¡Hola a todos! Aquí estoy de nuevo con otro capítulo larguísimo y recién salido del horno. He tardado más de lo que creía, pues a parte del lío del trabajo y que no tardaré en empezar a la universidad de nuevo, he tenido un par de semanas muy difíciles porque apenas podía dormir y estaba cansada y de mal humor. Pero ya tuve para mi cuatro días de cura y estoy estupenda de nuevo, con ganas de seguir escribiendo la historia ¡que se acerca cada vez más al clímax! Supongo que querréis saber cómo sigue, así que no os entretengo, respondo a los anónimos, y empezamos :P

Roxanne Potter: ¡Hola guapa! ¿No te crees que Dumbledore se equivocara con un traidor? Pues fíjate que jamás sospechó de Peter y fue instigador para que mandaran a Sirius a Azkaban, fíjate si el gran mago se puede equivocar! Jeje en eso me baso para hacerle tan imperfecto, no deja de ser un hombre! Me ha dado mucha pena matar a Andrea por eso de la niña pequeña, pero bueno, me gusta pensar de que todos tenemos luz y oscuridad en nuestro interior, y que si la oscuridad invadió a Ethan al matar a su propia hermana para salvar su vida, quiero pensar que había un poco de luz con un ser tan frágil como una niña pequeña que es su sobrina. Al fin y cabo con la prima de Rachel que también era pequeña, no le tembló el pulso :( Me gusta la idea de que todo el mundo esté implicada y por eso elegí a la madre de Kate! siempre he pensado que todos tenemos un hilo que nos une aunque seamos completos desconocidos, me parece una idea romántica jejeje

Bueno, una disculpa para Lily, pero quería ponerla un defecto, y dado que es tan sabelotodo, creí que sería bueno eso de querer adelantarse a las reacciones de los demás y colarse, o no! Ya veremos cómo acaba hoy el tema Sirius-Grace, que quizá la pelirroja en el fondo siempre tenga razón jajajaja

A mi también me da mucha pena Kate, es uno de mis personajes favoritos y siento hacerla sufrir tanto, pero a veces las mejores personas son a las que les pasan cosas malas incomprensiblemente :(

La vuelta de Rachel traerá cosas buenas y cosas malas :P y Lily es celosa claro, algo que escapa de su control es normal que la mosquee, es nuestra prefecta perfecta jejeje Espero que te guste este capítulo! Un besazo guapa!

Bueno, ya sí que sí, seguimos con la historia haber qué os parece :P Ya sabéis que nada de esto es mío, sino que juego con los personajes para que todos nos divirtamos :P

"JURO SOLEMNEMENTE QUE MIS INTENCIONES NO SON BUENAS"

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Capítulo 33: Dime que no me quieres...

La lluvia caía cada vez más fuerte, y el sonido de las pisadas dejaba un desagradable ruido de chapoteo. Pero a Albus Dumbledore no le importaba nada de aquello, mientras atravesaba a paso rápido el callejón Diagon. En su mano izquierda, completamente empapado, estaba el escueto pergamino que Marlene McKinnon le había enviado apenas hacía unos minutos, y que rezaba con letra temblorosa:

Lo siento señor, hemos llegado tarde. Debería venir en cuanto pueda.

Al leer eso sintió que su corazón, que se le había acelerado al recibir el patronus de Andrea, se detenía. ¿Cómo podían haber llegado tarde? Él les había avisado a ella y a Fabian nada más recibir el patronus, no podía ser que hubieran tardado más de dos minutos. Si él no hubiera estado reunido con la Ministra en ese momento... Odiaba la casualidad que le llevó a tener que retrasarse, delegar en otros, y fingir durante varios minutos que el patronus que se había materializado en el despacho de la cabeza del Ministerio de Magia, sólo se trataba de un mensaje histérico y exagerado de la nieta de una prima... Pero no podía consentir que la Orden del Fénix, tan bien oculta al gobierno y tan eficaz por ello, fuera descubierta.

Se había sentido preocupado, muy preocupado, pero había confiado plenamente en que Fabian y Marlene pudieran llegar a tiempo. Todo era mejor si Andrea había tenido tiempo de pedir ayuda, ya era más de lo que Ethan y Tomás consiguieron. Pero ahora le decían que era tarde...

Entró en la zona del callejón donde había ocurrido todo. No tuvo duda de que ese era el lugar, pues estaba lleno de aurores que cogían pruebas de un lado y de otro, y que apartaban a los pocos curiosos que, con ese mal tiempo, se habían atrevido a acercarse. A él estuvieron a punto de prohibirle el paso, pero le reconocieron. Y no había andado mucho más hasta que se encontró a Fabian y Marlene, que ya abandonaban el lugar. La muchacha tenía la capucha calada hasta los ojos, por lo que sólo le veía la nariz. Pero cuando la miró a los ojos, los vio enrojecidos por lágrimas ya enjuagadas. El joven tampoco tenía mejor aspecto. A pesar de su gran tamaño y corpulencia, de su barbilla cuadrada y su aspecto duro, Prewett aún tenía algunas lágrimas traicioneras que escapaban de sus ojos, y su pelo largo castaño, recogido en una coleta, estaba completamente empapado, dándole el aspecto de un niño grande.

- ¿Qué ha ocurrido? –les preguntó con voz tomada, pues esas expresiones sólo le confirmaban que lo peor había sucedido-.

Marlene abrió la boca para contestar, pero al darse cuenta de que no podía, se aclaró la garganta y cerró los ojos, antes de volver a llorar sin poder evitarlo. Fabian, más adulto y acostumbrado a esas situaciones, la miró de reojo, la apretó la mano con fuerza, y se dirigió al comandante de la Orden.

- Llegamos enseguida, señor –explicó-. Y la estuvimos buscando. Pasamos por ese callejón, estoy seguro, pero... Debieron echar algún hechizo, tal vez un encantamiento de ocultamiento... Cuando volvimos a pasar, Alice ya estaba allí, pero Andrea...

Se calló, dejando implícito el final, y Dumbledore asintió, endureciendo la mirada. Había vivido muchas cosas a lo largo de toda su vida, pero pocas de ellas habían estado a punto de sobrepasarle. El tema de las cajas parecía que fuera a formar parte de esa pequeña lista en breve. No veía solución al problema, si se intentaban destruir, sería una hecatombe, e intactas constituían igual peligro. Voldemort ya se había hecho con tres de ellas, tres de sus colaboradores más fieles habían muerto por protegerlas. Sólo quedaba una caja para que el que fuera Tom Riddle tuviera en sus manos más poder del que imaginó jamás. Y encima, debía añadir el miedo personal que tenía a que Adam Potter sufriera el mismo destino que sus compañeros.

Tenía que asegurarse de que estaba bien, pero antes debía solucionar el tema de Andrea. Era lo menos que la debía a la desafortunada mujer. Tan joven y con una familia dependiendo de ella... Su marido nunca apoyó su ingreso en la Orden del Fénix, y su hija era tan pequeña...

Entró al callejón donde había ocurrido todo, y que estaba siendo analizado por decenas de hechizos. Era una calle sin salida, perfecta para arrinconar a alguien. Alguien como el cuerpo que estaba en una esquina, tapado con una manta, con un encantamiento alrededor para que no se mojara más de lo que estaba. Por encima de esta, sólo se veían unas botas de agua femeninas con un tacón grueso, que no reconocía, pero que sabía que eran de ella.

Fue a acercarse al cadáver, cuando unos sollozos llamaron su atención al otro lado del callejón, donde los aurores habían montado una especie de dispositivo para posar las pocas pruebas que iban encontrando. Era una zona donde también tenían puesto el hechizo impermeable, y donde varios pergaminos sueltos volaban por doquier con distintas teorías, a pesar de que el asesinato apenas se había perpetrado hacía una escasa media hora. Eran rápidos, no se podía dudar de ellos.

Aprovechando para guarecerse de la lluvia, dos figuras estaban abrazadas entre sí, una sujetándose a la otra en un estrecho abrazo. Pronto distinguió al matrimonio Longbottom, e identificó los sollozos como los de Alice. Lo comprendió al instante, pues sabía que esa conexión que se creaba entre los nuevos miembros de la Orden, y aquellos que los enseñaban, era de por vida, y más para alguien de la sensibilidad de Alice. Frank parecía intentar consolarla con unas palabras que Alice no escuchaba, y el joven se veía totalmente desesperado. Le vio suspirar de alivio al verle.

- Dumbledore...

Alice levantó la cabeza del pecho de su marido y miró al director con una gran pena y la disculpa en su mirada.

- Señor, m-me man-ndó un pa tronus –le dijo con la voz entrecortada por el llanto-. Intenté ll-llegar a ti-tiempo, se lo juro. Me a-aparecí en cu-cuanto lo ví, pero no, no sé... Pasé por aquí-i, pero es-taba vacío. No- no sé...

- Le habrían echado un encantamiento ilusionador, Alice, ya te lo he dicho –susurró Frank contra su pelo, dándola un beso en la cabeza-.

Dumbledore asintió.

- Así es. Tienen métodos, Alice. Y no debes sentirte culpable. Hiciste todo lo que pudiste, Andrea no te habría pedido más.

Ante la mención de la recién fallecida, Alice rompió en llanto de nuevo, y su esposo la abrazó más fuerte. Sintiéndose invasor de su intimidad, el anciano se paseó por la zona de pruebas, e incluso se permitió leer algunos pergaminos que volaban a su alrededor. Uno le llamó la atención, y lo releyó.

- ¿No han encontrado su varita? –preguntó en voz alta-.

- No señor –le respondió Frank asintiendo con la cabeza, como si él también hubiera llegado a esa conclusión-. Tampoco encontraron la varita de Ethan en su momento, ¿verdad?

- Es cierto –concedió Dumbledore-, pero la de Tomás sí apareció junto a su cadáver...

No entendía la diferencia de esos casos, pero le dio la sensación de que algo no encajaba. Frank le miró extrañado.

- ¿Qué tiene que ver el asesinato de los Mendes con el de Andrea y Ethan? –preguntó el joven auror-.

Para él era clara la conexión de estos dos últimos; eran hermanos, y el que ambas varitas desaparecieran, sólo podía significar que el asesino era el mismo. Pero el caso de los Mendes era completamente distinto, ¿no?

Dumbledore frunció el ceño sin escucharle. ¿Qué se le estaba escapando? Algo vital, algo que daba sentido a toda la locura en que se había convertido esa misión.

- ¡NO!

Un grito cortó el aire y los sobresaltó a todos. Dumbledore dejó de divagar, Frank de mirarle fijamente, y Alice de llorar. Los tres, a la vez que todos los presentes, se giraron sobresaltados para ver llegar a un hombre, que esquivó a dos aurores y se tiró sobre el cuerpo tirado en el suelo, destapándolo para poder comprobar su identidad. Era una escena que ninguno de los presentes habría querido presenciar.

El hombre, al reconocer en el cadáver a su esposa, rugió de forma desgarradora, y enterró la cabeza en el pecho de la mujer. Varios aurores se acercaron para apartarle, pero uno de ellos le reconoció, y les echó atrás. Él se acercó despacio, y puso la mano en el hombro al pobre hombre.

- Alec, amigo...

Frank tuvo la intención de moverse hacia los dos hombres para expresarle su apoyo, pero algo en las últimas ocasiones en que se habían encontrado, con Alec sabiendo ya que pertenecía a la Orden, le decía que debía guardar distancia. Estaba seguro que no querría ver a ningún miembro de la organización, y mucho menos a su creador; pero cuando quiso decírselo a Dumbledore, este ya había caminado unos pasos hacia el lugar, guiándose por el deber de dar la cara.

El marido de Andrea levantó la nublada mirada del rostro muerto de ella, y fue a posarla sobre el auror que le estaba hablando, pero sin querer, esta se desvió hacia la figura del anciano director de Hogwarts, y comandante de la Orden del Fénix.

En ese momento sintió sólo odio. Por su mente pasaron mil discusiones con Andrea sobre esa organización, varias escenas en que había vuelto herida a casa a causa de meterse en batallas que no le importaban... Y lo peor, la última hora de su vida pasaba ante sus ojos lentamente. Cómo esa mujer desconocida se había puesto en contacto con el Ministerio, asegurando que era urgente, cómo se sorprendió al ver que tenía a Brooke con ella y escucharla decir que su mujer parecía estar en problemas. No sabía en qué momento había llamado a su hermano para que se hiciera cargo de la niña, pero sí tenía claro que cuando entró al callejón a intentar ayudar a su mujer, un auror le cortó el paso diciéndole que debía irse, pues aquel era el escenario de un crimen. En ese momento lo supo, y lo confirmó al ver la cara de su mujer en ese cuerpo sin vida. Al igual que ahora sabía que el único culpable era el anciano que tenía ante él.

- Usted... –murmuró con los dientes apretados, abalanzándose sobre el hombre. Pero alguien le detuvo, agarrándole por la espalda. Él supo quien había sido, y se zarandeó, intentando zafarse-. ¡Suéltame, Dawlish!

- Piensa un poco, Alec –le susurró el joven auror-. Esto sólo empeorará las cosas. Agredir a alguien tan importante como Albus Dumbledore sólo te traerá problemas...

Sin importarle eso, el hombre volvió a revolverse, queriendo saltar sobre el culpable de que sus planes de vida se hubieran destruido.

- ¡Todo ha sido culpa suya! –le espetó con rabia-. ¡Usted es el culpable de todo, asqueroso hijo de puta!

Los presentes ahogaron una exclamación ante la falta de respeto a quien era toda una institución en el mundo mágico. Dumbledore, sin embargo, tenía cara de pocker, sintiendo que se merecía todos los adjetivos de ese tipo. Era lógico y normal que los familiares de los que habían muerto a su servicio le odiaran, él se odiaba a sí mismo al pensar en todo, al recordar el pasado...

Además, las dos veces que había visto a Alec Stone en su vida habían bastado para saber que ese hombre le aborrecía. No por lo que solían aborrecerle. No era porque fuera el símbolo del bando de la luz, y él apoyara a Voldemort. No. Él le odiaba porque metía en la cabeza de su esposa cuestiones heroicas que no la concernían. O, al menos, eso creía. Pero Dumbledore no había tenido que convencer a ningún miembro de la Orden del Fénix. Todos habían llegado conformes y de propia voluntad. El problema de Alec Stone, era que no había crecido con ese odio implantado entre magos que llevaba demasiado tiempo conviviendo en Inglaterra. La guerra llevaba siete años, pero los prejuicios se extendían mucho más atrás. Y un simpático y trabajador muchacho americano no podría entender nada de eso, sino hubiera vivido esa situación desde pequeño. Ese era el problema de Alec Stone, y por eso jamás comprendió a su esposa. Y por el mismo motivo, él no le guardaba a Albus Dumbledore el mismo respeto y admiración que los demás.

Todo eso ya lo sabía Dumbledore, y por eso comprendía más al hombre, y acogía sus palabras como bálsamo de penitencia, como en su día aceptó el puñetazo de su inútil, analfabeto y admirable hermano pequeño. Lo necesitaba como un medio para pedir perdón, aunque este nunca llegara.

Pero hasta en esos momentos en que la moral del anciano estaba decaída, debía conservar los intereses no suyos, sino de todos los magos de su bando; por lo que sacó la varita cuando las siguiente palabras comenzaron a formarse en la garganta del hombre.

- ¡Siempre usted! ¡Metiéndole tonterías en la cabeza para que le ayudara! ¿De qué ha servido todo esto? ¿Quién se ha salvado aquí? ¡Todo es obra suya y de su estúpida org...!

De repente, Alec Stone se había quedado sin habla, teniendo al mago más grande de todos los tiempos apuntándole, y silenciando su voz. Aunque comprendía su dolor, no podía permitir que nombrara a la Orden del Fénix frente a una gran representación del Ministerio. No era buena idea.

Esto sólo enfureció a Alec, que sacó su varita y se dirigió hacia el anciano, siendo interceptado por Frank, quien se había puesto en medio. No podía tolerar esa falta de respeto hacia Dumbledore, pero tampoco quería que Stone saliera herido. Sin varita en la mano ni ningún tipo de protección, su puso frente al desconsolado hombre y le puso las manos en los hombros, en señal de apoyo.

- Por favor. Déjalo, ella no habría querido esto.

Eso derrumbó al hombre, que echó la cabeza hacia atrás, mirando al cielo, y no pudo evitar llorar con rabia, con sentimiento, con la sensación de que ese hueco que tenía en el pecho jamás se cerraría.

Dawlish, el otro auror, le apretó el brazo en señal de apoyo, y le arrastró hacia la salida, alejándole de aquel hombre que tanto parecía odiar. Cuando le llevó la varita a la garganta y le hizo recuperar la voz, Alec se dio la vuelta, y miró a Dumbledore de la peor manera posible. Ya no con odio, sino que infinita tristeza.

- Usted la ha matado. Puede que no directamente, pero ha sido usted.

Después se dejó arrastrar por su compañero hacia la salida, y desapareció de vista. Todos en el lugar se quedaron atónitos, sin saber cómo reaccionar. Todos miraban a Dumbledore, menos Frank, que había posado su mirada en el cuerpo de Andrea, y tenía el ceño fruncido, como sopesando algo.

- Claro... –murmuró para sí mismo-.

Dumbledore le miró con curiosidad, y el joven auror le devolvió la mirada.

- Señor –dijo en voz baja, viendo cómo Alice se acercaba a ellos con pasos vacilantes-. Tiene que hacerme legeremancia. Aunque sea agresiva, tengo que recordar ya.

- Frank, ya oíste al medimago, necesitas tiempo. Y te dije que yo te ayudaría –protestó su esposa temiendo ese tratamiento que tanto había tratado de evitar-.

- Ya, pero algo me dice que precisamente lo que no recuerdo, o a quien no recuerdo, tiene que ver con este caso –la contestó, señalando el cuerpo de Andrea-.

Miró directamente a Dumbledore a los ojos, quien le observaba algo vacilante y dudoso, aunque, sobretodo, pensativo. Él utilizó su última baza, bajando aún más la voz, pero hablando con convicción.

- Señor. Algo me dice que si recupero mi recuerdo, llegaremos al final de todo esto.

OO—OO

Desastroso. Lily estaba convencida de que había tenido la peor idea de su vida al intentar reunir a los prefectos de Gryffindor un domingo a última hora de la tarde, cuando todos tenían prisas por hacer sus deberes, y cuando la Sala Común estaba llena, porque había comenzando a nevar en el exterior.

El prefecto de sexto curso, Damien, parecía preferir tirar plumas a los niños de segundo, que se reían respondiéndole. Su compañera, Allyson, se entretenía mandándose mensajitos de un lado de la habitación a otro con uno de los amigos de Josh y Sarah, quien tenía una expresión algo absurda en la cara. Y los prefectos de quinto año, Will y Jane, se habían llevado sus deberes hacia ese apartado donde se pretendía celebrar la reunión y, aunque la chica tenía la decencia de fingir que la escuchaba, Lily sabía que ninguno se estaba enterando de todo lo que estaba diciendo sobre las rondas del mes de febrero.

