, seguramente Grace tuvo razón entonces, y él cayó antes. Ese mismo día sintió un poco de pena al despedirse de ella, a pesar de que se iban a ver en pocos días. Había conocido a alguien con quien estaba tan cómodo como con James, Remus y Peter. Claro que a los chicos él no tenía ganas de besarlos hasta dejarlos sin aliento. Lo cierto es que Grace Sandler había conseguido sorprenderle. En cinco años que se habían conocido en clase, aunque tampoco se habían tratado íntimamente, nunca habría imaginado que tuviera tanto en común con él, y fuera tan fácil pasar el rato con ella. Las horas se hacían minutos a su lado, y encima besaba genial. ¿Dónde estaba lo malo? No vio venir el peligro, pero este ya llamaba a su puerta.

Rodó los ojos, recordando cómo se había metido más y más en ese juego aquel verano, pensando que era él el que lo controlaba. Con quince años había sido idiota, pero lo peor era saber que dos años después seguía siendo igual.


12 de agosto de 1975.

Tres semanas habían pasado desde ese día, y prácticamente se habían visto a diario. Ambos aludían a que el verano hacía que tampoco pudieran contactar con todo el mundo. Lily estaba de vacaciones con sus padres, y sus tíos y primos se habían ido de viaje, por lo que Grace le decía a Sirius que él era su única con opción contra la soledad. Él la contestaba que, aunque podría haber quedado con James, era demasiado engorroso escaparse de casa con mentiras, que quedar con ella tranquilamente, aunque así tuviera que hacer feliz a su madre al hacer amigos adecuados. Ninguno estaba dispuesto a reconocer lo obvio: que aquello estaba siendo más que un rollito de verano.

Ambos habían dejado claro que solo duraría el tiempo que durara la estación estival, que en Hogwarts no iban a seguir con ese juego tan excitante. Cualquiera hubiera escuchado a los demás... Sabían que James y Lily, cada uno por un lado, montarían en cólera por la pérdida de cordura de sus amigos, pero Grace también pensaba en su amiga Kate, quien siempre había reconocido que la gustaba Sirius, y él también pensaba en Remus, que capaz le creía de sacar sus colmillos a pasear si se enteraba que se estaba enrollando con una de sus mejores amigas. No, aunque las sesiones de besos eran estupendas, no merecía la pena pasar por tantas complicaciones por un rollo que no significaba nada.

Sin embargo, ahí estaban de nuevo. Esa vez en la esquina del Callejón Knockturn, donde se habían colado a comprobar si era cierto que vendían tónico para reducir cabezas (para desgracia de Sirius, solo era un bulo). Era un sitio oscuro y nada recomendable, a pesar de que estaban a tan solo tres metros del bullicio del Callejón Diagon, pero ninguno de los dos parecía darse cuenta mientras se besaban de nuevo. Vale que solo durara durante el verano, pero ambos querían aprovecharlo bien.

- ¿Te apetece un helado? –preguntó Sirius con una sonrisa cuando se separaron. Observó los labios rojos e hinchados de Grace, y sonrió más ampliamente. Oh sí, eso lo había hecho él-.

- Sí que te ha costado rato aflojar los galeones –se burló la rubia, dándole un golpe juguetón en el hombro-.

- Si me gasto el dinero, al menos busco la compensación antes –presumió el muchacho, ganándose una colleja por su respuesta que era un poco de mal gusto-.

- Espero que Lily vuelva pronto del pueblo de su abuela, porque pasar lo que queda de verano contigo sería un suplicio.

Grace rodó los ojos y le adelantó adentrándose en el Callejón Diagon, atravesando los pocos metros que les separaban de la heladería de Florean Fortescue. Parecía molesta, pero cuando le dio la espalda, sonreía. Ella ya sabía que tenía ese tipo de salidas, pero la gustaba igualmente. Sirius la alcanzó enseguida, y pasó un brazo por sus hombros riéndose en voz alta.

- O te ofendes con facilidad, y te gusta que vaya detrás de ti.

Ella le miró subiendo una ceja, divertida.

- Te tienes en muy buena estima –le dijo con una sonrisa adivinándose en sus labios. Al fin y al cabo, la había pillado en su farsa-.

Sirius no la contestó. Bajó de nuevo la mirada hacia sus labios, y no se pudo resistir de nuevo. Lo que no esperaba era que Grace se apartara y mirara hacia atrás con cautela.

- ¿Qué pasa?

- Nada. Pero aquí mejor no. No quiero pensar en lo que me hace Lily si alguien la dice que me ha visto morreándome contigo en medio del Callejón Diagon.

Pero miró de nuevo hacia atrás antes de sentarse en una de las mesas. Sirius no se dejó engañar, y se preguntó qué habría en esa dirección aparte del Caldero Chorreante, y claro, más tiendas. Ahí cayó. Había oído mencionar a Kate que su madre tenía una pequeña tienda en el callejón, y comprendió entonces que Grace había temido encontrarse con su compañera en ese momento. Él no ignoraba la fascinación que parecía sentir la muchacha morena por él, pero tampoco le había dado nunca la menor importancia. Total, en cuanto Richard se decidiera, seguro que acababan saliendo juntos...

Pero notó la preocupación de Grace por no herir los sentimientos de la chica, y, extrañamente, en vez de encontrar todo aquello divertido, le pareció muy tierno. Sin embargo, tampoco en ese momento se dio cuenta de lo que en verdad le ocurría.


Y así siguió el verano, convenciéndose a sí mismo de que jugaba y lo pasaba bien sin riesgos, mientras que esa rubia psicótica se metía cada vez más dentro de su cabeza. Y, como un idiota, cuando se quiso dar cuenta de lo que ocurría realmente, ya era demasiado tarde para echarse atrás.

Sirius volvió a hacer rodar el pequeño objeto, y sonrió a su pesar recordando esa época, tan extraña, feliz y amarga al mismo tiempo.


28 de agosto de 1975.

Siempre se le había dado bien volar. Claro que desde que vio la maestría de James, comprendió que él, desde luego, era muchísimo más mediocre, y que estaría mucho mejor comentando los partidos y sacando las risas del público, que perder el tiempo intentando compararse con su amigo, cuando estaba a años luz de igualarle. Pero de ahí a que le ganara una chica...

Grace volaba por delante suya, que no había podido alcanzarla en toda la carrera, y solo podía observar su espalda. Su corta melena era agitada por el viento, y sus pies estaban fuertemente enredados al palo de la escoba. Desde luego, la vista era mucho mejor desde su punto de vista, pensó observando la curva de su trasero oculto por la túnica; pero su espíritu competitivo le hacía irritarse porque una chica que pesaba quince kilos menos que él y a la cual la sacaba la cabeza, le ganara en algo, incluso en algo que había demostrado dominar, como era el manejo de la escoba. La rubia era muy buena, aunque también es verdad que no llegaba a la capacidad de James. Pero claro, pocos podían. Sin embargo, Grace ya había demostrado ser buena: había entrado el año anterior al equipo del colegio, y los dos últimos partidos los había jugado como titular.

Apretó las rodillas contra el palo de la escoba, intentando ganar velocidad. Lo hizo, y a los pocos segundos se había puesto a la par que ella, quien le sonrió, mirándole de reojo llena de confianza. Un segundo después volvió a quedar rezagado, cuando Grace volvió a acelerar con una risa que sonó como el tintineo de unas campanas. Vio el árbol que habían marcado como meta, y lo intentó de nuevo, pero ella aceleró al mismo tiempo que él, y llegó antes, ganando la carrera.

- ¡Bien! ¿Quién es la mejor? ¡Vamos, dime! ¿Quién es la mejor? –gritaba la rubia como una niña pequeña mientras bajaba de golpe de su escoba y se ponía a dar saltitos-.

Él bajó algo enfurruñado, pero sobretodo divertido. Negándose a reconocer lo que ella le pedía, miró alrededor del parque, observando que muchas familias de magos habían ido a pasar el caluroso día allí. Era un lugar típico para los magos, pero él no lo había conocido hasta que Grace le había llevado allí hacia unas semanas. Claro que no se imaginaba a su madre sentándose en la hierba para jugar con Regulus y con él, como hacían la mayoría de las madres en ese parque.

- ¡Qué mal perder tienes! –exclamó Grace haciendo un puchero, y echándose a reír-.

Sirius también se rió, pasándola un brazo por el hombro y atrayéndola hacia él para darla un corto beso en los labios.

- Eres la mejor –la susurró viendo sus ojos castaños sonreír-.

Contenta, Grace le devolvió el beso, y se dio la vuelta para sentarse contra el árbol que habían utilizado como meta. Él también se sentó a su lado, acomodando su espalda al tronco.

- ¿Por qué quieres ser abogada? ¿Nunca te has planteado seguir con el quidditch cuando salgas de Hogwarts? –la preguntó con curiosidad-.

Grace se echó a reír como si aquello fuese muy divertido.

- ¿Para qué? Todos sabemos que profesionalmente la estrella será James. Parece que haya nacido para volar, se mueve mejor encima de la escoba, que caminando. Además –añadió sonriéndole con diversión-. Me encanta pelear. Yo siempre lo discuto todo, y rebato todos los argumentos. Es lo que tienen que hacer los abogados, ¿no?

- Algo así –admitió Sirius entre risas-. Aunque me ha encantado mirarte el culo mientras volabas, admito que debe tener más morbo verte con la túnica de abogada, defendiendo a un asesino despiadado.

Grace dudó sobre si darle un codazo por el comentario sobre su culo, pero finalmente se rió, imaginándose a sí misma en el tribunal.

- Mi padre dice que soy la defensora de las causas perdidas. Supongo que por eso me he apiadado de ti, y te he hecho compañía este verano.

Sirius levantó la mano mientras sonreía de costado, y la despeinó con rabia el pelo. Grace lanzó varias exclamaciones protestando.

- Reconoce que ha sido el mejor verano de tu vida –la retó-.

Ella negó con la cabeza divertida, y él volvió a despeinarla. Suspirando, Grace apoyó la cabeza en su hombro, y ambos se quedaron mirando al frente, cómo las familias disfrutaban la soleada tarde.

- Solo nos quedan dos días –suspiró Grace-.

Sirius notó, por su tono, que la perspectiva de terminar su rollo de verano la hacía tan poca gracias como a él. Pero ese había sido el trato. Esperaba que no le costara demasiado acostumbrarse a no estar siempre con ella, pues había sido muy fácil acostumbrarse a lo contrario. Sin pensarlo mucho, alargó su mano y apretó la de ella, entrelazando sus dedos. Grace volvió a suspirar.

- ¿Tenemos que acabarlo tan pronto? –preguntó Sirius con un toque de súplica en la voz-.

- ¿No quedamos en terminar antes de volver a Hogwarts? –respondió Grace haciendo una mueca con la boca, que él no vio-.

- Sí, pero podemos hacer un nuevo trato. No sé...

Grace levantó la cabeza al notar la inseguridad en su tono, y le vio llevarse una mano a la nuca para rascarse. Sirius rara vez dudaba, y a ella le pareció muy sexy su expresión.

- ¿Qué tipo de trato? –preguntó con curiosidad-.

No la contestó de inmediato. Estuvo un par de minutos esquivando su mirada, y cuando por fin se decidió, la encaró.

- Tengo que confesarte algo –la dijo incómodo, sin comprender cómo había llegado a ese punto. Ella le miraba expectante, con ojos ansiosos y realmente interesada-. Tenías razón ese día en la playa.

- ¿Qué día? –preguntó frunciendo el ceño. Había habido momentos en la playa para elegir-.

Sirius sonrió levemente, en parte emocionado, y en parte acojonado y contrariado por lo que iba a hacer. La volvió a tomar la mano, y la miró a los ojos.

- Cuando dijiste que igual yo caía antes. La verdad es que he caído, y apenas me acabo de dar cuenta –confesó encogiéndose de hombros-.

En primer momento, Grace se quedó quieta, como analizando sus palabras, y después abrió mucho los ojos al percatarse que hablaba en serio. Una pequeña sonrisa se fue adivinando en su rostro y...


Un golpe en la puerta le sacó de sus recuerdos, haciendo que saltase en su cama, y tirase el objeto dentro del baúl, antes de colarse de golpe bajo las sábanas. Si había sido tan cobarde como para no poder dar la cara y bajar a cenar, al menos haría la farsa completa. Escuchó a alguien entrar en la habitación, y, por el ruido de los pasos, supo que no eran los fuertes de Remus, ni los inseguros de Peter, ni mucho menos los apresurados de James. Eran pasos cautelosos y tímidos, como podrían haber sido los de Jeff, pero no. Él reconocía esos pasos en cualquier lugar del mundo. Y al saber a ciencia cierta quien era, no tuvo valor como para, encima, cerrar los ojos y fingirse dormido cuando Kate abrió las cortinas de su cama.

Se encontró de golpe con la luz preocupada de sus profundos y preciosos ojos azul oscuro. Ella le sonrió ampliamente al encontrarle en su cuarto, pero Sirius no pudo devolverle la sonrisa. Tenerla delante solo le hacía sentir peor por lo que había hecho, y por no arrepentirse de ello. Kate se merecía que la estuviese pidiendo perdón de rodillas y a lágrima viva, y no que ella alargara la mano para acariciarle el pelo, con gesto tierno.

- Estaba preocupada –le confesó en un susurro-. ¿Por qué no has bajado a cenar?

Sirius cerró los ojos un momento, creyéndose incapaz de mentirla si seguía mirando el especial brillo de sus ojos.

- No tenía hambre, Kate...

Era la peor excusa de toda la historia, pero como era un devorador voraz, jamás la había usado, por lo que funcionó. Kate se preocupó, obviamente. Que Sirius no tuviera hambre solo podía ser producto de una enfermedad horrible y/o incurable. Alargó la mano de nuevo para tocarle la frente, pero no tenía fiebre, aunque sí sudaba mucho.

- Quizá deberías bajar a la enfermería –sugirió con inseguridad, mordiéndose el labio-.

- No, no. No te preocupes. Solo quiero...

Pero desde que dijo que no, ella decidió que si no iba a ir, ella no se movería de su lado. Se tumbó a su lado en la cama, y apoyó su barbilla en su pecho, mirándole con ternura. Sirius no pudo aguantar la mirada, sino que cerró los ojos. Era un martirio tenerla tan cerca, y darse cada vez más cuenta del lío en que estaba metido: tenía a dos chicas en su vida. Ambas igual de fantásticas, pero totalmente distintas.

Mientras que Kate tenía un carácter dulce y tierno, Grace era sarcástica e irónica, al igual que él, lo que provocaba que sus discusiones fueran peores que con Kate. Su novia era adorablemente tímida, y al contrario, Grace era muy extrovertida, y siempre se había valido de su facilidad de palabra. Kate se valía de su sonrisa para caer bien. La morena tan estudiosa y aplicada, y la rubia tan práctica y dispuesta para la acción, antes que para la reflexión. También le ocurría a él, sus pies iban por delante de sus pensamientos, y así les iba. No hacía falta ver más que el concurso de duelo, donde ambos habían pinchado por ser demasiado ansiosos y en exceso confiados. Kate, sin embargo, les había superado por su temple y prudencia. ¡Que lista que era! Era la que le había conseguido volverle a enamorar, cuando se había prometido a sí mismo que jamás caería de nuevo en esa trampa. Pero Kate se merecía lo que sentía por ella y muchísimo más. Era la chica perfecta, pero tenía el inconveniente de que debía competir directamente con su primer amor. Una niñata tan pija como divertida, tan irascible como sorprendente, tan vengativa como cariñosa, tan egocéntrica como especial... Pobre Kate, no se merecía semejante competencia, ella debería ser la primera en todo.

Su novia sin duda era lo mejor para él. Tenía un carácter que complementaba el suyo, no que chocaba contra él. La relación que tenía con ella era infinitamente más fácil que la que había tenido con Grace, Kate era una chica muchísimo más fácil (aunque seamos claros, ninguna chica es fácil). Entonces, ¿por qué le parecía mucho más atrayente la descripción que tenía de Grace, que de Kate, quien era más perfecta para él? Estaba claro, (pensó mientras fingía haberse dormido para que Kate saliera de la habitación): Él nunca había tomado el camino fácil.

OO—OO

Lily siempre era la primera en bajar a desayunar por la mañana, y por eso, al día siguiente, se sorprendió al encontrarse a Grace en la mesa antes que ella. Su amiga siempre era de las últimas en bajar, y apenas reaccionaba hasta que comenzaba la primera clase, y conseguía despejarse. Aunque se la veía adormecida (signo usual en ella), la pareció verla más despistada que otra cosa. Ese día no tenía que sujetarse la cabeza con la mano, sino que miraba a un punto fijo con la boca entreabierta, y removía su vaso de zumo como si de café se tratara.

Curiosa a la par que preocupada, la pelirroja se apresuró a sentarse en frente de su amiga, entrando en su punto de visión. Cuando notó su presencia, Grace se enderezó, la dedicó una sonrisa leve y vacía, y se apresuró a echar azúcar al zumo, dando más muestras de su despiste.

- Hoy has madrugado –dijo Lily levantando las cejas al ver su actitud-.

Grace resopló, se llevó el vaso a los labios, apartándolo de golpe, y fulminándolo con la mirada.

- No he dormido –la aclaró con voz pastosa, mientras se servía otro vaso de zumo tras haber hecho desaparecer el extra azucarado-.

Lily subió aún más las cejas, hasta que se la perdieron por encima del flequillo.

- ¿No has dormido? –preguntó sin poder creérselo. De ella, no-. Entonces, ¿qué has hecho?

- Pasear...

- ¿Toda la noche? –preguntó la pelirroja con esceptismo-.

Grace se encogió de hombros por toda respuesta, y se frotó los ojos. Estaba realmente cansada, pero haber pasado la noche congelándose en la torre de astronomía no había ayudado a dormir. Claro que no se atrevió a salir de allí, por miedo a encontrarse con Sirius o Kate en la torre Gryffindor. Al primero no quería ni mirarle a la cara durante unos días, hasta que hubiera podido controlar bien sus emociones y asimilar lo ocurrido. Y a la segunda no sabía cómo comportarse normalmente con ella, cuando la había hecho semejante faena, por segunda vez en unos meses.

- ¿Por qué no bajaste ayer a cenar? –preguntó Lily de golpe, haciéndola pegar un respingo. Hizo como si no hubiera escuchado la pregunta, y se bebió un buen sorbo de zumo, catándolo como si fuera un vino gran reserva-.

- Que pena que no dejen añadirle un poco de wiskhy de fuego. Está soso... –se quejó paladeando-.

- Grace... –su amiga no la miró, sino que continuó observando su vaso, y Lily suspiró-. Grace, ayer tú y Sirius desaparecisteis a la vez durante toda la noche, y lo último que sabemos de ambos es que os debisteis encontrar en mi torre.

No quería decírselo. La iba a juzgar, o peor, iba a ser completamente comprensiva, mientras que por dentro pensaría otras cosas. Pero ya no había lugares por donde esquivar la mirada, y los penetrantes ojos verdes de su mejor amiga la taladraban exigiéndola una respuesta.

- ¿Cuál... cuál es la primera clase, Lily? –preguntó lo primero que se la ocurrió poniendo en su rostro una simpática sonrisa-.

