-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem), Tugay Mercan (Sultan Ibrahim I) y Hande Doğandemir (Sultana Turhan Hatice). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.
Capítulo 43
El jardín Imperial siempre era un lugar de recogimiento interino y donde siempre se tenían conversaciones de importancia significativa, viera por donde se viera; si bien ninguna de las Sultanas le guardaban especial aprecio un afecto a Ryoko, pero ella era la madre de un Príncipe, ilegitimo o no, pero que era un miembro de la familia Imperial, a quien la Sultana Sakura igualmente consideraba su nieto y a quienes las Sultanas Mikoto, Shina, Sarada, Izumi, Hanan y Aratani amaban profundamente porque era un niño inocente y tierno, el hijo mayor del Príncipe Shisui. Además, y con el pasar de los años, Ryoko se había mostrado callada, humilde y devota, conformándose con estar junto a su hijo y recibir las visitas de Shisui que siempre estaba pendiente de ellos, quizá mereciera una oportunidad de ser tratada como una Sultana…pero esa posibilidad había desaparecido, y Sakura hubiera deseado poder hacer algo para evitarlo, pero lastimeramente todo había sucedido tan sorpresivamente que no les había dado tiempo de pensar o hacer nada, y es ahí donde radicaba el problema porque Sakura estaba segura que Sasuke estaba involucrado en lo sucedido, y lucharía personalmente por traer a Ryoko y a su nieto Baru de regreso, junto a Shisui. Sasuke estaba cruzando los límites otra vez.
Un elegante toldo borgoña bordado en oro se alzaba en el jardín para obstaculizar la molesta luz del sol, haciéndola caer sutil y cálidamente sobre las Sultanas que ocupaba los lugares vacantes en los divanes y almohadones que estaban dispuestos. Sobre el deslumbrante diván de oro y terciopelo malva se encontraba la Sultana Sakura, magnifica e insuperablemente hermosa como siempre, luciendo un encantador vestido rojo—el color que representaba al Imperio—hecho de seda granate que tenía estampado en la falda y los costados del corpiño el emblema de los Uchiha ribeteado en diamantes, de escote corazón y mangas ajustadas de encaje semi transparente. Por sobre su vestido se hallaba una chaqueta de seda color negro cerrada desde el escote hasta poco más arriba de las caderas por obra de una seguidilla de broches de oro—de lado a lado—formando cinco hileras entrelazadas por cordones de seda que daban un aspecto de corsé, creando una falda que caía por sobre el vestido y de mangas holgadas y abiertas desde los codos, enmarcándose a los costados de los brazos. Su largo cabello rosado se encontraba prolijamente recogido tras su nuca, dejando a la vista su largo cuello, alrededor del cual se hallaba una guirnalda de oro de la cual pendían dijes de oro en forma de lagrima con rubíes en el centro y entre los cuales se hallaban diminutos diamantes en forma de hilo. Sobre su cabello—y sostenido un largo velo color negro a juego con su vestido—se encontraba una encantadora corona de oro que replicaba rosas florecientes y en cuyos centros se hallaban rubíes en forma ovalada y cuyas estructuras estaban ribeteadas en diamantes, complementándose con un par de pendientes de cuna de oro en forma de lagrima con un rubí homólogo en su centro y que hacían destacar la sortija de las Sultanas en el dedo anular de su mano derecha. Simplemente hermosa y perfecta.
Sentada a los pies de la Sultana Sakura, y acompañada de sus hijas Sumiye y Risa—de ocho y siete años—se encontraba la Sultana Aratani que si bien era la viuda del anterior Príncipe Heredero, el fallecido Príncipe Daisuke, se mantenía incólume y hermosa a pesar de sus pérdidas personales. Radiante, la Sultana portaba un detallado vestido azul brillante, calzado a su figura, de escote corazón y con una serie de ocho diminutos botones que iniciaban bajo el busto y hasta la altura del vientre, de mangas ajustada hasta los codos pero que se abrían frontalmente como lienzos de gasa para exponer la piel de los brazos, sobre el vestido se hallaba una chaqueta de igual color, ricamente bordada en plata y diamantes que relucía con el movimiento, escasamente cerrada a la altura del vientre lo cual permitía que ambas capas fueran plenamente visibles. Su larga melena de rizos castaños se encontraban perfectamente peinados y recogidos tras la nuca, exponiendo el cuello alrededor del cual se hallaba una cadena de oro con diamantes y cristales engazados, representando el emblema de los Uchiha. Sobre su cabello se hallaba una elegante corona de oro y zafiros que emulaban capullos de rosas azules, hechas de zafiros y que sostenía un largo velo azul a juego con el vestido, finalmente y complementando la corona se hallaba un par de pendientes de cuna de oro y diamante en forma de lagrima que en su centro tenían un zafiro en forma de lagrima.
Pero por más concentrada que Sakura deseara estar en los asuntos de estado, deber y política, en aquel momento deseaba tener la egoísta instancia de contemplar a sus nietas Sumiye y Risa, a quienes siempre pedía ver de serle posible, porque eran el reflejo vivo de su Príncipe; Daisuke. Risa era un calco de Daisuke en muchas de sus aptitudes físicas, y al ser un año menor era igualmente impetuosa, brillantes rizos azabaches se arremolinaban sobre sus hombros a juego con sus profundos iris ónix, y pese a ser tan pequeña insistía en querer a prender a sostener, algo a lo que Sakura no había prestado oposición porque ella misma no era el habitual exponente femenino de belleza y carencia de inteligencia; una mujer debía aprender cómo sobrevivir en el mundo con todo a su alcance y quería lo mejor para sus hijas y nietas. Sumiye por otro lado y siendo un año mayor, era mucho más prudente y correcta, el reflejo de una autentica Sultana con el aspecto físico de Aratani pero el mismo fuego interno de su difunto padre, igual de segura al actuar, pero teniendo la habilidad de dominar sus impulsos y aprender de sus errores en lugar de justificarlos. Viendo a sus nietas, Sakura estaba convencida de que en un futuro serían los pilares que sostuvieran el Imperio cuando ella ya no estuviera, estaba convencida de ello.
-Sumiye, Risa, cada día están más hermosas- elogio Sakura observando con sincera fascinación lo rostros de su nietas.
La pequeña Risa recibió el elogio con una radiante sonrisa puesto que le gustaba ser considerada hermosa, aún más si quien se lo decía era su abuela cuya insólita belleza seguía sin tener comparación alguna, por su parte Sumiye se sintió agradecida por los elogios que su abuela les otorgaban, pero lo cierto es que a ella cuando menos ser hermosa no era algo que le importase demasiado; claro, la belleza era un elemento muy considerado visualmente hablando, pero de nada le serviría esto si no era inteligente y por causa de lo mismo era que, mientras su hermanita tomaba lecciones de espada, ella se pulía con maestros e intelectuales con quienes nutria su intelectual y aparecía en público junto a su abuela en las visitas a su fundación de la cual había aprendido que el amor al pueblo y viceversa era aquello que realmente garantizaba unidad y duración de un Sultanato. No tenía hermanos varones, nunca vería a algún hermano suyo ser entronizado como Sultan y reinar, pero si tenía primos y sabía que debía ponerse del lado de ellos y de quien sea que fuera Madre Sultana, si es que tenía las ideas correctas. Pero por más dispuesta que estuviera abandonar sus días de inocencia y niñez para ser una verdadera Sultana, Sumiye quería permitirse una debilidad, esperando que su abuela no prestara oposición.
-Nos gustaría ir a la tumba de nuestro padre, mañana, abuela- manifestó Sumiye, esperando que a nadie le molestara su petición.
-Irán, nosotras las acompañaremos- secundo Sarada, abrazando por la espalda a su sobria que sonrió agradecida.
Por su parte y sentada a la derecha de su madre se encontraba la Sultana Sarada, luciendo un sencillo vestido índigo sin mangas, de escote bajo en forma de corazón, calzado a su figura y realzando su silueta femenina, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta superior de mangas ajustada y escote redondo que se creaba bajo el busto realzando el escote del vestido inferior, abierta bajo el vientre para así exponer la falda inferior, los hombros, el centro del corpiño y el dobladillo de la fala estaban adornados por encaje crema-dorado, y el resto de la tela estaba parcialmente ribeteado en hilo de plata, formando un bordado sutil pero hermoso a la luz. Su largo cabello azabache, peinado en una perfecta cascada de rizos, caía libremente tras su espalda, adorado por una hermosa corona en forma cónica y que replicaba una estructura con base en forma de enrejado pero que en su cima representaba orquídeas y pequeños capullos de rosa, con una rosa floreciente en lo alto de la estructura, con diamantes engarzados que brillaba contra la luz, a juego con un par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima. Ella tal vez fuese la más neutral de las presentes ya que intentaba no ser desleal a su padre en igual medida que era leal al Imperio y a su madre, porque su sentir por su padre la hacía pensar como hija y no como Sultana, o al menos no del todo y por ello es que quizá fuera quien más se asemejara a la Sultana Sakura que, de igual modo, no olvidaba el amor que aun sentía por su esposo y Sultan. Era imposible dejar el pasado atrás, no del todo.
Sentada a los pies de la Sultana Sarada y abrazando a su hija Kaori, de once años, Eri se mantenía aparentemente al margen de la conversación, al menos en apariencias políticas ya que se esperaba que alguien como ella no fuese sino imparcial, ya que ese era su medio con que sobrevivir y protegerse tanto a sí misma como a su hija. Era verdad que ya que su hija era una Sultana, en cierto modo, no representaba una amenaza importante para nadie, pero todo eran meras apariencias puesto que Eri tenía amigos influyentes en la política, amigos que garantizaban proteger a su hija si le sucedía algo y la Sultana Sakura no estaba viva para entonces, todo podía suceder y siempre se debía tener un plan B en casos de emergencia.
No era una Sultana como las demás, eso Kaori lo sabía bien; su madre era su sirvienta y persona de mayor confianza a la vez, no era como el caso de sus primas Sumiye y Risa cuya madre era una Sultana por matrimonio, más aun así Kaori estaba absolutamente feliz de poder compartirlo todo con su madre y tenerla a su lado en todo momento, un privilegio que quizás muchas Sultanas de sangre real antes de ella no había podido siquiera imaginar. Lucia magnamente inocente en aquellas sencillas galas de seda y gasa rosa pastel de un tono tal claro que parecían blancas en su lugar; de recatado escote corazón que cerraba el corpiño por seis pequeños botones de diamante hasta la altura del vientre, falda de seda cubierta por una capa de gasa que facilitaba el movimiento, y mangas ajustadas hasta los codos que se volvían holgadas a la altura de los codos hasta llegar a cubrir las manos. El aire frio era excesivo, pero la primavera era entre cálida y fresca, haciéndola usar una chaqueta de terciopelo sandia oscuro—levemente burdeo—sin mangas, cerrada a su cuerpo por un cinturón de cadenas de oro que se baria bajo el vientre, un marcado cuello de piel marrón oscuro que combinaba a la perfección con su larga melena de rizos que caían sobre sus hombros, únicamente adornados por una diadema que caía sobre su frente en sucesión de pequeños dijes en forma de lagrima a juego con un par de pendientes.
Encantadora y sencilla, como siempre, Eri relucía con la misma gracia que la primera estrella que aparecía en el cielo durante la puesta del sol, su largo cabello rubio perfecta y elegantemente peinado caía libremente tras su espalda de no ser por un mecho que reposaba sobre su hombro, todo adornado por una diadema de oro que emulaba flores de jazmín hechas de oro, diamantes y cristales ambarinos. Vestía unas sencillas galas blancas de escote alto en V, mangas ajustadas hasta los codos y abiertas frontalmente como lienzo, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de seda dorada bordada en hilo cobrizo para formar hojas y lilas como estampado, sin mangas, de escote redondo y abierta bajo el vientre, cerrada desde el escote al vientre por una serie de seis botones de oro. Alrededor de su cuello se hallaba una guirnalda de oro de tres vueltas con pequeños cristales incrustados, y como complemento un par de pendiente de oro en forma de corazón y de los cuales pendía una lagrima de cristal en forma de lágrima. Estaba por demás decir que Eri bien pasaba por una Sultana y la trataban como tal.
-Lo extraño mucho, abuela, a él y a mis hermanos- menciono Sumiye, incapaz de callar, por aquella vez, lo que pensaba y el amor que le seguía dedicando a su difunto padre.
-Yo también los extraño, mucho-admitió Sakura con sus orbes esmeralda ligeramente empañados de tristeza.
Cada día era igualmente difícil cada día vivir sin su hijo predilecto, sin aquel niño, hombre, que había regresado de las conquistas militares con una sonrisa habiéndola abrazado, pero habiendo perdido a su niño, su hijo inigualable…solo le quedaba la triste opción de vivir con sus recuerdos y soñar con el posible encuentro que quizá fuera a tener lugar cuando la muerte los reuniera otra vez. Vivir sin quienes más amaba era una rutina triste pero habitual en su vida; había aprendido a vivir sin Itachi cuya muerte parecía haber sucedido la noche anterior cada día, sin Baru que era su Sultan guerrero y por quien se aferraba a la vida recordando con dolor mortal su cuerpo decapitado, sin su inocente Kagami que había muerto sin ser culpable de nada y que diariamente ocupaba un sitio infaltable en sus pensamientos, sin Rai que la había llamado y declarado como su única madre pese a que ella no hubiera podido protegerlo y cuyos días felices junto a él no cesaba de rememorar…y sin su Daisuke, su sol, su guerrero valeroso que la llamaba ángel y que la adoraba más que a nada el mundo justo como ella lo adoraba a él, ansiando ese posible reencuentro. Pero tristemente la muerte no acudía cuando ella deseaba, debía esperar, de otro modo estaba segura de que hubiera podido cumplir su deseo hacía ya mucho tiempo,
-Todos los extrañamos, siempre- puntualizo Shina, apoyando a su madre y entrelazando una de sus manos con las de ella.
Sentada en el diván junto al de su madre, a su izquierda, se hallaba la Sultana Shina que si bien no perdía su temple riguroso y dinástico, seguía siendo uno de los rostros más hermosos había y por haber en el Imperio, tajantemente leal al Imperio y a su madre por encima de cualquier otra cosa. El aire primaveral solía ser engañoso en la capital, Konoha, por ello es que la Sultana se encontraba ataviada en un sencillo vestido crema de escote redondo y bajo, y mangas ajustadas, cerradas en el interior de la muñeca por dos botones de perla, por sobre el vestido y destacando aún más se encontraba una chaqueta marrón oscuro bordada en hilo cobrizo—emulando el contorno de flores y pétalos de cerezo—de cuello alto y cerrado por un botón de perla, creando un escote ovalado que ocultaba gran parte del vestido inferior de no ser por las mangas y la falda del vestido. Su larga melena de rizos rubios estaba implacablemente recogida en una larga trenza que caía tras su espalda, realzando de ipso facto la hermosa corona de oro, diamantes y cristales ámbar en forma de hojas y capullos de cerezo a juego con un par de pendientes homólogos de los que pendía un diamante ambarino en forma de lágrima.
