Sabrá Dios -o cualquier entidad no empírica de la cual se aferran algunas personas para justificar la existencia o avivar la fe, asegurándose la salvación, sea cual fuere, él no juzga- porqué las cosas pasan como pasan. Y por qué pasan.
En este día Takahiro bien amaría salir hacia el colegio (no la mejor parte), luego ir al club (plena felicidad), entrenar con ganas de derribar la red y derrochar un par de sonrisas por ahí, durante el largo camino de las horas, y más o menos por la tarde-noche pasear por la zona, desplazarse en algún local de comida, o alguna tienda para sus golosinas, compartiendo con Matsukawa, Iwaizumi u Oikawa, ya sea juntos o con cada uno por separado. Y la sombra en la espalda de un sol que está ocultando. Sin embargo, sí, el maldito palo en la rueda, se siente para el mismísimo diablo para siquiera mentalizar salir de casa. Así que mucho menos la idea de correr, silbar y todo eso de coser y cantar; pues la rutina motiva al encuentro, las ganas, el corazón y la risa. La buena rutina. Pero no de un círculo repetitivo, sino infinito. De posibilidades por doquier en el día a día.
Pero al diablo todo.
Oh, maldecir mentalmente (es decir sin quién lo reprenda) está bastante bien en realidad. Como aliviar un arrebato... con otro arrebato.
El asunto es que le duele la espalda más de lo que estaba planeado. Claro que aquello no se planea sino supone, mas él creería al menos tener un mínimo control de su cuerpo: no duelas tanto, decirse, y así mágico, apenas doler. Lo que, por supuesto, no ha funcionado, ya que su cuerpo es un incendio. Pero tiene frío. En la controversia, arde en fiebre. Entonces es como juntar dos extremos que nada tienen que ver entre sí, pero al colisionar son una masa disforme y pesada, vaya a saber dónde termina una y empieza la otra. En efecto Takahiro es un moribundo con fiebre y dolor muscular.
Es probable (dice él que dijo su mamá), que haya sido por no haber comido de forma apropiada durante la semana debido al piercing. Y ahí fue, el tonto, esforzando el cuerpo que necesitado de energías no recibió las suficientes. Y sus defensas, cómo no, bajaron.
Solo queda lamentarse. Y recuperarse, poco a poco.
La mañana es tranquila y sería idónea para descansar si no fuera por el ardor sobre los ojos al intentar cerrarlos. Por lo que, si va a quedarse despierto, al menos va a prepararse algo caliente para contrarrestar este frío horrible que siente. Además, tiene que cuidarse solo pues mamá está en el trabajo. Ella le ha dejado antibióticos para bajar la fiebre y éstos han hecho algo de efecto, empero el mareo aún persiste junto a una sensación de algo atorado en su garganta y cabeza.
Las medias arrastradas, terriblemente blancas que le harían recibir un regaño por desplazarse por la casa sin pantuflas. Pero, chico rebelde, insiste en que está solo y por ende él sigue sus propias reglas (en realidad son de lana y le van gigantes que son casi como pantuflas y apenas siente el suelo). El celular en mano y la calefacción encendida.
Es curioso (divaga, el moribundo) que ayer disfrutaba un día soleado mientras el pensamiento de enfermarse jamás asomó, puesto que estar así hoy es por completo inesperado, de una traición natural sin previo indicio. Un descuido, una gota de más en el vaso de agua: la que rebalsa o no cae dentro. Si hubiese tenido solamente dolor muscular, pues ya lo prevenía por lo que el desinflamante de siempre y a continuar: lo que no ha pasado. En fin.
Tocan la puerta. Él... vacila; cejas inclinadas y labios apretados. Entrecierra los ojos y piensa, cálculos mentales, pensamientos flotantes.
Despacio, la sonrisa.
Si bien continúa sintiéndose como andar por el mismísimo infierno, de alguna manera puede hacerse para abrir la puerta. Ha recuperado, quizá, un diez por ciento de energía.
Afuera es otro mundo. Percibe el rasguño de un frío fugaz pese la iluminación del sol.
