-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 28

-Me mentiste, ¡Siempre me has mentido!- acuso Sakura, furiosa, incapaz de mantenerse sosegada, -¡he dado todo en mi vida por ti y así me traicionas!- grito la Haseki, apretando nerviosamente parte de la falda de su vestido, temiendo actuar llevada por la ira.

-Sakura, nada paso- garantizo Sasuke, preocupado por la ira que ella estaba expresando.

-Deja de mentirme, no soy una estúpida- espeto Sakura, volteando a verlo, visiblemente en desacuerdo con su excusa, -no se embarazo de la nada- señalo la pelirosa, con obviedad.

Mito era su mayor peligro y evidentemente seguía teniendo influencias como para haber hecho que una concubina se encontrase en los aposentos del Sultan durante la visita de Sasuke a Otogakure, quizá ella hubiera sido tolerante e ignorado este hecho, pero Sasuke no se lo había confesado hasta hacia solo unos momentos atrás, ¿Y por qué? Porque la mujer, Naoko, se encontraba embarazada y exiliada en el Viejo Palacio. Era la gota que rebasaba el vaso, era la traición más dolorosa que había podido imaginar y si Sasuke le había ocultado todo eso debía de ser por una razón y ella no podía evitar sentir como una tonta, una mujer sumisa, estúpida e insulsa a quien habían ocultado todo, ¿Acaso el Harem lo sabía?, ¿La elite gubernamental? De ser así se sentiría aún más dolida de lo que ya se sentía por ser la última en enterarse. ¿Cómo es que había sucedido algo así?

Furiosa bajo aquellas circunstancias, la Haseki se paseó nerviosamente por la habitación, intentando pensar en cómo mantener la calma pero no podía, la mujer, Naoko o como se llamara, ya tenía tres meses de embarazo, si alumbraba un Príncipe su humillación seria total, no habría solución ni vuelta atrás, dependía totalmente de la providencia en ese momento y no sabía si Kami seria benévolo con ella, había perdido tanto hasta entonces que no sabía que esperar.

Su exquisita y delgada figura se encontraba ataviada en un sencillo vestido celeste-azulado de bajo escote corazón, calzado totalmente a su figura, con mangas ajustadas hasta los codos, abiertas frontalmente cuales lienzos, y sobre el vestido se encontraba una chaqueta de gasa y encaje azul oscuro cerrada escasamente a la altura del vientre, enmarcando su escote y exponiendo la falda inferior. Sobre su largo cabello rosado, peinado en cadenciosos rizos que caían prolijamente tras su espalda y sobre su hombro derecho, se hallaba una hermosa corona de oro, diamantes y zafiros que complementaba por completo el vestido y su diseño, así como un sencillo par de pendientes de plata y cristal en forma de lagrima que relucían entre sus rizos, así como el emblema de los Uchiha alrededor de su cuello.

Con veinticinco años y habiéndole dado hasta entonces tres Príncipes y tres Sultanas al Imperio, manteniéndose tan incólume y hermosa como debía de ser la Haseki de un Sultan, había cumplido con su deber y engrandecido a la estirpe de los Uchiha como no habían conseguido hacerlo sus predecesoras, pero si Sasuke se había cansado de ella y decidido traicionarla con otra mujer, hubiera preferido haberse enterado antes y no en ese punto, hubiera deseado no pasar por tonta, esa era una humillación demasiado grande. Mito obtenía una victoria de todo eso.

-Yo no….-protesto Sasuke al ver que ella no conseguía creerle, y con razón.

-No insistas en negarlo- rogo Sakura no pudiendo parecer tranquila sino que totalmente iracunda. -Lo has ocultado de mi hasta ahora pero se acabó, las cosas jamás debieron llegar hasta este punto nunca debí permitirlo- gruño la Haseki volteando a verlo.

-Esto no es algo que hubiéramos podido evitar- murmuro Sasuke más bien para si mismo, pero sabiendo que ella debía de poder escucharlo, -está más que claro que Mito es la culpable tras todo esto, a ella le beneficia esto- razono el Uchiha.

-No estoy hablando de Mito sino de mí- chillo la pelirosa, furiosa. Sasuke frunció el ceño, no comprendiendo a que se refería, -nunca he sido tu Haseki, tu esposa o tu Sultana realmente, debí ser más realista y asumir lo que soy; una simple concubina- critico Sakura duramente.

Los estratos sociales eran obvios y pese a haber alumbrado tres Príncipes no sería más que una concubina si Sasuke no hubiera contraído matrimonio con ella ante las leyes estipuladas en el Imperio, de otro modo todo hubiera sido diferente y el poder y autoridad del que gozaba no habría de ser tan grande. Baru de diez años, Itachi y Mikoto de nueve, Shina de ocho, Sarada de siete y Daisuke de seis, ¿Qué sería de ella sin sus hijos? Ellos eran su mundo entero y en esta ocasión debía de pensar en ellos, no en su propia ira por semejante ofensa, y eso significaba que debía mantenerse al margen de todo, por ahora, al menos.

-Sakura, por favor-rogó Sasuke.

-Es lo que soy, de otro modo esto no habría sucedido, pero paso- intento conformarse Sakura, evadiendo su mirada, asimilando que quizá su felicidad vivida hasta entonces no fuera sino un espejismo.- Es imposible cubrir el sol con un dedo, Majestad, y por ello…- la Haseki, mordiéndose ligeramente el labio inferior, hubo optado por la diplomacia y el protocolo, razonando que en ese momento no podía perder el control, no era propio que lo hiciera, -le ruego que me deje a solas, no quiero perder los estribos de forma desproporcionada- pidió Sakura, respetuosamente.

En pro de su propio autocontrol, Sakura no lo hubo pensado dos veces siquiera, dándole la espalda, quedando frente a la chimenea, observando con total desinterés las llamas del fuego, intentando contener sus emociones lo más posible. No le daría el gusto a nadie de verla herida o vulnerable, ni a Mito ni a Naoko, ni a quien fuera, y por ello sería lo que se esperaba que fuera, administraría el Harem, dirigiría la corte, se encargaría de que los asuntos de estado tuvieron lugar como ella esperaba que sucediera y velaría por sus hijos, pero…no sabía cuánto tiempo debería de pasar para que pudiera perdonar a Sasuke, la situación era demasiado grave, la vida en camino evidenciaba eso. Esperando que ella pudiere ser tolerante y no dejar que las cosas cambiaran entre ambos, Sasuke poso sus manos sobre los hombros de ella.

-Sakura- intento apelar el Uchiha.

Se suponía que él debía de hacer algo y lo había hecho, no sentía absolutamente nada por esa mujer llamada Naoko, nada, por ello la había exiliado al Viejo Palacio aun antes de regresar a Konoha, esperando que lo que él creía que había pasado no fuera sino una mentira, regresando a su vida junto a Sakura y sus hijos, fingiendo que nada hubiera pasado, pero Sakura tenía razón, no se podía ocultar el sol con un dedo, y el embarazo de Naoko se haría notorio en poco tiempo. Había esperado que Sakura le creyera, pero si el caso fuera otro él tampoco lo creería, no había nada que garantizara que él no hubiera mentido.

-Por favor, Majestad- pidió Sakura, infranqueable, alejándose de su tacto.

Su simple gesto fue suficiente para que Sasuke entendiera que de nada servía que insistiera, al menos por ahora, y por ello hubo aceptado en dejarla sola. Sakura hubo contenido tanto como pudo sus deseos de llorar hasta que hubo escuchado como las puertas de sus aposentos eran abierta e inmediatamente cerradas, volteando a ver tras ella y ratificando que Sasuke ya no estaba, permitiéndole llorar en silencio mientras las lágrimas se deslizaba por sus mejillas. No podía hacer lo que él deseaba, no podía ser racional o tolerante en ese momento, no podía fingir que no había ningún problema, no podía voltear a verlo o dejar que él la abrazara, ¡No podía! Necesitaba tiempo, tiempo para procesar todo cuando estaba pasando, tiempo para aceptar el hecho de que había sucedido lo que ella nunca había podido imagina siquiera.

Jamás podría olvidar aquel día, de una u otra forma ese había sido el inicio de Naoko y del problema que ella había sido y siempre seria en su vida, le recordaba que tenía un rol que cumplir dentro del Imperio porque ella era el Imperio, porque había olvidado todo de sí misma y se había integrado a un mundo lejano a lo que había conocido, había dejado de ser Sakura Haruno; la esclava griega arrancada de su tierra, la joven que había perdido a su padre, su madre y su hermana menor y había pasado a ser Sakura Uchiha; la esposa del Sultan, la madre de un Sultan del poderoso Imperio Uchiha y la Regente del Imperio en tiempos de necesidad, ella había cambiado su ser por Sasuke y el mínimo premio a cambio de todo eso era el amor y respeto que el pueblo y el ejército entero le profesaban, admirando su dedicación y voluntad.

Sentada sobre la cama del Sultan, observando son serenidad el rostro de Sasuke, más tranquila al ver que la fiebre remitía según lo esperado, Sakura hubo contemplado con una leve sonrisa su sereno dormir. Por él—hacía ya dos días-había oficializado que su hijo Daisuke sería el próximo Sultan del Imperio, por él había reducido las expectativas de Naoko, propiciando su caída de forma inminente, disfrutando de saberla próxima a la muere y sabiendo que solo así podría recuperar la calma perdida desde el primer momento en que había parecido en su vida. Solo estaría tranquila cuando viera el cadáver de Naoko.

