Interludio IV Asuntos de Enterradores
El status civitae vaticanae es un pequeño enclave dentro de la ciudad de Roma que apenas alcanza los 900 habitantes. Esta minúscula porción de terreno, debe su consideración de estado y sus privilegios a ser el eje en torno al que gira el catolicismo, una de las religiones más importantes del planeta, cuya existencia comenzó dos milenios atrás. Debido a esto, la ciudad es uno de los puntos de mayor relevancia cultural y política del planeta.
Dentro del recinto conocido como la basílica de San Pedro se encuentran obras de arte de valor incalculable y numerosas reliquias de la fe. Dentro de la enorme catedral también se encuentran los numerosos secretos que ha mantenido la Iglesia en sus dos milenios de historia.
Uno de esos secretos ocultos es un cuarto en lo más profundo del edificio. Un cuarto sin ventanas en el que jamás ha entrado la luz natural y que pocos mortales han conocido. Sin embargo, los roedores de la zona adoran el lugar, pues allí se puede conseguir buena conversación y si tienen suerte y el señor de la habitación está de buen humor, hasta pueden conseguir comida.
La habitación en sí misma, parece la cueva de un dragón, alumbrada tenuemente con la luz de las velas y con todo tipo de objetos maravillosos desperdigados por la sala. Está amueblada para ofrecer una comodidad sobria una larga alfombra de piel, una chimenea cálida y estanterías rebosantes de libros. Un niño que aparenta poco más de diez años, está repasando sus tesoros en una gigantesca cama de matrimonio que le viene demasiado grande. Tiene el pelo negro corto y viste con una sencilla túnica blanca y unos pantalones negros.
Aunque todo en esta habitación le pertenece, este niño rara vez pasa tiempo en ella. En primer lugar porque detesta el aura lóbrega que inunda todo el Vaticano y en segundo lugar porque poca gente conoce de su existencia. Para el selecto grupo que forma la rama oculta de la iglesia católica, el miembro de la agencia burial Merm Solomon evoca la imagen de un viejo sacerdote que siempre mantiene la compostura. Aquellos que son capaces de asociar ese nombre con este niño se pueden contar con los dedos de una mano.
La habitación tiene toda una serie de protecciones de alto nivel, sin mucho que hacer en su tiempo libre, Merm Solomon se ha dedicado a tejer todo tipo de protecciones alrededor de su puerta para evitar visitas indeseadas.
Es por eso que se sorprende enormemente cuando la puerta se abre de par en par y choca salvajemente contra la pared.
Por la puerta entran dos figuras, una de ellas es una mujer ataviada de blanco y de cabello rubio, sus ojos son de un helado color azul, sin una chispa de calor en ellos y en sus labios de color rojo sangre hay una mueca de superioridad que apenas puede llamarse sonrisa. Sus rasgos son suaves y femeninos, pero no resulta atractiva a la vista. Es un tornado compuesto a partes iguales de rabia y poder abrumador, una existencia fría y cruel que extrañamente había elegido un cuerpo humano que no era adecuado para ella.
Contenta ante esta violenta entrada, la mujer saluda al pequeño apóstol.
"¿Haciendo las maletas, Merm?"
Al comprobar quien es su visitante no deseada, el niño suelta un suspiro y se deja caer pesadamente sobre la cama.
"Narbareck, no es que quiera interponerme entre tú y tus pasatiempos, pero ¿Podrías al menos refrenarte en lo que concierne a mis juguetes? Es la tercera vez que tengo que reponer la protección de la habitación."
La mujer mira al niño de manera impaciente, como esperando que este saliera corriendo por la puerta en cualquier momento.
"Entonces ¿Cuándo te vas?"
El joven apóstol la mira con cara de falsa inocencia.
"¿Irme yo? ¿Por qué debería irme?"
"Vamos después de todo este tiempo es inútil disimular. A estas alturas esperaba que ya hubieras vuelto meneando el rabo hacia esa ama tuya. La verdad es que esperaba que ocurriera con bastante impaciencia, además. Llevo dos horas esperando a que llegue el momento de matarte pero no has hecho ni un solo movimiento. Has estado inusualmente aburrido, Merm."
