-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem), Tugay Mercan (Sultan Ibrahim I) y Hande Doğandemir (Sultana Turhan Hatice). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.
Capítulo 49
1644/2 años después
Luego de la muerte del Príncipe Shisui, el Imperio Uchiha había experimentado grandes cambios. Claramente el sol se ocultaba y volvía a aparecer en el horizonte con absoluta normalidad, más ya nada era igual, la Sultana Sakura había cambiado por completo, llevaba dos años sin cruzar palabra alguna con el Sultan, no acudía a su presencia cuando él la llamaba, ya no participaba de la política y su propia salud iba en un declive preocupante para todos pero nadie sabía que era exactamente lo que le sucedía, la única que podía saber algo era la Sultana Hanan pero ni ella ni la Sultana Aratani decían nada. Si la motivación para Takara tras la muerte de Shisui era ser política o socialmente más importantes no había conseguido gran cosa porque la Sultana Sakura seguía siendo el centro de atención de todo el Imperio, su salud delicada ya no le permitía acudir cada vez a su fundación o a la revista de tropas del ejército jenízaro, pero eso no le quitaba merito sino que incluso permitía que algunas personas de condición baja o miembros del ejército de su entera confianza entraran al Palacio y hablaran personalmente con ella, había modificado su actuar pero seguía siendo la misma mujer llena de bondad que velaba por el Imperio Uchiha y una abuela amorosa que adoraba a sus nietos Itachi, Hashirama y Sasuke ya que lamentablemente el pequeño Rai había muerto de tifoidea hacia solo un año provocando que Hayami fuera exiliada al Viejo Palacio donde, según se decía, vivía bajo el más absoluto desconsuelo, algo lamentable a decir verdad. Las Sultanas Mikoto y Sarada hubieron recorrido con parsimoniosa lentitud el camino hacia sus aposentos, apenas y habiendo regresado al Palacio tras encargarse separadamente de cumplir las funciones de su madre; Mikoto pasando revista y distribuyendo la paga al ejercito Jenízaro y Sarada encargándose de la fundación de su madre.
El tiempo era una medida indeleble, se suponía que su paso habría de hacer envejecer a las personas que poblaran la tierra más a sus treinta y ocho años continuaba siendo una de las mujeres más bellas de la historia del Imperio Uchiha y quizá su mayor don para serlo era asemejarse tanto físicamente a su madre y compartir la misma sangre griega que parecía ser un bálsamo que evitaba le peso material de las adversidades. Gloriosa en su prolijo andar, la Sultana Mikoto portaba un sencillo vestido burdeo claro de recatado escote alto y redondo perfectamente calzado a su figura, falda de una sola capa levemente ribeteada en seda para mayor movilidad y mangas ceñidas a las muñecas, cerradas al interior por dos botones de oro; por sobre el vestido se encontraba una chaqueta de tafetán fino para no resultar pesado, igualmente burdeo claro solo que con estampados de hilo cobrizo que replicaban flores de cerezo por sobre la tela, de profundo escote en V cerrado casi bajo el busto por cinco botones de oro hasta la altura del vientre, creando una especie de falda superior y de mangas holgadas y abiertas a la altura de los hombros. Su largo cabello rosado se encontraba perfectamente recogido tras su nuca resaltando el largo de su cuello desprovisto de joyas innecesarias ante la prominente corona de oro en forma de capullos de rosa, orquídeas y jazmines ribeteada en diamantes ámbar en una estructura tanto hermosa como colosal y a juego con un par de pequeños pendientes de cuna de oro y diamante en forma de ovalo con un rubí homólogo en su centro. Al caminar, manteniendo una expresión tan indiferente un rosto, cualquiera fácilmente podría catalogarla como alguien insensible, pero no lo era, simplemente había vivido tanto como para aprender a que el dolor que sentía su corazón no pudiera ser exteriorizado, porque de no ser así...habría sido carnaza para sus enemigos hacía ya mucho tiempo, quien era débil en el Imperio…desaparecía.
-Si permitimos que Takara gane más influencia en el Harem, todo se descontrolara- aludió Mikoto, camuflando su preocupación bajo una máscara de inquebrantable frialdad, -nuestra madre ya no tiene la fuerza de antaño, y no podemos permitirnos una guerra dentro del Palacio- menciono parcialmente para si por lo preocupante que le resultaba la salud de su madre.
Se suponía que, por todo lo hecho, debería de odiar a su padre o condenar todo cuanto había hecho, creyendo que estaba bien…si, Sarada condenaba lo que su padre había hecho como algo infinitamente reprochable e imperdonable que solo Kami tendría a bien perdonar, pero no podía odiarlo, porque eso significaría odiar a su madre e igualmente odiar una parte de sí misma y de sus hermanas y difuntos hermanos, porque todos eran parte del mismo Imperio bajo el cual se habían forjado y que de igual modo los había hecho diferentes entre sí, tanto positiva como negativamente. Caminando amenamente junto a su hermana mayor, la Sultana Sarada portaba un hermoso vestido esmeralda de escote corazón calzado su figura a la perfección, especialmente ceñido bajo el busto para hacer evidente su esbeltez, el centro del escote era decorado por un broche vertical de oro con dos perlas en el centro, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta superior jade oscuro de escote bajo y redondo que se situaba bajo el busto, sin mangas, un borde de hilo de oro enmarcaba el escote y creaba una margen del centro del corpiño que estaba decorado por una serie de cuatro hileras d dijes diamantes—compuestos por tres dijes—situados horizontalmente pero en sucesión vertical. Finalmente y por sobre la chaqueta se hallaba un bolero de mangas ajustadas con una larga cola que se encontraba prácticamente pegada a la chaqueta por sobre el vestido, el bolero estaba decorado por encaje crema bordado en hilo de plata y ribeteado en diamantes en los costados, hombros y cuello, así como en los bordes de la larga cola y en el borde de las mangas, creando muñequeras. Su largo cabello azabache caía libremente tras su espalda como una cascada de rizos, adornado por una hermosa corona en forma cónica que replicaba una estructura con base en forma de enrejado pero que en su cima representaba rosas y jazmines con diamantes engarzados sobre si y que brillaban contra la luz, a juego con un par de pendientes de plata y cristal en forma de lagrima. Intentaba no exteriorizar su preocupación por la delicada salud de su madre, más en su mente se planteaba mil y un cuestionamientos a fin de intentar ayudar a su progenitora que cada vez aparecía menos en público, aislándose de todos.
-Es como volver a los días de Mei y Rin- comparo Sarada con su mente apneas y rozando a realidad, parcialmente más concentrada en sus pensamientos y propias cavilaciones.
-No deberíamos pensar así, no nos hace bien- aconsejo Mikoto que si bien se contradecía elegía anteponer el bienestar emocional de sus hermanas por encima de cualquier otra cosa.
No era buena recordando ese pasado en particular, su carácter y valor como mujer y como Sultana se habían forjado en esa adversidad donde había aprendido a reconocer que la crueldad se había hecho parte de ella y que su experiencia perdiendo a su hermanos Baru e Itachi la había marcado profundamente, apenas y habiendo sido una adolescente en esos días. Igualmente su madre había recibido unos de los golpes más fuertes en su vida, aprendiendo a fortalecerse a sí misma y a sus hijos que habían aprendido lecciones valiosísimas, pero considerando desde siempre a su madre como una mujer fuerte…Mikoto actualmente sentía mucho miedo por ella, ya no era la misma mujer desde la muerte de Shisui, claro que continuaba siendo hermosa, insuperable, dulce, amable, valiente y fuerte…pero era como si ese brillo especial en sus ojos se hubiera apagado para siempre, su inocencia había desaparecido para siempre y únicamente existía un responsable; el Sultan. Pero siguiendo lo que su madre les había enseñado, ni Mikoto ni ninguna de sus hermanas—salvo Izumi que había establecido su odio desde la muerte de Shisui—había entablado una enemistad declarada, lo trataban con respeto y seguían siendo lo debidamente cercanas a ellas que debían serlo pero sin perdonar sus faltas y ya estableciendo—mentalmente-de antemano, con quien estaba realmente su lealtad. A regañadientes, Sarada asintió únicamente, pero igualmente alejada de la realidad por su mente que se desvivía analizando todo cuanto debía hacer ahora que contaba con más responsabilidades sobre si como Administradora del Harem y representante de la fundación de su madre que ciertamente no se encontraba bien.
-Nuestra madre sufrió otro desmayo ayer- recordó la pelirosa pro solo obteniendo silencio de su hermana que asintió únicamente, meditabunda, -el doctor C la reviso y repite que está bien- añadió, no sabiendo si catalogar esto como cierto dado lo habituales que eran estos desmayos.
-No lo está, no sé qué es lo que tiene, pero no debe ser algo bueno- protesto Sarada de forma inmediata, reprendiéndose por la agresividad expresada en su tono de voz, -ya he perdido la cuenta de cuantas veces se ha desmayado este mes, por ello es que intento alivianar sus responsabilidades ocupándome del Harem en su nombre- se corrigió, hablando ya más calmadamente. -Le sugerí a nuestra madre, restringir el acceso de Hiroshi y los sirvientes del séquito de Takara, idea que acepto indudablemente-aclaro para entera satisfacción de su hermana mayor.
-Buen plan- acepto Mikoto, sonriendo ladinamente aunque solo de forma momentánea, -afortunadamente Hanan se mantiene junto a nuestra madre, ella es nuestro respaldo en el peor de los casos- intento tranquilizar a su hermana, aunque dudaba que eso sirviera de mucho tanto para Sarada como para sí misma.
