-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem), Tugay Mercan (Sultan Ibrahim I) y Hande Doğandemir (Sultana Turhan Hatice). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 40

La noche que sucedía era indiscutiblemente particular, parecía estar a punto de desatarse una feroz tormenta en cualquier momento, pero las nubes no eran suficientes como para que lloviese, en su lugar retumban los truenos y cuyos previos relámpagos iluminaban partes del interior del Palacio. Sentado tras su cama y sin poder dormir aun ante la incertidumbre que era la enfermedad por la que pasaba su hermano, Shisui se consolaba a si mismo orando, confiando en que la providencia no le quitara ni al Imperio ni a sus padres al mejor sucesor que podría haber existido, porque Daisuke no podía morir, no había nadie mejor para sucederlo y la voluntad de Kami no podía ser destruir aquel soberbio Imperio que llevaba siglos en el poder, esa familia que había pasado de un clan prácticamente tribal a una dinastía autocrática y magnifica, no era posible. Fuera de su habitación se encontraban los siempre leales guardias y escolta jenízaros que le hubieron abierto las puertas al Hasoda Basi del Sultan; Naruto Uzumaki que, como siempre, no necesitaba anunciarse para entrar, mucho menos cuando su madre estaba involucrada en un asunto como seguramente era el caso.

-Naruto, ¿Por qué estás aquí?, ¿Sucedió algo?- fueron las únicas palabras y dudas que el Príncipe pudo pronunciar, levantándose de la cama y observando al Uzumaki que lo hubo reverenciado debidamente.

No sabía cómo estaba su hermano realmente, Izumi e incluso Hanan-pese a solo tener cinco años-solo habían dicho que estaba muy enfermo pero no si es que estaba grabe o si su muerte era una remota posibilidad. Daisuke siempre corría riesgos, siempre se encontraba preso del peligro a la muerte pero se sobreponía, fuera como fuera, ¿Cómo no podría hacerlo era vez? Pero de todas formas, Shisui no hacía más que preocuparse más y más a cada momento en que veía a Naruto ahí, delante de él como si el tempo se detuviera y fueran a decirle algo que temía escuchar. Por primera vez en tanto tiempo no estaba ahí por la voluntad de la Sultana Sakura que parecía haberse quedado sin voz ante el dolor, el Sultan era quien le había pedido que notificase a Shisui-el siguiente en la línea del trono-de que debía prepararse para-con toda seguridad al día siguiente-jurar como heredero del Sultanato y, a la muerte de su padre, el Sultan, futuro gobernante absoluto del Imperio.

-Su alteza, el Príncipe Daisuke…ha muerto- declaro el Uzumaki con tristeza, pero sin dejarse abatir por los sentimientos, esa no era su tarea. -Ahora usted, alteza, es el heredero del Sultanato de los Uchiha- concluyo reverenciando al Príncipe que lo observo como si hubiera dicho la locura más grande que pudiera concebirse.

Lo primero que Shisui pensó fue que se trataba de un error, como si el cielo y las estrellas cayeran sobre él, todo eso era un peso que no deseaba tener ni siquiera estando muerto. No, debía de ser un error o bien una trampa porque Daisuke no era alguien que se rindiera y se dejase morir así sin más, luchaba hasta las últimas consecuencias tal y como lo hacia su madre en cada oportunidad, porque rendirse jamás era un opción, fuera cual fuera el caso, ¿Cuantos Príncipes de sangre real hubieron deseado escuchar esas palabras en el pasado? No le importada en lo absoluto, él no era como ninguno de ellos que habían aceptado la gloria de buena gana, él no quería ser Sultan, él no quería complicar aun más la vida de su madre que debía estar desolada por la muerte de Daisuke. Y su padre con absoluta certeza no lo querría como heredero, ni siquiera participaba activamente en política, ¿Qué rol se suponía que cumpliría? Era poco menos que un ignorante, solo sabía de cultura, experiencia y mundo mediante sus libros, en el fondo aún era un niño, un joven de solo dieciocho años que nada sabía de la vida.

-No, no, no, Daisuke no puede estar muerto, él no- negó el Príncipe de forma férrea, superando el instante de sorpresa. -No, me niego a aceptarlo, mi hermano no puede estar muerto- repitió tanto para si como para el Uzumaki que no supo que decir para ratificar lo que ya era sabido por todos en ese momento. -Es un juego de mi padre, ¿no?- se atrevió a sugerir, sin creer ni siquiera un ápice de lo que Naruto estaba diciendo. -Como hizo con Rai, dándole falsas esperanza, ahora planea deshacerse de mí- acuso el Príncipe, sintiendo que estaba hiperventilándose por causa de sus propios nervios.

-¿Por qué su padre haría eso?- cuestiono el Uzumaki, confundido ante sus dudas. -El Príncipe Daisuke ha muerto, esa es la verdad- confirmo, habiendo visto el cadáver del antes Príncipe Heredero del Imperio.

Había oído cosas, cosas sobre la condición mental del Príncipe Shisui, más desestimaba todo como simples rumores y habladurías sin importancia alguna, aunque parte de estos rumores eran ciertos y lo sabía, pero en ese momento no veía a un loco, ni tampoco a alguien inmaduro, solo veía a alguien que pese a nacer con sangre noble no deseaba el poder y la gloria, alguien que temía al poder por saber-al igual que la Sultana Sakura-lo que acarreaba. Sin importar lo que Naruto dijera y pese a confiar en él con subida incluso, Shisui no podía ni quería creer que aquello fuese cierto, no quería creer que ahora el peso de gobernar futuramente el Imperio fuese a cernirse sobre él. Su padre no daba razones para guardarle confianza o lealtad en ninguna medida y Shisui no podía creer que ahora fuese a ser sincero, le resultaba absurdo, por no decir imposible.

-Ve y dile a mi padre que nunca saldré de aquí- ordeno Shisui, presa del miedo. -Dile que yo no necesito ningún trono ni ningún Sultanato- sentencio sinceramente e inamovible.

Como si no hubiese sucedido nada, Shisui volvió a sentarse sobre la cama, apartando la mirada del Uzumaki que lo hubo contemplado incrédulo, pero resignado a cumplir con sus órdenes…


El silencio reinaba en los aposentos del Sultan que salvo por la terraza se hallaba ausentes de cualquier indicio de vida, sobre el elegante diván de la terraza se hallaba el Sultan cuya expresión carente de sentimientos no conseguía traicionarlo, empeñado en contener sus sentimientos y siendo abrazada por él—con la cabeza reposando sobre su hombro—se encontraba a la Sultana Sakura que aprecia ajena a todo cuanto sucedía a su alrededor, hermosa pero pálida y triste de un modo desolador, con su ojos enrojecidos por las lágrimas que habían formado sutiles surcos en sus mejillas, y a quien el Sultan intentaba consolar, ignorando y olvidando su propio sufrimiento como padre al perder a otro de sus hijos y como gobernante que ya no tenía más herederos y sucesores que un muchacho de dieciocho años que aparentemente desdeñaba la política. Si Shisui no conseguía cumplir con su deber y al menos engendrar herederos, el Imperio Uchiha desaparecería para siempre. ¿Cómo es que su Sultanato había pasado de la seguridad al declive y la destrucción?

Sé paciente, Sasuke, no te preocupes por los mares oscuros, observa las montañas ante ti, no importa si los que amas te odian, mantente fiel a lo que crees y al amor que sientes, se repitió observando las tinieblas y nubes sobre el cielo nocturno que casi parecían vaticinar la misma tormenta que estallaba en su interior, ese fuego que luchaba por consumir y desesperarlo al ser víctima de tantas perdidas. No importa el sufrimiento de la noche que se esparce en tu corazón, observa los rayos de plata de tu luna, tu ángel, bajo la mirada hacia Sakura que mantenía la cabeza apoyada sobre su hombro, guardando silencio luego de haber llorado tanto, había tenido que sacarla a la fuerza de los aposentos de Daisuke donde la había encontrado sentada y llorando en la terraza, con una desesperación y desconsuelo que había creído no volver a ver jamás, o al menos no desde la muerte de Baru hacía ya más de trece años. Sé paciente, Sasuke, no puedes controlarlo todo, los que hoy no te comprenden, al final lo harán; espera ese día, se consoló a sí mismo, incapaz de ignorar el latente odio e incredulidad incluso desprecio que existía en el corazón del pueblo que veía su actuar como un peligro, sus hijas, de Shisui-y lo sabía bien-de Sakura. No importa si incluso cada aliento se clava en tu corazón como un cuchillo, espera el día en que tengas paz en la próxima vida, sé paciente, Sasuke, se repitió una y otra vez, envolviendo sus brazos alrededor de los hombros de Sakura que suspiro contra su hombro, su dolor, su sufrimiento era nada comparado con el de ella, sabía que ella sufría por su causa, porque su existencia-y ya lo había aceptado desde hacia años-era la sentencia de muerte de todos sus hijo, más oraba porque Shisui no corriese con tal infortunio, pero eso se definiría más adelante. Sé paciente para que cada herida en tu pecho obtenga su propósito, para que todo aquello por lo que has luchado pueda ser como tú quieres que sea…

Un suspiro fue todo cuanto abandono los labios de Sasuke, resignado a mantenerse frió y estoico como el más inquebrantable de los glaciares, ocultando como se sentía en realidad y canto lo afectaban todas esas pérdidas, presenciar tantas muertes; evocando las muertes de sus doce tíos a quien su padre-el Sultan Izuna-había ordenado o permitido ejecutar, la muerte de su hermano Itachi que quizá hubiera sido mejor Sultan de lo que él era, su madre la Sultana Mikoto que había desaparecido en el momento más insólito de su vida, Fugaku que había sido un padre para él…Itachi y Baru, su dos hijos mayores a quienes no había conseguido proteger, Kagami que había parecido por los enemigos que reinaban a su alrededor y que no había podido destruir para evitar su muerte, no había podido evitar su muerte así como no había podido evitar decidir que para frenar las ambiciones de Naoko y terceros lo mejor era ejecutar a Rai que había sido inocente y lo sabía muy bien. Y ahora Daisuke, el mejor sucesor posible, su hijo, su guerrero que había estado a su lado en la política, en las campañas militares…sentía que el fuego lo quemaba por dentro, más ninguna pérdida pasada presente o futura había significado, significaba o significaría tanto para él como el sufrimiento de su propia esposa a quien tanto temía perder, temiendo una vida sin su luna, si su ángel, sin su todo en el mundo, la misma joven griega a quien había conocido, la Sultana de su vida y su corazón, su Haseki, la madre de sus hijos, su esposa, su ministra, su apoyo y su mayor alegría. Solo vivía por ella.

Las puertas de los aposentos del Sultan fueron abiertas por obra de los dos leales jenízaros atestados fuera de la habitación y que le hubieron permitido a Shikamaru entrar. La habitación estaba en penumbras salvos por las velas que apenas y aportaban visibilidad, repentinamente iluminada por un relámpago que tuvo lugar en el exterior y cuyo trueno no tardo en retumbar fuertemente, como un rugido providencial por la partida del Príncipe. El Nara suspiro profundamente para sí mismo, dirigiéndose hacia la terraza, cuyas puertas permanecían abiertas y cuyo cortinaje transparente oscilaba alrededor del contorno que era la visión del diván sobre el que estaban el Sultan y su Haseki, unidos-después de tantas disputas-ante el dolor mutuo que sentían, heridos en lo más profundo de sus corazones, o esto fue lo que estuvo claro para el Nara que avanzo lentamente hasta situarse tras el diván, observando con indecisión a la triste pareja, no sabiendo si interrumpir su calma o no, pero el deber siempre signaba más y lo hizo cumplir aquello que era lo correcto.

-Majestad, Sultana- irrumpió Shikamaru, reverenciado a la pareja Imperial que les daba la espalda. Sasuke volteo a verlo por el rabillo del ojo, indicándole que hablase. -El Príncipe Shisui no vendrá, no cree que el Príncipe Daisuke haya muerto realmente- lamento el Nara, levemente avergonzado por lo mismo y la respuesta que el Sultan pudiera tener ante esto. -Nada de lo que dijimos sirvió, no saldrá de su habitación, ¿Qué hacemos ahora?- consulto al Uchiha que hubo guardado un absoluto silencio.

Un nuevo trueno, esta vez sin la presencia de un relámpago resonó en el ambiente, como si leyese la mente del Sultan que no emitió respuesta alguna. Sasuke beso la frente de Sakura para tranquilizarla. En esos momentos y ante la negativa y duda de Shisui…solo había una manera de comprobar que de ahora en más solo existía un sucesor para el trono. El Sultan observo de sola sayo a Shikamaru, únicamente asintiendo a modo de respuesta haciéndole saber-indirectamente-al Nara lo que habría de hacer.


Sabía de sobra que su hermano Daisuke estaba enfermo, Izumi se lo había comentado apenas había sido conocedora de tal hecho, más fuera como fuera, Shisui se negaba a creerlo. Sin importar los obstáculos que se presentasen, Daisuke siempre se había mostrado como alguien inconmensurablemente fuerte, invencible incluso, ¿Cómo era remotamente posible que muriera sin llegar al trono? En el peor de los casos se trataría de una trampa para exponer a posibles personajes subversivos que intentaran beneficiarse con algo así y declararlo a él como heredero, pero o pensaba tolerarlo. No quería ser Sultan, no ambicionaba ni el poder ni el Sultanato, solo quería vivir en paz, ¿Por qué nadie conseguía entenderlo? Sentado en el borde de la cama y apretándose la manos, intentando pensar en qué hacer para protegerse si tener que preocupar a su madre, Shisui levanto la vista en tanto la puertas se abrieron desde el exterior por obra de los leales jenízaros. Quien entro inmediatamente y bajo un silencio prácticamente sepulcral no fue sino Naruto Uzumaki a quien lo siguieron cuatro leales soldados del ejército jenízaros que cargaban entre ambos una camilla que parecía albergar algo sobre si, solo que cubierto por un largo lienzo de seda color negro que cubría lo que sea que fuere.

-Alteza, si no me cree a mí, véalo con sus propios ojos- sugirió Naruto, desviando su mirada hacia la camilla que sostenían los jenízaros.

