¡Hola, hola, hola! ¿Qué tal os va? ¿A los españoles que tal va el veranito? Ya queda poco y no ha sido el mejor verano de todos, en cuanto a tiempo se refiere, pero al menos algo de descanso ha habido, ¿no? Jeje. Y a los demás, ¿qué tal os va? ¡Espero que no demasiado agobiados! Sé que en Argentina ha habido un tiempo bastante bueno para la época que es, y eso siempre alegra el día :P

Bueno, antes de que me echéis la bronca por tardar algo más de lo debido, me tengo que excusar. No, esta vez no había exámenes ni trabajo, pero como era verano y acabo de licenciarme, puede decirme que no he puesto huevo en casa. Es decir, que no he parado jeje. Pero vida solo hay una, y esta hay que disfrutarla lo máximo posible. A veces he tenido un par de bloqueos, pero aquí traigo el capítulo recién salido del horno.

Respondo reviews anónimos y pasamos al capítulo:

Sole: ¡Hola cielo! ¡Gracias por las felicitaciones! Soy muy feliz con mi título en la mano aunque esté tan mal la cosa para encontrar trabajo jeje. Te he hecho caso y he descansado mucho y me he ido mucho de fiesta para compensar la encerrona :P. Siento mucho haber sido tan impuntual. ¡Mira que no ponernos de acuerdo sobre publicar y revisar la historia el mismo día! Jejeje. Yo siempre he considerado a James como la roca del grupo. No en vano con su muerte se vino todo abajo. Peter le traicionó, Sirius fue acusado injustamente y Remus ni dudó en su culpabilidad. Creo que de haber sido James hubiera sido distinto, porque él fue por ejemplo quien sacó a Snape de la trampa de Sirius, y lo hizo solo por Remus. O si James hubiera seguido vivo jamás habría dejado que encerraran a Sirius. Era el que confiaba en todos y el que hacía que confiaran entre sí. Al menos así lo veo yo. Así que normal que el ambiente sea ese… Los mi pobres están fatal porque después de tantos golpes, este es el definitivo. Comprendo que quieras matar a Slughorn, pero rompiendo una lanza a favor suyo la cosa pinta mal. Nadie ha salido vivo de un secuestro de mortífagos y todo el mundo sabe que Rachel ha sido mordida. No van a poder ocultarlo como con Remus, y eso hace difícil el que vuelva… Pero ya veremos qué nos encontramos. Si la Orden no hace milagros, ¿quién sino? Jeje También son mis ídolos, y adoro incluir a Frank y Alice :D. Te entiendo que no perdonaras a Bellatrix lo de Dobby, porque yo tampoco lo hice. Ni lo de Tonks… Les odio a ella y a Voldemort con locura. Cuando murieron aplaudí :P Bueno cielo, gracias por no tener instintos asesinos contra mí jeje. La vida a veces no da más de sí y hay que fomentar la que se vive fuera la del ordenador, porque siempre será más saludable. Espero que te guste este capítulo y tengas lo que buscas :P Un besazo! ;)

InLoveWithJamesPotter: ¡Hola! No te imaginas el piropazo que me has hecho al decirme que esta historia te recuerda a JK jeje. No creo estar ni a la suela del zapato, pero me alegro haber conseguido emocionarte aunque sea un poco de cómo ella consigue emocionarnos a todos :D. No te preocupes, no voy a dejar tirado el fic. Además, aún queda una segunda parte por delante. Eso sí, lo de no matar a nadie no puedo prometerlo. Si algo me gusta de JK es que, aunque duela, no tiene reparos en matar personajes por el bien del argumento. Por eso yo tampoco los tendré, aunque seré la primera afectada por ello. Les he cogido tanto cariño y echo tanto de menos a Kate y a Sadie :(. En fin, espero que te guste este capítulo y me des tu opinión pronto. ¡Un besazo!

Bueno, bueno, bueno. Hoy tenemos un poco de todo. La Orden, los mortífagos, los chicos, a mi pobre James, y la reaparición momentánea de un personaje por el que me preguntabais mucho jeje. Espero que os guste y os deje con ganas del siguiente que trae toda la acción a lo grande :P Espero que os guste. No olvidéis que nada que reconozcáis es mío.

"JURO SOLEMNEMENTE QUE MIS INTENCIONES NO SON BUENAS"

OO-oOo-OO

Capítulo 38: La trampa

Apenas el cielo se empezaba a iluminar tenuemente dando paso a otro día, cuando la mujer llamó a la puerta. Pese a la temprana hora él estaba despierto. En realidad no había dormido ninguna de las últimas dos noches. Justo lo contrario que su mujer, la cual permanecía constantemente sedada ante el ataque que había sufrido. Los sanadores temían que su corazón pudiera haberse visto afectado, por lo que la mantenían dormida durante el proceso que estaban pasando. El lento y agónico esperar de las peores noticias que él estaba viviendo solo.

Pese a las circunstancias, Charlus Potter no olvidó sus modales cuando dejó pasar a la aurora Ayleen Morris a su casa. O quizá era el intento de retrasar las malas noticias. Porque, ¿qué podría llevarla allí a esas horas, sino una novedad fatal?

- ¿Quiere tomar algo, señora? –preguntó con voz acongojada y rasposa, producto de su falta de sueño-.

- No, gracias señor Potter –se excusó la extravagante mujer mientras se secaba la lluvia con la varita-.

Esperó a terminar de acomodarse para seguir hablando, lo que puso más nervioso al hombre. Aunque apenas tardó más de dos segundos, a él le parecieron horas. Así le había pasado el tiempo desde que James había desaparecido. Cuando la aurora levantó su cabeza por fin y le miró a los ojos, vio en él toda la desesperación que representaba fielmente a todo lo que había presenciado en los últimos años de guerra.

- No tengo nuevas noticias de momento, señor Potter –dijo con una mueca de tristeza-. No le traigo nada bueno, aunque también es reconfortante saber que no le traigo nada malo.

Le vio suspirar de alivio. Y no era para menos. La idea que Charlus se había hecho debido a su inesperada visita era que le iba a llevar al Ministerio para que reconociese el cadáver de su propio hijo. Aunque aún no habían encontrado a James, también eso daba esperanzas de que siguiera con vida.

- Pero sí quería venir a hablar con usted en referencia a una noticia que se ha publicado hoy en El Profeta. No sabía si ya la había leído, pero me he apresurado a venir para aclarárselo.

- ¿A qué se refiere? –preguntó el hombre con extrañeza-. Lo cierto es que aún no he recibido el correo, pero no estoy para leer el periódico. No lo he estado desde que…

- Mejor –repuso la mujer-. Será lo mejor para su salud mental. Me temo que ayer se filtró la noticia del secuestro de James, y hoy han tenido la poca vergüenza de inventarse información sobre la investigación que estamos realizando.

Charlus frunció más el ceño al escuchar eso. Sabía que El Profeta se dedicaba a sacar mucho morbo de las situaciones producidas por la guerra, pero el no haber sido nunca blanco de sus chismes le había hecho menospreciarles. Ahora la idea de que hablaran del destino de James como si de un juego se tratara le revolvía el estómago.

- ¿Qué… qué han dicho? –preguntó intentando controlar su acceso de ira-.

La aurora le tomó del brazo, reconduciéndole a la salita que usaba como despacho. Le hizo sentarse en su sillón y se inclinó sobre él.

- No debe preocuparse por eso ahora. No han llegado a dar el nombre de su hijo, pero los datos que adelantaron pueden hacer fácil el identificarle. En la edición de hoy aseguran que una de mis compañeras de investigación irá hoy a registrar un lugar donde creemos que retienen a James. Nunca más lejos. Nuestra investigación va en otra dirección distinta. Por eso le pido que siga sin leer la prensa y espere mis noticias. Le juro que estamos trabajando lo más deprisa que podemos para encontrar a James.

El hombre suspiró con fuerza, apartando los ojos de la comprensiva mirada de la mujer que estaba intentando ayudarle. Era casi imposible que mantuviera la calma y fuera paciente, aunque sabía que era un buen consejo el pedirle que no leyera la prensa. Conjeturar con informaciones erróneas solo le llevaría disgustos, pero no ayudaría a su hijo en absoluto. Lo que ocurría era que él necesitaba hacer más que quedarse a esperar. Había sido un hombre de acción en su juventud, y solo se había mantenido distante en esa guerra por el bien de James y del resto de su familia. Pero ahora solo tenía a Dorea, que estaba completamente sedada y a James, quien estaba en peligro. Y no poder hacer nada…

Se lo explicó así a la mujer, sin saber siquiera qué quería conseguir. Aunque ella le escuchó con paciencia y comprensión, no cambió de parecer, y así se lo dijo.

- No puedo darle más información que la que ya esté contrastada. Créame que comprendo lo que está pasando, pero no le haría bien oír las conjeturas con las que trabajamos y que estas puedan ir desmontándose por el camino. Déjenos hacer nuestro trabajo y yo le informaré de los avances reales que haya. De momento céntrese en su esposa, le necesita.

Y así era, pero no sabía cómo llegar hasta ella cuando las pociones la mantenían tan apartada del mundo. Cuando despidió a la aurora, que marchó enseguida al Ministerio a seguir trabajando en el caso de James, subió a ver a Dorea. Estaba en su cama durmiendo, como llevaba desde que había tenido el ataque al poco de desaparecer su hijo. A su lado, sentada en una mecedora que había pertenecido a Elladora Potter, una jovencísima sanadora dormitaba. Se irguió cuando le escuchó entrar, pero él no le prestó atención.

Desde San Mungo le habían recomendado mantener a su esposa en su casa bajo cuidado médico. Con todo lo ocurrido en los últimos días, los mejores profesionales estaban muy ocupados en el hospital. Pero le habían dado la idea de contratar a una las chicas que acababan de sacarse la carrera para que vigilara a Dorea y avisara a un superior en caso de alguna complicación. Esta se había mantenido igual y no había dado mucho trabajo a la jovencita, pero Charlus agradecía la presencia de la muchacha. Él solo no habría sido capaz de cargar con todo ese peso emocional.

Miró a su esposa, con el pelo antiguamente moreno y ahora casi cubierto por las canas apartado de la cara. Su tez estaba más pálida de lo normal, aunque nunca había sido muy morena. Las pintas y pecas que la edad le había repartido por su piel destacaban ahora más debido al conjunto que hacían con sus profundas ojeras. Mirarla era como ver a James también. Tenía sus mismos labios y el mismo corte de la cara, y vería los mismos ojos de tenerlos abiertos. Su hijo había sacado de él su nariz, su barbilla y su inteligencia y habilidad con la varita. Sin embargo su carácter era más abierto y alegre, como el de Dorea. Había sido un niño muy buscado y deseado, y la idea de quedarse sin él era insoportable.

Cuando James entró en la adolescencia pasaron unos años difíciles. De niño era impulsivo y algo caprichoso, pero fácil de tratar. Pero de adolescente se había vuelto rebelde y respondón. La relación con su padre se había enfriado notablemente, aunque seguía manteniendo devoción por su madre. Pese a las diferencias que había tenido con su hijo en los últimos años y de no entender algunas de sus ideas, Charlus le admiraba. Porque era más loco e impulsivo que él, pero también más valiente y comprometido. Porque James no sabía dar la espalda a lo que él consideraba injusto, ni siquiera teniendo a todo el mundo en contra. Defendía sus ideales aunque los demás no le comprendieran y le tacharan de arrogante, cosa que también era. Pero no intentaba disfrazar sus acciones para quedar bien con unos y otros. Dios mío, no soportaría que le ocurriera nada…

Tomó la mano de su esposa durante varios minutos, pero esta siguió sin responder. Solo le quedaba rezar y esperar no perderlos a los dos. Sonrió levemente a la muchacha que estaba tomándole la tensión a su mujer, y esta intentó transmitirle un poco de fuerza con su sonrisa. Al salir al pasillo miró alrededor, sin reconocer la casa en la que había vivido toda su vida. Perdido, sin saber qué hacer con el tiempo que le sobraba para esperar, bajó las escaleras de nuevo para volver a su despacho.

Por el camino se cruzó con un espejo y se detuvo un momento a ver su imagen. Se había quedado tan delgado en esos pocos días que los huesos de la cara se le marcaban en la piel. Su pelo blanco, siempre pulcramente peinado (Merlín sabría de dónde había heredado James el suyo), estaba revuelto y sucio. La barba le había crecido, pero no tenía ganas de afeitarse. Parecía mucho más viejo de lo que ya era, y así se sentía. En los últimos días había envejecido cien años de golpe…

Intentando huir de la autocompasión, se encerró en su despacho y echó mano de la botella de brandy. Apenas eran las siete y media de la mañana, pero su cuerpo era incapaz de digerir otra cosa. El sabor fuerte del alcohol le atravesó la garganta y le hizo sentir algo más cercano a la tierra. Era irónico que necesitara de ello para sentir que el mundo aún giraba a su alrededor.

Sentándose en su mesa miró las cartas que habían llegado el día anterior. Eran decenas. Ahora que sabía que la noticia de la desaparición de James se había publicado en el periódico, eso tenía sentido. Pero hasta ese momento no había sido capaz de abrir ninguna. Buscó en el montón las que pertenecían a los amigos de James. Había cinco de Sirius, una de Remus, otra de Peter y tres de Lily, la chica que su hijo le había presentado como su novia. Cuando habían llegado pensó que eran dirigidas a James, y las enterró fuera de su vista ante el dolor de pensar que quizá su hijo no pudiera llegar a leerlas. Pero en ese momento pensó que quizá solo buscaban noticias de él. Si habían leído El Profeta era lógico que ellos también estuvieran preocupados.

Frunciendo el ceño y recomponiendo fuerzas, abrió una de las cartas de Sirius con una pequeña daga que tenía encima de su escritorio. Era corta y la letra era irregular y temblorosa. Casi podía ver al que quería como a otro hijo escribiéndola con la preocupación y la impaciencia impresas en su rostro.

Mamá Dorea:

Siento ser tan insistente pero ya os he mandado dos cartas y no me habéis contestado. ¿No le ha pasado nada a James en realidad? Lo que salía en el periódico esta mañana… y bueno, lo que la gente comenta. ¿Vosotros no lo habéis leído? ¿Estáis en el hospital con él?

Por favor, solo queremos saber qué tal está. Contéstame en cuanto puedas, estamos todos muy preocupados.

Sirius.

Al terminar de leer la carta, Charlus suspiró. Esperaba que a esas alturas los profesores les hubieran aclarado algo, pues él, en su encierro autocompasivo, no había hecho nada. De todas formas la sincera preocupación de todos esos chicos merecía una explicación, aunque fuese muy corta. Él no podía contarles mucho porque apenas le habían dicho nada. Aun así, y siguiendo por primera vez el consejo de su hermano Adam, no se calló nada ni intentó proteger a los muchachos de la verdad. Porque aunque la verdad doliera, era consciente de que la incertidumbre era mucho peor.

OO—OO

Todo el equipo ya había llegado a Lincoln cuando el sol acababa de salir completamente. La casa que habían preparado para la trampa que le harían a Bellatrix era perfecta. Moody se había encargado de desviar la atención del departamento de la noticia de El Profeta haciéndola pasar por un bulo. Había tenido que permitir que los responsables del departamento del uso indebido de la magia y de la seguridad mágica comprobaran que ese sitio verdaderamente estaba deshabitado. Pero había conseguido distraerlos.

Alice dio una vuelta al salón de la casa abandonada. Estaba llena de polvo y de telarañas por todas partes, pero otrora había sido un lugar hogareño y reconfortante. Lo sabían porque la habían usado como cuartel general hasta hacía un par de años, cuando tuvieron que cambiar su ubicación al ser descubierta. Por las escaleras que llevaban al sótano aparecieron los hermanos Prewett. Estaban cubiertos de hollín y se estaban quitando varias telarañas del pelo.

- Abajo no hay trampas –dijo Fabian-. Al menos nada peligroso.

- Aunque sí asqueroso –repuso su hermano-. ¿Alguien sabe quién era el encargado de cerrar la chimenea cuando nos fuimos? Menos mal que no hemos venido con polvos flu…

Pese a las circunstancias, Alice tuvo que contener una risa. Los Prewett siempre conseguían aligerar el ambiente, si no era con bromas era porque a ellos siempre les ocurrían las cosas más insospechadas. De un salto, Marlene bajó de la segunda planta y le sonrió.

- Todo despejado arriba. Podrás enfrentarte a ella sin tener ninguna sorpresa.

Alice le devolvió la sonrisa y volvió a echar un vistazo a la habitación. No sabía cuánto tiempo tenía que esperar para que Bellatrix apareciera, pero estaba segura de que en cuanto leyera la noticia iría. La mortífaga no había podido resistirse a un enfrentamiento con ella desde la primera vez que Alice la venció en su revancha. Desde entonces sus peleas habían sido continuas. En cualquier batalla le buscaba, y debía confesar que ella también estaba deseosa por enfrentarse a su némesis. Pero aun así estaba nerviosa. Frank no había podido ir, ya que habría sonado muy raro que los dos no se presentaran al trabajo estando trabajando en el caso del chico desaparecido.

- ¿Estás segura de que podrás hacerlo, Alice?

Dumbledore también había terminado de registrar su lado de la casa y la observaba desde la puerta que daba a un pequeño despacho. Tragándose los nervios, como haría un buen Gryffindor, ella asintió y sonrió con más confianza de la que sentía.

- Todo irá bien. En unas horas tendremos la ubicación de donde esconden al chico y esto habrá acabado. Y, con suerte, felizmente.

Marlene le sonrió ampliamente. Era una muchacha muy joven, apenas tenía veinte años. Sin embargo, era una de las mejores brujas que había conocido en su vida. Excepcionalmente inteligente, con una mente preclara y trabajadora como la que más. Quizá pecaba un poco de inocencia y de exceso de confianza, como todos los que llevaban poco tiempo en la Orden.

- Si algo falla, Alice, aprieta esto –le dijo dándole un pequeño aparato de plástico-.

Era más pequeño que la palma de su mano y de color negro. En el centro tenía un botón rojo que al apretarlo vibraba.

- Es un instrumento muggle que he variado un poco. Lo llaman busca y suele enviar un mensaje con un número que… Bueno, en este caso le he adaptado para que te lleve hasta nosotros en caso de cualquier problema. Es como un traslador, pero funciona cuando tú lo deseas, no cuando está programado.

Alice tomó el aparato con extrañeza. Era típico de Marlene juntar instrumentos muggles con magia y experimentar con todo. Si los del departamento de uso indebido de objetos muggles registraran la casa de los McKinnon encontrarían un arsenal. Pero por eso la chica era tan valiosa para la Orden.

- En serio Alice –insistió Dumbledore mirándola con seriedad-. No trates de hacerte la heroína. Si algo saliera mal, si Bellatrix no apareciera sola, no te arriesgues y desaparécete. O sino avísanos. En cuestión de segundos estaremos aquí.

Mirando al comandante a la cara asintió con la cabeza y les tranquilizó con una sonrisa positiva de las suyas. Marlene le correspondió con otra, los Prewett levantaron los pulgares en señal de victoria, y Dumbledore la observó con preocupación. Diez segundos después estaba sola en la casa, a la espera de que su enemiga apareciera.

OO—OO

Cuando Ayleen Morris llegó al Ministerio la mayoría de los trabajadores se habían incorporado ya a sus puestos de trabajo. La oficina de aurores era un hervidero de conversaciones, maldiciones por fallos en misiones y de papeleo por todas partes. Una de las más nuevas incorporaciones al cuerpo, Kingsley Shacklebolt, salió a su paso cuando se dirigía al cubículo en el que trabajaba.

- Ayleen, acaban de llegar los resultados de las pruebas que tomasteis en San Mungo.

