¡Hola a todos! ¡Feliz año nuevo! No sé si queda alguien por aquí, pero estos meses han sido muy difíciles y tengo que disculparme por estar tan ausente. Quiero agradecer a quienes me mandaron mensajes preguntándome si estaba bien, y pedirles perdón por mi falta de respuesta. Desgraciadamente en estos meses he tenido muchos problemas en casa y lo peor es que todos han sido relacionados con la salud, que es lo peor que puede haber. Podréis notar en la primera parte del capítulo una manera de escribir distinta a la segunda parte, y ahí está el corte. La primera parte la escribí al poco de publicar el anterior capítulo y el esto ya pasado bastante tiempo. Espero que me perdonéis y haya gente por aquí. Quiero terminar la historia este año que entra (os deseo a todos que esté cargado de felicidad, triunfos pero sobre todo buena salud, que sin ella nada merece la pena), así que voy a rezar para que la salud me de un descanso y pueda realizar mi ilusión y daros lo que os merecéis, que es un final y su continuación.
Le quiero dedicar este capítulo a tres personas.
A Flor, en primer lugar. Mi intención en primer momento era acabar el capítulo antes de tu cumpleaños y poder dedicártelo en agradecimiento por tu amistad. No pudo ser, pero quiero que sepas que en la distancia me haces mucho bien y que recibir un mensaje tuyo siempre me alegra el día. Gracias por seguir estando allí :)
A mi abuela. Culpable sin quererlo de la mayor parte de mi ausencia. Se puso enferma, vivimos unos días muy desagradables en el hospital y, finalmente, nos dejó. Quiero decirte que te echo de menos. Que los últimos años fueron difíciles y te convertiste en una persona que no eras tú, ni querías ser así. No conozco nada peor que perder la cabeza. Hay muchos recuerdos malos, sobre todo de los últimos días, y no puedo dejar de pensar en ellos. Pero he vivido 24 años contigo, y no permitiré que mi recuerdo de ti se vea opacado por los últimos. Siempre te tendré en mente, y en cada victoria en la vida sé que tú estarás detrás de ella, ayudándome todo lo que puedas desde donde quiera que estés. Gracias por haber sido parte de mi vida, welita. Te quiero.
Por último quiero dedicárselo a mi tía. Cuando parecía que todo se había acabado con la muerte de mi abuela, he pasado yo una temporada horrible. Y pocos días después empezó ella. Ha estado más de un mes mal tratada, hasta que le han diagnosticado correctamente. Solo deseo que se recupere pronto y la mala suerte se aleje de la salud de esta familia, que ya está bien…
Aprovecho para felicitarle el cumpleaños a la persona por la cual Gis tiene su nombre. Gisela, mi niña, el día 1 de enero cumpliste 33 años e hizo 10 desde que te conozco. Solo puedo pedirte que no cambies, que sigas tal y como eres. Un abrazo. Te quiero.
En fin, quiero decir antes de que leáis el capítulo que hay una parte en que va a salir el Ministerio de Magia. Va a salir el famoso ascensor, y quiero que sepáis de antemano que he tomado el ejemplo del ascensor de la película, no del libro. La razón es porque me pareció más enrevesado y divertido, así que no os extrañéis con el funcionamiento.
Contesto a un par de reviews y os dejo leer:
Sole: ¡Hola guapa! Por supuesto que Remus no podía fallarles, él es el Pepito Grillo pero cuando no consigue hacerles entrar en razón les acompaña hasta el fin del mundo :) Ohhh! Muchas gracias por eso que has dicho que te equilibré la balanza :) Yo también sentí que en el último libro y sobre todo en la última peli dieron demasiado protagonismo a Lily y dejaron de lado a James. Y no me gustó porque se intentó fomentar la pareja Severus&Lily, que me parece algo patética, la verdad. La pareja siempre será James&Lily, y me da igual lo romántica que le pareciera a todo el mundo su historia.
Me alegro que te gusten mis Frank y Alice. No puedo imaginármelos de otra forma. Creo que Neville era mucha mezcla de ellos, y ambos merecen ser bien descritos. Espero haberlo conseguido :) Alice es mucha Alice jeje. Me gustaba la idea de que le sacara los pelos a golpes muggles, porque siempre quise darle a Bellatrix un buen tirón de pelo :P
Naturalmente tenía que ser Sirius el de la idea loca, y me imagino a Lily como, igual que Harry, perder la perspectiva cuando alguien que quiere está en peligro. Creo que Remus es el más difícil de manipular, pero él sabe dar su brazo a torcer cuando analiza las posibilidades y llega a la conclusión de que debe dejar el deber de lado. Peter se deja llevar, creo que es una de las razones por las que Sirius confiaba más en él, aunque sea un error. Él cree que puede controlar mucho a Peter, pero se dará cuenta tarde de que no es así. Y sí, pondré el momento en que Peter cambia de bando, aunque eso será en la continuación del fic :)
Sé que es malo por Gis que no sepa nada, pero como tú has dicho no es tan relevante y aunque es su amiga no es tan íntima como lo son ellos. Según avance la guerra se verán las relaciones de cada uno. Y sí, Rachel apareció. En este capítulo no sale, pero a partir de los siguientes ya tendrá más participación. Al fin y al cabo los sanadores dijeron que ella no despertaría hasta pasadas dos semanas, y solo ha pasado una semana aún.
Aclaro, no hay otro traidor en la Orden. Pero Voldemort sabe a quienes tiene que seguir para averiguar algo de la Orden, y al verlos tan revueltos su propia lógica le dijo que cabía la posibilidad de que les hubieran descubierto. Solo se trasladaron como medida preventiva. Espero que te guste este capítulo y me cuentes algo, aunque haya tardado mucho :)
vanessa janette: ¡Hola cielo! Sí, lo malo que he tenido últimamente es lo mucho que he tardado en actualizar. El 2011 no ha sido un buen año para mí y eso ha influido en el fic. Espero que me perdonéis, pero quiero dejar claro que no voy a abandonarlo y voy a esperar que este 2012 sea mejor para mí. A James no le mataré, tranquila. La historia seguirá paralela a la de JK, así que a él no le tocará morir hasta el momento que ella decidió :'( Esta historia espero terminarla pronto pero te aseguro que tiene una continuación, y espero contar contigo en ella :) Espero tenerte en este próximo capítulo y que me cuentes tu impresión. Un besazo ;)
Drew: ¡Hola cariño! Tienes razón, he tardado muchísimo. Ya os he contado las razones. La pregunta sobre si estoy viva me hizo mucha gracia porque esos días apenas podía levantarme de la cama y me sentía, de hecho, como si me fuera a morir en cualquier momento jeje. He tenido algunas dificultades con mi salud, aunque afortunadamente no son nada graves. Solo son cosas que cuando me dan no me dejan vivir mi vida de forma normal. No te dejaré con la duda, pienso acabar el fic. Muchísimas gracias por tu preocupación, espero leer tu opinión en este capítulo. Un abrazo.
Bueno, ya acabado todo os dejo leyendo el capítulo que creo que estará interesante aunque haya pasajes que no hayan quedado tan bien como quería :) Espero que os guste y me contáis.
"JURO SOLEMNEMENTE QUE MIS INTENCIONES NO SON BUENAS".
O-oOOo-O
Capítulo 39: El rescate
El sol no era más que una fina luz anaranjada en el horizonte cuando la misión comenzó. Gideon Prewett observó el cielo durante unos segundos, analizando las condiciones atmosféricas que podrían serles beneficiosas. El amanecer estaba envuelto en una espesa bruma que tardaría horas en levantarse. Si lo hacía. El sol no llegaría a brillar con fuerza esa mañana de febrero, lo que podrían aprovechar en su beneficio. Él y su hermano eran expertos en utilizar bien las sombras a su favor.
Se giró sobre sí mismo, mirando hacia atrás donde Fabian terminaba de aleccionar al resto del grupo. Anthony Bones le escuchaba ansioso, retorciéndose las manos mientras asentía continuamente con la cabeza. A su lado, Benjy Fenwick miraba alrededor inspeccionando la zona, y de vez en cuando realizaba alguna pregunta en voz baja demostrando que estaba atendiendo a su compañero. Detrás de ellos, Edgar Bones era otro caso. Ni estaba prestando atención a Fabian ni a lo que pasaba a su alrededor. Miraba a Anthony con una seriedad muy común en él cuando se trataba de su hijo mayor. Gideon supo desde ese momento que no contarían con la brillantez de Edgar de un modo tan eficiente como estaban acostumbrados. El que esa fuera la primera misión de Tony con la Orden le tenía demasiado preocupado y distraído.
- Somos la avanzadilla, así que tenemos que abrir el camino a los demás rápidamente y sin llamar la atención –concluyó Fabian-.
- ¿No sería mejor entrar ya? –preguntó Tony con ansiedad-.
Su padre le puso una mano en el hombro exigiéndole tranquilidad y paciencia, y Gideon le guiñó un ojo con complicidad.
- Tranquilo Tony. Tenemos que esperar el momento apropiado –le dijo para después volver a inspeccionar al horizonte-.
- ¿El moment…?
La pregunta del joven muchacho fue interrumpida por Fabian, quien le indicó a base de gestos que esperara y observara. Así lo hizo, y durante diez minutos solo se oían los paseos continuos de Benjy y la fuerte respiración de Edgar. Anthony estaba maravillado con el modo de trabajo de los Prewett, tan silencioso en contraste con su jolgorio habitual. Fue entonces cuando Gideon se volvió. Él no había notado cambios en el ambiente, pero fue evidente por los gestos que intercambiaron los gemelos que el momento apropiado había llegado.
OO—OO
Sin embargo, la suerte no les acompañó en el primer momento. Cuando se decidieron a entrar fue el mismo momento en que Voldemort guiaba a sus mortífagos al nuevo refugio. No había visto a nadie de la Orden del Fénix en los alrededores, pero eso no significaba que no estuvieran allí. O sino lo estarían pronto. Sus espías no estaban tan involucrados en la Orden como le gustaría; no había conseguido infiltrar a ninguno en las filas de Dumbledore ni había logrado que alguno de sus fieles servidores su pusiera de su lado por muchas coacciones y chantajes que había realizado. Pero al menos sabía quienes eran todos ellos y había conseguido colocar a más de un espía entre sus allegados.
Fue así como logró el chivatazo de que la Orden podía llegar a estar cerca. Había habido mucho movimiento, estaban notablemente alterados. Se habían arriesgado a comunicarse en público cuando normalmente evitaban que se les relacionara. Eso solo podía significar que habían logrado un avance contra él. Y el mayor avance en ese momento sería dar con el chico, descubrir dónde le tenía. Era por eso que tenían que cambiar de refugio. No podía consentir que descubrieran su posición antes de que él lograra encontrar la última caja.
El lugar que había escogido como un nuevo refugio era pintoresco. Para su desagradado era puramente muggle. No había señales mágicas en sus ruinas. Pero eso podía beneficiarle porque jamás intentarían encontrarle allí. Hacía algunas décadas había servido como refugio para la población muggle en esa absurda guerra que habían llevado a cabo y en la que se habían estado matando entre ellos. También los magos salieron perdiendo en esa ocasión. Tuvieron que endurecer las medidas para la protección del secreto internacional de la magia, lo que les obligaba a estar más escondidos que nunca. Ese sentimiento de rencor benefició a su causa enormemente. Sobre todo después de que Dumbledore apresara a Grindelwald.
Dejó de inspeccionar la zona, asegurándose definitivamente de que no había intrusos, ni muggles ni magos. Cerca de él Rodolphus y Rabastan Lestrange estaban trabajando rápida y silenciosamente en conservar toda la documentación que llevaban guardando en esos años de guerra. Sus aliados, sus enemigos, información sobre estos, nuevas maldiciones, lugares que planeaban atacar… Toda la información que no permitiría nunca que se perdiera. Y tras comprobar que ambos estaban realizando bien su trabajo se dirigió a Bellatrix.
- ¿Cómo se encuentra nuestro invitado de honor?
La mujer estaba terminando de colocar a Potter en un camastro improvisado, y se giró a ofrecerle una amplia sonrisa.
- Su pulso es estable, mi señor. He tenido que dormirle para que no diera problemas. Desde ayer por la tarde está muy guerrero.
- Será que ve que su final se acerca y se está revelando –respondió Voldemort con una sonrisa mientras analizaba el estado de su prisionero-. Todos los Gryffindor actúan igual cuando son conducidos al matadero.
La risa histérica de Bellatrix era excesiva para la pequeña broma que realizó su señor. Asqueado, él se apresuró a alejarse para huir de esa agobiante devoción. Ordenó a varios mortífagos que realizaran hechizos de protección y él mismo inspeccionó el alrededor. El muchacho estaba completamente inconsciente. No estaría mucho en esa situación, evidentemente. Pero era bueno que no perdiera fuerzas en ese momento, porque él necesitaba que durara vivo el máximo tiempo posible. El ritual que tenía pensado para él acabaría matándole, pero no debía ser antes de descubrir todo lo que necesitaba. Y solo quedaban pocas horas. Esa magia necesitaba que el sol estuviera en lo más alto, el mediodía, y entonces sabría dónde estaba la última caja.
OO—OO
Gisele estaba disfrutando de una de las mejores noches que había tenido en los últimos meses. Todo era silencioso, tranquilo, cómodo, reconfortante. Invitaba a dormir cinco horas más por lo menos. Y fue esa tranquilidad la que le despertó. No parecía su cuarto, siempre lleno de actividad por parte de cualquiera de sus compañeras. ¿Se habría despertado de madrugada? Eso sí que era raro. Difícilmente conseguía levantarse por las mañanas sin ayuda como para despertarse en mitad de la noche.
Somnolienta y perezosa agudizó más el oído, pero ni siquiera percibió la respiración de Lily. Su amiga tenía un dormir tranquilo, pero no tanto como para que no se notara su presencia. Extrañada levantó un poco la cabeza de la almohada para oír mejor. La volvió a dejar caer con pereza, pero entre el sueño y la vigilia una preocupación se instauró en su estómago. ¿Y si había ocurrido algo más con James y ella, con la profundidad de su sueño, no se había enterado? No es que fuera imposible.
Y esa preocupación la llevó a intentar superar su modorra y a levantarse. Esperaba que fuera un inusual momento en que se había despertado en mitad de la noche y Lily quizá estuviera en el baño. Pero al destapar las cortinas se dio cuenta de que la mañana ya había llegado. Miró alrededor y encontró la cama de Lily perfectamente hecha, como siempre la dejaba la prefecta antes de irse a clase. Pero su amiga no estaba por ningún lado. ¿Se había ido sin despertarla? Eso sí que era imposible; Lily era como la madre de todas. Conjuró extrañada la hora, y al ver que era tan tarde la preocupación casi se transforma en pánico. Algo muy gordo había pasado para que su amiga no siguiera su rutina. Sin preocuparse en vestirse salió corriendo hacia el cuarto de los chicos. Si algo había ocurrido con James ellos también lo sabrían. Pero este estaba vacío. Hecho una leonera y oliendo un poco a tigre, pero allí no había nadie. La parte de Sirius y Peter estaba tan asquerosa como siempre, con las camas deshechas y todo esparcido por el suelo. La zona de James estaba arreglada, tal y como los elfos la habían dejado después de que él se trasladara a la torre de premios anuales. Y la de Jeff era la más limpia con diferencia. Lo que era preocupante era que la cama de Remus estaba sin hacer y el baúl estaba abierto y algo revuelto. Definitivamente, algo malo había pasado.
No se molestó en ducharse ni en peinarse. Se colocó el uniforme de mala manera y bajó al Gran Comedor, donde esperaba encontrarles. Tenían que estar allí. Pero no; allí solo estaba Jeff. Desayunaba con Nicole y sus amigos, tan callado como siempre. Incluso lo había estado más aún en los últimos días. No había rastro de Lily por ningún sitio. Ni de Remus, Peter o Sirius. Frunciendo el ceño se dirigió hacia su único compañero y le tocó en el hombro para llamar su atención.
Jeff enarcó una ceja ante su descuidado aspecto. Sin peinarse, sus espesos y difíciles rizos la hacían parecer una auténtica leona. Una leona con la camisa por fuera de la falda, saliéndose entre el jersey y las medias mal colocadas. Incluso llevaba los cordones de los zapatos desatados. Sin embargo decidió no comentar nada, pues ella ya estaba llevando su atención hacia otro asunto.
- ¿Has visto a los demás?
Jeff frunció el ceño.
- Pensé que estaban con vosotras. Cuando me he despertado no había nadie.
- Yo me acabo de levantar y Lily no está en el cuarto. Y tampoco encuentro a los chicos –le respondió la latina cada vez más nerviosa-. ¿Crees que ha podido pasar algo más?
De repente Jeff también fue consciente de esa posibilidad, y su cara dejó ver su preocupación. Pero sus ideas fueron distintas a las de Gisele.
- Me sorprendió encontrar la zona de Remus tan descuidada. ¿Crees que tu amiga ha podido empeorar?
Gisele palideció de golpe.
- ¿Rachel? –preguntó con voz aguda, pues la posibilidad le había llegado de golpe. Hasta ese momento solo había pensado en algo relacionado con James-.
Aunque no había intervenido en la conversación, Nicole estaba atenta y acertó a agarrar a Gis del brazo y obligarla a sentarse entre ella y Jeff. La otra opción podía ser que cayera de culo, y bastante la estaba mirando la gente con las pintas que traía. Y como nunca había estado muy acostumbrada a eso de callarse la boca, intervino sin que ninguno de los dos se lo pidiera.
- No creo que haya pasado nada de eso. Lo habríamos sabido –les dijo señalando El Profeta que estaba leyendo un amigo suyo-. Están muy pendientes de cualquier tema que tenga que ver con el ataque. Si hubiera fallecido algún herido más, lo pondría en primera plana.
Esa lógica ayudó a aliviar un poco el temor de Gisele, aunque la palabra fallecido no la reconfortó en absoluto. Seguía preocupada, mirando de un lado para otro, sin encontrarle la lógica al asunto.
- Pero entonces, ¿dónde están? –preguntó-. Ya ayer Lily se comportó de una forma rarísima y ahora desaparecen los cuatro…
Jeff se encogió de hombros sin saber qué responderle, pero Nicole volvió a intervenir.
- Es normal que no tengan ganas de ir a clase con todo lo que está pasando, pero McGonagall ya está bastante enfadada con las faltas. Si queréis podemos ir a buscarles.
- A saber dónde están –le respondió su novio-.
- Bueno, pues nos dividiremos, ¿verdad, chicos?
Y a sus amigos no les quedó otra que dejar de fingir que no estaban escuchando la conversación. Dado que Nicole siempre era sincera y resuelta para todo, no tardó en organizar una partida de búsqueda sin permitir a nadie que se escaqueara. Al fin y al cabo, si ella podía pasearse por todo el castillo con esas dichosas muletas, los demás bien podían hacer un poco de ejercicio también.
OO—OO
- Aquí sí que estamos perdiendo el tiempo –murmuraba Sirius continuamente mientras se paseaba de un lado para otro portando su pesada mochila-.
- ¿Acaso tienes una idea mejor? –le preguntó Remus con algo más de acidez de la que pretendía-.
Estaba hartándose de la actitud de Sirius. Finalmente se había visto arrastrado por ellos. Bueno, arrastrado no, pero no había sido capaz de dejarles en la estacada. Jamás se lo habría perdonado. Pero bastante difícil había sido salir del colegio, cruzar Hogsmeade y coger el tren hacia Londres sin que repararan en su presencia, como para encima soportar las quejas de su amigo a su plan. Sin ánimo de otorgarse méritos, estaba convencido de que no habrían llegado al final del pueblo sin él.
Lily no había sido de mucha ayuda. Aparte de mirar al horizonte, hablar en voz baja y decir de vez en cuando que estaba de acuerdo con él, no había aportado mucho. Parecía con la mente en otra parte. Y Peter tampoco había hablado en exceso, aunque ahora por fin estaba siendo útil. Sirius había sido un eterno grano en el culo. Sus planes eran peores a medida que los iba soltando por su boca, y encima encontraba ridículas todas sus aportaciones. Para su enfado, al final Remus se había salido con la suya, con el apoyo de Peter y Lily.
- Llevamos veinte minutos en esta calle sin saber cómo seguir –le respondió Sirius mientras tiraba la mochila al suelo y se masajeaba un hombro adolorido por la carga-.
Remus le ignoró y se dirigió hacia Peter.
- ¿Estás seguro que es aquí?
- Sí –respondió su amigo mientras seguía mirando alrededor pensativamente-. Era en una de estas calles. En un habitáculo pequeño.
La idea de Remus era buscar a Alice Longbottom en el Ministerio de Magia. Y de hecho estaba bien pensado si no fuera porque no tenía ni idea de dónde se encontraba el lugar. Tampoco lo sabía Sirius y, evidentemente, Lily nunca había estado allí. Había sido un milagro cuando Peter dijo que su padre le había llevado algunas veces de pequeño. El problema era que el pequeño del grupo no acababa de recordar el lugar exacto donde quedaba la entrada para visitantes.
- ¿Cómo era ese habitáculo, Peter? –preguntó Lily atendiéndoles por primera vez-.
Desde que se habían bajado del tren la pelirroja había estado apuntando algunas cosas en una pequeña libreta que había sacado de su mochila, y se había dejado llevar sin prestar mucha atención a su discusión. Peter hizo memoria durante unos segundos que agudizaron más la impaciencia de Sirius, pero enseguida comenzó a describir la entrada.
- Pues era muy estrecho. Como esto –respondió estirando las manos frente a él y a sus lados-. Y alargado. Y tenía un artilugio que te le tenías que poner en el oído mientras marcabas unos números.
- ¿Un teléfono? –preguntaron Remus y Lily a la vez, aunque el pequeño se encogió de hombros-.
- Debe ser una cabina de teléfonos –pensó la pelirroja en voz alta mientras inspeccionaba la zona buscando una-.
Remus miró alrededor también, y Sirius y Peter les imitaron aunque el primero no tenía ni idea de lo que estaban buscando. Remus y Lily se perdieron por algunas calles adyacentes y volvieron al no encontrar lo que buscaban. Peter seguía moviéndose despacio, intentando recordar alguna tienda que le indicara cuál era el camino que debía tomar. Sirius le seguía muy de cerca para meterle presión.
- ¿Es esta, Peter?
El grito de Remus en medio de la mañana resonó por toda la calle. Apenas había algunos muggles madrugadores y los comercios aún no habían abierto. Sirius esperaba que Remus hubiera encontrado el sitio, porque estaba harto de que todos los muggles que pasaban le miraran su túnica como si estuviese llena de barro, o algo así. Peter echó a correr a la par que él, y detrás de ellos llegó Lily jadeando. Por lo radiante que se volvió la cara de Peter, todos supieron que habían encontrado la entrada.
- Vamos, entrad –ordenó el más pequeño con soltura, adelantándose al resto-.
Era raro ver a Peter tomar la iniciativa, pero más aún era que supiera algo que Sirius y Remus ignoraban. Era evidente que se sentía encantado con esa situación. Les costó entrar los cuatro con sus mochilas. Sirius tuvo que morderse la lengua para no soltar un improperio cuando Lily le dio un buen pisotón, y por el grito ahogado de Remus adivinó que le había golpeado con su mochila en el estómago. Pero finalmente lo lograron y Peter tomó el extraño artilugio y se lo puso en la oreja.
- ¿Te acuerdas del código? –preguntó Remus con voz débil, en parte debido a la inseguridad y en parte porque Sirius le estaba ahogando-.
- Sí, claro. Papá siempre me dejaba marcarlo cuando le acompañaba.
Resueltamente marcó el 62442 mientras Lily espiaba por encima de su hombro.
- Bienvenido al Ministerio de Magia. Por favor, diga su nombre y el motivo de su visita –dijo una voz mecánica-.
Peter iba a hablar, pero Lily tuvo un ataque de pánico y le robó el auricular para colgarlo.
- ¡¿Qué vamos a decir?
- ¿A qué te refieres? –preguntó Sirius ignorando los toquecitos que Remus le estaba dando en el costado-.
- ¿Y si no nos dejan entrar? ¿Y si llaman a Hogwarts?
- ¡No! –respondió Peter con una risa-. Aquí nunca escuchan lo que dices. Mi padre siempre se inventaba chorradas para hacerme reír y como es algo mecánico al final entrabas con los motivos más chistosos.
- Pero, la seguridad…
- La seguridad la llevan de otra forma. Realmente esto no importa. Al fin y al cabo, podrías dar el nombre de un trabajador y no sabrían si es cierto o no. El mayor problema es dentro. Aunque dudo que nos confundan con mortífagos –respondió Peter mientras volvía a tomar el auricular y repetía la escena-.
Lily rodó los ojos ante las incongruencias que a veces tenían los magos, y Sirius se rio, de nuevo ignorando los toquecitos cada vez más persistentes de Remus. Cuando la operadora volvió a realizar la misma pregunta, Peter guiñó un ojo a Lily y respondió con voz grave:
- Peter Pettigrew, Lily Evans, Remus Lupin y Babbitty Rabbitty. Venimos para encontrar la cepa carcajeante.
Lily no pudo evitar sonreír al ver que Sirius intentaba alzar los brazos entre la maraña de cuerpos para darle un porrazo en la cabeza a Peter, que estaba muy divertido. Su sonrisa no duró mucho al pensar que James habría disfrutado mucho de esa broma. Mientras, la operadora hacía exactamente lo que Peter le había dicho a Lily.
- Gracias. Visitantes, recojan las chapas y colóquenselas en un lugar visible de la ropa.
Peter las recogió deprisa, pero solo le pasó a Sirius por encima del hombro la que ponía: "Babbitty Rabbitty, buscando la cepa carcajeante". Este le dijo un insulto con el que se ganó otro pisotón de parte de la pelirroja.
- Visitantes del Ministerio, tendrán que someterse a un cacheo y entregar sus varitas para que queden registradas en el mostrador de seguridad, que está situado al fondo del Atrio.
En ese momento el habitáculo comenzó a descender y Sirius, a quien Remus no había dejado de golpear el costado, dejó de intentar pegar a Peter para girar la cabeza todo lo que pudo.
- Remus, ¿quieres hablar y dejarte de golpecitos?
En ese momento las puertas se abrieron y Peter y Lily salieron, contentos de tener un lugar más amplio. Sirius se movió también, y entonces Remus cayó hacia adelante, sosteniéndose con las puertas para no caer. Respiraba entrecortadamente y miraba a Sirius con dos dagas en los ojos.
- Casi… me ahogas… capullo…
OO—OO
En el instante en que se fueron acercando al refugio, con toda la Orden siguiéndoles los talones, supieron que algo iba mal. Gideon miró a Fabian. Su hermano le devolvió confuso la mirada. Ambos lo habían notado. Sin embargo no fueron ellos los que lo dijeron en voz alta:
- Chicos, creo que aquí falla algo –murmuró Benjy-.
- ¿El qué? –preguntó Anthony con nerviosismo. Su voz no se oía más allá del susurro, pero aun así su padre le urgió a bajarla-.
Fabian negó con la cabeza, pensando, intentando averiguar dónde había estado el error. Pero era evidente. Ese lugar estaba abandonado. La magia que flotaba se iba desvaneciendo rápidamente, como siempre ocurría después de que un lugar estuviera expuesto mucho a ella y de repente fuera abandonado. Tras años de guerra sabían reconocer cuando los mortífagos habían abandonado la escena. Su hermano no perdió el tiempo. Con un giro de muñeca mandó un silencioso patronus hacia atrás de ellos, e hizo que el resto del grupo retrocediera.
Dumbledore estaba apostado en un lugar estratégico donde podía ver desarrollarse la operación. Había visto a los hermanos Prewett esperar junto a su grupo y confió en la paciencia de los gemelos. Sabían cómo burlar una seguridad mejor que nadie más en la Orden. No por nada habían sido un auténtico dolor de cabeza para la profesora McGonagall en sus años en Hogwarts. Pero también reconoció al instante su duda al iniciarse el ataque. Había ocurrido algo inesperado. Marlene, que estaba a su lado, se irguió nerviosa para intentar apreciar mejor lo que estaba ocurriendo. Su pequeña estatura era un impedimento en esas situaciones, aunque la compensaba con su aguda inteligencia y su buen olfato para la investigación. Cuando esta se puso de puntillas por segunda vez, llegó hasta ellos un tigre plateado que dijo en voz baja:
- Dumbledore, algo ha fallado. Aquí no hay nadie. No tiene pinta de que haga mucho que se han ido, pero hay que abortar la misión.
