DESPUÉS DE SEIS INTENTOS... ¡Hola! Lo siento, lo siento, lo siento… Esta vez me he pasado, pero os aseguro que yo he sido la primera afectada. Por un lado estoy en el último año de carrera (si todo sigue el plan que debe, me licencio en mayo) y tengo trabajo en multitudes. Por otro lado, en mi casa las cosas no están bien con la salud (afortunadamente nada exageradamente grave), por lo que no he podido sentarme a escribir y las pocas veces que podía sentarme no había calma suficiente en casa para poder concentrarme. Total, que a veces estaba semanas sin escribir y sentía que mi corazón se volvía más pequeño al no poder tener mi vía de escape. Echaba de menos a mis personajes, que ya casi son amigos. Así que ayer, como tuve un día tranquilo por primera vez en mucho tiempo, me puse a terminar de escribir y terminé añadiendo 20 páginas extra, así que os va a costar acabar el capítulo jeje.
En fin, espero que aún quede alguien por aquí y recuerde cómo acabó el último capítulo. Recapitulemos un poco: Hubo ataque en Hogsmeade, en el cual murieron Kate y Sadie, y a Grace la tenemos en "no se sabe". Además, dentro del castillo entraron algunos mortífagos a buscar la caja, y junto a ellos Greyback, quien hizo de las suyas cerca de donde estaban Peter y Jeff antes de oler a Remus, y descubrir a Rachel. Ella ha quedado bastante malherida, al igual que James, al que se le han llevado como la primera víctima del sectusempra. Dicho así suena más calmado de lo que supuso escribirlo :)
Contestamos un par de reviews antes de empezar:
Saii: Siento muchísimo haber tardado, pero es que ya he dicho que mi vida está complicada ahora… Era necesario todo lo ocurrido en el capítulo, al igual que lo ocurrido en este. ¡Espero que sigas ahí y te guste! Un besazo.
Sole: ¡Hola guapa! Claro que acertaste con Remus. Creo que nunca le vi siendo un héroe mientras estaba transformado, y se lo merece por esa lucha constante que hace consigo mismo. ¿Pensabas que Grace moriría antes? Es interesante también tu postura, aunque llevo mucho tiempo imaginando la historia así. ¿Crees que James está relativamente a salvo en San Mungo? Sigue leyendo, muchacha jeje. Nuestra Lily es una heroína desde siempre, aunque haya que ponerla algo torpe porque aún no ha ido a ninguna batalla y es muy joven, ese espíritu lo lleva dentro. La reacción de Sirius con todo será épica, pero la iremos viendo poco a poco. Y bueno, aquí vuelvo con una nueva y larga entrega, espero tu opinión. ¡Un besazo!
Anonimasetsi: Lo siento, es todo lo que puedo decir… En un fic basado en medio de una guerra no siempre puede haber felices para siempre…
InLoveWithJamesPotter: ¡Hola guapa! Me alegro que te gustase el capítulo, aunque la continuación ha venido inusualmente tarde. Normalmente tardo más o menos un mes de actualizar, porque son capítulos larguísimos y ahora no dispongo de mucho tiempo, pero esta vez me he pasado, y espero que no se vuelva a repetir. De todas formas habrá una segunda parte, y como estaré más desocupada tendré tiempo para escribirla en menos tiempo. Y sí, tienes razón, Remus sufrirá mucho. Tenemos que transformar al alegre y estudioso Remus de la adolescencia en un hombre consumido, triste y amargado que le cierra las puertas al amor…
En fin, os dejo con el capítulo, espero que os guste. Este se lo dedico a InLoveWithJamesPotter, y también a todos los que habéis esperado con paciencia y comprensión. ¡Gracias!
Los personajes son de JK y la historia es mía.
"JURO SOLEMNEMENTE QUE MIS INTENCONES NO SON BUENAS"
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Capítulo 36: Después del ataque
-Bien, sentaos.
Los aurores del Ministerio apenas acababan de volver de la batalla producida en Hogsmeade, que había terminado hacía poco menos de media hora. Aún vestían los uniformes oficiales, llenos de barro, sudor y sangre. A una señal de un cansado y abatido Alastor Moody, los hombres y mujeres, que superaban la docena a pesar de estar incompletos, se sentaron alrededor de una larga mesa de madera caoba que había en una pequeña sala del Departamento. El lugar estaba cerrado a cal y canto, contra las paredes se amontonaban archivos y documentos sueltos. Una vieja pizarra transparente y completamente rayada estaba olvidada en un rincón, extinguida e inservible. Sentándose también él, el jefe de aurores dio por iniciada la primera sesión de investigación tras la que, en años posteriores, se denominaría la "matanza de Hogsmeade"; o incluso algunos más románticos también le dieron el nombre de la "matanza de San Valentín".
-¿Cuántos muertos hay por el momento? –preguntó Moody a Rufus Scrimgeour, a quien había mandado hacer una recopilación de los primeros datos-.
-Veintitrés, señor –contestó este apartándose su rojiza melena de la cara y ajustándose las gafas para leer los datos que había recogido-. Once de ellos son estudiantes de Hogwarts, y de ellos, ocho son menores de edad.
Hubo una serie de maldiciones en voz baja a lo largo de toda la mesa.
-Once estudiantes… -murmuró Moody para sí mismo con pesar. Suspiró, y miró de nuevo a su subordinado-. ¿Estimación de heridos?
-Aún es pronto, señor. Todavía están llegando heridos de diversa consideración a San Mungo, y allí están desbordados. El Departamento de Exteriores se ha puesto en contacto con los Ministerios de Francia y España para que nos envíen más sanadores. Han declarado estado de excepción; y de momento es imposible contabilizar los heridos, pero se dan por decenas, o quizá centenares. Prácticamente todos los estudiantes del colegio se encontraban en Hogsmeade hoy, por lo que dudo que el ataque haya sido una coincidencia…
-Claro que no lo ha sido –dijo una aurora con voz dura. La mujer, cuyo pelo de color claro estaba recogido torpemente en una deshecha coleta, estaba sentada al lado de Frank y apretaba los dientes-. Es muy fácil para ellos saber cuándo los alumnos tenían permiso para ir al pueblo. Sus hijos o sobrinos están en el colegio; sólo tenían que preguntarles.
-Lo inaudito es que no hubiera protección si quinientos alumnos estaban allí esta tarde –comentó un hombre corpulento con distintas cicatrices en el rostro-.
-Había protección –intervino Alice-. Pero nadie podía esperar esto, jamás se han acercado tanto a Hogwarts. Han debido tomar el punto débil del bosque. Hay una zona en la que la dirección del colegio no tiene jurisdicción y ahí es donde debe estar el fallo.
Moody se puso en pie para poner orden. La comisión de investigación parecía estar convirtiéndose en una reunión para hacer comentarios inútiles.
-El problema que nos incumbe es asegurar la seguridad y salud de los ciudadanos y detener a los responsables. Scrimgeour, quiero que mantengas contacto con San Mungo para saber la última hora en todo momento.
-Sí señor –obedeció este con un asentimiento de cabeza-. También le informo que Dumbledore se ha puesto en contacto con la Ministra para ofrecerse a encargarse de los alumnos más leves. Estos podrán recuperarse sin problemas en la enfermería del colegio y descongestionarán un poco el hospital. Y, también tengo una información confusa aquí…
-¿Información confusa?
-El encargado de San Mungo me explicó que tenía varios casos especiales, de los cuales no podía hablar por el momento. Se tratan todos de estudiantes, y sus vidas corren peligro por lo que el número de muertos puede aumentar.
-¿Qué quiere decir con casos especiales? –preguntó Moody frunciendo el ceño-.
El auror se encogió de hombros.
-Lo desconozco, señor. No han dado más datos…
-Bien. Vete a San Mungo y no vuelvas hasta que hayas averiguado algo de esos casos.
Scrimgeour se levantó y salió por la puerta en un movimiento rápido, sin ser seguido por la mirada de ningún compañero. Todos estaban pendientes de las próximas palabras de Moody.
-¿Reconocisteis a alguien?
Hubo un leve silencio, y luego uno de los aurores más antiguos procedió a hablar.
-En realidad en general fue como siempre. La mayoría tenían la cara tapada y no pudimos desenmascararles. Otros, como los Lestrange y Rosier, iban a cara descubierta. Me temo que la mayoría de los muertos fue por culpa de ellos.
-Y hubo otra cosa –intervino Dawlish con algo de inseguridad-. Había algo distinto. Algunos de los enmascarados… bueno, no eran precisamente duelistas notables. Por su habilidad y su constitución física parecían muy jóvenes.
-Es cierto –le dijo la razón Frank-. Muy jóvenes. De hecho, hemos capturado a uno que estaba muerto, tirado en la calle. Sospechamos que le golpeó una maldición perdida. Es una chica, y por la apariencia, creo que no perderíamos nada con investigar si a Dumbledore le falta algún alumno de último año.
La declaración de Frank hizo que varios lanzaran una exclamación ahogada. ¿Hablaba en serio? De ser así, sería un tema muy grave. Podría tratarse de un delito contra la infancia, y en todo caso la inseguridad que supondría tener en Hogwarts a partidarios activos de Voldemort era inmensa.
-Habrá que darle a ese caso prioridad absoluta –ordenó Moody con el rostro pálido-.
Aquel ataque superaba con mucho en gravedad al ocurrido en Londres hacía dos meses; lo que significaba que la guerra estaba endureciéndose cada vez más; y más rápidamente ese año que en los últimos siete. Además, Dumbledore sabía algo, algo gordo, algo que le tenía muy preocupado. Pero aún no le había confiado qué era lo que Voldemort estaba buscando, de qué trataban esas cajas que le había oído mencionar.
-¿Algo más? –preguntó dejando ese tema para pensarlo en solitario más tarde-.
-Aún no sabemos nada más de los que partieron a Hogwarts tras el aviso –respondió Frank con rostro grave-.
Cuando la batalla estaba en lo más arduo, habían llegado avisos de los profesores que se habían quedado en el colegio, pidiendo ayuda por un problema que ninguno había identificado. Cinco aurores habían marchado hacia allí, y sólo habían avisado que la situación estaba controlada cuando apenas había terminado la batalla en Hogsmeade. Por ese motivo ellos habían vuelto al Ministerio directamente, en vez de acercarse a Hogwarts.
En ese momento, la puerta de la sala de reuniones se abrió, y los cinco aurores citados entraron por ella con rapidez y la urgencia tatuada en sus rostros.
-Jefe, Wallace y McCarthy han muerto. Los hemos encontrado en las puertas del castillo, y McCarthy tenía todo el rostro ensangrentado e irreconocible –informó Kingsley con su voz pausada, pero conmovida-.
-¿Han entrado al colegio? –preguntó Moody incorporándose de golpe en su asiento-.
-Sí, pero ya solucionamos ese asunto –contestó una mujer de unos cincuenta años, que llevaba el pelo muy corto-.
-Pero no llegamos todo lo rápido que nos gustaría –añadió Kingsley, compartiendo una mirada con sus compañeros. Los demás contuvieron el aliento ante su expresión-. Había un licántropo entre ellos.
Ignorando las expresiones y exclamaciones de horror que inundaron la sala, el joven Shacklebolt continuó narrando lo que se habían encontrado cuando llegaron al colegio. Cómo se habían dirigido directamente al pasillo de la enfermería, atraídos por los gritos, y se habían encontrado una pequeña carnicería, y a los profesores intentando evitar que esta aumentara. Cómo habían intentado acorralar al licántropo y este finalmente les había dado esquinazo estando a punto de morder a uno de ellos (las miradas de todos se fijaron en el joven en cuestión, que aún estaba pálido, pero ileso); y cómo habían encontrado más resistencia a medida que subían pisos buscando al hombre lobo.
-No pudimos detener a nadie, jefe, pero al menos logramos expulsarlos de Hogwarts sin que más alumnos resultaran heridos –finalizó-. Tardamos algo más de tiempo en encontrar al hombre lobo, para entonces había atacado a otra chica, pero conseguimos echarle del colegio y socorrerla a ella. Aún estaba viva cuando la pusimos en manos de los sanadores.
Jamás habían visto tan pálido a Alastor Moody, pero lo cierto es que todos llevaban una expresión parecida ante la sola idea de que hubiera alumnos atacados por ese monstruo. Moody tardó más de un minuto en hablar, y cuando lo hizo, tenía la voz pastosa pues su boca estaba seca.
-¿A cuántos alumnos atacó el licántropo?
Los aurores se miraron entre ellos antes de que la mujer respondiera:
-No estamos seguros, los sanadores actuaron rápido. Pero creemos que no eran muchos... No sabemos cómo pueden est...
Su voz murió al abrirse de golpe la puerta que estaba en su espalda, y Rufus Scrimgeour entró de nuevo con las gafas mal colocadas y el rostro descongestionado.
-He averiguado algo más –dijo sin perder tiempo-. No es mucho, pero pensé que debíais saberlo cuanto antes. Entre los casos excepcionales hay dos alumnos heridos por mordedura de licántropo. Otros dos han muerto por la misma causa.
Pese a que ya habían sido avisados, la sangre se les congeló en las venas al imaginar tan terrible muerte. Era desolador, nadie merecía morir así, y menos un niño.
-Bien, Rufus. Averigua sus nombres e infórmame en cuanto los sepas –dijo finalmente el jefe de aurores-.
Scrimgeour asintió quedamente, pero no se movió del marco de la puerta entreabierta.
-Hay algo más... Han usado la maldición cruciatus con multitud de personas, incluso a algunos les han tatuado dibujos o palabras vejatorias en la piel. Y además...
Se detuvo para buscar en un papel nuevo que llevaba, y después de leerlo para sí mismo con rapidez, subió la cabeza.
-También hay un caso que no terminan de entender. Es un chico, un alumno creen. Ha llegado al hospital desangrándose, y nada de lo que hacen ha conseguido parar la hemorragia. Nadie sabe qué clase de maldición es...
-¿Están usando nuevas maldiciones? –preguntó la mujer mayor con el rostro serio y concentrado-. ¿Cómo podremos socorrer a la gente si no sabemos qué les han hecho?
-Quizá no sea una maldición desconocida, sino que la forma de usarla sea nueva –propuso un joven auror-.
-Yo estuve con el hombre que le atendió –intervino Frank compartiendo una mirada con Alice-. Era uno de los civiles que se unió para ayudarnos –ahora la mirada se dirigía a Moody para darle a entender que era un miembro de la Orden del Fénix-. Me dijo que la chica que acompañaba al muchacho aseguraba que no había oído nunca esa maldición...
Miró de nuevo a Alice, y ambos compartieron el mismo recuerdo de un Benjy Fenwick desesperado por haberse encontrado una maldición que no había sabido curar. Aunque no era sanador, su compañero y amigo era una de las personas que más sabían de medicina mágica que conocían, y quedarse ciego en un caso le desesperaba mucho. En gran parte, la Orden contaba con él para no tener que recurrir constantemente a San Mungo. Frank y Alice sabían que en ese momento él debía estar mirando en todos sus libros, buscando la solución que no había encontrado antes.
-¿Ha habido más casos como este? –preguntó Moody con expresión calculadora. Scrimgeour negó con la cabeza, y entonces el jefe de aurores se irguió-. Bien, entonces llevaremos esto con mucho cuidado. No es necesario que El Profeta publique en primera plana que los mortífagos tienen maldiciones desconocidas preparadas para atacar a la población; causarían el caos y no se solucionaría nada. Quiero que te encargues especialmente de este caso y de los dos mordidos por el licántropo. Cualquier novedad que haya, quiero saberlo al momento.
Scrimgeour volvió a marcharse, y Moody se levantó para irse, al igual que hicieron los demás aurores. La reunión había terminado.
-Mañana a primera hora volveremos a reunirnos para continuar con esto. Confío en que los datos de víctimas estén más centrados entonces. Las líneas de investigación seguirán tres vertientes: cómo entraron en Hogwarts y consiguieron meter a un licántropo, qué maldición le echaron a ese muchacho y qué ocurre con esa mortífaga muerta que hemos encontrado.
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Aquello era un caos. Siempre lo era cuando ocurrían ataques, pero como aquel había sido el peor hasta la fecha, el caos era mayor. Sin contar con que la mayoría de las víctimas eran estudiantes y menores de edad; eso era lo que peor tenía los nervios de todos.
El griterío atravesaba todas las paredes del hospital de San Mungo, cada habitación albergaba más personas de las que tenía capacidad, los pasillos estaban llenos y los sanadores desbordados. En el momento en que todos los quirófanos se llenaron, estos comenzaron a operar en los pasillos, contra las esquinas, e incluso en la sala de espera. Multitud de familiares iban llegando para preguntar por sus seres queridos, pero debían esperar en cualquier lugar, pues no había personal para atenderles.
Cuando el número de víctimas superó en mucho al número de sanadores cundió el pánico, y hubo minutos de verdadera agonía. No tardaron mucho en llegar los refuerzos de hospitales de Francia y España. Algunos ya habían ido otras veces, por lo que se dirigieron directamente a ayudar a sus compañeros, pero la mayoría no conocía el lugar y tuvieron que esperar instrucciones.
-¡Escúchadme! –exclamó la sanadora Morrison, que estaba al cargo de repartirlos entre secciones-. No hay tiempo que perder, tenemos más trescientos heridos, y aún siguen llegando. Los sanadores que tengáis más experiencia dirigíos al pabellón de la izquierda, allí hemos instalado a los más graves que no han podido ser atendidos de inmediato. Los que tengáis menos de tres años en el puesto dirigíos al pabellón de la derecha, que son los más leves. Curar a estos debería ser relativamente fácil, pero tampoco podemos dejarles desatendidos por miedo a epidemias y cangrenas. Cuando acabéis con todos, id a ayudar al pabellón de la izquierda.
-¿Dónde encontraremos las pociones que necesitemos? –preguntó un hombre ya preparado para irse con los más experimentados-.
-¡Aliena! –gritó alguien desde lejos-.
Uno de las más jóvenes incorporación al hospital, se dirigía a ellos a toda velocidad, con los ojos puestos en la sanadora Morrison. Esta olvidó momentáneamente a los recién llegados al ver su urgencia.
-¿Qué ocurre?
-¡Te necesitamos! –exclamó el joven llegando hasta a ella. A nadie se le escapó que sus manos y su túnica estaban llenas de sangre-. Acaba de llegar un chico que está desangrándose. Nada de lo que hemos intentado para curar la hemorragia ha dado resultado.
El rostro de la sanadora cambió por completo, frunciendo el ceño concentrada. Sin perder tiempo se volvió hacia el hombre que la había preguntado y respondió con rapidez:
-En la tercera puerta del fondo hay un almacén de todo lo que necesitéis. Coged sin preguntar, pero os pido que no lo derrochéis. No nos sobran materiales.
Dio un paso para irse con el joven, cuando recordó algo y se giró.
-¿Alguien está especializado en mordeduras de licántropos?
Unos con inseguridad y otros con urgencia, cinco personas levantaron las manos y ella llamó a gritos a una enfermera que corría de un pabellón a otro.
-¡Susan! Llévales donde los dos chicos que ha mordido el licántropo. Tenemos que ponerlos fuera de peligro cuanto antes.
En ese momento ya dio todo por terminado y siguió al joven hasta un quirófano al fondo del pasillo. El lugar estaba desmantelado, y era evidente que habían sacado rápidamente al anterior paciente al pasillo ante la gravedad de este. Cuando vio al muchacho que estaba sobre la mesa de operaciones, el corazón le tembló un poco. Era muy joven, no sabía si había cumplido ya la mayoría de edad, pues la sangre cubría sus facciones y goteaba por su sudoroso pelo negro. Tenía el pecho descubierto, y miles de pequeñas heridas manaban demasiada sangre, teniendo en cuenta que los cortes eran diminutos. Era una imagen escalofriante, y que nunca antes había visto.
-¿Le habéis hecho una transfusión? –preguntó poniéndose al mando-.
-Sí, pero no la aguanta. Tendríamos que cerrar las heridas, pero no lo conseguimos –contestó una de las enfermeras que había atendido antes al chico-.
La sanadora frunció el ceño estudiando las heridas, primero con los ojos y después con las manos. Estas estaban por todas partes: el pecho, los brazos, las manos, el cuello, la cara... sospechaba que también estaban por el resto del cuerpo, pues la sábana que le cubría estaba empapada de sangre.
-Bien, probaremos todo lo conocido. Y si hay que intentar con medicina alternativa, lo haremos. Quiero que tengáis sangre preparada para una transfusión inmediata, y no quiero que nadie se duerma ni se pierda. Si queremos salvarle la vida necesito que tengáis los ojos y las mentes muy abiertas...
OO—OO
Cuando Lily entró en Hogwarts sentía como si estuviera caminando sobre nubes, de forma irregular, trastabillando y sintiendo su alrededor irreal. Las lágrimas aún nublaban su rostro, aunque había dejado de llorar cuando había aparecido en los terrenos. James estaría bien, no tenía motivos para llorar. James estaría perfectamente...
Aun así, tenía algo en el pecho que le molestaba, le impedía respirar y le daba sensación de congoja. Tenía frío, pero sentía como si fuera la primera vez en el día que lo notaba. Cuando James estaba con ella no parecía hacer tanto frío, pero ahora que se le habían llevado y no podía saber cómo estaba, este le llegaba hasta los huesos. Aún tenía la imagen en su mente, y sus manos llenas de la sangre de su novio eran la prueba de que su pesadilla era real.
No fue hasta que se encauzó por el camino de la enfermería, siendo dirigida por los profesores que estaba preocupados al ver en sus ropas, sus manos y su cara una sangre que no era suya, cuando comenzó a fijarse en su alrededor. Todo estaba desordenado, las armaduras caídas y desmembradas, algunos cuadros rotos y desgarrados, y la gente se encontraba sentada en el suelo. Parecía como si la batalla hubiera llegado hasta allí, pero era imposible.
La sensación de pánico que había intentado controlar estaba saliendo a la superficie poco a poco, y la desesperaba enormemente encontrarse en medio de tanta gente y sentirse tan sola. ¿Dónde estaría Grace? ¿Habría terminado de hablar con Kate, habrían averiguado lo que había pasado en el pueblo? Necesitaba a su mejor amiga, quería llorar en su hombro y oírla decir que James se pondría bien, que todo quedaría en un susto, en una horrible pesadilla y que despertaría en su habitación, y encontraría a James esperándola en la sala común.
Pero todo lo que ocurría a su alrededor la decía que aquello era real y que James estaba verdaderamente en peligro, que no era una trampa de su imaginación. Sintió un golpecito en el hombro, y de repente vio que el profesor Flitwick estaba delante de ella, mirándola preocupado.
-Evans, ¿te encuentras bien? –preguntó al verla tan perdida y con tanta sangre adherida a su piel-.
Ella asintió torpemente con la cabeza. Y el hombre, al comprender que no podía hablar, la miró comprensivamente y la acarició el brazo con calma.
-Lo sé, todo es horrible. Pero estamos haciendo lo que podemos, y acabará bien...
El profesor tenía la voz apagada, como si él tampoco tuviera esperanza o, quizá, habría visto demasiado dolor en un solo día.
-¿Por qué no vas a la enfermería? Será mejor que comprobemos que todo está bien...
De nuevo volvió a empujarla hacia la puerta del lugar, que estaba abierta y por la que entraba y salía gente constantemente. Fue justo ese momento cuando una persona salía de la enfermería, con aspecto mareado y una mano en su cabeza. Lily dejó escapar el aire, y sintió que le volvían a salir las lágrimas.
-¡Sirius! –exclamó antes de abrazarle con fuerza por el cuello-.
Este se sorprendió, pero al segundo siguiente estaba respondiéndole al abrazo con la misma desesperación que ella. Lily jamás se había alegrado tanto de ver al mejor amigo de su novio, pero lo cierto es que se había preocupado muchísimo por él al no encontrarle, y ver que estaba bien era como si James estuviera menos grave. Esos dos eran como un alma en dos cuerpos.
Él no era Grace, pero quizá hasta era más importante. Con él podía hablar de lo ocurrido a James con la certeza de que le importaría y preocuparía tanto como a ella. Tenía a alguien con quien llorar, a quien abrazarse.
-¿Dónde está Prongs? –preguntó él antes de que ella pudiera hablar-.
Su mención ya terminó de abrir las compuertas, y Lily comenzó a temblar y a llorar como no se había permitido hasta ese momento. Apretó su abrazo y no permitió que Sirius se apartara cuando él se confundió.
-Lily –su voz tembló, como si pudiera imaginar lo que había ocurrido. O quizá pensaba en algo peor-. Lily, ¿dónde está James?
-Se lo llevaron a San Mungo –tartamudeó entre lágrimas-. Había tanta sangre... no conocía la maldición... No sé qué le ha pasado... Cómo está... Había tanta sangre...
Rompió a llorar aún más fuerte, y no pudo hablar más. Sirius sintió que la garganta se le secaba de golpe y el corazón se le paraba. No entendía nada de lo que la pelirroja le había dicho con la voz tan rota que era irreconocible, pero todo apuntaba a que su amigo estaba herido. Y grave, pues sino habría ido al colegio. Había estado el suficiente tiempo en la enfermería como para descubrir los casos más graves los estaban llevando a San Mungo.
Él también notó que empezaba a temblar, pero apretó el abrazo a la novia de su amigo, sabiendo que ambos estaban igualmente preocupados. Quería encontrar palabras de consuelo, pero el estupor y el miedo no le dejaban; aún no. Al menos tenía a alguien a quien abrazarse, y le alegraba que esa fuese Lily.
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No hacía más que unos minutos que Gisele había salido de la enfermería. De hecho fue verdadera casualidad que no coincidiera ni con Sirius en el interior, ni con Lily en el pasillo. Al llegar al colegio se había encontrado en las puertas con el resto de los alumnos, y dos aurores y varios profesores les habían obligado a todos a entrar para oscultarlos por si estaban heridos.
Ella no había tenido prisa por salir de allí, a pesar de que se encontraba perfectamente. Había dejado pasar tranquilamente a los que verdaderamente necesitaban atención, haciendo tiempo para que Kate y Grace llegaran también. Pero cuando pasaba el tiempo, el cielo se oscurecía, iban llegando cada vez más heridos, y sus amigas no aparecían, comenzó a preocuparse. Había dado por hecho de que, al irse ella sola con el traslador por accidente, ellas irían justo detrás. Pero había pasado demasiado tiempo y ninguna había aparecido.
¿Dónde estaban? Estaba preocupada, pero el optimismo que solía formar parte de su carácter y que había estado tan oculto últimamente salió a flote, y pensó que quizás habrían llegado perfectamente y se habían marchado hacia la Torre Gryffindor, esperando encontrarla a ella allí. Por eso fue a buscarlas.
En el pasillo se encontró con todo destrozado, la gente sentada en el suelo cansados o llorando, y el lugar tan desvalijado como si la batalla se hubiera celebrado allí. Bien es cierto que hacía un rato se habían oído gritos desde el exterior de la enfermería, pero cuando sólo los profesores salieron corriendo y al rato volvieron a atender a los heridos, todos habían supuesto que sólo había corrido el pánico. Sin embargo, si sólo era eso, los alumnos de Hogwarts demostraban su miedo de una forma muy física. El pasillo estaba completamente destrozado.
Sin perder el tiempo subió al séptimo piso, directamente hacia la torre Gryffindor, esperando encontrar a Kate y Grace en la sala común, esperándola a ella y al resto y comentando con más compañeros lo ocurrido. Pero lo que se encontró fue muy diferente. El retrato no estaba abierto, sino que había desaparecido y en su lugar había un boquete inmenso en la pared, y desde el pasillo se veía la sala común completamente destrozada.
Los sofás estaban rotos y sin patas, tirados en el suelo; las mesas estaban volcadas, los tapices de Gryffindor ardían en la chimenea y la zona de las escaleras parecía a punto de derrumbarse. Había mucha gente allí, sobre todo niños de primer y segundo curso, que estaban amontonados en grandes grupos, hablando entre sí nerviosos y con expresión de miedo pintada en el rostro.
-¿Qué ha ocurrido? –preguntó al grupo que más cerca estaba de ella-.
Los niños se la quedaron mirando con miedo hasta que la reconocieron como una de las compañeras mayores.
-Entraron dos hombres enmascarados y empezaron a lanzar hechizos y romper cosas –dijo un niño con un hilo de voz-.
-Hicieron volar el retrato. La Señora Gorda gritaba –intervino una niña-.
-Y después subieron a las escaleras y empezaron a derribar puertas y a entrar en los dormitorios. Hicieron daño a la gente, pero no han matado a nadie.
Gisele no daba crédito de lo que oía. ¿Mortífagos dentro del castillo? La idea era espeluznante, sobrecogedora. Que los más pequeños se encontraran vulnerables y solos en el castillo mientras toda la ayuda iba al pueblo era producto de una mente diabólica. Y lo peor era que niños tan pequeños hubieran comprendido con tanta frialdad que tenían suerte de estar vivos.
-¿Ha- ha venido alguien a ayudaros? ¿Alguien tiene que ir a la enfermería? –preguntó sintiéndose algo inútil. Ahora comprendía que el cargo de prefecto no lo daban ni a los empollones ni a los pelotas como siempre había dicho, sino a personas con la frialdad suficiente para ser útiles en momentos de caos. Ella no sabía si sería capaz, pero lo intentó-.
-La profesora McGonagall acaba de bajar a los únicos que lo necesitaban –respondió una niña mirando hacia el pasillo-. Nos ha dicho que no nos moviéramos de aquí, que ya no había nadie más en el castillo, y ya estábamos a salvo.
McGonagall se acababa de llevar a los que necesitaban ir a la enfermería. ¿Estarían Kate y Grace entre ellos? Al fin y al cabo había pasado bastante tiempo desde que deberían haber vuelto de Hogsmeade, y no sabía cuánto hacía que había pasado desde que habían entrado en la torre.
Lanzando una última mirada a los niños, subió de dos en dos las escaleras hasta el cuarto de las chicas. La puerta estaba salida de los goznes, pero este estaba igual que lo habían dejado hacía unas horas: con todo en orden salvo su cama destrozada. Ni Kate ni Grace estaban allí, y tampoco Lily y Sadie. No parecía que hubiera nadie hasta que escuchó un ruido debajo de una de las camas, y localizó a su gato maullando y encogido en una bolita. Este se acercó al reconocerla y se dejó coger en brazos, mientras Gis daba una vuelta sobre sí misma, intentando pensar dónde podían estar todas.
Salió al descansillo, y estaba por bajar las escaleras cuando vio que el cuarto de los chicos también estaba abierto. Quizá Peter, James, Sirius o Jeff estuvieran allí, y ellos supieran dónde estaba alguna de sus amigas. Sólo tenía claro que Rachel y Remus estaban en la habitación del tercer piso, pero el resto estaba desaparecido.
La habitación estaba muchísimo peor que la de las chicas, y aunque eso fuese algo usual, era evidente que había sido registrada y destrozada a conciencia. Las camas estaban dadas la vuelta, los posters y las fotografías estaban rasgados, y los baúles deshechos en el suelo. Y, en el centro de la habitación intentando poner un poco de orden, estaban Peter y Jeff.
-¡Chicos! –exclamó contenta de encontrar a alguien-.
Corrió hacia Peter, quien la abrazó alegrándose de verla perfectamente. Desde que había sabido lo del ataque y habían conseguido escapar del licántropo, había estado terriblemente preocupado por todos sus amigos. Gis le soltó enseguida y fue a abrazar a Jeff, quien aún estaba muy pálido después de haber tenido una segunda experiencia con un hombre lobo, cosa que no quería repetir por tercera vez.
-¡Gis! ¿Te has enterado? ¿Cómo está Remus? ¿y Rachel? –preguntó Peter con nerviosismo-.
-¿Cómo? –preguntó ella confusa hasta que recordó que sus amigos creían que se había quedado con la pareja a pasar el resto del día-. ¡Oh! No estaba con ellos, Peter. Me marché a Hogsmeade con Kate y Grace. Por cierto, ¿las habéis visto?
-¡¿Has estado en Hogsmeade? –preguntó el pequeño chico con los ojos muy abiertos por el miedo-. ¿Qué ha pasado realmente? Todo el mundo habla pero ninguno tiene claro nada.
-Los mortífagos atacaron el pueblo. Ha sido un caos, horrible. Creí que nos mataban a todos. Pero, ¿por qué no os han contado estos? Es que... ¿nadie ha vuelto?
Se mordió el labio inferior nerviosa y casi se lo arranca cuando Peter y Jeff negaron con la cabeza simultáneamente.
-¿Nadie? –insistió con la voz más aguda de lo normal-.
-Eres la primera que aparece –le aclaró Jeff-. Por cierto, ¿no has visto a mi hermana por ahí?
Gis negó.
-Pero ella no iba a ir a Hogsmeade, ¿no? –preguntó extrañada-.
-En un principio no, pero no aparece por ningún lado...
Jeff parecía preocupado, pero ni Gisele ni Peter sabían qué contestarle cuando ellos también lo estaban por todos sus amigos. Los tres permanecieron algunos minutos en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos que cada vez eran más pesimistas.
-Pensé que estarías con Remus y Rachel –dijo Peter como si lo hubiera pensado varias veces y no encajara-. Ahora íbamos a bajar a preguntar si Moony había podido oler al licántropo...
-¡¿Licántropo? –exclamó ella con los ojos desorbitados-.
-¿No te has enterado? –preguntó Jeff asombrado de que hubiera podido pasearse por el castillo sin enterarse-.
-¿Enterarme de qué?
Con nerviosismo, tartamudeando un poco en las peores escenas e interrumpiéndose el uno al otro, ambos le contaron a grandes rasgos todo lo que habían visto del licántropo que se había colado en el colegio, había atacado a varias personas en el pasillo de la enfermería y había desaparecido perseguido por los aurores.
-Creímos que igual Remus habría podido olerlo –pensó Peter de nuevo-. No sé si pueden olerse, pero sé que entre ellos se perciben a distancia. Y aunque ellos estuvieran apartados del resto del castillo, pensamos que quizá...
-Si Remus podría olerle, ¿el otro licántropo a él también? –preguntó Gis de repente poniéndose muy pálida. Peter se encogió de hombros indicando que lo creía posible y ella palideció aún más-. Ra-Rachel...
Tanto Peter como Jeff abrieron la boca de golpe al percatarse de lo que pensaba Gisele. Si Remus podía oler al licántropo, quizá este también le hubiera olido y habría ido a buscarle. Eso significaba que Rachel se encontraba con Remus, y sin más defensa que la que el propio chico podría ofrecerle.
