-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem), Tugay Mercan (Sultan Ibrahim I) y Hande Doğandemir (Sultana Turhan Hatice). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 47

Considerarse a sí misma como un ángel—lo cual hacía el resto de la gente al pensar en ella—inevitablemente simbolizaría egocentrismo, al menos desde su perspectiva de las cosas; era una mujer como cualquier otra, que amaba, sentía amor, odio y otras emociones igual o más conflictivas de lo que aprecian…pero sin duda si se consideraba a sí misma como una mediadora entre el Sultan y su prole, lo cual pensaba hacer. Ya habían transcurrido horas dese la boda, prueba irrefutable de ello eran las penumbras que conformaban el cielo nocturno únicamente iluminado por las tenues estrellas que brillaban con una luz propia únicamente comparable al brillo creado por los diamantes y joyas que portaban quienes vivían en el Palacio. No solo le preocupaba que Shisui estuviera abiertamente encontrar del Sultan, por las consecuencias que eso podía traer, sino además el hecho que eso significaba para todos como familia, por no hablar de la oportunidad que Takara veía para tomar la delantera y aprovechar la ocasión porque si los había apuñalado una vez por la espalda, porque si alguien encontraba el valor para actuar así una vez; podía repetir este actuar por segunda vez sin albergar dudas o titubeos, aún más si la ocasión era la adecuada. Takara era ambiciosa, y eso era más que suficiente como para que ella se preocupar de lo que pudiera suceder.

Ya cambiada de ropa luego de que el mago acontecimiento que era la boda de su hijo y Hayami hubiera llegado a su fin, la Sultana Haseki recorrió los pasillos con la elegancia que tanto la caracterizaba, únicamente acompañada por Tenten que no se separaba de ella bajo ninguna circunstancia salvo que ella misma se lo pidiera. Portaba una sencillas galas de tafetán negro sin mangas, de rebajado y halagador escote corazón perfectamente calzado a su figura y constituido por una falda de una sola capa perfectamente amoldada al contorno de sus piernas mientras caminaba; por sobre el vestido se encontraba una preciosa chaqueta de gasa y encaje plateado ribeteada en diamante, de profundo escote en V que se cerraba bajo el busto y se abría bajo el vientre, cerrada por tres botones de diamante, y de mangas acampanadas hasta las muñecas Alrededor de su largo cuello se encontraba una guirnalda de plata en forma de finas ramas que sostenía tres diminutas cunas de diamante en forma de lagrima—la central de mayor tamaño-con un diamante ónix en su centro, a juego con un par de pendientes iguales. Su largo cabello rosado permanecía prolijamente recogido tras su nuca, únicamente dejando libres un par de rizos que enmaraba su rostro y la espléndida corona de plata ribeteada en diamante y que conformaba una insuperable estructura en forma de flores de cerezo, combinando perfectamente con toda su estética personal. Reverenciándola respetuosamente, ambos que flanqueaban el exterior de los aposentos del Sultan no dudaron en abrirle las puertas, permitiéndole pasar. Sujetándose la falda para no tropezar, Sakura ingreso conjeturando que quizá encontraría a Sasuke en la terraza, pero en realidad parecía estar esperándola, de pie frente a la chimenea más aun sin alzar la vista ante su llegada, sin haberse cambiado de ropa, no teniendo necesidad de ello.

-Sakura, ahora no- dicto Sasuke, sabiendo que es lo que diría.

-Quieras o no, hablaremos- determino la Haseki, haciendo oídos sordos de sus palabras, -consciente o inconscientemente has hecho que el pueblo y el ejército, Spahi y Jenízaro, sepa de tu decisión de deshacerte de Shisui y encerrarlo en los Kafer, Takara me hizo una oferta- admitió haciendo que él finalmente levantar la mirada hacia el sereno e imperturbable rostro de su esposa, -claro que acepte por el bienestar del imperio, pero el punto es que no sabes lo limites que no estas marcando- priorizo ella, sin dar demasiados detalles sobre la instancia en que había hablado con Takara, porque no era preciso.

-Sakura…- discutió el Uchiha, no deseando continuar con esa conversación.

-No me silenciaras- corto Sakura, anteponiendo la presteza a tener en cuenta más que los sentimientos de él o de ambos al respecto con el conflicto que estaba teniendo lugar, como familia, -recuerda la línea que hay entre ser estricto y ser cruel- aludió, acortando la distancia entre ambos, sujetándose de los hombros de él.

Desde hace ya mucho tiempo—tras la muerte de Rai—se había resignado en cierto modo, sabía que no podía cambiar las cosas porque se encontraban en un punto de no retorno en que lamentarse sobre la leche derramada quizá fuera lo único que pudieran hacer, nada volvería a ser o que había sido en el pasado, eso era imposible, pero al menos deseaba poder hacerle ver a su esposo cuando era que estaba cometiendo un error, quería hacerle entender que el futuro solo dependía de sus acciones y que estas debían ser correctas para tener un futuro próspero y acorde con los ideales que fueran acorde con su rango y su condición, como hombre, como esposo, como padre y como Sultan; un futuro que ver con satisfacción en los días venideros y la única forma de hacerlo—por más tardío que fuera a ojos de algunas personas—era siendo justo, ecuánime y prudente, manteniendo su conciencia en un punto elevado e imperturbable para no cometer errores que lo calificaran como cruel—bueno, más de lo que él ya lo era a ojos de todos, ella incluida—y afectaran a sus hijos a quienes tanto amaban. Amaba a su esposo, era una mujer que había vivido por ese amor a lo largo de los años que llevaba en ese Palacio, se lo había dicho a si misma luego de haber evitado que muriera por la viruela, habiéndose condenado ella por elección a un sufrimiento continuo en vida, todo por el inmenso amor que le tenía, pero y si bien aún lo amaba co todo su corazón, también sabía que él único y mayor enemigo para la paz por la que ella luchaba y la supervivencia de su único hijo superviviente era él, y debían trabajar juntos tanto por la solidez del Imperio como por la estabilidad de su familia y de su matrimonio, pero—como ella ya había dicho—obviamente nada volvería a ser jamás lo que había sido en su día, jamás.

-Te frustran estos sucesos y no poder evitarlos, a mi también, pero no puedes dejar que otros vean los problemas que hay entre Shisui y tú, no puedes- recordó Sakura empáticamente pero sin perder su autoridad, ascendiendo sus manos, acunando el rostro de él, -quedan unos días antes de que la rebelión tenga lugar y entonces Shisui será encerrado en los Kafer- pronuncio pese al disgusto personal que ello le provocaba por imaginar a su hijo e aquellas circunstancias, -pero no olvides que antes que Sultan, en momentos así eres padre, tienes que ser paciente- le rogó sin ser explicita en sus declaraciones, pero si en sus gestos, en su mirada.

Se decía que los ojos eran las ventanas al alma y que, mediante ellos, se podía ver o sentir la esencia viva de las personas y quienes eran en realidad; pero Sasuke no necesitaba ver a Sakura a los ojos para comprobar lo inocente que era, esa bondad que emanaba de ella con solo estar presente y esa dulzura que desprendía en cada uno de sus gestos, en sus palabras, en su alma impregnada de inocencia, ella era el ser más incorruptible sobre la tierra y aun cuando el resto del mundo fuera contaminado por la codicia, inclemencia y ambición; ella continuaba leal y abnegada haciéndole ver sus equivocaciones y cuál era el camino que debía tomar. Muchas veces había creído que ella sería cruel en algún punto, habiendo padecido tanto sufrimiento a manos de Mito, Mei y Rin, pero no, cada uno de sus decisiones tenía una justificación, cada idea era perfecta, cada sonrisa y cada gesto ra sincero. Para un hombre como lo era un Sultan, que gobernaba el mundo entero, encontrar a una mujer como ella era el sueño más grande que pudiera anhelarse y quizá el fuera el único de los monarcas o soberanos sobre la tierra que tuviera al suerte de tener en su vida un mujer así. Ella tenía razón, tenía que intentar enmendar, en serio, las cosas entre Shisui y él, no solo porque Shisui sería su sucesor algún día—ya fuera que pasara o no—sino también porque era su hijo, en el pasado no habría tolerado que problemas así hubieran sucedido entre él y Baru, o Itachi, o Daisuke, o Rai o Kagami, porque los habría solucionado porque había visto crecer a esos niños y forjarse príncipes y hombres de voluntad fuerte e inderrotable…pero Shisui era diferente, nunca habían sido muy próximos entre sí porque no había tenido oportunidad de tratar entre sí como padre e hijo, pero esta vez debía intentarlo, tenía que hacerlo.

-¿Qué haría sin ti?- pregunto Sasuke, pegando su frente a la de ella.

Sonriendo a modo de respuesta, Sakura lo sintió besarle la frente, entrelazando su mirada con la de él, unificándose con ese gesto. Fuera como fuera debían permanecer juntos en esa lucha porque no solo se trataba de su familia, se trataba de ellos; de su Imperio y no podían permitir que nadie los derrotara, no lo permitirían.


Un nuevo día hubo dado la bienvenida a los turbulentos pensamientos del Sultan que recorrió los pasillos en dirección a los aposentos de su hijo, había pospuesto la reunión del consejo real, únicamente concentrándose en pensar que decirle a su hijo, resultando plausible, para enmendar años de diferencias y animadversiones involuntarias alentadas secretamente por Takara y su nociva presencia, pero de lo cual solo ahora podía darse cuenta, cosa que hacía más fácil decir que hacer, el lidiar con el problema. El propósito era sencillo, hablaría con su hijo y se encargaría de hacerle ver que estaba sinceramente arrepentido por haber tomado decisiones que los hubieran distanciado, aún más que hubieran ofendió a Shisui en lo más profundo de su corazón, lo cual por supuesto que jamás había sido su intención, porque debían priorizar su vínculo como padre e hijo por encima de cualquier posible enemistad, porque lo que tendría lugar dentro de poco sería una afrenta contra el Imperio, contra el Sultanato y contra ellos, porque hasta la fecha Shisui habría de ser su sucesor como Sultan algún día, y pese a las adversidades ocurridas ne el camino Sasuke aun albergaba esperanzas con respecto a eso. Ambos lidiaban con el mismo enemigo; Takara y sus aliados, aun cuando Shisui pudiera no perdonarlo de buenas a primeras, Sasuke esperaba cuando menos que entendiera que debían permanecer juntos en esto y luego podrían decir calmadamente lo que sucedería, pero cuando ya nadie más pudiera interponerse en su vínculo, pero para que eso sucediera debían deshacerse de Takara antes que de nadie más.

Pero no, la conversación que tendría lugar seria entre padre e hijo, ya podrían—quizá—tratar asuntos de estado, pero más adelante. Igual de característicamente seguro de como se esperaba que luciese siempre, el Sultan portaba una sencilla túnica azul oscuro de cuello alto y mangas ceñidas hasta las muñecas por tres botones d plata al interior de las muñecas, ligeramente holgadas desde los hombros hasta los codos, de cuello alto y errada por seis botones de plata. Por sobre la túnica lucía un magnifico Kaftan azul oscuro de marcadas hombreras, bordado en hilo de plata para recrear sutilmente el emblema de los Uchiha sobre la tela y con mangas posteriores que parecían lienzos de tela tras sus brazos, cerrado a la altura del abdomen por una especie de fajín de seda azul con una placa ornamental de plata con diamantes y zafiros incrustados y que se ajustaba totalmente a su cuerpo, estilizando el largo idóneo del Kaftan que permitía la escasa visibilidad de las pesadas botas de cuero negro que usaba. Sin más preámbulos y siendo reverenciado por los escoltas jenízaros que resguardaban la habitación, soltó el aire que estaba conteniendo involuntariamente hasta que los jenízaros hubieron abierto las puertas, permitiéndole pasar. El tiempo socavaba a las personas, las hacia cambiar y de eso Sasuke podía dar experto testimonio, pero apenas y las puertas le fueron abiertas y pudo entrar en la habitación cualquier pensamiento pacifista que hubiera tenido hubo sufrido un duro traspiés, viendo el interior de la habitación recubierto en piel de marta; los muros, las paredes, el suelo, los divanes ¿Cómo era posible? Desde hacía meses que no había pisado la habitación de su hijo, era normal que sucedieran cosas sin que él se enterase, pero aun así, Sasuke no pudo evitar pensar que su único hijo superviviente, que su heredero…estaba perdiendo el juicio, alguien que estuviera en sus cabales no actuaria de ese modo, eso estaba claro. Estar ahí y no sorprenderse le resulto más imposible que hubiera podido imaginar en su vida.

-Hijo- saludo Sasuke, intentando no sorprenderse por lo que veía.

-¿Qué haces aquí?- demando Shisui, aun molesto por lo sucedido el día anterior.

Hasta antes de la aparición de su padre, Shisui se había mantenido de pie ante las puertas de la terraza y que permanecían abiertas, aun rememorando su primer noche con Hayami a quien gustosa y orgullosamente ahora podía llamar su esposa, pero cualquier pensamiento de carácter agradable hubo desaprecio de inmediato ante la voz de su progenitor tras cuya llegada las puertas hubieron resonado sutilmente tras él como prueba de que no se lo estaba imaginando, él estaba ahí, ahí haciéndolo sentir acorralado por su sola e intimidante presencia. Su relación con su padre jamás había ido buena y, en ese momento, Shisui no pudo evitar pensar—a la defensiva—que su padre estaba allí para amenazarlo, o quizá para manipularlo y hacerlo cambiar de parecer ya que a ojos de todos eran alguien sumamente manipulables. Contrario a su simple magnifico y arrogante padre, el Príncipe Heredero del Imperio lucia tremendamente sencillo viendo igualmente una túnica azul oscuro de cuello alto y cerrado por un broche de oro en forma de sol con un reluciente diamante ámbar en forma de ovalo en el centro, por sobre su tráquea, cerrando el cuello de la tela, y de mangas ceñidas hasta las muñecas por tres botones de plata al interior de estas, por sobre la túnica una sencilla e impecable chaqueta de tafetán gris oscuro—casi negro—sin mangas y de corte en V que se cerraba en la mitad del pecho por tres botones de plata bajo los cuales se encontraba un fajín de terciopelo que ceñía la chaqueta a su cuerpo, provocando una elegante caída en la tela y haciendo visibles las botas de cuero que usaba. Sabiendo que no podría ir directamente al punto de todo ante la actitud defensiva de su hijo, Sasuke únicamente le indico que toaran asiento sobre el diván que se encontraba en el centro de la habitación, si iban a tratar iban a hacerlo cordial y fraternalmente, claro, de resultar posible. Shisui accedió cuidadosamente a la petición de su padre, aún muy al pendiente de lo que pudiera hacer o decir, pero manteniéndose próximos, sentados uno frente al otro en el diván, en espera de ver quien era capaz de romper el silencio, aparentemente.

-El día que te proclame como Príncipe Heredero, hiciste una promesa, que mantendrías la justicia y evitarías la represión- recordó Sasuke, esperando que su hijo lo escuchara sin prejuicios de por medio, -pero luego de eso el lujo y los placeres te hicieron olvidar esa promesa, tú mismo hiciste que los cercanos a ti cayeran en los sobornos y en los favores a cambio de lealtad, y eso es un error- esclareció, aportando su opinión como padre sin llegar a parecer autócrata en el proceso, recibiendo silencio de su hijo que pareció meditar sus palabras. -Incluso esta disparatada idea de cubrir tus aposentos con piel de marta…- murmuro, intentando no criticarlo pese a su propio descontento.

-No, no, padre, no es un lujo, es un escudo, me protege de las sombras y de la muerte- corrigió Shisui apresuradamente e intentando hacerle ver el porqué de su comportamiento.

Su madre lo entendía y de hecho le había obsequiado parte de esa piel que recubría sus aposentos, claro, la que podía permitirse porque ella se dedicaba a ayudar a los pobres lo cual era una causa mayor y muy importante que consumía la fortuna que poseía; su madre decía que no podía eliminar su miedo, pero solo le pedía que así como confiaba en esa piel y en la seguridad que le brindaría, pensara en ella siempre, así ella lo protegería tanto de forma física como en sus pensamientos por las oraciones que le dedicaba en pro de su seguridad, y en ella era en quien pensaba cuando estaba solo, pensaba que su madre estaba a su lado y entonces era cuando desaparecían todos y cada uno de sus temores como el ángel que ella era y que no tenía comparación con nadie más. Había esperado u respuesta frívola de parte de Shisui, quizá que el lujo evocado por la piel de marta lo hacía sentirse como y adinera, más próximo a la gloria o algún desmán de esa clase, pero en cuanto Shisui hubo aludido que esa piel inanimada lo materia lejos de la muerte, las sombras y el inevitable final, viendo en los ojos de su hijo sintió como si le clavaran mortalmente una daga en el corazón; su hijo le temía, le temía a él que era el Sultan, temía que pudiera ordenar su ejecución. A su mente vino un recuerdo, el primer encuentro que había tenido lugar entre Sakura y él tras la muerte de Rai, la recordaba vestida de luto, recordaba el dolor en sus ojos y la decepción por ver que él faltaba a sus promesas, veía eso duplicado en los ojos de Shisui, porque nunca había estado ahí para él como lo haría un padre, porque nunca había podido socorrerlo en los momentos difíciles, nunca lo había apoyado, nunca había intentado fortificar el vínculo entre ambos, solo había sabido de su existencia y le había parecido suficiente, ahí estaba su error. Como padre no había nada que pudiera hacer para remediar las cosas, si su hijo le tenía miedo, ¿Qué podía hacer? No sabía si había solución a algo como aquello, y eso lo hizo sentirse más desgraciado, el causarle temor a los suyos, aunque quizá Shisui fuera el único de sus cercanos lo bastante sincero y sensato como para demostrarlo.