- ¡¿Cómo…?
Mientras Marlene maldecía en voz baja su mala suerte, el anciano reorganizaba a todo el grupo. Le mandó un patronus a Frank, el más cercano a él, para decirle que retrocediera. Y otro a Moody, que se encontraba en el cuartel a expensas de noticias y por si ocurría lo que acababa de ocurrir. Tenían que activar el plan B sin demora.
- Volvemos al cuartel –le ordenó a la joven muchacha, que asintió con la cabeza-.
- La poción es correcta, señor –dijo esta antes de desaparecerse-. Se han tenido que marchar hace poco, porque funciona. Deme otra oportunidad y localizaré a Bellatrix, y con ella al chico.
Dumbledore solo la escuchó a medias mientras intentaba recomponer su plan según los imprevistos. Debían darse prisa. Si Voldemort había cambiado de refugio tan súbitamente era porque planeaba algo. Y lo planeaba pronto.
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- Voy a matar a Sirius.
Jeff miró a Gisele con una mueca.
- Siempre que pasa algo tendéis a echarle la culpa a él –dijo sin acabar de entender el por qué-.
Gisele rodó los ojos mientras cerraba de golpe el baúl de Peter.
- Eso es porque casi siempre acertamos. De antes solíamos dividir las culpas entre él y James, pero al menos el otro ha madurado. Sin contar con que el pobre no puede tener la culpa de nada ahora.
Jeff torció el gesto, pero no contestó. Se dio la vuelta y compartió una mirada con su novia, quien estaba apoyada en la puerta descansando su pierna. Ella le sonrió levemente y negó con la cabeza de una forma tan imperceptible que la otra chica no lo vio. Además, Gis había vuelto a inspeccionar la habitación.
- Al igual que Lily, Sirius y Peter se han llevado la mitad de sus cosas. Pero Remus no. ¿Tengo que suponer que se han escapado del colegio y le han secuestrado, o algo así?
- Aún me parece improbable que eso sea posible –respondió Nicole, aunque más insegura de lo que estaba media hora antes, cuando comenzaron a buscarles-.
Se dejó ayudar por Jeff mientras los tres abandonaron la habitación. Se apoyó en él por el lado donde estaba su pierna herida, y bajó las escaleras a la pata coja. Al llegar a la sala común vacía, Gis se tallaba los ojos con desesperación, sin saber qué hacer.
- Todo se está desmoronando… -murmuró poniéndose pesimista-.
El que ni Jeff ni Nicole le contestaran no ayudó a su tranquilidad. ¿Qué estaba pasando? Primero la muerte de sus padres. Luego la de Kate y Sadie. Después Rachel, James y Grace heridos. Y ahora desaparecían los demás… ¿Estaba acaso destinada a acabar sola en el mundo? Su humor negro le llevó a pensar que solo le faltaría recibir la noticia de que algo malo le había ocurrido a Anthony, pero enseguida se recriminó por la idea y prefirió no llamar a los demonios. No estaba la situación como para tentar más al destino. En ese momento entraron algunos amigos de Nicole, que amablemente se habían ofrecido para seguir buscando por el castillo mientras ellos registraban en las habitaciones.
- Nada en el campo de quidditch –dijo uno de ellos a su amiga, haciéndoles un gesto de disculpa a Gis y Jeff-.
- Ni en la lechucería –añadió su amiga justo después-.
- Tampoco en la torre de astronomía –declaró un tercero que entraba por la puerta junto al resto del grupo-.
Todos miraron sobre todo a Gisele, impotentes por ver su cara de agobio y no poder ayudarla. Pero es que no había rastro de sus amigos por ningún sitio. Sintieron lástima por ella, pues en esa casa todos sabían la pérdida que había tenido la chica hacía poco tiempo. Esta suspiró profundamente, intentando calmar los nervios. No tenía a Lily para ser la tranquila, ni a Remus para ser el consecuente. Tampoco estaba Peter para tomarle la mano con dulzura junto a su típica mirada de "todo se va a solucionar". Y, sobre todo, no estaban ni Rachel con su tímida pero valiente sonrisa ni Kate con su abrazo siempre dispuesto. Estaba sola y tenía que comportarse de forma responsable.
- Tengo que hablar con la profesora McGonagall –declaró cuando se dio cuenta de que no tenía más opción-.
- Te acompaño –le dijo Jeff haciéndole un gesto a Nicole para que fuera a clase y no se preocupara-.
El resto del grupo les dedicó muecas que no eran fáciles de interpretar. De todas formas enseguida su mente solo se preocupaba en cómo le dirían a la profesora que cuatro alumnos habían desaparecido de la noche a la mañana, y ellos no tenía idea de cómo había podido ocurrir. Se la encontraron por los corredores, ya camino de su primera clase. La mujer se extrañó tanto de que la detuvieran como de verlos a ellos solos. En los últimos meses era común ver a todo el grupo hacer piña. Aunque eso no era raro. El resto del colegio también se comportaba así a medida que se endurecía la guerra.
- ¿Necesitáis algo? –dijo con seriedad, aunque la curiosidad se podía ver en sus ojos-.
Gisele se atoró varias veces, nerviosa. Ella no era buena con las palabras, y menos en situaciones de tensión. Jeff la sustituyó, aunque su lengua también se trabó en varias partes de su relato. Al acabar, el rostro de la profesora se había oscurecido.
- ¿Están seguros? ¿Se han llevado sus cosas?
Los dos asintieron a la vez con la cabeza, y la profesora suspiró mientras apartaba la mirada, intentando ordenar sus pensamientos.
- No puedo entender cómo habrían podido escapar del colegio, ni para qué…
- Ayer por la tarde estaban raros. Cuchichearon mucho entre ellos, pero no pensé… -Gis no sabía como justificar el que no hubiera podido predecir el actuar de sus amigos-. Lily no estaba bien, claro. Con lo de James…
La profesora la miró con curiosidad y pareció que iba a preguntarle algo, pero se contuvo a última hora. Finalmente cerró la boca, se quedó callada durante todo un minuto con la mirada pensativa, y la volvió a abrir:
- Ustedes vayan a clase. Voy a organizar una pequeña patrulla para buscarlos. Es imposible que hayan salido de las fronteras del colegio. No pueden estar lejos…
Ante su categórica mirada, Gis y Jeff se apresuraron a obedecer, aunque ninguno de los dos dejó de notar que la última frase la había pronunciado más con deseo que con convencimiento.
OO—OO
- Bueno, pues ya estamos dentro. ¿Y ahora qué, chico listo?
Remus prefirió ignorar el comentario irónico de Sirius, pues aún le dolían las costillas por culpa del pedazo fajo que su amigo llevaba a la espalda y que le había incrustado en el estómago cuando habían llegado. Todavía tenía ganas de darle una buena patada, pero retuvo en su mente el por qué estaban allí, y se contuvo. Suspiró hondo y miró alrededor, descubriendo que un mago les miraba con curiosidad a los cuatro. Por su uniforme, debía ser un guardia de seguridad. Supo que, aunque aún no se hubiera acercado a ellos, no iba a quitarles la vista de encima, por lo que decidió ser directo. Fue hacia él, intentando poner su típica cara de prefecto responsable que siempre ponía ante McGonagall, y le dijo:
- Disculpe. Buscamos a Alice Longbottom. ¿Podría indicarnos dónde podemos encontrarla?
El mago, un individuo rollizo con una barba de dos días y los ojos pequeños y oscuros, le miró de arriba abajo, inspeccionándole. Estaba masticando algo que, por el olor, parecía tabaco de mascar.
- ¿Quiénes sois? –preguntó con aparente tranquilidad, aunque Remus pudo percibir que había sacado unos centímetros su varita del bolsillo de la túnica-.
Decidió ir con la verdad, aunque eso les supusiera problemas más adelante.
- Verá. Somos alumnos de Hogwarts. Queremos hablar con ella sobre un caso que está investigando. Creemos que podemos ayudarle, y además el caso tiene que ver con un amigo nuestro.
El hombre sonrió mostrando unos irregulares dientes amarillos.
- Es la mayor gilipollez que he oído en mucho tiempo –declaró sin creerle ni una palabra-.
- Pero…
- No sé cómo habéis conseguido entrar, pero u os largáis por las buenas, o será por las malas.
Remus estuvo a punto de perder las formas, pero cuando solo había abierto la boca escuchó a Sirius adelantársele en una de sus habituales ideas estúpidas. Este soltó su mochila en el suelo y gritó:
- ¡Pues por las malas! ¡Corred!
Y salió corriendo hacia dentro del vestíbulo. El mago se dispuso a perseguirle, empujando a Remus por el camino, quien se estaba golpeando la frente con una mano en señal de desesperación.
- ¡Vigila a estos tres! –gritó por encima de su hombro a otro mago en el que los chicos no habían reparado-.
Era un joven poco mayor que ellos que sacó la varita del bolsillo con manos temblorosas. Al verle dudar, Remus optó por la teoría de que situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. Tomó la pesada mochila de Sirius y se la tiró al joven a la cara, haciéndole trastabillar y soltar la varita de golpe. Después se dio la vuelta, cogió a Lily de la mano y salió corriendo con Peter pisándole los talones. A lo lejos escucharon a Sirius entreteniendo al guardia en una carrera bastante desigual que empezaba a atraer espectadores.
Sin saber muy bien a dónde iba pero decidiendo que necesitaban no perder el tiempo, Remus se dirigió hacia los ascensores y entró en tropel en uno que acababa de ser vaciado. Cuando la puerta se cerró tras ellos, los tres suspiraron de alivio.
- ¿No decías que después había una mejor seguridad? –le preguntó a Peter con incredulidad-.
Ninguno de esos dos guardias eran los más adecuados para defender la entrada del Ministerio de Magia, en medio de la guerra que estaban viviendo. Peter, quien también había caído en ello, se encogió de hombros.
- Eso era lo que decía mi padre. O las cosas han cambiado mucho o el pobre ya empezó a chochear antes de lo que creíamos.
- En dos semanas ha quedado claro que falla la seguridad en Hogwarts, en San Mungo y en el Ministerio –declaró Lily entrecortadamente-. Desde luego hay que agradecer que no ocurran más desgracias.
Remus iba a romper una lanza a favor de Dumbledore, pero Peter le interrumpió, poniéndose de puntillas para observar un mapa de las secciones del Ministerio.
- ¿Dónde demonios la encontraremos?
- En el departamento de aurores, imagino –terció Lily-.
- Pues si tú entiendes este mapa para saber cómo llegar…
- Dejadme ver –añadió Remus apretujándose contra ellos para poder ver-.
Los tres empezaron a hablar a la vez, gritando cada vez más para hacerse oír por encima de los demás. Pero en ese momento el ascensor se detuvo y abrió sus puertas, silenciándolos de golpe. Por estas entró un joven pelirrojo con gafas que les miró con curiosidad, aunque no les cuestionó qué hacían allí. Sin que él lo notara, los tres suspiraron de alivio al ver que no eran los magos de seguridad. Siguieron hablando en voz muy baja, intentando que el hombre no oyera su conversación, aunque seguía mirándoles sin perderse detalle.
A Remus le dio la sensación de que iba a hablarles, pero el ascensor se detuvo de nuevo y los tres volvieron a retener su respiración. Esta vez era un hombre algo mayor, de unos treinta y tantos años, quien ni siquiera se dio cuenta de la presencia de ellos tres. Miró al otro hombre con una sonrisa y exclamó:
- ¡Arthur! ¡Cuánto me alegro de verte! Hace días que quiero encontrarme contigo.
Ni siquiera se dio cuenta de que había golpeado a Lily al pasar, pues su atención se centraba solo en el joven pelirrojo al que palmeó en la espalda. Remus siguió intentando descifrar el dichoso mapa mientras tenía un oído en la conversación, por si acaso alguno mencionaba que les estaban buscando. Le había parecido que el pelirrojo les observaba demasiado.
- Debo felicitarte, ¿no es así? –seguía hablando el hombre más mayor-.
- ¿Y eso, Duncan? ¿Por qué? –preguntó el joven-.
- ¿Cómo que por qué, muchacho? ¿No es verdad que tu mujer está de nuevo embarazada?
- ¡Ah, bueno! Sí, supongo que sí –respondió el joven algo turbado y con las mejillas coloradas-.
El hombre le dio con un codo en el estómago, soltando una risotada.
- Tienes que estar encantado. ¿Por cuál vas ya?
- Este será el cuarto –respondió el pelirrojo sonriendo aún sonrojado-.
- ¡Cuatro, ya, madre mía! A ti no te afectan los malos tiempos –se rio otra vez, volviendo a golpear amistosamente al joven que no parecía tan contento con su efusividad-. Espero que esta vez sea una niña. Es lo que quiere Molly, ¿no?
- Sí –reconoció este-. Después de tres chicos… Pero bueno, Bill, Charlie y Percy están emocionados. Así que…
- ¡Es fantástico, fantástico! –continuó el hombre sin escucharle mucho-.
El ascensor se volvió a detener y este último volvió a golpear amistosamente a su compañero antes de despedirse y salir de allí. Remus escuchó al pelirrojo suspirar de alivio, y no le extrañó. En un par de minutos le había palmeado la espalda y metido el codo en el estómago como veinte veces. Al comprobar que nadie más subía al ascensor, volvió su atención al dichoso mapa de nuevo. Esos ascensores eran una trampa para todo el que no estuviera acostumbrado a ellos.
- ¿Puedo ayudaros? –preguntó de repente el joven pelirrojo sobresaltándolos-.
Se había acercado a ellos sin que se dieran cuenta y les miraba con manifiesta curiosidad. Remus titubeó, inseguro sobre cómo debían actuar. Si metían la pata ese hombre llamaría a seguridad y adiós a las esperanzas de encontrar a Alice Longbottom.
- Intentamos llegar al Departamento de Aurores –respondió Lily con voz contenida-.
Estaba tanteando el terreno para saber si podían fiarse del hombre. Este les miró con más curiosidad aún, frunciendo ligeramente sus ojos azules ocultos tras las gafas. Les observó a los tres fijamente, uno por uno, haciéndoles sentir como si Dumbledore les estuviera analizando. Después alzó levemente su ceja derecha.
- ¿Os conozco? –preguntó con duda, volviéndose a fijar en el llamativo pelo rojo de Lily-.
No era descabellado que hubieran coincidido con él en Hogwarts en sus primeros años, y el cabello de Lily era fácilmente reconocible. Pero como eso no les ayudaría en absoluto los tres negaron con la cabeza.
- Solo buscamos a Alice Longbottom –dijo Peter en voz baja-.
- Es importante –añadió la chica con voz suplicante-. Tenemos que hablar con ella sobre un caso en el que está trabajando.
El hombre les miró dudoso un minuto más, pero después pareció decidirse. Se puso bajo el brazo los papeles que sostenía sobre su pecho y se inclinó sobre la manecilla para dirigir el ascensor hacia donde le pedían los chicos. Como no habló, estos se miraron inseguros sin saber si les iba a ayudar o a entregar a los guardias de seguridad. No sintieron alivio hasta que el ascensor se detuvo y la voz metálica volvió para informar: "Segundo piso: Departamento de Seguridad Mágica".
- Vamos –les dijo liderando la marcha-.
Los chicos le siguieron nerviosos, y Lily metió la mano en el bolsillo de su abrigo muggle para apretar con fuerza la caja verde que tenía celosamente guardada. Era absurdo, pero sentía como si tocándola pudiera enviarle un mensaje a James diciéndole que ya estaban más cerca de poder ayudarle.
Pasaron de largo por varios departamentos en los que algunos magos y brujas les miraron con curiosidad. Procuraron no alejarse mucho de ese joven pelirrojo que parecía ser su salvador. Remus le miraba detenidamente, intentando reconocerle de sus primeros años en Hogwarts, aunque el hombre no le sonaba de nada, ni por su apariencia ni su nombre. Sin embargo, parecía que el hombre había reconocido a Lily en alguna parte. O quizá se estuviera preguntando si la pelirroja era familia suya, terminó pensando encogiéndose de hombros mentalmente. No era el tema que le quitaba el sueño precisamente. Cuando entraron al departamento de aurores (el cual no habrían encontrado sin ayuda), su caminar se ralentizó, como el de Peter y Lily. Arthur les habló por encima del hombro mientras seguía andando.
- Vosotros esperad aquí. Ahora vuelvo.
Y así lo hicieron. Peter le miró nervioso y se giró ansioso hacia su amigo.
- ¿Crees que va a buscarla de verdad, o a entregarnos?
Remus frunció el ceño ante esa posibilidad, pero como no les quedaba otra que fiarse del hombre los tres se encogieron los hombros y se limitaron a esperar.
Arthur se había perdido por algunos compartimentos que no estaba acostumbrado a frecuentar. Buscó con la mirada a alguien conocido hasta que dio con Ayleen Morris, quien miraba nerviosamente unos informes de pie. Parecía que iba a salir corriendo en cualquier momento, así que la atajó antes de perderla.
- ¡Morris! –la llamó para atraer su atención-.
La mujer se giró al escuchar su propio nombre, y al reconocerle sonrió con amabilidad.
- ¡Weasley! ¿Tú por aquí? ¿A qué debemos el honor?
- Vengo buscando a la mujer de Longbottom. ¿Está de servicio? –preguntó-.
La mujer le miró con curiosidad, pero le contestó instantáneamente.
- Sí. Llegó hace un rato. Está en la habitación de documentación, repasando los informes de balística. ¿Ha ocurrido algo?
Arthur negó con la cabeza enseguida al notar la preocupación en los ojos de la aurora.
- En absoluto. Es un tema personal. ¿Te importa pedirle que salga un momento?
- Por supuesto –le respondió la mujer extrañada por su reserva, dado que Arthur era conocido por su carácter abierto y agradable-.
Se perdió por un cuarto pequeño que estaba situado al fondo del departamento, y unos segundos después salió con la propia Alice, señalándole a él. La joven se acercó a él extrañada por su visita, pues apenas se conocían de vista. Frank había tenido más trato con él, pero no era por su marido por quien había preguntado. Al llegar junto a él le estrechó la mano.
- Weasley, ¿verdad?
- Así es –confirmó él con una amable sonrisa-. Sé que no nos conocemos mucho y que debes estar muy liada con tu trabajo, pero hay unos chicos que quieren verte.
- ¿Unos chicos? –preguntó ella extrañada, frunciendo el ceño-.
Arthur hizo una ligera mueca al explicarle un poco la situación en que les había encontrado.
- Sé que en el departamento no atendéis al público, pero parecían realmente desesperados –finalizó-.
Alice se dividía entre la curiosidad y la impaciencia porque la hubieran distraído de su investigación y de su vigilia por si algo ocurría en el ataque. Suspiró, e intentó ser amable con el hombre que tenía delante y que no tenía la culpa de sus problemas.
- Lo siento, Weasley. Pero estoy hasta arriba y no tengo tiempo de hacer de niñera. Estoy llevando el caso del chico que han secuestrado en San Mungo, y estamos desesperados porque te juro que el caso no avanza.
- Ellos mencionaron que querían hablarte de eso –le dijo Arthur de pronto comprendiendo las reacciones de los chicos. Alice abrió los ojos sorprendida y el joven Weasley se apresuró a explicarse-. Los chicos dijeron que querían hablar contigo sobre un caso en el que estabas trabajando. Quizá eso explique que estén tan nerviosos. Pueden ser amigos o familiares del chico.
- ¿Có…?
Alice empezó a preguntar, pero de repente decidió que era más fácil cortar por lo sano y le pidió a Arthur que le indicara dónde estaban esos chicos. Él la guio hasta la entrada del departamento, y cuando ella vio de lejos a los tres jovencitos se detuvo de golpe. Los había reconocido a la primera.
- ¿Qué hacen aquí? -preguntó ahora realmente sorprendida. También lo estaba Arthur por su cambio de actitud-.
- ¿Les conoces?
- Sí –respondió ella pensativamente. Y añadió mientras le palmeaba un brazo-. Yo me encargo de ellos. Gracias por traerlos, Weasley.
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Alastor Moody estaba en el Cuartel General esperando las instrucciones de Dumbledore. Era esencial tener a alguien como él en la retaguardia, por si algo salía mal. Su equipo no era tan espectacular como otras veces, pero en esa ocasión no precisaba de grandes guerreros. Necesitaba mentes brillantes, y esos eran los que se habían quedado con él a la espera de las primeras noticias. Elphias Doge, pese a tener la misma edad que Dumbledore, no conservaba su misma vitalidad. Era un hombre achacoso y de salud débil, pero su lealtad y su sabiduría (más otorgada por la edad que por la naturaleza) eran innegables. Dedalus Diggle era un hombre muy impulsivo y que no se pensaba mucho las cosas, pero sin duda un gran mago que había sido de gran ayuda para la Orden. Y la nueva adquisición, Sturgis Podmore. Era un joven al que había visto en el Ministerio a menudo. Sabía que debía rondar los veinte años, pero al mirarle a la cara costaba calcularle la edad. Por un lado su mandíbula cuadrada le hacía parecer mayor, pero su pelo pajizo le daba un aspecto más infantil. Por lo que Dumbledore le había contado del joven, era un muchacho que ya había destacado en Hogwarts y que iba haciéndose un hueco en su trabajo a través de la tenacidad. Y esa era una de las características que Moody más valoraba.
Se encontraba dando vueltas por el cuartel, con los tres hombres desperdigados por la habitación mirándole nerviosamente. Hacía ya una hora que los demás habían salido hacia el refugio de los mortífagos. La falta de noticias era desesperante. De tantos paseos que estaba dando acabaría desgastando el suelo. Si al menos Dumbledore le mandara un patronus para informarle de los avances y pedirle que se movieran… Como invocado por sus pensamientos, un fénix plateado se materializó delante de él y abrió la boca hablando con la voz del anciano director de Hogwarts.
- Alastor, ha habido un problema. El lugar está vacío. Tenemos que activar el plan B como sea. Ponlo en marcha, vamos en camino.
Antes de que el mensaje terminara el jefe de aurores se había puesto en marcha para no perder más tiempo. Dedalus se levantó de la silla en la que había estado sentado y se acercó a él, dispuesto a ayudarle. Mientras Elphias les miraba desde su sitio, el joven Sturgis se puso en pie sin saber qué debía hacer él ahora. Se sobresaltó cuando la puerta se abrió de golpe y, sin darse cuenta, había sacado su varita. Frank Longbottom le hizo bajarla con un movimiento de muñeca por si los nervios le fallaban. Después no le dedicó más tiempo porque Moody se giró hacia su subordinado buscando explicaciones.
- Por lo visto han abandonado el lugar hace poco –dijo el joven sin necesidad de que se le hiciera la pregunta en voz alta. Los tres que venían con él se limitaron a asentir con la cabeza-. El resto viene en camino, pero no podemos perder tiempo. Tenemos que averiguar dónde han ido cuanto antes. Dumbledore cree que pueden intentar algo contra el chico hoy mismo.
Con un gruñido, Moody se dio de nuevo la vuelta para seguir con el plan B. Cómo le gustaría atrapar a ese psicópata y a todos sus seguidores y encerrarlos en Azkaban, para después tirar la llave. ¡Qué harto estaba de esa guerra! No veía el momento en que todo acabase…
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Eran pasadas las diez cuando madame Pomfrey consintió que cuatro de sus pacientes abandonaran por fin la enfermería. Grace estaba entre ellos, y por mucho que había resoplado y la hubiera fulminado con la mirada, la enfermera siguió en sus trece hasta que les hubo explorado a todos una última vez. Ella estaba adolorida, con los músculos aún un poco agarrotados, pero ya entera. Su mente no se podía concentrar tan bien como antes del ataque, pero la enfermera le había dicho que pronto la actividad cerebral se relajaría y volvería a ser la misma de siempre. Sus nervios volvían a ser los acostumbrados, es decir, no podía parar quieta. Por eso salió de la enfermería casi corriendo, y se encontró de bruces con el pasillo vacío.
No es que esperara una fiesta, pero creía haber sido clara el día anterior. Le daban el alta. ¡Sirius tenía que estar allí esperándola! Se había saltado clases por puro aburrimiento un montón de veces, ¿y no se dignaba a hacerlo cuando ella abandonaba la enfermería después de una semana de convalecencia? No lo entendía pero decidió moverse de allí, pues los otros tres alumnos dados de alta ya se habían perdido por el pasillo huyendo rápidamente de la enfermería.
Era viernes, y por la hora que era debían estar a punto de comenzar la tercera clase del día. Hizo memoria para recordar qué asignatura le tocaba a esa hora. Defensa contra las Artes Oscuras. Al menos era de las entretenidas y si tenían práctica podría, incluso, echarle la bronca a Sirius por ser tan poco caballero. Cuando llegó al aula, la clase ya había comenzado pero la profesora Merrythought la dejó pasar sin restarle puntos, como siempre ocurría cuando un alumno llegaba tarde.
- ¿Cómo se encuentra, señorita Sandler? –preguntó la anciana profesora con sincera preocupación-.
Grace sonrió levemente y agitó la cabeza, quitándole importancia a su estancia en la enfermería.
- Ya bien, profesora. Gracias por preguntar.
Notó la mirada de todos sus compañeros incluso antes de mirarlos. Cuando lo hizo, se dio cuenta de la gran cantidad de personas que faltaban. Los hufflepuffs estaban reducidos casi a la mitad. Marco estaba allí, mirándola con una pequeña sonrisa desde al lado de Allisa Wayman, quien tenía una cara horrible. La mirada de Grace no pudo evitar dirigirse hacia Sam Peaks. Más concretamente, hacia el pupitre vacío al lado de ella. Era el de Roger Thomas y lo especial que resultaba ese lugar era que sabía que jamás volvería a ser ocupado. Había sabido por Sirius que Roger, amigo de Sam y de Mark, el ex de Lily, había sido el último fallecido del ataque. Sam lucía, de hecho, muy desmejorada y venida abajo.
Siguió caminando hacia el fondo, intentando retrasar al máximo el momento en que tuviera que mirar a sus amigos. Entonces también vería el pupitre vacío de Kate, y no podía asegurar que las lágrimas no volvieran a acudir a sus ojos. Dudaba que llegara el día en que pudiera superar ese recuerdo que cada noche volvía a su mente con más fuerza y dolor. Cuando llegó a la altura donde se solía sentar junto a Lily alzó la vista del suelo y se encontró ambos lugares vacíos. Confusa, miró alrededor y vio que además de su mejor amiga también faltaban Sirius, Remus y Peter. Gisele estaba sentada un asiento más atrás, junto a Jeff. Eso le recordó a Sadie, lo que le provocó otro espasmo en el estómago. Otro espacio que jamás se volvería a llenar. Un momento. ¡Tampoco estaba Rachel! ¿Es que acaso solo Gis y Jeff habían ido a clase ese día? Era poco probable.
Notó que alguien tiraba de la manga de su túnica y oyó un carraspeo. El primero era Jeff, instándola a sentarse, y la segunda la profesora, urgiéndola a hacerlo. Obedeció confusa, aun con la mirada de varios curiosos sobre ella. Sin embargo, en cuanto la profesora reanudó la clase se volvió hacia sus amigos con la pregunta impresa en su rostro.
- ¿Ya estás bien? –preguntó Jeff en un susurro antes de que pudiera hablar-.
La rubia asintió con la cabeza pero miró a Gisele, quien rehuía su mirada.
- ¿Dónde están todos?
Jeff había olvidado lo poco que le habían contado a Grace sobre la situación de sus amigos. La comprensión se mostró en su cara, y se dirigió a Gis para que le ayudara a salir del atolladero. Pero esta se limitó a suspirar y a mirar a Grace con pena por debajo de sus pestañas. A la rubia también parecía costarle fijar su atención en su amiga, lo que le colocaba a él en posición de mediador.
- Verás, hay ciertas cosas que decidimos no comentarte mientras estuvieses en la enfermería –comenzó Jeff-.
Eso se ganó la atención de Grace, que dejó de intentar encontrar un modo de empezar a hablar con Gisele.
- ¿Qué cosas? –preguntó con la desconfianza brillando en sus ojos-.
Jeff miró a Gisele, pero suspiró al darse cuenta de la incomodidad que invadía a la latina.
- De Rachel, por ejemplo. Está en San Mungo.
Grace abrió la boca, pero en vez de preguntar el estado de su amiga se limitó a quedarse con cara sorprendida y confundida. Jeff continuó.