— Hey, yo sabía que ibas a venir — dice, despacio, a un Matsukawa desprolijo, con la mochila escolar colgando de un hombro, la chaqueta oscura y un suéter cuello alto arrugado en el principio del pecho. Makki se hace a un costado con la sonrisita acusadora y los ojos apenas abiertos. Nunca ha estado ebrio, pero diría que el comportamiento debe ser similar a aquel con fiebre. Él quisquilloso y nada consciente.
— ¿Cómo lo sabías? — Hay una leve inclinación de cabeza, un confundido Mattsun que sonríe un poquito. Tal vez le parece gracioso su estado, si Takahiro se viera de seguro también se reiría.
— Porque me has estado enviando mensajes, aunque me sorprende que Oikawa e Iwaizumi no estén aquí — menciona él, leve fruncimiento de labios.
— Soy un chico grande sabes, puedo venir sin mis padres. — Mattsun entra, pero se quedan allí, en medio del genkan y la puerta ahora cerrada.
— No lo sé. Quizás te has escapado y tonto uno y tonto dos están buscándote desesperados porque, bueno, es horario de clases. — Hanamaki cabecea de aquí para allá y entrecierra los ojos en un claro gesto de fingida desconfianza. Matsukawa limpia sus zapatillas en el felpudo sabiendo que con ello alcanza para andar calzado por su casa (además Takahiro tendría que ir a buscar las pantuflas de repuesto que están en su habitación, volver, y…. mejor no).
— Entonces ¿qué mejor que mi mejor amigo para esconderme? — Issei lo empuja con cuidado para adentrarse más a la casa. El calor de aquí debe golpearlo de improvisto pues se remueven ligeramente los mechones de la frente -sólo un observador empecinado como él lo notaría-, casi como flotando en aire nuevo. Dos pasos para atrás e Issei estira una mano y le toca la frente. Los dedos fríos acarician la zona. El contraste le provoca un leve brinco de improvisto.
— Voy a cobrarte la estadía — contesta sonriente, ignorando entonces el hormigueo y la cercanía. Los dedos se apartan de modo que recuerda cómo respirar.
— ¿Cómo te sientes? — pregunta Matsukawa alejándose, andando por la sala y dejando caer la mochila y el principal abrigo por ahí. Takahiro, despacio, lleva una mano a su frente percibiendo algo de tibieza, aunque no siente la diferencia con sus dedos. Así que caliente todo el cuerpo.
— Tengo fiebre, normal. Va y viene. ¿Tú cómo estás? Estaba por tomar un té ¿Quieres? ¿Con miel? Es bueno para la garganta. Y limón, creo. Mi mamá lo prepara así — dice mientras sigue a su amigo. Se dirigen a la cocina.
— Bien. Ve a la cama.
— ¿Qué? ¿No quieres té? — ligero alzamiento de cejas.
— Que vayas, yo me ocupo. Tienes fiebre por más leve que sea, así que ve a taparte y cuando esté lo llevo. Sé dónde está cada cosa.
Takahiro asiente porque Issei es terco y en todo caso podría hasta arrastrarlo hasta su habitación, entre muchas otras posibilidades.
Pero, por supuesto, él sigue teniendo sus propias reglas por lo que regresa todo envuelto en una frazada y lo mira preparar los tés sentado en una de las sillas altas de la cocina. Deja caer los codos en la mesada.
Se oye, tranquila, de boca cerrada, la risa divertida de Mattsun. Él evita la mirada, también riéndose.
— ¿Nunca me harás caso?
— Mmm. Nope.
Los ojos en la cerámica.
— No importa. Me gustan los desafíos.
Los ojos en Matsukawa. Hanamaki le hace burla porque… así de serio es.
De pronto hay un té delante suyo. Murmura un agradecimiento y se lo toma como agua, ardiente y dulzón. Quedan pequeñas sensaciones de limón entre los dientes. La miel aún tibia en su garganta.
Y los minutos siguen pasando. Asimismo, cuestión de tiempo, la fiebre sube. Takahiro se mueve, echándose en el sillón de la sala; es una bolita dentro de una frazada.
— Woah, estoy hirviendo — exclama, pues arde en todas las malditas partes del cuerpo, de norte a sur del mismo modo que le pesan todas las extremidades. Es una sorpresa anticipada, sin embargo.
