-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.
Capítulo 22
Días y noches pasaron con monotonía y regularidad, como se esperaba que eso sucediera, cumpliendo semanas, meses y un tiempo inconmensurable que el Palacio entero esperaba llegase a su fin para contemplar el pronto nacimiento de un Príncipe o una Sultana.
En sus aposentos, sentada sobre el diván junto a la ventana, la Princesa Koyuki entretenía vagamente su mirada, perdida en el magnífico día que se encontraba la vista de todo el mundo, sin nube alguna que bloqueara la luz del sol. A la par con su buen ánimo, la princesa lucía un femenino vestido malva grisáceo; de escote corazón levemente cuadrado, manga ajustadas y cortas hasta la altura de los codos, un par de leves hombreras así como cuello falso y cerrado que formaba un escote en A. Los bordes de las mangas, el interior de la falda y el centro del corpiño se encontraban estampados en hilo purpura que emulaba flores de jazmín, dando un aspecto sumamente femenino al conjunto. Su largo cabello azul caía libremente tras su espalda, adornado por una diadema de oro de tipo cintillo decorado por cristales, perlas y diamante en forma de lagrima a juego con un diminuto par de pendientes de diamante.
Frente a ella, y tan orgullosa como siempre, se encontraba la Sultana Naoko en un exquisito vestido turmalina de escote corazón y mangas holgadas—abiertas en el frente, a la altura de los codos—bajo una chaqueta de igual color—levemente más oscurecida, adornada por unas pesadas hombreras de piel que rodeaban los hombros y caían en V según el corte de la chaqueta—bordada en hilo de plata, cerrada bajo el busto por tres botones de diamante en caída vertical y abierta a la altura del vientre. Sobre su cabello oscuro, recogido tras su nuca como siempre, se encontraba una magnifica corona de oro, turmalinas, cristales verdes y esmeraldas que emulaba la figura de un pavo real a imagen del dije y los largos pendientes que usaba.
-Me entere de muchas novedades curiosas hoy- comento Naoko con su habitual aire animoso y fingidamente amable, -¿Sabías que muchos dicen que Aratani ya es una Sultana?, ¿Cómo puede serlo?- cuestiono la Sultana, ciertamente indignada a causa de estos comentaros. -No es más que una concubina y aun no tiene un Príncipe del que presumir- ratifico Naoko.
Las normas del Harem eran claras; solo una mujer que naciera siendo hija de un Sultan, o bien que fuera madre de un Príncipe, podía ser llamada Sultana y esta norma siquiera ya tenía sus quiebres por diferencias originarias, que una joven sin señal alguna de embarazo-solo siendo una favorita-tuviera tan honorifico no resultaba sino irrisorio, por no decir ridículo, contranatural a las leyes del Imperio.
-Kami mediante sus aspiraciones serán destruidas por completo- oro Koyuki.
Cinco meses llevaba esa mujer en el Palacio y, pese a no quedar embarazada aun, Daisuke no conseguía olvidarla, la llamaba cada noche sin falta alguna, ya fuera por afines carnales o emocionales. Koyuki agradecía que Daisuke aún le tuviera el mínimo grado de respeto para dirigirle la palabra y pasar breves momentos con ella…pero no más, incluso la Sultana Midoriko volvía a cobrar importancia, todo por culpa de Aratani.
-Koyuki- inicio la Sultana llamando la atención de la Princesa, -no lo había manifestado hasta ahora, por temor, pero necesito algo de ti- pidió Naoko, con amabilidad y respeto.
-¿Qué necesita?- acudió Koyuki, diligentemente. -Diga lo que sea e intentare conseguirlo- prometió la Princesa.
A lo largo del tiempo que llevaba en el Palacio, la Sultana Naoko y ella se habían vuelto aliadas absolutas, relatando e informando de todo aquello que la otra no supiera. El tema era sobrevivir sencillamente, era bien sabido que quien no tenía aliados en el Palacio sencillamente desaprecia y Koyuki no quería sufrir tal destino, mucho menos cuando contaba con la triste desventaja de ser estéril, incapaz de alumbrar a un Príncipe o Sultana que la integrara al Imperio. Necesitaba permanecer en ese Palacio y lo haría por todos los medios posibles.
-El sello de la Sultana Sakura- pidió Naoko, finalmente.
Koyuki era muy noble, de hecho una mujer demasiado inocente para su gusto, pero el medio que precisaba para derrocar a Sakura, con solo tener la impresión de su sello todo cambiaria y ella seria quien tuviera poder para hacer todo cuanto deseaba. Reparar en el valor a pagar por la victoria era estúpido en ese momento, y pensaría en las repercusiones más adelante, pero no ahora, no cuando el poder que ambicionaba se encontraba tan cerca de ella.
-¿Y eso por qué?- dudo Koyuki.
-Hay propiedades a mi nombre que quero recuperar, propiedades de las cuales la Sultana Sakura se adueñó en mi ausencia- justifico Naoko con sencillez, -solo quiero recuperarlas- sonrió la Sultana.
Todo cuanto la Sultana Naoko decía tenía sentido, se suponía que no debía dudar, pero Koyuki temía implicarse demasiado, ¿Cómo ayudarla y no verse implicada? El sello en cuestión estaba dentro de los aposentos de la Sultana Sakura, ¿Cómo entrar y salir incólume? Sin duda alguna eso ya representaba un enorme reto, pero si la Sultana Naoko se lo pedía, debía de asumir que tenía una idea de cómo ejecutar un plan útil, ¿no?
-Está bien- acepto Koyuki, pensando en el dicho; hoy por ti, mañana por mí, ¿Qué tengo que hacer?- dispuso la Princesa.
-Solo estamparlo aquí- Naoko le tendió una especie de plantilla de cera oculta dentro un pequeño contenedor, -no te resultara complicado- alabo la pelinegra, confiando en las capacidades de Koyuki.
La Princesa acepto la plantilla, contemplando dudosa la labor que la Sultana Naoko le pedía ejercer, si las cosas eran tal y como ella decía, no haría mal en ayudarla, ¿cierto? Al fin y al cabo estaría haciendo una buena acción, estaría hiendo por el camino correcto y justo, no tenía por qué salir perjudicada de todo eso.
Había grandes bellezas en el Harem, mujeres de todos los rincones del mundo, mujeres que podían opacar a las maravillas de la creación a causa de la belleza que poseían y aun más maravillosas de contemplar bajo los exquisitos ajuares del Palacio Imperial que daba a las jóvenes—ya fueran favoritas del Sultan o los Príncipes—educarse exquisitamente y acceder a la aristocracia gubernamental; la Haseki o Sultana de un Sultan o Príncipe, así como la esposa de algún Pasha importante.
Que un hombre, de su edad, se fijara en una mujer era lo más natural del mundo, había tenido favoritas como cualquier Príncipe pero en ninguna ocasión había dado oportunidad a llegar más lejos y tener un hijo siquiera, pero Rai sintió su mundo detenerse ante la sublime presencia de una joven que nunca antes había visto en el Palacio. Motivado por la belleza de aquella joven doncella, perteneciente al sequito de su madre y que sirvió la mesa para él, Rai se atrevió a hacer la pregunta que llevaba sopesando desde el primer instante en que la había visto, momentos atrás:
-¿Cómo te llamas?- se interesó el Príncipe.
Ya fuera quien fuera esa sublime doncella, —de largos rizos castaño almendrado, brillantes orbes avellana y piel brillante y blanca—lucía un sencillo pero halagador vestido turmalina de un rebajado escote corazón y mangas holgadas y abiertas desde los hombros bajo una chaqueta superior, sin mangas, cerrada bajo el busto y abierta a la altura del vientre, calzada a su figura por un cinturón plateado con cristales engarzados. Sobre su largo cabello, que caía libremente tras su espalda se hallaba una sencilla diadema de oro en forma de broche y que emulaba rosas al igual que un sencillo par de pendientes de oro.
-Calika, su alteza- reverencio la doncella al Príncipe, no pudiendo evitar perderse en su mirada.
Ejecutar un plan, apenas y teniendo una idea de cómo actuar era lo más difícil que a Koyuki se le podía haber ocurrido, si bien había actuado como sicaria-por decirlo de alguna forma-para su propio beneficio, el tiempo que llevaba en el Palacio, actuando como una dama ante todo el mundo, comportándose como se esperaba que hiciera…menguaba su habitual rutina de entrenamiento y superación propia, evitándole actuar con el sigilo y la destreza que debía de acostumbrar en otras oportunidades. Esta vez, literalmente, debería de usar la puerta para entrar y eso esperaba hacer, deteniendo fuera de las puertas de los aposentos de la Sultana Sakura donde se encontraban los leales y fornidos jenízaros que resguardaban el lugar.
-Vine a ver a la Sultana Sakura- anuncio la Princesa.
-Lo lamento, Princesa, pero la Sultana dejo el Palacio hace unos momentos- informo uno de los dos jenízaros.
Ciertamente esta situación facilitaba aún más lo que debía hacer, pero no quitaba de encima la incógnita si podría entrar y buscar entre las pertenencias de la Sultana. ¿Tendría el tempo de hacerlo siquiera?
-De igual modo la esperare adentro, ¿Se puede?- inquirió Koyuki.
