Como destapar una vieja caja y sacar de ella cientos de sentimientos grabados en recuerdos, soplar el polvillo y revivir, Hanamaki se siente despertar después de un muy largo sueño. Y tener la sensación de aturdimiento: de atascarse de pronto en miles de memorias.
O bien estar parado en medio de un gran desierto, rodeado de espejismos que motivan al fracaso de sus acciones.
O quizá sólo es su corazón alborotado que hace drama con dos caricias y un suspiro.
El problema surge después del acontecimiento en el gimnasio, cuando rió sin parar junto a Matsukawa mientras ignoraban toda reprimenda. Al principio parece insignificante, allí, un momento más entre otros. Pero el detalle se hace fuerte en cómo se sintió al vivirlo cuando unieron sus manos destinadas al soporte mutuo. Es más, Takahiro cree que ha sido el conjunto de sensaciones que la acción en sí.
Y no es igual bailar de alegría que bailar obligado. O una tontería así.
Es de día, un sol tan alto y brillante con sus particulares rayos que abrazan nubes por doquier. En ellas la blancura de la leche, de la suavidad del algodón y el aroma a frescura.
Para Hanamaki es un tanto cobarde admitir que ha estado eludiendo a todos, sin excepciones, porque prefiere carcomerse en secreto en vez de actuar indiferente, a pesar de su usual semblante aburrido, fingir que nada que ha pasado o le pasa para que se encuentre tan desequilibrado y evitar crear por error malas ideas desde él hacia los demás. Es decir, no es enojo sino un raro embrollo. Pues si no puede ser el mismo, entonces prefiere aislarse y esperar a resurgir. Quizás, no hablando también esté dando señales opuestas, pero diciendo las palabras equivocadas también puede surgir un problema.
De todas formas, es inevitable el encuentro con el tumulto cuando llega la hora del entrenamiento, rigen las actividades, mandan los entrenadores y el capitán. Así que obedecen conforme al calor que empieza a elevarse como una hoja que se retuerce al fuego. Y les hace sentir su cansancio.
Él mantiene su rostro naturalmente inexpresivo, mas hoy está tan callado que puede percibir las extrañas miradas por su falta de burla, broma o murmullos ya sean en contra de Oikawa, Iwaizumi, a la par con Matsukawa o sencillamente alentando a los chicos de primero; en especial Kunimi que, aunque ni le hace caso igual le gusta motivarle. Sin embargo, ignora los gestos pues quién no ha tenido días por extremos ariscos que se necesitan largas horas de silencio (o siestas) para compensar y renacer cual fénix para volver a empezar. Las veces que sean necesarias.
Sí, sí. Sonríe un poquito con labios apretados, cerciorado de que nadie lo vea. Eso del orgullo es bastante jodido para las personas. Uh.
Las cosquillas ensombrecidas en la mandíbula.
En efecto, las horas pasan y las actividades terminan. Ha sido una buena jornada a pesar del qué de su propia cabeza, pues hasta el más aburrido se puede sorprender; sus compañeros son realmente geniales.
Su cuerpo se siente por encima de lo débil, mucho muy agotado. Tanto, que respira inconsciente mediante la boca abierta y pequeños jadeos de recuperación del aire. Estúpido régimen de entrenamiento. Hoy se ha concentrado en específico con sus nuevos saques con salto (aprovechando lo individual de la actividad) por lo que aquello que más reclama y más dolerá será su espalda.
Le es algo vergonzoso, después de cambiarse, la camisa entreabierta, salir del club doblando de a ratos la espalda. Y probablemente haciendo caras.
Pero bueno, reírse de sí mismo es un buen remedio, ¿no? Apenas si puede crear una mueca satisfactoria.
Así que ahí va, doblado, quejándose por lo bajo, difícilmente oyéndose a sí mismo. Son más quejas internas y maldiciones al futuro y asumido dolor.
La tarde ha arribado; preciosa y radiante, como si fuese mediodía y el tiempo se habría olvidado de pasar.
Los rayos calientes rasgando su nuca mientras las hojas crujen bajo sus pies rápidos, queriendo escapar de toda vista o contacto humano. Terriblemente ahogado, pero para regresar se necesita una gran bocanada, un empujón. La bocanada de libertad, de silencio y encuentro con uno mismo. O así lo cree él.
Hanamaki toma asiento en el largo y verde patio escolar, medio escondido junto a un árbol; la sombra idónea.
