-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.
Capítulo 31
Habiendo ya invertido su tiempo en sus deberes propios como lo eran; la habitual administración de su fundación, las donaciones a la caridad y la diaria contabilidad del tesoro imperial, así como la administración de la Corte y el Harem, y el cuidado a su pequeña hija Hanan, Sakura encontró un momento libre en que ocuparse de su enemiga, Naoko, que se encontraba encerrada en una de las celdas que conformaban los calabozo y a los cuales descendió siendo lealmente acompañada por su amiga lady Ino y sus dos doncellas, Tenten y Kin. La hermosa Sultana se detuvo fuera de la celda de su enemiga, observando implacablemente a Naoko que—ya sin sus joyas, lucia las mismas galas que el día anterior, pareciendo una concubina o mujer normal en lugar de una Sultana. En realidad no eran las joyas y el aparente poder lo que hacían que un Sultana fuera lo que era, sino la dignidad y lo que hiciera por el imperio, pero Naoko jamás lo había sido realmente porque había antepuesto sus propias ambiciones por encima de la solides de la dinastía como tal, por encima de la felicidad de Rai.
Gloriosa, como siempre, la Sultana lucía un impecable abrigo de piel marrón grisáceo—de mangas holgadas y escote en V, cerrado bajo el busto y abierto bajo el vientre—por sobre una esplendidas galas purpuras de las que apenas y erran visibles las mangas y la cadena de oro que dejaba colgar el emblema de los Uchiha casi a la altura de su vientre y cuya gruesa cadena estaba engarzada con diamantes, su largo cabello rosado estaba elegantemente recogido tras su nuca y cubierto por un velo purpura que era sostenido por una hermosa corona de oro en forma de capullos y flores de jazmín con diamantes y amatistas engarzadas sobre la hermosa y compleja estructura que era complementada por un par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima.
Tomando conciencia de la presencia de la Sultana Sakura, del otro lado de la celda, Naoko se levantó de la barraca que le servía tanto de diván como cama, alisando la falda de su vestido y acercándose con presteza a los barrotes que sostuvo ente sus mano, observando con un deje de súplica a la Haseki ante ella. El Sultan Sasuke no era alguien fácil de convencer, mucho menos cuando quien respaldaba cada uno de sus pasos no era otra que su esposa legal, su Haseki, así que—en lugar de pretender dirigirse inmediatamente a la autoridad más alta—en ese momento Naoko no pensó sino en apelar a la mujer que tendía a ser piadosa por naturaleza, a la Sultana de los Pobres, como todos la llamaban a pesar de que entre ambas no se considerasen sino como enemigas instintivas.
-Sultana…- intento hablar Naoko.
-No te esfuerces, si crees que saldrás y te perdonaremos, estas equivocada- interrumpió Sakura con absoluta frialdad, -¿Qué harás ahora?, ¿Pedir ayuda al Sultan que querías remover del trono?- ironizo la Haseki con palpable sarcasmo.
-Todo eso es tu imaginación- protesto Naoko, a la defensiva.
Tal vez podía perdonar que intentasen matarla, que asesinaran a su hijo incluso podría ser olvidado, pero lo hecho a decenas de personas inocentes al quemar la mitad de la capital, por no hablar del hecho de intentar implicar a Rai en esos sucios juegos…no, todo eso era algo que no podía ni podría pasar por alto sin importar o que pasara o le dijeran. Ciertamente un persona debía ejecutar múltiples roles en su vida, pero ella no solo era mujer, no solo era esposa y madre, sino que también una Sultana, y omo tal su deber primordial era mantener al imperio a salvo, incluso por encima de su propio honor y dignidad, claro, podía ser piadosa, pero solo si quien se encontraba ante ella lo merecía de verdad y ese no era el caso de Naoko.
-¿Incendiar la capital y ordenar la muerte de mi hijo también es mi imaginación?- cuestiono Sakura, dando todo de sí para no perder la compostura y matarla con sus propias manos en un arrebato de ira. -No luches en vano, Naoko, el Sultan ha visto tu verdadera cara y será menos clemente que yo- sugirió la Haseki sin prestar demasiada importancia. -Reza para que tu muerte sea sin dolor- propuso Sakura, sin más.
No esperando respuesta alguna que pudiera confortarla o enfurecerla aún más, Sakura sostuvo sutilmente parte del dobladillo de su abrigo y la falda de su vestido antes de dar la espalda a la celda y marcharse siendo diligentemente seguida por Ino, Tenten y Kin. En realidad importaba poco u opinión, Sasuke seria quien decidiría que hacer al final, como siempre, por otro lado…si se tratase de ella, elegiría no lastimar o asesinar a nadie, la muere no era algo que—personalmente—le gustase o resultase aceptable, en realidad no creía que asesinar a una persona la hiciese mejor que sus propios enemigos, pero ciertamente—desde el punto de vista del Sultanato—eso evitaba que sus enemigos los vieran como individuos débiles.
O caían ellos o sus enemigos, así de fácil.
Sentado frente a su escritorio, Sasuke reviso exhaustivamente toda la documentación que había sido recabada en base a sus órdenes. Afortunadamente ya estaba nueva y completamente reintegrado a la política como tal y no había mejor modo de oficializar tal situación que analizando exhaustivamente todo cuanto hubiera sucedido en su ausencia en el ámbito social, cualquier índice de disturbio o alguien en paralelo que hubiera aparentado ir en contra de todo cuanto Sakura y Daisuke hubieran estimado conveniente durante su "ausencia". Claro que nadie hablaba mal de su familia, de él o de su Haseki, o al menos nadie del pueblo y los jenízaros…los Spahis eran algo a parte, en ocasiones se sentían ninguneados porque decían que ni el Sultan ni la Sultana Haseki prestaban suficiente atención a su labor como súbditos y soldado del Imperio, pero individualmente tenían sus razones. Los Spahis, contrarios a los jenízaros, habían surgido en los días medios del Imperio, cuando los Uchiha ya llevaban siglos en el poder mientras que los jenízaros—bajo otro nombre—siempre habían servido a la familia Otsutsuki de quien provenía el Sultan Baru I el primero de todos los gobernantes del Imperio, por no hablar de que la lealtad de los jenízaros hacia su Haseki era indiscutible y con razón, Sakura no solo era una mujer que tuviera un carácter que pudiera atemorizar a cualquier hombre, sino que podía defenderse sola y velaba por la estabilidad del Imperio y los jenízaros la apoyaban en todo momento, admirándola.
Evidentemente había distancias que trazar.
Como ya estaba claro ante todo el mundo, el Sultan estaba reintegrado a al política del estado y a sus responsabilidades propias como tal, vistiendo emblemáticamente como se esperaba que luciera un Sultan, portando un pesado Kaftan de terciopelo azul oscuro por sobre la usual túnica de cuello alto y que dejaba entrever las habituales botas de cuero de carácter militar. El Kaftan en si era realmente envidiable de observar, de mangas ajustadas y cuyo cuello, hombreras y muñequeras estaban forradas en piel color negro, por no hablar de los detalles en oro que conformaban los botones a la altura del pecho, así como el fajín de tafetán que cerraba el Kaftan.
-Majestad, como usted ordeno, todos están siendo sometidos a una muy estrecha vigilancia, inclusive los Spahi y Jenízaros- garantizo Mitsuki leal y diligentemente, -nadie podrá hacer ningún movimiento sin que nosotros no lo sepamos antes- reafirmo el Pasha.
De pie frete al escritorio del Sultan se hallaba Mitsuki Pasha que, acatando sus órdenes, había investigado exhaustivamente a todos en el Imperio, tanto en el pueblo como en las barras y cuarteles de los jenízaros y Spahis. El Sultan guardaba recelo y desconfianza con respecto a todos en su entorno, y no era solo a causa de la Sultana Naoko y lo que esta había hecho o intentado hacer, sino por motivos que el Pasha no alcanzaba a comprender, era como si intuyera que alguien de su alrededor planeaba traicionarlo y lastimeramente nadie podía, no tenían el poder ni la fuerza para tal cosa…todos excepto la Sultana Sakura, ciertamente y de desearlo el pueblo aprobaría que cualquier Sultan, incluso el Sultan Sasuke, fuera removido del trono y reemplazado por cualquier gobernante que permitiese más libertad de acción a la Sultana. Par nadie era un secreto que si el Imperio era lo que era se debía a la Sultana Sakura cuya bondad y dedicación al pueblo y la gente le aseguraban la lealtad y amor de aquellos que verdaderamente representaban al Imperio. Con razón la llamaba "La Sultana de los Pobres" o "La Sultana del Pueblo". No era osado decir que a quien querían en el trono era a ella, no al Sultan o a cualquiera de los Príncipes.