Siendo tan parecida a su madre, Sarada había aprendido a una edad temprana a ser capaz de reconocer cuando es que su madre estaba bien y cuando no y actualmente de lo que menos gozaba era una salud de la que enorgullecerse, ocultando su salud frágil e intentando aparecer lo menos posible en público o abandonar el Palacio, contando con el apoyo del doctor C que aparentemente guardaba secreto co respecto a lo que la hacía permanecer en dichas condiciones…más Sarada sabía que su madre estaba enferma, resultaría absurdo no darse cuenta de ello luego de las modificaciones hechas a su habitual rutina, además de los escasos síntomas que presentaba y que no podían ser ocultados. Siendo la hija predilecta de su padre y tan cercana a él, Sarada tenía que lidiar con su insistente preocupación al no saber de la real condición de su propia Haseki que desde la ejecución de Shisui no le había vuelto a dirigir la palabra ni tampoco a acudir a su presencia, ni bajo una orden. La Sultana Sakura incluso había presentado la petición de retirarse al Viejo Palacio, pero el Sultan no lo había permitido ni los burócratas que tan acostumbrados estaban a lidiar con ella que si bien actualmente ya no participaba de la política, continuaba siendo un icono prominente tanto para el Sultanato y la sociedad Imperial como para el pueblo que se desvivía elogiándola y creando títulos históricos o nombres para enmarcarla permanentemente en la historia. Deteniendo su andar provocando que su hermana igualmente cesara el suyo, así como sus doncellas tras ambas, Mikoto profirió un suspiro de cansancio y muy bien camuflada preocupación; amaba a su madre más que a nada en el mundo, pero así como la amaba comprendía perfectamente que la vida ya no tenía un sentido para ella, estaba muy enferma, lo sabía sin importar que su madre no lo dijera, lo presentía, su corazón se lo decía cada vez que estaba frente a ella y se desvivía por—al igual que Shina, Sarada, Izumi y Hanan—alivianar sus labores en espera de hacerla sentir mejor, pero en ocasiones no podía evitarse lo inevitable. Haber pasado por tanto…era comprensible para Mikoto si su madre finalmente deseaba entregarse a la muerte, no había tenido una vida dichosa, quizás nunca había sido realmente feliz en vida, pero quizás si lo fuera en la muerte y de ser esto correcto, Mikoto no deseaba obligar a su madre a continuar viviendo una vida que continuase martirizándola, no podía pensar en el prestigio o en el Imperio y decirle a su madre que hiciera lo mismo, no porque su madre había vivido incansablemente por ello, habiendo perdido a todos sus hijos y seres queridos hasta ese día. Había limites que simplemente nunca podrían cruzarse…ni tampoco debía intentarse hacer tal cosa, era absurdo.
-No podemos exigir nada, Sarada, eso hasta yo lo sé y me duele admitirlo- suspiro Mikoto finalmente, levantando la mirada hacia su hermana que únicamente apretó los labios al comprender el sentido de sus palabras, - nuestra madre ha visto y experimentado lo peor de la vida, no es justo pedirle que siga en este mundo- le hizo ver, manteniéndose estoica sin importar que la lastimasen sus propias palabras al creer en esa posibilidad.
-Lo sé, pero nos despediremos de ella cuando Kami lo decida, no antes- contradijo Sarada, sin perder la esperanza.
No quería perder la esperanza, no quería creer que su madre; esa mujer tan hermosa, fuerte e inquebrantable…estuviera viendo sus últimos días, pero la verdad solo Kami la sabia y ante eso no existía dispensa alguna, todos deberían aceptar el futuro, fuera cual fuera…
-¡Atención!, ¡Su Majestad el Sultan Sasuke!
Todos cuantos se encontraban en la sala del Consejo Real hubieron bajado la cabeza en cuanto las puertas se hubieron abierto, dando paso al Sultan que sorpresivamente hubo hecho acto de aparición siendo que algunos había creído que ese día asistiría a la reunión, pero nuevamente los sorprendía a todos. El Sultan avanzo dignamente hacia el trono Imperial donde ocupo soberbiamente su lugar bajo la atenta mirada de los Beys Pashas y Visires así como su nieto Itachi que desafiando su autoridad y siguiendo las indicaciones de Takara se encontraba presente pese a que Sasuke aun lo considerara demasiado joven como para participar de los asuntos de estado. Observando críticamente a todos los presentes desde su trono, el Uchiha portaba una simple túnica color negro, de cuello alto y mangas ajustadas, y por sobre esta un soberbio Kaftan gris azulado oscuro de aspecto arcaico y militar, decorado con piezas de plata a modo de hombreras y que cerraban el Kaftan a la altura de su abdomen, con mangas hasta los codos—exponiendo parte de la túnica—con unas mangas posteriores que oscilaban hacia el frente como largos lienzos en los costados de sus brazos, brindándole una imagen imponente al igual que el efecto que recreaba el marcado y grueso cuello que ocupaba gran parte del frente, y—desde luego—la corona Imperial que tan alabada era y que se adaptaba su soberbia imagen sin demasiado esfuerzo, siendo parte de él. Estoico y frió cual tempano de hielo, Sasuke le indico con la mirada a su nieto que se acercara, orden que Itachi no oso siquiera cuestionar, situándose frente a al soberbio gobernante del Imperio.
-Abuelo- reverencio Itachi respetuosamente.
-Itachi, puedes retirarte- determino Sasuke sin más, confundiendo y decepcionando a su nieto por esta decisión, -tú presencia no es requerida en esta reunión- sosegó más por meras apariencias que deseo propio.
-Pero, abuelo, yo quería quedarme y…-intento protestar el Príncipe Heredero recibiendo una intimidante mirada de parte de su abuelo, lo cual lo hubo hecho sentir nervioso, silenciándolo de ipso facto si palabra alguna de por medio. -Como ordene, Majestad- acato, reverenciándolo antes de proceder a retirarse.
La partida del Príncipe Heredero hubo discurrido sin demasiada importancia salvo para Hayate Gekko y Deidara Pasha que hubieron sido silenciosamente observados por Kakashi, Konohamaru, Boruto y Mitsuki, por supuesto que las hostilidades había continuado con el pasar de los años y si bien el Sultan había tomado decisiones cuestionables en opinión de ellos…su lealtad estaba con el Imperio y on nadie más, razón suficiente para oponerse a todo cuanto intentara modificar la Sultana Takara. El Príncipe Hashirama apenas y era un par de meses menor que el Príncipe Itachi y, muy contrario a él, mantenía un perfil bajo, negándose a asistir a las reuniones del consejo hasta que el Sultan lo considerara pertinente, demostrando así su vasallaje; a decir verdad Itachi nunca había conseguido aprender el protocolo de la corte y demostrar lealtad como lo harina Hashirama o Sasuke y el punto disyuntivo era que Takara, su madre, era la influencia negativa que le hacía creer al Príncipe Heredero que seguir sus propias ideas y comportarse con arrogancia era lo correcto cuando en realidad era lo opuesto; la sumisión y lealtad empedernida eran algo más apreciable en un Príncipe, alguien que se reservara su opinión para si en tanto fuera necesario y se dedicara a acatar la voluntad del Sultan como lo haría cualquier súbdito en general pero que gozaba de un título elevado que lo hiciera independiente…en cierto modo. Ya era tiempo que Takara entendiera las diferencias entre superioridad y lealtad, y Sasuke se lo haría ver, su paciencia para con esa niña insensata había llegado a su fin, por su soterrada influencia había cometido errores de los que no se enorgullecía en lo absoluto, pero quitarse culpa sería igualmente absurdo; estaba en la situación que estaba por sus propios errores, pero como Sultan no podía autocalificar que estaba bien o que está mal, su imagen como soberano era lo importante no sus propios deseos.
-Majestad, perdone que lo diga, pero ¿Por qué excluye así al Príncipe Itachi?- se aventuró a cuestionar Hayate, defendiendo desde luego los intereses y la posición de la Sultana Takara dentro de la familia Imperial. -Es como si negara su poder- añadió como critica pero sin enfatizar esto realmente.
-Además, es una afrenta grave a nuestras costumbres es inaceptable- discutió Deidara igualmente.
-No aprenderé lecciones de ustedes- silencio Sasuke con infinita tranquilidad y para satisfacción de sus aliados presentes. -¿Acaso han olvidado quien gobierna este Imperio? De ser así, cometen un grave error- el silencio era respuesta suficiente, ya fuera por obra de sus aliados o de su enemigos. -¿Es que me creen estúpido para no saber que lo que pretenden es quitarme el trono? Primero destronarme y luego ejecutarme, ¿No es así?- cuestiono abiertamente y co cierto grado de tranquilidad ante la incredulidades su aliados que no podían creer lo que oían, y el silencio de Hayate y Deidara solo parecía comprobar las palabras del Sultan. -El deseo que tienen de quitarme del medio los hace cometer errores- se burló, jactándose con su indeleble superioridad del temor que conseguía continua evocando en sus enemigos. -He visto muchas eras, he gobernado este Imperio, mi muerte no permitirá que nada cambie, ténganlo por seguro- determino, consiente de la importancia y arrogancia en sus palabras, pero no era arrogancia sino seguridad.
No era arrogancia lo que nacía de él sino certeza, porque había dedicado su vida al Imperio que le había sido legado por nacimiento, había dejado atrás sus ideales de esperanzadora paz y se había enemistado incluso contra su esposa con tal de cumplir con su rol como se suponía que hiciera, sabía que muchas de sus decisiones eran polémicas pero era su deber actuar de ese modo para evitar que una guerra civil afectase a la dinastía en el futuro o al Imperio en su totalidad. Continuaba amando a Sakura pese a saberse odiado por ella, matar un amor como el que ambos habían y continuaban sintiendo era lo más imposible que podía existir, pero la continuidad del Imperio como tal no les pedía su opinión al momento de exigirles tomar decisiones que pasaban por encima de su moral y criterio. Sakura había mantenido su conciencia y él no, esa era la diferencia decisiva entre ambos, Sasuke había aprendido con el pasar de los años que aun cuando se ganara el temor de sus súbditos que lo llamaban "Sasuke el cruel", era su deber como soberano el Imperio Uchiha hacer valer las leyes del Imperio que habrían de ser el mantra que guiaría a los próximos gobernantes, había perdido a todos sus hijos pero señalando el modelo de soberanos y Príncipes que deberían ser los miembros de las siguientes generaciones para así evitar la ley del fratricidio derogada por él. Poco podía decir para remediar los involuntarios golpes que le había dado emocionalmente a su esposa y sabía que nada de lo que dijera podría hacer que Sakura lo perdonara, pero mientras aún les quedara vida que vivir, Sasuke intentaría remediar las cosas entre ambos y últimamente lo intentaba con especial vehemencia ante la aparente delicada salud de su esposa. Viendo despectivamente a Hayate y Deidara; Kakashi, Konohamaru, Boruto y Mitsuki se hubieron reiterado mentalmente lo que ya sabían y creían de antemano, la lealtad para con el Imperio y el Sultan debía de estar por encima de cualquier otra cosa, pero en el caso de la Sultan Takara, Hayate y Deidara…evidentemente la ambición pesaba más que la lealtad.
-No se atreverían, Majestad- descalifico Boruto, desdeñando los planes de estos conspiradores carroñeros.
