-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem), Tugay Mercan (Sultan Ibrahim I) y Hande Doğandemir (Sultana Turhan Hatice). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 41

Ser un aliado del Imperio, o mejor dicho de la Sultana Sakura, abría muchas puertas y Naruto lo sabía mejor que nadie; de haber sido un Príncipe perteneciente al Kanato de Crimea, había pasado a ser un simple noble, un jenízaro de renombre, el Hasoda Basi y ahora…tras tantos años volvía a ocupar un lugar en el Consejo Real, solo que como Visir, pudiendo estar continuamente junto a su hijo Boruto, así como junto a los aliados de mayor confianza del Imperio. Pero pese a ser un político importante en aquel momento Naruto se encontraba cumpliendo un rol que no le correspondía pero que deseaba ejercer gustosamente; aguardar la llegada del Príncipe Heredero del Imperio cuyo carruaje e próximo a la entrada del Palacio, donde el Uzumaki aguardaba pacientemente. En realidad era aliado de todas las hijas de la Sultana Sakura, y era especialmente cercano al Príncipe Shisui a quien había servido de apoyo, siendo su tutor y respaldo en momentos de necesidad, habiéndose ganado su absoluta confianza. Junto a él y flanqueando la entrada se hallada una comitiva de seis soldado jenízaro para garantizar la seguridad de todos los habitantes de Palacio, solo en el exterior y que hubieron bajado respetuosamente la mirada en cuanto el carruaje se detuvo justo frente a la entrada.

Las puertas del carruaje se abrieron por obra de los leales escoltas jenízaros que no hubieron demorado en acudir, reverenciando de ipso facto en tanto el Príncipe Heredero hubo descendido, volteando y tendiéndole la mano a su acompañante que sonrió agradecida. Como siempre, el Príncipe Shisui—tal y como había sucedido con el paso de los años—representaba la imagen y estética imperial que se debía representar en un miembro d la familia Uchiha, todavía más en el futuro Sultan del Imperio. Irreprochable más allá de toda duda, el gallardo Príncipe portaba un elegante Kaftan color negro de marcadas hombreras y mangas hasta los codos—por sobre la usual túnica de seda a juego, de cuello alto y mangas ajustadas hasta las muñecas—de cuello alto y que—en vertical—se cerraba por siete botones de oro horizontalmente entrelazados por líneas de hilo de oro que complementaban los intrínsecos bordados que estampaban los costados del Kaftan, las mangas y la espalda, así como la caída de la tela a sus costados—enseñando la botas de cuero color negro bajo el atuendo. Ya no era el mismo joven de dieciocho años que forzosamente había sido declarado y jurado como Príncipe Heredero, gozaba de plena libertad gracias a su madre que voluntariamente elegía cumplir con sus responsabilidades liberándolo de cualquier cargo de importancia, todo con tal de verlo feliz, además; su problema de neurastenia apenas y era evocable, nadie tomaba en cuenta esto de no ser una ocasión excepcional y que—hasta ahora-jampas había cobrado verdadera importancia, convirtiéndolo en un hombre que—a sus veintitrés años—podía estar satisfecho y feliz por todo lo que tenia

-Alteza, bienvenido- reverencio Naruto debidamente, alzando la mirada y observando con una sonrisa de confianza para el Príncipe que sonrió y asintió como respuesta, -estábamos preocupados por usted, ¿está bien?- consulto si poder evitar al ver pálido al Príncipe y más delgado de lo que recordaba.

-Gracias por la atención, Naruto- sonrió Shisui, más sabiendo que debería de ser sincero porque ocultarle algo a Naruto era tan imposible como ocultarle algo a su madre, -lo cierto es que me resulto difícil llegar, la medicina no está surtiendo efecto, pero afortunadamente me siento mejor al llegar aquí- tranquilizo, aun sintiendo una ligera migraña que no dejaba de molestarlo, pero que afortunadamente había podido controlar con la medicina, -anhelo ver a mi madre- declaro, aguardar el momento preciso en que abrazar a su madre que no había abandonado sus pensamientos.

-Por ello es que la Sultana Sakura ha orquestado un banquete solo para usted, alteza- dio a saber el Uzumaki, sorprendiendo al Príncipe con sus palabras, -sus padres, hermanas, sobrinas, consortes e hijos lo están esperando en el jardín- ánimo, esperando que este acontecimiento pudiera hacer que el Príncipe olvidara su malestar.

Una deslumbrante sonrisa se plasmó en el rostro de Shisui que se sintió infinitamente conmovido. El paso de los años había hecho que confiara ciegamente en su madre tanto o incluso más de lo que Daisuke parecía haberlo hecho, idolatrando su bondad, dulzura y belleza que la hacían parecer un auténtico ángel; siempre pendiente de él, siempre cálida, siempre dispuesta a aliviar sus labores para hacerlo feliz, siempre dispuesta a mantener la calma. Su miedo a cometer un error y ser condenado a muerte por ello aun persistía, pero gracias a su madre este miedo era más bien inconsciente, no tomaba el protagonismo que hubiera podido llegar a tener en años anteriores, relegado a lo más profundo de su mente y todo eso se lo debía a ella. Nunca podría pagarle todo cuanto hacía por él, el modo en que vivía y pensaba en él que, de igual forma, reservaba sus mayores elogios para ella.

-Mi madre siempre tiene tiempo que desperdiciar en mí- sonrió Shisui, ocultando su inmensa gratitud hacia la mujer más importante de su vida, quería cruzar esas puertas y entrar de una sola vez pero una duda persistía en su mente, impidiéndole avanzar. -Naruto, una cosa más, ¿mi madre y mi padre están molestos con mi…decisión?- menciono observando de sola sayo a Hayami que estaba de pie un par de pasos tras él.

Su padre seguramente tendría alguna quejar que emitir, siempre era así más Shisui no podía fingir ser alguien que no era y actuar totalmente en base al apolillado protocolo que consideraba poco menos que absurdo, su madre era mucho más comprensiva más ni aun así sabía como reaccionaria. Cuando había hecho que llevasen a Akiko al Palacio su padre no le había dirigido la palabra por semanas, mientras que su madre le había dicho únicamente que esa conducta no era correcta, pero igualmente había admitido a Akiko en el Harem y la había enaltecido, apreciándola tanto como él lo hacía. Hayami era encantadora, lo notaba con solo verlo, su dulzura y belleza lo habían cautivado con un sola mirada y viceversa porque Hayami-sonriéndole en todo momento, mientras contemplaba con curiosidad y fascinación aquel Palacio-no podía quitarle los ojos de encima, incapaz de entender como se podía sentir un amor así de fuerte por una persona a quien estaba comenzando a conocer.

La mirada de Naruto se centró en la acompañante del Príncipe, aquella joven que hasta ahora y sin haber hecho acto de presencia había causado tanta polémica como cualquiera de sus predecesoras; joven, de seguramente dieciocho año, encantadora, de aspecto dulce y armonioso con unos brillantes ojos aguamarina así como un rostro de aspecto afable y muy agraciado, largo cabello rubio plagado de rizos que caían sobre sus hombros adornados por una diadema de tipo broche que emulaba flores de jazmín, y vestida sencillamente por unas galas blancas de escote cuadrado y mangas ajustadas hasta los codos que se habrían en el frente para exponer los brazos, y sobre el vestido una chaqueta de encaje malva cerrada bajo el busto y abierta bajo el vientre. Sencilla sin lugar a dudas pero no por ello menos bella. La Sultana Sakura había ordenado que al joven fuera admitida en el Harem y se le tratara como a cualquier otra, la Sultana Haseki siempre mantenía la paz entre las favoritas de su hijo y no valoraba menos a ninguna de ellas y esta señorita llamada Hayami no sería la excepción, más…al igual que todas las mujeres del Harem, debería ser responsable cauta y cuidadosa si quería ganarse el afecto de la Sultana Sakura.

-El Sultan se resignó alteza, sabe que no puede ordenarle nada a usted- declaro Naruto, viendo asentir a Shisui que no supo si agradecer esto o no, presintiendo que había algo tras este aparente "buen recibimiento" de parte de su padre, -por otro lado, la Sultana Sakura ha estipulado que la señorita se incorpore debidamente al Harem, y sea su favorita- añadió, reservando lo mejor para el final, pronunciando estas palabras en un tono lo bastante alto para que la señorita Hayami lo escuchara.

-Gracias, Naruto- sonrió Shisui, pudiendo respirar tranquilo, finalmente.

Bajando la cabeza, el Uzumaki guardo silencio, sonriendo para sí mismo al ver al Príncipe ingresar en compañía de su nueva favorita que parecía deslumbrada por todo a su alrededor, con solo verla Naruto sabía que no era una mala persona, quizá incluso pudiera ser una Sultana. Kami mediante no traería problemas. Acompañando al Príncipe Shisui en todo momento, incapaz de separarse de él y observando con inequívoca curiosidad el Palacio al que ingresaba, Hayami no paraba de preguntarse…¿Qué maravillas ocultaba aquel hermoso Palacio? Quería conocer el mundo al que pertenecía su Príncipe y quería amar aquel lugar y a quienes lo habitaban justo como Shisui lo hacía. Quería amar y conocer todo lo que era importante para él y quería hacer feliz más que nada en el mundo, por eso estaba ahí; por él y para él…


Cuando un miembro muy querido del Imperio regresaba tras su ausencia era habitual que se preparara un recibimiento digno, y siendo que se trataba del Príncipe Heredero del Imperio, el recibimiento en cuestión no podía ser menos que perfecto, era previsible. Desde el Sultan Sasuke y la Sultana Sakura hasta la menor de sus hijas, y desde Takara a Akiko es que todos aquellos cercanos al Príncipe Shisui estaban presentes, algunos por formalismo y otros porque ansiaba verlo otra vez, por más que su ausencia no hubiese sido larga, el amor que se guardaban como familia simbolizada lo contrario. La entrada del jardín Principal era el punto de reunión en concreto donde todos aguardaban en silencio, formando naturalmente una fila para no perder detalle para que cada uno o una de ellas pudiera ver—pese a la diferencia en cuanto a motivo se tratara—al Príncipe Heredero. Encabezado la fila se encontraban el Sultan Sasuke y la Sultana Sakura, desde luego, que a leguas parecían pensar diferente sobre el regreso de su hijo; mientras que la Sultana Sakura se veía alegre y ansiosa, el Sultan Sasuke por otro lado precia forzado a estar ahí, claramente disgustad por la conducta de su hijo. De pie junto a la Sultana Sakura y en su bien merecido lugar de honor se encontraba una mujer que pese a su viudez seguía acaparando miradas; la Sultana Aratani, acompañada por sus dos hijas de nueve y ocho años, las Sultanas Sumiye y Risa.