-Sea- acepto Sasuke, mucho más conforme, -nadie puede hacer lo que se le dé la gana, estamos rodeados de enemigos y permitir que alguien haga algo sin nuestro consentimiento…- el Uchiha suspiro escasamente para sí mismo, -seria nuestro peor error- concluyo Sasuke finalmente.
La honestidad y lealtad eran algo que se probaba diariamente en el Palacio y si había una persona—en el Imperio y en su Palacio—que fuera honesta en su totalidad, de entre todos cuanto lo rodeaban, esa persona sin duda alguna era Sakura, o planeaba nada, ni se inmiscuía en intrigas, claro que en ocasiones tenía que entrometerse en asuntos que significaban política y asuntos de estado, pero jamás era con segundas intenciones, todo lo contrario, era para legarle todos esos asuntos a él, no para encargarse de todo sola.
Solo en Sakura podía confiar.
Tal vez la antigua vida de las Sultanas fuera apartada de sus hijos, o eso dictaba el protocolo cortesano en que incluso se toleraban las nodrizas, una práctica que Sakura consideraba ridículo desde que había alumbrado al primero de sus hijos, ¿Por qué una madre no querría alimentar a su propio hijo? Preguntas como esa habían sondado su mente en el primero momento cuando había escuchado—de la fallecida Sultana Mikoto, la madre de Sasuke—lo habitual era esta práctica. Más de una u otra forma Sakura jamás la había realizado, había alimentado, criado, mimado y cuidado a cada uno de sus hijos por su cuenta, como haría una madre normal, inculcándoles valores que todo ser humano debiera tener; piedad, humanismo, consideración, humildad y tolerancia, quería que sus hijos fueran personas de bien antes que personas poderosas, porque entendía que el poder podían corromper y cambiar a la gente y no deseaba eso para sus hijos.
Sentada sobre el diván junto a la ventana, —en sus propios aposentos—la Sultana Sakura consolaba las dudas de su hijo Shisui que, como siempre, era el más vulnerable de todos sus Príncipes, el menor de todos y a su vez el más indefenso ante las adversidades, el que más dependía de ella en todos los sentidos.
La Sultana lucía un sencillo vestido morado de escote redondo y bajo, de mangas holgadas que llegaban a cubrir las muñecas y solamente cuyas mangas y falda interior resultaban visibles a causa de la chaqueta superior de escote redondo, abierta bajo el vientre y sin mangas, plagada de bordados en hilo de oro a juego con la gruesa cadena de oro alrededor de su cuello que casi caía a la altura de su abdomen, por sobre el fajín bajo el busto—que enmarcaba su figura—y que llegaba a altura de las caderas. Su largo cabello se encontraba impecablemente recogido tras su nuca—exponiendo su largo cuello—y adornado por una hermosa corona de oro que emulaba capullos y flores de jazmín con diamantes y amatistas sobre la estructura, complementando un par de pendientes de oro y cristal en forma de lágrima.
Sentado frente a ella se encontraba Shisui, vistiendo un sencillo Kaftan índigo azulado cerrado a la altura del abdomen por dos botones de perla, con marcadas hombreras de cuero por sobre las mangas que llegaba hasta los codos y que eran abiertas en los costados, forradas ligeramente en piel color negro por sobre la usual túnica azul oscuro que se hallaba debajo, de cuello alto y mangas ajustad que exponía las usuales botas de cuero de carácter militar.
-Todo pasara- prometió Sakura, acariciando cuidadosa y cariñosamente los cabellos de su hijo menor, -estos días de preocupación y amenazas comenzaran a llegar a su fin, no hay nada de lo que debas preocuparte- garantizo la Haseki, inclinándose y besando la frente de su hijo. -Todo tiene solución, hijo- prometió Sakura, sonriéndole dulcemente.
Pese a tener ya catorce años, mentalmente Shisui seguía siendo un niño. Contrario a su hermana melliza, Izumi, él si recordaba a su hermano Baru, la forma inclemente en que había sido asesinado…siempre había permanecido ese recuerdo en su memoria y le provocaba un continuo temor a la muerte y al destino que posiblemente lo aguardaba. Su padre era un buen hombre, un Sultan magnánimo y misericordioso, todos lo decían como fiel testimonio de ello…pero Shisui intuía que todo eso iba a cambiar, sabía que una persona no podía ir en contra de los designios de la ley que—en esas circunstancias—dictaba de ipso facto que Rai fuera asesinado en algún momento futuro, y si eso sucedía, Shisui estaba seguro de que nada detendría a su padre de asesinar de igual modo a Daisuke o a él. Kami mediante ese día no llegaría jamás, pero en ese Palacio jama se podía estar seguro de nada.
-¿Y mi miedo, madre? Temo a la muerte- confeso Shisui con un deje de clara vergüenza.
-¿Para qué estoy yo?- cuestiono Sakura con una pisca de burla que hizo sonreír a su hijo por su honestidad y permanente preocupación por él y todos sus hermanos y hermanas. -No debes tener miedo, mientras yo viva, nadie jamás podrá lastimarte- prometió la Sultana, tanto para su hijo como para sí misma. -Pero, no te mentiré, siguiendo la voluntad de Kami…- la Haseki bajo ligeramente la mirada, recordando como había perdido a ya tres de sus hijos; Baru, Itachi y Kagami, a Midoriko y a sus dos pequeños nietos Sasuke y Mikoto, -todos moriremos algún día- refirmo Sakura sonriendo tristemente, acariciando la mejilla de su hijo, -¿Cuándo? Solo él lo sabe- intento animar la Sultana.
No se trataba de lo que él mismo creyera con respecto a lo que pudiera sucederle a su hermano Rai que—siendo hijo de la Sultana Naoko—corría riesgo de ser ejecutado, sino de lo que su madre pensara. No era un secreto para nadie que, pese a la dignidad que siempre mostraba, su madre no deseara o ansiara otra cosa que reunirse junto a aquellos a quienes había perdido, y el caso de Shisui era el mismo. Daisuke estaba más capacitado para ser Sultan algún día, parecía haber nacido para ello, pero Shisui temía que algo sucediera y—en algún momento—el poder tuviera que recaer sobre él. No, eso sería una pesadilla, él no deseaba ser Sultan, de ninguna forma, semejante presión le parecía insostenible, pero le resultaría aún más atemorizante si su madre no estuviera a su lado, si llegaba a correr la triste suerte de ser Sultan…se lo encomendaría todo a ella.
-Estaría perdido, si no fuese por ti, madre- sonrió Shisui.
Sonriéndole amorosamente a su hijo menor, quizá quien menos posibilidades tuviera de ser Sultan algún día, Sakura abrazo protectoramente a Shisui contra su pecho. Sus hijos, sus nietos y nietas…ellos eran su todo en el mundo, ellos y Sasuke, por ellos era que se empeñaba en mantener la paz, porque quería que las nuevas generaciones no tuvieran que lidiar con lo mismo que ella, porque estaba segura de que merecían algo mejor que la tormenta de fuego y derramamiento de sangre que ella había tenido que presenciar en los días pasados. No sabía porque, podían llamarlo intuición o instinto femenino o lo que fuera, pero algo en su interior le decía que antes de morir…tendría que presenciar cosas incluso peores de las que había visto en el pasado.
Kami mediante, estaría equivocada.
El Imperio Uchiha estaba formado bajo leyes y estatutos, leyes que solventaban a cada facción del Imperio y que—de igual modo—permitían el establecimiento de un orden claro que delimitaba lo que era correcto y lo que no, lo que podía hacerse sin temor y aquello que tenía consecuencias negativas que bien podía incluso acarrear la vida de un individuo justificada o injustificadamente, y pese a ser consciente de que sus actos habían provocado su caída y presencia en el calabozo en que estaba, Naoko se negaba a aceptar y dar todo por terminado. Si se había esforzado tanto y hecho todo cuanto había hecho era por el bienestar y un futuro seguro para su hijo y para ella, porque estaba segura que u bue futuro para Rai no se encontraría en manos del Sultan Sasuke o la Sultana Sakura, su instinto se lo decía.
