-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem), Tugay Mercan (Sultan Ibrahim I) y Hande Doğandemir (Sultana Turhan Hatice). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 42

El silencio reinaba en la habitación, y un así Izumi podía sentir inexplicablemente el nerviosismos de Shisui mientras ella mezclaba una dosis mayor de medicina en una copa con servet, manteniéndose totalmente calmada, fría y estoica, pero con una expresión dulcemente amable y pasiva en su rostro, una expresión que aminoraba el temor que sentía su hermano cada vez que la observaba por el rabillo del ojo, sentado tras la cama mientras ella-a un par de pasos, sentada sobre el diván-trabajaba minuciosamente. Había prendido de su madre que el calor del afecto y las atenciones propias eran lo importante, por ello había impedido la entrada de cualquier sirviente, incluso de Yugito a quien le había pedido que se quedara cuidara de Kohana y Hana en sus aposentos, explicándole a Mitsuki que ella iría en cuanto Shisui estuviera totalmente bien. Ryoko había dicho o hecho nada equivocado, pero Takara si al insistir en su poder como Haseki—siendo la madre del siguiente heredero legitimo a la sucesión del trono—y no había hecho más que responder a las sinceras acusaciones de Ryoko, y enfurecer a Shisui.

-Shisui- tendió Izumi, levantándose del diván y sentándose junto a él tras la cama, entregándole la copa con la medicina ya preparada.

Shisui acepto la medicina de manos de su hermana que le sonrió en todo momento, bebiendo el contenido sin temor alguno, lo mejor era apresurar las cosas, claro que su comportamiento no merecía perdón alguno y no había sido su intención lastimar a su propio hijo, pero la insistencia de Takara podía hacer perder la paciencia a cualquiera, era tan hermosa como conflictiva y tan valiente como desesperante. Inicialmente se había sentido deslumbrado por ella; era más hermosa que Ryoko, muy buena bailarina, —así es como había sido presentada a él—así como muy inteligente e ingeniosa, pero solo le había tomado una determinada cantidad de tiempo—inmediatamente después del nacimiento de Itachi—darse cuenta de las ambiciones que ella aguardaba cumplir, así como el amor que intentaba hacerlo sentir pero que ella misma profesaba al Sultan, a su padre, jamás había sinceridad en su actuar ni en sus palabras, eso es lo que había desencantado a Shisui. Seina había aparecido antes de que naciera Itachi y siempre había sido lo opuesto, sincera, dulce, atenta, una mujer que cualquiera pudiera desear, Masumi por igual, ambas incluso eran amigas, no había competencia o celos entre ellas, incluso Akiko, su favorita, era carismática y divertida, alegraba al Harem entero y a su madre. Nadie buscaba peleas e intrigas, solo Takara.

La medicina no tardaría en hacer efecto, pero aun así a Shisui e frustraba ser culpable de algo que no había deseado hacer, intentando calmarse a sí mismo mientras reposaba su rostro contra las palmas de sus manos. Intentando apoyarlo, más aun así sabiendo que las palabras no servirían de mucho Izumi poso su mano sobre el hombro de su hermano. Su madre ya estaba solucionando todos los problemas mientras ellos estaban ahí intentando mantener la calma, ella siempre estaba ahí cuando la necesitaban, aun cuando ya no fueran niños sino adultos seguían teniendo consigo a la misma madre cariñosa y hermosa que los había alumbrado y criado y que velaba cada día por ellos con igual esmero. Irrumpiendo en ese maravilloso momento juntos, como hermanos, Izumi levanto la mirada en cuanto las puertas fueron abiertas desde el exterior por obra de los soldados jenízaros que hubieron permitido la entrada del Sultan. Lejos de mitigar el problema, su padre no aparecía más que con el fin de potenciar lo sucedido como algo aún más reprochable de lo que ya de por si era. Intentado minimizar la preocupación de su hermano y tomando una postura protectora, -idéntica a la de su madre en ocasiones como esa-Izumi no dudo en levantarse de la cama y cruzar la distancia que la separaba de su padre, teniéndose frente a él, pero en lugar de prestarle atención a ella, padre no hizo más que centrar toda su atención en Shisui.

-Shisui, ¿Qué pensabas que hacías?- cuestiono Sasuke, sin reparar en el aun latente nerviosismo de su hijo. -Itachi es tu hijo- recordó con obviedad.

-Padre, por favor, mi hermano no está bien, te ruego que te retires- pidió Izumi respetuosamente. -Shisui ya se siente mal- evidencio volteando a ver de sola sayo a su hermano. -Además esto es culpa de Takara, ella provoco a mi hermano para que lo hiciera- acuso con desmedida furia y certeza por lo que su hermano le había dicho.

Ella también, en sus inicios, había considerado a Takara como una aliada, luego de que Ryoko hubiera desafiado las ordenes y se hubiera embrazado de todos modo, Takara obviamente había sido un sustituto intachable; muy hermosa, talentosa e inteligente, aprendía todo lo ordenado con una rapidez magnifica que la hacía muy importante para todo por su lealtad. Pronto, habiendo sido favorita inicialmente, había sido del agrado de su padre que coincida en su creencia de que merecían hacerse toda clase de sacrificios por la bienaventuranza del Imperio y la perpetuidad de un linaje de Sultanes y herederos que merecieran gobernar, desdeñando a aquellos que parecían ser relegados al segundo o tercer puesto, aunque no haciéndolo menos importantes. Claro que en privado Takara era mucho más drástica, odiaba a los hijos de Seina y Masumi, sabía que eran competencia par que su hijo llegara al trono; el trono no pasaba a ser ocupado por el mayor salvo en ocasiones marcada, quien realmente podía llegar a ser llamado Sultan y gobernar era quien fuera más apto, no mayor.

-¿Qué dijo para provocarlo?- cuestiono Sasuke, sin afirmar o negar su acusación.

-Que Baru no es su hijo, que no debía darle amor ya que tiene a Itachi, incluso dijo que Baru no debería estar en el Palacio- nombro la pelicastaña con veneno en cada silaba. -¿Qué insolencia es esa?- rebatió sin dejar de sentir ira por la Haseki de su hermano.

-Tiene razón- contesto el Sultan para incredulidad de su hija. -Baru no es un Príncipe legítimo, no debe ser visto por ahí, a eso se refería Takara- justifico, manteniendo la misma opinión que Takara, aunque sabía que algo de lo expresado al pronunciar estas palabras era lo que había hecho que ella errara, incluso él lo reconocía.

-¿Y quién se cree que es para decirlo?- discutió Izumi, haciendo valer ante su padre su autoridad como igual, una Sultana de sangre. -Baru es un Príncipe y todos deberán aceptarlo, empezando por ti- puntualizo para mayor descontento de su padre, -¿no es así, Shisui?- afirmo observando de sola sayo a su hermano.

Sasuke desvió la mirada hacia su hijo, viendo con decepción como secundaba la idea de Izumi con un vago asentimiento que fue más que suficiente para ella que le sostuvo la mirada con arrogancia. Sakura había dicho lo mismo durante años pero él no podía respaldar esta creencia, el Imperio tenia reglas, y un niño—por más que tuviera en sus venas la sangre del Imperio—no podía solo ser declarado Príncipe sin más, ya era ilegitimo a ojos de todos, resultaría una burla un reconocimiento semejante, eso además de que Takara no era de su confianza, incluso Takara se vería desplazada, ya no sería la Haseki ni Itachi sería el heredero, toda la línea de sucesión conformada por los descendientes de Shisui y por ende del linaje Uchiha se vería alterada por un simple niño y una mujer cuyas ambiciones desconocía. Era un riesgo demasiado grande a correr por un futuro que ni siquiera se sabía si valdría la pena. Quería levantarse de la cama y estar ahí de pe junto a su hermana, discutiendo con su padre, pero Shisui solo estaba esperando a sentirse un poco mejor , a que la medicina hiciera su trabajo y ese miedo apabullante lo abandonara, bueno, eso y quizá que su padre dijera una sola palabra que consiguiera envalentonarlo, sobre todo lo segundo.

-¿Qué quieren decir con eso?- alego Sasuke, esperando equivocarse.

-Que Baru es mi hijo- contesto Shisui, levantándose de la cama para satisfacción de su melliza, y deteniéndose frente a su padre, -lo aceptes o no, padre, esa es la verdad- espeto inamovible.

-Todos nosotros lo aceptamos, pero tú no- pronuncio la Sultana con máxime naturalidad, secundando lo que su hermano considerara correcto y que su madre respaldaba por completo.

-Cállate, Izumi, tú le diste esta disparatada idea- acuso Sasuke, conociendo de sobra lo influenciable y manipulable que era Shisui.

-Padre, Baru es tu nieto- recordó Izumi con tranquilidad, remarcando esa verdad que su padre debía de haber aceptado hacía ya mucho tiempo, -le negaste tu amor de abuelo, al menos deja que todos nosotros cuidemos de él- añadió justificando su decisión, y sentenciando que él, por su parte, se mantuviera totalmente al margen de las cosas.

No necesitan de su "caridad", ni pensaban pedirle a esas alturas que le diera afecto al niño que por sangre era su nieto, pero si querían que se mantuviera alejado de sus decisiones, su madre ya ejercía como una abuela afectuosa, Shisui era un padre irreprochablemente atento, ella mismo al igual que Sarada y Hanan ejercían como tías, incluso Mikoto y Shina que no simpatizaba con Ryoko, todos estaban del lado de ese niño que era inocente de todo aquello que bien Ryoko podía y bien merecía o no ser acusada. La suerte ya estaba echada desde hace mucho, no podía detenerse aquello que sucedía de forma natural, ni siquiera el Sultan podía hacer eso.

Era inevitable.


El doctor C se encargó de cuidar minuciosamente del infante, habiendo limpiado la herida y vendándole la frente mientras la Sultana Takara y las Sultanas Mikoto y Sarada estaban presente. La Sultana Sakura hubiera deseado quedarse y corroborar que su nieto estaba bien, justo como la Sultan Shina, pero tenían responsabilidades propia de que encargarse, por mucho que valoraran los sentimientos; un Palacio no se administraba solo ni se podía mantenerse al tanto en política y demás si solo se pesaba en ellos, se necesitaba mantener la cabeza fría. Desde luego que Hiroshi estaba presente, de otro modo Takara estaba segura de no poder sentirse tranquila y a salvo, siempre había esperado cosas insólitas de parte de Shisui…pero nunca algo como esto, la había asustado, había herido a Itachi prefiriendo al hijo de la insufrible de Ryoko, era una humillación demasiado grande como para ignorarla, ni tampoco pretendía olvidarla. Takara sintió como si se le atascara la respiración en los pulmones en cuanto vio al doctor C cubrir y arropar a su pequeño Príncipe, guardando el instrumental que había utilizado, dando por terminada su revisión…ahora solo quedaba el crudo diagnóstico.

-Sultanas- reverencio respetuosamente el doctor C, -afortunadamente la herida no fue mayor, dejara una cicatriz al sanar, pero no es algo grave, le daré una medicina para el dolor- declaro medicamente pero consiguiendo tranquilizar las inquietudes de las presentes.

-Gracias- asintió Takara, infinitamente agradecida por saber a salvo a su hijo.

