¡Hola, hola, hola! Llegó la desaparecida. ¿De verdad han pasado tantos meses? Se me han pasado volando. Supongo que porque encontré trabajo, y a la vez he estado terminando el máster y estaba muy ocupada jeje. Eso sí, perdonadme que fuera tan lenta. La mitad del capítulo la borré para incluir un par de cosas que dejaran abierta la trama para la segunda parte. Una de las ideas me la dio la lectura de un fic a quien le daré créditos en su momento, como corresponde :)

En fin, este es el último capítulo antes del epílogo. Aquí se cierran tramas de la primera parte y se dejan abiertas las tramas que continuaremos en la segunda. Si queréis saber cómo fue la idea del torneo de quidditch homenaje que planearon James y el capitán de Hufflepuff, seguid leyendo. Si queréis saber más sobre el estado y evolución de Rachel, seguid leyendo. Si queréis ver cómo le va la vida a Gisele fuera de Hogwarts, seguid leyendo. Si queréis saber cómo va a acabar el curso para los chicos de Hogwarts, seguid leyendo. Si queréis saber más cosas de la Orden del Fénix y sobre los planes que va a llevar a cabo Voldemort, seguid leyendo. Y, si queréis ver el final sobre la destrucción de las cajas elementales, seguid leyendo. De esto irá el capítulo. Espero haberos picado con el gusanito de la curiosidad jeje.

Contesto a reviews anónimos y empezamos:

Susie Bones o Guest (decídete, muchacha jeje): ¿Te has leído el fic dos veces? ¿En serio? Por favor, dame tu dirección porque quiero postrarme ante ti jeje. Tienes mucho valor :P Muchas gracias por decir que te gusta (y más releyéndolo). Reconozco que yo no soy capaz de releerlo mucho porque encuentro varias faltas (y laísmo por todas partes) y me da mucha vergüenza haberlo publicado así. Algún día quizá pueda corregir todos los errores, pero no sé si tenga tu capacidad de leer jeje.

Eso de la versión oficial me ha llegado al corazón :) Yo he interiorizado la historia para que así sea, pero ya ves con cosas que saca JK que hay fallos, como en los nombres de los padres de Remus. Afortunadamente acerté en que él era mago y ella muggle jeje. Con respecto a Gisele, no desfallezcas. En este capítulo verás cómo va enlazándose su historia :)

Las consecuencias de la conversación de Lily y Snape las verás en este capítulo, al igual que la idea de James sobre un homenaje con el quidditch. Con este tema retomaremos y cerraremos un tema que se abrió al principio del fic y que por fin veremos por qué lo toqué :P

La continuación al fic la escribiré, necesito sugerencias sobre el título de la segunda parte. Haré capítulos más cortos para poder actualizar más seguido, que escribir siempre más de 70 páginas cuesta muchísimo. Estarán presentes muchos de los personajes de este fic, aunque no todos. A algunos les diremos adiós aquí. Por supuesto que saldrá la versión de Regulus, por supuestísimo. Para mí él es más héroe que Snape y merece reconocimiento (aunque este también saldrá, por supuesto :)

Ays, no me recuerdes la muerte de Kate que me costó muchísimo... Era uno de mis personajes preferidos, y reconozco que en un principio la prefería a ella para Sirius, aunque me parece más verosímil Grace. Grace es la chica con la que al final todos se quedan: Guapa, divertida, independiente, ligona, sexy... Lo que les gusta. Kate es la que se desvive, la que al estar con el chico que quiere lo ve como un sueño hecho realidad, la que nunca se acaba de fiar de él porque no sabe qué ha visto en ella. Es un personaje que nos resulta más encantador a las mujeres que a los hombres, lo lógico era que Sirius se quedara con la chica segura, y no con la insegura. Sin contar con que fue su primer amor, y el que da primero, da dos veces... Aun así te adelanto que la muerte de Kate no significa su desaparición. Seguirá en la mente de todos y será motivo de muchas cosas. Y hasta ahí puedo leer :)

Yo estoy enamorada de Frank y Alice. Reconozco que con ellos me pasó lo mismo que con Regulus, no me llamaban demasiado la atención antes de empezar el fic y ahora tengo obsesión con ellos, sobre todo con Alice. En mi versión (que seguramente no tenga nada que ver con la de JK), Alice es la eterna amiga loca de un perfecto Frank que consigue superar la friend-zone y dejar atrás a todas las que se creían que por ser más guapas podían llevarse al perfecto Longbottom jejeje. Supongo que veo más de Alice en Neville que de Frank, pero de Frank también le veo su lealtad, su responsabilidad y su liderazgo. Me gusta la mezcla que supone Neville, nos dice que no todos tenemos que destacar desde el principio para acabar siendo grandes héroes :)

La verdad es que he estado muy contenta. Encontré trabajo y, aunque termino mi contrato a final de año, me ha ayudado para sentirme más segura de mí misma y darme un respiro económico. Espero que el año que viene sea tan bueno como este año :) Lamento haberme tardado, pero encima soy tan bestia que empecé otro fic cortito a la vez y luego se me ha juntado todo. Por eso quiero hacer la segunda parte de capítulos más cortos, porque necesitaré una bombona de aire sinó jejeje.

En fin, quiero dedicarle este capítulo a mi querida Flor (Popis), una de las mejores amigas que NET me ha dado. Hoy es tu cumple y quiero dedicarte el capítulo final de un fic en el que me has apoyado muchísimo y me has dado aliento cuando lo he necesitado. A pesar de la distancia que nos separa eres una de las amigas más íntimas que tengo, con la que sé que puedo contar. Algún día cumpliremos nuestro viaje soñado. No te olvides del itinerario: Italia-España-Argentina jeje. Cumple muchos más y sigue tan magnifica como siempre, no me cambies. ¡Te quiero!

"JURO SOLEMNEMENTE QUE MIS INTENCIONES NO SON BUENAS"

OO-oOo-OO

Capítulo 42: Homenaje

Las puertas se abrieron bruscamente. Varios brazos que no identificaba la sujetaron con fuerza y la obligaron a entrar. No era capaz de hablar, y parecía que nadie escuchaba los gemidos con los que trataba de pedir ayuda. Todos eran muy rudos, y hablaban a voces cosas que ella era incapaz de entender.

- ¿Cuánto queda? –preguntó una voz en algún sitio a su derecha-.

- Media hora. Quizá menos.

No localizó la segunda voz. De hecho no reconocía ninguna. El lugar donde le llevaban era oscuro, y el olor era demasiado rancio. Tenía miedo, estaba asustada y completamente adolorida. A su alrededor había mucha actividad, pero no podía ver con claridad. No había demasiada luz.

- Duele… Duele…

Eran las primeras palabras que conseguía pronunciar desde que despertó, haría ya varios días. Y solo lo había logrado con un esfuerzo inmenso. Esos horribles dientes le habían dañado las cuerdas vocales, había escuchado cómo las voces lo comentaban en el hospital. Por lo visto también había habido un daño en el nervio óptico pero tenía solución. No perdería la vista.

Ni siquiera sabía qué sentir sobre todas las cosas que oía. Estaba cono anestesiada, esperando a los acontecimientos. Y en ese momento era incapaz de centrar sus pensamientos. Le dolía todo de una forma bestial. Sentía su sangre ardiendo, quemándole todo el cuerpo en su recorrido por las venas. Quería gritar, llorar, patalear… Quería salir corriendo de su propio cuerpo para no sentir más.

Sin embargo, su voz sonaba rasposa y demasiado grave. No parecía la suya. El esfuerzo de susurrar ya le agotaba. Los ojos le abrasaban pero era incapaz de llorar para humedecerlos. Se sentía seca, el esfuerzo le provocaba una fuerte irritación. Y las pocas veces que había conseguido mover su cuerpo había sido inmovilizada en el acto. No sabía cuántos eran, pero cada vez que había intentado agitarse innumerables manos aparecían sobre su cuerpo para frenarla bruscamente.

- ¡Vamos, vamos! ¡Está llegando la hora! ¡La quiero aislada antes de que todo empiece!

Intentó preguntar de qué hablaban, qué ocurría, pero no pudo. Tragó saliva y de su garganta salió un gemido lastimero.

- ¿Has visto cómo tiene el cuello? –preguntó alguien muy cerca de ella. De repente sintió unos dedos helados tocándola, y tuvo un escalofrío. Antes de que pudiera apartarse la inmovilizaron muy fuerte-. Lo tiene fatal, aún es pronto. No creo que sobreviva.

¡¿Qué?! ¿Iba a morir? ¿Ella? ¡No! Intentó incorporarse pero volvieron a retenerla con fuerza, aunque ella esta vez se resistió. Estaba demasiado asustada por lo que había oído.

- ¡Detened de una vez a la licántropa! –gritó una voz autoritaria a lo lejos-.

¿Licántropa? ¿Le habían metido en una habitación con un licántropo? ¿Después de lo que había pasado? ¿Por eso decían que no sobreviviría? El miedo la atenazó y ayudó a que sus captores pudieran colocar unas fuertes correas alrededor de su torso, su cabeza, sus brazos y sus piernas. No entendía nada, no era capaz de pensar. ¿Por qué estaba allí? ¿Quién era toda esa gente? ¿Por qué no conocía a nadie? En ese momento, después de una tarde angustiosa, por fin lloró.

Las lágrimas caían sin parar por sus mejillas y su cuello, aunque no pudo hacer nada más. Ni siquiera podía gritar o gemir sin hacerse un daño horrible. El llanto silencioso era su único consuelo, y tampoco era tal porque los ojos escocían muchísimo.

- Metedla en la sala y ya veremos cómo pasa la noche –ordenó de nuevo la voz autoritaria-.

Alguien levantó la camilla donde estaba amarrada y la movieron varios metros. Rachel tenía los ojos cerrados, por lo que no pudo ver dónde la llevaban. ¿Quizá donde la licántropa? ¿Estaba a unos pasos de la muerte? Era irónico que fuera en manos de una criatura así, ya que en los brazos de un licántropo era donde siempre había encontrado consuelo.

Bruscamente la posaron en el suelo, en un espacio mucho más luminoso que el anterior. Se hizo daño cuando su cabeza rebotó contra la camilla por la fuerza con la que la soltaron, pero solo pudo gemir un poco antes de sentir que su garganta ardía de nuevo.

- ¿Le reforzamos las ataduras? –preguntó una mujer-.

- No. Se soltará sola enseguida –respondió la voz de un hombre adulto con evidente desdén-. Salgamos de aquí.

- Será interesante ver el proceso. Es su primera vez –comentó la misma chica mientras las voces se alejaban-.

Escuchó pasos y un fuerte ruido, como si una puerta pesada estuviera siendo arrastrada.

- ¡Esperad! ¡Tengo que inyectarle algo!

Era la voz de un hombre joven que parecía acercarse rápidamente.

- ¿Qué haces aquí? Esto es un experimento privado –espetó la voz autoritaria con evidente censura-.

- Tengo permiso del ministerio. Y te recuerdo que no podéis experimentar nada con ella sin la autorización de su tutor, y la tengo yo. Dejadme pasar antes de que la transformación tenga lugar y acabemos todos muertos.

La amenaza pareció surtir efecto porque le dejaron paso, pero sus palabras no tranquilizaron a Rachel. ¿Era parte de un experimento? ¿Con un licántropo? No entendía nada, su corazón iba a mil por hora.

De repente unas manos le tocaron con una suavidad que no había sentido desde hacía días. Le palparon el cuello con cuidado y sintió una punzada en el brazo. Le habían inyectado una aguja. ¿Con qué? La angustia le provocó un sollozo ahogado y las lágrimas impotentes volvieron a caer. Las manos volvieron a tocarla, esta vez en la cara. Acariciándola. Apartándole las lágrimas.

- No tengas miedo, Rachel, todo estará bien –le susurró el joven con voz tranquilizadora-. Con lo que te he inyectado sufrirás menos.

Con esfuerzo logró abrir los ojos, aunque las luces le cegaron momentáneamente. Se encontró frente a frente con un par de orbes azules que la miraban con amabilidad.

- Me llamo Benjy, me envía Dumbledore. Mañana por la mañana te lo explicaré todo, pero ahora debes intentar tranquilizarte. Esta noche van a pasar cosas inexplicables y vas a estar asustada, pero tienes que recordar que no voy a dejar que nada malo te pase. Voy a estar todo el rato detrás del cristal, controlando tu salud. Todo va a salir bien, te lo garantizo. Confía en mí.

Y, por algún motivo que desconocía, lo hizo. Confió a ese extraño su vida y sus miedos, y apretó los dientes para afrontar esa noche que prometía ser interminable.

OO—OO

En Escocia también la luna comenzaba a aparecer. En sus últimos momentos como ser humano Remus no podía pensar más que en Rachel. ¿Sobreviviría? ¿Volvería a verla? No había vuelto a saber nada desde que pudo verla en San Mungo. Localizar a Dumbledore era algo que ya tomaba como un imposible, siempre estaba fuera de Hogwarts. Y él ya había dejado de intentarlo. La impotencia había dado paso a la resignación. No podía hacer nada por Rachel y lo sabía. Solo le quedaba esperar.

- Vamos Moony, anima esa cara –le dijo Sirius-.

Los tres estaban allí con él, en la Casa de los Gritos. Con la poción matalobos ya no les necesitaba para controlarse, pero ellos querían estar. Aseguraban que sería más divertido ahora que él podría controlarse a sí mismo, y no fue capaz de decirles que quería estar solo. Era la primera luna llena desde el ataque, desde que James había vuelto prácticamente desde los muertos y no se sentía capaz de negarle un paseo por el bosque. De hecho, una parte de sí mismo también quería comprobar si todo volvía a ser lo mismo desde la masacre.

Habían pasado muchas cosas en las últimas semanas. El ataque, la muerte y la gravedad de muchos compañeros, el cambio que se había visto en Hogwarts, la pérdida de gran parte del alumnado, el secuestro de James, su rescate y su propia dosis de miedo cuando le hirieron. Por una vez sí que pensó en la posibilidad de morirse. No, no podía negarles a sus amigos un momento de respiro. Tenía que dejar que volvieran al pasado, al tranquilo y agradable recuerdo de su niñez, para convencerse de que podían recuperar todo eso. Por una noche podían fingir que nada había pasado, que no habían vivido algunos de los peores momentos de sus vidas. Que Kate no había muerto. Que Rachel no había sido mordida...

- Deja de darle vueltas –le ordenó James volviendo a sacarle de sus pensamientos-. Estará bien.

No era raro que fuera él quien adivinara sus pensamientos. De los tres era el más perceptivo, aunque tampoco tenía mérito. Peter no es que pudiera alardear de una gran elocuencia y Sirius era lo más contrario a la empatía que había conocido. De ellos, James era su mejor baza, aunque nunca hubiera decidido apoyarse en él. En esa ocasión solo le dedicó una sonrisa y le hizo caso. No tenía sentido darle más vueltas.

- Estoy bien. Estaremos bien –les prometió, y se prometió a sí mismo.

Por supuesto debía de pensar así. Ni siquiera era capaz de imaginarse que a Rachel le ocurriera algo más. Era impensable. No sería capaz de recuperarse de la culpa. Estaría bien.

- Ya sale –avisó Peter, que estaba al lado de una de las ventanas medio podridas y desprendidas-.

Por supuesto se refería a su vieja amiga, que había estado oculta tras unos nubarrones de aspecto tormentoso. Pero Remus no necesitaba que se lo dijera, ya lo sentía en su propio cuerpo. Pese a que la poción quitaba los dolores, podía sentir las contracciones en la piel, en la sangre que se agitaba en sus venas. Era el momento. Justo antes de sentir el primer espasmo pensó en Rachel, en cómo estaría. Todo saldría bien. Tenía que ser así.

Cuando levantó su mirada, ya completamente transformado, miró hacia adelante. Un perro, un ciervo y una pequeña rata le devolvieron la mirada. Se encomendó a la luna y dejó la seguridad de Rachel en sus manos. Él ya no podía hacer más. Solo tenía que esperar...

OO—OO

Ya era de madrugada, una hora impropia para estar en clase de encantamientos. Sin embargo, ese había sido el lugar escogido por Sirius y Grace. A ella ya se le había pasado el enfado por ser despertada en mitad de la noche, y además él tenía un aspecto entre cómico y sufrido que le resultaba muy tierno. Claro que cuando comprobó que los arañazos que tenía en la cara eran prácticamente sus únicas heridas se sintió más calmada que cuando le vio con toda la cara llena de sangre seca rebuscando en el baúl de Lily.

- ¿Se puede saber cómo te lo has hecho esta vez? –preguntó mientras le curaba con un líquido sanador que le había dejado Lily-. Y no me excuses con el pobre Remus, que ya no puede hacer daño a nadie.

- Pero si no es nada –protestó él con un suspiro exagerado mientras aguantaba obedientemente el escozor sentado sobre una mesa-.

- ¿Cómo que no? ¡Pero si tienes toda la cara magullada! Confiesa, ¿dónde te has colado?

- En ningún sitio –respondió de nuevo haciendo un gesto cuando le pasó el líquido por el corte de la barbilla, que era el más profundo-.

- Sirius… –le amenazó Grace-.

Entonces él le apartó la mano y le quitó el líquido mientras se levantaba de la mesa.

- Déjalo anda, ya me curo yo solo. Debí pedirle ayuda a Lily.

Grace sonrió ante su evidente mosqueo. Estaba claro que, fuera lo que fuera lo que había ocurrido, había hecho el ridículo y no quería revivirlo contándoselo. Siempre tan orgulloso. Le abrazó por la espalda para hacerle rabiar.

- No es con Lily con quien querías estar a solas –dijo con retintín, picándole-.

Funcionó. La miró de reojo mientras seguía echándose el líquido y frunció los labios.

- Pues que sepas que ahora mismo me cae mejor que tú.

Grace soltó una carcajada.

- Vamos, cuéntame. No es como si te hubieras liado a mordiscos con otro perro –pero su expresión evasiva le hizo fruncir el ceño-. ¿Lo has hecho?

- Que conste que era un lobo enorme y que empezó él. ¡Me tomó por sorpresa! ¡No te rías!

Imposible. No podía resistirse. Si hubiera venido más malherido la historia no le habría parecido tan graciosa, pero era evidente que a Sirius le habían dañado más el ego que cualquier otra parte de su cuerpo.

- Así que te ha ganado un lobito. ¿Y no te ha defendido ninguno de tus amigotes? ¿Para qué tienes un hombre lobo en la pandilla?

- ¡Yo no necesito que me defiendan! –protestó ofendido-. Si hubiera querido le habría vencido sin problemas, pero pensé que si le mordía podía pegarme alguna enfermedad rara.

- O pegársela tú a él –repuso ella mientras se reía más fuerte-.

Al ver que no paraba Sirius tomó la vía rápida y la tomó desprevenida, saltando sobre ella y llenándola de cosquillas. La risa de Grace pasó a ser agónica por la falta de aire. Mientras pedía auxilio él empezó a reírse con ganas, disfrutando de su venganza. Cuando Grace empezó a ponerse colorada por la ausencia de aire se detuvo, y dejó que recargara la espalda en su hombro mientras él se apoyaba en la mesa de Flitwick. Ambos estuvieron unos minutos en calma, riéndose suavemente y recuperando la respiración.

- Echaba de menos esto… -musitó Grace en voz baja para no romper la calma del momento-.

- ¿Las cosquillas? Pero si las odias.

- No, esas no. Reírme. Todo parece tan forzado últimamente, que ni la risa sale natural.

Sirius sonrió, estando de acuerdo en silencio. Aun así no dejó pasar la oportunidad de devolverle la pulla de antes.

- Pues el otro día te reías con muchas ganas. El truco está en cierto nivel de alcohol en sangre. ¡Au!

El pellizco en el brazo es algo manido pero muy socorrido cuando tienes al enemigo a tus espaldas y abrazándote.

- Te lo mereces. No te creas que te he perdonado por emborracharme. Lo pasé fatal.

- Eso fue después, con la resaca. En el momento te reías mucho y le hiciste un baile muy sexy a Remus. ¿Qué pretendías, ponerme celoso?

- ¿Desde cuándo eso funciona? –inquirió Grace con una risa-.

- Con Remus, nunca. Debiste elegir otra víctima más convincente.

Grace sonrió con algo de maldad, antes de soltar a bocajarro:

- La próxima vez escogeré a Marco.

El pellizco que antes había dado con tanto gusto le fue devuelto con algo de saña.

- Ja, ja –respondió Sirius secamente-. Qué graciosilla eres.

Grace giró la cabeza por encima del hombro y le sacó la lengua mientras se frotaba el brazo.

- ¿Te ha picado el bichito de los celos?

- ¿Por un enano italiano? Si vas a ponerme los cuernos, ten mejor gusto.

- Le tengo créeme. No te ha robado la fama de rompecorazones por casualidad.

- ¿Dices que es más guapo que yo? –preguntó medio ofendido y medio divertido-.

Sabía de sobra que eso no era así, pero como la belleza era subjetiva…

- Es más encantador y convincente. Sabe ganarse a las chicas. Tú solo confías en tu físico.

- ¿Por qué iba a currármelo más con una cara como la mía? Si fuera feo y enano tendría que probar eso del encanto. Además, el muy perdedor llegó tarde. ¿Quién se ganó a la chica? –preguntó con autocomplacencia-.

- No hagas que me lo replantee –le amenazó apartándose y mirándole a la cara-.

Al verla con ganas de guerra Sirius levantó las manos y enarboló la bandera blanca.

- Vale, vale. Cambiemos de tema.

- De acuerdo –dijo. Estuvo unos segundos callada y después preguntó con la risa contenida-. ¿Cómo de grande era el lobo que te ha ganado?

- Se acabó. Me piro a dormir.

- ¡No! –exclamó entre risas tirando de su brazo-. Vale, lo dejo. Quedémonos un rato, anda. Aquí se está bien, libres de tensiones. En la sala común seguro que Lily y los demás están hablando de todo el tema otra vez.

- El mono-tema –dijo él estando de acuerdo-. Parece que nadie sabe hablar de otra cosa. Entre eso, y que vamos a quedar cuatro gatos en Hogwarts a este ritmo... No sé qué obsesión le ha entrado a la gente por huir. Si quieren atraparnos lo acabarán haciendo igualmente.

Grace se removió incómoda con esa afirmación, y Sirius se dio cuenta de que habían entrado en un tema que precisamente estaban evitando. Iba a hablar de otra cosa cuando vio su mirada perdida, como si estuviera muy metida en sus pensamientos. Sin saber muy bien por qué, tuvo que preguntar preocupado.

- ¿Ha pasado algo más?

Ella negó con la cabeza con gesto frustrado.

- Nada. Todo el tema de huir. A mis padres también les ha entrado la prisa.

- ¿En serio? –cuestionó, aunque no le extrañaba. Llevaban dos años siendo objetivo directo y en ese momento había más ataques que nunca-. ¿Te han dicho algo?

- Quieren irse a Grecia cuando yo acabe el curso. De hecho querían irse ya, pero como me he negado a dejar el colegio van a esperar.

- ¿Y te vas a ir con ellos? –preguntó intentando parecer indiferente sin conseguirlo del todo-.

Grace, indecisa, se mordió los labios.

- No quiero… Bueno, no sé. Reconozco que me asusta mucho ver en lo que se está convirtiendo este país. Pero tampoco quiero dejaros aquí… ¿Tú qué opinas?

Probablemente llevaba días guardándose esa información. Estaba asustada e indecisa, y podía comprenderlo aunque le hervía la sangre que siquiera considerara el huir. Eso no era digno de ellos. Sin embargo era su novia, y no podía presionarla más de lo que seguro ya lo hacían sus padres. Se suponía que era ella quien tendría que tomar sus propias decisiones. Le sonrió mientras le acariciaba un mechón de pelo.

- Creo que tendrás que pensártelo muy bien y hacer lo que creas. Ya eres mayor de edad, y ninguno deberíamos decidir por ti.

Esa respuesta le gustaba. Así no influía en ella pero se aseguraba de darle rebeldía para que tampoco lo hicieran sus padres. Si la conocía como él creía, habría sembrado la duda en su cabecita rubia. De hecho, Grace se veía tan confundida o más que antes.

- Si decidiera irme… ¿Tú vendrías conmigo? –preguntó insegura-.

Ni loco. Se quedaría allí plantando cara aunque acabara quedándose solo contra Voldemort y toda esa pandilla de chiflados. Pero por supuesto no le iba a decir eso. Se rio en voz baja y decidió callarle con un beso. Era una buena forma de hacer que su novia dejara de pensar.

OO—OO

- ¿Vosotros estáis bien? –preguntó casi indiferente Lily recostada en un sofá-.

No habían pretendido despertarlas, pero Sirius jamás había sido muy silencioso, y a oscuras menos. Les pegó un susto de muerte cuando le encontraron hurgando en su baúl, aunque James y Peter ya les habían despertado con su risa. Tras el primer impacto ambas se habían dado cuenta de que todos estaban bien, y se había enfadado por haber sido despertadas tan tarde. Sin embargo, Grace se había ofrecido a ayudar a su novio y Lily había bajado a la sala común con los otros dos para intentar recuperar el sueño perdido. Esa pregunta venía después de veinte minutos inútiles en los que no había podido adormecerse.

