-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem), Metin Akdülger (Sultan Murad IV), Tugay Mercan (Sultan Ibrahim I) y Hande Doğandemir (Sultana Turhan Hatice). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.
Capítulo 39
El Palacio tenia tradiciones, gustos y placeres propios que sus habitantes expresaban dependiendo de su estado de ánimo e instantes libres, y la Sultana Sakura no era un caso diferente; sentada sobre un elegante diván el jardín privado, rodeaba del aroma de sus rosas y protegida del sol por un elegante toldo borgoña bordado en oro, la hermosa Sultana se encontraba perdida en la lectura que sostenía, divagando mentalmente y centrada en sus propias cavilaciones, disfrutando el canto de la aves, de la brisa veraniega y el apogeo de las flores que resplandecían causa de la luz del sol que se reflejaba en el roció que albergaban. Aquella quietud era el paraíso que la Sultana Sakura tenía en mente en todo momento, esa realidad era lo que deseaba ver, oír y sentir cada día. Si bien la Sultana se encontraba relativamente sola, en sus pensamientos, no lo estaba del todo ya que a un par de pasos de ella y plenamente atentas se encontraban sus leales doncellas Tenten y Kin, aguardando cualquier orden suya, igualmente dichosas de poder disfrutar del aire veraniego y la quietud que brindaba la época de paz que se abría ante ellos.
Siendo una imagen de belleza inconmensurable e insuperable, no era de extrañar que parte de los escasos jenízaros presentes, responsables de su seguridad, trataran de alzar la vista indebidamente para contemplarla por al menos un par de segundos, reprendiéndose a sí mismos por traicionar su voto de lealtad y silencio, pero era imposible cumplir del todo con ello si tenían en frente a un ángel que ocultaba sus alas con ineludible inocencia y perfección. Su cadenciosa y femenina figura se encontraba ataviada en un sencillo vestido cerúleo claro de escote en forma de corazón ribeteado en encaje plateado, de mangas holgadas hechas de gasa que llegaban a cubrir las manos, pero eran ligeramente traslucidas, por sobre le vestido se hallaba una chaqueta de igual color ligeramente más brillante, igualmente de escote corazón—pero que hacia estacar el margen de encaje del vestido inferior—y mangas cortas y ajustada hasta los codos, abierta bajo el vientre para exponer la falda del vestido inferior, además y como detalle extra pero igualmente enriquecedor se hallaba un margen de pasamanería mantequilla ribeteado en diamantes que diferenciaba los laterales del entro del corpiño, formando igualmente el contorno del escote y una línea vertical en el centro del pecho como un camino seguido por los seis botones de diamante que cerraba el corpiño. Los largos rizos rosados de la Sultana estaban peinados de tal modo que asemejaban a una cascada que caía libremente tras su espalda y sobre sus hombros para enmarcar su sereno rostro, adornado en su cima por una elegante corona de oro ribeteada en diamantes que emulaba una estructura en forma de enrejado que recreaba superiormente una seguidilla de flores de cerezo en ascenso para formar una estructura semi cónica, además sus rizos enmarcaban el emblema de los Uchiha alrededor de su cuello que al igual que un par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima resplandecía con la luz del astro rey.
A sus quince años, Daisuke tenía una costumbre muy marcada, luego de finalizar sus estudios personales se dirigía hacia el jardín privado donde siempre encontraba a su madre y esta vez no hubo excepción a esta regla, cosa que lo hizo sonreír mientras ingresaba en el jardín, acompañado por dos escoltas jenízaros. Se suponía que hoy era su gran día, el momento en que por primera vez participaría verbalmente de una reunión del Consejo Real, manifestando su opinión como no había sucedido anteriormente debía de estar mentalmente preparado, pero lo cierto es que no lo estaba, sentía los nervios que provocaban que le temblaran las piernas y sabía que solo su madre podría ayudarlo a superar sus dudas e inseguridades, por ello es que—más allá de toda costumbre anterior—estaba allí, para obtener paz por medio de su madre que lo conocía mejor que nadie. Sus hermanas Shina y Sarada ya estaban casadas y acoplándose a sus propias vidas, Mikoto se encontraba centrada en la crianza de su hija Naori, y sus hermanos Rai, Kagami, Shisui y su hermana Izumi eran muy desiguales en edad con respecto a él, no podría pedirles que lo comprendieran, eso no tenía sentido.
Solo su madre podía entenderlo, siempre había sido así y siempre lo sería.
Ligeramente informal para la ocasión, únicamente centrado en ser el mismo y no en la apariencia que debía dar como Príncipe de la Corona, al menos temporalmente en sus momentos libres; el joven Príncipe vestía una camisa blanca de cuello alto, con cinco botones de oro en caída vertical hasta la altura del abdomen, y mangas holgadas, ajustadas en las muñecas, unos pantalones de seda color negro en conjunto con las habituales botas de carácter militar, y por sobre la camisa una chaqueta azul oscuro bordad en hilo de oro, ceñida a su cuerpo por un fajín de igual color, como ya se reiteraba, informal pero no demasiado necesariamente ya que esa era la ropa que sola usar durante sus sesiones de entrenamiento con los soldados jenízaros que ejercían como sus escoltas. A sus ya quince años, estaba preparado para cualquier campaña militar, incluso su padre le había comentado hace un par de días que estaba planeando una campaña militar para tomar Belgrado, y Daisuke no se oponía, de hecho; estaba ansioso por participar y hacer sentir orgullosa a su madre, pero primero quería enorgullecerla por medio de la reunión el consejo y probar que ella lo había criado bien, como se esperaba que fuese un Príncipe del glorioso Imperio de los Uchiha. Su madre no debía de encontrarse tan alejada de la realidad terrena puesto que al escuchar o vislumbrar que él se acercaba, por el rabillo del ojo, hubo levantado la mirada con una luminosa sonrisa que, como siempre, lo cautivo por completo e hizo sentir dichoso por ser el hijo de la mujer más bondadosa y hermosa que hubiera pisado la tierra.
-Madre- saludo Daisuke.
Por voluntad propia es que se inclinó y beso respetuosamente la mano de su madre, un ritual común en la corte que se debía de realizar cada vez que se estaba en presencia de la mujer de mayor rango social y político en el Palacio, por no citar del Imperio. Sonriéndole en todo momento, Sakura observo a Daisuke atentamente como lo que era para ella; lo más importante en el mundo, su niño, su hijo, su Príncipe, su sol, gracias a él, a sus hijos e hijas es que había encontrado la fortaleza necesaria para seguir adelante y dejar todo lo malo atrás, en el pasado, como un recuerdo doloroso, pero recuerdo al fin y al cabo.
-Bienvenido mi sol- correspondió la Sultana Haseki, sonriéndole amorosamente a su hijo. -Me alegra que vinieras, quería repasar contigo estos documentos para que manejes mejor la reunión que tendrá lugar en la sala del Consejo- Sakura señalo los documentos que se encontraba revisando. -Además añadí unas sugerencias para nombramientos de Beys, Pashas y Visires, quiero que las plasmes ante todos, que resaltes como el futuro Sultan del mundo- justifico la Sultana, absolutamente segura de su hijo era el mejor heredero posible, por su carácter, determinación y piedad.
-Por eso vine, madre, sé que confías en mí y mucho, pero me gustaría que estuvieras presente en la reunión, tu sabes cómo- aludió el Príncipe, en voz baja esto último, por temas de confidencialidad, -no quiero decepcionarte, quiero que me veas y sepas que he crecido- pidió Daisuke, temiendo errar y decepcionar a la persona más importante en su vida.
Escuchando las cariñosas y meditativas palabras de su hijo es que Sakura no hizo sino sonreír aún más, agradecida por su tono de voz y el infinito grado de respeto que le tenía, siempre vivía pendiente de él que estaba en la edad apropiada para oficializar su propio harem, más se negaba respetuosamente alegando que tenía asuntos más importante en que pensar; pero Sakura sabía que su hijo profería esta mentira porque tenía miedo. Era joven, inocente e inexperto con todo lo referente a la…intimidad, y ella mejor que nadie entendía lo que significaba atravesar por tamaño cambio de la noche a la mañana, porque lo había vivido, sin importar que su hijo fuese hombre, pero por lo mismo es que Sakura había planeado todo cuidadosamente y elegido a una concubina en particular que, estaba segura, haría feliz a su hijo indiscutiblemente y de igual modo merecería ser su Haseki; su primera mujer.
No sabía si estaba bien manifestar su miedo de aquella forma, ya que temía decepcionar parte de las expectativas que quizá su madre tuviera sobre él, pero Daisuke elegía ser sincero como siempre y decirle las cosas como debía ser; frontal y honestamente como siempre habían hecho entre sí, y esto no pareció molestarle a su madre que expreso parte de sus sentimientos mediante una leve sonrisa que en vez de parecer menos importante pareció especialmente significativa e incluso tierna. Escuchando a su hijo y comprobando que sentía miedo e inseguridad, Sakura se levantó del diván, sujetándose la falda ligeramente para no tropezar, quedando frente a su hijo en igualdad de condiciones, sujetándose de los hombros de él, brindándole sus caricias de madre y observándolo igual de orgullosa como siempre había estado y estaría de él, porque jamás la decepcionaría sin importar lo que pasara.
-Daisuke- nombro Sakura, enternecida, -mi sol- resalto con el inequívoco fervor que siempre representaba ante este apodo cariñoso, únicamente dedicado a él, -mi león, jamás me decepcionaras- prometió la Haseki sin ningún titubeo en su tono de voz. -Si estás seguro que es lo que quieres, claro, ahí estaré, contemplándote orgullosa, quiero verte fuerte y poderoso, quiero que todos estén seguros de que, en el futuro, tú serás el Sultan del mundo- declaro la Sultana, absolutamente segura de ello, -pero no es fácil, gobernar el mundo es lo más difícil que existe, si no eres fuerte e inteligente, ese peso te aplastara- advirtió Sakura con palpable temor por el futuro de su hijo.
Si bien Daisuke inicialmente se había sentido tranquilo y feliz al escuchar a su madre, esta felicidad se transformó en inquietud al ver que el semblante de su madre adoptaba la misma seriedad que representaba ante los cortesanos y políticos, ante él y en ese momento por un breve instante vio a su madre desaparecer y dar paso—como sucedía en todos los miembros del Imperio—a la Sultana Haseki el gobernante del mundo, esa mujer poderosa e inamovible que no había ejercido como Madre Sultana durante el Sultanato del difunto Sultan Baru, pero que bien podía incluso gobernar todo aquel vasto Imperio por sí sola, sin necesidad de un hombre. Tuve miedo, lo acepto; creí que mi madre me consideraría inmaduro, o arrogante, pero no pasó nada de eso, en su lugar me sonrió, me abrazo y estuvo ahí para mi desde siempre, jamás me abandono. Asimilando las palabras de su madre y temiendo haberla ofendido o decepcionado, Daisuke asintió únicamente, pero para su sorpresa la seriedad de su madre hubo desaparecido y sido reemplazada por una luminosa sonrisa que indudablemente le hizo saber que todo estaba bien.
-Pero tú eres más fuerte que nadie- sonrió Sakura, dejando atrás su aparente indiferencia que era todo cuanto se esperase de una Sultana, -serás un magnífico Sultan- garantizo, sin una pisca de duda.
Escuchando esas palabras de los labios de su madre, Daisuke no pudo evitar sonreír indudablemente antes de atinar a abrazarla sorpresivamente, pero lejos de protestar su madre chillo divertida, abrazándolo con todas sus fuerzas, estrechándolo en sus brazos y haciéndole sentir que todo estaba bien, porque eso era lo que necesitaba, eso y el calor maternal que solo su madre podía transmitirle, ese perfume a rosas y jazmines que lo hacía sentir seguro, eso y la extraña sensación de compañía que su sola presencia siempre le transmitía por ser lo que era; su madre, su ángel. Lentamente y ya más animoso e igualmente tranquilo es que Daisuke rompió el abrazo, observando a su madre que se sostuvo de sus hombros, riendo ligeramente, agradecida por su muestra de afecto.
-Pero, así como yo haré algo por ti, quiero que tu hagas algo por mí- menciono la Haseki, esperando que a él no le molestase ese pequeño trueque.
-Lo que desees, madre- permitió Daisuke inmediatamente, incapaz de negarse a lo que sea que ella pensara pedirle.
-Has estado postergando tu felicidad, recibe a una concubina que enviare para ti, esta noche- pidió Sakura calmadamente. -Su nombre es Midoriko, estoy segura de que te hará muy feliz- continúo la Sultana al ver que su hijo no emitía protesta, pero se preocupó al verlo bajar la mirada, dudoso de sí mismo. -Quiero que seas feliz, más que nada en el mundo, hijo- justifico Sakura.
-Y yo quiero que tú seas feliz, madre- secundo el Príncipe, aceptando la propuesta de su madre.
Daisuke indudablemente pensó en oponerse a la sugerencia o petición de su madre, pero igualmente sabía que era lo correcto, tenía la edad adecuada para intimar por primera vez con una mujer, pero muy a pesar de que sus hermanas y madre lo adularan insistiendo que era guapo y gallardo, Daisuke se sentía inseguro, bueno, como todo adolescente. Pero meditando la situación el Príncipe hubo aceptado que lo mejor era dejar todo en manos de su madre que siempre decidía lo que era mejor para él, para todos, y esta vez no habría de ser diferente, era un canje justo; su presencia y apoyo incondicional por permitirse intimar con una concubina.
Él y su madre solían establecer tratos así todo el tiempo
Las reuniones del Consejo eran el centro de la vida política del Palacio, allí se podían manifestar sugerencia que el Sultan decidía con propiedad y sabiduría, era el centro del Palacio y del Imperio, allí se decidía el futuro de los habitantes de la capital, Konoha y del País el Fuego uniformemente, por ello es que categorizar lo que allí sucedía como algo sin importancia era el pro erro que podía tener lugar y Daisuke era consciente de ello. Y, como siempre, el Sultan era el eje de toda esa vida, de toda esa realidad.
