-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 23

El parto se había adelantado casi dos meses ya que apenas y hace un par de días había cumplido los ocho meses, claro, siempre alumbraba antes de que se cumplieran lo nueve meses, pero no con ocho meses apenas y cumplidos. Ya fuera ese el punto o no, las parteras se encontraban asistiéndola con auténtica veneración así como sus Mikoto y Sarada, además de Midoriko y Aratani que intentaban colaborar cuanto les era posible. El verdadero problema era que-y por más que hubiera sido madre el múltiples ocasiones hasta entonces-un parto seguía siendo una experiencia riesgosa, jamás se sabía si se podía sobrevivir, siempre existía el riego de una complicación que pudiera tener lugar de forma abrupta o repentina.

-Sultana, ya casi, puje más por favor- alentó la partera.

Tumbada sobre la cama, con el vestido alzado hasta las caderas, por primera vez en tantos años estaba gritando y expresando el dolor que sentía, esta vez no podía acallarlo. Había pasado demasiad tiempo, casi había olvidado como se sentía semejante dolor que solo una mujer, una madre podía soportar y que valía por completo la pena.

Sentadas a los lados de la cama-izquierda y derecha respectivamente-Sarada y Mikoto se encontraban sosteniendo las manos de su madre, pendientes de ella y su seguridad. Ya que los hombres no tenían permitido participar de la experiencia, -relegados al piso inferior-era el deber de ellas velar que todo sucediera y discurriera como debía de ser, sin arriesgar la vida de su madre bajo ninguna circunstancia.

Las mujeres dan a luz porque la naturaleza las hace más fuertes en esa materia, solo ellas pueden crear la vida…ese era el proverbio bajo el que se encontraba fundada la poderosa dinastía, el Imperio de los Uchiha, por ello las Madres Sultanas y las Hasekis eran tan importantes, porque la esposa o madre de un Príncipe o Sultan tenía una relevancia que nadie-perteneciente al sexo masculino-podría tener jamás.

-Mamá, tu puedes- animo Sarada.

-No te rindas, mamá, por favor- pidió Mikoto, sosteniendo la otra mano de su madre.

Midoriko y Aratani, que estaban al pie de la cama-asistiendo a las parteras-no dejaban de observar con suma preocupación el rostro de la Sultana, intercalando sus miradas entre sí de vez en vez, preocupadas porque no fuera capaz de soportar el parto como sucedía con muchas mujeres.

La Sultana apretó las manos de sus hijas, echando la cabeza hacia atrás, apretando los dientes fuertemente y acallando un chillido contra sus labios hasta sentir que el dolor desaparecía y algo abandonaba su cuerpo. De manera inequívoca, un llanto lleno el ambiente, pero ni aun con eso se dejó dominar por el sueño o el cansancio. Hizo un esfuerzo extra por mantenerse consiente pese a la debilidad que sentía y no solo a causa del esfuerzo sino ante aquella repentina punzada en el centro de su pecho que le quito el aliento pero que ignoro, prefiriendo pensar en su bebé.

-¿Qué es?- pregunto Sakura, inmediatamente.

Terminando de limpiar a la pequeña, la mujer levanto su sonriente mirada hacia la exhausta Sultana que, al igual que sus hijas, esperaba prontamente la noticia. Tal vez no fuera lo que todos pidieran, pero era algo igualmente sublime y maravilloso, una vida simplemente magnifica.

-Una niña, una Sultana- felicito la partera.

A lo largo de todos esos meses-y en base a sus últimas experiencias al alumbrar, en años anteriores; solo Príncipes-Sakura se había hecho a la idea de que quizá el nacimiento de una Sultana ya fuera algo imposible, pero no lo era…una niña, una Sultana como había deseado al enterarse de la noticia de que estaba embarazada.

-¿Niña?- repitió Sakura, incrédula.

Sarada y Mikoto se observaron sonrientes entre si mientras Aratani-recibiendo a la bebé de brazos de la partera-tenía a la niña, en brazos de la Sultana que la cundo inmediatamente en sus brazos. Una niña simplemente perfecta, esa era la definición perfecta para esa tierna y pequeña niña de cortos cabellos rosados adornando su cabeza, observando curiosa-y dejando de llorar-a su madre, con sus pequeños orbes esmeralda, idénticos a los de su progenitora.

-Mamá, es preciosa- sonrió Sarada, maravillada on lo que veía.

-Es la hermanita más bella del mundo- afirmo Mikoto, pérdida en los encantos de la niña.

-¿Tiene algún nombre en mente, Sultana?- sonrió Midoriko.

Una sutil sonrisa apareció en los labios de la Sultana mientras veía y cargaba a su preciosa bebé que parecía estarle sonriendo con el único propósito de reconfortarla, con hacerle saber que la espera había terminado y que por fin estaba ahí, con ella. ¿Qué importaba el resto del mundo?, ¿Qué importaba la política y el deber? Si la providencia le daba una hija era por una razón, una que iba más allá del conocimiento de los humanos.

-Hanan- murmuro Sakura, besando una de las pequeñas manos de su hija, -mi Sultana del sol y la luna- alabo la pelirosa, no pudiendo evitar que una lágrima de felicidad descendiera por su mejilla.

Muchos en el Palacio-entre ellos, obviamente; los Pashas, el pueblo y los sirvientes-habrían de esperar que ella hubiera alumbrado un Príncipe más que añadir a la línea de sucesión, pero no era así y Sakura estaba feliz por ello, no un Príncipe, no habría deseado un Príncipe.

Una Sultana: Hanan.


Izumi observo distraídamente por la ventana de sus aposentos, agradeciendo estar acompañada de Koyuki. No había reparado en el incendio, ni en el hecho de que ahora tenía una hermana menor…su tristeza al saber que iba a casarse con un desconocido mientras su hermana mayor obtendría el corazón de a quien ella amaba le desgarraba el corazón. Sarada debía de haber pedido tal boda a conciencia, su padre jamás se negaría a conceder todo cuanto deseara, siempre había sido así.

La Sultana usaba un sencillo vestido crema azulado de escote cuadrado y que emulaba una especie de chaqueta corta de mangas ajustadas, –con seis botones de diamante en caída vertical—exponiendo un falda bordada en hilo color mantequilla. En complemento a los bordados de la falda, una especie de borde y cuello posterior mantequilla claro adornaba el conjunto de forma lateral, finalizando a la altura de las caderas. Un sencillo collar de plata con un dije en forma de flor de cerezo se encontraba alrededor de su cuello a imagen de los dijes de la diadema de plata sobre su largo cabello castaño recogido tras su nuca a la par de un sencillo y diminuto par de pendientes en forma de lagrima.

Sentada frente a ella y observándola atentamente, con preocupación, se encontraba Koyuki luciendo un sencillo vestido violeta de escote en V bajo una chaqueta superior gris verdoso que emulaba flores de múltiples colores, ligeramente oscurecidos, con hombreras y cuello posterior, así como hombreras y fajín color violeta que aportaban un aspecto menos tradicional al conjunto, decorado en el corpiño con—dos bajo el escote y uno bajo el fajín—con tres dijes de oro con un diamante en el centro. Su largo cabello azul se encontraba recogido en una especie de coleta baja que caía libremente tras su espalda, adornado por una corona de oro en forma de pequeños capullos de flores recreados con perlas que complementaban un sencillo par de pendientes en forma de lagrima.

