-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.
Capítulo 32
-¡Atención!, ¡Sus Altezas las Sultanas Shina y Sarada!- anuncio el heraldo.
El Harem, sumido en su habitual ajetreo cortesano paso a un silencio impoluto ante el anuncio del heraldo, todas y cada una de las jóvenes y concubinas separando en dos filas paralelas en la entrada del Harem, bajando sus cabezas y miradas en una reverencia respetuosa y uniforme ante la inminente aparición de las Sultanas Shina y Sarada que regresaba de su paseo por el jardín imperial. Acompañadas por sus doncellas, ambas Sultanas recorrieron con parsimoniosa lentitud por los amplios pasillos hasta la entrada del Harem, observando parcialmente y con sutil atención a las jóvenes presentes que no osaron levantar sus miradas por causa del protocolo que reinaba en presencia de las Sultanas. Ya habían transcurrido dos días desde la partida del Sultan Sasuke a Otogakure, dos días en que el Príncipe Daisuke gobernaba en su ausencia, siendo tratado y respetado como si ya fuese el Sultan del Imperio, permanentemente apoyado por su madre que administraba la corte y de igual modo actuaba como co-regente del Imperio, tomando decisiones que incluso habrían de encontrarse bajo la jurisdicción del Sultan, y todo esto se debía a que el Sultanato estaba a su cargo.
Ataviada impecablemente en unas soberbias glas Viridián y marrón, la Sultana Shina sin lugar a dudas resultaba una figura envidiable en su totalidad, por su largo cabello rubio castaño cayendo libremente sobre su hombro izquierdo, adornado por una elegante y singular corona de oro en forma de espinas y hojas decorada con zafiros, esmeraldas, cristales aguamarina y ribeteada en diamantes a imagen de un par de pendientes de una de diamante en forma de lagrima con una esmeralda homologa en su centro. El vestido que usaba en si era sumamente completo y por ende hermoso, se trataba de una chaqueta de gasa que conformaba una especie de corsé calzado perfectamente a su figura, de escote corazón ribeteado en encaje azul verdoso que igualmente emulaba flores de rezo sobre la tela y cuyo margen de encaje se repetía a la altura de las caderas, las mangas de gasa eran trasparentes y ajustadas hasta los codos, dando paso unas holgadas mangas de seda Viridián que, al igual que la falda, aportaba un aspecto soberbio e indiscutiblemente importante de igual color que, sostenido por la corona en su cabeza, cubría parte de su cabello, cayendo tras su espalda.
Particularmente sencilla pero no por ello menos hermosa y llamativa se hallaba a su lado la Sultana Sarada, portando un cautivante vestido de seda y gasa color rojo brillante, de escote corazón, ajustado y calzado perfectamente a su figura, de mangas holgadas ligeramente trasparentes que llegaba a cubrir las manos y—de no ser por el velo que sostenía la corona sobre su cabeza—con un osado corte en la espalda que exponía parte de su piel inconscientemente ya que nadie podía ver esto. Su largo cabello azabache se encontraba elegantemente recogido tras su nuca, exponiendo su cuello enmarcado en una guirnalda de plata y diamantes de la que pendían cinco rubíes en forma de lagrima a imagen de un par de pendientes de plata y cristal en forma de lagrima que se destacaban aún más ante el largo velo que sostenía la corona de oro blanco, rubíes y granates sobre su cabeza, emulando capullos de rosa y escamas ribeteadas en diamantes.
-Kami mediante la partida de nuestro padre no significara una oportunidad para nuestros enemigos- oro Shina, tanto para sí misma como para su hermana.
-Amén- secundo Sarada, -aunque no creo que eso suceda, con la Sultana Naoko encerrada, verán limitadas sus oportunidades.
En teoría, y solo en teoría, deberían de acabarse la amenazas de mayor calibre ante el encarcelamiento de la Sultana Naoko que permanecía en el calabozo en espera de que el Sultán regresara de Otogakure y destinara que hacer con ella o el modo en que debiera morir, pero de una u otra forma se podía predecir que quizá, -por más que se retratase de un tiempo breve—pudieran disfrutar de algo de paz, solo para empezar. Una sonrisa ligeramente entre burlesca y sínica se plasmó en los labios de la Sultana Shina al escuchar la declaración de su hermana que—comparada con ella—era relativamente inocente, no deseaba sonar fría, ni mucho menos negativa pero en su experiencia de vida y como política…jamás se podía confiar en que la victoria fuese lo esperable tras una batalla como lo era la que ellas, su madre y el Imperio libraban cada día, desde tiempos inmemoriales, porque el poder no acarreaba felicidad sino que lo opuesto.
-Una serpiente no deja de soltar veneno, Sarada, sin importar que le arranques sus colmillos- recordó Shina, autocriticando indirectamente la forma de pensar en su hermana. Lejos del usual silencio y aceptación que Sarada parecía mostrar, Shina no pudo evitar inquietarse al notarla algo melancólica, -¿Sucede algo?- inquirió la Sultana.
-No lo sé- admitió Sarada con un sonoro suspiro, -debería estar feliz, pero algo me lo impide, es como si fuese a suceder algo imprevisto- vaticino la Uchiha indirectamente.
Podía parecer negativo pero no era malo pensar así, a decir verdad existían tan tos problemas diariamente que no era pesimista pensar que a cada momento existiera una amenaza nueva que combatir, no era erróneo decir que sus enemigos representaban una hidra de la mitología griega; si se deshacían de alguien evidentemente pronto habría de aparecer alguien más para suplirlo, la naturaleza humana era así y lastimeramente este comportamiento no podía cambiarse por más que se deseara de todo corazón, la gente no cambiaba, fuera cual fuera el caso. La inocencia se perdía en aquel Palacio que en lugar de la gloria representada no debiese sino tener por nombre incertidumbre, ya que jamás se sabía si se sobreviviría para vivir otro día más, si se podría pelear otro día o si la justicia podría ejercerse o no. Naoko era el enemigo actual, evidentemente, pero aún quedaba Kisame Hoshigaki Pasha y cualquier otro que apareciera y quisiera seguir sus pasos, porque su deber en el poder era anticiparse ante todas las eventualidades que pudiesen suceder.
Pero, Kami mediante, estarían errando al pensar en que sucederían cosas peores, tenía que ser un error.
La reuniones del Consejo Real implicaban una política corrupta y que uno debía saber manejar y Daisuke sabia como hacer esto, como eludir las practicas traicioneras y ser leal a sus propios principios, en el pasado el Imperio había estado empañado por la corrupción gracias a lo que había hecho la Sultana Mito, pero gracias al Sultanato que ella había creado, al Sultanato que Sakura había limpiado desde el primer momento en que había tenido autoridad…ese Sultanato hacia todo de cara ante la vista del pueblo y la gente, por ello los Jenízaros eran leales, por ello la gente no pasaba hambre y podían subsistir. Lo cierto es que Sasuke y ella diferían en alguno puntos, Sasuke estaba dispuesto a hacer todo lo necesario y más si hacía falta para hacer valer su autoridad, pero ella por otro lado estaba dispuesta a aceptar toda clase de sugerencias, inclinar la cabeza cuando hacía falta, reconocer que podía equivocarse y aceptar sacrificios si con ello se hacía fiel al pueblo que era la representación total del Imperio como tal.
Sentada sobre un almohadón, frente a la mesa, Sakura mantuvo a su pequeña hija Han en su regazo, almorzando con ella por separado ya que la comida había sido preparada para ambas individualmente en base a sus gustos y circunstancias. Pese a no ser necesaria su presencia—moderadamente secreta—en la sala del Consejo Real, obviamente se esperaba que luciera impecablemente como co-regente y el caso no era otro que ese, desde luego.
