-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 26

Par el Imperio Uchiha la perdida de los Príncipes que acabarían o no heredando y fortaleciendo a la nación más poderosa de la tierra representaba la peor de las calamidades, una mujer en el Imperio debía de tener muchos Príncipes que pudiera ser sucesores elegibles para el Sultan, tantos herederos como fueran posibles….pero llegara la edad adulta y alcanzar el trono resultaba algo difícil y de ser posible solo uno gobernaba y otros morían o eso decía la antigua ley del sacrificio, afortunadamente abolida con la coronación del Sultan Sasuke. El insólito fallecimiento del bien llamado "Príncipe de Corazones" no era menos importante a pesar de la existencia de otros tres Príncipes elegibles para el trono, el Príncipe Kagami había sido el heredero idóneo para ser Sultan tras su padre, amado por el ejército, los sirvientes, el pueblo, las concubinas y el mundo entero, llorado la concubina el Harem que enviaban sus oraciones a él y la providencia, completamente vestidas de negro en el harem , cubriendo su cabello con velos gris oscuro y negro. El Imperio entero estaba de luto por causa de la insólita perdida de otro de los hijos de la amada "Sultana de los Pobres".

Sentada sobre el soberbio trono de oro se encontraba la hermosa Sultana Sakura, con su rostro pálido como el papel y sus ojos enrojecidos a causa de las lágrimas, con la tristeza completamente adueñada de su semblante, no había dormido absolutamente nada y no se arrepentía de ello, llorar a su hijo con todo su corazón era el mayor gesto egoísta que deseaba tener…su tercer hijo, primero Itachi, luego Baru, su nieto Daiki y ahora su adorado Príncipe Kagami, ¿Por qué debían morir otros y no ella? Su destino parecía ser contemplar impotente la desaparición de aquellos a los que amaba, temiendo enfrentarse a la realidad y teniendo que esperar tristemente cada nueva herida infringida a su corazón sin motivo alguno. Como dictaba el luto y etiqueta cortesana lucia u sencillo vestido negro de escote redondo y mangas ajustadas bajo una chaqueta superior de encaje transparente color negro de escote alto y cuadrado, y mangas abiertas y holgadas desde los hombros, abierta bajo el vientre para rebelar la falda inferior. Su largo cabello rosado se encontraba recogido tras su nuca, oculto por un largo velo color negro, sostenido por una corona de plata y ónix con un par de pendientes de cristal en forma de lágrima como complemento, pero nada de su apariencia tenía su usual sentido de belleza y perfección, sino de tristeza y desesperación.

Sentada junto a ella, a su derecha, sobre uno de los elegantes almohadones se encontraba la Sultana Sarada, expresando igual tristeza que su madre en su semblante, con su largo cabello azabache cayendo libremente tras su espalda, oculto por un velo olor negro sostenido por una sencilla corona de plata y ónix a imagen de unos diminutos pendiente de diamante en forma de lagrima, su figura era cubierta por un sencillo vestido de seda color negro, escote cuadrado y mangas ajustadas, bordado en hilo de plata en el centro del corpiño y la falda inferior. Su noche de bodas y la celebración prevista se habían visto opacadas, ella misa no tenía motivo para celebrar absolutamente nada, su vida era trastocada nuevamente por sus enemigos como había sucedido en el pasado por causa de Mei, Mito y Rin, porque estaba segura que Naoko era la responsable de todo lo sucedido pero la ausencia de pruebas evitaban que pudieran probar cualquier cosa. Levantando ligeramente su mirada, resulto sumamente doloroso para Sarada contemplar el aire ausente de su madre que lloraba silenciosamente en lo más profundo de su corazón, justo como ella que apretaba los puños, arrugando parcialmente parte de la falda de su vestido.

Al lado de Sarada se encontraba su hermana mayor, la Sultana Mikoto con un aire completamente frio y estoico, como primogénita del Imperio su deber era mantenerse imperturbable ante todo, pero eso no significaba que no se sintiera mal, la mayor prueba de ello era su rostro palio y ausente de su habitual sonrojo, quizá sus ojos no estuvieran irritados ni enrojecidos como los de su madre pero eso no significaba que no hubiera llorado, por el contrario, no había conseguido dormir en lo absoluto. Pero ya habría tiempo de cobrar venganza de sus enemigos, pero el momento no era ahora, por ahora debía mantenerse serena y esperar a la debida oportunidad, debía ser más inteligente que sus enemigos, solo así podría darle honor a la triste muerte de su hermano favorito. La Sultana lucía un sencillo vestido gris oscuro de mangas ajustadas y escote en V hecho de encaje a semejanza de las muñequeras con holanes que cubrían la mitad de sus manos, por sobre el vestido se encontraba alguna chaqueta de terciopelo color negro, bordado en encaje, de escote cuadrado y cerrado por seis botones de diamante en caída vertical, abierta bajo el vientre y de mangas holgadas, abiertas a la altura de los hombro. Su largo cabello rosado caía libremente tras su espalda y sobre su hombro izquierdo, adornado por una sencilla corona de oro y ónix que sostenía un largo velo color negro que no ocupaba los diminutos pendientes de diamante que complementaban el collar de plata con el dije de los Uchiha que se encontraba alrededor de su cuello.

Sentada a la izquierda de su madre se encontraba Izumi, resignada y estoica aparentemente, pero interinamente devastada por la muerte de su hermano Kagami, ignorando sus sentimientos egoísta por esta vez, la perdida de quienes amaba resultaba un golpe sumamente doloroso, ciertamente no recordaba a sus hermanos Itachi y Baru como para llorar sus muertes, pero enfrentarse a la muerte de uno de sus hermanos resultaba más devastador para ella—a sus catorce años—de lo que hubiera imaginado posible siquiera. La Sultana se encontraba ataviada en un sencillo vestido negro de escore corazón y mangas ajustadas hasta los codos, abierta frontalmente cuales lienzos bajo una chaqueta de encaje color negreo, cuello alto y cerrado hasta la altura del vientre, exponiendo la falda, marcadas hombreras y bordada superficialmente por diamante. Su cabello castaño se encontraba recogido en una colega baja, oculto por un velo color negro sostenido por una diadema de oro y ónix, brindándole una imagen de magna sencillez y recato. Su rencor por su hermana Sarada debería de aguardar hasta que sus sentimientos pudieran encontrar una estabilidad de la cual aferrarse, porque no podía cambiar las cosas, estaba casada con alguien por quien no sentía nada más que familiaridad y un ligero grado de amistad, pero estaba atad a ese matrimonio, l ley así lo dictaba, no podía divorciarse a voluntad salvo que su padre lo permitiera y esta vez las cosas no estaban a su favor en lo absoluto.