Sus días de máxima gloria como la Haseki del Príncipe Daisuke, anterior sucesor del Sultan, habían llegado a su fin hacía ya cinco años cuando había enviudado tristemente, pero eso no significaba en lo absoluto que su figura—en la jerarquía del Palacio y el Imperio—fuera menos importante; era la esposa legal de un Príncipe y por lo mismo—además de madre de dos Sultanas—era un miembro de la dinastía y nunca podría perder tal honorifico, menos siendo la persona más cercana y de mayor confianza de la Sultana Sakura, habiéndose mantenido junto a ella a pesar de que ya no fuese la misma adolescente, pero considerándola aun como si fuese su madre y viceversa. Por lo mismo es que se mantenía gloriosamente de pie junto a la Sultana Sakura, vistiendo unas preciosas galas violeta de escote cuadrado de mangas holgadas que llegaban a cubrir las manos, los hombros, el margen ajustado de las mangas; en los codos, el corpiño—cerrado por siete botones de oro hasta la altura del vientre—así como la falda superior—que se abría bajo el vientre—estaban plagados de bordados de hilo de oro que recordaban el poder que seguía ostentando. Su largo cabello azabache e encontraba perfectamente recogido tras su nuca, resaltando la cadena de oro con diminutos cristales engarzados y de la cual pendía el emblema de los Uchiha, sobre su cabeza una encantador corona de oro, esmaltes, amatistas y diamantes purpuras que replicaba una estructura en forma de espinas y dijes en forma de flor de cerezo a juego con un par de pendientes de cuna de oro en forma de lagrima decorado con diamantes y con una amatista en forma de lagrima en su centro.

Por otro lado y junto a Aratani se encontraba una mujer infaltable en cuanto a presencia se refería; la Sultana Mikoto que como siempre destellaba la hermosura a aspirar en un miembro de sangre de aquel soberbio y poderoso Imperio, con su largo cabello rosado perfecta y prolijamente recogido tras su nuca para resaltar una magnifica corona de oro ribeteadas en diminutos cristales multicolor, diamantes y amatistas sobre una estructura de oro que emulaba figuras semejantes a flores de jazmín, a juego con un par de pendientes de cuna de oro e forma de ovalo con una amatista en su centro. Pero y si bien sus joyas—como siempre—no tenían precedentes, lo que verdaderamente llamaba la atención era su vestuario pese lo sencillo que pareciese; se trataba de una galas purpura-morado de escote corazón, cerrado por seis botones de oro en vertical hasta la altura del vientre, decorados en los costados por finos bordados de hilo de oro en forma de diminutas líneas paralelas, falda de doble capa,—una inferior y una superior—mangas holgadas de tipo gitana hechas de gasa que se transparentaban hasta los codos don de la seda volvía a tomar partido en forma de muñequeras que brindaban un aspecto más bien oriental al conjunto como tal, pero no por ello agraciándola menos, claro.

Junto a su hermana mayor y manteniéndose imperturbable y distante el entorno como se suponía que actuase una Sultana se encontraba la Sultana Shina a quien el tiempo no hacía más que favorecer tanto en belleza como conocimiento y con bien otorgados fundamentos. Su esbelta figura era ataviada por unas sencillas pero elegantes galas granate de mangas ajustada y cortas hasta los codos, conservador escote cuadrado, y falda de una sola capa que calzaba perfectamente su figura y el contorno de sus piernas, con un cuello en V y mangas falsas; holgadas y semitransparentes hasta cubrir las manos, hechas de gasa y como adorno más que por un complemento fundamental, por sobre estas galas se hallaba una chaqueta superior de seda entre granate y rubí; de cuello alto pero abierta hasta unos escasos centímetros del escote del vestido formando un escote rendo, sin mangas, y abierta bajo el vientre, bordada en hilo de plata y ribeteada en encaje y escamas de plata especialmente en el contorno del cuello, el escote, el centro del corpiño—formando una línea vertical hasta la altura del vientre—y en los bordes de la falda así como en el dobladillo y parte de la espalda. Su largo cabello rubio castaño estaba modestamente recogido en una trenza que casi le llegaba a la altura de las caderas y que caía tras su espalda, adornada por una hermosa corona de plata que recreaba una estructura que albergaba flores de jazmín, hechas de cristales y diamantes ámbar que centellaban ante la luz del sol, a juego con un par de pendientes de cuna de plata que formaba dos óvalos uno más pequeño y uno inferior más grande, con un rubí en el centro de ambos.

Pero si alguien poseía tal belleza que las miradas se aglomerasen inmediatamente en ella—luego de su madre, claro—era sin duda era Sarada cuya aparente perfección física no hacía más que acentuarse, aun sin tener treinta y cinco años siquiera, resplandeciendo como su propio apodo; rosa albana. Juvenil pese a las adversidades, la fascinante Sultana portaba un vestido que en el pasado había pertenecido a su madre, uno de sus más gloriosos ajuares y que había heredado de ella poco antes de la muerte de su hermano Baru; de trataba de un vestido purpura violáceo, muy detallado y calzado a su figura, de escote corazón cuyo borde estaba ribeteado en escamas de plata con diminutas incrustaciones de amatista, por sobre el corpiño una especie de corsé que remarcaba su silueta, de escote redondo bajo el busto con el contorno del escote, el margen a la altura de las caderas, los hombros y parte del corpiño hechas de encaje plateado y escamas de plata ribeteadas en amatistas, creando una falda sencilla de una sola capa pero con una cola que parecía recrear una capa superior, ajustadas mangas de gasa semitransparente color violeta ribeteada en plata y que se tornaban púrpuras a la altura de los codos—delimitados por un margen de encaje plateado e hilo de plata con incrustaciones de amatistas—donde se abrían en forma de lienzos, exponiendo los brazos. Su largo cabello azabache estaba hermosamente peinado en una cascada de rizos, cayendo libremente tras su espalda y adornado por una elegante corona de plata que formaba una estructura de diminutos capullos de rosas y amines conformados por perlas, diamantes diminutos y amatistas, especialmente en los extremos y a juego un par de pendientes de plata y cristal en forma de lagrima.

Más pese a la avasalladora belleza de cada una de sus hermanas mayores, excepto Izumi que se encontraba temporalmente ausente, eso no significaba en lo absoluto que la joven Sultana Hanan—de casi once años—fuera menos satisfactoria de contemplar pese a su juventud, de hecho, ya tenía muchos pretendientes que estaban dispuestos a esperar cuanto fuera necesario hasta que cumpliera la edad adulta, cada uno de ellos eran Pashas de renombre y con mucha riqueza que ofrecerle, más Hanan no estaba demasiado interesada, consideraba que aún era demasiado joven y su propia seriedad la hacía concentrarse más en los asuntos de estado y el conocimiento a ganar antes que en el amor, sin prisa alguna. Su inocente pero juvenil figura, en transición a la adolescencia, era cubierta por un favorecedor vestido de seda aguamarina de escote corazón y calzado a su cuerpo, con falda de una sola capa perfectamente recogida y entrelazada con encaje para aportar una imagen muy elegante, mangas de gasa ligeramente más clara y transparente, de tipo gitanas, ajustadas a sus muñecas por unas pequeñas muñequeras de seda, sobre el vestido se hallaba una chaqueta de gasa aguamarina bordada en hilo de plata para emular figuras de flores de entre las cuales destacaban indudablemente la flores de cerezo, de escote redondo y cerrado bajo el busto, sin mangas, y abierta bajo el vientre, oscilando a los costados de su cuerpo como una especie de falda superior. Su largo cabello rosado caía libremente tras su espalda, sin restricción alguna, únicamente adornado por una diadema de finas cadenas de oro que actuaba como cintillo.

Menos importantes en cuanto a poder y sangre noble se tratara, junto a ellas se encontraban las mujeres más hermosas y poderosas de Harem de Príncipe Heredo, cuya sección iniciaba mediante la Sultana Takara, impolutamente hermosa en aquellas galas azules que hacían resaltar su cabello naranja, y cargando en sus brazos a su pequeña hija Seramu que se refugiaba en su calor maternal, de pie frente a ella y comportándose apropiadamente, guardando silencio. La Sultana Seina por otro lado, un poco menos soberbia en cuanto a apariencia, resultaba igualmente atrayente de contemplar, sonriéndoles en cada oportunidad a sus hijos Hashirama de cuatro años y Kaede de tres, quienes se fingían serios con tal de cumplir con el protocolo, divirtiéndose tanto en el proceso como el pequeño Sasuke de tres años que con toda seguridad divertía a su madre que debía esforzarse para no reír, así como Akiko, de pie a su lado quien contemplaba l cuadro con diversión y ternura entremezclada. La ansiedad sentida hasta ese momento finalmente se vio sacia en cuanto el Príncipe Shisui—acompañado por su nueva favorita, Hayami—ingreso en el jardín, situándose frente a su padres y reverenciando con el apropiado formalismo al Sultan.

-Majestad- saludo Shisui, bajando la cabeza.

-Shisui- contesto Sasuke escasamente.

Su relación como padre e hijo era, cuando menos…un fiasco, de hecho-y pensándolo en profundidad-si Shisui lo analizaba bien, su padre y él nunca habían sido muy cercanos, no habían tenido una verdadera oportunidad de serlo; cuando su hermano Baru había ascendido al trono ante la presunta "muerte" de su padre, Shisui había ido un bebé de apenas un año y al momento de su regreso había tenido poco más de dos años, la fortificación del estado, las conquistas militares y la tarea de lidiar con las rebeliones durante años los habían hechos extraños entre si ya que Shisui-siendo menor que el resto de sus hermanos-había tenido que permanecer en el Palacio mientras sus hermanos Daisuke, Rai y Kami formaban parte de las campañas militares luchando en la batallas junto a su padre y aprendiendo de él. Pero no es como si Shisui pensase en remediar las cosas, siempre le había parecido mejor ser cercano a su madre, de ella se podía aprender lo fundamental para sobrevivir, de su serenidad, de su paz y su encanto al actuar…ella representaba la inocencia del mundo. Shisui sostuvo cariñosamente una de las manos de su madre, besando caballerosamente el dorso de esta, un saludo que ambos solían compartir y que cumplía a la perfección con el protocolo.

-Bienvenido hijo- sonrió Sakura, agradecida con su galantería.

-Madre, te extrañe todo el tiempo- garantizo Shisui, alcanzo una de sus manos y acariciando cariñosamente el rostro de su madre que se sintió infinitamente feliz por volver a verlo, justo como él se sentía al verla luego de, a su entender, tan larga espera.

-Has perdido peso, hermano- se percató Mikoto, pronunciando las palabras que su madre había acallado, -¿te sientes bien?- consulto, clavando su mirada en su hermano que asintió únicamente, a medias.

-No he podido comer demasiado, no me he sentido bien- justifico Shisui, sin hondar demasiado en el asunto para n preocupar innecesariamente a su madre o a sus hermanas.

-En ese caso, espero que no nos desaires, nuestra madre preparo todo esto por ti- menciono Sarada, sonriendo y esperando que la celebración pudiera distraer a su hermano y hacerlo sentir mejor.

-No lo haré, Sarada- sonrió Shisui, saludando con su mirada a su hermana Hanan que sonrió como respuesta.