- Dicen que lo más seguro es que se ponga bien, pero… El licántropo que entró en Hogwarts le atacó. ¿Te hablaron del licántr…?
- ¡¿Qué? –exclamó Grace sin poder evitar alzar la voz. Sus ojos se abrieron de golpe y su rostro mostró una expresión de terror-.
Su grito se escuchó en toda el aula, lo que detuvo la clase.
- ¿Qué ocurre ahí atrás? –preguntó Merrythought dirigiéndose hacia la zona-.
Grace se giró, más blanca que el mármol, e intentó formular una frase completa.
- Yo, eh… me he dado cuenta que… bueno, estoy muy atrasada.
En otra situación aquello no habría colado, pero tras el ataque los profesores estaban mucho más permisivos con los alumnos. Especialmente con aquellos que habían sido heridos. Merrythought compuso una mueca de pena, y se marchó al frente del aula a continuar con la clase. En cuanto se apartó de su vista Grace se volvió girar, haciéndose daño en sus músculos agarrotados pero ignorándolo.
- ¿Cómo que atacada? –susurró casi sin voz-.
- Pues… eso –concluyó Jeff con inseguridad, pues no sabían muchos detalles de su amiga-. La mordió y ahora está en el hospital. No sabemos por cuanto tiempo…
- Pero, ¿ella…?
- Está infectada, sí –le respondió Gisele sin necesidad de oír su pregunta-.
Era la primera vez que le hablaba ese día, aunque no había levantado la vista del pupitre. Tenía el gesto torcido de dolor, y Grace tuvo la tentación de alargar la mano para tomar la de su amiga. Pero no se atrevió. Aún había tensión entre ambas por lo ocurrido en Hogsmeade. Lo ocurrido a Kate. Aún estaban incómodas la una con la otra. Además, la impresión de lo ocurrido a Rachel aún le tenía la sangre helada. Sin darse cuenta su mirada giró a la derecha, el lugar que solía ocupar Remus y que estaba vacío. Jeff entendió su duda al instante.
- Remus, Sirius, Peter y Lily han desaparecido esta mañana –Grace volvió a mirarle, esta vez con una mezcla de incredulidad-. Se han ido ellos. Quiero decir, que estamos casi seguros de que nadie les ha hecho nada. Se han llevado parte de sus cosas y parece que se hayan escapado. McGonagall los está buscando ahora.
Grace tuvo la tentación de echarse a reír. El hecho de que Lily se escapase del colegio (de los otros tres no ponía la mano en el fuego) era tan inverosímil que la situación se le hacía por completo bizarra. Simplemente su amiga no haría una barbaridad semejante que podía provocarles la expulsión de Hogwarts. Algo muy gordo tenía que haber pasado si… Su mente fue funcionando poco a poco, como madame Pomfrey ya le había avisado que ocurriría los primeros días. De repente notó una falta importante en la mención de Jeff, y aquello por absurdo que fuera podía explicar ese comportamiento tan extraño en Lily.
- ¿Tiene que ver con James? –preguntó mirando a Jeff directamente a los ojos-. ¿Acaso ha empeorado?
Este se quedó callado unos segundos, lo justo para que ella se pusiera más nerviosa. Después preguntó despacio:
- ¿Qué sabes de James?
- Que estaba recuperándose en San Mungo –respondió consciente de que debía estar atrasada con la información-.
Pero era lo último que Sirius le había contado. Que su mejor amigo estaba en el hospital mágico recuperándose lentamente de una maldición que por poco le cuesta la vida a él y los nervios a Lily. Jeff se mordió el labio y Grace se preparó para otra bomba. De todas formas creía que nada podría impresionarle más que saber que Rachel había sido mordida por un hombre-lobo.
- Hace tres días salió una noticia en El Profeta sobre que los mortífagos se habían infiltrado en San Mungo y habían secuestrado a un chico –explicó el muchacho intentando ser suave-. Se trata de James.
El silencio que siguió a dicha información solo era roto por las explicaciones lejanas que la profesora de Defensa estaba dando a sus clases. Grace estuvo unos instantes asimilando esa información. Se había equivocado. Esa noticia le impresionaba tanto como la suerte de Rachel. Es decir, todo el mundo sabía que nadie salía vivo de un secuestro de mortífagos, lo que significaba… Parpadeó repetidamente, volviendo a enfocar la vista en su compañero.
- ¿Me puedes repetir lo que acabas de decir?
Jeff suspiró.
- Los mortífagos han secuestrado a James. Actualmente está en paradero desconocido, aunque trabajan duro para encontrarle.
En realidad eso último daba igual, pues hasta la fecha los aurores no habían conseguido encontrar a ningún secuestrado por el bando de la oscuridad con vida. Por eso el miedo recorría lenta y escalofriantemente el cuerpo de Grace. Gisele comprendió cómo se sentía, por lo que decidió acabar con las noticias cuanto antes.
- Todos hemos estado mal desde que ha ocurrido. Sobre todo Lily.
- ¿Por qué no me lo habíais dicho antes? –le interrumpió Grace con los ojos un poco llorosos, aunque consiguió mantener las lágrimas a raya-.
- No queríamos que te preocuparas cuando aún estabas ingresada. No podrías haber hecho nada y tenías que recuperarte –le respondió Jeff intentando que su dolor no se convirtiera en frustración contra sus amigos y su novio por ocultarle la verdad-.
- Lo cierto es que creemos que los chicos y Lily se han podido ir buscando a James. Ella se estaba comportando de una forma muy rara y…
Gisele no sabía cómo terminar su exposición, por lo que dejó el final en el aire. Finalmente habían culminado el resumen sobre todo lo que Grace se había perdido durante su estancia en la enfermería. Esta se quedó callada, aun intentando asimilar todo lo que le habían contado en tan poco tiempo. Si pensaba que las tragedias se limitaban a Kate y Sadie estaba muy equivocada. Por supuesto, ninguno de ellos escuchó ninguna palabra a la profesora de Defensa Contra las Artes Oscuras. Solo podían pensar en dónde y qué estarían haciendo los chicos en ese momento…
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Alice se aseguró de que Arthur Weasley estuviera lo bastante lejos para no oírla antes de acercarse al trio que la miraba ansiosamente desde el otro lado de la estancia. Después fue hacia ellos con aparente tranquilidad y agarró a Remus del brazo arrastrándole, y con él a los otros dos, hacia un apartado. No quería que esa conversación fuera escuchada por más compañeros del departamento.
- ¿Se puede saber cómo habéis llegado vosotros aquí? –preguntó mientras les miraba con el ceño fruncido-.
- ¿Nos recuerdas? –preguntó Peter con algo de incredulidad y sintiéndose algo halagado-.
Alice bufó.
- Estuve en Hogwarts hace solo un par de meses. Y, además, ¿creíais que no me quedaría al menos con la cara del ganador del concurso? Pensaba que erais más inteligentes…
Peter bufó molesto y no volvió a hablar. Lily se adelantó un poco.
- Si recuerdas al campeón, quizá también recuerdes al sub-campeón, ¿no?
Alice miró a la chica con suspicacia. Así que Arthur estaba en lo cierto. Todo esto iba por James Potter. Bueno, recordaba que eran sus amigos, pero lo importante era averiguar cómo se habían escapado de Hogwarts y se habían colado en el Ministerio.
- Claro que recuerdo al sub-campeón. Y vosotros sabéis que estoy llevando el caso de su desaparición, ¿no es cierto? –ante el silencio de ellos, que fue interpretado como una afirmación, enarcó una ceja-. Pero yo quiero saber cómo os habéis escapado del colegio y habéis entrado aquí. ¿Cómo habéis superado la seguridad de ambos lugares?
- Bueno, en Hogwarts tenemos nuestros trucos –comentó Peter sin querer dar mucha información-.
- Y la seguridad aquí no es tan buena como cabría esperarse –concluyó Remus con un toque de censura-.
Como queriendo probar la verdad de estas palabras, de repente Sirius llegó corriendo hasta ellos, les sobrepasó sin llegar a verles, y siguió corriendo por el departamento mientras el mago de bigote y con cara de mala leche le perseguía, ya hiperventilando.
- ¡Vuelve aquí, maldito criajo! ¡Ya me tienes harto! –gritaba entrecortadamente-.
Alice reconoció de inmediato al cuarto chico y suspiró. Se separó de sus amigos para intervenir, pero antes de hacerlo Kingsley Shacklebolt apareció de la nada y atrapó a Sirius sujetándole del cuello de la túnica. Este se revolvió e intentó darle una patada, pero el joven auror le sujetó con la suficiente experiencia como para no caer en esa trampa. El mago de seguridad llegó hasta allí con paso lento y respiración alterada.
- Gracias Shacklebolt. Llevo persiguiéndole por todo el Ministerio. Cuando le atrapé me dijo que quería hacer una confesión ante los aurores, pero al bajar del ascensor me agredió y salió corriendo de nuevo.
Kingsley miró al muchacho con el ceño fruncido, en señal de reprobación. Sirius casi se impresionó por la profunda mirada del hombre de piel oscura, pero antes de que lo demostrara abiertamente una voz le salvó.
- Merton, Kingsley, yo me encargó.
Reconoció la voz como la de la mujer que estaban buscando. La vio acercarse a ellos cojeando con cara de resignación, mientras que detrás de ella vio la preocupada mirada de Lily. Peter y Remus ni siquiera querían ver como el joven auror le daba una paliza, que era lo que parecía que iba a ocurrir cinco segundos antes.
- Pero… -quiso protestar el mago de seguridad, que se negaba a irse sin resarcirse de la carrera que se había pegado-.
- Lo siento, Merton. Te pido disculpas en su nombre –le dijo Alice con su sonrisa abierta habitual, que invitaba a correspondérsela-. Es mi primo, y me temo que me ha salido bastante travieso. Sus padres no saben qué hacer con él y lo han enviado una temporada a vivir con Frank y conmigo. Así que te pido perdón en su nombre, pero déjame llevármelo para que le eche la bronca en privado.
El hombre asintió con la cabeza comprensivamente, aunque Kingsley siguió mirándoles extrañado cuando Alice se llevaba a Sirius sujetándole fuerte del brazo. Este, sintiéndose a salvo, se dio la vuelta para lanzarles a ambos una mirada arrogante. Se llevó una mano a la oreja y le dijo a Kingsley arrogantemente:
- Bonito pendiente.
Alice le apretó más fuerte el brazo. A él no le importó. Ella no dijo nada hasta que hubo llegado donde los otros tres, y la forma reprobatoria en que les miró hizo que Peter borrara la sonrisa divertida que le había dedicado a su amigo. Los cuatro se pusieron serios de golpe.
- ¿Va a ir apareciendo el resto del colegio por aquí, o ya podéis contarme cómo habéis venido?
- Pues en tren –respondió Sirius con obviedad sin reparar en que se había perdido el resto de la conversación-.
Alice le lanzó una mirada indicándole que callado estaba más guapo, y miró a Lily para que fuera ella quien respondiera.
- Yo… -la pelirroja tartamudeó un poco al principio, sin saber cómo explicar todo lo que les había llevado allí-. Estamos aquí porque sabemos que tú llevas el caso de James.
- Eso ya lo había supuesto sola –le interrumpió la aurora-. Ahora quiero saber cómo os habéis escapado.
- ¿No habéis sabido nada de él? –interrumpió Sirius, rogando en silencio porque lo que habían leído el día anterior en El Profeta fuera cierto-. En el periódico ponía que habías ido a registrar una casa.
Alice le miró interrogativamente al principio, pero cuando este se explico una triste comprensión se abrió paso en su expresión.
- Así que por eso estáis aquí –dijo como hablando consigo misma. Suspiró y miró a los cuatro jóvenes, que la miraban expectantes-. Lo siento chicos, pero aún no sabemos nada de vuestro amigo. Lo de ayer fue una noticia infiltrada, pero no expresamente cierta. Estamos trabajando duro en el caso pero aún no…
- ¡Déjanos ayudarte! –exclamó Sirius interrumpiéndola-.
Alice le miró como si le hubiera salido un tercer ojo.
- ¿Cómo? ¿Qué dices? Vosotros no sabéis ni por dónde empezar a buscarle. Lo que vais a hacer es volver a Hogwarts ahora mismo. ¿Avisasteis acaso de que os ibais? Solo falta este disgusto en el colegio después de lo que ha pasado…
- Por favor, escúchanos un momento –la suplicó Lily tomándola la mano para centrar su atención en ella. Alice la miró con desconfianza, pero se calló, dejándola hablar-. Creemos que podemos ayudar. No sabemos dónde puede estar James, eso es verdad. Pero tenemos más cosas. Cosas que no esperan que estén en nuestro poder. Seguro que os preguntáis dónde está la cuarta caja si no se la han conseguido robar a James.
Eso se ganó la completa atención de Alice. ¿Cuarta caja? Ya había oído mencionar un dato así de curioso. Concretamente a Bellatrix el día anterior. Voldemort las buscaba y tenía tres de ellas en su poder. Faltaba una cuarta. Una cuarta que tenía que estar en poder de James Potter, pero que era evidente que no había sido así. Y esos chicos sabían dónde estaba. La solución al misterio estaba a un paso de ella.
- ¿Qué sabéis de esas cajas y dónde está la última?
Lily dudó, pero finalmente sacó la caja del bolsillo de su abrigo. Los ojos de Alice la inspeccionaron con rapidez. Era pequeña, de color verde oscuro, y con extrañas inscripciones en la cubierta. Parecía una caja normal y corriente, pero si Voldemort estaba detrás de ella era evidente que no era así. Alzó sus ojos para mirar a Lily, que la observaba con súplica. ¿Sabrían ellos de esa caja más de lo que sabía ella, que valía decir que era poco?
- ¿Me podéis aclarar qué hay dentro? –preguntó cambiando su peso a la pierna mala sin darse cuenta, y trastabillando un poco hasta que volvió a recuperar el equilibrio-.
- ¿Acaso no lo sabes? –preguntó Remus con suspicacia-.
La mirada de Alice le indicó que ahí las preguntas las hacía ella. Volvió a traspasar a Lily y esta, aunque insegura, acabó fiándose de ella y confiándole lo que sabía. Según su relato fue prosiguiendo, revelándole todo no solo a Alice, sino a sus tres amigos que no sabían todos los detalles, la cara de los cuatro era un poema. Alice la miraba a ella y a la caja entre la incredulidad y el pánico a lo que podría ocurrir si esa última caja caía en manos de Voldemort. El silencio les llenó cuando Lily terminó.
- Tienes que darme la caja –declaró Alice después de un par de minutos-. Te prometo que haré todo lo posible por traer a James de vuelta. Pero tienes que dármela ahora.
- No. Iremos contigo –respondió la pelirroja tajante-.
- No voy a dejaros venir conmigo a ningún sitio. Esto es el Departamento de Aurores, no un concurso de duelo de colegio.
- Sabemos que hay riesgos, pero hemos venido a buscar a James y no nos iremos sin encontrarle –declaró Sirius frunciendo el ceño-.
Alice fue a discutir con el muchacho que le sacaba un poco de quicio desde su gloriosa entrada en el departamento, pero Remus intervino.
- Si aún no le encontráis, quizá podamos ayudar. No te molestaremos.
La aurora suspiró, dándose cuenta de la cantidad de tiempo que llevaba con esos chicos y preguntándose que estaría ocurriendo entonces en la misión, y si Frank estaría bien. Les miró a los cuatro con comprensión, pero dureza.
- Veréis chicos, esto es confidencial. Hay una posibilidad de que podamos averiguar dónde tienen a James, y estamos intentando rescatarle. Es una situación muy delicada, pero con la caja que habéis traído creo que las cosas se podrían inclinar a nuestro favor. Dejádmela e intentaré traeros a vuestro amigo lo antes posible.
- Mira –insistió Lily demostrando su terquedad-. Sé como funciona esta caja, y no podría explicártelo en cinco minutos. Llévame contigo y en diez minutos conseguiré inclinar las cosas a nuestro favor de verdad.
- Lily –suspiró Alice usando por primera vez el nombre de la chica, que recordaba no solo por el concurso sino por los dos años que coincidió con ese grupo en el colegio-. Por favor, entiéndeme. No sería responsable por mi parte llevarme a cuatro adolescentes a una misión como esa. Ni siquiera habéis acabado el colegio.
- No, entiéndeme tú a mí. No somos adolescentes, los cuatro ya somos adultos. Sabemos los riesgos que corremos y aun así iremos. ¿Tú no lo harías si tu marido estuviera en esta situación?
Al mirarla a los ojos, Alice pudo ver la misma preocupación que sentía ella por Frank en ese momento. Eso la debilitó. No sabía que ese chico tuviera novia y fuese Lily Evans. Los pocos recuerdos que tenía de esos chicos eran de una aversión mutua. Pero era evidente que esos sentimientos habían cambiado drásticamente. Le recordó en ese momento a los de Frank, que también habían variado mucho con los años. Los de ella, sin embargo, siempre fueron los mismos. Se odió a sí misma por su debilidad, pero le habían tocado el punto sensible.
- Me van a echar del Departamento –se lamentó en voz alta y pellizcándose el puente de la nariz, haciendo que los chicos vieran que habían ganado la batalla-. De acuerdo. Pero tenéis que obedecerme en cada momento y manteneros siempre detrás de mí.
Los cuatro asintieron solemnemente, pero a su espalda Sirius y Remus chocaron las manos como triunfo. Lily se volvió a guardar la caja celosamente en el bolsillo, volviendo a acariciarla esperando poder mandarle un mensaje de esperanza a James.
OO—OO
El casi invisible sol estaba próximo a colocarse en lo más alto del cielo. Ya casi era mediodía. Aunque la bruma matinal no había permitido que el día amaneciera completamente, eso no evitaría que el ritual pudiera hacerse a la hora adecuada. Por eso el Señor Oscuro se dirigió sin pérdida de tiempo al lugar en el que les había ordenado a sus servidores que lo prepararan todo.
Eficazmente, Bellatrix había dejado todo dispuesto esperando ser complaciente. Su mirada ansiosa siguió a su amo desde el momento en que este entró en la gran estancia de piedra, pero él no la miró ni un segundo. Su atención estaba centrada en el sujeto que estaba situado en medio de la gran sala. El chico estaba consciente, tal y como lo necesitaba. Sin embargo, Bella le había inmovilizado con unas cuerdas con las que forcejeaba. Le necesitaba completamente quieto. Por eso hizo desaparecer las cuerdas, pero antes de que el aturdido chico pudiera moverse le inmovilizó con un potente hechizo. Desde ese momento el joven muchacho solo podría mover los ojos, lo que no le serviría de mucha ayuda. Sonriendo por estar cerca del final por fin, Voldemort se inclinó sobre James.
- Es la hora.
Su susurro, aunque dicho en tono bajo, resonó por toda la estancia, llamando la atención de los presentes. Poco a poco los mortífagos se fueron arremolinando en torno a esa especie de altar en el que el joven mago estaba colocado, ansiosos de presenciar lo que su señor les había asegurado como algo único. Voldemort apartó las mangas de su túnica y se acomodó a un costado del chico, colocando las cajas a sus pies. Su mirada se conectó con la de este, advirtiendo su miedo y a la vez su desafío. Arrogante hasta el final. Él le sonrió despectivamente.
- ¡Extractum menti! –exclamó de repente apuntando con su varita a la cabeza del muchacho, que se tensó de inmediato-.
Todos contuvieron la respiración. No sabían si el maleficio habría funcionado, pues era desconocido para todos ellos. Sin embargo, lo extraño era que su amo no estaba pendiente de los ojos del chico, como siempre debía hacerse con la legeremancia, sino que paseaba su mirada con tranquilidad por todo el alrededor del muchacho. James no podía luchar contra esa poderosa magia que le estaba taladrando la cabeza. Todo era demasiado fuerte, demasiado potente. Y él se sentía tan débil después de esos últimos días…
Ni siquiera sabía contra qué debía luchar. No recordaba haber oído hablar de ese hechizo, pero era evidente que no era nada bueno. Con la legeremancia se sentía un ligero dolor de cabeza y un cansancio general, pero esto era agónico. Sentía el cuerpo más tenso que una piedra y notaba sus músculos contraerse dolorosamente. Incluso sintió el momento en que volvieron a abrirse las heridas que se hizo en Hogsmeade, sangrando de nuevo con intensidad por todo su cuerpo.
Pero Voldemort no se inmutó por eso. Estaba demasiado pendiente de sostener su varita para que resistiera el potente maleficio que estaba practicando. De repente un gran rayo de luz bajó del techo, como si el propio sol hubiera atravesado la piedra y llegara hasta ellos apuntando algo directamente. Algo que estaba formándose en ese momento justo al otro lado de James. Este miró de reojo asustado, intentando expulsar de su cuerpo ese hechizo que le estaba torturando. Era como una especie de humo de colores que fue creando una forma rectangular, y cuyo interior empezó a hacer interferencias. James supo de inmediato a lo que le recordaba. Lo había visto hacía un par de meses en casa de Lily. Televisión, se llamaba.
Pero, ¿qué hacía un aparato muggle en ese lugar? La compañía que tenía era la que menos habría imaginado que fuera a ponerse a observar la televisión. Por los ruidos que oía a su alrededor, de hecho la mayoría parecían bastante confundidos y sorprendidos. Al fijar su mirada de nuevo en Voldemort, vio que sonreía. Eso significaba que había conseguido su objetivo. Su sonrisa le puso la piel de gallina, aunque solo la idea de tenerle a menos de un metro de distancia le aterraba. Pero si su artimaña había funcionado, eso quería decir que él pronto dejaría de serle útil. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal al percatarse de lo cerca que estaba de morir.
Esa sensación, unida al dolor que estaba sintiendo, le hacía desear perder el conocimiento. Así el sufrimiento acabaría. Pero sabía que el dolor era demasiado fuerte para permitirle un descanso. Con la vista velada por el dolor y sin poder mirar bien al no poder moverse, torció los ojos para volver a ver esa televisión improvisada. La mala colocación de las gafas tampoco ayudó a su visión. No entendía para qué podría servir, pero la sangre se le congeló en las venas cuando las interferencias acabaron y se encontró con el rostro de su abuelo. ¿Era un modo de contactar con los muertos? No entendía nada…
- ¡Es un niño! –exclamaba el anciano con una amplia sonrisa-. No sé por qué me extraño, pero será fantástico enseñarle a jugar al quidditch.
- Sí claro, para eso estás tú –dijo una voz de mujer que James reconoció con sorpresa como la de su abuela-. Déjame verle.
Su abuelo se apartó un poco y la cabeza de su abuela también surgió mirando a la pantalla.
- Vaya, ha sacado los ojos de su madre –comentaba su abuela apreciativamente-. Esperemos, entonces, que no haya salido cegato.
- ¡Con la suerte que tiene mi hermano…! –exclamó de repente una alegre voz que pertenecía a Adam Potter. Un dolor le cruzó el pecho al recordar las palabras de ese mortífago. Si no le habían mentido, su tío estaba muerto. El dolor era enorme, y el miedo le atenazaba pues eso confirmaba que la ayuda que tanto había suplicado jamás llegaría-. A ver, a ver…
Junto a la cabeza de su sonriente abuela apareció la de su tío. Estaba joven. Como no le recordaba desde hacía años. Miró a la pantalla frunciendo el ceño y comentó con voz de asqueo:
- Está todo arrugado y colorado…
- ¡Eso es porque acaba de nacer, estúpido! –exclamó de pronto la voz de su padre, al tiempo que una mano surgía de la nada y golpeaba a su tío en la nuca-.
La perspectiva se movió un poco para observar a Charlus Potter que miraba a su hermano ofendido. Después volvió a cambiar para mostrar a Adam frotándose la nuca, y por último se movió a la izquierda para ver a su abuelo acercando un dedo a la pantalla y sonriendo.
- Tú no les hagas caso, James –dijo el anciano con una bondadosa sonrisa-.
Resoplando, Voldemort movió la varita y el dolor se intensificó. James volvió a tensarse y por el rabillo del ojo vio la escena cambiar. Ahora estaba delante de su dormitorio de Gryffindor, con la puerta cerrada. Escuchó su risa de fondo y vio su propia mano alargarse para abrir la puerta. Tras esta apareció su dormitorio tal y como lo recordaba, pero con una clara diferencia. En el centro de la habitación se encontraban Sirius y Grace besándose, hasta que se apartaron de golpe al escuchar la puerta. Era una escena que no recordaba haber vivido. Hubo unos segundos de incómodo silencio, hasta que James escuchó su propia voz asombrada:
- ¿Qué coño…?
Sirius parecía incómodo y Grace estaba empezando a sofocarse por momentos. Los dos se miraron durante una milésima de segundo y su mejor amigo se adelantó.
- Verás hermano, deja que te cuente.
- ¿Vosotros dos? –preguntó la voz incrédula de James-.
- Pues…
- ¡Obliviate! –se escuchó de repente-.
La imagen solo alcanzó a ver a una Grace apuntándole con la varita mientras Sirius se giraba sorprendido. Después todo se fundió en negro, hasta que Voldemort hizo otro movimiento de varita. De repente James vio una escena conocida. Estaba en el Bosque Prohibido. Reconocía completamente las copas de los árboles y la espesura del follaje. Se escucharon varios gemidos y de repente una exclamación ahogada. Su propia mano apareció de la nada, manchada completamente con su sangre.
De fondo se escuchaba una pelea, pero la visión no era suficientemente buena. La perspectiva cambió, como si una persona hubiera pasado de estar tumbada a sentarse. Se veían sus manos ensangrentadas intentando abrir una cazadora torpemente. De repente escuchó a alguien gritar su nombre, y sintió que el cuerpo le dolía un poco menos al reconocer la voz de Lily. Su precioso rostro apareció de repente, pero de vez en cuando se veía opacado por sus manos que seguían intentando abrir su abrigo.
- ¿Qué… qué?
Su preciosa pelirroja parecía estar en shock, y James vio aparecer su propia mano ensangrentada, aun sosteniendo la varita, y sujetarle un mechón de su cabello. No pudo evitar pensar que si esa iba a ser la última imagen que tendría antes de morir, sería feliz. Lily mirándole fijamente, con esos brillantes y profundos ojos verdes fijos en él. Sentía que parte de sus fuerzas le volvían solo con ver su rostro otra vez. La imagen varió, bajando hacia el regazo de James, que estaba por completo cubierto de sangre y cuyo jersey estaba húmedo y pegado al cuerpo. Vio sus manos buscar algo en el interior de su túnica y…
- ¡BOMBARDA! –gritó de repente una voz que James reconoció al instante. El alivio casi le hizo perder la conciencia-.
OO—OO
Cuando la clase de defensa terminó Grace y Gisele salieron corriendo hacia la sala de profesores. Jeff tuvo que apresurarse para darles alcance, aunque ninguno de los tres tenía en mente volver a entrar en ninguna clase. El intento de llevar el día normal había sido un fracaso, y McGonagall ya les podría regañar, pero no iban a seguir fingiendo que todo estaba bien.
- ¿Creéis que les han encontrado? –preguntó Grace con una esperanza casi nula en su voz-.
Ninguno de los otros dos le respondieron, sino que Gisele aligeró el paso y los demás lo hicieron a su vez para seguirle el ritmo. La rubia había estado a ciegas toda esa semana. Solo se había concentrado en recuperarse y en sentirse culpable por la muerte de Kate. No había sabido ver la expresión preocupada de Lily ni la reserva poco natural en Sirius. Ahora todo encajaba en su mente como una pieza de puzzle. También recordó el extraño y desesperado abrazo que Remus le había dado cuando por fin había ido a verla a la enfermería. Había echado de menos a su mejor amigo los primeros días y había preguntado bastante por él, pero no había obtenido muchas respuestas. Y la noche de hacía tres días él había aparecido bajo la capa de James y la había abrazado como si agradeciera que ella aún estuviera allí. Seguro que se acababa de enterar de la desaparición de James.
Se sintió estúpida por no haberse dado cuenta de nada. Por no haber sido un apoyo para Lily. Por no haber podido reconocer las reacciones de Sirius. Estaba frustrada, enfadada consigo misma y preocupada por todos. Ojala no hubieran desaparecido esa noche. Si hubieran esperado unas horas más ella habría ido con ellos. Pero ya era tarde para lamentarse. Vio a pocos metros la puerta de la sala de profesores y se abalanzó sobre ella esperando encontrar buenas noticias. Sin embargo, antes de que alcanzara el pomo una mano la detuvo. Gis la miró un segundo, instándola a guardar silencio. Y enseguida distinguió las voces de McGonagall y Slughorn allí dentro. Los tres se quedaron quietos escuchando.