La hermosa Sultana se encontraba ataviada en un exquisito y sencillo vestido azul oscuro de escote cuadrado y mangas abullonadas a la altura de los hombros, ajustadas y cortas hasta codos, abierto a la altura del vientre para exponer la falda del vestido inferior que solo era visible mediante las mangas abiertas como lienzos frontalmente en los codos y de cuello alto y abierto de caída en V exponiendo el soberbio emblema de los Uchiha alrededor de su cuello que complementaba un par de pendientes de plata y cristal en forma de lagrima. Sobre su largo cabello rosado que, peinado en cadenciosos rizos, caía libremente tras su espalda se encontraba un magnifico tocado de plata, diamantes, topacios y zafiros ligeramente alto y de tipo torre para emular el poderío de los Uchiha, sosteniendo un largo velo azul oscuro.

Toda la estética que empleada era por su hijo y la imagen que ante muchos estaba representado; la de Madre Sultana, ya que su hijo Daisuke había hecho que estuviera presente en la sala del Consejo Real en muchas ocasiones, garantizando que ella era importante en su vida y el Imperio y que como tal ella sería la autoridad más relevante cuando el fuese Sultan. Su hijo lo llenaba de orgullo, era su sol su luz y su mundo entero, su todo…pero lamentaba decir que no estaría ahí para él cuando iniciara su Sultanato, en realidad esperaba que Aratani pudiera cumplir ese papel en su nombre, tenía fe en ello. El repentino eco de golpes contra la puerta la hubo sacado de sus pensamientos, haciéndola sonreír ligeramente al saber de quien se trataba la había hecho llamar con ese propósito.

-Adelante- ordeno la Haseki, levantándose de la cama y alisándose la falda.

Apenas y las puertas le hubieran sido abiertas, Aratani contemplo con alegría y admiración a la mujer que más amaba en el mundo, la madre que siempre había necesitado, su amiga y apoyo incondicional, su mentora y modelo a seguir, eso y más representaba la Sultana Sakura en su vida, era alguien simplemente insuperable. Tal vez ella fuese una favorita, una mujer libre y el ensueño absoluto del Príncipe Daisuke, pero era aire comparada con la Sultana Sakura, ser como ella era un sueño imposible nadie había sido como ella en el Imperio anteriormente y nadie lo seria jamás. Ella era un ángel enviado al mundo.

La favorita del Príncipe se encontraba ataviada en unas sencillas galas aguamarina claro de escote corazón, con seis botones en caída vertical hasta la altura del vientre, y mangas ajustadas hasta los codos, abiertas cuales lienzos bajo una chaqueta de gasa y encaje de igual color, ribeteada en diamantes. Sobre sus largos cabello castaños, peinado en elegantes rizos sobre sus hombros y tras su espalda, se encontraba un broche de cuna oro en forma de lagrima, con un deslumbrante rubí en el centro y de cuya base pendía un diamante en forma de lagrima que casi caía por sobre su frente a imagen unos pendientes a juego, con el obsequio de la Sultana Sakura—el emblema de los Uchiha en aquella cadena de oro—alrededor de su cuello. Obviamente era una mujer libre y además de ello la única favorita del Príncipe Heredero del Imperio, más a pesar de ello Aratani era incapaz de luir galas dignas de una Sultana, se creía insignificante como para tener este privilegio.

-Sultana-reverencio Aratani, no pudiendo contener su sonrisa, -¿Quería verme?- consulto la pelicastaña

-Si, ven aquí- pidió Sakura, sonriendo, maravillada ante la visión de la favorita de su hijo. Aratani acato inmediatamente su petición, sin dejar de sonreír, sintiéndose una niña penas y sintió a la Sultana Sakura abrazándola, antes de dedicarse a observarla, -cada vez luces más deslumbrante, Aratani- celebro la Haseki.

-Imposible, Sultana- protesto la pelicastaña, con fingida seriedad, -nadie es más hermosa que usted- garantizo Aratani.

-Las opiniones son subjetivas, Aratani, eso ya deberías saberlo- alego Sakura, no del todo convencida con sus palabras llenas de admiración y respeto.

-Lo sé, pero no para mí, nadie es más hermosa que usted- alabo Aratani, sin dejar de sonreír, totalmente volcada en lo que ella creía y sentía por la Sultana que gobernaba el mundo, -de eso estoy segura, en eso puedo creer- asevero la pelicastaña.

-Aduladora- critico Sakura, riendo, no molesta o abrumada sino que todo lo contrario, agradecida por semejante e infranqueable lealtad, -pero no me preocupa tenerte como competencia- bromeo la Haseki ante lo cual Aratani fingió sorpresa antes de reír. -Daisuke me informó de lo sucedido, tu emancipación es una noticia digna de celebrar, no muchas mujeres son declaradas libres en este Imperio- celebro Sakura.

Si bien las Sultanas antes que ella habían sido incluidas en el Imperio por matrimonio, -más enfáticamente las Sultanas Kaede y Kaoru, esposas de los Sultanes Hashirama y Tobirama respectivamente-eso no significaba que fuera algo común o bien visto, de hecho, y según los eruditos; significaba que un hombre dependía en esencia de una mujer y que a su vez no representaba el modelo de poligamia y virilidad que se tenía de los Sultanes, ya que si tenían un Harem a su disposición era para tener muchas favoritas y Sultanas que alumbraran una prole extensa. Ella era la primera mujer en el Imperio que era la única esposa del Sultan y la madre de casi todos sus Príncipes, algo jamás visto, y el caso de Aratani igualmente era excepcional.

-Usted si, Sultana- menciono Aratani.

-Pero estaba embarazada, tu eres la primera mujer que goza de tal derecho sin ser una Sultana- diferencio la Haseki, señalando aquello que debía de ser obvio para su pupila. -Seré sincera contigo Aratani, te llame porque espero que entiendas cuales han de ser tus prioridades de ahora en más- aludió Sakura, señalando la esperada labor de una concubina en ese Palacio y que como tal Aratani debería de cumplir.

-Lo sé, Sultana, y acepto la labor- tranquilizo Aratani que tenía muy claro aquello que debía de hacer y que, desde que había sido declarada una mujer libre, había llevado debidamente a cabo, dejando de consumir aquella medicina que impidiera un embarazo, -rezo a Kami cada noche y día para poder darle un hijo al Príncipe Daisuke, lo que más quiero, después de hacerla feliz a usted, es hacer feliz a su alteza- prometió la pelicastaña con absoluta sinceridad, -vivo por ello- garantizo Aratani.

Anteriormente y ante la presencia de la Sultana Midoriko el respeto que sentía por ella, Aratani había hecho todo lo posible por no embarazarse ya que no quería ofender a la Sultana de ninguna forma, sabiendo que de igual modo así podría aprender cómo ser la única mujer la que el príncipe Daisuke necesitara y así había conseguido hacerlo, afortunadamente, pero ya que el camino estaba libre para ella, ahora, podría ocuparlo sin problema alguno y su prioridad era intentar embarazarse tan pronto como le fuera posible y tener tantos hijo como le fuera posible, el Imperio debía de reafirmar sus raíces y esa honrosa labor recaía sobre sus hombros ahora como en su día había recaído sobre la Sultana Sakura.

-Me complace oírlo- sonrió Sakura, orgullosa de quien verdaderamente merecía volverse una Sultana por su lealtad y coraje, -jamás me decepcionaras Aratani- vaticino la Haseki.

-Kami no permita que le falle algún día, Sultana- oro Aratani, esperando ser digna de las expectativas que la Sultana Sakura depositaba en ella constantemente, intentando poder cumplirlas al pie de la letra.

-Amen- murmuro Sakura, confiando en Aratani, más deseando que el futuro reservara algo glorioso para su pupila, más el repentino eco de golpes contra la puerta irrumpío en la conversación. Sabía muy bien de quien se trataba y no le agradaba en lo absoluto tener que lidiar con ella. -Adelante- indico la Haseki.

En el Palacio Imperial se vivía con el propósito de alcanzar la cima del poder, no se trataba de ambición desmedida o ego, sino de supervivencia y solo el rango más alto—Haseki o Madre Sultana—podía garantizar la supervivencia, pero no se trataba únicamente de alcanzarlo sino además de mantenerse en él por todos los medios posibles, y siendo consciente de esto es que Koyuki hubo acudido al llamado que la Sultana Sakura le había hecho, entrando respetuosamente y con la mirada baja en cuanto los jenízaros le hubieron abierto las puertas. No quería ser una amenaza y la única garantía que tenía para probarlo era ganándose la confianza de la Sultana Sakura y el Sultan Sasuke, más especialmente de la Sultana.

La Princesa se encontraba atavíada en un digno vestido celeste metálico de escote redondo y calce de tipo corsé, cerrado frontalmente por una seguidilla de cordones color negro que aportan un matiz extranjero muy marcado, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta hasta los muslos, abierta para exponer el vestido inferior, de mangas ajustadas y cuyas muñequeras y bordes del cuello eran de un profundo azul oscuro y cuya tela gris-celeste estaba plagada de bordados en hilo de plata que le daban un aspecto claramente arcaico y metálico. Su lago cabello azul se encontraba recogido en una trenza mariposa, luciendo aun más la sencilla corona de oro en forma de olas, decorada con pequeñas piedras de jade y complementada por un par de pendientes de perla en forma de flor.