Al ver la expresión de Lily supo que no conseguiría cambiar de tema, y suspiró con fuerza. Miró hacia la puerta del comedor, comprobando que ninguno de sus amigos entraba, y después a un lado y a otro de la mesa, asegurándose que estaban suficientemente alejadas de los demás.

- ¿Es lo que yo creo que es, verdad? –preguntó Lily antes de que ella comenzara. Sus ojos estaban muy abiertos, y negó levemente con la cabeza, como desmintiéndose a sí misma esos pensamientos-.

- ¿Qué es lo que crees? –cuestionó mirándola con la cabeza baja-.

- Que acabasteis... haciéndolo en la habitación de MI novio –respondió la pelirroja con algo de dificultad y la voz un poco dura. Irónicamente, fue ella y no Grace quien se puso colorada con ese pensamiento-.

La rubia se encogió un poco al percibir ese tono tan agresivo que casi nunca utilizaba con ella, y solía reservarlo para los Slytherins, los atacantes de los hijos de muggles y James.

- Dile a James que me perdone...

- ¿Que te perdone? –preguntó Lily con incredulidad-. El mi pobre tuvo tal trauma de solo pensar en esa posibilidad, que se negó a dormir allí, así que le he tenido toda la noche dándome patadas –agitó la cabeza, volviendo al tema, pues se había desviado sin poder evitar contar su noche sin sueño-. Pero de todas formas, ¿cómo pudiste hacerlo? En septiembre me dijiste que no volvería a pasar, y después que lo tenías todo superado. Kate está en medio de todo, ¿sabes? Y ella no tiene la culpa porque no sabe nada de lo vuestro.

Grace bajó la mirada cuando la recordó a su otra amiga. Kate era la única víctima de todo, y la única ignorante de todo lo que ocurría a su alrededor. Sabía que esa vez ni ella ni Sirius tenían excusa.

- No quería... –se calló al ver la mirada de Lily, y recapituló, rodando los ojos ante la evidencia-. Bueno, sí quería, es evidente. Al menos una parte de mi. Pero te juro Lily, que fue todo muy rápido y... cuando me quise dar cuenta...

Se llevó las manos a la cabeza, tirando de su pelo.

- Me siento como una mierda –la confesó en un murmullo-.

- Qué menos... –dijo la voz aún dura de Lily, aunque su mano comenzó a aflojar sus dedos apretados contra su pelo, y a acariciarla el pelo con su candidez habitual-. Pero así no vas a solucionar nada.

Grace suspiró.

- Le he dicho que hagamos como que no pasó nada, como en septiembre.

Lily rodó los ojos. Así no solucionaban nada tampoco.

- Claro, como funcionó tan bien la última vez que le dijiste eso...

Tenía que entender que la solución de ese lío no era hacer como si nada hubiera ocurrido, pues solo tapaba la herida superficialmente, y propiciaba que se repitiese todo de nuevo, como ya había ocurrido.

- ¿Qué otra cosa puedo hacer? ¿Crees que salga algo bueno de que Kate se entere?

Lily negó con la cabeza, sin poder evitar darla la razón en eso. Grace hizo una mueca de evidencia, y alzó las cejas. Después, en silencio, se llevó de nuevo el zumo a los labios, convencida de que la mejor decisión era la que había tomado. Su amiga suspiró, mirándola, y rodó los ojos. Lo hecho, hecho estaba, pero en el fondo aquello no la sorprendía. Ya veía viniéndoselo venir desde que vio que a Sirius no le era completamente indiferente su amiga.

- Si es que ya sabía que pasaría esto en cuanto se enterara de que Sirius estaba celoso de Marco... –murmuró para sí misma entre dientes-.

Desafortunadamente, Grace la escuchó, y levantó la cabeza como una resorte.

- ¿Qué has dicho?

- Nada, Grace, déjalo –la pelirroja intentó corregir su error con una sonrisa amistosa, pero la rubia no tragó-.

- No, no. ¿He empezado yo, verdad? Es lo primero que has pensado –preguntó más dolida que si la insultado por lo ocurrido la noche anterior. Verdaderamente creía que era ella quien lo había iniciado todo-. ¿Pensabas que en cuanto supiera que Sirius me hacía algo de caso, me iba a ganar el ego y me lanzaría sin pensar en Kate, no?

Lily intentó hablar, aunque en cierto modo sí era lo que había creído. Había visto a Grace dejarse llevar por su amor propio muchas veces, y aunque sabía que estando algunas de sus amigas en medio podía ser distinto, tampoco las tenía todas consigo. Por cosas así dudó de ella cuando fue al baile con James, aunque solo fueran como amigos.

- Ni siquiera te has parado a pensar que quizá fuera él quien lo comenzó todo, ¿no? –continuó Grace levantándose enfadada, y atrayendo la atención de los más cercanos. Sin embargo, su tono era tan bajo que solo Lily podía captarlo-. Tampoco pensaste que quizás lo que me pudiera dominar fueran mis sentimientos y no mi ego; o tal vez pensaste que me iba a sentir genial con salirme con la mía, en vez de sentirme como una mierda por Kate...

Había hablado muy rápido y sin pausa, por lo que al terminar de decir aquello cogió aire, y miró a su amiga con reproche. Si ella, que era su mejor amiga, pensaba que ella no era capaz de hacer algo por sentirlo, sino por ego, ¿qué pensarían los demás? Lily no intentó negar aquello, pues ciertamente era lo que había creído, y no consideraba que mentirla solucionase nada. Sin embargo, la declaración de su amiga la hizo ver que aquello realmente era distinto a las otras veces. Ya no eran palabras de Grace, de verdad su amiga estaba metida en ese problema.

- Lo siento –dijo con sinceridad, mirándola a los ojos fijamente, como siempre hacía-. Tienes razón. Tú eres mi mejor amiga, y debí pensar antes en tus sentimientos. Pero tienes que reconocer que es extraño verte involucrarte sentimentalmente en algo hasta este punto. Si había alguna que perdiera la cabeza por amor, te juro que no pensé que serías tú. Siempre has sido más de decirlo que de sentirlo, y en el fondo pensé que esto era igual, que la única diferencia es que fue tu primera experiencia. Me he equivocado, y te pido perdón.

Grace dudó un momento sobre si seguir enfadada, pero cualquier se resistía a los discursos de Lily. La pelirroja sabía hacer que no pudiera estar enfadada con ella mucho tiempo, por lo que volvió a sentarse, y respondió aún algo reticente –por orgullo- la sonrisa que su mejor amiga la dedicaba. Sin decirla nada más, comenzó a comer, poniéndose de nuevo pensativa. Sin embargo, Lily sabía que no había llegado a enfadarse con ella, y sonrió sobre su taza de café. Más tarde hablaría con ella más profundamente de lo que había ocurrido, y desinfectaría el cuarto de James.

Cuando Remus y Jeff bajaron a desayunar, Grace había recuperado una compostura algo ausente, pero bastante normal en ella a esas horas. Remus la lanzó una mirada evaluativa, intentando adivinar si tenía alguna señal de que las suposiciones que él y sus amigos habían tenido la noche anterior eran ciertas, la dio una patada bajo la mesa, y ella le miró, haciéndole un gesto con el que le indicó que más tarde le contaría. Jeff no se enteró de nada, y más tarde llegaron Kate y Sadie que tampoco notaron nada extraño.

OO—OO

Kate se acababa de marchar cuando Sirius decidió salir del baño, más limpio que nunca tras una ducha de 45 minutos. Incluso Peter estaba acabando de prepararse, lo que demostraba la cantidad enorme de tiempo que estaba perdiendo ese día a posta.

- Oye Padfood, yo voy bajando porque el desayuno termina en quince minutos –balbuceó su amigo mirándole extrañado por su actitud-.

No es que fuera el más despejado por la mañana, pero sí acababa bastante antes que él, y le solía hacer alguna burla sobre comida. Ese día, Sirius estaba más taciturno que de costumbre.

- Vale –asintió él como sin darle importancia, mientras se secaba el pelo con una toalla-.

Con un movimiento vago de la mano se despidió, y se inclinó sobre el baúl para encontrar la ropa que había tirado dentro de este la noche anterior. Aquello, como ocurría siempre, parecía un campo de batalla y era casi imposible encontrar nada.

Tomó entre sus manos el pequeño objeto que había tenido en sus manos por la noche, y que tanto le recordaba a Grace, pero con un gesto desdeñoso lo volvió a tirar dentro del baúl. Finalmente encontró su ropa sucia y arrugada, y la arregló con un golpe de varita. Antes de cerrar el baúl, un destello le llamó la atención, y vio que era ese pequeño objeto, con sus múltiples colores brillando con el sol que entraba por la ventana. Suspiró, y lo cogió entre sus dedos, dándole una vuelta para contemplar su aspecto de arco iris. Rindiéndose, se dio cuenta que ya no podía llevar la situación más tiempo como lo que había intentando con ese objeto: esconderlo en el baúl. Por eso se inclinó, y la dejó con suavidad en su mesita de noche, entre revistas de chicas muggles con poca ropa, y botellas de cerveza de mantequilla vacías.

Apenas hacía un par de minutos que Peter se había marchado, y cuando estaba atándose los botones de la camisa, la puerta volvió a abrirse, para después cerrarse. Segundos después, seguía sin escucharse nada, por lo que Sirius se giró intrigado.

James estaba recargado contra la puerta, con los brazos cruzados, al igual que las piernas por la altura de los tobillos, y le miraba con un gesto ambiguo. Por un momento se sintió Quejicus, y le daba la sensación de que James compondría su habitual sonrisa de medio lado y le apuntaría con la varita, pero su amigo le siguió mirando evaluativamente. No dijo nada, pero su mirada le recordó a la de McGonagall aquella vez que, pasándose un poco de sus planes, prendieron fuego al despacho de Filch.

- ¿Pasa algo, hermano? –preguntó con curiosidad-.

James miró de arriba abajo a su amigo, en busca de algún chupetón visible, pero no encontró nada. Aún así, las posibilidades de que su cama hubiera sido mancillada, seguían ahí.

- ¿Dónde estuviste anoche? No bajaste a cenar –le replicó frunciendo el ceño levemente-.

Sirius enarcó las cejas, sin poder evitar divertirse con esa pregunta. Aquello se parecía a una escena de celos en un matrimonio rancio.

- Trabajé hasta tarde, cariño –dijo mordiéndose el labio-.

Se rió de su propio chiste, pero James hizo un gesto como que no lo encontraba gracioso, y Sirius hizo una mueca, quitando la sonrisa de su cara.

- Veo que esta vez no ha sido necesario que nadie la haya visto salir del cuarto para que os enteréis –dijo con un tono más bajo, y definitivamente más serio-. ¿Quién más lo sabe?

- A ciencia cierta, sólo yo porque me lo acabas de confirmar. Pero Lily y Remus lo sospechan –James suspiró, forzándose a ser un colega comprensivo, y no un lunático que solo estaba preocupado por su hermosa cama-. ¿No se supone que tenía que ayudarte a ignorarla, que pasabas de ella, que lo único que te preocupaba de esta situación es que ella malinterpretara las cosas? ¿Qué pasa? ¿Falto unas horas y no puedes controlarte? No soy tu niñera, Padfood.

Sirius hizo una mueca y se sentó en su cama.

- No sé tío. La vi ahí con el italiano otra vez. Parece que la guste tocar las narices. Y como me enfadé, te fui a buscar a ti para que me acompañaras a Hogsmeade a despejarme, pero voy a me la encuentro también allí, en vuestra torre, esperando a Lily. Parece como si no me pudiera librar de ella fuera donde fuera...

James bufó, rodando los ojos, y decidió informarle de lo que se había perdido.

- Nos las vimos canutas para que Kate no se diera cuenta. Tienes suerte de que aún estuviera algo atontada por los funerales, porque en una situación normal te habría pillado. No es tonta.

Como su amigo no contestó y se limitó a bajar la cabeza, James se adentró en el tema que más temía. Se mojó los labios, cerró los ojos, y se prometió a sí mismo contenerse fuera cual fuera la respuesta.

- ¿Lo hicisteis en MI cama?

Sirius no contestó. Abrió los ojos y le encontró dirigiéndole una sonrisa de disculpa, y rascándose nervioso la nuca, como aquella vez que le tiñó de rosa su uniforme de quidditch, cuando su objetivo era Regulus.

- ¿Padfood? –insistió apretando los dientes. Se tuvo que volver a recordar a sí mismo que aquel era su mejor amigo, y no debía golpearlo ni hacerle nada merecedor de algún Slytherin. De aquello ya se encargaría Remus cuando le pillase-.

- De verdad que lo siento, Prongs –fue su única respuesta-.

James cogió aire, y lo expulsó de golpe.

- ¡¿Que lo sientes? –exclamó más alto de lo que pretendía, pero sin poder evitar dejar salir algo de su frustración-. ¡Lo hicisteis en mi cama, Sirius! ¡Ni siquiera yo lo hago en mi cama!

Su mejor amigo iba a volver a disculparse, cuando se distrajo por su afirmación.

- ¡No jodas que la pelirroja aún te tiene a pan y agua! –exclamó con los ojos muy abiertos, e intentando no reírse. Bastante había hecho invadiendo su cama-.

James creyó que nunca se volvería a sonrojar tanto como cuando era pequeño y su madre le obligó a posar con su túnica de Hogwarts frente a sus tías, abuelas y vecinas, pero de hecho estuvo a punto.

- No estamos hablando de eso –dijo balbuceando-. Ahora dime, ¿qué excusa vas a poner esta vez? Porque ayer no estabas borracho, Padfood, ese pretexto no te funciona.

Sirius perdió todo abismo de diversión en su rostro, y su expresión volvió a ser muy seria.

- En realidad no tengo que buscar excusas, pero sí ver cómo salgo de este lío.

- ¿Qué te ha dicho Grace? –quiso saber su amigo, por fin consiguiendo relajarse, y apartándose de la puerta-.

- Que hagamos como si no hubiese pasado nada. Pero no sé tío... me he dado cuenta de un par de cosas que... Todo es una mierda.

James le miró extrañado, y abrió la boca para interrogarle sobre eso, cuando la puerta se volvió a abrir de golpe, sobresaltándoles a ambos. Era Remus, que pareció tan sorprendido como ellos de encontrárseles juntos, pero después cerró la puerta tras de él con aparente calma.

- No sabía que estabas aquí James –dijo con voz tranquila, aunque su amigo de gafas captó un tono algo irónico que conocía muy bien. El hombre lobo se volvió hacia Sirius y le estudió con la mirada-. Peter me dijo que estabas algo raro, y vine a ver qué podía ser. ¿Cansado?

Sirius miró de reojo a James, como pidiéndole ayuda, pero su amigo se encogió de hombros. Esa última pregunta no le había gustado cómo había sonado.

- ¿Por qué iba a estarlo? –preguntó componiendo una débil sonrisa. Sabía que en cuanto Remus se enterara le caparía, se lo había dejado claro la última vez-.

- He hablado con Grace –afirmó Remus como si eso lo dijera todo-.

Sirius negó con la cabeza para sí mismo, pero se levantó, para dirigirse a su amigo.

- Sé que me dijiste que no me metiera con ella de nuevo para no hacerla daño, pero no sabes lo que...

Un puñetazo en la mejilla le hizo callarse en mitad de la frase. Se llevó una mano a la mejilla, que se le estaba poniendo roja, y Remus se sujetó la mano, pues también se había hecho daño. James se levantó de golpe, mirándolos con los ojos muy abiertos, sorprendido, pero dispuesto a intervenir. Pero ninguno continuó.

- ¡Joder Remus, me has hecho daño! –protestó Sirius frotándose la mejilla-.

- ¡Cállate! Es lo menos que merecías, y encima seguro que me he hecho más daño yo que tú –le increpó el licántropo notando los nudillos adoloridos-.

- Estáis como hipogrifos –observó James aún anonadado, pero con una sonrisa tranquila al ver que solo había sido un acto solitario-. Menos mal que Remus no sabe pegar, porque sino te habrías encontrado en apuros, Padfood.

Sólo él parecía encontrar divertida la situación, y tanto Sirius como Remus le miraron con el ceño fruncido. El castaño suspiró, y retomó su habitual actitud paciente.

- Ahora que he cumplido con mi palabra, explícame tu versión, porque no he conseguido sacarla mucho a Grace, y eso que he sido persuasivo.

Molesto aún por el puñetazo, y más aún porque le había pegado sin tener claro qué había pasado, Sirius dudó sobre si contárselo o no, pero al final lo hizo, aunque la confirmación de que él había empezado todo pudiera hacerle recibir nuevos golpes.

Pero no fue así. Afortunadamente Remus ya había saciado sus instintos protectores (o aún le dolía la mano), y James no le habría golpeado por nada del mundo. Les explicó todo, y cuando acabó, ambos le miraron comprensivamente. Remus levantó la mano, y Sirius hizo el amago de apartarse, pero solo pretendía palmearle la espalda.

- Me parece que estás más jodido que en septiembre –observó su amigo-.

Sirius le lanzó una mirada que decía claramente: "¿No jodas?". James rió en voz baja por su expresión, y añadió.

- ¿Qué piensas hacer?

- Bueno... –dudó-. Después de pensarlo durante toda la noche, creo que es evidente lo que me pasa. El problema es cómo se lo digo a Kate.

- ¿La vas a dejar? –preguntó Remus-.

- Es lo mejor, ¿no? No puedo estar con ella si tengo la cabeza en otra parte. Lo que pasa es que este es el peor momento para eso... Ahora que les ha pasado todo esto a Gis y Rachel, ella está muy deprimida, y solo conseguiré hundirla más. Tal vez deba esperar unos días...

James y Remus compartieron una mirada algo agobiada. La verdad es que no envidiaban la situación de su amigo. El primero se levantó, y despeinó a su mejor amigo cariñosamente.

- Haz lo que creas mejor. Pero hermano, recuerda que no es culpa tuya que te hayas pillado por otra chica...

Sirius le sonrió agradecido por su apoyo, y la mano de Remus en su hombro le hizo ver que también contaba con el suyo. Ojala todo fuera tan fácil como hablar con ellos.

OO—OO

Cuando Rachel abrió los ojos, pasaban de las once de la mañana. Rendida por el cansancio de dos días sin dormir, y las lágrimas vertidas, la muchacha, que había dormido del tirón, miró alrededor confusa y aún sin poder localizar el lugar. Tan profundo había dormido, que no sintió a Remus cuando había ido a visitarla esa mañana. Pero él estaba en clase en ese momento, y, aunque hubiera querido, no pudo saltarse ese día tampoco. Como adivinando sus intenciones, Dumbledore llegó a la habitación de la chica cuando él apenas llegaba, después de haber faltado a la primera hora junto a Sirius y James, y le mandó a clase.

Por eso Rachel creyó que estaba sola en la habitación, y pasaron varios segundos hasta que recordó todo lo acontecido: su madre muerta y su padre en San Mungo. El mundo real la cayó como una losa, y lanzó un sonoro suspiro al aire, sin lágrimas. Ya no la quedaban tras esos dos días. Al segundo siguiente, se sobresaltó cuando sintió que alguien la acariciaba la cabeza, y se apartó de golpe. Pero solo era Dumbledore, que la miraba con compasión.

- Siento haberte asustado, Rachel.

La chica asintió haciendo una mueca, y volvió a acercarse, al saberse en confianza.

- ¿Qué hora es? –preguntó-.