-Estará bien. Los dos lo estarán –dijo Jeff con voz insegura-.
-De-debería bajar a comprobarlo –musitó Gis con voz débil-.
-Vamos todos –propuso Peter abrazándola por los hombros, mientras Jeff dejaba una túnica destrozada en la cama y se disponía a acompañarlos-.
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En la Sala Común de Slytherin también había mucho nerviosismo. Aunque muchos apoyaban a Voldemort, eran la mayoría los casos en que sus familias sólo apoyaban sus ideales y no colaboraban activamente con él. Por eso a la mayoría les había pillado por sorpresa ese ataque, y se encontraban genuinamente asustados. También se había extendido la desconfianza entre aquellos que habían vivido por sorpresa la batalla y los que habían sido avisados, pero no lo habían dicho a los demás de su casa. Sin embargo, el número de heridos de entre las serpientes era simbólico, y aquellos que habían tenido mala suerte de dañarse, había sido de forma leve.
De los mortífagos infiltrados, sólo cuatro habían regresado a la sala común. Samantha Hinkes, Walden McNair, Alecto Carrow y Amanda Tyler se paseaban cerca de la puerta, esperando ver entrar a sus demás compañeros y saber cómo había terminado todo. A ellos les habían mandado regresar antes de que la batalla hubiera llegado a su fin.
-¿Estarán bien? –preguntó Amanda con nerviosismo-.
-Por supuesto –respondió Alecto con una fría calma-. No son como los traidores y los sangre sucias que no sabían hacer otra cosa que correr y gritar. Ellos sabrán defenderse frente a esos aurores inútiles.
-Serán inútiles, pero a mí me han puesto la carne de gallina –confesó Amanda en voz baja, de modo que sólo Samantha la escuchó-.
Ella se limitó y mirarla un segundo con el ceño fruncido, y después volvió a mirar fijamente la puerta. Esta se abrió de repente, dando paso a un grupo de cuarto año, detrás de los cuales entraron Regulus Black y Amycus Carrow. Alecto se acercó a saludar a su hermano, y ambos se sonrieron ampliamente al recordar las escenas de tortura que habían visto e infligido. Regulus, sin embargo, estaba serio y pálido. La atención de los otros tres se centró en él.
-¿Cómo ha ido? –preguntó McNair en voz baja, con emoción contenida-.
-Los nuestros se han retirado –contestó Regulus vagamente-. Dumbledore llegó, y nuestras fuerzas comenzaron a flaquear...
-¿Dónde está Dulcy? –preguntó Amanda al ver que su amiga no estaba con ellos-.
Regulus salió de su ensimismamiento un momento, y miró alrededor.
-¿No está aquí?
-No –contestó Samantha-. Estaba en tu grupo, con Bellatrix. ¿Recuerdas? ¿No se ha marchado con vosotros?
Regulus miró hacia Amycus, buscando respuestas, pero este estaba hablando en voz baja con su hermana.
-Yo... mi prima me mandó aparte, así que me separé del grupo. Me marché desde allí cuando vi que se desaparecían, y me encontré con Amycus en las puertas del colegio.
-¡Amycus! –llamó Amanda levantando un poco la voz-. ¿Has visto a Dulcy?
Este negó la cabeza, y justo en ese momento la puerta volvió a abrirse. Todos se volvieron, esperando ver entrar a la chica de pelo rubio rizoso, pero los recién llegados eran Albert Avery, Marcus Mulciber y Severus Snape. Los dos primeros estaban enfadados, con los ceños fruncidos, mascullando en voz baja, pero claramente ilesos. Severus no tenía el mismo aspecto. Estaba ausente, pálido a más no poder, con la mirada perdida y una mueca de dolor en el rostro; pero no tenía heridas visibles.
-¿Estás bien, Severus? –preguntó Regulus acercándose a él y mirándole preocupado-.
Él asintió con la cabeza, aún con la mente en otra parte. Todavía rememoraba lo ocurrido en Hogsmeade, y su cabeza estaba echa un lío. Por un lado disfrutaba cada vez que recordaba a Potter caer bajo su sectusempra, o cuando recordaba su expresión de horror al ver sus heridas; pero por otro, también estaba preocupado por Lily, por el dolor que había visto en sus ojos. ¿Se habría desangrado aquel al que tanto odiaba? ¿Habría muerto ya? Una expectación feliz le invadía ante esa idea, pero enseguida la pisoteaba con la imagen de una Lily llorosa y desesperada. Sin duda la muerte de Potter significaría para ella un gran dolor, ¿podría vivir él tranquilo sabiéndose responsable de ese sentimiento?
Sin embargo no expresó nada de aquello en voz alta. Quizá Regulus habría podido comprenderle, pues no podía dejar de pensar en lo cerca que estuvo de matar a su propio hermano, del dolor que le embargó tener que luchar con él y torturarle, de la vergüenza que sintió ante la idea de verse descubierto y ver la cara de decepción de Sirius. Porque sabía que se decepcionaría. Su hermano había confiado en él más que en ningún otro miembro de la familia, y aunque le odiaba, Regulus sabía que aún confiaba en que acabara de su lado. Sadie se lo había aclarado mucho en esos meses, y él estaba deseando poder escaparse para hablar con ella. Pensaba contárselo todo y dejar que le odiase de ser necesario, pero necesitaba ser completamente sincero. Ahora comprendía que debía haberlo sido esa misma mañana.
-Vamos a buscar a Dulcy –avisó Amanda señalándose a sí misma y a Samantha-.
-¿No ha vuelto? –preguntó Severus frunciendo el ceño-.
-¿Vosotros no la habéis visto? –le preguntó Regulus a Avery y Mulciber-.
-¿Cuándo? ¡Si nos han tenido en las lindes del bosque para que no molestáramos! ¡Nos lo hemos perdido todo! –exclamó el primero ofendido-.
Amanda y Samantha ya se habían marchado en busca de su amiga, y Regulus le hizo un gesto para que bajara la voz, pues podría oírle cualquiera que estuviera cerca. De hecho, alguien se acercó, y aunque no sabían si les había escuchado, estaba claro que algo sospechaba, y no estaba contenta. Era una chica del curso de Regulus, con el pelo castaño oscuro y ondulado justo por encima de los hombros, algo enmarañado ese día, y los ojos oscuros muy rasgados. Estaba enfadada, más bien parecía furiosa, y les fulminaba con la mirada, pero aún con esa postura, rezumaba elegancia por todos sus poros.
-Qué curioso que estéis todos aquí juntitos –les dijo despectivamente cuando llegó hasta ellos. Su mirada vagaba sobretodo de Alecto a Regulus y a Avery-. Todos llegais de Hogsmeade, y sin embargo, nadie recuerda haberos visto allí.
Se trataba de Emmeline Vance, y Regulus, al ser quien más la conocía, se adelantó a hablar con ella, manteniendo la calma. Sabía lo extraña que era esa chica entre sus compañeros, y no quería que ella en concreto sospechara nada de ninguno. Podría ir a contárselo a Dumbledore, y ellos resultarían expulsados. Sin embargo, la larga lengua de Alecto se le adelantó.
-¿A ti qué te importa dónde estábamos, niñata?
Emmeline frunció el ceño y la analizó despectivamente con la mirada.
-Ha muerto gente esta tarde. Compañeros nuestros –dijo con voz contenida, como si controlar su furia le estuviera costando horrores-.
-¿A quién le importa? ¡Son sólo traidores y sangres sucias, el colegio está mejor sin ellos!
Al instante de decir eso se ganó el apoyo de la mayoría que estaba a su alrededor, con sonrisas y toses fingidas ocultando carcajadas. Emmeline, sin embargo, sacó la varita. Había visto muchas barbaridades esa tarde, y tratar un tema así con burla la parecía muy poco elegante, nada astuto y, por lo tanto, totalmente impropio de alguien de la casa de Salazar Slytherin. Alecto también sacó su varita y Regulus se puso entre ambas, intentando evitar un duelo en plena sala común.
-Sed coherentes, no podemos pelear entre nosotros –dijo intentando mediar-.
-¡Apártate! –gritó Alecto, quien parecía no haber tenido suficiente sangre ese día-.
-Quítate Regulus; quiero saldar cuentas con ella primero –dijo Emmeline en voz mucho más baja-.
Sin embargo, fue ella quien más le asustó. Esa frialdad digna de Slytherin, esa postura elegante y esos ojos centelleantes no auguraban nada bueno. Alecto era cruel e impaciente, y Emmeline era vengativa y brillante en los duelos. Dio un paso hacia su compañera de clase, intentando quitarle la varita al tiempo que se aseguraba que Alecto no la atacara cuando estuviera en desventaja. Sin embargo, alguien intercedió antes de que fracasara, pues Emmeline parecía capaz de atacarle a él también.
-¡Bajad las varitas, no podemos ponernos a pelear entre nosotros!
Era Maryling Gibon, que había observado la escena desde la puerta por la que acababa de entrar. Pocas veces hablaba, pero su voz era tan autoritaria que las dos chicas bajaron levemente las varitas sin darse cuenta, al tiempo que se volvían a mirarla.
-Nos guste o no lo que ha ocurrido hoy, sabéis que nos va a afectar a todos –dijo en voz alta, asegurándose que todos allí la oyeran-. Muchos tenemos familiares entre los atacantes, y quienes no, da lo mismo. Nos juzgarán a todos por nuestros colores, e intentarán ir contra nosotros. No podemos dividirnos cuando vamos a estar en el punto de mira. Te lo aseguro Emmeline, por mucho que proclames que no apoyas lo que ha ocurrido hoy, te juzgarán sólo por ser de Slytherin. Lo mejor es que nos apoyemos entre nosotros.
Hubo varios segundos de silencio cuando terminó de hablar. Regulus estaba impresionado, y se giró hacia su compañera, al igual que hicieron muchos. Ella, confusa ahora por las palabras de Mary, acabó frunciendo el ceño y salió apresuradamente hacia su cuarto. Todas las miradas de Slytherin la siguieron.
-Algún día pillaré a esa mocosa a solas... –murmuró Alecto, pero sólo su hermano y Regulus la oyeron-.
Este suspiró, cansado. Ahora comenzaban a pelearse entre ellos, y Mary tenía razón: al día siguiente, todo Hogwarts apuntaría a la casa Slytherin por lo que había ocurrido. Tenían que estar preparados para posibles represalias. Suspiró de nuevo. Esperaba poder escaparse pronto para poder hablar con Sadie antes de que todo explotara...
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Después de varios minutos abrazados en silencio, dándose mutuo apoyo, Sirius alejó unos centímetros a Lily para intentar que reaccionara. La novia de su mejor amigo ya había derramado suficientes lágrimas, y él sabía que James no le perdonaría que la dejara auto-inculparse de todo y sufrir sin decirle nada. Lily había pasado los últimos minutos echándose la culpa por no reaccionar a tiempo, y llorando. Sobretodo llorando.
-Vamos Lily, deja de llorar –dijo con voz pastosa, producto de sus propias lágrimas-. James es muy fuerte, y seguro que ya han encontrado el remedio. Estará perfectamente, ya verás. En cualquier momento entrará por la puerta y se reirá de nosotros por estar llorando como dos slytherins.
Pero el intento de broma no funcionó con Lily, que se apretó más a él llorando sobre su hombro.
-Perdóname Sirius. Sé cuánto os queréis vosotros; perdóname por no haber llegado a tiempo…
Volvió a sollozar de nuevo, rememorando de nuevo la escena, imaginando que había salido de su escondite tres segundos antes. Pero no lo había hecho, y ahora James estaba desangrándose en San Mungo. Aquel pensamiento no la dejaba en paz desde que había encontrado a Sirius y se había arrojado a sus brazos. Entonces se había permitido pensar, ser pesimista; y el resultado era horrible.
-Lily –escuchó que la llamaba Sirius-.
Ella apoyó la cabeza contra su hombro, pero él se separó con fuerza y la miró a los ojos.
-Pelirroja, ya vale –dijo poniéndose serio, y apoyando sus manos en las mejillas de ella para obligarla a mirarle a los ojos-. No es culpa tuya. Tú no has hecho nada malo, son otros los que nos han atacado a todos, son otros los culpables. James y tú sólo sois víctimas de esto, ¿me has entendido?
Con los ojos verdes aún llorosos, ella asintió con la cabeza torpemente, aún sin apartar la mirada de los ojos de su amigo.
-James va a volver pronto, y no quiero que me patee el trasero porque no he cuidado bien de ti. ¿Queda claro? El muy bestia golpea fuerte cuando quiere.
Lo consiguió, Lily había sonreído. Esbozando una pequeña y temblorosa sonrisa, Sirius la dio un último abrazo, y vio que suspiraba, pero que era más consciente de su alrededor. La ola de pesimismo se estaba marchando, y Lily se permitió a sí misma pensar que James iba a estar perfectamente.
-Así me gusta más pelirroja, estás más guapa cuando sonríes –dijo Sirius pasando un brazo por sus hombros e instándola a caminar-. Bien, dado que ambos estamos bien, ¿qué te parece si nos alejamos de la enfermería y buscamos a Grace? Debe estar en la torre con Kate…
Y Sirius necesitaba urgentemente a su novia, más para que esta se quedara con Lily mientras él se permitía tener miedo por su hermano en privado, que por verla él mismo. Estaba bien, no necesitaba apoyo. Pero Lily sí, y él no sabía cuánto tiempo más podría permanecer firme. Encima esa noche era luna llena, por lo que no podía contar con el gran consejo de Moony.
Esperaba que los acontecimientos hubieran ayudado a disipar un poco el rencor de Kate por ellos. Quería hablar con ella con calma y en privado, pero por lo visto no podría hacerlo próximamente. Él sabía, de todas formas, que no se habría detenido en un sentimiento tan egoísta en medio de ese caos. Conocía suficiente a Kate para saber que era una de las personas menos egoístas que conocía.
Apoyados el uno en el otro, ambos fueron caminando, saliendo de la zona plagada de estudiantes heridos y preocupados. Se alejaron un par de pasillos, sin tomar el camino habitual pues, de forma implícita habían decidido tomar uno de los atajos que una conocía por prefecta, y otro por merodeador. Y fue por eso que se encontraron con el dantesco espectáculo.
Esa zona estaba desierta, pues pocas personas solían tomar ese camino. Sólo dos personas más ocupaban el ancho pasillo que desembocaba en un aula inmensa que estaba deshabitada, y a través de la cual se llegaba a un tapiz que subía directamente al séptimo piso. Pero el aula estaba ocupada ya, y ellos no podían pasar sin ser vistos por los dos jóvenes que salieron del aula.
-¿Vamos a dejar aquí a los muertos sin ninguna protección? –preguntó uno de ellos volviendo la vista al aula-.
Sirius y Lily se tensaron ante la palabra "muertos". Habían considerado la posibilidad, pero hasta ese momento no tenían la confirmación de que había habido, y además más de uno. Mirándose el uno al otro, se escondieron detrás de una armadura para seguir escuchando la conversación.
-A estos ya no les pasará nada, Mike –le había respondido el otro joven con voz amarga-. Además, el Ministerio enviará a buscarles esta misma noche para las autopsias. Vamos, que aún tenemos que traer más…
Sus voces se fueron alejando por el pasillo a medida que se acercaban al exterior del castillo. Sirius y Lily salieron de su escondite con el rostro pálido y la cabeza llena de miedos. James estaba en peligro, pero había varios compañeros que ya no tenían opción a nada. El hecho de que la batalla hubiera llegado tan lejos les asustaba.
-¿Cuántos muertos crees que habrá? –susurró Lily mirando la sala al fondo, y de repente sintiendo el hedor de la muerte rodear el aula-.
-No lo sé –respondió Sirius con voz queda. Cuando se quiso dar cuenta, la pelirroja se había dejado llevar por su eterna curiosidad y se acercaba a la clase-. ¿Crees que es buena…?
Se calló a mitad de frase cuando vio que se detenía en el umbral, echaba un vistazo alrededor con el rostro contraído de dolor, y de repente se puso increíblemente pálida, se sujetó al marco de la puerta para no caerse, y se llevó una mano en la boca para ahogar un grito. El corazón de Sirius se contrajo al pensar que hubiera alguien cercano a ellos entre los muertos…
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Cuando llegaron al pasillo del tercer piso, tanto Gis como Peter y Jeff notaron que había un gran silencio en el lugar. No les preocupó en exceso, pues esa misma mañana la propia Rachel se había negado a levantar la cabeza de la almohada, y Remus no podría dar mucha conversación convertido en licántropo (aunque fuera uno manso).
La mente de la chica, sin embargo, navegaba en esos momentos por otros derroteros.
-Me pregunto si hemos hecho bien en irnos todos –dijo en voz baja-. Kate y Grace podrían volver en cualquier momento, e igual se preocupan si no ven a nadie...
-Quizá se encuentren con mi hermana, donde quiera que esté –murmuró Jeff poniéndose las manos en los bolsillos y suspirando-.
Sadie tenía la habilidad de desaparecer cuando quería, y era demasiado independiente como para no enfadarse si se empeñaban en buscarla. Sin embargo, por ese día podría tener la decencia de comportarse como todo el mundo y ahorrarle preocupaciones.
-¿Creéis que James, Sirius y Lily estarán bien? –preguntó Peter acordándose de los tres restantes-.
Gis iba a murmurar de nuevo, siendo tan cuidadosa con el tema como con los demás. Pero al ver la inseguridad de Peter, decidió exagerar un poco para que este no se viniera abajo.
-¿Los dos premios anuales y el mayor caradura que ha pisado Hogwarts? –preguntó con sorna y fingiendo una sonrisa-. ¡Por supuesto que estarán bien, Peter! Me atrevería a decir que hasta lo considerarán una gran aventura.
Peter sonrió un poco. Sabía que sus amigos a veces hacían locuras y eran poco consecuentes, pero estaba seguro de que jamás se tomarían a broma una situación como esa. Sin embargo, para no preocupar a Gis, fingió que la creía. De repente se detuvo de golpe, sobresaltando a los otros dos.
-¿Qué ocurre? –preguntó Jeff-.
-¿Qué es eso que hay en el suelo?
Era una mancha, algo viscoso y que parecía reciente. En contacto con la piedra tenía un color vino tinto, y ocupaba un buen trozo del pasillo. Parecía...
-Sangre –dijo Gis con voz ahogada-.
Levantó la mirada, y vio que estaban apenas a unos metros de la habitación donde debían estar Remus y Rachel. ¿Coincidencia? ¿Con un peligroso licántropo suelto por el castillo? Creía que no...
En menos de un segundo se irguió y echó a correr hacia la puerta, la que le costó abrir tres veces mientras gritaba el nombre de su mejor amiga.
-¡¿Rachel? –exclamó entrando en la habitación y hallándola a oscuras-. ¿Remus?
-¿Qué narices...? –Peter tampoco comprendía por qué la estancia estaba vacía cuando Remus no podía pasearse por el castillo como si nada mientras estuviera transformado-.
-¿No... no creeréis que el licántropo que vimos era Remus, no? –susurró Jeff con inseguridad-. Que esa poción fallara y...
-¿Crees que no conozco a mi amigo? –le espetó Peter que había visto a Remus transformado tantas veces que era imposible que no lo reconociera-.
-¿Rachel? –susurró Gisele, ajena a ellos, con debilidad. El temor volvía a concentrarse en su estómago-.
De repente escucharon un pequeño gemido, y sus corazones comenzaron a latir muy rápido.
-Lumos –dijo Peter iluminando la habitación con su varita-.
A primera vista parecía vacía, pero el gemido volvió a escucharse de nuevo, y Gis se adelantó, arrodillándose debajo de la cama y levantando las mantas para mirar. Peter y Jeff la siguieron. Allí estaba Remus, convertido en lobo, acostado en el fondo contra en la pared y mirándoles con sus brillantes ojos dorados. Parecía un animal indefenso y desvalido, emitiendo gemidos tan pequeños que seguramente no se diera cuenta de que lo hacía. Peter sabía que si hubiera sido humano, en ese momento estaría llorando, y eso le asustó mucho.
-Moony, ¿qué ha pasado? –preguntó en voz baja-.
Remus sólo desvió la mirada y apoyó la cabeza entre sus patas.
-¿Dónde está Rachel, Remus? –preguntó Gis sintiendo que el corazón le saldría por la boca-.
Este sólo reaccionó gimiendo más fuerte, pero se negó a mirarles de nuevo. Los tres se miraron entre ellos preocupados, y volvieron a mirarle. De repente Gis ahogó un grito.
-¿No es sangre lo de su hocico?
OO—OO
-¿Cuántos heridos tenemos en Hogwarts? –preguntó Dumbledore a McGonagall mientras ambos comprobaban la llegada de más estudiantes a la enfermería del colegio-.
-De momento es imposible contabilizarlos –respondió la profesora apenada-. La eficencia de los aurores y de la Orden ha conseguido que la mayoría volvieran al colegio sanos y salvos, pero aun así hay demasiados heridos, tanto aquí como en San Mungo... Y me hablaban de, por lo menos, once muertos entre nuestros chicos.
La profesora tenía su habitual pulcro aspecto bastante desmejorado tras haber participado en la batalla. Su perfecto moño estaba prácticamente deshecho, y su tirante pelo negro parecía tener alguna familiaridad con el de cierto Gryffindor a quien ella se había pasado el primer curso pidiéndole que se peinara, hasta que descubrió que aquello era imposible.
Precisamente en ese chico pensaba el director, pues aunque sabía que su deber era estar pendiente de todos sus alumnos, el no encontrar a este en concreto le tenía cada vez más preocupado. Al fin y al cabo, ese inmaduro muchacho podía tener en sus manos la salvación o perdición del mundo mágico.
-No entiendo cómo han planeado algo así sin que nos enteráramos de nada. Ha debido ser una decisión de última hora –comentó McGonagall mirando con rostro compungido a los alumnos que debían ser ingresados-.
-Lo que no tiene sentido es que hayan podido eliminar todas las protecciones que tenemos sobre los alrededor del colegio. Siempre que me voy, las fortalezco. Me pregunto qué he hecho mal...
Era la otra cuestión que atormentaba a Dumbledore. Todo el mundo mágico confiaba en él, asegurando que era el único mago a quien Voldemort temía; pero este acababa de asesinar a varios de sus estudiantes a los pies de su colegio. No había sabido proteger a sus alumnos, y en los años que le restaron de vida jamás se perdonó por ello.
-Albus, no es momento de culpar a nadie –le reprendió la profesora como si fuese uno de sus alumnos-. Debemos atender a los heridos, fortalecer la seguridad por los demás estudiantes, y realizar la desagradable tarea de ayudar a identificar a los muertos y contactar con sus familias. Una vez hayan pasado los días, podremos detenernos a culparnos de todo esto.
Como siempre, McGonagall tenía razón, por lo que precedió la marcha en busca de más formas de ayudar. Entraron en la enfermería, viendo que Madame Pomfrey necesitaba cada vez más ayuda, por lo que ninguno de los dos, al igual que resto de profesores, dudó en ponerse en el papel de enfermeros y socorrer ellos mismos a los alumnos. Afortunadamente, la mayoría de los casos eran bastante leves, con heridas superficiales y algún ataque de ansiedad. Los peores casos estaban en San Mungo.
Allí era donde debía ir el director Dumbledore a interesarse por los alumnos más graves, y cada vez sospechaba más que también debería ir a buscar al que buscaba con más urgencia. No había rastros de James Potter por ningún lado, y a no ser que hubiera salido ileso y se encontrara en su sala común, como mínimo debía estar entre los estudiantes más graves.
Pensaba en todo en ello mientras se ponía al día de los últimos datos con McGonagall y Flitwick.
-¿Los cuatro mordidos por el licántropo ya han sido trasladados a San Mungo? –preguntó la profesora aun observando toda la sala desde donde estaban. Tenía las mangas de la túnica remangadas por los codos, y la varita aún en la mano después de haber detenido una última hemorragia-.
-Sólo dos, Minerva –contestó Flitwick con aflicción-. Me temo que los otros dos han muerto durante el ataque...
La mirada de ambos profesores se apagó, sintiendo un profundo dolor porque personas tan jóvenes e inocentes hubieran tenido un final tan temprano y trágico. Nada de lo que allí había sucedido era justo. Sin embargo, la expresión de Dumbledore se mantuvo, pues no había escuchado un segundo de esa conversación.
-Albus, ¿qué ocurre? –preguntó al poco tiempo la profesora, con el ceño fruncido-. Tengo la sensación de que no has escuchado nada de lo que hemos dicho.
Dumbledore salió de sus pensamientos, y se disculpó con la mirada de ambos colegas.
-Disculpadme. Me temo que tengo la cabeza en otra parte. No veo por ningún lado a James Potter, y me temo que debo localizar al chico cuanto antes.
-¿A James Potter? –repitió Flitwick confuso-.
-Así es, Filius. ¿Alguno le ha visto?
-No, pero no tratará de que los premios anuales ayuden, ¿verdad? Ningún alumno debería presenciar esto... –exclamó McGonagall esperando equivocarse-.
-En absoluto. Simplemente es de vital importancia que contacte con James –respondió el anciano con fingida tranquilidad-.
-¿Por qué es más importante Potter que el resto de los alumnos? –preguntó McGonagall mirando al director a los ojos con suspicacia-.
Dumbledore titubeó sobre si revelar parte de la verdad a dos de sus colegas, pero la urgencia que tenía por hallar al muchacho fue más fuerte que su reserva habitual.
-Esta misma tarde he sabido que el muchacho es un objetivo de los mortífagos. Debo encontrarle antes que ellos, por lo que espero que antes esté entre los heridos graves que capturado. Al menos tendría una esperanza.
Los dos profesores se hallaban completamente sorprendidos. El primero en conseguir volver a hablar fue Flitwick.
-¿Objetivo? ¿Quieres decir que... es posible que el ataque se organizara para atrapar al muchacho?
-Esa es mi sospecha, sí.
Por la expresión de McGonagall, parecía como si en cualquier momento fuera a desmayarse. Estaba terriblemente pálida, y la desolación en su mirada había aumentado.
-No está en la enfermería, por lo que también es probable que este sano y salvo por el castillo –sugirió con voz temblorosa-.
-Esa es mi esperanza, Minerva. ¿Te importaría comprobarlo? Tú le conoces mejor que ninguno de nosotros.
No hubo necesidad de repetirlo dos veces, pues la profesora ya estaba caminando hacia la salida de la enfermería, buscando a uno de los alumnos que más problemas la habían causado en los últimos años. No paraba de suplicar que llegara a encontrarle en otra de sus travesuras, pero a salvo de oscuros planes.
-Iré a ver si, Merlín no lo quiera, está entre los alumnos fallecidos –dijo Flitwick guardándose el pergamino con los últimos datos-.
-Gracias Filius. Espero que no esté entre ellos...
En pocos minutos McGonagall ya había vuelto del que, sin duda, había sido el recorrido más rápido que había realizado en todos sus años en Hogwarts. Su rostro estaba crispado por la preocupación, pues pese a que le había buscado incansablemente, el muchacho moreno y con gafas cuyo rostro no podía quitarse de la mente, estaba completamente desaparecido.
-No está por ningún lado, Albus. He localizado a varios de sus amigos, pero no estaban con él. No les he querido comentar nada para no preocuparles, claro –añadió dejando ver lo innecesario de esa acción-.
Dumbledore asintió preocupado, y dos segundos después Flitwick volvía del aula donde los muertos esperaban ser trasladados.
-Al menos tengo buenas noticias. No está entre los fallecidos. Han terminado de traerlos a todos, y ninguno es Potter –esperó unos segundos, y añadió-. Finalmente el número de fallecidos no ha ascendido; son once.
Era una tragedia por esos pobres inocentes, pero era un alivio saber que el número no se había disparado como habían llegado a temer. Dumbledore rezó para que el destino se detuviera allí y no quisiese llevarse más víctimas, pero su determinación le llevó a centrarse en el tema de James.
-Si no está en la enfermería, tampoco entre los fallecidos ni entre los que están a salvo, sólo quedan dos opciones. Confío en encontrarle a San Mungo. Minerva, quedas responsable hasta que vuelva.
No se precisaron más palabras. Los tres asintieron y cada uno corrió al lugar donde debía estar. Flitwick se apresuró a unirse a sus colegas con la curación de los alumnos, McGonagall comenzó a supervisar a cada paciente; y Dumbledore partió hacia San Mungo confiando en que James Potter estuviera allí.
OO—OO
-No... por favor...
Las lágrimas caían copiosamente por las mejillas de Lily, y sus manos aún estaban tapando su boca, como si quisiese evitar que la desesperación escapara por allí. Aún apoyada en el quicio de la puerta, miraba con sus enrojecidos ojos verdes una imagen que parecía sacada de un ataque de boggart. Simplemente no podía ser... Pero allí estaba, la inmóvil figura sin vida que destacaba de las demás, como si un extraño brillo la envolviera. Aquello era demasiado doloroso, era demasiado irreal, no podía ser posible...
Sirius la observaba desde atrás, con miedo de avanzar varios metros y descubrir quien era el que los había abandonado. Sus manos estaban apretadas en puños a ambos lados de su cuerpo, y su respiración era agitada. Cualquier opción era tan dolorosa como la anterior, por lo que no quería saber lo ocurrido. De todas formas había algo extraño en todo eso, pues no recordaba que ninguno más de sus amigos hubiera marchado a Hogsmeade ese día.
Los dos jóvenes que se encargaban de los fallecidos habían vuelto con dos cadáveres más hacía unos minutos y les habían pedido que se marcharan, pero ellos ni siquiera se habían dado cuenta de su presencia. Tampoco habían visto llegar al profesor Flitwick, que pasó corriendo con sus pequeñas piernas al lado de Lily (a la que tampoco pareció ver), entró en la estancia, dio una vuelta observando los cuerpos, y volvió a irse sin mirarles ni una sola vez.
Cuando el llanto de la pelirroja pasó de ser silencioso a desgarrador, Sirius tuvo que ignorar el miedo a lo que podría encontrar, y obligó a su cuerpo a moverse. Por enésima vez ese día rodeó con los brazos a Lily y la atrajo hacia su pecho. Ella se aferró a él, pero no como si necesitase consuelo sino como si se lo brindase a él. Sirius se dio cuenta de eso, y reunió la valentía para mirar al interior de la habitación.
Había varios cuerpos tumbados sobre las mesas, inmóviles y sin vida. A algunos de ellos los conocía de vista, incluso reconoció a más de uno que le caía bien y con los que había hablado varias veces. Pero enseguida reconoció entre ellos una figura que habría dado lo que fuera por no ver allí. Su corto cabello negro azabache formaba un abanico alrededor de su cabeza, su piel blanca vestía el pálido de la muerte y sus labios prácticamente habían perdido todo su color habitual. Sus ojos estaban cerrados, sin mostrar las preciosas orbes azules que él había observado tantas veces antes de besarla. Estaba tan guapa que parecía como si estuviese dormida, aunque no fuese así.
Reconocer a Kate entre ellos fue un golpe tan duro y fulminante que creyó que sus piernas no le sostendrían. Pero afortunadamente Lily no le dejó caer, sino que se abrazó más fuerte a él, compartiendo su dolor.
-Lo siento tanto... –susurró entre hipidos, sin poder parar de llorar-.
Ella sufría enormemente por la pérdida de una de sus amigas, pero era consciente de que el golpe era mayor para Sirius. Aunque su corazón hubiese elegido a Grace, Kate siempre tendría un lugar muy especial en él. Y su muerte le desgarraba el alma.
Sirius no recordaba la última vez que había llorado. Cuando se marchó de casa no lo hizo, desde luego. Estuvo a punto de hacerlo cuando Grace le había dejado, aunque había conseguido imponer su orgullo, y también estuvo cerca un par de veces que había discutido con Kate, temiendo que le rompieran el corazón de nuevo. Pero nada se comparaba con ese dolor, con ese sentimiento de pérdida, ese agujero en el pecho...
Como si estuviera en una nube, su llanto y el de Lily lo envolvían todo; no existía mundo más allá del que habían creado la novia de su mejor amigo y él para llorar una pérdida tan dolorosa. Apenas notaba el mundo material, como el pelo de Lily pegándose a su húmeda mejilla, su delgado hombro que usaba como almohada o sus manos que le acariciaban el pelo como consuelo.
-¡Lily! –gritó una voz apartándoles de su mundo. Aun así se escuchaba lejana, y Sirius apretó el abrazo a la pelirroja mientras seguía llorando-. ¡Lily!
La voz se acercó más, y sonaba desesperada. La chica no pudo ignorarla más tiempo y miró hacia el fondo del pasillo por encima de la cabeza de Sirius, justo a tiempo de ver correr hacia ellos a Gisele y Jeff.
-¡Estáis bien! –exclamó el muchacho con sincero alivio-. Íbamos a la enfermería, pero os hemos visto y...
-¡Decidme que habéis visto a...!
Gis se interrumpió a sí misma cuando miró por encima del hombro de Lily y vio el interior de la clase, encontrándose con Kate casi en frente a ella. La impresión fue tan fuerte, que Jeff tuvo que sujetarla para que no cayera. Lily hipó de nuevo, derramando más lágrimas, y aun sosteniendo el gran cuerpo de Sirius como si fuese un bebé, tomó la mano de su amiga. Gis estaba en shock, mirando a Kate con los ojos muy abiertos y la boca formando una pequeña o. Su rostro había palidecido de repente, pero aún no se dejó llevar por la desesperación, pues no comprendía nada.
-¿Por... por qué... no está en... la enfermería? –preguntó con voz débil-.
No sintió a Jeff tensarse a su espalda, pues él ya había descifrado la escena. Simplemente le miró a él, luego a Lily y por último a Sirius, que aún mantenía la cara contra el hombro de esta, buscando una explicación.
-¿No necesita ir? –preguntó de nuevo débilmente-. ¿Y si sólo está aturdida, por qué no la habéis despertado?
Lily no pudo evitar gemir para quitar el nudo que tenía en la garganta.
-Gis...
-No... –le suplicó esta mirándola a los ojos con las lágrimas comenzando a derramarse-. No lo digas... Por favor...
La pelirroja asintió con la cabeza, incapaz de decirlo en voz alta, y rompió a llorar de nuevo. Las piernas de Gisele también fallaron, y Jeff acabó arrodillado en el suelo intentando sujetarla. Ahora los cuatro estaban tirados en medio de ese pasillo con el alma roto a pedazos.
-Por favor... Ella también no... Por favor...