- Aún me cuesta creer que Lily Evans sea tan imprudente –comentaba el profesor de pociones con voz resignada-.
- En momentos de desesperación no sabemos cómo podríamos llegar a actuar –dijo la voz de McGonagall en tono más neutro-. Pero todo apunta a que su huida tiene que ver con la desaparición de Potter.
- ¿Seguro que es una huida, verdad? –preguntó entonces Slughorn preocupado-. ¿No se habrán infiltrado en Hogwarts y se los habrán llevado como al otro muchacho?
Ante esa pregunta los tres del otro lado de la puerta se tensaron, pero la profesora de transformaciones negó esa posibilidad.
- Lo he comprobado. Nadie ha entrado en el castillo. La Señora Gorda me ha asegurado que marcharon solos y por propia voluntad. Al parecer Black y Lupin discutieron y el primero se fue junto a Evans y Pettigrew. Y dijo que un minuto después Lupin salió también. Seguro que intentó hacerlos razonar, pero al no conseguirlo se fue con ellos. ¡Ese grupo es imposible! Pero reconozco que jamás lo habría creído de Evans…
- ¿Y qué te lleva a pensar que se hayan ido por causa de Potter?
McGonagall suspiró con fuerza.
- Sus amigos me han confirmado que su actitud no era normal desde que se supo su desaparición. Pero además hay que añadir que ayer Black, Lupin y Evans faltaron a varias clases y después me pidieron hablar con el director sobre el tema. Parecían nerviosos y apresurados, pero se negaron a contármelo a mí. Si hubiera insistido…
- No te atormentes, Minerva. Son un grupo de cabezotas. Incluso mí querida Lily.
- Ahora tengo que encontrarlos como dé lugar. En este colegio ya han pasado demasiadas cosas en tan poco tiempo. Ya varios padres han sacado a sus hijos de aquí tras el ataque. Si descubren que cuatro alumnos han conseguido romper tan fácilmente las medidas de seguridad para salir de la escuela, surgirá el caos. Tenemos que encontrarlos antes de que acabe la mañana o tendré que dar parte al Ministerio.
- Las armaduras ya están trabajando, y todos los cuadros y fantasmas están colaborando. Es casi seguro de que ya no están en el colegio. Quizá debamos ampliar la búsqueda a Hogsmeade, la estación de tren… Podrían incluso haber llegado a Londres.
No escucharon la respuesta de McGonagall porque Jeff empujó a las chicas fuera de allí. Ya habían averiguado lo que querían saber, y por la palidez de sus rostros supo que no les convendría empezar a escuchar conjeturas. Ellas estuvieron calladas durante todo el camino que él las guio hacia la sala común de Gryffindor. Dijo la contraseña con voz neutra y las dejó pasar antes por el retrato. Como era la mitad de la mañana, la sala estaba desierta. Todos se encontraban en clase. Grace fue a sentarse al sofá al lado de la chimenea, pero Gis se volvió hacia él con avidez.
- ¿Están bien?
Era una pregunta directa, al igual que la de Peter el día del ataque. Le preguntaba si había visto algo, si había tenido alguna visión. La culpabilidad le carcomió el estómago y solo supo encogerse de hombros. La latina bufó frustrada y se sentó algo lejos de Grace. La tensión entre ambas era palpable, y Jeff sentía que no las conocía lo suficiente como para solucionar la situación. Por eso decidió quedarse callado hasta que alguna de ellas dijera algo. Fue Grace la primera en romper el hielo. Hicieron falta quince largos minutos de silencio para que la rubia por fin alzara la mirada de su regazo y mirara a su amiga con una mezcla de súplica y pena.
- Lo siento…
Gisele levantó también la vista, mirándola confusa. Grace hizo una mueca triste con la boca.
- Lo de Kate –aclaró-. Siento no haber podido ayudarla… Nos quedamos ella y yo solas y… -algo se le atoró en la garganta y tuvo que detenerse a tomar aire pesadamente-. Te juro que si hubiera tenido una oportunidad… Yo no quería… Y menos con lo que ya le había hecho… Es como si todo lo que hice ese día condujera a su final y no puedo evitar…
No pudo acabar la frase. Nada de lo que estaba diciendo tenía sentido en su cabeza. Solo eran palabras sueltas que quería expulsar porque llevaban una semana ahogándole. Sobre todo al tener delante a Gisele. Ella había intentado mediar entre Kate y ella. Pese a estar más unida a la primera, le había dado el beneficio de la duda y había intentado que hablaran civilizadamente. Y ella no había sabido cuidar de Kate. La imagen de su cuerpo cayendo pesadamente al suelo sin vida la perseguía en sueños constantemente.
Durante un rato Gis no dijo nada. Se limitó a mirar a Grace mientras esta se tapaba la cara con las manos. No estaba llorando pero era la viva imagen de la desesperación. El monstruo de la culpabilidad que llevaba una semana arañándole el interior volvió a sacar las garras con fuerza. Finalmente se decidió a hablar, sacando el valor de un recóndito lugar en su pecho.
- Yo siento… haberme ido. El traslador era para las tres. Debí haber aguantado hasta que las tres pudiéramos irnos juntas…
- No fue tu culpa. Hubo una explosión –le interrumpió Grace levantando la mirada-.
- Ya, pero yo me fui a y me puse a salvo y vosotras os quedasteis. Y Kate murió…
- Era imposible que controlaras eso –Grace se sentía muy frustrada porque cada vez le costaba más aguantar las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos-.
- Y era imposible que tú pudieras impedir lo que pasó –refutó Gisele-. Bastante suerte tuviste de salir de ahí con vida. No es culpa tuya que esa loca acabara con Kate antes y decidiera dejarte a ti para el final…
Grace sonrió tristemente mientras unas pocas lágrimas empañaban sus ojos y corrían libres por sus mejillas. Gis intentó sonreírle de vuelta, pero sintió que si lo hacía también sucumbiría al llanto. Por eso se limitó a levantarse, sentarse al lado de su amiga y abrazarla con fuerza. Grace respondió al abrazo con la misma intensidad, y ambas perdieron la noción del tiempo en esa reconciliación que les había quitado el sueño a ambas. Por fin se sentían en paz la una con la otra.
Estuvieron un rato hablando en voz baja. Grace consiguió superar el llanto, pero sobre ambas se cernía un manto de tristeza difícil de combatir. Hablaban de Kate, intentaban recordarla en sus mejores momentos. Grace también intentó darle esperanzas a Gis sobre Rachel. Sabía que aunque su amiga se recuperara nunca podría volver a tener una vida normal, pero no era necesario que Gisele pensara en eso ahora. Y esta también intentó tranquilizar a Grace sobre el paradero de Lily.
Fue en ese momento cuando recordaron la presencia de Jeff. El chico estaba sentado en una silla al lado de la ventana, mirando la brumosa mañana y el viento que agitaba los árboles con fuerza. Su mirada estaba perdida y su ceño fruncido con preocupación. Ambas compartieron una mirada antes de levantarse e ir hacia él.
- Jeff, ¿estás bien? –preguntó Gisele tanteando el terreno-.
Él las miró lentamente y torció el gesto.
- Yo también tengo que disculparme con vosotras. No he sido del todo sincero, y temo que eso solo haya empeorado aún más las cosas.
Grace y Gis compartieron una mirada confusa, y volvieron la atención a Jeff esperando que este se explicara. Él suspiró con pesadez y cerró los ojos con fuerza antes de soltar la bomba.
- Creo que James está muerto. Lo he creído todo este tiempo y no he dicho nada. Y ahora Peter, Remus, Sirius y Lily pueden estar siguiendo sus mismos pasos por mi culpa.
Hubo un segundo de silencio que necesitaron para comprender lo que acababan de oír, pero al momento Grace y Gis compartían una expresión idéntica.
- ¡¿Qué?
OO—OO
Peter y Lily cayeron al suelo cuando Alice les soltó después de desaparecerse. Remus se tambaleó pero consiguió mantener el equilibrio apoyándose en Sirius. Este aún tenía la mano sujeta al hombro de la aurora, que miraba con seriedad la larga calle que tenían delante. Habían ido a parar a otra zona completamente distinta a la que estaba ubicado el Ministerio de Magia. Los cuatro ignoraban si seguían en Londres, pero confiaban ciegamente en Alice. Esta les miró con cautela un segundo antes de empezar a andar.
- Manteneos detrás de mí y no llaméis la atención. Tened las varitas a punto pero bien escondidas; esta es zona muggle.
Los cuatro se miraron entre sí nerviosos pero obedecieron sin rechistar. Alice miraba alrededor continuamente, con la mano colocada estratégicamente en el bolsillo sintiéndose indefensa sin su varita. Vigilaba su retaguardia cada pocos segundos, donde la seguían los chicos con expresiones de tensión. Lily estaba increíblemente pálida y Peter parecía a punto de gritar del miedo que se le estaba acumulando en el estómago. Les condujo por una calle bastante marginal. Borrachos y drogadictos muggles estaban agrupados en las esquinas, hablando a voces e intentando huir del frío con sus propios métodos. Lily se agarró con fuerza al brazo de Remus cuando algunos de ellos empezaron a gritarles obscenidades a ella y a Alice. Y esta última tuvo que sujetar a Sirius para que no les respondiera ninguna provocación. Finalmente llegaron a un grupo de edificios algo destartalados. Alice se acercó con seguridad a uno y entró con ellos pisándole los talones. Subió los escalones casi de dos en dos hasta llegar al séptimo piso, momento en que Peter y Lily ya resoplaban en busca de aire.
- Cuando saquemos a James de esta le diré que te de un par de clases de quidditch, pelirroja. Necesitas hacer más ejercicio –le susurró Sirius a su amiga para liberar tensión-.
El objetivo se consiguió cuando ella le golpeó el hombro con una mirada encendida. Sin embargo, unos segundos más tarde la tensión volvió cuando Alice se detuvo delante de una puerta. Con una mirada les indicó que se mantuvieran callados y detrás de ella, y después llamó a la puerta. Tras unos segundos de silencio se escucharon pasos al otro lado y los cinco agudizaron el oído.
- ¿Si? ¿Quién viene? –preguntó una voz nerviosa-.
- ¿Sturgis? –preguntó Alice con un toque de confusión-. ¿Estás solo? Soy Alice.
- ¿Cuál era la misión que tenías que seguir hoy? –fue la única respuesta que obtuvo-.
Alice suspiró y procedió a darle la respuesta al joven para que este se tranquilizara al confirmar que de verdad era ella. Bastante nervioso parecía por haberse quedado solo el primer día que colaboraba con la Orden. Tras indicarle que debía estar en el despacho esperando algún mensaje de Dumbledore, este la dejó entrar con creciente confusión al verla acompañada de cuatro adolescentes.
- Yo les conozco –dijo aún un poco alucinado. Después abrió mucho los ojos y señaló a Sirius-. ¡Tú le prendiste fuego a mi sombrero el día de mi graduación!
Alice le dedicó otra mirada furibunda al joven Black y este resopló.
- No seas rencoroso, Podmore. Estamos aquí por algo importante.
Aunque el joven Sturgis parecía dispuesto a discutir, Alice le detuvo. Por primera vez en el día estaba de acuerdo con Sirius; tenían algo importante que hacer.
- ¿Dónde están Moody y los demás?
- Se acaban de ir hace unos minutos –respondió el joven algo atropelladamente-. Hubo problemas en el plan. Cuando llegaron no había nadie, pero parece que Marlene volvió a localizarles. Han ido todos juntos y yo me he quedado por si ocurre algo.
Alice asintió pensativamente mientras miraba a los cuatro chicos que escuchaban con avidez. Lily se mordía el labio continuamente y parecía estar deseando salir corriendo. Sirius tenía el ceño fruncido y les miraba a Sturgis y a ella como si estuviera enfadado por no entenderles del todo. La expresión de Remus era de pura concentración, incluso parecía capaz de llegar más allá de las conclusiones lógicas con lo poco que había escuchado. Y Peter se retorcía las manos continuamente mientras inspeccionaba la sala con sus pequeños y curiosos ojos. De repente se dio cuenta de que Sturgis le había preguntado algo y le volvió a dedicar atención.
- ¿Qué hacen ellos aquí? –repitió el joven sin poder evitar lanzar una mirada despectiva a Sirius que arqueó las cejas con arrogancia-.
- Pues… es complicado –titubeó Alice-. Ha surgido algo nuevo. Y urgente. Tengo que llevarlos con Dumbledore.
- Pero ahora…
- Lo sé –le interrumpió ella-. Sé los riesgos que hay pero tengo que asumirlos. Es algo gordo. ¿Dónde han ido?
Sturgis dudó antes de hablar. Parecía debatirse entre hacer lo correcto o lo que parecía urgente por la expresión de Alice. Él la conocía del Ministerio y de Hogwarts, aunque en el colegio no habían sido amigos, pues pertenecían a diferentes casas y cursos. Era una mujer muy amable y extrovertida. Confiaba en ella. Pero esos cuatro deberían estar en Hogwarts y no en la sede de la Orden del Fénix acompañados de una aurora que aseguraba tener que llevarles con Dumbledore quien en ese momento debía estar luchando con el mismísimo Voldemort. Los ojos de Alice le decidieron.
- En Slieve Bloom.
- ¿En Irlanda? –preguntó Alice con la boca abierta-.
Él asintió aún inseguro de lo que había hecho.
- Hay una fortaleza derruida a unas 8 millas adentrándose en el bosque. Parece que Voldemort y los suyos se han trasladado allí esta misma mañana. Con el chico.
Por las reacciones de los adolescentes supo que no debía haber mencionado eso, pero Alice supo mantener el orden como un buen general frente a su Ejército. Les condujo con firmeza hacia la salida mientras le indicaba que no cambiara su misión ni variara nada por la visita de ella. Él la detuvo inseguro.
- Alice, si Moody o Elphias se enteran de que he incumplido órdenes…
- Tranquilo –le tranquilizó ella con un apretón en el brazo-. Yo seré la única responsable de esto.
Y dicho esto se aseguró de darse prisa en volver a desandar todo el recorrido desde que se habían desaparecido. Entendiendo la gravedad de la situación los chicos la siguieron en silencio y con rapidez. A Sirius no se le ocurriría hacer ningún chiste en ese momento, y Peter decidió guardar dentro de sí el miedo que estaba atenazando su estómago. Se limitó a apretarle la mano a Lily, que estaba pálida y sudorosa, y siguieron corriendo, intentando no perder el tiempo.
Alice volvió a realizar la misma desaparición que hizo volver a marearse a los chicos, pero estos no se quejaron. Quizá el miedo les tenía tan paralizados que fue eso lo que consiguió que ninguno se cayera al suelo al llegar. Los cuatro miraron en silencio alrededor, sin conseguir tener ánimo para apreciar la belleza de los distintos tonos verdes del bosque ni del olor de la lluvia que caía lentamente sobre ellos, calándolos poco a poco. De pronto, Alice maldijo en voz baja.
- Mierda, tendría que habérsela pedido a Sturgis… -después se giró y se dirigió a Lily-. Déjame un momento tu varita, por favor.
Esta se la entregó algo reticentemente, y Alice se adelantó varios pasos antes de poner la varita en la palma de su mano y cerrar los ojos concentrándose. Lily se maravilló cuando vio su varita girar sobre sí misma hasta que se detuvo apuntando en una dirección.
- Vamos –les urgió Alice-. Tenemos que ser rápidos y silenciosos. A partir de ahora esto es muy peligroso y quiero que seáis consecuentes con los riesgos que corréis.
Ellos ni siquiera asintieron. No era necesario. Solo la siguieron por el bosque lo más rápido que podían. Peter y Lily sacaron fuerzas de donde su estado físico no parecía capaz encontrar, pero la preocupación por James y el miedo al saber hacia dónde se dirigían les daban fuerzas extra. Después de unos minutos de caminata durante los cuales los cinco se empaparon por completo casi sin darse cuenta, una edificación se abrió paso entre los árboles. No era un edificio completo. Ni siquiera un castillo. Eran las ruinas de algo que había sido enorme hacía muchos años. Los chicos miraron alrededor entre desconfiados y maravillados por la atmósfera que se respiraba. Recordaba un poco a Hogwarts: un edificio viejo con mucha magia acumulada.
Alice estaba completamente alerta. Miraba alrededor continuamente, pero ningún mortífago parecía estar fuera vigilando. Debían estar todos dentro. ¿Habrían llegado los demás? Esa duda se resolvió cuando dieron algunos pasos más y cruzaron la barrera mágica que mantenía el secreto de la fortaleza. De repente se escuchó un gran estruendo, unidos a distintas voces que se enfrentaban a gritos. Lo que hasta ese momento había parecido un lugar abandonado, ahora desprendía luces de todos los colores. El verde opacaba al resto en un triste augurio que precedía a la maldición asesina que los mortífagos tanto disfrutaban al usar. A Alice se le puso la piel de gallina. Llevó a los chicos hasta una pared y les hizo esconderse tras ella.
- Esperadme aquí, voy a reconocer la zona. No os mováis.
Los cuatro negaron a la vez, aún concentrados en los ruidos de pelea que se expandían por todo el lugar. Para Sirius y para Lily parecía un dejavu de lo ocurrido en Hogsmeade. Los rayos verdes, los gritos de dolor… todos les recordaba a ese funesto día de hacía una semana que parecían acabar de vivir. Remus escuchaba todo atentamente, con una tez mucho más pálida de lo normal. Estaba pensativo y parecía asustado. Y el que desde luego lo estaba era Peter. No tenía ningún tipo de color en su rostro, tenía sus pequeños ojos abiertos de terror y apretaba con fuerza el brazo de Sirius mientras emitía sin darse cuenta una especie de chirrido que se asemejaba al de un ratón atrapado en una ratonera.
- ¿Creéis que James estará ahí dentro? –preguntó Lily con una voz que no era la suya-.
A su lado Sirius la miró de un modo que no supo descifrar, y Peter volvió a hacer ese molesto ruidito. Remus tragó saliva.
- Te-tenemos que prepararnos –dijo el licántropo con la voz temblorosa aunque intentaba mantenerla firme-.
Los otros tres le miraron interrogantes y él se llevó una mano al bolsillo de la túnica, donde también descansaba la capa de invisibilidad de James. Sacó un pequeño frasco de color negro y se lo mostró a sus amigos con la mano temblorosa. Los ojos de Lily se abrieron de golpe.
- ¿Eso es…?
- Sí –respondió Remus sonriéndola todo lo que podía, aunque sus labios apenas formaron una fina línea llena de tensión-. La tomé del baúl cuando salí del cuarto. No sé por qué lo hice, pero creo que es la mejor idea que podía haber tenido.
- ¿Qué es? –preguntó Sirius mientras Lily asentía de acuerdo con su amigo-.
- Felix Felicis. Era la poción que teníamos que hacer para el trabajo de Slughorn, y no sé muy bien por qué la tomé anoche.
- No pensabas acompañarnos –le recordó Sirius confuso-.
Remus se encogió de hombros.
- Creía que no, pero si mi intención era ir por McGonagall parece que mi subconsciente ya había tomado otra decisión. Está acabada. Creo que deberíamos bebérnosla.
Hubo un segundo de silencio en el que se escucharon más gritos de dolor que les hicieron tensarse a los cuatro.
- Seguro que nos hace falta –respondió Sirius mientras le quitaba el frasco y se lo tendía a Lily-. Las damas primero.
Lily se llevó el frasquito a los labios y le dio un pequeño sorbo asegurándose de no beber demasiado. Después la tomó Peter, quien bebió más de lo necesario de una cabezada, y se la pasó a Sirius con brusquedad. Este bebió unas gotas para dejar también poción a Remus, quien acabó con ella de un golpe. Los cuatro suspiraron mirándose. Los efectos empezaron a hacer efecto. Los gritos de dolor no parecían darles tanto miedo como hacía un minuto, y la perspectiva del futuro cercano no parecía tan negra. Incluso Peter parecía mucho más seguro de sí mismo de lo habitual. Antes de que pudieran intercambiar impresiones de la poción, Alice regresó con una expresión urgente en el rostro.
- De acuerdo, vamos. Pero manteneos escondidos y quietecitos donde yo os diga, ¿de acuerdo? Y, Lily, ten a mano esa caja –añadió mientras le devolvía la varita a su dueña-.
OO—OO
Allí dentro se estaba desarrollando una batalla épica. Tras la oportuna aparición de Dumbledore llegó el resto de la Orden, que cargaron contra los mortífagos como si estos no les superaran en número. Las intenciones de ser discretos y tomarse varios minutos para atacar se habían ido al traste cuando el anciano director había inspeccionado la zona y había descubierto la situación. James Potter estaba vivo. Y hasta ahí las buenas noticias. El hechizo al que estaba siendo sometido era muy potente, realmente límite. No eran muchos los magos que se habían atrevido a usarlo, y siempre practicando la magia oscura. Era un método para obligar a una mente a recordar algo que nunca recordaría en situaciones normales. Superaba con mucho a la legeremancia, y siempre terminaba con la muerte de la víctima. Si se detenía antes del fin, igualmente la persona acababa loca. Él esperaba haber llegado antes de que las consecuencias fueran irreparables. Al percatarse del peligro se apartó del lado de Marlene y saltó hacia adelante con una energía más propia de un jovenzuelo que de alguien de su edad.
Los demás le siguieron ciegamente, como siempre. Y a partir de entonces se formó una batalla incontrolable. Los mortífagos les duplicaban pero sus corajes les hacían parejos. El problema era que nadie podía acercarse al chico, que lucía prácticamente inconsciente si no fuera porque de vez en cuando trataba de abrir los ojos. Su cuerpo seguía rígido como una tabla; igual que una estatua, aún bajo el hechizo de inmovilidad. Dumbledore se encontraba luchando contra Voldemort a unos metros de él, pero a cada intento del anciano por aproximarse un poco este le repelía con maldiciones asesinas.
Por otro lado, Bellatrix se había autoimpuesto la tarea de encargarse de que nadie se acercara al muchacho. Aún no habían sacado de él lo que necesitaban y el señor Tenebroso dependía del chico para hallar la última caja. No podía permitir que lo rescataran. Su defensa era tan fiera que mantenía apartados a todos cinco metros a la redonda. Cerca de ella, Rodolphus se enfrentaba con Caradoc Dearborn. El maldito sangre sucia le estaba haciendo sudar a su marido la gota gorda para desembarazarse de él. Era uno de los más antiguos colaboradores de Dumbledore y un viejo "amigo" de su esposo. Eran varias las veces en que se habían enfrentado y ambos habían ganado y perdido contra el otro. Pero ese día no podían permitirse fallos, como así le recordó a gritos.
- ¡Mátale y ven a ayudarme! ¡No pueden llevarse al mocoso!
Rodolphus no hizo alusión de haberla oído, lo que la puso más furiosa. Enardecida, dirigió su enfado contra su oponente más cercano. Segundos después se escuchó por toda la estancia un grito de dolor de Dorcas Meadows, al tiempo que estaba caía a varios metros de distancia, quedando inconsciente en el suelo. Cerca de ella Rabastan se acercó para rematarla, pero Anthony Bones se apresuró a envolverla en un escudo protector mientras Edgar dejaba fuera de juego al mortífago con apenas dos movimientos.
Voldemort no se atrevía a usar el poder de las cajas. No con Dumbledore tan cerca. Si las usaba estas serían más vulnerables y el viejo podría absorberle el poder. Por ello se limitaba a protegerlas con su cuerpo mientras echaba mano de su habilidad para acabar con su enemigo más poderoso. Con la sorpresa del ataque ni siquiera había podido lanzar un escudo protector sobre ellas, y el anciano no le daba tregua para hacerlo en ese momento. De su varita salió un potente rayo morado que, al ser desviado por Dumbledore y golpear una pared, hizo tambalearse los cimientos del lugar. El viejo le devolvió un rayo de color marrón que él también desvió y dejó fuera de juego a uno de los suyos, liberando de golpe a Benjy Fenwick.
Cuando el mortífago contra el que el joven luchaba cayó por una maldición perdida, Benjy tuvo la libertad de observar la situación a su alrededor y decidir quien de sus compañeros necesitaba más ayuda. Vio a Marlene demasiado alejada de Fabian para su propio bien, que estaba haciendo frente a dos mortífagos con dificultad. Por colmo, un tercero se aproximaba a ella por la espalda. Alzando la varita dejó inconsciente a este y se enfrentó a uno los encapuchados que acosaban a su compañera.
No lejos de ellos, Frank se encontraba luchando contra un mortífago que le resultaba familiar. Sus movimientos, sus manos, la forma de mover la varita… Conocía a ese tipo, pero no acababa de recordar en qué otra batalla podría haberle enfrentado. Y si había algo que Frank, como auror, no podía soportar era quedarse con las ganas de conocer la identidad de un mortífago.
- ¡Reducto! –gritó apuntando a su máscara-.
El enmascarado pareció adelantarse a sus pensamientos y se apartó para que el hechizo no le diera. No se atrevía a poner un escudo y que este no aguantara. Eso solo aumentó la curiosidad de Frank, en cuya mente iba creciendo cada vez más la sensación de dejavu. El mortífago estuvo a punto de acertarle con un desmaius, pero él pudo desviarlo a tiempo. La lucha era pareja, pero el auror se movía más rápido. Frank estaba en plena forma. Hacía tiempo que había salido del hospital y estaba completamente recuperado, se sentía de maravilla. Y la seguridad que le daba saber que Alice no estaba allí y, por lo tanto, no corría peligro le ayudaba a no distraerse.
Vio venir a Benjy por detrás del mortífago, a su vez entretenido en una lucha encarnecida. Aprovechando la posición adecuada en la que se encontraban, intentó una carambola que le salió bien. Tiró a dar a su contrincante y este hizo lo que venía haciendo todo el rato: desviar el hechizo por su hombro derecho. Eso hizo que este le acertara al otro mortífago, que estaba de espaldas, y le hiciera tropezar. Benjy se encargó de él en pocos segundos. El más joven fue a dar media vuelta para buscar otro contrincante.
- ¡Benjy! –le llamó Frank haciéndole un gesto indicando que necesitaba su ayuda-.
El mortífago que estaba peleando con él se dio la vuelta para enfrentar el posible ataque sorpresa de Benjy, pero sus piernas se volvieron de gelatina por una maldición de Frank y el más joven le hizo estallar la máscara en la cara. La sorpresa que le inundó al ver su rostro bien reconocible, aunque arañado y ensangrentado, hizo bajar a Benjy la varita. Frank, que comenzaba a sospechar, no lo tomó con sorpresa y continuó alerta mirando el rostro traidor de Ethan Divon.
- Pero… -intentó hablar Benjy aún sorprendido-.
- Vete. Yo termino solo –le ordenó Frank, a lo que este supo titubeó un par de veces antes de acudir en ayuda a Gideon-.
Frank rodeó a Ethan, analizando su expresión. Tenía los dientes apretados y la mirada alocada. Ya no tenía nada que perder y eso le hacía mucho más peligroso. Él tuvo el error de subestimarle y pensar que con el hechizo de piernas de gelatina no podría seguir luchando. Ethan le pilló por sorpresa, haciéndole un profundo corte en el brazo. La lucha continuó, aunque por pocos minutos antes de que el mortífago volviera a caer.
- Fuiste tú todo este tiempo –dijo Frank resentido-. Tú mataste a Adam, a Tomás, a tu hermana… ¿Cuánto tiempo llevabas jugando a dos bandas antes de fingir tu propia muerte?
Ethan sonrió con complacencia.
- Cuando lo cuentes a los demás, acuérdate de mencionarle a Dorcas que también maté a su hermanito. Y para ser uno de los tuyos resultó tremendamente fácil.
Frank reaccionó sujetándole del pelo y tirando de él hasta hacerle inclinar la cabeza, siseando de dolor. Matthew Meadows además de compañero de la Orden había sido un compañero del cuartel. Uno de los aurores más jóvenes. Su desaparición había sido repentina y su muerte dolorosa para todos.
- Eres un hijo de puta. Mueres matando, por eso te hemos acabado pillando. El hedor a sangre te ha terminado delatando.