El luto tardaría en abandonar el palacio en su totalidad, especialmente por causa del sufrimiento de la Sultana, en una semana ya no sería necesario portar los tristes y deprimentes ajuares color negro, para todos estaban seguros de que la Sultana seguiría usándolos por un tiempo más, así como sus hijas, la perdida sucedida era demasiado dolorosa como para ser ignorada, por no decir imposible. Todo tomaría tiempo. Las concubinas levantaron sus sorprendidas mirada hacia la entrada del Harem donde hubo aparecido una Sultana que llevaba años sin pisar el Palacio…la Sultana Shina que lucía un sencillo vestido de seda color negro, alto escote corazón ajustado bajo el vientre que pasaba desapercibido ante la presencia de un bolero de mangas ajustadas con holanes y cuello de encaje, sobre su largo cabello rubio castaño recogido tras su nuca, oculto por un velo color negro sostenido por una sencilla corona de plata y ónix.

Lady Ino, vistiendo unas sencillas galas negras, de pie tras la Sultana Sakura, contemplo sorprendida y absorta la soberbia y digna aparición de la homónima descendiente del Sultan y la Sultana Sakura que pese a tener sus hermosos orbes esmeralda empañados de tristeza, reverencio debidamente a su progenitora que apena y pudo levantar su mirada a causa de la aflicción, viendo a su hija ocultar su propio dolor y ocultar el lugar vacío junto a Izumi que hizo todo lo posible por no exteriorizar su sorpresa.

Esta vez no volvería a Kirigakure, había llegado Palacio para quedarse y cobrar venganza de todos aquellos que osaran lastimar a su familia, costase lo que costase.


La cripta Imperial era un lugar muy visitado por la Sultana Sakura, no para rememorar la caída de sus enemigos sino para llorar la ausencia de dos de sus hijos y su primer nieto, así como la ahora inclusión de su hijo Kagami entre lo nombres y ataúdes presentes, la pérdida de un hijo era lo peor que una madre podía enfrentar en su vida, la muerte de uno de sus hijos era una perdida inolvidable e insuperable, era el peor de los golpes que la vida podía asestarle y que la debilitaba enormemente, ¿Quién seguía? Si el trato hecho con aquella hechicera hace tantos años era cierto—y daba inequívocas señales de serlo—cualquiera de sus hijos, nietos o aliados podía morir de forma sucesiva y repentina. Debía aceptar que lo que habría de acompañarla serían las lágrimas llorada por quienes amaba y ya no estarían junto a ella.

Una soberbia corona de tafetán y terciopelo con piezas de plata y piedras de ónix engarzadas conformaba la magnánima corona de tipo torre que ornamentaba a los Uchiha, sosteniendo un largo velo que ocultaba su cabello así como un pesado abrigo por sobre su vestido, orando silenciosamente en memoria de su hijo, pero cuya desolación no resulto impedimento alguno para que escuchara los pasos de alguien tras ella, sabiendo instintivamente de quien se trataba. Sasuke se situó a su lado, observando de sola sayo la dolorosa melancolía en su semblante, oprimiéndosele el corazón de solo verla, para él resultaba igualmente devastador enfrentarse a otra perdía, la muerte de otro de sus hijos, pero afortunadamente su deber le impedía exteriorizarlo como ella…más no significaba que no sufriese tanto como ella.

-Tal vez todo hubiera sido más sencillo, si tu no fueses el Sultan ni yo una esclava…- supuso Sakura.

-No eres una esclava- protesto Sasuke, incrédulo por sus palabras.

Ella siempre había sido una mujer libre dentro del Imperio, por ello se había casado con ella, había declarado que ella siempre mantendría su libertad individual, que siempre sería diferente al resto de las mujeres o personas existentes en la jerarquía Imperial, pero no entendía porque decía ser una esclava en ese momento, ¿Había hecho algo para darle una idea errónea al respecto? Si era así deseaba saber el que. Sakura ajo la mirada suspirando sonoramente, no levantando sus ojos para encontrarlos con los del Uchiha en ningún momento, no tenía fuerzas para ello, sintiendo una lagrima deslizarse silenciosamente por su mejilla por mera inercia

-Sabía lo que hacía cuando elegí pertenecer a este Imperio, sabía lo que les sucedía a las Sultanas y a sus hijos…- menciono Sakura, siendo embargada por la más pesada apatía y tristeza que hubiera sentido jamás, -pero creí que eso no nos pasaría a nosotros- admitió la Haseki, con una triste sonrisa que se desvaneció en menos de un instante. -No puedo más, Sasuke, ya no tengo fuerzas- sollozo Sakura.

Había tenido nueve hijos, ahora solo le quedaban seis, había visto morir a Itachi, a su primogénito Baru, y ahora a Kagami…la simple idea o alusión de poder perder a Daisuke, su sol, o a Rai que era su hijo pese a no haber nacido de ella o a Shisui que era su príncipe inocente…esas pérdidas las devastarían por completo, sus hijas por otro lado eran fuertes, decididas, no necesitaba preocuparse para saber que sobrevivirían, no representaban una amenaza para nadie, o como sus hijos que significaban el mayor obstáculo para sus enemigos.

-Sakura, no digas eso, por favor- rogó Sasuke.

Sin poder contenerse por más tiempo, Sasuke rodeo el hombro de su esposa, abrazándola contra su pecho, escuchándola sollozar. El igualmente, por su parte, había intentado ignorar el sacrificio que ella había hecho, lo que significaba cambiar su suerte por la propia y encontrarse bajo su situación, pero la reciente muerte de su hijo comenzaba a convencerlo, ¿Pero qué podría hacer? Dudaba que a ese punto las cosas pudieran remediarse, no podrían recuperar lo perdido, eso lo sabían muy bien y la que pagaba todo eso era Sakura.

-Itachi, Baru y ahora Kagami- enumero la Haseki con pesadumbres, -¿Por qué no yo?, ¿Por qué mis hijos y no yo?- lloro Sakura abiertamente. -Kami, ¿qué hice para merecer esto?- la pelirosa no consiguió sosegarse en lo absoluto, pese a que Sasuke la estuviera abrazando. -Todo esto es mi culpa- gimoteo Sakura.

Ella había firmado la sentencia de muerte de quienes amaba, ese era el precio; para que Sasuke sobreviviera cada uno de sus seres amados debían de morir y no podía evitarlo, ella era la responsable de todas esas calamidades.

Todo era su culpa.


Pese a su desasosiego y sufrimiento la Sultana Sakura hacia hecho valer su siempre poderosa e incuestionable autoridad, haciendo que Ino ordenara y supervisara la pronta aclimatación de unos aposentos más que dignos para su hija Shina que hubieran estado listos en solo unos momentos y donde ahora ingresaba la hermosa Sultana, acompañada de su esposo Konohamaru que ante su presencia en el palacio habría de comenzar a cumplir responsabilidades de carácter menor pero igualmente importantes para el Imperio. Las doncellas de la Sultan se encontraban de pie fuera de la habitación ya que la Sultana había insistido en desear encontrarse a solas con su esposo, habiendo preparado todo para que su Sultana y el Pasha se sintieran a gusto. Apenas las puertas hubieron sido cerradas tras su ingreso, por obra de los dos fornidos jenízaros, Shina flaqueo en su dignidad, estado a punto de desmayarse.