La partida del doctor C, escoltado por Hiroshi, discurrió en total silencio, ni Mikoto ni Sarada supieron si era prudente decir algo, únicamente en lugar de ello se reservaron a contemplar en silencio a Itachi que permanecía profundamente dormido, justo como hacia Takara cuyas manos—cruzadas a la altura de su vientre—apretó con toda la fuerza que él fue posible, desconociendo si se estaba lastimando las manos o no. Agradecía a Kami que su hijo estuviera bien y el saber que fuera a recuperarse…pero no dejaba de sentir ira y odio hacia Ryoko, por culpa de ella la vida de su pequeño Príncipe había corrido un riesgo innecesario, por ella y su ambición de obtener aquello por lo que Takara había peleado desde el Principio. Nadie le quitaría su lugar como Sultan Haseki del Príncipe Heredero, sin importar el que su Príncipe, su Itachi llegaría al trono, moriría con tal de garantizarlo, era lo mínimo que ella y su hijo merecían y debían de aspirar; la gloria del Sultanato.

-Todo eso sucede por culpa de esa maldita de Ryoko- mascullo Takara, más aun así su voz resulto audible y entendible para la Sultana Sarada que, a su lado, se sintio culpable.

-Debes perdonarnos, Takara, no pensábamos que ocurriría algo como esto- se disculpó Sarada, tanto en representación propia como de su madre.

-No, Sultana, no fue culpa de nadie, solo de esa mujer- rebatió Takara, con igual grado de veneno en su hermosa voz.

-Sus ambiciones son grandes, pero no conseguirá nada, de eso puedes estar segura, nuestra madre jamás lo permitirá- sosegó Mikoto, aunque estas palabra eran más por tranquilidad que por cualquier otra cosa.

No pensarían jamás en hacer algo contrario Ryoko, no daba motivos para desconfiar de ella, pero por el recuerdo de su traición es que Mikoto al menos no podía confiar del todo en ella y en las posibles ambiciones que tuviera, ya fueran positivas o negativas, aun así amaba profundamente al pequeño Baru, a su adorable y amable sobrino, porque aun cuando los títulos dijeran otra cosa ese pequeño llevaba su sangre, la sangre de su hermano y de cada miembro del Imperio, era imposible no amar a ese pequeño. Ciertamente Ryoko no era tan ingeniosa como Takara, pero era sencilla, alegre y muy cálida en su trato a las personas, había acompañado muchas veces a su madre a verla y siempre se sentía a gusto en su presencia, por no hablar de su pequeño sobrino que era la viva imagen de Shisui…era imposible odiar a ninguno de los dos, ellos eran víctimas de la opresión que reinaba en el Palacio, ellos eran libres como nadie más podía serlo. Takara solo sintió para sí ante estas palabras, sabiendo lo que significaban o mejor dicho el intento de consuelo que eran para ella, solo que nada podía consolarla en ese momento.

-Con eso me quedo más tranquila, Sultanas- sonrió Takara, solo que no estaba siendo del todo honesta.

Lo que Ryoko había hecho, fuera como fuera…no quedaría sin respuesta, ella misma se encargaría de castigarla y hacerle vivir el infierno en la tierra, jamás sería una Sultana como tanto ambicionaba ni su hijo sería un Príncipe, se lo haría entender y le cobraría venganza por la afrenta hecha a ella y a su hijo; nadie lastimaba al futuro Sultan del Imperio y salía ilesa. Ryoko pagaría con creces lo que había hecho, se arrepentiría de estar viva y ese pago seria su propia existencia y la de su hijo.


La noche había llegado finalmente a la capital y aun en la oscuridad—iluminando su despacho y habitación con la luz de las velas—el Visir Naruto Uzumaki, en antaño Khan de Crimea y miembro del ejercito jenízaro, se encontraba revisando los documentos que habrían de ser presentados en la próxima reunión del Consejo Real, tenía una mansión privada como funcionario del estado, pero aun así elegía residir en el Palacio Imperial donde sus aposentos—comparados con su mansión—eran muy pequeños, pero esta incomodidad era nimia cuando en realidad permanecía allí para estar junto a la dueña de sus desvelos. Aun cuando ahora gozara de mayor poder y valor como político no quería recibir un trato diferente, así que—y siendo sus órdenes—uno de los leales escoltas que aguardaban fuera de su despacho no tuvo la necesidad de tocar para pedir permiso, solo ingreso, así es como Naruto tenía estipulado que lo trataran en privado; como un igual ya que había formado parte de las filas jenízaras.

-Visir- reverencio el jenízaro, -la Sultana Sakura está aquí para verlo- anuncio.

-Que pase- contesto Naruto, con una inmediata sonrisa.

La noticia hizo a Naruto levantare de inmediato de su escritorio mientras el jenízaro abandonaba su presencia, dándole tiempo de observarse al espejo y acomodarse el Kaftan en su siempre habitual empeño de lucir presentable justo antes de que la mujer más poderosa y hermosa del Imperio cruzara el umbral de la puerta, dedicándole una siempre radiante sonrisa que lo hacía estremecer de la emoción y alegría producto del inmenso amor que sentía por ella. Cada vez que la veía todo cobraba un sentido para él; lo hermosa que era, lo dulce y atenta que siempre se mostraba ante él, sabía que ocupaba un lugar muy importante en el corazón de ella, siempre se lo recordaba por temor a que Naruto lo olvidase, peor eso jamás pasaría. Shikamaru observo en silencio el encuentro, permaneciendo de pie frente a las puertas que cerro tras de sí, permaneciendo en el interior; él era el seguro de que el comportamiento de la Sultana Sakura era intachable, y así era, jamás daba motivo alguno para hablar, solo e trataba de precaución.

-Sultana Sakura, me honra- reverencio Naruto, sin apartar los ojos de ella en ningún momento.

-¿Cargado de trabajo otra vez?- supuso la Haseki, tomándose la bien merecida confianza de recorrer a gusto la habitación, deteniéndose frente al escritorio.

-Algo, pero no me quejo, Sultana- rió el Uzumaki, incapaz de sentirse afligido o desdichado teniéndola a ella, -además, nada de eso me impedirá apartar los ojos de usted- elogio sin poder contenerse.

La sonrisa en el rostro de la hermosa Haseki no hizo más que crecer ante aquel elogio tan sincero; de serle posible le diría a Naruto que lo amaba, porque en parte sentía que así era, pero por las leyes y normas protocolarias era que no lo hacía, no quería que alguien jugara con sus sentimientos por saberse correspondido en ese ámbito, haciéndolo vulnerable. No es como si no amara a Sasuke, pero no podía afirmarlo como antes; lo escuchaba decirle que la amaba, pero ella solo podía corresponderle con un yo también, un te amo no conseguía salir de sus labios, no sentía la confianza suficiente para hacerlo. Contrario a Sasuke a quien ella mantenía ajeno de tantas coas, Naruto si sabía de su enfermedad, sabía que solo Kami daría terminó a su vida, aunque esa vida no era muy larga como para merecer valorarla, pero él insistía en desear hacerla feliz…cuanto fuese posible, aunque fueran minutos, horas, días, meses o años.

-¿Está bien Sultana?- consulto el Uzumaki al verla pálida

-Uno que otro problema, Naruto, como siempre- tranquilizó Sakura con una sonrisa, feliz de poder ser totalmente sincera con él, -preferiría sumergirme en los asuntos de estado para no pensar en mis problemas- admitió, apartando la mirada y jugueteando mentalmente con las letras de los documentos sobre el escritorio.

-El Sultan discrepa nuevamente- supuso Naruto, aunque más que suponer podía afirmarlo.

-Me conoces muy bien Naruto- afirmo la Haseki, mordiéndose el labio inferior para no reír.

No podía ser egoísta y pensar en sí misma, se había jurado anteponer as su hijos por encima de todo, porque ellos eran el Imperio y si ellos eran felices y estaban a salvo todo lo demás estaría bien, no podría estar tranquila hasta saber que Shisui estaría bien, que Mikoto, Shina, Sarada, Izumi y Hanan eran felices, y que sus nietos y nietas tenían una vida digna de ser vivida. Necesitaba garantizar que Ryoko y Baru estuvieran a salvo, claro que Takara se molestaría pero o era hacerla feliz a ella o a decenas de personas, contrario a Sasuke que confiaba ciegamente en su opinión, Sakura dudaba de ella desde hacía cierto tiempo, había comenzado a ver que no era tan leal como si era Aratani, no quería afirmar o dar por formada una enemistad hasta estar totalmente segura, pero eso tomaría tiempo. No aspiraba a ser feliz, pero si deseaba poder vivir con tranquilidad los últimos años o meses de vida que tuviera a bien vivir, pero quizá incluso eso era mucho pedir.

-Eso es por el inmenso amor que le profeso, Sultana- pronuncio el Uzumaki, sosteniendo osadamente una de las manos de ella entre las suyas, llevándola a sus labios y besando devotamente su dorso.

Sakura sonrió ante esto, quizá no pudiera obtener paz perpetua como anhelaba, peor gracias a Naruto podía ser feliz por al menos un momento, eso era mejor que nada.


Aun resultaba infinitamente extraño para Shisui—observando por el balcón de la terraza de sus aposentos—ver como un día tan feliz no había hecho más que volverse un caos; el obsequio de su madre, la presencia de Ryoko y Baru era todo cuanto hubiera podido desear a su regreso, y el apoyo de sus hermanas y sobrinas solo hacía que fuera más y más feliz, todo hubiera sido perfecto de no ser por Takara y por su padre que siempre le llevaban la contraria en todo cuanto hiciera, siempre considerando que ellos actuaban mejor, que valoraban las cosas de una mejor forma. Ni siquiera el soportaba tener que lidiar con ellos, con ninguno de los dos…compadecía a su madre que pese a lucir tan hermosa y trise a la vez siempre le sonreía, extenuada pro dedicarse a mantener la paz en la corte y el Harem. No estaba seguro de que clase de existencia estaría padeciendo de no ser por ella, ni quería imaginarla, no tenía porque, gracias a ella estaba donde estaba, eso era todo cuanto necesitaba saber. Irrumpiendo en sus pensamientos, como él ya sabía que pasaría es que escucho una serie de respetuosos golpes contra las puertas de sus aposentos, sabía muy bien de quien se trataba.

-Adelante- indico Shisui, regresando al interior de la habitación.

Si bien su madre estaba hasta el cuello de responsabilidades, —como siempre—había tenido el dulce gesto de enviar a Tenten para decirle que Ryoko estaba instalada en sus propios aposentos, designaos especialmente para ella a y que bien podrían ser merecedores de albergar por cualquier Sultana, eso lo dejaba infinitamente feliz y satisfecho, pero a la vez necesitaba verla y a Baru, quería pasar tiempo con ellos. Una inmediata sonrisa de plasmo en su rostro mientras cruzaba la distancia desde la terraza al interior de su habitación, —tan velozmente como pudo—sonriendo infinitamente feliz en tanto las puertas se abrieron y Ryoko, sujetando la mano de Baru, ingreso en la habitación, sonriéndole como respuesta. Podría ser un gesto tan insignificante…pero comprad con la falsedad de Takara, ella era la honestidad personificada, ella erra todo lo que Takara no era. Ahí, a solas, juntos los tres, Ryoko se sentía a gusto, sabía—justo como Baru—que no tenían por qué reverenciar a Shisui, estaban ahí por y para él, y a cambio los tres eran felices por igual, eso era todo cuanto se pudiera anhelar en el mundo; la felicidad.

-Baru, mi Príncipe, mi león- arrullo Shisui, cargando afectuosamente a su hijo.