- Las once y veinte. Me alegra ver que has recuperado el sueño –dijo el director con un amago de sonrisa-.

Rachel hizo otra mueca, sin saber qué más decir. No tenía ganas de hablar. Solo quería refugiarse en sus álbumes de fotos, y seguir llorando, aunque ya no la quedaban lágrimas. Sin embargo, no era intención de Dumbledore dejarla hacerlo.

- Esta mañana recibí otro informe de San Mungo, sobre el estado de tu padre.

Por primera vez en el día, algo llamó su atención, y le miró implorante con sus grandes y expresivos ojos castaños, suplicándole una buena noticia. Pero Dumbledore negó con la cabeza, con pesar en la mirada.

- Lo siento Rachel, pero tu padre sigue igual. El informe dice que Harold no ha mostrado cambios en los últimos tres días, y que eso es muestra de un estancamiento. Puede estar igual durante meses.

Rachel cerró los ojos con fuerza, apretando el puño contra la sábana de su cama, en un intento por apaciguar el dolor que aquella información le había producido en el pecho. Sabía que eso no solo podían significar meses, sino incluso años. Su padre podía seguir en coma durante el resto de su vida, ajeno a cuanto ella le necesitaba, a todo lo que le había ocurrido a su esposa, a todo el dolor que significaba el mundo real... Había perdido a su madre, pero eso era aún más cruel. Su padre no se había ido, estaba allí, pero era inalcanzable para ella. Aún estando vivo, no la oiría por mucho que le llamase.

- Quería hablarte de algo. Por eso he venido –continuó Dumbledore-.

Ella se obligó a levantar la mirada, y vio que el anciano se paseaba por la pequeña habitación, observando atentamente los libros y apuntes que ella había ido estudiando por su cuenta.

- Usted dirá –dijo con una inexpresiva y ronca voz-.

El hombre tomó un libro de gran tamaño, que resultó ser historia de la magia, y caminó hacia la cama con él en la mano. Se sentó a su lado, y la tendió el libro, que Rachel tomó confusa.

- Todo el mundo te está buscando –la confesó-. Desde el ataque a tus padres, el Ministerio de Magia intenta averiguar tu paradero, pues es evidente que no estabas con ellos en ese momento. Tendremos que decirles que estás aquí, a salvo. No puedo callármelo. El caso es que una vez lo sepan, tomarán varias medidas en vista a tu bienestar. Aunque eres mayor de edad, te consideran incapaz de poder tomar las riendas de tu vida, debido al trauma que has sufrido. Por lo tanto, procederán a nombrarte un tutor que cuide de ti.

- ¿Y a ellos qué les importo? –preguntó la muchacha con rabia-. Cuando estábamos amenazados, nadie del Ministerio hizo nada por ayudarnos. Si usted no hubiera actuado, esto habría pasado muchos meses antes. No les debo nada, y ellos no son nadie para "buscar mi bienestar" ahora.

El anciano la miró con comprensión.

- Estoy de acuerdo contigo querida, pero me temo que eso no quita que es exactamente lo que sucederá. Por ello querría adelantarme a los acontecimientos: una vez fallecida tu madre, tú eres la única heredera del testamento de tu abuelo. No es una gran fortuna, pero suficiente como para que algún indeseable busque sacar beneficio prestándose voluntario a ser tu tutor. Por ello opino, que si yo me ofrezco como tu tutor antes que nadie, tengo muchas posibilidades de que me den la razón. Tú estarías en teoría bajo mi custodia, pero yo te dejaría tomar todas las decisiones con independencia, a no ser que me pidieras lo contrario.

A Rachel la gustó esa idea. Si confiaba en alguien en ese momento, aparte de sus amigos, era en Albus Dumbledore. Era el único mago que había estado allí cuando verdaderamente le habían necesitado, él y su siempre solidaria Orden del Fénix.

- Sí, me parece bien.

- Perfecto –suspiró el director levantándose-. Ahora mismo me pondré en contacto con la Ministra para hacerla ver nuestro acuerdo. Pero hay una cosa más Rachel.

- ¿Más? –preguntó la muchacha haciendo un pequeño puchero. ¿No se daba cuenta que no quería pensar?-.

- Sí, pero es sobre el mismo tema. Me temo que necesito que hagas algo a cambio de este favor.

Así que no iba a ayudarla gratuitamente. Qué mal sonaba eso en un hombre como Dumbledore.

- No pienses mal, mi niña. Jamás volvería a pedirte que hicieras algo como volver a infiltrarte en esa guarida de lobos, y menos en un momento como este. Pero te agradecería, que para demostrar al Ministerio que cuido de tu bienestar y que tu vida sigue su curso con tranquilidad, normalicemos tu situación.

- ¿Normalizar?

- Sí. Hablo de volver al colegio. Ya no tiene sentido ocultarte, pues el peligro que acechaba a tu familia, ya se produjo. Sigo pensando que hay ciertos riesgos dentro de este colegio, pero estoy seguro que no serán tantos como el año pasado, y que tus amigos te ayudarán con cualquier contratiempo. De todas formas, los profesores estarán sobre aviso.

Rachel estaba anonadada.

- ¿Quiere que vuelva a estudiar a Hogwarts? ¿Qué vuelva en público? –preguntó incrédula. Dumbledore asintió con la cabeza-.

- Creo que es lo mejor, y además estoy seguro que te beneficiaría poder moverte a tus anchas y contar con la presencia de tus amigos sin restricciones. No es bueno que te quedes en esta habitación, rumiando el dolor.

No podía creérselo. Llevaba tantos meses deseando eso, que el hecho de que fuera necesario que su madre tuviera que morir y su padre quedar poco menos que como un vegetal para conseguirlo, era cruel. Casi tenía ganas de sonreír, pero aún no era capaz de ello. Por supuesto, aceptó. Ella tampoco se creía capaz de aguantar todo lo ocurrido dentro de esas cuatro paredes.

OO—OO

Lejos de Hogwarts, Gisele acababa de despertar, en la habitación que los padres de Anthony habían preparado para ella. Rodó sobre sí misma, buscando a su novio en el cuarto, pero al no verle por ningún lado, suspiró. A lo largo de la noche había dejado de llorar, pero no la gustaba estar sola. Nunca la había gustado: ella era más de multitudes, de pasar las cosas en compañía. Eso de querer pasar momentos en solitario, como les gustaba a Kate o a Rachel, ella no lo entendía. Más bien, no sabía estar sola, la daba pánico.

Por eso notaba que la habitación se hacía más y más pequeña ahora que no había nadie con ella. Al fin y al cabo, durante esos tres días había tenido a Tony a su lado todo el tiempo, aunque solo fuera abrazándola, tomándola la mano o tumbándose junto a ella. Y cuando no, también habían estado Remus y Rachel a su alrededor, al igual que había sido reconfortante contar con el abrazo de Kate en el funeral... Era, en verdad, la primera vez que estaba sola desde que la habían dicho que sus padres habían muerto, y se estaba dejando llevar por el miedo.

Afortunadamente, la puerta se abrió en ese momento, y la cabeza de su novio apareció por el hueco, comprobando si había despertado. Al asegurarse de que así era, sonrió levemente y abrió completamente la puerta, dejando ver que tras él volaba una bandeja repleta de comida. Gis arrugó la nariz, no tenía ni un poco de hambre.

- Da igual que pongas mala cara, tienes que comer –dijo él adivinando su gesto-. Además, sino lo haces, mi madre me mata a mi –añadió-.

Gis esbozó la primera sonrisa en tres días, aunque esta fue muy breve y apagada, exenta de la luz y alegría características en ella. Se volvió a tumbar sobre la almohada, y Anthony, adivinando de nuevo su estado de ánimo, dejó la bandeja flotando unos centímetros por encima de su escritorio, y fue hacia la cama para tumbarse junto a ella.

Se dejó rodear por sus brazos sin quejarse, y escondió la cara en su cuello, no queriendo enfrentarse al mundo real.

- Es horrible verte así. De todas las personas que conozco, jamás creí que a ti te vería tan hundida.

- ¿Tú no lo estarías? –preguntó apartándose un poco-.

- Sí –aceptó-. Pero preferiría tener que pasar yo por ello.

Así consiguió la segunda sonrisa, esta algo más sincera.

- Lo sé –dijo-.

No estaba feliz por saber que él prefería tener que sufrir en vez de ella, sino la convicción de que Anthony hablaba completamente en serio cuando decía que le dolía verla mal. Era una muestra de que no estaba tan sola como creía. Se inclinó sobre sí misma, y rozó sus labios con los de su novio.

- Gracias por no haberme dejado sola ni un minuto –musitó reposando la cabeza en su huesudo hombro-.

El chico apretó su abrazo, mirando el techo de la habitación; esperando poder ser un buen apoyo para ella.

- Sabes lo que siento por ti.

Nunca había pronunciado las palabras, pero no era necesario. De todas formas, Gisele lo prefería así. Ella no era especialmente romántica, y el hecho de pensar en esa palabra de cuatro letras la ponía la carne de gallina. Era probable que acabara sintiéndolo por Anthony tarde o temprano, pero no quería pensar en ello, ni pensar que él ya lo sentía por ella.

Sin embargo, eso, unido a toda la bondad que había tenido con ella esos días, la hacían creer que le debía algo. Al fin y al cabo había estado pensando en ello últimamente, y ella lo deseaba, y necesitaba sentirse querida. Ya no sólo sentimentalmente, sino también físicamente. Por eso, olvidando el desayuno que no la apetecía en absoluto, se volvió a inclinar sobre sí misma para alcanzar sus labios.

- Necesito que estés conmigo –susurró contra sus labios-.

Anthony se apartó ligeramente para mirarla a la cara.

- Estoy contigo. No me voy a ir a ningún lado –dijo con tono serio, sin pillar el doble sentido de la frase-.

- No. Me refiero a que necesito... estar contigo.

Él no dio más muestras de entender la indirecta, por lo que Gisele, cada vez más convencida de que aquello era lo correcto, le agarró del cuello de la túnica, y tiró de él para sí misma, encontrándose fieramente con sus labios. Anthony la devolvió el beso algo menos emocionado, y más confuso.

- Hagamos el amor –susurró Gisele contra sus labios, cuando se separaron con errática respiración-.

Tony abrió mucho los ojos, y boqueó ligeramente como un pez. Estaba sorprendido, no se esperaba esa propuesta. Sin embargo, una emoción distinta a la de la sorpresa se fue abriendo paso en sus ojos.

OO—OO

Era la hora de comer, y Rachel se sentía extraña caminando con normalidad, y aparente tranquilidad por los pasillos de Hogwarts. Jamás imaginó que el director consiguiera ganarse el favor de la Ministra y que la hiciera volver a su vida anterior en un solo día, pero así era. Dumbledore estaba a su lado, comentándola con tranquilidad que volvería a ocupar su lugar en la habitación de Gryffindor, pues al tener Lily su propia torre seguía habiendo una vacante en cuarto, que los profesores habían sido puestos al corriente de todo y se encargarían de evitarla todas las preocupaciones que pudiese, y que ella misma no debía temer recurrir a sus amigos en caso de necesitarles también.

Ninguno sabía nada aún. No había habido tiempo, pues aún no habían salido de su última clase, y lo siguiente que sabrían de ella era que les esperaba en el Gran Comedor. Seguro que a Remus no le hacía tanta gracia que no le hubieran avisado antes, y la habría gustado contar con la presencia de Gis allí... pero no podía quejarse. Quería volver a esa normalidad desde que el verano anterior les habían aconsejado ocultarse.

- Bien Rachel, yo debo subir a comer a la mesa de los profesores, pero estaré vigilante. No te preocupes, nadie te dirá nadie estando yo en el comedor, y tus amigos no tardarán en llegar –la dijo el anciano con tono tranquilizador-.

Ella asintió mostrando una sonrisa que la costó muchísimo esbozar, pero que pareció bastante creíble. Estaba tan nerviosa que la daba la sensación de que no podría poner una pierna delante de la otra, se sentía torpe. Había pasado tanto tiempo sola, que ver a tanta gente junta la mareó.

Nadie se fijó en ella en primer momento, pues vistiendo el mismo uniforme que los demás con su escudo de Gryffindor, y sus rizos castaños echados hacia atrás con una diadema, pasaba completamente desapercibida. Pero cuando fue avanzando por la mesa de los leones hasta el lugar donde solían sentarse siempre (y esperaba que no lo hubieran cambiado), la dio la sensación de que un par de cabezas se volvían a mirarla.

- ¿Rachel? –preguntó alguien en un susurro-.

Se giró y se encontró a Elizabeth, una chica dos años más joven con la que solía coincidir en la biblioteca. Ella la miraba extrañada, como si no se creyese su presencia, y a ella no la extrañó. Sonrió débilmente y asintió con la cabeza, sin atreverse a hablar en voz alta.

¡No! –gritó una voz a sus espaldas, haciendo que Elizabeth retrocediera el paso que había avanzado para acercarse a ella-.

- Rachel también se echó para atrás, esperándose cualquier cosa, pero no el abrazo que alguien le dio por la espalda. Giró la cabeza, pero solo pudo ver un mechón de cabello rubio. No era el de Grace, eso seguro, así que Rachel se tensó algo temerosa. Pero la persona que la había abrazado se apartó enseguida y la miró con una sonrisa. Al reconocerla, ella también sonrió.

- ¡No puedo creer que hayas vuelto! ¿Dónde has estado?

Era Pearl Morgan, una Ravenclaw de su mismo curso con quien Rachel tenía bastante amistad. Detrás de ella un par de chicas más se acercaron al reconocer a Rachel, y los murmullos por el Gran Comedor comenzaron.

- ¡Pensábamos que te habías ido del país!

- ¿Cómo es que estás aquí?

- ¡Lo único que sabíamos era que no ibas a volver este año! ¿Qué pasó?

Las pocas amigas que Rachel tenía fuera de Gryffindor se congregaron a su alrededor emocionadas, y repartieron besos y abrazos a una muchacha que se preguntaba dónde estaban los que ella estaba esperando. A su alrededor la mayoría de la gente se preocupaba del por qué de ese alboroto. Alguien había vuelto, pero ¿quién?, eso ya no quedaba tan claro.

- ¿Quién decís que ha vuelto?

- Rachel Perkins, de Gryffindor.

- ¿Quién?

Si se hubiera tratado de Gisele Mendes, Lily Evans o Grace Sandler no hubieran hecho falta más explicaciones, pero Rachel nunca había sido popular, y eso la alegraba más que entristecerla. Ella echó la vista hacia la mesa de los profesores, con una mirada de súplica, pero el director pareció opinar que los recibimientos demasiado efusivos y notorios no eran peligrosos.

- ¡Ey! ¿Qué pasa aquí? –escuchó la voz de Lily, y nunca se había alegrado tanto de oírla usar su tono de prefecta-.

Sin embargo la gente siguió cuchicheando sin prestarle mucha atención, por lo que se escuchó a otra voz menos amable.

- ¿Queréis apartaros? ¡Como no me dejéis sentarme en mi sitio voy a enfadarme de verdad!

Y aunque Grace no solía tener tan mal carácter, sí era conocida su excesiva "emoción" en el quidditch, por lo que alguno se echó a un lado. Ellas dos consiguieron llegar hasta Rachel, a la que se quedaron mirando con la boca abierta. Ella intentó sonreírlas con la emoción de como si no las hubiese visto en meses, en vez de sentir un alivio al verlas.

- ¿Qué haces fu...?

Pero Lily le dio un codazo a Grace antes de que terminara la pregunta, adivinando lo que ocurría, y fue a darla un gran abrazo. Rachel aprovechó para esconder la cara entre la espesa melena pelirroja, y la suplicó que dispersara a esas pocas chicas antes de que se pusiera a llorar. Entendiéndolo, Grace se unió al abrazo al tiempo que la premio anual hacía lo prometido, y siendo inmediatamente apartada por una Kate que había llegado algo más tarde.

Detrás venían los chicos, y también James supo comportarse a la altura de las circunstancias, fingiendo no haberla visto en meses. Sirius no necesitaba fingir: él siempre era efusivo con los saludos, sobretodo si era Rachel y la podía poner colorada. Peter, sin embargo, miraba a todos lados nerviosamente, sin entender por qué ella se estaba dejando ver en medio del Gran Comedor, y Remus estaba tan aturdido que solo atinó a darla unas palmaditas en la espalda cuando ella le abrazó.

Algo más calmados, pero sintiendo que eran observados por toda la sala, se sentaron a comer fingiendo tranquilidad. Remus tardó varios minutos en dejar de tartamudear, cosa de la que James y Sirius se burlaron a gusto.

- ¿Qué ocurre entonces? ¿Vas a volver? –preguntó cuando sintió que por fin tenía saliva en la boca-.

Rachel asintió con la cabeza.

- Dumbledore considera que ahora mismo ya no tengo más peligro aquí que en cualquier otro sitio, y pensó que me vendría bien estar ocupada para no pensar en...

Se calló al tiempo que el rostro de su madre invadió su memoria, y la tembló la barbilla, intentando aguantar el llanto. Kate la abrazó con fuerza, y su amiga se dejó consolar, sollozando un poco. Había pasado aún muy poco tiempo, y era doloroso pensar en su madre.

- ¡Ey, vamos! ¡Pensemos en otra cosa! –propuso Grace con rapidez-. ¿Qué os parece si al acabar de comer nos vamos a pasear por los jardines y nos cuentas bien eso de que vuelves?

Dio en el clavo, como bien la indicó Lily con un gesto. Rachel emitió una pequeña pero sincera sonrisa al tiempo que Kate la limpiaba las lágrimas de las mejillas, y Remus se acercaba un poco más a ella. Poder ver el exterior, pasear por los jardines y sentir el aire puro era algo que a Rachel la venía muy bien. Al fin y al cabo, prácticamente había estado tres meses encerrada desde que llegara de su misión a Hogwarts.

- Vamos –insistió Lily-. Por una tarde que no vaya a la biblioteca no pasará nada.

Todos asintieron, pero James y Sirius fruncieron el ceño disconformes.

- Tú no puedes –le reprochó James a Grace-. Sería bueno que entrenara hoy el equipo.

- Por una tarde no pasa nada –insistió la rubia con una sonrisa burlona-.

Sin embargo, tanto Lily como James y Sirius se percataron de que no miró a su amigo en ningún momento, seguramente por estar al lado de Sirius. Llevaba toda la mañana fingiendo que no existía, que ahí no había pasado nada y que la silla de Sirius estaba vacía. Era una actuación tan exagerada, que hasta Kate se había extrañado.

- Slytherin juega este fin de semana contra Ravenclaw y...

Lily le agarró del brazo para impedirle continuar y que la atención recayera en Grace, y en por qué no era capaz de mirar a un lado de la mesa. Remus, fingiendo no haberse dado cuenta tampoco, les miró burlonamente, y se volvió a Rachel con una sonrisa.

- En realidad ellos no quieren que vayamos porque no pueden venir. ¿Sabes que siguen castigados?

Los demás se rieron ante las expresiones ofendidas de los dos amigos, prácticamente hermanos, y Rachel sonrió algo más ampliamente al reconocer ese ambiente tan normal y acostumbrado con sus amigos. Así era todo antes de que las cosas se truncaran, así era su vida en Hogwarts.