Esa respuesta solo indicaba una cosa, que quien estaba bajo aquel largo lienzo de seda color negro y en ella camilla era…tragando saliva sonoramente, Shisui se levantó de la cama y avanzo hacia la camilla con suma lentitud, temiendo que aquello que concebía su mente no fuera más que una horrible pesadilla, porque si todo era como él creía, no podía ser ni un sueño ni una fantasía, solo una espantosa pesadilla que no se detendría a partir de ese momento, pero necesitaba corroborarlo o sentía que de otro modo se volvería loco. Se detuvo frente a la camilla, más no fue capaz de descubrir lo que esta albergaba, el miedo y la incertidumbre lo congelaban, pero Naruto no tardo en acudir a su lado y en su nombre levanto el lienzo de sea, descubriendo el rostro de quien estaba ahí…Daisuke. Su rostro pálido y antes enfermizo ahora era una figura triste de contemplar, con los ojos cerrados y una aparente expresión indiferente o pacifica—dependiendo como se viera—en su rostro, en el contorno inferior de sus ojos húmedos por lagrimas que había parecido desear liberar antes de que la muerte acudiera a él, o que bien había llorado y habían sido secadas recientemente. Deseaba llorar, más antes de creer lo que veía, algo en su mente le pidió comprobarlo, no quería tener dudas, no quería verse como un traidor ante el Sultan, su propio padre, que podía ordenar su ejecución.

-Como ve, yo no mentí, Príncipe- corroboro el Uzumaki cuya seriedad en realidad evocaba tristeza y preocupación, sentir que dirigía hacia la Sultana Haseki a quien deseo poder consolar, pero teniéndolo prohibido. -Ahora, alteza, el Sultan Sasuke lo está esperando- recordó el Hasoda Basi, presto a no perder más tiempo.

Pero lejos de acceder como Naruto quizá hubiera esperado, Shisui se alejó de la camilla, regresando junto a su cama de cuyo velador aledaño tomo un pequeño espejo de mano que su hermana Hanan había olvidado esa misma tarde y que en ese momento hubo sido el instrumento perfecto para corroborar aquella pesadilla que daba inicio de ahora en más. Bajo la confusa mirada del Uzumaki, Shisui superpuso el espejo a la altura de la boca y nariz de su hermano, esperando los segundos que fuesen necesarios antes de voltear el espejo y ver el reflejo o lo que sea que se hubiera impregnado en él. Nada…el espejo estaba indemne, limpio de cualquier halito de vida o respiración, el Príncipe Daisuke, el anterior heredero del Sultanato ahora yacía muerto y, para su horror y pesar, el trono ahora recaía sobre sus hombros, y su madre pagaba el precio de semejante gloria habiendo perdido a otro de sus hijos. Solo le quedaba él, que sollozo de forma casi imperceptible no solo por saberse heredero de un poderío que no deseaba, sino también por haber perdido al último hermano que le quedaba.

-Desearía que no hubiera terminado así, hermano- declaro Shisui en una especie de murmullo que no escucharon los jenízaros, pero si Naruto. -Deseo sinceramente que…estés en un mejor lugar- oro, no sabiendo si sentirse triste por la muerte de su hermano o envidiar como es que la providencia había decidido librarlo del peso que simbolizaba el trono y en su lugar cargarlo a él con algo que no deseaba ni desearía jamás.

Intentando no temblar en el proceso, Shisui volvió a cubrir el rostro de su hermano con aquel solemne lienzo de seda enlutado, guardando el máximo respeto posible hacia su persona al hacerlo, porque pese a encontrarse muerto y ajeno del infierno terreno, Daisuke seguía siendo su hermano y lo seria hasta su último día de vida. Fallaría como Príncipe heredero, no podría cumplir apropiadamente su deber como Príncipe Heredero, lo sabía, no necesitaba que alguien le mintiera para animarlo, pero si el peso recaía en alguien tan insignificante como él…Kami sabría la razón, quizá estuviera equivocado o no, pero eso solo lo diría el tiempo. Inspiro profundamente, cerrando los ojos, olvidando toda lagrima que hubiera deseado llorar por su ahora difunto hermano, endureciendo la mirada, recordando el protocolo y como debía actuar, ya habiendo sido demasiado sentimental por causa de sus propias dudas. Volteo a ver a Naruto que hasta entonces se hubo mantenido en total silencio, aguardando su negativa o aprobación.

-Ya podemos irnos- confirmo el Príncipe, ignorando su propio sentir.

Con la férrea creencia-como aliado-de que Naruto lo seguiría y ya que las puertas se encontraban abiertas, Shisui únicamente se acomodó de forma casi imperceptible el Kaftan, abandonado la habitación sin más titubeo. No podía retractarse, la continuidad del Imperio y el linaje de los Uchiha dependían únicamente de él.


Los leales guardias jenízaros fuera de los aposentos del Sultan le hubieron abierto lealmente las puertas, reverenciándolo y permitiéndole pasar. En el interior de la habitación donde todos—Aratani, Mikoto, Shina, Sarada, Izumi, Naori, Ayame, Naomi, Kohana, Hana, Sumiye, Risa, lady Ino, lady Yugito, Tenten, Shikamaru, Temari y Choji—aguardaban formando una fila, levantando la mirada en tanto lo vieron entrar. De espaldas a la entrada estaban sus padres que lentamente hubieron volteado a verlo. Su madre lucia tan frágil como un papel, preocupantemente pálida, con los ojos enrojecidos y únicamente pareciendo mantenerse en pie por su padre que no se separaba de ella y que en contraste parecía más indiferente, menos expresivo y mucho más estoico...como se esperaba que actuara y se viera un Sultan.

-Padre, madre- reverencio Shisui con infaltable respeto, en parte voluntario. -Mis condolencias- pronuncio tristemente, clavando específicamente su mirada en su madre.

Sakura finalmente alzo la mirada, observando con tristeza a su hijo, el título de Heredero del Sultanato no era un peso fácil que llevar y lamentaba que Shisui, siendo tal frágil como era, fuera quien tuviera que soportar tanto con casi diecinueve años, sin experiencia política en la cual respaldarse…sabía que debía de encargarse de ayudarlo y suplir sus funciones, y lo haría, eso y más de ser necesario para alivianar su carga. Shisui no tenia experiencia en política como si habían tenido Rai y Daisuke, no era conocido abiertamente por el pueblo como Kagami, de hecho solo se excluía de los actos públicos, rehuía de la ostentosidad y festividades propias de la corte, más esta vez Sasuke tenía más que claro y prometido a su persona y al prestigio Imperial el ignorar todos estos reproches pasados, quería un renacimiento tras la muerte de Daisuke, el ignorar y dejar el pasado en el pasado, todo en pro de un mejor futuro para el Imperio, para sus hijos y para Sakura.

-Kami lo tenga en su gloria- oro Sasuke, manifestando los pocos sentimientos que se permitía expresar. -Daisuke no encontró paz en este mundo, espero la encuentre en el otro- pronuncio, estrechando la mano de Sakura cuya fragilidad lo desconsolaba más a cada minuto.

-Amén- secundo Shisui, de ipso facto.

-Tu si encontraras paz en este mundo, Shisui- prometió el Sultan, irrefutable en sus palabras. -Se acabaron las peleas, los miedos, el sol, saldrá para ti- enumero con su debida significancia, subiendo el peso que eso conllevaba. -El trono será tuyo algún día- juro, confiando en que Shisui podría sucederlo en el futuro sin importar las dudas que el mismo hubiera tenido al respecto anteriormente.

Ante estas palabras de peso simplemente incalculable, todos los presentes-salvo el y Sakura-hubieron bajo la cabeza y reverenciado a Shisui con respeto y tristeza al mismo tiempo, porque era muy extraño despedir a un miembro el Imperio tan querido como lo había sido Daisuke y ahora glorificar a otro tan frágil como Shisui. Sin poder evitarlo, Shisui busco refugio en los presentes, a quienes recorrió con su mirada; la dolorosa tristeza reflejada en los ojos de Aratani y sus pequeñas hijas Sumiye y Risa que parecían más contenidas ante su desconcierto, Mikoto que casi emulaba la indiferencia de su padre solo salvo por las lagrimas que brillaban tanto en sus ojo como en los de Naori, Shina que junto a Ayame solo pudieron bajar la cabeza con tristeza sin saber que decir, Sarada que junto a Izuna y Naomi sonrió muy sutilmente intentaron animarlo pese a la tristeza que sentían, Izumi que junto a sus dos hijas y lady Yugito sintio lastima por el peso que ahora yacía sobre él, y lady Ino, Tenten, Shikamaru, Temari y Choji que solo pudieron reverenciarlo en silencio.

No había vuelta atrás; un nuevo capítulo empezaba de ahora en más, su era, la era del Príncipe Shisui


El nuevo día iniciaba muy temprano y con ello un panorama muy diferente al que había tenido lugar el día anterior en que las concubinas habían resplandecido en su galas coloridas y portando joyas que ensalzaran su belleza. Esta vez vestían rigurosos y monótonos vestido de luto, y sus largos cabello estaban cubiertos por veloz que iban del gris oscuro al negro, cada una de ellas—al igual que los sirvientes y soldados—con una expresión indescifrable, que bien iba desde la tristeza a los pensamientos más secretos y profundos que se pudieran imaginar. Por no era eso lo que obtenía la atención de la Sultana Haseki y sus hijas que observaban el harem desde el balcón aledaño a los aposentos de la Madre Sultana, aquello en que solo la Haseki del Sultan tenía permitido residir, no…el foco e su atención era Ryoko que era sacada del Harem y conducida por el pasillo que la llevaría la salida del Palacio, y de allí al carruaje que la trasladaría al Palacio de las Lágrimas. Todas aquellas hermosas mujeres vestían las mismas ropas y portaban las mismas joyas que el día anterior, su tristeza y carencia de sueño les había impedido penar en su propia vanidad, más sabían que dentro de unos momentos habrán de cambiar sus halagadoras galas por los ropajes de luto, más por ahora permanecían juntas, observando la partida de una traidora, de alguien ambiciosa y que-como tantos otros-había aspirado a más, a mucho más.

-Si hubiese sido paciente y no nos hubiera desobedecido, hubiera cumplido su absurda fantasía- menciono Shina, implacable, siguiendo con su mirada la partida de aquella ambiciosa concubina, escoltada y flanqueada por dos soldado jenízaros.

-Pero no lo hizo, fue estúpida- declaró Mikoto, como si se estuviera refiriendo a una simple cucaracha y así es como veía a Ryoko, no podía verla como menos que la traidora que era.

Efectivamente y flanqueada por dos leales soldados jenízaros que le sostenían los brazos, Ryoko era conducida lejos de la vista de las concubinas y sirvientas del Palacio que fingían no verla, sabiendo que algo debía de haber hecho para merecer ser exiliada. Sin poder evitarlo y sintiéndose observada, Ryoko forcejeo para voltear, contemplando por última vez a las hermosas mujeres cuyas miradas de resentimiento las despedían. Pero la mirada de la Sultana Sakura era diferente, no había odio, no había rencor o resentimientos, solo tristeza y melancolía,…Ryoko sabía que no la odiaba, ni ella podía odiarla tampoco, pero la Sultana Sakura temía que pudiera volverse una amenaza, más Ryoko no quería serlo, amaba al Príncipe Shisui quería ser su Haseki, tal vez un día las cosas fueran diferentes y mejores, y-entonces-pudiera demostrar que sus sentimientos eran sinceros, porque confiaba en que la Sultana Sakura seria piadosa y le permitiría cambiar de parecer, le permitirá redimir su actual actuar.

-Shikamaru, recuerda lo que dije, Sultana o Príncipe, dará a luz y permanecerá en el viejo Palacio a menos que yo estipule lo contrario, no quiero más problemas- pidió Sakura con su voz hecha un murmullo débil pero dulce y ante el que ni Shikamaru ni ninguna de sus hijas presento protesta alguna. -Se seguirán las reglas, al ser un bebé ilegitimo, su nombre no se registrara en el Imperio, ¿Queda claro?- demando, aclarándose de forma inaudible la garganta que su voz no sufriera ningún tipo de quiebre.

-Si, Sultana- confirmo.

Ryoko solo era ambiciosa, no podía culparla, el poder era adictivo si no se comprendía bien como ella lo conocía, pero no iba a exiliarla para siempre, permitiría que Shisui visitar a Ryoko y al hijo o hija que esta tuviera, porque un niño merecía ver a su padre y crecer con su amor, y ella—sin importar que Ryoko no fuera su predilecta o una persona a quien siquiera considerar de confianza—quería conocer a ese bebé, abrazar a su nieto o nieta y estar ahí para él o ella, dándole su amor. No quería más enemistad, solo quería paz.


Shisui contemplo con tristeza e incertidumbres su propio reflejo, dejando que los sirvientes hubieran terminado de ayudarlo a vestirse, pero pese a lo importante que sería la ceremonia que tendría lugar…a él no le importaba, solo lo ponía nervioso, solo lo hacía temer por su vida, porque si ahora cometía un error, ese sería fatal, ni siquiera su madre podría impedir una catástrofe si él no reconocía la realidad que existía ante él: debía de olvidar sus sueños de niñez y centrarse en el hombre que era de ahora en más…Ryoko estaba embarazada, Izumi ya se lo había dicho y si bien u parte de él estaba feliz por la noticia, sabía que no podía reconocer oficialmente a su hijo o hija, o al menos no hasta que tuviera el poder, sabiduría y autoridad suficiente como para hacerlo, y par aquello aún faltaba mucho tiempo. El futuro traería complicaciones, más estaba dispuesto a hacer todo cuanto su madre le indicase que hiciera, confiaría ciegamente en ella, pasara lo que pasara.

El luto era más que una costumbre, más que una tradición a seguir, era un medio de expresión en tiempos de dolor y tristeza, y Shisui deseo poder hacer lo mismo que sus hermanas, sobrinas y su madre: vestir y representar el luto como lo pedía su corazón, pero no podía hacerlo esta vez. Era su día, seria formalmente declarado como heredero del Sultanato y sucesor de su padre, debía de vestir acorde a la ocasión, y no por gusto. Vestía un elegante y favorecedor Kaftan azul zafiro—por sobre la usual túnica de seda azul, de cuello alto y mangas ajustadas hasta las muñecas—de cuello alto cerrado por una serie de seis botones de plata desde el cuello hasta el abdomen, engarzado por cadenas de plata y broches con diamantes, ajustado a su cuerpo por un fajín de seda azul oscuro decorado por dos broches de oro que replicaban el emblema de los Uchiha, los costados toda la tela estaba afortunadamente plagada de elegantes estampados color negro de aspecto rustico que unían el antiguo emblema del Otsutsuki al actual emblema de la dinastía Uchiha, una respetada tradición a seguir, marcadas hombreras, mangas cortas por encima de diez centímetros de los codos, abiertas en los costados de los brazos, y cuya caída se abría bajo el abdomen permitiendo la visibilidad de la botas de cuero color negro que usaba bajo el atuendo. Veía, en su reflejo, a un digno heredero, a un futuro Sultan…pero no se veía a si mismo.