-Se atreverían, pero carecen de la fuerza para hacerlo- corrigió Sasuke, manteniendo la calma al menos momentáneamente, rompiendo con tan circunstancia al estampar fuertemente su mano contra el respaldo del trono, provocando un eco que hubo hecho estremecer a todos los presentes así como su intimidante. -Yo soy el Sultan del Imperio Uchiha, ¡Nadie puede darme órdenes!- gruño a modo de advertencia obviando lo que para sus aliados debía de ser más que claro, pero que no parecía serlo para Hayate y Deidara, así como para Takara. -Ni los buitres de la Sultana Takara, díganle eso a esa niña insensata, que si no quiere que su hijo se quede huérfano, deje de tener sueños sin sentido- amenazo, sin arrepentirse del significado que tenían sus palabras. -Salgan de mi vista- ordeno terminantemente.
No osando manifestar ningún tipo de protesta y reverenciando al Sultan, tanto Hayate como Deidara hubieron hecho abandono de la sala. Sasuke, viéndolos partir, se hubo determinado más que nunca a cumplir con esa amenaza, había sacrificado a sus propios hijos por el bienestar del Imperio, si uno se iba otro ocupaba su lugar y no sucedería algo diferente con sus propios nietos, Itachi estaba demostrando ser demasiado influenciable por Takara y aun cuando fuer un niño debería de orquestar su muerte, era necesario.
Itachi había regresado a sus aposentos, cumpliendo la orden del Sultan y sorprendiendo a su madre y a Hiroshi que lo hubieron estado esperando con tal de felicitarlo por asistir por primera vez a una reunión del Consejo Real, pero en lugar de valorar su interés en la política y funciones futuras que pudiera llegar a cumplir cuando fuera el gobernante del Imperio, pero el Sultan Sasuke había visto el actuar de Itachi como un mero gesto de arrogancia. Lo que Hayate y Deidara le habían la dejaban pasmada por semejante amenazaba contra ella…la de quitarle a su hijo con tal de apartarla del poder, su lealtad para con el Sultan Sasuke había comenzado a disminuir inevitablemente con el paso del tiempo luego de la muerte del Príncipe Shisui cuando había comenzado a demostrarle abiertamente su desprecio al culparla de la muerte de su hijo ya que ella había sido la única que había instigado personalmente para provocar la caída de Shisui. Takara aun guardaba sus sentimientos por él pero no con la fuerza tenida en los días anteriores, había creído que la distancia establecida entre el Sultan y su Haseki, por la Sultana Sakura desde luego, habían significado una oportunidad para ella de acceder al corazón del Sultan, pero pronto se había dado cuenta de que tal hecho no era posible, el Sultan la despreciaba en cada oportunidad que fuera posible, seguía amando a la Sultana Sakura pero no era capaz de aceptar que su errores y os de Takara hubiera propiciado tal distancia intransitable.
Observando a su hijo Itachi que—sentado sobre la cama—jugaba con su caballo de juguete, Takara se mantuvo sentada sobre el diván siendo lealmente acompañada por Hiroshi, permaneciendo tranquila pero presa de la incertidumbre al mismo tiempo. Como madre del Príncipe Heredero gozaba de recurso casi ilimitados y sus elegantes ajuares era férrea prueba de ello, luciendo un elegante vestido de seda azul oscuro perfectamente detallado a su figura, de este corazón cerrado por siete botones de diamante hasta la altura del vientre, falda de una sola capa y mangas ceñidas a las muñecas, cerradas por dos botones de diamante al interior de estas; por sobre el vestido una bellísima chaqueta de encaje azul claro ribeteada en diamantes e hilo de plata, formando ondas y olas, sin mangas y escasamente cerrada a la altura del vientre para mezclar ambos colores de forma perfecta. Su largo cabello naranja se encontraba perfectamente recogido tras su nuca, exponiendo fácilmente la guirnalda de plata alrededor de su cuello, con doce dijes que representaban el emblema de los Uchiha e interinamente decorados por zafiros y topacios a juego con un par e pendientes en forma de orquídea con un diamante azul en el centro. Sobre su cabello y sosteniendo un largo velo azul que caía tras su espalda se encontraba una hermosa corona de plata bañada en esmaltes para representar una estructura de capullos de rosas y espinas decoradas por zafiros y topacios. Le preocupaba el futuro de su hijo, obviamente, y por Itachi y su futuro Sultanato estaba dispuesta hacer cuanto fuera necesario. De pie junto a la Sultana Takara, Hiroshi hubo decidido que finalmente era el momento oportuno de rebelarle las modificaciones que a partir de ahora tendrían lugar en el Palacio por beneplácito de la Sultana Sakura.
-La Sultana Sakura me prohibió a mí y a otros sirvientes leales a usted que entremos al Harem, y no podemos abandonar nuestras habitaciones por las noches- informo Hiroshi finalmente.
-¿Qué explicación dio?- pregunto Takara, guardando su sorpresa e impresión ante esta orden que habría de ser acatada sin protesta alguna, porque era responsabilidad de la Sultana Sakura hacerse cargo de la corte y el Harem, nadie podía intervenir.
-Que lo considero…apropiado- contesto Hiroshi con una falsa sonrisa, forzado a obedecer.
Takara no sabía si sorprenderse la verdad, claro que nunca acababa de sorprenderse con una decisión de la Sultana Sakura antes de que otra incluso más sobrecogedora tuviera lugar sin preparación alguna. Luego de la muerte del Príncipe Shisui, Takara había esperado que la Sultana Sakura respondiera con una venganza inmediata o cualquier signo de agresividad más nao de eso había sucedido, en lugar de ello la Sultana Haseki se había alejado tremendamente de los asuntos de estado y la política e incluso—según Takara tenía entendido—había pensado en retirarse al Viejo Palacio pero al no permitírsele tal cosa es que únicamente se dedicaba a la administración del Palacio y el Harem, preservando las leyes y el protocolo como habían hechos las anteriores Sultanas antes que ella, haciendo que Takara ya no tuviera razón alguna para considerarla una opositora a sus planes. Ciertamente la salud de la Sultana Haseki no era la misma que en años anteriores, pero eso no parecía ser excusa alguna para la Sultana Sakura que continuaba haciéndole la vida imposible noche y día, la trataba con respeto como Sultana que era pero no más y al menos actualmente Takara podía decir que ya no consideraba a la Haseki del Sultan como su enemiga, no eran hostiles la una hacia la otra, pero tampoco amigas indudablemente y por lo mismo es que Takara reconocía que de momento debería acatar esta orden, no tenía nada más que hacer, no le competía tal cosa, pero igualmente y de algún modo intentaría continuar sosteniendo su influencia dentro del Estado como tal, era su deber en pro de su propio futuro, el de su hijo y su hija, nadie más tomaría esas medidas, salvo ella.
-Claramente sospecha- concluyo Takara, asintiendo ante sus propias palabras, -puede que ella y el Sultan no se dirijan ni la palabra pero su lealtad al Imperio lo es todo, al igual que en el caso de las otras Sultanas- aclaro, no remarcando una enemistad que temporalmente no deseaba evocar.
-Si me permite opinar, la Sultana Hanan es quien más se parece a ella, destila arrogancia por donde vaya siendo que no es más que una adolescente- opinó Hiroshi con sutil disgusto.
-Todas sus hijas, Hiroshi, cada una de ellas es igual, solo hace falta prestar atención- discrepo Takara neutralmente. -No sé qué es mejor, estar del lado del Sultan cruel o de la Sultana intrigante- pronuncio manifestando finalmente su inquietud, pero sin atreverse a claudicar ante estos acontecimientos. -De todos modos mantente alerta, Hiroshi, y haz que todos se preparen- ordeno finalmente, siguiendo su habitual comportamiento pragmático, determinando prontamente que aquello era lo mejor.
Desviando su mirada hacia su hijo que jugaba distraídamente en su infantil inocencia, Takara temió lo que pudiera suceder a partir de ahora, no le temía a la Sultana Sakura o a sus hijas pues pese a las hostilidades presentes entre ellas nunca intentarían algo sin que la Sultana Haseki lo permitiera…pero el Sultan era algo diferente y Takara hubo de admitir personalmente que temía que él ordenase que se deshicieran de ella en cualquier noche, sabía que era más que capaz de algo así, pero eso solo el provenir lo decidiría, hasta entonces de nada le servía preocuparse en demasía, por el momento debía esperar.
Que Takara tuviera tanta influencia como madre el Príncipe Heredero tenía sus consecuencias, pero si la Sultana Sakura había tenido una razón de mantenerse neutral ello eran las Sultanas de su difunto hijo, el Príncipe Shisui, pero era lamentable que de entre esas mujeres queridas por él solo Seina y Masumi pudieran permanecer en el Palacio mientras que Hayami y Akiko se encontraban tristemente exiliadas en el Viejo Palacio siendo la primera quien no tenía por qué permanecer en el Palacio Imperial. Su pequeño hijo, el Príncipe Rai, había muerto con apenas un año de vida por fiebre tifoidea y ya que no tenía más hijos, Hayami se encontraba a la deriva, si nadie que la ayudara, habiendo rechazado la ayuda de la Sultana Sakura de tenerla como su protegida, Hayami había aceptado pasar el resto de sus días en aquel Palacio de lágrimas, llorando tanto a su difunto esposo como a su pequeño hijo, completamente sola de no ser por Akiko que le hacía compañía. Había sido difícil hacer que Seina y Masumi permanecieran en el Palacio puesto que las leyes del Harem estipulaban que las favoritas o Sultanas de un fallecido Príncipe o Sultan debían de residir en el Viejo Palacio, pero como madres de Príncipes sanos y fuertes que debían educarse con esmero, la Sultana Sakura había hecho valer su autoridad como administradora del Harem, permitiendo que estas dos mujeres y Sultanas pudieran continuar viviendo en el Palacio. Takara era arrogante y despreciativa, sus ambiciones eran tan importantes como para considerarse mejor o superior a otros, cosa que siempre había hecho que ella y la Sultana Sakura fácilmente discreparan, motivo por el que no eran ni nunca serian aliadas, pero en contrapunto con la arrogancia de Takara; la amabilidad, dulzura y bondad de Seina que siendo mucho más sumisa admiraba profundamente a la Haseki del Sultan, compartiendo sus ideales de paz para todos los miembros de la familia Imperial y la perpetuidad de las leyes que habían unificado al Imperio desde tiempos inmemoriales.
