-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 25

Sakura entreabrió muy lentamente sus ojos, parpadeando acompasadamente, dándose cuenta de que se encontraba en sus aposentos, recostada sobre su cama, pero eso no la confundió ni inquieto en lo absoluto sino que la hizo reparar en que todo se mantuviera bajo el orden que ella dictaba que se estableciera sobre cada cosa, asintiendo conforme para sí misma al ver que Tenten conseguía impartir su voluntad como tal. Contemplando momentáneamente la luz de la luna que se filtraba por la ventana junto a su cama, a pelirosa giro su rostro hacia donde se encontraba su velador, viendo al doctor C que se encontraba guardando su instrumental médico y que, al saberse observado, bajo la cabeza respetuosamente ante ella.

-Sultana- reverencio C.

-Doctor C…- murmuro Sakura, apoyando sus manos sobre el colchón, intentando sentarse.

-No se levante, Sultana- protesto el doctor C, indicándole que siguiera recostada, cosa que la pelirosa acepto a regañadientes, -debe descansar- priorizo el rubio.

La Haseki hubo de contener sus ansias de reír ante las órdenes o indicaciones de parte de su amigo y medico de mayor confianza. C en ocasiones olvidaba que era su médico únicamente y que no debía ni podía ordenarle nada ya que ella era la esposa del Sultan y por ende la mujer más importante del Imperio, pero Sakura agradecía que alguien la tratara tan libremente, con confianza en lugar de llamarla "Majestad", "Sultana" haciéndole sentir que se encontraba lejos del de las personas, por encima del resto del mundo.

-Jamás he podido hacer mi voluntad con usted doctor, usted siempre tiene la última palabra- sonrió la Haseki.

-¿Qué clase de medico seria si no fuese así? Sultana- sonrió C escasamente antes de, con el permiso de la Sultana, sentarse sobre la cama, delante de ella para mayor familiaridad, confundiendo a la Haseki, -¿Desde hace cuánto lleva sintiéndose así?- indago el doctor, preocupado.

Sakura suspiro únicamente esta pregunta. Temía enterarse de que era aquello que la aquejaba, pero era preferible saberlo a quedarse con la duda y no alcanzar comprender que es lo que le ocurría. Inicialmente había intentando entender que aquellos podrían ser los primeros síntomas de que sus días de maternidad habían terminado y que ya no sería capaz de tener hijos, pero aparentemente no era así, algo se lo decía.

-Casi un año- confeso Sakura para sorpresa de su amigo y médico de cabecera, -pero antes era menos recurrente y asfixiante, no me había atrevido a consultarlo por considerarlo algo sin importancia…- la Haseki se apretó débilmente las manos, divagando en la nada, temiendo confesar sus miedos y cuan vulnerable era en realidad, -pero además porque intentaba consolarme a mí misma de que esto no iba a pasarme,- sonrió Sakura, intentando no parecer tan preocupada de como realmente se sentía. -¿Qué es, doctor C?, ¿Pulmón?- inquirió la pelirosa.

-Corazón, Sultana- corrigió C, pero lejos de encontrar alguna reacción, la Sultana no hizo nada salvo asentir, bajando débilmente la mirada, -según veo no parece sorprendida- acoto el doctor.

-Es la misma enfermedad que cobro la vida de mi madre- justifico Sakura, con sencillez.

Si, indudablemente había muchas cosas que no había alcanzado a saber con respecto a lo que había sucedido con su familia a causa de la distancia y posteriormente a causa de la muerte de su padre, su madre y su hermana, pero si algo sabia era que la enfermedad que tenía era congénita, su madre la había padecido antes de que ella fuera raptada por los corsarios y llevadas al Palacio Imperial. Esa había sido la razón tras la muerte de su madre, la muerte de su padre solo había agravado las cosas, pero en esencia esa era la razón por la que había muerto pese a solo haber tenido cuarenta años.

-Solo hay una cura para eso Sultana- inicio C, bajo la atenta mirada de la Sultana, -creo que una larga estadía el Palacio de la Sultana Shina, en Kirigakure, sería un retiro ideal para usted; aire fresco y revitalizante- detallo el doctor pese a la expresión de negativa de parte de la Sultana, -tal vez no pueda aminorar totalmente la enfermedad, pero la hará más tolerable- razono C.

-No, ni hablar, no puedo alejarme de su Majestad, eso lo devastaría, a ambos y lo sabe- protesto Sakura, de forma inmediata, eligiendo arriesgarlo todo antes que hacer que Sasuke se preocupara innecesariamente por ella. -Doctor C, le pediré un favor, como mujer, no como su Sultana- esbozo la Haseki, recibiendo un asentimiento de parte del doctor. -Usted sabe que como Sultana tengo muchos deberes, pero mi principal deber como mujer y como madre está aquí, con mi esposo, mis hijos, mis hijas y mis nietos- puntualizo Sakura, sin ninguna clase de sentir egoísta hacia su persona. -Por el cariño y lealtad que sé que me tiene, le ruego que oculte esto de su Majestad- el doctor C apenas y cabía en su sorpresa, negándose vehemente ante este ruego de parte de la esposa del Sultan. -De otro modo solo sufriría por mi causa- alego Sakura, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera Sasuke y sus hijos.

Sasuke era más fuerte que ella, había nacido bajo un estatus social en que expresar los sentimientos no era algo bien visto y por ende sabía como contenerse y superar las adversidades…pero ella no, para ella cada día significaba una tortura continua e increíblemente dolorosa, para ella no era tan fácil seguir adelante, él podrida, pero ella no.

-Sultana, la entiendo- razono C, admitiendo que el sentir de la Sultana podía ser comprendiendo por alguien ajeno a su entorno, relativamente hablando, -pero usted también debe entenderlo, cada día que usted se empeñe en seguir este camino estará empeorando irremediablemente- advirtió el doctor con preocupación, pero la Sultana solo asintió, consiente de esto. -¿Y si su Majestad se da cuenta?, ¿Qué le diremos?- indago C, aludiendo lo difícil que sería ocultarle las cosas al Sultan.

-¿Quién ha dicho que no le diremos?- rebatió Sakura, con sorna, confundiendo al doctor. -Intentaremos todos los medios convencionales y no convencionales para tratar la enfermedad, pero aquí, convenceremos a su Majestad que me curare…- aclaro la Haseki, toándose un segundo para suspirar sonoramente, muy consciente de lo que estaba decidiendo para su persona. -Kami mediante sucederá, pero de no ser así, ocultara de su Majestad el predicamento por el que estoy pasando- aludió Sakura, anteponiendo al Imperio, Sasuke y sus hijos por sobre ella. -El Sultan ya tiene bastantes problemas con los que lidiar, no quiero volverme otro- razono la Haseki ya que los rebeldes y enemigos no eran un problema menor, en lo absoluto. -Prométame que guardara silencio, por mí, por favor- pidió Sakura, abiertamente.

Claro que sabía lo que acabaría por ocurrirle, claro, ganaría tiempo, mucho más de que su madre haba tenido pese a tener que lidiar por año on aquella enfermedad, pero la final irremediable de todo sería la muerte, de un modo u otro, antes o después del destino estimado por el doctor C. Solo quería alargar su vida lo más posible para vivir junto a Sasuke y sus hijos…su final no lo decidiría ella, sino la voluntad de alguien más poderoso que ella.

-Lo prometo, Sultana- acepto C.


Una Sultana no era solo alguien que tenía poder sino que debía además transmitir un temple de seguridad, inaccesibilidad, poder y dignidad, ya que las mujeres eran el sexo débil en la sociedad y nivel cortesano, se contaba diariamente con una mirada crítica sobre su persona por lo que toda su apariencia y lo referente a su comportamiento y la imagen que se le brindaba al mundo. Ser una mujer, dentro del Imperio era el reto más difícil a librar, se llegaba como esclava y se debía encontrar el nivel idóneo en los estratos sociales para sobrevivir, aunque pocas mujeres, propiamente tal, lograban tener la suerte de la Sultana Sakura y llegar a la cima del poder, haciendo lo que sea para mantener una estabilidad que garantizara seguridad para ella misma y su entorno.

