Se abre el telón y aparece un gran escudo tembloroso por uno de los costados. Lentamente aparecen sobre él unos curiosos ojos marrones llenos de miedo. Se vuelven a esconder rápido ante la ferocidad del público. Se escucha un pequeño alboroto en el camerino hasta que una rubia de baja estatura y de pelo corto es empujada con violencia hacia el centro del escenario. Mira al público nerviosa. Estos portan cuchillos, rifles, piedras y otro tipo de armas dispuestos a usarlos contra ella. Se aclara la garganta y sonríe insegura:
- ¡Hola a tods! ¡He vuelto!
Tras los abucheos totalmente comprensivos esta levanta las manos con rendición.
- ¡Lo siento de verdad! ¡Ya os dije que sería un año duro! Pero ya estoy libre y por fin he podido sentarme a escribir. Para justificarme traigo mi título de licenciada, como prueba de que si no he escrito es porque estaba estudiando muy mucho.
Pone cara de tristeza y el público se calma un poco. Tras explicar brevemente que su vida ha sido un lío, que por fin ha acabado la carrera y que su abuela ha estado fastidiada, lo que ha hecho que se retrasara aún más al escribir, todos la entienden.
- ¿Queréis leer el próximo capítulo? –pregunta más animada-.
Alguien la tira una piedra por esa pregunta tan absurda. Comienzan a abuchear pidiendo el capítulo y exigiendo que deje de hacer el tonto. El ambiente se había a exaltar. Eva se asusta y saca de nuevo el escudo.
- Vale, vale. Dejadme contestar a Sole a su review y ya os dejo con el capítulo. ¿Supongo que tendréis ganas de saber qué ha pasado con James, no? Os prometo que mientras he estado ocupada con otras cosas le he tenido bien cuidado. Lo he puesto en peligro solo cuanto he desempolvado el capítulo. Bueno, Sole ¿estás por ahí?
La aludida se levanta de entre el público con los brazos cruzados y mirando a la loca autora ya con poca paciencia. Eva sonríe nerviosa.
- Solo quería decirte que es cierto que en estos momentos es lógico tenerles pena a todos (porque no he dejado títere con cabeza). Pero que las cosas para todos se pondrán mejor. Nuestra Lily sonreirá más y Sirius y Grace superarán poco a poco lo de Kate. Que, por cierto, tu abuela tiene los mismos dichos que la mía jeje. En fin, sé que fui cruel dejando el final así, pero he intentado resarciros con este capítulo.
El público no parece muy convencido de que así sea, por lo que Eva se mueve incómoda, pasando su peso de los talones a las puntas de los pies. Mira al camerino y el director de la obra la dice que corte ya o la corta a ella el cuello. Vuelve a mirar al público que vuelve a levantar las armas.
- Vale, vale. Ya os dejo. Solo queda advertiros que a lo largo del capítulo va a haber algún salto en el tiempo que está más o menos bien señalizados. Los he puesto en forma de recuerdos para que sepáis un poco mejor qué pasó en los interrogatorios. Y, bueno, que recordéis que todo es obra de JK. Y… ¡Ah sí!
Agarra un megáfono que había aparecido por arte de magia a su lado y se pone toda chula con él:
"JURO SOLEMNEMENTE QUE MIS INTENCIONES NO SON BUENAS".
OO-oOo-OO
Capítulo 37: J.P., desaparecido
15 de febrero de 1978.
La habitación que era frecuentada por muchos alumnos de Hogwarts cuando eran castigados estaba irreconocible. El que llevaba años siendo el despacho de la profesora McGonagall no contaba con la sobriedad e iluminación habituales, sino que estaba oscuro y misterioso, tan solo iluminado por unas velas colocadas en la mesa de la maestra.
Cuatro figuras estaban de pie alrededor de esta, prácticamente en penumbras, mientras observaban al primer interrogado de la tarde. El chico había sido elegido al azar, aunque ver su nombre había ayudado mucho a colocarle el cartel de sospechoso. Moreno, alto y de rostro arrogante, su imagen recordaba mucho a sus parientes ya conocidos por los cuatro hombres.
- Tú eres Sirius Black, ¿verdad? –dijo el hombre más cercano inclinándose sobre la mesa e invadiendo sutilmente el espacio vital del chico-.
Este levantó la cabeza para mirarle a los ojos, aparentemente sin darse cuenta de la falsa inocencia con que le había identificado. Sin embargo, el modo de pronunciar su apellido levantó sus barreras defensivas, como bien pudieron captar todos. Sus ojos grises relampaguearon cuando enfrentó al auror.
- Sí, soy yo –contestó con voz tranquila-.
Su expresión no cambió a pesar del esfuerzo del hombre por incomodarle. Se había puesto a mirar su expediente, como si no lo hubiera leído con anterioridad, fingiendo sorpresa en distintos momentos.
- Tengo entendido que eres toda una joyita. Tu expediente de castigos es más grande que los del resto del curso juntos… -comentó el hombre con segundas intenciones-.
Sirius no lo notó, o al menos no pareció hacerlo. Solo se encogió de hombros levemente y con un levantamiento de cejas dijo:
- ¿Gracias?
Su tono no pareció gustar a ninguno de los cuatro hombres, que intercambiaron una mirada corta. El más cercano a él, quien portaba su expediente, lo dejó caer con fuerza en la mesa haciendo que se levantara una nube de polvo de este que hizo estornudar al chico. Lo cierto es que era un tomo bastante grande, aunque él se habría justificado diciendo que siete años dan para mucho, y más teniendo a James Potter metiéndote malas ideas en tu traviesa mente.
- ¿Dónde estuviste el sábado? –preguntó el hombre a bocajarro-.
Sirius miró un momento al individuo que estaba ante él, de nuevo invadiendo su espacio personal. Observó su melena rojiza y sus finas gafas de ligera montura antes de responder con voz neutral:
- En Hogsmeade, como la mayoría. Todo me pilló allí.
- ¿Tienes testigos que te vieran allí? –insistió el hombre sin cambiar su expresión, mirándole fijamente a los ojos-.
- Mi mejor amigo y su novia. También un auror que me sacó de allí cuando me hirieron –al ver la cara de incredulidad del hombre, Sirius frunció el ceño y añadió, algo más impaciente-. Pregúnteles. Mi amigo se encuentra en San Mungo, pero ya está consciente, y ella está aquí en Hogwarts. ¿Dónde sino iba a encontrarme?
- ¿Tal vez de reunión familiar? –propuso un segundo hombre que hasta ese momento había fingido leer un libro que estaba en una estantería-.
Ante ese ataque directo, el chico se envaró, incapaz de seguir manteniéndose neutro.
- El único miembro de mi familia que tengo cerca es mi hermano, y no me hablo con él –respondió con voz dura-.
- ¿Seguro? ¿Y con el resto de la familia? ¿Tu querida prima Bellatrix, tal vez? ¿No te propuso celebrar una pequeña reunión familiar en Hogsmeade?
- No sé nada de ella desde que me marché de casa hace un año. Evidentemente jamás quedaría con esa loca, y menos en esas circunstancias. Ya les he dicho con quien estaba. Compruébenlo si no se lo creen.
El hombre que tenía delante se inclinó algo más, obligándole a echarse para atrás en la silla. Le miraba con un odio y una desconfianza que él sabía que no habría sentido de haberse apellidado de otra forma. Pero aún así le mantuvo la mirada con el mal humor creciendo en sus venas.
- No nos diga cómo tenemos que hacer nuestro trabajo, señor Black –le espetó pronunciando con asco su apellido-.
- Entonces hacedlo sin que yo tenga que decir nada –devolvió con chulería el chico mientras alzaba una ceja desafiante-.
Por un momento parecía que el auror iba a echar mano a su varita, pero una voz que hasta entonces no había intervenido, le interrumpió.
- ¿Cómo se llaman tus amigos? Si es que quieres que comprobemos tu coartada, claro.
Sirius le miró, era el hombre más alejado de todos. La luz apenas iluminaba levemente sus rasgos, pero era evidente que no se había perdido un detalle de la conversación. Al chico le sonaba de algo, creía que le había visto antes, pero con tan poca iluminación apenas reconocía nada. Su voz no la asoció con ninguna cara tampoco.
- James Potter y Lily Evans –respondió sin dejar de mirar al hombre e ignorando al que le estaba acosando-.
Le pareció que el auror dio un respingo, pero al segundo siguiente estaba tan relajado como lo había estado todo el rato. Le observó con curiosidad unos minutos más, pero el auror no volvió a intervenir en la conversación. Finalmente, cuando él más enfadado estaba y la tensión pendía de un hilo, volvió a hablar.
- Puedes irte.
- ¡¿Qué…? –exclamó el primer auror girándose hacia su compañero con expresión de incredulidad-.
- Hasta que demostremos lo contrario, está limpio. Pero comprobaremos tu coartada, chico, créeme.
¿Habían tomado las medidas adecuadas para encontrar a todos mortífagos infiltrados en Hogwarts? ¿Estarían todos fuera del colegio o se les habría escapado alguno? Esas cuestiones torturaban a Frank Longbottom día y noche desde que habían terminado los interrogatorios a los alumnos. Él había sido el encargado de presidir el grupo de aurores enviados a Hogwarts, ya que había sido quien había dirigido la investigación realizada en torno a la mortífaga hallada muerta. Prefirió que los interrogatorios los realizara Rufus Scrimgeour, mucho más diestro en apretar los tornillos a las personas y sacar confesiones involuntarias (tenía el record en el cuerpo), mientras él estudiaba sus reacciones.
Mientras repasaba documentos, analizando en su mente a todos y cada uno de los interrogados, la duda penetraba en su mente. Era bueno calando a las personas, solía acertar cuando analizaba sus expresiones, gestos o miradas. Sin embargo, había más de uno que le había resultado muy difícil de descifrar. Uno de ellos era el que ocupaba su mente en ese momento. Su físico y forma de ser se parecían mucho al resto de su familia, pero había percibido en sus ojos, en su mirada, un calor que no relacionaba con ningún Black con el que él se había cruzado. Había comprobado su coartada, y había descubierto que no mentía. Al menos esperaba que la chica a la que había recurrido no hubiera mentido para salvarle el cuello, aunque parecía una de las más sinceras. Además, tenía ciertos recuerdos de ese chico cuando era más pequeño y ya hacía trastadas con su grupo tan incondicional de amigos. No habría creído entonces que estaba viendo a un futuro mortífago, y esperaba no haberse equivocado con él.
Volvió a buscar su expediente y observó las altas calificaciones que tenía, que sólo eran superadas por su gran número de castigos. Era inteligente, y había mostrado interés por ser auror, según ponía sus entrevistas antes y después de los TIMOS. La fotografía que acompañaba al expediente mostraba a un chico no muy distinto del que había visto días atrás. Atractivo, arrogante y de facciones marcadas. Había parecido con su familia, pero a la vez notaba muchas diferencias. Ese muchacho era todo un misterio…
- Estás muy concentrado.
Frank no pudo evitar dar un respingo cuando escuchó esa voz a su izquierda. Al girarse vio a Alice sentada a su lado, con la cabeza apoyada en la palma de la mano y mirándole con una pequeña sonrisa.
- He estado hablándote, pero estás demasiado ensimismado. ¿Por qué no lo dejas ya? Los que estaban infiltrados ya están todos expulsados.
- ¿Tú crees? –preguntó él sin convicción mientras volvía a mirar la fotografía del chico-.
Era media tarde, o al menos eso creía pues podía llevar horas revisando los documentos que tenía. Se encontraba en el cuartel, lugar que ya casi podían considerar su casa todos los miembros del cuerpo desde el ataque en Hogsmeade hacía menos de una semana. No se movían de allí más que para salir a investigar e ir a dormir, aunque esto lo hacían por turnos. Cansado del ruido que producían sus compañeros, él se había encerrado en la sala de recopilación de información y se había perdido en sus pensamientos.
Alice, al ver que le perdía de nuevo, le obligó a bajar el fajo de documentos y mirarla a la cara.
- Tenemos que irnos –le dijo-. Dumbledore me ha avisado. Ha ocurrido algo y hay reunión urgente de la Orden.
- ¿Otro ataque? –respondió él incorporándose con prisa-.
- Lo dudo, si fuera así ya lo sabríamos aquí –le tranquilizó su esposa, también levantándose-. Pero parecía importante.
- Entonces vamos a ver cómo nos podemos marchar sin levantar sospechas. ¿Moody ya se ha marchado?
De repente la puerta se abrió de golpe, dando paso al aludido que tenía una expresión muy acelerada y nerviosa.
- Frank, tienes que venir conmigo. Ha ocurrido algo –dijo sin tiempo a mirar al matrimonio que le observaba algo preocupados-.
Fue a darse media vuelta para irse, seguramente esperando a que su subordinado le siguiese, cuando Alice intervino.
- Dumbledore acaba de enviarme un mensaje diciendo que hay reunión de la Orden por algo urgente. ¿Es lo mismo? –preguntó pese a que no se había dirigido a ella-.
Moody la miró ligeramente sorprendido, como si no la hubiera visto en su corto escrutinio por la sala. Pero la situación era tan alarmante que no tuvo tiempo de ceremonias.
- Sí, es lo mismo. Tú Alice, vete a la reunión. Frank, acompáñame a San Mungo.
OO—OO
Cuando Alice llegó al cuartel general la reunión ya había comenzado. Todos estaban en silencio, con el rostro serio y el ceño fruncido mientras Dumbledore hablaba sombríamente de un tema en apariencia bastante urgente.
- Sé que no tenemos mucho por dónde empezar, y menos si queremos ser discretos frente a los aurores. Pero Alastor y Frank se encargarán de cubrir las posibles pruebas que podamos dejar. No me importa cuál de los dos organismos le encuentre mientras lo haga, cuanto antes mejor y vivo, por supuesto.
Las últimas palabras terminaron por poner en guardia a Alice, quien había pasado todo el trayecto pensando en qué podía ser lo que había ocurrido para tanta urgencia y secretismo. Alguien había desaparecido, era evidente. Pero también parecía que se había perdido todas las explicaciones.
Mientras Dumbledore continuaba diciendo lo que había hablado con Moody sobre cómo actuarían los aurores, ella se deslizó discretamente en una de las sillas vacías que había al lado de Dorcas. Nadie pareció notar su presencia. Su amiga miraba al anciano con el ceño fruncido y el rostro decidido. Hacía meses que no la veía así, desde que Matthew había muerto. Sin querer recordar en ese momento al hermano de su amiga, se inclinó hacia ella.
- ¿Qué ha ocurrido exactamente?
Aunque Dorcas tampoco había dado muestras de que le había oído llegar era evidente que sí lo había hecho. Su ceño se alivió un poco cuando apartó la mirada de Dumbledore, pero la preocupación seguía impresa en su rostro.
- Han secuestrado a un chico. Un crío de 17 años. Era uno de los heridos del otro día, estaba ingresado en San Mungo y se lo han llevado estando apenas a un par de metros de sus padres. Nadie vio nada ni nadie sabe cómo han podido llevárselo, pero en los dos minutos que estuvieron fuera desapareció por arte de magia.
Alice se había llevado una mano a la boca, horrorizada, nada más escuchar la primera frase. Sus instintos de aurora se agudizaron al escuchar el resto de la disparatada situación, pensando ya en cualquier móvil que pudiera llevar a cometer esa locura.
- ¿Han sido mortífagos, o se trata de un secuestro por dinero? ¿Su familia está bien posicionada?
Dorcas se encogió de hombros.
- Ignoro todo eso, pero Dumbledore parece muy seguro de que han sido mortífagos. Y ya sabes que cuando él sospecha algo, suele acertar.
Alice asintió de acuerdo, quedándose en silencio unos segundos elucubrando. En ese espacio de tiempo la voz de Edgar Bones interrumpió sus pensamientos.
- ¿Dices que se han hecho pasar por una sanadora? ¿Cómo es posible?
Alice dejó de maquinar en su mente para atender a la conversación que se había seguido desarrollando. Delante de todos, Dumbledore giró sus pies para seguir caminando de un lado a otro, dejando ver su agitación con el tema.
- No sé de qué modo han podido sortear la seguridad de San Mungo, eso deberán resolverlo los aurores. Pero la información es veraz, yo estaba con los padres cuando estos salieron de la habitación, dejando solo al chico con la que pensaban que era su sanadora. Pero apenas dos minutos después la verdadera mujer pasó por el pasillo ajena a todo. Cuando abrimos la puerta, el chico había desaparecido.
- ¡Pero es absurdo! –exclamó Caradoc Dearborn anonadado-. ¿Qué pueden querer de un crío? Jugársela de una forma tan evidente por un simple niño no me parece digno de ellos. ¿Estás seguro de que el secuestro no tiene fines económicos?
A Alice le pareció una buena pregunta, pues el modo de actuar parecía demasiado desesperado y arriesgado para tratarse de los mortífagos, a no ser que tuvieran una gran razón de peso. Pero, ¿un chico de 17 años? ¿Qué podía tener él para se arriesgaran tanto por secuestrarle?
- Me temo que James sí tiene algo que los mortífagos quieren –contestó Dumbledore como si le hubiera leído el pensamiento-. Algo que el propio Voldemort ansía mucho y que ha llegado a las manos del muchacho después de muchas vueltas. ¿Me disculpareis una vez más, queridos amigos, si no soy muy abierto con este tema? De momento sólo es necesario saber que el chico está en grave peligro y que su rescate es prioritario para nosotros. Como ya he dicho, preferiblemente vivo. Mi conciencia no soportaría la muerte de alguien tan joven y ajeno a esta clase de maldades. Cuando acabe esta pesadilla os lo contaré todo. ¿Estáis de acuerdo?
Pese a las circunstancias tan extrañas y la poca información que había dado, la confianza ciega que todos los presentes sentían por ese hombre hizo que fueran accediendo unánimemente a trabajar prácticamente a oscuras, en pos de salvarle la vida a ese chico.
- Otra cosa –añadió Dumbledore antes de ponerse a dar instrucciones-. Quizá esto ayude a que os sintáis más afines a la causa o quizá no. Pero es justo que sepáis que se trata del sobrino de Adam, y su secuestro está relacionado no sólo con su muerte, sino también con la de Andrea, Tomás y Cora.
La sorpresa general no pudo ser mayor. Y también la rabia crispó el rostro de algunos de los presentes que conocían la verdad sobre Ethan y, por lo tanto, su implicación en ese caso también.
OO—OO
San Mungo se había convertido en una locura después de los últimos acontecimientos. Hasta tres sanadores, además de la suplantada en cuestión que estaba siendo interrogada por los aurores, se habían personado en la habitación del desaparecido. Dorea había tenido que ser atendida de un ataque de ansiedad, y en ese momento un tranquilizante bastante fuerte la tenía apoyada en el hombro de su marido, prácticamente dormida, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Charlus, impotente, sólo podía intentar acercarse a los aurores para saber más, antes de ser apartado por los propios sanadores. Estos intentaban que el cuerpo de investigación no alterara mucho la tranquilidad del hospital, pero a la vez colaboraban en que no fueran interrumpidos mientras recogían pruebas con rapidez.
- ¿Por qué nadie me dice nada? –preguntó Charlus intentando contener su furia mientras abrazaba a su esposa que gemía en voz baja-.
El shock le había inundado los primeros momentos, tras abrir la puerta y descubrir que la cama de James estaba vacía y su hijo no estaba por ningún lado. Apenas se había dado cuenta de que su mujer había gritado y posteriormente se había desmayado, y no fue consciente de la rapidez con que Dumbledore registró la habitación hasta que este se marchaba, dejándoles a ambos al cuidado de los sanadores que habían sido llamados por la doctora Morrison. Le había prometido, al tiempo que se marchaba, que pronto tendría noticias suyas diciéndole que había encontrado a James sano y salvo. Pero en las últimas dos horas sólo había visto desfilar a sanadores y a aurores por la habitación sin que nadie le diese explicaciones.
- Entienda señor Potter de que aún no hay nada que contarle –le dijo uno de los sanadores intentando tranquilizarle en vano-. En cuanto los aurores terminen aquí se pondrán en marcha para encontrar a su hijo. No entendemos cómo han podido romper la seguridad del hospital, pero desde luego han tenido que dejar huellas para ello. Le encontrarán pronto, estoy seguro.
Esas palabras entraron por un oído de Charlus y salieron por el otro. Sabía que le estaban diciendo lo que quería oír, pero el problema era que él quería que eso que quería oír se correspondiera con la realidad. El dolor que tenía en el pecho, la debilidad que sentía en las piernas y la picazón que le irritaba los ojos no ayudaban a mostrar una imagen de fortaleza y valentía. Y tenía que mostrarla, por los demás y por él mismo. Su esposa cada vez se hallaba más inconsciente en sus brazos y tenía que encontrar a James, no podía permitirse derrumbarse. Pero el dolor le estaba venciendo por minutos.
Finalmente, Dorea acabó por perder la conciencia. Se agarró una última vez al brazo de su marido y después se soltó de golpe. Él le estaba sujetando, por lo que ella cayó sobre su hombro, mojando su cuello con sus lágrimas vertidas. Rápidamente una sanadora la tomó de los hombros, obligándole a soltarla.
- Será mejor que la llevemos a una habitación, señor Potter. Usted también debería venir a descansar. Cuando se sepa algo más pediremos que vayan a buscarle.
Pero Charlus no hizo caso, y vio cómo se llevaban a Dorea dormida por la poción. Él se quedó inmóvil y aturdido, mirando cómo los aurores registraban y analizaban la habitación de cabo a rabo, casi sin reparar en su presencia. Tampoco parecieron notarla cuando fueron recogiendo mientras seguían hablando en susurros apresurados. Sólo una mujer, de unos cincuenta años con el pelo muy corto y de un llamativo azul, se dirigió a él con mirada comprensiva.
- Soy Ayleen Morris, señor Potter. Soy una de los aurores que llevan la investigación de su hijo, y la encargada de mantener informada a su familia –le informó con voz amable-.