-Entonces, por eso…- relaciono Sasuke, manifestando ligeramente lo herido que sentía por esto.

-Sí, hay una historia, ¿No la conoces?- curioseo el Príncipe, intentando ser entendido por su progenitor que hubo evadido tristemente su mirada. -El Sultan Hamura cubrió todo un Palacio con piel de marta y así escapo de los verdugos, nadie pudo matarlo- sonrió, animoso, confiado de que esta leyenda sería de la comprensión de su padre.

-Si, si, conozco la historia- contesto el Uchiha, sin darle demasiada importancia al asunto, únicamente observando a Shisui. -Hijo, si hubieras acudido a mi desde el Principio, yo te hubiera protegido, te hubiera tranquilizado y garantizado que nunca correrías el riesgo de la muerte que corrieron todos tus hermanos, no habrías necesitado nada de esto- prometió hablando con toda sinceridad ya que le resultaba doloroso saber que su propio hijo albergara miedo hacia él y lo que representaba, -pero al igual que Rai…- aludió más bien para sí, a modo de comparativo.

No había deseado tener que matar a su propio hijo, pero de no haber decidido permitir la ejecución de Rai el Imperio hubiera sufrido una crisis insuperable, estaba convencido, más esperaba que Shisui no cometiera un error que lo obligara a hacer algo contra él, no quería lastimar a su hijo, más tristemente el Imperio no había sido creado para albergar sentimientos, eso no podía tomar parido en las decisiones, más se juraba a si mismo que nunca lastimaría a Shisui, el encierro en los Kafer en pro de la protección del Imperio era la mejor solución, quizá—así—Shisui pudiera darse cuenta de la realidad que él veía, quizá lo hiciera, porque no creía poder hacerlo recapacitar como padre. Su padre estaba hablando en pasado, como si la posibilidad de estar de su lado y protegerlo fuera algo imposible, eso era algo que Shisui hubo notado de inmediato, pero apenas y hubo aludido a Rai todo hubo pesado brutalmente sobre él; su hermano, a quien su madre aun lloraba y extrañaba, había muerto por estar asociado a las personas equivocadas, no por ser culpable de traición sino por tener vínculos con los traidores al Imperio como lo habían sido la Sultana Naoko y Kisame Hoshigaki Pasha, pero entonces eso había sido más que suficiente, ¿Qué significaba eso?, ¿Qué él, por los presuntos sobornos que su padre aludía, merecía la muerte?, ¿Qué ni aun siendo su padre pensaba tenerle clemencia? Quizá si él no fuese hijo de quien era, de la poderosa y amable Sultana Sakura, de "la Sultana del Pueblo"; su padre no dudaría en permitir su ejecución, más a Shisui lo tranquilizaba el amor de su madre que de niño lo había protegido al merecerlo en sus brazos, arrullándolo por las noches, sonriéndole y animándolo mientras crecía, consolando sus miedos y pesadillas, abrazándolo y llorando a su lado por tener que lidiar con las mismas perdidas de que él y dedicándose a hacerlo feliz y protegerlo con su vida. No podía confiar en su padre, lo afirmaba ahora que lo escuchaba hablar, su padre era su enemigo y su madre su ángel, sabía muy bien de qué lado estar.

-Nos volvimos tus enemigos, ¿no?- cuestiono Shisui inevitablemente por sus palabras. -Ninguno de nosotros fue lo bastante bueno para ti- concluyo sin demasiado esfuerzo ante todo de lo que había sido testigo en su vida. -Yo estoy enfermo y tengo un carácter débil, la gente incluso me llama "el loco"- se burló, no sabiendo si lo estaba o no porque su madre le garantizaba que solo se trataba de una enfermedad con la que Kami mediante podrían lidiar. -Daisuke era perfecto pero murió, Baru también, pero lo asesinaron, Itachi no tuvo tiempo de demostrarlo porque también fue asesinado y Kagami que era el idóneo fue envenenado- enumero con ligera tristeza ante lo que significaba para él la perdida de todos sus hermanos a quienes tanto extrañaba y necesitaba en esa clase de circunstancias. -¿Y tu padre?, ¿Qué eres tú, padre?- pregunto, pero no esperando una respuesta ante su pregunta que hubo resultado desconcertante para su progenitor. -No hace falta, ordena que le pregunten a alguien del pueblo y lo dirán, "Sasuke el cruel", así te llaman- nombro con notable desprecio al corroborar por lo ya dicho que el hombre a quien llamaba padre era más un tirano que un hombre y más soberano que padre, tu Sultanato paso de la clemencia a la oscuridad, ¿Cómo piensas justificarte?- acuso, conociendo de viva voz esos rumores, porque incluso su madre los oía todo el tiempo.

-¡Shisui!- silencio Sasuke, sin poder evitarlo, herido en su orgullo como gobernante por esta acusación.

Dándose cuenta de su error, Sasuke se corrigió inmediatamente a si mismo mentalmente por su exabrupto, pero como Sultan se suponía que nadie tenía porque juzgar sus decisiones, solo le confería tan honor a Sakura que tenía un incuestionable buen juicio y que siempre sabia como corregirlo aportándole ideas, no quería discutir con Shisui pero era increíblemente difícil no hacerlo si su hijo no hacía más que llevarle insistentemente la contraria. Todas las personas sufrían metamorfosis a lo largo de su vida; un bebé crecía para ser un niño, luego un adolescente inexperto, un hombre y un adulto, pero Shisui siempre que lo analizaba vislumbraba con decepción a su propio padre, ¿Cómo no hacerlo? Apenas y tenía uno o dos recuerdos de él cuando era bebé, viendo juntos a sus padres y sabiéndose importante para su padre pero solo en aquel entonces cuando había sido un niño indefenso, sabía que ocupaba un lugar insustituible en la vida de su madre, las sonrisas que ella le dedicaba junto a sus besos, mimos y abrazos lo consolaban cada vez que sentía miedo, pero su padre no había hecho más que alejarse con el paso de los años, dejando atrás su imagen de padre abnegado y atento hasta convertirse en ese Sultan cruel al que Shisui tanto le temía, a ese hombre que—estaba convencido—podría matar a su propia esposa con tal de mantenerse en el poder y eso era precisamente lo que lo asustaba tanto o más que su muerte; que sí él moría su madre tuviera que sobrevivir sola, sin nadie que la protegiera de Takara y todos los enemigos que habrían de cernirse sobre ella. Shisui se levantó del diván necesitando alejarse de su padre para poder actuar con soltura, porque ya no podía soportar estar en la misma habitación que él, porque sentía que podía hacer algo contra él, lo aterrorizaba la simple idea de que eso pasara.

-Consciente o inconscientemente te deshiciste de mis hermanos cuando fue el momento, y ahora es mi turno, ¿no?- supuso Shisui, pensando justo como lo hacía su madre, porque ambos temían por ese suceso que habría de separarlos. -Sé muy bien que me encerraras en los Kafer, de mi madre lo entiendo porque sabe que así me protegerá, pero sé que tú lo haces para tener el camino libre, quieres enloquecerme de verdad- sentencio, totalmente convencido de ello.

-No, no, no- negó Sasuke de forma inmediata, sin dar lugar a las dudas, levantándose de su lugar y aproximándose prontamente a su hijo a quien sujeto de los hombros, viéndolo a los ojos. -Shisui, soy tu padre, ¿Cómo puedes pensar que haría algo así?- preguntó herido en lo más profundo por esta idea, intentando hacerle ver a Shisui que no era su enemigo, jamás lo seria. -Entregaría mi vida para protegerte de la muerte, Kami sabe que es así y que mantendré esta promesa- juró, inquebrantable y sincero como solo podía serlo con Sakura.

Deseaba creer en las palabras de su padre pero le resultaba imposible; sus actos contradecían tremendamente las promesas que decía cumpliría, había decidido tantas cosas y había obrado de tal modo que Shisui sentía que no podía confiar en él, siempre—mientras su padre viviera—sabía que temería a la muerte, porque él era la única persona con el poder suficiente para asesinarlo a él que era el único heredero del Imperio y si estaba donde estaba, vivo, era por causa de su adorada madre que lo protegía como un ángel, pero de estar en otras circunstancias Shisui estaba totalmente convencido de que moriría, no podía creerle a su padre, así por ello es que se separó de él y sus promesas—a su entender—falsas, aún más incómodo cuanto más tiempo pasaban juntos en el mismo lugar. No deseaba ser Sultan, no anhelaba ese poder, pero sabía que entonces estaría a salvo porque su Madre seria la Madre Sultana y nadie sería más poderoso que ellos dos, nadie osaría tocarlos o atentar contra su autoridad, pero no sabía si llegaría ese día, su madre le prometía que sucedería pero, y si bien creía fervientemente en ella, dudaba que ellos tuvieran un agradable fin al acaso de sus vidas.

-Vete, padre, vete, déjame solo- pidió Shisui de forma casi audible. -¡Vete!- insistió en voz alta.

-Está bien- accedió Sasuke, decepcionado por su propia negativa, y aún más la de su hijo.

Por el momento Sasuke se decidió a dejar atrás su herido orgullo, necesitaba hacerle entender a su hijo que no era su enemigo, pero si analizaba las cosas el tampoco confiaría si quien le estuviera garantizando protección fuera su difunto padre el Sultan Izuna a quien había temido hasta su muerte, recordaba el rencor que le había guardado por ordenar la muerte de su hermano Itachi, nunca se había sentido cómodo en su presencia, había evadido acercársele y nunca había significado una amenaza, o eso había intentado hacer ilustrándose y entrenándose para ser el soberano que debía ser al ascender al trono y, cuando su padre había muerto, no lo había llorado, no había lamentado su muerte porque solo había sido su padre en nombre, jamás habían sido cercanos…Sasuke sabía lo que Shisui estaba sintiendo pese a no considerarse a sí mismo un monstruo como había sido su padre, pero no podía hacer nada para demostrarle su sinceridad, habían pasado demasiados años separados y estaban en un punto muerto, eran unos completos desconocidos entre sí; padre e hijo solo en sangre y título, en nada más. Existían líneas o limites invisibles que no podían cruzarse sin importar cuanto se intentase y retirándose tristemente, Sasuke solo pudo resignarse, después de todo había cometido el mismo error que su padre:

Despreciar e ignorar a su propio hijo.


El jardín Imperial en su impoluta perfección resultaba un cuadro románticamente la presencia de las hijas de las Sultanas más poderosas del Imperio y que paseaban y charlaban con inocencia y despreocupación, por un lado estaba la Sultana Naori que sonreía ante las palabras y elogios que le dedicaba su esposo, el ilustre y exitoso Abaza Tekka Pasha que le brindaba el matrimonio de cuento de hadas con el cual solo hubiera podido soñar y del cual tenían tres hijos como fruto, dos mellizos; Fujitama y Butsuma de cinco años que practicaban arquería asistidos por su tutor y siendo acompañados por su hermanita Annaisha de cuatro años que sentada junto a ellos jugaba con una muñeca, aplaudiendo de vez en vez cuando sus hermanos acertaban en el blanco. Por otro lado se encontraba la joven y bella Sultana Ayame de ya dieciocho años y que estaba siendo cortejada por dos ilustres Pashas; Iwabee Yuino y Denki Kaminarimon mientras acompañaba a su hermano Kagami y a su primo Inabi, ambos de cinco años y que correteaban persiguiéndose entre sí. La joven Sultana era muy codiciada y ambos Pashas la cortejaban con amor sincero, elegidos selectamente por la Sultana Sakura por su impecable reputación, aunque la Sultana Ayame sentía predilección por uno de ellos en particular, estaba totalmente volcada a acatar lo que su abuela y madre estimaran conveniente con respecto a su futuro. En el centro del jardín y bajo un elegante toldo borgoña bordado en oro y sentadas sobre dos elegantes divanes se encontraban las hijas mayores de la Sultana Sakura, la Sultana Shina que no aparaba sus ojos d su hermosa hija, y la Sultana Mikoto que sonreía al ver practicar a sus nietos que alzaban la vista para comprobar que los viera. Lejos de tantas intrigas palaciegas, ambas hermanas podían afirmar que tenían una vida feliz.

La Sultana Mikoto inevitablemente atraía las miradas por su asombrosa belleza solo comparable la de su madre, claro que en ocasiones parecía más severa que su progenitora pero eso la hacía aún más hermosa por su temple inalcanzable al ser la primogénita del Sultan del mundo y esposa del Gran Visir, Kakashi Hatake. Su esbelta y tentadora figura era cubierta por unas ceñidas pero sencillas galas azul grisáceo de escote redondo y conservador perfectamente detallado a su cuerpo, manga ajustadas hasta los codos donde se abrían como lienzos de gasa que exponían los brazos y falda de una sola capa hecha de seda y ribeteada en gasa para permitir mayor movilidad, por sobre estas galas una chaqueta de gasa ribeteada en escamas de plata e hilo de oro para formar pétalos de cerezo en los costados de la telas, los extremos, la caída, la espalda y el dobladillo de la falda, sin mangas y escasamente cerrada a la altura del vientre, creando un profundo y halagador escote en V. Su largo cabello rosado se encontraba impecablemente recogido tras su nuca, exponiendo así su largo cuello desprovisto de joyas, sobre su cabello se hallaba una hermosa y portentosa corona de oro y ribeteada en diamantes y pequeños zafiros, -que sostenía un largo velo azul grisáceo ligeramente cruzado sobre su escote-conformando una estructura en forma de ondas y olas complementando un par de pendientes de cuna de oro y diamantes en forma de lagrima con un zafiro homólogo en su centro. Por muy dichosa que se sintiera por ese ambiente bucólico y feliz, sabia temas de importancia que tratar como lo era su hermano Shisui.

-Shisui no quiso escuchar a nuestro padre- aludió Mikoto, bebiendo calmadamente de su té.

-¿Tú lo harías?- cuestiono Shina con una pisca de burla.

Sentada en el diván continuo se encontraba hermosa Sultana Shina que si bien era una de las más parecidas a su madre, no daba indicios de serlo con su vistoso y original cabello rubio, pero si con sus bellos ojos esmeralda y la perpetua expresión culta que representaba su bellísimo rostro. Su curvilínea y femenina figura se encontraba ataviada en unas formales y rigurosas galas de tafetán que emulaba el color que representaba a la dinastía Uchiha; el rojo, de conservador escote cuadrado y calce perfectamente detallado a cada curva de su cuerpo, mangas ajustadas hasta las muñecas y falda de una sola capa con el emblema de los Uchiha estampado en hilo de oro a la altura de los codos, las muñecas, bajo el vientre, en la espalda y el centro de la falda, por sobre estas galas se encontraba una chaqueta de tafetán a juego, si mangas y escasamente cerrada a la altura del vientre creando un provocativo escote en V que enmarcaba el vestido inferior y cuyos bordes interiores, la caída, espalda y el dobladillo de la falda estaba bordado en hilo de oro para emular flores de cerezo la cual era, al igual que en el caso de su madre, su flor predilecta. Alrededor de su cuello se encontraba una espectacular gargantilla de oro, en forma de ramas con múltiples de broches de cuna de diamante en forma de lagrima con rubíes en el centro, entrelazados con la bellísima estructura que replicaba ramas y de la que pendían cristales en forma de lagrima de forma descendente. Su largo cabello rubio castaño se encontraba perfectamente recogido tras su nuca, pero aun así parecía reflejar sobre si la luz del sol, masificando la impresión que generaba la bellísima corona—que sostenía un velo rubí claro que se arremolinaba cubriendo su escote—de oro en forma de pétalos y espinas recubierta por diamante ámbar, así como por rubíes y granates a juego con un par de pendientes de oro y diamante en forma de lagrima con un rubí homólogo en su centro.

-No, en realidad ninguna de nosotras- rió Mikoto, sonriéndoles a sus nietos que volvieron a alzar la mirada antes de continuar con su práctica igual o más motivados por la atención que les otorgaba su abuela, -nuestra madre le da el beneficio de la duda pero no más, afortunadamente su influencia sigue siendo soterrada, de otro modo solo Kami sabe porque infierno pasaríamos- declaro con inequívoca seriedad.