Habiendo cenado con la Sultana Sarada, y ahora regresando a sus aposentos en compañía de sus hijos Sasuke y Mikoto, Midoriko recorría dignamente el largo pasillo acompañada por sus dos leales doncellas, así como Narin, su doncella principal y mano derecha. La bella Sultana lucia unas sencillas galas blancas de escote corazón—con seis botones de diamante en caída vertical—y mangas ajustadas hasta los codos, abiertas cuales lienzos frontalmente, por sobre estas galas se encontraba una chaqueta color crema—de marcadas hombreras y errada escasamente bajo el vientre—bordada en hilo de plata y ribeteada con diamantes para emular el emblema de los Uchiha. Su largo cabello violáceo, peinado en perfectos rizos, caía elegantemente tras su espalda y sobre su hombro izquierdo, resaltando la corona e oro y diamante sobre su cabello y que emulaba dalias y pequeños capullos de rosa a la par con unos sencillos pendientes de oro y cristal en forma de lágrima.

Su procesión y la de sus hijos se detuvo por completo al ver a Daisuke aparecer en la esquina del pasillo. Para su sorpresa-y escapando de su control, como siempre-Mikoto se sujetó la falda del vestido, corriendo velozmente hacia su padre que la tomo en brazos abrazándola protectoramente, haciéndola reír. Mikoto era más que dichosa en su vida. Tenía como madre a la mujer más dulce y hermosa sobre la tierra, después de su abuela, y como padre al hombre más guapo y gentil que podía existir, después de su abuelo, claro.

-Mi Sultana- pronuncio Daisuke, besando la frente de su pequeña hija, su angelito de brillantes orbes esmeralda y cabello rosados, idéntica a su madre, -dime Mikoto ¿no eres la niña más hermosa del mundo?, ¿Lo eres?- cuestiono el Uchiha, sonriéndole a su hija en todo momento.

Mikoto lo observo dudosa. La verdad es que no se consideraba hermosa o bonita, era muy pequeña aun como para cuestionárselo pese a cuanto se esmeraba en su apariencia al vestirse por las mañanas. De hecho sentía envidia de sus primas, sobre todo de Naori que, con casi doce años, acaparaba todas las miradas, próxima a poder ser pretendida debidamente y casarse en solo unos años.

-No lo sé—admitió la pequeña Sultana, encogiéndose de hombros

-Claro que lo eres—garantizo Daisuke, besándole la mejilla y haciéndola reír.

El Príncipe deposito cuidadosamente a su hija sobre el suelo antes de, con absoluto orgullo, revolverle el cabello a su hijo que rio, divertido. Ambos, él y su hermana habían pasado mucho tiempos lejos de su padre, claro, era lo esperado para alguien que perteneciera al Imperio pero eso no significaba que las cosas fueran mucho más fáciles ni para él, su hermana o su madre a quien habían visto llorar en múltiples ocasiones pese a que se empeñara en ocultarlo.

-Midoriko- saludo el Uchiha.

Puede que se hubiera forjado un alinea invisible entre ambos desde la aparición de Koyuki, peor la llegada de Aratani no había hecho sino hacer desaparecer aquella línea, claro, Aratani tenía un favoritismo notorio, pero Midoriko estaba más que conforme al ver que el hombre que amaba la seguía tratando con respeto, vivía pendiente de ella y se encargaba de velar que fuera feliz, ella y sus hijos. Por ello apreciaba tanto a Aratani, porque ella había sido su bote salvavidas cuando más había necesitado que alguien la ayudara, ya fuera directa o indirectamente.

-Alteza- saludo Midoriko con la debida reverencia, -esperaba poder verlo, ha pasado un tiempo muy largo- comento la Sultana, sonriendo en todo momento.

-Aun así el tiempo no pasa para ti- celebro Daisuke, honestamente.

Aratani tenía un lugar especial en su corazón, ella era realmente su Sultana y Haseki, de serle posible se casaría legalmente con ella aunque para ello debería primeramente de tener el beneplácito de su padre, pero…lo importante es que por primera vez en su vida realmente sentía que amaba a una mujer que era solo bondad y lealtad incondicional. Midoriko por otro lado era igualmente importante para él, su primera mujer, la madre de sus hijos, y una mujer dignamente hermosa que podía alabar abiertamente, claro, ya no sentía lo mismo por ella que había sentido anteriormente, pero eso no significara que hubiera perdido importancia a sus ojos, todo lo contario, resultaba increíble que hubiera aguantado sus desaires, permaneciendo leal. Lo alagaba en cierto modo.

-¿Ocurre algo? Pareces preocupado- reconoció Midoriko, intentando descifrar sus pensamientos.

Lo había conocido por años, así que era comprensible para ella entender cuando lucia preocupado, enfadado o angustiado por algo, pero a causa de la distancia surgida entre ambos por culpa de Koyuki, era casi imposible para ella aludir siquiera que era lo que podía tenerlo tan ensimismado y distante de la realidad, ligeramente perdido en sus pensamientos.

-Es mi madre, se desmayó- comento Daisuke únicamente, dándose cuenta muy tardíamente que Midoriko no tenía conocimiento de ello.

-Kami…- jadeo la Sultana, incrédula y asustada. -¿Está bien?- se angustio Midoriko.

La Sultana Sakura era el centro de todo el Imperio, cada asunto de importancia mayor o menor, directa o indirectamente, debía de pasar por ella antes que por cualquier otra persona-salvo el Sultan-e imaginar una era sin ella resultaba imposible ya que precia que siempre había estado ahí y que siempre lo estaría. Quizá anteriormente Midoriko hubiera tenido ansias de poder y superioridad, pero los errores que había cometido la habían hecho humilde hasta aceptar que solo deseaba y podía ser la Haseki del Príncipe de la Corona, su único deseo en esa instancia era serle leal al Imperio y la Sultana Sakura.

-Eso esperamos todos- admitió Daisuke.

Su madre era el ángel del mundo, la inocencia que representaba todo lo bueno que podía existir, ella representaba la belleza y bondad del mundo, Daisuke no podía llegar siquiera a imaginar posible seguir sin ella, y si él pensaba eso, ¿Qué pensaría su padre? Desde siempre ambos habían estado juntos, uno no era más importante que el otro, ambos se complementaban a la perfección y gracias a ella Daisuke podía enorgullecerse de decir que había crecido en un hogar con amor al ver la forma en que sus padre se veían y en como intentaban superar todo cuanto ocurriera de la mejor manera posible. Un mundo sin sus padres resultaría el infierno tanto para el como para sus hermanos y hermanas.

-La Sultana Sakura es una mujer muy fuerte, ha superado grandes problemas, no creo que esto o lo que sea pueda abatirla.

-Yo también lo creo- secundo Daisuke, no pudiendo contener un suspiro que abandono sus labios, -pero es difícil siquiera asumir la idea de que ella no esté en algún momento- aludió el Uchiha.

-Quizá desaparezcamos todos, pero creo que la Sultana seguirá protegiendo a este Imperio- tranquilizo Midoriko.

Lo que menos deseaba era hacer que Daisuke se preocupara más de lo que seguramente ya se encontraba. Ella, habiendo llegado al Palacio como esclava, no había vuelto a saber de sus padres, no sabía siquiera si estaban vivos o no, pero elegía pensar lo primero para evitar amargarse más de lo que podría sentirse si creyera que podría volver a verlos alguna vez. Del mismo modo, quería evitarle a Daisuke una preocupación innecesariamente y sumamente dolorosa.

-Amén- oro el Uchiha. -Midoriko, ¿estas ocupada esta noche?- indago el Príncipe.

-No, ¿Por qué?- se extrañó la Sultana.

-¿Te molestaría que me quedase contigo?- inquirió Daisuke.

Aratani, cual alma noble y desinteresada, pese a ser su favorita y conscientemente a quien Daisuke deseaba y veneraba por sobre cualquier otra mujer, llevaba insistiéndole vehementemente que pasara al noche con Midoriko porque eso dictaba el protocolo. Las leyes y normas del Harem estipulaban que un Sultan o Príncipe debía de distribuir su tempo para convivir con todas las Sultanas, Concubinas o Hasekis que mantuviera propiamente tal y que fueran madres de un Príncipe, respectivamente, y por ende Midoriko debía verse favorecida como tal al ser su primera mujer y Haseki Principal. El único Sultan que rompía con esta tradición era el Sultan Sasuke y por obvias razones.