El indiscutible e insuperable gobernante del Imperio y el Sultanato se encontraba sentado sobre el trono, escuchando con orgullo el discurso sostenido por su hijo con referente a la campaña militar que se estaba planeando para tomar Belgrado en cuestión de un par de meses. El Sultan portaba un soberbio Kaftan azul oscuro de aspecto arcaico y militar, con marcadas hombreas que enmarcaban el atuendo que permanecía abierto, con mangas hasta los codos—exponiendo parte la tradicional túnica color negro de cuello alto y mangas ajustadas—con unas mangas posteriores que oscilaban hacia el frente como largos lienzos en los costados de sus brazos, brindándole una imagen imponente al igual que el efecto que recreaba el marcado y grueso cuello que ocupaba gran parte del frente, cerrando el Kaftan a su cuerpo por obra de un fajín de seda color negro, todo—junto a las habituales botas de cuero de usanza militar, y la corona que representaba el Sultanato—aportando una imagen digna de lo que era a ojos del mundo entero, la sobra de Kami en la tierra, aquel que gobernaba el mundo y estaba exento de polémica o cuestionamientos, aquel que podía y debía ejercer libremente su voluntad.
Ese día sucedió: hable por primera vez en la Reunión del Consejo Real, supe por mí mismo que es lo que sucedía, como es que mi padre gobernaba al mundo entero, y como me permitió hablar y señalar mi autoridad, mi padre confiaba en que yo fuera su sucesor y yo también lo creí…
Sin duda el Príncipe Daisuke había heredado el talento de sus dos padres cuando de oratoria se trataba, ya que tenía la total atención de los miembros del Consejo Real que lo escuchaban como si ya fuese un Sultan reinante. Pese a no ser un Sultan, en el sentido tácito de la regla, el Príncipe se exponía gallardo, portando—sobre la usual túnica jade oscuro de cuello alto y mangas ajustadas—un Kaftan cerúleo grisáceo bordado en hilo de oro con una serie de cuatro cadenas de oro en horizontal a modo de botones en caída vertical hasta la altura de su abdomen, de cuello alto y de corte en V, de mangas hasta los codos y cerrado a su cuerpo por un fajín de seda de igual color que la tela, en conjunto con las tradicionales botas de cuero negro de carácter militar. Daisuke indudablemente se encontraba en su elemento, lo sentía al desplazarse por la habitación con una increíble maestría, convenciendo a todo con sus palabras, manifestando lo que él creía y sabía que su madre y padre igualmente pensaban.
El Príncipe suspiro para sí mismo en tanto termino de hablar, volteando a ver a su padre y reverenciándolo como dictaba la tradición, recibiendo una sonrisa ladina de parte de él que con palpable orgullo le indico que regresase a su lugar como cabecilla de la fila que conformaba los visires, siendo quien—después del Sultan—tenía más autoridad sobre la política. Ahora, y levantándose del trono, fue el turno del Sultan de hablar, y con igual concentración es que todos lo escucharon y Daisuke, observando atentamente a su padre, tomo nota de como actuaba, de cómo se expresaba, entendiendo que igualmente aún era joven y tenía mucho que aprender de su padre que había iniciado su Sultanato apenas siendo un año mayor que él.
Aun algo inseguro con respecto a cómo había actuado y hablado es que Daisuke levanto su mirada hacia lo alto de la habitación donde se hallaba aquel enrejado que comunicaba a la sala que su madre solía usar para ver y escuchar—con el consentimiento del Sultan—lo que allí sucedía y las decisiones que se tomaban, y para su alegría allí se encontraba su madre. Entonces…levante la mirada y la vi del otro lado de la persiana...
A pesar del enrejado que obstruía ligeramente la visión, Daisuke sonrió disimuladamente al ver a su madre observándolo y sonriéndole, vistiendo igual que como la había visto en el jardín, solo que su largo cabello caía libremente tras su espalda para hacer resaltar la corona de tipo torre que se hallaba sobre su cabello, la corona que su padre le había obsequiado a su madre como símbolo de su matrimonio y que sostenía un largo velo crema blanquecino, y por sobre su vestido lucía un favorecedor abrigo-sin mangas-de piel en tonos miel dorado. Mi madre estaba observándome, a mí, no a mi padre, a mí, y me sonreía orgullosa, sentía su amor y su confianza hacia mí; jamás dude que ella se enfrentaría al mundo de ser necesario. Siempre supe que mi padre no la merecía, porque ella era una diosa, un ángel que había llegado a nuestras vidas, nadie era digno de ella. Siempre estaba ahí, observándolo, haciéndole sentir su amor y orgullo por él.
Su madre siempre estaba ahí por y para él.
El silencio reinaba totalmente en la habitación del Príncipe Heredero que se encontraba preso por la fiebre mientras el doctor C—en sus aposentos propios—preparaba la medicina que ya le habían hecho beber la noche anterior y que le había permitido dormir con serenidad, se encontraba tendido sobre la cama, cuidado por su madre que estaba sentada a su lado y que le secaba el sudor de la fiebre de la frente, sosteniendo su mano y orando por él y su seguridad. Sakura no se había cambiado de ropa en toda la noche, no había tenido ni animo de voluntad para hacerlo, y aun cuando ya fuese mediodía; estaba comprometida a no abandonar a su hijo hasta que despertase, solo entonces acudiría a los eventos que necesitaban de ella y se haría cargo de los asuntos del Harem par ser suplida en el cuidado de Daisuke por Aratani, que actualmente estaba cuidando de Sumiye y Risa. Aun medio dormido, Daisuke inhalo profundamente, pero en cuanto comenzó a despertar es que la necesidad por respirar más profundamente se manifestó de un modo intenso que lo hizo toser y removerse sobre la cama, con una toz dolorosa ay que la propia Sakura casi podía sentir como le quemaba a ella misma la garganta, empatizando con el sufrimiento de su hijo.
-Hijo, tranquilo- sereno la Sultana Haseki, jugando con los cabellos de su hijo, besándole la frente, -yo estoy aquí- sonrió Sakura, sosteniendo una de las manos de su hijo.
-Madre…- murmuro Daisuke, infinitamente agradecido con la providencia porque ella siempre estuviera a su lado cuando más la necesitaba.
Su cabello rosado ligeramente despeinado, su rostro pálido y sin maquillaje alguno, su naturalidad siendo expuesta espontáneamente en su impoluta perfección; Daisuke se sintio renovado de fuerzas que despertaban en él cada vez que su madre estaba ahí, ella que era su ángel, que ni en sus sueños y recuerdos lo abandonaba. Se sentía más frágil que nunca, sentía que le faltaba la voluntad que tanto había poseído en días anteriores, por una vez sintió que su sueño de ser el siguiente Sultan del mundo no era más que eso, un sueño, algo que carecía de fundamento y futuro…temía decirlo pero era como si todas las fantasías idealizadas se estuvieran viniendo abajo una a una, había resistido más que nadie, pero por primera vez parecía no poder hacerlo nunca más, y pese a no materializarlo verbalmente, Sakura pensaba igual, sentía que quizá le había impuesto un peso demasiado grande que había acabado por socavar a su hijo, por debilitarlo desde adentro. Daisuke se parecía a ella más que nadie, tenía su mismo espíritu, pero de igual modo es que ambos comenzaban a destruirse desde adentro como un cristal infinitamente frágil pese al aspecto indiferente y seguro que exponían ante el resto del mundo que los veneraba e idolatraba como si fueran dioses. Pero no eran en absoluto lo que parecían.
-Tienes que…- el Uchiha deseo seguir hablando, pero el fuego que crecía en su interior carcomió su garganta, forzándolo a toser, siendo cuidado p rus madre que le cubrió ligeramente los labios. El Príncipe trago a pesar del dolor que sentía en la garganta, porque de otro modo no podría hablar, -proteger a Shisui, no lo conseguiré, no seré, Sultan, lo sé- se lamentó Daisuke, sintiendo que estaba fallándole a su madre, que la estaba abandonando por causa de su propia flaqueza y debilidad; se sentía el peor hijo del mundo.
-No digas eso, te recuperaras- protesto Sakura, sonriendo tristemente, con la voz quebrada por el miedo y las lágrimas que contenía en demasía.
-Lo dudo, madre…- murmuró Daisuke, tragando dolorosamente para mantener la voz y hablar con claridad, -prepara a Shisui, protégelo- rogó el Uchiha, previendo su propio fin.
-Ambos lo protegeremos, juntos- corrigió Sakura, estrechando la mano de su hijo entre las suyas.
Quería negarse a creer en la desoladora posibilidad d que su hijo fuese a morir, no quería creer que la vida fuese a golpearla tan fuertemente una segunda vez, trastocando su mundo y arrebatándole uno de los pocos motivos de felicidad que le quedaban, pero estaba tan acostumbrada a vivir sumida en la tristeza que por una vez estaba aceptando que su hijo—por la voluntad de Kami—iba a ser apartado de su lado, pero a pesar de esta tristeza que Sakura se empeñaba en ocultar, la Sultana Haseki sabía que ahora toda su atención debía centrarse en proteger al único hijo que habría de quedarle; Shisui, que contrario a Daisuke, era frágil, tímido, manipulable, preocupado, nerviosos, y co un millar de falta más, pero a pesar de todo un muchacho de buenos sentimientos, con fe en la justicia e igualdad y que podía ayudar a reformar el Imperio si era Sultan y si ella—pese a su enfermedad—conseguía vivir el tiempo suficiente para ser Madre Sultana y regir en su nombre. Sasuke quizá, en el futuro, pudiera considerarla una amenaza a su autoridad, pero a Sakura nada podía importarle menos. Cuando Daisuke muriera, ella moriría con él, pero su alma continuaría protegiendo a Shisui y sus hijas, seguiría peleando hasta el último día de su vida.
Adelante, muere, se animó Sakura a sí misma, sin borrar la sonrisa que le dirigió a su hijo, acariciando sus cabellos y ayudándolo a volver a dormir. ¡Muere y levántate para vivir otro día!, se gritó a sí misma, porque eso era lo único que le quedaba por hacer, seguir caminando pese a estar muerta por dentro.
Los aposentos de la Sultana Shina eran presa del silencio más absoluto, de hecho eso es lo que sucedía en todo el Palacio que ya parecía estar sumiéndose en un luto personal que volvía la rigurosidad una especie de regla primordial e inentendible pero que siempre había estado y estaría allí. El esposo de la Sultana, el Visir Konohamaru Sarutobi Pasha se encontraba en la reunión del Consejo que tenía lugar, porque el Sultan intentaba sosegar a los políticos y miembros gubernamentales del Imperio sobre qué; de morir el Príncipe Daisuke el Príncipe Shisui se convertiría en el Príncipe de la Corona, el siguiente Sultan a su muerte. La Sultana Sarada igualmente estaba presente, con su belleza empañada por la tristeza, haciéndola una figura triste de observar mientras Eri servía un poco de té en las tazas que estaban dispuestas sobre la mesa, igualmente triste por ver que las tragedias sucedían una a una en aquel hermoso Palacio que pese al tiempo que pasaba allí seguía siendo un absoluto enigma para ella.
La co-directora del Harem y madre de la Sultana Kaori vestías unas sencillas galas de seda color menta, de escote bajo y redondo, así como mangas ajustadas hasta los codos, con un escote inferior hecho de gasa verde oscuro semi transparente que recreaba un recatado escote en V, y mangas holgadas que se abrían frontalmente exponiendo los brazos y oscilando como lienzos a su alrededor; por sobre el vestido una chaqueta gris blanquecino de escote redondo que ocultaba parte de su vestido, plagada de estampados florales que replicaban roas en tonos pastel, ajustada a su cuerpo por un cinturón de cadena de plata y diamantes que abría la tela bajo el vientre en una elegante caída que o alcanzaba a llegar al suelo. Alrededor de su cuello se encontraba una cadena de plata con incrustaciones de piedras de jade, y con un dije de esmeralda en forma de lagrima a juego con un par de pendientes. Su largo cabello rubio caía sobre su hombro izquierdo, recogido en una especie de coleta que favorecía sus rizos adornado por un broche e plata en forma de lilas y jazmines ribeteados en diamantes y que sostenía un largo velo verde a juego con sus ropas.
-¿Cómo está el Príncipe, Daisuke, Sultana?- pregunto Eri, con el debido respeto, más no pudiendo ocultar su preocupación le heredero del imperio mientras ofrecía las tazas de té a las Sultanas que le hubieron agradecido con la mirada.
Sentadas sobre el diván junto a la ventaba estaban las Sultanas Shina y Sarada que agradecían el gesto de buena voluntad de Eri que no tenía obligación alguna de ser su sirvienta, pero que siempre se mantenía cerca de todos aquellos que la necesitaran, como si lo supiera. De igual modo que en la mayoría de las personas del Palacio la Sultana Shina se ceñía por la marcada austeridad que era representada por todos, porque en cierto modo así se sentía más cómoda. Unas sencillas galas esmeralda cubrían su figura, de escote cuadrado ligeramente redondeado, cerrado por dos botones de diamante, mangas holgadas hasta cubrir las manos pero que imposibilitaba al mantenerlas cruzadas sobre su regazo; sobre el vestido una chaqueta de terciopelo color negro plagada de estampados marrón oscuro con contornos de hilo cobrizo que destellaban contra la luz, de escote bajo y redondo que se cerraba bajo el busto y se abría bajo el vientre para exponer así el vestido inferior, y con manga ajustadas hasta los codos, abiertas a los costados de los brazos. Alrededor de su cuello se encontraba una cadena de plata que sostenía un dije en forma de flor de cerezo, con un diamante en el centro y una espalda que pendía del pétalo inferior, a juego con unos pendientes de plata y cristal en forma de lagrima, sin más aditamento que una diadema en forma de cintillo hecha de plata que adornaba su cabello rubio castaño recogido tras su nuca de manera elegante pero impoluta.