Ninguno de los dos parecía menos cansado que ella, pero debían sufrir el mismo problema de insomnio repentino. Tardaron unos segundos en asimilar la pregunta y en responder, pero James sonrió aún divertido y le tranquilizó:

- Sí. Esta vez los problemas han buscado a Sirius en vez de a mí.

Peter se echó a reír como si hubiera estado aguantándose durante horas, y James le siguió al instante. La verdad es que Lily no le encontraba la gracia al asunto, pero quizá era porque aún tenía mucho sueño. Además, tenía más preocupaciones en la cabeza.

- ¿Cómo habéis dejado a Remus? –preguntó, consiguiendo que ambos dejaran de reírse de golpe-. ¿Está bien?

James suspiró.

- Un poco alicaído. Figúrate.

- Me hago una idea. Con todo lo de Rachel…

- Pero, ¿ella estará bien, no? –preguntó Peter inquieto, e incorporándose evidentemente tenso-. La controlarán los sanadores.

- Eso espero –comentó James con tono reservado-.

Algo en esa respuesta no tranquilizó a Peter, que ya bastante nervioso estaba con mil cosas como para añadirle más cosas.

- Pero, ¿creéis que estará bien?

- Solo nos queda esperar, Peter –respondió Lily en el mismo tono que James, y compartiendo una mirada preocupada con él-. La mordió cerca de la yugular y puede que transformarse tan pronto sea contraproducente en su estado.

- No seas agorera, Lily –la reprendió su novio-. Tiene que salir de esta. Bastante ha pasado como para empeorarlo. Remus no lo superaría.

- ¿Y nosotros? Eso de repetir otra vez lo de Kate…

La intervención de Peter creó un silencio muy incómodo. Era siempre lo mismo cuando mencionaban a Kate. La despedida que le habían hecho solo había servido para seguir adelante, pero no para olvidarla ni para que su pérdida doliera menos. Cuanto más se extendía el silencio más costaba romperlo, por lo que Lily tardó un cuarto de hora en ponerse en pie y anunciar:

- Creo que voy a volverme a la cama.

- Te acompaño –dijo James incorporándose también-.

Pero Lily hizo un gesto cortante con la mano.

- No, James. Hoy no quiero estar haciéndome sitio en mi cama.

Quizá utilizó un tono más brusco de lo que pretendía, pero al menos su novio captó el mensaje y no insistió en acompañarla esa noche. Sintiéndose algo culpable por su expresión confundida le dio un beso en la mejilla y subió las escaleras hacia las habitaciones.

Lo cierto es que su reacción era rara. Aunque siguieran sin hacer nada más que estar acurrucados y besarse de vez en cuando, Lily había tomado la costumbre de dormir con James. Después del ataque y de que él volviera casi de entre los muertos se sentía más tranquila teniéndole a mano, pudiendo alargar el brazo por las noches y tocar su piel para que las pesadillas se fueran. Por eso él se sintió tan extrañado. Y porque no era la primera vez que le daba largas esos últimos días.

- Que corte te ha dado, ¿eh? –comentó Peter de nuevo divertido-.

James frunció el ceño, dolido en su orgullo y alzó la barbilla con chulería.

- Bah. Está cansada. Ya es muy tarde –dijo para zanjar la cuestión-.

- Será… Pero estos días te está dando muchas calabazas, ¿no te parece?

¿Tan evidente era que Peter (¡Peter!) se había dado cuenta? Definitivamente algo raro le ocurría a Lily. Sin embargo, él se negó a dejarse ver débil delante de su amigo, y cambió de tema bruscamente.

- ¿Tú no estás demasiado pendiente de cómo me va a mí con mi novia?

- Perdona –exclamó Peter sin entender su reacción-. Es que me pareció verla muy distante últimamente. Solo eso.

- Pues tampoco estés sacándole punta a todo, anda. Pareces una chica, Wormtail.

Y con ese comentario tan borde subió las escaleras a la habitación de los chicos y dejó a Peter solo en la Sala Común. Este suspiró sin entender qué podía haber hecho que le sentara tan mal a su amigo, pero tampoco le dio muchas vueltas al tema. Lo cierto era que desde que había ocurrido el ataque todo iba de mal en peor. El grupo se había ido desmembrando más y más, y la unión que tuvieron para salvar a James de las garras de El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado fue solo momentánea.

Sin ganas de irse a dormir, Peter se sentó en una de las ventanas observando cómo el cielo poco a poco se iba aclarando más. Sirius y Grace no habían vuelto, y él supuso que habían decidido pasar la noche con más intimidad, al contrario que James y Lily. En el fondo se alegraba de que a Prongs le hubiese tocado una novia tan complicada. Ya estaba bien de que todo le saliera bien a la primera.

Ahogando un bostezo, hurgó en sus bolsillos en busca de alguna chuchería olvidada que echarse a la boca, pero solo se encontró con un trozo de pergamino. Era la carta que Gisele les había enviado para decirles que había llegado bien a Londres y que ya estaba instalada. No les había vuelto a escribir. Peter suponía que debía estar muy ocupada, aunque no la envidiaba. Él no querría ponerse voluntariamente en primera línea de batalla, como había decidido ella. Pero sí que echaba de menos a su amiga. Desde que se había ido el grupo estaba, si podía ser, más roto que nunca. A Jeff, que tan encantado estaba hacía unos meses por ser aceptado, apenas la veían el pelo de casualidad. Comprendía que después de lo de su hermana no querría estar con ellos y recordarla más. Con lo ocurrido a Rachel, Remus era un altibajo hormonal con el que no se podía contar. Tan pronto estaba pendiente de todos e integrado en su día a día, como se perdía en sus pensamientos y desaparecía durante horas. Lily era la tía más rara que había conocido, tan pronto estricta como la primera dispuesta en saltarse las normas. Pero hasta a Sirius le había encandilado. James solo pensaba en la venganza que tendría al salir de Hogwarts, y si acaso en la pelirroja. Y Sirius y Grace, que eran los que menos habían cambiado, estaban demasiado ocupados entre ellos fingiendo una relación perfecta y tratando de que el recuerdo de Kate no se metiera entre ellos.

Suspiró. Menuda mierda. Si le hubieran dicho hacía siete años que su último curso iba a ser tan deprimente no lo habría creído. Y él que creía que siendo los mayores del colegio todo sería fiesta y diversión… ¿Qué había sido de su grupo inquebrantable? ¿Dónde estaba esa amistad a prueba de bombas? Con cada uno de sus amigos pendientes de sus problemas personales, se sintió más solo que nunca. Definitivamente echaba de menos hablar con Gis. Ella, al menos, sí le habría hecho caso. ¿Cómo le iría en Londres?

OO—OO

- ¡Arriba Mendes! ¿Así pretendes enfrentarte a las criaturas más peligrosas de nuestro mundo?

Gisele odiaba profundamente a su entrenadora, podía jurarlo. Y, si servía de ejemplo la dureza de trato de esa amargada, el odio era recíproco. Poniéndose en pie por decimosexta vez en la última hora, juró hacerle tragar todas sus palabras. Se apartó el pelo de la cara volviendo a hacerse una improvisada coleta, y se puso de nuevo en posición de defensa.

Irónicamente la cuestión mental había sido más sencilla. Pese a lo duro del proceso, ya llevaba bastante avanzado el aprendizaje de Legeremancia. Quizá la Oclumancia se le atragantaba un poco más, pero al menos en una semana ya había conseguido que su mente no fuese un coto abierto a cualquiera que quisiese cotillear en ella. Pero la lucha física estaba siendo su talón de Aquiles. La señora Sod, una arpía de edad indefinida y cara de odiar a todo ser viviente, consideraba que le faltaba talento, concentración y predisposición. Evidentemente lo de arpía era una opinión de Gisele y varios de sus alumnos, no una descripción física de la aludida. Era de mediana edad, eso seguro. Y también era una mujer con gran experiencia y una trayectoria intachable, ninguno lo dudaba. Pero la odiaban.

Cuando fue derribada por decimoséptima vez Gisele decidió que entraría directamente en su lista negra, justo por detrás de los asesinos de sus padres, de Voldemort y de todos sus mortífagos.

- ¡Apártate de mí vista! Y no vuelvas a presentarte ante mí sin haber aprendido a esquivar una pequeña maldición –gritó con desdén la mujer-.

- Pequeña tu cabeza... –murmuró entre dientes mientras se apartaba del centro de la sala de entrenamientos y le dejaba su lugar a otro compañero que parecía compartir su ilusión por recibir lección de la señora Sod-.

Profundamente molesta y sudando como un pollo al horno en el desierto, se dejó caer de mala manera en una de las sillas.

- Es una zorra –estalló hablándole a la compañera que tenía al lado sin mirar quién era. De todas formas era una opinión unánime-.

- Sí, pero una zorra brillante. ¿Sabes que fue ella quien lideró las negociaciones con los gnomos en el conflicto de 1965? Sabe lo que se hace, aunque es cierto que es odiosa.

La miró de reojo, algo sorprendida por esa velada defensa. Era la enfermera. De todos, quizá ella era la más comedida en su odio porque aún estaba fascinada por su trayectoria profesional. El resto ya había decidido obviar eso. Decidió no contestarle y se concentró en ver cómo su compañero era humillado tan fácilmente como ella. Era tan frustrante…

Con los compañeros había congeniado, aunque no podían confraternizar mucho. Tenían prohibido revelar grandes cosas sobre sí mismos, por seguridad. De la enfermera solo conocía su nombre, Drusilla Aston, y que tenía experiencia con el tratamiento de licántropos. Del resto todo era parecido. No había acercamientos ni había amistad, si acaso colegueo y buen rollo. Lo cierto es que se sentía bastante sola.

- Mendes, ¿esto es tuyo? –preguntó su compañero derrotado mientras iba a sentarse a su lado tras recibir la consiguiente paliza por parte de su entrenadora-. Estaba tirado en el suelo.

Llevaba un pergamino doblado, que Gis reconoció como suyo. Era una carta de Tony. La tomó rápidamente y la guardó en el bolsillo de la túnica para que nadie pudiera leerla, y averiguar más de ella de lo que debieran. Había perdido la cuenta de las cartas que le había escrito su novio. Ella solo le había mandado una para informarle de que estaba bien acomodada, pero había ignorado las demás. Aunque le daba lástima que Tony pudiera sentirse rechazado no podía permitirse ninguna interrupción. Lo estaba logrando, no podía flojear ahora. Su novio y sus amigos tendrían que esperar a otro momento más propicio…

OO—OO

No es que tuvieran mucha idea de lo que serían las sesiones psicológicas, pero desde luego no era lo que se habían imaginado. Por un lado estaba esa mujer con gafas de culo de botella y túnicas multicolores que les observaba como si quisiera ver a través de ellos, pero sin conseguir el efecto que creaba el director Dumbledore. Y por otro, estaba la decoración que había añadido al despacho de la profesora Sprout y que, estaban seguros, no le gustaría en absoluto a su maestra. Había quitado todas las plantas extrañas y había añadido telas que colgaban de los muebles. Tenían colores muy neutros y relajantes, y el ambiente lo completaban un montón de velas que dejaban el despacho en penumbras. Era, sin duda, una habitación creada para la relajación.

Pero Sarah estaba de todo menos tranquila. La mujer no le inspiraba confianza y el olor de las velas solo conseguía marearla. Además, la presencia de Josh no estaba ayudando. Sabía que su amigo tenía las mejores intenciones, pero ella se sentía demasiado cohibida a su lado. Sobre todo porque se sentía culpable de tener los sentimientos que tenía, y lo último que quería era que sus amigos se enterasen.

- Bueno, contadme un poco vuestra situación. ¿Habéis perdido a un ser querido? –les preguntó con voz suave-.

Ambos negaron con la cabeza, siendo de poca ayuda.

- Bien. ¿Habéis sido heridos de gravedad? ¿Fue lo que visteis? Dadme alguna pista. Contadme cómo fue ese día –continuó tranquilamente-.

Sarah y Josh se miraron indecisos por un momento, y luego él se inclinó hacia delante y comenzó a explicarle la historia. Lo de Johnny, los altibajos de Sarah, la preocupación de todos sus amigos. La psicóloga le escuchó en silencio, alternando miradas circunspectas entre él y su amiga. Cuando terminó de hablar la mujer tampoco dijo nada, lo que hizo que Sarah, que había estado mirando al suelo durante el relato de su amigo, se removiera nerviosa en la silla.

Pareció que pasaban horas hasta que volvió a hablar, pero cuando lo hizo les sorprendió a ambos.

- Josh, ¿te importaría dejarnos a solas?

Ambos se miraron extrañados y la miraron a ella sin comprenderla. La psicóloga les dedicó una sonrisa tranquilizadora.

- Quiero hablar con Sarah, y no quiero que nada la coarte a decirme todo lo que necesito saber. Si te necesitamos, te volveré a llamar.

Josh se levantó aún indeciso y se marchó, ignorando la mirada de socorro de su amiga. Esta no quería en absoluto quedarse a solas con esa mujer tan extraña. Sin embargo no le quedó más remedio, pues la psicóloga parecía decidida a acorralarla hasta que confesara. Tragó saliva con dificultad y fijó su mirada en la mujer que le miraba con amabilidad.

- Bien, querida. Ahora entre nosotras, todo lo que digas aquí no lo sabrá nadie. Puedes decir o hacer todo lo que creas que has reprimido desde esa experiencia tan horrible. Yo no te juzgaré, estoy aquí para entenderte. Por muy inverosímil que te parezcan tus pensamientos y sentimientos, te comprenderé de igual forma. Así que compórtate con naturalidad.

Sarah se quedó en el sitio, sin moverse y sin hablar. ¿De verdad esperaba que se relajara de esa manera, que se comportara tal cuál sentía cuando no la conocía de nada? La psicóloga pareció ver su reticencia porque sonrió de nuevo y se acomodó en el asiento.

- No te preocupes. Hay mucha gente que se siente como tú. Lo que te ocurre es más normal de lo que crees. Pero es lógico que te cueste soltarte. Empecemos por el principio, ¿por qué no me hablas de Johnny?

- ¿De Johnny? –Preguntó Sarah sin entender nada-.

- Sí. ¿Cómo os conocisteis? ¿Desde cuándo? ¿Cómo empezasteis a salir? –inquirió, y al ver su cara de extrañeza aclaró-. Te puede parecer absurdo, pero compláceme, por favor. Háblame de él.

Y como Sarah no sabía muy bien qué estaba pasando allí, decidió hacerle caso y contarle todo sobre Johnny. Cuanto más contaba, más detalles de él quería describir. Por algún motivo quería que esa mujer conociera a Johnny, que supiera todo de él. Que entendiera cuál era la situación para que no la juzgara muy duramente. Y sin darse cuenta había llegado al día del ataque, a todo lo que vio y escuchó, al momento en que supo que él estaba herido. Vomitaba las palabras con una facilidad que parecía cosa de magia, y habría sospechado si no fuera porque esa mujer no llevaba la varita por ningún lado y porque no había bebido nada que pudiera contener veritaserum. Simplemente hasta ese momento no se había dado cuenta de lo mucho que necesitaba soltar todo eso. Y se sintió mejor cuando lo dejó ir.

Lo contó todo. Cómo se vivieron todos los días posteriores, la reacción de sus padres, la marcha de muchos de sus compañeros, el empeoramiento de Johnny, la tristeza de sus amigos… Y cuando quiso darse cuenta estaba llorando a lágrima viva. La psicóloga se había levantado y sostenía su mano con amabilidad mientras ella balbuceaba palabras sin sentido en un estado muy cercado a la histeria. Estuvo llorando lo que le parecieron horas, aunque no supo calcular. Allí dentro no había prisa. No sabía si le había dicho algo que le ayudara a entenderla, pero al menos se sentía más liviana. Temblorosa y débil, pero liviana. El nudo en su garganta parecía bajar a su estómago, que se encogía en retortijones. Pero al menos se había movido. Algo es algo.

Cuando levantó la mirada, la mujer la sonreía con comprensión e incluso dulzura. Ya no sentía tanta aversión a ella como había sentido al principio. Se notaba que era una persona empática.

- No tienes que sentirte culpable –le dijo con suavidad-.

Sarah la miró sin entender.

- Tienes miedo y te sientes culpable por ello, ¿verdad? –le explicó-.

Era increíble. ¿Se lo había dicho sin darse cuenta? ¿Lo había averiguado sola?

- No tienes que sentirte culpable –repitió-. Es normal que quieras alejarte de todo este horror.

- ¿Y que quiera alejarme de mis amigos y de Johnny? ¿Es normal? –preguntó llorando aún más-.

La psicóloga asintió lentamente con la cabeza.

- Es muy normal tener miedo. Y ellos ahora mismo te recuerdan a esa tragedia. Seguro que si hablaras con más gente te darías cuenta que no lo sientes solamente tú. Solo quieres alejarte de lo que crees que puede ponerte en peligro, y ahora tu mente relaciona a tus amigos y a tu novio con ese peligro. No significa que les quieras menos ni que seas cobarde. Solo que tienes miedo, como es lógico.

Parecía una tontería, pero oír eso de otra persona consiguió hacerle sentir mejor. Si había alguien más capaz de entenderla era porque ella no era tan perversamente incomprensible. Y había más gente que se sentía así, se lo había dicho.

- Creo que te vendría muy bien acudir a las sesiones grupales –al instante notó la reticencia de Sarah y apretó su mano, profundizando su mirada-. Hay mucha gente que está en tu situación y podría ayudarte. Y tú podrías ayudarles a ellos. Piénsatelo.

¿Hablar de algo íntimo delante de varios desconocidos, o peor, algunos conocidos? Bastante le había costado abrirse a esa mujer en solitario, no veía cómo podía expresar sus sentimientos más profundos a tantas personas...

OO—OO

Al día siguiente por la tarde estaba cayendo el diluvio universal. Los nubarrones que casi esconden la luna la noche anterior habían explotado justo encima de Hogwarts. James había dejado a Sirius, Peter y Grace para ir a buscar a Lily, que se había vuelto a escurrir con la excusa de ir a estudiar. Pero no la había encontrado ni en la biblioteca ni en su torre privada. Por un momento James consideró ir a buscarla a la enfermería; quizá había ido a visitar a Remus. Pero este había retrasado su salida ese día con la clara intención de estar solo, así que supuso que Lily no querría imponerle su presencia a la fuerza.

Frustrado, volvía a la torre de Gryffindor cuando una voz le llamó a sus espaldas. Al darse la vuelta vio a Chase Sttebins corriendo hacia él con la respiración agitada.

- Llevo un buen rato buscándote –dijo el chico cuando llegó hasta él, aún con la voz entrecortada-.

- ¿Ha ocurrido algo Sttebins? –preguntó James confundido-.

- Ya hablé con Rumsfelt sobre tu idea de una mini-liga. Le ha parecido buena idea.

- ¿En serio?

Era extraño. Después de considerar la idea que le había propuesto al Hufflepuff había estado seguro de que Rumsfelt se negaría por completar a nada que tuviera que ver con él. Era extraño que de repente decidiera involucrarse.

- Sí. Bueno, ya sabes que ellos también han tenido sus pérdidas, así que les parece un buen modo de homenajearles.

- ¡Es fantástico! –exclamó contento. Había estado seguro de que su idea se iría al traste-. Pues tenemos que ir a hablar con Dumbledore.

- ¿Por qué no vamos ahora? –Sugirió Chase-. He visto a Rumsfelt en la biblioteca con los de su clase. Podríamos ir los tres juntos.

Con un encogimiento de hombros James estuvo conforme. A fin de cuentas Lily parecía haber desaparecido por arte de magia, y cuando hacía eso era porque quería estar sola. Más tarde averiguaría qué bicho le había picado.

Efectivamente, Rumsfelt estaba en la biblioteca rodeado de amigos y libros, aunque no pareció sentir la interrupción en absoluto. Compartió un par de frases con Sttebins, pero por lo general se mantuvo callado durante todo el trayecto hasta el despacho de Dumbledore. James tampoco habló demasiado, la verdad. Era una suerte contar con Chase porque era alguien con quien era imposible llevarse mal. Pese a que los otros dos capitanes tenían un carácter muy fuerte y eran muy competitivos (lo que imposibilitaba que tuvieran una relación cordial), ninguno sentía ganas de enemistarse con el tejón. Haciendo memoria, James estaba seguro de que no encontraría a nadie en todo el colegio a quien le cayera mal. Tenía un carácter muy propio de los hufflepuff: Amistoso, conciliador y amable. No era competitivo, cierto, pero esas cualidades ya bastaban para que James le respetara.

Finalmente llegaron al despacho de Dumbledore, pero descubrieron con desagrado que este no estaba allí. Fue James quien accedió al despacho, privilegio que tenía por ser Premio Anual. Cuando informó a los otros dos, los tres se quedaron momentáneamente sin saber qué hacer, hasta que al propio Potter sugirió hablar con McGonagall, que por algo era la subdirectora y responsable del colegio en ausencia del director.

Afortunadamente ésta sí estaba en su despacho, aunque no parecía contar ese día con mucha paciencia para atenderles. Aun así, tras la insistencia de James, acabó aceptando a regañadientes hablar con ellos. A medida que le fueron contando su idea, su rostro variaba en expresiones. Por un lado estaba la ilusión, obvio viniendo de una antigua jugadora de quidditch y absoluta forofa de ese deporte. Por otro lado, emoción. Supusieron que era debido al motivo de dicha idea: Homenajear a los fallecidos. Era un sentimiento que ellos compartían. Pero lo más curioso fue ver un toque de censura en su mirada.

- ¿Algo está mal, profesora? –preguntó Derek, hablando por primera vez en toda la reunión-.

- No, señor Rumsfelt. Aunque me temo que hay algo que no han tenido en cuenta. La idea es buena, pero el profesor Dumbledore, y yo estoy de acuerdo con él, jamás aceptará este proyecto a no ser que incluyan en él a sus compañeros de Slytherin.

- ¿A los Slytherin? –preguntó James ofendido-. ¿Después de todo lo que han hecho?

- Debemos abogar por la paz entre las casas. Sobre todo después de lo ocurrido.

- ¿Van a obviar lo que han hecho? –preguntó Derek mucho más calmado que James, pero extrañamente con un tono más oscuro-. ¡Son asesinos! ¡Estuvieron matando a nuestros amigos!

- ¡Son mortífagos! –añadió Chase también profundamente molesto-.

McGonagall suspiró.

- Sé que el amargo descubrimiento de las actividades de algunos de sus compañeros puede provocar que pierdan la objetividad, pero les recuerdo que se trataba de un número pequeño de alumnos y que ya están fuera del colegio. El resto de los alumnos de Slytherin no puede pagar por los pecados de sus antiguos compañeros.

- ¡Si son todos iguales! –exclamó James alterado-.

- Es mi última palabra –sentenció la profesora cerrando la conversación-. Si quieren llevar adelante este proyecto les sugiero que lo hablen con la capitana del equipo de Slytherin, y vayan los cuatro a presentárselo al director.

Después de eso les indicó amablemente la salida y no les permitió seguir rechistando. Los tres salieron del despacho completamente irritados.

- ¡No pienso hablar nada con Hinkes! ¡Es un insulto sugerir que ellos participen en nuestro homenaje! –exclamó James una vez en el pasillo-.

- A mí tampoco me hace gracia, pero no nos deja muchas opciones –declaró Chase visiblemente disgustado-. A no ser que pasemos de la mini-liga…

- ¡Me niego a compartir cancha con ellos después de lo ocurrido! –sentenció James con firmeza-.

Después ellos dos miraron a Derek, que se había mantenido callado, esperando que él también se pronunciara. Éste tenía el ceño tan fruncido que parecía contar con una sola ceja. Parecía casi tan alterado como James, aunque cuando notó que le observaban les dedicó a ellos su expresión más odiosa y fría. Sobre todo a James.

- Da igual. De todos modos con el acuerdo que teníamos yo tampoco me sentía cómodo. Yo también me niego a compartir cancha con gentuza después de lo ocurrido.

Chase alzó las cejas con incredulidad, pues en ese momento no entendía que sacaran su animadversión cuando había cosas más importantes. Cuando fue a imponer la calma entre sus compañeros, el Ravenclaw se dio la vuelta y se marchó sin decir nada más. Miró a James sin entender nada. Éste también había comprendido que el mensaje de Derek iba para él más que para los Slytherins, y no lo entendía. Vale que no se llevaran bien, pero las tres casas siempre se unían contra Slytherin. Era una norma no escrita. Afinó la mirada con rabia y dio una patada en el suelo, sacando toda su frustración.

- ¡¿Y a ese qué coño le pasa ahora?! –le preguntó furioso a su compañero-.

Él no supo qué decirle.

OO—OO

- Alice, no deberíamos estar haciendo esto –susurró Dorcas Meadows mientras seguía a la aurora por una estrecha y oscura calle-.

- Dorcas, eres la persona más aburrida del mundo –respondió ésta usando el mismo tono que su amiga-.

Meadows resopló, pero decidió seguir a la joven antes de que cometiera una imprudencia (otra más para la colección). A esas horas de la noche un pueblo tan pequeño con Castle Combe estaba desierto y aparentemente tranquilo, pero el peligro acecha precisamente en lugares así. De lo contrario la pista no les habría llevado hasta allí mismo.