Sentada a los pies de su madre y su hermana Shina, sobre uno de los cómodos almohadones dispuestos sobre la elegante alfombra purpura se encontraba la Sultana Hanan que si bien apenas y entraba en la adolescencia resplandecía como una autentica rosa, exponiendo sus encantos simplemente avasalladores al ser un calco idéntico de su progenitora que con cincuenta años seguía deslumbrando al mundo, apenas y demostrando treinta años. La femenina figura de la joven Sultana se veía realzada por unas sencillas galas crema de escote redondo y mangas ajustadas hasta los codos que se volvían traslucidas y holgadas a causa de la gasa que las componía, por sobre le vestido se encontraba una chaqueta durazno cobrizo plagado de bordados en forma de hojas, pétalos y capullos de rosa, de escote en V que apenas y enseñaba algo del escote inferior, sin mangas, cerrada por cinco botones cobrizo, y abierta bajo el vientre. Sus largo rizos rosados caían libremente sobre su hombro derecho, adornados en la coronilla por un broche de oro en forma de flores de cerezo que eran emuladas por cristales y diamantes rosa y magenta. Un par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima—de los cuales solo era visible—deslumbraban contra la luz al igual que una cadena de perlas de tres vueltas que sostenía un dije de oro que formaba el contorno del emblema Imperial de los Uchiha. Joven e inocente, pero no por ello menos hermosa.
De forma repentina y ante el suave crujir del césped bajo sus zapatos es que la Sultana Izumi hizo acto de presencia en el jardín Imperial, resplandeciente como el en su máximo apogeo, siendo dicho sol el que se reflejaba sobre su rostro y la hacía ver a un más hermosa. Su cadenciosa y femenina figura se encontraba ataviada de un sencillo vestido verde brillante de seda perfectamente calzado a su figura, de escote corazón, con seis botones de diamante en caída vertical hasta la altura de su vientre, sin mangas, por sobre el vestido se encontraba una chaqueta oliva hecha de georgette, de mangas holgadas hasta los codos donde se ajustaban como una especie de largas muñequeras, además y matizándose con el vestido inferior es que la misma seda del vestido formaba—en la chaqueta—unas marcadas hombreras que desvencijan formando una especie de caída en V en los laterales, y un cuello que se enmarcaba posteriormente. Su larga melena de rizos castaños, elegantemente peinada, caía perfectamente sobre su hombro derecho, y un par de rizos rebeldes pero encantadores enmarcaban los contornos de su rostro, favoreciendo así no solo la corona de oro, jade y esmeraldas en forma de flores de jazmín que sostenía un largo velo oliva que caía tras su espalda, sino que también un par de pendientes de oro y cristal oliva en forma de lagrima. Sin duda alguna ya no era una adolescente, sino una poderosa Sultana, una Sultana leal a su madre y al Imperio por encima de todo.
-Madre- reverencio Izumi respetuosamente, -necesito comunicarte algo importante-anuncio con el debido respeto, desviando sutilmente su mirada hacia Aratani.
Los años habían pasado, Izumi ya no era la misma niña inocente que había sido al contraer matrimonio a los catorce años y que había envidiado a influencia política de sus hermanas; ahora era una Sultan en todos los sentidos, esposa de un Visir respetado por el pueblo y la jerarquía del Imperio, madre e dos hijas y que consolidaba su influencia y poder políticos mediante sus aliados, acrecentando su propia gloria cada día justo como hacían sus hermanas y su propia madre, el tiempo la había cambiado haciéndola más fuerte, haciéndola todo cuanto se esperaba que fuera, había elegido un bando hace mucho tiempo…estaba y siempre estaría del lado de su madre. Los asuntos de la corte y que parcialmente involucraran la vida privada del Sultan, la Sultana Haseki y sus hijas ostentaba un rango privado en cuanto a privacidad se refiriese, así que Aratani sabía muy bien cuando debía marcharse sin que se lo dijeran, porque no quería involucrarse en algo que no le compitiese, y no quería enemistar a sus hijas con ninguno de los miembros de su familia, porque ellas merecían tener una vida más amena que la del reto de las personas, no quería que ellas padecieran los conflictos con los que ella tenía que lidiar continuamente. No dudo en levantarse de su lugar, con la mirada baja, aguardando la aprobación para irse. Viendo a su madre levantarse de su lugar, Sumiye y Risa no dudaron en imitarla.
-Sultana, con su permiso, regresaremos a nuestros aposentos- consulto Aratani, no deseando importunar a nadie.
Plasmando una sonrisa en sus labios, Sakura asintió, indicándoles a sus nietas que se acercaran, abrazándolas afectuosamente antes de permitir su partida, dedicándole una intensa mirada y sonrisa a Aratani que era como otra hija más para ella, siguiendo su partida con la mirada hasta que—acompañadas por su séquito de doncellas—hubieran abandonado el jardín, dejándolas a ellas a solas para hablar, la presencia de Kaori no era un peligro porque había vivido lo suficiente para ver el caos y la verdad del Palacio, a ella no merecía la pena ocultarle nada, ella ya había decidido su propio bando como la mayoría de la gente; su lealtad estaba con el Sultanato como era su deber, pero su amor y devoción incondicional estaba junto a su abuela y en contra de Takara a quien despreciaba y odiaba en silencio, como su tía Izumi. Con la partid de Aratani, Izumi recibió la inmediata aprobación de su madre, utilizando su anterior lugar sobre uno de los almohadones dispuesto sobre el suelo, acomodándose la falda para no perder la pantalla que era su impecable apariencia, cruzando las manos sobre su regazo y levantando la mirada hacia su madre que si bien lucia serena, claramente aguardaba la información que ella tenía que darle.
-Confirme lo que deseabas saber- inicio Izumi con su voz impregnada de seriedad, emulando naturalmente el mismo actuar de su madre, -Yugito logro escuchar una conversación que sostenía nuestro padre con el Hasoda Basi, con Suigetsu, el ordeno que exiliaran a Ryoko y a Baru- sentencio con muy bien disimulado odio y negatividad ante el actuar de su progenitor.
-Kami…-jadeo Sarada, bajando la mirada
Si bien Sarada fue la única que manifestó verbalmente su sorpresa, tanto Shina como Hanan estaban igualmente sorprendidas, habían creído que quizás el tiempo remediaría los errores pasados, que así quizá la cosas entre sus podres se solucionarían y todo volvería a ser lo que había sido en su día, pero en ese momento y con aquellas declaraciones todas se dieron cuenta de que no había vuelta atrás porque su padre así lo quería, no por otra razón, no porque su madre no tuviera disposición para aquello. La verdad es que Sakura no podía sorprenderse, luego de que Shisui, hace un par de días atrás, lo hubiera supuesto o afirmado, ella había comenzado a creerlo; a creer en la posibilidad de que Sasuke hubiera comenzado a considerarla una mujer estúpida, sumisa, insulsa, manipulable y complaciente…pero no lo era en lo absoluto, la única razón para que el Imperio fuera lo que era, la única razón para que él siguiera en el trono era su vida, sin ella todo el Sultanato se desmoronaría, porque el pueblo y la gente la querían a ella, porque su labor diplomática con Venecia y otras casas dinásticas europeas y orientales eran lo que mantenía la paz, fomentaba el comercio y sustentaba al Imperio como no se había mantenido en gloria desde los días del Sultan Hashirama
-Tal vez el error más grande que pudimos cometer fue ser tan ecuánimes, de ahora en más no puede haber error alguno- decidió Sakura, negando para sí misma. -Eri- nombro desviando la mirada hacia la aludida.
-Sultana- asintió Eri, levantándose de su lugar al estar convencida de que debería intervenir.
-Comunícale todo a Naruto, dile que proceda rápido y haga que Ryoko y Baru regresen- pidió Sakura, y que era incapaz de exigirle cumplir una orden, no a ella, -presiento que deberemos implementar nuestra medida de emergencia- menciono para sí, recibiendo el apoyo de Sarada que poso una de sus manos sobre su hombro, sonriéndole con ligera tristeza y animo entremezclados.
Sin necesitar de un aprobación, mirada o algo que ratificara aquella orden, y dirigiéndole una última mirada a su hija que sonrió ligeramente, Eri hizo una reverencia en su lugar para proceder a retirarse, sabía que en verdad no tenía un deber tácito que cumplir órdenes salvo porque seguía siendo una esclava al no haber sido liberada de esta condición por no haber sido emancipada ni nada parecido, pero no le desagradaba, la ayudaba a recordar quien había sido y seguía siendo, y su hija lo aceptaba. Ninguna de las dos, especialmente ella, deseaban tener una vida diferente, solo querían vivir en paz. Hasta entonces había guardado silencio y por su propia juventud e inexperiencia, Hanan no planeaba hablar porque quizá no sirviera de nada, pero al mantenerse callada pudo reparar con mayor facilidad en su madre que si bien lucia serena, apretaba fuertemente las manos entorno al respaldo de los brazos del diván, a ella misma le desagradaba este conflicto o enemistad entre sus padres y si bien su madre tenía la razón, Hanan se había predispuesto a ser neutral porque su madre le había inculcado que lo fuera, porque no quería que perdiera el vínculo importante que la unía a su padre; ella era la única de sus hermanas que estaba al tanto de la enfermedad de su madre y no quería hacer más difíciles su ultimo días por luchas innecesarias. Quería que al menos sucediera algo de paz antes de su partida y quería dársela…solo esperaba, en el futuro, poder ser tan poderosa, hermosa, inteligente y buena madre como lo era su progenitora, ese era su único sueño, ser como ella.
-Espero que podamos deshacernos de errores tan grandes como la falta de piedad de nuestro padre- oro Shina brindado su opinión inevitablemente, apretando los labios, disimulando su ira y ocultando su aversión por el actuar de su padre.
Ante lo dicho por su hermana, Sarada, Hanan e Izumi, solo asintieron para sí mismas; cada día intentaban remediar cada suceso que hubiera tenido lugar en el pasado on tal de preservar una incólume unidad para el futuro venidero, pero su padre increíblemente parecía oponerse a ello sin reparar en nada, únicamente siguiendo un patrón dictatorial que jamás había tenido y al que no podían poner fin. Pero….y muy contraria a su hijas, Sakura sabía que la auténtica razón tras este actuar de parte de Sasuke era la influencia de Takara, entre más lo analizaba más reparaba en ello; Takara estaba ensalzando la labor y comportamiento del Sultan desde el punto de vista político, haciéndole ver que ser el modelo canónico de un Sultan cruel, déspota y temido, era lo que el pueblo quería y lo que él debía demostrar, pero era lo contrario. Había llegado la hora de que le dijera unas cuantas verdades a Sasuke a la cara para comenzar a menguar la influencia que Takara había sostenido hasta el momento, y bajando la mirada hacia Izumi que asintió al ver la orden disfrazada en su mirada esmeralda, ponía en marcha su propia estrategia.
Nadie ganaría ese juego más que ella, nadie.
Cuando se estaba en el interior de un barco, nave o lo que fuera, se perdía el pasar del tiempo y eso Ryoko lo sabía muy bien; recordaba aun y como si fuera ayer como, en un barco muy semejante a aquel, surcaba los mares en compañía de otras jóvenes esclavas, todas y cada una de ellas en dirección al Palacio Imperial donde abrían de formar parte del Harem. En su día había imaginado que jamás abandonaría el Palacio, que allí conocería su futuro y su destino y así lo había hecho se corrigió bajando la mirada hacia su hijo a quien abrazaba en aquel rustico camarote que es habían dado y que era diez veces menos cómodo que los aposentos que habían tenido en el Viejo Palacio y que gracias a la Sultana Sakura había sido más bien una especie de paraíso. Pero ahora no sabía que la esperaba, no sabía cómo era Sunagakure ni como la tratarían allí bajo las órdenes del Sultan, solo podía esperar que Shisui y la Sultan Sakura hicieran algo para permitirle regresar, porque no quería estar lejos de Shisui, la sola posibilidad de imaginar esto por mucho tiempo le resultaba doloroso, infernal.
-Madre, ¿Por qué estamos aquí?- pregunto el pequeño infante. -Quiero volver al Palacio, con mi padre- gimoteo, esperando que aquello fuera posible.
-No estés triste, regresaremos, tu abuela la Sultana Sakura y tus tías Mikoto, Shina, Sarada, Izumi y Hanan nos harán volver- prometió Ryoko, inclinándose y besando la frente de su pequeño, totalmente segura de que esto sucedería, o eso quería creer, -tu padre nos estará esperando- garantizo, imaginando su regreso, con Shisui esperándolos a ella y al pequeño Baru.
La verdad no podía afirmar ni negar nada, pero quería creer que esto sería así puesto que confiaba en que Shisui ordenaría que regresaran lo más pronto posible y en que la Sultana Sakura diera su total apoyo por permitir esto con lo bondadosa y noble que era, pero resultaba difícil—por no decir imposible—estar segura de ello con Takara intercediendo ante el Sultan y gobernando o dirigiendo parte de su autoridad para así salir beneficiada de todo cuanto sucediera. Un repentino y estruendoso sonido semejante al de una colisión o impacto remeció el barco, sorprendiéndolos tanto a ella como a su hijo, por no hablar de los tripulantes pero de los cuales ellos eran totalmente ajenos. La verdad temía levantarse de la cama sobre la que ella y su hijo se hallaban, temía ver que era exactamente lo que habría provocado tan estruendo, en lugar de ello se mantuvo sentada sobre la cama abrazando a su hijo contra sí misma en un intento por garantizar su protección mediante su propia persona.
-¿Qué pasa mamá?- tembló el pequeño príncipe, sujetando con sus pequeñas manos parte de la tela del vestido de su madre.
-No lo sé- murmuro Ryoko, mordiéndose el labio inferior para no jadear por la incertidumbre. -Mantente junto a mí, ¿sí?- indico, envolviendo sus brazos alrededor de su hijo.
-Si, mamá- obedeció Baru, abrazando a su madre.