Ciertamente era insólito que una mujer tuviera tan buen juicio—imparcial además—para regir y gobernar un Imperio o dinastía como la de los Uchiha que había sido creada y gobernada por hombres desde su inicios, eso jamás había pasado, pero que se rompieran los esquemas—al menos una vez—no tenía por qué significar algo malo como era en esta oportunidad, lo mejor para todos seria que su madre fuera la regente del Imperio como había sucedido durante las campañas militares o las ausencias de su padre fuera cual fuera el motivo, entonces. Quizá en ocasiones no se les otorgase a las mujeres de forma ecuánime el debido reconocimiento por su esfuerzo y continuo sentido del deber en la jerarquía y genealogía del Imperio, en su historia, pero eran ellas quienes se llevaban el peso más grande, porque lidiaban con todo y tenían que intrigar para sobrevivir, utilizar sus aliados y medios de apoyo para defenderse a sí mismas, pero su madre había abierto un camino nuevo, un camino en que las mujeres pudieran obrar de cara a la luz, sin miedo, algo que jamás había tenido lugar ya que todas sus predecesoras en el Sultanato de mujeres se habían resignado a intrigar como consortes o Hasekis comunes o más comúnmente como Madre Sultana, pero su madre era la primera mujer que se tomaba todas las atribuciones había y por haber, sobrepasando su autoridad como mujer pero sin que le importase hacerlo en lo absoluto porque su labor era proteger al Imperio y con ello a sus hijos, lo cual significaba actuar sin reparar en su sexo y los obstáculos a su paso, dedicada a un bien mayor que su humana persona.

-De todas formas, nos conviene más que Shisui sepa lo que pasara, así podrá fingir con mayor claridad- opinó Shina con aparente indiferencia, luciendo idéntica a su madre al hablar de esa forma.

-Pero no hace más fáciles las cosas- refuto Mikoto, lamentando tener que llevarle la contraria a su hermana, pero tenía sus motivos para hacerlo, -los Kafer son una prisión de sombras y oro, mire por donde se mire- concluyo desdeñosamente, apretado los labios al decir esto.

La analogía de Mikoto no erraba en lo absoluto, los Kafer era una prisión y quizá eso solo contribuyera a aislar más a Shisui, amedrentarlo por el lapsus de tiempo que pasase allí encerrado, pero también eran—por ahora—la única y verdadera salida con la que contaban para proteger a Shisui y derrocar a Takara al mismo tiempo, porque no se aliarían con ella ni aunque fuera la última oportunidad sobre la tierra, lo que deseaban era matarla, pero a su vez eran conscientes de que habrían de lidiar con un enemigo que su propia madre—y ellas en igual o menor medida—había educad y cuya voluntad quizá fuera igual de fuerte, algo que debían tener muy en cuenta; Takara podía ser o no ser inteligente, pero en ocasiones la inteligencia no era el único éxito de una victoria, también lo era la voluntad que se tenía para alcanzar algo. Shisui quizá estuviera loco o no, como decían algunas personas, pero ellas no les importaba porque era su hermano y eso superaba cualquier adversidad, lo protegerían a costa de sus vidas de ser necesario, yendo en contra de su padre si eso era preciso por mucho que les disgustase unificar un frente de lucha como familia, contra sí mismos. No tenían muchas opciones de donde escoger, de hecho la estrategia de su madre era halagada por su perfección e imagen doble, ya que quienes vieran las cosas desde el exterior—como Takara, por ejemplo—inferirían una cosa, pero quienes hubieran planeado todo—ellos—sabían la verdadera cara de la situación, eso les permitía mover los hilos y tomar las decisiones que eran tan cruciales para alzarse con la victoria.

-Al menos sabemos que nuestro hermano no morirá, no con nuestra madre impidiéndolo- animo Shina, intentando que su hermana no viera solo lo negativo de entonces panorama, -algo es algo- murmuro, alentándose a sí misma en el proceso.

Quizá por el momento no fuese mucho, pero debían contentarse con eso, no podían hacer nada más que seguir con el plan.


Pese a lo tarde que era y el modo en que las penumbras nocturnas adornaban el firmamento, todo estaba en calma, era una instancia inquietante únicamente rota en su inquebrantable alma por el ya conocido plan que estaba en movimiento gracias a los leales miembros del ejército Jenízaro—del lado de la Sultana Sakura—y los soldados del ejército Spahi—parte de ellos leal a la Sultana Takara—que ya estaban determinando con increíble precisión las bases de la inminente rebelión que tendría lugar al día siguiente, porque por fin había una fecha determinada—no conocida por todos—mediante la cual afianzar sus ideas. En el interior de la torre de la justicia se encontraba la Sultana, observando distraídamente y calmadamente a través del fin enrejado de la ventana el exterior y las calles de la ciudad que era cien veces más claras en aquel lugar que en la terraza de sus aposentos, ninguna persona o civil sufriría por causa de la rebelión porque los soldados tenían su orden de marchar pacíficamente hacia el Palacio para ser recibidos por el Sultan, contaba con la fiel promesa de los jenízaros, más la preocupaban los Spahi, ellos no eran leales a ella ni a nadie, quizá un poco a Takara pero estos eran una minoría, siempre podían existir contratiempos el día de mañana con respecto sus planes, pero Sakura estaba preparada para todo, y con Kami como testigo juraba impedir que alguien tocase siquiera un solo cabello de la cabeza de su hijo, Shisui estaría a salvo, pasara lo que pasara.

Observando el exterior aparentemente despreocupada, la Sultana Sakura esperaba y oraba sinceramente porque todo sucediera tal y como ella esperaba, porque perder a otro de sus hijos era algo que jamás se perdonaría, Shisui era el único Príncipe que le quedaba y deseaba que el si alcanzara el trono, su vida minaba más y más cada día y si bien el doctor C aseguraba que estaba soportando más de lo que él hubiera esperado inicialmente, de igual modo aseguraba que seguramente no viviría más de dos o tres años más y eso ya de por si era un milagro. La hermosa Sultana Haseki se encontraba ataviada en un exquisito y sencillo vestido azul oscuro de escote cuadrado y mangas abullonadas a la altura de los hombros, ajustadas y cortas hasta codos, abierto a la altura del vientre para exponer la falda del vestido inferior que solo era visible mediante las mangas abiertas como lienzos frontalmente en los codos y de cuello alto cerrado de forma elegante, con un broche de cuna de diamante y una piedra de ónix en su centro a modo de botón. Sobre su largo cabello rosado—recogido tras su nuca—se encontraba un magnifico tocado de plata, diamantes, topacios y zafiros ligeramente alto y de tipo torre para emular el poderío de los Uchiha, a juego con un par de pendientes de cuna de diamante con un zafiro en el centro. Más no pensaba exteriorizar sus preocupaciones, mucho menos si quien se encontraba presente junto a ella no era otra que Takara ya que, le gustase o no, formaba parte de su plan, porque Itachi era eventualmente indispensable como sucesor del Sultanato.

-Esta noche se reunirán en la plaza, y mañana marcharan hacia aquí- dio a saber la Sultana Haseki, sin apartar su vista de la visión que representaba el exterior.

Un sutil suspiro fue lo único que Takara permitió que saliera de sus labios, nada estaba sucediendo como ella había imaginado, claro que formaba parte del plan de la Sultana Sakura lo cual era vital para su ascenso, pero lo cierto es que en lugar de valorar la estaban ignorando al mantenerla al margen de todo cuanto sucedería cuando la rebelión tuviera lugar. De pie a la izquierda de la Sultana Sakura, la Haseki del Príncipe Heredero portaba un elegante vestido de seda esmeralda que se acentuaba perfectamente a cada curva de su cintura, busto y caderas; de conservador escote redondo con un cuello inferior hecho de encaje y cuyo corpiño se cerraba por seis pequeños botones de diamante hasta la altura del vientre; falda de dos capas una inferior esmeralda claro y una superior de un matiz inexacto, hombreras pequeñas pero que enmarcaban sus hombros y mangas ajustadas hasta la muñecas, decoradas a la altura de las muñecas en encaje esmeralda ribeteado en diamantes y que brillaba con el movimiento, además de los tres botones de diamante que cerraba el interior de las mangas. Por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de encaje esmeralda ribeteada en diamantes y casi pegada al vestido, enmarcando los costados del corpiño, sin mangas, y creando una falda superior que realzaba más su andar a la hora de moverse. Alrededor de su cuello reposaba una guirnalda de oro que sostenía diminutas cunas de oro con esmeraldas homologas en su centro y en el centro el contorno del emblema de los Uchiha con una reluciente esmeralda en el centro, a juego con un par de pendientes iguales a los diminutos dijes. Su largo cabello naranja-sujeto en una elegante cólera- caía cual cascada de rizos tras su espalda, adornado por una corona de oro y esmeralda sobre su cabeza que emulaba prácticamente las plumas de un pavo real. Hasta ahora había guardado silencio en espera del triunfo, pero quizá ya fuera momento de sacar a relucir sus expectativas y condiciones porque no solo necesitaban su hijo Itachi, también la necesitaba a ella ya fuera como fuera la situación.

-El Príncipe que será nombrado Príncipe Heredero es mi hijo, pero aun así no tengo idea de esto, nadie me informa nada- se quejó Takara sin lograr perturbar en lo absoluto las expresiones de la Sultana Haseki que no aparto su mirada del exterior, visiblemente más interesante que sus palabras. -Desearía que hubiéramos discutido las promociones en el Consejo Real, no creo que Tenma Efendi sea el indicado para ejercer como juez militar- discutió, ya que ella tenía a Deidara Pasha en mente para tal cargo puesto que le era leal a ella.

De pie a la diestra de su madre e igualmente pendiente del exterior se encontraba la Sultana Sarada que de vez en vez desviaba su mirada hacia su madre, a ella igualmente le preocupaba lo que fuese a sucederle a su hermano Shisui, ya habían soportado demasiado al perder a Daisuke que hasta el último día viviría en sus memorias, perder a Shisui…Kami no lo permitiera, ese sería un golpe ante el cual su madre no podría recuperarse, Sarada lo sabía bien. La Sultana Sarada lucía un riguroso y elegante vestido de satín granate de escote cuadrado y mangas ajustadas, las muñequeras y el corpiño formaban un triángulo de encaje crema ribeteado en diamantes, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta igualmente de satín color granate, sin mangas y de corte en V escasamente cerrada a la altura del vientre, al igual que en el vestido inferior, los bordes del escote, los hombros y el dobladillo de la falda estaban decorados en encaje crema ribeteado en diamantes, formando extremos puntiagudos a juego con el patrón del vestido, y el resto de la chaqueta estaba ligeramente bordada en hilo de plata, formando flores de cerezo. Su largo cabello azabache caía libremente tras su espalda como una cascada de rizos, adornado por una hermosa corona en forma cónica y que replicaba una estructura con base en forma de enrejado pero que en su cima representaba lilas y orquídeas con diamantes engarzados que brillaban contra la luz, a juego con un par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima. Sarada aparto la mirada del exterior, volteando a ver a Takara con la indiferencia impregnada en sus profundos orbes ónix que la analizaron despreciativamente.

-¿Quién eres para que tengamos algo que discutir contigo?- cuestiono Sarada, calificándola como si fuera un insignificante insecto y eso era a su entender.

Si Sarada pudiera hacer valer su opinión desde luego que su primera medida a tomar como decisión sería la ejecución de Takara, no solo porque representaba una amenaza contra la autoridad de ellos, sino porque sus ambiciones era notoriamente peligrosas, ciertamente podía ser o no tan inteligente como lo era su madre porque la había educado a su sombra, pero si contaba con determinación y eso bien podía superar cualquier estrategia que se tuviera, pero por ahora no podían deshacerse de ella, a ojos del público y los Spahi leales a ella romperían con un acuerdo y alianza, algo que como Uchihas debían mantener, no podían ser tan desalmados y carentes de escrúpulos como sus enemigos. Takara era el mayor enemigo al que se hubieran enfrentado hasta la fecha, aliarse con ella solo era un estrategia, pero una que debía forjarse con cuidado ya que estaban lidiando con una serpiente venenosa que podía atacarlos a la primera oportunidad que tuviera, porque contaba con el poder para hacerlo. Esa respuesta cargada de arrogancia era esperable así como al indiferencia de la Sultana Sakura que no se molestó en voltear a verla, sabía de sobra que la Sultana Sarada la odiaba, ella junto a la Sultana Hanan era quien más se asemejaba a su madre y eso le hacía entender que aun cuando se deshiciera de la Sultana Sakura tendría que lidiar con otras mujeres igual de fuertes, temperamentales y poderosas que la Haseki del Sultan y a quienes no podría tocar porque ellas eran miembros sanguíneos del Imperio, pero no; no podía dejarse intimidar, se trataba de su futuro y el de su hijo, no podía ni permitiría que ignorasen su parecer con respecto a la toma de decisiones, su voluntad debía ser escuchada.

-Hicimos un trato, Sultana, yo soy parte de esto, nuestro acuerdo…-recordó Takara, insistiendo en sus demandas para salvaguardar su orgullo y ambición, así como la futura autoridad que inevitablemente tendría como la madre del heredero del Sultanado.

-¿Qué acuerdo, Takara?- desestimo Sakura, volteando a verla finalmente. -Yo establecí las condiciones y tú aceptaste- corto, ya que ella había sido transparente desde el principio, si Takara estaba descontenta o no con sus decisiones, eso no era de su interés.

-A cambio te perdonamos la vida, eso es todo- añadió Sarada, igualmente de acuerdo con la decisión de su madre ya que eso significaba proteger a Shisui y menospreciar a Takara.

Su madre había padecido una traición imborrable por la falsedad con que Takara había actuado desde el principio, fingiéndose leal y apuñalándola por la espalda, esto bien podía ser motivo de muerte por una persona en un Palacio como aquel en que los errores cobraban la vida de los individuo que allí residían, todo el tiempo, pero de momento su madre había decidido que lo mejor era provechar las circunstancias y forjar una alianza con Takara perdonándole la vida, pero eso no dignificaba en lo absoluto que no fuera a matarla en el futuro. Había criado a Takara como a una de sus hijas, justo como había hecho con Aratani, creyendo que por una segunda vez encontraría cariño y respeto filial a cambio por el amor dado a una chica que había llegado al Palacio tras ser arrancada de su hogar, conociendo lo que significaba esa experiencia, pero no había sucedido eso; Takara no lamentaba haber perdido su vida como plebeya ucraniana, de hecho estaba feliz de haberlo hecho porque su ambición era tal que la hacía valorar el poder y la riqueza por encima del amor y la familia, quizá solo amara Itachi como hijo porque él era su seguro para ascender al poder…era igual que como habían sido Mito, Mei y Rin. Hasta entonces Takara no había reparado en esa posibilidad, en la simple venganza y que quizá acabaría tomando su vida, pero no la decepcionaba descubrirlo, después de todo había aprendido como ser una Sultana mediante la tutoría de la Sultana Sakura y sabía que si era bondadosa igualmente podía ser cruel, más había esperado haber obtenido su sincero perdón, pero eso no era así…se desharían de ella para deshacerse de la amenaza que representaba, más ella no podía permitirlo; se trataba del futuro de su hijo como Sultan y del suyo como Madre Sultana, de ambos.

-Me mintió desde el Principio, me mataran en cuanto tengan la oportunidad- concluyo Takara, haciendo todo lo posible por no exteriorizar su miedo ya que no tenía porque sentirlo. -Pero me lo prometieron, si no cumplen su promesa…- amenazo

-¿Qué harás?- interrumpió Sakura sin temor alguno ante cualquier amenaza que pensase proferir.

El miedo real e insuperable era algo que Sakura llevaba años sin poder sentir porque había perdido a cada persona a quien había amado hasta la fecha; Mito había tomándola vida de su padre y su hermana, el altísimo le había quitado a su madre a quien nunca había vuelto ver, Mei y Rin habían sido las culpables de la muerte de Itachi, Baru y de su pequeño nieto Daiki, Naoko ante de morir le había quitado a Kagami a su adorado Príncipe, Sasuke consiente o no le había arrebatado a Rai y la providencia a su sol, a su amado Daisuke y a los hijos que él había tenido. Solo le quedaban sus hijas, su Shisui, su tesoro del cielo y sus nietas y nietos junto a sus escasos aliados de mayor confianza. Cuando se perdía tanto no se podía tener miedo a las amenazas, Mito, Mei y Rin habían exterminado su miedo ante la enemistad, porque ya habiendo perdido tanto sentía que no podía perder más, su vida era infierno de principio a fin y no le quedaba más que aceptar y esperar el momento en que la muerte fuera benévola y viniese por ella. Amenazar no era una estrategia muy rentable pero era la única que tenía a su alcance, Itachi era la razón de su vida, el centro de su universo, se había sentido sola en ese Palacio hasta que él había llegado a su vida y lo amaba con todo su corazón al igual que a Seramu, porque ambos eran parte de ella, sangre de su sangre, carne de su carne; siempre estaría unida a ellos, así que si debía enfrentar a la misma muerte y sobrevivir para proteger a sus hijos; lo haría, pero no se rendiría, no moriría hasta ver a su hijo en el trono y gozar de la oportunidad que merecía tener estando en el poder.

