-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem), Tugay Mercan (Sultan Ibrahim I) y Hande Doğandemir (Sultana Turhan Hatice). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 45

Cuando no se era una Sultana era sumamente difícil mantenerse con seguridad en un Palacio o en un entorno tan hostil como aquel que representaba la jerarquía Imperial, o lo había sido en el pasado puesto que todos—actualmente—gozaba de paz y quietud por el beneplácito de la Sultana Sakura, claro que Takara se asemejaba a una especie de elemento terrorífico por su autoridad, pero comparada con la hermosa y ´angelical Sultana Haseki, Takara le resultaba insignificante a Akiko que realizo la contabilidad de su propio tesoro. Tenía una habitación propio o que, mejor dicho, compartía con Hayami, pero esta estaba cenando junto a Seina y Masumi, así que por ahora Akiko tenía la habitación para ella sola, sentad frente a la mesa en el centro de la habitación y donde contaba afanosamente la fortuna que estaba formando en pro de su propio futuro, si es que el Príncipe Shisui se cansaba de ella en algún momento. La presencia de Akiko era muy apreciada por los miembros de la elite social, sobre todo por la Sultana Sakura y el Príncipe Shisui, siendo la Sultana quien mayormente la valoraba y la dotaba de beneficio, ajuares, joyas y dinero, de hecho…trataba bien a todo el mundo y Akiko solo podía sentirse feliz de ser participe la bondad de la única mujer en la historia del Imperio y que era catalogada como un ángel con forma humana, bueno, si es que ya de por si no era un auténtico ángel.

Ciertamente no era una Sultana, su calidad o estatus social como favorita del Príncipe Heredero no había variado en ninguna medida desde su llegada al Palacio, ciertamente gozaba del favoritismo, aprecio y amistad de la Sultana Sakura. Vestía unas sencillas pero halagadoras galas de seda y gasa blanca, de escote redondo con un escote inferior de tipo falso hecho en gasa y de caída en V, el corpiño se cerraba por doce diminuto botones blancos, las mangas eran ajustadas hasta los codos donde se volvían traslucidas y acampanadas hasta cubrir las manos, con falda de seda ribeteada en gasa para mayor movilidad; por sobre el vestido usaba una chaqueta de tafetán borgoña, sin mangas y de escote en V que se cerraba unos centímetros bajo el escote, cerrado a su cuerpo por tres botones de color negro al igual que un cinturón de cadena de plata y que permitía una agraciada caída hasta la altura de las rodillas por su longitud, y el cuello estaba ribeteado en piel dorado claro como si fuese crema. Su largo cabello rubio se encontraba recogido en una sencilla coleta que caía sobre su hombro derecho, resaltando con mayor facilidad la diadema de tipo medieval que se encontraba alrededor de su frente—hecha con una fina cadena de plata—y que dejaba caer un dije en forma de flor de cerezo con un diamante rosa en forma de lagrima, con pendientes a juego. Todo este ajuar tan halagador era, indudablemente, uno de los muchos obsequios que la Sultana Sakura le había otorgado, por supuesto. La calma nunca se mantenía en el Palacio, siempre había algo que la interrumpía, y aun sabiendo esto Akiko no pudo evitar sorprenderse y asustarse a la vez en cuanto las puertas de su habitación se abrieron por obra de lady Ino, impulsando a Akiko a cubrir su preciada fortuna de la mirada de la encargada del Harem…pero era muy tarde, ella ya lo había visto.

-Lady Ino- jadeo Akiko, intentando mantener la compostura y sonar lo más cordial posible, -¿Por qué entra así?- pregunto fingiendo normalidad, sonriéndole y cubriendo con sus brazos su montoncito de monedas y oro.

La encargada del Harem y leal amiga y servidora de la Sultana Sakura, lucia rigurosa como no había luciendo en ocasiones anteriores, aunque tal vez la razón fuer la certera y silenciosa—desconocida por muchos—enemistad ente la Sultana Sakura y al Sultana Takara y de la cual era más que conocedora, como unos cuantos. Portaba unas severas galas gris azulado de conservador escote en V que cerraba el corpiño por nueve diminutos botones que iban desde debajo el busto hasta la altura del vientre, falda de una sola capa hecha de seda y mangas ajustadas hasta las muñecas, por obre este vestid una elegante chaqueta de igual color solo que de escote redondo y un tanto más bajo, cerrado bajo el busto por cinco botones de cuna de plata y ónix en el centro, con marcadas hombreras, sin mangas y falda que se abría bajo el vientre por obra un cinturón de cadena de plata con incrustaciones de diamante que cerraba la chaqueta alrededor de su cuerpo. Su largo cabello rubio caía libremente tras su espalda y sobre su hombro izquierdo, peinado de lado para que uno de sus mechones cubriera ligeramente parte de su rostro, y adornado por una diadema de oro que replicaba diminutas lilas y flores de cerezo ribeteadas en diamantes y con un par de diminutos pendientes de diamante en forma de lagrima.

Hayami había declarado frente a la Sultana Sakura a la posibilidad de encontrarse embarazada, cosa que se comprobaría esa misma anoche mediante una de las parteras, cuando el resto de las jóvenes del Harem estuvieran dormidas para evitar los gestos curiosos en demasía. Pero, de todas formas, el Príncipe necesitaba pasar la noche con alguien, no era una obligación en términos precisos, pero…la reunión del Consejo Real de aquel día y los demás asuntos a tratar lo habían extenuado justificadamente así que era necesario que—esa noche-estuviera acompañado de alguien cercana a él, y casualmente la Sultana Sakura tenía a alguien perfecta ne mente, alguien que brillaba por su carisma y brillante personalidad, e Ino no hubo dudado en acudir a Akiko de inmediato sin importar que le hubiera tomado tiempo dar con su ubicación ya que era alguien bastante ágil pese a su aspecto, y no tenía problema en esforzarse para encontrarla con tal de cumplir las órdenes de la Haseki del Sultan, solo que no pensaba encontrarla contabilizando una fortuna igual o incluso superior a la que ella misma poseía. Era sabido que al Sultana Sakura era caritativa, pero Akiko sin duda alguna no solo estaba ahorrando estos beneficios sino todos o gran parte de los que había recibido hasta la fecha, parecía temer ante las posibilidades que traía el futuro y por causa de la Sultana Takara, Ino debía admitir que comprendía como sentía eso y la comprendía, pero aun así la Yamanaka no pudo evitar observarla boquiabierta a causa de la sorpresa, por mera impresión, desde luego.

-Por Kami, ni siquiera el tesoro Imperial tiene tantas monedas- reacciono la Yamanaka.

-Exagerada- se quejó Akiko, frunciendo el ceño, continuando co su albor, -¿la Sultana Takara se baña en oro y a usted le impresionan mis moneditas?- bromeo con un deje de frivolidad al referirse a Takara que ciertamente ya se declaraba a si misma madre Sultana. -Aunque soy yo la que merece todo ese oro- murmuro para sí misma, no con exigencia sino sapiencia.

No ambicionaba influencia o poderío socia si es que muchos pensarían inculparla o denigrarla por ambicionar eso y lo cierto es que no le interesaba el poder o gloria jerárquica, lo que realmente deseaba era pasar más tiempo con el Príncipe Shisui, así como lucir radiantemente hermosa a sus ojos, deseando poder lucir joyas y galas tan excelsas como Takara, Seina y Masumi, había sido traída al Palacio por y para él, no tenía a nadie más—salvo la Sultana Sakura—que la protegiera, se sentiría perdida de no ser por él que quizá fuera el único hombre que la consideraba hermosa cuando ni ella misma se sentía así al no ser tan esbelta y engalardonada como las Sultanas del Príncipe Heredero o las mujeres que componían el Harem, pero de todas formas la Sultana Sakura le insistía en que su belleza era única porque su naturalidad y carisma la hacían resaltar de cualquier forma. Si no conociera tan bien a Akiko como la conocía; Ino bien podría inferir que albergaba ambiciones descomunales, pero lo cierto es que Akiko era leal y sincera en su actuar, justo como la Sultana Siena y la Sultana Masumi, así como Hayami, sabía que hablaba de su amor y de lo importante que era el Príncipe Shisui en su vida y esto era elogiado por la Sultana Sakura que se sentía infinitamente feliz e saber que mujeres tan diversas y bondadosas velaban por su hijo, eso le permitía dormir con un ápice de tranquilidad y le hacía ver el futuro con un poco de seguridad.

-¿Y por qué?- se interesó Ino.

-Soy la única en este Harem que hace que el Príncipe Shisui pueda sonreír, sea feliz y se olvide de todos sus problemas- relaciono Akiko ya que jamás se permitía lucir desanimada o preocupada en presencia de su Alteza. -Lo hago más feliz que todas, pero no valgo nada, solo la Sultana Sakura me aprecia- mascullo, sintiéndose inferior aunque tampoco es como si soñase con aspirar a más.

-No pienses así, Akiko, su alteza te está esperando- dio a saber la Yamanaka para alegría e incredulidad de la favorita que prácticamente chillo de emoción como si de una niña se tratase. -Tiene dolor de cabeza- advirtió como obstáculo primordial.

-Su cura soy yo- desestimo Akiko, riendo totalmente convencida de ello ate las palabras de la encargada de Harem. -Descuide lady Ino, puede irse, estaré lista en unos minutos- prometió, sin moverse de su lugar.

-Sea, no hagas esperar a su alteza- rió Ino, procediendo a retirarse, conforme con la respuesta.

Aguardando sentada en su lugar la partida de lady Ino, Akiko se hubo levantado en cuanto las puertas fueron cerradas, juntando a toda prisa sus monedas que bien podía esperar para ser contabilizadas apropiadamente, puesto que lo único que deseaba hacer en ese momento no era sino acudir junto al Príncipe Shisui que pedía verla. Encaminándose hacia el arcón junto al cómodo diván que empleaba como cama, Akiko lo abrió dejando en su interior su pequeño saco repleto de monedas de oro; en el interior del arcón se hallaban joyas y diamantes, así como gemas de infinitos colores y encaje bordado en oro…todo aquello era obsequio de la Sultan Sakura, así como unas cuantas piezas de piel dorada, crema y purpura que usaba en ocasiones especiales. Tan pronto como pudo se irguió y dirigió al espejo frente al cual aliso la falda de su vestido y acomodo el cuello de piel de la chaqueta, así como su cabello, siempre se esmeraba en su apariencia pese a lo poco que poseía porque quería lucir aún más bella frente al Príncipe, pero—y eso se o había dicho la Sultana Sakura—la primera base para ser realmente hermosa a ojos de un hombre era considerarse como tal y creer que podía ser todo cuanto soñase con ser, y el sueño de Akiko no era ningún otro más que ser la razón de la facilidad del Príncipe Shisui, y con los consejos de la Sultana Sakura estaba segura de lograrlo


Vivir en aquel Palacio y ser parte de la jerarquía Imperial enseñaba muchas cosas y la primera de ellas era que nadie estaba totalmente a salvo en el poder si existían otros que pudieran atacar, que todo podían traicionarte y que debías aprender ganar el juego del poder antes de que te apuñalasen letalmente por la espalda, Sakura lo había entendido desde su llega al Palacio cuando solo había sido una adolescente, había comprendido que debía tener dos rotos a mostrar; la de la joven griega que seguía siendo en lo más profundo de su corazón, la madre de los hijos de Sultan y ´ángel del pueblo y la otra era la Sultana; la esposa del gobernante del mundo, su Haseki, la Regente el Imperio, una mujer a quien todos temían ofender. Para Sasuke, que había nacido formando parte de aquel soberbio Imperio, la traición era lo más esperable de mundo, sabía que ni aun el hecho de que fuera el Sultan lo mantenía a salvo ni a quienes le importaban, pero nunca había esperado que quien resultara ser su peor enemigo no fuera sino la misma persona a quien había considerado una aliada leal durante años y en quien había confiado, por causa de quien había dudado momentáneamente del criterio de su esposa y pasado por alto su opinión…pero ahora cuanto más o analizaba más se daba cuenta de lo manipulador que era Takara cuando la odiaba por haber hecho lo que otras mujeres habían intentado hacer por mucho tiempo; emular a Sakura y fingirse inocentes, porque Takara jamás había sido sincera, toda ella eran solo mentiras, le causaba repulsión siquiera pensar en lo absurdo y tonto que había sido al creerle…de poder hacerlo habría ordenado sus ejecución en ese momento, pero era la madre de un Príncipe y hacerlo estaba prohibido, de otro modo lo hubiera hecho sin dudarlo ni por un segundo.

-Las ratas caen en sus propias trampas- mascullo Sasuke, conteniendo su propia ira, ignorando su sentir y anteponiendo el de su esposa a quien le sostuvo la mano, -espero que esto no sea un golpe muy duro para ti, Sakura- admitió, pendiente del sentir de su esposa que se mantenía aparentemente tranquila a pesar de todo.