Era evidente que la habían escogido como nexo con ellos porque era la más comprensiva, lo cual tampoco era de extrañar porque era la única mujer. Ella le miró fijamente con sabios ojos de gata, tal vez esperando un signo de histeria que no llegó, pues su shock aún era tal que no concebía la idea de gritar.
- Yo… -Charlus no sabía cómo decir lo que quería. Realmente no tenía muy claro qué era lo que quería decir-. James es… nuestra vida. Por favor…
Su hijo sería, seguramente, la única cosa que le haría perder su orgullo y compostura, pero en ese momento no le importó. La mujer también pareció comprender su lucha interna, pues le apretó el brazo como si supiera lo que sentía, y se puso seria.
- Vamos a hacer todo lo posible por encontrarle. Le encontraremos –añadió intentando parecer más convencida. Inspiró fuerte e intentó hablar con tacto-. De momento hemos sacado pruebas, huellas y todo lo que necesitamos para empezar. Creo que con lo encontrado podremos aclarar pronto quién suplantó a la sanadora Morrison, y cuando sepamos su identidad podremos aclarar el móvil del secuestro de su hijo. Que se le hayan llevado sin que haya signos de violencia nos lleva a confiar en que no pretenden matarle, lo cual es una buena noticia.
Charlus asintió con la cabeza, sólo escuchando a medias. Él creía que el móvil del secuestro de James estaba claro, el motivo por el que le habían buscado con tanto empeño en Hogsmeade. Pero no era capaz de expresarse en condiciones para contarlo, ya que no era capaz de pensar con claridad. La aurora lo notó y le condujo hacia la entrada de la habitación, quedando esta al cuidado de otros dos sanadores que estaban recogiendo.
- Pronto tendrá noticias mías, se lo garantizo. Pero de momento le sugiero que vaya con su esposa e intente descansar. No le podrán ser de ayuda a James cuando le encontremos si están agotados. Se lo devolveremos cuanto antes.
Charlus le hizo caso y se dirigió hacia la habitación donde habían trasladado a Dorea, conducido por la sanadora que había intentado convencerle con anterioridad. Pero ni por un momento confió en las palabras de la aurora más que en las de Dumbledore, quien aún no había dado señales de vida.
OO—OO
16 de febrero de 1978
Ese muchacho era uno de los más difíciles de descifrar. Su mirada fría y oscura había sido imperturbable desde el momento en que entró por la puerta, y no se había inmutado ni siquiera cuando le habían mostrado las fotografías de sus compañeros muertos. Frank no sabía qué pensar de él. Estaba seguro que se había dado cuenta de que su forma de ser ayudaría a verle como culpable, pero no había hecho nada por parecer inocente. O bien no había hecho nada y era demasiado ingenuo como para darse cuenta de lo que aparentaba, o bien era suficientemente inteligente como para saberlo y no cambiarlo.
Él se inclinaba más por la segunda opción. Esos fríos ojos revelaban una aguda inteligencia, y tampoco ocultaban el desdén que sentía por los aurores que le estaban interrogando. Y, por lo visto, a Rufus Scrimgeour eso le sacaba de sus cabales a la par que le desconcentraba. Tenía la mirada encolerizada, pero no se mostró tan acosador como con otros chicos.
Desde su lugar al fondo de la sala, Frank vio a su compañero dar una vuelta alrededor del chico, quien tenía sus dos manos sobre la mesa suavemente entrelazadas. Había bajado un poco la cabeza y no podía verle los ojos tras esa cascada de grasiento pelo.
- Repitámoslo de nuevo, señor Snape –habló Scrimgeour tras unos minutos de pausa-. ¿Dónde estaba el sábado por la tarde?
- Ya se lo he dicho. En mi cuarto, estudiando -respondió el chico con un suspiro, aunque con voz educada-.
Frank captó un ligero tono en su voz con el que el muchacho parecía querer indicar que estaba teniendo mucha paciencia con ellos. Estaba siendo insolente, pero de un modo tan disimulado que hasta costaba enfadarse. No era bravucón y descarado como la mayoría. Parecía mucho más inteligente que todo eso.
- ¿Y alguien te vio estudiar durante toda la tarde? –repitió el auror con retintín-.
- No. Estaba solo. Cuando hay gente no se puede estudiar bien.
- Y durante toda la tarde, ¿ninguno de tus compañeros entró en el cuarto?
Severus se encogió de hombros negando suavemente con la cabeza.
- Puede ser, no lo sé. Cerré las cortinas de mi cama e insonoricé la zona. Pudo pasar una estampida y no darme cuenta.
A Frank le sorprendió el poco empeño que el chico puso para crearse una mejor coartada. Solo en su cuarto estudiando. Pudo haber inventado una coartada que le colocara junto a uno o dos compañeros para asegurarse entre sí la seguridad. Estaba seguro de que alguno de ellos lo había hecho por la cantidad de hilos sueltos que habían encontrado en algunas historias, sobre todo de los slytherins. Pero este se presentaba manteniendo que había estado todo el día solo, sin testigos que lo corroboraran. Era muy extraño.
- ¿Qué hiciste cuando oíste los gritos? –estaba preguntando Scrimgeour en ese momento-.
- Pues al principio me desorienté. Acababa de quitar el hechizo y no sabía cuánto hacía que estaban gritando. Luego fui a la sala común y vi a un grupo de los pequeños gritar algo sobre un licántropo en el castillo y salí corriendo para ver si había quedado algún niño fuera.
- ¿Y ese acto de caridad tan repentino? –preguntó un segundo auror con un toque de incredulidad en la voz-.
Snape levantó la cabeza, apartando levemente su pelo de la cara y le lanzó una gélida mirada.
- Soy prefecto, es mi responsabilidad cuidar de los más pequeños.
- ¿Y por qué tardaste tanto en volver a la sala común? Distintos compañeros tuyos han asegurado que tú y tu grupo de amigos fuisteis de los últimos en llegar.
Pese a esa acusación, el chico ni siquiera dudó.
- Di una vuelta por ahí. Todo era un caos, pero parecía que los profesores lo tenían todo controlado. No había ningún niño de mi casa a la vista, así que di otra vuelta para ver si alguien de mi casa estaba herido.
- Nadie recuerda haberte visto por la enfermería, chico –le interrumpió Scrimgeour poniéndose de frente a él y mirándole fijamente. El chico aguantó la mirada-.
- Yo tampoco recuerdo haber visto a nadie concreto. Estábamos todos demasiado nerviosos para fijarnos. Las caras eran muy difusas, sólo buscaba a mis compañeros.
- ¿Y entonces?
- Miré por varios pasillos, pero no vi a nadie. Así que decidí volver a la sala común. Por el camino me encontré a Avery y Mulciber, quienes me dijeron que estaban buscándome. Después volvimos juntos a la sala común y allí estaba casi todo el mundo.
- Eso mismo dicen ellos dos –corroboró Scrimgeour comprobando las declaraciones de estos-. Pero, si tú estabas en tu habitación, ¿por qué te iban a buscar fuera de la casa Slytherin?
Snape soltó un bufido mientras rodaba los ojos.
- ¿Quién sabe lo que pasa por la mente de esos dos? Nunca han sido unos lumbreras. Seguramente ni se acordaban de que yo estuviera allí. Pero eso no les tiene por qué convertir en sospechosos de nada más que de ser algo lentos.
- No. Pero tenemos entendido que después, en sala común, estalló una discusión sobre el ataque, ¿no?
- Sí. Emmeline Vance, una chica de sexto, estaba muy nerviosa y enfadada por lo ocurrido y la tomó con todo aquel que no había visto en toda la tarde. Como saben, los padres de varios compañeros están a favor de Quien-Ustedes-Saben, y ella se enfrentó a todos. Por lo que vi, los demás se defendieron y ahí comenzó la discusión.
- ¿Viste a Alecto Carrow amenazarla?
- Las vi a ambas amenazándose respectivamente. Emmeline es cabezota y buena duelista, y Alecto es alocada y no piensa mucho las cosas. Si Mary Gibon no hubiera intervenido, la cosa podría haber acabado mal para cualquiera de las dos. Pero esa discusión no significa que una sea culpable y la otra inocente. Estaban los ánimos revueltos, eso es todo.
Hubo unos instantes de silencio después de su exposición. Parecía que Rufus no sabía por dónde seguir, y eso le extrañó a Frank. Por eso tomó él las riendas.
- Recapitulando: Pasaste la tarde solo, estudiando, sin nadie que atestigüe que lo que dices es cierto.
- Exacto, aunque tampoco hay nadie que pueda atestiguar que no estaba allí –le contestó el chico con tranquilidad, sin evitar su mirada-. Pero eso no me convierte en ningún asesino ni en un mortífago. Solo en un pringado que pasó el sábado por la tarde estudiando. ¿Es un delito?
- No tienes los exámenes pronto. ¿Por qué tanta urgencia?
Snape se encogió de hombros.
- Durante toda la semana pasada el profesor Flitwick nos estuvo dando la lata con que sólo los de Ravenclaw estaban a la altura de los EXTASIS. Pregúntenle si no me creen. Me tocó el orgullo. A otros sólo les duele que les hablen de lo mal que juegan al quidditch. Para mí un absurdo deporte no es suficiente para hacerme reaccionar, pero esto sí. Según casi todo el colegio eso me convierte en un pringado, pero insisto en que no me convierte en un mortífago.
A Frank le fastidió, pero tuvo que darle la razón. Podía ser un chico extraño, pero no había pruebas de que estuviera en Hogsmeade participando con sus compañeros. Su historia encajaba y, aunque no tenía testigos, nada indicaba que pudiera no estar donde decía. Mordiéndose los carrillos con frustración le dejó irse, a pesar de la sensación que tenía en el cuerpo.
- Esto significa… ¿Frank? ¿Me estás escuchando, chico?
De nuevo se había perdido en sus pensamientos. Frank despejó su mente de recuerdos y fijó su atención en su jefe, el cual le estaba hablando sobre el resultado del registro en la habitación del chico desaparecido. Moody puso una expresión de impaciencia y empezó de nuevo frunciendo el ceño, esta vez contando con toda la atención del joven.
Había sido inevitable. Conocer que el chico desaparecido era un herido de la batalla le llevó de nuevo a la mente el tema de sus investigaciones en Hogwarts. Además, era ni más ni menos aquel al que iba a ir a interrogar para comprobar la coartada de uno de sus sospechosos. El último que había pasado por su mente era un muchacho que le daba mala espina, pese a que no había podido encontrar nada en su contra.
Alejando de su mente todo el tema por el momento, se centró en la lista que tenía delante. Era una recopilación de todo lo que faltaba de la habitación, lo que se habían llevado los secuestradores junto con el chico.
- Poción Herbovitalizante, antídotos, esencia de Murtlap, remedio para quemaduras… Jefe, con todo esto lo que parece es que quieren mantener vivo al chico.
- Sí, pero ¿durante cuánto tiempo? –coincidió Moody con una mirada preocupada-. Albus parece muy seguro de que este no es un secuestro con móvil económico, y de hecho no han dejado ninguna nota de rescate. Pero si pretenden hacerle al chico lo mismo que lo que les hicieron a Adam, a Tomás o a Andrea, no sé para qué quieren tanto arsenal. Sin embargo, lo importante ahora no es el por qué de todo, sino encontrarles.
- No hay ningún tipo de huellas –informó Frank-. Han limpiado muy bien la zona. Si los padres no se hubieran cruzado en ese momento con la sanadora, es probable que las sospechas hubieran recaído en ella. No hay signos de que otra persona haya estado aquí.
Moody se quedó mirando la habitación con aire pensativo. Su ceño fruncido no auguraba nada bueno, pero Frank se mantuvo en silencio, expectante, hasta que su jefe habló de nuevo.
- Os voy a dar el caso a ti y a Alice. Así la Orden podrá intervenir sin riesgo a ser descubiertos. Utilizaremos todo lo que tengamos a mano en el departamento, pero toda la Orden estará implicada. Tenemos que encontrarle cuanto antes.
- ¿Y Ayleen, señor? –preguntó Frank por la compañera que les había acompañado al hospital-. Será extraño que la apartemos del caso de repente para incluir a Alice. Los demás podrían sospechar que tenemos algo raro en la investigación. Ya se preguntan por qué Alice y yo tenemos tantos casos juntos cuando deberíamos trabajar por separado.
- Tienes razón. Mantén a Ayleen ocupada en estar en contacto con la familia del chico. Dile que les tranquilice con respecto a que no parecen tener intención de hacerle daño. Tiene permiso para revelar todo lo que se han llevado. En las ocasiones en que la Orden deba intervenir haz algo para apartarla de en medio, ¿de acuerdo?
Frank asintió rígidamente. Moody se marchó enseguida, presuroso por encontrarse con Dumbledore para que este le informara mejor. Él se quedó hablando con su compañera, aunque su mente volaba sin querer de nuevo a los interrogatorios que había realizado días atrás. Aún tenía muchas incógnitas en un caso y ya debía ocuparse del siguiente.
OO—OO
Estaba anocheciendo en Hogwarts, donde aún no habían llegado las últimas y funestas noticias. Ignorantes de la suerte de James, sus amigos estaban desperdigados por la sala común aun sin conseguir superar los recientes acontecimientos.
Como siempre que quería aislarse de los demás, Remus no soltaba sus libros en ningún momento de esos días. Apenas había comenzado a tener conversaciones cortas con sus amigos, aun sin atreverse a mencionar a Rachel. En ese momento también portaba un ejemplar y escondía la cara en él sin llegar a entender muy bien lo que leía. No parecía darse cuenta de que Sirius, sentado al otro lado del sofá, le miraba pensativamente. O quizá sí se había percatado, pues los dedos que sujetaban el libro frente a él se movían con impaciencia, molesto por esa persistente mirada. Estaba deseando ver llegar a Lily, que había ido a visitar a Grace, para que su amigo apartara su atención de él.
En cuanto a Peter, el pobre se había visto envuelto en una interminable partida de ajedrez con Jeff. De hecho casi se había prestado él solo a jugar con él para intentar animar al chico que estaba alicaído. Lily les había pedido a los tres que estuvieran pendientes de él, pues con su novia aun en la enfermería y todo lo ocurrido con Sadie temía que fuera a hundirse de un momento a otro. Pero lo cierto es que tras hora y media jugando con el pensativo y silencioso experto en ajedrez, Peter ya estaba empezando a cansarse.
Miró alrededor. La sala común seguía estando más silenciosa y triste que de costumbre. La gente aún no conseguía volver al ritmo normal, se notaban las ausencias de muchos compañeros. Pero los valientes Gryffindor habían superado enseguida la etapa de las lágrimas. Ellos estaban simplemente más alicaídos, quizá esperando la oportunidad de soltar toda la adrenalina y frustración acumulada tras el último acontecimiento. Solo los más pequeños hacían un poco más de ruido, puede que porque la edad les hacía algo más ignorantes de la gravedad de lo ocurrido.
En cuanto a Remus y Sirius, Peter sabía que cada uno estaba utilizando su coraza. El primero se había refugiado en sus libros, impidiendo a los demás que le hablaran de algún tema relacionado con el ataque, con Rachel o con James. Parecía querer fingir que aquello no había ocurrido de verdad, ahora que por fin habían pasado los funerales. En cuanto a Sirius, se limitaba a gruñir a todo aquel que le rozara al pasar u ocupara su sitio en el Gran Comedor. Iba todos los días a ver a Grace y parecía haberse vuelto el perro guardián de Lily. En primer momento Peter creyó que se dedicaría a realizar un montón de bromas pesadas contra los Slytherins, pero parecía que la compañía de la pelirroja había hecho lo que no consiguió Remus en años de insistir. Sirius no había hecho ninguna de las suyas desde el día del ataque.
De todas formas, toda la situación se debía a la ausencia de James. Parecía como si no pudieran ser un grupo unido sin él. Los otros tres se dividían e iban cada uno por su lado. Peter no veía el momento de ver aparecer a su amigo por la puerta para sentir un soplo de normalidad en toda aquella pesadilla.
Incómodo por tanto silencio intentó conversar con Jeff de algo, pero su torpeza le llevó a sacar un tema que era mejor no tocar.
- ¿Cómo lleva tu madre todo esto, Jeff?
Supo que la había liado cuando Remus y Sirius le miraron a la vez después de días sin ponerse de acuerdo en algo. El moreno, que estaba recostado en el sofá cerca de la silla que él ocupaba, intentó darle una patada, y el otro enarcó las cejas en un gesto de horror antes de volver a esconderse tras el libro. Tragando saliva dificultosamente, Peter miró a Jeff quien también parecía sorprendido porque hubiera sacado el tema.
- Eh… pues… imagínate. Mal, está bastante mal –dijo el alemán con un gesto de impotencia-.
No parecía molesto por su osadía, solo triste al rememorarlo todo. Intentando paliar su error, Peter cambió de tema.
- Vaya, las partidas de ajedrez se pueden extender mucho, ¿no?
Pero no le funcionó. Jeff ya había vuelto su mente al tema del ataque y no le escuchó. Siguió pensando en voz alta:
- Ha pasado casi una semana del ataque. ¿No creéis que aún hay demasiados heridos en la enfermería?
Tras unos segundos en que Peter aguantó la respiración y nadie contestaba, Sirius lo hizo aun con su pensativa mirada clavada en el libro de Remus.
- Es normal cuando es un ataque de esta magnitud. Hasta ahora no te ha pillado cerca, pero te aseguro que con la guerra que hay fuera aun es una suerte que la mayoría sean heridos de poca consideración, Jeff.
- Ya, pero siguen siendo muchos. Además de los que están en San Mungo más graves…
Ante este tema Remus dio un pequeño respingo y acercó aún más el libro a su cara. Por su reacción, Sirius sopló con fuerza y negó con la cabeza, compartiendo una mirada frustrada con Peter quien hizo una mueca con la boca. Ahora era Jeff el que estaba incómodo por haber sacado el tema. Debido a esto, los siguientes minutos del juego se produjeron en silencio. Peter observó a Sirius recostarse más y cerrar los ojos, y después contempló a Remus, teniendo la tentación de avisarle de que su libro estaba al revés. Pero esta vez prefirió callarse y centrarse en mover el alfil para hacer jaque al Rey. Diez minutos después hubo un pequeño revuelo en la entrada cuando un grupo de chicas entró por el retrato.
Todos en la sala común miraron hacia el foco de actividad. Un grupo de chicas de quinto curso se apelotonaba, por lo visto intentando ayudar a otra a entrar en la sala. Era una chica de pelo castaño con algunas mechas verdes que intentaba apañárselas con dos muletas que sujetaban su pierna aun rota. Al reconocer a su novia, Jeff se levantó sorprendido dirigiéndose hacia ella.
- Nicky, ¿te daban el alta hoy? ¿por qué no me lo has dicho?
La chica sonrió y susurró algo que no llegó a los oídos de los demás. Sus amigas lanzaron unas leves risitas y se apartaron dejando a la pareja a solas, quienes fueron a sentarse en un sofá apartado.
Peter les miró con una pequeña sonrisa en los labios mientras distraídamente tiraba cada una de las piezas del ajedrez. Al menos también había alguna buena noticia esos días. Cuando miró el tablero, se dio cuenta de que solo quedaban en pie su reina negra y el rey blanco. Inspiró hondo e hizo una mueca ante la ironía.
- Supongo que es un jaque mate –susurró mientras su reina destruía la pieza suprema-.
Sirius abrió los ojos un segundo contemplando esa escena, y negó con la cabeza suavemente mientras pensaba en lo harto que estaba de la reina negra real, y deseaba que el juego no acabara igual en su mundo.
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Inspiró hondo varias veces mientras recuperaba poco a poco la conciencia. James sentía como si le faltara el aire, tenía frío y estaba incómodo. Al abrir los ojos sólo percibió la oscuridad, apenas rota por un débil rayo de luz que se colaba por lo que parecía ser el umbral de una puerta.
Palpando a ambos lados de su cuerpo se dio cuenta de que no estaba en la cama del hospital. Era un suelo de piedra, incómodo y helado que le producía un fuerte dolor en la espalda. Rodó débilmente sobre sí mismo aun sin alcanzar las fuerzas suficientes para incorporarse. Lo único que comprendía era que aquello no era San Mungo y que sus padres no parecían estar cerca.
Intentó forzar su mente a recordar qué podía haber ocurrido, pero solo recordaba a la sanadora Morrison inclinándose sobre él con una amplia sonrisa. Y después, nada. ¿Estaría ocurriendo todo eso dentro de su mente? Cada vez respiraba con más dificultad al creerse que podía estar en coma. Pero tenía sensaciones muy físicas para que fuera su imaginación la que lo estaba provocando todo. No tenía sentido. ¿Qué pasaba?
En ese momento la puerta se abrió de golpe y James aguantó el aliento muy tenso. Debió haber hecho bastante ruido porque escuchó unas suaves risas antes de que una voz rasposa y seseante dijera en voz alta:
- Así que mi joven invitado está consciente. Encantado de conocerte, James.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la repentina luz que entró en la estancia, James pudo distinguir dos figuras inclinándose sobre él. La más alejada parecía la de una mujer de pelo largo y rizado, pero su rostro estaba entre sombras. Cuando el que había hablado se inclinó más sobre él, James contempló el rostro que protagonizaba pesadillas en todo el mundo mágico.
Su respiración se hizo más errática, y si pudiera haberse movido se habría aplastado contra la pared de miedo. Sus ojos y su boca se abrieron de golpe con horror al contemplar ese rostro blanquecino, esa boca similar a la de una serpiente y esos ojos inyectados en sangre. Siempre había querido ser auror para poder matar a ese individuo, pero ahora que le tenía delante solo podía temblar de miedo. La encarnación de sus pesadillas estaba mirándole con una sonrisa condescendiente, como si comprendiera y disfrutara su terror.
- Algo me dice que no tengo necesidad de presentarme –susurró con humor negro-.