OO—OO

Algunos días después, en un lugar algo más sombrío que ese emblemático castillo, un hombre observaba una fotografía a la luz del fuego de la chimenea. La luna apenas brillaba esa noche oscura, y pese a que la ventana de la habitación estaba abierta de par en par, el joven no parecía sentir el frío proveniente de ella.

Seguía allí, recostado en una incómoda silla, enfundado en una túnica negra, y observando atentamente aquella fotografía, en que un muchacho algo gordito e inseguro salía retratado junto a su hermana mayor, con mejor apariencia y mayor seguridad, que parecía querer protegerle de todo. Era ese sentido sobre protector, esa idea de que no sabía cuidarse solo, lo que le había llevado a tomar la iniciativa de seguir su propio camino.

Quería demostrarla, a ella y al mundo, que era más listo y más capaz de lo que le creían. Pero lo cierto es que tampoco quería demostrarlo de ese modo, a costa de la única familia que le quedaba. Lo había intentando todo, todos los medios, todas las tretas, lo había retrasado todo hasta que ya no tenía excusas... Pero el tiempo se acababa, y la única culpable de esa desgracia sería ella, por considerarle de nuevo demasiado débil, por querer de nuevo sobreprotegerle.

Convencido finalmente de que había hecho lo imposible por evitar esa situación, tiró la fotografía al fuego, que la consumió que rapidez, y alargó la mano para tomar su varita de la mesilla. El momento que menos había deseado, estaba por llegar. Se levantó y salió de la habitación, dejando que la puerta se cerrara sola. Esta retumbó con un golpe al mismo tiempo que una ráfaga de aire extinguía el fuego de la chimenea, y una sonrisa femenina se borraba de esa vieja fotografía, dejándole en la nada y en el olvido de años más felices.

OO—OO

- ¡Y Darren Wilson marca! ¡Otro gol de Ravenclaw! Aventajan a Slytherin 90-20 –gritó Sirius por el megáfono mientras que las gradas de los águilas se venían abajo-.

Los Hufflepuffs también lo celebraron, los de Slytherin abuchearon, y en Gryffindor estaban divididos entre lo mal que les caía Derek Rumsfelt, el capitán de Ravenclaw, y su odio histórico por las serpientes.

Grace se decantaba por estar a favor de los Slytherin, o como ella decía para evitar un linchamiento, en contra de Rumsfelt. Dada su trayectoria con el chico, los demás la perdonaban, pero la mayor parte del equipo no podía evitar una inclinación natural contra las serpientes. James en concreto, ya ni sabía qué festejaba ni qué abucheaba, y Lily era la encargada de evitar que cayera grada abajo en un momento de efusividad.

En realidad para los leones lo ideal sería que el partido quedara en empate, cosa casi imposible en quidditch. Si Ravenclaw ganaba por goleada, como bien parecía que harían, se colocarían por delante de ellos en la clasificación, aventajándoles, mínimo, en 40 puntos. Pero para Slytherin apenas comenzaba la temporada, y el próximo partido, que era el de Hufflepuff, podrían ganarle con mucha facilidad, lo que hacía que tampoco les compensara su victoria.

Hufflepuff había sido el último campeón de la copa, pero la mayor parte del equipo era de último año, por lo que ya habían salido de Hogwarts y se había desintegrado prácticamente. Ese año no tendrían muchas posibilidades, ya se consideraba la liga como si fuera jugada solo por tres.

- Amanda Tyler lleva el balón, ¡no! ¡Darren Wilson intercede! Se la pasa a Ford, Ford a Tyler, vuelve a Ford. Los Slytherins no saben ya ni dónde está la quaffle, Hinkes se pone de mal humor –se rió Sirius disfrutando de los mosqueos de ambos equipos, sobretodo de sus capitanes-. Wichman lanza una bludger, que le da a Wilson. Rumsfelt la aprovecha para desestabilizar a Hinkes... ¡Pero Slytherin recupera la quaffle!

Rachel miraba todo el estadio, con las bufandas verdes y azules agitándose con fuerza, mientras que el equipo de Gryffindor llevaba las suyas rojas para imponer. Sentía como si no hubiera visto nunca un partido de quidditch con claridad. Esos días en que por fin había podido volver a pasearse por Hogwarts con tranquilidad habían sido todo un redescubrimiento para ella. Ahora veía belleza en todo lo relacionado con el castillo, incluida la cara enfadada de Samantha Hinkes (que era más fea que la normal).

Por supuesto había habido momentos desagradables, como cuando, volviendo del cuarto de baño, se había encontrado de frente con Avery y este le había preguntado entre risas qué tal estaba Richard, y la había dicho que le diera recuerdos cuando le viera. Pero había sido un incidente menor, y Lily se había encargado de ello antes de llegar a mayores y que los chicos se enteraran. Además, McGonagall la había dicho que Gisele por fin volvería al colegio, y ella estaba deseando volver a ver a su mejor amiga y que ella supiera que había vuelto.

- ¡Gol de Slytherin! ¡Hinkes marca y deja el marcador 90-40 a favor de Ravenclaw! –gritó Sirius sacándola de sus pensamientos-.

Las bufandas verdes se agitaron con más fuerza, y James abucheó tan alto que Remus y Peter tuvieron que taparse los oídos. Afortunadamente a Lily debió parecerla más tierno que infantil, porque sonrió negando con la cabeza y no dijo nada.

De repente el estadio se quedó en silencio cuando Mike Jones, el buscador de Ravenclaw, y Regulus Black, el de Slytherin, arrancaron a velocidad de vértigo, uno desde cada lado del campo. Mike llevaba ventaja, por lo que Regulus apretó los tobillos contra el palo de la escoba, lo sujetó con más fuerza, y entrecerró los ojos.

Podía ver la melena rubia del muchacho agitarse al viento por delante de él, cada vez más cerca, pero su atención estaba en la pequeña pelota dorada que no perdía de vista en ningún momento. Poco a poco se fue poniendo a la par que él, incluso llegó a adelantarle antes de que el Ravenclaw volviera a acelerar. Ambos alargaron la mano, estaban igual de cerca, todo dependía del giro que diera la snitch en ese momento y...

- ¡Slytherin gana! –anunció Sirius, frunciendo un poco el ceño, pero con la profesora McGonagall demasiado cerca para hacer ningún comentario. Aún estaba enfadada con él y James, por lo que había sido un partido aburrido-. Regulus Black ha cogido la snitch.

Era raro e incómodo pronunciar ese nombre seguido de su propio apellido. Ese último año había insistido, una y otra vez, que ya no le quedaba nada de esa familia, de ninguno. Pero no sólo seguían compartiendo sangre, sino también apellido. De hecho, cada vez que debía mencionar a Regulus por megafonía, le daba la sensación de que todo el mundo le observaba de manera distinta, aunque eso no fuese cierto.

Por su parte, Regulus había bajado al terreno al ver acercarse a Wichman, e hizo bien, pues este decidió que era divertido aterrizar sobre él para celebrar la victoria. Habían sufrido, pero habían ganado. Poco después sintió la llegada de los demás miembros del equipo. Hinkes, la capitana, le dio un golpe en la espalda para felicitarle, dejándole casi sin respiración. Esa chica tenía más fuerza que la mayoría de los chicos que conocía. Amanda Tyler decidió ser más señorita y le dio un beso en la mejilla, consiguiendo que se pusiera colorado.

Al instante sintió que le elevaban del suelo, y es que el resto de las serpientes había saltado al campo y se disponían a mantear a su buscador/salvador. A hombros le sacaron del campo, cantando una canción que no llegaba a escuchar. De lejos vio que los ravenclaws abandonaban el terreno de juego con los hombros caídos, y cómo las gradas se iban vaciando muy poco a poco.

De entre la multitud dividida en verde y azul, distinguió un grupo en color rojo, y supo que era el equipo de Gryffindor. Seguramente Sadie estaría entre ellos, aunque fuera a regañadientes. Todo el mundo sabía que Potter les obligaba a presenciar juntos los demás partidos para después estudiar las tácticas. Supo que ese era el momento en que podría hablar con su amiga, pues días atrás ella había estado demasiado ocupada con el resto de sus amigos, debido a la repentina reaparición de Rachel Perkins. Él no sabía mucho del tema, y aunque algunos compañeros de casa creían que era digno de investigarse, él ya tenía bastantes problemas con su familia.

No supo cómo lo hizo, pero unos minutos después había conseguido que le bajaran de los hombros, y consiguió perderse entre sus compañeros, después de repartir unos cuantos abrazos más. Sabía que tenía que agradecerle el apoyo que le había ofrecido en ese momento de debilidad. Otra persona le habría dado la lata después con cómo se encontraba, pero ella le dejó su espacio, dejó que se recompusiera, y en ningún momento le recordó que se había desmoronado. Eso indicaba que le conocía bien, que le comprendía. Seguramente el único que lo haría, aparte de ella, sería Sirius, tiempo atrás. Grace, con todo lo que podía conocerle, habría sido bastante agobiante, pues no acababa de comprender que su forma de ser era muy distinta a la de su hermano.

Quizá Sadie había tenido la misma idea que él, o quizá adivinó sus intenciones, pero pareciera que le estaba esperando. Detrás de ella vio a Grace arrastrar a una de las chicas del equipo, la enana y fea, siendo seguida por el resto de ese grupo, y le pareció que Sirius parecía intentar hablar con ella. Regulus pensó que esos dos llevaban un tiempo comportándose de forma extraña; habían pasado de ignorarse, a que ya les había visto varias veces hablando cordialmente. Dos años atrás, eso le habría enfadado, pero extrañamente ya no le importaba en absoluto.

Sadie también se acercó a él, sonriendo sólo levemente, pero Regulus, que la conocía ya bien, supo que estaba de buen humor.

- Felicidades, héroe –se burló con una sonrisa irónica-.

Él lo ignoró y contraatacó.

- Debes estar enfadada, ¿eh? –dijo-.

Sadie no lo entendió, pues frunció el ceño confusa.

- ¿Por qué lo dices?

Él se encogió de hombros.

- Bueno, ahora que hemos ganado nos tenéis como un serio rival además de los Ravenclaw. Hemos puesto a vuestro equipo en aprietos, ¿no?

Al contrario de lo que habrían hecho Sirius o Grace en su lugar, pero exactamente como él pensaba, Sadie sonrió divertida.

- Será por lo que a mi me importa el quidditch –dijo con una pequeña risa-.

Escuchándola, le parecía increíble que tiempo atrás le pareciera tan extraño oírla reír, o que creyera que su sonrisa daba escalofríos. Era completamente absurdo. Bromear con Sadie, ver su sentido del humor tan extraño y bizarro, pero tan comprensivo para él, era lo más normal que tenía en su vida. Lo raro, lo que ya no parecía encajar tanto eran las conversaciones que oía alrededor sobre pureza de sangre. Eso no tenía mucho significado para él, metido en la burbuja que era su amistad con ella.

- ¿Te han vuelto a escribir de tu casa? –estaba tan concentrado pensando en el sonido de su risa que aquella pregunta le tomó por sorpresa, ensombreciéndole el rostro-.

- Sí –contestó seriamente. Sadie también había perdido su sonrisa-. La cosa sigue igual, ya sabes.

La enfermedad de su padre, fuera cual fuera, pues aún los sanadores no se habían puesto de acuerdo, parecía estancada. Regularmente, quisiera o no, su madre le enviaba sus partes médicos, recordándole lo orgullosos que debía hacerlos sentir, especialmente a su padre, que parecía tan enfermo. Él no se daba cuenta, pero la manipulación de Walburga Black llegaba hasta límite insospechados.

Regulus y Sadie se quedaron mirándose en silencio. Él aún procesando todo, y ella dándole su espacio. No sabía por qué, algo la decía que esperara a que él hablara, que no forzara la conversación. Pasaron varios minutos en que la gente se fue retirando a su alrededor, pero ellos no se hablaban. Finalmente, Regulus sonrió.

- Aún no te he agradecido el apoyo del otro día –susurró en voz baja, como si así fuera menos humillante admitir que ese día había tenido un bajón-.

- No tienes por qué agradecérmelo –le dijo ella con calma-. Tú harías lo mismo por mi, ¿no?

Y era cierto. En cierto modo lo había hecho. Ella no necesitaba hablar de sus problemas, como le sucedía a Regulus, cuyo obstáculo era que hasta entonces no había tenido con quién hablar. Ella superaba sus problemas pensando en otra cosa, distrayéndose. Y eso era lo que Regulus había hecho por ella, pasar tiempo a su lado, hacerla pensar en otras cosas. Los problemas de su padre tenían otra importancia si Regulus estaba cerca.

Reconocía que había preferido darle un espacio después de presenciar su debilidad, pero no habría querido dejar pasar tantos días desde entonces. Pero entonces Rachel volvió al colegio, con la dificultad de integración y costumbre que eso tenía. Y ella, por alguna razón, se sentía más unida a esa chica que a las demás, quizá porque la vida de ambas cambió el mismo día y por el mismo tema, pero ella había querido estar ahí, y Rachel la había querido tener cerca.

Eso había hecho que se olvidase momentáneamente de Regulus, pero ya no podía ser así. Había visto algo en sus ojos, al sacar el tema de su casa, que no la había gustado. Tenía que estar pendiente de él, un instinto se lo decía, como mínimo la amistad que había entre ambos.

OO—OO

Poco antes, cuando la gente comenzó a dispersarse, Sirius creyó que el momento que llevaba días esperando había llegado cuando Kate agarró del brazo a Rachel, y se fueron juntas hacia el castillo, olvidándose de él. Grace no estaba lejos, y ya le había ignorado bastante. Aquello lo tenían que hablar, quisiese ella o no.

Dejó a Remus con la palabra en la boca, que estaba contándoles algo a Peter, James, Lily y a él, pero que no había escuchado en ningún momento. La vio hablar en voz baja con Sarah, la guardiana del equipo, y de vez en cuando murmurar cosas con Josh, Allan y Nicole, que estaban con ellas. Era evidente que comentaban el partido y pensaban en el resultado, y en cómo les afectaría. Pero si James se había dado una pausa durante ese día (obligado por Lily), Grace también podría. Tenía que escucharle.

- Oye Grace, ¿puedo hablar contigo de una cosa?

Lo más incómodo del mundo cuando quieres ser discreto, es obligarte a llamar a alguien delante de un grupo de personas y que, de repente, todos lo consideren de lo más interesante. Allan le saludó con una sonrisa socarrona que, aunque no tuviera nada qu ver con lo que él pensaba, le dieron ganas de borrarle de un puñetazo. Josh alzó las cejas, queriendo saber el motivo, al igual que Nicole que, con poca discreción, se movió más cerca para poder escuchar. Sarah era la más peligrosa, había visto la expresión de Grace, que aún no se había dado la vuelta al reconocer su voz, y les miraba a ambos alternativamente, presintiendo que ahí había gato encerrado.

Grace inspiró hondo antes de enfrentarle con una expresión tranquila y relajada. O al menos eso parecía, porque él supo que la sonrisa no había llegado a sus ojos. Intentó parecer desinteresada cuando dijo:

- ¿Ahora? Lo siento Sirius, pero tenemos que comentar en equipo sobre lo que ha pasado hoy. En otro momento hablamos, ¿vale?

Solo Sarah lo encontró raro, y Sirius frunció el ceño al saberse ignorado. No podía consentir eso, y más cuando había tenido una inusual paciencia de varios días, fomentada por su propia confusión y lo que le había costado tomar una determinación. Pero quería hablar con ella, y hacerla saber que lo ocurrido no había sido para él nada puntual, y que pensaba dejar a Kate. Quería ver su reacción al darla la noticia, y saber así si podría dar un paso más, o no.

- En realidad es urgente. ¿Podrías...?

- Es más importante esto –le contestó con voz demasiado dura para pretender estar indiferente-.

Sarah no sabía qué ocurría, pero supo que Grace necesitaba salir de ese momento. Aquello la recordó a cuando, meses atrás, su amiga la utilizó para librarse de Rumsfelt cuando él intentaba hablar con ella para solucionar sus problemas de pareja. Sin encontrarle sentido a esta conexión que había hecho su mente, intervino.

- Lo siento Black, pero es que esto es muy urgente. Se me acaba de ocurrir algo que... –al no saber cómo continuar, agarró del brazo a Nicole, y tiró de ella hasta que Grace, la muchacha y ella estuvieron casi pegadas-. Vamos chicos, tenemos que irnos.

- Pero... –protestó Sirius-. Vamos, no me seáis teatreros. James no parece preocupado.

Los únicos que dieron muestras de haberle oído fueron Allan y Nicole, quienes se giraron a mirarle mientras sus compañeros les arrastraban lejos. Allan fue a decir algo, pero Grace le empujó hacia delante, y Nicole solo pudo evitar tropezar al tiempo que era arrastrada por Sarah.

Ahora estaba enfadado. ¡Las chicas siempre se unían en causa común! Con la idea metida en la cabeza, y ya dándole igual que todo el mundo lo viera, se propuso llegar hasta Grace y arrastrarla a la fuerza para hablar con ella. Pero cuando solo había dado dos zancadas, alguien le cogió del brazo y pasó la mano por su hombros, abrazándole con camaradería. Al girarse vio el pequeño rostro de Lily, mirándole con una sonrisa que no se creía. Estuvo a punto de sacudirse de ella, pero seguro que James, cogido del otro brazo de la chica, le habría pegado un puñetazo.

Ella, que había visto toda la jugada, se apresuró a intervenir. Si fuera por ella, esos dos no tendrían más conversaciones peligrosas. Grace parecía haberlo entendido, pero Sirius no, al igual que le había visto ignorar a Kate más de lo acostumbrado. No sabía cómo podría sacar el tema, pero tenía que convencerle de que siguiera con su novia y se olvidara de Grace. Lo hacía por su bien y por el de su mejor amiga, no tenía otro interés. Simplemente sabía que, viendo sus antecedentes, y conociendo su forma de ser, esos dos no podrían formar juntos nada bueno. Sirius siempre estaría mejor con la tranquila y comprensiva Kate, y Grace necesitaba encontrar a alguien así, aunque fuese casi imposible encontrar a un hombre de esas características y que no fuese Remus Lupin.

- Te he visto hoy soso, ¿eh Sirius? –le dijo con una sonrisa, intentando cambiar el rumbo de sus pensamiento-. ¿Qué ha pasado con esa lengua incontenible?

- McGonagall la tiene castigada –rumió el muchacho en voz baja ganándose una risa de su amiga-.

James no se rió con ella, y eso extrañó a Lily, que se giró hacia él sin soltar el hombro de Sirius, aunque se le cansase el brazo de tenerle tan en alto.

- ¿Qué te pasa, James? ¿Estás enfadado porque no te he dejado ir con el equipo? Sabes que este mes no eres capitán, y que si McGonagall se entera de que Grace te deja hacer trampas...

Pero su novio más que enfadado, parecía observar algo bastante entretenido. Lily siguió su mirada y se encontró mirando a la preciosa veela con quien su chico parecía haber tramado tanta amistad.

- ¿Qué la miras? –preguntó algo mosqueada, ganándose también la atención de Sirius, quien estuvo a punto de soltar un chiste que no habría hecho gracia a la pelirroja-.

- ¿Qué?

James pareció despertar de un momento de concentración, y al ver que le había pillado, sonrió divertido, señalando a Cynthia con la barbilla.

- ¿No veis cómo se ha integrado de repente? Hace un par de semanas no encajaba con nadie de Slytherin, y ahora miradla cómo celebra su victoria.