El pequeño principito rió emocionado, siendo abrazado por su padre, observando a su madre mientras él reposaba su mentón contra el hombro de su padre que solo le dirigió una luminosa sonrisa a cambio. Volteando a ver Ryoko, sosteniéndole la mano, Shisui se sentó tras la cama donde dejo a su hijo, llevando consigo a Ryoko que—acomodándose la falda—no les quito los ojos de encima en ninguno momento, a los dos, completamente gusto mientras veía a su pequeño en el regazo de Shisui que voleaba a verla a cada instante. Desde luego que aún no podía olvidar lo sucedido en el banquete, pero tampoco podía culpar al Sultan por pensar de ella de esa forma, no con Takara presente imponiendo su autoridad y haciendo que cualquier creyera que quien tenía los ideales correctos era ella y que todos los demás estaban totalmente errados.

-Ryoko, luego de hablar con mis hermanas y mi madre decidimos que te quedes en el Palacio, no serás mi favorita o Sultana, pero tendrás presencia y, con el tiempo, quizá Baru pueda ser legitimado- confeso Shisui, esperando poder hacerla feliz con esta decisión.

Escuchando las palabras de Shisui, Ryoko aguardo un minuto de prudente silencio, riendo de forma casi inaudible ante lo que oía…no era una risa de felicidad, era una de confusión, una risa que liberaba al no entender lo que acaba de escuchar, o mejor dicho su mente no quería procesar esa declaración, porque después de ese día no creía sino que volvería al Viejo Palacio de donde quizá no volvería a salir, pero…¿Vivir en el Palacio Imperial, junto a Shisui? Era como si el cielo, la luna, las estrellas y el mismo sol le fueran entregados y puestos sobre sus hombros, era algo inimaginable, una fantasía que jamás había llegado siquiera a considerar como posible. De la hermosa y noble Sultana siempre se podían esperar cosas imposibles que solo ella poda realizar…pero aun así Ryoko no había llegado a esperar que ella consiguiera incluso convencer al Sultan, no importaba cuanto lo pensar, aquello parecía un sueño para Ryoko que sonrió como no recordaba haberlo hecho nunca antes, haciendo feliz Shisui en el proceso, únicamente por su sonrisa.

-Shisui, eso es magnífico- sonrió Ryoko, más feliz de lo que hubiera podido soñar serlo en toda su existencia, -la Sultana Sakura realmente es un ángel como todos dicen- elogio con admiración.

Era un nuevo inicio, un nuevo inicio para ella, para su hijo, par Shisui, ahora todo sería como siempre debía de haber sido; estarían juntos, los tres


Con una sonrisa en el rostro, ambas hermanas—seguidas por sus doncella—recorrían el pasillo que las llevaría a sus aposentos, Sarda se sentía mucho más tranquila luego de haber hablado con Shisui, eso y de haber recibido de la propia voz de Izumi los detalles de cómo es que su padre había tomado la "imposición" de que Ryoko permaneciera en el Palacio como su madre lo había decidido y comentado desde hacía ya bastante tiempo, aun así Sarada e Izumi no podían evitar pensar—por igual—que esto solo era una respuesta conformista disfrazada, no sabían porque, solo lo sentían. En ocasiones no era más que una corazonada lo que separaba la vida de la muerte y la victoria del triunfo. Ya era tarde, la media noche acababa de caer hacia unos minutos, pero como Sultanas siempre había algo que hacer que las hacia estar lejos de sus aposentos, hijas y esposos; pero por una vez tanto Izumi como Sarada lo agradecieron, deteniéndose a mitad del pasillo y sonriéndose entre sí al ver—en el pasillo frontal al que transitaban—ver caminar a su madre apresuradamente, lealmente escoltada por Shikamaru. No necesitaban preguntar para saber el porqué de tanto premura, ellas sabían muy bien donde había estado, y esto no merecía obtener ninguna clase de reproche.

-Nuestra madre termina sus actividades tarde otra vez- bromeo Izumi, sonriendo para sí ante esto. -Que afortunado es Naruto Uzumaki- adulo sinceramente.

-No pensaras hablar, ¿o si, Izumi?- dudo Sarada, volteando a ver de sola sayo a su hermana.

-Oh, Kami, no- protesto Izumi, riendo ante su propia respuesta, tranquilizando el temor de su hermana, -valoro los sentimientos, y entre nosotras…- le indico Sarada que se le acercara de forma cómplice, porque el secreto que tenía que decirle era algo que no estaba dispuesta a admitir con muchas otras personas, -es un tanto divertido mantener el secreto- bromeo, sin poder contener su risa.

Era tarde, y quizá otras personas pudieran pensar en levantar calumnias por causa de la envidia o simplemente por no saber que más hacer para perder el tiempo, pero su madre o daba motivo alguno, es más, aun cuando llegara a ser infiel y esto fuera sabido por alguien a nadie le importaría ni pensaría contarlo, no había nadie mejor para dirigir el Imperio y administrar el Harem y la corte, su madre era un caso absolutamente excepcional. Ellas, como hijas, estaban más que al tanto de los sentimientos de Naruto por su madre, y de hecho se sentían orgullosas, teniendo como madre a la mujer más hermosa del mundo era imposible no pensar que algún hombre no fuera a sentir atracción y mor—platónico o sincero—por su madre, ellas mismas lo vivían a diario, pero eso era un secreto; Shina tenía un enamorado; Tokuma, su leal sirviente, pero para no levantar calumnias es que él se contentaba con servirle y Shina sabía de sus sentimientos pero evidentemente no podía corresponderle. El amor estaba prohibido para los miembros del Imperio, y si se encontraba debía atesorarse y protegerse, esa lección había dejado el legendario amor entre el Sultan Hashirama y su esposa la Sultana Kaede, ese amor que había cambiado la historia del Imperio.

-Nuestra madre no es infiel ni nada por el estilo, pero no vamos a negar que el único culpable del distanciamiento de nuestra madre…- Sarada se silenció voluntariamente y aunque lo hacía porque era obvio como se completaba esa frase.

-Es el Sultan- añadió Izumi, conociendo de sobra quien era el único merecedor de tal culpabilidad.

Además, su madre no tenía por qué rendirle cuentas a nadie; ya no era una mujer joven e ilusa, no podía tener hijos así que de ninguna forma se vería asociada con la posibilidad de una aventura, quizá ellas, siendo más jóvenes, sí, pero su madre como mucho seria elogiada por su belleza y las tentaciones que provocaba inconscientemente en los hombres que la idolatraban, pero no más, y esto último no era un pecado, no era culpa de su madre haber nacido con la belleza de un ángel. Si se metieran en la mente de todos los hombres del Imperio, —desde plebeyos a Pashas, Beys, Visires y demás…-descubrirían que todos ellos guardaba sentimientos por su madre, algunos sinceros otros de carácter platónico, y otros admiración y veneración sincera. Era una estadística real, no una prueba concluyente, pero de esto siempre se rumoreaba mucho. Bueno, era mejor no seguir pensando en eso a decir verdad, ya era tarde y lo siguiente que querían y debían hacer era regresar a sus aposentos, ya era momento de separarse y dar por terminado ese día cagado de ajetreo y locura…solo por decir algo.

-Buenas noches, Sarada, debo volver con Mitsuki- se despidió Izumi.

-Buenas noches, hermana- secundo Sarada, sonriéndole cariñosamente, -saluda a Hana y Kohana por mí- pidió, recibiendo un inmediato asentimiento y sonrisa.

El pasillo en que estaban se dividía en dos; el ala norte y el ala sur, así que, sin más ajetreo y sonriéndose una última vez, ambas hermanas se dieron la espalda, tomando su propio camino. Solo podían esperar que mañana fuera un día mejor, aunque esto nunca podía ser del todo seguro, pero se valía soñar.


Aun cuando fuera tarde, las promesas siempre se cumplían, y sabiendo que Sakura era absolutamente incapaz de dejar algo sin cumplir, no resulto un problema para Sasuke esperar su llegada, observando distraídamente por la puertas que conducían a la terraza, por más que fuera verano últimamente las noches se tornaban inusualmente frías…eso era una mala señal, quizá se aventuraran cambios peligrosos, tanto ambientales como dentro de los muros de su Palacio por causa de quienes lo habitaban, afortunadamente podía cambiar lo segundo, pero en cuanto a lo primero solo podía contar con que su pueblo no pagara algo indebido por causa de la madre naturaleza y sus incomprensibles decisiones. Sonrió ladinamente para sí mismo, cruzando las manos tras la espalda recalcando aún más su falsa postura de indiferencia en cuanto sintió que las puertas eran abiertas desde el exterior por obra de los leales soldados jenízaros; solo había una persona en el Palacio que tenía su total autorización para estar en su presencia si anunciarse.

-Tardaste- reprocho Sasuke, aun sin voltear a verla.

-Lo siento, como siempre tengo asuntos que atender- se excusó Sakura, quitándose con cuidado la corona y dejándola sobre el escritorio, así como los pendientes y el collar, -además hoy ha sido un día de locos- justifico, deshaciéndose de la bata del vestido y dejándola sobre la silla, bufando sonoramente el poder recuperar el aire luego de haber recorrido prácticamente todo el Palacio.

-Comenzare a sentir celos- se burló él, sin poder evitarlo, volteando a verla finalmente.

-No tienes porque, siquiera pensar en ver a otro lado significaría mi muerte- le recordó ella, con las manos entre el lugar de sus costillas y caderas para respirar más profundamente y recuperarse, disimulando esto lo mejor posible, como siempre, caminando lentamente hacia él. -Yo, por otra parte…tengo motivos para sentir celos- se quejó, siguiéndole la corriente, cruzando los brazos sobre su pecho, ya sintiéndose mucho mejor.

Ahí estaba esa declaración que había deseado plantarle en la cara en cuanto él había aludido la atención que las mujeres del Harem le daban a Shisui, hablando de él y deseando poder estar en su presencia, pues el caso de Sasuke no era distinto en ningún sentido, aunque aún tras tantas discusiones y tropiezos en el camino de su matrimonio, —descontando a Naoko que claramente podía contar o no—un más ahora que ella definitivamente ya no podía tener más hijo, Sakura no alcanzaba a entender porque Sasuke no elegía a una de esas mujeres; pero sin importar que no perdonara lo hecho por él, sentía que un puñal se le enterraba en el pecho al pensar profundamente en ello, no era su reputación y prestigio lo que le importaba, pero si le dolía imaginar a Sasuke con otra mujer. Claro que él no tenía por qué sentir celos, como Sultan existían normas estrictas que ceñían al Harem, además él, como hombre, tenía lugar en su vida para muchas mujeres, pero no para una; esta era la norma que habían seguido cada uno de sus predecesores un habiendo tenido esposas, —los Sultanes Hashirama y Tobirama—pero Sasuke había elegido desde el principio obrar diferente, el solo quería y tenía una mujer en su vida, y no cualquier mujer; un ángel. No necesitaba preguntarle a nadie para saber que el comportamiento de Sakura era más que irreprochable, nadie osaría siquiera pensar lo contrario y de ser así él no prestaba atención porque sabía muy bien qué clase de mujer era su esposa, si él no soñaba o pensaba siquiera en ver a otra mujer, ella no pensaría jamás—aun tras tantos traspiés entre ambos—en desviar la mirada hacia alguien más, era simple sentido común; una virtud de Uchihas.

-¿Y eso por qué?- cuestiono el Sultan, algo divertido por su suposición.