Sin objetar su decisión, los jenízaros abrieron las puertas para la Princesa que, inspirando aire, entro sin más titubeos, sintiendo las puertas cerrarse tras de sí. Era bien sabido que la Sultana Sakura era acompañad por todo su sequito cuando dejaba el Palacio, podía actuar con toda libertad al no tener a nadie vigilándola ni nada. Apresurada, la Princesa se acercó con prontitud al escritorio de la Sultana, revisando los cajones, no hallando más que libros, archiveros y documentos cualquier que nada tenían que ver con ella, por sobre este se encontraba dos pequeños cofres plateados con diamantes incrustados.
Revisando el primero, Koyuki dio con una serie de pequeñas cartas selladas, desistiendo de esto y revisando el segundo cofre en cuyo interior se encontraba el noble sello de la Sultana. Tan rápidamente como le fue posible, Koyuki rebusco en borde de su corpiño, extrayendo la plantilla que la Sultana Naoko le había dado, calzando de forma inmediata el sello, devolviéndolo a su lugar y guardando el aditamento usado justo un segundo antes de que las puertas tras ella fueran abiertas, haciéndola congelarse de pavor.
-Princesa Koyuki- la aludida sintió su corazón paralizarse, antes de voltear con suma lentitud, dando con el rostro de lady Ino que la observaba confundida por su presencia, -¿Qué está haciendo aquí?- se sorprendió la Yamanaka.
Ya lo había hecho, no existía vuelta atrás y Koyuki se lo repetía insistentemente, tragando saliva de forma inaudible y serenándose a si misma ante el interés de la Yamanaka.
-Vine a ver a la Sultana Sakura- se tranquilizó a si misma Koyuki, no exteriorizando lo nerviosa que estaba realmente, -dijeron que acababa de salir, así que decidí esperarla- comunico.
-Fue a su fundación, Princesa- comunico la Yamanaka, causando la sorpresa, fingida de la Princesa, -creo que tardara en regresar- comento Ino.
Lo mejor que podía hacer en ese momento era fingir, de otro modo daría a entender que estaba ahí con segundas intenciones y eso no la ayudaría en absoluto. Estaba corriendo un enorme riesgo, solo Kami sabía si no traería consecuencias, esperaba que no ya que-de lo contrario-tendría que exigirle ayuda a la Sultana Naoko. Si de algo estaba segura, era que nunca más volvería a arriesgarse de la forma en que estaba haciendo en ese momento.
-Ya veo- agradeció Koyuki, ocultando sus emociones a la perfección, -entonces volveré más tarde, lady Ino- se despidió la Princesa.
-Princesa- reverencio la Yamanaka.
Observando la digna partida de la Princesa, Ino se atrevió a dudar de que hubiera estado ahí por las razones dichas, pero luego se corrigió a sí misma, ¿Por qué la Princesa entraría con malas intenciones en los aposento de la Sultana Sakura?, ¿Qué iba a ganar, de todas formas?
A lo largo de la historia del Imperio de los Uchiha, pocas mujeres y Sultanas habían sido enormemente valoradas, pero si alguien era amada por el pueblo de manera inequívoca era sin lugar a dudas la Sultana Sakura, Haseki y única mujer del Sultan, su esposa legitima, la luz y la alegría del pueblo y la gente que buscaba esperanza en ella y en sus magnánimas muestras de caridad, llenando los platos que eran entregados a la gente, disfrutando el acercarse a la gente y ayudar pese a contar con ocho meses de embarazo, a penas y notorios bajo aquel pesado abrigo azul verdoso que ocultaba su vestido, con la tradicional corona imperial de tipo torre hecha de terciopelo azul con zafiros, diamantes y cristales azul incrustados, que sostenía un velo que ocultaba su largo cabello.
-Kami la bendiga, Sultana- agradeció la mujer ante la atención que tenía la Sultana con su pueblo.
-Provecho- sonrió Sakura con humildad.
A su lado—portando un abrigo color borgoña, de cuello y bordes de piel color negro que apenas y hacia visible su embarazo de casi seis meses, con su largo cabello rubio cayendo tras su espalda, adornado por una sencilla corona que sostenía un velo a juego—Eri entregaba pequeñas bolsas con monedas de oro a la gente que recibía comida de manos de la bella Sultana Sakura. Muchos ya la llamaban Sultana por estar embarazada del Príncipe Kagami, el "Príncipe de Corazones" pero Eri no deseaba ser una Sultana, solo deseaba hacer feliz a Kagami y ayudar al Imperio, así como al Sultan y la Sultana, si hacer todo eso la hacía ganar poder; sea pues, pero de poder elegir, Eri solo elegiría seguir siendo quien era, su corazón latía por el inmenso amor que sentía por Kagami, eso era suficiente en su vida.
-No deja de asombrarme el amor que el pueblo siente por usted, Sultana- admiro Eri, sonriendo maravillada ante el amor que brillaba en los ojos de todos al ver a la Sultana.
Aun antes de alumbrar al difunto Sultan Baru, era bien conocido por todos la devoción que el pueblo le tenía a la Sultana que había impedido na rebelión destructiva, así como quien había evitado la muerte del Sultan, una Sultana noble y justa, penitente y trágica que había perdido a quienes amaba y por quien el pueblo sentía un amor incondicional, oponiéndose a los rebeldes que intentaban sembrar el caos. El ejército incluso escuchaba sus órdenes, acatando sus tácticas de batalla, admirando su carácter. ¿Quién n admiraría a una mujer así?
-Todo es parte de una vieja tradición- acoto Sakura, sonriendo a Eri que aprendía tan rápido como le era posible para no quedarse atrás, -el pueblo ama a sus soberanos si son justos y si demuestran que les interesan- inculco la pelirosa en caso de que el designado a ser Sultan fuera Kagami.
A la diestra de la Sultana Sakura, y luciendo un abrigo de piel purpura a juego con la elegante corona imperial de los Uchiha, —hecha de terciopelo y decorada con amatistas, cristales violetas y múltiples diamantes en son de un par de pendientes en forma de lagrima—la Sultana Sarada repartía juguetes entre los niños, disfrutando poder ayudar al pueblo tal y como hacia su madre. Ciertamente pocas Sultanas de sangre en el Imperio velaban por el bienestar del pueblo y de hacerlo era por deber y no voluntariamente, pero Sarada había crecido viendo a su madre demostrar amor y piedad al pueblo, aprendiendo de ello y valorando la significancia que tenía la gente dentro del Imperio; ellos eran quienes contaban, solo estaban en el poder gracias a ellos, solo por ellos se mantenía el equilibrio en que residían.
-Ser Sultana no es fácil- comento Sarada, formando parte de la conversación, -hay que conocer los sentimientos de la gente, sus miedos e inseguridades, solo entonces se puede hacer algo para brindarles paz- explico la Uchiha a Eri.
-Exactamente, es como dice Sarada- ratifico Sakura, sonriéndole a su hija que lucía radiante pese a que aún no se hubiera fijado fecha para su boda, -solo entendiendo al pueblo y unificándolo se puede tener paz- índico la pelirosa.
La relación entre su hija y el Hasoda Basi seguía siendo secreta a ojos de todo el mundo, Sasuke no quería que corrieran los rumores-de todas las clases-que sabía rondarían incansablemente tanto a su hija como al Uzumaki, bueno, por eso y otra razón que-por ahora-no venía al caso. Pero era absolutamente seguro que la boda fuera a celebrarse, de hecho Sakura ya había hecho que hicieran un vestido de novia para su hija, manteniéndolo celosamente guardado en su propio armario para que no saltara a la vista de nadie. Solo faltaba la fecha, el resto de las cosas estaban listas y dispuestas.
-Sultana- irrumpió un soldado jenízaro, reverenciando a la Haseki del Sultan, así como a las dos mujeres presentes, -disculpe mi interrupción- se excusó el hombre, -el Sultan ha pedido que usted y las Sultanas regresen al Palacio tan prontamente como les sea posible- informo el jenízaro.
-¿Y eso por qué?, ¿Ha sucedido algo?- se preocupó Sakura.
-No, Sultana- tranquilizo el jenízaro, -pero Metal Lee Pasha quiere mostrar algo al Palacio entero, el Sultan pidió que usted estuviera presente, así como las Sultanas y los Príncipes- detallo el hombre.
Sakura arqueo una ceja ante esto. Sasuke le había comentado-meses atrás-sobre idea que tenía Metal Lee Pasha y que aún no había concretado, ¿Se trataría de eso? Ojala fuera fácil para la gente volar a libertad porque en el Palacio Imperial y en su condición como Sultana…se sentía como un ave a quien-en pleno vuelo-le hubieran arrancado las alas sin reparar en sus sentimientos. Pero una exhibición merecía ser celebrada, y-por más egoísta que sonara-Sakura ya sentí que le incomodaba pasar tanto tiempo de pie.
-Sea- acepto la pelirosa, inclinando su cabeza ante el jenízaro que, respetuosamente la reverencio antes de retirarse, -Shikamaru- llamo la Sultana a su leal amigo que acudió en el acto, -encárgate de que preparen todo- pidió Sakura.
-Sí, mi Sultana- acato el Nara.