-En absoluto, Daisuke- acepto Midoriko, con una de sus más radiantes sonrisas.

Koyuki, en la entrada del pasillo, escucho y contemplo aquella escena con angustia y extrañeza total. ¿Cuándo es que Midoriko había recuperado su poder?, ¿Cómo es que Daisuke la valoraba más de lo que la había valorado a ella anteriormente?, ¿Cómo era posible que las cosas hubieran cambiado tanto? No tenía sentido.

La Princesa—favorecedoramente—lucía un elegante vestido aguamarina de escote corazón, con seis botones de diamante en caída vertical. La tela se dividía del centro del corpiño y la falda—formando una capa superior—gracias a un borde color dorado, el resto de la tela—hasta la altura de los codos, finalizando en un margen aguamarina, totalmente liso—por otra parte se encontraba plagada de bordados que emulaban el emblema de su familia; el sol, hecho en hilo de oro y ribeteado con diamantes, complementando la cadena de oro y diamantes que replicaban este dije alrededor de su cuello. Su largo cabello azul, recogido en una trenza mariposa, se encontraba adornado por una elegante corona de oro y diamantes en forma de sarcillos a la par con unos diminutos pendientes de diamante.

Tras ella se encontraba su leal amiga y doncella, Yugito, que se encontraba con la mirada baja a causa de su resignación. Ya fuera que se estuviera haciendo a la idea de pensar en si misma o no, ya fuera que estuviera decidida a ganar su propia lugar en el palacio o no…no perdería la oportunidad de destruir a Midoriko, pero hasta entonces esperaría.

Esperaría el momento oportuno.


Dentro del Imperio el sinónimo de belleza era usual; cabello y ojos oscuros, piel blanca y estatura promedio, pero gracias a la inclusión de la Sultana Sakura en la familia Imperial, como Haseki del Sultan y Matriarca del Imperio, el canon de belleza había sido modificado, ya no había regla alguna seguir sino que ahora las bellezas tan exóticas como ella comenzaba a tomar gran importancia conforme más pasara el tiempo y resultaba incuestionable pese a que la Sultana tuviera ya cuarenta y un años.

Por ello, y para ocultar todo lo referente a su estado de salud, Sakura había optado por resaltar la belleza que tenía a ojos del Sultan, usando un sencillo pero favorecedor vestido turquesa verdoso de escote corazón y mangas ajustadas hasta los codos, holgadas hasta cubrir sus manos, por sobre el vestido se encontraba una chaqueta superior de igual color, hasta los codos, bordada en encaje terqueza claro así como hilo de plata y diamantes engarzados que emulaban el emblema de los Uchiha a lo largo de la tela que se cerraba escasamente bajo el busto. Su largo cabello se encontraba totalmente suelo, peinado en aquellos perfectos rizo que caían tras su espalda t sobre sus hombros—adornado por una elegante y femenina corona de plata, topacios y diamantes en forma de lirios—enmarcando el emblema de los Uchiha alrededor de su cuello a la par con unos sencillos pendientes de plata y cristal en forma de lagrima.

-Su majestad- reverencio Sakura respetuosamente, escuchando las puertas cerrarse tras de sí.

Sasuke la observo entre sorprendido y preocupado. Sorprendido por aquella incuestionable belleza que sin importar lo que sucediera se mantenía incólume e impecable, haciéndolo sentí que el tiempo no pasaba para ella, para su ángel que resplandecía en inocencia y perfección con un esmero que conseguía sorprenderlo por completo. Y preocupado por la salud de ella, aun recordando el desmayo que había tenido y lo que podía significar. Claro, el doctor C había venido hacia solo unos instantes atrás a decirle que se trataba de algo espontaneo y sin importancia, pero Sasuke no podía evitar preocuparse, había rechazado todo asunto de estado que lo hubiera requerido desde aquella tarde hasta el anochecer, ella era lo más importante para él, no el Imperio, eso resultaba secundario para su persona.

-¿Qué estás haciendo levantada?- protesto Sasuke inmediatamente, envolviendo su brazos alrededor de la cintura de ella que, lejos de sentirse atosigada, se sujetó de sus hombros, clavando sus orbes esmeralda en las gemas ónix de él. -¿Estás bien?- se expresó Sasuke, sinceramente.

-Perfectamente ahora que estoy contigo, vuelvo a respirar gracias a ti- garantizo Sakura, sonriendo en todo momento, tranquilizándolo parcialmente de este modo.

No estaba mintiendo del todo, el doctor C le había entregado una medicina que-consumiéndola regularmente-aminoraría la enfermedad u ocultaría sus síntomas más bien, evitaría que estas crisis tuvieran lugar de forma recurrente, permitiéndole actuar con normalidad, por decirlo de algún modo, y velaría diariamente por su salud en tanto le fuera posible sin que el Sultan lo supiera, como ella había pedido. Lo que menos deseaba era preocupar innecesariamente a Sasuke. Sin perder la hermosa serenidad de su rostro, Sakura entrelazo una de sus manos con la de Sasuke, percibiendo su angustia, guiándolo hacia la cama donde, sujetándose la falda, tomo asiento, indicándole que hiciera lo mismo, estaba ahí para convencerlo de que estaba ben y de que no debía inquietarse por ella.

-Sé que hay algo que no me estás diciendo- comentó Sasuke, analizando atentamente el rostro de su esposa, -te conozco Sakura, siempre dices que estas bien, incluso cuando no lo estas- razono el Uchiha, aferrando su agarre por sobre la mano de su esposa que solo bajo su mirada con un deje de tristeza que lo hizo tomarla suavemente del mentón, rogándole que confesara lo que sentía, -¿Puedes explicarme que sucedió hoy?- pidió Sasuke.

¿De qué le servía ocultarle cosas que el merecía saber? Si sucedía un conflicto dentro del entorno familiar-aún más uno tan predecible-él debía ser informado de ello ya que, y pese a ser un conflicto entre hermanas, involucraba directamente al Imperio a un hombre que habría de ser nombrado Visir al ser considerado yerno del Imperio por matrimonio.

-Discutí con Izumi- confeso la Haseki, luego de unos instantes de sepulcral silencio, -la encontré acusando y gritándole a Sarada- añadió Sakura.

-Bueno, debíamos de esperar que eso sucediera en algún punto- razono Sasuke, intentando aminorar la preocupación de ella.

-Pero no así- protesto Sakura, de forma inmediata, -si la hubieras visto…- la Haseki negó para si misma, recordando las palabras de su hija y lo que había visto en sus ojos, -fue como estar delante de Rin y sabes a lo que me refiero- declaro Sakura, con aflicción.

Los recuerdos de lo sucedido, de semejante caos resultaba fácilmente evocable para ella, Rin era la mejor representante de ello, la que había orquestado todo, la que había planeado cada detalle, fuera como fuere. Por ello resultaba doloroso para Sakura imaginar que alguna de sus hijas pudiera asemejarse a su difunta cuñada, eso resultaría una pesadilla para ella. Pero la historia se estaba repitiendo, ciertamente contaba con el respaldo del resto de sus hijas, pero oponerse a una de ellas siquiera, batallar contra una de las hijas que había alumbrado…eso sería su propio tormento.

-Hay más que eso, Sakura- dedujo Sasuke, conociéndola a la perfección, alzando una de sus manos y acariciando cuidadosamente su rostro, -¿Qué es?- indago el Uchiha, preocupado por ella.

Usualmente Sakura ocultaba eficazmente sus sentimientos del resto del mundo, era muy buena en ello y Sasuke celebraba la habilidad que había aprendido de la jerarquía Imperial, pero esta imagen de frialdad y hostilidad se desvanecía delante de él, le permitía ver que en el fondo de su corazón seguía siendo la misma mujer inocente que podía llorar en su brazos si así lo deseaba, dejaba salir toda su vulnerabilidad delante de él, confiaba en él como no confiaría en nada más, y a su vez Sasuke confiaba por completo en ella como jamás podría llegar a confiar en otra persona.