-Todo este tiempo estuvieron burlándose, de mí, ambos- acuso Izumi, incrédula y furiosa al mismo tiempo, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera su orgullo y confianza heridos. -Sé que lo hicieron, mi padre siempre ha favorecido a Sarada, haría todo lo que ella le pidiera- justifico la Sultana.

Pese a estar ahí para su amiga, Koyuki no podía evitar mantener su mente en un puto lejano a su vez, preocupada por lo sucedido a causa del incendio, totalmente segura de que era por obra de la Sultana Naoko. ¿Cómo es que la había utilizado de esa forma? Realmente había cometido el peor error de su vida al confiar en ella, pero no r como si en ese punto pudiera cambiar las cosas, su único mecanismo de defensa seria mantener la boca cerrada y fingir que no sabía nada. Si alguien sabía que ella había tenido algo que ver…podía darse por muerta.

-Eso ya no importa- alego Koyuki, -olvídate de Boruto, déjalos a ambos, déjalos hacer lo que quieran, ahora debes pensar en ti- pidió la Princesa, no deseando que su amiga se aclara a los mismos problemas con que ella tenía que lidiar. -Renuncia a estos sentimientos, Izumi- acoto Koyuki.

-No, no es así de simple- protesto la Uchiha. -Tal vez no pueda cambiar las cosas, pero nunca perdonare a Sarada por esto- prometió Izumi, sin dudar de sus palabras ni por un breve instante, -ella ya no es mi hermana- zanjo la Sultana.

Koyuki no pudo evitar estremecerse a causa del venenoso y rencoroso tono de voz por pare de Izumi, que ciertamente distaba mucho de su habitual y alegre forma de ser, realmente estaba herida y esto era peligroso. Los sentimiento de una mujer despechada; con o sin razón, debían ser de cuidado ya que un arrebato de cólera por este motivo podía remecer con facilidad al mundo entero…e Izumi no era la excepción a esta ley femenina que solía cumplirse con premonitoria preocupación. Pero, ¿las palabras de Izumi eran realmente peligrosas?

¿Se harían realidad?


Sentándose sobre la cama, —luego de haberse bañado y cambiado de ropa tras haber despertado—Sakura, –vistiendo un simple camisón azul bordado en plata, de escote corazón y sin mangas bajo una bata de terciopelo anudada a su cintura—recibió a su hija de brazos de Tenten, meciéndola protectoramente en sus brazos, ocasión que al pequeña, despertando y observando a su madre, aprovecho, tocando cuidadosamente los rizos de ella que caían muy cerca de su rostro.

De pie junto a la cama, justo como Tenten que mantenía su ojo vigilante sobre la Haseki y la pequeña Sultana, observo enternecida la escena. Puede que el deber de una mujer en ese palacio dictara anteponer la política y deber por sobre cualquier otra cosa, pero la Sultana Sakura estaba totalmente dedicada a sus hijos, siempre habían sido y siempre serian su prioridad, eso es precisamente lo que la hacía diferente de sus predecesoras, que anteponía los sentimientos por sobre las normas y los cánones frívolos y lejanos, ella era noble, emotiva, cariñosa y amada por el pueblo, algo que ninguna Sultana antes de ella había conseguido mostrar.

-Es una niña preciosa, Sultana- felicito Ino, haciendo que la Sultana levantara su sonriente mirada hacia ella, -Kami le otorgue larga vida y un futuro brillante- oro la Yamanaka, con absoluta sinceridad.

-Amén- oro Sakura, -un Príncipe habría sido para el Imperio, pero Hanan es totalmente mía- aprecio la pelirosa con noble egoísmo.

La Sultana beso la frente de su pequeña hija, levantándose de la cama ante la atenta mirada de Tenten y dejando a la pequeña sobre su cuna, cubriendo la superficie de esta con las elegantes y transparentes cortina de encaje que-como una señal-la hicieron bostezar, cerrando sus ojos mientras su madre mecía la cuna y velaba su sueño.

-¿Querrá una nodriza, Sultana?- consulto la Yamanaka ante la enternecedora imagen.

-No, Ino, eso no va conmigo y lo sabes- rio Sakura, levantando su mirada hacia la encargada del Harem.

Elegía su independencia propia con respecto a la crianza de sus hijos y la prueba más fiel de ello no era solamente la ausencia de nodriza sino además de sequito que los cuidara. Desde su nacimiento hasta los dos años de edad, sus hijos permanecían en sus aposentos bajo su estrecha vigilancia, no quería que ellos se alejaran de su lado hasta saber caminar y hablar, hasta tener una idea del mundo cuando menos. Ino asintió inmediatamente, no perdiendo detalle del rostro de la Sultana y de su aspecto, cosa que no podía evitar preocuparla.

-Sultana, perdone que pregunte pero, ¿Esta bien?- se atrevió a cuestionar la Yamanaka, confundiendo a la Sultan que la observo un tanto divertida, tenía un humor excelente, claro que se sentía bien. -Han pasado horas del parto y sin embargo sigue pálida como un papel- alerto Ino, preocupada por su amiga y Sultana.

Una sonrisa no consiguió evitar plasmare en los labios de la hermosa Sultana a causa de la preocupación de su leal amiga.

-Ya no soy tan joven como solía ser Ino, que pueda engendrar otra hija no significa que sea fácil alumbrarla- evidencio Sakura, señalándose a sí misma con deje de broma. -Al menos estoy viva, eso es suficiente- ratifico la pelirosa, incapaz de perder su buen humor o al menos la esencia de él. -Por ahora tenemos cosas más importantes de que encargarnos, ¿Qué sucedió con el incendio?- recordó Sakura, siendo que no había tenido oportunidad de saber más a causa del parto y el cansancio colateral de este.

-Afortunadamente consiguió ser extinguido, Sultana- tranquilizo Ino, viendo asentir a la Sultana que si bien no evidenciaba su total preocupación, sentía gran amor por el pueblo y le interesaban sus vidas, -pero muchas personas quedaron sin hogar, algunas de los más importantes templos resultaron dañados, además de monumentos- lamento la Yamanaka.

-Kami…- murmuro Sakura, bajando la mirada, sufriendo de solo escuchar eso, -que todos se alojen en mi fundación- ordeno la Sultana, viendo asentir de forma inmediata a sus dos amigas y colaboradoras, -Ino, encárgate de destruir los arcones llenos de monedas de oro que están en mi armario, quiero que se vacíen por completo- demando Sakura, priorizando la seguridad del pueblo.

Había una tradición en el Imperio, una tradición que se respetaba y mucho; cada Sultan reinante tenía el deber de obsequiar cierta cantidad de dinero propio a sus Concubinas, Sultanas o Hasekis para que así mantuvieran sus guardarropas, a su personal y pudieran contar con todo lo necesario, además de lo que era su deber brindar, pero lejos de aquel deber canónicamente apolillado, Sasuke-en cada celebración por el aniversario del Imperio, cada año-le obsequiaba dos arcones enteros repletos de monedas de oro, más de lo debido para cualquier Haseki Sultana del Imperio, pero porque sabía que ella administraba tan cantidad de dinero en fine nobles y que hacían subsistir al pueblo, nunca usaba más que una fracción de ese dinero en si misma

-Pero, Sultana, es mucho dinero- protesto Ino, incrédula ante la ofrenda de su Sultana.

-Exactamente- puntualizo Sakura, sin error alguno, -la mitad será para la gente, otra parte para reconstruir lo perdido, así como reparar los monumentos y templos, no pediremos dinero del tesoro Imperial hasta que sea necesario- aclaro la Sultana, viendo asentir a Ino que tomaba notal mental de sus palabras, -nuestra prioridad ahora es mantener la calma entre la gente- recordó Sakura, con propiedad.