Naoko recibió sonriente la plantilla de manos de Koyuki, revisando por su cuenta que estuviera el sello estuviera estampado en ella, había sido una prueba sumamente difícil pero que la joven Princesa había conseguido superar, no dudaba en lo absoluto de que Koyuki peleaba por sus propios intereses…justo como ella, en esa situación lo mejor era ayudarse y avanzar por un mismo camino. Lo importante, en ese Palacio, era sobrevivir, si se era débil…implemente se desaparecía entre aquellos fríos y nobles muros de mármol y oro.
-Gracias- sonrió Naoko, absolutamente agradecida, -significa mucho que hicieras esto por mí, Koyuki- reconoció honestamente la Sultana, tomando en cuenta la posible lealtad de la Princesa. -El futuro es incierto, tienes mi promesa de ayuda incondicional si me necesitas- prometió la Sultana.
No era una mentira del todo, Koyuki no tenía un bando fijo, estaba a expensas de la providencia y de lo que quisieran aquellos que gobernaban el Palacio y lo que tuvieran a bien decidir, en una situación así Naoko sabía que podía aprovecharse y aliarse con todos aquellos que no estaban del lado de Sakura y su estirpe, así abriría su propio camino, el camino mediante el cual su hijo seria Sultan.
-Gracias, Sultana- murmuro Koyuki.
¿Podía confiar realmente en la Sultana Naoko? Koyuki ciertamente no había reparado en ello…hasta ahora.
Las puertas de los aposento de la Sultana Sakura se abrieron, permitiendo la entrada de la poderosa Haseki, escoltada por su lela amigo Shikamaru, así como por Tenten e Ino, siendo que esta última necesitaba la aprobación de la Sultana en los habituales documentos del Harem.
-Espero que la demostración sea algo novedoso- comento Sakura, sentándose frente a su escritorio por un momento, quitándose la corona con ayuda de Tenten, -en este Palacio solo se contempla monotonía- sonrió la Sultana.
-Conociendo a Metal Lee Pasha, nunca se sabe, Sultana- animo Ino, esperando que la demostración pública valiera la pena. -El informe semana del tesoro Imperial, Sultana- la Yamanaka tendió el documento en cuestión, sonriendo con respeto a su amiga y Sultana.
Sakura asintió, preguntándose interinamente que ra aquello que el Pasha tenía en mente, pero ya fuera que lo pensara o no, todo sucedería a su debido tiempo, ni antes, ni después. La Sultana abrió el pequeño cofre sobre su escritorio, tomando su sello de él, observando aquello que era de su propiedad, frunciendo el ceño con extrañeza al ver restos de algo sobre su sello. ¿Cómo era posible? No había lucido así la última vez en que lo había usado.
-¿Y esto?- cuestiono Sakura, indignada, -¿Por qué mi sello esta así?- exigió saber la pelirosa.
Pidiéndole permiso con la mirada, Shikamaru tomo el sello de manos de la Sullana, observándolo con absoluta extrañeza, algo así no era posible, ¿Quién se atrevería a hacer eso?, ¿Quién osaba entrar en los aposentos de la Sultana más poderosa del mundo, la esposa del Sultan? Era inconcebible.
-¿Cómo es posible?- murmuro Shikamaru, incrédulo. -No lo entiendo, Sultana- negó el Nara, tendiéndole el sello a Ino.
-No lo sé- confeso Ino, incapaz de explicar tal suceso, -es cera, Sultana- se atrevió a inferir la Yamanaka al ver la mancha en el material.
-Eso ya lo sé- gruño Sakura con obviedad. -¿Pero quién se atrevió a entrar en mis aposentos?- cuestiono la Sultana, alarmada ante esta violación a su privacidad. -Interroguen a todos inmediatamente- ordeno Sakura, no esperando titubeo alguno.
La Sultana se levantó inmediatamente de su escritorio-siendo reverenciada por Shikamaru e Ino, y seguida por Tenten-subiendo las escaleras hacia sus aposentos con calma pese a la furia que sentía. En ese momento solo quería cambiarse de ropa y esperar la "exhibición" para despejar su mente. ¿Cómo era posible que no dejaran de aparecer problemas? A cada día que pasaba los asuntos con que lidiar eran cada vez mayores, pero esta vez no dejaría pasar esta amenaza.
Quien sea que hubiera osado revisar sus pertenencias lo pagaría.
Aratani, la favorita del Príncipe Daisuke, —aliada indisoluble de la Sultana Sakura y el Sultan Sasuke—para muchos; Sultana Aratani, recorría los pasillo de regreso al Harem con absoluta calma. Había rendido cuentas al Sultan como acostumbraba a hacer recientemente y que no quería incomodar a la Sultana Sakura con todo cuanto averiguaba estando junto al Príncipe, además de espiando a la Sultana Naoko. Proteger al Imperio no era—en absoluto—una tarea fácil, pero era algo necesario de hacer.
La hermosa pelicastaña recorría los pasillos con aire sereno, usando un sencillo vestido aguamarina de escote corazón y mangas ajustadas hasta los codos—holgadas has cubrir las manos—y con cinco botones de diamante en caída vertical desde el corpiño, a juego on un par de largos pendientes de plata con un cristal en forma de lagrima, emulando la corona en forma de rosas que reposaba sobre su largo cabello castaño que caía grácilmente sobre sus hombros y tras su espalda.
De forma repentina, y antes de que Aratani pudiera protestar siquiera, sintió a alguien halar de su brazo y arrinconarla contra la pared próxima a las escaleras, ocultos por las sombras donde nadie pudiera verlos. La pelicastaña apenas y tuvo tiempo de resistirse ante su Príncipe que beso incansablemente sus labios, mejillas, frente, parpados, la punta de la nariz y cualquier rincón de piel de su rostro que pudiera cubrir de besos, caricias y mimos. Aratani no pudo evitar reír divertida por su actuar.
-Príncipe, ¿Qué tiene?- pregunto divertida y sorprendida por tanta efusividad en cuanto él pareció darle, muy brevemente, una tregua.
No era como si fuera a quejarse por eso. Si bien no estaba embarazada a un-por decisión propia y explicada al Sultan y la Sultana-disfrutaba del inmenso amor-porque eso era-que vivían Daisuke y ella, no se trataba solamente de ser afines entre sí en la intimidad, no necesitaban de ello para estar juntos, solo estando en los brazos del otro se sentían plenos, coa que incluso a ella podía sorprenderla. Jamás imagino que alguien como Daisuke pudiera expresar mor de aquella forma.
-Deseos de verte- justifico Daisuke, acariciando el rostro de su favorita, o más bien "Sultana".
-Alteza- intento hacerlo desistir la pelicastaña, sabiendo que no resultaría de aquella forma, -Daisuke- protesto Aratani, llamándolo por su nombre y haciendo que la viera los ojos, -alguien podría vernos- advirtió la pelicastaña levanto su mirada a los pasillos próximos.
Existía algo muy fuerte entre ambos, no lo dudaba ya que la confianza le permitía llamarlo por su nombre-estando en privado, claro-pero eso no significaba que fuera indiferente para ella el ser descubiertos en pleno acto por causa del lívido e impulso de su Príncipe, nadie había dicho que quisiera resistirse, pero era cuestión de decoro, nada más.
-Déjalos que miren, estrían contemplando la perfección absoluta hecha mujer- adulo Daisuke, enterrando su rostro en el cuello de ella, deleitándose con su perfume y su sublime belleza, -eres la Sultana de mi corazón- prometió el Príncipe, incapaz de apartar sus ojos de ella.
-Concubina, aun no soy Sultana- corrigió Aratani, sujetándolo de los hombros y haciendo que sus miradas se mantuvieran clavadas la una en la otra.
-Pero casi- razono Daisuke, haciéndola reír, -de favorita a Sultana solo hay un paso- recordó el Príncipe, robándole otro beso que les quito el aliento a ambos.
Ojala fuera tan fácil. Aratani estaba determinada a solo alumbrar un Príncipe o Sultana cuando fuera necesario, el Príncipe ya tenía un hijo y una preciosa hija, ¿Por qué querría más? Solo cuando él lo deseara sucedería, no antes. No le interesaba si el resto del mundo quería que fuera una Sultana, la opinión de la Sultana Sakura, del Sultan y el Príncipe era importante para ella, el resto del mundo le era indiferente a menos que se tratara de las Sultanas Midoriko, Mikoto, Shina, Sarada o Izumi o los Príncipes Rai, Kagami o Shisui.
-El oso hambriento quiere jugar- bromeo Aratani, aludiéndolo a él.
-¿De dónde sacaste ese dicho?- rio Daisuke, no sabiendo si sentirse ofendido o si devorarla a besos.
-Yo lo invente- confeso la pelicastaña, sonriendo radiante. Poso uno de sus dedos sobre los labios de su Príncipe al verlo protestar, -las palabras arruinan su significado- advirtió, haciéndolo fruncir el ceño como si de un niño regañado se tratase, pero ya sabía cómo lidiar con eso. -Si esta tan impaciente…- inicio Aratani, entrelazando una de sus manos con la de él, -déjeme conducirlo al mejor lugar de este Palacio- sugirió la pelicastaña con aquel aire tan cautivadoramente seductor.
Sin dudarlo ni por un segundo, Daisuke se dejó guiar por ella, nunca dudaría que ella era quien le daba un nuevo significado a su vida, quien era todo para él, su favorita, su Sultana y-si era posible-su Haseki.