Claro que no soñaría o pensaría siquiera en ignorar las atenciones de su madre que se desvivía por él, de hecho; no necesitaba voltear para saber que Hayami estaba maravillada con aquel recibimiento tan cálido y desinteresado en que ella estaba incluida in lugar a dudas, pero algo faltaba, Shisui lo sentía. Ahí estaban sus Sultanas y su favorita, Akiko; Takara, con Seramu en brazos e Itachi de pie frente a ella, trasmitía aquella arrogancia que la hacía aburrida a ojos de Shisui, porque siempre parecía creer que sus ambiciones e intereses eran mejores que los de los demás, por eso y más es que no podía sentir amor por ella, porque sabía que Takara no sentía amor por él. Seina por otro lado, le sonrió cálidamente, haciéndolo sentir sereno y abajando la mirada hacia Hashirama y Kaede que se comportaron perfectamente, sonriéndole y manteniéndose callados y en sus lugares, Seina ocupaba un lugar especial en su vida; sumisa, alegre, conformista, callada y sabia a su propio modo, nunca daba motivo alguno para desconfiar de ella, era lo opuesto a Takara y carecía de las ambiciones que ella tenía, justo como Masumi que se comportaba justo como ella y que se contentó con sonreírle levemente, estrechando la mano de su hijo Sasuke ente las suyas. Akiko, por su parte y mucho más sencilla que sus Sultanas, le sonrío con la alegría que tanto la caracterizaba. Era un idilio, masculinamente hablando, tener tantas mujeres de incomparable belleza y que solo estaban ahí por él, pero por más alegre que deseara sentir, había alguien que faltaba y a quien no podía evitar extrañar.

-Padre, ¿Dónde está Ryoko?, ¿Y mi hijo, Baru?- cuestiono Shisui, sintiendo inconcluso aquel hermoso cuadro familiar en que faltaban su primogénito y su atentica Sultana Haseki.

Takara aparto la mirada, apretando los labios con frustración al escuchar esto, deseando estrangular a la insufrible de Ryoko con sus propias manos, celosa y furiosa por tener que compartir el afecto del hombre que algún día-Kami mediante-habría de gobernar aquel Imperio y cuya influencia estaba perdiendo por causa de esa mujer y su bastardo. Seina, Masumi e incluso Akiko, por su parte, se mostraron indiferentes, ellas sentían afecto e incluso puede que amor por el Príncipe Shisui, pero hacerlo feliz era lo fundamental, ayudarlo y tranquilizarlo, sabiendo que no tenían por qué sentir celos ya que eran simples mujeres en un sistema machista y patriarcal, observándose de sola sayo entre si al ver la notoria frustración de Takara. Sakura se mantuvo en silencio, tranquilizando a su hijo con la mirada, había ejecutado un plan que lo haría inmensamente feliz con motivo de su regreso y al que nadie se opondría porque era su decisión y punto. Menos mesurado y comprensivo que su esposa, Sasuke se esforzó en demasía para no perder la compostura, entornando los ojos únicamente en tanto escucho estas palabras, siendo incapaz de entender cómo es que su hijo insistía en tropezar mil veces con la misma piedra

Siempre era la misma historia.


El Viejo Palacio era un lugar triste, la soledad reinaba en sus muros, más eso no implicaba que Ryoko se sintiera tan desdichada por estar ahí, únicamente vestida en camisón y con una bata azul bordada en oro cubriendo su figura, sin joya alguna que necesitara portar al encontrarse en solitario, observando por la ventana de sus aposentos mientras su hijo Baru de cinco años jugaba con su caballo de juguete a sus pies, entretenido en su infantil inocencia. La Sultana Sakura la había exiliado y con razón, Ryoko lo entendía a la perfección, pero eso no significaba que la odiase ni mucho menos que la ignorara; siempre enviaba presentes nuevos para Baru a quien llamaba su nieto, cuando podía visitaba el viejo Palacio y cenaba junto a ella, había puesto doncellas leales a ella a su servicio y había garantizado que fuera tratada como poco menos que una Sultana y sus propios aposentos eran dignos de ello, más aun así Ryoko no podía sentirse realizada. Amaba a Shisui y estar lejos de él, limitada a verlo en contadas ocasiones era doloroso, sabía que Shisui la amaba y que por igual consideraba a Baru como su primogénito porque lo era, pero aun sin legar a ser Sultana, Ryoko deseaba pode restar en el palacio Imperial y verlo cada día, lastimeramente el destino parecía haber obrado en su contra y hecho que pasara sus días en el Palacio de las Lágrimas que ahora comprendía porque llevaba tal nombre. Repentinamente, las puertas de su habitación se abrieron por obra de los leales jenízaros atestados en el exterior. De inmediato, Baru se levantó del suelo y corrió hacia las puertas, intuyendo de quien podía tratarse.

-¿Baru?- llamo Ryoko, preocupada.

-¡Sí!, llego tía Izumi- chillo el pequeño niño, emocionado y abrazando a su tía predilecta que se arrodillo y lo cargo en sus brazos, besándole las mejillas.

Baru tenía razón en sus palabras, ahí, cruzando el umbral de los aposentos que Ryoko compartía con su hijo se encontraba la Sultana Izumi, lealmente acompañada por lady Yugito, su doncella de mayor confianza. No estaba ahí por un asunto de cortesía ni porque fuese amiga de Ryoko o algo así, sino por Baru, era su sobrino y nieto de la Sultana Sakura que le había pedido que llevase a Baru y Ryoko al Palacio con motivo del regreso de Shisui desde Otogakure, porque todos querían verlo feliz. Su cadenciosa figura era cubierta por unas sencillas galas purpura de escote cuadrado y mangas ajustadas hasta las muecas por tres pequeños botones de oro, insignificantes a decir verdad, pero no era lo más importante de su atuendo; pero si la chaqueta por sobre el vestido, hecha de seda purpura y plagada de estampados y bordados de hilo de oro, escamas y encaje dorado, de cuello ato en V que se cerraba un par de centímetros bajo el escote del vestido bajo esta por cuatro botones de oro en vertical que iniciaban bajo el busto y finalizaban bajo el vientre para abrir la chaqueta y exponer la falda del vestido inferior, y manga holgadas y abiertas desde los hombros que oscilaban a los costados de los brazos. Sus largos rizos castaños, elegantemente peinados en una especie de coleta, caían perfectamente sobre su hombro derecho a la par de unos rebeldes pero encantadores rizos que enmarcaban los contornos de su rostro, resaltando así la encantadora corona de oro que emulaba flores de jazmín, ribeteadas en diminutas perlas y diamantes que destellaban con la luz, así como un par de pendientes de cuna de oro en forma de ovalo con un diamante ámbar en su centro y de los cuales pendían unas amatistas en forma de lagrima. Realmente nadie podía dudar que fuera una Sultana, su esmero en cuanto a apariencia se refería no dejaba lugar a las dudas.

-Mi valiente león- arrullo Izumi, dejando cuidadosamente a su sobrino sobre el suelo, besándole la frente. -Prepárate, Ryoko, vendrás conmigo- declaro, irguiéndose y observando a Ryoko.

-Pero…¿Qué dirá el Sultan Sasuke?- dudo ella, sin poder ocultar su temor.

La alegraba inmensamente la visitaba de la Sultana Izumi a quien apreciaba profundamente, casi tanto como a la Sultana Sakura y a las Sultanas Hanan y Aratani que también solían visitarla, pero no era ajena al odio que el guardaba el Sultan, aunque no era el único, la Sultana Mikoto también la odiaba, así como Takara, mientras que las Sultanas Shina y Sarada, así como Seina y Masumi eran neutrales y la trataban con respeto. Temía ofender a alguien por aparecer sin más en el Palacio, lo que menos quería causar eran problemas. Claro que su padre no estaba enterado, pero-como siempre.-no presentaría protesta alguna porque su madre había decidido que sucediera y punto. Las cosas-en el plano sentimental-no habían cambiado mucho con el pasar de los años a decir verdad, claro que las ordenes de su madre se acataban sin replica alguna, pero con la diferencia de que sus padres nuevamente parecían más próximos entre sí, más no como en sus días más felices e Izumi sabia porque, pero lo verdaderamente importante es que su madre y ella misma habían conseguido tranquilizar y garantizar de tal modo la seguridad de Shisui como para permitirle dormir tranquilo por las noches, sin pesadilla alguna, eso era todo cuanto necesitaban seguir haciendo.

-Lo que diga mi padre, se lo lleva el viento- desestimo Izumi, sin retractarse por sus palabras, -pero mi madre quiere hacer feliz a Shisui y sabe que lo alegrara ver a su hijo, y a ti- añadió, dando a conocer omniscientemente que su hermano había regresado.

Claro que hubiera deseado estar en el Palacio al momento dela llegada de su hermano mellizo, para recibirlo y abrazarlo, asegurándole honestamente lo mucho que lo había extraño, pero en lugar de ello elegía cumplir con la labor de ser "emisaria" y llevar a Ryoko al Palacio, justo como su madre deseaba que sucediera, y contemplar la inmensa felicidad y jubilo que sentiría su hermano al verlos. Una radiante sonrisa, hasta entonces incapaz de haber tenido lugar, apareció en el rostro de Ryoko que abrazo a su hijo contra sí misma, murmurándole que su padre había regresado y que quería verlos, a ambos.

Volvería a ver a Shisui.


La calma más grande reinaba en el jardín pese a las animadversiones entretejidas entre quienes estaban presentes, separados en mesas, conformando grupos paralelos entre sí, sumidos en conversaciones venales, o al menos la mayoría de ellos. Bajo un magnifico toldo borgoña bordado en oro se encontraba el trono Imperial, el símbolo del poder del Sultanato y sobre el cual se hallaban el Sultan Sasuke y la Sultana Sakura quien, como siempre, tenía el magno honor de ser la única mujer que podía ocupar ese lugar de honor, porque ningún otro Sultan le había dado tanta influencia a su Haseki, a una mujer.

-Tranquilo, dije que deseaba verte comer, pero no como un salvaje- rió Sakura, divertida al verlo comportarse como un niño.

-No me reprimas, madre- bromeo Shisui, limpiándose con la servilleta.

Junto al trono Imperial—a izquierda y derecha, respectivamente—se encontraban dos divanes; el de la izquierda era ocupado por la Sultana Takara a quien el Sultan elegía tener cerca porque no creía ser capaz de lidiar con Shisui—ocupando el diván de la derecha, junto a su madre—eso y porque Sakura por su parte parecía feliz de ver a su hijo comer a gusto y aparentemente feliz pese a no ver a Ryoko y Baru. Sasuke no podía ser tolerante, no nacía de él serlo. Sasuke le dirigió una mirada a Hayami, la nueva favorita de su hijo y que, acompañada por su nieta Kaori, así como por Eri e Ino parecía tranquila, manteniéndose callada. No conseguía entender cómo es que su hijo tenía que buscar a mujeres fuera del Palacio para satisfacer su propio lívido. Había trescientas concubinas en el Harem, ¿Cómo es que no elegía a alguna de ellas? No podía ni quería entenderlo.

-Hay tantas mujeres en el Harem esperando tu atención, no fue suficiente con Akiko, ahora traes a esa- gruño Sasuke, para satisfacción de Takara que al menos ya no se sentía ofendida por un tema trivial, si molestaba al Sultan Sasuke le molestaba a ella. -Estaba comprometida- menciono por si es ya no era lo bastante obvio para su hijo.