Narbareck pone un gesto amargo, como si alguien le hubiera dicho que la Navidad se había cancelado.
"Creo que lo has entendido mal, Narbareck. Ella no me desea allí, por lo tanto, no tengo ninguna necesidad de ir."
"¿Tienes las puertas cerradas, Merm? ¿El olor a incienso es demasiado ofensivo para sus reales napias?"
Merm se encoje de hombros no queriendo explayarse nada más. La líder de la Agencia Burial le taladra con la mirada.
Finalmente el otro ocupante de la habitación hace notar su presencia con un leve carraspeo. Al lado del aura de poder y violencia que despide su acompañante él parece prácticamente invisible. Su rostro es demacrado y de aspecto siempre cansado, tiene el cabello de un color rubio apagado y sus ojos de color dorado son como dos profundos pozos llenos de oro líquido. Viste una sencilla túnica sin adornos de color negro con ribetes dorados.
"¿De qué estás hablando, Solomon? Puedo afirmar que ella te aprecia, si es que alguno de nosotros fue capaz de apreciar algo alguna vez."
Su voz es cascada y grave.
"Y ahí está, casi olvido que tienes voz ya que solo la usas una vez cada siglo."
Al oírle, el pequeño apóstol no puede evitar que sus mejillas se enciendan ligeramente.
"Bueno, ya sé. No es exactamente como si ella no me quisiera allí, sólo que eligió a otro para que
estuviera con ella en este momento. Será conmigo con quien quiera estar en el momento más importante. Mientras tanto las razones por las que mantengo mi posición en la Agencia Burial, se mantienen."
"Así que el pequeñín quiere patearle el trasero al señor del ala blanca antes de volver. Completamente comprensible, Merm, completamente comprensible. No sé ni cómo se puede aguantar ese tipejo a sí mismo en el espejo. Esperaré a que termines con tus planes antes de matarte, es lo que haría una buena amiga ¿No?"
"Oh cuanto cariño, Narbareck. Me tienes completamente conmovido."
Y sin proponérselo ambos comienzan a reír al unísono, dos almas son capaces de comunicarse en medio de un mar de locura.
"¿Entonces que harás ahora tú Narbareck? Se avecina una guerra, una graaaaaaaaan guerra. Jamás has tenido un momento mejor para desencadenar tu violencia, para usar tu poder de forma… Creativa ¿Vas a ir a buscar tú a mi ama? ¿A llegar a las puertas de su castillo y echarlas abajo?"
"No veo la necesidad, ninguna necesidad. Estamos en Europa, Merm, los problemas siempre encuentran la manera de encontrarnos a nosotros y nosotros siempre encontramos la manera de empeorarlos. Así ha sido siempre."
El chico ladea la cabeza algo incrédulo.
"¿Vas a esperar sin hacer nada?"
"No exactamente. Ya estoy haciendo cosas, aquí y allá. Es un momento idóneo para que ciertos incordios simplemente…desaparezcan. Pero principalmente estoy esperando a que llegue Bow de una condenada vez con su informe. No debería tardar mucho más, la séptima puede ser muchas cosas, pero no creo que sea tan estúpida como para hacerme esperar."
"Sí, yo también tengo muchas ganas de escuchar lo que ella tiene que decir. Quiero saber en qué estaba pensando la princesa blanca en el momento de su caída."
Narbareck ríe con sorna.
"Realmente no creí que te interesara eso, pequeño Merm."
"Yo tampoco."
"¿Dos veces en un día? Debes tener cuidado con eso de hablar, se podría convertir en un hábito."
"En cualquier caso me interesa. También tuve mi historia con ella."
El niño sacude con tozudez su cabeza antes de clavar su mirada en la numero uno de la Agencia Burial.
"Pero antes que nada tú también tienes que saber el objetivo del señor del ala blanca, será un estúpido pero es más que capaz de conseguirlo."