- Pensé que había sido la mujer de Duncker –comentó Ethan con una risa que se acentuó al ver la mirada de Frank-. ¿No lo sabias? Fui a por ella tras matar a Potter, pero no conseguí matarla. Me descubrió. ¿Cómo, sino, me descubristeis?
Frank compuso una mueca, intentando no sentirse sobrepasado por toda la información nueva que estaba apareciendo. Sabía que Ethan estaba hablando tanto para distraerle, y no podía consentir que lo hiciera. La risa del antiguo inefable se le clavó en los oídos, pero él permaneció sereno.
- ¿No me jodas que recuperaste la memoria? –preguntó fingiéndose divertido mientras intentaba buscar a algún mortífago cercano que le sacara del lío en que estaba metido-. Te dimos un buen golpe, ¿eh? Cerquita que estuve de añadirte a mi lista…
- Y sin embargo seré yo quien te añada en la mía –le comunicó Frank cansándose de oírle hablar. Le amordazó e hizo que ataduras invisibles rodearan todo su cuerpo-. A partir de ahora se te acabó la diversión. Te vas a tomar unas largas y necesarias vacaciones. ¿Qué te parece Azkaban como destino?
Ethan trató de soltarse, pero las cuerdas ya estaban bien sujetas. El terror invadió su cara ante la mención de Azkaban y, por ende, de los dementores. Prefería con mucho la muerte. Trató de zafarse para luchar, o en última instancia para provocar que le mataran. Pero Frank le lanzó contra una esquina de la estancia y congeló todo a su alrededor, formando una espesa capa de hielo que lo aislaba del resto.
- Espérame aquí –dijo con sorna el auror una vez que se había asegurado que no podría escapar-.
OO—OO
Pese a que Alice les tapaba gran parte de la vista, hubo un momento en que la aurora no pudo aislarles más de lo que estaba ocurriendo ahí dentro. Los gritos y las maldiciones se escuchaban por toda la amplia sala, y ya había varios cuerpos en el suelo cuyo destino en ese momento era incierto. Lily supo que aquello no tenía nada que ver con lo que había visto en el Caldero Chorreante ni en Hogsmeade. Eso era la guerra en estado puro. La tensión que notaba en Sirius, que estaba a su lado, le confirmó que él estaba pensando lo mismo. Con lo ocurrido en los últimos días había aprendido a leer la mente de su amigo de una forma que jamás pensó que podría hacerlo. Él la miró un segundo, y Lily supo que también le había leído el pensamiento. Los dos asintieron y continuaron avanzando con la mente fija en encontrar a James. Remus y Peter, que hasta ese momento jamás habían visto una batalla, estaban con la boca abierta. El Felix Felicis les envalentonaba un poco, pero nada podía quitar del todo el miedo que se te metía en el cuerpo al ver el brillo verde de la maldición letal cruzar la estancia constantemente. Alice dio otro paso, asegurándose de estar aún oculta a la vista. Se sentía una inútil ese día al no tener su varita, y odiaba esa sensación.
- ¿Tienes controlada esa caja? –le susurró a Lily, quien asintió quedamente-. Bien, ve con cuidado.
Avanzaron unos pasos más, siempre con mucha precaución. Ahora tenían una visión general de la batalla, a pesar de que las luces de las maldiciones les cegaban. De repente Sirius aguantó la respiración y apretó el brazo de Remus con fuerza.
- Ahí está –susurró con voz ronca-.
Los otros tres siguieron su mirada esperando encontrar a James, pero al que vieron fue a Dumbledore. Y luchando con él, el que sin duda era Voldemort. Ninguno de los cuatro le había visto nunca en persona pero era el protagonista de todas sus pesadillas y, aunque hasta ahora no tenía una cara definida, nunca podría haber dos iguales. Su aspecto físico era repugnante, y su forma de moverse y de luchar eran tan magistrales como las de Dumbledore. Era extraño también ver luchar de esa forma al anciano al que estaban acostumbrados a ver sonriendo desde la mesa de los profesores u ofreciéndoles caramelos de limón en su despacho. Alice vio cómo los cuatro chicos se habían quedado boquiabiertos y decidió bajarles de la nube.
- No os descentréis. En estos lugares la diferencia entre la vida y la muerte es un segundo. Si de verdad sabes qué hacer con la caja, Lily, empieza ahora.
Esta asintió aún absorta y metió la mano en el bolsillo de su túnica, sacando la caja con cuidado. La posó en la piedra delante de ella, y cuando empezaba a concentrarse un destello la distrajo. Era el brillo de unas gafas.
- ¡James! –exclamó en un grito ahogado que, afortunadamente, el sonido de la batalla tapó-.
No estaba lejos del lugar donde luchaban Dumbledore y Voldemort, pero desde donde ellos se encontraban era más difícil verlo. Estaba completamente inmóvil, sin mover ni un solo músculo. Y Lily pudo percibir que las heridas que tenía en el bosque estaban abiertas, manchando su cara y su ropa de sangre. Tenía muy mal aspecto. Ante esa imagen se olvidó de la caja y se levantó, dispuesta a correr hacia él. Alice tuvo que sujetarla para que no lo hiciera, al tiempo que también llegó a sujetar a Sirius. Remus y Peter se habían quedado inmóviles, pero todos compartían la misma expresión de desesperación. Sus esperanzas de encontrar a James en buen estado se habían ido de golpe.
Alice soltó a Lily cuando la notó perder fuerzas y sujetó mejor a Sirius, que aún quería ir hacia su mejor amigo. Peter abrazó a la pelirroja que notaba cómo un par de lágrimas rebeldes caían por sus mejillas. Ante la irracionalidad de Sirius, Alice le zarandeó.
- Me dijisteis que os comportaríais –les recordó con voz dura-.
- ¡Está muerto! –susurró el chico con furia como si ella no comprendiera la gravedad de la situación. Los ojos le brillaban con una luz muy oscura que, sin embargo, no intimidó a la aurora-.
Alice negó con la cabeza.
- No estoy de acuerdo.
Su rotunda afirmación hizo que los cuatro la miraran con la boca abierta, más bien convencidos de lo contrario.
- Creedme. He visto muchos cadáveres y ninguno está tan rígido. Tiene un hechizo de inmovilidad absoluta, y si estuviera muerto no lo necesitaría. Así que calmaos y centraos en la misión que nos ha traído aquí. Sin locuras –añadió mirando seriamente a Sirius-.
Este se concentró en creer su afirmación para convencerse a sí mismo de que su hermano aún estaba vivo. Necesitaba creerlo porque si no perdería las esperanzas en todo y nada merecería la pena. Ya se podrían ir al cuerno las cajas y que Voldemort hiciera con ellas lo que quisiera. La misma lucha interna tenía Lily cuando se obligó a apartar la mirada de su novio para centrarse en la caja verde que tenía entre sus manos temblorosas. Al igual que había hecho en el tren camino a Londres, se concentró en los signos apenas visibles que estaban impresos en la caja. Entendía algunos, aunque de forma inconexa. Potente viento. Desapercibido. Brisa. Ligero. Nada tenía sentido, aunque sabía que sin las otras tres no conseguiría un significado completo. El señor Duncker le había dicho que en esa caja estaba todo relacionado con el aire, y las palabras así confirmaban. Pero sin las otras cajas no podía saber qué decían las otras tres, y no podría completar el jeroglífico sin ellas.
- Puedo hacer algunas cosas, pero sin las otras tres cajas nunca tendré el control pleno.
Alice chasqueó la lengua impaciente, mientras localizaba a Frank con la mirada. Su marido tenía una herida larga y muy fea en el brazo, y el no poder enarbolar su varita e ir a ayudarle la tenía frenética.
- Haz lo que puedas –la urgió-.
Lily centró su varita e inspiró hondo, intentando recordar las palabras del señor Duncker. En ese momento Remus ahogó una exclamación.
- ¿Las otras tres cajas son de diferentes colores?
- Rojo, azul y marrón, creo –le contestó Lily sin apartar la mirada de la caja-. ¿Por qué?
- Porque están aquí –contestó el licántropo poniéndose en pie de golpe y con la mirada centrada a pocos centímetros de los pies de Voldemort-.
OO—OO
La Orden iba perdiendo a los suyos. Empezaron con desventaja numérica y esta se iba acrecentando cada vez más. Además de Dorcas, también Caradoc había caído. Afortunadamente también habían conseguido aislarle antes de que le dieran el golpe de gracia, pero eso provocaba que hubiera un guerrero menos. Frank notaba sus fuerzas decaer notablemente, pero no pensaba dejarse vencer por nada. Tenía a Ethan Divon aislado como quería y no pensaba caer sin haberle llevado a Azkaban para que pagara todo el daño que había hecho. Cerca de él, Moody mandaba por los aires a dos mortífagos, aunque estos se recuperaron rápido. Pese a su fama de duro, el jefe de aurores era uno de los más reticentes a ponerse a la altura de los mortífagos con respecto a la dureza de sus maldiciones.
Marlene McKinnon ayudaba a Elphias Doge con un mortífago especialmente poderoso. La inexperiencia de la joven y la pérdida de habilidad del anciano les hacían quedar en desventaja con el experimentado encapuchado que tenían en frente. Pese a la dificultad, ambos continuaron hombro con hombro, protegiéndose mutuamente, y sin cejar en su empeño. Los Prewett y Benjy Fenwick peleaban con los hermanos Lestrange, Evan Rosier y otro encapuchado no identificado en una lucha muy igualada. Conseguían mantenerlos a raya, pero no podían sobrepasar el límite ni acercarse más al muchacho que tenían inmovilizado en el altar como si fuese a ser sacrificado en cualquier momento. Detrás de ellos, Bellatrix lanzaba hechizos a diestro y siniestro sin preocuparse realmente si acertaba a los suyos o a los enemigos. Por otro lado, Anthony Bones estaba empeñado en demostrar todo lo que había aprendido en la Academia, y su padre Edgar estaba empeñado en no dejarle arriesgarse. No le dejaba moverse muy lejos de su lado y le protegía constantemente, olvidando que había muchos más mortífagos con los que tendría que ayudar. Frustrado, el joven se volvió hacia su progenitor y le miró seriamente:
- ¡Papá, estoy harto! Ya sé lo que es luchar contra ellos, ya lo hice en Hogsmeade. Déjame demostrarte lo que sé hacer. ¡Dame diez minutos! Si veo que no puedo continuar, me desapareceré.
Pero desaparecerse era imposible tal y como estaban las cosas. Se habían metido en una ratonera. Pese a saber eso, Edgar no tuvo más remedio que ceder y encomendarse a Merlín cuando escuchó a Fabian gritar de dolor. Gideon y Benjy se colocaron a ambos lados del joven herido intentando defenderle pero ahora, además de los cuatro mortífagos, había tres más. Y les estaban rodeando. Anthony en ese momento estaba algo apartado del núcleo de la batalla, por lo que tuvo que decidirse en una milésima de segundo. Al instante saltó hacia adelante para ayudar a sus compañeros y rezó porque su hijo pudiera defenderse solo.
Al otro lado de la estancia, ocultos tras las rocas, los chicos también habían sufrido un cambio drástico. Haber descubierto de golpe las otras tres cajas elementales les devolvió a los chicos la perspectiva que necesitaban. Volvían a comprender la gravedad de la situación, y sus sentimientos de angustia y preocupación por James fueron trasladados a un segundo plano para poder centrarse en lo más inmediato. Remus se había puesto en pie de golpe, e incluso avanzó un par de pasos con expresión segura. Eso obtuvo la atención de sus tres amigos, pero no de Alice. La aurora estaba absorta mirando a su esposo, quien había conseguido traspasar las barreras y se enfrentaba cara cara con Bellatrix Lestrange. Le invadió un aire frío por toda la columna vertebral y le cegó la preocupación, algo por lo que se reprocharía más tarde. Sin pensarlo y sin apenas sentir el dolor de la pierna, alargó la mano para tomar la varita que más a mano le quedaba: la de Sirius Black. Este no se dio cuenta del robo porque estaba demasiado ocupado observando cómo su amigo había perdido la cabeza.
- ¡Moony! –susurró apremiante mientras Peter volvía a hacer el molesto ruido con los dientes-. ¿Estás chalado? ¡Vuelve!
Remus se dio la vuelta para mirarles con la respiración entrecortada. Sus dos amigos le miraban como si estuviera loco y Lily tenía los ojos muy abiertos y también parecía indicarle que cejara en su intención. Alice ya se había ido sin darse cuenta del cuadro que dejaba atrás. Pero él miró de nuevo a James, y sintió que el Felix Felicis le daba más valor del que sentía en ese momento. Sigilosamente bajó hasta donde la batalla se estaba desarrollando y justo cuando iba a arriesgarse a dar un paso más recordó que tenía consigo la capa de invisibilidad. La sacó del bolsillo y se cubrió con ella, siéndole más fácil así llegar hasta donde Dumbledore y Voldemort se batían en duelo. Aun así la capa no le podía proteger de los hechizos que volaban descontrolados, por lo que tuvo que sortear varios unas cuantas veces. Algunos le pasaron rozando, aunque él los evitó milagrosamente. Esa poción era buena.
Llegar hasta las cajas fue una hazaña, pero aproximarse más era una locura. Voldemort las tenía prácticamente a sus pies, y cualquier movimiento brusco podía delatarle. Jamás le había tenido tan cerca, jamás había tenido tanto miedo. Y jamás se había sentido tan vivo. James no estaba lejos. Le vio de reojo pero decidió no entretenerse y empezar con la tarea. Asegurándose de que el mago oscuro estaba de espaldas a él sacó una mano temblorosa de la capa y tomó la caja azul. Esta pesaba muchísimo. Si las otras tenían el mismo peso no podría cargarlas a las tres. Pero el dilema se resolvió cuando vio que Sirius se había adelantado también. Estaba agachado no demasiado lejos; apartado de la batalla y listo para ayudarle. Y para su fortuna el terreno estaba inclinado hasta él. Remus lo aprovechó posando la caja en el suelo y empujándola hacia abajo. El peso hizo el resto, y en unos segundos esta estaba en manos de Sirius que salió corriendo para llevársela a Lily. Remus sintió que sudaba la gota gorda, pero se consoló interiormente pensando que solo quedaban dos cajas más. Sirius corrió hacia el escondite donde aún estaban Lily y Peter, y dejó caer la caja azul.
- Pelirroja, más vale que empieces pronto porque esto se está descontrolando.
Lily también estaba sudando cuando asintió temblorosamente. Colocó la caja azul al lado de la verde, pero se concentró en esta última. No se atrevía a usar la azul mientras Remus estuviera tan expuesto. Si Voldemort descubría los efectos ataría cabos enseguida y su amigo correría un grave peligro. Pero, con ayuda de Peter, comenzó a murmurar en voz baja los hechizos que comenzarían a desatar la fuerza del aire.
Un pequeño viento comenzó a sentirse desde el lugar donde Remus observaba a Sirius volver hacia él. Respirando entrecortadamente e intentando sujetar bien la capa, tomó la caja marrón y se la pasó a su amigo, que repitió la misma operación dándosela a Peter en mano antes de volver a buscar la última. Aún sin creerse la suerte que estaban teniendo, alargó la mano de nuevo para tomar la caja roja cuando el viento movió la capa y le dejó al descubierto la cabeza y los hombros. Escuchó una exclamación ahogada cerca, y quedó claro que Dumbledore le había visto. Pero no era por eso por lo que el director estaba asustado. Voldemort también lo había hecho. Este profirió un potente grito al ver solo la caja roja detrás de él y volvió la varita hacia el joven Lupin, quien le miraba boquiabierto.
- ¡Avada Kedrava!
Ni siquiera reaccionó para cerrar los ojos antes del impacto. En vez de eso se quedó inmóvil, y continuó así de asustado al darse cuenta de que Dumbledore había llegado a tiempo de desviar la maldición letal. Ahora las tornas se habían cambiado y el anciano director se encontraba delante de él, como escudo. Remus por fin reaccionó, dando las gracias interiormente al profesor y a la poción de suerte líquida. Tomó la caja roja y salió corriendo con ella en brazos. Sirius aún le miraba completamente pálido y con los ojos abiertos de par en par por lo que había estado a punto de presenciar.
Sin embargo la suerte no lo es todo en esta vida. Estaba el joven licántropo ya bajando por la cuesta para reunirse con su amigo, capa en mano volando al viento y la caja colocada debajo del brazo derecho, cuando ocurrió. De repente sintió como si un potente rayo le entrara por la espalda y le atravesara el pecho. El dolor era insoportable y la respiración se le quebró de golpe. Sus rodillas perdieron toda la fuerza y cayó rodando por la cuesta, golpeándose todo el cuerpo en el proceso.
- ¡Remus! –gritó Sirius con pánico, corriendo hasta el lugar donde había caído su amigo-.
Lily y Peter habían gritado a la vez desde su escondite, olvidando todo lo que estaban haciendo. El viento se paró de golpe. Sirius llegó hasta donde Remus empezaba a ponerse a posición fetal. El licántropo acertó a empujar la caja hacia su amigo, pero este la ignoró por completo.
- ¿Qué tienes, colega? ¿Qué tienes? –preguntó entrecortadamente inclinándose sobre él para escrutarle-.
Remus apoyó la cabeza en el suelo, respirando con dificultad. Sentía como si tuviera un gran agujero en el estómago, pero por más que se lo sujetaba el dolor no cesaba. Cuando su amigo le apartó las manos para observar la herida, le escuchó jurar en voz baja.
- Joder, joder, joder…
Del estómago del joven Lupin salía un espeso líquido negro que se parecía al alquitrán. No sabía qué era, pero no podía ser bueno. ¡Era increíble! Estaba ya casi fuera de tiro cuando la maldición de Voldemort le había alcanzado por debajo del brazo de Dumbledore. Sirius lo había visto perfectamente. Sabiendo que seguramente el episkey no serviría de nada, metió la mano en su bolsillo para sacar la varita e intentar cualquier cosa. Pero esta no estaba.
- ¡Joder mi varita! –exclamó frustrado buscando por todas sus ropas mientras veía que el líquido negro seguía saliendo del estómago de su amigo, que había empezado a toser y a ponerse morado-. ¡No la tengo!
Afortunadamente no perdió la cabeza y registró las ropas de Remus hasta que encontró la varita de su amigo. No le serviría tan fielmente como la suya propia, pero estaba seguro de que haría lo que hiciese falta para ayudar a su colega.
- Tranquilo Moony, te voy a curar. Te voy a sacar de esta. No te preocupes, no te preocupes…
Remus no le oyó. Su única preocupación en ese momento era retener el aire que se escapaba de sus pulmones, e intentar mantenerse consciente. No se permitiría dejarse llevar por el sopor que la falta de aire le estaba trayendo.
OO—OO
De mientras, Lily y Peter miraban impotentes todo lo que estaba ocurriendo. Desde la distancia aquello se veía más horrible aún. La lucha entre Dumbledore y Voldemort continuaba, y nadie parecía darse cuenta de que Sirius y Remus estaban entre dos fuegos. El segundo estaba cada vez con peor color y el desánimo inundó a Lily.
- Se va a morir –predijo con dramatismo-.
- No –negó Peter con la cabeza, más negándose a creérselo que consiguiéndolo-.
- Se va a morir, Peter –repitió Lily con sus ojos llenándosele de lágrimas. Su mirada volvió a James, que continuaba igual-. Y James también. Se van a morir los dos.
Peter continuaba negando con la cabeza como un acto-reflejo. No podía creer que dos de sus amigos estuvieran más cerca de la muerte que de la vida. Simplemente su cerebro no podía asimilarlo. Y el Felix Felicis que él se había bebido un poco en exceso le impedía creer que todo estuviese perdido. No podía ser. Simplemente era imposible que no hubiera más opciones. Por eso con una valentía desconocida en él se levantó del lado de Lily y echó a correr ignorando los gritos de la chica. Llegó cerca de donde estaban Remus y Sirius, donde la caja roja estaba olvidada. Miró un segundo a sus amigos dudando, pero enseguida ordenó las prioridades.
Echó mano a la caja y en ese momento escuchó un grito que le puso la piel de gallina. Voldemort estaba mirándole. Directamente. Pese a que aún luchaba con Dumbledore, no le apartaba la mirada. Y a la primera opción que tuvo le mandó una maldición que no logró oír pero cuyo rayo verde reconoció a la perfección. Sacando reflejos de donde desconocía, se agachó justo a tiempo de que la maldición le pasara por encima y golpeara la pared provocando una gran grieta en la roca. Después no perdió el tiempo y corrió hacia Lily como si un perro le estuviera mordiendo el trasero.
No podía creer en su suerte cuando llegó al escondite con vida. La pelirroja le arrancó la caja de las manos y, como si no le importara que hubieran estado a punto de matarlo, se dio la vuelta y comenzó a estudiar las cuatro. Él se dejó caer contra la pared respirando entrecortadamente y repitiéndose a sí mismo que estaba vivo. Cuando cerró los ojos aún veía el brillo verde de la muerte aproximarse a él.
OO—OO
El dolor de la pierna era cada vez más fuerte. Alice había sido muy insistente con Dumbledore y Moody para que la dejaran participar en la misión, intentando convencerles de que su pierna estaba perfectamente. Pero se estaba dando cuenta de que se equivocaba. Se había dislocado la rodilla y a pesar de que Benjy era un genio con la medicina no había pasado ni un día desde que se había hecho la lesión. Pese a eso y a que no enarbolaba su varita sino una más larga y rígida, había conseguido dejar fuera de juego a dos mortífagos sin apenas demasiado esfuerzo. Solo tenía que asegurarse de pisar más profundamente con la pierna izquierda.
Frank estaba a pocos metros de ella, aún sin percatarse de su presencia. Bastante tenía que aguantar la carga de Bellatrix mientras en su brazo más ágil la herida se iba haciendo cada vez más grande según aumentaba el esfuerzo. El machismo en esos casos era inútil. Podría enfrentarse a cinco mortífagos varones con una mano a la espalda sin problemas, pero no conseguiría nunca dejar fuera de juego a esa mujer. Era la mejor lugarteniente de Voldemort, negarlo era de necios. Sobretodo porque además de ágil y rápida, estaba loca. Pero en pocos segundos recibiría una ayuda que no esperaba ni deseaba. Alice consiguió abrirse paso entre la pelea hasta que estuvo a unos pasos de ellos dos. Alzó la varita con determinación, mirando fijamente a Bellatrix y el brazo extendido de ella apuntando a su marido y gritó:
- ¡Diffindo!
El grito de Bellatrix no tardó en oírse. La había pillado desprevenida y ahora también lucía un bonito corte en la mano. Pero aun así cambió la varita a la mano izquierda y no bajó la guardia.
- ¡Alice! ¿Qué haces…?
Pero Frank no pudo distraerse más, pues Bellatrix se había centrado de golpe en su mujer. La sorpresa por verla allí debía esperar hasta más tarde. La mirada de Bellatrix había cambiado. Al mirar a Alice todo lo demás dejó de tener interés para ella. Su eterna obsesión por esa joven aurora volvía a aflorar, pero esta vez de forma distinta. Frank lo notó. Y Alice también.
- ¡Has lanzado tu último hechizo, Longbottom! –gritó Bellatrix avanzando hacia ella al tiempo que mandaba un hechizo imprevisto a Frank buscando pillarse distraído para que no ayudara a su esposa-.
Este tuvo que apartarse con el tiempo justo, pues ya estaba más pendiente de Alice, de su pierna y de la varita que llevaba, que de él mismo. Alice se puso en guardia inmediatamente y la lucha comenzó sin pausa. Esta vez no era un juego. La sonrisa despectiva de Bellatrix había desaparecido y la miraba con furia. Esa mirada fue la que le lanzó cuando se vio vencida por primera vez por un aurora recién licenciada. Bellatrix no se estaba divirtiendo, lo que le avisaba a Alice que no le daría la más mínima oportunidad.
Efectivamente, algo había de distinto en la mortífaga. Había pensado en lo raro de no ver a su querida amiga Alice entre los salvadores del mundo, pero supuso que el día anterior aún la había dejado demasiado malherida para apuntarse a la diversión ese día. Y, como si fuese una clarividencia, de repente todo encajó como un puzzle. La extraña investigación de la aurora en un lugar en el que no deberían ni considerar un escondite mortífago. La pelea tan monótona y aburrida. Ese arrebato muggle de tirarla del pelo antes de desaparecerse… No sabía cómo, pero todo eso encajaba con lo ocurrido ese día. Con que les hubieran encontrado tan rápidamente. No se explicaba cómo, pero algo le decía que todo era culpa de esa jovencita enana e impertinente. De esa mujer que le había tomado la medida como no lo había hecho nadie y que la enfrentaba con una igualdad a la que no estaba acostumbrada. Y ese día no se limitaría a jugar con ella. Le haría pagar el intentar entorpecer los negocios de su Señor.
Tanto se cegó con la venganza y con la feroz lucha que mantenía con Alice y, posteriormente, también con Frank, que no recordó un detalle. Un detalle que no había descuidado hasta ese momento. Con su despiste y las batallas que se iban sucediendo, James Potter estaba cada vez más solo y menos vigilado. Y de esto se dio cuenta Peter, haciéndoselo saber a su amiga pelirroja.
- Creo que no vigilan a James. Quizá podríamos ayudarle, y después volver por Remus y Sirius.
En su voz se veían sus ansias de salir de allí cuanto antes. Desde que había vuelto con la caja había vuelto a hacer el ruidito con los dientes, y su sudor corporal había aumentado considerablemente. Lily había visto lo cerca que había pasado esa maldición letal, pero afortunadamente Peter la había esquivado de maravilla y no debía perder la valentía justo en ese momento. Así se lo hizo saber mientras echaba un vistazo a James, y otro a Remus y Sirius.
- Dame cinco minutos –añadió volviendo su atención a las cajas-. Sé que puedo. No puede ser tan difícil…
Volvió a inspeccionar a fondo las cuatro cajas, intentando ignorar el tick tan molesto de Peter. Eran de diferentes colores: verde, azul, rojo y marrón. Representando cada una a uno de los cuatro elementos: aire, agua, fuego y tierra respectivamente. Esa parte la sabía. Y también sabía que había algo más que debía descubrir por sí misma. "Es un lenguaje sencillo para algunos e imposible para otros" le había dicho el señor Duncker. "El decirte la solución al enigma no te daría el poder de juntar los cuatro elementos. Es algo que tendrías que descubrir tú sola en caso de que fuera absolutamente imprescindible".
En las esquinas de las cajas había varias anotaciones en distintos tonos. No estaban en su idioma y no las entendía aunque, milagrosamente, parecía descifrar algunas palabras sueltas que estaban completamente inconexas. Volvió a recoger la cajita verde, pero solo entendía las palabras que antes habían aparecido de repente claras en su mente. Potente viento. Desapercibido. Brisa. Ligero. No lo entendía.
Dejó esa caja y se centró en la marrón. No entendía nada al principio, pero después descifró también alguna palabra suelta: Tierra. Reduce. Pies. Consuelo. No comprendía nada. No se quiso rendir. La caja roja fue la siguiente que sostuvo en sus manos, y lo mismo ocurrió de nuevo. Esta vez las palabras eran: Ardiente. Hermoso. Quema. Escapar. Pero, ¿qué? La caja azul tampoco le aclaró nada: Fondo. Empapa. Ahoga. Sientes. ¿Qué se supone que tenía que descifrar con esas palabras tan raras? ¿Por qué el señor Duncker no le había dado ninguna pista más?
- ¿Por qué tardas tanto? –preguntó Peter impaciente-.
De repente volvió a la realidad. Volvió a oír el ruido de la batalla y a escuchar los dientes de su amigo. Frunció el ceño, frustrada.
- ¡No sé juntar el poder de las cuatro! ¡Pensé que si las tenía todas juntas podría, pero no consigo revelar el enigma!
- ¿Y no hay forma de hacer algo sin juntar el poder? –preguntó el muchacho desesperado. Él solo quería salir de allí y alejarse lo más rápido posible-.
Lily le miró con el ceño fruncido, pero lo relajó un poco. Desvió la mirada hacia James, que lucía igual que antes. La sangre que escapaba de sus heridas reabiertas ya le empapaba la túnica, dejando una imagen tan desgarradora como la que le había despedido la semana anterior en el bosque. Después miró por encima la batalla, y encontró a Remus y Sirius. El primero, milagrosamente, aún estaba consciente. Incluso tenía mejor color. Pero aun así parecía enfermo y su amigo estaba constantemente pendiente de él, pasando la varita por esa herida tan extraña. En ese momento la pelirroja supo que su amigo tenía razón: Tenía que hacer algo. Si no podía juntar el poder de las cuatro debía conformarse con hacer algo menos espectacular, pero tenía que inclinar la batalla a su favor para poder sacar a James y a Remus de allí.