Exasperada, miró a James en busca de apoyo, y se encontró con que tampoco él la escuchaba. La conversación de Sarah sobre una nueva Nimbus que iba a salir al mercado, era demasiado interesante como para no preferirla a la de Lily. Le dio un codazo, pero aparte de una sonrisa y un guiño, no consiguió nada de él. Rendida, rodó los ojos y se dirigió al distraído grupo.

- Bueno, ya hablaremos de esto en otro momento. Así no hay forma...

Nadie fingió que sentía que esa bizarra reunión acabase, de hecho, Damien y James ni siquiera se enteraron, y Will y Jane sólo recogieron sus libros, se despidieron con un movimiento de cabeza, y fueron a sentarse con sus amigos a terminar los deberes; los TIMOS los estaban volviendo locos. A Allyson ni siquiera la vio desaparecer.

En pocos minutos la conversación de quidditch se agotó, y Sarah y Josh se marcharon a otro lado, consiguiendo que la atención de James por fin recayera en Lily, quien no sabía si mandarle a la mierda o apoyar la cabeza en su hombro. Por resignación, se decidió por la segunda opción.

- Sabía que sólo necesitabas perder los nervios con los prefectos para recuperarte de esa mala leche que te entró por perder el rastro de Sirius –bromeó James ganándose un golpe-.

La dio un beso en la cabeza, pese a que Lily amenazaba con marcharse si seguía bromeando, por lo que él prometió detenerse. La intimidad les duró poco, pues de la nada apareció Grace, sentándose en el sillón frente a Lily y tendiéndole a James su capa de invisibilidad, lo que le extrañó en demasía, pues supuestamente la rubia no sabía de su existencia.

Grace sonrió al ver su confusión, y se encogió de hombros.

- Los secretos no duran toda la vida.

- ¿De dónde la has sacado? –preguntó James, aunque Lily también estaba interesada-.

- La tomé prestada –dijo Grace por toda respuesta-.

Les sonrió con tranquilidad, pero por su expresión tan tensa en las mejillas, Lily, que la conocía perfectamente, notó que no todo iba bien. Sirius... Si es que por mucho que James dijera, ella sabía que tenía que parar los pies a lo que pasaba allí, por el bien de Kate, por el del propio Sirius... y sobretodo por el de Grace. Su amiga ya la había reconocido sus sentimientos, pero también sabía que no quería hacerle daño a Kate. Y no podía dejar de dudar de que, de repente, Sirius se hubiera vuelto a enamorar de su mejor amiga. La perseguía porque le apretaban los pantalones, y temía que cuando estos se le aflojaran, le haría lo mismo que quería hacerle a Kate. Claro que, si eso ocurriera, ella se encargaría de dejarle demasiado espacio en dichos pantalones...

James notó que algo pasaba, por lo que dejó de preocuparse por su capa, y se levantó para irse junto a Remus y Peter, que estaban acabando un trabajo que el pequeño debía entregar al día siguiente, y que había olvidado por completo hacer.

- ¿Te has encontrado con Sirius? –la preguntó Lily posando su mano sobre la de su amiga-.

Grace suspiró.

- Sí. Sigue empeñado en que tenemos que hablar sobre... lo que ocurrió...

- James cree que deberías escucharle. Dice que nunca le había oído hablar con tanta madurez –respondió Lily sin pensarlo, y al instante deseó no haber abierto la boca, pues Grace la miró como si la estuviera dando permiso para hacer algo que, aunque se negara, estaba deseando hacer-.

Lo estaba deseando. Hasta ahora, todos esos días, Grace había tomado una posición que, a ojos de Lily, la honraba. Mantenía a raya sus sentimientos, y tomaba la decisión menos dolorosa para los demás. Pero parecía que si su mejor amiga la diese su permiso moral para cambiar de opinión, quizás lo haría. Y Lily sólo podía estarse unos días más luchando por aconsejarla hacer lo que estaba bien, pues acabaría imponiéndose el cariño hacia su amiga, y preferiría verla feliz a ella. Y Grace solía ser feliz con lo que menos la convenía a la larga...

- ¿Tú qué crees que debería hacer? –la preguntó con un extraño brillo en los ojos-.

Lily dudó qué contestar. Abrió la boca, pero no llegó a hablar, pues un torbellino entró en la Sala Común, callándolos a todos, y ellas sólo atinaron a ver dos borrones. Uno castaño con rizos, y otro con trencitas africanas de color azabache. ¿Trencitas africanas de color azabache? Ambas se miraron extrañadas, miraron a la escalera, y volvieron a mirarse.

- ¿Gis? –se preguntaron la una a la otra confusas-.

Saltaron a la vez al suelo, y corrieron hacia su habitación, queriendo comprobar si era cierto que su amiga había vuelto a Hogwarts. Ni siquiera se detuvieron a responder a la pregunta de Remus, que era la misma que la de ellas. Cuando entraron, confirmaron la noticia. Allí estaban Gisele y Rachel, abrazándose, y dejando caer pequeñas lágrimas de sus ojos. Gis las oyó, y se giró hacia la puerta, mirando con una pequeña sonrisa a Grace y Lily.

- Ya he vuelto –fue lo único que la dio tiempo a decir antes de recibir un gran abrazo de Grace-.

Lily fue más delicada, y esperó a que su amiga se sintiera cómoda y enjuagara sus lágrimas, para recibirla también con un abrazo.

- ¿Cómo estás? –preguntó Grace, entrando al tema sin paños calientes, y ganándose una mala mirada de Lily y Rachel-.

Gis, en cambio, no pareció sentirse mal por eso. Se encogió de hombros, y sonrió.

- Bien. Muy bien, de hecho. Tony me ha cuidado muy bien estos días, y sus padres no pueden ser mejores personas...

Lily comprobó la doble versión en su rostro. Sonreía, e incluso se reía, por lo que verdaderamente parecía estar bien. Pero ese brillo en los ojos, tan particular en la risueña Gisele, no estaba presente en los de la chica que tenía delante. No estaba bien. Al menos, no del todo. Y, Lily sospechó, tardaría bastante tiempo en estarlo. Aún así, la sorprendió su fortaleza para sonreír y reír con sus amigas, hablando de Tony, de sus hermanos, de sus padres, de todo lo que había pasado fuera, cómo la habían ayudado...

- Al principio no podía parar de pensar en muchas cosas –decía Gis, sentada en su cama junto a Rachel, a quien apretaba con fuerza la mano. Lily estaba apoyada en el pilar de esta, y Grace se había sentado en el suelo, frente a ellas-. Como que siempre discutía con mi padre, hasta la última conversación que tuve con él fue una discusión... O que ese día aparté a mi madre cuando iba a volver a abrazarme, porque me daba vergüenza... Ojalá podría abrazarla ahora...

Cerró los ojos, y parecía que iba a volver a empezar a llorar, como ya había hecho Rachel recordando a su propia madre, pero respiró hondo, y sonrió, abriéndolos de nuevo sin ninguna lágrima. Abrazó a Rachel, más sensible aún que ella, y las sonrió a Lily y a Grace, indicándolas que estaba bien.

- Tony me ha convencido que nada de eso importa... Que ellos me querían, y que en esos últimos momentos seguro que pensaron en los buenos momentos que tuvimos juntos...

Lily sonrió con ternura.

- Y tiene toda la razón, Gis. No tienes que ponerte triste por eso, son cosas cotidianas que jamás se recuerdan en momentos así. Y tú tampoco debes recordarlas. Sólo quédate con lo bueno.

Gisele asintió con la tristeza escrita en su cara, pero con una pequeña sonrisa.

- Supongo que aún no me acostumbro a la idea de que no vaya a recibir nunca más una carta de mi madre...

De repente un gran sollozo inundó la habitación, y todas se giraron hacia Rachel, que se tapaba la boca con una mano, y lloraba copiosamente, intentando ahogar sus sollozos. Gis se arrepintió al instante de seguir con el tema, más por el estado de su amiga que por el suyo, pues estaba empezando a aprender a acostumbrarse a eso. Rachel era más lenta que ella en esos temas. No había terminado de asimilar la muerte de sus primos y tíos, cuando sobrevino la de su madre.

- ¡Vamos Rach, no llores! –exclamó abrazándola con fuerza, mientras las manos de Lily y Grace aparecían para acariciarla las manos y la cara. Gis se soltó de golpe, limpiándola las mejillas de lágrimas, y la sonrió-. Cuando te cuente lo que he hecho con Tony, no vas a poder evitar reírte...

Pero cuando iba a relatar ese momento memorable, que dejaba a Lily como la única inmaculada y pura del grupo, la puerta se abrió de golpe, y se cerró con fuerza, dejando ver a una Kate que dejaba las lágrimas de Rachel como simple berrinche. Tenía un aspecto horrible, con la cara llena de tierra, algunas ramitas en el pelo, y la cara completamente roja y empapada. Parecía la imagen de la desesperación, y las cuatro se alarmaron, poniéndose en pie de golpe.

- Kate, ¿qué...? –preguntó Gis, a quien la chica no pareció extrañarse de ver. Aunque en ese estado, tampoco pensaba muy bien-.

- ¡Me ha dejado! –exclamó con la voz rota-. Ha... ha cortado conmigo...

- ¡¿Qué? –exclamó Grace abriendo muchos los ojos, sin acabar de creérselo-.

Kate no respondió, sino que se tiró de golpe contra su cama, tapando su llorosa cara con la almohada. Antes de un segundo, Gis y Rachel ya la estaban rodeando, intentando calmarla y entender algo.

Después de observarla durante un segundo, Grace se fue hacia la puerta, dispuesta a patearle el culo a Sirius. Sin embargo, Lily la detuvo. La pelirroja era la más tranquila en esa situación, pues ya sospechaba que ocurriría algo así, mientras que la rubia no se esperaba que al final él hiciera nada de eso

- ¿Has oído...? –le susurró Grace a Lily en voz baja, para que no se enteraran las demás, esperando que así su amiga entendiera todo y la dejara ir a cantarle las cuarenta al imbécil de su ex-.

- Sinceramente Grace, ¿qué esperabas? –repuso Lily con tranquilidad. Miró a Kate, que seguía llorando abrazada a sus dos amigas, y después miró a su mejor amiga-. La otra vez no quería hablar mucho del tema, y sólo quería arreglar las cosas con Kate. Cuando comenzó a comportarse de esta forma, buscando a toda costa hablar contigo, lo vi claro.

Grace la miraba sin acabar de entenderlo, o más bien de asimilarlo, y Lily suspiró, bajando aún más la voz.

- Sé lo que sientes. Pero, por tu bien, te pido que compruebes que va en serio antes de dejarte llevar. Si tengo que matarle por hacerte daño, lo haré, pero es el mejor amigo de James, y me gustaría evitar una confrontación, a ser posible. Así que piénsalo bien.

- ¡No tengo nada que pensar! –exclamó Grace en voz baja. Miró a Kate, y negó con la cabeza-. Igual se cree ese gilipollas que voy a tener algo con él, después de que la haya hecho esto...

Se dirigió hacia Kate, y se unió al abrazo de las tres chicas. Lily suspiró, sabiendo que esa determinación sólo duraría un tiempo, mientras se sintiera mal por ser indirectamente la causa del dolor de Kate. Después... a Lily la encantaría saber cómo iba a solucionarse ese tema para que todos estuvieran bien...

- N-no lo entiendo –decía Kate entre lágrimas, ante las preguntas de Gis-. M-me dijo q-que no era culpa mííía, q-que era él. Que se había enamorado de otra... d-de una ex-novia... Pe-pero es imposi-sible... T-todo el mundo sabe que n-nuncca había estado con una chica en s-serio, hasta que empezó a salir conmigo... ¿Por qué me ha dejado entonces?

Negando con la cabeza, Lily cerró los ojos un segundo, y cuando los abrió, se encontró con que Grace la estaba mirando. Durante un segundo, ambas compartieron una mirada significativa, pero enseguida la rubia se centró de nuevo en Kate, repitiendo todo el rato: "Es un gilipollas"...

OO—OO

Sirius también iba camino de la torre de Gryffindor. Su aspecto no era tan malo como el de Kate, pero desde luego no estaba en su mejor día. Él también tenía tierra por toda la cara, además de por dentro de la túnica, y varias ramitas esparcidas por el pelo, producto de cuando su, ahora ex – novia, le había tirado un tiesto en la cabeza, que falló por dos metros de distancia, pero que les roció de tierra y plantas a ambos. Después de eso, Kate había empezado a llorar, y salió corriendo antes de que él pudiera decir nada más.

No es que hubiera sido muy cuidadoso. Había intentado utilizar palabras suaves y sensibles, pero ¿qué es suave cuando le dices a una persona que ya no la quieres, y que la dejas por otra? Con Kate no había funcionado, desde luego. Le había mirado como si no le entendiera mientras estaba balbuceando, y cuando por fin le habían salido las palabras adecuadas, ella se había comportado de esa forma tan psicópata, más propia de Grace que de ella. No es que esperara que se lo tomara bien, pero era Kate, y era más dulce y comprensiva que esa rubia de quien se había enamorado de nuevo.

Al llegar a la entrada de la torre, se detuvo, y apoyó la frente contra la pared, suspirando. Se sentía fatal. ¿Qué clase de persona sería sino fuera así? Pero, por otro lado, sentía como si se hubiese quitado un peso de encima. Aunque era doloroso, y lo que menos quería, era hacerle daño a Kate, algo le decía que había hecho era lo correcto. Lo difícil sería hacérselo entender a Grace sin recibir una paliza de vuelta...

- ¿Pad? ¡Estás aquí! Ahora íbamos a buscarte.

Se dio la vuelta al escuchar la voz de su mejor amigo, y se le encontró junto a él, con la capa que Grace le había robado en las manos, y detrás suyo a Remus y Peter, mirándole preocupados y confusos.

- Hemos visto llegar a Kate –le explicó James como si eso lo dijera todo-.

Sirius se encogió de hombros con una pequeña mueca de tristeza.

- Lo he hecho. Y me siento de puto culo...

Peter parecía no acabar de entender qué pasaba ahí, pero ver la cara de su amigo, después de observar como Kate entraba en la torre como alma que lleva el diablo, y llorando como una magdalena, le dejaba ver que era algo bastante malo. A su lado, Remus hizo una mueca, comprendiendo todo.

- ¿Qué te ha dicho, a parte de llorar? –preguntó intentando no escarbar en la herida, pero teniendo curiosidad-.

Sirius se encogió de hombros.

- Nada. Me ha tirado una maceta a la cabeza, se ha puesto a llorar, y ha salido corriendo antes de que pudiera decir nada más...

- ¿Has plantado a Kate? –preguntó Peter un poco extrañado. Sus tres amigos le miraron, dándose cuenta de que no le habían hecho partícipe de los últimos acontecimientos, pero él de repente abrió la boca, y en sus ojos brilló la comprensión-. Por Grace. La has dejado por Grace.

Asintió como si se lo explicara a sí mismo, y todo encajara de pronto en su mente, a lo que los demás sólo atinaron a afirmar con la cabeza. Quien creyera que Peter era idiota, es que no le conocía bien. James le palmeó la espalda a Sirius, que estaba venido abajo, e intentó animarle con su habitual optimismo.

- Venga. Os invito a una ronda de cervezas de mantequilla en Hogsmeade –exclamó golpeando sugerentemente su capa de invisibilidad-.

Remus iba a protestar, diciendo que al día siguiente había clases y no podían trasnochar en el pueblo, pero Peter le dio un codazo en el estómago, instándole en voz baja a solidarizarse. Resignado, suspiró y se colgó del otro hombro de James.

- De acuerdo, pero pagas tú, gafotas.

En el pasillo resonaron las carcajadas de Peter, e incluso un poco las de Sirius, cuando James se vengó del comentario de su amigo, hechizándole y poniéndole orejas de elefante. A Remus fue al que menos gracia le hizo.

OO—OO

Era lunes, y apenas estaba amaneciendo, cuando Adam llegó a Berlín, y entró en una pequeña posada para poder registrarse. Todo era muggle, el sitio, su aspecto, e incluso su viaje. Había tardado dos días en llegar en transporte no-mágico desde Londres, y había estado cerca de rebasar la paciencia. Pero sabía que era la mejor forma de evadir a los mortífagos, y de salir del país sin llamar la atención.

La mujer que presidía la recepción le miraba de reojo con reprobación, mientras escribía en el libro de registros, y comprobaba que su identificación parecía correcta. Adam, disimuladamente, se miró de arriba abajo, esperando ver en qué había fallado en su vestimenta para ganarse el reproche de la mujer. Tal vez eran los pantalones de bombacho, o la camisa floreada, pero ambas prendas las había comprado en una tienda muggle, y había visto a algunas personas vestir así... Eso sí, no pensaba dejar crecer el pelo y la barba como había visto y, por supuesto, no tenía intención de descuidar su higiene personal. Ese último detalle no acababa de entenderle. No pudo evitar pensar que los muggles estaban locos...

Diez minutos después, entró en su habitación, abriendo la envejecida puerta con una llave del tamaño de su mano, de la que colgaba un gran llavero. La habitación no era preciosa, pero para el precio que tenía, tampoco estaba tan mal. Se podían perdonar las cortinas quemadas, los agujeros en la pared, e incluso el boquete en el colchón de la cama.

Con lo cansado que llegaba tras tantas horas en esas burdas carreteras, veía ese colchón con un deseo con el que jamás había mirado a ninguna mujer. Tenía ganas de tumbarse, y dejarse vencer por el sueño. Pero la precaución era más importante, y antes debía ocuparse de los hechizos de protección. No tardó mucho, pero para entonces recordó que debía avisar a alguien de su llegada a Alemania. Eli no le perdonaría que no la devolviese la visita estando tan cerca el uno del otro. Además, no había sabido nada de ella desde que se había ido de Inglaterra, y lo cierto es que sentía curiosidad por cómo iban las cosas con su marido, el prófugo.

No tardó mucho en escribir la carta. Apenas dos líneas para explicar que había ido a Berlín por el problema del que ella sabía, diciéndola que estaría hasta tiempo ilimitado, y apuntando la dirección del hotel, para que ella misma fuese allí, si quería. Su fiel lechuza, Nela, ya esperaba impaciente dentro de su jaula para realizar el pedido. La ató la pequeña nota en una pata, y le acarició una sola vez, recibiendo como regalo un pequeño mordisco cariñoso, para indicarle que haría bien su trabajo.

Confiado y más relajado, cerró la ventana por la que el ave había salido volando, colocó hechizos de protección, y cerró la persiana para dejar la habitación más o menos a oscuras. Ni siquiera se molestó en cambiarse de ropa, ni en abrir la cama, sino que se desplomó encima, y se abandonó al sueño.