Asegurar algo solo porque si era un problema, el mayor error que se pudiera cometer, pero repentinamente Ryoko hubo asumido que quizá…jamás volvieran a ver a Shisui, ni ningún ápice del poderoso Imperio de los Uchiha, no supo porque pero simplemente lo intuyo y comenzó a creerlo más a medida que abrazaba protectoramente a su hijo…
Su madre le había dado una labor muy importante, la de intermediaria, pero aun cuando su tarea no fuera sino sencilla, Izumi no podía cumplirla aun; miles de millones de ideas cruzaba por su mente, recuerdos e imágenes significativas como nada de lo que materialmente podía poseer en el mundo. Recordaba con tristeza su propio pasado, sus días felices como una bebé en brazos de su madre a quien amaba tanto, su niñez dorada junto a sus hermanas, recordando poco y nada de los complots orquestados por las Sultanas Mei y Rin por causa de su propia juventud, apenas recordando a sus fallecidos hermanos Baru e Itachi, recordaba su frivolidad de adolescente que se había disipado y convertido en madurez ante la muerte de sus hermanos Kagami, Rai y Daisuke, el peso que el matrimonio político había generado en ella, amando incansablemente a su esposo e hijas y agradeciendo poder amar con libertad sabiendo lo difícil que era de encontrar el amor, con respecto a alguien de su condición dinástica. Pero, siendo así de feliz, sentía lastima y empatía por su madre, deseando que ella pudiera serlo también, pero sin importar cuanto se intentara, su madre desgarradoramente parecía ir en dirección de la tristeza y la tragedia, parecía como si no hubiera vuelta atrás a ello y eso le hería profundamente el corazón porque nadie más que su madre merecía ser feliz habiendo perdido tanto.
-Lo que mi padre hace es una tiranía, no puedo creer cuanto ha cambiado, su bondad parece un recuerdo efímero- pronuncio Izumi, paseándose en círculos como si de una leona enjaulada se tratase. -No permitiré que cruce los límites, Shisui no correrá la misma suerte que Rai- se repitió así misma aquel mantra que había sostenido durante años, en cuanto había sido consiente de la clase de persona que era realmente su padre.
Lady Yugito en su confidencialidad era la única doncella de la Sultana Izumi que merecía estar presente, aquella en quien todos podían depositar seguridad, pero y si bien ambas eran cercanas como si de dos mejores amigas se tratase, había tomado tiempo para que Yugito aprendiera a ver quién era la Sultana Sakura en realidad y el valor que tenía en la vida, mente y corazón de todos. La difunta Princesa Koyuki había adulado sinceramente a la Sultana Haseki, tanto por su inteligencia como belleza, pero siempre la había considerado una especie de villana por la dureza que mostraba ante todos, por el totalitarismo de su propia influencia o poder, pero habiendo pasado años en aquel Palacio y habiendo visto el suceder de circunstancias sin par, Yugito había aprendido que la Sultana Sakura no era más que una mujer bondadosa, caritativa, dulce, amable y hermosa, una madre devota y afectuosa que había dedicado su vida a sus hijos y al Imperio, una mujer que había tenido que cambiar por el Imperio y el Sultan, una mujer incomparable que era víctima del amor que sentía y por el amor que el Imperio entero le profesaba. Ella era merecedora de la preocupación de todo el mundo, pero por más que supiera esto, Yugito no veía una posible medio de ayuda, no cuando el propio Sultan parecía ciego con respecto al sufrimiento de su esposa, era muy difícil modificar la situación actual de las cosas, por no decir imposible.
-¿Y cómo lo evitamos, Sultana?- cuestiono Yugito, teniendo la libertad de hablar en confidencialidad con la Sultana. -Una persona no puede cambiar su naturaleza, el Sultan Sasuke no cambiara de parecer- asumió lógicamente, casi leyendo la mente de la Sultana Izumi.
Bufando para sí, escasa o nula de ideas, la Sultana se sentó tras su cama, intentando encontrar algo que hacer, tenía importancia política como hija del Sultana y la Sultana Haseki, desde luego, pero eso no la ayudaba lo suficiente, el Sultan tenía libre albedrio para hacer cumplir sus órdenes como representante de Kami sobre la tierra, pero debía haber algo que se pudiera hacer. Lidiar con Suigetsu Hosuki, el Hado Basi para influir en su padre era algo impensable, el Hosuki era alguien insobornable, alguien que solo vivía por servir al Sultan y que no cambiaba de parecer a esto, pero…quizá, si hubiera alguien ante quien interceder, pidiéndole que no fuera tan neutral como parecía, o mejor dicho ratificando su propia lealtad. Naruto Uzumaki era un político fuerte y con una influencia inderrotable como anterior miembro del kanato de Crimea, un hombre que—ella sabía—estaba total y absolutamente enmarado de su madre la Sultana Sakura a quien parecía ser leal, no le molestaba esto, pero era momento de que ella tuviera una palabrita con ese hombre tan conocido por todos y cuya lealtad era total y absolutamente incuestionable, incluso por su madre.
-Pues debemos impedir que haga valer su opinión, de otro modo nos arrastrara a todos con él- contrario Izumi, apretándose las manos con nerviosismo, intentando ser lo más practica posible en su posible estrategia. -Ni siquiera escucha a mi madre, no como antes, solo intenta contentarla para no perder su amor, pero eso acabara sucediendo- sentencio, conociendo muy bien a su madre y habiendo heredado su notable independencia.
Su idea no era nada descabellada, en lo absoluto; Naruto Uzumaki era el as bajo la manga a utilizar en esa jugada maestra. Sin reparar en sus planes por más tiempo, la Sultana se levantó de su cama ante la atenta y sorprendida mirada de Yugito dirigiéndose hacia las puertas que abrió por su cuenta, abandonando sus aposentos y siendo inmediatamente seguida por Yugito que si bien no sabía qué clase de ideas rondaba por su mente, no dudo que se trataría de una estrategia digna de comparar con aquellas tramadas por la Sultana Sakura. Izumi, cruzando los pasillos aledaños a sus aposentos, que acaba de abandonar, sonrió para sí al reparar en el hecho de la hora del día; su padre deba de encontrarse en sus aposentos…era el momento perfecto para actuar y hablar con Naruto.
Tenía que ponerse en marcha.
Las reuniones del Consejo había terminado apenas hacia unos minutos, pero como siempre había alguien que tenía que manifestar su opinión, aunque siendo una persona de su entera confianza, Sasuke no pensaba negarle esta oportunidad a Naruto que era prácticamente su igual en muchos ámbitos; había gobernado un estado de forma independiente, había sufrido complots en su contra y además tenía que lidiar con el peso político, si eso no era igualdad nada más podía serlo. La decisión de exiliar a Ryoko y su hijo a Sunagakure evidentemente había causado revuelo y con razón, pero era la justo ya que al no ser un Príncipe ilegitimo no era menos que degradante que paseara por el harem sin un título y a vista y paciencia de quien sea, el retiro a dicha provincia tan alejada del Imperio era un destino mucho más idóneo para alguien que, sin ofender, era el rango social menos celebre había y por haber hasta entonces. Estaba convencido de que, con el tempo, tanto Shisui como Sakura acabarían por darle la razón, y de no ser así…pues, una lástima, pero no podían llevarle la contraria para siempre.
De pie frente al balcón de la terraza de sus aposentos y acompañado por aquel que en su día hubo sido Khan de Crimea, el Sultan lucia tan formal como se esperaba que luciera, portando—por sobre las usual túnica de seda color negro, de cuello alto y mangas ajustadas hasta las muñecas—un Kaftan de cuero marrón rojizo oscuro de cuello alto y cerrado, con marcadas hombreras y mangas ajustadas hasta las muñecas que eran adornadas por unas igualmente destacables muñequeras, una serie de seis broches de plata y ónix—uno a cada lado y unidos en el centro—cerraban la tela hasta la altura del abdomen proviniendo una caída igualmente elegante y favorecedora que había resaltar las habituales botas de cuero marrón oscuro, casi negro. Estaba por demás decir que su apariencia jamás dejaba nada que desear, eso era imposible solo por decir algo.
-Majestad, ¿considera que la decisión tomada fue prudente?- consulto Naruto, acallando su propia opinión porque así debía hacerlo, no porque quisiera hacerlo.
-Tú también te opones, Naruto- supuso Sasuke al solo escucharlo.
Lo cierto es que no le resultaría extraño, en lo absoluto, que la mitad de los miembros del Consejo Real o funcionarios del estado estuvieran permanentemente del lado de su esposa que—ya fuera positiva o negativamente—sabía muy bien cómo ganar adeptos con solo proponérselo. Esto era una ventaja como una desventaja, porque estos mismos adeptos o aliados podían protestar o interferir en sus decisiones para que no fueran aprobadas con unanimidad del todo, no le gustaba pensar así pero, en ocasiones…sentía que lejos de luchar ideológicamente contra los enemigos al interior del estado, el Imperio y su súbditos, su único y verdadero enemigo no era otro que su propia esposa. Con la facilidad que una enemistad podía tener lugar en aquel Palacio, Naruto no desearía en ninguna circunstancia tomar partido—a entender de otros—en ninguno bando, más no era un secreto en lo absoluto, para la Sultana y sus hijas, que él era un absoluto servidor de la Sultana Haseki a quien le profesaba un amor incondicional y abnegado, estaba prohibido y lo sabía bien, sabía que si el Sultan se enteraba de sus sentimientos no dudaría en ejecutarlo pero a Naruto nada podía importarle menos, más con el fin de ayudar a la protección de la Sultana Haseki era que debía sobrevivir y fingirse neutral, fingir que le era leal al mismo hombre al que envidiaba y que sin saberlo causaba el peor de los sufrimiento a la mujer más hermosa, inocente, bondadosa y perfecta que podía existir sobre la tierra.
-Majestad, soy su súbito, jamás me opondría a su voluntad- refuto el Uzumaki, porque su deber era permanecer o parecer neutral ante el Sultan y no dejaría de cumplir tal labor, -pero no creo que la Sultana Sakura aprueba su decisión- opinó, conociendo mejor que nadie la forma de pensar de la Sultana Haseki, incluso más que el propio Sultan.
-Veré cómo lidiar con ella, Naruto, no hace falta que te preocupes- desestimo el Uchiha, totalmente seguro de poder lidiar con las bravatas de su esposa para cuando se enterase de lo que había decidido.
Había recorrido cada pasillo el Palacio hasta los aposentos de su padre, presurosa y ansiosa por cumplir la ordenes de su madre, ingresando mediante el pasillo aledaño a los aposentos y que conectaba con la terraza, sin necesidad de anunciarse en lo absoluto, deteniendo en el umbral de la terraza y aguardando en silencio al ver a su padre junto a Naruto Uzumaki, su expresión se mantuvo pétrea e indiferente pero por dentro se sonreía sardónica…si su padre supiera que el hombre a su lado ganaba más y más importancia en el corazón de su Haseki día a día, seguramente no estaría hablando tan tranquilamente con él ni depositaria en su persona toda su confianza. Era tan irrisorio, pero no podía reírse, primero que nada porque dejaría su presencia en evidencia—algo que no quería hacer—y segundo porque tener ciertos secreto de vez en cuando era tanto agradable como divertido, más aun si se trataba de su madre que se merecía la oportunidad de encontrar felicidad para sí…del modo que fuera. Resigna y con una sonrisa ladina en su rostro para no mostrar animadversión por hallarse en presencia de su padre, la Sultana cruzo sin demora la distancia que la separaba de aquel cuadro, siendo inmediatamente reverenciada por Naruto Uzumaki a quien saludo educadamente con la mirada.
-Padre- reverencio Izumi, bajando respetuosa y momentáneamente la mirada.
-Izumi- saludo Sasuke.
-Nuestra madre quiere hablar contigo, quise ser intermediaria y traerte la información- comunico la Sultana, justificando su presencia e informando a su padre que su madre precisaba de su presencia.
No sabía porque pensaba que Sakura se quedaría callada ante su decisión, si, lo había pensado eventualmente, pero al escuchar a Izumi se hubo dado cuenta inmediatamente que erraba al haber penado eso, inmediatamente supo que Sakura querría contradecir su decisión, imponerse o algo, o que fuera, pero su siempre audaz temperamento interferiría como siempre, de eso estaba convencido. Una parte de él le insistía en que el peor error que hubiera podido soñar con cometer no era otro que infravalorar a su esposa, no…suponer que ella sería como otras mujeres o Sultanas, suponer que se conformaría con verse beneficiada por él y dedicarse únicamente a verse hermosa y ganar poder. Sakura siempre había sido diferente, una "salvaje" como la habían apodado a su llegada, alguien cuya libertad le significaba más que cualquier tesoro había y por haber en el mundo y que en cuanto había tenido el dinero y poder suficiente lo había empleado en dar ayuda a quienes no tenían nada, a los más pobres. Pero por un mínimo instancia Sasuke hubo deseado cambiar la conducta de su esposa por la de alguien más, porque su terquedad la hacía tanto deseada como odiada, no por él sino por sus enemigos, más si no quería perder ni su amor ni aprobación…era mejor que la escuchara cuando menos, ya sabría cómo lidiar con todo lo que sucediera, después.
-Naruto, discutiremos lo que haga falta, más tarde- postergo el Uchiha, antes de proceder a retirarse.
-Majestad- reverencio el Uzumaki.
Al igual que Naruto y siguiendo el estricto protocolo, Izumi reverencio a su padre sonriendo con falsa conformidad ante su partida, aunque su sonrisa no era del todo falsa, en cierto modo sentía una especie de liberación cada vez que su padre no estaba cerca, no es como si lo odiara porque esto último era un hecho imposible ya que los unía tanto la sangre como los recuerdos y sentimientos, pero le resultaba frustrante estar ante un hombre al que en el pasado había idolatrado y que ahora era una sombra del hombre justo y noble que recordaba en su niñez y temprana adolescencia. Por ello amaba tanto a su madre, porque ella no había cambiado sin importar lo que pasara, el tiempo no había dejado huella alguna en ella salvo la tristeza que siempre emanaba de ella pero que la hacía tan merecedora de amor, su madre seguía igual de joven y hermosa, igual de afectuosa y cariñosa. No le extrañaba que su hermano la hubiera llamado "ángel", lo parecía, a decir verdad. Pero era mejor no albergar pensamientos semejantes, su deber era ser lo que era; una Sultana. Cruzando las manos sobre su vientre y manteniendo estoica, la Sultana desvió la mirada hacia Naruto que aguardo a que ella lo despidiera lo le indicase algo, sabía que la Sultana Izumi estaba ahí por orden de la Sultana Sakura, así se lo había señalado lady Eri, acercándosele en cuanto la reunión del Consejo hubo terminado, pero ¿Que era aquello que la Sultana Izumi quería trasmitirle?…era un absoluto misterio para él.