Existían grandes bellezas en el mundo, todos lo sabían y podían inferirlo en base a lo poco que conocían del mundo a pesar de ello, pero si existía una mujer hermosa a ojos de Boruto, era sin lugar a dudas la Sultana Sarada que en ese preciso momento entro en sus aposentos, hermosa y perfecta como siempre.
La hermosa Sultan lucía un sencillo vestido celeste de escote cuadrado y mangas ajustadas hasta los codos, abiertas como lienzos y sobre este una chaqueta de encaje azul verdoso ribeteada en diamantes, de cuello alto y cerrado, marchadas hombreras, sin mangas y cerrada hasta la altura del vientre donde exponía la falda del vestido inferior. Su largo cabello azabache caía libremente tras su espalda como una cascada de rizos, adornado por una corona de oro y zafiros que emulada capullos de rosas y espinas que complementaban un par de sencillos pendientes de cuna de oro con un zafiro en el centro, hermosa y perfecta como solo ella podía serlo.
-Sultana- reverencio Boruto, intentando no parecer tan abrumado por su belleza.
Apresurada y sonriente, la Sultana cruzo con prontitud la distancia que los separaba a ambos, aferrándose desesperadamente a los hombros del Uzumaki que envolvió sus brazos alrededor de la cintura de ella, perdido y cada vez más fascinado con su increíble belleza, cada vez más enamorado y de ella por completo.
-Luz de mi vida- saludo Sarada, sonriendo absolutamente feliz al estar junto a él, -¿Me quieres como el primer día?- pregunta la Sultana, deseando escuchar su respuesta.
-Cada día más- prometió el Uzumaki.
Los labios de ambos-guiados por una necesidad desenfrenada-se unieron inmediatamente, soltando un suave jadeo que quedo omitido entre ese latir especial que los hacia insaciables, exigiendo más y más de aquel beso e impidiendo que el otro pudiera resistirse.
-Estoy ansiosa- murmuro Sarada contra los labios de él, fusionándose en un nuevo beso que los hacia estremecer, robándoles el aliento y haciéndolos desear aún más del otro, -ya no puedo esperar más, busca algún sitio, el que sea- rogo la Uchiha, aferrándose con desesperación a los hombros de él.
-Nada me haría más feliz, Sultana- reconoció Boruto, haciendo que los rostro se ambo se separaran como era debidamente necesario, -pero sería peligroso- recordó el Uzumaki, haciéndola entornar los ojos con sorna, -lo que menos desearía seria mancillar su reputación a causa de mi lívido- justifico Boruto, únicamente preocupado por ella.
-Y el mío- corrigió Sarada, envolviendo sus brazos alrededor de su cuello, -quiero esperar, pero verte todos los días lo dificulta- razono la Uchiha, descendiendo sus manos y acomodando el cuello de la chaqueta el Uzumaki, sin apartar sus orbes ónix de los brillantes zafiros de su amado.
-¿Cómo crees que me siento yo?- cuestiono el Uzumaki, un tanto ofendido porque ella creyera que era la única que tenía que resistir la tentación. -Eres demasiado tentadora como para resistirme- confeso Boruto, acercando conscientemente su rostro al de ella.
La Sultana, con una sonrisa confiada, pego su frente a la del Uzumaki, sonriendo contra los labios de él antes de fundirse en un nuevo beso cargado de necesidad, amor, deseo y veneración mutua.
En lo alto de la Torre Gálata que conformaba el hogar de los dos amigos, en el balcón, se encontraba una larga pasarela que era observada por Metal Lee quien tenía un nuevo par de alas en sus espalda, mucho más aerodinámicas que las que había usado anteriormente, además de un traje especialmente fabricado para no salir herido en caso de que no volara como tenía previsto sino que solo cayera en picada hacia una muerte segura. A su lado se encontraba su amigo Naka, esperando e intentando que desistiera de su empeñoso sueño de fantasía.
-No puedo ver- se quejó Naka, incapaz de comprender como es que su amigo podía estar tan deschavetado. -Reconsidéralo Metal Lee, por favor- rogo el pelicastaño, más sin embargo su amigo no abandonada ni su postura n su idea de lanzarse al vacío, -hablemos de esto, no puedes lanzarte de aquí, quedaras hecho puré- alego Naka, olvidándose de su propio temor y clavando su enfadada mirada en su amigo.
El pelinegro entrono los ojos ante su intento por distraerlo, como si no supiera lo que su amigo intentaba hacer…pero no iba a desistir, llevaba mees perfeccionando su fantasía para probarle a todos que nos existían las imposibilidades, para probar que era merecedor de la confianza del Sultan Sasuke que le había permitido liberar su mente más allá de lo que otros consideraran posible siquiera.
-¿Crees que me rendiré cuando pase el viento?- cuestiono Metal Lee, divertido ante los ruegos de su amigo.
-No te rendirás, ¿cierto?- dimitió Naka.
No quería perder a su amigo, la sola idea resultaba dolorosísima siendo que Metal Lee era más bien su hermano, ¿Cómo hacer la vista gorda y fingir que no le importaba?, ¿Quién era él sin su mejor amigo? Quería que su mejor amigo fuera feliz y pudiera cumplir sus sueños, ¿Pero eso merecía que perdiera su vida en ello?, ¿Realmente merecía la pena?
-No, Naka, si he de morir cumpliendo mi sueño, lo hare- insistió Meta Lee, determinado a hacer o morir. -Además, si eso sucede tendrás material, escribirás sobre un hombre llamado Metal Lee que murió cumpliendo su sueño, un inventor apasionado que estaba loco- sugirió el pelinegro, sabiendo que su amigo era sin lugar a dudas un escritor sumamente habilidoso, -serás aclamado por todos a causa mía- vaticino Metal Lee.
-Claro que lo hare, no tengo nada más que historias en ese mundo- recordó el Celebi, cruzando los brazos por sobre su pecho, -eso y mi amigo, mi compañero leal- recordó Naka con lamentación, pero sabiendo que no iba a cambiar nada con sus alegatos. -¿Estás seguro de esto?- pregunto el pelicastaño.
Metal Lee asintió enérgicamente, acercándose a la rampla que había creado, era ahora o nunca, o vivía para disfrutar de su sueño o moría en el intento, ya fuera uno o lo otro, sabía que había hecho todo cuanto había deseado hasta entonces, no habría vivido en vano.
Había muchos lugares en el Palacio desde donde los sirvientes, soldados y concubinas se apiñaban a ver el pronto intento de Metal Lee Pasha, pero si existía un lugar en cuestión donde tal espectáculo fuera perfectamente visible sin impedimento alguno, ese sin lugar dudas era la terraza de los aposentos de la Sultana Sakura donde ya se encontraban reunidos el Sultan y ella, la Sultana Mikoto junto a su esposo Kakashi, Sarada junto a su hijo Izuna, Daisuke junto a Aratani, Midoriko junto a sus dos pequeños hijos; Sasuke y Mikoto, Rai, Kagami y Eri, así como Shisui, Boruto, Naruto, Shikamaru, Ino y Tenten.
Habiendo asistido previamente a una reunión del Consejo real, —como acostumbraba—el Sultan lucía un elegante Kaftan olor negro de mangas dobles, -unas superiores, holgadas y abiertas desde los hombros y una inferiores ajustadas por completo—y marcadas hombreras, con seis botones de oro en caída vertical desde el cuello al abdomen. Resaltando aún más su emblemático y soberbio poder como Sultana se encontraban una serie de bordado en hilo de oro que emulaba el emblema de los Uchiha en la espala, los hombros, las mangas superiores, los costados del Kaftan y los laterales del pecho.
Sentada a su lado, expectante, sosteniendo unos binoculares color dorado, Sakura esperaba el momento propicio en que se gestara aquello que todos estaban esperando. Portaba un exquisito vestido granate purpureo de escote cuadrado, mangas ajustadas y cuello falso hecho de seda, ajustado al cuello pero que creaba un escote en A. encaje color negro ribeteado en dimanes adornaba las muñecas, los bordes del escote y el encentro del corpiño así como los bordes de la falda, resaltando el calce magnifico del vestido que no hacía sino embellecerla todavía más a causa de su embarazo. Su largo cabello rosado se encontraba elegantemente peinado en una trenza que caía libremente tras su espalda, adornado por una corona de oro y amatistas en forma de lirios y orquidáceas a la par con un sencillo par de pendientes de oro de los que colgaba una amatista en forma de lágrima.
-¿Crees que lo logre?- pregunto Sakura, entrelazando su mano con la de él, observando hacia la torre. -Suena imposible- critico la pelirosa, pero no con dureza, sino realismo.
-Las mejores cosas parecen imposibles- adulo Sasuke, observándola.
Sakura sonrió divertida ante su alago, pese al incidente que aún no estaba esclarecido, estaba algo más tranquila ante la presencia de toda su familia, o casi toda ya que Izumi aún no llegaba.