Despertó horas más tarde, más descansado y desvelado de lo que había estado en mucho tiempo. Su mente volvió a Inglaterra, pensando en cómo estaría todo. ¿Habría habido algún ataque esos días? ¿Estaría Dumbledore llevando a cabo algún plan? ¿Habría salido ya Andrea Divon del país? Sabía que pensaba huir con su familia a lo largo de ese mismo día, pero desde que se habían encontrado por última vez, no había sabido nada de ella. Esperaba que hubiera tenido su misma suerte, pues apenas encontró obstáculos en su viaje.

Comenzó a andar por la habitación, analizando el lugar como no lo había hecho hasta ahora por el cansancio. Minutos después le dio por mirar la hora, y se dio cuenta que pasaba del mediodía, tiempo suficiente como para que Eli le hubiera contestado, pues sabía que pasaba los días en su casa, trabajando allí, desde lo ocurrido con su esposo.

Fue hacia la ventana, quitó los hechizos protectores, y abrió esta y la persiana, convencido de que se encontraría a Nela esperándole con la respuesta, como tantas otras veces. Pero no estaba allí. Era muy extraño, pues había pasado tiempo suficiente, y de no ser así, el ave habría vuelto pasado un tiempo prudencial. Realmente muy, muy extraño, pues de hecho, su lechuza no volvió en ningún momento.

OO—OO

Remus jamás habría imaginado que vería a Sirius bajar la mirada ante nadie. Pero tras entrar las chicas al Gran Comedor esa mañana, y ver cómo Kate no era capaz de levantar la vista del suelo, y Gis, Rachel, Lily, Grace, e incluso Sadie, le fulminaban con la mirada, su amigo no había levantado la mirada del desayuno. Tampoco lo hicieron James y Peter, el primero porque parecía sentirse culpable por ponerse de su parte y otro porque tenía una fuerte resaca. Evidentemente, la gente se había empezado a dar cuenta, y la mayoría les miraban confusos, otros impresionados, y Remus jamás creyó que vería a Severus Snape tan feliz al ver a James y Sirius humillados.

Él no acababa de entenderlo. Por supuesto comprendía a Kate, y entendía que sus amigas le guardaran rencor a Sirius durante un tiempo, pero pensaba tener que convencer a Rachel para que no intentaran algo contra su amigo, no que ella le fulminara a él con la mirada, y pasara de largo. Lo mismo había hecho Lily con James, quien, por cierto, había despertado histérico porque su novia no estaba en la torre, ni había muestras de que hubiera dormido allí.

No les habían dirigido la palabra a ninguno, ni entonces, ni en las demás clases. Inexplicablemente, hasta Jeff pagó las culpas, aunque él no parecía muy afectado pues corría tras su novia a la menor oportunidad. Estaba acabando la mañana, y cualquier intento de su parte, o de parte de James y Peter por hablar con alguna de las chicas había sido un desastre, como si ellos también hubieran participado en romperle el corazón a Kate. Estaban tan alucinados que hasta Peter habría agradecido una palabra de Sadie, aunque no es que hablara mucho normalmente.

Por su parte, Kate era la depresión personificada. Cualquier tema parecía recordarla lo que la había ocurrido y volvía a llorar, con la consiguiente acción de Sirius de golpearse la cabeza contra la mesa. Remus estaba casi convencido que lo que pretendían era crearle un pequeño trauma psicológico a su amigo por lo mal que lo estaba pasando Kate, pero no entendía por qué castigarles también a ellos tres.

Las chicas estaban volcadas. Ni siquiera Lily prestaba tanta atención a las clases, ni Gis y Grace a dormirse. Su principal interés era Kate, parecían unas abejas volando alrededor de su reina, que sólo quería estar sola a pesar de que a las demás no se las metiera en la cabeza.

En ese momento, un receso de diez minutos hasta la última clase del día, Remus quiso aprovechar que Rachel estaba sola con Gis, para acercarse y saber de primera mano qué narices ocurría.

- Hola chicas –saludó algo inseguro-.

La única respuesta que obtuvo fue una mirada fulminante de ambas, para que después le dieran la espalda y siguieran hablando en susurros. Tragó saliva y miró hacia sus amigos. Sirius estaba, como llevaba toda la mañana, con la cabeza apoyada contra un brazo en posición derrotada, Peter se estaba poniendo verde por momentos, aunque le dio una especie de sonrisa de apoyo (Remus tenía la teoría de que vomitaría antes de que acabase la mañana), y James le hizo un gesto con la mano para que lo intentara de nuevo. Sería cobarde... Él no se había atrevido a insistir con Lily después de que le ignorara. Su amigo era capaz de enfrentarse a toda la casa de Slytherin él solo, pero no a Lily enfadada.

Se dio la vuelta, mirando la melena rizada de su novia, e inspiró hondo.

- Esto... Rach, ¿podemos hablar a solas?

La primera en darse la vuelta fue Gisele, que se cruzó de brazos y levantó las cejas, como retándole a algo. Las pocas veces en que estaba seria, era temible. Rachel se giró más despacio, mirándole bajo las cejas arqueadas de incredulidad.

- Lo que tengas que decirme, puedes decirlo delante de mi amiga –declaró-.

Gis le chasqueó los dedos frente a la cara con chulería, como si estuviera confirmando lo dicho por su amiga. Remus se habría reído en cualquier otro momento, pero sabía que ella sólo hacía ese gesto cuando estaba enojada.

- Es que... –se dio la vuelta, y James volvió a insistir con los brazos. Suspiró-. Los chicos... bueno, queríamos saber qué...

- Si preguntas por qué no os hablamos, pregúntale a tu amiguito Sirius –dijo Rachel con una voz muy poco propia de ella-.

Remus suspiró de nuevo.

- Bueno, sé que podéis estar enfadadas...

- ¿Enfadadas? –exclamó Gis-. Habla mejor. Furiosas. Agradécele a Lily que tu amigo sigue con vida.

- Después de lo que le ha hecho a Kate, se merece lo peor –continuó su novia-. ¡Mírala cómo está! La culpa es de ese idiota, y vuestra por apoyarle.

- Pero Rachel... –quiso protestar Remus. No es que le apoyara, pero era su amigo. En casos más peliagudos Sirius no le había fallado, no iba él a fallarle en eso-.

- ¡No! –exclamaron ambas chicas a la vez, como si estuvieran sincronizadas. Rachel se puso de rodillas sobre su asiento, y le golpeó el pecho con un dedo-. Te he visto pasarle la mano por la espalda. Te informo que Kate no ha parado de llorar en toda la noche por su culpa, así que mientras sigas siendo su amigo, conmigo no hables.

Sin saber cómo responder a eso, y, por qué negarlo, algo anonadado, Remus se dio la vuelta derrotado y volvió con sus amigos.

- ¡Qué rápido te rindes! –dijo James mirándole como si le hubiera decepcionado, y negando con la cabeza-.

Remus tuvo ganas de pegarle una colleja pero, por el bien del poco buen rollo que había en el ambiente, se contuvo.

OO—OO

Aquella amplia y cavernosa cueva era realmente grande. Grande y terrorífica, sobretodo con el espectáculo que estaba teniendo lugar allí. Bolas de fuego rodaban por toda la cámara, olas de agua arrasaban con el fuego, y la tierra se movía, se agrietaba y se abría, tragándose las olas.

En un extremo de la sala, Voldemort sonreía mientras movía sus manos, cual director de una orquesta, y movía los tres elementos a placer. A sus pies, las tres cajas cerradas. Sólo él había sabido usarlas sin necesidad de abrirlas, pero no era de extrañar. Por algo era el mago más grande del mundo. Detrás de él, Ethan observaba con admiración y temor el poder que él mismo estaba obsequiándole a su amo.

Cansado ya de esa demostración a él mismo y a su siervo más útil por el momento, Voldemort hizo un movimiento seco con la varita, y todos los elementos desaparecieron. Después apuntó a las cajas, y estas también se desvanecieron, yendo a parar a un lugar seguro. Sólo después de todos esos pasos, dirigió su fría cara hacia Ethan.

- Bien muchacho. Buen trabajo. Reconozco que dudaba un poco de que pudieras llevar adelante ese paso. Pero por fin te has desligado por completo. Enhorabuena.

El joven sonrió contento de agradar a su amo, y con el movimiento sintió la varita de su hermana, aún guardada en un bolsillo de su pecho. Parecía una señal indicándole que estaba pisando arenas movedizas, pero él no notó nada.

- Bien. ¿Y la última? Hay que ser rápidos. Potter ya debe estar tomando medidas contra nosotros. ¿Cuándo iras por él? –preguntó el Señor de las Tinieblas como si fuese desinteresadamente, aunque no era así-.

Ethan titubeó. Sabía que esta parte podría traerle complicaciones.

- De hecho... No sabemos dónde está, Señor. De repente hemos perdido su pista, y creemos que ha salido del país.

La expresión de Voldemort era tan colérica, que Ethan temió que acabara con su vida en ese instante. Le había visto hacerlo por causas mucho menores. Presa del pánico, se arrodilló frente a él, y levantó las manos, implorándole, a la vez que seguía hablando con rapidez.

- ¡Señor, espere! ¡Estamos vigilando a todos sus amigos, a su familia! Controlamos el correo de todas las personas relacionadas con ese hombre, en algún momento querrá ponerse en contacto con alguien y le pillaremos!

Voldemort bajó la varita, que había levantado instintivamente, y le hizo un gesto para que se levantara.

- ¿A todas las personas relacionadas con él? –preguntó incrédulamente, y con un tono de burla que hizo temblar al joven que estaba ante él-.

Ethan se levantó poco a poco, aún con las piernas temblándole, y agradeciendo haberse librado de, mínimo, un cruciatus.

- Sí, señor. A todas. Lucius se está encargando de ello.

Era irónico cómo ahora podía decir ese nombre con total familiaridad, cuando en su época en Hogwarts, donde coincidieron en el mismo curso, pronunciaba su apellido con odio por tener unas ideas que ahora él compartía.

Voldemort asintió, comprendiendo que si alguien podía tener suficiente influencia para eso, era el joven Malfoy. Agitó la varita y volvieron a aparecer focos de fuego, olas de agua, y grietas en el suelo. Mientras las manejaba a su antojo, con la furia y la rabia saliendo de su interior, le gritó al joven por encima del hombro.

- ¡Ponte a ello! ¡El aire es el más importante, con él se manejan el resto de los elementos, sin él estoy incompleto! ¡Así que quiero que no pares, no comas, no duermas, y ni siquiera respires hasta que hayas dado con el paradero de Potter, y la última caja esté en mi poder!

OO—OO

Acabadas las clases, la mayoría hicieron el camino al Gran Comedor, separados en dos grupos. Sadie se había separado hacía rato, considerando que ya se había solidarizado bastante, y, teniendo en cuenta que casi ni había dormido por la fiesta de pijama improvisada que se había formado en su cuarto, había sido más que comprensiva. También Jeff salió corriendo, huyendo de tenso ambiente, y deseando ir a recoger a Nicole y encontrar un poco de alegría.

Sin embargo, Lily había olvidado un libro que necesitaba esa tarde, por lo que se separó del grupo, dirigiéndose a la Torre de Premios Anuales. Remus que la vio, le dio un codazo a James, instándole a seguirla y probar si tenía más suerte de la que había tenido él con Rachel. Aún algo acojonado, James pensó que si le iba a montar un escándalo, mejor que fuera en privado y no en medio de clase como le había pasado a su amigo, por lo que no perdió el tiempo y siguió a su novia, que ya había desaparecido por las escaleras. La alcanzó con rapidez.

- ¡Lily!

Esperaba que le ignorase. Esperase que le gruñese. Esperaba que le gritase. Lo que desde luego no se esperaba, era que se girara a mirarle con una sonrisa, retrocediera unos pasos hacia él, y le llevara las manos al cuello para darle un beso en la boca.

- Esperaba que me siguieras. Siento haberte ignorado toda la mañana. Te he echado de menos –le dijo la separarse, mirándole con una sonrisa divertida al ver su estupefacción-.

- Eh… ¿Qué? –preguntó James sin poder enlazar más palabras. Definitivamente, su novia se había vuelto loca-.

Lily sonrió, mientras enlazaba sus dos manos en torno a su cintura, y le instaba a retomar el camino a la torre.

- Verás. Las chicas están algo enfadadas. De hecho, mucho. Querían matar a Sirius, literalmente. Luego las amenazas bajaron a dañarle físicamente, cortarle partes de su anatomía y, cuando conseguí que Grace dejara de aportar ideas, la cosa se quedó en que no volverían a hablarle en la vida. Pero el problema surgió cuando Rachel dijo que no pensaba volver a hablar a Remus hasta que dejara de ser amigo de Sirius, Gis y Grace la apoyaron, Kate no paraba de llorar y… compréndeme, habría quedado como una mala amiga si no me hubiera unido. Pensaba explicártelo en algún momento de la mañana, pero he estado ocupada intentando que dejen en paz a Kate. No se las mete en la cabeza que ella necesita tranquilidad para hacerse a la idea.

Suspiró, negando con la cabeza, y vio que James se había quedado literalmente con la boca abierta.

- Que complicadas sois las chicas. Sirius también estaba mal, pero no pensamos en ningún momento en matarle. El pobre bastante tiene con ver cómo está Kate.

- Lo sé –asintió Lily con la cabeza-. Pero eso no quita que no piense hablarle hasta que Kate deje de llorar –se lo pensó mejor frunciendo el ceño, y después lo sopesó, considerando que a su amiga la llevaría mucho tiempo recuperarse-. Bueno, lo dejaré en una semana. Por cierto, ¿qué hicisteis vosotros cuando nosotras estábamos con Kate? Fui a la torre a decirte que me quedaba a dormir con ellas, pero no estabas por ningún lado.

- Nos fuimos a emborrachar a Sirius. Pensamos que así pensaría más en su dolor de cabeza que en todo esto, pero es duro de pelar. Al final el que se emborrachó fue Peter, que no tolera muy bien el alcohol.

Lily no pudo evitar reírse por la imagen, y le abrazó más fuerte.

- Pobre Sirius –dijo en un momento de sinceridad-. Reconozco que no envidio su situación.

- ¿Y eso? –preguntó su novio sorprendido, ya que los días anteriores siempre tenía la escopeta cargada contra su mejor amigo-.

Lily se encogió de hombros.

- Ha dejado a una chica por otra. Sé que no querría hacerle daño a Kate, no me imagino quien querría hacérselo a alguien como ella. Debe ser horrible ver el estado en que está sabiendo que es culpa suya, y luego pienso que la ha dejado por Grace. Sigo pensando que eso no tiene modo de ser, pero lo siento por él si intenta acercarse a Grace estos días. Está resuelta a matarle lenta y dolorosamente. De un modo u otro, las cosas están mal para él.

James no pudo estar más de acuerdo, y esperaba que su amigo fuera lo suficientemente sensato como para no buscar a Grace mientras a ella le durara su instinto asesino. Miró a Lily, y sonrió de lado, teniendo de pronto una idea.

- Vamos a las cocina a buscar comida, y llevémosla a la torre. Si tengo que sufrir tu fingido desprecio el resto del día, es lo menos que merezco.

Aunque la idea era tentadora, la pelirroja dudó seriamente. James soltó una pequeña carcajada, y añadió.

- A las chicas puedes decirles que te encerré en la torre exigiendo explicaciones, y que me pegaste para escapar. Podemos fingir unas lesiones.

Lily se echó a reír divertida, y se puso de puntillas para darle un beso.

- Esa idea le encantaría a Grace –dijo divertida, mientras cambiaban el rumbo hacia la cocina-.

Puede que hubiera guerra de sexos entre sus amigos, pero ellos pensaban disfrutar de una comida romántica, aunque tuviera que ser a la espalda de las chicas.

OO—OO

Todo el mundo estaba en el Gran Comedor, disfrutando del descanso antes de las clases de la tarde. Sin embargo, Regulus encontró más interesante ir a dar una vuelta, para contemplar los terrenos nevados. Estar en el comedor significaba escuchar los cotilleos sobre Sirius y su novia mestiza, o su ex, no lo tenía claro. De todas formas, no era un tema que le interesara, y como parecía que Grace no iba a ponerse agresiva contra su hermano (lo que sí le habría gustado ver, ya que en la ocasión que debió hacerlo, se limitó a echar a correr), no tenía alicientes para escuchar las opiniones de todos sobre ese tema.

Había recibido correo de su casa la noche anterior, comunicándole que su padre había presentado mejorías en los últimos días, cosa de la que él se había alegrado. Su principal razón era egoísta, y no es que no le importara que a su padre le pasara nada, es que quedarse solo con su madre al mando, no era una perspectiva muy tentadora. Cuando Sirius estaba en casa, aquello no parecía tan horrible…

Agitó la cabeza para apartar las ideas que comenzaban a formarse en su cabeza, y se apretó con más fuerza la bufanda de Slytherin, para luchar contra el frío del exterior. Había dejado de nevar durante la noche, pero todo el paisaje estaba blanco, con la nieve espesa cubriéndolo todo. Había oído a Mulciber burlarse de que esperaba que al día siguiente continuara así, para poder reírse viendo a los gryffindor luchar contra el mal tiempo durante su entrenamiento de quidditch. Sonrió inconscientemente. Sería divertido, desde luego, pero no pensaba ir por mucho que le picara la curiosidad, pues lugar donde se juntaban Slytherins con Gryffindors, lugar donde se producía una pelea. Y, sinceramente, no creía que fuera bueno para la salud de nadie que el carácter de Grace y las ideas de Sadie se juntaran. Era bueno que no fueran muy amiguitas, pues ellas dos juntas podían tirar el colegio. En el fondo la naturaleza era sabia por colocar a la rubia junto a una chica tan tranquila como Evans, aunque fuera una sangre sucia.

Divertido por sus propios pensamientos, Regulus no pudo evitar salir un momento al exterior, notando al instante el frío aire del invierno que llegaba por todas partes. Se abrochó más fuerte la bufanda, y se abrazó a sí mismo, disfrutando del crujir de la nieve bajo sus pies. Al abrazarse el pecho con los brazos, notó algo en un bolsillo interior, y recordó de golpe. Era una carta de Yaxilia, que le había mandado desde Durmstrang. No la había leído aún, y lo cierto es que tampoco tenía ganas, aunque sabía que debía contestar, sino quería que su desaire llegara a oídos de su madre.

Sacó la carta de su túnica, y la observó cerrada un segundo, admirando la pulcra letra de su prometida. Era una chica elegante, educada, dentro de su círculo social, con su misma ideología, y no del todo fea. Debería bastarle y, de hecho, su madre consideraba que había tenido mucha suerte. Quizá sí, pero él sólo veía a una chica uniceja, irritante, pegajosa, con poca conversación y ninguna sensibilidad. Eran formas de verlo...