-Sultana Sakura- reverencio respetuosamente la Princesa, manteniendo la mirada baja más apretando los labios de disgusto a causa de la presencia de Aratani, de pie a su lado, -¿me llamo?- consulto Koyuki.

Ignorando la ligera mirada de odio por parte de la Princesa, Aratani observo atentamente a la Sultana Sakura, esperando su orden y reverenciándola apenas y la vio asentir, dándole libre albedrío de retirarse si así lo deseaba y en efecto era lo mejor en ese momento, y personalmente ella misma no toleraba estar cerca de la Princesa que no era sino una asesina como su reputación ya señalaba. Interiormente satisfecha por la partida de Aratani, Koyuki hubo observado con respeto absoluto a la Sultana Sakura, a quien toda mujer en el palacio debía de envidiar e idolatrar y ella lo hacía, pero ser digna de su confianza no era algo nada fácil.

-Si me permite decirlo, está confiando demasiado en Aratani, Sultana- advirtió Koyuki, exteriorizando parte de su desprecio por la favorita de Daisuke. -Ella aún desconoce muchas cosas- justifico la Princesa.

-¿Y en quien me sugieres que confié?- inquirió Sakura, arqueando una ceja con curiosidad, -¿En la asesina que está delante de mí, quien asesino a mis nietos?- acuso la Haseki.

-Sultana, yo…- tartamudeo Koyuki, asustada.

-No te esfuerces en negarlo- advirtió Sakura, duramente, -no me resulto difícil, al fin y al cabo uniendo los puntos era más que evidente sobre quien recaería todo, tenías un motivo- señaló la Haseki con aire sereno e intimidante, manteniendo sus manos cruzadas por sobre su vientre, -más no entiendo cómo puedes ser tan cruel para haber asesinado a dos niños inocentes- culpo Sakura, incapaz de entender semejante grado de crueldad.

A lo largo de su vida en el Palacio había tenido que lidiar con muchos enemigos; Guren, Karin, Mito, Mei, Rin, Naoko…pero pesar de ello nunca antes había conocido a alguien tan cruel como para destruir la vida de un infante, o al menos no si no se trataba de Rin, su especialidad había sido la crueldad en todas sus formas, ella y Obito, pero eso había tenido lugar hacía tantos años que Sakura esperado no volver a encontrarse con un escenario así, más tristemente el pasado no podía quedar atrás.

-Sultana, debe creerme, yo no sabía que pasaría esto, si lo hubiese sabido jamás lo habría hecho- prometió Koyuki, titubeando a causa de su sorpresa y nerviosismo más que evidente. -Odiaba a Midoriko y quería deshacerme de ella, no lo niego, pero nunca habría intentado algo contra sus hijos- se expresó la Princesa, siendo totalmente sincera, -lo que sucedió no fue por mi culpa- se disculpó Koyuki, intentando probar que no era una enemiga.

-¿De qué me sirven tus excusas?, ¿Acaso mis nietos volverán?- cuestiono Sakura con dureza, no aceptando su palabrería barata.

Sus dos pequeños nietos; Sasuke y Mikoto, apenas y habían sido unos niños, totalmente inocentes de la rivalidad que Koyuki y Midoriko hubieran tenido, su única culpa como infantes era haber deseado pasar más tiempo con su padre y ver felices a sus padres, pero no tenían porque haber muerto a causa de una artimaña tan cruel y Sakura no lo perdonaría nunca, nada de lo que hiciera o dijera Koyuki cambiaria los hechos, nada haría que sus nietos volvieran a la vida junto a Midoriko, nada le garantizaría que Koyuki no sería una amenaza incluso mayor que sus adversarios anteriores.

-Mi hijo no sabrá de lo sucedido, no por mí, de ser así le arrebataría la calma y sosiego que ha conseguido tras aceptar que no volverá a ver a sus hijos- alerto Sakura, anteponiendo el bienestar de su hijo y la poca felicidad que ya comenzaba a tener gracias a Aratani, -pero si él lo descubre, y sabes que lo hará, te matara con sus propias manos, no lo dudes- advirtió la Haseki, conociendo a la perfección a su hijo y viendo temblar de medio a Koyuki ante esa silente amenaza. -Pero ten por seguro que esto no se quedara así, cuida tus pasos, lo que comes, bebes y respires, yo no dormiría tranquila si fuese tú- amenazo Sakura abiertamente, no conteniendo su propia ira con la Princesa. -Vete- ordeno la Haseki.

No pensando siquiera en oponerse a esa mujer poderosa y superior a cualquier otra persona del Palacio, Koyuki únicamente se digno a reverenciar debidamente a la Sultana Sakura, acatando sus órdenes como una niña, temiendo lo que ella pudiera hacer en su contra y no se equivocaba al pensar de esa manera. Tal vez fuese conocida por su magnanimidad y bondad, pero Sakura sabía que no podía dejar sin condena o consecuencia lo que Koyuki había hecho, ciertamente ella no hablaría ya que así lastimaría a Daisuke, guardaría silencio…pero eso no significase que otros no hablaran por ella, especialmente Aratani.

Nadie se salvaría de su propia caída.


La nueva posición de la que ahora gozaba su hermano Daisuke permitía una paz extraña en el Palacio, se encargaba de todos los asuntos de estado y gracias a ello muchos llegaban a pensar que el Sultan Sasuke ya había muerto y que ahora tenían ante ellos a un gobernante nuevo, un Sultan glorioso, incluso comenzaba a llamarlo—en privado—"Su Majestad, el Sultan Daisuke" no sonaba nada mal y la influencia que tenía su madre sobre la política permitía un paz irrespirable hacia un tiempo atrás. Efectivamente Daisuke habría de ser, Kami mediante, un Sultan digno y poderoso como se esperaba y creía que seria.

Pudiendo pensar claramente gracias a ello, Sarada había invitado a su esposo a pasear por el jardín imperial apenas y él hubiera abandonado la sala del Consejo Real, aun le resultaba extraño aceptar que ya no era el Hasoda Basi del Sultan sino que un Visir con estatus y poder, diferente de cualquiera de sus predecesores, en el mejor de los sentidos sin duda.

Por sobre su vestido—totalmente opacado—la Sultana lucía un regio y estricto abrigo de piel gris oscuro de mangas amplias, y cuyo cuello se unía a las hombreras, formando un corte elegante de piel color negro y que realzaba la corona de tipo torre, emblemática de los Uchiha, hecha de tafetán y terciopelo gris oscuro sobre su largo cabello azabache que era ocultado por el velo que esta sostenía, no pudiendo ocultar los sencillos pendientes de plata y cristal en forma de lagrima que usaba a imagen del dije central de la gargantilla de plata y diamantes alrededor de su cuello. De pie tras ambos se encontraban diligentemente Chouchou y Himawari, aguardando toda orden que la Sultana tuviera a bien transmitirles.

-No podemos permitir que más sucesos como estos destruyan al Imperio, Boruto, ya se ha perdido demasiado- determino Sarada, intentando pensar en qué medidas tomar para evitar otro desastre.

-Resultará difícil evitarlo, Sarada- advirtió el Uzumaki, no negando que eso era una prioridad pero por ende no era algo fácil en lo absoluto, -es como luchar con una hidra, cortar una cabeza solo hace que crezcan dos más- analizo Boruto, igualmente intentando pensar en una posible estrategia a utilizar.

-Si quemamos los cuellos decapitados, ya no crecerán- corrigió Sarada, conociendo la analogía y no viendo tantos problemas en llevarla a cabo, -y eso es lo que debemos hacer- puntualizo la Uchiha, cerrando los ojos momentáneamente, disfrutando de la brisa otoñal.

Enterarse siquiera de quienes eran los responsables de la muerte de su hermano había traído recuerdos negativos su mente…sus hermanos Itachi y Baru, igualmente asesinados de manera injustificada por causa de Mei y Rin en el pasado, no conseguía olvidarlo, era imposible. Entonces había sido una niña pero ahora era una Sultana y no se conformaría con absolutamente nada más que con la cabeza cercenada de Naoko y no necesitaba cuestionarse si eso era correcto o no siquiera para estar segura de que su madre debía de pensar igual y con justa razón ya que ella había tenido que padecer más por causa de Naoko, más desgraciadamente deberían esperar hasta que su padre despertara y se recuperara como tal, todo dependía de lo que él decidiera que era correcto, pero por ahora debían de encargarse de limitar y arrinconar al aliado principal de Naoko: Kisame Hoshigaki Pasha.

-Ya esperamos demasiado, la misericordia no durará para siempre, o actuamos o morimos en el intento- enfatizo Sarada, ocultando eficazmente su preocupación. -Shina y Mikoto han de estar discutiendo este asunto ahora, me adelanto a ellas- advirtió la Uchiha, sonriendo ladinamente, -Aratani dijo que Kisame Hoshigaki Pasha estaba involucrado, necesitamos averiguar cuanto y como- Boruto asintió inmediatamente ante esto justo cuando su esposa hubo detenido totalmente su andar. -Estas por encima de él, Boruto, eres un yerno del Imperio, por tus venas corre la sangre de Khanes de Crimea- señalo Sarada con absoluta prioridad y orgullo, -no eres como ningún otro Visir que haya pertenecido a este Imperio, en todos los sentidos- adulo la Sultana.

