-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem), Tugay Mercan (Sultan Ibrahim I) y Hande Doğandemir (Sultana Turhan Hatice). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.
Capítulo 46
El tiempo sucedía con asombrosa velocidad, y aun cuando el feliz acontecimiento del embarazo de Hayami fuera el centro de atención, tal noticia había sido suplida por las ansias que todos guardaban por el parto y el resultado que ello traería, ya fuera positivo—si era niño-o negativo, y esto dependía del género del bebé. Pero esos días de ansiedad había llegado a su fin porque la vida de este nuevo pequeño nieto ya era una realidad concreta, una realidad que Sakura adoraba con veneración, y quizá parte del motivo de ello fuera el nombre otorgado al pequeño de ya un mes de nacido; Rai, como su difunto y amado hijo a quien Shisui también recordaba y en honor a quien había nombrado a su hijo. Haber subyugado la influencia de Takara había resultado demasiado fácil, y esto Sakura lo sabía muy bien porque la había criado y conocía su determinación; debía de tener un as bajo la manga, porque era imposible que—hasta ahora—hubiera empleado toda su energía, aun debía tener armas que emplear, lo que estaba teniendo lugar era una guerra falsa mediante la cual todos estaban reforzando sus armerías de aliados, fortunas e ideologías, una guerra que se desataría terminantemente en cualquier momento, pero—meditado junto a su hija en el hermoso jardín Imperial—eso no preocupaba a Sakura, estaba preparada para lo que fuera, siempre lo había estado porque de otro modo no hubiera sido capaz de sobrevivir, no hasta la fecha.
La Sultana Sakura había visto el tiempo pasar con fascinación y preocupación entremezcladas porque su hijo, Shisui, despilfarraba el dinero que le correspondía administrar de manera frívola, había intentado intervenir y hacerlo cambiar de parecer sin éxito alguno, sabía que la razón tras esto era su propio miedo a la intervención de Takara o las decisiones de su padre, y ante este miedo Sakura no tenía ayuda alguna salvo su amor de madre que, temía no fuese suficiente. Voluntariamente sumergida en su labor de cuidar las rosas, la Sultana Haseki portaba un elegante vestido de seda color rojo perfectamente calzado a su figura, de mangas ajustadas hasta las muñecas y escote corazón con escote inferior hecho de gasa y en V, con siete botones color granate en caída vertical desde el escote hasta la altura del vientre, por sobre el vestido o más bien pegada a él se hallaba una chaqueta granate sin mangas, y que—al estar pegada al vestido—enmarcaba los laterales del corpiño formando, además de una falda superior que realzaba la curvatura que creaban sus piernas bajo el vestido. Su largo cabello rosado se encontraba tan perfectamente recogido tras su nuca, como siempre, adornado por una espléndida corona de plata, escamas de oro que conformaba una estructura en forma de espinas y capullos de rosas conformados por rubíes y granates, sosteniendo un largo velo roo que ci tras su espalda; alrededor de su cuello e encontraba una guirnalda de plata que caía en dos finas líneas verticales, sosteniendo dos dijes de cuna de palta y diamante en forma de lagrima con un rubí homólogo en su centro y a juego con un par de pendientes idénticos y que combinaban a la perfección con la sortija de la Sultanas en el dedo anular de su mano derecha. Sakura temía admitirlo, pero su hijo quizá si mereciera ser destronado como Príncipe Heredero, su enfermedad lo volvía más y más vulnerable.
De pie tras su madre se encontraba la encantadora Sultana Hanan que, ayudándola, igualmente contemplaba con fascinación su cuidado a las hermosas rosas que mimaba con igual atención, indudablemente cualquiera que las hubiera visto diría que eran hermanas gemelas, el parecido entre madre e hija dejaba sin palabras a cualquiera y Hanan se enorgullecía de ello porque su mayor sueño era ser idéntica a su madre. Joven e inocente tanto en personalidad como estética, la Sultana Hanan portaba unas sencillas galas celeste claro de recatado escote redondo y escote inferior de gasa en V, cerrado en el corpiño por cinco botones de igual color hasta la altura del vientre, falda de una sola capa hecha de seda y ribeteada en gasa, así como de mangas ajustadas hasta los codos donde se volvían holgadas y transparentes hasta cubrir las manos; por sobre estas galas se hallaba una chaqueta celeste brillante ribeteada en encaje de igual color, decorado por incrustaciones de diamante, sin mangas y de profundo escote en V que se cerraba bajo el busto, volviendo a abrirse bajo el vientre para crear una falda superior, y cerrada alrededor de su juvenil pero cadenciosa figura por un cinturón de cadena de plata con diamantes incrustados. Su largo cabello rosado plagado de rizos caía libremente tras su espalda, cubierto por un velo celeste blanquecino que era sostenido por una diadema de plata de tipo cintillo decorada por diamantes turquesa y azules sobre su estructura, a juego un pare diminutos pendiente de diamante en forma de lagrima y alrededor de su lago cuello una guirnalda de plata de la que pendían múltiples diamantes multicolores forma de lagrima en conjunto con sarcillos de plata. Era la única de sus hermanas que era conocedora de la enfermedad que aquejaba a su madre, y por causa de lo mismo es que Hanan no se separaba de ella, porque quería vivir cada momento juntas como si fuera el ultimo, teniendo sus recuerdos juntas grabados en su memoria para siempre.
-Sultana, desean hablar con usted- anuncio Shikamaru.
-¿Quién?- consulto la Sultana Haseki, aun sin voltear, justo como su hija.
-Soy yo, mi Sultana- contesto Takara.
Decir que estaba sorprendida era una mentira, de hecho, Sakura llevaba ya bastante tiempo aguardando porque Takara acudiera a su presencia con una falsa disculpa para mantener su poder de alguna forma, pero habían transcurrido meses de aquel primer enfrentamiento y Takara aparentemente había sentido vergüenza de presentarse ante ella…hasta ahora. Si bien debía parecer humilde, Takara no ignoraba su infaltable vanidad, luciendo radiante y elegante en unas complejas galas granates de escote corazón enmarcado por un margen de encaje rojo oscuro con diamantes incrustados en el borde del corpiño y los hombros semi caídos, de mangas ajustadas y lisas, cerradas al interior de las muñecas por dos botones de diamante, el centro del corpiño estaba ribeteado en encaje dividiendo este de los laterales completamente liso, justo como la falda interior—ribeteada en encaje—de la falda superior que era completamente lisa y cuya división—que además marcaba el dobladillo de la tela—estaba igualmente conformada por un grueso margen de encaje con diamantes engarzado, por sobre el vestido portaba un bolero granate ribeteado en encaje de tonos claros y oscuros de cuello alto que creaba un profundo escote en V que se cerraba bajo al busto y ceñido hasta las muñecas, enmarcando así la gargantilla alrededor de su cuello, hecha de plata y esmalte de la cual pendían cuatro diminutos dijes de cuna de plata en forma de lagrima, con un dije central que replicaba le emblema de los Uchiha y que—al igual que las otra cuatro pequeñas cunas tenían en su interior un rubí que replicaba el contorno de esta, a juego se encontraba unos pequeños pendientes de una de plata en forma de ovalo con diamantes incrustados y un rubí homólogo en su centro. Finalmente y sin aminorar su dignidad—sobre su largo cabello naranja perfectamente recogido tras su nuca—se encontraba una magnifica corona de oro que conformaba una portentosa estructura en forma de tulipanes con dispersos rubíes, granates y diamantes rojos en la cima y en otros puntos inexactos, sosteniendo además un largo leo rojo que caía tras su espalda. Si bien no lo admitió, Takara se sintió amedrentada por la indiferente mirada de la Sultana Sakura, así como por el odio que dirigía en sus jóvenes ojos la Sultana Hanan, pero eso no la hizo darse por vencida, sino que a reverenciar formalmente a ambas mujeres y proceder a continuar con su estrategia.
-Desde hace tiempo quería hablar con usted- reconoció Takara con voz calmada y casi nostálgica, infantil, -para explicarme, pero…
-Pero no te atrevías, ¿cierto?- interrumpió Sakura, sonriendo ladinamente, sin aportarle credibilidad alguna a las palabras de Takara. -Apuñalarme por la espalda es fácil pero mentirme a la cara es algo en lo que aparentemente no eres tan buena, porque te descubrí- menciono desviando la mirada hacia Hanan que sonrió ladinamente por ello. -Pero, ¿Qué podemos hacer? Cada uno es como es- se resignó falsamente, denigrando a Takara, y fingiendo que ella no estaba allí.
-Si una persona es sucia y traicionera, no importa que tanto se le enseñe, al final igualmente desvelara su verdadero rostro- añadió Hanan, coincidiendo en opinión con su madre. -Al final todos los perros muerden la mano que les da de comer- comparo desdeñosamente, descalificando cualquier mentira que Takara pudiera decir.
Había confiado en Takara, lo había hecho porque su madre la había criado, pero ahora que ya era consciente de la realidad de las cosas, Hanan la odiaba como nunca habría soñado o imaginado odiar a nadie, porque había traicionado a su madre y semejante afrenta merecía la muerte, pero…Itachi necesitaba a su madre, era cruel dejarlo huérfano, de otro modo incluso Hanan pensaría ne cometer asesinato con sus propias manos, peo ya llegaría el momento de Takara, una persona moría como vivía y según se vislumbraba hasta ahora…el final de Takara no sería envidiable para ninguna anterior Sultana sobre la tierra, ella y sus hermanas se encargarían de ello. Había confiado ciegamente en Takara, durante años, había llegado amarla como una madre adoraría a una niña a la que había criado, como si fuera otra de su hijas y le había enseñado todo cuanto sabia con el fin de protegerla para el futuro y que ella a su vez protegiera a Shisui…pero Takara en lugar de ello había velado por su propio bien y su seguridad, le había fallado y lo peor de todo es que había planeado secretamente deshacerse de ella y eso es algo que Sakura no podía olvidar ni lo haría jamás, cada palabra que Takara dijera sonaba como una mentira para ella, como un puñal de traición en dirección a su espalda, nunca volvería a ayudarla, y si moría agónicamente delante de ella Sakura lo permitiría, porque su bondad, afecto y juicio había sido rechazado e ignorado como si no fuera nada. Ciertamente la Haseki del Sultan no era una santa, pero sabía diferenciar entre la lealtad y crueldad y Takara evidentemente se inclinaba por lo segundo, eso era un error imperdonable; simple supervivencia.
-Aún están molestas conmigo- concluyo Takara obviamente, más sin perder a calma que aparentaba en el exterior, -me odian y tienen razón para hacerlo, pero todo lo que hice para proteger a Itachi, a mi hijo- se exculpo, trasmitiendo un ápice de sinceridad, porque aquella había sido su razón, pero no del todo, su ambición era igual de importante.
-¿Protegerlo de quién?, ¿De nosotros que somos su familia?- cuestiono Sakura, entrando en cólera ante aquella declaración. -Tú eres la ajena aquí, él pertenece a esta dinastía, no quieras hacerme pasar por tonta, Takara- amenazo fúrica.