De pie tras su hermano—acompañada por su leal doncella Yugito—y observando a los sirvientes terminar de ayudarlo a vestirse y retirarse, Izumi observo silente y con introspección los nervios que su hermano se esforzaba en ocultar. Por ´primera vez en tantos años, el ascenso o proclamación de un nuevo Príncipe Heredero no traía consigo alegría sino nostalgia y tristeza, porque nadie podría emular a Daisuke, nadie podría ser como él, ni es como si alguien pensase en intentarlo, era un reto imposible. Todo habían perdido mucho, su madre más que nadie, pero afortunadamente la tenían a ella, podían contar con que el futuro fuese mejor mientras ella llevase las riendas del poder y eso siempre seria así, el Sultan no pretendía volver a errar arriesgando el amor y afecto filial que su esposa un le tenía, tanto por añoranza como por costumbre y compasión. Las puertas se cerraron sonora pero sutilmente por obra de la partida de los sirvientes, ocasión que Izumi aprovecho, abrazando cariñosamente a su hermano por la espalda, observando con tristeza el reflejo de él, que parecía intentar reconocer al hombre que seguía siendo bajo toda esa mascara que habría de mostear de ahora en más; la máscara del Imperio, el Príncipe heredero del Sultanato. Shisui tenía miedo, Izumi lo sabía, todos tenían miedo, la cuestión era solamente no dejarse dominar por él, en ello estaba el peligro y las amenazas, en la reacción a las adversidades. Debían dominar sus sentimientos.

Izumi se había adelantado a cada eventualidad y había cambiado sus elegantes galas por los restrictivos usares de luto antes de que lo hicieran su madre y hermanas, desilusionada al saber lo que Ryoko había hecho, como había traicionado su confianza, pero al igual que su madre estaba de acuerdo en que el niño o niña que fuera a nacer seria parte de la familia que eran, reconocido por el imperio o no, la sangre llamaba la sangre. Su silueta era ataviada por un sencillo vestido negro de doble falda, escote redondo y mangas ajustadas hasta los codos y que se volvían holgada y abiertas frontalmente a la altura de los codos para exponer los brazos; por sobre el vestido una chaqueta de gasa y encaje semitransparente, cuello alto y cerrado, marcadas hombreras, sin mangas y cerrada por una serie de siete botones color negro hasta la altura del vientre donde la falda de la chaqueta se abría y exponía el vestido bajo esta. Su largo cabello castaño estaba recogido prolijamente tras su nuca, oculto por un velo que era sostenido por una corona de plata ribeteada en ónix a juego con un par de pendientes de cristal ónix en forma de lágrima.

-Hermano- llamo Izumi, pidiéndole indirectamente que voltease a verla.

De entre todas la personas que rondaban y formaban su vida, a ella jamás podría negarle nada, no a su melliza, a su hermana más querida y que siempre había estado y estaría ahí para él justo como su propia madre. Lentamente y visiblemente apesadumbrado mientras aun podía expresar abiertamente sus sentimientos, Shisui volteo a ver su hermana, cuyo amor y belleza incondicional lo hicieron sentir salvo, lo hicieron sentir que contemplaba el hermoso, cálido y ameno rostro de su madre que conseguía espantar tanto los miedos como las pesadillas. Por mucho que lo desearan, ya nada podría cambiar, e presente era lo que era y solo oían seguir de car al futuro, pero ningún tropiezo o error seria tolerado y no por el Sultan o el protocolo sino por ellos mismos, porque cuando se trataba de mantener el orden y trasmitir su voluntad a las próximas generaciones y mantener a salvo y feliz al pueblo ningún error era admisible.

-Ya no tienes que preocuparte por nada, ninguna de nosotras, ni mucho menos nuestra madre, permitiremos que corras riesgo alguno- prometió la Sultana, con su dulce voz atizada de aquel carácter que la asemejaba tanto a su madre, -nuestro padre no osara estar contra ti, de lo contrario su Sultanato terminara- añadió con avasalladora seguridad, considerando las promesas de su madre un mantra inquebrantable, sabía que ella jamás rompía su palabra.

Quería hablar, quería decirle que confiaba en que el futuro fuera mucho mejor gracia a ella, a su madre y a sus otras hermanas, pero inexplicablemente le faltaban las palabra, no sabía si por la idolatría que les guardaba a quienes tanto amaba, por los nervio que intentaban dominarlo solo que él no se estaba permitiendo que eso sucediera. Intuyendo los pensamiento que resonaba la mente de su adorado hermano, Izumi lo abrazo contra su pecho, haciendo que su hermano reposase u cabeza sobre u hombro, sujetándose de los hombro de él, besándole la mejilla y marcando su presencia para que rememorara sus palabras cuando estuviera ante el ejército entero y los políticos, cuando fuera declarado Heredero del Imperio y el Sultanato, para que no le faltaran las fuerzas. Reconocer que si tenía miedo era la fase principal para enfrentarlo y seguir adelante, más Shisui no necesitaba decirlo, sus hermanas y su madre lo sabían y se esforzarían por forjar un futuro seguro tanto para él como para ellas mismas y las próxima generaciones; sus hijos.

-Siempre estaremos contigo, hermano- repitió con más y más seguridad a medida que las palabras salían de su boca, acariciando con cariño los oscuros cabellos azabache de su mellizo.

-Lo sé, Izumi, no tengo ninguna duda- contesto Shisui, abrazándola con todas sus fueras y viceversa.

El futuro era incierto, pero al menos contaba con su madre y sus hermanas, con ellas se sentía y se sentiría a salvo, siempre.


En solo unas horas, aun sin ser medio día siquiera, el luto se había adueñado del Palacio, las concubinas y sirvientes del Hare lloraban la perdida de otro miembro del Imperio, alguien tan querido y alabado como la propia Sultan Haseki, otra perdida que recordar para los habitantes de mayor experiencia así como como para aquellos que recién comenzaban a adecuarse a la vida palaciega. La Sultana Haseki aguardaba en sus aposentos la llegad de su hijo Shisui a quien deseaba ver antes de la esperada ceremonia, sentada sobre el diván junto a la ventana, acompañada y flanqueada por la viuda del anterior Príncipe Heredero, la Sultana Aratani, y su nieta mayor; la Sultana Naori. Las puertas se abrieron desde el exterior y si necesidad de orden alguna por obra de los leales jenízaros atestados al exterior, permitiendo así el ingreso del Príncipe Shisui que ingreso lentamente, clavando de forma inmediata su mirada en su madre, analizando su palidez y fragilidad, la tristeza que evocaba, así como la seguridad que jamás la abandonaba y que en cierto modo lo hizo sentir mejor, porque sabía que su madre lo protegería, creía d todo corazón en sus promesas.

El luto era la tradición más respetada y común del imperio como tal, sí que siempre se debían tener diferentes tipos de ropa de luto para diferentes ocasiones, más el luto siempre traía sobre si la imagen de la tristeza con su predominante color negro que variaba para las casas europeas, pero no para el Imperio Uchiha y su protocolo. La Haseki del Sultan portaba un riguroso pero sencillo vestido de seda negra, de escote cuadrado, mangas ajustadas hasta los codos y holgadas hasta cubrir las manos; sobre el vestido una chaqueta de igual color y material, sin mangas y que cerrada bajo el busto formaba un escote en V, cuya falda se creaba por si sola ya que la tela se abría bajo el vientre, los gruesos bordes que llegaban a abarcar parte de los lados del corpiño, los hombros, el centro del vientre y el dobladillo de la tela estaban determinados por un margen de encaje gris aperlado ribeteado en diamantes e hilo de plata, aportando una imagen siempre soberbia y poderosa, pero no con el usual motivo cotidiano. Su largo cabello rosado se encontraba perfectamente recogido tras su nuca, oculto por el largo velo color negro que sostenía la hermosa corona de oro sobre su cabeza, ribeteada en diamantes ámbar y emulando hojas otoñales y complementada por unos pendientes de oro y cristal en forma de lagrima. No menos de lo esperado en la mujer más poderosa del Palacio y el Imperio entero, pero igualmente triste de contemplar ante la desolación y melancolía que transmitía la hermosa pero angelical faz de la Sultana Haseki.

A muerte de un ser querido era irreprochable y por ende el luto se respetaba, pero ante la boda que debía de haber tenido lugar en una semana, el Consejo Real y el propio Sultan habían decidido que era prudente adelantar la celebración sin importar que el luto fuera igualmente predominante, por ello y resignada pese a su tristeza por la muerte d su muy querido tío, y contradictoria alegría por casarse con el hombre que idolatraba y amaba desde el primer momento, Naori se encontraba silenciosamente sentad a la derecha de su abuela, hermosa y encantadora como se esperaba que luciera una novia Imperial. El habitual color a lucir en una boda era el rojo, el color que representaba a la dinastía, pero esta vez y replicando su espíritu libre; Naori vestía de azul, unas hermosas galas azules de doble capa: escote recatado y cuadrado, mangas ajustadas hasta los codos que se volvían holgadas y semitransparentes hasta cubrir la mano, lo hombro, lo borde que delimitaba el centro de los laterales del corpiño, el escote y el dobladillo de la fa y su caída estaban ribeteado en encaje color perla ribeteado en diamantes que brillaban con el movimiento. Su largo cabello rosado—totalmente suelto—emulaba su virginidad, cayendo en perfecto rizo sobre sus hombro y tras su espalda, adornado por una corona de oro y diamantes ámbar que replicaba una estructura en forma de mariposa sobre una rama con flores de cerezo, que sostenía un velo azul transparente que cubría su rostro como dictaba la traición pero que no conseguía ocultar los pendientes de oro y cristal en forma de lagrima y la guirnalda de oro solido de la cual pendía un incomparable diamante en forma de lagrima que brillaba como si de un arcoíris se tratase. Perfecta.

Finalmente y sentada en triste silencio a la izquierda de la Sultana Sakura se encontraba la viuda del anterior Príncipe Heredero, la Sultana Aratani que se conducía con la misma dignidad que la mujer a quien consideraba su madre y a quien veneraba de todo corazón. Un sencillo vestido negro de escote corazón y mangas ajustadas hasta las muñecas—de cuello alto y transparente—cubría su femenina silueta, calzado su cuerpo por un cinturón de cadenas de plata con diamantes engarzados, y sobre este una bata o abrigo de tafetán ribeteado en encaje color negro que cubría su cuerpo a modo de chal y cuyas mangas acampanadas le brindaban un aspecto mayor al de la juventud que aparentaba. Su largo cabello castaño estaba perfectamente recogido tras su nuca, resaltando un par de pendientes de cuna de plata en forma de lagrima con un cristal homólogo en su centro, un largo velo cubría su cabello, sostenido por una corona de plata y ónix de estructura sencilla pero que tenía una serie de flores de diamantes sobre si, resaltando su feminidad. Intentaba consolarse, acariciando su sortija de matrimonio que no abandonaba ni abandonaría jamás su mano.

Con elegancia impoluta y una maestría insuperable, la Sultana Haseki se levantó del elegante diván, manteniendo sus manos cruzadas por sobre su vientre y avanzando apenas un par de pasos hacia su hijo que se hubo detenido ante su divina presencia. Sabia, como madre que era, que Shisui sentía miedo y estaba nervioso y estaba bien sentirse así, era de lo más normal…pero la diferencia del resto de las persona que pudieran sentirse así, era que ella se desviviría con tal de proteger a su hijo, caminaría sobre fuego, espinas y lava, aun estando agonizante, todo con tal de protegerlo. Nada la desviaría de su mayor responsabilidad; proteger al último hijo que le quedaba y garantizar que fuera feliz. No había sido nada de feliz llegar a aquel día y en parte le agradecía a la providencia el vivir lo suficiente como para ver a su hijo ascender a la gloria…pero siendo incapaz de olvidar lo mismo que aquello acarreaba; el poder significaba dolor y sufrimiento, el poder significaba infelicidad, el poder era un cruel espejismo que destruía las vidas de todos, y Sakura lo comprendía por experiencia propia.

-Hijo- saludo Sakura con una cálida sonrisa que desvaneció por completo los nervios de Shisui.

-Madre- reverencio, sonriendo con ligereza al verla.

Recordando el ademan de su difunto hermano Daisuke y, por deseo propio, Shisui sostuvo una de las manos de su madre, besado caballerosamente su dorso, tanto por el protocolo que podía resultar provechoso, pero más que nada porque eso le decía su corazón, era un buen hijo con quien era-por lejos-la mejor madre del mundo. No ansiaba la gloria el trono para sí mismo, pero si con ello le quitaba un peso de encima a su madre, estaba más que dispuesto a soportar lo que fuera, solo con estar junto a ella sentía que ya podría vivir en paz. Su padre seguía siendo el foco de su miedo, la posibilidad de que ordenase su muerte, pero esperaba que sus pensamientos estuvieran errados y que el futuro no permitiese más tragedias, quería formar su propia vida y sentir la misma alegría que su hermano Daisuke; tener hijos, verlos crecer y-Kami mediante-no presenciar sus muertes como les había sucedido a su madre, padre y hermano.

-No fue fácil llegar a este día, todos hemos perdido demasiado- aludió Sakura, incapaz de voltear y ver a Aratani que se sintió tocada por sus palabras y el consuelo que intentaban trasmitir, -Kami mediante no tendrá que volver a ocurrir algo así- oro con su cálido tono de voz, esperando ser escuchada, -pero mientras ese día llegue, seguiremos luchando- recordó, clavando su intensa mirada en Shisui que asintió en consonancia con sus palabras.

-Kami lo permita, madre- secundo el Príncipe, sin dilación alguna.

-Amén- asintió la Haseki.

Había sido paciente desde siempre, habiendo soportado las muertes de sus hijos y llorando en silencio, pero no permitiría que algo así volviera a tener lugar, preferí morir en vez de presenciar tanto horror una segunda vez. Nunca podría olvidar todo lo que había tenido que ver, vivir y soportar, pero debía ser tolerante, porque guardar rencores tampoco la haría más feliz, solo la haría más desgraciada y miserable, solo afectaría y truncaría más e porvenir propio y de quienes la rodeaban. Lo único que deseaba, de todo corazón, era que el Principado y-Kami mediante-Sultanato de su tesoro, de su Shisui estuviera lleno de paz y felicidad. Sufrir, en lo personal, ya era algo más que habitual para su persona, estaba acostumbrada al dolor y la pérdida, pero deseaba que su hijo no tuviera la desdicha de experimentarla, no se merecía ese destino. Shisui se merecía ser feliz y ella dedicaría cada día de su vida a ello, aun cuando tuviera que enfrentarse a Sasuke para hacerlo.