Suspiró, y rasgó el sello, dispuesto a volver a leer las incongruentes y excesivamente pegajosas palabras de Yaxilia, cuando escuchó cerrarse de golpe la puerta por la que él había salido minutos antes. Para su sorpresa, era Sadie quien salía por ella, y aunque parecía tan extrañada como él de verle, le sonrió, acercándose.

- ¿Qué haces aquí fuera? Va a volver a nevar –predijo levantando la vista al cielo, entrecerrando los ojos por la luz solar, y frunciendo la nariz al recibir un poco de agua de una gotera en la frente-.

Regulus sonrió por la imagen, y se encogió de hombros.

- Supongo que no tenía hambre –admitió. Después agitó la carta delante de ella, y rodó los ojos-. Además, tenía que leer el correo.

- ¿De casa? –preguntó Sadie dejando de sonreír-.

- No. Ellos me escribieron anoche. Mi padre ha mejorado –vio a Sadie suspirar, como si de verdad se alegrara con sinceridad, y no acababa de entender ese hecho-.

Sadie sonrió burlona, adivinando el remitente de la carta, y enarcó las cejas con humor.

- ¿Tu novia? –no pudo evitar reírse al ver la cara de asco que puso Regulus al nombrar así a Yaxilia Selwyn. Era divertido picarle con ese tema-. ¿Qué pone? ¿Está decepcionada por la falta de atractivo de los búlgaros, o porque quizás Durmstrang no enseña suficiente magia negra?

Comprendió al instante que se había equivocado. Esas bromas eran adecuadas para hacerlas con sus amigas de Gryffindor, pero no para entablar conversación con Regulus Black. Él, a pesar de toda la confianza que la inspiraba, seguía siendo un fiel devoto de ese tipo de magia, y podía ofenderse porque bromeara con ello.

Dejó de sonreír y le miró alerta, casi esperando que el antiguo Regulus, el que hablaba tan fríamente y la amenazaba, volviera a mostrarse. Pero su amigo seguía allí. Ni siquiera parecía haber escuchado la broma, pues su rostro estaba pensativo, y el ceño algo fruncido.

- ¿Pasa algo? –le preguntó mirando la carta, esperando leer algo parecido a: "He decidido que no aguanto más y quiero que nos casemos el mes que viene". Pero él no la había abierto-.

- ¿Eh? –preguntó Regulus saliendo de su ensoñación, y demostrando que no la había escuchado-. Es que... estaba pensando que no quiero leerla.

- Pues no la leas –respondió Sadie con obviedad-.

- No, no me entiendes. No quiero leerla. Ni esta, ni ninguna otra. Yo...

Estaba rarísimo, la miró a los ojos, pero parecía ausente. Parecía estar teniendo una revelación, y aquello apuntaba ser algo muy raro, incluso para Regulus Black.

- Es que...

El muchacho no parecía saber cómo explicarse, y por el bien de la salud mental de ambos, Sadie le arrancó la carta de las manos, y la rompió en varios trozos. Regulus la miró alarmado, con los ojos muy abiertos.

- ¿Qué haces? ¡No la he leído! ¡Si no la contesto, me montarán un follón!

- Haz como que no la hubieras recibido –contestó ella encogiéndose de hombros-. Total, con la tormenta que cayó anoche, no es raro que la pobre lechuza perdiera el envío.

Regulus sonrió muy levemente, aunque fue obvio. Cuanto más maquiavélica era esa chica, mejor le caía.

- Tú eres el cerebro –la dijo en broma-.

- Así es –admitió Sadie haciendo un gesto que había copiado a James-. Así que deja de comportarte como un iluminado, que me das miedo. Vamos a comer.

Le agarró del brazo y tiró de él hacia dentro del castillo. Regulus había dejado de pensar en todo lo que le había dado vueltas por la mente minutos antes, pero sólo era algo momentáneo. Poco a poco, esas ideas florecerían, ya estando implantadas en lo más profundo de él. Ese deseo de rebeldía e independencia.

OO—OO

Sólo un par de horas después, Sirius salía de un aula vacía, donde había estado escondiéndose tras la hora de la comida. James ni siquiera había aparecido por el comedor, lo que le daba a entender que al menos uno de ellos había triunfado finalmente sobre la cruzada de las chicas contra ellos. Peter había tenido que acudir definitivamente a la enfermería, después de protagonizar un horrible incidente en el comedor, producido por sus nauseas y que le había supuesto un castigo con McGonagall. Al pobre Wormtail no le sentaba bien beber; aunque siempre se les olvidaba en los momentos clave. Matemáticamente, eso le había dejado solo con Remus, y con una clase de Cuidado de Criaturas Mágicas a la que, evidentemente, no deseaba acudir.

¿Una clase donde estaban solos Kate, Remus y él? No, gracias. No podía ver a Kate de esa forma; llevaba todo el día partiéndosele el alma al verla tan mal. Le dolía más hacerla daño a ella que a Grace, no porque la quisiera más, sino porque no tenía perdón. Grace era de las que se revolvía contra quien la atacaba, pero Kate se retraía, y sufría; jamás se defendía. Lo máximo que había hecho era tirarle una maceta a la cabeza, y no estaba tan seguro de que hubiera querido darle (o también podía ser que tenía una puntería malísima). Resultado final: Remus se había negado a saltarse las clases con él, y James no aparecía, por lo que se había escondido en una clase, y había estado las dos horas buscando telarañas para entretenerse.

Ahora que ya comenzaba a escuchar a los alumnos salir de clase, decidió unirse a ellos, y así dar la impresión de que también volvía de sus quehaceres. Quizá incluso se encontrara con Remus y él querría tener el maravilloso detalle de reprocharle su inmadura actuación. Pero su amigo no era el adecuado para hablar sobre cómo actuar en momentos de baja moral; ya que cuando ellos se enteraron de que era licántropo, su primera reacción fue querer irse de Hogwarts.

Pero no fue con su amigo con quien se encontró al cruzar la esquina. Bajando las escaleras, y claramente abstraídas en una conversación que prometía ser interesante, Lily y Grace debían volver de la clase de Runas. Casi le dio la sensación de que le habían visto, pero se apresuró a esconderse tras la primera columna que encontró, y a los pocos segundos las oyó pasar de largo. Algo le decía que debía alejarse del grupo de las chicas durante unos días, por mucho que siguiese queriendo hablar con Grace. Tal vez era el intento de Gisele de golpearle la parte baja de la cintura con una silla de forma casual, o tal vez el gesto que le había hecho Grace en clase de Encantamientos, pasándose su varita por el cuello, en un claro indicio de lo que querría hacer con el suyo.

Pasado un tiempo prudencial salió de su escondite y subió a la primera planta, con toda la intención de esconderse en el único lugar en el que podría estar seguro: su habitación. Ese corredor estaba vacío, pues la mayoría de la gente aún estaba saliendo de clase o reuniéndose con amigos, por lo que Sirius sólo escuchaba sus propias pisadas, hasta que escuchó unas más rítmicas y aceleradas a su derecha. Giró la cabeza para mirar, pero no le dio tiempo a ver nada antes de que dos manos le tomaran del brazo y le arrastraran contra una columna.

Estupendo, no veía nada, y sólo notó que alguien ponía una varita en su cuello, apretando con fuerza, y escuchó un gruñido bastante desagradable.

- ¿Snape? –preguntó extrañado. Su viejo enemigo hacía tiempo que no le buscaba, y parecía bastante contento de que James y él le ignoraran también. Pero nadie más le había hecho eso nunca-.

Un golpe en la parte interior del muslo le hizo ver que no era su enemigo favorito. Él tenía otro estilo, no tan muggle y bastante más pomposo. ¿Quién sería el bestia? Se preguntó llevándose las manos a la zona adolorida.

- ¡Eres gilipollas, Black!

- ¿Grace? –preguntó con un hilo de voz y bastante confuso. Tuvo que esperar algunos segundos a recuperarse, y tras resoplar un par de veces, añadió-. Perdóname, pero puedes llegar a ser muy poco femenina. Pensé...

Era evidente que a ella no la importaba lo que pensara, sino que le volvió a apuntar con la varita. Sabiendo que era ella, ya no se estuvo con tantas complicaciones, y la apartó la mano con un golpe débil, pasando por delante suyo para volver a la luz. Ella le siguió con cara enfadada, pero la varita colgaba de su brazo inerte, apuntando al suelo.

- ¿Me viste antes? –preguntó extrañado. No lo había parecido-.

- Yo y todo el colegio, imbécil. Nunca has sido muy discreto.

Merlín en bici sí que estaba enfadada. Ya sabía de antemano que debía evitarla un tiempo, y ahora sus partes nobles estaban de acuerdo con ello. Le volvió a apuntar, con el ceño fruncido, y Sirius miró la varita con cautela.

- Ten cuidado, Grace. Sabes que soy mejor que tú en un duelo.

- Qué caballero. Le jodes la vida a mi amiga, y a mi me amenazas con agredirme –le espetó fríamente-.

¿Por qué siempre le daba la vuelta a todo? Suspiró, e intentó dejar el tema para más adelante. Desde luego ella no estaba receptiva para que la hablara de sus sentimientos.

- Tengo cosas que hacer. ¿Por qué no...?

- ¡Ah, no! Me ha costado bastante distraer a Lily. Ahora me vas a escuchar.

Le empujó contra la pared, y suspirando, él se dejó hacer.

- ¡Kate no ha dejado de llorar en toda la noche! ¡Está destrozada! ¡Y esto es culpa tuya, tú lo has hecho todo! ¡Has estado todo un año jugando con ella para romperle el corazón ahora!

- Yo no he jugado con ella –él se defendió en lo único que no creía justo. Sabía que le había hecho daño y que era culpa suya, pero cuando había estado saliendo con ella, sus sentimientos eran sinceros. Sin duda, no había esperado que los otros sentimientos volvieran a florecer de nuevo-.

- ¡Eso es lo que ella siente, y teniendo en cuenta lo que veo, no sé qué pensar! ¡No la has mirado más de dos veces en toda la mañana, hasta te he visto reírte con James, y con Peter antes en el comedor! ¡Estás fresco como una rosa mientras Kate no para de llorar por los rincones! ¡Eres un inmaduro, un insensible, un hipócrita que...!

Siguió insultándole por un rato, siendo más imaginativa por momentos. Sirius había pasado de sentir un apuro, parecido a la alerta sobre lo que sería capaz de hacer ella con la varita (la cual había olvidado), a sentir ganas de reír. Grace estaba realmente muy graciosa cuando se enfadaba. Los labios se la ponían increíblemente finos cuando discutía, y formaba con mucho énfasis la letra "o"; movía los brazos con fuerza, como si las palabras no fueran suficientes para expresarse; y cuando comenzaba a perder el control, como en ese momento, le salía un tick en el ojo.

Parecía una loca, pero en cierta forma la encontraba atractiva así. Era ella en estado puro, la descentrada e impulsiva de Grace. La que nunca controlaba su carácter cuando se enfadaba, y tendía a pasarse de la raya, y la que se arrepentía la primera de sus reacciones. Era auténtica, visceral, con carácter, y por eso le gustaba tanto. Sin darse cuenta, estaba sonriendo.

- ¿Por qué pones esa cara de atontado? ¿Me estás escuchando? –exclamó Grace aún más enfadada-.

-¿Sabes que estás preciosa cuando te enfadas?

Ella boqueó durante unos segundos, cogida por sorpresa con la respuesta, y frunció el ceño, sonrojándose. No sabía si de vergüenza o de rabia, pero sus mejillas se tiñeron de un rosa encantador. No pudo evitarlo. Le parecía una imagen irresistible.

Ni siquiera lo pensó, pues su instinto de supervivencia le habría negado ese impulso, sino que se lanzó de lleno y la besó con tanto ímpetu, que la levantó del suelo. Grace tenía los ojos muy abiertos, completamente sorprendida por su reacción, y sus brazos caían laxos a sus dos costados. Cuando Sirius se dio cuenta de que ella no respondía al beso, se separó un momento, y Grace aprovechó para (sin que él supiera cómo lo había logrado) darle un puñetazo en el hombro y una patada en la espinilla a la vez.

- ¡No se puede hablar contigo, sólo piensas en un cosa! ¡Eres gilipollas!

Sin embargo, no quiso seguir intentando discutir con él. Quizá porque temía no poder volver a ignorarle ante semejante beso, o quizá porque se había dado cuenta de que no la iba a escuchar. Le lanzó una mala mirada, y se marchó del pasillo con la cabeza en alto y la actitud muy digna, pese a que el corazón la estuviera latiendo a mil por hora.

OO—OO

Era realmente agotador tener que fingir una sonrisa cada vez que ellas estaban cerca; y no se apartaban más que lo justo. Apenas había terminado la clase cuando Rachel y Gis aparecieron por los terrenos adyacentes al castillo, donde los de su clase volvían a su reconfortante calor. Ella había ido caminando con Remus, en silencio, como quería, en profunda calma, pero él se había apartado nada más llegar las chicas. Atisbó a Rachel mirándole fríamente. ¿Cuándo habían discutido? Bueno, lo cierto era que no recordaba casi nada de las últimas doce horas, sólo llorar y llorar.

Pese a que eran sus mejores amigas, la dio pena el cambio de compañía. Con Remus era más fácil llevar ese tipo de cosas. Sólo la había dedicado una sonrisa de apoyo y, comprendiendo que no quería agobios, se puso con ella de pareja y la habló lo menos posible. Había sido realmente encantador, como siempre. Y encima sospechaba que esa discusión con Rachel venía directamente de su propia desgracia, por lo que le debía un favor muy, muy gordo.

Las chicas habían hecho su causa el no dejarla sola y llenar todos los silencios posibles, intentado provocarla en vano una sonrisa. No entendían que tendrían más éxito si la dieran un poco de espacio; así sólo la recordaban que había un motivo por el que ser consolada, y eso la llevaba al motivo en sí, lo que le daban más ganas de llorar.

- ¡Kate! –la llamó Rachel en otro nuevo intento. Se aferró a su brazo, comenzando a caminar hacia el castillo, a la vez que Gis la agarraba del otro brazo, quedando ella en medio de ambas. Rachel la miró sonriente, ignorando deliberadamente el brillo acuoso de sus ojos-. ¿Te puedes creer que Gis dice que lo ha hecho con Anthony?

Kate no entendía nada. Evidentemente, había pillado una conversación a medias, y sus pocas ganas de socializar hacían que tampoco tuviera ganas de comprenderlo. Pero eran sus amigas, y habían hecho mucho por ellas, por lo que intentó meterse en la conversación.

- ¿Qué ha hecho? –preguntó para enterarse del tema-.

- ¡Eso! –exclamó Rachel como si fuera obvio-.

- ¿Eso? –preguntó de nuevo sin enterarse-.

Gis soltó una risita, y la golpeó el brazo juguetonamente.

- Ays Kate, para no ser virgen eres bastante despistada. ¡Sexo! –exclamó con una mirada obvia. Kate se ruborizó, y a su lado vio que Rachel también, mientras que Gis sonreía. La latina miró a su alrededor, y luego las miró con falso reproche-. Parece mentira. Vosotras lo habéis hecho muchas veces. Que os de vergüenza nombrarlo...

Rodó los ojos y Rachel se puso más colorada, iba a contestarla, pero Kate no pudo impedir el volver a llorar.

- Yo sí lo he hecho muchas veces –afirmó dejando las lágrimas caer por sus ojos-. Con Sirius. Cuando aún me quería...

- Oh...

Rachel se mordió el labio y la abrazó, dándola todo su apoyo. Kate siempre había sido bastante llorona, pero ese capullo de Sirius había abierto el grifo. Miró a Gisele, quien hizo una mueca de impotencia; se sentía terriblemente culpable por haber sacado el tema. Miró a su mejor amiga, sin saber qué hacer, y ella suspiró, optando por cambiar de tema.

- Yo no creo que hayas hecho eso –exclamó, como si el último minuto no hubiera ocurrido-. Siempre le has tenido miedo al sexo.

- ¿Miedo al sexo? ¿Yo? –exclamó Gis captando el mensaje, y haciéndose tan ruidosa como podía sin que la conversación se escuchara por todo el castillo-. ¿Quién es la que no sabe decir esa palabra sin tartamudear?

- ¡Yo no tartamudeo! –protestó Rachel tartamudeando-. Y eso da igual. No lo digo por una cuestión de educación y buen gusto, y tú lo nombras a todas horas porque te encanta provocar a la gente. Pero a la hora de la verdad, no eres más que una miedica. Así que dudo mucho que Anthony haya podido cruzar esa barrera.

- ¡Claro que la cruzó! –exclamó Gis empezando a mosquearse porque no se creyeran lo que sí había pasado-. Reconozco que al principio le costó un poco, porque es muy tímido. Pero después fue difícil detenerle.

No pudo evitarlo, y soltó una risita medio emocionada y medio nerviosa. Ese segundo se olvidó de Kate y del verdadero motivo de aquella conversación, aunque la aludida no las hacía mucho caso. Sólo quería estar sola. Miró al horizonte, y suspiró con fuerza. Rachel y Gis la miraron y, temiendo que estuviera pensando en Sirius y volviera a llorar, la segunda empezó a hablar de nuevo.

- De todas formas, no es tan alucinante como decíais –aseguró, ganándose también la atención de Kate-.

- Yo nunca te he dicho que sea alucinante –protestó Rachel volviendo a ponerse colorada-. No te he hablado de mi vida sexual nunca.

- Si es que la tienes... –murmuró Gis burlándose de ella, y ocultándose tras Kate para no recibir un golpe, después añadió en voz alta-. ¡No, venga! ¿Qué es eso de que sientes todas las terminaciones nerviosas del cuerpo y todo eso? Reconozco que fue un buen rato, pero no vi fuegos artificiales ni nada de eso.

Rachel se rió sinceramente, negando con la cabeza.

- Créeme, yo jamás te he dicho eso.

- ¿Entonces, quién? ¡Ah, será Kat...! –intentó callarse a tiempo, porque evidentemente ese tema llevaba a Sirius de nuevo. Pero para entonces Kate la había oído, la había entendido a la perfección y lo peor, había recordado uno de esos maravillosos momentos que para ella sí eran alucinantes-.

Lo recordó con tanta esencia que fue doloroso volver a la realidad y sentir alrededor de ella unos brazos muy distintos a los que recordaba y deseaba. Sin darse cuenta, hizo un mohín.

- Sí. Es que era maravilloso. Cómo me besaba, cómo me tocaba... –siempre había sido llorona, pero también era cierto que jamás había llorado en su vida. Claro que hasta entonces nunca había tenido ningún motivo para hacerlo. Las pestañas se le volvieron a humedecer al recordar su pasado y contemplar su presente-. Pero ya no volverá a pasar. Ya no me desea...

- Kate... –suspiró Gis con impotencia-.

- Ya no está enamorado de mi...

- Ni pienses en eso, cariño –la pidió Rachel con voz ahogada-.

- Ya no quiere estar conmigo.