-Shina…- Konohamaru envolvió sus brazos alrededor de la cintura de su esposa.

El Sarutobi guió cuidadosamente a su esposa hasta ayudarla a tomar asiento sobre el diván próximo a la ventana donde la Sultana se dejó recostar, cambiando su aparente dignidad por una melancolía avasalladora que oprimió el corazón de Konohamaru que le tendió una copa con agua, sentándose a su lado, entrelazando su mano con la de ella. Su esposa era una mujer decidida y fuerte, verla debilitarse era algo que no veía desde los lejanos días de su compromiso cuando la había conocido y veía afectada por la muerte del Sultan Baru y el Príncipe Itachi.

-No soy tan fuerte como mi madre- concluyo Shina ante la preocupada mirada de su esposo sobre su persona, -Kagami….- la Sultana sollozo de forma inaudible, cubriéndose parcialmente el rostro con una de sus manos, -ni siquiera pude despedirme de él- lamento Shina, secándose las lágrimas antes que descendieran por sus mejillas.

-No fue tu culpa, nadie podía prever que pasaría- alego el Sarutobi.

-Pero debí estar aquí- protesto Shina, mostrándose débil, por primera vez en años. -Si pudiera arrancaría cada baldosa y ladrillo hasta dar con el o la culpable, quiero matarlo con mis propias manos- chillo la Sultana.

Lo más importante para Konohamaru, contrario a otros hombres del Imperio y el estado, era la felicidad de su esposa y no por el bien de su cargo político, todo lo contrario, sino por el bienestar de ella y su hija Ayame, y los enemigos del Imperio eran sus enemigos, él personalmente tenía un lema; su esposa era el Imperio de los Uchiha y el su esclavo. Si Shina estaba a salvo el Imperio también y si ella tenía algo en mente su prioridad era cumplirlo a cualquier precio y así lo haría esta vez, o lo estaba haciendo mejor dicho.

-Nos encargaremos de ello, secretamente he iniciado una investigación con medios más eficaces- amenizo Konohamaru, acariciando las mejillas de su esposa. -Pronto sabremos quien estuvo detrás de todo esto- garantizo el Sarutobi.

Con medios más eficaces Shina sabía que se trataban de medidas no tan convencionales, pero mucho mejores, si a punta de tortura o asesinato debían de obtener respuestas; que así fuera pero la muerte de su hermano no quedaría impune, no, eso no podría ni debía suceder. Su propósito había sido llegar al Palacio para celebrar la boda de sus hermanas, especialmente de Sarada, pero enterarse de la muerte de su hermano camino hacia el Palacio había sido demasiado, no iba a permitir que algo así volviera a sucederle a ninguno de los que amaba, mucho menos a su madre y su padre.

-Hazlo Konohamaru, no quiero errores- pidió la Sultana de forma indirectamente suplicante, -quien sea que haya hecho esto, quiero su cabeza- exigió Shina.

Naoko sería la primera en caer, costara cuanto costara, ella y todos aquellos que significaran una amenaza, todos sus enemigos desaparecerían por cualquier medio.


Tumbada sobre la cama, en sus aposentos, se encontraba la Sultana Sakura, profundamente dormida, intentado sosegar la tristeza en su corazón y a su vez manteniéndose cuerda, porque no podía dejarse llevar por el dolor como deseaba, la responsabilidades, la imagen y la idea del deber eran mucho más prioritarias y afanosamente realizables para ella y todos cuanto la conocieran o bien dependieran del prestigio imperial, así como su poder y magnanimidad.

Una repentina caricia asolo a la Sultan sobre su mejilla izquierda, tan breve y repentina que consiguió despertarla lentamente. Sakura abrió lentamente sus ojos, observando lo que conseguía encontrarse a su alcance, sentándose lentamente sobre su cama, pensando inicialmente que se trataba de Sasuke, pero en cuanto sondeo la habitación con sus ojos se dio cuenta de que se encontraba sola, cosa que la hizo parpadear con confusión inmediata. Sakura se bajó de la cama al parecerle ver al sombra de alguien en su terraza, cuyas puertas se encontraba abiertas, avanzando lentamente hacia allí, intentando pensar en la identidad de que quien se encontrase presente, ¿Quién podría atreverse a entrar en sus aposentos en ese momento precisamente? La Haseki aguardo en la entrada de la terraza, observando a aquel desconocido individuo que se encontraba dándole la espalda y que por su sola constitución física y podía comparar con Sasuke y que le provocaba una sensación extraña, familiar y amena, peor no entendía el porqué de eso o al menos no hasta que el hombre hubo volteado a verla...

Se trataba de su hijo, su Sultan, su hijo mayor, su primogénito, su Baru…tragando saliva de forma inaudible, observándolo boquiabierta, incrédula de tenerlo en frente luego de todos esos años, Sakura avanzo lentamente hasta encontrarse frente a su hijo que le sonrió en todo momento, claramente feliz de verla, causando de igual modo la alegría de su madre que le sonrió con lágrimas en los ojos, alzando su mano y acariciando su rostro, apenas y creyendo lo que veía porque le parecía una fantasía, un milagro, algo imposible.

-Baru, mi Príncipe- sonrió Sakura, acariciando maravillada y nostálgica el rostro de su hijo, -mi Sultan guerrero, ¿Por qué te fuiste?, ¿Por qué me dejaste, hijo?- sollozo la Sultana.

Cada día resultaba más doloroso recordarlo, más habitual llorarlo y rememorar esos días felices junto a él, era imposible para ella seguir sin él, su hijo, el fruto del inmenso amor que sentía por Sasuke, el primero de todos sus hijos, el mismo hijo que había visto orgullosamente ser jurado y nombrado Sultan del Imperio Uchiha, asesinado injustamente por obra de Mei y Rin, ¿Cómo olvidar todo eso? La mano de la Haseki descendió por la mejilla de su hijo hasta situarse sobre su hombro como su otra mano, aferrándose a su hijo y a la simple alegría de volver a verlo.

-Nunca te dejaré, madre. Nunca te rindas- pidió Baru, inclinándose y besando la frente de su madre que se aferró a sus hombros. -No importa lo que pase, siempre estaré contigo, lo prometo- garantizo el Uchiha.

Ese beso fue tan importante para Sakura que, de solo sentirlo en su sueño, hubo despertado de ipso facto, sentándose sobre la cama tan prontamente como le fue posible, observando todo lo que estaba en su rango de visión, desilusionándose a darse cuenta que aquel maravilloso momento no había sido sino un sueño, un hermoso sueño pero que no dejaba de ser eso. Una triste sonrisa se plasmó en los labios de la Sultana. No tenía muchas opciones de su vida, era una esclava porque tenía limitaciones a pesar de su condición, pero si algo sabía que debía seguir haciendo era resistir; no había otro camino para ella, solo resistir y sobrevivir. Una serie de suaves y respetuosos golpes se escucharon contra la puerta de forma repentina.