No estaba enfadado, más bien le hacía gracia ver a la preciosa muchacha enarbolando una bufanda verde con el símbolo de la victoria, y reírse junto a otras chicas de sexto de Slytherin. Era la casa enemiga, pero la había visto pasarlo tan mal que se alegraba de que por fin se integrase en el lugar que la había tocado.

De repente se dio cuenta de la tensión que había en el cuerpo de Lily, y se giró para verla fruncir el ceño en dirección a Cynthia. Su expresión de celos era tan evidente que estuvo a punto de reír, pero prefirió darla un beso por sorpresa para quitarla ideas tontas de la cabeza. La pelirroja le sonrió con dulzura, olvidándose del incidente, y agarró a sus dos chicos del brazo.

- Venga, no me seáis sosos e invitadme a algo en Hogsmeade con ese gran mapa que tenéis.

Sirius sonrió divertido y miró a su mejor amigo.

- ¿Se lo has contado todo, eh? –afirmó más que preguntó. Después les sonrió a ambos-. Id vosotros solitos, que no quiero estropeaos una cita.

James parecía conforme, pero Lily negó con la cabeza, temiendo que aprovechara su ausencia y volviera a buscar a Grace.

- Oh vamos, no me privéis de contar con la compañía de los dos chicos más guapos de Hogwarts. Vamos a las Tres Escobas a tomar unas cervezas de mantequilla. Invito yo.

OO—OO

Esa noche la luna estaba prácticamente escondida por un manto de nubes. Era una noche oscura, donde los magos debían extremar las precauciones debido a otros que podrían aprovecharse de las sombras. La entrada al Ministerio de Magia parecía macabra, bañada en sombras, y el ambiente silencioso, roto solo por los hechizos defensivos que atravesaban la puerta cada veinte segundos. Era prácticamente una fortaleza impenetrable, los aurores lo habían hecho así.

Pero era de madrugada, y el lugar estaba prácticamente vacío. Solo en algunos departamentos aislados quedaba algún trabajador adelantando trabajo, encargándose de urgencia de última hora, o de guardia. Alice Longbottom era de este último tipo. Debía estarse recorriendo el edificio hasta las diez de la mañana, cuando llegara el relevo y podría marcharse. Debido a que ella estaba allí, su marido, Frank, aprovechó que el departamento parecía a punto de caerse de tanto papeleo, y decidió ordenar un poco esa noche, aprovechando para hacer compañía a su esposa. Ella pasaba cada cierto tiempo a verle, o a obsequiarle con una taza de café que acababa de recoger para sí misma. Pero la mayor parte del tiempo estaba solo en el departamento, enterrado en papeles de casos viejos y nuevos.

Cansado, bostezó sin disimulo, y se removió el pelo, ofreciéndose a sí mismo un masaje capilar para relajar sus músculos cansados. Dejó tirada la pluma encima del último documento que revisaba, y se inclinó hacia atrás en la incómoda silla. Menos mal que la Ministra les tenía considerados como "el pilar de nuestra sociedad", porque de no ser así Frank suponía que el departamento de aurores tendría mobiliario de hace cincuenta años, y no de veinte como era el caso. Estaba convencido que su abuela había tenido muebles más cómodos en su pulcro e incómodo hogar.

Movió el cuello en varios direcciones, relajándolo, y su mente volvió al mismo tema de los últimos días. Cada vez que se relajaba y dejaba de pensar en el trabajo y en las misiones de la Orden, aquello volvía. Sabía que lo que había olvidado era algo de suma importancia, y que sino lo recordaba pronto, más cosas horribles pasarían.

Le habían hecho un obliviate, era evidente. Sabiéndolo, había intentado forzar su mente en varias ocasiones para sacar ese recuerdo, pero sólo conseguía un dolor de cabeza. Era más sencillo cuando se realizaba de forma externa, pero al pedirle a Alice que practicara con él la Legeremancia, ella se había negado tajantemente, temiendo dañar su mente de algún modo. Sabía también que sería inútil pedírselo a cualquier otro compañero, pues su esposa les había prohibido a todos hacerlo, incluido a Dumbledore y Moody. Nadie entendía que no le importaba tanto dañar su mente, pues acabaría volviéndose loco igualmente sino recordaba.

Movido por otro instante de cabezonería, Frank cerró los ojos con fuerza, y volvió a forzarse mentalmente. Todo el cuerpo se le puso en tensión, la cabeza le dolió horrores, y en su memoria solo había un negro absoluto.

Frustrado, dio un puñetazo a la mesa, y dejó caer la cabeza sobre ella. Se sentía impotente, como si fuese a ocurrir una tragedia y él fuese el único culpable. De repente le llegó. Algo que no había visto hasta entonces de ese día.

Tuvo una clara imagen de sí mismo luchando contra un encapuchado, como había hecho cientos de veces, pero sabiendo que el lugar era aquel. Estaba justo enfrente del Caldero Chorreante, moviéndose en círculos en una lucha bastante igualada, y notando el ambiente tenso, los gritos de dolor, el olor de la sangre, la frialdad de la muerte... Ese día habían muerto una treintena de personas, y de sólo pensarlo algo le recorría el estómago de arriba abajo. Pero recordó más. Estaba furioso, quería desenmascarar a ese bastardo, a todos ellos, y llevarles en un viaje sin vuelta a Azkaban, a que se pudrieran allí. Cuando consiguió frenar por un segundo de más los ataques, realizó un complicado movimiento de muñeca, y el hechizo dio de lleno en la cara de su adversario, rasgándose su máscara y dejando libre su identidad...

¡Pero no podía recordar esa maldita cara! El recuerdo se acababa ahí, y entonces supo que eso era lo importante. Era la identidad de alguien, alguien estuvo allí, a punto de matarle, que quería ocultar su rostro como fuera. Eso era porque era importante que no se le relacionara con los mortífagos... un traidor..., pero ¿quién?

Un ruido al fondo del departamento le asustó, y se puso en guardia, en tensión como estaba. La varita estaba junto a él en la mesa, y apuntó hacia la oscuridad, antes de que la pequeña figura de su esposa le tranquilizara.

- ¿Pretendías hechizarme? –preguntó ella de forma juguetona, tendiéndole otra taza de café-.

Frank olvidó momentáneamente sus pensamientos al disfrutar de su sonrisa.

- Estoy cansado y... estaba intentando recordar. Creo que se qué es lo que se me escapa, pero...

Alice se acercó a él, posó su taza encima del escritorio, y le amasó los cabellos con gesto tierno, mientras le miraba preocupada.

- ¿Qué crees que es?

- Alguien. Lo importante es una persona, cuando recuerde su cara, todo se resolverá.

Estaba frustrado y agotado, por lo que dejó caer la cabeza en el regazo de su esposa, que le prodigó su habitual dulzura.

- Vete a casa –propuso Alice. Al ver que él protestaba, insistió-. En serio, descansa. Mañana, con la mente más clara, inténtalo de nuevo. Yo te ayudaré, y juntos lo averiguaremos, no te preocupes.

Finalmente tuvo que reconocer que ella tenía razón, y apagó la vela que alumbraba su trabajo. Ella le acompañó hasta las chimeneas desactivadas, y se despidió de su esposa con un beso cariñoso, activando una chimenea, y diciendo su dirección, llegando a casa de inmediato.

Mientras se preparaba para dormir, no era el posible traidor el que ocupaba su mente, sino Alice. Su Alice. Era irónico cómo funcionaba la vida. Si con quince años, a él, prefecto popular y extrovertido de Gryffindor, le habrían dicho que acabaría enamorándose de su mejor amiga, tímida y estudiosa, la única en quien no se había fijado, la única que siempre estaba ahí, no lo habría creído jamás. Y ahora ella era su vida. Que irónicas eran las cosas a veces.

OO—OO

Al día siguiente, en Dartford (ciudad del condado de Kent) las nubes que habían oscurecido la noche habían dado paso a una lluvia espesa e interminable. El cielo estaba completamente encapotado, y el ruido de las gotas cayendo sobre el cemento resonaba con fuerza en el patio de aquella casa sumida en el silencio. Era el hogar de uno de los miembros de la Orden del Fénix, Andrea Divon. Ella y su esposo estaban comiendo en silencio, después de que la pequeña de la casa acabase rendida en una inusual siesta provocada por el soporífero tiempo.

Andrea no podía dejar de darle vueltas al tema de las cajas. Desde que supo que Tomás había muerto, y cómo, era su obsesión. No le preocupaba tanto morir, como el hecho de dejar sola a su hija de cuatro años, o que a ella y a su marido pudiera pasarles algo. Tenía que hacer algo, pero ¿qué? Había pensado mil veces cambiar la localización de su caja azul, pero tras recordar la imagen que presentaba Tomás en el brazo, pensaba que era inútil. De una forma u otra, tenían métodos para averiguar la verdad exacta, por lo que su prioridad era que no dieran con ella, y así no localizarían la caja.

Había hablado con Adam y, extrañamente, se habían puesto de acuerdo en algo. Lo mejor sería desaparecer durante un tiempo. Dumbledore estuvo de acuerdo, y se apresuró a indicarles que podían abandonar el país, y se ofreció a presentarles a amigos en el extranjero para que les ayudaran. Para Adam era fácil, todo era cuestión de avisar a su hermano, y podría irse. Pero ella no. Por mucho que dejase su trabajo temporalmente, no podía pedirle a Alec que también lo hiciera sin motivo. Y tampoco podía llevarse a Brooke, apartarla de sus tíos, sus primos y sus abuelos, sin explicar más. Si al menos contara con la bendición de su marido...

Había pensado en ello toda la noche, y supo que era ese momento o nunca. Ambos habían tenido una comida inusualmente silenciosa. Alec no era un hombre que se prodigara en palabras, pero siempre habían encontrado de qué hablar, y ese ambiente le sorprendió. Fue Andrea, como siempre, quien lo rompió.

- ¿Sabes? El Profeta informaba hoy de que han matado a ocho magos cerca de aquí –comenzó empezando su plan-.

- Lo sé –afirmó él, asintiendo con la cabeza-. A apenas diez kilómetros. Ha sido de madrugada, les pillo durmiendo en casa y...

No terminó la frase, pero ambos sabían el final de aquel episodio. Era horrible, pero era la baza con la que contaba la mujer.

- Últimamente están teniendo lugar ataques muy extraños. Más de lo común. No lo sé, temo que sea el inicio de algo peor...

- ¿Peor que esto? –exclamó él sorprendido, señalando el periódico-. Llevamos siete años de guerra, y ha habido decenas de muertos, tanto magos como muggles. No sé cómo puede empeorar esto...

Andrea tragó en seco, pensando lo mismo, pero siguió adelante.

- Alice me comentó un día. Ella opina que se avecinan tiempos muy oscuros. Quien-tú-Sabes está tomando mucho más poder, se está aliando con criaturas que antes le despreciaban como a cualquier mago... Alice sabe lo que hay de verdad, recuerda que es auror, ella tiene información de primera mano. Si ella está asustada...

- Andy, si tu intención era inquietarme, déjame decirte que esto era innecesario. Te recuerdo que soy yo el que está más preocupado por esto. Tú siempre te lo has tomado más a la ligera, ¿y ahora por fin ves venir el peligro?

Era una pequeña recriminación, pero no porque estuviera enfadado, sino porque era cierto que ella se había arriesgado más de lo que debía. Ahora lo veía. No podía actuar como Alice, o como lo había hecho Ethan en su momento. Ellos eran jóvenes y no tenían una familia a su cargo. Debía haber dejado de jugar a la guerra mucho antes, y no ahora que estaba realmente asustada por su vida, y por la de su marido e hija.

- Hablé con Dumbledore, y cree que los de la Orden quizá deberíamos irnos una temporada. Unos meses quizá, hasta que se tranquilice esta ola de violencia que ha aumentado tanto.

- Me alegro de la opinión del viejo –contestó su marido irónicamente-. Pero pese a que él siempre ha hecho lo que le ha venido en gana, hay otros que no podemos permitírnoslo.

- Está dispuesto a ayudarnos todo lo posible –insistió ella-. Tiene amistades por todo el mundo que podrían ayudarnos. Sólo tendríamos que decir a dónde nos vamos y cuándo...

- Andrea, no puedo dejar mi trabajo. ¿Acaso crees que el dinero crece en las fuentes? No podremos mantenernos, y no tenemos edad ni circunstancias para llevar una vida nómada. Piensa en Brooke.

- ¡Eso estoy haciendo Alec! No quiero que ella crezca en un mundo así, no quiero temer todas las mañanas al ir a despertarla por si estará allí o no, no quiero que le pase nada a ninguno de los dos y ella tenga que vivirlo... Sé que el dinero es un problema, pero aunque lo consideres un viejo egoísta, Dumbledore también ha pensado en ello, y está dispuesto a echarnos una mano. –suspiró, maldiciéndose porque el miedo que sentía había salido de su cuerpo en forma de lágrimas. Se las secó con torpeza, y miró a su marido suplicante-. Si no lo haces por mi, hazlo por la niña. ¿Crees que este es un mundo para ella?

Ambos dirigieron la mirada hacia el sofá dónde había caído agotada la pequeña, y dónde se encontraba suspirando con fuerza, con sus oscuros cabellos castaños esparcidos por su mejilla. Andrea tuvo más ganas de llorar, pero las aguantó, y a Alec se le enterneció el corazón.

Sin sospechar el temor de su esposa, y dejándose llevar por palabras por el bien de su hija, suspiró con fuerza, y alargó su mano para apretar la de su cónyuge.

- Tienes razón. Dile a Dumbledore que aceptamos, y prepara todo para irnos mañana. Esta misma tarde informaré de mi renuncia.

OO—OO

En un momento del día siguiente, Lily azotó la entrada de la Torre con fuerza, enfadada. Segundos después, la puerta volvió a abrirse para dar paso a James, que la miró suspirando con paciencia. Cuando su adorada pelirroja sacaba el carácter, era conveniente poner tierra de por medio. Pero él no era un cobarde, y se quedaría allí, a su lado, como llevaba toda la tarde desde que había salido de su castigo. Al fin y al cabo no pagaría su furia con él, ¿no?

- Lily –la llamó con suavidad, recibiendo dagas verdes de sus preciosos ojos, antes de que ella lanzara un cojín al fondo de la habitación-. Lily, porque sé que Sirius no te gusta ni un poco, que sino me preocuparía por tu reciente necesidad de acosarle.

La pelirroja le volvió a fulminar con la mirada, y se dejó caer con rabia en el sofá.

- ¿Dónde se habrá metido ese capullo de Black? Para lo grande que es se escabulle muy fácilmente –musitó entre dientes para sí misma-.

James se sentó a su lado, mirándola extrañado mientras rumiaba en voz alta.

- En serio me estás acojonando. ¿Tú quieres estar conmigo, no? –lo dijo en broma, pero un tono extraño salió de su voz al pensar que verdaderamente Lily había estado muy pesada con su amigo los últimos días-. Oye, sé que Padfood no es feo del todo, si que es que te gustan esas bellezas tan evidentes, pero créeme, conmigo encajas mejor. Yo tengo más paciencia y soy más...

- James, ¿quieres dejar de decir estupideces? –replicó su novia en tono seco-.

Estupendo, le había mandado callar, con la rabia que eso le daba, y encima no había conseguido hacerla sonreír, que era su objetivo. Sí que estaba enfadada. ¿Qué podía ser? Por Padfood era imposible, vamos que tampoco es como si su amigo le importase tanto. Debía estar enfadada por otra cosa previamente. En clase todo iba bien, de hecho Slughorn había vuelto a babear sobre ella esa misma tarde. Viejo verde... Y él no había hecho nada. De eso estaba segurísimo. Se había portado ejemplarmente esos últimos días; de hecho, casi no se reconocía, y hasta Remus se estaba empezando a aburrir de tanta tranquilidad.

- ¿Qué es lo que te enfada? –preguntó confuso-. No puede ser que estés así porque Sirius se haya marchado...

- ¡Claro que sí! Si no le vigilo igual va a...

Pero se calló de golpe, y James la miró aún más extrañado. Si es que Lily a veces era... Ella no sabía qué decir y qué no. ¿Qué le habría contado Sirius? Ella no había hablado ni con Remus ni con él sobre lo que Grace la había contado, porque prefería hacer como si en realidad no hubiera pasada nada, ya que sino Sirius podía morir, y ella iría a Azkaban. Miró de reojo a su novio algo insegura, ¿y si el mendrugo de su amigo no había abierto la boca? No quería contárselo a James, pues estaba segura que si Sirius decía que quería dejar a Kate, él le apoyaría, y aquella era una idea horrible.

Si eso pasaba, Grace, inevitablemente y por mucho que ella le pusiera los pies sobre el suelo, se ilusionaría, y aquello podía acabar como el rosario de la aurora. Además, estaba la pobre Kate, que no tenía la culpa de nada.

- Mira James –intentó explicarse-. Sé que es tu mejor amigo y le aprecias, pero a veces hace cosas y toma ciertas decisiones muy equivocadas que pueden crear mucho dolor a terceras personas y...

Se mordió la lengua. Se estaba perdiendo, y la cara de James indicaba que no había entendido nada.

- Es que... –comenzó de nuevo-. No sé si el cenutrio de tu amigo te lo ha contado, pero hace unos días...

- ¿Qué él y Grace se liaron? –preguntó James intentando ayudarla a llegar al cenit de la cuestión-.

Lily se quedó de repente muda al ver que él sabía desde el primer momento de qué hablaban, y aún así seguía con expresión confusa. Es más, si ya sabía todo lo ocurrido con sus dos amigos, ¿por qué no la había comentado nada? Grace podía no haberla contado nada, y ella habría permanecido ignorante sin que James hiciese nada al respecto.

- ¿Ya lo sabías? –preguntó frunciendo el ceño-. ¿Y se puede saber por qué no me lo dijiste?

James tuvo que echarse hacia atrás por la mirada de fuego que le lanzó su novia, y de repente se encontró más confuso que antes.

- Tú también lo sabías y no me habías dicho nada –dijo con evidencia-.

- ¡Es distinto!

- ¿En qué?

Sin saber qué contestar, Lily suspiró con fuerza, y le miró a los ojos.

- Entonces si ya lo sabes, no tiene que extrañarte que siga tanto a Sirius últimamente. No hace más que intentar hablar con Grace y ella quiere evitarle. Si no le freno los pies, aquello se acabará volviendo un acoso.

James se abstuvo de responderla que mayor acoso era el que ejercía ella sobre su mejor amigo, y aunque entendía por fin cuál era el motivo de su enfado, no comprendía por qué lo era.

- ¿Y por qué no iban a hablar? Son mayorcitos, déjales –dijo encogiéndose de hombros-.

Lily le fulminó con la mirada.

- ¿Crees que no he notado la poca atención que le presta a Kate desde hace unos días? La última vez les instamos a hablarlo, pero Sirius seguía igual con Kate. ¿Y qué hemos conseguido? Que vuelva a pasar. No, mejor que se mantengan separados.

- Lily no puedes ser tan mandona... –ante una posible venganza de su novia por su poca acertada elección de palabras, cambió el rumbo de la conversación-. Mira, he hablado con él, y Sirius va a dejar a Kate. Se ha dado cuenta de que si quiere estar con Grace, es porque no está lo suficiente por su novia y no es justo para ella. Solo trata de hacer las cosas bien. Es la actitud más madura que Remus y yo hemos visto en él, no lo estropees.

