-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.
Capítulo 30
-¿Estas segura?- cuestiono Sasuke, intercalando su mirada del pequeño papel en sus manos hacia su esposa.
La fe que sentía por Sakura y sobre cada cosa que ella hiciera era indeleble, pero aceptar que Naoko fuera tan estúpida y que—a su vez—un Pasha de su propio Consejo se atreviera a traicionarlo conscientemente…era algo tan despreciable que Sasuke admitía sentirse incrédulo y desconcertado. Le creía a Sakura, pero no quería admitir la clase de enemigos que lo rodeaban a él, a su esposa y a su familia. ¿Qué sucedería en el futuro? Aunque se deshicieran de Naoko y Kisame Hoshigaki Pasha, ¿Qué garantizaba no tener enemigos en el futuro? Estando en el poder, en la elite más alta de la sociedad…tener adversarios y enemigos era algo consecuente y garantizado.
-Totalmente, y hemos tenido tiempo de probarlo- ratifico Sakura con absoluta seguridad. Presintiendo lo que Sasuke estaría pensando, Sakura no dudo en colocar una de sus manos por sobre la de él, intentando tranquilizarlo, ese no era el momento para sentir dudas o dejarse llevar por los sentimientos. -Sasuke, no pierdas la calma, debemos hacer esto como debe ser, no llevados por la ira- aconsejo la Haseki, viéndolo asentir, en ese momento debía de ser el Sultan, no el hombre que se encontraba abrumado por las traiciones que tenían lugar en su entorno. -Kakashi, Konohamaru, Boruto y Mitsuki se están encargando de identificar a todos aquellos sirvientes o doncellas que asisten a Naoko, para destruir la amenaza ante nosotros, debemos eliminar a aquellos que son más insignificantes- justifico Sakura, clavando su mirada en la de él, acariciándole la mejilla y manteniendo su tono uniforme en su voz.
Cuando deseaba poder dejarse llevar por los sentimientos, como las personas normales que así podían sanar las heridas…pero no era tan fácil, tenían una responsabilidad y deber que anteponer a sus sentimientos, y por más que amase con todo su corazón al hombre que velaba por su familia, Sakura sabía que en ese momento Sasuke debía ser Sultan antes que hombre y soberano antes que padre y esposo. Incluso ella debía dejar de lado sus sentimientos como madre y hacer prevalecer a justicia y los estatus del Imperio, porque era lo correcto y porque así serian justos, porque así serian mejores que sus predecesores, los Sultanes y Sultanas que había antepuesto la crueldad por encima de su propia familia, haciendo todo cuanto deseaban. No, ellos debían ser diferentes y lo serian.
-Y Kisame Hoshigaki Pasha, ¿Qué hacemos con él?- consulto Sasuke.
-Darle falsa seguridad- sentencio Sakura, ya habiendo pensando en un plan que usar en aquella situación. -Encerremos a Naoko y aparentemos que él está libre de culpa, así sabremos conque estamos tratando realmente- razono la Haseki.
-¿Cuándo?- el Uchiha no supo que esperar, interiormente frustrado por haber estado ausente durante tanto tiempo.
-Esperemos más datos, entonces actuaremos- tranquilizo la Haseki, sujetándose de sus hombros. -Pero debemos mantener vigilada a Naoko y a Kisame Hoshigaki Pasha- índico Sakura sin perder el hilo de la conversación.
Por la memoria de su hijo Kagami, y recordando a su hijo Baru, fortalecería la justicia en el Imperio, evitaría las muertes innecesarias, protegería a las mujeres, a los hombres, a los ancianos y a los niños, haría felices a todos en el Imperio, incluso cuando ella no lo fuera, pero jamás permitiría el derramamiento innecesario de sangre, no permitiría que criminales como los que habían sucedido en el pasado volvieran a tener lugar. Cambiaría el eje crítico del Imperio y forjaría el modelo que todo el mundo habría de seguir, todo con la inocencia que aún le quedaba y que sería su arma en la lucha contra todos sus enemigos, siempre protegiendo a Sasuke, a sus hijos, a sus hijas, a sus nietos y a todos.
Protegería a su familia.
El Harem no solo era un lugar en que se encontrasen las concubinas y favoritas de los Príncipes o el Sultan, era un lugar donde, en ocasiones, sucedían celebraciones de carácter privado como era el caso de aquel día, y en que la Sultan Sarada se encontraba acompañada de Eri—cargando en sus brazo a la pequeña Sultana Kaori—y Aratani. Se había enterado de la boda que había tenido lugar y si se encontraba reunida con sus dos invitadas era para felicitar personalmente a Aratani, porque era leal y confiable, merecía ostentar el rango que ahora tenía en la elite social. Lo único que haría el ambiente más feliz y pacifico serían las muertes de la Sultana Naoko y de la Princesa Koyuki, aunque…intuía que no faltaba mucho tiempo para que esos eventos sucedieran.
Como Sultana de sangre real, la imagen personal a demostrar era algo muy importante y Sarada siempre lo tenía en cuenta a la hora de vestir. La Sultana lucía un simple vestido gris metálico de escote corazón, bajo y de mangas ajustadas, con un cuello de gasa crema suave, abierto y que se enmarcaba a los lados del cuello, con una falda interina violeta grisáceo. Por sobre este sencillo vestido se halla una chaqueta superior hecha de seda e igualmente de color gris metálico, de escote corazón con seis botones de diamante en caída vertical, abierta bajo el vientre y exponiendo la falda interior, así como de mangas holgadas y abiertas diez centímetros por sobre la altura de los codos, exponiendo las mangas inferiores. Su largo cabello azabache, plagado de rizos, caía elegante y prolijamente tras su espalda, adornado por una hermosa corona de plata, diamantes y cristales en forma de flores de jazmín, en una compleja estructura, a la par de unos pendientes de plata y diamantes en forma de lagrima, complementando la cadena de plata alrededor de su cuello y que ostentaba el soberbio emblema Imperial.
-Tienes lo que merecías, Aratani- celebro Sarada, sonriendo radiantemente, -solo espero que no se te suban los humos a la cabeza- bromeo la Uchiha.
-Descuide, Sultana, no podría- sonrió Aratani.
Pese a ser, ahora, una Sultana en el sentido absoluto de la frase, —hallándose embarazada—Aratani seguía sin ser capaz de ensalzar su rango social, vistiendo unas sencillas galas violeta claro de escote cuadrado y mangas ajustadas hasta los codos, abiertas cuales lienzos, y por sobre estas una chaqueta superior, sin mangas, color morado claro y plagada de bordados en hilo de oro, con diamantes y amatistas incrustadas, emulando flores de ondas, cerrada bajo el busto y abierta bajo el vientre. Sus largos rizos castaños se encontraban recogidos en una coleta ladina que caía sobre su hombro izquierdo, únicamente adornados por una sencilla corona de oro, diamantes y amatistas que emulaba orquídeas y capullos, complementando un par de pendientes a juego y el emblema de los Uchiha alrededor de su cuello, pendiendo de aquella hermosa cadena de oro.