-Agotado por la fiebre, no para de toser y empeora a cada momento- detallo Shina, con su voz absolutamente empañada de tristeza, ocultándolo al beber del té de manzanilla que consiguió relajarla ligeramente.
-No saben si llegara a mañana- acoto Sarada, pronunciando las palabras que su hermana no quería aludir pese a sus declaraciones, ganándose una cansina pero reprobatoria de parte de Shina. -Ya ha estado delirando durante toda la noche, no sabemos si sobrevivirá- menciono la Uchiha, apretando las manos hasta sentir satisfactoriamente como es que las uñas le herían las palmas de las manos, como si así pudiera aliviar su propio dolor que no cesaba.
La Sultana Sarada por otro lado lucía hermosa pero todo con el fin de ocultar la decadencia de su propio corazón que parecía supurar sangre a cada latido, una imagen tan triste y orgullosa como la propia Sultana Sakura. Un sencillo vestido aguamarina cubría su figura, de escote en forma de corazón con ocho diminutos botones de diamante que iban desde el escote hasta la altura del vientre, con mangas ajustadas hasta las muñecas con tres botones de diamante al interior de la mangas, y una falda inferior bajo la superior que se abría bajo el vientre; las muñequeras de las mangas, el dobladillo de la falda, el centro del corpiño, los hombros y la caída de la tela estaba ribeteado en encaje aguamarina ligeramente blanquecino, casi transparente, replicando ondas y flores de cerezo con diminutos incrustado a lo largo del material, su largo cuello estaba desprovisto de joyas, únicamente usando unos diminutos pendientes de diamante en forma de lagrima a la par de una sencilla corona de oro en forma de púas y espinas, con cristales y diamantes aguamarina incrustados y engarzados con pequeñas perlas, favorecedoramente destacada por una trenza mariposa que hacia caer su melena de rizos azabaches tras su espalda, salvo por un mechón que caía sobre su hombro derecho.
-Sarada- se quejó Shina, desando reprenderla por la debilidad que no titubeaba en mostrar, pero ni siquiera ella tenía las fuerzas suficientes como para hacerlo.
-Otro nuevo golpe, ¿Qué sigue?- pregunto Sarada, negando para sí misma, apretando los dientes para no dejar salir el sollozo que deseo abandonar sus labios, -¿Shisui o nuestra madre?, ¿Qué más debemos esperar?- chillo la Uchiha, apretando los ojos.
Antes de nacer su madre ya había tenido que sufrir, la Sultana Mito había hecho que asesinaran a su abuelo Kizashi, su abuela Mebuki había muerto en solead sin que ella y su madre volvieran a verse, su tía Matsuri había sido utilizada como una mera marioneta, igualmente asesinada por la Sultana Mito que también había llegado a intentar que su hermano Baru no naciera. Luego por causa de las Sultanas Mei y Rin es que el primogénito de su hermano mayor había muerto antes de nacer, también su hermano Itachi, Baru que había sido Sultan por menos de dos años, su hijo Daiki de menos de un año de edad. Luego estaba la Sultana Naoko que por su ambición había causado conscientemente la muerte de Kagami que había muerto injustamente sin llegar a conocer a su hija Kaori, Ri que había muerto sin cometer error alguno para merecerlo, y actualmente su tío Yosuke que había pasado su vida enclaustrado, sin haber cometido otro error que ser manipulado por su propia debilidad y locura. ¿En qué había errado Daisuke?, ¿Por qué debía morir él?, ¿Por qué su madre debía volver a sufrir?
-Sultana, no le hace bien pensar así, por favor- sosegó Eri, olvidándose de su egoísta sentir.
Ella, por su parte, no pertenecía a la familia Imperial, Kagami no había podido hacerla su esposa porque había sido demasiado pronto y porque el futuro había parecido verse seguro para pensar en ello más adelante pese al modo en que todo lo demás había concluido después, pero el tiempo pasado junto a él y en el Palacio le habían permitido conocer a personas muy amadas por todos y que ya no estaban; la Sultana Midoriko, los Príncipes Sasuke y Mikoto, su amado Kagami que estaría en su mente y corazón hasta el final de los tiempo, el Príncipe Rai que no había merecido morir…
El verdadero Palacio de las lágrimas no era otro que aquel en que residían.
La molestia en su pecho se agravaba a de vez en vez, dificultándole respirar, y para no ser objeto de críticas o preocupación indebida, Sakura se encontraba en la terraza de sus aposentos que permitía una incomparable visión el atardecer que tenía lugar, esperando que el aire limpio de la ínfima naturaleza pudiera sosegar su ser mientras—sentada sobre el diván, y acompañada por Tenten que permanecía de pie—revisaba y firmaba, imprimiendo su sello, los documentos de los que debía hacerse cargo. De mala gana y solo porque debía de hacerlo es que Sakura se había apartado de su hijo, siendo suplida por Aratani, ahora totalmente volcada los asuntos de la corte, el Harem y sus fundaciones para los pobres y necesitados, cambiada de ropa y arreglada únicamente como era necesario, no más.
En su ánimo no estaba guardar las apariencias, más pese a esto es que Sakura sabía que siempre existiría un peso sobre sí misma y lo que se esperaba que fuera, por ende no podía decepcionar a nadie, su estatus de Sultana Haseki requería que causara expectación y afortunadamente era buena en ello. Portaba un sencillo pero favorecedor vestido purpura oscuro—levemente grisáceo—de escote alto y en V con cinco botones de igual color que cerraban el corpiño hasta la altura del vientre, y de mangas ajustadas hasta las muñecas. Por sobre el vestido se hallaba una chaqueta purpura de escote en V—cerrada casi bajo el busto y abierta a la altura del vientre—bordada en hilo de plata con perlas incrustadas para recrear flores de cerezo a lo largo de la tela, pero más esencialmente en el escote en V que formaba la chaqueta al cerrarse, así como en el dobladillo de la falda. Alrededor de su cuello se halaba una guirnalda de oro de la que pendían múltiples cristales en forma de lágrima que daban un aspecto aún más femenino a su persona, a juego con un par de pendientes de oro y cristal en forma de lágrima. Su largo cabello rosado se encontraba impecablemente recogido tras su nuca y realzado por una hermosa pero sencilla corona de oro que replicaba una estructura en forma de ondas y flores de cerezo ribeteadas en diamantes y cristales ámbar.
Cuando se era la voluntad del Sultan en el Palacio, el Hasoda Basi, se podía acceder a cualquier lugar con o in autorización gracias a la autoridad que tenía, eso contado a su pasado como Khan de Crimea que siempre le confería una dignidad solo equiparable a la de un Sultan, pero pese a ello siempre había un lugar al cual le placía ir, un lugar en el que no necesitaba pedir autorización para entrar; los aposentos e la Sultana Sakura, siendo recibido por los dos leales jenízaros atestados ante las puertas y que inclinaron la cabeza ante él con admiración por su habilidad militar, abriendo las puertas y permitiendo su ingreso. Habitualmente la Haseki del Sultan se encontraba sentada sobre el diván junto a las elegantes ventanas, dispuesta en plenitud a recibir a quien sea que desease hablar con ella, pero esta vez no era así, cosa que lo extraño, más no del todo en tanto vio las puertas de la terraza abiertas, distinguiendo a Tenten y sabiendo que allí se encontraba la Sultana Sakura quien contemplo atentamente al llegar al umbral de la terraza, avanzando lentamente hasta estar frente ella, y reverenciarla con el respeto que merecía.
-Sultana- reverencio Naruto con infinito respeto y veneración, preocupado al verla absolutamente sumida en el deber y no en su propio sentir, -como siempre, el Sultan pide verla- menciono el Uzumaki, esperando que ella consiguiera distraerse y expresarse del modo que fuera.
-Responde como siempre, Naruto- pidió Sakura con un tono de voz indiferente, únicamente centrada en el documento que estaba leyendo. -Estoy ocupada- justifico la Haseki, señalando con la mirada los documentos pendientes que estaban sobre la mesa.
-Sí, Sultana- acepto el Uzumaki sin el menor problema, incapaz de negarse a una petición u orden suya, más aunque sabía que debía o podía marcharse, no quiso hacerlo, ella lo preocupaba y mucho. -No me compete preguntar, pero ¿Cómo está el Príncipe?- pregunto Naruto, haciendo que la Sultan Haseki soltase un profundo suspiro.
Muchas personas decían conocerla, pero Sakura nunca era capaz de abrirse con facilidad a todo el mundo, ¿Por qué? Porque así como se valoraba la confianza en el Palacio, se podía utilizar para destruir a una persona, pero de entre ese selecto grupo de personas que en verdad la conocía se encontraba Naruto, a él no podía ocultarle nada, él siempre parecía entender o saber algo de ella sin que se lo hubiera dicho siquiera. Dejando el documento que estaba leyendo sobre la mesa, Sakura cruzo las manos por sobre su vientre y levanto la mirada hacia Naruto e indicándole que se sentara a su lado en el lugar vacante, oferta que el Uzumaki fue incapaz de declinar. La intimidad de sentimientos, el expresarse con aquella libertad frente a un hombre no era algo positivamente catalogado en el Harem, más aun sabiendo que las Sultanas no tenían el menor problema con ello, Tenten retrocedió un par de pasos, cerrando las puertas de la terraza, y excluyendo lo que sucediera en la terraza del resto del Palacio ya que no existía otro acceso, no permitiendo que la Sultana Haseki fuera obra de calumnias o habladurías por parte de nadie.
-Muy mal- menciono Sakura tristemente, pero con total sinceridad, -el doctor C asegura que si sobrevive a esta noche, será un milagro- la Sultana Haseki susurro esto último, esperando que no se cumpliese, que su hijo se recuperar y pudieran dejar atrás estos días tristes.
-Sultana, no tiene por qué contenerse ante mí- confeso el Uzumaki, por si es que aquello resultaba un obstáculo para la Sultan de corazón frágil como el cristal, -si lo que desea es llorar, solo hágalo- animo Naruto de todo corazón.
-Yo…- titubeo Sakura con la voz quebrada, pero a modo de respuesta y con osadía es que Naruto se atrevió a sostener las manos de ella, casi como si la instara a confesar todo cuanto sentía, -una vez te dije que, había perdido demasiado- rememoro la Haseki, estrechado las manos de Naruto que sostenía la suyas, y que asintió ante su reminiscencia. -Pero perder a Daisuke…no, no lo soportaría- sollozo Sakura bajando la mirada.
Sin poder evitarlo, Sakura se zafo de las atenciones de Naruto, cubriéndose parcialmente el rostro con las manos en un gesto tanto natural como esporádico en ella misma que no acostumbraba a expresar su sufrimiento, porque eso era visto como una debilidad y no podía permitirse tal titubeo, nadie podía verla flaquear o caer, si sucedí entonces sus hijos correrían peligro; ella prefería mil veces sufrir lo inimaginable con tal de que ni siquiera la brisa tocase a sus hijos. No sabía si Sasuke pensaba igual que ella, tal vez lo hiciera o no, pero nunca lo exteriorizaba, para él todo parecía fácil de eludir…él siempre parecía ser indiferente a todo, una cualidad que Sakura envidiaba de él, el poder aguantar los golpes con indiferencia. La Haseki parpadeo para parar de llorar, limpiando de sus mejillas las lagrimas que habían estado a nada de deslizarse, siendo interrumpida por Naruto que, para su sorpresa, la ayudo con un pañuelo que guardaba en el bolsillo de su chaqueta, sin perder detalle alguno de su rostro, serenándola con su mirada zafiro.
-Sultana, en momentos así solo nos queda resignarnos, se hará lo que Kami quiera- intento consolar el Uzumaki.
-Amén, Naruto, amén- oro Sakura, resignada como Naruto le estaba sugiriendo, no podía hacer más.
Aquello era exactamente lo que necesitaba para mantenerse fuerte, para estar tranquila, que alguien estuviera a su lado y le dijera aquí estoy, que la animase, consolase y secara sus lágrimas. En el pasado, Sasuke lo había hecho en infinidad de ocasiones, siempre había estado ahí para cuando se sintiera sola y melancólica, pero ya no lo hacía, temía que ella se negara a su afecto, pero eso no podía ser más erróneo; todo cuanto Sakura deseaba era que la coas fueran como antes, pero ahora todo era demasiado complicado…las cosas no paraban de cambiar y para peor según veía.
La boda sería dentro de una semana, más aun así Naori no podía estar más emocionada y triste al mismo tiempo; emocionada porque casarse con Abaza Tekka Pasha era su mayor sueño hecho realidad, pero triste por el estado de salud de su tío a quien amaba profundamente y que había estado junto a ella a lo largo de los años. Sabía que sus abuela y su madre estaban ocupadas con los asuntos de la corte, así que no había nadie más para planear los últimos detalles de la boda que su tía Izumi que, por cierto, se mantenía bastante serena y alegre en comparación al resto de la gente perteneciente a la corte y la servidumbre, ocultando sus preocupaciones con gran maestría pese a su juventud. Habiendo enfrentado una muerte la mima noche de su boda cuando había muerto su hermano Kagami, Izumi comprendía que se debía trazar una línea entre los sentimientos y el deber, más eso no significaba en lo absoluto que no sufriera por temer perder uno de los dos hermanos que le quedaban, más sabía que debía ser fuerte y aguantar, su madre le había enseñado no rendirse sin importar lo que pasara.