El chico tenía la boca seca y era incapaz de pronunciar una palabra, pero sí emitió un gemido ahogado mientras seguía respirando entrecortadamente. En ese momento sintió el miedo recorrer su cuerpo al darse cuenta de que la presencia del mago oscuro solo aseguraba que él no saldría con vida de ese lugar.
- Verás James, te he invitado a visitarme porque tienes algo que yo necesito –prosiguió Voldemort irguiéndose e iniciando un pequeño paseo, como quien hablaba con un viejo amigo sobre el tiempo-. No tengo nada contra ti, te lo juro. De hecho no me habría enterado de tu existencia si no te hubieras metido en medio. Tu tío no debería haber incluido en esa misión a un infante, nada menos. Pero tranquilo, mis mortífagos ya le enseñaron esa lección hace unos días.
James no prestaba mucha atención a esas palabras. Utilizó toda la fuerza que tenía en ese momento para arrastrarse en dirección a la pared, huyendo de su presencia. Había olvidado por completo a la segunda persona en esa sala, quien le pisó con fuerza la mano que tenía en el suelo haciéndole exclamar de dolor.
Voldemort se giró al escucharle, y al ver la escena sonrió.
- Veo que tienes prisa. Solo pretendía ser un poco amable, pero yo también estoy de acuerdo en acabar con esto cuanto antes. Bella, procede.
Fue entonces cuando James descubrió la identidad de la mujer. Bellatrix Black se inclinó sobre él con su habitual sonrisa de loca. James solo la había visto un par de veces, todas relacionadas con Sirius, y no tenía un buen recuerdo de esa mujer. Cuando la vio sacar un cuchillo sus peores temores se hicieron realidad e instintivamente se movió más contra la pared mientras un gritito de terror salía de su cansada garganta.
Riéndose, como si aquello formara parte de un juego muy divertido, Bellatrix no tuvo problemas en inmovilizarle. En circunstancias normales no lo habría tenido tan fácil, pero James se encontraba muy débil aún, y más desde que le habían sacado del hospital. Había perdido casi todas las fuerzas que había recuperado en los últimos días. Cuando sintió el cuchillo clavarse en el interior de su antebrazo James volvió a gritar, esta vez con más fuerza.
No la vio echarle la poción reveladora, pero sí sintió cómo hacía efecto en su piel. Sentía un hormigueo incómodo aunque no doloroso. Lo que sí que le dolió fue la presión que ejerció la bruja con sus dedos. Siseó con fuerza e intentó apartarse, pero ella le tenía bien sujeto. Pasaron los segundos y la poción no hacía efecto, provocando que Bellatrix se enfadara y apretara más, haciendo caer más sangre de su brazo. Él aún no se había recuperado de la gran pérdida de sangre que había tenido días atrás, por lo que ir desangrándose poco a poco le afectó muy pronto.
- ¿Qué ocurre? ¿Por qué no aparece la dirección? –gritó Voldemort con frustración al ver la piel del muchacho únicamente marcada por la abertura que había provocado el cuchillo-.
- Yo… yo no…
Bellatrix parecía incapaz de explicarse. No lo entendía. Si el destinatario de la caja era el chico, y eso parecía por las cartas que habían encontrado, ¿por qué no funcionaba la poción para revelarles el paradero de la caja?
- No puede estar lejos, señor –dijo entrecortadamente, también intentando convencerse a sí misma-. Quizá en Hogwarts. Quizá consiguió hacer algo para que no se pudiera ubicar la caja. Pero la pista no se puede haber perdido.
Voldemort gritó de frustración, y al ir a encarar al causante de su desgracia se dio cuenta de que el muchacho se había desmayado por la pérdida de sangre. Haciendo un gesto de repulsa se dio la vuelta dispuesto a abandonar el lugar y seguir investigando.
- ¿Le mato, mi señor? –preguntó entonces Bellatrix-.
Giró la cabeza lo justo para ver a su servidora más fiel apuntando con su varita al inconsciente muchacho. Tuvo la tentación de asentir y empezar la búsqueda de cero. Pero algo de lo que dijo Bellatrix le indujo a considerarlo un momento más. La caja no podía estar lejos del chico. Tenía que encontrarse con alguna persona cercana y sí, quizá en Hogwarts. Pero para conseguir saberlo le necesitaba con vida para buscar en sus recuerdos qué había hecho con ella. Negó con la cabeza levemente, mirándole perder aún más sangre por el brazo, casi formando un pequeño charco en el suelo de piedra.
- Intenta que recupere fuerzas. En estos momentos nos vale más vivo que muerto.
Acto seguido dejó la habitación, dejando a Bellatrix a cargo del prisionero. Ella con una movimiento vago cortó la hemorragia del brazo del muchacho, y se sonrió con autocomplacencia. Había sido un buen acierto el robar todas esas medicinas de San Mungo después de todo.
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En los últimos días nadie se quedaba levantado mucho más tiempo después de la cena. Los ánimos no estaban para eso. Por ello era aún bastante temprano cuando Lily y Gisele se encontraban en su habitación, ambas tumbadas en la misma cama. Llevaban varios días durmiendo juntas, intentando disimular todo el espacio libre que había ahora con tantas ausencias.
Lily se removía incómoda en la cama, sin poder dormir. La habían agrandado para estar cómodas, pero ninguna dormía mucho esos días. Por eso la pelirroja sabía que su amiga estaba despierta. Ambas se quedaban en vela hasta altas horas de la madrugada mirando las camas vacías de sus amigas, sabiendo que las de Sadie y Kate nunca volverían a ser ocupadas y preguntándose cuando volverían Grace y Rachel a llenar las suyas.
- ¿Gis? –preguntó en un susurro para no despertarla ante el improbable caso de que su amiga estuviera dormida. Notó como esta se giraba en la oscuridad hacia ella-. ¿Estás bien? Has estado muy callada desde esta tarde.
Los funerales parecían haberle servido a la latina para aceptar todo lo ocurrido. Igual que pasó con sus padres, se había serenado mucho al llegar el momento en que debía aceptar los hechos y continuar con su vida. Pero después habían ido a visitar a Grace en la enfermería y Gis había vuelto a estar retraída.
Era la primera vez en todos esos días que se había atrevido a acompañar a Lily. Gis se había rehusado a ver a Grace con un miedo que la pelirroja no comprendió en su momento. No fue hasta que las vio enfrentarse cara a cara que supo que ambas temían ese encuentro. Por lo visto temían que la otra les culpara por la muerte de Kate. Su mejor amiga no se sentía capaz de mirar a Gisele después de la última discusión que había presenciado, por miedo a que pensara que había arriesgado a Kate a posta por rencor. Y la latina temía que la rubia le culpara del accidente que provocó que ella se marchara con el traslador sin Kate ni ella.
Pero esos temores habían sido absurdos. Apenas habían hablado la una con la otra pero era evidente que no se culpaban de lo ocurrido, sino que cada una se culpaba a sí misma. Habían mencionado a Kate y las tres habían llorado mucho, aunque el hielo no se había roto del todo y el resto de la visita prácticamente fue un monólogo de Lily.
- Estoy bien –contestó escuetamente su amiga-. Solo que no me apetecía hablar.
Y eso en Gisele siempre era una mala señal. Lily se sentó de golpe en la cama y alargó la mano a la mesilla para coger su varita. Al instante en que la tuvo en la mano la habitación se iluminó de golpe haciéndole daño a Gis en los ojos.
- ¿Qué haces? –protestó tapándose con la almohada-.
- Gis, creo que Grace y tú deberíais tener una buena conversación.
La latina suspiró con fuerza, sentándose a su vez.
- Lily, en serio, no la culpo de nada. Ella no pudo hacer nada por Kate, bastante suerte tuvo con salir de allí con vida. Díselo de nuevo si no me cree a mí.
- Creo que ella te cree, pero no puede evitar sentirlo. Igual que tú. No acabas de perdonarte algo que no es tu culpa.
- Es distinto –susurró cabizbaja la muchacha-.
- ¿En qué? Tú no pudiste controlar la explosión que te hizo volar por los aires llevándote el traslador.
- ¡No, pero fui yo la que las obligó a ir a Hogsmeade! –exclamó soltando sin querer algunas lágrimas que había estado conteniendo desde que había visto las heridas a medio curar de Grace-. Ellas no querían, ¡Kate no quería! Y yo las obligué porque me molesté por lo que había ocurrido con mi cama. Pensé que si estaban rodeadas de gente se comportarían civilizadamente. Nunca pensé… si lo hubiera sabido, si pudiera dar marcha atrás…
Al final las lágrimas involuntarias se convirtieron en un rabioso llanto. Afligida por el dolor de su amiga, Lily la rodeó con los brazos y la abrazó con fuerza. Ella también lloró por el caprichoso destino que había querido que todos los acontecimientos ocurrieran como habían sucedido.
Después de un rato Gisele se calmó ligeramente y se fue separando de su amiga.
- Lo siento… -murmuró secándose las mejillas con el dorso de la mano-.
- No tienes que pedir perdón. Lo necesitabas –contestó Lily con una sonrisa afectuosa-. Pero tú misma lo has dicho: No lo sabías. No tienes la culpa de nada. Ni te podías imaginar que eso iba a ocurrir. Nunca habrías puesto en peligro a Kate, y tampoco a Grace por muy enfadada que estuvieras con ella.
La latina negó con energía con la cabeza. Era otro temor que tenía. En su fuero más interno, por una milésima de segundo, deseó que los destinos de Kate y Grace hubieran sido intercambiados. Pensar que no volvería a ver a Kate era tan desgarrador que por un segundo pensó en lo injusto que era que Grace estuviera viva y ella no.
Y al instante siguiente se horrorizó de sus pensamientos. No le deseaba la muerte a Grace, de hecho saber que se recuperaría le había devuelto el aire a los pulmones. Pero la muerte de Kate le había afectado tanto que había llegado a pensar esa monstruosidad. Y temía que Grace llegara a la misma conclusión. No quería que ella pensara que deseaba su muerte, nunca más lejos. Pero su mente la había traicionado durante un segundo y no podía perdonarse a sí misma. Eso no lo dijo en voz alta. No quería reconocérselo a Lily. No se sentía capaz de enfrentar la intensa y verde mirada de la pelirroja tras esa declaración. Era un remordimiento que se guardaría ella sola para siempre.
- Solo… aún no me siento capaz de enfrentar todo lo que ha ocurrido. Pero en cuanto pueda, te juro que hablaré con Grace. Te lo prometo.
Lily pareció conforme pues sonrió levemente y la dio otro pequeño abrazo. Los siguientes minutos los pasaron tumbadas boca arriba aun con la luz encendida. Ambas se quedaron con los ojos clavados en el techo, cada una con sus pensamientos. Lily llevaba días con algo rondándole la cabeza y eligió ese momento para preguntar por fin su duda.
- Gis. El otro día, en los funerales… cerca de ti había un grupo extraño. Creo que tu suegro estaba incluido en él.
Su amiga la miró sin entenderla lo más mínimo y Lily tragó con dificultad la bola que tenía en la garganta.
- No sé muy bien cómo explicarme. No eran un grupo en sí, de hecho no estaban juntos. Pero había algo entre ellos, unas miradas constantes, como si todos estuvieran pendientes de todos… Fue raro y pensé…
Dejó la frase inconclusa temiendo no haberse hecho entender. La verdad es que dicho en voz alta había sonado muy raro e incongruente. Tras unos segundos de silencio, Gis desfrunció el ceño y Lily creyó que se la iluminaban un poco los ojos.
- ¿Te refieres a la Orden del Fénix?
Sin duda eso hizo que la pelirroja se incorporara de nuevo en la cama como un resorte. Sus ojos se abrieron ampliamente y miró a su amiga con creciente curiosidad.
- ¿Esos son la Orden del Fénix? ¿Todos ellos? ¿Tu suegro también?
Más relajada e incluso algo divertida por la evidente curiosidad de Lily, Gis sonrió levemente y dijo:
- Sí. Son una veintena más o menos. Muy pocos comparados con el enemigo, la verdad, pero ellos ponen todo de su parte para intentar acabar con la guerra. Edgar pertenece a la Orden, claro, igual que Anthony. Creo que ya sabes que mis padres pertenecían también –añadió al tiempo que Lily asentía con la cabeza-. Eran buenos amigos, además de compañeros. También conozco a varios de ellos, aunque más de vista o de oír hablar de ellos que otra cosa. Los Longbottom también pertenecen.
- ¡Lo sabía! Les vi en el entierro con sus uniformes y aun así parecían más pendientes del grupo que de sus compañeros del cuerpo de aurores.
- Estaban pendientes de una posible señal de peligro. Tony me dijo que Benjy Fenwick y Marlene McKinnon estaban vigilando las entradas del colegio.
- ¿Quiénes? –preguntó la pelirroja interesada-.
- A él solo le conozco de vista y a ella ni eso. Por lo visto Benjy es uno de los hombres más prometedores de su generación, aunque no sé a qué se dedica. Mi madre siempre decía que era un portento en medicina aunque no era su especialidad, y que se aprendía de memoria todos los libros que llegaban a sus manos. En cuanto a McKinnon, sólo sé que es un año mayor que Tony y que es excepcionalmente inteligente. Me ha contado que se pasa el día haciendo experimentos raros que si funciona los pone al uso exclusivo de Dumbledore. Dos lumbreras, vaya –añadió con una mueca graciosa-.
- Supongo que en la Orden solo dejarán entrar a los mejores –suspiró Lily pidiendo para sí misma poder pertenecer a ella cuando saliera de Hogwarts-.
Gis negó con la cabeza levemente.
- Más bien dejan entrar a todo el que se atreva a luchar. La mayoría de la gente tiene miedo y prefiere intentar pasar desapercibida. Ellos son los que intentan ganar la guerra para los demás.
- Quisiera poder unirme a ellos –dijo Lily en voz alta sin darse cuenta-.
Miró a Gisele cuando se dio cuenta de que ese deseo había salido de su boca, pero su amiga la miraba con una pequeña sonrisa.
- Y yo. Y en unos meses estaremos luchando con ellos. Y podremos vengar a Kate.
- Y a los demás –añadió Lily devolviéndola una temblorosa sonrisa-. Podremos vengarlos a todos.
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Otra persona que no podía dormir esa noche era Albus Dumbledore. Acababa de llegar a su despacho y aun no se había quitado la capa de viaje. Se acercó en la oscuridad a su escritorio y se sentó en la silla, contemplando el brillo que producían los rayos lunares al entrar en contacto con el reflector de enemigos que Moody le había regalado.
Eran más de las tres de la madrugada y llevaba la tarde y la noche analizando los posibles lugares donde podían tener retenido a James. Pero no encontraba ninguna solución. Revisó los antiguos escondites de Voldemort de los que tenía constancia, pero estos continuaban igual que la última vez que los habían visitado. Vacíos. Por Alastor había sabido que junto al chico se habían llevado varios productos médicos que podrían ayudar al mantenimiento o la curación del muchacho en caso de ser necesario. Con eso pudieron tranquilizar momentáneamente a sus padres, pero él no se confió en absoluto. Cuando secuestraron a James no podían saber a ciencia cierta su estado, y puede que solo querrían asegurarse de que sobreviviría al traslado hasta que llegara ante Voldemort. Puede que a esas horas el chico ya estuviera…
No. Era inconcebible y no se permitiría pensar en eso, pues debía darse la máxima prisa posible en encontrarle. Y en encontrarle vivo. Suspirando, el anciano entrelazó los dedos y apoyó la frente en ellos como signo de cansancio. No podía fallar la promesa que les había hecho a los Potter, tenía que encontrar a James sano y salvo. Aun recordaba la reacción de Dorea Potter al ver la habitación vacía… Esa familia ya había pagado mucho por estar en su bando en la guerra, no podía consentir que también perdieran a James. Adam había muerto haciendo un servicio magnífico y la señora Elladora había sido asesinada como quien mata una mosca molesta. James no podía ser el siguiente.
Pese a la desesperación de encontrarse en un camino no transitado, unas energías renovadas invadieron su cuerpo. Cumpliría su promesa y llevaría a James a casa. Levantando la vista, se quitó las gafas y se frotó los ojos pensando en cuáles serían sus primeros movimientos a primera hora de la mañana.
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La mañana siguiente comenzaban de nuevo las clases para todos. El primero que llegó al comedor fue Jeff, quien descubrió que la mayoría del colegio no había madrugado demasiado. Eran aún pocos los que ya se encontraban desayunando y, obviando algunas conversaciones, el silencio se extendía por toda la estancia.
Sin prestar atención a nadie más, el chico tomó su asiento en la mesa de Gryffindor y comenzó a desayunar en silencio. Aun no se había recuperado el ritmo normal de Hogwarts, pese a que ya habían pasado cinco días del ataque. Todavía quedaban muchos compañeros ingresados, y en la mente de todos aún estaban los trece fallecidos. Sus ausencias habían marcado profundamente a todo el colegio que nunca se había sentido tan cerca ni tan golpeado por la guerra hasta entonces. Por eso los ánimos habían caído de golpe; la burbuja en la que vivían en Hogwarts se había roto para siempre.
Poco a poco comenzaron a llegar los estudiantes en un lento gotero. Jeff empezaba a extrañarse de que ninguno de sus amigos hubiera aparecido para desayunar cuando Remus entró por la puerta. Como ya se estaba haciendo habitual, lucía pálido y con profundas ojeras que demostraban que había pasado una nueva noche en vela. De hecho, Jeff nunca había escuchado la habitación tan silenciosa desde que había llegado como esos días. Incluso echaba de menos los ronquidos de sus compañeros.
- Buenos días, Remus –le saludó cuando este se sentó delante de él-.
Le sonrió levemente, intentando que levantara un poco el ánimo. Pero Remus solo le contestó con una mueca que intentaba simular una sonrisa.
- Buenos días –dijo con la voz más ronca de lo habitual, producto de no haberla utilizado demasiado en los últimos días-.
- ¿Dónde están los demás? –preguntó con curiosidad-.
Remus se encogió levemente de hombros.
- No lo sé. Cuando he salido de la ducha ya no había casi nadie en la torre.
- Pues deberían haber bajado a desayunar hace rato…
Remus se volvió a encoger de hombros y bajó la cabeza hacia el plato que llenó de pocos alimentos. Jeff intentó comenzar una conversación, pero el hecho de que su amigo solo le contestara con monosílabos le hizo rendirse a los pocos minutos. Fue un alivio que llegara el correo al poco tiempo, pues desayunar a solas con Remus convertía la situación en algo bastante tenso.
Enseguida distinguió a Lord, la lechuza de su familia, que llevaba una carta atada a la pata. Tuvo un flash de dolor al recordar como su hermana y él habían ido a buscar esa misma ave al Bosque Prohibido cuando esta se había perdido, pocos meses atrás. Cerró los ojos un segundo para intentar eliminar ese recuerdo de su mente, y cuando los volvió a abrir la lechuza estaba delante de su plato intentando picar de su desayuno.
Desató la misiva y le dio una galleta al pájaro, que se alejó ululando contento. La carta de su madre era corta y más seca de lo acostumbrado en ella. Jeff se preguntó si su padre y su tío habrían podido permanecer cerca de ella para ayudarla a pasar el mal trago de la muerte de Sadie. Y eso le llevó a pensar en lo injusto que era que su padre no hubiera podido ver a su hermana antes de que ella muriera. La última imagen que ella había tenido de él era cuando le detuvieron por aquel crimen que no había cometido.
Salió de su ensimismamiento al sentir cómo el ambiente del comedor se había ido alterando en los últimos minutos. Miró alrededor y vio a varios grupos que cuchicheaban nerviosos, incluso algunos se levantaron de sus asientos para comentar algo con sus compañeros. Y no se le escapó que había varias miradas dirigidas hacia la mesa de Gryffindor. Las veces que había pasado eso habían traído consigo malas noticias, lo que le puso nervioso.
- Remus, ¿sabes qué puede estar pasando? –preguntó a su amigo aun mirando las extrañas reacciones de los demás-.
Al no recibir ninguna respuesta, su mirada se dirigió a Remus, quien portaba El Profeta en sus manos. Este leía muy atentamente una noticia, con el rostro repentinamente convertido en piedra. Pero Jeff se fijó en que las manos que sostenían el periódico con fuerza estaban comenzando a temblar.
- ¿Qué ocurre? –preguntó ahora bastante preocupado-.
Remus tragó saliva con fuerza, le miró un segundo y volvió a mirar el periódico. Le vio morderse el labio inferior mientras volvía a leer la noticia que parecía ser motivo del nerviosismo general.
- ¿Remus? –insistió-.
Finalmente su amigo reaccionó cerrando los ojos y negando con la cabeza, mientras le pasaba el periódico. Jeff, sin entender nada, buscó rápidamente la noticia que parecía que iba a empeorar aún más las cosas.
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En ese momento Lily y Sirius salían de la enfermería de ver a Grace. Se habían retrasado notablemente para desayunar, pues habían esperado a que Madame Pomfrey les dejara pasar a esas horas tan tempranas. Normalmente no estaba permitido, pero sin embargo no había nada que la sugestión de Sirius no pudiera lograr. Salían incluso de buen humor y, cuando se unieron a Peter y Gis que les esperaban en la entrada, parecían contentos.
- Debéis traer buenas noticias –adivinó Peter sonriendo un poco-.
- Literalmente nos ha echado por despertarla tan pronto. Apenas nos ha gruñido una vez y después se ha dado la vuelta para seguir durmiendo. Ni un beso me he ganado –contó Sirius bromeando-.
- Y eso significa que vuelve a ser la Grace de antes. Se está recuperando bastante bien –añadió Lily con una amplia sonrisa en el rostro-.
- Me alegro de que entre tantas tragedias haya buenas noticias –suspiró Gis con una pequeña sonrisa-.
Al ver que aún no había recuperado el ánimo, Lily la cogió del brazo como si fuera a hacerle una confidencia, aunque habló suficientemente alto como para que la oyeran los otros dos también.
- Sin embargo, a Sirius no le ha hecho mucha gracia que nos haya pedido que le digamos a Marco que vaya a visitarle para darle las gracias por todo.