Sumida en sus pensamientos, Naoko salió de su ensueño en cuanto escucho que la puerta de su celda era abierta, permitiendo la entrada de dos soldados jenízaros que esperaron pacientemente a que se levantara de la barraca sobre la que se hallaba sentada, más Naoko no hizo movimiento alguno que indicara que sabía que es lo que pasaría con ella, ¿Iban a asesinarla o qué? No pensaba hacer absolutamente nada hasta tener una respuesta, si iba a morir quería hacerlo bajo su propio criterio y opinión, aunque no sabía si eso estaría permitido.
-Su majestad la está esperando, Sultana- aclaro el jenízaro.
Escuchando la declaración del jenízaro, Naoko no supo que pensar en realidad. Si el Sultan quería verla significaba que no penaba ejecutarla, o al menos no inmediatamente, ¿Acaso querría escuchar sus propias declaraciones con respecto a su culpabilidad? En ese caso, evidentemente, no haría otra coa que intentar salvarse de una u otra forma, más algo le decía que no lo conseguiría, no con Sakura presente y sabía que lo estaría. No perdiendo más tiempo, Naoko se levantó de la barraca, acomodando la chaqueta superior y alisando la falda de su vestido para lucir lo más correcta y presentable que le fuera posible. No por estar en un calabozo iba a justificar su aspecto ligeramente desaliñado.
Teniendo a los jenízaros como escoltas más que como carceleros, Naoko abandono su prisión con la máxima dignidad posible…
La noche se cernía silente sobre el Palacio Imperial. Sentado sobre el diván, en sus aposentos, Sasuke no supo que hacer para hacer más pacífico y ameno el ambiente reinante, no por su parte, sino por Sakura que, dándole la espalda y observando hacia la terraza, se encontraba asumida en sus propias divagaciones y no positivas ya que exteriorizaba la frustración que aparentemente sentía en ese momento.
-Deja de luchar contigo misma, Sakura- pidió Sasuke al verla meditativa y nerviosa, incapaz de expresar verbalmente lo que sentía, -dime que estás pensando- pidió el Uchiha, más ni aun así obtuvo respuesta, de hecho Sakura ni siquiera volteo a verlo, dándole a entender indirectamente que era lo que estaba debatiendo interiormente consigo misma. -Lo que debemos hacer, es lo correcto- garantizo Sasuke.
La crueldad, la antipatía, animadversión y carencia de sentimientos eran algo que solía caracterizar al Imperio Uchiha y en si no se esperaba algo totalmente diferente de cada uno de sus representantes, ni del Sultan, las Haseki o Sultanas, o los Príncipes, era una tendencia indeleble e inefable que siempre tenía lugar, de una u otra forma, pero Sakura no estaba de acuerdo con nada de eso, se lo había prometido al llegar al Palacio, ella sería una Sultana diferente, antepondría a sus hijos y a quienes amaba por sobre el Imperio ya que ellos eran el Imperio, por ende el emplea miento de la fuerza o agresividad no eran algo que le resultara agradable en lo absoluto y el caso de Naoko no era particularmente diferente para ella.
-Tal vez sea lo correcto, pero la muerte no es algo que me plazca ejercer- confeso Sakura, volteando a verlo finalmente, -¿En que nos diferenciamos de nuestros enemigos si asesinamos a otros simplemente?- cuestiono la Haseki, no esperando respuesta alguna ante su propia duda. -Tal vez sea lo correcto, pero no acabo de aceptarlo- reitero Sakura con dureza.
Sultanes pasados iban y venían en el poder, habían gobernado el Imperio—en ocasiones—con sabiduría o bien cometiendo toda clase de desmanes; el Sultan Hashirama había sido tachado de manipulable, el Sultan Tobirama de estricto, el Sultan Madara de frívolo y el Sultan Izuna—su suegro y a quien no había conocido—de cruel y asesino…si ellos no elegían cambiar el futuro que estaba ante ellos, ¿Acaso serían más amados o recordados por el pueblo? Debían pensar on claridad y Sakura no creía que la salida para hacerlo fuera la muerte de los traidores, sino más bien su exilio. Sasuke no supo que decir ante su crítica, aunque afortunadamente el eco de golpes contra la puerta evito que él tuviera la necesidad de responderle.
-Adelante- indico Sasuke.
Bajo las órdenes del Sultan, las puertas se abrieron inmediatamente permitiendo así la entrada de la Sultana Naoko que era diligentemente escoltada por dos soldados jenízaros. Naoko no necesito levantar la mirada para reparar en la presencia de Sakura que se hallaba de pie junto al escritorio, en realidad en ese momento no tenía por qué reparar en ella sino que en el Sultan, debía dedicarse a salvarse a sí misma no a hacer otra cosa, de hecho…erraría enormemente si no fingía debidamente todo cuanto necesitaba hacer.
-Majestad, Sultana Sakura- reverencio Naoko con la máxima humildad que le fue posible fingir en el momento, especialmente ante su enemiga presente.
-Naoko- nombro Sasuke escasamente, negando con decepción para sí mismo al tenerla presente y ahora que podía corroborar que era una absoluta amenaza, tanto para él como para su familia. -La traición se comete de muchas formas, y se esperaba de ti- admitió el Sultan con voz fría, distante y monótona, -pero lo que tú hiciste, supera todo lo que hubiéramos esperado- aludió Sasuke, dirigiendo su mirada hacia su esposa.
No había llamado a Naoko para corroborar aquello que, para él, era seguro, claro que creía en la culpabilidad d ella, solo necesitaba que Sakura lo mencionaría y él le creería irrefutablemente, pero la cuestión en ese momento no era esa sino que Naoko admitiera todo cuanto había hecho para así brindarle una "muerte digna" una práctica que ciertamente se empleaba poco en el Imperio, pero Sasuke quería estar seguro de que—como Sakura refería—estaba haciendo lo correcto y no actuando injustamente o con crueldad.
-Majestad, se lo juro, yo no he hecho nada, todo son calumnias- garantizo Naoko, sabiendo que lo que pensaba hacer era arriesgado, pero era mejor intentar y errar que no hacer absolutamente nada. -La Sultana Sakura me odia, y quiere deshacerse de mí- acuso la Sultana.
De pie junto al escritorio, Sakura sonrío sutilmente con la mirada baja, manteniendo sus manos cruzadas por sobre su vientre, no necesitando levantar su mirada hacia Sasuke para saber que él no tomaba a bien en lo absoluto que alguien intentara acusarla a ella de algo. Negando para sí mismo ante esta "acusación" por parte de Naoko, Sasuke se levantó del diván, avanzando hacia Naoko con aquel aire tan intimidante que podía mostrar ante quien fuera porque hablar mal o insultar a la persona más importante de su vida era algo que no toleraba y no toleraría jamás.
-En lugar de rogar perdón, que es lo que deberías, acusas a mi esposa, a mi Sultana y Haseki de tus propios pecados- afirmo Sasuke, sorprendido por su cinismo. -¿Quién eres tú? Dime, ¿Quién crees que eres?- cuestiono el Uchiha, ofendido en lo más profundo de su corazón, quien osara cuestionar la lealtad de su esposa corría la peor de las suertes posibles y el caso de Naoko no era distinto de ninguna forma. -Tienes al Sultan del mundo frente a ti- recordó Sasuke con obviedad y un tono crítico. -Ignore tu traición pasada y si te permití volver fue solo por mi hijo, pero en lugar de ver eso como amabilidad, lo viste como una debilidad y te aprovechaste de la oportunidad para atacar a mi esposa, a mi familia y al Imperio- puntualizo el Sultan, furioso.
-No, Majestad, yo jamás…- protesto Naoko.