Sentada sobre el diván junto a la ventana en compañía de su tía Izumi se encontraba la hermosa Sultana Naori cuya belleza era codiciada y deseado por cualquier hombre que la viese, tal y como sucedía con sus tías, abuela y primas, como un don etéreo a heredar al ser parte de aquella familia. Su figura era cubierta por unas sencillas galas crema de recatado escote cuadrado, y mangas ajustadas hasta los codos, con falda superior abierta bajo el vientre y falda inferior hecho de gasa, así como mangas holgadas y abiertas frontalmente, hechas del mismo material solo que ligeramente transparentes, por sobre el vestido se encontraba una chaqueta de seda violeta con estampado malva rosáceo, hecha en base a su herencia griega que atribuía a su abuela; sin mangas y únicamente cerrada entorno a su cuerpo por un cinturón de cadena de oro con incrustaciones de diamantes y cristales color ámbar. Sus largos rizos rosados como las flores de cerezo caían libremente tras su espalda, adornados por una sencilla corona de oro en cuya sima se replicaba pétalos de sus flores preferida; jazmines, hechos de cristales y diamantes color ámbar a la par de unos pendientes de oro y cristal en forma de lagrima, y finalmente una cadena de oro alrededor de su cuello con un resaltante dije de oro en forma de flor de cerezo del cual pendía un cristal ámbar en forma de lagrima.
Incuestionablemente elegante, como siempre, se encontraba a su lado su tía, la Sultana Izumi que indudablemente era la imagen de todo cuanto se esperaba del Imperio; honor, dignidad y esplendor, la Sultana usaba un hermoso vestido purpura; el color de la realeza...de escote corazón con el centro del corpiño y el interior de la falda hechos de seda plateada con bordados del mismo purpura que formaba el resto de la tela y que emulaba flores y otras figuras sencillas pero hermosas a la vez. Los bordes que dividían el centro del corpiño del resto de la tela purpura estaban separados por un margen de pasamanería gris claro que brillaban como diamantes y que igualmente separaba la falda superior de la inferior. Las mangas eran cortas y ajustadas hasta los codos donde se formaba un grueso margen, igualmente de pasamanería gris claro ribeteado en diamantes. El vestido realzaba con facilidad una fina guirnalda de plata que sostenía una seguidilla de nueve dijes de plata que replicaban el emblema de lo Uchiha con diamantes y cristales engarzados a juego con un par de largos pendientes en forma de cadena que sostenía un dije de cristales en forma de flor de cerezo. Su largo cabello castaño se encontraba impecablemente recogido tras su nuca, únicamente adornado por una diadema de plata, de tipo cintillo, con diamantes y cristales engarzados que brillaba ante la luz.
No estaban solas discutiendo todo lo referente a la boda, si es que esa era la cuestión, no claro que no, ahí estaba Yugito acompañándolas y asesorándolas en todo cuanto fuese necesario, siendo de la absoluta confianza tanto de la Sultana Naori como del resto de la familia Imperial. Claro, en sus inicios y habiéndole servido anteriormente a la fallecida Princesa Koyuki Kasahana, mucho se podía pensar negativamente ella por ser una extranjera, pero la Sultana Izumi la había integrado a su servicio y séquito desde hacía ya más de tres años, y con el tiempo incluso la Sultana Sakura había llegado a confiar en ella, haciéndola merecedora de su respeto y viceversa. Irrumpiendo en la calma del momento y en los planes que estaban teniendo lugar es que las puertas se abrieron abruptamente, tanto para sorpresa de Izumi y Naori que se hubieron puesto de pie en el acto al ver que se trataba del Príncipe Daisuke que se ayudó ligeramente de las puertas para avanzar sin flaquear por su estado febril. Le había pedido o más bien demandado a Aratani que le permitiera salir un momento, a solas, puede que estuviera tan débil como para caer en cualquier momento, pero debía hablar con su hermana, sabía que—al igual que su madre—solo Izumi estaría dispuesta a hacer lo que hiciera falta para proteger a Shisui, nadie más tendría el valor necesario.
-Daisuke…- jadeo Izumi, sorprendida por la aparición de su hermano.
Aparentemente fuerte, o más bien agonizante a pesar de su entereza, el aun Príncipe Heredero del Imperio se negaba a rendirse, ¿la razón? En el fondo sabía que su muerte no haría sino empeorar las cosas, su madre estaría sola, sola con su mayor enemigo; con el Sultan, las amenazas y adversidades no disminuirían, todo lo contrario, se volverían cada vez más insoportables y Daisuke temía abandonar a su madre en aquellas circunstancias, se negaba a morir y simplemente dejar todo como estaba, no quería dejar a su madre, a sus hijas Sumiye y Risa, a Aratani…pero no tenía la fuerza suficiente para oponerse a ese algo más fuerte que él; era hombre, era humano y no podía oponerse a la voluntad de Kami. Por ello y es que aun frágil como una hoja, el Príncipe vestía un regio Kaftan de seda color negro—por sobre la tradicional túnica negra de cuello alto y mangas ajustadas—de mangas cortas hasta cinco centímetros por sobre los codos y de cuello alto, las mangas, la espalda y los laterales del pecho estaban plagadas de estampados de hilo de oro e hilo cobrizo, dejando que el resto de la tela permaneciera lisa e indemne, además, el centro del pecho contaba con una serie de siete cadenas de oro horizontalmente ubicadas a modo de botones en caída vertical hasta la altura del abdomen, todo eso completado por las usuales botas de cuero color negro, y con su cabello azabache tan rebelde como siempre, pero; por primera vez en años, desde su niñez, sus ojos no poseían ese brillo de vida y fuerza que tanto lo caracterizaba y ello preocupo a su hermana.
-Tío, ¿Qué estás haciendo aquí?- Naori no pudo evitar pasmarse, incrédula y a la vez temerosa del sobresfuerzo que su tío estuviese haciendo.
-Hermano, deberías estar en cama- protesto Izumi de inmediato, acercándose a él, pero Daisuke la detuvo con la mirada, pidiéndole que lo escuchase.
Su hermano era una persona muy insistente, cuando algo estaba en su mente era imposible hacerlo desistir, y siendo que estaba tan enfermo como ya había dicho el doctor C...solo podían escucharlo, solo podían intentar hacer más llevaderas sus últimas horas de vida, porque pocos creían que pudiera salvarse, e Izumi ni siquiera sabía si creer que había esperanza o no, estaba más preocupada por lo que pudiera pasarle a su madre si Daisuke moría…el modo en que se devastaría y se dejaría morir. Tal vez no fuese nada más que su inamovible voluntad aquello que lo impulsara a moverse, a haber recorrido en solitario—solo seguido, más no ayudado por su escolta jenízara—la distancia que separaba sus aposento de los de su hermana Izumi, en cuyo caso no sería sorprendente ya que al igual que su madre no sabía cuándo rendirse, el suficiente o bastante no era nada para él, siempre había y habría algo más que hacer, solo que esta vez su vida y el fin próximo que le aguardaba al providencia estaba demasiado era como para poder protestar del modo en que deseaba hacerlo.
-Izumi, ya le pedí…- el Uchiha carraspeo ligeramente para no toser, para no perder el tiempo y ahorrar saliva innecesaria, -le pedí a nuestra madre que cuidara de Shisui, pero necesito que tú también lo hagas- rogó Daisuke, no preocupándose del fin próximo de su vida, sino del de su hermano menor que habrá de cargar con el título de "Príncipe de la Corona", algo que traía más desgracias que beneficios.
-Lo haré, hermano, lo sabes- tranquilizo Izumi, sonriendo ligeramente, y no respondiendo de inmediato porque quisiera consolarlo, son porque era una promesa filial de que protegería a Shisui.
-Nuestro padre no me vio como una amenaza, porque…- una sonrisa levemente burlesca adorno el rostro del heredero del Imperio que inspiro profundamente para hablar con normalidad, -porque yo no lo permití- justifico el porqué de su supervivencia pese a que muchos ya de por si lo hubieran llamado "Sultan Daisuke", -pero no pasara lo mismo con Shisui, lo presiento- manifestó Daisuke, infinitamente preocupado por el futuro de su hermano.
-No te preocupes ni abatas, hermano- animo la pelicastaña, mordiéndose el labio inferior para que su voz no sonase quebrada, -no permitiremos que eso suceda- juro Izumi, apretando disimuladamente los puños, sintiendo unos irrefrenable deseos de llorar al tener a su hermano frente a ella.
Pese a ser más joven que él, a ser ajena mucha de sus propias vivencias, Izumi había heredado una de las mejores características de su madre, la fortaleza de espíritu, podía sufrir y ser frágil pero sabía muy bien como ocultarlo y hacer que no afectase a su persona o preocupara a sus cercanos, más Daisuke también sabía que de no ser por Mitsuki que la amaba, Izumi no sería capaz de encontrar un medio con que alejar los pensamientos tristes, algo que su madre ya no podía hacer al encontrarse sola y de cara al futuro. Avanzando lentamente, Daisuke se situó frente a su hermana, acunando el rostro de ella y limpiando una lágrima que estuvo nada de deslizarse por su mejilla sonriéndole una última vez así como a Naori que se despidió de él con la mirada. Estaba más tranquilo, sabía que aun cuando Mikoto, Shina, Sarada e incluso Hanan pensaran en ser neutrales, su madre e Izumi estaría ahí para proteger a Shisui, con esta tranquilidad sobre sí mismo, Daisuke volteo para marcharse y regresar a sus aposentos, solo que para su sorpresa y acompañada de una de las doncellas de su esposa, ingreso su hija Sumiye que lo observo confundida.
-Papá- saludo Sumiye, ligeramente confunda al ver a su padre tan frágil y pálido, -¿Qué paso?, ¿Te sientes mal?- pregunto la pequeña Sultana, sosteniendo la mano de su padre, en espera de serle de ayuda
-No, cariño, estoy muy bien, solo algo cansado- amenizo Daisuke, sonriéndole a su hija, e inclinándose lentamente hasta besarle la frente, recibiendo una pequeña sonrisa a cambio. -Sumiye, necesito que me prometas algo- pidió el Príncipe, recibiendo un asentimiento de parte de su hija a quien le acaricio cariñosamente la mejilla, -que serás fuerte y siempre estarás junto a Risa y junto a tu madre- se expresó el Uchiha tan comprensible y sencillamente como le fuese posible.
-Lo prometo- repitió Sumiye mecánicamente, pero de forma totalmente sincera, sintiendo el puñal de la preocupación instalarse en su pequeño pecho, -¿Te iras, papá?- pregunto la pelirosa con su infantil y preocupada voz.
Su madre le había dicho que eso no pasaría, que su padre—contrario a sus pequeños hermanos Baru y Kagami—no las abandonaría a su suerte, que nunca tendrían porque temer a lo pasase en el futuro, más Sumiye veía en ese momento pese a ser solo una infanta de casi cuatro años que su padre estaba muy enfermo, incluso al borde de la muerte. No podía pedirle su padre que siguiera viviendo si es que la voluntad de Kami no era aquella, pero quería sinceridad de su parte; claro que sería fuerte, por su madre, por su hermana Risa y por su abuela la Sultana Sakura a quien veía igual e perfecta y digna a pesar de todo lo perdido, siempre sería todo cuanto se esperase de una Sultana, y llevaría a su padre en su memoria hasta el último día de su vida como si siempre hubiera estado para ella, y haría que su hermana Risa lo amara de igual modo pese a no verlo o recordarlo. No quería morir, amaba con todo su corazón a Aratani y quería ver crecer a sus hijas sin importar que fuese o no a tener más hijos en el futuro, quería velar personalmente porque sus hijas se casaran y fueran felices…pero aparentemente el destino tenía otros planes, planes ante los que Daisuke no podía oponerse.
-No, nunca me iré de tu lado- tranquilizo Daisuke, no mintiendo del todo puesto que aun después de muerto pensaba proteger a sus hijas y Aratani de todas las formas posibles, -pero solo quiero que cumplas esta promesa, ¿sí?- pidió el Príncipe, sonriéndole a su hija mayor.
-Si, papá- prometió Sumiye, con la madurez propia de un adulto pese a su juventud.
Cada vez que su hija estuviera feliz por algo, cuando encontrar fuerza para seguir delante, cuando encontrase una fuente de carácter y valor, o cuando sintiera una brisa acariciarle el rostro…él estaría ahí, siempre la estaría cuidando así como a Risa y a Aratani, y si la providencia era benévola; algún día, en el futuro, volverían a verse en una situación más llevadera y normal que pode vivir y disfrutar como no habían podido hacer en esta vida. Beso una última vez la frente de su hija, irguiéndose con una sensación de dolor en el abdomen, más dio todo de si por ocultarlo, sonriéndole ligeramente antes de abandonar la habitación, abriendo las puertas y sintiéndose más débil cada vez mientras abandonaba la habitación. Izumi acudió junto a su sobrina Sumiye de inmediato, volteando a ver a Naori que se mostraba a punto de romper a llorar, temiendo lo pero al igual que ella.
-Yugito, acompaña a mi hermano, por favor- pidió Izumi con un hilo de voz.
-Si, Sultana- acudió la doncella inmediatamente.
A lo largo del tiempo siempre había encontrado fuerza para caminar pese a los tropiezos dados, para luchar y no mostrarse débil, para reflejar la misma seguridad que su madre, más esta vez no se trataba de una seguridad de espíritu lo que necesitaba; necesitaba seguridad y fortaleza física, el poder caminar si sentir que caería, y no fue capaz de demostrarlo, teniendo que recargarse ene l pared fuer de los aposentos de su hermana para no caer. Afortunadamente y casi de inmediato hubo aparecido lady Yugito, la doncella de mayor confianza de su hermana y que acudió a su lado sin demora alguna, ofreciéndole su ayuda y ayudándolo a no flaquear ni a ser menos de cuanto se esperase que fuera como el aun Príncipe Heredero del Imperio Uchiha.