Sentada a la izquierda del Sultan y con su hijo Itachi sentado a sus pies sobre un almohadón, Takara levanto la mirada y observo a "Hayami", que le pareció la criatura más insignificante que había visto, debía de tener cuando mucho dieciséis o dieciocho años, rubia e ingenua. Viéndola y comparándola mentalmente consigo mima, Takara no fu capaz de ver que es lo que había en ella que hubiera cautivado a Shisui, le parecía una niña tonta, no más, ¿Qué tiene ella que no tenga yo? se cuestionó Takara con arrogancia y vanidad. Siempre se esmeraba en su apariencia, en ser todo cuanto se pudiera desear a la vista, hermosa, inteligente, una conversadora ágil y culta, intentaba estar en la cima del poder tanto por su propia ambición como para garantizar la seguridad de quienes eran importantes para ella, pero…¿De qué servía su sacrificio y esfuerzo? No le importaba a Shisui, eso era obvio y la llegada de Hayami era un continuo recordatorio de que esta situación no iba a cambiar.

-Vivimos en una sociedad libre, padre, ella rompió voluntariamente su compromiso, yo no la obligue- justifico Shisui con simpleza. Sasuke aparto la mirada, intentando buscar paciencia con que lidiar con esta afición. -No sé porque eres tan insufrible, padre, ¿Acaso no dijiste que la dinastía necesitaba muchos Príncipes?- cuestiono, repitiendo las mismas palabras que su padre le había dicho una y otra vez anteriormente pero que esta vez no le hicieron gracia o sentido. -Eso es lo que estoy haciendo, continuar el legado de los Uchiha- añadió, considerando que lo que estaba haciendo estaba bien, de cierto modo.

-Hay reglas y procedimientos que deben seguirse para traer una mujer al Harem- recordó Sasuke ya que Sakura no parecía tener interés por recordarle, nuevamente, a su hijo cual era el protocolo a seguir. -No puedes hacer lo que te dé la gana- zanjo, no queriendo hablar más de lo necesario.

Claro que Shisui se había saltado el protocolo al traer a Hayami al Palacio, no es como que Sakura pensara ignorarlo únicamente por su amor de madre, pero Shisui—en cierto modo—no había hecho nada que el propio Sasuke no hubiese hecho. La había vito retratada en una pintura y ya fuera que lo hubiera pedido abiertamente o no, ella había sido arrancada de su hogar por él, forzada a vivir en un Palacio que había desconocido, teniendo que librar batallas para sobrevivir, siendo agredida y encontrándose al borde de la muerte en muchas ocasiones por causa de las ambiciosas competidoras en el Harem y por Mito, Mei y Rin, contrario a todo cuanto ella había tenido que padecer, Sakura intentaría hacer más tolerable la estancia de Hayami en el Harem, no pensaba ser su verdugo, pero si bien pensaba protegerla, no podía hacerlo de Takara, ella intentaría hacerle algo, solo podría aminorar el golpe no evitarlo permanentemente. Sentada e su propia mesa y acompañada por la ilustre Sultana Kaori, la nieta de la Sultana Sakura, Hayami recorrió con la mirada a los presentes, a quienes no conocía; bueno, salvo al Sultan Sasuke que ostentaba fácilmente su poder haciéndolo reconocible. Se sentía halagada, el Palacio era absolutamente hermoso al igual que quienes lo habitaban, y el recibimiento era tan perfecto y cálido que ya se sentía a gusto ahí. Jamás había llegado a considerar que un lugar así pudiera ser tan alegre y ameno.

-Hay muchas Sultanas en este Palacio- noto Hayami imple vista, aun sin saber si es que todas las presentes eran Sultanas o no, -¿todas son consortes de su alteza?- dudo, comenzando a tomar consciencia de su propia ignorancia.

-No, más de la mitad son sus hermanas y sobrinas- corrigió lady Ino calmadamente.

-¿Quién de ellas es la Sultana Sakura?- pregunto Hayami, ansiando saber quién era la mujer de quien tanto se hablaba en todo el Imperio y a quien todo el mundo parecía considerar poco menos que un ángel, necesitaba verla con sus propios ojos.

-La mujer sentada junto al Príncipe Shisui, ojos esmeraldas y cabello rosa- señalo la Yamanaka, sonriendo ante su curiosidad.

Siguiendo la indicación de lady Ino y buscando con la mirada esas características en particular, Hayami hizo lo posible—y con un desmedido esfuerzo—para que su mandíbula no llegase a tocar el suelo a causa de la sorpresa, absolutamente anonadada por la impresión que significaba contemplar a una mujer tan elogiada por el Imperio y el mundo y que no parecía meno de lo que era, todo lo contrario, era más hermosa y magnifica de lo que se decía que era. Nadie sabía exactamente la edad de la Sultana Sakura porque como la mayoría de las concubinas del Harem, no se registraba su edad y nadie la sabia porque no era anunciada ni nada por el estilo, pero si se sabía la edad el Sultan y con ello Hayami ya daba por hecho que la mujer ante ella debía de tener cuando menos cincuenta años, pero no los aparentaba en lo absoluto, apenas y parecía tener treinta años y muy dignos de aludir porque su belleza no tenía comparación con ningún de las presentes, menos aun con las joyas y ajuares que portaba, y que decir de su belleza y encanto que evocaba una inocencia que no desteñía, realmente parecía un ángel como contaban los rumores y sabiendo de su bondad…Hayami no fue capaz de pensar lo contrario.

-¿Se supone que tiene cincuenta años?- pregunto Hayami con un deje de broma, aunque más bien de sorpresa. -Parece una mujer muy joven- pronuncio, no cabiendo en su asombro.

-Kami la ha bendecido con su belleza- elogio Eri, sonriendo al ver a la Haseki del Sultan.

-Lo que se dice de ella es totalmente cierto- menciono Hayami, segura de lo que pronunciaba, -y el Sultan también es muy guapo- añadió observando de sola sayo al Sultan que justo como su esposa parecía atemporal al paso del tiempo, en el mejor de los sentidos.

-No es errado decir que están hechos el uno para el otro- opino Ino al concentrar su mirada en el Sultan y su Haseki, jamás había visto a otras dos personas que, a simple vista, aprecian estar hechos para estar juntos.

No fue hasta ese preciso momento en que Hayami hubo reparado realmente en las mujeres sentadas y de pie con ella; sentada a su lado y acompañando a una adolescente de once años, la Sultana Kaori, se encontraba su madre lady Eri Kalfa. Lady Eri bien podría haber sido una Sultana según le había comentado el Príncipe Shisui al ilustrarla sobre cómo era el Palacio, de haber alumbrado un Príncipe lo seria, pero en su lugar tenía una hija que de igual manera le permitía permanece en el Palacio así como por su inconmensurable lealtad. Portaba una sencillas galas de seda azul, escote corazón y mangas ajustadas hasta las muñecas, falda de doble capa—una inferior azul claro, y una superior del inexacto matiz que producía la seda—y el borde del escote, las hombrera y los holanes de las mangas estaban hechos de encaje color crema, a juego con la chaqueta inferior de encaje de igual color, bordada en hilo de oro y ribetead en diamantes, cerrada a la altura de su cintura por un cinturón de cadenas de oro y diamantes incrustados que formaba un escote bajo en V y que abría la chaqueta bajo el vientre. Su cabello miel dorado estaba perfectamente recogido en una coleta que hacia caer sobre su hombro, permitiendo a sus rizos fluir con naturalidad, resaltando la corona de tipo broche sobre su cabeza, emulando flores entretejidas y ribeteada en diamantes, complementando un diminuto par de pendientes en forma de flor de jazmín con un cristal dorado en su interior, y alrededor de su cuello se hallaba una fina cadena de oro que sostenía un pequeño dije a juego del que pendía un diamante en forma de lagrima.

Junto a lady Eri estaba su hija, la bienaventurada Sultana Kaori de quien tanto se hablaba en la capital por ser la única hija del Príncipe de Corazones, una joven encantadora de observar y cuyo buenos modales y temple sereno la hacían asemejarse mucho a la Sultana Sakura, algunos decían que su encanto personal era tal que habían decidían comprometerla con el Bey Kagura Karatachi, uno de los hombres más adinerados en el Imperio, pero con solo verla Hayami se hubo percatado que todo eran meros rumores, la Sultana era demasiado joven, apenas entrando a la adolescencia, no debía tener un verdadero interés por casarse, no aun. Portaba unas sencillas galas celeste hechas de gasa, de escote alto y en V, así como manga holgadas hasta lo codo y que e abrían a la altura de los codos para exponer los brazo, y falda de una sola capa que le permitía moverse con facilidad; por sobre el vestido una chaqueta de seda metálica celeste claro estampada de encaje dorado semejante a la mantequilla, de escote cuadrado cerrado por seis botones de diamante hasta la altura del vientre—donde se abría la falda y mangas cortas y ajustadas hasta los codos. Su largo cabello castaño oscuro que caía como una cascada de rizos sobre sus hombros y tras su espalda—heredado de su difunto padre—era adornado por un sencilla diadema de oro de tipo cintillo decorada por diminutos topacios en sucesión sobre la superficie, y sin necesidad de otro tipo de joya que ensalzara su belleza.

Lady Ino, por su parte permanecía de pie. Según Hayami tenía entendido, lady Ino había sido parte del Harem en sus primeros días en el Palacio, pero se había mostrado amigable y leal a la Sultana Sakura desde el inicio, convirtiéndose así en su confidente y había ascendido en la elite social por causa de lo mismo, siendo la administradora y encargada del Harem, quien representaba su voluntad. Lucia mucho más sencilla pero con un aire igualmente sofisticado y elegante a su propio modo, portando un traje de seda esmeralda, escote cuadrado con un pequeño cuello falso en V, cerrado por seis botones cobrizos desde el escote hasta el vientre, sin mangas y falda de una sola capa hecha superficialmente de seda para facilitarle el movimiento, sobre el vestido o formando parte de él se encontraba una chaqueta de tafetán esmeralda plagado de bordado y estampados de hilo y encaje cobrizo, marcado cuello, hombreras marcadas, mangas ajustadas hasta las muñecas y con un margen de dobladillo como muñequeras. Su largo cabello rubio estaba recogido elegantemente tras su nuca pero no en un moño sino un recogido muy elaborado que era cubierto por un velo sostenido por un tocado de tela bordado en hilo de oro a juego con unos largos pendiente de oro con una esmeralda en su centro. En aquel Palacio todo parecía ser avasalladoramente perfecto y magnifico de contemplar, todo.

-Ustedes son lady Ino y lady Eri, ¿cierto?- inquirió Hayami, deseando no equivocarse ya que no había socializado realmente con nadie y temía ofenderlas.

-En efecto- corroboro lady Eri, sonriendo amigablemente y trasmitiéndole confianza.