-Deja ya de mentir- espeto Sasuke, interrumpiéndola, no soportando escuchar sus mentiras, -hay documentos y pruebas en tu contra, hay evidencia y una testigo que te condenan- enumero el Uchiha aquello que ya era sabido por todos. -Intente ser tolerante, intente darte un lugar digno como la madre de un Príncipe, pero eso se acabó, no tendrás una tumba siquiera- prometió el Sultan, sin compasión alguna. -Morirás- condeno Sasuke de forma irreversible. -Guardias, regrésenla al calabozo- ordeno el Sultan.
A lo largo de su vida mucha gente había querido confundirlo, ponerlo en contra de Sakura porque la consideraban una amenaza, porque su sinceridad y lealtad obstaculizaba los cambios negativos y ambiciosos que muchos—en su entorno, pasado y presente—habían querido o querían hacer para beneficiarse a sí mismos, pero Sasuke siempre había previsto esto, porque Sakura era diferente de a todos, porque jamás intentaba interferir por sus propias ambiciones, no, claro que no, ella era la única persona que jamás le mentía, que era transparente y leal hasta en las peores consecuencias. Temiendo a esta orden y lo que pudiera acarrear para su persona, Naoko se dejó caer de rodillas ante el Sultan.
-Majestad, se lo ruego, por favor- suplico Naoko con máxime sinceridad, -perdóneme, por mi hijo- rogo la Sultana.
Sasuke se alejó inmediatamente pese a las suplicas por parte de Naoko, regresando a su lugar anterior sobre el diván, no necesitaba escuchar más, no cambiaría de parecer, quien había sido traidor siempre seria traidor. Naoko sollozo inaudiblemente ante de recapacitar y volcar su atención a la persona más clemente en la habitación, incluso más que el Sultan…la Sultana Sakura. Levantándose del suelo, Naoko reverencio respetuosamente a la Sultana Haseki que la observo sin demasiada atención.
-Sultana Sakura, por favor, usted es madre como yo, perdóneme, se lo ruego- imploro Naoko.
-Tienes razón, soy madre como tú- acepto Sakura, calmadamente, -pero uno de mis hijos murió por tu culpa- recordó la Haseki con frialdad. -Nunca te perdonare-condeno Sakura antes de levantar su vista hacia los dos jenízaros que esperaban pacientemente las ordenes de ella o de Sasuke. -Guardias, sáquenla de mi vista, no quiero verla- ordeno la Haseki finalmente.
No había perdonado a Mito, no había perdonado a Mei, ni a Obito ni a Rin…y del mimo modo no pensaba perdonar a Naoko, su familia y la preservación de vidas inocentes eran algo intocable para ella, nadie podía interponerse en su deseo de preservar el bienestar de otros por sobre el de individuos políticos, ¿Rencorosa? Claro que lo era, pero si permitía que sus sentimientos tomaran partido en una situación debía de ser por motivos específicos y la seguridad de Rai no sería mayor si Naoko estaba presente, sino que todo lo contrario, haría peligrar su existencia por quienes intentarían ponerlo en el trono.
Siguiendo las órdenes del Sultan y la Sultana Haseki, ambos jenízaros hubieron escoltado a la Sultana Naoko fuera de la habitación.
Sarada abrazo a su hijo Izuna hacia su cuerpo mientras recorría los pasillos del Palacio de regreso a sus aposentos, acompañada en todo momento por Boruto, así como por sus doncellas Chouchou y Himawari. Todos en el Palacio, aquellos que fueran de dudosa confianza estaban siendo investigado, todos menos Boruto y aquello que dieran confianza absoluta, aunque el caso de Kisame Hoshigaki Pasha era algo totalmente diferente ya que él era un traidor a ojos de todos pesar de que nadie lo admitiera verbalmente, dándole tiempo a rebelarse como un traidor con sus propias acciones.
El hecho de tener un nuevo "padre" a quien más bien consideraba un amigo de quien confiar ciegamente, no molestaba a Izuna en lo absoluto sino que todo lo contrario ya que veía a su madre mucho más feliz de lo que hubiera estado jamás y eso era un motivo de absoluta felicidad. Boruto por su parte, sentía que tenía una vida estable y completa y en parte así era ya que había tratado con el Príncipe Izuna anteriormente y ambos podían tratarse con familiaridad, pero a pesar de no tener inconveniente o problema alguno al respecto, Boruto no perdía la esperanza de poder—en algún momento futuro—tener un hijo o hija propio y Sarada opinaba igual, pero con tantos inconvenientes políticos resultaba difícil planear y hacer sueño sobre el futuro ya que jamás se podía estar seguro de nada, tan fácilmente como se podía ser feliz—brevemente—se podía perderlo todo con facilidad, y eso solo hacía referencia a aquellos que entraban al Imperio por matrimonio, como era el caso de Boruto.
La Sultana podía decirse animosa y feliz sinceramente en toda su vida, abandonando el luto por completo y cualquier matiz de color que implicase negatividad porque, por primera vez, entendía la felicidad que su madre siempre expresaba como Sultana, porque la felicidad—en alguna medida—si podía alcanzarse, no era algo tan imposible como se solía creer, o al menos no mientras el hombre que se tenía al lado fuera el indicado.
Si había un color que le gustase usar era el rojo, al igual que su madre, pero en ocasiones vestir de azul le resultaba tranquilizante y ese era el caso del elegante vestido de seda azul que usaba, de escote cuadrado y mangas ajustadas hasta los codos, que se transparentes y holgadas, hechas de gas y ribeteadas en encaje de igual color que se entretejía sobre el corpiño del vestido, las mangas hasta los codos y la falda superior. Su largo cabello azabache se encontraba elegantemente recogido tras su nuca y peinado de tal modo que un par de rizos enmarcaran su rostro e hicieran destacar aún más la corona de oro y plata que emulaba espina y rosas decoradas con zafiros, topacios y cristales azules, complementando un par de pendientes de cuna de diamante en forma de lagrima con un zafiro en el centro, y una cadena de plata con un dije a imagen de los pendientes.
Viendo a los dos leales jenízaros escoltar a la Sultana Naoko, por el mismo pasillo que—casualmente—ella y su familia transitaban, Sarada le indico tanto a su hijo como a Boruto que aguardaran quietos y en silencio, manteniendo ella por su parte una postura estoica en cuanto los jenízaros—al igual que la Sultana Naoko—se detuvieron a su lado para reverenciarla debidamente como dictaba el protocolo. Naoko observo con decepción y sorpresa la misma arrogancia presente en los ojos de esa niña, de Sarada que la observaba como si fuese Sakura, la misma intensidad y rencor en su mirada, la misma independencia que la hacía actuar en pro de su familia y no de una política emergente.
-Puedes engañar a todos con esa cara inocente, pero a mí no- garantizo Naoko ante la fría y displicente mirada de la joven ante ella. -Eres tan cruel como Mikoto, igual que Sakura- comparo la Sultana, observándola con palpable reproche.
Sarada por su parte…no estaba ofendida en lo absoluto, es más, que dijeran que se parecía a su madre era tal vez el mayor elogio que pudiera hacerle ya que su madre no era sino una mujer independiente y fuerte que podía enfrentarse a quien fuera, era una mujer inderrotable por las personas de su entorno que pensasen siquiera en volcarse en su contra. Ciertamente había muchas personas que pensaban que—por otro lado—su madre era una mujer malvada, ambiciosa e intrigante que usaba el amor del Sultan según su propio beneficio, pero la realidad era otra, su madre era una mujer honesta, bondadosa, respetuosa y amable que ayudaba a tantos como le fuera posible.
-Guardias, aparten de mi vista a esta traidora- ordeno Sarada fríamente. -Llévenla a su celda, donde merece estar- sonrió la Uchiha.
Acatado inmediatamente la orden de la Sultana Sarada, reverenciándola como era debido además, los dos leales jenízaros condujeron a la Sultana Naoko de regreso al calabozo, donde volvería a residir en su celda hasta que el Sultan Sasuke ordenara su ejecución. Abrazando a su hijo Izuna contra su pecho, Sarada se tranquilizó a si misma con prontitud, no le convenía expresar el verdadero odio que le profesaba a la Sultana Naoko por todo cuanto le había hecho no solo a su familia sino que específicamente al Imperio como tal, así como al Sultanato y a su madre. Preocupado, y con fundamentos, Boruto no pudo evitar situar su mano sobre el hombro de su esposa que voleo a verlo en el acto.