El día que tenía lugar era precioso, totalmente despejado y sin ser demasiado cálido ni demasiado frió en estos últimos días de invierno que a un par de semanas estaba por transformarse en primavera, oportunidad perfecta para salir al jardín donde su hijo Hashirama—a quien vio con una sonrisa adornando su rostro—se encontraba practicando con la espada junto a Naruto Uzumaki que desde hacía ya tiempo ejercía como su instructor. Tal vez no fuera tan soberbia como Takara, pero Seina igualmente era una Sultana y no menos hermosa, ataviada en unas muy halagadoras galas de gasa rubí brillante de estilo túnica que caían holgadas sobre su cuerpo, de escote corazón, falda de múltiples capas de gasa superpuestas entre si y mangas holgadas y transparentes abiertas a la altura de los codos para exponer los brazos; por sobre estas galas que casi pasaban desapercibidas se encontraba una bellísima chaqueta igualmente de color rubí plenamente enmarcada a su esbelta figura, sin mangas sino tirantes, de escote cuadrado que enmarcaba los bordes del escote inferior, y abierta bajo el vientre; con el borde del escote, el centro del corpiño—cerrado por seis botones de diamante hasta la altura del vientre—y el dobladillo de la tela así como los tirantes adornado por un margen de pasamanería plateada recubierta en diamantes para formar flores de cerezo en un margen por demás elegante. Sus cadenciosos rizos castaños—a juego con sus orbes avellana—caían perfectamente sobre sus hombros y tras su espalda, parcialmente cubiertos por un largo velo color rubí que caía tras su espalda, sostenido por una hermosa pero sencilla corona de oro en forma de flores de jazmín con espinas y hojas entrelazadas, adornada por rubíes y granates a juegos con unos pendientes de oro y rubí en forma de lagrima. La Sultana Sakura la había llamado y, dejando atrás a sus doncellas, Seina se hubo detenido ante el elegante toldo borgoña bordado en oro que protegía del sol los elegantes divanes dorados en que se encontraban las Sultanas Sakura y Hanan que hubieron sonreído al verla.
-Sultana Sakura, Sultana Hanan- reverencio Seina con una luminosa sonrisa e infinito respeto.
El tiempo no mitigaba el dolor ni el sufrimiento, pero ciertamente la Sultana Sakura continuaba siendo la mujer más bella de la historia del Imperio, sin legar siquiera a aparentar cuarenta años, esbelta, radiante y única en su hermosura como nadie más. Sentada sobre el diván, su figura era cubierta por un elegante pero sencillo vestido granate rosáceo de profundo escote en V, perfectamente detallado a su figura, hecho de seda y ribeteado en gasa en la falda para mayor movilidad y por sobre este vestido una formal chaqueta granate grisáceo ligeramente clara, hecha de seda e igualmente de profundo escote en V e incluso bajo que el escote del vestido, y de mangas holgadas y acampanadas hasta las muñecas, cerrada alrededor de su cuerpo por un fajín crema rosáceo bordado en hilo de plata alrededor de su cintura a juego con el margen de las mangas, el cuello, escote, el centro de la tela y e dobladillo de la chaqueta aportándole un aspecto más tradicional pero igualmente elegante. Su largo cabello rosado como siempre se encontraba prolijamente recogido tras su nuca, resaltando su largo cuello alrededor del cual se hallaba una cadena de plata y de la cual pendía un dije que replicaba el contorno del emblema de los Uchiha con un diamante rojo en forma de lagrima en su centro a juego con unos pendientes de cuna de plata ribeteada en diamantes en forma de lagrima con un rubí homólogo en su centro. Sobre su cabeza se encontraba la tan tradicional corona Imperial de los Uchiha, de tipo torre, hecha de terciopelo gris oscuro sobre una base de oro que ascendía para decorar la estructura adornada por rubíes, diamantes y granates, sosteniendo un largo velo granate que se encontraba arremolinado sobre sus hombros para ocultar formalmente su escote. Claramente su semblante de melancolía era evidente, pero eso parecía ser lo que más contribuía a embellecerla a sus cincuenta y dos años, una belleza que merecía ser catalogada como un ángel o una diosa por quien el tiempo no parecía pasar.
Más si alguien indudablemente y de igual modo llamaba la atención era la Sultana Hanan que a sus trece años resplandeciente su belleza, luciendo casi idéntica a su madre en todos los sentidos, sentada junto a ella en el diván contiguo. Inocente en su juventud, la Sultana Han se encontraba ataviada en vestido rosa brillante levemente claro, de recatado escote redondo cerrado por siete botones de igual color que iban desde el escote hasta la altura del vientre con un escote falso en V que se enmarcaba bajo el escote redondo, de falda superior abierta bajo el vientre y falda inferior hecha de seda rosa pastel, mangas ajustadas hasta los codos y que continuaban en mangas de gasa rosa pastel que eran holgadas hasta cubrir las manos; por sobre el vestido se encontraba una chaqueta rosa pastel metálico, borda en hilo de plata y ribeteada en diamantes para replicar flores de cerezo, sin mangas y de profundo escote redondo errado bajo el busto y abierta para exponer el resto del vestido. Sus largos rizos rosados caían tras su espalda y sobre su hombro derecho, enmarcando una cadena de plata con un dije en forma de flore de cerezo con un cristal rosa en forma de lagrima en su centro a juego con unos diminutos pendientes de diamante en forma de lágrimas, sobre su cabeza se encontraba una deslumbrante corona de oro en forma de capullos de flores de cereza, ramas y hojas ribeteada en diamantes y cristales rosa, sosteniendo un largo velo rosa que caía tras su espalda. Eran infinitos los pretendientes que se disputaban la mano de estaba joven Sultana de aspecto angelical, más el desinterés de la Sultana Hanan resultaba evidente cundo manifestaba su ideal de servir al Imperio por encima de sí misma, pero el amor era algo que todos merecía encontrar especialmente es hermosa joven.
-Siéntate, Seina, acompáñanos- ofreció Sakura, sonriendo cálidamente haciendo que Seina no pudiera oponerse, sentándose sobre uno de los almohadones, a sus pies. -Espero que tu estadía aquí sea feliz- consulto ente líneas, esperando que la ayuda otorgada tuviera una gratificación de ese tipo, Sakura en lo personal no podía ser feliz, pero haciendo felices a otros creía que al menos una fracción de esa alegría podía revitalizar su existencia.
-Gracias a usted Sultana- hubo contestado Seina alegremente, -si usted no hubiese impedido que me fuera, no sé qué sería de mí, estar lejos de mi hijo es una tortura que no alcanzo a imaginar, y Masumi igualmente lo agradece- añadió con infinita gratitud.
-No es nada- aminoro Sakura, no deseando obtener tanto merito por llevar a cabo una buena acción, -conozco la experiencia de estar lejos de un hijo y no es tolerable siquiera-comparo, recordando el Sultanato de su difunto hijo Baru cuando conscientemente había decidido alejarse del Palacio Imperial que ahora consideraba su único hogar, solo hubiera deseado hacer algo por Hayami, pero tristemente el pequeño Rai murió antes de que pudiera interceder- se lamentó, aun sufriendo por la muerte de su nieto menor.
-El destino no puede evitarse, Sultana, pero usted hace posible lo imposible- animo Seina, sin perder su buen humor ni su admiración por la Sultana Haseki.
Habiendo vivido durante años en el Palacio y venerando a esa mujer como a una diosa, Seina estaba convencida de que la Sultan Sakura era el único motivo por el que el Imperio podía llegar a encontrarse en paz o a salvo, nadie jamás habría soportado lo que ella si había hecho y si a pesar de tamaño sufrimiento seguía preocupándose por otros…eso merecía agradecerse, ningún acto o atención de la Sultana Haseki podía pasar desapercibido y siempre seria así. Las palabras de Seina como siempre resultaban un bálsamo para la angustiosa mente de la Sultana Haseki que se sintió mucho mejor tras escucharla. La pérdida del pequeño Rai había sido igualmente personal para Sakura, luego de haber perdido a su hijo…haber lidiado con la muerte de uno de sus nietos había significado una daga más en su corazón, otra muerte con la que lidiar y ante lo que había aprendido a darse cuenta de que estaba muerta por dentro, ahora que todos sus hijos había muerto y luego de que su propio esposo la apuñalara por la espalda…era capaz de entender que se estaba volviendo insensible a las muertes. Claro, sufría por ello, pero ya no sentía los irrefrenables deseos de llorar y que antaño habían servido de consuelo para su persona, era como si la muerte de Shisui hubiera secado sus lágrimas o al menos eso le parecía. Que más hubiera deseado ella que retirarse al Viejo Palacio como habían hecho Hayami y Akiko, pero tal destino no era posible para ella, la necesitaban en el Palacio Imperial y aun cuando ya se hubiera alejado de la política, el Imperio y el estado como tal dependían de ella que había visto las eras y Sultanatos suficientes como para ser considerada la fortaleza de la dinastía y el único soporte del Imperio en su historia. Viendo aquella sutil sonrisa en los labios de su madre, Hanan en cierto modo se sintió mejor al verla un poco feliz. El doctor C había dicho que ya no le quedaba mucho tiempo, tal vez semanas o cuando mucho un mes y algo más…pero nada más. Contraria a todas su hermanas y que eran ajenas a la realidad, Hanan ya había aceptado que su madre moriría, desde hace mucho tiempo, por eso se empeñaba en estar junto a ella todo el tiempo posible y más, porque deseaba vivir cada día como si fuera el ultimo sin importar que fuera duro mentirle a su padre a la cara y decirle que su madre estaba bien cuando no lo estaba, pero era un sacrificio necesario y que Hanan estaba más que dispuesta a hacer.
-Kami mediante, podremos dejar atrás esos días de dolor- oro Hanan, observando a su madre que hubo asentido en consonancia.
-Amén, Sultana- secundo Seina, esperando que tal posibilidad les fuera venturosamente concedida.
-Amén- pronuncio Saura únicamente, decidiendo que lo mejor era concentrarse en lo importante, por supuesto, -son días difíciles para todos, Seina, como ya lo sabes, y ante la continua expectación de nuestros enemigos debemos de tener un respaldo para el futuro- aludió para ligera confusión de la pelicastaña, -si te mantienes leal inclusive podrías ver el Sultanato de un segundo Sultan Hashirama- especifico finalmente causando una impresión notoria en Seina que hubo bajado la mirada, abrumada ante esa posibilidad.