- Dumbledore te ordenó que, hasta nuevo aviso, estuvieras quietecita y obedeciendo órdenes. Lo que significa que nada de investigar por tú cuenta.

- ¿Cuándo he hecho yo caso de ninguna orden? –inquirió Alice rodando los ojos, inspeccionando la siguiente calle con cuidado antes de seguir avanzando-. Además, no tenías por qué acompañarme. Ya te dije que no quería meterte en problemas.

Dorcas suspiró frustrada, pero la siguió con la varita preparada. Por supuesto que no podía dejarla sola. Alice era tan impulsiva que algún día conseguiría que la mataran. Ella debía protegerla, tratar de ser su conciencia. Por algún motivo, pese a que Frank fracasaba estrepitosamente siempre que lo intentaba, siempre guardaba la esperanza de influir positivamente en su joven compañera. Había sido así desde que Alice entró en la Orden del Fénix, y Andrea y ella se pusieron tácitamente de acuerdo en convertirse en sus niñeras.

El tema de los castigos nunca había ido bien con Alice. Pensar que esta vez los respetaría había sido muy ingenuo por su parte (y del bueno de Frank, que no sabía nada de su aventura porque su mujer había esperado a que él tuviera guardia para llevarla a cabo). Probablemente Alice habría ido sola a ese pueblo si ella no le hubiera pillado infraganti con sus nuevas investigaciones. Porque la respuesta de Alice cuando trataban de cortarle las alas consistía en trabajar por su cuenta y no informar a nadie de sus progresos. Si solo no fuera tan brillante, no habría llegado tan lejos. Pero lo que había descubierto era importante, y no admitió esperar a informar a los demás antes de salir pitando hacia ese pueblo. Así que Dorcas no había tenido más opción que acompañarle y cuidarle las espaldas.

- Es esa casa de ahí –señaló Alice cuando atravesaron la última calle-.

Desde donde se encontraban podían oír el cauce del río fluir con calma. El edificio no se diferenciaba de todos los demás. Conservaba el estilo antiguo que tanto caracterizaba al pueblo, aunque la pequeña ventana rota del desván les dio la pista de que esta estaba abandonada por su dueño. Mientras Dorcas la inspeccionaba, Alice ya había cruzado la calle y estaba buscando el modo de entrar en la casa.

- ¿Es que no tienes ni un poco de auto-preservación? –susurró alterada colocándose justo detrás de ella-.

Alice la miró por encima del hombro con suspicacia, y con un movimiento de varita abrió la puerta, que chirrió. Dentro estaba oscuro y tranquilo, claramente deshabitado.

- Lumus. Homenium revelio. –susurró Alice iluminando la estancia con su varita. Allí no había nadie-. Está vacía, como yo suponía.

- Algún día te equivocarás y conseguirás que nos maten –le reprochó su compañera en el mismo tono bajo-.

- No digas tonterías, Dorcas. Jamás te pondría en riesgo. Sabes que siempre acierto.

Meadows rodó los ojos ante la complacencia de la aurora, y procedió a inspeccionar la sala por la su cuenta. Pareciera que la habían abandonado apresuradamente, pues todo estaba sin recoger, como si esperaran regresar en cualquier momento. En la gran mesa que ocupaba la mayor parte de la estancia se extendían un montón de frascos, papeles y calderos usados.

- ¿Cuántos laboratorios cómo estos crees que tendrán repartidos por todo el país? –preguntó observando la complejidad de algunas de las pociones que estaban allí-.

- ¿Los mortífagos? –preguntó Alice mientras escogía uno de los frascos y olía su contenido-. Cientos, probablemente. Ven un momento. ¿Reconoces este olor?

Dorcas se acercó con curiosidad y se llevó el frasco a la nariz, con cuidado. De inmediato arrugó la expresión ante el fuerte olor.

- ¿Es…? –preguntó, con miedo a terminar su pregunta-.

Alice asintió.

- Eso me ha parecido. Quizá deberíamos llevarnos algunas muestras para analizarlas.

- Si es cierto que lo están fabricando, significa que están más avanzados de lo que creíamos. Y que son más peligrosos.

Su compañera no dijo nada, pero la sensación de desánimo que se apoderó de ambas hablaba por ellas. Alice suspiró y sacó un pequeño filtro del interior de su capa.

- Recojamos las muestras antes de que vuelvan. Tenías razón. Debimos avisar al resto de la Orden antes de venir. Es obvio que esto nos supera…

OO—OO

A los tres días de la luna llena, Rachel por fin despertó. Fue difícil, se sentía como si le hubiera pasado encima una manada de thestrals. Tenía el cuerpo lleno de arañazos, el cuello le ardía horriblemente y estaba segura de haberse roto un brazo en esa fatídica noche. Pero ya sabía lo que nadie quería decirle. El misterio había sido resuelto. No había habido experimento, no le habían encerrado en una sala con un licántropo a punto de transformarse por malvada diversión. Ella era el licántropo. Lo supo desde el momento en que su cuerpo comenzó a retorcerse y a convertirse.

No le dolió, afortunadamente. Fuera lo que fuera lo que le había inyectado ese hombre de ojos azules (aunque su confusa mente sospechó de la misma sustancia que últimamente Dumbledore le proporcionaba a Remus) al menos se evitó el calvario físico y la pérdida de conciencia. No sabía qué era peor. Jamás se había imaginado cómo debía sentirse Remus esas noches, cómo serían los dolores y qué diferencias había con la poción matalobos aparte de conservar la mentalidad humana. Cuando supo lo que él era se asustó. Era un monstruo, pensó. Después de estar varias noches sin dormir e investigar más sobre licántropos que sobre otra cosa en su vida, decidió que él solo era una víctima de las circunstancias. Que un chico tan dulce y tímido como él no podía simplemente ser una bestia inhumana. Y después utilizó los esfuerzos de sus amigos y los propios para poder estar con él esas noches, compartir su dolor. Pero jamás se detuvo a pensar mucho en ese dolor. Quizá porque le daba miedo, o quizá porque era más fácil pensar en otra cosa.

Pero en ese momento sí pensaba en ello. Porque no le había dolido, al menos la transformación, pero ser consciente en todo momento de lo que ocurría también había sido un gran calvario. Ignoraba por qué en esos días de semi-inconsciencia en ningún momento relacionó la mordedura del licántropo con una posible transformación. Jamás pensó que ella se convertiría en "eso". Y después de esa noche, de haber vivido y experimentado aquello, estaba segura de que había perdido el último rastro de inocencia que le quedaba. Jamás volvería a ver el mundo de la misma manera. Y el mundo tampoco la vería a ella igual.

Ahora estaba marcada, señalada. Había podido observar las caras de asco y repulsión de los hombres y mujeres vestidos de blanco que la observaban al otro lado del cristal. La odiaban. Les repugnaba. Ahora podía comprender la amargura en la mirada de Remus. Jamás volvería a sentirse segura mirando a nadie a los ojos. Aunque no supieran su secreto (el que compartiría con Remus con mucho menos entusiasmo del que había usado hasta ahora), seguro que captaría una superioridad en los demás al observarla. Porque había descendido en la escala evolutiva. Ya no era un ser humano, ni siquiera una bruja. Podría seguir haciendo magia, pero no era lo que más le caracterizaba. Ahora era una licántropa.

Los primeros minutos sintió un dolor terrible en el cuello. Parecía que le iba a explotar, pudo oler su sangre caer al suelo. Después, cuando aquello remitió y parecía que seguía viva, corrió desesperadamente por la habitación buscando una salida (no sabía si del lugar o de ese cuerpo que no era suyo) y se golpeó con frustración contra las paredes. Se detuvo cuando notó que le dolía lo que debía ser su brazo. Esa pata asquerosa y peluda, que seguro que estaba rota. Jamás miraría a un lobo, ni siquiera a un perro, con la misma benevolencia. Entonces se recostó en el suelo y fijó la mirada en el gran reloj que ocupaba la pared de la estancia al otro lado del cristal. Contando los minutos para que aquello pasara. Y para ignorar esas miradas críticas de odio. Solo había un par de ojos más compasivos, aunque quizás esa no fuese la palabra. Ese hombre de ojos azules seguía allí, en una esquina. Mirándola en silencio, expectante. Al menos no había asco en su mirada. Con eso poco ya bastaba para hacer la diferencia.

Cuando despertó, tres días después, esos ojos también estaban allí. Fueron lo primero que vio cuando abrió los suyos. Parecía la habitación de un hospital: Pequeña, blanca y aséptica. La cama era incómoda, de hierro y con un colchón pequeño que hacía que los alambres se le clavaran en la espalda. La silla donde estaba sentado el hombre parecía mantenerse en pie como por arte de magia. Sobre todo porque el movimiento brusco que hizo al verla despertar debió haberla estampado contra el suelo, y no fue así.

- ¿Cómo te encuentras, Rachel? –le preguntó con voz suave-. No temas, lo peor ya ha pasado. Has sobrevivido. Te recuperarás.

En su cara había una sonrisa que Rachel tuvo ganas de borrarle de un golpe. Pero se contuvo. Sobre todo porque sentía que no podía moverse. Definitivamente se había roto el brazo derecho y, sin duda, la herida del cuello aún estaba muy mal porque los vendajes eran ridículamente gruesos. No podía moverse mucho.

- Me llamo Benjy Fenwick, quizá me recuerdes de la otra noche. Trabajo para Dumbledore, él me ha encargado tu seguridad hasta que estés completamente sana –titubeó un poco, pero después de pensar unos segundos pareció decidirse-. Soy miembro de la Orden del Fénix. Seguimos cuidándote.

Aquello sí llamó su atención. Ante un nombre conocido su corazón comenzó a bombear más deprisa. Pero la ira también llegó. ¿Cuidándola? ¿Tan bien como lo hicieron con sus padres? No gracias, ella sabía buscar la muerte solita. Su mente se vio invadida por un odio hacia ese grupo de "salvadores" que ni siquiera sabía que sentía. Ni siquiera cuando murió su madre le había inundado un sentimiento así. Si hubiera tenido fuerzas le habría echado las manos al cuello para demostrarle lo poco que le importaban los cuidados de la Orden.

- Supongo que tendrás muchas preguntas sobre lo que ocurrió la otra noche –continuó el hombre ignorante de sus pensamientos. Ella consiguió resoplar. Por desgracia le había quedado todo muy claro-. Te las responderé todas, no te preocupes. No debes temer por tu vida. Pero primero debes descansar. Aún estás muy débil y esa herida en el cuello merece atención y descanso. No trates de hablar.

No podía hacerlo, y por primera vez lo agradeció. Así no dejaría salir todos los insultos que tenía atascados en la boca. Porque odiaba a la Orden, odiaba al propio Dumbledore, odiaba al mundo. Pero, por encima de eso, lo que temía era quedarse sola e indefensa. Así que era mejor que una herida en el cuello le impidiera dejar salir ese gruñido que se formaba en su pecho con rabia.

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En Hogwarts el día ya estaba en marcha. Todos se encontraban desayunando con la agitación que correspondía a esos días. Acababa de llegar el correo y ya habían visto a una chica de Hufflepuff salir corriendo del comedor entre lágrimas, mientras que dos hermanos de Gryffindor estaban peleando a voces por el contenido de una carta. Lily fue a poner orden, pero enseguida McGonagall se encargó del alboroto y la pelirroja volvió a sentarse al lado de James para continuar desayunando en silencio. Este y Peter intentaban sacarle una sonrisa a Remus, que estaba algo ausente. Así seguía desde la pasada luna llena, y sospechaban que seguiría de ese modo hasta que Dumbledore se dignara a decirles cómo había pasado Rachel la noche. Remus estaba apático, pero de vez en cuando atendía a sus chicos y forzaba una sonrisa, como queriendo asegurarles que todo iba bien. Solo estaba algo preocupado, pero no volvería a alejarse de ellos. Esas sonrisas ya les merecían la pena a sus amigos, que por su bien trataban de comportarse con la máxima normalidad posible. Quizá quedaba algo forzado, porque todos estaban preocupados, pero era mejor eso que andar llorando continuamente por las esquinas.

Sirius esa vez estaba participando menos. Desde la llegada del correo estaba más pendiente de Grace, que se había callado al recibir carta de sus padres. La tercera en tres días. Jamás le escribían tanto. Por la expresión pensativa de su rostro mientras la leía y su ausencia después, mientras desayunaba, supuso de qué iba el tema. Aunque realmente no había mucho más. Los señores Sandler se habían obsesionado con marcharse del país y no dejarían de presionar a su hija. Y Sirius creía ver una parte de Grace que verdaderamente quería huir. No podía culparla, él también quería verla a salvo. Pero esperaba que se le quitara de la cabeza la idea de que él la acompañara.

Grace revolvía sin ganas su café mientras observaba con desgana la carta que descansaba en la mesa, delante de ella. No había probado bocado. Él quería quitarle esas preocupaciones de la cabeza, al menos por un lado. Tenía que ocurrírsele algo para que su rubia se distrajera un poco. Que dejara de darle vueltas a esa cabecita. De todas formas no iba a solucionar nada. El curso no acabaría hasta dos meses después, era absurdo comerse la cabeza por lo que ocurriría entonces. Antes tenían los EXTASIS. Podía pedirle a Lily que la distrajera con eso. Sesiones de estudios intensivas con Lily Evans y de ocio intensivo con Sirius Black. Así no tendría tiempo de preocuparse por otras cosas.

Al verla a punto de hacer espuma al café con tanta vuelta le dio una ligera patada en la pierna por debajo de la mesa. Grace se sobresaltó un poco y le miró interrogante, a lo que él se metió un bollo entero en la boca y se lo enseñó completamente masticado. Ella puso cara de asco y luego se rio.

- ¡Qué asco, Sirius!

Pero se había reído. Era lo que contaba. Terminó de tragar y la guiñó un ojo con descaro, sacándole otra risa. Los momentos de ocio con Sirius Black siempre merecían la pena, y eso que este era para todos los públicos. Cuando entraran en zona restringida ni siquiera se acordaría de que fuera había una guerra.

De pronto una lechuza tardía cruzó el Gran Comedor y se posó delante de Lily, que la miró extrañada. No era la suya, y tampoco la reconocía. Tenía pinta de ser una de las lechuzas de la escuela. Compartió una mirada extrañada con James al tiempo que la soltaba de la pata del animal y la desplegaba. Remus, que había estado aguantando la respiración, se inclinó hacia delante. Lily había leído por encima el contenido y le detuvo con un gesto en la mano.

- No es nada sobre Rachel.

Remus volvió a sentarse en su sitio, alicaído. James se inclinó sobre el hombro de Lily para leer el contenido de la misiva, y ella se la pasó tan pronto como acabó con ella. Dio un par de bocados más a sus tostadas y se limpió con la servilleta. De mientras, James se ponía al corriente, reconociendo al instante la estilosa caligrafía de Dumbledore.

Queridos Lily y James:

Acudid a mi despacho cuanto antes para hablar sobre el tema que nos ocupa estas últimas semanas. Ya es el momento de ponerle término.

Atentamente,

Albus Dumbledore.

- Es de Dumbledore –informó Lily poniéndose de pie-. Tenemos que ir al despacho, por el tema de las cajas.

- A ver si ya acabamos con esto –suspiró James incorporándose tras ella-.

- Prongs –le llamó Remus antes de que se marcharan-.

James le hizo un gesto despreocupado.

- No te preocupes. Me enteraré de qué ha pasado con Rachel. Aunque ya te he dicho que es bueno que no tengamos noticias. Si fuera algo malo lo habríamos sabido enseguida.

Remus suspiró, algo incrédulo. Lo cierto es que no sabía qué creer. Peter, Grace y Sirius les hicieron un gesto para animarles mientras ellos emprendían la marcha hacia el despacho del director. Parecía que por fin ese episodio iba a ver el final.

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Peter se había saltado la segunda clase. James y Lily no habían vuelto del despacho de Dumbledore, y Sirius y Grace habían desaparecido "misteriosamente" tras el desayuno. La verdad, no le apetecía quedarse él solo con Remus y Jeff. Eran dos almas en pena y él nunca había sido bueno para levantar los ánimos. No si tenía que ser él el que hablara en vez de, simplemente, añadir cosas a los comentarios de James. Además, no es como si Remus le prestara mucha atención cuando estaban en clases. Y Jeff prácticamente no lo hacía tampoco fuera de ellas.

Total, que decidió que ya que iba a suspender los EXTASIS (según McGonagall y medio profesorado) al menos podía pasar una mañana más entretenida. Pero, por desgracia, sus esperanzas de cogerle prestada la escoba a James habían fallado porque este la tenía bajo llave. Así que, en vez de volver a clase fingiendo que su dolor de estómago inventado se había pasado, decidió ir a dar una vuelta por los terrenos. No hacía mal tiempo, aunque en abril la temperatura aún era demasiada fresca en esas latitudes. Si se paseaba por la zona de los invernaderos con cuidado no le pillarían.

Y en ello estaba. Había pasado por la cocina previamente y se había surtido de una buena cantidad de dulces que iba degustando mientras paseaba tranquilamente por la parte de atrás de los invernaderos, pensando en la reunión de James y en lo que les dirían. Todos querían saber cómo terminaría el tema de las cajas. Parecía interesante. En el invernadero número 3 había clase, así que trató de pasar lejos de la puerta o las ventanas. Sin embargo, estas estaban abiertas y podía oír los ruidos de la lección. Mandrágoras. Las reconocería en cualquier parte. En segundo curso se pasó tres días en cama con un intenso dolor de cabeza por culpa de ellas. Se apartó molesto por el sonido y se acercó al otro invernadero, que parecía vacío.

Pero no lo estaba. Enseguida pudo notar que, al menos, dos personas estaban conversando entre susurros. Intrigado, se subió encima de una ruinosa pila de piedras y se asomó por la ventana más cercana. Reconoció a la primera chica, aunque solo la había visto una vez antes. Esa mañana. Era la alumna de Hufflepuff que había salido llorando del comedor tras recibir una carta. Seguía llorando, aunque parecía más calmada. Y otra chica, que debía ser su amiga, estaba sentada a su lado dándole la mano.

- Se pondrá bien, ya lo verás –decía esta última mientras la chica se secaba las mejillas-.

- Eso espero. Ya está mayor para estos sustos. Si me hubiera marchado del colegio cuando mi padre lo sugirió no se habría preocupado tanto. Mi madre me ha dicho que estaba muy alterado desde lo de Hogsmeade.

- ¡Pero no puedes irte del colegio! Seguro que tu abuelo sale pronto de San Mungo. Solo ha sido un amago.

- Ya, pero su corazón no está bien...

La amiga parecía dispuesta a discutir, pero guardó unos instantes de silencio hasta que pareció encontrar las palabras adecuadas.

- ¿Tú quieres irte de verdad?

- No lo sé...

En ese momento Peter decidió que ya había escuchado demasiado de una conversación ajena. La gente se estaba yendo. En poco más de un mes Hogwarts había perdido poco menos que la mitad de su alumnado. Entre los que seguían heridos y los que se habían marchado con sus familias, el colegio se había reducido enormemente.

Y de nuevo ese gusanito que odiaba se abría paso en su estómago. ¿Quería irse? Quizá. Había tenido mucho miedo con lo ocurrido en el ataque, pese a que él no había visto casi nada. Pero cuando fueron a buscar a James... Realmente pensó que no saldría vivo de allí. Tenía sudores fríos cada vez que lo recordaba. Entonces quiso dejarlo todo y poner tierra de por medio. No le importaría ser uno de sus alumnos forzados por sus padres para abandonar la escuela. Como excusa sería perfecta, porque así no quedaría como un cobarde delante de sus amigos. Ellos parecían todos tan dispuestos y valientes que comparado salía perdiendo muchísimo. Gisele ya se había incorporado, y James, Lily, Sirius y Remus lo harían en cuanto pudieran. Tenía sus dudas con Grace y con Rachel, pero las veía con más arrestos que los que veía en sí mismo.

Su padre le habría sacado del colegio al día siguiente del ataque. Pero su madre era más dura. Solo le había mandado una carta diciéndole que ya sabía por Dumbledore que estaba bien, por lo que no se preocupaba. Y ya está. Cierto que nunca le escribía durante el curso, pero con algo así supuestamente debería haberse alterado un poco. Esa mujer de hielo, únicamente obsesionada porque sacara el mejor potencial y se alejara de las malas influencias, solo se preocupaba porque estuviera bien físicamente. En ningún momento le preguntó cómo se sentía, si tenía miedo, si quería irse a casa. No le había dado la opción de escapar en ningún momento.

Furioso consigo mismo por dejarse llevar otra vez por el miedo sacó de la bolsa un caldero de chocolate y lo engulló casi sin masticarlo. Era un Gryffindor, supuestamente debía ser valiente. ¿Por qué no lo conseguía? ¿Por qué se sentía un cobarde apestoso al lado de sus amigos?

OO—OO

- James, deja eso. En cualquier momento puede venir Dumbledore.

- Lily, él jamás tendría todos estos cachivaches si no quisiera que la gente los toqueteara –respondió su novio ajustando un telescopio de latón y apuntando a los terrenos-. ¡Mira, es Peter! El muy capullo se ha saltado las clases. ¿Ves lo que pasa cuando no estoy para ser una buena influencia?

Lily rodó los ojos y se sentó en la butaca frente a la mesa vacía del director. Les había citado cuanto antes, pero cuando llegaron el despacho estaba vacío y en su mesa había una nota indicándoles que había tenido que resolver algo urgente y que le esperaran allí. De eso ya hacía una hora. James, al ver que nos había conseguido hacerle sonreír, se sentó a su lado mirándola extrañado.

- ¿Estás bien, Lily? Llevas días rara.

- ¿Qué dices? –inquirió la pelirroja haciéndose la loca-. No seas paranoico.

- Vamos Lily, no me trates de tonto. Hasta Peter se ha dado cuenta de que me rehúyes y estás extraña conmigo.

Lily le miró a los ojos un segundo. Hacía días que no enfrentaba su mirada tan directamente. James estaba preocupado. Lo podía notar. Si algo tenía es que era tan transparente como un cristal, al menos para ella. Entonces, ¿por qué estaba dudando de él? ¿Por qué le costaba tanto enfrentarle y preguntarle por lo que le había contado Severus? Quizá es que tenía miedo de que parte de ello fuera verdad y se destruyera la imagen que tenía de James. Quizá es que le había idealizado tanto como anteriormente le había demonizado. No quería bajarle del pedestal.

James captó perfectamente la duda en su mirada, y apoyó la mano en su mejilla. Lily consiguió no apartarse.

- Vamos pelirroja, cuéntame qué pasa. Seguro que puedo ayudarte...

Lo más probable era que todo fuera mentira. Severus siempre había sospechado la verdad de Remus, al fin y al cabo siempre estaba siguiéndoles para descubrir cosas de las que poder chivarse. Quizá les había escuchado hablar de ello, o simplemente le había tendido la trampa y había hablado tan seguro para comprobar si ella se lo confirmaba. Y con sus gestos lo había dejado clarísimo. Había sido estúpida por dejarse engañar de nuevo.

- James, yo...

- Perdonad el retraso.

Dumbledore cortó su conversación con su aparición, cosa que Lily agradeció. A fin de cuentas, no quería confesarle a James que esos días había estado tan borde porque le había dado credibilidad a las palabras de alguien que había perdido toda su confianza. Afortunadamente, James se olvidó del tema y se centró en el director.

- ¿Quería hablar de las cajas, director? –preguntó-.

- Así es, James. Quería hablar con vosotros sobre su destrucción. Ya os dije que contaría con vosotros cuando llegara el momento, y este se acerca.

- ¿Le ayudaremos a destruirlas? –preguntó Lily algo emocionada-.

- Por supuesto. Necesito vuestra ayuda. A fin de cuentas, vosotros habéis sabido entenderlas mejor que nadie. Sobre todo tú, Lily.

Ante la sonrisa de orgullo del profesor ella se sonrojó un poco.

- Entonces, ¿en qué consistiría?

- Es un complicado ritual –explicó el anciano-. También estarán los dos creadores que les quedan a las cajas, Bernard y Leonard. Y yo mismo, por supuesto. Aunque aún debemos esperar unas semanas más para llevarlo a cabo.

¿Por qué? –preguntó James, algo contrariado. Querría acabar con esa historia cuanto antes-.

- El ritual debe realizarse en la plenitud de la luna nueva. Y tendremos que aprovechar que se va a bajar la vigilancia al señor Duncker para no tener encima de nosotros a todo el ministerio alemán.

James y Lily sonrieron levemente por lo que eso significaba. Pronto se celebraría el nuevo juicio del padre de Jeff, y tenía muchas posibilidades de salir absuelto. Sería una alegría para su amigo después de tantos disgustos. Dumbledore se paseó por su despacho. No había llegado a sentarse en ningún momento.

- Bien. Solo quería informaros para que estéis preparados. Asumo que los dos sois buenos en encantamientos, ¿no? –los dos asintieron en silencio y el director sonrió-. Perfecto. Por si acaso practicadlos un poco estas semanas. Os vendrá bien para lo que tenemos que hacer. Ahora ya podéis iros a clase. Ya habéis perdido dos horas y no seré yo quien os quite de acudir a Encantamientos hoy.