Por otro lado, y mucho más sencilla se encontraba la madre de la Sultana Kaori, vistiendo unas sencillas galas índigo de escote corazón y mangas ajustadas hasta los codos, holgadas y que llegaban a casi cubrir sus manos mientras cargaba a su hija en sus brazos, por sobre estas galas se hallaba una chaqueta de seda y encaje, sin mangas pero marcadas hombreras, escote en V y abierta bajo el vientre. Sus largos rizos rubios perfectamente peinados caían sobre sus hombros y tras su espalda, adornados únicamente por un broche de oro en forma de mariposa, con diamantes y amatistas incrustadas. Sencilla, pero mejor vestida que el promedio de las sirvientas y favoritas del Palacio.
-Daisuke, ¿ya lo sabe?- curioseo la Sultana, sorprendiendo a Aratani que no supo que responder, incluso Eri estaba confundida por la pregunta. -Se te nota en la mirada, en eso y en que no apartas las manos de tu vientre- evidencio Sarada.
Observando a Aratani atentamente, Eri se sintió tonta por un momento al no haberse dado cuenta de las señales tan obvias y que, para ella, habían pasado desapercibida, había sido madre hacia solo un mes atrás, aproximadamente, pero su distracción del mundo y único apego hacia su hija la volvían inconsciente de lo que sucedía a su alrededor. Fuera cual fuera el caso, estaba sumamente feliz e que Aratani estuviera embarazada, una noticia así siempre merecía ser celebrada. Tal vez, solo tuviera un hijo, y sus recuerdos de su único embarazo no fuesen sino lejanos, pero Sarada recordaba el comportamiento de su madre estando embrazada, y viendo a Aratani…era un calco absoluto, además, en su matrimonio y consumado…esperaba poder tener la felicidad de volver a ser madre.
-Si, Sultana, ya lo sabe- confirmo Aratani, sonriendo, ya sin poder ocultar su propia felicidad.
-Felicidades, Aratani- gratifico Eri, -debes tener mucho cuidado a partir de ahora- aconsejo la Kalfa en base a su propia experiencia.
-Gracias Eri- agradeció Aratani.
La advertencia de Eri no era infundada, un embarazo sufría por muchos quiebre; muerte neonatal, muerte post-parto, un aborto involuntario y muchas cosas similares e igualmente dolorosas de imaginar, y su deber era cuidar que e bebe que estaba esperando naciera sano y fuerte, y rezaría cada día porque así fuera, no se trataba solo de la seguridad de sus hijos y su felicidad por la oportunidad de ser madre, también se trataba de hacer feliz a Daisuke y fortalecer al Imperio, no podían enfrentarse a otra perdida como las que ya habían tenido lugar, eso sería desastroso, para todos, y la única forma de garantizar la seguridad-para todos-era deshacerse de sus enemigos, empezando por la Sultana Naoko.
-Sultana, ¿Se ha decidido algo respecto a la Sultana Naoko?- indago Aratani, con honesta curiosidad.
-Temo que no, pero conociendo a mi madre todo sucederá cuando deba suceder- Sarada bufo sutilmente para sí misma, deseando condenar a Naoko a la menor oportunidad, -aguardar es lo único que podemos hacer- recordó la Uchiha, tanto para sí misma como para Eri y Aratani.
-Kami mediante, todo se solucionará- oro Aratani.
-Amén- secundo Eri.
Dentro del Imperio, la lealtad era algo que no podía flaquear, eso simbolizaba la esperanza de vida de una persona; si se era leal, inteligente y respetuoso, se podía llegar muy lejos, así como sobrevivir de igual modo. Siendo consciente de esto es que Rai había hecho algo que, en su tierna infancia, no hubiera pensado en hacer: revisar las pertenencias y documentos de su madre hasta encontrar información comprometedora y hecho llamar, en privado—en el Jardín Norte—a la Sultana Sakura para hacer entrega de esa información precisamente.
Paseándose nerviosamente y en solitario, el Príncipe portaba un elegante Kaftan verde oscuro por sobre la usual túnica de cuello alto y mangas ajustadas, ligeramente más clara, el Kaftan de mangas hasta los codos estaba plagado de bordados gris-verdoso claro que emulaban el emblema Imperial, co marcadas hombreras de cuero verde oscuro, a imagen del mismo material que se encontraba en el centro del pecho y que formaba el cuello, del cual descendían siete botones de oro hasta la altura del abdomen bajo el cual se abría el Kaftan, rebelando las tradicionales botas de cuero color negro, de carácter militar.
Rai detuvo sus rutina de caminar en círculos como león enjaulado apenas y escucho el inequívoco eco de pasos tras suyo, viendo a las doncellas de la Sultana, Tenten y Kin, detenerse a una distancia prudente, viendo acercarse en solitario a la Sultana Sakura, impecable y perfectamente hermosa como siempre. No podía opinar abiertamente sobre el vestido que ella estaba usando ya que la corta capa de piel color negro—hasta la altura del vientre—dificultaba su visión del atuendo en cuestión, pero el color jade de la tela resaltaba el color de sus ojos, y su largo cabello rosado que caía en elegantes rizos sobre su hombro izquierdo, adornado por una hermosa corona de oro que emulaba una compleja estructura, sosteniendo un largo velo jade a juego con el vestido y resaltando los pendientes de oro y cristal en forma de lagrima, al igual que el emblema de los Uchiha que quedaba expuesto ante el escote en V que enmarcaba la capa.
-Sultana- reverencio el Príncipe diligente y afectuosamente.
-Rai- sonrió Sakura, dándose el egoísta placer de abrazar a quien consideraba como otro de sus hijos, acunando cariñosamente el rostro de él en sus manos, -vine tan pronto como pude, ¿Por qué me necesitabas?- indago la Haseki, sin dejar de sonreírle, apreciando cada momento que pasaba con él.
Dentro de solo un par de horas-en sus aposentos-tendría lugar una celebración y reunión con las esposas de los Visires y Pashas del Consejo Real, y que tenía en mente una nueva fundación caritativa para ayudar aún más al pueblo, no en base a recursos pedidos a la elite social, sino en base a ideas, si la gente pensaba en la felicidad de los más pobres, como debía ser, esperaba que tuvieran ideas que aportar, agradecía todas las ideas había y por haber. Como una silente respuesta a su pregunta, Sakura bajo la mirada al ver a Rai tenderle un pequeño rollo de papel, que ella no hubo dudado en aceptar, abriéndolo y leyendo una serie de nombres registrados cuidadosa y detalladamente sobre el papel.
-¿Y esto?- no comprendió Sakura.
-Es la lista del personal que sirve a mi madre, sin excepción alguna- aclaro Rai para clara sorpresa de la Sultana, antes de buscar en el interior de su abrigo, tendiéndole un nuevo rollo de papel, -y esta es una carta escrita de su puño y letra, exigiendo que…- el Príncipe sintió vergüenza de admitir que su propia madre fuera un ser tan ruin, -el incendio tuviera lugar según sus planes, para así causar el descontento de la gente y la caída de mi padre, el Sultan- comunico Rai, bajando la mirada, triste y avergonzado.
Su madre, la Sultana Naoko, conscientemente atentaba contra el Imperio y el Sultanato presente, considerando que sus ambiciones eran más honestas y moralmente correctas que las de otros, incluso más que las del Sultan que anteponía el bienestar del pueblo por encima de cualquier decisión individual, como hijo de una mujer así de malvada y egoísta…Rai sentía vergüenza de sí mismo, sentía que ni siquiera era digno de ser observado por la Sultan Sakura, esa mujer hermosa y llena de bondad que lo había criado y a quien siempre había visto como una madre perfecta, que le sonreía y animaba cuando se sentía triste y que le devolvía la seguridad con sus abrazos y su dulce voz maternal. Ella era tan distinta de su madre, de la Sultana Naoko. En muchas ocasiones habría deseado ser biológica y totalmente su hijo, porque solo eso faltaba para que ella fuese su madre en el sentido absoluto de la frase.
