-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 38

Luego tan adversa espera, tantos golpes que habían significado sencillamente irreparables pese a no ser de carácter colateral, el Palacio Imperial volvía a estar bajo el dominio de sus legítimos dueños; el Sultan Sasuke, la Sultana Sakura y su estirpe. Las Sultanas Mei y Rin-así como Obito Pasha-estaban muertas, y el Príncipe Yosuke nuevamente se encontraba encerrado en los Kafer, en sí el peligro había pasado finalmente, pero no por ello se debía de bajar la guardia, ya que por causa de esto existían riesgos y peligros que siempre debían de considerarse. En cierto modo se esperaría, debidamente, que reinase la paz en su totalidad tras tantas adversidades, pero pensar amena y serenamente era tremendamente difícil porque dejar el pasado atrás era imposible, siempre se recordaría y esto estaba bien ya que se debía aprender de él para no repetirlo en el futuro.

Si bien el Sultan Sasuke había permitido que se realizase una coronación o aparente regreso político anteriormente, Daisuke era consciente de que eso debía de repetirse de forma pública y a los ojos de tanto el ejército como los Pashas y el pueblo, a la antigua usanza de cómo se realizaba una coronación. El Príncipe de la corona—con doce años—se hallaba observando la vista que representaba la terraza de los aposentos de su madre, donde se hallaba, más tranquilo y sereno gracias al cielo despejado y el cálido sol primaveral que lo cubría todo, pero aún más por el hecho de que se encontraba sentado-sobre el diván de la terraza—junto a su madre que no dejaba de sonreírle en su insuperable belleza y perfección, con su carácter maternal y dulce presente en todo momento.

Como siempre, no se esperaba menos acerca de que la única esposa legal y Haseki del Sultan luciese impecable para la ocasión, bajo su propio estilo, claro, y la Sultana Sakura siempre conseguía superar las expectativas a sus treinta y un años, resplandeciendo como una rosa floreciente. La esbelta figura de la Sultana Haseki se encontraba ataviada en un sencillo vestido azul claro calzado a su cuerpo, de escote corazón con un ligeramente grueso margen superior, con una serie de seis botones de diamante en caída vertical hasta la altura del vientre, y mangas ajustadas hasta las muñecas, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de igual color, bordada en hilo de plata para emular un inentendible patrón de flores, ramas y hojas, la chaqueta—permanentemente abierta, y en cuyos bordes se formaba un margen de encaje, enmarcaba el escote del vestido inferior., -únicamente abarcaba desde el escote al área delimitante bajo el busto, sin mangas, y una larga cola que hacía de falda superior, enmarcándose a los costados del vestido y brindando una imagen tanto femenina como encantadoramente única. Su largo cabello rosado habitualmente suelo se encontraba elegante e impecablemente recogido tras su nuca para exponer su cuello adornado por el emblema de lo Uchiha en una hermosa cadena de plata con diamantes y cristales engarzados que recreaba su silueta con un dije interino en forma de lagrima a juego con un par de pendientes de plata y cristal en forma de lagrima, sobre su cabello se hallaba una hermosa corona de plata que replicaba una estructura en forma de hojas, ramas y pequeños capullos de rosa, ribeteada en diminutos diamantes azules, zafiros y topacios, sosteniendo un largo velo celeste que caía libremente tras su espalda, cubriendo parte de su cabello.

Frente a ella se hallaba el Príncipe Heredero del Imperio, vigoroso y fuerte a sus doce años, portando la habitual y sencilla túnica de cuello alto y mangas ajustadas, hecho de color rojo, sobre esta se encontraba un Kaftan de seda rojo oscuro bordada en hilo de plata, de cuello alto y mangas hasta los codos con una caída amplia y adecuada su cuerpo por un fajín de igual color con un dije que representaba el emblema de los Uchiha en consonancia con las usuales bota de cuero de carácter militar que apenas y eran visibles…todo cuanto se esperase del futuro heredero del Imperio que, al ser el mayor de sus hermanos, ya era considerado o declarado como el futuro Sultan que algún día habría de regir el basto y poderoso Imperio.

-¿Mi padre es Sultan de nuevo, madre?- dudo Daisuke, no sabiendo si era correcto afirmar esto.

Su madre asintió ante sus palabras, sin dejar de trasmitirle aquella calma tan necesaria con su sola mirada, conociendo sus miedos y, de manera indirecta, haciéndole saber que estaba bien temer pero igualmente disfrutar temporalmente del indeleble triunfo que se establecía para ellos luego de haber sufrido tanto sin haberlo merecido, habiendo sido víctimas de los opresores que habían ambicionado el poder y que, como producto de su ambición, habían encontrado la muerte. Pero ahora el destino y el futuro parecía estar claros, su padre era nuevamente el indiscutible Sultan del Imperio, y Daisuke sabía que eso hacía que su madre y hermanas se sintieran a salvo, y él igualmente debía de aceptar esto, tanto por sí mismo como por el bienestar de sus hermanos.

-No tengas miedo, hijo- pidió Sakura, sujetando las manos de su hijo entre las suyas, sin dejar de observarlo tan cariñosamente, -de ahora en más todo estará bien, yo estaré aquí para garantizarlo, siempre estaré a tu lado- prometió la pelirosa de manera indeleble antes de bajar la mirada por un breve instante, reemplazando su mirada de amor por una de reflexión. -Hijo, todo el mundo cree que eres demasiado joven, intentaran confundirte en todo momento, querrán asustarte y hacer que dudes de tu padre, de sus hermanos y hermanas, y de mí- señalo Sakura con preocupación, sin apartar su ojos de los de su hijo que la estudio preocupadamente. Lo que Mei y Rin habían hecho ya había caído sobre ellas y tomado sus vidas, pero igualmente debían tomar medidas preventivas para evitar que enemigos futuros aprovechasen las oportunidades que pudiesen aparecer, -te ruego que no creas en esas palabras, yo siempre estaré contigo, jamás te abandonare- garantizo la Haseki con aquella inocencia que la hacía tan sincera y noble, tan diferente del resto del mundo y tan perfecta como para que Daisuke jamás dudara de ella, -si confías en mí, así evitaremos que surjan problemas irreversibles- aludió la Sultana, explicando el porqué de sus palabras.

Daisuke sonrió ligeramente ante las palabras de su madre, prendado de su dulce voz y el modo inequívoco en que parecía un ángel entre tantas penurias, habiendo sobrevivido ante lo peor; era una figura triste pero hermosa, y por causa de todo lo vivido y que no podía ser olvidado es que Daisuke se juraba a si mismo hacer que ella sonriera perpetuamente, deseando volver a tener a la madre feliz y segura que siempre había estado ahí para él, por ello es que se prometía poner el mundo a sus pies y, en su momento, hacerla Madre Sultana cuando fuese su momento de reinar, quería hacerla feliz más que cualquier otra cosa en el mundo.

Su madre guardo un breve instante de silencio, bajando ligeramente la mirada, pero pese a ello Daisuke fue capaz de ver la chispa de tristeza en su mirada, sabía que estaba triste porque al igual que él no conseguía olvidar la muerte de Baru, un Sultan del Imperio, asesinado por aquellos que debían de ser leales al Imperio y que no lo habían sido; en lugar de ello se habían dejado comprar. Sabía que muchos intentarían crear una especie de guerra civil dentro del Palacio, sabían que podían derrocar a un Sultan, pero ellos no debían permitirlo. Sus hermanas eran importantes en su vida, así como sus hermanos, sin importar que pelearan, Daisuke se había comprometido de por vida a protegerlos a todos, pero si de algo estaba seguro era que jamás podría dudar de su madre, ella era lo más puro y honesto del mundo, ella representaba la bondad y el amor del mundo, ella jamás sería su enemiga, era y seria su ángel, su guardiana y respaldo, pero jamás un obstáculo, se juraba a si mismo que eso jamás pasaría y pretendía cumplir con su férrea creencia.

-No olvides lo que le sucedió a tu hermano Baru- pidió Sakura, incapaz de borrar ese acontecimiento de su mente, y no deseando que volviese a ocurrir.

Escuchando estas palabras, Daisuke sintió un torrente de ira fluir por su cuerpo, odiando a todos aquellos que habían herido a su madre, que habían causado las muertes de sus hermanos Itachi y Baru, pese a saber que estaban muertos, Daisuke no cesaba en su odio por aquellos traidores y opresores, y no necesitaba preguntárselo a su madre para saber que ella si había perdonado, pero no olvidado, a aquellos que la habían herido y seguían con vida; pero por otro lado odiaba a los traidores que habían muerto sin arrepentirse, porque eran villanos declarados y eso no tenía reparo o solución.

-¿Cómo podría, madre?- cuestiono Daisuke, incapaz de olvidar la reciente muerte de su hermano mayor. -Esos traidores asesinaron a un Sultan del mundo- gruño el Príncipe

-Por eso es que no puedes confiar en cualquiera, siempre habrá intrigas a tu alrededor, debes aprender a manejarlas, y aprender a saber en quien confiar y en quién no- instruyo Sakura, deseando vivir los suficiente para ver a su hijo convertirse en el siguiente Sultan del Imperio, y estar ahí para apoyarlo.

Las declaraciones pronunciadas por su madre de forma avasalladoramente sincera eran todo cuando Daisuke hubiera deseado escuchar, nadie, absolutamente nadie jamás iba a interponerse entre él y su madre, ni sus enemigos, ni aliados, su madre siempre lo había sido todo para él y siempre lo sería, hasta su muerte. El joven Príncipe levanto su mirada hacia su madre que, comprendiendo sus pensamientos, se le acercó aún más, rodeándolo con sus brazos y haciéndolo reposar su cabeza sobre su pecho, serenándolo con su perfume, con su tacto cálido y maternal, y con su amor incondicional que le profesaba desde antes de su nacimiento; acariciando su cabellos azabaches y mimándolo incansablemente.

-Tú eres mi todo, Daisuke- pronuncio Sakura, acariciando el hombro de su hijo cariñosamente, -mis sueños, mi alegría, mi sol y mi paz, viviré por ti cada día, lo prometo- cito la Haseki como si de un mantra se tratase.