Lo cierto es que la pelirroja se quedó algo anonadada por esa explicación, pero agitando la cabeza, se empecinó en su teoría.

- Tú sabes que en caso de que pase algo entre Sirius y Grace, no va a durar mucho. Esos dos son demasiado iguales, y sólo servirá para estropearlo todo y meternos a ti y a mi en medio. Pero si él se quedara con Kate le iría mucho mejor, ella le entiende más y tiene una paciencia que no se merece...

James sonrió.

- Si así lo crees, deja que se equivoquen solos. Padfood es muy caprichoso y cuanto más le impidas acercarse a Grace, más va a insistir en hacerlo. Si ambos quieren intentarlo, déjales. Negándoselo solo vas a conseguir que se obsesionen. Piénsalo, estoy seguro de que si alguien te hubiera dicho que no salieras con Bennet, hoy todavía yo estaría como un alma en pena huyendo de escenas desagradables.

Lily no pudo evitar echar una carcajada ante el puchero que hizo su novio. Para compensarle por todas esas escenitas le dio un beso en los labios, que a James pareció gustarle como método para cortar la conversación. Cuando intentó intensificarle, Lily se apartó riendo.

- ¿Sabes? Cuando te pones en plan maduro me gusta muchísimo. Pareces un padre dando lecciones de vida, y eso es sexy...

Le mordió el labio inferior y James sonrió pícaramente. Si para tener a Lily tan predispuesta como en ese momento debía madurar más aún, bienvenida fuese la edad adulta.

OO—OO

Bendito fuera James y su capa de invisibilidad. Sirius jamás pensó que acabaría odiando a Lily, pero la verdad es que la pelirroja estaba consiguiendo acojonarle. Cuando más tranquilo estaba, parecía que ella le leía la mente y aparecía con o sin James. Hasta le entró miedo de que aquello empezara a parecerse a una película de esas muggles que veía Kate en que una mujer sexy acosaba a un pobre hombre para hacerle un chantaje sexual. ¿Mujer sexy? ¿La pelirroja? ¡Que se la quedara Prongs!

Ahora que por fin se había conseguido librar de ella (y sospechaba que James sabía que tenía su capa y le apoyaba, debido a un extraño guiño que lanzó en su dirección), por fin podría buscar a Grace. Huir de su acosadora para poder ser el acosador... irónico. Pero la culpa era de la rubia, porque si le dejara hablar, todo ese embrollo se terminaría. Las chicas siempre complicaban las cosas.

Sabía más o menos donde debía estar. Al igual que el resto de la semana, llevaba todo el día evitándole y, para su desgracia, Sirius la conocía bastante bien. Grace era bastante predecible, y el campo de quidditch tenía una pinta algo sospechosa. No se quitó la capa en todo el trayecto, temiendo que la pelirroja se asomara a alguna ventana y le pillara, y en pocos minutos llegó al lugar.

Su instinto no le falló, y saliendo de los vestuarios, con el pelo mojado de la ducha que acababa de tomar, y la escoba sobre el hombro, estaba ella. Se acercó sigilosamente, asegurándose de que esta vez no salía corriendo, y una vez a su lado, se quitó la capa.

- Por fin te pillo sola –exclamó al mismo tiempo-.

Grace dio un bote y pegó un grito cogida por sorpresa.

- ¡Sirius! ¿Se puede saber de dónde has salido? -él sonrió, y la señaló la capa-.

- Es de James.

Grace enarcó las cejas con ironía, pero no siguió con el tema. Al darse cuenta de que estaban a solas (en menudo momento había dejado a la pobre Sarah irse con su novio) su mayor objetivo era poner tierra de por medio.

- Tengo que irme –anunció echando a andar con prisa-.

Sirius no dudó en seguirla, manteniendo el paso mientras ella se dirigía sin pérdida de tiempo al castillo.

- ¿Qué es esta vez? –preguntó casi divertido-. Entrenamiento de quidditch no creo, tampoco otra de vuestras reuniones porque ya te ibas del campo. A clase no llegas tarde porque hoy es domingo, y definitivamente acabo de ver a Sarah Anderson darse el lote con su novio en los jardines, por lo que no has quedado con ella. Por cierto, déjame decirte que Lily se está metiendo mano con James en su torre, así que esa excusa tampoco me vale.

Grace le miró con el ceño fruncido y siguió andando, esperando que así se cansase.

- Tengo que lavarme el pelo –dijo con sarcasmo mientras le empujaba para entrar antes que él al vestíbulo-.

Sirius no pudo evitar reírse por esa salida tan irónica, y dos segundos después volvía a estar a su altura, sin cesar en su empeño.

- Solo quiero hablar contigo. Hablemos una vez de lo que pasó el otro día y...

- ¡Es que el otro día no pasó nada! –exclamó ella finalmente. Estaba enfadada y se había vuelto a encararle, entrecerrando los ojos-. ¡¿Cuándo se te va a meter en la cabeza que el otro día NO-PASÓ-NADA?

La verdad es que el ataque de furia era algo desproporcionado y escalofriante. Si algún pobre ingenuo de primer curso estuviera cerca, ya estaría preparando el baúl para huir del horrible monstruo que habitaba en Hogwarts. Pero Sirius, como ya lo había supuesto, solo se cruzó de brazos y enarcó una ceja, poniendo una expresión irónica.

- Pasó algo muy serio, y si a ti te deja estar tan tranquila, te aseguro que a mi no.

Grace cerró los ojos un segundo, intentando prometerse a sí misma que no volvería a gritar. Tenían suerte que el vestíbulo estaba vacío, pero no podía tentar a la suerte y atraer a nadie con sus gritos.

- Por favor. Hazme caso, ¿vale? Si sigues dándole vueltas al tema, Kate se acabará enterando. Hazlo por ella al menos.

- Si es que es por ella, Grace –insistió él-. No puedo mirarla a la cara desde entonces y no... –tartamudeó-. Yo... yo no voy a poder...

Grace negó con la cabeza sin dejarle terminar.

- Mira, aunque todo el mundo crea lo peor de mi, –dijo recordando las palabras de Lily- no soy tan mezquina como creéis. Esa fue la última vez que me dejo llevar por mis impulsos. Si tú no piensas en Kate, ya lo haré yo.

Y antes de que si diera cuenta, le arrebató de las manos la capa de James y se cubrió a sí misma con ella, consiguiendo la oportunidad de escapar una vez más de esa conversación. Furioso por tener tan lentos reflejos, Sirius la llamó un par de veces, y después desistió dando un manotazo en la pared. ¿Qué había visto en esa loca? No, el loco era él por querer estar cerca de ella aún sabiendo que era mentalmente inestable.

Una risa muy cerca suyo le hizo envararse, y la posibilidad de que alguien hubiera escuchado la conversación le dio pánico. De una de las clases, y cargada con tres libros bastante pesados, apareció Jane Green. Era tan inusual y poco esperada su aparición, que Sirius parpadeó un par de veces antes de creerse que la rubia muchacha estaba verdaderamente allí, mirándole con una sonrisa burlona.

- Como cambian las cosas, Black –dijo saboreando sus palabras-. Tú el año pasado te burlabas porque yo perseguía a James, y te encuentro haciendo lo mismo.

- No digas gilipolleces, Green –contestó intentando hacerse el desentendido-. Tú acosabas a mi amigo de manera exagerada. Yo solo estaba hablando con una amiga.

Pero Jane se volvió a reír, negando con la cabeza.

- Lo que tú digas, pero lo he oído todo –confesó casi disfrutando de la seriedad que de repente cubrió el rostro de Sirius. Suspiró, y pensó en voz alta con bastante sinceridad-. Lo siento por Hagman. Demuestra no tener muchas luces al fijarse en ti, pero no se merecía eso, y menos con una de sus amigas. Todo el mundo creía que el don Juan se había reformado, y en el fondo solo había cambiado la piel de lobo por la de oveja. Sois todos iguales...

Rodando los ojos decidió no perder más tiempo con él. Al fin y al cabo, ya había dicho lo que quería y se había desquitado, de paso, de un par de frustraciones que tenía últimamente con el género masculino. Lo que pasara en la vida de Sirius Black a ella no le quitaba el sueño en absoluto.

Puede que sí a Sirius. Jane Green era una chica bastante cotilla, y en su grupo de amigas estaban las chicas más chismosas del colegio. Si abría la boca, seguro que todo lo que había hablado con Grace se sabría en menos de una hora por todo el castillo. ¿Habría escuchado alguien más? Eso acabó de decidirle. No sabía si aún era un buen momento, pero las circunstancias habían hecho que tuviera que acelerar el asunto. Tenía que hablar con Kate ese mismo día, antes de que se enterara por terceros y fuera peor.

OO—OO

En realidad Sirius no se equivocaba, y sí había más personas que habían escuchado esa conversación. No era de Jane Green de quien tenía que preocuparse precisamente. Aunque él no lo supiera, ella tenía demasiados problemas propios como para preocuparse de contar los de él. Pero había un grupo de tres chicos que quizá no estaban en la misma situación.

Para Jack Hamilton, golpeador y alumno de Ravenclaw aquello era una broma estupenda. Lo sentía por Derek, pero su ex-novia había colaborado, y mucho, en que pudiera reírse de Black (y ya si surgía la oportunidad, también de Potter) en público. No paraba de reírse en voz baja, mientras otro de ellos, Dave Hurley, guardián y también compañero de los águilas, intentaba hacerle callar con codazos en el estómago. El pobre muchacho, más sencillo y discreto que sus amigos, se había sentido verdaderamente incómodo de ser testigo indeseado de aquella conversación. Pero no había habido forma de apartar a Derek del lugar desde que les había visto a esos dos discutir, y escuchó el nombre de Kate.

Ni siquiera le importaba ya el orgullo de que Grace no hubiese querido llegar hasta el final con él, y sí con Black, según apuntaba todo. Lo que hiciese esa tía con su cuerpo le daba igual, no era más que una chica corriente, una más, sin nada extraordinario. ¿Cómo había podido ese gilipollas preferir pasar aunque fuera un simple rato con ella teniendo a Kate para él? ¿Acaso estaba mal de la cabeza?

- No es por nada Derek, pero al final Sandler es tan suelta como decías –exclamó Jack sin poder evitar echarse a reír en voz alta-.

Dave le dio otro codazo y le fulminó con la mirada por ese comentario, pero a Derek no le importó. Seguía pensando en Kate. ¿Por qué el muy imbécil quería hablar de ello con Grace? ¿Acaso pretendía dejar a Kate? Una llama de esperanza brilló en sus ojos ante la posibilidad de volver a tenerla para él como unos meses atrás. Jamás había sentido por otra muchacha lo que sentía por ella, y si Black no sabía valorar la chica que tenía delante, él lo haría encantado.

- ¡Veras cuando se entere todo el mundo! –exclamó Jack entre risas-. Seguro que entre Mendes y Evans se lo cargan, ¡lo que me voy a reír!

- Jack, deja ya...

Pero Dave no pudo seguir hablándole a su amigo, porque Derek, tan silencioso hasta el momento, se lanzó de repente contra él y le cogió del cuello de la camisa, alzándole hasta que estuviera a su altura, pues le sacaba la cabeza. El frío brillo en la mirada de Derek le cortó la risa al muchacho.

- Escúchame Jack: De esto nada a nadie. No quiero ni el más mínimo rumor de lo que hemos oído, porque sino...

Jack no le entendía, pero después de que Derek le soltara disculpándose sinceramente por su arranque excesivamente violento, asintió mostrándose de acuerdo. Dave, sin embargo, le miró comprensivamente. Él sabía muy bien por donde iban los tiros, y le encantaba ver que su mejor amigo seguía siendo él mismo en muchos aspectos, aunque se hubiera convertido en un chulito.

Y es que, aunque la perspectiva de extender el rumor, avergonzar a Black y Grace, y conseguir que Kate quedara libre era muy golosa, aquello no estaba bien. Pensó en Kate, en su expresión si la noticia le llegara de ese modo, en su rostro derrotado por la humillación y la traición, y supo que no podía verla así, si él podía evitarlo. No se enteraría por terceras personas, ni tampoco la pillarían por sorpresa, para humillarla. Se encargaría de decírselo y, aunque no le creyera, estaría sobre aviso.

Y tenía que decírselo ya, sin perder más tiempo antes de que alguien más escuchara a esos dos discutir sus desventuras y lo extendiera por el colegio. La había visto pasear por los jardines con Perkins, con su corto cabello al viento y un abrigo de borreguillo tapándola el cuello. Había sido imposible no fijarse en ella, le había parecido más guapa que nunca. Y tampoco había pasado tanto tiempo, por lo que seguiría por allí.

- Tengo que irme chicos –anunció con la mente aún ocupada y echando a andar hacia la salida-.

De repente se giró, y señaló a Jack con el dedo.

- Te lo advierto, Jack. Una palabra y...

- ¡Que sí, pesado! Tú sabrás porque lo haces, pero yo me callo...

El muchacho negó con la cabeza aún sin entender nada de eso. Cuando Derek desapareció por la puerta que daba a la calle, se giró hacia Dave con expresión confusa.

- Te juro que cada vez entiendo menos a este –le confesó encogiéndose de hombros-.

Dave, que sí lo entendía todo, rodó los ojos y decidió reír y cambiar de tema. Le dio una palmada en la espalda y le impulsó a subir a la torre de Ravenclaw con el resto de su grupo de amigos. Había personas a las que era mejor no explicar ningún asunto relacionado con los sentimientos, pues no lo entenderían jamás. Y Jack, definitivamente, era uno de ellos.

OO—OO

Ya casi anochecía, y en el centro de Londres caía una lluvia torrencial, que dejaba en simple chubasco a lo caído el día anterior. Pocos se atrevían a salir a la calle esa tarde, sumando que, siendo domingo, tampoco había tantos lugares abiertos. Pero en el Callejón Diagon sí había varias tiendas que no habían cerrado. No todas, pero sí las de productos indispensables, que eran las que necesitaba Andrea Divon en ese momento.

Ya lo tenían hablado y apalabrado. A las nueve de la noche, debían tenerlo todo listo, pues el traslador se activaría a esa hora, rumbo a la fría Noruega. Un gran cambio para el matrimonio y su niña, pero necesario. Afortunadamente, Alec sí había conseguido un traslado de trabajo, pues ella, con lo que la había costado llegar a inefable, lo había tenido que dejar irremediablemente. La Ministra parecía bastante enojada cuando la presentó su dimisión, y por mucho que Bode, su compañero, insistía en que cuando quisiera volver la ayudaría a hacerlo, no creía que lo tuviera tan fácil.

- Mama vamos a casa ya –se quejó Brooke haciendo un puchero-.

No era un día como para sacar a la niña con ella de compras, pero no había encontrado con quién dejarla, y debía recoger un par de cosas sin falta. Suspiró, y miró a su niña pequeña enfundada en un grueso abrigo con capucha, botas para el agua y una bufanda tapándole la garganta.

- Enseguida acabamos, cariño –la dijo-.

- ¿Y ahora dónde vamos?

- A comprar un abrigo para papá –la respondió vagamente-.

Mientras siguiera hablando con su hija de temas vanos, podía evitar que otros temas pasaran por su cabeza, y la torturaran.

- ¿Y por qué? –preguntó la niña con la habitual curiosidad infantil-.

- Porque nos vamos de vacaciones a un lugar donde hace mucho frío, y papá necesita un abrigo más grueso.

- ¿Y por qué nos vamos de vacaciones? –insistió-.

- Pues para pasar una temporada los tres solitos. ¿No quieres irte de vacaciones? –la preguntó con tono infantil mientras miraba para abajo para verla a la cara-.

- No sé –contestó la niña con sinceridad-.

Andrea suspiró.

- Te va a gustar, cariño. Iremos a la nieve un día a tirarnos en trineo, ¿te apetece?

Brooke sonrió enseñando un hueco donde debía estar el diente paleto, y afirmó con la cabeza, entusiasmada por primera vez en toda la tarde. Para agradecimiento de la niña, pronto entraron a uno de los pocos establecimientos abiertos, y quedaron resguardadas de la lluvia y el frío.

Su madre no la soltó la mano y la obligó a seguirla en todas las vueltas que dio a la tienda, consiguiendo que la niña se aburriese. Hubo un momento en que la pequeña quiso salir corriendo tras un gato que acababa de saltar del mostrador, pero su madre no quería perderla de vista ni un segundo, lo que hizo que la niña se enojara. Media hora después, Andrea por fin se decidió y pagó un abrigo color verde oscuro (parecido al color de ojos de Alec), que se llevó en una bolsa bastante grande.

Brooke hizo un mohín cuando volvieron a salir a la lluvia, pero enseguida volvió a pensar en lo que había dicho su madre de las vacaciones.

- ¿Vienen los pimos? –preguntó animada, casi pegando saltitos sobre sus pequeñas piernas-.

- ¿Qué? –saltó su madre que no la estaba prestando atención-.

- Los pimos, que sí vienen a las vacaciones.

Andrea hizo una mueca al ver ese obstáculo. Aquello iba a ser muy duro para Brooke, cambiar de colegio en mitad del curso, alejarse de sus primos, de sus tíos, sus abuelos... Pero tenían que irse. Cualquier buena madre lo haría.

- No cariño –contestó dedicándola una pequeña sonrisa-. Solo vamos papá, tú y yo. ¿No te gusta que estemos solos?

Brooke se encogió de hombros.

- No sé –dijo sinceramente-.

Andrea la miró sonriente, captando sus hoyuelos, sus mejillas coloradas, su pelo castaño oscuro tan enmarañado como el suyo, que escapaba por los costados de la capucha... Era fácil perderse en la imagen de su niña, era su creación, su pequeño milagro.

La abstracción que tuvo mirando a su hija la hizo detenerse en medio de la calle sin darse cuenta, y por ello captó un movimiento por el rabillo del ojo, que no debería estar ahí. Miró disimuladamente alrededor, y solo vio a un matrimonio de unos cincuenta años discutiendo sobre la carne de dragón delante de la carnicería. Otro repaso en derredor la hizo ver algo que estaba muy bien oculto. Una figura oscura estaba aplastada contra la pared de una estrecha bocacalle, como esperando algo. Le miró un segundo extrañada, hasta que este giró la cabeza y vio que iba enmascarado. Eso la hizo entrar en pánico. ¿Mortífagos, ese día y allí? ¿Qué pretendían, derrumbar las tiendas vacías?

Alarmada, agarró con fuerza a su hija, asegurando que su cuerpo la cubría en cualquier caso, y decidió apresurarse en dirección contraria a la que tomaba el maduro matrimonio. Un par de minutos después, se atrevió a mirar para atrás, y percibió que alguien se acababa de esconder para evitar ser visto. Al mismo tiempo, notó algo a su izquierda que la hizo suponer que no era uno sólo.

Y no iban a atacar ningún establecimiento. Iban a por ella, la habían seguido e ignorado al matrimonio. Instintivamente, se giró y tomó a Brooke entre sus brazos, quien no entendía nada, y miraba en silencio a su madre. Con un brazo apretó a su hija contra su pecho, y con la otra localizó su varita dentro del bolsillo de su abrigo. ¿Qué podía hacer? Lo mejor y más rápido sería desaparecer, pero hacerlo con un niño pequeño podía suponer muchos riesgos para este.

