-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.
Capítulo 34
Las separaciones por asuntos de estado en la jerarquía Imperial era algo tremendamente común, de hecho no era sorpresivo afirmar que—en ocasiones—una Sultana solo llegaba a compartir tiempo con sus esposo para concebir un Príncipe o Sultana, y en escasas otras ocasiones, por ello es que si un Sultan amaba a su Haseki lo hacían incansablemente, pero esto había sucedido durante el Sultanato del Sultan Hashirama, "el Magnífico" que ´mucho había logrado para la posteridad por las conquistas militares efectuadas y que aún hoy—en parte—perduraban, recordarlo en la actualidad aun infundía muchísimo respeto. Pero los demás Sultanes que habían regido el Imperio no se habían centrado tanto en los asuntos de estado o no directamente: el Sultan Tobirama había gobernado el estado y participado de la política junto a su esposa, la Sultana Kaori y su hermana, la Sultana Kaoru que h su muerte había continuado con esta rutina de intervención, luego el Sultan Madara y el Sultan Izuna que se habían dejado opacar voluntariamente por la Sultana Mito…
Sakura era, en sí, la mujer más dichosa del Imperio ya que había podido disfrutar plenamente de muchos momentos felices con su esposo, al menos hasta hacia un tiempo atrás cuando aún confiaba en él. Pero esto había sido en el pasado ya que esta vez a Sakura no le importaba o significaba mayormente mantenerse alejada d su esposo que habría de—en compañía de Daisuke—viajar a Persia para solucionar una serie de disturbios de carácter natural que habían sucedido esporádicamente, de hecho, la preocupaba Daisuke a decir verdad, Sasuke estaba por su cuenta ya que, y a pesar de su comportamiento digno y cordial, Sakura era incapaz de olvidar lo que había significado para ella la muerte de Rai. Era imposible dejar eso atrás. La despedida únicamente tenía lugar en sus aposentos, a solas con su esposo y con su hijo ya que la ocasión no requería una partida tan elaborada como de costumbre.
No había mentido ante su propia promesa y juramento, no iba a perdonar jamás lo que Sasuke había hecho, o más bien si pero no lo olvidaba y es ahí precisamente donde estaba su venganza contra él, ser la mujer que él más valoraba, pero siendo a quien más había herido y quien de una u otra forma le recordaría lo que había hecho y como había comenzado a matar el inmenso amor que se habían profesado durante tantos años. Impecable y envidiable por quien la observara y codiciara, la Sultana portaba un hermoso vestido de seda verde oliva metálico, sencillo pese al aspecto enriquecedor de la tela, de escote cuadrado y mangas ajustadas, con una seguidilla de botones desde el escote hasta la altura del vientre, del mismo color de la tela, y además, el escote estaba enmarado con un escote o cuello falso de gasa mantequilla claro, de corte en V. Su largo cabello rosado se encontraba peinado en una coleta plaga de rizos que caía sobre su hombro derecho, con una trenza a modo de cintillo sobre su coronilla y que pasaba desaperciba por una impresionante corona de oro, esmeraldas, piedras de jade y diamantes que emulaba espinas, y diminutos capullos de jazmines, a juego con un par de pendientes de una de oro con una esmeralda en su centro de la cuya cuna pendía un diamante en forma de lágrimas, además y enmarcando su largo cuello e encontraba una cadena de oro de la que pendía un dije en forma de flor de cerezo con un diamante amarillo verdoso en el centro. Nadie podría decir que era una mujer de cuarenta y un años, no encontrándose en la cúspide más absoluta de su belleza.
-Asegúrate de volver pronto, no se cuanto más pueda dirigir el Palacio en tu ausencia- manifestó Sakura con la debida preocupación, más sin cruzar la línea del deber, -ahora estaré a cargo de todo- justifico la Haseki sin perder el formalismo necesario, en la medida de los justo, claro.
-Mayor razón para que te sientas alagada, madre- rio Daisuke, besando la mejilla de su madre que le sonrió enternecida.
-Intentaremos regresar lo más pronto posible- prometió Sasuke sinceramente, -pero indudablemente sabes que una misión diplomática a Persia jamás es fácil- aludió el Uchiha.
-Les tomara meses, lo sé- contesto Sakura de inmediato, sin dar lugar a su propio sentimentalismo, -pero lo importante es que vuelvan a salvo, ambos- esclareció la Haseki sin especificar por quien se sentía más preocupada.
Las cosas habían cambiado naturalmente en tanto él había regreso y si bien el aspecto que tenía un vínculo con Sakura—desde el exterior—parecía ser el mismo, interinamente resultaba más que evidente que ella ya no le guardaba la misma confianza; ya no sonreía del mismo modo en que lo había hecho antes, su forma de hablar y expresarse ante él no era la misma, se guardaba cosas para sí misma y ya no acudía a su presencia de no ser porque él así lo solicitaba o porque tuvieran algún asunto importante que tratar. Más, aun a pesar de ello, Sasuke tenía esperanza de que, con el tiempo, las cosas volviera ser lo que siempre habían sido, más para que eso tuviera lugar…debería ser paciente y aceptar que sus propios actos en consecuencia habían conseguido distanciar al ser que más amaba en el mundo porque ella sentía que había obrado mal, pero Sasuke se negaba a aceptar que algún ápice de su conducta mereciera reproche alguno.
Las puertas de los aposentos se hubieron abierto bajo un leve chirrido y sin anuncio alguno, dando paso a la Haseki del Príncipe Heredero, la Sultana Aratani que acudía a los aposentos de la Haseki del Sultan para despedirse de su Príncipe, triste por la separación que representaba pero ansiosa por el pronto reencuentro que esperaría pacientemente. Indudablemente sencilla, la Haseki del Príncipe manifestaba visiblemente sus cinco meses de embrazo que sin embargo parecían más notorios que eso. La Haseki y favorita del Príncipe se encontraba enfundada en un halagador e inocente vestido lila grisáceo de aspecto semi metálico, hecho de seda, escote cuadrado, de mangas abullonadas desde los hombros hasta más arriba del codo, y ajustado bajo el busto para hacer plenamente visible el embarazo a ojos de todos, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta sin mangas, hecha en su totalidad de encaje rosa grisáceo, de cuello alto en V, abierta bajo el busto pero enmarcada a los costados del vestido. Su largo cabello castaño cual cascada de rizos caía libremente tras su espalda y sobre sus hombros, adornado por una diadema de tipo cintillo hecha de oro blanco, recubierta en diamantes y decorada por dijes de diamante que emulaban el emblema Imperial de los Uchiha, y sin más joya alguna que el emblema de los Uchiha—obsequio de la Sultana Sakura—alrededor de su cuello.
-Aratani- nombro el Príncipe, haciendo que la sonrisa de su Haseki se volviera aún más radiante, -cuídate- pidió con sincera preocupación, entrelazando sus manos con las de ella, antes de bajar su mirada hacia el vientre de ella, -cuídense ambos, prometo volver, lo juro- tranquilizo Daisuke, besándole la frente cariñosamente.
-Confió en que volverás- corroboro Aratani sin dejar de sonreírle, -te amo demasiado como para perderte- bromeo a medias la Sultana.
Para una madre no había felicidad mayor que ver a su hijo, a quien más amaba y que había nacido de ella, ser feliz delante de sus ojos y es por ello que Sasuke se sintió plena al ver que tanto esfuerzo y batallas vividas tenían su fruto positivo a pesar de todo, porque Daisuke volvía a ser feliz y porque Aratani—a quien consideraba como a otra de sus hijas—y él se amaban sinceramente. Sus propios problemas emocionales eran nada si tenia la satisfacción de ver feliz a su hijo, eso era todo cuanto pudiera desear en la vida. Sakura plasmo una radiante sonrisa en su rostro en tanto su hijo volvió su atención a ella. Había llegado el triste momento de despedirse, no importaba si era por un corto lapsus de tiempo no, para Sakura estar lejos de quienes amaba siempre sería difícil de llevar, pero se consolaba al saber que volverían y anhelar que ese ´momento llagase lo más pronto posible.
-Regresa con seguridad, mi sol- pidió Sakura, preocupada por la seguridad de su hijo.
-Lo prometo madre- garantizo Daisuke, besando caballerosamente la mano de su madre que sonrió agradecida, -y prometo traer flores dignas que ensalcen tu belleza- acoto el Príncipe, cumpliendo la promesa que años atrás le había hecho.
-Preocúpate de ensalzar a Aratani, no a mí- sonrió Sakura, desviando brevemente su mirada hacia la Haseki de su hijo.
-Sultana, por favor- rió Aratani, un tanto avergonzada por este elogio.
Sakura negó únicamente, centrando su vista en Daisuke que abrazo a Aratani a su pecho una última vez. La felicidad ciertamente era lo más esquivo en el Palacio Imperial, de hecho dudaba que muchas de las Sultana que habían vivido antes que ella realmente hubieran podido ser felices, pero ella solo era feliz si sus hijos también lo eran y no había mejor forma de vivir que aquella. La Haseki se apretó ligeramente las manos andes de dar dos pasos y situarse frente a Sasuke y, solo por deber, suavizar su mirada y actuar tan perfectamente como le fuera posible para así darle una sensación de paz y seguridad a Sasuke al menos por los últimos instantes en que estaría juntos.
-Pensare en ti todo el tiempo- prometió Sasuke.