Se trataba de un vestido de seda Viridián de mangas ajustadas y escote cuadrado, con seis botones de diamante en caída vertical desde el escote hasta la altura del vientre, los costados del corpiño, la falda superior y las mangas estaban plagadas de bordados en hilo cobrizo y ribeteados en oro, emulando hojas de otoño, se trataba de un vestido sencillo pero que exteriorizaba una palpable grandeza incluso con el más diminuto de los movimientos. Alrededor de su cuello se hallaba un espléndido collar de oro en forma de espinas con una seguidilla de dijes que emulaban el emblema de los Uchiha, especialmente uno central y de mayor tamaño, toda la estructura ribeteada en zafiros, topacios y diamantes que brillaban ante el movimiento, complementado por un par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima. Para mayor magnificencia e infinitamente necesaria se encontraba la soberbia y emblemática corona de tipo torre que caracterizaba al Imperio Uchiha, hecha de terciopelo azul oscuro sobre una compleja base de oro co zafiros incrustados y que complementaban la estructura de terciopelo adornada por una serie de broches de cuna de oro con topacios en el centro, y cuya magna corona sostenía un largo velo azul claro que ocultaba el largo cabello de la Sultan, elegantemente recogido tras su nuca, enmarcando así su largo cuello.
-Por favor, Hanan, una más, por mí- pidió Sakura, melosamente.
Vestida en unas diminutas galas rosa suave de cuello alto y mangas gitanas con holanes, la pequeña Sultanita de largos cabellos rosados, adornados por una diadema de plata, diamante y cristales rosados, abrió tiernamente su boca, aceptando bocado de manos de su madre, inflando infantilmente sus mofletes antes de tragar, tierna y adorable en todo momento, siendo observada por Tente que, e pie junto a la mesa, se inclinó antes de tomar la servilleta de la mesa y tendérsela a la Sultana Haseki.
-Gracias, Tenten- sonrió Sakura.
La tierna Sultanita Hanan no emitió protesta o quejido alguno, manteniéndose quieta sobre el regazo de su madre que le limpio cuidadosamente las mejillas, besándoselas de vez en vez, haciéndola reír y mimándola incansablemente, siendo tan pequeña, Hanan podía sentirse inconscientemente afortunada por ser la única que podía gozar de la atenciones de su madre al ser la menor de sus hijas y quien debía y deseaba estar junto a ella en todo momento posible del día. Tenten observo silentemente la internación entre la Sultana Haseki y su hija, ambas eran inseparables y todos lo decían, la pequeña Sultana Hanan era una niña inteligente pese a solo tener mese de edad, tierna, despierta y atenta pero en el mejor de los sentidos, era una niña excepcional, jamás lloraba, a menos que estuviera sin su madre al momento de despertar de su siesta, entonces lloraba como si la sometieran a una tortura inimaginable.
-Este Palacio está cargado de preocupaciones, Sultana, quizá debiese aceptar a sugerencia del doctor C- planteo Tenten, no pudiendo evitar evidenciar sus sentimientos.
Había conocido a la Sultana Sakura desde niña y la había admirado, cautivándose con su desinterés, su falta de frivolidad y su prevalencia indiscutible por pensar en los más necesitados y que le dedicaban un amor incondicional y reciproco, por ello es que le precia totalmente injusto que una mujer como ella tuviera que morir sin merecerlo, mucho menos por una enfermedad enviada por la providencia y no causada por sus enemigos, imaginar un mundo sin ella era totalmente imposible. Rendirse ante la muerte era algo fácil, algo que Sakura deseaba hacer desde hace mucho tiempo tras la mueres de tres de sus hijos y de aquellos a quienes más había amado y extrañaba sinceramente, así que no pensaba negarse a la posibilidad de aceptar una condena indirecta y morir en algún momento del futuro, estaba dispuesta a esperar, pero solo rogaba no tener que presenciar días horribles y oscuros, como los pasados, durante su espera.
-Ahora que mi familia está reunida aquí, no puedo alejarme de las responsabilidades, Tenten, no puedo estar lejos del Sultan, esa sería mi muerte- rememoro la Haseki distraídamente, peinando los cabellos rosados de su hija con sus manos. -Sé que es doloroso de aceptar, Tenten, pero debes hacerlo- pidió Sakura encarecidamente, levantando la mirada hacia la pelicastaña, su amiga y doncella de confianza. -Kami mediante tendré tiempo suficiente para ver días de paz absoluta, no moriré ni hoy ni mañana- aligero la Haseki, sonriendo tanto para si como para Tenten.
Tenten asintió resignadamente, pesando en que lo positivo de la situación—solo por decir algo—era el tiempo, su muerte no sería inmediata ni en un año, Sakura tenía como prueba el registro de la enfermedad de su madre y lo que había visto, su madre había vivido casi diez años con el cáncer en su cuerpo, si no es que más ya que esta enfermedad había iniciado al poco tiempo del nacimiento de su hermana Matsuri, pero de un modo u otro, era tanto una bendición como una maldición ya que cada año que pasara viva significaría que tendría que cargar con un peso mayor, ocultando su enfermedad de todos y creando una estrategia en que ni el más leve titubeo fuera detectado por nadie, especialmente por Sasuke que sabía todo de ella, debía tener muchísima precaución. Sakura bajo la mirada al sentir que su hija se removía en su regazo y así era ya que la pequeña Sultanita se había acomodado para comenzar dormir profundamente, haciendo que la Haseki tuviera que hacer todo lo posible para no reír mientras que Tenten apenas y oculto una ligera carcajada, era más de medio día, la Sultana Han siempre dormía a esa hora. Con toda la sutileza posible, Sakura cargo a su hija entre sus brazos, levantándose del almohadón y dejando en su lugar a su pequeña hija que se acomodó antes de seguir durmiendo justo en el momento en que tocaron a las puertas de los aposentos de la Sultana.
-Adelante- indico la Haseki, alisándose la falda, rodeando la mesa y situándose frente al diván junto a la ventana.
Existían muchas palabras on que definiría a sus hijas, o más esencialmente a su primogénita, a Mikoto que hubo cruzado el umbral de la puerta en cuanto estas fueron abiertas desde el exterior por obra de los leales jenízaros atestados en el pasillo y que resguardaban su seguridad. Tal vez la palabra perfecta con que ensalzar a Mikoto no fuese sino magnifica, porque su imagen jamás tenía ni tendría reproche alguno, portando un sencillo vestido rojo de escote redondo, mangas ajustadas y falda lisa bajo una insuperable chaqueta de seda carmín plagada de bordados y estampados de hilo de oro que emulaban flores de cerezo, hojas y capullos entrelazadas con el emblema de los Uchiha, de cuello alto con ocho botones de diamante en caída vertical desde el cuello hasta el abdomen, haciendo visible la falda inferior, mangas holgadas y abiertas desde los hombros para exponer las mangas inferiores. Su largo cabello rosado se encontraba pulcra y elegantemente recogido tras su nuca, exponiendo su largo cuello, teniendo una estilizada corona de oro en forma de raíces y capullos de rosa sobre su cabeza a juego con un par de largos pendientes de oro en forma de hamaca con un dije de cuna de oro con un rubí en su centro. No pasó desapercibida para Mikoto la presencia de su hermana menor en la habitación, más específicamente profundamente dormida sobre el almohadón junto a la mesa, sonriendo ligeramente al contemplar su inocente e incorruptible ternura infantil que contemplo mientras rodeaba la mesa y se situaba frente a su madre.
-Madre- reverencio Mikoto, respetuosamente.
-Mi Mikoto- saludo Sakura, disfrutando el estrechar a su hija entre sus brazos. -¿Cómo va la fundación en mi ausencia?- consulto la Haseki, rompiendo el abrazo y sentándose sobre el diván, acompañada por su primogénita que de igual modo se acomodó la falda del vestido.
-La gente sigue gritando tu nombre, pero comprenden que estás más cargada de responsabilidades ya que mi padre no está- tranquilizo Mikoto, feliz de rememorar las bendiciones que la gente dirigía incesantemente hacia su madre y viceversa. -Y ya que la reunión del Consejo aún no termina, no tenemos mucho que hacer- suspiro la Sultana para sí misma.