Solo le quedaba Shisui, había perdido a todos y cada uno de sus hijos, ya no le quedaba nada a lo que aferrarse para vivir, si ninguno de sus hijos seria Sultan ella no tenía un motivo por el que liderar el imperio, no tendría a nadie que proteger porque sus hijas serian protegidas por sus esposos, pero mientras aun le quedara vida que vivir protegería a cada uno de sus nietos; Itachi, Hashirama, Sasuke y el pequeño Rai, no había podido resguardar a Baru ni a Ryoko, pero protegería a todos los demás, les encontraría aliados y esposos a sus nietas, a Hanan, a todos e incluso una esposa para su nieto Izuna que pronto tendría edad para contraer matrimonio; Takara no tenía derecho a inferir que Itachi fuera a correr algún peligro, estando ella viva la crueldad de la muerte por fratricidio jamás volvería a tomar partido, era una ley y eso impedía que fuera derogada. A un par de pasos de los rosales se encontraba un prominente toldo borgoña bordado en oro que resguardaba de la luz primaveral el trono de oro sobre el cual se sentó la Sultana Sakura y a sus pies—sobre uno de los almohadones—la Sultana Hanan, haciendo que Takara se aproximaran a donde habían elegido dirigirse, permaneciendo de pie ante esas dos mujeres tan idénticas entre si y que la observaban atentamente pero con desprecio.
-No quiero proteger a mi hijo de usted, ni de los miembros de esta familia, pero sí de eso llamado Sultanato- protesto Takara, contradiciendo las palabras o indiferencia de la Sultana Haseki, -es sabido por todos que muchos hijos y hermanos han muerto por causa de ello, entre ellos casi todos sus hijos, Sultana- ejemplifico, aunque a Sakura no le hizo gracia tal cosa, ni tampoco a Hanan que intercalo su seria mirada de Takara a su madre. -No quiero que mi hijo tenga que pasar por ello- añadió, evidenciando su preocupación por el destino que le aguardaba a su hijo.
-¿Y qué creías?- cuestiono Sakura retadoramente. -Sin consultarme nada, sin pedir mi ayuda, ¿Pensabas que ocuparías mi lugar?- una cínica carcajada abandono sus labios, siendo admirablemente observada por su hija Hanan que sonrió como apoyo. -Pero no tuviste éxito, no solo eso, arruinaste involuntariamente tus propios planes- divago, pudiendo jactarse de la derrota de su enemiga.
Takara no era ni la primera ni última persona que le mentía, ni que deseaba ocupar su lugar, pero si la única que había sido educada a su sombra y eso representaba un peligro, por ahora la única que la preocupa era Hanan…quizá ella no pudiera vivir lo suficiente para encontrarle un esposo adecuado, pero l consolaba que tiempo que le quedaba, si iba a morir quería despedirse de su hija encontrándole un futuro feliz a pesar de que Hanan insistiera en solo desear ser una buena hija y una buena Sultana y decía que podría hacerlo dedicándose a la caridad como ella y asistiendo al estado en lo que fuera correcto, si el soberano era el adecuado, claro, de lo contrario estaba decidida a intrigar y conspirar porque el Sultan adecuado fuera entronizado. No estaba mintiendo, o al menos no del todo; quería proteger a su hijo por encima de cualquier cosa, y temía que alguno de los hijos de sus rivales—Hashirama, Sasuke y ahora Rai—pudieran significar una amenaza, temía que su hijo se viera acercado a la muerte si se mostraba ineficaz para ser Sultan en algún momento, no solo se trataba de su ambición sino también de la supervivencia de sus hijos, pero más enfáticamente de Itachi porque sabía que Seramu podría sobrevivir sola, pero Itachi…Itachi era un caso totalmente distinto, y Takara sabía que para que su gloria personal y a prosperidad de sus hijos fuera total era necesario que ella ascendiera al poder como Madre Sultana, el poder era su garantía de seguridad.
-Mi ignorancia y juventud me jugaron una mala pasada, Sultana, me hizo ser insolente- relaciono Takara más sin aportar una disculpa abierta porque no consideraba que lo hecho fuera un error. -No sabe lo arrepentida que estoy, pero ahora todo ha ido en declive, los desmanes del Príncipe Shisui sobre gastar semejante dinero en piel de marta para recubrir sus aposentos, molestan al pueblo, y ni siquiera el Sultan o usted pueden hacerlo cambiar de parecer- enumero honestamente preocupada, -por no hablar que se casara con Hayami en una semana- añadió ya dando a conocer su desdén y opinión.
Takara debía reconocerlo, había errado, se había confiado, había subestimado a la misma mujer que la había enseñado todo cuanto manejaba en la actualidad pero de igual manera sabía que rendirse era un error aun peor; si deseaba algo debía luchar para conseguirlo, llegaría su momento si era lo bastante perseverante para creer que sus sueños se cumplirían y lo sabía porque la propia Sultana Sakura se lo había enseñado, aún era joven y podía equivocarse, también lo reconocía, pero de cada nuevo error sacaría una lección y más valor con que seguir adelante, un nuevo impulso, una nueva esperanza. No necesitaba que Takara le restregara en la cara los errores de Shisui, los conocía bien; su hijo tenía miedo del porvenir que sucedería y había confiado en que sus aliados podrían protegerlo, pero en lugar de eso se estaban aprovechando de su bondad, malgastaban el dinero y actuaban de forma frívola ostentando cargos públicos que afortunadamente no eran excesivamente importantes. No era desconocido para nadie que la reputación de Shisui y el afecto del pueblo como Príncipe Heredo ya no existía, su favoritismo era un mito y el descontento de la gente por su posible administración como Sultan en el futuro era enorme.
Shisui seria destituido como Príncipe Heredero, Sakura lo sabía muy bien, era solo cuestión de tiempo.
Para Shisui la crueldad se estaba volviendo un mito, la intriga era inexistente y la duda lago invisible, claro que aun tenía miedo del futuro que lo aguardara si llegaba a ser Sultan, pero teniendo a su madre, a Hayami y a su hermanas de su lado confiaba en que todo podría ser mejor, con el tiempo, puesto que su padre no había intervenido hasta la fecha y quizá no fuera hacerlo ya que—desde aquel acto público en que Takara había sido descubierta—no había vuelto a verlo en meses, pero si esto pasaba o no quizá fuera el único temor real que Shisui tenía y esto lo había llevado a volver realidad el mito que Hayami le había relatado en aquella historia del Sultan Hamura, cubriendo cada lugar de sus aposentos con piel de marta color dorado; las paredes, los muros, los sofás y divanes, los suelos…incluso había ordenado que aquellos que lo visitaran vistieran piel de marta, ansiaba comprobar que la historia de Hayami era una realidad y que la muerte podía ser evitada de algún forma, creía ciegamente en que el tiempo le daría la razón y le permitiría volver a sentir la confianza que había sentido en el pasado, solo tenía que aguardar y ver como su creencia se materializaba en la realidad tal y como lo hacía esa habitación que parecía recrear lo que había oído en el relato del Sultan Hamura.
-Mi Rai- arrullo Shisui cariñosamente, besando la frente de su hijo.
Las reuniones del Consejo Real no era un tema de interés para Shisui que había permanecido junto a ella durante todo el embarazo, haciendo que Hayami se sintiera más amada de lo que hubiera podido imaginar, y el caso no era diferente mientras ambos, aun recostados sobre la cama y vestidos con ropa de dormir, observaban a su pequeño hijo que dormía profundamente en los brazos de Hayami; cualquier dolor sentido durante el parto que le hubo resultado una experiencia horrible e infernalmente dolorosa había quedado atrás, tal y como la Sultana Sakura le había dicho cualquier dolor sentido al alumbrar a su hijo había valido la pena en cuanto había visto a su niño y había podido acunarlo en sus brazos por primera vez, encontrando su ojos con los suyos, lamentándolo, besándolo y dándole el amor tan puro e inigualable que solo una madre podía sentir por su hijo. Era más feliz que nunca, sentía que todo era posible, pero aun así no se sentía completa porque temía lo que pudiera pasar, el materializado miedo de Shisui era un problema y lo sabía, pero aun cuando había intentado disuadirlo de este miedo o convencerlo de que sus aliados no eran sino enemigos, su justificado miedo le cegaba la razón e impedía ver sus propios errores, o más bien considerando que eso era nada ya que su posición como Príncipe quizá pudiera exentarlo de polémica, pero Hayami comprendía—por lo dicho por la Sultana Sakura—que la realidad no era sino lo opuesto.
-Tengo miedo, Shisui- reconoció Hayami con una pisca de tristeza.
Si, miedo; miedo a Takara y sus intrigas, miedo a que esa felicidad sentida no fuera más que un sueño y—como la Sultana Sakura—que algo perturbara la paz, arrebatándole su felicidad, al hombre que amaba y a su pequeño hijo, de la Haseki del Sultan había aprendido que se sufría cuando no se pensaba que se sufriría, se era traicionada cuando menos se lo esperaba, le serian arrebatadas las cosas o eres que más amaba cuando dudara de lo que debía hacer y la apuñalarían si era demasiado clemente, por ello debía saber sostener un equilibrio que todos siempre esperarían que tuviera. No era Takara, no podía aprender todo de inmediato y al pie de la letra porque carecía de las ambiciones que ella tenía, pero la Sultana Sakura la protegía y le enseñaba que era exactamente lo que debía hacer, como debía actuar y—con el tiempo y pasar de los meses, durante su embarazo—había aprecio en público con ella ya había aprendido el protocolo en todo sus aspectos y hora podía decir que—siendo madre de un Príncipe—realmente era una Sultana, pero cundía el peligro y las amenazas en cada esquina y temía que nadie pudiera salvar a Shisui—ni siquiera la Sultana Sakura—del inevitable suceso que tendría lugar y del que ya había sido advertido; los Kafer, era una salida o escape ante las intrigas que lo rodeaban, pero una prisión al mismo tiempo.
-¿Miedo?, ¿Y por qué?- pregunto Shisui, desconcertado por el motivo que ella pudiera sentir para dejarse llevar por la inquietud.
-Por lo que pudiera sucederle a nuestro hijo- contesto ella de inmediato, obteniendo su total atención con el inocente brillo de sus ojos azules, -la Sultana Sakura me ha dado una escolta que me protege y a él, pero a pesar de todo sigo teniendo miedo, temo que alguien intente algo contra nosotros- admitió siendo que ya había pronunciado estas palabras frente a la Sultana Sakura.
-Mi madre tiene razón al protegerte del modo en que lo hace- tranquilizo Shisui, sonriéndole y dando su aprobación a la forma de actuar de su madre que siempre hacía lo correcto, lo que era mejor para el Imperio; es decir, para ellos, -pronto sucederá lo mismo que en la historia que me contaste y la piel de marta nos protegerá de la muerte, todos estaremos a salvo- garantizo, totalmente convencido de ello.
Su madre y hermanas lo protegían, también sus aliados y los de su familia, y siendo así ¿De qué modo su padre o cualquier persona ajena al Imperio podría lastimarlo? Cuanto más se lo preguntaba, más era que Shisui creía que estaba escapando de la muerte y con un éxito rotundamente insuperable, el tiempo le daría la razón, era imposible que ninguno de sus hermanos hubiera sido Sultan ni que él tampoco lo fuera, su destino quizá fuese el trono, eso aún no podía saberlo con certeza, pero teniendo a su madre junto a él en todo momento…estaba convencido de que siempre habría una salida, con ella todo era luz y victoria. Al escucharlo hablar así, Hayami deseo no haberle contado aquella historia, pero sabía que si ella no lo hubiera hecho, seguramente alguien más hubiera encontrado una manera de hacerlo vulnerable, si no hubiera sido ella quien lo hubiera convencido de que existía una salida a su miedo quizá…solo Kami sabía que era lo que podría haber ocurrido, solo de eso podía estar segura, ciertamente ella aún era joven e ingenua con respecto al mundo, pero sabía diferenciar entre la fantasía y al realidad y, por ahora, la única realidad existente a considerar era la gloria o desastre y lo segundo parecía ser lo más próximo.