-Te escribiré cada día- secundo Sakura, pero no con sentimentalismo sino en base a los asuntos de estado que habría de transmitirle.
Era simplemente un hasta pronto.
Si bien no era necesario que tuviera lugar una despedida tan elaborada, necesitando o no de su presencia Mikoto se había mantenido al margen de todo asunto político recientemente, o más bien desde el regreso de su padre tras la muerte de Rai, legándole temporalmente toda su autoridad a su esposo Kakashi que hacía valer su poder como Gran Visir del Consejo Real. Los acontecimientos sucedidos no podían cambiarse, era ridículo pensar que podrían hacer que su padre se retractara de su decisión, eso no sucedería, estaba claro, pero tampoco es como i pudiera olvidarse, ni una ni otra decisión cambiaría nada de lo sucedido. El pasado no podía remediarse, y eso estaba más que claro.
De igual modo Mikoto presentaba una postura desconfiada hacia su padre, como hacia su madre la Sultana Sakura, eso no significaba que como Sultana que era, Mikoto no fuera sino a dedicarse a oponerse a cada cosa que sucediera, eso no era inteligente, por no hablar de que su labor estética era mostrarse impecablemente hermosa e inalcanzable y se dedicaba muy bien a ello. Por ende es que Mikoto lucía un modesto pero no menos elegante vestido Porráceo de terciopelo, de escote redondo—con un cuello falso de gasa verde oscuro grisáceo de corte en V—y mangas ajustadas hasta los codos hasta transformarse en mangas holgadas que llegaban a cubrir las manos, por sobre el vestido una chaqueta de terciopelo esmeralda con reflejos sutilmente más claros, sin mangas, y con una serie de intrínsecos y hermosos bordados de hilo de oro en los bordes de la chaqueta que enmarcaban—cerrada escasamente a la altura del vientre—perfectamente el contorno que trazaba la tela sobre su silueta. Su largo cabello rosado impecablemente plagado de rizos caía libremente tras su espalda y un mechón sobre su hombro izquierdo, adornado en su cima por una diadema de oro, compleja pero hermosa de tipo broche que hacia caer una esmeralda en forma de lagrima sobre su frente, teniendo como complemento un par de pendientes de oro en forma de U de los cuales igualmente pendía una esmeralda en forma de lagrima. Nada menos que lo que se esperaba de la primogénita del Sultan del Mundo.
La Sultana se sujetó ligeramente la falda del vestido para no tropezar en tanto los guardias le hubieran abierto las puerta de lo aposento de su hermano Shisui a quien desde hace día no había visto salir de su habitación, y no resulto nada agradable para Mikoto ingresar-en cuanto los guardias cerraron las puertas tras de si—y ver su hermano sentado frente a la mesa, recostado perezosamente sobre el diván, bebiendo aparentemente, pero Mikoto se alejó de esta idea inmediatamente ya que su hermano menor no bebía, el único que tenía tendencias a este comportamiento era Daisuke y no con el fin de embriagarse sino de simplemente disfrutar tal y como—en ocasiones—hacían Shina y ella misma, pero no del modo en que Shisui, aparentemente, estaba haciendo en ese momento. Afortunadamente su padre ya no estaba en el Palacio, de otro modo todos correrían con culpa por causa de Shisui.
-Me dijeron que estabas enfermo, pero veo que estas bien- afirmo Mikoto en base a la visión que significaba su hermano, -¿Estas bebiendo?- consulto la Sultana, observando la jarra y copa sobre la mesa.
-Sí- afirmo Shisui, terminando de beber el sake de su copa, antes de dejarla sobre la mesa, -¿Algún problema con eso, hermana?- inquirió el Príncipe, observando fijamente a su hermana mayor.
Anteriormente se hubiera preocupado enormemente de todo cuanto su padre pudiera hacer, que pudiera orquestar su muerte tal y como había hecho con Rai, y en parte ese miedo aun latía en él, pero Shisui ahora solo quería morir, no quería tener que vivir una fantasía ridícula y absurda, si iba a morir bajo las ordenes y mano de su padre, deseaba que eso sucediera ya, sin dilación alguna. Esta respuesta resulto preocupante para Mikoto, Shisui solo tenía quince años, aún era muy joven y no era correcto ni sano que se dejara abatir con aquella preocupante facilidad, acabaría pasándole factura en algún momento. Shisui había cambiado tras la muerte de Rai, clandestinamente es que el doctor C lo visitaba y aseguraba que padecía momentos de alucinación y crisis nerviosas, paranoia y algo denominado como terror nocturno. Shisui no estaba bien, y a su madre le preocupaba que esto fuese así.
-¿Qué está pasando? Tú no eres así- reprocho Mikoto, sentándose a su lado, sin ser agresiva sino sutil, con un matriz triste en su voz pero que ante su temple sereno a penas resulto visible.
-¿Quieres que vaya donde el Sultan cruel y le suplique que me perdone?- cuestión Shisui inmediatamente, ignorando sus palabras y aparente preocupación que pasaron inadvertidas para él.
-Shisui, escúchate- pidió Mikoto, sin desistir en su preocupación.
-Dile al Sultan que soy un peligro, que envíe a los verdugos a ejecutarme- continuo Shisui con un tono de voz que claramente representaba la paranoia que sentía a cusa del miedo que se esforzaba en ocultar.
-¡Shisui!- chillo Mikoto, sujetándolo de los hombros, casi pegando su frente a la de él. -Contrólate, por favor, me duele verte así- pidió la Sultana con la voz quebrada.
Aun recordaba los días pasados y todo cuanto todos habían tenido que soportar durante el Sultanato de Mei y Rin, aquella noche en que su hermano Itachi había ido asesinado, decapitado, y cuan agradecida—a pesar de la muerte de su mellizo—se había sentid porque sus otros hermanos hubieran salido ilesos, pero luego otros golpes habían continuado: Baru había sido igualmente asesinado y sus hermanos solo habían conseguido salvarse porque su padre había regresado de Crimea, de otro modo los hubiera perdido a todos. Pero Shisui sentía miedo de que eventos así continuaran sucediendo, y no por obra de sus enemigos, sino de su padre que ahora se había vuelto el auténtico y peor enemigo que hubieran podido imaginar, porque no podían luchar contra él, era una lucha imposible e infructuosa.
-Tengo mucho miedo, Mikoto- admitió Shisui, entre lágrimas.
Sin penar ni por un segundo es que Mikoto abrazo a su hermano, haciendo que Shisui reposara la cabeza contra su hombro, sin romper el contacto que los acercaba tanto. Claro que el Imperio era crueldad, era justicia pero igualmente opresión y opresión, pero si algo era importante para Mikoto y porque su madre se lo había enseñado era que no había amor mayor que el que unos hermanos podían sentir entre si y que sin importar lo que sucediera todos ellos—incluyendo a Rai que tristemente ahora estaba muerto—nadie podía interferir entre ese vínculo especial, por crianza o sangre todos ellos eran hermanos y debían protegerse entre sí, esa era su única y sincera tarea y vivían para cumplirla.
-No, no tienes por qué tener miedo, mientras nos tengamos los unos a los otros, y a nuestra madre, no necesitamos nada más- animo la pelirosa, sonriendo a pesar de la tristeza en su semblante, -confía en nuestra madre, ella moriría por nosotros- garantizo Mikoto, dirigiendo indiscutiblemente sus pensamientos hacía su progenitora.
-No salvo a Rai- protesto Shisui inmediatamente, rompiendo el abrazo al recordar inequívocamente recordando aquella noche que jamás podría olvidar.
-No pudo, lo intento, pero no pudo oponerse al Sultan, ninguno de nosotros puede- alego Mikoto, defendiendo a su madre indudablemente, -pero ella murió con él en ese momento, lo sabes, ¿No?- inquirió la Sultana, apelando al aun latente buen juicio de su hermano que menor que, tras meditarlo un segundo, asintió únicamente con la mirada baja. -Sé que estas sufriendo, pero intenta pensar con cordura, por favor, Shisui- pidió Mikoto de forma suplicante.
Su madre indudablemente era la más afectada de todos ellos, cada día era evidente su dolor porque sus momentos de tristeza eran cada vez más recurrentes, obviamente intentaba sobrecargarse de trabajo y deberes para así no pensar en aquellos que tanto amaba y ya no estaban con ella. Su madre siempre había sido una mujer fuerte, eso era lo único que Mikoto siempre había considerado tan cierto como su indiscutible belleza, pero la entereza y seguridad que había poseído en su recuerdos de niñez había comenzado a decaer por causa de Mito, por Mei y Rin, esa fortaleza indeleble permanecía pero su espíritu y corazón estaban hechos trizas, era una mujer que ocultaba su tristeza y dolor en su carácter cargado de nobleza, amor y voluntad, de otro modo Mikoto estaba segura de que su madre hubiera optado por rendirse hace mucho.
Resignado y meditabundo, Shisui asintió únicamente sin emitir palabra alguna.
El rol de cada Sultana, dentro del Imperio, era importante y singular, por no aclarar inigualable, y consciente de ello es que Izumi había optado por cumplir con su rol en el Imperio, leal a su esposo y ahora además participando en la política teniendo como mentora a la única persona que verdaderamente podía enseñarle a sobrevivir, su madre. En cuestión de menos de un año tendría quince años, y era ridículo que a su edad no pensase en participar de la política del Estado como su madre lo había hecho apenas siendo un año mayor que ella, en su día, y ahora era su turno.