-Siempre estaré a tu lado, hijo, no lo olvides- pidió Sakura afectuosamente, entrelazando sus manos con las de Shisui.

Sus palabras eran un consuelo para Shisui a quien si bien le temblaban las manos, se hubo sosegado por completo ante el cálido tacto de las manos de su madre, sonriendo ligeramente ante su promesa, asintiendo a modo de respuesta. Con su madre estaba a salvo, y se dedicaría a intentar hacerla feliz, quería volver a verla sonreír como antes…


-¡Atención!, ¡Su Majestad el Sultan Sasuke y su Alteza el Príncipe Shisui!- anuncio Naruto, con voz potente.

La pérdida, la agonía y el sufrimiento eran inaguantables, fuera el caso que fuera, pero tristemente el prestigio Imperial y el deber significaba más y eran imperdonables, no podían evadirse, no importaba si se estaba muriendo por dentro, siempre había que cumplir con las expectativas y cumplir con el deber por más frívolo que sonase. Las puertas que conectaba el interior del Palacio al soberbio patio fueron abiertas por obra de los leales guardias, que hubieron permitido que el Sultan y el—ahora—Príncipe Heredero hicieran acto de presencia ante la atenta mirada de todo el ejército y las tropas del ejército Jenízaro, así como los Spahi, Pasha, Beys, Visires y Pashas que los hubieron reverenciado con solemnidad, rindiéndoles pleitesía abiertamente. La noticia de la muerte del Príncipe Daisuke era lamentable, insuperable e inolvidable, pero no se podía permanecer en el pasado para siempre, tal vez el Príncipe Shisui pudiera ser un buen Sultan en el futuro, eso solo lo diría Kami y el futuro que se cernía de ahora en más. No podían oponerse a los propios designios que demandaba y dictaba la providencia.

Que más hubiera deseado Sasuke que poder exteriorizar lo roto y agotado que se sentía, la energía que le quitaba de encima la muerte de otro de sus hijos, aquel que había sido el mejor candidato para sucederlo, pero debía ignorar esos sentimientos, lo que el Imperio necesitaba no era que se comportara como un hombre, padre o esposo; no, necesitaban que se comportar como un soberano, un Sultan, y no podía olvidarlo. Además de la infaltable corona Imperial, el Sultan portaba un riguroso y sencillo Kaftan de sea color negro, enlutado tanto por protocolo como por deseo propio, de cuello alto y cerrado por una serie de siete botones que iban desde el cuello hasta el abdomen, y mangas ajustadas hasta las muñecas, pero que pasaba practicante inadvertido por obra de elegante y enlutado abrigo de terciopelo plagado de estampados de hilo cobrizo que replicaban el emblema delos Uchiha, de mangas holgadas y abiertas desde los hombros con hombreras y cuello posterior hecho de piel, y perfectamente cerrado y ceñido a su cuerpo a la altura del abdomen por un fajín de terciopelo de igual color. Sin perder la rigurosidad que lo caracterizaba ni la autoridad de su temple, hubo ocupad su único e incuestionable lugar sobre el torno, esperando que—como dictaba la tradición y el protocolo—que su hijo hablase y manifestase la voluntad que algún día fuese a tener como futuro gobernante del Imperio y el Sultanato.

-Agradezco a Kami de todo corazón por haber visto a un ser tan insignificante como yo- oro Shisui para sí mismo.

Afortunadamente el tono en que Shisui había pronunciado esta petición o agradecimiento a la providencia era sutil, apenas y murmullo, de otro modo el ejército entero y muchos de los presentes se hubieran sentido confundidos por esta falta ante el protocolo que demandaba frialdad en un momento así. Sasuke vislumbro con reproche y de sola sayo el rosto de su hijo que efectivamente no parecía comprender el peso que todos ellos-el Imperio-tenían sobre sus hombros, un peso al que no podían ni debían renunciar. En lo alto de la torre de justicia, en el interior, la Sultana Haseki, sus hijas y aquellos más cercanos a su persona contemplaban todo en silencio, y Sakura en especial oraba porque Shisui pudiera fingir al menos, estaba dispuesto a hacer todo por él, pero necesitaba que él supiera fingir, de otro modo estarían perdidos. Irguiendo la cabeza y carraspeando inaudiblemente, el Príncipe Heredero entrelazo sutilmente la mirada con la de su madre, sabiendo que estaba observándolo, que estaba ahí por y para él.

-Yo soy el Príncipe Shisui- declaro sin titubeo, recordando la forma de hablar de su madre e intentando emularla lo más posible. -Les juro que, a lo largo de mi vida, seré misericordioso, generoso y amable con ustedes, este Imperio mantendrá su justicia, no se permitirá la opresión- juro para sí mismo así como para cada uno de los presentes, intentando no flaquear y grabándose a fuego estas palabras de forma inconsciente.

Tenía miedo, era joven e inexperto, sentía como si el peso del mundo fuese a destrozar sus frágiles hombros y sus nervios, no quiera le torno, no quería ser Sultan, no le interesaba el poder ni la gloria o el Sultanato, en lo absoluto; solo quería vivir estar junto a su madre hasta que Kami lo permitiese, solo quería tener la misma vida pacifica que había tenidos desde su nacimiento, ajeno a las responsabilidades gubernamentales que nada tenían que ver con él, pero la vida era un as que giraba y cambiaba el rumbo de las vidas de los seres que tanto ansiaban ser humildes y por lo mismo es que elegir no era una opción, jamás lo había sido. No había pronunciado esas palabra porque fueran propias de él, las había pronunciado porque era correcto y porque eso era lo que el pueblo quería oír, la misma paz que su madre garantizaría, esto hizo que los soldados de ambos regimientos y cada uno de los presentes se sintiera más que satisfecho, estallando en inmediatos vítores que simbolizaban un nuevo inicio para todo y todos; un futuro glorioso en los días venideros.

-¡Larga vida al Sultan Sasuke!

-¡Larga vida al Príncipe Shisui!

Desde la torre de la justicia, todo era contemplado en silencio, el silencio que evocaba la tristeza en cada uno de los presentes por el voluntario luto al que se sometían para así intentar calmar sus corazones y expresar o liberar parte de su dolor, justo como era el caso de las Sultanas Sakura y Aratani que llevaban el mayor de los pesos, habiendo perdido a un hijo-en el caso de Sakura-y un esposo-en el caso de Aratani-en una sola noche, algo que nunca podrían recuperar, una vida que apenas y había podido ser vivida, dejándolas a toda ellas y al Imperio en la cuerda floja, a expensas de la providencia y la justicia que Kami tuviera a bien ejercer sobre ellos. El mismo caso era la Sultana Mikoto que si bien era una especialista en camuflar sus sentimientos, por una vez parecía frágil como un cristal a punto de caer y romperse, con su figura ataviada por un sencillo vestido negro de mangas ajustadas hasta las muñecas cerradas al interior de las muñecas por tres diminutos botones de diamante, y de escote redondo, pero ligeramente en V; sobre el vestido una chaqueta de seda cubierta por encaje color negro que conformada un escote redondo—con hombreras y cuello posterior hecho de piel color negro—que era cerrado por cuatro botones de diamante hasta la altura del vientre bajo el cual se abría para exponer la falda del vestido inferior, y sin mangas. Su larga melena de rizos caía libremente tras su espalda por obra de una sencilla diadema de oro en forma de cintillo—que sostenía además un largo velo color negro que caía tras su espalda—que replicaba pequeños capullos de rosa, con una gruesa cadena que caía como una hamaca formando una V que dejaba caer una piedra de ónix en forma de lagrima sobre su frente a la par de unos sencillos pendientes de una de oro y diamantes en forma de lagrima con un par de ónix homologas en su centro.

Junto a su hermana mayor y tan formal como se esperaba que luciese se encontraba la Sultana Shina que por primera vez no se esforzaba en impresionar a nadie, sino en únicamente refleja el dolor que sentía mediante sus ropajes, como su madre y hermanas. Un sencillo vestido negro de seda color negro, escote redondeo y mangas ajustadas hasta las muñecas se calzaba a su figura, pero opacado por un chal o abrigo superior de tafetán negro sutilmente bordado en hilo cobrizo, cerrado bajo el busto formando un escote en V, mangas holgadas desde los hombros y que llegaban a cubrir las manos, así como falda abierta bajo el vientre. Su largo cabello rubio castaño—lejos de cualquier reproche—se encontraba perfectamente recogido tras su nuca y oculto por un lago velo color negro que era sostenido de una sencilla diadema de oro ribeteada en un sinnúmero de cristales y piedras ónix en conjunto de unos pendientes de cristal ónix en forma de lágrima.

Pero tal vez el caso más significativo y similar al de su progenitora no fuera sino el de la Sultana Sarada cuyo rostro pálido y carente de ánimo evocaba el inmediato amor de quien sea que estuviera próximo, acompañada por su hijo Izuna, que no se apartaba de su lado, siendo su absoluto respaldo como ella tanto lo necesitaba. Un sencillo vestido de gasa semitransparente cubría su figura, de mangas holgadas que llegaban a cubrir las manso, y cuello alto que se traslucía de igual modo, por sobre el vestido una chaqueta de seda ribeteada en encaje, de escote redondo, calzada a su figura, falda cerrada y detallada a la curvatura de sus caderas, muslos y piernas, y mangas cortas y ajustadas hasta los codos. Su largo cabello azabache estaba peinado en una elegante trenza que se recogía tras su nuca, oculta por un largo velo color negro sostenido por la sencilla corona de plata y ónix sobre su cabeza que emulaba una estructura ascendente, a juego con unos pendientes de cuna de plata y diamantes en forma de ovalo con un cristal ónix homólogo en su centro.

Ya solo le quedaba un hijo, era consciente de ello y se juraba a si misma el protegerlo con su vida, el morir de la peor de las formas existentes de ser necesario con tal de mantener a salvo a Shisui, de garantizar que su hijo tuviera un futuro seguro, ya sea como Sultan o no, pero el dolor que sentía era demasiado grande, al estaba carcomiendo por dentro, la devastaba minuto a minuto. Por más pensativa que se encontrase por proteger a Shisui, no podía sacar a Daisuke de su mente; su sol, su león, su Sultan victorioso. Te han separado de mi lado hijo mío, has hecho que el cielo y la tierra lloren por tu ausencia, al igual que mi corazón y mi alma, no existe nadie en este mundo que pueda ocupar tu lugar, pensó la Haseki con tristeza, sin poder hacer nada para evitarlo, cerrando los ojos e intentando mitigar en solitario su propio dolor, pero resultaba algo casi imposible pese a su experiencia. Y el vacío que dejaste en nuestro corazones nunca podrá ser llenado por nada ni nadie, las alas de todos los ángeles que batían fulgurantes…han perdido su brillo, y el día de hoy todos derraman sus lágrimas por ti, el dolor que siento por perderte es tan inmenso que siquiera tengo fuerzas para llorar, de lo contrario le demostraría a todo el mundo lo que significa morir junto a un hijo, porque te has llevado todo de mí…

Se sentía débil, frágil como una hoja que se llevaba el viento, y aun cuando se encontrase frente a la ventana, acompañada de sus hijas, hubo de recurrir a apoyarse ligeramente en el barandal de esta al sentirse al borde de un desmayo, inmediatamente socorrida por Sarada a Izumi que se observaron con preocupación, así como Shina y Mikoto tras ellas. La pequeña Hanan, sujetando la mano de Kin, se sobresaltó y pensó acudir junto a su madre, pero no sabía si estaba bien. Mi león, mi sol, mi Príncipe, mi Sultan…dejaste este mundo tan repentinamente que el imperio y la felicidad han sido destruidos para mí, ya no volveré a sentir alegría porque te arrebataron de mis brazos, se zafo lentamente del agarre de Izumi y Sarada, haciéndoles saber que estaba bien, pero Tenten supo que no era así, no solo la enfermedad la afectaba más cada día, sino también su propio dolor que solo contribuía a empeorar su delicada condición. Mi amado hijo, siempre te vieron como a un futuro gobernante…pero para mí siempre fuiste un glorioso Sultan al que solo en mis anhelos y sueños veré como el gobernante absoluto del mundo, Sakura inspiro sutil pero profundamente, apretando los ojos para contener toda lagrima que deseara liberar, porque ese no era el momento adecuado para ello. Si llorara en este momento, podría desatar una tempestad, por eso lo mejor es que dejar que mi corazón llore y sangre en secreto…derramar lágrimas no es suficiente para quitar el dolor que siento a cada momento, sintiendo que muero, ahogándome y pensando en tu nombre.

Quería sufrir, quería gritar, quería llorar, quería expresar cuan herida se sentía en realidad sin que nadie tuviera motivo para silenciarla, pero eso era imposible. Su condición como miembro de la familia Imperial y Haseki del Sultan le demandaba el sacrificio de su propios sentimientos, de su independencia e individualidad, de su ser. No había probado bocado alguno desde la noche anterior, tampoco había bebido nada más que la medicina y solo porque Tenten había sido muy insistente. Deseaba simplemente dejarse morir, pero no era lo bastante cobarde ni tonta para dejar a su hijo solo en un momento tan crucial; debía estar ahí para él. Afortunadamente no tenía por qué hablar, no con Tenten presente y que sabía que era su deber representar su voluntad en ese momento, en ese momento en que le faltaba la voz.

-Kami acompañe a nuestro Príncipe, Sultana- oro la leal servidora y amiga de la Sultana Haseki que hablo en su nombre, sabiendo perfectamente que apenas y tenía fuerzas o voluntad para hablar.

-Amén, Tenten, amén- secundo Mikoto, preocupada por la tristeza expresada en el semblante de su madre y el preocupante silencio que mantenía.

-No podemos olvidar que nosotras somos el único apoyo de Shisui, sin excepción- recordó Izumi, que no apartaba su mirada de su mellizo que permanecía de pie junto al trono Imperial, orando silenciosamente por él.