Lo que estaba aludiendo no era sorpresa alguna para los aliados que conformaba su círculo, no quería que su nieto Itachi fuera el siguiente Sultan, carecía de las aptitudes de un soberano; desdeñaba el protocolo y actuaba por mero instinto, eso ultimo no era totalmente negativo pero al ser tan joven y fácil de manejar por Takara…indudablemente podía transformarse en un Sultan difícil de tratar. Por otro lado; estudioso, leal, alegre, servicial, estudioso y un asiduo seguidor del protocolo y las normas que el imperio determinaba, Hashirama estaba mucho mejor preparado para ser Sultan, tenía ideales pacifistas y soñaba con un Sultanato en que las guerras ya no fueran necesarias, eso era un Sultan, alguien que conociera sus propias limitaciones y pudiera actuar debidamente en consecuencia. Pero Sakura entendía que no era su deber decidir quién llegaría al trono ni porque, si era el destino…Itachi moriría antes de llegar trono, pero si no, seria Sultan junto a Takara como Madre Sultana únicamente dejándoles a su hermanos Hashirama y Sasuke la posibilidad de esperar su momento para llegar al trono ya que la ley del fratricidio había sido derogada durante el reinado de su esposo, ya no se permitirían ejecuciones ni muertes de Príncipes en el siguiente Sultanato que tuviera lugar, ese consuelo le quedaba cuando menos. La oportunidad de ser Madre Sultana—la posición más elevada que una mujer pudiera lograr dentro el Imperio—era algo envidiable, pero Seina no ambicionaba tal poder para sí, más contar con el apoyo de la Sultana Sakura para ello si era algo abrumador. Conocía de sobra el comportamiento del príncipe Itachi que parecía creerse superior, incluso arrogante, mientras que su pequeño Hashirama se dedicaba al estudio y la reflexión, educado bajo el lema de "obedecer y servir", las mismas palabras que la Sultana Sakura le había dedicado al momento de elegirla como favorita del Príncipe Shisui, Kami lo tuviera en su gloria. El Imperio era la unificación más grande del mundo y todos—incluido el Sultan—eran servidores de él, destinados a dirigir un Sultanato con todo lo que ello significaba de por medio. No quería poder para ella en lo absoluto, pero si deseaba que su hijo Hashirama pudiera vivir en paz y quizás el modo de hacerlo fuera ese.
-Kami sabe que no está en mi ambicionar tal gloria, Sultana- admitió Seina con avasalladora sinceridad, -pero deseo que mi hijo este a salvo- añadió sin llegar a desechar la oferta.
-En ese caso, y ya que conoces mi condición, te contare un secreto- hubo advertido Sakura recibiendo un asentimiento a modo de respuesta. -La mejor forma de llegar a la cima en fingirte tonta, inútil, sumisa, sorda y muda, no digas nada que pueda comprometerte ni hagas nada de lo que puedan sospechar- Seina pareció meditar sus palabras y grabarlas en su mente, asintiendo luego de un breve instante, -así, cuando sea el momento, pero en tanto nadie te vea o pueda pensar nada; conspira por la seguridad de tu hijo y haz que Kaede se case con un político leal y fuerte- continuo aludiendo el deber de las Sultanas del Imperio de contraer matrimonio por política y no por amor verdadero aunque eso no negaba la posibilidad de encontrar el amor en el matrimonio si la ocasión lo permitía, claro, -cuando hayas hecho eso, tu solo debes esperar, estar lista y proclamar a su hijo como Sultan, todos te respaldaran, lo garantizo- prometió, sonriendo ligeramente al decir esto.
Conociendo a Seina desde hace años, Sakura había visto atentamente lo fácil que le resultaba fingirse tonta, carecía de ambiciones claro pero eso no significaba que fuera ignorante de política o que despreciara las leyes del Imperio, al contrario; pensaba bien las cosas antes de actuar, guardaba silencio y fingía ignorancia para evaluar lo que sucedía a su alrededor en pro de tomar decisiones apropiadas, características muy apreciadas en una futura Madre Sultana que tendría como única responsabilidad administrar el Harem pero también influir en política de ser necesario con tal de proteger a su hijo al Imperio. Quizás no había ejercido totalmente como Madre Sultana durante el Sultanato de su hijo Baru, pero Sakura si había ejercido clandestinamente con su deber, velando porque fuera protegido pese a que ella no hubiera radicado en el Palacio Imperial en aquel tiempo. Como ya había dicho anteriormente, no soñaba con llegar tan lejos como para ser Madre Sultana algún día, pero de serlo Seina estaba comprometida a proteger a su hijo con todas su fuerzas y cada una de las indicaciones de la Sultana Sakura que hubieron quedado más que claras sobre lo que debería hacer, su hija Kaede pese a ser solo una niña había aceptado con increíble calma que en un futuro habría de contraer matrimonio por deber y no amor con un funcionario del estado pero que le fuera leal a su madre y a su hermano, así que esa posibilidad ya se contaba como un hecho concreto. Pero las palabras de la Sultana Sakura garantizándole que contaría con su apoyo y el de sus hijas…Kami, era como si el sol, la luna y las estrellas cayeran sobre ella, era lo más espectacular sobre la tierra.
-Gracias, Sultana- sonrió Seina, emocionada a más no poder.
Pese a la sonrisa que exteriormente manifestó, Sakura no sintió que nada de lo hecho por ella mereciera agradecimiento, sobre todo teniendo en cuenta que a pesar de su poder no era capaz de evitar los problemas que rondaba a su familia y la razón era que existía una barrera entre Sasuke y ella, una barrera que desde hacía y bastante tiempo había establecido luego de saberse incapaz de evitar que tomara decisiones que ella consideraba erróneas. Sabía que todos los Sultanes cometían actos de ese tipo tare o temprano, pero así como ella mantenía su conciencia y moral pese a todos los obstáculos en su había…había creído que Sasuke también lo haría y quizás ese había sido su error y la razón por la que se había desilusionado, porque Sasuke no había sido como ella esperaba. Pero, tristemente, recordar el pasado siempre evocaba pensamientos de ese tipo así que era mejor no hondar demasiado en ello. En lugar de ello, Sakura, al igual que Seina y Hanan, levanto la mirada hacia su nieto Hashirama que hubo terminado su practica con Naruto, ganándole como siempre, sin importar que fuera Naruto quien al fin se dejara ganar y solo si el Príncipe demostraba lo capaz que era para recordar cada instrucción anteriormente dada, manejando la espada como si fuera parte de él y no solo un arma, y vaya que lo hacía, nadie podía negar el talento que tenía. Espada en mano, el Príncipe se lanzó apresuradamente a los brazos de su madre que lo hubo abrazado con una radiante sonrisa, esa diminuta falta al protocolo como lo era una muestra de afecto ente madre e hijo podía y debía tolerarse, claro que eran miembros de una elite privilegiada aristocráticamente hablando, pero también hombres y mujeres que tenían permitido sentir como tal pese a tantas restricciones de por medio. Rompiendo el abrazo que lo unía a su madre, Hashirama hubo trasladado su afecto a su abuela que rió ante la efusividad expresada.
-Hashirama, cariño- arrullo Sakura rompiendo lentamente el abrazo, acariciando el cabello de su nieto, -ve con tu madre a tus clases, enorgulléceme aún más- índico sonriéndole cariñosamente.
-Siempre, abuela- prometió Hashirama reverenciándola respetuosamente antes de dirigir la mirada hacia la Sultana, -tía- repitió la acción recibiendo a cambio una luminosa sonrisa de su tía Hanan.
Levantándose de su lugar e imitando el actuar e su hijo, Seina se hubo retirado con sumo respeto en compañía de su Príncipe bajo la atenta mirada de la Sultan Sakura y la Sultana Hanan. Ciertamente no se podía saber lo que el futuro traería, quizás Itachi fuera Sultan o Hashirama en su lugar, pero Sakura solo comprendía una cosa, que ella o viviría lo suficiente para ver ese momento y lo agradecía, ya había visto suficiente al soportar la muerte de todos su hijos, no deseaba ver nada más, viviendo en la actualidad con el permanente recuerdo de todos sus seres amados a los que había perdido; su padre, su madre, su hermana Matsuri, Baru, Itachi, Kagami, Rai, Daisuke, Shisui…mil vidas en una sola, esa era su existencia y deseaba que terminara lo más pronto posible, vivir así no era vivir. Enfundando su espada bajo un actuar correcto y con el más absoluto respeto, Naruto Uzumaki se hubo situado frente a la Sultana Sakura que lazo la mirada con una ligera sonrisa al verlo nuevamente. Habían pasado años juntos y pese a no ser abiertamente correspondido en cuanto a sus sentimientos, Naruto era infinitamente dichoso por tener el lugar que poseía en el corazón de la Sultana Haseki. Luego de la ejecución del Príncipe Shisui habían sucedido muchas cosas, ente ellas el hecho de que Naruto dimitiera de su rango como Visir del Consejo Real ante el Sultan que había accedido, pero designándolo como el guardaespaldas de la Sultana Haseki para resguardar su seguridad y velar por ella, más nada de esto había hecho que Naruto pensara en contarle al Sultan la verdad sobre la enfermedad de la Sultana Sakura, mucho menos si ella no deseaba que se supiera. Y ahora según Naruto tenía entendido, la Sultana Takara había comenzado a intentar que su hijo tomara partido en las decisiones y asuntos de estado pese a su juventud siendo algo totalmente inapropiado. En vida y con casi trece años es que el Príncipe Daisuke había comenzado a asistir a las reuniones del consejo, únicamente manifestando su opinión a los quince, ya teniendo un criterio comparable al de un adulto, por su educación; pero, pedirle a un niño de casi siete años, como era el caso del Príncipe Itachi, que tomara partido en política…era algo poco menos que absurdo.
-Sultana- reverencio el Uzumaki, sucumbiendo inmediatamente ante su belleza, -Shikamaru me contó todo, la Sultana Takara ha cruzado los limites- asumió a modo de crítica.
-Así es, evidentemente quiere ser la Madre Sultana, pero no le daré la satisfacción de verme débil, jamás- tranquilizo Sakura, siendo el mayor obstáculo de Takara para llegar a la cima del poder, pero no el único. Pensó en decir algo pero la ligeramente e incómoda mirada del Uzumaki la hubo desconcertado, parecía no saber como continuar hablando por un motivo que Sakura no era capaz de entender. -¿Ocurre algo, Naruto?- curioseo ante su mirada.