Podía sonar burlesco, irrisorio o lo que fuera, pero Mikoto no podía evitar sentir celos de solo compartir a su esposo con los políticos del Consejo Real, su hermano inclusive, tenía la fortuna de ser envidiada por ser la esposa del Gran Visir del Sultanato y el imperio Uchiha, así como ella sabía que Kakashi era envidiado por estar casado con ella, la primogénita del Sultan, era una relación bilateral de amor incondicional, lealtad, respeto y dependencia ya que ella le brindaba a Kakashi su poder y él a su vez engrandecía la autoridad de ella en la política del estado, un matrimonio por amor, como el suyo, era visto muy pocas veces en un Imperio como lo era el de los Uchiha.
-Somos mujeres, Mikoto, siempre estamos ocupadas, sea lo que sea- recordó Sakura, reprochando ligeramente su descuido emocional. -Debemos comenzar a preparar a Naori, pronto cumplirá doce años, su importancia se hará más y más notoria- aludió la Haseki, mencionando a su nieta mayor.
Era una tradición política que a la mayoría de edad establecida y que se situaba desde los catorce años, toda Sultana del Imperio contrajera matrimonio en el inicio de su belleza para comprender la labor que habría de ostentar en su vida, en el pasado los matrimonios solían acordarse a una edad más tierna, inclusive con apenas seis o doce años cumplidos, matrimonio que debía consumarse propiamente tal y que en ocasiones significaba un único embarazo y que hacía peligrar la vida de la madre, Sakura por su parte elegía que la edad más joven fueran los catorce años, pero si bien comenzaba a sopesar posibles candidatos, quería que su nieta Naori conociera más del mundo antes de casarse, pero lo que aludía ante Mikoto era solo un simple recordatorio de una de las muchas cosas en que debían pensar.
-Déjame encargarme de ello, madre- pidió Mikoto sinceramente, haciendo valer indirectamente sus celos de madre, -Naori aún es una niña, al menos para mí- se corrigió la Sultana, pensando en disfrutar los días felices junto a su hija.
-Tú también eres una niña, muy grande, pero mi niña- comparo Sakura, sosteniendo las manos de su hija entre las suyas.
-Mamá- sonrió Mikoto, abrumada por semejante y permanente muestra de amor.
Mikoto estaba a solo unos cuantos años de cumplir los treinta años y Shisui cumpliría quince años dentro de poco, de no ser por Hanan no tendría ningún hijo al que proteger necesariamente en el sentido maternal de la frase específicamente, pero como madre que era, no podía ignorar el amor que les profesaba a su hijos y que les dirigía incondicionalmente a pesar de que ya no fueran niños indefensos, prueba de ello eran las habilidades militares de Daisuke y Rai, por no hablar de la autosuficiencia de Mikoto, Shina y Sarada que tenían esposos que igualmente podrían protegerlas en lugar de ella, pero una madre jamás dejaba de amar a sus hijos y su caso era ese, velaría por sus hijos hasta el último respiro de su vida de ser preciso. De forma repentina e interfiriendo en el maternal momento, resonaron una serie de respetuosos golpes contra las puertas de sus aposentos.
-Adelante- indico la Sultana Haseki, apartando brevemente la mirada de su hija que igualmente llevo su mirada hacia las puertas que se abrieron de par en par, permitiendo la entrada del Hasoda Basi. -Naruto- saludo Sakura cortésmente, sonriéndole con sutileza.
-Sultana Sakura, Sultana Mikoto- reverencio el Uzumaki respetuosamente.
Observando la sutil interacción entre su madre y el Hasoda Basi, Mikoto no pudo evitar sonreír ladinamente para sí misma, ella era quien realmente era consciente del interes que el Uzumaki tenía hacia su progenitora, lo había percibido desde el ascenso al trono de su fallecido hermano Baru, y si bien había guardado silencio hasta la actualidad era porque—como hija—se sentía honrada y maravillada de ver como hombre tras hombre, todos quedaban inmediatamente prendados de la abismal belleza de su madre que era una fruta prohibida para todos los individuos del sexo masculino que pudieran fantasear con ella o desearla en secreto, ella estaba prohibida para todo, solo le pertenecía y correspondía al Sultan, era su única esposa legal, su única Haseki y la madre de sus hijos. Pero pese a ser consiente de todo esto y más, Mikoto no pudo evitar sentir que-en ese momento precisamente-sobraba en la escena y deseaba darles espacio tanto a su madre como el Hasoda Basi.
-Con tu permiso, madre, me retirare- consulto Mikoto, recibiendo la completa aprobación e su madre, sujetándose levemente la falda al momento de levantarse del diván y reverenciar debidamente a su madre. -Madre, Hasoda Basi- se despidió la Sultana, sonriendo levemente.
Claro que no se marcharía, solo se quedaría aguardando del otro lado de las puertas, escuchando todo ante la falsa espesura de las paredes, siendo testigo silente de cómo es que se dirigía el Uzumaki ante la Haseki del Sultan y esto es lo que Mikoto hubo hecho en cuanto las puerta se cerraron tras de sí, pegando su oído a las puertas prácticamente, ante la curiosa mirada de los jenízaros que se mantuvieron totalmente estoicos pero igualmente curiosos de lo que pudiera suceder en el interior de la habitación. Naruto suspiro sutilmente para sí mismo, contemplando la impecable belleza de la Haseki, agradecido de que la Sultana Mikoto no estuviera presente ya que la noticia que debía comunicarle a la Sultana Haseki no era agradable en lo absoluto y prefería hacerlo estando presente Tenten únicamente, con este pensamiento en su mente es que el Uzumaki busco en el interior de su chaqueta un impecable rollo de papel que le tendió a la Sultana.
-Una carta de su Majestad, Sultana- tendió Naruto, respetuosamente.
-Si eres tu quien me la entrega, ha de ser importante- supuso Sakura, aceptando la carta de parte del Uzumaki.
No esperaba que se tratasen de palabras de amor incondicional de parte de Sasuke o la noticia de que estuviera próximo a regresar o en que tardaría más de lo esperado, ni nada parecido, no, de ser ese el caso simplemente cualquiera de sus doncellas, uno de los muchos jenízaros o guardias e incluso Shikamaru le hubiera hecho entrega de la carta sin tantos usares protocolarios. Si el Hasoda Basi le hacía entrega de la carta era porque debía de tratarse de una asunto realmente importante y que no podía esperar, siendo este el caso, Sakura solo espero—al desdoblar la carta—que no se tratara de algo malo al momento de prepararse y comenzar a leer…
"Intente ocultar este hecho de ti, pero ya no puedo seguir haciéndolo. Mi partida a Otogakure no es solo por este asunto que, sin lugar a dudas, debe resolverse, sino también porque veo que Naoko es una amenaza mayor de lo podamos esperar, y la compasión no es algo que pueda tener lugar, ni ahora ni nunca más. Es por ello que he decidido, en conformidad con Ulema Pasha, pedir la autorización de Inabi Pasha que ha accedido a permitir la ejecución de Rai. Si no nos deshacemos de esta amenaza, desde su foco más absoluto, nada garantiza que una solución aparezca apenas ejecutemos a Naoko, alguien más intentara ocupar su lugar y cumplir con sus ambiciones. Pido tu comprensión en esto.
Mi Sultana"
Sakura releyó la carta una primera vez, luego una segunda, una tercera y finalmente una cuarta vez antes de aceptar que las palabras ahí plasmada no eran un error, Sasuke no estaba consultándole nada, había decidido absolutamente todo sin pedir su opinión, no había tomado en consideración sus sentimientos siquiera, solo había pensado en lo que consideraba mejor y ya, haciéndola a un lado brutalmente y teniendo el cinismo de creer que todo era por el bien de ambos y del Imperio, ¿Con quién creía que estaba tratando? Ella no era una niña sumisa, insulsa y tonta. En el pasado órdenes y decisiones así eran legales y usuales, y al ser el Sultan y recibir la inmediata aprobación, evidentemente no había vuelta atrás, Rai estaba condenado por culpa de Naoko y ella no podía hacer absolutamente nada.
-Sultana- se acercó Tenten inmediatamente, preocupada ante la repentina palidez de la Haseki.