-He de intuir que Eri te comunico todo lo que nuestra madre menciono, Naruto- menciono Izumi, cruzando las manos sobre su vientre, intentando parecer desinteresada.
-Si, Sultana- contesto el Uzumaki sencillamente, -pero el Sultan no quiere cambiar de parecer, aun así cumpliré las órdenes de la Sultana Sakura- se comprometió con indiscutible sinceridad.
Tenía razones de sobra por las que mantenerse neutral, habiendo ejercido tantos roles políticos, dinásticos y militares en su vida hasta la fecha, solo comparable con su hijo Boruto que hacia alcanzado igual poderío solo que como yerno de la dinastía, esposo de un Sultana que le brindaba más y más poder cada día, esto era lo único que los diferenciaba además del tema de la edad. Pero aun sabiendo que podía ganar más de lo que ya tenía con solo desearlo, Naruto no podía ni deseaba obtener más, amando a una mujer del modo en que él amaba a la Sultana Sakura cualquier riqueza vana o material le era insignificante, porque el amor de aquel ángel hecho mujer era más de lo que cualquier ser viviente pudiera siquiera desear, si, indudablemente no era correspondido porque no era posible, pero tenía importancia para la mujer que amaba, era su cómplice y amigo incondicional en todo cuanto ella pudiera necesitar y estaba ahí para ella aun cuando ella no manifestara requerirlo verbalmente, así como Naruto estaba seguro de que contaba con la Sultana Sakura para cuanto necesitara algún día, pero jamás podría pedir su ayuda, jamás podría pedirle que se involucrara para ayudarlo a él que no era más que un insignificante súbdito del Imperio, un eterno vasallo de su incomparable belleza y su infinita bondad que no desteñía ni un ápice con el pasar el tiempo, era su deber—y el del mundo entero—hacerla feliz y vivía por ello.
-Eres un hombre extraordinario, Naruto- valoro la Sultana, observándolo con atención, -pareces inquebrantablemente leal a mi padre, pero igualmente defiendes los intereses de mi madre- señalo, sin saber a quién procedía la lealtad que el Uzumaki mostraba con tanta devoción por el Sultanato.
-La respuesta a eso es muy clara, Sultana- contesto Naruto con sencillez y la máxime naturalidad del mundo.
-¿Y cuál es?- pidió Izumi, arqueando una ceja por su propia curiosidad.
Mentiría si dijera no estar al tanto de los sentimientos del Uzumaki por su madre, y de hecho se sentía orgullosa, ¿Qué hija no sentiría orgullo de que su madre, llamada y valorada como la mujer más hermosa del mundo, fuera amada por el Imperio entero y que alguien que decía amarla protegiera abiertamente sus intereses? Había crecido en ese Palacio como una niña a quien todos habían reverenciado y llamado Sultana antes de que ella siquiera fuera consiente del peso que ello cernía sobre su persona, cortando su libertad al levar en sus venas la sangre de la poderosa dinastía Uchiha, forzada a ser lo que otros quisieran pero adecuándose fácilmente al rol que le correspondía ejercer por nacimiento. Pero su madre por otro lado había sido libre desde su nacimiento, le habían arrebatado su libertad al hacerla esclava y llevarla al Palacio donde había sucumbido al amor del mismo modo en que lo había hecho su padre, solo que su madre había tenido que sacrificar a todos a quienes amaba, sin poder impedir sus muertes, sin poder hacer nada más que llorarlos, y pese a todo esto manteniéndose integra y honesta como la mima plebeya griega que había llegado al Palacio y que rememoraba haber sido en un pasado ya muy lejano de recordar. Su madre merecía el amor de Naruto, merecía tener la oportunidad de ser feliz, más que nada en el mundo, Izumi solo quería comprobar que Naruto fuera tan leal como su madre garantizaba, solo deseaba que quien amara a su madre fuera la persona correcta, que fuera un hombre digno.
-Mi lealtad unilateral esta con el Sultan, porque es mi deber- justifico el Uzumaki, viendo asentir a la Sultana Izumi, -pero mi corazón esta con la Sultana Sakura- confeso pese a saber el peso que tenían sus palabras.
Por las preguntas hechas por la Sultana Izumi y su reacción ante sus respuestas…Naruto hubo comprendido que ella estaba más que al tanto de los sentimientos que él tenía por la Sultana Sakura, y no parecía prestar oposición u objeción a ello, de hecho; parecía mostrar conformidad y aprobación por su sentir, más juzgándolo o estudiándolo por ello, pero no le molestaba, esperaba ser alguien digno del afecto de la Sultana Haseki, la mujer más bondadosa y merecedora de amor de todo aquel orbe llamado mundo, solo quería estar incondicionalmente para ella pero si mediante la aprobación de la Sultana Izumi conseguía poder tratar más cómodamente con la Sultana Haseki en presencia de testigos, pues bienvenida fuera esta oportunidad. Lejos de sorprenderse por la veracidad en las palabras del Uzumaki, Izumi se sintió segura de que su madre había elegido a la persona correcta en quien depositar su confianza, no había rasgo alguno de duda o mentira en el actuar ni en las declaraciones de Naruto, cosa que la hizo sonreír plenamente feliz al escucharlo; la confianza se probaba y demostraba con el tiempo, y según su hermana mayor, Mikoto, había dicho dicho…Naruto la había demostrado desde antes de la muerte de su hermano el Sultan Baru, así que habiendo guardado sus sentimientos intactos o masificados durante todos aquellos años, Izumi no dudo en que estaba ante el mayor aliado que madre podría tener, estaba frente a una persona indiscutiblemente leal y honesta.
-Bien dicho, Naruto- sonrió Izumi, totalmente conforme.
Sakura se mantuvo estoica en imperturbable, de pie frente a su escritorio y dándole la espalda a la puerta, de brazos cruzados y con una expresión tanto triste como indiferente en su rostro, acompañada por Tenten y Shikamaru que solo aguardaban sus órdenes para retirarse en cuanto apareciera el Sultan. Sabía que Izumi ya deba de haber cumplido con su petición, solo aguardaba el instante en que Sasuke apareciera, porque si bien hasta entonces había reservado sus emociones no penaba hacerlo por más tiempo. Una cosa era ofenderla si percatarse de ello, pero otra muy distinta era llamarla por las noches como si fuera una concubina cualquiera, haciendo cosas a sus espaldas creyendo que era una mujer cualquiera, tonta y sumisa, no lo había sido nunca ni jamás lo seria. Las puertas se abrieron por obra de los leales jenízaros atestados en el exterior, permitiendo el ingreso del Sultan que fue reverenciado tanto por Tenten como por Shikamaru apenas entro, obviamente considerando de inmediato—silenciosamente y para sí mismo—una completa y abierta osadía que su esposa le estuviera dando la espada al saber que se trataba de él, habiendo pedido su presencia, más Sasuke se mantuvo en silencio, no quería ser quien lanzara al primera piedra o encendiera la pólvora, literalmente.
-Déjennos solos- ordeno Sakura.
Sn pensarlo ni por un segundo y reverenciando al Sultan y la Sultana Haseki, ambos leales sirvientes se retiraron tan pronto como les fue posible, cerrando las puertas tras de si, sembrando un silencio incomodo entre e Sultan y su esposa que, finalmente, volteo a verlo, más aun así manteniéndose en silencio, como si fuera preciso que él le otorgara su autorización para hablar, cosa que el resulto por demás extraña. Había creído que la inmediata reacción de Sakura al encontrarse a solas con él no sería otra que recriminarle lo que había hecho, justo como había reaccionado en incontables ocasiones anteriores, más dudo que se tratara del asunto que él creía al verla callada y visiblemente resignada. Estrategias a la hora de ser y actuar tenia y muchas, pero si la intención de Sasuke al haberle ocultado su decisión y actuar en confabulación con Takara no había sido otra que ningunearla o tratarla como a una esclava, como lo que había sido desde su llegada al Palacio por su causa; pues entonces eso sería, una esclava griega, la misma Sakura Haruno que había sido traída al Palacio por su capricho al haberse enamorado al verla retratada en una pintura, la misma esclava griega que había sufrido las humillaciones de Guren y la Sultana Mito, la misma esclava griega que se había enfrentado a una rebelión y sobrevivido a una bala por el Sultan, la misma Sakura Haruno que había cambiado su suerte por la de él para garantizar que fuera el Sultan que era.
-Izumi dijo que deseabas verme- aludió el Uchiha, esperando que ella tuviera la intención de dar su razón para pedir su presencia, aunque esto no era tan necesario.
-¿Quién soy, Sasuke?- cuestiono Sakura repentinamente, desconcertándolo por completo. -Soy un juguete para ti, ¿no?- supuso, sin atender a respuesta alguna. -Soy una más en este Palacio, una mujer cualquiera a la que se puede reemplazar, una más- desdeño, con su autoestima y orgullo por los suelos, ofendida en lo más profundo de su alma.
-¿De que estas hablando?- negó Sasuke, absolutamente confundido por estas palabras.
Y lo repetía, no había esperado ese comportamiento o reacción de parte de ella, era como si estuviera cuestionando el hecho de que la amara con todo su corazón, más que a nada en el mundo. Ella era lo primero en que pensaba al abrir los ojos, su primer pensamiento en cuanto se encontrará libre de divagaciones que formaran parte de la vida palaciega, su último pensamiento del día antes de dormir y cuya vida era más valiosa que ninguna riqueza que pudiera imaginar en aquel basto y poderoso Imperio que le pertenecía. Si no tenía otro futuro en los últimos días de su vida que ver como sus anteriores sacrificios se convertían en o no se valoraban en lo absoluto, prefería correr la suerte de sus predecesoras en el Sultanato; prefería saber que el hombre que decía amarla estuviera con otra mujer, no quería vivir un presunto amor sin sentido, porque no podía creer que Sasuke la amara si no tomaba realmente en cuenta su opinión, si no la escuchaba como había hecho en su día. No sentía celos de Takara si es lo que alguien pudiera llegar a suponer, pero si la ofendía que alguien tan mentirosa pudiera convencerlo a él-al Sultan del mundo-de algo a la primera, en cuyo caso significaba que ella ya no era valorada por nadie y en esa circunstancia prefería partir rumbo al Viejo Palacio y vivir en paz sus últimos días, prefería encontrarse sola y libre de preocupaciones si así se alejaba de las falsedades y mentiras que representaba aquel Palacio.
-Incontables veces te dije que Ryoko había actuado sin pensar por su juventud y que debíamos perdonarla, te dije que debíamos tener piedad porque Baru era nuestro nieto y tu fingías estar de acuerdo conmigo- acuso la Haseki, fúrica y sin molestarse en disimularlo.
-Sakura, si lo hice fue porque…- intento excusarse él, esperando convencerla con su opinión y perspectiva de las cosas.
-Yo no soy una mujer que se vende al mejor postor- protesto Sakura de inmediato, interrumpiéndolo sin el menor reparo, -tengo dignidad, no estaré ahí para ti solo porque me desees- impuso acortando la distancia entre ambos, sosteniéndole fieramente la mirada. -Se sabe que para exista amor, deben haber dos personas, pero en este matrimonio solo estoy yo- acuso con palpable decepción más sin menguar en su furia.
-Sakura, domínate- advirtió Sasuke al escucharla hablar de ese modo.
Por más que la mujer frente a él fuera la persona más importante del Imperio, una persona a quien el pueblo amaba de todo corazón , a quien los jenízaros valoraba y veneraban por su fortaleza de espíritu…Sakura no podía ni debía olvidar que ella era su esposa y que el Sultan, el gobernante del Imperio, no era nadie salvo él, Takara así lo había dicho, siempre le recordaba que el auténtico poder de decisión no reparaba en nadie más que en él y que si deseaba hacer algo solo debía ordenarlo y ya, sin consultarle nada a nadie. Esas mismas atribuciones se habían tomado sus antecesores; el Sultan Tobirama, su abuelo el Sultan Madara y su padre el Sultan Izuna, así como la Sultana Mito, ¿Por qué no sería lo correcto hacer lo mismo? Escuchar estas palabras no le resulto una sorpresa, veía y sentía la influencia de Takara en cada una de las silabas y vocales pronunciadas, obstaculizando la justicia y bondad que ella siempre le había reiterado desde antes de haber alumbrado al primero de sus hijos, desde antes de ser su esposa, desde su primera noche como favorita. Pero debía recordárselo, debía hacerle ver que aun cuando gozara de todo el poder del mundo, eso era nada si carecía de piedad, de corazón, porque aun cuando fuera el Sultan del mundo no dejaba de ser un hombre que tenía el derecho de ser regido por sentimientos propios, de sufrir dolor por la perdida, sentir amor por los suyos e ira por la injusticia, pero debiendo contenerse cuanto era necesario pero sintiendo como cualquier otro hombre, ese era su auténtico derecho.
-¿O qué?- desafío Sakura, sin ningún ápice de temor, sin temer a la muerte porque aquello no era sino lo que más deseaba, -¿Me encerraras y mataras como a Naoko?, ¿Asesinaras a Shisui como hiciste con Rai?- cuestiono aludiendo las decisiones que había tomado sin consultarle en el pasado como lo era la muerte de Rai, justo como ahora había hecho al decidir exiliar a Ryoko y Baru. Sus repentinas preguntas lo desconcertaron, haciéndole ver lo dolida que estaba con él y porque, no necesitaba que cambiara de opinión, pero sí que la escuchara, porque ella jamás pensaría en perjudicarlo. -Sasuke, ¿Qué está pasándote?- pregunto dolida, esperando que pudiera entender el error que estaba cometiendo.
La pregunta de parte de su esposa lo hubo tomado repentinamente de sorpresa, haciendo que unas palabras, pronunciadas por su propio inconsciente resonaran en su mente…rompe con esos sentimientos baratos: miedo, tristeza, sufrimiento, celos, dolor, amor. Eso era un error, lo supo de inmediato, era un error infravalorar su propio sentir, si vivía y moría era porque era un hombre como cualquier otro, porque ya fuera que tuviera poder eso era nada si no valoraba a quienes lo rodeaban, no podía ni debía solo mostrarse indiferente con tal de ser invulnerable, no debía ignorar que si estaba donde esta y era lo que era e debía a que su esposa, la mujer frente a él que espero una respuesta de su parte no estuviera ahí, si no lo amara, porque cada logro era a causa de ella, porque la fortaleza del Sultanato y la confianza dada por el pueblo y el ejército era por ella y su inocencia, su bondad, ella que era su ángel. Las palabras de Takara era la reminiscencia de la mentalidad cruel que había regido a sus predecesores, la indiferencia que había hecho sufrir al pueblo, la indiferencia que a él mismo le había otorgado el apodo de…Sasuke, "el cruel". No tienes que ser cruel, recordó la voz de su esposa, su ángel, hacía ya tantos años atrás en una de sus primeras noches juntos, siempre guiándolo hacia lo correcto, justo como en ese preciso instante, observándolo y esperando que entendiera la verdad de las cosas, que ella no era su enemiga, que ella solo buscaba su bien.