La noche no había tardado en llegar al Palacio Imperial luego de la partida dl Sultan y el Príncipe Heredero, que había tenido lugar al medio día, y con ella la oportunidad de Izumi de cenar junto a su madre y Aratani. Ante la ausencia de su padre es que ella y Mitsuki habían decidido permanecer en el Palacio Imperial por la seguridad de su madre y su hermano Shisui que evidentemente no estaba bien y lo que más deseaba Izumi era aligerar la carga emocional de su madre en la medida que le fuera posible. Bueno, por eso y otra cosa más que pensaba contarle sobre la marcha. Frente a la mesa y cenando animadamente se encontraban la Sultana Sakura, la Sultana Aratani y la Sultana Izumi que eran asistidas por sus respectivas doncellas.
Radiante y deslumbrante, la Sultana Izumi portaba unas armoniosas galas de seda color rojo, el color emblemático del Imperio Uchiha, se trataba de un vestido de escote corazón, —con un grueso margen por sobre el escote, formando un corte en V—con siete botones rojo oscuro en caída vertical hasta la altura del vientre, mangas ajustadas hasta los codos y que se abrían frontalmente a la altura de los codos, cuales lienzos de gasa, por sobre el vestido o más bien pegada a él se hallaba una chaqueta sin mangas granate oscuro que enmarcada en los costados del corpiño, se apegaba al vestido por obra de un margen de hilo de oro que igualmente formaba el borde del escote. Aportando la madurez propia que deseaba emular, su largo cabello castaño se encontraba recogido tras su nuca, resaltando la corona de oro, rubíes y diamantes rojos en forma de capullos de rosa y que complementaban no solo al vestido en sí, sino también a un par de pendientes de cuna de oro en forma de lagrima con un rubí homólogo en su centro, a imagen del dije de la cadena de oro alrededor de su cuello. Sobraba decir que toda mujer que la viera, al igual que a la Sultana Sakura, se sentía naturalmente envidiosa ante tanta belleza.
-¿Cómo esta Shisui, madre?- consulto Izumi, sinceramente preocupada por su hermano mellizo a quien no había visitado ya que apenas y se había trasladado al Palacio ese día, y había estado organizando y preparando exhaustivamente sus aposentos. -Me preocupa, Yugito menciono que se está volviendo loco- la Sultana Sakura entorno los ojos al escuchar el nombre de la que había sido la doncella de la fallecida Princesa Koyuki, -sé que no te gusta que la tenga en mi servicio, pero confió en ella- justifico Izumi, pidiéndole indirectamente a su madre que fuese tolerante.
Yugito había permanecido en el Palacio al no tener nada que ver con las acciones y/o decisiones que la Princesa Koyuki había tomado, y ya que Izumi confiaba en ella es que había optado por ofrecerle ser su doncella de mayor confianza ya que no tenía a nadie más calificada en mente y como había aceptado e que ahora era quien representaba su voluntad. Evidentemente su madre no estaba muy de acuerdo con la idea ante los eventos sucedidos por causa de Koyuki—ya muerta—anteriormente, pero Sakura debía reconocer que merecía darle el beneficio de la duda a Yugito que era inocente. Quizá con el tiempo probase su lealtad, debía de tener en cuenta esto último en lugar de sus aparentes prejuicios que nada tenían de justificación.
-Sea- permitió Sakura, pensando en la felicidad de su hija en lugar de sus propios prejuicios. Un suspiro cargado de lamentación y pesar fue lo único que contesto la Sultana, negando para sí misma, -al parecer ver la muerte de Rai lo trastorno, el doctor C hizo una medicina para él y hago que la coloquen en su comida en todo momento, eso cura las migrañas- explico la Haseki, bajando su mirada con tristeza a causa de esto.
-Kami mediante se recuperara, Sultana- oro Aratani, intentando animar a la Haseki del Sultan.
-Amén, Aratani- secundo Izumi, totalmente de acuerdo con esta forma de pensar.
-Amén- acepto Sakura, haciendo el máxime esfuerzo posible por no pensar negativamente.
Por su propio bien y la prioridad en la toma de decisiones importantes es que Sakura sabía que debía de mantener su emociones al margen, la jerarquía Imperial exigía sacrificios y el mayor de ellos era olvidar las ambiciones y deseos individuales, porque ello influía en el futuro del Imperio, desde hace muchos años es que Sakura se había arrancado a si mima el corazón, resignada a dedicar su vida al Imperio y no a su propia felicidad, claro, ser feliz era agradable pero dejar un legado seguro para sus sucesores en el trono y el cargo de Sultana Haseki o Madre Sultana era mucho más prioritario. Ser egoísta o podía ser considerado como una opción siquiera. Sakura bajo su mirada al plato de su hija Izumi que de no ser por uno que otro bocado estaría intacto luego de que lo hubieran servido hacia unos minutos atrás, mientras que su plato y el de Aratani estaban casi vacíos.
-¿No piensas comer más, Izumi? Usualmente dejas el plato vacío- reprocho Sakura, observando la aparente distracción.
-Lo hago a mi ritmo, madre- justifico Izumi, dándole otro bocado a su cena pero, a su propio ritmo, tranquilizando los pensamientos de su madre. -Hay algo que deseaba contarte, y me alegra que Aratani esté aquí, así poder pedirle consejos- relaciono la Sultana.
La Sultana Haseki no pudo evitar arquear una ceja con confusión ante esta extraña y confusa afirmación que nada le dio a esclarecer ya que Izumi estaba siendo demasiado parcial. Izumi sonrió al ver el desconcierto pintar el rostro de su madre y el de Aratani que no conseguían entender a que se estaba refiriendo, por ello y fijando su mirada en su madre es que Izumi bajo la mirada hacia su vientre, señalándose a sí misma, esperando que este gesto indicativo resultase ilustrativo. Un sutil jadeo abandono los labios de Sakura en tanto comprendió a que se refería o lo que parecía ser, feliz ante la noticia si es que era del todo segura porque Sakura sentía que bien podía estar equivocándose en su aseveración.
-¿Estas segura?- inquirió Sakura, no pudiendo evitar sonreír ante la idea.
-Si, la partera me reviso, dos semanas- aseguró Izumi, posando una de sus manos sobre su vientre, exteriorizando inmediatamente su emoción por ello. -Espero que me brindes tus consejos como madre, Aratani- pidió la pelicastaña.
-Haré lo que pueda Sultana- sonrió Aratani, feliz al comprender la noticia.
Izumi tenía muy en claro que ser madre no era una labor sencilla, de hecho y contrario a lo que sucedía con los hombres que cuando mucho debían de participar en guerras o campañas militares, las mujeres no obtenían el reconocimiento merecido. El dolor al momento del parto era algo incomprensible para los hombres, porque solo las mujeres estaban hechas para soportarlo durante horas, incluso días en el peor de los casos e Izumi lo entendía ya que su madre era una mujer que múltiples veces había soportado a experiencia del parto y salido intacta, cada ´vez más fuerte e inderrotable. La mirada de la Sultana Izumi descendió hacia el vientre de la Haseki de su hermano, Aratani, que ahora que lo analizaba mejor…aparentaba más tiempo de embarazo que el que tenía en realidad o del que Izumi estaba informada, menos que la información estuviera errada.
-¿Cuánto tienes?- indago Izumi, con curiosidad
-Cinco meses, Sultana- respondió Aratani sin el menor problema.
-Me atrevo a sugerir más- comento Izumi.
-También yo- acepto Aratani, posando sus manos sobre su vientre, como acostumbraba a hacer recurrentemente, -pero el doctor C dijo que quizá se trate de un parto múltiple- justifico la pelicastaña, no sabiendo si estar del todo segura con respecto a ello.
-Sera un buen augurio, no vemos un hecho así desde que nacimos Shisui y yo- felicito Izumi, emocionada ante la idea.
Los partos múltiples no eran lo más recurrente en el Imperio, la única Sultan que había gozado de esta fortuna era la difunta Sultana Kaori, esposa del Sultan Tobirama que había alumbrado a un Príncipe Primogénito: Butsuma, unas mellizas, las hermosas Sultanas Eshima y Gen, un año después a la Sultana Fumiko, y finalmente al año siguientes u ultima hija, la Sultana Suki. Tras la Sultana Kaori ninguna otra Sultana, ni siquiera la Sultana Mito, ni la Sultana Mei o la Sultana Mikoto—madre del Sultan Sasuke—habían conseguido un parto múltiple, ni siquiera otra de las favorita de los Sultanes reinantes, no hasta la aparición de la Sultana Sakura que había alumbrado a múltiples mellizos; el Príncipe Itachi y la Sultana Mikoto y años más tarde a la Sultana Izumi y el Príncipe Shisui. Ya que los nacimientos múltiples eran tan extraños y alabados es que se consideraba un bue orgullo, significaba no solo el vigor y virilidad del gobernante que dirigía un Sultanato, sino también la fertilidad de su Haseki y esto siempre era visto como una bienaventuranza ya que significaba que la dinastía crecía y fortalecía sus raíces.
-Y no hay día en que no lo agradezca- aseguro Sakura, sonriéndole a su hija.