-Kami mediante, mi Príncipe- sonrió Hayami.
No quiso desbaratar la idea de Shisui porque, quizá si hubiera una salida, eso era algo que solo a providencia podría negar o afirmar y se lo repitió mentalmente mientras sentía como es que Shisui le besaba amorosamente la frente, abrazándola y haciendo que reposara la cabeza contra su hombro, con él se sentía a salvo y viceversa, debía tener algo de fe, aún era muy pronto para inferir que es lo que sucedería con él, con ella misma o con su pequeño hijo, si es que lo que los aguardaba en el futuro era el trono o la muerte…pero aun cuando Shisui se empeñara en tener esperanzas, algo le decía a Hayami que el futuro no traería nada positivo, y la Sultan Sakura le había enseñado a confiar en sus instintos como medida de precaución y eso era lo que estaba haciendo, pero—por ahora—era mejor que reservara su opinión y temores hasta que fuera oportuno tomar decisiones importantes, y esto último era algo que solo la Sultana Sakura habría de hacer y ante lo cual Hayami se podría de su lado para proteger a Shisui a la primera oportunidad.
No sabía si tener miedo era lo correcto, pero lo sentía.
-Si no estás feliz con tu situación, ¿Por qué recurres a nosotras y no al Sultan?- cuestiono Sakura, ansiando la respuesta que ya conocía a la perfección.
Las palabras contra su hijo era un puñal doloroso, porque la neurastenia de Shisui había regresado de forma paranoica, sabía que pronto sucedería el plan que ella había ideado para protegerlo y disminuir aún más la influencia de Takara, pero por el momento solo quería que su hijo fuera feliz, por ello es que toleraba todo y cumplía en nombre de él las labores y deberes que le correspondían pero que a ella no le molestaba ejercer, su mayor alegría o consuelo era que Sasuke ya no confiara en Takara, no la admitía en su presencia, no hablaba con ella bajo ninguna circunstancia y, lo mejor, solo la escuchaba a ella, solo valoraba su opinión y consideraba su criterio por encima del de cualquier otra persona; todo había vuelto a ser lo que era antes y no cambiaría porque ahora Takara era una enemiga, y lo enemigos o traidores no eran escuchados ni aun cuando sus últimas suplicas por vivir fueran una verdad entendible. Simple sentido común y supervivencia, por supuesto. Escuchando la respuesta de la Sultana Sakura que claramente se jactaba de su orgullo, poder y superioridad, Takara se guardó su opinión para sí misma, pero lo que pensaba de la Sultana Sakura era una cosa; que su momento de gloria ya había pasado y debía hacerse a un lado, era el momento de que alguien más joven y con determinación la sucediera, y Takara sentía que ella era ese alguien, claro que no pensaba afirmarlo de viva voz…aun.
-Siento decirlo, Sultanas, pero no hay nadie en quien pueda confiar porque nadie quiere escucharme- admitió Takara ya que aquello era la verdad, no importaba si quería reconocerla o no, -apelo al cariño que sentía por mí y a la admiración que aún le guardo para que me ayude, soy su vasalla por encima de cualquier otra cosa-prometió vehemente.
-Ya sabemos todo eso, ¿Por qué viniste?- desdeño Hanan, apretando los diente con desprecio.
Era tremendamente aburrido escuchar una y otra vez las coas que ya eran más que conocidas, y Ha no quería palabrería absurda de parte de Takara, quería hechos concretos y realidades que pudieran tener lugar, su madre tampoco confiaba en Takara, por no hablar de su padre, Shisui y sus hermanas; en sí nadie confiaba realmente en Takara ni la escuchaba, y esto era el éxito absoluto para ellos que le habían declarado la guerra, pero era preciso entender que es lo que Takara quería hacer realmente, puesto que si estaba ahí frente a ellas era porque necesitaba ayuda, de otro modo no se verían las caras bajo ninguna circunstancia, eso estaba claro porque lo único que Takara estaba haciendo en ese momento era mentir para conseguir apoyo, algo imposible de parte de ellas en esas circunstancias…o en cualquier otra. La hija menor de la Sultana Sakura pese su notoria juventud, no era una mujer tonta en lo absoluto, era audaz y valiente, consiente de su belleza que se desarrollaba con el tiempo, un mujer que podía ser implacable con solo desearlo, justo como su madre, y para Takara; escucharla hablar o verla siquiera era contemplar el reflejo de la Sultana Sakura…ambas eran prácticamente idénticas, como dos gotas de agua, y Takara sabía que si algún día quería alcanzar la gloria, en paz, también debía alejar a esa niña arrogante, porque ella era un peligro al igual que sus hermanas, pero deshacerse de un miembro de la familia Imperial—por sangre—era imposible, escapaba de sus propios límites, pero se valía soñar.
-La próxima semana es la celebración de la boda- recordó Takara aunque sus palabras no era una novedad para la Sultana Haseki o su hija, siendo la primera quien estaba organizando todo, -pero no es ese el tema que vine a tratar sino una oferta que tengo para usted- replanteo elocuentemente, recibiendo la inmediata aprobación de la Sultana Sakura para continuar. -Los rumores dicen que habrá una rebelión, que los Spahi están descontentos con la falta de apoyo del Príncipe Shisui, por no mencionar los jenízaros que solo se han mantenido calmados por usted- detallo, ya que parte del ejercito Spahi estaba de su lado, -la rebelión consistiría en deponer al Príncipe Shisui y encerrarlo en los Kafer, con el consentimiento del Sultan, desde luego- puntualizo siguiendo el debido formalismo.
-Adularia tu inteligencia, pero eso hasta un tonto lo sabe- corrigió Sakura, desairando cualquier vocablo proferido por Takara. -Si, se avecina una tormenta- confirmo distraídamente, sin detallar una fecha, porque no era asunto de Takara saberlo.
-Nadie sabe cuándo ni cómo sucederá- asevero Shikamaru en consonancia con la Sultana Haseki.
Ciertamente el plan de "escape" para Shisui y que a su vez garantizaría la disolución reiterada de la influencia de Takara, era un hecho, Sakura no pretendía dar a conocer una fecha porque aún no exista, había instancia preconcebidas que podría declararse como adecuadas, obviamente, pero no dejaba de ser estrategias comunes, teorías, nada aprobado aún, pero lo cierto es que el momento dado se acercaba más y más con el pasar del tiempo, aquello era inevitable. Además, aun cuando la presunta estrategia que Takara decía tener pudiera ser empleada…Sakura no le diría nada, la mantendría ajena de todo, porque no necesitaba de su ayuda, se bastaba sola para nombrar a otro Príncipe Heredero como sucesor del Sultanato, no tenía por qué ser Itachi directamente, bien podía ser Hashirama que bajo la tutela y educación de Seina sería un indisoluble pacifista, justo como su hermano Sasuke gracias a la educación dada por Masumi, y Rai si bien era pequeño aún podría demostrar poseer—en el futuro-dotes natas de un gobernante mientras creciera si Hayami lo educaba apropiadamente. Takara no debía creer que era irremplazable porque…afortunadamente su muerte era aquello que todos en la familia Imperial aguardaban presenciar, solo Itachi la mantenía con vida, por el momento. Es respuesta era justo la que Takara había esperado, porque ya no confiaba en ella y esperar lo opuesto era absurdo, pero ella tenía lo que el Imperio quería y necesitaba para sostenerse; un heredero que fuera mayor que los demás en cuanto a edad se refería, y ese era el caso de su Itachi,
-Debo confesar que concuerdo con el Sultan, es la única forma para resolverlo todo, por ello es que quiero estar del lado de ustedes- afirmo Takara sacando a relucir una aparente lealtad, -quiero colaborar y formar una alianza, ayudándolos- declaro con avasalladora seguridad, más no honestidad.
-¿Por qué deberíamos aliarnos contigo?- cuestiono Sakura, manteniendo la calma por escuchar esa respuesta que en sí no cambiaría su decisión o parecer en lo absoluto.
-Para evitar el derramamiento de sangre, Sultana- zanjo Takara ya que igualmente era una mujer poderosa y podría librar batallas feroces con los aliados y armas que estaban a su disposición. -Al igual que usted, yo también tengo gente leal a mi servicio, por no hablar de que yo soy la madre del Príncipe mayor- recordó, orgullosa por el lugar que tenía como Sultana, -así el Sultan tendría un heredero próximo a la mayoría de edad que pudiera sucederlo si, Kami no lo quiera, sucede lo peor- añadió, sumándole falsa humildad a sus palabras para resultar honesta o fingidamente leal.
Sus intenciones eran claras; quería ser Madre Sultan sin impedimento alguno cuando su hijo fuera Sultan, y la única forma de serlo era aliarse en aquellas circunstancias con la Sultana Sakura, luego la apuñalaría por la espalda, deshaciéndose de ella o bien enviándola al Viejo Palacio, pero por ahora la necesitaba, luego podría continuar con su plan original y demostrarle al Sultan Sasuke que Itachi era el sucesor más óptimo como siguiente Sultan y que en ella encontraría a la más poderosa y leal de las aliadas, sabía que tenía la razón y solo era cuestión de tiempo para que el Sultan Sasuke y el resto el Imperio la apoyaran, era inevitable. Sakura no tenía que pensarlo, iba a aceptar la oferta de Takara pero solo por meras apariencias, Han y Shikamaru lo supieron de inmediato; con tal de evitar muertes innecesarias y bochornosos regueros de sangre…toleraría fingirse del lado de Takara, al menos durante una determinada cantidad de tiempo, pero nada de lo que ella pretendiera obtener sucedería, necesitaban a Itachi como sucesor del Sultanato pero—y lo reiteraría mil veces de ser preciso—Takara no era irremplazable, ni tampoco Itachi, y para demostrarlo era necesario aplastar esa arrogancia y superioridad, lo cual sería exactamente lo que Sakura tenía pensado hacer, y Sasuke desde el primer momento le había brindado su aprobación así que el plan podía continuar sin tropiezo o duda alguna.
-Aceptamos- mintió Sakura abiertamente pero de tal modo que a Takara le hubo resultado honesta, -pero, desde luego, tengo condiciones que establecer- advirtió, ya que como siempre se haría su voluntad, ni más ni menos. -La más importante, nadie tocara un solo cabello de la cabeza de mi hijo, sin excepción- exigió, anteponiendo el bienestar de Shisui por encima de cualquier otra cosa. -Segundo, el Sultan decidirá todo lo referente al gobierno y el nombramiento del Príncipe Itachi como heredero legítimo, ni siquiera tú o yo podremos intervenir, eso corresponde como una decisión del sagrado Imperio y no podemos intervenir- decidió, conociendo perfectamente la opinión de Sasuke y lo que él dictaminaría de estar ahí junto a ella, aceptando igualmente la oferta que Takara estaba haciendo.
-Creo que, todos juntos, podremos discutir eso y llegar a un término medio- presagio Takara, sin aprobar ni desaprobar nada, aunque era evidente que no estaba de acuerdo.