Confiaba su alma, su Imperio y todo cuanto poseía a Sakura cuyas palabras eran una ley indisoluble, confiaba en cada palabra salida de sus labios y en que fuera honesta, porque ella era todo cuando el resto del mundo no era; honesta, inocente, bondadosa, poseía cada característica digna de elogio y que el resto del mundo jamás podría tener, porque ella era un ángel, así que Sasuke no había osado dudar en lo absoluto cuando Sakura le hubo confesado lo que Takara había hecho y el modo en que tramaba su propia gloria a costa de la de os demás. Sentado junto a su esposa sobre el diván junto a la ventana, el Sultan vestía tan rigurosamente como se esperaba que hiciera puesto que las labores del Imperio y el estado siempre lo mantenían ocupado, portando un Kaftan azul oscuro—por sobre la usual túnica de seda negra, cuello alto y errado así como muñecas justadas e las muñecas—hecho de terciopelo bordado en hilo color negro, con marcadas hombreras y cuello posteriormente enmarcado tras la espalda hechos de cuero color negro, y mangas ajustadas hasta la muñecas, cerradas al interior de las muñecas por dos botones de plata, cerrado a su cuerpo por un fajín azul oscuro que producía una elegante caída de la tela, haciendo visibles las botas de cuero color negro bajo el atuendo. Estaba por demás decir que toda esta estética y su cólera lo hacia una figura intimidantes de observar, aunque—a olas con su esposa—no había nadie que pudiera dar testimonio de esto puesto que al Sultana Haseki se mantenía absolutamente serena.

Sencilla pero inigualablemente hermosa encontraba sentada a su lado su Haseki que opuestamente se encontraba serena como un tempano de hielo e imperturbable como el más perfecto de los cristales, aparentemente sumergida en sus pensamientos mediante su propio silencio. Unas modestas galas azul zafiro oscuro cubrían su figura, de escote redondo y calzado su silueta, cerrado en la espalda por una seguidilla de doce botones que iban desde la espalda hasta la altura de las caderas, mangas ajustadas hasta los codos y que se abrían en lienzos de gasa para exponer los brazos, así como falda de una sola capa hecha de seda; por sobre estas galas una chaqueta superior de encaje dorado transparente y ribeteado en diamantes, sin mangas, pero que enmarcaba u escote, creando un profundo escote en V que se erraba bajo el busto y abría bajo el vientre. Su largo cabello rubio se encontraba perfectamente recogido tras la nuca en una coleta plagada de rizos que hacia caer sus ricos casi a la altura de su hombros, adornado por una hermosa corona de oro que emulaba rosas conformadas por zafiros y topacios a juego con uso pendientes de cuna de oro en forma de ovalo con un zafiro homólogo en su centro y de los que pendía un cristal en forma de lagrima, y alrededor de u cuello un guirnalda de oro de la que pendían infinidad de zarcillos en forma de lagrima hechos de zafiros, topacios y diamantes. Estaba satisfecha, como nunca, de que Sasuke finalmente se quitara al venda de os ojos, pudiendo distinguir—justo como ella-que su labor de ahora en más era desbaratar los planes y ambiciones de Takara antes de que se volviera un pigro para ellos, para sus hijos y para el imperio, debían mantener a raya mientras aun fuera posible.

-Lo seria si no lo hubiese visto venir- desestimo Sakura con igual tranquilidad, haciéndole ver a Sasuke lo importante que era mantener la calma y pensar claramente, -cría serpientes y te atacaran, Takara mostró la ambición desde que llego, pero espere que fuera más inteligente- se mofo sonriendo para sí misma, desconcertando momentáneamente a Sasuke, -aunque…no es tan tonta, si hubiera hecho mejor las cosas incluso podría destronarte- aludió, haciéndolo entender el por qué su burla contra la Haseki del Príncipe Heredero.

-Ciertamente- reconoció Sasuke, ya que el primer acto ecuánime de un gobernante era reconocer sus errores y aprender de ellos, -pero yo cuento con algo que ella no tiene ni tendrá jamás, a ti, tu sola presencia sostiene cualquier Sultanato y al imperio- elogio, alzando una de sus manos y acariciando devotamente el rostro de su esposa.

Al momento de ascender al trono—con dieciséis años—había sido el Sultan más joven de la historia en aquel tiempo, y había carecido de la experiencia de sus predecesores que había gobernado provincias antes de ser entronados como Sultanes, pero u miedo e incertidumbre por cometer un error fatal y sucumbir a la crueldad como sus predecesores había desaparecido en cuanto ella había llegado al Palacio, en cuanto había escuchado sus consejos cargados de neutralidad y bondad, y que había seguido de forma incansable. Antes de él, sus predecesores poco y nada habían atenido la voluntad del pueblo, y lo sabía porque las Sultanas jamás habían sido particularmente queridas por la gente, hacía había sido desde la aparición de la Sultana Kaede—esposa del Sultan Hashirama—a quien habían tildado de bruja, a su hija la Sultana Kaori como una intrigante, a la Sultana Kaoru o Miso—esposa del Sultan Tobirama—como antipática y a la Sultana Mito de ambiciosa…pero en cuanto Sakura había llegado el pueblo por primera vez había recibido respuestas, por primera vez estaba feliz al tener a una mujer que atendiera su voluntad, escuchara sus ruegos y velara por ellos que eran el centro de la paz en el Imperio, que fuera amada por los jenízaros que la adoraban por su temple guerrero y u carácter indómito. Mientras ella estuviera viva el Imperio estaría a salvo y contaría con la aprobación de pueblo, estaba totalmente convencido de ello.

-Tienes una mejor idea de mí que yo misma, Sasuke- sonrió Sakura, superada por sus palabras.

-No se trata de arrogancia, pero, estoy seguro de que a mi muerte, o más a la tuya, este Imperio comenzara lentamente a irse abajo- garantizo Sasuke, confiando en que esto era así.

Sasuke por su parte había dedicado su vida a la conquista de los territorios que anteriormente habían pertenecido al Imperio y que alguno de sus predecesores—el Sultan Tobirama, el Sultan Madara y el Sultan Izuna—habían perdido al desatender sus obligaciones legándoles tal potestad a la mujeres o mejor dicho a la Sultana Mito que había intervenido en estas tres oportunidades, y habían carecido de generales militares que pudieran hacer debidamente su trabajo. El por su parte había comandado y dirigido personalmente cada batalla, cada estrategia y taque sin importar que se pensar insignificante y que había terminado por resultar en una avasalladora victoria teniendo a su esposa en la capital actuando como Regente y corroborando sus decisiones al saber de estrategia militar, defendiéndose con la espada como lo haría cualquier hombre. Y Sakura de igual modo lo había olvidado todo, había permanecido a su lado sin pensar en regresar a su hogar, había dedicado su vida a ser la madre de los hijos del Sultan, a hacer feliz al pueblo y disminuir la pobreza, solidificar la relación entre el Imperio y el ejército , había dedicado su vida a la causa del bien y la paz que había sido un mero sueño para los Sultanes anteriores y había visto con agonía y pesar como sus hijos le eran arrebatados hasta que solo le quedase Shisui, había presenciado la guerra y las masacres, la crueldad del mundo y se había ensuciado con esa sangre al tener que ordenar muertes y ejecuciones…pero obtener la paz no era fácil, y ambos sabían que en el futuro su sacrificio seria valorado y comprendido de Principio a fin.

-Tienes razón- reconoció Sakura, meditando mejor la inferencia de él, -no es que seamos soberbios, pero lo hemos dado todo en esta batalla, no creo que nadie, de entre las futuras generaciones, tenga el coraje para hacer todo lo que nosotros hemos hecho y seguir peleando- concluyo, convencida de que tal vez su decisiones pudieran ser vista como crueles o carentes de sentimientos pero era así porque lo correcto no siempre era lo más justo a ojos de todo el mundo.

Sakura al menos no tenía la más remota idea de cómo fuera enjuiciadas sus acciones en el futuro, quizá a consideraran una mujer cruel ya que no había sido como sus predecesoras; las Sultana Kaede y Kaoru que habían vivido por sus hijos, dedicándose a ellos, ella no había tenido tal opción, para ella siempre había existido el Imperio por encima de cualquier otra cosa y quizá en el futuro la vieran como una mujer ambiciosa y malvada que había sacrificado a sus hijos con tal de mantenerse en el poder, pero era lo opuesto; vivía un infierno al recordar día tras día, momento a momento a quienes tanto amaba y que ya no estaban con ella, pero tristemente no podía cambiar las cosas, ese era su destino y estaba resignada a ello pese al sufrimiento demostrado. El apodo o seudónimo de "el Cruel" no era algo de lo que Sasuke pensara en jactarse bajo ninguna circunstancia, pero si era recocido como tal se debía a la dedicación que había puesto en erradicar la corrupción que había cernido al Imperio por décadas, sus métodos para deshacerse de los traidores y enemigos habían sido brutales y lo sabía bien, era consciente de ello, pero en ocasiones era fundamental precisar del miedo para que las personas comprendieran que ciertas formas de comportamiento o decisiones acarreaban la desgracia y merecían un castigo, solo así podía contar con que se cumplieran las leyes, era necesario tomar esa clase de decisiones.

-En ese caso solo debemos dejar una estructura que no se derrumbe a la primera oportunidad- secundo Sasuke ya que ese era el único propósito que les quedaba por concretar.

Quizá fuera algo apresurado o precipitado decir aquello porque ambos aun eran jóvenes—no tanto como hacía más de veinte años atrás—pero era su deber velar que la siguiente generación fuera lo deseado para que el Sultanato se mantuviera en férreo control y la justicia fuera perdurable como ellos habían intentado hacer, la ley del fratricidio ya no gobernaría a nadie entonces, no como parecía continuar haciéndolo en esos días, y había que la única forma de dejar todo en paz era destruyendo las mayores adversidades, legando una paz abismalmente inquebrantable. Su era como Sultan y Sultana Haseki no duraría para siempre, inevitablemente, poco a poco su influencia habrá de ser cedida a alguien más pero era necesario concluir quien era merecedor de tal carga, era imperativo hacerlo. Si Shisui no podía cumplir como Príncipe Heredero el cargo pasaría a Itachi como su hijo mayor y en cuyo cao Takara ganaría influencia en vez de perderla, eso y que podría manipular con facilidad a su hijo sin reparo alguno, y en cuyo caso el sucesor al trono seria Hashirama que gracias a su leal madre—la Sultana Seina—era diez mil veces más confiable, justo como su hermano Sasuke, —hijo de la Sultana Masumi—todo era simple estrategia y medidas de precaución, no podían fallar, no cuando el desenlace de la historia se hallaba en un punto tan crucial.

-¿Listo para mañana?- corroboro Sakura, ya que el plan debía ponerse en marcha.

-¿Y tú?- cuestiono Sasuke a modo de respuesta.

Decir que estaban desprotegidos era una burla, eso Sasuke lo sabía bien puesto que Sakura solo le confesaba algo así cuando ya tenía una estrategia con que deshacerse del problema o minimizarlo y lo sabía porque y le había explicado el plan que tenía en mente con que exponer a Takara y hacer la enemistad secreta una lucha sin cuartel de la que él deseaba participar y recordara a Takara que ella era una esclava y que el Imperio le pertenecía a ellos, ella no podría obtener nada, menos ambicionando algo tan colosal como lo era el rango de Madre Sultana mientras el actual Sultan—él mismo—aun estuviera vivo y plenamente consciente de sus facultades. Cuando una idea surgía en su mente, Sakura no se daba por vencida hasta cumplir y este plan tendría lugar mañana mismo, no tenían por qué esperar más, era un media bastante osada a tener en cuenta en comparación con sus artimañas anteriores, pero así como era osada era eficiente, resultaría un engaño tan grande que Takara quedaría expuesta, sentenciándola a lidiar con el odio y enemistad de todos los miembros de la familia Imperial y eso era justo lo que Sakura ansiaba obtener. Sus aliados de mayor confianza ya estaban al tanto así como el ejército jenízaro y el pueblo que igualmente habrían de participar de aquella treta. No tenía absolutamente nada de lo que arrepentirse, porque si titubeaba fallaría y ella jamás fallaba, no era su forma de ser

-Siempre estoy lista para lo que sea- contesto Sakura simplemente.


Shisui suspiro profundamente, abriendo los ojos y observando a Akiko que—de pie tras él que se encontraba sentado sobre el diván—le sonrió radiantemente y con emociones casi infantiles pintadas en su rostro mientras continuaba acariciándole las sienes, no solo era su sonrisa sino también su buen humor y espíritu bromista que conseguía aliviar los problemas de Shisui, por eso consideraba y apreciaba tanto a Akiko que indudablemente poseía un lugar imborrable en su corazón, esperaba que ella lo supiera puesto que su madre se lo hacía recordar cada vez que podía según el Príncipe tenía entendido, y confiaba en la palabra de su madre. Estando ahí, en presencia del Príncipe Shisui, Akiko era infinitamente feliz porque ahí encontraba su propósito de ser, porque su motivo para estar en ese Palacio era él, él la había elegido y por él estaba donde estaba, claro que lidiar con Takara no era algo de lo que pretendiera sentirse feliz u orgullosa pero no era la única puesto que compartía tal carga con Seina y Masumi, al igual que con Hayami ahora, pero la Sultana Sakura le había enseñado a ella—como a Seina , Masumi y Hayami—que lo único que convertía aquella prisión de mármol, oro y joyas si par en un Palacio era el amor y había que saber cómo buscarlo, sin rendirse a pesar de los tropiezos, y eso era precisamente lo que Akiko estaba haciendo; buscar su felicidad mediante las instrucciones de la Sultana Sakura

-No hay manos como las tuyas, Akiko- adulo Shisui, sintiéndose indiscutiblemente mejor e ignorando cualquier dolor sentido con anterioridad, -mi pastelito, puedes pedirme todo cuanto desees- prometió, estrechando una de las manos de ella e indicándole que se sentara a su lado.