-Rai- murmuro Sakura, acariciándole la mejilla.
Nadie le había pedido que hiciera la labor de madre sustituta, y si bien en un inicio lo había hecho en espera de prevenir problemas para el futuro del Imperio, pero con sincero cariño, Rai se había vuelto un hijo más para ella, desde el primer momento y cada vez que lo veía se sentía infinitamente orgullosa, lo había visto crecer y abandonar su esencia de niño hasta volverse un hombre, un hombre al que contemplaba con orgullo, ciertamente no era biológicamente su hijo, pero lo amaba tanto que…verlo triste la entristecía de igual modo. Abrazándolo ligeramente, Sakura lo reconforto con un cálido beso en la mejilla, sonriéndole y garantizándole que no tenía por qué sentir que él se encontraba implicado en lo crímenes que Naoko había cometido, él no tenía la culpa de nada.
Rai era inocente.
Sentado frente a su escritorio, Sasuke jugo con aquel rollo de papel entre sus manos, aquel que contenía el testimonio de Aratani. Aun o estaba del todo recuperado como para participar abiertamente en la política, según el criterio de Sakura debería de esperar, cuando menos, un día más, pero pese a aceptar este hecho en su totalidad…deseaba hacer justicia por sus propias manos, por una vez entendía el actuar cruel y ruin de su padre, el Sultan Izuna. Estar tan rodeado de enemigos, requería medidas extraordinarias, medidas que él, por primera vez, comenzaba a tomar en cuenta, pero ¿Qué estaba bien hace?, ¿Pensar como Sultan o como hombre? El gobernante en él, a quien habían criado on el fin de ser Sultan algún día e insistía que imponer crueldad no era algo malo, le insistía que así podría causar el temer que erradicaría a sus enemigo. Pero, por otro lado, el hombre con corazón y amor por su familia le indicaba persistentemente que se mantuviera junto a su esposa, que velara por sus hijos y que examinara el día a día y así aprendiera que hacer.
Estaba tan confundido que no sabía qué hacer ni que creer, solo sabía que Sakura era la única persona honesta en su mundo y en su vida, la única persona que jamás le fallaría ni que lo abandonaría, y que sin ella estaría perdido. Irrumpiendo en sus meditativos pensamientos, Sasuke s sobresalto ligeramente ante el repentino eco de golpes contra las puertas.
-Adelante- indico Sasuke.
Ante su orden, las puertas se abrieron inmediatamente por obra de los dos fornidos jenízaros en el exterior, los cuales permitieron el ingreso de la, ahora, Sultana Aratani que, pese a su nuevo estatus, se codujo con respeto y decoro, manteniendo la mirada baja en todo momento hasta encontrarse frente al escritorio donde se hallaba el Sultan, teniendo el largo velo violeta claro—que era sostenido por su corona—correctamente arremolinado alrededor de sus hombros, como dictaba el protocolo cortesano.
-Majestad- reverencio, respetuosamente, la Sultana.
-Aratani, ¿a qué debo el honor?- saludo el Uchiha.
Ya no tenía frente a él a una niña ni sirvienta, ni tampoco a una favorita cualquiera, sino a una Sultan que, al igual que su esposa, había sido anexada al Imperio por su lealtad y devoción, así como por su irrefutable honestidad, era lo justo tratarla con familiaridad y respeto luego de todo cuanto había hecho por proteger a quienes ahora eran su familia, a quienes les era leales y a quienes formaban parte importante de su entorno y de su vida. No era erróneo decir que, a la par con Sarada, —solo que sin ser familia—Aratani era quien más se asemejaba a Sakura.
-Hay algo que debe saber, Majestad- inicio Aratani con el debido respeto, recibiendo una aceptación total del Sultan, indicándole que prosiguiera con libertad. -La identidad, de la persona que causo la muerte de la Sultana Midoriko, del Príncipe Sasuke y la pequeña Sultana Mikoto- advirtió la Sultana, con una leve sonrisa al ver al Sultan sonreír ladinamente, sabiendo a quien sentenciaría, esta vez con pruebas como tanto habían ansiado que sucediera. -La responsable de todo, es la Princesa Koyuki- acuso Aratani abiertamente.
¿Acusaciones sin pruebas? Ja, toda la familia Imperial estaba enterada—salvo el Príncipe Daisuke y la Sultana Izumi—de la culpa que recaía sobre los hombros de la Princesa Koyuki, habían esperado mucho tiempo, ya era el momento de que comenzaran a rodar las cabezas de todos aquello que, incuestionablemente, eran enemigos del Imperio y del Sultanato, y tal y como habían aparecido…ahora desaparecerían, volviéndose cadáveres.
-¿Por qué nos llamaron?, ¿Tu sabes algo?- indago lady Anami, esposa de Choza Pasha.
-No, ¿Cómo lo sabría?- cuestiono lady Eiko, esposa de Shino Abrume Pasha.
Las esposas de los Pashas, normalmente, eran mujeres poco importantes en la vida de la elite más baja, por no decir que participaban escasamente en la vida cortesana del Palacio, su vida era dedicarse a gozar de la posición que tenían gracias a sus esposos, luciendo hermosas o bien gastando el dinero a su propio modo, algunas habiendo sido esclavas anteriormente y otras mujeres cualquiera que habitaban el Imperio pero que habían ascendido políticamente gracias a sus matrimonios. Por tal razón no era de extrañar que, sentadas frente a mesas individuales, conversando entre sí, ninguna de las presentes perdiera oportunidad para contemplar atenta y curiosamente a la esposa del Sultan, la Sultana Haseki.
-Es realmente muy hermosa- admitió lady Jin, esposa de Hidan Pasha.
-No creí que fuera tan hermosa- reconoció lady Anami, observando atentamente a la Haseki y esposa del Sultan.
Era de esperar que comentaran eso, todas ellas eran mujeres que apenas y tenían poco más de veinte años y que observaban con honesta fascinación a una mujer que, a sus cuarenta y un años, además habiendo sido madre de diez hijos, -la última recientemente—no hacía sino parecer una mujer de apenas treinta años, en el apogeo total de su belleza, ¿Cuál era el secreto para su magnífica belleza? Puede que el inmenso amor que todos decían que sentía por el Sultan y viceversa, por no mencionar el hecho de que tenía un magnetismo especial. Todo el mundo decía que el Sultan nunca había desviado la mirada hacia ninguna mujer del Harem, a tal grado incluso de que se cuestionaba si la paternidad del Príncipe Rai era concreta o no, eso era algo jamás visto en el Imperio, por ningún hombre o Sultan. Esa mujer tenía algo extraño sobre si, una especie de inocencia o halo de luz sobre si, como si realmente fuese un ángel.
-Dicen que embrujo al Sultan- cotilleo lady Eiko con evidente sarcasmo, señalando a la Sultana Haseki con su mirada. -No lo necesita- evidencio la ilustre dama.