"Lo sé, lo sé. Primero esperamos a que llegue Ciel, después partimos al Reino Unido. No sé porque estas tan preocupado, Merm. La princesa de la torre se encargará de entretener a Ortenrosse hasta que lleguemos. Seguramente seguiría mordiéndole los pies aunque le arrancara la cabeza."
"Me asusto porque ninguno de ustedes tres parece tener idea de hacia dónde os conducen los pasos que dais. Desde mi punto de vista bailáis como dementes sin mirar donde ponéis los pies."
"Y es ahí donde te equivocas. Mira al suelo, mira al cielo,mira a tu aliado, mira a tu enemigo , mira hacia el pasado, mira hacia el futuro … Demasiado, no te fijas realmente en nada. Solo has de observar realmente a la muerte. Ella es la que nos guía hacia nuestros objetivos. Como envidio al niñato ese del amante de Ciel, me encantaría poder hacerlo de una forma completamente literal."
Solomon suspira hondamente.
"Aaah pobre chico. Ha empezado a llamar la atención antes siquiera de darse cuenta de lo que es."
"¿Estás pensando en comida, Merm? Creo que estas babeando."
"Jamás pondría mis manos en algo que pertenece a la princesa."
La cara de Narbareck se tuerce en un gesto casi obsceno.
"Eso a mí no me preocupa tanto. No me importaría "poner mis manos encima" de ese chico."
"Bastante desagradable, jefa. Ya hemos hablado de todo lo que teníamos que hablar, supongo."
"Eso es todo, Merm. El alba se acerca al fin y al cabo. No te olvides de lavarte el cuello antes de irte a dormir, anda."
Con eso dicho, Narbareck comienza a encaminar sus pasos hacia la salida de la habitación sorteando las diferentes alhajas mágicas del vampiro.
Cuando su acompañante se dirige a hacer lo mismo, la pequeña figura en la cama se levanta para mirarle más de cerca.
"Espera, contigo sí que me gustaría hablar un poco más."
El imponente hombre de cabellos rubios se gira sin decir una sola palabra, dirigiendo al vampiro una mirada interrogante.
"No hay forma en el cielo o en el infierno de que os deje a vosotros dos solos en una habitación."
"Está bien, está bien. Solo dos preguntas y le dejaré tranquilo."
"Ya has oído a Merm, la decisión es tuya."
Durante unos pocos instantes, el caballero rubio mira al pequeño vampiro centenario. Después con un gesto le insta a preguntar.
"En primer lugar, me gustaría saber qué es lo que vais a hacer tu y los tuyos."
"Eso ya deberías haberlo comprendido hace tiempo. Incluso si el nuestro rey, es nuestra madre la que está más cerca de nuestros corazones. Lucharemos, y, aunque él habite en nuestros corazones, no le abrazaremos."
Merm Solomon asiente. La respuesta que esperaba.
"¿Y… qué hay de tu hija?"
El caballero gira la cara como si hubiera recibido una bofetada directa a la cara.
"Ella… Si hubiera un final feliz reservado para ella lo habríamos alcanzado hace mucho tiempo. No puedo hacer nada después de todo lo que ha pasado. Fui un necio desde el principio cuando pensé que el amor podía cambiar algo."
"¿No habrá rencores después, entonces?"
"Me temo que tengo que unirme a lo que dice el pequeño aquí. Opino lo mismo que él en esto."
Narbareck desde el fondo de la habitación se incorpora a la conversación.
"Haced lo que debáis."
"Gracias por esto, sé que no ha sido fácil. Sabes que no puedo sentir respeto por ti, pero tampoco es como si no pudiera apreciar tu valía."
El caballero no muda el gesto y abandona la habitación lentamente con Narbareck acompañándolo por detrás.
Después de largo rato caminando por el laberinto de habitaciones del Vaticano, Narbareck se despide de él antes de entrar a su despacho.
"Buen día, compañero. Ha sido una noche larga, espero que cuando te despiertas el techo siga sobre nuestras cabezas."
Pesadamente la figura de blanco sigue silenciosa hasta entrar en sus propios aposentos. Allí una figura le espera envuelta en sombras.
"Hola, Kischur."