Eso obtuvo su inmediata atención. Casi le arrancó los papeles de las manos y empezó a buscar frenéticamente.

- ¿No concluyentes? –exclamó el final-. ¿Cómo pueden ser no concluyentes? Esa persona se paseó por toda la habitación, secuestró al chico y se llevó consigo multitud de medicamentos. Alguna huella ha debido dejar.

- Por lo visto ninguna suficientemente profunda –comentó el chico con una mueca-. En los laboratorios exigen un porcentaje de presión para…

Pero se calló al darse cuenta de que esa información era superflua en ese momento. Ayleen dejó caer con rabia los papeles en su mesa y se sentó llevándose las manos a los ojos y frotándolos. Esa noche tampoco había podido dormir muchas horas.

- ¿Ya se sabe cómo consiguieron entrar? –le preguntó a Shacklebolt, quien la había seguido y esperaba su reacción con tranquilidad-.

- Sí. Atacaron a una de las recepcionistas, Lucretia McMillan, y no les fue difícil después acceder a los enseres personales de la sanadora Morrison. Supongo que en ellos encontrarían fácilmente un pelo que se le hubiera caído. La recepcionista se está recuperando en San Mungo.

Ayleen asintió con la cabeza, en absoluto preocupada por esa mujer. Consideraba que la seguridad del hospital era demasiado baja teniendo en cuenta la cantidad de personas que albergaba. Aún no entendía cómo no había habido más ataques dentro de él, pero temía que, ahora que habían visto su debilidad, los mortífagos quisieran acceder a él.

- Estupendo… No es que sea mucho, pero quizá podamos interrogarla. Avísame cuando lleguen los Longbottom, por favor.

- Frank ya está aquí –le comunicó Kingsley mientras ya se iba-.

- ¿Ya han llegado? –preguntó extrañada comprobando la hora. Apenas pasaban de las ocho-.

- Solo Frank. Alice se ha pedido la mañana libre por un asunto familiar, pero él lleva aquí desde antes de que yo, y he llegado a las seis.

Ayleen asintió con confusión. Frank y Alice habían estado algo ausentes la tarde anterior y por la noche le habían pedido que se encargara ella sola de la investigación hasta el día siguiente. Era sorprendente que Frank llegara tan pronto. Se levantó y miró hacia el cubículo de su compañero, pero este estaba vacío. Miró a Kingsley en busca de una explicación, pero el joven se limitó a señalarla el pequeño despacho de documentación antes de seguir la lectura de unos papeles que tenía en la mano.

Frank había tomado como costumbre utilizar ese lugar para pensar. Era una costumbre algo molesta, pues el departamento de aurores no contaba con todo el espacio que necesitaba y uno de ellos no podía acotar un despacho para él solo. Sin embargo, pese a los reproches de sus compañeros, él seguía haciéndolo. Y allí estaba, efectivamente. Inclinado sobre diversas fotografías de mortífagos y moviendo nerviosamente las piernas en señal de nerviosismo. La miró alerta cuando entró, pero enseguida apartó la mirada.

- ¿Te encuentras bien, Frank? –preguntó la mujer dándose cuenta de que se encontraba frenético-.

Él tragó saliva y asintió con una sonrisa tan falsa que ella no se la creyó en ningún momento. Estaba preocupado por algo, pero era evidente que no era ese caso el que le quitaba la tranquilidad.

- Ya he informado a los Potter de que la noticia es falsa. Desde luego no sé cómo pueden tener tan poca sensibilidad como para publicar algo así sin contrastar… En fin, afortunadamente no habían leído nada. Bueno, de hecho Dorea Potter está inconsciente casi desde que desapareció su hijo. El señor Potter aguanta la compostura, pero es evidente que está destrozado.

Frank asintió con la cabeza comprensivamente.

- Le encontraremos sano y salvo –dijo como si fuera una promesa hecha a sí mismo-.

Parecía tan serio que Ayleen quiso hacerle sonreír cambiando un poco el tono de la conversación.

- Por eso no he tenido hijos. Solo te dan disgustos…

Frank sonrió de mala gana y volvió a asentir con la cabeza distraídamente. Suspirando, su compañera se sentó a su lado y le cogió una mano. Por edad podía ser su madre, aunque el instinto maternal nunca había llegado a su vida. Sin embargo, sí sentía un fuerte sentido de protección por sus compañeros más jóvenes.

- Te ocurre algo. Kingsley me ha dicho que Alice se ha pedido la mañana por un asunto familiar. ¿Todo va bien en casa? ¿Tus padres están bien?

Él casi se sorprendió por la pregunta, pero supo esbozar una sonrisa más creíble.

- Claro. Mis padres son dos robles. En realidad no ha pasado nada de gravedad. Alice vendrá esta tarde. Si parezco nervioso es porque no he dormido mucho estos días y parece que el caso no avanza…

- ¡Y que lo digas! –exclamó ella-. Acabo de ver los resultados de las pruebas…

Y comenzó una larga lista de razones por las que los del departamento de seguridad eran unos inútiles. Frank asentía con la cabeza cada poco y esbozaba una sonrisa cuando su compañera lo hacía. Pero su mente estaba lejos, en Lincoln. Preguntándose si Alice estaría jugándose la vida en ese momento por arrancarle unos cuantos cabellos a Bellatrix. Miró de nuevo la hora y suspiró.

OO—OO

- Lily, por favor, tienes que comer algo.

Gisele no estaba acostumbrada a cuidar de nadie. Ella siempre había sido la irresponsable, la alocada, la impulsiva… Era de ella de quien cuidaban sus amigas. Pero, ¿quién quedaba para cuidarla? Kate había muerto, Rachel parecía poder seguir el mismo camino, dada la falta de noticias, Grace no salía de la enfermería y Lily… Pobre Lily. Jamás la había visto tan devastada. Intentaba disimularlo y mostrar fortaleza, lo que le resultaba admirable. No estaba segura de que ella pudiera mantener así el tipo de estar en su lugar. Pero era evidente que su amiga estaba pasando el peor momento de su vida.

Enfrente de ella, con su preciosa melena pelirroja despeinada y descuidada como nunca antes y unas inmensas ojeras que oscurecían sus ojos verdes, estaba una chica que no reconocía como Lily Evans. Su amiga era sensible y de lágrima fácil a las injusticias, pero no había derramado ninguna lágrima desde que los primeros rumores sobre James empezaron a circular. También tenía siempre una palabra que invitaba a la esperanza y le sobraba fe para cualquier situación, pero esa vez parecía que ambas le faltaban. Estaba comportándose de forma contraria a la habitual, lo que la desconcertaba. No conseguía saber cómo actuar con ella.

Habría querido hablarlo con Grace, quien conocía más a la pelirroja y quizá sí lo habría sabido. Pero todos le habían prohibido mencionarle algo de James a la chica. Consideraban que decirle todo aquello cuando estaba en la enfermería sin poder hacer nada era cruel. Ella también lo creía, y más sabiendo el carácter impulsivo de Grace, quien querría estar con su mejor amiga. Pero no sabía cómo podía ayudar a Lily sin su colaboración.

- No me entra nada… -murmuró su amiga exhalando un suspiro cansado-.

- Pero llevas dos días sin probar bocado –insistió mirando hacia los chicos desesperada-.

Pero estos parecían estar aparte de su conversación. Sirius, Peter y Remus estaban al otro lado de la mesa, con las cabezas unidas y hablando en voz baja. Llevaban así desde que habían llegado, y a ella le pareció muy injusto que no estuvieran más pendientes de Lily. Ellos también estaban afectados, pero al menos comían y dormían más que ella. Demostraban su preocupación por James con esa abstracción que les hacía ignorar el estado de su amiga. Maldito egoísmo masculino…

Se sentía muy inútil sin su colaboración ni la de Jeff, que desde el día anterior había decidido comer con su novia y los amigos de esta para huir de ese ambiente. Con las ideas agotadas, tomó un croissant y se lo tendió a su amiga. Estaba dispuesta a hacérselo tragar a la fuerza si era necesario. Pero Lily se zafó con brusquedad y la miró con el ceño fruncido.

- En serio Gis, no puedo. Lo vomitaría…

Resoplando de desesperación tiró el croissant sobre la bandeja y se cruzó de brazos. Lily también lo hizo, pero escondió la cara entre ellos y se apartó del mundo. La miró de reojo unos segundos, pero no supo qué hacer. Su mirada volvió a los chicos, aunque estos seguían sin enterarse de nada. Frustrada, les volcó encima la bandeja entera de la bollería.

- ¿Qué haces? –exclamó Peter, no sabía si más enfadado por el ataque o por ver la comida desparramarse por el suelo-.

Remus se apartó los croissants que quedaban en su túnica y la miró interrogante y sorprendido. Ella señaló a Lily con frustración. Él la miró y abrió la boca con una mueca triste al haber descuidado a su amiga. Pero fue la mano de Sirius la primera que atrapó las de Lily y la obligó a levantar la cabeza.

- Pelirroja, no te hundas ahora –le dijo en voz baja-.

- Pronto se sabrá algo, Lily –añadió Remus con tono tranquilizador-. Los padres de James nos escribirán pronto, estoy seguro.

Como si le hubieran oído, en ese momento comenzaron a llegar las lechuzas con el correo. La pelirroja se lo tomó como una señal y su rostro se iluminó de golpe. Se puso en pie e intentó ver alguna lechuza que le sonara familiar. Pronto distinguió la suya, y Gisele tuvo que sujetarla para que no se subiera sobre la mesa para atraparla antes.

Su ánimo se vino abajo tan pronto como reconoció la letra de su madre. Días antes esa habría sido su prioridad: tener noticias de su madre y que ella le hablara de la recuperación de su enfermedad. Pero ahora James estaba mucho más en peligro que ella, por lo que la decepción le quitaba las ganas de leer su carta.

- ¡Es del padre de James!

Levantó la cabeza tan deprisa al escuchar a Sirius que se hizo daño en el cuello. No se había dado cuenta de que a su amigo le había llegado también una carta. Las esperanzas volvieron a surgir en su interior como una llama ardiente. Tuvo la tentación de arrancarle el sobre, pues le parecía que no lo estaba abriendo suficientemente rápido. Notó las manos de Gis apretar su brazo con nerviosismo, dándole apoyo. Tenían que ser buenas noticias. Tenían que serlo…

Pero la cara de Sirius no dio muestras de alegría, sino que más bien se vino abajo. Ella se quedó mirando su expresión, asustada porque la misiva les hubiera traído las peores noticias. Casi creía empezar a oír los rumores cuando la gente leyera la noticia en el periódico. Continuó mirando a su amigo y no hizo caso cuando Remus le arrancó la carta de las manos para poder leerla él. Peter se inclinó hacia su amigo para tener también acceso y ambos se quedaron callados unos segundos eternos. Finalmente Remus suspiró mientras Peter hacía una mueca.

- ¡¿Qué? –exclamó ella perdiendo la paciencia-.

Le arrancó la carta a Remus antes de que pudiera contestarle, pero no necesitó leerla pues su amigo le respondió.

- Nada malo. Simplemente nos confirma lo que ya sabíamos. La noticia hablaba de James.

- Dice que los aurores están investigando ya dónde pueden tenerle –añadió Sirius con frustración, ante una carta tan poco reveladora-. Les han pedido paciencia y confianza y él nos pide lo mismo…

Lily prefirió leer la misiva por sí misma, aunque comprobó que apenas decía poco más de lo que ya le habían contado sus amigos. Estaban estancados. Y ya hacía dos días que James había sido secuestrado…

OO—OO

Un par de horas después de haberle dejado solo, Bellatrix volvió para revisar el estado del prisionero. Si hubiera sido por ella le habría dejado agonizar tras la última tortura que su señor le había impuesto, pero este había insistido en que debía mantener con vida al chico. Sus planes habían fallado. No había conseguido congratularse con su señor y poder conseguir lo que a los demás se les había resistido. Y todo era por culpa de ese mocoso. La caja debía estar en su poder, era de él. Pero, ¿por qué no la tenía? ¿Por qué no recordaba qué había hecho con ella? Si le hubiera entregado la caja a otro, el Señor Oscuro lo habría sabido a través de sus recuerdos…

Pero la impaciencia le había inundado y había decidido que no podía confiar en nadie. Había sido un duro golpe para Bellatrix el que no le hubiera dejado acompañarle. Significaba que no era importante para la misión, pero ella quería serle de utilidad a su señor. Y no creía que comportarse como la criada de ese niñato fuese muy útil.

Conocía a ese crío, aunque fuera de vista. Era uno de los inseparables colegas de su primito, el traidor. Era a su casa a la que había huido el muy cobarde para no tener que servir al Señor Tenebroso. Lo que menos ganas tenía era de hacerle de niñera a ese insolente muchacho que se había atrevido a mirar a los Black por encima del hombro. Todo el mundo sabía que, en el fondo, los Potter eran unos traidores a la sangre. Dorea, una antigua Black, había renunciado a los principios milenarios de su familia al casarse con el imbécil de Charlus Potter. Un duelista guaperas con mucho músculo y poco cerebro. Aunque el hijo no parecía tener mucho músculo, estaba segura que tenía el cerebro tan pequeño como el padre.

Cuando se inclinó sobre el chico para ver su estado descubrió que estaba consciente. O al menos semi consciente. Tenía los ojos abiertos, parpadeaba lentamente y de vez en cuando pasaba saliva. Pero su respiración era lenta y no enfocaba la vista. Aunque quizá sin esas gafas de culo de botella, que estaban tiradas en el suelo a varios metros de él, no veía nada.

Sin prestarle mucha atención se dio cuenta de que el chico sí había tomado algo de su desayuno. La tostada estaba mordida y faltaba un trozo grande. Eso significaba que el instinto de supervivencia le tenía fuerte, pues haberse movido para poder tomar ese bocado debía haber sido como atravesar su cuerpo con mil trozos de hielo. Pero él debía intuir que necesitaba estar fuerte para soportar lo que le tenían preparado. Aún no tenía ni idea de lo que le esperaba…

Poniéndole bien la bolsa de transfusión de sangre y rellenándola, dio por terminado su trabajo. No iba a estar pendiente del chico toda la mañana. Aún tenía en su mente lo que acababa de leer. Los aurores siempre buscando por el sitio equivocado, los muy inútiles… Pero por ella bien. Si Alice Longbottom decidía meterse en la boca del lobo sola y voluntariamente, ella estaba muy dispuesta a ir a jugar con su vieja amiga.

Echándole una última mirada al chico decidió que podía estar a salvo hasta que ella volviese, que sería antes de que el Señor Tenebroso tuviera oportunidad de descubrir que no estaba vigilándole estrechamente como le había ordenado. Mientras cerraba la puerta y enfilaba el camino de salida, pensó que tenía que despachar a Longbottom cuanto antes. Se había ganado un momento de diversión, pero solo un momento. Además, ¿por qué iba a querer matarla? Le resultaba mucho más entretenida viva que muerta…

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- Bien chicos. Hoy vamos a continuar practicando el encantamiento desilusionador –dijo el profesor Flitwick una vez comenzada la clase-. Poneos por parejas y procurad estar callados.

Era raro volver a esa dinámica. Las clases teóricas podían ser más fáciles porque solo tenían que sentarse y escuchar lo que decía el profesor, pero las prácticas eran otra cosa. Para Lily era raro ponerse en pareja con alguien que no fuera Grace, aunque al menos ella sabía que su mejor amiga volvería pronto a clases. Pero Gisele lo tenía peor. Desde que Rachel había tenido que dejar el colegio se había acostumbrado a formar pareja con Kate, y la idea de que no iba a poder volver a hacerlo era descorazonadora. Además, con el profesor Flitwick nadie hacía mucho caso en lo de estar callados y solían aprovechar para cotillear entre todas. Y ahora solo estaban ellas dos.

Además, había que incluir el hecho de que Lily no estaba en absoluto pendiente del ejercicio ni de su amiga. De hecho, le parecía mucho más interesante intentar escuchar la conversación que mantenían Sirius y Remus algo más alejados de ella. Aunque era raro verles trabajar juntos, ese día los amigos se habían unido y habían dejado a Peter con Jeff. Normalmente, a falta de James, era Peter el que formaba pareja con Sirius. Sin embargo, el pequeño del grupo no parecía muy hablador (haciendo sintonía con Jeff, quien los últimos días estaba más callado aún que de costumbre) y sus otros dos amigos sí estaban todo el rato cuchicheando cosas. De James. Ella sabía que hablaban de él. Llevaban todo el día haciéndolo, pero más aún desde que habían recibido la carta de su padre. El por qué no compartían con ella sus impresiones era algo que le mosqueaba. Quizá se estaba volviendo un poco paranoica.

Suspiró y rodó los ojos mientras jugueteaba con la varita.

- Vamos Lily, inténtalo –le sugirió Gisele que, para asombro de la pelirroja, estaba realizando el ejercicio con obediencia-.

Pero si la latina tenía que ponerse aplicada para sacar a su amiga del estupor en que estaba metida, lo haría. Grace volvería pronto, pero aún estaba ingresada en la enfermería. A Kate no la volvería a ver. Era algo que debía asumir cuanto antes, aunque costase. Y Rachel… prefería no pensar en su mejor amiga. Ahora solo tenía a Lily, y tenía que ayudarla. Apoyarla como ella lo había hecho cuando habían muerto sus padres. Aquello parecía tan lejano en el tiempo, y solo había pasado un mes… Pero la guerra era así. Si no superabas pronto las desgracias, te quedabas atrás. No había tiempo para el dolor, la supervivencia estaba antes. Y habían ocurrido tantas cosas desde entonces…

Pensar en sus padres no era la solución, porque el estómago se le encogía y los ojos le escocían. Y ahora ella debía ser la fuerte para Lily. Le dio un tirón a su amiga del brazo y se puso frente a ella, dándole la espalda.

- Házmelo a mí, venga. A ver cómo te sale.

Con desgana, Lily levantó la varita y apuntó a la nuca de su amiga. Ni siquiera tuvo que pronunciar el hechizo, lo que para Gisele era imposible. Al instante tuvo la conocida sensación como si algo le resbalara por la espalda y al levantar el brazo vio que se había convertido en un camaleón humano. Hasta distraída, Lily era la mejor en encantamientos.

- Me parece que soy yo la que necesita ayuda –comentó con una pequeña sonrisa volviéndose hacia ella. Quizá así conseguiría distraerla-.

Pero Lily no la miraba. Continuaba pendiente de Sirius y de Remus. El primero jugaba distraídamente con su varita mientras le hablaba en voz baja a su amigo, quien parecía prestarle más atención a él que al hechizo que estaba realizando. Por eso dejó a Sirius medio visible. Pero el profesor Flitwick se encontraba corrigiendo a Jeff y no le regañó por su falta de atención.

- Lily –la llamó de nuevo Gisele suspirando-.

La pelirroja hizo una mueca.

- ¿Qué crees que piensan? Si no me han dicho nada es porque quizá se deben estar poniendo en lo peor… ¿Tú qué opinas de esto?

Gis no supo muy bien qué responder. No sabía qué podían estar pensando Sirius y Remus, pero sí sabía lo que pasaba por su mente. Para matar a sus padres solo habían necesitado una noche, y James llevaba dos días secuestrado. También recordaba el caso de Matt, el joven hermano de Dorcas Meadows, que había estado varios meses desaparecido hasta que encontraron su cadáver. Pero no podía recordar a nadie que hubiera vuelto con vida de un secuestro de mortífagos… Su funesto pensamiento debió reflejarse en su cara, porque Lily la miró aún más suplicante y alarmada. Ella intentó componer una sonrisa rápidamente.