La Haseki alzo su mano en el acto, prediciendo que Tenten se estaba preocupando, así que le indico que se mantuviera al margen, no, no quería la atención, lastima o compasión de absolutamente nadie en ese momento, no podía pensar ni hablar, sentía un nudo en la garganta, escuchando inconscientemente como latía su propio corazón de forma vertiginosa, anticipándose a cada uno de sus pensamientos. Siempre esperaba malas noticias de una u otra persona de su entorno, pero de Sasuke…jamás había llegado a considerar la idea siquiera, le resultaba bizarro en demasía, imposible de creer, pero era así y no podía cambiarlo, así lo plasmaba la carta que dejo caer descuidadamente al suelo, apretándose las manos sobre su regazo.
-¿Lo sabias, Naruto?- cuestiono Sakura con el alma en vilo, apenas y sintiéndose cuerda como para pensar o respirar por si sola siquiera.
-Temo decir que si Sultana, tras recibir la carta…- el Uzumaki bajo la mirada vergonzosamente la cabeza ante lo que iba a decir, preguntándose cómo es que podía suceder algo así, -el jenízaro que la trajo se dirigió a hablar con los verdugos, entregándoles el edicto- declaro Naruto finalmente.
No se sentía orgulloso de ser quien trasmitiera tal misiva, pero no tenía opción, como Hasoda Basi era él quien debía de hacer valer la autoridad del Sultan, ya fuera estando presente o ausente, pero jamás creyó que su respeto por Sasuke Uchiha decayera tan abruptamente y solo por un acontecimiento, uno que estaba haciendo padecer un sufrimiento indiscutible e incomparable a la Sultana Haseki que desmejoraba enormemente con solo saber de su boca que lo redactado en la carta no era ninguna mentira o broma.
-No hay…- la Haseki carraspeo con sutileza, intentando aclararse la garganta y hacer que su voz no sonara tan quebrada como había estado a punto de suceder. -¿No hay nada que pueda hacer?- cuestiono Sakura en voz alta pese a saber lo que esto significaba, sabiendo que era imposible encontrar otra salida, otra respuesta. Aquella situación tendría lugar de un modo u otro, ya fuera que lo quisiera, admitiera, tolerara o no. -No, no, no. Kami, debe haber algo que pueda hacer- sollozo la Sultana, jadeado audiblemente, apenas y pudiendo respirar.
A lo largo de los años había tenido muchos temores y con razón a pesar de que no los admitiera directamente, ni siquiera a sus más cercanos, pero semejante crueldad jamás se le había pasado por la mente ni por un solo instante y en este caso era demasiado para sí misma, tambaleante al sentir que le faltaba el aire, Sakura se levantó del diván ante la preocupada mirada tanto de Naruto como de Tenten, manteniendo la compostura lo más posible, dirigiéndose velozmente hacia la terraza, dando una clara señal de que deseaba estar sola. Inspirando profundamente, Sakura intento pensar con claridad, sujetando sus manos del borde del balcón, deseando herirse inconscientemente para acallar el dolor que sentía su corazón, sollozando con libertad, sintiendo que su corazón se aceleraba más y más a cada momento, dejándose caer sobre el suelo pesadamente, apretando fuertemente los puños hasta sentir que se lastimaba las palmas de las manos, mordiéndose el labio inferior para no llorar, siendo ajena a las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas. Tenten quizá hubiera cumplido indiscutiblemente con la orden de la Sultana, manteniéndose al margen, pero Naruto no consiguió hacerlo, situándose en el umbral de la terraza y observando importante el sufrimiento de la mujer que amaba, incapaz de entender la orden que el Sultan había dado.
¿Quién podía herir de esa forma a quien decía amar?
Quedarse escuchando tras la puerta había sido un error y Mikoto fue totalmente consciente de ello al darse cuenta que—lejos de cualquier sentimiento romántico—el Hasoda Basi no había hecho sino trasmitirle su madre la ley y voluntad del Sultan que había plasmado lo inimaginable. Incontables veces es que Mikoto había temido que algo pudiera sucederles a los miembros de su familia, ataques, laceraciones físicas y emociones, tormentos incomparables…pero lo que su padre había dictado la dejaba sin habla, ¿Cómo es que había olvidado su humanismo y moral para ceder ante un signo de inequívoca crueldad? Era como si ya no fuese el mismo, estaba actuando muy diferentemente de a como era en realidad y Mikoto no se atrevía a aceptarlo, pero temía que las cosas empeoraran radicalmente. Con decepción y tristeza evidentemente exteriorizados en su semblante, Mikoto e alejo de las puertas, manteniendo toda la calma posible mientras se conducía por el pasillo de regreso a sus aposentos seguida en todo momento por sus doncellas que se observaron preocupadas entre sí, de vez en vez, era preocupante ver la Sultana así ya que jamás exteriorizaba sus sentimientos, mucho menos de esa manera.
Ella había sido relativamente mayor al momento de enterarse del nacimiento de Rai, había sido lo bastante madura—mentalmente—como para aceptar la sucesión de hechos que habían tenido lugar directa o indirectamente relacionado con ello, pero fuera como fuere, Mikoto había aceptado los cambios favorablemente a lo largo de su vida y por ende había considerado—en solo cuestión de tiempo—a Rai como si fuera otro de sus hermanos y lo amaba como tal de igual modo que sabía que su madre amaba a Rai como si fuera otro de sus hijos, se cambiaba el mundo con amor, piedad y paciencia, no con crueldad, frialdad e iniquidad. Una ejecución siempre traía dolor y sufrimiento, aún más si se tenían sentimientos por la persona en cuestión, pero Mikoto no alcanzaba siquiera a imaginar el sufrimiento al que su madre seria sometida, un sufrimiento diez veces mayor al que ella sentía de solo imaginar perder a su hermano y que la mantuvo ajena a lo que sucedía a su alrededor, sin percatarse de la presencia de Shina y Sarada que parecieron en el umbral del pasillo, acercándose inmediatamente a ella al verla frágil y temblorosa como un papel.
-Mikoto- acudió Sarada inmediatamente, sujetándola del brazo.
-¿Qué tienes?- se angustio Shina, secundando el actuar de Sarada
Inclusive de entre ellas, especialmente Sarada que se había quedado viuda anteriormente por designios del Sultan, podían soportar más serenamente el dolor sin importar lo que representara, haciendo hasta lo imposible por ocultar sus sentimientos más allá de toda duda posible como señalaba el estricto protocolo cortesano al que incluso ellas estaban terminantemente sujetas, pero ese era el caso de ellas, Mikoto por otro lado siempre era la hermana perfecta, la admirable hermana mayor a quien deseaban emular continuamente, la Sultana poderosa y comparable a la Sultana Haseki que gobernaba el Palacio, alguien simplemente inigualable, igual que su madre, por ello resultaba aún más preocupante para ambas ver flaquear a su hermana por primera vez en tantos años. Acompañada por sus hermanas, y a solas de no ser por sus doncellas presentes, Mikoto sintio que el peso sobre sus hombros se aligeraba, sollozando sutilmente mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, preocupando aún más a sus hermanas.
-Rai, él…- sollozo Mikoto, negando únicamente, no pudiendo hablar.
La decepción, el miedo y el dolor más profundo oprimían su ser, formando un nudo en su garganta que únicamente le permitía llorar y nada más, haciendo efímeros su propios sentimientos que eran silente y preocupadamente vislumbrados por sus hermanas que no supieron entender que es lo que la tenía así de angustiada, aún más si implicaba a Rai, ¿Qué podía suceder? Naoko ya no era una amenaza, aparentemente, ¿A qué se suponía que debieran temer? Sin importar que desearan encontrar una respuesta, ni Shina ni Sarada fueron capaces de entender que era aquello que tenía tan nerviosa e histérica a su hermana mayor que no dejo de llorar tristemente en brazos de ambas. Pero bastaron unos segundos para que Sarada comprendiera cual era el único evento que podía alterar a su hermana y el único medio por el que Rai podía peligrar…si el Sultan ordenaba su muerte.
-No- jadeo Sarada, incrédula.