-Supongo que Izumi me dijo una verdad, una verdad que yo deseo ignorar cada día- Sakura sonrió con palpable tristeza, apartando brevemente su mirada de la de él que la contemplo confundido, no comprendiendo a que se refería. -¿Cuánto tiempo más, Sasuke?- cuestiono la Haseki abiertamente, observando el rostro de su esposo y Sultan. -Hay muchas concubinas y mujeres en el Harem, ¿Cuando me reemplazara alguien más?- inquirió la Sultana con ostensible duda, haciendo que Sasuke evadiera su mirada, negando vehementemente ante su duda. -Solo quiero saberlo, si alguien ha de reemplazarme quiero saber cuándo y quien será, solo eso- justifico Sakura.

-Nadie- prometió Sasuke, pero aún así vio que la duda persistía en los ojos de su esposa, -¿Crees que lo que siento por ti es tan insignificante?- inquirió el Uchiha, no ofendido por ella sino consigo mismo si es que no le había transmitido la seguridad necesaria con respecto a todo cuanto sentía por ella. -Lo prometí la primera vez que te vi Sakura, nunca hubo, hay ni habrá otra mujer para mí que no seas tú, y nada ni nadie podrá quebrar mi palabra- garantizo Sasuke, siendo consciente de lo que significaban sus palabras. -Ni siquiera tú- rebatió el Sultan, sabiendo que ella podría pensar en protestar.

Le creía, ¿Cómo no hacerlo? Quien podría conocerlo mejor que ella?, ¿Quién podría estar dispuesta a cargar con semejante peso que no fuese ella? No había lugar a las dudas en todo ello.

-Te amo tanto- sonrió Sakura, como respuesta indeleble.

Estando totalmente segura de los sentimientos del único hombre al que había conseguido amar en su vida, Sakura se dejó abrazar por Sasuke que reposo su rostro contra su cuello, sintiendo aquel profundo aroma a rosas y jazmines que conseguía sosegar sus pensamientos por completo, que le recordaba cuanto la amaba y como es que si importar el tiempo ella seguía siendo igual de perfecta para él, ella seguía siendo la misma joven griega que, con dieciséis años, había sido traída al Palacio para él, la misma mujer que no se dejaba doblegar por nadie, que lo había mordido al estar por primera vez en su presencia, que había soportado todos los golpes sucedidos hasta entonces, que había entregado toda su vida a él y viceversa. Ella era todo su mundo, y sin ella estaba perdido.

Mi ángel, mi alegría, mi amada, la única que me conoce en realidad y que siempre está junto a mí, mi vida, mi existencia, mi paraíso, la más resplandeciente de todas las estrellas, mi deseo, mi joya más valiosa, mi felicidad, mi conciencia, mi golondrina, mi hogar, la única luz en mi mundo oscuro. Tu eres el trono de mi mundo solitario, mi bien, mi amor, mi luna, mi amiga más sincera, mi confidente, mi rosa, la única que no me engaña en este mundo, mi ciudad, mi país, la tierra de mi existencia, mi Sultana de hermosos cabellos, mi amada de sonrisa cautivadora, mi amada de ojos dulces, mi único amor. La más bella de las bellas…cantaré tus virtudes siempre. Yo, el amante de corazón atormentado, lloro con los ojos desbordados de lágrimas; porque soy feliz

-Y yo te amo a ti- murmuro Sasuke contra el cuello de ella.

Reposando su cabeza contra el hombro de Sasuke, Sakura hizo todo lo posible por no llorar, por no expresar lo doloroso que era para ella saber que, momento a momento. Día a día estaría muriendo delante de él, no había vuelta atrás. Pero si iba a morir por ese amor, si iba a hacerlo feliz, elegía pasar por ese tormento, ese amor, su familia y el Imperio eran todo lo que tenía en el mundo, no conocía otra realidad fuera de ella.

Yo soy Sakura, la esclava griega que fue traída al Palacio Imperial, nací en la isla Tinos, en el mar jónico. A lo largo de mi vida me dieron muchos nombres, pero los rechace todos, entregue mi inocencia y fui juguete del destino, ¿Hice algo para merecerlo? Tal vez, pero no es algo que yo pueda asegurar. El amor le dio sentido a mi vida, ser la Haseki y esposa del Sultan Sasuke es mi única felicidad y si he de sufrir lo indeseable con tal de hacerlo feliz, no dudare en arrancarme el corazón de ser necesario, ¿Cuánto tiempo aguantare? No lo sé, pero si lo que me espera tras esta prueba es mi muerte…sea, pero hasta entonces intentare disfrutar y vivir cada segundo y hora de cada día como si fuera el ultimo.

Yo soy la Sultana Sakura


Días habían pasado y con ellos había llegado el día y momento crucial, el día de la boda de sus hermanas Sarada e Izumi. Mikoto, a causa de la aparente debilidad de su madre, se había hecho cargo de las obras de beneficencia, así como de sustento al pueblo, cumpliendo todas—o casi todas—las funciones que su madre ejercía diariamente y era correcto que esto sucediera ya que era la primogénita del Sultan y esposa del Gran Visir.

Producto de su matrimonio, a los catorce años, se había vuelto una de las mujeres más adineradas del Imperio, con una fortuna que ni siquiera su hermana Shina—la más adinerada después de ella—podía alcanzar pese a vivir por maximizar su riqueza. Desde su más tierna edad había sido educada con el fin de influir en la política del Estado al contraer matrimonio con un hombre que le sirviera al Imperio, un Pasha digno para ella. Claro, era una mujer ambiciosa, no lo negaba pero gracias a ello tenia voz y voto sobre la política.

Lo hecho por Mei y Rin en el pasado le había enseñado una cosa; la crueldad y ambición era un elemento de poder fundamental y alguien como ella debía saber mantenerse en el poder, el apoyo del pueblo era importante y lo usaba en su favor, así como desinteresadamente para ayudar a otros, pero también porque sabía que así podría proteger a su familia. Por ello la mayor preocupación de Mikoto era garantizar la seguridad del Imperio y su familia, y aliarse a todos aquello que secundaran estos ideales y Naruto Uzumaki—de pie frente a ella—era una persona de confianza.

El Uzumaki contemplo con admiración la imagen de poder incuestionable que representaba la hija mayor del Sultan Sasuke y la Sultana Sakura, una mujer que a ojos de todo el mundo era la representación honorifica del Imperio, alguien tan hermosa como poderosa.

Con motivo de la boda de sus hermanas, la Sultana lucia unas elegantes galas granate—de mangas lisas y ajustadas al brazo—que parecí conformar más bien una chaqueta superior con hombreras y cuello alto—posteriormente—bordada en hilo rubí y negro a la par con un grueso fajín bajo el busto hasta las caderas, enmarcando su figura. Su largo cabello se encontraba peinado en perfectos rizos rosados que caían libremente tras su espalda, adornado por una corona de oro, rubíes y granate que si bien emulaba rosas también permitía distinguir el emblema de los Uchiha, forjado en su estructura. Alrededor de su cuello se encontraba una cadena de plata con un dije en forma del emblema Imperial, hecho de diamante a la par con unos pendientes a juego.

-Supongo que mi madre lo hizo conocedor de la trampa que se teje sobre nosotros, Naruto- intuyo Mikoto.

-Si, Sultana- ratifico el Uzumaki, -he empleado todos los medios a mi alcance, pero la Sultana Naoko no da indicio alguno de estar tramando algo- lamento Naruto con visible frustración que lo hizo empatizar con la primogénita del Sultan. -Pero eso no significa que podamos bajar la guardia- prometió el Uzumaki.

Habiendo servido de forma irreprochable al Imperio por años, era más que obvio que Naruto se había ganado su respeto personal, así como su recelo…respeto por la lealtad que le diría al Imperio, así como al Sultan Sasuke, habiendo sido inclusive Khan de Crimea en el pasado, pero el recelo de Mikoto nacía del sentir romántico que el Uzumaki tenía por su madre, la Sultana Haseki y única esposa del Sultan, la única mujer que le estaba totalmente prohibida. Si bien su madre no le correspondía en lo absoluto, únicamente dirigiéndole una mistad respetuosa y cariño por obra de su lealtad, Mikoto observaba con ligera desconfianza los sentimientos del Uzumaki, apreciando indudablemente que el amor que sentía no hiciera sino masificar y engrandecer su lealtad al Imperio y al Sultanato.