-¿Estás bien?- consulto el Uzumaki.
-Perfectamente- tranquilizo Sarada, sonriéndole.
Un nuevo día iniciaba glorioso, o más bien se pretendía que así fuera más los asuntos de estado impedían que el tiempo pasase…ameno serenamente en la vida de muchos en el Palacio, o más específicamente para el Sultan que, sentado sobre su cama, revisaba todas las peticiones que tenían los visires o más especialmente Choza Pasha que omo administrador de las finanzas destinadas a las campañas veía a bien sugerir a posibles respaldos políticos que de igual modo ayudaran y participaran en el Consejo Real, y contribuyeran a su trabajo, una decisión que—en lo personal—Sasuke elegía no tomar solo, o más bien, no sin la presencia de su esposa que casualmente y sin decirle a nadie no estaba en el Palacio para su usual preocupación.
Perdido en sus propios cuestionamientos, el Sultan portaba un modesto Kaftan color negro de mangas ajustadas, con marcadas hombreras, cuello, pechera y fajín de cuero, siendo que el resto de la tela ya de por si daba un aspecto más bien destacable o perteneciente al mismo material anteriormente citado ya que tenía una seguidilla de complicados bordados de hilo de plata que brindaba un aspecto entre metálico y estoico que evidentemente recalcaba su autoridad, en si todo el atuendo, incluyendo las pesadas botas de cuero, rememoraba lo que significaba verdaderamente la vida de un Sultan. Haciendo eco en sus pensamientos, las puertas de sus aposentos se abrieron repentinamente por obra de los leales jenízaros en el exterior, permitiendo así la entrada de Sakura que se sujetó ligeramente la falda para no tropezar, acallando así los temores de Sasuke que no sabía cuánto más aguardar ante su ausencia en el Palacio.
Hermosa e impecablemente perfecta como siempre, ese era uno de los muchos elogios que podían hacérsele a su Haseki, la mujer más hermosa y poderosa del mundo, por no decir honesta y leal que—ostentando su rango debidamente—lucía un espectacular vestido de seda color rojo, de escote corazón, con bordado de hilo de oro en el borde del corpiño—con seis botones de oro en caída vertical, y un margen de pasamanería dorada en los costados que dividían el centro del corpiño de los laterales que estaban plagados de bordados y estampados dorados que replicaban hojas y flores de cerezo, las mangas eran dobles, unas superiores, holgadas y abiertas desde los codos—que replicaban sorbe si el estampado de la tela—y otras ajustas y lisas hasta las muñecas, por no hablar de la falda interior igualmente lisa bajo la falda superior plagada igualmente de bordados. Sus largos rizos rosados caían libremente tras su espalda, resaltando aun más la insuperable corona de oro, cristales y diamantes ámbar que emulaba hojas y que complementaba no solo al vestido, sino a los pendientes de cuna de oro con un rubí en forma de lagrima en el centro, pero eso eran pequeñeces ante el soberbio emblema de los Uchiha que relucía alrededor de su cuello, al igual que la sortija de las Sultanas en su dedo anular. Simplemente perfecta…
-Sakura, me preocupaste, no dijiste a donde irías- reprocho Sasuke, ignorando su estupor al contemplarla.
La historia del Imperio Uchiha había presenciado a miles de mujeres, todas muy hermosas ya que el fin de la concubinas en el Palacio no era sino mantener feliz y complacido al Sultan, uno de los mayores exponentes de belleza había sido la Sultana Kaede, esposa del Sultan Hashirama y que había sido retratada por el gran pintor Tiziano, más pese a estos entandares, Sasuke estaba absolutamente seguro de que su esposa dejaba atrás a todas las bellezas—hasta entonces—documentadas en el Imperio: brillantes ojos esmeralda de mirada dulce, largo y rizado cabello rosado comparable a la seda, rostro suave y ovalado así como facciones cinceladas y armoniosas…belleza como la de ella se veía pocas veces—por no decir ninguna—en el Imperio. Ciertamente había obrado confidentemente, no había dicho que haría, ausentándose del Palacio junto a Tenten y Kin para encargarse de fiscalizar que la reconstrucción de la ciudad y administración de su fundación se realizaran debidamente y solo había decidido regresar en cuanto hubo comprobado que así era. No planeaba fingirse feliz cuando el pueblo y las personas que representaban al Imperio no lo eran, eso era injusto, frívolo y cruel.
-Lo lamento, eran asuntos de mi fundación, tenía que encargarme de ellos- se disculpó Sakura respetuosamente, sujetándose la falda el vestido ante de sentarse a su lado. -Puede que la reconstrucción de la capital este casi terminada, pero quería encargarme de que todo se hiciese según lo previsto- acoto la Haseki, explicándose pese a no necesitar hacerlo.
-En ese caso, me quedo más tranquilo- acepto Sasuke, besándole la frente.
La razón por la que el Sultanato era tan pacifico—relativamente hablando—como era, se debía a ella y su continua labor caritativa que jamás finalizaba, en cierto modo más que su Sultana Haseki, Sakura era una intermediaria entre la elite más baja y la burocracia del gobierno ya que de una u otra forma ella hacia que las solicitudes de la gente fueran escuchadas y así contribuía a mantener la paz, algo que pocas Sultanas había pensado en hacer. Sonriendo radiantemente ante su indisoluble confianza, Sakura no pudo evitar desviar su mirada hacia los documentos presentes y que llamaron irrevocablemente su atención, no es como si deseara inmiscuirse en política o asuntos de estado, —de hecho, solo lo hacía cuando era estrictamente necesario—pero en ocasiones, servirle de ayuda al Sultan del mundo era una labor que no le molestaba desempeñar.
-¿Qué es?- indago Sakura, curiosa.
-La lista de los nuevos Beys, seleccionados por Choza Pasha, solo cercanos a él- puntualizo el Uchiha con desacuerdo, tendiéndole el documento. -He de aprobar o desaprobar su sugerencia- menciono Sasuke, no muy convencido con las opciones que tenía. -Esperaba que me ayudaras, creo que permitir el nombramiento de personas a quienes no conozco podría crear una división en el Consejo- planteo el Uchiha, deseando conocer su honesta opinión al respecto.
Seguir los consejos de los Pashas y Visires no le agradaba en lo absoluto, puede que él, por su parte, intentara evitar la corrupción entre los políticos de su entorno y la mejor forma de hacerlo era no depositando su confianza o expectativas en los Visires y Pashas a su disposición y los únicos casos aparte de esto eran Konohamaru, Boruto y Mitsuki a quienes conocía desde siempre, y a Kakashi porque era de la absoluta confianza de Sakura, en ella por otro lado confiaba ciegamente, siempre sabiendo que ella siempre hacia lo correcto y necesario, porque ella era la única persona realmente honesta de su entorno, transparente, sincera e indiscutiblemente leal.
-Si Choza Pasha sugirió esto, debemos considerar su criterio- reafirmo Sakura, encogiéndose de hombros.
-¿Pero no estaríamos demostrando favoritismo?- inquirió Sasuke, confundido.
La política se trataba de juegos sucios, artimañas, tretas, lavado y traspaso de dinero y cantidades monetarias enormes o relativas al fin y al cabo, pero fuera como fuere Sakura había aprendido—con el tiempo—de las intrigas y como podían utilizarse, si, algunos la catalogaban como una mujer malvada e intrigante, si, ciertamente había intriga en su ser pero solo porque una mujer debía saber cómo sobrevivir en ese Palacio y entre sus muros, la inocencia no duraba para siempre y Sakura sabía que llegaría el momento en que perdería su medio de defensa, pero hasta entonces haría todo por fortalecerla hasta el cansancio y a sí misma. Por ende, sabía que ignorar las demandas de los políticos, sin importar que no fueran de su agrado, no era algo sensato, si se quería ganar en estrategia e inteligencia se debía ser más astuto que ellos y fingir elocuentemente que todo estaba "bien".
-Dije, considerarlos, no aprobarlos- aclaro Sakura, sonriendo ligeramente antes de devolverle el documento. -Además si les das una falsa sensación de seguridad, evitaras que se sientan ansiosos- aclaro la Haseki, aludiendo omniscientemente a otro de sus enemigos; Kisame Hoshigaki Pasha. -Claro que permitiremos que algunas de estas personas entren el diván, pero sumando a otras personas que yo considero más dignas de obtener un puesto en el Consejo- sugirió Sakura indirectamente.