La Sultana Shina sin interés alguno contemplo como los sirvientes retiraban los platos y restos de comida de la mesa luego de la cena, sentada sobre su cama, triste y meditabunda tras la conversación que había sostenido junto a su hermana Mikoto, preocupada por lo que Shisui pensaba y la clase de pensamientos que lo abrumaban y que bien—para preocupación de todos—podían hacer que el Sultan comenzase dudar de su cordura. Konohamaru, hasta entonces de pie junto a la ventana, se situó a su lado, sentándose sobre la cama, entrelazando una de sus manos con la de ella, deseando aliviar sus problemas y preocupaciones.
-Si ser un Sultan significa ser como mi padre, por ningún motivo quiero ser uno- pronuncio Shina con la misma inequívoca tristeza que reflejaban su madre y hermanas que pese a intentar animarse, temían que un destino semejante al de Rai se cerniera sobre sus hermanos, -eso es lo que dijo, mi propio hermano enemistado contra mi padre- declaro la Sultana ante el incierto futuro que se avecina de forma indetenible. -Kami, como si ya no tuviéramos suficientes maldiciones sobre nosotros- murmuro Shina, bajando tristemente su mirada.
Pese a la decepción y tristeza que no se permitía exteriorizar, la Sultana Shina no pensaba demostrarlo, ni siquiera en su forma de vestir, a ella al menos le resultaría ridículo anteponer sus sentimiento personales y arriesgarlo todo, en esas circunstancias su deber era—como el de su madre y su hermana mayor, Mikoto—aparentar y fingir que todo estaba bien, pesara a quien le pesara, así podría proteger a sus hermanos y mantenerse aparentemente leal de todas formas. Consciente de esto es que Mikoto había optado por usar el color que representaba al imperio, se trataba de un sencillo vestido de terciopelo rojo oscuro, de escote cuadrado y mangas ajustada, hasta los codos, además y como complemento las mangas holgadas y semi transparente—a partir de los codos y hasta cubrir las manos—estaban hechas de gasa, al igual que el cuello y escote falso de seda en caída en V color rubí. Por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de seda y gasa granate claro de escote en V, cerrada bajo el busto y abierta bajo el vientre, plagada de bordados de hilo de plata y ribeteada en diamantes, con un cinturón de cadena de plata, con cristales y diamantes incrustados, enmarcando su cintura. Su largo cabello rubio castaño plagado de rizos caía libremente sobre sus hombros cual marea de rio, adornado por una diadema de tipo broche hecha de oro y que replicaba flores de cerezo ribeteadas en diamantes y cristales multicolor, complementando la cadena de oro blanco y diamante alrededor de su cuello, sencilla pero igualmente deslumbrante. Una Sultana en todo, no solo en el nombre y estaba bien decirlo.
-Como si alguien deseara ser Sultan- murmuro Konohamaru, parcialmente de acuerdo con las palabras del Príncipe Shisui. Shina levanto inmediatamente la mirada al escucharlo decir eso, -no me veas así, sabes que tengo razón- justifico el Sarutobi, conociendo el destino de los Sultanes y la clase de decisiones que debían tomar forzosamente, en ocasiones.
-Si lo sé o no, es asunto mío- rebatió Shina, nada agradecida por esta mención, -este Palacio ha visto generaciones de enemistad entre padres e hijos, entre hermanos, sangre derramada por el fratricidio- enumero con inequívoca incertidumbre, -tengo que admitirlo Konohamaru, temo que esos días regresen- reconoció Shina, bajando la mirada.
Cuando él y Shina se habían casado ella solo había contado con quince años, había sido tremendamente joven pero inteligente y si bien Konohamaru solo había tenido diecisiete años en ese entonces, Shina había sido muy sabia al elegir a un político fuerte y que claramente habría de triunfar en el futuro, pero con el tiempo y la lealtad que Konohamaru guardaba al Imperio como tal es que ambos no habían podido evitar enamorarse el uno del otro, y—en la actualidad—podían afirmar satisfactoriamente que ese amor continuaba vigente y que lejos de las intrigas palaciegas, vivían un matrimonio por amor que solo inicialmente había iniciado por política. Pero si bien se amaban Konohamaru sabía que Shina solo le confiaría sus inquietudes a su madre, al Sultana Sakura, era una mujer muy reservada y que sabía ocultar eficientemente sus emociones, si se lo estaba diciendo a él de esa manera…se debía a que no quería molestar a su madre con sus problemas y que su confianza sobre él era indeleble. Konohamaru le ario cariñosamente la mejilla, limpiando en el proceso una solitaria lagrima que había descendido por su mejilla. Al igual que al Sultana Sakura, su esposa podía ser tan fuerte como un muro infranqueable, pero frágil como el cristal al mismo tiempo.
-El Sultan Sasuke derogo la ley del fratricidio, si quisiera volver a hacerla vigente se estaría condenando a sí mismo- planteo el Sarutobi, exponiendo el lado racional de la situación que su esposa tanto temía, -el pueblo aprobó por excelencia su jurisdicción, no, la de la Sultana Sakura- corrigió Konohamaru, esforzándose por tranquilizarla.
Cuando un Sultan modificaba alguna ley, fuese cual y como fuese, esa ley estaba penada ante los ojos del mundo si se volvía a ejercer impetuosamente, y solo era tolerada en circunstancias extraordinarias como aparente había sucedido en el caso de Rai, pero si bien Shina sabía estado, temía que su padre rompiera con sus propias promesas y, conscientemente, lastimara su madre al decidir tomar la vida de Daisuke o Shisui, su madre no resistiría perderlos a ellos, se desplomaría y desvanecería como el polen de las flores, era una mujer que se adaptaba muy bien a las situaciones, pero eso no significaba que siguiera indemne, cada nuevo golpe era un factura dolorosísima que siempre la afectaba y el mejor ejemplo era el claro desprecio que ahora guardaba hacia el Sultan. Amaba al hombre, a Sasuke Uchiha, pero el Sultan…despreciaba todo lo que ello representaba y sus hijas e hijos apoyaban esta forma de pensar.
-No puedo evitar preguntar…- Shina negó para sí misma, desistiendo de la idea que deseo plantear.
-¿Qué cosa?- inquirió Konohamaru, pero su esposa solo negó, expresar que tal vez no fuese importante compartir su opinión. -Shina, sabes que puedes decirme lo que sea- alentó el Sarutobi.
-Mi padre se deshizo de Rai, por considerar que su existencia era una amenaza- inicio Shina, recibiendo un asentimiento de parte de su esposo. -¿Qué hará cuando se dé cuenta que el único gran obstáculo en su camino no es sino mi madre?- cuestiono la Sultana con sincera preocupación.
Escuchando estas palabras, Konohamaru simplemente no supo que decir, la Sultana Sakura era el soporte del Imperio, lo había sido desde aquella noche en que se había enfrentado a la gente, aun siendo solo la favorita del Sultan, en que había clamado los ánimos de la gente y como-con el pasar de los años-le había demostrado su amor al pueblo. Por más osado que resultase de decir…ningún Sultanato hasta la fecha se encontraría vigente de no ser por la Sultana Sakura, importaba poco la sabiduría y cualidad innata para la gobernanza que los Sultanes pudieran tener para regir un Sultanato, si la Sultana Sakura no estaba en el Palacio o no penaba en consonancia con el Sultan reinante…cualquier Sultan fácilmente podría ser depuesto.
La Sultana Sakura era quien verdaderamente gobernaba el Imperio.
No podía dormir, no si se encontraba cargada de preocupaciones, temiendo por la seguridad de su hijo, por ello es que tras cenar y cambiarse de ropa la Sultana Sakura había acudido a los aposento de su hijo, esperando por ver a Shisui y habar con él , pero en cuanto lo había visto profundamente dormido obre su cama, la Sultana había cambiado de parecer, sentándose sobre la cama y velando apaciblemente el sueño de su hijo como había hecho años atrás cuando él era un bebé y mecía su cuna, anhelando protegerlo con la misma intensidad, dirigiendo el mismo amor indeleble.
Serena y sencilla, esa tal vez fuera la mejor descripción que pudiera hacerse de la Sultana Sakura que ya no portaba las elegantes y soberbias galas propias de su rango, ni las joyas que ensalzaban su belleza, más eso no significaba en ninguna medida que no fuese tan o más hermosa de como lucia diariamente. Su femenina e impecable figura se encontraba ataviada en un sencillo camisón de seda jade oscuro perfectamente alzado a su figura, de escote en V y mangas ajustadas hasta las muñecas, por sobre el vestido se hallaba una bata de seda y encaje esmeralda que se cerraba bajo el busto y cuyas mangas holgadas y abiertas desde los hombro oscilaban a los costados de los brazos. Su largo cabello rosado caía libremente tras su espalda y sobre sus hombros, plagado de sus naturales y cadenciosos rizos que parecían enmarcar su rostro sin una pisca de maquillaje y que lucía igualmente dulce e indemne del paso del tiempo sobre su persona, únicamente pendiente de su hijo y ajena al resto del mundo por su propia elección.
No resulto indetectable para Sakura el momento en que su hijo se removió entre sueños, quejándose de algo que Sakura no llegaba a comprender, únicamente escuchándolo debatir de forma casi inaudible, claramente perturbado por algo. El doctor C le había advertido que esta clase de continuos episodios y pesadillas eran producto del trauma que había sido para su hijo menor presenciar la muerte de Rai, estando igualmente sometido a tanto estrés voluntaria o involuntariamente era esperable que su juventud lo hiciera muy voluble y Sakura quería estar hi para él por el mismo motivo, porque así como ella era naturalmente agresiva con sus enemigo por haber sido traída como esclava al Palacio, su hijo podría oponerse con indiscutible facilidad ante el Sultan, solo que la diferencia era que Shisui podía morir por cometer una imprudencia y ella debía de evitar que le sucediera algo malo.