-No hay nada que discutir- protesto Hanan inmediatamente.
-Pondremos a Itachi en el trono, contigo o sin ti- discutió Sakura, sacando a relucir parcialmente lo que pensaba de las circunstancias, -no creas que tienes algo que nos interese demasiado- añadió despreciativa.
Se cumpliría su voluntad, se seguirían sus órdenes al pie de la letra y cada cosa que ella dijera o decidiera sucedería, la cuestión era sencilla; el Imperio Uchiha se ceñía por normas de conducta y vivencia, así había sido durante décadas y siglos, aún más enfáticamente cuando el Sultan Itachi II "el Conquistador" había impuesto al ley del fratricidio y establecido el protocolo absoluto de la corte, las reglas estaban para ser cumplidas y, como Haseki del Sultan, administradora del Harem y representante de la voluntad del ejército y el pueblo…no podía ser ignorada, su voluntad era la expresión más sincera de lo que el Imperio y la gente que lo conformaba pensaba que era adecuado que sucediera, Takara era un ser insignificante, enemiga al fin y al cabo pero insignificante porque podía ser descartada como una pluma que era alejada por el viento, su vida era efímera, como la de tantos otros enemigos anteriores. Sabía que las palabras de la Sultana Sakura tenían un mensaje oculto, o más bien una amenaza; que podían deshacerse de ella si no era útil, esta fue la única razón que tuvo Takara para continuar con esa farsa con tal de obtener apoyo, pero nada más, porque claramente no pensaba morir, quería luchar y vivir para ver como su hijo se convertía en Sultan siendo ella la mujer más poderosa que el imperio hubiera visto.
-En ese caso, que todo sea para mejor, Sultana- aprobó Takara, ya que, por ahora, no le quedaba otra opción. -Con su permiso, Sultanas- reverencio, dispuesta a retirarse.
-¿No estas olvidando algo, Takara?- detuvo Hanan, impidiéndole marchar.
La corrección hecha por la Sultana Hanan la desconcertó, y aún más la mirada de la Sultana Sakura que hubo señalado su propia persona, más Takara no compendio a que estaban refiriéndose hasta que Shikamaru, de pie a su lado, señalo con la mirada el dobladillo del vestido de la Sultana Haseki; era una tradición que tenía lugar desde que la primera Madre Sultana—la Sultana Amaya Hafsa, madre del Sultan Hashirama—hubo ejercido como tal, y la tradición dictaba que el dobladillo del vestido de la mujer más poderosa del Palacio o del Imperio fuera besado con humildad y sumisión en un gesto de lealtad, y aparentemente la Sultana Sakura quería estar totalmente segura de que había sido sincera en su oferta y declaraciones. Sin protestar, —pues de nada le servía—Takara se sujetó la falda para no tropezar, postrándose a los pies de la Sultana Haseki como se suponía que hiciera, sintiendo sobre si la pesada mirada de la Shikamaru, la Sultana Han y aún más la de la Sultana Sakura, sosteniendo cuidadosamente la tela de su vestido entre su manos y alzando el dobladillo sobre cuya tela hubo depositado un beso de falso respeto y fingida lealtad, irguiéndose en cuanto hubo hecho esto, reverenciando a ambas Sultanas a quienes finalmente pudo dales la espalda, retirándose y estampando una sonrisa de superioridad en los labios, considerando que lo sucedido había sido una humillación, pero cualquier sacrifico era poco si lo que la aguardaba en el futuro era la gloria más grade que pudiera imaginarse.
Aguardaría a los acontecimientos que sucederían, por ahora…
1 semana después…
El tiempo era un bálsamo, curaba dolor y sufrimiento, permitía que la gente viera que—en vida—había motivos de sobra por los que sentirse dichosos; el aire que respiraban, el sol que iluminaba todo, la tibia brisa de primavera y el aroma de las flores que se sentía en el aire, la posibilidad de tener un techo y cama donde dormir, la posibilidad de poder dormir en calma, la alegría de poder comer cada día…todo eso procuraba que alguien se sintiera pleno y Hayami lo sentía, sentía que parte importante de su miedo que le impedía estar tranquila había desaparecido, ¿El motivo? Pues quizá fuera su boda que habría de celebrarse ese día y a la cual asistirían todos los miembros del Imperio, ya no era la misma campesina traída al Palacio, era una Sultana y mediante su matrimonio una Haseki, justo como la Sultana Sakura a quien admiraba tanto, todo le parecía un sueño porque en su niñez había escuchado con infantil fascinación como una plebeya cualquier a podía ser princesa por enamorarse de un Príncipe…pero ella era más que eso, era una Sultana, Sultana por amar a un Príncipe y por ser madre de uno. Recordaría de principio a fin su pasado, porque eso la hacía quien era ahora, pero también sabía que a su vez era una persona diferente, ya no era la misma joven que había llegado junto al Príncipe Shisui a ese Palacio hacia menos de un año, había prendido y vivido cosas importantes y cada nuevo recuerdo conformaba una metamorfosis de quien había sido y de quien era ahora; la Sultana Hayami, el verdadero amor del Príncipe Shisui, esa era ella.
Sentada sobre el magnífico diván blanco hecho de oro y sentada frente a su tocador, observo como sus doncellas la arreglaban con veneración y enero para que fuera quien atrapara todas las miradas cuando apareciera en el Harem, aunque Hayami estaba convencida de que siempre seria la Sultana Sakura quien cautivara a todos, al fin y al cabo nadie era más hermosa que ella. Uno sencillo vestido de gasa blanca cubría su figura, hecho de recatado escote alto y corte corazón, cerrado en el centro del corpiño por seis botones de diamante que iban desde el escote a la altura del vientre, falda y mangas casi vaporosas y cuya gasa transparente ajustaba en los lugares adecuados, como las mangas totalmente holgadas desde los hombros y que se abrían a la altura de los codos; por sobre este vestido se hallaba una chaqueta de encaje blanco transparente ribeteado en diamantes en su totalidad sobre las figuras florales y casi etéreas que creaba la tela y que brillaba como un sinfín de cristales luminosos, de profundo escote en V que se cerraba escasamente a la altura del vientre, abriéndose nuevamente para crear la falda superior, y de cortas mangas ajustadas hasta los codos en una conformación elegante e insuperable. Una bellísima diadema de tipo cintillo—hecha única y exclusivamente para ella—fue puesta sobre la coronilla de su largo cabello rubio, hecha de diminutas piezas de oro con diamantes engarzados para recrear las alas de una mariposa y de la cual pendían dos broches—uno a cada lado—sosteniendo largos hilo de plata que oscilaron a cada lado de su cuerpo como una lluvia de plata con dos rebeldes rizos enmarcando su rostro y el resto cayendo libremente tras su espalda, enmarcando así el collar a juego con su diadema, ceñido alrededor de su cuello se hallaba una estructura que recreaba flores de jazmín—sus favoritas—igualmente ribeteadas y cubiertas en diamantes y oro, con diminutos pendientes de diamante en forma de lagrima que apenas y se dejaban entrever en su cabello. Las joyas, el vestido, el oro, el perfume con que impregnaron su cuello y escote…todo era obsequio de la Sultana Sakura quien la colmaba de aprecio, y Hayami casi se sentía insignificante al solo poder corresponderle con lealtad y protegiendo al Príncipe Shisui, pero quizá pudiera pagarle todo cuanto estaba haciendo por ella, algún día. Sus pensamientos se vieron interrumpidos en cuanto tocaron a la puerta de sus aposentos.
-Adelante- indico Hayami.
Las puertas fueron abiertas desde el exterior por los leales soldados jenízaros atestados en el exterior permitiendo así el ingreso de la leal servidora de la Sultana Sakura, lady Tenten, que hubo sonreído de la forma más disimulada posible al ver a la joven que hacía meses atrás no había sido más que una simple concubina pero cuya lealtad era merecedora de esos aposentos, de esas joyas y del matrimonio que ahora la integraba oficialmente al Imperio para siempre. Pocas personas tenían el honor de ser tan confiables, porque personas eran sinceras y merecían ostentar poder e influencia por causa de ello y una de esas personas era Hayami, la Sultana Sakura aún tenía más dichas y privilegios con los que colmarla. Apenas y las puertas se hubieron cerrado, Hayami se sorprendió y emociono con solo ver el reflejo de la leal servidora de la Sultana Sakura, irguiéndose apresuradamente del diván con una deslumbrante sonrisa que le dedico a esa noble y bondadosa mujer que—como lady Yugito—la había asistido y protegido en los peores momentos que había pasado en el Palacio, cuando la habían protegido de todo cuanto la Sultana Takara hubiera pensado en hacer para deshacerse de ella, pero todo eso ahora no era más que un recuerdo, porque ya no era así de vulnerable, porque era igual a Takara y porque tenía a la persona más honesta y poderosa del Imperio de su lado y viceversa; a la Sultana Sakura
-Sultana- reverencio Tente, sonriendo disimuladamente ante ello, -está hecho, su matrimonio con el Príncipe Shisui ya ha tenido lugar, la Sultana Sakura me envió para informarle- anuncio con una deslumbrante sonrisa por tener a otro miembro en la familia Imperial y que fuera tan leal como para merecer ese honor. -Felicidades- elogio.
-Gracias, lady Tenten- sonrió Hayami, feliz como solo hubiera podido soñarlo en su infancia por aquellas fabulas y relatos principescos.
-Y…nuestra Sultana le envía esto- tendió la pelicastaña.
Hayami—rodeando el elegante diván– se acercó presurosa a lady Tenten que se abstuvo de comentar lo jovial e infantil que aún era, como prueba de su perdurable juventud e ingenuidad que imperaban en ella, así que en lugar de emitir palabras innecesarias, la pelicastaña abrió el pequeño alhajero que había sostenido en sus manos hasta entonces, hecho de plata, ribeteado en escamas de oro y bañado en diamantes de múltiples colores; en su interior—recubierto por tafetán purpura—se encontraba una magnifica sortija de cuna de plata en forma de lagrima recubierta por decenas de pequeños diamantes que formaban dos hileras, y en centro un diamante ambarino en forma de lagrima, una joya digna de una Sultana. Si aire, apenas respirando y abrumada por esa sencilla visión, Hayami tomo la sortija del interior del alhajero, dándole su debido lugar en el dedo anular de su mano derecha, observando con una sonrisa de oreja a oreja como calzaba a la perfección. Pocas mujeres del Imperio—además de la Sultana Sakura y la Sultana Aratani—tenían joyas así…por Kami, a cada momento todo parecía más y más asombroso, y eso que ya llevaba meses en ese Palacio, ¿? quizá nadie tuviera la respuesta
-Gracias- hablo Hayami finalmente, recuperando el aliento en el proceso, -agradézcale a la Sultana por mí, lady Tenten- pidió casi chillando a causa de la alegría que sentía.