Sakura no estaba pronunciando esas palabras simplemente al azar, claro que no, su hijo Daisuke era—espontáneamente—al que más amaba de entre todos sus hijos, el más cercano a ella, el que más se le asemejaba y que comprendía su forma de pensar, el que era su todo, su sol, su guerrero, en quien depositaba sus esperanzas de que fuera un Sultan triunfador e inderrotable, orando porque ni él ni ninguno de sus hijos tuviera que sufrir un destino semejante al que habían padecido sus dos hijos mayores, Baru e Itachi. Por causa de este miedo a lo que pudiera suceder es que depositaba su vida, las vidas de sus hijos e hijas y el destino del Imperio entero sobre los hombros de Sasuke, confiando en que él siempre los protegería, en que él siempre seria el hombre que amaba, no un Sultan cruel como lo habían sido sus predecesores.

Estaban viviendo el renacimiento del Imperio, su Imperio, era un nuevo inicio...


-¡Atención!, ¡Su Majestad el Sultan Sasuke!

El anuncio del ex-Khan de Crimea, ahora miembro de la elite jenízara de Imperio, fue escuchado por las Sultanas y Príncipes que hicieron ingreso a la sala que se encontraba en lo alto de la torre de la justicia desde donde resultaba claro y visible la presentación o proclamación del Sultan, su padre, que nuevamente reinaba y ratificaba su Sultanato tras los eventos sucedidos. Toda la familia Imperial y sus respectivos sirvientes y doncellas se hubieron situado frente al amplio ventanal de enrejado dorado que permitía la visualización del magno evento que sucedía ante ellos y que merecía ser contemplado como el triunfo que habría de marcar una época de paz, un nuevo comienzo. La Sultana Haseki se encontraba ataviada con las mismas galas que había portado en la terraza de sus aposentos solo que sobre si se hallaba un largo abrigo de terciopelo y piel azul oscuro abierto para exponer el vestido, de mangas holgadas y abiertas desde los hombros y con marcadas hombreras, además y en lugar de la corona de plata, diamantes, zafiros y topacios, sobre su cabeza se hallaba la soberbia y magnifica corona de tipo torre que representaba a la dinastía Uchiha, hecha de terciopelo azul oscuro sobre una base de oro, zafiros, topacios y diamantes que representaban pequeñas flores en la base y en caída vertical en el frente de la estructura que sostenía un largo velo azul claro que se cruzaba sobre el escote como dictaba la tradición Imperial. Permanentemente a su lado se hallaba su hijo Daisuke que no se apartaba de ella y que contemplaba todo con interés.

De pie junto a su madre, abrazando a su hermano Kagami de pie frente a ella y observando a su esposo—el Gran Visir Kakashi Hatake—a través del enrejado, se hallaba la hermosa Sultana Mikoto de casi dieciséis años que lucía impecable y radiante como una flor que abría sus pétalos en primavera, portando un sencillo vestido rosa de escote en V, calzado a su figura y de holgadas mangas de gasa hasta cubrir las manos y que ciertamente pasaba desapercibido ante la chaqueta superior de inspiración oriental, de escote en V cerrada para crear un escote inocente y acentuada a su figura por un fajín borgoña-rosáceo bordado en hilo cobrizo, si como el dobladillo de la falda que se abría bajo el vientre, los hombro y el borde del cuello y escote, las mangas eran holgadas y abiertas a la altura de los codos, aportando un estilo diferente, pero no menos halagador a su juvenil figura. Su largo cabello rosado, plagado de rizos, caía libremente tras su espalda ante la trenza de su peinado que, a modo de cintillo, y realzada por una diadema de oro y diamantes rosa, permitía vislumbrar una cadena de pequeñas perlas alrededor de su cuello que sostenían un dije de oro que representaba el emblema de lo Uchiha y del cual pendía una perla en forma de lagrima. Sencilla ciertamente, pero no menos significativa de lo que se esperase que fuera ahora que se sentía plena por el descubrimiento de que estaba embarazada.

Pegada a su hermana Mikoto y cargando en sus brazos a su hermano Shisui para que viera lo que sucedía en el exterior se hallaba la Sultana Shina, de casi quince años y que, pese a su aparente inocencia; aprendía de todo cuanto la rodeaba, tomando nota mental de la clase de Sultana que deseaba ser, porque planeaba forjar su propio camino, eligiendo a su esposo con sabiduría y siendo una mujer que pudiera influir en la política del Imperio, quería ser igual que su madre, una Sultana poderosa que pudiese dejar su nombre en la historia, quizá hubieran otras Sultanas llamadas "Shina" en el Imperio antes o después de ella, pero quería que al pronunciar el nombre, todos la recordaran a ella. La bella Sultana portaba un sencillo vestido rosa brillante, de un inocente escote en V y mangas ajustadas hasta los codos, abiertas en lienzos de gasa para exponer sus brazos, y por sobre este una chaqueta de seda violeta rosáceo cerrada escasamente a la altura del vientre, plagada de bordados en hilo de plata y ajustada a su figura por una cadena de plata con diamantes engarzados. Su largo cabello rubio castaño, heredado de su abuela Mebuki y su tía Matsuri, caía libremente como una marea de rizos por sobre sus hombros, adornada por una diadema de tipo cintillo hecha de plata y decorada con pequeñas amatistas,

Mucho más sencilla y tierna, pero igualmente inocente y perfecta de como era su progenitora, se hallaba la Sultana Sarada, de pie junto a su hermano Daisuke y lo más cerca de su madre que le fuese posible, cargando a su hermana Izumi para que viera lo que sucedía en el exterior, pendiente de igual modo de su padre que era reverenciado tanto por el ejército Spahi y Jenízaro como por los Pashas y gobernadores. Contraria a su hermana Shina, un año mayor, y cargada de valor, Sarada sabía que su futuro estaba decidido y no tenía quejas al respecto, solo esperaba que-cuando se celebrara la boda-pudiera enamorarse de Inojin Yamanaka Pasha y él de ella, porque deseaba ser feliz en su vida, encontrar el amor como había hecho su madre, y formar una familia amorosa. La bella Sultana de casi catorce años, homónimo retrato de su madre, portaba un sencillo vestido crema claro, ligeramente más blanquecino, de escote cuadrado y mangas ajustadas hasta los codos, abiertas en lienzos de gasa que exponían sus brazos, por sobre el vestido una chaqueta lila suave de satín, sin mangas y de escote en V, cerrada escasamente a la altura del vientre por obra de una cadena o cinturón de oro con diamantes y cristales engarzados. Su largo cabello azabache, plagado de rizos, caía sobre sus hombros y tras su espalda, adornado por una diadema de oro de tipo cintillo decorada con amatistas y diamantes violetas.

-El mundo es nuestro nuevamente, madre- afirmo Mikoto ante la proclamación que tenía lugar.

-Y nadie volverá a quitárnoslo- ratifico Sakura con firmeza.

Más, y a pesar de la imagen de belleza y nobleza que significaban los miembros de la familia real, la atención tanto de ellos como de los sirvientes y doncellas a su servicio recaía en la ceremonia que tenía lugar en el exterior y que capturaba su total y completa atención irremediablemente. A la usanza, como sucedía en cada coronación o proclamación Imperial, el Sultan hubo ocupado su lugar sobre el trono que representaba su poderío por nacimiento, alguien que siendo hijo de un Sultan nacía con el derecho a reinar incuestionablemente, y por cuya razón es que fue reverenciado por los Pashas que hubieron de presentar sus respetos y rendirle pleitesía como merecía al ser el Sultan que gobernaba el mundo entero.

Tras los acontecimiento sucedidos y como se acostumbraba en cada nueva coronación o proclamación es que la corona imperial había sido modificada, plasmaba en una estructura levemente redondeada y ancha lateralmente, con una enorme pieza de oro que, colgada de los extremos por cuatro cadenas de oro macizo (dos a cada lado) relucía en aquel mismo y fino material con tres rubíes relucientes en el centro que emularan un brillo inalcanzable y de las que colgaban tres sarcillos de oro hasta casi el final de la corona. El Sultan portaba un riguroso Kaftan de seda granate bordado en hilo cobre rojizo que brillaba como la propia luz del sol, adornado en el pecho por diez trozos de seda ónix (cinco a la izquierda y cinco a la derecha) con veinte botones de oro, uno en cada extremo a juego con las cortas hombreras que resaltaban sus hombros y espalda ancha, las mangas eran amplia y holgadas a la altura de los hombros, exponiendo así la habitual túnica color negro de cuello alto y mangas ajustadas. El Digno Sultan que era y gobernante indiscutible del poderoso Imperio de los Uchiha.

Una sonrisa sutil—pero importante para Daisuke—se plasmó en los labios de la Sultana Haseki, y el Príncipe heredero entendió el por qué en cuanto fijo su mirada en su padre y el hecho de que estaba observando en dirección a donde ellos se encontraban, o más enfáticamente hacia donde se encontraba su Haseki. Pero, a pesar de aquel hecho, algo no pasó desapercibido para Daisuke, algo que se quedó grabado en su mente con respecto a la relación que existía entre sus padres, y que si bien tenía como punto vital el amor, igualmente involucraba algo más: "Un hombre es el Sultan, y una mujer gobierna", fue lo primero que Daisuke atino a pensar ante aquella imagen, observando a su padre en el trono, pero sabiendo la admiración que el ejército le guardaba a su madre que había sobrevivido a tantos golpes como ningún otro Sultan del Imperio había hecho jamás, ella era la verdadera gobernante del Imperio, porque ella era el Imperio, ella lo había resistido todo, y merecía el amor que el pueblo y todos le daban, porque era un ángel…

Daisuke se permitió ver con tristeza y admiración hacia su pasado, un pasado en que—siendo un niño-había sido feliz como no recordaba haberlo sido anteriormente, un pasado en el que había contemplado el futuro con inocencia, como todo niño. Si entonces hubiera sido conocedor del futuro que tendría y todo cuanto hubiera perdido…seguramente hubiera optado por tomar mejores decisiones, por jamás fijar su mirada en Koyuki y dejarse halagar por su carácter, hubiera protegido mejor a Midoriko, y para empezar…hubiera hecho a Aratani su Sultana Haseki y favorita desde el primer día, quizá así sus hijos no hubiesen muerto. Pero lastimeramente su vida y dolor era lo que era ahora, y nunca podría cambiarlo, y consiente de esto es que el Príncipe Heredero se hallaba observando con tristeza la vista que significaba la terraza de sus aposentos, recargando sus brazos en el balcón, perdido en la nada y ajeno a todo cuanto se hallase a su alrededor.