-Me tranquiliza oírlo hablar así- admitió la Sultana. -Hoy es un día muy importante, por fin Boruto formara oficialmente parte del Imperio- recordó Midoriko, conforme por ello y por la inclusión oficial de quien consideraba su hermano menor.

-Es un honor insuperable Sultana- reconoció Naruto, debidamente orgulloso de su hijo, espero que mi hijo merezca tal oportunidad- aminoro el Uzumaki.

-Claro que lo hace- ratifico Mikoto, acariciando de forma espontánea superficialmente su sortija de matrimonio hecha en una base de oro, con diamantes incrustados y con un espléndido rubí en el centro, -tal vez así acallaremos a unos tontos que no valoran todo lo que ha hecho estos años- desdeño la pelirosa.

Si algo despreciaba Mikoto era la sobrevaloración hacia Boruto, muchos daban por hecho que ser el pupilo del Sultan le brindaría una importancia incuestionable, pero esa no era la razón para que hubiera sido nombrado Hasoda Basi hacía ya tantos años, todo era por su propia lealtad y como se comportaba en el Imperio, como es que protegía los intereses de los Uchiha. Era el momento de que muchos bajaran la cabeza ante el hombre que de hora en más seria un Visir del Consejo Real.

-Amen-acepto el Uzumaki. -Sultana, discúlpeme por preguntar, ¿pero se encuentra bien la Sultana Sakura?- inquirió Naruto, evidenciando su preocupación.

No sabía mucho al respecto de lo que le haba sucedido a la Sultana Sakura, más halla del hecho de que se había desmayo y que se encontraba un tanto débil en los día aledaños, pero no conseguía ocultar su preocupación y lo importante que era la seguridad y bienestar de la Sultana en su vida, si ella estaba a salvo él estaría tranquilo, de otro modo se encontraría en un permanente estado de inquietud.

-Si, gracias por su interés- sonrió Mikoto, ocultando su desconfianza y molestia eficientemente. -Fue solo un susto para todos nosotros, si bien mi padre le ha prohibido a mi madre abandonar el Palacio esta semana, solo es como medida de protección, ninguno de nosotros queremos que le ocurra algo- admitió la Sultana, perdiendo momentáneamente su mirada en la nada, interiormente angustiada. -Ella es el pilar de todos nosotros- confeso Mikoto, sintiendo que al menos una línea la conectaba al Uzumaki, pudiendo empatizar y confiar en él.

-Y del Imperio, Sultana- secundo Naruto.

Su lealtad no era a causa del Imperio ni del Sultan Sasuke, a quien por cierto guardaba un abnegado y absoluto respeto, se trataba de a Sultana Sakura y lo que sentía por ella, y ya que ella anteponía el Imperio y la familia Imperial por encima de cualquier otra cosa…manteniéndose leal a los intereses del Sultanato podía hacerla feliz.

Todo era simple lógica y sentimentalismo.


El Imperio no solo era poder y riquezas materiales que muchos conocían o escatimaban, se trataba de apariencias y dignidad, por ello Sakura se enfrasco tanto en que su apariencia no fuera menos que perfecta delante del soberbio espejo veneciano de maco de oro que reflejaba por completo su figura y todo cuanto ella analizaba exhaustivamente. Una boda, sin importar la situación, era algo digno de celebrar y ya que era por la felicidad—en el caso de Sarada—y el bienestar—en el caso de Izumi—de dos de sus hijas, Sakura podía estar más que tranquila. Además había recibido una carta de su hija Shina que ya debía de encontrarse camino a la capital y que si bien lamentaba no estar presente para la boda, estaría ahí lo antes posible, había decidido que era el momento propicio para volver junto a su familia después de tantos años.

La hermosa Sultana se dejó agasajar completamente por Kin y Tenten que—respectivamente—se encargaron de maquillarla tan escasamente omo acostumbraba y cerrar el perfecto calce del vestido alrededor de su cuello, así como Temari de peinarla debidamente, resaltando su cabello rosado con la tradicional corona de tipo torre hecha de oro y múltiples joyas que caracterizaba su rol Imperial como la única Haseki y esposa del Sultan. El vestido, a imagen del estricto y canónico rol imperial, estaba hecho en seda azul—a imagen de un zafiro—dividido entre el centro del corpiño y los laterales, y la falda interior de la exterior por obra de unos márgenes de pasamanería dorada que igualmente enmarcaba el escote cuadrado decorado por seis botones de cuna de oro y diamante en caída vertical hasta la altura del vientre. Las mangas—ajustadas al brazos, la falda superior y los laterales del corpiño se encontraban bordados en oro y ribeteados en diamantes por completo, manteniendo una imagen solemne bajo las mangas superiores que—completamente lisas, abiertas y holgadas desde los hombros—aportaban sobriedad e inaccesibilidad al atuendo. Complementando la soberbia corona de oro sobre su cabello, elegantemente peinado en una coleta baja, plagada de rizos, se encontraba el emblema de los Uchiha alrededor de su cuello a la par con unos sencillos pendientes de oro y cristal en forma de lagrima.

Perfección, eso es lo que debía representar, esa es la imagen que debía dar ante el mundo, sin flaquear ni por un solo segundo, la felicidad de Sasuke y sus hijos dependían de ello por completo. Habiendo dado su orden, Sakura escucho las puertas de sus aposentos abrirse, permitiendo la entrada de Aratani a quien, como cada mañana, había hecho llamar para consultarse sobre la felicidad de Daisuke y todo lo referente a Naoko a quien seguía y espiaba incansablemente esperando verla dar un tropiezo oportuno.

-Sultana- reverencio Aratani.

Ciertamente Aratani aún no era una Sultana, se negaba a serlo mientras la Sultana Midoriko tuviera poder que ejercer, ella solo quería ser un instrumento para ayudar al Sultan y la Sultana Sakura a mantener el orden y la paz, no más, pero pese a ello disponía de un ajuar que nada tenía que envidiarle a cualquier Sultana del Palacio, o eso podía decirse. La encantadora favorita lucía un sencillo vestido verde limón, ligeramente amarillo más bien, de escote en V—recatado—y mangas holgadas hasta casi cubrir sus manos, por sobre el vestido se encontraba una chaqueta superior color dorado cerrada bajo el busto y hasta la altura del vientre por obra de cinco botones de oro, de mangas ajustadas hasta los codos y abiertas para exponer las mangas inferiores, por sobre la tela se encontraba bordado el emblema de los Uchiha, en los hombros, espalda, costados del vientre y a lo largo de la falda. Su largo cabello castaño, peinado en cadenciosos rizos, caía elegantemente sobre sus hombros enmarcando un par de largos pendientes de oro en forma de lagrima con un cristal de ámbar en forma de lagrima como dije, a imagen de la sencilla corona de oro, diamantes y citrinos sobre su cabeza, emulando flores de jazmín.

-Luces absolutamente perfecta, Aratani- celebro Sakura, volteando por completo, indicándole a su pupila que se acercara.

-No, Sultana, usted sí- alego Aratani, cumpliendo la orden de su Sultana, sonriendo en todo momento.

-Pero creo que falta algo- reconoció la Haseki.

Sakura dirigió su mirada hacia Kin que, con una sutil sonrisa, se acercó a su Sultana, cargando un estuche de oro que abrió bajo la confundida mirada de Aratani, reblando una hermosa cadena de oro con pequeños diamantes incrustados y que como dije central tenía el dije de los Uchiha, el emblema que indicada la pertenencia al Imperio y que resulto soberbio a ojos de Aratani, absolutamente perfecto e indigno de ella.

-Sultana, no…- jadeo Aratani, obnubilada.

-Has probado tu lealtad- protesto Sakura, -con creces, es menos tiempo del esperado has hecho que Daisuke pudiera recapacitar, le has abierto los ojos y eso es algo que merece una recompensa- razono la Haseki, indicándole a su pupila que se apartara el cabello de los hombros, acción que Aratani llevo a cabo sin protesto alguna, permitiendo a la Sultana errar el collar alrededor de su cuello, -Daisuke es una parte importante de mí, si algo le sucediera no sé qué haría- confeso Sakura, observando satisfecha a su pupila.

