Prólogo 4

Llamado de la Luna Carmesi

Con la luna roja en el cielo, los ancestros poco a poco empiezan a despertar.

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Un aullido destruye la calma nocturna. Las rocas se fracturan, y una tempestad se desata en el mar, agitando las aguas.

En una cima imposible de alcanzar para cualquier bestia. La altura es un desafío incluso para las imponentes aves que surcan los cielos.

Su pelaje blanco brilla con un resplandor propio, rivalizando con la luz de la luna. Sus ojos son mas azules que cualquier zafiro que exista. Grande e imponente, el símbolo de la belleza que representa la voluntad del Mundo. Sin conocer limites, una bestia capaz de devorar a los mismos dioses.

Su ira es implacable. La Gran Bestia reconoce en la Luna al más grande enemigo, que intenta usurpar la gloria del hermoso planeta, y gobernar sobre el destino de los hijos del mundo, que solo El tiene derecho de regir. Aun recuerda cuando el nefario Rey intento estrellar su reino muerto contra la preciosa esfera de Gaia.

Tan grande es la furia de la Bestia, que toma forma, y de sus mandíbulas emana la prana concentrada, alcanzando las nubes.

Y la lluvia cae, pesada y fría. Gaia llora….Porque el equilibrio se ha perdido….Nada volverá a ser como antes….

Sus ojos azules brillan más que nunca, y la naturaleza parecía agitarse a su alrededor.

La noche no puede ser más oscura. Y el pelo del Lobo es un glaciar que contrasta con la tormenta.

Con gran velocidad y agilidad, saltando de piedra en piedra, desciende del risco, y una niña pequeña ocupa el lugar donde estaba la Bestia, y sigue el camino que se dirige al castillo de su ama.

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El caballero negro no mueve la vista. Permanece inmóvil, recostado en una gran roca, observando los cadáveres del destacamento enviado por la Asamblea del Octavo Sacramento, sus oscuros ropajes están hechos jirones y sus llaves místicas quebradas e inservibles.

Sin embargo, a pesar de los tajos de espada en los cuerpos el suelo no esta manchado ni por una gota de sangre. La espada oscura del caballero esta clavada en el suelo, y a su alrededor no se tolera ninguna forma de vida.

La espada bebe golosa toda la sangre de los muertos, e incluso la poca vida que hay en ese suelo yermo. Poco a poco las runas de la hoja se van iluminando de un profundo color rojo, hasta que todo el entramado brilla con fuerza.

Como había hecho miles de veces antes, Rizo traza las runas lentamente con sus dedos, hasta que el fulgor rojizo de las runas empieza a desaparecer… Siendo reflejado por otro reflejo rojizo en la hoja.

Alzando su vista hacia el cielo, el caballero ve al astro muerto suspendido en el cielo. Y con una calma que sólo alguien abandonado por el tiempo puede alcanzar, deja a los muertos con su muerte.

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En la proa de su barco, con la espuma del mar salpicando en su cara, El Caballero Blanco Svelten ríe a carcajadas. Una tormenta azota su barco con fiereza, poderosos vientos agitan fuertemente las velas, las olas de varios metros chocan contra su barco y los rayos caen sin cesar alrededor de la embarcación. Pero nada produce un daño real, el nivel místico de esta embarcación no tiene nada que envidiar a las residencias de los otros miembros de los 27 apóstoles de la muerte. Para Fina Blood-Svelten, este barco era su hogar y su castillo.

El apóstol viste de un color blanco sepulcral, y apenas puede distinguirse de la tripulación de espíritus que le acompañan. En su cinturón, luce un majestuoso estoque, que vibra con energía mágica incontenible. El caballero blanco ríe ante el mar embravecido, hoy ha saqueado un puerto más sin dejar a nadie con vida. Pero una luz, interrumpe la celebración del caballero de la princesa. La tormenta que celebraba su vuelta al mar es dispersada para mandarle al salvaje apóstol un aviso. La luna es roja, el rey ha regresado. Apresuradamente, Fina Blood-Svelten toma el timón y dirige su embarcación hacia el castillo de su princesa.