La desesperación de Gis era muy parecida a la de Sirius, hasta tal punto que a este le hizo reaccionar y moverse para abrazarla, mientras que uno de sus brazos seguía sujetando a Lily. La latina estiró un brazo para abrazarle por el cuello y hundió la cabeza en su hombro, llorando entre gritos ahogados. El dolor era demasiado fuerte como para que fueran conscientes de ninguna otra cosa en los próximos minutos.
Fue Jeff el que primero se repuso lo suficiente para recordar lo que les había llevado a la planta baja, y para comprender que lo que le había ocurrido a Kate podría haberle pasado también a Grace, pues Gis había dicho que las había dejado juntas.
-¿Grace también está…?
No pudo acabar la frase pues sintió la boca seca de golpe. Decir esa palabra era demasiado cruel y doloroso. Sirius levantó la cabeza de golpe, como si le hubieran golpeado con algo, y le miró con los ojos como platos, aún con las mejillas mojadas por sus propias lágrimas.
-¿Có-có-cómo…?
Jeff se echó hacia atrás cuando su amigo estiró la mano para agarrarle del cuello del jersey. No le atrapó por poco, pero la expresión de Sirius había pasado a ser dura como el granito.
-¿Dónde está Grace? –preguntó con una voz impersonal, mezclando la amenaza y el pánico de una extraña forma-.
-Yo… es que…
Jeff no podía aclarar bien sus ideas. Por un lado estaba demasiado preocupado por varias cosas a la vez, y por otro Sirius parecía capaz de hacerle pagar a él si algo le sucedía a Grace. Gis, sin saberlo, le salvó de llevarse un puñetazo en la nariz, cuando dijo:
-Estaba con Kate… la dos… en Hogsmeade…
Tenía que hablar poco a poco porque el llanto no la permitía pronunciar muchas palabras seguidas. Aún tenía una mano entre la de Lily y su rostro estaba surcado de lágrimas. Aun así, miró a Sirius a los ojos, suplicando perdón en su mirada.
-Fue idea mía ir allí… Se pelearon y, pensé… Si hubiera sabido… Yo nunca…
Al ver su consternación Lily la abrazó de nuevo y ambas comenzaron a llorar, la una en brazos de la otra, con sus cuerpos temblando y aún sin asimilar lo ocurrido. Sirius no tuvo fuerzas para gritarle lo que pasaba por su cabeza al verla en ese estado, por lo que lo único que acertó a hacer fue ponerse de pie de golpe y entrar corriendo en la sala. Allí, rodeado de cadáveres, intentó encontrar, y a la vez rezó por no conseguirlo, algo que delatara que Grace estaba allí también. Un mechón de pelo rubio cobrizo, una porción de piel marfílea, un dedo largo y delgado con una uña muy cuidada… Cualquiera de esas cosas le hundiría en la miseria, mucho más allá de donde se encontraba en ese momento.
No se daba cuenta de que estaba agitado, como si se hubiese vuelto loco, moviendo los cuerpos de forma agresiva y corriendo sin frenos, hasta que alguien le detuvo reteniéndole los brazos.
-Tranquilízate, Sirius, por favor. Tranquilízate –susurró la voz de Lily en su oído-.
Como si hubiese tomado una poción calmante, sus músculos se relajaron y comenzaron a temblar, su respiración se espació y sus lágrimas cayeron más despacio.
-Grace no está aquí –dijo Lily con una seguridad que él no compartía-.
-Pero… -intentó protestar-.
Aún no había visto más que cinco cuerpos, por lo que no podían saber si Grace no estaba entre los demás.
-No está, por favor. Salgamos de aquí.
En ese momento Sirius vio que Lily seguía llorando, y entonces se dio cuenta de que no era que su amiga estuviera segura de que Grace no estaba entre los muertos, sino que le suplicaba que no miraran más, que no siguieran dentro de esa habitación, que la dejara con la bendición del desconocimiento un rato más. De hecho, era preferible no saber que confirmar en casos como el de Kate, y Sirius comprendió que él tampoco estaba preparado para enterarse de que Grace también estaba…
Casi como un autómata se dejó llevar a la salida, y no rechazó la ayuda de Jeff cuando este le pasó un brazo por los hombros en señal de apoyo. ¿Perder a Kate y Grace el mismo día? No creía poder soportarlo si se daba el caso…
-Tenemos que encontrar a mi hermana y a Rachel –habló de nuevo Jeff, que era el más entero-.
Al oír el nombre de su mejor amiga, Gis volvió un poco en sí, y agradeció su ayuda para ponerse de pie. Lo ocurrido a Kate era demasiado doloroso, pero necesitaba asegurarse de que nada le había pasado a Rachel. El instinto de supervivencia le ayudó a salir de la burbuja en que su mente se había metido al ver a su amiga tendida sobre una mesa, inmóvil y sin vida.
-¿Rachel? ¿No estaba con Remus? –preguntó Lily con el ceño fruncido mientras se limpiaba las mejillas con el dorso de una mano, y con la otra tenía atrapada la cintura de Sirius-.
-Debería –dijo Gis en voz débil, intentando aclararse para contarles lo que sabían. Aún se sentía en una nube llena de tormenta-. Yo iba a reunirme con ellos cuando me encontré a… -volvió a quedarse sin voz, e hizo un triste puchero con sus labios mientras señalaba a Kate, incapaz de decir su nombre-. Entonces me marché a Hogsmeade con ellas… Pensé que no pasaría nada, pero ahora no está, y hay sangre….
-¡¿Sangre? –exclamaron Lily y Sirius a la vez-.
Gis asintió con la cabeza mordiéndose el labio y miró a Jeff, que suspiró al tener la atención de todos.
-Un hombre-lobo ha entrado en el castillo -dijo ganándose la atención de los otros dos, que abrieron los ojos como platos, y lanzaron exclamaciones ahogadas-. Yo estaba con Peter en el pasillo de la enfermería cuando apareció y se lanzó contra un chico. Aquello parecía una carnicería, todo lleno de sangre y gritos y… -se detuvo a sí mismo notando la tensión en los demás, regañándose por su poco tacto, y continuó algo más adelante su relato-. Después de que le hubieran echado y la zona volviera a ser segura, decidimos subir a la torre de Gryffindor, y allí vimos que habían entrado mortífagos. También se habían marchado, y gracias a Merlín casi todo el mundo parecía estar bien; pero han destrozado nuestra habitación. No sé por qué la nuestra. El caso es que apareció Gis y fuimos a buscar a Remus y Rachel, porque Peter pensó que Remus podría haber olido al otro licántropo. Pero cuando llegamos Rachel no estaba, había sangre en el pasillo y… en el hocico de Remus.
Lily se había llevado las manos a la boca con horror, mientras Sirius intentaba aclararse.
-No… Remus no le habría hecho nada, estoy seguro –dijo sacudiendo la cabeza-. Además, en el caso de que así fuera, ella tendría que estar allí, herida.
Era una buena idea, y eso tranquilizó a Gis muchísimo.
-Tal vez se haya conseguido mover hasta la enfermería, sea lo que sea lo que la haya ocurrido –sugirió Jeff débilmente-. Íbamos allí cuando os vimos de lejos. Peter prefirió quedarse con Remus, que parecía muy alicaído.
-¿Y a qué esperamos? –preguntó Lily emprendiendo una carrera hacia la enfermería, seguida por los otros tres-.
Iban con prisa y determinación. El tener algo que hacer aparte de llorar la pérdida de Kate, parecía devolverles a la vida. Además, esa conversación les había recordado que tenían a personas cerca que aún continuaban con vida y les necesitaban. Lily pensó en James, y al pensar que la necesitaba fuerte, su determinación se hizo mayor. Fue ella quien primero llegó y quien localizó a una muy ocupada Madame Pomfrey para preguntarla por su amiga.
-¡Evans, ahora no sé ni dónde está Perkins, ni dónde está nadie! ¡Por favor no me entretenga, muchos compañeros suyos necesitan ser atendidos! Si no la encuentran aquí ni en el castillo, debe estar en San Mungo –fue la histérica, y falta de tacto, respuesta de la enfermera-.
La idea de que Rachel estuviera en San Mungo no tranquilizaba a nadie, pues allí estaban los casos más graves. De nuevo James volvió a la mente de su novia, preguntándose cómo estaría y si estaría consciente o inconsciente. ¿Estaría muy grave?
-¿Qué hacemos ahora? –preguntó Gis con voz débil mirando a Lily, como si esta pudiera solucionar todos sus problemas-.
La pelirroja lo hubiera querido, pues si ella pudiera controlarlo todo, James no estaría desangrándose, Kate no habría muerto, Rachel no habría desaparecido, y Grace estaría a salvo y a su lado. Pero como ella no era omnipotente se limitó a encogerse de hombros, mirando alrededor, fijándose en los diferentes casos de heridos que había y preguntándose si algún día ella podría ocuparse con calma de algo parecido.
De repente, Gisele ahogó una exclamación y casi gritó:
-¡Ahí está!
Todos se dieron la vuelta, mirando en la misma dirección que ella, hacia la puerta de la enfermería. Pero no era Rachel quien entraba en ese momento, sino Grace. Aunque esta más bien era llevada en brazos, pues estaba completamente inconsciente. O al menos eso quisieron creer todos.
OO—OO
Ya habían pasado unas horas del ataque, por lo que en San Mungo ya no reinaba el caos del principio; pero cuando Albus Dumbledore llegó allí todavía se encontró con un espectáculo dantesco. Los sanadores seguían corriendo de un lado para otro, aun sintiéndose muy pocos para el tamaño de la tragedia; los enfermos curados se agolpaban en los pasillos, a la espera de que hubiera tiempo y espacio para ubicarles; y muchos heridos aún esperaban ser atendidos, controlándose los daños menores ellos mismos. Pero al muchacho que él buscaba no se le veía por ningún lado.
-¡Señor Dumbledore! ¡Esperábamos que llegara en cualquier momento! –exclamó una sobrepasada enfermera que se cruzó con el director-.
La chica no debía contar con más de veinte años, por lo que debía haber salido hacía poco de la academia. Su uniforme color verde claro evidenciaba que era nueva en el hospital; quizá, incluso, ese fuese el primer atentado que la tocaba socorrer. Sin embargo, pese al agobio y el miedo que brillaba en sus ojos, su compostura y saber estar eran admirables. El director supo que podía resultarle útil para conseguir la información que buscaba, pues parecía estar pendiente de todo lo que ocurría en la sala.
-Disculpe jovencita, quizá usted…
Pero no pudo seguir porque la chica, con un nervio y una eficacia dignos de alguien mucho mayor, ya se dirigía a buscar a su siguiente paciente mientras le decía por encima del hombro:
-Hay varias cuestiones que queremos tratar con usted, señor. Ahora avisaré a mi superior y él le informará.
-Pero, espere un momento…
Fue imposible, la chica ya desaparecía por la puerta de un quirófano ayudando a andar a un hombre de avanzada edad, a quien el profesor reconoció como un borrachillo que era uno de los más fieles clientes de Cabeza de Puerco. En ese momento recordó a su hermano, dándose cuenta de que no se había puesto en contacto con él para interesarse por su bienestar. Sin embargo, algo dentro de él le decía que, pese a su corto nivel intelectual, Aberforth era un oponente muy difícil de roer.
-Señor Dumbledore –dijo una voz varonil a su espalda, llamando su atención-.
Pertenecía a un hombre de unos cincuenta años, que, al contrario que la chica que le había recibido, vestía un uniforme de color verde muy oscuro, con el símbolo de San Mungo, un hueso y una varita, estampados en el pecho. Era uno de los sanadores principales, o quizá el jefe de alguna sección del hospital, supuso.
-Soy Arnold Radford, jefe de la sección de daños provocados por hechizos –se presentó el hombre de cabello castaño y poblado bigote-. Me alegro que haya venido ahora, pues hay varios casos entre los pacientes que debo tratar con usted con máxima urgencia.
-Por supuesto –contestó el director con prisa-. Pero antes de comenzar, por favor, le pido que me diga si tienen entre los ingresados a un chico llamado James Potter. Se trata de uno de mis alumnos, y debo ubicarle cuanto antes.
-¿James Potter? –repitió el hombre en voz alta, como intentando hacer memoria-.
-Así es. Sólo quiero saber si el muchacho está ingresado en el hospital. ¿Cree que podrá ofrecerme esa información?
El hombre asintió al instante, y ni siquiera se molestó en mirar la lista que llevaba en las manos, pues se la sabía de memoria. Con agilidad y sin perder ni un solo segundo, atajó a la joven enfermera que había recibido al anciano director.
-Amelia, averigua si entre nuestros pacientes se encuentra un chico llamado James Potter, y házmelo saber cuánto antes –la ordenó, haciendo que la chica guardara su varita en el bolsillo de su uniforme y corriera a cumplir la orden-.
Sabiendo que ya estaban buscando al chico que podía ser el portador de la seguridad del mundo mágico, Dumbledore se permitió unos minutos para interesarse por sus otros alumnos, de quienes también estaba terriblemente preocupado.
-Bien señor Radford, soy todo oídos.
Suspirando con fuerza, el hombre le condujo a una esquina del mismo pasillo y alzó finalmente la lista que llevaba consigo para ofrecerle más detalles al director.
-Bien señor, supongo que ya le habrán advertido que un licántropo entró en los dominios de su escuela y atacó a varios alumnos. Tenemos a dos de ellos siendo atendidos en estos mismos momentos.
-Conozco la situación. Me han comunicado que otros dos han muerto al instante –contestó el director con una mueca dolorosa-.
-Así es. El Ministerio ya los ha identificado a ambos antes que al resto de los fallecidos, y nos han informado. Se trata de Nicola Viridian, de 14 años, y Melvin Nutcombe de 11 años.
Dumbledore necesitó unos segundos para recuperarse de la conmoción que le supuso ponerle nombre y apellidos a los fallecidos de una forma tan cruel y temprana. Fue duro saber la noticia de que Greyback había perpetrado en Hogwarts y atacado a algunos alumnos, fue horrible saber que dos de esos niños habían muerto, pero fue agónico ponerles nombre y cara a las víctimas. ¡Qué fácil resultaba sesgar la vida de los más inocentes!
-En cuanto a los otros dos heridos… -continuó el medimago tras dejarle unos segundos de cortesía para reponerse-. En cuanto a los otros dos, querría decirle que les hemos identificado y nos preguntábamos si querría usted ponerse en contacto con sus familias o dejarnos la tarea a nosotros.
-Me gustaría ocuparme yo, señor Radford –dijo Dumbledore con la voz tomada-. Es lo menos que… -se aclaró la garganta, obligándose a mantener la compostura, y continuó-. Dígame los nombres de los dos muchachos y avisaré a sus familias.
El sanador se removió incómodo.
-De hecho, preferiría que esperara unas horas para informar a las familias. Los dos están siendo atendidos en los quirófanos especializados y hacemos lo que podemos, pero tememos por la vida de ambos.
Esa información dejó caer una losa entre los dos hombres, dejándoles unos segundos aturdidos, pensando en la fragilidad de la vida. Tras este tiempo, el sanador volvió a hablar:
-Los heridos son Stephen Stretton, de 12 años, y Rachel Perkins, de 17. El niño tiene destrozada casi toda la zona abdominal, dificultándole en exceso la respiración, además de contar con la mordedura, que ha sido en la pierna. La chica, sin embargo, fue mordida directamente en la zona posterior del cuello. La yugular está tocada, pero no demasiado, lo que nos permite ser algo optimistas. Estamos haciendo lo que podemos pero…
Dumbledore no le había escuchado las últimas frases, pues se había quedado atascado en uno de los nombres. El corazón le latía a mil por hora, sentía que comenzaría a sudar en cualquier momento, y definitivamente, le parecía que todos sus años le habían caído de golpe sobre el pecho.
-¿Puede… puede repetirme los nombres, por favor?
Sin comprender exactamente el porqué de tamaña turbación, el sanador repitió los nombres de los dos heridos, y le miró atentamente. El anciano director parecía de pronto muy enfermo, poniéndose mortalmente pálido, y sus manos temblaron agitadamente, preocupando al sanador.
-¿Se encuentra bien? –preguntó sujetándole un brazo por miedo a que se derrumbara-.
-Sí –contestó volviendo de nuevo al mundo real-. Sí, disculpe. Esperaré esta noche, y mañana con su permiso me pondré en contacto con los Stretton sobre el caso de Stephen. Una buena familia… Su hermano mayor acabó el colegio el año pasado, siendo uno de los estudiantes más notables de su curso. El pequeño es un niño encantador…
-¿Y qué hay de Perkins, señor? –insistió el sanador al ver que el director se perdía en sus pensamientos-.
-Cualquier noticia sobre ella mándemela a mí. Su madre murió el mes pasado en un ataque, y su padre está ingresado aquí, en coma. No tiene más familia, así que yo me haré cargo de ella.
Radford asintió, comprendiendo qué era lo que había perturbado tanto al director, y también confirmando en su interior que el director de Hogwarts tenía la tendencia a proteger especialmente a los alumnos huérfanos. Desde luego, si era duro aceptar que un hombre lobo te ha mordido, lo era más estando sola en el mundo como esa muchacha. Por milésima vez ese día, sintió que el corazón se le encogía. Sin embargo, se negó a derrumbarse y prosiguió.
-Bien, verá. También están los siguientes casos que…
-¡Radford! –gritaron de repente en el pasillo-.
Los dos hombres se giraron a tiempo de presenciar la llegada de la enfermera que había mandado el medimago a investigar sobre James.
-¡Lo encontré, encontré a James Potter! –dijo con voz entrecortada, una vez hubo llegado a ellos-. Está siendo operado en estos momentos, un asunto delicado. Morrison se está encargando de ello.
-¿Qué quieres decir con un asunto delicado? –preguntó su superior frunciendo el ceño-.
-No sabemos qué maldición le han lanzado, pero ha entrado en el hospital desangrándose y aún están tratando de controlar la hemorragia.
La cara de desconcierto era la misma en los dos hombres, pues ninguno conocía ninguna maldición que tuviera ese efecto. La cara de la enfermera indicaba que ella tampoco comprendía.
-¿Está en peligro de muerte? –quiso saber el director con el corazón en la boca-.
-Creo que no, pero está grave. La sanadora Morrison parecía haber dado con una solución cuando yo me iba, pero el chico ha perdido mucha sangre.
-No sé preocupe Dumbledore, Morrison es una de nuestras mejores sanadoras. –dijo el medimago con voz tranquila-. Iré a ver si necesitan ayuda –añadió echando a correr en dirección donde había venido la chica-.
Dumbledore, aún muy pálido, decidió que no podía retrasar más el aviso a los Potter ahora que ya había ubicado a James. Se despidió de la enfermera agradeciéndole su ayuda, y se dispuso a mandarles un mensaje a los padres del chico. Sólo le quedaba rezar para que James sobreviviera, e intentar no pensar demasiado en los demás casos que había oído hasta que la caja elemental estuviera en su poder.
OO—OO
-¡Grace!
El grito de Lily se confundió con el de Sirius cuando ambos echaron a correr en dirección a la puerta de la enfermería. Sólo cuando estaban más cerca se fijaron en el chico que llevaba en brazos su cuerpo inconsciente. Lily apenas lo miró un segundo antes de volver a fijarse en su mejor amiga, mientras que el rostro de Sirius se endureció, mostrando mil expresiones al mismo tiempo. No quería ser brusco, pero cuando llegó hasta ellos, segundos antes que Lily, le arrancó a Grace de los brazos e intentó sostenerla en el aire a pesar de las pocas fuerzas que le habían quedado. La miró el impasible rostro con ansiedad, lo mismo que Lily cuando llegó y se apoyó en su hombro. Marco Mancini estaba sudoroso, con la cara llena de rasguños y con aspecto cansado; pero completamente ileso.
-Está viva –les dijo con la voz entrecortada del esfuerzo de haberla cargado-.
Gis y Jeff habían llegado a tiempo de escuchar esas palabras, y los cuatro suspiraron de alivio al mismo tiempo. Sirius sacó su varita e intentó despertar a Grace, pero ella continuó con los ojos cerrados y el rostro neutro.
-Ya lo he intentado –dijo Marco frunciendo el ceño preocupado-. Pero no despierta. Su pulso es regular y no parece tener ninguna herida de consideración más que los rasguños del cuello y la cara. Por eso la traje aquí directamente.
Lily miró una vez más a su amiga, y aunque estaba preocupada, un sentimiento tranquilizador la envolvió al no verla en el estado de Kate, ni con un aspecto tan preocupante como James. Obedeciendo a un instinto de agradecimiento, se incorporó y abrazó al italiano con fuerza. Este apenas acertó a devolvérselo, pues le había pillado por sorpresa. Seguía mirando a Grace, y después de ella a Sirius, quien había acabado de rodillas en el suelo, aun sosteniéndola. El chico tenía el ceño fruncido y los labios apretados, pero sus manos parecían muy suaves mientras le apartaba a Grace sus cabellos cobrizos de la cara.
Sin embargo ese momento tan íntimo se vio roto de golpe cuando el profesor Slughorn apareció y se arrodilló para examinar a Grace.
-¿Alguno sabe qué le ha ocurrido? –preguntó pasando su varita por encima de ella-.
Todos, a excepción de Sirius, miraron a Marco con ansiedad, y este tragó saliva antes de hablar.
-No lo sé con exactitud. No ha podido ser una maldición fulminante, porque desvié la última maldición que iba hacia ella, y cuando llegué a su lado seguía consciente. Aturdida y parecía que sin fuerzas, pero inconsciente. Ha sido cuando hemos llegado a Hogwarts que ha perdido el conocimiento.
No tenía sentido para ninguno de ellos, pero el profesor Slughorn asintió con la cabeza y procedió a tomar en sus brazos el cuerpo de Grace.
-Vamos a ver qué le ocurre. Suéltela Black, yo me encargaré de que no le ocurra nada.
Sirius la soltó a regañadientes, y la siguió con la mirada hasta que ella y el profesor de pociones desaparecieron por una de las camillas cuyos doseles estaban corridos. Fue entonces cuando se volvió a mirar a los demás, aún con la mandíbula apretada y los ojos entrecerrados. Para entonces, Lily quería saber todos los detalles y le había pedido a Marco que relatara todo lo que había ocurrido.
-Pues yo me vi atrapado entre fuegos cuando empezó todo –dijo el muchacho dubitativo-. Iba hacia Las Tres Escobas cuando empezó todo, y como no conozco el pueblo me quedé escondido hasta que vi a varios compañeros dirigiéndose hacia una dirección, y les seguí. Pero allí había una emboscada, y todos caímos como en una ratonera. No puedo quejarme, el encapuchado que me atacó no parecía muy diestro, y de hecho no temí por mi vida hasta que otro de mayor altura vino a apartarle. Sin embargo, la suerte me sonrió de nuevo, pues cuando apenas habían comenzado a divertirse a mi costa apareció una chica y me salvó. La conozco de vista, es una de nuestras compañeras, una rubia muy atractiva. Nunca he sido buen luchador, pero al verla me di cuenta de que ella era magnífica…
-¿Cuándo entra Grace en la historia? –preguntó Gisele impacientándose-.
-Ah sí, perdona –el italiano comprendió que se había ido por las ramas, y continuó su historia en el punto clave-. Bien, yo ya me iba cuando vi a Grace de lejos, tirada en el suelo, retorciéndose. No fue difícil distinguirla con su color de pelo…
Sirius se mordió la lengua, callándose lo que había estado a punto de decir por la evidente admiración con que Marco había hecho esa observación. La preocupación por lo ocurrido a Grace pudo con sus celos.
-Una mujer la estaba atacando –prosiguió el me acerqué corriendo vi que alzaba la varita y que la lanzaba una maldición –se ahorró su sospecha de que la maldición que iba dirigida a Grace era la peor de todas, pues no consideró necesario asustarles de ese modo cuando aún tenía peores noticias-. Sólo acerté a lanzar un escudo, pero si un auror no llega a interferir en ese momento creo que no hubiera podido hacer nada… Llegué hasta Grace cuando el auror y la mujer comenzaban a luchar, y otro hombre me entregó un traslador, diciéndome que la trajera aquí. Cuando aparecimos en Hogwarts, perdió del todo el conocimiento.
Los demás se quedaron en silencio unos segundos, asimilando la información y mirando agradecidos al italiano, que esbozó una sonrisa nada creíble.
-¿Dices que era una mujer la que la atacaba? –preguntó Lily sorprendida porque el chico hubiera distinguido algo bajo esas máscaras blancas-.
-Sí –contestó él seguro-. Me llamó la atención, porque era la única que no llevaba máscara. Era morena, con los ojos grandes y el rostro rígido. Habría podido ser guapa si no pareciera la mujer de Satanás.
La descripción fue suficiente para helar la sangre de Lily, Gisele y Sirius. Las dos primeras le miraron inmediatamente de reojo, con expresión de horror, y él estuvo a punto de descomponerse. En vez de eso, se llevó las manos a la cara y ocultó su rostro. Esa hija de…
-¿Ocurre algo? –preguntó Marco, tan interesado como Jeff en las reacciones de los tres-.
-No –respondió Lily rápidamente-. Gracias por todo Marco, de verdad.
El chico la miró, y de repente se mordió el labio, incómodo. Tenía que decirlo, pero no se atrevía. No creía que él fuera el indicado para darles esa noticia, pero tampoco se sentía capaz de irse sin contárselo.
-Veréis… Había alguien más ahí, al lado de Grace…
-Sabemos lo de Kate –le interrumpió Gis, quien volvió a sentir que las lágrimas acudían a su rostro-.
El italiano enmudeció y su expresión también se tornó triste. Había sido duro reconocer un rostro familiar, una chica tan agradable, y comprobar que no podía hacer nada para salvarla. Había sido una prueba muy dura.
La mente de los demás estaba tan aturullada como la suya. Gis no podía dejar de pensar en Kate, y también en Grace. En la ironía de la vida que la hizo irse ella sola con el traslador. Si sólo esa explosión hubiera llegado tres segundos más tarde… Y, ¿por qué Tony no las había puesto a salvo igual que a ella? ¿Qué le había impedido salvarlas? ¿Cómo había podido fallarle de esa manera?
Jeff observó con tristeza a sus amigos, aún sin creerse que todo eso estuviera pasando. Kate muerta, Grace herida, Rachel desaparecida, James, por lo que parecía, también… Y su hermana que no daba señales por ningún lado. Miró hacia el pasillo, esperando verla entrar con su habitual expresión de curiosidad disfrazada. A esas alturas ya debía haberse enterado de lo que había ocurrido en Hogsmeade y en el propio colegio, ¿no podía dejar aparte su egoísmo por un día, y preocuparse por el bienestar de los demás?
De mientras, Lily veía en su mente una y otra vez a Kate, tal y como la había descubierto en esa horrible sala. Sin embargo, ahora la imagen la situaba en las afueras de Hogsmeade, donde Marco había dicho que estaban, y con Grace a su lado, retorciéndose y sufriendo. Esa descripción, añadiendo el hecho de que Bellatrix Lestrange estaba cerca, apuntaba directamente a la maldición cruciatus. Suspiró con horror y apretó la mano de Sirius, que estaba muy tenso a su lado. ¿Cuánto habría sufrido su amiga por culpa de esa loca? Era la prima de Sirius… Le miró dubitativa, y vio que tenía la mirada acristalada y perdida. Sabía lo que él debía estar pensando, y no era momento para echarse culpas.
En efecto, Sirius tenía una gran losa sobre él. Era horrible pensar en Kate asesinada, y mucho más en Grace torturada; pero añadirle a la sádica de Bellatrix era agónico. Ella era más cruel que la mayoría, más peligrosa. Y escogía a sus víctimas como si fuesen comida. Por eso sabía que no era casualidad que hubiera ido justo a por Kate y Grace. Daba igual lo actualizada que estuviera sobre su vida; ella sabía que con ambas podía hacerle mucho daño. Todo era culpa de él…
Una presión cálida en su mano le distrajo, y bajó la mirada para encontrar la mano de Lily estrechada a la suya. Al lazar la mirada, sus ojos se encontraron con los verdes de su amiga, tan expresivos que supo lo que quería transmitirle al instante. Y fue tan convincente que parte del peso en su pecho se aligeró. Pero también quedaba el otro sentimiento que le avergonzaba. Sus celos. Estaba celoso porque él no había llegado hasta Grace, y el maldito italiano sí lo había hecho; estaba celoso porque el muy sinvergüenza le había sido de utilidad a su novia, y él no. Incluso la forma en que la sostenía en sus brazos o hablaba del color de su pelo le habían parecido excesivas. Por otro lado se sentía fatal por tener esos sentimientos tan egoístas en ese momento, cuando debía estar agradecido. Ese italiano habría querido tener algo con Grace, quizá hasta lo había tenido y era evidente que se sentía atraído por ella. Pero lo que más debía importarle era que la había traído de vuelta con vida.
Estaba viva. Tanto temor que había tenido en los últimos minutos, ahora por fin se disipaba. Kate estaba muerta, su mejor amigo estaba herido y Rachel estaba desaparecida y posiblemente gravemente herida. Pero Grace estaba allí, y viva. Era una preocupación menos, un dolor menos en su corazón, y si tenía que estar en deuda con ese odioso extranjero, lo estaría.
Aún con expresión seria, su rostro se relajó y miró al chico que le miraba entre preocupado y cauteloso. Parecía haber adivinado sus pensamientos. Lentamente levantó una mano y se la ofreció como símbolo de paz.
-Gracias por traerla de vuelta, Mancini –dijo utilizando por primera vez el apellido del chico sin hacer burlas-.
Este dudó, mirando su mano como si fuese una varita apuntándole directamente. Le miró de nuevo a la cara, y le estrechó la mano con inseguridad. Una mueca apareció en sus labios, mezcla de sonrisa y de comprensión. Fue extraño comprobar que parecía entender cómo estaba sintiéndose a la perfección.
OO—OO
Tras semejante pelea en medio de toda su sala común Regulus decidió que ya había soportado demasiado tiempo la presión de la batalla y sus consecuencias, por lo que salió a buscar a Sadie cuanto antes. Mientras recorría los lugares habituales en los que se citaban para hablar de todo, pensó en todo lo sucedido en un día, y le pareció que habían pasado mil años desde que se había despedido de ella esa mañana.
La riña que había tenido lugar en su sala común evidenciaba que habían sido muy poco cuidadosos con su misión. Afortunadamente la mayoría de los slytherins les apoyaban, y los pocos que no, estaban de acuerdo con Mary en que debían estar todos unidos, pues irían contra todos sin excepción. El caso de Emmeline Vance era una excepción, pues aunque pudiera haber alguien más que estuviera de acuerdo con ella, nadie había secundado su acción de alzar su varita contra Alecto. Emmeline… Regulus había ido con ella a clase por los últimos seis años, pero apenas la conocía. Era rara, una chica extraña y solitaria. Tenía el orgullo, la astucia, y la tranquilidad digna de los slytherins, pero no se parecía al resto en nada más. No era amiga de Yaxilia ni de ninguna de sus compañeras de clase, y no recordaba haberla visto en compañía de muchos de su casa. No encajaba entre ellos. Regulus creía que Mary podía haberla convencido de que se callase la boca, pero aun así se dijo a sí mismo que debía vigilarla de cerca de ahora en adelante.
Dio la vuelta al colegio, pero Sadie no estaba por ningún lado. Era extraño, creía que debía estar esperándole. Seguro que con todo lo que había ocurrido en el colegio ya se habría enterado de lo ocurrido y había sacado sus conclusiones. Estaba preparado y dispuesto para afrontar su explosión de nuevo, pero esta no tendría lugar hasta que la encontrara. Quizá estuviera esperándole en el lugar que utilizaban al principio, cuando quedaban tácitamente, simplemente apareciendo ambos a la misma hora todos los días.
Pero tampoco estaba en los bancos de los soportales. ¿Dónde se había metido? Necesitaba escuchar su voz, aunque fuese a gritos; necesitaba ver su cara, aunque estuviese enfadada. Quería decirle lo que había descubierto esa mañana mirándola; confesarle que había descubierto que sentía por ella más de lo normal en una amiga, más incluso de lo que había sentido por Grace, y no digamos de lo que sentiría nunca por Yaxilia.
Distraídamente miró hacia el patio al que miraban los soportales, que días atrás estaban cubiertos de nieve, y donde la había acompañado bajo esta, leyendo emocionada noticias de su padre. Ahora comprendía que ese día ya la había visto distinta, con su coleta deshecha, su bufanda mal puesta y un brillo inusual en sus ojos. Ese día la había mirado de otra forma, y había visto a una chica increíble; alguien que había conectado con él como no lo había hecho nadie más nunca.
-¡Black! –se escuchó una voz algo lejana. Segundos después, esta repitió el llamado más cerca-. ¡Black! ¡Ah, ahí estas! ¡Tienes que venir, tenemos problemas!
Era Avery, quien se veía acalorado y con el ceño fruncido de preocupación. Aún distraído, pensando donde podía haberse metido Sadie, Regulus se acercó a él.
-¿Qué ocurre?
-Es Yexter –contestó este haciendo una mueca-.
-¿Ya apareció?
-Bueno… no exactamente. Ven, nos hemos reunido en el salón de trofeos para que nadie nos oiga. Tyler estaba histérica.
Frunciendo el ceño Regulus siguió a Avery camino a la habitación. ¿Qué había podido ocurrir para que Amanda se hubiese puesto tan nerviosa? Ella era, entre las cuatro chicas, el ejemplo del saber estar y la elegancia.
Cuando llegaron allí, ya todos los demás estaban esperándoles. Les observó en silencio durante dos segundos, notando que Amanda estaba, efectivamente, muy nerviosa, con su sedosa melena oscura desenredada y copiosas lágrimas cayendo por sus ojos oscuros. A su lado, Samantha tenía la expresión dura como el granito, pero Regulus vio un dolor en sus ojos que le hizo fruncir el ceño. Incluso Alecto parecía afectada. Miró alrededor, pero Dulcy no estaba allí. Aquello no pintaba bien.
-¿Qué ha ocurrido? –preguntó directamente-.
Pese a ser el más joven, todos los demás le tenían asumido como el líder del grupo y la conexión con el exterior, por lo que se congregaron a su alrededor.
-Tyler y Hinkes dicen haber visto a Yexter –le comunicó Snape con su habitual tono neutral-.
-No decimos, hemos visto a Dulcy –interrumpió Samantha mirando con rencor a su compañero. Después se volvió a Regulus para explicarle-. Se la llevaban unos aurores. Está muerta.