La pelirosa se levantó del diván sobre el que estaba, observando una última vez a su hija antes de decidirse a levantarse, pero apenas e hizo esto, dirigiéndose hacia su cama, sintió nuevamente aquella asfixiante punzada en el centro de su pecho que por poco y le hizo perder el equilibrio, alertando a Ino y Tenten que acudieron a su lado enseguida, sirviéndole de apoyo e impidiéndole caer.

-Sultana, ¿qué tiene?- se angustio Tenten.

-No es nada, solo un calambre- mintió Sakura, inhalando aire y consiguiendo reponerse con prontitud. -No te preocupes por mi Ino, encárgate del Harem, necesitamos que todo se mantenga como hasta ahora- tranquilizo la pelirosa, llevando su mirada hacia la Yamanaka. -Pero antes de eso, trae a Naoko ante mí- pidió la Sultana, sentándose sobre la cama con ayuda de sus dos amigas, -ella es la responsable de todo esto- acuso Sakura, brutalmente.

Lo sucedido la noche anterior no era un accidente, eso era más que obvio y Sakura no iba a cambiar de parecer al respecto, bajo ninguna circunstancia. Si su inferencia y juicio mental era correcto y podía obtener pruebas…Naoko estaría cavando su propia tumba sin que nadie más que ella misma se hubiera condenado. Solo necesitaba pruebas y las conseguirían a cualquier precio.

-Sultana- reverencio Ino, diligentemente.


-Fue una noche horrible- comento Daisuke, incapaz de relajarse por completo.

-Kami mediante halla remedio a lo sucedido, Daisuke- oro Aratani, acariciando los hombros de él.

Él y Aratani podían encontrarse a sola, alejados de todo gracias a la única compañía del otro, -cosa que resultaba suficiente para ambos-pero había temas de suma importancia que tratar y eso no podía olvidarse, las secuelas durarían mucho tiempo y debían encargarse de que esto no sucediera. Daisuke se dejó bañar por Aratani que, sentada tras él, se encontraba cubriendo escasamente su figura con una toalla, con su largo cabello castaño cayendo húmedo sobre sus hombros en una imagen sumamente tentadora e inocente a su vez, incomparable sin lugar a dudas.

-Amén- secundo Daisuke, incapaz de perderse en su belleza como deseaba y todo a causa de la preocupación justificada que sentía luego de enterarse de las noticias, -¿Quién lo habrá hecho? Ambos sabemos que esto no es natural o esporádico, no lo parece- defendió el Uchiha, apretando una de sus manos.

-Tal vez el Sultan Sasuke sea el gobernante del mundo, pero el mundo escoge lo que quiere y desea saber- razono Aratani, no con ideas negativas con respecto al Sultan sino más bien a las ideas que reinaban en la mente del pueblo o el ejército, -todos tenemos enemigos y aquellos que están contra el Imperio vieron una oportunidad y la tomaron- ejemplifico la pelicastaña, igual de preocupada que él.

El problema que reinaba en su vida, en la vida de sus hermanos y hermanas, y sobre todo en la de sus padres era precisamente eso; la oposición de los antiguos partidarios de las Sultanas Mei y Rin a quienes odiaba e todo corazón. Las muertes de sus hermanos Itachi y Baru eran demasiado dolorosas como para ser olvidadas, así como de su sobrino Daiki, todo por causa de las ambiciones de aquellas mujeres que habían hecho a su madre padecer por momentos tan desoladores que habían conseguido vulnerarla por completo. Su madre no había vuelto a ser la misma luego de aquellos días y esto era lo que más lo entristecía.

Su madre era demasiado noble, demasiado dulce y hermosa, un ángel para todo el mundo y Daisuke lo creía fervientemente, nadie jamás podría ser como su madre por que intentara logarlo siquiera, nunca había existido una Sultana como ella en el Imperio y-con toda seguridad-nunca lo habría nuevamente.

-Perros traidores- maldijo Daisuke.

-No perdamos la calma- tranquilizo Aratani, -el incendio se extinguió y ahora tu prioridad es aparecer entre la gente, ofrecer donaciones y ayuda, ganarte el derecho legítimo del trono gracias a la felicidad del pueblo- animo la pelicastaña, -debes ser prudente, cauto, ganarte a las personas más necesitas, la Sultana Sakura y el Sultan Sasuke lo hacen todo el tiempo- instruyo Aratani, como comparación, acariciando el rostro de su Príncipe.

Su deber era garantizar que el Príncipe siguiera los pasos del Sultan Sasuke y la Sultana Sakura, y manteniéndolo calmado cumplir con tal labor, su lealtad a la Sultana Sakura y el Imperio estaban por encima de cualquier cosa, incluso por sobre sus sentimientos por Daisuke que ya de por si eran grandes y totalmente honesto, nunca lo hubiera pensado con anterioridad que se había enamorado completamente de él y no se arrepentía de ser la Sultana de su corazón Si había un medio con que pudiera recuperar la serenidad era ella, nadie podía eliminar los pensamientos negativos de su mente como Aratani, su Sultana, porque eso era para él, ¿Qué importaba que aún no tuvieran un Príncipe? Tuvieran hijos o no, Daisuke la amaba tanto que estaba totalmente dispuesto a enfrentar al mundo por ella de ser necesario. Por una vez en su vida podía entender cómo es que su padre hacia todo cuanto estaba en su poder por hacer feliz a su madre, sentía un amor igual de fuerte por Aratani.

-Me resulta tan difícil mantener la calma, sobre todo cuando no estás conmigo- prometió Daisuke, entrelazando una de sus manos con la de ella.

-¿No lo estoy ahora?- bromeo Aratani.

-Si- acepto Daisuke, volteando por completo para verla, envolviendo celosamente sus brazos alrededor de la cintura de ella y haciendo que, de un modo u otro, cayera dentro de la bañera, a su lado, -ya hablamos bastante- alego el Uchiha.

Aratani sonrió, completamente de acuerdo con él, uniendo sus labios con los de Daisuke, envolviendo sus brazos alrededor del cuello de él que desanudo la toalla que hasta entonces había cubierto su figura, eliminando cualquier distancia entre ellos, gruñendo de placer contra los labios del otro en cuanto sus pechos desnudos se tocaron…


Se esperaba que—como Sultana y habiendo alumbrado hacia menos de un día—se encontrara reposando sobre su cama, vestida con un camisón y bata, descuidadamente relajada y alejada por completo del escrutinio de la corte y sus intrigas, pero lejos de alejarse de esa rutina, Sakura no hacía más que implicarse todavía más. A lo largo de los años había aprendido a mantener solo los matices más exclusivos de su inocencia, aquellos que encantaban a Sasuke y que a ella misma la hacían rememorar el pasado, pero por otro lado había aprendido a lidiar con las intrigas y comportarse como se esperase que actuara una Sultana: seria, cuando debía serlo, risueña, cuando se esperaba que fuera feliz, e inalcanzable y digna en todo momento posible, por ello no podía quedarse tendida sobre su cama sabiendo la situación del pueblo y la alegría que sentía Naoko al ver que su plan—porque estaba segura de que ella tenía la culpa—había dado resultado.