-¿Podrían decirme quién es quién?- pregunto Hayami, sonriendo nerviosamente a causa de su inexperiencia. -No quiero perderme- añadió un tanto avergonzada por lo mismo. De inmediato recibió un asentimiento de ambas mujeres permitiéndole por fin comenzar a curiosear. -¿Quién es esa mujer, la que se parece tanto a la Sultana Sakura?- señalo con su mirada a la mesa más próxima, aquella en que se encontraban dos de las mujeres más hermosas que hubiera podido soñar en conocer.

-Ella es la Sultana Sarada, es la tercera hija de la Sultana y el Sultan, su hija preferida, nadie es tan valiosa como ella, excepto nuestra Sultana- detallo Ino que sabía muy bien el porqué de esto. -La joven junto a ella es su hija la Sultana Naomi, y el joven a su lado el Príncipe Izuna- ambos hermanos se veían muy próximos entre si pese a la diferencia ad edades que compartían, ya que el Príncipe era un adolescente de quince años mientras que su hermana una niña de nueve años. -La mujer junto a ella es la Sultana Aratani, en el pasado fue la esposa legal del Príncipe Daisuke, Kami lo tenga en su gloria, pero a pesar de su viudez la Sultana Sakura le permitió quedarse, las niñas junto a ella son sus hijas, la Sultana Sumiye y la Sultana Risa- Hayami asintió al reconocer a las dos niñas de casi nueve aso que vestían de forma casi idéntica, portando sencillas galas de gasa rosa pastel, Sumiye de un tono inespecífico y Risa un tanto más claro, con sus largos cabellos castaños adornados por diademas de tipo cintillo, muy encantadoras.

Al igual que en el caso de la Sultana Sarada, había visto a tres de las mujeres que ocupaban la siguiente mesa y su parecido con la Sultana Sakura y el Sultan Sasuke le hizo saber que eran sus hijas; pero junto a ellas había otras dos mujeres que aprecian ser su viva imagen, menores pero igualmente hermosas junto dos niños pequeños de aproximadamente cuatro o cinco años. La más llamativa era una bella de diecinueve o veinte años, largo cabello rosado plagado de rizos que caía libremente tras su espalda intentando colarse hacia el frente—sobre sus hombros—peinado mediante una hermosa corona de oro en forma cónica que representaba ramas y capullos ribeteados en diamantes y en su cima una serie de diamantes purpuras conformaban los pétalos, a juego con unos pendientes de cuna de oro en forma de ovalo con un diamante homologo color purpura en su centro. Su cadenciosa figura era ataviada en unas elegantes galas de seda violeta de escote corazón y mangas ajustadas hasta los codos, abiertas como lienzos para exponer los brazos, por sobre el vestido una chaqueta sin mangas de igual color noblemente bordada en hilo de plata, ribeteada en encaje gris perla, y decorada por incrustaciones de cristal y diamante que emulaban un bordado en forma de pétalos de cerezo en los bordes de la chaqueta y el dobladillo de la falda, cerrando escasamente la chaqueta a la altura del vientre. Sin duda alguna era una Sultana, lo sabía con solo verla.

Junto a la joven de cabellos rosados se encontraba una adolescente que aparentaba doce o trece años, con vistoso cabello castaño dorado que formaba cadenciosos rizos que caían sobre sus hombros y tras su espalda, adorado por una pequeña y sencilla corona de oro decorada por pequeños diamantes y cristales aguamarina que figuraban pétalos, destacando así sus brillantes orbes esmeralda y un rostro cálido, dulce y de facciones casi angelicales. Su inocente figura era cubierta por un vestido de gasa aguamarina claro, de escote en V, cerrado como túnica y falda de una sola capa que parecía adecuarse a cualquiera de sus movimientos y manga holgadas y transparentadas desde los hombros, pero que llegaban a cubrir las manos, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta superior, igualmente hecha de encaje aguamarina que formaba un escote en V ligeramente más alto y recatado, ribeteada en diamantes y bordada en hilo de plata, sin mangas y que se abría bajo el vientre. Finalmente y alrededor de su cuello llevaba una fina cadena de plata bañada en esmaltes y diamantes, con un sencillo dije en forma de flor de jazmín pero que en conjunto con toda su apariencia la hacía parecer aún más inocente y encantadora.

-¿Y ellas?- la mirada de Hayami no se parto de aquellas jóvenes que, en compañía de sus madres, aparentemente, hacían notar su parecido físico.

-La pelirosa es la Sultana Mikoto, la primogénita del Sultan y la Sultana, la mujer a su lado, casi idéntica a ella, es su hija la Sultana Naori, el niño a su lado es su hijo, el Príncipe Inabi- menciono Eri, observando como la aludida Sultana abrazaba a su hermano menor justo en ese momento, -y la mujer rubia junto a ella es la Sultana Shina, a su lado esta su hija la Sultana Ayame, y su hijo el Príncipe Kagami- la joven Sultana rió al ver a su hermano menor devorar sin disimulo alguno lo que quedaba en su plato, causando que la propia Hayami no pudiera evitar reír ante aquella visión.

-¿Quién es la chica junto a ambas?- esta vez Hayami no aparto la vista, sino que solo la centro en la adolescente de once años que parecía haber quedado rezagada de la explicación.

-La Sultana Hanan, la hija menor de nuestra Sultana- contesto lady Ino, observando con cariño y orgullo a la modesta e inteligente Sultana de quien sus padres podían sentirse plenamente orgullosos de sus logros y magnifica educación, -todos dicen que es como su hermana gemela y no se equivocan, ambas son idénticas- sonrió, recibiendo una sonrisa a cambio de parte de la Sultana Hanan que se sintió observada por ella.

-Hay mucho que memorizar- suspiro Hayami, abrumada no tanto por los nombre sin por la importancia personal de cada una de las y los presentes.

-Solo lo principal- aminoro Eri, sonriendo para tranquilizarla.

-¿Y del Harem?, ¿Quiénes son las consortes del Príncipe?- inquirió la joven finalmente, sintiéndose lo bastante confiada como para preguntar.

-La mujer sentada a la izquierda del Sultan, la de cabello naranja, ella es la Sultana Takara, madre del Príncipe Itachi y la Sultana Seramu- señalo Eri, ajena a los pensamientos de Hayami que se sintió ofendida ante la mirada de superioridad que le dirigió aquella hermosa pero venenosa mujer, quien pareció verla como a una cuchara, incluso menos.

-Para ser honesta, es más favorita del Sultan Sasuke y la Sultana Sakura que del Príncipe Shisui- menciono Eri, observando de sola sayo a Kaori que entorno los ojos. Por lo visto no era partidaria de Takara en lo absoluto, -la Sultana Sakura la educo personalmente desde que llego al Palacio, es su sombra, todos se inclinan ante ella- añadió, terminando su explicación porque no era del agrado de su hija, aunque Eri en lo personal no tenía motivos por lo que sentir animadversión hacia la Haseki del Príncipe Heredero, aun.

La Sultana Takara no era de su agrado a simple vista, era hermosa, claro, pero tenía sobre si una arrogancia que no le atraía, así que con esperanzas de una mejor primera impresión es que Hayami desvió su vista hacia el pequeño grupo de mujeres, en la mesa contigua, a quienes no había notado hasta ahora y que parecían más amigable, alegres y carismáticas. Entre el grupo resalto una bella mujer vestida de purpura que poseía una sonrisa muy amigable y alegre que parecía trasmitir una calidez solo comparable a la que evocaba la Sultana Sakura. Portaba unas sencillas galas purpura claro, de escote entre redondeado y corazón, cerrado por seis botones de diamante desde el escote hasta la altura del vientre, con falda de doble capa—una inferior violeta purpureo y una superior purpura claro—y mangas ajustadas hasta los codos que se abrían frontalmente como lienzos de gasa a la altura de los codos, exponiendo los brazos; por sobre el vestido una chaqueta purpura—sin un matiz inexacto—estampada de encaje y escamas de plata, sin mangas, cerrada bajo el busto en un escote en V y abierta unos centímetros más abajo para exponer el resto del vestido. Sus largos rizos castaños caían sobre sus hombros y tras su espalda, equiparando sus dulces ojos avellana que de igual modo aprecian engrandecer la sencilla corona de oro, amatistas, cristales y diamantes que iban del purpura al violeta creando una estructura repleta de dijes de flores de cerezo, si usaba pendientes Hayami lo ignoraba ya que sus largos rizos castaños impedían que viera esto, pero de igual forma aquella mujer la pareció muy dulce.

Junto a ella y charlando animadamente con una sonrisa plasmada en su rostro se hallaba otra mujer igual de hermosa y que también parecía ser una Sultana por su apariencia así como por su inexplicable temple sereno pero noble que trasmitían sus cálidos ojos ónix, vestía unas sencillas galas celeste grisáceo, de escote corazón y mangas ajustadas hasta los codos que se abrían como lienzos de gasa que exponían los brazos, y falda de dos capas—una inferior azul claro y una superior celeste grisáceo-; por sobre el vestido una chaqueta celeste grisáceo bordada en hilo de plata y ribeteada en diamantes, de cuello alto en V que cubría el escote y abierta bajo el vientre, sin mangas y que más parecía parte del vestido más que una chaqueta. Sus largas ondas azabaches caían sobre sus hombros y tras su espalda a la perfección ocultando además la visión que le hubiera permitido a Hayami saber si usaba pendientes o no, resaltando naturalmente la sencilla corona de oro en forma de finas rama que en su cima recreaba una serie de pequeños capullos de flores de cerezo conformadas por topacios a juego con el color de su vestido y cuya estructura estaba ribeteada de diminutos diamantes que brillaban contra la luz.

-Ella por otro lado, la mujer de cabello castaño y ojos avellana es la Sultana Seina, madre del Príncipe Hashirama y la Sultana Kaede- menciono Eri, dándole la respuesta que deseaba saber y su nombre; Seina, -bien podría haber sido la Haseki del Príncipe Shisui, solo se embarazo tres meses después que la Sultana Takara- añadió como dato técnico y otorgándole la importancia que merecía por lo mismo.

-La mujer a su lado es la Sultana Masumi, madre del Príncipe Sasuke- lady Ino señalo a la mujer de cabello oscuros y orbes ónix que charlaba con la Sultana Seina.

Sentada junto a ambas nobles Sultanas y riendo con desparpajo se hallaba otra mujer que las hacía reír con su carisma y agradable personalidad, o eso es lo que Hayami contemplo con una sonrisa desde donde estaba. Comparada con las dos hermosas Sultanas aquella mujer de aspecto robusto pero igualmente favorecedor se encontraba una mujer rubia cuyos rizos dorados—que caían sobre sus hombros y tras su espalda, adornados por una diadema de oro de tipo en forma de orquídeas—parecían brillar como sus propios ojos y su sonrisa; usaba un sencillo vestido rosa pastel de escote redondo, cerrado por un sinnúmero de diminutos botones de igual color, falda de una sola gasa y mangas de gasa trasparente que llegaban a cubrir las manos, por sobre el vestido una chaqueta oliva-dorado de escote bajo y redondo que se cerraba bajo el busto y se abría bajo el vientre, de mangas semi ajustadas hasta la altura de los codos y que se abrían ligeramente acampanadas a los costados de los brazos. No precia ser una Sultana, pero debía de ser relativamente importante como para estar ahí.