-No puedes olvidar tu piedad, tu corazón, eso te hace quien eres, recuérdalo- pronuncio Sakura sin romper la unión de sus miradas.
En ese momento y viendo la duda en los ojos de Sasuke supo que el mismo hombre justo y noble, el Sultan que la amaba tanto como él a ella, seguía allí…lo veía en la profundidad de sus ojos comparables a dos ónix, sentía a aquel hombre y su sinceridad aun latente bajo la imagen, parafernalia y cascara que era el Sultan del mundo y que Takara aparentemente se había encargado de fortalecer con su maldita y nociva influencia, pero ella aun podía remediar lo sucedido, aun podía sembrar en él sus buenas intenciones y hacer que sus sentimientos fueran lo primordial para él y lo haría siempre, podría flaquear peor nunca se daría por vencida del todo, porque ambos eran parte uno del otro. Para probar aún más que ella no estaba ahí para ser su enemiga sino que su aliada, para convencerlo, Sakura no dudo ni instante en –rompiendo la unión de sus mirada hasta ese minuto—lo abrazo, aferrándose a sus hombros y haciendo que él reposara su cabeza contra uno de sus hombros. Darse por vencida con él significaría que todo lo vivido y sentido a lo largo de tantos años juntos significaba nada, para ambos, pero lo cierto es que ni aun cuando el mundo entero los hiciera enemigos no podrían olvidar lo mucho que se amaban y todo cuanto habían tenido que superar y enfrentar para mantenerse juntos y proteger a su hijos. Quizá aún fuera posible proteger a Shisui sin necesidad de volcarse a ala absoluta enemistad con su propio esposo. Sasuke se dejó doblegar por ese abrazo y las honestas e inocentes intenciones transmitidas en él, sintiendo que ella no lo estaba presionando a cambiar de opinión, solo le estaba pidiendo que confiar en ella y que escuchara su opinión, eso era todo cuanto ella le pedía, ni siquiera se lo exigía, se lo pedía.
Ella era a quien verdaderamente debía escuchar…su consejo era lo verdaderamente importante.
La noche había caído sobre el Palacio Imperial, una noche fría pese a que fuera primavera, con el firmamento oscuro de penumbras y sin luna en que titilaban las brillantes estrellas, formando cúmulos y constelaciones de belleza incomparable, las antorchas linternas, así como velas iluminaban los más insólitos rincones del hermoso Palacio brindándole un aspecto dorado al mármol, enriqueciendo al material, más todo eso era insignificante para quienes habitaban el Palacio. No era demasiado tarde pero aun así y no teniendo más que hacer Takara no hubo dudado en retirarse a dormir. Su pequeño Príncipe aún seguía recuperándose de la herida sufrida, profundamente dormido sobre la cama esperando a su madre que hubo terminado de cambiarse de ropa, el pequeño Príncipe Itachi había tenido que recurrir a una medicina somnífera que bebía antes de acostarse para poder dormir sin que el difuso cardenal en su frente siguiera molestándole pese a que el doctor C insistiera e que el dolor remitiría por completo en uno cuantos días, por simple afecto, amor y sentimiento maternal es que Takara no dudaba en quedarse junto a él, mimándolo con besos y palabras amorosas hasta que pudiera dormirse y darle a ella tiempo de repararse para dormir y acompañarlo.
Se había bañado mientras su Príncipe se encontraba jugando, y ahora ya cambiada de ropa y libre de las hermosas joyas de su propiedad no hacía más que terminar de peinarse de pie frente al espejo de marco de oro que estaba empotrado en el costado izquierdo de su cama, contra la pared tras él. Ya que no pretendía hacer más que retirarse a dormir, les había permitido a sus doncellas retirarse a dormir, por ahora no necesitaba más que aguardar a que iniciara un nuevo día que, Kami mediante, trajera tantas o más venturas como hasta ahora. Portaba un sencillo camisón de seda y gasa color blanco, de hombros caídos y calzado a su figura, falda de una sola capa y escote corazón ribeteado en encaje rosa suave en el borde del escote, el borde de los hombros y el dobladillo inferior de la falda, cerrado hasta la atura bajo e busto por tres botones blancos, y por sobre el camisón –ante el frio aire nocturno—usaba una bata de tafetán blanco decorada en un grueso cuello de encaje rosa, de mangas acampanadas e igualmente decoradas con encaje en el borde de esta, cerrada a la altura del vientre por un cinturón e tela color blanco, y finalmente, su largo cabello naranjo peinado en cadenciosos rizos estaba perfectamente recogido en una coleta baja y ladina que caía sobre su hombro derecho. Las puertas de sus aposentos se abrieron repentinamente haciendo que ella dejara de peinarse, depositando el peine sobre el inmobiliario más próximo y volteando a ver al Príncipe Shisui que hubo hecho acto de presencia.
-Alteza- reverencio Takara.
Había sido un día muy largo y agotador, porque había designado a persona de la entera confianza propia y de su madre para que partieran e interceptaran el barco en que viajaban Ryoko y Baru, trayéndolos de regreso al Palacio, y de no ser posible esto, que los trajeran desde Sunagakure, además su padre lo había obligado a estar presente en la reunión del Consejo Real pese a sus protestas y cada vez que sucedía esto acababa con dolor de cabeza al final del día, pero de todas formas quería ver a su hijo, al menos por un momento, aunque eso significara ver a Takara. Pese a su imagen política como Príncipe Heredero portaba un Kaftan bastante sencillo; de tafetán azul oscuro—por sobre la usual túnica de cuello alto y cerrado color azul oscuro y ajustada en la muñecas—con marcadas hombreras y muñequeras azul claro-grisáceo, pero que en el centro del pecho, cuello y caída de la tela en el frente estaba hecho en georgette y terciopelo gris azulado, de cuello alto y errado, abierto bajo el abdomen y cerrado desde el cuello al abdomen por una sucesión de nueve cadenas de plata con botones engarzados que en los bordes y centro que las sostenían en su sitio y que combinaba con las botas de cuero gris oscuro, casi negras. SU aspiración, contraria a la de su difunto hermano Daisuke, no era impresionar sino ser el mismo y su madre respetaba su decisión, lo elogiaba de hecho.
-¿Está dormido?- consulto Shisui, encaminándose hacia la cama.
-No lo despiertes ahora- detuvo Takara abruptamente, sorprendiéndole por el aparente halito defensivo en su voz. -Costo muchísimo que pudiera dormir por el dolor- justifico tanto molesta como precavida.
Por más que se esforzara de todo corazón y hubieran pasado ya varios días, Takara no conseguía borrar de su mente la imagen de su hijo siendo arrojado contra el suelo y su pequeña cabecita chocando contra la fuente del jardín, abriendo una herida que dejaría una cicatriz como había dicho el doctor C, su labor como madre era amar y proteger a sus hijos y si para lograrlo debía de proteger a Itachi de su propio padre, no dudaría en hacerlo ni por un segundo, Itachi y Seramu era lo único que tenía en el mundo, su auténtica familia, habían nacido de ella, si no se dedicaba a protegerlos nadie más lo haría, ellos la tenían únicamente a ella y viceversa. Shisui regreso sobre sus pasos al escucharla hablar así, situándose frente a ella, de pie tras la cama. Claro que se había equivocado al actuar así, lo reconocía y lamentaba con toda el alma pero jamás pensaría siquiera en agredir conscientemente a uno de sus hijos, eran su sangre, no le interesaba si algún día alguno de ellos era Sultan o no, lo que le importaba era que fueran felices, no había podido proteger a Baru pero protegería a Itachi, a Hashirama y a Sasuke, lo ofendía profundamente que Takara temiera que hiriera a Itachi, estaba sembrando una duda muy peligrosa en la mente de un niño tan pequeño si es que había llegado a susurrarle a Itachi que él era su enemigo, eso no se lo perdonaría jamás siendo que la única culpable de tamaña reacción de su parte no era otra que ella, ella era quien había insistido e imponer su autoridad tal y como hacía su padre todo el tiempo.
-¿A quién proteges de quien, Takara? Es mi hijo- discutió Shisui, ofendido por tal creencia de su parte.
-¿Por eso lo agrediste así?- refuto la pelinaranja sin cesar en su autodefensa, justificándose.
-Fue por tu culpa, como siempre irritándome- acuso Shisui, incapaz de sentir nada salvo desprecio por ella.
-¿Qué fue lo que dije?- se quejó Takara, herida y confundida por su displicencia. -Itachi también es tu hijo, ¿Por qué no lo amas a él? Eso cuestione- justifico con coherencia y raciocinio, librándose de cualquier culpa que pensaran imponerle, -¿Por qué no sientes nada por mí?, ¿Qué imprudencia cometí para que me castigues así?- pregunto, desesperada por alguna muestra de amor de su parte
Sabia que no era una mujer perfecta, los celos, la envida y la ambición la guiaban cada vez que actuaba, era algo inevitable, propio de su naturaleza, más pese al amor sincero que le profesaba al Sultan Sasuke; había intentado cambiar de perspectiva y ver lo bueno que era el Príncipe Shisui, esperando poder enamorarse de él se había dedicado a ser cautivadora a sus ojos lo máximo posible, pero en cuanto se había embarazado había oído que él ya había puesto sus ojos en Siena cuyo comportamiento complaciente y dulce le había resultado más agradable ante su—entonces—incapacidad de intimar por su embarazo, cosa que la había volcado por completo a proteger a su hijo recién nacido, fortificando su autoridad de forma inmediata siendo que ya un par de semanas tras dar a luz se había enterado que Shisui tenía otra favorita; Masumi que también se hallaba embarazada. Y teniendo dos competidoras en aquel tiempo, se había visto en la obligación de actuar como una cobra protegiéndose a sí misma y a su hijo recién nacido, ganándose una reputación de aparente instigadora en el Harem, habiéndole tomado tres años volver a hallarse en la cama del Príncipe para engendrar a Seramu, frustrada porque Seina había conseguido embarazarse dos años antes alumbrando a una niña llamada Kaede luego de su primogénito, un Príncipe nombrado Hashirama, y Masumi por su parte había alumbrado un Príncipe que había recibido el nombre del Sultan Sasuke, ni más ni menos. Había tenido que luchar, nadie más lo hubiera hecho por ella, su comportamiento estaba justificado.
-¿Es posible que hagas algo sin pensar, Takara?- pregunto Shisui con mofa, tomándola del mentón con fingido afecto, desconcertándola por el sentido de su pregunta y su sucesiva acción. -Piensas todo paso a paso, luego consultas a mi padre y entonces actúas- enumero con desdén por este comportamiento tan mojigato y estúpido, fingiéndose inocente cuando en realidad era una víbora ambiciosa y conspiradora. -¿Crees que no sé qué le hablaste de Ryoko?- murmuro como si aquello fuera un secreto, aunque a decir verdad todo el mundo no hablaba de nada salvo eso.
No lo iba a negar, físicamente hablando Takara era una mujer muy hermosa, eso le había resultado atractivo desde la primera vez que la había visto, además era una persona muy culta y con un intelecto solo semejante al de su madre la Sultana Sakura, pero su aparente personalidad agradable, dulce y afectuosa era una simple mascara que no había tardado en desbaratarse. Según le había preguntado a lady Ino hacia un par de años atrás; cuando su madre se había encontrado embarazada de su difunto hermano Baru, había sufrido un embarazo muy complicado y trastocado por muchas emociones, más aún tras todo esto se había mostrado dulce, afectuosa, alegre, pero jamás celosa, de hecho jamás había sacado a relucir celos porque su padre tampoco le había dado motivos, y aun cuando hubiera sucedido el nacimiento de su medio hermano Rai, Kami lo tuviera en su gloria, siempre había mostrado su mejor cara a las adversidades, había tratado con respeto a la difunta Sultana Naoko, no como su enemiga, y a Rai como a cualquier otro de sus hijos, insistiéndoles a él y sus hermanos que lo amaran y trataran como si fuera otro de sus hijos. Shisui no podía sentir afecto alguno por Takara que inculcaba todo lo contrario, inculcaba la disidencia y la separación, la enemistad y competencia por el trono, estaba repitiendo el error que había sembrado el odio en los anteriores Sultanes que había hecho ejecutar a sus hermanos, y eso parecía desear lograr; que Hashirama y Sasuke fueran ejecutados cuando Itachi alcanzara el trono.
-Tu lealtad ha estado con mi padre, siempre, lo he visto, estas junto a mi madre y le eres leal, pero tu sentir por mi padre siempre ha sido diferente- pronuncio Shisui, más Takara se empeñó en fingir desconcierto. -Seina deposita su confianza en mí madre, también Masumi e incluso Akiko hace igual, pero tú la depositas en mi padre porque, desde tu llegada al Palacio, tus ojos se posaron en él, pero al ver que él no miraba a ninguna otra mujer salvo a mi madre es que te resignaste y acabaste por desear que yo te amara- acuso con dureza, admitiendo aquello que llevaba años sabiendo, y sorprendiendo a Takara que se supo descubierta, pero ni aun así bajo la mirada. -Insultabas a Ryoko pero ella estuvo a mi lado desde siempre, se resignó con lo que tenía, pero tú eres una cobarde que le miente a mi madre y se postra ante mi padre- insulto pues esto era lo que pensaba de ella, por eso no toleraba verla, por eso no la llamaba a sus aposentos, por eso la despreciaba, porque todo sobre ella era falso.
No amaba a Ryoko por haber sido su primera mujer, sino porque justo como Siena, Masumi y Akiko, se había mantenido junto a él cuando más la necesitaba mientras que Takara se había volcado a mantenerse junto a su padre, Takara era una cobarde que necesitaba vivir del poder para sentirse segura, de otro modo parecía flaquear. Seina y Masumi se habían visto agredidas sin haber hecho nada y en lugar de buscar poder se habían mantenido leales a al Sultana Sakura y el idealismo que ella mostraba por la paz y que ellas compartían, Akiko no había tardado en hacerse adepta, siendo muy bien recibida de inmediato y siendo del divertimento de su madre por su carisma y buen humor, y Ryoko había ganado el perdón de su madre que la había visitado continuamente cuando él no había podido hacerlo, habiendo llamado a Baru su nieto y garantizado que Ryoko tuviera todo lo necesario para ser feliz y sentirse cómoda. ¿Cómo preferir a Takara?, ¿Cómo ver algo en ella cuando no era más que una mentirosa cargada de veneno? En ella solo encontraba conflicto y problemas, nunca tranquilidad, ella era una mujer hermosa pero cuya belleza ocultaba oscuridad, era una mujer burda y llena de ambición, nada más.