Sonriendo, Tenten reverencio apropiadamente a al joven ante ella y que si bien era joven e inexperta en muchos aspectos, era igual de cálida y bondadosa que la Sultan Sakura en muchos otros, así como leal y animosa, el futuro aún era incierto y solo Kami podía decir que es lo que pasaría con Hayami, con el Príncipe Shisui, con la Sultana Sakura, con el Imperio Uchiha…bueno, con todos, y nadie más que la providencia podía interferir en esa decisión. Viendo partir a lady Tenten que la hubo reverenciado respetuosamente, así como escuchando las puertas siendo cerradas tras de sí, Hayami volteo a contemplarse una última vez frente al espejo, analizando cómo es que la sortija combinaba a la perfección con el resto de sus joyas, con su cabello y con el diseño de su vestuario, de principio a fin. No dejaría que nada, ni siquiera la insufrible Takara, arruinar ese día por el que había esperado tanto luego de haber escuchado las promesas del Príncipe Shisui, celebraría como la Sultana Sakura quería que hiciera, y sonreiría con arrogancia frente a Takara, desplazándola a cada oportunidad que se le hiciera presente.
Este día era suyo, era su boda.
El Harem solía ser descalificado por las cortes europeas como un lugar de "pecado", la visión del Harem hacía pensaren la poligamia era algo consentido y que un hombre podía tener a su disposición cuantas mujeres desease con tal de saciar su lívido, que el pecado capital de la lujuria era admisible…o eso era lo que el credo eclesiástico y católico hacía creer; claro que había mujeres en el harem, pero no todas ella cumplían roles tan sexuados como se pensaba y el ejemplo de ello era el modo en que se celebraba la boda en ese lugar de cuento de hadas. Un grupo de mujeres tocaba música magnifica para darle al ambiente un aspecto casi de fábula, otro grupo de mujeres calificadas como odaliscas resultaba el entretenimiento principal por su talento en la danza siendo el centro de atención, y los guardias—eunucos—y sirvientas que entraban y salían del Harem, trayendo consigo bandejas con comida, dulces y demás para que todos estuvieran felices en su totalidad. Aquellas que no estaban cumpliendo alguna función se encontraban sentadas a libre albedrio en la estancia disfrutando del espectáculo como era el caso de las Sultanas del Príncipe Heredero; Seina y Masumi, acompañadas de sus hijos Hashirama, Kaede y Sasuke, así como por Akiko. Así que; cuando fue el momento de Hayami de entrar en el Harem, todos-o casi todos-estuvieron felices, observando con fascinación como las mismas odaliscas que cumplían el fin de entretener modificaban su coreografía para permitirle pasar, rodeándola y bailando a su alrededor hasta que hubo llegado al final del largo pasillo donde estaban dispuestos los tronos a ocupar por la familia Imperial, sentándose sobre uno de los almohadones dispuestos sobre el suelo ante el lugar que habría de ocupar el Príncipe Shisui, frente a la Sultana Takara, no sin antes voltear de forma sobreactuada-casi haciendo chocar la tela de las magas de su vestido, contra el rotor de Takara, apropósito-para observar a todas y todos los presente, tomando asiento en su respectivo lugar.
Sentada junto a sus pequeños hijos, Hashirama y Kaede de cinco y cuatro años, quien increíblemente atraía las miradas sin percatarse era la segunda Sultana del Príncipe Heredero, la Sultana Seina. Su intención no era esa y—de hecho—si se lo hubieran dicho eso seguramente se habría reído porque jamás pensaba en impresionar a nadie sino más bien todo lo contrario. Vestía unas sencillas galas esmeralda azulado, de escote corazón y cerrado en el centro del corpiño por dos botones que iban desde el escote hasta la altura del busto, con falda de sea ribeteada en gasa para mayor movilidad y mangas ajustadas hasta los codos que se abrían para exponer los brazos; por sobre el vestido un chaqueta de encaje azul verdoso—casi idéntica al color del vestido—hecha de gasa y encaje ribeteada en diamantes y cristales azul oscuro para replicar el emblema de los Uchiha y flores de cerezo sobre la tela, sin mangas, cerrada bajo el busto por un profundo escote en V y abierta bajo el vientre para conformar una falda superior.. Sus largos rizos castaños que iniciaban desde lo alto de su cabeza y caían perfectamente sobre sus hombros y tras su espalda, adornados por una bella diadema de plata creando una estructura que emulaba flores de cerezo y cuyos pétalos eran conformados por esmeraldas y zafiros engarzados, a juego con unos pendientes de plata y zafiro en forma de lagrima y sin necesidad de otra joya que realzara su natural belleza. Claro que no lucia soberbia y arrogante como Takara o magníficamente envidiable como Hayami, pero quizá fuera su honestidad, bondad y sencillez aquello que la hiciera tan especial, después de todo…era la predilecta dela Sultana Sakura y nadie más tenía ese honor.
-Es una mujer inteligente- admitió Siena, sonriéndoles a sus hijos. -Llego, vio y conquisto- cito recordando el lema del emperador romano Julio Cesar.
-Consiguió casarse y obtener el honor de ser la esposa legal del Príncipe- admiro Masumi, igualmente dichosa por la celebración, abrazando a su hijo contra su cuerpo.
Otra mujer igualmente hermosa pero sencilla en apariencia era la Sultana Masumi que como Siena disfrutaba de la celebración, porque existían motivos para ello; Takara era reemplazada y Hayami era una amiga para todas, ¿Por qué no celebrar? Hayami era todo lo que Takara no era. Sentad junto a su hijo Sasuke, de cuatro años, portando unas encantadoras galas naranja rojizo de osado escote en V, calzado a su figura pero de forma holgada, falda hecha de dos capas de gasa, una superpuesta sobre la otra, y mangas holgadas y semitransparentes que llegaban a la altura de las muñecas de no ser que ellas las mantenía cruzadas sobre su regazo; por sobre estas galas una chaqueta superior hecha igualmente de gasa pero ribeteada en encaje y cristales dorado y naranja que replicaban el emblema de los Uchiha por sobre la tela, sin mangas y escasamente cerrada a la altura del vientre. Sus largos y ondulados cabellos azabaches caían libremente sobre sus hombros y tras su espalda por una bellísima diadema de oro que hacia caer hilos de oro con cristales en forma de lágrima a la altura de su frente, a juego con unos pendientes de oro y ámbar en forma de lagrima y una fina cadena de oro alrededor de su cuello y de la que pendía un dije de ámbar en forma de lagrima. Una nueva aliad de la Sultana Sakura ganaba poder, una amiga, acontecimientos así merecían ser celebrados y Masumi coincidía en dicho parecer.
Casi bailando de la alegría por la celebración pese a encontrarse sentada en su lugar, Akiko devoraba—no comía, devoraba—los dulces y pasteles que estaban frente a ella sin disimulo alguno y la razón era lo mucho que todos la conocían, eso y que su decoro no frenaba su apetito. Alegre y halagadora a su propio modo, como siempre, no resultaba un misterio o sorpresa para nadie que Akiko luciera casi magnética en esas sencillas galas de seda y gasa blanca, de escote corazón y mangas holgadas y abiertas desde los hombros pero que pasaban inadvertidas, lo cual no era el caso de la falda que estaba compuesta por dos capas, hecha de seda y que tenía superpuesta una capa de gasa para mayor movilidad lo cual era importante en su caso ya que no era demasiado buena quedándose quieta en el mismo lugar; por sobre esta galas se hallaba una poco usual pero bellísima chaqueta color crema que llegaba hasta la altura de los muslos, ribeteada en encaje almendra bordado en hilo de diamante que hacia brillar los contornos de los estampados el tela, de profundo escote en V cerrado bajo el busto—por cinco botones color crema—así como de mangas ajustadas hasta los codos y holgadas hasta cubrirlas manos de forma acampanada. Su largo cabello rubio se hallaba recogido en una coleta que cai sobre su hombro derecho, resaltando espontáneamente la cadena de plata alrededor de su cuello y de la que pendía un dije en forma de narciso con tres cristales en forma de lagrima que caían casi a la altura de su escote a semejanza del dije de la diadema e plata que caían sobre su frente, y como complemento unos pendientes de plata y perla en forma de lagrima. No tan esbelta como sus amigas o compañeras, pero no por ello menos bella y encantadora con su incomparable carisma
-Y ahora camina ante nosotros con esas cosas en la cabeza- señalo Akiko, observando la diadema de Hayami y a cual pendían largos hilos de plata. -Deberíamos llamarla Sultana Haseki "Telli" Hayami- bromeo haciendo reír a Seina y Masumi, riendo ella desde luego. -No se rían, o nos ahogara con esas cuerdas- advirtió con fingida amenaza, apenas y pudiendo contener la risa.
El verdadero motivo para guardar silencio no era solo la broma, ante la cual Hayami indudablemente hubiera reído, sino más bien la presencia de Takara cuya cólera nadie deseaba desatar pese a que su influencia estuviera disminuyendo, no era sabio tentar al diablo. Sentada frente a Hayami y acompañada por sus hijos Itachi y Seramu—de cinco y dos años respectivamente—se encontraba la Sultana Takara, tan arrogante y orgullosa como siempre. Portaba un elegante vestido rubí-granate de mangas ajustadas hasta las muñecas, de escote cuadrado enmarcado en el escote, los hombros y la división que separaba el centro del corpiño de los laterales y la falda superior de la inferior, hecho de encaje dorado y rojizo, el centro del corpiño así como la falda interior era de color granate y estaban ribeteados en encaje rubí oscuro con diamantes engarzados y que resplandecían contra la luz. Alrededor de su cuello se encontraba su gargantilla predilecta; hecha de plata y esmalte de la cual pendían cuatro diminutos dijes de cuna de plata en forma de lagrima, con un dije central que replicaba le emblema de los Uchiha y que—al igual que las otra cuatro pequeñas cunas tenían en su interior un rubí que replicaba el contorno de esta, a juego se encontraba unos pequeños pendientes de una de plata en forma de ovalo con diamantes incrustados y un rubí homólogo en su centro. Su largo cabello naranja perfectamente recogido tras su nuca era una invitación a la admiración por causa de la corona sobre su cabeza, hecha de oro para crear una estructura en forma de tulipanes con rubíes, granates y diamantes rojos dispersos en la cima y en puntos inexactos. Puede que ahora Hayami le hiciera competencia, pero seguía siendo la Haseki Principal y aquel era un lugar que nadie jamás le quitaría.
-Sultana Takara- nombro Hayami llamando la atención de la aludida, -¿No va a felicitarme?- contrario, esperando dichas palabras salidas de los labio de la primera Haseki del Príncipe Heredero.
-Por fin lograste lo que querías, felicitaciones- contesto Takara con evidente disgusto que hubo expresado en el implícito sentido de sus palabras. -Usaste bien las debilidades de su alteza- añadió, evidentemente con la intención de molestar a Hayami en el proceso.
No estaba en esa celebración por gusto, ni pensaba exteriorizar semejante mentira, mucho menos frente a Hayami, su verdadera razón para estar ahí era establecer los límites de Hayami y recordar que ella era la Haseki Principal, un lugar que nadie jamás tendría salvo ella, no iba a cambiar de parecer con respecto a Hayami; continuaba considerándola una arribista cualquiera y eso era lo que siempre seria a sus ojos, además…ella seguía y seguiría siendo la mujer más poderosa de entre las Sultanas del Príncipe Heredero, Hayami igualmente debería reverenciarla ya fuera que lo quisiera o no, era inevitable, aun podía enorgullecerse de su posición y ese continuaba siendo su mayor logro hasta la fecha. Las palabras de Takara no la sorprendían, la sorprenderían si fueran lo contrario, pero tampoco es como si pudiera ser herida de ese modo, ella amaba a Shisui y no ambicionaba poder alguno, no era como Takara ni jamás lo sería, así que Hayami hubo comprobado que ella era todo cuanto no era su rival, porque era honesta y leal a la Sultana Sakura, eso era mil veces más importante que cualquier logro del que Takara pensar jactarse.