Los demás ya habían recibido la noticia, pero dejaron unos segundos de silencio para que Regulus la asumiera. Este aún no se había hecho a la idea cuando Amanda berreó:
-¡La han matado! ¡Los muy hijos de puta la han matado!
Por sus ojos cayeron más lágrimas, pero nadie hizo ni dijo nada al respecto. Regulus la miró comprensivamente, pero entonces cayó en otra cosa.
-¿Se la llevaron los aurores?
Samantha asintió, y McNair, por si no había entendido la grandeza del problema, le aclaró:
-Tenía puesto el uniforme y la máscara. No tardarán en identificarla y atar cabos.
-Y a los siguientes que investigarán son sus amigos directos o compañeros cercanos –añadió Snape-.
-En resumidas cuentas: estamos jodidos –finalizó Avery-.
Regulus sintió un nudo en la garganta al comprender la magnitud de aquello. Tenían que actuar rápido, tenían que crearse coartadas, que avisar al exterior, y que defenderse de cualquier intento de venganza. Y además, esta vez estaban solos allí adentro.
OO—OO
Aquello había pasado de castaño oscuro. Ni siquiera Sadie era tan desconsiderada como para desaparecer en un momento semejante; mínimo habría ido a preguntar por el bienestar de los demás antes de volver a meterse en su mundo. Jeff tenía que darle ese crédito a su hermana. Ella nunca había sido un apoyo para él en su "don", y quizá se había mostrado compasiva con él muy pocas veces en su vida, pero no era egoísta hasta ese punto extremo. Y él estaba comenzando a preocuparse de verdad.
Por eso decidió dejar a sus tres compañeros en la enfermería, donde todavía intentaban localizar a Rachel y adivinar el estado de Grace. Él, ante la imposibilidad de volver a ver a Nicole, decidió dar una vuelta por todo el colegio para buscarla. Ya estaba inspeccionando el segundo piso cuando su despistada memoria le recordó el hechizo por el que su hermana y él estaban unidos. Su madre les había dicho que a su padre y su tío les había sido útil, y Sadie ya lo había utilizado la noche de la luna llena para dar con él con éxito.
En ese momento se detuvo en medio del desierto pasillo, cerró los ojos y se centró en su magia. Sintió como esta le envolvió, le daba calor, y busco la de su hermana, unida a él por sangre y por dicho hechizo. No la notó. Frunciendo el ceño se concentró más, sabiendo que cuanto más alejada estuviese ella, más tardaría en notar su magia. Estuvo esperando de pie varios minutos, utilizando su gran paciencia e invocando su magia de una forma tan grande como nunca antes se había atrevido a hacerlo. Pero la magia de Sadie no acudía en busca de la de él cuando la llamaba. Era extraño. Era como si Sadie no estuviese en ninguna parte…
De repente sintió que alguien le tocaba el hombro y se sobresaltó, descentrándose. Por un momento creyó haberlo hecho al revés, haber convocado a Sadie pero sin haberlo notado. Pero no era su hermana quien lo llamaba. Al darse la vuelta se encontró con Lily y Gisele, la primera aún tenía el brazo extendido hacia él y las lágrimas volvían a caer por su rostro. Gis miraba al suelo de un modo que le impedía ver su expresión. ¿Qué había ocurrido ahora?
-¿Qué hacéis aquí, chicas? ¿No estabais en la enfermería? ¿Dónde está Sirius?
Creyó que necesitaría consolarlas, quizá Grace había empeorado o se habían sabido malas noticias de Rachel. Quizá debería ser el fuerte, como lo había sido cuando Peter le había dejado solo con Gisele.
-Nos echaron de la enfermería, y Sirius decidió subir con Remus y Peter –le explicó Lily entre hipidos-. Gis quería… volver a ver a Kate. Así que fuimos y… Hemos encontrado a tu hermana.
-¿A Sadie? ¿Ya apareció? ¿Y dónde se había metido?
Lily no respondió, sino que empezó a llorar más fuerte. Jeff en ese momento no supo atar cabos y miró a Gis para que se explicara, pero esta sin mirarle una sola vez le cogió de la mano y tiró de él.
-Vamos…
La siguió, y pasó un brazo por los hombros de Lily para consolarla. Aún no le habían dicho si algo peor había ocurrido.
-¿Por qué no os ha acompañado? ¿Se ha quedado con alguien?
De nuevo no obtuvo respuesta, pero ya estaban bajando los escalones que les llevaban a la planta baja. Enseguida supo que no sacaría nada de ellas, pues Lily sólo lloraba en silencio, emitiendo pequeños hipidos de vez en cuando, y Gis se negaba a mirarle. En pocos segundos llegaron al pasillo donde estaba el aula en el que habían colocado a los muertos. Jeff se detuvo en el extremo y Gis ya no pudo tirar de él, pues acababa de atar cabos.
-No. Ahí no está –dijo con seguridad, aunque sentía un nudo en el estómago-.
De repente la entrada le parecía más pequeña y el interior más oscuro y sombrío. Sólo le faltaba el cancerbero para asemejarse a las puertas del infierno. Por su fuera poco, dos demonios salieron de allí llevando a una de sus víctimas a rastras. Pero sólo eran dos aurores que trasladaban uno de los cadáveres hacia el Ministerio.
Negando con la cabeza, Jeff miró a Lily, quien miraba la puerta con los ojos aguados y una mano en la boca, y después a Gisele, quien le apartó la mirada al instante, con expresión adolorida. No podía ser posible… Echó a andar hacia allí sólo para decirse a sí mismo que sus suposiciones eran una barbaridad. Por Merlín, si algo le tendría que pasar a alguno de los dos era a él. Él era el débil; Sadie siempre era el pilar fuerte, lo inquebrantable, a la que nada le afectaba.
Llegó a la puerta, pero no pasó de allí pues un tercer hombre le impidió el paso. Minutos antes esa habitación estaba vacía, apenas mal custodiada por dos jóvenes; pero ahora estaban procediendo al traslado de los cuerpos, y aquello estaba lleno de aurores.
-Lo siento chico, pero no puedes pasar. Es área restringida.
-Pero –protestó él aún aturdido. Señaló el interior de la habitación y añadió-. Mi hermana…
El hombre compuso una mueca compasiva y su agarre en el brazo se volvió más suave, pero no le dejó pasar.
-De verdad que lo lamento hijo, pero no…
Jeff ya no escuchó más. Resultó que por una vez sus suposiciones eran correctas. El siguiente cadáver que los aurores retiraron y pasó al lado suyo, tenía un rostro demasiado familiar como para no reconocerle al instante. Sadie no tenía ya esa expresión de suficiencia y desdén que utilizaba tanto con él. Tampoco la sonrisa irónica con la que le tomaba el pelo, o el brillo amable en los ojos que había tenido pocas veces para él. No tenía de eso, pues su rostro estaba pálido y neutro, sus ojos habían sido cerrados y su boca estaba entreabierta. Estaba muerta.
El hombre que estaba con él supo al instante que la chica que estaban llevándose era su hermana, y tuvo la concesión de dejarle acercarse unos segundos. Sin embargo Jeff no supo qué hacer, y se quedó mirándola con los brazos inertes a ambos lados de su cuerpo. Detrás de él se habían situado Lily y Gis, esperando ser un apoyo en cuanto lo necesitara. Sin embargo el rostro de Jeff se mantuvo inexpresivo.
-Lo siento chicos, pero tenéis que iros. Tenemos trabajo que hacer –dijo el hombre pasados unos momentos-.
Lily y Gis asintieron y tiraron de Jeff, que se movió como un autómata. Se dirigían hacia fuera de nuevo cuando se cruzaron con el profesor Flitwick que iba hacia la fatídica sala.
-Chicos no podéis estar aquí –ellos asintieron y Lily emitió un gemido mientras más lágrimas salían por sus ojos, aún tomada de uno de los brazos de Jeff-. Lo sé Evans, lo sé.
El profesor de Encantamientos le acarició el codo en señal de consuelo (era el lugar más alto al que podía llegar). Su rostro también denotaba una profunda tristeza.
-Lo mejor será que os vayáis a vuestra sala común o a dormir. Si queréis cenar algo el Gran Comedor está abierto, pero hoy no vais a conseguir saber mucho más. Descansad, y por la mañana podréis averiguar más sobre vuestros compañeros.
Le hicieron caso sólo a medias. Evidentemente nadie tenía hambre, y la idea de dormir les parecía repugnante. ¿Cómo cerrar los ojos, descansar y volver a abrirlos si sus amigos no podían hacerlo? Ni hablar. Sin embargo, sí aceptaron que ese día no podrían saber nada de Rachel, de James o de Grace. Desgraciadamente habían sabido demasiado de Kate y Sadie para su tranquilidad.
-No quiero subir a la torre, todo el mundo estará igual –dijo Gisele hablando por primera vez en varios minutos-.
Lily y Jeff no dijeron nada en primer momento, ni siquiera compartieron una mirada. Segundos después, la pelirroja suspiró, se secó las lágrimas y dijo:
-Entonces subamos a la habitación con Remus. Sirius y Peter también están allí y… nos vendrá bien estar todos juntos…
Como nadie dijo lo contrario subieron al tercer piso. Por el camino Lily miró a Jeff y le notó aún aturdido, con el rostro confundido, pálido, pero con los ojos secos. No había dicho nada desde que había visto a su hermana, pero instintivamente supo que no sacaría de él esa noche.
OO—OO
Ya era de madrugada cuando los señores Potter, quienes habían llegado a San Mungo tras recibir la carta de Dumbledore, tuvieron noticias de James. Quedaba poco para las cuatro de la mañana y los pasillos por fin estaban desiertos y bañados por la amarillenta luz de la luna llena. En realidad no hacía demasiado que se había restablecido la normalidad en el hospital, y el matrimonio había sido testigo directo de más de una crisis que les habían puesto los nervios de punta, sobretodo porque pasaban las horas y no sabían nada de James.
No se habían relajado ni se habían movido del lugar donde les habían pedido que esperasen. Habían pasado ocho horas sentados en ese incómodo banco, abrazados con fuerza para impedir que cundiese el pánico; pero si habían estado terriblemente preocupados por James cuando supieron que habían tenido que llevarlo a San Mungo, lo que sentían después de tantas horas era inexplicable.
Tres horas antes, Dumbledore había abandonado el hospital, el cual había recorrido preocupándose por cada alumno suyo ingresado. Les había pedido que en cuanto supiesen el estado de James le avisasen, fuera la hora que fuese. Parecía tan genuinamente preocupado que los Potter no dudaron en prometérselo.
Al oír pasos cerca de ellos, su pequeña burbuja explotó y miraron alrededor, buscando al responsable. Vieron a una mujer viniendo hacia ellos. Debía tener unos cuarenta años, lucía cansada con su cabello peinado en un improvisado moño recogido con su varita y llevaba el uniforme verde oscuro completamente manchado de sangre. Sólo ese último hecho hizo que los Potter se pusieran en pie de golpe, histéricos. Sin embargo ella parecía estar muy tranquila.
-Buenas noches, soy la sanadora Aliena Morrison, ¿son ustedes los padres de James Potter?
-¿Cómo está James? –preguntó Dorea con el corazón en un puño, sin poder esconder su ansiedad-.
La sanadora les sonrió y eso les hizo relajarse bastante.
-Está estable, no se preocupen. Su hijo ha superado la operación con éxito.
A Charlus parecían sobrarle motivos para dar gracias a Merlín. Había estado tan preocupado por ser el fuerte, el pilar que sostenía a su esposa cuando esta desfallecía, que ahora que ya no tenía que hacerlo todos sus sentimientos le golpearon de tal forma que perdió estabilidad en las rodillas y tuvo que volver a sentarse. En un par de días había perdido mucho en su vida; su madre, ese pilar fuerte y gruñón que estaba destinada a estar siempre ahí, su hermano, el pequeño Adam, cuya vida había visto desarrollarse con un orgullo más parecido al de un padre que al de un hermano mayor… Perder a James habría sido, sencillamente, insoportable. No habría podido recuperarse. Y Dorea tampoco.
-¿Podemos entrar a verle? –preguntó su esposa intentando reprimir las lágrimas que por fin pugnaban por salir-.
La sanadora pareció pensarlo unos segundos, pero finalmente respondió.
-Unos segundos. Le queremos mantener en cuidados intensivos por su debilidad.
-¿Pero no había salido la operación con éxito? –preguntó Charlus cuando les conducía a la habitación donde estaba su hijo-.
-Y ha sido un éxito, pero no creo que lleguen a comprender el estado en que nos trajeron a su hijo. Se estaba desangrando a un ritmo alarmante, ningún hechizo que usábamos conseguía parar la hemorragia y su tensión ha estado como una montaña rusa durante toda la noche –al comprender que había asustado a los padres, la mujer se apresuró a añadir-. Pero ya está reestablecido. Hemos mezclado varias técnicas y numerosas pociones, y hemos tenido buen resultado. Las heridas han dejado de sangrar y han comenzado a cicatrizar, y parece que todo va volviendo poco a poco a su sitio.
Cuando llegaron a una zona marcada como restringida por un cartel que había colgado en el techo, la sanadora bajó la voz y les guió cuidándose de no hacer ruido hacia una habitación al fondo. Abrió la puerta con cuidado, y los tres entraron, encontrándose a James tumbado en la cama completamente inconsciente. Tenía todo el cuerpo tapado con vendas, y de estas salían mil tubitos de plástico que volaban sobre un haz morado hacia varios frascos que estaban suspendidos en el aire. La habitación estaba casi en penumbras, sólo iluminada por una pequeña luz que brillaba en el cabecero de la cama, dando a la piel de James un aspecto enfermizo. Dorea emitió un gemido ante su apariencia tan débil, y Charlus se apresuró a abrazarla. Pronto la sanadora les hizo salir de la habitación.
-Lo mejor será que se marchen a casa a dormir –les aconsejó con una mueca de compresión-. No puedo dejarles pasar la noche con él, y les aseguro que estará perfectamente atendido.
-¿Cuándo cree que despertará?
-No deben preocuparse por eso –les respondió con un gesto despreocupado-. Es normal que su cuerpo busque mucho descanso después de haber perdido tanta sangre. Como mucho despertará en unos días.
Los dos suspiraron, y tras unos segundos de silencio, Charlus ofreció su mano a la medimaga.
-Gracias, infinitamente, por haberle salvado la vida a mi hijo.
La mujer sonrió y le estrechó la mano.
-Ha sido un placer –dijo recordando el alivio que sintió cuando las heridas dejaron de sangrar y comprobaron que el pulso del chico seguía estable-. De todas formas quiero pedirles algo. La maldición que ha golpeado a James nos es desconocida, no sabemos qué es ni cómo curarla instantáneamente. Ni siquiera los efectos que tiene a largo plazo. En esta ocasión sólo la han usado contra su hijo, pero tememos que Quien-ustedes-saben la empiece a utilizar como nueva arma. Si no se trata con rapidez puede resultar letal, a la par que muy dolorosa. Por eso quiero pedirles que nos dejen investigar sobre su recorrido en el cuerpo de James. No afectará en nada a su recuperación, se lo aseguro.
Los Potter se miraron sobrecogidos por la información que acababan de conocer, pero el saber que a pesar de todo, James se iba a recuperar, les hizo suspirar de alivio.
-Mientras él se recupere, investiguen lo que quieran –concedió Charlus mirando la puerta tras la cual descansaba, ya a salvo, su hijo-.
OO—OO
Estaba amaneciendo sobre los terrenos de Hogwarts, pero en realidad nadie había dormido gran cosa esa noche. En la habitación de la tercera planta, donde un desconsolado licántropo estaba acompañado por cinco amigos, el sueño había perpetrado hacía muy poco tiempo, en forma de completo agotamiento. Las lágrimas, las palabras de intento de consuelo y mil disgustos, uno tras otro, habían acabado por hacer mella en todos sus ocupantes que yacían dispersados por la habitación.
En realidad no en todos. Uno de ellos no había derramado ni una sola lágrima, tampoco había mencionado una sola palabra, y aún no sentía como si hubiera tenido grandes disgustos. Simplemente porque sentía como si aquello que había ocurrido no fuera real. Jeff había visto al licántropo que entró en el colegio, había presenciado las consecuencias de la barbarie y había visto más heridos y muertos de los que volvería a ver otra vez en su vida; había visto a su hermana muerta… Sin embargo, aún no acababa de asimilar que aquello fuera cierto y no tuviese remedio, ni vuelta atrás.
Cuando los demás cayeron en un intranquilo sueño, él se quedó sentado en la misma postura en la que llevaba toda la noche, con la espalda pegada a la pared, la mirada perdida y la mente extraviada. Pronto el silencio invadió el lugar, sólo roto por algunos ronquidos aislados, y tuvo tiempo de pensar y asimilar. Finalmente comprendió que todo había ocurrido de verdad, y que debía hacerse cargo de las consecuencias. No podía consentir que su madre se enterara de la muerte de Sadie por una fría carta del Ministerio, como ocurrió con la detención de su padre. Él sería el fuerte esa vez, le devolvería a su madre todo el apoyo que le había ofrecido en los últimos años, llevando la carga de una desgracia tan grande.
Cuando los primeros rayos de sol entraron por la pequeña ventana que habían abierto al exterior, Jeff se puso en pie, envalentonado y decidido por fin a escribir a su madre. Primero fue a la torre de Gryffindor, donde observó que el ambiente debía haber sido parecido al de ellos, pues casi todo el mundo estaba esparcido en la sala común. La habitación estaba tan destrozada como cuando la había abandonado con Gis y Peter, pero encontró con esfuerzo un trozo limpio y liso de pergamino y un tarro de tinta que no había sido derramado.
Intentó escribir la carta con la mayor delicadeza y dulzura posible, copiando el cariñoso estilo de su madre. Sin embargo no había forma dulce de contarle que su hija había muerto. La quinta carta que escribió fue la que se decidió a mandar, y con ella partió hacia la lechucería.
Minutos después ya iba camino de la enfermería. Era consciente de que aún era demasiado temprano, pero no tenía donde ir y quería estar allí cuando abrieran a las visitas. En ese momento, más que nunca, necesitaba a Nicole. Pero no había sido el único que había tenido esa idea, pues cuando llegó se encontró a media docena de personas acomodadas cerca de la puerta a la espera de que esta se abriera. Entre ellas distinguió a Sirius, quien estaba sentado con la espalda apoyada en la entrada, mientras miraba el vacío con la mirada perdida y profundas ojeras bajo sus ojos grises. Jeff decidió sentarse a su lado, manteniendo el silencio. A él tampoco le apetecía hablar en absoluto.
Así pasaron las horas, en las cuales muchas otras personas se unieron a ellos, como por ejemplo Lily. Ella había llevado la misma intención que Sirius, el ir a ver a Grace, pero antes había decidido subir a su cuarto a darse una ducha, y había encontrado su torre también destrozada y, por lo que parecía, registrada de arriba abajo. Se lo comentó a Sirius, y lo hablaron durante unos minutos, pero pronto toda conversación perdió interés. Ese no era día para trivialidades.
Cuando el sol estaba en lo más alto del cielo, Madame Pomfrey abrió las puertas de la enfermería con un suspiro. No podía ignorar durante más tiempo a los alumnos que estaban tan preocupados por sus amigos; al menos debía hacerles una pequeña concesión.
-Está bien –dijo con voz firme y rostro serio-. Podéis entrar dos personas por cada paciente, y sólo podréis quedaros diez minutos.
Hubo quejas, pero ella las silenció al instante, y se aseguró que no se colaba ni una persona más de la permitida, pues hizo que dos alumnos se apuntaran al lado de cada enfermo en la lista donde había apuntado todos los nombres. Sirius y Lily se apuntaron junto al nombre de Grace, y Jeff lo hizo al lado del de Nicole. Cuando algunas personas preguntaron por qué sus amigos o familiares no estaban en la lista, la enfermera dijo que algunos casos algo más complicados estaban siendo tratados en San Mungo. No mencionó nada de los fallecidos, aunque los rumores corrían como la pólvora por todo el colegio. Sin embargo, nadie parecía atreverse a preguntar directamente por ello.
Jeff enseguida se separó de Lily y Sirius y siguió su camino hacia la cama donde Nicole descansaba desde la mañana anterior. Cuando la llevaron allí tras el partido, la enfermería estaba vacía, pero en ese momento no había suficientes camas para los alumnos, y los profesores habían tenido que convertir varias mesas en colchones. Cuando llegó donde estaba ubicada, Nicole seguía durmiendo profundamente, con la boca entreabierta y la cabeza caída hacia un lado. Su pelo castaño con esas mechas tan extravagantes de color verde estaba enredado y revuelto sobre su cabeza. La imagen de su inocencia se le coló en el corazón, y tuvo que ahogar un suspiro ante el peso que sentía en el pecho.
Se sentó en un trozo de la cama al lado de su pierna rota, y la tomó suavemente de la mano. El roce pareció despertar sus sentidos, y cuando la acarició el dorso con movimientos circulares, Nicole comenzó a abrir sus grandes ojos marrones. Durante unos segundos hizo el esfuerzo de despejarse, y cuando le ubicó le miró confundida durante un segundo, hasta que todo volvió a su mente de golpe.
-¡Jeff! –exclamó con una voz más aguda aún de lo normal en ella-. ¡¿Qué ha pasado? ¿Dónde están todos? ¿Cómo están mis amigos?
Él se inclinó hacia ella, tratando de calmarla rápidamente mientras miraba alrededor.
-Nicky por favor cálmate o madame Pomfrey me echará –suplicó mirándola con rostro triste-.
Nicole hizo un esfuerzo por controlar su ansiedad, pero la expresión en la cara de su novio no le auguró nada bueno.
-¿Qué fue al final…?
-Han atacado Hogsmeade –le recordó en voz baja, poniéndole un dedo en la boca para impedir que volviera a hablar-. Ha habido mucho jaleo y mucha gente está mal, la enfermería está llena y muchos también están en San Mungo. Pero he localizado a tus amigos y están todos bien.
Nicole le miró durante unos segundos, frunciendo el ceño al ver su expresión apagada.
-No te creo. Ha ocurrido algo, lo sé.
-Te lo juro, están todos bien. Les diré que vayan viniendo a visitarte, pero te adelanto que sólo nos dejan pasar de dos en dos y por poco tiempo –insistió intentando mantener una expresión neutra-.
-Jeff, sé que ha ocurrido algo. Lo veo en tu mirada.
De repente los ojos de él relampaguearon y Nicole se asustó. Había pasado algo, y debía ser gordo. Le vio hacer horribles esfuerzos por aguantarse lo que fuera en su interior, pero ella levantó una mano y le acarició la mejilla, mirándole con súplica. Jeff suspiró rendido.
-Te juro que todos tus amigos están bien. Es sólo que… mi hermana.
-¿Qué ocurre con ella? –preguntó Nicole frunciendo el ceño. Hasta donde sabía, Sadie no había ido a Hogsmeade-.
Jeff suspiró de nuevo y la miró a los ojos, apretando fuerte su mano.
-La han matado –dijo en un susurro casi inteligible-.
Pero Nicole le escuchó perfectamente, y sus ojos y su boca se abrieron de golpe. No daba crédito a lo que oía, pero Jeff no bromearía con ello. Le vio incómodo, mirando hacia las sábanas y con el rostro descompuesto, y no pudo evitar incorporarse a pesar del dolor en la pierna, y abrazarle.
-Jeff… lo- lo siento mucho cariño… -dijo dejando escapar un par de lágrimas-.
Envuelto en sus brazos y apoyando la cabeza en su hombro, Jeff por fin se sintió en libertad de derramar sus primeras lágrimas. Nunca se habían llevado bien ni se habían entendido, pero el dolor de perder a su hermana era el mismo que si su relación hubiera sido buena. Ahora que estaba con su novia, que no tenía que ser el fuerte con ella, se permitió llorar.
OO—OO
Lejos de ellos, Sirius y Lily encontraron la cama donde descansaba Grace, pero esta también estaba dormida. A su alrededor veían reencuentros y las conversaciones se desarrollaban con emoción, pero ellos dos se quedaron de pie, uno a cada lado de la camilla, y la miraron en silencio. Grace tenía mejor aspecto que el día anterior, aunque siguiera inconsciente. Las heridas de su cuello estaban todas sanadas y desaparecidas, y su tez no estaba tan pálida, sino que sus mejillas estaban teñidas de un rojo muy saludable. Sin embargo, las mantas estaban fuertemente apretadas a su torso y bajo ellas parecía haber un extraño artilugio que la rodeaba el pecho.
-¿La despertamos? –susurró Lily mirando de reojo a Sirius-.
Este miró una vez más a su novia y asintió inseguro. La pelirroja alargó la mano y acarició la mejilla de Grace en una caricia fraternal.
-¿Grace? Grace, ¿me oyes? –susurró cerca de su oído-.
Pero la rubia no se despertó ni hizo ningún gesto de haberla oído. Lily miró a Sirius algo preocupada, pero él la hizo un gesto tranquilizador. Ambos sabían que Grace dormía muy profundamente. Él cogió su mano y se la llevó a los labios; cuando estaba a la distancia suficiente de besar sus nudillos sopló fuerte, buscando hacerle cosquillas. Era un método que ya había usado muchas veces con ella, teniendo en cuenta que tenía muchas. Pero Grace tampoco se movió. Intranquilos, ambos se miraron asustados y Lily se dio la vuelta para buscar con urgencia a la enfermera.
-¡Madame Pomfrey! –exclamó cuando la encontró controlando el reloj para que no pasasen más de los diez minutos de visita establecida-. Algo le pasa a Grace, no reacciona.
La enfermera corrió tras ella cuando la escuchó, y al llegar ante la paciente y recordar su tratamiento, suspiró.
-Tranquilos chicos, no le ocurre nada –les dijo con una pequeña sonrisa-.
Lily y Sirius la miraron como si estuviera loca, pero ella recogió tranquilamente la mano de Grace de la de Sirius y comprobó su pulso, y después su temperatura. Les sonrió un poco, aunque su sonrisa no llegaba a los ojos.
-No os preocupéis. Estaba muy adolorida, así que pensé que mientras pasaba la peor parte de la curación sería mejor mantenerla dormida con la poción del sueño –explicó-.
-¿Muy adolorida? –preguntó Sirius algo atolondrado-.
Madame Pomfrey hizo una mueca.
-Sí, pero sólo es dolor. La maldición cruciatus no suele dejar secuelas, pero si se repite varias veces puede dejar los músculos doloridos por varios días y la mente algo agotada.
-¡¿Maldición cruciatus? –exclamó él esta vez con el rostro duro como el granito-.
Varias personas que estaban cerca se volvieron al escucharle y la enfermera le fulminó con la mirada mientras Lily se tapaba la boca con las manos. Ante la inminente reprimenda, Sirius se apresuró a disculparse.
-Lo siento. Ayer me entero que fue la loca de mi prima quien la atacó, y ahora…
Hizo una mueca y madame Pomfrey le acarició el brazo con la compasión brillando en sus ojos.
-No os preocupéis –repitió-. Estará bien en unos días. Y con las vendas especiales que la he puesto en torno al pecho y mientras permanezca dormida, no se enterará de nada.
-¿Qué tienen de especiales las vendas? –preguntó Lily de pronto intrigada-.
-Están untadas en varias plantas que quitan el dolor, relajan los músculos y curan las heridas. Creedme, en unos días estará tan despierta y nerviosa como siempre.
Les sonrió, y ellos le devolvieron débilmente la sonrisa mientras se volvían a mirar a Grace, que seguía dormida ajena a ellos. De repente se escuchó un pequeño escándalo en la esquina más alejada de la enfermería, y madame Pomfrey desapareció hacia allí con una rapidez envidiable. Sirius y Lily se miraron un momento antes de volver a mirar hacia donde venía el ruido. Él dio inconscientemente un paso hacia allí; estaba convencido de que había reconocido la voz de esa persona.
OO—OO
¡Como para no reconocerla! Esa voz pertenecía ni más ni menos que a Remus Lupin. El joven licántropo acababa de despertar en la enfermería, cuando su último recuerdo se remontaba a la habitación del tercer piso, y sentía el cuerpo horriblemente adolorido y la mente confusa. No podía saber él que, a pesar de todo el jaleo ocurrido en Hogwarts, madame Pomfrey no olvidaría nunca las fechas de luna llena y había ido a buscarle al amanecer y le había trasladado hasta allí cuando sus amigos y él mismo seguían durmiendo. En esos momentos tampoco recordaba nada de lo que había ocurrido, ni entendía por qué le dolía tanto todo si desde que había empezado a tomar la poción matalobos su cuerpo reaccionaba mejor tras la luna llena.
De repente, cuando miraba alrededor perdido y confuso por oír a tanta gente en la enfermería, todo le vino a la mente de golpe. Sin pensarlo ni ser consciente de sí mismo se incorporó de golpe y exclamó:
-¡Rachel!
Ahora no podía parar de recordar la imagen de ella después de que ese malnacido la mordiera, ni cuando se desvaneció, ni cuando sus aullidos atrajeron a esos aurores que se la llevaron mientras él se debía esconder para que no le descubrieran.
Nervioso, ignoró el fortísimo dolor que sentía en el cuello, en los brazos y en la espalda, y se intentó incorporar, peleándose con las rebeldes sábanas. Sin embargo, en ese momento llegó madame Pomfrey para evitarle huir a buscar a su novia.
-¡Señor Lupin! –le dijo como advertencia, pero él seguía demasiado nervioso y estaba haciéndose daño a sí mismo intentando salir de allí-. ¡Señor Lupin, basta! ¡Remus!
Muy pocas veces le había llamado por su nombre, y la mayoría de ellas siendo aún muy niño, por lo que no pudo evitar detenerse inconscientemente y prestarle atención.
-¡Madame Pomfrey tengo que salir de aquí! ¡Rachel, herida, tercer piso…!
No estaba diciendo nada coherente, pero no sabía cómo preguntar qué había sido de su novia y por qué oía a tanta gente a su alrededor.
-Cálmate o tendré que dormirte, y te aseguro que no quiero –insistió la enfermera mirándole fijamente-.
Remus se obligó a sí mismo a calmarse un poco, pues no podía dejar que le durmieran y no averiguara qué había sido de Rachel. Estaba intentando respirar calmadamente y ordenar sus ideas cuando las cortinas alrededor de su cama se abrieron y Sirius apareció por ellas.
-¡Moony! –dijo entre sorprendido y alegre por verle consciente y bien-. ¿Qué tal te encuentras?
-Black quédese con él mientras yo voy a por un poco de poción calmante. Como no se relaje un poco le va a explotar el pecho –dijo madame Pomfrey mientras obligaba a Remus a tumbarse del todo-.
Cuando salió hacia la enfermería, Remus volvió a incorporarse y miró a su amigo implorante.
-¡Pad, tengo que encontrar a Rachel! ¡Ayer entró a Hogwarts…!
-Lo sé, Greyback –le interrumpió su amigo con el rostro triste y obligándole a recostarse-. Peter me lo contó. O al menos lo que llegamos a deducir. Y hay más que no sabes -se mordió el labio, inseguro de si contárselo, pero decidió que al menos en parte debía saberlo para explicarse por qué la enfermería estaba tan llena-. Ayer atacaron Hogsmeade.
-¡¿Qué? –exclamó el muchacho incorporándose de golpe, y posteriormente llevándose una mano al cuello haciendo una mueca de dolor-.
-¡Ten cuidado, te has abierto una herida! Ayer Lily te curó lo que pudo, pero por lo visto el muy cabrón te hincó los dientes con todas sus ganas –dijo Sirius obligándole a recostarse de nuevo y llevando su varita al cuello de su amigo para cerrarle la herida-. Menos mal que más daño no te puede hacer…
-¿Qué pasó en Hogsmeade, Sirius? ¿Sabes dónde está Rachel?
Sirius suspiró, odiando tener que ser él quien le contara las cosas. Si al menos Lily hubiera ido con él hasta allí…
-Atacaron el pueblo cuando todos estábamos allí. Hay muchos heridos, por eso hay tanta gente aquí hoy. Grace está aquí, estará ingresada unos días, pero está bien; y James está en San Mungo, aunque no sabemos nada. Lily acaba de ir a buscar a Mcgonagall para ver si puede averiguar algo, aunque creemos que no tener noticias puede ser una buena noticia, ¿no crees? Cuando pasa lo peor siempre se sabe enseguida…
Se detuvo, pues no creyó apropiado contarle en ese momento lo de Kate y Sadie. Remus estaba más pálido aún de lo que era costumbre tras la luna llena, y le miraba con expresión de terror.
-¿Por qué James está en San Mungo cuando todo el mundo está aquí? –preguntó casi adivinando la respuesta-.
Sirius suspiró.
-Por lo que me ha dicho Lily se le llevaron bastante grave. No sabe muy bien qué le lanzaron, pero comenzó a desangrarse muy rápido y creyeron que allí le podrían tratar mejor. ¿Tú, tú crees que…?
Miró a su amigo impotente y Remus comprendió el gran esfuerzo que debía haber hecho Sirius para mostrarse fuerte cuando debía estar horriblemente preocupado por James. Él también lo estaba, el miedo a que le pasara algo a su amigo era atroz, tanto como el miedo que tenía por Rachel. Sin embargo, la expresión de Sirius indicaba que buscaba una respuesta en él, una respuesta positiva que le ayudara a seguir siendo optimista.
-Estará bien –dijo notando la boca seca-. Seguro. Estará perfectamente; no olvidemos que es James. A él siempre le ocurren todos los accidentes y siempre sale bien parado.
Lo dijo con mucha más convicción de la que sentía, pero eso ayudó a relajar un poco ls expresión de Sirius. Este había tenido que ser el pilar fuerte para la asustada Lily, el miedoso Peter, la hundida Gisele y el abstraído Jeff durante toda la noche; y por fin podía compartir el lugar con alguien.
Madame Pomfrey volvió con un frasco en la mano, pero se olvidó de él cuando vio que Remus estaba más tranquilo, aunque también con la expresión más conmovida que hacía unos minutos. Miró a Sirius, después de nuevo a Remus, y comprendió al instante.
-Sus amigos se pondrán bien, ya lo verán –dijo dedicándoles una dulce mirada a cada uno, mientras dejaba el frasco olvidado en la mesilla y arreglaba las sábanas que Remus había desordenado-.