El gallardo heredero del Imperio era una figura rigurosa y enlutada, ataviado en un sencillo Kaftan de cuero color negro, cuello algo, mangas ajustadas y marcadas hombreras, ceñido a su cuerpo por un fajín de igual color, y cerrado desde el cuello al abdomen por una serie de cinco botones de plata en caída vertical. Daisuke era incapaz de olvidar los acontecimientos pasados y que lo habían afectado profundamente, habiendo perdido a su anterior Haseki, a cuatro de sus hermanos, y a cuatro de sus hijos, en cierto modo y por primera vez comprendía parte del dolor real que su madre cargaba cada día, la sensación de estar muerto por dentro pese a desear encontrar una razón para aferrarse a la vida, sentir que cada respiro era una agonía insoportable de recuerdos y lágrimas que se empeñaba en ocultar de todo y todos quienes lo rodeaban, todos menos su madre y Aratani. Quería acallar el dolor y silenciar la agitación que sentía en lo más profundo de su alma, pero no podía, era imposible, al igual que su madre había llegado a la conclusión de que solo la muerte le daría paz, hasta ese día tendría que continuar viviendo, viviendo y sabiendo que no era invencible como había creído anteriormente, porque el dolor con que cargaba era insoportable y solo su madre y Aratani podían comprender por lo que estaba pasando.

Era irónico, el Palacio Imperial era testigo de incontables nacimientos, Príncipes y Sultanas que habrían de vivir en pro del Imperio…pero en lugar de que sus padres o madres murieran, eran esos niños e infantes quienes perecían antes, provocando el dolor más inimaginable en el corazón de sus progenitores; dejando tras de sí lagrimas similares a la sangre y una agonía que solo desaparecía ante la última exhalación de vida, y este hecho se regía por la voluntad de Kami. De no ser por sus dos hijas pequeñas, -Sumiye de tres años y Risa de dos-Aratani se hubiera olvidado de sí misma, se hubiera entregado a la muerte y cobardía hace mucho tiempo, pero no podía ser egoísta, se había jurado vivir por sus hijos y no perecería hasta estar segura de que sus dos hijas estuvieran a salvo y fueran felices, pasara lo que pasara, por ello y ya habiendo abandonado el luto como dictaba el protocolo cortesano es que la Sultana Haseki del Príncipe se mostraba tal cual se esperaba que luciese, hermosa e inalcanzable, esperando que al mostrarse serena y feliz, su esposo, su Príncipe pudiera encontrar la paz que en realidad ella igualmente no podía encontrar. ¿Cómo se podía vivir tras la muerte de sus hijos? Baru y Kagami, de apenas tres años, unos pequeños niños inocentes, ¿Por qué ellos habían tenido que morir? La respuesta solo Kami la tenía y Aratani intentaba conformarse, pero era doloroso de pensar siquiera.

Abandonando el libro que había estado leyendo, no sabiendo que hacer para mantener su mente lejos de los pensamientos fatalistas es que Aratani se hubo levantado del diván y dirigido hacia la terraza, sonriendo tristemente al ver a Daisuke allí. La hermosa Sultana portaba un sencillo vestido blanco calzado a su figura, de escote corazón y mangas holgadas que bien podían llegar a cubrir las manos, de no ser porque estaban abiertas a la altura de los codos, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de terciopelo blanco-crema, cerrada bajo el busto y abierta bajo el vientre, sin magas y estampada para recrear hojas otoñales verde esmeralda y rellenadas en verde jade. Su largo cabello castaño se encontraba elegantemente recogido tras su nuca, únicamente dejando caer un rizo en el costado izquierdo, enmarcando su rostro y un par de pendientes de plata y cristales en forma de lagrima a juego con una guirnalda de plata alrededor de su cuello, con una serie de dijes que repicaban el emblema de los Uchiha engarzado con cristales y diamantes. Sobre su cabello se hallaba una magnifica corona de plata que replicaba hojas en forma de púas ribeteadas en diamantes y engarzadas con escamas de plata. Estaba por demás decir que su belleza, pese a la ligera tristeza de su semblante, no había desaparecido sin importar la pesadez y dolor de las adversidades.

Situándose tras Daisuke, Aratani lo abrazo por la espalda, suspirando pesadamente para sí misma. La Sultana Sakura había declarado el luto de la corte, había estado ahí para ambos en todo momento, pero fuera como fuesen las cosas, esta parte del luto que los hacia reflexionar sobre todo cuanto los rodeaba debía de ser llevada a cabo en silencio, entre ambos, no podían involucrarse terceros sin importar que tan importantes fueran para ambos y el inmenso apoyo que representaran para ambos. Agradeciendo este gesto de consuelo que reflejaba el amor sincero que tenían el uno por el otro, Daisuke se irguió y volteo a ver a Aratani, acunando el dulce rostro de ella entre sus manos, abrazándola contra su pecho, reconfortándola y también a sí mismo.

El dolor que estaba padeciendo era insoportable, pero—Kami mediante—podrían hacerlo tolerable estando juntos.


Las perdidas eran esperables, siempre, porque la vida no era segura para nadie, ni siquiera para los miembros del Imperio; formar parte de la compleja estructura del Palacio acarreaba una especie de maldición, porque nadie conseguía ser del todo feliz, siempre había un precio que pagar, o los responsables eran los Sultanes y Príncipes, o las Sultanas, pero siempre se vivía bajo un determinado grado de sufrimiento y su propio nivel de consideración variaba de persona a persona. Por fin había información viable de los jesuitas y lo que querían, aquello mismo que los rebeldes habían exigido años atrás; el reconocimiento de Yosuke como Príncipe elegible al trono ya que Sasuke solo tenía como herederos a Daisuke y Shisui quienes—excepto las dos Sultanas Sumiye y Risa—no tenían ningún hijo que los sucediera en el peor y mejor e los casos. Sasuke sabía que, para evitar nuevas revueltas, debía ratificar que nadie—salvo sus propios hijos—podría quitar el poder de sus manos y traspasarlo a as de un enemigo que osase amenazar a su familia otra vez, no quería que algo así volviera a ocurrir, ya había sucedido una vez.

Sasuke se detuvo frente a las puertas de los Kafer, confirmando, mentalmente, que aquello que había decidido era lo mejor, podía cargar con sus propias culpas, pero no con aquellas que fueran traspasada a sus hijos, a sus hijas, ni mucho menos a Sakura. En el peor de los casos, si moría en cualquier momento futuro, sabía que Daisuke era el mejor candidato para sucederlo en el trono, y así de igual modo la ley del fratricidio desaparecería, esa aún era su meta y la de Sakura, sin importar que las circunstancias hicieran parecer lo contrario. Shisui quizá estuviera igualmente capacitado, pero su negativa a participar en la política y a ejercer su cargo como Príncipe, ciertamente dejaban mucho que desear por parte de los políticos, el ejército y parte del pueblo. Un Sultan o Sultana debía anteponer el bienestar del Imperio por encima de cualquier cosa, incluso si para hacerlo debía sacrificar las vidas de sus hijos y sus nietos. Inicialmente había despreciado esta idea al momento de subir al trono, pero cuanto más llevaba ejerciendo un Sultanato es que Sasuke entendía más y más cuan necesario era no ser egoísta y sacrificarlo todo en pro del futuro.

El poderoso Sultan portaba—por sobre la perpetuamente habitual túnica de seda color negro, de cuello alto y mangas ajustadas—un regio e insuperable Kaftan de cuero marrón oscuro, cerrado bajo el cuello de tal modo que creara un cuello en V cuyos bordes enmarcaban los hombros al mismo nivel que unas marcadas hombreras bajo las cuales se hallaban dos tipo de mangas, una inferiores ajustadas hasta las muñecas—hechas de seda ligeramente más clara-y unas superiores hasta la altura de los codos, abiertas en los costado; todo el complejo atuendo se cerraba entorno a su cuerpo por un fajín marrón claro que condicionaba la tela para una caída más que elegante que hacia destacar las botas de cuero color negro bajo el atuendo.

Basto únicamente una brevísima mirada del Sultan para que los dos fornidos y leales soldados jenízaros abrieran las puertas, permitiéndole a Sasuke entrar y encontrar a su hermano tan sumido en sí mismo como siempre sucedía. Era extraño que-a pesar de las limitaciones que tenía-Yosuke siempre pudiese encontrar que hacer para pasar el tiempo, para no ver como una cárcel aquella jaula de oro que simbolizaban materialmente los Kafer, bien podía ser por causa de su propia "demencia" o "locura", o por algo que Sasuke aún era incapaz de comprender, y dudaba que alguien que no fuera el propio Yosuke pudiera comprenderlo, era una circunstancia que se debía vivir en carne propia para así poder comprenderla debidamente, lo cual ya de por si era imposible. Sobre la mesa se encontraban dos libros que su hermano aparentemente había estado leyendo, pero había desechado esa opción, encontrándose dibujando un barco que surcaba los mares, su sueño idealista desde que había sido un niño. En cierto modo, a Sasuke-que observo atentamente aquel cuadro-le reconforto saber que su hermano no había cambiado a pesar de todo.

-Yosuke- saludo el Uchiha, haciendo que su hermano menor por fin levantase la vista, sonriéndole de oreja a oreja, como si aún fuese el mismo niño de cinco años que Sasuke llevaba permanentemente en sus recuerdos. -¿Aún no te aburres de los barcos?- inquirió Sasuke, curioso por la respuesta.

-Nadie puede aburrirse de un sueño, este es mi sueño, tener un barco- reafirmo Yosuke, sin aminorar su sonrisa. -Últimamente me visitas mucho, ¿Hay algo en lo que yo pueda ayudarte?- planteo el Príncipe, en espera de servir de apoyo o ayuda a su hermano mayor.

No olvidaba la conversación que había tenido con Sakura, y no erraba al decir que ella era-tal vez-la única persona que casi no había cambiado con el transcurso de los años, pero su inocencia se desvanecía más cada día por culpa de su hermano que-por lejos-era quien más había cambiado, su buen juicio y piedad se encontraban entremezclado con la crueldad y represión que habían poseído tantos Sultanes, su mente, cuerpo y corazón se habían unido en un enfoque que-aparentemente-era el correcto para Sasuke…pero él no podía ver lo que su propias decisiones estaban causando, no podía ver que estaba exigiéndole a Sakura-inconscientemente-cerrar los ojos y aguantar todo de forma indiferente, y ella no podía hacer eso, no estaba ni en su ser, ni en su ánimo. Sakura estaba pagando el precio más alto de todos, y Sasuke se lo estaba imponiendo espontáneamente.