-Aprecio los halagos, mi Sultana- sonrió Boruto con aquella galantería que tanto lo caracterizaba pero que solo iba dirigida hacia la dueña de sus suspiros, -más puedes estar tranquila, obtendré información a cualquier precio, y aquí entre nos…- el Uzumaki le indico que se acercara para susurrarle de manera cómplice algo que nadie más debería de saber, -he deseado plantar cara a Kisame Hoshigaki Pasha desde hace mucho tiempo- admitió Boruto, sinceramente.

Puede que hasta hacia unas semanas atrás no hubiera tenido lugar en el diván más que como escolta y Hasoda Basi del Sultan, un jenízaro cualquiera por cuyas venas corría la sangre de los Khanes de Crimea, pero desde siempre había desconfiado en su totalidad de Kisame Hoshigaki Pasha y su opinión de él no había cambiado pese a que ahora frecuentaran-por así decirlo-el mismo entorno, la sala del Consejo Real, sino que todo lo contrario, su desconfianza y recelo por él no hacía sino aumentar más a cada momento.

-Eres libre de actuar…- Sarada sonrió, dejando conscientemente incompleta la frase, -como gustes- permitió la Sultana.


Sentada sobre la cama, en los aposentos del Príncipe Daisuke, Aratani hubo observado atentamente todo cuanto se encontraba a su alrededor, reparando por primera vez en la exquisita elegancia que conformaba la habitación. Rodeando la chimenea que permanecía encendida se encontraban una seguidilla de divanes hasta llegar a la puerta, algunos totalmente pegados a las paredes y otros predispuestos a la llegada de alguien o la cena que bien tendría lugar durante la noche, la estantería próxima a la casa se encontraba repleta de libros, todos los había leído superficialmente ya que algunos estaban escritos en idiomas que no conocía; veneciano, croata, serbio, húngaro…aquellos eran idiomas que aún no aprendía del todo, pero Daisuke se tomaba la molestia de ser su tutor en dicha labor. Junto a la estantería se encontraba el escritorio, con varias hojas blancas sobre su superficie de ser necesarias, al igual que una serie de libros que le resultaban útiles a su Príncipe durante el día y su jornada de trabajo en las reuniones que tenían lugar en la sala del Consejo. Y, finalmente, la cama donde estaba ella y desde donde podía contemplar absolutamente todo, incluyendo las puertas del armario que permanecían cerradas, exactamente junto a la gran y sumamente cómoda cama que ella conocía a la perfección.

Irrumpiendo en su análisis, las puertas fueron abiertas repentinamente, haciéndola levantarse y bajar la cabeza debidamente en cuanto Daisuke entro, sonriendo al verla ya que insistía en que quería tenerla a su lado en todo momento de serle posible, después de su madre ella era la mujer más importante en su vida. Habiendo ocupado nuevamente el lugar de su padre en la sala del Consejo Real, encargándose debidamente de los asuntos de estado, Daisuke tenía poco tiempo para sí mismo, teniendo que firmar edictos y recurrir a su madre cuando los asuntos eran más importantes para el bienestar del Imperio, pero de un modo u otro ya comenzaba a tomar el peso que su padre le había mencionado y valoraba la gobernanza, así como los consejos de su madre que lo contemplaba con amor y total orgullo y a quien saludaba cada mañana, pidiendo su bendición para encargarse en persona de hegemonía Imperial antes de hacer cualquier otra cosa.

Teniendo que lucir como un gobernante y Sultan, -que era lo que se esperaba de él—usaba una sencilla túnica azul oscuro de cuello alto y mangas ajustadas hasta los codos, ligeramente a holgadas desde los hombros, de cuello alto y errada por seis botones de plata. Por obre la túnica lucía un magnifico Kaftan azul oscuro -obsequio de su madre—de marcadas hombreras, bordado en hilo de plata y mangas posteriores que parecían lienzos de tela tras su brazos, cerrado a la altura del abdomen por una especie de fajín de igual color—totalmente liso—con una placa ornamental de plata con diamantes y zafiros incrustados y que se ajustaba totalmente a su cuerpo, estilizando el largo idóneo del Kaftan que permitía la escasa visibilidad de las pesadas botas de cuero negro que usaba. Comenzaban a llamarlo Sultan, más sabia que aún no lo era y no tenía prisa; estaba viviendo la experiencia pero no era como si ambicionase desesperadamente el trono, claro que no.

Ciertamente no tenía mucho tiempo para sí mismo, pero el breve tiempo que tenía libre…deseaba pasarlo junto a Aratani. Maravillado con su sola presencia, Daisuke avanzo lentamente hacia ella que se mantuvo con la mirada baja hasta que él la hubo tomado del mentón, observando atentamente su rostro y aquellos hermosos orbes esmeralda que solo podían hacerle competencia a su rostro. Sucumbiendo totalmente ante sus encantos, el Príncipe no pudo contenerse de envolver sus brazos alrededor de la cintura de ella, apegándola a él y viéndola corresponderle con absoluta naturalidad, sujetándose de sus hombros y observándolo con la misma intensidad que él manifestaba.

-Te extrañe- suspiro Daisuke, inhalando su cautivador perfume, totalmente perdido en su belleza, -cada hora sin ti es un tormento- confeso el Uchiha, cada vez más abrumado por su belleza, sintiendo que cada día era el primero en que la contemplaba.

-Es lo mismo que siento yo- secundo Aratani, sonriendo en todo momento, -pero creo que hay una manera de olvidar ese tormento- aludió la pelicastaña, bajado la mirada y comenzando a desatar el fajín del Kaftan.

Había una prioridad que atender y pese a ello Daisuke no tenía problema alguno en llevarla a acabo, no teniendo en sus brazos a la mujer más hermosa que hubiera podido encontrar en su vida, tan hermosa como dulce y tan dulce como inteligente, ¿Existía alguien más maravillosa? Bueno, sí, solo una persona pero no entraba en el margen de la situación exactamente. Dejando caer el fajín al suelo, Aratani no hubo tenido ningún problema en deslizar el Kaftan por los hombros del Príncipe, dejándolo caer al suelo.

-Estas jugando con fuego, Aratani- advirtió Daisuke, sonriendo ladinamente.

No pensaba oponerse, claro que no, estaría loco si lo hiciera, pero él mismo comenzaba a desear que un embarazo no tuviera lugar tan velozmente como debía de ser porque se encontraría privado de la mujer a la que amaba y deseaba desesperadamente. Sonriendo dulcemente, Aratani hizo lo propio, soltando la ligera unión que mantenía unida la chaqueta de encaje por sobre su vestido, quitándola sin ningún problema y dejándola caer el suelo, llevándose las manos a la espalda y comenzando a desbrochar el vestido ante la atenta mirada del Uchiha.

-Quiero arder en ese fuego…- manifestó Aratani, continuando con su labor pese a su agitada respiración, sintiendo la del Príncipe intensificarse de igual modo, -contigo- finalizo la pelicastaña, sosteniendo el vestido para evitar que cayera.

Daisuke se sintió incapaz de moverse, o al menos no hasta que, con avasalladora seguridad, Aratani hubo soltado el vestido, dejándolo caer sin más al suelo, quedando totalmente expuesta ante él…


-¿Estas segura, Shina?- inquirió Mikoto

Si había alguien que velara por el Imperio, siendo las hijas mayores del Sultan Sasuke y la Sultana Sakura, sin lugar dudas esas eran las Sultanas Mikoto y Shina que si bien amaban a sus esposos, no perdían oportunidad alguna de gozar totalmente de los beneficios que acarreaba tener por cónyuges a dos de los hombres de mayor renombre político en el Imperio y el mundo, el gran Visir del Imperio y el Embajador y Emisario Imperial. Contrarías a otras Sultanas, llevaba una vida matrimonial bastante larga ya que la gran mayoría de sus predecesoras habían enviudado en repetidas ocasiones, tanto por causa de las decisiones del Sultan como por su propio deseo de obtener un mejor esposo, pero ellas estaban tan satisfechas que debían admitir estar contentas de todo cuanto poseían en su vida, hasta entonces, más mantener la paz seguía siendo una prioridad absoluta.

Sumida en la incertidumbre y desconfianza, enterándose de la identidad del enemigo que debían de destruir, Mikoto hacia todo lo posible por contener su ira hacia Naoko y Kisame Hoshigaki Pasha, recordando los viejos días de enemistad con Mei, Ri y Obito que parecían fácilmente comparables si a su lista de males sumaban a la Princesa Koyuki.