-Shisui, despierta, hijo, es una pesadilla- llamo Sakura, zarándale ligeramente los hombros.
Con un jade repentino, Shisui abrió los ojos, parpadeando confundido, aparentemente agradecido o decepcionado de que la realidad vista en su sueño fuese o no la que existía certeramente, o eso pareció mientras se acomodaba sobre la cama de tal manera hasta encontrarse sentado, reparando entonces en la presencia de su madre que acariciaba cariñosamente sus cabellos, pendiente de él en todo momento, cosa que lo hizo sentir a salvo, seguro, al menos por unos cuantos segundos hasta que su presencia se convirtió en una sensación extraña puesto que Shisui dudaba de que su madre pudiera protegerlo, o más bien temía que lo hiciera y que si a ella le sucedía algo, Shisui estaba seguro de que estaría perdido. Si su padre había hecho que asesinaran a Rai, ¿Por qué Daisuke, o él, o incuso su madre no serían fácilmente desechables para el Sultan?
-Shisui, tranquilo, estas a salvo, yo estoy aquí- sonrió Sakura, transmitiéndole tanta calma y seguridad como le era posible.
-Déjame, madre- gruñó Shisui, alejándose de su tacto, evadiendo su serena mirada esmeralda. -Hoy o mañana, ¿Qué diferencia hay?- cuestiono el Príncipe antes de encontrar sus ojos con los de su madre, -¿Por qué mi padre no me mata de una vez?, ¿Qué lo detiene?, ¿Qué quiere de mí?- discutió Shisui, no pudiendo evitar que su voz se quebrara irremediablemente ante el miedo y desesperación que sentía.
-Hijo, me rompes el corazón al hablar así- confeso Sakura con su mirada esmeralda matizada de lágrimas, -tu padre no es tu enemigo- intento incitar la Haseki.
Si bien ella misma ya no confiaba en Sasuke, esos no significaba en lo absoluto que pensase en sembrar la guerra en el Palacio, en hacer que sus hijos odiaran a su padre, en sembrar la discordia para sí verse favorecida personalmente, no, claro que no, ella no era así, no era como Mito o Mei, no pensaba en sí misma, sino en sus hijos. Kami mediante cada uno habría de morir cuando llegase el momento, pero hasta que ese momento llegase, Sakura solo estaba dispuesta a velar y luchar por sus hijos, por la seguridad y estabilidad del Imperio, no tenía otro propósito, no quería crear una especie de guerra civil, no quería un derramamiento de sangre, deseaba la paz desesperadamente, la paz para las próximas generaciones.
-Ambos sabemos que eso no es así madre- debatió Shisui, observándola seriamente, -te he visto: ya no le sonríes como lo hacías antes, tus ojos ya no brillan cada vez que lo ves, tu misma dudas continuamente de él- enumero el Príncipe, defendiendo su propia teoría.
Algunos considerarían como normal que su madre se volviese ciega, que el amor que sentía la hiciese ignorar los eventos que sucedían y continuarían sucediendo claramente, pero no era así, su madre había comenzado a trazar las distancias y ahí estaba tanto lo positivo como lo negativo puesto que Shisui sabia cuan herida debía de encontrarse su madre como para que pusiera el amor que sentía en el plano meno importante de su vida, anteponiendo en lugar de todo lo demás el amor que les profesaba a sus hijos e hijas, y la seguridad que deseaba brindarle permanentemente al Imperio. Siempre había visto a su madre como un ser inocente y noble, alguien digna de comparar con un ángel, y seguía pensándolo, pero…el matrimonio de sus padres ya no era ese matrimonio llego de amor que había contemplado con inocente felicidad durante toda su infancia, ahora distaba mucho de esa estructura inderrotable y todo por los errores que su padre estaba cometiendo.
-Shisui, confía en mí cuando te lo digo, si tú mueres, si alguien osa lastimarte, yo moriré contigo, lo juro- prometió Sakura, sosteniendo una de las manos de su hijo, y rodeando sus hombros con su brazo, -te amo con todo mi corazón hijo, confía en mí, por favor- pidió la Sultana sinceramente.
La Sultana Sakura acomodo mejor su peso sobre la cama para hacía acercarse más a su hijo, haciendo que Shisui reposara su cabeza sobre su hombro mientras Sakura reposaba su mentón sobre la coronilla de su hijo, acariciándole los hombros, aun abrazándolo con su brazo, dándole la seguridad y calma necesaria para que su hijo pudiera ser sincero, para que confiara en ella y en que siempre lo protegería porque a eso era lo que se dedicaría, a él, a Daisuke, a Mikoto, Shina, Sarada, Izumi y Hanan, al Imperio, todo lo demás era insignificante para ella, incluso el amor que aun sentía por Sasuke.
-Yo también te amo, mamá- sollozo Shisui.
-Si tienes miedo, yo te protegeré, lo juro, siempre voy a estar contigo- prometió Sakura.
3 meses después
Decían que el Palacio era un lugar de bellezas sin par, triunfo y gloria, oro y riquezas simplemente inigualables, y hacían bien en pensar así pues estos aditamentos formaban parte de la vida cortesana, pero eso o era todo, eso era apenas la punta del alfiler que categorizaba la vida Palaciega y su rutina muy marcada, especialmente en el Harem donde regia una ética impecable y que nunca daba signo alguno de ausencia, y estaba bien de ese modo ya que, de no ser así, cundiría el caos y el desorden, y todos en el Palacio sabían que eso no le agradaba a la Sultana Sakura en lo absoluto, y todos deseaban hacerla feliz.
-¡Arriba!, ¡Todas despierten!- ordeno Eri a viva voz, entrando en el Harem durante el nuevo día que iniciaba para todos. -¡Vamos niñas, no se demoren!- apresuro la Kalfa al escuchar murmurar y quejarse a las concubinas que comenzaban a despertar.
Pese a su rango de Kalfa que en realidad la proveía de una autoridad casi comparable a la de una Sultana, en la corte, Eri sin lugar a dudas vestía sencillamente comparada con otras mujeres que se regodeaban en la vagancia y opulencia innecesaria. Lucía un modesto vestido borgoña de escote en V, calzado a su figura y de mangas ajustadas hasta los codos, abiertas como lienzos, por sobre el vestido una chaqueta marrón almendrado plagada de bordados en hilo cobrizo, sin mangas y de escote redondo, cerrada bajo el busto por cuatro botones de oro en caída vertical hasta a altura de las caderas donde se abría para exponer la falda inferior. Su largo cabello rubio, peinado en una cascada de rizos, caía sobre su hombro derecho, exponiendo así un collar de piedras de jade de las cuales pendían una innumerable cantidad de cristales en forma de lagrima—obsequio de la Sultana Sakura—a juego con una diadema de tipo broche hecha de oro y decorada con broches de cuna de oro con amatistas en el centro y cadenas de oro adornando parte de su cabello, resaltando un par de pendientes de oro a juego y que sostenían una perla en forma de lagrima. Sencilla pero sin perder el portento que merecía tener como madre de una Sultana.
-Lady Eri…- se quejó una de las jóvenes, incapaz de levantarse de la cama al igual que sus compañeras.
-Si el Sultan y los Príncipes no están, ¿Por qué debemos levantarnos?- discutió otra de las chicas, peinando sus cabellos con sus manos, aun adormilada.
Las normas en el Harem eran estrictas, si bien podía ser un lugar ameno y feliz, todos se ceñían a reglas, inclusive las Sultanas o favoritas, e otro modo el sistema que conformaba el palacio y la jerarquía social no funcionaría y cundirían los problemas y la incertidumbre; y si bien l Sultana Sakura deseaba que todos en el Palacio fueran felices, eso no significaba que fuese a permitir el desorden, era estricta pero sumamente cálida y noble, eso la hacía tan querida por todos en el Imperio, desde los jenízaros a los plebeyos comunes y desde las concubinas a los sirvientes. Lady Eri, madre de la Sultana Kaori, hubo plasmado una inocente y divertida sonrisa en su rostro, cruzando las manos tras su espalda mientras se acercaba a las camas de una de las jóvenes que había protestado ante sus órdenes.
-Cállate y haz lo que digo- ordeno Eri de forma inamovible. -¡Arriba todas! No me obliguen a llamar a los jenízaros- advirtió la Kalfa.
Cual estatua, lady Ino, -la encargada del Harem y mano derecha de la Sultana Sakura-observo todo con inequívoca fascinación, tomando nota mental del arduo y perfecto desempeño de Eri con los deberes del Harem, algo que sin lugar a dudas causaría la satisfacción de la Sultana Sakura que se encontraba ligeramente cargada de trabajo ante la ausencia del Sultan y el Príncipe Heredero que permanecían en Persia, y por ende es que Ino tomaba sobre sí misma la responsabilidad de dirigir el Harem, recurriendo a la ayuda de todos cuanto estuvieran dispuestos a colaborar. Cuando el Sultan no estaba en el Palacio, era el deber de la Sultana Haseki dar órdenes y ejercer como Regente Imperial, ella era quien ahora gobernaba el Imperio y era obvio para todos que el pueblo estaba más que gozoso por ello, y todos en el Palacio también lo estaban, con la Sultana Sakura a cargo de todo, solo había paz y quietud.