-¿Y la gordita, quién es?- pregunto señalando a la mujer aledaña a las dos Sultanas y que las hacia reír, así como a ella misma con sus ocurrencias

-Ella es Akiko, una de las favoritas del Príncipe- Ino sonrío ante lo que iba a decir, algo que los europeos retrógrados seguían considerando y que, con la llegada de Akiko, había quedado en claro que no era cierto como se rumoraba, o no del todo. -Hace tiempo le dijeron al Príncipe Shisui que entre más rellenita fuera una mujer, más placentero es su cuerpo- Hayami sonrió ante esto, mordiéndose el labio inferior para no reír por aquel comentario ideado por Kami sabia quien, -luego de esto el Príncipe pidió que le trajeran a la mujer más característica que le encontrasen, así es como Akiko llego al Palacio- finalizo, sonriendo ante la visión que era Akiko, todo un caso a decir verdad.

Entonces y sin necesidad de anuncio es que una mujer ingreso en el jardín, escoltada por dos doncellas como si fuera una Sultana, y de hecho podía serlo, parecía tener la misma edad que la Sultana Takara. Vestía una sencillas galas aguamarina de escote cuadrado, falda de una sola capa y manga ajustadas hasta los codos que se abrían en lienzos de gasa para exponer los brazos, sobre el vestido una chaqueta de igual color ligeramente ribeteada en encaje malva-violáceo, de escote en V cerrado unos cinco centímetros bajo el escote del vestido y abierto bajo el busto, sin mangas. Su largo cabello oscuro semejante al ébano formaba rizos suaves que más bien parecían ondas que caían sobre sus hombros y tras su espalda, adornado por una diadema de oro de tipo cintillo y que formaba diminutos dijes en forma de flor de jazmín, y –a juego con el vestido—unos pendientes de oro con un dije en forma de flor de jazmín y de los que pendía un cristal aguamarina en forma de lagrima. Junto a ella se encontraba un niño de cinco años, aparentemente un hijo el Príncipe Shisui que se levantó de su lugar apenas los vio entrar, acudiendo a su lado y cargando al pequeño en sus brazos, causando que la mujer los observara con una deslumbrante sonrisa.

-¿Y ella?- pregunto Hayami sobre la mujer que entro en el jardín, acompañada por un séquito de doncellas, como si fuera una Sultana, pero no vestía tan maravillosamente como las presentes

-Ella es Ryoko, fue la primera mujer del Príncipe Shisui, se embarazo sin el consentimiento de la Sultana Sakura, el Sultan nunca la perdono- añadió Eri, sintiendo lastima por esto ya que sabía que Ryoko no era una mala persona, -fue exiliad al viejo Palacio, pero la Sultana Sakura permite que el Príncipe Shisui la visite regularmente- la mujer llamada Ryoko sonrió al ver al Príncipe cargar en su brazos al pequeño Baru.

En cuanto Ryoko había entrado al jardín, Shisui había volteado a ver a su madre que le había sonreído como respuesta, permitiéndole levantarse y acudir junto a la solemne dueña de su corazón, la madre de su primogénito. Su madre jamás dejaba de sorprenderlo, había creído que era imposible desear tener su hijo y a Ryoko junto a él en ese momento, pero no era imposible; ahí estaba su hijo, su Baru que parecía haber crecido desde la última vez en que lo había visto, y Ryoko que le sonrió radiantemente, conforme con verlo…con verlos juntos a ambos. Levantando su mirada hacia el trono Imperial, evadiendo—obviamente—la mirada del Sultan, sonriéndole de sola sayo a la Sultana Sakura que asintió como respuesta, satisfecha por ser testigo de ese emotivo encuentro, sabiendo feliz a su hijo. Sin que la mayoría de los presentes lo notasen, ante el protagonismo que había tomado Ryoko, la Sultana Izumi ocupo su lugar en la mesa; junto a su hermana Sarada y junto a Aratani que pensaron en preguntar el porqué de su demora, pero eligieron guardar silencio, por el momento.

-Baru, mi león- arrullo Shisui, abrazando a su hijo y sonriéndole a Ryoko que se sintió absolutamente feliz de volver a verlo.

-¡Papá!- chillo el pequeño Baru.

Sasuke contemplo la escena sin expresión alguna, permaneciendo estoico ante el desacato que Shisui estaba cometiendo, claro que odiaba a Ryoko porque estaba seguro de que esa mujer se había embarazado con la intención de obtener poder como la mayoría de las mujeres el Harem y que no había otro propósito a ambicionar más que el de ser Sultana, pero afortunadamente solo había una mujer que ostentaba el honor de ser la Haseki del Príncipe Heredero; Takara, mucho más sincera, mucho más moldeable y correcta, y poseedora de una inteligencia que le permitía pensar muy bien que hacer antes de actuar definitivamente. Hayami no sintió celos a ver las sonrisas que se dirigían Shisui y Ryoko entre sí, pareciendo comprenderse con una sola mirada, de forma cómplice. No tenía por qué sentir celos, de hecho Ryoko parecía mil veces más simpática que la Sultana Takara, contribuyendo a que Hayami viese con ternura el momento entre padre e hijo, por más que ese niño fuera un Príncipe ilegitimo a ojos del Imperio y la corte, aún más a ojos del Sultan, no tenía culpa alguna, solo era un niño pequeño que-notoriamente-amaba a su padre y quería estar junto a él, no había nada impropio en eso.

-Pero ya que el pequeño Baru no nació en el Palacio sino que en secreto, todo lo referente a su concepción lo vuelve un Príncipe ilegitimo, por ende no es elegible para el trono en ningún caso- murmuro la Sultana Kaori que si bien sabía que tenía prohibido considerar a ese pequeño como su primo oficialmente, le tenía mucho afecto y simpatía.

Observando con una bien disimulada frustración y odio a Ryoko, Takara solo fue capaz de reflejar tristeza, dolor y angustia en su expresión, controlado sus celos, sintiéndose avergonzada por el modo en que su hijo Itachi—el oficial sucesor de Shisui como Príncipe Heredero y quizá, algún día, Sultan del Imperio—era desplazado, el modo en que ella misma era ignorada. Si Shisui la veía apartaba la mirada o se resignaba, guardando silencio y hablando muy escasamente con ella, pero viendo a esa mujer…sonreía como nunca, se llenaba de una alegría de un infante que contemplase su mayor sueño. La odiaba tanto, de poder hacerlo—sin consecuencia alguna—no hubiera dudado en asesinar a Ryoko por un segundo, con sus propias manos de ser necesario. Desesperada, Takara volteo a ver al Sultan Sasuke, suplicándole con la mirada que la comprendiera e hiciera algo, confiando en que él la entendería. Hayami observo curiosamente este intercambio de mirada, intentando prever lo que sucedería, porque algo pasaría, con toda seguridad.

-La Sultana Takara me impidió venir, y el Sultan se opuso a la petición de la Sultana Sakura para que Baru y yo pudiéramos esperarte aquí- confeso Ryoko, imposibilitada de guárdale algún secreto a Shisui que no se sorprendió ante sus palabras. Conocía muy bien a su padre y Takara, -si por el Sultan Sasuke y la Sultana Takara fuera, yo estaría muerta al igual que nuestro hijo- añadió, conociendo el peso de sus palabras y lo que podrían significar.

Sabía que Ryoko no estaba exagerando, eso era lo peor; que no trataran a Baru como si no fuese su hijo, ni a Ryoko como si no fuera su favorita. Su madre siempre hacia todo lo posible por evitarles malos ratos a Baru y Ryoko, pero no podía hacerlo siempre, su poder podía ser inconmensurable pero aun la persona más poderosa del mundo poseía restricciones y eso es lo que más lo enfurecía, que su padre y Takara—sobre todo ella, pero en una medida hasta entonces desconocida—fueran esa restricción. Cuándo cambiarían las cosas? Decepcionado con su padre y con Takara por esta confesión, Shisui dejo cuidadosamente a Baru sobre el suelo quien—siendo abrazado por su madre que lo apego hacia sí, sujetándolo de la mano—observo confundido a su padre por la expresión de tristeza en su rostro. Sin temor alguno y no siendo una mentirosa como la cínica de Takara, Ryoko le sostuvo la mirada a su mayor enemiga que los observo con desprecio, apartando la mirada con marcado odio, no estaba mintiendo, estaba siendo honesta; de no ser por Shisui y la Sultana Sakura—si como uso poco más, un tanto menos influyentes—ella y Baru estarían desprotegidos y a merced de la muerte, era una triste pero honesta realidad.

-¡Takara!- vocifero Shisui, sorprendiendo a su Haseki por la cólera impresa en su voz. -Ven aquí- demando con igual dureza.

Incluso Sasuke y Sakura llegaron a sorprenderse por la aspereza en la voz de Shisui, algo que jamás habían escuchado y que los hizo observare con ligera preocupación entre sí. Nerviosa por el tono de voz de Shisui y de forma preventiva es que Takara se levantó del diván, tomando la mano de su hijo Itachi que se levantó de su lugar, siguiéndola, —en aquellas instancias, con él presente—él habría de ser su escudo y su recordatorio porque Itachi era el siguiente en la línea de sucesión luego de Shisui, así lo había declarado el Sultan y ante su voluntad no existía protesta alguna. Incluso Izumi, en la misma mesa que Sarada y Aratani, no supo que pensar, ni ella ni su hermana sabían lo que podría suceder, Shisui era impredecible. Fingiendo inofensiva, callada y tranquila, Takara se situó frente a Shisui, siendo lo bastante inteligente para hacer que Itachi se encontrase de pie frente a ella, reposando así sus manos sobre sus pequeños hombros en una imagen que la hacía parecer absolutamente sumisa, lo contrario a como era en realidad.

-Alteza- reverencio Takara, bajando la cabeza momentáneamente.

-¿Es cierto lo que escucho?, ¿Impediste que Baru y Ryoko entraran al Palacio?- cuestiono Shisui, esperando escuchar lo contrario.

Interinamente satisfecha por el momento de bochorno que estaba viviendo Takara, Ryoko le sostuvo osadamente la mirada. Había tenido que soportar decenas de humillaciones por causa de ella hasta ese día, por fin había llegado la hora de—justificadamente—devolverle todo cuanto había hecho y no se arrepentiría por hacerlo, había aguantado mucho, era momento de que Takara supiera como se sentía ser ninguneada a cada momento. Suspirando sutilmente y conteniéndose en demasía para no defenderse como creía merecer hacerlo, Takara se mantuvo tranquila, no deseando dar un espectáculo frente a sus rivales, ni frente al Sultan, mucho menos frente a su hijo. Obviamente Ryoko quería humillarla y hacerla quedar en evidencia como si hubiera hecho algo malo, pero no le daría ese gusto, no tenía porque; ella era la Haseki del Príncipe Heredero y había luchado por esa posición, nadie se la quitaría.