Sentada junto al Príncipe Kagami—por su parte—se encontraba Eri, usando un sencillo vestido verde limón claro, de escote corazón, ajustado bajo el gusto, de mangas holgadas hasta casi cubrir sus manos, y holgado para mayor libertad, haciendo visible su embarazo bajo una chaqueta de igual color—levemente más brillante y oscurecida—bordada en hilo de oro, cerrada a la altura del vientre. Su largo cabello rubio caía sobre su hombro derecho, adornado por una corona de oro y cristales dorados que complementaban una elegante gargantilla de dije a juego alrededor de su cuello que emulaba un sencillo par de pendientes.
Ocupando el lugar junto a su hermana Sarada se encontraba la Sultana Mikoto usando un sencillo vestido azul de escote redondo y mangas ajustadas hasta los codos, holgadas hasta cubrir las manos—hechas de encaje transparente, bajo una chaqueta de satín y encaje azul oscuro que formaba una especie de cuello hecho de piel color negro, cerrada en el frente por obra de siete botones de diamante en caída vertical. Su largo cabello rosado caía sobre su hombro izquierdo, adorado por una elegante corona de palta y zafiros que brillaba contra la luz a la par de un sencillo par de pendientes de diamante en forma de lágrima y un collar de plata y zafiros que emulaba el emblema de los Uchiha.
-Incluso hizo alas- comento Shikamaru tras el Sultan y la Sultana.
-¿Cómo un ave?- Sarada volteo a verlo, divertida e incrédula a su vez, observando divertida la confianza que su padre tenía en el Pasha. -Debe estar loco- rio la Uchiha.
-Lo está- razono Boruto por ella, sonriéndole.
Toda pisca de ánimo o acercamiento entre el Uzumaki y la Uchiha se vio reemplazado por una falsedad y distanciamiento inmediato ante la llegada de Izumi que—para desagrado de mucho de los presentes—era acompañada por la Princesa Koyuki.
La Sultana lucía un sencillo vestido rosa suave de escote corazón y mangas holgadas que cubrían sus manos por completo, decorado en el corpiño por cinco botones de diamante en caída vertical, por sobre el vestido se encontraba una chaqueta de igual color hasta la altura de los muslos, cerrada a la altura del vientre y abierta bajo este, bordada en hilo color fucsia que emulaba flores de cerezo y jazmines. Su largo cabello castaño—como siempre—se encontraba recogido tras su nuca, adonado por una diadema de tipo cintillo hecha de oro y decorada con cristales rosas a juego con un pequeño par de pendientes en forma de flor de cerezo.
-Madre, Majestad- reverencio Izumi, ocupando prontamente su lugar, sentándose junto a Koyuki. -¿Es cierto lo que dicen?, ¿Metal Lee Pasha va a volar?- indago la Sultana, sumamente emocionada.
-Si tiene cordura, desistirá- comento Mikoto, dudosa de que algo así fuera posible siquiera.
Sentada junto al Príncipe Daisuke, teniendo a Aratani a su diestra—portando un exquisito vestido turquesa corazón de mangas ajustadas hasta los codos, holgadas y abierta en el frente bajo una chaqueta de igual color bordada en diamantes—se encontraba la Sultana Midoriko que le dirigió una mirada fría y cargada de odio a la Princesa, ostentando aún más poder gracias a la elegante corona de plata y topacios sobre su cabeza, a juego on un sencillo par de pendientes de diamante en forma de lagrima que se veían opacados ante una fina cadena de plata alrededor de su cuello de la cual pendía un dije que emulaba el emblema de los Uchiha. Podían haber pasado meses, se suponía que ya debía de estar acostumbrada, pero no era así, Midoriko jamás dejaría de odiar a Koyuki como o hacía.
Sin dejarse enfadar por causa de la Princesa Koyuki, Sakura giro su rostro hacia Shikamaru quien se le acerco diligentemente.
-Shikamaru, ¿descubriste algo?- consulto Sakura.
-No, Sultana- negó tristemente el Nara, -hemos interrogado a todo el personal pero nadie sabe nada y usted misma ha comprobado que todos son de confianza- recordó Shikamaru, conociendo los pensamientos de su Sultana.
-Seguiremos investigando después, alguien debe saber algo- zanjo Sakura.
El Nara la reverencio, volviendo a su lugar. Sasuke afianzo su agarre sobre la mano de ella, haciéndola recriminarse el no haber sido lo bastante discreta para evitar que él se diera cuenta de que ella estaba lidiando con un problema.
-¿Algo de lo que preocuparme?- pregunto Sasuke.
-Alguien entro en mis aposentos- murmuro Sakura para que nadie más los oyera, lo que menos deseaba en ese momento era causar un alboroto, -aparentemente usaron mi sello, dejaron restos de cera en él- justifico la pelirosa.
-¿Quieres que Boruto se encargue?- planteo Sasuke.
-Por ahora, no- tranquilizo Sakura, afianzando su agarre sobre la mano de él, -no queremos crear una tormenta en un vaso de agua- recordó la pelirosa, observando meditativamente a sus nietos, hijos e hijas.
-Si así estimas conveniente que procedamos- acepto Sasuke.
Estaba encargándose personalmente de muchos asuntos de estado con que-usualmente-lidiaba ella para hacer lo que se precisaba en ese momento; que el embarazo de ella finalizara con absoluta tranquilidad, ya fuera que tuvieran un Príncipe o una Sultana, el mayor deseo de Sasuke era que ella estuviera feliz y si para ello debía de malgastar su tiempo en asuntos de estado; sea pues, al fin y al cabo siempre conseguía pasar tiempo con ella y eso era lo importante. Imitando a su esposa, que observaba por sus binoculares hacia la torre, el Uchiha tomo su catalejo, igual de expectante.
-Por lo visto saltara pronto, ya está en la cima- observo el Uchiha.
-¿Rezamos por él?- rio Sakura, no sabiendo que más hacer.
Sasuke volteo a verla, divertido ante su comentario, pero hasta él reconocía que debían de preguntarse si Metal Lee conseguiría aquello que se disponía hacer, ¿Era realmente posible siquiera?, ¿Volaría o moriría en el intento?
-Naka, tu bendición- pidió Metal Lee, listo y dispuesto.
-Meta Lee, Kami te bendiga- acato Naka, entre triste y nervioso por la decisión de su amigo.
El pelinegro asintió, sonriendo con nerviosismo ante los incesantes nudos que sentía ne el estómago, provocándole dolor, el dolor del sueño y la fantasía, pensó Metal Lee para sí mismo. Ya había llegado hasta ese punto, ¿no? Esta vez no había vuelta atrás, se jugaría el todo por el todo y demostraría si su sueño merecía la pena como él imaginaba hasta ese instante.
-Metal Lee, ¿rezaste?- interrumpió Naka, garantizándose de tomar todas a precauciones posibles. -Rezar es importante- recordó el Celebi.
-Sí- asintió Metal Lee, vehemente, levantando su mirada hacia las nubes. -Kami, ayúdame, si este es el final del camino, perdona mis pecados por favor- rogo el pelinegro, determinado.
Dándole una última mirada a su amigo, Metal Lee se aferró fuertemente a las alas que tenía unidas a la espalda, inspirando aire. Ahora o nunca, se repitió antes de-con un impulso-avanzar a la máxima velocidad que le fue posible, hacia el final de la pasarela ante l atónita y aterrada mirada de su amigo que temió verlo caer a una muerte segura….pero para su sorpresa el salto del pelinegro hacia el aire no termino en una estrepitosa y mortal caída sino que el aire corrió en su favor y lo sostuvo como si de una autentica ave se tratara, haciéndolo descansar sobre el aire en un vuelo simplemente perfecto que lo dejo totalmente boquiabierto. Estaba volando…
¡Metal Lee estaba volando!
Un jadeo de absoluta sorpresa abandono al unísono los labios de toda la familia Imperial y sus acompañantes, observando absortos la increíble estabilidad que conservaba el Pasha en el aire, como si fuera u ave, era algo…realmente maravilloso e inquietante de contemplar, algo sinigual, enigmático e imposible de explicar, pero tan irreal que parecía un sueño, una fantasía sacada de algún relato místico, algo que solo se creía posible para aquellos seres creados por el altísimo para ser libres, errar por naturalidad y no por debilidad, placer o instinto como sucedía con los humanos.
-Lo hizo- Daisuke no cabía en su incredulidad al igual que el resto de su familia y amigos.
Una melodiosa risa abandono los labios de la Sultana Sakura, apartando los binoculares de sus ojos, volteando a ver a su esposo y Sultan totalmente encantada, era como contemplar un sueño era simplemente revitalizante, algo que le recordaba su pasado cuando observaba el mar desde el acantilado de su isla, sintiendo el viento contra su ser, sintiendo como si pudiera volar realmente, sintiéndose libre. Era algo tan novedoso como nostálgico…mágico realmente, único.
-Está volando- murmuro Sakura, incrédula y maravillada ante lo que presenciaba.
Sasuke envolvió su brazo alrededor de los hombros de ella, igual de feliz de ver que lo planeado por Metal Lee no era una fantasía, era algo real, algo que valía la pena observar, esperar, valorar, las fantasías y los sueños podían ser reales eso era lo que representaba. La forma más sutil posible, Sarda llevo su mirada Boruto que le devolvió brevemente la mirada con una intensidad que la hizo estremecer. Maravillada, Mikoto sonrió a su esposo, completamente absorta en el vuelo con la misma fascinación que Izumi y Koyuki.