-Y no parece bruja- acoto lady Anami.
Sentada sobre el elegante diván junto a la ventana, acompañada de su hija, la Sultana Izumi, la Sultana Sakura lucia como se esperase que lo hiciera; como la esposa del Sultan. Lucía un sencillo vestido jade de escote en V y mangas holgadas que incluso llegaban a cubrir las manos, pero que pasaba desapercibido por la chaqueta, de igual color, que se encontraba por sobre el vestido, de mangas hasta los codos—ajustadas—así como de cuello alto y levemente cerrado para crear un conservador escote en V que exponía el emblema de los Uchiha, siempre presente alrededor de su cuello, y la chaqueta se encontraba abierta bajo el vientre, exponiendo la falda del vestido inferior. La chaqueta estaba plagada de una serie de bordados de plata, diamantes y oro que se centraban en el borde de las manga—bordados de plata—así como en la caída del cuello hasta el dobladillo de la falda, dividiéndose en dos, siendo que los bordado de plata se intercalaban—con los oro—representando el emblema de los Uchiha, mientras que lo bordado de oro representaban flores de cerezo. Su largo cabello rosado, peinado en cadenciosos rio, caía libremente tras su espalda, adornado por la soberbia corona de oro de tipo torre, emblemática para los Uchiha, repleta de joyas de todas las clases sobre su hermosa estructura, una corona que usaba siempre en los eventos importantes, —a su entender-¿La razón? Pues porque era el obsequio que Sasuke le había dado por su boda, eso era razón más que suficiente, complementándola además con un par de pendientes de oro y cristal en forma de lágrima y la infaltable sortija de las Sultanas en su dedo anular.
-Quizá lo que dicen es cierto y sea un ángel- supuso lady Jin.
-Lo parece- acepto lady Eiko.
Sentada a la izquierda de su madre, en correcto silencio y discreción, se encontraba la Sultana Izumi que si bien no estaba permaneciendo en el Palacio, había tomado la voluntaria disposición de mantenerse lo más cerca posible de su familia para así ayudar en todo cuando fuera necesario, así como aprender de igual forma, ¿De quién? Pues de la más inteligente y experta, de su madre, todo un haz en política.
Cumpliendo con su rol de Sultana, a la perfección, Izumi lucía un encantador vestido cetrino, de escote cuadrado de mangas ajustadas, con un ligero margen a la altura de los hombros a modo de hombreras, con seis botones de diamante en caída vertical hasta la altura del vientre, montados por sobre pequeños márgenes de hilo de oro, horizontalmente, para mayor estética. Además los costados del corpiño, la falda superior y las mangas estaban plagadas de bordados en hilo de plata, brindando un aspecto metálico, que hacía a la tela lucir irresistible por si sola. Su largo cabello castaño caía libremente en parejos y uniformes rizos tras su espalda, adornados por una sencilla corona de oro, diamantes y cristales, emulando pequeñas flores de jazmín, complementando unos pequeños pendientes a juego y sin joya alguna que obstruyera su largo cuello.
-Madre, ¿Es obligación que este aquí?- dudo Izumi que, a lo largo de todo ese tiempo, se había esforzado de sobremanera para no bostezar. -Estoy aburrida, preferiría salir al jardín- se quejó la pelicastaña, de forma solo audible para su madre
-Izumi, eres una Sultana, hija de un Sultan y esposa de un Pasha y Visir- recordó Sakura como reprimenda, sin dejar de sonreír en ningún momento, -está bien divertirse y jugar, pero también trabajar- reprocho la Haseki.
Pese a su insistente labor voluntaria de ayudar a los más necesitados y su compromiso propio…eso no significaba en lo absoluto que fuera apoyada por todos en el ámbito de su vida, Shisui creía que se arriesgaba demasiado, exponiéndose así y que incluso podía ser víctima de algún atentado, —como ya había sucedido anteriormente—por no hablar de Izumi que no entendía su preocupación para con aquellos que estaban por debajo de ella, claro, colaboraba voluntariamente de vez en cuando, pero no con la atención y diligencia con que su madre lo hacía cada día, abriendo lugares en su rutina diaria para demostrarle su amor y permanente atención a la gente más pobre. Ignorando la poca—por no decir nula—colaboración de su hija, Sakura se levantó del diván, alisándose disimuladamente la falda del vestido, antes carraspear ligeramente para ser oída con claridad.
-Señoras- inicio Sakura, llamando la atención de todas las damas presentes, -estoy muy agradecida de que se hayan tomado las molestias de venir- agradeció la Sultana sinceramente, ya que había pensado en la remota posibilidad de que nadie asistiera más que por obligación. -Estoy segura de que todas deben tener curiosidad, respecto al motivo de esta recepción- supuso la Haseki, sonriendo con un deje de broma por el tono empleado para hacer más ameno el ambiente. -Quiero crear una fundación en mi nombre, una fundación nueva para los pobres y necesitados, para mí es muy importante que den su apoyo, no un apoyo económico pues todo saldrá de mi bolsillo, sino consejos y enseñanzas- aclaro Sakura, ya que personalmente disponía del dinero necesario para aquello que deseaba llevar a cabo, así como la completa aprobación del Sultan. -Si lo aceptan les estaré eternamente agradecida, es muy importante para mi crear esta fundación, y si ustedes me dan su apoyo, este sería uno de los logros más grandes de mi vida- admitió sinceramente la Haseki.
Desde que era una adolescente en su añorada isla griega, su padre y su madre le habían inculcado el amor hacia los más necesitados, así como a no enorgullecerse de su propio bienestar económico, de hecho su ingreso oficial al Imperio, hacía ya tantos años atrás, había traído consigo el solemne juramento a velar por aquello que eran más pobres y que no poseían nada y dedicaría su vida a esa causa.
-Para nosotras sería un honor ayudarla, Sultana- garantizo lady Eiko, respaldada por todas las presentes.
-Gracias, lady Eiko y a todas, en verdad, gracias- sonrió Sakura, enorme e infinitamente agradecida, antes de volver a sentarse sobre el diván.
Sabía que sus predecesoras no habían sido muy amadas por el pueblo, como mujeres individuales, lejos del ámbito de los palacios y la vida cortesana…porque no habían reparado en la felicidad de la gente más necesitada, de aquellos que realmente representaban al Imperio, pero ella no pensaba sino en hacer felices a otros y siempre pensaría así, y se los había inculcado a sus hijas pese a que Izumi no hubiera heredado su interés por la clase más baja, Mikoto, Shina y Sarada si lo habían hecho, así como Daisuke y Rai inclusive.
-¡Atención, su alteza la Sultana Shina!- anuncio repentinamente el heraldo, desde el exterior.
Si bien no era indispensable la presencia de todas las hijas de la Sultana Haseki en esa pequeña reunión, Shina había decidido asistir y así se lo había manifestado a su madre apenas y se había enterado de la cena que tendría lugar, si había tardado era por razones totalmente alejadas de ese asunto, pero que igualmente habían requerido su participación. No resulto una sorpresa en lo absoluto, para Sakura, ver que su hija acaparara las miradas de todas las presentes ate su belleza, haciéndola sentir aún más orgullosa de la mujer que era y como se había forjado.