- Tenemos que tener confianza, Lily. Tienes que ser fuerte. Pueden encontrarle en cualquier momento, y sé que James no querría que tú estuvieras mal.

La pelirroja chasqueó la lengua.

- Cómo si pudiera estar pegando botes… Simplemente, simplemente no lo entiendo –suspiró con fuerza sentándose en una de las sillas sin importarle si el profesor Flitwick le decía algo-.

Este pasó delante de ellas y Gis vio que abría la boca para llamar su atención, pero que se arrepintió en el último momento y se marchó hacia el otro lado de la clase. Por suerte él era uno de los profesores más comprensivos con todas las situaciones que creaba la guerra.

- Es que no sé por qué le han tenido que secuestrar a él. James no es nadie para ellos. Su familia no está metida en la guerra, si acaso su tío pero… Y si no vuelve… No puedo concebir la idea de que pueda no volver a verle sin ningún motivo, sin ninguna explicación que…

De repente una chispa se encendió en la mente de la pelirroja. Se calló de golpe y levantó la cabeza con gesto de asombro. Sus ojos estaban completamente abiertos y empezó a negar repetidamente.

- ¿Qué pasa? ¿Qué estás pensando? –preguntó Gis arrodillándose delante de ella-.

Pero Lily se incorporó de golpe haciendo trastabillarse a su amiga y provocando que cayera de culo.

- Soy imbécil –se dijo a sí misma en voz baja-. ¿Cómo no…? De verdad que soy idiota…

- ¿Qué te ocurre? –preguntó Gis incorporándose-.

En ese momento el profesor Flitwick dio por terminada la clase, lo que le vino a Lily de perlas. Tenía que salir de allí. Ahora entendía muchas cosas, pero no comprendía por qué ninguno había caído en eso hasta ahora.

- Luego te cuento –le dijo descuidadamente a su amiga mientras recogía su mochila y salía corriendo de clase-.

Gis ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar. Cuando quiso darse cuenta la pelirroja ya había salido del aula.

- ¡Lily! –exclamó tomando su mochila e intentando esquivar a sus compañeros, que se habían apelotonado en la puerta, para darle alcance-.

- ¿Qué le ha pasado? –la preguntó Remus poniéndose a su lado y mirando con preocupación hacia donde había desaparecido la pelirroja-.

- No lo sé. Estábamos hablando de James y de repente ha empezado a decir que es imbécil y se ha marchado –contestó con estupor la latina-.

Suspirando, Sirius les dio un empujón a los dos y salió del aula.

- Ya me encargo yo –dijo mientras se marchaba-.

- ¡No, espera Padfood! ¡Déjame a mí! –exclamó Remus siguiéndole-.

- ¿A dónde vais por ahí? ¡Que tenemos clase con McGonagall! –exclamó Peter que acababa de darles alcance-.

Tras él, Jeff tenía la misma cara de desconcierto. Los dos miraron a Gisele sin comprender, pero ella tampoco entendía muy bien qué acababa de pasar ahí.

- Van detrás de Lily, pero no sé qué le ha pasado a ella.

Ellos la devolvieron la misma mirada de incomprensión que ella portaba y volvieron a mirar hacia el pasillo por el que se habían perdido sus amigos. Los tres se miraron extrañados sin saber qué hacer.

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Alice llevaba dos horas fingiendo registrar la casa. Comenzaba a pensar que se habían equivocado con Bellatrix. Ella no debía tener tanta obsesión por ella cuando aún no había aparecido… Pero temía que la mortífaga estuviera esperándole en el exterior, pendiente de que saliera desprevenida. Si era así, llevaba dos horas allí y habría podido darse cuenta de la trampa. Nadie tardaría tanto tiempo en registrar esa vivienda. ¿Y si se había dado cuenta y se había marchado?

Controlando su expresión y negando esos malditos pensamientos de auror que le llevaban a replantearse todas las opciones, suspiró hondo. Ella era más positiva que todo eso. Y sabía perfectamente que Bellatrix estaba obsesionada con ella. La primera vez que se habían enfrentado, Alice no había muerto porque la mortífaga encontró más divertido torturarla poco a poco y dejarle cicatrices en los brazos como recordatorio. Quizás creyó que así le haría tener miedo y dejar el cuerpo de aurores, pero ella se preparó concienzudamente para su nuevo enfrentamiento. Cuando volvieron a encontrarse, la única forma que había tenido de escapar de la varita de Alice fue desapareciéndose. Y eso Bellatrix no lo olvidaría jamás. Desde entonces había intentado matarla cada vez que se habían enfrentado.

Sabía que no podría dejar pasar esa oportunidad. Por eso estaba completamente preparada cuando sintió algo moverse a sus espaldas y pudo crear un escudo protector a tiempo. El rayo verde se detuvo a escasos centímetros de su cara, y Alice se preparó para el combate incluso antes de oír la enloquecida risa de Bellatrix.

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La profesora McGonagall entró en el aula y cerró la puerta tras ella. Las normas eran claras cuando se trataba de su maestra: si entrabas detrás de ella te restaba puntos, daba igual de la casa que fueras. Y Lily siempre lo había llevado a rajatabla. Incluso Remus lo hacía. Sirius era otro cantar, pero no era el caso. Lo que le llamó la atención a Gisele, quien notó de repente a Peter deslizarse en el asiento contiguo al suyo, fue que ninguno de los tres había aparecido hasta entonces.

- ¿Dónde se habrán metido? –susurró su amigo mirándola extrañado-.

Ella se encogió de hombros.

- No lo sé. Te juro que me he perdido. Lily se puso rarísima, ni siquiera me dijo a dónde iba. Me soltó: Luego te cuento, y se marchó.

- Pero yo pensé que Pad y Moony la traerían aquí -comentó el muchacho frunciendo el ceño-.

Gisele se volvió a encoger de hombros confusa. Debió seguir a Lily cuando tuvo oportunidad, y no dejar que fueran Sirius y Remus los que la buscaran. Entre chicas se entenderían mejor, ¿no? Aunque quizás para hablar de James prefiriera hacerlo con sus amigos…

- Espero que no vuelvan con más malas noticias –le dijo a Peter mientras él sacaba el libro distraídamente-.

- ¡Silencio! –ordenó en ese momento McGonagall-. Hoy continuaremos el tema de las transformaciones humanas. Antes de seguir el temario, los que hayan hecho la redacción voluntaria que propuse, entréguenmela.

Gisele, Peter y Jeff se sintieron muy pequeños cuando todos los Ravenclaw se levantaron a entregar sus redacciones. Por un lado los águilas les superaban en número, aún si Remus, Lily y Sirius hubieran estado allí. De ese curso ninguno había sufrido ninguna baja durante la batalla, ni siquiera de heridos. Todo les había pillado cuando llegaban al pueblo, así que habían podido huir sanos y salvos. Ellos habían sido los primeros en alertar en Hogwarts de lo ocurrido. Y por otro lado, ninguno de los tres se había molestado siquiera en pensar dos veces en los deberes de McGonagall. Como eran voluntarios, solo Lily y Remus los habían hecho.

Ese momento incómodo pasó cuando los Ravenclaw se fueron sentando en silencio y McGonagall les echaba una mirada de censura a los de su casa, que pasó a ser de extrañeza. Siendo tan pocos, no era de extrañar que notara que la mitad de los Gryffindor faltaba. Pero en contra de lo que pensaron los chicos, no dijo nada. Continuó la clase con total normalidad, hasta que llegó el momento de realizar la práctica.

- Colocaos por parejas. Williams, usted póngase con Morgan.

Jeff se separó de Peter y Gisele con una expresión difícil de definir, y estos le hicieron una mueca de disculpa por dejarle solo. Al otro lado de la casa, una chica de pelo castaño le sonrió tímidamente para indicarle que no mordía, ni muchísimo menos. A los pocos minutos de estar practicando, Gis se empezaba a arrepentir de haber formado pareja con Peter. Tenían que transformar a su compañero en un mueble y ella le había puesto tres patas y un sombrero de madera, pero el resto seguía siendo Peter con una expresión aguda de dolor. Y ahora le tocaba a él hacérselo a ella.

Cerró los ojos, asustada por cómo se encontraría al abrirlos. Pero más allá de un cosquilleo y una sensación extraña no sintió nada raro. Cuando abrió los ojos se encontró en una posición mucho más bajita de lo normal, y con Peter mirándole desde arriba sonriente.

- Excelente Pettigrew –comentó McGonagall deteniéndose a mirar a Gisele-. Un trabajo fantástico. Diez puntos para Gryffindor.

Agitó su varita en dirección a la latina y esta volvió a su aspecto original sin sufrir ningún tipo de dolor. Esperaba que su estupefacción no fuera demasiado evidente en su rostro porque Peter podría ofenderse por la poca confianza que le profesaba. Es que solía ser tan torpe normalmente que ya se había visto en la enfermería… Sin embargo su amigo parecía ser muy bueno con las transformaciones humanas.

La profesora McGonagall sonrió de nuevo a Peter, algo inusual en ella que guardaba sus ceños para ese cuarteto y en especial para él porque era el menos aplicado. Se volvió hacia Gisele y, en vez de seguir su camino, se acercó un paso a ellos para hablarles en voz baja:

- ¿Ha ocurrido algo con Evans, Lupin y Black? ¿Por qué no han entrado en clase?

Gis y Peter se miraron un segundo antes de responder. Al principio dudaron si contarle la verdad, pero dado que no era ningún delito ni nada prohibido no tenían por qué inventarse excusas.

- Pues… verá profesora. Resulta que estábamos hablando de James en la anterior clase cuando Lily salió corriendo, y Remus y Sirius fueron tras ella. Y aún no han vuelto. Suponemos que están hablando, pero no sabemos qué bicho le picó para actuar así de repente.

En vez de compartir su extrañeza, McGonagall puso cara de comprensión y suspiró.

- Claro. Debe de ser difícil…

Se quedó unos segundos pensativa, y Gis y Peter continuaron callados por si seguía hablando. Pero la profesora solo suspiró y les dio a cada uno una palmada en la espalda.

- Sigan trabajando.

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Alice lanzó un hechizo hacia donde procedía la histérica risa de la mortífaga. Segundos después, esta volvió a reírse, esta vez desde el lado opuesto de la estancia. Sus pasos resonaron también y se dejó ver. Estaba al lado contrario a la puerta, apoyada con tranquilidad en una estantería vacía y llena de polvo mientras su varita rodaba por sus dedos.

Pero ella no bajó la guardia. Sabía lo rápida que era Bellatrix. En un momento podía estar cómodamente relajada y al siguiente fulminarte con una maldición letal. Siguió apuntándole con la varita, contantemente alerta. Bellatrix sonrió como si se hubiera encontrado con su mejor amiga.

- ¿Me buscabas, querida?

Alice estuvo a punto de pensar que todo se había ido al traste y que había descubierto su plan. Pero afortunadamente su tapadera volvió a su mente antes de que ningún gesto o expresión le delatara. Al fin y al cabo, tanto en un caso como en otro buscaba a Bellatrix, entre otros.

- ¿Dónde está el chico? –preguntó en voz baja-.

Bellatrix volvió a reírse jocosamente.

- ¿De verdad creías que tendríamos a ese mocoso en un lugar como este? Nosotros no somos tan estúpidos como para utilizar una guarida que ya había sido vuestra.

Alice enarcó las cejas, como si dudara de la inteligencia de los mortífagos. Al menos eso era lo que quería expresar. Necesitaba sacar a Bellatrix de sus casillas, hacerle acercarse más.

- ¿Dónde le retenéis si no es aquí? –volvió a preguntar para distraer a su oponente y que esta no se percatara de que se iba acercando-.

- ¿Qué te hace pensar que sigue vivo? –cuestionó a su vez la mortífaga con fingida inocencia-.

- Vosotros no sois de esconder cadáveres –respondió con el corazón latiéndole a mil por hora-. Os gusta mostrar al mundo vuestras hazañas.

Bellatrix volvió a reírse de nuevo, pero afortunadamente Alice seguía alerta, pues al segundo siguiente tuvo que esquivar una maldición cruciatus que se dirigía hacia ella. Ni siquiera había tenido tiempo de crear un escudo si no que tuvo que hacerse a un lado. Respirando entrecortadamente Alice le devolvió el gesto al tiempo que se levantaba del suelo, pero la mortífaga también lo evitó.

¿Cómo le sacaba de sus casillas? Lanzándose hechizos a distancia no conseguiría arrancarle los cabellos que necesitaba. Tenía que poner realmente al límite a esa zorra. Por eso su mente comenzó a maquinar a gran velocidad. Relacionó todo lo que sabía del caso del chico, todo lo que supuestamente no debería saber e intentó evitar mostrar su ignorancia en otros huecos.

- ¿Qué pasa? ¿Ahora te encargas tú del caso? ¿Divon ya no es útil a tu señor? –preguntó comenzando a andar en círculos, intentando tenerla siempre enfrente-.

Era tantear un poco el terreno, pero al ver la expresión sorprendida de Bellatrix supo que había acertado. Strike uno.

- ¿Tú…?

- ¿Si sé que Ethan Divon está vivo y en vuestro bando? –preguntó imitándole la risa-. Por supuesto, querida. Lo sé todo. Lo sabemos todo. Dumbledore conoce toda vuestra jugada.

- ¡La habréis descubierto ahora! –exclamó Bellatrix ya no tan segura de sí misma-. Potter, Mendes y la hermana de Divon han muerto, y mi Señor tiene tres de las cuatro cajas. ¡Habéis reaccionado tarde!

¿Cajas? Interesante… Así que las cosas importantes que Voldemort quería eran unas cajas. Pero, ¿qué había dentro? Era una lástima que no pudiera intentar sonsacárselo porque debía hacer como que ya conocía de antes su existencia. Una nueva idea le vino a la cabeza.

- En nuestro bando somos muy sacrificados, Lestrange –dijo como quien no quiere la cosa-. Sabemos que lo importante es que no consiga la última caja. Ethan nos avisó de que seríais muy fáciles de despistar.

- ¡¿Qué dices? –exclamó de nuevo Bellatrix. En ese momento Alice dio un paso hacia ella y esta no se percató. Strike dos-.

- Os ha demostrado que sabe muy bien ser un agente doble. ¿Qué os hace pensar que no lo será ahora para nosotros?

- ¡Asesinó a su propia hermana! ¡Torturó a Potter hasta la muerte! ¡No intentes hacerme creer que uno de vuestro lado es capaz de hacer eso, Longbottom! ¡Sois tan estúpidos que dais la vida por los demás! ¡Divon puede que sea un inútil, pero le ha demostrado la lealtad al Señor Tenebroso de muchas formas!

Y no se dio cuenta de que Alice se había ido acercando más y más. Estaba muy próxima, casi con alargar el brazo podría tocarla. Pero para la mala suerte de la aurora, la mortífaga era demasiado rápida. Se dio cuenta de su cercanía y le mandó un hechizo cortante que la hizo retroceder para no rebanarse el cuello. Los siguientes minutos Alice solo pudo defenderse del fiero ataque de Bellatrix. En un momento dado tuvo que esconderse tras un viejo sillón, temiendo que no le diera tiempo a escapar de allí con vida, y menos con lo que había ido a buscar…

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Sirius y Remus habían perdido de vista a Lily entre la multitud, pero continuaron su camino hacia la torre de Premios Anuales esperando encontrarla allí. Y no se equivocaron. La pelirroja estaba en la sala común, justo en frente de la chimenea, intentando sacar un ladrillo. Los chicos se miraron el uno al otro un segundo, algo preocupados por su salud mental. Remus se adelantó primero e intentó poner una voz muy tranquilizadora.

- Lily, sé que no hemos estado todo lo pendientes de ti que deberíamos, pero si necesitas hablar…

Se calló esperando que ella dijera algo o tal vez se pusiera a llorar. Pero Lily se limitó a hacer un ruidito para que supiera que le había escuchado y continuaba con su labor de intentar desmantelar la chimenea. Antes de que Remus volviera al segundo ataque, Sirius intervino.

- Vamos pelirroja. Ya sé que es difícil pero no puedes salir corriendo de todas partes. Tienes que ser más fuerte.

Desgraciadamente eso sí consiguió una reacción. La pelirroja dejó un segundo de sujetar el ladrillo que estaba intentando arrancar y les fulminó a los dos con la mirada. Puede que fuera poco más alta del metro y medio y estuviera como un palillo, pero los dos retrocedieron un paso ante la furia que demostraban sus ojos.

- ¡Y lo dicen los que solo hablan cuando yo estoy lejos! –berreó frustrada porque hubieran ido a molestarle en ese momento cuando llevaban todo el día ignorándola-. ¿De qué tenéis miedo de que me entere? ¿De que es posible que James no vuelva con vida? ¡Soy muy consciente de eso!

Remus volvió a dar el paso que había retrocedido y alargó el brazo, pensando que quizá se iba a poner a llorar. Pero en vez de eso les fulminó de nuevo con la mirada y se volvió a prestar atención de nuevo al ladrillo.

- Oye, sí desmontar la chimenea te hace sentir mejor, yo te ayudo.

- ¡Cállate de una vez, Sirius, y siéntate! –gritó ella sin cejar en su empeño-.

- Lily, ¿seguro que no quieres…?

- ¡Tú también te callas Remus! ¡Y ve con él!

- Pero…

- ¡Que os sentéis!

Ese último grito les hizo sentarse de golpe por instinto. Era como ser reñidos por sus madres, o peor, por McGonagall. Hacía tiempo que no veían así a Lily. Era la actitud que tomaba cuando tenía exámenes finales, estaba histérica, le faltaba tiempo para estudiar y a ellos se les ocurría hacer en medio de la sala común una exhibición de las bombas fétidas que habían comprado en Hogsmeade. Aunque a James normalmente le causaba más risa que respeto, no era el caso del resto de sus amigos.

La dejaron unos minutos que siguiera pegándose con la chimenea (¡Cualquiera le interrumpía!). Tras un tiempo prudencial en que solo se oían las maldiciones en voz baja de la pelirroja y sus quejidos por hacerse algún corte en las manos, sacó el ladrillo de la pared y lo tiró sobre su hombro con expresión radiante. Estuvo a punto de estampárselo a Remus en la cabeza, quien tuvo el tino de agacharse a tiempo.

Después se dio la vuelta, con algo en las manos y con la expresión entre triunfante y enfadada (algo complicado de ver). Sirius abrió la boca para preguntar si ya podía hablar, pero su amigo le dio un golpe en la pierna para que fuera más cuidadoso. Lily se sentó en la mesita de centro, justo en frente de ellos.

- ¡He sido estúpida! –exclamó frustrada-.

Ninguno se atrevió a negar ni afirmar aquello, sino que la miraron interrogantes.

- ¿Cómo no me había acordado antes?

- ¿De qué? –preguntó Sirius sin poder contenerse-.

Lily les mostró lo que llevaba en las manos y los dos se inclinaron para mirarlo mejor. Lo reconocieron al instante, aunque aún estaban confundidos.

- ¿La caja del tío de James? ¿Cómo la tienes tú? –preguntó Remus-.

- Me la dio él. En Hogsmeade, antes de que se lo llevaran.

- ¿Pero qué…? –pero de repente Sirius se calló, abriendo cada vez más los ojos a medida que comprendía-. Crees que le han secuestrado por eso.

- ¿Por qué sino? –preguntó la pelirroja con expresión de obviedad-. No tiene sentido. Él no es nadie para ellos. Pero ya lo leísteis el otro día. Han encontrado muerto al tío de James. Quizá buscaban esto, han investigado…

- Y por eso le han secuestrado, creyendo que tenía la caja –completó Remus asintiendo con la cabeza, de acuerdo con su teoría-.

Sirius puso una expresión muy parecida al pánico mientras miraba la caja de color verde.