La pelirosa se encontraba ataviada en un sencillo vestido blanco, de rebajado escote corazón y mangas holgadas—abiertas a la altura de los codos—bajo una chaqueta naranja brillante, de escote redondo, cerrada bajo el busto y abierta bajo el vientre. El soberbio emblema de los Uchiha, su joya más preciada, se encontraba alrededor de u cuello a la par e unos sencillos pendientes de cristal en forma de lagrima, sin corona alguna que ensalzara la autoridad de la que gozaba absolutamente, con su largo cabello—plagado de rizos—cayendo sobre su hombro derecho en una imagen tan serena y digna como hermosa.

No resulto un inconveniente para Sakura contemplar el ingreso de Naoko a quien había pedido llamar especialmente, si iba a enfrentarse a ella quería estudiarla atentamente antes de buscar pruebas específicas con que condenarla.

La arrogante Sultana pelinegra, -con su largo cabello oscuro recogido tras su nuca, adornado por una soberbia corona de oro y zafiros en forma de púas y espinas—lucía un exquisito vestido azul oscuro de escote redondo, con siete botones de diamante en caída vertical, y mangas ajustadas hasta los codos que se abrían frontalmente en lienzos, por sobre el vestido una chaqueta azul claro bordada en hilo cobrizo para emular la figura de un león, con un grueso cuello trasero que se doblaba elegantemente en el frente, cerrando la chaqueta a la altura del vientre. Alrededor de su cuello se encontrada una exquisita guirnalda de oro con una serie de diminutos y detallados dijesen forma de lagrima hechos de oro y ribeteados en diamantes azules a juego con un par de largos pendientes.

-Sultana- reverencio Naoko, -¿quería verme?- inquirió la pelinegra.

El aire frívolo de Naoko era palpable para cualquiera, vistiendo como si ella fuera la auténtica Haseki y Sultana del Palacio, siendo que ni siquiera Sakura se desgastaba en frivolidades tan absurdas, de hecho—y pese a lo que parecía—sus elegantes vestidos no estaban confeccionados en sedas caras e inaccesibles sino en seda comprada a los comerciantes del pueblo, exquisitamente bordadas pero muy normales, nada ostentoso, contraria a Naoko. Pero si la idea de Naoko era opacar a la Sultana, no iba a conseguirlo jamás y eso lo afirmaba Tenten, de pie tras su Sultana.

-¿No te da vergüenza llamarme Sultana, Naoko?- cuestiono Sakura.

-Nunca- protesto Naoko, ni siquiera atreviéndose a dejar lugar a la duda, -¿Cómo me atrevería?- alego la Sultana.

-Así es, ¿Cómo te atreves?, ¿Quién eres tú?, ¿Y quién es la Sultana Haseki?- pregunto Sakura de manera insistente, no esperando respuesta alguna. -Me intriga de donde sacas tu confianza, ¿Quién te dio tal potestad?- demando saber la pelirosa.

Las mentiras siempre eran la mejor táctica de Naoko, hacer que todos creyeran que era inocente, que jamás tenía algo que ver con las intrigas, pero todo eso no era más que una burda mentira para todos, inclusive para Rai que veía en ella a una madre dulce y atenta que de vez en vez sembraba en él la duda de si confiar o no en la Sultana Sakura. Pero ya fuera así o no, Sakura aborrecía el cinismo y las mentiras, si habían intrigas y conspiraciones le gustaba que le dijeran a la cara el cómo, cuándo y porque, no le gustaban los secretos ni el silencio que solo daba lugar a las oportunidades que sus enemigos tomaban para atentar contra ellos y contra el Imperio.

-Perdóneme Sultana, pero no la entiendo- se defendió Naoko, fingir absoluta confusión, pero ni aun así Sakura le creyó, -¿Hice algo?- dudo la Sultana.

-¿Y lo preguntas?- pregunto Sakura, asombrada por su cinismo. -Hiciste una plantilla de mi sello y con ella ordenaste quemar la mitad de la capital- acuso la pelirosa, no importándole no tener pruebas, no las necesitaba realmente, -¿Es tal tu ambición?, ¿No te conformas con que tu hijo sea un príncipe y goce de absoluta libertad?- exigió Sakura, no entendiendo tanto odio y lívido de parte de Naoko.

Rai era importante para ella, claro, era ineludible el hecho de que no era su hijo en el sentido biológico, pero lo había criado y había velado por su desarrollo con tanto amor como lo haría cualquier madre y estaba segura de que si Sasuke hubiera tenido otro hijo de igual modo hubiera llevado a cabo tal acción con otro niño, porque un niño no tenía la culpa por los errores de su padres y Rai no tenía la culpa de que Sasuke no sintiera absolutamente nada por Naoko que se vanagloriaba del poder que tenía como Sultana. Naoko, indudablemente le recordaba a Mito; no apreciaba, ni amaba realmente a su hijo, solo disfrutaba del poder que podía obtener mediante él…algo realmente triste de contemplar ya que Rai era un Príncipe, un hombre magnifico y ejemplar, un hijo que hubiera deseado realmente fuera suyo, pero no era necesario desear eso porque en el fondo de su corazón Rai si era su hijo y todos los momentos pasados con él eran prueba suficiente para ella.

-Me está acusando sin razón, Sultana- protesto Naoko, a la defensiva. -Yo no tengo nada que ver ni con su acusación ni con el incendio, es mentira- alego la pelinegra, dándose cuenta de que quizá Koyuki hubiera tenido miedo y confesado que la había ayudado. -¿Acaso alguien dijo mi nombre?- se atrevió a sugerir Naoko.

-¿Quién podría decirlo?- inquirió Sakura, interesada a causa de su duda.

El interrogatorio de la Sultana Sakura no le brindaba las respuestas requeridas acerca de si Koyuki la había delatado o no, si así era igualmente ella se implicaría, cosa que no la preocupaba…pero si la delataba, acabaría perdiéndolo todo, ya tenía la enemistad declarada del Sultan y la Haseki, solo bastaban pruebas lo bastante plausibles para que se deshicieran de ella. Debía tener mucho cuidado sobre que palabras usaba y su propio tono de voz, no debía dar lugar a dudas que pudieran condenarla

-Cualquiera, cualquiera podría calumniarme- se protegió Naoko, no creyendo prudente dar un nombre. -Si usted tiene alguna aprueba, díganlo- pidió la Sultana.

-¿Prueba?- repitió Sakura, incrédula

Sin miramiento o titubeo alguno, Sakura avanzo hacia Naoko, sujetándola del brazo con determinación y halándola hasta que ambas se hubieron encontrado frente al soberbio espejo veneciano de marco de oro que las reflejaba a ambas. Naoko no pudo evitar observar con confusión a la Sultana que le señalo con la mirada su propio reflejo como si fuera algo de suma importancia.

-Mira tus ojos- índico Sakura, observando el peligroso brillo de Naoko a través del espejo, -ves lo mismo que yo, ¿cierto?- planteo la pelirosa. -Avaricia, ira, odio y miedo, lo peor de todos- juzgo la Haseki con absoluto veneno en su voz. -Una persona con esa clase de sentimientos puede hacer cualquier cosa- acuso Sakura, desviando sus ojos hacia Naoko, con culpabilidad.

-Me describes como si fuera un demonio- alego Naoko, tuteándola.

-¿Y no lo eres?- indago Sakura, curiosa de u opinión e inferencias

-¿Acaso tu eres un ángel?- espeto Naoko, con tono crítico y sarcástico.