Usaba un modesto vestido cobre-rojizo de escote corazón con seis botones de igual color en caída vertical hasta la altura del vientre, perfectamente amoldado a su figura, de mangas ajustadas hasta los codos y holgadas—hechas de gasa—hasta cubrir las manos, incluso. Lo costados del corpiño así como las mangas—hasta los codos—y la falda superior estaban plagas en bordaos marrón oscuro que proveían de seriedad y portento al vestido sobre el cual se hallaba un abrigo de tafetán marrón-rojizo, abierto a la altura de los codos y forrado en piel cobriza a la altura del cuello y abierto en su totalidad para exponer el vestido bajo él. Su largo cabello rubio castaño caía libremente tras su espalda en una perfecta cascada de rizos, adornado por una hermosa corona de oro, diamantes y piedras de ámbar, emulando dalias y diminutos capullos, complementando unos pendientes de cuna de oro con un cristal color ámbar en forma de lagrima en su centro a imagen de la cuna sobre la que se hallaban, así como el dije de la cadena de oro alrededor de su cuello. Perfecta simplemente, esa era la mejor palabra con que describir a Shina, como siempre.
-Madre- reverencio Shina, respetuosamente.
Sonriendo cariñosamente, Sakura señalo el lugar vacío, a su derecha sobre el diván, acción que Shina tomo como respuesta, ocupando aquel lugar y manteniéndose perfecta e imperturbable pese a dar por hecho de que a su herma Izumi le picaba la curiosidad de saber porque había tardado ya que, en su rutina y comportamiento diario, no estaba el ser impuntual, más Shina sabía que no necesitaba explicarse ante su madre que, como siempre, daba por sentado que su tardanza era por una razón mayor e igualmente importante, pero como buena hija, Shina quería explicarse.
-Shina, ¿Qué te tomo tanto tiempo?- curioseo Sakura, más por la curiosidad de Izumi que por sí misma.
-Por fin sabemos quién causo la muere de Midoriko y mis sobrinos- detallo Shina en un tono de voz calmado, para que tanto su madre como Izumi la escucharan únicamente, -Aratani se lo dijo a nuestro padre, como tu planeaste- la Sultana no hizo sino susurrar esto de forma casi inaudible, evitando que Izumi la escuchara.
Izumi parpadeo confundida, no sabiendo la identidad de quien sea que hubiera cometido tal crimen, intercalando su mirada de su madre a su hermana, sin recibir respuesta alguna. Sakura sonrió ladinamente al haber escuchado esto, ¿Cómo no estar feliz? Ella le había dicho a Aratani que hablara finalmente. Antes del final de ese día, Koyuki Kasahana habría desaparecido de una vez y para siempre, si conocía a su hijo como lo hacía, -y a Sasuke-estaba segura de que ellos no dejarían pasar lo que había sucedido por culpa de la Princesa.
-No hay secreto que permanezca oculto para siempre- sonrió la Sultana Haseki.
Se decía que los milagros podían suceder, y aparentemente esta vez era así. De puño y letra de Daisuke, de su Príncipe, Koyuki había recibido una carta en que le garantizaba que seguía amándola profundamente y que deseaba volver a empezar, que todo lo sucedido entre Aratani y él era algo pasajero y que, si gustaba acompañarlo a un paseo a caballo, podrían hablar a solas, lejos de los uros e intrigas del Palacio. Habiendo leído todo eso en la carta que había estado plagada de sentimientos, Koyuki no había dudado ni por un momento en que hacer, acudiendo a las puertas que comunicaban el patio con el Palacio, acompañada de Naruto Uzumaki, quien le había hecho llegar la carta.
Por esto mismo es que Koyuki se había esmerado en su apariencia, portando un sencillo pero halagador vestido lila claro de escote cuadrado y mangas hasta los codos, siendo que el borde del escote, los laterales del corpiño, los bordes de las mangas, las ligeras hombreras y la falda superior en su totalidad estaban plagadas e bordados de encaje dorado y diamantes. Por sobre el vestido usaba un abrigo de piel marrón claro, cerrado a la altura del busco en un perfecto escote en V y que se abría bajo el vientre, con su largo cabello azul cayendo libremente tras su espalda, adornado por una sencilla diadema de oro y perlas, si necesitar de otra joya para la ocasión. Pero la alegría de la Princesa no hizo sino convertirse en confusión en cuanto ella-acompañada por Naruto Uzumaki-hubo llegado a las puertas del Palacio, no encontrando a Daisuke allí.
-¿Y el Príncipe Daisuke?- no comprendió Koyuki.
-Vendrá en unos momentos, Princesa- garantizo Naruto calmadamente, -con permiso- se excusó el Uzumaki antes de retirarse.
Suspirando profundamente para sí misma, Koyuki se quedó en donde estaba, pensando en Daisuke y en que es lo que él tenía planeado decirle, sonriendo soñadoramente para si misma de solo imaginar que todo podría volver a ser como había sido en un comienzo, ambos siendo felices, sin Aratani y sin nada ni nadie que se interpusiera entre ambos. El sol comenzaba a ocultarse, alertando a todos que la noche tendría lugar en una hora cuando menos, pero a Koyuki no le molesto esto en lo absoluto. El sutil eco de pasos sobre el mármol que cubría el suelo y las paredes la hizo voltear, pero lejos de encontrarse con el Príncipe, como ella pensaba, ante ella estaban dos verdugos, foralmente vestidos en aquellos sencillos trajes color negro, con sus rostros cubiertos.
-Quienes son ustedes- temió Koyuki, retrocediendo dos pasos por mera inercia.
Antes de que ella pudiera cuestionarse mentalmente sobre qué es lo que pasaba, uno de los verdugos se situó a su izquierda y el otro a su derecha, sujetándola de los brazos y haciéndola caer de rodillas. Repentinamente sintió que solo uno de ellos era quien la inmovilizaba y supo la razón de inmediato al escuchar el inconfundible eco metálico de una espada siendo deslizada fuera de su funda.
-No, ¡Suéltenme!- protesto la Princesa de forma inmediata. La Sultana Sakura, debía tratarse de ella, le había dicho que tuviera miedo y ahora lo tenía, pero no…no quería morir, no quería aceptar que había errado lo suficiente como para merecer la muerte, -¡Déjenme!- grito Koyuki sin dejar de resistirse al agarre de los verdugos, o al menos no hasta petrificarse al levantar la mirada, contemplando con miedo a quienes se encontraban a varios pasos de ella, en la sala del Consejo Real, por obra del enrejado de metal, - Daisuke…- murmuro la Princesa, temiendo lo peor.
La sala del Consejo Real no era un lugar privado del todo ya que el trono del Sultan no daba frontalmente con la vita de un muro sino con una ventana compuesta por un sutil enrejado que permitía vislumbrar con claridad las ejecuciones de los enemigos del Imperio que tenían lugar a las puertas del Palacio, y estando en presencia de sus Visires y Pashas. Esta vez la sala se encontraba vacía, o vacía de no ser por la presencia del Sultan que se encontraba acompañado su hijo, el Príncipe Daisuke, ambos vistiendo pesados abrigos de piel—negro y azul, respectivamente—sobre sus ropajes
-¿Qué quieres hacer con ella?- consulto Sasuke, deseando escuchar su opinión.
-Quiero que muera de una vez, no quiero volver a verla jamás- gruño Daisuke sin apartar la mirada de Koyuki.