-Lo que sea para proteger a mi hijo y a mí- zanjo la pelinaranja de forma indeleble.

-En ese caso, haz lo que puedas- permitió Sarada en pro de su madre. -Si tienes coraje, aquí estamos- menosprecio con igual arrogancia y presteza.

Protegería a su hijo con todas su fuerzas, quizá no pudiera verlo llegar al trono como Sultan del Imperio, en el futuro, pero con Kami como testigo es que moriría dejando a su hijo en una posición segura o al menos permitiéndoles a sus hijas protegerlo, pero no menos, ya había perdido tanto…no se permitiría perder al único hijo que le quedaba, ella era el Imperio y protegería a sus hijos mientras aun le quedase una vida que vivir. Sin necesidad de esperar una orden ni nada parecido porque no era necesario para ella, Takara se marchó sin más, sujetándose la falda para no tropezar y siendo servicialmente seguida por Hiroshi que se había encontrado junto a ella. Lo que tendría lugar no sería una lucha fácil, eso Takara lo sabía muy bien, pero estaba preparada, lucharía y llegaría a ser Madre Sultana, a cualquier precio.

Mañana tendría lugar la batalla decisiva.


El nuevo día hubo dado inicio, más pocas veces el Palacio imperial se había visto sumido bajo semejante ajetreo, no desde la muerte del Sultan Baru hacía ya mucho tiempo; salvo por los guardias que custodiaban la entrada del Harem sin moverse, todos los habitantes del Palacio no cesaban de dar vueltas de un pasillo al otro, guardias y soldados que se dirigían hacia el patio del Palacio donde ya habían comenzado a reunirse los Jenízaros y Spahi que conformaban la rebelión. Dentro del Harem las sirvientas, doncellas y concubinas se mostraban inquietas, algunas al borde de las lágrima y el llanto, otras angustiada y otras orando porque la revuelta que inminentemente tendría lugar no hiciera peligrar la vida de nadie y creían que no sucedería porque la Sultana Sakura jamás permitiría que nadie inocente sufriese lo indeseable, ella protegería todo el mundo, al Imperio y a ellos, pero era difícil no sentir miedo con tantas amenazas cerniéndose centímetro a centímetro. El miedo era una realidad inevitable ante lo que tendría lugar de un momento a otro, y aun cuando Ino, Tenten e incluso Eri intentasen remediar la situación garantizándoles a las niñas que todo sestaría bien, incluso ellas albergaban temor por lo que pudiera suceder, nadie podía garantizar una conclusión segura de este día, ni siquiera los miembros de la familia Imperial que habrían de encargarse de todo.

La Sultana Izumi hizo acto de presencia en el Harem ya que aquel camino la conduciría más prontamente a los aposentos de su hermano, por no hablar de que así comprobaría que las ordenes de su madre se estuvieran cumpliendo al pie de la letra. Su femenina figura se encontraba ataviada por un favorecedor e inocente vestido aguamarina grisáceo, de escote recto cerrado por tres botones de oro desde el escote hasta la altura del busto, de mangas cortas y ajustadas hasta las muñecas, abiertas para exponer la piel de los brazos. Los bordes de las mangas, los hombros y el borde del escote estaban ribeteados en encaje dorado; por sobre su vestido portaba una rigurosa chaqueta azul grisáceo ribeteada en encaje e hilo cobrizo para emular sobre la tela el emblema de los Uchiha entrelazado con flores de cerezo, de profundo escote en V que se cerraba bajo el busto y se abría bajo el vientre, de mangas holgadas y abiertas desde los hombros y que conseguía darle una imagen tanto inocente como poderosa al andar. Su largo cabello estaba elegantemente recogido en una coleta ladina que permitía a sus rizos caer sobre su hombro derecho, más por causa e ajetreo al que era sometida un par de rizos se habían escapado de su peinado y enmarcaban su rostro a la vez que su propio cabello parecía ligeramente revuelto pero no por ello desfavoreciéndola sino que al contrario; sobre su cabeza se hallaba una hermosa pero modesta corona de oro, zafiros y topacios que emulaba espinas y punas que parecía enrudecer su apariencia y remarcar su carácter, minimizando los pendientes de oro que emulaban el contorno de una flor de cerezo con una esmeralda en su centro. Su trayecto se vio obstaculizado por Seina y Masumi que, reverenciándola respetuosamente, precia notablemente preocupadas y afligidas por la situación que tendría lugar.

-Sultana Izumi, dicen que los jenízaros y Spahis están aquí por el Príncipe Shisui- inicio Siena con la voz quebrada por el nerviosismo que no podía evitar exteriorizar -¿Y si lastiman a nuestros hijos?- se preocupó, temiendo por su querido Hashirama que, junto a Kaede, se encontraba en sus aposentos, ambos siendo custodiados por sus doncellas.

Seina estaba completamente aterrorizada como no lo había estado nunca antes, sentía que se le clavaba un puñal en el pecho de solo pensar que algo pudiera sucederle a su hijo, los jenízaros eran leales, pero los Spahi…ellos eran otra cosa. Portaba unas sencillas pero halagadoras galas rosa-violáceo claro hechas de seda, de mangas ajustadas hasta los codos que se abriendo en lienzos de gasa para exponer los brazos, de conservador y discreto escote redondo cerrado por seis botones de diamante que iban desde el escote a la altura del vientre, cerrando el corpiño y ciñendo el vestido a su cadenciosa figura ensalzada por la falda ribeteada en gasa y que facilitaba el movimiento; por sobre estas galas se encontraba una chaqueta superior hecha de gasa rosa-violáceo, sin mangas y plagada de bordados en hilo de oro con diamantes y amatistas incrustadas, emulando flores y ondas, cerrada escasamente a la altura del vientre creando un profundo escote en V. Sus largos rizos castaños caían sobre sus hombros y tras su espalda, enmarcando su armonioso rostro y engrandeciendo la corona de oro, amatistas, cristales y diamantes que iban del purpura al violeta creando una estructura repleta de dijes en forma de flores de cerezo a juego con unos pendientes de cuna de oro en forma de ovalo ribeteado en diamantes y con un diamante violeta homólogo en su centro y sin necesidad de ostentar ningún otro tipo de joya. Era irrefutablemente leal a la Sultana Sakura, dispuesta a sacrificar su vida de serle necesario, pero era imposible para ella—como madre—no temer por su hijo, por su adorado niño.

Junto a ella e igualmente angustiada se encontraba Masumi, ella solo tenía a su pequeño hijo Sasuke, de otro modo y sin el apoyo de la Sultana Sakura a quien tanto admiraba se encontraría sola en el mundo, no quería que le sucediera nada a su hijo sin importar que la revuelta tuviera como fin reafirmar los cimientos del Imperio. Portaba un sencillo vestido morado de escote bajo y cuadrado, así como mangas ajustadas hasta los codos donde se volvían abiertas para exponer los brazos; sobre el vestido se hallaba una chaqueta de seda índigo, cerrada por sietes botones de plata desde el escote hasta la altura del vientre, así como de mangas ajustadas y cortas hasta los codos, abierta bajo el vientre, el centro del corpiño, el borde del escote y el extremo de las mangas así como la caída y el dobladillo de la falda estaban enmarcados por un escueto pero favorecedor bordado y encaje de escamas de plata. Sus largas ondas azabaches caían perfectamente sobre sus hombros y tras su espalda, enmarcando su rostro y resaltando naturalmente la sencilla corona de oro en forma de finas ramas que en su cima recreaba una serie de pequeños capullos de flores de cerezo conformadas por amatistas y diamantes a juego con un par de pendientes de plata y amatista en forma de lagrima y in necesidad de collar o gargantilla alguna. Haría todo lo que le dijeran si así conseguía proteger a su pequeño, pero solo quería mantener a su hijo a salvo, esa era su única prioridad en la vida.

-No tienen porque temer, suceda lo que suceda no tocaran a sus hijos, mi madre lo garantiza- prometió Izumi ya que su madre había tomado todas las precauciones posibles para ellas, eso y más. -Ustedes, y nuestros Príncipes, estarán a salvo- sonrió, animando a ambas mujeres que se sintieron mucho mejor con sus palabras y promesa.

Era sincera en cada una de sus declaraciones, se habían tomado todas las precauciones había y por haber para garantizar que los Príncipes estuvieran a salvo, no solo porque fueran el futuro del Imperio sino porque eran miembros de la familia y debían protegerse como tal en su inocencia como los niños que eran. Pero por muchas precauciones que se tomaran no dejaban de ser eso, precauciones banas; no había que les garantizara que todo estaría bien y eso provocaba que Izumi se sintiera más intranquila que nunca, sabía que su hermano seria encerrado en los Kafer o cual ya de por si era una salida honrosa, pero…temía que algo pasara y que en lugar de dictar el enclaustramiento de su hermano decidieran su ejecución sin que su madre pudiera hacer nada para evitarlo. No dudaba de su madre en lo absoluto, confiaba en que ella daría su vida para preservar la de Shisui y de cualquiera de ellos, pero no pensaba lo mismo de su padre, ¿Cómo hacerlo? Sonriéndoles sutilmente a Seina y Masumi, la Sultana Izumi continúo regiamente con su camino que la conduciría fuera del Harem. Necesitaba hablar con su madre y tranquilizar sus propios miedos, ya no era al ingenua y sosa adolescente que había presenciado la visión del cadáver de su hermano Kagami, era una mujer adulta que había uro proteger a su mellizo con su vida y se juraba cumplir esa promesa a cualquier precio, porque así como protegería a Shisui protegería sus hijos y a los propios.

-Sultana- reverencio Yugito, siguiéndola, -si la situación se vuelve caótica, ¿Qué debemos hacer?- consulto, ya que nadie sabía qué medidas tomar ante lo que sucedería.

-Mi madre ha pensado en todo, Yugito, y mi padre ha accedido a cada una de sus ideas- tranquilizo Izumi, serenando sus propios pensamientos en el proceso, -solo esperemos que Takara se apegue a lo que pensábamos, de otro modo todo se ira al infierno- mascullo, orando para si que todo saliera de acuerdo al plan que se había entretejido para este día.

Justo en ese momento y como si hubiera sido llamada por sus pensamientos es que su madre hubo aparecido en el momento preciso en que Izumi tanto la necesitaba. La Sultana Haseki lucía un espléndido vestido de seda color negro de el escote corazón bordado en plata y errado por seis botones de diamante que iba desde el escote hasta el vientre, perfectamente calzado a su figura, si mangas y cuya larga falda de seda parecía figurar el contorno de sus piernas al caminar; por sobre sus esplendidas galas se encontraba un bolero de piel color negro hasta la altura de las costillas, que permanecía abierto enmarcando el escote de su vestido, de cuello alto y posterior que enmarcaba su cuello y mangas ajustadas hasta las muñecas, ribeteado en encaje y escamas de plata en un complejo bordado en forma de flores de cerezo que adornaba los bordes interiores, los hombros, las muñecas y el cuello. Alrededor de su cuello se encontraba el siempre digno emblema de los Uchiha, obsequio del Sultan y que relucía divinamente a juego con unos pendientes de cuna de plata y cristal en forma de lágrima. Su largo cabello rosado se encontraba impecablemente recogido tras su nuca resaltando con mayor facilidad la bellísima corona de plata en forma de rosas y espinas decora por diamantes y cristales ónix. Sin lugar a dudas ella era la mujer más hermosa del mundo entero. Lealmente acompañada por sus doncellas, la Sultana Sakura se hubo detenido ante la entrada del Harem observando con solemnidad y resignación la preocupación que reinaba entre las sirvientas y concubinas, y que representaba la propia por su hijo, pero esperaba que todo saliera a pedir de boca, de acuerdo con su plan.

-Madre- reverencio Izumi, -¿está todo listo?- corroboro, intentando no sonar paranoica pero si exteriorizando sutilmente su preocupación.

-En teoría, pero yo dudaría bastante- admitió la Haseki con algo de desasosiego, -Takara es impredecible- advirtió como única critica que aportar, de momento, -pero teniendo a todo el ejército jenízaro de nuestro lado, no podemos perder, además he conseguido que un cuarto de los Spahi se alíen a nosotros- rebeló par incredulidad y alegría de Izumi que hubo sonreído ante su logro, -peor sería nada- se encogió de hombros, sonriendo al ver más animosa a su hija.

Durante la noche y luego de la discusión con Takara había abandonado el Palacio en secreto y con discreción, haciéndose pasar por una plebeya cualquiera para evitar el protocolo y formalismo, presentándose—junto a Shikamaru—en el cuartel de los Spahi fingiendo ser alguien que requería refugio y había tratado con los capitanes del ejercito luego de darse conocer como quien era, afortunadamente los servidores de Takara había estado ausente lo que le hacía presagiar que ella algo se traía entre manos, que no se quedaría de brazos cruzados esperando el inminente triunfo, lucharía. Había confraternizado con los Spahi que se asombraban por su valor de presentarse tan abiertamente ante ellos, dirigiéndoseles con respeto, cosa mediante la cual ya de por si se había ganado parcialmente su admiración y lealtad, pero solo de los capitanes que formaba ¼ de la autoridad total del ejercito propiamente tal, obviamente no sabía si el resultado de su incursión la noche anterior era tan provechoso como pudiera anhelar que fuera, pero era mil veces mejor contar con algo de su apoyo que carecer totalmente de él. Era increíble y maravilloso para Izumi escuchar que su madre ganaba más adeptos, cuando algo parecía imposible ella insólitamente lo conseguía, superaba sus propios límites y llegaba aún más lejos. Escuchando a su madre y observándola con veneración, Izumi supo que el plan resultaría, quizá hubiera contratiempos pero todo saldría bien. Se sintió repentinamente desconcertada en cuanto su madre la sujeto de los hombros, haciendo que se vieran a los ojos, ese gesto significaba preocupación, Izumi lo sabía en base a lo mucho que conocía a su madre y estaba dispuesta a ayudarla en o que sea que fuera a pedirle.

-Izumi, mantente alerta y acompaña a Shisui cuando llegue el momento- pidió Sakura, ya que ella no podría estar junto a Shisui en aquel difícil trance, -yo intentare reunirme con él en cuanto pueda- prometió.

-Si, madre- juró Izumi, indeleble.

Dirigiéndole una cálida y última mirada a su hija que la reverencio respetuosamente, prendada de su dignidad, la Sultana Haseki continuo con su camino siendo seguida con la mirada por su hija que, volteando a ver a Yugito con una sonrisa de esperanza, se sujetó con premura la falda del vestido para dirigirse hacia los aposentos de su hermano; saldrían con bien de todo, ganarían, estaba convenida.


Fuera, en el patio el Palacio los guardias y soldados que resguardaban el Palacio se armaban y preparaban exhaustivamente para resguardar la seguridad de los miembro del Imperio y el resto de los individuos que habitaran el Palacio, claro que el ejército jenízaro era leal al Imperio o más a la Sultana Sakura, pero este no era el caso de los Spahi a quienes todos temían, conociendo o no la enemistad entre el Sultan Sasuke y la Sultana Sakura contra la Sultana Takara; se debían tomar preocupaciones, eso era lo único que todos sabían y que estaban resignados a acatar las órdenes por el bien de todos. Pero no solo se trataba del exterior; fuera de los aposentos del Príncipe Shisui igualmente se encontraba una pronunciada comitiva armada hasta los dientes y que aguardaba a la espera de cualquier posible amenaza que osara aparecer y poner en riesgo la vida del entonces heredero del Sultanato. Más ni aun así tanta protección dictaminada por su madre, conseguían sosegar la inquietud de Príncipe Heredado que se encontraba encerrado en sus aposentos junto a su esposa Hayami que no se separaba de él, habiendo dejado a su hijo Rai al cuidado de la Sultana Sarada que se había ofrecido voluntariamente a ayudarla porque el rol que estaba cumpliendo al permanecer junto a Shisui era simplemente admirable, muy al contrario de su esposo la Sultana Hayami lucia mucho más calmada, convencida de que la Sultan Sakura, bajo cuya autoridad estaba el ejército jenízaro y la guardia del Palacio, conseguiría evitar una catástrofe, Kami mediante todo sería para mejor.

Su madre había estado allí hacía apenas unos minuto atrás, le había prometido que lo sacaría de los Kafer cuando pudiera y fuera oportuno, le había rogado que confiase en ella y Shisui lo hacía, pero le temía a su padre y a que el rompiera con su promesa e ignorara su madre, eso evocaba su terror, no otra cosa. Vestía una sencilla túnica azul claro de cuello alto y cerrado por un broche de oro en forma de sol decorado con zafiros, y cerrada en el centro del pecho por tres cadenas de oro en vertical engarzadas con botones y de mangas ceñidas a las muñecas por tres botones de oro al interior de estas; por sobre la túnica un modesto pero elegante Kaftan azul claro con estampados azul claro para replicar el emblema de los Uchiha, de cuello en V cerrado en la mitad del pecho y que creaba un elegante cuello posterior, de mangas cortas hasta los codos y ceñido alrededor de su cuerpo por un fajín azul brillante cerrado por una placa dorada con diamantes incrustados que aportaba una elegante caída a la tela haciendo visibles las botas de cuero color negro que usaba. Sentado sobre su cama, el Heredero del Sultanato temblaba ante el miedo, casi vaticinando su inminente muerte y el sufrimiento al que su dulce madre se vería sometida nuevamente, ni él ni nadie quería eso, más que su muere o que lo aterrorizaba era ser motivo del sufrimiento y lágrimas de su madre.