Frunciendo el ceño, Sirius contraatacó.
- Veremos cómo te sienta si cuando James vuelva lo primero y único que te dice es que quiere hablar con la diosa francesa.
- Se llama Cynthia Neveu –intervino Peter de repente con una sonrisa soñadora recordando la belleza de la chica-.
Sirius no le hizo mucho caso pues parecía divertido con el enfado que había aparecido en la cara de Lily al nombrar a la chica de intercambio que tan cercana parecía estar a James.
- A diferencia de mí, a ti te ha pasado de verdad. Para lo único que Grace te ha hablado es para pedirte que le digas a él que vaya a verla. Parece que el encanto Black ya no funciona como antes…
Al ver que Lily se había sentido molesta de verdad y que Sirius había sido herido en su orgullo, Gis se apresuró a intervenir para mantener la paz. Esos dos se habían unido mucho con lo ocurrido, pero no había que olvidar que ambos tenían mucho orgullo. Finalmente la sangre no llegó al río y cuando llegaron al Gran Comedor volvían a estar de buen humor por la recuperación de Grace.
Al entrar, notaron enseguida el contraste del ambiente con el de otros días. Esa mañana la gente estaba hablando mucho y, de hecho, se les notaba bastante nerviosos. Sorprendidos por el cambio producido se dirigieron enseguida a la mesa de Gryffindor, donde vieron de lejos a Remus y Jeff. Estos también estaban hablando entre ellos bastante alterados y, teniendo en cuenta que Remus no había mantenido conversaciones muy largas en los últimos días, debía significar que algo había pasado.
Al ir andando hacia ellos, Lily notó que muchas miradas se dirigían hacia ella o hacia Gisele, no lo supo diferenciar, pero de todas formas eso le dio mala espina. Jeff levantó la vista, les vio venir y avisó a Remus. Cuando este se levantó para acortar las distancias con ellos y vio su cara, supo que algo malo ocurría.
- ¿Qué ocurre, Moony? –preguntó Sirius mirándole desconfiado por su palidez-.
- Yo… -parecía que no sabía cómo explicarse-.
Lily se dio cuenta preocupada de todos los signos que demostraban lo alterado que estaba. Se mordía continuamente el labio, estaba empezando a sudar y se pasó una mano por la nuca enredándose el pelo. También miró alrededor, como estaba haciendo ella, viendo la reacción de los demás.
- ¿Se puede saber qué pasa? Parece que todo el mundo está enterado de algo menos nosotros –insistió Peter golpeándole el brazo para llamar su atención-.
Tragando saliva ruidosamente Remus pareció darse cuenta de que no era capaz de hablar, por lo que le pasó a Lily el periódico que tenía doblado en la mano. Sin entender nada, ella lo tomó y lo giró para leerlo. Sirius y Peter miraron una vez más a Remus antes de unirse detrás de ella, pero este solo estaba pendiente de la reacción de Lily.
- ¿Qué es? –preguntó Peter mirando la página sin entender-.
- En la parte de abajo –murmuró Remus con voz ronca al recibir una mirada de incomprensión de Lily-.
Ella volvió a bajar la mirada y se aclaró la garganta.
- Haber, aquí… Desaparece en San Mungo uno de los heridos de Hogsmeade.
Abrió los ojos con horror mirando alrededor y después a Remus. ¿Quién sería esta vez? Lo primero que se le pasó por la cabeza dada la reacción de su amigo fue que se trataba de Rachel. ¿Habían ido a terminar la matanza que habían dispuesto contra toda su familia? Bajó rápidamente la mirada para continuar la lectura.
Este diario ha tenido la información exclusiva de que uno de los heridos del fin de semana pasado en el ataque de Hogsmeade ha desaparecido del hospital. Según ha podido saber El Profeta, podría tratarse de un secuestro por parte de los partidarios de Quien-Ustedes-Saben. El chico, de diecisiete años y que responde a las siglas J.P., estaba recuperándose de un grave hechizo que…
Cuando Lily dejó de leer Remus comprendió que lo había entendido. No sabían de nadie más con esas características que estuviera ingresado en San Mungo por el ataque. De diecisiete años y con las siglas J.P., solo podía tratarse de James. Y el resto del colegio había llegado a la misma conclusión porque todos estaban pendientes de Lily con curiosidad.
Sirius y Peter reaccionaron un segundo más tarde, pero los dos palidecieron a la vez y le quitaron el periódico a Lily casi con violencia. Este se rompió por la mitad, y entre nervios intentaron unir de nuevo las partes para asegurarse que habían leído bien.
- ¿Lily? –susurró Gisele preocupada-.
Esta seguía en la misma postura, como si aún tuviera el periódico en la mano y lo estuviera leyendo. Gis compartió una mirada preocupada con Remus y ambos se acercaron un paso a ella.
- Lily, ¿estás bien? –insistió Remus-.
Ni siquiera pestañeaba. Parecía como si hubiera entrado en shock. Remus la tomó del brazo y le pegó un meneo sin conseguir ninguna respuesta.
- ¡¿Lily? –Gis empezaba a preocuparse seriamente-.
Finalmente, como último recurso se puso delante de su amiga y le dio un sonoro bofetón en la cara. Lily se tambaleó, se llevó una mano a la mejilla y abrió los ojos con horror.
- Dios mío…
Ya por fin había reaccionado, pero eso no tranquilizó a Remus. Ella había empalidecido tanto como él y parecía que las rodillas iban a fallarle en cualquier momento. La sujetó por el codo y la hizo sentarse en una silla.
- Dime que estoy malinterpretándolo todo–le suplicó la pelirroja mirándole a los ojos-.
El licántropo compuso una mueca triste y se mordió el labio al tiempo que negaba con la cabeza.
- Creo que no, Lily…
OO—OO
La noticia había corrido por todo el Gran Comedor y todos, unos más rápido que otros, habían deducido de quien se podría tratar. Esas dos características que el periódico había indicado, la edad y las siglas del nombre, señalaban a una sola persona, que además era bastante popular en el colegio. Popular no siempre significa querido, por lo que en una zona de la mesa de Slytherin no hablaban del tema precisamente con tristeza.
- Eso significa que al final encontraron a Potter –susurró McNair en voz baja para que solo Avery y Snape le oyeran-. Pero, ¿cómo acabo en San Mungo si en Hogsmeade ni estaba?
- Tenía que estar de alguna forma –intervino Avery-. Que ninguno le viéramos no significa nada… Pero al final han dado con él para lo que sea que le quisieran. Estarás contento, ¿no, Severus?
Este no tenía claro si lo estaba o no. Había tenido que ocultar una carcajada cuando se extendieron los comentarios y leyó la noticia en El Profeta. El cazador, cazado. El chulito del colegio convertido en víctima. Desde luego era tan irónico que le hacía gracia, aunque reconocía que la situación no era cómica. Ante la insistencia de sus amigos dio una escueta respuesta y continuó mirando a Lily. No había hecho otra cosa desde que ella había entrado en el comedor. Él y otros muchos del colegio. El morbo por saber la reacción de la novia del protagonista les llamaba la atención a todos. Pero él la observaba con un interés más fuerte. Daría lo que fuera por poder disfrutar que algo malo le pasara a Potter sin tener que preocuparse por los sentimientos de Lily, aunque el destino cruel había hecho que ambas cosas estuvieran reñidas.
- ¿Has visto a la sangre sucia? Parece que le vaya a dar algo en cualquier momento –se rió Avery, quien también había estado pendiente de la pelirroja junto con el resto de la clase-.
Efectivamente estaba muy pálida y, si no se hubiera apoyado en el licántropo, Severus estaba seguro de que las piernas le habrían fallado. Tenía unas ganas inmensas de levantarse, ir hacia ella y abrazarla. Asegurarle que él haría cualquier cosa por evitarle cualquier mal, incluso ayudar al imbécil de Potter. Pero en vez de eso esbozó una media sonrisa cuando sintió las atentas miradas de Avery, McNair y Hinkes. Y esa sonrisa le hizo sentir el mayor cobarde de la historia.
También sintió otra mirada, la de Mary Gibbon, que les observaba a los cuatro con el ceño ligeramente fruncido escondido en su tazón de leche. Había estado algo tensa en los últimos días pese a que no había dicho nada al respecto. Tampoco había cambiado su actitud con ellos, solo su forma de mirarles. Y él no era tonto. Sabía de sobra, por mucho que los demás no se dieran cuenta, que ella no estaba retrasando su entrada en los mortífagos. Mary jamás sería una de ellos. No tenía las mismas ideas, aunque lo ocultaba muy bien. Él se había dado cuenta hacía mucho, pero no pensaba revelarlo en voz alta nunca. Sabía los riesgos que ella corría con respecto a su familia, y la dejaría jugar sus cartas para librar al destino que le habían preparado.
A su lado, Avery seguía riéndose de la actitud de Lily y de la cara de idiota que se les había quedado a Black y Pettigrew. Aunque esto último era cierto y digno de observar, echó de menos la intervención de otro Black. Regulus estaba sentado a su otro lado, con la mirada en su desayuno que estaba casi intacto, como todas las comidas de días anteriores. Admiraba a ese chico. No se parecía en nada a su hermano mayor; era más decidido, inteligente y comprometido. Pero desde el ataque no había sido él mismo, y tenía que admitir que empezaba a preocuparse.
- ¿Todo bien, Regulus? –preguntó en voz baja para no llamar la atención de los demás-.
Este levantó su rostro, arrasado por las ojeras y la palidez, y le miró entre su flequillo que ahora le iba cubriendo la cara. Se había dejado por completo. Su cabello negro se veía enmarañado y sucio, más largo de lo habitual. Y su alimentación en los últimos días se había reducido a la nada. Este se encogió de hombros con desgana al tiempo que alargaba la mano para coger otra tostada.
- Como siempre. ¿Por qué preguntas?
- Porque me parece…
Pero se calló. Era evidente que sí ocurría algo, pero acababa de comprender que fuera lo que fuera, Regulus no quería hablar de ello. Se mordió el labio, echando otra mirada a Lily que se había sentado en el banco con ayuda de sus amigos, y volvió a mirar al suyo.
- Hablábamos de que al final sí que han dado con Potter. En Hogsmeade le dejamos escapar, pero ya le han atrapado.
Regulus se encogió de hombros de nuevo.
- Sinceramente, es alguien con quien solo he compartido unas tres palabras en toda mi vida. Me importa un pepino lo que le ocurra, sea bueno o malo. A él y a toda su tropa.
Sobraba decir que otra de las cosas que le encantaba de Regulus era el odio o la indiferencia que sentía por su propio hermano y sus amigos. Pero él no podía calificarse de indiferente. Le complacía todo lo malo que les ocurriera a esos cuatro de la misma forma que le partía el alma ver llorar a Lily. No, desde luego él no era indiferente.
OO—OO
En la casa de Slytherin aquello tuvo una reacción distinta a la del resto del colegio. Habían estado pendientes, como los demás, de la reacción de Lupin y la habían comentado en voz baja. Pero lo que les despertaba la curiosidad era ver la reacción de los otros dos amigos y de la novia de Potter. Por eso se quedaron observándoles, junto a los demás, cuando entraron al Gran Comedor. Al contrario que en la mayoría de los casos, en la mesa de Slytherin aparecieron algunas carcajadas aisladas de los que no pudieron contener al ver a Lily siendo ayudada por Remus.
Normalmente cuando ocurría algo como ese suceso solían aguantarse y callarse al estar frente al resto del colegio. Pero muchos habían sido víctimas de las bromas no tan graciosas, más bien humillaciones, de Potter y sus amigos, lo que les hacía ser menos contenidos. En los demás casos no les importaba lo que ocurriera, pero en este incluso lo disfrutaban. Por eso algunos no pudieron evitar reírse en voz alta ante el espectáculo que estaban montando su novia y sus amigos, como era el caso de Steve Marshall, un Slytherin de sexto curso, que entre risas comentó:
- Las familias más sonadas que se posicionaron contra el Señor Oscuro están cayendo, luego todos esos trabajadores del Ministerio, lo del otro día en Hogsmeade y ahora el niño de papá de Potter. Creo que es evidente quién está ganando la guerra, ¿no creéis?
Aunque su comentario fue bien acogido entre sus amigos, este llegó más allá de la mesa de su casa y tuvo repercusiones en otros compañeros de Ravenclaw, los que más cerca de ellos se sentaban.
- ¡Cállate Marshall! ¡No eres más que un inútil y cobarde insecto que se ríe de las desgracias de los demás en la sombra! Bien que corrías el otro día cuando los mortífagos atacaron Hogsmeade.
Fue Jane Green la primera que habló. Tenía sus grandes ojos negros brillantes y el rostro algo pálido, aunque sus mejillas se empezaron a tornar rojas ante la indignación de las reacciones de los componentes de la casa vecina.
- ¿Tú vas a hablar Green? ¿Te da mucha pena todo esto? Porque creo que ya has hecho suficiente el ridículo al estar persiguiendo a Potter durante todo el año. Tiene que ser jodido que te planten por una sangre sucia.
- ¿Y tú qué hablas, Marshall? -intervino una de las amigas de Jane-. ¿Te atreves a juzgar a Jane y a Potter? Si ni siquiera pasas los veranos en tu casa porque tus padres no te soportan ni cinco minutos.
- ¡Tú te callas, sangre sucia! –le respondieron a la vez el aludido y otros dos amigos-.
Eso hizo saltar a varios comensales de la mesa de los águilas. Fue el primo de la chica, Darren Wilson del equipo de quidditch, quien se adelantó.
- ¡Vuelve a insultar a mi prima y te juro que te rompo la cara!
- ¡Cállate idiota! ¿Tú y cuántos más? –intervino otro -.
Los Slytherins, en su euforia, habían despreciado el rencor acumulado por el resto de estudiantes desde lo ocurrido días atrás. Esta vez la guerra les había afectado a todos directamente. Ya no eran cuestiones sobre familias o atentados indiscriminados. Habían ido contra ellos. Tenían muchos amigos y familiares aun recuperándose del ataque. Algunos habían muerto. La tensión acabó por explotar ante la excusa de la arrogancia de las serpientes ante otra nueva desgracia.
El primero en atacar fue un chico de quinto año de la casa de los águilas. Había permanecido sentado incluso cuando algunos compañeros se habían incorporado, pero ante esa última pregunta y recordando que su hermano de sólo doce años estaba aún en la enfermería, saltó sobre el último que había hablado y ambos comenzaron a rodar por el suelo. Los amigos del Slytherin se incorporaron al instante para sujetar al chico, pero sus compañeros también saltaron sobre ellos, aprovechando que la mesa de los profesores había quedado vacía.
En Hufflepuff y en Gryffindor solo se sorprendieron de la pelea por unos segundos. Después se unieron a los águilas en la trifulca y las serpientes quedaron claramente en desventaja. Varios, incluso, lograron escapar del Gran Comedor antes de que les atraparan junto al resto de su casa. Otros, como McNair, no tuvieron su misma suerte. Había reptado por debajo de la mesa e intentó correr hacia la salida cuando se encontró con Derek Rumsfelt, quien tenía la expresión más peligrosa que le había visto nunca. En ese momento tembló, y no es para menos. Derek llevaba varios días con un dolor y frustración que no supo digerir, y en ese momento el Slytherin que tenía delante lo pagó todo. Su cara nunca volvería a ser la de siempre después de ese encuentro.
Lily por fin despertó de esa neblina que se había formado en su mente al ver el alboroto. Era peor que otras veces. Pero era comprensible, porque las demás veces no había venido antecedido por una masacre sin igual en la historia de Hogwarts. Al buscar a sus amigos, se dio cuenta de que ninguno estaba cerca de ella. Escuchó algo que podía parecerse a la voz de Gis, pero no consiguió ubicarla en ningún sitio en medio de ese alboroto.
Siguió buscando aún algo aturullada, y localizó a Remus a unos diez metros de donde ella se encontraba. Del tranquilo y conciliador prefecto Lupin poco quedaba. Incluso le asustó verle con un tenedor en la mano mientras amenazaba a alguien que ella no veía desde su posición. Su expresión estaba completamente encolerizada. Tenía que haberse dado cuenta de que la noticia de James le había hecho despertar de ese shock en el que llevaba inmerso varios días. Había sido la gota que había colmado el vaso. Con los dientes apretados, los ojos enrojecidos y el pelo revuelto se parecía más que nunca al licántropo que llevaba en su interior.
La mesa en la que se apoyaba se volcó bajo el peso alguien que había sido empujado hacia ella, y casi la hace caer. Se mantuvo en pie débilmente, aún demasiado impresionada por lo ocurrido como para reaccionar rápidamente. Pero ella no tenía ganas de pelear, solo de llorar. Ya había habido demasiada lucha, demasiado odio y demasiado enfrentamiento. No podía más.
Intentó dirigirse hacia su amigo para hacerle razonar, pero apenas avanzó dos metros cuando vio que dos niñas que no tendrían más de trece años se encontraban tirándose de los pelos. Torpemente intentó separarlas, pero cuando quiso darse cuenta también los golpes la rodearon a ella. Todo se volvió un caos y sin la aportación de Lily, ningún prefecto intentó hacer nada por pararlo.
OO—OO
Los pocos profesores que habían llegado a desayunar se habían ausentado del Gran Comedor a la llegada del correo. La noticia de El Profeta también les había pillado por sorpresa a ellos, pese a que muchos ya tenían constancia del hecho. Lo que no sabían era que había sido filtrado a la prensa. Se retiraron rápidamente a avisar a los demás y consensuar qué les dirían a sus alumnos en clase en caso de que estos preguntaran. Por desgracia, ya habían sufrido esa situación varias veces en los últimos años, por lo que no se encontraban en terreno desconocido.
Enfrentarse al asesinato o desaparición de algún alumno del colegio había comenzado a ser habitual, pero las preguntas de los alumnos seguían llegando. Esos hechos aumentaban el miedo de todos y ellos, como sus docentes, debían ser responsables de su seguridad y también de su tranquilidad.
- Sin duda habrá que dar la versión oficial, no lo que diga El Profeta. Ellos cada vez tienen menos credibilidad, no será difícil que los alumnos desconfíen de sus palabras –comentó la profesora Sprout mirando de reojo a McGonagall-.
Esta, aunque un poco pálida, conservaba ese aire de dirigente que tan bien la caracterizaba. Por eso era la encargada de dirigir el colegio en ausencia de Dumbledore, como era el caso. Había pasado la noche en vela desde que el director le había informado de lo ocurrido, pero lo cierto era que pensaba tener más tiempo para preparar a sus alumnos que el que había tenido en realidad. Su mente, sobre todo, estaba puesta en otros tres chicos que junto al desparecido formaban uno de los grupos más pillos que recordaba. Cuál sería la reacción de estos y qué dificultades la traerían era algo que desconocía.
El profesor Slughorn le dio un pequeño codazo llamando su atención y ella despertó de sus pensamientos. Se dio cuenta en ese momento de que la profesora Sprout le había hecho una pregunta indirecta al hablar de la versión oficial. Se aclaró la garganta, sentándose más erguida, y comunicó:
- Bien. Según me comentó anoche Dumbledore, la versión oficial ni confirmará ni desmentirá que este secuestro haya sido realizado por mortífagos. No descartan aún ninguna opción y también se baraja que pueda ser un rapto con motivos económicos o políticos. La familia Potter está bien situada en ambas esferas, por lo que aún se encuentran investigándolo todo.
Hubo un par de segundos en silencio antes de que el profesor Flitwick interviniera con expresión confundida.
- Pero esa es una información muy imprecisa, al igual que la que publica el periódico. Algo tan incierto no va a tranquilizar los ánimos.
- Podemos decirles que las autoridades ya tienen bastantes pistas al respecto pero que no quieren compartir con la prensa –sugirió la profesora Sinistra-. No es la verdad absoluta pero sí puede tranquilizar un poco a los chicos.
- A mí me parece buena idea –afirmó Slughorn-.
- Y a mí –añadió Sprout-. Es una mentira piadosa y, mientras no haya noticias, al menos que piensen que no es algo tan grave como puede llegar a ser.
- Confiemos en que, por una vez, esto tenga un final feliz –comentó McGonagall con un suspiro mientras asentía con la cabeza, de acuerdo con la idea de su colega-.
Cuando se pusieron todos de acuerdo hicieron ademán de levantarse y volver cuanto antes al Gran Comedor, pero el profesor Flitwick no pudo evitar preguntar:
- La versión oficial es muy imprecisa pero, ¿qué dice Dumbledore?
Continuó sentado en la pila de libros que le permitía estar a la altura de los demás, mirando directamente a la profesora McGonagall. Ella era la única que había sabido del tema por boca del director y enseguida notó todas las miradas puestas en ella. Su expresión se entristeció.
- Están seguros de que han sido los mortífagos. Y lamento decir que no tienen mucha confianza en que James esté vivo todavía…
La confesión trajo consigo un respetuoso silencio, rotó solo por el sollozo de la profesora Sprout y por alguna exclamación debido a lo que podía significar esa última frase. En medio de ese tenso ambiente, la puerta se abrió de golpe rompiendo el hechizo insonorizador que habían puesto. Era Filch, quien les miraba con urgencia. A sus espaldas se oía un alboroto tan grande que parecía que el colegio se iba a derrumbar sobre ellos.
- ¡Profesores, tienen que venir! Se ha montado una pelea a lo grande en el comedor. ¡Están incontrolables!
Ni siquiera dudaron de sus palabras pues el ruido que le precedía era característico de una guerra civil. En los siguientes segundos todos se apretujaron para salir por la puerta, y Flitwick cayó de la silla con todos sus libros al intentar bajarse con urgencia. Lo que encontraron al llegar al comedor era, efectivamente, algo muy parecido a una batalla campal.
OO—OO
- ¡¿Es que no tenéis ni un poco de cabeza? –exclamó enfadada la profesora McGonagall-.