-Adelante- indico la Haseki, sentándose y alisando la falda de su vestido.

Su orden fue una señal inequívoca para sus doncellas, de pie fuera de su habitación, que abrieron la puerta y permitieron la entrada de lady Ino Yamanaka que ingreso recatadamente, con su mirada baja.

-Sultana- reverencio lady Ino, observando respetuosamente a su amiga y Sultana, -espero no importunarla- consulto la Yamanaka.

-No, Ino, descuida- tranquilizo Sakura,- ¿Qué sucede?- indago la Sultana.

Debía ignorar su dolor tanto como le fue posible, con el tiempo el dolor sería más tolerable para ella pero eso no significaba que fuera a olvidarlo, en lo absoluto, el tiempo solo era una enseñanza para lidiar con el dolor, pero no se volvía un recuerdo parcial, sino algo que rememoraba continuamente. Ino observo con sincera preocupación a su amiga y Sultana que pese a su dolor interino seguía manteniendo su impecable dignidad, algo digno de celebrar como tal, pero no es por ello que se encontraba allí sino para comunicar algo que acababa de tener lugar hacia unos momentos atrás.

-La señorita Eri dio a luz finalmente, Sultana- informo Ino.

Un ligero suspiro abandono los labios de la Sultana Sakura que medito la situación. Las labores de parto, pese a su prontitud-teniendo siete meses recién cumplidos-había sucedido en medio de la noche en cuanto Eri tristemente se había enterado de la muerte del príncipe Kagami; un parto nunca significaba algo malo, pero resultaba insólito que a muerte viniera acompañada de un nacimiento a su vez, no se podría celebrar debidamente sin importar que fuese un Príncipe o una Sultana, porque había que aceptarlo, bien podía ser un varón o una niña. Para Sakura resultaba ciertamente extraño, ¿Cómo celebrar el nacimiento de un nieto o nieta habiendo perdido a su hijo tan recientemente siendo de su propia progenie? Debería hacerlo, un bebé no tenía la culpa de nada.

-¿Qué fue?- inquirió la Haseki.

-Una niña, Sultana- contesto la Yamanaka.


Eri meció a su pequeña hija en sus brazos, besándole cariñosamente la frente, observando con ternura sus cortos cabellos azabaches, aun sin saber el color exacto de sus ojos.

La partera y el doctor C insistían en que pese a su prematuridad al momento de nacer era una niña sana y fuerte, claro, debería de ser más cuidada en caso de que presentara algún problema, pero si se alimentaba correctamente todo saldría bien. Portando un sencillo camisón crema de escote en V, mangas ajustadas hasta los codos y abiertas cuales lienzos, Eri se reacomodo el escote debidamente tras haber alimentado a su hija. Su sufrimiento, su propia tristeza por haber perdido al hombre que amaba a su vez que alumbraba a su hija era un evento sin precedentes, jamás olvidaría lo que había vivido pese a saber que no podría ser una Sultana. Las puertas de sus aposentos se abrieron de forma repentina, haciéndole saber de quien se trataba, bajando la mirada con respeto apenas vio a la Sultana Sakura aparecer en el umbral de la puerta siendo acompañada por lady Ino, avanzando con aquella soberbia dignidad hasta situarse tras la cama, dirigiendo su mirada de su rostro a la bebé en sus brazos.

-Sultana, perdóneme- rogó Eri.

Ino se acercó serenamente hacia la cama, señal que Eri entendió, entregándole a su hija en el acto, no sin antes depositar un último beso en su frente. Ella no podía ser una Sultana, no había nacido como tal, no había sido liberada de su condición de esclava en el Harem y no había alumbrado un príncipe sino una Sultana, su hija era parte del Imperio pero no ella, ella seguía siendo una esclava a pesar del respeto y aprecio que la Sultana Sakura le guardaba por su lealtad…sus días de felicidad junto al Príncipe Kagami habían terminado, ahora solo tenía a su hija, de otro modo siempre estaría sola.

-No hay nada que perdonar- alego Sakura, recibiendo a la bebé de manos de Ino, cargando a la pequeña en sus brazos, -este Imperio sufre por la pérdida de sus Príncipes, de los que tanto amamos, una Sultana nos traerá paz e iluminara nuestra vida- felicito la Haseki, observando el rosto de la pequeña Sultana. -Kaori, Kami mediante tendrá un futuro mejor que el que nosotros hemos tenido- nombro Sakura, besando la frente de su nieta.

-Amén- oro Eri, aceptando el nombre otorgado a su hija, pero un tanto inquieta por su propio estado ahora que seguía siendo una mujer y concubina como cualquier otra. -Sultana, sé que al no haber alumbrado un Príncipe no puedo ser una Sultana como tal, pero permítame servirle, quiero poder permanecer en este Palacio y serle útil- rogó la rubia.

La mejor forma de proteger a su hija era ascendiendo en la jerarquía social y solo podría hacerlo si seguía las reglas y hacia lo que deseaba; mantenerse leal a la Sultana Sakura. Ya había perdido al hombre que amaba por culpa de los enemigos al Imperio y al Sultanato, no perdería a su hija por la misma razón. Las palabra de Eri consiguieron sorprenderla, alguien que hubiera vivido lo que ella ya había tenido que lidiar hasta llegar hasta ese punto no lo pensaría dos veces y elegiría una vida lo más sencilla posible, pero Eri no quería eso, quería proteger a su hija por encima de cualquier otra cosa, así como al Imperio, y eso era digno de admirar por cualquier, inclusive por ella.

-Si eso es lo que quieres, claro que puedes hacerlo- acepto Sakura, sonriendo escasamente, entregándole la niña a Ino que la cargo cuidadosamente en sus brazos. -Kaori y tu tendrán lo mejor a su disposición, tu serás su todo, su madre, su nodriza, su niñera, su ayuda, su sirvienta, ocuparas el lugar más importante de su vida- aclaro la Haseki como prueba absoluta del rol que tendría Eri en la vida de la nueva Sultana perteneciente al Imperio, -pero si lo que quieres es servirme, debes ser mis ojos y oídos en todo- determino Sakura. -Estoy segura que Naoko tuvo algo que ver en esto, pero sin pruebas no podemos acusarla- la Haseki suspiro sonoramente al decir esto.

Intentaba no exteriorizarlo al igual que sus hijas, -excepto Izumi que tenía otras cosas en que pensar-manteniendo la calma de forma absoluta y siendo tan silenciosa como debía de serlo, pero sabía que esto era verdad; Naoko era quien más se beneficiaria de todo, Kagami había sido el favorito del Imperio entero par ser nombrado heredero, incluso por encima de Daisuke, si Kagami no estaba Daisuke sería el heredero y sus errores y tropiezos anteriores debían de hacerle parecer débil a ojos de Naoko, desechable y fácilmente suplantable por Rai, pero no, Sakura no iba a permitir que eso sucediera, su hijo seria el siguiente Sultan que gobernarse el Imperio, no Rai.