- Pero si no la tiene… ¿creéis que le habrán matado?

Remus y Lily se callaron los siguientes segundos, sobrecogidos por la idea de que eso pudiera haber ocurrido ya. Pero el licántropo negó con la cabeza repetidamente.

- No. No puede ser… ¿Qué sentido tiene? Perderían la pista… Pero quizá sepan ya que te la dio a ti, Lily y… Tenemos que hablar con Dumbledore –finalizó con cara de circunstancias-. Tenemos que contarle que la tenemos.

- En teoría ya debería saberlo, pero no lo parece si no ha venido a buscarla –informó Lily. Ante la perplejidad de sus amigos, explicó-. El día de los funerales estaba el padre de Sadie, y me vio con la caja. Al principio me amenazó, pero cuando me creyó con que no pretendía entregársela a Voldemort me pidió que la guardara bien hasta que pudiera entregársela a Dumbledore. La guardé aquí hasta que pudiera dársela al director, pero con todo esto me olvidé de ella.

Decir que sus dos amigos estaban flipados era decir poco.

- ¿El padre de Sadie? Pero… ¿cómo? ¿y qué tiene él que ver con las cajas?

La pelirroja recordó en ese momento que sus amigos eran tan ignorantes en ese tema como lo había sido ella hasta hacía pocos días. Intentando no liarse demasiado les explicó un poco la historia de la elaboración de las cajas.

- ¿Entonces hay más de una? –preguntó Sirius sorprendido-.

- Cuatro, en realidad. Y Voldemort tiene tres. Pero si no están todas juntas su poder no es tan fuerte como si las unen todas. Funcionan independientemente con bastante buen resultado, pero componiendo el poder de las cuatro…

- Si solo le queda esa estará desesperado por encontrarla –intervino Remus-. Tenemos que hablar con Dumbledore cuanto antes. Cuanto más tiempo pase peor será para James…

- ¡Pero el viejo no está! Lleva dos días sin aparecer por el colegio –exclamó Sirius frustrado-.

- Algo tendremos que hacer. No podemos quedarnos con ella en la mano sin hacer nada por James –resolvió Lily

En eso los tres estaban de acuerdo, pero no tenían claro cuál sería la opción más rápida para salvarle. Siguieron hablando del chico y de la caja con preocupación, y cuando quisieron darse cuenta era la hora de la comida y se habían saltado el resto de las clases de la mañana.

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Alice no podía aguantar mucho más tiempo el fiero ataque de Bellatrix. Evidentemente había sido imprudente al acercarse demasiado, y ahora la mortífaga no pensaba fiarse. Apenas sí podía defenderse en condiciones, pero ni siquiera tenía tiempo de tomar el aliento para lanzar un ataque. Miraba frustrada esa mata de pelo agitándose al ritmo de su dueña, tan cerca de ella y tan imposible de conseguir…

- ¡Crucio!

A duras penas consiguió levantar un escudo suficientemente potente como para bloquear la imperdonable.

- ¿Esto querías? ¡¿Acaso querías esto? –gritaba Bellatrix entre furiosa y eufórica-.

Un rayo de color violeta pasó rozando la mejilla de Alice, quien notó que se le abría una herida y comenzaba a manar la sangre. Torpemente apuntó a una mesita que estaba a la derecha de Bellatrix y se la tiró encima a la mortífaga, pero esta la rechazó con un movimiento ágil que a la vez tiró la lámpara del techo. Alice perdió el equilibrio al echarse hacia atrás para que no la cayera encima. Sintió que la varita le resbalaba por los dedos y…

- ¡AHHHH!

Notó que su rodilla izquierda perdía fuerzas de golpe y acabó tirada en el suelo, gimiendo de dolor mientras se llevaba una mano a la pierna. Por lo que podía palpar, parecía que tenía la rodilla dislocada y ese no era su principal problema. Bellatrix hizo a un lado la lámpara sin esfuerzos y, antes de que Alice pudiera alcanzar su varita, estaba frente a ella mirándola con su típica sonrisa macabra.

- ¿Es esto lo que venías buscando, Longbottom? –preguntó lanzándole un crucio que sí dio de lleno en el pecho de la aurora-.

Esta entre el dolor en la pierna y la tortura sintió que se le iban las fuerzas. Y su varita estaba demasiado lejos de su alcance.

- Tu marido va a tener que recomponerte cachito a chachito para poder identificarte –le espetó la mortífaga para después reírse de forma fría y espeluznante-.

Alice no sabía si esa vez hablaba en serio o era otra de sus técnicas de tortura que usaba intentando dejarle claro que era superior a ella. Pero no lo dudó. En su bolsillo notó el pequeño aparato que le había entregado Marlene, y lo tomó con fuerza con la mano izquierda. Pese al dolor en la pierna, la movió para desequilibrar a su enemiga que, sorprendida, cayó a su lado. La aurora no perdió el tiempo. Se tiró sobre ella, le dio un buen tirón de pelo llevándose varios cabellos entre sus dedos y apretó el botón del aparato muggle, desapareciéndose de allí.

Al segundo siguiente se encontró tumbada boca arriba en un paraje lejano, con la sensación de que su pierna no podía estar peor. Unos brazos la tomaron con suavidad, intentando ayudarla a levantarse.

- ¡Ay! –se quejó al no poder mantenerse en pie con la rodilla así-.

Fabian y Gideon se sorprendieron de su exclamación, pero al ver el extraño ángulo que formaba su pierna le ayudaron a sentarse en un banco que había cerca.

- ¿Qué ha ido mal? –preguntó nerviosa Marlene mientras Dumbledore se inclinaba sobre Alice para inspeccionarla-.

Estaba malherida y agotada, pero la aurora compuso una sonrisa triunfante.

- Todo ha salido bien –declaró elevando la mano donde tenía enredados los largos cabellos negros-.

Marlene y Fabian celebraron la victoria mientras recogían con cuidado los pelos de entre sus dedos. Satisfecha consigo misma, Alice cerró los ojos y recargó su cabeza en la pared que tenía detrás. Le ardía la pierna, ya no solo la rodilla. Se había abierto varias heridas al desaparecerse en ese estado, pero afortunadamente se había librado de la despartición.

- Debería verte un sanador, Alice –recomendó el anciano tocando con su varita la rodilla dislocada-.

La aurora dio un respingo y Gideon la sujetó con más fuerza los hombros intentando darle ánimos.

- Has estado soberbia. Has logrado cumplir la misión tú sola –le susurró con una amplia sonrisa para animarla, a pesar de su mal estado-.

Alice hizo una mueca con la boca.

- La muy zorra ha estado a punto de matarme. ¡Oh! Y he perdido mi varita… -añadió con expresión de sufrimiento-.

Gideon y Dumbledore compartieron una mirada de entendimiento y los dos acariciaron a la chica para reconfortarla. Para un mago, perder su varita de toda la vida era como perder la mitad de su brazo. Alice había crecido y aprendido en Hogwarts con esa varita. Con ella se había convertida en aurora. Y ahora…

- Afortunadamente puedes comprarte otra, Alice –comentó Dumbledore-. Lo importante es que tú estás bien y has cumplido tu parte.

Para que pudiera aguantar mientras tardaran en llevarla a un sanador, Dumbledore le conjuró una tablilla que recolocó la rodilla y le puso recta la pierna. La joven tuvo que morderse los dientes para no volver a gemir de dolor, pero cuando el comandante le preguntó su estado ella asintió restándole importancia.

- ¿Listo, señor? –preguntó Marlene llegando seguida de Fabian destapando una probeta en cuyo interior había un líquido de color azul muy claro-.

El chico llevaba en su mano derecha una pinza que sujetaba un pelo largo y negro.

- ¿Qué habéis hecho con los demás? –preguntó Gideon al ver que solo usaban un cabello-.

- Los hemos guardado. Solo se necesita un pelo, así que podemos guardar el resto para cuando sea necesario –le explicó su hermano-.

- No, espera Marlene. No lo hagas ahora –intervino de repente Dumbledore-.

Los cuatro restantes le miraron confusos, pero Fabian acertó a guardar el cabello en una pequeña cajita que llevaba en un bolsillo antes de que este se perdiera.

- ¿Qué ocurre? –preguntó Alice intentando ignorar el dolor que le atenazaba la pierna-.

- Aún no. Volvamos al cuartel –ordenó el líder-. Te acabas de escapar de Bellatrix. Estará frustrada y enfadada, y es posible que no haya vuelto aún al lugar donde deben retener a James. Esperemos un poco. Mientras, Alice, tenemos que conseguirte asistencia sanitaria.

Pese a lo poco que le gustaba que la compadecieran, Alice no se pudo negar cuando la tomaron en brazos entre los Prewett y la acomodaron para la desaparición. El dolor de la pierna era horrible, sentía como si no pudiera volver a andar en la vida. Y eso no era lo peor. Bastante se iba a enfadar Frank cuando se enterara a lo que se había expuesto…

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Cuando los tres bajaron al comedor por ser ya la hora, la mayoría del colegio estaba allí desde hacía rato. Se les había pasado el tiempo discutiendo todo lo referente a James y a la caja (la cual descansaba de nuevo incómodamente en el bolsillo de Lily). Peter, Gisele y Jeff ya estaban comiendo. Los dos primeros estaban uno en frente del otro hablando, mientras que el tercero se había sentado de nuevo aparte con su novia y los amigos de esta.

- ¿Se lo decimos a ellos? –preguntó Lily mirando a Peter y Gis mientras se iban acercando-.

A su izquierda Remus suspiró, pero no dijo nada. Fue Sirius el que habló.

- Quizá debamos hablar con Dumbledore antes de preocuparles. Pero el viejo sigue sin estar aquí. Mirad su asiento…

Efectivamente, el asiento del director estaba vacío como llevaba estándolo desde días anteriores. No había comido en Hogwarts ningún día desde los ataques, pues los pasaba entre San Mungo, el Ministerio, y otros lugares que los estudiantes desconocían. Pero sí había ido alguna vez a cenar. Eso sí, casualmente, desde que James desapareció no se le había visto por el colegio.

Habiéndose puesto de acuerdo, los tres echaron a andar en dirección a sus amigos que ya les habían visto y les llamaban con la mano. Sin embargo, no contaban con que otra persona les había visto y se dirigía hacia ellos rápidamente.

- Evans, Lupin y Black, con vosotros quería hablar.

La profesora McGonagall les abordó con su habitual carácter severo. Estaba seria y les miraba con el ceño un poco fruncido, aunque los merodeadores (que por algo habían pasado con ella más tiempo que la mayoría del colegio) no notaron que fueran signos que hubiera que temer. Se detuvieron a pocos pasos de llegar donde Gisele y Peter les esperaban y se prepararon para una bronca. Lily, que ya se imaginaba lo que ocurría, habló la primera.

- Profesora, ya sé que hemos faltado a su clase pero…

- No solo a mi clase, señorita Evans, sino que usted y Lupin tampoco han ido al aula de la profesora Vector y el profesor Kettleburn le ha echado de menos en su clase, señor Black.

- Y yo que pensé que estaría aliviado –murmuró Sirius haciendo que su amigo tuviera que ocultar una pequeña sonrisa-.

La profesora vio el intercambio aunque no pudo escuchar las palabras. En consecuencia les miró a los tres reprobatoriamente.

- Soy consciente de que están pasando unos días especialmente difíciles y les aseguro que contarán con nuestra comprensión y apoyo. Pero no puedo permitirles faltar a más clases sin motivo alguno. Eso está prohibido en Hogwarts, ¿Ha quedado claro?

- Sí, profesora –dijeron los tres al tiempo-.

La profesora dudó un poco de la cara de buenos que habían puesto los dos chicos, pero al fijar su mirada en Evans y ver sus ojos tan sinceros, no pudo evitar sonreírla con compresión y palmearle el brazo en señal de apoyo.

- Por hoy no pasará nada. Pero que no se repita.

Se dio la vuelta, pero Lily la llamó para aprovechar que estaban hablando con ella.

- Profesora, en realidad queríamos hablar con el director. Es urgente, es sobre James.

McGonagall se dio la vuelta y la miró comprensivamente, como si supiera y entendiera toda la situación, pero no pudiera hacer nada por evitarla.

- Lo lamento, pero me temo que es imposible. El director se ha marchado a atender unos asuntos privados y no volverá en varios días.

Evidentemente esos asuntos tenían que ver con el señor Potter, pero no podía confiárselo a ellos pues se pondrían muy pesados intentando averiguar qué sabía el profesor. Y Dumbledore debía centrarse en encontrar al chico con vida, no en tranquilizar a sus amigos y a su novia. Pero claro, decirlo de ese modo también traía consecuencias.

- ¿Asuntos privados? ¿Ahora? –preguntó Sirius dando un pequeño empujón a Lily para acercarse a la profesora-. James está desaparecido. ¡No puede dedicarse a otra clase de asuntos en este momento! ¡No él que es el líder de la resistencia!

- Señor Black, le pido que se modere –exigió la mujer-. El director sabe muy bien lo que hace. Cuando todo pase…

- Perdone profesora –insistió Remus cortándole la palabra-. Pero es que necesitamos hablar con él con urgencia. ¿No podría llamarle?

- Imposible –sentenció la mujer-. Me temo que no puedo molestarle en este momento. Si tienen algo que decir o alguna pregunta que hacer, por supuesto yo estoy a su servicio.

Remus abrió la boca, dispuesto a contárselo todo aunque fuera en un breve resumen. Pero en ese momento Sirius le dio un pisotón y exclamó:

- ¡Vale, ya lo hemos entendido!

Empujó a su amigo hacia la mesa y tiró de Lily para que ella les siguiera. Enseguida estuvieron los dos sentados al lado de Peter mientras Remus cruzaba la mesa para situarse junto a Gisele, mirando a Sirius sin entender nada. Los otros les miraron interrogantes pues no habían podido oír la conversación.

- ¿Os ha echado la bronca por faltar a clase? –preguntó Peter-.

- ¿Dónde estabais? –cuestionó Gisele casi a la vez-.

- Sí –respondió entonces Sirius escuetamente-.

- En mi torre, hablando –le aclaró Lily a su amiga-. Perdona por dejarte con la palabra en la boca.

- Sirius, ¿se puede saber por qué no me has dejado contárselo? –preguntó entonces Remus sentándose al lado de su amiga y fulminándole con la mirada-.

El otro puso cara de obviedad.

- No podemos ir contando algo así por ahí. Ese tema incumbe solo a la Orden.

- ¡Pero ella es la subdirectora, quizá pueda ayudarnos!

- Yo creo que Sirius tiene razón, Remus –intervino Lily-. No sabemos si la profesora pertenece a la Orden, o incluso si la conoce siquiera. No es algo que podamos divulgar así porque sí. Podríamos poner a James en peligro.

- ¿En peligro? ¡Pero si es McGonagall!

- No digo que no confíe en ella, pero tenemos que tener mucho cuidado con esta información. No sería prudente haberlo divulgado en medio del comedor sin saber si alguien nos estaba escuchando o no.

Remus se calló ante la evidencia de eso último. Quizá sí podían confiar en la profesora McGonagall, pero no podían hablar con ella ahí en medio. Quizá deberían ir a su despacho por la tarde. Sí, esa era la mejor opción.

- ¿De qué habláis? –preguntó Peter sin enterarse de nada, al igual que Gisele-.

- Luego te cuento –dijo Sirius despreocupadamente sin apartar la atención de Lily y de Remus-. Lily, tú sabes utilizarla, ¿no?

- ¿Qué?

La pelirroja se volvió hacia él claramente sorprendida. No entendía cómo la conversación había girado tanto en tan poco tiempo, y más en medio de tanta gente. Pero Sirius se estaba cuidado de hablar en clave.

- Su padre te enseñó a usarla, ¿no? –insistió él-.

- Eh… sí. Me enseñó varias cosas. Pero solo era por si acaso. Por si algo salía mal.

- Ya ha salido mal –declaró el joven Black-. Dumbledore no está y no podemos contactar con él. Yo propongo empezar a trabajar por nuestra cuenta.

- ¿No estarás hablando de lo que creo que estás hablando, no Sirius? –intervino Remus cuando Lily aún se estaba planteando qué contestar a eso-.

Su amigo le miró con impaciencia.

- Claro que sí. La tenemos nosotros, Lily sabe utilizarla. Quizá usándola bien…

- ¡No sabríamos ni por dónde empezar! –exclamó el licántropo mirándole como si estuviera loco-. Yo pensé que iríamos luego a hablar con McGonagall y ver si ella puede ayudarnos.

- ¿Y si ella no sabe nada? ¿Y si ni siquiera pertenece a la Orden? Sería perder el tiempo. Y ya han pasado dos días.

- Aunque ella no sepa, podrá llamar al director y él se pondrá en contacto con nosotros en cuanto pueda. Hay que tener paciencia.

- ¡Paciencia y una mierda! –exclamó Sirius enfadado-.

Lily decidió dejar de mirarles como si presenciara un partido de tenis e intervino.

- Cálmate Sirius. Remus solo ha dado una idea. Aunque lo cierto es que yo también creo que nos arriesgamos a perder tiempo…

- Lily, por favor, sé razonable –le pidió Remus buscando un poco de paciencia-. ¿Qué vamos a poder hacer con ella para ayudar a James? Por mucho que te hayan enseñado…

- Lo cierto es que ya sé más que ellos. Recibí la información de primera mano –insistió la pelirroja-. Si solo pudiéramos llegar hasta ellos creo que podríamos tener muchas posibilidades…

Remus suspiró con cansancio. Gisele y Peter les observaban a los tres intentando entender esa bizarra conversación, Sirius le miraba con el ceño fruncido y Lily tenía los ojos repletos de anhelo. Su amigo siempre había sido un inconsciente y no podía cambiar eso, pero la pelirroja estaba siendo muy irracional. Sabía que siendo James eso le haría más vulnerable, pero esperaba que un poco de su razonamiento habitual aún quedara en ella.

- Sé un poco coherente. Tú eres de pensarte más las cosas, Lily –dijo en voz baja intentando hacerle ver lo absurdo de la idea de Sirius-.

El problema era que este estaba demasiado nervioso.

- No hay tiempo para pensarse las cosas. Hay que actuar ya.

- Lo siento, pero no estoy de acuerdo –contestó él intentando mantener la calma-.

Cuando Sirius se levantó de golpe pensó que había perdido la cabeza del todo y le pegaría un puñetazo. No sería la primera vez, aunque sí con él y delante de todo el mundo. De hecho, le miró durante unos segundos como si no deseara otra cosa que pegarle con todas sus fuerzas. Pero después salió para el pasillo.

- Lily, si no lo hacemos ya puede que los demás no lleguen a tiempo –dijo antes de marcharse enfadado-.

Resoplando, Remus cerró los ojos unos segundos para no ir detrás suyo a seguir discutiendo. Al abrirlos vio a Lily rehuyendo su mirada y la de todos. Se había puesto en su plato unas pocas verduras y les ponía toda su atención, aunque no se las comía. Molesto por ni siquiera poder hacer entrar en razón a su amiga, se sirvió una chuleta y la atacó como si estuviese en mitad de la luna llena.

- ¿Alguien me explica todo esto? –preguntó Gisele con cara de sorpresa-.

Compartió una mirada de desconcierto con Peter, pero nadie le respondió. En todo el resto de la comida, solo se escuchaba el chirriar del tenedor de Lily contra el plato y a Remus masticando con más rabia que hambre.