Sentada sobre el cómodo diván-en la terraza d los aposentos de su hermana—la Sultana Mikoto se encontraba ataviada en unas modestas y protocolarias galas de seda color negro ribeteadas en diamantes, de mangas ajustadas hasta los codos y casi cubrir las manos, así como de escote cuadrado y ligeramente bajo, por sobre esta galas se hallaba una chaqueta gris oscuro metálico de escote en V, cerrada ligeramente más abajo del escote inferior y abierta bajo el vientre, sin mangas pese a que el borde de las mangas de las galas inferiores tuvieran un borde muy distintivo del mismo material de la chaqueta. Su largo cabello rosado se encontraba recogido tras su nuca y oculto por un largo velo color negro que era sostenido por una sencilla corona de plata y ónix que se complementaba por la gargantilla de plata alrededor del cuello de la Sultana, con el dije ornamental de os Uchiha, así como un par de pendientes de palta y cristal en forma de lagrima.

-Aratani lo escucho personalmente, es la testigo más certera que tenemos- asevero Shina.

La confianza absoluta que sentía por Aratani es lo que tranquilizaba a Shina que podía decirse más segura al saber quién era el enemigo real a enfrentar y destruir, y lo que tendrían que hacer para conseguir aquello, más eso no significaba que pensara aguarda simplemente, claro que no, pero hasta que el Sultan se recuperar era su deber esperar pacientemente a la mejor resolución posible y de no resultarle satisfactoria solo entonces procedería a actuar según su propio criterio.

Sentada frente a su hermana mayor, la Sultan Shina de igual modo lucia unas sencillas galas de seda color negro, de escote alto y en V, así como de mangas ajustadas hasta las muñecas. Por sobre este se hallaba una chaqueta superior de cuello alto y cerrado, abierta bajo la altura de los hombros y cerrada nuevamente bajo el busto para rebelar parte del vestido inferior, si como de la falda ya que volvía a abrirse bajo el vientre, y cuya tela marrón rojiza -de mangas hasta los codos—estaba plagada de bordados otoñales. Su largo cabello rubio castaño se encontraba elegantemente recogido tras su nuca y oculto por un velo marrón-burdeo que era sostenido por una corona de oro que emulaba hojas doradas con pequeños rubíes y granates incrustados, complementada por un par de pequeños de pendientes de cuna de oro con un rubí en el centro.

-Me negaba a creer que Naoko fuera tan estúpida, pero lo es- concluyo Mikoto, apretándose las manos en un intento eficaz por contener su ira, -sabes muy bien que debemos hacer- menciono la pelirosa con obviedad.

-Si, matarla- determino Shina sin problema alguno, con suma naturalidad, -pero no podemos proceder a espaldas del mundo y sin un juicio- recordó la Sultana, conociendo el protocolo y sabiendo que deberían de apegarse a él, -deberemos esperar hasta que nuestro padre despierte e informarlo de todo tan pronto como nos sea posible- aclaro Shina.

El Imperio Uchiha y su jerarquía tal vez fueran tachados de barbáricos y crueles ante las demás naciones del mudo, ya que provenían de una tribu arcaica; los Otsutsuki, pero el padre del fundador del Imperio, Indra Otsutsuki, había sido un hombre cauto, poderoso e inteligente, y por ello había organizado lo que ellos ahora llamaban el Consejo Real, un estrato gubernamental en que se cumplieran leyes igualitarias para todos, ligeramente más flexibles para el Sultan pero no desproporcionadamente. Por ello, si había un enemigo como lo eran Naoko y Kisame Hoshigaki Pasha, debían de proceder ante el mundo entero, probando su culpabilidad y haciéndole saber a la gente las cosas que tenían lugar en el Palacio, todo era por igualdad de derechos, nada más.

-¿Nuestra madre lo sabe?- cuestiono Mikoto.

-Aratani me lo comento a mí y luego a nuestra madre- garantizo Shina, notando a pesar de ello que su hermana no sabía si estar segura o no, -la lealtad de Aratani es certera, Mikoto, no lo dudes- pidió la Sultana, confiando ciegamente en la favorita de su hermano.

-Lo intento- admitió Mikoto con total honestidad, -pero están sucediendo tantos desastres que ya no se en que creer- se excusó la pelirosa, bajando ligeramente la mirada, suspirando sonoramente.

-Pues cree en ella, formara parte de este Imperio y no es solo una cara bonita- adulo la Sultana, pensando en ella inmediatamente, -no está en la cama de Daisuke con ese único propósito- advirtió Shina, sonriendo levemente.

Parpadeando confundida, Mikoto no pudo entender a que se refería Shina, ¿Acaso tenía algo más que hacer que embarazarse y alumbrar un Príncipe?, ¿Quién era Aratani realmente?


Habiendo escuchado como-hacía unos momentos atrás-habían traído los documentos de los que su Príncipe debía encargarse, Aratani abrió los ojos apenas y sintió que las puertas de los aposentos eran cerradas. Era una tradición que la persona en el poder o quien precediera la reuniones del Consejo Real tuviera documentos que revisar y decretos que firmar, y evidentemente Daisuke no era un caso distinto sin importar que fuera un Príncipe sencillamente y estuviera actuando como gobernante del Imperio en ausencia de su padre, más eso solo significaba una cosa; más trabajo.

Volteando a ver a Daisuke, profundamente dormido a su lado, Aratani aparto tan sutilmente como le fue posible las sabanas para si levantarse, tomando la bata que estaba colgada junto a la cama, cubriéndose con ella mientras avanzaba lentamente hacia el escritorio, volteando de vez en vez hacia la cama, garantizando no despertar inconscientemente a Daisuke en cualquier momento. Corroborando que no era si, Aratani rebusco afanosamente entre todos los documentos a firmar en el escritorio, leyéndolos atentamente y memorizando su contenido para contarle a la Sultana Sakura aquello que los Pashas y Visires esperaban que se llevara a cabo. Claro, su único deber no era embarazarse tan pronto como le fuera posible, sino que de igual modo garantizar que el Príncipe Daisuke tomara buenas decisiones y para estar totalmente segura de que fuera así debería de consultar sus dudas con la Sultana Sakura.

Frunciendo el ceño a causa de la ira, Aratani se hubo encontrado con un documento escrito de puño y letra de Kisame Hoshigaki Pasha, su dialecto era muy honorifico y correcto, más no fue suficiente para Aratani que-cumpliendo la voluntad de la Sultana Sakura y la propia-se encamino tan rápidamente como pudo hacia la chimenea, rompiendo el documento y arrojándolo al fuego. Si querían garantizar que no hubieran amenazas, debían destruir a sus enemigos en la forma más básica. Creyendo haberlo despertado, Aratani volteo inmediatamente hacia la cama, suspirando tranquilamente al ver que Daisuke no había hecho sino removerse ligeramente. Sin apartar sus ojos de la cama, Aratani regreso al escritorio, acomodando los documentos y edictos tal y como los había encontrado, habiéndolos leído por completo y no deseando que fuera palpable su interés en inmiscuirse tanto en política como lo hacía la Sultana Sakura.

Habiendo cumplido con el rol que le tocaba ejercer, Aratani regreso tranquilamente a la cama, dejando la bata donde la había encontrado y ocupando su lugar en los brazos del Príncipe una vez más, cerrando los ojos y deseando dormir cómodamente esta vez. Algunos, quizá, pudieran pensar que ella deseaba ser como la Sultana Sakura y ascender a la cima del poder lo antes posible, pero su idea no era esa sino servirle, ser sus ojos y oídos en el Palacio para pagarle el amor de madre que le había brindado desde siempre. Quería ser su mayor aliada, solo eso. Si eso acarreaba poder, bien, pero de otra forma no, no guardaba más ambiciones que proteger al Imperio y destruir a la Sultan Naoko, a Kisame Hoshigaki Pasha, a la Princesa Koyuki y a cualquier enemigo que osase atentar contra la Sultana Sakura, el Sultan, los Príncipes o las Sultanas.

No quería ser una Sultana por ambición, sino por lealtad.


La preocupación y los recuerdos tristes eran ineludibles, y pese a que tuviera que encargarse de tantas cosas mientras Sasuke estaba enfermo, Sakura no podía disfrutar de los momentos en que estaba libre de preocupaciones de carácter político, suspirando tristemente para sí misma mientras se mantenía sentada sobre el diván a unos pasos del escritorio y desde donde podía contemplar en su totalidad la puerta y las amplias dimensiones de la habitación. Sus hijos habrían de ser su muerte, lo sentía ya habiendo perdido a tres de ellos, más y pese a intentar creer que Mikoto, Shina, Sarada, Daisuke, Rai, Izumi y Shisui estarían bien en base a todo cuando estaba haciendo…no podía estar segura, tenía miedo de perder a cualquier de ellos en los días venideros, habiendo perdido tanto, ¿Cómo podía no sentir miedo? Resultaba imposible de lograr, al menos por su parte.

Pero como Sultana tenía una imagen que mantener, ya fuera que realmente resultara importante para ella o no, pero resultaba importante para la corte, el pueblo y el Imperio, así que por ende sacrificar su propia salud con el fin de contribuir a la masificación del poder de los Uchiha era un sacrificio noble a hacer, o al menos quería creer que, en el futuro, las próximas generaciones valoraría el legado que ella y todos sus predecesores habían forjado hasta ahora, ese era su único consuelo. Repentinamente el eco de golpes contra las puertas rompió el silencio, Irrumpiendo en sus divagaciones.

-Adelante- indico Sakura.