Pero los dos continuaron sentados, algo indecisos por lo rápido que les había despachado.

- Esto, profesor... –dijo Lily algo dubitativa-. ¿No tiene ninguna información sobre Rachel? Ya sabe, la luna llena y todo eso.

Dumbledore abrió los ojos por completo.

- ¡Por supuesto! Perdonad por mi despiste. Últimamente tengo muchas cosas en la cabeza. El señor Lupin estará de los nervios.

- La verdad es que sí –admitió James-.

Dumbledore sonrió serenamente.

- Pues tranquilizadle. Rachel está bien. Necesitará aún varios meses para sanar, pero ha superado la primera luna llena, que era la que entrañaba riesgos. A partir de ahora solo le queda recuperarse del todo.

Y, aunque para los dos fue evidente que estaba ocultándoles las peores cosas, se conformaron con saber que Rachel estaba bien de salud. Sabían y comprendían que para ella sería duro, pero preferían centrarse en su bienestar hasta que pudieran apoyarla psicológicamente.

- Gracias –le dijo Lily-. A Remus le gustará saberlo. Bueno, a todos.

- Lo sé. Estén tranquilos, está en buenas manos. Ahora idos a clase antes de que os perdáis la tercera hora.

- Director, yo quería comentar algo con usted –le interrumpió James de nuevo cuando Lily ya se estaba marchando-.

- Si es por vuestra idea de una mini-liga de quidditch, ya me la comentó la profesora McGonagall –le informó Dumbledore, adelantándose-. Y opino como ella. Me parece una buena idea siempre que involucren en ella a sus compañeros de Slytherin.

- ¡Pero profesor! –protestó James-.

- Lo lamento, pero creo que esta discusión ya la has tenido con la profesora. En estos tiempos debemos abogar por la unión entre las casas. Tú, como premio anual, especialmente. Mi decisión es firme, James. Si queréis seguir adelante con la idea debéis venir a hablar conmigo los cuatro capitanes.

Parecía que James iba a seguir protestando enérgicamente, pero Lily le agarró del brazo y le empujó fuera del despacho.

- Mejor dejarlo así –le dijo mientras bajaban las escaleras-. Dumbledore puede ser muy cabezota. Y, por mucho que me cueste, tiene parte de razón. Tú y yo tenemos que intentar poner paz entre las casas.

- Lily, no me seas sacapuntas. Es imposible poner paz después de lo ocurrido. ¿Te quieres olvidar de Kate, de Sadie?

- ¡Claro que no! –exclamó ella frunciendo el ceño-. Solo digo que hay entre ellos personas que no tienen la culpa de nada. Y que también están pagando. ¿Conoces a Emmeline Vance? Va a sexto.

- No, no la conozco –reconoció James molesto, viendo por dónde iban los tiros-.

- Ella jamás ha comulgado con eso de la sangre limpia. Nunca se ha llevado bien con la mayoría de los miembros de su casa. Y ahora resulta que sus amigos no la hablan por pertenecer a Slytherin. La culpan de lo ocurrido cuando estoy segura de que ella ni siquiera apoyaría algo así.

James la miró irónicamente, sin creerse una palabra.

- Hablo en serio, James. No podemos ser tan elitistas como ellos.

Aunque tenía varias cosas que decir a eso, prefirió callarse y bufar un poco solamente. Lily parecía muy convencida de lo que hablaba.

- Trata de llevar este proyecto a buen término, ¿de acuerdo? Nos vendrá bien a todos que por una vez seas un buen ejemplo.

Y para demostrarle que bromeaba se levantó sobre sus talones y le dio un beso en la mejilla, antes de colgarse de su brazo para seguir caminando. James se resignó a obedecerla en esa ocasión. A fin de cuentas, parecía que su Lily había vuelto. Ya no estaba recelosa y volvía a ser la novia cariñosa de siempre.

OO—OO

Un día de mierda, pensó mientras se dirigía al comedor a la hora del almuerzo. Precedido por un día de mierda y seguramente seguido por otro día de mierda. Así era la vida de Regulus últimamente. Pese a que por fuera parecía seguir siendo el mismo, por dentro todo había cambiado. Ese día había marcado toda su vida, y no solo porque Sadie hubiera muerto. Ahora todo estaba patas arriba. Sus pensamientos también eran para su hermano, al que no había podido matar y el que le odiaba más que nunca.

Lo único en lo que había cambiado es que ya no permitía que sus compañeros de curso le acompañaran como si estuvieran rodeando a alguien tocado por Dios. Ya se había cansado de eso. Le había dejado de hacer gracia desde el momento en que vio matar a la primera persona. No era un juego, era real. Y no era tan brillante y heroico como había pensado, desde luego. No se sintió más libre cuando vio caer a ese compañero suyo, en el que jamás se había fijado. Su muerte no había reportado nada bueno para la vida de Regulus, pero él estaba seguro de que jamás la olvidaría.

- ¡Black! ¡Ey Black!

Escuchó a alguien gritar su apellido, pero durante unos segundos no pensó que se dirigirían a él. Rara vez le llamaban a gritos por los pasillos. Sus amigos eran suficientemente educados como para esperar a estar más cerca de él en vez de pegar voces como borregos. Y, además, con esos gritos solían dirigirse más bien a Sirius. Pero al no oír la perruna voz de su hermano responder a voces se dio la vuelta con curiosidad.

Claramente se dirigían a él porque ni Sirius ni su cuadrilla estaban cerca. Cuando reconoció al sujeto que le requería abriéndose paso por la multitud, se extrañó sobre manera. ¿Qué podía querer de él Chase Sttebins? La curiosidad le pudo y se detuvo a esperarle.

- ¿Me llamabas a mí? –preguntó extrañado cuando su compañero se le acercó-.

- Sí. Te estaba buscando –el tejón debió ver su cara de incredulidad, por lo que añadió-. Tengo que comentarte algo.

Regulus chasqueó la lengua. Sttebins no era de las personas que buscaba enfrentamientos pero últimamente se le había enfrentado gente que tampoco solía buscar pelea en situaciones normales.

- No creo que tengamos nada de qué hablar, Sttebins. No quiero peleas.

- No vengo buscando jaleo –rebatió el muchacho rodando los ojos-. Me caracterizo por ser un poco gilipollas y quiero pensar que tú no tienes nada que ver con las actividades de algunos compañeros tuyos. Al menos siempre me pareciste más inteligente que ellos.

Golpe bajo. Le hacía un elogio al tiempo que le lanzaba una indirecta. Muy inteligente por su parte. Regulus no dejó que sus emociones se reflejaran en su cara. Una persona inteligente no tenía por qué ser buena persona, eso lo tenía claro. Así que no entendía el porqué de la confianza de Sttebins. Claramente estaba equivocado. Pertenecía a una casa en la que eran tan confiados que a veces caían en la estupidez. Anda que creer que él no estaba metido en todo aquello...

- Entonces, ¿qué tienes que hablar conmigo? –preguntó mirándole con cautela-.

- Pues verás. Es sobre quidditch. Los capitanes de los otros tres equipos hemos tenido una idea, y McGonagall nos obliga a incluiros en ella.

Regulus arqueó las cejas extrañado. Lo último de lo que esperaba hablar esos días era de quidditch. Sin embargo, Chase le fue explicando toda la idea y cómo se habían desarrollado los acontecimientos.

- ¿Los demás están de acuerdo en incluirnos en vuestro proyecto? –preguntó con recelo-.

Chase dudó un poco llegados a ese punto.

- Realmente no. Yo tampoco estoy muy contento, si te soy sincero. Pero es la única forma de que nos dejen llevarlo a cabo. Los equipos de Gryffindor y de Hufflepuff hemos perdido a personas. Creemos que es la mejor manera de homenajearles.

Sí. Sadie estaba en el equipo de Gryffindor. Solo recordarla ya le provocaba un pinchazo en el pecho. Sin embargo, una parte irracional de él le dijo que verdaderamente sería una buena manera de despedirse de ella. A fin de cuentas, no había prácticamente nada que Sadie amara más que el quidditch. Le gustaría algo así.

- Entonces, ¿qué dices? –le preguntó Chase al ver que se había quedado pensativo-.

Regulus asintió.

- Es buena idea. Pero, ¿por qué hablas conmigo? La capitana es Hinkes, yo no puedo decidir nada.

- Pero puedes hablar con ella –sugirió el tejón con convencimiento-. La verdad es que no quería tratar con ella, y además contigo se puede razonar. Quizá a ti te escuche.

Pues iba a necesitar mucha dosis de paciencia para conseguir convencer a Hinkes de algo así. Podía ignorarlo y decirle a Sttebins que no podía ayudarle, pero la imagen de Sadie en escoba ya se había implantado en su mente. Se mordió la lengua con nerviosismo y asintió con la cabeza.

- Haré lo que pueda. Pero no puedo prometerte nada. Es cabezota como una mula.

Sttebins se conformó con su intento. Él sabía que ya no habría nada que lo detuviera. Samantha debía claudicar como fuera. De todas formas, ya tenía una idea para convencerla, aunque sería difícil de todos modos...

OO—OO

Gisele cerró con desgana la puerta de casa. Había sido un día agotador, como de costumbre. Para colmo, la señora Sod le había obligado a quedarse en clase una vez que los demás se hubieron marchado. Quería entrenar con ella a solas, y para ello la tuvo tres horas más soportando estoicamente su ataques hasta que la dejó marchar. Ya era más de medianoche, aunque reconocía que se sentía satisfecha. Su insoportable entrenadora le había despedido con una frase muy típica de McGonagall, que era un insulto y un aliento a partes iguales: "Sinceramente, esperaba más de ti Mendes". Su profesora había sido experta en sacar su máximo potencial con ese tipo de provocaciones, por lo que la señora Sod no iba a quedarse atrás. A partir del día siguiente iba a ver lo que ella era capaz de hacer. No se atrevería a sentirse decepcionada, no se lo permitiría.

Se desplomó sobre el sofá, sintiéndose incapaz de llegar al dormitorio. Sospechaba que esa noche la pasaría allí. Solo consiguió fuerzas para descalzarse antes de que sus ojos se cerraran y se olvidara del mundo.

¡BOOM!

La fuerte explosión le hizo despertarse de golpe completamente desorientada. No sabía cuánto tiempo llevaba dormida, pero desde la ventana la luna seguía brillando en lo alto del cielo. Por un momento pensó que había tenido una pesadilla, pero pronto los gritos y las explosiones continuaron. Desde la ventana donde la luna se veía imperturbable, pudo captar el resplandor del fuego y el humo. Todo el edificio comenzó a temblar y hubo otra explosión más fuerte que las demás. Más cercana.

Se levantó de un salto, sacando la varita de su túnica y poniéndose a la defensiva. Los gritos esta vez se oían en su planta, por lo que decidió salir, tras ver el rellano despejado. Dos jóvenes a quienes no conocía salieron huyendo desde el fondo y pasaron a su lado, sin mirarla, para bajar corriendo por las escaleras. Confusa, dirigió la mirada hacia el lugar del que procedían y en segundos aparecieron tres figuras enmascaradas a las que reconoció de inmediato. Mortífagos. Los tres se reían y lanzaban hechizos contra las paredes, que explosionaban y hacían tambalear el edificio. Antes de que la vieran, Gisele salió corriendo escaleras abajo. Esperaba poder salir de allí antes de que todo se derrumbara.

Sin embargo, antes de llegar al piso de abajo se detuvo de golpe. ¡Cexic! ¡Había olvidado a su gato en casa! No lo dudó un segundo. Se dio la vuelta y volvió sobre sus pasos, sin importarle cruzarse con esos tres locos.

- ¡Mira, una despistada!

Una voz burlona se escuchó unos metros más arriba. Gisele no dudó de que refirieran a ella. Ya la habían visto, no había vuelta atrás. Además, un maullido apenado se escuchó más arriba. De perdidos al rio, enarboló su varita y la enfocó hacia los encapuchados.

- ¡Impedimenta! –gritó, previniéndose contra un posible ataque-.

El hechizo le dio a uno de ellos, pero hizo reír a los otros dos.

- Es casi insultante que te traten de frenar con un hechizo propio de críos de catorce años –comentó uno con voz divertida-.

Gisele volvió a ponerse en defensa y fue capaz de repelar un hechizo no verbal que le lanzó el tercer mortífago. Sin embargo, no estuvo lista para frenar el segundo ataque que sí escuchó a la perfección.

- ¡Crucio!

El nombre de la maldición le heló la sangre antes de que la tocara. Inútilmente, trató de moverse con rapidez para defenderse o esquivarla. Imposible. Un segundo después caía en el suelo presa del dolor más insufrible que jamás había sentido. Era como si mil cuchillos se clavaran en su piel, como si le estuvieran desgarrando las entrañas poco a poco. No supo cuándo se habían movido, pero vislumbró dos pares de pies deteniéndose cerca de su cabeza, y después al tercero de ellos, ya recuperado.

- ¡Para! A esta zorra quiero cargármela yo.

De inmediato la maldición cruciatus se detuvo, pero ella no pudo moverse. El dolor continuaba extendiéndose por su cuerpo. Casi agradecía saber que eso acabaría pronto. Consiguió girarse y tumbarse bocarriba. Quería que su asesino viera su cara, quería que le quedara claro que no tenía miedo. Que moriría valiente, como sus padres. Hizo lo imposible por no llorar y por mirarle directo a donde creía que estaban sus ojos, tras esas pequeñas ranuras de la máscara en la que cobardemente cubría su rostro.

Incluso creía percibir cómo el mortífago había sonreído al levantar la varita contra ella. Sin embargo, una bola de pelo gris se interpuso en su camino y se echó al cuello del mortífago, que trastabilló y cayó sobre su espalda.

- ¡Maldito gato!

Los otros dos se quedaron momentáneamente sorprendidos, pero enseguida se abalanzaron para quitarle a Cexic de encima. Uno agarró al gato por el pescuezo, que se retorció y le arañó con rabia. El mortífago le tiró contra la pared y su compañero gritó sin dilación:

- ¡Avada Kedrava!

- ¡No! –gritó Gisele, incorporándose de golpe e ignorando el dolor de sus músculos-.

El rayo mortal golpeó al pobre Cexic, que cayó al suelo desmadejado, sin vida. No había llegado a tiempo. La mirada cristalina en los ojos del gato que sus padres le habían regalado estaba fija, sin vida. El último miembro de su familia había muerto. Estaba sola.

Enfurecida, olvidó su varita y se abalanzó sobre el mortífago que había acabado con la vida de su fiel mascota. Tenía las de perder, pero solo le importaba hacer daño. Se agarró a su espalda como una garrapata y le mordió en el cuello con fuerza. Sería fantástico rasgarle la yugular. Acabar con un mortífago de forma muggle era la mejor venganza. No era justo que esos monstruos murieran con magia, debían perecer por aquello que más odiaban

Los otros dos mortífagos también parecieron olvidarse de sus varitas, porque se quedaron inmóviles, viendo su lucha. El tercero hizo lo imposible para quitársela de encima, aunque era incapaz de apuntarle con la varita. En un movimiento descoordinado, Gisele le alcanzó la mano y se la mordió con tal fuerza que le hizo soltarla. El mortífago gritó con frustración y empotró su espalda en la pared, aplastándola. En ese momento sus compañeros reaccionaron y se unieron a la lucha, separando a Gisele que seguía atacándole con uñas y dientes.

Lleno de furia, el mortífago le apretó el cuello y empotró su cuerpo contra la pared. En pocos segundos Gisele sintió que le faltaba el aire. Las imágenes pasaron a ser más borrosas, las máscaras perdían consistencia y los sonidos cada vez se oían más lejanos. Cuando creía que estaba muriéndose de verdad, de repente la soltó, y cayó de rodillas tosiendo en busca de aire.

- ¿Por qué me has hecho soltarla? –exclamaba una voz furiosa-.

No reconocía nada, su vista se había limitado a algunos colores inconexos. Los sonidos tampoco significaban nada para ella.

- El Señor Oscuro dijo que no quería muertos. Hoy no. Llevadles a todos al patio.

Hubo una breve discusión pero enseguida notó como la hechizaban y obligaban a seguirles escaleras abajo. Sintió el frío de la noche en la cara en cuanto salieron a la calle. Allí los gritos y lloros continuaban. Era evidente que no les dejaban marcharse de allí, estaban rodeados. La dejaron tirada entre la muchedumbre, pero antes de dejarla sola el enmascarado le propinó el fuerte bofetón que le dio vuelta a la cara. Sintió el sabor metálico de la sangre correr por su boca al partirse su labio inferior. Le tomó con fuerza del mentón y le obligó a mirar su cara oculta.

- Ya nos volveremos a ver.

Era una promesa. Le quedó clarísimo todo lo que no decía con esa frase. Afortunadamente, el mortífago se marchó dejándola sola. No supo quién le ayudó a incorporarse, pero agradeció que le ayudaran a mantenerse en pie. Se sentía menos indefensa al estar a la altura de todos los demás. Sin embargo, esa sensación duró poco. A su alrededor, todos empezaron a gritar más fuerte. Supo que algo más grave había pasado, por lo que se llenó de valor y buscó el motivo de la histeria colectiva. La visión le heló la sangre.

Era él. El mismísimo Voldemort. Estaba en lo alto del edificio frente al suyo, que estaba derruido, y de su varita salían terroríficas lenguas de fuego que lanzaba contra las indefensas víctimas. Cuando terminó, todos estaban rodeados de una inmensa cortina de fuego, sin posibilidad de escapar. Entonces enarboló la varita como símbolo de fuerza ante los aterrorizados ojos de sus oponentes. Cuando empezó a hablar, su voz sonó con fuerza en el oído de todos. Los estaba hablando directamente dentro de su cabeza, era espeluznante.

- No quiero derramar sangre mágica- decía con su voz afilada-. No quiero desperdiciar vidas esta noche. El Ministerio de Magia os ha reclutado engañados, os obliga a morir por una mentira. Esta no es una guerra entre magos. Esta es una guerra entre magos libres y aquellos que defienden a los que nos oprimen. No tenéis por qué perder la vida por los impuros que nos obligan a vivir alejados y escondidos, sin ocupar nuestro lugar en este planeta. No quiero sesgar vuestro futuro. Podría hacerlo en un minuto, conozco cada secreto vuestro, cada miedo y debilidad. Pero no quiero acabar con sangre mágica, y no será necesario si os unís a mí. Uníos a mí en nombre de la magia. Uníos a mí para ver el mundo del futuro, para pertenecer al bando vencedor. Si no lo hacéis, todos y cada uno de vosotros acabará sucumbiendo a mi poder.

El silencio invadió a los presentes. El mensaje había calado hondo. Gisele pudo ver a varios de sus compañeros temblar y mirarle con verdadero pánico. Otros tenían la boca abierta, como si hubieran interiorizado sus palabras y comenzaran a creerlas. Algo en su interior le dijo que en los próximos días vería muchas bajas en esos proyectos secretos que estaba realizando el Ministerio. Ya eran pocos de por sí, pero sospechaba que la resistencia se reduciría cada vez más.

Mientras los jóvenes se miraban los unos a los otros asimilando las palabras del hombre más peligroso del mundo mágico, un bombardeo se escuchó desde un lado del círculo de fuego. Al ver correr a los mortífagos Gisele supo que la ayuda estaba en camino. Después del caos, unos minutos después pudo ver llegar a los aurores. Los mortífagos les superaban en número, pero estos iban ganando terreno. Gisele pudo distinguir los uniformes de los aurores y de los aprendices. Los habían convocado a todos. Pese a que buscó a Anthony entre ellos, no pudo localizarle. Al que sí vio de lejos derrotando a dos mortífagos al mismo tiempo fue a Edgar Bones, por lo que supo que la Orden del Fénix se había unido a la ayuda.

Con ese impulso de ver a ciudadanos anónimos colaborar contra Voldemort, algunos de sus compañeros también se animaron a luchar. Aunque eran muy pocos. La mayoría seguía apretándose unos contra otros muertos de miedo, buscando un resquicio para huir. Gisele buscó su varita en la túnica y se lanzó hacia adelante. Solo se detuvo un segundo para observar dónde estaba Voldemort. Le tranquilizó ver a Dumbledore mantenerle a raya. Afortunadamente ese día había acudido. El mundo mágico estaría perdido sin ese hombre.

Apenas pudo participar activamente. Quiso estar cerca de los miembros de la Orden, pero había perdido de vista de Edgar y solo vislumbraba a Marlene y Fabian. Ambos colaboraban a la perfección, era difícil meter baza en su lucha perfectamente coordinada. Se limitó a dejar fuera de juego a los mortífagos que los demás ya habían dejado tocados. La lucha perdió parte del sentido cuando Voldemort aprovechó un momento en que Dumbledore le dejó respirar para desaparecer. Los mortífagos se veían más desconcertados, más dispersos. Poco a poco también todos ellos fueron desapareciéndose.

Cuando el último de ellos se fue, reinó una calma muy extraña. No había silencio, solo que los gritos habían dejado lugar a los llantos y a las respiraciones agitadas. Ella también sucumbió al llanto cuando por fin se relajó. Y no fue hasta que escuchó una voz conocida gritar su nombre.

- ¡Gisele, Gis!

Con los ojos empañados giró la cabeza en todas direcciones hasta que por fin le vio venir, con su nuevo uniforme de aurores. Estaba bien. Tenía un corte en la mejilla pero por lo demás estaba bien. Ella no debía tener tan buen aspecto porque cuando llegó hacia ella le tomó de la cara con suavidad.

- ¿Quién ha sido? –preguntó con rabia, saboreando cada sílaba-.

Ella negó con la cabeza llorando, incapaz de hablar. Solo quería que la abrazara. Con fuerza. Enterró la cabeza en su cuello y balbuceó torpemente.

- Quiero irme de aquí.

Tony la abrazó con más fuerza y respiró hondo.

- Claro que sí. Nos vamos.

OO—OO

El cielo no llegó a amanecer ese día. Tronaba con fuerza y los rayos impactaban repetidamente en los terrenos iluminando la oscura espesura del bosque. Era un día para quedarse en la sala común, con una taza de chocolate caliente y leyendo junto al fuego. Pero no era para andar por los fríos pasillos llenos de corriente. Lily tuvo un escalofrío cuando el viento se coló por el resquicio de una ventana y le despeinó la melena, soplándole en la nuca. James, al verlo, le pasó el brazo por los hombros. Ambos marchaban solos al Gran Comedor, algo tarde para el desayuno.

- Parece que se vaya a caer el cielo –comentó la pelirroja apretando la capa contra su cuerpo mientras aceptaba encantada el abrazo de su novio-.

- O a partirse en dos –añadió James escuchando un potente trueno que parecía capaz de reventar el cielo-.

Según se fueron aproximando al Gran Comedor descubrieron que la tormenta no era el único estruendo que había ese día. Había un volumen de murmullos y conversaciones muy superior al usual, incluso en los tiempos que corrían en los que las malas noticias estaban a la orden del día y rompían la calma de Hogwarts. Al traspasar las puertas descubrieron que muchos de sus compañeros estaban de pie hablando entre ellos e intercambiándose de mesa para comentar lo que fuera que hubiera ocurrido con los miembros de otras casas. Algo preocupados, ambos buscaron con la mirada a sus amigos para que les pusieran al corriente de lo ocurrido. Cuando vio la cabeza de Sirius sobresalir por encima de los demás, James tomó la mano de Lily y la arrastró hacia allá.

- Ey Padfood, ¿qué ocurre? –preguntó preocupado una vez llegó hasta donde su mejor amigo conversaba con otros compañeros de otras casas-.

- Pues no es tan grave como parece al ver este jaleo –le tranquilizó su amigo rodando los ojos, dando a entender que él también se había preocupado-. Por lo visto anoche los mortífagos atacaron Londres. Y su jefecillo estaba con ellos.

- ¡¿Cómo?! –exclamó Lily alterándose al momento-. ¿Y dices que no es grave?

- Tranquila, pelirroja. No hay que lamentar víctimas, por eso lo digo. Al menos es mejor que otras veces. Lo que pasa es que ha sido en el centro de Londres y ha habido mucho jaleo.

- Dicen que hacía mucho tiempo que no peligraba tanto el estatuto del secreto como ahora, con lo ocurrido anoche –comentó uno de los chicos con los que Sirius había estado hablando. Un chico de Ravenclaw con fama de listillo-. Tienen que borrarle la memoria a miles de muggles que vieron el ataque y que salieron heridos. Es una locura.

- Pero afortunadamente no han matado a nadie –dijo otra chica, perteneciente a la casa de Hufflepuff, con cara de alivio-. Ha sido muy aparatoso porque han destruido edificios enteros, pero nada personal. Menos mal. Mi familia vive cerca de allí, casi me da algo cuando lo he leído.

- ¿En qué parte ha sido? –preguntó James con curiosidad-.

- Cerca del Ministerio, aunque curiosamente allí ni se han acercado –dijo Sirius con tono sospechoso-. No creo que sea casualidad.