-No hermano, no hay problemas- tranquilizo Sasuke, aunque esto era totalmente cierto ni falso. -Vine a buscarte hermano, ya que amas tanto los barcos, vine a llevarte a tu propio barco- revelo el Sultan, dejando atrás todo formalismo y protocolo, estando en presencia de quien era su hermano menor.

Sakura se encontraba alejada de todo, atendiendo sus responsabilidades como directora del Harem y la corte, pero apenas y era visible a ojos de la gente, se encontraba profundamente afectada por el padecimiento de Daisuke, por no hablar de la permanente tensión que había entre ambos y que el paso de los años no había conseguido eliminar. Talvez algún día ella pudiera ver y entender que lo que hacía era lo correcto, que lo que él estaba haciendo impediría rebeliones futuras, que lo que hacía evitaría guerras civiles entre hermanos…pero sabía que no podría pedirle jamás que ignorase sus hijos, eso significaría cambiar a la mujer, al ser que más amaba en el mundo y eso jamás pasaría, jamás podría siquiera llegar a pedirle a Sakura que aceptase algo que no fuera propio de ella, y como no deseaba perderla es que estaba dispuesto a ser perpetuamente su vasallo y acatar las instrucciones e indicaciones de todo cuanto ella considerase prudente. Levantándose lentamente del diván sobre el cual se había encontrado, sin habla por la sorpresa y emoción; Yosuke se sintio abrumado y absorto al escuchar la palabras de sus hermanos, incapaz de proferir palabra alguna para agradecerle lo importante y magnifico que resultaba para él aquel presente que su hermano le había hecho, era más importante y valioso que nada de lo que pudieran obsequiarle en el futuro o que le hubieran obsequiado jamás. Era su propio sueño hecho realidad.

-Eres el mejor hermano del mundo- sonrió Yosuke de oreja a oreja, procediendo a levantarse y buscar entre sus pertenencias, intentando darse prisa para no retrasar la partida que su hermano le ofrecía. -¿Qué llevare?, mi Kaftan, desde luego…- menciono para sí el Príncipe, tomando las cosas que pretendía llevar, -el barco me esperara, ¿cierto?- pregunto Yosuke, esperando no tardar demasiado.

-No tengas dudas, no zarpara sin ti- sosegó Sasuke, con absoluta tranquilidad.

Desde el punto de vista moral claro que no muchos estarían de su lado con respecto a la decisión que tenía pensado ejercer, ni siquiera Sakura, pero si no lo hacía en el futuro cundirían las rebeliones como ya habían sucedido en el pasado, si Yosuke seguía siendo una amenaza; tal vez Daisuke o Shisui tuvieran que cargar con la involuntaria carga de morir y ser reemplazados en el trono sin tener opción de elegir entre vivir o morir. En ese Palacio se sufría cuando no se pensaba que se sufriría, y se moría cuando no se pensaba que se podía morir. Una vez cruel, siempre cruel; las palabras de Sakura resonaron repentinamente en su mente, recordándole que estaba haciendo cosas sin pedir su opinión, sin abogar por su inocente y juicioso criterio, pero si no lo hacía quizá estuvieran abriendo la puerta a un segundo Obito, a unas segundas Mei y Rin…ya habían pasado por una guerra civil ene l Imperio sin enormes derramamientos de sangre afortunadamente pero nada garantizaba que lo mismo sucediese una segunda vez. Decidiendo mentalmente que era correcto levar y que no, Yosuke únicamente tomo su abrigo del armario, colocándoselo tan pronto como le fue posible, era un viaje a la libertad; su libertad, no tenía por qué reparar en llevar equipaje alguno consigo. Aun parecía un sueño que su hermano mayor fuese tan noble y compasivo siendo que ya no tomar su vida era un signo de piedad, sin duda alguna no había mejor Sultan que su hermano mayor, Yosuke estaba convencido de ello.

-¿Listo?- corroboro Sasuke.

-Si, hermano- confirmo Yosuke, sonriente a más no poder.

-Vamos- animo el Sultan.

Como si de un signo de confianza se tratase, Sasuke sonrió ladinamente, encaminándose hacia la puerta, sabiendo que sería seguido por Yosuke en todo momento, sabiendo que no tenía por qué voltearse para saber que su voluntad se estaba cumpliendo como siempre. Basto únicamente que Sasuke, golpease ligeramente la unión de las puertas con sus nudillos una única vez para que las puertas se abrieran. No hay vuelta atrás, se recordó Sasuke a sí mismo, abandonando los Kafer junto a Yosuke…


El nuevo día que sucedía en el Palacio Imperial precia abrirse ameno para quien desease contemplarlo, era como una señal inocua de que vendrían días mejores, pero no por ello se debían confiar por nada ni nadie, y eso es algo que Sarada e Izumi sabían mejor que nadie mientras recorrían los pasillos del Palacio, predispuestas a pasear por el jardín mientras esperaban a que sus esposos estuvieran libres. Una reunión tenía lugar en la sala del Consejo Real, pese a que el Sultan no fuese participe de esta, -directamente– y ellas por su parte no querían quedarse sin hacer nada mientras sus hijas se encontraban estrictamente vigiladas por Izuna, en sus clases.

La historia enmarcaba al purpura como el color que simbolizaba el poder y la realeza, y no era de extrañar que las Sultanas del Imperio lo hubieran ostentado por propiedad y orgullo a lo largo de la vasta trayectoria del Imperio por su exclusividad como tal, y el caso de la Sultana Sarada no era diferente en lo absoluto. Su cadenciosa figura se encontraba ataviada en un sencillo pero favorecedor purpura levemente más claro que se asemejaba mucho al violeta para no lucir arrogante en demasía, lo cual no era su estilo, el escote era modesto y en forma de corazón con suaves detalles hechos de la misma tela haciendo lucir dicha zona algo arrugada pero sin quitarle elegancia, las mangas eran totalmente holgadas y semi transparentes desde los hombros pero abiertas a la altura de los codos, exponiendo la piel de sus brazos, sobre el vestido se hallaba una chaqueta de igual color, bordada con diamantes que—sobre el vestido inferior—lo hacía resaltar como si fuera una verdadera joya, exponiendo la falda inferior, el escote y las mangas ya que la chaqueta carecía de estas. Su largo cabello azabache estaba impecablemente peinado, como siempre; sosteniendo una hermosa tiara de oro y amatistas pero de aspecto inocente, haciendo que sus rizos cayeran libremente por su espalda, a juego con la diadema; unos pequeños pendientes de diamante en forma de lagrima, y su cuello, desprovisto de collares o cadenas costosas y enjoyadas, realzaba su altura.

De forma casi paralela a su hermana es que la Sultana Izumi se desplazaba a su lado con la misma dignidad, simbolizando su carácter y madurez mediante el que era un color neutral; el azul que creaba una especie de degradación más clara y más oscura en zonas inespecíficas de la tela. Se trataba de un vestido de corte elegante y muy favorecedor; de escote corazón y mangas ajustadas hasta las muñecas con muñequera u holanes de seda dorada bordada encaje azul, por sobre estas unas mangas superiores holgadas y abiertas desde los hombros, enmarcadas por unas hombreras doradas ribeteada en encaje azul, además el centro del corpiño también estaba hecho en sea dorada y ribeteado en encaje con diamantes engarzados, y la falda interior del vestido era ligeramente más brillante a la par con las mangas inferiores del vestido. Su largo cabello castaño estaba perfecta y prolijamente recogido tras su nuca, resaltando su cuello alrededor del cual se hallaba una guirnalda de oro y diamantes cuyos dijes—representando el emblema de los Uchiha—se intercalan, creando un estructura en forma de púas teniendo como complemento u par de pendientes de oro y zafiro en forma de lágrima. Sobre su cabello se encontraba una sencilla diadema de tipo cintillo que formaba dos filas, decorada con pequeños diamantes, topacios y zafiros de un modo inocente, pero no menos favorecedor.

Su recorrido que ellas debían hacer para llegar al jardín Imperial de una u otra forma se veía conectado con un lugar bastante polémico; los Kafer, más ambas siempre decidían ignorar cualquier pensamiento con respecto a ello, no les convenía ni tenían porque pensar en ello, ¿Qué cambiarían? Las cosas eran como eran por una razón, porque su tío había sido un símbolo de poder y porque había sido manipulado para derrochar y destruir la justicia, dignidad y renombre del Imperio en pro de la ambiciones de aquello que habían sido cercanos a él. Una lástima, pero nada de eso podía ni debía cambiarse. Los Kafer no eran tan crueles como parecían, porque así se evitaba la muerte, se evitaba el perecer injustamente, solo permaneciendo indefinida o permanentemente en un enclaustramiento como para cualquier Príncipe, pero desesperante que era, por lejos, la mejor opción. Las miradas de las dos hermanas se mantenían en el frente, con el debido orgullo a demostrar mientras caminaban, siendo seguidas por sus doncellas, pero su recorrido se vio obstruido o interrumpido por la repentina aparición del Sultan…quien no se encontraba solo. Sarada recordaba a su tío Yosuke, por más que hubiese ido una adolescente en los días de su enclaustramiento, aun recordaba lo que Mei y Rin habían hecho, y de igual forma se lo había hecho saber a Izumi que, como ella, se hubo quedado petrificada frente a su padre y tío, observando incrédula lo que sea que su padre penase hacer, porque fuera como fuere no podía ser bueno.

-Tío…- jadeo Izumi, confundida

-Padre, ¿Y esto?- cuestiono Sarada, manteniendo el debido y formal tono de voz calmado que debía sostener en presencia el Sultan, sin importar que fuese su propio padre.