Las puertas hubieron sido inmediatamente abiertas por obra de lo leales jenízaros atestados en el exterior, permitiendo el ingreso de la señorita Eri Kalfa, la madre de la pequeña Sultana Kaori que se encontraba en sus brazos, ingresando con la mirada baja y respetuosa luego de una larga ausencia ante su propia y debida recuperación tras un parto tan difícil, pero cumpliendo su promesa y presentándose ante la Sultana Sakura así como había prometido que lo haría.

Pese a no tener una responsabilidad real que cumplir más que cuidar de su hija, el vestuario correspondiente a Eri evidentemente debía de ser mejor que el de una sirvienta o Kalfa promedio, luciendo como habría de hacerlo una joven más del Harem, pero sin alcanzar la distinción de una favorita. Lucía un sencillo vestido blanco de escote alto y cuadrado, ribeteado en encaje de igual color en el escote y centro del corpiño, de mangas ajustadas hasta los codos y abiertas como lienzos de gasa, exponiendo frontalmente sus brazos, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta superior celeste-grisáceo de mangas ajustada y corta hasta los codos, de escote bajo y redondo bajo el busto, cerrado por cuatro botones de diamante hasta la altura del vientre y que portaba un aspecto inocente y correcto a su vez. Sus largos rizos rubio oscuro caían perfectamente tras su espalda y sobre sus hombros, enmarcando su rostro y decorados por una diadema de oro con topacios y diamantes incrustados, complementando unos largos pendiente de oro con topacios en forma de lágrima colgando de ellos y que aprecian difusos ante el largo de su cabello.

-Sultana- reverencio Eri, respetuosamente.

Pese a encontrarse sentada n el diván, Sakura hubo de reconocer que la sorprendía enormemente ver a Eri finalmente, habiendo insistido en que pasara más tiempo del prudencial en cama para que así su mejoría fuera totalmente segura. Tal vez no pudiera tener el rango de Sultana, pero la inocencia y lealtad de Eri era admirable, y Sakura estaba totalmente determinada a mantenerla a su lado tanto o más de lo que le fuese posible, justo como había hecho con Aratani, era la madre de su nieta al fin y al cabo, la hija de Kagami, no velar por ella seria no respetar la memora de su hijo y eso es algo que nunca podría hacer.

-Eri, ¿estas recuperada?- consulto la Haseki, preocupada de la Kalfa.

-Gracias a Kami el dolor ya se fue- tranquilizo Eri, sonriendo al ver nuevamente a su Sultana, -cumplí mi promesa Sultana, estoy a sus pies- garantizo la Kalfa, reverenciándola como tal y tendiéndole a la pequeña Sultana en sus brazos.

No resistiéndose en lo absoluto, Sakura cargo cuidadosamente a la pequeña de diminutos rizos castaños en sus brazos, cuyos orbes ónix la observaron con ternura. Le había dado el nombre de Kaori a su nieta en honor de la Sultana Kaori, la única hija del Sultan Hashirama, una mujer de absoluto renombre en el Imperio pese al pasar de las décadas desde aquella época, pero si era así era por haber sido la primera hija de un Sultan en dirigir la corte y el Harem-así como interferir en política-ostentando además el rango de Madre Sultana. Esperaba que su nieta tuviera una vida así de magnánima y gloriosa, Kami mediante sucedería.

-Kaori, cariño- arrullo Sakura, observando atentamente el rostro de la pequeña que apenas y era un poco menor que su propia hija, Hanan, -es igual de hermosa que tú, Eri- adulo la Haseki.

Eri se ruborizo ligeramente ante el alago, sonriendo únicamente, observando como su hija se dormía con absoluta rapidez en brazos de la Sultana Sakura. Intentaba ser una buena madre, como se esperaba que fuera, pero pese a ello no conseguía hacer que su hija durmiera a menos que antes la Sultana Sakura pudiera arrullarla, evidentemente la experiencia de madre de la Sultana la superaba y resultaba familiarmente cómoda y reconfortante para su hija, más la Sultana no tenía problema alguno en colaborar en ello.

-No podía dormirse Sultana, por eso la traje ante usted, duerme con facilidad en sus brazos- detallo la Kalfa, contemplando con ternura a su hija, -a mí me cuesta mucho trabajo hacerlo- admitió Eri, ligeramente avergonzada por ello.

-Tuve nueve hijos, se aprende de ello- bromeo la Haseki, -pronto lo harás tú también- aseguro Sakura.

Más que eso, estaba el hecho de haber cuidado desde siempre de su hermana menor, Matsuri, eso le había permitido saber cómo cuidar a un niño tan pequeño, eso y un aparentemente natural instinto maternal que surgía en ella cada vez que veía a un niño o niña que necesitaba de ella, como había sucedido con Tenten que pese a ser como su hermana menor era indispensablemente importante para ella. Repentinamente aquella punzada tuvo lugar en su pecho, quitándole el aliento, más Sakura hizo hasta lo impensable por mantener su autocontrol y fingir estoicismo total, no exteriorizando como se sentía en realidad. No podía hacerlo o seria su ruina, nadie podía saber la verdad.

-¿Sucede algo, Sultana? Luce muy pálida- se preocupó Eri.

-Nada importante- sonrió Sakura para tranquilizarla, más aun así Eri no pareció conforme, -son las preocupaciones, Eri, el temor de que viejos sucesos vuelvan a tener lugar- justifico la Haseki, diciendo la verdad a medias.

-Kami mediante eso no sucederá otra vez, Sultana- oro Eri, deseando que hubiera paz tanto para el Imperio como para el Palacio, sin importar que pareciera imposible.

-Amén- oro la Haseki con absoluta sinceridad. -Tráela a mi presencia siempre que necesites, es mi nieta, siempre querré tenerla cerca- animo Sakura.

Siempre querría tener cerca a Kaori, a Hanan, a Izuna, a Ayame y a Naori, ellos eran sus nietos, su vida, la prueba de que a pesar de todo el Imperio seguiría a flote porque su estirpe había conseguido expandir la jerarquía de los Uchiha, aun y cuando ya no tuviera un nieto que pudiera suceder a cualquier de sus hijos o a Sasuke en el trono…sus nietas y su nieto Izuna podrían expandir el poder político que tenía el Imperio y a si engrandecer su autoridad.

-Así lo haré, Sultana- garantizo Eri, sabiendo que debía de regresar a sus aposentos, -que descanse- manifestó la Kalfa.

-Tú también Eri- deseo Sakura, observando una última vez a su nieta en brazos de Eri, -llama a Tenten, por favor- pidió la Haseki, sin dejar de sonreírle.

-Si, Sultana-reverencio Eri, despidiéndose.

Sakura mantuvo una completa imagen de seriedad y estoicismo en su rostro hasta que las puertas se hubieron cerrado, llevándose una mano al pecho en un intento por aminorar el dolor, levantándose dificultosamente del diván, apoyándose en este para poder llegar al escritorio, apoyando en el las palmas de sus manos, intentando respirar tan normalmente omo pudo mientras tomaba la jarra sobre la mesa, sirviendo un poco de agua en una copa, aguardando hasta que escucho el eco de las puertas abriéndose y cerrándose prontamente.

-Sultana- reverencio correctamente la pelicastaña, -¿está bien?- consulto Tenten al ver ligeramente agitada a la Sultana.

Jadeando tan imperceptiblemente como le fue posible, Sakura volteo a ver a Tenten que, comprendiendo inmediatamente lo que pasaba, rebusco en el interior de la chaqueta de su vestido, extrayendo rápidamente un pequeño frasco que abrió mientras se acercaba al escritorio, vaciando su contenido en la copa que estaba frente a la Sultana. La medicina dada por el doctor C cumplía dos funciones, una calmante que surtía efecto inmediatamente y otra sanadora, lenta, pero que garantizaba un tiempo relativamente prolongado de tranquilidad y aparente mejoría. Agradeciéndole con la mirada, Sakura no lo pensó dos veces siquiera antes de beber lentamente el contenido de la copa, solo dejándola sobre la mesa cuando se hubo encontrado vacía.

-Ya estoy bien-tranquilizo Sakura, regulando su respiración.

Tenten asintió tristemente, a regañadientes, su Sultan había tomado una decisión terminante y tal vez esa fuera la única forma en que pudieran tenerla con ellos lo más posible, debían de agradecer que tenían un tiempo relativamente largo para disfrutar de su compañía, pero hacerse a la idea de perderla, de vivir en un mundo sin ella…resultaba desgarrador de imaginar siquiera.


El protocolo Imperial permitía que una Sultana casada permaneciera en el Palacio ya que tenía derecho propio a ello por llevar la sangre del Imperio en sus venas, pero si bien esto era permitido, de igual modo se imponía el deber de residir en un Palacio propio al menos durante un año para así tener debida independencia de su familia y el caso de la Sultana Izumi no era diferente, ocupando el Palacio Fuyikase muy cerca del Palacio Imperial, pero a su vez ceca de la frontera de la capital con las otras provincias aledañas. Más aun así Izumi sentía preocupación por toda su familia, inclusive por su hermana Sarada a pesar del rencor que le profesaba, los enemigos a su familia estaban muy próximos y el hecho de que su padre se encontrar enfermo no contribuía a alivianar las cosas para ella, sino que la asustaba, la asustaba la idea de que alguna de sus hermanas tuviera que morir o alguno de sus otros hermanos, o su madre o su padre para el peor de los casos.