Lily iba a preguntarle a qué se refería, pero detrás de él vio venir al resto de sus amigos y esperó a que estuvieran todos juntos para enterarse mejor del asunto. Remus llevaba en la mano un periódico que ella miró con avidez. Estaba deseando leérselo de arriba abajo para saber qué había ocurrido exactamente. No es que no se fiara de Sirius como fuente, pero prefería informarse por sí misma. A su lado, Grace parecía impresionada por los acontecimientos. Pero lo peor fue ver la cara de Peter. El pobre estaba pálido y el miedo se podía leer claramente en sus ojos. Al buscar a otro de sus amigos con la mirada, Lily descubrió a Jeff sentado en la mesa junto a Nicole y sus amigos. No parecía haberse dado cuenta de su presencia ni les buscaba, por lo que decidió no esperarle a él.

- No hay víctimas –dijo Remus cuando llegó junto a ellos, levantando el periódico como prueba-.

- Lo sé, ya nos lo ha dicho Sirius –le informó la pelirroja-.

- Es curioso que hayan montado tanto jaleo para no matar a nadie, ¿no creéis? –comentó Grace mordiéndose nerviosamente el labio inferior-.

- Es exactamente lo que yo opino –respondió Sirius, de nuevo con su voz sospechosa-.

En ese momento Lily se dio cuenta de que los chicos que habían estado hablando con Sirius se habían marchado a hablar con otros compañeros. Eso le dio más libertad para hablar como quería.

- ¿Por qué decís eso?

Miró a Sirius pero fue Remus quien le contestó.

- Porque es extraño. En un ataque de esas magnitudes lo normal es que haya alguna víctima. Los aurores y demás ayuda hacen lo que pueden, pero dudo que puedan evitar todos los asesinatos en un ataque tan masivo. Da la sensación de que si no ha muerto nadie es porque anoche no buscaban matar.

- ¿Entonces, qué podrían querer? –preguntó James evidentemente tan perdido como ella-.

- Distracción –dijo Sirius con seguridad-. Todo esto ha sido al lado del Ministerio, pero a este no le han dañado. Han destruido edificios y asustado a cientos de personas, muchos de ellos muggles. Da la sensación de que quieren ponérselo difícil al Ministerio para mantenerle ocupado. Tal vez planeen algo gordo y necesitan tener distraída a la oposición.

- Y creo que Dumbledore ya ha pensado en ello –añadió Grace señalando con la cabeza la silla del director, que esa mañana estaba vacía-. No creo que esté colaborando con los desmemorizadores. Seguro que trata que ese desgraciado no se salga con la suya.

- ¿Ninguno os habéis parado a pensar en la otra posibilidad? –preguntó Peter hablando por primera vez. Su voz parecía muy fina, era evidente su miedo-.

- ¿Qué otra posibilidad? –preguntó Remus extrañado porque su amigo hubiera caído en algo en lo que él no hubiera pensado-.

Peter le arrebató el periódico, leyó por encima el artículo que hablaba del incidente y rápidamente les señaló un párrafo que le parecía notable.

- "Los edificios atacados, viviendas especiales ocupadas por magos, se encuentran en pleno centro de Londres, cerca del Ministerio de Magia. Desafortunadamente, también están rodeados de edificios muggles que, al igual que los nuestros, fueron conscientes de lo ocurrido en todo momento" –leyó en voz alta-.

Después se detuvo y les miró, esperando ver su reacción.

- ¿Y? –preguntó Sirius encogiéndose de hombros-. Eso ya lo sabíamos.

- No –respondió el más pequeño irritado-. "Viviendas especiales ocupadas por magos". No es muy normal que haya edificios enteros ocupados solo por magos en pleno centro de Londres. ¿No creéis que puedan ser las viviendas que han destinado a los trabajadores de esas unidades especiales? A lo que se fue Gis, por ejemplo.

Tardaron unos segundos, pero poco a poco todos se dieron cuenta de lo que quería decir. Grace se llevó las manos a la boca, horrorizada.

- ¿Creéis que Gis habrá estado allí? –preguntó con miedo en su voz-.

Peter tragó saliva nervioso. Solo pensar en eso le ponía histérico. Tenía miedo. Llevaba varias semanas sintiendo miedo por todo, odiaba esa sensación.

- Pero está bien –añadió Remus aún con la incredulidad impresa en su rostro-. No ha habido víctimas. Estará bien.

- Vale que no hayan matado a nadie pero eso no signifique que ella esté bien –protestó Peter con tozudez-.

- Por supuesto que lo está –insistió Sirius-. Si hubiera algún problema lo habríamos sabido ya. Somos ya expertos para saber que las malas noticias vuelan.

- Pero también es raro que no nos haya escrito para decirnos que está bien –insistió el rubio-.

- Estará ocupada en otras cosas, Peter. No tiene por qué tenernos informados como si fuésemos sus padres –le espetó James con más brusquedad de la que pretendía. Pero Lily había empezado a temblar al pensar en las palabras de Peter y tenía que cortar eso de raíz-.

Peter le miró aún asustado, pero cerró la boca. Con una mirada de advertencia James les dejó claro a Sirius y Remus que debían mostrarse positivos con ese tema. Gisele estaba viva, eso lo sabían fijo. Si estaba herida, seguro que no era de consideración. No podían saberlo con exactitud, pero todos habían sufrido en sus carnes la rapidez con que las malas noticias llegaban a Hogwarts. La ausencia de noticias era, en sí misma, una buena noticia.

- ¡Potter! –exclamó una voz detrás de ellos-.

- ¿Y ahora qué? –preguntó James impaciente, girándose de golpe-.

Chase Sttebins se detuvo en seco al oír su tono.

- ¿Nos hemos levantado con mala leche, eh? –comentó con una ceja enarcada mientras se acercaba los últimos pasos, en absoluto intimidado-.

- Perdona Sttebins, hemos empezado mal el día –se disculpó James en un gesto magnánimo que no tenía con tanta gente-. Las malas noticias se te atragantan con el desayuno-.

El Hufflepuff miró de reojo el periódico en manos de Peter y asintió.

- Sí, vaya susto. Menos mal que se ha quedado en nada. Pero vamos, que lo que quiero comentarte es otra cosa. Acabo de hablar con McGonagall. Dumbledore ha decidido aprobar nuestra mini-liga.

- ¿En serio? –preguntó James cambiando su estado de ánimo de golpe-. Pero, ¿cómo?

- Pues…

Sttebins dudó antes de continuar. James se puso en guardia al instante, porque ese chico podría tener muchos defectos pero no era una persona indecisa.

- Verás. Al final los Slytherin participarán. Era necesario, y ellos han accedido.

- ¿Cómo que han accedido? ¿Ha hablado McGonagall con ellos? ¿O has sido tú?

- Alguien tenía que hacer el papel malo, Potter –protestó Sttebins poniéndose a la defensiva-. Solo nos dejarían hacerlo con su participación, y si tengo que unirme a los bebés mortífagos para homenajear a Elice y Darrell lo haré. Pensé que tú lo podrías entender, también has perdido a una jugadora.

Eso fue un golpe bajo. James estaba dispuesto a discutir y protestar cuanto hiciera falta pero la mención de Sadie le cerró la boca. Es cierto, ella merecía su homenaje aunque él tuviera que tragarse el odio por un rato.

- Supongo que tienes razón –murmuró entre dientes, a lo que Chase se relajó-.

- Qué raro que las serpientes hayan aceptado, ¿no? –comentó Sirius metiéndose en la conversación-.

Chase se encogió de hombros.

- Eso pregúntaselo a tu hermano. Yo lo hablé con él y él convenció a Hinkes.

- Algo tramará –sospechó Sirius tensando su rostro al oír mención de Regulus. Grace le dio un pellizco en el brazo para que dejara el tema-.

De todos modos, Sttebins ya no le escuchaba pues había vuelto a hablar con James sobre todo lo que había pensado hacer y lo que le había informado la profesora McGonagall. Enseguida todos empezaron a hablar de dicho torneo con evidente emoción. Era un gran modo de homenajear a todos sus compañeros, cosa que le gustaba hasta a Lily.

Menos a una persona. Peter no entendía cómo habían podido cambiar de tema con esa facilidad, como si el ataque a Londres fuese el pan de cada día y como si Gisele estuviera perfectamente y lejos de todo aquello. Pero no era así. No estaba lejos y nada les aseguraba que estuviera bien del todo. El miedo se estaba apoderado de su corazón. ¿El también estaría tan expuesto como ella cuando saliera de Hogwarts? ¿Cómo podía librarse de ello? ¿Por qué los demás no parecían tener miedo? Eran misterios que no podía entender. Quizá fuese el peor de todos ellos, pensó mientras aún seguía agarrotado y sus amigos se reían de algo que el capitán de Hufflepuff había dicho y que él no había oído.

OO—OO

Hasta dos días después ninguno pudo reunirse con el director, pero Dumbledore sacó un rato en cuanto pudo para recibir a los cuatro capitanes de quidditch. Ante todo quiso dejar claro su apoyo al proyecto y la magnífica idea que le resultaba.

- Debo deciros que me parece un magnífico gesto que, en estos tiempos tan tristes, hayáis decidido uniros las cuatro casas para organizar un merecido homenaje a vuestros compañeros –les dijo una vez estuvieron todos reunidos-. Es precisamente en momentos así cuando debemos demostrar una unión sin fisuras. Estoy muy orgulloso de vosotros por superar las rencillas superficiales y haberos quedado con lo verdaderamente importante.

Por las caras de sus alumnos, ellos no compartían el orgullo. Los capitanes de las casas de Gryffindor y Ravenclaw, James Potter y Derek Rumsfelt, parecían tener el mismo entusiasmo por participar con su compañera de Slytherin, quien estaba claramente apartada de los otros tres con expresión asqueada. En medio de los dos primeros, Chase Sttebins mostraba estar profundamente incómodo. Había sido él quien había llegado a un acuerdo entre todos, pero aun así temía llevarse la peor parte por tratar de hacer un imposible: Unir a las cuatro casas en un objetivo común.

- ¿Habéis pensado ya cómo vais a formar los equipos? –preguntó Dumbledore realmente interesado en el proyecto-.

- ¿Qué hay que pensar? –preguntó Samantha Hinkes de una forma más que brusca-.

- Bueno, señorita Hinkes. Los equipos, en mayor o menor medida, han quedado diezmados y ninguno está al completo.

- Pero ninguno por las mismas causas, director –dijo James fulminando a la capitana de Slytherin con la mirada-.

Ésta rodó los ojos con gesto hastiado, pero no se dio por aludida. Era evidente que Potter se refería a Amanda y a los Carrow, a los que echaría de menos como golpeadores solo por la mala uva que le ponían a todos sus golpes. Pero ella solo pensaba que la falta que más echaba en falta no estaba en el equipo de quidditch. Y era con eso con lo que el idiota manipulador de Regulus Black le había convencido.

- El caso –dijo Dumbledore en un tono de voz que no admitía réplicas-, es que ningún equipo está al completo y eso da oportunidades muy innovadoras.

- ¿Qué clase de oportunidades? –preguntó Chase, con miedo a que todo se desmadrase y le cayese encima. Por la tensión que había en los cuerpos de James y Derek esto era más que probable-.

- ¿Qué os parece la idea de mezclar los equipos? –preguntó el director con entusiasmo. Con demasiado entusiasmo-.

- ¿Cómo? –preguntó Derek medio incorporándose-.

Solo el toque de su compañero de Hufflepuff evitó que se levantara y se enfrentara directamente al director. Al lado de ellos, James miraba a Dumbledore como si éste estuviese borracho.

- ¿Está bromeando? –preguntó sin creerse lo que estaba oyendo-.

- Por supuesto que no, James. Sería una gran oportunidad para hermanar las cuatro casas. Eso es lo que haremos. Sortearemos los miembros de los equipos entre las cuatro casas formando cuatro equipos mixtos, y para los puestos que falten Madame Hooch hará una selección imparcial entre los miembros de todas las casas. Me parece una buena idea.

Era el único al que se lo parecía. Dumbledore era un hombre positivo y entusiasta, pero no era en absoluto estúpido. Por ello no podía simplemente ignorar la mirada de odio que le dedicaba Derek Rumsfelt. O la ira asesina que invadía la cara de Samantha Hinkes. O el desconcierto que sentía Chase Sttebins. James lo sabía, y por ello no sabía qué pensar. Dumbledore sabía que un hermanamiento entre las casas era impensable, y menos en esos tiempos con los acontecimiento recientes. Pero el viejo se traía algo entre manos. Por ello no se dejó llevar por el sentimiento que le invadía, que tenía tanto en común con el de Rumsfelt que le asqueaba.

Cuando los cuatro fueron despachados con la facilidad de siempre, aún estaba pensando en qué estaría planeando el director. Quizá fuese simplemente un soñador que buscaba paz entre las casas, un idealista, un loco, como decía mucha gente. Al cerrarse la puerta tras ellos, Samantha se volvió hacia los otros tres con el rostro lleno de furia.

- Quiero dejar claro que no me vais a intimidar con vuestra pose de chulos. No me hace gracia compartir esto con impuros y traidores como vosotros, y solo lo hago por obligación.

Los pensamientos de James volaron en ese momento. Sacó la varita y apuntó a la chica, que ya se alejaba a grandes zancadas por el pasillo. Una vez más, Chase fue el conciliador y le sujetó ambos brazos al cuerpo, aprisionándole.

- ¡Aquí no! –le exclamó al oído-. No vale la pena arriesgar la mini-liga. Es lo que pretende ella. Que se joda y participe en el homenaje de los nuestros, es la humillación que se merece.

- Además, tú eres experto en joder mejor a los demás sin que te pillen, ¿verdad, Potter? –comentó Derek con desgana, sin haber cambiado sin expresión enfadada-.

James tuvo la tentación de pagar su frustración con Rumsfelt. Hacía mucho que no discutía con él, pero sería maravilloso lanzarle un buen hechizo. Sin embargo, esa vocecita de la conciencia a la que siempre ignoraba por fin ganó una batalla. Encuadró los hombros y logró que Sttebins le soltara. Hinkes ya había desaparecido por el pasillo.

- No sé para qué coño participa en esto si no quiere hacerlo.

- ¿Alguien puede culparle por no querer compartir aire contigo, Potter? –respondió Derek mirándole con asco mientras también se ponía en marcha-. Ni siquiera a Hinkes le voy a discutir eso.

James se quedó momentáneamente sin palabras, lo que Derek aprovechó para alejarse rumbo a la torre de Ravenclaw. Un tick furioso invadió su ojo derecho mientras veía a ese chulito sabiondo marcharse con evidente mala leche.

- Te juro que cualquier día me olvido de la varita y le pego un buen puñetazo.

Detrás de él, Chase suspiró apoyándose contra la pared.

- Lo que no sé es cómo me las apaño siempre para quedar en medio del fuego cruzado –se lamentó, prediciendo un torneo desastroso-.

OO—OO

Samantha llegó a la sala común de Slytherin dando un portazo. Todos los presentes se giraron a mirarla, pero la evidente furia que invadía a su capitana evitó que nadie hiciera ningún comentario jocoso. Con una rápida inspección a la habitación enseguida localizó a Regulus Black que escuchaba aburrido la conversación de algunas chicas de su curso. En tres zancadas había llegado hasta él y le había levantado bruscamente, llevándose las quejas y reproches de sus compañeras.

- ¡Te juro que no te lo voy a perdonar! –exclamó furiosa-.

- ¿De qué me hablas? –le preguntó molesto mientras le obligaba a soltarle y se alisaba la túnica con las manos-.

- ¡De ese puto torneo! ¿De qué si no? ¿Qué coño hago yo participando en ese circo repleto de impuros?

Regulus la mandó callar mientras miraba a todas partes para comprobar quién les estaba oyendo. La tomó del brazo y la apartó a un rincón.

- ¿Quieres dejar de llamar la atención? –le dijo furioso por su falta de discreción-.

- ¿Qué más te da? Nadie va a decir nada. Aquí todos pensamos igual.

- No todos –comentó él señalando con la barbilla a Mary Gibon, que leía distraídamente un libro a unos metros de ellos-.

Samantha entrecerró los ojos al ver a su compañera.

- Si no te fías de ella, ¿por qué no dejes que me encargue de ella como decía Alecto? Es otra como Vance, una cobarde amiguita de impuros.

- Ten cuidado a quien señalas –le advirtió Regulus-. Emmeline ha dejado clara su postura, pero de Mary solo tenemos conjeturas. Si la acusamos en falso podemos estar en problemas. Los Gibon no se andan con tonterías con respecto a su honor.

Samantha chasqueó la lengua molesta, y Regulus captó cómo se le abrieron las fosas nasales al inspirar molesta.

- Entonces, ¿cómo ha ido la reunión? ¿El viejo Dumbledore está contento? –preguntó-.

La capitana rodó los ojos molesta.

- Extasiado. Me tiene harta, no sé cómo me he contenido. ¿Por qué narices me has convencido para esto? Yo no quiero homenajear a los sangre sucia. Esos muertos están bien muertos.

Regulus hizo un esfuerzo para que sus emociones no se reflejaran en su cara. Solo apretó más los labios, formando una fina línea. Samantha no se dio cuenta de que tenía ganas de apuntarle con la varita por la última frase que había dicho.

- Ya te lo he dicho –comentó con calma-. Es la única forma de limpiar nuestra imagen y apartar las dudas. Sobre todo vosotros, los de último curso. De mí no sospecha casi nadie, pero vosotros estáis en el ojo del huracán. Si participamos activamente en el homenaje a los caídos, el Ministerio nos quitará los ojos de encima. Al fin y al cabo ya tienen a sus acusados, no deberían seguir buscando.

- Estás hablando de nuestros amigos…

- Que hubieran tenido más cuidado. Por culpa de Amanda, por poco nos pillan a todos.

Samantha le fulminó con la mirada pero no le discutió. Sin embargo, sí bufó con fuerza.

- No quiero homenajear a los sangre sucia –repitió frustrada-.

- Ya te lo he dicho, piensa que lo haces por Dulcy y aprieta los dientes –le aconsejó-.

- Ellos jamás permitirían un homenaje a Dulcy –protestó-. Es por ellos. Como siempre.

- Cuando ganemos la guerra haremos todos los homenajes que queramos a nuestros caídos –dijo Regulus tratándola de animarla-. Pero hasta entonces debemos sobrevivir en medio de ellos. Nosotros sabemos que lo hacemos por Dulcy, es lo que importa.

Ella asintió con la cabeza no del todo convencida. Bufó de nuevo.

- Quieren que mezclemos lo equipos, ¿sabes? Hacer un sorteo y hacer equipos mixtos con las cuatro casas. Podría acabar jugando con cualquier sangre sucia o cualquier mestizo.

Regulus se quedó momentáneamente sin palabras. No se esperaba algo así, y dificultaba un poco la situación. No sabía cómo controlaría a Samantha en ese caso, y menos si no les tocaba en el mismo equipo. Pero algo se le tendría que ocurrir. No es como si a él le emocionara la posibilidad de acabar en el mismo equipo que Potter o Grace.

- Mantengamos la calma. Quizá Dumbledore lo ha hecho para provocarnos, para conseguir que nos delatemos. El viejo es así de retorcido. Aguanta hasta después del torneo y estaremos libre de sospecha.

- No sé si podré…

- Podrás si no quieres acabar en Azkaban con los demás –dijo él categóricamente-.

Samantha supo por su tono que la conversación había terminado. Se resignó y se despidió aún molesta, desapareciendo rumbo a la habitación. Desganado, Regulus se dirigió con parsimonia hacia el sillón donde minutos antes había estado aguantando la perorata de las amigas de Yaxillia. De camino, miró de reojo a Mary Gibon y vio cómo ella apartaba la mirada y la volvía al libro. ¿Les habría oído? De nuevo, la incertidumbre se adueñó de él. No sabía qué pensar de esa chica. ¿Estaría claramente en su contra como Emmeline Vance, o simplemente quería retrasar su entrada en los mortífagos porque era una cobarde? A Samantha no le faltaba la razón con que tenía unas amistades cuestionables. Tenía amigos en las cuatro casas, alguno de ellos mucho menos que recomendables para su condición. Pero tampoco se atrevía a acusarla solo por eso. Por algún motivo, no le emocionaba echarle los lobos encima a una chica como esa.

OO—OO

El salón era de un estilo completamente recargado. Los muebles eran de tacto áspero y de aspecto envejecido, la lámpara (aparentemente muggle) era grande y aparatosa y todo estaba lleno de tapetes. Los mismos que su abuela tejía con varita y aguja mientras vigilaba que ninguno de sus nietos se rompiera la crisma jugando a ser magos adultos. Gisele recordaba con nostalgia esos tiempos en Santo Domingo mientras revolvía sin ganas el té que la abuela de Anthony le había servido. Habían pasado dos días desde el ataque, pero las manos aún le temblaban al recordar la filosa e impersonal voz de ese ser que era el responsable de todas sus desgracias.

No había podido volver al apartamento, no se sentía capaz de estar allí sola de nuevo. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo insegura que era su posición, de lo fácilmente que podían dar con ella y acabar con su mísera existencia. Veía a cámara lenta cómo caía desmadejado su pequeño Cexic, ese gatito que sus padres le habían comprado con apenas unos meses de vida cuando ella partió a Hogwarts. El rayo verde se reproducía en su mente continuamente, con una perfección que le asustaba. Y no podía parar de preguntarse si sus padres habrían caído de la misma manera, si su último instante en ese mundo había sido tan grotesco como ahora se imaginaba.

Sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo entero y dejó la taza sobre la mesa. Mejor asegurarse antes que derramar el té por el sofá de los señores Bones. Esos señores le habían recibido con los brazos abiertos, casi sin preguntas. Ni siquiera le habían pedido que hablara demasiado durante el tiempo que le duró el shock. La primera impresión que tenían de ella iba a ser muy mala, desde luego. Durante el tiempo que había estado allí no había visto a los padres ni a los hermanos de Anthony, por lo que supuso que aún no había vuelto a hablarse con ellos. Sintió un peso en el pecho al pensar en ello, aunque era egoístamente. Los padres de Anthony le habían tratado maravillosamente cuando murieron sus padres, y le habría venido bien su apoyo en esos momentos de incertidumbre.

Sus cavilaciones se interrumpieron cuando la abuela de Anthony llegó de la cocina con un plato de pastas y se sentó junto a ella. Le palmeó la pierna con afecto y le sonrió.

- ¿Qué tal te encuentras hoy? Tienes mejor aspecto.

- Estoy mejor, gracias. Por todo.

Con ese todo abarcaba todo lo que habían hecho por ella esos días y, probablemente, lo que seguirían haciendo hasta que reuniera fuerzas para volver a su solitario apartamento. La anciana señora le sonrió con cariño y se acomodó mientras le ofrecía las pastas. Gis tomó una tímidamente. Aún se sentía un poco cohibida cuando se encontraba a solas con ella.

- ¿Sabe si Tony volverá pronto? –preguntó, por decir algo-.

Ella había vuelto del ministerio hacía ya dos horas.

- No creo que tarde en llegar.

Otro silencio incómodo. Y eterno. De repente, la abuela de Anthony se giró hacia ella con resolución.

- ¿Ves esa foto? –comentó señalando un marco con tres personas riendo en ella-.

Eran un hombre joven, en la veintena, y dos niños (un chico y una chica) mucho más pequeños. Gis asintió, distinguiendo a Edgar Bones como el mayor de los tres.

- Mis hijos. Edgar, el mayor, Amelia la mediana, y Robert, el más joven. Tuve a Edgar mucho tiempo antes que a los otros dos y siempre fue muy maduro para su edad. Especialmente después de que nacieran sus hermanos. Pero también fue siempre muy impulsivo. Tony se parece mucho a su padre.

Gis asintió sin saber qué tenía que decir. La señora Bones parecía haberse ausentado mirando esa vieja fotografía.

- A Amelia le irá bien. Es una chica inteligente, aunque sea joven. Y Robert es muy despreocupado, pero también tiene la habilidad de huir de los problemas. No temo por él. Pero mi hijo mayor se ha metido de lleno en una guerra que cada vez veo peor. Y su hijo sigue sus pasos. No pude frenar a Edgar, así que sé que lo que él intenta con Tony es inútil. Como poner barreras al campo. Pero ambos son tan testarudos que temo que cualquier día le pase algo a alguno y no se hayan vuelto a hablar por un malentendido.

Su voz se quebró en esos momentos y comenzó a llorar angustiosamente. Alarmada, Gisele le tomó de las manos y balbuceó un par de incoherencias. Llegó a esa casa hecha un mar de nervios, jamás pensó que ella tendría que consolar a nadie. Cuando la señora Bones se tranquilizó un poco le miró con los ojos azules que Anthony había heredado. También tenía su firme mirada.

- Tienes que ayudarme. Quizá a ti Tony te escuche. Tienes que convencerle de hacer las paces con su padre. Tú más que nadie tienes que entender que cuando ya es tarde es cuando te das cuenta de las cosas que se podían haber dicho y no se dijeron.

El recuerdo de la muerte de sus padres aún dolía. Con un nudo en la garganta, Gis asintió con la cabeza. Aunque no tenía ni idea de cómo conseguiría tal hazaña. Como invocado por las dos, Anthony llegó a casa en ese momento y su abuela se escabulló guiñándole un ojo a Gis. Esta se preguntó si no lo habría planeado todo, incluyendo la parte del llanto.