Nunca había tenido problema alguno para dirigirse a la Sultana Haseki y jamás lo tendría, pero…no podía decir lo mismo estando la Sultana Hanan presente, por supuesto que todas las hijas de la Sultan Sakura sabían de sus sentimientos hacia la Haseki del Sultan, pero esta vez no era de sus propios sentimientos de lo que quería hablar sino de un asunto de carácter Imperial y que asociaba al Sultan negativamente, no se sentía capaz de hablar por temor a ofender o herir involuntariamente a la Sultana Hanan que tan unida era al Sultan Sasuke, no, si ella estaba presente no se perdonaría decir aquello que ahora sabía. El tiempo—pese a su evidente juventud—le había enseñado muchas cosas a Hanan, entre ellas que se podía sentir amor de muchas formas como era el caso entre su madre y Naruto Uzumaki, claro que si esta relación fuera del conocimiento público surgiría una polémica horrible, razón de sobra por la que guardar el secreto con su vida de ser preciso, pero el punto no era ese sino más bien que ella no estaba en desacuerdo con este sentir. Poco y nada podía decirse en pro de su padre tras todo lo hecho y eso Hanan lo sabía sobradamente, por supuesto que como su hija Hanan nunca estaría en su contra ni tampoco en contra de su madre, eligiendo mantenerse neutral en ese ámbito, pero evidentemente en ese momento algo importante habría de serle comunicado y, con el fin de no resultar un estorbo o inconveniente en la conversación, es que Hanan se hubo levantado de su lugar sobre el diván bajo la atenta mirada de su madre. Sabía cuándo era mejor que no resultara espectadora ni testigo, y no le molestaba saberlo, el bienestar de su madre, para ella, estaba por encima de cualquier otra cosa.
-Con tu permiso madre, daré un paseo- aviso Hanan, recibiendo su inmediato consentimiento.
Sujetándose la falda para no tropezar y despidiendo con un asentimiento de Naruto Uzumaki, la Sultana Hanan se hubo alejado, no mentía al decir que daría un paseo, de hecho y al igual que su madre no le resultaba nada agradable encontrare permanentemente sentada, pensaba mucho mejor en movimiento. Sabía muy bien que Itachi, su sobrino e hijo de Takara, comenzaba resultar una amenaza para el Sultan y que tarde o temprano intentaría deshacerse de él, contaba con la única y excelsa autoridad como para hacerlo sin pensar en las consecuencias, pero Hanan esperaba que no cometiera tal locura, claro que Takara era culpable del actuar de Itachi y de muchas cosas más…pero Itachi solo era un niño pequeño, ni siquiera había cumplido los siete años, ¿Merecía morir por los errores de su madre, de Takara? Ni siquiera Hanan consideraba aquello como una opción y no necesito regresar sobre sus pasos y preguntárselo a su madre para saberlo, naturalmente. Ya sin la presencia de la Sultana Hanan, Naruto fue mucho más proclive a hablar, el corazón de la Sultana Sakura era evidentemente frágil pero…ella era lo bastante fuerte en cuanto a carácter se refería para escuchar una noticia como la que él tenía que darle. El fratricidio estaba derogado como ley pero ya que el Sultan Sasuke era quien había exterminado esa ley era el único que podía continuar ejerciéndola, ese era el punto por el que evidentemente el Príncipe Itachi corría peligro más dudaba que la Sultana Takara reparara en tal posibilidad, siendo tan arrogante como para no ver bajo su nariz…era imposible que no temiera temporalmente por nada salvo por su propia vida. Su hijo Boruto le había dado a conocer lo que había sucedió durante la reunión del Consejo Real y eso era suficiente como para inferir que el Sultan Sasuke quizás fuera a cumplir su amenaza.
-Circulan rumores, Sultana- inicio el Uzumaki finalmente, -todos en el Palacio dicen que el Sultan Sasuke planea ejecutar en secreto al Príncipe Itachi- hubo admitido, remiendo la respuesta de la Sultana Haseki ante esta información.
-Se de los rumores, Naruto- tranquilizo Sakura serenamente, -pero no puedo afirmar ni negar nada, ese ya no es mi deber- desestimo, negándose a tomar partido en una decisión del Sultan, haría prometido no volver a hacerlo y lo cumpliría. -Estaría sola, de no ser por ti- sonrió, mucho más tranquila al saber que contaba lealmente con el apoyo de Naruto, a pesar de todo.
-Jamás la abandonare, Sultana, se lo juro- prometió Naruto, inquebrantable como siempre. -Aunque el mundo entero e incluso el Sultan se encuentren contra usted, yo jamás la dejaría sola- reitero sin apartar ni por un instante su mirada del angelical rostro de la Sultana Haseki.
Cuanto más tiempo había pasado y mientras era testigo de la muerte de cada uno de su hijos, Sakura había comenzado a temer por su vida pero no en ese sentido específicamente; su razón de existir en su primeros días felices en el Palacio y en el Harem había sido el amor, ese amor que Sasuke y ella compartían, por ello ahora que vivía solo por vivir y no por el amor es que su vida era y se sentía tan vacía, porque lo sentido en esos días tan lejanos apenas y podía considerarse un recuerdo. El amor nutria a una persona y la hacía feliz, pero vivir si amor era un infierno, era mil veces peor que la muerte y es por eso que se sentía sola, quizás esa fuera la razón por la que el Imperio Uchiha era tan cruel, porque en él no parecía haber lugar alguno para el amor. Habían pasado años juntos, habían soportado muchas muertes y muchas batallas, y en consecuencia con todo eso y el amor que le profesaba a la Sultana Haseki es que Naruto jamás había dudado en mantenerse junto a ella ni jamás lo haría si importar la orden que el Sultan Sasuke le había dado; la de hacer que envenenaran al Príncipe Itachi, no sabía si la Sultana Sakura lo perdonaría o no, pero no cumpliría con la orden del Sultan, no sabía como pero intentaría que lo detuvieran, que algo sucediera pero él no apuñalaría por la espalda esa mujer de corazón noble y aspecto angelical que había vivido lo peor que podía imaginarse. No traicionaría a la mujer que más amaba en el mundo, no como había hecho el Sultan Sasuke, Naruto no pesaba ser como él.
-Lo sé, Naruto, lo sé- asintió Sakura.
Aun en un Palacio como aquel, el amor podía encontrarse de muchas formas, una contable cantidad de las persona en el mundo contaban con gran amor en la vida, y ella al menos podía jactare de contar con dos y Naruto era más que digno de tener un lugar en su corazón, un lugar que le había sido dado en tanto Sasuke la había decepcionado.
La noche se había cernido con premura sobre la capital y sobre el Palacio Imperial, dando paso así a la oportunidad perfecta para fraguar un plan o en el caso de Naruto…cumplir con una orden, seguía sosteniendo su ideal, haría algo, algo tendría que suceder pero no sería él quien envenenaría al Príncipe Itachi, en lugar de ello evitaría su muerte, lo juraba, juraba no tomar la vida de un niño pequeño ni mucho menos herir de ninguna forma a la Sultan Sakura. Las penumbras nocturnas lo cubrían todo, el día que había iniciado completamente despejado se había poblado de nubarrones durante la noche imposibilitando ver la luna o las estrellas en el cielo, como si el propio astro lunar no deseara ser testigo de una muerte más que teñiría el trono de sangre, otra vez. No era tan tarde como parecía ante las penumbras nocturnas, así que no era un misterio o sorpresa que Karui se encontrara presente en la cocina, atareada como siempre, pero no por el mismo motivo que en ocasiones anteriores sino más bien cumpliendo con lo que el Sultan había ordenado que se hiciera. La leche estaba lista, solo debía servirla, pero Karui no quería hacerlo, no quería tener sobre sus hombros la culpa por tener un grado de responsabilidad ante la muerte de un niño pequeño como lo era el Príncipe Itachi y esperaba que Naruto lo entendiera. Muchas cosas habían cambiado inmediatamente luego de la muerte del Príncipe Shisui, entre ellas la renuencia de la Sultana Sakura a inmiscuirse en asuntos de estado, pero en esta oportunidad Karui hubiera deseado que ella hiciera algo, porque tomar la vida de un niño inocente no era justo bajo ninguna circunstancia, fuera como fuera, peo tristemente ordenes eran ordenes, solo en las manos de Naruto recaía el cumplimiento de la orden del Sultan Sasuke, en nadie más.
-Naruto, por favor no lo haga...su alteza es solo un niño- rogó Karui, aterrada. -Estamos cometiendo un pecado horrible, la Sultana Sakura estará contra esto- imploro, convencida de esto.
-Es una orden de su Majestad, no podemos oponernos- recordó Naruto, igualmente en desacuerdo con esa orden pero imposibilitado a renunciar. -Apresúrate- indico escuetamente.
Todos eran servidores del Imperio, nada más sin importar por donde se mirara o la clase social a la que pertenecieran, todos tenían un rol que cumplir y el necesario en ese momento era obedecer la orden del Sultan, al menos en ese momento en que Naruto hubo orado mentalmente porque algo sucediera para evitar el cumplimiento de aquella orden sin importar que el precio para evitar esa muerte no fuera otra cosa que propia su vida y sabía que la Sultana Sakura lo entendería. Era imposible actuar impávidamente y como si nada importara, no en ese momento, y Naruto no pensaba hacerlo, pero al menos en puras apariencias debería fingir, pero por Kami que no estaba haciendo eso por su voluntad y mucho menos por lealtad. EL Uzumaki observo silenciosamente a Karui servir la leche en la copa de cristal que prontamente hubo dejado sobre la bandeja a la par que Naruto depositaba un pequeño frasco con un líquido trasparente, veneno. No sería ella quien ordenara eso, no sería ella quien pensara en cometer ese crimen pero aun pensando esto es que Karui no pudo evitar que le temblaran las manos mientras sostenía y abría el pequeño frasco, vaciando la suficiente cantidad e su contenido dentro de la leche, porque suponía que el Sultan Sasuke no querría una muerte lenta sino rápida teniendo en cuenta que se trataba de un miembro de la dinastía. Al igual que Naruto, solo que sin saberlo, Karui oro porque algo sucedería, porque alguien apareciera mientras le devolvía el frasco a Naruto que lo guardo en uno de los bolsillos de su ropa, y afortunadamente así fue porque quien hubo hecho acto de presencia en ese momento no fue sino lady Yugito, la leal doncella de la Sultana Izumi.
-¿Por qué todavía no terminas?- apremio el Uzumaki, sin dejarse turbar por la respuesta ante sus oraciones.