A causa de esta incontenible preocupación que no hacía sino aumentar con el pasar de los días era que Izumi había roto con su orgullo y comprendido que en esas circunstancias necesitaba del apoyo de alguien, alguien que sintiera algo sincero por ella y la única persona en esas condiciones era su esposo, Mitsuki. Si bien había estipulado inmediatamente su derecho como Sultana de que el matrimonio no se consumara hasta que ella lo desease, no había hecho sino permanecer durante la tarde en los aposentos de él y ahora—sentada en el diván junto a la ventana—quedarse dormida esperándolo.

Apenas y habiendo regresado a su Palacio, bueno, el Palacio que compartía con la Sultana Izumi, resulto sorpresivo para Mitsuki entrar en sus aposentos y encontrarla profundamente dormida, junto a la ventana, ajena a todo cuanto pudiera encontrarse alrededor de ella.

Ciertamente muchos decían que había mujeres más hermosas, pero para él la Sultana Izumi era la mujer más bella del mundo, con sus femeninas y dulces facciones totalmente relajadas causa de la aparente tranquilidad que podía obtener durante su sueño, con su largo cabello castaño recogido en una coleta ladina plagada de rizos que caía sobre su hombro derecho, adornada por un modesta corona de oro y esmeraldas complementada por un par de pequeños pendientes de diamantes y esmeralda en forma de lagrima. Su figura se encontraba ataviada en un sencillo vestido verde pálido de cuello y escote redondo, fusionados entre sí para crear un margen o especie de pechera que igualmente conformaba unas marcadas hombreras, pero bajo cuyo escote caían cuatro botones de diamante verticalmente hasta la altura del vientre, las mangas eran ajustadas y cortas hasta los codos, abiertas a esta altura con un aire inocente al igual que al falda interior que estaba bordad en hilo cobrizo para formar una hermosa serie de bordados de flores de jazmín y hojas

Considerando impropio invadir su espacio, Mitsuki tomo la decisión de dejarla dormir tranquilamente, ya hablaría en otro momento pero lo que menos deseaba en ese instante era molestarla, él tranquilamente podría dormir en otra habitación con el fin de no incomodarla. Entreabriendo lentamente los ojos, Izumi se hubo percatado que ya había anochecido, esperado el momento en que las puertas se abrieran y Mitsuki apareciera, peor apena y hubo abierto los ojos se encontró con la visión de la espalda del Pasha que aparentemente parecía estar dispuesto a marcharse y dejarla sola, pero ella no quería eso, por el contrario, quería que se quedara con ella.

-Mitsuki, no te vayas- pidió Izumi, saliendo de su letargo, levantándose del diván y alisándose ominosamente la falda.

Mitsuki hubo de admitir que le sorprendió que ella lo llamara por su nombre, claro, ya habían interactuado con anterioridad pero la indiferencia de la Sultana ante el matrimonio entre ambos había sido clara, apenas y tratando lo que era estrictamente necesario ya que él la representaba en el Palacio Imperial, al menos hasta que ella decidiera volver a la corte que era su lugar, pero de ser así no lo llamaba por su nombre sino que por su título honorifico; "Pasha". Ocultando su sorpresa, Mitsuki hubo volteado a verla, acerándose con lentitud hacia ella como correspondía ya que, y pese a que estuvieran casados, las ordenes de ella deban de acatarse.

-¿Por qué no está en sus aposentos, Sultana?- indago el Pasha

-Te esperaba, no quiero estar sola- confeso Izumi, siento absolutamente sincera. -Han sucedido tantas cosas- murmuro la Sultana tanto para sí como para el Pasha, -no puedo dormir, cada vez que cierro los ojos temo que la muerte se encuentre a la vuelta de la esquina- admitió Izumi, nerviosa.

No recordaba a su hermanos Itachi y Baru ni como habían muerto, si se había enterado de ello lo había hecho con el pasar de los años, pero la muerte de Kagami, luego la de Midoriko y sus dos pequeños sobrinos Sasuke y Mikoto era excesivo para ella, la idea de que el poder aparentado no fuese suficiente…había trastocado su mundo por completo, no tenía idea de quienes eran sus enemigos realmente y eso era lo peor; la incertidumbre, el miedo que sentía a causa de eso.

-No debe tener miedo Sultana, la protegeré con mi vida, no lo dude- garantizo el Pasha con indiscutible lealtad.

-Lo creo, pero…- Izumi bajo la mirada, titubeando ante lo que iba a decir, puede que fuese una Sultana pero no dejaba de ser una adolescente y como tal tenia inseguridades, -estoy sola y tengo miedo- admitió la Sultana, alzando la mirada hacia Mitsuki que la escuchaba atentamente, -ayúdame, Mitsuki, quiero olvidar, quiero empezar desde cero- rogo Izumi, tomándolo de las manos, -no puedo ignorar lo que me hizo mi hermana y cuanto la aborrezco por ello, pero quiero amar de nuevo y sé que, con el tiempo, quizá pueda corresponder lo que tu sientes- vaticino la Sultana, deseando poder dejar todo lo vivido atrás, o al menos lo que resultaba doloroso. -Muéstrame el camino para volver a empezar- pidió Izumi, sonriéndole ligeramente.

Era muy consciente de lo que estaba garantizado y lo decía con absoluta sinceridad, realmente creía poder corresponder a los sentimientos de Mitsuki, con tiempo y paciencia claro que podría, ya existía amistad entre ellos sin importar que ella hubiera intentado romperla, eso era el principio de algo, pero para que las cosas resultaran debía de poner todo su empeño en ello. El Pasha no supo que decir ante esta declaración, claro que él era muy consciente de lo que sentía, así como el hecho de que, quizá, nunca pudiera ser correspondido, pero la Sultana ante él estaba accediendo a dar la oportunidad de que existiera un vínculo entre ambos, era prácticamente un sueño, pero sabía que más que eso; él igualmente habría de demostrar ser signo de ella, ese era el propósito de tener un matrimonio como el que existía entre ambos.

-Sultana, la esperaría la vida entera si fuese necesario- prometió Mitsuki.

Pidiéndole permiso con la mirada, el Pasha hubo posado cariñosamente sus manos sobre los hombros de la Sultana que sonrió levemente. El primer paso de algo era dar la ocasión para algo aún más grande…


Si el sueño que había tenido anteriormente era extraño, el que aparentemente estaba teniendo ahora era sin sentido ya que –y pese a transitarlo incontables veces–el bosque que llevaba horas recorriendo, a su entender, no variaba en lo absoluto, todo se veía absolutamente igual, sin poder encontrar un claro de dónde tener un punto remotamente entendible del entorno. Finalmente, y ante tanto esfuerzo aparentemente infructuoso, Sasuke hubo percibido una especie de luz a lo lejos, destellante como el sol y que consiguió guiarlo hacia una especie de claro. No tenía ni la más remota idea de cuánto tiempo seguiría soñando, pero comenzaba a hacérsele aburrido, ¿Qué más habría de suceder que no hubiera ocurrido ya? Habiendo llegado al "claro" Sasuke se hubo llevado una sorpresa que hubiera concebido siquiera y que lo confundió enormemente.

En efecto se trataba de un claro, pero en el centro de él y sobre el centro del bosque, cubierto en su totalidad de nieve, se hallaba el trono Imperial, iluminado por la luz del sol que destellaba sobre los diamantes y que le impidió visibilizar del todo aquella escena tal confusa mientras avanzaba hacia él. El trono ¿Por qué?, ¿Acaso era otro recordatorio del hecho de que debía anteponer el Sultanato por sobre sus sentimientos como Baru y el mismo ya le había dicho que hiciera? Durante su andar, la luz comenzó a resultarle más clara y visible, dándole así la serena imagen de quien se encontraba recostada sobre el trono, profundamente dormida, la única persona que incluso en sus sueños podía proveerlo de calma en todas su formas: Sakura

La mujer que tanto amaba se encontraba allí, delante de él, totalmente alcanzable pero con un aspecto que lo hizo darse cuenta de que a pesar de lo hermoso que significara aquello porque ella se encontrase presente…no dejaba de ser un sueño ya que en lugar de la mujer que tenía por esposa ante él se encontraba la misma adolescente de dieciséis años que había llegado al Palacio en calidad de esclava, aquella muchacha inocente y "salvaje", exuberante y valiente que estaba depuesta a enfrentarse a todos con tal de conservar su individualismo y que veía reflejada cada día en la mujer que amaba con todo su corazón.

Lucía un hermoso e inocente vestido blanco de escote cuadrado con un ligero borde de encaje, los costados del corpiño así como las mangas ajustadas—excepto por las hombreras de gasa y los lienzos en que se abrían las mangas en forma de lienzos de seda, al igual que el interior de la falda y el centro del corpiño, igualmente blancos—y la falda superior estaban bordadas en hilo cobrizo y dorado en un patrón de líneas que hacían resaltar el tono de su piel y la sencilla diadema de tipo cintillo hecha de oro y perlas que reposaba sobre su largo cabello rosado plagado de rizos que caía libremente tras su espalda, enmarcando de igual modo unos sencillos pendientes de oro y cristal en forma de lagrima y el emblema de los Uchiha, que él le había obsequiado, y que reposaba alrededor de su largo cuello.