-Alteza, apóyese en mí- ofreció Yugito diligentemente, sosteniendo uno de los brazos del Príncipe. -Ayúdenme- pidió la doncella a los jenízaros, o más bien a uno de ellos y que la ayudo de inmediato, sosteniendo el otro brazo del Príncipe y ayudándolo a caminar, -llamen al docto la Sultana Sakura- indico al otro jenízaro que se retiró de inmediato para cumplir con su orden.
Dentro de la habitación, Naori se secó las lagrimas que habían roto con parte de su autocontrol, situándose velozmente junto a su tía Izumi que vislumbro con su mirada las sombras en el exterior del pasillo, provocada por las antorchas que iluminaban el pasillo, viendo a Daisuke desaparecer en compañía de Yugito y su escolta, más frágil que nunca de lo que Izumi lo había visto jamás. Por su parte, la pequeña Sumiye se mantuvo con la mirad baja, albergando una pregunta e su mente y sabiendo que su padre había querido tranquilizarla, más aun así la pequeña Sultana era consciente de que lo que se avecinaba era inevitable…su padre iba a morir al igual que sus hermanitos Baru y Kagami, y solo Kami sabía quien lo seguiría en el futuro.
-Mi papá mintió, ¿cierto, tía?- pregunto Sumiye haciendo un infantil puchero, y conteniéndose para no llorar, -¿El también morirá?- enfatizo la pequeña Sultana, haciendo que su tía se arrodillase frente a ella y la abrazara para tranquilizarla.
-Sumiye- arrullo Izumi, aguantando las propias lágrimas que ella igualmente deseaba liberar.
Las palabras de Daisuke y su sentido…no había sido una promesa fútil, no era una petición momentánea, iba a morir; su hermano Shisui sería el Heredero del Imperio, dando paso a la verdadera lucha que se habría de librar pero para la cual ella y su madre estaban listas. Ahora más que nunca se definirían bandos, e Izumi sabía muy bien en cual bando estar: permanecería junto a su madre y le declararía la guerra a su padre de ser necesario, eso y más…
Los secretos no duraban en el Palacio, menos cuando no se era más que una insignificante concubina, una esclava, y así es como Mikoto vio a la "favorita" de su hermano menor, aquella mujer que Izumi había permitido que estuviera con el tanto como compañía y como amante y que había defraudado toda la confianza que se hubiera puesto sobre ella. Las náuseas, los mareos, la sensación de malestar por el embarazo…todo aquello era insignificante para Mikoto ahora que había encontrado fuerzas para levantarse de la cama ante la posible e inminente muerte de su hermano Daisuke. En el peor de los coas y ya fuera que Daisuke muriera o no, Shisui no podía correr riesgo alguno, y por causa de esta mujer; "Ryoko", su hermano estaba al borde del acantilado más peligroso, todo por un error mínima pero que había sucedido sin que nadie pudiera preverlo. Mientras la noche se cernía sobre el Palacio y sentada en el diván junto a la ventana en los aposentos de su madre, acompañándola lealmente, ambas mujeres contemplaron a Ryoko como lo que era para ambas; una basura.
Al igual que en el caso de su madre y sus hermanas, la rigurosidad se había apropiado de su irreprochable y reglamentario repertorio, viendo unas sencillas pero enlutadas galas de seda color negro, de escote redondo con un fino corte que creaba una diminuta V, así como mangas ajustadas y cerradas al interior de sus muñecas dos tres botones de oro; por sobre el vestido una chaqueta de terciopelo marrón oscuro con reflejo más claros de hilo cobrizo que replicaban estampados en forma de hojas y flores de jazmín entrelazadas con el emblema de los Uchiha, sin mangas y cerrado bajo el busto y creando un perfecto escote en V, y abierto bajo el vientre para exponer la falda del vestido inferior. Una hermosa pero sencilla corona de oro sobre su larga melena de rizos rosados que caía libremente tras su espalda, permitiendo visualizar plenamente su hermoso rostro; dicha corona replicaba laureles y flores de jazmín sobre un estructura compleja pero hermosa que creaba una especie de hamaca en V que dejaba caer un diamante ámbar en forma de lagrima sobre u frente, a juego con un par de pendientes de oro en forma de infinitos sarcillos que oscilaban en los contornos de su rostro, sin necesidad de ningún otro tipo de joya que realzara su ya de por si avasalladora belleza, solo eclipsada por la de su madre que estaba sentada a su lado.
-Está embarazada, Sultana, ella misma lo admitió, traiciono la confianza de la Sultana Izumi y la nuestra- acuso Shikamaru que estaba de pie junto a Ryoko, observándola con deprecio al proferir estas palabras, -bebía la medicina que le daba la partera y luego la escupía- añadió el Nara, apartando su mirada de aquella mujer que se mantenía con la mirada baja, fingiendo inocencia.
La mujer delante de las dos Sultanas más poderosas del Imperio no era una mujer muy destacada en cuanto a belleza, solo lo usual; cabello ondulado y negro como la tinta, ojos entre almendra y avellana, adornado por una diadema de tipo cintillo que replicaba pequeñas flores de jazmín, y un par de diminutos pendientes diamante a juego. Su figura era cubierta por un sencillo vestido malva de escote cuadrado, ligeramente redondeado, mangas ajustadas hasta los codos y falda superior, con falda inferior de gasa ribeteada en encaje violeta claro a la par del centro del corpiño y el borde del escote ribeteado en encaje, y mangas holgadas a juego—sin encaje—semitransparentes y abiertas desde los codos para exponer los brazos, no era una mujer a la que debieran de considerar tanto, por ninguna razón salvo porque había desobedecido sus órdenes y embarazado sin su consentimiento. No necesitando del consentimiento de su madre porque ya de por si lo tenía, Mikoto se levantó del diván de forma lenta y pausada casi como si no se pensase que haría algo, pero esta idea se desestimó en tanto la Sultana alzo la mano y sin miramiento alguno le planto una bofetada a la mujer, volteándole el rostro con la fuerza del golpe.
-Miserable- insulto Mikoto sin un ápice de piedad, -¿Quién te crees que eres para ir contra nosotros?- cuestiono la Sultana, sin esperar respuesta. -No eres más que una basura- recrimino Mikoto, dándole la espalda y regresando a su lugar, sentada junto a su madre pero sin quitarle los ojos de encima a aquella mujer.
Por causa de la bofetada propinada por Mikoto, la mujer parecía estar propensa a las lágrimas, humillada como nunca, seguramente, más le era indiferente a Sakura que se mantuvo sentada sobre el diván, despreciando a la insulsa muchacha con la mirada, considerándola insignificante y vil como una serpiente. No importaba que ahora quisieran enmendar las cosas, la mujer ya estaba embarazada y por ende aun cuando intentasen justificar aquello, el Príncipe o Sultana en camino seria ilegitimo, una vergüenza para el Imperio Uchiha y la etiqueta que lo regía; Shisui sería una vergüenza a ojos de todos y Sasuke comenzaría a dudar de que su hijo fuese el mejor sucesor posible pese a que fuese la única opción posible. Esa mujer era una especie de abierta sentencia de muerte para Shisui, algo que Sakura no podía permitir.
-Quieres condenar a mi hijo, deshacerte de él- acuso Sakura con un tono de voz marcado de ira, incapaz de prever aquello que ella misma podría hacer por causa de esto, sin sentir remordimiento.
-No, Sultana, yo estaba pensando en el futuro de Imperio y del Príncipe Shisui- protesto Ryoko, halando finalmente. -El bebé en mi vientre no es solo mi esperanza, sino que también la del Imperio- justifico la pelinegra con un absoluto grado de seguridad.
-Recuerda tu lugar mujer- reprendió Shikamaru al escucharla, jalándole el brazo. -Estas frente a dos Sultanas- recordó el Nara, siendo que esa mujer no tenía derecho para eludir el protocolo.
-Espera, Shikamaru- detuvo Sakura, levantándose dignamente del diván y avanzando hasta situarse frente a la mujer a quien tomo bruscamente del mentón, haciéndola levantar la mirada. -Veamos que sueños tenía este pequeño cerebro-menciono la Haseki, permitiéndole hablar.
La mayoría de las mujeres en el Palacio fingían recato y carencia de ambición al momento de ser elegidas como favoritas hasta ascender a Sultanas y mostrar su auténtica naturaleza y ambición, siendo lo bastante inteligentes como para saber cómo actuar, quizá el caso de la mujer frente a ella fuese aquel, quizá ambicionara ser Sultana Haseki el siguiente Príncipe Heredero, tal como era Aratani solo que por razones de poder, respeto y nobleza que naturalmente poseía, pero antes de desestimar o permitir cualquier cosa; Sakura deseaba saber el lado opuesto de la historia, aquel que pasaba por la cabeza de la mujer delante de ella y que bien podía ser enemiga o aliada, dependiendo la situación, ero antes de juzgar día enterarse verdaderamente de los hechos y darle la oportunidad de hablar, no actuar sin saber conque estaba lidiando.
-El Príncipe Daisuke no tiene mucho tiempo, Sultana, y si, en el peor de los casos, muere, el Príncipe Shisui es el único heredero que sucederá al Sultan Sasuke en el trono- justifico Ryoko planteando el por qué había decidido tomar aquella decisión de desobedecer las órdenes dictadas por la Sultana Izumi, -y estando embarazada…- intento explicarse.
-Así que eso esperabas- interrumpió Sakura con una sonrisa cínica en su rostro, corroborando aquello que ya había pensado; que aquella mujer frente a ella resultaría ser una víbora ambiciosa. -¿Querías ser Sultana Haseki?- más bien afirmo la Haseki del Sultan.
-Sueñas en vano, eso no sucederá- sentencio Mikoto con brusquedad, aun sentada sobre el diván.
-No vivirás para ver que eso suceda- determino Sakura con un tono de voz tan calmado que hubo resultado tremendamente inquietante para Ryoko que bajo la mirada, no sabiendo cómo defenderse.
-¡Guardias!- la Sultana Haseki alzo la voz, haciendo que los dos guardias jenízaros tras la puerta ingresaran, reverenciándola debidamente. -Sáquenla de aquí- ordeno la Sultana de forma inamovible.
-Sultanas, por favor…- intento rogar Ryoko.
Mujeres como Ryoko había visto decenas de veces en el Palacio, y si se les permitía llegar lejos—como en el caso de Naoko, por quien actualmente sentía lastima en lugar de odio—podían causar una devastación lamentable para toda la posteridad del Imperio e incluso más. Ya había aprendido a fuego y espada lo que era la crueldad y ambiciones mediante Mito, Mei y Rin; no podía permitir que sucesos así se repitieran, no sería justo ni para sí misma ni para el futuro de la Dinastía Uchiha. Únicamente recibiendo una confirmación de la mirada de la Sultana Haseki, los dos jenízaros sostuvieron de los brazos a la mujer, forcejeando para sacarla de la habitación ante las protestas que Ryoko intentaba emitir. Sakura le dio la espalda Ryoko, regresando a su lugar del diván mientras los dos jenízaros abandonaban la habitación llevándose a Ryoko consigo y cerrando las puertas tras de sí. No pensaba matarla, su "crueldad" no podía alcanzar a una mujer que albergaba en su vientre un bebé inocente, una vida que nada tenía de culpa en comparación con los seres que habitaban la tierra, no podía matar a uno de sus nietos o nietas, porque el bebé que Ryoko estaba esperando llevaba su sangre, no podía olvidar eso, no podía ignorar su piedad y justicia; su conciencia.
-No debe preocuparse por nada, Sultana, la haremos abortar y ya- sosegó Shikamaru siendo que esta práctica tampoco le agradada en lo personal, pero era a la que se recurría en ocasiones así, cuando un embarazo no era deseado en la jerarquía del Imperio o por el estricto protocolo.
-No, un niño no tiene que pagar por los pecados de nadie- protesto Sakura en el acto, para desconcierto de Mikoto que frunció ligeramente el ceño al no entender su negativa, -envíenla al viejo Palacio mañana, que de allí a luz- determino, recibiendo un asentimiento de parte de Shikamaru que considero igualmente apropiada su orden, como cualquier otra dada por ella.
-Madre, el bebé, sea niño o niña, será ilegitimo- alego Mikoto, pensando en el prestigio del Imperio y lo que traería para el futuro.
-Pero de nuestra familia- defendió Sakura, incapaz de acabar con la vida de un niño no nato, ya que eso significaría ser igual que Mei y Rin, -no podemos ser tan crueles, Mikoto, no con un niño inocente- añadió la Sultana Haseki, olvidando cualquier tipo de crueldad.
Por causa de todo lo vivido por Mei y Rin, habiendo sido tan joven y forzada a lidiar y ver como sus hermanos morían uno tras otro es que Mikoto era diferente del resto de sus hermanas, podía estar presente en una rutina de tortura y mantenerse tan clamada como si estuviera frente a un jardín cargado de paz, su sangre fría era increíblemente apabullante, ni siquiera Sakura era capaz de estar n situaciones semejantes. Mikoto había heredado la crueldad de su difunto abuelo, el Sultan Izuna III que había ordenado o permitido la ejecución de sus doce hermanos al momento de ascender al trono y años después ordenando la ejecución de su primogénito Itachi, el hermano mayor de Sasuke a quien presuntamente también había pensado ejecutar, solo que la muerte había decidido llevarse antes al cruel gobernante, permitiendo así que Sasuke—con dieciséis años—ascendiese al trono. Así que, y conociendo a su hija a la perfección, Sakura continuamente tenía que frenar sus impulsos de crueldad, y limitarlos a los momentos en que eran propicios de plasmar, no en otras circunstancias o de lo contrario algunas voces indiscretas comenzarían a circular.
-Sí, madre- acepto Mikoto, comprendiendo la forma de pensar de su progenitora e ignorando su propio sentido de la crueldad y prejuicios que diferían bastante, o no demasiado, de los de su madre.