Esta crítica no ofendió en lo absoluto a Sakura. El pueblo la llamaba ángel y los Pashas también, pero ¿Que importaba eso? La única alabanza dirigida hacia ella con tal honorifico y que se deleitaba de escuchar era por la voz de Sasuke, si, era su ángel y deseaba serlo hasta el último día de su vida, para él y para sus hijos e hijas, para sus nietos. No le importaba nada más que garantizar la seguridad del pueblo y su felicidad, mientras ellos estuvieran a salvo, ella estaría igualmente tranquila, por ello no consentía que Naoko atentara brutalmente contra inocentes que nada tenían que ver con sus ambiciones.

-Que la gente lo diga no significa que sea cierto- se defendió Sakura, para nada ofendida por sus palabras, -soy una mujer como cualquier otra y por ende sé del bien y del mal, pero no disfruto de impartirlo como tú lo haces- acuso la Haseki, no olvidando todo cuanto su rival había hecho hasta entonces, incluyendo su intento de asesinato. -Qué pena, en lugar de aprender de la historia no haces sino seguir los pasos de la Mito, Mei y Rin- lamento Sakura, nombrando con odio a sus viejas adversarias.

No olvidaba todo cuanto había padecido por culpa de esa mujeres; Mito la había arrancado de su hogar y había arrebatado la vida de su padre y su hermana menor, Rin había hecho que pasara por una tortura inimaginable al temer por la vida de sus hijos, y Mei por otro lado le había arrebatado a sus dos hijos mayores, Itachi y Baru, a su nieto Daiki además. Jamás olvidaría cuanto había tenido que sufrir y llorar por causa de ellas, por causa de sus ambiciones desmedidas.

-Con su permiso, Sultana- reverencio Naoko.

Sakura observo indiferente la partida de Naoko que fingía respeto y que, claramente, se sentía ofendida por la comparación que no era más que la verdad. Pero la Haseki sabia una cosa; no tenía que intervenir absolutamente, Naoko-al igual que Mito, Mei y Rin-se condenaría a si misa, cavando su propia tumba y destruyendo todo cuanto consideraba la base de su futuro Sultanato.

Ella solo se encargaría de firmar la sentencia de muerte, nada más.


Choji y Shikamaru aguardaron pacientemente fuera de los aposentos del Sultan que acababa de llegar hace unos instantes al Palacio, casi irreconocible a causa del agotamiento y los restos de ceniza que cubrían sus ropas, al igual que Naruto que ahora se encontraba acompañándolos ya cambiado de ropa. Las puertas se abrieron de forma sucesiva por obra de los jenízaros que las flanqueaban, reverenciando al Sultan que ya completamente cambiado de ropa se acercó a ellos esperando cualquier información que fueran a brindarle, ya que por algo debían de encontrarse allí.

-Majestad- saludo Shikamaru, mucho más animoso al ver que el Sultan se encontraba a salvo. -¿Se encuentra bien? Todos estábamos preocupados por usted- garantizo el Nara

-Estoy bien- tranquilizo Sasuke, un tanto agotado al no haber dormido en toda la noche, -¿Sucedió algo en mi ausencia?- inquirió el Uchiha con preocupación.

Sabia de sobra que Sakura debía de haberse preocupado por él y mucho, siempre lo hacía sin importar el tiempo que pasaran separados, la perdida de sus hijos había hecho que sufriera de un constante temor a la perdida, a la idea de volver a encontrarse sola y a expensas de la providencia solo que, y aunque esto pasara, esta vez sus hijos no eran niños, eran Príncipes y Sultanas con poder y autoridad que velarían incondicionalmente por su seguridad, sabiendo esto Sasuke estaba seguro que Sakura no volvería a sufrir lo vivido anteriormente por obra de Mito, Mei y Rin.

-Si, Majestad, una gran noticia- sonrió Choji, divertido y obnubilado como un niño.

Sasuke observo con curiosidad y anticipación la advertencia y felicidad de Choji, así como de Shikamaru, aun no le estaban dando la información que requería, pero por la alegría que albergaban debía de tratarse de algo muy bueno porque los ojos de ellos parecían bailar a causa de la emoción. Naruto, de pie tras el Sultan, contemplo igual de divertido la alegría casi burlesca de parte de los leales sirvientes de la Sultana Sakura a quien había tenido en su mente durante toda aquella noche, orando y esforzándose para que las llamas no pudieran acercarse al Palacio bajo ninguna circunstancia. Si algo le sucedía a ella, jamás podría perdonárselo.

-La Sultana Sakura dio a luz anoche, majestad- aclaro el Akimichi, para sorpresa tanto del Sultan como del Uzumaki.

Una noticia así debía ser celebrada, y pese a su resentimiento esporádico ante tal noticia, Naruto modifico rápidamente su recelo y suspicacia por felicidad autentica ya que si la Sultana estaba feliz, él también lo estaba y una nueva Sultana era un regalo del que todos disfrutarían, alguien a quien contemplar y que ofreciera su belleza e intelecto en pro del Imperio, alguien a imagen y semejanza de la Sultana Haseki del Imperio. Sasuke parpadeo confundido, sin apartar sus ojos de Choji y Shikamaru, creyendo haber escuchado mal lo que acaban de decirle.

-¿Anoche?- repitió Sasuke, incrédulo.

-Si, una Sultana hermosa, su Majestad- corroboro Shikamaru.

Los ojos del Sultan se llenaron de una alegría propia de un infante a la vez que una sonrisa aparecía en su rostro. Naruto, dándose cuenta de la reacción del Uchiha, se predispuso a felicitarlo, más en cuanto intento ejecutar tal acción, este emprendió apresurados pasos por el amplio pasillo que habría de conducirlo a los aposentos de su esposa. El Uzumaki observo sorprendido a los leales sirvientes de la Sultana que solo se sonrieron entre sí, puede que el pueblo hubiera perdido tanto, pero de entre esa noche de llamas y sufrimiento había surgido una Sultana encantadora, una luz que llenaba al Palacio con su absoluta ternura.

La hija del Sol y la Luna.


Sola en sus aposentos, habiendo despachado a sus doncellas, demasiado inquieta y nerviosa, Mikoto se paseó como una fiera enjaulada, preocupada por su esposo de quien no sabía nada desde la noche anterior, él había partido-en compañía del Sultan—a acudir y ayudar a todos cuanto necesitaran protección y salvamento, pero ni aun así Mikoto podía encontrarse tranquila, no sabía si podría volver a verlo siquiera, la idea de volverse viuda le lapidaba el corazón. Tenía una hija de once años, ¿Cómo iba a cuidar de ella completamente sola? Kakashi era todo para ella, nunca imaginaria compartir su vida con nadie más que no fuese él.

La Sultana llevaba su larga melena de rizos rosados totalmente suelta la cual caía libremente por su espalda y que solo era adornada por una sencilla diadema de plata y amatistas que combinaban con los pequeños pendientes de diamantes que parecían sarcillos en sus orejas. La Uchiha lucía una variante oscura del purpura, algo que a los ojos de cualquiera casi podía parecer un gris ennegrecido, el escote del vestido era redondo y bajo exponiendo un vestido inferior, de escote redondeado pero en V, el cual era de color lavanda y tenía sobre si una serie de elaborados bordados de hilo de plata. El corpiño del vestido—superior—era cerrado por seis botones del color de la tela que se abría a partir del sexto botón exponiendo el patrón y color del vestido inferior en la amplia falda. Las mangas eran lizas y ajustadas a sus brazos, con un cuello trasero que aportaba cierto aire riguroso y noble a sus galas.