-Qué maravilla- admiro Aratani, sonriendo a la Sultana Midoriko que la observo, igual de cautivada.
Una nueva era abría sus puertas a todo el mundo, una nueva era en que el mundo pudiera ser explorado, en que las imposibilidades no existieran, en que los limites fueran trazables en base a leyes naturales dictadas por la providencia, leyes que dirigieran a los humanos, no que los limitaran en base a la creencia de hombres, una libertad innata que jamás había sido arrebatada sino autoimpuesta por ellos mismos.
Un nuevo comienzo.
-¡Metal Lee!- grito Naka a todo pulmón.
El Celebi había seguido el camino que su amigo había trazado, en el aire, en tanto este había desparecido e su rango de visión, temiendo que le sucediera lo peor. Había cruzado hasta dar con los límites de la capital, de hecho había votado sobre la capital entera ante la atónita y maravillada vista de todos que consideraban eso como un auténtico milagro, y quizá lo fuera pero, en ese momento-recorriendo los bosques-el Celebi solo se esforzaba en dar con el paradero de su muy querido amigo y hermano-
-Aquí estoy, sigue mi voz- indico la lejana voz de Metal Lee.
Naka asintió para sí mismo, dejándose guiar por la voz de su amigo, adentrándose en el bosque, pero cuando llego al punto en que creyó haber escuchado su voz se decepciono al no ver nada, pero su decepción se transformó en alegría en cuanto levanto la mirada hacia las enormes ramas de los arboles por sobre su cabeza y en las cuales se encontraba sentado su amigo, sonriéndole de oreja a oreja
-No puede, ser, estas vivo- rio Naka, feliz y completamente impresionado ante lo que su amigo había hecho. -¿Estás bien?- se preocupó el Celebi.
-Sí- grito Metal Lee, recargando su espalda contra el tronco del árbol. -Naka, ¿lo viste? Volé- celebro el pelinegro, aun incrédulo de lo que había conseguido hacer.
-Yo no fui el único, la capital entera te vio- felicito el Celebi.
-Ayúdame a bajar- pidió Metal Lee, observando con temor el suelo.
-Salta- indico Naka, dispuesto a atraparlo o hacer menos dolorosa su caída.
Metal Lee observo con palpable temor el suelo bajo el árbol en donde estaba, pero apenas intento moverse se vio obstaculizado por sus alas que estaban atrapadas entre las ramas, intactas de cualquier golpe sufrido para quedar en donde estaba, pero eso no evitaba que no pudiera moverse.
-No puedo- se quejó el pelinegro, intentando liberar sus alas de entre las ramas, -las alas están atoradas- señalo Metal Lee.
-Espera, ya voy- advirtió Naka.
Ni lento ni perezoso y teniendo una habilidad innata, el pelicastaño trepo tan velozmente como le fue posible. Naka trepo de manera pausada y correcta el árbol, acudiendo en pro de su amigo, era lo menos que le debía. Había marcado una diferencia, había conseguido lo imposible, había volado como nadie jamás podría haber imaginado, había cruzado la línea existente entre realidad y ficción, superándose a sí mismo, destruyendo toda expectativa que hubiera rondado por la mente del mundo hasta ese día.
Había cumplido su sueño.
Las puertas de los aposentos del Sultan se cerraron por obra de los dos fornidos jenízaros en el exterior, dejando a solas al Sultan Sasuke y a la Sultana Izumi que había sido llamada por él para discutir un tema de aparente relevancia tras aquella magnifica demostración por parte del Pasha.
-Padre- reverencio Izumi, -¿Querías verme?- indago la Sultana, diligente como siempre ante su progenitor
-Si, Izumi- acepto Sasuke, acercándose a su hija.
Hasta la fecha había ocultado todo lo referente al plan de boda entre Sarada y Boruto para no herir a su hija, pero ya no podía ocultarlo, si Izumi estaba tan desesperada por casarse y saber del amor así seria, pero no con alguien a quien ella eligiera por capricho, sino por alguien que fuera digno de ser un yerno del Imperio, alguien que garantizara su seguridad y la de sus hermanos y hermanas, alguien que la amara, y Sasuke tenía en mente a una persona que era más que digna de tal posibilidad, bueno, al nivel de Boruto claro pero no se trataba de él.
-Acabas de cumplir catorce años hace una semana y por ello creo que ya es tiempo de hablar de un tema de suma importancia para el imperio; el matrimonio- aludió Sasuke, no sabiendo si agradecer la aparente conformidad de Izumi ante sus palabras. -Después de pensar exhaustivamente al respecto, he concluido junto con tu madre que le mejor pretendiente es Mitsuki Pasha- revelo el Sultan.
Todo sonaba maravilloso, su padre le daría la oportunidad de cumplir su sueño y casarse con el hombre que amaba, tendrían un futuro juntos y todo sería perfecto…pero todos sus planes se desvanecieron ene l interior de su mente apenas escucho que el hombre que su padre tenía en mente como pretendiente no era Boruto, sino Mitsuki Pasha. ¿Por qué él? Claro, lo había visto un par de veces más desde su encuentro hacía meses atrás, pero le resultaba prácticamente un extraño, apenas y un amigo a considerar y esto solo gracias a su agradable personalidad. No podía imaginarse una vida con alguien por quien no sentía nada, con quien no tenía nada en común siquiera.
-¿Mitsuki Pasha?- repitió Izumi, incrédula y confundida. -Padre, ni siquiera lo conozco, solo he hablado un par de veces con él- protesto la Uchiha, esperando que su padre entendiera que merecía elegir.
-¿Tienes a alguien más en mente?- inquirió Sasuke con curiosidad, sabiendo la respuesta.
-Pues sí, a alguien de tu entera confianza, a Boruto-confeso Izumi ya sin miedo alguno, dispuesta a encontrar su felicidad, a tomar las riendas de su vida, -el sería un novio mucho más apropiado- afirmo la Sultana, totalmente segura de ello.
-Desde luego- acepto Sasuke, haciendo sentir plena a su hija, -pero eso no puede ser, Boruto ya está prometido- alego el Uchiha, causando la confusión de su hija.
Izumi sintió su corazón oprimirse ante esa simple alusión, ¿Cómo era posible?, ¿Quién podía osar posar sus ojos sobre el hombre al que amaba? No podía ser Mikoto ya que ella rebosaba de felicidad junto a Kakashi, ¿Quién entonces?, ¿De quién podía tratarse? Necesitaba un nombre, lo exigía, nadie podía osar interponerse en el camino de su felicidad, ninguna mujer podía osar siquiera compararse con ella.
-¿Prometido?- repitió Izumi, intentando, no, haciendo su máxime esfuerzo por no exteriorizar su dolor. -¿A quién?- exigió la Sultana, no dándose cuenta del énfasis que le estaba dando a su voz y a su propio egoísmo.
-A Sarada, planeo que una boda se célebre para ambas- confeso Sasuke, sabiendo que, pese al dolor en los ojos de su hija, aquello era lo correcto, era lo que debía hacerse. -¿O tienes alguna objeción, Izumi?- cuestiono el Sultan.
Había esperado muchos nombres; sirvientas, doncellas, concubinas o alguien que hubiera sido considerada digna para tal ridículo de ser la prometida de Borto…pero jamás creyó que se trataría de su hermana, claro, Sarada era la más hermosa, la más talentosa, aquella a quienes todos deseaban, ¿Por qué Boruto no se fijaría en ella?, ¿Por qué Sarada debía tenerlo todo?
-No, Majestad- reverencio Izumi, debidamente.
Sasuke asintió, dándole permiso a su hija para retirarse. Puede que Izumi viera con crueldad esta decisión pero era por su bien, los caprichos no hacían feliz al pueblo, no hacían más sólido al Imperio, no protegerían a su familia. Para garantizar el futuro era necesario tomar decisiones difíciles, era necesario sacrificarse.
Sarada se paseó de un lado a otro en sus aposentos, ansiosa por volver a ver a Boruto, cada fracción de minuto o segundos separados resultaba una tortura, pensando en ellos y como se sentían juntos, en como deseaban poder expresar lo que sentían ante todo el mundo y, pese a saber que eso sucedería en algún punto próximo, Sarada quería que esto tuviera lugar en ese preciso instante.
-No puedo estar quieta, Chouchou- confeso Sarada, incapaz de solo quedarse quieta sin más, -es como si un fuego incandescente vibrara en mí cada vez que pienso en él- la Uchiha llevo las manos a su pecho, al lugar en que estaba su corazón, escuchando su corazón latir por el Uzumaki.
El amor era algo subjetivo o eso habían intentado enseñarle sus tutores en caso de que no hubiera podido encontrarlo en su matrimonio y así había sido, o al menos por causa de Inojin, pero eso era el pasado, un pasado ya olvidado y enterrado, lo que tenía con Boruto era su presente y más importante que cualquier otra cosa; su futuro, su razón de ser, su seguridad y respaldo, su apoyo y su amor incondicional.
-Es el amor, Sultana- respondió Chouchou, sentada sobre uno de los divanes, observando el ir y venir de su amiga y Sultana.
Entre conforme y disconforme con esa respuesta, rendida, la Sultana se tumbó descuidadamente sobre su cama, dejando a sus largos rizos azabaches arremolinarse como un halo angelical sobre sus hombros y sobre la cama en una imagen tanto hermosa como alegre a causa del brillo que tenían sus ojos, una felicidad desbordante que apenas y conseguía ocultar del resto del mundo.