Akiko se acomodó la falda del vestido, sentándose a su lado y sonriéndole con su usual coquetería, su autoestima era considerablemente buena teniendo en cuenta que día de competir con las mujeres que residían en el harem y cuyo aspecto voluptuoso y curvilíneo era envidiable, pero Akiko sabia o entendía que a su propio modo era del interés de su alteza, sabía que era agradable, bella o hermosa sus ojos porque de otra forma no estaría allí, en ese Palacio y aún más en el Harem la belleza era un elemento fundamental, no podía tenerse un Harem viejo, feo o aburrido, todas las mujeres se encontraban allí con un fin en específico ya que el Sultan no desviaba la vista hacia ninguna de las mujeres; todas ellas estaban destinadas al Príncipe Shisui y, deseando obtener un lugar importante en su corazón, es que Akiko deseaba tener sedas y galas hermosas que vestir, para así impresionarlo y poder pasar más tiempo con él, ese era su único deseo. Todos sabían que la Sultana Sakura era hermosa, pero se dedicaba tanto a realzar su belleza que no flaqueaba ni un segundo que pesaba en ese Palacio. No ambicionaba poder como Takara que presumía con arrogancia de todo cuanto poseía, ella solo quería ser feliz, aunque la misma felicidad ciertamente parecía un sueño, una ilusión.

-¿Qué más puedo pedir, Alteza?- cuestiono Akiko, careciendo de cualquier tipo de ambición. -Solo quiero ser hermosa a sus ojos y aliviar su dolor- admitió con absoluta sinceridad.

-Eres hermosa, ¿lo dudas?- se preocupó el Príncipe, adulándola honestamente, considerando no solo la belleza que él veía exteriormente sino también la que provenía de su corazón.

-No, pero sus Sultanas…- titubeo Akiko, bajando la mirada, -lucen vestidos nuevos cada día, joyas…brillan como el sol en el Harem- adulo recordando como eran elogiadas Seina y Masumi, por no hablar de Takara. -Yo palidezco ante ellas, temo ser nada ante usted- murmuro, jugando distraídamente con la seda y gasa de su sencillo vestido blanco.

De entre las Sultanas del Príncipe Heredero quien siempre destilaba y se enaltecía por causa de su influencia como si pretendiera eclipsar al propio brillo del sol se encontraba Takara, que ya se comportaba y vestía como si fuera la Madre Sultana, quien dirigía el Harem siendo que en realidad—secretamente, claro—era odiada por la Haseki del Sultan, algo que por ahora solo sabían Akiko, Siena, Masumi y Hayami, así como las hijas de la Sultana. Luego y casi en un nivel igualitario entre sí como amigas que eran estaban Seina y Masumi que si bien contaban con casi la misma fortuna que Takara en cuanto a dinero se trataba jamás vestían con el fin de superar su propia posición, eran bastante sencillas y discretas a la hora de vestir, incluso en los actos o ceremonias en que correspondía que se esmerase en su apariencia luciendo hermosas pero sencilla de igual modo, porque nadie quería desatar un irreversible conflicto con Takara. Analizando a Akiko con la mirada, Shisui corroboro que la mano de su madre estaba en su vestir, elegante pero muy sencilla al mismo tiempo. No es como si su madre no impusiera moda cada vez que vestía, siendo envidiada por todo el mundo, pero sabía que Akiko tenía su propio gusto y consideraba que satisfacerlo no sería un problema, quería verla tan feliz como a Seina y Masumi que sonreían cada vez que lo veían, si Akiko deseaba más diversidad en cuanto a sedas para vestir se tratara, pues le daría todo cuanto pudiera, incluso joyas dignas de una Sultana.

-Tendrás todas las joyas y los vestidos que quieras, te cubriré de oro- prometió Shisui de tal manera que la hubo abrumado con sus declaraciones.

-¡Alteza!- chillo Akiko, abrazándolo efusivamente.

Después de todo si era cierto; el amor convertía una prisión vacía, hermosa pero inhóspita en un verdadero Palacio, un Palacio en que Akiko adoraba residir si a cambio hacia feliz al Príncipe Shisui que la hacía feliz a ella.


Seguida únicamente por sus doncellas, Takara recorrió los pasillos del Palacio en dirección hacia los aposento de Shisui, sabía que lo que tenía en mente era osado pero nunca afrontaría ningún tipo de jugada de no estar convencida de que un esfuerzo merecía la pena, Hayami estaba indispuesta según día en el Harem, por lo cual la remota oportunidad de ofrecérsele a Shisui y convencerlo de apoyarla en sus decisiones e ideología, no había intentado hacerlo jamás; tentarlo si, pero añadirlo a sus decisiones era algo sin precedentes y tal vez esta primera vez par todo fuera justo el movimiento maestro que necesitara para consolidar totalmente su poder, momentáneamente al menos. Shisui era tan voluble en cuanto a su gusto por las mujeres que intentar recordar los viejos tiempos no era en lo absoluto una locura y eso Takara lo sabía bien y lo ratificaba cuanto más pensaba en ello, de hecho era una estrategia nostálgica teniendo en cuenta que ya la había empleado—similarmente—en el pasado para engendrar a su hija Seramu. Si, en el peor de los casos, estaba destinada a aguardar por su gloria como Madre Sultana, al menos si quería ser la Haseki del próximo Sultan y tener un lugar de considerable influencia en su vida, y eso implicaba compartir la cama con él con todos los esfuerzos mutuos que aquello conllevaba con tal de ser afines y coincidir diplomáticamente en todo cuanto fuera necesario.

Detuvo su elegante andar frente a las puertas de los aposentos el Príncipe Heredero, siendo reverenciada por los fornidos jenízaros que vigilaban y resguardaban la habitación. Se había esmerado en su apariencia, como no había hecho en mucho tiempo…con ese propósito en mente; vestía unas halagadoras galas de seda color rojo, el emblemático color que caracterizaba al Imperio Uchiha, se trataba de un vestido de escote corazón levemente rebajado enmarcado en hilo de oro, con siete botones rojo oscuro en caída vertical hasta la altura del vientre, mangas ajustadas hasta los codos y que se abrían frontalmente a la altura de los codos cuales lienzos de gasa para así exponer los brazos, por sobre el vestido o más bien pegada a él se hallaba una chaqueta sin mangas granate oscuro que enmarcada en los costados del corpiño y que se apegaba al vestido por obra de un cinturón de cadena de oro con rubíes incrustados. Su largo cabello naranja, peinado en cadenciosos rizos caía libremente sobre sus hombros y tras su espalda sin restricción alguna, únicamente adornado por una diadema de oro con múltiples y diminutos dijes en forma de flores y de los que pendían cristales multicolor con un par de pendientes a juego, y alrededor de su cuelo una fina cadena de oro con un dije en forma de sol. Si alguien era más hermosa que ella, Takara no consideraba esa opción en lo absoluto, se sentía como una especie de deidad de la belleza, a su entender nadie era más hermosa que ella.

-Díganle a su Alteza que estoy aquí- ordeno Takara.

-Lo lamento Sultana, pero el Príncipe está ocupado- contesto uno de los jenízaros.

La respuesta del jenízaro hubo sido confusa para Takara, Seina y Masumi estaban en sus aposentos según estaba enterada, de Akiko nadie sabía nada—para variar—y Hayami aparentemente indispuesta, de no ser que hubieran enviado a una concubina nueva, pero esto último le habría sido informado por Hiroshi que no permitía que una sola brisa soplase en el Palacio o en el Harem sin antes hacérselo saber para evitarle un disgusto de carácter monumental. Hayami había estado vanagloriándose de su "triunfo" al tenerla como sirvienta durante la noche anterior, pero pese a todo eso Takara había ignorado las burlas hacia ella y que sabía tenían lugar en el Harem…si le otorgasen una moneda de oro por cada vez que pensaba o sabía que alguien decía algo sobre ella, tendría dos arcones repletos, o bien más. No podía silenciar todas las voces de las viles serpientes del mundo, solo podía seguir adelante y desatender los rumores, al fin y al cabo eran mentiras o habladurías ridículas, ella sabía que era verdad y esto último era más que suficiente. Pero…si no era Siena, si no era Masumi ni tampoco Hayami u otra concubina, ¿Quién podía encontrar al interior de la invitación sin que ella lo supiera? Entraría en cólera si comprobaba que sus órdenes no eran cumplidas y algo sucedía sin que ella lo supiera, o sin que la Sultana Sakura se lo hiciera saber cómo acostumbraba.

-¿Con quién?, ¿Hayami?- cuestiono Takara, controlándose en demasía y manteniendo la compostura.

-No, Sultana, la señorita Akiko está adentro- contesto el jenízaro nuevamente.

Esa mujer…maldijo Takara en cuanto hubo recibido una respuesta, apretando los puños tan fuertemente como para sentir que se hería las palmas de las manos con las uñas en un intento por expresar la cólera que sentía y que no podía salir de otra forma, porque no pensaba hacer un escándalo, no en ese momento. Ante los ojos de la gente Shisui, como Príncipe Heredero, tenía todo el derecho de yacer con las mujeres que deseara a libre albedrío, pero Takara deseo que fuera como el Sultan Sasuke y que no apartara los ojos de su Haseki, pero al pensar en ello su corazón se sumió en la envidia por saber que el hombre que amaba era un sueño imposible para ella, habiéndole entregado su corazón a otra mujer, una a quien Takara ansiaba derrotar para así ocupar un lugar aún más próximo en el corazón del gobernante del mundo ser aún más confiable y leal a sus ojos, siendo en quien depositara su problemas. Este deseo no era algo tan lejano y pronto culminaría sus planes, rompiendo con el lazo que unía al Sultan Sasuke y a la Sultana Sakura, enviándola al Viejo Palacio, solo debía ser paciente y controlar el peso de su estrategias, no faltaba mucho para ver los frutos de su anhelos. SI necesidad alguna de esperar más, decepcionada pero igualmente revitalizada de voluntad al mismo tiempo, Takara regreso sobre sus pasos, seguida lealmente por sus doncellas.

Los frutos de su ambición serian dulces y estaban cada vez más cerca de ella.


Sakura acomodo con afán la bufanda de piel color rojo alrededor de su hombros y cuello, sin perder detalle alguno de su rostro; su belleza era tan aclamada y admirada por el pueblo que era consciente de la especie de icono que era para el Imperio, para la gente, y no soñaba con decepcionarlos en lo absoluto, esmerándose totalmente en su apariencia y presencia, como siempre lo hacía. Recibió de manos de Tenten la sortija de las Sultanas, aquella joya tan significativa y que representaba el legado que cargaba y que a su vez la diferenciaba de sus predecesoras por causa de sus intenciones, colocando aquella soberbia sortija en su dedo anular, resaltando la cuna de plata y diamantes en forma de lagrima y el brillante rubí en forma de lagrima en su centro…existía una leyenda sobre esa sortija, era muy lejana pero ciertamente real; la Sultana Kaede había sido la primera en portarla, como obsequio del Sultan Hashirama, declarando que la sortija solo le pertenecería a ella y quien sea que la usara sin su beneplácito pagaría las consecuencias a lo largo de toda su vida. Se decía que la Sultana Kaoru—originalmente llamada Miso—había heredado el anillo de manos de la Haseki del anterior Sultan pero Sakura sabía que no era así, un anillo así de valioso—emocionalmente hablando—nunca seria cedido, ella no lo hubiera hecho. Luego había pasado a la Sultana Mito y finalmente a ella que lo había tomado bajo el cumplimiento de la voluntad del Sultan y de la promesa hecha ante el cadáver de su padre. Era paradójico y anecdótico ver como habían cambiado las cosas, porque ya no era la misma plebeya griega traída al Palacio sin importar lo mucho que añorase aquellos días; era una Sultana, esa era la única verdad que conocía.

Su figura era cubierta por un espléndido vestido rubí brillante hecho totalmente de seda, escote cuadrado, mangas ajustadas de corpiño perfectamente calzado a su cuerpo, al igual que la caída de la falda que enmaraba sus caderas. El borde del escote estaba enmarcado por encaje de oro bordado en diamantes, así como los hombros, las muñecas, los costados el corpiño que delimitaban el centro de los laterales y los bordes de la falda superior al igual que el dobladillo, en caída vertical desde el borde del escote de encontraba siete botones de diamante hasta la altura del vientre que cerraban elocuentemente el vestido; por sobre el vestido usaba un riguroso pero elegante abrigo de terciopelo y piel color negro que ocultaba la mayor parte el vestido, cerrado en el frente—a partir de la mitad del busto por el sitio que ocupaba la bufanda alrededor de su cuello—por seis broches de oro—uno a cada lado—con un rubí en el centro y ribeteados en diamante, abriendo una elegante caída bajo el vientre que exponía la falda del vestido, y mangas holgadas desde los hombros que exponían las mangas del vestido inferior.