-Mi madre se ha dejado engañar por ti, pero pronto vera quien eres en realidad- vaticino Shisui, convencido de esto último, puesto que si él lo había descubierto, su madre también lo haría.
Si la necesidad de algún tipo de respuesta, Shisui le dio la espalda, avanzando a grandes zancadas hacia las puertas que abrió por su cuenta, únicamente deseando salir de allí y así lo hizo. Las palabras herían más que las acciones, y escuchando aquellos insultos y acusaciones Takara se ofendió más lo que ya se había sentido hasta entonces, aborreciendo con todo su corazón a Ryoko, Siena, Masumi, Akiko e incluso a Hayami, deseándoles la muerte por meterse en su camino, no perdonaría de ninguna forma las ofensas de Shisui, su idea de exterminarlo del camino era férrea e inamovible en su mente maquiavélica.
Su hijo Itachi sería el siguiente Sultan, no Shisui.
Los días pasados en el Harem le habían enseñado una o dos cosas, pero estas eran insignificantes cuando quien le enseñaba la etiqueta de la corte no era otra que lady Tenten, la leal amiga y servidora de la Sultana Sakura que el había designado tal labor, era un honro ser del interés de la Sultana Haseki que vivía pendiente de ella, habiendo hecho que se preparara en la primera oportunidad disponible y enviándola a los aposentos del Príncipe heredero como Hayami tanto había pedido que apsara, esmerándose en aprender del protocolo anteriormente para no cometer ningún tipo de error en su presencia, queriendo ser todo cuanto el Príncipe pudiera esperar de ella. Además, aprovechando que el Príncipe Shisui aún no regresaba a sus aposentos, Hayami tuvo la oportunidad de observarse frente al espejo, esforzando en lucir perfecta, no tenía mucho que ofrecerle al Príncipe Shisui más que su primera vez como cada mujer le Harem, pero pese a eso y sabiendo que quizá pudiera no significar tanto para él, si lo significaba para Hayami que consideraba un sueño tener su primera vez con la persona de quien se había enamorado con solo verlo. La Sultana Sakura la había llamado a su presencia, le había pedido que hiciera feliz su hijo y le había instruido que esperar; si le dolería o no, como sobrellevar la coa para sentirse satisfecha en todos los sentidos, y como complacer al Príncipe, había sido una conversación muy ilustrativa la verdad siendo que la Sultana Sakura tenía fama de ser una mujer muy elogiable en cuanto a intimidad se tratase, y todos hablaban de ello pese al transcurrir del tiempo.
Frente al espejo, veía a una chica como cualquier otra, pero vestida como una Sultana, la Sultana Sakura seguía haciéndole llegar vestido y joyas nuevas, haciéndola sentir importante. Portaba unas sencillas galas de seda color blanco que la caracterizaba cada vez que vestía, de escote alto y cuadrad cerrado hasta la altura bajo el busto por cuatro diminutos botones blancos, calzadas a su figura, con faldas de dos capas—una inferior turquesa aguamarina y una superior color blanco—y mangas ajustadas hasta los codos que se abrían para exponer los brazos; por sobre el vestido una chaqueta de encaje y gasa entre turquesa y aguamarina claro, sin manga y de escote redondo levemente más bajo que el vestido bajo estas, cerrado desde mediados del busto hasta la altura del vientre—donde se abría la falda—por cinco botones de diamante y con una larga cola que se arremolinaba en los costados de sus piernas al caminar. Su largo cabello rubio plagado de rizos y ondas era adornado por una sencilla diadema de cadenas de oro con diamantes aguamarina y diminutos topacios que funcionaba a modo de cintillo, sosteniendo un largo velo celeste claro que caía tras su espalda, y un par de largos pendientes de oro y cristal en forma de lágrima. Pero si algo la hacía lucir verdaderamente como una Sultana era la gruesa bufanda de piel de marta que se arremolinaba sobre sus hombros, un valioso presente de la Sultana Sakura, una pieza que solo una Sultan podía usar y si se lo obsequiaba era con un propósito, así que Hayami no había perdido oportunidad de usarla en esta primera noche. Hablando de eso…las puertas se hubieron abierto repentinamente, haciéndola voltear, antes de darse una última mirada al espejo, justo cuando el Príncipe Shisui hubo ingresado, sorprendiéndose al verla; estaba tan molesto con Takara que por poco y había olvidado que había decidido pasar aquella noche con su nueva favorita.
-Hayami- saludo Shisui, claramente sorprendido pero feliz de verla.
-Alteza- reverencio la rubia con una deslumbrante sonrisa en su rostro, -me alegra que pidiera verme- sonrió infinitamente agradecida por poder volver a verlo.
Aun habiendo sabiendo que—luego de la reunión del Consejo Real—sus padres habían estado hablando de algo, Shisui le había pedido encarecidamente en el primer momento libre que había tenido su madre, que enviara a Hayami a sus aposento esa noche, lo cito es que hubiera deseado poder pasar esa primera noche con ella el mismo día en que la había traído al Palacio, pero quería que se acostumbrara a la vida que tendría allí, eso y todos los conflictos que inevitablemente habían sucedido. Según su madre había dicho; Hayami era muy alegre, tenía una sonrisa permanente en su rostro y un positivismo magnético y la honestidad de ella parecía emerger desde lo más profundo de su piel, un gran logro siendo que Takara era lo opuesto. Había sentido atracción por Ryoko al verla la primera vez, pero sabía que eso no era mor, era un afecto y cariño muy sólido que podía asemejarse o confundir con amor, pero al ver a Hayami había identificado eso que todos llamaban amor; era hermosa, dulce, atenta y alegre, aun sin saber su nombre se había prendado de ella y estaba dispuesto a poner el mudo a sus pies si se lo pedía, y al verla ahí tan hermosa y arreglada como si ya fuera una Sultana…sintió como si los miedos, la ira y al furia se desvanecieran tan solo con verla, era como contemplar la pureza el mundo en aquel rostro comparable al de una ninfa sacada de las fabulas griegas que su madre le había relatado de niño.
-¿Te gusta?- supuso al verla afianzar contra si aquella piel tan halagadora que colgaba sobre sus hombros, entremezclándose con su cabello que era igual de dorado que esa piel, como si fuera oro.
-Mucho, adoro la piel de marta, cálida, suave- sonrió Hayami, descendiendo sus manos y jugando con la textura de aquel piel dorada. -Los comerciantes pelean por ella, incluso hay una leyenda sobre ella- admitió, venerando tal pieza de arte.
-¿En serio? Me encantaría escucharla- confeso Shisui, alzando una de sus mano y acariciando el rostro de ella.
Si iban a pasar la noche juntos, no quería ir al puto de inmediato, quería tratar con ella en profundidad y maravillarse más que con su sola belleza que la de por si le resultaba embriagadora. Hayami sonrió emocionada al sentir que entrelazaba una de sus manos con la de ella, guiándola hacia la cama, no imaginaba que su primera noche fuera como una cuenta cuentos, pero si así conseguían confiar y unirse más entre si entonces se esforzaría como nunca en hacer de su interés su historia. Siguiendo atentamente al Príncipe, sentándose en el borde trasero de la cama, sin zafar su mano de la de él, sintiéndose a gusto en su presencia. Estaba convencido que quizá su petición no fuera lo que ella estuviera esperando, siendo que en el Harem acostumbraban a enseñar—según tenía entendido, por lo que su madre le había dicho—que la labor de una mujer no era otra cosa que ir al punto del acto íntimo en sí, pero si él sentía amor por ella no era solo en el ámbito físico; era hermosa y al deseaba, pero también la amaba por lo que representaba; su dulce voz, su cautivadora sonrisa y permanente buen humor, no solo porque quisiera que fuera su favorita en el entero sentido de la frase. Carraspeando ligeramente y recordando a la perfección la historia, Hayami no dudo en iniciar sus relato, profundamente apreciada al tener la intensa mirada del Príncipe sobre si en todo momento.
-El gobernante de Mihribah, el Sultan Hamura, construyo un Palacio para su amada Sultana Kanna, y cubrió las paredes del Palacio con piel de marta- relato Hayami con su voz impregnada de misticismo así como afecto y calidez. -Los pisos, las camas, los divanes, los sirvientes, las concubinas, todos y todas debían vestir piel de marta- enumero sin hacer desaparecer la sonrisa de su rostro, haciendo un gesto con su mano libre para emular poéticamente sus palabras.
-Kami, ¿y por qué?- rio el Príncipe, confundido por tal decisión y lo que significaba
-Porque decían que la piel de marta protegía de la muerte- justifico Hayami, puntualizando en esto, -entonces si todos llevaban piel de marta, serian inmortales- relaciono asintiendo ante la veracidad de sus propias palabras.
La piel de marta era un elemento o material muy valorado por los comerciantes, era el equivalente de la seda purpura que era imposible de obtener por alguien que no tuviera el dinero suficiente para costearlo, claro que en el caso de un miembro de la dinastía Uchiha tal cosa no era más que un valor insignificante puesto que abrigos bufandas, sombreros y Caftanes estaban forrados o bordados con piel de marta de múltiples colores, era la representación del poder material, tanto o más que el mismo oro y las joyas que se usaban a diario como una especie de sello personal. La creencia de la inmortalidad era un sueño, todos deseaba alcanzar tal gloria terrena, se luchaba por dejar su nombre para la posteridad cuando menos ya que no se podía vivir para siempre; su madre había luchado por ello, su padre, su abuelo el Sultan Izuna y cada uno de sus predecesores en cuanto al Sultanato se refiriese, era un actuar constante, al fin y al cabo ¿Quién no desearía vivir para siempre? Desde cierta perspectiva seria tanto una bendición como una maldición. Con aquel relato y en ese momento, Shisui hubo sentido como si su miedo a la muerte se hubiera disipado por completo, como si estuviera frente a la persona con quien siempre debía de haberse encontrado destinado a amar y esa persona no era otra que Hayami, ahí, sentada junto a él y sonriéndole con la ingenuidad y pureza representada en su bello rostro.
-Inmortal, ¿En serio?- pregunto sorprendido e incrédulo ante aquella suposición.
Hayami solo asintió, abrumada por lo que sea que fuera a pasar, deseaba que pasara aquello que le había dicho que sucedería, deseaba dejar atrás sus días de niñez e ingenuidad para volverse una mujer, la favorita del Príncipe Shisui, una mujer que—Kami mediante—lo hiciera feliz y pudiera darle hijos, quería ser el motivo de su felicidad sin importar que no fuera una Sultana, solo quería reinar en su corazón como él reinaba en el suyo, con ello sería feliz. Prendado de la mujer ante él y cuyo nerviosismo sentía, Shisui acaricio el contorno de rostro, apartando un delicado mechón que intento cubrir su frente y uno de sus ojos, lo que menos deseaba esa noche era quitarle los ojos de encima porque cada vez que la veía no hacía más que enamorarse aún más de ella. Hayami sonrío sutilmente en cuanto se sintió siendo recostada sobre la cama con más delicadeza de la que su ingenua mente hubiera podido siquiera imaginar pese a las instrucciones y relatos dados, se suponía que ella debía ser quien sedujera al Príncipe como decía las normas del Harem…pero estaba pasando lo contrario, o—desde la perspectiva del Príncipe Shisui—la situación estaba siendo ecuánime con ambos. Hayami se sujetó firmemente de los hombros del Príncipe, sin que ninguno de los dos apartara sus ojos del rostro del otro antes de fundirse en ese primer beso...
Era la noche más importante para ambos.
Olvidar esa magnífica, única e incomparable primera noche era imposible para Shisui, y apenas esa misma mañana había acudido en presencia de su madre para gradecer por haber cumplido su petición, más lejos de vanagloriarse su madre había reiterado que era su deber como madre pensar en él día y noche, y velar de todo corazón por hacerlo feliz. También le había prometido que, Kami mediante, de ahora en más todo habría de tomar un cause distinto al que había predominado hasta entonces pues Takara había quedado en evidencia ante sus ojos y por causa de lo mismo ella no tardaría en hacerle entender a Sasuke que el único y autentico enemigo conque luchar no era otro que la crueldad e iniquidad que era representada por la autocracia de Takara y sus desmedidas ambiciones. Pero, debía dejar atrás eso magníficos recuerdos acerca de la noche anterior de forma apremiante puesto que su madre le había dado a saber que inmediatamente con la partida de Ryoko había enviado a un aliado de su entera confianza a Egipto para interceptar el barco o bien traer a Baru y Ryoko de regreso a la capital, el nombre de este aliado era Shikadai Nara, hijo del leal súbdito, amigo y servidor de su madre que se había ofrecido voluntariamente para tal labor con tal de ser de ayuda, prometiendo regresar a al mayor brevedad posible, motivo por el cual Shisui y su madre aguardaban—en los aposentos de ella-la llegada de este hombre que según tenían entendido había regresado a la capital esa misma mañana
Se paseaba en círculos en los aposentos de su madre que ya de por si se sentía prácticamente mareada solo con verlo, más absolutamente incapaz de pedirle que se sosegara. No había asistido a la reunión del Consejo Real aquella mañana, su madre lo habla disculpado con su padre según tenía entendido, pero no podía concentrarse en esos pensamiento cuando su único anhelo por cumplir no era otro que ver nuevamente a Ryoko y a Baru. Portaba un regio Kaftan de seda azul color negro—por sobre la usual túnica de cuello alto y mangas ajustadas hasta las muñecas que combinaba a la perfección—de cuello alto y mangas cortas hasta los codos, con un largo fajín frontal y marcadas hombreras, cerrando en el pecho por cito botones de plata decoradas en escamas a cada lado; las mangas, costados del peco, la espalda así como los costado del fajín y la caída de la tela—que hacia notorias la botas de cuero bajo el Kaftan—cerrando el conjunto entorno al cuerpo por un cinturón plateado de aspecto cobrizo. Cuanto más caminaba en círculos, más conseguía lucir guerrillero tanto por el Kaftan que empleaba como por su mirada de turbulencia e indecisión que lo hacía lucir incluso mayor de lo que era, reflejando un aspecto dinástico y gubernamental que asombraba incluso a su madre que se mantenía en silencio.