Siendo la representante de la voluntad de la Sultana Sakura en el Palacio, Ino ni siquiera pensaba permitirse ser menos de lo esperado, portando un elegante pero riguroso vestido de seda fucsia purpureo, de escote alto y redondo con seis botones purpura en caída vertical desde el escote a la altura del vientre, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de mangas ajustadas hasta los codos, ligeramente abullonadas para formar unas marcadas hombreras, los bordes entre el corpiño y la chaqueta estaban plagados de bordados en hilo cobrizo, al igual que los laterales de la falda de la chaqueta y las muñequeras. Su largo cabello rubio, naturalmente plagado de rizos, caía como una marea sobre sus hombros, adornado en su cima por una diadema de tipo cintillo hecha de tela y plagada en bordados de hilo de oro como complemento a un largo par de pendientes de oro en forma de zarcillos y lágrimas. No por nada era la mejor amiga de la Sultana Sakura y le hacía honor a tal confianza siendo una figura a respetar y que estaba casi a la altura de cualquier Sultana, menos la Sultana Sakura, desde luego.
-Te adecuaste muy rápido a tus labores- felicito Ino, acercándose a Eri para suplirla en las labores que se autoimponía sin necesidad.
Ya que Eri la madre de una Sultana, se hallaba indiscutiblemente por encima de cualquier norma, no tenía por qué ser una sirvienta pero elegía serlo voluntariamente ya que deseaba sentirse útil, por esto y porque deseaba ayudar a la Sultana Sakura y al Imperio tanto como le estuviese permitido, además de esa manera podida tratar abiertamente con Visires y Pashas y ayudar a la adquisición de aliados potenciales para el futuro del Imperio, las Sultanas, los Príncipes y su hija que aún era muy pequeña para entender lo complejo que era el mundo y la oscuridad que tenía y de la cual Eri quería protegerla tanto como fuera posible hasta que Kaori pudiera defenderse y luchar por si sola.
-Solo a esta, me gusta gritarles- justifico Eri, riendo ante esto último.
-Sí, es divertido, la mayor parte del tiempo- coincidió la Yamanaka riendo de igual modo.
-Con su permiso, lady Ino, me retiro, la Sultana Kaori me necesita- se despidió la Kalfa.
-Cuida de ella, Eri- acepto Ino.
La Kalfa solo sonrió ante esto, retirándose con una respetuosa reverencia dirigida a lady Ino que suspiro antes de iniciar con su trabajo…
Si bien las Sultanas tenían indiscutibles privilegios, Sakura elegía cargarse de trabajo desde que salía el sol—cuando se levantaba—hasta el anochecer, así podía sentirse plena, podía sentir que continua al futuro del Imperio, y si bien aún era temprano ya había acudido a la Sala del Consejo Real, encargarse de los prioritarios asuntos de estado con inequívoca solidez y naturalidad. Inicialmente al llegar a la capital, Konoha, —con solo dieciséis años—como un esclava y favorita del Sultan del mundo; la política no le había llamado la atención en lo absoluto, pero con el tiempo había tomado interés por ella, había entendido el complejo entretejido de juegos y trasfondos hasta volver al estado y la policía algo transparente y en donde las mentiras no estaban permitidas. Ahora, sentada frente a su escritorio en sus aposentos, la Sultan hubo terminado de firmar y estampar su sello en los nombramientos a efectuar, si como las nuevas medidas que mantendrían todo en orden y calma durante su tiempo como Sultana Regente.
Por otro lado, su persona no era un tema sin importancia, todo lo contrario, ya que era ella quien por ahora representaba el inmenso poderío del Imperio Uchiha es que no podía ser considerada poca cosa, y su forma de vestir—como siempre—era la que lograba sacar lo mejor de ella y ensalzar aún más su impecable belleza, sin lugar a dudas incomparable con ninguna otra. La—ahora—Sultana Regente portaba un impecable pero sencillo vestido de seda color rojo perfectamente calzado a su figura, de mangas ajustadas y escote corazón, y siete botones color granate en caída vertical desde el escote hasta la altura del vientre, por sobre el vestido o más bien pegada a él se hallaba una chaqueta granate sin mangas, y que—al estar pegada al vestido—enmarcaba los laterales del corpiño formando, además de una falda superior que realzaba la curvatura que creaban sus piernas bajo el vestido. Su largo cabello rosado estaba perfectamente recogido tras su nuca, exponiendo su largo cuello. Una corona de oro resplandecía obre su cabello, con diamantes, cristales y rubíes resaltando la estructura en forma de rosas y espinas, a juego con un par de pendientes de cuna de diamante que enmarcaba un zafiro en forma de ovalo, a imagen del dije que sostenía la cadena de plata alrededor de su cuello. Estaba por demás señalar que todo hombre que la viera se sentía abrumado, porque belleza como la suya no existía en ninguna otra mujer del Imperio o del mundo, pero lastimeramente ella no estaba al alcance de nadie más que del Sultan Sasuke.
De pie a su izquierda y derecha se encontraban Tenten y Shikamaru respectivamente quienes estaban prestos a sus órdenes, más enfáticamente Tenten que se encargaba de su salud y de que estuviera bien en todo momento, remiendo una nueva crisis ante el estrés que significaba lidiar con los asuntos de esto y ser la Regente del imperio. Era tanto un honor como una enorme responsabilidad. El respetuoso eco de golpes contra la puerta no la sorprendió en lo absoluto, manteniendo su vista pegada a los documentos, terminando de leerlos antes de firmar, únicamente levantando escasamente su mirada hacia Shikamaru que asintió respetuosamente.
-Adelante– permitió Shikamaru, de pie junto al escritorio de la Sultana.
Evidentemente ante los eventos sucedidos y la necesaria participación política de las Sultanas y sus esposos, resultaría incluso ridículo para a Sultana Mikoto permanecer como administradora del tesoro Imperial, por ello es que la Sultana Sakura había decidido designar tal tarea a una persona de su entera confianza y que jamás—a lo largo de los años—la había decepcionado, Temari, la esposa de Shikamaru y una de las pocas personas de su entorno a quienes—además de Ino, Tenten, Kin, Shikamaru y Choji—podía considerar sinceramente más amigos que sirvientes ya que ellos elegían servirle voluntariamente, ella jamás pensaba imponérselos. En tanto las puertas se abrieron, fue que la ahora administradora del tesoro hubo ingresado en los aposentos de la Sultana dirigiéndole una sutil sonrisa a su esposo, conduciéndose con el debido decoro en presencia de la Sultana Regente.
Por ello y es que representando parte de la voluntad de la Sultana Sakura, Temari no podía ser menos que envidiable, más aun a pesar de ello vestía unas sencillas galas gris oscuro—casi negro—de escote bajo y cuadrado, así como de mangas ajustadas hasta los codos y abiertas frontalmente como lienzos, por sobre el vestido se encontraba una chaqueta de seda purpura metálico bordada en hilo y encaje color negro, sin mangas, igualmente de escote cuadrado y cerrada por cinco botones color negro hasta la altura del vientre donde se habría para exponer la falda inferior. Sus largos rizos rubios caían perfectamente tras su espalda y sobre su hombros, peinados en una sencilla trenza mariposa que favorecía una diadema de oro, diamante y amatistas sobre su cabello y que emulaba capullos de lilas, a juego—obviamente de un par de pendientes de oro y amatista en forma de lagrima. Nada menos que perfecta y Sakura lo hubo pensando en cuanto levanto la vista, ya habiendo terminado de firmar los documentos había y por haber.
-Sultana- reverencio Temari, respetuosamente, -la contabilidad del Harem- justifico la rubia, señalando el voluminoso libro en sus manos, -¿Desea revisarla en otro momento?- indago Temari, si es que estaba importunando a la Sultana.
-No, gracias Temari- tranquilizo Sakura, sonriéndole antes de tenderle a Shikamaru los documentos que habría de entregarle a Kakashi que habría de efectuar todo como Gran Visir.
Las decisiones no podían ni debían postergarse, eso Sakura lo sabía muy bien, y en lugar de pensar en sus propios problemas y preocupaciones, elegía concentrarse y todo lo demás que pudiera ser apremiante, y aun tenía mucho por hacer durante el resto del día. Conocía a la Sultana Sakura desde ante que fuera Sultana, desde antes que naciera el Sultan Baru, y con el pasar de los años Temari había servido diligentemente aquella eslava griega que había llegado al Palacio, siéndole totalmente leal, y por ello es que Temari hubo observado la indiscutible preocupación que sentía la Sultana mientras leía los informes de contabilidad luego e que Temari le hubiese entregado el libro.
-Disculpe que opine, pero parece preocupada, Sultana- comento Temari, evidenciando su preocupación.
Sakura dejo el libro sobre su escritorio al escuchar la inquietud de Temari, suspirando pesadamente para sí misma mientras bajaba la mirada. Como Sultana el deber era lo primero, importaban bien poco los sentimientos si con ello se encontraba la solidez necesaria con que sostener a la Dinastía y al Imperio como tal, pero como madre…no había mayor preocupación que la seguridad y bienestar de sus hijos, esos hijos a quienes había esperado por meses, llevándolos en su vientre, a quienes había cuidado desde bebes, a los que había tranquilizado al dormir, a lo que había abrazado cuando tenían miedos y a quienes aún continuaba viendo convertirse en hombres y mujeres sólidos, ¿Cómo ignorar su sentir de madre? Eso era imposible, eso era lo único que actualmente le quedaba, había perdido todo lo demás, la confianza y seguridad en el amor, eso ya no era nada para ella.