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Dos pequeños ríos de sangre surcan continuamente la habitación, y fluyen hacía un complejo círculo mágico. En el centro del círculo se halla meditando una pequeña niña de oscuros cabellos y ojos rojos. Esta niña es la conocida como profetisa de los ancestros de los apóstoles muertos, la princesa del eclipse sangriento y portadora del nombre Brunestud. El flujo y el reflujo de la sangre es extraño, algo que la niña no ha visto nunca. Como si el propio destino estuviera reescribiéndose antes sus ojos.

Es sorprendente…..el giro del destino es imposible de pasar por alto. ¿1000 años totalmente ignorados?

Incluso dentro de las infinitas posibilidades que hay en el mundo, esto es considerado "imposible".

La princesa abandona el círculo, y se dirige hacía la ventana, para comprobar con su par de ojos como rubíes que estaba realmente correcta.

Y lo ve….

El trono lunar de color rojo. Parecía sangrar de ira.

No pudo evitar agitarse. Sabía lo que significaba, si la Luna Roja ha vuelto, aunque fuera 1000 años antes de lo previsto, solo podía ser porque…..

Brunestud ha tomado el cuerpo que estaba destinado a ser inalcanzable en este mundo. Ahora lo puede ver, tan claro como si estuviese a centímetros de ella.

Se aleja lentamente de la ventana, sin saber que sentir…o que hacer.

Siempre supo que esto llegaría, pero no sabe que hará ahora.

Atada por cadenas invisibles, la niña se vuelve a sentar dentro del círculo, intentando decidir que paso seguirá ahora, aunque ya no está concentrada.

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Valery Fernand Vandelstam se encuentra en uno de sus numerosos casinos de Montecarlo. El anciano apóstol normalmente se encuentra cómodo en la compañía de humanos y suele disfrutar con las pasiones desorbitadas en esta ciudad del azar. Pero hoy no, rechazando amablemente todas las propuestas a cenar el ancestro se retira a su sanctasanctórum dentro de su casino y su única compañía son sus marionetas. El anciano marionetista sabe que algo pasara esta noche, algo en lo que tendrá que tomar partido, a pesar de tu su deseo de permanecer al margen.

Finalmente cuando la luz roja le baña, el anciano no está sorprendido en absoluto. Hunde los hombros y se mesa la barba largamente, durante unos minutos muy largos para este ser que ha vivido milenios. Finalmente cuando se levanta, su decisión está tomada. Conecta psíquicamente con sus gigantescos golems y dando un largo trago de vino, camina con paso firme hacia esta guerra que supondrá el fin de tantas cosas.

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Rita Rozay En se encuentra en un baño de mármol blanco, decorado con gran cantidad de columnas. De las gargantas de cuatro figuras humanoides, retorcidas de forma impensable, manan fuentes de sangre. Está recostada en la orilla, con su cabeza inclinada sobre una pequeña hoja de papel. Su mano agarra una ornamentada pluma hecha de hueso.

Su hermoso rostro refleja concentración un segundo antes de garabatear unas líneas:

Y así, el hilo del destino se teje por última vez.
El maestro de la espada, Emiya Shirō.
La hechicera enjoyada, Tōsaka Rin.
Un juramento de dos personas, para proteger a la chica atrapada en la oscuridad.
Con el fin de destruir estos diez años de sufrimiento, la última y más grande de todas las luchas abre el telón.

La luz de la esfera celestial cambia de color fundiéndose con la radiación carmesí que emana de la bañera, parece que recorra su cuerpo como un insecto travieso, perdido en el mar rojo que llenaba el espacio.

Bajo la imponente mirada de Brunestud, que ve todo usando su trono celestial escucha susurros que nadie más puede oír, palabras que la hacen sentirse más viva.
Su cuerpo es escultural, y resplandece lleno de vida, como si fuera un mundo en sí mismo. Como ríos, las gotas de sangre que caen en su roja melena circulan por su cara, bordean los generosos senos como montañas. Y siguen bajando por el vientre hasta perderse en su perfecta cintura

El paisaje, es algo digno de marcar en un lienzo, con las mejores pinturas que existen, e inmortalizar este momento.

Finalmente, se incorpora debe posponer el placer de la llegada de su señor un poco más, aun no puede ir a verle, tiene que visitar un lugar antes, antes tiene que sentir el cielo con sus propias manos.