Mattsun se acerca enseguida. Takahiro le siente allí en el sillón por lo que se destapa, al menos dejando ver su rostro. Lo que permite a su amigo tocarle la frente de nuevo, pero esta vez está inclinado hacia él y tan cerca que Takahiro pronto siente unas cosquillas particulares en las mejillas, y en toda la cara. Igualmente le resta importancia, si está delirando.
— No debiste haber venido, considerando que estoy enfermo — dice, entre lo que parecen murmullos, el cansancio empieza a hacerse sentir.
— ¿No será que por eso he venido? Dado que estarías solo.
— Puedo cuidarme solo. — Le gustaría cerrar los ojos, asimismo no quiere hacerlo.
— A ver, ve a buscarte un paño húmedo para la fiebre — Hanamaki percibe una sonrisa pequeña en Matsukawa que se atreve a copiar.
— Lo haría… pero no quiero.
— Claro que no — contesta Mattsun, el tono de siguiéndole la corriente. Luego se levanta y lo pierde de vista un momento hasta que lo nota haciendo algo en la cocina.
Se oye el agua correr.
Y pronto está de nuevo, acercándose con una pequeña toalla mojada que se siente relajante cuando cae en su frente. Takahiro sonríe complacido.
— Gracias.
— Sabes que es imposible que por un dolor de espalda tengas fiebre, ¿no? Eres como un caso particular. — Issei se muerde la boca, comprimiendo la risa incrédula. Él le da una patadita sin energía. La frazada desprolija.
— Ja. Cállate. Sólo han coincidido ambos dolores y pues, esas raras casualidades del tonto cuerpo.
— Voltéate.
— ¿Cómo? — Frunciendo las cejas y con ello el movimiento de la tela mojada.
— El gel térmico, al calentarse, sirve para el dolor muscular prologado. Vi que tenías uno y lo calenté. Tengo que ponerlo en tu espalda — explica Mattsun, casi como si tuviera manzanas en las manos, y uno más uno dos, etcétera. Es decir, como si hablara con un niño.
Hanamaki obedece al instante, sin embargo, moviéndose despacio. Una vez boca abajo una mano ajena levanta su remera y otra aplica el gel caliente envuelto en tela; en un principio es incómodo, mas, percibe una leve sensación de alivio en la zona. Hanamaki da la vuelta de regreso, ya que de todas formas el gel queda abajo suyo siguiendo en la espalda; haciendo él un poco de presión. Al encontrarse boca arriba tiene la cara bonita de Matsukawa muy cerca, lisa y serena (como estudiándole, si acaso Takahiro luce mejor, más cómodo) que parece ilícito estar tan mudos. Pero tan en calma. Es volver a tomarse un té cálido, otro día (cualquier día) durante la mañana, entre la comodidad de las medias y sábanas, para contrarrestar un frío invernal, una pereza casual. Y todo está bien. Perfección al momento. Más o menos, idéntico al ahora. Excepto su condición.
Una vez más, súbito y reparador, frío cae en su frente. Él murmura:
— Debiste primero pedirme que me volteara para el gel y luego aplicar la toalla húmeda.
Matsukawa cabecea, el cabello ondulado de un lado a otro mientras pelea una sonrisa.
— No puedo creer que un enfermo razone mejor que yo.
Takahiro deja salir una carcajada, alegre y ligera, cosquillas que se llevan todas sus energías.
— Duerme — dice Matsukawa mientras se levanta para devolverle el espacio. Él sonríe agradecido, ya sintiendo los párpados cansados, o más bien perdiendo fuerzas. Quiere escapar hacia el otro mundo, el de los sueños. Pero también quiere quedarse, la amena sensación de querer compartir un instante más porque más tarde el recuerdo exigirá cosas no hechas o dichas.
— No te preocupes por mí. Tengo tarea de la cual ocuparme —Matsukawa simplifica, suma emociones y resta el tiempo de dudas y reprimendas consigo mismo cuando todo lo que debe hacer es una y solo una cosa.
Así que, además de amotinarse todos sus sentidos haciéndolo más bien un real desastre, resurge un sueño arrebatador y todo lo que puede hacer, y hará, es dormir durante largas horas.
Quizás hasta Matsukawa siga aquí cuando despierte.
Es un hecho.