No existía nadie más hermosa que ella en el mundo, nadie, porque ella era un ángel.

Apenas y se encontró frente a ella, Sasuke no titubeo en ningún momento, arrodillándose delante del trono, observándola atentamente. Entrelazando una de sus manos con la de ella, Sasuke contemplo totalmente fascinado su abrumadora belleza que no había hecho sino acentuarse aún más con el pasar del tiempo, teniendo una expresión de completa paz sobre su hermoso rostro que permanecía sereno e imperturbable. Alzando otra de sus manos, el Uchiha acaricio acompasadamente su rostro, trazando sus inocentes, cinceladas y perfectas facciones; sus mejillas, sus parpados, los contornos de su rostro, sus labios… Rompiendo con la bruma del sueño, los hermosos orbes esmeralda de la pelirosa se abrieron finalmente, observando con amor incondicional a quien se encontraba delante de ella, plasmando una inmediata sonrisa en sus labios ante el encuentro de sus miradas, feliz de encontrarse junto a él. Sin dejar de sonreír y agasajada por él que acariciaba su rostro, Sakura apoyo sus manos sobre el trono, sentándose sin apartar sus ojos de el en ningún momento, así como sin desvanecer la sonrisa de sus labios, apartándose lo suficiente como para hacerle un lugar a él, anhelando que estuviera a su lado porque él era lo más importante que había en su vida, el resto del mundo desaparecería pero sabía que él jamás la abandonaría. Sentándose frente a ella, Sasuke no aparto su mirada ónix del hermoso rostro de ella, observando el aspecto impecable y satinado de su piel, el ligero sonrojo de sus mejillas, el brillo de los ojos a causa de la luz, era tan hermosa…

Alzando una de sus manos, Sasuke acaricio cuidadosamente el rostro de ella que en ningún momento hubo cesado de observarlo con sus encantadores orbes esmeralda. Ciertamente la mujer a quien veía cada día era más vulnerable, no tenía aquella fortaleza inequívoca que sus enemigos habían conseguido arrebatarle, pero era aún más preciada para él porque debía protegerla y porque le había dado todo cuanto pudiera desear; amor, una familia, al solidez de un Imperio poderoso e irrefutable, y paz, una paz que solo en sus sueños hubiera podido imaginar, todo cuanto poseía se lo debía a ella. Sonriendo, Sakura cerró lentamente sus ojos, acercando su rostro al de él, más y más a cada segundo. El simple y dulce contacto entre los labios de ambos fue más que suficiente…

Entreabriendo lentamente los ojos, Sasuke parpadeo con confusión, observando donde se encontraba; en sus aposentos. Efectivamente todo cuanto había sentido y visto se trataba de un sueño, un sueño que si bien había sabido darle respuestas, confundirlo y su vez llenarlo de paz…no dejaba de ser un sueño y lo que estaba ante él, ahora, era la realidad, pero una realidad que no sería tolerable o maravillosa de no ser por el ángel en su vida y gracias a quien todo cobraba sentido. Acudiendo ante sus pensamientos, Sasuke observo con confusión una figura que se hubo levantado del diván junto a su escritorio y sobre quien la luz del sol pareció reflejarse y magnificarse, imposibilitando contemplarla mientras rodeaba la cama y se acercaba a él, o al menos no hasta que hubo sido alcanzada por las sombras de la habitación, destellando como el sol a pesar de todo, sentándose en la cama a su lado…su ángel.

Extrañamente y como si hubiera vaticinado que la espera de aquella larga semana por fin hubiese culminado, Sakura había despertado de un humor inusualmente feliz y por ello había deseado expresarlo tanto como le fuese posible en su apariencia, acudiendo al amanecer a los aposentos del Sultan, teniendo fe en que su espera habría valido la pena, aguardando sobre el diván y observando la impecable y hermosa aparición del sol en toda su gloria, como una especie de señal. Y ahora, teniendo un extraño sentir en un pecho, Sakura hubo levado su vita hacia la cama, sonriendo radiantemente en cuanto vio que, finalmente y tras tan larga espera, su Sultan estaba despierto, levantándose prontamente del diván y acudiendo a su lado. Guiándose por su instinto, así como por la imagen que se esperaba de ella como la Haseki del Sultan, es que estaba usando el vestido en cuestión, hecho en seda dorada, de escote corazón, sin mangas, únicamente aferrado a sus hombros por un par de tirantes, la tela del lado derecho—ligeramente anaranjada—del busto descendía ligeramente hasta finalizar en un recogido ribeteado de diamantes bajo el busto, así como de igual modo ocurría con otro lienzo idéntico, desde la cadera derecha en caída descendente hacia la cadera izquierda, sosteniendo el lienzo y enmarcando su figura por un broche de plata que complementaba los bordados de plata y diamantes. Por sobre el vestido se encontraba una chaqueta transparente, -bordada en hilo de plata, diamantes e hilo de oro-igualmente dorada, de escote en V cerrada bajo el busto y abierta bajo el vientre, de mangas holgadas y largas hasta las muñecas, así como de falda abierta en los costados. Su largo cabello se encontraba plagado de rizos y cayendo cadenciosamente tras su espalda y sobre sus hombros, enmarcando el emblema de los Uchiha alrededor de su cuello, así como los sencillos pendientes de oro y cristal en forma de lagrima que maximizaban—al igual que el vestido—la soberbia corona imperial de los Uchiha hecha de gasa dorada y recubierta con toda clase de joyas, montada sobre una base de oro.

Lucia simplemente perfecta.

-Sakura…- murmuro Sasuke, perdido en su belleza.

-Sasuke- sonrió Sakura, radiantemente, -estoy aquí, siempre voy a estar aquí- prometió la Haseki, entrelazando su mano con la de él.

Todo era exactamente igual a lo que había visto en su sueño, ella, su belleza, su absoluta perfección, el brillo en sus ojos, su sonrisa…Baru había dicho que ella siempre se mantendría a su lado y en efecto era así, el Sultan en él le había reprochado que ni siquiera el amor era un sentimiento necesario en su vida, pero aunque no lo necesitase como Sultan…lo necesitaba como hombre, porque amaba a su esposa, al ángel que lo había hecho despertar de ese sueño, encontrándose con aquello que tanto amaba recordar; ella era su realidad. Aún demasiado débil como para poder moverse, Sasuke alzo su mano libre, acariciando cuidadosamente el rostro de ella que en ningún momento dejo de sonreírle, descendiendo su tacto hasta llegar a su cuello, haciendo que se inclinara ligeramente. Consciente de lo que él quería, Sakura se mordió ligeramente el labio inferior antes de, con sumo cuidado, recostarse sobre el pecho de él, marcando una distancia absolutamente nimia entre sus rostros antes de unir finalmente sus labios, sintiendo el brazo de él envolverse alrededor de sus hombros, apegándola hacia sí.

Al igual que el sol que se filtraba por la ventana en ese nuevo amanecer, Kami mediante todo habría de dar un vuelco y permitir que la paz volviese a sus vidas, pero para ello debían de destruir a sus enemigos, fueran quienes fueran.


PD: prometí actualizar lo más pronto posible y lo cumplo, aunque advierto que quizá actualice "La Bella & La Bestia" mañana por la noche o pasado mañana, pero igualmente ya trabajo en ello por y para ustedes. :3 he aquí la actualización dedicada a DULCECITO311 (como siempre y cuyos comentarios adoro) así como a todos aquellos que leen, siguen o comentan la historia en todas su formas, agradeciendo la atención que le brindan a este despreciable intento de escritora :3 como y mencione anteriormente, las alusiones a Indra Otsutsuki corresponden al nuevo fic que tengo en mente y que estaría basado en la serie "Ertugrul"(que finalizo apenas el mes pasado) basada en el personaje histórico de quien fue el padre de Osman I el primer Sultan del Imperio Otomano, evidentemente esperare apoyo y conformidad de ustedes antes de iniciar la redacción, pero quería comunicarles mi idea :3 nuevamente gracia por la atención, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.

Con respecto a ciertos temas:

-Los sueños de Sasuke: en esta etapa me oriento a lo visto en la serie "Kösem La Sultana" con el personaje del Sultan Murad IV que se debate en si ser hombre o Sultan, pues eme morir como le ocurrió a su hermano Osman, no siendo el Sultan que deseaba ser. Lo cierto es que más que agotamiento, Sasuke está pasando por una crisis importante, ¿Hombre o Sultan? Como individuo esta intentando encontrar el equilibrio y eso comenzara a verse en su totalidad partir de los próximos capítulos en que se cuestionara si poner la crueldad por encima de sus sentimientos sabiendo que con ello protegerá a otros o ser alguien más vulnerable y permitir que sus sentimientos lo controlen.

-La lealtad de Sakura: muchos han comentado que están felices ante el empoderamiento femenino de Sakura y su lealtad, pero pronto se vendrán las pruebas más difíciles que la harán cuestionarse si haber sacrificado su vida por Sasuke realmente merece la pena, el Imperio indudablemente será lo más importante para ella, pero solo puedo advertirles que no den nada por sentado, ay que en la seguridad está la desilusión de no saber qué sucederá más adelante.