-Crees que todos son hipócritas como tú, pero yo amo a su alteza con todo mi corazón, la Sultana Sakura lo sabe bien- contradijo Hayami, sin titubeo alguno al decirlo, -esto es solo una de las muchas respuestas a ese amor- evidencio descendiendo su mirada a sus ajuares y joyas ate los que estaba más que orgullosa.
-Crees que tuviste una victoria- corroboro Takara, pero negándole el crédito que Hayami seguramente pensaría en auto brindarse, -pero no olvides, que en este palacio caes cuando piensas que no caerás y mueres cuando piensas que no morirás.
Rai, el pequeño hijo de Hayami, era en así el menor de sus problemas a la fecha, era un bebé indefenso que ante su juventud bien podía morir sin razón, solía suceder a menudo, así que quien tenía la oportunidad de sentirse a salvo ante la salud y vitalidad esa era Takara que se enorgullecía de ver a sus dos hijos; su Príncipe y su Sultana. Desde luego que Hayami no pensaba darle la razón a Takara no verbalmente, pero sabía que la tenía; claro, aún era joven y carecía de la experiencia el sufrimiento en ese Palacio, porque la Sultana Sakura la había protegido, pero esos muros de poder y gloria sin par ocultaban la muerte, la soledad y el sufrimiento y era preciso que no olvidara lo fácil que se podía llega a la cima y luego caer, porque ascender o descender del foco del poder era fácil pero mantenerse…aquello si era lo más difícil del mundo. Pero la mejor forma de aprender de los errores y lecciones que provocaban los golpes tropiezos era no olvidar quien había sido y—en parte—continuaba siendo, esa era la mayor lección que Hayami había prendido de la Sultana Sakura y jamás la olvidaría. La aparición de Shikamaru en el Harem paso—por así decirlo—sin pena ni gloria, hasta que su voz hubo hecho el anuncio definitivo que todos esperaban oír.
-¡Atención!, ¡Su Majestad la Sultana Sakura, y su Altezas las Sultanas Shina, Sarada, Hanan y Aratani!- anuncio el Nara.
La música se hubo detenido de inmediato ante el anuncio, así como la danza, las conversaciones y e ajetreo ante lo cual cada una de las sirvientas, odaliscas, concubinas, Sultanas y Príncipes se hubieron levantado de sus lugares, formando dos filas, una a cada lado del Harem para reverenciar a la que era la mujer más hermosa del Imperio, la Haseki el Sultan del mundo. Su belleza que no disminuía sino que no hacía más que aumentar con el tiempo, su esbeltez y encanto tan particular eran envidiables en demasía y eso todas lo pensaron mientras reverenciaban a la Sultana Haseki que portaba unas fabulosas gala violeta-purpureo de mangas ajustadas hasta los codos donde se volvían holgadas y transparentes hasta cubrir las manos, de escote alto y redondo ribeteadas en encaje y cobrizo y dorado en el centro del corpiño formando un profundo escote en V—que terminaba bajo el busto—como si se trata de dos piezas individuales de tela—separan el centro del corpiño de los laterales—al igual que un grueso fajín a juego y que enmarcaba sus caderas, oscilando en el costado derecho de su cadera, igualmente estampado en hilo cobrizo y dorado se encontraba un hecho posterior y alto hecho de gasa que hacía destacar la insuperable guirnalda alrededor de su cuello, hecha de plata y ribeteada en diamantes, con tres dijes en forma de lagrima—el central de mayor tamaño—con dos hileras conformando las cunas que albergaban en su centro un diamante purpura en forma de lagrima, y a juego con un par de pendientes idénticos. Su largo cabello rosado se encontraba impecablemente recogido tras su nuca, haciendo aún más impresionante la corona de oro, escamas de plata, diamantes purpura y amatistas que conformaba una estructura de lilas, orquídeas y dalias que llamaba la atención de cualquiera. Podía jactarse del orgullo que sentía, aquellas joyas eran nuevas, como siempre Sasuke no podía evitar ordenar que hicieran joyas aún más deslumbrantes para ella cada vez que se aproximase una celebración, y la boda de Hayami no era un evento aislado, quería que se vira aún más deslumbrante que nadie y al parecer había cumplido o superado todas las expectativas había y por haber, como siempre.
Tras la Sultana Sakura hizo alarde de presencia una de las mujeres más hermosas en todo el Imperio, la Sultana Shina que no cesaba de acaparar la atención, ya fuera que lo quisiera o no. La segunda hija de la Sultana Sakura se encontraba enfundada en unas sencilla pero elegantes galas de sea y gasa aguamarina, de mangas ajustadas hasta os codos que se volvían holgadas y transparentes hasta cubrir las manos, de escote corazón ribeteado en encaje para crear un margen superior, y errado por dos botones de diamante que iban desde el escote hasta la altura el busto, y de falda de hecha de gasa compuesta por dos capas superpuestas una sobre otra; sobre las galas se encontraba una chaqueta de seda y tafetán aguamarina—a juego—sin mangas, pero si hombreras que ejercían la función de mangas, recatado escote en V que se cerraba bajo el busto y falda que se abría bajo el vientre para exponer el vestido inferior, las hombreras, los gruesos contornos del escote y el dobladillo de la falda estaban bordados en hilo fucsia brillante recreando un patrón de flores de cerezo en el centro de la tela, los hombros y lados del escote interino de la tela. Sus largos rizos rubio castaños se encontraban perfectamente recogidos tras su nuca de forma elegante, resaltando su largo cuello desprovisto de joyas, resaltando con mayor facilidad la elegante corona de oro ribeteada en diamantes multicolor, amatistas y topacios en una estructura en forma de espinas y rosas, a juego con un par de pendientes de oro y amatista ne forma de lagrima.
Solo comparable a su madre en hermosura se encontraba la Sultan Sarada que nuevamente portaba uno de los antiguos vestidos de su madre y que habían pasado a sus manos en el pasado, demostrando así el singular parecido físico entre ambas pese a las notorias diferencias como lo eran el color de cabello y ojos. Se trataba de unas elegantes galas esmeralda brillante de mangas ajustadas hasta las muñecas, bajo escote corazón y perfectamente calzado a su figura y de falda de una sola capa hecha de seda, ribeteadas en encaje dorado con incrustaciones de diamantes que iba desde el escote a la altura del busto y que igualmente creaba unas elegantes muñequeras, por sobre las galas una chaqueta superior hecha de seda e igual color, sin mangas y que formaba u profundo escote en V que se cerraba escasamente a la altura del vientre y que como el vestido inferior estaba ribeteada en encaje dorado con diamantes incrustados y que conformaba los bordes de la tela y escote, la caída de la tela y el dobladillo de la falda, además de un cinturón a juego que cerraba la chaqueta, oscilando al costado izquierdo de su cuerpo, pareciendo la homologa de su madre. Su largo cabello azabache, caía libremente tras su espalda como una cascada de rizos, adornado por una hermosa corona en forma cónica y que replicaba una estructura con una base en forma de enrejado pero que en su cima representaba capullos de jazmín en una especie de pirámide, con diamantes engarzados que brillaba contra la luz, a juego con un par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima.
Joven, encantadora e inocente al mismo tiempo; una combinación poderosa, eso era lo primero que podía inferirse de la Sultana Hanan quien disputaba el título de "hija predilecta del Sultan" porque era sabido por todos que el Sultan Sasuke accedía a todo cuanto su hija menor le pidiera, ya fuera algo insignificante o monumental. Su juvenil figura era cubierta por unas inocentes galas de seda y gasa rosa pálido—casi blancas—de recatado escote redondo con un cuello o escote falso hecho de gasa en V, cerrado desde el escote a la altura del vientre por seis botones de diamante, y falda de dos capas, una superior hecha de seda y una inferior hecha de gasa, con mangas ajustadas hasta los codos donde se abrían en lienzos de gasa para exponer los brazos; por sobre el vestido se encontraba una bella chaqueta de gasa rosa claro—ligeramente más oscura que el vestido—que se cerraba escasamente bajo el busto, sin mangas y ribeteada en encaje con diamantes incrustados para replicar el emblema de los Uchiha y flores de cerezo. Sus largos rizos rosados, a juego con su vestido y el natural sonrojo de sus mejillas, caía libremente tras su espalda y sobre su hombro derecho, únicamente adornado por una diadema de oro de tipo cintillo decorada con diamantes rosa y sin necesidad de ningún otro tipo de joya para embellecerla más de lo que ya era a simple vista.
Alguien que conocía bien la expectación por un matrimonio así era Aratani que hubo sonreído al ver lo esplendida y feliz que lucía Hayami. Un sencillo vestido de gasa rubí-rosáceo permanecía acido a la esbelta figura de la leal vasalla e hija adoptiva de la Sultana Sakura y del que solo eran visibles las holgadas mangas que llegaban a cubrir las mangas y al falda de seda ribeteada en gasa que enmarcaba la zona inferior de su silueta al caminar, por sobre el vestido portaba una magnifica y muy elegante chaqueta naranjo brillante de mangas cortas y ajustadas por sobre la altura de los codos, con bordados de oro en los bordes del alto cuello que producía un recatado escote en V, con bordados de encaje en forma de flores de cerezo, con un fajín igualmente bordado, que iniciaba bajo el busto y finalizaba a la altura de las caderas abriendo la chaqueta y dividiendo los bordados en ambos lados de la falda y en el dobladillo de la tela. Su largo cabello castaño lucia totalmente suelto, plagado de aquellos encantadores rizos que parecían enmarcar su rostro, cayendo perfectamente sobre sus hombros, resaltando aún más la hermosa corona de oro que replicaba flores de jazmín y orquídeas ribeteadas en diamantes color ámbar—que sostenía un largo velo rubí ,a juego con su vestido, cayendo libremente tras su espalda y con un par de pendientes de oro y cristal en forma de flor de jazmín. Resulto igualmente tierno para Aratani y el resto de las Sultanas—salvo Takara obviamente—el ver a Hayami recibir en sus brazos a su pequeño hijo de manos de sus doncellas arrullándolo en sus brazos.
-Sultanas, Sultana Sakura- reverencio Hayami sonriendo radiantemente, -su presencia en un gran honor y alegría para mí, y…deseaba agradecerle por su obsequio, Sultana- declaro para satisfacción de la Sultana Haseki a quien le falto poco para sonrojarse por su agradecimiento, -es muy hermoso, lo llevare siempre- prometió, incansable.
-Me alegra que tú seas feliz, Hayami- sonrió Sakura, dichosa por ser capaz de hacer feliz z alguien…aun cuando ella misma no lo fuera. Acunando a su pequeño hijo en sus brazos, Hayami hubo permitido que la Sultana Sakura, que lo amaba tanto, lo viera. -Rai, que Kami te de una vida larga y feliz, mi Príncipe- arrullo, acariciando una de las mejillas del pequeño que sonrió infantilmente por el afecto de su omnipresente abuela.