-No se preocupe Sultana, me recuperare del parto lo antes posible y cumpliré con mi deber, seré la sombra de la Sultana Naoko, lo juro- prometió Eri de forma solemne.

Sakura asintió escasamente, agradecida por la lealtad de la Kalfa, porque ese era el rango que Eri podía ostentar, el mismo rango que tenía Ino, evidentemente no podía ser una concubina porque no estaba al alcance de nadie más habiendo yacido con un príncipe del Imperio y alumbrado una hija, tendría poder sobre el Harem y haría valer su voluntad. Era el mejor rango que Sakura podía ofrecerle…por el momento. No teniendo porque esperar palabra alguna, La Sultana se retiró sin más, siendo reverenciada por Ino-que aun cargaba a la bebé en sus brazos-así como por Eri que pese a encontrarse recostada sobre la cama mantuvo la mirada baja hasta que las puertas se hubieran cerrado tras la digna partida de la Sultana. Levantando finalmente su preocupada mirada, habiendo percibido el dolor en los ojos de la Sultana Sakura, Eri recibió a su hija de mano de Ino, acunándola cuidadosamente en sus brazos.

-Lady Ino, ¿Cómo está realmente la Sultana?- se preocupó Eri.

-Profundamente herida, Eri, es el tercer hijo que pierde- lamento la Yamanaka, habiendo visto el auténtico sufrimiento de su amiga y Sultana en los días pasados, asistiéndola en todo momento. -Se espera que los hijos sepulten a sus padres, no al revés- cito Ino, tristemente. -Kami mediante no enfrentaremos pérdidas peores- oro la Yamanaka.

El Imperio no soportaría perder a su Sultana, ese era el peor de los golpes imaginables.


Aratani cruzo amenamente los pasillos del Palacio, el Príncipe Daisuke la había llamado a sus aposentos, necesitaba e su presencia relajante a su vez que Aratani necesitaba y dependía de su autoridad y su serenísimo carácter cargado de valor, él le daba seguridad, la hacía sentir protegida. La favorita del Príncipe lucía un sencillo vestido de seda color negro, escote en V y mangas gitanas, ajustadas en las muñecas y superiormente una chaqueta de tafetán y encaje color negreo cerrada bajo el busto, su largo cabello—adornado sin corona o joya alguna—caía libremente tras su espalda, peinado en una simple trenza mariposa, oculto por un largo velo gris oscuro que se arremolinaba sobre sus hombros, cubriendo su escote. Los acontecimientos sucedidos eran sumamente preocupantes, la Sultana Naoko se había adelantado a todas las predicciones, actuando precipitadamente y ahora era el turno de Aratani de averiguar cómo probar su culpabilidad y calmar el sufrimiento de la Sultana Sakura, no soportaba la idea de que una mujer tan bondadosa y noble tuviera que lidiar co tanto dolor y no lo permitiría. Resulto sorpresivo para Aratani—apenas y se encontró en la esquina del pasillo—hallarse frente a Mitsuki Pasha, un viejo amigo a quien había conocido antes de verlo partir a Bosnia donde había ejercido como gobernador de dicha provincia, manteniendo una respetuosa correspondencia con él por mera formalidad y cortesía..

-Mitsuki Pasha- saludo Aratani con la debida reverencia, sonriendo amablemente ante su viejo amigo, -no habíamos tenido la oportunidad de hablar- menciono la pelicastaña.

-Es un honor volver a verte, Aratani- sonrió Mitsuki, igualmente feliz de volver a verla, -más desearía que fuera en una situación mucho más digna- admitió el Pasha.

Debían afrontarlo, el golpe recibido de manos de quien fuera-pese a que Aratani insistiera ne inculpar interinamente a la Sultana Naoko-que hubiera tomado la vida del Príncipe Kagami había hecho temblar los cimientos más esquivos del Imperio, habían perdido al heredero idóneo para suceder al Sultan Sasuke, pero el Imperio realmente colapsaría, así como el Sultanato, solo si perdían a la Sultana Sakura, ella permitía que todo se mantuviera bajo un pulcro equilibrio que había colmado de paz al Imperio como nunca antes. Si no tenían lugar cosas peores era solamente por causa suya y nadie deseaba perder a la mejor Sultana que el Imperio y el Sultanato hubieran visto jamás.

-Todos quisiéramos poder actuar libremente, Mitsuki- secundo la pelicastaña, -es increíble que algo así sucediera, Kami mediante encontraremos al responsable- oro Aratani.

-Amén- oro Mitsuki.

Pero ya fuera que Aratani tuviera otras prioridades en su mente o no, quería tratar algo personalmente con el Pasha aprovechado la instancia de tenerlo presente; la Sultana Izumi. Era su deber saber lo que la Sultana Izumi había dio delante de la Sultana Sakura t que Aratani sabia o había escuchado había provocado el desmayo sucedido a la Sultana hacia una semana, pero ya fuera que ese hubiera sido el motivo o no, Aratani veía esta situación como algo que debía resolverse y ya que Mitsuki ahora estaba casado con la Sultana Izumi él debía encargarse de que la Sultana entendiera el delgado hilo sobre el que estaba caminando, ni los vínculos familiares ni el poder protegían a nadie de la muerte o la perdida, a menos que se fuera lo bastante inteligente para sobrevivir y Aratani sabía que este no era el caso de la Sultana Izumi, la conocía lo suficiente como para saberlo. El punto en cuestión era muy sencillo; no importaba si se era fuerte o débil, siempre se estaba cerca de la muerte.

-Quería hablar contigo porque la celebración de la boda se vio opacada por este suceso, pero debemos pensar en lo importante- aludió Aratani, confundiendo a Mitsuki que frunció levemente el ceño. -La Sultana Izumi se opondrá a que el matrimonio se consume, no me veas así, Mitsuki- pidió la pelicastaña, nada agradecida por la mirada reprobatoria de parte del Pasha, -se más que tú, yo soy los ojos de la Sultana Sakura en este Palacio, su voluntad es representada por mí- aludió Aratani, sin problema alguno, comportándose con la dignidad propia de una Sultana. -Debes encargarte de mantener a raya a la Sultana Izumi, no sabemos lo que pueda hacer y es mejor prevenir cualquier amenaza, eso significa que no puedes solo amarla como quieres, debes controlarla- instruyo la pelicastaña.

Mitsuki no se molestó en expresar su sorpresa ante las palabras de su vieja amiga que increíblemente se daba aires de grandeza a su entender, ¿Cómo se atrevía a decir eso siquiera? Ni aun la Sultana Sakura, siendo la única Haseki del Sultan, tenía la osadía de interferir en asuntos de estado e intimidad a su vez, claro que la Sultana Izumi se opondría, lo sabía bien, pero estaba en su derecho como Sultana. Para Mitsuki las cosas eran bastante sencillas: seria paciente y aguardaría a que la Sultana Izumi se acoplara a su nueva vida y estatus como una mujer casada bajo las leyes del Imperio y sus estatutos, le daría cuanto necesitase y a cambio ella solo debía confiar en él y en que haría todo a su favor, fin de la discusión. Aratani le estaba exigiendo demasiado, estaba actuando incorrectamente a su entender.