-Le mencionaste a Shisui la atención que le dirigen las mujeres del Harem, esperando que las vea, pero sucede lo mismo contigo- comparo Sakura, cruzando los brazos sobre su pecho, pero Sasuke no hizo más que observarla confundido por su comparación. -Las leyes del Harem estipulan claramente que debí comenzar a enviarte concubinas hace mucho- añadió como justificación, ya que al no poder tener más hijos esta labor pasaba a ser cuestión del Harem, pero él se negaba a aceptar a otras mujeres.

-No me apego a las reglas- contesto Sasuke, encogiéndose de hombros con suma naturalidad para divertimento de ella, -y con respecto a ese asunto, yo solo te deseo a ti- añadió envolviendo sus brazos alrededor de la cintura de ella, acortando bruscamente la distancia entre ambos con aquel gesto tan posesivo.

Únicamente para marcar un insignificante grado de distancia entre ambos, Sakura poso sus manos sobre los hombros de él, sin dejar de sostenerle la mirada, sonriendo divertida por su actuar; las cosas jamás cambiaban entre los dos. Usualmente era una mujer—favorita, odalisca o Sultana—quien debía sentir celos, porque los Príncipes o Sultanes gozaban de libertad para sentir amor o tracción por cualquier mujer, pudiendo tener un sinfín de amantes o favoritas con solo desearlo, ja, pero ¿Cuántas mujeres hubiera tenido su suerte de provocar celos en un hombre, corrección…en el Sultan? Posiblemente ninguna. Primero, en el pasado, había sido Neji, y aun cuando Sasuke o diera nombres en específico estaba claro para Sakura que él sabía de ciertos hombres que sentían amor o fascinación platónica por ella. Era divertido saberse tan valorada en cierto modo, porque no dejaba de ser la dueña absoluta del corazón del Sultan del mundo; su única Haseki, su esposa, su amante, su amiga, su persona de mayor confianza, su emisaria, consejera, aliada…y enemiga al mismo tiempo. Muy irónico la verdad, pero en ocasiones era mejor ignorar todas esas cosas y vivir el amor, fulgor y pasión del momento, ¿no? Después de todo ella era su esposa, y el su esposo, ¿Qué más se necesitaba saber?

-Demuéstramelo…- reto Sakura con una sonrisa entre cínica y divertida, enredando sus brazos alrededor de su cuello.

Sasuke le contesto con un beso inmediato, apasionado y tajantemente profundo, transformando esa respuesta en un beso absolutamente lujurioso y desesperado en toda su esencia, mezclando deseo, necesidad y desesperación desmedida. Separándose apenas por una fracción de segundo, el Uchiha pudo ver ese destello especial en los brillantes orbes esmeralda de su esposa. Ella era perfecta tal y como era, la mujer ideal que cualquier hombre pudiera concebir en las mejores fantasías y anhelos: hermosa, apasionada, dulce, inocente, con carácter, una mujer sin miedo ni cobardía en su cuerpo, bondadosa, inteligente, cauta, dulce, maternal y abnegada, un verdadero ángel; su ángel.

Sin ser brusco, la hizo inclinar el cuello, aquella zona tan erógena y que, en ambos, resultaba igualmente placentera. Escuchándola jadear, lamio gustosamente su piel, percibiendo el inequívoco aroma a rosas y jazmines que provenían de su piel, sintiéndola estremecer bajo su tacto, casi escuchándola ronronear de gusto al sentirlo desabrochar apresuradamente el cierre del vestido, bajando uno de los hombros con facilidad, lamiendo desde el final de su hombro hasta la parte inferior de su mandíbula, mordiendo de vez en cuando cada porción de aquella piel que recorría con toda libertad, enardecido de deseo al escucharla suspirar y rogar por más


Aun cuando fuera tarde, el Harem y sus pasillos contiguos permanecían en permanente ajetreo, el día había sido tan turbulento que aun nadie podía irse a dormir, nos Takara que—intentando pensar con claridad—no hubo dudado en recorrer parte del Palacio en espera de extenuarse lo suficiente y poder dormir con tranquilidad como tanto deseaba, su hijo estaba bien y eso era lo único que podía hacerla sentir tranquila, pero aun habían problema que solucionar, solo que pensaba dejarlos para mañana, por ahora estaba demasiado agitada consigo misma y sus propios pensamientos. Seguida por sus doncellas, fue reverenciad a su paso como esperaba, aunque la verdad esta era una satisfacción interina más que un deber, no necesitaba ser reverenciada, pero in duda alguna le gustaba serlo, amaba es sensación de gloria y poder, pero como siempre todo no podía ser perfecto y la repentina aparición de Ryoko—acompañada de su pequeño hijo—no hizo más que contribuir a arruinar su—hasta entonces—tranquila noche, ¿Es que esa mujer no podía simplemente marcharse y ya?, ¿Qué creía seguir haciendo bajo el mismo techo que ella?

-¿Qué haces tú aquí?- gruño Takara, deteniéndose frente a Ryoko que no la reverencio, sino que en su lugar le sostuvo osadamente la mirada.

Si bien Ryoko no quería enemistarse con nadie…saber molesta o frustrada a Takara era un placer que deseaba permitirse tener, había tenido que soportar su odio injustificado durante años, sus humillaciones, las habladurías que había levantado injustamente en su contra, las calumnias que afortunadamente Shisui no creía y que solo la humillaban más cada día, y Ryoko jamás había dicho nada, solo había guardado silencio, pero por una vez deseaba poder decirle a la cara—sin temor alguno—lo que realmente pensaba y sentía, deseaba poder ningunearla del mismo modo como ella lo había hecho siempre. Acorto de forma casi dramática—para aquellas que estuvieran prestándoles atención—la distancia entre ellas, plasmando una sonrisa ladina en su rostro, y actuando lo opuesto a lo que era ella naturalmente; indiferente, vengativa y resentida, no odiaba a Takara, pero si quería devolverle todo cuanto había hecho, era lo único que deseaba hacer contra alguna persona en su vida y esta vez nadie la detendría.

-Mejor acostúmbrate Takara- sugirió Ryoko con simpleza, sosteniéndole la mirada, -me veras muy a menudo por aquí, el Príncipe Shisui designo unos aposentos para mi Príncipe y para mí- mintió, ya que deseaba ocultar lo que la Sultana Sakura había hecho por ella, para evitarle posibles disgustos y problemas.

-¿Estás jugando?- supuso la pelinaranja, sin llegar a creer lo que oía.

-No, a partir de mañana yo seré la Haseki del Príncipe Shisui- se jacto la pelinegra, fingiendo un orgullo y ambiciones de los cuales carecía.

Luego de haber admitido ante la Sultana Sakura—hacia cinco años atrás—que estaba embarazada, se había dado cuenta de que su posible anhelo de ser Sultana Haseki era un error, una idea infantil que no tenía fundamento, era algo imposible mucho menos ahora cuando su hijo era un Príncipe ilegitimo, nunca podría ser reconocido y no aspiraba a ello, solo a hacer feliz a Shisui y a estar junto a él tanto como le fuera posible, pero con tal de solo molestar a Takara es que fingió ambicionar ocupar su lugar; ser la Haseki del Príncipe Heredero y ostentar todo ese poder y gloria que ella se jactaba de tener, vistiendo como si ya fuera Madre Sultana. Resultaba burlesco en demasía para Takara escucharla presumir de tanto cuando en realidad era un donnadie, pero aun cuando mantuviera un aspecto displicente, Takara no dejaba de sentir un diminuto grado de miedo ante la posibilidad que representaba que su mayor enemiga y adversaria pensara siquiera en disputar un rango de poder y jerarquía que Takara había luchado por merecer, no dejaría que nadie le arrebatar eso, pero tener otra contendiente—aun cuando Seina y Masumi se esforzaran por demostrarse neutrales—tampoco era de su agrado, quería el poder servido en bandeja de plata, más aun así estaba dispuesta a luchar por él.

-Deja de soñar, el Sultan jamás lo permitirá- rebatió Takara.

El Sultan Sasuke jamás permitiría que Baru, ese pequeño Príncipe ilegitimo, fuera legitimado porque eso significaría el declive potencial del Imperio en cuanto a prestigio y poder se refería, además de que eso significaría perderla a ella como aliado ya que Ryoko pasaría a ser la Sultana Haseki si Baru era legitimado, y ni ella quería eso ni mucho menos el Sultan, lo sabía bien. No era ese su deseo, el Imperio ya había sufrido cambios drásticos por culpa de las muertes de los hijos de la Sultana Sakura, y el deseo de Ryoko no era para nada causar problemas ni sembrar la anarquía, solo quería vivir en paz, aun cuando tuviera que ser una sirvienta como era el caso de lady Eri, solo quería la seguridad de su hijo, nada más. Las jóvenes del Harem incluso algunas de las encargadas prestaban atención a la discusión, haciendo que—inconscientemente, a espaldas de la otra—Takara y Ryoko se sintieran nerviosas por igual, pero no se permitieron exteriorizarlo, intentando derribar a la otra con su respectiva arrogancia y amenazas falsas.

-Tu Sultanato termino, Takara, ahora comienza el mío- sentencio Ryoko, dándole a Takara la falsa imagen de que lo único que podía hacer de ahora en más no era sino resignarse. -Baru, vamos hijo- indico, sosteniendo la mano de su hijo y continuando su camino junto a él, ignorando desmedidamente a Takara.

Guardando absoluto silencio y agradeciendo mentalmente que el revuelo en el Harem se dispersara en cuanto la disputa hubo terminado, Takara no tardó en llegar a una simple conclusión; debía informar al Sultan de los planes de Ryoko.


No existía otra comodidad más egoísta y placentera para Sasuke que permanecer junto a su esposa, durante toda la noche de serle posible, pero por simple precaución es que no dudo en vestirse lo estrictamente necesario, colocándose una bata por sobre la ropa, nunca era posible evadir los problemas, y era mejor que se encontrara vestido al momento de enfrentar cualquier clase de eventualidad. Volteo a ver a Sakura que, profundamente dormida y recostada sobre la cama, con sus largos rizos rosados arremolinándose sobre sus hombros, lucia absolutamente hermosa y serena como el tanto disfrutaba verla. Egoístamente se dio el placer de sentarse sobre la cama apartando un mechón de cabello que le impedía ver el sereno rostro de ella, acariciándole la mejilla sin poder contenerse, causando que ella se removiera ligeramente, pero en lugar de despertarse no hizo más que acomodarse para seguir durmiendo, esbozando una sutil sonrisa en sus labios. Sasuke esperaba que estuviera soñando algo agradable, incluso el mismo solía tener problemas para dormir, y sabia de sobra que ella los tenía por igual, por ello e que intentaba pasar junto a ella todas la noches de serle posible, no solo se trataba del inmenso amor e inagotable deseo que sentía por ella, sino porque esperaba poder garantizarle—pese a todo lo sucedido entre ambos—que estaría a salvo junto a él. Como si hubieran sabido que él estaba despierto y esperando cualquier suceso, una serie de sucesivos golpes no tardaron en resonar contra la puerta, haciéndolo suspirar inaudiblemente para sí, siempre era igual…

-Adelante- indico Sasuke.