-Van a matarme, mi padre, él traicionara a mi madre, hará que los verdugos vengan por mí- repitió Shisui incansablemente, nervioso a más no poder.

-Shisui…-intento protestar Hayami, intentando tranquilizarlo.

Claro que ella, sentada junto a Shisui, también tenía miedo pero había rendido a controlarse, la Sultana Sakura se lo había enseñado, llorando no resolvería nada, en esos momentos era imperativo—por más difícil que pareciera—mantener la cabeza fría. Su silueta era cubierta por un sencillo vestido blanco hecho de seda de mangas ajustadas hasta los codos y que se volvían transparentes y holgadas hasta cubrir las manos, con inocente escote corazón cerrado por seis botones de diamante en el corpiño y que lo calzaban a su figura, y con falda de dos capas, una inferior azul claro y una superior igualmente de color blanco, amabas ribeteadas en gasa para mayor movilidad; sobre este una bellísima chaqueta de gasa celeste-grisáceo escasamente cerrada a la altura del vientre en un profundo escote en V, si mangas y bordada en hilo de plata y encaje dorado para replicar sobre la tela sus adoradas flores de jazmín y que hacina juego con sus rizos y joyas. Sus largos rizos dorados caían perfectamente sobre sus hombros y tras su espalda únicamente adornados por una diadema de plata de tipo cintillo hecha de cadenas de plata y con un broche en forma de flor de jazmín y perfectamente a juego con una fina cadena de plata conformada por pequeños diamantes. Un sutil bufido abandono sus labios, pidiendo paciencia al altísimo, intentando calmar a Shisui, pero él no se lo permitía en su insistente temor y que ciertamente tenía fundamento.

-Voy a morir, voy a morir- insistió él, aterrado, temiendo lo inevitable y que su madre no pudiera protegerlo.

-¡Shisui, mírame!-chillo Hayami, sujetándolo de las mejillas, haciendo que la viera a los ojos ya fuera que quisiera o no. -Nadie te hará daño, ¿me escuchas?- determino, segura de que la Sultana Sakura lo protegería, a todos. -Tu madre no lo permitirá, ella esta con contigo, igual que yo, que tus hermanas- señalo, sonriéndole y besándole la frente.

No podían ceder al miedo, no podía dejarse dominar o vencer por los enemigos que los rondaban, debían superar ese día y así Kami mediante podrían ver con alegría un futuro mejor, pero debían ser pacientes y valientes, no podían rendirse…


Cuanto más creía el número de personas en el patio del Palacio, mayor se volvía la inquietud al interior de este, ya nadie estaba actuando co cordura, nadie sabía qué hacer y los encargados del personal apenas y daban abasto con semejante caos, la multitud de soldados jenízaros y Spahi habían comenzado a gritar y protesta ante las puertas del Palacio pidiendo o exigiendo una audiencia con el Sultan para tratar un asunto importante y que todos sabían de qué se trataba pero eso no conseguía tranquilizar a nadie, sino que más bien contribuía a masificar la inquietud que ya era más que evidente. Por temor a una posible eventualidad es que la Sultana Sakura había ordenado que temporalmente las Sultanas y favoritas del Príncipe Shisui—salvo la Sultana Hayami que se hallaba junto a él—se encerraran en sus aposentos firmemente custodiadas por soldados indisolublemente leales, y el resto de las jóvenes sirvientas y concubinas del Harem se encerrarían ene l sótano el Palacio mientras pasaba el caos, porque ella prometía que todo estaría bien y la gente así lo creía, pero una cosa era creerlo y otra muy diferente era que eso impidiera el miedo interino lo cual ya de por si se volvían imposible, era imposible no temer a que el ejército tomase represalias aun contra la voluntad del Sultan para hacerse con el poder; el único seguro de estabilidad era la Sultana Sakura a quien todos guardaban ciego respeto y veneración.

-Niñas, ¡cálmense!- ordeno Eri, intentando imponer algo de disciplina en el entonces desequilibrado Harem.

Del personal dictado por la Sultana Sakura y ya habiendo dejado a su hija Kaori en manos de la Sultana Mikoto, quizá fuera Eri la persona que se manifestara con mayor ímpetu y dedicación a cumplir las órdenes de la Sultana Sakura y evacuar a todos del Harem al, entonces, punto más seguro del Palacio. La leal vasalla de la Sultana Sakura vestía unas sencillas pero no menos halagadoras galas de seda y satín rosa claro, casi blancas, de mangas ajustadas hasta los codos y que se volvían holgadas hasta cubrir notoriamente las manos mientras caminaba, de conservador escote en V, cerrado en el corpiño por seis botones blancos que afianzan la tela a su cuerpo como si un guante se tratase.; sobre estas galas y ceñida a su cuerpo por un cinturón de cadena de oro con diamantes incrustados se encontraba una chaqueta de gasa trasparente, sin mangas, ribeteada en encaje jade bordada en hilo de plata con diamantes incrustados, escasamente cerrada a la altura del vientre creando un generoso escote en V que ensalzaba u figura. Su largo cabello rubio, ligeramente despeinado ante el inmenso ajetreó caía perfectamente sobre su hombro izquierdo, adornado por una diadema de oro de tipo cintillo decorada con múltiples cristales para replicar orquídeas y a juego con unos pendientes de escamas de oro en forma de pétalos de los que pendía un diamante aguamarina en forma de lagrima. Quizá no fuera una Sultana pero se imponía como si lo fuera, la Sultana Sakura le había dado tal privilegio.

Ignorando voluntariamente ese ajetreo que tenía lugar, puesto que era su deber pensar en cómo solucionar la revuelta que formaba parte del plan en cuestión, el Sultan Sasuke llego al pasillo que daba tanto con el Harem como con el área que conectaba con el patio del Palacio que era a donde se dirigía. Siendo que su propósito era escuchar al ejército, el Sultan no lucia menos que soberbio y magnifico al portar—por sobre una elaborada túnica de cuello alto y mangas ajustadas finamente bordada en hilo cobrizo—un elegante Kaftan granate brillante, con detalles ligeramente más claros—en el centro del pecho y la caída de la tela—como bordados en color Hematita roja, de cuello alto y cerrado y mangas hasta los codos, cerrado entorno su cuerpo por un fajín rubí brillante decorado con una placa de oro con un enorme rubí en el centro, y a su alrededor una serie de diamantes; además de todo eso se hallaba un pesado, aparentemente, abrigo de tafetán, armiño y georgette rubí brillante bordado en cada espacio con hilo de oro que emulaban el emblema de los Uchiha y las llamas del fuego, entre otras imágenes igualmente magnificas, de mangas holgadas y abiertas desde los hombros, con los bordes del cuello, las mangas, los costados y la cola forrados en piel color negro a juego con las botas de cuero color negro que usaba y que complementaban a la perfección el conjunto. No había sido idea suya esmerarse así en su apariencia sino de Sakura, y como siempre él confiaba en que todo resultase perfecto. Izumi apareció en el pasillo frente al que él transitaba, acercándosele tan velozmente como pudo, había acudido a sus aposentos y al no encontrarse había tenido que intentar buscarlo por cada rincón posible, necesitaba hablar con él.

-Padre, por favor, soluciona esto- rogó Izumi con la vehemencia propia de una niña asustada y así se sentía, -no permitas que ocurra lo mismo que le sucedió a mi hermano Baru, no puede suceder- imploro, dependiendo completamente de su autoridad en esos momentos.

-Quieren un diván abierto, tu madre y yo accederemos, esperemos que Takara no intente hacer algo- rebeló Sasuke, confiando en que el plan diera resultado, pero no sabiendo si sería tan fácil llevarlo a cabo, no con la actitud conspiradora de Takara que no se quedaría sin hacer nada.

En si todo iba de acuerdo el plan que Sakura había orquestado minuciosamente y eso Sasuke lo sabía, pero conociendo a Takara y su ambición era predecible que algo fuera a suceder, pero fueran cuales fueran las demandas que tuvieran lugar Sasuke se prometía a sí mismo no cumplir, bajo ninguna circunstancia, dos cosas; ejecutar a su hijo, ni mucho menos exiliar a Sakura si es que llegaban a pedirlo, porque en circunstancias así—tratando con Takara y ya fuera descabellado o no—todo era posible, pero aun siendo el gobernante del Imperio y teniendo limites en cuanto a poder de decisión, Sasuke también tenía sus demandas y no podían ser evitadas; Shisui seria intocable y Sakura permaneciera a su lado, ante ello no había discusión posible. La respuesta de su padre resulto tanto un aliento como un golpe; un diván abierto significaba que los soldados estaban dispuestos a escuchar a su soberano y hacerle saber sus demandas, significaba que la conclusión a la que llegaran no tenía porque ser necesariamente mala, pero igualmente podían tener a exigir algo tan abrumador como a ejecución de su hermano, Izumi estaba tan histérica—mentalmente—que ya no sabía que pensar y, sin poder evitarlo, una pregunta surgió repentinamente en su mente, una pregunta que su hermano había repetido una y mil veces anteriormente y que por esta oportunidad hubo sido d su completa inquietud porque no sabía si su padre se atrevería a responderle, y de ser así, no tenía ni la más remota idea de cuál sería su respuesta.

-Tú no entregaras a Shisui, ¿cierto, padre?- se aventuró a cuestionar Izumi, sacando a relucir sus miedos.

Escuchando la inquietud de Izumi, Sasuke solo pudo guardar silencio por un instante, meditando profundamente que hacer o decir exactamente para evitar cualquier plan que Takara seguramente hubiera fraguado para salir beneficiada de la revuelta por encima de cualquier otra persona, no tenía tiempo para pensar en nada más que eso, pero desde luego que no permitiría que le sucediese nada a Shisui, era el único hijo que le quedaba, y aun cuando Shisui no le creyera Sasuke cumpliría la promesa que le había hecho de protegerlo con su vida justo como lo haría Sakura. Ignorando a su hija que lo siguió boquiabierta con la mirada al no recibir respuesta alguna que la tranquilizara, Sasuke continúo decididamente con su camino; la verdad de las cosas solo él la sabia, nadie más tenía porque intervenir, nadie salvo Sakura.


-¡Queremos un diván abierto!

-¡Queremos ver al Sultan!

Los gritos o más bien rugidos de ambos ejércitos resultaban ensordecedores para cualquiera de los guardias que custodiaban las puertas que conectaban con el interior del Palacio, todos los presentes eran simples soldados, los capitanes de los ejércitos no estaban presentes pero tenían motivo para estar temporalmente ausentes ya que llegarían antes de que cualquier decisión—del carácter que fuera-pudiera ser tomada, así debía ser porque era imposible que faltasen. Si bien los gritos de los soldados exigían la presencia o acto de aparición del Sultan del mundo a quien los jenízaros verdaderamente anhelaban ver era a la Sultana Sakura, por ella estaban allí y aun cuando no apareciera en público quizá si estuviera en la torre de la justicia desde donde habría de estarlos viendo, de todas formas tenían planeado tener una conducta impecable y requerir solo aquello que había sido planeado y estipulado por la Sultana Haseki que había pedido su ayuda, más eso no evitaba que vislumbraran con cierto recelo a los Spahi presentes y con quienes guardaba una conocida rivalidad; desde tiempos remotos, cuando el Imperio había sido forjado; los jenízaros habían sido siempre leales guardianes y protectores de la familia Uchiha, velando por la lealtad que le guardaban al Sultanato con el pasar del tiempo, mientras que los Spahi por otro lado vivían en pro de su propias ambiciones e intereses, con semejantes diferencias entre si—para los que supieran la historia—era imposible y ridículo pedirles que superasen esta enemistad.

-¡Atención!, ¡Sus Majestades el Sultan Sasuke y la Sultana Sakura!- anuncio Suigetsu Hosuki.

El anuncio del Hasoda Basi hubo sorprendido y alegrado a los soldados jenízaros en tanto las puertas se hubieron abierto de par en par porque el Sultan aprecia en contadas ocasiones publicas junto a su esposa que hizo acto de aparición en su impecable belleza que cautivo la atención de todos los presentes. Ocultando su ajuares, la Sultana Haseki portaba un bellísimo abrigo azul brillante diseñado para emular sutilmente los detalles de carácter militar de los usares jenízaros mediante brocados de piel color negro en el centro del pecho y las muñequeras de las ajustadas mangas, el dobladillo de la tela y el cuello alto y cerrado, toda la estética de su imagen parecía replicar el vestuario jenízaro pero con colores diferentes y el notable aire femenino que debía ostentar. Su largo cabello rosado estaba totalmente oculto dejando únicamente a la vista de los presentes su dulce rostro mediante un largo velo azul claro que estaba perfectamente colocado sobre su cabello y arremolinado sobre sus hombros, adornado por un broche de oro en el extremo superior derecho y que emulaba el emblema de los Uchiha. Nadie dudaba que era la mujer más hermosa del mundo pese al paso del tiempo, por más sencilla que luciese, para todos los presentes era la magnificencia hecha mujer mientras permanecía lealmente junto al Sultan que hubo rodeado el trono y permanecido de pie ante los presentes que habían requerido insistentemente su presencia y la de su esposa.

-¿Así que quieren un diván abierto? Aquí estoy- zanjo Sasuke ocupando su lugar en el trono.

La Sultana Haseki permaneció de pie junto al trono ya que en público—frente a ambos ejércitos—resultaría casi un escándalo imperdonable que compartiese el torno con su esposo pese a que a todos les satisficiera enormemente la posibilidad de que ella reinase sola ya que, a entender de todos y esto era muy conocido; ella reinaría mejor que cualquier hombre, mil veces mejor que cualquier Sultan que hubiera vivido hasta entonces, pero romper de ese modo con las tradiciones era algo que nunca se había hecho y nadie se atrevía a cambiarlo, aunque tenerla como regente, gobernando con igual poder solo que otro título…eso era lo más próximo y que todos anhelaban, aunque igualmente difícil ya que el Príncipe Shisui era el único heredero que le quedaba. El Príncipe Shisui realmente si había cometido desmanes imperdonables a ojo del ejército y el pueblo entero, y aun cuando no lo quisieran como Príncipe Heredero, si querían que la Sultana Sakura continuase en el poder, por lo cual estaban ahí frente al Sultan con tal de llegar a un acuerdo que los beneficiase, una forma en que la Sultana Sakura pudiera continuar gobernando el Imperio aun cuando ya no pudiera entronizar a su único hijo superviviente si el Sultan moría en cualquier momento futuro. Era precio que Spahi y Jenízaros llegaran a un acuerdo común para dar por concluida la rebelión.

-Sultan Sasuke, prometió que administraría este estado con justicia, y aun así permite que su hijo despilfarre el tesoro Imperial y desprestigie al Imperio- recordó uno de los Spahi ante lo cual los jenízaros no pudieron evitar discrepar con murmullos casi inmediatos, -¿espera que no respondamos?- cuestiono.

-Soy yo quien debería exigirles explicaciones a ustedes, antes que soldados del Imperio, son mis súbditos, no pueden exigir aquello que consideren apropiado, no sin que yo lo permita- condeno Sasuke sin perderla arrogancia que debía de exhibir en aquella situación. -¿Cómo se atreven a actuar así?- exigió, alzando la voz y haciendo callar momentáneamente a los presentes.

-Nosotros somos leales a nuestra fe, y a nuestra nación- declaro el Spahi, corriendo sus anteriores palabras.

-La situación es clara, Majestad, ya no queremos que el Príncipe Shisui sea el Príncipe Heredero- determino uno de los jenízaros, siguiendo la ordenes ya dictadas por la Sultana Sakura.

Por mucho que eso fuera lo que ella quería oír, Sakura se sintió mal por verse forzada realizar aquella medida para proteger a su hijo, pero esperaba que Kami mediante todo se resolviese positivamente. As puertas abiertas de par en par le hubieron permitido a Takara aparecer con autoridad siendo la madre del Heredero de mayor edad a ser declarado Príncipe Heredero del Sultanato, impecablemente engalardonada la entonces Haseki del Príncipe Heredero lucía un abrigo o chaqueta de tafetán azul claro ribeteado en encaje levemente más oscuro, de cuello alto y cerrado por seis botones de plata hasta la altura del vientre donde se abría para exponer la falda del vestido azul zafiro ribeteado en encaje color negro que usaba bajo el abrigo; las mangas eran holgadas y abiertas desde los hombros exponiendo así las mangas del vestido inferior que eran ceñidas a lo largo de todo el brazo hasta las muñecas e igualmente adornadas por encaje color negro. Su largo cabello naranja se encontraba perfectamente recogido tras su nuca haciendo resaltar la elegante corona imperial de los Uchiha sobre su cabeza, —hecha de terciopelo y decorada con amatistas, cristales violetas y múltiples diamantes—a juego con unos pequeños pendientes de cuna de diamante en forma de ovalo con un zafiro homólogo en su centro. Su aparición hubo sido una señal para sus aliados Spahi ya presentes, era momento de hacer que la Sultana Sakura saliera del escenario político y de su camino.