Desde siempre, para Sarada su padre era el hombre más único sobre la tierra, por múltiples razone, y Sarada siempre veía en él a alguien en quien encontrar apoyo y refugio, porque era su padre y porque no existiría sin una parte de él, por ello es que no podía guardarle el mimo grado de rencor que sus hermanas y madre le tenían, porque eso significaría igualmente odiar una parte de sí misma, una parte que poseían sus hijos y eso era un error. Pero su lealtad se limitaba al plan familiar, y en ese momento se trataba de un asunto central en la política y el estado y en esto casos es que Sarada siempre estaba del lado de su madre, la Sultana Haseki y Regente. Por más que Sarada estuviera incondicionalmente para cualquier circunstancia en que Sasuke debiese recurrir a alguien cercano a sí mismo, esta vez no podía involucrarla, ni siquiera ella que al igual que Sakura podía ser una de las personas más tolerantes sobre la tierra, porque era igual de frágil y porque su confianza si bien se había mantenido podía cambiar de foco más pronto que tarde y Sasuke no quería arriesgarse y comenzar a perder el amor y lealtad de sus hijas. Pero esta vez no podía implicar a nadie más siendo que ya solo el Consejo Real había aprobado su decisión, pero nadie más podía ser partícipe de sus actos; nadie.

-¿Quiénes son, hermano?- indago Yosuke, ciertamente curioso por las hermosas y claramente poderosas jóvenes.

-Mis hijas, Sarada e Izumi- presento Sasuke, haciendo caso omiso de la palpable confusión y preocupación de sus hijas.

-Sobrinas- sonrió Yosuke, recibiendo a cambio un vago asentimiento de parte de las jóvenes que claramente no entendían el porqué de su "liberación". -Su Majestad me llevara a mi barco, voy a ser libre- declaró el Príncipe como respuesta a la dudas de sus sobrinas.

Izumi se esforzó de sobremanera para no jadear de pánico ante esta idea, descifrando en su mente que clase de motivo podía encontrarse oculto tras la liberación de su padre, porque no podían tratarse de intenciones honestas, no de ninguna forma, porque si su tío Yosuke era libre solo traería predicamentos y revueltas, nunca algo positivo, y su padre tampoco era alguien que se expusiese abiertamente a los errores y críticas. No planeaba algo bueno precisamente. Recordando todo lo enseñado por su parte desde siempre y negándose a un enfrentamiento público y directo; Sarada suspiro sonoramente y dando todo de sí misma para ocultar sus emociones a la perfección, cruzando sus manos sobre su vientre y apretándolas de forma ligera, fingiendo que todo estaba perfectamente. No podía dar por sentado lo que pasaría o no, su madre le había enseñado a no confiar en percepciones inmediatas, más algo malo habría de significar lo que sea que su padre tuviera penado hacer, ¿Por qué? Porque si la idea que Sarada sopesaba estaba en lo correcto…todo el peso del Imperio se situaría aún más críticamente sobre sus hermanos, sobre ellas mismas, y aún más sobre su madre.

-Saldremos a dar un paseo- corroboro Sasuke, sabiendo que si no mentía, ni Izumi ni Sarada permitirían que sucediera lo que pensaba hacer, -vamos hermano- guio el Sultan.

Yosuke asintió en el acto, únicamente concentrado en su sueño que iba a hacerse realidad como jamás había llegado a imaginarlo. Sarada mantuvo al fingida y respetuosa sonrisa en su rostro hasta que su padre y tío pasaron junto a ellas, desapareciendo por el camino opuesto al que ellas habían pensado dirigirse…la sonrisa de Sarada en transformo en un gesto entre nervioso e iracundo, respirando pesadamente y separando las manos que apretó a los costados del cuerpo hasta sentir que las uñas le herían las palmas de las manos. Conocía muy bien a su padre, se había dedicado a estudiarlo figurativamente desde siempre ya que había soñado en conocer a alguien omo el al momento e sentir amor por una persona, y ahora dicho estudio personal servía para que la Uchiha pudiera confirmar que algo iba a pasar y su madre merecía saberlo ya que con toda seguridad lo que sucedería debía de ser desconocido por todos salvo los Pashas. Izumi por otro lado había volteado y seguido a su padre y siguió con la mirada, jadeando por causa de su propio nerviosismo…temía por Shisui, temía que algo imprevisto pudiera suceder en cualquier minuto pese a recordar incansablemente la promesa de su madre acerca de que nada les sucediera a sus hermanos, ¿Cómo podía estar tranquila si su padre tomaba decisiones repentinas e imprevistas por cualquiera de ellas? No estaban a salvo de ninguna forma, ni sus hermanos, ni ellas, ni su madre.

-Sarada, ¿Qué pasara?- se preocupó Izumi que temblaba sin siquiera notarlo, temiendo lo peor.

-No lo sé, pero esto no me agrada- menciono Sarada, tanto para si con su hermana, -vamos- indico la Uchiha.

Sujetándose la falda del vestido y siendo imitada por su hermana es que Sarada cambio por completo de dirección, retomando el pasillo aledaño al jardín y que las llevaría con más facilidad al Harem, y de allí a los aposentos de su madre. Apenas y conocían a su tío Yosuke como para sentir afecto real o familiar por él, pero si les preocupaba a ambas que su padre tomara otras decisiones injustificadas y quienes tuvieran que pagar el precio de esa próxima decisión no fuesen otros que sus hermanos. Les aterrorizaba la idea de que aquello sucediese.

Su madre necesitaba saber lo que estaba pasando.


Por más triste y abatida que se sintiese por la pérdida de sus dos nietos Baru y Kagami, homónimos de dos de sus ya fallecidos hijos, por más que pudiera alejarse de las miradas de la corte…seguía estado presente para el pueblo a quienes colmaba de amor y visitas, seguía administrando el harem y la corte junto a su hija Shina que en ese momento se encontraba sentada junto a ella, en el escritorio; mientras ella firmaba la mitad de los documentos, Shina aplicaba el lacre y sello al final de cada carta, decreto o petición, siendo casi su asistente personal. Mikoto igualmente la había ayudado, pero los primeros síntomas de su embrazo, —ya confirmado—como lo eran las náuseas excesivas y que por ahora la hacían guardar reposo. En realidad eran los mismos síntomas que había tenido antes de que Naori naciera, no era algo de lo que extrañarse.

Conforme más pasaba el tiempo, más recurrente era la austeridad de la Sultana que de no ser por una u otra razón o aditamento favorecedor, lucia su belleza con mayor facilidad ante la naturalidad de su ser. Su insuperable y esbelta figura se encontraba ataviada por un sencillo vestido blanco levemente crema, de escote alto y en V con cinco botones de igual color que cerraban el corpiño hasta la altura del vientre, y mangas ajustadas hasta los codos, que se abrían frontalmente en lienzos de gasa que exponían los brazos. Por sobre el vestido se hallaba una chaqueta purpura de escote en V—cerrada casi bajo el busto y abierta a la altura del vientre—bordada en hilo de plata con perlas incrustadas para recrear flores de cerezo a lo largo de la tela, especialmente en el escote en V y el dobladillo de la falda, así como en la espalda. Su delgado cuello se encontraba desprovisto de joyas, resaltando así y con mayor facilidad su delicado temple, su largo cabello rosado se hallaba elegantemente recogido tras su nuca, resaltando una hermosa corona de oro, amatistas y diamantes que replicaban capullos de lilas, todo en complemento con un par de pendientes de oro y diamante malva en forma de lágrima. Como siempre, y de forma infaltable, la sortija de las Sultanas, aquel soberbio rubí en forma de lagrima sobre una cuna de diamantes homologa que destellaba contra la luz y maximizaba su poderío.

Cumpliendo diligentemente su labor, por otro lado, la Sultana Shina portaba unas sencillas galas de seda jade claro; escote cuadrado, ligeramente redondeado y que apenas era visible, y mangas ajustadas hasta los codos que se volvían holgadas hasta cubrir las manos, de no ser porque Shina las mantenía cruzadas por sobre su regazo, por sobre el vestido se encontraba una chaqueta de terciopelo esmeralda, de escote en V que apenas y mostraba un fragmento del escote del vestido inferior, sin mangas y cerrada a su cuerpo bajo el busto por obra de un cinturón de cadena de oro y esmeralda alrededor de su cintura abriendo nuevamente la chaqueta bajo el vientre para exponer la falda; los bordes del escote, la línea central que se formaba ante la unión de la tela en el corpiño y el dobladillo de la falda así como el margen a la altura de los hombros estaba finamente bordado en hilo de oro, igualmente replicando una serie de broche de encaje y diamantes—tres a cada lado—como si fuesen botones. Un sencilla guirnalda de oro con diminutos dijes en forma de flor de cerezo—con diamantes en el centro—se encontraba alrededor de su cuello, destacando de forma nimia pero no menos favorecedora que la diadema de oro sobre su largo que cabello que ciada sobre sus hombros y tras su espalda, replicando capullos de rosas y flores de jazmín, y a juego un de par de pendientes de cuna de oro en forma de rombo con una esmeralda ovalada en su centro y rodeada por pequeños diamantes. La Sultana levanto la mirada en tanto hubo impreso el sello por sobre el lacre al final de la carta, entregándosela a su madre, suspirando al verse libre de trabajo y por ello propensa a los pensamientos tristes que, al igual que a su madre, la embargaban.

-Daisuke ha estado muy melancólico- comento Shina tanto para sí como par su madre que suspiro tristemente al pensar en ello, -pero afortunadamente Aratani es fuerte y ha podido consolarlo- intento animar la Sultana, más que orgullosa del modo en que la concubina que ella recordaba se encontraba en su servicio, fuese ahora una Sultana más que digna de tal honorifico.

-Eso evita que yo sufra más- respaldo Sarada, bajando tristemente la mirada, jugando con el dije en forma de lagrima que conformaba la cuna de diamantes y el rubí en su centro que era su sortija. -En solo unos años, Daisuke ha experimentado lo peor que puede sentir una persona, ver como los que amas desaparecen frente a ti, sin poder hacer nada- añadió la Haseki, conociendo y habiendo vivido esta experiencia en carne propia, y aun lo estaba haciendo.