Sakura sonrió levemente, recobrando la habitual compostura que tanto la caracterizaba. Ahora que Ryoko estaba embarazada y habría de ser exiliada al Palacio de las Lágrimas, otra mujer habría de ocupar su lugar en la cama de Shisui y ser verdaderamente una Sultana Haseki, solo que Sakura ya tenía a una persona en mente, dos años menor que Shisui; si, pero no por ellos menos hermosa, sino que todo lo contrario, leal, encantadora, inteligente y talentosa. Se trataba de una joven ucraniana que había llegado al Palacio hacía ya un año, en calidad de esclava como tantas otras mujeres, pero a quien Sakura había estado viendo desde lejos cada vez que estaba en el Harem, habiéndola tomado bajo su tutela y educándola a la perfección tal y como había hecho con Aratani, confiando en que sería igual de leal y correcta, criada para ser una Sultana, cuando menos. Shisui sabría que Ryoko estaba embarazada y Sakura pensaba permitirle ver al niño o niña que naciera, al fin y al cabo seria hijo o hija suyo, pero de igual manera Shisui debería engendrar un heredero legítimo y pronto, para que; de presentarse otra crisis, tuvieran con quien contar para heredar el trono en el futuro.
-Takara- llamo la Sultana Haseki.
Si bien en el exterior de los aposentos de la Sultana Haseki se encontraban permanentemente dos escoltas jenízaros que garantizaban su seguridad, en el interior de la habitación y flanqueando igualmente las puertas se encontraban dos doncellas de confianza que colaboraban en servir a la Sultana al igual que lo hacia Tenten, una de ellas era una hermosa joven que se alejó de su lugar junto a las puertas, dirigiéndose correcta y respetuosamente hasta estar frente a la Sultana Haseki y la Sultana Mikoto. Poseía una larga melena de rizos color naranja que caían sobre sus hombros y tras su espalda, adornados por un broche en forma e mariposa en el costado derecho de su rostro de piel blanca como la leche y facciones dulces y cálidas, con penetrantes ojos azul oscuro que asemejaban al ónix, y un cuello delicado pero no demasiado largo, y figura cadenciosa y juvenil de dieciséis años cubierta por un sencillo vertido rosa pálido hecho de gasa; escote bajo en forma de corazón, y mangas ajustadas hasta los codos que se volvían holgadas y trasparente hasta cubrir la manos, por sobre el vestido una chaqueta fucsia de aspecto metálico con detalles color malva e lugares inespecíficos de la tela, de escote cuadrado ligeramente redondeado, sin mangas y cerrada en el escote por seis botones color violeta que abrían la falda bajo el vientre.
-Sultana- reverencio la pelinaranja.
-El camino se ha abierto para ti, tienes que ser muy cauta a partir de ahora, recuerda que te destinamos a ti para ser la Haseki de Shisui- sonrió la Haseki del Sultana, haciendo sonreír a su doncella de confianza.
-Sí, mi Sultana- sonrió Takara, retrocediendo, sin darle la espalda a las Sultanas y regresando a su lugar.
Mikoto sonrió ante la elección de su madre, igualmente conforme con Takara a quien incluso su propio padre aprobaba para tal futuro, recordándoles a todos el modo en que Aratani había llegado en el Palacio y ascendido naturalmente por su belleza, inteligencia, así como carácter y sobre todo lealtad, lo cual era esencial en una persona que viviera en un Palacio como aquel. Lo que vendría de ahora en más solo le correspondería decidir a Takara, si se mantenía siendo leal, Kami le brindaría un futuro absolutamente glorioso, e otro modo…bueno, eso ya lo verían con el tiempo, eventualmente, como sucedía on todo el mundo. Las divagaciones de cualquiera de los presentes se vieron interrumpidas por una serie golpes contra las puertas, ante lo que Sakura asintió, dándole su consentimiento a Shikamaru.
-Adelante- indico Shikamaru.
Ya que no había guardias atestados en el exterior, al menos no por ahora mientras Ryoko era encerrada hasta ser llevada al Palacio de las Lágrimas; al día siguiente, Takara y la doncella que la acompañaba de pie junto a las puertas fueron quienes permitieron el ingreso de lady Ino que ingreso apresuradamente, visiblemente agitada, pero incapaz de olvidar o ignorar el protocolo, reverenciando debidamente a la Haseki del Sultan y a la Sultana Mikoto. Sakura oro silenciosamente para que no se tratase de la noticia que estaba imaginando, pero no había absolutamente nada que indicase lo contrario.
-Sultana, es el Príncipe Daisuke- menciono Ino únicamente, sabiendo que aquello bastaría.
-Mikoto, quédate aquí- ordeno Sakura, levantándose del diván.
-Pero, madre…- la pelirosa intento titubear a la par que se levantaba del diván, pero antes de que pudiera terminar de hablar es que su madre, seguida por Shikamaru, abandono la habitación a toda prisa.
Había llegado el momento decisivo, el cauce del futuro del Imperio se decía esa misma noche.
Los guardias jenízaros fuera de la habitación la reverenciaron con el respeto que le guardaban, abriendo las puertas y permitiéndole entrar, encontrando a Aratani sentada junto a la cama donde se encontraba Daisuke, secándole el sudor de la frente, sosteniéndole la mano y orando por él, desde luego. En tanto las puertas se cerraron es que Aratani se levantó del suelo, alisándose la falda al saber quién había llegado, alejándose de su esposo y volteando a ver a la Sultana Haseki del gobernante del mundo, más aquella a quien consideraba como la única y verdadera madre que había tenido en su vida y cuya presencia era infinitamente necesaria para ella.
-Aratani- murmuro Sakura al verla tan abatida.
No había visto a Aratani en todo el día, pero era como si la viese por primera vez en ese momento, pálida por la tristeza que reflejaban sus ojos ligeramente enrojecidos y los surcos que habían dejado las lágrimas en sus mejillas. Vestía un favorecedor y recatado vestido esmeralda claro, de escote en forma de corazón, con seis botones color negro que iban desde el escote—enmarco por un borde de encaje de igual color—hasta la altura del vientre, los costados del corpiño, así como las mangas y al falda que conformaba la tela estaba ribeteado en su totalidad de encaje de color negro, brindándole un aspecto ya de por si enlutado, como previendo lo que ya debía de ser inminente. Su largo cabello castaño se encontraba elegantemente recogido tras su nuca, adornado por una corona con una base en forma de enrejado que ascendía para recrear el modelo europeo de diadema, con brillantes diamantes color jade y esmeraldas en forma de rombos, alrededor de su cuello su obsequio; el emblema de los Uchiha sostenido por una fina cadena de oro, y a la par de su vestido unos pendientes de cuna de oro en forma de lagrima con una esmeralda homologa en su centro. Más pese a su tristeza y sufrimiento, que no podía evitar exteriorizar, Aratani la hubo saludado con el estricto protocolo plasmado en su ser, así como el amor de madre que le tenía.
-Sultana- reverenció la pelicastaña, con un hilo de voz. -El doctor C, dijo que…- Aratani apretó los ojos para no segur llorando como deseaba hacer, -no puede hacer nada más, salvo adelantar su muerte- sollozo la pelicastaña.
De forma sorpresiva y consoladora para ambas es que Sakura abrazo a Aratani a quien por una vez hubiera deseado darle un futuro distinto, quizá como esposa de un Pasha poderoso, pero lo que fuera con tal de evitarle el sufrimiento que causa el luto que ella había vivido ante el complot ideado por Mei, Rin y Obito Pasha en el pasado. Mucho rencor podía guardarle a Sasuke ante los eventos sucedidos, pero seguía siendo su esposo, el hombre al que más amaba en el mundo, su primer amor, el padre de sus hijos; su todo, si él moría ella lo seguiría de algún modo inexplicable o continuaría viviendo pero sabiendo que el centro de su vida y su alegría había muerto, eso es lo que sentiría Aratani de ahora en más, Sakura ya lo había sentido como para poder entender lo que ella sentía en ese momento, como si estuviera muriendo a cada respiro que daba.
-Madre…- susurro Daisuke, pero lo bastante audible como para que su madre lo escuchase.
Este susurro fue más que suficiente para hacer que el abrazo se rompiera, haciendo que ambas volteasen hacia la cama donde Daisuke, pese a su estado febril, se encontraba despierto, observándolas, totalmente lucido pese a la fiebre que tanto lo quejaba y que fácilmente podía ignorar ante la serena presencia de su madre y su esposa. Ambas, tan pronto como pudieron, se situaron a su lado; Sakura sobre la cama, sujetando una de las manos de él, y Aratani a sus pies, incapaz de quitarle los ojos de encima, orando porque sucediera un milagro.
-Mi sol- arrullo Sakura, sonriendo tristemente, intentando trasmitirle toda la calma posible.
-Llego el momento- sentencio Daisuke con obviedad, sabiendo que estaba a las puerta de la muerte, -Aratani- llamo a su esposa que, a modo de inmediata respuesta, le sostuvo la mano, sonriendo lo poco y nada que podía ante su tristeza y falta de ánimo.
-Estoy aquí- correspondió su Haseki, en el acto.
-No tienes por qué preocuparte por nada, todo estará bien, te lo juro- prometió Sakura, dispuesta a enfrentarse a lo que fuera con tal de proteger a Shisui.
Ciertamente Shisui era joven, carecía de las habilidades que habría de tener un futuro Sultan, pero si Sakura no podía vivir lo suficiente como para protegerlo, prepararía a sus hijas para que ellas se encargaran de ayudarlo a gobernar el Imperio en todos los ámbitos posibles, también estaban sus hombres de mayor confianza que sabrían cumplir su voluntad. El imperio no caería mientas ella tuviera un medio con que dejar un camino a seguir en el futuro, si eso es lo que preocupaba a Daisuke; el futuro estaba ya planeado y en marcha para ser glorioso. Sería declarado Sultan de manera póstuma, se lo había pedido a Sasuke que no había objetado en lo absoluto, porque su hijo; el hijo de ambos, había sido tan talentoso, noble y amado por el pueblo que había sido llamado Sultan incluso antes de reinar oficialmente, algo jamás visto.
-Nunca hubo nadie, nunca, a quien amara más que a ti- enfatizo Daisuke, confesando todo cuanto había pesado y sentido a lo largo de los años por la que era la mujer más importante en su vida, cosa que no ofendía a Aratani, sino que lo contrarío.
-Descansa, hijo- sosegó Sakura, ya fuera lo que sea que implicara este descanso; vida o muerte, -dejas un Imperio lleno de gloria tras de ti, el mundo entero te recordara como "el Sultan Daisuke" fuiste un Sultan hijo, el mejor de los Sultanes- animo la Sultana Haseki, con la voz ligeramente quebrada, más esforzándose por ocultarlo, -mi Sultan guerrero, la luz de mi vida- arrullo a su hijo que sonrió levemente ante sus palabras, recordando cómo es que siempre conseguía hacerlo sentir único y especial para ella:
Era un día simplemente hermoso y perfecto, el cielo parcialmente cubierto de nubes permitía que el sol cubriera con su luz el jardín Imperial en que el Príncipe Daisuke, hijo mayor del Sultan Sasuke, se encontraba presente, pero no era la luz del sol ni la belleza de las flores, ni el perfume del ambiente lo que cautivaba tanto al Príncipe que parecía embobado con la visión frente a él, su madre, quien indudablemente era no solo la mujer más hermosa del Imperio, sino que del mundo entero. Las rosas que cuidaba y observaba tan atentamente, jugando con los pétalos entre sus dedos, palidecían ante su belleza, ante el rosa natural de sus largos cabellos, ante el verde esmeralda de sus ojos, ante el envidiable tono alabastro de su piel que no albergaba mancha alguna, las diosas de la mitología perteneciente a su tierra, las ninfas y las deidades femeninas anhelaban su impecable belleza, ella era un ángel que permanecía entre sangre, guerras, y enfrentamientos, ella era lo único puro en el mundo sucio, corrupto y sanguinario en que vivían, y si Daisuke contemplaba a su madre con tanta veneración era precisamente porque lo sabía, porque sabía que todo lo que la rodeaba era verdadero, honesto, sincero y falto de pecado.
En el Imperio Uchiha la belleza era, ¿Cómo decirlo?...un término vano, todo debía ser hermoso en el Palacio Imperial, desde las flores a la seda, desde los esmaltes a las joyas, y desde las concubinas a las Sultanas, por más frívolo que sonase…no había lugar para la fealdad en ese Palacio ni en la elite gubernamental, pero usualmente la belleza ocultaba algo más, Daisuke lo sabía pese a tener casi trece años, la belleza solía ocultar intenciones oscuras, ambición, crueldad, avaricia y arrogancia, pero su madre no era nada de eso, su belleza transmitía calma, inocencia, ingenuidad, dulzura, calor, aprecio y amor incondicional, y todo porque esas emociones eran las que predominaban en ella, un amor y una inocencia que nada ni nadie podía destruir y de las cuales él, sus hermanos y hermanas eran fruto, de la dulzura y el amor que su madre les transmitía y que había cautivado el corazón del Sultan que la amaba tanto como para haberla hecho su esposa ante las leyes del imperio, algo que ningún otro Sultan del Imperio—además de los Sultanes Hashirama y Tobirama—había hecho.