Ninguno contestó, sino que se limitaron a suspirar a la vez y asintieron vagamente con la cabeza. Ella les miró unos segundos, sabiendo la situación que estaban viviendo todos los alumnos a una edad tan temprana, y sintió no poder hacer más. Decidió dejar a los dos muchachos solos, ya que la compañía de Black parecía tranquilizar a Lupin. Sin embargo, antes de irse dijo:
-Por cierto, tuve noticias esta mañana de San Mungo y creí que les gustaría saber que la señorita Perkins ha pasado con éxito la noche y los sanadores son positivos con su recuperación.
Les dedicó una débil sonrisa, y finalmente se marchó para seguir atendiendo a los demás enfermos; aunque no pudo evitar ablandarse y dejar que los visitantes se quedaran un poco más. Todos parecían estar mejor cuando estaban con sus seres queridos.
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Pasaban del mediodía en esa lóbrega y triste habitación, cuando el paciente que estaba en la cama abrió un poco los ojos. Su madre había pasado la mañana intentando entrar a verle, pero sólo se le habían concedido cinco minutos por cada dos horas, con la condición de que no hiciera ruido ni perturbara al muchacho.
Fue durante uno de esos cinco minutos que disponía Dorea Potter para llenarse el corazón con la imagen de su pequeño James vivo, cuando le vio moverse. Sólo un poco, apenas un movimiento involuntario con la pierna y un intento de tomar algo con la mano, pero ella se dio cuenta al instante y corrió a su lado.
-¿James? –susurró en voz muy baja, escrutando el rostro pálido e inmóvil que estaba ante ella-.
El muchacho pareció reaccionar al llamado, pues intentó pestañear dos veces hasta que a la tercera lo consiguió. Abrió lentamente sus ojos castaños, mirando levemente alrededor con la mirada perdida y el rostro contraído. Después ubicó a alguien delante de él y frunció un poco el ceño, pues sin gafas no veía bien.
-Hola cariño –le saludó su madre con lágrimas en los ojos-. Me has pegado un buen susto…
Aturdido, James sonrió un poco al reconocer su voz, y suspiró cansado. Segundos después volvió a perder la conciencia.
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Los mortífagos esperaban con gran terror la reunión que tendrían esa mañana con el Señor Oscuro. No se había producido la noche anterior porque Voldemort había ido él solo a un misión muy importante y secreta de la que no había querido hablar; y habían tenido que esperar a esa hora para que Malfoy fuera al Ministerio a hacer el papel de joven heredero preocupado por el ataque a colegiales y que donara un dinero para mejorar las condiciones de San Mungo, siempre y cuando se investigara por qué Dumbledore no había asegurado la seguridad de sus alumnos. Era importante crearle problemas al viejo también en ese frente.
Pero quisieran o no, la hora había llegado, y los principales cabecillas de la misión no podían evitar el miedo por la reacción de su señor a su fracaso. Ni habían encontrado la caja, ni habían localizado al chico; por lo que todo había sido en vano y sólo había servido para extender el pánico y matar a unas pocas personas. Lord Voldemort no estaría, desde luego, nada contento.
Cambiando su escondite, esos días el ejército de magos oscuros utilizaba como cuartel un viejo y medio derruido castillo muggle que se encontraba olvidado en medio de un espeso bosque, cuyo tamaño y dificultad para cruzarlo, lo convertía en el escondrijo perfecto. Las altas paredes de piedra, las amplísimas salas y los tapetes casi desaparecidos databan de una época no más cercana del siglo XV. El grupo esperaba, en silencio y con expresiones de circunstancias con la sola excepción de Bellatrix, en una recámara que parecía ser la que el señor de esas tierras usaba para tomar audiencia a sus súbditos.
De pronto, la puerta se abrió dando paso al Lord Oscuro, que cruzó la estancia sin mirar a ninguno de los hombres que habían empezado a temblar, y se sentó en la silla principal, claramente representando el papel del gran señor.
-¿Y bien? –preguntó con una voz que daba a entender que estaba de muy buen humor-. ¿Qué tenéis para mí? ¿Una caja, un muchacho o ambas cosas?
Hubo un silencio general de varios segundos, antes de que Lucius Malfoy se atreviera a dar un paso al frente.
-Verá, mi Señor –dijo mirando al suelo, con una voz ahogada que pareciera que en cualquier momento fuera a dejar de respirar-. Hubo algunos problemas… El chico debía estar en Hogsmeade, pero nadie le vio y… la caja no estaba en Hogwarts.
El otro silencio siguió a esa declaración fue distinto, más tenso. La expresión de Lord Voldemort cambió tanto en esos segundos, que el miedo de sus seguidores se convirtió en pánico por su posible y monstruosa reacción.
-¿No tenéis la caja? –repitió con voz deliberadamente lenta-.
Miró a Malfoy fijamente, quien sólo pudo negar con la cabeza mientras mantenía la mirada en el suelo, en señal de sumisión.
-¿Y no habéis encontrado al chico? –insistió de nuevo-.
Esta vez miró a Divon, quien repitió el mismo gesto de Malfoy. Voldemort suspiró con fuerza, y todos temblaron ante ello. La única que parecía disfrutar de aquello era Bellatrix, quien les miraba con expresión de superioridad y de puro placer.
-Envié allí a mis mejores hombres, los asesinos más eficientes de toda Inglaterra… ¡¿y no habéis podido entre todos dar con un niño de diecisiete años? –gritó de repente el Señor Oscuro soltando toda la furia de su interior, y con ella el gran poder que tenía dentro de sí-.
Se levantó de golpe y todos dieron un paso atrás junto a una exclamación ahogada colectiva. Desesperado, asustado, pero obligado a ello por ser quien más cerca estaba de él, Malfoy levantó la cabeza y dijo:
-Mi Señor, dejadnos que os expli…
Pero a mitad de su frase su voz se transformó en un horrible grito de dolor, mientras la varita de Voldemort le apuntaba sin compasión. El joven hombre acabó en el suelo, retorciendo su cuerpo y gritando de agonía ante la potencia del cruciatus de su amo. Cuando este apartó la varita, un minuto después, Lucius quedó jadeante en el suelo, y Voldemort se volvió hacia el resto.
-¿Quién más quiere explicarse? –preguntó con un toque de humor, tras lo cual fijó con fuerza la mirada en uno de los individuos-. ¿Ethan, querido amigo?
Divon abrió la boca, no para hablar, sino de la impresión porque se dirigiera a él directamente. Aunque hubiera querido explicarse, de hecho no tuvo tiempo a hacerlo.
-¡Crucio! –exclamó el lord oscuro, dejándole en una posición muy parecida a la de Malfoy-.
En los siguientes minutos todos fueron víctimas de la maldición tortura, aunque la varita de Voldemort se volvía constantemente hacia los dos primeros, que al fin y al cabo eran los responsables de la misión y los que habían fracasado.
-¡Un crío, un simple crío ha puesto en jaque a todo mi ejército! –gritaba-. ¡Es sólo un niño! ¿Cómo ha podido escaparse?
-¡Por favor, Señor! –finalmente Lucius había encontrado el aliento suficiente para hablar-. ¡Dejadme explicároslo!
Voldemort pareció tentado a devolverle al suelo, pero finalmente hizo un movimiento brusco con la varita, haciendo girar su túnica mientras volvía a sentarse.
-Sólo tienes una oportunidad, Lucius, así que escoge tus palabras.
-El- el chico debía estar en Hogsmeade, pero quizá escondido en algún lugar. Peinamos Hogwarts mi Señor, pero no estaba en el Castillo, de eso no hay dudas. Por eso debía estar en el pueblo, aunque escondido porque nadie le vio. Y creemos que llevaba la caja encima. Es la única explicación.
El señor oscuro lo pensó unos instantes, y enseguida preguntó:
-¿Y esos ayudantes tan útiles que teníais como apoyo? –dijo refiriéndose a los mortífagos que aún permanecían en Hogwarts-.
Malfoy titubeó.
-Debía estar muy bien escondido, Señor. Les dimos orden de avisar en cuanto le divisaran, pero nadie dio la voz de alarma –cogió aire, y finalmente se atrevió a volver a hablar-. Pero si me dais otra oportunidad… estoy seguro de que podré traérosle y…
-No –contestó Voldemort enérgicamente-. Me has demostrado que no puedo fiarme de ti, Lucius. Me has fallado.
-¡Mi Señor! –intervino Bellatrix con voz anhelante y mirada de cachorrito-. Permitidme hacerme cargo de la misión y encontrar al chico. No os decepcionaré.
Malfoy iba a protestar, al igual que Divon, pero la expresión pensativa de su amo les frenó. Este miró a Bellatrix evaluativamente, y después dio un asentimiento seco con la cabeza.
-De acuerdo Bella, tú estás al mando ahora. Y espero que tengas la eficiencia de siempre. Antes de que acabe la semana quiero que todo el asunto esté resuelto, y olvidarme para siempre del apellido Potter.
Después de eso dio por terminada la reunión, echándoles a todos del salón y pidiéndoles a Bella y a Rodolphus que se quedasen un momento, tras lo cual sacó una pequeña copa y se la tendió explicándoles levemente lo que quería que hicieran para su custodia.
Lucius salió de allí a la par que Ethan, los dos con expresión decepcionada y con bajo humor.
-No me he atrevido a mencionar la muchacha que ha aparecido muerta con nuestro uniforme–murmuró Malfoy entre dientes. Ese tema, del que se había enterado esa mañana en el Ministerio, también le tenía preocupado-.
-Déjalo –contestó Ethan bruscamente-. Bastantes problemas tenemos aquí, que los mocosos solucionen los suyos por sí mismos.
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La puerta se cerró y otra reunión comenzó, aunque esta no constituía ningún miedo para nadie, más que en los posibles datos que se pudieran dar en ella. Los profesores de Hogwarts consideraron oportuno reunirse en el despacho del director, donde Dumbledore estaba esperándolos, para saber las novedades sobre el estado de los alumnos y discutir qué había que hacer en el futuro más cercano.
-Buenos días –saludó Dumbledore, mientras se frotaba los ojos bajo las doradas gafas rectangulares. El director tenía unas grandes ojeras que evidenciaban su falta de sueño, y un semblante serio y preocupado-. ¿Estáis todos?
-Pomona se ha quedado con Poppy para no dejarla sola, por si ocurriera alguna emergencia, director, pero la informaremos en cuanto acabe la reunión –le comentó el profesor Flitwick que estaba sentado encima de varios libros sobre una de las sillas que estaban frente al escritorio-.
Dumbledore asintió, y se echó adelante para comenzar a hablar, entrelazando sus dedos distraídamente.
-He pasado la mañana en San Mungo. A lo largo del día han dado de alta a ocho estudiantes nuestros, y el número actual de ingresados asciende a cincuenta y siete, muchos de los cuales serán dados de alta en los próximos días –les informó con voz algo frustrada-. Pero hasta ahí las buenas noticias… Algunos ya sabéis que otros dos alumnos nuestros han fallecido durante la noche. Stephen Stretton, de tu casa Filius, es uno de ellos. Era uno de los mordidos por el licántropo, y me temo que el niño no lo ha conseguido superar.
El profesor Flitwick asintió pesadamente, ya pasado hacía unas horas el mal trago de descubrir la nueva, y sintiendo profundamente la pérdida de un miembro tan joven de la casa de Ravenclaw. Después de varios segundos, pudo volver a hablar.
-Me… me gustaría que me dejaras tratarlo todo con los padres, Albus. Tengo mucha relación con la familia y…
Dejó la frase inconclusa, pero no fueron necesarias más explicaciones. De hecho, Dumbledore agradeció la ayuda, pues esa mañana había sido agotadora recibiendo a multitud de padres, muchos de los cuales le hacían principal responsable sin que les faltara la razón. Suspiró un segundo, y después continuó informando.
-El otro fallecido es Roger Thomas, de séptimo curso. Es de la casa de Pomona, así que supongo que también habrá que preguntarle a ella si quiere encargarse personalmente. Una de las heridas que el chico tenía abierta en la cabeza por una maldición se le infectó a lo largo de la noche, y no superó la operación urgente a la que tuvieron que someterle.
Los profesores asintieron pesadamente, la mayoría recordando al muchacho. De momento, la cifra de fallecidos había ascendido a trece, un número que por algo era maldito. Fue Minerva McGonagall quien acabó con el mutismo, pues aún había muchas cosas que tratar.
-Bien, en la enfermería no hay riesgos de más bajas, pero tenemos a muchos más alumnos –informó poniendo voz indiferente, aunque no fuera fácil-. Esta mañana hemos dado de alta a veintidós personas, pero aún nos quedan ciento catorce ingresadas. Hemos ampliado el lugar y los tenemos colocados algo apretados, pero creo que podremos encargarnos. El problema son los suministros, que comienzan a escasear; por lo que habrá que conseguir más pociones y medicamentos antes de esta tarde.
Dumbledore asintió, apuntándose mentalmente ese recado, y suspiró más fuerte, llegando al tema más difícil.
-Ahora viene un tema espinoso –dijo-. He tenido varias reuniones esta mañana con los padres de los fallecidos, y hay disparidad de opiniones. Algunos quieren que se les entierren en el cementerio del colegio, bajo un monumento conmemorativo para todos; y otros prefieren llevárselos a mausoleos familiares. Por supuesto cada uno puede hacer con su hijo lo que quiera, pero mi pregunta va sobre el monumento en cuestión. ¿Creéis que es mentalmente sano para el resto de nuestros alumnos?
-No sé si es sano, pero creo que es una buena manera de dejarles cerrar este capítulo –opinó McGonagall-. Los chicos querrán tener un lugar donde visitar y conmemorar a sus amigos, y les será más fácil si nosotros les proporcionamos uno conjunto. Podríamos poner los nombres de todos, y enterrar bajo él a los que los padres quieran, y del resto quedará su nombre, al menos.
-Creo que Minerva tiene razón, es un modo de ayudar a los chicos a aceptar y superar este hecho –intervino Slughorn-. Creo que es lo menos que se merecen por parte de Hogwarts.
-Yo también lo creo así –sentenció Flitwick, siendo seguido por el resto de profesores-.
Finalmente, con todos de acuerdo en ese punto, sólo quedó concretar el día que se harían los funerales de honor.
-Por lo menos necesitamos dos días para prepararlo todo, y asegurarnos de que no haya más bajas –dijo McGonagall-.
-Un poco más –propuso Flitwick-. Yo considero que mínimo, hasta el miércoles no deberíamos hacer nada. Necesitamos un margen para atar todos los cabos sueltos.
-Y creo que lo mejor será dar estos días libres a todos los alumnos. Necesitan tiempo para acostumbrarse a lo que ha ocurrido, y asimilarlo.
Finalmente se optó por fijar al miércoles como el día en que se hicieran todos los homenajes y los funerales de los que quisieran dejarles reposar cerca del colegio. No habría clases durante toda la semana, dando la opción a los alumnos de marchar a sus casas durante ese periodo. Después de estas decisiones, a Dumbledore sólo le quedó comunicar otra decisión de una índole más personal.
-Por último, quiero comunicaros a nivel más particular, que varios padres y miembros del Ministerio han pedido mi dimisión por estos hechos.
-¡¿Cómo? –exclamó McGonagall poniéndose de pie de golpe, casi tirando a Flitwick de su silla-. ¡Usted no es responsable de este ataque más que el Ministerio lo es de otros que ha habido en el pasado!
Dumbledore hizo un gesto con la mano para que le permitiera continuar, y añadió:
-Lo que ha causado tanto revuelo no ha sido el ataque en sí, sino que un grupo de mortífagos penetraran en el castillo junto con el licántropo. Eso supone que he descuidado la seguridad, cosa que yo también creo, y considero que Hogwarts no puede permitirse que un caso así se repita.
-No es que la seguridad estuviera baja, Albus –dijo la profesora Sinistra-. Es que tomaron medidas oscuras, como siempre, y ante eso es difícil luchar. ¡Por Merlín, si tuvieron que matar a dos aurores para entrar! Además, la mayoría de nosotros estaba en Hogsmeade ayudando a los demás alumnos. ¿Quién iba a esperar que entraran aquí?
-El propio Ministerio también consideró que la posibilidad era mínima, por eso pusieron tan poca seguridad en las puertas. Todos supusimos que su único objetivo era Hogsmeade –añadió Slughorn-.
-Os agradezco el apoyo, amigos míos. Pero me temo que yo mismo no me puedo perdonar el haberme enterado tan tarde de los acontecimientos. Me temo que he dejado que otros temas me importaran más que la seguridad de los alumnos, y si es así no puedo continuar en el cargo –dijo Dumbledore inflexible. Ante la oleada de nuevas protestas alzó la mano de nuevo-. Sin embargo no quiero ser tan irresponsable como para dejar el puesto bacante a mediados de curso. En junio os comunicaré mi decisión y el nombre de mi sustituto.
Así dio por terminada la reunión, y varios profesores se pusieron en pie enfadados, aunque fue McGonagall la que habló con una voz tranquila y fría:
-Entonces aún tenemos cuatro meses para convencerle de que no haga una estupidez.
Aún estaba terriblemente enojada con el director cuando se dirigía hacia la torre Gryffindor, al igual que sus homólogos a cada una de las casas de las que eran jefes, para informar de las novedades a sus alumnos. Desgraciadamente, tenía que informar, entre otras cosas, de tres muertes entre los Gryffindor. Sería un trago duro para los estudiantes y para ella misma.
Poco antes de llegar al séptimo piso fue interceptada por una de sus alumnas más conocidas. Lily Evans apareció de repente y se dirigió hacia ella con una expresión que tildaba entre la ansiedad y el alivio por encontrarla.
-¡Profesora McGonagall! Llevo rato buscándola, he estado en su despacho, pero estaba cerrado y…
-Evans, ahora me dirigía a Gryffindor. Si su cuestión puede esperar, me temo que debo dar algunas noticias a sus compañeros. Sino, cuéntemelo por el camino –la atajó, pues la chica parecía tan aturullada como nerviosa-.
Lily suspiró, asintió y la siguió hasta la torre. Enseguida encontró el modo de abordar el tema que quería tratar.
-Es sobre James, profesora. Me preguntaba si tenía noticias suyas desde San Mungo.
Eso hizo que McGonagall se detuviera de golpe. Había olvidado el tema del joven Potter, a pesar de que había sido una de las dudas que más le habían asaltado esa noche, en su vigilia. Lily abrió como platos sus grandes ojos verdes al malinterpretar su expresión, y su barbilla comenzó a temblar.
-No, no me diga que…
-Tranquilícese, Evans –la detuvo la profesora al darse cuenta de las suposiciones de la chica-. De hecho no sé nada de Potter. Se me ha olvidado preguntarle al director novedades en cuanto a su estado, pero lo último que sé es que anoche estaba siendo tratado por los sanadores.
-¿Pero no sabe cómo puede estar? –preguntó la Premio Anual entre aliviada por haberse equivocado, y preocupada por no tener noticias-.
-No Evans, no sé nada con exactitud –confesó-. Pero intentaré averiguar algo esta misma tarde y se lo comunicaré –Lily le dedicó una levísima sonrisa, y la profesora le acarició la espalda con comprensión-. Ahora sígame a la sala común; me tengo que tengo noticias muy poco alentadoras de ciertos alumnos…
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El Departamento de Aurores llevaba desde primeras horas de la mañana trabajando incansablemente sobre todas las pistas encontradas el día anterior, tanto en Hogsmeade como en Hogwarts. La reunión que tuvo lugar a primera hora de la tarde, convocó a varios grupos que habían trabajado toda la mañana por separado. Por un lado habían enviado a un par de ellos a los puntos clave para estar constantemente informados de cómo evolucionaban los heridos, y otros se encargaron de supervisar las autopsias de los veinticinco fallecidos. Por otro lado, había una comisión especial para tratar el caso del licántropo que había entrado en Hogwarts, y por último otro grupo se encargaba de investigar el caso de la mortífaga que había aparecido muerta. En ese momento, se encontraban exponiendo las novedades que había en cada campo:
-Aún seguimos investigando las huellas y análisis de las muestras de sangre esparcidas por el castillo –decía el encargado del "caso licántropo"-. Creemos que al menos una de esas muestras pertenecen al propio hombre lobo, pero hay ciertos problemas al respecto.
-¿Cuáles son? –preguntó Moody prestando mucha atención-.
-Por un lado, no estamos completamente seguros, pero creemos que hay más de una muestra de licántropo. En el tercer piso, donde más sangre encontramos, junto a la chica inconsciente, hay signos de pelea. Pero no de un mago contra un licántropo, sino como si fuese contra otro animal. El caso es que analizamos las tres muestras de sangre que encontramos allí, y, aparte de la sangre perteneciente a la chica, dos de ellas tienen similitud. Hablamos de dos licántropos.
-¿Dos? –intervino una de los aurores que escuchaban la exposición-. Es imposible. Todos los testigos hablan de uno solo, siempre el mismo de pelaje gris. No es posible que hubiera dos iguales, al menos alguien hubiera notado los cambios.
-No si estaban en medio de una crisis de pánico –propuso otro auror-. Digamos que eran similares, de colores parecidos. Con el terror del momento es lógico que confundiesen a un licántropo con otro. Hablamos de niños, no podemos exigirles exactitud.
-También los profesores se enfrentaron al licántropo –refutó su compañera-. Y estos sostienen con firmeza que sólo había uno.
Su compañero iba a volver a discutir, pero Moody les calló a los dos de golpe. Se volvió hacia el hombre que hablaba y le preguntó:
-¿Estáis seguros de que eran dos?
Este titubeó un poco, pero asintió con firmeza unos segundos después.
-Sí, señor. Las dos muestras coinciden demasiado como para no tratarse de la misma raza. Parece como si hubieran peleado entre ellos, posiblemente por la presa, es decir, la chica. Eso explicaría por qué es en el único lugar donde había sangre de ellos.
-¿Insinúas que el primer licántropo fue introducido por los mortífagos, y el segundo pudo entrar solo, para después encontrarse y disputarse entre ambos una única víctima que ni siquiera llegaron a matar? –preguntó irónicamente Alastor Moody-. Lo lamento, Dawlish, pero no lo veo probable. Implica demasiadas casualidades.
-Puede que no lucharan por quien se quedase con la presa, sino más bien porque uno la quería y otro trataba de protegerla –propuso una de las chicas más jóvenes, que formaba parte de esa investigación-. Quizá eso explique por qué escuchamos esos aullidos que nos llevaron hacia ella. No pertenecían al licántropo que vimos, y apenas terminaron cuando ya estábamos cerca; y a esas alturas podía haberla matado perfectamente. Es como si hubiera estado pidiendo ayuda…
-Un licántropo misterioso que aparece de la nada, salva a la damisela y desaparece sin más. Ya tenemos al nuevo gran héroe mágico –se mofó uno de sus compañeros de equipo ganándose las risas de casi toda la sala-.
Moody las sofocó con un fuerte golpe en la mesa.
-¡No creo que hayáis trabajado lo suficiente para ganaros un rato de risas! –exclamó furioso-. ¡Todo cuanto me habéis dado son un par de conjeturas sin sentido! ¿No tenéis nada?
El buen humor se había esfumado de la sala de golpe, pues el jefe había perdido la paciencia y cuando eso ocurría nadie salía bien parado. Dawlish, el encargado de la investigación, miró un segundo más su informe, dudó, pues tampoco tenía absolutas certezas, pero finalmente se decidió a hablar.
-Bueno, verá. El otro problema que tiene la investigación es que no podemos reconocer las muestras de sangre. Con los licántropos no se puede, es imposible. Así que no podemos identificar con certeza a nadie, pero tras los interrogatorios que hemos hecho y contrastando con otras situaciones en que ha aparecido, creemos que casi seguro se trate de Fenrir Greyback.
Un estremecimiento recorrió la sala al tiempo que lo hicieron varios sonidos de frustración. Greyback era uno de esos delincuentes que se les habían escapado una y otra vez, y también uno de los que más muertos había causado en el cuerpo. Las suyas eran las muertes más terribles, sobraba decirlo; y todos recordaban como uno de sus más jóvenes compañeros, Daniel Banning, había sido mordido por este el año pasado, y al conocer que le había transmitido su maldición sin llegar a matarlo, él mismo se había quitado la vida.
-No me sorprendería, desde luego –murmuró Moody entre dientes con ese recuerdo en su mente-. Es el que más colabora con los mortífagos, aunque todos son de la misma calaña. ¿Tenéis más?
Dawlish negó con la cabeza y Moody frunció el ceño.
-Muy poco. Quiero más –exigió-. Averiguadme todo lo que podáis de cómo entraron, por qué metieron al licántropo y si es cierto que había otro. Quiero llegar al fondo de este asunto.
Suspiró pesadamente mientras ese grupo guardaba las muestras que había enseñado rn su presentación, y se sentaba. Después se volvió hacia otro de sus aurores.
-Scrimgeour, ¿qué novedades traes de San Mungo?
El hombre de abundante melena rojiza le contestó rápidamente, sin necesidad de mirar los informes. Había trabajado tantos en los casos que ya se los conocía de memoria.
-A lo largo del día han dado de alta a catorce personas, ocho de ellos estudiantes. Todavía quedan ingresados sesenta y ocho pacientes, cuarenta y siete de ellos alumnos de Hogwarts. Y, como ya adelanté al principio de la reunión, el número de muertos ha ascendido a veinticinco; los dos últimos también estudiantes.
-¿Quiénes son? –preguntó Moody con voz monótona mientras tomaba un par de notas-.
-Uno de ellos es Stephen Stretton, uno de los dos mordidos por el licántropo. Tenía doce años, y ha fallecido durante la noche por una parada cardiaca provocada por las heridas. El otro es Roger Thomas, un alumno de último año que ha muerto tras complicársele una de las heridas de la cabeza que no parecía revestir gravedad. Sus familiares ya han sido avisados por la dirección de la escuela, y se encuentran en San Mungo a la espera de ver los cadáveres.
Moody asintió pesadamente, en medio del tenso silencio que se había formado en la sala. Nadie se atrevía a mencionar nada al respecto. Era lo peor de esos casos: conocer nombres y edades de las víctimas. Aquello convertía los crímenes en algo más real y atroz, y eliminaba el glamour de la aventura que sentían esos intrépidos hombres y mujeres al investigar un caso.
-¿Y la otra víctima del licántropo, la chica? –cuestionó Moody al pensar que esta podría convertirse en la única superviviente de ese ataque concreto-.
Scrimgeour sí ojeó un momento los documentos en esa ocasión antes de contestar.
-Ha superado con éxito la primera noche y está cuidadosamente vigilada, por la herida que tiene en el cuello que es, además, la mordedura. De momento, se están permitiendo ser optimistas con su recuperación.
Moody asintió, ya con la cabeza en otro lado.
-Perfecto. ¿Algo más?
-De hecho sí, señor –respondió Scrimgeour volviendo a ganarse su atención-. Ya sabemos más de esa misteriosa maldición que lanzaron contra uno de los chicos.
-¿La famosa maldición que es nueva y nadie sabe de dónde ha salido?
-La misma. Definitivamente sólo se ha dado ese caso, y apenas se ha descubierto mucho de la misma. El chico está recuperándose y pudieron detener la hemorragia con una mezcla de la poción herbovitalizante, un par de antídotos asiáticos y mucho díctamo. El chico tardará varios días en curarse, pero se repondrá completamente.
-¿Entonces ya encontraron la cura? –preguntó otro de los aurores, quien había pensado muchísimo en esa nueva maldición-.
-Sí, esa poción funciona no perfectamente, pero sí bastante bien. Por lo visto la maldición provocaba que miles de pequeños cortes aparecieran por todo el cuerpo y no dejaran de sangrar. Desangra a la víctima lenta y muy dolorosamente.
-Afortunadamente nuestro chico ha tenido suerte –concluyó Moody para terminar el tema-. Supongo que la familia del chico ya estará avisada, y por fin hay algo que acabará bien.
-Sí –respondió Scrimgeour-. Los Potter fueron avisados anoche mismo.
-¿Los Potter? –preguntó Moody levantando la cabeza de golpe y adquiriendo otro interés. Había aparecido el muchacho que había desaparecido el día anterior, el sobrino de Adam, el que portaba esa misteriosa caja-.
Frank miró a Alice preguntándose mentalmente si el repentino interés de Moody tendría que ver con Adam y esa misión tan curiosa que Dumbledore no había explicado muy bien. Ella le devolvió la mirada, pero ninguno pudo satisfacer su curiosidad.
-Sí, jefe, los Potter –respondió Scrimgeour confuso por el interés que había suscitado el apellido-. Ya sabe, los millonarios, controlan un buen pellizco de la fortuna de nuestro país. El chico es su único hijo, James –añadió tras consultarlo en sus papeles-.
-Una buena víctima para quienes pretendan conseguir dinero –dijo uno de los aurores-. Afortunadamente no se les ha ocurrido, pues no quiero pensar lo que debe costar el rescate de ese chaval.
-Poco menos que si secuestrasen a algún Malfoy o a algún Sandler. Los Potter son de la categoría de los Black, sólo que es una familia que siempre se ha caracterizado por su oposición a las artes oscuras, no como las demás, que están en dudas –respondió Dawlish quien había tenido que investigar demasiado al respecto-.
-Bueno, a lo nuestro, que esto no es una reunión de Corazón de Bruja –exclamó Moody llamándoles de nuevo al orden-.
Los siguientes minutos siguieron exponiendo las pruebas que habían sacado y las conclusiones a las que llegaban mediante estas. Finalmente llegaron al último tema a tratar.
-Longbottom, ¿qué hay de la mortífaga que encontramos?
-Pues debo decirle que mis suposiciones eran ciertas, señor –contestó Frank con un gesto muy duro-. Hemos identificado a la chica, y se trata de Dulcy Yexter, alumna de último año de Hogwarts. Pertenecía a la casa de Slytherin.
-Como no… -murmuró uno de los compañeros-.
Moody frunció el ceño, mientras Frank seguía explicándose.
-Eso nos confirma que se han introducido en el colegio. La chica no tiene antecedentes familiares entre los mortífagos; de hecho los Yexter son una familia muy humilde y tranquila, que ni siquiera entra en los parámetros de los seguidores de Quien-Usted-Sabe. Su madre es muggle y su padre es un lector de runas antiguas.
-¿Habéis comprobado otros familiares?
-Sí señor, y no hay nadie que encaje para inducirla dentro de ese mundo. Le recuerdo que notamos que varios de los encapuchados no eran muy hábiles y parecían bastante jóvenes. Encajaría que la chica hubiera sido inducida por más compañeros que estuvieran metidos entre los mortífagos.
-Eso significa que están muy introducidos en el colegio –dijo Moody-. Es muy peligroso para el resto de los alumnos.
Frank asintió.
-Así es. Por eso queremos solicitar permiso para interrogar a más alumnos del último curso, sobre todo de esa casa. Si hay mortífagos infiltrados en Hogwarts, hay que desenmascararlos cuanto antes.
Moody lo pensó unos segundos, pero no necesitó hacerlo mucho. La determinación ya se leía en su rostro.
-Necesitaremos un permiso de la ministra y otro del director del colegio. Me encargaré de acelerarlo, vosotros proceded en cuanto tengáis el permiso. No perdáis el tiempo.
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Debido a la avalancha de peticiones por parte de los padres, y pese a la recomendación de la señora Pomfrey de que sería mejor dejar descansar a los pacientes, esa tarde se permitió a los familiares que visitasen a los chicos que estaban ingresados en la enfermería. Se les había advertido a los padres de la gran cantidad de alumnos que estaban internados y del limitado espacio que había, por lo que se les pidió calma, comprensión, y que no tuvieran prisa por pasar a verles, pues harían turnos para evitar colapsos.
Por eso los padres de Grace, los señores Sandler, llegaron sin prisas al castillo. Ya estaban más tranquilos al saber que su estado no revestía gravedad y que saldría en pocos días de la enfermería, por lo que decidieron tomarse las cosas con calma. Por su seguridad se les permitió acceder al lugar a través de la chimenea de Dumbledore, el cual los recibió tan amable y atento como siempre. Tras unas cuantas palabras de cortesía, el director se dispuso a conducirlos hasta la enfermería, pero cuando salieron del despacho se encontraron a una persona inesperada.
-¡Lily, querida! –exclamó la madre de Grace al encontrarse de frente con la prefecta, quien iba a subir las escaleras en ese momento-.
-¡Señores Sandler, qué alegría verles! –respondió Lily bastante sorprendida de encontrárselos en ese momento-.
-Señorita Evans, ¿venía a mi despacho por alguna razón? –preguntó Dumbledore notando su incomodidad-.
Lily dudó, sabiendo que había escogido un mal momento sin querer, pero las sonrisas amables de los padres de su mejor amiga y la mirada paciente de Dumbledore la obligaron a admitir:
-En realidad buscaba a la profesora McGonagall. Quería hablar con ella de una cosa, pero no está en su despacho.
-Entiendo –dijo Dumbledore, condescendiente-. La profesora McGonagall está en San Mungo, y seguirá allí el resto de la tarde –sonrió a Lily cuando vio su expresión de desilusión, y añadió-. ¿Le importaría acompañar a los señores Sandler a la enfermería, mientras yo recibo a más padres?
Lily dudó un segundo, pues de verdad quería preguntar si sabían el estado de James, pero finalmente decidió que no sacaría nada en limpio, y les dirigió una sonrisa a los padres de su amiga, acompañándoles en el camino.
-Lily, tú que la has visto, ¿cómo está? –preguntó Cristopher Sandler, mirando a la amiga de su hija con preocupación-.
La pelirroja suspiró.
-Está bien. La señora Pomfrey ha pensado que sería mejor dormirla durante unos días hasta que las heridas curen, para así evitar el dolor o que ella misma se las empeore (ya saben lo inquieta que es), pero está bien.
-¿Y tú también estás bien, no tesoro? –preguntó Cassandra Sandler oscultándola un momento con la mirada-.
-Perfectamente, logré salir del pueblo ilesa –contestó, pero su expresión decayó un poco cuando añadió-. Aunque no puedo decir lo mismo de mi novio…
-¿Te refieres al hijo de los Potter? –preguntó el señor Sandler con curiosidad. Lily asintió con la cabeza, y él abrió los ojos al máximo-. ¡Cielo Santo! ¿Está bien?
Ella se encogió de hombros.
-Lo cierto es que no lo sé. Se lo llevaron a San Mungo y no me han vuelto a decir más. De hecho es lo que quería saber cuando… -sintió un nudo en la garganta y carraspeó para quitárselo, pero sólo consiguió que los ojos se le aguaran-. De todas formas, al menos sé que no está…
No pudo decir la palabra pero quedó claro. Lo cierto es que fue un alivio que el nombre de James no apareciera en la lista sobre fallecidos que había leído McGonagall esa mañana en la sala común, pero también fue horrible escuchar oficialmente el nombre de Kate y el de Sadie, además del de otros dos compañeros. Cassandra, al comprender su difícil estado emocional le pasó la mano por el hombro, apretándoselo con fuerza.