-La negligencia y errores de mi hijo, son obvios- admitió Sasuke pese a su propio pesar, desviando sutilmente su mirada hacia su esposa que asintió con aprobación.

Todo lo que estaban haciendo no era más que un simple pero igualmente elaborado teatro en consonancia con el ejército jenízaro que estaba bajo sus órdenes, todo estaba cuidadosamente decidido pese a que los Spahi no fueran conocedores de ello por obvias razones, más aun así debían tener cuidado y, observándose sutilmente entre sí, Sasuke y Sakura no necesitaron voltear para saber que Takara había aparecido, la aparente soberbia que hubo tenido lugar en el contexto del comportamiento de los Spahi hubo sido la prueba más irrefutable de ello. Guardando total silencio y pareciendo imperturbable, Sakura predecía que algo pasaría, si Takara estada allí era porque creía tener la batalla ganada y la victoria ofrecida en bandeja de plata, pero no pensaba permitirlo, primero muerta antes que rendirse y eso lo sabían los leales soldados jenízaros que reparando en la aparición de la Haseki del Príncipe Heredero solo parecieron afianzar su indisoluble lealtad por la Haseki del Sultan. Una sutil sonrisa de arrogancia aprecio en el rostro de Takara ante lo inevitable; mediante Hayate Gekko Pasha les había hecho saber a sus aliados Spahi lo que deberían hacer en el diván abierto y lo que habrían de exigir, porque ya estaba sinceramente harta de la presencia de la Sultana Sakura y al quería fuera del Palacio a la mayor brevedad posible, no quería esperar más tiempo por el poder que tanto anhelaba tener.

-Ya no tenemos paciencia, Majestad- concluyo un de los Spahi adelantándose a cualquier palabra que pudieran decir los jenízaros, -el Príncipe Shisui, debe ser ejecutado, y la Sultana Sakura exiliada, como dicta la tradición- decidió siendo inmediatamente secundado por sus compañeros.

La abrupta demanda de los Spahi hubo dejado completamente helados a los jenízaros que casi perdieron el aliento por semejante idea, alzando la mirada hacia la Sultana Sakura que, de pie junto al trono, pareció titubear ante semejante desprecio infundado por los enemigos del Imperio y que le eran leales a Takara; claro que había supuesto muchas cosas al conocer tan bien a Takara, pero no pudo evitar sentir una pisca de temor ante la posibilidad de que esto tuviese que ser forzosamente cumplido si más personas se unían a la demanda, ser exiliada al Viejo Palacio no le molestaba pero si la aberrante idea de permitir la ejecución de su hijo, eso ni soñarlo. Disimuladamente, Sasuke alzo una de su manos, entrelazándola con la su esposa a quien observo por el rabillo del ojo, se había prometido no cumplir demandas semejantes y lo cumpliría, ni aun cuando eso significara la paspara su Imperio exiliaría a su esposa ni mucho menos permitiría la ejecución de su único hijo, Takara podía sembrar cuanta discordia quisiese pero él no accedería. Sakura sonrió sutilmente ante la mirada de Sasuke, repuesta de la impresión inicial y lo bastante fuerte en voluntad para levantar la mirada hacia los jenízaros que asintieron ante su señal, aunque…no fue necesario intervenir, los aliados a los que ella tan lealmente había reclutado la noche anterior ya habían hecho aparición y ahora todo tendría lugar tal y como ella había planeado que sucediera, Takara se comería sus palabras.

-¡Silencio, perros!- vocifero una voz conocida por todos -¿Escuchan lo que sale de sus bocas?- bramo abriéndose paso hacia el trono.

Esta voz los hubo dejado completamente helados, o al menos a los Spahi porque los jenízaros por otro lado hubieron sonreído entre ellos con seguridad y arrogancia, abriendo u camino en el centro del patio para que fuera visible que quien había hablado no era otro que Naruto Uzumaki que era acompañado por los capitanes del ejército Jenízaro y Spahi que eran totalmente leales a la Sultana Sakura, habían llegado tarde porque habían ido en busca del mayor aliado del Imperio, quien solidificaba y atestiguaba que la presencia de la Sultana Sakura era específicamente indispensable en ese Palacio y en el Imperio como tal gobernando desde la capital. El silencio más absoluto hubo reinado en el ambiente haciendo la aparición del Uzumaki una especie de acto imperdible para cualquiera de los presentes; soldado, Pasha, Visir o Sultan. Una muy bien disimulada sonrisa apareció en los labios de la Sultana Sakura quien hubo desviado su mirada hacia Sasuke que estaba igual de satisfecho con la oportuna aparición de Naruto, después de todo, lo habían estado esperando a él, por él es que se había montado todo ese teatro y paradigma que notoriamente desconcertó a Takara que apenas y consiguió salir de su estupor, volteando a ver inmediatamente a la Sultana Sakura que sin embargo solo tuvo—en ese momento—ojos para el Uzumaki y los capitanes del ejército, viendo ahí a Naruto podía sentirse totalmente segura de que todo, todo, saldría bien, como ella había planeado que pasara.

-¿Naruto?- reconoció Takara, incrédula.

La sorpresa de los presentes y su deslumbro hubo sido digna de retratar en ese momento más si algo no tenía comparación era la dicha en el rostro de la Sultana Haseki y el ejército jenízaro que bajo respetuosamente al ex –visir en tanto este hubo cruzado lentamente el patio en dirección hacia el trono donde estaba el soberano del mundo, a quien le servía de forma indiscutible y junto a él la Sultana Haseki que era la dueña absoluta de su corazón. Tras el Uzumaki y haciendo alarde la protección de la Sultana Sakura hubieron avanzado en consonancia los capitanes de ambos ejércitos lo cual hubo silencio a los Spahi que quizá pensaran en protestar; tener en su poder la voluntad de los dirigentes de un ejército era algo de respeto, porque ellos tomaban las decisiones de lo que era mejor para las barracas y dictámenes militares como tal, eso era algo que Takara sabía bien y que hubo logrado amedrentándola sutilmente pero permitiéndole recomponerse de la impresión, desde luego que no estaba luchando contra una persona cualquiera sino contra la Sultana Sakura y ella ciertamente jamás perdía una batalla. Deteniéndose ante el trono, el Uzumaki reverencio respetuosamente el Sultan, no pudiendo evitar embelesarse con la belleza de la Sultana Haseki que le hubo sonriendo radiante con agradecimiento por su presencia que había tenido lugar en el momento preciso para salvarla como ya había hecho anteriormente, no era erróneo por parte de Sakura decir que Naruto era su héroe y salvador en momentos difíciles.

-¿Quiénes son ustedes?, ¡¿Quiénes se creen para exigir la muerte de un Príncipe del Imperio Uchiha?!- rugió Naruto, volteando a ver a todos los presentes que hubieron guardado silencio absoluto. -Tal y como ustedes ven, estoy ileso, y soy leal al Sultan Sasuke y a la Sultana Sakura- atestiguo con inquebrantable rectitud. -Por el bienestar de la gente, de la paz, la justicia y la seguridad del Imperio es que la Sultana Sakura debe permanecer en el Palacio, junto a nuestro Sultan- dio a saber cómo una decisión, no una idea que secundar y aun cuando no fuese así todos los jenízaro de inmediato la hubieron aprobado. -Cualquiera que se oponga, pagara con su vida- amenazo, ya que aún para mantener el orden era necesario ostentar ese tipo de autocracia.

-Estas discusiones son innecesarias, ya decidimos lo que debíamos decidir, vida por vida, sangre por sangre- reitero uno de los Spahi, quizá el más leal a la Sultana Takara y que no tardó en ser secundado por sus compañeros, -a un lado- advirtió con agresividad.

-¿¡Vida por vida, sangre por sangre!?- cuestiono Naruto, contradiciendo tanta altanería.

Estaba más furioso de lo que pudiera haber recordado haberse sentido en su vida en instantes remotos, escuchar tanta arrogancia de parte de un Spahi, un simple soldado, era vergonzoso y todos los jenízaros presentes incluidos los capitanes Spahi hubieron pensado igual, estaban en presencia del Sultan del mundo que podía decir su ejecución, ¿Es que no les importaba nada más que ridícula ambición por lo que ofrecía la niña insensata que era la Sultana Takara? Sí, eso consideraba que era la Sultana Takara; una niña que aspiraba a demasiado, claro que había sido educad por la Haseki del Sultan pero a la edad de la Sultana Takara, la Sultan Sakura había sido regente del Imperio, había sido Madre Sultana sin ostentar oficialmente este cargo y se había enfrentado a un sinfín de enemigos habiendo perdido a su padre, su hermana y a dos de su hijos, Naruto estaba convencido—como el resto de los presentes—de que ella tenía toda la experiencia para gobernar el Imperio y en lugar de ella querían a una niñata ambiciosa y caprichosa que nada sabía del poder y el sufrimiento. Ciertamente lo que estaba teniendo lugar era motivo de ejecución, pero Sakura le insistía, con la mirada, que no deseaba derramamiento de sangre alguno, por ahora debían ser misericordiosos, luego decidirían que hacer cuando ya hubieran ganado. No se iba a rendir, estaba decida, así que adelantándose un par de pasos hasta situarse junto a la Sultana Sakura, Takara se deicidio por fin a tomar el asunto en sus manos.

-No caigan en sus juegos- advirtió Takara apenas y Naruto hubo terminado de hablar. -Como pueden ver el Sultan Sasuke y la Sultana Sakura esconden varios secretos, sin razón le hicieron creer a todo el mundo que Naruto Uzumaki era un traidor y había sido ejecutado- culpo, desconociendo por supuesto que el ejército jenízaro, los capitanes de ambos ejércitos así como todo el pueblo y la corte salvo ella, sus aliados y los Spahi sabían de la supervivencia del Uzumaki. -¿Quieren que se repitan semejantes mentiras?- pregunto con altivez, ya conociendo la respuesta.

-¡No!- rugió en son todo el ejecito Spahi.

-Lo correcto a hacer es obvio- declaro ella, ansiosa por la respuesta que tanto anhelaba, -mi hijo, el Príncipe Itachi, debe ser nombrado Príncipe Heredero y, respetando las tradiciones, la Sultana Sakura debe ser exiliada al viejo Palacio- sentencio volteando a ver a su enemiga que parecía increíblemente desinteresada por su decisión.

Era tan divertido, casi burlesco; cuando una persona tenía tanta arrogancia sobre si le parecía imposible cometer errores, creía que todo cuando hacía estaba bien y que su planes no tenía fallas, pero todo buen estratega—y Sakura y Sasuke se consideran así a ellos mismos—sabía que existían los errores y fallas y que debían anticiparse e imaginar lo inimaginable, porque esa era la única forma de prevenir un golpe futuro que pudiera derribarlos. Así que ambos no pudieron evitar observarse despreocupadamente con una sonrisa ladina en sus rostros antes de voltear a ver a Takara; era lo curioso con respecto a las intrigas, nunca se sabía cómo y cuándo terminaría el juego ni quien se vería beneficiado al final. Sakura no habría orquestado semejante plan si no hubiera pensado en todas y cada una de las posibilidades que podían existir y como prueba de ello es que Sasuke y ella tenía en sus manos aquello que Takara más atesoraba y que representaba a su vez la gloria y el poder que tanto quería alcanzar, después de todo…Takara no podía ser Madre Sultana en un futuro, como deseaba, si no tenía un hijo que entronizar como Sultan, ¿o sí? Dar las cosas pro sentado era el error más grande que se podía cometer en ese Palacio donde se caía cuando no se pensaba que se caería y se moría cuando no se pensaba que se podía morir, simple lógica, pero Takara aparentemente no había aprendido de ello pese a que fuera lo primero que Sakura le había enseñado, una lástima…

-¿Crees que puedes entronizar a tu hijo y deshacerte de nosotros?- indago Sasuke, burlándose de ella al decir esto, comprobando lo insensata y burda que era.

-¿Dónde está tu Príncipe?- pregunto Sakura acortando la distancia entre ambas al avanzar un paso, solo obteniendo a cambio una sonrisa petulante de parte de Takara, -¿Dónde está tu hijo, ahora?- reformulo su pregunta sin borrar la sonrisa ladina de su rostro.

-¿Dónde va a estar? En su habitación-contesto Takara sin comprender el sentido de la pregunta. Lo sabía, confiaba en que su hijo la estaría esperando cuando todo eso terminara, pero…¿Por qué la Sultana Sakura haría esa pregunta?, ¿Por qué dejaría algo al azar? Pensando en profundidad las cosas, Takara supo entonces a que se estaba refiriendo, cosa que la hizo sentir un miedo apabullante que la hizo temblar de solo imaginarse lo peor. -¿Qué hicieron?- exigió, asustada

Sentía le miedo y la inquietud más grande apropiándose de ella, Itachi no solo era su garantía del futuro que tanto anhelaba, era su hijo, su niño especial, su regalo del cielo, por Kami…si le sucedía algo se volvería loca, no sabría qué hacer, toda idea hubo sido inmediatamente borrada de su mente, no sabiendo que hacer ante la posibilidad de que algo terrible le hubiera pasado a su hijo, verdaderamente estaba aterrada. Con una sonrisa burlesca adornando sus labios y entrelazando una de sus manos con la de su esposo, Sakura volvió la vista al frente, despreciando o ignorando al pregunta de Takara, claro que no había herido a su nieto si era lo que Takara podía llegar a suponer, simplemente lo tenía en un lugar seguro y al cual ella no accedería bajo ninguna circunstancia, habría sido tonto de su parte idear un plan tan complicado sin haber pensado en todo, por lo mismo es que luego de haber visitado el cuartel Spahi Sasuke y ella se habían quedado discutiendo hasta tarde los pormenores a tener en cuenta y que ahora resultaba en una estratagema totalmente perfecta que—sin ser arrogancia, obviamente—no tenía fallas. Ante el silencio tenso que tenía lugar, Naruto volteo a ver al Sultan Sasuke que hubo asentido de ipso facto, permitiéndole proseguir con el discurso que convencería a todos porque, al fin y al cabo, no podían comparar juventud con experiencia menos si de quien estaban hablando no nadie más que la mujer que había gobernado la nación en sus peores momentos, habiendo convertido—junto al Sultan—al Imperio Uchiha de una dinastía en bancarrota un estado fuerte e inderrotable.

-Las leyes son claras, para todos; si un Sultan lo decide, su Haseki permanecerá en el Palacio- recordó Naruto, llamando la atención de todos los presentes, -ya hemos sido testigos de la lealtad de la Sultana Sakura que sin nacer en este Imperio ha dedicado su vida a la dinastía Uchiha, si saben de alguien más justa y ecuánime para gobernar y apoyar al Sultan, que lo diga a ahora- estipulo, aguardando por esa respuesta que sabía no llegaría.

La respuesta evidentemente no llego, porque no había nadie más capacitado para gobernar el Imperio en el futuro; la Sultana Sakura había detenido la primera rebelión del Sultanato del Sultan Sasuke, había brindado alimentado a los pobres, lucrado con los comerciantes que enriquecían más y más al Imperio cada día y abandonado su pasado para dedicarse a ser la Haseki del Sultan y Madre de sus hijos a quienes había perdido y pese a todo continuaba leal al Imperio por encima de cualquier otra cosa, ¿Cómo ignorar aquello? Como respuesta ante las palabras del Uzumaki, los jenízaros se arrodillaron y reverenciaron tanto al Sultan como a su Haseki como prueba de que estaban del lado del Sultan—o mejor dicho de su esposa—y de lo que él decidiera, resignados ante este cuadro, los Spahi tuvieron que imitarlos al ver que la Sultana Takara no emitía protesta alguna; arrodillándose, bajando la cabeza y reverenciando a la pareja Imperial. Era la derrota total. Solo podía guardar silencio, eso y anda más, si quería ver a su hijo y quizá garantizar que estuviera a salvo ya no podía protestar, más aun así Takara apretó los puños con todas sus fuerzas ante esta derrota, sintiendo que se hería las manos en el proceso; todo había parecido seguro, había estado a nada de ganar por completo y ahora todo se había esfumado, se había ido al diablo por no haber sido lo bastante precavida para evitar aquello, pero por ahora debería aguardar, solo quería saber que su hijo estaba completamente ileso y a salvo, nada más, luego podría ver y pensar que hacer, pero por ahora u única preocupación era Itachi.