Miró alrededor, buscando alguna tienda abierta donde meterse y poder mandar un patronus para dar la alarma. Pero de repente no veía ninguna abierta. No podía creer en su mala suerte: un poco más arriba, en esa misma calle, había visto varios establecimientos abiertos, pero en esa parte no había ninguno. Y escuchaba pasos que indicaba que cada vez se acercaban más. Tenía que poner a Brooke a salvo, sólo eso importaba.

De repente tuvo una iluminación. O más bien fue que percibió luz dentro de una tienda que tenía el cartelito de "cerrado". Sólo en un momento así, y por su hija, sería capaz de hacer algo así. Para sorprenderles, dejó de golpe las bolsas en el suelo y corrió los pocos metros que la separaban del lugar. Empujó la puerta con su hombro, escuchando cómo Brooke comenzaba a llorar al percibir su miedo, y la cerró tras de sí a tiempo de escuchar un golpe en esta, como si un hechizo la hubiese impactado.

- ¡¿Quién está ahí? –exclamó la propietaria de la tienda saliendo del almacén con su varita en la mano-.

Natalie Hagman sólo había ido ese día a su tienda de plantas medicinales para reordenar un poco ese caos, pero jamás creyó que nadie fuese a entrar, habiendo indicado que estaba cerrado. Al escuchar la puerta abrirse y cerrarse con violencia, pensó en unos ladrones o atacantes, y se dispuso a defenderse. Pero no esperaba ver a una mujer joven apretando a una niña pequeña contra su pecho, e intentando calmar su llanto que parecía ser de miedo. Instintivamente, bajó la varita.

Andrea, al verla, no podía saber si era de fiar o no, pero en un momento tan drástico, tenía que confiar. Se acercó a ella con premura, y vio que, al menos, la mujer no la rehuía.

- ¿Qué...?

- Por favor, tiene que ayudarme –musitó Andrea en voz baja, intentando que Brooke no se enterara-. Creo que hay mortífagos siguiéndome.

Natalie abrió los ojos como platos, y se alegró, más que nunca, de no haberse llevado a Denise con ella ese día.

- ¿Cómo puede...?

- Verá –la interrumpió Andrea-. Soy trabajadora del Ministerio de Magia, y acabo de ver, mínimo a dos enmascarados persiguiéndome.

- ¿Y qué puedo hacer yo? –preguntó Natalie cuestionándose sobre que si una trabajadora del Ministerio no podía defenderse, ¿qué podría hacer una tendera como ella?-.

Andrea se mordió el labio, y acabó por decidirse. No quería, pero era lo mejor. Necesitaba distraerles, alejarles de Brooke, aunque eso supusiera usarse a sí misma como cebo.

- Yo me encargaré de ellos. Pero, por favor, cuide de mi hija.

Natalie abrió más los ojos ante esa petición, y el temor la invadió.

- No... Mire, quédese aquí, llamaremos a los aurores y...

- No hay tiempo. Si sigo mucho aquí, seguro que no tardarán en tirar la puerta abajo –aseguró mirando por encima de su hombro la entrada del establecimiento-.

Natalie acabó asintiendo, con un nudo en la garganta. Aliviada, Andrea se propuso pasar a Brooke a sus brazos, pero la pequeña se aferró a ella con miedo.

- Cariño... Quédate con esta amiga de mamá. Tengo que hacer un recado, vuelvo enseguida –susurró con un tono bastante calmado-.

La niña negó, mirándola con los ojos verde oliva, tan iguales a los de su padre, abnegados en lágrimas.

- ¿Quiénes eran esos señores? –preguntó con voz más chillona de lo normal producto del miedo-.

Andrea negó con la cabeza.

- Unos amigos con los que mamá está jugando. Cuando acabe el juego, volveré a buscarte e iremos con papá, ¿vale, cielo?

La niña volvió a negar con la cabeza, y Andrea, sabiendo que no tenía más tiempo que perder, la estrechó con fuerza contra su pecho, disfrutando del abrazo y guardándose su olor, y la besó el pelo con la dulzura típica de una madre. Antes de que la niña pudiera volver a negarse, se la puso en brazos a Natalie, y buscó en su bolso algo hasta encontrarlo. Era su identificación como miembro del Ministerio.

- Aquí tiene mi identificación, para que sepa quien soy –la tendió a Natalie para que no pudiera pensar que estaba abandonando a su hija-. Si, si no vuelvo en una hora...

Suspiró, cerrando un segundo los ojos, y se aproximó a Natalie para hablar en voz más baja.

- Si no vuelvo en una hora, póngase en contacto con el Ministerio y pregunte por Alec Stone, del Departamento de Seguridad Mágica. Es mi marido. Dígale que tiene a Brooke, y que venga a buscarla.

Parecía una última petición de un condenado a muerte, y aquello impresionó tanto a Natalie, que intentó detenerla una vez más. Pero sólo alcanzó a verla salir corriendo por la puerta, dejando tras de sí un halo plateado que se disolvió enseguida.

Era el patronus que Andrea les había enviado a Dumbledore y Alice, esperando que hubiese un milagro y la ayuda para ella llegase antes de que fuese demasiado tarde. Salió de la tienda con rapidez, e incluso perdió dos valiosos segundos en reforzar la seguridad de esta. Pero no vio a nadie alrededor. ¿Dónde se habían metido los enmascarados? Con el corazón en un puño cruzó un par de pequeñas calles, con la varita en alto intentando seguirles el rastro.

Un par de minutos después, se asomó a una calle sin salida, y al no ver nada, cuando creía haber percibido un movimiento, se fue a marchar. Pero la única salida ya estaba taponada. Varios enmascarados, y no sólo dos como ella creía, la apuntaban con sus varitas, acorralándola contra el estrecho callejón.

OO—OO

Derek llegó a los jardines donde Kate y Rachel seguían paseando y hablando de sus cosas. Sólo estaban algo más lejos de dónde les había visto hacía un rato, pues ninguna de ellas tenía prisa. Caminaban agarradas del brazo mientras hablaban en voz baja en apariencia seriamente, pero también sonriendo levemente en ocasiones.

Ni siquiera se detuvo a observarla de lejos, como había hecho otras veces. No se acababa de fiar de que Jack le hiciera caso, por lo que tenía que hablar con ella cuanto antes. Con pocas zancadas las alcanzó, y fue Rachel la primera que le vio, mirándole expectante al ver que se dirigía hacia ellas.

- Hola –las saludó con el aliento algo entrecortado por la carrera-.

Kate se sorprendió de encontrarse con Derek y volver a hablar con él, cosa que no hacía desde Navidades. Pero Rachel le sonrió y le saludó con la misma amabilidad que él, por lo que Kate se sintió más cómoda de hacerlo también. Era una suerte que hubiera coincidido cuando estaba con Rachel, pues ella era la única que no tenía prejuicios contra Derek. Cuando estaba con los demás (y no digamos con Grace), no podía evitar que algo de la antipatía que sentían por él se la pegara. Lo mismo ocurría ahora con la amabilidad de Rachel. Al fin y al cabo, la última vez que ella le vio salía con Grace, y era muy amable con todas sus amigas (claro que se llevaba tirantemente con James, y por ende con Sirius y Peter. Remus no tenía ningún problema con él).

- Kate, me preguntaba si podría hablar contigo en privado –preguntó disculpándose con Rachel con la mirada. No podía evitar responderla a la afabilidad con la que ella trataba a todo el mundo-.

Kate no estaba segura. Miró a Rachel interrogante, pero como su amiga interpretó la mirada como que la pedía que les dejara solos, por lo que sonrió y se inventó una excusa para irse.

Kate miró a Derek con una sonrisa tímida, y con un movimiento de cabeza le invitó a caminar con ella.

- ¿Qué tal te va todo? –le preguntó para entrar en conversación-.

- Bien –respondió Derek con la boca seca. ¿Cómo se lo tomaría? ¿Le creería?-. Kate, tengo que contarte algo.

Ella sonrió.

- Pues dime.

Derek dudo varias veces, sin saber qué frase decir primero. No era fácil, y menos tratándose de alguien tan sensible como Kate. Tenía que tener cuidado y no soltarlo a bocajarro.

- Verás. Acabo de oír una conversación. No estaba espiando a nadie, solo fue de casualidad –Kate sonrió divertida al pensar en el día que ella le espió a él creyendo que era el autor de la carta que había encontrado en su libro-. Y escuché algo... Algo que te involucra.

Kate frunció el ceño y le hizo una señal para que siguiera hablando.

- Es... Verás, es difícil decirte esto. Pero tienes que creerme. Si en algún momento crees que puedo habérmelo inventado, piensa que podría haberlo hecho hace tiempo. Pero a ti no te mentiría. Es sobre el gilipollas de Black.

Los dientes se le apretaron al pensar en la antipatía que sentía por ese cabrón por su suerte, y cómo acababa de demostrar que no lo merecía. Kate, sin embargo, cambió su expresión a una de entendimiento. La guerra entre esos dos nunca terminaría.

- ¿Qué ocurre con Sirius? –preguntó con paciencia, y lista para escuchar más tonterías salidas de esa enemistad-.

- Le he oído hablar a él. Estaba con...

- ¿Tú qué haces aquí? –preguntó Sirius apareciendo de repente-.

Miró con los ojos entrecerrados a Derek, y este le devolvió la misma mirada. En medio de ellos, Kate rodó los ojos.

- ¿Crees que tienes derecho a hacer esa pregunta, Black? –preguntó Derek destilando veneno-.

No podía creer que tuviera la poca vergüenza de intentar marcar territorio después de lo que había hecho. Le odiaba por estar con ella, pero más aún por traicionarla de ese modo, por creer que había otra chica que podía estar por encima de ella.

Por su parte, Sirius estaba enfadado de haberle encontrado, otra vez, persiguiendo a Kate. Sin embargo, descubrió que no eran los mismos celos que sintió al ver a Grace con Marco. No era tan intenso, pero sí le hacía enojar. Ese idiota seguía insistiendo con ella, y aunque tenía claro que no podía continuar con Kate ni se la merecía en lo más mínimo, tampoco la merecía ese capullo que había utilizado a Grace y pretendido utilizarla a ella.

Ambos siguieron mirándose con odio, hasta que Kate suspiró con fuerza.

- Sigo aquí, ¿os acordáis? –dijo negando levemente con la cabeza-.

Sirius desvió la mirada, y recordó el motivo por el que la había estado buscando.

- Kate, tengo que hablar contigo urgentemente –la susurró, insultándose a sí mismo por el daño que la iba a hacer-.

Derek reaccionó como si hubiese escuchado una bomba. Ya sabía él lo que la iba a decir. Era un desgraciado...

- Pero yo ya estaba hablando con ella –intervino-. Cuando acabe, tendrás tu turno.

La agarró de la mano tirando de ella, pero Sirius la sostuvo del otro brazo.

- ¿Qué conversación crees que es más importante, tarado? –espetó-. ¿La que tiene contigo o la que tengo que tener yo con ella?

- No creo que disten mucha la una de la otra –respondió Derek apretando los dientes y tirando de Kate-.

Sirius también tiró de ella, y Kate se sacudió, soltándose de ambos.

- Ya vale, no soy un yoyo –exclamó con el ceño un poco fruncido-.

Se puso las manos en la cadera y, como si fuera una maestra riñendo a dos niños, les fulminó con la mirada a ambas. Después miró a Derek, y su mirada se suavizó.

- ¿Te importa si hablamos en otro momento?

Evidentemente, para ella siempre tendría más importancia lo que tuviera que decirla Sirius, a lo que tuviera que hablar Derek, pero tampoco iba a decir eso en voz alta. Sirius le miró triunfalmente, pero no sonrió. No con la guerra interior que estaba teniendo.

- Kate, por favor... –insistió Derek por última vez-.

- Luego te busco y me cuentas –le aseguró con una sonrisa mientras cogía de la mano a Sirius, y se despedía con la otra-.

Incómodo por tener su mano tan apretada, el gryffindor ignoró al ravenclaw y la llevó a un sitio conocido y solitario. La conversación sería larga.

OO—OO

Dudosa y cogida por sorpresa, Andrea retrocedió un par de pasos, apretando su varita con fuerza. Le temblaba todo el cuerpo, pero intentó no dar a conocer su miedo. No se detuvo a contarlos, pero a primera vista parecían ser una decena. Jamás había luchado contra tantos mortífagos ella sola, así que esperaba que Alice no tardara mucho en llegar con ayuda.

En una rápida mirada, observó que el mortífago a su derecha había dejado, por error, un hueco mayor, por el que podría escapar si su estrategia tenía éxito. Era algo que la había enseñado Ethan, atacar por un lado y huir por otro. Cuando parecía que aún estaban midiendo su reacción, lo hizo, atacó al mortífago de la izquierda, avanzando hacia él, y fintando un segundo después a todos los demás para escapar por la derecha. Pero uno de los enmascarados estaba esperándola, como si supiese lo que iba a hacer.

Ella no lo entendió, pues no podía haberle dado tiempo a notar su jugada. No, a no ser que la conociera de antemano. La empujó con fuerza, y Andrea cayó hacia atrás, de nuevo atrapada en el callejón. Mientras se levantaba recogiendo su varita del suelo, escucho las risas de los demás.

- Tenías razón –dijo el hombre de la izquierda con voz áspera, dirigiéndose al que la había detenido-. Es una loca imprevisible...

Andrea sintió que la ardían las orejas. Se habían dirigido al enmascarado, un hombre por el cuerpo que sintió al tropezar con él, como si la conociese bien. Como si él les hubiera hablado de ella. Apretó con fuerza la varita, entrecerrando los ojos y se dirigió a todo el grupo.

- ¿Quiénes sois? ¡Si fuerais hombres de verdad mostraríais vuestro rostro!

Nuevas risas la respondieron, aunque no todas. Otros prefirieron mostrarse ofendidos por esa insinuación, como un hombre de baja estatura que estaba al fin del grupo, y que avanzó hacia ella con furia.

- Dejádmela media horita, y veréis como vuelve completamente mansa –sugirió arrastrando las palabras, como si se estuviese burlando, consiguiendo que otros tantos se rieran-.

Levantó la varita, y la apuntó, sabiendo Andrea que no tenía modo de defenderse de ese modo. El mortífago de la derecha, el que la había detenido, alargó el brazo y, de un golpe, desvió la trayectoria de la maldición que había lanzado.

- ¡No! –gritó-. Ese no es el plan. El Señor dijo que lo dejarais todo en mis manos.

Andrea sintió que se la helaba la sangre al reconocer esa voz, pero era la misma, aunque toda lógica apuntara que no podía estar allí. De la impresión, dejó caer la varita y retuvo la respiración, con los ojos muy abiertos. La cara enmascarada del mortífago se volvió hacia ella, y casi le pudo ver sonriendo. Aunque la sonrisa que recordaba de él era impropia en un momento así.

- Veo que me has reconocido –la dijo desinteresadamente, avanzando un paso hacia ella-.

Entonces Andrea lo supo. Era una trampa, un truco para desmoralizarla, para dejarla psicológicamente fuera de la batalla y que no luchara. Apretó los dientes con fuerza, y le fulminó con la mirada, con más odio del que jamás había mirado a nadie.

- ¿Acaso no tenéis ni un poco de corazón? –preguntó vehemente notando como algunas lágrimas traicioneras llegaban a sus ojos, y la voz se la partía-. Esto es un truco para que me venga abajo, no es real.

Hubo algunas risas, aunque más apagadas, como si esperaran a ver qué hacía el hombre, que se acercó a ella y dejó de reír.

- No, hermanita, soy yo. En carne y hueso.

Se llevó la varita a la cara, y se quitó la máscara de un movimiento, mostrando un rostro que ella adoraba, y que había extrañado horrores. Pero sabía que era un truco, su hermano estaba muerto.

- ¡Tú no eres Ethan! –le respondió con rabia-. ¡Vuelve a transformarte y jamás vuelvas a utilizar la cara de mi hermano!

Con todo el dolor que sentía, se acercó completamente al hombre y fue a golpearle, cuando él la sostuvo las dos muñecas en el aire. Acercó su cara a ella, y sonrió de una forma que jamás había visto en el rostro de su hermano.

- Soy yo –repitió-. Tengo mil formas de demostrarte quién soy. Nadie más podría saberlo todo de ti como yo. Sé que cuando éramos pequeños, intentaste perderme la pista cuando yo te seguía, para jugar con tus amigas, y caíste por un terraplén y te rompiste el tobillo. Sé que el día de tu boda también tropezaste y le llenaste a Alec el frac de tarta, o que cuando estabas embarazada de Brooke le tiraste una lámpara de mesa a tu marido a la cabeza. O que fue la niña quien me pegó la varicela el año pasado.

Andrea estaba negando con la cabeza, dejando ya libres las lágrimas ante esa desesperación. No tenía fuerzas en las piernas, estaba demasiado confundida, y se dejó caer de rodillas al suelo. El hombre que decía ser su hermano no la dejó caer de golpe, sino que siguió sujetándola las muñecas, y acabó también de rodillas frente a ella, con la frente pegada a la suya, hablando en voz baja, de modo que ninguno de los demás presentes podía oírles.

- No –murmuró Andrea una vez más-. Mi hermano está muerto.

Él sonrió.

- Es una larga historia, hermanita. Por ser tú, te la contaré desde el principio. Todo empieza con un niño que nació en una familia normal, pero donde ya tenían a la niña perfecta. Estando su hermana, brillante en los estudios, con un carácter extrovertido y alegre, y mucho más agraciada que él físicamente, ¿en qué iban a prestarle atención al pobre niño? Siempre fue el hermanito de Andrea, incluso cuando consiguió, por esfuerzos propios, hacerse una plaza entre los inefables. Nadie le consideraba valioso por sí mismo.

- ¡Eso no es verdad! –exclamó Andrea con furia, ya comenzando a creerse que ese sí era Ethan. Todo encajaba demasiado como para ser información sacada de una legeremancia-. Sabes que papá y mamá siempre te adoraron, que todos tus logros los conseguiste tú, que yo no te ayude a entrar en el cuerpo...

Ethan sonrió, y alargó la mano para quitar un rizo de la cara de su hermana.

- Lo sé. Pero nadie más creyó en ello. Nadie más dio muestras de que se me valorara por mí mismo, incluso en la Orden del Fénix. Pero, hace un año, un buen amigo, de los pocos verdaderos que tengo, me enseñó mi camino. Me demostró que podía ser, incluso, mejor que tú. ¿No es así, August? –preguntó alzando la voz por encima de su hombro-.

Una risa fría se escuchó dentro del grupo, y Andrea vio cada vez más anonadada, como el mismísimo August Rookwood se quitaba la máscara y la sonreía con superioridad.

- Ya te dije que era un buen chico, y es cierto que le he echado mucho de menos en el Departamento. Pero un muerto no podía pasearse por allí, y ahora hace mejor labor para nuestro Señor.

Andrea se levantó de golpe, intentando llegar hasta el hombre de rostro desagradable.

- ¡Fuiste tú! ¡Tú le metiste esas cosas en la cabeza! ¡Tú le has manipulado, le has convertido en...! ¿Cómo has podido? ¡Confié en ti, todo el mundo confía en ti, y no eres más que un asqueroso traidor!

Intentó correr hacia él, también con la intención de golpearle a lo muggle, pero Ethan la agarró de las muñecas y la obligó a volver a arrodillarse frente a él.