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Un cuervo observa silenciosamente desde la cabeza de un busto griego con rasgos antiguos. Cerca de la ventana, y con sus ojos iluminados por las tenues llamas del candelabro, clava la vista a un círculo en el suelo de piedra.

Compuesto por un rombo rodeado de un círculo, y cada una de las puntas, pequeños círculos con escrituras arcaicas, simbolizando los cuatro puntos cardinales, con palabras escritas perfectamente. Trazados con los huesos pulverizados de las aves, el animal que porta las almas. Meticulosamente, sin un error en su estructura; perfecto, como era de esperarse de un Magus de la corte de Luna Carmesí.

En medio del círculo, el vampiro escribe en un libro, usando una de las plumas negras de sus propias alas, y plasmando dichos escritos usando su propia sangre. Abstraído del mundo, concentrado y dedicado a su labor.

Sus materiales de investigación, y todos sus avances se encontraban sobre la mesa, archivados en pergaminos y volúmenes, y rodeados por grandes libreros, que mostraban signos de haber sido examinados, por la poca alineación que tenían.

Era complejo, pero no imposible. Tiene todo el tiempo que le garantiza su inmortalidad, para comprender a esa existencia que se remonta a la era de los dioses, y analizar cuidadosamente la pequeña y hermosa joya, recuerdo de dicha entidad trascendental.

El Magus odia todo tipo de interrupción, así que solo se escuchan momentáneos aleteos por parte de algunos cuervos. Pero todos en silencio, compartiendo la tranquilidad y evitando molestar la investigación.

Absorto en su trabajo, tardo minutos en darse cuenta que estaba siendo bañado en luz roja. La sensación era inconfundible….

La pluma negra cae al suelo.

Salió al exterior gracias a la falta de techo del estudio, y admiro junto a los demás espectadores nocturnos, a la gran marca de la supremacía.

Admiró la impresionante luna enorme y roja, junto el batir jubiloso de los cuervos, que graznaban con vigor infernal, casi intentando rasgar sus gargantas.

Sin esperar más, volvió solo a tomar su más reciente volumen, el cual contenía sus hallazgos más actualizados, la joya color amatista.

Distorsionando el espacio, como un espejo mal enfocado y aumentado, desapareció junto a los cuervos, como una ilusión. La única prueba que estuvieron ahí, fueron las plumas que quedaron flotando, y cayeron lentamente al suelo.

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El señor de los vampiros está sentado en su trono, una pieza de artesanía de la era de los dioses, rematado con gemas más grandes que un corazón humano. Entre los muchos artefactos y fruslerías mágicas que lleva consigo, destaca un enorme cetro más alto que el propio rey. De mithril puro, el cetro refleja diferentes motivos lunares de diversas religiones antiguas, y está coronado por una bola de cristal que reluce con una profunda luz carmesí.

La luz proveniente del Trono Supremo penetra por la ventana, y por el alma de aquel que sea denominado vampiro. Su brillo tenue es suficiente para emocionar al rey.

El cielo nocturno está lleno de clamores por parte de sus súbditos. Con un delirio que va mas allá del entendimiento humano, la gran multitud ruge con la convicción de uno solo. Entonces, y solo cuando ya la situación ha alcanzado su clímax aparece triunfante el señor del ala blanca, como un dios sobre los vampiros. Su discurso es apasionado, su convicción firme y la victoria de su raza, incontestable.

Poco a poco el fuego que ardía en la masa es reconducido, amoldado a las palabras del Señor. Cuando el discurso termina, los súbditos están dispuestos a comenzar una guerra, con las palabras de su señor grabadas en el alma.

Pero la esperanza no se refleja en nadie tanto como en el rey. Camina rápidamente recorriendo los intrincados pasillos de su palacio, hasta llegar a la habitación especialmente diseñada por si llegaba este momento. En la habitación, consulta mapas de un mundo que aun era sencillo, con sendas que han sido olvidadas, y accesos que solo él conoce. Rodeado por un armamento tan arcano que los Magi apenas podrían alcanzar a comprender, y códigos místicos más antiguos que el legendario rey de Uruk.