OO—OO

Sirius se llevó una malísima mirada de la señora Pomfrey cuando entró en la enfermería como un caballo desbocado. Pero dado que no había podido pegarle un puñetazo a Remus (no por falta de ganas) y se había quedado sin comer, su humor estaba completamente justificado. El tema era muy grave. James estaba en serio peligro, y esperaba y rezaba para que no se hubieran deshecho ya de él. No podían perder el tiempo hablando con McGonagall para después esperar a que ella hablara con Dumbledore y él hiciera algo. Tenían la caja, tenían que hacer algo.

Mientras avanzaba a zancadas al lugar donde Grace aún continuaba ingresada seguía rumiando su rabia. Lily parecía entender bien la importancia del tiempo en ese caso. Pero Remus estaba obcecado. No lo habría creído de él. Era como si no le importara lo que le ocurriera a James… Y pensar eso le enfurecía hasta tal punto que casi le hacía olvidar que era su amigo y que no debía enzarzarse en una pelea con él.

Cuando llegó hasta la cama de su novia tuvo que apartar esos pensamientos para otro momento, pues ella reclamó su atención de inmediato. Estaba hiperactiva, pegando saltitos en la cama y sonriéndole con alegría.

- ¡Me van a soltar mañana! –exclamó en cuanto le vio-. ¡Ya salgo de aquí!

Le sorprendió que dado su humor y lo poco que ya le dolía el cuerpo no se le tirase al cuello. Pero enseguida notó que algún tipo de encantamiento la mantenía atada a la cama. Antes de que pudiera preguntarle a qué se debía eso, la enfermera entró por detrás de él mirándole furiosamente.

- Solo si todo sigue igual de bien y tú te portas como es debido, Sandler –la regañó. Después se giró hacia Sirius mirándole severamente-. Y si la alteras te vas fuera, Black.

Dado que estaba acostumbrado al profundo amor que la enfermera le profesaba, esa advertencia no significó nada para él. Cuando la enfermera volvió a alejarse un poco se giró hacia su novia con una sonrisa.

- ¿Te han atado como a una loca?

Grace le miró entre ofendida y dolida.

- Según ella me muevo demasiado. ¡Pero es que me aburro! –exclamó de nuevo-.

Él le obligó a bajar algo la voz. Desde que le habían despertado de ese sueño inducido para soportar el dolor, Grace había sido una paciente difícil. Ya entonces no sentía demasiado dolor en los músculos producido por los cruciatus, lo que le hacía creer que ya estaba perfectamente y podía marcharse cuanto antes. Pero no era así. Aún había necesitado varios días de rehabilitación para recuperar la movilidad de todos sus músculos y calmar los espasmos eléctricos que le venían del cerebro como reacción tardía a la tortura.

- Si quieres marcharte mañana más vale que te portes bien –dijo-. Al tío de James le prorrogaron la estancia en San Mungo porque…

Hizo un gesto y se calló. No quería empezar con una conversación que podía derivar en un tema desagradable. El tío de James había muerto, y por la misma razón ahora su mejor amigo estaba en esa situación tan complicada. Esa maldita caja. Ya que Grace no sabía nada de ella no consideraba que fuera necesario contárselo ahora. Si conseguía salirse con la suya, prefería que Grace no se enterara del tema pues también querría acompañarlos. Y aunque la dieran el alta al día siguiente aún no estaba para correr riesgos.

- ¡Sirius! -exclamó su novia llamándole-.

Dejó de perderse en sus pensamientos y se dio cuenta de que había seguido hablando como una cotorra. Ella le miró con una ligera sonrisa, dudando de si darle una colleja y acariciarle la mejilla. Como no se puso de acuerdo hizo las dos cosas, pero en broma. Y él no le dio más respuesta que pellizcarle un brazo haciéndola reír.

- Decía que si ha pasado algo malo con Marco. Te pedí que le dijeras que viniera a verme para darle las gracias, ¿te acuerdas? ¿Por qué no ha venido?

Sirius no se esperaba ese giro en la conversación, por lo que no le dio tiempo a disimular del todo su expresión. Había pasado de decirle algo a ese italiano, eso era todo. Ya le había dado él las gracias, y también se las habían dado los padres de Grace. No era necesario montarle una estatua por algo que él habría hecho de haber podido llegar hasta ella.

- ¿No se lo has dicho, verdad? –averiguó Grace mirándole suspicazmente mientras ponía cara de enfado-.

Solo faltaba eso. Que ella se enfadara con él. Ya entonces solo le quedaría plantarse en la sala común de Slytherin desarmado para completar un día de mierda. Resopló de mal humor e intentó suavizar su tono para no gruñirla por hablarle de un maldito italiano cuando él, su novio, había ido a verla.

- Solo pensé que, como ya te van a dar el alta, podrías darle las gracias cuando salieras.

Grace frunció más el ceño notando su jugada. Ahora vendría lo bueno… Abrió la boca, seguramente para llamarle de todo menos guapo. Pero, incomprensiblemente para él, la cerró y se quedó mirándole pensativa. No entendía nada. Pero lo que pasaba por la cabeza de Grace era muy sencillo. Todo cobraba sentido. Sirius estaba celoso. Y aunque no soportaba las escenas de celos, aquello le hizo mucha gracia.

Él no era celoso. Nunca. No lo fue con ella nunca y no recordaba que lo hubiera sido con Kate. Tenía su orgullo, por supuesto, pero sentía demasiada seguridad en sí mismo como para mirar a alguien como un rival. Pero ahora lo estaba. Eso tenía que significar algo. No tenía muy claro el qué, pero algo tendría que significar… Lentamente compuso una sonrisa tierna, pensando que quizá se debiera a que sus sentimientos eran más profundos. Sirius la miró extrañado y ella tiró de su manga para que se agachara. Para su sorpresa, se llevó un beso de propina.

- ¿Qué…?

- Estás celoso –le dijo Grace con retintín-.

Eso le ofendió, porque se sentía difamado. Simplemente la petición de ella era absurda e irracional. No había nada más detrás de su negación a que el fetuchini la visitara en la enfermería.

- ¿Qué dices? Grace a ver si estás delirando y vas a tener que quedarte más tiempo ingresada.

Ella le pegó un guantazo en el brazo por bromear con eso. Capaz de que Pomfrey le oyera y le diera por hacerle caso. Y ya quería salir de allí.

- Si no quieres admitirlo da igual, pero estás celoso –se rió en voz baja sin poder evitarlo-. No puedo creer que haya llegado el día que vea esto…

- Como sigas con esta gilipollez, me marcho –amenazó su novio enfadándose. Ella se estaba poniendo muy pesada con el temita-.

Enseguida Grace se detuvo. Al fin y al cabo se aburría y no quería quedarse sola. Si él no quería admitirlo no pasaba nada. Pero la verdad era demasiado evidente en sus ojos cuando ella había mencionado a Marco. Le sonrió ampliamente, aunque él frunció el ceño desconfiando.

- Vale, vale. Sé que no te importa nada, pero aunque es un tío genial te aclaro que no me gusta de esa forma. Me salvó la vida y se lo agradeceré siempre. Es todo lo que quiero decirle.

Él resopló y abrió la boca enseguida para asegurar que eso ya lo sabía y que no le quitaba el sueño. La única razón por la que no se lo había dicho era porque ella saldría pronto y podría darle las gracias cuando él también estuviera presente. Y es que el tema era absurdo. No había hecho nada que no hubieran hecho los demás; no había que canonizarle por ello.

Sin embargo, Grace le cortó incorporándose un poco en la cama y tendiéndole una mano.

- ¿Me das un mechón de tu pelo?

¿Eso a qué venía ahora?

- ¿Eh? ¿Qué idea se te ha metido ahora en la cabeza?

Pero Grace rodó los ojos y le ignoró. Ya lo haría ella. Tomando su varita de la mesilla conjuró unas pequeñas tijeras y le hizo inclinarse para cortarle un pequeño mechón que se le rizaba en la nuca. La idea que había tenido era estupenda. Ya lo había pensado durante esos días de convalecencia en los que había tenido tiempo de sobra para analizar sus sentimientos. Y sería una forma de demostrarle lo que sentía sin volver a mencionar los celos que tanto le costaba admitir.

Agarró con cuidado el mechón y se sacó el guardapelo que le colgaba del cuello de debajo del pijama. Con mucho cuidado lo abrió y colocó el mechón tal y como su madre le había enseñado.

- ¿Qué es eso? –preguntó Sirius con curiosidad mientras se sentaba a su lado en la cama. El tema de los celos había quedado relegado al pasado-.

La rubia terminó de colocarlo todo y cerró el medallón con cuidado y firmeza. Después le miró con una amplia sonrisa mientras sostenía en alto la preciosa joya sobre cuyo relieve se podían distinguir un B y una S entrelazadas.

- ¿Quieres saber la historia de este guardapelo? –le preguntó dispuesta a contarle la importancia que tenía el hecho de que fuera su cabello, y no el de ningún otro, el que estuviera dentro del medallón-.

OO—OO

- Quizá ya sea hora de pasar a ver cómo está el chico –comentó Rodolphus Lestrange como quien no quiere la cosa-.

Se encontraba leyendo tranquilamente El Profeta con los pies sobre la mesa. De hecho, ya había releído el periódico tres veces, pero poco más podían hacer allí mientras esperaban órdenes. Su hermano, que estaba jugando al solitario con una baraja de cartas, le miró distraídamente.

- Vale. Pues ya sabes dónde está…

Volvió de nuevo su atención al juego, pero un segundo después se tuvo que levantar de la silla al sentir un profundo latigazo en la espalda. Su hermano le apuntaba con la varita mientras le mirada aburridamente.

- ¿Se puede saber qué coño haces? –espetó el más joven con furia-.

- ¿Y qué coño haces tú? –le devolvió el otro mirándole con las cejas enarcadas, como retándole-. Si te ordeno algo, cúmplelo.

- ¡Vete tú a hacer de niñera! –exclamó Rabastan con rabia mientras se frotaba la espalda y hacía ademán de sentarse-.

Pero Rodolphus le volvió a apuntar con la varita amenazadoramente.

- No me tientes, hermano, que soy tu superior. Te recomiendo que vayas a ver si ese criajo está bien antes de que pierda la paciencia.

Rabastan se vio tentado a volver a enfrentársele, pero supo ver enseguida que llevaba las de perder. Con Rodolphus siempre había sido así. Ya fuera porque era el mayor o porque su fuerte complexión física le daba ventaja en comparación con su baja estatura. Bufando y maldiciendo en voz baja arrastró la silla por el suelo y se dirigió a la puerta para echar un vistazo rápido a ese niñato que tenían encerrado en una de las mazmorras.

- Oye, por la hora que es llévale algo de comer. No quiero que se desmaye cuando el señor vaya a interrogarle, y paguemos nosotros las culpas –comentó Rodolphus sin apartar la mirada del periódico-.

Apretando los dientes, Rabastan se dirigió a la otra punta de la estancia, donde los restos de un puchero del día anterior comenzaban a pudrirse en una cazuela sucia. Con desgana echó un par de cucharadas en un plato, considerando que eso era demasiado generoso para un prisionero que, al fin y al cabo, no iba a tardar en morir.

- ¿No se supone que esto debería hacerlo la zorra de tu mujer? –preguntó bruscamente por encima del hombro mientras apuntaba al plato con la varita para calentarlo-.

Rodolphus se encogió de hombros indiferente.

- Déjala que se pierda por el mundo. Así no tengo que oír sus insoportables berridos.

Riendo en voz baja, Rabastan salió al corredor que se encaminaba a las mazmorras. El camino no era largo, pero ese lugar era tan viejo y estaba tan mal conservado que el frío del invierno se colaba por las aberturas de las piedras que, a veces, eran del tamaño de una ventana.

Al llegar a la mazmorra en cuestión, desactivó el hechizo de seguridad y abrió la puerta. El chico estaba tumbado en el camastro, tirado de cualquier manera y semiinconsciente. Lo cierto era que con la caña que le habían dado, Rabastan estaba sorprendido de que continuara con vida. Era un chaval bastante delgado y no demasiado alto, además de que se le veía increíblemente pálido y enfermizo. No parecía ser capaz de sobrevivir ni a un resfriado, mucho menos a las torturas que llevaba días sufriendo. Pero era evidente que las apariencias engañaban. Ese Potter estaba hecho de pasta dura. En parte le recordaba a su tío, al que había tenido que enfrentarse en varias veces a lo largo de los años y al que había visto morir con satisfacción.

Viéndole luchar inútilmente por mantenerse consciente, decidió divertirse a su costa. Al fin y al cabo no tenía nada mejor que hacer y, mientras el chico continuara con vida el tiempo que el señor oscuro lo necesitara, podía hacer con él lo que quisiese. Dejó caer el plato cerca de la cabeza del chico, el cual al notar un olor desagradable giró la cabeza adormilado. Rabastan la pateó en el estómago, haciendo que este se despertara de golpe y comenzara a toser, buscando el aire que se le había atascado. Él sonrió divertido.

- ¿Qué tal está pasando nuestro invitado las vacaciones? ¿Esto es tan cómodo como la torre Gryffindor? Los Potter siempre presumís de ser los líderes de los leones, así que igual esto no está a tu nivel.

El chico le miró con odio mientras continuaba tosiendo. Le reconocía las agallas. Apenas podía mantener los ojos abiertos y luchaba por poner la expresión más desagradable que pudiera. Es más, incluso le contestó con voz débil.

- Claro que no. Las mazmorras son para las arrastradas de las serpientes.

Rabastan se echó a reír por su atrevimiento. Era mucho más divertida una presa que se revuelve y responde que una que se recoge y se deja humillar. Era mucho más entretenido acabar poco a poco con un adversario que te encara hasta el final. Fue divertido acabar con Adam Potter, quien les devolvió con arrogancia una mirada de odio soportando cruciatus tras cruciatus hasta que sus ojos perdieron la vista. Mucho mejor que la mayoría de los enemigos que habían derrotado y asesinado. Y se encargaría de que este chico, ese traidor a la sangre, bajara al lugar que le correspondía antes de exhalar su último aliento.

Tomó el plato de comida que había dejado al lado del chico y volcó esta sobre el suelo.

- ¿Sabes? Los leones comen del suelo.

- Y las hienas se alimentan de carroña. ¿Nunca te han dicho el parecido que tienes a una?

No se esperaba una contestación tan rápida. El chico se estaba sentando con dificultad. Le temblaban los brazos al sostenerse y los ojos se le desviaban por la poca conciencia que tenía. Pero su voz era bastante firme y en sus temblorosos labios se vislumbraba una sonrisa arrogante. Oh sí, cómo disfrutaría rebajándole…

- ¿Sabes? Tu tío también tenía la lengua muy rápida y el carácter muy orgulloso. Pero sus últimas horas de vida le dieron un poco de la humildad de la que siempre careció. Yo estuve allí. Fue increíble oír sus gritos de dolor apagándose a medida que la muerte le alcanzaba. Casi poético, diría yo.

¿Era sorpresa lo que había en los ojos del chico? ¿Dolor? ¿Confusión? ¿Miedo? El muchacho intentó ponerse en pie e ir contra él, pero las fuerzas le fallaron y cayó de golpe en el camastro, gimiendo de dolor al haberse golpeado en su caída. Rabastan se echó a reír. Ni siquiera tuvo que volver a golpearle para ver de nuevo el sufrimiento en su cara.

Habiendo dejado el aburrimiento atrás, decidió apartar la diversión por el momento. Puede que el señor oscuro regresase pronto, y él no estaba a favor de jugar con la comida si uno no tenía intención de comérsela después. Además, si no se equivocaba, había sido él quien había dado al chico la noticia de la muerte de su adorado tío. Lo que significaba, también, que por fin empezaba a ser consciente de lo grave que era su situación si conocía todo el tema de las cajas. Y recordar ese cúmulo de emociones en los ojos del chico le mantendría divertido durante un rato.

OO—OO

- ¡Y a Remus no se le ocurre otra cosa que decir que hay que tener paciencia! –exclamó Sirius terminando su argumentación-. ¡Es de locos! No lo habría pensado nunca de Moony…

- Ya…

Durante todo el rato que Sirius estuvo hablando, Peter se había limitado a contestar con monosílabos. Sin embargo, su amigo no lo tomaba mucho en cuenta y continuaba hablando, seguro de que el pequeño del grupo estaba a favor de él, como ocurría casi siempre, fuere por convencimiento o por miedo. Pero interiormente, Peter estaba más de acuerdo con Remus. Era de locos pensar que porque tenían una ridícula caja podían enfrentarse a Voldemort y cuanto mortífago se les pusieran por delante. Lo mejor era decírselo a McGonagall, que esta hablara con Dumbledore y esperar. ¿Para qué se iban a exponer al peligro? Puede que, incluso en ese momento, James ya estuviese muerto.

No es que no sintiera la posible muerte de su amigo. La sola idea de que le hubieran asesinado le ponía la piel de gallina, por supuesto. Pero había que ser inteligentes y prácticos. Arriesgándose a que les mataran a ellos no le ayudaría de nada. Pero reconocía que en Sirius eran normales este tipo de reacciones. Cuando James estaba por medio. Esos dos tenían una amistad tan profunda que iba más allá del cariño fraternal. Era algo que ni Remus ni él habían experimentado nunca, pero mientras que su amigo licántropo parecía aceptarla de buen grado, él no podía evitar sentir cierta envidia. No tenía nadie que se dispusiera a arriesgar la vida por él. Sirius sí la arriesgaría por James con los ojos cerrados. Y James por Sirius, claro. Pero, ¿estaría su amigo tan insistente de ser él el secuestrado?

Mientras subían con parsimonia hacia la torre de Gryffindor, Peter pensaba en que no acababa de entender las motivaciones de Lily. Realmente siempre la creyó más inteligente que todo eso. Ahora resultaba que estaba tan mal de la cabeza como Sirius. Quizá era verdad que eso de estar enamorado le volvía a uno imprudente; pero si el cambio iba a ser tan radical como el de ella estaba seguro de no querer probarlo nunca.

- Tenemos que movernos rápido. No sé ni por dónde empezar, pero no pienso quedarme aquí, como dice Remus –seguía diciendo Sirius mientras gesticulaba con rabia-. Y si él se quiere quedar, yo no tengo problema en dejarlo atrás. Lily está de acuerdo y tú también vendrás con nosotros, ¿verdad Wormtail?

Peter solo acertó a reírse nerviosamente. No sabía cómo decirle que sus ideas estaban más cercanas a las de Remus que a las suyas. Tuvo la oportunidad de expresarse durante los dos minutos que estuvieron caminando en silencio y Sirius se dedicaba a golpear estatuas a su paso. Pero de nuevo no se atrevió. Como ocurría con normalidad, prefería no enfrentarse directamente a las consecuencias y dejar la valentía para después. Inspiró hondo maldiciéndose a sí mismo y a su amigo por lo bajo. Pero cuando entraron en la sala común tampoco pudo sacar de nuevo el tema, pues algo había llamado la atención de Sirius.

Apartada en un rincón estaba Lily. Se encontraba sentada en un pequeño sofá empotrado en la pared, mientras miraba el vacío y acariciaba suavemente la caja que tenía en las manos, la verdadera culpable de todo. Parecía estar en su mundo, concentrada, perdida en sus pensamientos. Sirius no se debió dar cuenta de que no les había oído, pues comenzó a hablar de golpe, asustándola.

- Aún no sé qué podemos hacer, pero tenemos que ir a buscar a James cuanto antes.

Lily se sobresaltó al darse cuenta que los dos habían entrado en la torre, pero Peter se sentó a su lado y le sonrió con más confianza de la que tenía en ese momento, tranquilizándola. Ella llevaba todo el rato pensando en las palabras de Remus. Casi comprendía que era lógica su idea de avisar a la profesora McGonagall, pero pensar en perder más tiempo le asustaba. No podía arriesgarse a que le ocurriera algo a James. Sirius tenía razón con que el hecho de que ella tuviera la caja y los demás no lo supieran les daba una ligera ventaja. Pero no sabían ni dónde empezar a buscar.