Las puertas se abrieron de forma repentina, sacando a Mikoto de sus pensamientos al ver entrar a su esposo, sintiendo su propio corazón detenerse tanto de incredulidad como de emoción al ver que sus suplicas habían sido atendidas. Kakashi, con su atuendo y cabello ligeramente cubiertos de ceniza, observo feliz a su esposa y Sultana que se encontraba esperándolo, teniendo sobre si el inequívoco testimonio de que no había dormido, sus leves ojeras lo demostraban.

-Mikoto- saludo Kakashi.

Pero el Hatake apenas y pudo contemplar la hermosa faz de su esposa antes de que esta, presurosa e indignada, le volteara el rostro con una bofetada que consiguió desorientarlo momentáneamente, observándola confundido antes de notar las lágrimas de angustia y felicidad entremezcladas que brillaban en sus ojos a la par de su agitada respiración al verlo de regreso, vivo y a salvo. Claro que estaba feliz de verlo, pero no podía olvidar la horrible noche que había soportado por su causa, no durmiendo ni siquiera un instante, orando porque Kami fuera benévolo con ella y no al hiciera viuda, no cuando amaba a su esposo de todo corazón.

-¿Por qué lo hiciste?, ¿Tienes idea de lo preocupada que estaba?- cuestiono Mikoto con la voz quebrada y un nudo en la garganta. -Me pase toda la noche esperándote, sentí que iba a morir de un momento a otro al no saber si volverías- sollozo la Uchiha, mordiéndose el labio inferior para contener la lágrimas, incapaz de llorar en ese instante. -¿Soy tan poca cosa para ti?, ¿Acaso ya no me dices nada?-exigió saber la Sultana, dolida porque él no le hubiera comentado nada.

-No- se apresuró a corregir Kakashi, sujetando los hombros de ella que intento alejarlo, pero el Hatake no se lo permitió, sabía que estaba molesta pero también sabía que ella quería tenerlo cerca en ese momento, -pero tenía que hacerlo, si el Sultan deja el Palacio mi deber, como Gran Visir, es dejar el Palacio con él, lo sabes- recordó el Hatake, apelando a su buen juicio.

-No involucres política ahora, Kakashi, o no me detendrá nada para golpearte- espeto Mikoto, igualmente dolida pero ya no cargando con aquel aire de angustia y sufrimiento que, por instante, la había hecho idéntica a su madre.

Mikoto finalmente se dejó dominar por sus sentimientos, abrazando efusivamente a Kakashi que la abrazo contra su pecho. Puede que ella, a ojos de todos, fuera una Sultana indeleble, segura y orgullosa, pero siendo la primogénita del Imperio tenía muchas cosas con que lidiar, había tenido que ser el pilar de la familia durante la muerte del Príncipe Itachi del Sultan Baru al ser una adolescente, y él había tenido que verla madurar y endurecerse bajo las adversidades, ocultando con una eficacia increíble su frágil corazón bajo una imagen de poderío incuestionable.

-Estas más enfadada de lo usual- comento Kakashi, besando la coronilla de ella, -y dudo que sea solo por mí- acoto el Hatake de forma predecible.

Rompiendo el abrazo, Mikoto guio a Kakashi, ambos sentándose sobre el diván próximo a la ventana, ocasión que la Sultana aprovecho para sacudir parcialmente el atuendo de su esposo que rio al ver el polvo y ceniza que levantaba en su intento que de igual modo la hizo reír escasamente. Estaba igual de preocupada y a su vez segura de que Naoko tenía la culpa de todo y su deber como esposa del Gran Visir era informarlo de todo cuanto sucediera y que significara de importancia para el Imperio y el Sultanato de su padres.

-Se trata de Naoko- inicio Mikoto finalmente, teniendo la completa atención de su esposo, como siempre, -mi madre esta segura de que ella es la culpable de lo sucedido, alguien hizo una plantilla de su sello- informo la Uchiha.

-Ciertamente la Sultana Naoko tiene los motivos adecuados para que la inculpemos- acepto Kakashi, conociendo los motivos de la Sultana y su odio hacia la Sultana Sakura y su estirpe, motivo suficiente como para inculparla, sin lugar a dudas.

-El problema es Rai- debatió Mikoto, sabiendo que su madre tenía la misma preocupación que ella, -no sabemos qué tanta influencia tenga sobre él, si actuamos ahora probablemente nos enemistemos con él- lamento la pelirosa, recibiendo a cambio una caricia de su esposo en su mejilla, agradecía por la insistente mirada de él sobre su persona. -Lo sé, no somos más que medios hermanos y por parte de nuestro padre pero crecimos juntos, independiente de lo que sintamos entre nosotros, todos somos parte de la misma familia- menciono Mikoto, apelando al amor incondicional que su madre les había inculcado como tal, siempre pidiéndoles que fueran unidos entre si pese a sus diferencias, -temo que todos salgamos más parados de esto- menciono la Sultana, apretando una de las manos de Kakashi entre las suyas.

-El Sultan no se atrevería a matar a su propio hijo- advirtió Kakashi, intuyendo lo que Mikoto intentaba aludir.

La ley del fratricidio había sido anulada desde hace más de veinticuatro años, ratificada durante el reinado del Sultan Baru, ningún Sultan luego del difundo Sultan Izuna había orquestado la muerte de alguno de sus hijos o hermanos y el Sultan Sasuke era totalmente diferente, sin lugar a dudas, el anteponía la seguridad de su familia como el bienestar del Imperio porque ellos eran el Imperio, esa metamorfosis de las normas permitía que todos estuvieran a salvo. Pese a su habitual conducta displicente y fría, estoica y orgullosa, el Sultan Sasuke no se asemejaba a ninguno de sus predecesores.

-No sé si eso sea tan seguro- murmuro Mikoto, dudosa.

No dudaba del amor de su padre y de su compasión, de su bondad y sentimientos paternos por sobre los deberes como gobernante y Sultan, pero Naoko estaba presionando demasiado las cosas. Sonaba duro y frio de comentar, pero si Rai moría…se desharían de la amenaza de Naoko, quizá esa fuera la opción más rentable por la cual optar, pero no la más fácil ya que con ello le romperían el corazón a su madre que amaba a Rai como si fuera su propio hijo.

Al menos, por ahora, seguían contando con la lealtad de Rai, algo era algo.


Su ángel era la perfección absoluta, un modelo de belleza e inteligencia pura. No había nadie como ella en el mundo…y sus pensamientos dirigidos hacia ella en todo momento habían sido lo único que le habían permitido superar aquella infausta noche, imaginar que sin importar las barreras o los problemas, siempre volverían a estar juntos en brazos del otro, que nada ni nadie evitaría que estuvieran juntos, entrelazando sus vidas como aquel instante en que se habían visto por primera vez en un tiempo que-si bien para otros resultaba lejano-para ellos era como si hubiera tenido lugar hacia apenas un día.

Las palabras de Choji y Shikamaru, adornadas por una felicidad sin par que reflejaba la gloria que reinaba en el Palacio por la noticia que el acaba a de escuchar lo habían alegrado en demasía, dejando atrás a su escolta y siendo reverenciado a su paso, pero nada de esto le importo en lo absoluto, ingresando en los aposentos de su esposa y subiendo apresuradamente la escalera, abriendo las puertas y encontrándola a ella, sentada sobre el diván, meciendo la cuna junto a su cama…

-Majestad- reverencio Tenten, debidamente, retirándose de ipso facto.