-Seguro que está bien, no te preocupes cariño. Los Potter siempre han sido de raza fuerte.
Lily la sonrió levemente, agradecida, y continuó guiándolos hacia la enfermería sin querer seguir con el tema. Cuando llegaron, varios padres estaban agolpados en la puerta esperando su turno, y con ellos otros tantos alumnos que eran hermanos o familiares de los ingresados. No la sorprendió demasiado ver allí a Sirius, pero sí a la madre de Grace que le reconoció enseguida.
-¿No es ese chico Sirius? ¡Merlín, cuanto ha crecido! –sin pensarlo mucho se dirigió hacia él, sorprendiéndole mientras le saludaba alegremente-. ¡Hace muchísimo que no te veía! ¿Qué tal estás, hijo?
Sirius conocía hace años a los padres de Grace, con los que había coincidido en todas las fiestas a las que su madre le obligaba a ir, y donde se juntaban con familias de su mismo círculo social. Sin embargo, nunca había mantenido con ellos más conversación que unas palabras de cortesía, por lo que le extrañó la efusividad de su saludo, a la vez que la sonrisa amable que llevaba en la cara el padre de Grace.
-¡Por Merlín muchacho, si sigues creciendo nos dejarás a todos atrás! –exclamó el señor Sandler golpeándole la espalda amistosamente-.
-¿Qué tal les va, señores Sandler? –preguntó titubeante, notando como Lily estaba tan sorprendida como él por ese arranque de simpatía-.
-Nos habría gustado verte en otro tipo de situación, hijo, pero de todas formas me alegra verte –le respondió Cassandra haciendo un gesto hacia la puerta cerrada de la enfermería-.
Sirius hizo una mueca al comprender el significado, y les miró a ambos de hito en hito.
-De verdad siento lo de Grace…
-No te preocupes. No es como si fuese culpa tuya –le respondió Cristopher, dándole otro amistoso golpe-.
Sirius hizo otra mueca pensando que si bien no era culpa suya, sí podía ser su responsabilidad. Había sido la maldita de su prima quien había atacado tanto a Grace como a Kate, y no le parecería extraño que le relacionaran a él con ello. Por eso no se atrevió a confesarles esto a los padres de su novia. Mientras les miraba intentando disculparse en silencio, percibió la mirada de censura de Lily. Ella le había intentado convencer varias veces que no era culpa suya en absoluto que Bellatrix estuviera loca, pero Sirius no podía quitárselo de la cabeza.
-¿Y qué haces esperando en la puerta? –preguntó el padre de Grace, ignorando la mirada que le lanzó su esposa para que no fuese tan metomentodo-. No me digas que tu novia está ingresada.
Sirius le miró directamente mientras Lily desviaba la mirada y se mordía los labios para no sonreír. Era divertido verle en un apuro. Los padres de Grace aún no sabían nada de su relación con su hija, y realmente ese no era el mejor momento para dar la noticia. Buena suerte, Sirius…
Él ciertamente titubeó, intentando pensar en algo que no le comprometiera y a la vez que no le afectara en el futuro cuando estos supieran que Grace y él estaban saliendo. Pasó el peso de sus pies de uno a otro, y finalmente dijo:
-Sí, está aquí…
-¡Oh vaya, espero que esté bien! –dijo la madre de Grace, y cuando él asintió levemente con la cabeza le sonrió-. Pero bueno, cuando pasemos podrías entrar con nosotros un momento a ver a Grace y luego vas donde tu chica. Seguro que pronto salen las dos de la enfermería.
-Sí, seguro –respondió él intentando no sonreír, cuando Lily ya debía ocultarse tras su melena para que no la vieran divertida-.
Afortunadamente ambos pasaron ese bache sin que les pillaran y se dispusieron a seguir esperando su turno con paciencia. Sirius comprendía el buen humor de los Sandler tras asegurarse que Grace estaba viva y saldría de la enfermería en pocos días, pero sabía que Lily estaba como él, teniendo que fingir sonrisas todo el rato. Estaba feliz porque Grace hubiera salido bien parada, pero había visto demasiado el día anterior para no sentir un nudo permanente en el estómago; y si a eso le añadías a que aún no sabían nada de James y lo poco que sabían de Rachel no era emocionante… Ellos aún no podían aliviarse, por mucho que hicieran el papel para los padres de Grace.
La conversación se extendió tanto que acabó dividida en dos grupos, cuando el señor Sandler le apartó un poco de Lily y de su esposa. Sirius se sorprendió un poco. El señor Sandler le miraba un poco serio, pero seguía mostrándose tan amable como al principio.
-¿Sabes, chico? Quería hablar contigo desde hace tiempo –le confesó-.
Aquello se ganó la atención de Sirius, por cuya cabeza pasaron mil razones para que Cristopher Sandler quisiera hablar con él a estas alturas de su vida. Tras unos segundos de pausa, el señor Sandler continuó.
-Bueno, escuché que te marchaste de casa.
Sirius casi suspiró de alivio, pues había estado a punto de imaginar al señor Sandler saltando sobre él mientras le gritaba: "¡Me he enterado de que te estás tirando a mi hija, pervertido!". Aunque el tema de su fuga del hogar no era su preferido, era mejor que otros. Asintió mordiéndose los labios con nerviosismo.
-Sí, eh… Bueno, nunca estuve en buenos términos con mi familia, pero cuando empecé a hacerme mayor las cosas empeoraron, y el año pasado decidí que no podía seguir allí…
El señor Sandler asintió con la cabeza pensativamente.
-Me quedé algo perplejo cuando me enteré. Es decir, siempre fuiste distinto a tu familia, pero no esperé que llegaras a estos extremos. Creo que has sido muy valiente por enfrentarte a ellos y tener tus propias ideas. Realmente muy valiente.
Sirius le sonrió, pero no sabía exactamente qué decir. Estaba realmente sorprendido de contar con la admiración de alguien tan tradicional como Cristopher Sandler en un tema tan espinoso como fue enfrentarse a su familia y declararse abiertamente los Black y todo su alrededor, pero siempre se le había imaginado como un defensor de la familia tradicional. Además, contar con la aprobación del padre de su novia era una experiencia nueva para él. Nueva y muy grata.
-No creo que… Es decir, nunca me he sentido valiente por eso. Simplemente ya estaba harto de vivir esa situación, y he tenido la suerte que los señores Potter me han acogido. Sin ellos, probablemente habría tenido que volver con el rabo entre las piernas…
-¿Entonces estás bien atendido? –preguntó el señor Sandler con expresión firme-. Porque si necesitas ayuda, económica o de cualquier tipo… Quiero que sepas que puedes contar conmigo, hijo.
Vale, la sorpresa era esa. Sirius creyó que su cara debía ser un poema, pero eso sí que no lo habría esperado jamás. Todo el mundo sabía que Cristopher Sandler era uno de los hombres más agarrados a su dinero que había en toda Inglaterra, y le estaba ofreciendo ayuda económica. Hasta tartamudeó, de la impresión.
-Eh, no. De verdad, no es necesario. Los Potter son las personas más generosas que hay, y ellos se han encargado de que no me falte de nada. Les estaré eternamente agradecido.
Se sentía incómodo, como si el hombre que tenía delante no era el que creía conocer. El padre de Grace debió notar su incomodidad, porque a regañadientes explicó un poco su actitud.
-Verás, de unos años para acá, realmente me he dado cuenta de que tengo muchos motivos para admiraros a vosotros. A tu edad yo era todo lo contrario a ti, viví en un ambiente parecido al tuyo y nunca me cuestioné nada. Es decir, había prejuicios y los aceptaba como lógicos y normales. Mis padres me prometieron con la hija de unos amigos suyos, con la cual no había intercambiado más que dos palabras en mi vida y que no parecía precisamente emocionada por casarse conmigo. Pero lo hicimos, ninguno se atrevió a desafiar a nuestros padres. Tardé dos años en conocer de verdad a la chica con la que había ido a la escuela durante siete años, y debo decirte que fui de los afortunados. He tenido un matrimonio muy bien avenido, y de él ha salido una hija que es mi motivo de orgullo. Siempre tuve esas creencias arraigadas, y aunque nunca se las impuse a Grace, las usaba en mi vida como normales. Sin embargo, ella fue la primera en mostrarme otro mundo. Entró en el colegio, la eligieron para una casa que yo siempre había detestado y se hizo amiga de una hija de muggles. Te confieso que mi primera reacción fue de rechazo, lo que me costó muchas discusiones con mi mujer. Y después, al darme cuenta que Grace no pensaba renunciar a esa amistad y al conocer yo mismo a esa niña, me empecé a dar cuenta de lo equivocado que estaba. Hasta que un día no pude seguir fingiendo ante los demás la repulsa que sentía por algo que antes consideraba tan normal… He tardado media vida en aprender unos valores que mi hija, tú y otros muchos de tu edad habéis aprendido solos. Mientras que yo me conformé con lo que me enseñaron, tú te revelaste, y por eso creo que tiene mucho valor lo que has hecho –hizo una pausa, suspiró, y le sonrió-. Te cuento todo esto para que te des cuenta de que has sido realmente valiente al escoger el camino menos transitado. Por eso, si necesitas cualquier cosa, quiero que cuentes conmigo.
Sirius se sintió muy impresionado después de que el señor Sandler le hiciera un breve resumen de su vida, revelando mucho más de un hombre que siempre había sido una incógnita para él. No sabía muy bien qué contestarle, pero afortunadamente en ese momento se abrieron las puertas de la enfermería y salieron por ella la primera tanda de padres, dejando paso a los demás. El señor Sandler le pasó una mano por el hombro como a un colega, y le instó a entrar con él a la vez que Lily y la señora Sandler.
-¿Has oído, Cristopher? Tenemos que conocer a ese chico y darle las gracias –dijo de repente la señora Sandler con una amplia sonrisa-.
-¿A quién? –preguntó su marido mientras él y Sirius prestaban atención a su conversación por primera vez en minutos-.
-Al chico que sacó a Grace del pueblo. Le tenemos que agradecer, porque si no llega a ser por él, podría haberla pasado algo realmente horrible. ¿Cómo decías que se llamaba, querida?
-Marco, es un estudiante de intercambio –respondió Lily. Sirius la fulminó con la mirada y ella se la sostuvo con orgullo, añadiendo con voz dura-. Le tenemos que estar agradecidos porque estuviera allí.
Sirius bufó en voz baja y se adelantó al grupo hasta llegar a la cama de Grace. Estaba como la había dejado esa mañana, dormida y con el rostro relajado. No escuchó bien la respuesta del señor Sandler, pero este parecía algo perplejo. Él decidió ignorar el tema, pues sería capaz enfadarse de verdad y empezar una seria discusión con Lily. Maldita pelirroja pelota… Si Grace estuviera despierta podría… Suspiró, desengañándose. Sospechaba que cuando Grace despertara y recordara quien había sido su salvador, estaría loca por ir a agradecérselo. No soportaba que todos estuvieran de repente "enamorados" de ese italiano, y Lily le recordara todo el tiempo lo agradecidos que tenían que estar "porque él estuviera allí". ¿Acaso su amiga le estaba reprochando que él no lo estuvo a pesar de que había ido en esa dirección?
Apartó la mirada del rostro neutro e inconsciente de Grace, y la fijó en su amiga con curiosidad. Sin embargo, ella le devolvió una mirada de inconfundible apoyo e incluso le guiñó un ojo para darle fuerzas. Los padres de Grace no se dieron cuenta, pues estaban demasiado pendientes de mirar a su hija.
Quince minutos después tuvieron que marcharse, y dejaron a Sirius pidiéndole que le deseara a su novia una pronta recuperación de su parte. Tanto él como Lily tuvieron que esforzarse en no sonreír, y este hizo ver que se alejaba, aunque cuando los tres se perdieron de vista, volvió enseguida para despedirse de Grace.
-¿No podríamos conocer ahora a ese chico, Marco? –preguntó con emoción la señora Sandler, cuando Lily se ofreció a acompañarlos de vuelta al despacho de Dumbledore. Su marido rodó los ojos, pero ella le regañó enseguida-. Tenemos mucho que agradecerle.
-No lo niego, Cassey, pero creo que una nota de agradecimiento estaría más apropiada.
-¿Una nota? ¿Ese es el precio que le pones a la vida de tu hija? –preguntó la madre de Grace indignada-.
Cristopher Sandler bufó.
-Ya estamos con dramatismos… Me refiero a que no veo adecuado incomodar a un chico con tu entusiasmado agradecimiento.
-Yo soy muy correcta, Cristopher –replicó su esposa con un tono frío que Grace también sabía usar-.
Al final fue inútil, la señora Sandler ganó la partida y Lily tuvo que comprometerse a ayudarles a buscar a Marco. En ese momento comenzó a comprender que Sirius también tenía razón con que se había pasado, pues no le hacía gracia estar en medio de esa situación ahora. Al final no tuvo que buscar mucho, pues cuando pasaban por uno de los claustros se encontró con el propio Marco, quien por lo visto se encontraba consolando a Allysa Wayman, la cual parecía no ser capaz de dejar de llorar. Cuando Lily le llamó, este se levantó del lado de su amiga y se acercó a ellos. Enseguida vio la preocupación en los ojos de Lily y aclaró:
-Su hermano sigue ingresado en San Mungo. Sus padres le han escrito comunicándola que es probable que pierda una pierna.
El ánimo de Lily decayó, y más aun pensando en James, el cual también estaba en San Mungo y de quien no sabía nada. También se sintieron afectados los señores Sandler, dándose cuenta de lo cerca que podían haber estado de que a Grace le ocurriera algo así. Pero, recomponiéndose, Lily le presentó a los padres de su mejor amiga, alegándole las razones por las cuales querían conocerle. Como había supuesto el señor Sandler, su esposa no pudo controlar su entusiasmo y su efusivo agradecimiento incomodó un tanto al muchacho.
-No tienen que… Grace es una persona muy… De verdad, no fue nada –dijo torpemente con un marcado acento italiano-.
-Te estaremos eternamente agradecidos –continuaba diciendo la señora Sandler, que se había vuelto demasiado entusiasta-. A partir de ahora, necesites lo que necesites, cuenta con nosotros.
La expresión de Marco era de sorpresa, pero bien oculta tras una amable fachada. Sonreía a la mujer, notando en ella varios rasgos de su hija, y también sonreía a su marido y a Lily sin saber qué más decir. El señor Sandler le salvó de esa situación de la que no sabía salir, tomando a su esposa por los hombros y apartándola de él.
-Tenemos que irnos ya, Cassey –dijo con la sonrisa fija en los labios. Se giró hacia Marco, le tendió la mano y mientras se la estrechaba añadió-. Gracias por todo, chico.
Estrechando la mano del padre de Grace, Marco sonrió encantadoramente y volvió a declinar los agradecimientos. Esperó a que los tres continuaran su camino antes de volver a seguir consolando a Allysa. Los señores Sandler se mantuvieron en silencio hasta que se despidieron de Lily, pero cuando se quedaron solos iniciaron un diálogo bastante curioso.
-¿Has visto lo nervioso que estaba? –comenzó entusiasmada la madre de Grace-. Yo creo que se traen algo entre ellos. Es un chico muy mono, y ese acento que tiene…
-¿Qué tendrá el acento italiano que a todas les gusta? –preguntó al aire Cristopher mientras rodaba los ojos-. A tu teoría le falla algo. ¿Qué hay de esa chica con la que estaba?
-¡Sólo una amiga! –replicó su mujer despreocupadamente-. Se nota que le gusta Grace, sino no se habría puesto tan nervioso.
-Tú le has puesto nervioso. Y te recuerdo que no nos consta que Grace salga con nadie. ¿O sí? –preguntó inseguro e incluso algo temeroso de que su niña pequeña estuviera siendo pervertida por alguien sin saberlo él-.
Su mujer hizo una mueca.
-No, no me ha comentado nada. Aunque creo que ya tiene edad suficiente para empezar a salir con chicos. Y este es muy mono, de verdad.
-Hay muchos chicos por ahí –replicó su marido distraídamente. Después su rostro se iluminó cuando se le ocurrió algo, y procedió a contárselo a su esposa-. ¿Y qué hay de Sirius? No me dirás que el chico no tiene planta.
-¿Sirius? –repitió su mujer sin acabar de creérselo-. Es muy guapo, claro. Pero no lo creo posible… Se han criado juntos, lo más probable es que no puedan ser capaces de sentir nada más que cariño fraternal el uno por el otro. Sin embargo este otro, viniendo de lejos, con ese acento tan mono y esa sonrisa tan encantadora, debe hacer estragos entre las chiquillas.
Su marido tenía el ceño fruncido, ya empezando a hartarse de oír las maravillas de ese muchacho italiano. Se le había metido una idea en la cabeza y esta no saldría con facilidad.
-Insisto en que Sirius es un muchacho estupendo, y estoy seguro de que aunque no tenga acento también ha roto varios corazones aquí. Además le conocemos de siempre y sabemos cómo es. No podría tener mejor referencia que el hecho de que haya renunciado a esa familia suya… Ha demostrado tener carácter y buen juicio. Prefiero a alguien así para mi hija, que a cualquier tarambana extranjero.
Su mujer frunció el ceño, ofendida.
-No le conoces de nada y ya le juzgas al pobre muchacho. ¿Se te ha metido el pobre Sirius en la cabeza, eh? Te recuerdo que el muchacho tiene novia y, además, nunca han dado muestra esos dos de sentir el mínimo interés el uno en el otro –bufó adelantándole en las escaleras que daban al despacho del director, y se giró para hablarle por encima del hombro con altivez-. Menos mal que nunca te permitiría seguir con absurdas tradiciones y, además, que no aceptamos a la familia Black. De lo contrario ya te veo intentando comprometer a esos dos a la fuerza.
OO—OO
Llevaba toda la tarde en ese lugar. De hecho, hacía horas que ni sentía el frío. Pero, ¿cómo podría haber sentido algo hallándose en semejante shock? Ella estaba muerta. Aquella persona, la única a la que parecía importarle sin intereses ni segundos motivos, ya no estaba. La única chica por la que había llegado a sentir algo tangible, completamente distinto a la atracción física que antes creía que era el amor.
¿Por qué estaba muerta? ¡¿Por qué, por qué, por qué? ¡Le pidió que se quedase en el castillo, que le esperase! ¿Por qué no le había hecho caso? ¿Por qué había ido al pueblo? ¿Por qué ella? Lo único que quería era volver atrás, retrasarse un día y no marcharse, no dejarla hacer la locura de seguirle. De retenerla en su vida, respirando y con su corazón latiendo. ¡Merlín, se lo iba a contar todo! Mientras viajaba a Hogsmeade el día anterior, minutos después de darse cuenta de lo importante que era ella en su vida, había decidido arriesgarse por completo. Todo o nada, pero no iba a ofrecerse a medias. ¿Le habría aceptado si hubiera tenido oportunidad de escucharle? Eso nunca lo sabría.
Porque ella estaba muerta. Esa era la realidad y no podía cambiarla. Y el dolor era tan grande que no le cabía en el pecho, y le impedía respirar, llorar, reaccionar. Simplemente estaba allí, en ese patio sentado en los bancos donde había compartido tantos ratos con ella, y miraba el lugar vacío y ahora huérfano. Su mente sólo repetía una y otra vez el momento en que vio escrito su nombre en ese maldito pergamino.
15 de febrero de 1978
-Sin duda este es uno de los más horribles sucesos que se recuerdan de toda la historia de Hogwarts, y para superarlo debemos estar todos juntos, formando una hermandad entre casas sin fisuras. Ese es el deseo del director Dumbledore y del mío propio, y espero que también sea el vuestro, pues es la única forma de superar esta terrible tragedia.
El profesor Slughorn se había dirigido esa mañana a todos los Slytherins, con un aspecto cansado y triste, producto de haberse pasado toda la noche ayudando y viendo verdaderas tragedias. El discurso que les estaba dando tras darles la noticia de la pérdida de un miembro de su casa, carecía de significado e interés para la mayoría de los alumnos. El anuncio del fallecimiento de uno de ellos opacaba las burlas que habían llenado la sala común durante la noche, contando con sonoras excepciones, por supuesto.
El niño era Melvin Nutcombe, un primer año que la tarde anterior se había acercado al pasillo de la enfermería con sus amigos para saber lo ocurrido, y había sido atacado por el licántropo. Había muerto casi en el acto, pero ese hecho se les había ocultado a sus amigos, quienes pasaron toda la noche muy juntos y silenciosos, y ahora lloraban sin hacer ruido en un rincón de la sala.
-Bueno, supongo que también estaréis preocupados por vuestros amigos de otras casas –dijo el profesor Slughorn dando por finalizado el que pretendía ser un discurso de ánimo-. Por ese motivo os he traído una lista con los nombres de… los fallecidos. Lo lamento mucho…
Con un movimiento de varita dicha lista quedó colgada en el tablón de anuncios, y Slughorn se retiró a uno de los rincones para consolar a los más pequeños que seguían llorando por la suerte de su compañero.
Los demás se fueron acercando paulatinamente a esa lista, presas de la curiosidad. Regulus no estaba particularmente interesado, pero sí notó varias reacciones distintas: algunos tenían que esconder una risa por la presencia de su jefe de casa, pues habían visto entre lo nombres el de alguien a quien le deseaban lo peor. Otros mudaron su expresión, eliminando todo rastro de sonrisa de su cara. Quizá porque al ponerles nombre y cara a los muertos aquello había perdido su gracia. Regulus se fijó en sus compañeros, y vio que los hermanos Carrow escondían muy mal su regocijo, y que Snape miraba la lista con decepción. Era evidente para todos quien querría el chico que estuviese allí, y también estaba claro que no estaba.
-Regulus, ¿no era esta la novia de tu… hermano? –le preguntó Mary señalando con el dedo un nombre de la lista-.
Su expresión era de hielo, nadie podría averiguar qué estaba sintiendo, si dolor o regocijo. Con la curiosidad aumentando, dio unos pasos hacia ella y miró la lista, leyendo de inmediato: "Katherine Hagman". Cuando iba a asentir vagamente y dándole completamente igual ese suceso, se le heló la sangre al leer el nombre que estaba escrito debajo. "Sadie Duncker".
No podía ser. Aún no se lo creía, se negaba a creérselo. En cualquier momento Sadie saldría por la puerta, cruzaría los soportales, y se sentaría a su lado en el banco soltando algún comentario irónico y/o insultante, mientras rodaba los ojos.
Pero Sadie no llegó. No llegó aunque esperó hasta entrada la tarde. No llegó ni cuando él abrió la boca por primera vez desde que había leído su nombre, y la llamó en voz baja y ronca. No llegó porque aquello no era la mala pesadilla que él quería creer que estaba viviendo. Aquello era la realidad, ella ya no estaba y nunca volvería.
Necesitó más tiempo para que la idea calara en él con la misma intensidad que lo hizo la llovizna que había estado cayendo todo el día. Y se movió cuando los dedos de los pies le empezaron a arder de congelamiento. Se obligó a sí mismo a ponerse de pie y entrar de nuevo al castillo. El ambiente era distinto incluso en los pasillos solitarios. La tristeza y la desolación reinaban por todo el castillo, y esto se percibía en las paredes, los murales y las armaduras. Todo era más gris y menos mágico.
Pero a él no le importó, pues se sentía compensado con el ambiente. Siguió caminando, dirección al vestíbulo para encaminarse a las mazmorras. Se metería en la cama y no saldría de allí en una semana. O al menos ese era el plan, antes de encontrarse frente a frente a otra persona conocida. Cuando le vio intentó esquivarle y cambiar el rumbo, pero su hermano también le había visto y se dirigía hacia él con rapidez, y casi llegó hasta él en tres zancadas.
-¡Tú! –exclamó Sirius lleno de furia mientras le cogía por el cuello de la túnica y le zarandeaba con facilidad a pesar de que Regulus era unos pocos centímetros más alto-. ¡Sabías que pasaría esto! ¡Seguro que lo sabías y te lo callaste como la rata cobarde que eres!
Regulus llevó las manos a su cuello intentando apartar las manos de su hermano, pero Sirius era mucho más fuerte que él y no le soltaba.
-¡Déjame en paz! –alcanzó a decir torpemente cuando los forcejeos con la túnica hicieron que se le aplastara contra la garganta-.
-Seguro que la loca te lo contó todo y por eso ni tú ni tu apestosa pandilla aparecisteis por Hogsmeade, ¿verdad?
La furia del mayor era tal que entre los dientes apretados se le escapaba saliva cuando hablaba, como si fuese un perro con rabia. Regulus por primera vez tuvo miedo de él, sobretodo porque ese día él no podría defenderse aunque quisiera, ya que sus fuerzas le habían abandonado.
-Déjame… en paz –insistió con la respiración más entrecortada mientras intentaba liberarse en vano-.
-¿Qué te deje en paz? ¡Kate está muerta, mi mejor amigo está en San Mungo sin que nadie nos diga nada y mi novia sigue en la enfermería! ¿Y tú me pides que te deje en paz? –preguntó Sirius con furiosa incredulidad. Respiró hondo y acercó más su cara, mostrando una mirada que le hizo temblar-. No te voy a dejar en paz en lo que me resta de vida. Ni a ti, ni a esa loca, ni a ningún miembro de esa maquiavélica familia. Vais a pagar el sufrimiento infligido con creces. Te juro que me encargaré de arruinaros la vida a todos.
Aquello le sonó a juramento de venganza de un gryffindor envalentonado, pero el pequeño toque de locura que vio en los ojos de su hermano le hizo titubear. ¿Sería crónico? ¿Acabarían a la larga todos los Black adquiriendo la inquietante locura de Bellatrix? Porque lo que había visto en los ojos grises de Sirius tenía una similitud a lo que veía brillar en los de Bellatrix.
-¡Sirius! ¿Qué crees que estás haciendo?
Una voz femenina interrumpió la "charla familiar" que ambos compartían, y los dos se dieron cuenta de que todas las personas que se encontraban allí les estaban mirando. Aún así, Sirius no le soltó, y tuvo que intervenir la chica de voz autoritaria, que resultó ser Lily Evans, para separarles con la ayuda de Peter Pettigrew que miraba a uno y a otro con la boca abierta.
-¿Qué pasa si te ve algún profesor? ¿No hemos pasado todos bastante ya? –le regañaba la prefecta a Sirius, mientras Peter se encargaba de sujetarlo para que no volviese a lanzarse contra su hermano-.
Regulus estaba recuperando la respiración, colocándose mejor la túnica. Su expresión había pasado a ser fiera también, pues se había percatado de que Sirius no había mencionado a Sadie para nada. Ella le había defendido multitud de veces y, sin embargo, ese ingrato y egoísta que tenía por hermano ni siquiera lamentaba su muerte. Tenía que haberle rematado cuando tuvo la oportunidad, pensó con odio.
Cuando Lily se giró para mirarle, vio su expresión tan extraña que por puro formalismo se vio obligada a preguntar a regañadientes:
-¿Te encuentras bien, Black?
Él hizo un gesto de repulsa al mirarla.
-A ti no te importa, asquerosa sangre sucia.
Aunque su cuerpo seguía siendo un manojo de nervios y aún permanecía medio en shock, acertó a echar a correr justo antes de que Peter soltara a Sirius y los dos quisieran intentar hacerle tragar sus palabras.
OO—OO
Esa noche, cuando todos dormían, Lily no podía hacerlo. Se había mudado a la torre de Gryffindor, incapaz de estar sola en su torre sin James y queriendo hacerle compañía a Gisele, pero esta se había dormido pronto. O al menos había cerrado las cortinas de su cama a cal y canto, tal y como había tomado la costumbre en los últimos tiempos, tan distintos a la normalidad en ella.
Sentada en el alfeizar de la ventana, Lily observó todo el perímetro de la habitación, percibiendo lo vacía que se hallaba. Faltaba la risa habitual de Gis, que los acontecimientos de los dos últimos meses habían borrado; faltaba el cántico de Kate cuando estaba feliz (normalmente por algo relacionado con Sirius), faltaba el comentario de Rachel que conseguía poner a Gis con los pies en la tierra, y faltaba la alegría de Grace cada vez que se mencionaba la palabra quidditch. Incluso se notaba la ausencia de la silenciosa presencia de Sadie. La habitación estaba lúgubre y vacía.
Allí, acompañada de una Gisele dormida o ausente, ella intentó hacerse a la idea de que ya nada volvería a ser igual. Y el convencimiento de esto le hizo un doloroso agujero en el pecho. La vida en Hogwarts, tal y como siempre la había conocido, había acabado para siempre sin remedio. La muerte de Kate y las consecuencias de la mordedura de Rachel las marcarían a todas a partir de entonces.
Y eso que aún no quería pensar en el tema que más la acongojaba. No sabía nada de James. Habían pasado más de veinticuatro horas y nadie le había dicho nada, ni siquiera la profesora McGonagall, a quien había acudido. Sabía que podía estar tranquila porque el nombre de su novio no hubiera aparecido en la lista que se difundió esa mañana con los nombres de los fallecidos, pero el temor a que apareciera en otra lista al día siguiente no le dejaba conciliar el sueño.
Aún podía verle caer, como si fuera a cámara lenta, y podía verle llevarse las manos al cuello y sacarlas llenas de sangre. ¿Por qué no sabía nada sobre James? ¿Querían ocultarles algo? ¿O no había nada que contar? Quizá había quedado como un vegetal, atado a una cama inconsciente de por vida. Dos lágrimas cayeron por sus ojos antes de que pudiera detenerlas, pero es que el miedo a que alguna de esas posibilidades fuera cierta, era atroz.
-Basta, Lily –se susurró a sí misma, obligándose a alejar esos pensamientos de su mente-. Basta…
Si seguía pensando así, el miedo no la dejaría reaccionar, y ella debía ser fuerte. Estaba siendo un pilar fuerte para Gisele y para Remus, e incluso para Jeff cuando este se dejaba consolar. Peter y Sirius estaban siendo asombrosamente racionales, pero sabía que la procesión iba por dentro, y tanto el sensible Peter como el indescifrable Sirius estaban sufriendo muchísimo.
Un golpe la sacó de sus pensamientos, y cuando este se repitió, notó que venía de la ventana. Afuera había una lechuza parda, con las patas blancas y en una de ellas un pergamino enrollado. El ave le sonaba, pero no recordaba de qué, por lo que abrió la ventana llena de curiosidad y anticipación.
El frío de la noche penetró en la habitación el tiempo justo para que Lily sacara la carta de la pata de la lechuza, y un escalofrío le recorrió la columna vertebral al ir sólo vestida con el pijama. Con manos temblorosas, a causa del frío y los nervios, abrió la misiva, que contenía un mensaje escrito con letra redonda y estilizada.
Querida Lily:
Te escribo para comunicarte que James está estable y fuera de peligro. Su estado ha ido mejorando a lo largo del día, y ha abierto los ojos un par de veces con más o menos lucidez, teniendo en cuenta su debilidad por la pérdida de sangre. Sin embargo, los médicos nos han asegurado que se recuperará completamente en cuestión de días, por lo que debes estar tranquila.
La profesora McGonagall ha estado de visita esta tarde, y me pidió que fuese yo misma quien te diese la buena noticia. Discúlpame por tardar tanto, pero he estado pendiente de él todo el día y ahora acabo de llegar a casa. Te mantendré informada con cada novedad que haya. Tengo entendido que tengo mucho que agradecerte, y lo haré debidamente en cuanto James salga del hospital.
Con cariño,
Dorea Potter.
El alivio que sintió al leer la carta no podía compararse con nada. Nuevas lágrimas comenzaron a salir por sus ojos, pero esta vez de descanso, de alegría, de alivio. Ahora podía reconocer ante sí misma el miedo que había tenido durante todo el día, la congoja que se había concentrado en su estómago y había intentado ignorar mientras se metía en su papel de prefecta como escudo.
Secándose las mejillas con ambas manos y con una pequeña sonrisa en su rostro, se alejó de la ventana para meterse en la cama, e intentar dormir ahora que estaba tranquila. Pero estaba demasiado emocionada para conciliar el sueño. Su corazón estaba demasiado alterado. Así pues, salió de nuevo de la cama, aceptando que esa noche tampoco dormiría mucho, y cogió un libro para leer un rato en la sala común, arrullada por el calor de la chimenea.
Sin embargo, para su sorpresa, la sala común no estaba vacía a esas horas, sino que había varias personas desperdigadas por ella. Parecía que todos habían tenido la misma idea que ella, bajar a entretenerse mientras venía el sueño, pues el silencio era mortal. Nadie hablaba, ni nadie se miraba, pero la decena de personas que estaban allí, parecían unidas por una cadena invisible. Ella la reconoció: el dolor y la desolación. Pese a que no podían dormir ni tampoco mantener una conversación normal, necesitaban estar acompañados de los demás.
Fue esa comprensión lo que consiguió que no les riñera por estar levantados a deshora, ni les mandara de nuevo a la cama. Más bien se les unió como un fantasma silencioso. Se acercó a su sillón preferido, y enseguida vio que este estaba ocupado. Y no por un extraño precisamente.
-¿Sirius? ¿Qué haces despierto? –preguntó en un susurro apenas audible, para no molestar a los demás-.
Su amigo levantó la mirada de su regazo y la miró tan imperturbable como llevaba toda la noche, desde que ella y Peter habían evitado que le partiese la cara a su hermano. Lily se sentó en el reposabrazos del sofá que estaba al lado del sillón, con la cabeza convenientemente inclinada hacia él para seguir manteniendo el tono de voz.
-Igual que el resto, no podía dormir –contestó el aludido con un pequeño encogimiento de hombros-.
Ella hizo una mueca y esperó a que su amigo añadiera algo, pero este no lo hizo. Así pues, ella se atrevió segundos después a preguntarle su duda.
-¿Es lo ocurrido con tu hermano lo que no te deja dormir?
La fría mirada que le lanzó su amigo le hizo ver que no debía haber sacado el tema… y que algo sí había acertado. Sirius estuvo unos segundos en silencio, con los labios fruncidos como si calibrara algo, y después suspiró.
-En realidad, pensaba en Prongs.
De pronto Lily recordó la carta que aún llevaba en las manos, y con el rostro iluminado de alegría la alzó para contarle la buena noticia.