-¿Se puede amar tanto a un hombre?- pregunto Sarada, sintiendo su corazón detenerse ante la sola pregunta.
-Según la Sultana Sakura, sí- recordó Chouchou.
Una incomparable sonrisa relució en los labios de la Sultana ante esta alusión, claro que su madre sabía que tan grande podía ser un amor, ella había sido traída al Palacio con ese Propósito, había perdido tanto como para morir a causa del dolor y las lágrimas de sangre derramadas, pero se mantenía firme ante las adversidades a causa de ese amor que sentía por su padre y viceversa, era un amor tan grande que saltaba a la vista de todo el mundo, nadie podía negar que era un amor que había surgido para cambiar la historia y para mejor.
-Es tan extraño- reconoció Sarada, sentándose y observando a Chouchou que la observo un tanto divertida, -creí que nunca volvería a ser feliz, me equivocaba- admitió la Sultana, retozando sobre sus almohadas, más plena y feliz de lo que jamás hubiera concebido imaginar. -Ya no tengo miedo, Chouchou, creo que puedo hacer lo que sea- sonrió Sarada.
Gracias a Boruto, volvía a ser feliz como nunca había imaginado posible.
-Aun me resulta imposible creer lo que sucedió, Kakashi- reconoció Mikoto, apartando su mirada de la ventana, viendo el sol ocultarse en el horizonte mientras su esposo leía el informe con respeto a todo lo discutido en la sala del Consejo Real, -¿Tú creías que podría?- inquirió Mikoto con curiosidad.
-Lo creía un loco, pero ahora sé que lo está- rio Kakashi, dejando a un lado el informe, dedicándose con mayor voluntad observar a su Sultana, -no, nadie creyó posible algo así, incluso su Majestad tenía dudas al respecto- reconoció el Hatake, recordando cómo habían sido las cosas meses atrás.
Metal Lee era alguien muy habilidoso y que jamás dejaba de inventar cosas, un "visionario" como lo llamaba el Sultan, pero si bien el Sultan y su familia lo consideraban alguien excepcional, muchos miembro de la elite gubernamental no hacían sino considerarlo un loco y con razón ya que eran individuos de mente apolillada que solo se centraba en el presente, no en el futuro como deberían. Mikoto asintió únicamente, perdida en el belleza del atardecer, intentando imaginar cómo sería lo que Metal Lee había sentido en ese momento, al estar entre el aire y las nubes como muchos desearían.
-Debe ser maravilloso poder volar- comento Mikoto, volteando a verlo con una sonrisa adornando sus labios.
-Si, desearía poder saber que se siente- admitió Kakashi, leyendo los pensamientos de su esposa con solo contemplarla.
Estando casado con ella y conociéndola como lo hacía, Kakashi había comprobado que el parecido entre Mikoto y la Sultana Sakura era más que físico; ambas eran espíritus libres, seres que de tener alas no se quedarían anclados a la tierra como habían hecho hasta entonces, seres que merecían tener la vida que deseaban pero que al no poder hacer esto de igual forma conseguían alegrar el corazón de otros pese a vivir una vida que-de poder elegir-nunca hubieran optado por vivir, jamás, salvo que no tuvieran otra opción.
-Puedes preguntarle a Metal Lee- recordó Mikoto, sentándose a su lado, jugando distraídamente con el cuello de su chaqueta, -creo que entretendrá a todo el Palacio gracias a sus hazañas- sonrió la Sultana, aun incrédula de lo que había presenciado.
-A mí no- aclaro Kakashi, besando la frente de su esposa.
Ella era su pensamiento, su mañana, su tarde su noche, no necesitaba entretenerse con nada más porque ella era su todo. Mikoto sonrió radiante ante su alago, ¿Cómo no ser feliz si él la amaba cada vez más con el pasar del tiempo?
No tenía idea de donde estaba, el aire que se respiraba era pesado, como si hubiera algo en el ambiente que le impidiera respirar con la usual libertad de siempre, pero si algo sabia era que estaba en una especie de campo abierto, jardín o lo que fuera, cuyos metros cuadrados estaban rodeados de una espesa niebla que impedía su visibilidad del entorno. ¿En dónde estaba?, ¿Cómo había llegado allí? Sus pensamientos se vieron interrumpidos a causa de un eco repentino que resonó contra el aire, formando una figura entre la niebla hasta hacerse visible un caballo negro como el ébano, los ojos del Uchiha se centraron de forma inmediata en el jinete que vestía por completo de negro, con una especie de bufanda que cubría la parte inferior de su rostro, únicamente dando a conocer unos orbes ónix cargados de una frialdad inquietante.
El jinete bajo del caballo ante su turbada mirada, no recordaba haberse sentido tan preocupado o nervioso por la presencia de alguien y todo a causa de que no sabía quién era ese hombre que, descaradamente, se detuvo en frente suyo como si fuera su igual clavando u mirada en la de él bajo un silencio inocuo pero tan extraño que lo hacia desesperarse.
-¿Quién eres?- pregunto Sasuke, inquieto ante el individuo en frente suyo que oso guardar total silencio, pareciendo no saber ante quien estaba, -¡¿Quién eres?!- demando el Uchiha.
Sin despegar su mirada del Uchiha, el jinete coloco su mano por sobre su bufanda…
-No…- Sasuke jadeo, abriendo los ojos en la acto.
La habitación estaba completamente sumida en penumbras, la tenue luz de las velas iluminaba sus aposentos, devolviéndolo a la realidad y la hora que era, habiéndose quedado dormido tras firmar todos aquellos edictos que eran necesarios. Estaba llenándose de trabajo y con ello agotándose físicamente, además estaba esta repentina pesadilla que había conseguido inquietarlo, ¿Por qué había soñado con algo así?, ¿Por qué ahora? Sasuke se levantó se la silla, avanzando a grandes pasos hacia la terraza, necesitaba aire, despejar su mente y olvidarse que había tantos problemas, que existía algo con lo que lidiar día tras día de forma rutinaria.
Pero lejos de encontrar la serenidad esperada, los ojos del Sultan contemplaron con horror a gran parte de la capital ardiendo en fuego, columnas de humo que se elevaban ferozmente de hogares, distritos y estructuras que ahora debían de ser cenizas. ¿Cómo era eso posible? Esa vista parecía ser una representación material del infierno, algo inquietante y horrible de contemplar. Boruto entro por el pasillo que conectaba con los aposentos del Sultan, encontrando a su soberano y mentor contemplando la misma imagen que el acababa de contemplar desde sus aposentos antes de pedirle explicaciones a los Pasha, acudiendo prontamente a informar al Sultan.
-Majestad- reverencio Boruto, igual de desolado ante aquella escena.
-Boruto, ¿Qué está pasando?- exigió Sasuke, apartando con disgusto su mirada de la vista de la capital.
Era lamentable pero ni siquiera Boruto tenía la información con respeto a como se había originado el incendio, era demasiado extraño que algo así sugiera de la manera en que lo había hecho, pero el tema no era ese si no apagar el incendio tan pronto como les fura posible para evitar que más personas corrieran un peligro innecesario.
-El incendio empezó en los muelles hace una hora, creían que podrían pararlo pero no hace otra más que extenderse- explico Boruto, lamentando que algo así hubiera tenido lugar a esa hora de la noche, especialmente cuando no podían proceder eficientemente, -si no se controla a partir de ahora la capital entera se convertirá en cenizas- vaticino el Uzumaki, sabiendo lo que ello implicaría.
Eso no podía ser algo natural, no, ¿Cómo era posible siquiera? Alguien había orquestado todo eso, pero ¿Quién? Sasuke observo a Boruto que se sorprendió ante lo que vio en los ojos del Sultan, no estaba pensando en abandonar el Palacio, ¿o sí? Ya fuera que Boruto hubiera entendido su mirada o no, Sasuke estaba determinado a no quedarse de brazos cruzados, no iba a quedarse sin hacer nada.
Resulto infinitamente triste para Sakura contemplar aquella vista, orando silenciosamente al contemplar el infierno que se había desatado de forma inexplicable en la capital en apenas una hora, sabía que en su estado no le hacia bien preocuparse por algo así, pero no podía evitarlo, ¿Y la gente?, ¿Y sus hogares? Kami mediante tal acontecimiento no cobraría la vida de nadie, ya era una tragedia bastante importante y grave que la mitad de la capital estuviera destruyéndose producto el fuego, era inverosímil que algo así sucediera.
-Esto es un desastre, Sultana- comento Shikamaru de pie junto a ella, sin abandonarla.
-Más bien una calamidad- corrigió Sakura, con aflicción. -Kami no permita que mueran inocentes- oro la Sultana.
-Amén, Sultana- murmuro Temari, junto a su esposo.
Su personal entero estaba allí, salvo Choji que debía de estar indicándoles a las jóvenes del Harem que acudieran al sótano del Palacio de ser necesario en caso de que sucediera lo peor. Dentro, en sus aposento, se encontraban sus hijos e hijas junto a sus nietos, si algo sucedía quería tenerlos cerca o de lo contrario no podría respirar tranquila, lo que menos quería
-Shikamaru- nombro la Sultana ante lo cual el Nara la observo, dispuesto como siempre a hacer su voluntad, -si sucede lo peor has que lleven a tantos como puedan a mi fundación y a los monasterios, sabes dónde están los recursos para cuidar de ellos- ordeno Sakura.