Nadie más que ella podía comprender como se sentía Daisuke, el modo inexplicable en que se sentía que el corazón se despedazaba más y más a cada momento, avivando involuntariamente ese dolor que se volvía insoportable e inolvidable, que siempre estaba ahí y que te mataba más y más cada día. El primero de todos sus golpes había sido Itachi que siempre se había sentido menos valorado que Baru, siempre celoso de él; tras su muerte Sakura se sentía continuamente avergonzada de si mima, sintiendo que no había sido una buena madre con su segundo hijo, un hecho que aún le remordía la consciencia cada vez que pensaba en él. Luego había sido el turno de Baru, su primogénito, por medio de por quién había aprendido a ser madre, su guerrero noble, su Sultan, el que había engendrado al primero de sus nietos y a quien no había podido proteger, y cuya muerte permanecía impresa en su memoria como si la estuviera viviendo perpetuamente en aquel minuto fatal en que había llorado junto a su cadáver decapitado.

Luego había sido el turno de Kagami, su niño de espíritu bondadoso que apeas y había conseguido conocer el amor antes de perecer sin conocer a su hija Kaori que se le parecía más y más cada día; envenenado por los enemigos dentro de su propio Palacio, demasiado joven e inocentes, apenas conociendo de la vida como para merecer la muerte que había debido afrontar y que era una de las más dolorosas de recordar para su madre que aún lo lloraba. Y finalmente Rai, quien al comienzo había sido indiferente para ella, pero que tras su nacimiento y durante su infancia se había ganado su total cariño para luego encargarse de criarlo durante el exilio de Naoko, habiéndolo visto forjarse como un hombre valiente y gallardo que incluso la había llamado madre por error una que otra vez, para luego confesarle—exactamente antes de morir—que ella había sido la única mujer a quien había considerado madre, a ella que no había podido salvarlo, a él que había muerto y se había llevado otro trozo de su corazón consigo. Nadie salvo Daisuke y ella comprendían lo que era morir por dentro cada día sin poder evitarlo, nadie conocía semejante sufrimiento.

-Paz, o guerra, ¿Qué es lo uno o lo otro?- cuestiono Shina con un matiz desdeñoso en su voz, dirigido hacía su padre y el cambio que veía más y más en él cada día. -De igual modo sufrimos y luchamos, no cambia absolutamente nada- riño la Sultana chocando espontáneamente el puño contra la palma de su mano, un gesto que solía tener cuando estaba nerviosa.

-Eso ya debería darse por sabido, Shina- recordó la Haseki a modo de crítica constructiva, recibiendo un asentimiento de parte de su hija, a modo de disculpa. La felicidad no existía en ese Palacio, así que en lugar de buscar más desperfectos era mejor simplemente aceptar las cosas, no cambiarían nada por solo quejarse. Irrumpiendo en el momento es que hubieron resonado los siempre habituales y respetuosos golpes contra la puerta. -Adelante- indico Sakura.

Las puertas se abrieron gracias a los leales jenízaros que permanecían en el exterior, dejando así que lady Ino—la encargada del orden y organización del Harem—ingresase con la mirada baja por el debido protocolo que demandaba el siempre absoluto formalismo para con los miembro de la familia Imperial, sin importar que ella y la propia Sultana Haseki no fuesen sino mejores amigas y que Ino hubiera colaborado arduamente como institutriz de la propia Sultana Shina. Mediante una carta que Kakashi Hatake Pasha le había hecho llegar que es Ino tenía algo importante que comunicarle a la Sultana Haseki puesto que nada podía suceder sin que ella lo supiera, sin importar que fuera el propio Sultan quien decidiese algo, no cuando el pueblo veneraba a la Sultana Haseki y la consideraba quien realmente gobernaba aquel vasto Imperio, y sin lugar a dudas así era.

-Sultana- reverencio Ino con el debido respeto, recibiendo la aprobación para hablar, -su Majestad ha abandonado el Palacio…- inicio la Yamanaka, enmudeciendo, temiendo decir algo que preocupase en demasía a la Sultana Haseki, más ella le insto a que terminase de explicarse, -en compañía del Principie Yosuke- concluyo Ino finalmente.

-¿Con Yosuke?- repitió Sakura, creyendo haber oído mal, pero Ino asintió, dándole a entender que no estaba equivocada en lo absoluto.

-Pero, ¿Por qué?...- no compendio Shina, parpadeando absolutamente confundida

Yosuke estaba demente, lucido en momentos prácticamente nulos, era alguien fácilmente manipulable pero que en cierto grado tenía consciencia como tal para saber qué hacía o lo que sucedía, pero si Sasuke sacaba a Yosuke del Palacio en esas circunstancias, Sakura solo tenía una conclusión a la que llegar; una ejecución.


Usualmente viajar en carruaje no era precisamente una de sus actividades favoritas, de hecho prefería evitarlo, le recordaba los días de enclaustramiento durante el Sultanato de su padre, el Sultan Izuna, días en que había tenido que temer a todo lo que se encontrase a su paso, conocido y desconocido. Desde que había ascendido al torno como Sultan había tomado la voluntaria decisión de ejercer la menor cantidad de viajes en carruaje que le fuese posible ya que se sentía en cierto modo claustrofóbico, así que montar a caballo le parecía más tolerable, pero a fin de mantener en calma a su hermano menor es que Sasuke hubo sacrificado un poco de su individualismo durante el viaje que había durado una determinada cantidad de minutos siendo que ahora tanto el cómo Yosuke bajaban del carruaje que los había llevado hasta el puerto. Contrario a su hermano que se mantenía totalmente calmado y estoico, Yosuke no pudo evitar observar con curiosidad todo a su paso, como si viese el mundo por primera vez, inclusive el cielo desprovisto de nubes le parecía lo más interesante del mundo.

-Hace muchos años que no veía el cielo- menciono Yosuke, aunque aquello seguramente era más que obvio para su hermano mayor, - ¿Siempre fue así de azul?- dudo el Príncipe.

-Es por ti, hermano- justifico Sasuke con simpleza, no dándole más importancia de la necesaria al asunto. -Este barco es tuyo, tenlo el tiempo que quieras- señalo el Uchiha.

Aquel que estaba frente a Yosuke era un barco simplemente magnifico, atracado en el puerto pero con sus velas preparadas, más que listo a zarpar y dejarlo navegar como había deseado hacer desde su más tierna edad, fue entonces cuando Yosuke confirmo que no estaba equivocado, su fantasía, su sueño se haría realidad, su hermano estaba sirviéndole en bandeja de plata aquel sueño que sabía tenía desde siempre. Era de todo cuanto Yosuke hubiera podido llegar a concebir en su mente. Estupefacto y con el alma en vilo por la alegría y emoción que latían en él, el Príncipe contemplo el enorme barco que tenía una portentosa escolta jenízara que seguramente, no; con toda seguridad, habría de protegerlo cuando se decidiese a zarpar, su hermano no había cambiado tanto como había pensado, Sasuke siempre sería su hermano mayor, pasara lo que pasara.

-¿Puedo subir, ahora?- consulto el Príncipe, temiendo que la fantasía que estaba viviendo se desbaratase de un momento a otro.

-Por supuesto, si es lo que quieres- permitió Sasuke.

Sonriendo con la alegría propia de un niño, y quizá aún lo fuese, Yosuke se encamino apresuradamente hacia "su" barco, porque era suyo, ya no se trataba de los barcos de juguete hechos de madera y finamente tallados que tenia de niño, ya no era un niño; había sido un Sultan por medio de otros, pero jamás había deseado serlo, jamás lo desearía porque era una carga que nunca soportaría, pero importaba poco ese pasado porque seguía siendo un Príncipe, porque a partir de ahora todo sería diferente, porque ya no tendría que volver a sentir miedo sabiendo que su hermano mayor, el Sultan, lo protegería como Yosuke recordaba desde que tenía uso de razón. Sintiéndose solo, o mejor dicho no seguido por su hermano, Yosuke volteo, percatándose de que en efecto estaba avanzando en solitario.

-¿Y tú, hermano?, ¿No vendrás?- cuestiono Yosuke al ver que su hermano se quedaba en el mismo lugar, sin parecer querer acompañarlo.

-Yo no iré, hermano- confirmo Sasuke para extrañeza de Yosuke que no comprendió el porqué de esto. -Este es tu sueño, no te olvides de eso- sonrió el Uchiha, animándolo a que abordara.

-Kami te bendiga, siempre, hermano- oro Yosuke, sonriéndole una última vez a su hermano.

Sasuke sonrió ladinamente, trasmitiendo nuevamente aquella significativa confianza para Yosuke que sin impedimento alguno subió al barco, con su emoción absolutamente adueña de él, de su mente y ser, imposibilitándole prever que uno de los escoltas jenízaros se situaría tras él, con una cuerda, y que pronto lo asfixiaría tan rápidamente como le fuese posible para finalmente y con un movimiento veloz romperle el cuello. Sasuke, que se había mantenido con la mirada baja, suspiro para sí mismo antes de levantar la mirada hacia el escolta jenízaro que había cumplido su orden, alguien que desde hace tiempo recomendaban en las filas del ejército y que ratificaba su lealtad al cumplir co sus órdenes; Suigetsu Hosuki, quien hubo asentido ante su mirada confirmando la muerte del Príncipe Yosuke. No iba a mentir, le entristecía la muerte de su hermano, se tragaba su propio sufrimiento y dolor por ver que la única salida para evitar las guerras interinas era evitar las muertes de sus hijos para no tener que volver a tomar la vida de uno de ellos para evitar enfrentamiento como había sucedido con Rai.

Era lo mejor, se repitió Sasuke, apartando a vista del cadáver de su hermano y regresando por sobre sus pasos, de vuelta al carruaje.


Sentada sobre el diván junto a la ventana, Sakura mantuvo una máscara de frialdad impoluta sobre su hermoso rostro, del cual cuya melancolía jamás desaparecía, meditando los eventos que ya debería de haber sucedido y que irremediablemente traían tanto problemas como beneficios, solo que a ella misma no le agradaba la idea de que tuviesen que sacrificarse vidas para lograrlo, menos la vida de Yosuke que siempre había sido inocente, un simple juguete del cruel destino, no más. Sarada se hallaba sentada a su lado, igualmente pensativa con respecto a qué medida era la mejor a emplear para proteger a su hermanos ahora que ellos eran los únicos herederos al trono Imperial, dolida por la decisión que su padre había determinado sin pensar en lo que ellas consideraba, aún más, sin preguntarle a su madre que es lo que ella pensaba. Shina se paseó como leona enjaulada, apretándose las manos, intentando pensar o claridad, más aminorando su valía al ver la tristeza reflejaba en los orbes esmeralda de su madre quien lamentaba la muerte de Yosuke a quien todas sabían que había conocido por años. Izumi por su parte se mantuvo de pie junto a su hermana, demasiado nerviosa como para pensar en algo que no fuese la protección de su mellizo quien, hasta ahora, era el más vulnerable y débil ya que Daisuke podía protegerse a sí mismo sin problema alguno.