OO—OO
A Alice le habría encantado no tener alma de mujer autosuficiente. Pero para su desgracia la tenía y en ese momento se alzaba frente a ella y le obstaculizaba la pelea. El hecho de que Frank estuviera también metido en medio de su lucha con Bellatrix, aquella que siempre se volvía tan íntima entre ambas, hacía que fuera más torpe. Estaba convencida de que si él no estuviera podría vencerla más fácilmente. A veces es más difícil luchar en pareja. A veces es más fácil enfrentarse a dos a la vez. A veces no resulta tan complicado cuando no tienes que asegurarte después de cada maldición que esta no le ha acertado a tu marido.
De mientras ahí seguían los tres. Inmersos en una lucha que se sincronizaba mejor que una danza tribal. Alice disparaba, Bellatrix desviaba y Frank lanzaba un escudo. Bellatrix volvía al ataque, esta vez contra él, y entonces Alice aprovechaba para atacarla por el otro lado. No funcionaba, la mortífaga estaba preparada. La lanzaba miradas de reojo con un mensaje muy claro: "Hoy voy a por ti". Ese día no estaba para bromas y Alice sabía que debía estar asustada. Pero ya había sobrevivido demasiadas veces a Bellatrix Lestrange, y cada vez le asustaba menos ese aura oscura que emanaba por todos sus poros.
Frank, sin embargo, no era de la misma opinión. A él sí le asustaba la forma en que miraba a su mujer. Porque se había fijado que nunca había desperdiciado tanto odio ni visceralidad con otro auror. Era con ella. Desde la primera vez, cuando ambos no eran más que unos estudiantes de academia, se creó un incomparable vínculo de odio y rivalidad entre ellas. Quizá Bellatrix sintió ese día que había encontrado la horma de su zapato. O quizá simplemente era que no soportaba que una jovencita más joven que ella a la que le sacaba la cabeza pudiera tener más aura mágica que ella.
Porque Alice desprendía magia en cada uno de sus movimientos. Eso era lo que siempre la había hecho especial. No era guapa y en absoluto extrovertida. Solía ser torpe y aunque era buena estudiante no pasaba de notas promedio. Pero cuando se concentraba en algo y creía en ello con todas sus fuerzas algo magnífico la rodeaba. Alice tenía un carisma que solo se podía percibir al tratarla mucho. O en momentos de máxima tensión, tal y como la conoció Bellatrix. Para desgracia de la aurora probablemente su mayor enemiga la conocía mejor que la mayoría de sus amigos. Y por eso aún sabía adelantarse a sus pasos un segundo. Lo único bueno era que ella también había aprendido a adelantarse a Bellatrix. Y la lucha estaba reñida. En ese momento Alice acababa de desviar un potente hechizo y se apoyó sin darse cuenta en la pierna derecha. Se tambaleó y un ligero gesto de dolor se abrió camino en su rostro. Y Bellatrix sonrió.
- ¡Avada Kedrava!
Pero daba igual. Frank seguía allí. Desvió esa maldición sin problemas y procedió a un fiero ataque para darle tiempo a Alice de recuperarse del dolor. La maldición voló por toda la estancia desviada de su camino hasta que pasó justo en medio de otra pelea. Estuvo a punto de acertarles a ambos contrincantes. Si cualquiera de los tres se hubiera dado cuenta de que lo cerca que había estado de sus dos maestros, se hubieran estremecido. Dumbledore y Voldemort significaban toda la esperanza para Frank y Alice y Bellatrix, respectivamente. La lucha se habría pausado y habrían tenido que tomar tiempo prestado al destino para recuperarse. Los aurores sabían que sin Dumbledore cualquier lucha sería imposible. Voldemort tomaría el control del Ministerio en días. Y la vida de Bellatrix no tendría sentido sin la presencia y las enseñanzas de su Señor.
Pero ninguno de los tres se dio cuenta de ese momento singular en que algo distrajo a los dos maestros. Ellos continuaron enfrascados en su lucha, empeñados en salir de ahí con vida. No vieron cómo el Señor Oscuro dio un paso atrás ni como Dumbledore vio el rayo verde estrellarse en la pared que estaba a su izquierda. Los dos localizaron el origen, aunque tuvo distinta importancia para ambos. Para Dumbledore suponía un segundo de distracción del que enseguida se repuso. Para Voldemort significó que alguien, le daba igual quién, le había hecho retroceder un paso. Eso era demasiado para alguien tan arrogante que se sentía por encima de la muerte. Por eso a cada oportunidad que su propia y épica pelea le ofrecía, un regalito verde se dirigía apresuradamente hacia esa pareja de aurores. Estos se enfrentaban ahora a dos bandos. Tenían que luchar con la mortífaga más poderosa y a la vez guardarse las espaldas de las maldiciones del gran maligno. Quizá demasiado para dos aurores heridos, aunque fueran los mejores del Departamento.
La danza batallesca continuaba con los integrantes intentando seguir los pasos sin perderse. Porque perderse en esa situación significa algo más que empezar de nuevo. Podría significar la vida. El grito que se oyó de fondo y distrajo la atención de todos, casi supuso un alivio. Al principio ninguno localizó semejante berrido continuado que solo podía ser producido por una fuerte tortura. Pero pronto uno de los encapuchados que se enfrentaban a los Prewett, Fenwick y Bones se dejó caer al suelo. Sus gritos eran cada vez más atroces, pero nadie le apuntaba ni le hacía nada en apariencia. Se abrazó a sí mismo, comenzó a rasgar sus ropas, intentando desnudarse. De la abertura de la máscara comenzó a salir humo. ¿Humo? ¿Qué significado podía tener eso? Los duelistas a su alrededor habían detenido la lucha y le observaban paralizados. Cuando se hubo desecho de la túnica dejando al descubierto su pecho, sin ningún tipo de rasguño, sus manos se movieron desesperadas por su cuerpo, como si quisiera atravesarse. Después, enloquecido, se arrancó la máscara y se jaló con fuerza del pelo.
Era moreno, tenía la mandíbula cuadrada y la nariz larga. Alice le reconoció enseguida. Antonin Dolohov. Iba con ella a Hogwarts, quizá un par de cursos por debajo, no lo recordaba exactamente. Lo que sí sabía era que no le sorprendía encontrarle allí. Como tantos otros no había podido confirmar su pertenencia al lado oscuro, pero su actitud en la escuela no daba lugar a dudas. Era un matón con prejuicios. Y a pesar del descubrimiento lo que llamaba su atención era la cantidad de humo que salía de su boca. Y de su nariz. Y de sus orejas. De cualquier orificio de su cuerpo. Aquello, unido a sus desgarradores gritos, hacía pensar que se estaba quemando por dentro.
- ¿Qué cojones…?
Frank no puede terminar su frase cuando un ruido ahogado les hace darse la vuelta. Esta vez era Rabastan Lestrange, no tenía una máscara que ocultara su identidad. Esta fue siempre innecesaria. Se estaba poniendo completamente rojo y tenía arcadas. El sonido asqueaba a los presentes. Boqueaba sin parar, intentando encontrar un aire que parecía no acudir a sus pulmones. Y de repente de su boca empezó a salir una cantidad enorme de agua, en cascada. Este no paraba de salir, incluso inundando la pequeña zona donde otrora luchaba contra Alastor Moody, quien le miraba cauteloso.
Asombrados, los demás no dejaron de presenciar imágenes bizarras. Aún sorprendidos por el humo que salía de Dolohov y el agua que expulsaba Lestrange, de repente un grito ahogado fue el único sonido que pudo hacer un encapuchado antes de ser succionado por la tierra. Así, sin más. Tan pronto estaba como dejó de estar. Y otro perdió la gravedad de golpe, comenzando a volar sin rumbo y a dar vueltas sobre sí mismo. Sus gritos se opacaron segundos después cuando el aire también se eliminó de sus pulmones.
Peter miró a Lily satisfecho y sorprendido.
- Lo has conseguido –dijo con admiración-.
Esta asintió lentamente con la cabeza, como si no se lo creyera. Por primera vez en días esbozó una sonrisa sincera, aunque no demasiado amplia. Era maravilloso ver el descontrol que había organizado ella sola, sin que nadie lo sospechase. Era increíble sentir esa magia elemental surgiendo de su varita y apoderándose de su cuerpo a través de la yema de los dedos.
- No puedo creerlo –susurró embelesada-.
El caos era total. Los mortífagos iban cayendo como plumas solo con que su mente se centrara en ellos. Solo tenía que mirar fijamente a un individuo y tocar una de las cajas. La magia hacía el resto. Era fantástico pero en malas manos realmente peligroso. El señor Duncker era un genio, pero no parecía ser muy consecuente con sus acciones. Ahora comprendía por qué Sadie veía tanto de él en James. Excepcionalmente inteligente y en absoluto cuidadoso con las consecuencias de sus actos. Pensar en su chico le hizo mirarle, pero no había cambios. Seguía en la misma posición. Rígido, inmóvil, ensangrentado.
- Si tan solo estas condenadas cajas no pesaran tanto –se lamentó en voz alta alzando la caja azul con furia-.
Para su sorpresa esta no pesaba nada en absoluto. Como una pluma. Y tampoco la verde, ni la roja, ni la marrón. ¿Dónde había ido el peso? Los gritos y lamentos de la estancia le hicieron entender. Los elementos estaban fuera, libres aunque dirigidos por ella. Por eso ya no sentía su peso en las cajas. Y ya nada le ataba en la oscuridad. Sin pensarlo demasiado, solo teniendo en mente lo mucho que quería acercarse a James, tomó las cuatro bajo un brazo y salió corriendo.
- ¡Lily! –gritó Peter, que se había distraído admirando el caos, cuando la vio correr-.
Cuando el último merodeador quiso reaccionar la pelirroja ya había salido de su escondite y corría hacia su novio sin preocuparse por nada más. Pasó cerca del lugar donde Sirius había acomodado a Remus, pero no les vio. Y no demasiado lejos de la batalla, y donde Voldemort y Dumbledore aún continuaban luchando. Nada le importó hasta que llegó hasta James. Dejó caer las cajas sin tener cuidado y se lanzó sobre él.
Estaba rígido y duro al tacto. Sus músculos estaban inmovilizados con algún tipo de hechizo y su ropa húmeda y llena de sangre. Buscó con desesperación su pulso, difícil de encontrar con la inmovilización realizada. El alma le volvió al cuerpo cuando le vio abrir un poco los ojos. Apenas una rendija, pero mostrando vida al fin y al cabo.
- ¡James! –exclamó abrazándole con fuerza-.
Las lágrimas escaparon por sus ojos sin permiso y se deleitó en el tacto frío y tirante de su mejilla, aunque no se pareciera al usualmente cálido y suave que solía tener su cara lampiña. Estaba vivo y estaba con ella. Todo lo que ocurría a su alrededor dejó de tener importancia. Se apartó para mirarle. Él la observaba atentamente. Nunca había visto tanta expresión en sus ojos, pero quizá se debiera a que no podía mover el resto del cuerpo. La miraba con amor, con sorpresa, con miedo, con esperanza… Todos los sentimientos de James la atravesaron y se metieron en su cuerpo. Hasta ese momento no comprendió lo muchísimo que le había echado de menos y lo triste y vacía que era su vida sin él. Aún con las lágrimas rodando por sus mejillas, la miró embelesada, llena de dicha por la revelación tan grata e increíble que acaba de tener.
- Te quiero.
Era la primera vez que se lo decía en voz alta. Era la primera vez que lo sentía tan intensamente. Sabía que sentía algo fuerte por él, que le gustaba más de lo que ningún chico le había gustado jamás. Que se sentía cómoda con él, y quería seguir compartiendo esa intimidad tan maravillosa. Pero no se había dado cuenta hasta ese momento de que estaba enamorada. Absoluta e irremediablemente. Por primera vez en su vida. No era un amor adolescente. Era algo más profundo, más real y más duradero. Lo que ellos tenían no era tan común. Vio en los ojos de James el deleite que sintió al oírla y sus propios sentimientos reflejados en otros ojos. Por supuesto James se había dado cuenta de eso mucho antes. Él era más rápido que ella para descifrar los sentimientos.
Y mientras ese amor tan potente les envolvía y le hacía ver a Lily la vida con mayor perspectiva, todo se resolvió a su alrededor. Los síntomas estaban ahí. Los elementos se distinguían en todas las situaciones. Fuego. Agua. Tierra. Aire. No había que ser un genio para sumar dos más dos, y en el caso de Voldemort el resultado era obvio. Aprovechando que el viejo se había distraído como el resto, se dio la vuelta para buscar las cajas elementales. Había visto a ese niñato llevárselas, pero le había acertado. La maldición le había golpeado de lleno y le había visto caer. A esas alturas ya debía estar muerto rodeado de su propia inmundicia. Y los suyos superaban en número a los pajaritos como para tener entretenidos al resto. ¿Quién había conjurado la magia elemental entonces? Alguien que tenía la cuarta caja, el aire. Alguien cercano a Potter. Alguien a quien había estado a punto de descubrir con la maldición que había usado contra el muchacho para leerle pensamientos olvidados. Solo había distinguido un color rojo profundo.
Rojo como el cabello que encontró en su análisis por toda la habitación. Ahí estaba, junto a Potter para confirmar su teoría. Una jovencita delgada, atractiva y con el cabello de un radiante pelirrojo. No podría haber duda de que era ella al observar el aura que la rodeaba. Era pura magia. Si hubiera tenido corazón se hubiera sentido embelesado con la imagen. Al contrario que eso, observó fríamente las cuatro cajas esparcidas a su alrededor. Ella había sabido usarlas. Las había usado y utilizado contra él, contra sus hombres. La ira le envolvió de golpe y con un grito que heló la sangre de todos, extendió los brazos y agitó su varita con la furia de un huraño director de orquesta. No necesitaba el control elemental para hacerles volar a todos por los aires. Incluso el viejo se vio sorprendido y cayó hacia atrás.
Peter, que había salido detrás de Lily pero que no se había atrevido a acercarse tanto, salió volando y se golpeó la espalda contra la pared. Cayó al suelo gimiendo de dolor y ahí se quedó, aprovechando que estaba guarecido. Sirius sujetó a su amigo con fuerza, luchando contra esa fuerza invisible. Remus volvió a gritar al sentir la herida en su estómago de nuevo. Lo mismo sintió Alice en la rodilla, y su grito se unió al de Fabian quien era abrazado por su hermano en el suelo. A ella la sujetó Frank, pero incluso así se desplazaron con fuerza. A su lado, Bellatrix había caído al suelo. Aquellos que habían tenido alguna lesión fuerte recientemente sentían un inmenso dolor provocado por la ira del Señor Oscuro.
Lily pudo quedarse en su lugar. Era la única ventaja de tener a James inmovilizado. Él no podía moverse, y ella abrazada a él tampoco lo hizo. Cuando esa potente fuerza amainó alzó la vista y se encontró al mismísimo Voldemort mirándola con furia. Se le heló la sangre y su mano agarró inmediatamente la de James. Este no le contestó, pero de alguna manera Lily supo que quería hacerlo. Con las otras manos Lily tanteó las cajas. Estaban las cuatro cerca de ella. Las necesitaba todas si pretendía salir de allí con vida. Al ver al Señor Tenebroso alzar su varita contra ella, inmediatamente se concentró y apretó con fuerza la primera caja que encontró.
Una gran bola de fuego se dirigió hacia Voldemort, quien la desvió de su camino con un sutil movimiento de varita. Esta se dirigió entonces hacia donde la mayoría miraban boquiabiertos el suceso. Los gritos de los mortífagos se mezclaban con los miembros del bando de la luz cuando todos echaron a correr para apartarse de la trayectoria. Asustada por la rapidez con que había reaccionado, Lily tocó la siguiente caja aun manteniendo apretada la mano de James. Cuando un tornado se creó justo delante de Voldemort, este le rechazó con la misma facilidad que la bola de fuego. Y la ráfaga de aire se unió al fuego en su danza por la estancia, esparciendo el caos entre unos y otros. Y lo mismo ocurrió cuando Lily trató de ahogarle en una ola gigante o hacer que la tierra se le tragase. Estaba preparado para defenderse y era más rápido de lo que ella podía controlar.
Casi parecía estar disfrutando. "Estoy jugando contigo", parecía decir. "Esto acabará cuando yo lo decida". Lily no se permitió dejarse inundar por el pánico. Por fin estaba con James, y pensaba salir de allí con él. Aunque tuviera que vencer al mago más oscuro y peligroso de todos los tiempos. Aunque no supiera cómo empezar. Si solo hubiera conseguido encontrar la solución al jeroglífico… Siempre se había considerado inteligente, pero ahora que necesitaba de su ingenio este le mostraba cuan ausente estaba. "La solución está en las cajas", había dicho el señor Duncker. "Es algo tan sencillo como complicado. Algo tan mágico como peligroso. Algo tan especial como común. Si alguna vez lo has tenido presente en tu vida, encontrarás la solución". ¿Tener el qué? La solución no estaba en las cajas, estas apenas tenían sentido. La frustración la invitaba al abandono, pero eso era impensable. James estaba a su lado, y no podía fallar.
OO—OO
A pesar del pánico que supuso tener los elementos descontrolados por toda la estancia, a una orden de Dumbledore todo el mundo estaba listo para entrar de nuevo en batalla. La columna de fuego vagaba de este a oeste, casi cruzándose con la tromba de agua que iba en dirección contraria, pero no lo suficientemente cerca como para que una apagara la otra. Varios tornados cruzaban la antesala sin control y la tierra se abría en diferentes lugares. Pero ellos pronto recuperaron la concentración. Debían recordar la misión que les había llevado allí: rescatar al muchacho con vida. Y con él a la joven que había aparecido a su lado sin saber de dónde.
La única que lo sabía, Alice, casi notó que el corazón se le salía de la boca al ver la imagen que tenía enfrente. Lily estaba a tiro de Voldemort, quien estaba complemente concentrado en ella. Pensaba que había conseguido desatar la locura desde su escondite, sin arriesgarse, pero era evidente que no. Mientras tenía un ojo sobre ella el otro vagó por la estancia para buscar a los otros tres. A los siguientes que vio fueron Remus y Sirius. Y el primero parecía herido. Escondido tras una columna y con una mano frotándose la cabeza, el cuarto parecía a salvo. Agobiada y sin saber cómo solucionar la situación, fue la primera en dar un paso adelante, con Frank inmediatamente detrás suyo.
Lily tenía sus verdes ojos fijos en el ser que estaba frente a ella, separado por varios metros. Todas las pesadillas que había tenido sobre él no bastaban para hacer justicia a la imagen que tenía ante sí. Era menos que un hombre, pero no parecía débil en absoluto. Su fiera mirada transmitía una fuerza oscura que ella no comprendía y le asustaba. Sus movimientos, casi vagos, eran precisos y certeros para desviar de él el peligro. Ni siquiera prestaba atención al caos que tenía alrededor. La miraba a ella, fijamente. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral, y solo supo apretar la mano de James con las dos suyas, olvidando que su varita estaba entre ellas inservible. Lo iba a hacer, lo presentía.
- ¡Avada Kedrava!
No le dio tiempo a sentirse estúpida por no reaccionar. Solo abrió unos centímetros la boca y aspiró aire, buscando quizá absorber algo de suerte. Su cuerpo parecía más rígido y pesado que el de James. El miedo la había sobrevenido. Vio perfectamente cómo el rayo verde salía de la varita de ese ser y cómo se acercaba a ella como si fuese a cámara lenta. Cada vez estaba más cerca, apenas unos metros. Y ocurrió. Un escudo salió de la nada y desvió al hechizo al mismo tiempo que sintió que alguien la empujaba con fuerza y su espalda chocaba contra el suelo. Cerró los ojos un momento por el golpe, y así los mantuvo unos segundos escuchando el caos que continuaba a su alrededor. Seguía oyéndolo todo. Seguía viva. Abrió con miedo un ojo, preguntándose qué iba a encontrarse, y se sorprendió.
James la miraba desde arriba. Estaba pálido, agotado y pegajoso por la sangre. Pero sus ojos sonreían mientras la inspeccionaban. Un suspiro escapó de sus labios y cuando iba a detenerse un segundo a dar gracias por el raro milagro que acababa de presenciar, él hizo un rápido giro y se apoyó contra ella. Escuchó el sonido de las explosiones y de los gritos. Quería saber qué había ocurrido, pero el cuerpo de James le tapaba la visión. Aunque si el tiempo pasaba y seguían en ese mundo era porque Voldemort estaba ocupado con otra cosa.
Efectivamente, Dumbledore había recuperado su posición en la batalla y hacía frente al señor de los mortífagos, quien se defendía aún algo sorprendido. Había visto al joven Potter recuperar la movilidad casi en el último momento, agitar una varita que le había quitado de las manos a la chica y empujarla para apartarle de la trayectoria. Lo había presenciado todo perfectamente, y no daba crédito. Veía en los ojos del viejo que este también se había sorprendido, y la tardanza de reacción en sus mortífagos se debía a lo mismo. Y no era extraño. Ese chico había echado abajo una maldición inmovilizadora que él mismo había realizado. Desde que era un estudiante no recordaba que algún hechizo suyo dejase de tener efecto antes de que él lo ordenase. La hazaña conseguida por el joven era más de lo que parecía a simple vista.
Sin embargo, a pesar de haber conseguido ser dueño de su propio cuerpo después de lo que parecía haber sido una eternidad, la máxima preocupación de James era el bienestar de Lily. Cuando las explosiones se alejaron de ellos gracias a los esfuerzos de la Orden, se detuvo a examinarla haciendo caso omiso de sus propios dolores.
- ¿Estás bien? –preguntó con voz rasposa inspeccionándole todo el cuerpo en busca de alguna herida-.
Lily asintió con la cabeza, más como un temblor que como una afirmación. Alzó con cuidado una mano y la pasó por una de las heridas abiertas en el cuello de James.
- Tengo que cerrártelas.
- No te preocupes. Ya casi no sangran –contestó James con una voz que no parecía la suya y que se le hacía extraño tras tantos días sin oírle-.
Había intentado evocar su voz por las noches, en esas largas horas de insomnio que pasaba en la cama o en la sala común frente a la chimenea. No quería olvidar su sonido, quería mantenerlo vivo dentro de su cabeza. Sobre todo por el intenso miedo que había tenido de no volver a escucharle. Sintió que las lágrimas rebeldes querían volver a sus ojos, pero las aguantó para otro momento en que pudieran relajarse ya a salvo.
- Tengo que sacarte de aquí –dijo incorporándose un poco, atenta a las maldiciones que cruzaban la estancia-. Aún no me creo que estés vivo…
Siguió sujetando su mano con fuerza mientras su mirada recorría la estancia en busca de la salida más segura. James le contestó algo, pero ella estaba muy ocupada inspeccionando el lugar. Vio a Peter, haciéndole señas desde su posición, a salvo. Pero no podían ir hacia él, pues para eso debían meterse en medio de la batalla que se estaba reanudando entre mortífagos e integrantes de la Orden. Pasaba la mirada entre los combatientes sin fijarse en ellos, ajena a esa curiosidad innata que la invadía normalmente. Siempre había querido poner cara a los héroes anónimos de los que le habían hablado James y Gisele, pero ese no era el momento para fijarse en ellos.
Junto a la pared estaba Sirius, con Remus junto a él encogido como un bebé. Su amigo temblaba y parecía estar sufriendo, pero el hecho de que se hubiera mantenido vivo durante tanto rato ya era un milagro. Sirius enarbolaba la varita y su mirada era fiera y directa. De momento se limitaba a crear escudos para que las maldiciones perdidas no les golpearan, pero Lily sabía que si algún mortífago se acercaba más de lo debido estando Remus herido, su amigo se lanzaría al ataque aunque llevara las de perder. Rezó interiormente para que esa situación no se diera y Sirius no fuera tan Sirius. Continuó buscando una salida posible sintiendo los dedos de James acariciarle la mano.
- Está difícil –dictaminó tras examinar el lugar-. La salida más obvia es por donde hemos entrado, donde está Peter. Pero tendríamos que meternos en medio de todo, y tú no estás lo bastante fuerte para correr tanto. Además solo tenemos mi varita.
- Lily… -trató de interrumpirle James-.
- No, escucha. ¿Ves el saliente que hay detrás de Alice? Con un poco de suerte podríamos llegar allí y cruzar la estancia pegados a la par…
Sintió los dedos temblorosos pero aún fuertes de James tomar su barbilla y girarla para que por fin le prestara atención. Seguía teniendo esa mirada tan expresiva que le había dedicado minutos antes, cuando aún estaba inmovilizado. Acompañada de una ligera sonrisa, el resultado era mágico. Estaría guapísimo de no estropearse la imagen por tantos cortes y sangre, pero aun así verle brillar como solo James sabía era un remanso de paz en medio de esa batalla.
- Yo también te quiero –le dijo en un tono tan bajo que creyó que se lo había imaginado-.
Él no había pensado más que en su seguridad antes de volver a dejarse empapar por la sensación de oírle a Lily Evans las dos palabras que más ansiaba. Ya podía estar cayéndose el mundo a pedazos, pues él estaba en paz después de haberlas escuchado. Y responder a la declaración era tan importante que debía hacerse por delante del mismo plan de escape. Lily también lo comprendió, pues robó un segundo al destino para sonreír tontamente como si no ocurriera nada.
Pero el segundo se transformó en varios cuando su expresión dejó de ser sonriente para ser sorprendida y después extasiada. De repente todo le vino a la mente, como un rayo de luz que había estado oculto tras las nubes. Todas las palabras adquirieron sentido; lo que le había parecido tan complicado de repente era muy sencillo. No comprendía por qué no se había dado cuenta antes. De repente el enigma de las cajas no era un misterio para ella. Solo necesitaba volver a examinarlas una vez más.
- Ayúdame –dijo de repente-. Tengo… tengo que juntarlas.
Pensó que James iba a decirle que no era momento para entretenerse, pero en vez de eso se incorporó un poco haciendo un gesto de dolor y preguntó:
- ¿Qué tengo que hacer?
- Las cajas –señaló Lily mientras se arrastraba hasta la azul y la acercaba contra sus piernas-.
James se inclinó hasta rozar con la punta de los dedos la caja marrón, la cual empujó hacia Lily antes de ir a por la siguiente. Su espacio de movilidad era reducido porque las maldiciones volaban por encima de ellos. Debían tener cuidado si no querían convertirse en víctimas de algún golpe fortuito. Una mirada a la primera caja le hizo darse cuenta de que estaba en lo cierto. Todo tenía más sentido después de su revelación. En la caja azul, que era la que tenía entre las manos, casi se distinguían la mayoría de las palabras.
- Como agua hunde hasta… fondo. Empapa. Ahoga. Sientes en lo más hondo. Sí, tiene sentido…
La cara de James era de perplejidad total, ya que para él no lo tenía. Él no podía saber nada de los nuevos descubrimientos que le había revelado el señor Duncker, por lo que estaba en desventaja. Sin embargo, echó una ojeada a la caja roja que era la que más cerca estaba de él, y mientras le quitaba el polvo intentó leer lo que ponía.
- Ardiente, poderoso es… hermoso –murmuró frunciendo el ceño extrañado-. Como el fuego te quema. Escapar no merece la pena. ¿Se supone que esto tiene sentido?
- ¡Sí! Mira esta –continuó la pelirroja con una alegre sonrisa en el rostro, como si no estuvieran rodeados por una batalla campal. Tomó la caja marrón y amplió la sonrisa cuando cercioró sus sospechas-. Solo en ocasiones se reduce. Aparta tus pies del suelo. Perderlo no tiene consuelo. ¿No lo entiendes? Habla de ti. De lo que yo he sentido todos estos días…
La cara de James se lo dijo todo, y dado que la situación no invitaba a sentarse a reflexionar con calma sobre el tema, Lily hizo un gesto de impaciencia con la mano.
- Da igual, ya te lo explicaré. Ahora ayúdame –cuando James le preguntó qué debía hacer, ella le tomó de la mano y le miró a los ojos-. ¿Estás conmigo? –al verle asentir sin entender nada sonrió y le apretó aún más la mano-. No me sueltes.