Aceptar que el hombre a quien llamaban padre optar siquiera por la crueldad era algo imposible de creer, inimaginable, solo para empezar, pero si Mikoto exteriorizaba tan abiertamente sus sentimientos, no podía tratarse de una simple confusión, de una duda o una idea al azar, no, se trataba de algo totalmente concreto o de otro modo Mikoto no actuaria así, esta vez otro golpe arremetería al Imperio, de manos de quien lo gobernaba, precisamente, y quien más habría de lamentar aquel golpe no era otra persona que la Sultana Haseki que lloraría al Príncipe como si fuera cualquier otro de sus hijos, porque lo había criado y mimado, lo había protegido con su propia vida, había sido su madre incondicionalmente.
Semejante traición resultaba desgarradora.
Las puertas que separaban el Palacio del patio y que comunicaban directamente con la sala del consejo real eran un lugar muy empleado en cuanto a política estatal se trataba y el caso no era diferente en esta oportunidad ya que se haría valer una orden dictada por el Sultan que gobernaba el Imperio y el mundo entero, cuya voluntad y poder de decisión era inamovible e indiscutible. La sala del Consejo Real, habitualmente ocupada por los políticos estaba vacía de no ser por la Sultana Sakura que allí se encontraba presente solitariamente aquella noche, acompañada en todo momento por el Hasoda Basi que la asistía en silencio, conforme con el lamentable hecho de ser su respaldo en todo cuanto pudiera necesitar. Era un evento que debía de ser presenciado por ella, era su deber como Sultana Haseki, pero Sasuke solo había pensado en ello y no en reparar en el sufrimiento que de una u otra forma le causaría.
En el ánimo de la Sultana no se hallaba ninguna otra emoción presente que no fuera la máxima tristeza existente y que dividía en dos su corazón, entre el deber que debía ejercer como mujer en el Sultanato o bien como la Haseki y esposa del Sultan que le debía incondicional lealtad. Exteriorizando el luto que ya se había apropiado de ella, la Sultana lucía un fascinante pero sencillo vestido de seda color negro, de mangas ajustadas y escote corazón ribeteado en encaje en el bore del escote, con seis botones de oro en caída vertical hasta la altura del vientre, lo costados del corpiño, la falda superior así como las mangas estaban plagadas de un sinfín de bordados e hilo de plata e hilo cobrizo en un patrón complejo e inentendible pero sumamente hermoso, y con un cuello posterior que enmarcaba los lados del cuello. Su largo cabello rosado se encontraba elegantemente recogido tras su nuca, exponiendo su cuello desprovisto de cualquier joya, sobre su cabello se hallaba una enlutada corona de oro repleta de piedras de ónix sobre su estructura, sencilla a decir verdad que sostenía un largo velo color negro, pero complementada por un par de pendientes de oro en forma de hamaca con una piedra de ónix en el centro.
No hubo necesidad de emitir alguna clase de orden cuando llego el momento propicio en que, desde el exterior, los dos fornidos jenízaros abrieron las puertas de la sala, permitiendo el ingreso del Príncipe Rai que comprendía a la perfección que es lo que iba a suceder y estaba adecuado para tales circunstancias, portando un Kaftan de tafetán gris oscuro—por obre la usual túnica de cuello alto y mangas ajustadas color negro—plagado de bordados en hilo color negro, de mangas ajustadas hasta los codos, y cuyo centro del pecho—enmarcado en un cerrado cuello alto-estaba hecho en satín color negro decorado por una seguidilla de seis cadenas de oro con un broche de cuna de oro con un ónix en el centro, todo su atuendo fúnebre complementado por un tradicional par de botas de cuero de carácter militar.
-Sultana- reverencio Rai con máxime respeto, observando a la Sultana Haseki en todo momento posible, deseando poder morir tranquilamente y llevarla en sus recuerdos, tan hermosa e inalcanzable como solo ella podía serlo. -Ya estoy aquí- manifestó el Príncipe cual cordero al matadero, sumiso y diligente, presto y respetuoso indiscutiblemente.
Hasta entonces, y temiendo no ser lo bastante fuerte para mantener su sentimientos a raya, es que Sakura había permanecido de espaldas hacia las puertas, sin voltear inclusive cuando Rai hubo ingresado, tomándose unos instantes para aceptar la situación que iba suceder y el hecho de que no podía cambiar absolutamente nada, pero aun así su mente divago incansablemente mientras volteaba a ver a su Príncipe que, como siempre, no flaqueaba en los estándares que ella tenía sobre él, ni siquiera en esos, los últimos momento de su vida como Príncipe perteneciente al imperio y cuya existencia era vista como una amenaza. No sabía qué hacer, no sabía que decir, sentía que se desvanecería de un momento a otro y todo a causa de la maldita impotencia que sentía, y esto resulto más que evidente para Rai.
-No necesita decir nada, ya se lo que pasara conmigo y lo acepto, es mi destino- tranquilizo Rai, sabiendo la enorme preocupación y peso con que ella estaba cargando.
-No, podríamos…- Sakura se aclaró ligeramente la garganta, dando todo de sí para no romper en llanto, -intentar que huyeras, evitaríamos tu muerte- planteo la Haseki, sonriendo ligeramente en un intento por tranquilizar tanto a Rai y a sí misma, pero el Príncipe no hizo sino negar sutilmente, no aceptando su plan. -Rai, no quiero que mueras- confeso Sakura en un inconfundible sollozo que quebró su voz, bajando tristemente la mirada.
Una madre, ya fuera por naturaleza biológica o crianza jamás podía ver con normalidad o quietud la perdida de quienes amaba, y para una madre ver morir a uno de sus hijos era someterse a una tortura inimaginable, una tortura que Sasuke no entendía al momento de haber tomado la decisión que había tomado, pero ante la cual no había vuelta atrás. Odiar era relativo, perdonar le daría las respuesta que ella deseaba, sería mejor que todos aquellos que a rodeaban, pero tal y como Rai lo admitía…no podía evitar lo inevitable, Rai iba a morir y ella no podría evitarlo, no estaba en su poder evitarlo, si, ciertamente era la Sultana Haseki, aquella a quienes todos en el Imperio amaban, pero mientras el Sultan estuviese vivo, ella se encontraba sujeta s su indiscutible autoridad.
-Sultana, mi madre, no, la Sultana Naoko, es una traidora- se corrigió Rai, sonriéndole, indiscutiblemente seguro de que esta conclusión personal era cierta en su totalidad. -Usted me crio, cuando tropecé y cai, ahí estuvo usted para limpiar mis lágrimas, cuando triunfe en mis estudios, usted estuvo a mi lado abrazándome y sonriéndome- enumero el Príncipe con palpable nostalgia, consciente de lo que sus palabras causaban en la Sultana Haseki. -Usted siempre fue y será mi única madre, Sultana- admito Rai directamente, sorprendiéndola por su declaración. -Pero no puede evitar que esto pase, y no quiero que lo haga, si yo muero, terminaran las revueltas y amenazas- concluyo el Príncipe tanto par si como para la Sultana que cerro sus ojos con pesadez, sabiendo que eso era incuestionablemente cierto. -Antes de morir, antes de que los verdugos aparezcan por esa puerta, permítame pedirle una debilidad- pidió Rai respetuosamente.
-La que quieras- acepto Sakura, sin importarle lo que él pidiera, solo deseando hacerlo feliz en los últimos instantes de su vida.
-No deje que nadie la vea débil, viva y muera como debe ser, plantando cara a sus enemigos- rogó Rai confiadamente, sonriendo y deseando que la Sultana que se llevaría en su memoria permaneciera leal al mundo y al Imperio al que protegía con su vida, ella merecía ser recordada por el mundo entero.
Había sido criado por una mujer sinceramente excepcional, inteligente, hermosa, poderosa, cauta y que no permitía que el poder ni la ambición la controlaran, jamás, estaba orgulloso de considerar a la Sultana Sakura como su madre y sabía que al final del mundo ninguna otra muer del Imperio Uchiha seria recordada salvo ella, ella sería superior a cualquier otra persona que hubiera existido en el Imperio. Agradecida por esta petición que—al igual que las palabras de Baru en su sueño, hacía tiempo atrás—o hacia sino fortalecerse y prepararla interinamente para todos los golpes que tuviera que seguir afrontando, porque estaba segura que de ahora en más el camino de su vida seguiría plagado de espinas, fuego y lava incandescente que la lastimarían, pero solo si ella se permitía flaquear y ser herida. No pudiendo evitar contenerse, Sakura alzo una de sus manos, acariciando una última vez el rostro de Rai, delineando sus facciones y rememorando sus últimos momentos con él.