Tony se sentó a su lado con una sonrisa en la cara. Se notaba que había tenido un buen día.

- ¿Qué tal te ha ido hoy? –le preguntó robándole un poco de té-.

Se encogió de hombros.

- Normal, teniendo en cuenta que la entrenadora me odia. Ni siquiera se ha ablandado un poco después de lo ocurrido. Dice que nos vino bien para darnos cuenta de lo poco preparados que estamos.

- La señora Sod tiene una fama impecable en defensa. Seguro que con el tiempo…

- Es odiosa –le interrumpió en un tono que zanjaba la cuestión-.

Tony no insistió.

- ¿Os ha dicho algo más?

Gisele supo al instante a qué se refería. Suspiró con fuerza.

- Tenemos que volver a los apartamentos en dos semanas. Y no admiten protestas. Si queremos seguir en el programa tendremos que volver allí sí o sí.

Bufó evidentemente en contra de volver a un lugar que le había hecho sentirse tan vulnerable. Tony rio en voz baja.

- Siempre puedo volver yo contigo. Los dos juntos.

Su cara se iluminó de golpe.

- ¿Lo harías? –pregunto, esperanzada-.

Lo que hacía unas semanas le había resultado impensable ahora era más que deseable. Cualquier cosa antes que volver sola a ese lugar.

- Pero antes tendríamos que casarnos. No nos lo permitirían de otra manera.

Ella frunció el ceño demostrando su descontento. Otra vez con lo mismo.

- Gis, tengo diecinueve años. Tampoco el matrimonio es el sueño de mi vida en este momento. Pero es la única solución que veo. Si queremos vivir juntos bajo la protección del Ministerio debe de ser oficial.

Gis se dio cuenta de la trampa que era toda su situación. Miró a Tony evaluativamente, y se dio cuenta de que él decía la verdad. Casarse no era tampoco la ilusión de su vida. Así que no había más remedio. Tenían dos opciones: O continuar como hasta ahora, él en casa de sus abuelos y ella sola en ese apartamento maldito. O casarse, oficializar su relación, y por fin poder estar juntos y compartir con él ese horrible apartamento. Estuvo un rato pensándolo. No podría quejarse más tarde de que no lo consideró todo lentamente. Pero pocas soluciones le veía a su problema. Y no pensaba volver sola a ese lugar. Ni de coña. Le miró con lo que creyó que era una sonrisa convincente.

- Entonces está bien. Hagámoslo.

Para no ser una ilusión para él, Tony celebró su respuesta afirmativa con mucha más efusión que ella. La abrazó, la besó y rio de felicidad. De mientras, la mente de Gisele funcionaba a toda velocidad.

- Con una condición –le dijo, interrumpiéndole en su cháchara-. Quiero que soluciones las cosas con tus padres. No me queda más remedio que casarme sin mis padres, pero no pienso hacerlo sin los tuyos.

El rostro de Anthony demostró mucha menos emoción después de ese ultimátum.

OO—OO

Cuando James instó a Grace a sentarse con su novia en la clase de Encantamientos, Sirius no se quejó en absoluto. A fin de cuentas jamás renunciaba a compañía con testosterona. Pero sabía lo que pretendía James, así que rodó los ojos y prefirió fingir que escuchaba a Flitwick.

- Ni se te ocurra ignorarme, Padfood –le susurró James entre dientes mientras su pequeño profesor apuntaba los pasos del hechizo que practicarían ese día-.

- Prongs, eres mi hermano. Pero sigue dándome la lata con el tema y te aseguro que te maldigo.

Evidentemente James ignoró su amenaza. Debería empezar a cumplir alguna por una vez.

- Vamos Sirius, sin ti no será lo mismo.

- Paso de participar en ese torneo, Prongs. Sinceramente, creo que todo eso de la unión de casas es una bajada de pantalones en toda regla. Imagínate que acabo jugando en el mismo equipo que Hinkes. Yo a esa zorra no me acercaría ni aunque estuviera al borde de la muerte y ella fuera la única poseedora del elixir de la vida.

- ¿Crees que a mí me hace ilusión? Pero es la única manera de que Dumbledore nos deje hacer el torneo. Tenemos que hacerlo por Sadie y los demás.

- Bueno, pues yo paso de Sadie y los demás. No voy a participar en este irreal sueño húmedo de Dumbledore. No voy a fingir que todo está bien con esas asquerosas serpientes.

Y lo malo era que llevaba así desde que James le sugirió que se presentara a las pruebas para golpeador. Su amigo era el jugador más indisciplinado de la historia, pero golpeaba las bludgers con una fuerza que hacía temblar todo el estadio. Eso le dio un puesto en el equipo en cuarto año, cuando decidieron que sería divertido jugar juntos en el mismo equipo. James había entrado en segundo año y Grace consiguió el puesto a la vez que Sirius. Pero fue un año larguísimo en el que la capitana trató de amaestrar al más rebelde de los merodeadores, sin ningún éxito. Pese a su eficacia en el terreno de juego, fue una bendición para todos cuando al final de ese curso Sirius decidió que no podría aguantar otro año teniendo que hacer 3 prácticas semanales y seguir las órdenes de una chica muy mandona.

Pese a eso, James necesitaba un golpeador y un buscador, y lo necesitaba ya. Había confiado en convencer a su amigo, pero todo resultó en vano. Sirius estaba cerrado a ese aspecto.

- Al menos dime que serás el comentarista –le suplicó a la salida de clases, ya rendido de su primer propósito-.

Sirius bufó con sorna.

- Paso. Ya te he dicho que no quiero participar en ese circo.

- Pero no sería lo mismo sin ti.

Lily, Grace, Remus, Peter y Jeff, que iban con ellos al gran comedor, miraban a uno y a otro, pendientes de la conversación. El resultado era imprevisible. No había nadie más tozudo que Sirius, pero tampoco existía nadie más persistente que James.

- Dile a Dumbledore que comente él el partidito si tanta ilusión le hace –comentó Sirius sin dar su brazo a torcer-.

- Vamos, Pad, sé serio. Te lo estoy pidiendo de verdad.

- Y yo también –exclamó deteniéndose en mitad del pasillo, haciendo que los demás también se pararan-. Hablo muy en serio. No pienso participar en esa farsa y darles la excusa para que laven sus trapos sucios. ¡Ellos mataron a Kate!

Ante el nombre de su fallecida amiga todos contuvieron la respiración. La situación se había enfriado, si le provocaban un poco más ya no habría buenas palabras para nadie. El problema era que James también tenía su carácter y hubo algo que le sentó muy mal.

- ¿Crees que por eso hago esto? ¿Para darles una excusa para lavar su imagen? ¿Crees realmente que quiero bajarme los pantalones con este tema?

Ante su gélido tono Lily y Grace intercambiaron preocupadas una mirada. O detenían eso, o aquellos dos acabarían discutiendo. Y de verdad. Solo había habido un precedente de eso, pero nadie quería repetirlo. James Potter y Sirius Black eran uno solo, y ya habían comprobado que cuando se enfadaban el uno con el otro hasta el propio castillo notaba las consecuencias. Cuando Grace parpadeó un par de veces sin ideas, solo sabiendo que esa vez apoyaba cien por cien a James, Lily intervino con su habitual tono dulce.

- Por ella lo hacemos, Sirius. Por Kate. Porque, aunque sea poco, necesitamos tener un homenaje con ella. Con todos. Y si hay que juntarse con los Slytherins para obligarles, también a ellos, a hacerles el merecido homenaje, nos juntaremos. La humillación es de ellos, no nuestra. Nosotros mostramos nuestra cara al descubierto, son ellos los que tienen que esconderse y fingir. Con esto nadie se baja los pantalones, les humillamos y les obligamos a participar en el homenaje de quienes ellos odian.

Sirius miró a su amiga por unos momentos, interiorizando sus palabras. Al comprobar que se había quedado sin habla, Lily supo que había dado en el clavo. Más aún cuando éste gruñó en voz baja y continuó con su camino al Gran Comedor dejándoles atrás.

- Lo acabará haciendo –adivinó viendo alejarse la espalda tensa de su amigo-.

- Lo sé –comentó Remus realmente sorprendido-. Te faltaba tener mano con Sirius, Lily. Ahora ya puedes con todo.

Peter también la felicitó realmente sorprendido, y James aprovechó para darle un fogoso beso lleno de emoción. Cuando los cuatro amigos siguieron a Sirius hacia el comedor, Grace y Lily quedaron algo retrasadas. La rubia miraba a su amiga con sospecha.

- ¿Ahora sabes domar a Sirius? ¿Voy a tener que empezar a preocuparme?

Lily se echó a reír divertida. Su amiga la siguió poco después. La pelirroja tenía un don, no podían negarlo.

OO—OO

Una cosa estaba clara: Ella cocinaba de maravilla. Probablemente era lo único casero que sabía hacer, porque limpiar y ser ama de casa era un imposible para ella. No valía para eso. Pero cocinar le ayudaba a relajarse después de un día duro. Era famosa por sus comidas copiosas e imaginativas. Podía hacer casi cualquier cosa con los ingredientes que quedaran en la nevera. Menos esos días. Estaba torpe y desorientada. Ya había quemado la cena tres veces y había servido dos comidas intoxicadas en sal. Probablemente si probaban la extraña masa uniforme que había en esa cazuela acabarían los dos en San Mungo. Lo dejó sobre la cocina con un suspiro, frustrada.

- Alice –dijo Frank apareciendo por detrás de ella y asustándola-. ¿Sabes que estoy recuperando los kilos que he estado adelgazando desde que nos casamos? No podemos seguir yendo a comer a casa de mis padres. Mi madre me está cebando.

Ella se dio la vuelta enfrentándole con un bufido.

- Lo sé, perdona. No sé qué me pasa estos días. Parece que he perdido mi toque.

Frank la miró silenciosamente durante unos segundos antes de que la determinación se abriera paso en su rostro. Se incorporó y, tomándola de la mano, la arrastró hasta la mesa para que ambos tomaran asiento.

- ¿Qué te pasa? Llevas días callándote algo. Y no me lo niegues porque te conozco.

Con un suspiro, Alice se decidió a confesar.

- Muy bien. Esto es lo que pasa. Ya sabes que Dumbledore y Moody me suspendieron hasta nuevo aviso.

La cara de Frank se ensombreció. Debió haber imaginado que Alice no obedecería. Nunca lo hacía. Pese a su expresión de censura la dejó seguir hablando sin interrupciones.

- El caso es que el otro día escuché a Hopkins, el inefable, comentar que habían detectado presencia mágica en Castle Combe, pero que no les preocupaba en exceso. No sé por qué me mosqueó. ¿Qué hace un mago en un pueblo así? Es demasiado pequeño y completamente muggle. Así que decidí que había que echar un vistazo.

- ¿Fuiste sola? –la interrumpió Frank sin poder contenerse-. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no puedes ir sola a los sitios? ¡Hay que tener un compañero de apoyo!

- ¡Ya lo sé! ¡Fui con Dorcas! ¡En serio! –añadió cuando Frank evidentemente no le creyó la primera vez-. Y encontré el lugar. No era precisamente un tipo de magia que no debería preocupar.

- ¿A qué te refieres?

- ¿Te acuerdas de aquel laboratorio que encontramos en un sótano de Dublín el año pasado? –él asintió-. Este era como cuatro veces mayor. Y no solo eso.

Sin ahorrarse los detalles le comentó lo más preocupante del tema. Las diferentes pociones que habían descubierto en dicho laboratorio y los descubrimientos que, obviamente, habían llevado a cabo los mortífagos. Frank se iba preocupando más y más a medida que comprendía la envergadura de los avances de los seguidores de Voldemort.

- ¿Qué hicisteis con las pruebas que tomasteis? –preguntó cuándo su mujer terminó de relatarle todo-.

- Dorcas se los llevó para analizarlos. Sabemos que debemos decírselo a la Orden, pero no sé cómo hacerlo sin confesar que me salté las órdenes de Moody. Tú sabes tan bien como yo que no puede tenerme apartada mucho tiempo, Frank. Más aún si nuestras sospechas son ciertas.

Su marido asintió pensativo. No era partidario de darle alas a Alice, que ya se tomaba sus libertades ella sola. Pero si todo era tan grave como aparentaba la necesitaban en primera línea. Eso era indiscutible.

- Tranquila, se me ocurrirá algo. No podemos perder más tiempo con esto.

Alice se mostró solemnemente de acuerdo, contenta porque su marido hubiera utilizado la perspectiva y no se hubiese centrado en su desobediencia. Eran tiempos de preocuparse por los problemas reales, que cada vez eran más grandes.

OO—OO

Marzo dio paso a abril y este a mayo. El primer fin de semana del mes llegó el esperado, o no tan esperado, torneo. Las últimas semanas habían estado llenas de conflictos y discusiones. Y es que obviamente el reparto de los equipos no había gustado a todos. James había tratado de ayudar a calmar los ánimos lo máximo posible, al mismo tiempo que se convencía a sí mismo que podría soportar tener en su equipo a un Slytherin y a uno de los Ravenclaw más odiosos que conocía.

Al final fue fácil suplir a Sadie en el puesto de golpeadora. Bill, el hermano pequeño de Allan que casi consiguió el puesto de buscador a principios de curso, demostró tener la misma fuerza que su hermano. Juntos hacían una pareja de golpeadores increíble. Lástima que a la hora del sorteo separaron a Allan de su equipo original. Mientras éste tenía que incorporarse forzosamente al equipo de Slytherin, James tuvo el dudoso honor de añadir a sus filas a Jack Hamilton, el golpeador de Ravenclaw. Sobra decir que los entrenamientos se volvieron conflictivos a partir de entonces.

Ni siquiera la otra incorporación sorpresa fue tan problemática. Y eso que casi nadie quería en el equipo a Regulus Black como buscador. Tampoco es como si éste estuviera feliz de estar rodeado de miembros de Gryffindor, pero al menos no dio ningún problema extra. La colaboración de Grace sirvió también para calmar los ánimos. Lo que, por cierto, le llevó a una buena discusión con Sirius por confraternizar con el traidor de su hermano. Pese a que Nicole había conseguido recuperarse a tiempo y había accedido a jugar (obviando los consejos de Jeff), el sorteo había decidido colocarla en el equipo de Chase Stebbins. Al menos tuvo la suerte de conservar a Grace, Josh y Sarah, además del joven Bill. Su equipo fue el menos desmembrado, y eso se notó en los entrenamientos. Además, debía reconocer (aunque nunca en voz alta) que Regulus sabía lo que se hacía. Sin duda su punto débil eran los golpeadores, que no hicieron nada por tratar de llevarse mejor ni compaginar su juego.

Para evitar más enfrentamientos la señora Hooch decidió que ningún equipo llevaría el nombre ni los colores de las casas de Hogwarts. De modo que terminaron pasando a denominarse equipos negro, naranja, marrón y morado, dependiendo de la vestimenta que llevaran. Evidentemente esa decisión no le gustó a nadie y hubo airadas protestas que no llegaron a ningún sitio.

El día del torneo, James se estiraba con nerviosismo su túnica de color morado mientras veía a Ravenclaw (es decir, equipo negro) machacar a Slytherin (o equipo marrón). No le gustaba su túnica y estaba tratando de controlarse para no darle un puñetazo a Jack Hamilton, que se levantaba cada dos por tres a celebrar los goles de su equipo original mientras soltaba indirectas sobre el juego de Gryffindor. Los esfuerzos de Hooch eran inútiles. Solo con ver quién capitaneaba los equipos la gente ya decidía a posicionarse con la casa de siempre. No había unidad, no había una mierda de nada. Por lo menos no le había tocado vestirse la túnica naranja fosforito. El equipo de Sttebins era quien tenía que cargar con ello, y como el tejón era la persona más tranquila del mundo James no creía que estuviera muy molesto. Lo cierto era que éste había conseguido equilibrar bastante bien su equipo. Nicole, por ejemplo, se había integrado de maravilla.

La voz de Sirius (Lily había conseguido su objetivo) anunció el final del encuentro con la victoria de Ravenclaw de 225 sobre 75. Escucharle de comentarista era como volver a vivir los partidos cuando Hogwarts estaba completo y era un lugar donde todos se sentían protegidos. Solo que no era el Sirius de siempre. No bromeaba ni se metía con los rivales de Gryffindor. Simplemente se limitaba a narrar lo sucedido con una profesionalidad que le daba la experiencia. La única feliz con el cambio era la profesora McGonagall, que pudo disfrutar del quidditch sin tener que vigilar las palabras de uno de sus alumnos más rebeldes. Ni siquiera Lily estaba contenta con la nueva formar de comentar de Sirius. Carecía de vida.

En el campo, a punto de comenzar el partido contra el equipo naranja, Grace miró a James intencionadamente mientras Sirius repasaba los equipos que se habían formado. Este bufó pero no dijo nada. Quizá habría sido mejor no forzar a su amigo a tomar parte en todo eso. Pero como ya era tarde para arrepentirse decidió centrarse en ese partido y en que sus golpeadores no se pegaran entre ellos. Era un torneo homenaje, por lo que ganar no significaba gran cosa. Aun así su espíritu competitivo no le dejaba tranquilo ni siquiera en un día como ese.

Tampoco le hizo falta preocuparse mucho. El equipo que le había tocado a Sttebins estaba más o menos compenetrado, pero el suyo era más completo. A los cinco minutos ya les habían encajado siete goles y Sarah solo había recibido tres. Y a los diez minutos podía dar gracias a que el partido contra Slytherin jamás llegó a realizarse porque Regulus realizó una finta perfecta y consiguió hacerse con la snitch sin que Nicole tuviera ninguna opción. No lo celebraron, obviamente. Ese día no iba de eso, y nadie del equipo estaba por la labor de festejar que alguien de Slytherin le hubiera ganado la mano a un Gryffindor.

De todas formas Regulus tampoco hizo nada por celebrarlo. Estaba callado y concentrado, como en todos los entrenamientos. No había hablado pero parecía muy interesado por llevar el torneo a buen término. Las primeras semanas James se desveló pensando cuáles eran sus intenciones pero al cabo de unos días dejó de darle vueltas. Seguramente solo querría lavar la imagen de los Slytherin. Por mucho que Sirius dijera, a él le extrañaba que Regulus hubiera tenido nada que ver con lo ocurrido en Hogsmeade. Lily y Grace tenía razón, los mortífagos no se arriesgarían con alguien que aún tenía el detector.

El día pasó entre partidillos más rápidos de lo usual. A veces un partido normal duraba horas porque la snitch se encontraba muy esquiva, pero en esa ocasión todos los buscadores consiguieron hacerse con ella en un tiempo moderadamente corto. Por supuesto que sospechaban que Dumbledore y madame Hooch tenían mucho que ver con ello. Cuando por fin se habían realizado todas las combinaciones posibles, se miró el conjunto de puntos sumado por cada equipo y quedó una clasificación provisional que rezaba así:

Equipo negro … 705 puntos.

Equipo morado …. 685 puntos.

Equipo naranja….. 535 puntos.

Equipo marrón….. 315 puntos.

De modo que los últimos dos partidos serían para decidir el tercer y cuarto puesto, y el subcampeón y ganador del torneo. El primer encuentro lo jugarían los dos últimos equipos, es decir, el equipo de Sttebins y el de Hinkes. De nuevo se pudo comprobar la falta de unidad y lo absurdo que era cambiar los nombres de las casas por colores y mezclar los equipos. El público apoyaba a sus capitanes como si ellos representaran a todo el equipo. Y claramente Slytherin estaba en minoría en ese colegio, en el que las otras tres casas podían unirse pero jamás le dejarían paso a la casa que representaba la guerra de sangre.

Otra vez el equipo naranja ganó al equipo marrón, por lo que se adjudicaron el tercer puesto. La celebración fue más efusiva que las anteriores, quizá porque ya se habían adjudicado los dos últimos puestos. Sttebins y los suyos se llevaron los aplausos de todos los que no querían que ningún representante de Slytherin quedara por encima de nadie. Estos últimos se lo tomaron con muchísima tranquilidad. Algunos, como Allan o Dave Harley, que no pertenecían al equipo original, casi se alegraban de una derrota que no habían hecho nada por evitar. No es que se atrevieran a celebrar con los demás, pero desde luego sus rostros no representaban la amargura y el rencor que tenían reflejadas las caras de sus compañeros. Hinkes en concreto parecía que se había tragado una cuchara. El torneo le daba igual y estaba deseando que pasara el día, pero perder era algo que no soportaba.

El partido final daría el ganador del Torneo. Equipo morado contra equipo negro. Potter contra Rumsfelt. En definitiva, Gryffindor contra Ravenclaw. En el fondo no variaba mucho del transcurso de la liga. Habría sido la batalla final si todo hubiese seguido su curso. El ganador de la liga estaba entre ellos dos. Hufflepuff se había quedado sin la mitad del equipo el año anterior al graduarse cuatro de los siete miembros del último equipo ganador de la Copa de Quidditch. Y desde que Hinkes se había hecho cargo del equipo, Slytherin no tenía mucho que hacer. Esa chica tenía demasiado genio y muy poco liderazgo.

Cuando James le dio la mano a Derek antes del comienzo del partido, este le lanzó la misma dura mirada que le llevaba dedicando desde hacía meses. Nunca se habían llevado muy bien, pero era evidente que el odio había crecido mucho en el Ravenclaw. Como James no podía saber qué le pasaba simplemente aguantó su apretón de manos y se centró en ganar ese partido.

- Josh Cambell atrapa la quaffle y sale disparado hacia los postes del equipo negro –comentaba Sirius con voz monótona-. El equipo morado, capitaneado por James Potter y originalmente el equipo de Gryffindor, es el que más jugadores ha conservado de su plantilla original. Conserva a sus tres cazadores, lo que puede ser una ventaja en el ataque. Sin contar con que Rumsfelt cuenta con un novato en la portería. Alfred Donovan es la nueva incorporación en el equipo de Slytherin este año, aunque hay que decir que en este torneo está teniendo un alto porcentaje de paradas. Por cierto, Jackson le quita la quaffle a Cambell y escapa en solitario hacia los postes defendidos por Sarah Anderson.

El primer gol fue a favor del equipo de Rumsfelt, y James animó a sus compañeros a gritos para que recuperaran la compostura. Como ya había sospechado, sus golpeadores eran su gran problema. Bill aún no dominaba las bludgers y Hamilton parecía querer favorecer a su anterior equipo por encima de estar en el equipo ganador.

- ¡GOL DE SANDLER! –la voz de Sirius se vio más alegre cuando su novia consiguió empatar el partido, y desde ese momento le dio más vida a las narraciones-.

Realmente el juego se produjo sobre todo en el centro del campo. Los cazadores se dedicaban a defenderse entre sí y esquivar bludgers, y pocas veces llegaban a escaparse para tirar a puerta. De momento no había mucho trabajo para los guardianes y la snitch no había dado señales de vida. Se notaba que era la final, y que querían explayarse más en ese partido en concreto.

- ¡Y James marca el gol! –exclamó Sirius irremediablemente emocionado después de que su amigo hiciera una finta casi imposible y se escapara a la vez de una bludger y de los tres cazadores rivales-. ¡Gry… digo el equipo morado se pone en cabeza después de la magnífica jugada de su capitán!

En la grada contigua, Lily sonrió. Ahí volvía el Sirius de siempre que vivía el quidditch como todo en su vida: de forma visceral. Emocionada, siguió agitando con fuerza el banderín morado que llevaba en la mano, y con el otro brazo rodeó los hombros de Remus haciéndole sonreír.

OO—OO

Cuarenta y cinco minutos tardó en aparecer la snitch. Cuando los dos buscadores la encontraron, casi al unísono, el estadio se quedó en silencio. Mientras sus compañeros seguían en sus funciones, Mike Jones y Regulus Black se lanzaron en picado para atrapar la escurridiza pelota voladora. De la emoción, Sirius se puso en pie en su asiento mirándoles en silencio. Quería desesperadamente que el equipo de James y Grace ganara, pero no quería proclamar una victoria de Regulus. Era una situación demasiado irónica para sus nervios.

Y, como todas las situaciones sarcásticas, esta se resolvió de la manera más enrevesada. Tras un confuso forcejeo una mano se elevó en el aire sujetando la snitch, y de la maraña de cuerpos salió disparado Regulus Black. Éste aterrizó poco antes que su derrotado rival y, aún con la snitch en la mano, se quedó mirando al cielo concentrado. Sirius tuvo ganas de soltar algo mordaz por su cínico comportamiento, pero por una vez decidió callar. En vez de eso, proclamó la victoria del equipo sin nombrar a su hermano ni una sola vez.

- ¡Y el equipo morado vence el torneo después de que su buscador atrape la snitch! El capitán James Potter ha llevado a su equipo a la victoria! ¡Felicidades, chicos!