-Yo no decidí eso, lo hizo el Sultan Sasuke, yo solo seguí sus órdenes- justifico Takara orgullosa por decir esto, siendo leal al gobernante del mundo. Shisui desvió la mirada, observando a su padre que claramente estaba escuchando la conversación y que no parecía arrepentido por haber hecho eso. -Pero si me lo preguntas a mí, yo creo que debería estar encerrada en los Kafer en vez de tener el Viejo Palacio para ella, ella no tiene un lugar al que pertenecer, ella y su hijo no son nada- pronuncio con desdeño, dando a conocer su odio abiertamente, sin pensar en nada más. -A mí no me ves ni a la cara, pero la ves a ella y te iluminas de felicidad, en lugar de preocuparte por Itachi, te preocupas por el hijo de ella- expreso sus celos, siendo incapaz de contenerse por aquella ocasión.

-¿Y eso está mal?- cuestiono Shisui, importándole un comino sus celos. -Baru es mi hijo, igual que Itachi- comparo con naturalidad.

-¡No!, ¡No lo es!- chillo Takara, ofendida ante aquella burda comparación, -tu hijo y heredero está aquí- señaló a Itachi que, sin entender aquella pelea, se mantuvo en silencio.

Al igual que el Príncipe Itachi, el pequeño Baru no entendía el motivo de aquella pelea, pero lo cierto es que le molestaba escuchar los alegatos y ritos, cubriéndose los oídos mientras observaba la escena, de pie frente a su madre que se ofendió por cada una de las palabras de Takara que en lugar de recocer alguno de su errores y aprender de ellos no hacía más que considerar que tenía la razón en todo. ¿Cómo es que era tan soberbia e idiota? Shisui escucho cada una de las palabras de Takara, perdiendo la paciencia a cada momento ante el tono arrogante de su voz, era como estar escuchando a su padre que siempre creía tener razones para justificarse. Takara no podía estar más errada, para ella el poder era lo esencial no los sentimientos por ello es que Shisui no conseguía sentir algo por ella, porque era falsa, todo con respecto a ella lo era. Sakura se mantuvo en silencio, observando con preocupación el silencio protagonizado por Shisui, sintiendo que algo iba a suceder, algo que ella no podría evitar, e intuía que Sasuke pensaba igual.

-¿Mi heredero está aquí? - repitió con una sonrisa cínica, dominado por un sentir que desde hacía tiempo no conseguía afligirlo. -Tienes razón, tal vez debería preocuparme por Itachi, y empezare a hacerlo ahora- cargo a Itachi en sus brazos, haciendo que Takara rompiera su agarre sobre sus pequeños hombros.

Actuando sin pensar siquiera, únicamente guiado por un impulso que no alcanzaba a comprender así como su propio origen, Shisui arrojo sin cuidado a su hijo al suelo, haciendo que Itachi se golpeara al cabeza en la fuente próxima por causa de la caída, quedando inconsciente en el acto. Takara observo asustada aquel suceso, como si tuviera lugar en cámara lenta, sintiendo que su corazón se detenía al ver a su hijo quedar inconsciente antes de tocar el suelo, todo por el golpe que se hubo propinado cuando el costado de su cabeza choco contra la fuente de mármol. Inclusive Ryoko, que se había mantenido impávida y callada se sobresaltó, incapaz de haber podido imaginar que algo así sucedería, no recordando o habiendo presenciado jamás que Shisui se comportar de aquella forma. Izumi, al igual que Sarada y Aratani, observo boquiabierta la escena, preguntándose que podría estar pasando por la nerviosa y frágil mente de su hermano.

-¡Shisui!- grito Sasuke, levantándose de su lugar.

-¡Itachi!- chillo Takara, nerviosa a más no poder, sujetándose la falda y acudiendo junto a su hijo tan prontamente como pudo.

El cuadro anteriormente hermoso conformado por todos los miembros de la familia Imperial y las Sultanas o favoritas del Príncipe Shisui se hubo desecho por completo, todos sumidos en una sorpresa aterradora y un caos que no tardo en apropiarse de los sirvientes que no supieron si ayudar o situarse junto a la persona a quien servían y aguardar órdenes. Aun en su mesa, Seina y Masumi no fueron capaz de contener el impulso—por mera inercia—se abrazar a sus hijos contra sí mismos, temiendo que sucediera algo peor. De entre los sirvientes más leales que estaban presentes, Shikamaru y Hiroshi—de pie un par de pasos tras el trono Imperial—fueron quienes más asustados hubieron sido testigos de esa escena, siendo este último quien salió de su estupefacción tan pronto como pudo, acudiendo junto a la Sultana Takara. Hiroshi removió con lentitud y sumo cuidado al Príncipe, conteniendo un jadeo al ver el difuso moretón en su frente que era prácticamente insignificante…considerando que un fino hilo de sangre manchaba el costado de su cabeza, eso era lo verdaderamente preocupante, eso y su inconciencia. Al igual que Mikoto, Shina y Sarada, Sakura no tardo en situarse de pie tras Takara que estaba arrodillada junto al pequeño Itachi, incapaz de respirar mientras esperaba a que Hiroshi dijera algo.

-Itachi, hijo- sollozo Takara, temiendo levantarlo del suelo o moverlo siquiera. -Hiroshi, haz algo- rogó con desesperación.

-Debemos llevarlo a su habitación- concluyo él inmediatamente, levantando y cargando al pequeño Príncipe que afortunadamente no tenía ninguna clase de herida.

-¡Rápido! Rápido- apremio Takara, levantándose del suelo, sin sacudir la falda de su vestido ya sea que estuviera sucio o no.

Sakura deseo poder quedarse y evitar que Sasuke estallara en cólera ante Shisui a quien claramente acusaría y regañaría por lo sucedido pero no podía quedarse, sabía que Shisui hubiera querido que se encargara de velar que Itachi estuviera a salvo, y junto a sus hijas eso es precisamente lo que haría. Sujetándose la falda del vestido para no tropear y siguiendo a Takara y Hiroshi, justo como Mikoto, Shina y Sarada, Sakura volteo a ver a Izumi que hubo permanecido de pie donde estaba, aún demasiado asombrada, pero saliendo de su sorpresa ante la mirada de su madre, asintiendo y permitiéndole marcharse junto a Takara para corroborar que Itachi estuviera a salvo. Shisui recobro lentamente el control sobre sí mismo, percatándose de lo que había hecho y de lo que inmediatamente se arrepintió, sabiendo que aquello no era algo que haría estando en sus cabales, pero eso no contaba para su padre que—deteniéndose en frente suyo—lo observo totalmente furioso y decepcionado por su comportamiento. Para Shisui todo parecía ser un juego, pues esto no lo era; el Imperio había perdido muchos herederos por causa de los designios de la providencia y los complots ideados y orquestados por sus enemigos, no perderían a Itachi por causa de los desatinos de Shisui, Sasuke no lo permitiría.

-¡¿Qué hiciste?!- acuso Sasuke, sin una sola pisca de paciencia, incrédulo ante lo que había presenciado.

-Padre…- tartamudeo Shisui, consiente el repentino arrebato que había tenido. -Takara estaba molestándome, yo…- titubeo, totalmente asustado haciendo que su padre indirectamente se diera cuenta de la dureza con que le había hablado, -no sabía lo que hacía…- murmuro con un hilo de voz.

Sasuke se reprochó a sí mismo el tono de voz que había empleado; sabía que Shisui era vulnerable, manipulable y voluble, sabía que no podía pedirle lo mismo a él que les había pedido a sus otros hijos, Shisui era muy nervioso y frágil en cuanto a personalidad se refería y, viéndolo tartamudear y templar de los nervios, es que Sasuke se dio cuenta de lo duro e injusto que estaba siendo con él, pero de igual modo no podía ignorar la lógica de las cosas y lo que Shisui había hecho, algo que Sasuke mismo jamás hubiera hecho con él, ningún padre haría algo así con su propio hijo y Sasuke necesitaba que Shisui lo entendiera. Estaba arrepentido, desde luego, pero más que arrepentido, en se momento estaba mortalmente asustado, temía que por haber cometido un simple error su padre fuera a condenarlo nuevamente aquel-hasta entonces-inexistente miedo a la muerte hubo vuelto a aparecer, haciéndolo temblar frente al Sultan; y ya sin poder aguantar la angustia y presión, Shisui se marchó sin reparar en nada más, demasiado asustado como para seguir allí y rendir alguna explicación, necesitaba estar solo y en sus aposentos, necesitaba tranquilizarse.

-Shisui, ¡espera!- llamo Izumi, sujetándose la falda para no tropezar, corriendo para alcanzar a su mellizo.

Seina y Masumi, por deber y formalismo, así como Akiko y Hayami, reverenciaron al Príncipe Shisui como dictaba el protocolo que hicieran, pero tras su parido no hicieron más que observarse confundidas. Seina, Masumi y Akiko sabían de su temperamento y de estos arrebatos de nerviosismo, jamás habían salido a relucir on Ryoko así que no era su culpa, pero Takara por otro lado…si tenía cola que pudieran pisarle por su comportamiento y el modo en que lo había contradicho, algo que ellas jamás hubieran siquiera pensado en hacer. Hayami por otro lado estaba sorprendida, pero en cierto modo—habiendo pasado un corto tiempo junto al Príncipe Shisui—comprendía que la Sultana Takara había ocasionado lo sucedido, en cierta forma, porque Ryoko al parecer no había intervenido de ninguna forma, pero esa era su impresión simplemente, bien podía estar equivocada. El quedarse a solas frente a Ryoko y el pequeño Baru no resulto en lo absoluto un consuelo para Sasuke, sino que todo lo contrario, si bien Shisui podía librarse de la culpa por su carácter, esto no se aplicaba a Ryoko, ella no era tan ingenua como parecía, ya había intentado obtener algo en el pasado, o se le dificultaría intentarlo una segunda vez.

-¿Qué le dijiste a mi hijo?, ¡¿Qué le dijiste?!- exigió saber Sasuke.

-Majestad, no le dije nada, lo juro- murmuro Ryoko, bajando la cabeza, asustada.

No creía haber hecho algo malo, solo había sido sincera como siempre, jamás había sucedido algo así por solo decir de cara a las circunstancias lo que sucedía, pero la diferencia es que—en esas veces anteriores—había sucedido en el antiguo Palacio, solo cuando ella y Shisui estaban junto a Baru y nadie más, no estaba Takara para recriminarles todo. Ryoko estaba segura de que no era su culpa, era culpa de Takara que había dado conscientemente con las fibras más sensibles de Shisui, haciéndolo sentir poco menos que insultado. Shisui podía ser frágil, ingenuo e incluso estúpido, pero Ryoko no lo era, Sasuke lo sabía, estaba seguro de eso, ella debía de haberlo pensado todo con tal de obtener algo, y lo más incriminatorio era el modo en que mentía al declararse inocente, había hablado con Shisui justo ante de que se desencadenara ese sorpresivo e insólito predicamento, no podía ser inocente, era sencillamente absurdo.

-Te atreves a mentirme a la cara- mascullo Sasuke, incrédulo por su osadía, -sal de mi vista, ¡Lárgate!- ordeno, exasperado.