Si necesidad de más preámbulo, la Sultana Haseki y su hijas hubieron ocupado sus respectivos lugares sobre los divanes de oro—en el caso de la Sultana Sakura, y la Sultana Shina—y los almohadones ya dispuestos, —en el caso de las Sultanas Sarada, Hanan y Aratani—presenciando la señal dada por la Sultana Sakura que—antes de ocupar su lugar sobre el trono que habría de compartir con el Sultan—hubo indicado que continuase la celebración. Siguiendo su orden es que de inmediato la música hubo vuelto a llenar el ambiente, la danza fue el centro de atención y las alegres conversaciones hubieron creado un ambiente perfecto, bueno, de no ser por la presencia de Takara que hubo regresado a su lugar, sentada frente a Hayami. Según dictaban las costumbres del Imperio y la dinastía Uchiha; una boda—como era el caso de los funerales– era una ocasión pacífica y fuera como fuera debían dejar las animadversiones, al menos por ahora, aunque lo cierto es que la oferta de Takara no debía ser desdeñada aun, y de eso todas sus hijas—incluso Aratani y Eri, a quienes consideraba como tal—eran conocedoras para así prepararse para todo cuanto hiciera falta en el peor de los casos. Pero y si bien todo pareció volver a su anterior curso, había quienes no podían apartar sus miradas fanáticas y admiradoras de la Haseki del Sultan y tal era el caso del resto de las Sultanas del Príncipe Shisui, o más enfáticamente Akiko que llego a suspirar de forma soñadora ante la envidiable e insuperable apariencia de la Sultana Haseki.
-Por Kami, ¿vieron las joyas de la Sultana Sakura?-jadeo Akiko, impresionada como nunca. -Dicen que cuestan más de trecientas mil monedas de oro- murmuro, casi brincando de la emoción en su sitio.
-¿Por qué hablas de eso?- rió Masumi, incrédula por su tema de conversación.
-No te estreses, Masumi, solo comento-alego Akiko, defendiendo sus palabras. -La Sultana ya no puede tener hijos, y aun así el Sultan no llama a ninguna mujer a sus aposentos salvo a ella, y le obsequia joyas cada vez más envidiables- admiro, mordiéndose el labio inferior ante el derroche de influencia, amor y poder que significaba toda la visión que simbolizaba la Haseki del Sultan.
-En eso tienes razón, no hay mujer más poderosa que ella- elogio Seina, sonriendo ante la visión de la esposa legal del Sultan a quien apreciaba tanto y viceversa, -merece ser alagada- decidió, dando a conocer su opinión y siendo respaldada por Masumi y Akiko que pensaban igual.
Claro que la paz, organización y estructura del Harem, así como sus principios, solo existían gracias a la Sultana Sakura. La jerarquía y el orden ciertamente podía cambiarse, así había sucedido en el caso de su predecesoras, pero Sakura había regresado a los antiguos día, manteniendo una política de justicia tanto en la burocracia como en la vida cortesana, a ojos de la Sultana Sakura—aquella a quienes todos consideraban un ángel—todos eran iguales y merecían un trato cordial y justo, salvo los enemigos del Imperio, nadie soñaba siquiera con pensar en la posibilidad de verla partir, de recibir la noticia de que moriría…era extraño y triste para Sakura saber todo esto, saber que entristecería a quienes la amaban cuando tuviera que morir, pero sería cínico de su parte decir qué pensaría en arrepentirse. Quería morir, quería ver como el sufrimiento de su vida en el mundo desaprecia como su último aliento, quería encontrar la paz unto a los que amaba y que estaban esperándola en el otro mundo. Ya había soportado mucho hasta la fecha, pero la fecha de su muerte…solo Kami la sabía, nadie más. La Sultana Haseki negó para sí misma al darse cuenta de la mirada de su hija menor que casi pareció leer sus pensamientos y a quien tranquilizo con su mirada, en ocasiones resultaba demasiado fácil sumergirse en los pensamiento, pero—regresando su atención a la danza que tenía lugar y a la música que llenaba el ambiente—era mejor que recordara vivir el ahora y despreocuparse de tantas complicaciones emocionales. La aparición del Hasoda Basi no pasó inadvertida para Sakura que hubo sonreído de forma casi imperceptible ante la aparición del resto de los miembros de su familia.
-¡Atención!, ¡Su Majestad el Sultan Sasuke, y sus altezas las Sultanas Mikoto e Izumi y el Príncipe Shisui!- anuncio Shisui.
En el pasado, los anteriores Sultanes habían sido figuras ausentes, ninguna mujer del Harem sabía de su apariencia hasta no ser llamada a sus aposentos, pero la organización de la Sultana Sakura en las celebraciones contribuía a la oportunidad de poder ver al Sultan Sasuke, saber cómo era y familiarizarse más fácilmente con el Imperio, una oportunidad única. El gobernante del mundo se encontraba magníficamente vestido con un elegante Kaftan de seda y tafetán color negro de marcadas hombreras, mangas dobles, —unas superiores y posteriores que parecían lienzos de tela tras sus brazos, y unas inferiores ajustadas por completo hasta las muñecas—con seis botones de oro en caída vertical desde el cuello al abdomen, engarzados con hilo de oro en complejo pero elegante diseño estético en conjunto con una serie de bordados en hilo de oro que emulaba el emblema de los Uchiha en la espalda, los hombros, las mangas superiores e inferiores, los costados del Kaftan, los laterales del pecho y la caída de la tela. Como siempre, al igual que su esposa, su simple presencia era motivo de atención de todos a su alrededor, pero a Sasuke le hubo resultado insignificante cuando nada era más importante para él que su Sultana Haseki junto a quien hubo ocupado su correspondiente lugar, indicando inmediatamente que continuase su celebración.
Junto al trono o diván en que se hallaban sus padres se encontraban cuatro divanes, dos a cada lado; y Mikoto no dudo en ocupar su lugar junto a su hermana Shina, ambas sonriéndose entre sí, habían pasado años desde la última vez que una boda había tenido lugar y merecían celebrar una ocasión así de feliz porque ganaban una aliada y amiga para siempre, eso era Hayami. La Primogénita de la pareja Imperial portaba unas sencillas galas granate hechas de terciopelo, de mangas ajustadas y ceñidas hasta las muñecas e interinamente cerradas por dos botones de diamante, el escote era redondo pero sin ser demasiado profundo ni rebajado sino más bien conservador, cerrado por seis botones granates que iban desde el escote al vientre, ciñendo la tela a su cuerpo y enmarcando su esbelta figura, haciendo que la falda cayera elegantemente sobre sus piernas; por sobre sus elegantes pero sencillas galas se encontraba una chaqueta de seda y satín granate estampada con figuras de diamante color plateado, sin mangas y escasamente cerrada bajo el busto creando un profundo escote en V que se veía enmarcado—así como la caída de la tela y el dobladillo de la falda—por un grueso margen plateado que abarcaba más de la mitad de la superficie e la tela; los hombros, lados del corpiño y una franja que abarcaba el área de las costillas y la espalda. Su largo cabello rosado se encontraba perfectamente recogido tras su nuca, resaltando naturalmente la magnífica corona de oro y que replicaba púas, capullos de lilas, espinas y dalias compuestas de diamantes rojos, granates y rubíes, de oro y granate en forma de lagrima cuyo dije pendía de un pequeño diamante en forma de ovalo, y sin necesidad alguna de ostentar otra joya que evidenciaría aún más su increíble belleza.
Sentada sobre su trono, junto a su hermano mellizo, se encontraba la Sultan Izumi que se encontraba engalardonada como nunca con motivo de una ocasión así de feliz ara su querido hermano, considerando que cualquier celebración era poca en esas circunstancias. Se trataba de unas elegantes galas turquesa-grisáceo de aspecto metálico, de coqueto escote corazón perfectamente detallado a las medidas de su cuerpo para evidenciar su perfecta figura, ribeteado en diamantes bajo el busto y hasta la altura del vientre como una lluvia de estrellas, falda de una sola capa hecha de seda y estampada en encaje gris perla oscuro en los costados del corpiño, —por un fino margen que iba desde los hombros a la altura le vientre, hecho de hilo de plata—la falda superior y las mangas que eran ajustadas hasta las muñecas en cuyo interior eran cerradas por dos botones de diamante, y por sobre estas mangas se encontraba unas mangas superiores o capa de seda turquesa-grisáceo que eran holgadas desde los hombros y que tendían a cubrir la mayor parte de las mangas inferiores de no ser que la Sultana Izumi mantenía las manos cruzadas por sobre su regazo. Su largo cabello castaño se encontraba recogido en una coleta que caía sobre su hombro derecho, permitiendo una elegante caída para sus rizos, aun así dos rebeldes pero encantadores rizos escapaban de su peinado resaltando su natural temple rebelde que la asemejaba tanto a su madre, enmarcando su rostro, destacando inevitablemente la corona de oro que emulaba flores de jazmín y pequeños capullos de rosa, ribeteada en diamantes y diminutas perlas que no hacían más que destellar contra la luz, así como un par de pendiente de pendientes de plata que representaban el emblema de los Uchiha bañado en esmaltes y diamantes y del que pendía un diamante ámbar en forma de lagrima, solo equiparando la guirnalda de oro blanco y escamas de plata alrededor de su cuello y de la cual pendían diminutos sarcillos de cristal gris azulado que combinaban perfectamente con su vestido.
-Nos alegra que aceptaras venir, padre- comento Izumi inevitablemente, -Kami mediante este matrimonio será para mejor- oro, evidenciando su rebele opinión, como siempre.
-¿Para mejor, Izumi?- repitió Sasuke, intentando mantener la calma ante las palabras sin sentido de su hija. -Por un lado los indicios de revuelta y por el otro los despilfarros de Shisui, a este paso nos acercaremos más a una posible calamidad- mascullo, únicamente conteniéndose por Sakura que le sostuvo la mano, sosegándolo con ese único gesto.
Shisui intento hacerse el desentendido ante las palabras de su padre, pero era imposible, ¿Cómo hacerlo? Cada vez que intentaba ser feliz, su padre se metía en medio de todo, impidiéndole sentirse dichoso o tranquilo siquiera. Vestía—por sobe la usual y tradicional túnica esmeralda azulado, hecha de seda, cuello alto y mangas ceñidas hasta las muñecas—un elegante Kaftan que su madre había ordenado que fuera precisamente hecho para él con motivo de la celebración en cuestión, hecho de seda y satín esmeralda azulado, de cuello alto cerrado desde el cuello al abdomen por ocho botones de diamantes engarzados con cadenas de oro en vertical que adornaban el centro del pecho y marcadas hombreras, las mangas hasta la altura de los codos, abierta en los costados, los costados del pecho del Kaftan y la caída de la tela era un tanto más oscura, favoreciendo así que las botas de cuero color negro fueran perfectamente visibles por la misma caída que generaba el fajín esmeralda oscuro que ceñía el Kaftan alrededor de su cuerpo. Quería pasar ese día siendo absolutamente feliz, ansiando la primera noche que pasaría con su esposa, pero aparentemente su padre no planeaba permitirlo, quería obstaculizar su felicidad como siempre había hecho hasta ahora, solo que Shisui no planeaba permitirlo esta vez, menos con las razones que tenía para hacerlo.
-¿Por qué lo dices, padre?, ¿Acaso se celebró una boda incluso mayor cuando te casaste con mi madre?- pregunto Shisui, sintiendo un amor así o más grande por Hayami que le sonrió disimuladamente por el elogio implícito en sus palabras.
-¡¿Con quién comparas a tu madre?!-gruño el Sultan.