-Estas jugando a algo muy peligroso, Aratani, y lo sabes- advirtió Mitsuki, con un deje de superioridad, -no quiero ofenderte pero aun no eres una Sultana y como tal no puedes ordenar nada- recordó el Pasha.

-¿Qué es el Sultanato y el poder sin lealtad?- cuestiono Aratani, ofendida por el tono de voz que el Pasha había empleado en sus palabras. -No necesito de un título Mitsuki, estoy dispuesta a quemarme, eso es suficiente- razono la pelicastaña.

Su vida realmente había iniciado gracias a la Sultana Sakura y su vida le seria correspondida con absoluta lealtad en tanto la vida le permitiese mantener su voto de devoción perpetua, sin importar que pudiese ser una Sultana o no, su lealtad estaba con el Imperio y jamás retrocedería en sus ideales sin importar que otros pensaran que-a ojos de otros-se tomaba atribuciones que no le correspondían en lo absoluto Le correspondía representar la voluntad de la Sultana Sakura y eso es lo que siempre haría.


Días habían pasado, días en que Midoriko había hecho todo a su alcance—y más de serle posible—para mantener despreocupado a sus hijos, evitándoles todo el sufrimiento posible, aun eran muy pequeños a su entender. Se había ausentado por competo de los eventos cortesanos que implicaban el luto porque sabía que preocuparía a sus hijos al vestir de negro, así que había evitado todo contacto con el exterior, comunicándose por cartas con la Sultana Sakura y el Sultan Sasuke, haciéndoles saber su compromiso para con el bienestar de sus hijos. Daisuke la visitaba todos los días y eso resultaba una alegría tanto para Sasuke como Mikoto que amaban profundamente a su padre con quien deseaban pasar cada momento libre, por otro lado también se encontraba Aratani que regularmente se atrevía a servirle de doncella, sacando a sus hijos al jardín y distrayéndolos de igual modo ya que mantener al Príncipe y a la Sultana encerrados perpetuamente tampoco era correcto.

-¿Delicioso cierto?- sonrió Midoriko

El luto, exteriormente claro, había terminado hacía apenas un día pero Midoriko insistía en usar sus galas más sencillas, casi como si sintiera que debía ser ella misma, la misma esclava que había llegado al Palacio a sus quince años, portando un sencillo vestido rosa suave de escote corazón y mangas ajustadas, con seis botones en caída vertical desde el escote hasta la altura del vientre, los costados del corpiño, la falda superior y las mangas estaban ribeteadas en encaje color crema suave y pasamanería bordada en diamantes, dándole un aspecto más digno y formal a sus ropajes, como se esperaba de una Sultana. Su largo cabello violáceo plagado de naturales rizos caía libremente tras su espalda, recogido den una sencilla trenza mariposa, sin corona alguna sobre su cabeza ni otro tipo de joya, sencilla en demasía pero sintiéndose en extremo cómoda con ello. Pero ahora, en este nuevo día, —y aprovechando el hermoso clima que era visible desde la ventana y la terraza—Midoriko había optado por insistirle a sus doncellas en que la dejaran a solas con sus hijos a quienes servía voluntariamente, perdida en su instinto e madre al verlos comer felizmente, sonriéndose entre sí como los queridos hermanos que eran porque así era; nadie era más importante a ojo de Sasuke—después de ella claro—que Mikoto y para su pequeña Sultana de cabellos rosados no había nadie más importante –salvo su padre claro-que su hermano mayor

-Sí- acepto Sasuke.

-Sí- sonrió Mikoto limpiándose con la servilleta.

Ver felices a sus hijos era todo cuanto Midoriko necesitaba para ser feliz de igual modo, todo era perfecto nuevamente, Daisuke pasaba tiempo junto a ella, le sonreía, la adulaba, pasaba sus noches junto a ella, se interesaba por su día a día y viceversa…Aratani había venido prácticamente caída desde el cielo, todo había cambiado para bien con su llegada y Midoriko siempre estaría en deuda con ella por causa de esto. Sonriéndoles a sus hijos, Midoriko coloco una bandeja superficialmente cubierta por un pañuelo de encaje delante de sus hijos que esperaron ansiosos lo que ella tuviera a bien ofrecerles.

-Ahora el postre- Midoriko descubrió unos sumamente tentadores pasteles de luna. -Lo mejor para ustedes- sonrió la Sultana.

Observándose entre sí con desconfianza, y luego a su madre, Sasuke y Mikoto tomaron velozmente el postre ofrecido por su madre que rio al verlos, tomando el resaltante sin problema alguno. Ciertamente no permitía tan usualmente que sus hijos disfrutaran del placer culpable de la glotonería, disfrutando las obras de arte culinarias de Karui, pero en este caso algo espontaneo la hacía agasajar a sus hijos tanto como le era posible, su mayor prioridad en la vida era que su hijos fueran felices, por encima de su propia felicidad inclusive y en este caso no fue por otra razón que los vio terminar de comer velozmente, o al menos un par de minutos antes que ella que se tomó su tiempo. A pesar de la muerte del Príncipe Kagami, sucedida hacía ya una semana, se respiraba un aire de paz tan sobrecargado que Midoriko no quería perder esos días maravillosos con sus dos hijos antes de volver a sumirse en el habitual ajetreo cortesano y sus intrigas.

-Mamá, tengo mucho sueño- bostezo Mikoto.

-También yo- admitió Sasuke, conteniendo un bostezo.

-No debieron comer tanto, por eso están cansados- rio la Sultana antes de, para su propia sorpresa, bostezar de igual modo para divertimento de sus hijos. -Pero yo también estoy algo agotada, ¿Qué les parece una siesta?- propuso Midoriko.

Pero sus hijos fueron mucho más rápidos, levantándose de la mesa y subiendo a toda prisa sobre la cama, acomodándose sobre las almohadas, haciéndola reír. Midoriko se levantó con mucha menos prisa que ellos, sujetándose la falda antes de recostarse sobre la cama, rodeando a sus dos hijos con sus brazos, contemplando sus infantiles y tiernos rostros, reflejo de lo que había sentido y aun sentía por Daisuke y viceversa, pese a que no fue en la misma medida de parte de él y eso lo sabía muy bien. Aratani se había adueñado del corazón de Daisuke, no con esa intención, claro, pero lo había hecho, más Midoriko no podía odiarla en lo absoluto, gracia a ella había recuperado parte del amor del único hombre al que amaba con todo su corazón y eso era suficiente para ella, no podría pedir más.

-Todo vuelve a estar en calma, mi Sasuke, mi Mikoto- arrullo la Sultana.