Como siempre, e intuyendo las maniobras que los políticos intentarían hacer, ella tenía en su poder una lista de nombres de personas de su absoluta confianza que—a su entender—eran mucho más merecedores de estar en el Consejo Real, ya fuera como Visires y Pashas u otro cargo que el Sultan tuviera a bien concederles, no se trataba de intriga, solo de ser precavida y adelantarse a posibles eventualidades. Como siempre, Sasuke no dejaba de sorprenderse por el sentido de la prevención que tenía su esposa y la increíble forma en que poda anticiparse a todo, con ella presente estaba seguro de que todo siempre estaría bien.
-No podría estar más de acuerdo- aprobó Sasuke inmediatamente, confiando en su imparcialidad. -Planeo ausentarme por una semana, hay quejas sobre el juez de Otogakure, y quiero investigar personalmente que es lo que sucede- informo el Uchiha.
-¿Estás seguro de querer hacer esto ahora?- cuestiono Sakura, aludiendo a Naoko indirectamente.
Nunca, de una u otra forma, se sentía cómoda si él no estaba, sentía como si le arrancaran una parte de su corazón que la hacía sumirse en la añoranza y nostalgia hasta que él regresaba, entonces volvía a ser indiscutiblemente feliz, feliz como solo podía serlo una mujer enamorada que era correspondida cada minuto de su vida por un hombre que le demostraba su amor de todas las formas posibles, claro, sabía que el deber del Sultan como tal significaba que debiera ausentarse de la capital en múltiples ocasiones, ya fuera por campaña militare so visitas a provincias que requerían su presencia, pero ella no acababa de adecuarse a la idea. Sasuke asintió únicamente, no pretendía ausentarse solo por los problemas que tenía Otogakure, sino por otro acontecimiento que, esperaba, tuviera lugar en su ausencia una vez que fuera aprobado…solo esperaba que Sakura no lo odiara al saber lo que pensaba hacer…una vez que se enterara de sus decisiones en cuanto fueran llevadas a cabo.
-Todo estará bien, Sakura- tranquilizo Sasuke, sosteniendo las manos de ella entre las suyas, -Daisuke quedara a cargo de la regencia, y contigo aquí…- el Uchiha sonrió ligeramente, tomándole el mentón y haciendo que levantara la mirada, -confió ciegamente en que todo se hará incluso mejor de si yo estuviera a cargo- admitió Sasuke.
-¿Cuándo partirás?- indago Sakura, resignada.
No podía oponerse, siempre lo había sabido, el destino de una mujer como Sultana—por más duro que sonar—no era sino la soledad, en las paredes de ese Palacio estaban grabadas las lágrimas, el llanto y los gritos de decenas de mujeres que habían amado con desesperación a diferentes Sultanes pasados, inclusive la Sultana Sanavber, madre del Primer Sultan Baru I Uchiha y esposa de Indra Otsutsuki había tenido una vida solitaria ante las ausencias de su esposo que—si bien le había sido indiscutiblemente fiel—había dedicado casi toda su vida a las campañas y batallas que habían engrandecido los terrenos militares que en un futuro forjarían el poder territorial de los Uchiha. Ir contra la corriente era algo que simplemente no se podía hacer.
-Mañana temprano- confeso Sasuke, causando la incredulidad de ella que estuvo a punto de rebatirle esta decisión. -Sé que es precipitado, pero entre más pronto parta, más pronto volveré- justifico el Uchiha, sabiendo que es lo que pensaba decir. -Prometo no tardar- aseguro Sasuke como juramento.
Para él tampoco era tolerable estar lejos de su familia, ni mucho menos de su esposa y Sultana Haseki, pero en ocasiones el deber se debía anteponer a los sentimientos egoístas que pudieran tenerse y el caso—en esa situación—era ese, y no hablaba solo de su ausencia a Otogakure sino que también del motivo tras su ausencia y que no era capaz de confesarle a Sakura, o al menos no aun. Con un infantil puchero y suspirando sonoramente, Sakura se aferró a sus hombros, observándolo de forma suplicante.
-Ya que no puedo hacer que cambies de opinión- menciono la Haseki con divertido sarcasmo, -¿Me permites quedarme a tu lado el resto del día? No quiero estar lejos de ti- murmuro Sakura con un tono sutilmente infantil.
-¿Cómo negarme?- cuestiono Sasuke.
En el Imperio Uchiha, los matrimonios por política eran una práctica común, de hecho, aquellos matrimonios que tenían lugar por amor en lugar de estatus, pedigrí o deber eran tremendamente escasos, por no decir nulos, así que no resultaba muy alentador para una Sultana pensar que sería feliz estando casada cuando en realidad se predisponían a ser tolerantes, displicentes o bien cariñosas en base al comportamiento de sus esposos, más sabiendo esto Izumi debía de admitir que—con tiempo y paciencia—había comenzado a desarrollar sentimientos por Mitsuki, sentimientos que con el pasar del tiempo no hacía sino volverse más fuertes, no, ni siquiera se habían besado siquiera y es que ella era demasiado inmadura en materia de acciones, y por otro lado…Mitsuki le tenía mucho respeto, negándose a actuar sin que ella lo permitiera.
Observando nerviosamente la luna por la ventana de sus aposentos, Izumi se apretaba las manos con ligero nerviosismo, había tomado una decisión con respecto a que camino habría de tomar su vida de ahora en más, pero para concretar ese "camino" debía de contar con la sincera opinión o aprobación de Mitsuki a quien estaba esperando. Debido a lo tarde que era—aunque no demasiado—la Sultana lucia un sencillo camisón aguamarina de escote corazón, sin mangas y ajustado bajo el busto, por sobre el camisón—que pasaba inadvertido—se hallaba una bata de tafetán gris-purpureo plagada de bordados de hilo cobrizo que emulaban hojas y pétalos, con un marcado borde de encaje en el escote en V y en el cordón que cerraba la bata a su cuerdo, así como en los bordes de las mangas holgadas que llegaban a cubrir sus manos. Además y para mayor encanto propio, su largo cabello castaño oscuro caía tras su espalda cual cascada de rizos, sin obstruir la visión de su rostro en lo absoluto.
En ocasiones, ya que por costumbre o asuntos de estado es que dormían en habitaciones separadas, eso y por el espontaneo y humano pudor que sucedía en el caso de ambos, aunque más en ella. No era tonta, sabía muy bien que Mitsuki—al igual que Boruto—tenía experiencia en el ámbito de la "intimidad", y eso en parte la hacía sentir un tanto más segura de que no tendría por qué sentir miedo a ceder…o al menos en parte. Escuchando el repentino y sutil eco de las puerta abriéndose, Izumi se alejó de la ventana, sintiéndose de pie tras la cama, acomodándose la bata y manteniéndose digna en todo momento en cuanto las puertas se abrieron, permitiendo la entrada de su esposo.
-Sultana- reverencio Mitsuki, respetuosamente, -¿Quería verme?- inquirió el Pasha.
-Sí, creo que…- Izumi bajo su mirada, no sabiendo como expresar verbalmente lo que quería transmitirle, -te he hecho esperar demasiado- murmuro la Sultana nerviosamente, dirigiendo con sutileza su mirada hacia la cama.
-No hay medida del tiempo que pueda existir por usted, Sultana- protesto el Pasha, no entiendo que es lo que ella quería decir. -El mundo se detiene por su sonrisa- adulo Mitsuki.
Una sonrisa sutilmente divertida se plasmó en el rostro de Izumi al escuchar esta respuesta vehemente de parte del Pasha, ella era la inexperta en ese matrimonio, pero quien a su vez debía dar su consentimiento para que el matrimonio entre ambos tuviera lugar en el sentido físico de la palabra, pero no sabía cómo decírselo, las indirectas no eran su fuerte. En ese caso, quizá tuviera que emplear algo más…físico, -valga la redundancia—o más bien gráfico, sin ser irrespetuosa ni osada en lo absoluto. Mitsuki observo confundido a la Sultana Izumi acortar la distancia entre ambos, sujetarle una de las manos y—con una sonrisa y mirada cálida—retroceder lentamente hacia la cama, percatándose que es lo que ella había intentado aludir.