De ente todos sus hijos y siempre lo había sentido, su favorito era Daisuke, él era su rayo de sol, verlo feliz y leal al Imperio era todo cuanto pudiera desear. Siempre había empatizado más con él, siempre había conseguido que él la comprendiera y viceversa, siempre se había mantenido a su lado y la había escuchado cuando tenía preocupaciones que ni siquiera podía confesarle a Sasuke. Sasuke era su mundo entero, su existencia, pero Daisuke era su sol, su orgullo.

-Puede estar feliz en este día, Sultana- amenizo Aratani, sonriéndole a la mujer que veía como si fuese su madre, -yo me encargare de que su alteza este a salvo, nada lo tocara mientras yo viva- prometió la pelicastaña, solemnemente.

-Amén- oro Sakura.

Eso era lo que más deseaba, saber que sus hijos estarían a salvo, no sería Madre Sultana, estaba consciente de ello por causa de su enfermedad y en parte lo agradecía. Una vida sin Sasuke era algo que no deseaba volver a sentir, semejante soledad seria su purgatorio personal, elegía aceptar la enfermedad que, silenciosamente, le daba la muerte que hubiera deseado tener, no siendo asesinada por sus enemigos, pudiendo ver al Imperio en sus días de mayor gloria.

-Disculpe mi curiosidad, Sultana- inicio Aratani, recibiendo el beneplácito de la Sultana, -¿Se sabe algún avance de la Sultana Naoko?- indago la pelicastaña, curiosa y preocupada.

-No- lamento Sakura, viendo a su pupila bajar tristemente la mirada, -creo en tu palaba, desde luego- tranquilizo la Haseki, tranquilizando a la pelicastaña que asintió menos preocupada, -pero es extraño, la brisa y todo a nuestro alrededor vaticina una calamidad, pero la paz que se respira es inusual- comento Sakura, extrañamente inquieta a causa de la situación.

Claro que confiaba en la palabra de Aratani, si ella decía algo Sakura no debía dudar de que fuera así, pero de igual modo lo podía actuar sin pruebas concluyentes y Naoko estaba siendo lo bastante precavida como para mantener un margen que nadie podía eludir, ni siquiera Naruto que igualmente estaba involucrándose en la investigación tanto voluntariamente-por la lealtad y veneración que le guardaba a ella-como por las órdenes del Sultan.

-Todo es muy extraño, Sultana- razono Aratani, igualmente confundida por el sentir que transmitía el ambiente. -Si me lo permite, me retirare a ver al Príncipe- se excusó la pelicastaña.

-Ve- permitió Sakura, acariciando el rostro de su pupila una última vez.

Sonriendo radiante, haciendo feliz a su Sultana por su lealtad incuestionable, Aratani reverencio debida y honestamente a la esposa del Sultan, sin darle la espalda en ninguno momento, retirándose bajo un protocolo autoimpuesto de absoluto silencio. Sakura observo conforme la partida de la niña a quien había educado personalmente y a quien bien podía considerar su hija por crianza y que la enorgullecía más a cada momento. Seria insuperablemente feliz al verla convertida en Sultana cuando llegara el momento indicado.

-Tenten- pidió Sakura, recibiendo de manos de su doncella principal una taza de té que en su interior tenía el polvo difuminado de la medicina entregada por el doctor C, -gracias- asintió la Haseki.

El personal que le servía estaba totalmente enterado de su enfermedad, especialmente aquellos que eran más cercanos a ella; Tenten, Ino, Shikamaru, Temari y Choji. Los europeos llamaban "Cáncer" a la enfermedad que padecía, más especialmente "Cáncer de Corazón" mataba muy lentamente y los síntomas habituales eran; debilidad, mareos, sangrado bucal al toser o escupir, decaimiento, fatiga y periodos de arritmia o sensación de opresión al respirar, agraviada al pasar mucho tiempo recostada. Resultaría difícil de ocultar pero, con tiempo, paciencia y la ayuda del doctor C, así como la medicina administrada podría ocultar eficientemente el padecimiento por el que estaba pasando.

-Sultana, ¿Cuándo le dirá a su majestad?- se angustio Tenten, de pie tras ella, con la voz quebrada.

De igual modo, y para ayudar a su Sultana, una cura opcional seria alejarla de las precauciones, pero eso resultaba imposible en ese Palacio, justo cuando sucedían más problemas, por lo cual Tenten debía contemplar triste y resignada el sufrimiento de la mujer a quien no solo admiraba como su Sultana, sino que además consideraba su hermana mayor. Todo el personal de la Sultan guardaba secreto de confidencia, ni siquiera los Príncipes o Sultanas podían saberlo, o al menos no mientras la Sultana no lo permitiese.

-En el momento oportuno, no antes- tranquilizo Sakura.

Tenten asintió, triste pero leal a su Sultana, le seria leal hasta el final, eso no cambiaría sin importar la situación.


Las bodas eran uno de los eventos de mayor importancia en el imperio y se celebraban de dos formas diferentes: si se trataba del matrimonio de un Sultan con una concubina, o una Princesa extranjera, las celebraciones eran nimias de n ser por la presencia de los testigos fundamentales y la persona que validaba la unión como tal, pero de ser el caso de una Sultana, la hija de un gobernante y exponente del soberbio Imperio, la boda era un evento que alegraba la capital y el resto de las ciudades que componían el Imperio por completo, el Harem era el centro de todo donde se distribuían dulces, todos reían y las mejores bailarinas lucían sus más esplendidos vestidos y joyas maravillando a la Haseki Principal del Sultan o Madre Sultana que en compañía de sus hijas y las concubinas o Sultanas de sus hijos disfrutaba de la ceremonia con la presencia de la novia, los hombre por otro lado servían como testigos del matrimonio que formalmente tenía lugar en privado, lejos de la dependencias del Harem donde solo se efectuaba la celebración.

El despejado y estrellado cielo nocturno, en el exterior del Palacio, era testigo de los hermosos fuegos artificiales que iluminaban la noche a imagen del matrimonio ya efectuado y que ahora era celebrado en el Harem Imperial donde la Sultana Sakura observaba felizmente el festejo que tenía lugar y que conformaban las bailarinas, con sus hijas y aliadas presentes…así como enemigas

La Sultana Sakura, absolutamente perfecta, se encontraba sentada en el trono central al final del llamado "camino dorado" hecho de gravilla y que marcaba el rango Imperial de quienes se encontraba al final de este. De pie tras la Sultana Sakura, acompañando a Tenten y Kin, así como a Lady Ino, se encontraba Aratani por voluntad propia, ella bien podía ocultar un lugar honorifico como las Sultanas, pero elegía acatar el protocolo y ser aquello que era; una concubina que servía a la causa mayor del Imperio. Sentada a la diestra de su progenitora se encontraba la Sultana Sarada, plenamente feliz pese a su resignación interior al saberse odiada por su hermana, pero no dispuesta a dejar que esto empañara su felicidad. La bella Sultana, solo comparable a su madre en hermosura, lucía un sencillo vestido blanco de escote corazón y mangas ajustadas, cerradas en las muñecas con tres botones de diamante y marcadas hombreras, la falda interior así como una especie de chaqueta superior—sin falda—se encontraban bordadas en transparenté encaje malva claro que emulaba flores de cerezo ribeteadas en plata y diamantes, cerrada bajo el busto y que conformaba un encantador escote en V. Un elegante tocado de oro, diamantes naturales y pequeños diamantes violetas emulaban flores de cerezo en la compleja estructura de la corona que no tenía precedentes, sosteniendo un largo velo blanco que caía tras su espalda, ocultando su largo cabello azabache que, al no caer sobre sus hombros, permitía que los largos pendientes de oro y diamantes en forma de lagrima que usaba resaltaran aún más.