Su belleza, su intelecto, su inocencia, su dulzura, bondad, belleza…Sasuke perfectamente podría continuar enumerando todas las magníficas características que definían a Sakura, compararla con cualquier otra mujer o ser sobre la tierra era imposible, así que no resulto agradable—de ninguna forma—para Sasuke ser testigo de la aparente comparación que realizaba Shisui. Tonta, ingenua, demasiado soñadora y ambiciosa, Hayami apenas y conseguía llegarle a los talones a Sakura, nadie podría ser como ella, jamás, ni siquiera Mikoto, Shina, Sarada, Izumi y Hanan podían equipararla; asemejársele mucho, sí, pero ser como ella era lo más imposible del mundo, porque había vivido por demasiadas cosas como para que alguien creyera poder emularla aunque fuera por un minuto, Takara lo había intentado, también Naoko, y el resultado había sido…el fracaso absoluto. Tal vez Sakura no hubiera nacido dentro de la dinastía, sus orígenes plebeyos en Grecia eran fiel prueba de ello, pero lo cierto es que tenía el carácter perfecto de una Sultan y más, y esto era un milagro que sucedía muy pocas veces en la historia. Nadie podía compararse con Sakura, era así de simple. Claro que la idea de Shisui no era esa, su madre era un ángel a sus ojos y pensar en asemejarla a alguien más era absolutamente ridículo, pero el punto que Shisui quería enfatizar era el amor que sentía por Hayami y que consideraba muy cercano al amor que su madre llevaba relatándole desde que era niño, solo que él no pretendería herir a Hayami con sus decisiones como su padre había hecho con su madre, eso ni soñando.
-No me refiero a eso padre, nadie se compara con mi madre- corrigió Shisui, observando a su madre que asintió con una sonrisa, habiendo comprendido el sentido de sus palabras, más Sasuke no, -pero tu arrogancia te hace ver y escuchar lo que tú quieres que sea- riño sosteniéndole la mirada a su padre, o al menos por unos instantes. -Por cierto, tengo un obsequio para ti, padre- declaro, alzando la mirada hacía la entrada del Harem.
Uno de los soldados jenízaros de pie junto a las puertas hubo accedido de inmediato a su orden, retirándose de inmediato, y para cuando Sasuke hubo alzado la vista para saber a qué se estaba refiriendo Shisui, vio como dos soldados ingresaban en el Harem, cargando un sencillo pedestal de madera sobre el cual se hallaba un retrato cubierto por un lienzo de seda color negro que obstaculizaba cualquier visión sobre el mientras era ingresado y al cual las bailarinas evadieron sin cesar en su labor de resultar el entretenimiento principal de los presentes, aunque hubo resultado obvio que la aparición del retrato hubo resultado muy curioso para todos quienes tuvieran la oportunidad de ver que aparecía retrato en él. La pintura-de marco de oro-fue puesta frente a la familia Imperial y descubierta, rebelando el retrato de una mujer con vestiduras de inspiración romana y eclesiástica junto a un niño igualmente vestido y que le sostenía la mano, ambos de pie bajo la imagen una cruz del credo cristiano, quizá no fuera el mejor retrato sobre la tierra, pero si lo bastante ilustrativo para dejar en claro quiénes eran las personas que parecían retratadas en él. La expresión de la Sultana Sakura—que bajo la mirada-fue de palpable tristeza, contraria a su esposo que lucio tan indiferente como siempre, la indignación ante esa imagen fue evidente de parte de las Sultanas presentes, salvo Takara que sonrió disimuladamente y para sí misma, aquello era mejor que todo cuanto hubiera podido esperar de sus planes.
-¿Los reconoces? Son mi hijo Baru y mi favorita, Ryoko- aclaro el Príncipe por si es que esto ya no era tan evidente como parecía. -Nuestros enemigos en el extranjero los encerraron en un monasterio y están preparando a mi hijo para que sea un clérigo católico- Shisui se sintio herido de solo repetir lo que Shikadai Nara Pasha había dicho anteriormente. -Todo lo que digas será nada para mí, padre- desestimo venenosamente.
-Llévense eso, no quiero verlo- ordeno Sasuke, a punto de perder la paciencia.
Viendo partir a los jenízaros, Sasuke se sintio preso de la culpa, esa no había sido u intención al exiliarlos a Sunagakure, pero tampoco es como si fuera correcto culparse de todo, Takara tenía más culpa porque él solo había decidido el exilio, no que fueran entregados a los enemigos de la fe y creencia Imperial, pero poco y nada podía decir para remediar lo sucedido, no había nada que pudiera hacer para arreglar las cosas. Hayami alzo su preocupada mirada de Shisui, claramente enfadado, a la Sultana Sakura que no hubo tomado partido en la discusión, permaneciendo en silencio y con la mirada baja, pero reflejando una tristeza dolorosa y empática de sentir. Desde luego que las demás Sultanas hubieron guardado impoluto silencio, no era su deber inmiscuirse en la discusión que tenía lugar entre su padre y su hermano, aun cuando quisiera hacerlo de todo corazón como era el caso de Izumi y Sarada, pero claramente se sentían mortificadas con la noticia. Ryoko había soportado mucho, solo para ser separada de ellos para siempre por causa de Takara que lucía evidentemente satisfecha pero a la que no podían confrontar. Si querían proteger Shisui como tenían planeado hacerlo, era necesario fingir que encontrarían en ella a una aliada, al menos durante algún tiempo más, hasta que Itachi fuera declarado Príncipe Heredero del Sultanato, y afortunadamente no faltaba mucho tiempo para que eso sucediera.
-Los dos están muertos para mí, asesinados por ti- culpo Shisui, incapaz de guardar silencio y fingir que todo estaba bien entre su padre y él porque no lo estaba ni estaría jamás.
-Deberíamos dejar el pasado en el pasado para que así no lo usen contra nosotros- sugirió Sasuke, pasando por alto las palabras de su hijo que no carecían de un motivo para ser pronunciadas, -es obvio lo que debemos hacer, negar que Baru es tu hijo- determino, anteponiendo la reputación del Imperio en dicha circunstancia.
-¿Acaso no es lo que quisiste desde el Principio?-contrario Shisui de inmediato.
La declaración de Shisui fue ignorada por Takara, pero no las palabras del Sultan Sasuke; ese había sido el motivo de Takara para actuar, el deseo beligerante de convertir a su hijo en el Príncipe de mayor edad el Sultanato para que así fuera u heredo obvio en caso de amenazas y peligros, sucesos que tendrían lugar pronto, los sacrificios a efectuar serian poco cuando su hijo fuera entronizado como Sultan y ella estuviera su lado como Madre Sultana y Regente del Sultanato, haciendo uso del poder con total liberta, sin nadie que le impidiera actuar como había sucedido hasta la fecha. Ser consecuente con sus propios errores era una cosa, y lo admitía porque había intentado que Baru y Ryoko regresaran, sabía que había obrado mal anteriormente pero de todas formas tal suceso no había podido cambiarse, era imposible, más las venenosas palabras de Shisui le impedían pensar con cordura, ¿Cómo continuar siendo odiado por uno de sus hijos?, ¿Qué esperaba de él?, ¿Qué quería que hiciera? Aun cuando fuera el Sultan del mundo, tenía limitaciones, no podía hacer todo cuanto deseaba, no con la cantidad de enemigos que poseía, de poder hacer su voluntad…sus hijos no habrían muerto, tampoco su madre, y Sakura no tendría por qué haber soportado todo con lo que había lidiado hasta la fecha, si pudiera hacer su voluntad, muchas, muchísimas cosas serían totalmente diferentes de cómo eran ahora.
-No sé porque acepte venir en primer lugar- refunfuño Sasuke, apartando su mano de la de Sakura.
Sakura apretó fuertemente los ojos, frustrada por no poder evitar ese tipo de discusiones que tenían lugar dentro de su familia, pero no era por causa suya que las cosas estaban como estaban, o eso se dijo a si misma mientras veía a Sasuke levantarse y retirarse sin reparar en nada ni en nadie, menos en ella. Una parte de su corazón le decía que, quizá, todo hubiera sido diferente si no hubiera hecho el trato con la hechicera, Sasuke podría o no podría haber muerto, eso jamás lo sabría, pero con total seguridad no habría tenido que vivir todo cuanto rememoraba hasta la fecha, pero era demasiado tarde para retractarse, no cambiaría nada. Apenas abrió los ojos, alargo su mano para sostener le brazo de Shisui que tenía la intención de levantarse e ir tras su padre, continuando con esa confrontación, por eso no era lo correcto, en ningún caso. Shisui se mantuvo en su sitio, congelado al sentir el tacto de su madre a quien observo y que le rogó con la mirada que mantuviera la calma, al menos por ella, y Shisui no pudo negarse ante su petición.
Por su madre estaba dispuesto a hacer lo que fuera.
PD: hola a todos :3 finalmente estoy de vacaciones, libre para complacerlos y prometiendoles que iniciare fic nuevos a partir de la semana de navidad como regalo para ustedes, así que comenten cual quieren que inicie de la lista que ya tengo u otro que tengan en mente :3 como siempre espero ser capaz de satisfacer sus expectativas :3 la actualización nuevamente esta dedicada a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro y con quien me disculpo de todo corazón por la demora, prometiendo actualizar el fic "La Bella y la Bestia" durante esta semana :3), y a todos aquellos que siguen la historia en todas sus formas, sin excepción :3 Si tienen alguna sugerencia con respecto a series o películas que quieran como adaptaciones, apreciaría que la aportaran, -antes de navidad porque entonces tengo penado iniciar nuevas historias-recordándoles que este fic, y los otros que hago, son por y para ustedes, reiterando parte de los nuevos personaje que comienzan a hacerse presentes, y recordandoles que pueden comentar que fic quieren que inicie de los que ya había planeado :3 los amo, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.
Hechos Históricos:
-Telli Haseki Hümaşah Sultan-Sultana Telli Haseki Hayami: fue la única esposa legal del Sultan Ibrahim I en una época en que la monogamia continuaba viéndose de forma negativa dentro del Imperio Otomano, su hijo Mehmet IV (hijo de la Sultana Turhan Hatice) seria el ultimo Sultan en casarse o tener una mujer a la llamar Haseki, la Sultana Emetullah Rabia Gülnuş. Hayami es aceptada dentro del imperio como la esposa legal del Príncipe Shisui,no solo por el amor que siente por el Príncipe Heredero, sino también por la lealtad que le guarda a la Sultana Sakura, su matrimonio sera algo de lo cual pueda disfrutar pero por un corto lapsus de tiempo.
Fics proximos (comenten cual quieren que inicie :3):
-Operación Valkiria (casting y resumen ya hecho, al igual que la portada)
-Sasuke: el Indomable (casting y resumen ya hecho, y la historia ya visualizada, portada ya hecha)
-Cazadores de Sombras (con el prologo y tres primeros capítulos ya hechos, así como la portada)
-Cazadores de Sombras: Los Orígenes (historia ya visualizada, con prologo y portada en proceso)
-El Clan Uchiha (precuela de "El Sentir de un Uchiha", historia ya visualizada, y portada ya hecha :3)
-El Siglo Magnifico: Indra y el Imperio Uchiha (sin casting pero con la historia ya visualizada y la portada ya hecha)
-El Siglo Magnifico: Mito, Mei & Mikoto (casting ya hecho, sin resumen y con la historia ya visualizada)
-La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber (casting y resumen ya hechos, historia visualizada y diseñada en conjunto con la portada y el vestuario)