Su madre era una mujer indiscutiblemente fuerte, y vaya que todas ellas lo sabían por haber heredado su mismo carácter sin quebranto alguno, pero por causa de lo mismo es que sabían que esto era una espada de doble filo, porque esta seguridad y fortaleza era un engaño; por dentro todas, en especial su madre, eran frágiles como cristales a borde del abismo. Ellas solo habían perdido a su hermanos, su madre por otro lado había sido arrancada de su hogar a muy temprana edad, había perdido a sus padres y hermanas, a sus hijos, a sus nietos…a todos en el Imperio de les sorprendía que pudiera seguir en pie, nadie, absolutamente nadie más soportaría tanto sin un motivo aparente…pero lo había, ese motivo era el Imperio y el futuro que aguardaba a las siguientes generaciones, ¿Por qué luchar si ellos eran seres terrenos que morirían? Porque algún día alguien más los sucedería y e inspiraría en ellos para lograr victorias mayores, tal vez no pudieran hacer lo mismo que ellos y sin la sangre fría que ellos tenían, pero serian el foco de elogios, serian leyendas.

-También tenemos de nuestro lado a Naruto, eso nos garantiza la autoridad necesaria- menciono Sarada para sorpresa de todos os presentes salvo su madre que ya sabía lo que iba a decir, ella misma se lo había dicho anteriormente. -Su Majestad ha decidido que el puesto anteriormente empleado por Kisame Hoshigaki Pasha como Visir, ahora pertenezca a Naruto Uzumaki- se expresó la Uchiha, observando al aludido por entre el enrejado de la ventana, sonriendo ligeramente satisfecha.

-Es una señal- vaticino Shina, desviando su mirada hacia el exterior, sonriendo para si al ver la cercanía del Uzumaki con el trono, y todo gracias a la lealtad que les guardaba, -el camino se abre para nosotras y nuestros aliados se multiplican- añadió orgullosa y segura.

Lo sentía, podría respirar tranquila eta vez y todo gracias a la decisión que Sasuke—consciente o inconscientemente—había tomado y que le permitiría mantener a salvo a Shisui con más facilidad; Kakashi, Konohamaru, Boruto, Mitsuki, Abaza Tekka y ahora Naruto, sus aliados más poderosos alcanzaban la gloria y eso continuaría sucediendo, arrinconaría a sus enemigos y destruiría a los opresores, se sacrificaría a si misma de era necesario pero su hijo, su tesoro; su Shisui, no correría los peligros y amenazas que si habían tenido que soportar Baru, Itachi, Kagami, Rai y Daisuke. Sasuke se había acercado a ella, había estado ahí para reconfortarla, ambos se habían apoyado el uno al otro en el momento de mayor dolor que podían haber imaginado, pero eso no cambiaba nada, Sasuke seguía siendo un enemigo con que lidiar y si ella no delimitaba los riesgos, nadie más lo haría. Aun albergaba esperanzas de que todo volviese a ser tal y como había sido en su día, siempre lo haría, pero su Shisui la preocupaba mil veces más. Sus sentimientos como esposa habían pasado al plano menos importante, todo lo que quería era ser una madre incondicional para Shisui y lo seria, al precio que fuera y pasando por encima de quien sea que tuviera que pasar.

-No se confíen- hablo Sakura finalmente, con su voz quebrada y hecha un nudo doloroso, -ahora empieza la guerra realmente- dicto, apretando los puños hasta herirse la palma e las manos con las uñas.

No volvería a permitir la muerte de otro de sus hijos.


1641/5 años después

El tiempo había pasado con más rapidez de la que los habitantes del Palacio lo hubieran considerado posible. El tiempo curaba todas las heridas o eso es lo que se creía y quizá fuese así, no se podía olvidar pero el paso del tiempo había hecho más tolerante el sufrimiento, el Príncipe Shisui se había mantenido alejado de la política a pesar de su nuevo rango, dedicándose únicamente a procrear a más sucesores que pudieran heredar el trono en el futuro ya fuese que el fuera Sultan algún día o no, habiendo engendrado tres hijos y dos hijas de sus tres Sultanas. El Sultan se había dado por vencido a imponerle cualquier responsabilidad demasiado demandante, o al menos se decidía a ignorar los deslices de su hijo mientras su Haseki, la Sultana Sakura, se encargaba de administrar la corte, el Harem y cumplir incluso con las funciones que le correspondían a Shisui. Con todo en orden, hasta hora, era imposible discutir, o al menos así habían pasado los años en que el Sultan y su Haseki parecían volver a estar próximos, como si nada. La cocina del Palacio era el puto de mayor ajetreo aquel día, el Príncipe Shisui había acudido a una fiesta de compromiso días antes y ahora regresaría al Palacio, y la Sultana Sakura había ordenado que le fuera preparado un recibimiento más que digno de cualquier Sultan, coa a la que el Sultan Sasuke no había objetado en lo absoluto. Tenten ingresaba a la cocina por décima vez en menos de una hora, impaciente al ver que Karui—la chef—no terminaba de preparar la comida para el banquete que sucedería en el jardín.

-Karui, ¿Por qué tardas tanto?- rebatía Tenten, reiterando aquella pregunta por Kami sabía que vez. -La Sultana Sakura quiere que todo esté listo a tiempo- apresuro con un actuar casi dictatorial pero debidamente firme.

-Deja ya de presionarme, Tenten, no saldrá mejor si me apresuras tanto- se quejó la aludida, terminando de condimentar la comida mientras dirigía a sus ayudantes que servían los postres y otros que terminaban de cocinar la carne.

-Menos cháchara y más trabajo- apremio la pelicastaña, chasqueando los dedos, no esperando meno que la excelencia y perfección como siempre, deseando complacer a su Sultana.

La enfermedad de la Sultana Sakura no remitía, su salud no era mejor en lo absoluto, de hecho distaba de ser buena, y por lo mismo es que Tenten era tan exigente, quería que cada momento que viviera su Sultan fuese el mejor, memorable y único, y si debía presionar u hostigar a cada sirviente del Palacio para que eso sucediera lo haría sin importar nada. Uno de los sirvientes de confianza de la Sultanas ingreso en la cocina, vistiendo debidamente en su calidad de sirviente pero no por ello ostentando menos importancia, su nombre era Hiroshi, era el sirviente de confianza y el mayor aliado de la Sultan Takara, sus ojos y oídos, su informante e intermediario, aquel que representaba su voluntad. Estaba en la cocina por una razón y no tardo en acercarse a unas de las asistentes de cocina que estaban libres y que podía cumplir con la indicación que traía de manos de la Sultana Takara.

-Prepara un servet para la Sultana Takara- índico Hiroshi, la mujer asintió en el acto, procediendo a acatar su orden.

-Escuche que su alteza llegara solo de Otogakure, ¿es cierto?- consulto Temari bebiendo tranquilamente

-Ni preguntes, trae a una mujer con él, nuevamente- contesto Shikamaru, degustando otro trozo de pastel.

Sentados frente la mesa en que se colocaban los postres, pasteles, dulces, carne, platillos de todas las clases y demás, se encontraban Shikamaru y su esposa Temari que disfrutaban de su único momento libre, almorzando ya que o tendrían permitido hacerlo durante el banquete, gozando del favoritismo de Karui que había preparado de antemano un poco de comida para ellos y Choji que ya se había retirado a cumplir con sus deberes y a quien había despedido con un beso. Shikamaru y Temari estaban habituados a la idea que era lidiar con los gustos del Príncipe Heredero que—en ocasiones—legaba a traer una mujer al Palacio sin que perteneciera al Harem o que fuera esclava, haciendo más que evidente que cuando veía a una mujer y esta le gustaba…era enserio. La última mujer que había tenido tal honor era Akiko que si bien no había llegado junto al Príncipe, había sido reclamada por él que había enviado órdenes muy estrictas y especificas del tipo de mujer que estaba buscando. Pero y si bien Akiko era simpática, no era para nada la clase de mujer que se hubiera esperado tener en el Harem. Afortunadamente nunca daba problemas. Las palabras de aquel matrimonio capturo la atención de Hiroshi que inmediatamente hubo pensado en la dignidad de la Sultana Takara, la Haseki del Príncipe Shisui.

-¿Mujer?, ¿Qué mujer?- indago Hiroshi, sin contener su curiosidad.

-Genial, lo que me faltaba- regaño Tenten, incrédula ante el desatino y despreocupación de todos sus compañeros de trabajo, -Hiroshi, regresa ya con la Sultana Takara- indico exasperada, recibiendo únicamente un asentimiento de parte del aludido que solo fingió apresurarse, necesitaba más información con respecto a esta "nueva mujer", -Shikamaru, Temari, ya, a trabajar- ordeno con los nervios ascendiéndole a niveles estratosféricos.

-Sigue así y te apodaremos "Tenten, la terrible"- bromeo Shikamaru que no perdía su sentido del humor pese al transcurrir del tiempo sobre su persona.

-Danos unos minutos, déjanos terminar de comer- replico Temari que disfrutaba de su bien merecido descanso, habiendo trabajado toda la mañana sin haber probado bocado.

-Está bien- gruño Tenten, retirándose.

No pensaba exigirles demasiado a quienes eran sus amigos, y por lo mismo es que se hubo dado por vencida, más que dispuesta a regresar a su debido lugar; junto a al Sultan Haseki que—asistida por sus doncellas—debía de estar arreglándose para la celebración que tendría lugar. Todos aquellos pocos que eran conocedores de la enfermedad de la Sultana Sakura siempre se esforzaban por encima de su propio máximo, intentando ayudarla, conocedores de que el tiempo solo la hacía empeorar irremediablemente, ninguna de las Sultanas o Príncipes, muchos menos el Sultan, sabia de la inminente desgracia que se cernería sobre el Imperio si la Sultana Haseki moría, pero hasta que ese triste día no llegase, todos aquellos cercanos a ella vivirían por serle leales y por intentar hacer su vida un poco feliz cuando menos. Ya sin impedimento alguno para saciar su curiosidad, Hiroshi se acercó velozmente a la mesa donde estaban Shikamaru y Temari que levantaron la mirada al verlo.

-¿Y bien?, ¿De qué mujer hablan?- volvió a indagar Hiroshi

-Lo de siempre, su alteza vio a una mujer y le gusto- contesto Temari narrando todo de forma escueta pero secuencial.

-Y la traerá al Palacio- añadió Shikamaru.

Desde la llegada de Akiko había transcurrido a lo menos medio año, se esperaba que algo así no volviese a suceder ya que había muchas mujeres hermosas en el Harem, todas y cada una de ellas dispuestas a complacer al Príncipe Heredero, el único hombre del Imperio que era elegible y que podía desviar la mirada hacia las encantadoras mujeres que residían en el Harem, pero no era eso lo que indignaba a Hiroshi, de hecho, para él ya fuera una mujer del Harem o fuera del Palacio…le resultaba igual, pero no quería que la Sultana Haseki se viera desplazada, la Sultana Takara no se merecía eso. Primero había flaqueado pro la Sultana Seina que se había embarazado meses después de ella, y luego por la Sultana Masumi que se había embarazo un año después, ambas mujeres habiendo alumbrado Príncipes, y luego Akiko que si bien no era una Sultana pero que era tratada como favorita. Afortunadamente la Sultana Haseki del Príncipe Heredero estaba por encima de cualquier mujer del Harem, eso era más que obvio.

-No puedo creerlo- murmuro Hiroshi, preocupado por la Sultana Takara.

-Kami mediante no será como Akiko, no podemos saciar su apetito, acabara por comernos a nosotros- bufo la rubia que en incontables ocasiones se había quedado sin paciencia por causa de la favorita del Príncipe

Shikamaru solo pudo reír ante sus palabras, porque no era una exageración en lo absoluto, tener una mujer con tal apetito en el Harem no era una bendición, era una maldición porque no sabían cómo saciar su apetito, y pensándolo bien y de ese modo es que Temari lo imito, reconociendo que todo lo referente a Akiko en el Palacio era motivo de risa. Pero dicha burla y alegría no era compartida por Hiroshi que mentalmente se cuestionó que decirle a la Sultana Takara o de qué forma minimizar el golpe. Intentando pensar en ello, Hiroshi recibió de manos de la criada una pequeña bandeja sobre la cual se hallaba una copa de cristal, plata y oro que contenía el servet.

Debía ser sincero con la Sultana Takara, o eso es lo que suponía ser lo más correcto.


Los años habían beneficiado a todos, pues pese a tantos sufrimientos el propio Sultan podía casi contemplarse con soberbia y seguridad ante el espejo, aparentando cuanto mucho cuarenta años, terminando de vestirse apropiadamente, asistido por el Hasoda Basi; Suigetsu Hosuki. Desde la madrugaba llevaba tratando toda clase asuntos de estado como acostumbraba a hacer, pero para la festividad que sucedería era casi reglamentario cambiarse ropa, o eso dictaba el protocolo en que se debía cambiar de atuendo tres veces seguidas, y eso era el mínimo. Pero todo eso eran detalles austracistas credos desde que el Imperio había nacido como tal, regido por la familia de los Uchiha, originalmente unificada mediante el ya extinto clan Otsutsuki, cambiar el orden frívolo de tales cosas banales no tenía sentido. Era mejor pasar de ellas y tolerarlas, porque a Sasuke en lo personal no le agradaba tener que regresar a sus aposentos con el fin de cambiarse por segunda vez aquel día.

Se trataba de—por sobre la usual túnica de seda color negro, de cuello alto y mangas ajustadas hasta las muñecas—un elegante y magnifico Kaftan gris oscuro bordado en hilo de plata, de aspecto metálico; cuello en V cerrado a cinco centímetros bajo la altura de los hombros, por cuatro botones de diamante entrelazados por cadenas de pata, hombreras y cuello posterior de terciopelo color negro, mangas hasta cinco centímetros por sobre la altura de los codos, abiertas en los costados y levemente cerradas por cadenas de plata, con mangas posteriores que oscilaban tras los brazos como lienzos, y una caída elegante que permitía la visualización de las botas de cuero color negro que usaban, todo el conjunto cerrado por un fajín de terciopelo color negro. El evento que tendría lugar no era menor importante, se trataba de una festividad, y por más serio que fuera su modo de vestir, no pensaba ser menos en un día tan importante, ya ansiando contemplar a su esposa y ver con orgullo como capturaba las miradas de todos a su alrededor con su insólita a incomparable belleza que no flaqueaba ni por un solo momento.

-¿Otra mujer?- más bien afirmo Sasuke, no sabiendo si sentirse extrañado o bien habituado a este suceso

-Si, Majestad, aparentemente estaba comprometida- menciono el Hosuki.