Luciendo un sencillo vestido blanco de escote corazón y mangas holgadas—abiertas a la altura de los codos—bajo una chaqueta naranja brillante, con el emblema de los Uchiha alrededor de su cuello…perfecta y hermosa, Sakura lo recibió con su más radiante sonrisa. Sus largos rizos rosados caían sobre su hombro derecho, tentándolo a abrazarla para sentir el perfume que los embargaba

Sonriendo y corriendo para abrazarla, más feliz de lo que recordaba haberse sentido, su ángel lo recibió con un cálido abrazo, aferrándose conscientemente a la espalda de él, besándole el costado del cuello y haciéndolo reír producto de las cosquillas que sentía y que solo ella sabía provocarle para su divertimento. Abrazando la espalda de ella e inhalando aquella divina fragancia que despedía su piel, el Uchiha agradeció silenciosamente a la providencia divina el permitirle conocer a esa maravillosa mujer, permitir que ambos se amaran y que pudieran formar la familia que disfrutaban de contemplar cada día. Jamás recordaba haber sido tan feliz en toda su existencia.

-Sasuke- murmuro Sakura abrazándolo con todas sus fuerzas, sabiendo presente a la razón de su vida, por quien se había sentido desesperada desde la noche anterior.

Rompió el abrazo uniendo inmediatamente sus labios con los de ella en besos cortos y húmedos que repetía una y otra vez, sin conseguir saciarse, haciéndola reír mientras ella aun lo abrazaba.

-¿Qué puedo hacer para agradecer la enorme felicidad que le das a mi vida?—preguntó con una permanente sonrisa en los labios besando fugazmente los rojos y exquisitos labios de ella que, envolviendo sus brazos alrededor del cuello de él, se mostraba entregada y dispuesta a sus besos, -di todo lo que desees que yo haga y lo haré—rompió los cortos besos, apartando los cortos rizos rosados del rostro de ella para observar su absoluta belleza sin impedimento alguno.

Para Sakura también era magnifico, maravilloso y perfecto recordar lo sucedido. Los largos meses de espera habían merecido la pena por completo, pudiendo sostener en sus brazos a una pequeña niña que era la imagen viva de Sasuke y ella, una Sultana más que, con su inocencia y ternura, iluminaria las vidas de ambos para siempre como ataño ya habían hecho el resto de sus hijos.

-Nada—rio ella cortándole el que parecía ser el mejor monologo, riendo al verlo fruncir el y hacer un infantil puchero que solo aumento las risas de ambos.

En realidad si tenía algo que pedirle.

Sabía que las responsabilidades públicas y gubernamentales los separarían, como siempre, pero deseaba que el ratificara su promesa, ese juramento incólume que le había hecho desde su primera vez juntos; que ella era la única mujer en su corazón, su única Sultana y Haseki, que nadie jamás ocuparía su lugar, si, era egoísta y posesivo de su parte pedirlo, pero esa inquietud había surgido permanentemente en ella desde lo sucedido con Naoko. Jugo con el cuello del Kaftan de él con una de sus manos, y acaricio cabellos azabaches con la otra.

-Salvo seguir viéndome hermosa sin importar lo que pase—pidió, siendo vanidosa al desear, exigir, que su belleza, que ella misma no tomaba en cuenta, fuera única a los ojos de quien más amaba. No quería que absolutamente nada le restara belleza a los ojos de Sasuke, su Sultan, -y tenerme paciencia aunque mi humor se vuelva insoportable—ambos rieron ante esto último.

Sasuke se sentó a su lado en el diván, contemplando igual de maravillado a la tierna y pequeña Sultana de cabellos rosado y orbes esmeralda-identifica a su esposa-que se debatía entre su atención dirigida hacia su padre a quien veía por primera vez y el sueño que intentaba ganar partido en ella y que su madre intentaba sucediera ya que por eso movía la cuna en espera de que su hija volviera a dormir.

-Hanan, nuestra Sultana- nombro Sakura, esperando que él no se opusiera al nombre que ella había elegido.

Como prueba incólume de que todo cuanto ella decidiera estaba bien para él, Sasuke entrelazo su mano con la de Sakura, clavando sus ojos en el hermoso rosto de ella que-sin importar lo que pasara-resultaba lo más fascinante de contemplar para él, ella que era su todo en el mundo, su esposa, Sultana, Haseki, ángel y luna, su hogar, su amiga, su ministro, su consejera y la razón de su existencia.

Ambos siempre estaban en el mismo camino y sus corazones eran uno solo.


La alegría reinaba en el Palacio pese a lo sucedido, pese al triste incendio por el que las Sultanas y Príncipes del Palacios se encontraban inquietos, peor ni aun así Sarada hubo opacado sus sentimientos, luciendo un halagador vestido violeta de escote corazón y manga ajustadas hasta los codos, abiertas en lienzos de gasa transparentemente de un matiz levemente más claro, por sobre el vestido se encontraba una chaqueta de igual color, bordada en hilo de oro y ribeteada en diamantes, cerrada escasamente a la altura del vientre. Su largo cabello azabache caía libremente tras su espalda y sobre sus hombros en perfectos rizos, adornado por una elegante corona de oro, amatistas y diamantes purpuras que emulaba orquídea a la par de un sencillo par de pendientes de oro y amatista en forma de lagrima.

Boruto contemplo maravillado la belleza de su amada Sultana que, al enterarse de su regreso, había acudido prontamente a su lado, abrazándolo con todas sus fuerzas, ratificando las promesas de amor incondicional que habían hecho entre sí, sintiendo que el corazón del otro a la par con el propio, totalmente doblegados por ese amor que sentían y que era la razón de sus vidas.

-Tenía tanto miedo, no pude dormir en toda la noche- rebelo Sarada, recostada sobre el diván en los aposentos de Boruto quien reposaba su cabeza sobre el regazo de ella que acariciaba su cabello, ambos dándose la oportunidad de ser egoístas y encontrarse a solas con total libertad, -creí que no volvería a verte- susurro la Uchiha, inclinándose y depositando un cálido beso sobre las sienes de él.

-Aun en sus sueños- advirtió Boruto, entrelazando una de sus manos con la de ella, llevando los nudillos de ella a sus labios, perdido en sus hermosos y serenos orbes ónix y su incomparable belleza, -siempre estaría con usted, mi Sultana- prometió el Uzumaki.

Claro que estaba feliz, su vida estaba completa teniéndolo a él a su lado, pudiendo amarse con libertad a ojos de todo el mundo al encontrarse prometidos, solo esperando el momento en que pudieran casarse y ser uno a ojos del mundo entero, de ser oficialmente una pareja como cualquier otra, pero pese a sus sueños de felicidad, Sarada noto claramente el aire triste y melancólico sobre las facciones del Uzumaki, preocupada d lo que pudiera sentir y todo aquello que se encontrara rondando su mente.

-Dime, que te tiene tan triste- pidió Sarada.

No quería preocuparla, no quería que ella tuviera que escuchar sus pensamientos egoístas, pero sabía que más la preocuparía si no era sincero y quería serlo siempre con ella, mentirle era algo que no podía concebir siquiera, si algo valoraban ambos era ser sincero por sobre cualquier cosa, para ambos amar significaba decirse las cosas de frente sin importar lo que pasara. Es mejor una verdad dolorosa a una mentira agradable, decía ella para justificar su forma de pensar y Boruto no podría estar más de acuerdo con ella.

-La gente, muchos murieron innecesariamente a causa de las llamas- comento Boruto, perdiendo su mirada en la nada misma, -es tan extraño, algo así no hubiera sucedido solo porque si y su majestad lo sabe- valido el Uzumaki.