La paz presente era tan grata y avasalladora que, incuestionablemente debía de disfrutarse, convenciendo en su totalidad a Midoriko que ignoro un repentino sabor amargo en su paladar y garganta, concentrada en su totalidad en la felicidad reflejada en el semblante de sus hijos, ellos eran lo más importante en su vida y siempre lo serian, los conflictos que habían tenido lugar por causa de Koyuki eran cosa del pasado a su entender, algo que no tenía por qué regresar en la actualidad, no había motivo para molestarse en pensar en ello, mucho menos si Daisuke no lo hacía. Esa Princesa se marcharía o moriría en el Palacio, pero ella ya no debía preocuparse, no tenía sentido alguno hacer eso.

-¿Podemos ir al jardín más tarde mamá?- pidió Mikoto

-Sí, quiero jugar con Izuna- apoyo Sasuke.

-Claro que sí, dormiremos un rato y luego iremos al jardín- sonrió la Sultana, -mi niña hermosa, mi Príncipe- Midoriko se inclinó, besando las frentes de sus hijos, abrazándolos contra su pecho, -ahora duerman, haremos todo lo que quiera más tarde- prometió la Sultana.

Midoriko cerro lentamente sus ojos pese a la repentina bruma del sueño que sintió sobre su persona, haciéndolo por sus hijos, observando sus rostro una última vez antes de dejarse controlar y dominar en u totalidad por la somnolencia que a gran velocidad hubo tomado partido, reposando su cabeza por encima de la coronilla de su hijo que reposaba su cabeza contra su pecho mientras que Mikoto, por su parte, reposaba la cabeza contra su hombro…


Las puertas de los aposentos de la Sultana Midoriko fueron abiertas por obra de sus doncellas que se hallaban en el exterior y que reverenciaron respetuosamente al Príncipe Daisuke. Sabía que llegaba tarde para almorzar con Midoriko y sus hijos, per los asuntos de estado no esperaban pese a que hubiera abandonado l sala del Consejo Real al mismo tiempo que su padre que había acudido a los aposentos de su madre. Para él era más importante ver a sus hijos y pasar tiempo con ellos, Aratani se lo había hecho ver, así como su responsabilidad en política y eventos públicos, cosa que acataba sin problema alguno, enorgulleciendo a su padre. Aunque lamentaba la muerte de su hermano Kagami sabía que no podía ignorar su deber como el Príncipe de la Corona y eso era demostrar que era fuerte y el digno heredero del Imperio y Sultanato de los Uchiha como, quizá, lo sería su hijo Sasuke algún día.

Apenas entro, Daisuke contemplo con extrañeza el silencio reinante, algo nada usual ya que sus hijos se la pasaba jugando, pero en cuanto su mirada se desvió a la cama hubo entendido el porqué del silencio, así como las bandejas y platos vacíos que descansaban sobre la mesa. Después de haber almorzado era de lo más normal que sus hijos acabaran accediendo a una siesta, el mismo recordaba haber actuado igual en sus días de niñez, siendo acompañado por su madre en la medida de lo posible ya que su madre no había tenido tantos momentos libres comparada con Midoriko. Lentamente, Daisuke se sentó sobre la cama, observando con una sonrisa ladina el profundo sueño en que se encontraban sumidos sus dos hijos, al igual que Midoriko. Era de lo más agradable contemplar su familia y la vida que tenía y no penaba perder por nada del mundo, sus hijos eran lo verdaderamente central en su vida.

-Sasuke- llamo Daisuke, revolviendo parcialmente al cabello de su hijo que se encontraba profundamente dormido, -Mikoto, mi niña- el Uchiha zarandeo suavemente el hombro de su hija que, para su extrañeza, no dio señal alguna de percatarse de su presencia. -Midoriko, despierta- llamo Daisuke con voz clara, pero ni ella ni sus hijos reaccionaron en lo absoluto, preocupándolo, -Midoriko- llamo el Uchiha, con un tono de voz más fuerte.

Lejos de tener un sueño profundo, Midoriko acostumbraba a dormir apenas un poco, había aprendido de las intrigas y la presencia de un sueño pesado ya era sumamente extraño en ella, más aun que no se percatara de su presencia pese al tono de voz claro y audible que estaba usando. Pero ni aun así los ojos de la Sultana dieron señal alguna de querer abrirse porque tuviera deseos de despertar, de hecho no demostraba señales de encontrarse dormida siquiera. Temiendo lo por, Daisuke volteo a ver hacia la mesa donde se encontraba una serie de platos y bandejas vacías...no, no podía ser posible, ¿Podía? No, no quería creer que sus hijos y Midoriko sucumbieran a lo mismo que había causado la muerte de su hermano Kagami.

-No…- murmuro Daisuke, incrédulo, incapaz de creer que una tragedia volviera a suceder en tan poco tiempo. -Sasuke, hijo- llamo el Príncipe, sacudiendo el hombro de su primogénito que no reacciono en lo absoluto. -Despierten, por favor- imploro el Uchiha con la voz quebrada.

Las puertas fueron abiertas sin orden alguna, permitiendo el ingreso del Sultan Sasuke y la Sultana Sakura. Puede que el habitual y correcto luto cortesano ya hubiera terminado debidamente, pero nadie reprochaba que el Sultan siguiera manteniendo el luto, portando un sencillo Kaftan color negro bajo un pesado abrigo de piel del mismo color, de hecho resultaba habitual para todos ver al Sultan vistiendo aquel color que lejos de hacer más distante su presencia lo hacía parecer más intimidante o poderoso de lo que ya era.

Pero por otro lado estaba el caso de la Sultana Sakura que solo empleaba este sobrio color en sus ajuares si su ánimo era igual de melancólico y el caso seguía siendo ese; se trataba de un sencillo vestido de seda color negro, escote corazón y mangas dobles, unas inferiormente ajustadas al brazos hasta las mulecas y unas superiores, abierta y holgadas desde los hombros, por sobre el vestido se encontraba una chaqueta sin mangas y abierta bajo el vientre para exponer la falda inferior, hecha de encaje de color negro ribeteado de forma parcial en diamantes, cuello alto y cerrado sin portar más joyas que un sencillo par de pendientes de cristal en forma de lagrima y una modesta corona de oro y ónix obre su largo cabello rosado que caía libremente tras su espalda, siempre hermosa a ojos del Sultan que tanto la amaba, pero igualmente triste a su vez a ojos del Palacio y el mundo que sabía bien de su dolor.

-¿Daisuke?- llamo Sasuke, confundido.