Su largo cabello rosado que se encontraba impecablemente recogido tras su nuca, exponiendo con mayor facilidad, sobre su cabello se encontraba la formal corona ornamental de los Uchiha hecha de seda color negro y conformada por una estructura de plata decorada con ónix y diamantes, sosteniendo un largo velo color negro, perfeccionando la imagen de Sultana poderosa con un par de pendientes de cuna de plata con una piedra de ónix en el centro. Este día tenía un fin en particular no podía ignorarlo, la caída de Takara comenzaría a partir de ese día. Las puertas de los aposentos dela Sultana Haseki fueron abiertos desde el exterior por obra de los leales soldados jenízaros en el exterior, permitiendo el ingreso del Sultan Sasuke que observo con sincera fascinación el reflejo de su esposa que comprobó su perfección frente al espejo veneciano de marco dorado.

-Majestad- reverencio Tenten respetuosamente.

Contrario a su esposa que representaba la absoluta gloria del Imperio y el poderío Dinástico que tanto se necesitara que fuera claro a ojos del pueblo y los súbditos, el Sultan lucia infaltablemente riguroso pero sencillo; el Kaftan o atuendo que estuviera usando era un completo misterio, incluso para Sakura que lo observo atentamente por el reflejo del espejo, puesto que el pesado abrigo de terciopelo y la bufanda de piel color negro que usaban obstaculizaban cualquier visión que no fuera la de aquel gobernante poderoso y que tendía a aparentar carecer de sentimientos, pero esta era una simple fachada y eso Sakura lo sabía muy bien…aún más ahora que había recuperado su honesta influencia sobre su buen juicio que debía gobernarlo por encima de cualquier autoridad o potestad que considerara enaltecerlo como Sultan antes que como el hombre que era. Esta vez el deseo de Sasuke no encontrarse al mismo nivel que su esposa en la aparición pública que iba a tener lugar, -así como sus hijas—de hecho había decidido muy bien que usar para que así todas las miradas se centraran en su esposa, porque lo que le había dicho la noche anterior era totalmente cierto; el Sultanato y el Imperio como tal se vendrían abajo si algo le sucedía a ella, a ella que era el sustento de la Dinastía y el único ser que poseía tanto belleza como bondad en igual medida. Al fin y al cabo quien había sido ofendida era ella, y por la integridad, honor y dignidad de su esposa, Sasuke estaba dispuesto a hacer lo que fuera.

-¿Puedes ser más hermosa?- admiro Sasuke, abrazándola por la espalda

-¿Es una pregunta o una afirmación?- cuesto Sakura, un tanto divertida por su elogio.

-Yo diría que un intermedio- contesto el Uchiha, besándole la mejilla y haciéndola reír, -cada día eres más hermosa, eso es una afirmación- alego, corrigiéndose a sí mismo, aún más prendado de la belleza de su Haseki y que ese espejo reflejaba en su totalidad.

Había escuchado esas palabras en decenas de ocasiones pasadas, siempre cobrando un grado de importancia sin igual e infinitamente significativo porque él era el centro de su vida, la razón de su felicidad y su existencia, solo por él estaba donde estaba y encontraba fuerza y voluntad del amor que seguía latiendo incansablemente en su corazón por él. Pero esta vez estas palabras cobraban un valor jamás sentido, hasta entonces, porque todo lo sucedido era borrón y cuenta nueva, porque Takara no había tenido éxito en su plan de distanciarlos como seguramente creía que había sucedido, porque lo que Sasuke y ella sentían era tan fuerte como para soportar lo que fuera, para ignorar cualquier adversidad y continuar presente ya fuera que quisieran que fuera así o no, después de todo no podía gobernarse al corazón ni al amor, eso era algo que Sakura había aprendido muy bien puesto que jamás había pretendido imponer restricción de ningún tipo a sus sentimientos por Sasuke, y viceversa. Ligeramente a regañadientes, ambos se separaron, dirigiendo su completa atención hacia las puertas que se abrieron repentinamente y sin necesidad de una orden, porque sabían muy bien que entraba y porque, le habían pedido que acudiera en presencia de ellos; su hija Shina que habrían de dar el comunicado a la corte y representar la autoridad de ellos, permaneciendo en el Palacio—voluntariamente—durante el acto o aparición pública.

Si bien Shina no habría de participar de la amenaza a Takara, no lo hacía porque sintiera particular cariño hacia la Haseki de su hermano; de hecho la despreciaba con solo pensar en ella y en lo que había planeado hacer, pero elegía quedarse en el Palacio y dar a conocer a todos a estrategia que sus padres tenían en mente, porque así como engañarían a Takara también o harían con los enemigos y traidores a ellos y al Imperio, urdiendo una estratagema que a Shina jamás se le habría podido ocurrir y que solo contribuía hacerla sentir aún más orgullosa del fiero intelecto de su madre. Como siempre su apariencia no era menos que perfecta, vistiendo unas estilizadas pero sencillas galas azul topacio de escote bajo y corte corazón, calzado y detallado a su silueta, sin mangas, y falda de seda ribetead en gasa para mayor movilidad, por sobre estas galas una chaqueta superior hecha de terciopelo y tafetán azul oscuro, como si de un zafiro se tratase, de cuello alto y cerrado por un botón de oro que creaba un escote rondo que se cerraba abajo el busto por cinco botones de oro hasta la altura del vientre, mangas holgadas que llegaban a cubrirle las manos y una elegante falda que iniciaba bajo el vientre donde se abría la chaqueta y con una cola que se arremolinaba tras ella al caminar. Su largo cabello rubio castaño—heredado de su tía y su abuela a quienes no había podido conocer—se encontraba elegantemente recogido tras su espalda un moño sumamente elegante que formaba rizos desde la base de su cabello, adornado en su cima por una magnifica corona de oro en forma de espinas y rosas conformadas por zafiros y topacios con un par de prominentes pendientes de cuna de oro en forma de lagrima con un zafiro homólogo en su centro. No por nada era una de las mujeres más bellas en la historia del Imperio, sino también del mundo.

-Padre, madre- reverencio Shina, sonriendo ante la inminente situación que tendría lugar, -el edicto ya fue emitido- comprobó para satisfacción de sus padres. -Esta vez veremos a las ratas quemarse en el fuego que ellas mismas crearon- sentencio, ansiosa por este hecho.

-Empezando por Takara- secundo Sasuke, igualmente ávido de presenciar tal suceso.

Takara se había fingido una aliada durante años, y esta farsa era aquello que ni los miembros del Imperio ni el Sultan podían ignorar, el enterarse de que se burlasen de ellos en su cara como si fueran personas comunes, eran los gobernantes del mundo entero y quienes definían el curso de la paz perpetua o la guerra interminable y tenían un orgullo solido e inquebrantable, no iban a permitir que nadie los pasara por tontos de esa forma mucho menos sin pagar el debido precio por sus acciones y eso era algo que Sasuke tenía muy claro y decidido hacer, porque deseaba aniquilar las esperanzas y ambiciones de Takara. La seguridad en la voz de Shina y Sasuke la hubo fortalecido así como preocupado puesto que inevitablemente hubo traído a su mente el recuerdo de Mito, Mei y Rin; recordándole de forma casi vehemente lo peligroso que era subestimar a un enemigo sin llegar a cortarle las alas y verlo morir en agonía para saber que el peligro hubiera legado a su fin, no podía subestimar a Takara y su valor puesto que traería consecuencias nefastas, aun cuando esta fuera la única medida a emplear puesto que una ejecución seria claramente mal vista y carecería de la piedad que Sakura se esforzaba en instaurar, no quería más derramamientos de sangre solo anhelaba paz, pro obtener tal fin era mucho más complicado de lo que pudiera desearse, trayendo consigo más dificultades que beneficios, en cierto sentido, claro,

-Yo no estaría tan segura- contradijo Sakura para extrañeza de ambos, -destruirla no será fácil, su autoridad se ha forjado durante años, y lamento decir que yo colabore en eso- menciono bajando la mirada con vergüenza ante su propia culpa y participación.

-Bueno, tal vez no podamos deshacernos de ella de inmediato, madre, pero la debilitaremos, impediremos que consiga aquello que tanto anhela tener-intento animar Shina, sin tener demasiado éxito en ello.

Su madre era un ser de bondad, una mujer que había dedicado su vida a ayudar a otros, a ser una benefactora, a alimentar a los pobres del Imperio, atender sus necesidades…y sin embargo cambio de ello solo obtenía enemigos y era apuñalada por la espalda como había sucedido en el caso de Takara que se había fingido leal y atenta habiendo cometido la peor ofensa imaginable hasta entonces; pero Shina también entendía que sus palabras no eran de mucha utilidad, en realidad duda que alguien pudiera entender todo el sufrimiento con que su madre estaba cargando, por lo mismo es que sintió que ella sobraba en ese momento y que lo mejor era que se relegara a sus obligaciones pre designadas por ella misma, reverencio silentemente a sus padres, recibiendo la inmediata aprobación de su padre para retirarse. Sakura se mantuvo con la mirada baja, consciente de que su hija acababa de irse, pero avergonzada de ser parcialmente responsable de que Takara hubiera legado hasta donde estaba, porque ella la había elegido para ser la Haseki de Shisui, porque la había educado y enaltecido sin darse cuenta de que…sus pensamientos se vieron abruptamente interrumpidos en cuanto se vio forzada a levantar la mirada por causa de Sasuke que la sujeto delicadamente del mentón, observándola atentamente, preocupado de lo que estuviera sintiendo y que se negaba a exteriorizar, angustiándolo con su silencio y sufrimiento que causaba el propio.

-Sakura, tú no tienes la culpa, te engañaron, al igual que a todos nosotros- recordó Sasuke, insistiendo en hacerle ver que ella no había cometido ningún error, otros sí, pero ella jamás, -es el momento de pagarles con la misma moneda- sentencio, aludiendo las palabras de ella la noche anterior.

Sakura era inocente de cualquier tipo de acusación o culpa, porque él mismo también había ignorado las posibles señales, todos lo habían hecho pero especialmente él que debía de dudar de todos a su alrededor, incluso de sus hijas, de todos menos de su esposa que era más leal al Imperio y al Sultanato que nadie que hubiera conocido, más que ningún Pasha o Visir, más que ningún Príncipe o Sultana que hubiera vivido. Pero, justo como Sakura afirmaba, Takara no era tonta en lo absoluto había ido consiente de todo cuanto había estado haciendo, entretejiendo una telaraña de mentiras durante años y fingiéndose inocente desde el primer momento, engañando a todos y lo que más le repugnaba a Sasuke era no haber sido capaz de ver los sentimientos que Takara tenía por él y que no le importaba, ¿Por qué le interesaría el amor de esa niñata falsa y ridícula? No era diferente de las miles de mujeres que había visto aparecer y desaparecer en el Harem, intentando llamar su atención. Sakura era más valiosa para él que cualquier cosa en el mundo y jamás cambiaria de parecer. Sasuke tenía toda la razón, no solo se trataba de saldar cuentas personales con Takara sin también hacer justicia y rebelarla como aquello que era; un víbora de cascabel que destilaba veneno en cada una de sus acciones, era preciso e imperativo que el Imperio y la dinastía de los Uchiha fueran sincero ante el mundo y que consumaran el plan que mantendría la paz a la que tanto habían dedicado sus vidas y existencias.

-Tienes razón- reconoció Sakura.

Arrepentirse era un error, los traidores merecían ahogarse en su propia sangre y mentiras, y la primera de ellos seria Takara.


La gente observo boquiabierta y con incertidumbre como el Visir Naruto Uzumaki—aliado del Sultan Sasuke y la Sultana Sakura—era conducido por las calles, con el rostro cubierto por una especie de bufanda que igualmente le permitía ser reconocido por la gente que contemplaba sin palabras como se hallaba encadenado de manos y pies, como un criminal común, cercado por una comitiva jenízara, especialmente por el capitán del ejército Kiba Inuzuka que caminaba delante de él como una especie de guía en dirección hacia el cuartel del ejército jenízaro donde debían llevar al ex-Visir, bajo las órdenes del Sultan Sasuke. Nadie podía entender cómo es que un hombre tan respetado y leal al Imperio y el Sultanato podía ser tratado de aquel modo sin excepción alguna, o así fue hasta que el capitán Inuzuka hubo detenido su andar, alzando una de sus manos en silente señalo petición que hizo que cada hombre, mujer, niño y anciano presente guardara total silencio para escuchar lo que el jenízaro tuviera que decir. Los carruajes Imperiales habían transitado las calles hacia unos momentos atrás…así que lo que sea que fuera a ser dicho debía de ser indiscutiblemente importante y quizá significativo para el pueblo, además de lo que podía inferirse a simple vista.

-¡Todos oigan bien!- anuncio Kiba, haciendo que todos guardaran total silencio. -Naruto Uzumaki ha sido encontrado culpable por conspirar contra el Sultan Sasuke, intentando quitarle la vida- culpo, observando analítica y fríamente a todos los presentes que parecían boquiabiertos, -el precio por semejante delito es la muerte- sentencio de forma inquebrantable para satisfacción de los presentes.