Las gradas rugían con entusiasmo y desde el lateral que ocupaban los alumnos de Slytherin se escuchaba una sonora pitada que no llegaba a tapar los gritos de entusiasmo. Por un momento Sirius se fundió con ellos y observó al campo que le rodeaba. Era la última vez que tendría ese micrófono en sus manos, que su voz resonaría potente y segura en ese estadio. Por un momento sintió un fuerte nudo en el estómago. Era su despedida, su particular adiós a Hogwarts. Aún quedaba un mes de clases y en un par de semanas comenzarían los temidos EXTASIS, pero ese día era el elegido para despedirse de ese colegio que tanto le había dado durante siete años. Ese había sido uno de los motivos por los que había accedido a comentar el torneo, aunque las palabras de Lily le habían inspirado. Ese colegio había sido su refugio cuando nadie de su extraña y oscura familia le entendía. Allí había encontrado el hogar que tanto había buscado y la familia que siempre había soñado. Mientras James subía a Grace a sus espaldas para recoger el premio del torneo de manos de Dumbledore, Sirius les miró a ellos y a Remus, Peter y Lily que celebraban contentos en la grada. Daba gracias por haberlos conocido, por haberles dejado entrar dentro de él. Sirius Black se sentía muy solo cuando llegó a Hogwarts siendo el rebelde y maleducado primogénito de los Black, pero ahora, siete años después, dejaría ese castillo con una nueva familia que superaba mil veces a la que le había tocado por nacimiento.

- Le echaremos de menos el próximo curso, señor Black. No todo el mundo vale para comentar partidos de quidditch.

Las palabras de la profesora McGonagall le sacaron de sus pensamientos. Ella también miraba emocionada, aunque contenida, la entrega del trofeo y el posterior homenaje a los caídos en Hogsmeade, que era el motivo del torneo. Para ello se había requerido a los cuatro capitanes, aunque Hinkes parecía a punto de morder a alguien y a Derek se le veía desde lejos la cara de asco que le dedicaba a James.

- Bueno profesora, seguro que encuentran a otro con facilidad de palabra para el puesto –le dijo dedicándola una sonrisa-. Aunque reconozco que es imposible que mi sustituto pueda tener mi encanto.

McGonagall sonrió mientras apartaba la mirada del homenaje y le miraba a él. Eso le sorprendió porque no esperaba verla sonreír.

- Con facilidad de palabra, puede que sí. Pero no creo que abunden las personas con tanto amor propio y absoluto desconocimiento de la vergüenza.

Sirius no pudo evitar reírse entre dientes.

- Yo también la echaré de menos, profesora.

Y se disculpó para seguir a sus amigos que ya habían saltado al campo a felicitar a los ganadores. McGonagall se le quedó mirando un segundo con algo de tristeza.

- Por desgracia, dudo que vayas a librarte de mí, hijo…

OO—OO

- Enhorabuena, campeón –susurró la voz de Lily en su oído-.

De inmediato James se dio la vuelta y abrazó a su novia. Estaba pletórico, aunque reconocía que no debía ser así. Ese era un torneo homenaje, ganar era lo de menos. El posterior homenaje le había dejado emocionado pero extrañamente tranquilo. Como si finalmente hubiera hecho las paces con lo ocurrido. Por la sonrisa de Lily supo que ella se sentía igual. Detrás de ella venían Remus, Peter y Jeff, quien ya había localizado a Nicole. Su mirada se dirigió rápidamente hacia este último, que le sonrió mientras se acercaba.

- Sadie habría dicho que todo esto era muy cursi e innecesario. Pero por dentro le habría encantado, estoy seguro.

Sin necesidad de decir nada más, James le abrazó. Los dos sonreían. Ambos estaban bien. Todos lo estaban. Las risas de sus amigos llamó su atención y se separaron. Lily, Remus y Peter reían al ver el efusivo intercambio de Grace y Sirius.

- El que estaba amargado por tener que comentar el partido –dijo James dándole un codazo cómplice a Peter-. ¡Ey, Sirius! ¿No saludas al campeón?

Sirius se separó de su novia lo justo para alzarle el pulgar a su mejor amigo.

- ¡Buen trabajo, Jimmy! Ahora vete a dar una vuelta.

Al ver que volvía al ataque ignorándolos, James se rio y dio un paso adelante. Lily le detuvo.

- No les incordies. Déjales.

- No es que les quiera molestar –le dijo su chico con una sonrisa que indicaba lo contrario-. Pero es que no es decoroso que hagan eso en público. Aquí hay niños.

Los otros tres se rieron al ver a James imitando el papel de premio anual respetable, que no le pegaba nada. Sin embargo, la risa de Remus se cortó cuando vio que Dumbledore abandonaba apresuradamente la tribuna y volvía al castillo a paso rápido.

- Ahora vuelvo –les dijo antes de salir corriendo hacia su director-.

James y Peter compartieron una mirada. Desde hacía varias semanas Remus desaparecía cada vez que veía a Dumbledore. Todos sospechaban que hablaba con él sobre Rachel, pero éste no había soltado prenda. Y eso les mosqueaba. ¿Por qué a esas alturas iba Remus a ocultarles algo? Porque ocurría algo malo, claro. Como ya habían quedado dos noches atrás, James le hizo un gesto a Peter, y este asintió y se marchó corriendo.

- ¿Dónde vas, Peter? –preguntó Lily, quedándose sin respuesta-.

Miró a su novio con la pregunta escrita en la cara y él se encogió de hombros.

- Tenemos que enterarnos de qué pasa con Rachel. Y si Remus no lo quiere decir, no hay nadie mejor que Peter para escuchar conversaciones ajenas.

Lily intentó lanzarle una mirada reprobatoria pero no fue capaz. Ella quería saber lo que había ocurrido más que nadie.

OO—OO

Grace se separó con dificultad mientras se reía del entusiasmo de Sirius.

- Pues sí que te has venido arriba con el último partido. ¿Tú no estabas amargado por tener que comentar hoy?

- ¿Pero has visto la finta que ha hecho Prongs? ¡Si es que por eso le quiero, joder!

Ella se echó a reír. A pesar de todo lo que ocurriera, el quidditch siempre les ofrecería una salida y un momento de emoción.

- Qué bonita estampa. Lo justo para hacer que los muertos se revuelvan en sus tumbas.

Los dos se voltearon, aún abrazados, al escuchar esa voz. Frente a ellos, Derek Rumsfelt les miraba con pura rabia. Aún llevaba la ropa de quidditch puesta, tan de negro que incluso impresionaba, y la medalla plateada cayendo despreocupadamente de su puño bien apretado a un costado de su cuerpo.

- ¿Qué te ha picado esta vez, Rumsfelt? –preguntó Sirius claramente molesto por su interrupción-. Anda y mueve tu culo de perdedor a otro sitio.

- Ese es vuestro problema –le encaró Derek con veneno-. Para vosotros todo es una competición y solo os importa ganar. Este día no era para eso pero, ¿qué coño os importa? Lo mínimo de un evento en el que has hecho creer que te importan mucho las víctimas es aguantarte las ganas y no recordarle a la gente el espectáculo con que humillasteis a una de ellas el último día de su vida.

Ni siquiera se trataba de una indirecta. La referencia hacia Kate fue tan clara que Sirius soltó a su novia y se adelantó para encararse con el chico. Derek, al ver su cambio de expresión, sonrió y se preparó para la pelea que se avecinaba, fuera mágica o muggle. Sin embargo, antes de que se enredaran a golpes entre ellos, una voz les interrumpió.

- ¡Ey, vosotros! ¡Que haya paz!

Era James, que se acercaba de la mano de Lily. Estaba serio y parecía molesto, pero a la vez se veía que no tenía ganas de entrar en la polémica.

- Rumsfelt, dejémonos de peleas por hoy. No hicimos este torneo para eso.

- No, lo hicimos para que los de siempre presumierais y faltarais al respeto a las víctimas –comentó éste casi con despreocupación, con una sonrisa que no se parecía en nada a una original-. Si tanto os importaba Kate no estaríais haciendo este espectáculo el día de su homenaje.

James miró de reojo a sus amigos y suspiró.

- Seguro que no lo han hecho con esa intención –argumentó llamando a la calma, bajo la aprobación de Lily-. Vamos a dejarlo como está y cada uno a su sitio.

- James tiene razón –intervino Grace, que había estado callada hasta ese momento-. Vamos a dejarlo.

Derek la miró un momento como atónito y luego se echó a reír.

- Qué raro. La parejita se pone de acuerdo –dijo mirando alternativamente a James y Grace-. ¿No les habéis contado a los otros pringados vuestro secretito?

Los cuatro se miraron extrañados, convencidos de que había perdido un tornillo.

- Creo que se te ha ido la cabeza –comentó James anonadado-.

Derek bufó enrabietado.

- No trates de hacerme quedar como un loco. Tú y Grace. Lo sé desde hace mucho.

- Derek, siempre te has hecho ideas muy equivocadas de la amistad entre James y yo. Esta obsesión la tienes desde que estábamos juntos y te equivocas del todo –le dijo ella recordando la conversación que había oído meses atrás, sin saber por qué necesitaba explicar esa locura-. Cuando te hablé de que había habido alguien importante en mi vida me refería a Sirius. No sé por qué te imaginaste…

- ¡Venga ya! –dijo el Ravenclaw ya frustrado y confundido-. No me trates de tonto. Os vi en los invernaderos, cuando estábamos en cuarto. Estabais dándole a la lengua como viciosos, así que no tratéis de negarlo ahora.

Ante esta declaración los cuatro se callaron un segundo. Pero la mirada, primero de sorpresa y luego de alarma que compartieron James y Grace fue bastante inculpadora. Derek sonrió contento a la vez que Lily y Sirius fruncían el ceño sin entenderlo.

- Eso son gilipolleces –comentó Sirius inseguro mirando a su mejor amigo y su novia-. ¿Verdad, chicos?

A los otros dos les costó reaccionar, lo que tanto él como Lily se tomaron como una confirmación.

- Madre mía –preguntó Lily en voz baja-.

Al mirar a James vio la alarma en sus ojos, y Grace se negaba a mirarla. A su vez, ella miró a Sirius que se había puesto serio de repente. De repente, éste agarró a Grace de la mano y la arrastró lejos de allí. En ese momento James pareció despertar y miró a la pareja y a su novia alternativamente, como preguntándose qué hacer antes. Entonces miró a Lily con urgencia, tomándole de la mano.

- No saques conclusiones precipitadas. Ahora te cuento.

Y salió corriendo detrás de Sirius y Grace. Lily se quedó allí plantada, sola junto a Derek que parecía disfrutar del espectáculo. Y al no tener a nadie a quien reclamar, se encaró con este.

- ¿Estabas deseando crear un conflicto entre nosotros? ¿Estás contento?

El joven no se vino abajo, sino que siguió sonriendo.

- Solo pensé que os gustaría saber la verdad. Las mentiras no son buenas para las parejitas felices. Mejor empezar a ser honestos, ¿no?

Lily inspiró hondo, con ganas de ser más borde de lo que realmente fue.

- La verdad es que ya me venía imaginando algo así.

Por primera vez la expresión de Derek se quebró.

- Grace se comportó de una forma muy rara las primeras semanas que salí con James –le explicó, más por educación que por necesidad-. Así que me figuraba que algo por el estilo había pasado. Lo siento por ti pero no me importa. Lo que pasó, pasó. No hay nada entre ellos, y probablemente lo que hubo fue nimio. Así que lo lamento si pretendías hacer más daño.

- No pasa nada –comentó él con la expresión de nuevo recompuesta-. Estás en tu derecho. No eres la primera chica que vive engañada y luego se desilusiona de golpe.

- ¿Lo dices por Kate? –se aventuró a adivinar Lily-. Porque sí, a Kate le engañaron, le ocultaron cosas y le hicieron mucho daño. Pero no fue a propósito. Todos la queríamos mucho y la echamos de menos todos los días. Y tú también.

Y aunque él trató de poner una expresión despreocupada, no consiguió engañarla.

- Crees que nadie se dio realmente cuenta de lo que tú sentías por ella. Pues te equivocas. Lo vi enseguida. Y también creo que, con el tiempo, ella podría haberte correspondido. Por desgracia, no tuvo esa opción.

De repente Derek quería acabar la conversación. Aquello no le hacía gracia y un nudo se estaba formando en su garganta al tiempo que le comenzaban a picar los ojos. Fue a darse la vuelta para marcharse, pero ella le detuvo.

- Sinceramente –continuó Lily-. Creo que tienes mucha frustración dentro de ti. Claramente no has superado la muerte de Kate y no vas a superarla si continúas así. Lo cual me da mucha pena porque tú ya tienes motivos de sobra para estar triste.

- ¿Y tú qué sabes de mí? –preguntó a la defensiva-.

- Solo lo básico –reconoció-. Pero sé que no eres tan gilipollas como quieres hacerle creer a todo el mundo, y creo que tú también te mereces pasar página. Kate lo habría querido así. Y de ella sí que sé mucho.

El nudo de la garganta de Derek se había hecho más grande y le impidió contestarle como quería. Por algún motivo, tampoco se apartó cuando Lily le acarició el brazo casi con compasión.

- Deberías plantearte acudir a las sesiones psicológicas que están realizando. Creo que te vendría muy bien. Eres muy joven para estar tan amargado.

Y, como no quería continuar con la discusión, le dejó con la palabra en la boca y comenzó a caminar hacia James, que ya regresaba algo más relajado. Había llegado el momento de poner todas las cartas sobre la mesa y hablar claro.

OO—OO

De mientras tenían esta charla, James alcanzaba a Sirius y a Grace que se alejaban a zancadas al ritmo de este.

- Sirius, no te hagas ideas raras –le dijo acercándose a ellos-.

Sirius se dio la vuelta al oírle. Más que enfado, en su cara se podía percibir que estaba atónito.

- ¿Y tú por qué vienes? –le preguntó-. Quiero hablar con mi novia.

- Tío, fue una única vez hace como un millón de años. Te lo habría contado si hubiese sido importante –le dijo James ignorando su comentario-.

- Entonces, ¿por qué…? –fue a preguntar Sirius, que de repente pareció tener demasiadas cosas en la cabeza y se agitó como un perro para aclararse-. ¿En cuarto? –comentó, claramente ofendido-. Tú sabías en aquel tiempo que ella ya me gustaba. Eso es traición, tío. Yo jamás habría ido a morrearme con Lily

- Eso es porque ella te habría pegado un puñetazo de haberlo intentarlo –bromeó su amigo, ganándose una mirada de reproche. Antes de que Sirius se molestara de verdad alzó ambas manos como pidiendo paz.- No, ya hablo en serio. Venga, precisamente por eso solo pasó una vez. Además, la culpa fue suya. Ella me besó.

- Muy bien, James. Qué caballero… -le reprochó Grace fulminándole con la mirada al recaer la atención de su novio en ella-.

James se encogió de hombros.

- Bueno, es la verdad, ¿no?

- ¿Os podéis callar los dos? –intervino Sirius al dejar de ser el centro de atención-.

James se volvió hacia él muy serio.

- Pero no te enfades, hermano. Te juro que no paso de un triste beso.

- Un beso horrible.

- Tampoco te pases… -le susurró James a Grace ante su animada intervención-.

- No estoy enfadado –declaró Sirius, ganándose la atención de ambos. Los dos le miraron sin saber si creerle o no, por lo que él insistió-. En serio. Ahora, ¿puedo hablar con mi novia a solas o vas a seguir incordiando?

- Sí, sí –respondió James algo aturdido-. Pero hay buen rollo entre tú y yo, ¿no?

Sirius suspiró, rodando los ojos.

- Sí, Prongs, buen rollo. Lárgate.

James les miró un momento, como si no pudiera creerse que todo hubiera sido tan fácil. Pero Sirius estaba perdiendo la paciencia y Grace le hizo una seña, por lo que se despidió con un gesto y salió corriendo para dejarles a solas cuanto antes. Sirius le vio alejarse y después se enfrentó a su novia, algo inseguro. Esta le miró con una pequeña sonrisa.

- Si quieres te lo explico.

- Hombre, si va a ser muy bochornoso, paso –dijo con incomodidad. La verdad, no quería conocer los detalles-.

Grace se echó a reír al verle así.

- Si fue una chorrada –le aseguró-. Casi ni me acordaba, la verdad. Bueno, alguna vez me he acordado porque cuando Lily y James empezaron a salir pensé en contárselo. Ya sabes que es mi mejor amiga y odio ocultarle cosas, pero esto era…

- Grace. Al grano –la interrumpió al verla desviarse del tema-.

- Sí, bueno –titubeó un poco hasta que volvió a centrarse-. La culpa fue de Mellisa. Y no pongas esa cara. Ahora ya sé que es una bruja de la peor clase. A la que por cierto, tú también besaste –añadió con algo de rencor, cuando recordó las imágenes tanto del Sirius falso como del verdadero besando a esa mosquita muerta. Él carraspeó para indicarle que aún estaba a tiempo de molestarse por todo eso, y ella continuó-. El caso es que entonces ya sabes que me tenía bastante dominada. Si ella decía algo yo me lo creía todo, y si me sugería algo, lo hacía. Así que empezó a meterse conmigo porque nunca había besado a ningún chico y ella siempre se vanagloriaba de los chicos con los que había salido y… En fin, que quería besar a alguien para contárselo y que viera que no era una cría como ella me decía. Tenía pensado hacerlo con Remus.

- ¿Con Remus? –exclamó Sirius sin saber si sentirse más sorprendido o molesto-.

- Sí, ya me di cuenta al momento que era una idea pésima –reconoció ella con sinceridad-. Lo más probable es que se hubiera avergonzado y no me habría vuelto a hablar, y era mi mejor amigo. Así que pensé en alguien con más morro, que no se lo tomaría tan en serio.

- No me digas más –la interrumpió y comenzó a enumerar-. Alguien despreocupado, pasota y caradura. ¿No conocías a alguien mejor para la misión? –preguntó señalándose a sí mismo-.

- Pues no se me ocurrió, aunque lo habría preferido. No sé, estaba hecha un lío. Había empezado a llevarme muy bien con James desde que había entrado al equipo ese año, así que una tarde después de los entrenamientos le llevé a los invernaderos. Pero vamos, que no duró más que diez minutos y enseguida lo dejamos porque ninguno estaba muy cómodo. James me repitió como cincuenta veces que no os contara nada a vosotros, y la verdad es que yo quería irme porque era todo muy incómodo. Y este idiota –dijo señalando al lugar donde habían dejado a Derek- andaría fisgando lo que no debe y nos vio, y a saber qué cuento se ha hecho de aquello. Pero no pasó más, palabra. Ni siquiera volvimos a mencionarlo. James actuó como si nunca hubiera pasado y yo se lo agradecí inmensamente. Eso es todo.

- ¿Es todo? –insistió Sirius inspeccionándola con la mirada-.

- ¿Por qué te iba a mentir ahora que se ha sabido el pastel? –preguntó ella con evidencia-. Además, el verano siguiente tú y yo empezamos a salir. Creo que queda claro quién me gustaba de verdad.

- Sí, ya. Te enrollas con mi mejor amigo y a los pocos meses lo haces conmigo, así de rebote. James debe besar de culo, desde luego.

- No te molesta, ¿verdad? –preguntó Grace empezando a divertirse de su expresión-. ¿No te entra el gusanito de los celos, cierto?

- Grace, te estás saliendo del tema –le advirtió él poniéndose completamente serio-.

- ¿Estás celosillo? –preguntó ella divertida, picándole el estómago-.

- Voy a dejarlo aquí porque todavía acabamos discutiendo –dijo él dándose la vuelta y echando a andar resueltamente hacia el castillo, como habían hecho casi todos-.

Grace se rio en voz alta, claramente divertida. Daba igual cuantas veces lo negara. Se le veía de lejos. Echó a correr detrás de él y trató de colgarse a su cuello mientras él la ignoraba.

- Vaaamos, Sirius… -protestó con un puchero mientras se partía de risa y este apretaba con fuerza la mandíbula-.

OO—OO

Cuando James alcanzó a Lily ya no quedaba nadie en el campo de quidditch que pudiera escuchar la conversación que ambos debían mantener. Mejor, para ese tipo de cosas a James no le gustaba el público.

- ¿Qué hacías, hablabas con ese papanatas? –le preguntó a su novia, viendo cómo Rumsfelt se alejaba de allí pensativo. Tuvo ganas de ir tras él y pegarle un puñetazo, pero aclararle las cosas a Lily estaba antes que cualquier cosa-.

- Le aconsejaba que fuera a las sesiones psicológicas. Es evidente que no está bien.

- No está bien de la cabeza, no hace falta que lo jures –respondió él con rencor-.

- Bueno, al menos él dice las cosas a la cara –contraatacó Lily frunciendo el ceño-.

Primer ataque. James ya le esperaba.

- ¿Qué te ha contado? –preguntó, alerta por si en su ausencia Rumsfelt le había metido ideas en la cabeza-. Lily, te dije que no te imaginaras cosas raras. Creo que tú eres más lista que todo eso.

- Bien, explícame por qué estoy siendo tonta –contestó ella, picándose por ese último comentario-.

- ¿De verdad te crees que hay o hubo algo entre Grace y yo? –preguntó, dejando claro lo absurdo del tema-.

- Pues mira, tengo mis dudas. Lo pensé durante un tiempo, ya que cuando empezamos a salir Grace actuaba como si quisiese contarme algo pero no se atreviera. Y luego decidí que era una chorrada y lo olvidé por completo. Quizá he sido tonta por pasarlo por alto.

- Antes de que te montes cuentos en tu cabeza, déjame explicártelo –suplicó viendo cómo la cosa se estaba desmadrando-.

- Por favor…

En unas pocas frases le resumió lo ocurrido, restándole la máxima importancia a todo. Durante su relato, Lily le miró imperturbable.

- Ya ves que es una chorrada –concluyó-. ¿Te vas a enfadar por una tontería de diez minutos sucedida hace casi cuatro años?

- ¿Si fue una tontería por qué no me lo contaste desde el principio? –le preguntó ella, continuando seria-.

- Es que ni me acordaba de ello. De verdad –insistió al ver la estepticidad con que Lily se lo tomaba-. Vamos, ponte en situación. Tenía catorce años y las hormonas revolucionadas, y me viene una chica guapa a tirarse a mi cuello. La reacción principal es comprensible. Luego fui yo quien se detuvo porque ya intuía que Sirius estaba colado por ella, y era casi una traición. Además que Grace tampoco estaba cómoda con esa situación. No sé por qué lo hizo, ni me importa. Lo dejé pasar y me olvidé de ello porque nos llevábamos bien y no quería estar incómodo con una amiga por la que encima no sentía nada. Ni había vuelto a pensar en ello en todos estos años.

Pese a todo, la expresión de Lily seguía dudosa, como si estuviese pensando otras cosas y no supiese qué creerse de todo lo que oía.

- ¿No confías en mí? –preguntó James sonriéndole un poco, para quitarle drama al asunto-.

- Es que a veces no sé qué pensar de ti, James –le confesó mordiéndose el labio-.

James volvió a ponerse serio. Era evidente que la cosa no iba a ser tan fácil como con Sirius. Irónico, pensó que sería al revés.

- Te he dicho la verdad –le aseguró mirándola a los ojos-.

- Ya, pero no me lo habías contado antes. ¿Qué más hay que no me hayas dicho?

- No sé de qué me hablas, Lily –respondió confuso-. Creo que he sido bastante sincero contigo respecto a mi vida.

Ella dudó unos instantes en una batalla interna. Era el momento de decidir si sacar un tema que ya había dejado enterrado, o dejarlo en el olvido y no darle más vueltas. Pero la duda pudo con ella, y se envalentonó.

- Hablo de Severus. ¿Qué ocurrió entre Severus y Remus, cuando éste estaba transformado?

- ¿Con qué cuento te ha ido ahora? –preguntó James poniéndose inmediatamente a la defensiva, como siempre que Lily sacaba el tema de su antiguo amigo-.

- Me dijo que habíais intentado asesinarle en una luna llena. Es una acusación muy fuerte. Pero después recordé que cuando estábamos en quinto hubo un rumor de que tú le habías salvado de algo que había bajo el Sauce Boxeador. Así que algo de verdad hay. Y tú no me has contado nada.

Esta vez fue James el que estaba molesto. Ella debió haberlo supuesto, pues siempre que sacaba el tema de Severus acababa enfadado. Pero no iba a quedarse más tiempo con la duda sobre ese tema tan grave. Ya había tratado de ignorarlo durante dos meses, y ese era el momento de aclararlo.

- ¿Es por eso que estabas tan rara? –preguntó él inspirando fuerte-. ¿Por qué narices no me lo preguntas a mi antes de sacar tus propias conclusiones?

- Te lo estoy preguntando ahora –se defendió Lily, también a la defensiva-.

- No tienes ningún tipo de derecho a acusar a Remus de nada- proclamó enfadado-. Que tú, entre todas las personas, lo hagas me parece asqueroso. Sabes que él no puede evitar lo que es, y que no le haría daño a nadie si pudiese evitarlo.

- ¡No estoy hablando de Remus! Estoy hablando de ti. No me contaste nada, igual que tampoco me contaste lo de Grace.

- Lo de Grace es una chorrada y esto otro no es un tema que vaya comentando a la hora del té. Le tengo más respeto a Remus del que te crees. Pero, ¿quieres saberlo? Estupendo. Te lo cuento. Todo empezó con Sirius…

- Qué raro –comentó Lily como quien no quiere la cosa-.