-Nos volveremos a ver, Rai, te lo prometo- garantizo Sakura, sonriéndole una última vez.
Nadie sabía de su enfermedad, nadie sabía que su vida no era sino un reloj de arena avanzando muy lentamente hasta su indetenible final, por ello es que Sakura hacia aquella promesa, porque esperaba y deseaba—sinceramente—no tener que aguardar demasiado tiempo hasta que llegase su propio momento y así pudiera reunirse con todo aquellos a los que amaba. Ambos se observaron silentemente entre sí, sonriéndose ligeramente una última vez antes de que sus caminos se separaran en canto Rai la reverencio respetuosamente una última vez, dirigiéndose hacia las mismas puertas por la que había entrado, y donde encontró a los dos silentes verdugos que lo escoltaron como ángeles de la muerte. Sometidos a una fuerza mayor es que Sakura volvió a darle la espalda no a las puertas sino que al enrejado que daba hacia las puertas del Palacio que comunicaban con el patio y ante las cuales Rai habría de ser ejecutado.
-Madre, ¡Madre!- llamo Shisui desesperadamente, abriendo las puertas por su cuenta e ingresando en la sala, dejando atrás a Daisuke y situándose junto a su madre tan prontamente como le fue posible. -Te lo ruego, detén esto por favor- suplico el Príncipe, al borde del llanto.
-No es mi decisión- alego Sakura fríamente, optando por el estoicismo para ocultar sus sentimientos, actuar que Daisuke comprendió en cuanto ingreso en la sala, -no quiero que esto pase, pero tampoco podemos evitarlo- pronuncio la Haseki, regresando a su anterior postura.
Las noticias llegaban tardíamente para la elite gubernamental o cortesana, o muy tardíamente ya que todos habrían de enterarse de la orden del Sultan al día siguiente, pero si bien Daisuke había sido conocedor de lo que sucedería en cuanto había abandonado la reunión del Consejo aquel día, no significaba que fuera más fácil de aceptar para él que su hermano iba a ser asesinado y contemplar a Rai arrodillarse—manteniendo la cabeza erguida—no fue más tranquilizante de concebir siquiera. El Príncipe Heredero, a quien ya todos de por si llamaban y consideraban Sultan , portaba un modesto Kaftan azul grisáceo de mangas ajustadas, con marcadas hombreras, centro y pechera de terciopelo azul oscuro con seis botones de plata en caída vertical y un broche de oro blanco y diamante en centro del cuello, cerrándolo y aportando un aspecto igualmente enriquecedor, con un fajín azul grisáceo anudado en el abdomen y decorado con un prominente broche que replicaba el emblema de lo Uchiha, todo el atuendo complementando por un par de tradicionales y militares botas de cuero color negro.
Por otro lado, siendo menor y por ende más ingenuo es que Shisui había sido informado apenas hacia unos momentos atrás, y su reacción inmediata no había sido otra que dirigirse hacia donde estaba su madre que seguramente podría remediar la situación, siendo seguido prontamente por Daisuke. Mucho más sencillo que su glorioso hermano que ya era alabado como Sultan del Imperio, el Príncipe portaba un sencillo Kaftan azul verdoso sin mangas—por sobre la usual túnica jade se mangas ajustadas y cuello alto—plagado de bordados en hilo color esmeralda, y con un fajín de igual color anudado en el abdomen, y una serie de ocho botones de plata que iban desde el cuello hasta la altura del fajín, complementando de igual modo el atuendo con las tradicionales botas de cuero que todos empleaban.
Resulto decepcionante para Shisui escuchar esta respuesta de parte de su madre, ella que era la única persona que podía evitar que aquella situación tuviera lugar, pero no parecía predispuesta a evitarla, estaba siendo sínica a su entender. Conociendo a su hermano menor y lo que con toda seguridad debía de estar pesando, Daisuke poso u mano sobre el hombro de Shisui, evitando que se dirigiera hacia la puerta como había pretendido hacer evidentemente.
-Shisui- detuvo Daisuke.
-¿Lo vas a permitir?- alego el Príncipe, incrédulo por lo que presenciaba
-Príncipes o no, somos subiditos del Sultan- recordó Daisuke, mordiéndose la lengua ante sus propias palabras, silentemente furioso con su padre por esta decisión, -piensa en lo que nuestra madre está soportando, entiende- pidió el Uchiha, sumamente preocupado de lo que su madre pudiera estar sintiendo.
Naruto contemplo con increíble calma y autocontrol la discusión entre ambos hermanos antes de desviar su mirada hacia la Sultana Sakura que de espalda a ellos, de pie junto a él, lloraba silenciosamente con él como testigo que observaba las cristalinas lagrimas deslizarse por sus mejillas. Su madre les daba la espalda a ambos, no, no a ellos, a la situación, a Rai que arrodillado y con la cabeza erguida espero a que uno de los verdugos desenfundara, Daisuke confirmo que era si en cuanto la vi temblar ligeramente en cuanto se escuchó el inconfundible eco metálico de la espada del verdugo siendo desenfundada de su funda.
-Rai- llamo Shisui, dejándose caer de rodillas triste y resignadamente, abrazado a medias por Daisuke.
Para él tampoco era fácil de aceptar en lo absoluto, Rai y él habían sido muy cercanos entre sí, su madre había potenciado que esto sucediera y Daisuke lo agradecía, pero presenciar la muerte de su hermano era algo que siempre permanecería en su memoria, jamás iba a olvidarlo, Daisuke se lo juro a sí mismo en cuanto vio al jenízaro levantar la espada y, de un solo y escueto golpe, decapitar finalmente a su hermano…
El sol destellaba hermosamente en el cielo despejado, era un día hermoso y bien merecía ser disfrutado, y el caso de Daisuke era ese. Tenía doce año, su padre había vuelto a sumir el trono como indiscutible Sultan del Imperio tras la muerte de las Sultanas Mei y Rin, la ejecución de los traidores y el enclaustramiento de su hermano menor Yosuke, estaba claro para Daisuke que su padre tenía que ocuparse de asuntos de suma importancia como lo eran restablecer su poder político y la autoridad que le había sido restada con anterioridad por obra de Mei y Rin, por o hablar de Obito Pasha, pero cualquier problema que el Sultan tuviese pasaba desapercibido ya que se encontraba incondicionalmente acompañado por la Sultan Sakura, la madre de Daisuke, pero él por su parte no tenía mayores obligaciones de la que ocuparse y por ende es que podía reír libremente mientras perseguía a su hermano Rai, de ocho años, por el jardín del Palacio.
-¡Rai!- llamo Daisuke
-Si quieres la espada, ¡Ven por ella!- rio el Príncipe.
La razón por la que Daisuke estaba persiguiendo a su hermano era porque Rai, conscientemente, había tomado la espada de juguete que su madre le había obsequiado de entre sus cosas, pese a ser—valga la redundancia—un juguete, aquel objeto era de gran importancia para Daisuke, era un símbolo de la confianza que su madre depositaba en él, y Daisuke deseaba compensar esta confianza siendo Sultan algún día, conquistando territorios y ganando más y más poder que pondría a los pies de su madre, haciendo todo lo posible por hacerla feliz infinitamente, sentía que ella se merecía semejante tributo a su ser y bondad. Siendo mayor, resulto relativamente fácil para Daisuke alcanzar a su hermano que siendo más pequeño y ligero, corría veloz cual gacela antes de que su hermano mayor le obstruyera el paso y arrebatara la espada, haciéndolo caer sobre el césped.
-Gane- se jacto el Uchiha, contemplando con triunfo la espada entre sus manos antes de bajar la mirada hacia su hermano que seguía tendido en el suelo. -Rai, ya levántate- llamo Daisuke, pero su hermano hizo oídos sordos, quedándose totalmente quieto, como si estuviese muerto.