-Todos lo sabemos- secundo Sarada, jugando con los cabellos de él, tranquilizándolo en el acto con este sencillo gesto, -creemos que la Sultana Naoko tenga algo que ver- afirmó la Uchiha con desprecio por la enemiga de su madre.

-El Sultan comento que alguien había entrado en los aposentos de la Sultana Sakura, ¿tiene algo que ver?- inquirió Boruto, recordando lo que el Sultan le había mencionado el día anterior, antes del incendio.

-Sí, porque hicieron una plantilla de su sello y casualmente Naoko se ha mantenido inactiva por demasiado tiempo- comento Sarada con obviedad, apretando disimuladamente una de sus manos, -pero el problema es que no hay pruebas, de lo contrario nos desharíamos de ella- bufo la Uchha.

Odiaba de todo corazón a Naoko por ser una mujer intrigante que había aparecido en el momento menos oportuno en sus vidas, rompiendo la paz el matrimonio de sus padres escasamente, el resto de su hermanos quizá no lo notaran pero ella si ya que-por accidente-había escuchado la discusión sostenida cuando su madre se había enterado del incidente entre Naoko y su padre.

-Me mentiste, ¡Siempre me has mentido!- Sarada aun podía recordar los gritos de lamento y decepción de su madre ante la confesión de su padre, -¡He dado todo en mi vida por ti y así me traicionas!

Su madre era una mujer meticulosa, controlada, fría y digna en todo momento, una mujer que había nacido para ser una Sultan y que amaba con tal fuerza y desesperación que aquella traición, inconsciente, le había resultado difícil de superar, fingiendo normalidad a ojos de todos pero manteniéndose distante de su padre día y noche, incluso no le había dirigido la palabra por un largo tiempo. La aparición de Naoko en sus vidas había significado algo imposible de olvidar para su madre y su padre había hecho todo en su poder por ser digno del perdón de su Haseki. Sarada aprendía de todos esos suceso y por ello desconfianza de Naoko contrario a como había hecho con Rin y Mei en su día, pero entonces había sido una niña, ahora era una Sultana adulta y nadie cuestionaría su autoridad.

-Entre tanto desastre, solo pensé en ti, Sarada- prometió Boruto, levantándose del regazo de ella, perdido en sus hermosos ojos, acariciando la mejilla de ella que sonrió a cambio, -eso me permitió tener la fuerza de volver, eso me dio paz, ahora…- musito el Uzumaki, inclinando conscientemente su rostro hacia el de ella, -todo esos recuerdos son nada, una niebla que se disipa- murmuro el rubio contra sus labios, -te amo tanto- prometió Boruto, totalmente enamorado de ella.

-Y yo te amo a ti- correspondió Sarada.

De forma inmediata, la Uchiha envolvió sus brazos alrededor del cuello del Uzumaki que unió sus labios con los de ella, envolviendo protectoramente sus brazos alrededor de su cintura.


Con la tierna y adorable pequeña en sus brazos, Sakura se encontraba recostada de espaldas sobre el pecho de Sasuke, quien envolvía protectoramente sus brazos alrededor de su cintura, lamentando no haber estado-al menos-esperando pacientemente a que terminaran las labores de parto. Era la primera vez que no se había encontrado en el momento del nacimiento de uno de sus hijos.

-Quisiera haber estado aquí- se quejó Sasuke.

Una sonrisa se plasmó en el rostro de Sakura ante esta mención, claro que ella igualmente había deseado que estuviera fuera de las puertas esperando que la hija de ambos naciera, como había sucedido anteriormente, pero razones de fuerza mayor los habían separado y era comprensible, el egoísmo debía olvidarse luego de lo que el pueblo y la gente inocente había tendido que tolerar incongruentemente. Su auténtico y mayor deber, además de garantizar que sus hijos estuvieran a salvo y felices, era garantizar paz y seguridad al pueblo, si fallaban en eso…el Sultanato no tendría razón ni fundamento con el cual existir.

-No es tu culpa, o en parte- corrigió Sakura, observándolo un tanto divertida, apartando su mirada de Hanan que dormía en sus brazos, -me aterro la idea de que te pasara algo, sabes que dependo por completo de ti- recordó la Haseki con aquella dulzura indeleble.

-Y yo de ti- secundo Sasuke, besándole la frente, perdido en su belleza y bondad, -no volverá a suceder, pero era necesario- le recordó el Uchiha, reposando su cabeza contra el hombro de ella.

-Kami tuvo compasión, podría haber sido peor, toda la capital podría haber ardido hasta reducirse a cenizas- razono Sakura, intentando ver algo positivo entre semejante catástrofe.

Ciertamente existía esa posibilidad, siempre existían los riesgos y las circunstancias mucho peores, pero recordando aquel infierno…Sasuke no podía siquiera imaginar algo peor pese a que la circunstancia había estado a su alcance. Pero lo cierto era que todo podría haber sido peor ya que, de igual modo, Sakura podría haber corrido peligro y él nada hubiera sabido al no estar en el Palacio. Pero él hubiera podía debatirse cuanto quisiera, el presente era lo importante, no el pasado que no podía sufrir ninguna modificación.

-Afortunadamente el pueblo sigue leal a nosotros- consoló Sasuke y que esto era de completa importancia para ambos, -todos se refugiaron en los monasterios y en tu fundación- acoto el Sultan.

-Me alegro, encomendé a Ino encargarse de distribuir todo el dinero que tengo para remediar lo sucedido- menciono Sakura, besando la frente de su hija, levantando la mirada hacia Sasuke que, guardando completo silencio, no apartaba sus ojos de ella. -¿Qué?- indago la Haseki, sonriendo un tanto abrumada por su atención.

-¿Estas segura de que no eres un ángel?- cuestiono Sasuke, maravillado con su buen corazón.

Una melodiosa y radiante sonrisa abandono los labios de Sakura, divertida ante su idea. Sasuke por su parte se enamorada más y más de ella cada vez que la veía, ¿Existían mujeres más hermosas? La gente diariamente insistía que sí, pero para él nadie era más hermosa que su Sultana, su Haseki, su esposa, su belleza no solo era física sino que provenía de su alma, ella poseía un corazón tan generoso y caritativo que, al igual que él, el pueblo se embelesaba y encandilaba cada vez que la veía. Ella era la inocencia del mundo, la dulzura, belleza y bondad personificada.

-No, no un ángel- corrigió Sakura, segura de este hecho, -pero si lo soy para ti- sonrió la pelirosa, pegando su frente a la de Sasuke.

Todo había formado parte de una noche simplemente horrible, maravillosa al mismo tiempo, pero que podían dejar atrás. El pueblo estaba con ellos y tenían todos los medios posibles con que reparar lo sucedido, el desastre no había significado nada para ellos que se mantenían unidos.


PD: Lamento la demora, en serio, pero ya que la serie está atravesando una transición de cambio-además de responsabilidades y problemas que he tenido-tarde más de lo previsto en actualizar pero lo he hecho y de la forma más extensa que fue posible, dedicando como siempre este nuevo capítulo a DULCECITO311 (por sus comentarios, que adoro y habiéndome apresurado a actualizar este fic y "La Bella & La Bestia" hace unos momentos atrás) Bueno, gracias por su paciencia mis queridos amigos y lectores, prometo actualizar nuevamente la próxima semana, rogando su paciencia y comprensión si tardo en ello, pero todo es por hacerlos felices a ustedes :3 cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.