Asintiendo apresuradamente y no deseando llevarle la contraria al Sultan, —tanto porque no podía, como por miedo—Ryoko sujeto la mano de su hijo que no presto protesta alguna, dejándose guiar por ella que, en compañía de sus dos doncellas y siendo escotada por Shikamaru—que había aguardado en silencio e su lugar hasta entonces—que le murmuro en donde se quedaría por ahora, hasta que la Sultana Sakura dijera algo más. A solas, si así podía decirse, —estando Seina, Masumi, Akiko, Eri, Kaori y Hanan presentes—Sasuke intento calmarse pero eta vez le hubo resultado lo más imposible del mudo, ¿Cómo era posible que en un solo día las cosas se tornaran así?, ¿En qué mundo vivían? Ninguno de los presentes oso en decir algo o retirarse, nadie sabía si moverse estaba bien, aparentemente respirar era la única acción que no recibía queja alguna, por el momento, claro.

-Majestad- intento sosegar Suigetsu.

Escucho las palabras de Suigetsu, -el Hasoda Basi-de pie tras él, pero le hubieron parecido nada, era como si hubieran revotado contra él con un peso simplemente invisible e inmaterial, ene se momento no creía que algo o alguien pudiera tranquilizarlo, ¿Cómo hacer notar que lo sucedido era un error si Shisui podía excusarse y si Ryoko se decía inocente? Como si supiera que estaba pensando eso, un cálido tacto se situó sobre su hombro, solo semejante a una persona que se acababa de marchar, Sasuke volteo encontrándose con la serena faz de su hija Hanan cuyos dulces e inocentes orbes esmeralda y cuyo silencio le recordó omnisciente que ese no era el momento de perder el control, no delante de todos, en solitario si quería claro que podía, pero en presencia de otros tenía una imagen que mantener, era su deber. Sasuke suspiro para sí mismo, asintiendo para satisfacción de su hija menor, recobrando la compostura.

No podía permitirse actuar así, no era correcto.


A paso veloz, pero profundamente sumergido en sus pensamientos, Shisui hubo ingresado al Palacio sin voltear ni una sola vez, más sabiéndose seguido por su hermana Izumi a quien ignoraba voluntariamente, únicamente concentrado en llegar a su habitación y encerrarse ahí, necesitaba beber la medicina para su enfermedad, necesitaba calmarse y no podría hacerlo con alguien más presente. Había errado en demasía, había decepcionado a su madre y había merecido los gritos de su padre que lo había visto con un enfado inconmensurable pero justificado. Había errado como nunca y si había una causante de ello, esa era Takara. Corriendo apresuradamente tras él—seguida por su leal doncella, lady Yugito que corría a su misma velocidad—Izumi jadeo por el esfuerzo, porque por más hermosos que fueran esas galas, llevarla no era…no era exactamente lo mismo que correr en camisón, habían restricciones, pero nada de eso le importo a Izumi, Shisui había sucumbido ante la presión y Takara no había contribuido por aligerar las cosas, como siempre.

-Shisui, espera- llamo Izumi quien ya iba por su segundo aire, intentando alcanzarlo. -Tranquilízate, por favor- rogó, sacando fuerzas de flaqueza, alcanzandolo finalmente, tomándolo del brazo y haciendo que se detuviera.

Jalando el brazo de su hermano, Izumi consiguió que Shisui voltease a verla, ambos deteniéndose justo frente a las puertas de la habitación únicamente teniendo como testigo a los leales soldados jenízaros atestados en el exterior, así como lady Yugito que se llevó una mano al centro del pecho, recuperando el aliento. Eras mellizos, habían nacido el mismo día, los había criado la misma madre amorosa y llena de bondad, habían superado las misma adversidades, habían crecido juntos, nunca se habían visto enemistado, nadie tenía el vínculo que ellos tenían, e Izumi jamás pensaría en darle la espalda a Shisui como sabía que él haría igual. No aparto sus ojos del rostro de su hermano, viéndolo respirar agitado por los nervios, sintiéndolo temblar mientras entrelazaba sus manos con las de él, intentando tranquilarlo con a mirada, pero no daba resultado. No solo era el miedo a las consecuencias—y en el peor de los casos, a la muerte—lo que se estaba apropiando de él, era un nerviosismo inmenso que Izumi no recordaba haber visto desde antes de la muerte de Daisuke. Su hermano era frágil y manipulable, su ingenuidad jamás había desaparecido y esto lo hacía víctima de los complots más ruines e inimaginables, y de los cuales Izumi estaba dispuesta a protegerlo con su vida de ser necesario, tal y como sabia que haría su madre de igual modo.

-Izumi, yo no…no sabía lo que hacía, no quise…- titubeo Shisui, totalmente fuera de sí, decepcionado de su actuar y asustado como no se había sentido dese hace años

-Tranquilo, nuestra madre se ocupara de todo- prometió Izumi, acunando el rostro de su hermano en sus manos, sin soltarlo hasta que Shisui asintió, más tranquilo por sus palabras, -vamos adentro- indico sujetando el brazo de su hermano.

La voz de su hermana y su dulce mirada, solo semejante a la de su madre, consiguieron sosegara Shisui que le sonrió levemente como respuesta, asintiendo ante sus indicaciones a la par que los jenízaros abrían las puertas, permitiéndoles entrar en la habitación. Izumi estaba segura de que su hermano no hubiera hecho algo así estando consiente ni porque naciera de él en lo absoluto, no era alguien tan voluble como la mayoría de la gente pensaba, solo nervioso y tenía roznes para serlo, porque apenas siendo un bebé había tenido que librar la muerte por causa de su enemigos; con apenas un año había presenciado—inconscientemente—la muerte de su hermano Itachi, luego—con do años—la muerte de Baru, el anterior Sultan, Kami y Rai que practicante habían muerto en sucesión y la triste muerte de Daisuke hacia solo cinco años. Nadie podía sobrevivir indemne ante todo eso. Lady Yugito aguardo fuera de la habitación, en silencio, sin saber qué hacer en realidad; solo la Sultana Sakura y la Sultana Izumi podían ayudar al Príncipe Shisui, nadie más.


Por obra de los leales jenízaros atestados en el exterior, Hiroshi pudo entrar en facilidad a la habitación—con el Príncipe Itachi en brazos—en tanto se hubieron abierto las puertas, siendo velozmente seguido por la Sultana Takara a quien el cansancio no le pesaba en lo absoluto, ni a las Sultana Sakura, Mikoto, Shina y Sarada que solo se hubieron detenido a recuperar el aliento al entrar en la habitación, jadeando para sí mismas y de forma inaudible, más pendientes del pequeño Príncipe—a quien Hiroshi deposito cuidadosamente sobre la cama—que de ellas y su propio cansancio. De inmediato y sin perder tiempo, Takara se sentó en la parte de atrás de la cama, quedando de cara su hijo a quien le acaricio la mejilla, tras ella se situó la Sultana Sakura que se angustio al ver el aspecto de su nieto, pero siendo incapaz de culpar a Shisui, no tenía por qué hacerlo, no es como si Takara fuera inocente, desde luego.

-Itachi- murmuro Mikoto para sí misma, preocupada por su sobrino.

-Mi Príncipe, estoy aquí contigo- prometió Takara, sabiendo o intuyendo que, aun inconsciente, su hijo podía escucharla, -no tengas miedo- aparto el flequillo de la frente de su hijo, conteniendo un sollozo ante el fino rastro de sangre y el moretón presente en su frente.

-Hiroshi, ve por el médico, ahora- ordeno Sakura, apartando momentáneamente la vista de su nieto.

-Si, Sultanas- reverencio Hiroshi.

Hanan se encargaría—pese a su juventud—de tranquilizar a Sasuke, Sakura confiaba en ella más que en nadie porque la había criado y educado de tal manera que fuera una copia suya y que supera las decisiones difíciles que debían tomarse y porque, haciéndola una Sultana; una mujer en el cuerpo de una adolescente, cauta y astuta, falta de prejuicios y sumamente inteligente. La concentración de las Sultan por el pequeño Príncipe impidieron o hizo que no se percataran de la partida del Hiroshi quien cerró las puertas tras de sí. Takara sostuvo una de las pequeñas manos de su hijo a quien le acaricio cariñosamente el rostro, besándole el dorso de la mano, incapaz de apartar la mirada de su pequeño, su todo en el mundo, su niño adorado, aquel a quien deseaba ver como Sultan algún día, teniendo la oportunidad de protegerlo de todo; incluso de la lluvia y la luz del sol con tal de evitarle golpes como el que había recibido de su propio padre, aquel hombre que en lugar de protegerlo con toda su alma no había hecho otra cosa más que agredirlo injustamente

No olvidaría lo que había sucedido, lo llevaría en su conciencia para siempre.


PD: hola a todos, queridos lectores y amigos :3 cumplo lo prometido de actualiza este fin de semana, esperando satisfacer sus espectativas :3 la actualización nuevamente esta dedicada a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro y que extrañe del capitulo anterior, garantizando actualizar el fic "La Bella & La Bestia" durante la próxima semana ya que el lunes tengo examen de estadísticas y en tanto quede libre procederé a escribir:3) a Miryale (prometiendole que Sasuke no penara o considerara siquiera a otras mujeres, porque Sakura es su Haseki; que se traduce-en la cultura Otomana-como única mujer o única esposa, así que nadie tiene el lugar que ella tiene ni lo tendrá jamás), y a todos aquellos que siguen la historia en todas sus formas, sin excepción :3 Si tienen alguna sugerencia con respecto a series o películas que quieran como adaptaciones, apreciaría que la aportaran, recordándoles que este fic, y los otros que hago, son por y para ustedes, reiterando parte de los nuevos personaje que comienzan a hacerse presentes, y recordandoles que pueden comentar que fic quieren que inicie de los que ya había planeado :3 los amo, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.

Acontecimientos Históricos:

-El Accidente el Príncipe Mehmet-Príncipe Itachi: se desconoce la edad exacta que el futuro Sultan tenia al momento de que sucedería este acontecimiento, pero lo cierto es que su padre-el Sultan Ibrahim I (Príncipe Shisui)-y su madre-la Sultana Turhan Hatice (Sultana Takara)-tuvieron una riña violenta, e Ibrahim (Shisui) se enfureció tanto que arrancó al pequeño Mehmed (Itachi) de los brazos de su madre y arrojó al suelo en el jardín del Palacio, provocando que su cabeza colisionara contra el costado de unas de las fuentes. Por suerte para él, Mehmed (Itachi) fue rápidamente rescatado, sin sufrir daño alguno, pero se rumoreaba que tenia una cicatriz en la frente como recordatorio de este suceso.

Fics proximos:

-Operación Valkiria (casting y resumen ya hecho)

-Sasuke: el Indomable (casting y resumen ya hecho, y la historia ya visualizada)

-Cazadores de Sombras (con el prologo y tres primeros capítulos ya hechos)

-El Siglo Magnifico: Indra y el Imperio Uchiha (sin casting pero con la historia ya visualizada)

-El Siglo Magnifico: Mito, Mei & Mikoto (casting ya hecho, sin resumen y con la historia ya visualizada)

-La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber (casting y resumen ya hechos, historia visualizada y diseñada en conjunto con el vestuario)