Asintiendo apresuradamente e igualmente agradecida que el Uzumaki por la aparición de lady Yugito, Karui revolvió la leche, mezclando esta con el veneno, algo sucedería ahora evidentemente, la llegada y actual presencia de lady Yugito era motivo suficiente, pero aun cuando esto no pudiera darse totalmente por sentado, tanto ella como Naruto hubieron tenido fe en que todo sería para mejor, Kami mediante. En silencio y percibiendo un ambiente inusualmente tenso ne esa cocina, Yugito hubo cumplido con su diario patrullaje nocturno, acompañada por una de las doncellas del Harem, tras la muerte del Príncipe Shisui es que Yugito no solo se encontraba al servicio de la Sultana Izumi sino también al de la Sultana Sakura, patrullando el Palacio por las noches a fin de que no se hiciera nada indebido o sin el consentimiento de la Sultana Haseki y, en ese momento, ingresando en la cocina…algo definitivamente no estaba bien. Naruto era el responsable de la seguridad de la Sultana Haseki, obviamente que ella lo sabía, pero esa o era razón para que él estuviera en la cocina a esa hora del día. Observo con muy disimulada atención mientras Karui terminaba de preparar una bandeja con una copa de leche, no tenía miel, se daba cuenta de inmediato, así que desde luego que no era para la Sultana Sakura. Algo definitivamente no iba bien y corroboraría de qué se trataba específicamente.
-Naruto, ¿Qué hace aquí otra vez?- inquirió Yugito con evidente curiosidad
-Llevo un poco de leche para su alteza, Yugito, eso lo ayuda a dormir- contesto el Uzumaki, señalando la bandeja y predisponiéndose a seguir con su camino.
-Naruto, necesito hablar algo importante contigo- detuvo Yugito, impidiéndole marcharse como Naruto tanto había deseado que hiciera, -¿puedes llevarla?- pidió a la doncella que la acompañaba
-Si, lady Yugito- acato la joven.
Sin discusión alguna, la doncella se hubo retirado enseguida la bandeja en las manos, haciendo sentir algo aliviado a Naruto por no ser él quien cumpliría con la sentencia de muerte, pero de igual modo debía de evitarla, pero no deseaba ser tan inicialmente obvio en su propósito. Sujetando del brazo al Uzumaki, Yugito lo alejo de la cocina en dirección al pasillo para o ser oídos por Karui o alguien que estuviera cerca, sorprendiéndose interinamente por no contar con ningún tipo de protesta, como si él necesitara que ella hubiera interferido en algo y aquello solo parecía corroborar los temores que estaba teniendo, pero era un error sacar conclusiones apresuradas, motivo por el que Yugito se mantuvo en silencio, esperando a que Naruto hablase primero, el no cumpliría con la labor de servir al Príncipe Heredero, no estaba relegado a esas funciones, pero entonces…¿Por qué lo hacía? No tenía sentido. Sin importar que esa hubiera sido la ayuda por la que tanto haba estado orando, Naruto temió inicialmente dar la respuesta para salvar al Príncipe Itachi, ¿Y si Yugito lo culpaba a él o si no conseguía llegar a tiempo para ayudarlo y evitar su muerte? Mil y un posibilidades se le pasaron por la mente, aterrándolo, pero pensando en lo que era correcto, el Uzumaki se hubo tranquilizado a si mismo, observando a Yugito que parecía aguardar pacientemente a que el hablara, tiempo con el que por supuesto que no contaban, cada segundo era apremiantemente necesario.
-¿Qué pasa, Yugito?- pregunto Naruto finalmente, suponiendo que ella no le diría nada solo porque sí.
-Dímelo tú, Naruto, ¿Qué está pasando?- interrogo Yugito, exigiendo una respuesta
No, a ella no podía mentirle, debía decirle la verdad, no podía más con eso…
Era aburrido tener que lidiar con los estudios del protocolo, pero le sorprendía que su abuelo se hubiera ofrecido para asesorarlo esta vez, quizás hubiera sido un poco engreído al presentarse sin más en la sal del consejo y ahora lo suponía tras meditar personalmente en ello, recordando las lecciones de su abuela con respecto al protocolo. La lección o sesión de lectura en si estaba teniendo lugar en los aposentos del Sultan siendo llevada a cabo por el Hasoda Basi, Suigetsu Hosuki que se encontraba de pie junto a Itachi que se encontraba sentado frente al escritorio, leyendo el libro que contenía cada una de las normas del protocolo. Itachi nunca había sido capaz de entender porque tenía que limitarse si algún día iba a ser Sultan, pero al pensarlo recordaba cuando—hace años atrás—le había preguntado a su abuela "si voy a ser Sultan, ¿Por qué tengo que estudiar?", una pregunta inocente y que había tenido como respuesta "Ya que serás Sultan, necesitas saber más que los demás". Resignado ante este recuerdo, Itachi cambio la página, continuando con su lectura, la verdad es que ni soñando osaría ir en contra de las ordenes de su abuelo o su deber dentro del Sultanato, pero solo cumplía con las indicaciones que su madre le daba y creía que ella al ser su madre no podía equivocarse, pero quizás si lo hiciera. Pero nadie le quitaría su lugar en el corazón de su abuela la Sultana Sakura. El Príncipe no se distrajo ni aun cuando hubieron tocado a las puertas de los aposentos.
-Adelante- indico el Hosuki, permitiendo que las puertas se abrieran.
-Traje un poco de leche para el Príncipe- tendió la doncella.
-Déjala ahí- indico Suigetsu sin apartar su vista del Príncipe hasta que la doncella hubo cumplido con su deber. -Puedes retirarte- ordeno únicamente.
Era tarde y tenía sueño, Itachi lo reconocía, habiéndose contenido de bostezar en varias oportunidades lo largo de esa hora, pero la lección de ese día a modo de correctivo por su comportamiento en la sala del Consejo Real no terminaría hasta que él hubiera finalizado su lectura de ese capítulo del libro, una vez hecho esto podría beber la leche que habían traído para así retirarse a sus aposentos a dormir. De pie junto al escritorio, Suigetsu finalmente hubo apartado su mirada del Príncipe Heredero en tanto las puertas se hubieron cerrado sonoramente tras la partida de la doncella que había traído la copa de leche que reposaba sobre el escritorio, al levantar la vista el Uzumaki hubo recibido un inmediato asentimiento de parte del Sultan que se encontraba en la terraza. Itachi era inocente y Takara la única culpable, pero aun cuando Sasuke pensara en deshacerse de Takara desde hace años…sabía que eso no resultaría, ella tenía la cantidad de aliados propicios conque iniciar una rebelión de proponérsele y con tal de cortar por lo sano es que a Sasuke no le interesaba tener que permitir la muerte de su propio nieto y heredero de ser necesario, nadie era demasiado inocente si podía llegar a ser manipulado, poniendo en riesgo al Sultanato. Inmediatamente tras la muerte de su padre, el Sultan Izuna, Sasuke había tenido que lidiar con el deber de gobernar el Imperio a punto de ser manipulado por Mito o derrocado por Mei y Rin, esas lecciones le habían hecho ver que no podía permitir que su autoridad fuese doblegada, Sakura y lo había dicho, no interferiría y ante esto es que Sasuke no dudaba en hacer lo que fuera necesario e incluso más con tal de preservar el Sultanato y las leyes que lo regían.
Era un mal necesario.
Como Sultana y madre del Príncipe Heredero, contaba con influencia y ese día había iniciado con todos los trámites y requerimientos para completar la construcción de un templo que había pretendido iniciarse cuando la Sultana Mito había vivido y cuya construcción se había paralizado por la influencia de la Sultana Sakura y ya que actualmente no contaba con ella como enemiga en ese plano, tenía la oportunidad perfecta conque ser patrocinadora de la arquitectura, algo en lo que pocas Sultanas habían decidido intervenir pero ella quería hacerlo, aún más cuando uno de os focos fundamentales del Imperio era la fe hacia Kami. No le interesaba la caridad y, contando con el dinero suficiente, podía priorizar perfectamente su propia área en concreto mientras que la Sultana Sakura se desvivía por los más pobres. Una de sus doncellas le hubo quitado la sortija—de cuna de plata en forma de ovalo con diamante en el centro—que siempre usaba, procediendo a guardarla, el día había sido largo y extenuante, solo quería retirarse a dormir, según sabia por Hiroshi, su Itachi se encontraba en los aposentos del Sultan, estudiando, así que confiaba completamente en que se retiraría a dormir a una hora correspondiente. Dos de sus doncellas salieron de la habitación continua que conformaba su armario, cada una cargando un almohadón con un camisón de distintivo color sobre estos; el primero era blanco, de profundo este en V, ajustado al cuerpo por un fajín que iniciaba bajo el busto y terminaba a la altura de las caderas con mangas holgadas y semi transparentes. El segundo era de escote corazón, holgado bajo el busto, falda de gasa y mangas transparentes que llegaban a cubrir las manos, ribeteado en encaje en el borde de las mangas, en el escote, la caída de la falda y formando un fajín falso la altura de la cintura. Takara indico el rema que por lo cálido del ambiente nocturno resultaba notoriamente más favorecedor, recibiendo de la misma doncella que le había quitado la sortija, una taza de té de jazmín, su favorito y que la ayudaría a conciliar prontamente el sueño. Pero Takara escasamente y pudo darle un sorbo antes de ser interrumpida por las puerta de su habitación que hubieron sido apresuradamente abiertas ante el sorpresivo ingreso de lady Yugito.
-¡Sultana!- ingreso Yugito, reverenciándola apresuradamente.
-¿Qué sucede, Yugito?- inquirió Takara, confundida por el exabrupto así como por su presencia.
-Sultana, dese prisa, el Sultan Sasuke envenenara al Príncipe- rebeló Yugito, apremiando su intervención.
Las palabras de lady Yugito hubieron resultado inexplicables, cual peso de un yunque o el sentir de un balde de agua helada que Takara hubo sentido deslizarse sobre sus hombros y tras su espalda, aterrada ante semejante idea, ¿Cómo era posible tal eventualidad? Ella era la conspiradora, la cruel orquestadora, la vil bruja ambiciosa, la arpía asesina y todo cuanto soñasen decir, pero Itachi….Itachi era el Príncipe Heredero y si solo se deshacían de ella no erradicarían a sus aliados personas que continuasen su legado en nombre de Itachi. Por Kami, todo eso tenía sentido. En el caso de la Sultan Sakura, su idea de deshacerse del Príncipe Shisui había sido sacarla de en medio a ella no temiendo tanto lo que Shisui pudiera hacer de poder llegar al trono, sino lo que ella pudiera hacer al tener más poder en sus manos, y por lo visto esta vez su propia estrategia se estaba volcando contra ella y el Sultan Sasuke era más que capaz de llevar a cabo tal sentencia, ya lo había hecho con su propio hijo después de todo. Presa del pánico, Takara soltó la taza de té que se hubo estrellado sonoramente sobre el suelo en un parpadeo, haciéndola reaccionar inmediatamente. El sonido de la taza haciéndose añicos le hubo parecido el de su propio corazón y cuya amor por el gobernante el Imperio pareció desaparecer por completo, en esos momentos solo su hijo hubo cobrado importancia, haciéndola levantarse apresuradamente del diván sobre el que se había encontrado, sujetándose la falda para no tropezar y corriendo apresuradamente hacia las puertas que hubo abierto por su cuenta, siendo velozmente seguida por lady Yugito.