Después de casi una hora de lucha, en la cual se vieron absorbidos varios profesores, habían conseguido separarles por casas. Evidentemente, ese día no hubo clases. La propia profesora no podía parecer muy respetable al tener el sombrero roto, el moño deshecho y toda la túnica manchada de mantequilla y mermelada. Los Gryffindor, sin embargo, no tenían muchas ganas de reírse de algo tan atípico en ella.
- ¿No creéis que ya hay suficientes heridos en la enfermería como para que estéis creando más problemas?
- ¡Pero, profesora, la culpa fue de…!
- ¡No me importa de quién fue la culpa, Pettigrew! –le interrumpió la profesora con una mirada dura-.
Peter se encogió un poco ante esa mirada tan especialmente dura. Por contrario, a su lado Sirius se irguió más ante ese tono.
- ¡Claro que importa! ¡Se estaban riendo!
- ¡No me rechistes, Black! –le recriminó la mujer girándose hacia él y haciendo balancearse el sombrero roto que aún llevaba sobre su cabeza-.
Había sido tan difícil hacerlos razonar y separarles que todos los profesores habían perdido bastante la paciencia. A Slughorn le habían destrozado por completo la túnica, el profesor Flitwick tenía una buena herida en la cabeza y la profesora Sprout había quedado llena de comida y de plumas de lechuza.
- ¡¿Y la premio anual? ¿Por qué no te comportaste según tu rango, Evans?
La aludida estaba sentada en uno de los sillones, acompañada de Gisele que se había recostado en el brazo de este y le pasaba un brazo por los hombros. Tenía un ojo morado, pues las dos niñas que había intentado separar se habían unido contra ella. También estaba muy despeinada y cubierta de comida, como el resto, pero ella llevaba rato llorando en silencio. Al referirse a ella, sólo pudo contestar con un hipido y un pequeño sollozo.
Eso calmó el enfado de la profesora McGonagall. Enseguida su raciocinio habitual, aquel que no estaba hasta arriba de comida, volvió a ella. Esa chica lo estaba pasando mal, peor que el resto por razones obvias. La línea en que se había convertido su boca se soltó un poco y su mirada de acero pasó a ser comprensiva. Se acercó a la chica, ante la atenta mirada de toda la torre, y posó una mano sobre su hombro.
- Tranquila. Pronto todo volverá a estar bien –la susurró de modo que solo Lily y Gis pudieron oírla-.
Ninguna reaccionó a su comentario, y fue evidente que las chicas no la habían creído, aunque no se extrañaba. Ella misma sabía que decía palabras vanas. Cuando se volvió a mirar a la multitud su expresión era más tranquila y comprensiva.
- Entiendo cómo os debéis estar sintiendo –les aseguró con un tono tranquilo-. Esto lleva pasando mucho tiempo, y está el dolor porque sean seres queridos y el miedo ante la incertidumbre de quién será la próxima vez. Pero de nuevo os tengo que pedir que seáis fuertes y no caigáis en provocaciones. Lo que os espera ahí fuera es un mundo en guerra y, en este, las exaltaciones de "valientes" se suelen pagar muy caras…
Echó un vistazo alrededor y les vio a la mayoría con la cabeza gacha o la mirada desviada. Supo que casi nadie le estaba escuchando realmente y que volvería a estallar otra pelea si ocurría algo nuevo. Suspiró y decidió que ese no era el momento para intentar concienciar a sus alumnos. La noticia aún estaba demasiado fresca.
- Estáis todos castigados, por supuesto. Durante el resto del día no podréis salir de esta torre ni comunicaros con ningún compañero de otras casas –hubo algunas protestas pero ella las silenció levantando una mano-. Tenéis que pensar mucho en lo que ha ocurrido. Bastantes desgracias ha habido estos últimos días como para que aquí seáis todos unos inconscientes. A la hora de comer se os aparecerán unos bocadillos en la sala común. Nos vemos en la cena.
Lo cierto es que se dio bastante prisa en salir por el retrato y cerrarle. Lily y Sirius se habían adelantado a la vez para poder hablar con ella de James, pero cuando intentaron abrir la puerta sin éxito supieron que la profesora ya había encantado la torre para que permaneciera aislada.
Al volver donde el grupo pudieron comprobar desde algo más lejos el estado de las cosas. Si la situación fuera distinta, incluso podría haberse considerado cómica. Peter tenía aún sangre bajo la nariz, que le acababan de arreglar. El hecho de que se la hubieran roto no tenía gracia si no se tenía en cuenta que era producto de Remus. Sí, digamos que el joven licántropo se había metido tanto en la pelea que su frustración le había cegado. Tanto que había confundido a su gran amigo con un estudiante de Slytherin y no había dudado al propinarle un buen golpe en la cara. Afortunadamente este no se lo tuvo en cuenta, pues también había repartido bastante leña.
Remus tenía el cuello de la túnica desgarrado, sin duda producto de quienes habían intentado evitar sus golpes. También tenía un buen golpe en el pómulo izquierdo y el pelo manchado de cereales. Gis tenía los cabellos como una auténtica leona, aunque lo que más llamaba la atención eran los arañazos que atravesaban sus dos mejillas. Jeff tenía un labio partido, había perdido un zapato y la zona de la sien se le estaba empezando a hinchar. Pero lo más cómico, sin duda, era la imagen de Nicole. Estaba bastante mejor que los demás, un gran mérito teniendo en cuenta que su pierna rota aún no estaba del todo curada. Pero en general, aparte de las manchas estaba bien. La peor parte se la habían llevado sus muletas, las cuales estaban completamente destrozadas. Su queja más inocente había sido contra los Slytherins, quienes, según ella, se las habían roto a base de golpes con la cabeza. Es decir, que con la excusa de su incapacidad había sido de las que más había repartido.
Sirius medio sonrió al recordar que, en medio de la pelea, él había tenido su pequeña venganza personal. Vale que Marco Mancini no tuviera la culpa de que Grace se sintiera tan agradecida, y por supuesto él mismo le agradecía que la hubiera sacado del pueblo. Además, no había intervenido en la pelea y solo intentaba ayudar a algunos de primer curso a separarse del peligro de los golpes. Pero él estaba frustrado y no había podido evitar pegarle un buen puñetazo. Después le había ayudado a levantarse del suelo y se había disculpado por haberse confundido. Y el muy iluso se lo creyó y le aceptó la disculpa mientras se frotaba la mandíbula.
Cuando llegaron, Lily cogió las muletas de Nicole como una autómata, sacó su varita y susurró:
- Reparo.
La más pequeña las tomó de sus manos y la dedicó una tímida sonrisa.
- Gracias –le susurró-.
- ¿Habéis podido hablar con McGonagall? –preguntó Remus frunciendo el ceño-.
Lily negó con la cabeza incluso antes de que terminara de formular la pregunta. Toda su reacción posterior fue llevarse las manos a la cara y volver a llorar de nuevo. Sirius, que estaba a su lado, tuvo que sujetarla y ayudarla a sentarse. No era un buen día para la pelirroja, desde luego.
OO—OO
15 de febrero de 1978.
Había reconocido a esa chica desde que había entrado por la puerta. Por mucho tiempo que hiciera que había dejado el colegio, era difícil olvidarse de ese pelo de un rojo brillante y esos grandes ojos verdes. Cuando era pequeña les había vuelto medio locos a él y a sus amigos, siempre queriendo saber qué estudiaban y para qué servían tantos hechizos. Era una recién llegada a su mundo y estaba deseosa por aprender, pero a veces incluso había llegado a ser absorbente. Alice, que tenía mucho más tacto que él con los pequeños, la había atendido siempre con una sonrisa mientras la niña preguntaba con curiosidad todas sus dudas.
Había cambiado en muchos aspectos. Ya no había curiosidad en sus ojos, sino tristeza y resignación. Eran unos ojos muy transparentes, lo que seguramente hizo que también Scrimgeour confiara en ella más que en la mayoría. De hecho, su trato fue mucho más suave.
- Bien Lily. Dime dónde estuviste el sábado –comenzó con tranquilidad-.
- En Hogsmeade. Llegamos después del partido –contestó ella con voz ronca. Sus grandes ojeras bajo los ojos evidenciaban que no había descansado mucho desde entonces-.
- ¿Tú y quién más?
- James. Mi novio. Está… está ingresado en San Mungo.
Scrimgeour asintió despacio.
- Comprendo.
Distraídamente recogió el pergamino donde habían apuntado las coartadas de todos los chicos y miró a la chica inquisitoriamente.
- ¿Estabais él y tú solos?
- Bueno, al principio sí. Pero luego nos encontramos con Sirius, el mejor amigo de James, y estuvimos los tres juntos hasta que empezó el ataque. James y yo somos los Premio Anual este año, así que pensamos que no podíamos irnos sin ayudar a salir a los más pequeños. Así que nos quedamos, y Sirius se ofreció a ayudarnos.
- ¿Y fuisteis los tres juntos?
Lily pareció dudar al ver el brillo que se reflejaba en la mirada del auror. Frunció el ceño y Frank adivinó que ella había visto algo que no le gustaba.
- Nos separamos. Cada uno fue por un lado –contestó con un tono distinto-.
Algo volvió a brillar en los ojos de Rufus, y Frank se adelantó un paso para ver cómo continuaba el interrogatorio.
- ¿Y volvisteis a ver a Sirius Black en Hogsmeade?
- Pues… no. Eh… Al rato me reuní de nuevo con James y ambos intentamos salir por el bosque, pero un mortífago nos descubrió y le hirió. Entonces vinieron un chico y una chica a ayudarnos; a él se lo llevaron a San Mungo y a mí a Hogwarts. Allí me encontré con Sirius que salía de la enfermería. Le habían dado un buen golpe en la cabeza, pero un auror le sacó del pueblo.
- Pero tú no estabas allí para asegurar que eso es cierto, ¿no? –cuestionó de nuevo el auror haciendo que ella frunciera más el ceño-.
- Fue lo que pasó –contestó tajantemente-.
La chica se había puesto definitivamente a la defensiva, y eso no ayudaba en la investigación. No podía cerrarse a hablar ahora para tapar a su amigo. A Frank su instinto le decía que en ese caso no había nada raro, pero como auror tenía que reconocer que tantas lagunas no eran buena señal. Scrimgeour parecía pensar igual, porque su tono se volvió más meloso.
- Verás Lily. Sirius Black ha declarado que estuvo toda la tarde con tu novio y contigo.
- Y así es –confirmó ella afirmando con la cabeza-.
- Pero acabas de decir que al principio estuviste tú sola con James, y que después Black se os unió.
La pelirroja pestañeó varias veces confusa. Miró de uno en uno a todos los aurores hasta volver a fijarse en el que la interrogaba.
- Bueno. Solo estuvimos solos poco tiempo. Una media hora.
- Suficiente para reunirse con alguien –afirmó Scrimgeour-.
- ¿Qué quiere…?
- ¿Conoces a los Black, Lily? –la interrumpió-. ¿Sabes qué clase de familia es? ¿Dónde están metidos? ¿Sabes que Bellatrix Lestrange, la prima de tu amigo, estuvo allí, hiriendo y asesinando estudiantes? ¿Sabes que es una de las mortífagas más buscadas por el Ministerio? La querida prima de tu amigo.
- ¡¿Qué están insinuando? –exclamó Lily poniéndose en pie de golpe-. ¡Sirius no tiene nada que ver con esa loca! ¡Ni con su familia! Se escapó de casa el año pasado para no tener que seguir sus mismos pasos. ¿Cómo pueden estar insinuando eso?
- Lily, por favor, siéntate y cálmate –intervino Frank conjurando un vaso de agua que puso en las manos de la pelirroja-.
Ella miró furiosa a Scrimgeour, quien le devolvió una mirada penetrante, pero hizo caso a Frank cuando este empujó su hombro para que volviera a tomar asiento. De mala gana bebió un sorbo de agua, aunque la reacción de furia que había tenido le hacía respirar fuerte. Cuando terminó, se pasó la lengua por los labios y suspiró.
- Conozco a Sirius desde los once años. Puede ser engreído, egocéntrico, machista o directamente inaguantable. Pero tiene más valores que toda su familia unida. Él no es como ellos, nunca estará de ese lado. Por favor, dejen de sospechar de la persona equivocada. Si hay una persona que no podría ser nunca un mortífago es Sirius Black.
Frank se quedó sin palabras ante una defensa tan visceral. Hasta ahora casi todos los alumnos habían tirado balones fuera, evitando hablar de algunos compañeros. Pero no habían puesto la mano en el fuego por nadie como hacía esa chica ahora. Pero Rufus, sin embargo, no parecía tan seguro.
- Valoro tu lealtad. Pero no me has dado nada. Black tiene coartada para los minutos previos al ataque, pero nada para antes de encontrarse con vosotros y después de separarse. La herida de la cabeza podía habérsela producido él mismo como coartada.
- Si quisiera una coartada, ¿por qué estaría de acuerdo conmigo en separarnos? Era James quien opinaba que era mala idea. Él se ofreció a ir solo hasta Las Tres Escobas para sacar de allí a la gente. Además, antes de encontrarse con James y conmigo sí que tiene coartada. Estaba con Grace. Es su novia, está ingresada en la enfermería. Aún no recupera la consciencia pero en cuanto lo haga podrán confirmarlo.
- ¿El día de San Valentín y se separó de su novia para ir solo a Hogsmeade? –preguntó Scrimgeour con una sonrisa cínica, como quien descubre algo en lo que nadie más había caído-.
- Pasaron cosas y Grace tenía que… da igual, eso es privado. Pero estaba con ella, se separaron y entonces él se juntó con nosotros.
El auror se inclinó sobre la mesa mirándole fijamente a los ojos. Los de Lily empezaban a brillar más de lo normal. Frank se dio cuenta de que estaba a punto de echarse a llorar y se adelantó de nuevo, pero su compañero volvió a hablar antes que él.
- ¿Seguro que no mientes, Lily? ¿Seguro que no estás cambiando ningún detalle para proteger a tu amigo? Ten en cuenta que podrías estar protegiendo a uno de los responsables de esta masacre. Con la guerra no podemos saber en quien confiar. Las personas más insospechadas resultan estar conspirando contra nosotros. Incluso las ovejas negras de familias repletas de mortífagos que se han integrado a la perfección en el otro bando. Podría estar jugando un doble juego…
Definitivamente la chica había comenzado a llorar silenciosamente. A medida que el auror hablaba, las lágrimas iban cayendo por sus mejillas. Pero su mirada continuó siendo firme.
- Me da igual que ustedes no confíen en nadie. Conozco a mis amigos, y Sirius odia a los mortífagos incluso más que yo, que soy hija de muggles. Él los ha sufrido por más tiempo. Y si les aseguro que no ha hecho nada, es porque estoy segura al cien por cien.
Parecía que Scrimgeour iba a volver a empezar, pero Frank le colocó una mano en el hombro para detenerle. A partir de ahora sería comenzar un círculo vicioso en el que ninguno cambiaría de opinión. Ya habían sacado de ella todo lo que podían.
- Gracias por tu colaboración, Lily –le dijo a la chica dirigiéndole una pequeña sonrisa, mientras Rufus se apartaba-. Puedes irte.
Poco a poco Frank salió de sus recuerdos. Estaba en el cuartel de la Orden, haciendo guardia hasta que empezase la reunión que estaba programada para pocos minutos después. El recuerdo de ese testimonio en concreto no paraba de venirle a la cabeza, al recordar que esa chica era la novia del desaparecido. No había caído hasta que había revisado los papeles. James Potter era el mismo James que nombraban Evans y Black en sus testimonios. Los dos aseguraban que él confirmaría sus coartadas cuando hablaran con él, pero el chico había sido secuestrado antes de que pudieran hacerlo.
De todas formas esa parte estaba resuelta. Nunca habían creído que Lily Evans mintiera, y cualquier sospecha que recayera sobre Black se desmoronó cuando uno de sus compañeros del cuerpo de aurores recordó haber ayudado al muchacho después de que este fuera atacado por un mortífago que había huido. Su coartada era cierta y, aunque algunos le tenían ganas a cualquiera que portara su apellido, habían dejado al chico en paz.
Suspirando bajó de nuevo la vista a los pergaminos donde había recopilado todas las pistas hasta el momento. No había mucho por dónde empezar, no había huellas ni rastro de dónde había podido ser llevado el chico. Era uno de los casos más complicados que había enfrentado en su corta carrera.
- Tenemos que encontrar un resquicio. En cuanto sepamos por dónde empezar, podremos encontrarle.
Alice salió del despachito que había en la esquina con dos tazas de té hirviendo. Tenía su corto cabello apartado de la cara con una cinta de pelo, y las mangas de la túnica remangadas. Se sentó en la silla que había frente a él, acomodando las piernas con una postura india.
- Sí, pero mientras pensamos por dónde empezar a él se le acaba el tiempo. Ya escuchaste a Dumbledore –respondió frustrado-.
Su esposa terminó el sorbo que estaba dándole a su taza y alzó las cejas.
- Pues pongámonos a trabajar. Creo que habría que empezar por lo simple. Dumbledore está convencido de que el chico está donde esté Voldemort. Encontrar a este es casi imposible, ¿no? Se mueve muchísimo. Pues quizá el chico esté a su alcance pero no con él.
- Explícate –pidió Frank apartando los pergaminos para darle toda su atención-.
- Siempre se centra en su círculo más cercano. Quizá el chico esté en algún lugar controlado por uno de los suyos. Habrá que investigarlos. Gente como Malfoy, de quienes sospechamos pero no hay ninguna prueba. Él puede andar tranquilamente por la calle, pero también significa que nosotros podemos seguirle tranquilamente.
- Siempre y cuando no se desaparezca de repente –añadió él con una mueca-.
Alice frunció los labios pensativa.
- Debe haber algún modo… Quizá ni siquiera sea cosa de Malfoy. También podría ser Rosier, los Lestrange, esa zorra de Bellatrix…
- Todos ellos fugados y, por lo tanto, imposibles de seguir.
- Pues habrá que encontrar el modo –resolvió su mujer, tan positiva como siempre-. Así matamos dos pájaros de un tiro, ¿no crees?
Frank suspiró, sin saber si reñirla o besarla.
- ¿Te recuerdo que tenemos tiempo límite para encontrar al chaval?
- ¿Y yo te recuerdo que a mí me encantan los retos? –contestó ella medio sonriendo-.
En ese momento llamaron a la puerta por primera vez. Pese a que esperaban a toda la Orden, ambos sacaron sus varitas. Frank se levantó para acercarse a la puerta, mientras su mujer apuntaba su retaguardia con una mano y tomaba la taza de té con la otra. Apostado contra el marco, Frank enarboló su varita con maestría.
- ¿Contraseña? –preguntó-.
- Mi hermano –contestó una voz joven-. O lo que es lo mismo: Babosa carnívora.
Frank miró a Alice un segundo antes de abrir. Ella soltó su varita y tomó la taza con ambas manos mientras sonreía. También sonriendo, Frank abrió la puerta encontrándose a uno de los gemelos Prewett completamente empapado.
- Buenas tardes, Gideon. ¿Ese aspecto es cosa de tu hermano?
El joven, que medía más de metro noventa, entró, se quitó el abrigo y revolvió su pelo largo castaño que chorreaba.
- No. Está diluviando. Fabian es simplemente un imbécil que me ha dejado tirado en medio de la nada porque Marlene le ha pedido comparecer en su presencia. No sé qué están tramando esos dos, pero llevan todo el día apareciendo y desapareciendo. Por cierto, os adelanto que en Brecon Beacons no hay nada. Si hubo un asentamiento allí, desde luego fue hace mucho tiempo.
Ignorando el comentario sobre los otros dos compañeros, Frank y Alice se centraron en el que mencionaba el antiguo escondite de los mortífagos.
- ¿No había ni una huella? –insistió ella con tristeza-.
- Como si allí solo hubiera habido naturaleza –respondió Prewett con rotundidad-.
Frank siseó y volvió a su antiguo puesto, revolviendo de nuevos todos los pergaminos con pistas.
- Estamos como al principio. No tenemos nada…
- ¿Por vuestra cuenta tampoco habéis encontrado nada? –cuestionó el joven-.
- Hemos estado en cinco lugares distintos, y nada. Si los demás tampoco tienen nada, tendremos que excluir antiguos escondites –suspiró Alice recargándose contra el respaldo de la silla-.
Gideon había sacado su varita del bolsillo y se secó de una pasada mientras hacía una mueca de frustración.
- No os desaniméis. Quizá alguien haya encontrado algo.
Pero media hora después estaban todos unidos y nadie había conseguido la más mínima pista que aclarara qué podía haber sido del joven Potter. Dumbledore, que también había pasado el día buscando por su cuenta, comenzaba a desesperarse.
- Ya han pasado 24 horas de su desaparición. Las probabilidades de que siga con vida disminuyen a cada momento –comentó con frustración-.
A la desesperada, Alice comentó su último, alocado e improbable plan.
- Frank y yo hemos estado hablando. Quizá buscar a Voldemort no sea la solución. Quizá debamos ir a por un enemigo algo más pequeño y accesible. Habrá tenido que confiar en alguien para secuestrar al chaval. Alguien de confianza. Quizá debamos hacer una lista e intentar ir a por estos.
Era una idea improbable y casi imposible de realizar, pero la desesperación por no tener resultados hizo que todos dieran por bueno su plan. El matrimonio Longbottom se retiró temprano para seguir trabajando, con una Alice muy resuelta por delante y un Frank algo más negativo siguiéndola los pasos.
OO—OO
Esa noche, cuando Dumbledore volvió a Hogwarts fue informado inmediatamente de lo ocurrido esa mañana. Todos los alumnos habían permanecido castigados durante todo el día sin poder salir de sus salas comunes, lo que había conseguido que se templaran los nervios. Cuando llegaron al Gran Comedor no había grandes conversaciones, ni hubo ningún intento de pelea. Sin embargo, sí hubo varios cruces de miradas y amenazas en voz baja.