¿Por qué sin tener ningún golpe físico sentía que su cuerpo se iba a caer a pedazos? El llanto fue muy fuerte en ese momento, como el de la noche anterior, le echó las manos en el cuello a Rachel, comenzando a llorar con fuerza en su hombro, y mojándola la túnica. Su amiga la abrazó, y la pareció escuchar que también lloraba. Claro, sus dos amigas acababan de sufrir unas pérdidas horribles e irremplazables, y ella llorando por amoríos de adolescente. Se sentía fatal, fue a apartarse para pedirlas disculpas, pero Rachel la abrazó más fuerte.

Gisele las miraba a ambas con impotencia. Ahora Rachel también lloraba. Su problema aún reciente y el dolor de Kate eran demasiados para un alma como la de ella. Hasta ella tenía ganas de llorar, pero las reprimió sin problemas, y pensó en un tema que sacar. Llevaba todo el día metiendo la pata, tema que sacaba en la conversación, tema que de un modo u otro llevaba a Sirius y hacía llorar a Kate. De hecho, Lily la había sugerido callarse durante un rato.

Pero algo debía haber para distraerlas a ambas. Algo que no fueran ni rupturas amorosas, por lo tanto tampoco amor, ni mencionar padres en ningún sentido (sin contar con que aún no se atrevía a decir esa palabra en voz alta y no sentir ese agujero en el pecho). "Piensa", se decía a sí misma, "piensa". Su rostro se iluminó y las miró animada.

- ¡Ey! ¿Visteis cómo ha vomitado Peter antes en el comedor? Había muchos tropiezos y todo. Que asco, ¿no? –exclamó con voz demasiado entusiasta para el tema que había tocado-.

Lo consiguió. Kate y Rachel dejaron de llorar, se separaron y, sí, la miraron como si necesitara un psicólogo urgente, a la vez que, al recordarlo, ponían expresiones de asco. Bueno, al menos había conseguido quitarlas los malos pensamientos de la cabeza.

OO—OO

Esa tarde Dumbledore volvió a salir del colegio. Después de asegurarse de que todos los hechizos defensivos estaban activados y correctamente colocados, con el fin de preservar la seguridad del castillo y sus habitantes, el director, simplemente, desapareció.

Apareció en el jardín de una bonita casa de dos plantas situada a las afueras de Londres. No era excesivamente formal, y cierta dejadez plasmada en el jardín y la fachada daba la pista de que estaba habitada por personas jóvenes y ocupadas. Efectivamente, era el hogar del joven matrimonio de los Longbottom.

Ya le esperaban allí dentro desde hacía rato, pues habían preferido realizar la sesión de legeremancia en un lugar cómodo y familiar, y no en el Cuartel de la Orden del Fénix. Llamó a la puerta, y a los pocos segundos sintió un conocido cosquilleo por todo el cuerpo. Era un modo inusual de comprobar la identidad, pero mucho más efectivo que el corriente, aunque pocos eran tan hábiles con la magia para poder realizarlo. Desde luego ese no era el caso de Alastor Moody.

Sabía que su colega estaría allí pues así se lo había pedido él, además de que llevara a algún integrante más de la Orden por si era necesario personal. Por ello tampoco le sorprendió encontrarse con los gemelos Prewett, grandes como armarios. De hecho, lo raro era que Frank no estaba en ningún sitio. Alice paseaba nerviosa por la salita, con la varita en las manos, moviéndolas nerviosamente, y mirando a todos sus invitados. Sonrió ligeramente ante el saludo de Dumbledore, y le dijo que su marido estaba en el cuarto de baño.

La muchacha aún seguía muy afectada por la muerte de su "madrina" el día anterior, y unido aquello a los nervios por la fuerte sesión a la que iba a someterse su esposo, no era de extrañar que las manos le temblaran violentamente. Frank volvió en ese instante, mucho más tranquilo que ella, intentando transmitirla ese sentimientos con una mirada envuelta en una sonrisa. En realidad él no temía que el esfuerzo de la legeremancia fuera excesivo, lo único que ocupaba su mente era que por fin saliese a la luz ese molesto recuerdo, y se fuese esa sensación de que estaba haciendo un gran perjuicio ignorando la identidad de ese mortífago.

- ¡Perfecto, ya llegó Dumbledore! –exclamó frotándose las manos-. ¿Empezamos?

Alice se sintió temblar de nuevo, y percibió enseguida como alguien la apretaba el brazo con cariño. Era Fabian Prewett, que la sonreía con tranquilidad. Gideon comenzó a hablar con Frank se forma despreocupada, tranquilos los dos con lo que iba a ocurrir esa tarde. Sólo Moody y Dumbledore estaban casi tan serios como Alice. El anciano director estaba bastante inquieto con la idea de realizar esa sesión, una sesión fuerte, pues hasta ese momento los intentos de legeremancia habían sido un fracaso. Eso quería decir que debía ahondar más en la mente, forzarla más. Moody sentía verdadera curiosidad por todo lo ocurrido, y por la perspectiva de poder averiguar a través de su trabajador, qué era lo que tanto martirizaba a su amigo esas últimas semanas; pero sin embargo también sabía que Frank podía volver a empeorar con tanto esfuerzo.

- De acuerdo. Pongámonos a ello –propuso Dumbledore sacudiéndose la túnica, y tomando asiento en un pequeño e improvisado sillón de color marrón claro-.

Frank le dio un golpe amistoso a Gideon en la espalda, y se dirigió hacia el sofá que quedaba al lado del lugar donde el director se había sentado. Conocedor del sistema, cerró los ojos un segundo, inspiró hondo, e intentó relajar los músculos.

A los pocos segundos abrió un ojo y miró a su esposa de reojo que comenzaba a tomarse el tema con mucha tensión.

- Alice, ¿quieres ir a otro lado? –la propuso Moody al verla blanca como la cera-.

La joven declinó el ofrecimiento de su jefe con un movimiento brusco de la cabeza, y en ese momento se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Expulsó el aire, y sintió que la cabeza la pesaba menos.

Dumbledore apartó la vida de ella para concentrarse de nuevo en Frank que, tras sonreírla, volvió a realizar el mismo proceso.

- Si notas demasiada presión, corta la sesión Frank, en el momento que sea. –le dijo Dumbledore seriamente-. No te empecines, el forzar tu mente hasta dañarla no te va a hacer recordar más rápido.

- Así que sé paciente –añadió Moody-.

- Relájate –insistió Gideon-.

- Abre tu mente, déjala en blanco –le sugirió Fabian, quien tenía bastante experiencia en sesiones de legeremancia-.

Alice no dijo nada, pero le siguió mirando fijamente, hasta que, soltando un último suspiro de relajación, Frank abrió los ojos y los clavó en los suyos, sonriéndola.

El primer intento fue infructuoso. Sosteniéndole la mirada al director, le dejó vagar por sus recuerdos, notando como su mente era forzada a abrirse, y esta se esforzaba en cerrarse. Notó que la sesión llegaba a un punto donde su instinto le obligaba a apartarse, pero se obligó a sí mismo continuar un poco más... Sólo un poco más. Pero se encontraron con un muro de piedra, y él no soportó más la presión. Cortó la conexión, y por fin se sintió más ágil, llevándose las manos a la frente y respirando algo aceleradamente.

- Muy bien, Frank. He notado dónde está el problema. Ahora descansaremos unos minutos y volveremos a intentarlo.

- No –protestó el hombre quitándose las manos de la cabeza-. Estoy bien, sigamos.

- Longbottom, en este momento estás en tu horario de trabajo, así que obedeces o te pasas los próximos días enterrado en papeleo –exclamó Moody como único recurso para que su subordinado fuera algo más cauto-.

El joven se calló, y esperó los minutos necesarios hasta que volvió a recuperar las fuerzas, y tras sonreírle de nuevo a Alice, volvió a someterse a la legeremancia. En esa ocasión, su mente les permitió entrar en la escena que le perturbaba: él luchando contra un enmascarado, volándole la máscara, y un gran borrón negro hasta que volvía la imagen de él tirado en el suelo con el mortífago con su cara cubierta, apuntándole al pecho con la varita.

Forzó a su mente para regresar al momento en blanco, y Dumbledore se acomodó para afirmar su fuerza. El joven comenzó a temblar ligeramente por el esfuerzo, notando un horrible dolor de cabeza que iba surgiéndole poco a poco. Había una imagen nueva, pero era demasiado difusa como para observarla bien. Fue Dumbledore quien cortó la sesión esa vez, al percibir su cansancio, y Frank no se resistió a unos minutos de descanso, en los que Alice le preparó un pequeño sandwich para reponer fuerzas.

- Presiento que esta es la buena –afirmó Dumbledore sonriendo-. Ya hemos visto algo, aunque muy difuso. Quien te hizo el obliviate sabía lo que se hacía.

La sesión se centró en ese recuerdo de nuevo, y el esfuerzo era tal que un pequeño gemido escapó de la garganta del joven, quien apretaba con fuerza la mandíbula para no apartar la mirada. De pronto vino. Un rostro. Claro, y con expresión sorprendida. Pero debía ser sólo otro recuerdo que se habría colado ahí, pues se trataba de un compañero fallecido.

La imagen sólo duró un segundo antes de que Frank expulsara al anciano de su mente de forma involuntaria. Dumbledore tenía la misma expresión que él en su rostro.

- ¿Qué era? –preguntó Alice con tensión-.

- No puede ser –murmuró Dumbledore frunciendo el ceño, y mirando la pared, metido en sus pensamientos-.

- Algo ha fallado. Intentémoslo de nuevo –propuso Frank-.

La sorpresa fue que Dumbledore no se opuso, y pese a las protestas de Alice, volvieron a intentarlo al instante. Ahora estaba claro, se veía toda la escena. Frank haciendo una floritura con la mano, y la máscara estallando en la cara del mortígafo, que se descubrió con el rostro de Ethan Divon, quien le miró sorprendido y algo anonadado. Después otro mortífago apuntó a Frank por la espalda, borrándole la memoria, y Ethan se colocó la máscara con prisa. Cuando el joven auror le volvió a mirar, ya estaba cubierto, y le lanzó por los aires con un hechizo.

Dumbledore salió de la mente de Frank y este, agotado, se dejó caer sin fuerzas en el sofá. El anciano se levantó de golpe, aún horrorizado por lo que había presenciado.

- No puede... ser –murmuró para sí mismo-.

Pero la certeza estaba ahí, y estaba claro que sí podía ser. Él no era más que un hombre, aunque fuera un mago brillante, y no sería la primera, ni la última vez que se confundiera con alguien. Pero el tamaño error de esa ocasión le horrorizaba, pues habían podido fingir una muerte frente a él sin que se diera cuenta del engaño. Si Ethan Divon era el traidor, eso significaba que las muertes de Tomás, Cora y la propia Andrea eran obra directa o indirectamente suya. Horrorizado, recordó también que eso significaba que Adam Potter estaba en mayor peligro que nunca.

Alice se había arrodillado al lado de su esposo, y le puso una compresa fría en la frente, intentando menguarle el dolor de cabeza. Este intentaba decir algo, pero el agotamiento y el shock no se lo permitían. Moody, Gideon y Fabian estaban pendientes de ambos hombres.

- ¿Quién es el bastardo? –preguntó Gideon impaciente-.

- Ethan... –murmuró Frank con voz pastosa, negando con la cabeza como si ni él mismo no se lo creyera-.

- ¿Qué?

- Ethan Divon –aclaró Dumbledore con voz fuerte-. Lo cual significa que el cadáver que encontramos ese día no era el suyo, y muchísimo me temo que es el causante de un modo u otro de las muertes de los Mendes y de su propia hermana.

- ¡Es imposible! –exclamó Alice horrorizada, levantándose de golpe-. No, no le habría hecho eso a Andrea.

- ¿Por qué crees que es responsable de esas muertes, Albus? –preguntó Moody con perspicacia-.

Dumbledore tragó seco, pero supo que debía compartir con alguien más todo lo acontecido, pues debían actuar rápido.

- Les pedí un trabajo a los Divon, a Mendes y a Potter. Que costudiaran algo importante, cuatro cosas importantes. Ahora Tomás y Andrea están muertos, lo que significado que Voldemort tiene en poder tres de las cuatro cosas, contando la del propio Ethan. Sólo le queda una...

- No entiendo nada –admitió Fabian con el ceño fruncido-.

Dumbledore se había echado ya encima la capa de calle.

- No es cuestión de entender. Ahora debo encontrar con máxima urgencia a Adam Potter, o tendrá el mismo destino que sus compañeros. Y necesito vuestra ayuda.

Sobra decir que obtuvo la ayuda sin necesidad de pedirlo dos veces.

OO—OO

Tenía pocos minutos para estar solo, y llevaba pensando en ello desde el día anterior. La varita de la que había sido su hermana le quemaba en el pecho, y necesitaba librarse de ese peso cuanto antes. Por eso había ido allí, a ese descampado donde años antes había habido una hilera de casas, y un roñoso parque para los niños. Allí se habían criado, y allí murieron sus padres cuando él apenas era un niño de catorce años. Allí había sido la última vez que tuvieron esa conexión, que no se vieron separados por distintos factores., que fueron una familia.

Ethan Divon sacó su propia varita, realizó un pequeño hoyo en el suelo con un movimiento de muñeca, y sacó la varita de su hermana para enterrarla allí, en el que fue su primer hogar. Se arrodilló en el suelo, y cubrió la tierra con las manos, observando cómo desaparecía bajo ella la varita que tanto envidió cuando su hermana mayor la compró siendo él muy pequeño.

De este modo, realizó un último tributo a una hermana que ya no apreciaba como tal, pero que sí respetaba como bruja. A una artista de la magia y una gran luchadora. Ni su ciego rencor podría negar algo así. Se sacudió la tierra de las manos, y se puso de pie, mirando todo el descampado que antaño estuvo lleno de familias y risas.

- ¡Estás aqui, Divon! –exclamó alguien tras él-.

Sabía quien era sin necesidad de girarse. La voz de Lucius Malfoy no se confundía con facilidad, y a parte, este era el único que sabía dónde estaba en ese momento. Si había ido a buscarle, era porque había averiguado algo sobre Adam.

-Lucius, ¿algo nuevo? –le preguntó-.

El hombre hizo una mueca orgullosa, y después echó a caminar lejos del descampado, haciéndole un gesto para que le acompañara.

- Sí. Hemos localizado a Potter. Debo reconocer que tenías razón al querer investigar también a la mujer de Duncker. No sé cómo, pero acertaste en esa amistad y en que mantenían el contacto. Esta mañana la ha escrito informándola que había llegado a Berlín, y en la carta escribió su dirección. Sólo nos queda ir allí.

Ethan sonrió ante la facilidad de la empresa. Había esperado que Potter se lo pusiera más difícil, pero de hecho había sido una gran ventaja saber de esa vieja amistad. De otro modo, se les habría escapado. Sin embargo, el modo en que se habían comportado ambos el día que se reencontraron, le hizo ver que esa vez mantendrían el contacto, y así había sido

- ¿Entonces interceptasteis la lechuza?

- Sí, la mujer nunca sabrá que la escribió. He mandado a dos mortífagos a vigilar las puertas del hostal, pero en la carta ponía que no saldría del edificio hasta recibir su visita. Será una agradable sorpresa.

Se echó a reír, y Ethan con él. Seguía sin gustarle la forma de ser de ese tipo con el que tanto se había peleado en su estancia en Hogwarts, pero debía reconocer que era alguien que era mejor tener como aliado que como enemigo.

OO—OO

- Rach, Rach... ¡Rachel!

La aludida no tuvo más opción que girarse, pues todo el pasillo lo había hecho, para ver a Remus dirigiéndose hacia ella. Parecía bastante enfadado, pero después de un día entero de desplantes, hasta ella en su absurdo comportamiento, lo consideraba lógico. Lo que no lo era, era que le montara el pollo en medio del pasillo, a parte de muy poco propio de Remus.

- Tengo que ir a clase –le dijo para que la dejara en paz. Cuando dejara de hablar a ese idiota que tenía a Kate llorando, entonces volvería a hablarle ella a él-.

- ¡Si son las ocho de la tarde! –exclamó Remus comenzando a enfadarse de verdad, y eso era mucho viniendo de él-.

- Pero tengo clase de refuerzos. Estoy muy atrasada.

- Quedamos en que yo te ayudaría.

- No mientras siguieras confabulando con el enemigo. Kate está de nuevo en nuestro cuarto, llorando.

- ¡Y Sirius encerrado en el nuestro porque os tiene miedo!

Rachel estuvo a punto sonreír ante esa actitud exagerada tan propia de Sirius, pero se recordó a sí misma que el chico ya no la caía bien. Ese amigo suyo con el que se reía y que la llamaba enana, era en realidad un gilipollas insensible. Sin embargo había bajado la guardia, y cuando se quiso dar cuenta Remus la arrastraba de la mano hacia un aula vacía, donde la hizo sentarse en una mesa y la miró severamente con su cara de profesor.

- Vamos a ser claros. Estás sacando las cosas de quicio. Lo que ha pasado entre Sirius y Kate no tiene nada que ver con nosotros. Son problemas de ellos dos, que no tienen que afectar a nuestra relación.

- No señor, nosotras estamos juntas en esto. Hasta que no dejéis de hablarle, pasamos de vosotros también. Todas.

Alzó la barbilla con orgullo, evitando la mirada ámbar del licántropo. Sabía ser muy persuasivo y siempre la manipulaba como quería, pero esta vez Kate lo estaba pasando mal de verdad, y ninguno de ellos parecía afectado. Que se fastidiara.

- ¡Es absurdo! –exclamó Remus perdiendo los nervios-. Por Merlín, estáis sacando las cosas de quicio. Si Kate estuviera en sus cinco sentidos os diría que dejarais de comportaros como unas locas. Lily también opina que se os ha ido la cabeza.

- ¡Lily también está con nosotras!

- Rachel, acabo de estar con ella y les he dejado a ella y a James muy acaramelados. Créeme, no está comportándose como vosotras.

Rachel abrió la boca con sorpresa.

- ¡Traidora! ¡Se lo diré a Gis y a Grace, se va a enterar!

- Vamos Rach, míralo objetivamente. Tú sabes que esto es sacar las cosas de quicio. Siento muchísimo que Kate esté tan mal, todos lo sentimos, y Sirius se siente como una mierda. Pero, ¿qué quieres que haga? En el corazón no se manda.

- ¿En el corazón no se manda? ¡Pero si tiene una roca en medio del pecho! Ha estado todo el año mareando la perdiz con Kate, sabiendo que ella comía de su mano, para luego dejarla tirada cuando se ha cansado, con la excusa de una falsa exnovia.

- Bueno, yo soy el primero que dudaba de que fuera capaz de tener sentimientos profundos, pero es así, ¿vale? Anoche estuvimos hasta tarde hablando con él, y está echo un lío, porque quiere mucho a Kate y no quiere hacerla daño, pero ahora mismo él quiere estar con...