Bañada por la luz del astro rey, la Sultana Haseki portaba un modesto vestido esmeralda de escote en V, con un cuello alto—que conformaba el escote—hecho de gasa, calzado a su figura, y que dividía el centro del corpiño de los laterales por obra de un margen de hilo de oro, sin mangas y una falda única, lisa y sin adorno alguno, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta entre barbecho y ocre, plagado de bordados en hilo esmeralda, de escote redondo—con cuatro botones de oro desde el inicio del escote hasta el área bajo el busto y con un par de diamante a los lados como adorno—que únicamente abarcaba desde el escote al área delimitante bajo el busto, de mangas ajustadas con holanes de gasa esmeralda que complementaban el vestido inferior, y una larga cola que hacía de falda superior, enmarcándose a los costados del vestido. Su largo cabello rosado, peinado en cadenciosos rizos, caía tras su espalda y sobre sus hombros, enmarcando su rostro, y resaltando la corona de oro, cristales ámbar y diamantes que formaban una hermosa estructura que emulaba ramas, hojas y flores de cerezo, que sostenía un largo velo esmeralda a juego con el vestido y que de igual manera complementaba un par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima, y la sortija de las Sultanas en su dedo anular, visible en todo momento mientras sus dedos trazan los pétalos de las rosas. Sencilla, honesta, sincera, sin complicaciones ni trabas, sin mentiras, una mujer excepcional y única en su totalidad.
-Cuando era niño, me llevabas contigo al jardín, ¿recuerdas?- menciono Daisuke, rememorando con inequívoca precisión aquellos lejanos días de paz. -Solías llevarme contigo a cortar las rosas, y yo me sentaba a mirarte, embobado- rió sinceramente el Príncipe ante este recuerdo.
Prendado en su totalidad de la belleza de su madre incapaz de mantenerse lejos de ella y observarla únicamente, Daisuke se levantó de la escalinata de roca-plagada de enredaderas-sobre la cual había estado sentado, avanzando a su propio ritmo hacía su madre que se mantenía prolijamente atenta de las rosas que ella había hecho cultivar y que cuidaba personalmente, con admirable esmero. Pese a tener solo doce años—casi trece—Daisuke ya comenzaba a tomar partido en la política, y era su deber ya que era el Príncipe de mayor edad en el Imperio, el idóneo sucesor de su padre por la edad que poseía y que indudablemente lo hacía sentirse confiado y arrogante, pero todo eso no era sino una fachada para ocultar los miedos y nervios que sentía y cuanto necesitaba y ansiaba que su madre estuviera ahí para él, afortunadamente aun no tenía edad para participar verbalmente de las reuniones, porque estaba seguro que—de ser así—no podría hablar. Por ello es que vestía un regio Kaftan—adecuado a su edad y estatura—hecho de seda azul oscuro, y plagado de bordados de oro, —por sobre la usual túnica de cuello alto y mangas ajustadas—con marcadas hombreras, muñequeras, pechera, cuello y el centro del pecho hechos de cuero color azul oscuro, con seis botones de diamante desde el cuello a la atura del abdomen donde un fajín de seda azul oscuro, decorado con el emblema de los Uchiha, cerraba el Kaftan en su totalidad, dándole un aspecto ligeramente adulto pese a que no tuviese sino apenas doce años, favoreciendo su ternura e indudable atractivo que, en un futuro, habría de hacerlo un hombre gallardo, alto, fuerte y—valga la redundancia—atractivo.
En tanto hubo dejado la escalinata, Daisuke no tardo en situarse junto a su madre que aparto su mirada de las perfumadas rosas, observando atentamente a su hijo y sonriéndole radiante como solo hacía con quienes más amaba y significaban algo invaluable para ella. Daisuke era importante para ella, su sol, su todo en el mundo, su Príncipe guerrero, aquel que tenía todo lo necesario para ser un poderoso Sultan algún día; fuerte, inteligente, inderrotable, invencible por citar lo obvio, pero igualmente cauto, pragmático, y consiente de su posición y la ayuda que debía de brindarles a quienes no tenían nada. Infinitamente orgullosa de él es que Sakura no pudo contenerse de alzar una de sus manos y acariciarle cariñosamente la mejilla, sabía que quizá lo mimaba demasiado, pero era su hijo favorito a pesar de que hiciera todo lo posible por no marcar diferencias entre sus hijos, Daisuke era excepcionalmente importante, único, nadie tenía un grado de importancia semejante para ella, ni siquiera Sasuke, y eso se debía a que Daisuke había estado ahí incondicionalmente, viéndola llorar y caer, impulsándola a seguir adelante, con él como respaldo. Quería verlo ser Sultan y ser su Madre Sultana, quería que su hijo llegara al trono, y sabía que de una u otra forma lo conseguiría.
Totalmente contagiado y empañado del amor que su madre le profesaba a todo y a todos en el mundo es que Daisuke hubo contemplado las rosas que su madre atendía y cuidada con igual fascinación, viéndola a ella atenta en su labor, abrumándolo tanto que—sin reparar en nada más—Daisuke hubo obedecido su propio impulso de cortar un pequeño capullo de rosa que florecía espléndidamente y que a su entender se asemejaba a su madre que no dejaba de ser más hermosa cada día. Sosteniendo el capullo de rosa, Daisuke se lo ofreció a su madre que volteo a verlo, agradecida, pero en cuanto el intercambio hubo de producirse es que la espina de la diminuta rama se desprendió y clavo en la mano de su hijo que no pudo evitar quejarse. No le agradaba verse vulnerable, menos por una simple espina, pero la situación se había visto interrumpida de forma tan abrupta que Daisuke simplemente no había podido evitar manifestar el ligero y sorpresivo dolor sentido.
-Las flores palidecían a tu lado, eras más hermosa que el cielo, que el agua, incluso más que el sol y la luna- cito Daisuke justificando su manera de pensar. -Para mi eras un ángel que había descendido desde el cielo para dar amor y bondad al mundo, no sé si otros lo vieron, pero yo si vi tus alas, tu inocencia- enumero el Príncipe ante la triste mirada de su madre que estaba a nada de romper en llanto tanto o más que Aratani que sollozaba en silencio.
Preocupada de forma inmediata, Sakura sostuvo la mano de su hijo entre las suyas, inclinándose ligeramente y recogiendo del suelo el pequeño capullo de rosa que—con cuidado—prendió del escote de la chaqueta superior de su vestido, impidiendo así que se desperdiciara el obsequio de su hijo, antes de proseguir a atenderlo. Ligeramente adolorido, pero ahora únicamente sintiendo la incomodidad de esa espina, Daisuke observo atentamente como su madre analizaba su mano minuciosamente con su tacto hasta dar con la espina, y una vez hecho eso, depositar un beso cálido, maternal y tranquilizante en su mano, y—con sus labios—extraer la espina sin mayor esfuerzo y soltarla descuidadamente a la nada misma, dando por terminado el problema, antes de sonreírle con aquella perfección sobrecogedora, con aquella inocencia que nada podía corromper, con aquella insólita belleza que postraba al mundo entero a sus pies, especialmente a él que tanto la amaba y admiraba.
-Siempre me abrazaste y protegiste de todo, las lluvias y tormentas, la nieve y los obstáculos- agradeció Daisuke, sin apartar en ningún momento sus ojos de los de su madre.
-¿Te preguntaste alguna vez porque solo te llevaba a ti, conmigo?- cuestiono Sakura, recordando igualmente y con total claridad ese día. Daisuke no supo que responder, o más bien lo hizo pero la dejo hablar a ella, se dedicó a escuchar su dulce voz cargada de amor. -Porque tú eras diferente de todos ellos, porque eras como yo, porque entendías los sacrificios, porque no cedías ante nadie cuando te proponías una meta- enumero la Sultana, dando todo de si por ocultar su tristeza, más sus ojos aun así lucían empañados de lágrimas. -Quiero confesarte algo hijo, un secreto que no se si he podido acallar del mundo- advirtió Sakura.
Ni siquiera Aratani sabía lo que sería pronunciado, ni siquiera Daisuke que deseaba vivir lo suficiente para cumplir su promesa, para ser Sultan de forma oficial para sentar sobre el torno con su madre observándolo y sintiéndose orgullosa, pudiendo presumir ante todos que su madre; la mujer más hermosa sorbe a tierra era la Madre Sultana del Imperio más poderoso del mundo, y él su hijo más amado. Ambos se parecían tanto, tan diferentes en aspecto físico pero tan próximo en sentimientos, tan unidos como para comprenderse sin necesidad de palabras. Su niño, al que había amado desde que había sabido de su existencia; mientras lo llevaba en su vientre, desde antes y después de alumbrarlo, mientras lo cargaba en sus brazos y lo arrullaba de bebé, cuando lo abrazaba contra su pecho, cuando lo ayudaba a caminar, cuando lo felicitaba por sobresalir en sus lecciones, cuando lo había recibido con un abrazo al regresar de las campañas militares, cuando le había sonreído con orgullo al verlo convertido en un hombre que había formado su propia familia…
-Te amo, más que a nada en el mundo- pronuncio Sakura de forma lenta y precisa, para que su hijo no lo olvidase nunca, ni en esa vida ni en la siguiente.
Una triste sonrisa se plasmó en los labios del agonizante Príncipe que se sintió propenso a las lágrimas. La muerte, la desolación y el dolor eran algo que prevalecía en aquel Palacio que había visto día tras día de una legislatura nueva, un nuevo Sultan que llegaba al trono, Príncipes que crecían y morían, madres que lloraban, Hasekis y concubinas que veían desaparecer a quienes amaban, era tal la melancolía que desprendían esos muros y Sakura lo sabía bien porque ahí estaba su vida, viviría hasta el último día de su vida en ese Palacio en cuya cripta residirían sus restos, y hasta que ese día llegara tendría que soportar lo inimaginable y ver cómo—delante de ella—morían aquellos que tanto amaba. Escuchando los sollozos de Aratani es que Sakura se resignó a hacer lo único que—como madre—podía hacer en ese momento, estar incondicionalmente junto a su hijo sobre cuyo pecho se recostó, abrazándolo con el amor tan grande que siempre le había dedicado, sollozando silenciosamente contra su pecho y dejando como prueba de su dolor las lágrimas que descendieron por sus mejillas, a la par de Daisuke que lloro en silencio, lamentando no poder cumplir la promesa de ser el Sultan que sucedería a su padre, de no poder hacer a su madre, a su ángel, la Madre Sultana del Imperio una segunda vez, lamentando dejar a sus hijas Seramu y Risa atrás, a Aratani a quien tanto amaba…pero no podía oponerse a la muerte, no podía oponerse a lo inderrotable, a algo que era mil veces más fuerte y absoluto que él que no era más que un ser terreno.
Al menos había algo positivo con respecto a su deceso; volvería a ver a sus hermanos Baru, Itachi, Rai y Kagami, volvería a ver a Midoriko y sus dos pequeños hijos Sasuke y Mikoto, así como a su hijos Baru y Kagami, por fin y tras tantas batallas y guerras civiles libradas en ese hermoso pero letal Palacio, obtendría el descanso al que todos los seres del mundo solo podían aspirar, ansiando la muerte que los liberara del sufrimiento, y había llegado su momento, lo supo a pesar de la felicidad que sentía a causa del calor y el amor que su madre le transmitía en ese abrazo, lo sentía a pesar de desear permanecer a su lado. Había llegado su momento, había tenido una vida moderadamente buena y—a sus veintisiete años—podía decirle tranquilamente adiós a dicha existencia y asumir que su tiempo había llegado y que, tal vez, en otra vida, tiempo y lugar, volviera a tener la dicha de estar junto a su madre nuevamente, hasta entonces esperaría ese día, y esperaría volver a verla en el cielo…
De forma repentina el mundo se desvaneció para él y todo con lo referente a la realidad dejo de tener sentido, ya no existía arriba o abajo a su entender, ya no había reglas, muros, riqueza, poderío u opulencia, no existían títulos ni algo material por lo que pelear, algo que ambicionar, no existía nada más que la madre naturaleza, la tierra y césped bajo sus botas, el aire primaveral a su alrededor, etéreo a decir verdad, la luz el sol reflejada en las flores y que lo bañaba todo, las nubes que no conseguía obstruir el azul del cielo, y un perfume familiar que parecía envolverlo. Con palabras, Daisuke no sabía decir en donde estaba específicamente, no había limites en aquel campo lleno de flores en que se hallaba, y que daba con un rio comparable al mitológico rio Lete que su madre mencionaba en los mitos griegos, aquel que daba con el paraíso mismo, al que solo los dioses podían ir, y él se sentía ahí, solo con sus pensamientos, o al menos eso sintio hasta darse cuenta de que—un par de metros lejos de él, y difícil de vislumbrar—se hallaba alguien en las proximidades que le resultaban visibles.
Todos tenían su ángel de la muerte, aquella persona quien—pudiendo bien estar viva—era protagonista en el umbral que daba con el descanso final, la muerte en calma y serenidad, y Daisuke en incontables ocasiones se había preguntado quien sería su ángel de muerte, ¿Quién le daría la paz?, ¿Midoriko y sus pequeños hijos Sasuke y Mikoto?, ¿Alguno de sus hermanos ya fallecidos, Baru, Itachi, Rai o Kagami? Una figura se hizo presente en cuanto la luz comenzó a hacerse tolerante a su rango de visión, una figura femenina y que le daba la espalda. Daisuke temió estar soñando al reconocer el inequívoco color rosado de los sedosos y largos rizos que poseía aquella figura, solo comparables a las flores de cerezo, y él solo conocía a tres personas con el cabello de ese color, Hanan que era muy pequeña, y Mikoto que no tenía la relevancia drástica en ese momento…pero en menos de una fracción de segundo toda suposición en la mente de Daisuke tuvo sentido apenas la figura se volteó lentamente.