El director no estuvo presente en la cena, pero sí llegó cuando esta estaba por finalizar. Quería realizar uno de sus discursos unificadores, algo que ayudara a mantener la unión entre las casas. Cuando se dirigió al estrado, las pocas conversaciones que había se interrumpieron para prestarle atención. Su rostro era serio y tenía el ceño fruncido, lo que solo ocurría en situaciones extremas. Normalmente cuando hablaba ante los alumnos intentaba mantener un rictus más positivo, a no ser que hubiera algún tema de calado importante y serio. Por eso todos creían que comentaría algo relacionado con la noticia de El Profeta, y tanto unos como otros querían averiguar más.
Pero no fue así. En ningún momento de su discurso, el director mencionó a James Potter ni hizo una alusión directa hacia Voldemort y sus mortífagos. Más bien evocó a una época bastante alejada en el tiempo.
- Hace aproximadamente mil años, cuando Hogwarts se fundó, también había división de opiniones –comenzó-. Ninguno de los cuatro fundadores estaba de acuerdo con las características que debían tener sus alumnos. Eran tiempos difíciles, en que los magos eran perseguidos y estaban fuera de la ley. Los tiempos de armonía entre los muggles y los nuestros habían terminado por el miedo a las creencias que los primeros habían inculcado a los suyos. Comenzó una persecución hacia la magia como no ha habido comparación en la historia.
Pese a que el discurso no trató de lo que todos querían saber, sí consiguió la atención de todo el alumnado.
- La gran división entre los seres humanos nunca ha sido tan grande como en aquellos tiempos. Debíamos vivir escondidos, practicando nuestra magia en secreto mientras se extendía una caza sobre nuestra raza. Muchos muggles murieron inocentes acusados de brujería. En medio de ese contexto surgió la idea de los cuatro magos más grandes de la época: Crear una escuela de magia segura para no tener que esconderse en cuevas de montaña o escondites bajo tierra.
- Hubo división de opiniones, como es lógico –continuó el director-. Al estar en medio de una guerra tan cruenta y unilateral, se necesitaba inteligencia y astucia para evitar llamar la atención. Por eso Rowena Ravenclaw solo quería enseñar a los más sabios. En una guerra también se necesita valentía, cualidad que Gryffindor consideraba esencial en futuros magos. También se precisa de compañerismo y buena fe, virtudes que Helga Hufflepuff valoraba más que nada. Y no resulta extraño, dentro del contexto de la época, el recelo que sentía Slytherin por los muggles y los magos procedentes de ellos. Muchos magos fueron capturados y tuvieron que huir para siempre de sus hogares cuando los hijos de muggles, al ser descubiertos y torturados, revelaban la identidad de sus amigos y compañeros.
Los Slytherin elevaron con orgullo la cabeza ante la exposición de una de sus principales ideas para justificar el odio contra los muggles, que había sido revivido con la lucha de Voldemort. Algunos siseos comenzaron a extenderse a lo largo del Gran Comedor, pero Dumbledore alzó la mano pidiendo atención.
- Pero, como ya he dicho, esto ocurrió hace mil años. Las ideas que separaban a los cuatro fundadores ya no tienen validez en un mundo en el que los magos podemos vivir en armonía sin tener que escondernos. Incluso entonces, en tiempos mucho más difíciles que los nuestros, consiguieron unirse, comprenderse y apoyarse en un bien común: Este colegio. Por eso debo pediros a todos que utilicéis la misma sabiduría que tuvieron nuestros fundadores para unirnos y no dividirnos. El mundo que os espera fuera está en peligro; en él nadie está a salvo. Por eso debéis intentar apagar ese odio que solo consume todo lo que representa vida. Si vosotros comenzáis a realizar el cambio, seréis los que lideren la vuelta a la paz en nuestro mundo. Tomad el espíritu de Hogwarts y predicad con él con vuestros compañeros.
Un gran discurso, como todos los que ofrecía el anciano. Por desgracia, casi nadie de los presentes estaba de humor para que le calara en su interior. Tras sus palabras hubo silencio, y poco a poco los estudiantes se fueron levantando para volver a sus casas. Muy pocos pensaban en lo que había dicho su director, sino que la mayoría se centraba en sus propios agravios.
Era el caso de Lily, quien había estado toda la tarde pensando en James. Había tenido la esperanza de recibir noticias de parte de Dumbledore, pero cuando supo de qué iba el discurso de este, desconectó. Ni siquiera escuchó sus palabras, no le interesaban. Se levantó de la mesa cuando sus amigos lo hicieron y les siguió como una autómata. Tan perdida estaba que chocó de golpe con una persona que se le había puesto delante para llamar su atención. Al mirarla a la cara reconoció el hermoso rostro de la chica francesa de intercambio.
- ¿Lily? –preguntó la muchacha insegura, mientras la ayudaba a sostenerse en pie tras el encontronazo-.
Apoyándose en la mesa, la pelirroja le hizo un gesto para indicarla que estaba bien e intentó componer una pequeña sonrisa que no resultó convincente.
- Yo… -la francesa parecía insegura-. Yo quegía pgeguntagte si es ciegto lo que dicen de James.
La chica se mordió el labio inferior con inseguridad y, al ver que pasaban los segundos en silencio, se giró sobre sí misma para mirar a los amigos de Lily esperándola varios metros más allá. Al volver a mirar a la pelirroja añadió algo más para hacerla hablar.
- Dicen que el agtículo del pegiódico habla de él. Espego que no sea vegdad…
Poco a poco, Lily negó con la cabeza haciendo una mueca.
- No lo sabemos. Nadie nos ha querido decir nada…
Bajó la vista al suelo, cada vez más dolida y enfadada por la desinformación a la que les estaban sometiendo. Habiendo esos rumores por todo el colegio, al menos alguien debería haber hablado con los más cercanos a James para confirmar o desmentir la noticia. Apretó los labios mientras fruncía el ceño con fuerza. Sentía las lágrimas a punto de brotarle de nuevo, y notó que Cynthia se había puesto aún más incómoda.
- Espego que pgonto se sepa algo. Y que sea algo bueno… Estagé pendiente.-susurró acariciándole levemente el brazo y dejándola sola-.
Trastabillando Lily se reunió con sus amigos y sintió que Gisele la abrazaba con fuerza mientras la mano regordeta de Peter apretaba la suya.
OO—OO
Horas más tarde, ya de madrugada, la sala común estaba vacía a excepción de tres personas. Lily, Sirius y Peter se sentían incapaces de meterse en la cama. Ni siquiera se habían cambiado de ropa. Sólo se habían quedado sentados en los mismos sillones mientras la sala iba vaciándose poco a poco. Esperaban, con más esperanzas que confianza, que los padres de James les contestaran a las cartas que les habían mandado. Querían que les dijeran que todo había sido un error, y que la noticia de El Profeta era un bulo. Pero ninguna de las lechuzas que habían enviado había vuelto.
Gisele y Jeff intentaron aguantar su ritmo, pero ambos estaban demasiado cansados por todo lo ocurrido esos días y se habían retirado a dormir. Remus había desaparecido en un momento dado y nadie había hecho nada por buscarle. Ellos tres simplemente estaban allí, sentados juntos pero sin hablar, con la mirada fija en el fuego que iba apagándose poco a poco. Sus mentes estaban muy lejos de ese lugar.
Aquella noticia había terminado por desestabilizarles por completo. En el caso de Peter y Sirius, porque ambos ya se habían dado cuenta esos días que los merodeadores sin James no estaban unidos. Y en el caso de Lily porque ahora que volvía a tener, por segunda vez en pocos días, la posibilidad de perderle definitivamente no dejaba de pensar en todo el tiempo desperdiciado. Tantos ratos perdidos, tantos pensamientos equivocados, tantos sentimientos confundidos… Si le pasara algo a James en ese momento, jamás se perdonaría que por culpa de su cabezonería sólo hubieran tenido dos meses para estar juntos. Eran insuficientes, les quedaba todo por hacer. Sintió un escalofrío en un costado a la vez que notaba las lágrimas cayendo por sus lágrimas, mientras se prometía que si todo acababa bien, nunca más perdería el tiempo.
Dio un pequeño respingo cuando escuchó un suspiro y notó el sofá hundirse al lado de ella. Era Remus. Llevaba la misma ropa que había vestido todo el día, exceptuando un fardo que dejó a un lado, justo entre los dos. Pero no era un lío de ropa. Era la capa de invisibilidad de James. Atontada, Lily alargó la mano para acariciar la suave tela. Al reconocer la prenda bajo la que había visto desaparecer a James, no pudo evitar el impulso de tomarla y ponérsela en su regazo. El calor que sintió la reconfortó en cierta medida. Era como tener una parte de James a salvo, junto a ella.
- ¿Dónde estabas? –le preguntó Sirius a Remus-.
Tenía la voz ronca de no haber hablado demasiado ese día, y apenas había levantado la cabeza para mirar a su amigo. Bajo la poca luz que emanaba ya de la chimenea, sus facciones parecían muy oscuras y su mirada vacía. Era un efecto óptico espeluznante al que Remus solo prestó atención durante un segundo.
- Fui a ver a Grace –respondió con una mueca-. Me sentía mal por no haberla visitado antes… Lo siento de verdad. Lamento haber estado tan apartado…
Al contrario del shock que supuso para los demás, la noticia que relacionaba a James había servido para que Remus despertara de su letargo. Seguía pensando en lo ocurrido en el tercer piso y culpándose de ello, pero comprendió que no había pasado el peligro. No sólo había perdido a una amiga como Kate y había destrozado la vida a su novia. Ahora su mejor amigo también estaba en riesgo. Darse cuenta de esto supuso comprender que necesitaba a sus amigos tanto como ellos a él.
Se había disculpado con Grace por haber sido tan insensible, pero su mejor amiga se había limitado a sonreírle y darle un abrazo. Y él había sido incapaz de contarle nada de James. Y ahora sentía que debía disculparse con el resto de sus amigos. Peter asintió con la cabeza como si diera el caso por terminado y Sirius, tras un momento de duda, le lanzó una pequeña y vacía sonrisa. Todo estaba bien con ellos. No esperaba ningún gesto de Lily porque ella nunca se había sentido herida por su distanciamiento. Ella le había entendido mejor que nadie.
- ¿Has sabido algo de Rachel? –preguntó Peter al cabo de unos minutos-.
Remus alzó la mirada hasta encontrarse los pequeños ojos de su amigo. Sirius hizo una mueca aunque no apartó la mirada del fuego, y Lily ni siquiera pareció oírles. Suspirando con fuerza, Remus sacudió la cabeza negativamente.
- Nada…
Y aquello le daba más miedo todavía. Suspiró hondo, y en ese momento sintió un peso agradable en su hombro derecho. Lily había apoyado su cabeza en él. Pese a todo lo malo supo que no estaba solo. Por eso alargó la mano para estrechar la de su amiga y entrelazar sus dedos. Para que ella también lo supiera.
OO—OO
16 de febrero de 1978.
Lo cierto era que había sido una sorpresa. Ya sabían quién era el otro licántropo que había estado en Hogwarts el día del ataque. No fue difícil averiguarlo cuando tuvieron acceso al historial de todos los alumnos, pero sí había sido difícil contenerse cuando Dumbledore había defendido visceralmente a ese chico. Había prohibido que difundieran esa información y, como director del colegio, había exigido que le dejaran tranquilo si no encontraban pruebas en su contra.
Pero era un licántropo. A ninguno le entraba en la cabeza que ese viejo chocho permitiera que una bestia semejante se mezclara con sus alumnos. Frank estaba anonadado. Recordaba a ese chico de pequeño, y jamás lo habría relacionado con ningún animal violento. Era el más pacífico de ese grupo de pillos con diferencia. Tenía una sonrisa agradable, un carácter bonachón y un trato fácil. No encajaba nada.
El hecho de que Dumbledore diera la cara por el muchacho no significaba que este pudiera librarse del interrogatorio. Como ellos no tenían tan claro que ese chico fuera completamente inocente, debía reconocer que se estaban pasando muchísimo. Sus gemidos hacían eco en la silenciosa habitación y, de no haber sabido lo que verdaderamente era, todos tendrían muchísima lástima de sus lágrimas y el dolor reflejado en sus ojos.
- ¿No quieres mirarlas? –preguntó Scrimgeour con gesto de repulsa mientras empujaba hacia el chico las fotografías que estaban encima de la mesa-.
Eran las que habían tomado en la escena que habían encontrado en el tercer piso. La chica moribunda se encontraba en el suelo, bocabajo y con un charco de sangre rodeándola. Sus párpados temblaban levemente con los ojos semiabiertos, aunque había perdido la conciencia. Su pelo, castaño y de rizos enmarañados, estaba esparcido por su cara y su cuello. Un mechón caía sobre sus labios manchados de su propia sangre.
En la siguiente fotografía había un primer plano de la mordedura del cuello que la convertiría en una bestia. Era una imagen demasiado dura y, cuando el auror la puso delante de los ojos de Remus, este apartó la vista llorando aún más.
- ¿No quieres ver más? –insistió Scrimgeour-.
Remus negó con la cabeza repetidamente, aún con los ojos fuertemente cerrados.
- ¡Pues cuéntame qué coño pasó en ese pasillo!
- ¡Ya os lo he dicho! –respondió el chico angustiado-. Ya os lo he dicho…
- ¿Intentas hacernos creer que eres un héroe, chaval? –preguntó el auror componiendo una sonrisa cínica-.
- No… no… yo, yo no quería… Sólo quería ayudarla. Que le diera tiempo a llegar a la habitación y encerrarse. No quería…
- ¿No querías que le pasara nada malo? –terminó la pregunta con voz de comprensión fingida-.
Remus asintió torpemente con la cabeza, y los aurores bufaron a la vez.
- ¿Y qué hacías con ella en una habitación?
- Es… es mi novia. Yo había tomado la poción matalobos. Nunca…
- Nunca le harías daño, ya –le interrumpió Scrimgeour como si se supiese su declaración de memoria-. Pues, si eso es verdad, eres un chapuzas. Vale que las heridas y la mordedura no se las hiciste tú, pero eso no te convierte en inocente. Tú y el otro licántropo estabais luchando por la cena, ¿verdad?
El muchacho levantó la mirada horrorizado, mirándole como si estuviera loco. Al bajar la mirada se encontró de nuevo con las fotografías y volvió a gemir mientras cerraba los ojos.
- Para nosotros es una carnicería, pero para ti puede que sea un lindo manjar, ¿no, chico?
Este se llevó las manos a los oídos para no seguir escuchándole, y el auror avanzó hacia él para apartárselas. En ese momento Frank se dirigió a su compañero y le giró para que le mirara a la cara.
- Rufus, ya escuchaste a Dumbledore. Si no tenemos nada contra él tenemos que soltarle.
Su compañero no parecía conforme, pero también se había dado cuenta de que no tenían nada que hacer con la firme oposición del director del colegio. Ya llevaban casi una hora interrogando al chico pese a no tener ninguna prueba que desmontara su historia. Suspiró, tirando sobre la mesa el resto de las fotografías haciendo saltar al chico de su asiento.
- Le habría hecho confesar –suspiró apartándose y dejando a Frank que concluyera-.
Este miró impasible al desolado muchacho, cuya mirada danzaba entre su compañero y él.
- Puedes irte. Dumbledore nos ha hecho prometer que no diremos nada de ti, pero queremos que te quede claro que vamos a estar vigilando todos tus pasos en cuanto salgas del colegio. En el mundo real no tendrás la protección de Dumbledore, y cualquier tropiezo que cometas te lo haremos pagar.
El chico le miró con miedo durante unos segundos para después ponerse en pie atropelladamente y salir de la habitación. El ambiente que se había creado allí era irrespirable.
- Frank, desde luego últimamente estás muy distraído –se quejó su esposa-.
Alice le miraba mientras negaba con la cabeza en señal de rendición. Él dio un pequeño bote al comprender que había vuelto a perderse en sus pensamientos. Estaban intentando minimizar los sospechosos de ser cómplices de Voldemort, y al salir el nombre de Greyback no pudo evitar recordar al otro licántropo. Ese chico estaba en ese momento en Hogwarts, con todos los alumnos ignorantes de su condición. Por mucho que Dumbledore pusiera la mano en el fuego por su inocencia, él nunca había oído hablar de un hombre-lobo bondadoso. No se lo creía.
Pero el tiempo apremiaba y no podía perderse en los recuerdos. Tenían que seguir con su lista de sospechosos. Llevaban toda la noche elaborándola y habían pasado parte de la mañana cada uno por su lado siguiendo a alguno.
- Disculpa cariño. Me hablabas de Malfoy.
Alice bufó rodando los ojos.
- De Malfoy te hablé hace diez minutos. Solo he podido seguirle un rato, pero no había nada raro. Ha pasado la mañana con su mujer de compras por el Callejón Diagon. Muy de recién casados. El caso es que…
La puerta se abrió de golpe cortando su frase. Era Ayleen, su compañera en el caso que había estado investigando aparte. Su pelo azul eléctrico estaba empapado, lo que les hizo deducir que la fuerte tormenta que había comenzado a caer sobre Londres la noche anterior aún continuaba.
- ¿Has encontrado algo? –preguntó Alice incorporándose en su silla-.
Ayleen negó con la cabeza.
- Gibon no ha hecho nada extraño. Se ha reunido con sus socios en las empresas familiares y ha comido con su padre. No se ha puesto en contacto con nadie ni se ha desaparecido a ningún lugar particular.
Alice se volvió a hundir en su silla con tristeza.
- ¡Qué asco! Tenía una palpitación con este…
- Tranquila. Daremos con el cómplice –la tranquilizó su compañera-. Por cierto Frank, ha llegado esto para ti.
Le tendió una carta que llevaba en la mano y de la cual ninguno de los dos se había percatado. En el exterior solo ponía su nombre escrito con letra urgente e irregular, aunque a él le sonaba conocida. Con curiosidad, mientras su mujer y su compañera seguían hablando de sospechosos, la abrió y la desplegó. Era una pequeña nota de apenas una línea.
Frank, venid al Cuartel en cuanto podáis. Hay novedades con el caso J. No puedo contarte más, venid rápido.
Fabian.
Atónito, Frank volvió a leerla de nuevo con rapidez y levantó la vista para encontrarse con los curiosos ojos de Alice.
OO—OO
A la mañana siguiente se reanudaron las clases con normalidad. En el desayuno no hubo más actividad que en la cena anterior. El ambiente estaba tenso pero las relaciones con miembros de otras casas eran prácticamente inexistentes. Concretamente, los Slytherins intentaban apartarse del camino de los demás y pasar desapercibidos, pues eran los que más perjudicados habían salido con la pelea. Los profesores habían estado muy atentos a cualquier intento de rebelión, lo que ayudó a calmar los ánimos de todos.
La primera clase de los Gryffindor era con la profesora McGonagall, compartida con los de Ravenclaw. Sin embargo, solo Jeff se dirigió allí directamente desde el comedor. Los demás acudieron al despacho de la profesora, la cual siempre iba a recoger sus cosas antes de ir al aula. No habían recibido ninguna noticia de los padres de James y estaban preocupados. Todos mostraban en su rostro rastros de no haber dormido apenas la noche anterior pero, sobre todo, de la angustia que les invadía. La falta de noticias era casi tan mala como la confirmación de lo que habían leído en el periódico.
Mordiéndose el labio con fuerza, Lily se adelantó y llamó a la puerta. A ambos lados de ella se colocaron Sirius y Remus, cuyos semblantes se habían vuelto más pálidos y serios a medida que pasaban las horas.
- Adelante –se escuchó desde el otro lado de la puerta-.
La pelirroja la abrió con timidez, asomando lentamente la cabeza. Sirius la empujó más para que todos pudieran entrar. Dentro, la profesora se encontraba de espaldas a ellos recogiendo varios libros de una estantería. Cuando la puerta golpeó el mueble que tenía detrás, se giró sorprendida de la efusividad de quien la había abierto, y se encontró a los cinco chicos.
- ¿Ustedes no tenían clase conmigo ahora? –preguntó alzando las cejas con sorpresa-.
Los primeros segundos nadie dijo nada. No se habían puesto de acuerdo en qué decir ni en quién hablaría. Pasados los primeros instantes, Remus se aclaró la garganta y elevó la cabeza.
- Profesora, verá. Queríamos preguntarla algo. Ayer vino algo en el periódico y ha habido muchos rumores. Pero nadie nos ha dicho nada y querríamos saber si verdaderamente el artículo que menciona un secuestro en San Mungo habla de James, como dice todo el mundo.
- Hemos escrito a sus padres pero no nos han contestado a ninguna de nuestras cartas –añadió Lily rápidamente-. Estamos preocupados…
La profesora se quedó en blanco momentáneamente. No pensó que tendría que ser ella la que les diera a los chicos la noticia. Pero si los señores Potter no habían contestado a las preguntas de los amigos y la novia de su hijo, quizá podría ser porque no querían que aquello fuera público de momento. Esa nueva idea que se le planteaba la desconcertaba. Le gustaría poder haber hablado con el director antes de enfrentarse a esa situación.
- Yo… Bueno. Si los señores Potter no les han contestado aún será por una buena razón, ¿no? –comentó con desconcierto-.
Opinaba, al igual que el director y la mayoría de sus colegas, que los chicos no deberían ser privados de ninguna información sobre lo que ocurría en la guerra. Pero el hecho de que los padres de su alumno callaran en ese tema la frenaba a la hora de ser sincera con ellos. No podía meterse en medio de una decisión familiar.
- Quizá estén ocupados… -sugirió Lily-. Pero nosotros estamos muy preocupados. Solo queremos que alguien nos confirme o desmiente todo lo que se dice.
- Además, si no hubiera pasado nada ellos nos habrían respondido enseguida –añadió Sirius-. No nos dejarían angustiarnos por algo que es mentira. Yo les he escrito tres veces y mis amigos otras tantas. No nos ignorarían de esta forma si no fuese algo serio.
- Solo queremos saber qué está pasando con James.
McGonagall apartó la mirada de Lupin, el último que había intervenido, y suspiró.