Era absurdo de su parte pensar siquiera que, por una noche, todo fuera a ser diferente, a decir verdad la auténtica causa de su imposibilidad para dormir es que siempre se presentaba algo que le impedía conciliar el sueño; edictos tardíos, decisiones o noticias de carácter importante que surgían en plena madrugada y que no podían esperar. Por mucho que fuera el Sultan del mundo, su existencia no carecía de deberes por cumplir, aunque ya debería de estar más que habituado a esto último. Siguiendo sus órdenes es que las puertas no tardaron instante alguno en abrirse, permitiendo la entrada de uno de los leales escoltas jenízaros atestado al exterior y que mantuvo debidamente la mirada baja como sinónimo de respeto. Si la persona que, en cuestión, quería hablar con él no entraba de inmediato significaba quizá que supiera lo tarde que era y quisiera dejarlo para mañana, o bien porque necesitaba hablar de aquel asunto en privado.

-Majestad, la Sultana Takara pide verlo- reverencio el jenízaro, sin llegar a levantar la mirada.

-Dile que pase a la terraza- permitió el Sultan.

La visita de Takara siempre era bien recibida, pero con la condición de Itachi y los recientes sucesos que habían tenido lugar, Sasuke había supuesto—como cualquier otra persona—que lejos de divagar por los pasillos del Palacio, Takara no haría más que estar junto a su hijo, velando por él; más si pedía hablar con él, quizá hubiera algo importante que tratar. Siguiendo las indicaciones dadas por el jenízaro, Takara se sujetó ligeramente la falda del vestido para no tropezar, cruzando el pasillo contiguo a los aposentos del Sultan y que daban con la portentosa y enorme terraza donde—al llegar—el Sultan la estaba esperando, sentado sobre uno de los divanes. Esperaba no haber importunado su sueño o estar molestándolo con su presencia a esa hora de la noche, pero prefería eso a ocultarle la verdad de lo que era Ryoko y lo que traería para el futuro, no podía permitir que ella y su hijo corrieran esa suerte por culpa de esa mujer tan ambiciosa, pero a decir verdad no tenía miedo realmente, no había un porque para tenerlo, sabía que el Sultan la protegería de absolutamente todo, confiaba ciegamente en él como sabía que el Sultan confiaba en ella.

-Majestad- reverencio Takara, sonriendo con sutileza al poder encontrarse a solas con él.

-Takara- saludo Sasuke, indicándole que se sentara a su lado, ofertar que ella claramente no pensó en rechazar, -¿Cómo esta Itachi?- consulto, preocupado por la salud de su nieto.

-Gracias a Kami está bien- sonrió la pelinaranja, agradecida por su preocupación, -pero llevara las secuelas de este día toda su vida, jamás olvidara lo que su padre le hizo, su ira, su mirada sin amor, siempre sentirá su falta de apoyo- enumero, sincera y profundamente dolida por este hecho que ella misma no conseguía borrar de su mente.

-Claro que Shisui ama a Itachi, es su hijo- refuto Sasuke, conociendo a su hijo pese a que la relación entre ambos no fuera perfecta ni nada semejante. -Sé que lo sucedido no tiene justificación, pero Shisui está arrepentido- garantizo, confiando en esto último habiéndolo escuchado del propio Shisui.

-¿Por eso dejara que Ryoko sea Sultana y Baru sea nombrado Príncipe?- rebatió Takara, repitiendo las palabras que Ryoko le había dicho.

Quizá estuviera siendo demasiado directa en sus declaraciones, pero eso es lo que Takara sentía sobre lo que había tenido lugar; ¿Cómo confiar de hora en más que el amor de Shisui por su hijo fuera sincero?, ¿Qué padre agredía de esa forma a su propio hijo? Ella misma sentía pavor por lo próximo que Shisui pudiera hacer, temía que Itachi muriera en algún momento porque la conducta de Shisui era impredecible, no podía saber o dilucidar el resultado de próximo incidente, aún más ahora que Ryoko y su bastardo permanecerían bajo el mismo techo que ella, compartir el Palacio con su mayor enemiga era algo que no estaba dispuesta a tolerar, ni de chiste. Claro que lo sucedido merecía recibir todos los reproches había y por haber, pero como padre Sasuke entendía mejor que nadie que Shisui estaba arrepentido, el mismo lo había dicho, pero aun cuando él en lo personal favoreciera a Takara; sabía que ella tenía cierto grado de culpa en lo sucedido, claro, no había hecho más que decir la verdad, pero en ocasiones era mejor ser más suave en cuanto a declaraciones se refería, sobre todo con Shisui cuyo carácter y volubilidad siempre traía consigo sucesos de carácter inesperados como lo que había tenido lugar ese día, pero aun cuando Sasuke difiriera bastante en cuanto a opinión por la conducta de su hijo, sabía que Shisui había sido moldeado por las circunstancias, y ante eso él mismo tenia responsabilidad, no podía pedirle ser alguien que no era.

-También tienes algo de culpa, Takara, lo conoces y aun así lo presionaste- regaño Sasuke, imposibilitado a ignorar esto y culpar de todo a Shisui.

-Porque me ignora, Majestad, usted sabe que es así- evidencio Takara, intentando pasar por alto lo que sabía que había hecho y que ella consideraba menso reprochable que el actuar de Shisui con ella. -Por un lado Ryoko, por otro Akiko, y ahora también Hayami, ¿Con cuantas más deberé lidiar?- se lamentó, esperando que el Sultan comprendiera la desesperación porque estaba pasando.

Si al menos tuviera que lidiar únicamente con Ryoko, tal vez, todo sería más tolerable aun cuando Shisui no le demostrase afecto, pero no era igual tener que ver a las santurronas de Seina y Masumi, a la bufona de Akiko y ahora la insignificante e Hayami que llegaba y ya causaba de por si un revuelo considerable. Envidiaba la suerte de la Sultana Sakura que gozaba del absoluto amor, devoción y lealtad del hombre más poderoso del mundo que no tenía ojos para nadie más que para ella, Takara había aspirado y anhelado poder ser alguien importante para el Sultan y si bien él no había llegado a verla como una mujer en quien fijar su atención, al menos Takara se sentía feliz de ser una aliada para él, sabía que ocupaba un lugar en su mente y corazón y eso era más de lo que podría lograr con Shisui, así que era feliz de ese modo. Claro que no era ajeno a esta realidad, por mucho que Siena y Masumi fueran de lo más agradables y neutrales, aun cuando Akiko no representara más que un divertimento para Shisui, ahora se presentaba Hayami que era otra mujer a quien Takara aborrecía claramente, Sasuke sabía que el jamas hubiera podido ni podría hacerle semejante afrenta Sakura, pero no podía solo centrarse en eso y ya, sabía que Shisui estaba cometiendo errores y el mismo ya se estaba aburriendo de apartar la mirada y fingir que no sucedía nada, ya era suficiente.

-Ya somos dos- secundo Sasuke, sorprendiéndola ligeramente, -me mantengo callado por mis hijas y la reputación del Imperio, pero mi paciencia ya está llegando a su fin- sentencio tanto para ella como para sí mismo. -Pero puedes dormir tranquila, yo me ocupare de Ryoko y de todo lo demás- prometió insinuando lo dispuesto que estaba a sacar del camino a su posibles competidoras, pero especialmente a Ryoko.

-Gracias, Majestad- sonrió Takara, absolutamente feliz por contar con su apoyo.

Cada vez que obtenía su apoyo, Takara no hacía más que ser más y más feliz porque contaba con el indisoluble afecto y apoyo del gobernante del mundo, algo que pocas personas tenían la suerte de obtener, anhelaba algo para el futuro y se esforzaría por lograrlo; no quería que el trono pasara del Sultan Sasuke al Príncipe Shisui, claro que no, quería que el siguiente Sultan del Imperio fuera Itachi, su hijo, y se entregaría en corazón y alma a esta causa, hasta conseguirla y ser Madre Sultana como tanto anhelaba, deseaba gobernar ese Imperio y lo conseguiría a cualquier precio. Sentada sobre la cama y con una sabana cubriendo su figura, Sakura observo en silencio el intercambio de palabras entre Sasuke y Takara, no podía oír lo que decían por la lejanía, ni ellos podían saber que ella les estaba prestando atención, pero Sakura solo corroboro lo que ya había supuesto; Takara quizá no fuera tan leal como se empeñaba en fingirse serlo, pero eso no era todo, sino algo que no había considerado anteriormente y que ahora descubría con desdén y mayor desconfianza:

Takara estaba enamorada de Sasuke.


Era un día nuevo y glorioso, todo parecía estar a favor de ellos y su ahora permanencia en el Palacio, con el sol brillando en lo alto del cielo casi despejado por completo, sus aposentos era perfectos; sencillos pero considerablemente grandes, con la paredes estampadas en tapiz turquesa grisáceo en bordado de oro, plata y diamantes, con divanes, muebles y piezas de porcelana dispersas, así como una enorme cama de muelles de caoba y oro en que había dormido absolutamente tranquila, al igual que dos estantes abastecidos con libros que había revisado la noche anterior y que eran tanto de su agrado como de su hijo a quien estaba vistiendo sin ayuda de nadie, voluntariamente.

Claro que ella por su parte no podía vestir como una Sultana en el sentido especifico de la frase, eso lo sabía bien, pero aún se sentía importante vistiendo aquel ajuar hecho únicamente para ella y que—en conjunto con las joyas—era obsequio de la Sultana Sakura, era como si estar en el Palacio indicara que todo podía ser como siempre había soñado que fuera; ella, Shisui y Baru, juntos como una familia, como siempre había soñado que pasara, no le importaba si era Haseki o no, solo quería estar junto a Shisui. Portaba unas sencillas galas de seda blanca perfectamente detallada a su figura, de escote corazón con un escote más alto bajo este, hecho de gasa, cerrado hasta la altura del vientre por ocho diminutos botones blancos, falda de dos capas hechas de gasa para facilitarle el movimiento y mangas ajustadas hasta los codos que se volvían holgadas y transparentadas, cubriendo las manos; por sobre el vestido una chaqueta de tafetán borgoña purpureo con estampados granate rojizo, de escote redondo y bajo cerrado por debajo el busto, sin mangas y que—ceñida a su cuerpo por un cinturón de cadena de plata con diminutos diamantes engarzados—se baria bajo el vientre para exponer la falda inferior. Su largo cabello castaño oscuro—casi negro, cubierto posteriormente por un largo velo blanco—caía libremente tras su espalda, adornado por un cintillo de plata con pequeños diamantes incrustado a juego con unos diminutos pendientes en forma de lágrima. Pero el obsequio de mayor importancia se encontraba alrededor de su cuello; una fina cadena de plata con un dije recubierto por cristales y dimanes que emulaba el emblema de los Uchiha, un obsequio que la Sultana Sakura le había otorgado para que se hiciera valer, para que todos supieran quien era, la madre de un Príncipe.

-Mi valiente Príncipe, hoy es nuestro día, a partir de hoy todos se inclinaran ante nosotros- garantizo, besando las mejillas de su niño que rio, encantado, amaba ver a su madre así de feliz, y amaba poder estar en el Palacio y estar junto a su padre.

Todo en este nuevo día parecía estar sacado de un fabula, un hermoso cuento que aumentaba aún más la maravillas existentes a cada instante que pasaba, haciéndolos más felices a ambos, Ryoko jamás había llegado a siquiera fantasear con la idea de un futuro así, claro que había soñado con ello inicialmente pero cuando había sido exiliad al viejo Palacio había comprendido que estas fantasía eran absurdas y aun lo sabía, peor al menos estaba junto a Shisui y eso era todo cuanto pudiera necesitar en su vida para así ser feliz. Las puertas fueron abiertas de forma repentina justo cuando ella hubo terminado de vestir a su hijo, irguiéndose para hablar con quién sea que estuviera ahí para verla, solo esperaba que no se tratara de Takara. Siguiendo las órdenes del Sultan, Suigetsu ingreso en los aposentos de Ryoko, tenía una orden que cumplir y no titubearía en hacerlo, después de todo…era mejor deshacerse de ciertos elementos subversivos en tanto se tuviera oportunidad.