Se calló justo a tiempo, aunque no le habría venido mal callarse un ratito antes. Había hablado de más, y su novia no era tonta. Le miró con suspicacia, como si estuviera haciendo la legeremancia.

- Él quiere estar, ¿con quién? –preguntó con una voz demasiado parecida a la de Gisele-.

Ah no, esa no era su dulce Rachel. Esa era una chica que se parecía a Rachel, pero que tenía la locura de Gisele, y casi le daba la sensación que el instinto homicida de Grace. Mala combinación, y más teniendo en cuenta que estaban solos y sin testigos. Su novia no se parecía a sí misma en ese momento, y para qué mentir, eso le acojonaba.

- ¿Tú sabes quién es la otra? –preguntó Rachel, aún alucinada porque en verdad hubiera una "otra"-.

- No... –respondió Remus mirando hacia otro lado, con las manos en los bolsillos y actitud inocente-.

- Remus John Lupin, si quieres tener la mínima opción a estar a buenas conmigo, ya puedes contar todo lo que sepas.

Pero no podía. Quería acabar con esa estúpida guerra de hombres y mujeres, pero no podía a costa de eso. No a costa de la confianza de Sirius, ni tampoco a costa de que Grace le odiara por ponerla como culpable. En realidad allí no había culpables, sólo circunstancias y muchas hormonas.

Le dolía tener que ocultarle eso precisamente a Rachel, pero no podía contárselo. Para él eran Sirius y Grace; él un loco, impulsivo, y con un humor algo cruel, pero su amigo incondicional, que no le había fallado nunca; y ella la primera amiga que tuvo en Hogwarts. Con Rachel, Gis y Kate no había hablado tanto al principio, pues era tímido y estaban siempre juntas, y el que Lily odiara a James y a Sirius no había propiciado una amistad hasta años más adelante. Pero Grace era extrovertida y hablaba con todo el mundo, y no sabía cómo, siempre conseguía robarle los apuntes y los deberes, y quedar como la buena. A ellos dos no podía fallarles.

Además, sabía de qué parte se pondría Rachel y eso lo empeoraría muchísimo más. Quería a Grace y, aunque en ese momento lo negara, también quería a Sirius, pero de los tres siempre elegiría a Kate, y eso también provocaría más discusiones. Aunque no quisiera, se lo calló.

- Mira Rachel, tengo cosas que hacer. Cuando se te pase la locura y veas que es una tontería lo que estás haciendo, búscame.

Se giró en redondo, y salió del aula antes de que se iniciara otra discusión que le abriera más la lengua.

OO—OO

Al día siguiente, apenas amanecía cuando Adam se despertó a base de la insistencia en los golpes de la puerta. Durante un momento, no recordaba donde estaba, hasta que observó las roñosas persianas entreabiertas, y notó el hundimiento del viejo colchón. Estaba en Berlín, en la fría, misteriosa y segura Berlín. Y el que seguía llamando con tanta insistencia, era ese estúpido muggle que trabajaba de recepcionista en el hotel. O eso esperaba.

- Gibt es da jemand? –preguntó el hombre desde el otro lado de la puerta, y Adam se esforzó en recordar el poco alemán que sabía-.

A los pocos segundos, en que el hombre repitió la pregunta insistentemente, se dio cuenta de que le preguntaba si había alguien allí. Iba a contestar por inercia que sí, cuando pensó que el conserje no tenía motivos para visitarle, y la última vez que un muggle se salió de su puesto, él fue atacado.

En silencio y procurando no hacer ruido, Adam se incorporó, y lo primero que quiso asegurar era que no había más personas en el pasillo esperando que abriera la puerta. Realizó un encantamiento para convocar presencia humana, y vio que detrás de la puerta sólo había una persona.

Bien, ya era algo. Ahora lo que necesitaba saber, era si esa persona, por muy muggle que fuera, era peligrosa para él.

- Herr! –le llamó impaciente el conserje-.

Sin que pudiera percatarse, Adam se acercó a la puerta, y la abrió, apuntando al hombre con la varita escondida. No era como el caso de Suiza, este no parecía a punto de lanzársele al cuello, sino que le miró confuso, con la espalda erguida y la compostura firme, igual que el día anterior.

El recepcionista encajó los hombros, y le habló con un inglés muy forzado.

- Perrdone que le mol-molteste, señorr. Perro una mujerr rrubia prregunta porr usted.

Adam no pudo evitar abrir la puerta de golpe y perder algo las formas. Había estado terriblemente preocupado al no recibir respuesta de Eli, pero el saber que estaba allí, evidenciaba que su amiga estaba bien. Sacó la cabeza de la habitación, y miró de un lado para otro, sin ver a nadie.

- ¡¿Dónde está?

El recepcionista le miraba raro, como si no esperase esa reacción; pero con las cejas fruncidas, le contestó en otra complicada frase.

- Está esperrando abajo, en el hall.

Adam no esperó más y salió corriendo de la habitación, bajando las escaleras de dos en dos, deseando ver una cara amiga que le diera un poco de positivismo a esa situación. Pero cuando llegó al vestíbulo, Eli no estaba por ningún lado. En su lugar, estaban doce mortífagos con las máscaras cubriendo sus rostros, esperándole con las varitas en alto. Instintivamente, levantó también la suya.

- Vaya, vaya. Mirad que rápido se atrapa a un león. Sólo hay que colocar un trozo de carne, y muerde el anzuelo –se burló uno de ellos, provocando la risa de los demás-.

Eso significaba que el trozo de carne era Eli. Sólo esperaba que la hubieran utilizado sólo para nombrarla y hacerle bajar, y que no estuviera allí.

- La mujer está perfectamente –le contestó otro como si leyera sus pensamientos-. De hecho, por lo que hemos podido ver, se ha reencontrado con su maridito después de unos meses tan tristes. No creo que tenga mucho tiempo para acordarse de ti, Potter.

Otra vez ese coro de risas, y Adam apretó la mandíbula consciente de que intentaban sacarle de quicio. Por el rabillo del ojo vio como el conserje volvía a su lugar, detrás de la recepción, y se ponía en posición de espera, como si no viera la bizarra situación que estaba ante sus ojos. Imperius, mierda... ¡Había sido tan estúpido! Al escuchar que su amiga había llegado, se había olvidado comprobar ese hecho, y en ese momento se encontraba en una situación muy difícil de salir.

- Te propongo un trato, Adam. Tú nos acompañas voluntariamente a un lugar más íntimo, y no nos dedicaremos a reventar este lugar hasta que todos los muggles en doscientos metros a la redonda mueran, como haremos si pones resistencia. Sé que no eres tan propicio como mi hermana a sacrificarte por los demás, pero un buen gryffindor no permitiría que alguien muriera por su culpa...

Esa voz le era muy conocida, demasiado. Además estaba la mención de una hermana que no comprendía en absoluto.

- ¿Quién eres? –preguntó apuntándole con la varita-. ¿Quién te crees que eres para hablarme de esa forma, asqueroso mortífago de mierda?

- Pero Adam, si fuiste tú quien me pidió que te tuteara –respondió el mortífago con voz burlona-.

Potter no entendía nada, pero cuando el mortífago se apuntó con la varita a la cara y se destapó el rostro, todos sus esquemas se destruyeron. Comprendió muchas cosas, y comprendió el comentario de la hermana, dándose cuenta de que eso suponía que ahora sólo quedaba él para interponerse en el plan de Voldemort de hacerse con las cajas. Andrea debía haber muerto.

- E-Ethan... –murmuró con decepción, más que con sorpresa-.

OO—OO

Al día siguiente, a primera hora de la mañana, todo el mundo se encontraba desayunando en el Gran Comedor. Las cosas estaban más o menos como el día anterior, exceptuando algunos cambios. Kate tampoco había dormido esa noche, y Gis mantenía su expresión de enfadada e intentaba hablarla y hacerla olvidar todo, sólo que ese día no tenía tanta colaboración de Rachel, quien estaba muy despistada y no paraba de mirar unos metros más lejos, donde estaba Remus desayunando, e ignorándola (o al menos eso parecía). Grace también estaba más despistada ese día. En vez de su jurar que mataría a Sirius cien veces por minuto, en realidad estaba inusualmente callada y pensativa, revolviendo sus cereales con parsimonia. Claro que, como acaban de levantarse, a nadie le pareció extraño, y lo tomaron como si aún estuviera medio dormida.

Otro cambio era que Lily no estaba con ellas. Tras saberse que no las apoyaba en su absurdo plan de hacerles pagar a todos los chicos la pena de Kate, Gis y Rachel la acusaron de no ser una buena amiga (para todo esto, Kate no se había enterado de nada), y la pelirroja las aseguró que volvería a sentarse con ellas cuando recuperaran la cordura, tras lo cual se fue con James, quien estuvo más que dispuesto a recibirla a su lado. Hasta ella misma empezó a pensar que se había cambiado de bando cuando se descubrió a sí misma sonriéndole a Sirius a modo de apoyo, pero supuso que ya era tarde para intentar que el mejor amigo de James no la cayera bien.

Con los chicos también estaba Jeff, quien parecía más cómodo, pues parecía que, a menos entre los chicos, las cosas comenzaban a ir como antes. Y con las chicas estaba Sadie, aunque no tan cómoda como su hermano. Bien es cierto que había entrado con ellas al comedor, pero hacía mucho tiempo que había perdido su paciencia (que nunca fue grande) con ese tema. Afortunadamente se había sentado entre Grace y Kate, y como ambas estaban bastante calladas, cada una sumida en sus pensamientos, fue fácil pasar la hora hasta que llegó el correo.

Para su sorpresa, una lechuza que conocía, pero que no esperaba, se dirigó directamente hacia ella. Cuando dejó caer la carta sobre su plato, Sadie levantó la vista y la vio retomar el vuelo, de vuelta a un lugar bastante alejado. Aunque sabía de quién era, dio la vuelta a la carta para comprobar la letra, y sonrió levemente.

- ¿Tu madre? –preguntó Rachel con una sonrisa amable, y un brillo triste en la mirada al pensar en la suya-.

Sadie la sonrió un momento, lamentando que una simple carta recordara a la chica el momento tan triste que estaba viviendo, y negó con la cabeza.

- Un amigo. Sólo me ha escrito otra vez desde que estoy aquí.

- ¡Vaya! Que inconstante. ¿No crees, Kate? –exclamó Gis aprovechando el tema para sacar de su ensimismamiento a su amiga-.

- ¿Qué? –pero no sirvió de mucho-.

- Bueno, yo me adelanto, y así la leo –se apresuró a decir Sadie, aprovechando la carta como una oportunidad para escapar, y sabiendo que no sonaría raro, pues mucha gente ya se estaba levantando-.

Se despidió de ellas, y también lo hizo de los chicos al pasar a su lado camino a la puerta. Tenía apenas diez minutos para comenzar a ir a sus clases, por lo que tenía tiempo de sobra para leer aquello que la fuera a decir Emil. Suponía que bastantes cosas, teniendo en cuenta que hacía tres meses que no recibía nada de su amigo, pero tampoco se esperaba más, teniendo en cuenta su poca iniciativa para escribir. No la importaba, a ella tampoco la gustaba cartearse.

Para su sorpresa, la carta contenía varios pergaminos, por lo que supuso que su amigo la quería poner al día de todos los aspectos de su vida. Al empezar a leer, no la extrañó el tema con el que Emil había decidido comenzar, y se rió en voz baja.

- Es raro verte así.

Se sobresaltó al notar una voz más cerca de lo que esperaba, y al levantar la vista, observó que Regulus se había separado de su grupo de amigos al salir del comedor. El chico la miraba con una sincera sonrisa, y después se sentó a su lado en la escalera, mientras ella preguntaba:

- ¿Verme cómo?

- Sonriente –respondió Regulus encogiéndose de hombros-. Siempre hay que esforzarse para que sonrías, pero ahora lo estabas haciendo sola.

Inconscientemente, Sadie volvió a sonreír.

- He recibido carta de Emil, ya sabes, mi mejor amigo, y me alegra que haya cosas que no cambien nunca.

- ¿Cómo cuáles? ¿De qué te habla? –la preguntó dejando salir su lado cotilla-.

Sadie le miró divertida un segundo, pensando precisamente eso, pero en vez de increparle, le respondió simplemente.

- De quidditch, como siempre. Él siempre está hablando de quidditch, nada tiene más importancia que eso.

Una sonrisa melancólica se extendió por su rostro, y comprendió que en todos esos meses no se había dado cuenta de lo mucho que echaba de menos a su mejor amigo. Para distraerla, Regulus exclamó:

- Pues déjame decirte que si él es el que te han enseñado todo lo que sabes, en Hogwarts no duraría ni cinco minutos con nuestros equipos.

Se echó a reír cuando Sadie le golpeó en el hombro, pero enseguida ella volvió a ignorarle para seguir leyendo la carta.

- Vaya, por lo visto mi familia también se ha hecho muy famosa por allí. Por lo que me cuenta no nos tienen especial cariño –se detuvo un instante, y se encogió de hombros indiferente-. Bueno, tampoco esperaba que guardaran grandes recuerdos de mi.

- Me creo eso de que no hayas sido la mejor compañera del mundo –la interrumpió Regulus sabiendo que sería bueno cambiar de tema-.

Acertó, pues teniendo esa excusa Sadie dobló su carta, guardándose el resto para más tarde, y le miró con un brillo de diversión que tanto había aprendido a interpretar.

- ¿Te ha llegado ya la bronca por tu desplante a la gran Selwyn?

Regulus sonrió, también divertido, pero se aseguró de bajar la voz por si algún Slytherin pasaba por allí y escuchaba la conversación.

- Aún no. Pero ya estoy preparando mi reacción de: "Estoy muy ofendido porque no haya respondido a mi última carta".

Sadie se echó a reír, y los que no la conocían se quedaron mirándola sorprendidos de aquel arrebato de normalidad en la chica rara. Regulus, que sí había llegado a conocerla, sonrió atesorando esos momentos que Sadie, más que regalar, parecía vender. No era alguien que se prodigara en risas y chistes, pero estos siempre eran adecuados para el momento. Parecía mentira lo fácil que se amoldaban los dos al humor del otro.

- Buena idea, genio –le felicitó su amiga ignorando a la gente y trayéndole a él de vuelta-.

- He aprendido de la maestra –la respondió Regulus encogiéndose de hombros, después se puso en pie al percatarse de que la mayoría ya habían salido del comedor-. Creo que es hora de ir a clase. ¿Nos vemos luego?

- Claro, donde siempre y a la hora de siempre –le dijo su amiga levantándose también, y despidiéndose con la mano-.

Mientras se ponía en camino hacia el aula de Encantamientos, Sadie pensó de nuevo en lo mucho que echaba de menos a Emil. Su mejor amigo la había faltado mucho, sobretodo los primeros meses. Después, afortunadamente, había tenido a Regulus para hablar. No se lo hubiera imaginado al principio del curso, pero ese chico había pasado a ser tan indispensable para ella como su mejor amigo. En cierta forma eran tan necesarios el uno como el otro en su vida, pero con varias diferencias importantes, aunque en ese momento no sabía a ciencia qué era lo que diferenciaba a la relación que tenía con uno, a la que tenía con otro.

OO—OO

Casi todo el mundo estaba abarrotando los pasillos, empujándose unos a otros para llegar a sus clases. Jeff había salido del comedor antes que los chicos y Lily, pues, para su sorpresa, Nicole se había ido sin detenerse a saludarle, cosa que era inusual. Ella había llegado bastante tarde a desayunar, junto con el resto de su grupo de amigas, había comido más bien poco, y la había visto marchar nada más recibir una carta.

Giró por una esquina, y acababa de ser arrollado por un grupo de cuarto curso, cuando vio de lejos una melena castaña con mechas verdes, inconfundibles. A su lado, una chica con una larga trenza de color castaño oscuro la seguía como un perrito. No le fue difícil identificar a la chica, pues el peinado y la altivez eran los mismos que veía todos los días y, acercándose, también vio las gafas que adornaban la cara de la chica nueva venida de Durmstrang, y que parecía estar siempre pegada a su novia.

Esquivando a más de uno, consiguió llegar hasta ellas, colocándose al lado de Nicole, que hablaba en voz baja con su amiga. Esta se sobresaltó al verle de golpe, pero como Nicole, que estaba acostumbrada a su silencio, sólo le sonrió con la misma alegría de siempre, o una parecida.

- Me olvidé de ti, perdona –admitió con una mueca divertida-.

Jeff no se había enfadado, pero aunque lo hubiera hecho, ya la habría perdonado al ver su cara de diversión.

- No pasa nada –la dijo. Se volvió amablemente hacia la amiga de su novia, e intentando ser sociable, la dijo-. ¿Qué tal todo?

- Bien.

Y con las mismas se marchó de allí, no sin antes mandarle una mirada envenenada a Jeff, y despedirse de Nicole, que se rió de la situación.

- Me odia –afirmó el muchacho aún sorprendido por semejante reacción-.

- Nada de eso. Sólo que ella es así con todo el mundo. Tiene un carácter muy seco, pero es buena persona.

- Contigo no se porta así.

- Yo la caigo bien –le respondió encogiéndose de hombros y sonriendo-. Total, los raros son a los que yo les caigo mal. Si soy un amor.

Batió las pestañas chistosamente, y Jeff, riéndose, no pudo evitar abrazarla.

- Pensé que te había pasado algo. Saliste del comedor nada más recibir una carta.

- ¡Ah, sí! Esta –le dijo mostrándole un pergamino que aún llevaba en la mano-. En realidad, Tara quería hablar con McGonagall antes de clase, y decidí acompañarla porque así podía leer con calma la carta de mi padre. Los chicos no paraban de hacer el gamberro, y no podía leer así.

- ¿Tu padre? –preguntó Jeff sorprendido. Era la primera vez desde que la conocía que Nicole recibía una carta de él. De hecho, sólo recibía cartas de vez en cuando de su tía, pues su madre jamás escribía tampoco-.

- Lo sé, a mi también me pareció raro. Y más lo que me dice –le tendió la carta para que la leyera por el mismo-. Ahora resulta que en Pascua quiere que me vaya de vacaciones con él. Dice que quiere hablar conmigo, no sé. Es raro, mi padre no es precisamente de los que hablan.

- No tiene por qué ser una mala noticia –dijo Jeff encogiéndose de hombros, aunque sin mucha convicción-.

- Conociéndole, tampoco buena.

En ese momento sonó el timbre que anunciaba el principio de las clases, y la cara de Nicole cambió de nuevo a la alegría de siempre.

- ¡Me voy que tengo Transformaciones! Comemos juntos, ¿vale?

Pegó un salto para darle un beso en la mejilla, y tan pronto como estaba, se había perdido entre la multitud, corriendo sin mucha elegancia, a su estilo. Jeff la vio alejarse sonriendo, y negó con la cabeza. Le encantaba como era, tan natural que no la importaba qué pensaran los demás de ella. Ojalá él podría ser igual, pensó mientras se dirigía al aula de Encantamientos.