-¡Muerte al traidor!

-¡Ahórquenlo!

-¡Merece la muerte!

Los vítores, aprobando este hecho no tardaron en escucharse puesto que, cuando una ley era designada, cuando un suceso como aquel tenía lugar bajo la voluntad del Sultan del Imperio y con prueba contundentes como respaldo; el pueblo no soñaba siquiera en oponerse, no si la Sultana Sakura no daba señal alguna de presentar algún tipo de oposición, en cuyo caso todos hubieron de gritar afanosamente, pidiendo y casi exigiendo que el "traidor" fuera ejecutado debidamente, porque la traición era algo que no podía existir, no en el Palacio Imperial ni mucho menos contra la vida del Sultan o algún miembro del Imperio Uchiha. Sin más demora es que el trayecto continuo sin pena ni gloria bajo los gritos de la gentes que exigieron la muerte del traidor del Imperio tal y como costumbre a suceder con los traidores del Imperio. Las pesadas puertas de madera que dividan el cuartel jenízaro de la calles comunes fueron abiertas, permitiendo el ingreso de la escolta y el "traidor" para quien estaba especialmente preparado un pedestal en que sería ahorcado; la decapitación era la muerte más habitual en el Imperio porque significaba que una vida debía terminar certeramente, sin demora o duda, pero el ahorcamiento estaba designado para los traidores puesto que era el medio de muerte más semejante al suicidio. Siendo detenido frente al pedestal, una bolsa de tela fue puesta sobre el rostro del Uzumaki que fue conducido a la cima del pedestal, la soga puesta alrededor de su cuello y el pedestal retirado provocando un crujido tal que nadie de los presentes hubo dudado de que la vida del Uzumaki hubo llegado a su fin en tanto su cuello se hubo roto y su cuerpo no hubo expresado movimiento alguno.

El Príncipe Shisui guardo total silencio mientras era testigo de este hecho, observando desde lo alto del barandal de la segunda planta del cuartel, -como sus padres, hermanas, aliados y Haseki-observando de vez en vez a su madre, de manera casi imperceptible, recibiendo a cambio una sutil pero cálida sonrisa de su parte, prometiéndole que el siempre estaría a salvo y Shisui confiaba en que esto sería así, confiaba en su madre por encima de cualquier persona, ella era su ángel. Cumpliendo con el protocolo en toda su gloria, el Príncipe Heredero portaba—por sobre la usual túnica de terciopelo azul oscuro, de cuello alto y mangas ajustadas hasta las muñecas—un Kaftan de igual material y color, igualmente de cuello alto y cerrado por cinco botones de plata—cerrado en torno a su tráquea por un broche de oro que replicaba el emblema de los Uchiha—y mangas holgadas de tipo gitana que se ajustaban cinco centímetros bajo los codos, como muñequeras; por sobre este Kaftan usaba un elegante abrigo de tafetán azul oscuro—estampado en hilo de oro en toda la tela salvo el cuello—de profundo cuello en V que se cerraba en la mitad del pecho por causa de un notorio y bien enmarcado cuello posterior, de mangas holgadas y abiertas desde los hombros, cerrado en torno a su cuerpo por un fajín azul oscuro que producía una elegante caída de la tela haciendo visibles las botas de cuero color negro que usaba bajo el atuendo.

De pie junto al Príncipe Shisui, casi pegada a la Sultana Sakura, Takara guardo silencio absoluto, casi sepulcral, únicamente conformándose a haber observado lo que había tenido lugar, desviando sutilmente la mirada para ver la reacción de la Haseki del Sultan por el rabillo del ojo. El vestido que usaba apenas y era visible ya que el abrigo que usaba ocultaba sus ajuares; se trataba de un abrigo o chaqueta de tafetán azul claro ribeteado en encaje levemente más oscuro, de cuello alto y cerrado por seis botones de plata hasta la altura del vientre donde se abría para exponer la falda de su vestido que parecía ser índigo y cubierto parcialmente por una chaqueta de encaje y gasa ribeteado en diamantes; las mangas eran holgadas y abiertas desde los hombros exponiendo así las mangas del vestido inferior, color índigo y sin bordado alguno pero ceñidas a lo largo de todo el brazo hasta las muñecas. Su largo cabello naranja caía libremente tras su espalda, cubierto por el velo negro que era sostenido por la elegante corona de tipo torre—emblemática para la dinastía de los Uchiha—y que se encontraba sobre su cabeza,, hecha de tafetán color negro ligeramente adornada por encaje dorado a juego con unos pequeños pendientes de cuna de diamante en forma de ovalo con un zafiro homólogo en su centro. Para ella tal situación le era indiferente, pero si así continuaba siendo una "aliada" a ojos de la Sultana Sakura, no le molestaba mentir, ya llegaría su momento, la paciencia era una virtud y Takara había aprendido a cultivarla.

-La justicia se ha hecho valer nuevamente en el Imperio- pronuncio Takara calmadamente.

-En efecto, todos tendrán lo que merecen, inclusive nosotros- contesto Sakura, aparentando secundar las palabras de Takara.

-Amén- secundo Sasuke, observando de sola sayo a su esposa que asintió de forma casi imperceptible.

La primogénita de la pareja Imperial, la Sultana Mikoto, -de pie junto a su padre-relucía con la misma soberbia de siempre cargando sobre si con su aplastante belleza que la asemejaba tanto a su madre pero careciendo de ese aspecto casi angelical que era sustituido por un temple firme y digno de envidiar por cualquier hombre que se sentía vasallo al contemplarla, como una rosa inalcanzable, una flor que no podía ser deseada ni tentada. Al igual que en el caso de su padre su vestuario era un completo misterio puesto que el abrigo de terciopelo bureo-violáceo cuya falda caída, mangas acampanadas ribeteadas con piel en los bordes, y de cuello alto y cerrado por cinco botones de oro, adornado en el cuello por una bufanda de piel granate-violáceo la hacía lucir distinguida y superior a como había lucido en ocasiones anteriores, pero quizá lo único que diera testimonio del color de sus galas fuera la magnífica corona que se hallaba sobre su largo cabello rosado que se encontraba perfectamente recogido tras su nuca y que replicaba una hermosa estructura hecha de oro y que replicaba púas, capullos de lilas, espinas y dalias compuestas de diamantes purpuras y amatistas que sostenía un largo velo violeta, y a juego un par de pendientes de cuna de oro en forma de ovalo con un diamante purpura en el centro de los que pendía un diminuto cristal en forma de lagrima.

Observando con muy bien disimulado odio a Takara se encontraba la Sultana Sarada junto a su hermana mayor, indudablemente elegante; se hallaba enfundada en un abrigo de terciopelo azul oscuro de cuello alto y mangas ajustadas hasta los codos, abiertas para así exponer la piel de los brazos y abierto bajo el vientre para exponer la falda inferior del vestido, el centro el pecho, bajo el cuello, estaba ribeteado en encaje olor negro que aportaba un aspecto más riguroso, pero no menos elegante. Su largo cabello azabache caía libremente tras su espalda cual cascada de rizos, adorado por una hermosa corona—que sostenía un largo velo azul oscuro, a juego con el abrigo—en forma cónica y que replicaba una estructura con base en forma de enrejado pero que en su cima representaba pequeños capullos de rosa, con una rosa floreciente en lo alto de la estructura, con diamantes engarzados que brillaba contra la luz, a juego con un par de pendientes de plata y cristal en forma de lagrima.

Justo como era el caso de todas sus hermanas, el vestuario de la Sultana Izumi-casi de pie tras su madre-resultaba un enigma total, salvo por el color purpura y violeta con encaje dorado que apenas y era remotamente visible en breves momentos a causa del elegante y sobrio abrigo borgoña que cubría sus ajuares; de cuello alto y cerrado generando un corte en V a la mitad del busto donde se abría nuevamente para exponer la falda de su vestido, y de mangas acampanadas pero que no alcanzaba a cubrir las manos, ribeteadas en los bordes por piel color negro así como en los bordes interiores que se unían al cerrarse por dos botones de oro en el centro del pecho. Su larga melena de largos rizos castaños, elegantemente peinados en una especie de coleta, caía perfectamente sobre su hombro derecho a la par de unos rebeldes rizos que enmarcaban favorecedoramente los contornos de su rostro, resaltando así la encantadora corona de oro que emulaba flores de jazmín, ribeteadas en diminutas perlas y diamantes que destellaban con la luz y que sostenía un largo velo violeta a juego con su ropa, y como complemento a su encantadora corona es que portaba un par de pendiente de cuna de oro en forma de ovalo con un diamante ámbar en su centro y de los cuales pendían unas amatistas en forma de lagrima.

Si bien era joven y carecía de muchos de los conocimientos que sus hermanas tenían al ser mayores, Hanan no había tolerado la opción de quedarse en el Palacio y—con el beneplácito de sus padres—había acudido al acto público junto a ambos, debidamente engalardonada para la ocasión pero eclipsándose a sí misma al estar de pie junto a su hermana Izumi, tras su padres. Como siempre y por causa de su juventud vestía unas sencillas galas celeste-aguamarina de escote cuadrado cerrado por seis botones de igual color hasta la altura del vientre, de escote falso y levemente más alto en V, mangas ajustadas hasta los codos donde se abrían en lienzos de seda para exponer los brazos y falda de seda ribeteada en gasa para mayor movilidad; por sobre estas galas una chaqueta de encaje esmeralda azulado bordada en hilo color negro, cerrada bajo el busto en un escote en V, sin mangas, y fija alrededor de su juvenil silueta por un cinturón de cadena de plata con diamante incrustados que abría la chaqueta a la altura del vientre para así crear una falda superior. Una capa o abrigo de seda y tafetán turquesa cubría su figura así como la mayor parte de su vestido, generando un elegante cuello redondo que iniciaba bajo la altura del escote de su vestido, cerrado en el frente por seis botones de diamante, abierta bajo el vientre, sin mangas y con una elegante ciada que realzaba la tela de su vestido. Alrededor de su cuello se encontraba una sencilla cadena de plata que sostenía un dije en forma de flor de jazmín del que pendía un cristal en forma de lagrima y a juego un par de pendientes idénticos al homónimo dije, su largo cabello rosado—idéntico al de su madre al igual que el color de sus ojos—caía libremente tras su espalda, peinado superficialmente en la coronilla con una trenza de tipo cintillo que era adornada por una diadema de oro de tipo broche que emulaba flores de cerezo adornadas por topacios y que sostenía un largo velo celeste claro que cubría la mayor parte de su cabello.

El cuerpo del una vez Visir fue retirado de su lugar y alejado de la vista de la familia Imperial que observaba en magnánimo silencio todo cuanto sucediera, para los jenízaros era un honor tener presentes a miembros tan ilustres la jerarquía Imperial y no solo se referían al Sultan o al Príncipe Heredero, ni siquiera a las Sultanas; hablaban de la Sultana Haseki, esa mujer de belleza sobrecogedora que capturaba sus miradas y sobre quien la luz del sol parecía reflejarse como si fuese un ángel y quizá lo fuera, al fin y al cabo eso es lo que el ejército, el pueblo y el mundo entero pensaban de ella, por eso la amaban y le rendían pleitesía y devoción, porque era todo cuanto pudiera anhelar tanto en un gobernante como en una Sultana. Ella era la perfección con la que solo habían podido soñar, y era real. El silencio de la Sultana Sakura así como su atención otorgada a los soldados jenízaros hubo llegado a su fin, volteando a ver a Takara que le sonrió sutilmente con la misma falsa ingenuidad recibiendo a cambio una caricia de aspecto maternal que le brindo la Haseki del Sultan, acunando una de sus mejillas y sonriéndole con el mismo afecto que le demostraba siempre. Casi, casi, por un muy miserable momento…Takara sintió lastima por tener planeado deshacerse de ella, casi.

-Basta de farsas Takara, creo que ya no son necesarias- declaro Sakura abruptamente, confundiendo a Takara que frunció ligeramente el ceño al no entender a que se refería, -¿Creíste que no nos daríamos cuenta?- cuestiono un tanto divertida.

¿Cuánto había anhelado poder decir aquello? Sakura apenas y podía considerarlo, siendo totalmente sincera por primera vez en mucho tiempo, deseando arrancarse la mano con que había engañado a Takara otorgándole un gesto vacío y carente de sentimientos porque la odiaba, ya no guardaba ni lastima por ella, la despreciaba como jamás recordaba haber odiado a alguien en toda su vida, ni siquiera a Mito, Mei o Rin. La Haseki del Príncipe Heredero trago saliva de forma prácticamente inaudible, no creyendo lo que oía y pese a comenzar a aceptarlo manteniéndose estoica, desviando sutilmente la mirada hacia el Sultan que por primera vez la observo con total desprecio, como si fuera una traidora…ya no había confianza o cariño en sus expresiones y claramente Takara no pensó siquiera en voltear para comprobar que sucedía lo mismo con los demás miembros de la familia Imperial; la habían descubierto, y lo peor es que no tenía ni la más remota idea de cómo es que esto había sucedido, había sido tan cuidadosa, no comprendía como es que algo así podía estar pasándole. Sasuke hubo necesitado de todo su autocontrol para no estrangularla como deseaba, pero ese no solo no era el momento ni el lugar sino que también le estaba prohibido y debía recordarlo, debía de emular el ejemplo de Sakura y contenerse lo más posible. Ya habría ocasión de tomar la venganza que todos deseaban disfrutar.