A Daisuke no le hizo gracia en lo absoluto que su hermano fingiera una broma así, pero eligió no prestar importancia, al menos no inicialmente, solo centrándose en la espada que tenía en las manos, dichoso por haber vencido, pero bastaron solo unos segundos para que desechara sus propios pensamientos, dejando la espada sobre el suelo, arrodillándose junto a su hermano y zarandeándolo de los hombros al permanecer tumbado boca abajo, que estuviera totalmente quieto y sin moverse lo angustiaba en demasía, no se perdonaría dañar a cualquiera de los miembros de su familia y Rai entraba en esa lista de personas indiscutiblemente importantes para él.
-Rai, no me asustes, levántate- pidió el Uchiha, nervioso y temiendo haber herido inconscientemente a su hermano.
Sonriendo interinamente para sí mismo, fingiéndose inerte por unos cuantos segundos más, Rai finalmente no fue capaz de aguantar la risa al ver temblar de miedo a su siempre arrogante y valiente hermano, apoyando sus manos sobre el césped antes de sentarse y observar sonriente a Daisuke que, boquiabierto en su totalidad, no supo que decir ante esa treta de mal gusto que por poco y le había provocado una crisis nerviosa, para él no era tan gracioso como parecía ser para su hermano que no dejaba de sonreír, divertido mientras ambos se levantaban del suelo.
-Te engañe- rió Rai, sacudiéndose el polvo del Kaftan.
-No hagas algo así de nuevo, me asusté mucho- reprendió Daisuke, sinceramente ofendido.
Una melodiosa risa resonó en el ambiente cual canto de sirena, paralizándolos a ambos y haciéndolos llevar la vista hacia la entrada del jardín donde apareció la visión más perfecta que podía ser contemplada, la Sultana Sakura que a ojos de los dos Príncipes sin duda alguna podía ser considerada como la mujer más hermosa del mundo. Se decían tantas cosas en el Palacio sobre el índice de belleza femenina o algo así...¿Existían mujeres más hermosas que su madre? Daisuke estaba seguro que no, porque a su entender su madre no era sino un ángel y todo en su apariencia se lo aseguraba en todo momento.
La hermosa Sultana se encontraba ataviada en un sencillo vestido azul claro de mangas ajustadas y escote corazón, con un marcado borde ligeramente más oscuro en el borde del escote y seis botones de diamante en caída vertical hasta la altura del vientre, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de gasa y encaje azul escasamente cerrada a la altura del vientre, bordada en hilo de plata y ribeteada en diamantes. Su largo cabello rosado peinado en una cascada de rizos caía libremente tras su espalda y sobre sus hombros, enmarcando el emblema de los Uchiha que relucía alrededor de su cuello y un par de pendientes de plata y cristal en forma de lagrima, complementando una sencilla corona de plata, oro blanco, zafiros y topacios decorada con diamante que reposaba sobre su cabeza, emulando capullos de rosas y que sostenía un largo velo color celeste. Hermosa sencillamente.
Dejando atrás a sus doncellas Tenten y Kin, la Sultana se sujetó ligeramente la falda para así no tropezar mientras se acercaba hacia los dos Príncipes, sin dejar de sonreírles en ningún momento, cayendo de rodillas frente a ambos antes de abrazarlos con todas sus fuerzas, siendo correspondida con igual intensidad y calidez que la que ella misma brindaba incondicionalmente.
-Bravo, mis dos Príncipes- celebro Sakura, observándolos a ambos con amor incondicional. -Mi sol- adulo la Haseki besando la frente de Daisuke que infantilmente reposo su cabeza sobre el hombro de ella, -mi niño- arrullo a Rai que sonrió, abrazándose a ella.
Rai no era su hijo, era el hijo de Naoko quien la consideraba su enemiga pese a que no hieran—hasta ahora—sino odiarse en silencio, pero fuera cual fuera el caso, Sakura amaba con todo su corazón a ese niño, pasaba tanto tiempo junto a él que no podía evitar considerarlo como si fuera cualquier otro de sus hijos, puede que—en el pasado—hubiera pensado que llegaría a odiar ese niño por la humillación que habría de significarle, pero no había sucedido sino todo lo contrario, para ella Rai era un niño inocente, no podía odiarlo sino darle todo el amor que como madre podía darlo una mujer hacia un niño que no merecía sino ser totalmente feliz y por ello hacia que todos sus hijos lo vieran como a otro de sus hermanos, un pequeño inocente que no tenía la culpa de absolutamente nada.
Rai era otro de sus hijos…
-¡Rai! Hermano- sollozo Shisui.
Era atemorizante y traumático contemplar el cadáver de su hermano, decapitado y tendido sobre el suelo de mármol, con su cabeza separada de su cuerpo y su sangre esparcida por el suelo, pero ni aun así Daisuke deshizo el abrazo en que contenía a su hermano Shisui que lloraba silenciosamente, derrotado y herido profundamente ante semejante visión, ambos perplejos ante aquella imagen, pero por razones totalmente diferentes entre sí, Daisuke por incredulidad y Shisui por sufrimiento. Repentinamente y sin saber porque, Shisui considero irrisoria aquella situación, tomando conciencia de que cambiar al mundo y al Sultanato era algo imposible, claro, su madre lo intentaba pero no tendría éxito, y estos pensamientos no hicieron sino desencadenar su risa que resulto impropia para el momento en si a entender de Daisuke. Lo que parecía ser una risa infantilmente descabellada, se convirtió en una especie de carcajada aterradora en cuanto Shisui tomo plena conciencia de que su padre era igual que el resto d los Sultanes que lo habían precedido, era un asesino, alguien que no dudaba en deshacerse de las amenazas a su Sultanato, incluso si se trataba de su propio hijo. Totalmente confundida ante esta risa sin sentido es que—muy lentamente—Sakura tomo aire antes de decidirse voltear y ver que era aquello que había hecho que el más inocente cuerdo de sus hijos actuara de aquella forma, pero nada la preparo para la dolorosa visión que significo el cadáver de Rai, sintiendo como es que nuevamente una parte de ella moría ante aquel desolador cuadro, su hijo probablemente fuese a convertirse en un demente, un loco o algo comparable a lo que padecía Yosuke, pero Sakura no pudo pensar en ello como hubiera deseado hacer, no cuando aquella desoladora imagen no hizo sino que sintiera como si todo a su alrededor diera vueltas, incapaz de mantenerse consiente…
-Sultana…- murmuro Naruto.
Anticipándose a la aflictiva palidez de la Sultana Haseki es que Naruto envolvió sus brazos alrededor de la cintura de ella, evitando su segura caída, estrechándola contra su pecho, lamentando enormemente no poder servirle de ayuda, no poder disminuir el inmenso dolor que sentía en su corazón por haber visto el cadáver de otro de sus hijos. Temiendo lo peor, y pese a abrazar ligeramente a su hermano menor, Daisuke levanto su preocupada mirada hacia su madre que yacía inconsciente en brazos del Hasoda Basi, con o labios entreabiertos, y su serena y melancólica faz angelical enmarada por la tristeza inconfundible que señalaba las lágrimas que habían dejado huellas en sus mejillas, húmedas, y además por sus parpados ligeramente hinchados. Como siempre, ella sufría más que cualquier otra persona, ella siempre tenía que soportar lo inimaginable.
Una nueva perdida sacudía los cimientos del Imperio y destrozaba el corazón de la Sultana Sakura.
Palacio Real/Provincia de Otogakure
Mentir, engañar u ocultar acontecimientos no era su usual forma de actuar, lamentaba haber tenido que pensar en aquella insufrible decisión que se había visto forzado a tomar, pero Sasuke estaba seguro que de no haberlo hecho todo en el futuro seria mucho peor, para ambos, Rai tenía que ser sacrificado para que tanto su familia como Sakura, él y el Imperio pudieran vivir en paz, solo entonces podrían destruir a Naoko y a la gran mayoría de sus enemigos que se hacían o se harían presentes a partir de ese momento como una camada de víboras. Vistiendo un sencillo Kaftan de aspecto militar color negro grisáceo—cuello alto, fajín gris oscuro, mangas ajustadas hasta los codos, con marcadas hombreras por una la usual túnica color negro y un par de portentosas botas de cuero—el Sultan permaneció sentado frente a su escritorio, observando distraídamente por la venta, contemplando la invisible luna nueva que permanecía presente en el firmamento nocturno, esperando que de un momento a otro llegase la noticia que él estaba esperando incansablemente para marcar la diferencia delimitante entre los hechos y las burdas palabras.