OO—OO

La puerta de aquel oscuro lugar se abrió de golpe, y un resquicio de luz penetró en la estancia cuando alguien pasó por ella, cerrándola tras de sí. Adam escuchó varios pasos que se aproximaban a él en la oscuridad, y de pronto una voz surgió de la nada.

- Lumos.

La varita se iluminó, y el rostro de Ethan apareció entre sombras, creando rasgos maléficos, que no cambiaron la expresión del hombre capturado. Adam había sido, sin duda alguna, el menos sorprendido de los compañeros traicionados. No había pensado en el joven como el traidor, y la mayor sorpresa fue encontrarle con vida, pero en cuanto supo que era él de verdad, todo encajó en su mente como en un rompecabezas.

Tal vez por eso podía mostrarse con tal altivez y tranquilidad en ese momento, cuando su interior era una locura. Continuó sentado mientras el joven le observaba de pie, frente a él, y no dio muestras de incomodidad o miedo.

- ¿Y tu hermana? ¿Ya la mataste?

Necesitó autocontrol para hacer esas preguntas con tono frío, pero si necesitaba ciertas respuestas debía ser diplomático. Ethan enarcó una ceja, y le miró casi divertido.

- ¿Tú qué crees?

Adam no pudo evitar hacer una mueca por el labio. Sí, era evidente. Si él hubiera estado en su lugar, habría utilizado la inteligencia y se habría dejado a sí mismo en último lugar. Pese a que sabía que el joven sabía, o presuponía casi todo, decidió seguir tanteando el terreno.

- Si estás aquí ahora y ya la has matado, teniendo en cuenta que hace tres días yo la dejé en Inglaterra sana y salva, significa que has sido rápido. Dudó que hayas perdido muchas horas en su asesinato, pues tampoco lo hiciste con Tomás y Cora. Ahora bien, ¿qué hago yo aquí? ¿Por qué estoy vivo todavía?

Los labios del joven se extendieron en una extraña sonrisa, mezclada con una mueca maléfica, y Adam confirmó lo que ya pensaba: Ethan intuía mucho.

- Dime, Adam. Tú eres un hombre inteligente, así que juguemos un poco a las adivinanzas. Te encuentras con una misión complicada, peligrosa, y con cuatro colaboradores: una mujer muy inteligente y habilidosa, cuya familia está en contra de su pertenencia a la Orden; su hermano, un joven que podría ser brillante si no estuviera oculto bajo su maravillosa hermana; un hombre adulto, extranjero, y con una carga familiar inevitable; y, por último, un viejo alumno al que conoces desde niño, sin cargas familiares, con confianza ciega en ti, y que no tiene nada que perder. Dime: si tuvieras que elegir a uno de esos cuatro para darle algún detalle extra de la misión, ¿a quién escogerías?

Muy buena lógica, y acertadamente pensado, por supuesto, pero Adam no podía permitir que esa suposición se convirtiera en certeza. Por eso añadió.

- Eso absurdo. Dumbledore también os conocía a tu hermana y a ti desde niños.

- Sí, pero por alguna razón, siempre se fiaba más de ti. Por algo te dio la caja más importante, ¿no?

La sonrisa del joven se extendió mientras se ponía de cuclillas, acercando su cara a la de su rehén.

- El aire. No caí entonces; de hecho, no caí hasta hace pocos días. Esa caja es más importante que ninguna.

- Todas son importantes, muchacho –intervino Adam entre dientes-. Son los cuatro elementos, no hay uno más importante que otro.

- El aire lo mueve todo, lo modifica todo, lo controla todo–dijo Ethan-.

- Absurdo...

- No, mi querido amigo, puede ser muchas cosas, pero no absurdo –respondió Ethan con una sonrisa irónica-.

- Tú mismo viste como nos entregó las cajas al azar.

- No. Yo vi como te puso la caja verde en tus manos, y a los demás nos señaló las otras tres para que las escogiéramos a placer. Pero el caso es que hay más.

Adam enarcó las cejas, haciéndose el escéptico, pero eso no creó dudas en el joven.

- Tras una insistencia que tú creías innecesaria, conseguimos que Dumbledore nos contara el contenido de las cajas. Bien, yo ya lo sabía, pero no por él. En ese momento me llamó la atención tu poca curiosidad, incluso me pareció algo fingida tu reacción al conocer los detalles. Pero claro, tú ya tenías toda esa información previamente.

- Mira muchacho...

Adam se vio silenciado cuando Ethan le apuntó con la varita y de su garganta no salió ningún sonido.

- Aún no he terminado –le dijo con una sonrisa-. Te iba diciendo que tú ya tenías toda esa información. Dumbledore te había contado todo sobre las cajas, estoy seguro. Al igual que lo estoy que también te contó qué había que hacer para juntar el poder de todas ellas en uno. No es tan fácil como tener las cuatro en tu poder, hace falta algo más; esa es la información que a mi me falta y tú me la darás. ¿Qué hay que hacer?

Le apuntó de nuevo, liberándole del silencio al que tenía impuesto su voz, pero Adam simplemente sonrió.

- ¿De verdad crees que, de saberlo, te lo contaría a ti?

Pero Ethan ya había supuesto esa reacción y, sacando un frasco, la tanteó ante los ojos del hombre para que se diera cuenta de lo que era.

- Hay formas de hacerte hablar.

Pero la sonrisa de Adam continuaba imperturbable.

- ¿Crees que no he tomado medidas contra el veritaserum y todos los demás trucos? Créeme, no podrás sacar nada de información de mi mente.

Ethan se ofuscó, y bajando tanto la varita como el frasco, intentó utilizar la legeremancia. Le extrañó que Adam no pusiera resistencia ni levantara una barrera de oclumancia, pero lo cierto es que no había nada que ver. Retales absurdos e inconexos de una vida que no tenían sentido. ¿Acaso ese hombre estaba loco? ¿Cabía la posibilidad de que hubiera corrido el riesgo de alterar tan profundamente su mente para ocultar esa información?

La sonrisa irónica de Adam le dio la respuesta y el joven, furioso, se levantó dando golpes contra las paredes. Hasta ahora había sido él el que había sorprendido, el que había llevado el control, pero a pesar de saber que ese hombre era el más retorcido de todos, aquello había roto sus esquemas. No tenía más plan, por lo que decidió cortar por lo sano, teniendo al menos algo a lo que agarrarse, algo que le librara de la ira de su Señor. Se giró violentamente hacia Adam, que le miraba con los brazos cruzados y una pequeña mueca divertida en el rostro.

- Bien. Ya lo averiguaré. Ahora la segunda parte, me dirás dónde está la caja.

Adam enarcó las cejas, dándole a entender que había conseguido sorprenderle con su inocencia, y Ethan, encantado de volver a ser él quien tuviera el as en la manga, se sacó de la túnica otro frasco, y se lo mostró.

- Quieras o no, me darás la ubicación. Extiende el brazo.

Adam estuvo a punto de sonreír de nuevo. Dumbledore había tenido razón con esa poción, y bendito el viejo por alertarles. Así también había podido tomar medidas en cuanto a aquello. Igual que lo había hecho Andrea, con la misma docilidad, y quizá algo de la rendición de Tomás, extendió su brazo. Ethan rasgó la manga de la túnica con un movimiento de varita, y, al igual que hizo las dos veces anteriores, abrió en canal el brazo, disfrutando de cada gota de sangre que se derramaba, como nunca antes. Ese hombre podía llegar a joderle la misión, y su vida dependía de ella. Sólo le alegraba saber que ese rufián caería antes que él.

Derramó la poción sobre el brazo, pero al contrario que las veces anteriores, el hombre no puso ningún gesto de dolor, sino que más bien, no cambió su expresión. Era extraño, pero parecía como si aquello no funcionase. La carne absorbió la poción, pero no palpitó, ni escribió ninguna dirección.

- ¿Cómo...?

Levantó la mirada de la herida sangrante, y se encontró con los ojos marrones de Adam que le miraban divertidos.

- ¿También creías que esto te lo pondría fácil? –le preguntó burlón-.

Ethan comprendió lo que ocurría, y con violencia descargó un puñetazo en la cara del hombre, quien apenas dejó ver una expresión de dolor.

- ¡Hijo de puta! ¡No voy a consentir que te salgas con la tuya! ¡No voy a consentirlo!

Impotente, volvió a coger su varita, y apuntó al hombre con furia.

- ¡Crucio!

Adam esta vez no pudo sofocar un grito de dolor, por mucho control que tuviera sobre sí mismo. Había sufrido antes la maldición imperdonable, pero eso no hacía que doliera menos, además de que su cuerpo ya estaba agotado. Se retorció y gritó de dolor sin poder contenerse. Ethan repitió la operación varias veces, hasta que su respiración se normalizó un poco. Se arrodilló en el suelo y encaró al hombre que estaba medio inconsciente.

- Escúchame bien. Me da igual lo que hayas hecho, de un modo u otro conseguiré averiguar dónde has metido la caja. No he llegado hasta aquí para rendirme.

Se levantó, y le pateó el cuerpo antes de mirarle con asco.

- Tú te has querido poner a ti mismo las cosas difíciles. A Tomás y a mi hermana les concedí una muerte rápida y prácticamente indolora, pero tú no gozarás de la misma suerte. Hoy aprenderás qué les ocurre a los que se interponen en el camino del Señor Tenebroso.

Adam apenas tenía fuerzas tras las reiteradas torturas, pero las sacó de donde pudo para incorporarse un poco y escupirle en los pies al joven. Este no se inmutó.

- Me parece que mis amigos se merecen tener diversión. Y, ¿qué mejor que darles un miembro de la Orden del Fénix para que le torturen y le maten a placer? Me encargaré de que dures todo el día. Así será más lento y agónico.

Tras una risa cruel y despectiva, cerró la puerta, dejando de nuevo la estancia en penumbras, pero eso no le importó a Adam. Tampoco la negra perspectiva de su futuro cercano, pues estaba tranquilo de que sus planes hubieran funcionado. Ahora todo estaba en manos de James, y rezaba a Merlín para que la empresa no le quedara demasiado grande a su sobrino.

OO—OO

El mismo James acababa de terminar su castigo esa tarde, y con él finalizaba su periodo de encierro, pues ese era el último día. En una semana sería el partido contra Hufflepuff, y él recuperaría su escoba en un par de días. Estaba pletórico, y al recibir su varita de manos de un reticente Filch le miró con burla, sabiendo ambos que el joven no tardaría en meterse en otro lío. El conserje gruñó, y James siguió su camino con una sonrisa presuntuosa.

La sorpresa fue encontrarse con Lily algo más alejada, sentada en el suelo leyendo un libro y, claramente, esperándole. Contento de verla, el joven echó a correr hacia su novia, quien levantó la mirada a tiempo de ver que él la levantaba de golpe con sus manos en su cintura, y la hacía girar sobre sí mismo por los aires.

- ¡James, bájame! –exclamó dejando escapar una pequeña risa, al tiempo que le daba un golpecito con su libro en la cabeza-.

El muchacho la soltó, y la miró ceñudo, frotándose la nuca, mientras la pelirroja le sacaba la lengua.

- No finjas que no te he dado fuerte –le dijo con una sonrisa, mientras se inclinaba para darle un pequeño beso en los labios-.

James sonrió de nuevo, ladeando los labios como hacía de costumbre, y como Lily estaba empezando a adorar. Le pasó una mano por los hombros y la atrajo hacia él, al tiempo que empezaban a caminar.

- ¿Has venido a buscarme?

- En el fondo no puedo vivir sin ti –le respondió la pelirroja con un toque de humor, haciéndole reír-. ¿Qué te apetece hacer?

- Los chicos tienen entrenamiento. ¿Te apetece ir a verles? –preguntó el capitán con una sonrisa entusiasmada-.

Llevaba días cada vez más ansioso de volver al quidditch, y el hecho de no haber terminado a tiempo toda esa semana para ver los entrenamientos, le provocaba más impaciencia. Un mes sin poder volar, era mucho tiempo para él y echaba de menos su escoba.

Lily hizo un mohín, asegurándose de que James lo veía, y le abrazó más fuerte la cintura, acariciándole con maña.

- Lástima. Había pensado que podríamos aprovechar que estamos solos para ir a la torre y tener un ratito para nosotros dos.

La indirecta se hizo más clara mientras la pelirroja le miraba con sus verdes ojos ardientes, y se mordió el labio inferior al mirar los de su novio con deseo. Y James no era capaz de despreciar semejante invitación. Esa insinuación unida a esos gruesos labios tan cerca de él, le hicieron olvidar su anterior plan y que aún no estaban en la torre, y se lanzó hacia ella con ansia.

Lily no pudo evitar una pequeña exclamación de sorpresa cuando James la empotró contra la pared y estampó sus labios contra los de ella, obligándola a abrirlos para dar paso a su lengua. Su ataque fue tan fuerte y repentino, que un intenso calor recurrió el cuerpo de la pelirroja. De repente notó que la sobraba la túnica y el jersey, pese a que minutos antes había tenido frío.

James la agarró la nuca con una mano con fuerza, y la otra apretó su cintura contra la de él, uniendo sus caderas con impaciencia. Ninguno de los dos se dio cuenta que varios alumnos pasaban por su lado e, incluso, alguno hacía comentarios graciosos a su costa. Sólo cuando la boca de James se deslizó por su mentón y después por su cuello, Lily vio un atisbo de realidad. Sus ojos verdes cargados de lujuria se abrieron levemente, mientras seguía acariciando el cabello y la espalda de James, y vio a varios compañeros observarles con diversión. Se cara se volvió de un rojo intenso, y más cuando se dio cuenta que entre esos estudiantes estaba Severus Snape mirándola con censura y desaprobación.

Reguló su respiración, y le dio varios toques a James en la espalda, para detenerle.

- James –susurró-. James, vamos a la torre, por favor.

El muchacho levantó la cabeza para darle otro beso en los labios y decirle que allí estaban bien, cuando se percató que la mirada de su novia estaba más lejos de él. Reticente, se dio la vuelta y vio a unos diez o quince estudiantes muy entretenidos mirándoles. No le entró la vergüenza de Lily, pero sí un pequeño rubor se tiñó por sus mejillas al darse cuenta del espectáculo que estaban dando.

Por el bien de Lily decidió salir de allí, la pasó el brazo por los hombros de nuevo y se despidió con chistosa reverencia de los demás, que le rieron la gracia. La pelirroja le pegó en el brazo por regodearse en su vergüenza y le adelantó un poco. Por eso no vio la sonrisa de suficiencia que James le envió a Snape, antes de hacerle un corte de mangas.

Cuando llegaron a la torre, Lily dio la contraseña y pasó delante de él, pero ni bien el retrato se cerró, James la tomó de la cintura y la obligó a girarse para estampar de nuevo sus labios con los de ella. Parecía que Lily iba a protestar, pero intensificó el beso y la pelirroja se rindió con un suspiro, pasando sus manos por su cuello para enredarlas en su pelo.

James la guió hacia el sofá que tantas veces habían utilizado para ese fin, y la recostó sin problemas, tendiéndose sobre ella. Enseguida pasó de nuevo al cuello, ganándose un gemido satisfecho de su novia que se movió para darle más acceso.

La túnica y el jersey de ambos habían caído, y la blusa de Lily tenía varios botones desabrochados, dejando ver la parte de arriba de un gracioso sujetador rosa que a James le apetecía horrores apartar con los dientes, cuando algo en él le hizo detenerse. Se levantó de golpe, dejando a la pelirroja confundida y con la respiración entrecortada.

- ¿Qué ocurre? –le preguntó incorporándose, y bajando la falda que se le había subido un poco con el arranque de pasión-.

James tuvo que darse un par de paseos para recuperar la respiración y que partes de su anatomía se relajaran.

- No lo sé. Estoy incómodo de repente.

Lily se rió.

- Casi me siento insultada. Por una vez que no me detengo, a ti parecen quitársete las ganas.

Se dejó de reír cuando vio la expresión de James, y se levantó para ir hacia él.

- ¿Qué te pasa? –le preguntó preocupada-.

- No lo sé... Tengo una mala sensación en el estómago pero no sé...

Se detuvo de golpe cuando su mirada se encontró con la parte de arriba la chimenea, y acariciando levemente la muñeca de Lily al pasar, se dirigió hacia allí. Casi sin darse cuenta, sacó el ladrillo suelto y quitó la caja verde de su escondite.

- ¿James?

- ¿Crees que está segura aquí?

Lily no comprendía la inseguridad repentina de él con la ubicación de la caja, cuando hasta ahora no había tenido dudas, pero sólo supo fruncir el ceño.

- Creo que... debería buscarle otro lugar –sugirió el muchacho-.

- Pero, ¿no deberías preguntarle a tu tío antes?

- Me dijo que ahora la caja era responsabilidad mía, que me la cedía y era importante que yo sintiera que era su guardián ahora –la dijo negando con la cabeza-.

Lily se mordió el labio. Todo eso ya lo sabía, pero seguía sin entender la preocupación repentina de James. Él actuaba por un impulso, pero también era cierto que había aprendido a fiarse de los impulsos de James.

-Aún así pregúntale, que te sugiera. No te arriesgues –le aconsejó abrazándole por la espalda, y con el dedo índice recorrió el contorno de la caja-.

James la miró por encima de su hombro, y asintió sonriéndola.

- Tienes razón. Pero hasta que me conteste, la llevaré encima todo el tiempo. Algo me dice que ahora tengo que tener especial cuidado.

Lily le sonrió, y tras darle un beso en la mejilla, se separó de él, dispuesta a recoger todo el estropicio que habían montado en medio de su pasión. En ese momento Sirius entró por el retrato con prisa, y se encontró a su mejor amigo más despeinado que de costumbre, con la ropa desarreglada y con la famosa caja en las manos; y detrás de él a Lily, agachada mientras recogía unos cojines y con un aspecto parecido al de su amigo, uniéndosele un amplio escote que dejaba a la vista su sujetador. Sirius sonrió divertido ante esa imagen.

- Vaya pelirroja, gracias por el espectáculo. ¿Quién diría que escondes tanto bajo esa apariciencia de niña formal? –exclamó para hacerla enrojecer-.

Lily se dio cuenta al instante de lo que ocurría, y se cerró de golpe la blusa mientras James se reía, negando con la cabeza y posando la caja en una mesita.

- Pad, si has venido a disfrutar de la visión de mi novia semidesnuda, te recuerdo que ya tienes suficientes problemas de faldas, y no te conviene que tu hermano del alma se ponga en tu contra marcándote su puño en la cara.

Sirius se echó a reír, y levantó las manos en son de paz.

- En realidad vengo a pedirte la capa. Tengo una misión de merodeador.

James enarcó las cejas.

- ¿Alguna broma? –preguntó divertido y deseoso de participar, pero Sirius negó con la cabeza-.

- Esto es algo que tengo que hacer sólo, Prongs.