-No vamos a negarlo, Takara, eres muy, muy inteligente- elogio Mikoto sinceramente, asintiendo ante sus propias palabras, -pero nosotros lo somos más-aclaro con arrogancia y absoluta seguridad.

-Espero que estés lista, porque no escaparas de este fuego hasta que ardas por completo- intimido Sarada, apretando sutilmente los dientes al decir esto y con satisfacción.

La voz de las Sultanas, así como el silencio de parte del Príncipe Shisui y la Sultana Sakura era como si se atestiguara una declaración de guerra, resonante mediante tambores de carácter tribal, y quizá esta analogía fuera precisamente lo más acertado, porque luchar ideológicamente contra los gobernantes del mundo era el acto más imposible del mundo porque ganar era algo inimaginable; siempre había evitado una lucha directa porque temía a las represalias, y aun cuando Takara no fuera capaz de entender cómo es que había sido descubierta, tampoco fue capaz de emitir protesta alguna, sabía que no iban a creerle, esta vez estaba sola y desprotegida en un implacable campo de guerra cuya encarnizada disputa se fraguaba contra ella que temía no cumplir su aspiraciones como tanto anhelaba. Takara estaba justo donde la quería, pero Sasuke y Sakura—observándose el uno al otro—ambos coincidieron en que querían concluir esta declaración de guerra en solitario, sus hijos ya habían cobrado el protagonismo suficiente, pero ellos no eran quienes habían sido directamente burlados sino ellos, y ya era tiempo de que establecieran su dignidad.

-Mikoto, Sarada, Izumi, Hanan, Aratani, Shisui, espérennos en el carruaje- ordeno Sasuke.

La orden del Sultan hubo sido suficiente para que tanto sus hijos como Aratani la acataran de inmediato, porque el propósito de su presencia en ese lugar ya había sido cumplido y podían regresar al Palacio como si no hubiera ocurrido nada, porque su participación en esta lucha sin cuartel, en esta guerra…era algo seguro, algo que no sería quitado de la mesa y sobre lo cual no existía ninguna pisca de arrepentimiento, porque los traidores merecían morir como ratas, no, peor que eso. El silencio y tensión que emergía era tal que se volvía una tortura, incluso Sasuke y Sakura lo sentían así, pero no podían cortar las cosas de un solo golpe, esta declaración era solo el Principio, la verdadera carnicería comenzaría en cuanto abandonasen el cuartel jenízaro, regresaran al Palacio y tuvieran en su manos y a voluntad todas las almas. Solo una persona merecía terminar con aquella declaración, y Sasuke permitió legarle tal peso, porque ella merecía recuperar su dignidad. Sakura acorto la distancia entre ella y Takara a la vez que su rostro, anteriormente sereno, se apropiaba de la ira y el odio más inmenso que nadie hubiera podido ver, el odio por saber que su afecto y dedicación casi maternal había sido desestimado en pro del poder por alguien sin escrúpulos, una serpiente venenosa que ostentaba el título de Sultana.

-Ya que elegiste ser nuestra enemiga, prepárate para morir como lo hacen los traidores, lentamente y con dolor- amenazo Sakura soltando tal veneno en su voz que por un instante pareció ser la mujer más cruel que pudiera existir, -no tendrás paz mientras vivas- sentencio como una especie de juramento indisoluble, y quizá eso era precisamente ya que la partida de la Sultana hubo sido prueba suficiente para ratificarlo.

Esta sentencia salida de los labios de la Sultana Haseki y pronunciada por su melodiosa voz hubo cernido un inmenso peso sobre Takara que bajo la mirada abrumada no solo por esto, sino también por la mirada de odio que le dirigió el Sultan que se hubo marchado junto con su esposa. El miedo se adueñó de ella y, sola en lo alto del balcón, se sintio congelada, aferrando una de sus manos al barandal para no perder el equilibrio ante el desatino que sentía y que la hacía temer de las posibilidades futuras. Era como si le hubieran impuesto un castigo tan desgarrador como al mismo Sísifo que tenía que cargar día tras día su enorme roca hasta lo alto de un colina para ver como esta caía y debía volver a empezar sin un fin lógico…era como si le estuvieran echando en cara cada cosa que había hecho como si se tratara de una niña que mereciera un castigo, y la razón de esto era que nadie comprendía por qué hacia lo que hacía, pero deba admitir que no le importaba que al comprendieran o no, ya había trazado un camino para su vida desde que había llegado a ese Imperio y no titubearía en cumplir con su aspiraciones, sueños y ambiciones sin importar lo que pasara, y este hecho no iba a amedrentarla.

-¡Larga vida al Sultan Sasuke!

-¡Larga vida a la Sultana Sakura!

Su juicio y cordura la hizo entrar en razón en cuanto hubo escuchado estos vítores, aferrando ambas manos al borde del barandal contemplando con frialdad como el Sultan y la Sultana Haseki eran aclamados por los leales miembros del ejército jenízaros que los hubieron reverenciado de forma indiscutible mientras abandonaban el cuartel, seguidos lealmente por Tenten y Shikamaru que habían aguardado en a plan baja. No podía odiar al Sultan, jamás había hecho algo contra ella como para sentir desprecio por él, pero si odiaba a la Sultana Sakura, porque nuevamente se metía en su camino, porque volvía a ganar e imponerse donde Takara deseaba triunfar, y le recordaba omniscientemente que si quería llegar a la cima; el único modo de hacerlo era destruyendo lo que le resultara un estorbo y que estuviera en su camino. Ya había llegado hasta donde estaba mediante mentiras, sacrificios y asesinatos, ¿Por qué titubear ahora? Ser una Sultana era cumplir sus ambiciones y anhelos con voluntad de hierro pese a las adversidades que encontrara en su camino, y Takara tenía esa voluntad, no iba a retractarse ni aun estando amenazada de muerte, su hijo ascendería al trono y ella seria Madre Sultana, ese era su único camino.

La guerra había iniciado y el destino era obvio; el Sultanato o la muerte…


Regresar a Palacio Imperial era algo que Takara había hecho a la mayor brevedad posible, su tiempo de sorpresa e incredulidad había terminado y era momento de que reaccionara debidamente, tenía que ser realista y prepararse para lo peor, porque ahora todas las amenazas, intentos de asesinato, intrigas y demás se volcarían completamente contra ella, ya no habría nadie que la protegiera o le diera un lugar especial, su poder, influencia y aliados era considerable pero esta vez estaba sola y dicha circunstancia era algo totalmente nuevo para ella, pero debía aprender a hacerlo porque de ahora en más sus luchas serian propias y sumamente duras como jamás lo habían sido, debía defenderse a sí misma porque la menos sus hijos estaban a salvo al ser miembros del Imperio, por sangre, pero ella por otro lado era reemplazable...

Servicialmente acampada por Hiroshi y sus doncellas, la Haseki del Príncipe Heredero recorría velozmente los pasillos en dirección a sus aposentos, únicamente deseando estar sola y pudiendo pensar con tranquilidad en un lugar tan familiar para ella y que le resultaría cómodo en demasía, porque necesitaba idear una estrategia con que mantenerse o ascender de donde estaba y lo mejor era que tal estrategia fuera muy buena o estaría perdida. Por fin y ya sin aquel abrigo ni la corona de tipo torre podía deslumbrar como una gema mientas caminaba, con la misma soberbia de siempre; portaba unas sencilla pero elegantes galas de seda índigo azulado perfectamente calzadas a su curvilínea figura, de corte corazón cerrado en el corpiño por seis botones de diamante, mangas ajustadas hasta la muñecas cerrada al interior de las muñeca por dos botones de diamante, y falda de una sola capa, por sobe el vestido na chaqueta de gasa índigo ribeteada en encaje malva ribeteado en diamantes, sin mangas y cerrada escasamente a la altura del vientre donde volvía a abrirse para formar una falda superior. Su largo cabello naranja caía libremente tras su espalda sobre su hombro derecho, adornado por una portentosa corona de plata completamente ribetead en zafiros, diamantes y topacios para emular rosas azules, a juego portaba una guirnalda de plata en forma de espinas diminutos dijes ovalados de diamante con zafiros en el centro y un par de pequeño pendientes de cuna de diamante en forma de ovalo con un zafiro en el centro.

-La amenaza de la Sultana Sakura y el Sultan Sasuke no significan nada nuevo, Sultana, obviamente querrán arreglar cuentas con usted- predijo Hiroshi, igual de sorprendido que ella por la confrontación sucedida.

-Por no mencionar a las Sultanas Mikoto, Shina, Sarada, Izumi e incluso la Sultana Hanan- enumero recordando la afrenta que había tenido lugar y de lo que Aratani había participado, -no sé cómo me descubrieron- admitió, sin dejarse dominar por los sentimientos.

-Tienen más experiencia en este juego que nosotros, Sultana- fue lo único que pudo contestar Hiroshi, aunque esto era algo obvio más que nada -pero eso igualmente les juega en contra, al menos al Sultan Sasuke y a la Sultana Sakura, sus vidas ya no son tan longevas como hacía dos décadas.

No podía fiarse de aquella opción, por más que el tiempo pasaría—etariamente hablando—para todo ser viviente; el Sultan Sasuke y la Sultana Sakura aún eran jóvenes y habían superado decenas de obstáculos, evadir la muerte natural seguramente no resultaría un problema para ellos, y habiendo sobrevivido a tantos complots tampoco es como si Takara pudiera soñar en crear una artimaña con que enfrentarlos en secreto, mucho menos ahora que conocían sus planes en su totalidad….Kami, ¿Cómo es que todo se había desbaratado de aquella forma? Apenas el día anterior todo había sido igual de cotidiano como siempre lo había sido, era como sumergirse en una pesadilla que se volvía peor y peor a cada segundo que pasaba, aunque tristemente esta vez era una realidad, no podía pellizcarse esperando despertar; la enemistad entre ella y los miembros de la familia Imperial era un hecho, no había vuelta tras ante ello, se trataba de una declaración de guerra ideológica, eso era algo que jamás podía ser retirado.

-Pero en este caso no puedo valerme de eso, aun no- mascullo Takara, intentando pensarlo más rápido posible.

Sabio que la Sultana Sakura querría ajustar cuentas con ella, así que era imperativo que ideara un plan y pronto, pero teniendo sobre si tantas presiones y discusiones…era un hecho casi imposible, y—siendo honesta—estaba poniendo todo de su parte, tanto voluntad como concentración, de hecho le sorprendía no tropezar por el camino o perder el equilibrio, por no hablar la posibilidad de chocar con alguien en su camino. En aquel pasillo que transitaba habían unos aposentos que siempre habían permanecido cerrados, sabía que eran más grandes que los suyos y—según se rumoraba—habían pertenecido a la difunta Sultana Tsunade cuando había vivido en el Palacio, en si no tenía por qué pensar en ello, pero lo hizo al cruzar la esquina del pasillo y ver que una comitiva de doncellas ingresaba cargando un cofre, seguida de dos sirvientes que cargaban otros dos arcones visiblemente más pesados. No tenía sentido, se suponía que esos aposentos no eran habitables bajo ninguna circunstancia, ¿Qué estaba sucediendo? No le sorprendía no estar enteraba pero precisaba saber qué es lo que pasaba.

-¿Y esto?- discrepo la pelinaranja, confundida.

La Sultana Sakura había sido increíblemente generosa hasta la fecha, eso era algo que Hayami tenía más que claro, así como su angelical bondad, pero el hecho de tener sus propios aposentos era algo…¡Asombroso! La terraza era magnifica y daba una vista del jardín entero así como de parte de la ciudad, el inmobiliario de aspecto insuperable…tenia decenas de vestidos nuevos que estaban siendo acomodados en el armario, le habían obsequiado múltiples joyas y sedas para que hicieran vestidos nuevos para ella y que estaban dentro de los arcones que hubieron sido ingresados, en fin, todo era maravilloso. Su cama de muelles de oro, dosel y cobertor azul zafiro bordado en oro se veía tan tentadora que Hayami hubo de admitir lo ansiosa que se sentía por saltar y probar si era tan mullida y suave como se veía que era, por no hablar del elegante diván blanco de aspecto ingles que estaba frente a su tocador. Era como vivir en un cuento de hadas, uno que se hacía más increíble cada vez, así como la pila de libros que eran acomodados en la repisa próxima a la terraza. Pero si algo valoraba Hayami realmente eran los jazmines que estaban dispuestos en los jarrones sobre el velador junto a su cama, en su tocador y en la mesa de la terraza, llenando la habitación de su aroma predilecto.

-Están preciosas- rio Hayami, emocionada, lady Tenten, agradézcale a la Sultana Sakura, por favor- pidió animosamente, prendada de todo cuanto estaba siendo dispuesto para ella.

-Desde luego- sonrió Tenten, retirándose bajo la sonriente y alegre mirada de la favorita del Príncipe Shisui.