Junto a la Sultana Sarada se encontraba la Sultana Mikoto, debidamente elegante y correcta para la ocasión, sonriéndole a su quería hermana en todo momento, tranquilizándola si es que tenía dudas. Sentada junto a la primogénita de la Sultana Sakura y el Sultan Sasuke se encontraba Midoriko, ostentando su bien merecido poder y estatus como la Haseki Principal y única Sultana del Príncipe Daisuke, portando un soberbio vestido turquesa verdoso de escote corazón y mangas ajustadas, sencillo en realidad, de no ser por la escamas de plata ribeteadas en perlas y diamante que separaban el centro del corpiño, decorado por seis botone de perlas, de los laterales, marcando además una elegantes hombreras y dividiendo la falda superior de la inferior con un aire noble e insuperable a su vez, debía ser así ya que el vestido era u obsequio de la Sultana Sakura para ella. Su largo cabello violáceo, peinado en perfectos rizos, caía sobre sus hombros como una marea que enmarcaba unos encantadores pendientes de oro en forma de corazón de los que pendían tres perlas de forma homónima con un pequeño diamante al final resaltando la corona de oro, esmeralda y diamante sobre su cabeza y que emulaba rosas y lirios.

Por otro lado, y a la izquierda de la Sultan Sakura se encontraba su hija Izumi que, resignad, asistía a la celebración de su boda con una expresión de entereza y superficialidad, inaccesibilidad, lo que se esperaba de ella, pero con el corazón lleno de ira hacia su hermana que se encontraba del otro lado de su madre. La Sultana, de casi quince años, lucía un femenino vestido blanco de encaje, escote cuadrado ribeteado en diamantes, así como en la falda, mangas transparentes a partir de los codos, únicamente conformadas por encaje que le llegaba hasta las muñeca, y tanto la falda como el corpiño reproducían el emblema de los Uchiha, bordado en hilo de plata. Alrededor de su cuello se encontraba un collar de diamante en forma de laurel que complementaba y emulaba e igual modo la compleja diadema sobre su largo cabello castaño que por primera vez en mucho tiempo caía en sedosos rizos tras su espalda, oculto por un largo velo blanco y que resaltaba un par de largos pendientes de plata y cristal en forma e lagrima.

Como favorita de un Príncipe y posible madre de un Príncipe o Sultana, Eri se encontraba sentada junto a la Sultana Izumi, contemplando felizmente la boda, eligiendo aprovechar la ocasión y distraerse como le indicaba la Sultana Sakura. La inocente y cautivadora belleza de largos rizos rubios, que caían como una marea sobre su hombros—adornado por una diamante de plata y diamantes en forma de cintillo—enmarcando unos pendientes de diamante en forma de lagrima, lucía un modesto vestido de un femenino rosa suave que enmarcaba sus siete meses de embarazo, con un inocente escote corazón ajustado bajo el busto, mangas ajustadas hasta los codos y holgadas hasta casi cubrir sus manos que no desatendían su lugar sobre su vientre que era parcialmente ocultado por la falda superior bordada en hilo granate.

Si bien o tenía lugar en la celebración, al ser una extranjera, la Sultan le había hecho a Koyuki la cortes invitación de estar presenta e la boda si así lo deseaba, ya que no había cometido ningún error garrafal en un largo lapsus de tiempo, era el mínimo gesto de buena voluntad que Sakura estimaba conveniente tener con la Princesa. El vestido de la Princesa se trataba de una capa inferior de escote en V hecho de encaje verde azulado y mangas hasta los codos, apenas y visibles en sus márgenes, por sobre esta capa se encontraba un vestido azul metálico de escote cuadrado—decorado con seis botones de oro con un diamante en el centro—mangas ajustada hasta los codos, marcadas hombreras y falda ribeteada en encaje bordado en plata. Su largo cabello azul se encontraba recogido tras su nuca, resaltando la corona de oro y zafiros que lo adornaba, complementando un par de pequeños pendientes de oro con un zafiro en forma de lagrima a imagen del dije de la encilla cadena de oro alrededor de su cuello.

-¡Atención!, ¡Su Majestad el Sultan Sasuke y los Príncipes Daisuke, Rai y Shisui!

El anuncio del heraldo al final del pasillo fue una señal inequívoca que hizo a las bailarinas romper su formación y colocarse a cada costado de la puerta, a las músicas dejar de tocar y cada concubina levantarse de su lugar y reverenciar debidamente al Sultan y los Príncipes, así como la Haseki y Sultanas presentes y sus respectivos sequitos. Observando de forma inmediata a su esposa que sonrió radiante, la mirada de Sasuke se dedicó a su hija Izumi que bajo humildemente la mirada delante de él, por causa de ella estaban sucediendo conflictos innecesarios, pero afortunadamente ya no más…o eso esperaba él

-Majestad- reverencio la pelicastaña.

-Izumi- pronuncio Sasuke escasamente.

Esta vez no quería otra guerra civil, por decirlo de alguna forma. La mirada del Sultan esta vez se dirigió hacia su hija predilecta que-pidiéndole permiso a su madre con la mirada a su madre-abandono su lugar, abrazando a sus padre que le beso protectoramente su frente. Sarada era especial para él, única, porque tenía todos esos sentimientos tan maravillosos que igualmente hacían perfecta a Sakura; generosidad, inocencia, sencillez, austeridad y desinterés, era alguien que podría sacrificarse por los demás sin siquiera dudarlo.

-Padre- sonrió Sarada.

-Sarada, espero que eso sea un comienzo nuevo para ti, totalmente- rogo Sasuke, orgullo al ver que su hija ya no era la misma niña que recordada, pero triste a su vez ya que no necesitaba protegerla del mismo modo que había hecho anteriormente. Esta vez Boruto debería de protegerla en su lugar. -Recuerda nuestra promesa- murmuro el Uchha, aludiendo su antigua conversación.

-Descuida padre, puedes respirar tranquilo- prometió Sarada, divertida ante su instinto sobreprotector.

El recuerdo de lo hecho por Inojin y su nefasta traición aun persistía y Sasuke estaba seguro que no podría estar tranquilo hasta garantizar que, esta vez, Sarada fuera plenamente feliz y esperaba que Boruto fuera el indicado para llevar a cabo dicha tarea, porque de no ser así…cortarle la cabeza resultaría increíblemente fácil a decir verdad. Pero para evitarle lagrimas innecesarias a su hija es que infería cualquier posibilidad, pero si Sarada estaba segura, entonces el también, al fin y al cabo si ella era feliz el igualmente debía de serlo.

-¿Y Kagami?, ¿No ha llegado aún?- dudo Rai, confundido por la ausencia de su hermano.

-No, dijo que vendría pero quizá algo le impidió llegar- supuso Mikoto únicamente.

Tanto para él como para Sakura resultaba extraña la situación, Kagami jamás se perdería una celebración así, era la boda de dos de sus hermanas, ¿Por qué ausentarse? Eri debía reconocer que ella misma no podía evitar inquietarse al no verlo.

-En ese caso esperaremos- concluyo Sasuke, tomando asiento sobre el trono, junto a su esposa, entrelazando su mano con la de ella, señal inequívoca para todos los presentes de continuar amenamente con la festividad. -¿Te he besado hoy?- inquirió el Uchiha, inclinándose ara que solo ella pudiera oírlo.

-No- negó Sakura, sonriendo ante su duda.

-Pues estoy conteniéndome para no hacerlo- garantizo Sasuke, besándole el dorso de la mano.

La música y el ambiente ameno del Harem creaban un cause extrañamente perfecto y perfecto que impedía los pensamientos negativos, distaba por mucho de las reuniones del consejo o la política, con razón las mujeres acababan volviéndose tan intrigantes, salir de ese ambiente luego de haber pasado tanto tiempo en el con toda seguridad convertiría a cualquiera en una fiera. Daisuke, sentado junto a su hermana Sarada, levanto su mirada hacia donde se encontraba Aratani, transmitiéndole una señal con la mirada que solo ella pudiera entender y ante la cual asintió de ipso facto. Sarada por su parte dirigió su mirada hacia su "esposo" que, de pie tras el trono, le guiño osadamente un ojo, haciéndola sonreír todavía más. Todo era simplemente perfecto, nada podía arruinar semejante felicidad…

-¡Majestad!, ¡Sultana!- Choji entro apresuradamente en el Harem.

La música volvió a detenerse de forma inmediata a causa de la sorpresiva llegada del Akimichi que confundió a muchos ante su desacato por aparecer así, pero no a Sakura, ella recordaba la última vez que-en el pasado-había irrumpido así y estaba totalmente segura de que se trataba de una mala noticia, ¿pero cuál? La Sultana clavo su preocupada mirada en su leal amigo y sirviente que la evadió, nervioso y temeroso de pronunciar las palabras equivocadas.