Su hijo estaba cumpliendo el protocolo a la perfección, parecía haber entrado en razón de forma irrefutable y gracia a ello Sasuke podía respirar tranquilo, luego de la perdida de Kagami, el Imperio no podía volver a enfrentar otra perdida semejante, debían de creer que Daisuke sería el Sultan si algo le sucedía y que, a su vez, si a Daisuke le sucedía algo el pequeño Príncipe Sasuke pudiera sucederlo en un futuro próximo. El Uchiha y su esposa hubieran contemplado extrañados el comportamiento de su hijo que, sentado sobre la cama, no hubo reparado en lo absoluto en su llegada, o al menos así pensaron hasta que Sakura vio una silenciosa lagrima deslizar por la mejilla de su hijo, enviando una oleada de miedo a lo más profundo de su pecho justo en el momento en que desvió su mirada hacia la mesa donde se encontraban las bandejas y platos vacíos. La escena era incuestionablemente idéntica a la que ella había presenciado al momento de llorar la muerte de su hijo Kagami.

-No- jadeo Sakura, comprendiendo lo que sucedía.

Sasuke alterno su mirada de la mesa hacia la cama, concluyendo de forma inevitable lo mismo que su esposa, siguiendo a Sakura hasta sentarse sobre la cama, cargando a su nieta Mikoto en sus brazos. Sakura, por mera inercia agito su respiración, observando con angustia a sus nietos y a Midoriko que no parecían dormidos ya que el acompasado movimiento de sus tórax, indicando sus respiraciones, no tenía lugar.

-Mikoto- llamo Sasuke, removiendo el hombro de su nieta.

-Midoriko, abre los ojos- pidió Sakura, zarandeando a la pelimorada que no dio señal alguna de estar respirando en lo absoluto, -Midoriko, por favor- sollozo la Haseki.

Resulto de lo más confuso para Koyuki recorrer los pasillos hacia los aposentos de la Sultana Midoriko, encontrándose con las doncellas de esta de pie frente a al puertas que se encontraban abiertas, sollozando y abrasándose entre sí. La Princesa lucía un elegante vestido malva de escote cuadrado y mangas hasta los codos, plenamente ajustadas, los costados del corpiño—hasta las hombreras—estaban ribeteados en encaje lavanda purpureo finamente recogido para darle una textura diferente al vestido cuyo encaje de igual modo adornada aparte de la falda. Su largo cabello azul se encontraba recogido tras su nuca, adornado por una corona de oro y perlas—emulando flores de jazmín a imagen de un sencillo par de pendientes de perla en forma de lágrima-exponiendo su cuello que era escasamente visible gracia a la enagua violácea, transparente, de cuello alto y ribetead en encaje que no daba lugar a la imaginación. Estaba allí con un fin, comprobar si su artimaña para deshacerse de la Sultana Midoriko dado resultado o no, pero se llevó una terrible decepción apenas entro…

Tendida sobre la cama y siendo llorada por la Sultana Sakura se encontraba su rival, su enemiga, la Sultana Midoriko y Koyuki sabía que podía sentirse satisfecha por ello, pero la imagen de la pequeña Sultana Mikoto en brazos del Sultan Sasuke y del pequeño príncipe homónimo del Sultan, primogénito del Daisuke, que descansaba inerte en brazos de su padre. Su plan no era ese…ella no deseaba que los niños tuvieran que pagar algo de lo que no tenían culpa, ello eran totalmente inocentes pero habían muerto de igual modo que su madre. La Sultana Sakura levanto su rostro, bañado en lágrimas hacia Koyuki que la observo con desasosiego y tristeza, ocultando eficazmente su culpabilidad en aquella desoladora escena que bien merecía ser llorada con lágrimas de sangre y puñales que se clavaban en el corazón de quien la viera.

Otra tragedia volvía a golpear al Imperio.


PD: me adelante tanto como pude en actualizar porque si bien espero poder tener listo el capitulo de mi fic "La Bella & La Bestia" mañana o el lunes, quiero de igual modo actualizar mis otras historias; "El Conjuro-Naruto Style" y "El Emperador Sasuke" a lo largo de esta semana ya que saldré de vacaciones :3 la actualización esta dedicada, como siempre, a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro y a quien prometo actualizar el fic "La Bella & La Bestia" mañana o a más tardar el lunes) así como a melilove (que comento el capitulo anterior y a quien lamento advertir que morirán muchos más personas a lo largo del desenlace de la historia, para lo que aun falta mucho tiempo) y a todos aquellos que leen, siguen o comentan la historia en todas sus formas :3 muchas gracias por su atención de leer y comentar esta historia, significa mucho para mí, y como siempre les deseo mucha suerte a todos ustedes, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima :3 Datos históricos:

-Matrimonio Imperial: dentro del Matrimonio de la época, las Sultanas del Imperio Otomano tenían privilegios en el matrimonio que las diferenciaban de las mujeres comunes: como el derecho a ser la única esposa de su cónyuge, a negarse a consumar su matrimonio hasta que estuvieran listas o solicitar el divorcio cuando quisieran al ser la figura más importante o representativa del Matrimonio. En múltiples oportunidades lo he aludido ya que muchas de las Sultanas habitualmente contraen matrimonio por política como es el caso de Shina que se enamoro más tarde en su matrimonio, viendo a Konohamaru inicialmente con respeto y no sentimientos románticos, o en el caso de Izumi que al estar bajo las ordenes de su padre no puede divorciarse, al igual que Sarada que contrajo primeras nupcias con Inojin por política y no amor.

-Ayse Haseki Sultan-Sultana Midoriko: fue la consorte más importante del Sultan Murad IV y madre de los Principes; Hasan, Osman y Abdul Hamid, así como de las Sultanas; Hanzade y Gülbahar, siendo que ninguno de sus hijos-salvo la Sultana Hanzade-hubieron alcanzado la edad adulta, u claro ejemplo es el de su hijo Abdul Hamid quien solo vivió hasta los siete años. En este caso volví a la Sultana Midoriko-de cuyo personaje histórico se sabe poco y nada-una victima de las intrigas de los enemigos de la Sultana Sakura, el Sultan Sasuke y los propios-Koyuki-pero su figura resultara importante ya que dejara el camino libre a Aratani para ser la nueva Sultana en la vida de Príncipe Daisuke y madre de sus hijos.

-Sanavber Hatun-Aratani: fue una favorita de Murad IV y posible Haseki de este, cuya historia es desconocida ante la destrucción de los archivos respectivos a la época y reinado de su cónyuge, lo poco que se sabe de ella de forma segura es que fue escogida por la Sultana Kösem (Sakura) para su hijo y que recibía una cantidad de dinero superior al de la Haseki Principal del Sultan Murad, la Sultana Ayse, y fue madre de los Principes; Suleiman, Alaeddin y Selim, así como de las Sultanas Kaya Esmahan y Rukiye, siendo solo la Sultana Kaya Esmahan quien alcanzo la edad adulta. En la historia Aratani es prácticamente es la hija adoptiva de la Sultana Sakura a quien ama y guarda lealtad por encima de cualquier persona y cuya devoción le abre el camino al rango más elevado que una mujer puede lograr, después del de Madre Sultana; Sultana Haseki, sera madre de Príncipes y Sultanas, con ello creo que pueden deducir que aguarda al futuro de esta bella y leal súbdita de la Sultana Sakura.