-No hay duda alguna- menciono Izumi en voz alta, apretándose los brazos mientas se abrazaba a sí misma.

-Conociendo a Sasuke, claro que lo hizo- reafirmo Sakura, con su voz cargada de indiferencia, como si nada le importase, pero no era así sino que todo lo contrario.

La verdad es que ya nada le sorprendía; un hombre que ordenar la ejecución de uno de sus hijos, fácilmente podía deshacerse de su propio hermano si hacía falta. Sakura se reprendió a si misma el sostener la insulsa idea de que Sasuke cambiaria, y el problema es que seguía teniéndola, seguía penando que en algún momento aquel joven Sultan a quien había conocido, aquel joven de dieciséis años que se había enamorado de ella con solo verla retratada en pintura volvería a brillar en los ojos del que ante la ley y ante Kami era su esposo, pero cada día se daba cuenta de que sus vanas ilusiones se desmoronaban, ¿En qué pensaba? Ya nada volvería a ser lo que había sido en su momento, ahora lo único que Sakura podía hacer era soñar con esos días felices que jamás volverían, ya nada se remediaría y ese rencor, esa lejanía que sentía hacía Sasuke solo se marcaría más cada día porque no podía soportar estar frente a él sin recordar todo cuanto había tenido que sacrificar por su cusa para luego ver como él no sacrificaba nada por ella.

-¿Qué sigue madre?, ¿Daisuke, y luego Shisui?- se aventuró a dudar Izumi, ya no sabiendo que era seguro y que no.

-No, eso no lo permitiré, jamás- contesto Sakura de inmediato, observo fijamente a su hija que bajo la mirada, asintiendo, avergonzada por su pregunta, -primero tendrá que matarme a mí, y que lo escuche todo el mundo, no me importa- sentencio la Haseki ya que su propio tono de voz no era un murmullo, cualquiera que estuviera fuera de sus aposentos podría escucharla con facilidad.

Ya había perdido a a Itachi, Baru, Kagami y Rai, ni siquiera había podido evitar que Sasuke decidiera tomar la vida de Yosuke, pero definitivamente Daisuke y Shisui no sufrirían daño alguno en el futuro, antes ella misma se quitaría la vida y condenaría al Imperio al declive absoluto ya que nada de lo que actualmente se consideraba paz existiría de no ser por ella, y si se deseaba que las cosas siguiera de aquel modo, Sasuke no haría absolutamente nada que hiciera peligrar las vidas de sus hijos, Sakura pensaba venderle su alma al mismísimo demonio si hacía falta, no había soportado tanto para solo presenciar cómo sus hijos eran abandonados a su suerte y a perecer el peor de los destinos, tenía muy en claro que o existía un futuro en el que ella decidiera las cosas, o de lo contario el Imperio no tardaría en venirse abajo, porque nadie había sacrificado tanto como ella para llegar hasta donde estaban.

-Afortunadamente y en caso de una emergencia, tenemos medidas preventivas- comento Izumi, recuperando la compostura y centrándose en el futuro.

-¿Medidas preventivas?- no comprendió Shina, levantando la mirada hacia su madre y Sarada que solo atinaron a encogerse de hombros, igual de desconcertadas.

-Hay una joven concubina que ha yacido con Shisui desde hace tiempo- confeso Izumi para sorpresa de su madre que solo bajo la mirada, guardando silencio, cosa que la inquieto momentáneamente, -ella es el seguro de que Shisui pueda desempeñarse debidamente en el peor de los casos- justifico la pelicastaña, observando a sus hermanas, más Shina y Sarada solo pudieron observarse con preocupación entre sí.

Inicialmente Ryoko había sido un simple entretenimiento personal para Shisui, de hecho había tenido que transcurrir un año entero para que su mellizo pudiera tomar el valor de cumplir con las…funciones propias de un hombre, más Ryoko parecía estar enamorada de Shisui puesto que había esperado con diligencia y paciencia, sin presionarlo en ningún momento, atendiéndolo, siendo su doncella personal incluso, acompañándolo siempre que la necesitase…pero ya que llevaban dos años juntos en todo lo que implicaba la frase, debía considerarse a Ryoko como una posible aliada sin importar que estuvieran seguros de su lealtad o no. El Palacio Imperial se regía por un protocolo sumamente estricto y en que se debía cuidar muy bien lo que se hacía, por ello una concubina que yacía con un Príncipe debía o bien ser elegida por el de manera formal o designada por la Sultana a cargo del Harem, —ya fuera Sultana Haseki o Madre Sultana—pero si esto no sucedía, cada niño nacido en el Harem era declarado ilegitimo ya que todo se hacía de forma conspirativa, como si se urdiese algún plan, y eso resultaba vergonzoso para el linaje de los Uchiha.

-Izumi, ¿eres consciente de que no podemos permitir que esa mujer se embarace?- cuestiono Sarada, penando en el prestigio del Imperio y de su propio hermano menor si sucedía aquello que se había realizado en secreto y que no podía tener fruto alguno, no aun.

-Ya que todo se ha hecho en secreto, cualquier niño o niña concebido seria ilegitimo ante las leyes del Imperio- añadió Shina, igualmente preocupada por el prestigio Imperial, pero mucho más por Shisui que seguía siendo demasiado ingenuo con respecto al mundo, la política y las intrigas que abundaban en cada esquina, en todo momento, aguardando a que se cometiese cualquier clase de error.

-Descuiden he sido muy cauta, se le ha suministrado una medicina dada por la partera- sosegó Izumi, ya que tenía previsto de antemano una posible eventualidad que hiciera peligrar a su hermano, -no se embarazara sin que nosotras lo sepamos- seguro levantando la mirada hacia su madre.

Así como la propia noche se cernía sobre el Palacio, la calma nocturna discurría en los aposentos del Príncipe Shisui que estaban sumidos en el silencio y la calma como siempre sucedía, y Ryoko no tenía problema en contribuir a este silencio gracias al que se sentía cómoda sabiendo que él igualmente se encontraba tranquilo mientras leía; muchos consideraban que el Príncipe era alguien ajeno a la intelectualidad, alguien frívolo, pero esto era totalmente erróneo; el Príncipe manejaba una infinidad de temas, hablaba idiomas que ella ni siquiera había llegado a oír, y a ella en lo personal le recitaba una poesía tan hermosa y que el mismo había escrito teniéndola como musa, ¿Quién no se sentiría infinitamente elogiada? Pensando en ello es que la sonrisa no se desvaneció de los labios de Ryoko que continuo sirviendo un poco de leche sobre la taza que le ofrecería a su Príncipe.


El Príncipe; de Maquiavelo, un libro curioso y que Shisui no podía evitar devorar hoja por hoja, letra por letra. Gracias al continuo apoyo de su madre, Shisui recibía columnas de libros nuevos cada semana, cada uno más fabuloso que el anterior y que lo ayudaban a prender más de lo que parecía demostrar, y teniendo además a Ryoko—por benevolencia de su hermana Izumi, que mantenía el secreto—a su lado, era totalmente feliz, no deseaba da más. Sentando sobre el diván junto a la ventana, el Príncipe parecía emular la profundidad de la noche, vistiendo—por sobre la usual túnica de seda color negro, de cuello alto y mangas ajustadas hasta las muñecas—un sencillo Kaftan azul oscuro sin manga, y cerrado entorno a su cuerpo por un fajín color negro, teniendo como único decorativo un broche de plata en el cuello de la túnica bajo el Kaftan, replicando el soberbio emblema de los Uchiha, y además un par de botas de cuero color negro que resultaban visibles ante la caída de la tela.

Ryoko por otro lado se encontraba sencillamente vestida pese a que no fuese sino su favorita; un simple vestido violeta cubría su figura, compuesto por dos capas, una inferior que creaba un escote en V, falda y manga holgadas de gasa ligeramente transparentes, sobre esta capa el vestido predominante; de escote cuadrado,, sin mangas y de falda superior que se abría bajo el vientre para exponer así la capa inferior, sobre el vestido una chaqueta e igual color plagado de bordados de hilo e plata que formaban flores de cerezo, lilas y jazmines, cerrada bajo el busto en un escote en V, y abierta bajo el vientre, sin manga alguna. Su largo cabello negro como la tinta caía libremente tras su espalda, sencillo por obra de las naturales ondas que lo plagaban adornado únicamente por una diadema de tipo broche que replicaba dalias y rosas engarzados por diminutos granates y amatistas a la par con uno diminutos pendientes de diamante en forma de lagrima.

Dejando la jarra sobre la mesa, Ryoko termino de servir la leche a la cual agrego un poco de miel, sabiendo que antemano que aquello ayudaría a su Príncipe a conciliar el sueño co más facilidad ya que habitualmente le resultaba difícil dormir por las preocupaciones que no dejaba de embargarlo, Ryoko sabía que esto se debía a lo sensible que era y a todo cuanto había tenido que vivir, pero fuera de todo lo demás era un hombre como cualquier otro, idealista y que ansiaba poder ayudar a mejorar el Imperio pese a su aparente debilidad que muchas veces lo hacía factiblemente manipulable. Sosteniendo al bandeja en su manos, contra su regazo, Ryoko se dirigió hacia el diván, deteniéndose a un par de pasos de su Príncipe al sentir una especie de mareo y ante el cual igualmente decidió avanzar solo para casi perder el equilibrio e inclinar involuntariamente la bandeja que dejo caer la taza y leche sobre el suelo. Shisui, que había levantado la mirada al verla detenerse, se levantó justo a tiempo para evitar su caída que casi había vaticinado al verla palidecer repentinamente.

-Ryoko- Shisui la sujeto de la cintura, evitándole desplomarse como seguramente hubiera ocurrido.

-Estoy bien, alteza- tranquilizo Ryoko, agradecida por la ayuda del Príncipe gracias a quien recupero el equilibrio, -lo lamento, lo limpiare enseguida- se disculpó la pelinegra, disponiéndose a zafarse del agarre del Príncipe y así limpiar.