- No, no, hermanita, no te equivoques –la susurró con fingida dulzura contra su frente-. August no me manipuló, nadie puede. Simplemente me enseñó un camino en el que no había pensado, y que ha resultado ser más adecuado para mí. Mi Señor me tiene en gran estima.

- Voldemort no es más que un psicópata tarado –le escupió ella entre dientes-.

- No hables así de él –murmuró Ethan agarrándola con fuerza el mentón con una mano-. Es un mago brillante. Me eligió para esa misión, y hasta a Dumbledore engañamos –sonrió, y volvió a colocar el pelo de su hermana tras su oreja-. Fue un gran plan, y luego una verdadera buena suerte que Dumbledore me eligiera precisamente a mi para ser el guardián de una de las cajas.

- ¿Ya sabías de ellas? –preguntó Andrea conteniendo el aliento y abriendo mucho los ojos-.

- Por supuesto. Todo empezó hace poco menos de un año, cuando un joven trabajador del Ministerio Alemán llegó al Departamento. ¿Te suena el nombre Edwin Noll? Trabajó junto a Leonardo Murdock y Bernard Duncker en la creación de las cajas. Era la última hora de la tarde, y sólo August y yo estábamos allí. Le recibimos, nos contó todo en relación con las cajas, pensamos que a nuestro Señor le interesaría, y nos deshicimos del desgraciado muchacho, y desmemorizamos al guardia. No hubo constancia de que él hubiera llegado jamás al Ministerio, y que su cadáver apareciera en Francia nos quitó problemas.

Andrea no podía creer lo que escuchaba, pero en el fondo sabía que tenía que ser cierto. Todas las piezas del puzzle comenzaban a encajar, todo lo que les había contado Duncker encajaba con la historia que estaba contando su hermano. Él sonrió, como si estuviera rememorando un gran recuerdo.

- Como supusimos, el Señor Tenebroso se interesó, y me mandó a Alemania para investigar a los otros dos investigadores. ¿Recuerdas esas vacaciones repentinas que me tomé? –preguntó con una sonrisa burlona-. Les localicé, y les investigué. Incluso hubo un momento en que la esposa de Duncker me vio, y pensé que todo se echaría a perder, pero me ignoró. Estaba a punto de volver con toda la información, cuando mi Señor se puso en contacto conmigo para decirme que aprovechara mi estancia en Alemania para ayudar a Greyback a quitar de en medio a un juez molesto y su familia.

Sonrió al percibir el horror en el rostro de su hermana mayor. Ella negó con la cabeza con vehemencia, adivinando lo que vino después. Ethan sonrió orgulloso.

- Sí. Yo estaba el día que murieron los Johnson, yo les maté, bueno, menos a la niña. A Greyback le encantan los niños. Íbamos a deshacernos de los cadáveres, cuando apareció quien menos hubiera imaginado: Bernard Duncker. Ignoro qué haría allí, pero me sirvió para matar dos pájaros de un tiro. Cuando los aurores llegaron, todos creyeron que Duncker era el asesino, y así yo podía quitarle del camino y desacreditarle. Sólo quedaba Leonardo Murdock para llegar a las cajas, pero el viejo está bien protegido.

Lo último lo dijo entre dientes, entrecerrando los ojos. Andrea estaba atónita y asustada.

- ¿Cómo pudiste... destrozar la vida de un hombre inocente? ¿Cómo has podido volverte así?

Ethan sonrió, y se encogió de hombros.

- Tampoco tuve que hacer mucho, sólo colocarle en el lugar del crimen. El resto lo hizo su propio gobierno, repleto de personas que querían desacreditar a Duncker. Ser inteligente y exitoso puede acarrear muchas envidias, ¿sabes? Pero bueno, a lo que iba: debido a mi idea de culpar a Duncker, y con el otro chico muerto, el viejo se asustó, y recurrió a Dumbledore, tras lo cual, para mi sorpresa, una caja acabó en mis manos.

Rió de una forma que Andrea jamás habría imaginado de su hermano, y la puso la carne de gallina. Parecía un loco, ese no era Ethan, y sin embargo, no había duda de que lo era.

- Fue una agradable sorpresa. No había esperado que se me pusiera tan fácil. Tenía una caja, y prácticamente podía contar con otra en cuanto consiguiera que mi hermana confiara en mi. Sólo quedaban otras dos, y eran protegidas por dos hombres que confiaban en mi, sería una sencilla tarea. Pero para eso, debía de hacerme el inocente. Comprendí que no sería tan fácil cuando vi cómo discutíais entre los tres y me ignorabais, de nuevo volví a ser el hermano de Andrea. Supe que necesitaba una estrategia mayor, ¿y cuál mejor que el que yo fuera el primer asesinado? Nadie creería que el pobre Ethan había fingido su muerte y estuviera del lado de Voldemort. Pero así fue. No pude conseguir mucha información en mi tapadera: cuando Dumbledore nos dijo que vendría alguien relacionado con las cajas a informarnos, pensé que por fin tendría a Leonardo Murdock en mis manos. Esperé a que estuvierais dentro, y a que llegara para atacarle. Pero imagina mi sorpresa al ver aparecer a la esposa de Duncker. Por un momento me miró extrañada, creí que me había reconocido, y decidí matarla. Pero la palomita acabó siendo mejor en duelo de lo que esperaba, y aguantó lo suficiente para que Dumbledore llegara en su ayuda.

Andrea sentía que la dolía la cabeza de tanta información. Sentía todos esos meses pasar por su cabeza, con cada momento en que participaba su hermano, y ahora veía detalles que antes no captaba. Miradas, alguna palabra fuera de lugar... las pistas siempre estuvieron allí.

- ¿Por qué fingiste tu muerte? Ya has dicho que nadie habría sospechado de ti.

Ethan se encogió de hombros.

- Era una forma de asegurarme mi inocencia, y de advertiros que estabais en peligro. Ha sido divertido ver vuestros inútiles esfuerzos en protegeros, cuando ya me habíais contado todo lo que os hacía vulnerables. Sólo tenía que elegir el momento adecuado. Y, además, tenía otra misión que no había completado aún. Mi Señor me pidió que, como miembro de la Orden del Fénix, averiguara el refugio de los Perkins. Era necesario borrar del mapa a toda esa familia, y sólo una mocosa estorba ahora esos planes. Pero no conseguía nada. Sólo los que iban a llevarles provisiones conocían el destino de la casa, y yo nunca había podido colarme en esas misiones. No, hasta Navidad. Tomás confiaba en mi, claro, ¿por qué no iba a llamarme para que le acompañara? Una vez hecho esto, supe que ya podía quitarme de en medio. Sólo tenía que decirte a ti en qué lugar estaría, con la caja, y nadie sospecharía nada. Nadie dudaría, Dumbledore se encargaría de acelerar la investigación de mi muerte, para que no se descubriera todo el tema de las cajas. Por eso no hubo autopsia de mi cuerpo, y no averiguaron que era, en realidad, un muggle que vivía en la calle y al cual nadie ha echado de menos. Le maté, le transformé, y arreglé todo para que pareciera una pelea. La farsa estaba completa: Todo el mundo me consideraba muerto, y podía unirme a las filas de los mortífagos sin más problemas.

Hizo una mueca, dando a entender que no todo había sido tan fácil, y se lo contó. Por alguna razón, a ella tenía que contárselo todo.

- Mi primera aparición con los mortífagos fue ese mismo día. Fue extraño ver luchar a mi hermana, mientras pensaba en su reacción cuando encontrara mi cuerpo. Y luego ocurrió lo del estúpido de Frank... me descubrió, cuando vio mi cara se quedó en shock el tiempo suficiente como para que Malfoy le hiciera un obliviate.

Andrea abrió los ojos como platos. ¿Fue él? ¿Malfoy, también un mortífago? Había algunas conjeturas, algunos rumores, pero nunca habían encontrado pruebas. ¿Quién más estaba metido?

- Pensé que lo más seguro sería matarle. Y estuve a punto de hacerlo, pero llegó Dorcas como si fuese una heroína. Esa zorra ya ha dado demasiados problemas, si no tiene cuidado acabará igual que el idiota de su hermano, al que maté cuando me vio reunirme con Malfoy hace unos meses. He sufrido muchos contratiempos, pero al final siempre he salido vencedor.

Ella miraba a su hermano pequeño como si no le hubiera conocido nunca. ¿También había matado a Matt? ¿De cuántas muertes era culpable el hombre a quien siempre creyó que debía proteger?

- Así que empecé mi labor. Mi Señor me pidió la caja complementaria a la mía, la del agua, la tuya. Pero algo bueno debía quedar en mi, cuando no era capaz de ir a por mi propia hermana. No quería hacerte daño Andy –la susurró mirándola intensamente a los ojos, y ella tuvo la sensación de que hablaba en serio-. Te pedí que confiaras en mi, pero una vez más, decidiste tratarme con un inferior, en vez de como un igual. Si me hubieras dicho dónde escondías la caja, este momento no habría tenido lugar. Lo retrasé, todo lo que pude. Fui primero a por Tomás, sabía la ubicación de su caja porque a él se le había escapado delante nuestro –rió de forma cruel-. Tendrías que haber visto su cara cuando vio mi rostro. Él lo entendió todo al momento, y había puro odio. Tú eres la única capaz de dudar durante tanto tiempo, sólo por ser yo. Y te juro que habría retrasado más esto, si Potter no fuera aún más esquivo que tú. Pero le atraparé, te lo juro.

Andrea cerró los ojos con fuerza, al sentir ese tono tan duro en una voz que la era tan familia y tan querida. Era como una mala pesadilla, y quería despertarse, e ir al cementerio a llorar la muerte de su hermano, un buen hombre. No podía ser...

- Hay una poción nueva –explicó Ethan-. Sirve para rastrear lo que sea. Sólo necesita sangre del dueño o guardián de ese objeto, y la poción se activará, escribiendo el lugar exacto donde está ubicado, en la propia piel del guardián. La utilicé con Tomás, aún cuando era innecesario, y la utilizaré contigo y con Potter.

La mujer se puso a temblar con más fuerza de lo que ya lo hacía. El final de aquella conversación, y seguramente de su vida, estaba próximo. Ni aunque Ethan querría salvarla, y aunque sonara estúpido algo la decía que así era, podría hacerlo ahora. Sabía que el estaba vivo y era un traidor, sabía que Rookwood y Malfoy estaban infiltrados y también eran mortífagos, sabía demasiadas cosas...

- ¿Me vas a matar? ¿A tu propia hermana? –le preguntó con lágrimas en los ojos-.

Ethan hizo una mueca.

- Te lo has buscado, Andy. Ya te he dicho que sólo tenías que haber confiado en mi. Y aún así soy indulgente. Es mejor que lo haga yo, que será rápido e indoloro, a que cualquier otro participe en tu muerte. Y, además, tienes que valorarme lo que he hecho hoy. Pensaban atraparte nada más entrar al Callejón, pero la niña estaba contigo. Les he frenado, hasta que vi que la dejabas protegida en algún lugar, como sabía que harías. Jamás le haría daño a Brooke. Tienes que reconocérmelo, ¿no crees?

Y en parte ella lo agradecía. Si iba a matarla, mejor que hubiera esperado a ese momento. No hubiera podido soportar que su niña estuviera presente, ni que ella también hubiera muerto cuando apenas acababa de dejar de ser un bebé. Sólo sentía no verla crecer, no volver a tenerla en sus brazos. Cerró los ojos con fuerza, bajó la cabeza, y asintió.

. Prométeme que no la ocurrirá nada, y a Alec tampoco –murmuró con la voz más firme de lo que habría pensado-.

Ethan la miró sorprendido, casi con humor.

- ¿Aún confías en mi para algo? –susurró con una pequeña risa-. Pero sí, te lo prometo. Ellos no tienen nada que mi Señor necesite, y tu marido es más sensato que tú para no meterse en problemas. Ahora extiende tu brazo, y acabemos con esto.

Todo el mundo estaba inusitadamente callado. No tenía nada que ver esa escena con la ocurrida en casa de los Mendes, pero el ambiente estaba tan tenso, y la situación era tan especial, que todos esperaban a ver qué ocurría. La mujer, dócilmente, alargó su brazo, y ya no puso más resistencia. Sabía que todo estaba acabado, y su único interés ya se le había asegurado. No sabía por qué, algo la decía que Ethan no mentía en esa ocasión.

El joven la apartó la manga de la túnica, dejando desnudo el brazo que en segundos se empapó, igual que estaba el resto del cuerpo, por la intensa lluvia. Él lo ignoró, y sacó un frasco pequeño, alzó la varita, cortó el antebrazo en canal, y derramó el líquido con las manos algo temblorosas.

Ella no pudo ahogar un grito del dolor ante la quemazón de su brazo. Los demás se rieron divertidos, y Ethan la miró intensamente a los ojos, hasta que las palabras reveladoras quedaron grabadas en su brazo.

"Isabella Divon Legendre, cementerio de Abney Park".

Ethan hizo una mueca, y una sonrisa burlona apareció en su rostro.

- ¿En la tumba de la bisabuela? –preguntó divertido-.

Andrea ni respondió, ni le escuchó. Miró al suelo con seriedad, y se abstrayó de todo su alrededor. Enseguida Ethan supo que se había resignado, y decidió no hacérselo más difícil.

- Sé dónde es –les dijo en voz alta a los demás, que celebraron-. Es un lugar familiar.

Sonrió, mirando a su hermana, pero ella seguía mirando el suelo. Necesitando un último contacto visual antes de hacer lo que tenía que hacer, la sostuvo del mentón, y la hizo mirarle a los ojos. Los suyos estaban vacíos. Ninguno vio en el otro al hermano con quien habían crecido, y eso le dio a él más fuerzas para empuñar su varita. Siendo casi una extraña, ya no era tan difícil. Lo complicado era matar a su hermana, pero había asesinado a varias personas sin que le temblara el pulso, y por fin se sentía capaz de acabar con ella también.

- Siento que no fueras tan familiar para todo, y me confiaras el secreto –la susurró-. No tendrías por qué haber muerto. En fin...

Andrea bajó de nuevo la mirada, y cerró los ojos. Ethan no dijo las palabras en voz alta, era mejor así. Ella no vio venir el rayo que acabó con su vida, y de esa forma su final fue mucho menos cruel. Una vez tirada en el suelo, con la vida huyendo de su cuerpo, Ethan se levantó, y la miró.

Ya no había problema. Ese sólo era un cadáver, y ni siquiera se sentía culpable. Había hecho por ella todo lo que había podido, y el que ella no le consideraba suficientemente valeroso como para confiar en él, era lo que la había llevado a la ruina. Como último tributo a una hermana que ya estaba escapando de su corazón, se agachó y recogió su varita, guardándosela para sí. No miró hacia atrás cuando se alejaba junto a los demás mortífagos de la zona del crimen. Y cuando la ansiada ayuda llegó, ya era demasiado tarde.

OO—OO

Entraron en los invernaderos, ella guiada por Sirius, encontrándose con el escenario de muchas citas entre ellos, sobretodo al principio de su relación. Era el invernadero número 7, el que la profesora Sprout usaba como jardín privado, y no contenía las raras y peligrosas plantas que enseñaba en clase. Allí solo estaban las flores más hermosas e inofensivas que existían en el mundo mágico. Los 'soleios', que absorveían toda la luz solar dentro de sus preciosos capullos color naranja, cuyo resplandor propio embelesaba; las 'carteniers', unas pequeñas flores con un color indefinido entre el púrpura y el azul turquesa que, en primavera, creaban pequeñas mariposas que volaban por el todo el invernadero; las 'rieyas' flores parecidas a los girasoles, salvo en su color verde claro, que se sentían especialmente atraídas por el olor masculino... Toda clase de hermosas y singulares plantas. La primera vez que Kate lo vio, no comprendió por qué un lugar semejante se les ocultaba a los alumnos, y cómo era posible que Sirius lo hubiera descubierto y pudiera entrar.

Pero pronto descubrió que él era capaz de todo junto a los otros tres diablos. Era un lugar muy especial para ella. Allí fue dónde su novio la llevó para decirla por primera vez esas dos palabras que tanto ansiaba escuchar, ocho meses después de que comenzaran a salir. También fue la última vez que la llevó allí. Dio una vuelta sobre sí misma, observando todo a su alrededor, recordando vívidamente ese momento, y sonriendo. ¿Se estaría acordando él de aquello también?

- Hace mucho que no veníamos aquí –dijo con voz risueña para darle pie a que recordará él en voz alta ese momento-.

Pero Sirius no se acordaba de eso. Sólo la había llevado allí porque necesitaba un lugar tranquilo y próximo para hablar con ella, y le parecía que ese era de los pocos lugares que sólo era de ellos dos. No había allí recuerdos de Grace, por lo que hacía el momento más lúcido para lo quería decir. Al fin y al cabo, había sido a finales de quinto curso, momento en que ya había roto con ella, cuando lo descubrieron, una noche que buscaban nuevos pasadizos por la fachada trasera del castillo. Los cuatro se habían sentido completamente atraídos por la belleza y armonía del lugar, y James se había empeñado en hacer un ramo de esas hermosas flores para conquistar a Lily, dejándoselas anónimamente. Tuvo suerte de haber hecho esto último, pues la combinación resultó ser venenosa, y la pelirroja pasó dos semanas en la enfermería, con la lengua del tamaño de una sartén. Si hubiera llegado a enterarse que había sido James, le mata, fijo.

Kate sonrió un poco al verle abstraído de sus pensamientos, pensando que él también estaba perdido en ese recuerdo. Le sonrió con confianza, y avanzó hasta estar pegada a él, pasando sus brazos por su cuello.

- Si has tardado tantos meses en volver a traerme, es porque esta ocasión será tan especial como la última –especuló pensativa en voz alta-.

Convencida de esto, se puso de puntillas y se aproximó para besarle, pero Sirius se echó hacia atrás, y llevó sus manos a su cuello, para desenlazar sus manos. No había entendido lo último que había dicho, pero ver esa sonrisa ilusionada en su rostro, sin duda esperando algo muy distinto, le estaba matando.

No la soltó las manos, sino que las mantuvo fuertemente apretadas a ambos lados de sus cuerpos, entrelazando sus dedos con los de ella para darse fuerza a ambos. Al fin, se decidió a afrontar sus ojos, que le miraban confusos, y suspiró con fuerza.

- Kate, tengo que hablar contigo...

O-oOOo-O

¿Qué os pareció? Lo del traidor estaba enrevesado, supongo que nadie pensaría nunca que Ethan estaba vivo y era el malo jejeje disculpadme si no os gusta este giro, ¡pero es que a mi me encantan cuando las cosas no son lo que parecen!

Esa última escena... lo siento, pero aquí acabará el Sirius-Kate, aunque no soy capaz de escribirlo, me da demasiada pena, así que lo he dejado así. ¡Perdonadme!

¿Qué opináis de la vuelta de Rachel al colegio? ¡Lo cambia todo, y dará un giro necesario para la historia!

¡Cada vez más cerca del final! No creo que superemos los 40 capítulos, ya ha habido suficiente de esta historia, y casi todas las incógnitas se resolverán en los próximos capítulos! Eso sí, aún queda el climax del fic, aún no llegamos a él, pero nos aproximamos peligrosamente.

¡Espero que os haya gustado! Comentadme, ¡please!

"TRAVESURA REALIZADA".

Eva.