- Me consta que los señores Potter están en su casa, por lo que han recibido sus cartas. Si no les han contestado será por decisión propia y no sé si yo estoy autorizada para divulgar nada.
- ¡¿Divulgar? –exclamó Sirius perdiendo la paciencia-. ¡Somos sus amigos, no unos chismosos! ¡Quizá ustedes tengan menos derecho a saber lo que está ocurriendo que nosotros! ¡El que sean profesores no hace que sea más de su incumbencia todo esto; somos nosotros los que más nos preocupamos por él!
Se había adelantado unos pasos, furioso, y Lily había tenido que sujetarle de un brazo para frenarle. Después de soltar todo aquello suspiró hondo y respiró fuerte varias veces. La expresión de la profesora no cambió mucho, aunque sí denotaba sorpresa. Sin embargo, no retrocedió ante el avance algo exagerado y desagradable de su alumno. Él mismo se dio cuenta de que se había excedido y en su rostro se compuso una mueca de disculpa. Incluso abrió la boca para pedirle perdón, pero la mujer alzó la barbilla y dijo con autoridad:
- No le castigo por esta falta de respeto porque comprendo cómo lo deben estar pasando, señor Black. Pero no toleraré esa actitud de nuevo.
- Profesora –intervino Lily-. Es que estamos muy preocupados, y los nervios… Comprendo su situación, pero entiéndanos a nosotros. No podemos seguir más tiempo a oscuras, sin saber nada de James. Por favor.
Suspirando, la recia mujer se rindió. Quizá estaba incumpliendo los deseos de discreción de los padres de su alumno, pero comprendía demasiado bien la angustia que estaban sintiendo esos chicos. Les conocía desde hacía años y sabía lo unidos que estaban entre sí. No podía enfrentarse más a la afligida mirada de Lily Evans y no claudicar.
- No puedo decirles mucho, porque tampoco sé demasiado. Sólo les aclaro que sí. Desgraciadamente el artículo habla del señor Potter. Sólo sabemos que el miércoles a última hora de la tarde este desapareció del hospital, y aún no se acaban de explicar cómo ni por qué. Pero sí les puedo asegurar que todo el cuerpo de aurores tiene como prioridad encontrarle. Tenemos esperanzas de que todo se solucione felizmente.
Con tristeza vio que sus rostros decaían por completo y la pequeña luz de esperanza que brillaba en sus ojos se apagaba. Evans se abrazó con fuerza a Lupin, y Mendes apareció por detrás para acariciar la espalda de su amiga. La profesora vigiló con cuidado a Black, cuyas manos había apretado con fuerza en puños y su rostro se había convertido en una fina máscara de odio. Pero este no tuvo ninguna otra salida desagradable, sino que se quedó en esa posición mirando al suelo en silencio. Detrás de él, Pettigrew la miró con una cara de impotencia que le dio más lástima todavía.
- Tranquilos –añadió ella con un tono más alegre del que sentía-. Están trabajando a contrarreloj para dar con él. Seguro que pronto le tenemos con nosotros de nuevo.
O al menos eso esperaba. La guerra ya había tenido demasiadas víctimas en los últimos años, y ese grupo en particular ya había sido golpeado demasiadas veces últimamente.
- Vamos. Ya llegamos tarde a la clase. ¿Serían tan amables de ayudarme con los libros? –preguntó en un intento de distraerles-.
OO—OO
17 de febrero de 1978.
- Por favor… Eras su mejor amiga. ¿Esperas que nos creamos que nunca te comentó nada?
La expresión de Rufus Scrimgeour era más de irritación que de seriedad. En frente de él, la joven alumna de Slytherin Amanda Tyler, mantenía la mirada alejada de sus escrutadores ojos. Tenía las manos entrelazadas encima de la mesa y las miraba como si fuesen lo más interesante del mundo. La chica estaba pálida y ojerosa, y parecía no haber comido muy bien en los últimos días. Sin embargo, el hecho de haberla identificado como la mejor amiga de Dulcy Yexter eliminaba cualquier rastro de lástima que pudiera inspirar en los aurores. Esa chica sabía algo, seguro. No solo por su cercanía con la mortífaga hallada muerta, sino porque era sabido por todos que su familia abrazaba la teoría de las artes oscuras aunque no se supiera que hubiera mortífagos en ella.
- Ya se lo he dicho. No tengo ni idea de lo que Dulcy podía estar haciendo en Hogsmeade vestida así. Lo último que supe de ella es que fue a hablar con su hermano Joey.
Su tono de voz y su rostro inexpresivo evidenciaban que la chica se había aprendido un guión de memoria y lo estaba recitando. No era buena actriz, se le notaba demasiado que estaba mintiendo.
- ¿Y no volviste a verla en toda la tarde? –preguntó el auror con cinismo-.
Ella negó con la cabeza aún con la mirada fija en sus manos. Frank sintió el impulso de tomarla del brazo y levantar su túnica para revelar la marca tenebrosa que estaba seguro que estaba marcada en él. Pero la condición de Dumbledore para dejarles que interrogaran a sus alumnos fue que no les tocaran ni obligaran a nada que ellos no quisieran. Por la expresión que vio en Scrimgeour, supo que él también se estaba controlando.
- ¿Sabes que la madre de Dulcy es muggle? ¿Sabes que su padre es mestizo? ¿Sabes que apenas llegan a final de mes y, desde luego, no tienen ningún tipo de contacto con el lado oscuro?
- Sí. ¿Y qué?-preguntó la chica encogiéndose un poco-.
- Pues que es de cajón que ella no entraría sola en los mortífagos si alguien no la hubiera introducido en ese mundo. ¿Y quién mejor que tú? Eras su mejor amiga y tu familia sí tiene buenos contactos, ¿verdad?
- ¡Samantha también es su amiga! –estalló la joven elevando la mirada por primera vez. Había miedo en sus ojos-.
Rufus sonrió al haber conseguido sacarla un poco de sus casillas.
- Sí. Pero ella nos ha dicho que Dulcy y tú erais más íntimas. Que vosotras compartíais más secretos y aficiones.
Por supuesto eso era falso pero sirvió perfectamente para poner más nerviosa a la chica, que ya estaba bastante alterada. Al fin y al cabo, Samantha Hinkes había sido un libro cerrado, y esta parecía más vulnerable.
- ¿Qu- qué insinúa? Ella no ha dicho eso. Éramos amigas. Las tres.
- ¿Y sin embargo os olvidasteis de Dulcy en un sábado que había salida al pueblo? Creí que esas reuniones las aprovechaban los amigos para divertirse juntos.
- Yo…
- ¿No será que os fuisteis a divertir a vuestra manera? –la interrumpió-. Os pusisteis las túnicas, las máscaras y os dedicasteis a torturar a vuestros compañeros. Sin duda se lo merecían. Sabemos al odio y la incomprensión a la que se ven sometidos los Slytherins, ¿verdad? El resto de alumnos de otras casas se creen superiores. Pero el sábado ganasteis vosotros. Seguro que te emocionó ver sufrir a unos cuantos. Apuesto a que te emocionaste tanto que ya no sabías ni para donde mandabas los hechizos. Puede que incluso fueras tú la que acabó matando a tu amiga…
- ¡No! –estalló Tyler abriendo mucho los ojos-. ¡Yo no he tirado a matar nunca! ¡Fueron esos asquerosos aurores! ¡Además, ni siquiera estaba cerca de ella! ¡Yo estaba junto a Alecto con Rodolphus; a Dulcy la mandaron con Bellatrix…!
De repente se llevó una mano a la boca y abrió los ojos mucho más. Había perdido los nervios y confesado sin darse cuenta. Sus ojos se tiñeron de terror cuando vio la sonrisa complaciente de Scrimgeour extenderse por su cara. Un tercer auror recién salido de la Academia, que normalmente presenciaba los interrogatorios apoyado en la estantería del fondo, se adelantó de un salto.
- Maldita hija de…
- ¡Ben! –exclamó Scrimgeour parándole con una mano en el pecho-. Tranquilo… Frank, avisa a Dumbledore. Vamos a hacer otra otra ronda de interrogatorios y empezaremos por Alecto Carrow.
Después de tres días de conversaciones sin sentido, Frank salió del despacho con la sensación de que por fin habían llegado a un buen punto. Sin demora se dirigió al despacho del director, también con la firme intención de convencerle a toda costa de que dejara aplicar veritaserum a sus estudiantes. Ese día lograrían desenmascararlo todo sí, o sí.
A Frank le hubiera encantado estar tan seguro de su éxito en ese momento como lo estuvo días atrás. Alice y él apenas intercambiaron pocas palabras de incertidumbre mientras se dirigieron rápidamente al Cuartel de la Orden tras haberse disculpado con Ayleen.
Llegaron lo más rápido que pudieron, esperando encontrarse a los Prewett esperándolos. Lo que no se esperaban era que también estuvieran Dumbledore y Marlene McKinnon. Los tres hombres estaban rodeando la mesa que se encontraba en el pequeño despacho adyacente a la sala de reuniones, y la chica estaba sentada frente a ellos, inclinada sobre esta. Habían agrandado el mueble para que pudiera albergar la cantidad de documentos y materiales que había esparcidos encima de él.
- ¿Qué ocurre? –preguntó Frank sin detenerse a saludar-.
Los cuatro levantaron la vista al mismo tiempo y los dos aurores pudieron captar una pequeña esperanza en sus ojos. El director volvió enseguida la mirada a lo que Marlene estaba manipulando, como si no quisiera perder el tiempo.
- Creemos que hemos conseguido algo que pueda ayudar en el caso de Potter- les dijo Gideon-.
- ¿Hemos? –cuestionó su hermano mirándole irónicamente-.
Frank y Alice pasaron por alto el pequeño pique habitual entre los dos hermanos y se acercaron más a la mesa.
- ¿De qué se trata? –preguntó Alice en esa ocasión-.
- Llevo un tiempo trabajando en esto y creo que por fin funciona –les contestó la joven Marlene con una pequeña sonrisa-. Sabéis que me gusta hacer distintos experimentos, y hace unos meses pensé en la posibilidad de unir la poción localizadora con la poción multijugos. Creo que podría servir para el caso del chico desaparecido.
- ¿En qué consiste? Porque la poción localizadora es solo para objetos y precisa dar con el guardián antes –comentó Frank con curiosidad y esperando no perderse en cuanto la chica comenzara a divagar en sus investigaciones, como de costumbre-.
- Sí. Por eso esto es distinto. Es para localizar personas. Funciona con un único pelo de la persona que quieras encontrar, como la multijugos. La idea era utilizarla para nosotros. Que todos los de la Orden dejáramos un depósito de cabello en el Cuartel y en caso de que hubiera algún secuestro o alguien cayera herido en la batalla fuera fácil de localizar.
A ambos les pareció una magnífica idea, como casi todas las que se le ocurrían a la joven bruja. No por nada Marlene era una de las brujas más brillantes de su generación. Pero ambos vieron varias lagunas por las que no serviría de mucho la poción en su caso.
- Es fantástico, Marlene. Pero desgraciadamente no creo que encontremos ningún cabello de James Potter para utilizarlo –comentó Alice haciendo una mueca-.
- No, pero ahí entra mi plan –intervino Dumbledore. Por primera vez en las últimas veinticuatro horas parecía un poco optimista con el tema-. Lo cierto es que la idea me la disteis vosotros. ¿Habéis estado investigando a los que creéis mortífagos?
- Sí, pero nada. Hemos estado toda la noche y la mañana siguiendo a varios pero no hemos encontrado ningún indicio –contestó Frank con frustración-.
- No os ofendáis, pero noté varias lagunas en vuestra teoría. Yo también creo que es improbable que James esté con Voldemort, sino más bien a mano de este o de alguien de mucha confianza. Dada la importancia que tiene el chico para él en este momento, estoy convencido de que no se lo confiaría más que a sus más fieles seguidores.
- Pero estos están huidos también. Los Lestrange, Rosier, Dolohov… Es imposible localizar a ninguno de estos. Solo aparecen en batallas y, después, desaparecen como la espuma.
- Sí, mi querido amigo. Pero lo bueno de estos es que aparecen siempre en las batallas, no como Voldemort que rara vez lo hace.
- ¿Piensa provocar una batalla para poder robarles un pelo de su cabeza, señor? –preguntó Alice entendiendo lo que quería decir, pero a la vez encontrándolo completamente absurdo-.
Dumbledore medio sonrió, y en un día como ese solo significaba que tenía un gran plan.
- Solo ellos provocan batallas. Nosotros no tenemos su capacidad de convocatoria. Pero sí podemos aprovechar la impulsividad u obsesión de alguno de ellos para tenderles una trampa. Ahí entras tú, Alice.
- ¿Yo? –preguntó la mujer ahora sin entender nada-.
- Todos conocemos tus numerosos enfrentamientos con Bellatrix. Esa mujer parece haber adquirido cierta obsesión por medirse contigo. Si te ponemos a ti de cebo, podríamos atraerla a algún lugar que nos interese. Sería sencillo, no tendrías que correr más riesgos que el conseguir el cabello y desaparecerte.
Alice se quedó unos segundos en silencio analizando el plan. A los pocos instantes una sonrisa de triunfo se formó en su rostro.
- Podría funcionar –coincidió con el comandante-.
Dumbledore asintió con la cabeza, y Marlene se puso en pie con una sonrisa confiada. Frank, sin embargo, no estaba tan conforme.
- No me acabo de sentir cómodo en un plan en que se trate a mi mujer como cebo –intervino mirando al anciano-.
Pero Alice había apartado al hombre junto con Marlene para que le explicaran brevemente cómo funcionaba la poción. Frank frunció los labios y bufó.
- No te pongas tontorrón, Franky –se burló de él Fabian dándole un codazo en el estómago-.
- Iremos todos a vigilar que a tu querida mujercita no le pase nada –añadió Gideon guiñándole un ojo-.
Y ambos se adelantaron hacia el pequeño grupo para exponer la idea que habían tenido.
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La última clase del día fue pociones. Después de todas las tensiones que habían explotado el día anterior no era lo más sensato juntar a los leones y las serpientes en una misma aula. Menos aun teniendo en cuenta lo que habían confirmado de James sus amigos y las emociones que eso había implicado. Afortunadamente, Horace Slughorn era un profesor serio que sabía hacerse respetar. Mantuvo estrechamente vigilados desde el primer momento a los más conflictivos, y se aseguró de que no tuvieran que juntarse demasiado entre sí.
- Bien chicos. Quería hablar con vosotros en referencia al trabajo. Las cosas han cambiado con los últimos acontecimientos –comentó una vez empezada la clase-. Con todo lo ocurrido, mi primera opción era eliminar este trabajo como obligación para pasar el curso. Pero el propio director me ha insistido en la importancia que tiene, ahora más que nunca. Debéis aprender a confiar los unos en los otros y dejaros de prejuicios, por lo que seguirán en pie. Eso sí, tendremos que rehacer los grupos de trabajo ante la… ausencia de personal.
Era un tema delicado, y desde luego el profesor hubiera preferido no tratarlo. No solo porque debía mencionar a los fallecidos en el atentado, algo violento teniendo en cuenta que en esa clase eran tres alumnas. Pero su número de alumnos también se había visto reducido con las expulsiones realizadas tras los interrogatorios de los aurores. Eso provocaba no solo dolor, sino también ira en sus alumnos, y esta sería difícil de aplacar.
Nervioso tomó sus notas con manos temblorosas y maldijo a Dumbledore una vez más por haberle pedido que continuara con aquello. Él no estaba tan seguro de que los chicos consiguieran llegar a un pacto de no agresión. Las miradas que se dirigían los alumnos de su casa y los Gryffindor eran demasiado encendidas como para aplacarse con un poco de convivencia. La voz le temblaba cuando habló del primer grupo que necesitaría rehacerse.
- Bien, eh… El grupo 3, que componían las señoritas Hinkes, Hagman y Yexter, queda disuelto, lógicamente.
Hubo un segundo incómodo por dos razones. Los Slytherins se tensaron al pensar en la muerte de Dulcy y todo lo que eso supuso para ellos, y los Gryffindor se enervaron al oír mencionar a Kate junto a esas dos mortífagas. Porque, aunque no hubieran pillado a Hinkes, ellos estaban seguros de que todo el grupo estaba metido hasta el cuello en el ala oscura.
- Eh… señorita Hinkes. Usted ocupará el lugar de la señorita Williams en el grupo 5, junto al señor Black y la señorita Sandler, cuando esta se reincorpore con nosotros.
Ya estaba. Había mencionado a las tres fallecidas en las dos primeras frases. El ambiente se podía cortar con un cuchillo, más teniendo en cuenta que no le había quedado más remedio que juntar a una de las chicas sobre la que recaían sospechas con uno de los mayores alborotadores. Había intentado separar a los componentes de ambas casas, pero los números no coincidían para hacer grupos iguales. Hinkes tendría que intentar arreglárselas sola, aunque tendría el ojo puesto en ese grupo en particular.
- Seguirán la investigación que ya estaba realizando el grupo 5, aunque si quiere usted puede entregarnos la información que ya había recopilado con su grupo.
La mirada que se dirigieron Sirius y Samantha fue muy clara para el profesor. Tendría que vigilar que no se sacaran los ojos el uno al otro. El problema que veía era que aunque Sandler se reincorporara pronto, no creía que ella mantendría la paz. Más bien azuzaría el fuego. Sin embargo Hinkes no parecía preocupada y eso era bueno. Aun nervioso, el profesor siguió leyendo.
- Bien. El grupo 1 también se disuelve y usted, señor Avery, pasará a formar parte del grupo 6 junto a la señora Gibon y el señor Snape. Señor Pettigrew, usted pasará a formar parte del grupo 2 junto a Lupin y Evans. Y el grupo 4 se mantendrá tal como está con Mendes, McNair y Williams. Sí… Bien, así lo haremos –terminó con algo de inseguridad-.
Hubo alguna confusión con el nuevo orden. ¿Peter dejaba el grupo de los Slytherins para trabajar junto a Remus y Lily? No es que el cambio no fuera de su agrado (y de su alivio), pero ahí había algo raro. Sus dos amigos también lo notaron porque ambos se incorporaron en su silla alertas. Lily levantó la mano, y la mantuvo así varios minutos hasta que el profesor se atrevió a darle la palabra.
- No lo entiendo, profesor –se quejó-. No es que no acepte a Peter, pero nosotros ya somos tres contando a James.
Slughorn evitó su mirada y varios Slytherins ahogaron de forma poco discreta una risa burlona. Todos se callaron ante la mirada de advertencia del jefe de su casa.
- Ya, ya… Eh… ¿Dónde nos quedamos la semana pasada? –preguntó cambiando de tema-.
Abrió el libro de teoría y evitó durante toda la clase los ojos de su alumna. Ella intentó hablar un par de veces más, pero él ignoró deliberadamente su mano alzada para que no volviera a sacar el tema de Potter. Lo cierto era que no contaba con el regreso del chico. Ningún profesor lo hacía, de hecho. Habían vivido tantas desapariciones con el mismo resultado en los últimos años, que ya sabían cómo acabaría esta. El hecho de que hubieran pasado más de veinticuatro horas sin noticias del chico era una mala señal. Era muy rara la ocasión en que un desaparecido regresaba con vida tras un periodo de tiempo superior al primer día.
La siguiente hora pasó lenta, de forma muy tensa y con una gran angustia para Lily. Quería que su profesor le aclarara por qué había prescindido de James. ¿Habría más noticias de las que les había dado McGonagall? El hecho de que el hombre evitara su mirada de forma tan clara le dejaba ver que algo malo pasaba, o al menos que él tenía malas sensaciones. Durante la clase no lo consiguió, pero en cuanto dio la hora de acabar saltó de su asiento. Le abordaría para que la dijera por qué había obviado el tema de James.
- Profesor… -le llamó impidiéndole el paso-
- Lo siento Lily, pero tengo reunión de profesores antes de la comida –la interrumpió Slughorn palmeándola el hombro levemente-.
- Pero señor, por favor, explíqueme por qué ha prescindido de James en nuestro grupo.
Le siguió por el aula sin estar dispuesta a dejar que se fuera sin contestarle. Pero una vez más, Slughorn fue evasivo.
- No, claro que no. Cuando vuelva se unirá a vosotros. Si me perdonas, llego tarde.
- Pero…
Fue inútil. La había dejado con la palabra en la boca y había evadido el tema aposta. No había obviado a James por accidente, sino que era muy consciente de ello cuando había vuelto a formar los grupos. Frunció el ceño y se mordió el labio con frustración, sintiendo un gran dolor en el pecho.
- ¿Qué necesitas que te digan para darte cuenta de que nadie espera que vuelva? –dijo una voz a sus espaldas-.
La reconoció de inmediato. Era una voz que no le había dirigido la palabra en dos años. Tampoco ella se la había dirigido, por lo que encontrarse cara a cara con Severus Snape fue demasiado extraño. En el rostro de su antiguo amigo había una extraña mezcla de regocijo y lástima. Ella lo supo leer enseguida; le conocía demasiado bien. Y también sabía perfectamente que no lo había dicho con intención de herirla. Aun así, el dolor y la frustración habló por ella.
- Pues tienen que decirme mucho más. Aún espero levantarme por la mañana y que todo esto sea un mal sueño; que los únicos que hayáis desaparecido seáis tus amigos y tú con vuestros estúpidos tatuajes de serpiente. Esta vez os habéis librado, pero todos sabemos lo que sois.
La cara de Severus se tornó fría y dura. Sus ojos se achicaron y compuso una especie de sonrisa. Lily sintió que alguien la tomaba por los hombros como muestra de protección. Al mirar por el rabillo del ojo distinguió a Remus, aunque lo habría averiguado de todas formas por la expresión de asco y superioridad que Snape se reservaba solo para él. Sin embargo, el comentario de su amigo fue dirigido solo a ella, mirándola intensamente a los ojos mientras se acercaba. Pronto estuvieron tan cerca que podía olerle el aliento. Fue entonces cuando Severus dijo con regocijo:
- ¿Sabes? Yo también creo que van a encontrarle muerto. Y no te imaginas cómo deseo que así sea.