-Es Shisui, no dejo de preocuparme por él- manifestó la Haseki con aquel grado de tristeza que preocupaba a todos en el Palacio, -Shikamaru, por favor, mantente al pendiente de él e infórmame de todo- pidió Sakura, desviando su mirada hacia el Nara que asintió ante sus palabras.
-Sí, mi Sultana- aseguro Shikamaru.
Con el debido respeto es que el Nara hubo reverenciado a la Sultana, pidiendo su permiso para retirarse y así entregarle lo documentos al Gran Visir. Recibiendo un asentimiento de pare de la Sultana Haseki es que el Nara se hubo retirado sin darle la espalda al Sultana, observando a su esposa Temari una última vez antes de abandonar la habitación. Ciertamente las responsabilidades no les daban muchos momentos libres en que interactuar como un matrimonio normal, pero tenían una familia unida y sólida, esa era todo cuanto pudiera necesitar, eso y un techo donde vivir.
-Lamento apartarte de tu esposo, Temari- se disculpó Sakura sinceramente.
-Es un vago, Sultana, al menos no está de perezoso en el trabajo- tolero Temari, sonriendo ante esto.
La Sultana Haseki no pudo evitar reír melodiosamente ante esto. Al menos había algo con que distraerse entre tanto ajetreo.
Pese a ser la regente de un poderoso Imperio, al menos en ausencia del Sultan y el Príncipe Heredero, eso no significaba que no pudiese dedicarse a su mayor labor en el imperio: la caridad. Claro que no, eso solo significaba que tenía menos tiempo para sí misma, pero no para la gente que tanto la idolatraba y que era bondadosa comparada con la clase de caos y animadversiones que podían vislumbrarse fácilmente en el Palacio Imperial y que era un polvorín a punto de estallar, prácticamente. En compañía de su hija Sarada es que la Sultana Haseki hubo distribuido bolsas de oro entre las madres del Imperio, una costumbre muy marcada por sí misma. Sabía que había madres solteras en el Imperio, mujeres que al no contar con hombres debían de subsistir solas, y quería ayudarlas porque ninguna mujer era menos importante por no tener a un hombre a su lado, al contrario, de ser así merecía ser alabada por su fortaleza.
-El mundo la recordara para siempre, Sultana- garantizo una de las mujeres, sonriéndole antes de retirarse.
La Sultana Haseki y su hija vestían unas capas de seda—rojo y aguamarina, respectivamente—por sobre sus vestidos, resaltando ante su inequívoca belleza y portando las tan reconocidas coronas e tipo torre hechas de terciopelo y con estructuras de oro y plata con pequeñas incrustaciones de diamantes, rubíes y esmeraldas, respectivamente. Para Sarada, ayudar a los pobres y necesitados no era una afición, era un deber, así es como veía ayudar los más necesitados, lo entendía así desde que era niña y lo hacía de todo corazón, repartiendo bolsas con monedas de oro entre las madres que le sonreían elogiaban cada vez que pasaban frente a ella. La satisfacción d una Sultan era recibir el amor del pueblo, solo entonces podían respirar con tranquilidad, porque todo dependía del amor y el beneplácito del pueblo, ahí es donde estaba el éxito de un Sultanato, todo era parte de un equilibrio infranqueable que debía mantenerse así.
-Algunos me verán como un ángel, otros como una villana- señalo Sakura para confusión de su hija que la observo extrañada, -pero yo estoy tranquila, hacer felices a otros me da la calma que necesito- justifico la Haseki con una sonrisa dirigida hacia las madres y niños que la veían desde lejos.
-A todos- secundo Sarada, totalmente de acuerdo, -es una lástima que Aratani no haya podido venir- comento la Uchiha, -en cuanto regresemos iré a cenar con ella, no está bien que pase el tiempo sola- se preocupó Sarada.
-No está sola, Izumi esta con ella- tranquilizo Sakura, -quiere saber todo sobre la futura maternidad- sonrió la Haseki, repitiendo la palabras previamente pronunciadas por Izumi.
Un embarazo no era nunca algo mal visto, de hecho siempre era positivo ya que una vida nueva era algo que Kami decidía, no los seres terrenos y si bien Sarada estaba feliz por la noticia de su embrazo, no sabía que pensar aun, claro, estaba emocionada y extasiada evidentemente, pero extraño. Inicialmente al percibir el ligero cambio en el tamaño de su vientre—habitualmente plano—había supuesto que era un ligero aumento de peso, pero tras haber despertado durante días con nauseas es que había consultado al doctor C que la había tranquilizado al decirle que se trataba un embarazo de recién cumplidos cuatro meses, poco notorio, pero embarazo al fin y al cabo.
-No es la única, pero en mi caso yo no necesito consejos- comento Sarada, sonriéndole a su madre.
-Tiene que ser una broma- murmuro Sakura, más para sí misma, -¿Las dos?- inquirió la Haseki, absorta por la sorpresa.
-Descuida madre, ya tengo casi cuatro meses- sonrió Sarada, corroborando que por ende su embarazo ya era claramente más avanzado que el de Izumi, aunque menos notorio ante su habitual esbeltez, -Kami mediante esta vez será una niña- oro la Uchiha con sincera predilección.
Se había embarazado una única vez en su vida, su hijo Izuna era el fruto de ese embarazo que tristemente no había sucedido por amor, pero no por ello su hijo era menos importante, todo lo contrario, era su primogénito y nunca perdería el lugar tan especial que tenía en su corazón. Más, como símbolo de su matrimonio es que Sarada se había esforzado por embarazarse tan prontamente como le hubiese resultado posible, y esta vez quería una hija, una preciosa niña que Kami mediante fuese tan bella como su madre y que pudiera ver creer como habían hecho sus hermanas Mikoto y Shina con sus respectivas hijas. Sakura hubo de reconocer que estaba realmente feliz, que la familia creciera siempre era motivo de felicidad, además de la obvia razón que significaba para ella ser feliz porque sus hijos también lo eran.
-Amén- secundo Sakura, sonriéndole a su hija. -Ven aquí- pidió la Haseki antes de abrazar su hija que le correspondió felizmente.
Con tantos asunto que tratar, tantas responsabilidades que lidiar…era imposible que el día no pasara lentamente para todos en el Palacio, pero no con tedio sino placidez y el caso no era diferente para Izumi que con el pasar de los meses había formado una sólida amistad con Aratani, ambas muy unidas por el embarazo que compartían y que, esa noche, las hacia cenar juntas, riendo con irrefutable naturalidad, intentando distraerse de cualquier problema que pudiese haber, porque en el estado en que se hallaban; someterse al estrés y ajetreo cortesano era lo peor que podían hacer, indudablemente. Emocionalmente, el embarazo era una de las etapas más cruciales en la vida de una mujer, y el tiempo en que necesitaba y debía de encontrarse constantemente acompañada, evitándose así misma—de igual modo—cualquier clase de disgusto, sabiendo esto y exteriorizando su curiosidad es que Izumi se había mantenido cerca de Aratani tanto como resultara prudente, no solo acompañándola, sino también aprendiendo de ella y su maternidad primeriza que la hacía lucir impecablemente hermosa y envidiable.
Ciertamente sencilla ante las circunstancias, pero hermosa y reluciente como una estrella ante la alegría que sentía por saber que sería madre, la Sultana Izumi portaba un sencillo vestido de seda esmeralda, de escote cuadrado y mangas ajustadas hasta los codos, abiertas frontalmente cuales lienzos de gasa semitransparentes, por sobre el vestido y escasamente cerrada a la altura del vientre se hallaba una chaqueta de igual color, sin mangas, pero plagada de bordados de diamantes, cristales e hilo de plata en los bordes internos de la chaqueta, emulando pétalos de flores de cerezo así como el emblema de los Uchiha. Su largo cabello castaño caía como una marea de risos sobre sus hombros, enmarcando su rostro y su largo cuello desprovisto de joyas, sobre su cabeza se hallaba una corona de oro en forma de pequeños capullos de jazmín decorados con esmeraldas, cristales y diamantes, a juego con un par de pendientes de cuna de oro en forma de lagrima con una esmeralda en el centro. Era correcto afirmar que, sin importar que tan sencilla se empeñase en lucir, siempre se hacía notar su singular hermosura.
Por otro lado, sentada frente a la Sultana Izumi, y con un embarazo mucho más notorio, —en los primeros días de su octavo mes—la Sultana Aratani desprendía el característico aire maternal que tantas veces le había visto a la Sultana Sakura, además de la sencillez impoluta que poseía y que le brindaba un aspecto dulce y ameno que le impedía pensar de forma negativa, únicamente concentrada en estar feliz y producir un alumbramiento tranquilo, deseando la máxime felicidad para su hijo o hija en camino y en quien no pensaba de pensar, manteniendo sus manos sobre su vientre en caricias suaves y dulces. Lucía un hermoso pero sencillo vestido malva de escote corazón, con dos botones de oro que cerraban el escote, ajustado bajo el vientre para enmarcar su muy evidente embarazo favorecedoramente y on mangas de gasa semi transparente hasta los codos, plagadas de bordado en hilo de oro, por sobre el vestido o más bien pegada al él, se hallaba una chaqueta superior si mangas lirio purpureo plagado de bordados de oro en los bordes interinos de la chaqueta y otros que emulaba el emblema de los Uchiha a los largo de la tela, la chaqueta se hallaba pegada a los costados del corpiño enmarcando enriquecedoramente su silueta y formando de igual modo una falda superior. No portaba más joya alguna que un par de sencillos pendientes de oro y cristal en forma de lagrima, con su largo cabello castaño peinado en una sencilla trenza mariposa que hacia caer sus risos libremente tras su espalda. Por más que la reverenciaran y trataran como a una Sultana, no acaba de acostumbrarse al rango y la autoridad, no quería dejar su esencia y sencillez atrás, quizá—con el tiempo—se adecuara a ser parte de la familia Imperial, pero por ahora eso aún no ocurría.
