Un día, días antes.
— Allí — señala, el fugaz reflejo de su cabello en el vidrio —. Mira, esa roja. Es preciosa. — A Hanamaki le brillan los ojos, dos destellos efímeros, al detenerse en medio de la senda y llamar la atención de sus amigos. La tienda es grande, pero ellos sólo se asoman por el pequeño pasillo mediante vidrieras.
— Me gustan más en negro — opina Matsukawa, mas no niega que su elección; esa guitarra eléctrica roja y puntiaguda, arriba entre tantos instrumentos, pero mucho más pasional y llamativa que el resto (según Takahiro). Lo cual es suficiente que sonría complacido con la idea de que quizás, algún día durante su futura vida adulta-universitaria (y también, altas esperanzas, independiente) se haga con ella como descarga de emociones o sencillamente durante los plácidos domingos para descaso y distracción de los malos días.
En realidad, es el sueño reprimido de casi todo niño o adolescente que alguna vez se emocionó por su considerada buena música; que deseó ya sea una poderosa guitarra, batería o bajo y se inyectó con esa emoción hasta que la realidad golpeó su vida. De esos pocos que logran el éxito.
Más o menos.
— ¡Esa verde! — aviva Oikawa enseguida al mismo instante que Iwaizumi y al apenas coincidir y esfumarse las palabras, cual ráfaga, se eleva ese aire caliente cegador. Oh, diablos, se avecina una tonta, tontísima discusión.
— Yo elegí verde. Tú eres más del tipo azul, estoy seguro. — Oikawa apunta a su mejor amigo, inusual ceño fruncido, como si éste lo hubiera traicionado de las maneras más horribles conocidas. Está bromeando, pero eso no hará que Hajime lo tome menos en serio, pues los idiotas.
— ¿Azul? ¿Y ahora me ordenas también qué me debe gustar? Es más, me compraré esa guitarra — dice Iwaizumi, y los ojos exaltados de Oikawa —, no hoy — aclara, por las dudas (Hanamaki siente que la pelea pierde color) —. Pero me compraré esa guitarra y refregaré su hermosura por tu horrible rostro. — Takahiro casi siente esas últimas palabras cual grito dentro de sus tímpanos mientras, también, se pregunta cuándo pasó a ser un tema estético. Son unos exagerados.
Una risotada o dos.
No obstante, cuando está a punto de interrumpir un universo de idas y venidas puesto que sus discusiones triviales son el setenta por ciento de sus charlas, Takahiro siente el tirón del brazo y muy pronto está andando junto a Issei y curioseando en el local. Las voces molestas se van perdiendo mientras avanzan ya muy dentro del lugar. De hecho, descubren que es una gran tienda con secciones desde ropa (bandas de rock y derivados) hasta un complejo de tatuajes y piercings. Estos últimos resuenan de manera interesante en su cabeza cuando Mattsun los anuncia sorprendido, pero sin perder su particular sonrisa.
Música inunda el ambiente.
No sabe cuándo, pero él es quién se ha prendido desde su brazo y ahora, quizás por una fuerza extraña y exterior, lo aprieta con sus dedos mientras contiene una muy grande sonrisa. Y, cómo no, las llamas en sus ojos.
— ¿Quieres hacerte uno? — el tono de Matsukawa al principio es incrédulo pero muy pronto se convierte en una risita de apoyo —: Vamos — dice moviéndose y Hanamaki exagera los ojos —. Te lo pago. ¿Cuál te gusta, en la nariz? — continúa y propone, pero él sólo sigue así, arrastrado de nuevo por el prominente cuerpo.
De pronto lo detiene, volviéndose.
— Te besaría ahora mismo — anuncia, y es parte de la broma mas ha salido tan natural que podría destruirse aquí mismo y todo estaría bien. Hasta que ya no lo está.
— Makki-chan, qué directo — interrumpe Oikawa con fingido asombro. Algo se desencaja o bien está fuera de lugar.
Entonces el bochorno abruma sus orejas y despacio, como un virus, se expande a sus mejillas. Matsukawa suelta una risita.
— Estaba bromeando, niño tonto— aclara Takahiro y se aparta avergonzado. Las luces llamativas disimulan su bochorno e inevitablemente sigue moviéndose porque los nervios dominan. Observa con más atención la cantidad de aros en vidriera —. Además, ¿ya han dejado de pelear? ¿Dónde está Iwaizumi?
— Por ahí.
Él le dedica una mirada severa para que sea más específico. Oikawa entorna los ojos sin embargo sigue sonriendo todo brillante. Takahiro cada día se sorprende más de las cualidades interminables de su capitán de voleibol.
— Entró a una tienda donde venden esas remeras horribles con frases motivadoras horribles que le quedan horribles — Oikawa medio sonríe y frunce la boca —. Encima Hajime tarda añares, y es aburrido porque no me habla al estar tan concentrado. ¿Qué piercing te harás Makki-chan?
— El de la lengua — contesta y oye a Mattsun decir algo que no entiende, pero debe ser asombro. Luego algo frunce sus cejas —, creo. ¿Hajime?