-Sí, ya lo sé –le interrumpió su amigo con una minúscula sonrisa-. Dorea también me ha escrito.
Se golpeó el pecho con la palma de la mano, y Lily notó que del bolsillo de la camisa del pijama sobresalía la esquina de un pergamino. Sin embargo, Sirius seguía mortalmente serio.
-También pensaba en Grace… y en Kate –confesó finalmente-.
A Lily se la cerró el estómago porque no sabía cómo seguir esa conversación sin volver a echarse a llorar. Ese día tenía las emociones a flor de piel, y más desde que había recibido la tranquilizadora misiva.
-Grace saldrá pronto de la enfermería –dijo, obviando deliberadamente a su otra amiga-.
Sin embargo Sirius no lo hizo, sino que suspirando murmuró:
-Bellatrix fue directa a por ellas. Ella nunca elige a sus víctimas al azar.
-Sirius…-intentó interrumpirle-.
-Aunque no supiera nada de mi vida, conocía a Grace y sabía que éramos amigos –siguió él sin escucharla-. Lo de Kate podría haberlo supuesto o sólo haberla atacado por ir con ella. Da igual, todo es por hacerme daño a mí.
-Los padres de Grace se han enfrentado a todos ellos, incluso han intentado atacarles hace poco. No te cargues a ti mismo con responsabilidades que no mereces; es más probable que a Grace la atacaran por sus padres, y a Kate por ir con ella.
Él ya estaba negando con la cabeza, empecinado.
-No… lo de Grace tiene sentido y podría ser, pero sé que también hay algo relacionado conmigo. Cuando ella despierte, me lo confirmará.
-¿De qué te sirve torturarte de esa manera? –le preguntó Lily secándose las lágrimas que habían escapado de sus ojos, y sintiendo la lástima hervir en ella. Su amigo no se merecía sentirse responsable de ningún crimen-.
Sirius suspiró, se aclaró la garganta, y no contestó. Parecía muy concentrado en evitar mostrarse débil. Lily tampoco habló, y en silencio estuvieron varios minutos, hasta que él se decidió a decir:
-Tienes razón. Ahora no voy a preocuparme por esto. Cuando salgamos de aquí, me voy a dedicar en cuerpo y alma a encontrar a esa perra, y matarla. Te juro que Kate no habrá muerto en vano, y nunca se le volverá a ocurrir acercarse a Grace. Te juro que la mataré…
Lo dijo en voz tan baja, tan profunda y con tanto odio impregnado en ella, que Lily sintió un escalofrío. Parecía hablar tan en serio, que echó de menos tener a James o a Remus allí para que dijeran lo que a ella no le salía. Además, porque ella entendía perfectamente esas ansias de venganza de su amigo. Las de ellas eran parecidas, aunque menos radicales.
Quería justicia para todas las víctimas de Voldemort y sus seguidores. Y quería participar en esa justicia. Ese día no podía, pero sabía que se acercaba el día en que pudiera colaborar; y lo haría desde la primera línea de la batalla.
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Los días siguientes a aquel fueron demasiado calmados y tristes. El tiempo pasaba lento en un castillo en que sólo podían visitar a sus amigos en la enfermería o esperar noticias de fuera. Como habían dicho los profesores, no habría clases hasta el día posterior a los funerales de sus compañeros, la mayoría de los cuales serían enterrados en el propio cementerio del colegio.
Pero sí había habido algo que había animado la monotonía y tristeza del colegio, y es que un grupo de aurores había acudido allí para interrogar a todos los alumnos del último año. Todo se había desarrollado con la aparición del cadáver de una de sus compañeras de Slytherin, Dulcy Yexter, engalanada con las prendas de los mortífagos. El resto de los alumnos no conocían su suerte, apenas unos pocos, pues su nombre no estaba inscrito entre sus compañeros fallecidos. Pero a lo largo de la mañana del lunes, fue corriendo el rumor de su muerte, siendo la segunda slytherin que fallecía en el ataque. En Ravenclaw se había visto a su hermano muy afectado por este hecho, y recibió más condolencias por sí mismo que por la suerte de su hermana mayor.
Sin embargo, a medida que avanzaban los interrogatorios, la verdad de las circunstancias en que habían encontrado a Dulcy salió a la luz. Y eso provocó muchos enfrentamientos entre los miembros de la casa de las serpientes y los de las demás casas, pues ya consideraban a todos culpables del terrible atentado.
Los profesores tuvieron que impedir varias peleas entre unos y otros que cada vez adquirían más violencia. Y Lily tuvo que volver a interceder para que Sirius no se dirigiera hacia su hermano con violentas intenciones, pues por la mente del chico ya pasaron más razones por las que no se había visto al muchacho en Hogsmeade. Al principio creía que se había quedado al resguardo del colegio, sabiendo los oscuros planes que se cernían sobre ellos. Pero a partir de ese momento, estaba seguro de que su hermano pequeño estaba detrás de una de las máscaras que habían aterrorizado a todos esa funesta tarde.
El hermano de Dulcy, por su parte, no salió de su cuarto en tres días desde que se reconoció a su hermana como mortífaga. Corrían rumores de que la vergüenza de la familia era tal, que se habían negado a recoger el cadáver de los depósitos del ministerio. Sin embargo, Lily leyó en El Profeta del martes que los padres de la chica habían celebrado un funeral íntimo y familiar, y que se habían negado a hacer ninguna declaración. La pelirroja hasta sintió lástima de la familia al ver sus rostros compungidos y avergonzados en las fotografías del periódico. Era evidente que ninguno estaba enterado de las compañías tan oscuras que frecuentaba su hija.
Los interrogatorios habían tenido también sus consecuencias y sus momentos desagradables. Pese a que estaban estrechamente vigilados por Dumbledore, quien había sido muy reticente en dejar que entrevistaran a sus alumnos, los aurores estaban demasiado desconfiados para ser amables en ciertas ocasiones. La peor parte del grupo se la llevaron, sin duda, Remus y Sirius. Uno por su condición de licántropo, que quedaba de manifiesto en su historial y que Dumbledore había explicado personalmente, y otro por tener un apellido vinculado a tantas tragedias. Ninguno de los dos había querido comentar mucho a sus amigos sobre la experiencia vivida allí dentro.
El resultado de dichos interrogatorios fue mantenido en estricto secreto, pues los aurores se habían mantenido muy circunspectos al respecto. El resultado de la investigación en general no se sabría hasta pasados unos meses y, aunque la gente confiaba en que hubiera varias expulsiones tras estos hechos, por el momento todos seguían en el colegio.
Entre los estudiantes había recelo y desconfianza, pues estaban seguros de que Dulcy no era la única infiltrada en los mortífagos, pero el resto de los responsables de ese fatídico día seguían impunes por Hogwarts. De momento, los culpables seguían caminando entre las víctimas con total tranquilidad, y ese hecho sí que no tranquilizó a nadie.
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El descubrimiento del cadáver de la joven Yexter no trajo buenas consecuencias para los mortífagos. Voldemort, furioso al ver que su secreto destacamento en Hogwarts ya no era tan secreto, y todo por el descuido de sus seguidores, había desatado su ira sobre ellos.
Tras semejante serie de torturas, si el temor al señor tenebroso ya era grande anteriormente, ahora se había convertido en un pánico que no hacía sino ofrecerle más lealtad, en honor al poder que tenía y al comprender que peor sería su ira al enfrentarle. Siempre era más conveniente estar al lado de un mago tan peligroso, que estar en su punto de mira. Esa era la doctrina de los mortífagos, que se vio reforzada esos días tras la demostración de tal poder.
Y de eso se convencía Ethan Divon una y otra vez, mientras curaba sus múltiples lesiones producto de las torturas a las que todos habían sido sometidos esos últimos días. Bueno, todos no. El matrimonio Lestrange había desaparecido muy convenientemente en busca del joven Potter, cosa que evitó que unieran su suerte a la de sus compañeros. Pese a que Malfoy había sido el primero en suponer esa reacción, él no tuvo excusas para escapar de la ira de su señor. Él y Ethan se hallaban en la sala contigua a la que ocupaba en esos momentos Voldemort, cabizbajos y pálidos, sólo con el recuerdo de las torturas en sus malévolas mentes. Ambos habían aprendido una lección de humildad que les duraría el resto de su vida, o al menos la vida que compartirían junto a Voldemort.
Así pues, el martes por la noche, cuando las cosas estaban más calmadas, Bellatrix y Rodolphus volvieron a la guarida donde les esperaba el señor oscuro desde hacía días. La impaciencia de este se vería recompensado con sus averiguaciones, era obvio, pues ambos llegaron con la cabeza muy alta y con grandes sonrisas de superioridad, contrastando con el ánimo de los presentes.
Cruzar las silenciosas galerías y encontrarse con sus humillados y adoloridos compañeros, no fue más que otro motivo de diversión para Bellatrix. Ella se consideraba, en ese momento, muy por encima de todos ellos. Ella conseguiría lo que su señor precisaba, y ella sería la recompensada con su gratitud. Ese convencimiento la llevó a dedicar una sonrisa burlona a su cuñado y los hombres que le acompañaban, mientras su esposo conseguía el permiso del lord oscuro para llegar a su presencia.
Al entrar en la estancia donde estaba Voldemort, siempre acompañado de las tres cajas que por fin poseía, este les recibió con la varita en alto, dispuesto a castigarlos por su oportuna desaparición. Sin embargo, Rodolphus supo parar el cruciatus a tiempo soltando la noticia a bocajarro.
-Mi Señor, hemos encontrado a James Potter.
Eso calmó la ira de Voldemort, aunque este no bajó su varita del todo, como si aún no hubiera decidido si merecían o no la tortura hasta escuchar toda la historia.
-¿Dónde está el chico? –preguntó con voz afilada, pasando su mirada del hombre a la mujer-.
-En San Mungo, mi Señor –respondió solícita Bellatrix mientras se aproximaba un paso más-. Alguno de los nuestros no debió reconocerle, pues sí que estuvo en Hogsmeade. Está herido de gravedad.
-¿Su vida corre peligro? –preguntó Voldemort frunciendo el ceño, mientras su mano acariciaba inconscientemente la cabeza de su serpiente Nagini, la cual se había deslizado por el reposabrazos de su sillón-.
Si el chico moría antes de llegar a él, la pista de la cuarta caja se perdería para siempre. No podía consentir ese hecho, y si ocurría sin remedio se encargaría de que el responsable por la prematura muerte del muchacho pagara con su vida tal error.
-Por lo que hemos averiguado se encuentra estable –intervino Rodolphus con expresión cautelosa, mucho más temeroso que su esposa de la reacción del malvado brujo-. Dentro de su gravedad, por supuesto. Pero creemos que no temen por su vida.
-Ha sido difícil averiguarlo, mi Señor –añadió Bellatrix para darse importancia y justificar un posible retraso-. Está en una unidad de cuidados intensivos, por lo que la seguridad es mayor. Será difícil acceder al muchacho, pero no imposible.
-Tenemos varias ideas al respecto que nos gustaría exponéroslas –concluyó su marido-. Sabemos que queréis tenerle con vida para interrogarle usted mismo, por lo que también debemos ser cuidadosos con que su estado no empeore de forma drástica durante el traslado.
Voldemort asintió un par de veces con la cabeza, en señal de que lo había entendido. Su mano se apartó de Nagini, quien soltó un silbido de protesta, y acarició con ambas manos los dos extremos de su varita. Su mirada se desvió momentáneamente hacia las tres cajas que se hallaban cuidadosamente colocadas en una pequeña mesita justo a su lado, ordenadas en una perfecta columna.
-El estado en que llegue me es irrelevante mientras aún pueda hablar. No sobrevivirá mucho más cuando consiga de él la información que preciso, así que aseguraos de traerle hasta mí cuanto antes, y que no muera en el trayecto. A partir de ahí es cosa mía; ya he dejado más de lo que debía en las manos de algunos inútiles.
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El día amaneció oscuro y grisáceo. Todos los terrenos estaban aún mojados por la lluvia que había caído incansablemente la noche anterior, y de los árboles caían las últimas gotas de agua que aún quedaban impregnadas en sus apagadas hojas. Apenas se vislumbraba un poco de sol por el horizonte del lago, único lugar que no parecía guardar un helado y triste ambiente. Los pocos rayos que se colaban por las espesas nubes de color gris oscuro caían sobre el agua, formando difuminados dibujos de luz, que segundos después se extinguían al paso de otra oscura nube.
Lejos de esa imagen bucólica, ya todo estaba listo en la gran explanada que se extendía a los pies del grandioso castillo, y que estaba formada por los jardines en los que los estudiantes solían pasar momentos de ocio. Cientos de sillas de plástico blancas se encontraban alineadas, y mirando en dirección a dicho lago, que quedaba bastante alejado. Delante de los asientos estaban preparadas trece tarimas de color blanco, que esperaban sostener los trece féretros funerarios que serían trasladados a Hogwarts a lo largo de la mañana.
El ambiente dentro del castillo, a escasas dos horas de empezar los funerales, era silencioso y profundamente triste. Pronto comenzarían a llegar los familiares de las víctimas y las grandes personalidades del Ministerio y el mundo mágico para rendir homenaje a los muertos en aquel ataque sin sentido. Los alumnos esperaban ese momento sin ningún tipo de ánimo, sino más bien con una indiferencia marcada aún por el shock de la tragedia.
-Quiero ir con vosotros.
Esa frase sacó de sus pensamientos a quien miraba por la ventana todo el ambiente que estaba formado en el exterior. El chico se volvió aún perdido hacia su novia, quien se encontraba tumbada en una camilla con muchas vendas alrededor de su torso y una tez más pálida de lo normal.
-No nos vamos precisamente de fiesta, Grace –le contestó haciendo una pequeña mueca con los labios.
Ella frunció el ceño ante esa respuesta, pero suspiró y le respondió con calma.
-Eso ya lo sé. Pero se lo debo a Kate.
Sirius se apartó de la ventana, donde se había apartado desde que apareciera la enfermera Pomfrey para revisar a Grace, y volvió a su lado, analizándola con la mirada. Apenas la habían despertado el día anterior, considerando que ya tenía fuerzas suficientes para aguantar el resto del proceso despierta, y que además había pasado ya la parte más dolorosa. Sin embargo, aún seguían viéndose gestos de dolor en su cara cada vez que se movía demasiado.
-Tú no tienes la culpa de lo de Kate –la susurró con tono grave-.
Grace le miró unos segundos intensamente, antes de responderle:
-Y tú tampoco. Espero que eso lo tengas claro.
-Bellatrix no la hubiera matado si no llega a ser por mí –declaró el chico con amargura-.
Cuando pudo hablar con ella, Grace se había visto obligada a admitirle ciertos puntos sobre la muerte de Kate, pues le hizo relatarle todo lo que les había ocurrido a ambas. Pero eso no significaba que la rubia iría a permitirle culparse de todo.
-Eso no lo sabes. Esa loca mata por placer, y sólo nos eligió a nosotras porque me vio a mí. Seguramente habría eliminado a Kate de todas formas, aunque no la hubiera reconocido. De todas formas, no tenía motivos para hacerlo. No creo que tú la describieras mucho a tu familia…
-No, pero puede que otros sí –respondió él con veneno, mirando al vacío de forma asesina-.
Grace se quedó callada unos segundos, planteándose si sacar el tema o no. Lily le había sugerido que lo evitara en lo posible, pero a ella le importaba demasiado como para no querer satisfacer su curiosidad.
-¿Lo dices por Regulus?
Sirius le lanzó una mala mirada, con gesto airado y sin duda deseando tener delante a su hermano, el cual había sabido evitarle de maravilla en los últimos días. Sin embargo, al ver a la persona que tenía delante y recibir otra mirada arrogante de parte de ella, decidió continuar con más o menos buen tono. Ninguno de los dos se caracterizaba por su paciencia y su dulzura, por lo que ambos debían hacer un esfuerzo en esos momentos de tensión.
-¿Quién sino? A ella le han llegado descripciones de Kate suficientemente buenas como para reconocerla a simple vista. No creo que Dumbledore vaya hablando de sus alumnos con Voldemort mientras pelean…
-Prefiero creer que Regulus no lo haría –comentó Grace pensando que la teoría de Sirius era más que probable-. El que yo conozco…
-El Regulus que tú conoces no es más que un niñato que pone cara de corderito mientras babea a tu paso. No creo que sea fiable la cara que mi "hermanito" muestre cuando tú estás mirando…
Grace resopló, pero no pudo negar ese hecho, pues era más que evidente que el comportamiento de Regulus siempre mejoraba cuando ella estaba delante. Que el muchacho quería impresionarla era algo que ella sabía desde hacía años. Pero, ¿qué podría impulsarle para describir a Kate a esa loca de Bellatrix?
Aún con ello en la cabeza, y visto que Sirius parecía haberse vuelto a perder en sus pensamientos, decidió contraatacar.
-Necesito ir por ella –insistió-. Vamos, invéntate una de las tuyas y ayúdame a salir de la enfermería. Sólo para ir al funeral, luego volveré aquí como una niña buena.
Aunque al principio le sorprendió el ingenio de ella en esos momentos, Sirius compuso una poco creíble sonrisa, y la miró compasivo.
-Ni siquiera te mantienes sentada, ¿y quieres ir al funeral? Lo siento Grace, pero por un día me portaré bien. No quiero que te hagas más daño, y que me puedan hacer daño a mí por imprudente. Lily me mataría si te ayudo a semejante locura.
-Claro, él puede pasearse con un licántropo todas las lunas llenas, pero no se siente moralmente capaz de ayudarme a salir un ratito de aquí –murmuró Grace con mal humor, mientras se daba la vuelta para darle la espalda. El movimiento no quedó tan digno como quería, porque un gemido de dolor se escapó de su boca al moverse-.
Sirius sonrió con tristeza ante el recuerdo de tiempos, aunque no maravillosos por el problema de Remus, sí normales y más felices. ¿Volverían algún día a estar entre ellos con esa alegría y camaradería de aquellos tiempos? Los últimos días todos habían parecido fantasmas. Remus apenas hablaba, y cuando lo hacía eran palabras toscas e impropias de su habitual buena educación. Peter estaba perdido, y aunque sonreía y se mantenía siempre cerca de Lily dispuesto a ayudarla en lo posible, su espíritu apagado era evidente. Y a él la culpa y la preocupación le corroían. Parecía que no fueran capaces de ser un grupo tras eso, aunque también creía que faltaba James haciendo su tarea de pegamento del grupo, como siempre. Sin él, los merodeadores se reducían a un triste y separado trío.
-Grace no te enfades conmigo –le suplicó en voz baja para que su voz no llegara a las camas cercanas, pues todos seguían estando muy apretados en la pequeña enfermería-. Bastante nervioso estoy con lo que viene. La familia de Kate vendrá, y no sé si ellos saben que nosotros…
Esa era otra cosa. No tenía claro si los padres de Kate habían sabido de la ruptura de ellos antes de que todo ocurriera. Sabía que su ex novia tenía mucha confianza con su madre, pero no sabía calibrar si habría preferido callarse esa noticia para decirla en persona, o no. Y no saberlo le tenía de los nervios. Si eran conscientes de ello, le tratarían muy fríamente por haber entristecido los últimos días de vida de su hija; pero si no lo sabían, todavía sería peor. Imaginaba a la madre de Kate abrazándole entre lágrimas creyendo abrazar al desconsolado novio de su hija. Desconsolado sí, pero su relación había muerto con anterioridad, aunque los sentimientos de ambos aún no se hubieran disipado del todo.
Grace decidió dejar su actitud de rabia al tocar él dicho tema. Podía comprender perfectamente la encrucijada en que se encontraba su novio. El tema de Kate era doloroso para todos, pero para Sirius todo era más triste y complicado, y la difícil situación a la cual se enfrentaba ese día no era envidiable.
Volvió a darse la vuelta, con el correspondiente dolor que eso le producía, y alargó los brazos, hasta que él se dio por aludido y se agachó para abrazarla con más fuerza de la que pretendía. Pero ella no se quejó, Sirius necesitaba un poco de cariño esa mañana.
-Todo saldrá bien. Y no te martirices, tú no has hecho nada malo, por lo que puedes mirarles a los ojos con tranquilidad –le dijo, consciente de que esa parte le preocupaba también-. Y si saben algo, aguanta como el caballero que sé que eres el embute, y dales el pésame correctamente. Si no lo saben, consuélales como lo habrías hecho hace un par de meses. No tienen por qué saber nada más, sería hacerles más daño innecesariamente. Si puedes hacerles creer que todo en la vida de Kate estaba estupendamente, mejor.
Para él todo eso era más fácil de decir para una persona que iba a quedarse en la enfermería, a salvo de tan difícil situación. Pero no lo dijo en voz alta, pues sabía que ella tenía la respuesta perfecta para ello y no quería darle una excusa para que volviera a pedirle que la sacara de allí. Simplemente se limitó a abrazarla, cosa que necesitaba muchísimo. Ese día ningún apoyo se quedaría corto para él.
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Cuando finalmente todo estaba cercano a comenzar, todo el colegio salió a los jardines. Nadie faltó, incluidos aquellos que sólo iban por lavar su imagen frente a la galería y evitar más sospechas de las que ya había contra ellos. Era el caso de los slytherins en general, aunque sobre todo los del último curso. Estos se presentaron a los funerales serios, callados e intentando pasar desapercibidos, aunque resultaba imposible con lo ocurrido días atrás.
Los interrogatorios a los que se habían visto sometidos todos los alumnos de último año habían tenido sus frutos. Los chicos no esperaban una respuesta tan rápida del Ministerio, ni que Dumbledore cediera tan fácilmente a que se investigara a sus alumnos, por lo que no se habían preparado a tiempo. Debido a eso, y al horrible estado de ánimo en que se encontraba Amanda Tyler tras la muerte su amiga Dulcy, varios de ellos habían sido descubiertos.
Severus había conseguido elaborar con bastante rapidez una poción para contrarrestar los efectos del veritaserum, pero no lo consiguió antes de que a su compañera le diera un ataque de ansiedad en pleno interrogatorio y confesara más de lo que debía. A partir de ahí los aurores fueron listos y buscaron a los más cercanos a la chica. Alecto cometió el error de mostrarse muy a favor de la política de Voldemort, cuestión que llevó hasta su hermano, quien tomó la misma actitud. El veritaserum hizo el resto con ellos dos, y seguidamente con Mulciber cuando Snape estaba a punto de darle su milagro líquido.
Finalmente el maestro en pociones sólo pudo llegar a tiempo con Avery, Hinkes, McNair, y Regulus a quien se lo dio por si acaso; aparte de él mismo. Los demás fueron expulsados del colegio, y aunque su juventud les liberó por el momento de Azkaban, aún les esperaban varios juicios en los que se juzgarían su relación con los mortífagos.
Por ese motivo todas las miradas se posaron en el pequeño trío (Snape, Avery y McNair, pues Samantha se había negado a acudir al saber que Dulcy no recibiría ningún funeral por parte del colegio), que se colocaron en la parte de atrás intentando pasar desapercibidos y parecer indiferentes a la suerte de sus compañeros. Sabiamente, Regulus decidió mantenerse alejado de ellos, uniéndose a su grupo de amigos de su curso que, aunque también era mal mirado, no tenía la sospecha sobre ellos. Él se había librado, incluso, del interrogatorio. Sin embargo, ese día, al igual que los anteriores, no estaba con la mente en la tierra.
El más joven de los Black pasó cerca de donde ya estaban colocados los féretros, todos de un color blanco roto, junto con el resto de sus amigos. Silencioso y perturbado, no podía dejar de pensar en cuál de los ataúdes estaría Sadie. Sólo ella había ocupado su mente durante esos días. Habían tenido que ser otros los que se encargaran de organizarlo todo para intentar librarse de los aurores, pues él había estado completamente ausente.
Ni siquiera se dio cuenta de que se había cruzado con Sirius hasta que este aprovechó la cercanía para empujarle con el hombro. Él se sobresaltó, y miró hacia atrás, donde su hermano se alejaba con toda su pandilla, y su amigo pequeñajo iba sujetándole del brazo, seguramente intentando que no se volviera hacia él.
Efectivamente, habían ido todos juntos al funeral. Gis, Peter, Jeff, Remus, Sirius y Lily hicieron piña al ver que todos se encontraban tan afectados como ellos, pero sin ganas de compartir ese dolor con los demás. La gente estaba resabiada por ese último y cercano ataque, y no se fiaba más que de los amigos más íntimos. El hecho de conocer que una buena plantilla de los slytherins de último año habían participado activamente en la matanza, había llevado a todo el mundo a preguntarse quién estaría metido y quién no. Al igual que no creían en la inocencia de los que habían superado la criba, tampoco lo creían de los demás compañeros. Ahora todos desconfiaban de todos.
Caminaron hacia la parte de atrás, buscando sentarse en una de las últimas filas. Pasaron cerca de personalidades del Ministerio, como la ministra que había acudido acompañada de toda su comitiva, o grandes magos reconocidos en todo el país. Sin embargo, lo que más sobrecogía era ver a las familias de los fallecidos con expresiones de dolor, contención y profunda tristeza. Algunos se habían reunido con otros hijos que también estudiaban en el colegio, y les abrazaban como si tuvieran miedo a que ellos también se les fueran. Otros estaba de pie o sentados, simplemente mirando los ataúdes en silencio y con un dolor mayor del que se podían expresar. Ese mismo dolor se transmitía a todos los que veían su agonía interna.
Entre esos padres, Sirius localizó a los de Kate, y a la pequeña Denise cogida de la mano de su madre, y con una expresión triste y desolada tan rara en ella. Acostumbrado a su habitual alegría y energía, Sirius compuso una mueca sabiendo lo que la muerte de Kate supondría para esa niña que la idolatraba. Un nudo se le formó en el estómago al decirse a sí mismo que no podía ser un cobarde y debía ir hacia ellos cuanto antes, por mucho que aquello le costase.
-Ahí están los padres de Kate –dijo con voz tomada para que sus amigos le oyeran-. Voy a ir a saludarles.
Esperó unos segundos, pensando que Gisele querría acompañarle para dar el pésame a los padres de su amiga. Sin embargo, esta se limitó a seguir viendo los féretros con expresión ausente, como si ya hubiera decidido que no era capaz de enfrentarse a esa prueba. Como siempre en los últimos días, Lily fue el mayor apoyo para el joven Black.
-Yo te acompaño –le dijo con una sonrisa cómplice, mientras se colgaba de su brazo-.
El ánimo de la pelirroja había aumentado según la iban llegando noticias positivas de James, y Grace iba mejorando día a día. Las muertes de sus amigas y otros compañeros habían sido muy duras para ella, pero al ver la reacción de lo demás había comprendido que debía ser la fuerte en esa ocasión. Remus había pasado esos días en la biblioteca, escudándose de todo para no tener que tratar con nadie el tema de Rachel. Ni siquiera ella había podido sacarle de su caparazón. Gisele había adquirido un gusto casi obsesivo por la lectura, y ya era difícil verla sin un libro en la mano. Una de esas noches su amiga le había confesado que prefería estar leyendo muchas horas para evitar que su mente pensara en otras cosas. En cuanto a Jeff, el muchacho se pasaba todo el tiempo que le dejaban en la enfermería, esperando a que dejaran salir a Nicole pronto. Peter se había acercado mucho a ella, y se había mostrado dispuesto a ayudarla en todo lo que pudiera. Lily no sabía si también era por mantenerse ocupado, o porque sentía que debía cuidarla en ausencia de James. En cualquier caso agradecía la compañía del chico, pues había descubierto que era alguien muy dulce y generoso. Por último, Sirius no había parado quieto esos días. Había ido a visitar a Grace siempre que podía y, cuando todo el colegio se enteró de lo que habían hecho los slytherins, mantuvo a Lily muy ocupada intentando que no se tomara la justicia por su mano para que no le echaran del colegio. Sin embargo, también había sido una buena compañía para las noches de insomnio, cuando los dos se sentaban en la sala común a hablar un poco de todo.
Al volver entre la gente hacia las primeras filas, se cruzó con varios compañeros que, como ellos, se habían mantenido unidos y aislados de los demás. Todos los ravenclaw de su curso estaban juntos, apiñados unos con otros, y también callados. Entre ellos se destacaba, por su altura, a Derek Rumsfelt, a quien Lily vio con los ojos enrojecidos mirando al suelo, como si hubiera estado horas llorando. Su amigo, Dave Hurley, le pasaba el brazo por el hombro con algo de dificultad, y se mantenía como una roca a su lado.
Lily apartó la mirada cuando sintió que Sirius se tensaba a su lado, y al mirar al frente vio que estaban llegando a los sitios ocupados por los padres y la hermana de Kate. El primero en verlos fue el padre, un hombre de escaso pelo oscuro con bigote, que fulminó a Sirius con la mirada nada más verle. Su reacción llamó la atención de su esposa, quien alzó su mirada llorosa del conjunto de féretros, y siguió la dirección de su mirada. Lily notó que su amigo tragaba saliva, pero enseguida vio como la madre de Kate reducía el espacio que quedaba entre ellos y abrazaba a su amigo.
-Ay hijo… -suspiró arrancando a llorar sobre el hombro de este, quien sólo supo responder al abrazo con torpeza-. No me lo creo. Mi niña no… Cada vez que pienso que lo último que me dijo era que nos veríamos pronto. Y ahora ya no veré a mi niña nunca más…
Tardaron un poco en calmar a la mujer, cuyo llanto parecía haber empeorado al ver a Sirius, lo que hizo que el chico sintiera una mayor culpabilidad. Sin embargo, no pudo huir de la situación, pues cuando su padre abrazó a su madre, la pequeña Denise se subió en los brazos del que había sido novio de su hermana, y apoyó la cabeza en el hueco del cuello con pesadez, como si no hubiera dormido bien desde hacía días. Lily sólo pudo pensar en cómo habría sido el ambiente en casa de su amiga para que afectara tan profundamente a una niña de diez años.
Su mano nunca dejó el brazo de su amigo, pues quería darle el apoyo suficiente para que supiera que seguía ahí. El padre de Kate, el único que aún no había dicho nada, miró ese gesto con expresión fría y le susurró al muchacho:
-Te veo muy bien, Sirius.
Su tono tenía un toque de acusación, como si el hecho de que el chico estuviera tan bien, hubiera ayudado a la muerte de Kate. Además, era implícita la pregunta de dónde estaba él cuando Kate murió, para encontrarse tan ileso. Para dejar más clara su molestia, volvió a mirar la mano de Lily aún enganchada al brazo de Sirius. Este se puso rígido al notar su tono, pero sólo pudo responder con una mueca. Lily decidió presentarse para evitar un desagradable malentendido en medio de aquel horrible ambiente.
-Me llamo Lily Evans, señor Hagman –dijo extendiéndole la mano que había estado sujetando a Sirius-. Soy la novia de James, el mejor amigo de Sirius. Siento muchísimo lo de Kate. Íbamos juntas a clase y la tenía muchísimo cariño.
El hombre estrechó su mano con inseguridad, y Lily notó el temblor que tenía por todo el cuerpo, sintiendo una horrible compasión. El dolor de ese hombre era mayor del que se podría expresar llorando. No parecía capaz de derramar ninguna lágrima, pues las tenía todas contenidas en sus ojos marrones. La palidez de su cara y el leve temblor del mentón eran muestra de la contención que estaba haciendo ese hombre intentando ser el fuerte de su familia. Y ella no podía culparle por quitarse unas pocas frustraciones con ella y con Sirius, aunque eso significara un dolor extra para su amigo. Lo que ese hombre estaba sufriendo no se lo deseaba a nadie.
-¿Están los demás bien? –preguntó la madre de Kate recomponiéndose un poco. Su expresión reflejaba sincera preocupación-.
Lily y Sirius intercambiaron una insegura mirada antes de que el chico respondiera.
-En general, sí. Mi amigo James está hospitalizado, al igual que Rachel y Grace, pero confiemos en que pronto estén recuperados.
Miró a Lily, quien tuvo un escalofrío, pero sólo añadió:
-Los demás estamos bien físicamente. Aún algo afectados, pero bien.
Ninguno se atrevió a mencionar a Sadie, pues hablar de otra muerte en el grupo sólo habría traído más dolor a esa familia. Y ya tenían bastante con lidiar con el que tenían encima.
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Jeff también se había separado del grupo cuando divisó a su madre. No estaba seguro de que ella pudiera asistir, pues había tardado tres días en responderle a su carta. Sin embargo, allí estaba, destrozada y con el peor aspecto que había tenido nunca, pero enfrentándolo todo valientemente.
Su rostro redondo estaba cabizbajo, su tez era mucho más pálida de lo normal y de sus ojos azules caían copiosas y silenciosas lágrimas. Lo único que demostró que le había reconocido, fue que devolvió vagamente el abrazo que su hijo le obsequió y apoyó la cabeza en su hombro para llorar. Jeff no supo qué más hacer, pues normalmente era su madre la que le consolaba a él. Sólo la abrazó con fuerza, viendo que esta le quedaba más bajita aún que el año anterior, símbolo de que había crecido más desde el inicio del curso. Sadie y él habían sacado la altura de su padre, y hacía ya varios años que habían dejado a su madre atrás.
Agitó la cabeza y apartó ese pensamiento de su mente, pues era doloroso pensar en su hermana en esos momentos. Ahora que no estaba era cuando comprendía que las diferencias que siempre hubo entre ellos eran completamente reconciliables, que ambos habrían podido hacer más para mejorar su relación. Desgraciadamente, como en muchos otros casos, esa revelación le llegó demasiado tarde. La melancolía le inundó, y tuvo que contenerse para no romper a llorar junto con su madre. ¿Las desgracias en su familia se detendrían algún día?
-Lo siento, mamá –susurró al pensar en ello-.
Pese a que su voz había sonado muy bajita, su madre le escuchó y levantó la cabeza para mirar al único hijo que le quedaba. Apartó sus rizos rubios de sus ojos llorosos, y acarició la mejilla del tembloroso muchacho, que seguía mirando los ataúdes con dolor.
-Tú no tienes la culpa de nada, cariño –le respondió la mujer notando su lucha interna-.
Jeff agitó de nuevo la cabeza mientras un par de lágrimas se escapaban de sus ojos y caían por sus mejillas, que se sonrojaron con violencia cuando perdió la batalla.
-Todo lo malo empezó por mi culpa –dijo con voz ahogada-.
-Jeff… –quiso interrumpirle su madre-.