Aquellos largos rizos rosados—hasta la altura de las caderas de aquella figura femenina—se encontraban decorados por una diadema de tipo cintillo hecha de oro, con cristales blancos y diamantes incrustados, una creación tan sencilla como delicada y que enmarco a la perfección aquellos largos cabellos rosados de tal manera que le permitieron a Daisuke contemplar el hermoso y sereno rostro de su madre que era quien habría de guiarlo a la muerte como su ángel, tal y como en su momento lo había hecho al guiarlo hacia la vida. Resaltando aún más su belleza y su porte angelical, Daisuke vislumbro con fascinación el sencillo pero perfecto vestido blanco que portaba su madre, de escote alto y redondo, mangas holgadas y abiertas desde los hombros para exponer sus brazos, ajustado por un fajín de la misma tela como si fuera una túnica griega, resaltando su origen, y además de todo la tela estaba ribeteada en diamantes en lugares específicos, emulado flores de cerezo y complementando un diminuto par de pendientes de diamante en forma de lagrima. Ella había sido su inicio y seria su final, ella lo había traído al mundo y ahora lo despedía.
Una sutil sonrisa se plasmó en los labios de su madre que clavo su intensa mirada esmeralda en él, dirigiéndole ese amor incondicional que siempre había existido y siempre existiría entre ambos, y del cual Daisuke no quería despedirse, por más egoísta e infantil que sonara. Pero esa sonrisa no fue suficiente ni para él ni para su madre que, sin romper el contacto visual, extendió sus brazos hacia él, de forma ligera pero notable desde la distancia que Daisuke no dudo en transitar, ansiando el abrazo que ella tan dulcemente le ofrecía, percatándose de la forma en que las mangas del vestido de ella se removían a causa del viento, pareciendo las alas de un ángel, esas alas que anteriormente había sido capaz divisar a pesar de la corrupción del mundo que afortunadamente nunca lo había confundido como para estar en contra de su madre. El tiempo, la distancia y todo lo que pudiera estar asociado a una medida terrena dejo de tener valor para Daisuke a medida que su andar lo acercaba más y más hacia su madre, perdido en la belleza de su faz, en su apariencia angelical y en el modo en que el viento mecía sus largos rizos rosados, enmarcando los contornos de su rostro.
Daisuke apenas y se hubo detenido frente a su madre antes de verla cerrar sus brazos entorno a él en un abrazo maternal e infinitamente sin igual, sintiéndola reposar su cabeza contra su hombro, acción que el mismo también llevo a cabo, envolviendo sus brazos alrededor de la cintura de ella recibiendo las caricias que le brindaban sus sedosos risos rosados, aspirando su dulce perfume que consiguió relajarlo por completo, sintiendo el calor de su abrazo y su amor que subyugo sus miedos y toda duda que hubiera podido sentir con respecto a la muerte. Deseaba descansar, dejar de presenciar la muerte y la batallas que continuarían presentándose, pero fuera cual fuera el caso, sabía que seguiría vivo en el corazón de su madre tanto como ella seguiría viva en su corazón hasta el final de los tiempos, y—Kami mediante—podría ayudarla, guiarla y protegerla desde el cielo, esperándola, aguardando que volvieran a estar juntos como siempre había sido….
Si bien había guardado silencio, al escuchar los sollozos de Aratani que intentaba mantener la dignidad esperable de una Sultana, Sakura suspiro pesadamente para sí misma en cuanto sintió que el pecho de su hijo se detenía y su respiración cesaba definitivamente para siempre, dándole el mudo anuncio de que su hijo, su sol, su luz y su mundo había muerto y se había reunido con sus otros hijos; Baru, Itachi, Rai, Kagami…solo le quedaba un hijo, su inocente Shisui de dieciocho años y que vivía con el constante temor de morir, de perecer del mismo modo en que lo había hecho Rai, pero sin embargo Shisui confiaba ciegamente en ella, confiaba en su amor y Sakura estaba dispuesta a pelear esta vez, no permitiría que su hijo muriera, pelearía por él, lo guiaría en todo momento y evitaría que fuera una víctima del destino—como Daisuke—o de sus enemigos, —como Baru, Itachi, Rai y Kagami—Shisui no correría la misma suerte, ella no iba a permitirlo. Con lentitud, y apoyándose en la cama, —sin remover el cuerpo de su hijo—Sakura se levantó del pecho de Daisuke cuyo rostro contemplo, con los ojos entreabiertos al igual que sus labios, había muerto meditando en si era correcto morir y dejarla luchar sola, se había torturado a si mismo por no cumplir su promesa de ser Sultan y hacerla Madre Sultana, pero ella no estaba molesta o triste por ello. Estaba muerta por dentro, porque su hijo había muerto para llevarse otra parte de su vida y corazón con ella tal y como había sucedido cuando había visto el cadáver decapitado de Itachi, el cuerpo de Baru igualmente decapitado como no le había sucedido a otro Sultan, como a Kagami que había sido envenenado y a quien había llorado con su alma, y como a Rai a quien había visto morir con el corazón oprimido; impotente de no poder evitar que todos cuantos amaba estuvieran destinados a perecer.
Alzando su mano y conteniendo todo sollozo posible, ocultando su dolor bajo una máscara de frialdad impoluta, Sakura cerro con máxime cariño los ojos y labios de su hijo, disfrutando una última vez del efímero calor que le trasmitía su piel y que no volvería a sentir, estrechando la manos de él entre las suyas y dejándolas juntas a la altura de su abdomen. Cerrando sus ojos con pesadez, Sakura se sujetó la falda del vestido antes de levantarse de la cama, ante la atenta vista de Aratani que no supo que decir al ver a la Sultana pasar por su lado depositando una silente caricia sobre su hombro a modo de consuelo. Había visto a la Sultana Sakura a lo largo de los años y había sido capaz de comprender casi todo de ella y el caso no era diferente en tanto la vio abrir las puertas hacia el balcón de la terraza; deseaba estar a solas, y Aratani lo comprendió y acepto al levantarse del suelo, sentándose sobre la cama en el lugar que anteriormente había ocupado la Sultana Sakura, acariciando triste y nostálgicamente el rostro del que había sido su esposo y que ahora la había dejado viuda, herida y con dos hijas por las que velar, pero podría y seguiría adelante, porque él la había hecho una Sultana por matrimonio y nadie—ni siquiera el Sultan Sasuke—le quitaría ese derecho.
Viviría por la memoria de Daisuke, lo haría hasta el último día de su vida.
Sakura suspiro sonoramente para sí misma, soltando el aire que había contenido en tanto se encontró sola en el balcón, observando la visión que significaba el jardín Imperial y más halla los hogares del pueblo y las lejanas fronteras del Imperio; seguiría viviendo por ellos unilateralmente, pero la vida ya no sería vida sin Daisuke, no sin su sol, su mundo y su todo, Daisuke la había anclado a la vida y a la continua lucha por la supervivencia y el bienestar del Imperio, pero ahora ya no contaba con él, más sabia que igualmente no podía rendirse a pesar de que estuviera desgarrada por dentro. Sintiendo esa punzada inconfundible en su pecho, Sakura grito y lloro a pleno pulmón con el corazón destrozado en mil pedazos, posando sus manos en sus costillas en un intento por respirar más profundamente y mantenerse consiente, no podía flaquear más de lo que ya hacía en ese momento, se lo repitió una y otra vez mientras alzaba su mirada al cielo en penumbras, cubierto de estrellas y nubes que impedían la visualización de la luna como tal; pidiendo una muda explicación a los cielos y a Kami del porqué de su sufrimiento, ella era la única responsable, ella y su amor por Sasuke que le habían llevado a vender su suerte y destino; una vida de felicidad por otra de sufrimiento:
Sasuke siempre tendría el poder, el Sultanato y la lealtad que nadie habría de quitarle, el mundo recordaría su nombre, pero ella…ella veía con incomparable tortura como todos los que amaba desaprecian, el pueblo y muchos la amaban, pero en el fondo se sentía totalmente sola, se sentía miserable, su vida era un infierno de principio a fin; todo por haber sido retratada en una pintura, por haber sido arrancada de su tierra por causa de la Sultana Mito, todo por aquella insólita viruela que había azorado el Palacio y su amor por Sasuke que la habían llevado a arriesgar lo poco y nada que tenía, vendiendo su vida para asegurar la de Sasuke. Puede que se empeñara en mostrarse fuerte y resistir cual almendro o roble en una tormenta feroz, pero no dejaba de ser humana y es por ello que su propia debilidad física la hizo tambalearse, alcanzando a sujetarse del borde del balcón antes de caer de rodillas sobre el suelo, más nada pudo resultar más insignificante para ella que eso, dejándose caer y sentándose obre el suelo de piedra, atrayendo sus piernas hacia sí.
-Mi hijo, mi sol…- sollozo Sakura, apegando sus piernas hacia su pecho, enterrando su rostro en sus rodillas.
¿Por qué ella? Habiendo tantas personas en el mundo, ¿Por qué el destino tenía que ser tan cruel?, ¿Qué había hecho para merecerlo? No lo sabía, y lo peor es que de nada le serviría cambiarlo porque ya había perdido todo cuanto amaba y no había vuelta atrás para eso…
Vivía su propio infierno y seguiría viviéndolo hasta su muerte.
PD: hola mis queridos amigos y amigas :3 había mencionado que la próxima semana iniciaría con una nueva era y así es, porque la muerte del Príncipe Daisuke abre paso a la era del Príncipe Shisui, temo decir que hasta yo llore escribiendo el capitulo, pero era necesario hacerlo porque hay una linea cronológica que seguir y que continuara sucediendo para todos los que hayan buscado la historia de la Sultana Kösem y su descendencia :3 la actualización nuevamente esta dedicada a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro, garantizando actualizar el fic "La Bella & La Bestia" durante la próxima semana :3) y a todos aquellos que siguen la historia en todas sus formas, sin excepción :3 Si tienen alguna sugerencia con respecto a series o películas que quieran como adaptaciones, apreciaría que la aportaran, recordándoles que este fic, y los otros que hago, son por y para ustedes, añadiendo los nuevos personajes que se conocerán en los próximos capítulos, y recordando que pueden comentar que fic quieren que inicie de los que ya había planeado :3 los amo, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.
Acontecimientos Historicos:
-La muerte del Sultan Murad IV-Príncipe Daisuke: Murió en 1640 a la edad de 27 años, a causa de una cirrosis hepática. En su lecho de muerte pidió la ejecución de su hermano, Ibrahim I, lo que habría significado el fin de la línea de sucesión y dinastía otomana, pero la orden no fue puesta en práctica. Murad IV es conocido como el último gran Sultán y conquistador del Imperio otomano. Al igual que en el caso de su personaje historio, Daisuke muere naturalmente por una cirrosis hepática, rogando por la protección de su hermano Shisui, el único y restante heredero del Imperio que no esta preparado en ningún aspecto para ser el siguiente Sultan. Es declarado Sultan de forma póstuma, registrado en la genealogía Imperial como el Sultan Daisuke IV.
-Sultan Ibrahim I-Príncipe Shisui: Ibrahim I fue el Sultan del Imperio otomano desde 1640 a 1648. Era conocido como "Ibrahim el Loco". Tras la muerte de su hermano Daisuke, el peso del Imperio se cernirá sobre Shisui que, protegido por su madre, podría evadir las responsabilidades como le plazca, dejando en manos de la Haseki del Sultan, su madre, todo lo referente a su vida, temiendo por otro lado lo que su padre pueda hacer contra él, contra ambos.
Nuevos Personajes:
-Sultana Turhan Hatice-Sultana Haseki Takara: fue Sultana Haseki del Sultan Otomano Ibrahim I y Madre Sultana del Sultan Mehmed IV. Fue prominente por la regencia sobre su joven hijo y por su patrocinio en la arquitectura, así como ultima representante del llamado "Sultanato de Mujeres". Takara es la Sultana Haseki del Príncipe Shisui, es decir la madre de su primer hijo y por ende ella es la más poderosa de todas sus mujeres, pero no por ello la más querida, madre del Príncipe Itachi (futuro Sultan Itachi IV) y la Sultana Seramu, pero su aparente lealtad es un arma de doble filo que se volcara contra la Sultana Sakura.
-Sultana Saliha Dilasub-Sultana Seina: fue concubina del Sultan Ibrahim I y Sultana por el nacimiento de su primogénito, el Príncipe Suleiman (futuro Sultan Suleiman II), siendo Madre Sultana durante el Sultanato de su hijo. Seina es una de las Sultanas y concubinas del Príncipe Shisui, la madre de su segundo hijo; el Príncipe Hashirama (futuro Sultan Hashirama II) y la Sultana Kaede, su lealtad y admiración por la Sultana Sakura le brindara un futuro glorioso y más que merecedor de su persona.
-Sultana Hatice Muazzez-Sultana Masumi: fue concubina del Sultan Ibrahim I y Sultana por el nacimiento de su único hijo, el Príncipe Ahmet (futuro Sultan Ahmet II), siendo Madre Sultana durante el Sultanato de su hijo. Al igual que Seina, Masumi es neutral y sumisa, pacifica, lo que le guarda un lugar especial en el circulo de la familia imperial, es una de las Sultanas y concubinas del Príncipe Shisui, la madre de su tercer hijo; el Príncipe Sasuke (futuro Sultan Sasuke II).
-Sultana Telly Haseki Humasha-Sultana Haseki Hayami: fue la esposa legitima del Sultan Ibrahim I, y una mujer muy reconocida por su influencia política, asi como madre del Principe Orhan que lastimeramente murió con poco más de un año de edad. Su belleza cautivara al Príncipe Shisui que se enamorara perdidamente de ella y viceversa, hasta volverla su esposa, y significara la mayor rival de la Sultana Takara.
Fics proximos:
-Operación Valkiria (casting y resumen ya hecho)
-Spirit: Naruto Style (aun sin casting y resumen, pero con la historia ya visualizada)
-Cazadores de Sombras (con el prologo ya listo hace un par de días)
-El Siglo Magnifico: Indra y el Imperio Uchiha (sin casting pero con la historia ya visualizada)
-El Siglo Magnifico: Mito, Mei & Mikoto (casting ya hecho, sin resumen y con la historia ya visualizada)
-La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber (casting ya hecho, resumen faltante, historia visualizada y diseñada en conjunto con el vestuario)