Ambas se sonrieron antes de que la puerta de la habitación se abriera de forma repentina, dando así paso a la Sultana Sarada, que sonrió al verlas juntas. Se había bañado y cambiado luego de haber regresado al Palacio en compañía de su madre, y ahora que se sabía libre de responsabilidades es que elegía hacer una visita a Aratani para brindarle su compañía, sabiendo igualmente que encontraría a Izumi ahí, y no le molesto o preocupo en lo absoluto, resignada a seguir amando a su hermana ya fuera que Izumi la hubiera perdonado o continuase odiándola. La Sultana Sarada portaba un sencillo vestido turquesa de escote bajo y rondo, con mangas holgadas y traslucidas que llegaban a cubrir las manos, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta superior jade claro—aguamarina más bien—de escote alto y redondo, mangas hasta los codos y abierta bajo el vientre para exponer la falda interior, los bordes de los codos y una especie de detallado fajín a la altura de las caderas, así como el patrón bordado sobre la tela estaban compuestos de hilo y encaje plateado, en un patrón tanto hermoso como complejo, complementando el broche que emulaba el emblema de los Uchiha y que servía como botón en el borde del escote. Su largo cabello azabache se encontraba elegantemente recogido tras su nuca, exponiendo así su cuello desprovisto de joyas, pero resaltando la corona de plata, esmeraldas, diamantes y cristales aguamarina sobre su cabeza que emulaba corales, así como un par de pendientes de diamante que imitaban el contorno de una lagrima con un dije central delicadamente detallado a modo de lagrima hecho de una piedra de jade. Si bien Sarada no era alguien vanidosa que se esmerar en su apariencia, estaba claro que era realmente feliz en esa oportunidad de su vida y lo demostraba con su insólita y envidiable perfección.
-Espero que no les moleste que haya venido- saludo Sarada, sonriéndole a Aratani.
-En lo absoluto- disculpo la Haseki del Príncipe heredero.
-Felicidades, por cierto- comento Izumi, levantándose del diván.
Aratani intercalo su mirada esmeralda de la Sultana Izumi a la Sultana Sarada, guardando total silencio, temiendo interferir en el asunto que significaba la relación entre ambas hermanas, pero percibiendo que quizá en ese momento todo pudiese dejarse atrás. Sarada desvió su mirada hacia Aratani, casi pidiéndole permiso para poder hablar con su hermana, cosa que la Sultana permitió sin el menor problema. Suspirando sutilmente para sí misma, Sarada señalo la terraza aledaña a los aposentos y a la que—en total silencio—se dirigieron ante la atenta mirada de Aratani que—eligiendo despreocuparse—únicamente se mantuvo sentada sobre el diván acariciando acompasadamente su vientre, sintiendo el movimiento y pataditas de sus bebés, notándolos inusualmente inquietos, porque con toda seguridad debía de ser más de uno, tal y como había mencionado el doctor C hace meses atrás.
-Izumi…- intento hablar Sarada.
-En vista de todo lo que ha sucedido, creo que es mejor dejar el pasado atrás- interrumpió Izumi para sorpresa de su hermana que no hubo esperado estas palabras, -si estás de acuerdo- consulto la pelicastaña, esperando que su hermana no la odiase por haber actuado tal infantilmente con anterioridad.
-Es todo lo que deseo- garantizo Sarada, sonriéndole agradecida.
-Claro que eso no significa que te halla perdonado o que haya olvidado lo que hiciste, eso se quedara siempre en mi corazón- advirtió Izumi, sin decir que la odiaba por ello, pero sí que no había sido un experiencia agradable de vivir, -pero quiero a mi hermana a mi lado-sonrió la pelicastaña, llamando hermana a Sarada por primera vez en tantos meses.
-Y yo te quiero a ti- sonrió Sarada, tremendamente feliz por dejar atrás aquella enemistad unilateral y sin sentido.
Tal y como su madre siempre decía, amistades y aliados podían ir y venir, pero el vínculo que compartían como familia…eso era algo que jamás podría desaparecer y no debían permitir que nada ni nadie e interpusiera entre ellos, eran hijos del mismo padre, hijos de la misma madre que los habían criado y amado tan intensamente y que seguía velando de forma incansable por ellos aún hoy. Pelear y discutir era algo absurdo, y ambas lo hubieron corroborado, sonriéndose hermanablemente entre sí. El silencio tan dulce y entrañable que se había formado entre ambas se rompió de forma repentina en tanto escucharon un claro quejido por parte de Aratani, regresando al interior de la habitación inmediatamente.
-Aratani- Izumi acudió a su lado, inmediatamente.
-¿Estás bien?- consulto Sarada.
Sarada podía suponer que era lo que, quizá, estuviera pasando ya que tenía experiencia en el ámbito de la maternidad, pero Izumi…Izumi por su parte no comprendía que es lo que estaba pasando. La Haseki del Príncipe heredero hubo guardo silencio por un breve segundo, sin despegar las manos de su vientre por mero instinto, esperando haberse equivocado luego de haber sentido aquella repentina y dolorosísima punzada que prácticamente le había quitado el aliento, pero lejos de ser una falsa alarma, Aratani corroboro—quejándose de dolor—que no se trataba de una falsa alarma, no era un dolor repentino ni esporádico; eran contracciones.
-Va a nacer ahora- advirtió Aratani.
-Tranquila- amenizo Sarada, sosteniendo una de las manos de Aratani, ayudándola a levantarse y avanzar hacia la cama.
-Aún falta tiempo- se preocupó Izumi, no sabiendo si eso era bueno o malo.
-No creo que quiera discutir con ellos, Sultana- bromeo Aratani, ya que bien podía tratarse de un parto múltiple, como había dicho el doctor C.
Más que nada ayudada por la Sultana Sarada, Aratani consiguió sentarse sobre la cama, tendiéndose lentamente sobre esta, sintiendo las contracciones ir y venir de forma reiterada y continua, casi volviéndose un sentir normal en tanto desaparecían, solo para regresar con más fuerza, haciéndose clara la idea de que el parto iba a tener lugar de una forma u otra, sin importar que fuera prematuro. Nerviosa, ansiosa y por otro lado asustada, así es como se sentía Izumi que lentamente fue superando su sorpresa inicial, reparando en la ayuda que habrían de necesitar, porque el parto no se efectuaría sin la debida asistencia.
-Yugito- llamo Izumi, saliendo de su estupor inicial. Las puertas se abrieron inmediatamente por la doncella de la Sultana que ingreso, reverenciándola respetuosamente, -trae al doctor C y la partera, rápido- ordeno la pelicastaña.
-Tranquila, respira- índico Sarada, inspirando lenta y pausadamente para que Aratani la imitase, ignorando el suave chirrido de las puertas cerrándose.
Repitiendo el actuar de la Sultana Sarada y viendo a la Sultana Izumi situarse a su izquierda y sostener su mano libre, Aratani hubo de reconocer que sentía miedo, miedo como no había manifestado sentir jamás. Un embarazo siempre era un riesgo, desde el inicio hasta el final, siempre podían suceder un hecho imprevisto y lo más recurrente era que o el bebé no sobreviviese luego del parto o que la madre tampoco lo hiciera. Incluso la Sultan Sakura había corrido peligro en más de alguno de sus embarazos, incluso llegando a sufrir una hemorragia. Todo podía suceder y más que miedo por si misma. Aratani sentía miedo por su hijo o hija, temía que; siendo unas criaturas totalmente inocentes, no pudiesen sobrevivir.
-Tengo miedo- confeso Aratani.
-Estamos aquí, no nos moveremos de tu lado- prometió Sarada.
-Todo estará bien- animo Izumi, indudablemente nerviosa por la situación.
Había tres mujeres embarazas en la habitación, pero solamente una iba a dar a luz, y puede que su vida corriera riesgo por ello…
PD: hola a todos, ¡Regrese!, perdón por la demora, de hecho tenia pensado actualizar ayer pero llegue muy agotada tras esforzarme por encontrar el cable que ahora tengo y con que puedo acceder a mi disco extraible y continuar trayendoles las actualizaciones de mis fic :3 la actualización nuevamente esta dedicada a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro, garantizando actualizar el fic "La Bella & La Bestia" posiblemente mañana o a más tardar el lunes :3), a Adrit126 (pidiendo paciencia con respecto a su fic: "El Emperador Sasuke" ya que mis profesores siguen llenandome de trabajo :3)a Miryale (garantizándole que Sakura sera la única mujer del Sultan) y a todos aquellos que siguen la historia en todas sus formas, sin excepción. Si tienen alguna sugerencia en serio apreciaría que la aportaran, recordándoles que este fic, y los otros que hago, son por y para ustedes :3 los amo, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.