Los pájaros cantando y hablándose entre sí, cientos de veces con sus vocecitas pícaras, revoloteando aquí y allá mientras sus alas los llevan más alto que las blancas nubes hacia inimaginables senderos y caminos.
Entonces se pierde con ellos, cierra sus y ojos y se deja llevar a pesar del dolor en su espalda, en el peso de las piernas y la fragilidad de los brazos.
Una sonrisa comienza a pintarse en él, tan dulce como la miel y es suficiente para sentir que todas las aflicciones del día se desvanecen despacio en el gesto, se derriten y toman forma azucarada hasta desaparecer. Quizás mañana pueda volver a ser él.
Huele a fresca mañana, ¡pero no es posible! Mas así es, de esos días interminables bruñidos en calmadas exhalaciones y el calor tibio del maravilloso febo.
Sin embargo, por supuesto, siempre llega la tempestad.
Hasta en el más caluroso de los veranos arriba la gran tormenta; ya sea de día, tarde o noche ella estallará. Las gotas derramarán por los altos tejados y mojarán hasta los gatos más escurridizos. Bañarán las copas de los árboles y bailarán sus hojas por todo el camino, se acumularán en aceras, lagunas y en los techos de los autos. Sonará con sus cuerdas y trompetas; ese viento que según su estado de ánimo será más suave, armónico o violento, que acariciará, llamará o estallará con heladas suaves o turbulentas.
A Hanamaki le cae de pronto y empapa entero.
— Algo frío para el dolor reciente. Si dura, algo caliente — dice la voz, al mismo tiempo que Hanamaki siente el contacto frío y húmedo en su cuello. Voltea veloz, encontrándose de lleno con una pequeña sonrisa escondida entre los labios apretados de Matsukawa. Es como chocar contra una pared... y después admirarla.
Y, ah, una lata en su mano. Que de hecho sostiene hasta que Takahiro entiende y la agarra para él.
— No conseguí hielo — su tono suena a disculpa. A él no le importa pues el gesto es lo importante. Así que niega restando importancia mientras pasa la lata por su cuello, disfruta el breve momento y con parsimonia desciende hasta la zona realmente importante; la espalda. Hay muecas en el proceso que evidencian la intensidad del dolor.
— Tu espalda — dice Mattsun y toma asiento a su lado. Él siente que ha sido atrapado. Uh.
Un poco de color, como siempre, no viene mal.
Mirando al verde pasto, paladea (el contacto de acero en el techo de la boca), y contesta:
— Por favor dime que no me viste caminar así. — Hanamaki intenta contener la sonrisa de vergüenza. Por otro lado, la ligereza que siente, no sabe por qué, no le sorprende.
— Todos te vimos.
Él ríe, fuerte.
— Malditos todos ustedes — dice arrastrando las palabras, más concentrado en el contacto frío y qué más da. Matsukawa se gira y lo observa con sus cejas bien alzadas. Hanamaki voltea solamente el rostro hacia él porque en realidad está bastante bien apoyado contra el gran tronco y moverse significaría incómodo pesar y quizás no llegar a colocarse bien el hielo/lata.
Un suspiro y el estruendo de un silencio.
— ¿Mal día?
Hanamaki se vuelve, atrapado, pero lo piensa un instante.
El claro y celeste cielo.
La calidez de la tarde.
La inmensa sombra y el suave viento que viene y va.
La inesperada compañía y una lata fría de jugo.
— No — niega, muy seguro. Acompaña un poco con la cabeza —. Ya no — y sonríe de vuelta, sin mostrar los dientes, pero siendo indiscutible que está bien y está para seguir así mucho más pues algo lo ha sanado, de estampía, y no está claro qué. Lo cual asusta un poco, pero la sensación es reconfortante.
— ¿Quieres que yo...? — Mattsun termina la pregunta con un gesto, dubitativo. Torpemente él se apresura a darle la lata fría y se mueve un poquito más cerca, esta vez con abundante color encima.
Matsukawa levanta la remera por detrás, su espalda expuesta, una caricia, el disimulado escalofrío, los dedos que suben y finalmente el tacto húmedo. Hanamaki en verdad se congela. Ha sido arrullado y ni siquiera sabe cuándo ha caído.
Y, por supuesto, dentro del pecho los latidos acelerados.
— Gracias — casi murmura, asimismo relajado por la fricción. No quiere preocuparse, así que no lo hace.
La mano ajena también masajea, y se siente como un mimo, pero mucho más certero y dulce. Con confianza, cierra sus ojos, disfruta, y espera pronto despertar.
Porque va a quedarse dormido, entre sus brazos.