Hayami suspiro de forma soñadora, inhalando el dulce aroma a jazmines que lo cubría todo, era más feliz d lo que había soñado con llegar a serlo alguna vez en su vida y todo era por causa de la Sultana Sakura y el Príncipe Shisui. Como siempre vestía de forma más que sencilla, portando aquellas galas de seda y gasa blanca de escote corazón—cerrado en el corpiño por seis botones de diamante—mangas ajustadas hasta los codos que se abrían en lienzos de gasa para exponer los brazos y falda de dos capas, una inferior azul claro y una superior color blanco como el resto de la tela; por sobre el vestido se hallaba una chaqueta aguamarina ribeteada en encaje celeste verdoso superficialmente decorado por diamantes, sin mangas y escasamente cerrada a la altura de vientre. Su largo cabello rubio caía libremente tras su espalda y sobre sus hombros, adornado únicamente por una diadema de oro de tipo cintillo con pequeños diamantes celeste incrustados y a juego con unos diminutos pendientes en forma de lágrima. Únicamente se dedicaba a sonreír e indicarles a las doncellas y sirvientes donde acomodar cada cosa, su felicidad no podía ser trastocada, ni aun cuando Takara hubo ingresado en la habitación, claramente deseando saber la razón por la que ella se encontraba allí. Quería restregarle en la cara que ahora ella era la mano derecha de la Sultana Sakura, porque le seria leal de principio a fin, no como ella que desde el comienzo no había sido más que una mentirosa, Takara solo estaba cosechando lo que había sembrado, ni más ni menos, eso era lo justo.

-Hayami, ¿Qué haces aquí?- exigió saber Takara, fúrica de solo verla.

-La Sultana Sakura y el Sultan Sasuke me signaron estos aposentos, por mi embarazo- contesto Hayami, riendo melodiosamente al decir esto, posando sus manos sobre su vientre, anhelando el nacimiento de su bebé, -consideran que una Sultana deber tener posición antes de dar a luz- añadió según le había dicho la Sultana Sakura la noche anterior una vez que su embarazo hubo sido confirmado. -¿No son lindos estos aposentos? A mí me encantan- sonrió, jactándose de la armonía que tenía su vida por causa de la lealtad que el guardaba a la Sultana Sakura.

Lo primero que Takara pensó era que aquello no era más que una broma, pero cuanto más lo consideraba más se daba cuenta de que la estaban reemplazando, y el embarazo de Hayami era claramente la oportunidad perfecta para ello, porque tendría otra rival que aportase otro Príncipe o Sultana que compitiera con Itachi o con Seramu…ese día se volvía pero cuanto más tiempo transcurría, Takara casi temía el siguiente suceso que fuera a tener lugar. Lo imposible podía volverse posible si la Sultana Sakura así lo quería, porque el Sultan Sasuke estaba de su lado y accedería a lo que sea que ella considerara conveniente, eso era lo pero para Takara que observo fieramente a Hayami, más esta no hizo sino sostenerle la mirada hasta hartarla. Dándole la espalda a su nueva rival, Takara abandono la habitación tan pronto como pudo, siendo inmediatamente se seguida por Hiroshi y sus doncellas. Necesitaba hablar con el Sultan Sasuke y pronto, era imposible que algo así estuviera sucediendo, la estaba ridiculizando, pisoteando su honor de la peor forma imaginable.

No lo iba a permitir.


Por primera vez en mucho tiempo Sasuke pudo dedicarse a respirar la aparente paz que existía, porque esta vez sabía que era verdad y que era mentira, podía distinguir a sus amigos de sus enemigos, podía rectificar sobre sus propias creencias y podía volver sentir odio por alguien que lo mereciera; por Takara, por Hayate Gekko Pasha, por Hiroshi y cualquier otro individuo que hubiera fingido lealtad, ya habría oportunidad de tomar sus vidas, pero por ahora solo le importaba estar junto a Sakura, imposibilitando la posibilidad de ser alejado de ella, porque así como habían resistido a la influencia de Takara que había intentado separarlos, estaba convencido de que podían superar lo que fuera, ya fueran un golpe monumental o un algo del tamaño de un alfiler. Llevaban casi cuarenta y cinco años juntos, flaquear o dudar del amor que los unía sería una locura inimaginable, y estaba convencido de que Sakura pensaba igual, lo importante ahora era que se mantuvieran unidos contra Takara y contra quien fuera, y eso sería exactamente lo que harían.

Cambio la página del libro que estaba leyendo, sentado a frente su escritorio y visiblemente imperturbable como no había lucido en mucho tiempo, y la razón de todo eso era la verdad que ahora estaba expuesta ante sus ojos. Ya que se había quitado aquel portentoso abrigo, finalmente resultaba visible el impoluto y elegante Kaftan dorado oliva que portaba, de cuello alto y marcadas hombreras, mangas abullonadas hasta los codos y ajustadas hasta las muñecas, apegado a impecable su complexión física; el área comprendida al cuello y la altura correspondiente a los hombros estaba ribeteada en diamantes y bordados que emulaban el emblema de los Uchiha y que desaparecían dando paso a una seguidilla de siete botones de oro en vertical hasta la altura del abdomen—paralelamente adornado por ocho líneas de plata y diamante, cuatro a ambos lados del pecho—donde se abría y permitía la clara visualización de los pantalones color negro a juego un par de pesadas botas de cuero que usaba bajo el regio atuendo que era ceñido a su cuerpo por un fajín oliva oscuro. Como una muda predicción que sabía tendría lugar, tocaron repentinamente a la puerta, y aun sin enfocarse del todo en la realidad, sumergido en su lectura, Sasuke ya sabía muy bien de quien se trataba, o quien requería hablar con él en ese momento, y no, no se trataba de Sakura, por lo tanto no era tan precisa su atención.

-Adelante- indico Sasuke, sin levantar la vista.

En esos momentos le interesaba mucho más en continuar leyendo aquella historia; Agudeza y Arte de Ingenio de Baltasar Gracián, en vez de prestarle atención a la realidad que resultaba tan obvia e incluso aburrida teniendo en cuenta que los hechos sucesivos que tendrían lugar eran de su completo entendimiento. Técnicamente, sabía que era exactamente lo que iba a pasar, y tratándose de un hecho previsible, no tenía por qué esforzarse en darle un valor inmerecido a las cosas, así que, continuando despreocupada y calmadamente con su lectura, pero, a su vez; concentrado en la realidad, Sasuke escucho como las puertas eran abiertas desde el exterior y uno de los leales jenízaros que resguardaban las puertas hubo ingresado, reverenciándolo lealmente, e irguiendo la cabeza para darle a saber aquello que Sasuke ya tenía previsto de antemano.

-Majestad, la Sultana Takara está aquí- anuncio el jenízaro.

-Que pase- permitió el Uchha, de inmediato.

Había esperado ese momento durante todo el tiempo transcurrido desde su regreso al Palacio tras la ejecución publica en el cuartel jenízaro, porque así como Sakura había tenido su debida oportunidad de sentenciar a Takara al peor destino posible por el sencillo pero justificado hecho de ser su enemiga, esta vez era su turno de hacerle entender a Takara que no importaba lo que pasara él no abogaría por ella en nada, nunca más…d ser posible—porque no lo era—Sasuke seria testigo de su ejecución, de la forma más lenta y dolorosa que pudiera existir, porque haber intentado hacerlo pasar por idiota era algo tan condenable como ofender a su esposa, quizá un poco menos que esto último, pero igualmente digno de castigo. Doblo la esquina de la página que estaba leyendo, cerrando el libro y dejándolo sobre el escritorio en el inmediato instante en que Takara cruzo el umbral de las puertas que fueron cerradas tras de sí. En ocasiones anteriores se había sentido feliz al verla, porque había pensado que en ella veía; honestidad, lealtad, familiaridad y cariño, pero ahora que sabía quién era en realidad y lo falsa que siempre había sido…sentía asco y desprecio de solo saber que ambos estaban respirando el mismo aire, y hubo necesitado de todo su autocontrol para no levantarse y estrangularla en ese momento.

-Sultan Sasuke- reverencio Takara debidamente, -¿Cómo pudo hacerlo?, los aposentos de este Palacio están reservados para las Sultanas que engendren Príncipes del Imperio, no para una mujer cualquiera que está embarazada- se expresó, defendiendo su lugar como la Haseki del Príncipe Heredero, -es injusto- se quejó, esperando poder apelar a la justicia del gobernante del Imperio.

-¿Quién eres tú para decidir?- refuto Sasuke, cortando sus alegatos con su intimidante pétreo tono de voz. -Este es mi Palacio y vives bajo mis reglas, si no estás a gusto podrías residir en el Viejo Palacio, quizá te sientas más cómoda- amenazo brutal y tajantemente haciendo que el miedo pintase las facciones de Takara que trago saliva de forma inaudible. Finalmente y antes su propio silencio se levantó de su lugar, rodeando el escritorio y deteniéndose frente a Takara a quien observo con inclemente desprecio. -No lo repetiré, Takara, si sabes lo que te conviene, no causaras problemas- sentencio duramente, esperando que estas palabras fueran lo bastante claras como para que su pequeño cerebrito pudiera entenderlas. -Ahora sal de mi vista-ordeno, apartando su mirada del rostro de ella.

Ni aun cuando Takara le ofreciera serle leal a él, Sasuke no le habría creído, porque las palabras de Takara no volverían a tener valor para él, ¿Por qué habría de tenerlo? En el pasado había cometido el error de haber involucrado Naoko en su vida, claro, había sido una trampa urdida por Mito para que Sakura y él se distanciaran, pero más temprano que tarde se había desecho de ambas; de Mito y Naoko, sucedería lo mismo con Takara, no volvería a cometer el error de subestimar a uno de sus enemigos. No quería verla, no quería escucharla, ni siquiera quería ver su sombra, a partir de ese momento Takara tendría para él la misma relevancia que habían tenido Mito, Mei y Rin en el pasado, y esperaría la infaltable ocasión de deshacerse de ella y, de no ser posible…le legaría tal suceso a sus hijas, pero con la voluntad del cielo como testigo es que eso sucedería tarde o temprano, era un hecho irrefutable. Forzada cumplir las normas y herida en lo más profundo de su enamorado corazón, Takara bajo la cabeza, reverenciando al Sultan y dirigiendo hacia las puertas ante las que solo hubo necesitado estampar su mano para que fueran abiertas desde el exterior por obra de los soldados jenízaros, abandonando a habitación sin voltear a ver al Sultan ni una sola vez, escuchando las puertas cerrarse tras ella, herida por haber perdido el afecto del dueño de su corazón, pero resignada a esperar su oportunidad de recuperar su lugar cerca de él.

Para cuando Takara hubo abandonado los aposentos del Sultan, más furiosa y herida de lo que hubiera recordado sentirse alguna vez en su vida, se encontró sorpresivamente con la Sultana Sarada que, cruzada de brazos, la observo claramente divertida, conocedora de la decisión que sus padres habían tomado y que ella igualmente aprobaba. Elegante e incuestionablemente hermosa, como siempre, la Sultana portaba un hermoso vestido purpura de escote corazón con el centro del corpiño y el interior de la falda hechos de seda plateada con bordados del mismo purpura que formaba el resto de la tela y que emulaba flores de cerezo y contornos de rosas. Los bordes que dividían la tela plateada del resto de la tela estaban separados por un margen de pasamanería gris claro que brillaba como diamantes y divida el centro del corpiño de los laterales. Las mangas eran cortas y ajustadas hasta los codos a partir de donde eran holgadas y abiertas frontalmente en forma de lienzos de seda. Su largo cabello azabache, peinado en una cadenciosa cascada de rizos, caía libremente tras su espalda, adornado por una hermosa corona en forma cónica y que replicaba una estructura con base en forma de enrejado pero que en su cima representaba lirios, lilas y orquídeas con diamantes engarzados que brillaban contra la luz, a juego con un par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima. Estaba por demás decir que la sonrisa de autosuficiencia de parte de la hermosa Sultana parecía aumentar aún más su encanto e irrefutable autoridad, como siempre.

-¿Te agrado la noticia? Creo que sí, y te daré una mejor- sonrió Sarada con una tranquilidad y dureza bien disimulada que la volvía idéntica a su madre. -Habrá una boda- anuncio con magnanimidad y contenida emoción.

-¿Qué?- parpadeo Takara, no creyendo lo que oía.

Era totalmente absurdo que una mujer que apenas y llevaba menos de un mes en el Harem tuviera semejante privilegio cuando ninguna de las Sultanas del Príncipe Heredero habían tenido tal honor, mucho menos ella que era la Haseki, si tal cosa sucedía…ya no sería la única Haseki del Príncipe Heredero, puesto que Hayami ahora sería la esposa legal de Shisui, cobrando mucha más importancia de la que Takara podía siquiera soñar en tener; efectivamente, aquello parecía una pesadilla, y una que no hacía nada salvo empeorar descomunalmente a cada momento que pasaba. Sin necesidad de tener algún tipo de habilidad telepática, Sarada sabía muy bien que es lo que Takara estaba pensando, y ciertamente le hacía gracia puesto que efectivamente Hayami ni siquiera llevaba un mes en el Harem, pero en ese corto tiempo se había hecho notar por su indiscutible lealtad y por causa de esto ya era cien veces mejor que Takara, en todos los sentidos. Era joven, ingenua y muy enamoradiza, pero Hayami era la felicidad de Shisui, su gran amor, y esto era suficiente para confiar en ella que había dado todo de si por defender la autoridad y respeto de la Haseki del Sultan, lo menos que podían hacer era otorgarle la insuperable oportunidad de pertenecer al Imperio y a la dinastía por matrimonio, una posibilidad que solo Aratani había tenido, hasta entonces.