OO—OO

- ¡Vamos Allan! ¿No eres capaz de golpear ni una sola bludger? –exclamó Grace dirigiendo el entrenamiento-.

La rubia volaba algo por encima de los demás, e intentaba coordinar a sus compañeros, pero con la falta de James, ya no sólo como capitán, sino como cazador, parecía casi imposible. Había colocado a Josh y Sarah haciendo tiros en un lado del campo y, descontado alguna actuación memorable del chico, seguía con la convicción de que la guardiana era la que más en forma estaba de todos.

Sadie y Allan tenían la orden de golpear las bludgers uno contra el otro, pero parecía que el muchacho ese día no era capaz de aguantar el ritmo algo agresivo de la alemana. Normalmente no tenía ese problema, y por eso Sadie ese día se apoyaba en la escoba con parsimonia, claramente aburrida. El muchacho le dirigió una mala mirada a la capitana sustituta mientras salía volando tras la pelota, y Grace aprovechó para vigilar por el rabillo del ojo a Nicole, quien trabajaba en solitario tras la snitch. La más joven del equipo había mejorado mucho en el último mes, y parecía realmente dispuesta para ganar ese partido.

- Te juro que no veo el momento de que vuelva James y acabemos con este feminismo que ha invadido el equipo –le susurró Allan a Josh cuando pasó a su lado-.

El chico rió, pero enseguida Grace hizo acto de presencia, separándolos.

- ¡Os he dicho que vosotros no os pongáis juntos, que os liáis a hablar y os desconcentráis!

Allan se quejó refunfuñando, y un fuerte quejido salió de su boca cuando una bludger tirada por Sadie le dio en la cabeza.

- ¡Lo has hecho a posta! –exclamó el chico empezando a mosquearse por las maneras de la morena-.

- No es cierto, pero si no estás atento te pasará lo mismo en el partido –respondió ella con indiferencia, aunque sí que lo había hecho adrede-.

- ¡Grace! ¡James no tolera la agresividad en el equipo!

- ¡Cállate cabezota, y no seas quejica! Cuando le des a dos bludgers seguidas, tendrás derecho a quejarte –le respondió la rubia tan tranquila. Después giró su escoba hacia el otro lado del campo, donde Nicole acababa de atrapar la snitch-. ¿Cómo vamos por aquí?

- Bien, ya le estoy cogiendo el tranquillo a la escoba por fin –respondió Nicole-.

Parte de su fallo en el primer partido era que aún no sabía manejar la escoba del todo bien en aquel entonces, y la muchacha había estado practicando bastante. Grace alargó la mano para que la pasara la pequeña pelota dorada.

- Te cronometro, ¿de acuerdo?

La más pequeña asintió con la cabeza, afirmando la escoba con las dos manos y no perdiendo de vista la snitch. De repente, Grace la soltó, y esta salió corriendo con una veloz Nicole detrás. Dieciocho segundos contó la capitana antes de que la esquiva pelotita fuese atrapada. Era una buena marca, pero también había algo que apuntillar.

- Mucho mejor. Sigue así, pero una cosa –la dijo-. Cuando caes en picado, tú misma te frenas. Debes perder el miedo a caer al vacío, sino ser más atrevida, lanzarte a por todo. Si te entra el miedo, en vez de frenar, acelera. Ya notarás que la adrenalina te sube por el cuerpo.

- ¡Bueno, ya vale! –se oyó gritar de lejos-.

Grace dejó sola a Nicole practicando de nuevo para ver qué le ocurría a Josh, y al llegar vio al chico golpeando el palo de su escoba con la quaffle y a Sarah partiéndose de risa.

- ¿Qué pasa ahora?

- ¡Que no sabe perder! –exclamó Sarah divertida-.

- ¡Y una mierda! ¿Cómo voy a ensayar las fintas si se empeña en intentar tirarme de la escoba cada vez que aparezco? –exclamó el chico molesto-.

Grace suspiró. ¡Qué ganas tenía de que James volviese y se ocupase de poner orden!

OO—OO

Un rato más tarde, Sirius partía hacia su misión merodeadora – individual. En realidad iba a intentar colarse en los vestuarios femeninos, pero si hubiera reconocido eso delante de Lily, sospechaba que no habría salido vivo de la torre caliente, como pensaba llamarla a partir de ahora. Si es que esos dos echaban humo ya, y como el pobre James no echara un polvo dentro de poco, temía que su amigo cogiera esa enfermedad de los huevos azules.

Con sus pensamientos iba caminando el joven por los terrenos, bajo la capa de invisibilidad, hasta que llegó a los vestuarios. De estos salían voces y risas, signo inequívoco de que habían terminado el entrenamiento como él había supuesto. Bien, quizá se estaba precipitando un poco en eso de ir a buscar a Grace, pero él nunca tuvo mucha paciencia, y creía una buena señal que ella hubiera estado todo el día distraída. Creía que eso se debía a que no paraba de darle vueltas al beso que le había dado el día anterior, y él se moría de ganas de saber qué pensaba al respecto.

Cuando iba a subir el escalón para entrar en el vestuario femenino se frenó a sí mismo: por un lado, porque no le apetecía en absoluto ver a Sadie Duncker y Sarah Anderson en la ducha, por otro porque el pacífico de Jeff sacaría las uñas se veía a su querida Nicole desnuda antes que él y, por último, que si Grace le pillaba allí el que acabaría teniendo los huevos azules sería él.

Por eso esperó pacientemente hasta que las chicas salieron del vestuario. Y tanto que pacientemente; Josh Cambell y Allan Martin habían salido hacía ya rato, y veinte minutos después aún se oían las voces de las chicas, sobretodo la de Sarah, y se distinguía la risa de Nicole. Sirius había acabado espatarrado en el suelo, con la capa sobre la cara, y jugando a absorberla y expulsarla con la boca del puro aburrimiento que tenía.

Después de cuarenta y cinco minutos, en serio, cuarenta y cinco minutos, las chicas salieron, evidentemente con el pelo seco y ninguna evidencia de que vinieran de los vestuarios. Con todo lo que habían tardado mientras estaban allí hablando, era normal que las hubiera dado tiempo a todo. Pero es que realmente parecían muy entretenidas, hasta a Sadie estaba participando en la conversación, Sirius no daba crédito.

Afortunadamente, todas estaban muy pendientes de algo que estaba contando Sarah, por lo que no vieron cómo se acercaba a Grace por detrás y la metía dentro de la capa tapándola la boca. La rubia intentó patalear y liberarse al no saber quién la retenía y la extrañó que sus amigas no se hubieran percatado de los movimientos. Sin embargo, en un momento dado un olor familiar llegó hasta su nariz, y se quedó quieta al reconocer a Sirius.

Él aprovechó para hacerla volver a los vestuarios, y cuando se apartó de ella para quitarse la capa, recibió un buen golpe en el pecho.

- ¡Eres gilipollas! ¡Me has dado un susto de muerte!

El muchacho se llevó una mano al pecho y tuvo que aclararse la garganta para no evidenciar que la muy burra le había hecho daño, y la encaró seriamente.

- Tengo que hablar contigo.

- Pues yo te dije ayer que yo no quería hablarte.

- Por eso me perseguiste –respondió con sorna-.

- Para dejarte cuatro puntos claros, pero ya no pienso volver a mirarte a la cara.

Intentó salir por la puerta rodeándole, pero Sirius la agarró del brazo y la empujó hacia dentro intentando no ser muy brusco.

- Yo también quiero aclararte cuatro puntos.

Grace volvió a intentar salir, pero como Sirius no la dejaba, se enzarzaron en una pelea de empujones.

- Vale, seamos claros: He dejado a Kate por ti.

Aquella declaración hizo que Grace se detuviera de golpe, y le miró con el ceño fruncido.

- Me importa una mierda.

- No me lo creo –respondió Sirius con seguridad-. Tú también quieres estar conmigo.

Grace no negó con la cabeza.

- Ni de coña le haría eso a Kate –Sirius suspiró-.

- Mira, esto ya no tiene nada que ver con ella –al ver que la chica iba a protestar, alzó una mano y añadió-. Lo siento pero es cierto. Me da igual lo que tú hagas, no voy a volver con ella por mucho que tú niegues lo que sientes por mi.

- Tampoco quería que volvieras con ella. No te la mereces –le contestó con veneno-.

- En eso estoy de acuerdo –concedió Sirius-. Pero ella durante un tiempo lo seguirá pasando mal. La conoces, es muy sentimental y todo la afecta mucho. Me duele en el alma haberla roto el corazón, pero habría sido peor si lo hubiera dejado para más adelante. Ha sido mejor cortar en cuanto me he dado cuenta que seguía enamorado de ti.

- Por favor...

Cansada de esa escena, Grace le dio un codazo para apartarle y poder salir por fin por la puerta, pero Sirius la agarró la mano y la miró seriamente.

- Tú también lo notas, no intentes engañarme. Nada de eso se acabó, todo sigue aquí. Yo jamás pensé que seguiría queriéndote habiendo pasado tanto tiempo y tantas cosas, pero es así, y sé que a ti también te pasa.

- Mira Sirius –le interrumpió Grace suspirando para tener paciencia-. Puedes seguir con tus gilipolleces si quieres, pero no intentes convencerme de que yo siento lo mismo que tú. Lo único que me provocas es asco después de haber visto a Kate pasar dos noches en vela llorando, y las que la quedan.

Él negó con la cabeza, sonriendo levemente.

- ¿Quieres hacerme creer que no te has tirado todo el día pensando en el beso de ayer? ¿Que no te pasaste toda la semana recordando lo que hicimos en la habitación de James? ¿Que no llevas desde antes de Navidad pensando en lo que pudo haber sido si no hubieramos discutido sin motivo? Te conozco perfectamente, y me hago una idea muy clara de lo que ocurre por tu cabeza. –Grace bufó, y él se acercó un paso más hacia ella-. Venga, mírame a los ojos y dime que no me quieres.

Grace se rió despectivamente mientras negaba con la cabeza, pero el chico parecía hablar muy en serio. Suspirando, se adelantó un paso hacia él, quedando bastante cerca el uno del otro, y clavó sus ojos castaños en los grises de él.

- No-te-quiero.

Pronunció cada palabra con mucha fuerza para que quedara claro, pero cuando iba a apartarse contenta de haber aguantado la prueba, Sirius la pasó una mano por la nuca y pegó sus labios a los de ella. Sin perder el tiempo los besó con fuerza, algo de rudeza, y bastante pasión. Unos segundos después se apartó de golpe, y Grace tuvo que sujetarse a él para no perder el equilibrio. La rubia tenía las mejillas sonrojadas.

- Ahora dime que no has sentido nada.

Incapaz de decir algo así cuando todo su cuerpo era prueba de lo contrario, Grace se enfadó consigo misma y le miró con asco.

- Eres imbécil. De verdad que lo eres.

Otro nuevo intento de irse hacia la puerta, pero Sirius la volvió a agarrar el brazo. No la empujó al exterior, sino que parecía un gesto para detenerla sólo un segundo y no obligarla a quedarse más. Le miró, y vio que Sirius la miraba con una especie de decepción que no entraba en su cabeza.

- Yo seré un imbécil, pero tú eres la que te niegas a ti misma –la cogió de una de las manos, y la puso algo suave en su interior, cerrándola el puño-. Cuando te aclares, me avisas.

Y fue él el que se marchó por la puerta, dejándola extrañada y confundida. Miró con curiosidad el objeto que tenía en su mano, y vio que era una pequeña sombrillita de papel de las que se ponían para decorar los helados. En un primer momento no comprendió el significado, hasta que cierto día le vino a la mente.


31 de agosto de 1975

Hacía apenas dos días de la patética declaración de Sirius, y de que Grace se le tirara al cuello como una leona, aunque no para comérselo precisamente. Había sido extraño, de repente debían asimilar que habían pasado de ser amigos con derechos a algo más. No sabían exactamente qué, pero era algo que no tenía fecha límite, que seguía con las mismas pautas que su anterior juego, pero esta vez ambos admitiendo que había sentimientos por parte de los dos.

Estaban en la heladería de Florean Fortescue de nuevo, donde se habían tirado la mitad del verano comiendo helados, y comiéndose a sí mismos. En ese momento estaban relajados, con la tarde ya cayendo en el Callejón Diagon, y notando el bullicio a su alrededor, pues al día siguiente los niños partían a Hogwarts, y los padres hacían las compras de última hora.

- Bueno, mañana empieza la función –exclamó Sirius terminando su helado y estirándose en su silla-.

Grace estaba jugando con la sombrillita morada que había tocado en su helado, y levantó una pierna para posar el pie en el regazo del chico.

- Sí, es mejor callárnoslo durante un tiempo. Ya tendré tiempo de escuchar a Lily gritarme lo loca que estoy.

- Tampoco te mentiría si te dijera eso –bromeó Sirius pasando su mano desde su tobillo hasta su rodilla en una caricia involuntaria-.

Grace alargó más el pie con la intención de darle una patada en el estómago, pero él la sostuvo la pierna a tiempo. Mientras Sirius se reía, Grace se mordía el labio inferior, negando con la cabeza, mientras se convencía que muy loca tenía que estar para estar sintiendo cosas por ese tío en particular.

Sirius la dio un pellizco en la pantorrilla al verla despistada.

- ¿Quieres que nos veamos mañana antes de entrar en la estación?

Grace negó con la cabeza.

- He quedado con Lily pronto –vio la expresión de Sirius y sonrió-. Pero si quieres te puedes juntar con nosotras. Alguna excusa podemos encontrar.

- No gracias, ¿y aguantar a Evans más de lo necesario? Seguro que este año la han hecho prefecta y estará aún más insoportable que de costumbre.

Esa vez Grace le tiró con su sombrillita, dándole en la frente.

- Ya te he dicho que no te metas con mi amiga.

Sirius recogió la sombrilla que había rebotado en su regazo, e hizo que el objeto diera una vuelta sobre sí mismo, enrollándole en su dedo.

- ¿Sabes que con esto le puedes sacar un ojo a alguien?

- ¿Así te tomas mis regalos? –preguntó Grace fingiendo estar ofendida. Puso cara de buena y batió las pestañas chistosamente-. Yo que te lo he regalado con todo mi amor.

-¿Tú sabes lo que es eso? –preguntó Sirius en broma, provocándola con una sonrisa incitadora-.

Pero la sonrisa con la que Grace le respondió fue mejor. Era una sonrisa coqueta, de las que a él le gustaban.

-Creo que estoy aprendiendo un poco de eso –le dijo mordiéndose el labio-.

Sirius supo que lo hacía aposta, pues allí no le dejaba besarla por miedo que pasara algún conocido (en realidad sobretodo por miedo que los viera Kate), y eso le incitaba muchísimo. Enarcó las cejas, ignorando sus ganas de besarla, y alzó la sombrillita sonriente.

- ¿Así que, en el fondo, esto es una prueba de amor? Tendré que guardármela, no vaya a ser que la próxima prueba sea una quaffle en todos mis...

Grace le dio una patada en la pierna haciéndole callarse mientras ella se reía con ganas de su chiste. Le encantaba su humor, y cuanto más burro se ponía Sirius, más gracioso le encontraba ella. Por eso no quería acabar esos momentos con él. Se seguía riendo del comentario, y de todo lo que él seguía diciendo para divertirla, pero no dejó de darse cuenta de que verdaderamente se había guardado la sombrillita en el bolsillo de la túnica.


Anonadada, hizo girar la sombrillita morada sobre sus dedos, igual que hizo Sirius ese día. No podía creer que la hubiera guardado tanto tiempo, algo tan insignificante. Pero lo cierto era que ella no le había regalado nada más en esos pocos meses. Tenía la suerte de tener su rosa de cristal, pero jamás había llegado a regalarle nada a él. Sólo ese objeto decorativo que utilizó en una broma.

Despertó de sus pensamientos, y se dio cuenta de que se había quedado sola. Con el regalo. Con un absurdo objeto que había sido guardado durante dos años. Quizá porque significaba algo, quizá porque había sido ella quien se lo había dado, quizá por todo lo que la había dicho hacía unos minutos. Ahora ya se creía más que sus sentimientos eran profundos, sino no habría recordado un detalle tan vano; pero seguía estando mal por el motivo principal: Kate.

Claro que eso Grace no lo pensó mucho en ese momento. Sólo había dos certezas: él la quería y ella a él, además él se había marchado. Con Kate y todos los demás fuera de su cabeza, cerró con fuerza la mano que contenía la sombrillita, y salió corriendo en busca de Sirius. No le vio cerca, por lo que echó a correr hacia el castillo. De repente vislumbró una figura alta y morena de lejos que subía la cuesta que llevaba al vestíbulo, por lo que se echó a la carrera.

- ¡Sirius! –gritó cuando estuvo más cerca, haciendo que él se volviera-.

La vio venir, pero no esperaba que la rubia pegara un salto y se le subiera encima como un saltamontes, casi haciéndole perder el equilibrio. Grace enrolló sus piernas entorno a su cadera, y apretó sus brazos contra su cuello, quedándose ambos nariz con nariz. Sirius la miró a los ojos, sin atreverse a hacer ningún movimiento que la enfadara, y fue Grace la que acortó la distancia entre ellos, ignorando el lío en que se estaban metiendo.

OO-oOo-OO

Bueno, ¿qué os parece el final? Se que os ha encantado, los fans de Sirius y Grace ya tenéis lo que queríais jejeje eso sí, ahora haber cómo se soluciona todo esto, que la pobre Kate sigue ahí, y no olvidemos que Marco tampoco está lejos :P

En cuanto al tema de las cajas, me ha dolido acabar también con Adam, pero era necesario para que siguiera la historia, y ahora todo se centra en James, y por lo tanto en Lily y en los merodeadores. Si el tío de James hubiera sabido lo que va a pasar por las cajas, no se la habría dejado, ¡fijo! Pero no adelanto más.

Disculpadme porque hiciera guerra de chicas pero me encanta que nos unamos contra ellos, a veces se lo merecen jeje Eso sí, siempre hay "traidoras" como Lily que prefieren ser más objetivas, y chicos que se cansan antes como Remus, me parece que ahí se han cambiado las tornas y la que debería pedir perdón es Rachel, ¿no creéis? Jeje Tengo que reconocerlo, adoro las escenas Sirius y Grace, me parecen super graciosas y llenas de química, a partir de ahora habrá mucho más de ellos. Siento por los que preferían la pareja Sirius-Kate, yo también creo que es más adecuada porque se complementan más, pero desde el principio le pensé con Grace, y creo que si no se hacen locuras de joven, no se hacen nunca.

En todo caso espero que os haya gustado y os de fuerzas hasta que llegue el siguiente capítulo que también vendrá cargadito: Partido de quidditch, el cumpleaños de Lily, la búsqueda de los mortífagos, un par de descubrimientos, un ataque y un accidente, ¿qué os parece? ¿Os dejo con ganas? Eso espero :P

"TRAVESURA REALIZADA"

Eva.