-No, olvida eso- se negó Shisui rotundamente, sosteniéndola de la mano y ayudándola a sentarse sobre el diván, totalmente pendiente de sus gestos y preocupante posibilidad de que estuviera enferma, -¿te sientes mal?- consulto el Príncipe, acariciándole la mejilla

-Estoy bien, no es nada, solo un mareo- sosegó Ryoko, sonriéndole, finitamente agradecida por su amor y atenciones.

La verdad es que no mentía, o mejor dicho no del todo; sí que era solo un mareo, pero un mareo que ya se había presentado hacía días atrás, así como nauseas matutinas y que en su caso tenían un origen clase, podía estar embrazada. Claro que la Sultana Izumi hacía que una partera le hiciera beber una medicina para evitar embarazarse, cada mañana, y por la noche, pero comenzando a ser consciente del riesgo que corría la vida del Príncipe Shisui y la sucesión del Imperio Uchiha es que Ryoko había comenzado a aguantar la medicina dentro de su boca durante la mañana hasta tener la oportunidad de escupirla, así que estar embarazad ahora no le parecería extraño. ¿Quería ser Sultana Haseki? Claro, ¿Quién no?, pero también sabía que si algo le sucedía al Príncipe Daisuke, solo el Príncipe Shisui seria elegible como heredero, y necesitaba tener hijos que lo sucedieran en el mejor y peor de los casos ya que su hermano ahora no tenía más que dos hijas que no tenían posibilidad alguna de ascender al trono que solo estaba destinado a los hombres de las familia e hijos de los Príncipes.

Su plan no era del todo errado.


-Gracias, Aratani, no tienes por qué hacer esto- sonrió Daisuke, divertido por su ayuda.

-Si, lo sé, hay sirvientas que lo hagan- rezongo la pelicastaña a modo de broma, -pero cuidarte y mimarte, es todo lo que quiero hacer- recordó Aratani con su usual tono vehemente y cargado de amor que siempre le hacía sentir que había algo más para la posteridad, que todo siempre podía mejorar a pesar de lo que sucedía.

Habitualmente si, los sirvientes o doncella se ocupaba de que ambos se cambiar y preparan para dormir, era una rutina individual en el caso de las personas "normales", pero no para ellos y los miembros de la corte que siempre tenían personal a su disposición que los atendieran, más desde antes de casarse es que Aratani insistía en ser su sirvienta en ese plano, ayudándolo a cambiarse de ropa aun cuando ella que estuviera totalmente vestida, pero esto último no era un impedimento; había sido una esclava en el pasado, una concubina cualquiera, y vestirse o desvestirse sola no era algo que le resultase innecesario, de hecho le recordaba que en esencia seguía siendo ella misma. Daisuke se sentó sobre el diván, sirviendo un poco de vino de la jarra sobre la mesa en su copa mientras veía a Aratani acomodar su ropa de forma sumamente minuciosa antes de abrir las puertas del armario al cual ingreso, desapareciendo de su vista solo por unos segundos, antes de aparecer, dirigiéndole la misma genuina sonrisa. De no ser por ella y su ánimo, su temple sereno y su bondad, Daisuke estaba seguro de entirse totalmente perdido, pero Aratani y su madre eran todo cuanto pudiera necesitar para estar tranquilo. De forma repentina, las puertas fueron abierta desde el exterior, dando paso a la Sultana Haseki que entro con una sonrisa dirigida hacía su hijo que s levanto del diván para recibirla.

-Sultana- reverencio Aratani con una radiante sonrisa.

-Madre- sonrió Daisuke, entrelazando sus manos con las de su madre que le sonrió a modo de respuesta, -creí que estarías dormida- menciono el Uchiha, siendo que de otro modo hubiera acudiendo el mismo a los aposentos de su madre.

-No, pensando en ti no puedo dormir, y quería garantizar que estuvieras a salvo- justifico Sakura con ese aire protector y maternal que jamás la abandonaba. -Daisuke, ¿te sientes bien?- consulto la Sultana Haseki, sintiendo algo extraño emanar de su hijo, de hecho sucedía desde hacía días pero no era hasta ahora que lo percibía con mayor facilidad.

-Perfectamente, ¿Por qué?- no entendió Daisuke, ante lo cual su madre lo hizo inclinar la frente, besándole esta como solía hacer de niño cuando solía tener fiebre.

-Tienes fiebre- confirmo Sakura en voz alta, preocupada por la salud de su hijo. -Aratani, llama al médico, ahora- pidió la Haseki de forma irrefutable e inmediata.

-Si, Sultana- accedió Aratani, en el acto.

Con la debida reverencia y sabiendo que nadie más que la Sultan Sakura podía tener razón, Aratani abandono la habitación de inmediato, en busca del doctor C a pesar de que cualquiera de sus doncellas pudiese hacerlo, ella misma no quería quedarse de brazos cruzados. Claro que había percibido que Daisuke no estaba del todo bien pese al tiempo trascurrido desde el pasajero luto y se lo había dicho a Daisuke, pero él insistía en estar bien, insistía en que quizá su propio cuerpo o sistema nervioso estaban extenuados tras las adversidades vividas, e incluso ella quería creer tal cosa, pero nada era seguro y ahora más que nunca era la propia Sultana Sakura quien decidía hacerse cargo, y ante aquello no había protesta alguna. Desde niño, Daisuke siempre había sido terco; golpes, moretones, ligeras fracturas, cortes por practicar la caza o heridas de las campañas militares, siempre se tragaba para sí mismo cualquier dolor o aflicción, casi como si fuera débil de otro modo…tal y como ella misma hacía, por ello es que Sakura podía ver y saber cuándo es que su hijo estaba enfermo, porque era como estar viéndose en un espejo, su reflejo que solo se dejaba ayudar y apoyar por ella misma que lo amaba más que a nada y nadie en el mundo.

-Daisuke, ven- guio Sakura cuidadosamente.

Asintiendo, Daisuke sostuvo la mano de su madre que poso su otra mano sobre el hombro de él, ayudándolo a caminar. Desde antes de la muerte de sus hijos se había sentido enfermo, o sentía síntomas que podía significarlo, más no le había dado importancia aporque aparecían y se desvanecían casi en el acto, pero luego del tiempo del luto por la pérdida de sus hijos es que comenzaba a darse cuenta de que el malestar que sentía desde antes ahora continuaba hasta hacerse más recurrente a la vez que su propio apetito disminuía. De pronto y apena dando dos pasos que un así los alejaba de la cama, Sakura sintio como es que el peso de su hijo se hacía más marcado, haciéndolo perder el equilibrio a ambos, más ni aun así Sakura permitió que cayeran, estabilizándolos medianamente sobre el suelo pero imposibilitándoles levantarse ya que Sakura no tenía la fuerza necesaria para cargar a su hijo. Sintiendo que el malestar en su abdomen se hacía más doloroso, casi como si ascendiera venenosamente por su garganta, Daisuke se cubrió los labios al toser, esperando que de algún modo eso hiciera disminuir el malestar, y en parte pareció y no pareció hacerlo.

-Hijo- intento ayudar Sakura, pero entonces fue que su hijo se descubrió los labios, pero para preocupación suya es que tenía la mano ligeramente manchada de sangre, su sangre. -¡Guardias!- llamo la Haseki, agradeciendo mentalmente sus órdenes fueran cumplidas al pie de la letra, ante lo cual las puertas se abrieron y los dos leales jenízaros hubieron ingresado para cumplir toda orden o indicación suya, -rápido- ordeno la Sultana.

Siendo ayudada por los dos escolta jenízaros, Sakura se mantuvo pegada a su hijo mientras los dos soldados lo ayudaban y cargaban hasta dejarlo sobre la cama. Con una mirada, Sakura les agradeció su ayuda, permitiéndoles volver al exterior, pero no tras la puerta, sino que a avisarle a las Sultanas lo que estaba sucediendo, cerrando las puertas tras de sí y aislando lo que sucedía en la habitación del resto del Palacio. Daisuke respiro agitada, claramente con dificultad mientras su madre, sentada junto a él, le sostenía la mano, orando silenciosamente mientras veía a su hijo abrumarse no solo por su dificultad respiratoria, sino también por la fiebre que pareció ascender abruptamente. Sakura se mordió el labio inferir y apretó los ojos para no llorar, acunando la cabeza de su hijo en su regazo, sin parar de orar silenciosamente, sintiendo las lágrimas deslizarse por sus mejillas. Perder a Daisuke sería aquello que la marcaria para siempre, si su hijo moría ella jamás se recuperaría.

Daisuke no podía morir, si lo hacía todo estaría perdido.


PD: hola mis queridos amigos y amigas :3 tenia pensado actualizar este fin de semana, y quizá lo haga nuevamente de aquí al lunes porque habremos de iniciar una nueva época para el Sultanato de Sasuke & Sakura, sugiriéndoles los siguientes vídeos si es que quieren comprender más de los protagonistas :3 youtube: watch?v=sUBClK43Rd0 (representando al personaje de Sasuke y como es como Sultan) y youtube: watch?v=j4S5gY4nn-4 (representando al personaje de Sakura, de la adolescencia a la adultez) :3 la actualización nuevamente esta dedicada a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro, garantizando actualizar el fic "La Bella & La Bestia" durante la próxima semana :3), a Miryale(lamentando decir que Sakura no tendrá más hijos, pero eso tampoco significa que Sasuke valla a pensar en otras mujeres, eso no pasara, lo prometo :3)y a todos aquellos que siguen la historia en todas sus formas, sin excepción :3 Si tienen alguna sugerencia con respecto a series o películas que quieran como adaptaciones, apreciaría que la aportaran, recordándoles que este fic, y los otros que hago, son por y para ustedes, añadiendo que comenten que fic quieren que inicie de los que ya había planeado :3 los amo, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.

Fics proximos:

-Operación Valkiria (casting y resumen ya hecho)

-Spirit: Naruto Style (aun sin casting y resumen, pero con la historia ya visualizada)

-Cazadores de Sombras (con el prologo ya listo hace un par de días)

-El Siglo Magnifico: Indra y el Imperio Uchiha (sin casting pero con la historia ya visualizada)

-El Siglo Magnifico: Mito, Mei & Mikoto (casting ya hecho, sin resumen y con la historia ya visualizada)

-La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber (casting ya hecho, resumen faltante, historia visualizada y diseñada en conjunto con el vestuario)