Había dado órdenes específicas, ordenes de que sin necesidad de anuncio alguno cualquier jenízaro de su prominente y considerable escolta confirmara que había sucedido lo que había ordenado, que su dictamen había sido cumplido con eficiencia y sin obstáculo alguno, por ende es que Sasuke no se sorprendió en lo absoluto en cuanto escucho y vio que las puertas de sus aposentos se abrían, aguardando la entrada un joven escolta jenízaro que lo reverencio debidamente.
-Majestad- reverencio el jenízaro, respetuosamente.
-¿Está hecho?- inquirió Sasuke, deseando saber la respuesta en concreto.
-Si, Majestad- confirmo el jenízaro.
Escuchando esta respuesta, Sasuke le indico al jenízaro que se retirara inmediatamente, orden que el soldado cumplió inmediatamente, sabiendo que el Sultan deseaba estar a solas, cerrando las puertas tras de sí y permitiéndole al Sultan sumirse en sus propios pensamientos. Había una gran diferencia entre lo que se esperaba y la realidad, entre lo que se idealizaba y lo que era tal cual y no podía cambiarse, al momento de tomar aquella decisión, Sasuke había pensado que se sentiría aliviado al momento de que le fuera informado que Rai había muerto, había predicho que sentiría sereno, tranquilo, feliz incluso, pero no había sido así, lo sentía en su torrente sanguíneo, sentía como si le oprimieran el corazón, sentía su propia sangre hervir de ira contra sí mismo y lo que él mismo había causado. Echando la cabeza hacia atrás, suspirando sonoramente, Sasuke intento convencerse de que lo que había hecho no estaba mal, que semejante sacrificio valía la pena por el bienestar del Imperio, intento convencerse de que Sakura o sufriría con ello, que ella entendería su decisión…
No soy un asesino, se repitió Sasuke una y otra vez, intentando creer sus propias palabras.
No entendía que pasaba a su alrededor, se sentía enormemente extraña, como si una parte de su corazón le faltase y en solo cuestión de segundos fue que Sakura abrió los ojos tan prontamente como le fue posible, percatándose de que ya no se hallaba en la entrada del Palacio junto a Daisuke, Shisui y Naruto como había sido en su último recuerdo consiente, estaba en sus aposentos, más específicamente tumbada levemente sobre el diván junto a su tocador ya que, por su condición, no era lo mejor que permaneciera tumbada sobre la cama. Su vestido había sido remplazado por un sencillo camisón borgoña de escote corazón ribeteado en encaje color negro y sobre este una bata de terciopelo violeta plagado de bordados color negro, con su largo cabello rosado cayendo libremente tras su espalda como una cascada
Lentamente y aun débil muy débil, Sakura apoyo sus manos sobre el diván, enderezándose junto antes de que las puertas de sus aposentos se abrieran desde el exterior, permitiendo la entrada de Tenten que ingreso con una bandeja en las manos, trayendo algo de comida en caso de que hubiera despertado, de lo cual Tenten se percató inmediatamente, cumpliendo debidamente con el protocolo cortesano y bajando la cabeza ante la Sultana Haseki
-Sultana- reverencio Tenten, respetuosamente.
De forma indiscutible y abrupta, Sakura se sintió abrumada y superada por una serie de recuerdos interminables que azoraron su mente…Rai, la forma en que los verdugos lo habían decapitado, el llanto de Shisui que se había convertido en una aparente locura, la visión de su hijo decapitado como ya les había sucedido a Baru e Itachi anteriormente, la inercia de sentirse impotente y no poder remediar o cambiar absolutamente nada…Sakura bajo la cabeza derrotada, sintiendo la lagrimas deslizarse prontamente por sus mejillas, acrecentando aún más el dolor que sentía en el centro de pecho, esta vez el golpe no había venido de manos de alguno de sus enemigos, de aquello que le declaraban su odio abiertamente, no, esta vez quien la había apuñado por la espalda era quien más decía amarla, quien decía que jamás la lastimaría, que jamás sería un Sultan cruel. Sasuke había roto con sus propias promesas.
-Rai…- lloro Sakura.
No había sido un sueño, una pesadilla sí, pero una muy real y que no podía desmentir en lo absoluto por más que desease creer que todo lo sucedido no había sido sino producto de su imaginación, pero los hechos decían otra cosa totalmente diferente: Baru, Itachi, Kagami y ahora Rai, ¿Por qué debían morir aquellos a quienes amaba?, ¿Por qué no podía morir ella que ya tenía sobre si una condena de muerte?, ¿Por qué tenía que presenciar la muerte de quienes tanto amaba en lugar morir tranquila?, ¿Por qué debía morir en vida nuevamente? Otro de sus hijos había muerto, esa era la única verdad que ella conocía.
Rai había muerto.
PD: me estoy curando del resfriado, y haciendo honor a mi convalecencia les traigo la actualización, perdonando no haber actualizado antes, pero mi compu tuvo un problema y no guardo lo que había escritor, así que tuve que empezar todo desde cero :3 he aquí la actualización nuevamente dedicada a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro, garantizando actualizar el fic "La Bella & La Bestia" antes del fin de semana :3), a Adrit126 (pidiendo paciencia con respecto a su fic: "El Emperador Sasuke" que si o si comenzare a escribir a partir de mañana :3)y a todos aquellos que siguen la historia en todas sus formas, sin excepción. Si tienen alguna sugerencia en serio apreciaría que la aportaran, recordándoles que este fic, y los otros que hago, son por y para ustedes. Además de garantizar actualizar el fic "El Sentir de un Uchiha" esta semana, mis queridos amigos, quería consultarles que además de los fics que ya tengo en mente para el futuro:
1-"El Siglo Magnifico: Indra Otsutsuki y el Imperio Uchiha"; contando la historia del padre del Sultan Baru I, fundador del Imperio Uchiha, el hombre que estableció los territorios más tardíamente gobernados por la estirpe dinástica de los Uchiha.
2-"El Siglo Magnifico: Mito, Mei y Mikoto"; narrando la llegada de la Sultana Mito-natalmente llamada Mariam de Venecia-al Imperio Uchiha durante el Sultanato del Sultan Tobirama, volviéndose favorita del Sultan Madara, reatando su escalada al poder y batalla contra Mei y Mikoto, ambas favoritas de su hijo , el futuro Sultan Izuna, una amada por el y la otra despreciada, salvada al correr con la suerte de alumbrar al Príncipe que en un futuro gobernaría el soberbio Imperio Uchiha, el Sultan Sasuke.
3-"La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber"; antes que Sasuke y Sakura, en los días en que el mundo concebía cada realidad posible, alguien más tuvo que llevar la misma carga que ellos, alguien también tuvo que verse involucrada con las bestias, esa es la historia de Sanavber Harunn, la mujer que lo arriesgo todo por amar a una bestia; Indra Otsutsuki.
4-"Titanic-Naruto Style"; la historia del famoso trasatlántico inicio el día de su viaje inaugural y finalizo con su colisión y posterior hundimiento en el atlántico norte, pero, ¿Qué historias nacieron, murieron y permanecieron a pesar de este trágico acontecimiento que marco la historia? La verdad yace en la profundidad de sus secretos y en todo lo que aun no conocemos de la historia del Titanic.
Quisiera hacer una adaptación de la película "Spirit" del 2002, que universalmente todos han de conocer seguramente, pero que dejo a su elección decidir sobre el reparto de personajes y la pareja principal, así como la película "Valkiria" de 2008, protagonizada por Tom Cruise, pero que aun no es del todo segura, por no mencionar que comenten toda película o serie que tengan en mente y que quieran como adaptación, escribir me apasiona y así me dan tiempo que malgastar :3 los amo, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.