La monogamia era algo imposible de pedir los hombres pertenecientes a la dinastía, y eso bien lo entendía Sasuke que había levantado mucha controversia al tener solo una Haseki, una única mujer, porque la difunta Naoko nunca había entrado en una categoría supuesta siquiera, pero su hijo Shisui estaba más que dispuesto a seguir asiduamente esta práctica, con tres Sultanas a quienes volcar su atención, tres hijos y dos hijas, una favorita y un Harem que—casi por completo—que suspiraba por él. ¿Qué necesidad tenía para buscar más mujeres? Sasuke al menos no conseguía entenderlo, sabía que su elección de permanecer fiel a Sakura significaba que no podría tener más hijos, pero no le importaba, jamás podría imaginar siquiera compartir su vida, su existencia o su cama con otra mujer. No existía otra mujer más hermosa, más pura y sincera, más dedicada y amable y que pese a todos los golpes vividos se mantenía hermosa e imperturbable, porque el tiempo no pasaba para ella, era como si aún fuera el primer día en que la había visto y nunca dejaba de sorprenderlo su belleza y su autenticidad.

-Kami, los disgustos que Shisui me provoca acabaran matándome- mascullo el Uchiha, bufando para sí mismo, pero forzándose a ser paciente con los deslices de su hijo y su fijaciones por mujeres que nada tenían que ver con el Palacio y a quienes al final se veía forzado a aceptar que permanecieran allí, -no quiero problemas, ¿está claro?- dictó, inamovible. -Ya hemos lidiado con bastante, encárgate de que esa mujer no cause revuelo en el Harem- ordeno al Hasoda Basi que lo reverencio de inmediato a modo de respuesta.

-Si, majestad- confirmo Suigetsu.

Akiko le era indiferente, Masumi y su conducta irreprochable merecían todos los elogios, aún más cuando el único hijo de ella y Shisui había sido nombrado en su honor, casi como el presagio de un segundo Sultan Sasuke, Seina al igual que para Sakura era muy favorecida a sus ojos, su actuar dulce y su permanente conformismo y buen humor la apegaban al antiguo canon que había sido instruido por la Sultana Sanavber, la madre del Sultan Baru I, y por lo mismo es que Sakura y él habían coincidido y nombrado el hijo de ella y Shisui como Hashirama en honor al magnifico gobernante del Imperio, el mayor de los Sultanes. Y luego estaba Takara, Sasuke debía se reconocer que había confiado en ella desde el primer momento, era inteligente, astuta, cauta, precavida, cariñosa y muy valiente,, por obviar lo bella que era indudablemente, por lejos era su predilecta de entre las Sultanas de su hijo. No podía pedir que la mujer que trajera Shisui superase sus expectativas, era consciente de ello.

Solo podía esperar que esta nueva mujer no trajera problemas.


Las flores del Palacio habitualmente era una alusión ara elogiar a las bellezas del harem, a las concubinas, a las odaliscas, a las favoritas y a las Sultanas, ya fuera de sangre real o por haber alumbrado a Príncipes, pero lejos de esta parafernalia, cuando una mujer del Palacio—más enfáticamente una Sultana—mencionaba o pensaba en la palabra flores, era precisa y físicamente aquello y Takara lo corroboro, sentada sobre el diván frente a su tocador, siendo agasajada y arreglada por sus doncellas, más contemplando con serenidad las rosas rojas que estaban colocada en un elegante jarrón dorado con joyas incrustadas sobre su tocador, y cuyo dulce perfume aspiraba amenamente. Sobre la mesa, tras el tocador y tras la Sultana Haseki del Príncipe Heredero, se hallaban dispersadas una serie de hermosas joyas, tocas seleccionadas para que la encantadora Sultana las usase, una de las doncellas dispersaba incienso por la habitación, tal y como indicaba la costumbre para la buenaventura, embriagando la estancia con aquel celestial y floral perfume. Otra de sus doncellas, de pie tras ella, terminaba de rizar su cabello naranja, habitualmente liso mientras su compañera impregnaba el cuello de la Sultana con un suave perfume de esencia de jazmín.

Takara se sentía plena y serena en el poder, no prestando protesta alguna en tanto una de las doncellas pidió su mano izquierda, colocando en su dedo anular una sortija de oro cuyos bordes ovalados eran adornados por diamante y en el centro se encontraba un topacio cortado y pulido en forma ovalada en el centro de aquella cuna. Se mantuvo imperturbable frente al espejo mientras terminaban de maquillarla muy escasamente, con la naturalidad que tanto requería ser una mujer joven y hermosa que exponía su deslumbrante faz al mundo, aceptando con solemnidad la corona que fue puesta sobre su cabeza. La gloria del Sultanato era al que le fascinaba, entre más poder viera y tuviera a su alcance más feliz era. Esa era la vida más perfecta que hubiera podido llegar a imaginar en su humilde pasado como una simple plebeya ucraniana traída al Palacio por formar parte del Harem y que ahora era una de las mujeres más poderosas del Imperio. Los guardias jenízaros fuera de la habitación abrieron las puertas sin dilación, permitiendo a Hiroshi ingresar en la habitación, maravillándose con la visión que significaba la Sultana Haseki, teniendo que esforzarse por no perder la visión del entorno y tropezar, manteniendo en su lugar un perfecto equilibrio, sosteniendo la bandeja que contenía el servet.

-Sultana, traje un servet para usted- señalo respetuosamente.

-Gracias, Hiroshi- sonrió Takara.

La sonrisa no desapareció del rostro de Hiroshi mientras dejaba la bandeja sobre el tocador, observando serenamente la Sultana que tomo la copa y bebió recatadamente para aclararse la garganta, sonriéndole como respuesta ante la amistad que llevaban años compartiendo y que los hacia guardar una sincera amistad entre sí. La Sultana Takara era, a entender de Hiroshi, la mujer más bella del Palacio, siempre destacando pro su juventud y aparente perfección, siempre impresionaba a todos, sobre eso no existía duda alguna, más en ese momento—de pie frente a la Sultana Takara que lo observo un tanto confundida por su mirada—sabía que faltaba un detalle para que luciese totalmente perfecta y sabía que detalle era ese. Hacia un tiempo atrás, por el nacimiento de la Sultana Seramu, la muja menor de la Sultan Takara, el Sultan Sasuke le había obsequiado a la Sultana un collar muy valioso, ordenado especialmente al orfebre de la corte y que en ese momento resulto la pieza perfecta con que alagar en demasía y magnificencia a la Sultana Haseki.

-Destella su hermosa, Sultana- contemplo Hiroshi, embelesado, -pero…le falta algo- pronuncio, visualizando aquello que la haría lucir aun más perfecta y magnifica de lo que ya era.

Intrigada por su opinión, que siempre tenía fundamento, Takara aguardo, viendo por el reflejo del espejo como Hiroshi se dirigía hacia el levador junto a la elegante cama, donde se hallaba un pequeño cofre de caoba bañado en plata y que no dudo en abrir, tomando el collar que se hallaba en el interior. Una cadena de perlas simplemente perfecta conformaba la estructura que sostenía un dije de escamas de plata que replicaba ale emblema Imperial de los Uchiha, en el centro un diamante que brillaba como si de un arcoíris se tratase y de los bordes del emblema del abanico pendían en total cinco sarcillos de plata que sostenían cristales en forma de lagrima, una creación hermosa incalculablemente halagadora que Hiroshi no dudo en colocar alrededor el cuello de la Sultana, cerrando sin titubeo el broche, observando como el talle del collar era absolutamente magnifico, calzando a la perfección la curvatura del cuello la Sultana que, sentada frente al tocador, no dudo en su gusto estético ante aquella elección, sonriendo a la vez que posaba su mano sobre el dije que representaba a la dinastía y lo que era; una Sultana.

-Ahora si luce magnifica- sonrió Hiroshi, observando el reflejo de la encantadora Haseki.

-Cuanto me conoces- felicito Takara, sonriendo radiante y acariciando el dije del sublime collar.

-He estado junto a usted desde el primer día en que llego a este Palacio, Sultana- rememoro Hiroshi, quitándose esmero y desacreditando sus logros personales, únicamente ensalzándola a ella, -claro que la conozco- menciono con veneración a quien no solo era su Sultana, sino también su mejor amiga y su mundo.

Takara se observó con tolerada vanidad frente al espejo, siempre dispuesta a impresionar a quien la viera, cautivando las miradas de todos, intentando ser tan elogiable como la Sultana Sakura quien tenía sobre si la mirada más importante de todo el Imperio; la mirada del Sultan Sasuke. Un encantador vestido de seda azul cubría su cuerpo, de mangas ajustadas hasta las muñecas, de escote cuadrado y ribeteado en encaje decorado con diamantes en el contorno de escote, en los hombro, los lados del corpiño cuyo centro estaba hecho de seda celeste grisáceo así como la falda que se dividía en dos, una capa inferior—color celeste—y una superior cuyos bordes, dobladillo y contorno estaban ribeteados en el mismo halagador encaje, y cuya tela estaba bordada en hilo color zafiro que creaba un impresionante contraste gracias a la luz, con una especie de cola o estola que se formaba e la espalda y que oscilaba tras ella. Su largo cabello naranja, peinado en encantadores rizos caía sobre su hombro derecho levemente recogido en una especie coleta, resaltando de cualquier forma un par de largos pendientes de plata, diamante y cristal con dijes en forma de flor de jazmín, intercalados en vertical hasta casi llegarle a las altura de los hombros, y sobre su cabello una hermosa corona de plata recubierta por diamantes, ónix, zafiros y topacios, creando una estructura en ascensión que emulaba capullos de rosa y diminutas flores de jazmín.

Sin necesidad de órdenes, las puertas aledañas a sus aposentos y que conectaban con la habitación de sus hijos fue abierta por las doncellas que allí residían y que se encargaban esmeradamente de su cuidado, y a quienes Takara volteo a ver con una sonrisa en el rostro, levantándose del tocador y alisándose sutilmente la falda. Ahí estaban sus dos hijos, su vida y su razón de existir; Itachi de casi cinco años cuyo atractivo y encanto era incuestionable, y Seramu de apenas un año, una bebé preciosa a sus ojos y que en el futuro sería una joven aún más encantadora. Itachi por su parte había heredado las habituales y nobles características del linaje de los Uchiha; piel clara como el alabastro, ojos de profundidad intensa e inmensa, y semejantes a dos ónix y cabello azabache, por no mencionar el valor que siempre tenía y que nunca lo hacia guardar silencio, en el mejor de los sentidos Por otro lado, Seramu había heredado su mismo tono de piel blanquecino y marfilado, con los miso orbes ónix de su hermano pero cabello castaño anaranjado que denotaba su herencia materna y sus matriarcales origines ucranianos, más no haciéndola parecer una extrajera, sino que haciéndola ver tan única y perfecta como solo ella podía serlo.

-Itachi, mi Príncipe- arrullo Takara, inclinándose hasta hallarse a la altura de su hijo a quien el acaricio el rostro, -¿desayunaste bien?- consulto maternalmente

-Si, mamá, comí todo- contesto el pequeño, sonriéndole a su madre, la mujer más bella del mundo a su entender.

-¿Le ocurre algo a Seramu?, se ve pálida- se preocupó la Sultana, irguiéndose para prestar atención a su hija, jugando los pequeños rizos anaranjados de su pequeña.

-En lo absoluto, Sultana, gracias a Kami está bien- sosegó su doncella que siempre se encargaba de la salud y cuidado de la pequeña bebé.

-Prepárenlos para el banquete- ordeno Takara, besando la frente de pequeña a modo de despedida y acariciando los cabellos de su Príncipe que se abrazó a su cintura.

Despidió con su mirada y una sonrisa a sus hijos que hubieron sido escoltados fuera de la habitación, por sus doncellas, maravillada por la forma en que crecían y como la enorgullecían cada día más. En un Palacio como aquel, fiarse de los amigos no era sensato porque la lealtad podía ser vendida y comprada, pero si amaba a alguien con todo su corazón ese alguien eran sus hijos, tanto porque eran su sangre y habían nacido de ella, como por el conocimiento que tenia de que ascendería mediante ellos, si Shisui era Sultan algún día Itachi sería el heredero del Sultanato y siguiente Sultan, Seramu sería una Sultana poderosa, ¿cómo no ver la inmensa gloria que se abría y extendía para ella cada día? Su futuro está ahí, en ese Palacio, y su destino era la grandeza más absoluta, no dudaba de ello. Takara espero hasta que las puertas se hubieron cerrado tras sus hijos y hubiera estado segura de hallarse a solas con Hiroshi para admitir que había algo que quería decirle, si Hiroshi se jactaba de conocerla, ella lo conocía igual de bien a él y había algo que no le estaba diciendo.

-¿Qué quieres decir, Hiroshi? Es obvio que sucede algo- evidencio Takara, dándole carta blanca para expresar lo que hiciera falta.

Por más que las doncellas de la Sultana fueran leales o aparentasen serlo, Hiroshi quería hallarse a solas con la Sultana para decirle lo que el Príncipe Shisui había decidido hacer, por lo mismo y bastando una sutil mirada suya es que todas las doncella presentes en la habitación no hubieron tardado en entender su orden y salir ágilmente del lugar bajo la atenta mirada de la Sultana Takara que ya de por si comprendió que algo malo sucedía ante esta acción que pocas veces—por no decir ninguna—tenía lugar. Se respiraba paz en el Palacio, paz gracias a las responsabilidades que el Sultan Sasuke y la Sultana Sakura llevaban sobre sus hombros, pero Takara de todas formas—y pese a las pocas circunstancias en que sucedieran—estaba habituada a las malas noticias y a los conflictos, manteniendo a raya a Seina, Masumi y Akiko, batallando por la autoridad cortesana que tenía y merecía engrandecer por el bienestar de sus hijos y en pro de saciar su propia ambición sin límites.

-Su alteza, el Príncipe Shisui, ha traído a una mujer con él desde Otogakure- soltó Hiroshi, bajando la mirada por temor a ver el dolor en la mirada de la Haseki de Príncipe Heredero.

Siempre había algo nuevo que esperar en ese Palacio, un nuevo golpe, una nueva infidelidad de Shisui que veía a otras mujer, in dudas en engañarla e ignorarla, pero estando donde estaba, Takara tenía con quien quejarse, en quien buscar explicaciones, y con eso debía contentarse, o al menos por ahora, manteniendo su dignidad. Fue visible, por una fracción de segundo, que la noticia de esta infidelidad o fascinación de Shisui hería a Takara, pero apenas y duro un instante antes de que la Haseki solidificase su mirada y mantuviera la frente en alto, como si nada ocurriese, porque sabía que el sentimentalismo no servía de nada. Si aspiraba a lograr tanto como deseaba los sentimientos no tenían espacio en su vida...