-Lo de papá fue por lo que vi… Si no hubiera tenido esa visión él jamás habría ido, y nunca le habrían encerrado –recordó el chico hipando, mientras más lágrimas caían sin control de sus ojos marrones-. Y esto… no vi nada, mamá. Nada que me avisara. Tantos años teniendo visiones absurdas, que sólo conseguían distraerme, y esto no lo vi… Ni siquiera supe que Sadie se había marchado al pueblo hasta que la encontré…
Llorando de nuevo, añadiendo a su dolor la flagelación que su hijo se estaba imponiendo, Elizabeth abrazó a su niño (ya no tan pequeño), e intentó transmitirle la paz habitual, aunque eso no fuera del todo posible.
-Tú no tenías que ver nada… No es culpa tuya, no puedes controlar el destino. Sólo a veces puedes mirar por una pequeña rendija de este, pero tú no decides qué ver. Y no es culpa tuya nada de lo que ha ocurrido. Por favor, no te culpes, no te retraigas de nuevo…
Le había visto tan cambiado esos últimos meses, sobre todo gracias a esa inquieta muchacha que le había presentado en navidades, que sería una agonía verle volver a su estado de siempre. Por fin se había permitido ser feliz sin complejos. Su instinto de madre le obligaba a superar el horrible palo que había supuesto la muerte de su hija (a cuyo entendimiento nunca había conseguido poder acceder), para luchar por la felicidad del hijo que le quedaba. Una madre siempre se sobreponía de los peores dolores por el bien de un hijo, y esa vez no sería una excepción.
OO—OO
El funeral comenzó con una intensa calma caracterizada por el dolor. El hombre que comenzó oficiándolo tuvo que repetir algunas palabras que se habían visto opacadas por algún sollozo o gemido más alto de lo normal. Posteriormente, el turno le llegó a varias personalidades importantes, quienes destacaron el gran dolor que estaba pasando todo el país en los últimos años debido al terrorismo de Voldemort y sus secuaces, y llamaron a la unidad de todos los magos de bien. También quisieron dejar claro que los responsables serían atrapados, como ya había ocurrido con algunos integrantes que habían sorprendido a todos. Pidieron calma y fe en las autoridades, intentando que no cundiera el pánico ni la guerra abierta, pues no querían que nadie intentara tomarse la justicia por su mano.
Sin embargo esos discursos llenos de palabras bonitas sin ningún tipo de significado, muy adecuadas para los políticos, no eran escuchados por casi nadie. Casi todos los que estaban allí sólo habían ido para despedir a sus seres queridos, para homenajearlos a su modo, y desde luego no para buscar un líder que les consolara. Porque su dolor no tenía consuelo en esos momentos y nada de lo que les dijeran adquiriría sentido.
Alejadas de la multitud, dos personas convenientemente disfrazadas y escondidas, acudían al ritual con la misma intención: despedir a la persona que habían perdido. Ninguno de los dos podía presentarse en público sin que cundiera el pánico y los aurores se arrojaran sobre ellos con saña, quizá intentando quitar sus frustraciones por el lento avanzar de la investigación. Pero no había modo en que Bernard Duncker no fuera al funeral de su hija.
Con el corazón doliéndole hasta un punto que creía que le sangraría, se apoyó en los soportales de la escuela donde Dumbledore les había sugerido a él y a su hermano que se escondieran, y miró con pesar los trece féretros, pensando en cuál de ellos estaría su niña. Enterarse de su muerte había sido, sin duda, lo peor que le había ocurrido en su vida. Cuando les llegó la noticia sólo pudo dejarse caer, pues sus piernas no sostenían su peso, y mirar el vacío durante unos interminables minutos. A su alrededor, Elizabeth lloraba y su hermano Gerard intentaba ser el fuerte para ambos, pero él no se enteró de nada. Y no fue consciente realmente de nada hasta el día siguiente, cuando la noticia por fin caló en su desgastado corazón.
Sin embargo, esos días había conseguido sobreponerse, al menos en apariencia externa, y podía actuar fríamente, pensando mucho las cosas antes de hacerlas. Por lo menos podía esconderse en esa frialdad, y esta le ayudaría a ver todo en perspectiva. No podía seguir apoyándose en su hermano pequeño, cuya mano no había dejado de apretar su hombro desde el comienzo de la ceremonia. Este ya se había sacrificado mucho por él, ya había dado mucho de su vida. Esa pérdida debía superarla solo, y debía mostrarse fuerte para estar con Eli. Ese dolor tan profundo que sentía al pensar en Sadie, debía reservarse para cuando estuviera solo y pudiera dar rienda suelta a su desesperación.
El problema era que no sabía cómo lo haría. Sólo llevaba diez minutos intentando aguantar el llanto, y ya sentía un escozor enorme en el pecho, como si algo estuviera escavando en él para poder salir al exterior. Con pesadez, apartó la mirada de los féretros y del estrado donde seguían dando conmovedores discursos que no escuchaba, y la paseó por la gente. Vio el mismo dolor que el suyo reflejado en distintos rostros. También notó sobrecogimiento, miedo, melancolía… Hasta que algo le llamó poderosamente la atención.
Una caja verde. Merlín, sino era una de esas cuatro que le colgaran ahí mismo. Estaba en manos de una chica, pero antes de que pudiera fijarse bien en ella y poder distinguir mejor desde la distancia, esta se la metió en el bolsillo. No entendía… ¿Podía ser la misma caja? ¿La única que aún quedaba por arrebatar? ¿Qué hacía allí, en manos de esa joven? Nada de eso tenía sentido.
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Abrumada por la tensión de la situación y por la mirada del padre de Kate, Lily había vuelto a la parte de atrás, para asistir al funeral junto a sus amigos. Ni siquiera la mirada de socorro de Sirius fue suficiente para frenarla, pues al menos él se encontraba protegido por la madre y la hermana de su amiga. Además, todo el ambiente se había convertido en algo tan íntimo, que se dio cuenta que ella no encajaba allí.
Al llegar de vuelta al lugar, sólo encontró a Remus y Peter. Extrañada por la ausencia de Jeff y Gisele, miró alrededor, pero ninguno estaba cerca.
-¿Dónde están los otros dos? –le preguntó a Peter en un susurro mientras se sentaba a su lado-.
Ya casi se había acostumbrado a que Remus no respondiera a sus preguntas en los últimos días. Esperaba que pronto tuvieran noticias que hablaran sobre la mejoría de Rachel, pues él estaba hecho un fantasma desde el día del ataque. Echaba de menos al antiguo Remus.
-Jeff se fue con su madre, y Gis con su novio –le contestó el chico inclinándose hacia ella, pues la ceremonia acababa de empezar-.
Desde ese momento guardaron un respetuoso silencio, pero ninguno escuchó gran cosa. Peter apenas levantó la mirada de su regazo, donde tiraba con parsimonia de un hilo de su túnica. Remus miraba al horizonte con la mirada perdida, igual que los últimos días. Y Lily repasó a todo el mundo con la mirada. Cuando sus ojos se encontraron con los de Snape, que parecía estarla mirado fijamente, se limitó a apartar la mirada.
Había tenido un desagradable encuentro con su ex amigo el día de los interrogatorios. Este, como siempre últimamente, se mostró desagradable y altanero, y ella no había podido evitar que sus nervios se crisparan. Aún dolía haber perdido a un amigo que en la infancia lo había sido todo, pero él había decidido seguir un camino que ella jamás le perdonaría. Podía seguir mirándola lo que quisiera, que ella no le haría caso.
Su mirada volvió a vagar, localizando a Jeff con la mujer rubia a la que había visto de lejos en King´s Cross que, si no se equivocaba, era su madre. También pudo divisar a Gisele, minutos después, cuando un grupo bastante llamativo llamó su atención. Estaban organizados para pasar desapercibidos, era evidente, y quizá por eso les notó. Serían una veintena, y estaban formados por todo tipo de personas: hombres, mujeres, jóvenes, adultos, ancianos… Incluso era evidente la diferencia de status social entre ellos. Tampoco estaban juntos, sino que algunos estaban en una fila, otros en otra, y otros se encontraban de pie. Pero las miradas cómplices entre ellos les destacaban para alguien tan observador como Lily. Entre los que estaban de pie, se encontraba Gisele, pero era evidente que su amiga no estaba incluida en ese grupo. Ella tenía la mano de Anthony fuertemente apretada, pero ninguno de los dos se miraba a los ojos, como si el dolor y la culpa no les dejaran. Junto a ellos había un hombre mayor de aspecto imponente, quien parecía ser el padre de Anthony. Y al lado de este se encontraban unos gemelos de enorme tamaño pero de rostro amable. Separados de ellos, pero compartiendo una mirada que no pasó inadvertida para ella, reconoció fácilmente a Frank Longbottom, un Gryffindor que se había graduado hacía unos años como premio anual y mejor estudiante de su curso, y Alice, la aurora que había hecho de juez en el concurso de duelo y que creía que era su esposa. Ambos vestían el uniforme de los aurores, y aunque parecía que acudían como civiles a los funerales, ellos y el resto de sus colegas de profesión vigilaban muy atentamente los alrededores.
En torno a ellos se encontraba ese extraño grupo que estaba tan compenetrado y tan estudiosamente separado. Otra cosa que llamó la atención de la pelirroja fue que todos parecieron más atentos cuando fue Dumbledore el que salió a hablar. Ella también se acomodó en su asiento para escuchar a su director.
Fue entonces cuando sintió una molestia en la pierna, algo que se incrustaba en su muslo. Metió la mano en el bolsillo de la túnica, y tocó un duro y pequeño objeto que extrajo al exterior con curiosidad. Al salir de su escondite, el objeto recobró su tamaño original y ante sus ojos se encontró la caja verde que James le había dado el día del ataque.
El corazón le dio un vuelco. No recordaba haberla puesto en esa túnica. Se deshizo de ella al día siguiente, cuando había ido a ducharse y cambiarse, pues no quería tenerla delante sin saber qué le había ocurrido a James. Él le había dicho que se la diese a su tío en cuanto pudiera, pero en El Profeta del lunes había salido una noticia donde informaban que Adam Potter había sido asesinado. También hablaban de la muerte de Elladora Potter, la abuela de James. Así descubrieron las terribles desgracias que habían pasado en la familia de James en tan pocos días. Y, pensando en ello, no había vuelto a recordar nada sobre esa caja.
De repente se dio cuenta de lo que estaba haciendo, dejando a la vista ese objeto tan buscado y peligroso en un lugar ocupado por más de trescientas personas. Nerviosa dio un vistazo alrededor, asegurándose de que nadie la había visto, y la guardó. Ni siquiera Peter se había enterado de sus movimientos, de lo absortó que estaba en sus propios pensamientos.
Antes de que se diera cuenta, la ceremonia se había acabado, y todos los profesores alzaron sus varitas dejando caer sobre los féretros una nube de rosas rojas. Dumbledore alzó su varita también, y al fondo de la explanada, justo donde comenzaba el cementerio de la escuela, se extendió un pequeño monumento con los nombres de los trece fallecidos. Era más o menos de dos metros de altura, y tomaba la forma de un libro coronado con un sombrero de estudiante y atravesado por una varita. Era de un color plateado apagado, que brilló bajo el único rayo de sol que salió esa tarde, como si la propia naturaleza se despidiera de los trece asesinados. Todo el mundo miró emocionado ese homenaje, quedando patente que era el momento más sincero de toda la ceremonia.
Peter fue el primero en levantarse, y a él le siguieron Remus y Lily casi de forma automática. El pequeño se quedó parado unos segundos, quizá esperando a que el grupo volviera a reunirse, pero Lily avanzó unos metros mezclándose con la gente. La mayoría habían empezado a moverse, pero muchos padres aún seguían en sus sitios, mirando fijamente los féretros como si se negaran a terminar el último acto que harían con sus hijos.
-¿Lily? –dijo una voz conocida a su espalda-.
Ella se dio la vuelta y se encontró, no sin sorpresa, con el triste rostro de Mark Bennet.
-¡Mark! –medio exclamó sorprendida-. ¿Qué haces aquí?
Su ex novio se inclinó para dejar un beso en su mejilla antes de responderla.
-Roger es uno de los… -se calló, se mordió el labio inferior, e inspiró hondo-. Tenía que venir al funeral, no me lo habría perdonado. Así que lo dije en el colegio y me arreglaron un traslador para venir. Han sido muy amables.
Lily le sonrió débilmente, sintiéndose culpable por no haber caído que Roger Thomas, uno de los mejores amigos del chico, era uno de los fallecidos. Había estado demasiado absorta en sus problemas.
-Lo siento –susurró-.
Mark le quitó importancia con una pequeña sonrisa que no llegó a sus ojos azules.
-Estos días todo el mundo está centrado en lo suyo. Me enteré de que tus amigas también fueron atacadas –Lily asintió, desviando un momento su mirada a los féretros pensando en Kate y en Sadie. Mark hizo una mueca triste con la boca-. Y también me han dicho que James está hospitalizado. ¿Cómo se encuentra?
Esta vez fue ella quien le obsequió con una pequeña sonrisa.
-Ya mejor –le confesó-. Nos ha dado un buen susto, pero creemos que pronto le tendremos armando jaleo por aquí de nuevo.
Mark sonrió, y alargó su mano para acariciarle el brazo en señal de apoyo. La pelirroja le agradeció el gesto con otra sonrisa.
-¿Y cómo te va en Beauxbatons?
-De maravilla –confesó el chico-. Todos allí son amables y responsables. Y debo reconocer que es un maravilloso cambio el no estar desayunando con el miedo a que lleguen las malas noticias. Allí no hay guerra, y esta les pilla demasiado lejana para no ser más que un rumor momentáneo.
Lily asintió con una punzada en el pecho. Tan cerca que estaba Francia, y ¡qué lejos para algunas cosas! Allí Voldemort no había extendido su terror, y la vida de la gente podía ser normal. Le alegraba que Mark gozara de esa tranquilidad, pues conocía pocas personas que la merecieran tanto. Sin embargo, su deseo era estar en casa y no tener que seguir teniendo miedo, ni seguir llorando más pérdidas. Tenían que acabar con Voldemort para volver a la normalidad.
Miró a su ex, y le sonrió sinceramente cuando le dijo:
-Me alegro muchísimo por ti. Disfrútalo.
Mark le devolvió la sonrisa con algo más de ánimo, pero después ambos pasaron varios instantes de silencio, sin saber cómo llenar esos espacios.
-Bueno… mi traslador sale en una hora, y quiero pasar un tiempo con Sam antes de volver a irme. No lo está pasando bien, ¿sabes?
-Como todos, supongo –concedió la pelirroja, antes de inclinarse a abrazarle con fuerza-. Cuídate mucho, Mark. Espero que cuando vuelva a saber de ti sea en mejores circunstancias.
Tras estrecharla con fuerza, él se apartó para mirarle a la cara y sonreírla.
-Lo serán. Estoy seguro. Tú también cuídate mucho, Lily.
OO—OO
Cuando todo terminó, Sirius miró a la madre de Kate con pena. La mujer se había pasado toda la ceremonia llorando, sin consuelo de ningún tipo. Y al igual que ella, Denise había sido inconsolable. Él había tenido a la niña sentada a su lado todo el tiempo, pero nada de lo que había intentado había dado resultado. Por primera, y única vez en su vida, compartió una mirada de complicidad con el padre de Kate. Ninguno de los dos sabía qué más hacer.
Sirius sintió lástima por el hombre, pues su trabajo terminaba allí. Pero él debía tratar con eso todos los días durante mucho tiempo, y además intentar superar a su manera la muerte de su hija mayor. Al chico no hacía falta que nadie le hubiera dicho nada para saber que Kate era el ojito derecho de su padre. Y ahora ese pobre hombre debía enfrentarse a una vida sombría sin la sonrisa de su chica preferida.
-Esto… yo… -susurró sin saber cómo despedirse-.
La madre de Kate le impidió seguir cuando le abrazó de nuevo con fuerza. Le soltó pasados unos segundos, y le miró a los ojos con dolor. A él le dio un vuelco el corazón. Siempre pensó que Kate se vería como ella cuando tuviera su edad, pero ya nunca llegaría a averiguarlo. Denise, también una copia muy parecida a su hermana con once años, le abrazó la cintura con fuerza cuando su madre le soltó.
-Tienes que prometerme que vendrás a vernos cuando puedas, cariño –le dijo Natalie, componiendo un intento de sonrisa-. Y que vas a tener mucho cuidado allá afuera.
Él asintió con un nudo en la garganta, mientras rodeaba con los brazos el pequeño cuerpo de Denise.
-Lo prometo. Lo siento…
Finalmente las lágrimas caían por sus ojos, aunque enseguida cortó el llanto avergonzado, pasándose deprisa las manos por las mejillas para borrar el rastro. Su sorpresa fue que, después de que Denise finalmente le soltara, el padre de Kate le tendió la mano. Ni siquiera cuando ella les había presentado lo había hecho.
-Cuídate, chico –dijo con voz rasposa. Sirius estrechó la mano con inseguridad, y algo brilló en los ojos del hombre-. No quería insinuar que todo esto haya pasado por tu culpa, así que lo siento si ha sonado así. Sé que tú también lo habrías dado todo porque Kate no…
Inspiró hondo mientras apartaba la mano con rapidez.
-Cuídate mucho –repitió ya sin mirarlo, conduciendo a su esposa y su hija hacia la salida-.
Sirius sólo se quedó observando cómo se iban, aún con la mano aún levantada. Se cerraba así una etapa de su vida que no habría querido ver terminada de esa forma. Kate nunca debería haber salido de su vida de esa forma.
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Cuando todo terminó las personas comenzaron a marcharse y los profesores azuzaron a los alumnos para que entraran de nuevo al castillo. Los que habían perdido a familiares o amigos cercanos fueron los más rezagados, pues aún querían compartir algo de tiempo con sus familias. Sin embargo, la mayoría fueron entrando como zombies en el castillo, aún sin creerse todo lo que acababan de vivir. Pasarían semanas, o incluso meses, para que Hogwarts recuperara su ambiente habitual.
Lily había perdido de vista a Remus y Peter durante su pequeña conversación con Mark, pero supuso que sus amigos se habrían retirado al colegio con los demás, por lo que siguió a un grupo de alumnos de cuarto curso, quienes caminaban juntos y en silencio. Al entrar en los soportales y cubrir sus cabezas de la amenaza de lluvia que prometía el oscuro cielo suspiró, y buscó entre la gente por si sus amigos se habían quedado allí a esperarla. Tras unos segundos de búsqueda vio una cabellera oscura que destacaba sobre las demás por su altura, y se apartó del camino de los demás hasta que Sirius la alcanzara y pudieran entrar juntos al castillo.
No tuvo tiempo de reaccionar cuando sintió un par de manos frías y ásperas que la tomaban de las muñecas y tiraban de ella hasta apartarla de la vista de los demás. Tampoco nadie lo vio, y cuando Lily fue a gritar sintió el roce de una varita en su cuello. No reconoció al desconocido que la había arrinconado en uno de los soportales, pero tampoco podía verle bien las facciones. Un movimiento a su izquierda la dejó ver que, al menos, había dos personas.
-Pero bueno, ¿Estás loco? ¡Suéltala! –dijo el recién llegado-.
El que la tenía sujeta soltó su brazo, pero apretó la varita contra su cuello.
-Ahora lo hago. Sólo quiero aclarar un par de cosas –susurró este con una voz mortalmente seria, que a Lily le pareció haber oído en otra parte-.
-¿Quiénes sois? –preguntó ella intentando controlar el temblor de su voz-.
-Te he visto de lejos, niña –dijo el hombre sin contestar a tu pregunta-. ¿Por qué tienes tú la caja?
-Hermano suéltala ahora mismo. No sé qué te ha dado, pero si alguien nos ve, estamos jodidos –insistió el otro hombre mirando hacia afuera nerviosamente-.
-¿Por qué tienes tú la caja? –insistió el hombre al ver que Lily se había distraído con el comentario de su hermano.
Lily le miró alarmada, intentando adivinar sus rasgos pese a que las sombras cubrían su cara.
-No sé de qué me…
-Niña, no me hagas perder la paciencia. Esa caja no es tuya, ni te la han mandado cuidar a ti. Así que dime qué haces con ella ahora mismo.
¿Serían mortífagos? Pero, ¿cómo se habrían colado en el colegio con tanto auror paseando por los alrededores? ¿Y cómo habían averiguado que la caja la tenía ella? No entendía nada, pero si por lo visto el tío de James había muerto por ella era porque era de suma importancia. Así que no pensaba entregarla por las buenas. Tarde o temprano alguien tendría que pasar por ahí, así que les distraería cuanto pudiera, o intentaría alcanzar su varita que estaba en su bolsillo. Pero los hombres habían comenzado a discutir entre sí, distrayéndose solos.
-Merlín… –suspiró de nuevo el otro hombre con un suspiro frustrado-. Deja a la niña en paz. Quizá has visto mal, es imposible que ella tenga esa dichosa caja.
-¡La reconocería en cualquier lugar, Gerard! La sacó del bolsillo y la volvió a esconder. Era la caja, la que les falta por robar.
-Si tan seguro estás, entonces deja de amenazarla y hablemos con Dumbledore.
El hombre pareció pensárselo unos segundos, pero después la miró con desconfianza y le agarró de nuevo con fuerza del brazo para zarandearla.
-De acuerdo. Tú le buscas y yo la sujeto. Es ella la que tiene que dar explicaciones.
-Por favor, suéltala. Quizá sus amigos la están buscando, y nadie nos puede ver. Cuando hablemos con el viejo la mandará llamar y listo. Es imposible que ella se escape del castillo.
-¡También era imposible que hubiera mortífagos en Hogwarts, y mira qué ha pasado! –rugió el hombre apretando más el brazo de pura rabia y haciendo que Lily se quejase de dolor-.
Su hermano mayor le miró con impotencia, y dio una patada en la pared ante su cabezonería.
-¡Joder Bernard, me tienes hasta los cojones! No sé por qué te preguntabas a quien salía tu hija si tú eres tan tozudo como ella…
Se dio la vuelta para buscar discretamente a Dumbledore, cuando a Lily la hicieron conexión todos los cables, y miró al hombre que le sujetaba con la boca abierta.
-¿Bernard Duncker?
Al instante no una, sino dos varitas la apuntaban a la cara. El hombre que antes la había defendido la miraba con frialdad, y el que la sujetaba se alejó dos pasos para apuntarla mejor. Cuando la luz dio en su rostro pudo distinguir los famosos rasgos que todos habían odiado durante meses, y que ahora asociaba tanto a sus amigos. Ambos se parecían mucho a su padre, con el mismo pelo negro grasiento y los mismos ojos grandes y negros. Podría haber sido un hombre atractivo si hubiera estado mejor cuidado, pero la barba de varios días que lucía, las profundas ojeras y su piel completamente pálida por su nulo contacto con el sol, le habían hecho envejecer prematuramente. Había poco en él del hombre que había visto en los recuerdos de Sadie.
-¿Cómo le has reconocido? –preguntó el otro hombre, que era bastante más alto y atlético que él-. No has podido verle mucho la cara, las sombras le cubrían.
Su forma de mirarla y la facilidad de movimientos que tenía, la hicieron pensar en un auror. Después reconoció que Jeff había dicho que su tío acompañaba a su padre desde que se había fugado. Les miró a los dos de forma distinta desde ese momento.
-Yo… reconocí la voz. Soy amiga de Jeff y… Sadie. Ellos me enseñaron algunos recuerdos.
Poco a poco, como si el nombre de sus amigos tuviera un efecto tranquilizante, ambos hombres fueron bajando sus varitas.
-¿Eres amiga de mis hijos? –preguntó Bernard con voz estrangulada-.
Y Lily recordó entonces qué había ocurrido ese día, y supo que había venido al funeral de Sadie. Su mente abotonada aún no asimilaba todo de golpe, pero había una sinceridad infinita cuando le miró con ojos llorosos.
-Siento todo esto…
El hombre hizo una mueca, como intentando reponerse de un horrible pensamiento. Su hermano ya se había recuperado de la sorpresa y miraba a Lily con perspicacia.
-Eso no explica por qué tienes tú esa caja, jovencita.
Ella se removió incómoda, dudando de si hablar con ellos sobre la caja. Aún no le quedaba claro por qué esos hombres sabían de su existencia.
-¿Cómo sabéis de ella?
-Niña, yo inventé esas cajas –dijo Bernard recuperando su autocontrol-.
-¿Cajas? ¿Hay más de una?
Su tez palideció, y todo se volvió más confuso. No entendía nada, ¿cómo que las había inventado? ¿Cómo que había más de una caja? James le había contado todo lo que sabía, y por lo visto no era mucho. Ni siquiera sabían cuál era su contenido. Pero de todas formas no tenía sentido que Bernard Duncker dijera que él había las había inventado, eso sí que no encajaba. Hasta que recordó a Sadie diciendo que su padre era investigador, y las sospechas de su tío de que quizá había sido encarcelado para quitarle de en medio por alguno de sus descubrimientos…
Al verla con la boca abierta, los ojos cristalinos y la tez pálida, Bernard supo que ella no sabía gran cosa de la caja que custodiaba. Entonces la caja no estaba segura en sus manos, y ella corría peligro al estar involucrada con ella. Ya le había quedado claro que esa chica no llevaba malas intenciones, sino un absoluto desconocimiento.
-¿Qué sabes de la caja? ¿Cómo ha llegado hasta ti?
Torpemente, Lily le explicó sobre el tío de James, sobre cómo la caja había caído en poder de su novio y como la había contado todo lo que sabía, hasta que el ataque de la semana anterior había puesto la caja en sus manos. Cuando acabó, los dos hombres la miraban atentamente, quizá entendiendo más que ella de todo aquel lío.
-Hermano, la próxima vez que te dé por tus inventitos, asegúrate de que el mayor daño que puedes hacer es quemar la casa –susurró el mayor pasándose las manos por la cara-.
Bernard resopló y se dirigió a Lily.
-Esa caja es demasiado peligrosa. Dámela y yo se la pasaré a Dumbledore, quien es el que debería custodiarla.
-No –repuso la pelirroja con seriedad-. No digo que no me fíe de vosotros, pero podéis ser mortífagos con poción multijugos. Por lo visto, son capaces de todo para conseguirla. Si no se la doy al profesor Dumbledore personalmente, no se la daré a nadie.
Bernard la miró perplejo, y miró a su hermano para saber qué hacer. Este se encogió de hombros con una pequeña sonrisa.
-La chica es lista –dijo en defensa de la terquedad de Lily-. Además, no creo que averigüen con facilidad que la caja ahora la tiene ella. Al fin y al cabo, nosotros tampoco somos unos guardianes seguros para ella. Hablaremos con Dumbledore en cuanto podamos, y él hablará con ella. De mientras no creo que haya peligro.
Bernard apartó la mirada con una mueca, como si su paciencia estuviera terminando. Se dirigió a Lily con una mirada tan seria y fría que ella recordó las fotografías que le habían hecho al detenerle, y que tanto pavor habían causado. Ahora veía que no eran los ojos de un asesino despiadado, sino los de un hombre inteligente, frío y práctico, al que no le gustaba que se desobedeciesen sus órdenes. Las dos cosas eran muy distintas.
-Muy bien. Hasta que pueda hablar seriamente con Dumbledore tú te encargarás de ella. Pero no me la juegues, niña. El que mis hijos te hayan podido decir que no soy un asesino, no me convierte en un corderito. Y estoy dispuesto a hacerte mucho daño si entregas esta caja a personas indebidas.
-Acaban de matar a dos amigas mías, mi novio está en el hospital y mi mejor amiga aún no se recupera de sus heridas. ¿Crees que voy a entregar nada a esos asesinos? –preguntó fríamente la pelirroja, poniendo su mejor cara de la prefecta indomable-.
La fachada pareció convencer definitivamente a Bernard Duncker, aunque la miró seriamente. A su hermano se le escapó una pequeña sonrisa de satisfacción al ver a alguien poniendo en su sitio al listillo de su hermano pequeño. Sin embargo, ninguno le prestó atención, pues se estudiaron con la mirada mutuamente hasta que se relajaron un poco.
-De acuerdo. Entonces, si vas a ser su guardiana este tiempo, es justo que sepas lo que tienes en las manos…
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-¿Y cómo están los demás?
Un silencio bastante incómodo se instaló en la habitación, cuando James pronunció esa pregunta. Ese era el segundo día que estaba lúcido y se mantenía despierto varias horas. Aunque aún estaba débil, su carácter había vuelto a ser el de siempre, y ya se había forzado a sí mismo a dar varios paseos por la habitación y el pasillo para recuperar fuerzas (tenía que estar en forma pronto para el partido de quidditch contra Slytherin, decía él).
Sin embargo, el matrimonio Potter había conseguido esquivar el tema del ataque hasta ese momento. Le habían insinuado a James que la cosa apenas era tan grave como él y Lily se habían pensado en primer momento, y que todo estaba bajo control. No se habían atrevido a decirle de la muerte de dos amigas suyas de las que Lily y Sirius les habían informado. Ni tampoco de que había tantos heridos en el hospital, sobre todo una de ellas que también era amiga suya y que había sido infectada por un hombre lobo, lo cual tenía bastante nerviosos a todos los padres.
Se miraron el uno al otro inseguros, y le dedicaron a James unas sonrisas poco convincentes.
-Todo está bien. Ya les verás cuando vuelvas al colegio.
Él vio algo raro en sus miradas, y su rostro se volvió completamente serio.
-¿Qué ocurre? –preguntó en tono grave-.
-¿Qué puede ocurrir, James? –cuestionó Charlus alzando las cejas mientras fingía sorpresa-. Ya te hemos dicho. Todo está bien.
El joven Potter se revolvió en la cama incómodo.
-Aquí pasa algo –murmuró mirando a sus padres con el ceño fruncido-. ¿Es por eso por lo que ayer no me dejasteis escribir a Lily ni a Padfood?
-Lily y Sirius están estupendamente, cariño –le tranquilizó su madre-. Mira, estas son las cartas que me han mandado estos días. Ayer no te dejamos escribirles porque no podías ni sujetar la pluma. Luego les escribes sin problemas, ¿de acuerdo?
James pareció relajarse al ver las letras de su novia y de su mejor amigo impresas en los pergaminos, pero mientras fingía leer las cartas por encima analizó las expresiones de sus padres.
-Estáis ocultándome algo –concluyó con un resoplido, mientras le devolvía las cartas a su madre de mala manera-.
Charlus abrió la boca para responder a la afirmación de su hijo, pero un llamado a la puerta hizo que los tres miraran en esa dirección. La puerta se abrió un poco, y una mujer de mediana edad asomó la cabeza antes de entrar por completo en la habitación.
-Buenas tardes señores Potter, buenas tardes James –les saludó con una pequeña sonrisa-.
-Buenas tardes, sanadora Morrison –saludó Dorea casi con reverencia a la mujer que le había salvado la vida a su hijo-.
-Es la hora de tomar las pociones, y quiero revisar un poco a James. ¿Les importaría esperar fuera unos minutos?
-Por supuesto –contestó Charlus ayudando a su esposa a levantarse de la silla al lado de la cama de James, y dirigiéndose ambos a la puerta-.
-Sólo serán unos minutos –precisó la mujer con una sonrisa pícara, que borró cuando la puerta se cerró tras los señores Potter-.
Charlus y Dorea apenas llevaban unos segundos fuera cuando vieron llegar al hombre que esperaban desde el día anterior. Tal y como habían prometido, avisaron a Dumbledore tan pronto James estuvo lúcido para mantener una conversación. Sin embargo, las obligaciones de esos últimos días hicieron que el anciano tuviera que postergar su visita hasta después de los funerales.
Dumbledore se veía cansado, ojeroso y más débil en los últimos días. Sin embargo, los señores Potter comprendían que enterrar a trece alumnos dejaba ese aspecto hasta en el hombre más joven y vital. Por eso estaban seguros de que pronto el gran mago estaría completamente listo para enfrentarse él solo a todo un ejército para que acabara la guerra.
-Buenas tardes, lamento el retraso –dijo con voz sombría, aunque les dedicó una pequeña sonrisa-. Me temo que los funerales han durado más de lo previsto. He salido en cuanto he tenido la oportunidad, aunque creo que he dejado a la ministra con la palabra en la boca.
-No se preocupe, Dumbledore. Ahora están haciéndole una revisión a James, no tardarán –contestó Dorea lanzando al hombre una mirada comprensiva, sabiendo la difícil situación en la que se hallaba el anciano-.
-¿Qué tal ha pasado la noche? –preguntó Dumbledore-.
-Muy bien. Es un muchacho muy fuerte –contestó el padre del chico con orgullo-. En unos días le tendremos como nuevo. Ahora está muy activo, y hasta después de una hora de darle las pociones no empieza a entrarle el sueño, por lo que podrá hablar con él con tranquilidad. Pero queríamos pedir que no le dijera nada sob…
La frase murió en sus labios cuando vio pasar por delante de ellos a una persona inesperada. Confusos, su esposa y Dumbledore siguieron su mirada, y Dorea frunció el ceño.
-¿Sanadora Morrison? –llamó a la mujer que pasaba de largo mientras leía unos informes-.
La mujer levantó la cabeza y miró alrededor al ver quien la llamaba. Sonrió cálidamente al encontrarse con los Potter, y dio un pequeño golpe de varita a los informes.
-Buenas tardes –saludó alegremente-. Ahora vengo a ver a James. Tiene que tomarse las pociones en diez minutos.
Iba a seguir de largo al lugar al que se dirigía en un comienzo cuando Dorea la detuvo con otra pregunta, esta pronunciada con voz débil.
-Pero, ¿no estaba usted dentro, con James?
La cara de perplejidad de la mujer les dijo todo, y Charlus no perdió más el tiempo. Abrió la puerta de golpe, y entró rápidamente en la habitación, intentando entender esa confusión. Pero sólo se encontraron la cama de James completamente vacía…
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Lo sé. Sé lo que estáis pensando. Tardo tres meses en actualizar, escribo más páginas que El Quijote… ¡y voy y dejo el final así! Bueno, algo tenía que hacer para manteneros enganchados jeje
La historia ya va llegando a su fin, hemos entrado de lleno en la etapa final. No voy a poner una fecha de la próxima actualización, porque estoy hasta arriba, pero espero que sea pronto porque necesito escribir. De todas formas pensad que aún queda una segunda parte cargada de emociones (¡lo prometo!), y que podré escribirla más rápido porque en mayo sí o sí acabo la carrera, y mi vida se calmará un poco. ¡Nos leemos prontito! ¡Os quiero!
"TRAVESURA REALIZADA"
Eva.