-¿Qué ocurre Choji?- cuestiono Sasuke, confundido por el exabrupto.

-El Príncipe Kagami...- el Akimichi bajo la mirada, incapaz de seguir hablando.

Solo basto esta nimia alusión para que Sakura, olvidándose por completo del protocolo, se levantara de su lugar ante la atónita mirada de todos, sujetándose la falda para correr tan rápidamente como le fue posible, sintiendo el miedo formar un nudo en su garganta, pero aún más en su pecho, temiendo lo peor, vaticinando la peor calamidad que el clima y el aire a su alrededor habían intentado advertirle desde hacía días. Quería creer que estaba en un error.

-Sakura, espera- pidió Sasuke.

Pero Sakura no volteo ni una sola vez, dejando atrás a su propio sequito, a Sasuke o a quien sea que hubiera intentado seguirla siquiera. No, debía ser un error, a su hijo no podía estar ocurriendo algo…


Quizá estuviera cometiendo desacato, quizá obrar tan apresuradamente fuera tajantemente reprochable, pero…tenía que hacerlo, necesitaba saber si su hijo realmente estaba a salvo, o si aquello que la alusión de Choji había provocado en ella era realmente cierto. Sakura se hubo detenido a las puertas de los aposentos de su hijo, entrando en menos de un segundo bajo la atenta mirada de los guardias jenízaros que le permitieron el paso. Todo para Sakura, apenas entro, le pareció que sucedía en cámara lenta, el eco del movimiento de aire contra cada objeto, el dobladillo de su propio vestido sobre el suelo, y-en cuanto se hubo girado hacia la cama-el cuerpo de su hijo que se encontraba serenamente tumbado sobre la cama. La acción de Sakura, al sujetarse la falda del vestido para no tropezar, fue sentarse sobre la cama, junto a su hijo, colocando una de sus manos por sobre su pecho, intentando creer y sentir que solo se encontraba dormido, que…que despertaría de un momento a otro, pero había algo que le insistía que eso no iba a pasar. Su hijo, u amado Principe se encontraba tal calmado y sereno que en efecto parecia encontrarse sumido en un sueño profundo del que ni siquiera ella podía desear despertarlo.

-Kagami, hijo…- llamo Sakura, debidamente con la voz quebrada…sin obtener respuesta alguna. -Mi león…hijo mío…- sollozo la Sultana, aferrando sus manos al pecho de su hijo, distinguiendo claramente que no había movimiento alguno, nada que indicaba que estaba respirando, pero ella no podía ni quería creerlo, -hijo, despierta por favor- rogo Sakura acariciando el rostro de su hijo de espíritu bondadoso, su cielo, -¿Qué fue lo que te hicieron?, ¿Cómo pudieron hacerte esto, hijo?- lloro la Haseki, comprendiendo la situación, ero incapaz de resignarse.

Mikoto, manteniendo tan al margen sus emociones como le era posible, ingreso en la habitación como ni sus hermanos, hermanas ni padre podían hacer. La mirada de la Sultana escaneo todo a su paso, como si algo ahí presente pudiera brindarle una explicación, y así fue; sobre la mesa se encontraba una jarra con jugo en su interior, y la inmediata acción de Mikoto no fue otra que oler parcialmente el aroma proveniente de ella, percibiendo y aroma amargo y desagradable todo menos de lo esperado…se trataba de veneno.

Sasuke, en la entrada de la puerta, contemplo aquella imagen con el corazón interiormente oprimido, claro, era su deber aparentar y fingir que no sentía nada…pero la realidad no era esa. Un suspiro melancólico fue todo lo que el Sultan pudo emitir, envolviendo su brazo alrededor de su hija Sarada que se encontraba sollozando contra su pecho. Daisuke bajo la mirada, apretando los ojos para no llorar, tampoco se esperaba que el expresase sus sentimientos, no como sus hermanas o Shisui que lloraba de pie junto a Rai que intentaba mantenerse estoico…había tenido envidia de Kagami muchas veces, pero jamás había imaginado o concebido la sola posibilidad de que pudiera morir, de que siendo tan joven tuviera que despedir su vida. Pero la muerte tenía lugar en eso momentos precisamente, cuando nadie la esperaba.

-Kagami, despierta-rogo Sakura, incapaz de aceptar que eso estuviera sucediéndole por tercera vez, no, tenía que ser una pesadilla, ¡Eso no podía ser real! No de nuevo. -Kagami, por favor, levántate- imploro la Sultana, con su voz matizad de temor, de anhelo y lamento a su vez. -Kagami- llamo Sakura, zarandeando ligeramente los hombros de su hijo, -levántate, hijo- lloro la Haseki, incapaz de aceptar que la vida, por tercera vez, no sexta vez le estuviera arrebatando a alguien que amaba. -¡Kagami!, ¡Despierta!- grito Sakura sin importarle en lo absoluto la imagen que estuviera dando, quitándose la corona de la cabeza sin ningún cuidado, dejándola caer al suelo, -¡Levántate!- suplico Sakura, enterrando su cabeza en el pecho de su hijo, abrazándolo con todas sus fuerzas, -Kagami…- sollozo la Sultana con el corazón hecho trizas.

La suerte estaba echada, el futuro no iba a cambiar en lo absoluto, la profecía seguiría cumpliéndose al pe de la letra…iba a perder a todos a quienes amaba. Quizá su propia y futura muerte fuera una bendición disfrazada.

No tendría que esperar demasiado tiempo para volver a ver a sus hijos...a los que había perdido


PD: me he apresurado-ya que tengo un trabajo que mostrar el miércoles y un examen y otro el jueves de anatomía, por lo cual solo después de eso estaré libre-y aquí les traigo la actualización dedicada, como siempre, a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro y a quien prometo actualizar el fic "La Bella & La Bestia" esta noche o a más tardar mañana) y a todos aquellos que leen, siguen o comentan la historia en todas sus formas :3 muchas gracias por su atención de leer y comentar esta historia, significa mucho para mí, y como siempre les deseo mucha suerte a todos ustedes, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima :3 La verdad me he empleado un poco, y he cambiado algunos aspectos de la serie según mi criterio:

-La Boda de la Sultana Gevherhan-Sultana Sarada: la Sultana Gevherhan, contraria sus dos hermanas mayores-Ayse y Fatma (Mikoto y Shina)-solo contrajo marimonio en tres oportunidades; primero con Öküz Mehmed Pasha, de quien quedo viuda en solo unos meses, sin haber consumado el matrimonio, luego con Topal, Recep Pasha (Inojin Yamanaka) co quien tuvo un hijo y que fue decapitado por orden de su hermano, el Sultan Murad, y Siyavuş Pasha con quien fue comprometida pero cuyo enlace no se llevo a cabo. En la serie la Sultana Sarada tiene la opción de casarse con quien ama; Boruto Uzumaki, el Hasoda Basi del Sultan y que por su matrimonio pasa a ser uno de los más importantes Visires del Consejo Real.

-La muerte del Príncipe Kasim-Principe Kagami: fue conocido como "El Príncipe de Corazones" el sinónimo de un futuro gobernante del Imperio tras su hermano, amado especialmente por su madre la Sultana Kösem (Sultana Sakura) y su hermana mayor, la Sultana Ayse (Sultana Mikoto) que lo veían como un futuro y glorioso Sultan. Fue ejecutado por ordenes del su hermano el Sultan Murad. En la serie, Kagami es el Príncipe más digno del imperio, su padre el Sultan Sasuke lo ve como el mejor sucesor posible ya que le recuerda a si mismo en el pasado, pero las intrigas se entretejen sobre el Príncipe que con 17 años es envenenado por los enemigos de su familia y pierde inevitablemente la vida.

-La muerte de la Sultana Kösem-la Sultana Sakura: es bien sabido que la Sultana Kösem (Sakura) fue la única Sultana del Imperio Otomano en ser asesinada durante su reinado, muerte que yo considero un crimen, absolutamente, por ende haré que la muerte de Sakura suceda en condiciones más dignas y memorables para todos. El cáncer de corazón que yo presento en el fic es la versión más critica de la enfermedad, aquella que inevitablemente causa la muerte y que como tal significara la muerte de nuestra Sultana, pero mucho más adelante.