-No se trata solo de lo que yo quiera, Sultana, si no de lo que usted quiera- recordó Mitsuki, deteniéndose.
-¿Crees que no quiero esto?- sonrió Izumi.
Sin desaparecer la sonrisa en su rostro, Izumi se sujetó ligeramente el dobladillo de la bata antes de sentarse sobre la cama, invitando silenciosamente a Mitsuki a tomar asiento junto a ella, invitación que el Pasha no pensó en desairar siquiera…
El tiempo no podía postergarse e inevitablemente la tarde y noche que habían intentado disfrutar no había sido tan prolongada como hubieran deseado, lastimeramente el tiempo no podía detenerse sin importar cuanto lo desearan egoístamente, pero afortunadamente había un lado positivo…el reencuentro seria dulce, apasionado y cargado de todos esos sentimientos que significaban tanto para ambos; lealtad, veneración, respeto y amor esencialmente, desde luego.
De hecho la rutina de despedirse era algo habitual entre ambos, aún más teniendo en cuenta las numerosas campañas militares que habían sucedido en el pasado, pero—pasara lo que pasara—Sakura siempre lo estaría esperado a su regreso, ella era todo cuanto deseaba ver cuando sus responsabilidades terminaran y pudiera volver a su lado. La entrada del Palacio siempre era el lugar idóneo para aquellas despedidas en que además del Sultan Sasuke y la Sultana Sakura, igualmente se encontraban presentes el sequito de la Sultana—lady Ino, Tenten y Kin—así como la leal escolta jenízara que habría de acompañar al Sultan durante su estancia en Otogakure. A diferencia de muchos miembros de la elite gubernamental, que elegían la comodidad por encima de todo, Sasuke optaba—como siempre—por viajar a caballo en lugar de en carruaje, además el viaje duraría menos de un día y para el atardecer estaría en Otogakure, sofocarse en el interior de un carruaje parecía innecesario para el Uchiha.
-Prométeme que volverás pronto- pidió Sakura, exteriorizando su añoranza por tenerlo siempre a su lado, -este Palacio era un infierno para mí sin ti- garantizo la Haseki.
Como ya era habitual, y para mayor comodidad durante el extenuante viaje, el Sultan portaba un modesto faltan color negro ribeteado en cuero, especialmente en los hombros, el pecho, el cuello y las muñecas, hecho en su totalidad en base a la usanza jenízara y militar, complementando las pesadas botas de cuero color negro y además portando además una bufanda alrededor del cuello. Por otra parte, frente a él, se hallaba su Haseki, siempre impecablemente perfecta y enfundada en un abrigo de terciopelo color rojo, de cuello alto y forrado en piel así como el dobladillo de las mangas holgadas—que dejaba ver las ajustadas mangas de seda color rojo del vestido inferior-, y decorado en el pecho por dos broches de oro con un en el centro a modo de botones, su largo cabello rosado caía libremente tras su espalda en una perfecta cascada de rizo que prácticamente pasaba inadvertida por el velo granate que sostenía la hermosa corona de oro, rubíes, granates y diamantes sobre su cabeza, emulando hojas y capullos de rosa, complementando un par de largos pendientes de oro, rubí y cristal simplemente envidiables.
-Volveré pronto, lo prometo, siempre volveré contigo- aseguro Sasuke, entrelazando sus manos con las de ella. -Gobierna este Palacio en mi ausencia, solo tú puedes hacerlo- sonrió ladinamente el Uchiha.
Daisuke quedaría a cargo de la regencia sí que, relativamente hablando, el Palacio se encontraría bajo—como muchos exigía que sucediera—una autoridad masculina, peor en el fondo quien estaría tras todo el orden gubernamental y cortesano no sería sino una mujer, y no cualquier mujer, la más inteligente y honesta de todas las personas que podían habitar el Palacio. La próxima vez, cuando hubiera algún asunto de gran importancia que tratar, Daisuke lo acompañaría de igual manera, dejaría a Sakura a cargo de la regencia en su totalidad, no solo porque su hijo necesitaba comenzar a tener experiencia más allá de la gobernanza el Palacio y las campañas militares en que ya había participado, sino también porque quería que todos vieran quien era su esposa realmente, esa mujer insuperable que pasaría—con toda seguridad—a la historia como la Sultana más poderosa del mundo.
Decían que los ojos eran las ventanas al alma, que a través de ellos se podían ver la esencia de una persona y en el caso de ambos había una comunicación tan especial—formada en base al amor que sentían y el tiempo que pasaban juntos—que los hizo reafirmar la profundidad de lo que realmente sentían y que sin embargo no podía ser expresado tan abiertamente ante los presentes. Con la máxime sutileza posible y aferrándose los hombros de su esposo, Sakura abrazo a Sasuke con todas sus fuerzas, orando silenciosamente, pronunciando su nombre de forma silente, cual letanía, ansiando que el tiempo en que se encontraran separados no le precia tan interminable y sentirlo corresponderle a ese abrazo—en parte—fue la repuesta que necesito precisamente.
-Te amo- murmuro Sasuke solo para que ella lo escuchara.
Yo soy Sakura y lo juro, juro que nadie jamás volverá a lastimarme, de hoy en adelante seré intocable, destrozare las manos de todo aquel que ose siquiera tocar a los que ame, soy la tormenta, soy los ríos de fuego, soy el rugido de la inundación. Aun me queda un largo camino por delante, inundado de ciénagas, montañas y acantilados, pero yo seguiré caminando a pesar de todo. Yo soy Sakura, y hoy todos serán testigos de este juramento, desde la tierra que me sostiene hasta el horizonte que me engrandece, todos escucharan mis palabras, porque tendré tanto poder que cuando el mundo termine no habrá ninguna Sultana viva más poderosa que yo…
No se trataba de un poder material como muchos pudieran creer, no…ella no era la bruja seductora y ambiciosa que había enamorado al Sultan como insultaban sus enemigos, pero si era una mujer que por el hombre que amaba, por sus hijos, hijas, nieto, aliados y amigos estaba dispuesta a detonar un torrente de sangre si hacía falta, la muerte no le gustaba, la destrucción y el sufrimiento mucho menos, pero—en ocasiones—por amor se debía hacer un sacrificio y ella estaba dispuesta a hacer cuanto hiciera falta. Sonriendo ante el sentir especial que le provocaba ese abrazo que no solo la llenaba de paz sino que de igual modo la hacía sentir nostalgia, rompiendo con lentitud ese abrazo, observándose intensamente el uno al otro, perdidos en esos sentimientos tan sinceros que reflejaban sus ojos en todo momento.
-Y yo te amo a ti- sonrió Sakura.
Lo triste de esa clase de momentos no eran sino las despedidas precisamente, más pese a saberlo resulto igualmente vacío y doloroso el instante en que las manos de ambos se separaron. Sakura hizo todo lo posible por mantenerse serena, fingiendo que todo estaba perfectamente bien, o al menos eso sentía que debía hacer pese a que quienes se encontraran presentes no fueran sino amigos y sirvientes de su total confianza, pero que de igual modo pertenecían a otra elite por más que eso no le importara. En cuando Sasuke le dio la espalda y subió a su caballo, Sakura supo que no tenía por qué permanecer ahí por más tiempo, al fin y al cabo él se iría y ella lo esperaría pacientemente, pero algo en su instinto le indico que permaneciera quieta y ella no opuso resistencia a este presentimiento. Con absoluta calma, Sakura observo al hermoso corcel ébano alejarse un par de pasos antes de—para su sorpresa, así como la de su sequito—voltear y acercarse hasta donde ella estaba, deteniéndose de tal manera que la distancia entre Sasuke y ella fuera muy escasa salvo por los factores obvios.