Cuando vuelve a ocupar su trono la idea de la derrota ni siquiera pasa por su cabeza.

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En la oscuridad, la espada choca contra la daga negra. La noche de Luna Azul era lo más adecuado para una pelea de monstruos como ellos.

La oscuridad es alejada por interminables haces de luz que surgen de las palmas del Magus no-muerto. Un conjuro de alto nivel, cada haz de luz produce un tipo de efecto distinto, dificultando enormemente cualquier tipo de defensa mágica. Pero el vengador no muerto sigue su avance evitando los rayos cromáticos con movimientos toscos pero efectivos. A sus espaldas los rayos explotan, descomponiendo la materia, petrificando… Absorbiendo la vida a su alrededor. Pero ninguno es capaz de impactar al vengador…

Con un salto, se posiciona sobre el Magus, y desciende como un espectro y su espada cae pesadamente sobre su cuerpo. Un golpe inevitablemente fatal.

*Clash*

La daga detuvo el impacto, pero tal fue el peso del ataque que el Magus cae de rodillas sin poder responder a toda la fuerza del golpe. Rápidamente grita dos palabras, la energía telequinética liberada es capaz de hacer retroceder al vengador rojo, pero no es capaz de hacerle daño visible.

Como Magus, este Apóstol no está acostumbrado a pelear bajo estas circunstancias. Pero pelear como Magus contra Enhance es un suicidio. Un simple error, y su cabeza terminara a los pies del Caballero de la Venganza.

Salta hacia la derecha, mientras pronuncia su conjuro; pero su estrategia fue inútil, el mandoble del cazador supera sus defensas mucho antes de que sus labios terminen de pronunciar el hechizo.

El reflejo rojo de la luna, hace que el vengador falle el corazón por pocos centímetros. Con una mueca de disgusto Enhance remata con su pistola a su rival empalado en el suelo.

Pero el verdadero enemigo vigila desde arriba. La Luna Roja que se deleitaba con el combate de los dos monstruos. Había cambiado de color, pareciendo anunciar en la noche al ganador de este duelo.

Mantenerse como sirviente, y esperar la oportunidad…si es que hay una…

Guarda sus armas, y empieza a caminar resueltamente.

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La más hermosa de las fortalezas de los 27 Ancestros, se encuentra en una frontera inviolable para los vampiros comunes. Un maravilloso castillo de coral vivo y con su propia voluntad, que varía en sus matices, mostrando diferentes tonalidades de color. El mayor orgullo de Gaia, habitada por la voluble Sumire, señora de las aguas, con sus hermosos cabellos de color azul y su vestido blanco ondulando rítmicamente al pasivo movimiento de las corrientes.

El vestido muestra la hermosa piel de sus muslos y su cuello. Alrededor de su cintura lleva un cinto de cuero oscuro, y en el lugar donde un guerrero colgaría la vaina de su espada, ella porta generosas cantidades de licor.

Dejándose llevar por la corriente, siente un rayo de luz de luna roja en la oscuridad eterna de las fosas marinas… el antiguo sello del rey. Usa su poder para alterar las partículas de luz en el agua, y logra ver el majestuoso Astro Muerto sobre sus dominios.

Extendiendo su poder ve muchas cosas a lo lejos, ve a los ancestros de los apóstoles tomar la acción frenéticamente después de siglos de viejas rencillas, ve a los exorcistas del vaticano preparando las plegarias y los magos de la torre preparando sus conjuros… pero lo que más le llama la atención es un diminuto muchacho en la inmensidad del castillo milenario.

El durmiente amante de la Princesa….

El Dios de la Muerte…

Nada logra hacerle cambiar su expresión. Ni el regreso del Rey de los Verdaderos Ancestros, ni la visión de aquel que ha puesto fin al Caos, a la Serpiente, y al Mentiroso Sangriento, completamente indefenso en los dominios de Brunestud.

Regresa pacíficamente al castillo, como si nada hubiese ocurrido. Pero sabe que dicho estado no durara por mucho, ya que pronto se encontrara nuevamente con el Rey de la Luna.

Mientras bebe un trago, su cara refleja un profundo interés por primera vez en muchas generaciones de hombres.