-Está dicho- decidió el Sultan irguiéndose y sosteniendo la mano de su esposa que le sonrió al saber lo que diría, -el Príncipe Itachi, será nombrado Príncipe Heredero, y mi esposa, la Sultana Sakura, permanecerá en el Palacio, pese a quien le pese- sentencio sin necesidad de la opinión, pero eso solo hizo más aclamados los inmediatos vítores de los jenízaros.

Habían ganado.


Los aposentos de la Sultana Hanan era uno de los lugares más encantadores de todo el Palacio incluso por encima de los que poseía la Sultana Takara y allí el pequeño Príncipe se sitio increíblemente a gusto mientras su tía jugaba junto a él con unos caballos de juegue te, tomando de vez en vez dulces de un pequeño plato que estaba sobre la mesa, no sabía dónde estaba su madre pero su tía le había dicho que estaba discutiendo asuntos de estado junto a su abuelos lo cual servía para acallar sus posibles preguntas. Las paredes estaban ricamente estampadas en rosa suave adornado con oro brindándole al ambiente un aspecto muy alegre y femenino a su vez siendo que la mayor parte de la habitación era ocupada por el inmobiliario, entre ellos el de mayor tamaño era la prominente cama de cortinaje dorado que estaba junto a las puertas de caoba y junto a al cual se encontraba inmediatamente las puertas hacia la terraza, junto a la pared continua un elegante escritorio con múltiples libros sobre él y finalmente dos estanterías repletas de libro de un sinfín de idiomas que quizá muchos no soñaran siquiera con entender, como prueba de que la hija menor del Sultan del mundo era una persona sumamente culta y con razón, porque el tiempo que el Sultan no había pasado con el resto de sus hijos en su infancia lo pasaba con su hija menor a quien había volado toda su atención, designándole los mejores tutores y atendiendo todas y cada una de sus peticiones. Sentados sobre el elegante diván junto a la ventana se encontraban el pequeño Príncipe junto a su tía la Sultana Hanan que le sonreía en todo momento, luciendo idéntica a su madre al mantener naturalmente sobre si el mismo aire inocente y angelical que poseía su madre lo que impedía que su sobrino pudiera llegar a imaginar el motivo por el que estaba allí

Su madre había manifestado la imperativa necesidad de que alguien se encargase de entretener a Itachi durante el diván abierto que tendría lugar, alguien que pudiera sacarlo sin protesta de los aposentos de Takara y no había nadie mejor para tal labor que Hanan quien podía ser cercana a su sobrino por apenas haber entrado en la adolescencia, jugando animosamente con él. Angelical en su inocencia y perfecto comportamiento, la Sultana Hanan vestía unas sencillas galas blancas hechas únicamente de gasa de dos capas superpuestas una sobre la otra, conformando una femenino vestido de escote corazón que cubría holgadamente su cuerpo, de mangas holgadas y abiertas a la altura de los hombros y falda que se amoldaba a la silueta inferior de su cuerpo; sobre el vestido se encontraba una chaqueta de tafetán blanco hasta la altura de los muslos con estampados de encaje miel dorado ribeteado en hilo cobrizo, de mangas cortas y ajustadas hasta los codos y escote redondo y alto, ciñendo todo su inocente pero esbelta figura por un fajín de gasa blanca. Sus largos rizos rosados se encontraban perfectamente peinado para caer sobre sus hombros y tras su espalda, adornados por una diadema de oro de tipo cintillo con diamantes ámbar incrustados a juego con unos diminutos pendientes de diamante en forma de lágrima. Afortunadamente su ayuda había resultado ser provechosa, porque de otro modo Hanan estaba convencida de que alguien ya estaría buscando desesperadamente al pequeño Príncipe.

Pero, jugando tan tranquilamente el Príncipe y la Sultana Hanan no se encontraban solos, no, claro que no; Shikamaru Nara, además de dos leales soldados jenízaros—se encontraba de pie junto a las puertas resguardando tanto a la hija menor del Sultan como al nuevo Príncipe Heredero del Imperio porque—y Hanan lo sabía, levantando la mirada hacia Shikamaru—si existía tan tranquilidad, tal silencio al interior del Palacio era porque el plan de sus padres había resultado, habían vencido a Takara porque ni muertos sus padres habrían permitido otro tipo de acuerdo más que aquel que ellos tenían en mente, y el mayor seguro de tal victoria no era sino el Príncipe que jugaba tan animosamente con la Sultana Hanan. Observando a Shikamaru, una sonrisa de autosuficiencia aprecio en el rostro de Hanan que y daba por hecho que habría de estar teniendo lugar la "rendición" de Takara y todos aquellos que hubieran intentado beneficiarse por medio del posible exilio de la Haseki del Sultan, su madre, pero eso desde luego que no iba a suceder jamás, su padre no lo permitiría nunca ni aun cuando eso significara al pacificación absoluta del Imperio y el fin de las revueltas, nadie soñaba con permitir siquiera tal hecho o concebir lo que sucedería si la Sultana Haseki no gobernaba el Palacio ni interfería provechosamente en materia de estado, Takara no era una posibilidad mejor porque carecía de experiencia.

Era obvio lo que habría de suceder ahora.


La sala del Consejo real hubo recibido a los mayores exponentes políticos del Imperio, los hombres que, cumpliendo la voluntad del Sultan, gobernaban y sustentaban al estado y cumplían con el rol de mediadores entre el pueblo y el Sultanato aunque muchos de ellos sentía que era absurdo ostentar tal título si nadie más que la Sultana Sakura podía ser realmente cercana al pueblo y admirada como un ángel y quizá lo fuera, eso pocos lo dudaban. Kakashi Hatake, Mitsuki, Konohamaru Sarutobi, Boruto Uzumaki, su padre Naruto y Hayate Gekko, ellos eran los hombres de mayor relevancia ne el estado y que hubieron estampado su sello sobre el recientemente redactado documento que estipulaba los termino bajo los que el ejercito había acordado dar cese inmediato a la rebelión recibiendo igualmente el sello—aportado por el gran visir, desde luego—que hubieron estampado sobre el documento los capitanes de ambos ejércitos en absoluta conformidad. Furiosa pero increíblemente resignada para preservar el futuro de su hijo y evitar que le sucediese algo, Takara tomo su respectivo sello y lo estampo sobre el documento pese a ser consciente de que en realidad estaba rindiéndose en frente de todos Pashas y Visires. Sentados sobre el trono, el Sultan Sasuke y la Sultana Sakura contemplaron con satisfacción el documento, sobre el cual ya habían estampado su sello antes que nadie y que les fue mostrado antes de que el Hasoda Basi terminase su labor, tendiéndoselo al gran Visir que habría de leerlo en voz alta para ratificar así que las palabras allí escritas fuesen en consonancia con lo acordado.

-Todos han aceptado- corroboro Kakashi sosteniendo el documento en sus manos, frente a los presentes. -Por unanimidad, el Príncipe Itachi ha sido designado como el sucesor del Sultan Sasuke, y de fallecer nuestro Sultan, el Príncipe no asumirá propiamente sus funciones hasta la mayoría de edad- leyó siendo que esto era debidamente obvio, por lo que era necesario contar con una persona que ejerciera como regente del nuevo Heredero del Imperio, -hasta entonces, la Sultana Sakura será regente del Imperio- concluyo sonriéndole a la Sultana Haseki.

-¿Alguien se opone?- cuestiono Sasuke

-No, Majestad- respondieron todos los Pashas inmediatamente.

-Sea para mejor, Sultana- felicito Mitsuki.

-Gracias, Mitsuki- sonrió Sakura.

Sonriéndole a su esposo, indiscutiblemente complacida por la conclusión de la revuelta y por esta magnífica victoria que por ahora cuando menos les garantizaba una paz inquebrantable, Sakura se levantó de su lugar ante la atenta mirada de los presentes o más bien de Takara que solo esperaba el momento oportuno de saber si su hijo se encontraba a salvo o no y donde, quizá no pudiera dirigirse allí ella sola pero al menos confiaba en que la Sultana Sakura no fuera alguien cruel como para lastimar a un niño, no, al menos podía confiar en que eso no pasaría, la Sultan Haseki podía ser muchas cosas pero si algo no estaba en su naturaleza era ser alguien cruel e inclemente, eso la dejaba más tranquila. Su hija Hanan se había encargado de todo en su nombre hasta ahora, pero ya era momento de que ella se encargase de presentar al nuevo Heredero del Imperio pese a lo mucho que lamentaba no podía acudir junto a su hijo y acompañarlo en su trayecto a los Kafer, pero confiaba en que Izumi cumpliría con tal deber junto a Hayami, en que no abundarían a Shisui hasta el final, afortunadamente habían vencido porque de otro modo todo lo que había sucedido no habría servido de nada. Se trataba del deber, lo que debía hacerse no lo que querían, ese era el límite infranqueable para todos aquellos que pertenecían por sangre, matrimonio o título a aquel poderosísimo Imperio

-Ya que todo ha regresado a la normalidad, traeré al Príncipe Itachi- se excusó Sakura, reverenciando apropiadamente al Sultan y haciendo abandono de la habitación.

Siendo reverenciada inmediatamente por todos los Pashas presentes, además de Naruto y Takara, desde luego, la Sultana Haseki hizo inmediato abandono de la sala del Consejo en dirección hacia los aposentos de su hija menor que se encontraba aguardando su aparición. Ya sin la reconfortante presencia de su esposa, Sasuke suspiro profundamente; ahora sucedería lo peor, lo verdaderamente difícil, claro que era un destino mejor que el anteriormente concebido por Takara y los Spahi pero no dejaba de ser un castigo injustificado al mismo tiempo, un castigo del que Shisui podía salir indemne o bien severamente afectado teniendo en cuenta lo que representaban los Kafer y el enclaustramiento al que Shisui de un modo u otro sería sometido. Como padre, sabía que no podía intervenir como deseaba por mucho que quisiera hacerle entender a Shisui que no era su enemigo, pero como Sultan, y lo sabía bien…debía hacer lo que fuera mejor para el Imperio y sus respectivos intereses, el individualismo y egoísmo no debía tomar partido sin importar que desease que todo fuera diferente. Y aun cuando supiera que el Imperio se vería beneficiado con esta decisión, Sasuke no estaba seguro si Shisui podría perdonarlo en un futuro, o entender sus decisiones, pero era necesario hacer esto, era necesario atravesar cada obstáculo porque no solo se trata de ello y del presente sino del futuro de todo el Imperio en los días venideros, eso debía ser una prioridad.

-Naruto-llamo el Uchiha.

-A sus órdenes, Majestad- acudió el Uzumaki.

-Encárgate de que Shisui sea conducido a los Kafer, que no le pase nada- pidió Sasuke, legándole tal deber a él que era indisolublemente leal.

Reverenciando al Sultan, Naruto hubo obtenido la inmediata aprobación de Sultan, retirándose bajo la atenta mirada de los presentes junto a un capitán del ejército jenízaro y otro del ejercito Spahi—ambos leales servidores de la Sultana Sakura—que habrían de ser testigo del suceso por mera formalidad, pero era algo que debía hacerse, observando con indiferencia la partida del Uzumaki, Takara permaneció imperturbable pues ya nada más podía hacer que anhelar reunirse con su hijo, había prendido y lo aceptaba pero solo por ahora, más aun así algo quedaba indiscutiblemente establecido; no había vuelta atrás.


El silencio se había apropiado de los aposentos del Príncipe Heredero, apenas y sabiendo que hacer al ser ajeno de lo que sucedía en el exterior o las decisiones que el Sultan podía estar tomando, no tenía ningún mecanismo de defensa más que su madre y eso lo aterraba enormemente, el enclaustramiento o la ejecución; ni una ni otra opción era 100% agradable para él pero solo uno le permitiría sobrevivir y lo entendía más la primera opción le resultaba cien veces más atractiva puesto que así podría volver a ver a su madre quizá o cuando menos escuchar su voz lo que desde luego resultaría un consuelo insuperable para él. Sentado sobre el diván, Shisui era observado por su esposa Hayami que se encontraba sentada sus pies, siendo igualmente recorrida por pensamientos inciertos ante el paradigma que podría estar teniendo lugar, confiaba en que su hijo estaría a salvo pero temía que Shisui no tuviera la misma suerte pese a los inmensos esfuerzos que había hecho a Sultana Sakura, esperaba que nadie osara desobedecer sus órdenes, no sabía si decir algo para tranquilizar a Shisui sería prudente o no, o si serviría siquiera, la verdad es que ni ella ni la Sultan Izumi que permanecía de pie y paseándose como una pelona enjaulada, sabían que hacer en esas circunstancias, únicamente a expensas de lo que pudiera suceder de un momento a otro is es que alguien aparecía. Deteniendo su andar al escuchar el tenue ruido de las puerta abriéndose, Izumi busco en el interior de una de las mangas de vestido, colocándose frente a su hermano como un escudo al mismo tiempo que desenfundaba una daga que había guardado estratégicamente, le había prometido a su madre que protegería a Shisui y lo haría aun a costa de su vida, pasara lo que pasara. Afortunadamente y para alivio de los tres quien cruzo el umbral de la puerta no fue otro que Naruto, devolviéndolos a la calma, porque si Naruto estaba allí significaba que habían ganado, habían vencido a Takara aunque fuera por ahora.

-Naruto, viniste- se alegró Shisui.

-Alteza- reverencio el Uzumaki, -por órdenes del Sultan Sasuke, será conducido a los Kafer, estamos aquí para escoltarlo- dio a saber con el debido formalismo y respeto.

Levantándose del diván junto con su esposa, Shisui sintió que cualquier miedo anterior había sido inmediatamente erradicado de su persona, si seguía siendo o no el Príncipe Heredero del Sultanato ciertamente le daba igual, lo único que deseaba era ser libre y vivir la vida que deseaba junto a Hayami, más desde luego que debería atravesar el difícil trance que significaba la estadía en los Kafer, debía apegarse al plan para así exterminar la influencia que Takara pensase siquiera en tener, porque y si bien había perdido temporalmente, con total seguridad haría algo para intentar recuperar su poder, desde luego no era alguien tonta, se repondría de este golpe con más fuerza, eso era obvio, de otro modo Shisui podía afirmar que no la conocía, pero desgraciadamente si lo hacía. Desde hacía meses que no veía al Príncipe Heredero, a ese hombre que en el fondo seguía siendo el mimo adolescente que se pegaba a las faldas de la Sultana Sakura por el miedo ante todo lo que había tenido que padecer en su infancia, viendo morir a sus hermano uno tras otro, no se merecía el destino que estaba padeciendo, pero…en ocasiones la vida no pedía explicaciones ni consultaba un porque a la hora de seguir su propio curso, simplemente siguiendo un patrón que en ocasiones nadie, absolutamente nadie, podía entender ni aun cuando la muerte ya hubiera venido por ellos; como era el caso de la Sultana Sakura cuyo final solo Kami lo conocía, pero nadie quería ni podía imaginarse un mundo en que ella ya no estuviera. Tanto Izumi como Hayami sabían que no podían evitar eso, porque habían vivido por ese momento, pero, al menos, querían tener la oportunidad de acompañar a Shisui en ese trance tan infausto y que habría de significar su supervivencia.

-Naruto, ¿podemos acompañarlo?- pidió Izumi, más calmada por lo que significaba su presencia.

-Si, Sultana- accedió el Uzumaki.

Izumi asintió con sincera gratitud ante esta respuesta. Envolviendo ambas mujeres en sus brazo al desdichado Príncipe y siendo reverencias así como escoltadas por el Uzumaki y los capitanes Jenízaro y Spahi, la Sultana Izumi y la Sultana Hayami abandonaron la habitación, con la frente en alto, Shisui tal vez ya no fuera el Príncipe Heredero, pero sin duda continuaba siendo un miembro del poderoso Imperio de los Uchiha y debía conducirse como tal y ser tratado debidamente a cambio.


Se estaba divirtiendo como nunca mientras volvía a tomar un par de dulces del pequeño plato de porcelana, sosteniendo la espada de juguete que su tía le había obsequiado y la cual chocaba contra la que tenía su tía, riendo ante lo habilidosa que era a la hora de manejar un arma sin importar que se tratase o no de un juguete. Su hermano Shisui claramente ya no era el Príncipe Heredero y ciertamente Hanan respaldaba la decisión de sus padres al nombrar a Itachi como Príncipe Heredero, de no ser por su venenosa madre, Takara, en cuyo caso preferiría que el Heredero no fuese otro que su sobrino Hashirama o incluso Sasuke que solo tenía cuatro años, porque Siena y Masumi eran indiscutiblemente leales, pero Takara…bueno, ya estaba hecho, solo le quedaba derribar las aspiraciones de esa bruja intrigante como harían sus hermanas, esa era su labor la cumpliría a la perfección. Observando silenciosamente este adorable cuadro, Shikamaru se abstuvo de comer algo porque quizá no fuese necesario, pero la Sultana Sakura había entrenado personalmente a cada una de sus hijas en el manejo de la espada porque insistía en que una mujer no tenía por qué ser remilgada ni tonta cediéndoles todo el protagonismo a los hombres en batalla, si se podía alumbrar claro que igualmente se podía pelear, no por nada las mujeres eran—quizá—el único individuo sobre la tierra que podía ejecutar dos acciones al mismo tiempo, un talento que los hombres obviamente envidiaban. Las puertas se abrieron repentinamente haciendo que Hanan le indicase a Itachi dejar la espada sobre el diván y mantenerse de pie con la cabeza baja en una reverencia como haría ella, acción que el pequeño Príncipe imito en cuanto su abuela aprecio en el umbral de las puertas, observando con orgullo a su hija menor y a su nieto.