-Señorita Ryoko- saludo Suigetsu, entrando confianzudamente.

-Sultana Ryoko, Suigetsu- corrigió Ryoko, recordando las indicaciones que le había dado lady Tenten.

La leal amiga y súbdita de la Sultana Sakura le había indicado y enseñado como debía de conducirse de ahora en más; ya que era madre de un Príncipe—legitimo no—y favorita del Príncipe Shisui, merecía ser honoríficamente llamada Sultana y con el tiempo tendría potestad y autoridad en el Palacio, así como presencia, tal y como Shisui había dicho la noche anterior. No ambicionaba poder, pero si la forma correcta de ser tratada era siendo llamada Sultana, Ryoko no pensaba ir en contra de las normas del Palacio. Sonriendo sarcásticamente para sí mismo y ocultando esto, Suigetsu comprobó lo que el Sultan le había dicho; las ambiciones de Ryoko y su hambre de poder eran latentes y no podían quedarse de brazos cruzados ante aquello. El plan en cuestión merecía y debía cobrar movimiento y pronto antes de que fuera demasiado tarde…el momento era ahora precisamente.

-Sultana- reverencio Suigetsu, forzosamente. -El Príncipe Shisui pretende presentar al Príncipe Baru en las barracas de los jenízaros, yo los escoltare- comunico con el debido formalismo y protocolo, -el carruaje nos está esperando- añadió, volteando e indicando hacia las puertas.

Esta noticia indudablemente sorprendía a Ryoko, pero si Shisui así lo deseaba y el Sultan daba su conformidad en ese asunto, ella no era quien para oponerse a tales órdenes y designios, solo debía acatar cada indicación y buscar la paz con todos cuantos la rodearan, no estaba ahí para hacer enemigos, estaba ahí para ser feliz junto a su hijo y hacer feliz a Shisui a cambio de ello. Esperaba poder llevarse bien con todos, aunque con la presencia de Takara rondando siempre esto quizá resultar más difícil de lo que podía haber imaginado, aunque—claro—los frutos dulces se obtenían de las adversidades más grandes, así es como la Sultana Sakura le había dicho que debía pensar cada vez que algún acontecimiento en su vida se tornara imposible, siempre había solución para todo…salvo para la muerte, esto último era sencillamente inevitable.

-Vamos, mi Príncipe, el mundo te espera- animo Ryoko, entrelazando su mano con la de su pequeño.

Sosteniendo firmemente la mano de su pequeño hijo y siendo escoltada por Suigetsu que abrió las puertas y camino delante de ella, guiándola en su trayecto, Ryoko no dudo en ningún momento de que todo era demasiado perfecto, como un sueño del que debiera despertar en algún momento…


Como siempre el puerto era un lugar cargado de ajetreo ante el ir y venir de quienes trabajaban allí y que no parecieron notar o bien ignoraron la llegada de un carruaje, quizá se tratara de una persona adinerada, pero esto no importaba en realidad. Un barco estaba totalmente preparado para zarpar y entre cuya tripulación se encontraba una mínima escolta jenízara…quizá se tratara de alguien importante, pero nadie reparo en ello. El carruaje se detuvo a un par de pasos de la nave, y las puertas fueron abiertas desde el exterior por Suigetsu que descendió y analizo la preparación del viaje tal y como el Sultan había ordenado que sucediera, todo estaba listo. Sin más preámbulo, el Hosuki volteo hacia el interior donde Ryoko y su hijo aguardaban su confirmación para descender del carruaje.

-Sultana, ya llegamos- anuncio Suigetsu.

Únicamente por precaución y para comprobar que esto era así, Ryoko asomo su cabeza por el umbral de la puerta antes de descender del carruaje, pero lejos de estar en las barracas jenízaras como Suigetsu le había garantizado que sucedería…estaban en el puerto, no tenía sentido, ¿Cómo se suponía que se encontrarían con Shisui? Pensando en él es que Ryoko recorrió el puerto con su mirada, pensando que quizá Shisui se les había adelantado y aguardaría por ellos, pero no era así, estaban solos. Cuanto más lo pensaba, y estrechando la mano de su hijo entre las suyas, Ryoko más se daba cuenta de que eso en lugar de un acto de presentación parecía ser un complot para deshacerse de ella, y tenía sentido. El Sultana la odiaba, ¿Por qué permitiría que ella y Baru fueran presentados con propiedad y formalismo? Nada tenía sentido y ahora se daba cuenta de ello.

-Suigetsu, ¿Qué estamos haciendo aquí?- cuestiono Ryoko, confundida por el lugar en que estaban, más aun cuando buscase a Shisui con su mirada él no estaba en ninguna parte, -¿Dónde este el Príncipe Shisui?- pregunto, ligeramente preocupada por esto.

-Su alteza se reunirá con usted más tarde- excuso el Hosuki sencillamente, mintiéndole.

-Dijiste que lo vería en las barracas de los jenízaros, ¿Por qué me dices esto ahora?- alego ella, más nerviosa ante el pasar de los segundos y el silencio de Suigetsu solo le otorgo la respuesta que ya suponía desde hace unos segundos. -Esto es obra del Sultan Sasuke, ¿no es así?- supuso con obviedad, inmediatamente consiente de que Takara non debía de haber guardado silencio, había convencido al Sultan de que ella era una amenaza.

Mentir ya no serbia de nada, estaban en el lugar en que debían estar para cumplir la orden del Sultan y punto, así que sin más mentiras y falsedades, Suigetsu levanto la mirada hacia la nave de donde descendió uno de los leales soldados jenízaros, prontamente situándose frente suyo y, comprobando su orden, arrebatando al pequeño Baru de brazos de su madre que no dudo ni siquiera un instante en protestar. Sin desistir en su empeño, Ryoko forcejeo con aquel soldado que cargo en brazos a su hijo, a ella podía matarla si así lo deseaban pero no permitiría que lastimaran a su hijo. No podía entenderlo, por qué se deshacían de ella? No representaba ninguna clase de peligro, solo era una mujer insignificante con un hijo que era un Príncipe ilegitimo, ¿Qué clase de peligro representaba su existencia? Ninguno, pero Takara la odiaba, eso parecía ser más que suficiente.

-No, deja a mi hijo, ¡déjalo!- protesto Ryoko.

-Mamá- sollozo Baru, preocupado por la presencia de ese desconocido que la alejaba de su madre.

-Déjenlo- discutió ella desesperadamente, intentando alcanzar a Baru. -Suigetsu, por favor- rogó Ryoko, al borde de las lágrimas al ver que de nada servían sus protestas.

-No te preocupes, no lo mataran- consoló Suigetsu, aunque sus palabras no tranquilizaron a Ryoko en lo más mínimo, -el Sultan Sasuke ha designado que sean enviados a Sunagakure- revelo con una sonrisa descarada que acompaño sus palabras.

-No…eso no pasara- pronuncio Ryoko, aterrada, casi con un hilo de voz, -la Sultana Sakura no lo permitirá- protesto firmemente, sabiendo que la Sultana Haseki no era conocedora de lo que estaba sucediendo, la estaban engañando como la había engañado a ella.

Sin importarle en nada su opinión y acatando la misma orden que el soldado anterior, otro de los leales jenízaros que conformaban el destacamento no tardó en hacérsele y sujetarle forzosamente el brazo, obligándola a caminar, Sabia que de nada le serviría llorar o suplicar, todos ellos seguirían las órdenes del Sultan, más ni aun así Ryoko dejo de luchar, intentando zafarse del agarre del solado jenízaro. Suigetsu, aun de pie junto al carruaje, permaneció absolutamente quieto y estoico en su lugar, o al menos así lo hizo hasta corroborar que Ryoko era conducida al interior de la nave como habían hecho con su hijo, las órdenes del Sultan siempre debían ser cumplidas y ante aquello no podía ni debía haber excepción alguna, sus órdenes eran la ley del Imperio. Junto a uno de los arcos de roca que conformaba el umbral de unas de las calles, —la más cercana al puerto y que daba visiblemente con él—la Sultana Takara contemplo con una sonrisa cargada de arrogancia el modo en que su mayor enemiga era forzada a entrar en aquel barco que la llevaría a Sunagakure. Con tal de no llamar la atención es que la Sultana se encontraba enfundada en un sumamente sencillo vestido azul oscuro de escote cuadrado, calzado a su figura y de mangas ajustadas hasta las muñecas cuyos borde formaban una V perfecta por sobre sus manos, y sobre el vestido una capa de tafetán azul oscuro—casi negro y anudada a su cuello—cuya capucha cubría a medias su largo cabello naranja que caía sobre su hombro izquierdo. Junto a ella, a su diestra y siniestra, respectivamente, se encontraban sus dos mayores aliados y colaboradores vistiendo de incognito justo como ella; el siempre leal Hiroshi, y Hayate Gekko Pasha, el político de mayor rango que estaba de su lado en el Consejo Real.

¿Estaba enamorado de ella? Claro, y si bien Takara no le correspondía, claro, utilizaba su poder e influencias, y se sentía plenamente a gusto con su amistad, él era su seguro para el futuro; el futuro Gran Visir cuando su hijo llegara al trono, porque eso inevitablemente sucedería, tarde o temprano. Itachi sería el sucesor del Sultan Sasuke. Mezclarse con los pobres, la plebe y aquellos menos favorecidos por la gloria del poder y los títulos no era del agrado de Takara, jamás le había encontrado sentido a la caridad que la Sultana Sakura había establecido para alimentar y ayudar a subsistir a los pobres; le parecía un negocio inútil y banal porque no deseaba recordar su propio pasado como una esclava ucraniana traída al Palacio para formar parte del Harem, pero desde que había llegado a aquel glorioso Imperio y formado parte del Harem es que jamás había volteado atrás ni una sola vez, la Takara que había sido una campesina ucraniana de casi quince años estaba muerta, había muerto cuando había cruzado la entrada del Palacio y ahora era una mujer distinta; la Sultana Takara, Madre del futuro Sultan Itachi.

-Gracias a Kami nos deshicimos de este problema, Sultana- sonrió Hiroshi, causando que la alegría de su Sultana no fuese sino mayor todavía.

-Yo no estaría tan seguro, Sultana- protesto Hayate con sabiduría, haciendo que la Sultana volteara a verlo, -si el Príncipe lo desea y la Sultana Sakura lo permite, pueden regresar- alerto con practicidad.

La Sultana Takara era de su entero aprecio, por ella estaba dispuesto a arriesgar lo que fuera, así que evidentemente no estaba conforme con esta medida, sabía que solo había una salida para garantizar su entero triunfo en el futuro, era algo arriesgado indudablemente, pero ¿Qué clase de decisión no implicaba riesgos? Siempre los había. En momentos así de feliz para su persona, a Takara no le agradaba en lo absoluto ser contradecía, pero Hayate era una persona de confianza para ella y con una importancia absolutamente única e incomparable, además de un político fuerte y con experiencia, así que sabía que podía confiar en él y en su siempre sabia opinión para lo que fuera. Ryoko había sido una espina en su costado desde el primer día, ahora por fin quería deshacerse de ella de una vez y para siempre, por lo cual toda posible sugerencia era más que bien recibida. De poder hacerlo, -claro-su primera opción sería matar tanto a Ryoko como a su hijo, pero ya que esto levantaría demasiada polémica…elegía no hacerlo, no quería hacer que el Sultan llevara sobre si un peso innecesario, ya le había brindado su magnífica ayuda, eso era más lo que Takara pudiera llegar a agradecer.