Las palabras que más se repetían en su mente eran las que le preguntaban qué pensaba hacer ella para salvar a James. Era cierto que solo tener la caja no bastaba, que tenía que saber utilizarla. Pero ella lo sabía. Llevaba toda la tarde recordando todo lo que el señor Duncker le había explicado. No estaba segura de saber ponerlo en práctica, pero al menos tenía que intentarlo.

- Lo peor será saber cómo empezar a buscarle –le dijo a Sirius cuando este la miró buscando una respuesta-. Si no somos capaces de localizarle, esta ventaja no nos sirve de nada.

Suspiró, y negó con la cabeza. Si los aurores y la Orden no habían dado con él, ¿qué esperanzas tenían?

- Solo si tuviéramos una pista… -se lamentó Sirius, quien estaba tan desesperado como ella-.

- ¿Cómo saber las sospechas de los aurores? –preguntó Peter de repente-.

Ambos le miraron de golpe para que se explicara. Durante su corta charla, el más bajito había tomado el periódico de ese día, que alguien había dejado olvidado en la mesita de al lado, y había estado ojeando por encima las noticias. Estaba con el diario abierto más o menos por la mitad, pero les miraba a ellos dos con una mezcla de arrepentimiento y pánico. Como si hubiera dicho algo que no debía. Lily se dio cuenta de ese detalle, pero Sirius no.

- ¿A qué te refieres? –le preguntó su amigo-.

- No… Mejor ignorad lo que…

Pero Lily le arrebató el periódico sin pensarlo y buscó en la página lo que tanto le había alterado. Lo encontró enseguida. Lo habría leído fácilmente si hubiera abierto el diario ese día, pero con la carta del padre de James y su posterior revelación se había olvidado de todo.

- Aquí… Aurores buscan al secuestrado de San Mungo en Lincoln.

¿Lincoln? –le interrumpió Sirius poniéndose a su lado para poder leer el periódico-.

La pelirroja lo apartó un poco de sí para que pudieran leerlo los tres, pese a que Peter no hizo mucho empeño en acercarse. Estuvieron unos segundos callados mientras leían, y enseguida Sirius y ella se incorporaron a la vez.

- ¡Alice Longbottom! –suspiraron los dos a la vez-.

- ¡No pensé que fuera ella quien llevara el caso de James! –comentó Sirius con una ligera sorpresa-.

- ¡Lincoln! –seguía diciendo Lily-. ¿Creéis que puede ser veraz? Recuerdo a esa Skeeter de cuando estaba en el colegio y era una chismosa. No la veo contrastando mucho la información. Pero si fuera verdad…

- Lily, aunque sea verdad ya no sirve de nada –le recordó Peter con lógica-. Aquí dice que el registro iba a ser hoy. Si han encontrado algo o no, ya es tarde. No habrá nada allí ya. Y tendremos que esperar a mañana para saber los resultados.

- Si los sabemos –añadió Lily con desesperación-. Puede que no informen nada. Si ha surgido este chivatazo, el Ministerio intentará evitar más filtraciones. Y, ¿qué haremos entonces?

- ¡Ya lo tengo! –exclamó Sirius-.

Ambos se giraron a mirarle. Hacía días que no esbozaba una sonrisa tan amplia y confiada. Sirius Black tenía un plan.

OO—OO

- ¡¿Dónde está?

Frank entró en el cuartel como alma que lleva el diablo. Estaba pálido y despeinado, y era evidente que había ido corriendo desde que le habían avisado. De hecho, no hacía más de diez minutos que le habían mandado el mensaje, pero ya estaba allí. Fabian Prewett, que era quien le había abierto, aún estaba con la puerta abierta sorprendido por su rapidez.

Pero Frank no perdió tiempo en explicaciones, ni escuchó lo que Marlene le estaba diciendo en ese momento. Dumbledore también estaba allí, pero el joven le ignoró por completo buscando a su mujer en la habitación.

- Estate tranquilo Franky, todo está bien –dijo Gideon posando una mano en su brazo de forma tranquilizadora-.

Este le apartó más bruscamente de lo que pretendía, y su cuerpo se relajó y se tensó al mismo tiempo cuando escuchó la voz irritada e impaciente de Alice.

- Frank, por Merlín, no montes una escena. Estoy bien.

La chica estaba recostada en un sofá raído y viejo, con la pierna derecha estirada y una expresión que denotaba un ligero dolor en su ahora pálido rostro. Excepto la ausencia de su sonrojo habitual, nada parecía estar mal. Le miraba como si fuera un niño pequeño que estuviera haciendo una travesura. Pero al verla tan bien, su atención se centró en su pierna, sobre la que estaba inclinado Benjy Fenwick con una expresión muy concentrada. Tenía un ángulo muy extraño y una fea herida que el joven parecía estar ayudando a cicatrizar.

- Tenía un mal presagio desde el principio –se atrevió a decir después de no conseguir averiguar exactamente qué estaba haciendo el muchacho-.

Alice bufó molesta.

- Aunque adoro que me tengas confianza, Frank, esto solo se debe a mi torpeza. Si no me hubiera tropezado y hecho daño en la rodilla, habría podido derrotarla con facilidad.

- Entonces, ¿no has…?

- Alice ha cumplido con su misión perfectamente –aclaró Dumbledore con una sonrisa tranquilizadora-. Simplemente ha salido del lugar con mala pata.

Los gemelos Prewett y Marlene se rieron ante el juego de palabras del anciano. Alice sonrió, pese a que Benjy le estaba haciendo bastante daño al curarla. No pudo evitar una mueca que hizo que Frank frunciera el ceño.

- ¿No sería mejor llevarla a San Mungo? –preguntó con algo de inseguridad-.

En ese momento Benjy levantó la cabeza. Sonreía de esa forma tan típica suya, como si estuviera pensando en otra cosa. El joven siempre parecía estar con la mente en otra parte, aunque Frank era testigo de que sabía concentrarse perfectamente en las cosas.

- ¿No os fiais de mis conocimientos médicos?

- Solo de tu escasa experiencia –se adelantó Gideon con aire burlón-. No se fían de un sanador joven y sin ningún tipo de titulación.

Su hermano le hizo el coro de risas, aunque Benjy también encontró divertido el comentario.

- No hagas caso –le aconsejó Alice-. Prefiero estar en tus manos antes que ir al hospital. Ya hemos pasado demasiado tiempo allí últimamente –añadió mirando con una sonrisa a Frank, que le correspondió-.

El recuerdo de su reciente estancia en San Mungo, con todo lo que la convalecencia conllevó consigo, le distrajo un poco de la preocupación por Alice. Además, antes de que tuviera tiempo para protestar, ella se levantó con la ayuda de Benjy. Estaba bien.

- Afortunadamente todo ha sido un susto –concluyó Dumbledore con una de sus típicas sonrisas-.

Alice aún no podía caminar perfectamente, y Dumbledore se recordó a sí mismo que debía decirle que, por su propia seguridad, no la dejaría formar parte de la misión en cuanto localizaran a Bellatrix. No podían exponerla cuando aún no estaba completamente al cien por cien, por mucho que la joven aurora se quejara. Desviando la mirada de la positiva y alegre joven, de repente notó que una lechuza se posaba en el alfeizar de la ventana.

Supo al instante que era algo importante. Pocos podían hacerle llegar un mensaje al Cuartel de la Orden. Solo aquellos a los que él les había confiado la dirección, y apenas eran un puñado de personas de extrema confianza. Y pocas veces le escribían cuando dejaba claro que estaba tratando asuntos de la Orden. No reconoció la estilizada y apurada letra al tomarla de la pata de la lechuza, pero no por eso dudó en abrirla.

Era una nota pequeña y escueta. La firmaba Bernard Duncker, lo cual era una sorpresa y una preocupación al mismo tiempo. ¿Se trataría de algo relacionado con su propia seguridad o algo sobre las cajas? Leyó en pocos segundos el contenido, quedando igualmente preocupado. En la carta, Duncker le informaba que había conseguido ponerse a salvo de nuevo y que debía hablar con él cuanto antes. Debía ser en persona, y se trataba de "un tema en común que nos preocupa a ambos". Es decir, las cajas. ¿Habría más complicaciones de las que tenía ya?

Preocupado por ese tema, sobre todo teniendo en cuenta que la última caja no parecía haber sido encontrada por Voldemort pese a que este había secuestrado a James, procedió rápidamente a contestarle y concertar una cita para ese mismo día. Sabía que no la habían encontrado porque las otras veces Voldemort había dado muestra de su poder. Si este tuviera en su poder la caja del aire, los magos y muggles ingleses ya habrían sufrido las consecuencias.

Ni siquiera se planteó dónde tomar el papel y la pluma, simplemente estos aparecieron ante él cuando los necesitó. Apenas había terminado de redactar la carta e iba a enviarla, cuando le interrumpieron los pensamientos.

- ¿No cree que ya hemos esperado bastante, señor? –era Marlene, quien le miraba impaciente esperando su consentimiento-. Bellatrix ya debe haber vuelto a su guarida.

OO—OO

Efectivamente, Bellatrix ya había vuelto a la guarida. Estaba algo molesta porque su aventura había terminado de forma decepcionante. Solía utilizar sus enfrentamientos con Alice Longbottom para relajarse y divertirse. Jugar al ratón y al gato con la aurora era de lo más entretenido, aunque también era cierto que esa niñata conseguía sacarle de sus casillas. Sin embargo, estaba convencida de que si se lo propusiera en serio la mataría con solo un movimiento de varita.

Por eso no estaba tan frustrada porque se hubiera escapado como cabría esperar. Simplemente no podría divertirse más ese día a su costa. No importaba. Estaba segura de que volvería a verla muy pronto. Se apartó el cabello de la cara y se limpió la sangre mientras se dirigía a la gran y vieja cocina para comprobar que todo fuera bien. Su marido y su cuñado ahí seguían, tal y como les había dejado. Engordando sus vagos culos sobre las sillas y entreteniéndose en lo que sus minúsculos cerebros eran capaces.

- ¿Acaso os habéis movido en algún momento del día? –preguntó con una mueca de desprecio-.

Rodolphus la ignoró por completo y siguió leyendo. Casi nunca la escuchaba y, desde luego, en todos sus años de casados apenas habían mantenido una conversación medianamente larga. Su joven cuñado, con el carácter más impulsivo, no pudo resistirse a echarle en cara su ausencia.

- ¿Ya te has cansado de jugar por hoy? He tenido que encargarme yo de dar de comer al chico.

- Tampoco tienes mucho más que hacer aquí, ¿no, Rabastan? –le respondió con una risa despectiva-.

El más joven gruñó y Rodolphus suspiró poniendo los ojos en blanco sin apartar la mirada del diario. Dejándolos por imposibles, Bellatrix se dirigió enseguida a comprobar que todo iba bien con el prisionero. Ya había descubierto lo que quería saber. El Señor Tenebroso no había vuelto de su búsqueda y no había notado su falta. Sus órdenes habían sido que ella fuera la encargada de cuidar al chico, y no quería enfrentarse a su ira por desobedecerle.

Al quitar los hechizos de seguridad de la mazmorra, le pareció escuchar ruidos al otro lado. Sus sospechas se confirmaron cuando, al abrir la puerta, tuvo que esquivar un objeto que volaba hacia ella con fuerza. Mirándola con determinación y odio, James Potter estaba de pie, sosteniéndose con el somier, y amenazando con tirarle la otra parte de la cubertería que le habían llevado con la cena. Más que asustado, el chico parecía furioso.

Divertida por su valiente reacción, Bellatrix se apoyó en la jamba de la puerta y le miró interrogante.

- Algo me dice que el niño se aburre –comentó con un tono de voz como si se dirigiera a un bebé-.

- ¡Ya vale! –exclamó el muchacho con los dientes apretados-. Dile a tu amo que decida qué quiere de mí. ¡Si vais a matarme, hacedlo ahora y no seáis cobardes!

Aún estaba pálido, y tenía que sostenerse para mantenerse erguido, pero su temple era admirable. Así, plantándole cara, parecía mucho mayor de lo que era. Incluso tuvo la tentación de divertirse entregándole una varita y ver qué sabía hacer con ella. Pero ya se había divertido suficiente ese día con Longbottom, y sabía que ese chico era demasiado valioso para su señor, como para que estuviera jugando con él. Simplemente compuso una mueca divertida y miró al chico como la comida principal que servirían en un gran banquete. Sabía lo que esa mirada producía en las personas.

- Me temo que mi señor aún no ha decidido qué hacer contigo, Potter. Pero cuando haya planes para ti, te prometo que yo participaré encantada en ellos.

Se echó a reír y cerró el calabozo a tiempo para escuchar un ruido metálico, como si un plato se hubiera estrellado contra la puerta.

OO—OO

Todos estaban en el comedor, cenando, y la sala común se encontraba casi vacía. Solo la presencia de ellos cuatro interrumpía el sonido sibilante del viento y el chasquido de las llamas de la chimenea. Habían tardado mucho rato en encontrar a Remus, incluso habían temido que él hubiera ido a hablar con la profesora McGonagall. Pero había pasado la tarde en la biblioteca, encerrado tras un libro como siempre que algo le rondaba la mente. Ahora reinaba el silencio. Ya le habían puesto al corriente de todo, y Sirius acababa de exponer su brillante plan.

- Estás pirado, Sirius –contestó el licántropo mirándole como si estuviera loco-.

Su amigo le devolvió una mirada desafiante y entonces él intentó entenderse con Peter o Lily. El pequeño miraba al suelo, por lo que era imposible interponer ninguna conexión visual con él. No había hablado en todo el rato en que Lily y Sirius le habían puesto al tanto. Estaba mortalmente serio, pero de su expresión no pudo interpretar nada. Solo le recordaba tan cerrado en sí mismo cuando murió su padre, en tercero. Lily, por el contrario, era un libro abierto. Le miraba con una mezcla de desesperación y súplica que le revolvió el estómago.

- No puedes estar de acuerdo con esto, Lily –suplicó el muchacho intentando hacerle entrar en razón-.

- ¿Por qué no? –estalló Sirius-. Alice Longbottom es la aurora que está a cargo de la investigación. Ella es la que sabrá la última hora de todas las averiguaciones. Además, sabemos que pertenece a la Orden del Fénix. Lo mejor sería buscarla y llevar la caja. Así, en cuanto encuentre a James, nos llevará con él.

- ¿De verdad te crees que el Ministerio nos iba a dejar estar en medio de una investigación?

Remus tenía la sensación de estar viviendo una situación absurda. No podía creer lo que decían sus amigos. Parecía como si no supieran cómo funcionaba el mundo. No podrían dar tres pasos sin que averiguaran que se habían marchado de Hogwarts; era imposible que llegaran a contactar con una aurora y ella les hiciera caso. Además, estaba seguro de que habían perdido tiempo por no haber hablado con la profesora McGonagall sobre todo. En ese momento se arrepentía de haberse frenado a sí mismo esa tarde, de haberles dado un voto de confianza a sus amigos. Sirius era un desastre y Lily no estaba pensando con claridad.

- El Ministerio no –intervino Lily mirándole desesperada con sus grandes y llorosos ojos verdes-. Pero puede que la Orden del Fénix sí. Nos llevaría donde Dumbledore en cuanto le contemos todo. Estoy segura que ella tiene contacto con él mucho mejor que McGonagall.

- ¿Creéis que se va a fiar de unos niñatos como nosotros para molestar a Dumbledore? ¡Tendremos suerte si nos escucha!

Al ver que Sirius daba un paso adelante, enfadado, se obligó a sí mismo a contenerse. De nada valdría discutir con él. Cuando su amigo se empecinaba con algo no atendía a razones, pero mucho menos si estas venían a gritos. Suspiró e intentó hablar con voz pausada, mirando de reojo a la llorosa Lily.

- Chicos, por favor. Solo os pido un poco de perspectiva. Allí fuera no están tomando el té esperando que nosotros vayamos con una gran idea. Estamos en guerra. Será casi imposible dar con ella y, en el caso de que lo consigamos, puede que no nos escuche.

- Al menos habrá que intentarlo –le respondió Sirius con el ceño cada vez más fruncido-. ¿O es que prefieres quedarte aquí a salvo, hasta que un día el periódico informe que le han encontrado muerto?

Lily sollozó en voz alta y se tapó la boca con las manos para evitar hacer ruido mientras las lágrimas contenidas se derramaban. Peter había dado un saltito en el sofá ante la cruenta pregunta de Sirius, pero de nuevo volvió su mirada al suelo.

- ¡Claro que no! –gritó Remus ofendido-. Solo digo que…

Frustrado por no poder hacerse entender como él quería, dio una patada al sillón y gimió en voz alta. Después, ignorando a Sirius, se volvió hacia Peter.

- Peter ayúdame. Vamos, eres inteligente. Sabes que esto no tiene sentido.

El pequeño del grupo levantó la vista y le miró con pánico, para luego desviar su mirada a Sirius. Les miró alternativamente a los dos durante unos segundos, pero después tragó fuertemente y cuando quiso hablar solo un gorjeo salió de su garganta. Ignorándole rápidamente, Remus se volvió hacia Lily y se inclinó sobre ella.

- Por favor Lily, sé consecuente. En una situación normal tú no aprobarías esto. No conseguiremos nada.

- ¡Esto no es una situación normal! –estalló Sirius de nuevo, y Remus tuvo la tentación de pegarle un puñetazo por gritarle durante tanto rato-. ¡Esto es extremo! ¡Tú ya lo has dicho, ahí fuera hay una guerra! ¡Si no nos movemos rápido, le matarán!

Lily volvió a llorar y Remus se enfadó.

- ¡Deja ya de decir eso! –le gritó a su vez, intentando que dejara de hablar sobre esas cosas delante de la pelirroja-.

- ¡Pues es lo que pasará!

Por desgracia, Sirius ya se había salido de bolos y ante una situación así la confrontación era inevitable.

- ¡Tenemos la caja! ¡Sabemos quién le está buscando! ¡Tenemos que ir a ayudarle!

- ¡¿Cómo estás tan seguro de que conseguiremos llegar hasta él vivos? ¿De qué le serviremos muertos?

- ¡Si tienes miedo, quédate! Nadie te obliga a venir. ¡Pero nosotros vamos a ir!

- ¡Yo no tengo miedo! Solo digo que hay que ser prácticos e inteligentes. No nos enfrentamos contra unos cafres de Slytherin, ¡estos son asesinos profesionales! Tenemos que pensar las cosas en frío y…

- ¡No hay tiempo para pensar las cosas en frío! ¡Lleva dos días desaparecido! ¡Dos días! Si perdemos más tiempo, le mataran. ¡Puede que incluso le hayan matado ya!

Ninguno de los dos se dio cuenta de que Lily seguía llorando amargamente. Torpemente, Peter alargó una mano y acarició la rodilla de la pelirroja, pero eso no supuso ningún consuelo para ella.

- Si crees que puede estar muerto ya, ¿para qué quieres ir? –le devolvió Remus con un poco de veneno-.

Intentaba hacerle ver lo incongruente que estaba siendo, que había perdido los nervios y que así no arreglarían nada. Pero consiguió el efecto contrario. Sirius se calmó de golpe, sí, pero no para pensar las cosas mejor. Le miró como si nunca antes le hubiera visto en condiciones y, cuando abrió la boca, Remus supo que le iba a doler lo que iba a decirle.

- En el fondo te da igual lo que le pase a James, ¿verdad?