-Si, Sultana- accedió Shikamaru.
Afortunadamente su fundaciones y los monasterios, así como templos y demás estaban lejos de incendio, por ahora y aun así estaban hechos de mármol, cemento y materiales que aislarían temporalmente a la gente del fuego y la destrucción hasta que pudieran dar con un medio para aplacar ese tórrido cuadro, sus organizaciones y dependencias estaban abiertas a la gente que iría buscando refugio, su único deber era proveerlos de todo cuanto necesitaran y estaba más que dispuesta a hacer eso.
-Es como contemplar el infierno- murmuro Sakura, alejándose de la terraza y regresando al interior de sus aposentos donde se encontraban sus hijos, intentando no pensar en el problema que tenían ante ellos.
-Kami mediante habrá alguna solución- intento animar Mikoto.
-Lo dudo- lamento Sakura, apretándose las manos con nerviosismo, dándole la espalda a aquella imagen de fuego y cenizas, -el viento solo hará que se expanda cada vez más- razono la pelirosa.
-Madre, yo puedo ir, ayudaría a los demás- sugirió Daisuke.
La reacción inmediata de Aratani no fue sino observarlo sumamente preocupada, aterrada cuando menos, mientras que Midoriko sostuvo una de sus manos, casi rogándole con la mirada que no hiciera eso por ningún modo, él era el Príncipe de la Corona, el heredero absoluto del imperio, no podían perder, si sucedía lo peor-Kami no lo quisiera-seria él quien ascendería como el nuevo Sultan, no podía correr ningún riesgo, él era una esperanza.
-No, Daisuke y lo último que diré- zanjo Sakura, incapaz de dejar que cualquiera de sus hijos se arriesgara de aquella forma tan impensable, -¿Cómo crees que me sentiría si te sucediera algo o tus hermanos?- cuestiono la pelirosa, no esperando respuesta alguna. -Moriría si les pasara algo- replico la Sultana, ya bastante preocupada ante la ausencia de uno de sus "hijos". -¿Dónde está Rai?- pregunto Sakura abiertamente, deseando que ele estuviera ahí con ella también.
-Supongo que con la Sultana Naoko, madre- relaciono Kagami, no sabiendo que más decir, -no lo hemos visto esta tarde- se expresó el Príncipe, siendo secundado por Shisui que asintió a modo de respuesta.
La puertas de los aposentos de la Sultana se abrieron de forma repentina permitiendo el ingreso de Choji que reverencio respetuosamente a la Sultana quien había ordenado que nade tenia porque pedir su permiso en ese momento, solo debía presentarse y ya, no estaban en el momento más oportuno como para tener entre si formalidades de esa clase, habían cosas aún más importantes en que pensar.
-Majestad- reverencio el Akimichi.
-Choji, ¿Sucede algo?- inquirió la Sultana, esperando que él tuviera alguna noticia nueva.
-Su Majestad abandono el Palacio, Sultana, junto a Naruto Uzumaki, el Hasoda Basi y el Príncipe Rai.
-¿Qué?- murmuro Sakura, aterrada.
Rai, y Sasuke….no, ¿Porque tenían ambos que arriesgarse de esa forma sabiendo lo importantes que eran para ella, sobre todo Sasuke? Sakura intento protestar pero apenas y entreabrió los labios, su protesta no hizo sino transformarse en un grito ante una inmediata y fuerte contracción. Daisuke acudió a su lado enseguida, temiendo que la noticia fuera-en efecto-demasiado para ella, y así fue porque la dolor se repitió nuevamente y con la mima intensidad, no se trataba de un dolor cualquier procedente del sobresalto emocional que había causado por la noticia, se trataba de algo aún más importante…un nacimiento.
-Madre- sin perder tiempo, Daisuke cargo en brazo a su madre, dirigiéndose hacia la habitación de ella con prontitud, siendo seguido por Aratani y Midoriko.
La sorpresa y temor domino a los sirvientes de la Sultana que se quedaron como estatuas ante la situación que estaban viviendo, la capital se estaba consumiendo y en el Palacio el príncipe o Sultana quería venir al mundo, era demasiado para una sola noche por no decir que se trataba de un bebé que apenas y había cumplido recientemente los ocho meses de gestación, ¿Y si había una complicación?, ¿Y si la vida de la Sultana llegaba a correr peligro?
-Traigan a la partera ahora mismo- ordeno Sarada, sacándolos de su ensueño
Por lo visto el parto se adelantaría.
PD: Lamento la demora, en serio, pero ya que la serie está atravesando una transición de cambio-además de responsabilidades y problemas que he tenido-tarde más de lo previsto en actualizar pero lo he hecho y de la forma más extensa que fue posible, dedicando como siempre este nuevo capítulo a DULCECITO311 (por sus comentarios, que adoro y prometiendo que-a más tardar mañana-estará listo el capítulo de "La Bella & La Bestia"), a melilove (prometiendo que Izumi no será una arpía, pero tampoco significa que este totalmente del lado de sus padres, sino más bien de sus propios intereses) y a Adrit126 (que extraño pero a quien ratifico actualizar su fic "El Emperador Sasuke" o este fin de semana o durante la próxima semana) así como a todos los que leen, sigue o comentan la historia en todas sus formas.
Para aquellos que tengan curiosidad, este capítulo contiene acontecimientos de la vida real (del Imperio Otomano-Imperio Uchiha en este caso):
-Metal Lee Pasha-Hezârfen Ahmed Celebi: fue un legendario aviador otomano que logro un vuelo sostenido sin motor desde la torre Gálata hasta el distrito de Üsküdar. En mi historia es un soñador e inventor consumado y que se encuentra bajo la protección del Sultan Sasuke que lo considera un visionario, algo lunático desde luego, pero con una mente adelantada a su tiempo.
-Naka Celebi-Evliya Celebi: fue un escritor y viajero otomano que viajó a través de los territorios del Imperio otomano y territorios vecinos durante cuarenta años. En la historia es un escritor apasionado, cronista e historiador que plasma en el papel y sus escritos la voluntad del Sultan y los momentos más cruciales que vive el Imperio.
-El Gran Incendio de Estambul 1633: fue un acontecimiento que estuvo a punto de consumir la capital entera, destruyendo Distritos, Mezquitas, Calles, Casas e incluso Palacios, se aproxima que más de 20.000 casas fueron reducidas a cenizas (1/5 parte de la ciudad) En este capítulo, y en el siguiente los culpables tras este acontecimiento son; la Sultana Naoko, Kisame Hoshigaki Pasha y todos aquellos que están contra el Sultan Sasuke y la Sultana Sakura, pero no conseguirán su propósito ya que la lealtad del pueblo está con ellos y todo gracias al amor que la familia Imperial le demuestra al pueblo.
-El Amor del Pueblo por la Sultana Kösem-Sultana Sakura: la Sultana Kösem fue la Sultana de los pobres, la mujer más amada del Imperio por sus obras de caridad, el amor que demostraba a la gente y la lealtad que los jenízaros y el ejército sentían por ella pese a ser solo una mujer, era bien sabido que gastaba grandes sumas de dinero en obras públicas para hacer feliz a la gente, abriendo toda clase de centros y albergues para los pobres, además abolió la habitual esclavitud de los sirvientes, liberándolos tras tres años de servicio, por ello a su muerte el Imperio estuvo tres días de duelo, algo jamás presenciado. Como ya se ha visto hasta ahora, Sakura es el "ángel del pueblo" todos la aman y veneran por como ha educado a sus hijos, por como empatiza con la gente y por cómo ha sido una magnifica regente y Sultana que no ha usado su poder par anda más que sostener una paz inquebrantable. El mayor temor del pueblo es perder a la Sultana que unifica a la plebe y la nobleza en un solo ser; el Imperio Uchiha.
-La crueldad de las Sultanas: el Imperio Otomano dio luz verde a muchas personalidades importantes, cada una poseedora de peculiaridades propias, la más usual de ellas era la crueldad de las mujeres que no temían castigar brutalmente a aquellos que desobedecieran sus órdenes, fueran sus enemigos declarados o traicionaran su confianza, algunos de sus mayores exponentes fueron la Sultana Ayse (Sultana Mikoto) conocida como la Sultana más cruel de todas, así como su hermana la Sultana Gevherhan (Sultana Sarada) posible responsable de la muerte de los hijos de su hermano el Sultan Murad (Príncipe Daisuke). Si bien, hasta ahora, no he explorado ampliamente el tema de la crueldad eso no significa que no vaya a suceder, de hecho en los próximos capítulos veremos que la belleza de las Sultanas no es solo un don casi divino sino tenebroso ya que oculta que tan lejos están dispuestas a llegar por lo que creen o consideran correcto y eso engloba tanto a Sakura, como a Mikoto, Shina y Sarada.
Bueno, gracias por su paciencia mis queridos amigos y lectores, prometo actualizar nuevamente la próxima semana, rogando su paciencia y comprensión si tardo en ello, pero todo es por hacerlos felices a ustedes :3 cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.