-¿Qué sugieres, Hayate?- consulto Takara, como siempre considerando su valiosa opinión.

-Una idea pasa por mi mente, aunque…- guardo silencio, aumentando el suspense en el corazón de la hermosa Sultana, -tal vez sea peligroso- pronuncio con precaución.

-No hay nada más peligroso que ellos regresen, Hayate- refuto Takara, dispuesta a hacer cuanto fuera necesario para deshacerse de los competidores de su hijo para ascender al trono. -Haz lo que sea necesario, Ryoko y su hijo no pueden regresar- permitió, confiando en el criterio de Hayate.

Ya habían llegado hasta donde estaban, no había vuelta atrás.


Cuando se daba una orden, era imposible cuestionarla, menos si esta orden era dictada por el propio Sultan; ante una orden de semejante calibre lady Ino no podía oponerse y no pensaba intentarlo. Ella en conjunto con una comitiva de doncellas y sirvientes se encontraba desocupando la habitación que apenas hasta aquella mañana había sido utilizada por la Sultana Ryoko y el pequeño Príncipe Baru. No tenía ni la más remota idea de donde estaban en ese momento, no era su deber hacerse preguntas sino que únicamente llevar a cabo las ordenes que le dieran, más solo podía esperar que estuviera bien y—Kami mediante—junto al Príncipe Shisui, de ser posible, claro.

Siendo la mujer más adinerada del Palacio, —en calidad de sierva de la dinastía, obviamente—así como la mejor amiga y confidente leal de la Sultana Sakura no era de extrañar que lady Ino tuviera una importancia significativa en cuanto a la aristocracia del gobierno se trataba, así que su labor era menor que la del resto de los sirvientes que vaciaban la habitación; en realidad en esencia lo que debía hacer era supervisarlos y colaborar…muy escasamente. Había reservado parte de sus mejores galas para el banquete por el regreso del Príncipe Shisui, el día anterior, más eso no implicaba que en aquel instante luciera menos favorecedora. Vestía una sencillas galas de seda azul claro, de escote alto y redondo, falda de una sola capa y mangas ajustadas hasta los codos que se abrían en lienzos de gasa para exponer los brazos, por sobre el vestido una chaqueta de tafetán de igual color solo que estampado y bordado en encaje color negro; sin mangas, escote redondo y ligeramente más bajo, cerrado en el corpiño por cuatro botones de oro en vertical hasta la altura del vientre donde un listón de seda azul bordada en oro actuaba como cinturón, abriendo la falda de la chaqueta. Su largo cabello rubio se encontraba recogido tras su nuca, entre elegante y levemente revuelto—adornado por una diadema de seda dorada que sostenía un largo velo azul, a juego con el vestido—haciendo que uno de los mechones del frente cubriera ligeramente parte de su rostro, pero no que obstaculizase la visión de los pendientes oro que usaba; en forma de flor de narciso y de los cuales pendía un diamante ámbar en forma de lagrima.

Las puertas de la habitación permanecían abiertas para que los guardia pudieran extraer cualquier aditamento sin la necesidad de abrir y cerrar las puertas una y otra vez, pero siendo ajeno a esto es que Shisui cruzo el umbral de la habitación con poco menos que un signo de interrogación sobre su cabeza, preguntándose donde podían estar Ryoko y su hijo. El Príncipe Heredero se encontraba ataviado en un austero pero no menos favorecedor Kaftan marrón rojizo—por sobre la usual túnica de seda color rojo, de cuello alto y cerrado por nueve pequeños botones de oro en caída vertical hasta la altura del abdomen, y mangas ajustadas hasta las muñecas, igualmente cerradas al interior por tres botones de oro paralelos—de cuello en V muy marcado y que enmarcaba los hombros, así como la parte posterior del cuello, mangas cortas hasta los codos, y se cerraba desde la mitad del torso hasta la altura del abdomen por cuatro botones de oro, a la altura del abdomen se hallaba un fajín granate oscuro que ceñía el atuendo a su cuerpo, cerrado por un broche en forma del emblema de los Uchiha y que creaba una agraciada caída de la tela, haciendo visibles únicamente las botas de cuero marrón oscuro que usaba. Verdaderamente las frivolidades no eran lo suyo, pero sabía que su propia presencia no era insignificante en lo absoluto.

-Alteza- reverencio la Yamanaka.

Ya desde el exterior, había resultado preocupante para Shisui ver como vaciaban la habitación y todo cuanto había en ella, su madre personalmente había designado aquellos aposentos únicamente para que Ryoko los ocupara, le había otorgado un ajuar nuevo y joyas, algunas que le habían pertenecido en el pasado, para que se sintiera a gusto y respetada en la corte, así como en el Harem, pero ahí viendo como la habitación estaba vacía, —de no ser por lady Ino y las demás sirvientas—sentía algo inusual en su pecho pero que recordaba haber sentido en el pasado; temor, un temor desmedido porque quienes más amaba murieran o tuvieran que superar lo indeseable y el fuera impotente para evitar que eso sucediera, le hacía sentir igual que el mismo bebé, el mismo niño y adolescente que haba contemplado con desdicha como sus hermanos morían uno por uno, hasta que sol quedara él que—de no ser por su madre y hermanas—era incapaz de luchar por sí solo.

-lady Ino, ¿Por qué están vaciando esta habitación?, ¿Dónde están Ryoko y Baru?- cuestiono Shisui inmediatamente.

-Temo decir que no lo sé, alteza- admitió Ino con sincero pesar, -el Sultan solo me ordeno que me encargara- añadió con resignación, casi pudiendo palpar la impotencia del Príncipe y la propia ante aquella explicación.

Lo triste o negativo de pertenecer a la servidumbre—aun voluntariamente—es que Ino no podía contestar todas las dudas de aquellos que le preguntasen algo, preguntar no formaba parte de las escasas libertades que podía tomarse, o sí pero solo con la Sultana Sakura, y ella no estaba implicada en la decisión del Sultan según tenía constancia. Casi como hubiera sabido que Ino estaba aludiéndola mentalmente es que—bajo un silencio elegante como su propia persona—la Haseki del Sultan ingreso en la habitación, aparentemente igual de sorprendida porque la habitación estuviera siendo vaciada siendo que ella misma—junto con Shisui—había decidido que Ryoko permanecería en el Palacio, sin encontrar objeción a sus demandas u órdenes.

Al igual que en el caso del Príncipe Shisui, la austeridad regia por completo a la encantadora Sultana Haseki cuyas magnificas galas solían ser voluntariamente reservadas para momentos significativos o importantes; vestía unas sencillas galas color negro perfectamente lazadas a su esbelta figura, de escote corazón, falda de una sola capa y angas holgadas y transparentes, por sobre este vestido usaba una chaqueta de seda azul oscuro, igualmente de escote corazón solo que levemente más bajo haciendo que el vestido enmarcara apenas un ápice el contorno del escote, cerrada totalmente e el corpiño que no presentaba botón alguno, mangas cortas y ajustadas hasta los codos que complementaban la transparencia de las mangas inferiores, y falda que se abría bajo el vientre exponiendo así en igualdad de condiciones las galas inferiores. Si bien sus galas mucho podían intentar aminorar su auténtica gloria, no sucedía lo mismo con sus joyas que indudablemente atraían la atención, como siempre; una hermosa guirnalda reposaba alrededor de su cuello, compuesta por siete ovaladas cunas de plata ribeteadas en diamantes y sarcillos en su área inferior, y en cuyo centro reposaban zafiros a juego con un par de pendientes de cuna de plata y diamante en forma de lagrima con un zafiro homólogo en su centro. Su largo cabello rosado se encontraba perfectamente recogido tras su nuca, oculto por un largo velo azul oscuro sostenido por una hermosa corona de plata en forma de púas y espinas ribeteada en zafiros, ónix y topacios. No estaba por demás decir que pese a su permanente aspecto melancólico y atrayente, seguía siendo la mujer más hermosa del Imperio y su apariencia jamás indicaba lo contrario.

-¿Qué sucede aquí?- pregunto Sakura en voz alta, preocupada por ser ajena a lo que sea que hubiera sucedido, temiendo lo que pudiera pasar ya que claramente algo no estaba bien.

No deseando molestar e importunar en lo absoluto con su presencia y sabiendo que figuraban negativamente en aquella escena, lady Ino les indico a las jóvenes presentes que la siguieran, no demorando ni siquiera un segundo en abandonar la habitación, de no ser por Tenten y Shikamaru—de pie en el umbral de la puerta—el Príncipe Heredero y su madre se encontrarían completamente a solas. Sakura, comprendiendo de antemano la preocupación que su hijo sentía, sujeto la manos de él entre las suyas, lo sentía temblar por causa del miedo, el mismo miedo sentido el día anterior, el miedo que sin haber hecho absolutamente nada casi fuera condenado a muerte, o más aquellos que amaba. Cada vez que sentía miedo recodaba las muertes de sus hermanos; Itachi cuando el solo había sido un bebé, Baru cuando apenas había tenido dos años, y luego en sucesión Kagami, Rai y Daisuke…el destino se había encargado de dejarlo desprotegido de no ser por su madre, ambos enfrentados contra su único enemigo; el Sultan, porque estaba seguro de que su padre tenía algo que ver con lo sucedido, era la única explicación plausible.

-Madre, mi padre, él lo hizo, él hizo que se llevaran a Ryoko y a Baru- acuso Shisui, completamente seguro de que esto era así.

-No, no se atrevería, no haría algo sin mi consentimiento- negó Sakura, aunque hacia esto para convencerse a si misma más bien, -no haría nada sin decirme- susurro hasta reparar en algo.

Recordaba el incidente de la noche anterior, la conversación que habían sostenido Sasuke y Takara sin saber que ella los había estado viendo, pero sin haber sido capaz de escuchar lo que compartían, por primera vez desde la noche anterior conseguía encontrarle sentido a lo que estaba sucediendo, ¿Por qué no? Era sabido de sobra que Takara odiaba a Ryoko, y con tal de obtener más una persona era capaz de llegar lo más lejos posible y traspasar los límites inimaginables, lo había visto en Mito, Mei y Rin, en Karin y en Naoko, Takara podía ser una amenaza y lo sabía porque la había educado para ser su reflejo…Takara podía ser la mayor amenaza enfrentada hasta la fecha. Soltando las manos de su hijo y apretando disimuladamente los puños por una fracción de segundo, la inmediata acción de Sakura no fue sino abrazar a su hijo contra su pecho. Se sentía responsable por no haber sido más precavida, pero ordenaría de forma inmediata que hicieran traer a Ryoko y Baru de regreso, lo haría. Un tanto más tranquilo por el abrazo de su madre, Shisui reposo su cabeza contra el hombro de madre, envolviendo sus brazos alrededor de su cintura, abrazándola.

-Shisui, me ocupare de esto, lo prometo, daré todo de mí- juro Sakura, besándole la frente a su hijo, sintiéndolo asentir.