Furioso de solo verla, Daisuke apretó fuertemente los puños, actuar que pasó desapercibido a causa de las mangas del abrigo que usaba. Su padre le había dicho todo, como es que a sangre fría—con una u otra intención—Koyuki había envenenado a Midoriko y de igual forma a sus dos hijos pequeños; Sasuke y Mikoto. Jamás en su vida perdonaría algo así, nada tenía justificación para hacer algo semejante y él no lo dejaría pasar por nada, ni ahora ni nunca. ¿Quién había escrito la carta? Daisuke no, eso era obvio, Sasuke había tomado la decisión de fingir y escribirla personalmente, aprovechándose de la enorme similitud que guardaba su caligrafía con la de su hijo y no se arrepentía de haberlo hecho. Solo basto con que el Sultan asintiera escuetamente para que el verdugo que sostenía la espada, con un solo movimiento, decapitara sin más a la Princesa.
Al igual que Koyuki, todos sus enemigos desaparecerían.
Las apariencias eran engañosas, y quizá el mejor lugar con que ejemplificar eso fuera el Palacio Imperial, donde la belleza y hermosura ocultaban la oscuridad y ambición más grande, así como una crueldad sin límites, un rencor que crecía desde las profundidades de la tierra y que impedía que existiera la paz entre los muros del Palacio Imperial, formando enemistades de una forma u otra, si la paz llegaba a reinar…no era por un lapsus de tiempo prolongado, tal vez lo sumo de una década, pero no más. Conocedora, por ende, —en su totalidad –del rol que debía cumplir en su vida, Mikoto espero pacientemente l aparición de su "invitada" a quien había hecho llamar pese a hacerlo como una tapadera más bien, mientras que su mare se encargaba de hacer llegar al Sultan la información que habían obtenido sobre la Sultana Naoko, ya que así podrían deshacerse de ella.
Sentada sobre el elegante diván junto a la venta, la Sultana vestía un impecable y sencillo vestido marrón oscuro de escote alto y redondo, así como de mangas ajustadas, cerrado por tres botones de oro en cid vertical hasta la altura del busto, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta superior de terciopelo marrón—ligeramente más claro– plagada de bordado color negro y cobrizo, emulando el emblema de los Uchiha por sobre la tela, cerrada bajo el busto y abierta bajo el vientre, con hombreras y cuello posterior hecho de piel marrón oscuro, casi negro, y con mangas abiertas y holgadas desde los hombros, exponiendo el vestido inferior. Su largo cabello rosado se encontraba recogido tras su nuca, destacando aún más su largo cuello alrededor del cual se hallaba una cadena de plata y diamantes de la que pendía el emblema de los Uchiha, a la par por un par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima y una hermosa corona de oro, granates y diamantes en forma de orquídeas y hojas.
-Adelante- indico Mikoto en cuanto escucho que tocaban a las puertas.
Bajo su orden inmediata, las puertas se abrieron, permitiendo así la entrada de la Sultana Naoko, su "invitada". La verdad es que no pretendía que tuviera lugar una cena amena ni nada por el estilo, pero tratar a una Sultana, madre de un Príncipe, por respeto, era un deber estipulado en el protocolo, y ella no pensaba fallar en lo absoluto, por más que odiase a esa mujer con todo su corazón, y contaría a la mayoría de sus hermanos, tenía razones para hacerlo. Recordaba con claridad cómo había sufrido su madre por su repentina aparición en su vida y la humillación que había significado la incluso de Rai en la dinastía, como heredero del Sultanato. Nunca olvidaría todo cuanto había tenido que presenciar por culpa de esa mujer.
Pese a estar desconcertada por la "invitación", Naoko no hubo dudado ni siquiera un minuto en asistir, vistiendo unas modestas galas azul oscuro de cuello alto y que formaba un conservador escote en V, con tres botones de oro en caída vertical y mangas ajustadas, por sobre el vestido de hallaba una chaqueta superior de terciopelo azul bordado en su totalidad en hilo de oro, con un marcado cuello lateral que hacía de igual modo de hombreras y una especie cuello posterior, y de mangas holgadas y abiertas desde los hombros, cerrada bajo el busto y abierta bajo el vientre. Su cabello se encontraba—como siempre—recogido tras su nuca, adornado por una soberbia corona de oro, zafiros y topacios en una compleja estructura, sin más joya que ostentar en presencia de una Sultana de sangre Real.
-Sultana Mikoto- reverencio Naoko con falso respeto.
-Tome asiento, Sultana- ofreció Mikoto cortésmente, sonriendo tan convincentemente como le fue posible, viendo a la Sultana Naoko sentarse frente suyo. -La llame porque quería tratar un asunto con usted, algo sumamente importante- aludió la pelirosa con un tono de voz tan serio que llego a inquietar, sutilmente, a Naoko, -su sentencia- se expresó Mikoto finalmente.
Toda esa aparente estrategia no era sino una tapadera para ganar tiempo, luego sería el deber de su madre encargarse de todo lo referente al arresto y demás, pero por el bienestar de su familia y el prestigio Imperial es que, además del castigo ejemplar, Mikoto exigía una especie de garantía y retribución material por todo lo perdido, bueno, era lo mínimo tras tantos ataque injustificados hacia todos ellos, especialmente hacia su madre. Interiormente sorprendida por esta alusión, Naoko trago saliva de forma inaudible, nada cómoda con la situación presente ni como pudiera continuar.
-Sultana, no sé de qué habla- mintió Naoko.
Fingiendo un infantil puchero, Mikoto negó con fingida tristeza para si misma antes de bajar la mirada y extraer del interior de una de las mangas de su vestido un rollo de papel de tamaño mediano que hizo girar entre sus manos distraídamente, perdida en sus propios pensamientos y disfrutando de la palpable inquietud e la Sultana Naoko, usando todo su autocontrol para no decirle la verdad inmediatamente, sino que poco a poco, así es como quería verla sufrir.
-Esta carta escrita de su puño y letra garantiza que usted planeo el gran incendio que estuvo a punto de consumir la capital entera- menciono la Sultana jugando distraídamente con el rollo de papel entre sus manos, -creo que sabe de qué hablo- sonrió Mikoto, con evidente sarcasmo.
-Sultana, son calumnias de mis enemigos, intentan ponerme en contra de usted, de la Sultana Sakura y del Sultan- intento defenderse Naoko, inútilmente, -no haría nada contra ustedes, jamás- mintió la pelinegra, fingiendo total inocencia.
-No soy estúpida, no me subestime- advirtió Mikoto con dureza, no creyendo en sus palabras en lo absoluto y tenía razones para pensar así, -esta carta llevara mi sello y añadiré más cosas para incriminarla, Sultana, y a Kisame Hoshigaki Pasha- menciono vagamente la pelirosa, -por ejemplo usted ordeno la emboscada e intento de asesinato contra mi madre, por no mencionar que ordeno que envenenaran a mi hermano Kagami- comento Mikoto con un tono tan calmado que hizo aún más tétrico su actuar. -No se preocupe, tendré piedad de usted, como mínimo ya que usted no es más que una esclava- insulto consiente e hirientemente la Sultana, -pero si lo hago, es por mi hermano Rai, él es inocente no como usted- justifico Mikoto con la frialdad correspondiente a las palabras que estaba expresando.