No lo decía como reproche, sino con incredulidad. Verdaderamente se lo creía. Había en su mirada un reproche y una decepción tan reales que le hicieron tambalearse. Se sintió tan profundamente herido por esa acusación, que no atinó a sentirse ofendido. Le miró con la boca abierta y el rostro desencajado, y de él pasó a Peter. Este por fin le miró, aunque expectante, como si no supiera qué creerse hasta que escuchara su respuesta. Y, al mirar a Lily, vio que estaba había dejado de llorar. Les miraba a él y a Sirius con una gran confusión y tristeza, pero Remus también creyó ver algo de acusación en sus ojos.

Se tuvo que sujetar a un sillón para que sus rodillas no se doblasen. Volvió a mirar a Sirius, pero este al tardar él tanto en replicar, había endurecido su rostro. Pudo notar hasta odio. Sintió un escalofrío en la columna vertebral y abrió la boca para negar esa barbaridad, pero ningún sonido salió de su boca.

¿Qué le daba igual lo que le pasase a James? Solo había tenido tres verdaderos amigos en toda su vida. Peter era el pequeño, al que había que proteger. Sirius era el rebelde, del que había que tener cuidado cuando se le ocurría algún macabro plan. Y James era la roca del grupo. El más leal y el que se esforzaba porque siempre estuvieran unidos. Era, desde lejos, en el que más confiaba. ¿Y se atrevía Sirius a decir que le daba igual lo que le pasase?

Comenzó a respirar agitadamente y volvió a abrir la boca, esta vez no para replicar, sino para devolver el golpe. De nuevo las palabras se atoraron en su garganta debido a la gran rabia que le invadía. Si estas no acudían a su boca, su cuerpo tuvo la tentación de responder a la acusación con un buen puñetazo en la nariz. Pero al dar un paso hacia Sirius, ver que él le enfrentaba dispuesto y notar las miradas de Peter y Lily, cambió de opinión. Ahora era él el decepcionado con ellos. Miró con asco a su amigo durante unos instantes, para limitarse a golpear su hombro con el suyo en su huida hacia su cuarto. No podía tenerle delante si quería seguir siendo tan civilizado como siempre.

OO—OO

- Debemos atacar a primera hora, no podemos perder más tiempo –concluyó Dumbledore seriamente-.

Todos los miembros de la Orden del Fénix se encontraban en esa reunión urgente, incluidos Alastor Moody y Minerva McGonagall que se habían ausentado de sus obligaciones con excusas. Hasta Aberforth estaba allí, quizás por segunda o tercera vez desde que se había fundado la Orden. La situación requería que estuvieran todos presentes. Entre el comandante, Alice Longbottom y Marlene McKinnon habían explicado todo lo ocurrido ese día con Bellatrix Lestrange, y todas sus sospechas. Ahora quedaba programar el ataque en pocas horas.

- ¿Estáis seguros de que el chico está con ella? –preguntó Moody con suspicacia-.

El jefe de aurores no era un hombre que se garantizara por actuar impulsivamente, ni tampoco lo era Dumbledore. Era por eso que le extrañaban las prisas del director de Hogwarts.

- No al cien por cien, Alastor –reconoció el anciano-. Por eso quiero que tú te quedes aquí, con un pequeño grupo, a la espera de nuestras noticias. Si te mandamos un patronus con el mensaje de que nos hemos equivocado, deberéis ejecutar el plan B que hemos preparado. Pero nuestras sospechas siguen recayendo en Bellatrix. No sería la primera vez que Voldemort confía en ella para las más importantes misiones, y esta os garantizo que lo es. Además, ella misma se ha delatado un poco, ¿no es así, Alice?

La joven aurora asintió desde su silla colocada entre su marido y Marlene. Aún tenía dificultad para mover su pierna, y le habían colocado una pequeña banqueta delante para que mantuviera el pie en alto.

- Cuando me he enfrentado a ella saqué el tema del chico para probarla. No se mostró sorprendida ni confundida, sino altiva. Al menos está al tanto del tema y me juego a que es de los mortífagos que sabe el escondite donde le tienen retenido.

- Y creemos que va a menudo. Hemos usado la poción de la que hemos hablado varias veces, y no se ha movido del mismo lugar en toda la tarde. Pondría la mano en el fuego en que es allí donde le tienen.

Después de la conclusión de Marlene todo el mundo quedó bastante convencido, aunque Moody siguió esperando al final de la reunión para hablar con Dumbledore sobre ese plan B. No confiaba en la tranquilidad y pasividad de los mortífagos. De hecho, su mente ya estaba trazando un plan paralelo con sus chicos del Ministerio. No haría daño a la misión si les obligaba a seguir a varios sospechosos desde primera hora de la mañana. Quizá, incluso, consiguiera que alguno se delatara por fin. Estaba harto de sospechar de todo el mundo pero solo poder señalar con el dedo a unos pocos.

- ¿Creéis que haya muchas posibilidades de que James siga vivo? –preguntó la profesora McGonagall desde el fondo de la habitación-.

Con su habitual pulcro aspecto, las gafas correctamente colocadas y el sombrero tapando adecuadamente su moño negro, la profesora daba la impresión de estar a punto de comenzar una clase. Pero su expresión, más preocupada y ávida que de costumbre, la delataban. Ella conocía al muchacho más que la mayoría de los presentes, y por ello también se veía más afectada por su situación. Alice comprendió los sentimientos de la mujer enseguida y la sonrió con confianza.

- Yo diría que sí, Minerva. Bellatrix habló de él en todo momento en presente. Además, aún no han encontrado lo que buscan y él es su última pista. No le harán daño hasta saber que pueden prescindir de él.

McGonagall asintió ausentemente y no volvió a intervenir en la reunión. No podía evitar sentir que estaba en medio de dos fuegos. No era la primera vez que su misión en la Orden se mezclaba con su trabajo en Hogwarts, pero no por eso dejaba de ser difícil de llevar. Se trataba de otro alumno. Había pasado siete años viendo crecer a ese muchacho, sintiendo orgullo por su singular talento en transformaciones y riñéndole por todas las travesuras que hacía. Además, había tenido que lidiar esos días con la angustia de sus amigos. Si algo malo le llegara a suceder, ella sería una de las que peor lo pasarían en la Orden del Fénix.

- Entonces está todo claro –declaró Edgar Bones después de que terminaran de despejar las dudas que todos plantearon-. Tenemos que ponernos en marcha cuanto antes si queremos atacar a primera hora. ¿Cuál es el plan?

Todos estuvieron en un obediente silencio mientras Dumbledore los iba repartiendo en grupos que tenían distintas funciones. Debían ser discretos y rápidos. No podían atacar a lo loco y prevenirles de sus intenciones. La cuestión era introducirse en la fortaleza sin ser advertidos e ir minando a sus enemigos a medida que los encontraran. Siempre intentando retrasar el gran enfrentamiento todo lo posible.

- No podemos hacernos ver antes de ponerle en relativa seguridad. No debemos dejarles tiempo y oportunidad para matarle –advertía el anciano-. Le ejecutarán si descubren nuestra presencia antes de tiempo, y todo habrá sido en vano. Por eso debemos entrar sin ser advertidos por nadie. Fabian y Gideon tienen un buen plan para ello.

- Así es –confirmó el primero de ellos-. Y necesitaremos ayuda de varios de vosotros para ello. Hemos pensado que con que Benjy, Marlene y Anthony nos acompañen…

- No –interrumpió Dumbledore-. A Marlene la necesito conmigo. Edgar, acompáñales tú. Serás su retaguardia.

Bones asintió seriamente, apretando levemente el hombro de su hijo, contento por poder ir con él en el mismo grupo. Si no podía evitar que interviniera, al menos estaría allí para protegerle.

- Perfecto –confirmó Gideon-. Pues venid con nosotros y os iremos explicando. No hay tiempo que perder.

Mientras el pequeño grupo se retiró a un lado y formó un círculo en torno a los gemelos, Dumbledore siguió explicándose. El ataque consistiría en una guerra de guerrillas. Atacarían en bandos pequeños y por distintos flancos. Por ello se formarían grupos reducidos capitaneados por alguno de los que tenían un mejor conocimiento del tema. Frank enseguida tuvo a un grupo a su cargo, al igual que Dorcas y Caradoc. Aunque Alice se extrañó de no verse incluida, no interrumpió al director en su exposición. Solo al final, cuando ya la misión de todos estaba clara, se animó a hablarle en voz baja.

- Dumbledore. Aún no me ha dicho qué puedo hacer yo.

El anciano no se entretuvo siquiera en mirarla dos veces, sino que le dio la noticia de pasada.

- Tú te quedas, Alice. No puedes moverte ágilmente con la pierna así y además no tienes varita. Irás al Ministerio, como todos los días, y perdonarás a Frank con la excusa con la que te has cogido el día libre hoy.

Y continuó explicándole a Dorcas Meadows el itinerario que debería usar su grupo sin prestarle más atención. Pero el carácter de Alice no se iba a quedar quieto ante esa prohibición.

- Señor, insisto en que estoy perfectamente. Y puedo encontrar otra varita. No he movido ágilmente la pierna por precaución, pero si la fuerzo…

- Ya te he dicho que no, Alice –respondió Dumbledore en un tono seco y categórico que pocas veces llegaba a usar. Era otra muestra de cómo ese caso le estaba desbordando-. No estás al cien por cien y me niego a arriesgarte de esa forma. Eres demasiado valiosa para nosotros. Esta vez te quedarás en la retaguardia y esperarás noticias. Procura estar alejada del resto de tus compañeros. Antes o después me pondré en contacto contigo. Hasta entonces, cumple mis órdenes y quédate a salvo manteniendo la coartada de Frank.

Y ante semejante tono, la aurora no se atrevió a replicar por mucho que lo deseara. Esa misión tendría que prescindir de ella con todo el dolor de su corazón. No podría vengarse de Bellatrix por su nueva ofensa. Aún no.

OO—OO

Debía ser de madrugada cuando Remus se hartó de estar metido en su cama sin poder dormir. Había cerrado las cortinas y puesto un hechizo para que estas no se pudieran abrir desde fuera, ni él tuviera que escuchar qué ocurría en el resto de la habitación. Le había llevado horas calmarse, y aun entonces no podía asegurar que no reaccionaría violentamente si volvían a repetirle esa acusación. No podía dejar de pensar en ese momento, en la cara de todos sus amigos. Tampoco podía dejar de pensar en James. ¿Cómo podían pensar que lo que le sucediera a su amigo no le importaría? Él se la había jugado muchas veces por ayudarle. Le devolvería el favor con los ojos cerrados. Pero la mejor forma de hacerlo era hablar con McGonagall. Aunque Alice Longbottom tuviera acceso a la información de forma más rápida, ¿cómo pretendían dar con ella y que les hiciera caso? Sirius era estúpido, Peter un cafre y Lily… Bueno, Lily tenía disculpa. Desde que James había desaparecido no era ella misma ni pensaba con claridad. Si así fuera le habría dado la razón a la primera, lo sabía.

Pese a lo dolido y enfadado que aún se sentía, decidió intentar dialogar con ellos otra vez. Se tragaría su orgullo y lo haría por el bien de James y por el de ellos. Quitó el hechizo insonorizador y fue a descorrer las cortinas cuando algo raro llamó su atención. Había muy poco ruido en la habitación. Normalmente cuando Peter y Sirius se juntaban en un mismo sitio a dormir parecía que hubiera estallado una guerra civil. Pero no había ronquidos ni respiraciones fuertes. Solo un sonido acompasado que hacía Jeff cuando intentaba dormir. El chico aún estaba despierto, pero parecía ser el único ocupante del cuarto aparte de él.

Abrió las cortinas con rapidez y descubrió que las camas de sus amigos estaban vacías. Extrañado, convocó la hora y enfrente de él surgieron unos trazos en el aire que marcaban algo más de las tres de la madrugada. En otro tiempo no hubiera sido raro, pero en ese sí. Por eso se abalanzó sobre el baúl de Peter y descubrió que estaba medio vacío. Una mala sensación se alojó en su estómago y no perdió más tiempo. Calzándose rápidamente se dirigió hacia la salida y bajó las escaleras de dos en dos, rumbo a la sala común.

Esperaba llegar tarde y encontrarla vacía, pero afortunadamente sus amigos aún estaban allí. Peter llevaba una mochila repleta colgada a la espalda, como si se fuera de acampada. Miraba nerviosamente a todas partes y toqueteaba sin parar las tiras que ajustaban la mochila a sus hombros. Remus no dejó de notar que estaba frenético y asustado. Su mirada se dirigió hacia Lily y Sirius, que hablaban en voz baja al lado del tercero, mientras él le ayudaba a ella a colocarse su mochila a la espalda. La pelirroja se hacía pequeña bajo el gran equipaje que llevaba. Vestía ropa muggle y su pelo estaba recogido en una deshecha trenza que llevaba posada sobre un hombro de forma descuidada. Sirius llevaba un grueso abrigo por encima de la túnica y su mochila estaba a sus pies, aún en el suelo. En el bolsillo del abrigo, Remus distinguió el mapa del merodeador.

Cuando se dio cuenta de que los tres estaban a punto de marcharse, decidió intervenir por última vez. Se apoyó en el marco de la escalera y se cruzó de brazos, como si llevara rato observándolos.

- ¿Os vais ya? –preguntó en voz alta-.

Peter dio un gritito mientras pegaba un salto asustado. Lily también se volvió hacia él con los ojos muy abiertos. Sirius era el único que esperaba su aparición de un momento a otro. Se limitó a rodar los ojos y bufar mientras se aseguraba de que la mochila de su amiga estuviera bien sujeta. Lily le ignoró y dio un paso hacia su amigo, mirándole suplicante.

- Remus. Por favor, acompáñanos.

El licántropo tuvo que tragar fuerte ante la mirada de su amiga. No podía dejarse llevar por los sentimientos, alguien tendría que mantener la cabeza fría. Negó suavemente con la cabeza y la miró también implorante, suplicándola en silencio que le entendiera.

- No puedo dejar que os vayáis, Lily. Os estáis equivocando. Voy a hablar de esto con la profesora McGonagall antes de que os pongáis en peligro vosotros también. Debí hacerlo esta tarde…

- ¿Qué más te da que nos pongamos en peligro? –le espetó Sirius enfrentándole-.

Apartó a Lily de un empujón y se encaró con su amigo. Le miraba con más odio aún que horas antes, pero esta vez eso no afectó a Remus de la misma manera. Sabía que estaba cegado y no iba a permitirle hacerle daño.

- Me importa porque sois mis amigos. Con todo lo que está ocurriendo ya tenemos bastante. Voy a hablar con McGonagall de todo y ella sabrá qué hacer para que sea lo mejor para James.

- ¡Ya has demostrado que lo que le ocurra a James te trae sin cuidado!

- ¡Cállate Sirius! –exclamó Lily roja de furia. Ambos se giraron hacia ella, que les miraba a los dos con los puños apretados a los costados y la respiración entrecortada-. Bastante mal está la cosa para que ahora nos enfrentemos entre nosotros. Si nos dividimos sí que no podremos hacer nada.

Aquellas palabras parecieron hacer algo en Sirius, que respiró profundamente para volver a mirar a Remus, esta vez con seriedad pero sin acusación.

- No voy a discutir contigo, Lupin. Pero no intentes detenerme. Voy a traer a mi hermano de vuelta, sea como sea.

Sin dejarse afectar por el uso intencionado de su apellido, Remus alzó la barbilla con una arrogancia similar a la de su amigo.

- Te aseguro, Black, que voy a protegeros aunque sea de vosotros mismos. Bastante tengo con tener a un amigo en peligro de muerte como para permitir que el resto sigáis el mismo camino.

Sirius le lanzó una mirada asesina, pero en vez de responderle se dio la vuelta y agarró a Peter del brazo para obligarle a caminar con él. Se detuvo para recoger su mochila del suelo y se la colgó de un solo hombro mientras se perdía por el retrato, obligando a Peter a caminar delante de él. Tras un segundo de titubeo, Lily les seguió lanzándole a Remus una mirada triste.

Él no perdió el tiempo. Se dio la vuelta y subió corriendo las escaleras. Había sido un golpe de suerte que decidiera encerrarse de los demás junto a su cama y su baúl. Él había guardado la capa de James después de usarla para visitar a Grace en la enfermería un par de días atrás. Y allí seguía, pulcramente doblada. Los chicos no habían podido llevársela y tenían que atravesar el castillo completamente visibles, solo acompañados del mapa. Él llegaría más rápido al despacho de McGonagall y conseguiría interceptarlos. Por la mañana, Dumbledore habría sido informado de las novedades por boca de la profesora y así ayudarían mejor a James.

Cuando salió por el retrato, ya envuelto en la capa, no había rastro de los chicos por ese pasillo. Debían andar en ese momento por el piso inferior. Él decidió ir hacia el despacho de la profesora por el atajo del aula de encantamientos. En ese pasillo solo se oían sus pisadas que hacían eco en el gran corredor. Debía confiar en que Filch y la señora Norris no estuvieran cerca y más bien les complicara la huida a sus amigos. Sin embargo, el silencio de la noche no era bueno para mantener acallados sus pensamientos. Y estos no parecían querer dejarle desde su primera discusión con Sirius hacia horas.

¿Qué pensarían los demás? Grace, Gis, Rachel… Pensar en Rachel era doloroso, pues aún no sabía nada de ella, si sobreviviría o no. Claro que él no tenía claro qué era lo peor, si morir o vivir una vida como la suya. Pero no podía dejar de pensar en cómo habría reaccionado ella en esa situación. ¿Habría estado de acuerdo con él o habría querido ir a buscar a James por sí misma? Su amigo y su novia no eran los más íntimos, pero sí habían compartido siempre un cariño mutuo. Cuando aún tenían alergia a las niñas, los chicos aceptaban a Rachel como una más. Ella se había sentido a gusto entre ellos a pesar de su timidez. ¿Le habría considerado ella un cobarde, como lo hacían sus tres amigos? Su mente se desvió de nuevo, esta vez hacia un recuerdo que protagonizaban Rachel y James. No sabía por qué le había venido a la mente en ese momento, pero no podía quitárselo de la cabeza.


7 de octubre de 1973.

Estaban a principios de tercer curso, y era el primer sábado de octubre. Esa tarde no había mucho que hacer para entretenerse, pues aún no tenían muchos deberes, no había quidditch y, desgraciadamente, aún no se iba a producir la tan ansiada salida a Hogsmeade. James, que no podía estarse quieto, había encontrado una obsesión que le tendría ocupado todo el día. Estaba en el campo de quidditch, martirizando a la pobre Rachel, que no sabía dónde meterse al verse observada por todo el grupo.

Remus estaba allí, junto a Peter, Richard, Kate y Gisele. Estas les habían seguido cuando entre James y el primo de la chica la habían secuestrado literalmente de la sala común. Todos estaban sentados en las gradas, mirándoles entretenidos cómo discutían.

- ¡Tienes que aprender! –insistía James agarrándole del brazo con una mano mientras que con la otra sujetaba su escoba-.

Rachel miraba el objeto con un pánico muy evidente.

- ¡Que no James! –respondía ella con tono de súplica-. Que yo estoy muy a gusto con los pies en la tierra. ¿Por qué se te ha metido a ti ahora en la cabeza que yo tengo que aprender a volar?

- ¡Porque tengo pesadillas sabiendo que ni siquiera lo has intentado! –respondió el niño de gafas como si fuera lo más obvio-. Por Merlín, ¡si hasta Evans aprendió! ¿No te da vergüenza?

Añadió dando a entender que lo más humillante que una persona podía soportar era ser superada en aptitudes de vuelo por la odiosa de Evans. Rachel miró a su primo con súplica, pero Richard se limitó a sonreírle para después seguir hablando con Kate. Rendida, resopló y se dispuso a hacerle entender al cabeza dura de James que ella estaba muy a gusto en el suelo.