Si Takara era al culpable, como ella creía, la haría pagar en carne propia su traición; conocería el infierno en la tierra.


El Harem estaba alegre como siempre, más aun así el revuelto y los cotilleos reinaban ya que la partida de Ryoko había puesto una especie de alerta, por no hablar de la presencia de la Sultana Takara en el Harem como si fuera una especie de verdugo. Sentada y callada frente a una pequeña mesa en compañía de Akiko, Hayami observo y escucho inocentemente el intercambio de palabras entre las jóvenes, aún era nueva en el Harem y no tenía amigas, de no ser por Akiko que de inmediato se le había acercado estaría sola, pero sabía que no estaba ahí para hacer amigas, estaba ahí para hacer feliz al Príncipe Shisui, aunque ahora no sabía muy bien cómo hacer eso exactamente ya que debía de estar triste y afectado por la partid de Ryoko y su pequeño hijo, cuando estuviera ante él trataría de hacerlo feliz a cualquier precio.

-Dicen que el Sultan exilio a Ryoko y a su hijo a Sunagakure.

-Y la tonta estaba desafiando a la Sultana Takara.

El Harem no era el lugar en que una Sultana debiera residir por obligación ya que se tenían apartamentos propios, tanto en su caso como en el de Seina y Masumi aunque estos no eran tan grandes como los propios y si esto era así se debía a la cercanía que Takara tenía con el Sultan Sasuke y con la Sultana Sakura. Más por esta ocasión—desde el segundo piso, donde estaban las habitaciones de las favoritas—Takara se encontraba allí, en lo alto del balcón; escuchando con claridad y satisfacción absoluta el modo en que todas la enaltecían a ella y ninguneaban a la ausente Ryoko, eso y que desde ahí podía contemplar si es que Hayami—la nueva favorita de Shisui—era una amenaza para ella o no.

Como siempre su pecado era ambicionar impresionar a todos y su forma de vestir no era menos que magnificas; portaba un elegante vestido de seda esmeralda que resaltaba su esbeltez, acentuándose a cada curva de su cintura, busto y caderas; de conservador escote redondo con un cuello inferior hecho de encaje y cuyo corpiño se cerraba por seis pequeños botones de diamante hasta la altura del vientre; falda de dos capas una inferior esmeralda claro y una superior de un matiz inexacto, hombreras pequeñas pero que enmarcaban sus hombros y mangas ajustadas hasta la muñecas, decoradas a la altura de las muñecas en encaje esmeralda ribeteado en diamantes y que brillaba con el movimiento, además de los tres botones de diamante que cerraba el interior de las mangas. Por sobre le vestido se hallaba una chaqueta de encaje esmeralda ribeteada en diamantes y casi pegada al vestido, enmarcando los costados del corpiño, sin mangas, y creando una falda superior que realzaba más su andar a la hora de moverse. Alrededor de su cuello reposaba una guirnalda de oro que sostenía diminutas cunas de oro con esmeraldas homologas en su centro y en el centro el contorno del emblema de los Uchiha con una reluciente esmeralda en el centro, a juego con un par de pendientes iguales a los diminutos dijes. Su largo cabello naranja-sujeto en una elegante cólera- caía cual cascada de rizos sobre su hombro derecho, resaltando aún más la reluciente corona de oro y esmeralda sobre su cabeza que emulaba prácticamente las pluma de un pavo real, como dando un claro mensaje de superioridad y vanidad inigualable para así intimidar a sus rivales. Y vaya que lo conseguía.

Por otro lado, en el piso inferior y ajena a este modus operandi de parte de la Haseki del Príncipe Heredo, Akiko como siempre elegía distraerse con la comida, solo que por una vez en mucho tiempo—para igual sorpresa de las presentes—no estaba devorando pasteles o piezas de carne; en lugar de ella se estaba contentando con fruta, manzanas para ser más específica. Ya que era una favorita, por ley no podía acceder a la gloria de sedas y terciopelos o pieles como hacían las Sultanas Takara, Seina y Masumi, pero eso no impedía que Akiko—en su originalidad—tuviera su propio estilo y no era malo; portaba unas sencillas galas crema claro que bien podían pasar por blancas, de escote redondo con un ligero escote inferior y falso hecho de gasa en V, mangas holgadas y semi transparentes, así como falda de dos capas hechas de gasa, una inferior color blanco y una superior beige claro; por sobre estas una chaqueta superior color dorado hecha de satín y bordada en hilo de oro—obsequio de a Sultana Sakura—de escote bajo el redondo que se cerraba bajo el busto por siete diminutos botones color dorado, mangas ajustadas hasta los codos y que se volvían holgadas para oscilar los costados de los brazos justo como la falda de la chaqueta que—al estar sentada—se arremolinaba sobre sus piernas. Su larga melena de rizos dorados caía desordenadamente sobre sus hombros y tras su espalda, adornada por una diadema de oro en forma de broches decorados con perlas, sobre todo una de mayor tamaño que caía sobre su coronilla. Era bastante obvio que sus joyas no era solo por su claridad de "favorita", sino que también por el afecto que el guardaba la Sultana Sakura y viceversa.

Sentada junto a Akiko y levantando de vez en vez la mirada hacia el balcón que—de "casualidad"—daba precisamente encima suyo, Hayami daba diminutas mordidas a una de las fresas en su plato, nerviosa, o más bien incomoda, sin saber si alguien le haría algo de un momento a otro…pero entonces recordó las palabras de lady Tenten, la doncella de mayor confianza de la Sultana Sakura y que la había ayudado a acomodarse en el Harem; solo sufriría si no era valiente, si tenía coraje nadie tenía porque herirla. No podía olvidar aquella lección que la Sultana Sakura le había dejado indirectamente. Contraria a Akiko y la mayoría de las jóvenes del Harem que llevaban tiempo allí para cumular galas y riquezas, Hayami vestía muy sencillamente porque así se sentía a gusto, siendo ella misma; galas de seda color blanco, de escote corazón cerrado por tres botones desde el escote hasta la altura del busto, de corpiño ajustado y que inconscientemente remarcaba su busto, cintura y caderas, falda de dos capas pero igual matiz, así como mangas ajustadas hasta los codos y que se abrían para exponer los brazos por obre el vestido se hallaba una chaqueta aguamarina trasparente ribeteada en encaje en forma de flores de jazmín en puntos inexactos de la tela, sin mangas y que formaba un escote redondo que se cerraba bajo el busto y lentamente volvían a abrirse bajo el vientre. Finalmente, su largo cabello rubio caía en parejos rizo sobre sus hombros y tras su espalda, únicamente teniendo como joya una diadema de oro de tipo cintillo decorada por pequeños diamantes color aguamarina; obsequio de la Sultana Sakura, así como las galas que ahora tenía y las que estaban en el cofre junto a su cama…realmente era una mujer tan noble y dulce como hermosa, lo contrario a la Sultana Takara cuya belleza parecía esconder la oscuridad de un cobra que destilaba veneno permanentemente.

-Mira a esa arrogante, devoro la presencia de Ryoko y ahora se pavonea por todo el Palacio- se burló Akiko en un susurro, para no ser escuchada por nadie salvo Hayami.

-¿Ella lo hizo?- pregunto Hayami con incredulidad, confundida por un ardid de ese tipo.

-Por supuesto, ¿Qué esperabas?- rió Akiko, encogiéndose de hombros. -Debió convencer al Sultan de que hiciera todo a espaldas de la Sultana Sakura- reprocho, ofendida por esta afrenta a la Sultana Haseki cuya bondad y belleza era admirada por todos en el Imperio, especialmente por el ejército Jenízaro y el Harem. -Si yo hiciera dulces, ella prohibiría comer- gruño, haciendo un mohín infantil de falso enfado.

Hayami tuvo que cubrirse los labios para no reír, no le extrañaba en lo más mínimo que Akiko fuera tan querida por todos, su sentido del humor era simplemente maravilloso, no era difícil en lo absoluto reírse con ella de cada una de sus ocurrencias...pero por otra parte se sentía preocupada, no estaba bien que se ignorara al autoridad de la Sultana Sakura de esa forma, aun cuando ella solo fuera una extraña en el Harem traída sin autorización, la Sultana Sakura le había dado un recibimiento cordial y afectuoso, se sentía en casa allí a pesar de estar solo un día en el Palacio y no se trataba solo de la belleza que trasmitía el mármol, oro, diamantes y joyas; la Sultana Sakura era quien hacía que todo en ese Palacio no fuera más que paz absoluta. Akiko la saco de sus pensamientos al notarla distraída, golpeándole sutilmente el hombro para así llamar su atención, sorprendiéndola.

-Déjame darte un consejo, rubiecita, protégete de ella- murmuro Akiko, alzando una última vez la mirada hacia el balcón, dándole una mordida a su manzana, despreocupándose a sí misma.

Alzando la mirada hacia el balcón como acababa de hacer Akiko, Hayami encontró su mirada con la de Takara, sosteniéndole la mirada por unos segundos antes de volver a centrar distraídamente su atención en el Harem; no le temía a la Sultana Takara, sería una Sultana diferente, una que no estuviera jamás contra la Sultana Sakura, quería ser como ella un sinónimo de felicidad para el Príncipe Shisui.


PD: hola a todos, queridos lectores y amigos :3 cumplo lo prometido de actualizar este fin de semana, esperando satisfacer sus espectativas, como siempre :3 la actualización nuevamente esta dedicada a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro y que extrañe del capitulo anterior, garantizando actualizar el fic "La Bella & La Bestia" dentro de una semana como prometí para adelantar los bocetos del resto de la temporada:3), y a todos aquellos que siguen la historia en todas sus formas, sin excepción :3 Si tienen alguna sugerencia con respecto a series o películas que quieran como adaptaciones, apreciaría que la aportaran, recordándoles que este fic, y los otros que hago, son por y para ustedes, reiterando parte de los nuevos personaje que comienzan a hacerse presentes, y recordandoles que pueden comentar que fic quieren que inicie de los que ya había planeado :3 los amo, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.

Hechos Históricos:

-El Amor del Sultan Suleiman y la Sultana Hurrem-Sultan Hashirama y la Sultana Kaede: se sabe que el amor del Sultan por esta concubina ruso-ucraniana fue tal que lego a contraer matrimonio con ella en una sociedad-como la Otomana-en que el matrimonio de un gobernante con un esclava estaba prohibido, una tradición que había estado vigente por 200 años, convirtiéndola así en su esposa legal. Este amor histórico que hubo modificado las costumbres seria recordado para la eternidad en la historia del imperio, permitiendo a futuro que otros Sultanes (el Sultan Tobirama y la Sultana Kaori, así como el Sultan Sasuke y la Sultana Sakura) contrajeran matrimonio legal con alguna concubina o esclava, claro que la opinión negativa no vario en lo absoluto.

Fics proximos:

-Operación Valkiria (casting y resumen ya hecho, al igual que la portada)

-Sasuke: el Indomable (casting y resumen ya hecho, y la historia ya visualizada, portada ya hecha)

-Cazadores de Sombras (con el prologo y tres primeros capítulos ya hechos, así como la portada)

-El Siglo Magnifico: Indra y el Imperio Uchiha (sin casting pero con la historia ya visualizada y la portada ya hecha)

-El Siglo Magnifico: Mito, Mei & Mikoto (casting ya hecho, sin resumen y con la historia ya visualizada)

-La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber (casting y resumen ya hechos, historia visualizada y diseñada en conjunto con la portada y el vestuario)