- Oye, ¿por qué no vas a que te lo cuente tu amigo Snivellus? Quizá a él le des más credibilidad –le contestó él picándose por la poca credibilidad que ella le daba a su relato-.

- No saques las cosas de quicio.

- Pues no seas tan cínica. Y sí que empezó con Sirius. Como ese alérgico al champú sabe que tiene la lengua suelta empezó a meterse con Remus delante suyo. Decía que era débil, cobarde, que se escondía tras nosotros para no enfrentarse a nadie…

- ¿Y para qué iba a hacerlo? –preguntó Lily, sintiendo el viejo impulso de defender a su antiguo amigo-.

- ¡Porque aunque no te lo creas él también iba contra nosotros! –exclamó James-. Siempre estaba siguiéndonos, acusándonos, haciendo que nos castigaran y después pasaba a burlarse. Tu amiguito nunca fue un santo tampoco. Quería provocar a Sirius, es evidente que sospechaba algo y quería ver si a él se le escapaba algo.

- Lily, a quien no le extrañaba tanto que eso fuese cierto, siguió dolida por la intención de Sirius. Se habían convertido en buenos amigos, y no esperaba que pudiera ser capaz de poner a Severus en un peligro tan grande a sabiendas.

- ¿Y a Sirius no se le ocurrió otra cosa que ponerle frente a Remus transformado?

James titubeó sin saber cómo disculpar a su amigo.

- Tampoco fue tan así –dijo tartamudeando-. Simplemente le dio rabia que dijera eso de Remus. Porque si Remus parece débil es porque él prefiere evitar confrontaciones absurdas.

- Cosas que vosotros dos no –añadió ella rodando los ojos-.

- Y quiso demostrarle que, si quisiera, Remus podía ser más peligroso y letal que nadie –siguió él ignorando su comentario-. Es una gilipollez, pero Sirius es así. Le dijo cómo entrar en el hueco del árbol aprovechando que esa noche era luna llena, y le aseguró que el propio Remus iba a hacer que se tragara sus palabras. Por aquel entonces nosotros todavía no habíamos conseguido transformarnos, así que Remus estaba solo. Cuando llegó el anochecer yo notaba a Sirius extraño, como si estuviese arrepintiéndose de algo. Y cuando al final me dijo lo que había hecho me enfadé muchísimo con él y fui a intentar sacar a Snape de allí a tiempo. Afortunadamente aún no había terminado de cruzar el pasadizo y no ocurrió nada, pero sí consiguió ver a Remus transformado.

Lily se quedó un momento en silencio, asumiendo toda la información.

- Podías haberte matado –pensó en voz alta, sintiendo un escalofrío recorrerle el cuerpo-.

- Si no lo hubiera hecho, Snape habría llegado al final y Remus le habría despedazado. Y eso le hubiera destrozado la vida. No podía permitirlo. No soy un santo, pero tampoco soy un asesino. Yo no habría enviado a Snape allí, pero no por él. No habría dejado que Remus pasara ese calvario. Y Sirius tampoco, solo que es demasiado impulsivo y estuvo a punto de joderla. Costó mucho que Remus y él volvieran a llevarse como antes, y que Remus volviera a confiar en él.

Lily se quedó callada al saber el alcance de todo aquello.

- Bien, esa es la verdad de lo que ocurrió- concluyó James-. Puedes creerte la versión sangrienta de Snape, pero si quieres corroborar lo que digo pregúntales a ellos. Aunque eso sería añadirle más preocupaciones a Remus de las que ya tiene, ¿no crees?

- ¿Por qué no me contaste esto mucho antes? –le preguntó ya dejando las acusaciones a un lado-.

- Estando Remus en medio trato de ser discreto. Él se siente fatal por lo que casi ocurre esa noche, y yo no soy quien para ir aireándolo sin su permiso. Ni siquiera a ti.

Lily no pudo evitar sonreír ante esa muestra de lealtad a sus amigos. Era lo que mejor caracterizaba a James, y una de las cosas que más le admiraba.

- Bueno, puedo pasar tu falta de confianza en mí si eso se debe a tu lealtad a tus amigos –James se relajó al ver que el enfado de su novia se había disipado-. Pero no me gustaría que la próxima vez que me vengan contando ninguna acusación, me pillen de sorpresa y sin saber qué replicar.

Él asintió, comprendiendo la frustración que Lily debió sentir al verse sorprendida y no tener una buena respuesta.

- Por cierto, ¿cuándo te contó eso? ¿A cuento de qué? –preguntó, dándose cuenta en el momento que no recordaba en qué momento Lily había vuelto a hablar con Snape-.

Ella dudó un segundo, pues había decidido que no quería contarle sus sospechas sobre la participación de Snape en su ataque. Tenía que decidir qué contarle para que no se le escapara ese tema. Por desgracia, sus sospechas solo podrían quedarse en eso pues la justicia ya había declarado a Severus inocente. Y no quería que James tuviese más motivos para enfrentarse a este. Si se lo contaba, seguro que él iría con Sirius a tomarse la revancha por su mano y aquello podía acabar fatal. Ella era testigo de que el odio que James y Severus se tenían podía llegar a los extremos. Y no sería ella quien les alentara.

Afortunadamente apareció alguien llamándoles y distrayéndolos de su charla. Ambos vieron con sorpresa como Dumbledore regresaba al campo de quidditch bastante apresurado. Remus ya no estaba cerca, por lo que ya habrían hablado sobre la incógnita que todos intentaban descubrir. Dumbledore parecía muy apresurado, por lo que ambos fueron hacia él para acortar la distancia.

- ¿Ha pasado algo, profesor? –preguntó Lily preocupada por la ansiedad con que su amigo le había perseguido minutos antes-.

- Os he estado buscando por todas partes –dijo el director tomándolos a ambos por los brazos y caminando rápido hacia los terrenos que llevaban a la salida del castillo-. Espero que no tuvierais otros planes, porque tenéis que acompañarme. El momento que estábamos esperando ha llegado.

- ¿Las cajas? –adivinó Lily de inmediato, poniéndose nerviosa-.

- ¿Ya está todo listo? –preguntó James con el mismo entusiasmo que su novia-.

Dumbledore asintió al mismo tiempo que llegaban a la salida y atravesaban, sin tocarlas, las vallas cerradas que protegían el castillo.

- Todo listo –les dijo sin darles tiempo de sorprenderse por lo ocurrido-. Ya es hora de destruir ese peligro para que podamos descansar tranquilos. Vamos, tocadlo rápido.

Entre sus manos apareció un calcetín de lana adornado con rombos naranjas y morados. Los dos lo tomaron sin dudar, sabiendo que era un traslador que les llevaría al lugar donde por fin destruirían esas malditas cajas. Cinco segundos después, los tres se vieron rodeados por una luz azul y desaparecieron del lugar sin más testigos que los animales del bosque.

OO—OO

Aparecieron en un páramo solitario y alejado de toda la población. Pareciera como si la noche se hubiera adelantado en ese inhóspito lugar. Lily y James miraron alrededor, captando la magia que había allí concentrada. Era un lugar especial, sin duda. Dumbledore miraba a un punto concreto, muy concentrado. Apenas unos minutos después, dos hombres se aparecieron justo en ese punto. Uno era un anciano con una barba desmejorada y el cabello canoso lejos de ser tan lustroso como el del director. Y al otro le reconocieron de inmediato.

- ¡Bernard Duncker! –exclamaron ambos a la vez-.

El aludido sonrió levemente, a modo de saludo. Lily le miró atentamente para darse cuenta de que estaba muy desmejorado desde la última vez que le había visto, en el entierro. Sus ojos tenían una tristeza inmensa. James y Lily se vieron de pronto invadidos por el recuerdo de Sadie, y comprendieron el dolor al que ese hombre estaba destinado para siempre.

- El señor Duncker ha podido acompañarnos hoy pese a que aún está escondido de la justicia, pero somos positivos con el resultado que darán los juicios.

- ¿Tardarán mucho en realizarse? –le preguntó James mirando directamente al padre de Sadie-.

- Ya están en proceso –contestó este-. Están apareciendo nuevas pruebas, que "mágicamente" desaparecieron la última vez –dijo, en referencia a los datos que claramente se habían ocultado en su anterior juicio-.

- Y el hecho de haber detenido a uno de los culpables recientemente acelera el asunto –añadió Dumbledore-. Leonard testificará esta semana en su favor, y creemos que en las próximas semanas Bernard por fin podrá ser un hombre libre de cargos.

- Que no de conciencia… -añadió el buen hombre, en una voz tan baja que solo Lily que estaba a su lado, pudo escuchar-.

Ella se estremeció al darse cuenta de la culpa que ese hombre arrastraba por el asesinato de su hija. Obviamente pensaba que si él no hubiera sido preso, sus hijos jamás habrían cambiado de colegio y, por lo tanto, jamás habrían estado presentes en la sangrienta matanza en Hogsmeade. Sin embargo, no supo qué decirle para convencerle de lo contrario. Un padre siempre se siente en deuda con un hijo, y siempre se culpará por no haber podido protegerlo. Sabía que ese dolor jamás podría irse de su corazón.

El otro anciano, el llamado Leonard, les instó a colocarse en un círculo perfecto, justo en la cima del montículo. A sus pies, justo en medio de ellos, una piedra de color verde y morado descansaba inerte. Dumbledore sacó de sus bolsillos las cuatro cajas elementales, que James y Lily miraron con recelo. Eran las culpables de todos sus sufrimientos en los pasados meses. Entre los dos ancianos las colocaron en el espacio entre los cinco integrantes del círculo, dejando en el hueco restante una piedra rojiza y de pequeño tamaño.

- ¿Es una piedra filosofal? –preguntó Lily, mirándola fascinada-.

Su director le sonrió cómplice.

- Un préstamo de un amigo. Un préstamo goloso, lo reconozco. Pero resistirse a la tentación es bueno para el alma.

- Los que estamos aquí ya sabemos lo que es tener un gran poder en las manos y resistirnos a la tentación –comentó Leonardo, haciendo sonreír a los presentes-. Además, una piedra filosofal ayuda mucho en la destrucción de estas odiosas cajas. Es un elemento poderoso. Da la vida y puede quitarla.

- Por eso nunca se debe tomar a la ligera –les dijo Dumbledore a sus alumnos, volviendo a colocarse entre James y su viejo amigo-. Ha llegado el momento. Unamos nuestras varitas para completar el círculo.

Los cinco se pusieron en posición completamente concentrados. Dumbledore les dio las últimas instrucciones y sacaron sus varitas, cruzándolas con el de su lado. El silencio inundó el lugar justo antes de que Dumbledore empezara a recitar, una y otra vez:

"Ignis, aqua, terra, aer.

Revertatur in locum

Tolle dolores et perditionem

Vade ad inferos. Revertere, revertere, revertere...".

Al terminar el párrafo, los otros cuatro repetían con solemnidad:

"Revertere, revertere, revertere"…

Y cuando repetían la operación por tercera vez ocurrió algo extraordinario. La piedra filosofal, colocada entre Bernard y Leonardo, emitió un brillo rojizo que se hizo cada vez más y más grande, hasta llegar a ocupar toda la zona de la piedra verde y morada. Esta pareció despertar, como si fuese un animal después de una larga hibernación. La tierra tembló a sus pies y destellos morados y verdosos comenzaron a salpicarles a todos. Leonardo gritó que mantuvieran las posiciones cuando James y Lily iban a retroceder por la sorpresa, y los cinco consiguieron aguantar la postura con sus varitas firmemente unidas. Como si fuese una coreografía, los destellos alcanzaron a la vez a las cuatro cajas, que se elevaron en el aire llenas de luces de colores.

En ese momento todo se complicó más. Cada vez era más difícil mantener la postura, pues las cajas se abrieron de golpe y comenzó el caos. A su alrededor se mezclaron tornados, terremotos, fuego y corrientes de agua. Todo mezclado con esos destellos verdosos y morados que los iban rodeando a todos. Costaba mantener el equilibrio, pero las varitas parecían haberse pegado con fuerza entre sí y los cinco seguían unidos.

Tras la primera sorpresa, Dumbledore repitió la letanía en voz cada vez más alta, tratando de superar el ruido del viento, el agua, los terremotos y el fuego, que les había rodeado en un círculo perfecto. Lo primero que desapareció fue el agua. La caja azul emitió un potente brillo de su mismo color y estalló, retrayendo el agua hacia sí y calándolos a todos en el proceso. Lo siguiente que se detuvieron fueron los terremotos. La caja marrón siguió el mismo proceso y la tierra se abrió en dos bajo sus pies, aunque un segundo después volvía a estar intacta. Solo quedaban dos elementos, que se conjugaron de una forma espectacular. El fuego los rodeó impidiéndolos la salida. Y los huracanes se formaron en el centro del círculo, buscando expulsarlo hacia el exterior, hacia el fuego que esperaba para consumirles. Era como si tuvieran vida propia y estuvieran defendiéndose, incluso con la intención de acabar con sus destructores.

Con una ráfaga de viento especialmente potente, Lily perdió el equilibrio y habría caído hacia atrás si James no hubiera roto la conexión para atraparla. En ese momento no le importó que la transición no se completara, actuó por puro instinto. El fuego se cercó en torno a ellos, como si les viera más débiles y prefiriera acabar con ellos primero. James solo atinó a abrazar a Lily y tratar de protegerla con su cuerpo de los posibles peligros. Ella, entre sus brazos, observó cómo los tres adultos se movían hasta colocarse en círculo en torno a ellos. Seguían recitando imperturbables, como si su fallo no hubiera hecho mella en el conjuro.

El fuego estaba cada vez más y más agresivo, y pareciera que el huracán estaba justo encima de ellos. Los elementos habían descuidado a los otros tres integrantes para volverse contra ellos. James y Lily se abrazaron con fuerza y se miraron a los ojos con seguridad. En el exterior del círculo de fuego seguían escuchando a los tres magos recitar sin pausa su letanía. Y en un silencioso acuerdo los dos les siguieron, gritando más que recitando para hacerse oír encima de todo el estruendo.

"Revertere, revertere, ¡REVERTERE!".

Y entonces sobrevino la explosión más fuerte de todas. Las chispas de colores les cegaron, y los dos se abrazaron más fuerte siguiendo recitando. El fuego estaba sobre ellos, abrasaba. James recordó los efectos del cruciatus y sintió una agonía parecida mientras las llamas lamían su piel, al tiempo que el aire tan frío les calmaba. Esa angustia duró unos segundos más en que la explosión continuó, y de repente todo cesó. Cuando abrieron los ojos el páramo volvía a ser silencioso y tranquilo. Los tres magos les miraban desde arriba con orgullo. James aceptó la mano de Bernard para levantarse y después ayudó a su novia.

- Eso ha sido…

- Alucinante –concluyó Lily observando su propia varita, sorprendida por lo que había ayudado a hacer con ella-.

- Ha sido mágico, señores. Esa es la palabra –les dijo el viejo Leonardo con una sonrisa satisfecha-. Lo que la magia creó, la magia destruyó. Es lo fantástico de nuestro don. Todo se puede revertir.

- No todo, mi querido amigo –le contradijo Dumbledore-. Pero, sin duda, la magia blanca siempre prevalecerá.

- Habéis estado soberbios –les felicitó el padre de Sadie y Jeff, mirándolos con orgullo-.

James y Lily compartieron una mirada de extrañeza.

- Hemos estado a punto de estropearlo todo –dijo Lily ante lo obvio-.

- Rompimos la cadena –añadió James, consciente de que todos se habían dado cuenta-.

- Bueno, era lo esperado –les confesó Dumbledore-.

- ¡¿Cómo?!

- Bueno, la maldad siempre ataca a los más vulnerables. Es evidente que, de entre nosotros, vosotros sois el eslabón débil. Pero también sabíamos que vosotros podríais soportarlo y vencerlo.

- ¿Lo hemos hecho? –preguntó James, sin acabar de creérselo-.

- Por supuesto –le aseguró Leonardo-. Igual que fuisteis vosotros, vuestro vínculo, lo que consiguió despertar a las cajas; ha sido lo mismo lo que ha conseguido destruirlas. Es muy especial lo que vosotros tenéis. No es algo que se vea todos los días.

Los dos se sonrieron, algo azorados y orgullosos de oír algo así. Lily tomó discretamente la mano de James, y él apretó sus dedos con cariño.

- Sin vosotros, probablemente habría sido imposible llegar a destruirlas por completo –les dijo Bernard-. Nosotros las creamos, pero jamás conseguimos tener el control sobre ellas que habéis demostrado vosotros. Los elementos os respetan por la lealtad y la devoción que os tenéis. Procurad no perderla, porque podrá con todo. Incluso los más débiles, cuando se unen se vuelven invencibles.

- Y ahora volvamos al colegio cuanto antes –les instó Dumbledore-. Debéis descansar para recuperar toda la energía que habéis gastado.

Los dos asintieron, despidiéndose de los otros dos magos.

- Espero que su juicio acabe de la mejor forma posible –le deseó Lily al darle la mano, consciente de que nada quitaría del todo esa sombra que había en su mirada-.

- Saludaremos a Jeff de su parte. Le diremos que se encuentra bien –le dijo James-.

Bernard sonrió sinceramente por primera vez.

- Hazlo, por favor. Espero que él esté bien. Sólo sé de él a través de su madre, y no sé cómo estará llevará todo… lo sucedido.

- Se apoya mucho en su novia –le aseguró James-. Le irá bien con ella. Le tiene bien amarrado.

- ¡James! –le regañó Lily mientras él se reía en voz baja. No podían saber cómo se lo iba a tomar el padre de su amigo-.

Este sonrió comprensivo, y se apartó para que tomaran el traslador. Segundos después estaban de nuevo en Hogwarts y el páramo era solo un recuerdo algo irreal. Días después, hasta dudarían que algo así hubiera sucedido. Pero lo bueno fue que el resto del curso transcurrió con una calma que contrastaba con todo lo vivido ese año. Los exámenes se llevaron a cabo entre nervios y horas de estudio, y los acontecimientos paranormales se redujeron a los exámenes prácticos, que no estuvieron exentos de anécdotas.

OO—OO

Brillaba el sol y el calor salía de la tierra el día de la reunión. Tras meses de captación y preparativos, por fin se llevaba a cabo la primera concentración. Aún no estaban todos convencidos, pero sí que querían saber qué es lo que Lord Voldemort tenía que ofrecerles.

Incluso había acudido la anciana banshee a la que Nott había persuadido, Aiobheall. Aquel era un lugar repleto de las más variadas criaturas: Vampiros, hombres lobos, duendes, banhees… Incluso habían acudido algunos gigantes. Era la reunión más bizarra a la que se habían enfrentado los mortífagos, que estaban ansiosos por ver las artes persuasorias de su señor.

Este se impuso delante de todos y habló con voz autoritaria.

- Bienvenidos, queridos amigos. Bienvenidos al nuevo mundo, en el que la magia gobernará por encima de todo. Con vuestra ayuda conseguiré que todos nos coloquemos en el lugar que nos corresponde. Ya basta de estar escondidos, ocultos y atemorizados de mostrarnos como somos. Nuestra naturaleza, nuestro mundo es más fuerte. Y hemos consentido que otras razas menos dignas vaguen por esta tierra prevaleciendo sobre nosotros. Por temor, por miedo, por vergüenza. ¡Debemos acabar con ello!

Unos gritos de acuerdo corroboraron su idea.

- Y peor lo tenéis vosotros, amigos míos. Entre los magos, sois vosotros los que os encontráis apartados y repudiados. Se niegan a daros el lugar que os corresponde. Y vosotros, ya sea por bondad o por miedo, no os habéis revelado ante esa injusticia. Vuestra naturaleza os ha dado métodos para haceros respetar y temer. No tenéis por qué estar apartados. No merecéis vivir avergonzados de lo que sois. Luchad por vuestro derecho a una vida digna. Luchad a mi lado para preservar una vida digna para todos los seres que ha creado la magia. Quedaos esta tarde, y os haré unas ofertas que no podréis rechazar. Muchas mejoras en la vida diaria de cada una de vuestras especies. Porque todos somos hijos de la magia y todos merecemos ser iguales ante ella. Luchad conmigo para que ese infernal elitismo al que nos tiene acostumbrados el Ministerio de Magia acabe de una vez. ¡Uníos a mí!

La ovación que siguió a sus palabras demostró que había conseguido su atención. Siempre era así cuando realizaba un discurso. Era un hombre realmente carismático, sabía cómo conseguir apoyos y cómo ascender puestos. Sus mortífagos le escuchaban hablar realmente fascinados. Había conseguido subyugar a la mayoría de los presentes, con indiferencia de la especie a la que pertenecieran. Solo quedaban algunos pocos escépticos, como Aiobheall. Pero pronto se los ganaría, sin duda.

Al tiempo que hablaba, Voldemort iba haciendo planes para los próximos meses. La destrucción a la que iban a someter al país era necesaria para los cambios que buscaban. Después él reconstruiría todo lo destruido para hacerlo a su modo. La confrontación en ese caso iba a ser directa. Sabía que tarde o temprano debía verse las caras con Dumbledore, ese viejo entrometido. Ahora él habría cerrado a cal y canto el colegio. No permitiría más ataques contra sus pupilos, aunque ignoraba que él seguía teniendo infiltrados entre ellos. Desde hacía un tiempo que lamentaba no haber sacado la diadema de Ravenclaw de Hogwarts. Quizá no era el mejor lugar para guardar semejante tesoro, aunque estaba seguro que en pocos sitios habría menos posibilidades de que alguien la encontrara.

En ese momento, su mayor obsesión eran dos chiquillos, apenas dos niños, que habían conseguido descolocarle. Necesitaba encontrarlos, persuadirlos de unirse a él. No sabía qué podrían tener James Potter y Lily Evans, pero quería que lucharan a su lado. Nada haría que esa obsesión saliera de su cabeza. Quería sus servicios y su lealtad, o si no les prefería muertos. Ya le habían impedido lograr su meta una vez. No les permitiría conseguirlo de nuevo. No consentiría que esos dos muchachos encontraran el modo de destruir sus planes definitivamente.

Fin

OO-oOo-OO

Bien, ¡esto es todo! Solo queda el epílogo, que ya se verá su vida unos meses después y nos ayudará a ver un poco por dónde van los tiros para la segunda parte de la historia. ¿Tenéis alguna sugerencia para el nombre? Yo estoy en blanco...

En fin, ¿qué os ha parecido? Lo de Rachel ya veis que no está nada aclarado. En el epílogo veremos un poco de cómo será su vida como licántropa. Si creéis que será tan civilizada como Remus, o que seguirá siendo la dulce Rachel os sentiréis decepcionados. Él lleva toda la vida luchando contra esos instintos, para ella todo es nuevo y tendrá que hacer frente a la frustración y el odio que la invadirán.

¿Y qué me decís de Gisele? Ya ha tenido un pequeño adelanto de lo que será su vida de ahora en adelante. Jamás estará a salvo, y menos dedicándose a lo suyo. ¿Qué os parece su cambio de parecer? ¿La eterna renegada será la primera en pasar por el aro, o saldrá corriendo a última hora? Jeje. El miedo es mal consejero a veces...

Ya comienza a perfilarse el Peter que conocemos. Y eso que aún no ha visto la guerra de frente. Quiere huir y quiere tener una excusa para ello peeeero, su madre no es como otros. Esa mujer es desagradable pero no es fácil de asustar.

¿Alguna teoría sobre lo que ha descubierto Alice de los mortífagos? Como siempre no puede estarse quieta, pero es que sino no sería Alice jeje. ¿Qué habrán encontrado en esos laboratorios? ¿Qué planes tendrá Voldemort para los siguientes meses?

¡Y el tema sorpresa! ¿Os imaginabais la revelación de Derek? Ese era el as que tenía escondido en la manga. Ya veis que no estaba obsesionado con James y Grace por nada. Lo de ellos realmente no fue nada. Representa la típica tontería que haces de adolescente cuando te dejas influenciar por tus amigos. Pero me encanta ver a Sirius picado jeje. Además, fue un modo de que Lily por fin sacara el tema de Severus que ya se le estaba enquistando. Está todo resuelto y ya no hay secretos entre ella y James. Lo siento Snape, volviste a fallar muajajaja.

Y, por último, ¿cómo veis la destrucción de las cajas? ¿Os ha gustado? Yo estoy bastante contenta con el resultado. Por favor, si alguien sabe latín perdonadme por la horrible conjugación, pero me temo que tras estar intentando recordar mis básicas nocionales de latín me rendí y acudí a un traductor de internet, que me hago a la idea de lo "bien" que estará jeje. Además de que es cierto, la maldad siempre ataca al más débil. Nunca encontraréis a ningún malvado que sea valiente, siempre van a por los más vulnerables los muy cobardes. Pero hasta los débiles, si están unidos, pueden hacer frente a todo. Y eso lo digo por mis compatriotas españoles, a ver si despertamos de una vez...

En fin, nos vemos en el epílogo que solo será un adelanto por lo que no esperéis un capítulo larguísimo porque no es necesario jeje. Espero que os haya gustado el último capítulo.

"TRAVESURA REALIZADA".

Eva.