- Ella lo hizo por no pasar la vergüenza de suspender una asignatura. Además, yo tengo pánico a las alturas ¡Que no puedo! –añadió con una nota de histeria cuando James le acercó la escoba-.

Remus estaba la mar de entretenido con esa discusión, comiendo plácidamente una chocolatina mientras escuchaba a Peter reírse a su lado. Sin embargo, la chocolatina desapareció de sus manos en un segundo y él se giró enfadado. Su amiga Grace le miraba sonriente con ella en la mano, le dio un mordisco y se la devolvió.

- ¿Qué hacéis?-preguntó la rubia acomodándose entre él y Peter-.

Aun considerando la idea de reprocharle el que le hubiera quitado el chocolate sin su permiso, Remus vio a Peter sonrojarse de golpe. La actitud que había tomado su amigo con la chica con la que mejor se llevaba, le estaba empezando a cansar. Llevaban así un mes y Peter seguía poniéndose colorado cada vez que Grace estaba cerca. Eso le hizo olvidar su enfado y señaló vagamente al campo mientras volvía a morder la chocolatina.

- Intentar presenciar un milagro.

Grace miró con curiosidad y se echó a reír al ver la escena. Rachel parecía haber caído en las redes de James y había tomado la escoba con las manos. La sujetaba como si fuese una bomba a punto de estallar y cuando intentó hacer el ademán de subirse en ella pegó un grito y se la tiró a él de vuelta.

- ¡No puedo, no puedo, no puedo! –gritaba la niña de rizos pegando saltitos en el mismo sitio-.

Todos se echaron a reír de nuevo. James parecía empeñadísimo en conseguirlo y le volvió a tender de nuevo su escoba.

- Que sí, mujer, ya verás como cuando pruebes querrás entrar en el equipo y todo.

- ¡Di que sí Rachel, y nos presentamos juntas! –gritó Grace para infundirla el valor a probarlo. Ella quería presentarse a las pruebas del equipo; estaba harta de envidiar a James desde las gradas-.

Todo el resultado que su ánimo pudo conseguir se vino abajo con la frase risueña de Gisele.

- Yo os miro desde abajo –declaró entre risas dando a entender que sería de locos apartar los pies del suelo-.

Eso reafirmó a Rachel en su idea.

- ¡Que no! ¡Que yo no quiero volar!

James sacó una paciencia desconocida en él hasta el momento y la rodeó los hombros con un brazo acercándole la escoba para que viera que no mordía. Estaba bastante serio, aunque Remus podía ver como se mordía los carrillos para evitar reírse de su amiga.

- Por favor solo inténtalo –la suplicó exagerando un puchero que Rachel miró desconfiada-. ¡Yo no le dejo mi escoba a nadie, así que tienes el privilegio de ser la elegida! ¡Aprovéchalo!

- ¿Por qué no se la ofreces a quién sea tan inconsciente de querer separar los pies del suelo? –razonó la niña con bastante acierto-.

Richard empezó a picar a su prima en voz alta, haciendo que esta le mirara con odio y se pusiera cada vez más y más colorada. Algunos curiosos se estaban acercando a ver qué tramaba ese inquieto grupo de tercer curso, lo que hacía que Rachel se pusiera más nerviosa aún. Remus se lo estaba pasando genial, cuando escuchó a Peter gritar. Sirius acababa de llegar y le había pinchado por la espalda, pillándole desprevenido y haciendo que diera un bote. El más alto se rió con ganas de la actitud de su amigo mientras Remus sonreía y volvía a mirar el espectáculo.

¡Era inconcebible! A partir de ese momento jamás dudaría de la capacidad de persuasión de James. Rachel estaba subida a la escoba, agarrando el palo con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos y su amigo había comenzado una cuenta regresiva. Sin embargo, cuando llegó el momento de dar la patada, ella se arrepintió y soltó la escoba de golpe volviendo a gritar. Kate y Gisele abuchearon entre risas.

- Venga enana –intervino Sirius que se había unido al público-. ¡No seas cobarde!

- ¡No soy cobarde! –respondió la niña picada-.

- ¡Una vez más! –la animó James pasándole su escoba-.

- ¿Dónde estabas, Sirius? –preguntó Kate que acababa de darse cuenta de que había llegado. Tenía las mejillas completamente coloradas, pero si alguien se dio cuenta no hizo ningún comentario-.

El pequeño Black siguió muy entretenido metiéndole ramitas de Peter por el cuello de la camisa sin que este se enterara, por lo que no la miró cuando le contestó.

- Haciéndole una visita a Quejicus. James está demasiado obsesionado con el tema de la enana y se le ha olvidado que hoy no le hemos dado los buenos días.

Kate, Gis y Peter se rieron, y Remus vio que Grace luchaba por ocultar una sonrisa mientras rodaba los ojos teatralmente. Sabía que su amiga respetaba más a su némesis porque era amigo de su mejor amiga, pero en el fondo no le aguantaba tampoco. Se lo había confiado con la condición de que no le dijera nada a Lily, por lo que él se había abstenido de comentárselo a sus amigos.

Valientemente, Rachel intentó de nuevo reunir el valor para subirse a la escoba. Parecía que el pique de Sirius podía tener sus frutos, pero a última hora volvió repetir el numerito de soltar la escoba de golpe. Sus gritos esa vez atrajeron a un grupo grande de personas que iba sentándose en las gradas para observar la situación. Al comprobarlo, Remus se volvió hacia Richard que estaba a su otro lado.

- Tu prima es un espectáculo. Cada vez se acercan más personas al oír sus gritos.

- Mejor –replicó su amigo con una sonrisa divertida en la que se destacaban sus dos grandes paletos-. A ver si con la vergüenza de que la observen sale volando de una vez.

- ¡Así se hace, Rachel, muy bien! –exclamó de repente Peter emocionado-.

Richard y Remus se giraron a la vez para observar cómo Rachel por fin había levantado el vuelo. Pero no alcanzaron a verla dejar el suelo, pues de repente se escuchó un gran ruido y la vieron sentada en el suelo sobándose el trasero. James estaba a su lado, caído también, a cuatro patas mientras golpeaba el suelo con los puños al ritmo de unas sonoras carcajadas.


Sin darse cuenta, Remus estaba sonriendo ante ese recuerdo. Eran tiempos en que la guerra solo era un murmullo, un titular mensual en los periódicos entre las noticias de política y las de cotilleos. Habían sido una piña desde el principio. A veces se equivocaban, claro. Y de hecho James se equivocó mucho al intentar enseñar a volar a Rachel. Pero todos se unieron a la causa y creyeron en ella. Incluso aunque sabían previamente que acabaría en desastre.

Cuando volvió al presente, se dio cuenta de que se había detenido en medio del pasillo, a escasos metros del despacho de McGonagall. La capa le pesaba sobre las manos que la recogían para que no se arrastraran por el suelo. Miró la puerta con duda, intentando tomar una decisión que su subconsciente ya había elegido.

OO—OO

Lejos de allí, en San Mungo, la persona que se había colado en su subconsciente seguía perdida dentro de su mente. Aún no había despertado ni había previsiones de que lo hiciera pronto, pues estaba fuertemente sedada. Sus heridas eran demasiado graves como para que se curaran rápidamente. Tardaría semanas en tener una buena movilidad, y quizá meses en poder salir del hospital. Una mordedura de licántropo siempre era complicada. Una mordedura de licántropo cerca de la yugular era un milagro si se vivía para contarla. Y ella podría hacerlo.

Aunque era de madrugada, los sanadores esos días no tenían horarios y seguían vagando a todas horas, pendientes de cualquier contratiempo con un paciente. Uno de ellos se pasó por la camilla de la chica y se detuvo a comprobar que todo iba bien. Estaba asegurándose de que el nivel de las pócimas que tenía conectadas a las muñecas por sondas era el adecuado cuando un joven enfermero pasó por allí.

- ¿Cómo evoluciona? –quiso saber el más joven, que estaba especializándose en heridas causadas por licántropos-.

El hombre mayor inspiró hondo.

- Igual. No hay síntomas de empeoramiento, lo cual es una buena noticia en estos casos. Normalmente no se nota mejoría hasta pasadas dos o tres semanas de la mordedura. Esta es más complicada, por lo que llevará más tiempo. Pero afortunadamente, sobrevivirá.

El joven asintió memorizando la información.

- ¿Cree que el mantenerla sedada puede retrasar su recuperación? –preguntó al comprobar en la ficha de la paciente la gran cantidad de poción calmante que se le suministraba al día-.

- Por supuesto. Pero prefiero que esté aquí más tiempo y no tenga que soportar unos dolores tan agónicos. Tiene la yugular casi al descubierto. Es un milagro que siga con vida. Saber esto seguro que le ayuda a aguantar el tiempo extra que tenga que pasar aquí.

El joven asintió estando de acuerdo y miró el rostro de la chica. Era la mayor de los dos mordidos por el hombre lobo, pero aun así era muy joven. Su ficha la marcaba como mayor de edad, pero sus rasgos no lo parecían. Tenía apariencia de niña, y los traviesos rizos de su cabello le daban un aspecto más infantil aún. Sin embargo, su mirada se centró en sus mejillas y su frente, en unas marcas en las que no se había fijado antes.

- ¿Estas también se las hizo el licántropo?

El sanador se acercó más a la joven, apuntó su cara con su varita y la iluminó con magia. Las marcas eran heridas ya cicatrizadas e, incomprensiblemente, le dio la sensación de que eran parte de alguna palabra. Intentó descifrarla, pero era imposible. Simplemente eran unas horribles cicatrices que afeaban un rostro pequeño e inocente.

- No parecen recientes –declaró acariciándole la mejilla y comprobando que esas marcas ya estaban por debajo de la piel-. Pero no dejan de ser curiosas por ello. Mañana recuérdame que investigue el historial de esta niña. Pueden ser producto de algún tipo de maltrato.

- Parecen duraderas –murmuró el joven con una mueca-.

- Para su desgracia lo son, aunque esa no es su mayor maldición –asintió el hombre apagando la varita y apuntando en su ficha que la suministraran más sedante a primera hora-.

OO—OO

- ¡Bella! –se escuchó de repente en el prolongado silencio que llevaba horas durando-.

Bellatrix, Rodolphus y Rabastan se incorporaron de golpe al reconocer la voz de su amo. Se escucharon varios golpes, pasos lejanos acercándose y puertas cerrándose de golpe.

- ¡Rodolphus! –volvió a gritar Voldemort-.

En esa ocasión los tres reaccionaron y el aludido llegó a tiempo de abrir la gran puerta de madera y ceder el paso a su señor. Voldemort entró con rapidez y les miró a los tres de hito en hito durante dos segundos.

- Preparadlo todo. Cambiamos de refugio. Uno de mis espías me ha asegurado que la Orden del Fénix podría estar cerca de encontrar nuestra ubicación.

- ¿Cómo…? –fue a preguntar Bellatrix, pero su señor la silenció con una mirada-.

- No importa cómo lo sé. Avisa a los demás, Bella. Tenemos que trasladar todo nuestro arsenal hasta el nuevo refugio que he elegido, esta misma noche. Y quiero que trasladéis y os aseguréis de que el prisionero está en buen estado. He estado investigando y he dado con un ritual que me permitirá averiguar cosas que ni él mismo conoce. Pero eso lo haremos una vez lleguemos al nuevo refugio.

- ¿Le damos más transfusiones de sangre, mi señor? –preguntó Rabastan con voz nerviosa-.

Voldemort asintió lentamente con la cabeza, como si acabara de considerar la idea.

- Le necesito fuerte para que soporte con vida todo el proceso. No quiero que se muera de debilidad sin que este haya concluido. Y ahora daos prisa. Quiero marcharme antes de que empiece el día; no me fío de Dumbledore.

Se dio la vuelta para adelantarte al nuevo refugio y asegurarse definitivamente que el lugar era el indicado. Hasta que volviera, sus seguidores estarían muy ocupados con todo lo que debían llevarse o destruir. Sin embargo, justo antes de cruzar la puerta se detuvo al lado de Rodolphus y le murmuró:

- Habla con todos. Cuando haya acabado con Potter haremos una acción a gran escala. Atacaremos tres flancos a la vez. Y uno de ellos va a ser el Ministerio de Magia.

OO—OO

Sirius destapó el tapiz y dejó entrar a Lily y a Peter antes de meterse él y volver a cerrarlo. Segundos después, los tres aguantaron sus agitadas respiraciones al oír los pasos de Filch cruzar el pasillo. Salir de Hogwarts estaba siendo más complicado de lo que habían creído en un primer momento. Pese a tener la ventaja del mapa, el camino había estado lleno de interferencias. Cuando no era Peeves, era la señora Norris, y cuando no era ninguno debían coger un atajo para evitar a algunos cuadros que ya les habían delatado otras veces. Encima esa noche también algunos profesores estaban haciendo ronda (al haber suprimido de momento las de los prefectos, estos les habían sustituido), y cuando se habían descuidado Filch había estado a punto de atraparlos.

Nada de eso habría ocurrido si hubieran tenido con ellos la capa de invisibilidad. Pero Remus había sido el último en usarla y no habían podido robársela de su baúl mientras dormía. Y Sirius le conocía lo suficiente como para saber que aprovecharía esa desventaja para intentar alertar a McGonagall antes de que se fueran. Frunció el ceño en la oscuridad y apretó el mapa demasiado, arrugándolo un poco.

A su lado Lily le miró de reojo, preguntándole en silencio si el peligro ya había pasado. Peter aún seguía respirando agitadamente mientras se tocaba un costado del estómago e intentaba aguantar el peso de la mochila en la espalda. Sirius miró el mapa y vio que Filch se alejaba de su zona. Estaban en el primer piso, aún tenían que bajar a la planta baja y llegar a la entrada. Allí averiguarían cómo la abrirían.

- La zona está libre. Vamos.

Tomó de la mano a Lily y ella tomó la de Peter para arrastrarle con ella. Salieron del tapiz y fueron por todo el pasillo formando una fila india dirigida por el joven Black, sin soltarse las manos. Él miró el mapa de nuevo cuando iban a dar la vuelta a la esquina y lo bajó al comprobar que no había nadie cerca. Giró a la derecha, dirección a lo que parecía ser un pasillo sin salida. Notó que Lily le apretaba la mano, indicándole que se había equivocado de camino, pero él siguió adelante. La pelirroja miró extrañada a Peter, pero él también parecía encontrar muy lógico ese camino a ninguna parte.

Cuando quedaron de frente a una pared custodiada por dos armaduras pensó que se darían media vuelta, pero sus amigos le soltaron las manos a la vez y se dirigieron cada uno a una estructura. Abrió la boca casi hasta el suelo cuando vio que, sacando a la vez las pesadas espadas del cinto, una pequeña abertura se abría justo entre las de estatuas. Al verla tan asombrada Peter la cogió de la mano y tiró de ella mientras Sirius les guiaba al interior. Cuando estuvieron dentro del pasadizo, este último no pudo evitar una carcajada y su amigo le secundó nerviosamente.

- ¿A que nunca habrías creído que te contaríamos los secretos de nuestras hazañas?

Lily sonrió imperceptiblemente y siguió sosteniendo la mano de Peter, que la guiaba en una oscuridad que los chicos parecían conocer muy bien. A los pocos minutos vio a lo lejos un resquicio de luz y cuando se fueron acercando comprendió que era el final del pasadizo. Sirius espió por el resquicio que había abierto, y al comprobar que no había moros en la costa accionó la abertura y salieron. Lily abrió de nuevo la boca al ver que habían ido a parar directamente al vestíbulo. Ese atajo sí que era bueno.

- Sois geniales, tengo que reconocerlo –dijo con asombro mientras veía el pasadizo cerrarse de nuevo y transformarse en una simple pared de la que nunca había sospechado-.

Sirius sonrió orgulloso, pero antes de contestar Peter se tensó a su lado y señaló nerviosamente uno de los pasillos que llevaban hasta el vestíbulo, donde se encontraban sin lugar para esconderse. Él también se dio cuenta un segundo más tarde. Se oían pasos, y cada vez más cercanos.

- Viene alguien –dijo Lily nerviosamente, aunque era evidente que sus dos amigos ya se habían dado cuenta-.

Sirius desdobló el mapa con rapidez mientras decía:

- Seguro que es McGonagall. Maldito chivato de m…

- Aún no me he chivado de nada, Sirius.

Los tres pegaron un bote al escuchar una voz que parecía no venir de ninguna parte. Incluso a Sirius se le cayó el mapa. Se agachó a recogerlo a la vez que Remus se quitaba la capa de invisibilidad, revelando su posición entre ellos y la puerta de entrada.

- ¿Vienes a intentar detenernos de nuevo? –le preguntó su amigo con tono cansado, como si hubieran tenido esa discusión mil veces-.

Remus sonrió levemente, aún inseguro. Dejó la capa colgando de un brazo y les miró a los tres uno por uno.

- No. Solo vengo a deciros que nos irá mejor si nos llevamos la capa de James. Además, él la querrá de vuelta cuando le rescatemos.

Al segundo siguiente, Lily se echó a llorar y se lanzó a sus brazos, dándole un apretado abrazo que él le devolvió incómodamente. Por encima del hombro de la pelirroja sonrió levemente a Peter, quien le devolvió el gesto con nerviosismo. Le costó que Lily le soltara, pero cuando lo hizo se quedó sin respiración por un fuerte golpe en la espalda de Sirius. Este le volvía a sonreír como siempre.

- Me alegro de que decidieras venir, Moony. Los merodeadores tenemos que estar unidos.

Remus sonrió, devolviéndole el golpe con un puñetazo en el brazo. Pasó un brazo por los hombros de Lily y miró a sus amigos convencido.

- Wormtail, Padfood –les nombró por sus apodos para adquirir el espíritu merodeador, más que necesario para lo que estaban a punto de embarcarse-.

Sirius y Peter le sonrieron, comprendiendo.

- Moony –le respondieron.

- Vamos a buscar a Prongs.

O-oOOo-O

¡Y hasta aquí hemos llegado! Lo he dejado en lo mejor, pero la acción que viene en el siguiente o la pongo toda junta o no se aprecia igual :P.

Bueno, ¿qué os parecido? ¿Creiais que los merodeadores se quedarían quietos? :P Me parecía interesante remarcar las actitudes de cada uno de los amigos. Sirius es impulsivo, Peter le sigue por miedo y Remus es la voz de la conciencia. Pero son leales y a pesar de tener miedo Peter sigue adelante, y a pesar de saber que no es la mejor opción Remus decide irse con ellos. A Lily, ya digo, hay que perdonarla. Si Harry tiene el carácter de ella podremos saber que es inteligente y estratega pero que no piensa con claridad cuando hay personas que quiere involucradas.

¿Qué os ha parecido la reaparición de Rachel? No ha salido antes porque, como veis, no tiene mucho que contar. Pero su situación es complicada. Sabréis más de ella, por supuesto :P.

En cuanto a lo demás, lo dejo para el siguiente capítulo. ¿Llegará la Orden a tiempo para rescatar a James o se les volverán a escapar? ¿Podrán los chicos y Lily contactar con Alice? ¿Qué harán para ello? Y, ¿cómo quedarán las cosas en Hogwarts? Os adelantó la vuelta de Regulus, de Grace, de Marco y de dos personajes que os harán gracia. ¿Hacéis apuestas del papel de cada uno? ¡Os escucho! Jeje

Intentaré escribir lo más rápido posible pero mañana me voy a ver a la familia durante una semana. Voy de norte a sur del país, así que sol ven a mí que quiero ponerme morena jeje. Un besazo enorme a todos. Espero que todos os vaya bien.

"TRAVESURA REALIZADA".

Eva.