Y sorprendentemente, todo empezó a desarrollarse segundos después. Sintió un escalofrío en la mano que estrechaba la de James, y este fue subiendo por su brazo y expandiéndose por todo su cuerpo. El temblor que sentía proveniente de la mano de su novio le hizo saber que él también estaba sintiendo todo eso. Se concentró, cerró los ojos, inspiró hondo. Aún sentía la magia dentro de ella, solo tenía que conseguir unirla. Sintiendo las cuatro cajas a su alrededor, se aseguró de tocarlas todas sin soltar a James y abrió los ojos de golpe. Su objetivo era el mismísimo Voldemort, aquel a quien solo mirarle le revolvía el estómago. Y aun así no despegó su mirada ni un segundo. Sintió que un fuerte viento se levantaba, despeinando con rabia su cabello pelirrojo, y su mirada se agudizó más.
Era intenso. Podía sentirlo en lo más profundo de su pecho. Como un fuerte tirón hacia dentro que no disminuía. A su lado James le apretó fuerte la mano, y la caliente humedad que sintió entre los dedos no podía ser otra cosa que su sangre. Las heridas volvían a abrirse con todo el esfuerzo. Por un segundo Lily estuvo a punto de soltarle y abandonar su empeño pero, como si le hubiera leído los pensamientos, su novio le apretó más la mano estrujándole con fuerza los dedos. Los dos se estaban haciendo daño, pero en un acuerdo tácito no se detuvieron. Los ojos de Lily nunca abandonaron su objetivo. Y cuando todos los elementos volvieron a resurgir, esta vez acompañados de una fuerza mágica indescriptible, la balanza por fin se inclinó a su favor. Todo favorecía a la lucha de la Orden, y cada pequeña batalla se veía infuenciada por ese gran suceso.
Los mortífagos no tardaron en descubrir su desventaja aunque fueran mayores en número, por lo que enseguida surgieron los primeros desertores. A medida que algunos se desaparecían del lugar a otros les quedaba más trabajo, y pronto la mayoría habían huído del lugar. De fondo se oían los gritos de Bellatrix llamando cobardes a sus compañeros, y de Rodolphus intentando animar a los que aún quedaban. Pero llegó un momento en que el mismo Voldemort se dio cuenta de que la batalla estaba perdida. A la vez que debía luchar contra Albus Dumbledore tenía que hacer frente a todos los elementos que intercedían en su contra en la lucha. Como cada vez quedaban menos mortífagos, varios miembros de la Orden del Fénix aprovecharon para rodear a los dos contrincantes esperando su momento para atacar. Viendo sus intenciones y analizando la situación, el mago oscuro decidió no seguir arriesgándose en una batalla perdida. Hizo que una bola de fuego le rodeara y con una última mirada para aquellos dos adolescentes que habían desbaratado sus planes y cuyos rostros jamás olvidaría, se desapareció.
OO—OO
Cuando James vio al protagonista de las pesadillas de todo el mundo mágico irse, suspiró de alivio. Su suspiro se unió a un gemido de dolor por todas las heridas que se habían reabierto con la tensión. En unos segundos, los mortífagos que quedaban se desaparecieron y la Orden estalló en vítores por su victoria. Él se dejó caer al suelo agotado, y cuando Lily se abalanzó sobre él preocupada compuso una sonrisa cansada.
- Estoy bien. En serio.
Toda la tensión acumulada explotó en Lily como una bomba. El ver a James sonreír, aunque estuviera a punto de caer inconsciente de nuevo, y comprobar que la pesadilla había acabado, las lágrimas por fin llegaron a sus ojos. Pero era distinto. Eran lágrimas de alivio. Abrazó a James con cuidado y él la palmeó la espalda con cansancio.
- Lo he logrado –susurró con una sonrisa mezclada con el llanto-.
James le sonrió de nuevo, cerrando los ojos y suspirando, como si se preparara para dormir. Ella se incorporó un poco y examinó su estado, que no era el mejor.
- ¿Estás cansado?
James asintió pesadamente con la cabeza, sin siquiera abrir los ojos. Le rozó la mano, asegurándose de que los dedos de Lily cubrían los suyos y suspiró de nuevo.
- Ni se te ocurra dormirte, chico.
Lily pegó un bote cuando un hombre de aspecto rudo se acercó a ellos, apoyado en un extraño bastón que parecía improvisado. James se despertó de golpe y le miró desconfiado, pero al cabo de unos segundos ambos reconocieron a Alastor Moody, el jefe de los aurores. Este no tenía aspecto de conservar mucha paciencia, por lo que hizo moverse a Lily con un movimiento brusco y se dispuso a examinar a James. Justo en ese momento el propio Dumbledore hizo presencia.
- ¿Cómo te encuentras, James?
El muchacho le sonrió débil pero convincentemente.
- Solo estoy un poco magullado, profesor.
- Yo diría que algo más que un poco –intervino Moody levantando la mirada. Miró a Dumbledore seriamente-. Hay que llevarle a San Mungo cuanto antes. Y a la chica también, para asegurarnos de que está perfectamente.
- Encárgate tú, Alastor –pidió el profesor palmeando el hombro de James-. Yo aún tengo que encargarme de un par de cosas aquí.
- Profesor –intervino Lily poniéndose blanca a medida que recordaba algo-. Remus. Remus está herido.
El alegre brillo que había adquirido la mirada de Dumbledore desde la victoria se apagó mientras buscaba al muchacho en cuestión. Cuando le encontró, junto a Sirius Black, se levantó de golpe.
- Cuida esas cajas hasta que vaya a buscarte, Lily –susurró antes de acudir hasta el lugar en que estaban los muchachos-.
Lo último que escuchó antes de que Moody se llevara a los chicos fue la voz preocupada de James.
- ¿Qué le ha pasado a Remus?
OO—OO
Peter se abrió camino entre las personas que había en la sala. Algunos se iban desapareciendo, otros se movían aún sin rumbo, y otros se sentaban en el suelo, heridos. La única herida que él portaba era un pequeño corte en la cabeza producto de su golpe en la caída. Aunque algo mareado, se encontraba perfectamente. Dándose toda la prisa que pudo llegó hasta donde estaban Remus y Sirius. El primero seguía retorciéndose mientras se agarraba el estómago con fuerza, y su amigo le intentaba consolar frotándole la espalda.
- Ya ha pasado, Moony. Aguanta, enseguida te llevaremos a que te curen –decía el joven Black mientras buscaba con la mirada alguien que pudiera ayudarles. Al ver a Peter su rictus se volvió más urgente-.
- ¡Wormtail, rápido! ¡Tenemos que encontrar a…!
- Tranquilos, ya estoy aquí.
Albus Dumbledore apareció de repente con una rapidez y agilidad increíbles para alguien de su edad. Rápidamente obligó a Sirius a apartarse mientras examinaba al joven licántropo, que siseó de dolor cuando le hurgó en la herida.
- ¿Se va a morir? –preguntó Peter con un hilo de voz, impresionado al ver de cerca esa herida tan espantosa-.
Remus sacó fuerzas casi de donde no tenía para bufar y realizar un intento de risa.
- No tengas tantas esperanzas, Pete, no pienso morirme.
- Tu herencia de chocolatinas vitalicia tendrá que esperar –añadió Sirius intentando relajar el ambiente-.
No lo consiguió. Peter miraba la escena con los ojos como platos y él mismo no podía evitar estremecerse al pensar en lo que podría haber pasado, y en lo que aún restaba si la herida de Remus era grave. Cierto era que había conseguido reducir un poco la hemorragia y que Remus había conseguido mantenerse consciente, pero tenía miedo de que fuera demasiado tarde para curarle. El mismo temor debía tener el joven Lupin que miraba a Dumbledore como si estuviera esperando un milagro. Este continuó examinándole un segundo más hasta que levantó la mirada suspirando.
- Has tenido muchísima suerte –le dijo mirándole a los ojos-. Te has librado de una buena. La herida no es mortal, pero tengo que llevarte a San Mungo.
Se levantó ágilmente y giró sobre sí mismo para hablar a la persona más cercana que encontrara. Frank Longbottom estaba a unos metros de ellos, observando cómo Alice era tratada por Benjy. El joven auror parecía estar bien aparte de una herida en un brazo que se presionaba con un paño lleno de sangre.
- Frank, ven un momento.
Reticente de dejar sola a su mujer, que siseaba mientras su amigo le recolocaba la rodilla, el joven acudió a la llamada de su comandante. En ese momento se fijó en los tres muchachos y les miró extrañado. No podía recordar que les hubiese visto durante la batalla.
- Tienes que ir a San Mungo a que te miren la herida. Lleva contigo a este muchacho, necesita intervención urgente. Yo tengo que acabar algunas cosas antes.
- Antes tengo que encargarme de ese, señor –dijo el auror señalando con la cabeza el lugar donde Ethan Divon aún estaba apresado-. Hay que encerrarle y entregarle cuanto antes. El juicio tiene que salir pronto.
Dumbledore miró al preso. No podía moverse, estaba atrapado en una espesa capa de hielo que ni siquiera la fuerza de los elementos habían echado abajo. En su viva mirada vio el deseo de escapar, pero el director había tenido tantas ganas de atraparle como el propio Frank.
- Yo me encargaré de eso, hijo –le contestó el anciano-. Tú tienes que responder por otro caso. Si me permites, me quedaré yo con tu mérito para mantener la coartada y diré que fui yo quien le descubrió. Hablaré con el Wizengamot para acelerar el proceso del juicio. ¿Les acompañarás ahora a San Mungo?
- Por supuesto –respondió ya sin problemas mientras se acercaba a Remus-.
Con cuidado le pasó uno de sus brazos por sus hombros y le cargó con dificultad. El joven era casi un peso muerto pese a sus intentos por colaborar. Sirius se acercó a ayudarle con la determinación escrita en su rostro.
- Nosotros también vamos.
Frank miró a Dumbledore inseguro, quien no parecía decidirse sobre qué sería más recomendable. Desde su lugar, Alice intervino casi a gritos.
- Ese grupo es un peligro cuando están juntos, pero le aseguro, señor, que son peores separados.
Albus sonrió un poco ante esa declaración. Bien lo sabía él. Tenía queja de esos chicos todas las semanas. Miró a Frank asintiendo, para después lanzarles una mirada de advertencia a Sirius y Peter.
- Será mejor que los lleves también a ellos. Que aprovechen a examinarles para asegurarnos de que no tienen ninguna herida. Y ya hablaré con vosotros sobre por qué estáis aquí y cómo os habéis escapado del colegio.
Aún a distancia se escuchó a Peter tragar saliva ante esa promesa. Era lo segundo que más había temido de esa misión, aparte del riesgo a morir. Las consecuencias. Podrían expulsarles por haberse escapado rompiendo decenas de normas del colegio. Miró a Dumbledore con súplica, pero la mirada del director era impertérrita. Tomó una piedra del suelo y con una floritura de muñeca la convirtió en un traslador. Peter, Sirius, Frank y Remus le tomaron, y cuando la luz azul se iba haciendo más intensa, Dumbledore miró al joven Black.
- ¿Has sido tú quien ha reducido la hemorragia? –el joven asintió sin mucha ceremonia, y Dumbledore le devolvió el gesto-. Buen trabajo.
OO—OO
Benjy ayudó a Alice a llegar hasta el Ministerio. Aunque el traslado le irritó la pierna, esta estaba mucho mejor de lo que cabía esperar tras una lucha como esa tan solo un día después de caer herida. Aunque tuviera que ir a la pata coja la aurora debía volver al departamento con rapidez. Pese a que parecieran siglos, solo habían pasado algo más de un par de horas desde que se había marchado con los cuatro chicos de allí. Dumbledore le había pedido que se diera prisa en inventarse una excusa e informar cuanto antes a los Potter de que su hijo estaba a salvo. Era lo justo. Y después, claro está, le tocaba quedarse a esperar a que llegase Moody que, con una furibunda mirada, le había ladrado que ajustaría cuentas con ella más tarde.
- No puede cesarte –la tranquilizó Benjy cuando ella le manifestó sus temores mientras se acercaban a la entrada del Ministerio-. Quizá te expediente o te castigue de otro modo por incumplir sus órdenes, pero no puede permitirse el lujo de cesarte. No ahora.
- Bueno, parece que lo que buscaba Voldemort y que le hacía aún más temible ya no es problema –le recordó ella haciendo una mueca mientras se apoyaba en él para caminar-.
- Tú llevaste allí a esa chica. Mira lo que ha hecho ella solita. Si no la hubieras llevado podrían habernos masacrado a todos, y desde luego el chico no habría salido con vida. Te lo tendrá en cuenta.
- Hablas como si Alastor fuera muy lógico en sus decisiones normalmente.
Alice rio un poco en busca de aliviar la tensión. No quería tener que comerse la cabeza antes de tiempo sobre lo que haría o dejaría de hacer su jefe. Benjy le apretó el brazo cariñosamente al tiempo que pasaban la puerta del baño que era la entrada secreta al Ministerio.
- ¿Podrás ir sola? –preguntó algo preocupado-.
Ella hizo un gesto desdeñoso con la mano, soltándose de su agarre y manteniendo el equilibrio sola, aunque con esfuerzo.
- No me queda más remedio. Frank tardará en volver de San Mungo y dado que no eres personal del Ministerio, tu presencia sería muy extraña. Supuestamente vengo de haber tenido un chivatazo.
- Pues suerte –sentenció el joven dando un paso atrás para dejarle sitio-.
- Me hará falta para que cuele la mentira que voy a soltar.
Tras despedirse con una mano, la aurora se coló con dificultad en el cubículo y realizó la desagradable tarea de entrar al Ministerio por la puerta de empleados. Afortunadamente no le faltó ayuda una vez entró maltrecha al claustro. Al igual que le había ocurrido esa misma mañana, el vigilante de seguridad se ofreció a acompañarla hasta su departamento para que no tuviera que forzar mucho la pierna.
- De verdad, Alice, no sé cómo te hacen dar tantas vueltas con la pierna así –se quejaba el buen hombre mientras la ayudó a subir al ascensor-.
- Ha sido algo de última hora, Merton. Resulta que hubo un chivatazo y tuve que acudir yo sin falta.
- ¿Y esos cuatro diablos que se colaron esta mañana?
- ¡Ah! –exclamó ella recordando la bizarra escena que había protagonizado ese cuarteto-. Les he llevado a mi casa. Probablemente me la encuentre en ruinas cuando vuelva, pero al menos allí estarán entretenidos.
- Deberías darles una buena tunda. Sobre todo a ese primo tuyo –susurró el hombre con gesto resentido-. Me tuvo persiguiéndole por todo el Ministerio. ¿Mucho le costaba decir que era pariente tuyo?
Alice rodó los ojos teatralmente.
- Él es así de complicado. No volverá a venir aquí a molestar, palabra. Y gracias por acompañarme otra vez, Merton.
Ya habían llegado al departamento de aurores, y cuando el hombre se despidió entró a trompicones. Varios compañeros se habían incorporado al trabajo desde esa mañana, pero ella buscó con la mirada a la que sin duda estaba buscándola preocupada. En efecto, Ayleen apareció ante ella en menos de un segundo con una horrible cara de preocupación.
- Pero, ¿dónde te habías metido, muchacha? –gritó sin contenerse, llamando la atención de varios compañeros-. ¡Tres horas fuera! ¡Y con la pierna así! ¡En mitad del caso! ¿Quieres que me de un ataque? ¡Podría venir Moody en cualquier momento y encontrarme sola frente a todo! ¿Qué le digo yo entonces, eh?
- Tranquila Ayleen, escúchame –le pidió Alice con un tono de voz más contenido-. Frank me mandó un mensaje diciéndome que había habido un chivatazo, y lo cierto es que me olvidé de avisarte. Fue algo tan repentino…
- ¿Chivatazo de qué? ¿Tiene que ver con el caso Potter? –la atención de su compañera se había desviado por completo-.
- Sí. Tenemos buenas noticias. Le han encontrado. Aún no sé muy bien los detalles, pero está en San Mungo. Está herido, pero está con vida. Tenemos que avisar a sus padres.
La expresión de Ayleen se transformó de inmediato al escuchar las buenas nuevas. De la preocupación y el enojo pasó a la incredulidad y, finalmente, a la alegría.
- ¿Estás… estás segura? ¿Es información confirmada? ¿Está vivo? ¿Está a salvo?
- Sí, sí. Yo misma le he visto cuando le llevaban a San Mungo. Algo magullado, pero estaba vivo y consciente.
- Hay que avisar a sus padres –repitió Ayleen aún conmocionada-. Déjame encargarme de ello. Iré ahora mismo. Con lo que han pasado merecen saberlo cuanto antes.
Y antes de que Alice pudiera pronunciar otra palabra, la aurora de más edad invocó su abrigo y salió por la puerta con una sonrisa de felicidad que raramente se veía en el departamento de aurores. Claro que en dicho departamento raras veces se daban buenas noticias.
OO—OO
Pasaron dos horas hasta que Dumbledore tuvo todo resuelto para aparecerse en San Mungo. Tras analizar el lugar y dejar claro que había sido un refugio utilizado solo a última hora, se llevó a Ethan Divon hacia el Departamento de Justicia. No le habían hecho muchas preguntas sobre cómo le había descubierto por ser él quien era, pero había sido una sorpresa para todos que un muerto volviera de la tumba para acabar siendo el culpable de varios asesinatos. Siguiendo la costumbre el detenido había sido apresado hasta que el jefe de aurores se encargara de interrogarle, así que podía estar tranquilo de que Moody guardara la discreción. Solo después de aclararse ese problema tuvo tiempo de preocuparse por el estado de todos sus cooperantes. Algunos habían resultado heridos, pero afortunadamente no había desgracias que lamentar. Fabian Prewett había sido ingresado en el hospital, pero según le había informado su gemelo mediante un patronus solo estaría allí dos días a lo sumo. También Edgar Bones le había avisado que la maldición que había alcanzado a su hijo Anthony a última hora en la batalla no era grave, y podría recuperarse en casa. El mensaje que más le había aliviado era el de Alastor Moody. En él le informaba que James Potter ya se encontraba ingresado y que sería operado en breve. La situación del chico estaba fuera de peligro, y solo eso ya era motivo de regocijo para la Orden. No eran tantas las situaciones en que conseguían intervenir a tiempo de salvar una vida.
En ese momento él apareció en el hospital con varias cosas en mente, pero la principal era la primera de la que pensaba ocuparse. No había recibido ningún mensaje de Frank Longbottom. Aunque sabía que el estado del auror no podía ser grave, sí le preocupaba un poco el de otro alumno suyo. La primera cosa que quería saber era sobre la salud de Remus Lupin. Nada más llegar se dirigió a buscar a la enfermera que le había mantenido informado de los progresos de sus alumnos desde el ataque. La joven no se sorprendió de verle aunque la hora no fuera la habitual, sino que comenzó su discurso automáticamente.
- Hoy llega pronto, director. Le tengo buenas noticias. Mary McDonald y Simon Brown han sido dados de alta esta mañana. Tal y como usted concedió, pasarán una semana en casa con sus familias antes de reincorporarse a las clases. Y también…
- Es una fantástica noticia lo de Mary y Simon, seguro que en Gryffindor y Ravenclaw les gustará saberlo –la interrumpió el profesor-. Pero antes de que sigas, Susan, querría pedirte si puedes conseguirme información sobre otro enfermo.
- ¿Otro herido, profesor? –preguntó la joven con interés-.
- Sí, pero no tiene nada que ver con el ataque. Ha ingresado hoy, calculo que hará dos horas. Es un alumno mío y estoy algo preocupado. Se llama Remus Lupin.
- ¿Remus Lupin? –preguntó extrañada, intentando recordar su nombre-.
- Sí. No ha estado ingresado antes, esto es por otra cosa. ¿Crees que podrías averiguarlo?
- Por supuesto –contestó la joven con una amable sonrisa-.
Se alejó un momento para hablar con un compañero, que salió corriendo, y volvió.
- Liam ha ido a buscar la información que me requiere. De mientras, ¿qué le parece si le sigo informando?
Poco menos de diez minutos después, el enfermero volvió a paso ligero pero no tan apresurado como el que había utilizado al marcharse. El director le vio dudar un momento mientras la joven Susan seguía con su diatriba, pero con un gesto le animó a acercarse.
- Perdón por interrumpirte, Susan –se disculpó el joven acariciándole el brazo a su compañera. Después se volvió hacia el anciano profesor-. Señor, he localizado al chico por el que preguntaba. Han tenido que intervenirle, pero ya ha salido del quirófano y está en una habitación recuperándose. Hay otros dos chicos con él. Por lo que he podido averiguar tendrá que permanecer unos días aquí antes de que le den el alta, pero su estado es bueno.
- ¿Te importaría llevarme hasta allí? Luego te busco, Susan, y terminas de contarme el resto –le tomó del hombro al joven sin darle opción a negarse y ambos comenzaron a caminar-. ¿Liam, verdad? ¿Me puedes contar algo más de la operación de Remus?
De camino a la habitación el enfermero le puso al día, por lo que no le sorprendió encontrarse al joven licántropo recostado en una cama, pálido, pero con una pequeña sonrisa en los labios. Parecía que Sirius y Peter habían comenzado una pelea en la que el joven Black llevaba clara ventaja porque ambos se detuvieron de golpe al verle aparecer.
- ¿Interrumpo algo divertido?
Aunque su tono no era acusatorio los tres jóvenes se pusieron serios de inmediato. Era evidente que esperaban un buen rapapolvo, y no les faltaban motivos. Pero Albus Dumbledore no era un hombre que le gustase sacar conclusiones precipitadas.
- ¿Por qué no me contáis cómo habéis salido del colegio y llegado a un lugar tan peligroso? Cómo, cuándo y por qué. Aunque el por qué me lo imagino. Aprovecho el momento, por cierto, para comunicaros que James está fuera de peligro.
Los tres suspiraron de alivio, aunque discretamente y sin bajar la guardia. Tras unos segundos de silencio, Sirius se adelantó.
- Fue idea mía, profesor. Todo cosa mía.
- No puedo decir que me extrañe –concluyó el director mirándole directamente a los ojos-. Pero aunque fuera tu idea, habéis sido cuatro quienes os habéis ido. Entre ellos dos prefectos y una premio anual. ¿Acaso no puedo esperar un poco de lógica y de paciencia de mis alumnos más responsables?
- Estábamos preocupados por James –repitió de nuevo Sirius aunque Dumbledore no le miraba a él-.
Remus cambió de postura, dejando ver un pequeño gesto de dolor mientras se llevaba una mano al estómago.
- No culpe a Lily. Con lo ocurrido en el ataque y después la desaparición de James sería injusto pedirle lógica. Estaba sobrepasada.
- Y nosotros preocupados. Solo queríamos estar juntos –añadió Peter tímidamente mientras parecía encontrar muy interesantes los cordones de sus zapatos-.
- Además, estaba todo el tema de la caja. Teniéndola en las manos no podíamos quedarnos en Hogwarts –concluyó Sirius como si en su cabeza todo tuviera lógica-.
Dumbledore suspiró, y procedió a tomar asiento en la silla que estaba colocada al lado de la cama de Remus. La conversación tenía pinta de ser larga, y él ya no estaba tan joven como antes.
- Así que en vez de informar a algún profesor sobre lo que teníais e intentar ponerlo todo en manos de los adultos, preferisteis arriesgaros vosotros a entrar dentro de un juego cuyas reglas no conocéis y que podría haber sido mortal, ¿me equivoco?
- Pues dicho así… -susurró Peter en voz baja mirando de reojo a Sirius-.
- Tratamos de localizarle a usted, profesor –se defendió su amigo-. Le dijimos a la profesora McGonagall que era urgente que habláramos con usted, pero no quiso escucharnos.
- ¿Le hablasteis de las cajas?
- Bueno, no –reconoció a regañadientes-.
- Pero no sabíamos a quién podíamos hablar del tema –intervino Remus-. Es algo muy peligroso, no queríamos ir chismoseando del tema.
- No niego que la precaución es una virtud, pero la profesora McGonagall es maestra en Hogwarts y, por lo tanto, digna de total confianza.
- Ya, pero no sabíamos si era un tema que solo inmiscuía a la Orden del Fénix o no…
Peter se calló de inmediato al ver una reacción instantánea en el director. En un primer momento pensó que había dicho algo malo, pero Dumbledore les miraba con curiosidad y no con enojo.
- ¿Qué sabéis vosotros acerca de la Orden del Fénix? –preguntó con interés-.
Los tres fueron explicando todos los datos de los que tenían conocimiento. Se iban interrumpiendo unos a los otros y corrigiendo cuando alguna olvidaba o equivocaba algún nombre o fecha. También le contaron sobre por qué James tenía la caja, y cómo él solo lo había hablado con ellos cuatro. Al final de su exposición, Dumbledore estaba gratamente sorprendido.
- Ya veo que no es tan fácil guardar secretos como pensaba –comentó el anciano algo divertido-.
Los tres chicos se limitaron a sonreírle un poco y esperar a que volviera a dirigir la conversación. Tras unos segundos de reflexión interna y un par de suspiros, Dumbledore se levantó y palmeó a Remus en el hombro.
- Has tenido mucha suerte, Remus. De verdad.
- ¿Suerte? –bufó el joven con una sonrisa algo amarga y el tono en broma-. Los cuatro nos tomamos Felix Felicis antes de entrar a la cueva, y yo he acabado en el hospital atravesado por una especie de moco negro. La suerte me evita hasta cuando la persigo, profesor.
- ¿Felix Felicis? –inquirió de nuevo con curiosidad el anciano-.
- Remus trafica con pociones, señor –explicó Sirius dirigiéndole a su amigo una sonrisa-.
- Es nuestro trabajo de fin de año –explicó el licántropo cuando el director le miró en busca de la verdadera explicación-. El profesor Slughorn nos puso en grupos, y James, Lily y yo teníamos que encargarnos del Felix Felicis. Tomé mi muestra anoche de mi baúl para beberla, por si acaso. Pero no debe funcionar, así que seré yo quien tenga que informarle a James que tendremos que empezar de cero o suspender la asignatura.
- Pues Lily se pondrá como una fiera –predijo Peter, ganándose la risa de todos-.
Dumbledore cogió aire, esta vez satisfecho del rato de distensión que le estaban regalando esos jóvenes a los que la guerra aún no había maliciado. Después, con una sonrisa, se volvió hacia Remus.
- Yo no temería por el aprobado en pociones, Remus. Te diré que si esa misma maldición le llega a alcanzar a otro habría sido mortal en cuestión de segundos. No habría dado tiempo de reacción. La suerte ha venido, en primer lugar, porque te tocara a ti recibir el impacto. Tu sangre de licántropo frena ese veneno y ralentiza su expansión por el cuerpo. Por eso a Sirius le dio tiempo de mostrar sus grandes dotas curativas. El segundo momento en que ha funcionado la suerte ha sido el ángulo en que te ha alcanzado, que no era recto y por lo tanto menos profundo. La suerte no puede hacer milagros cuando nos plantamos delante de la muerte de una forma tan directa como lo has hecho tú hoy, pero puede colaborar para que nosotros mismos hagamos el milagro.
Remus estaba sorprendido por toda esa información. Por primera vez en su vida ser licántropo le había beneficiado en algo, aunque fuera la única vez, y eso le dejaba un poco en shock.
- Entonces… ¿la poción funciona?
- A la perfección –le aseguró el director-. No tendréis que tener miedo de Lily.
En ese momento, como si la hubieran invocado, la puerta se abrió un poco y una cabeza pelirroja se asomó con timidez. Lily llevaba un ungüento en la mejilla izquierda, tenía vendados tres dedos de la mano derecha y las ojeras le llegaban hasta el suelo. Pero aparte de eso tenía buen aspecto.
- ¡Ah, Lily, perfecto! Justo hablábamos de ti –exclamó Dumbledore. Ante la mirada de extrañeza de la chica, el director se apresuró a aclarar-. De tus habilidades con las pociones. Apuesto mis calcetines a que te debemos a ti el mérito de realizar perfectamente una poción Felix Felicis. Al profesor Slughorn le gustará saber esto.
La pelirroja sonrió un poco avergonzaba mientras cerraba la puerta. Miró un segundo a sus amigos, pero apartó la mirada de Sirius al ver su sonrisa burlona. Estaba segura de que si seguía manteniendo el contacto visual el vocalizaría con los labios la palabra empollona. Se acercó tímidamente a la cama de Remus y posó una mano en su rodilla.