Solo si le eran útiles.


El Harem desde siempre había sido una institución, un símbolo de que detrás de ese poder y autoridad que había para gobernar no se era realmente libre, cada mujer ansiando ocupar un lugar en el lecho del Sultan o del Príncipe, y de tener ese honor y esta embarazadas, orar continuamente; que sea niño, que sea niño y si es niño que llegue al trono. La única tarea de una mujer en el Harem que fuese favorita, era alumbrar un hijo varón y, una vez ostentando el rango de Sultana, criar y educar al Príncipe hasta volverlo alguien poderoso mediante la educación que la misma mujer había recibido en el Harem, desde su llegada hasta que un hombre de importancia—el Sultan, el Príncipe, los Pashas o Visires—se sintiera cautivado por ella. Pero del mismo modo el Harem también era un institución educativa y regida por leyes que contaba con todo cuanto fuese necesario para educar a las jóvenes que habrían de ser Sultanas, sirvientas o la esposa de algún Pasha o Visir.

Después de la Sala del Consejo Real y el patio en que tenía lugar los divanes abiertos, el Harem era una de las áreas más grandes de todo el Palacio, había maestros, sirvientes y demás, con un promedio de 20 o 30 habitaciones que correspondían al pabellón de las concubinas vírgenes, un área especial para las favoritas, y otra área aledaña para las encargadas del Harem y la administradora del tesoro, quienes tenían sus propios aposentos, privados e individuales, mientas que el resto de las mujeres del Harem compartían habitación entre sí. Además los nombres de las mujeres no se registraban si no era Sultanas, ese era el lado más despiadado del Imperio Uchiha, la esclavitud y la marginación de la clase o elite más alta hacia aquello que eran débiles o inferiores. Las mujeres no tenía la misma versatilidad u opción de los hombres, no podían ocupar cargos públicos de excelencia política, no eran libres, no podían vivir sin un hombre a su lado, no podían sobresalir ni trabajar por su cuenta o tener voz, era horrible, se podía morir con tremenda facilidad o ser encerrada en el calabozo por cometer un nimio e insignificante error. Se trataba de una continua lucha por la supervivencia, de cualquier modo, ya se fuera fuerte o débil; siempre se estaba cerca de la muerte.

Pero y si bien la Sultana Sakura permitía u ordenaba la libertad de todos los sirvientes y concubinas tras tres años en el Palacio, algo jamás visto en el pasado; la intriga, al competitividad y la ambición aún existía, el Sultan no desviaba siquiera a su vista hacia las mujeres que allí residían, todos sabían que solo la Sultana tenia semejante privilegio y ello causaba envidia, ¿Qué clase mujer era más allá de lo perfecta que se veía? Si podía ser la única amante y mujer del soberano más poderoso del mundo que jamás pensaba en ninguna otra…Kami, debía de ser una mujer realmente magnifica más allá de su abismal e inolvidable belleza, por no hablar de su bondad. Quizá si fuera un ángel como se rumoraba. Por lo mismo las mujeres del Harem estaban allí para satisfacer las necesidades sexuales del Príncipe Shisui, aspirando a ser dignas de él y merecer estar al menos una sola noche en su cama.

El Canon más habitual era al belleza de piel clara y cabello oscuro, ojos de igual tono y una figura curvilínea y perfecta, inocente o bien voluptuosa. Cuando la Sultana Sakura había llegado al Palacio y se había vuelto la Haseki del Sultan, la belleza exótica se había vuelto una añadidura al Imperio, así como un físico inocente que se volvía erótico y halagador con los embarazos, en si una mujer que se forjaba para el hombre que la deseara y cuya belleza, como era el caso de la Sultana Sakura, se volvía simplemente insuperable. Pero así como el Canon de belleza había variado con la predilección del Sultan Sasuke por su esposa, los gusto del Príncipe Shisui eran mucho más…particulares, el caso más claro era el de Akiko que, sentada frente a una pequeña mesa, comía todos los platos repletos de dulces, piezas de carne y todo cuanto pudiese ambicionarse probar, con su figura rechoncha y tierna pero pese a no ser curvilínea como el resto de las jóvenes del Harem, Akiko de igual modo era muy encantadora, con una sonrisa luminosa y brillante cabello castaño dorado, con ojos color aguamarina. Incluso la Sultana Sakura la consideraba mucho, y la considera muy divertida, más que conocedora del lugar que Akiko tenía en el corazón de Shisui.

-Habrá un banquete para el Príncipe Shisui, Akiko- comento Seina, sentada junto a Akiko en compañía de Masumi, por si es que esto no era recordado por la glotona pero divertida favorita del Príncipe, -si esperaras un poco tal vez podríamos comer todos juntos- animo sin perder su dulce y amigable sonrisa.

La encantadora Seina no podía ignorarse, ella y su belleza embriagadoramente dulce, sonrisa cálida y amigable, y su quietud y alegría que siempre serenaba todo a su alrededor. A Akiko no le resultaba extraño que la Sultana Sakura la favoreciese y apreciase tanto como Sultana, a decir verdad Seina era muy querida por todos, pero pese a poseer tanto reconocimiento y cariño de la familia Imperial, siempre vestía sencillamente, sus coronas eran debidamente formales pero no con el fin de expresar un lujo superfluo como hacia Takara, solo sencillez y una paz encantadora. Era hermosa, pero su belleza no era tan impresionante si es que esa era la cuestión, la belleza que tenía era tierna y casi angelical, pero su personalidad la hacía sumamente encantadora,; piel blanca y sonrosada, ojos dulces y expresivos de color avellana, nariz pequeña y adorable así como labios finos y que siempre dibujaban una sonrisa que hacia brillar su rostro, largos rizos castaños miel que caían sobre sus hombros y tras su espalda, adornados por una hermosa pero sencilla corona y una figura delicada y muy femenina. Pero, no por su aspecto inocente es que Seina era menos inteligente, al contrario, sabia de muchas cosas ya que adoraba a la Sultana Sakura, pero era una pacificadora, los conflictos no le gustaban, y quizá esto es lo que la hacía ser tan próxima a la Haseki del Sultan.

Por otro lado y sentada frente a Seina, a quien consideraba su mejor amiga, se encontraba Masumi, le tercera Sultana del Príncipe Heredero, tal vez Masumi fuera más hermosa que Seina, había personas que lo pensaban pero era difícil sentir favoritismo al verlas juntas porque sus tipos de belleza eran contrarios entre sí. Masumi lucia ingeniosa, dulce pero no tonta, carismática y atenta, de rostro suave y redondo con piel blanca como la leche, ojos gatunos de un profundo color negro similar a las gemas de ónix, cejas suaves pero arqueadas, nariz y labios perfectos, una larga melena de ondas azabaches que caían sobre sus hombros y tras su espalda adornadas por una sencilla corona, y una figura muy halagadora y curvilínea. Al igual que en el caso de Seina, Masumi era muy querida por la Sultana Sakura y las demás Sultanas del Palacio, su actitud alegre y cálida así como su conformismo la hacían alguien agradable de tratar y que—justo como Seina—siempre tenía amigos muy importantes a su alrededor y que jamás la traicionaban, tal vez por ser tan semejantes entre si es que Seina y ella se llevaban tan bien.

-¿Y morir de inanición?- pregunto la rubia, horrorizada. -No te preocupes, Seina, para entonces ya tendré hambre otra vez- rió cantarinamente, volviendo su atención su comida.

Sin un impedimento a sus planes, Akiko siguió devorando tranquilamente su comida para incredulidad de ambas Sultanas que solo pudieron observarse entre sí, sonriendo para sí mismas por aquella irrisoria visión, después de todo Akiko…era Akiko, y nunca cambiaria. Esperaban ansiosamente la llegada del Príncipe Heredero a quien no se diputaban, sabían que solo eran mujeres que debían satisfacerlo y alumbrar a sus hijo a quienes criaban y amaban con esmero, su momento de gloria llegaría en el futuro, hasta entonces y aun con la posibilidad de que alguna de ellas fuese Madre Sultana en el futuro, no pensaban terminar su amistad por ello, les parecía ridículo. Pero de todas formas lo apreciaban y querían mucho, gracias a él eran mujeres libres y madres, sabían de su enfermedad mental y siempre que podían se dedicaban a serenarlo y hacerlo sentir bien. El leal sirviente de la Sultana Takara, Hiroshi, ingreso en el Harem, deteniéndose en la entrada:

-¡Atención!, ¡Su Alteza la Sultana Takara!- anuncio Hiroshi, adelantándose a la entrada de la Sultana en el Harem

-Ahí viene la pesada esa- refunfuño Akiko, limpiándose con la servilleta, -ayúdenme- pido a las dos jóvenes que estaban cerca suyo y que le sostuvieron las manso, ayudándola a levantarse.

Apresuradamente y sujetándose la falda del vestido para no tropezar, Akiko se colocó en la fila que conformaban el resto de las mujeres presentes, incluso las Sultanas Seina y Masumi que se observaron, entornando los ojos con fastidio antes de reverenciar forzosamente a Takara como cada una de las mujeres, doncellas o sirvientes presentes, ellas no hacían tal alarde de grandeza, nunca se forzaban a reverenciarse entre sí, catalogándose como iguales entre sí y siendo amigas, pero Takara siempre se considera superior, siempre creía ser la única dueña del Palacio, pero luego fingiéndose inocente y atenta ante el Sultan Sasuke y la Sultana Sakura. Tras el anuncio de Hiroshi y siendo reverenciada a su paso, como siempre, Takara ingreso en el Harem siendo escoltada por sus doncellas y por Hiroshi que tenía el privilegio de caminar a su lado. Elegante, arrogante y vanidosa, así es como Takara siempre se mostraba ante el Harem cuando cruzaba el largo pasillo que la llevaba los aposentos de la Sultana Sakura, ignorando con la mirada a cada una de las presentes, cruzando frente en alto el pasillo y sin voltear a ver a nadie.

-¿Qué le paso ahora?- inquirió Akiko en un susurro en cuando Takara y su sequito hubo desaparecido, pero igualmente temiendo que la escucharan y castigaran por ello. -Parece que bebió vinagre- comparo, volteando a ver a Seina y Masumi.

-No tengo idea, pero ojala lo hubiera hecho- murmuro Masumi, encogiéndose de hombros, dándole igual lo sea que le sucediera a Takara.

Puede que pareciera inofensiva, pero Masumi—interinamente—no dudaría en envenenar a Takara si pudiera, lejos de su aparente perfección la Sultana Haseki del Príncipe Heredero era una mujer insufrible, arrogante, soberbia y tan celosa que alejaba y castigada a las mujeres que pensaran en ocupar un lugar en la cama del Príncipe Shisui o engendrar un hijo de él, por no hablar de cómo reñía o las amenazaba a ella y a Seina con tal de no considerarlas una amenaza, de no ser por su hijo Sasuke a quien tanto amaba, Masumi hace mucho hubiera perdido la paciencia y actuado sin pensar, pero aquello no era correcto. Para Seina, por su parte, la partida o aparición de Takara en el Harem era nada, la reverenciaba por deber y formalismo pero en el fondo le era indiferente, no quería tener problemas con nadie, solo quería vivir en paz junto a su hijo y su hija, ya fuese que Hashirama pudiera ser o no Sultan algún día, quería ser madre y obtener paz, nada más, y sabía que si seguía a la Sultana Sakura a quien tanto idolatraba lo conseguiría, solo quería hacer feliz a quienes la rodeaban, especialmente a sus hijos Hashirama y Kaede, no quería nada más.

Ignorando u olvidando la interrupción a la calma que en ese momento reinaba en el Harem, las Sultanas y la favorita del Príncipe volvieron sentarse frente e la mesa, solo que Seina y Masumi no pretendían probar bocado-luego de haber desayunado hacia unas horas-hasta que tuviera lugar el banquete…Akiko, por otro lado volvió a devorar toda la comida que tenía a su disposición bajo la incrédula mirada de las Sultanas que se contuvieron de reír, negando para sí mismas.

No podían ni querían cambiar a Akiko.


Ciertamente el Imperio había visto bellezas de todo tipo, inclusive Princesas extranjeras que habían llegado a ser Sultanas por matrimonio, o mujeres de renombre que habían cautivado por su sola belleza; pero y si bien el pueblo ya de por si seguía amando incondicionalmente a la Sultan Sakura que dedicaba permanentemente su tiempo y atención a ellos, para todos resultada asombroso que una mujer de casi cincuenta años apenas y aparentase estar a mediados de los treinta años y muy favorecida por ello. Su rostro lucia sereno mientras—sentada frente a su escritorio—revisaba regularmente la documentación del harem, así como las peticiones de los Pashas, jueces y Beys, teniendo a Ino y Shikamaru de pie frente a su escritorio, aguardando en absoluto silencio las órdenes de la mujer más hermosa de todo el Imperio, la Haseki del Sultan del mundo y cuya belleza no podía ser superada. Los años habían favorecido a todos enormemente pero quien realmente parecía atemporal era la Haseki del Sultan que se adecuaba a todo con una facilidad más que sorprendente e igualmente inexplicable.

Su aun impecable y cadenciosa silueta de aspecto perpetuamente juvenil se encontraba favorecida naturalmente por un vestido de seda color rojo perfectamente calzado a su figura, de mangas ajustadas y escote corazón, con siete botones color granate en caída vertical desde el escote hasta la altura del vientre, por sobre el vestido o más bien pegada a el se hallaba una chaqueta granate sin mangas, y que—al estar pegada al vestido—enmarcaba los laterales del corpiño formando, además de una falda superior que realzaba la curvatura que creaban sus piernas bajo el vestido. Aportando más dignidad y soberbia a su persona es que sobre su vestido se hallaba una capa superior o abrigo granate plagado de bordados de hilo cobrizo que replicaba rosas y flores de cerezo, abierto en su totalidad para exponer el vestido pero cuyas mangas levemente acampanadas ocultaban las mangas del vestido inferior, favoreciendo de igual modo su escote. Sobre su largo cabello rosado—recogido tras su nuca—se encontraba un magnifico tocado de oro, diamantes, rubíes y granates ligeramente alto y de tipo torre para emular el poderío de los Uchiha, a juego con un par de pendientes de cuna de diamante con un rubí homólogo en su centro que complementaba la sortija de las Sultanas en su mano derecha, y alrededor de su cuello se halla el soberbio emblema de los Uchiha que no dejaba de centellar contra la luz ante los diamantes en su estructura.