De pie y aguardando en silencio, siguiendo con la mirada al punto de marearse, al Sultana Haseki daba todo de sí para mantenerse tranquila, el día anterior se habían saldado toda clase de posibles problemas futuros, hasta nuevo aviso; había conseguido que Sasuke la escuchara y volviera a depositar su confianza en ella, pues por mucho que estuviera enemistados Sakura nunca pensaría siquiera en hacer algo en su contra, hacerlo significaría negar lo mucho que lo había amado y seguía amándolo, y esto era total y completamente imposible. Al menos con aquello ya saldado podía sentirse tranquila, eso era más de lo que había conseguido hasta entonces y bien recibido era. Su estado de ánimo la hacía lucir totalmente incomparable y hermosa por causa de su esperanza y estado de ánimo tolerante, portando unas femeninas y sencillas galas esmeralda oscuro de este redondo y conservador con un escote inferior en V ligeramente más alto, marcadas hombreras, falda de doble capa de igual color, y mangas ajustadas hasta las muñecas, cerrado al interior de las muñecas y en el escote por tres diminutos botones de diamante, por sobre el vestido se hallaba a una chaqueta de encaje levemente más claro, bordada en diamantes e hilo de plata, creando ondas y figuras florales simplemente encantadoras, sin mangas y de escote rebajado en V, cerrad escasamente a la altura del vientre para exponer e vestido inferior y la falda de doble capa, oscilando en os costados de los muslos y tras la espalda como una cola. Su largo cabello rosado se encontraba impecablemente recogido tras su nuca, resaltando el emblema de los Uchiha alrededor de su cuello, así como un par de pendientes de plata y esmeralda en forma de lagrima juego con la hermosa pero sencilla corona de plata sobre su cabeza, decorada con esmeraldas para emular pequeñas hojas y flores de jazmín aun sin abrir. Tocaron repentina y respetuosamente a la puerta, irrumpiendo en las divagaciones de Shisui que se detuvo en seco.
-Adelante- permitió Sakura, con el debido estoicismo.
Siguiendo sus órdenes y sin la más mínima demora, las puertas se abrieron de inmediato, permitiendo la entrada del joven y siempre leal Shikadai Nara, que había heredado la lealtad de sus padres, pero la diligencia y voluntad de su madre, pero en cuanto a comportamiento se refería…era imposible negar que fuera hijo de Shikamaru, esto era visible desde kilómetros de distancia. Shikamaru y Temari tenían hijos, de hecho tenía una familia moderada pero llena de mayor y deseando ayudarlos mientras aun tuviera vida, Sakura había patrocinado a alguno de sus mayos exponentes y Shikadai era un claro ejemplo, claro que aún no era más que un adolescente, con casi dieciocho años cumplidos, pero que había surcado los mares en múltiples ocasiones para ayudar a los comerciantes y servir al Imperio por voluntad propia y no porque alguien se lo ordenara, de hecho Sakura tenía que rogarle que se quedara en tierra, de otro modo—y como decía Temari—estaba convencida de que le saldrían aletas y continuaría emprendiendo viajes a voluntad a cada rincón del mundo, porque era un ser libre y carente de ambiciones, únicamente gobernado por la lealtad que le guardaba al Imperio al que servían sus padres y él mismo. Más pese a todo el cariño que Sakura le guardaba a aquel muchacho, en ese momento tenían que tratar asuntos de significante envergadura.
-Alteza, Sultana- reverencio Shikadai, intentando pensar en cómo suavizar el golpe que produciría tan devastadora noticia.
-¿Qué sucede?, ¿Dónde están Ryoko y mi hijo?-cuestiono Shisui, de inmediato, ansioso por volver a verlos, a ambos. -Se suponía que ya deberían estar aquí- evidencio, volteando a ver a su madre que asintió en consonancia, más pidiéndole que aguardara a la respuesta que el Nara les otorgaría.
-Vine a explicar la situación- inicio Shikadai, recibiendo la inmediata aprobación de la Sultana Sakura. -La señorita Ryoko y el Príncipe…- no fue capaz de continuar puesto que sabía que lo que habría de admitir y dar a conocer seria doloroso sin importar como se dijera, pero, en ocasiones, era mejor una verdad dolorosa a una mentira agradable, -desafortunadamente están en manos de piratas Malteses- soltó finalmente, cerrando los ojos y bajando la mirada en espera de cualquier tipo de reacción.
Tanto Shisui como su madre habían esperado muchas respuestas, la mayoría de ellas de carácter positivo, pero jamás habían llegado a considerar que la respuesta a recibir fuera una tan decepcionante y desgarradora que los hubo dejado sin aliento, más ninguno de los dos pensó en descargar su frustración con Shikadai que había cumplido perfectamente su labor como servidor del Imperio. Retrocediendo, a tientas, Sakura se sentó sobre el diván junto a la ventana suspirando pesadamente, odiándose a sí misma por no haberse dado cuenta de las mentiras de Takara mucho antes, Sasuke había sido utilizado para cumplir los deseos de esa niña ridícula, ambiciosa e insensata, y ella misma había sido burlada…pero cobraría lo sucedido, fuera como fuera pero lo haría, la afrenta hecha a ella y Shisui, así como a su confianza, no quedaría sin castigo. Shisui sintió como si le hubieran clavado un puñal en el pecho, y quien lo había hecho no había sido otro que su padre que había decidido que hacer sin pedir su opinión, siendo un soberano, hombre y padre cruel, carente de sentimientos y que no tenía corazón, no podía entender cómo es que Daisuke, Rai y Kagami habían deseado enorgullecerlo, era un hombre que merecía el peor de los destinos. Se sentía mal de solo llamarlo padre, era como si un veneno le quemara las entrañas de solo pensarlo, y ahora entendía que la razón tras ello era haber sido criado y amado por su madre incondicionalmente, padeciendo con indiferencia las ausencias de su padre a quien nunca había añorado, amando a su madre y no habiendo guardado amor que profesarle a nadie más que a sus protectoras hermanas y fallecidos hermanos.
Nunca había tenido un padre, ni lo desearía jamás.
La verdad es que hacia un día hermoso en el Palacio, y aprovechando el buen clima reinante gracias al astro rey que iluminaba el cielo totalmente despejado y que no hacía más que parecer masificar la luz solar, Takara no hubo dudado en encontrarse en el jardín con su más leal aliado y representante político, como siempre acompañada por Hiroshi que era la prueba y garantía de que su comportamiento no era menos que perfecto y adecuado en todos los sentidos. La reputación de una mujer en la compleja jerarquía del Imperio podía consolidarse de tres formas distintas; como una mujer amada y venerada por el pueblo, respetada pero indiferente, u odiada y temida; Takara deseaba lo segundo, porque así al menos podría tener libertad de acción como había hecho hasta la fecha, claro que sus decisiones y estrategias causarían revuelo y tendrían repercusiones, pero todo eso era nada cuando aquello de lo que tanto se anhelaba no era otra cosa que la gloria absoluta, el Sultanato al que cada persona del Palacio aspiraba a alcanzar y o se detendría hasta estar en la cima del poder como tanto anhelaba, junto a su hijo Itachi como Sultan del Imperio y su hija Seramu casada con un político fuerte y respetado que engrandeciera la autoridad de ellos tres haciendo que todos se inclinaran ante ellos de forma indiscutible.
Indudablemente el aire primaveral era cálido, más no por ello se debía dejar de ser precavida y pasear sin el debido cuidado, además y siguiendo el estricto protocolo y formalismo cortesano, a la bella pelinaranja no le hubo resultado molesto en lo absoluto usar un abrigo o capa por sobre su ropa y que, desde luego, no era menos enriquecedor o halagador del resto de sus ropajes, de hecho los equiparaba perfectamente. Se trataba de un refugio abrigo de tafetán granate purpureo claro, de mangas acampanadas que llegaban a subir las manos mientras caminaba, con una elegante y cómoda caída que le permitía moverse fácilmente y bordada en hilo de oro en los gruesos bordes que dividan el centro del pecho en el dobladillo de la falda que iniciaba a la altura del vientre con una especie de subdivisión hecha de encaje dorado ribeteado en hilo de oro y diminutas escamas, además una especie de capa corta aportaba un aspecto más elegante al abrigo, iniciando desde el cuello cerrado e igualmente bordado en encaje dorado y que terminaba a la altura de los codos en una capa corta cuyo borde estaba igualmente bordado en encaje. Su larga melena de rizos naranjos caía sobre su hombro derecho, cubierta posteriormente por un velo granate brillante a juego con el vestido que usaba bajo el abrigo y que combinaba con la hermosa corona de plata, escamas de oro y rubíes sobre su cabeza, emulando flores de jazmín y lilas con un par de pendientes de cuna de plata en forma de ovalo con un rubí homólogo en el centro, decoradas inicialmente por dos diminutas escamas de oro en forma de hojas, a juego. Realmente se esmeraba en su apariencia, provocando que cualquier hombre que la viera se prendara de ella y se sintiera vasallo.
-Sultana Takara- reverencio Hayate respetuosamente en cuanto la Sultana se hubo detenido frente a él. -Nos deshicimos de la señorita Ryoko y el Príncipe Baru, ahora es imposible que regresen- confirmo con alegría, causando que a sonrisa en el rosto de la hermosa Sultana fuera aún más perfecta y radiante.
No era su estricto deber confirmar la noticia, pero quería darle esta buena nueva a la Sultana de Sultanas, sabiendo mejor que nadie que eso la haría feliz, ya fuera que se propusiera a exteriorizarlo abiertamente o no, Hayate solo sabía que era así, entonces era más que suficiente, a su entender. Decir que aquella confirmación no era de su agrado seria indiscutiblemente la mentira más grande que hubiera dicho hasta entonces siendo que ya mentía diariamente con tal de garantizar su propio futuro, más cualquier reacción de carácter infantil o excesivamente feliz fue ocultada y reservada en lo más profundo de su corazón, expresando emociones sutiles en su hermoso rostro. De ser por ella hubiera ordenado que Ryoko fuera ejecutada junto con su hijo, pero para evitar mayores problemas era mejor librarse de cualquier posible grado de culpa incriminatoria, aun más cuando el Sultan le había brindado su apoyo por serle leal y aconsejarlo cuando no lo había hecho la Sultana Sakura, así soterraba u propia influencia; ocupando lenta pero seguramente el lugar que antes había tenido la Sultana Sakura, era una labor difícil pero fingir inocencia era nada comparado con las mentiras que debía planear para llegar hasta donde estaba cada día, además, todo era por su propio bienestar y el de sus hijos, en cuyo caso cualquier sacrifico era considerado como justo por su parte. En ocasiones, para obtener un buen futuro, era necesario sacrificar algo o a alguien y Ryoko y su bastardo eran el sacrificio idóneo y no se arrepentía de haber decidido actuar aun cundo el Sultan no lo supiera.
-Esto era necesario por el futuro de mi Príncipe- pronuncio Takara con máxime naturalidad, puesto que este era uno de los muchos actos que estaba dispuesta a llevar a cabo por él y ella misma, por Seramu y por el futuro de los tres. -Pero esto es solo el principio, hay muchas montañas y mares que debemos atravesar- añadió puesto que apenas y habían librado la primera victoria, pero ambicionaba muchas más de las que vanagloriarse en el futuro. -El Príncipe Shisui, por ejemplo, ya no confió en él, agredió a mi hijo, quien sabe qué hará después- inculpo ya que si alguien merecía ser despojado de su poder, desde su punto de vista, era el actual Príncipe Heredero. -Puede pasar de solo ignorar a su hijo, a odiarlo- evidencio en base a lo que había visto e intuido por ser testigo de los arranques de cólera de parte de Shisui. -Debemos proteger al Príncipe de él- sentencio irrebatible y dispuesta a todo cuanto fuera necesario, eso y más.
-No se preocupe mi Sultana, claro que lo protegeremos- corroboro Hiroshi, de pie tras ella, mostrando inmediata conformidad.
-Solo hay una forma de protegerlo, Hiroshi; el trono- aludió Takara ya que esto era o debería de ser lo más evidente del mundo. -Cuando llegue el momento mi hijo ascenderá como Sultan y yo seré la Madre Sultana- vaticino, ansiando que llegara ese momento.
Ya estaba dicho, ciertamente nunc había manifestado este deseo anteriormente pero era lo que realmente anhelaba obtener; la posición más elevada para una mujer en el Sultanato y en la compleja jerarquía del Imperio, obteniendo de ipso facto un poder incalculable y siendo la mayor potestad a la que una mujer podía aspirar desde su inicio como esclava y concubina. No era un sueño imposible porque contaba con aliados poderosos, el apoyo del Sultan, un hijo que entronizar en el futuro y una gloria que no resultaba tan inalcanzable como seguramente si lo seria para otras mujeres o bien anteriores predecesoras en cuanto a aquel título se refiriese. Si Hayate se sorprendió o no al escuchar esta confesión tan sincera, no lo demostró en lo absoluto, aunque quizá porque no era su deber pedir explicaciones, más el deseo de la Sultana Takara era peligroso, porque anhelar tal posición siendo una mujer tan joven era alfo…peligroso, podían deshacerse de ella con gran facilidad, porque si bien la Sultana Sakura podía actuar como un ángel y ser una mujer dulce, también podía ser una víbora de cascabel que protegía a sus hijos, o mejor dicho; a su hijo sobreviviente, detonando una guerra contra quien fuera, las muertes de las Sultanas Mito, Mei y Rin era clara prueba de ello, cuyos nombres aun latían en el inconsciente colectivo para recordarse, como una muda lección.
-Imposibilitar al Príncipe Shisui no es como secuestrar a su hijo, Sultana- corrigió Hayate Pasha con el debido respeto por la Sultana a quien era absolutamente leal, -aún más con la Sultana Sakura presente, ella luchara por su hijo, más allá del hecho de que ella seria Madre Sultana con su ascenso, ella lo ama, es su único hijo superviviente- aludió siendo que todos estaban muy al tanto de la resistencia de la Sultana Haseki ante la posibilidad de alejarse de su hijo, aquello parcia resultarle la muerte de su propia perspectiva.