- ¿Estás bien?
- Casi como nuevo –contestó él con una sonrisa tranquilizadora-.
- El casi es porque les pedimos un hombre lobo nuevecito y dijeron que no los tenían frescos, así que tenemos que conformarnos con él –bromeó Sirius ganándose una mirada de aviso de Lily-. Vale, aún no se ha relajado tanto el ambiente como para hacer bromas…
- Espera a estar en Hogwarts, Sirius, e incluso allí la cosa estará complicada –le recomendó Dumbledore-. Aún tenéis que responder por haberos escapado.
- Pero, ¿no nos había perdonado ya? –preguntó Peter poniendo cara de pena-.
Dumbledore no se dejó engañar.
- Tendré suerte si consigo que el Ministerio no se informe de vuestra fuga, chicos. Por supuesto que no os perdonaré tan fácilmente. Habrá un castigo para los cuatro, pero no os preocupéis ahora de eso. Vosotros tres ya estáis acostumbrados a los castigos, y estoy seguro de que la experiencia le será interesante a Lily, por una vez.
- A ella ya le castigaron una vez este año, profesor –se apresuró a informar Sirius solícito-. McGonagall le pilló enseñándole las bragas a James.
- ¡Sirius! –gritó la pelirroja poniéndose del mismo color que su pelo y lanzándose sobre él para pegarle-.
El joven la atajó a tiempo y logró esquivar el golpe. Para evitar el segundo le abrazó con fuerza aprisionándole los brazos y elevándola en el aire.
- ¡Pelirroja! ¡Que ya tenemos a Jimmy entre nosotros!
Ese recuerdo pareció aplacar a Lily que le devolvió el abrazo con una pequeña sonrisa. Remus y Peter también sonrieron. Dumbledore lo hizo a la vez que se acercaba de nuevo al grupo.
- Eso me recuerda, Lily, el tema de las cajas. ¿Las tienes todas aquí?
La chica se separó de su amigo y sacó con dificultad dos cajas de cada bolsillo. Cuando una amenazó con caer Peter y Sirius se adelantaron a ayudarle, y juntos se las dieron al director quien las tomó todas con más fuerza de la que imaginaban.
- Vuelven a estar llenas de energía y cerradas herméticamente –le informó Lily aunque, dado el peso, era algo fácil de averiguar-.
El anciano asintió comprobándolas.
- Ya veo. Ahora no es momento, pero dentro de unos días tú y yo tendremos una charla sobre este tema. ¿De acuerdo, Lily?
- Sí, señor.
- Bien. Una cosa más. ¿Quién os llevó hasta allí? ¿Fue Alice?
No fue difícil para el director hacer esa suposición. La joven aurora había aparecido en la batalla de improviso, sin motivo y desobedeciendo órdenes. Y poco después había aparecido Remus seguido de sus amigos. Era imposible que ellos hubieran averiguado la dirección sin ayuda. Y la suposición se demostró que era correcta desde el momento en que los muchachos se pusieron serios de nuevo y le miraron suplicantes.
- La obligamos, profesor –se apresuró a aclarar Lily-. Yo le dije que no le daría la caja, prácticamente le hice chantaje psicológico. Ella no es responsable de nuestros actos, no tuvo más opción.
- Le aseguramos que sabíamos usar las cajas. Bueno, Lily sí –añadió Sirius-. Y ella nos hizo prometer que no nos moveríamos del escondite. Fue culpa nuestra el desobedecer.
- No le haga pagar por nuestra culpa –terminó Remus con expresión suplicante-. No la eche de la Orden.
Peter culminó el cuadro negando con la cabeza con una cara que le derretía el corazón incluso a la dura McGonagall. De hecho fue con la profesora con quien perfeccionó ese gesto. Dumbledore suspiró.
- Hablaré con ella. Estad tranquilos, Alice es una persona muy necesaria en la Orden, no podemos prescindir de ella. Aun así os advierto que no seré tan benevolente con vosotros si volvéis a dar otro quebradero de cabeza en lo que queda de curso. Me da igual que solo os queden unos pocos meses de formación, si no respetáis las normas básicas tendré que echaron aunque solo os quede un día de clases.
Los cuatro asintieron a la vez, aunque el director supo que solo una se había tomado completamente en serio sus palabras. De todas formas era más un intento de mantenerlos obedientes que una amenaza real. Él no echaría a ningún alumno del colegio a no ser que fuese absolutamente necesario, como los desagradables casos del ataque de la semana anterior.
- Pues os dejo a los cuatro tranquilos. La profesora McGonagall no tardará mucho en llegar para acompañaros a Hogwarts a vosotros tres. Y tú Remus tendrás que quedarte unos días hasta que te recuperes por completo. Yo vendré a visitarte y si no dais problemas podrás reunirte con James.
- ¿Y con Rachel? –preguntó de repente el joven, creando un ambiente un poco tenso-. ¿Podré verla a ella?
Reacio a hablarle del estado de la muchacha en ese momento, Dumbledore se dirigió a la puerta y se giró a mirarle con el rostro neutro.
- Ya hablaremos. De momento haz caso a los sanadores. Y vosotros tres esperad con calma a la profesora y obedecedla en todo.
La última imagen que tuvo de la habitación era el raro ambiente que se había creado ante el recuerdo de Rachel Perkins. Lily, Sirius y Peter miraban a Remus sin saber qué hacer, pero los tres se acercaron formando un círculo alrededor de la cama.
OO—OO
Los Potter entraron en San Mungo con el alma fuera del cuerpo. Tras ellos, la aurora Ayleen Morris les seguía de cerca sintiendo y empatizando con la urgencia que embargaba al matrimonio. Hacía apenas unos minutos que se había aparecido en la mansión Potter para informarles de que habían localizado a James y estaba a salvo en San Mungo. Lo que tardaron en salir de la casa fue el mismo tiempo que llevó despertar a Dorea de su sueño inducido y despejarle lo suficiente como para que pudiera caminar por su propio pie. Podía hacerlo, aunque con pasos inestables y algo arrastrados. Sino fuera porque su marido la estaba sujetando firmemente se habría caído varias veces durante el trayecto.
Los dos estaban sin resuello. Charlus apenas respiraba, se dejaba llevar por la urgencia y la inconsciencia porque la mente no le funcionaba bien desde que había recibido la noticia de que su hijo seguía vivo. Su mujer aún seguía débil físicamente pero ese nervio e inquietud que bien había heredado James se dejaba notar. Miraba a varios sitios al mismo tiempo y, cuando sus pies intentaban ir más rápido de lo que podían, tropezaba con el mismo suelo. De vez en cuando se volvían para mirar a Ayleen y asegurarse que iban por el camino correcto. La aurora se limitaba a guiarlos mediante gestos sin hablar, no queriendo perturbarles más.
- Tranquilízate, Dorea –susurró su marido al ver su estado-. James ya está a salvo. Ya está bien.
- No me fiaré de nada hasta que no le vea con mis propios ojos –le contestó esta con más mordacidad de la que pretendía-.
Charlus encajó el golpe en silencio y continuó siguiendo las indicaciones de Ayleen hasta llegar a un largo y estrecho pasillo pintado entero de blanco.
- Es aquí. Voy a preguntar –se adelantó la aurora-.
Llamó a una de las puertas y esta se abrió pasados unos segundos. Estuvo susurrando un rato con quien estuviera detrás que los Potter no veían ni conseguían escuchar lo que decían. Pasado ese lapso de tiempo, Ayleen se volvió a mirarles algo insegura. Con el corazón latiéndoles cada vez más deprisa temiendo de nuevo por su hijo, ambos la miraron atentos.
- Está bien –les informó, tras lo cual ambos suspiraron aliviados-. Justo ahora van a operarle. He conseguido que los dejen verle unos segundos para que lo puedan comprobar con sus propios ojos, pero deberá ser a través de un cristal. Los sanadores que están dentro han sido debidamente registrados y su identidad confirmada. Nadie más que ellos tratará a James, y del mismo modo dos aurores estarán con él en todo momento hasta que abandone el hospital. No tienen que volver a preocuparse por su seguridad, no hemos dejado nada al azar.
Los dos asintieron conformes con las medidas que había tomado el Ministerio. La desaparición de James era algo que había traído de cabeza a todo el departamento de aurores, y desde luego era un caso que no pensaban repetir. Ayleen procedió entonces a guiarles a través de esa puerta hacia otra estancia que parecía ser una sala de espera. Apenas con un sofá y un par de sillas, el mobiliario estaba casi ausente en la habitación. Las paredes estaban pintadas de un tono morado apagado, y frente al sofá había un gran ventanal cuyo espectáculo cubrían unas espesas cortinas negras que estaban colocadas en la otra estancia.
- Aquí podrán estar todo el tiempo que dure la operación –les informó Ayleen ofreciéndoles un asiento-.
Sin embargo los dos se mantuvieron en pie mirando fijamente el ventanal de cortinas negras. Ayleen suspiró y dio un golpe en el cristal, tras lo cual hubo bastantes movimientos en las cortinas. Cuando finalmente las corrieron, a los señores Potter les pareció que habían pasado siglos. Ahí estaba James. Estaba pálido y las heridas estaban algo desmejoradas. Sin embargo, parecían no sangrar tan abundantemente como lo habían hecho la primera vez que tuvo que acudir al hospital. Estaba consciente, pestañeando lentamente y mirando a la sanadora con cara de sueño. La máxima responsable era la sanadora Morrison, la misma que le había atendido la vez anterior. Los Potter se habían encargado de limpiar su nombre y asegurarse de que la imagen de la doctora no se viera enturbiada por una situación de la que no era culpable en absoluto. Ellos le estarían eternamente agradecidos por ser la que había salvado la vida a James, y era en la que más confiaban para llevar a cabo la operación.
Fue ella misma quien les vio y avisó a James de su presencia. Le tocó suavemente en un hombro y le susurró con delicadeza, mirándolos con una pequeña sonrisa. Él giró la cabeza con curiosidad, mirándolos directamente. Dorea se echó a llorar a mares, pegándose al cristal como si quisiera traspasarlo. Charlus inspiró hondo y siguió la mirada de su hijo que pasó de él a su madre, a quien le dedicó una sincera y cansada sonrisa.
Los demás sanadores y enfermeros que estaban alrededor se fueron arremolinando alrededor de James a medida que la sanadora les llamó, y dos hombres apartados y vestidos con túnicas negras, evidentemente los aurores, se inclinaron para volver a correr las cortinas. Lo último que vieron de James fue cuando uno de los enfermeros le apuntó con la varita y el chico cayó en un sueño inducido. Los dos suspiraron al mismo tiempo, sintiendo el alivio llenar todo su cuerpo.
- Gracias, Merlín –susurró Dorea aun apoyando la frente contra el cristal-.
Las lágrimas aún rodaban por sus mejillas cuando su marido la abrazó por la espalda.
- Ya se acabó todo –sentenció él con voz aliviada-.
- Sí…
Ambos se habían olvidado de la presencia de Ayleen hasta que ella se aclaró la garganta.
- Pueden estar aquí hasta que acabe la operación. Vendrán a buscarlos entonces –les dijo con una amable sonrisa-. Me alegro infinitamente de que James haya vuelto sano y salvo.
- ¿Quién le encontró? ¿Cómo ha sido? –preguntó Charlus-.
Ahora que se había asegurado de que su hijo estaba bien, su instinto investigador le abrió la curiosidad. Sin embargo la aurora se encogió de hombros y negó con la cabeza.
- No lo sé muy bien. En cuanto me enteré fui a buscarlos inmediatamente. Creí que era más importante que supieran que James estaba a salvo, y que después ya podría decirles los detalles. Iré a informarme ahora mismo y esta tarde vendré a contárselo. De momento disfruten de la buena nueva.
Les saludó con un gesto de la cabeza y se giró para marcharse.
- Señora Morris –la llamó el señor Potter. Cuando ella se giró, él pasó un brazo por los hombros de su mujer y sonrió-. Gracias por todo.
Recibieron una centelleante sonrisa como respuesta y despedida, tras la cual la mujer no se entretuvo más.
OO—OO
En Hogwarts las buenas noticias aún no habían llegado. Lo último que Grace tenía en la cabeza eran las palabras de Jeff, explicando esa visión suya tan funesta. Estaba seguro de que James estaba muerto, lo había visto hace meses aunque no pensaba que fuera algo que fuera a suceder tan rápido. La culpa por no haber contado nada había embargado al pobre muchacho, que se había distanciado de sus amigos y se había volcado en su novia, la única aparte de su hermana a quien le había contado su visión. Ahora Sadie estaba muerta, y James parecía que también.
Grace no podía dejar de darle vueltas a sus palabras. En su cabeza no entraba la idea de que James podría estar muerto, tenía que ser un error. Y tampoco podía concebir que los demás estuvieran tan en peligro por ir a buscarle. ¿Cómo iban a encontrarle? Lo más probable era que estuvieran dando vueltas en la nieve, perdidos por las indicaciones de Sirius. Todavía no comprendía por qué Lily se había dejado llevar. Quizá si ella no habría estado en la enfermería podría haber sido un apoyo y su mejor amiga no habría hecho algo tan impropio de ella. Pero no podía negar que estaba preocupadísima. Por James, por Lily, por Remus, por Peter. Por Sirius… Ese idiota le iba a escuchar cuando volviera. No le había contado nada, no había confiado en ella, no la había esperado. Aunque todo eso sí que era más típico de él pensaba decirle muy claramente lo que pensaba. Y era que estaba como una cabra y que sus locas ideas algún día les matarían a todos. Porque estaba convencida de que eso de escaparse había salido de la cabeza demente de Sirius Black.
Estaba enfadada, pero los nervios y la preocupación no dejaban que ese enfado se convirtiera en furia. Simplemente era un manojo de nervios. Se había negado a bajar a comer al comedor. Ya la noticia se había ido filtrando por todo el colegio, aunque nadie sabía claramente qué ocurría. Los jefes de las casas habían puesto medidas restrictivas de horario y les habían informado de una situación extraordinaria que hasta que no se resolviera no podrían comunicar. La falta de un buen grupo de gryffindors de último año había dado lugar a especulaciones. Finalmente el único que bajó a comer fue Jeff, que se escudaba en Nicole. La chica mantenía a raya los comentarios de los demás. Sorprendente para alguien tan pequeño. Gisele se había quedado en el cuarto argumentando un dolor de cabeza que ella no se creía. Y ella había ido a hablar de nuevo con la profesora McGonagall, quien le había gruñido que no sabía nada y dejara de molestarle en ese momento.
Enfadada, se había marchado a su cuarto con la clara intención de recoger su escoba y salir a volar un poco para relajarse. Le daba igual que la enfermera se lo hubiera prohibido durante un par de semanas, no tenía el día para seguir consejos. Pero McGonagall también le había fastidiado ese plan. Por lo visto la profesora había entrado en su habitación mientras ella estaba en la enfermería y se había llevado su escoba para evitar tentaciones. Ese hecho la frustró más. Decidida y seguir moviéndose salió a dar un paseo por los jardines nevados, aunque más bien se dedicaba a pisotear la nieve con rabia. Los paseos relajantes no eran lo suyo y necesitaba desfogarse con algo.
No es que estuviera muy entretenida, pero el entumecimiento de las piernas le ayudaba a apartar su mente de funestos pensamientos. Estuvo unos diez minutos haciendo hoyos con los pies hasta que, muerta de calor, (algo irónico dado que estaban a bajo cero) y cansada, alzó la mirada para observar el paisaje que rodeaba Hogwarts en invierno y que tenía enamorados a todos los estudiantes por igual. Los jardines otrora verdes y llenos de frondosos árboles, estaban cubiertos de nieve y decorados con los troncos desnudos y las ramas temblorosas. Y apoyada en uno de esos troncos había una persona. Grace agudizó la mirada y de repente su boca se abrió mientras echaba a correr en su busca.
- ¡Sirius! –gritó haciendo eco en medio del lago-. ¡Ey, Siri…!
Cuando llegó más cerca cayó en su error. No era su novio que había vuelto de su excursión, sino alguien muy parecido a él y a la vez muy distinto. Por desgracia Regulus ya le había visto y el encontronazo era inevitable. Como ella, él también parecía incómodo y sin saber cómo reaccionar. La tentación de darse la vuelta y actuar como si no hubiera pasado nada estaba ahí. Pero llevaban mucho tiempo sin hablar, y habían pasado demasiadas cosas. Cosas muy graves. Se preguntó si él estaría ahí, solo y pensativo debido a la desaparición de su hermano. Pero también otras cosas le llegaron a la mente. Habían investigado y expulsado a varios alumnos por participar en la batalla de Hogsmeade. Eran compañeros de él, ¿cuántas posibilidades había de que él también estuviese involucrado? Suponía que de haberlo estado le habrían pillado, pero por el propio Sirius sabía que los Black eran expertos en escurrirse de los problemas. Y al pensar en la batalla también pensó en alguien que ambos tenían en común y que ya no estaba. Regulus había sido amigo de Sadie.
Efectivamente, el principal motivo del aislamiento del muchacho era la muerte de su amiga. Una amiga que había pasado a ser algo más sin que él se diera cuenta, y a quien nunca podría decírselo. La culpa y la melancolía le carcomían. Había pasado más de una semana pero no conseguía acostumbrarse a su ausencia. Era como si en cualquier momento fuera a aparecer de la nada. Casi creyó reconocerla en el primer grito que oyó a lo lejos. El segundo ya vio que al que llamaban era a su hermano, y la que hablaba era Grace. No le parecía extraño que ella le confundiera con Sirius. Siempre tendría que mirarle dos veces para verle como él mismo. Y eso le parecía algo tan normal que incluso le dio alivio. Una ráfaga de normalidad en medio del caos en que se había vuelto su vida. Miró a la chica, aquella que siempre recordaría como su primer amor, y tragó saliva difícilmente. No sabía cómo reaccionar, era incómodo.
Se había marchado cuando ni siquiera él había podido huir de los rumores. Claro que algo le afectaba el que dijeran que su hermano estaba desaparecido. Hacía una semana había sido incapaz de matarlo y ahora el muy imbécil se iba, seguramente a ponerse en peligro, él solito. Nunca había sido el más inteligente de la familia precisamente. Aquello le hizo pensar qué habría opinado Sadie de todo eso. Habría dicho algo, fijo. No se callaba ni aunque supiera que estaba molestando. O precisamente cuando lo sabía era cuando más hablaba. Le habría dado la tabarra, se habría puesto pesada con eso de que Sirius y él no eran tan diferentes como se creía. Le habría puesto la cabeza como un bombo y habría acabado haciéndole confesar lo que ya sabía sin ayuda de ella: que todavía se preocupaba por su hermanito, la oveja negra. Siguió mirando a Grace, notando la incomodidad de ella como propia. Finalmente se obligó a ser educado y emitió una sonrisa poco creíble.
- Me alegro que hayas salido de la enfermería, Grace. ¿Qué tal estás?
Ella se tomó unos segundos para contestar, como si estuviera evaluando si merecía la pena una conversación con él. Finalmente dio un par de pasos hacia él.
- Bien. Ya estoy bien.
- Me alegro –susurró Regulus intentando llenar silencios-.
Grace estuvo un par de minutos más ahí parada, sin irse pero tampoco hablándole. Él intentó evitar su mirada y le prestó al lago helado más atención que la que merecía. Finalmente ella se movió, y de repente parecía muy decidida. Malo. Cuando Grace se decidía por algo normalmente era para explotar. Se sentó a su lado antes de que pudiera detenerla y le miró directamente a los ojos.
- Hay algo que me carcome desde hace días, y ya que te tengo delante tengo que preguntártelo.
Regulus sintió que se le secaba la boca. ¿Sería posible que estuviera imaginando un tono de acusación en su voz?
- Dime –dijo con voz algo estrangulada-.
- ¿Estabas en Hogsmeade el otro día?
- Sí –reconoció asegurándose de no tener ninguna expresión en el rostro-. Pero no de la misma forma que seguro tú te estás imaginando.
- Hubo compañeros tuyos que estuvieron de esa forma. Y les han pillado –le recordó ella esta vez con la acusación clara en su voz-.
- Tú lo has dicho. Quienes estuvieron, les pillaron. Yo no tengo nada que ver con eso.
- Tu prima estaba –continuó con la voz aún más dura por su experiencia vivida-. Estuvo pasando un buen rato a mi costa, ¿sabes? Mató a una de mis amigas.
Regulus tragó saliva y apartó la mirada hacia el lago. No podía mirarle a los ojos y ver el odio escrito en la cara de Grace. Aunque sus sentimientos por ella ya no eran los de antes, seguía afectándole su opinión.
- Lo sé, Grace. Y lo siento.
- Estuvo a punto de matarme.
- Lo sé.
- Y mató a Kate.
- Lo sé –repitió como un autómata-.
Grace no estaba dispuesta a que huyera de esa conversación, por lo que se incorporó un poco y le miró más directamente. No importaba que él intentara rehuirle la mirada, sabía que aún podía verla de reojo.
- Entra dentro de lo normal que me reconociera a mí –continuó-. Me ha visto miles de veces y conoce bien a mi familia. Pero Kate no era nadie para ella, no tenía por qué conocerla.
- Sabes como es mi prima. Eso no le importa –dijo él intentando desviar la atención. Podía ver qué camino seguía la conversación-.
- Pero la reconoció. Sabía quién era ella. La mató con toda la intención de hacer daño a Sirius, sabiendo la relación que ambos tuvieron. ¿Cómo podría reconocerla si no la había visto en su vida? Lo hablé con Sirius, ¿sabes? Y la conclusión a la que él llegó no me tranquiliza en absoluto. ¿Le hablaste tú a Bellatrix de Kate?
Regulus mantuvo la mirada fija en el lago, sintiendo que sus ojos centelleaban. Tenía la sensación de que los de Grace le taladraban. Pero no pudo contestar. Se quedó callado. Porque si respondía con la verdad, todo sería peor. Él no estaba libre de culpa. Había sido él quien le había hablado a Bella de la sucia impura que su hermano se había echado como novia. Sabía que lo había hecho por joderle. Una mestiza, ni más ni menos. Seguro que no había elegido a una sangre sucia porque la primera que se le ocurrió era ya el coto privado de su amiguito siamés. Estaba furioso e indignado cuando habló con Bella. Le había descrito a la chica a la perfección. Era guapa, no podía negarlo. No del modo evidente y sensual como Grace, sino de una forma más tímida y dulce. No del todo del estilo de Sirius pero sí como para hacer daño a su familia y quedar muy satisfecho con la elección. Cuando supo su muerte no sintió nada. Le dio igual. No era alguien muy empático, así que no le importó. Pero después fue pensando en que también era amiga de Sadie. Todo era más difícil ahora.
Grace supo que había dado en el clavo cuando le vio la expresión. El enfado inundó sus venas. La rabia, las ganas de venganza. Pero se disiparon con la misma rapidez con la que le invadieron. Las ganas de venganza no eran contra Regulus. A pesar de todo sabía que si hubiera sido él a quien se habrían encontrado jamás habría matado a Kate. Le recordaba de pequeño. Era bueno, tranquilo, manipulable. Sirius había tratado de hacerle daño saliendo con Kate y él cayó. Bellatrix había intentado manipularle para vengarse de Sirius y también cayó. Él era el que siempre estaba en el medio. Y en el fondo le daba pena. Suspiró y se recostó, mirando también el lago helado.
- ¿Sabes? Tu hermano en parte no quería creer que fueras tú. No te cree tan malo como ella.
- No me conoce –respondió él picado, con la voz tomada-. Hace años que no me conoce.
- Pues yo creo que te conoce mejor de lo que te conoces tú. Incluso me atrevo a decir que yo también. Los dos creemos que tú eres capaz de cosas más buenas de las que estás haciendo ahora. Ambos creemos que no estás llevando precisamente la vida que quieres sino la que te han impuesto.
- No os equivoquéis. Yo estoy muy bien como estoy. Es lo que mi familia esperaba de mí, pero también lo que yo esperaba de mí.
- ¿En serio? –le preguntó Grace sin creerle-. ¿Es lo que quieres para ti? ¿Convertirte en un mortífago, cuya única ocupación es matar? ¿Casarte con Yaxilia Selwyn cuando acabes el colegio? ¿Tener hijos pronto y criarlos para que también sean asesinos en cuanto tengan edad suficiente? Yo siempre he creído que tú lo que quieres es hacer magia. No tener que estar escondido por ser mago, que dejemos de vivir en la clandestinidad. Pero vivir, a fin de cuentas. No creo que tú quieras matar a nadie, no creo que quieras que tu vida gire alrededor de eso. Y no creo que quieras tus hijos te recuerden como: Sí, él es mi padre. Hizo un record de matar a 100 muggles en un solo día. Estamos orgullosos.
Regulus se removió incómodo. Grace sabía que le estaba tocando la fibra sensible y seguía cebándose, como un león con una cebra. Sadie también iba siempre a hierro.
- No eres una mala persona, Regulus. Y algo me dice que no tardarás en averiguarlo. Solo quiero que sepas que cuando te des cuenta no estarás solo. Aún hay gente que cree en ti.
Regulus no podía seguir escuchando. La miró a los ojos con veneno y apretó los dientes.
- Dile a mi hermano que deje de perder el tiempo esperando un milagro. Y tú deja de ir de salva vidas por el mundo. Sé muy bien cual es mi sitio.
Grace negó con la cabeza con decepción. Regulus gruñó interiormente. Últimamente todo lo de recordaba a Sadie y sentía que iba a volverse loco si no paraba eso ya. Se levantó, dispuesto a dejarle hablado sola si es que quería continuar con su diatriba. Pero Grace le agarró la mano mirándole intensamente. Se metió una mano por el cuello del abrigo y sacó una cadena, que consiguió sacarse del cuello tras un par de intentos. Dio la vuelta la mano que aún le sostenía y se lo puso en la palma para que lo sostuviera. Era un guardapelo de oro. Tenía una B y una S entrelazadas y unas pequeñas y preciosas piedras verdes incrustadas. Era una joya única, hecha a mano. Él había nacido en una familia demasiado tradicional como para no notar eso. Lo sintió pesar en la palma de su mano y miró a Grace extrañado.
- ¿Qué narices…?
- Es mío –le interrumpió-. Ha pertenecido a mi familia durante siglos. Quiero que lo guardes tú.
- ¿Qué tipo de juego es este? –preguntó desconfiado-.
- Ninguno. Solo quiero que lo guardes y lo tengas como un recuerdo mío. Es algo importante para mí, así que sé que lo cuidarás. Quiero que cada vez que lo mires pienses que yo estoy ahí. Puede que cuando acabe en el colegio no te vuelva a ver, pero quiero que te quede claro que puedes contar conmigo cuando me necesites. Guárdalo como un recuerdo de que lo que te digo es cierto.
Regulus sintió el peso del guardapelo en la palma de la mano y lo miró inseguro. No se sentía con fuerzas para rechazar un regalo hecho desde el corazón, pero sentía que Grace trataba de hacerle un chantaje psicológico. Cuando abrió la boca para objetar algo, ella le cerró los dedos sobre el colgante y apretó su mano con cariño. Le dedicó una seria mirada que no supo interpretar del todo, y tras subirse el cuello del abrigo le dejó solo bajo el árbol. Solo con sus pensamientos y sus recuerdos.
O-oOOo-O
En fin, hasta aquí queda. Espero que os haya gustado y os haya resarcido por la espera. No he podido evitar colar a Regulus en la última escena. Le adoro :) Si no habéis entendido perfectamente lo que ha ocurrido a última hora con James y Lily, no os agobiéis. Pienso explicarlo todo con calma en el siguiente capítulo, cuando Lily hable con Dumbledore. Basta decir que, tal y como ocurrió en la saga, el amor de nuestra pelirroja hace milagros :). Y ya veis que no he podido evitar meter a Arthur en el fic, aunque fuese de pasada. Los Weasley no participaron activamente en la primera guerra, así que no tenía muchas más opciones de meterle ahí en medio jeje. Los pobres, ellos esperando a Ginny y les vienen otros dos chicos, y encima los más traviesos! No conocen a Fred y George todavía, no saben la que se les viene encima jejeje. Espero que aún quede alguien por ahí para leerme y contestarme. En serio siento todo esto, solo me queda decir que espero que este año nuevo me traiga una salud más fortalecida, pues eso me dará fuerzas para enfrentar los demás proyectos. Espero vuestra opinión. Hasta entonces…
"TRAVESURA REALIZADA".
Eva.