Oikawa se desplaza a su lado siguiendo algún que otro aro con la mirada. Pero no dura mucho porque se gira y les da la espalda cuando se apoya en el vidrio. Tan desinteresado. Es abrumador.
— Estaba tratando de ser serio.
— Siento que si no lo llamas iwa-chan se genera una distorsión en el universo — bromea Mattsun, que al parecer no puede mantener las manos en sí mismo porque enseguida hay de nuevo el contacto entre ellos, esta vez hombro contra hombro. Pero lo siente en la oreja, allí respirando suavemente. De manera que si subiera la vista encontraría dos foquitos curiosos y mechones desordenados cayendo sobre ellos. Mas no lo hace. Por dios, lo expulsa de su mente y se concentra en qué piercing quiere y de pronto, como la visión del universo, sí, sí, ya no duda pues definitivamente se hará el de la lengua.
La pequeña sonrisa. La tardía risa de Oikawa.
Takahiro considera que a su mamá no va importarle el piercing. Ella quizás se ría, aunque tal vez deba enviarle un mensaje de aviso por precaución; de que va a hacerlo, no pidiendo permiso. Bueno, luego lo hará. Si no la verá hasta la noche, ella no sabrá exactamente en qué momento del día se hizo el arito. Quizás hasta ella quiera hacerse uno también.
Si bien Hanamaki es menor de edad, está en el último año de la secundaria y no puede hacerse el piercing precisamente por ello, hay algo que se llama promesa de dar más dinero y dar labia que Matsukawa domina a la perfección porque en cuestión de un minuto Hanamaki ya está en la sala esperando la perforación. Quiera o no, nervios estrujando su estómago.
Del otro lado de la habitación llegan los zumbidos de algún tatuaje en proceso; él imagina tantos colores capturando las esencias de las cosas. Ah. Algún día, tal vez.
Pero de repente es consciente del ahora de modo que sus rodillas tiemblan, la anticipación una tormenta.
Toma asiento en donde evidentemente será tratado. Una silla grande de cuero duro y negro, demasiado derecha para su comodidad. Hasta que de golpe se inclina.
Entonces se aproxima el chico, dice un par de palabras y va a preparar las cosas. Takahiro, por supuesto, ignora las agujas, los aros y todo lo que tenga el hombre en sus manos porque prefiere no saber qué hará con qué cosa e ir directamente al sufrimiento (exagerado).
Así que sucede. El hombre le dice que saque la lengua, usa unas pinzas -no lo sabe- y la cuenta regresiva, ¡Hijo de perra! Ya ha pasado la aguja.
Los ojos lagrimean inevitablemente mientras no puede evitar intentar reírse porque es patética la situación. Risa ahogada, por supuesto, porque la boca no va a moverla. Ni puede.
Matsukawa y Oikawa se mueren de la risa en todo el proceso ya que el hombre los dejó pasar a ver, lo que significa humillación y varias fotos de Oikawa porque es idiota y ya se va a vengar.
— No podrás comer sólido por una semana — le indica el hombre —. Todo bebible, yogur, sopa. Jugo, batidos, etcétera. Si se hincha toma algo para la disminuir la inflación, no te asustes, porque va a hincharse ¿Bien? — finaliza, frotándose las manos como si hubo hecho la tarea del año y sus expectativas de gratitud fuesen esplendorosas.
Él asiente, pues hablar es una odisea. Y la lengua le duele como el infierno.
— Muy bien — expresa Mattsun y sigue al hombre para pagarle.
Hanamaki se queda en su lugar, analizando el universo mientras la luz blanca le cegua los ojos. Le palpita la lengua como si los latidos del corazón se trasladaron allí a sencillamente molestar. Sin embargo, el silencio, esa paz idealizada, se destruye cuando a Oikawa se le caen algunos materiales; una aguja y otras cosas que no reconoce, pero resuenan porque son de acero, titanio..., no tiene idea.
Él agranda los ojos advirtiéndole que deje de tontear. Pero Oikawa es tonto, por lo que se levanta y lo toma del brazo. Interceptan a Matsukawa en el camino, trabajo hecho, y salen del local agradeciendo como los exagerados que son; tres reverencias.
Caminan, quizás, tres calles.
— ¿Y ahora? — pregunta Oikawa. Él, que está en el medio, mira hacia ambos lados esperando respuestas. Tiene una sonrisita y los ojos rojos.
— Siento que nos falta algo — dice Matsukawa, manos en el mentón. Él de pronto quiere reírse.
— ¡Iwa-chan! — exclama Oikawa, como si le hubieron arrebatado una extremidad.
Hanamaki paladea y suelta una risa de boca abierta, pero conteniéndose. Le mata la lengua.
Es gracioso cómo el Rey se ha olvidado de su principal caballero, eso que tiene impregnado desde que se levanta hasta que se va a dormir. O así lo cree él. De modo que es increíble, pues es de esos momentos inusuales, donde se abandona sin querer a un amigo o un familiar, y habrá de acordarse para siempre del suceso.
Entonces se van a buscar a Iwaizumi. Seguramente siga en la tienda, probándose horribles remeras.