No quería cortar las alas y aspiraciones de la Sultana Takara, pero se debía ser realista; nadie deseaba enfrentar a la Sultana Sakura y probar su odio, ni siquiera el Sultan que si bien decidía por su cuenta siempre reparaba en no ofender a su esposa y Haseki por ningún motivo, ella indudablemente era la verdadera presencia que representaba al Imperio y que gobernaba a todo el mundo, su ser y reputación no eran menos que perfectos y sus obras de caridad la dotaban de la permanente aprobación del pueblo y la elite jenízara. Jamás, en la basta historia del Imperio, había existido una mujer tan excepcional y que hubiera gozado de semejante grado de popularidad por su sola belleza, por su bondad y su carácter indomable, ni siquiera al Sultana Takara. Enfrentar a una leona por quien no pasaba el tiempo era una guerra que nadie quería librar, era un tira y afloja en que nunca habría otro vencedor más que la Sultana Haseki, la esposa del gobernante del mundo. Claro que sabía del valor de la Sultana Sakura y su carencia de ambición, pero si la Sultana Sakura estaba dispuesta a luchar como una fiera con tal de proteger a su único hijo sobreviviente, Takara pensaba actuar de igual modo y proteger a su único hijo con cada fibra de su ser, cada latir de su corazón y cada halito de su aliento. No ambicionaría tanto si no estuviera más que dispuesta a enfrentarse a lo que fuera y arder en el mismo fuego del infierno de ser preciso.
-Yo tampoco renunciare Hayate, Itachi es la razón de mi existencia- justifico Takara, dispuesta a luchar con corazón y alma para garantizar el mejor futuro posible para su hijo.
-Por supuesto, Sultana, pero no es inteligente declararle la guerra a la Sultana Sakura, ella siempre gana, no sabemos cómo terminaran las cosas- advirtió Hayate que si bien estaba dispuesto a lo que fuera por la Sultana Takara, no pretendía ignorar la sabiduría y autoridad de la esposa del Sultan que poseía una influencia sencillamente incomparable. -Recuerde las represalias tomadas contra las Sultanas Mito, Mei y Rin, por no hablar de la Sultana Naoko, ella tiene al Sultan en sus manos, con solo una palabra suya todos estaríamos muertos- recordó, no con temor sino simple precaución para proteger a la Sultana Takara.
Había estado bajo la tutela de la Sultana Sakura y aun hoy seguía engañándola al fingirse leal a ella cuando lo único que hacía era aprender de su mayor enemiga a quien esperaba derrotar y derrocar cuando tuviera el poder y conocimiento necesario para poder asumir como Regente del Sultanato sin recibir ningún tipo de negativa. Indudablemente la Sultana Sakura era una mujer admirable; tan noble como hermosa y tan cálida como cruel, pero engañarla había sido fácil puesto que su bondad podía llegar a cegarla, lo único que debería hacer de ahora en más era continuar fingiéndose tonta y estúpida, actuando en secreto. Podría haber sido como Aratani, lo sabía muy bien, sabía que podría haber aprendido y valorado a la Haseki del Sultan, conformándose con lo que sea que pudiera ganar mediante este vínculo de semejante importancia, pero no era una mujer conformista. Se había enamorado siendo solo una esclava ucraniana, y del Sultan que ya tenía una esposa, una única mujer en quien posar su vista, una única mujer a quien amar y desear, por eso odiaba a la Sultana Sakura, porque gracias a ella nunca había podido tener realmente una oportunidad, nunca había podido albergar posibilidad alguna de ser correspondida al amor sincero que le profesaba al Sultan del mundo. Quizá fuera un rencor estúpido, pero era lo que sentía y no podría olvidarlo jamás.
-Todo el mundo piensa que soy su sombra, que me refugio en su presencia, que soy una cobarde, pero lo que hago no es sino mantener cerca a mi enemigo, cuando llegue el momento la desplazare y haré que mi hijo sea nombrado sucesor del Sultan Sasuke- confeso Takara, sin sorprender en lo absoluto a sus dos amigos y aliados que la conocían a la perfección. -Sé muy bien que si mañana quiero ser la Sultana más poderosa de todas, debo acabar con la que hoy es la más poderosa- analizo con simple sentido común, sonriendo ladinamente para sí ante este anhelo que estaba dispuesta a cumplir a cualquier precio.
Deseaba ser Madre Sultana y Regente, y por Kami como testigo, que lo conseguiría, a cualquier precio.
La reunión del Consejo Real había terminado hacia poco menos de una hora, siempre resolviendo, aprobando o desaprobando las mismas divagaciones, pero esta vez no podía sentirse extenuado por haber tenido que lidiar con eso, en cierto modo sentía como si un peso le hubiera sido quitado de encima desde su reconciliación con Sakura el día anterior, no recordaba haber podido habar tan gusto con ella desde hacía años, habiéndose quedado dormido muy tarde en compañía de ella que le había garantizado que la piedad era algo mil veces más admirado y bien recibido que la autodictadura, que la crueldad e iniquidad. Claro que Takara tenía ideas muy diferentes a las de Sakura y ahora el Uchiha podía entenderlo luego de haberla escuchado atentamente y aceptado sus consejos, al fin y al cabo eran dos mujeres totalmente diferentes y ahí estaba la respuesta a la vez puesto que a la única que debía escuchar realmente y tomar enserio era a su esposa; la mujer que tenía experiencia de gobierno gracias a él que le había dado oportunidades para probarse a sí misma como una mujer simplemente excepcional y que había dirigido el orden político, social y cortesano durante sus ausencias en labores diplomáticas o campañas militares, alguien en quien depositaba su entera confianza y ahora estaba más convencido que nunca en que debía seguir haciéndolo como lo había hecho en el pasado.
Se encontraba sentado tras su cama, revisando los edictos que deberían aprobar o modificar, pretendía reiterar su opinión antes de decidirse a pedir la opinión de Sakura, al fin y al cabo ella conocía mucho mejor que nadie a los políticos y burócratas, podía confiar plenamente en que ella se encarga de todo cuanto hiciera falta. Pese a la importancia de su persona en el mundo como Sultan y único gobernante del Imperio Uchiha, vestía muy sencillamente, porque sentía que no debía esforzarse en ser un Sultan glorioso, sino el hombre que era y que tenía sus fallas, sus miedos y que sentía amor; Sakura le había hecho ver que no era un erro sentir, sino que gracias a ello podría encontrar respuesta que, desde el punto de vista objetivo de un gobernante, quizá ni siquiera pudieran ser ideadas. Portaba—por sobre la usual túnica de seda color negro, de cuello alto y cerrado, así como de mangas ajustadas hasta las muñecas—un elegante pero sencillo Kaftan de tafetán negro, de cuello alto y cerrado por seis botones de oro que cerraban la tela hasta el abdomen y cuya caída rebelaba las botas de cuero bajo el Kaftan; las mangas eran cortas hasta los codos y marcadas hombreras sobre si, bordado en estampado dorado en el centro del pecho, partiendo desde el cuello en una línea recta y dividiéndose a la altura del abdomen para conformar el dobladillo de la tela. Pese a encontrarse a solas, algo le hizo presagiar problemas, sentía como si la brisa estuviera…agria, se avecinaban problemas, lo sentía.
-¡Abran las puertas!
El protocolo de la corte era una norma estricta, instruida desde la cuna a los miembros del Imperio y a la elite gubernamental que vivía o rondaba el Palacio, nadie podía cometer errores imperdonables o que el Sultan pudiera considerar dignos de una pena de muerte, pero en aquel momento y vociferando aquella orden a os guardias, Shisui se lanzó hacia las pesad puertas de madera que le fueron abiertas justo a tiempo por obra de los leales soldados jenízaros testados fuera de la habitación y que lo reverenciaron, cumpliendo su orden y cerrando las puertas tras su inmediato ingreso. Su madre estaba muy sorprendida por la noticia y no había tenido tiempo de detenerlo, pero Shisui sabía muy bien que hacer; encarar su padre y exigirle una explicación del porque para que sucediera eso. Dejando los edictos sobre la cama, Sasuke no dudo en levantarse en tanto las puertas fueron abiertas sin autorización por obra de los soldados jenízaros, permitiendo la entada de Shisui a quien ciertamente no esperaba ver, o mejor dicho no esperaba ser testigo de una reacción así de su parte. Sabía que si le había resultado tardío y lento remediar las cosas con Sakura, le resultaría igual o más difícil ser merecedor del perdón o aceptación de su propio hijo, y quizá esta repentina aparición de su parte no fuera más que una prueba de ello, pero…¿Cómo remediar un vínculo que apenas y se había formado?
-¿Se puede saber que te sucede?- reto Sasuke, confundido por semejante exabrupto
-¿Quieres saberlo, padre?- pregunto Shisui, no sabiendo si reír o no, si sentir odio por él o desprecio, pero sentía que de hacerlo sería igual de megalómano que él. -El barco en que enviaste a Ryoko y a Baru a Sunagakure fue atacado por piratas, los dos están en manos enemigas- soltó finalmente y sin reparar en lo que causarían sus palabras.
No sabía si odiaba a su padre o no, no podía saberlo; en la materia del afecto, apenas y había tenido sitio en sus pensamientos y cuando había pensado en él, lo había hecho con miedo, temiendo ser ejecutado por haber cometido un error que ni siquiera alcanzaba a comprender, había tenido un padre en el sentido legítimo de la frase, pero no había sentido el amor de un hombre que lo hubiera apreciado en su infancia, solo recordaba el inolvidable e insuperable amor de su madre, aquel ángel de voz dulce y aspecto etéreo, de comportamiento bondadoso e intenciones honestas. Estaba completa y totalmente decepcionado del hombre al que debería llamar padre y a quien despreciaba con toda su alma, porque nunca había tenido un padre verdaderamente. Había esperado una protesta cualquiera como en años anteriores, pero lo dicho por Shisui lo hubo dejado helado por completo, era como si—momento a momento—todo le demostrara que lo hecho mediante la guía e intercesión de Takara no había sido más que un error, porque su intención no había sido en lo absoluto causarle un pasar semejante a Ryoko, ni a Baru que pese a su renuencia era su nieto por sangre, mentiría al decir que se sentía conforme con lo sucedido, se sentía culpable y mucho, sentía que había errado en demasía contra alguien inocente, y lo peor es que en aquellas instancia no podía cambiar las cosas, no podía remediar nada.
-¿Cómo iba a saber que pasaría eso?- pregunto Sasuke, saliendo de su estupor inicial. -Lo hice para proteger a la dinastía- justifico puesto que esta había sido su intención.
-Llevas décadas diciendo lo mismo, cada vez que haces algo no tardas en justificarte diciendo que lo haces por tus hijos y por mi madre- protesto Shisui, incapaz de creer tal diatriba. -Mira a tu alrededor por favor mira- pidió con tristeza y desesperación impregnando su voz, -¿Quién sigue contigo?, ¿Quién?, ¿Itachi, Baru, Kagami, Rai, Daisuke?- pregunto con la voz sutilmente quebrada por el temor y por no obtener a reacción deseada. -Están muertos, todos murieron uno por uno, y yo…yo soy el único que queda. Si a esto se le puede llamar vida.
Ni aun Sakura que tenía el derecho y la libertad de hacerlo le había lanzado acusaciones de ese modo, sabía que había tenido hijos pero que jamás había sido padre con todos ellos y el caso de Shisui era claro, pero erraba al acusarlo así. Se odiaba por haber tenido que firmar la ejecución e Rai, se odiaba y revivía el momento en que había visto a su hijo Kagami muerto, sin haber podido evitarlo, maldecía al destino por haber vivido para ver como sus hijos le eran arrebatados; Baru, Itachi y Daisuke…pero nunca había podido hacer algo para cambiar verdaderamente las cosas. Ser Sultan de aquel soberbio y poderoso Imperio significaba seguir un camino de soledad sin importar cuanto se empeñara en romper con esta tradición que sin desearlo igualmente se había impuesto en su vida. Su única alegría, su único motivo para vivir y ver algo bueno en cada día nuevo que iniciaba y en la providencia era Sakura, sin ella se devastaría por completo, porque había errado mucho en su vida hasta la fecha y solo mediante ella podía creer que cualquier distancia o adversidad podía ser saldada, aunque fuera tarde. Sabía que aún le quedaba vida que vivir y actos mediante los que pecar, pero lamentaba profundamente su existencia, y de no ser por Sakura se hubiera rendid a esperar la muerte desde el primer día en que había ascendido al trono, estaba convencido de ello.
-No seas injusto, Shisui- pidió Sasuke, profundamente ofendido por este desprecio de su parte.
-Ni siquiera digo lo suficiente- protesto Shisui, inamovible en sus declaraciones. -Al principio no lo creía, quise ignorarlo, pero ahora lo entiendo, lo único que te importa es el Sultanato, por el podrías renunciar a todo, incluso a tus hijos, a la mujer que amas- acuso descargado su ira en cada palabra que pronunciaba con irrefrenable rencor hacia su padre.
-¡Shisui!- silencio el Sultan.
-¡Se acabó!- discutió el Príncipe, sobresaltando a su padre por su coraje para hablar así. -Se acabó, a partir de hoy estas solo en esto, padre- advirtió Shisui, sin dudar en lo que iba a decir, en la enemistad que iba a declarar con todas sus letras, -no volveré a escucharte jamás- juro, sosteniéndole fieramente la mirada.
Ese día, uno frente al frente, dejaban de considerarse mutuamente como padre e hijo.
PD: hola a todos, me disculpo por la demora pero no me sentí bien, de hecho tenia pensado actualizar el domingo, pero por razones de salud no pude :3 les ruego que me perdonen, esperando satisfacer sus espectativas, como siempre :3 la actualización nuevamente esta dedicada a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro y con quien me disculpo de todo corazón:3), y a todos aquellos que siguen la historia en todas sus formas, sin excepción :3 Si tienen alguna sugerencia con respecto a series o películas que quieran como adaptaciones, apreciaría que la aportaran, recordándoles que este fic, y los otros que hago, son por y para ustedes, reiterando parte de los nuevos personaje que comienzan a hacerse presentes, y recordandoles que pueden comentar que fic quieren que inicie de los que ya había planeado :3 los amo, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.
Fics proximos:
-Operación Valkiria (casting y resumen ya hecho, al igual que la portada)
-Sasuke: el Indomable (casting y resumen ya hecho, y la historia ya visualizada, portada ya hecha)
-Cazadores de Sombras (con el prologo y tres primeros capítulos ya hechos, así como la portada)
-El Siglo Magnifico: Indra y el Imperio Uchiha (sin casting pero con la historia ya visualizada y la portada ya hecha)
-El Siglo Magnifico: Mito, Mei & Mikoto (casting ya hecho, sin resumen y con la historia ya visualizada)
-La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber (casting y resumen ya hechos, historia visualizada y diseñada en conjunto con la portada y el vestuario)