Por más que Rai no fuese sino un medio hermano, todos en la familia lo amaban como a uno más de sus hermanos, ya fuera que lo aparentasen o no, Daisuke al igual que ella era especialmente cercano a Rai y verlo sufrir los lastimaría e igual modo, pero por el propio bien de él—que además había brindado la información—era que estaban haciendo todo eso, para destruir la amenaza que significaba Naoko, para todos. Muchas veces había visto a Mikoto desde lejos y ya con ello había podido inferir un obvio parecido con Sakura pese a la diferencia en el color de los ojos de ambas, pero ahora que la escuchaba hablar corroboraba sin lugar dudas que eran idénticas la una de la otra, la misma arrogancia, la misma superioridad…
-Todos siempre dijeron que eras muy parecida a Sakura, pero en realidad son idénticas, te convertiste en ella- sentencio Naoko, contemplando a Mikoto como si fuese la mujer a quien tanto odiaba, a Sakura.
-Me honra que me diga eso- sonrió la pelirosa con ese aire tan angelical que, en esa situación, la hacía parecer realmente intimidante y aterradora por la oscuridad de sus intenciones, -quiero una cosa más de usted, todo el dinero que tiene y sus propiedades serán añadidas a la fundación de mi madre, a la seguridad del pueblo y al tesoro Imperial- dio por hecho Mikoto, ya que era eso o delatarla…aunque, eso sucedería de todas formas.
Un pago por su aparente y falso silencio, parecía relativamente justo y Naoko no se atrevió a negarse siquiera, si existía la oportunidad de salvarse, claro que la tomaría, sin lugar a dudas. Viendo asentir a regañadientes a la Sultana ante ella, Mikoto sonrió ladinamente antes de, con dureza y un gesto escueto, indicarle que se marchar inmediatamente de su presencia.
-Sultana- reverencio Naoko antes de retirarse.
Esperando el pasar de los segundos y no interesándole el ruido de las puertas de sus aposentos al cerrarse, Mikoto volvió a jugar distraídamente con el aun rollo de papel entre sus manos, esperado pacientemente hasta que las puertas de su aposentos se hubieron abierto como ella estaba esperando que pasara, permitiendo el ingreso de Choji Akimichi, ahora a su servicio, que venía acompañado por cuatro soldaos jenízaros que traían a las que eran o habían sido las sirvientas de la Sultana Naoko, aquellas mujeres sínicas que siempre habían sabido todo canto pasaba y que habían guardado silencio descaradamente.
-¿Está todo listo, Choji?- inquirió Mikoto.
-Si, Sultana- garantizo lealmente el Akimichi.
-Quiero que se deshagan de estas mujeres, no quiero verlas en el Palacio ni quiero que ellas vean la sombra de mis padres siquiera- sentencio la Sultana, despreciando con su mirada a esas simples sirvientas, -mátenlas, que se den cuenta de cómo sufren los traidores aquí, que sientan el infierno en la tierra- ordeno Mikoto, aludiendo a los sangrientos método de tortura que existían en ese Palacio, únicamente para lo traidores.
-Sultana, no, por favor.
-Piedad, Sultana.
-No hay piedad- acallo la Mikoto, harta de tantos chillidos molestos, -mi nombre es Mikoto y yo no perdono- condeno la Sultana, indicándoles con la mirada a los jenízaros que se apartaran de su vista a esas mujeres.
La crueldad era un camino irreversible, una vez cruel siempre cruel, decía su madre y con razón, pero cuando se hacía un sacrificio por la familia y por el bienestar de otros, incluso por sobre el propio, todo tenía un sentido y sacrificio mayor y Mikoto no dudaba en mancharse las manos en ser testigo de esa crueldad. Quizá, en el futuro, las futuras generaciones y quienes hubieran de sucederla pensaran en tacharla de cruel y sanguinaria incluso, pero eso no le importaba, todo lo que hacía era por su familia, eso era suficiente para sí misma y su conciencia.
Lo que hacía era lo correcto, cruel ciertamente, pero lo correcto.
En el Palacio Imperial jamás se sabía quién era amigo o enemigo, incluso alguien perteneciente a la misma familia podía ser un enemigo o traidor, nadie estaba a salvo y la persona en quien más se confiase podía cometer la peor y más inesperada traición, esta filosofía era correcta y todo la seguían, y pese a estar al tanto de ella…Izumi aún estaba incrédula de saber que Koyuki había sido la traidora tras la muerte de Midoriko y sus dos pequeños hijos, había sido una amiga incondicional para ella durante tanto tiempo que ahora…saberla muerta y justificadamente era, era duro de aceptar.
No había sido planeado en lo absoluto que ambas se encontrasen, pero Izumi debía admitir que hablar con alguien, en ese momento era lo que necesitaba, e inclusive Sarada entraba en categorización en ese momento. Siguiendo el protocolo, ambas tenían los velos que sostenían sus coronas, arremolinados sobre sus hombros, cubriendo los escotes de sus vestido, -malva en el caso de Sarada y verde limón en el caso de Izumi—una costumbre apolillada, pero que debía seguirse.
-No puedo creer que esto pasara- murmuro Izumi, no sabiendo que pensar realmente.
-Te lo advertí muchas veces, Koyuki siempre fue una amenaza- intento amenizar Sarada.
Recorriendo los pasillos del Palacio, Sarada pretendía regresar a sus aposentos, mientras que Izumi buscaba a su esposo Mitsuki, pero el andar de ambas se hubo detenido apenas y Sarada aludió a la ya ajusticiada Princesa. Razón o no, Izumi había considerado a Koyuki como su amiga, y al menos no la había atacado frontalmente, no como su hermana que se había cruzado descaradamente en su sentir romántico por Boruto y no iba a olvidar eso, y quizá fuese el momento de marcar las limites como no había sucedido anteriormente, porque pese ser hermanas, el vínculo especial que las había unido se había roto e Izumi no sabía si algún día podría repararse.
-No creas que esto hace que las cosas se solucionen entre nosotras- murmuro Izumi, nada cómoda con su sapiencia e intento de cordialidad.
Escuchando estas palabras, Sarada observo tristemente a su hermana, sintiéndose mal consigo misma pese a saber que no tenía por qué hacerlo, ella se había enamorado sinceramente de Boruto y él le correspondía, técnicamente no tenía por qué sentirse mal, pero saberse odiada y despreciada por su hermana era algo que no podía ignorarse y—siendo igual que sensible que su madre—Sarada sentía que se le oprimía el corazón, como si una daga se le clavase dolorosamente en el pecho, más y más a cada minuto.
-Yo nunca marque una enemistad, Izumi- intento explicar la Uchiha, con voz suave, recordándole que eran familia y debían pensar en eso por encima de cualquier otra cosa, -eres mi hermana, no importa si me odias- prometió Sarada si es que Izumi olvidaba esa enemistad en algún momento.
-Ya no perseguiré a Boruto, si es lo que te preocupa- advirtió Izumi con una frialdad tal que hirió consiente o inconscientemente a su hermana, -pero eso no significa nada, todo lo que dije…lo mantengo- sentencio la Sultana.
Bajo un silencio impoluto y sin esperar respuesta alguna, Izumi se retiró dignamente, hiendo en busca de su esposo para así poder regresar a su Palacio y dejando tras de sí a su hermana y su sentimentalismo. Suspirando para sí misma, Sarada se apretó nerviosamente las manos. Puede que, en el futuro, tuviera que ser más paciente y esperar a que Izumi reanudara la relación de hermandad entre ambas, pero el dolor de ser odiada por alguien de su propia familia, no tenía comparación alguna.