Para los Sultanes del Imperio, actuar impulsivamente no era algo tan lejano a lo que muchas personas podían imaginar en realidad, así que no resulto problema alguno para Sasuke—aun sobre el caballo—inclinarse ligeramente y, con una minúscula fracción de su fuerza, envolver su brazo alrededor de la cintura de Sakura, elevándola del suelo hasta que ambos estuvieron a la misma altura. Sorprendida a más no poder, Sakura solo atino a sonreír, sujetándose de los hombros de Sasuke antes de, ante la atónita mirada de todos los presentes—ya fueran doncellas o jenízaros—unir sus labios, y no con sutileza sino que todo lo contrario. Ino, Tenten y Kin se observaron entre sí, sonriendo por lo bajo, manteniendo tan estoicas como les era posible. Cada instante separados, fuera como fuere, era un tormento continuo para ambos, por ende la desesperación implicada en el beso y que los dejo sin aliento fue algo más que comprensible. Manteniendo una radiante sonrisa en su rostro, Sakura ya no se sintio tan melancólica en cuanto, con el máxime cuidado posible, Sasuke la depósito seguramente sobre el suelo, entrelazando sus manos una última vez antes de separarse, esta ve definitivamente.
Lo esperaría, siempre, cuanto fuera necesario.
Si bien el ambiente exterior no era sino de despedida, en el interior del Palacio—más específicamente en la sala del Consejo Real—existía otro panorama, por decirlo así.
Desde tiempos inmemoriales la responsabilidad del heredero del Imperio Uchiha era ser leal a su familia, sus hermanos y hermanas, mantener la paz, no resultar un problema o amenaza y eso Daisuke lo tenía muy claro ante el permanente recuerdo de lo que padre podía hacerle…encerrarlo en los Kafer, su padre era un hombre clemente y tolerante en comparación con otros Sultanes anteriores él, pero eso no significaba en lo absoluto que no tomar medidas tremendamente estrictas que francamente, a cualquiera, le resultarían atemorizantes y eso solo para empezar. Junto a su Haseki, Aratani, Daisuke se encontraba analizando tranquilamente la sala del Consejo, el lugar desde donde nuevamente—y ante la ausencia de su padre—debería dirigir el Imperio como si ya fuera un Sultan, era una gran responsabilidad, pero una responsabilidad que su madre creía que podía cargar, así como Aratani y le resto de sus hermanos y hermanas, y él mismo, de hecho, deseaba poder del Sultan algún día y tener a su madre a su lado como Madre Sultana, ese era su mayor sueño, pero un sueño que bien podía suceder o no.
Ya a cargo del Imperio, por así decirlo, el Príncipe portaba un elegante Kaftan turquesa grisáceo—por sobre la usual túnica de cuello alto y mangas ajustadas color gris azulado—bordado en hilo de plata, el cuello amplio y en caída en V estaba enmarcado en seda azul grisácea—de igual color que la túnica—y de mangas hasta los codos que exponían las mangas inferiores de la túnica, cerrado desde el pecho a al atura del abdomen por cuatro broches de plata con un zafiro en el centro y un fajín de seda azul-grisáceo que erraba en su totalidad todo el atuendo, complementado a la par con las habituales botas de cuero color negro de usanza militar.
Infaltablemente hermosa, pie a su lado, se encontraba Aratani vistiendo unas hermosas galas aguamarina claro de escote cuadrado, mangas ajustadas hasta los codos y holgadas hasta casi cubrir las manos hechas en gasa semi transparente, y falda abierta bajo el vientre para exponer un vestido inferior, los bordes—a la altura de los hombros—y el borde superior del corpiño así como el área correspondiente al busto estaban pagado de bordados en encaje plateado y ribeteado en diamantes para emular pequeños capullos y flores de cerezo que se repetían en el dobladillo de la chaqueta. Su largo cabello castaño caía libremente tras su espalda y sobre sus hombros en una marea de rizos, enmarcando emblema de los Uchiha alrededor de su cuello y resaltando de igual manera la corona de plata, diamantes y cristales turquesa sobre su cabeza a imagen de un par de pendientes de plata y cristal en forma de lágrima.
Aún demasiado sencilla para su Sultana Haseki y la mujer que más amaba en el mundo, pero Daisuke era tolerante en demasía porque cada día estaba más y más enamorado de ella, bueno, de ella y de la idea de que en aproximadamente ocho meses fueran a tener un hijo. Ambos observaban con máxime admiración el lugar que-por derecho-era el trono del Sultan del mundo en aquellas reuniones que decidían el futuro del Imperio y de la que Daisuke tendría lugar nuevamente, era la primera vez que Aratani estaba en aquel lugar y sinceramente le resultaba impresionante, mucho.
-Es magnífico- sonrió Aratani.
-Un trono digno para el hombre que gobierna el mundo entero, el soberano de los siete climas - justifico Daisuke, ciertamente asombrado, por primera vez, del trono que contemplaba.
-Está prohibido que nadie que no sea el Sultan se siente ahí- recordó Aratani en base a todo cuanto había oído hasta la fecha, -pero tú puedes hacerlo- sonrió la Sultana, recordando que él era el heredero del Imperio, el futuro Sultan.
Arqueando una ceja ligeramente ante su recordatorio, Daisuke no perdió el tiempo en lo absoluto, conduciéndose con máxime decoro y portento, situándose en el trono y, sintiendo la presión que ya de por si significaba ser el soberano del mundo y gobernante de cada uno de los continentes, el hombre que—literalmente—lo gobernaba todo. Una sonrisa ladina se plasmó en el rostro de Daisuke que, levantando su mirada, le indico a Aratani que se acercara, acatando su indicación prontamente y acomodándose con propiedad la fada antes de sentarse en su regazo, aferrándose a sus hombros, entrelazando su mirada con la de él en todo momento.
-Si eres inteligente y quieres el trono, sabes muy bien que debes hacer- aludió Aratani.
-Ser leal y no cometer errores- recordó Daisuke.
Daisuke estaba en lo cierto, si pero solo en lo técnico, no solo se debía ser lealtad y no representar una amenaza potencial para el Sultan del mundo, no, ante quien realmente había que jurar lealtad y obediencia era ante la mujer que mantenía el Sultanato, ante la mujer que era y siempre seria el Imperio, ante la Sultana Sakura, ella gobernaba el mundo a ojos de todos, si se tenía el apoyo de ella todo futuro era glorioso y esplendido, y Aratani no olvidaba en ningún momento su labor de recordarle a Daisuke que quien importaba en todo eso llamado política y poder no era sino la Sultana Haseki del Sultan, la mujer a la que todos querían como Madre Sultana cuando su Príncipe Daisuke fuera el Sultan del mundo. Puede que sucediera o no, pero de una u otra forma la lealtad debía estar con una sola persona en ese Palacio y había que recordarlo.
-Debes ser leal al Sultan, pero la Sultana Sakura ha de ser más importante para ti, más que cualquier otra persona- aclaro Aratani, corrigiéndolo sutilmente, sonriéndole en todo momento. -Tanto aquí como en el pueblo la gente tiene un refrán, no sé si lo conoces- comento la Sultana, viéndolo asentir para que procediera a decidirse a hablar. -Un hombre es el Sultan…- inicio Aratani.
-Y una mujer gobierna- término Daisuke, por ella.
El Sultan Sasuke ciertamente era el Sultan del mundo, nadie se atrevería a refutar su autoridad y poder incuestionable como Sultan que había nacido para gobernar, pero la Sultana Sakura era quien realmente gobernaba, quien era el Imperio porque velaba por todos, porque se empeñaba en mantener la paz y por ser totalmente honesta e invencible, por ella el pueblo era capaz de destronar a cualquier Sultan mientras ella pudiera mantenerse en el poder absoluto, tomando las decisiones cruciales.
El Sultan Sasuke era el Sultan, pero la Sultana Sakura era el Imperio…
PD: lamento si tarde un poquis pese a tener planeado actualizar el domingo en realidad no pude ya que tengo una gripe horrible pero de la cual no me libro y que he de ir a clases :3 pero como siempre les garantizo seguir escribiendo en la medida de lo posible, desde luego, todo por y para ustedes :3 he aquí la actualización nuevamente dedicada a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro, prometiendo actualizar el fic: "La Bella & La Bestia" que estará listo durante esta semana, quizá el jueves o viernes a más tardar :3), a Adrit126 (pidiendo pacienciaa con respecto a su fic: "El Emperador Sasuke")y a todos aquello que siguen la historia en todas sus formas, sin excepción. Si tienen alguna sugerencia en serio apreciaría que la aportaran, recordándoles que este fic, y los otros que hago, son por y para ustedes :3 los amo, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.