-Itachi- saludo Sakura con una radiante sonrisa.

-Abuela- chillo el Príncipe, emocionado por su llegada, acudiendo a abrazarla de inmediato.

Abrazando a su nieto, Sakura alzo la mirada hacia Hanan a quien felicito silenciosamente por su voluntaria labor y que había cumplido a la perfección-que no pudo evitar sonrojarse por el orgullo que reflejaba su mirada—justo como Shikamaru que ahora habría de acompañarla en su retorno a la sala del Consejo Real, ya había cumplido sobradamente con la—quizá—difícil labor de tratar con un niño tan mimado como Itachi pero que gracias a la presencia y entretenimiento de su tía Hanan había conseguido aprender algo de disciplina y protocolo siendo que Takara jamás conseguía enseñárselo, debía aprenderlo porque ahora que era Príncipe Heredero todos los ojos se volcarían hacia él e intentarían amedrentarlo por lo joven que era y lo sabía bien porque habían intentado hacer eso con su hijo Daisuke, Kami lo tuviera en su gloria. No apreciaba a Takara en lo absoluto, pero no permitiría que eso creara un vacío entre Itachi y ella, educaría personalmente a su nieto de las costumbres de la corte y se lo haría entender a Takara porque era su deber, no porque le importase su opinión, si quería ser Madre Sultana algún día debía entender que su hijo debía ser un Sultan en todos los aspectos de la vida cotidiana y publica, quizá así pudieran coincidir en algún punto al menos. Rompiendo el abrazo y acunando el rostro de su nieto entre sus manos, Sakura no dejo de sonreírle en ningún momento, trasmitiéndole así la calma acorde con aquel momento.

-Mi león, mi adorado nieto- arrullo Sakura, besándole las mejillas, -a partir de hoy eres el heredero de este Imperio- dio a saber para confusión y alegría entremezclada del pequeño infante que poco y nada entendía el peso que eso conllevaba, -ven conmigo- pidió, tendiéndole la mano.

Su inmediata conclusión era que su nieto le sostendría la mano y la seguiría sin dudarlo ni por un instante, pero en lugar de ello Itachi ni siquiera se atrevió a moverse, permaneciendo impávido en su lugar, contemplando con confusión lo que significaban las palabras de su abuela, eso y las angelicales facciones de aquella mujer de belleza insuperable y que lo hacía sentir seguro, no dudaba de acompañarla a donde fuera quisiera o le dijera que debían ir, pero tenía miedo, su tía Hanan lo había instruido—durante las horas que habían pasado—sobre parte el protocolo y las costumbres de la corte así como del rol del Príncipe Heredero, lo asustaba tener que cumplir ese rol a su corta edad si entender los formalismos ni deberes, nada…temía equivocarse y fallar como decían que había hecho su padre, ¿Cómo saber exactamente qué hacer? No quería decepcionar a su abuela que parecía creer en él. Alzando la vista hacia Hanan y corroborando que ella le había hablado de los deberes y el protocolo la corte lo cual no tenía algo nervioso e inseguro, Sakura se dejó caer de rodillas frente a su nieto, entrelazando sus manos con las de él, Shisui había amado de todo corazón a todos su hijos y aun cuando no pudiera hacer mucho por él a causa del enclaustramiento en los Kafer, puliría a sus nietos como los diamantes que eran volviéndolos Príncipes dignos e ilustrados a quienes nadie pudiera refutar en conocimiento, era lo mínimo que podía hacer después de todo, su familia era el Imperio y la única manera de sostener el Sultanato era estando unidos como tal.

-Tranquilo Itachi, yo estaré contigo en todo momento-garantizo la Haseki, entrelazando su sincera mirada con la de su nieto.

-¿Lo prometes, abuela?- pregunto el pequeño Príncipe, temiendo que esa mujer tan hermosa y amable que era su abuela desapareciera de su vida.

-Lo prometo- sonrió Sakura, besándole la frente e irguiéndose al decir esto, acariciando los cabellos azabaches de su nieto, -ven, te están esperando- ánimo, sosteniendo la mano de su nieto entre la suya.

Sonriéndole alegremente a su abuela y aferrándose a su mano, Itachi ya no tuvo duda alguna siguiéndola y abandonando la habitación: ahora él era el Príncipe Heredero del Imperio, algún día seria Sultan.


Por mucho que aquello no fuese más que un simple enclaustramiento, y quizá temporal Shisui hubo sentido o tenido algo parecido a una premonición, sentía que no saldría de ahí jamás, o por lo menos no con vida, era drástico de decir porque había vivido para ver ese día y salir ileso pero…no sabía porque, su corazón simplemente se lo decía, no dudaría mucho tiempo vivo estando allí y temía no volver a ver el rostro de su madre estado ahí encerrado, contaba con su amor y lo sabía pero la espera por escuchar su voz otra vez le resultaría un competo infierno, pero un infierno que toleraría con bien porque sobreviviendo sosegaba su propio miedo y el de su madre. Sabía que quizá no fuera precisamente correcto que ni su hermana ni su esposa lo acompañasen precisamente hasta los Kafer pero se sentía infinitamente mejor en su compañía como habría de sentirse si su madre estuviera allí o lo más próximo a ello porque nadie podía igualársele a su madre. Cruzando con lentitud el umbral del pasillo y viendo las puertas de la que ahora sería su nueva habitación, Shisui sintió desconcierto más no disgusto, su madre le había asegurado que había ordenado que aclimatasen apropiadamente el interior para que él se sintiera a gusto con estantes llenos de libros para que se entretuviera ya que le gustaban tanto y siendo exteriormente custodiado por jenízaros leales que cumplirían cualquier petición suya si es que requería algo. Su madre había tomado todas las medidas posibles y eso lo abrumaba, porque temía dejarla sola, temía por ella por lo vulnerable que era pese a no parecerlo.

-Shisui, quédate con esto- tendió Hayami.

Conocía a Shisui y su miedo y aun cuando hubiera cometido errores del tipo que fuesen, Hayami amaba a Shisui con todo y por todo lo que era, su locura y delirios, sus faltas y su sentido del humor así que inevitablemente sin que nadie se diera cuenta había sacado una pieza de piel de marta de los aposentos antes de salir y, en aquel momento, se la hubo entregado a su esposo con una radiante sonrisa en su rostro y sus ojos brillando de añoranza, no quería que el ultimo recuerdo que tuviera de ella—Kami no lo quisiese, si no volvían a verse otra vez—fuera estando triste, quería que la recordase feliz y al parecer le hubo alegrado su gesto pues hubo recibido la piel con una sonrisa de inmensa alegría. Envolviendo entre sus brazos aquella piel tan cálida como los brazos y besos de aquella mujer que tanto amaba, Shisui sintió que no era tan desdichado como podía llegar a pensar; sus hermanas que velarían incansablemente por él, Hayami que lo amaba, Seina y Masumi que velarían por su hijos y su memoria y su madre que lo protegería con toda su alma, no, tenía amor en su vida y eso era suficiente porque vivir sin amor, eso sí que era lo más terrible que podía existir sobre la tierra, su madre se lo había enseñado y ahora más que nunca lo recordaba con increíble claridad, aguantaría todo cuando fuera necesario, eso y más por el amor que profesaba a su familia y volvería a verlos a todos, volvería besar a Hayami, abrazar a sus hermanas y en especial a su adorada madre.

-Gracias, Hayami- sonrió Shisui, depositando un cálido beso en una de sus mejillas.

Contemplando una última vez la inocente faz de Hayami, Shisui desvió su atención hacia su guerrillera hermana melliza que, como si de una leona enfurecida se tratase, como su madre, lo había protegido empuñando una daga y dispuesta a luchar contra quien fuese necesario para preservar su vida. Mentiría si dijera que—en el pasado—no había llegado a considerarla frívola, ególatra y egoísta porque ciertamente así había sido, pero ahora era totalmente diferente, ya no era tan arrogante salvo lo que se esperaba que fuese como Sultana, no era egoísta porque protegía a su familia y los intereses del Imperio de los enemigos, no era frívola porque su belleza cautivaba a cualquiera y su ego había sido pisoteado por un amor no correspondió aportándole una dignidad que se solidificaba por la propia felicidad que sentía estando junto a Mitsuki. Esa niña arrogante ahora era una poderosa Sultana a la que el mundo entero reverenciaba, y una mujer a la que se enorgullecía de llamar hermana y que lo abrazo con todas sus fuerzas trasmitiéndole un amor solo comparable al que emulaba su madre con su sola presencia, no sabía si volvería a ver a su familia o no pero durante su enclaustramiento contaría con su amor incondicional, eso era mil veces más importante para él que cualquier tipo de lujo, ostentación poder material que pudiera serle ofrecido.

-Nos volveremos a ver, no te abandonaremos, es una promesa- juró Izumi, abrazando a su hermano por última vez.

Rompiendo finalmente el abrazo pese a su propio disgusto, Shisui observo con suma atención la faz de su hermana que le hubo sonreído en la medida de lo que le resultaba posible por el debido estoicismo pero siendo completamente sincera en su mirada jade que era un despedida pero no permanente sino un hasta pronto, lo cual le resulto interinamente doloroso ya que no sabía si sería posible el reencuentro que su hermana quizá ya estuviera imaginando. Confiaba en que todo sería mejor, con el tiempo, para que Shisui pudiera abandonar esa prisión luego de una determinada cantidad de tiempo porque como Príncipe del imperio que era no merecía estar enclaustrado como un criminal, incluso ser exiliado a una provincia remota era mejor pero no ser encerrado, más esto no figuraba temporalmente entre las posibilidades y lo aceptaba pero, Kami mediante, su madre podía hacer que todo fuera posible, así debía ser. Dirigiéndoles una última mirada a ambas mujeres y aferrando la piel de marta hacia sí, Shisui avanzo con lentitud hacia su nueva habitación cuyas puertas le fueron abiertas por los jenízaros que habrían de custodiarlo de ahora en más, era su última oportunidad de ver el mundo pues quizá nunca abandonase aquel enclaustramiento, pero, volteando a ver a su esposa y a su hermana, quiso que al menos ellas le dieran a saber a su madre que los últimos pensamientos que había tenido antes de aceptar ese castigo habían sido especialmente para ella, porque estaba seguro de que en algún momento volverían a verse, ya fuera en la vida o en la muerte

-Díganle a mi madre que…la tendré siempre en mi mente, como sé que ella piensa en mí- pidió Shisui, observando a su hermana y a su esposa.

Ingresando en la habitación y contemplado el ambiente casi familiar e idéntico al de sus entonces aposentos, Shisui pudo sentirse ciertamente a gusto mientras recordaba las palabras de su madre; el dolor te hará creer, perder te enseñara a ser paciente, los problemas no son negativos, un problema es una invitación una solución, los problemas y sufrimientos se asemejan a la tierra seca y la solución a la simple agua, por ello donde sea que exista una problema la solución estará próxima a ti, rememoro justo cuando las puertas e hubieron cerrado, sintiéndose calmado pese al encierro, abrazando contra si la piel de marta, ama tu sufrimiento y agradece tus problemas. Apenas y las puertas se hubieron cerrado Hayami ya no pudo más con la sonrisa y actitud alegre que había estado manteniendo, derrumbándose y teniendo que cubrirse los labios para que sus sollozos no fueran escuchados, amaba tanto a aquel hombre que concebir siquiera la vida sin él le resultaba un puñal mortal que hubo comenzado a encajarse fría y cruelmente en su pecho, deseaba poder hacer algo pero sabía que estaba tan atada de manos como la propia Sultana Sakura, solo les quedaba esperar pero esa simple esperaba resultaba igual de dolorosa que la muerte que llegaba lentamente, solo que es quizá fuera rogada con premura para terminar con el dolor, solo quien padecía tanto dolor podía entender lo que significaba desear la muerte como una salida y vía de escape. Quizá Izumi no lo expresara con la misma libertad que Hayami si poseía, porque ella había sido criada y condicionada desde antes de nacer para ser una Sultan y eso implicaba comportarse dignamente en todo momento más de todos modos sentía como si una daga se le clavara en el pecho en tanto las puertas se hubieron cerrado, temiendo no volver a ver a ese hermano que había nacido minutos después que ella, que había crecido a su lado, a quien había visto forjarse como hombre y cuyos miedo—como su madre—había aplacado al adquirir la experiencia necesaria ante las pérdidas que representaban sus difuntos hermanos: ella y Shisui eran uno porque habían sido engendrados por los mismos padres, criados por la misma madre amorosa y los unía un vínculo especial, el mismo vinculo que en ese momento ocasionaba su sufrimiento ante la inquietud de no volver a ver a su hermano. Ciertamente habían ganado la batalla decisiva contra Takara, temporalmente, pero…

No sabían si volvieran a ver con vida a Shisui.


PD: saludos para todos :3 prometí actualizar hoy y lo cumplo, recordandoles de forma infaltable que iniciare fic nuevos a partir de la semana de navidad como regalo para ustedes, así que comenten cual quieren que inicie de la lista que ya tengo u otro que tengan en mente :3 como siempre espero ser capaz de satisfacer sus expectativas :3 la actualización nuevamente esta dedicada a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro, prometiendo actualizar los fics "El Sentir de un Uchiha" esta semana y "La Bella & La Bestia" la próxima semana:3), y a todos aquellos que siguen la historia en todas sus formas, sin excepción :3 Si tienen alguna sugerencia con respecto a series o películas que quieran como adaptaciones, apreciaría que la aportaran, -antes de navidad porque entonces tengo penado iniciar nuevas historias-recordándoles que este fic, y los otros que hago, son por y para ustedes, reiterando parte de los nuevos personaje que comienzan a hacerse presentes, y recordandoles que pueden comentar que fic quieren que inicie de los que ya había planeado :3 los amo, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.

Hechos Históricos:

-El Derrocamiento del Sultan Ibrahim I-Principe Shisui: Inicialmente Ibrahim se mantuvo lejos de la política, pero finalmente se aficionó a destituir y ejecutar a un gran número de visires. Libró una guerra contra Venecia, en la que los barcos venecianos lograron vencer en el mar Egeo, capturando Ténedos en 1646, puerta hacia los Dardanelos. Como el gobierno de Ibrahim se hizo más impredecible, fue depuesto y asesinado. Shisui es irreversible victima de su enfermedad lo cual le impide ver que su imagen personal se esta viniendo abajo por sus propios desmanes, únicamente reparando en ello cuando ya resulta ser demasiado tarde y su madre solo puede permitir que lo encierren en los Kafer porque de otro modo sera ejecutado.

-La Regencia de la Sultana Kösem-Sultana Sakura: Con la entronización de Mehmed IV como nuevo Sultan, la posición de Madre Sultana debería haber sido para la Sultana Turhan, pero esta fue pasada por alto debido a su juventud e inexperiencia; en cambio, la abuela del Sultan y anterior madre Sultana, fue reintegrada a esta alta posición que había ejercido durante los reinados de sus hijos, los Sultan Murad IV e Ibrahim I, teniendo así la experiencia necesaria, pero ya que la Sultana Turhan habría de ser tratada como madre Sultana resulto conveniente para todos que la Sultana Kösem fuera Regente del Imperio. La ambición de la Sultana Takara resulta obvia para todos, pero ni aun con semejante ambición y poder a su disposición es catalogada como una futura Madre Sultana adecuada por su inexperiencia, ello y que la Sultana Sakura cuenta con el apoyo del ejercito, el Sultanato presente y el pueblo, lo que consigue que sea declarada y jurada Regente del Imperio si su nieto Itachi asciende al trono siendo aun un niño.

Fics proximos (comenten cual quieren que inicie :3):

-Operación Valkiria (casting y resumen ya hecho, al igual que la portada)

-Sasuke: el Indomable (casting y resumen ya hecho, y la historia ya visualizada, portada ya hecha)

-Cazadores de Sombras (con el prologo y tres primeros capítulos ya hechos, así como la portada)

-Cazadores de Sombras: Los Orígenes (historia ya visualizada, con prologo y portada en proceso)

-El Clan Uchiha (precuela de "El Sentir de un Uchiha", historia ya visualizada, y portada ya hecha :3)

-El Siglo Magnifico: Indra y el Imperio Uchiha (sin casting pero con la historia ya visualizada y la portada ya hecha)

-El Siglo Magnifico: Mito, Mei & Mikoto (casting ya hecho, sin resumen y con la historia ya visualizada)

-La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber (casting y resumen ya hechos, historia visualizada y diseñada en conjunto con la portada y el vestuario)