Los dedos de Remus se clavaron en los hombros de Lily, hasta el punto de hacerle daño. Lo hizo para frenarse a sí mismo de no hacer ninguna tontería como sacar la varita, pero a la vez también consiguió apresar los brazos de la pelirroja y evitar que ella sacara la suya. Al menos se contuvieron el tiempo suficiente como para que Snape saliera del aula. La sangre les hervía, y a pesar de todo tenían que agradecer que solo ellos dos, los más controlados, habían escuchado sus palabras.
OO—OO
16 de febrero de 1978.
En ese momento, ya pasada la media tarde, todos estaban ya bastante cansados e irritados por no tener los resultados esperados en los interrogatorios. Tenían con ellos al hijo de uno de los mortífagos más buscados del momento, pero Frank no podía sentir la repulsa habitual. Había visto en una ocasión a Bernard Duncker poco antes de su huida, y aunque su hijo se parecía mucho a él físicamente, ahí terminaban las similitudes. Duncker era un hombre seguro de sí mismo, retraído y de trato frío.
Frank había estado de visita en Alemania por otro caso y le había interrogado como posible testigo, al ser mortífago. No sacó nada de ese encuentro. Duncker había sido reservado y frío en sus escasas declaraciones. Si bien no había sido insolente y agresivo como la mayoría de los suyos, sí que había demostrado una seguridad en sí mismo que resultaba llamativa teniendo en cuenta su precaria situación.
Su hijo no era así. El chico apenas había levantado la vista de la mesa lo justo para responder escasamente a las preguntas. No había insolente tampoco, y ninguno tenía la sensación de que mentía en sus declaraciones. Simplemente era tímido y parecía francamente triste. Pero no podían dejarse llevar por las apariencias. Había sido un ataque de mortífagos en masa, y su padre y su tío (un antiguo auror) estaban huidos de la justicia. ¿Qué impedía creer que ellos pudieran haber participado en esa masacre? Bueno, quizá una cosa…
- ¿No has hablado con tu padre últimamente? –preguntó Scrimgeour paseándose por delante del chico-.
- No desde el día que le detuvieron –respondió el chico levantando la vista para luego volver a bajarla-. Nunca se ha puesto en contacto conmigo.
- Tú no estabas en Hogsmeade esa tarde. ¿No recibiste una pequeña nota que te pedía que no fueras de excursión?
El muchacho volvió a levantar la vista.
- Si la hubiera recibido, ¿cree que mi hermana habría ido? Ella está entre los fallecidos.
- Quizá fue un fallo en el plan –conjeturó el auror-.
- Si es cierto que mi padre mató a esa familia el año pasado, se deduce de lo que pasó que él nunca deja cabos sueltos. Si hubiera participado en lo ocurrido en Hogsmeade, mi hermana y yo no habríamos ido bajo ningún concepto.
- Tú no fuiste –le recordó-.
- Iba a ir. Mi novia se rompió la pierna en el partido de quidditch de esa mañana y me quedé con ella.
- ¿Y tu hermana?
Jeff suspiró.
- Ella creo que no iba a ir. Al menos eso me dijo. Pero, cuando ocurrió todo, la estuve buscando por todo el castillo hasta que me enteré de que estaba muerta. Vi cómo se llevaban su cadáver. Ni siquiera parecía ella. Tenía una expresión en la cara que casi parecía amable. Si no fuera porque es mi hermana gemela, habría pensado que esa no era Sadie…
Frank vio al chico suspirar más fuerte, bajando aún más la cabeza. Le dio la sensación de que había empezado a llorar y se removió inquieto. Habían vivido más situaciones parecidas esos dos días. Scrimgeour también pareció aplacarse un poco con la reacción del muchacho.
- Déjale –susurró uno de los aurores a Rufus-. Si no nos ha contado nada en todo este rato, es que de verdad no sabe nada.
Era uno de los más jóvenes del cuerpo y, por lo tanto, impresionables y viscerales. Pero Frank compartía su opinión en esa ocasión. Scrimgeour se giró para mirarle y él asintió con la cabeza. Esa vez no hubo que insistirle. Rufus también estaba seguro en ese caso. Jeffrey Williams no les recordaba demasiado a Bernard Duncker.
Frank recordaba ese interrogatorio mientras observaba una fotografía de busca y captura de Bernard Duncker. En mejores condiciones estaba seguro de que se parecían bastante pero, con el pelo largo por la barbilla, la espesa barba y los párpados caídos, su parecido con su hijo se minimizaba. Estaban en el edificio que congregaba una parte administrativa del Ministerio, y en el que también se encontraba el diario El Profeta. La idea de Gideon y Fabian era algo enrevesada, pero por lo visto Dumbledore parecía bastante seguro de que funcionaría.
- ¿Estás seguro que colará? –le susurró él a Gideon mientras veía a Alice alejarse-.
Este le miró confiado.
- Claro que sí. No podéis pedirles que publiquen la noticia como filtro del Ministerio porque tendríais que dar explicaciones. Lo mejor es utilizar las ansias de entrometerse de esa cotilla. Ella solita caerá en bandeja y nos dará lo que queremos.
Había algo en lo que estaba completamente de acuerdo. No podían hacer ninguna petición al periódico en nombre del Ministerio sin tener que dar explicaciones después. Todo tendría que parecer casual. Y la idea de ellos desde luego invitaba a esa conclusión. Rita Skeeter era, desde hacía algunos años, una de las periodistas más sensacionalistas, chismosas e inmorales que había en Inglaterra. Sobraba decir que muchos compañeros de profesión estaban hartos de ella. Pero para sus planes venía de maravilla.
La joven reportera siempre estaba ansiosa de noticias morbosas. Por eso sabían que no podría evitar escribir sobre lo que pensaban hacer que oyera "por casualidad". La cuestión era cómo hacer parecer casual todo aquello, y ahí entró Dorcas. Tras la muerte de su marido ella pidió el traslado a una sección más tranquila del Ministerio, un departamento que se ocupara solo del papeleo. Y casualmente ese departamento se encontraba afincado en un edificio común, donde también se encontraba la redacción del periódico.
Tampoco sería tan raro que Alice fuera a hablar con su preciada amiga para comentarle sus futuros planes. Dorcas, por supuesto, ya había sido informada de esto y lo había preparado todo para que los finos oídos de Skeeter se encontraran lo suficientemente cerca como para escuchar su conversación. Su compañera estaba en su mesa, terminando de colocar algunos papeles cuando vio que su amiga entraba por la puerta. Fingiendo sorpresa se levantó de su mesa y exclamó en voz alta:
- ¡Alice! ¿Qué te trae por aquí?
Varios compañeros se giraron a ver quién había llegado, entre ellos la curiosa periodista. La aurora se había vuelto bastante conocida por muchos debido a su reconocido trabajo, por lo que todos la reconocieron al instante. La expresión seria que portaba solo consiguió aumentar la curiosidad de los demás.
Alice no habló hasta que llegó donde su amiga y la besó la mejilla.
- ¿Qué tal te va todo? –preguntó por puro trámite para fingir una conversación distendida-.
- Bien. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí? –preguntó Dorcas-.
La más joven tuvo que ocultar una sonrisa. Su amiga no era tan buena actriz y quizá se estaba acelerando demasiado. Afortunadamente, ella mantuvo la calma y continuó con la conversación de una forma bastante creíble.
- En realidad venía a pedirte un favor. Esto es confidencial, por supuesto.
Había pronunciado las palabras adecuadas. Por el rabillo del ojo vio que Skeeter se agachaba debajo de su mesa, sin duda esperando oír mejor. Llegó un momento en que la perdió por completo de vista, aunque algo dentro de ella le decía que estaba atenta a cada palabra suya.
- Verás, tengo cierta urgencia en que me den un permiso para registrar una casa. Estoy a cargo del caso de desaparición del chico de San Mungo, y creo que he encontrado un lugar donde podrían estarle reteniendo.
- ¿Estás segura? –preguntó su amiga tras recibir una patada en la espinilla por quedarse callada-.
- Bueno, no del todo. Por eso es algo extra-oficial. Creo que es un antiguo escondite de mortífagos, pero no puedo registrarlo sin un permiso. ¿Tú podrías concedérmelo?
- Eh… -dudó Dorcas hasta recordar su parte-. ¿Dónde dices que es?
- En Lincoln. En la calzada del Tuerto. Hay una casa abandonada que, por lo visto, en los últimos días ha vuelto a tener actividad. Pero como oficialmente está deshabitada necesito un permiso oficial. No te meterías en ningún lío. Iré sola, ni siquiera llevaré a Frank. Solo será echar un vistazo y volver, sin tocar nada. Pero con suerte puedo encontrar al chico mañana mismo.
Volvió a buscar a la reportera por el rabillo del ojo, pero no la vio. Lo que sí que ocurrió fue que casi pegó un bote al ver un escarabajo encaramado a la mesa de Dorcas. Tenía pánico a esos bichos, ni siquiera podía estar cerca de uno sin empezar a pegar saltitos. Si no fuera porque la misión que tenía que cumplir era muy seria, lo habría hecho. Se forzó a sí misma y mirar a su amiga mientras se apartaba del insecto sutilmente. Su intensa fobia ni siquiera le dejaba pegarle un buen golpe y matarlo, como a ella le habría gustado.
- ¿En la calzada del Tuerto en Lincoln? –preguntó Dorcas, repitiendo la información por si la periodista no había podido oírla la primera vez-.
Alice asintió con la cabeza, aun viendo como el escarabajo se alejaba hacia el otro extremo de la mesa, para su alivio.
- Bien –dijo Dorcas mirándola extrañada, sin saber a qué se debía su comportamiento-. Pues te daré el permiso. Pero que no se entere nadie.
- No, no –respondió ella lacónicamente mientras miraba el suelo por miedo a que el bicho se le subiera por el pie-.
Pero el escarabajo había desaparecido. Dorcas la guiñó un ojo señalando sutilmente con la cabeza a un costado, y ella vio de reojo como Rita Skeeter se incorporaba de su mesa peinándose sus rizos rubios. Entonces Alice se levantó satisfecha.
- Gracias. Iré mañana por la mañana. Mándame el permiso antes de una hora, por favor. Recuerda, la casa abandonada de la calzada del Tuerto en Lincoln.
- Enseguida lo tendrás –le prometió si amiga sonriéndola-.
Alice dio un último vistazo rápido sobre Rita, quien estaba inclinada sobre su block de notas, y se marchó un poco precipitadamente. Aún tenía la mente en el escarabajo que había visto, y quería alejarse lo más pronto posible de él. Afortunadamente parecía que el plan había resultado. Esperaba que Rita demostrara ser tan cobarde e irresponsable como creían y no se guardara la noticia para comprobarla ella misma en persona. Tenían que publicarlo al día siguiente sin pérdida de tiempo.
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La mañana siguiente despertó muy temprano en un lugar aún por determinar de Irlanda. Bellatrix Lestrange caminaba rápidamente por los pasillos de una antigua fortaleza abandonada. Los fríos muros de piedra no contenían las gélidas temperaturas del exterior, pero la mortífaga no se preocupaba por eso. Habían pasado algo más de veinticuatro horas desde que habían realizado el intento fallido de probar la poción localizadora en el prisionero que tenían encerrado en una de las celdas. Y esa mañana el Señor Oscuro volvería para intentar más trucos que ayudaran a localizar la caja que necesitaba para completar su colección.
Llegó hasta el extremo del gran pasillo y empujó con fuerza una gran puerta de madera. Era una pequeña estancia compuesta por varios muebles de cocina y una mesa enorme. Rodolphus y Rabastan se encontraban sentados frente a esta, desayunando tranquilamente.
- ¿Estáis cómodos? –preguntó con ironía poniéndose frente a ellos con las manos en las caderas-. ¿Cómo está el chico?
- ¿Y tú, Bella? ¿Estás bien? –le respondió su cuñado en el mismo tono-. Te marchaste ayer por la tarde tomándonos por niñeras, y hasta ahora que vuelves. ¿Crees que somos tus criados?
- ¡Estaba con el Señor Oscuro, maldito ignorante! –estalló la mujer fulminándole con la mirada-. Y por tu bien espero que ese niñato haya recuperado fuerzas. El Señor Tenebroso quiere interrogarle y le necesitamos consciente y con algo de fortaleza. Llegará en cualquier momento.
Rabastan hizo un gesto desagradable con la boca, pero se amedrentó enseguida. Bajando la vista hasta su desayuno, murmuró con desagrado.
- Está perfectamente. Mejor incluso que como lo trajiste tú. Si tanto te preocupa su salud, por favor, llévale algo de desayunar.
Bellatrix estuvo a punto de tirarle el café hirviendo a la cara. Sin embargo, la preocupación porque el plan de su Señor saliera correctamente la hizo, incluso, perder parte de su orgullo y recoger algunos alimentos para que el prisionero recuperara fuerzas. No podía permitir que perdiera la conciencia cuando el Señor Tenebroso estuviera interrogándole.
Llegó a la celda y se encontró al chico casi de la misma forma en que lo había visto el día anterior. Le habían conjurado un sencillo somier y las transfusiones de sangre iban entrando en su cuerpo a medida que este lo necesitara. Estaba pálido, pero menos que hacía dos días, cuando había perdido tanta sangre por la herida del brazo. Esta estaba curando, pero Bella comprobó con sórdida satisfacción que le quedaría una larga cicatriz de recuerdo, para cuando sus padres le encontraran. Ya se les habían escapado esos viejos chochos en una ocasión, pero esta sorpresa sería perfecta como represalia.
Comprobó que todo estaba en orden y, pasados unos minutos, el propio Señor Oscuro se personó en el lugar. Voldemort apenas dio un vistazo general al chico, comprobando que su estado parecía mejor. Le necesitaba fuerte para someterse a una potente legeremancia. Con indiferencia se apartó las mangas de la túnica y se dirigió a Bellatrix:
- Despiértalo.
La bruja sonrió levemente mientras sacaba su varita y apuntaba al muchacho. Al segundo de pronunciar el hechizo Enervate, el chico parpadeó repetidamente hasta enfocar la vista. Y la vio a ella. Con el pelo rizado y enmarañado como una loca y sonriéndole como solo ella sabía para poner la carne de gallina a la gente. Con él también funcionó y Bellatrix se rió satisfecha.
- Buenos días, Jamsie –le saludó fingiendo ser una amorosa madre mientras le revolvía el pelo-.
Él se apartó con rebeldía, lo que divirtió a Voldemort.
- Tienes carácter, ¿verdad, James? –dijo-. Ni siquiera en una situación de desventaja te asustas, ¿no?
Y confirmó sus palabras cuando el chico enfrentó su mirada. Había miedo en sus ojos, y su nuez se movía arriba y abajo en su garganta. Pero no apartó la mirada ni un segundo. Voldemort sonrió más ampliamente.
- Déjame adivinar: Gryffindor.
Se carcajeó cuando le vio fruncir el ceño y apretar la mandíbula. Si no fuera un simple crío valoraría ese valor indómito y le consideraría un valiente y digno adversario. Pero no estaba tratando más que con un niño. Un niño del que estaba deseando librarse y que lo haría en cuanto leyera en su mente a quién le había cedido la caja. Avanzó hasta ponerse a los pies de la cama del muchacho. Este apartó las piernas en un acto reflejo, pero intentó no mostrarse asustado.
- Tienes suerte de seguir con vida, chico –le dijo despacio intentando eliminar esa barrera de valentía que el muchacho había formado frente a sí-. Pero aún no he conseguido de ti lo que quiero. Y dado que eres mi última pista, no permitiré que te esfumes sin darme lo que busco. ¿Dónde está la caja?
Los ojos del chico se abrieron de golpe y su boca formó una o. Instintivamente su mirada bajó hasta su pecho. Lo último que recordaba era haberla metido en el bolsillo interior de su túnica. Pero allí era evidente que no estaba.
- ¿No contestas? –insistió Voldemort-.
James le volvió a mirar, evitando un escalofrío. No diría nada. No le tendría miedo. No se mostraría asustado. Se estaba prometiendo todo eso a sí mismo mientras Voldemort le agarraba del cuello de su pijama, le obligaba a incorporarse y le miraba a los ojos. Sintió una presión muy fuerte y un gran dolor de cabeza. En ese momento le habría encantado saber algo de oclumancia. Pero dudaba que, aun así, fuera capaz de usarla frente a alguien tan poderoso.
Voldemort escarbó por los recuerdos de James sin ningún tipo de compasión. Cuanto más le presionaba, más se agotaba el chico. Llegó hasta el último recuerdo que él conservaba de la caja, y era metiéndosela en el bolsillo interior de la túnica tras cambiar después del partido de quidditch, antes de reunirse con Lily para ir a Hogsmeade.
Frustrado, lo siguió intentando durante la siguiente hora. Llegó a saber todo lo que James había vivido con la caja. Cómo supo de ella, cómo la obtuvo, las conversaciones que había tenido con sus amigos y su novia sobre ella… Pero no había más recuerdos. Todo cuanto el muchacho recordaba era que la tenía él. Jurando en voz alta se apartó del chico, que cayó desplomado en la cama respirando pesadamente.
- ¡La tenía él! ¡En su túnica! –gritó enfrentándose a su fiel servidora-.
Ella negó con la cabeza repetidamente.
- Imposible, mi señor. Lo traje todo. Registré la habitación por completo. La caja no estaba allí. Alguien la ha debido coger antes. Los del hospital, sus padres, algún compañero…
Voldemort se volvió con frustración y de un golpe de varita hizo estallar una pared. Las posibilidades eran infinitas. Tenía que empezar a investigar cuanto antes. No podía perder la pista de esa caja. Con odio volvió a levantar la varita y la dirigió contra el muchacho, que le miraba con los ojos brillantes de la semi-inconsciencia.
- ¡Crucio!
El chico recuperó la conciencia de golpe y sus gritos rebotaron contra las paredes de piedra. Incluso alguna herida se volvió a abrir con esa tortura. Se retorció con violencia en la cama, intentando escapar de un dolor que tenía clavado desde el interior de la piel. Voldemort volvió a repetir la operación otras dos veces hasta que se relajó un poco. Tenía que empezar a trabajar. Detrás de él, Bellatrix miraba indiferente como el muchacho intentaba respirar, colocado boca arriba con las piernas enredadas, el pelo empapado en sudor y los ojos en blanco.
- Hay que investigar a mucha gente, y hay que hacerlo rápido. Dado que sois todos inútiles, yo me encargaré –declaró Voldemort-.
Se iba a marchar cuando Bellatrix se adelantó con nerviosismo.
- Déjeme ayudarle, mi señor. Me desharé del chico y empezaré a investigar a sus allegados.
- ¡No! –explotó este volviéndose violentamente sobre sí mismo-. De momento mantenle con vida. No sé si lo necesitaré. Y ya he dicho que lo haré yo solo. Ni se te ocurra molestarme el resto del día, Bella.
Antes de que ella pudiera volver a protestar se marchó por el pasillo y sus pisadas pronto dejaron de oírse. Frustrada, Bellatrix tuvo que cumplir órdenes. Con una pasada cerró las heridas que habían vuelto a abrirse y le puso la transfusión de sangre. Después abandonó la estancia volviendo a la cocina. Su enfado era tan evidente que Rabastan y Rodolphus se dieron cuenta de inmediato. Su esposo apenas le prestó atención un segundo antes de volver a leer El Profeta que acababa de llegar. Su cuñado, sin embargo, le dirigió una sonrisa burlona:
- ¿No ha ido bien? –preguntó con cínica y fingida inocencia-.
Esta vez Bella no se contuvo a la hora de tirarle encima el café. Después conjuró otra taza ignorando los insultos de Rabastan y le arrebató la mitad del periódico a su marido, que bufó dejándola por imposible. Se dedicó a apartar de su mente el fracaso que acababa de vivir intentando leer noticias absurdas. Pero no podía.
Hasta que el nombre de su aurora favorita apareció ante sus ojos. Era una noticia pequeña pero destacada, y que la alegró el día. Sonriendo, pensó que tal vez aún pudiera divertirse en un día en que no podría serle útil al Señor Tenebroso.
OO-oOo-OO
Alguien agita un banderín entre el público y Eva sale dispuesta a recibir los aplausos. Pero solo se oye alguna tos aislada… Con tristeza la autora intenta justificarse:
- Sé que no es tan bueno como me habría gustado. Pero os prometo que me ha costado. ¿Lo he dejado un poco en el aire? Sí. ¿Podría haber adelantado un poco más la historia? Bueno… también. Pero, ¿vendría bien para el suspense? ¡No! Os prometo, ¡no! Os aseguro que el próximo será de traca. La Orden es mucha Orden pero, ¿alguien se cree que los merodeadores y Lily se van a quedar de brazos cruzados? ¡Comienza la última gran aventura de esta historia!
El público parece algo más animado, pero aún quieren que les hagan más la pelota.
- Os agradezco mucho vuestra paciencia y comprensión, en serio. Apenas he recibido un par de cartas-bomba y eso se agradece. Sois un público muy chupi. Y aunque creáis que estoy haciendo sufrir mucho a James, os aseguro que ahora le tengo tapadito en la cama, descansando un poco. Le he torturado de más en este capítulo al mi pobre… Vale que pregunta por Lily, pero yo me hago la desentendida y así me lo quedo para mí :P
Se oyen grillos de fondo.
- Bueno… Pues yo lo dejo aquí. Dudas, sugerencias y/o amenazas, ya sabéis dónde estoy. No voy a volver a desaparecer tanto tiempo porque ya estoy de vacaciones. Mañana es el cumple de mi mami, por lo que no puedo escribir nada. Además, necesito vuestras opiniones para inspirarme. ¡Os quiero mucho peña! ¡Paz y amor y abajo Voldemort!
Salió del escenario todo resuelta y a los pocos segundos se escuchó el suspiro del director.
- Ya no sé qué hacer con ella –se lamenta-.
Y el telón cae por hoy…