-Shisui esta tan embelesado por Hayami que consulto con nuestra madre la posibilidad de casarse con ella, mi madre desde luego que acepto y se lo comunicó al Sultan- informo Sarada sin borrarla cínica sonrisa de su rostro, -la boda tendrá lugar en primavera, luego de pasados los cuarenta días del nacimiento del Príncipe o Sultana en camino, por supuesto- añadió, aludiendo el ya conocido embarazo de Hayami que era todo cuanto Takara no era; leal, honesta y conformista.

Hacia tan solo un par de días Takara había sido la sierva más leal y confiable del Imperio, aquella en quien confiaba toda la familia Imperial y que había sido protegida como si siempre hubiera pertenecido al Imperio, pero ahora que sabían lo traicionera que podía ser por su ambición y el beneficio personal que buscaba obtener...¿Cómo confiar en ella?, ¿Por qué habrían de protegerla? Seria diez ml veces más confiable un burdo coyote o un zorro, como lo eran los burócratas y políticos, antes que una víbora de cascabel que se hacía pasar por una inofensiva oruga que aspiraba a ser una gloriosa mariposa, pero jamás lo seria porque su espíritu y corazón estaban corrompidos hasta su núcleo, ella misma había decidido que tal cosa fuese así. Su madre, la Sultana Sakura, la había ayudado, amado, educado y criado con la devoción propia de una madre y aun así Takara no había dudado en traicionarla…alguien que traicionara a quien solo buscaba su felicidad se merecía la peor muerte que pudiera existir, y eso era algo en lo que Sarada coincidía con su hermana Mikoto en cuanto a opinión se tratara. Por Kami como testigo que no moriría hasta ver a Takara ahogarse en su propia sangre, en sus propias mentiras y corrupción

-Confiábamos tanto en ti, Takara- reconoció la Uchiha, con decepción, acortando la distancia entre ambas, negando apáticamente, -ahora llora sobre lo que tú misma sembraste, no saldrás de este Palacio jamás, no viva- sentencio venenosamente, pasando junto a su lado y chocando su hombro contra el de ella a propósito, ninguneándola.

Las puertas de los aposentos del Sultan le fueron abiertas y Sarada hubo ingresado a los aposentos del Sultan...


Se ha convertido en una rosa, en un perfume celestial, oh mi Sultana, motivo de mi alegría y pena, mujer de virtud insuperable, dueña de mi corazón, cazadora de mis pensamientos, ángel bondadoso y puro, el sol y la luna palidecen ante su belleza que encanta al mundo y gracias a quien todo en la tierra da fruto, eres la pureza del universo, la inocencia del mundo y la Sultana de mi corazón. Era un esclavo del amor que sentía, el amor por la mujer más hermosa sobre la tierra, la Sultana de Sultanas, una mujer a quien deseaba proteger aun por encima de su propia vida. No sabía cuándo volvería a verla puesto que habría de pasar a la clandestinidad indefinidamente, fortaleciendo secretamente a los jenízaros en cuyas barracas residiría sin que nadie salvo estos lo supieran, porque la auténtica guerra ya había iniciado y Naruto deseaba poder ser el comandante que dirigiera a los soldados y exterminara al bando de la Sultana Takara. Mentiría si dijera que no envidiaba el lugar que el Sultan Sasuke tenía en el corazón de la Sultana Sakura, pero él mismo también tenía un lugar y muy importante para ella, eso era lo que le daba sentido a su existencia. Por ella se sentía capaz de descender al mismo infierno, como Orfeo había hecho por su amada Eurídice, en el mito griego.

El amor era algo esplendoroso y eso lo sabía bien, porque amar significaba arriesgarlo todo y él lo había hecho, se había urdido un plan tan perfecto que con total certeza nadie podría sospechar siquiera que estaba vivo o que había transitado el camino hacia el Palacio para hablar con la Sultana Sakura. Ella es el regocijo de mi alma, pronuncio Naruto en lo más profundo de su mente al contemplar el rostro de la Sultana Sakura que, acompañada por Tenten, sonrió radiantemente al verlo, porque había urdido ese plan para evitar que los traidores intentaran matarlo; le estaban dando una falsa imagen a la Sultana Takara que con toda seguridad debía creer que un aliado insuperable había desaparecido y que ahora resultaría fácil derrotar a la Sultana Sakura, pero era lo contrario, porque tanto el pueblo como todo el ejército jenízaro había recibido cartas clandestinas en que les informaban de tal plan y todos habían colaborado sin duda alguna, porque todos le eran leales a la Sultana Sakura, salvo los Spahi ya que se sabía que algunas facciones de ellos eran leales a la Sultana Takara.

-Sultana- reverencio Naruto Uzumaki, recobrado el aliento y haciendo sonreír a la Sultana Haseki, -lamento la demora, pero sin un caballo el trayecto fue demasiado largo- contesto un tanto divertido, no pudiendo evitar reír al verla tan feliz como él se sentía al verla otra vez.

El Jardín Sur era un lugar incomparable a decir verdad; poseía una puerta secreta que conectaba las calles de la ciudad con el Palacio, pero que nunca era usada salvo en esta oportunidad, en ese hermoso jardín que había sido testigo de la declaración de amor del Uzumaki por la Haseki del Sultan y donde Sakura hubo recibido a Naruto con una radiante sonrisa en su rostro. Había temido por él, había temido que algún traidor que ella desconociera y le fuera leal a Takara hubiera fraguado un complot, exponiendo a Naruto. No le importaba su propio orgullo, pero le atemorizaba pensar que le sucediera algo por su culpa y que ella no pudiera protegerlo como él la había protegido y a sus ya fallecidos hijos anteriormente, pero afortunadamente esto no había sucedido, Naruto estaba ahí frente a ella; seguro, a salvo y totalmente integro. No le había revelado inmediatamente a Sasuke la verdad sobre Takara porque había tenido la necesidad de armar un plan con que proteger a su mayor y más importante aliado, aquel que secretamente vinculaba fundamentalmente al ejercito jenízaro con el Imperio mediante su voluntad, pero…viéndolo ahí, frente a ella, Sakura no podría haber estado más feliz y satisfecha de verlo completamente sano y a salvo, y no dudaría en salvarlo de la muerte cuantas veces fuera necesario.

-Me alegra que todo haya salido según lo planeado, Naruto- sonrió Sakura, tomándose el osado gesto de estrechar una de las manos de él entre las suyas, -y espero que los gritos falsos no te ofendieran- se disculpó pese a que todo lo referente a aquella ejecución no hubiera sido más que una completa farsa.

-Imagine que eran lo contrario, Sultana- desestimo Naruto, haciéndola reír tanto a ella como a Tenten que se cubrió los labios disimuladamente. -Reconozco que me sorprendió saber, por Boruto, que la Sultana Takara la había traicionado y estaba instigando contra usted y el Sultan Sasuke, jamás imagine que ella pudiera hacer algo así- reconoció, siendo que cuando se había enterado de esto apenas y lo había creído.

La persona que había muerto ahorcada no era alguien inocente, de hecho era un sicario que había estado robando dinero a las provincias vecinas haciéndose pasar por recaudador del estado, volviéndose un hombre muy rico con el dinero que robaba de los pobres y desamparados que luego no podían cumplir con la ley y pagaban por ello en prisión, y casualmente el hombre había sido rubio y de ojos azules, además de poseer una complexión física muy similar a la de Naruto, y era una suerte que esto hubiera sido así, de lo contrario nadie—mucho menos Takara—lo había creído. Había pensado en solo ocultara Naruto, pero no…tarde o temprano Takara hubiera dado con su paradero y entonces hubieran tomado su vida y Sakura no hubiera soportado semejante golpe, porque Naruto era más que su mayor aliado, más que su mejor amigo, quizá no lo amara como él a ella, pero indudablemente tenia sentimientos por él pese a saber que estaba prohibido, quizá…eso fuera lo que le impedía amarlo, su compromiso con el deber y la justicia, así como el inmenso amor que aun sentía por Sasuke pero cuya brecha imborrable por la ejecución de Rai había sembrado al discordia entre ambos.

-Todos pueden, Naruto, con el cebo adecuado y la ambición latiendo en el corazón- contesto Sakura, apretando sutilmente los labios. -Vienen días difíciles para todos, pero recuerda que debes permanecer en el anonimato, al menos hasta que Takara rebele sus verdaderas intenciones y haya desplazado a Shisui- rememoro para que no hubieran errores.

-Significa que lo que usted temía sucederá, Sultana- afirmo Naruto, recordando el plan urdido de antemano.

-Sí, pero mi hijo es fuerte, podrá soportarlo- tranquilizo la Sultana Haseki, habiendo discutido, por supuesto, este asunto con Shisui anteriormente como para poder afirmarlo, -saldrá de los Kafer, el Sultan se encargara de que así sea- reitero, convenciéndose a sí misma de ello.

-En ese caso, Sultana y, en retrospectiva, la batalla será fácil- se atrevió a conjeturar el Uzumaki.

Sakura debía reconocerlo, jamás—anteriormente, claro– había considerado la posibilidad de que Takara pudiera traicionarla, y tal vez el motivo fuera que había hecho con ella lo mismo que con Aratani; la había criado, educado y amado como a una hija, pero Aratani y Takara eran muy diferentes entre sí y ahora lo veía. Aratani era devota y se sacrificaba por otros, mientras que Takara era ambiciosa y sacrificaba a otros para salvarse a sí misma. De antemano y pensando en que la paz no sería duradera es que ella y Sasuke habían urdido un plan mucho antes de que Takara los traicionara; ya que Shisui era el heredero del Imperio, si se planeaba algún medio con que amenazarlos mientras Shisui tuviera hijos, seria consecuentemente encerrado en los Kafer, así el hijo mayor de Shisui sería nombrado Príncipe Heredero y el Consejo Real—así como el ejército y el pueblo—decidiría por unanimidad que ella fuera regente si Sasuke moría y el pequeño Príncipe debía ascender al trono, encargándose de su educación, así nadie jamás podría intervenir y aislarla, o enviarla al Viejo Palacio como Takara quería hacer. Había entrenado a Takara y pese a su torpeza que le había permitido ser delatada, Sakura sabía que Takara era muchas cosas…pero tonta no, tenía al mayor enemigo que hubiera podido imaginar y era consciente de que una de las dos habría de morir para que la otra viviera, Takara tenía el carácter de una Sultana, pero regida por la crueldad y carencia de sentimientos de las décadas y siglos pasados, de no ser así ,Sakura admitía que tenía a la sucesora ideal para la siguiente generación representativa del Sultanato de Mujeres.

-No se trata de un enemigo cualquiera, Naruto, la entrene yo misma, no sabemos si moriremos en esta lucha o saldremos victoriosos- corrigió Sakura, ya que no podía olvidar ella era esencialmente culpable de la fortaleza e influencia que Takara poseía. -Nada es seguro esta vez-añadió tanto para el Uzumaki como para sí misma.

Y algo le decía que no podría vencerá Takara, quizá la muerte acudiera a ella, impidiéndole conseguirlo.


PD: hola :3 perdón por la demora pero mañana es mi ultima clase y quise concentrarme en ello, pero solo falta un día y estaré oficialmente de vacaciones, libre para complacerlos finalizando algunos fic e iniciando algunos nuevos :3 como siempre espero ser capaz de satisfacer sus expectativas :3 la actualización nuevamente esta dedicada a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro y con quien me disculpo de todo corazón:3), y a todos aquellos que siguen la historia en todas sus formas, sin excepción :3 Si tienen alguna sugerencia con respecto a series o películas que quieran como adaptaciones, apreciaría que la aportaran, recordándoles que este fic, y los otros que hago, son por y para ustedes, reiterando parte de los nuevos personaje que comienzan a hacerse presentes, y recordandoles que pueden comentar que fic quieren que inicie de los que ya había planeado :3 los amo, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.

Fics proximos (comenten cual quieren que inicie :3):

-Operación Valkiria (casting y resumen ya hecho, al igual que la portada)

-Sasuke: el Indomable (casting y resumen ya hecho, y la historia ya visualizada, portada ya hecha)

-Cazadores de Sombras (con el prologo y tres primeros capítulos ya hechos, así como la portada)

-Cazadores de Sombras: Los Orígenes (historia ya visualizada, con prologo y portada en proceso)

-El Clan Uchiha (precuela de mi fic "El Sentir de un Uchiha", historia ya visualizada, y portada ya hecha :3)

-El Siglo Magnifico: Indra y el Imperio Uchiha (sin casting pero con la historia ya visualizada y la portada ya hecha)

-El Siglo Magnifico: Mito, Mei & Mikoto (casting ya hecho, sin resumen y con la historia ya visualizada)

-La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber (casting y resumen ya hechos, historia visualizada y diseñada en conjunto con la portada y el vestuario)