-Kami- susurro Sarada para sí misma.
Sentada sobre el diván junto a la ventana, acompañada por su hijo Rai, Naoko pensó silentemente en que hace luego de todo cuanto la Sultana Mikoto le había dicho, ¿Qué hacer?, ¿Qué decisión tomar? Su vida pendía de un hilo tan delgado que esta vez sabía bien que debería de bajar la cabeza y acatar órdenes, esta vez no podía hacer lo que deseaba abiertamente sino aquello que le conviniera y que de igual modo pudiera mantenerla a salvo, sobrevivir era su mayor deber en ese Palacio. Las puertas de sus aposentos se abrieron de forma indudablemente repentina, permitiendo así el ingreso de la Sultana Sakura que se encontraba acompañada de do escoltas jenízaros. Por deber y protocolo, -además de ver a su hijo hacer lo mismo-Naoko se levantó de su lugar, reverenciando debidamente a la Sultana Haseki.
-Sultana, ¿a qué debo su presencia?- inquirió Naoko, fingiendo cortesía.
Manteniéndose fría, estoica e imperturbable, Sakura contemplo a Naoko hasta lo más profundo de su mirada, preguntándose porque es que Naoko la odiaba. Ciertamente jamás habían intentado ser amigas, pero Sakura nunca le había manifestado odio alguno ya que no lo sentía, siempre la había tratado con respeto tanto en privado como en presencia de testigos, pero luego de la muerte de Mei, Rin y Obito, así como la consecuente ascensión de Sasuke como Sultan nuevamente…Naoko había mostrado una cara que ella jamás había pesado que vería; ambición, deseo de poder y odio, un odio que no entendía porque se había forjado, un odio que injustamente había hecho que asesinara a su hijo, a Kagami, y eso no podía ignorarlo ni perdonarlo.
-Guardias, llévensela- ordeno Sakura finalmente tras un breve instante de silencio.
-¿Qué?- Naoko no entendió que pasaba. -No- protesto la Sultana, intentando zafarse del agarre de los jenízaros. -Suéltenme, déjenme- insistió Naoko.
-Eres una víbora- insulto Sakura, sinceramente dolida por el odio que Naoko le tenía, -incontables veces te perdone, rompiste con la paz en mi vida y aun así nunca te odie, permití que llegaras a este Palacio, ame y amo de todo corazón a tu hijo, nunca hice nada contra ti y aun así…- la Haseki negó tristemente para sí misma, viendo que su intento de mantener la paz con quien debió de ser su enemiga, desde el principio, jamás había resultado en lo absoluto, -intentaste deshacerte de mí en decenas de ocasiones. ¿Por qué?- pregunto Sakura más bien como una duda abierta que como algo que necesitase respuesta. -Porque tu ambición es demasiado grande, incluso para arriesgarlo todo- contesto la Haseki en lugar de ella, levantando su mirada hacia los dos jenízaros. -Llévensela- ordeno Sakura.
-No, déjenme, no hice nada- protesto Naoko, insistentemente, -Rai, no le creas, ¡Es mentira!- grito la Sultana, no deseando que su hijo fuera corrompido por Sakura.
Bajo ninguna circunstancia Rai levanto su mirada hacia la puerta, no sabía que sentir a decir verdad, por una parte deseaba sentir vergüenza pero la Sultana Sakura le había garantizado que no tenía por qué hacerlo, y si bien quería ser como cualquier otro hombre que pudiera llorar y expresar sus sentimientos y decepción con libertad…ese no era su caso, era un Príncipe y su posición traía consigo limitaciones que no aceptaba ni quería en lo absoluto. Pese a saber que todos estos acontecimientos no harían sino causarle dolor a Rai, Sakura no se atrevió a irse, Rai era importante para ella y no deseaba marcharse hasta estar segura de que él estaría bien.
-Lamento todo esto, Rai, pero agradezco de todo corazón tu lealtad y lo que hiciste- valoro la Haseki, realmente orgullosa de él y de todo cuanto había hecho.
-La mentira y la traición son errores que no deben cometerse, y sin importar que sea mi madre, no puedo fallar en mi lealtad hacia el Imperio- razono Rai, tanto por lo que dictaba el protocolo como por sinceridad propia.
-Me enorgulleces profundamente, Rai- admitió Sakura, acariciándole la mejilla cariñosamente.
Habiéndolo escuchado hablar así, Sakura sentía que podía marcharse tranquila a sus aposentos, que podía estar segura de que él estaba bien, y con ello le sonrió ligeramente antes e encaminarse hacia la puerta. Saber que se encontraría solo, Rai temió lo peor en ese momento, y su corazón por mera inercia y afecto sincero lo hizo temer que la mujer a la que amaba como una madre y consideraba su auténtica progenitora no estuviera a su lado, porque a pesar de todas las cosas, realmente consideraba que la Sultana Sakura si era su madre, si, ella, no la Sultana Naoko.
-Sultana- llamo el Príncipe.
Resulto confuso para Sakura ser detenida apenas y habiendo dado dos pasos hacia la puerta. En su propia experiencia emocional, cuando se sufría una decepción o traición así, lo mejor era estar a sola y lidiar con los problemas, fuere como fuere, pero apenas volteo se dio cuenta de que la mirada de Rai se encontraba empañada de lágrimas, la necesitaba a ella, necesitaba tener una madre a su lado. Regresando sobre sus pasos, Sakura no dudo ni un solo instante en abrazarlo con todas sus fuerzas, transmitiéndole tanta seguridad como le fuese posible, porque de una u otra forma él también era su hijo y siempre lo seria, lo amaba con la misma fuerza como a Daisuke y Shisui, como a Kagami, Itachi y Baru, sentía que él había venido de ella tal y como cualquiera de sus otros hijos.
-Todo estará bien, Rai, te lo prometo- tranquilizo Sakura, acariciando acompasadamente la espalda de él, como lo hacía cuando era un niño,- mi Príncipe, mi niño, todo estará bien- prometió la Haseki, besándole el costado del cuello y haciendo que reposara la cabeza contra su hombro.
Cumpliría su promesa, sin importar lo que pasara, mantendría a salvo a Rai, así como a sus hijos, hijas y a toda su familia, no volvería a permitir que alguien más fuera arrancado injustamente de su lado, nunca más.
PD: afortunadamente mi falta de inspiración desapareció, pero lamento decirles que el lunes he de volver a mis clases, más aun así seguiré escribiendo en la medida de lo posible, desde luego, todo por y para ustedes :3 he aquí la actualización nuevamente dedicada a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro, prometiendo actualizar el fic "La Bella & La Bestia" que estará listo durante esta semana :3), a Adrit126 (a quien extrañaba mucho, pidiendo las más sinceras disculpas por matar a personajes que yo igualmente quiero, pero yo solo sigo lo que dice la historia y la serie :3 además, prometo actualizar su fic "El Emperador Sasuke" durante esta semana)y a todos aquello que siguen la historia en todas sus formas, sin excepción. Si tienen alguna sugerencia en serio apreciaría que la aportaran, recordándoles que este fic, y los otros que hago, son por y para ustedes :3 los amo, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.