-¿Cómo va todo, Ino?, ¿Recibieron el dinero que envié?- consulto Sakura con su voz dulce y serena que complementaba su encantadora y sublime belleza, acorde con los relatos griegos que hablaban de la representación de Venus, Afrodita; la diosa de la belleza.

-Sí, mi Sultana- asintió la Yamanaka a su mejor amiga, sonriendo al sentirse infinitamente feliz por los elogios que el pueblo le brindaba a la Sultana que siempre el trasmitia todo su amor, -las madres del todo el Imperio claman su nombre, su caridad rebosa de alegría a la gente, el pueblo no hace más que pensar en usted- elogio, estando acostumbrada a administrar el dinero que la Sultana Haseki enviaba a sus fundaciones de caridad que no paraban de crecer.

Su enfermedad avanzaba irremediablemente, eso no podía detenerse pero si ocultar, ese era el fin de la medicina que con el paso de los años se había vuelto una especie de droga para ella, pero en el buen sentido, la enfermad no menguaba en lo absoluto, pero si la consumía en una determinada cantidad se podía fingir eficientemente sana e invulnerable por un día entero, de otro modo Sasuke y sus hijas e incluso Shisui ya sabrían que estaba muriendo muy lentamente cada día, pero había alguien que si sabía de su enfermedad; su hija Hanan, ella siempre estaba cerca de su persona—salvo en ese momento, arreglándose junto a su hermana Sarada para el banquete—y que le había prometido guardar el secreto, resignada a estar junto a su madre tanto como le fuera posible. Las cosas entre Sasuke y ella—tras la muerte de Daisuke y la ascensión de Shisui—habían mejorado afortunadamente, era como si pudieran dejar el pasado atrás, más eso no significaba que Sakura lo olvidase, pero por lo mismo es que Sasuke jamás el llevaba la contraría, siempre accedía a todo cuanto ella considerara pertinente y así todos estaban más que contentos.

-En este Palacio no existe la felicidad- recordó Sakura con un sutil deje de tristeza en su voz, -pero si puedo hacer a alguien feliz, entonces yo lo soy por al menos un momento- sonrió radiante, entregándole el documento a Ino que la reverencio, tristemente forzada a retirarse y cumplir con sus órdenes.

La Sultan estaba muy enferma, aquellos de mayor confianza y cercanos a ella lo sabían, pero ni por ello es que la Sultana era egoísta, se desvivía por hacer feliz al pueblo, oficializaban actos de caridad para las madres de todo el Imperio, aumentaba el salario de los miembros del ejercito, siendo especialmente amada e idolatrada por los soldados jenízaros que se postraban ante ella en los actos militares, y abriendo decenas de escuelas y orfanatos, ayudando a las mujeres pobres a preparar los ajuares nupciales de sus hijas e hijos, y aun más liberando a los esclavos tras tres años de servidumbre, algo que en el pasado del Imperio solo podría haber sido considerado como un sueño, pero ahora no era un sueño, era una absoluta realidad. Reverenciando por protocolo a su mejor amiga a quien siempre intentaba asistir y apoyar en todo, Ino volteo para retirarse, avanzando a su moderado ritmo hacia la puerta, pero no hubo siquiera alcanzado a tocar la puerta o sujetar las perillas cuanto tocaron a esta, desde el exterior, para su sorpresa.

-Adelante- indico Shikamaru en nombre de la Sultana Haseki, permitiendo a los escoltas jenízaros, en el exterior, abrir las puertas.

Ino aprovecho la ocasión para retirarse debidamente y así no importunar a la Sultana por más tiempo, y cumplir con sus órdenes lo antes posible…a la par que Hiroshi, el leal sirviente de la Sultana Takara hacia acto de aparición justo como dictaba el protocolo de la corte, inclinándose y reverenciando a la Sultana Sakura. Si una mujer tenía un escolta privado que sirviera al Harem y tuviera acceso a cada lugar del Palacio, debía de ser anunciada formalmente a cada lugar al que entrase como sinónimo de su poder y autoridad, excepto los aposentos el Sultan y ese era un privilegio que solo poseía la Sultana Sakura, por obvias razones.

-Sultana- reverencio Hiroshi, -la Sultana Takara está aquí- anuncio debidamente.

-Que pase- permitió Sakura, levantándose de su escritorio. Mientras Hiroshi se retiraba de la habitación.

Takara siempre era bien residía en su presencia, sabia de su arrogancia y su orgullo, pero eso era de lo más normal en las mujeres que ascendían al poder siendo jóvenes, aun cuando su propio caso fuera una excepción. Rodeando su escritorio con maestría, acomodando y alisándose se levemente el vestido, Sakura sonrió en cuanto Takara cruzo el umbral y le hubo sonreído de igual modo, encantadoramente engalardonada por un vestido azul que destellaba tanto o más de lo que Sakura esperase ver en ella en cada oportunidad. Como Haseki mantenía una autoridad soterrada propia de la esposa de un Sultan, pero no menos elogiable, Takara tenía mucho carácter y por lo mismo es que Sakura confiaba en que el futuro del Imperio tuviera su sucesora cuando llegase el momento, en ello había pensado al elegir a Takara como Haseki de Shisui hacía ya tanto años, en ello y en su lealtad. Siguiendo el protocolo, Takara reverencio debidamente a la Sultana, escuchando las puertas cerrarse tras de si, a solas con la mujer más poderosa del mundo, que estaba acompañada por su leal amigo y sirviente; Shikamaru Nara, cosa que por ahora le resultaba un tanto incomoda ya que deseaba que pudieran hablar…a solas.

-Sultana- saludo Takara, sonriéndole a la matriarca del Imperio.

-Takara, deslumbras cada día más- adulo Sakura sinceramente, más que conforme con el aspecto de la Haseki de su hijo.

-No soy nada, comparada con usted, Sultana- aminoro la pelinaranja, agradecida infinitamente por sus palabras.

Conocía a Takara muy bien, y con razón, habiéndola educado y habiendo guiado su formación aun luego de haberse convertido en Sultana y madre, ya teniendo su propia vida, sabia cuando Takara estaba feliz y cuando molesta, cuando era sincera y cuando mentía, aun cuando el resto de las personas no supieran ver esto, y por lo mismo es que Sakura levanto su mirada hacia Shikamaru, pidiéndole indirectamente que las dejara a solas, al menos por unos momento. No presentando objeción alguna, el Nara reverencio con respeto a las dos nobles mujeres—más enfáticamente a la Sultana Sakura—procediendo a abrir las puertas por su cuenta y hacer abandono de la habitación. En el acto y ya a solas con la Sultana Sakura, la sonrisa y seguridad de Takara no hubieron tardado en flaquear, y aquello que—en ese momento—pudo reflejar mejor sus sentimientos no fueron sino sus ojos, empañados de desilusión, una desilusión que iba dirigida hacia Shisui y Sakura sabía muy bien porque.

-Ven aquí- pidió Sakura, sosteniéndole la mano y guiándola hacia el diván junto a la ventana, sentándose e indicándole a Takara que se sentase a su lado, oferta que la pelinaranja no descarto en lo absoluto, -¿Qué te hizo enojar?- indago, leyendo esos ojos que había contemplado por años y habiendo criado a la mujer que ahora era una Sultana

-Su alteza viene al Palacio con otra mujer- admitió Takara, esperando que la Sultana Sakura sosegase sus pensamientos y le garantizara que todo estaría bien a pesar de esto.

-Lo sé, me entere esta mañana- corroboro la Haseki par incredulidad de Takara que no supo si sentiré menos o más afectada por ello, -la vio en una fiesta de compromiso, le gusto tanto que acabo por convencerla de venir al Harem- aclaro, dispuesta a evitar cualquier posible pelea innecesaria por causa de esto.

Sabía que estaba mal sentir celos, menos porque no sabía si Shisui sentía amor por ella realmente, pero pese a ello Takara intento calmarse al recordar que el Sultan Sasuke y la Sultana Sakura estaban de su lado, ¿Qué importaba esta nueva mujer? Ella había dedicado toda su existencia, en ese Palacio, a ser apreciada y encontrar un lugar digno en la política y la vida cortesana, obteniendo aliados poderosos, una posición elevada en que pudiera sobrevivir y lo había conseguido eficientemente, nadie podía quitarle su poder. Shisui era muy voluble en cuanto a su gusto por las mujeres, estaba claro que aun amaba a Ryoko y ella a él pese a que pudieran verse en muy limitadas ocasiones por un motivo más que obvio, Sakura no podía pedirle a su hijo que fuese fiel. Seina, Masumi y Akiko lo entendían, pero Takara no…lástima, porque su único deber era hacer feliz a su hijo y protegerlo, no había otra preocupación para ella salvo aquello y el futuro de sus nietos y nietas, aceptaría a la nueva mujer que su hijo trajese, pero desgraciadamente Takara habría de aceptarlo únicamente como ella misma, en el pasado, había tenido que aceptar a Naoko, no había otra opción.

-Takara, no te entristezcas- pidió la Haseki, tomando cuidadosa y cariñosamente el mentón de la pelinaranja, haciéndola levantar la vista, -ya conoces a Shisui, sabes lo voluble que es y lo fácil que le resulta perder el rumbo- intento aminorar, pero sin justificar del todo el accionar de su hijo. -El mundo es un nivel y tu estas por sobre eso- le recordó, elogiándola por su carácter y su originalidad, causando que Takara sonriese agradecida por su consuelo.

Era muy extraño, estaba sonriéndole y agradeciéndole tanto a la misma mujer a quien había envidiado desde que llega al Palacio, a la mujer que había impedido su propósito de ser la segunda Sultana del Sultan del mundo, porque cuanto había legado al Palacio, siendo una simple concubina ucraniana, no había pensado en ser la Haseki del Príncipe Heredero, no, claro que no, había ambicionado con ser la segunda mujer del Sultan Sasuke de quien se había enamorado desde el primer momento, pero habiendo visto que nadie podía acceder o tener un lugar en su corazón salvo la Sultana Sakura, Takara se había resignado a ser solo la Haseki del Príncipe Shisui, acallando los sentimientos que, en realidad, aun guardaba por el Sultan que amaba a la hermosa mujer que estaba sentada frente a ella y que le sonrió cariñosamente; la Sultana Sakura, cuya belleza no podía ni podría ser superada, jamás. En ese Palacio no importaban los sentimientos, Takara lo había aprendido bien, pero si importaba el poder y ella aspiraba a más.

Quería mucho más…


PD: hola mis queridos amigos y amigas :3 ya habia aludido que actulizaria ante del fin de semana y lo he cumplido, dando así inicio oficialmente a la era del Príncipe Shisui :3 la actualización nuevamente esta dedicada a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro, garantizando actualizar el fic "La Bella & La Bestia" durante la próxima semana o el proximo fin de semana:3) a Yopi (contestando su duda; el fic tendrá en total 55 capitulos y un epilogo :3 con posible precuela sobre: "la Sultana Mito, la Sultana Mei y la Sultana Mikoto" si es aprobada por ustedes/y no, su muerte era más digna pero no por ello menos triste, por ahora es todo cuanto puedo adelantar)y a todos aquellos que siguen la historia en todas sus formas, sin excepción :3 Si tienen alguna sugerencia con respecto a series o películas que quieran como adaptaciones, apreciaría que la aportaran, recordándoles que este fic, y los otros que hago, son por y para ustedes, reiterando parte de los nuevos personaje que comienzan a hacerse presentes, y recordandoles que pueden comentar que fic quieren que inicie de los que ya había planeado :3 los amo, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.

Nuevos Personajes:

-Sultana Turhan Hatice-Sultana Haseki Takara: fue Sultana Haseki del Sultan Otomano Ibrahim I y Madre Sultana del Sultan Mehmed IV. Fue prominente por la regencia sobre su joven hijo y por su patrocinio en la arquitectura, así como ultima representante del llamado "Sultanato de Mujeres". Takara es la Sultana Haseki del Príncipe Shisui, es decir la madre de su primer hijo y por ende ella es la más poderosa de todas sus mujeres, pero no por ello la más querida, madre del Príncipe Itachi (futuro Sultan Itachi IV) y la Sultana Seramu, pero su aparente lealtad es un arma de doble filo que se volcara contra la Sultana Sakura.

-Sultana Saliha Dilasub-Sultana Seina: fue concubina del Sultan Ibrahim I y Sultana por el nacimiento de su primogénito, el Príncipe Suleiman (futuro Sultan Suleiman II), siendo Madre Sultana durante el Sultanato de su hijo. Seina es una de las Sultanas y concubinas del Príncipe Shisui, la madre de su segundo hijo; el Príncipe Hashirama (futuro Sultan Hashirama II) y la Sultana Kaede, su lealtad y admiración por la Sultana Sakura le brindara un futuro glorioso y más que merecedor de su persona.

-Sultana Hatice Muazzez-Sultana Masumi: fue concubina del Sultan Ibrahim I y Sultana por el nacimiento de su único hijo, el Príncipe Ahmet (futuro Sultan Ahmet II), siendo Madre Sultana durante el Sultanato de su hijo. Al igual que Seina, Masumi es neutral y sumisa, pacifica, lo que le guarda un lugar especial en el circulo de la familia imperial, es una de las Sultanas y concubinas del Príncipe Shisui, la madre de su tercer hijo; el Príncipe Sasuke (futuro Sultan Sasuke II).

-Sultana Telly Haseki Humasha-Sultana Haseki Hayami: fue la esposa legitima del Sultan Ibrahim I, y una mujer muy reconocida por su influencia política, asi como madre del Principe Orhan que lastimeramente murió con poco más de un año de edad. Su belleza cautivara al Príncipe Shisui que se enamorara perdidamente de ella y viceversa, hasta volverla su esposa, y significara la mayor rival de la Sultana Takara.

Fics proximos:

-Operación Valkiria (casting y resumen ya hecho)

-Sasuke: el Indomable (casting y resumen ya hecho, y la historia ya visualizada)

-Cazadores de Sombras (con el prologo y tres primeros capítulos ya hechos)

-El Siglo Magnifico: Indra y el Imperio Uchiha (sin casting pero con la historia ya visualizada)

-El Siglo Magnifico: Mito, Mei & Mikoto (casting ya hecho, sin resumen y con la historia ya visualizada)

-La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber (casting y resumen ya hechos, historia visualizada y diseñada en conjunto con el vestuario)