Deba darse prisa, tenía que salvar a su hijo.
Suspirando profundamente , exhausto, Itachi cerro finalmente el libro luego de haber memorizado incansablemente ese nuevo capítulo del protocolo y vaya que su abuelo podía ser estricto al imponer un castigo, pero un castigo ilustrativo porque al menos de momento, el Príncipe hubo sido capaz de relacionar todo lo leído, pensando como plasmarlo en la realidad y en su comportamiento, sabiendo que estaba bien y que estaba mal la próxima vez que se esperara algo de él, bueno, eso y que ahora se daba parcialmente cuenta de que ser un Sultan no era algo fácil…tener todo ese poder, pero teniendo que limitarse bajo su libro completo de protocolo que regía su vida, eso sí que era complicado, quizás su abuelo si tuviera razones para ser tan estoico como siempre demostraba ser, después de todo él era al imagen de la experiencia y en cierto modo Itachi deseaba poder ser como él, un Sultan que hiciera todo lo necesario por el bien del Imperio. Apenas e Itachi hubo alzado la vista, vio al Hasoda Basi, Suigetsu, tenderle la copa de leche que hubo recibido sin la menor duda, la verdad es que si se sentía cansado, leer tanto resultaba extenuante y luego de beber la leche que habían preparado para él se dirigiría inmediatamente a sus aposentos para descansar. Hasta ese momento en particular de su vida, Takara no había sido capaz de comprender los sentimientos de la Sultana Sakura con respecto a la vida, pero ahora y temiendo por la vida de su hijo, corriendo a toda prisa hacia los aposentos del Sultan, sujetándose la falda del vestido e ignorando que apariencia estaba dando, Takara fue seguida en todo momento por lady Yugito que apenas y fue capaz de alcanzarla. La distancia entre sus aposentos y los del Sultan era muy larga, demasiada a decir verdad, pero nada de eso le hubo importado a Takara tras haber cruzado el Harem. Sentía el cansancio pesarle y debilitarla, pero ni aun así dejo de correr, su hijo, su príncipe era absolutamente todo para ella, no, por Kami que no iba a permitir que muriera. La esperanza de llegar a tiempo se hubo afianzado en su pecho apenas y diviso las puertas que eran resguardadas por los jenízaros a los que ignoro por completo, abriendo las puertas e ingresando de golpe solo para contemplar aterrada como su hijo se llevaba la copa a los labios.
-¡Itachi, deja eso!- chillo Takara, quitándole la copa y dejándola sobre la mesa, arrodillándose junto a su hijo, acunando su rostro entre sus manos, -¿La bebiste?, dime, ¿La bebiste?- pregunto insistentemente, necesitando de una respuesta.
-No, madre- respondió Itachi, confundido.
-Gracias a Kami- sollozo Takara abrazando a su hijo, recobrando la calma, al menos por ese momento. -¿Dónde está?- demando saber si obtener una respuesta de Suigetsu, -¡¿Sultan Sasuke, dónde está?!- gritó, fúrica.
-Sultana, cálmese- sosegó el Hosuki.
Desde su lugar en la terraza, Sasuke bufo frustrado ante la aparición de Takara, seguida por lady Yugito. Por lo visto y de alguna forma habían conseguido enterarse de lo que él había ordenado, pero ¿Cómo? Una rata traidora, eso hubo sido lo único que Sasuke fue capaz de deducir, un traidor entre aquellos que decían serle leales y cumplir sus órdenes a costa de su propia vida, pero…¿Quién? Aguardo en silencio, serenándose a sí mismo antes de decidirse a ingresar en la habitación que de momento era completo caos. Yugito podría haber pensado en quedarse callada porque así se desharían de la Sultana Takara, pero en ese momento no estaban tratando con una rival, sino con una madre que había estado a punto de perder a su hijo y ni siquiera la Sultana Sakura había sido capaz de permitir tal cosa luego de que se lo hubieran hecho vivir a ella en carne propia, ni aun con la Sultana Mito, ni tampoco con la Sultana Mei o la Sultana Naoko, cruzar semejante limite era algo simplemente aberrante, así que—al menos en esta oportunidad—no hubo dudado en ponerse de su lado, pero solo porque se trataba de la protección del Príncipe Heredero del Imperio, por nada más. No quería calmarse aun cuando Suigetsu se lo dijera a modo de reprimenda u orden, podía ser mujer y ser joven pero por Kami que no era tonta, se trataba de su hijo, ¡su hijo!, ¿Cómo es que siquiera resultaría extraño que estuviera poco menos que al borde de la locura por él? Esta anoche, este acontecer tan abrupto y cruel se le había clavado en el pecho como una daga y ahora cualquier sentimiento que hubiera tenido por el Sultan era ceniza, polvo, pasado; quien osara lastimar a su hijo se enfrentaría a la muerte y al infierno de ser preciso, estaba sola ne el mundo de no ser por Itachi y Seramu, y quien los lastimara pagaría las consecuencias sin importar que ese alguien no fuera sino el propio Sultan. Su paciencia, su diligencia, lealtad y tolerancia llegaba hasta allí.
-Todos pagaran por esto- amenazo Takara, dispuesta a cumplir con esa amenaza sin dudarlo ni por un segundo.
-¿Por qué voy a pagar?- cuestiono Sasuke, ingresando en la habitación.
Desde que tenía memoria había sido consciente de que la ley fundamental para un Sultan era que no existía discusión, el propósito de dar una oren en su caso era que fuera inmediatamente cumplida, por algo gozaba del poder que tenía en cuestión, pero de momento y encontrándose frente a Takara, Sasuke hubo elegido reservarse su opinión o medidas con quien sea que lo hubiera traicionado, ya se encargaría de eso después, por ahora el asunto a tratar era esa niña insensata. Cuando había llegado al torno había soñado con un futuro diferente, había deseado una vida distinta, pero en ocasiones la vida no pedía explicaciones, solo sentenciaba a seguir un camino y eso había sucedido con él, había derogado el fratricidio pero aun así había tenido que ejercer necesariamente la muerte y la crueldad tanto para con sus enemigos como con su familia; contra su hermano Yosuke, contra su hermana Rin, contra Mei, contra Mito, contra Neji e incluso contra sus propios hijos, contra Rai y contra Shisui. Si se hubiera detenido a analizar los hechos y actuar con "conciencia" o "justicia", lo hubieran asesinado hace mucho tiempo, no podía ser débil, de serlo…desaparecería. Se sentía perdida, herida y desilusionada, sentía que el amor por el que había estado empeñada a luchar desde su llegada al Palacio jamás había tenido un propósito real, no por un hombre tan cruel que sin titubeo alguno había ordenado que tomaran al vida de un niño que apenas y estaba comenzando a vivir, Takara hubiera sentido mil veces menos dolor si la hubieran herido a ella, si fuera ella a quien hubieran matado…pero lastimar a su hijo era algo que no podía permitir, por primera vez en años sentía que estaba en el lugar de la Sultana Sakura, solo que ella si había conseguido llegar a tiempo para evitar la muerte de su hijo. Una parte de ella sintio un deje de remordimiento por la muerte del Príncipe Shisui, por ocasionarle el mismo dolor a la mujer que la había educado con amor sincero…pero arrepentirse ya no era una posibilidad, no existía un pasado, solo el presente y en ese presente se encontraba cara a cara con el Sultan, exigiendo una explicación.
-¿Así de oscuro se ha vuelto su corazón?, ¿Tan oscuro como para envenenar a su propio nieto?- pregunto Takara, dolida al enfrentarse a esa situación.
-¿Envenenarme?- repito Itachi, asustado.
-Silencio, Takara, asustas a mi nieto- acallo Sasuke, furioso por la acusación de esa niñata sin importar que fuera verdad. -¿Qué clase de burla es esta?- demando solo recibiendo una mirada de desprecio y resignación de Takara que se hubo reservado sus insultos para sí misma.
-Insolente- acuso Suigetsu, observando despreciativamente a la Sultana Takara, -¿Cómo se atreve a calumniar al Sultan de esta manera?- cuestiono ante tamaña ofensiva
-¿Mentira?- repitió Takara, guardándose para si su indignación, tomando la copa de la esa y tendiéndosela al Sultan. -Entonces, beba esto Majestad y demuestre que me equivoco- determino como prueba decisiva.
No era solo una burla, conociendo de antemano al hombre frente a ella como para considerarlo capaz de envenenar a alguien, sino también lo hacía como una prueba, ¿Era posible que el Sultan fuera inocente ante esa acusación, que no hubiera ordenado eso? Un recóndito lugar de su corazón quiso que fuera así, pero Takara eligió esperar a una respuesta concreta antes de aceptar o negar las posibilidades que entones se hubieron encontrado a su alcance, como siempre dar algo por sentado era un error garrafal e imperdonable, sobre todo si era miembro del Imperio como era su caso. Tanto Yugito como Suigetsu se hubieron mantenido en silencio, ambos por razones evidente y totalmente diferentes; Yugito suponiendo que el Sultan no bebería el veneno bajo ninguna circunstancia, y Suigetsu incapaz de saber qué es lo que haría el Sultan que como gobernante del Imperio no tenía por qué rendirle cuentas a nadie. Observando distraídamente la copa, sosteniéndola en su ano Sasuke permaneció imperturbable, ¿iba a beber el veneno? Por supuesto que no, a decir verdad no temía porque temer a nada, era él quien gobernaba ese Imperio y nadie salvo él podía valorizar decisiones de ese tipo, si le ordenaba una muerte se cumplía y ya, no importaba nada más, sobre él no pesaba ningún tipo de consecuencia o culpa, había crecido y reinado bajo aquella ideóloga así que desde luego que las dudas, para él, no existían. Sin necesidad alguna de fingir o de presentar protesta alguna, Sasuke extendió al copa al aire, volteándola y dejando que su contenido mezclado con el veneno se derramara sobre la alfombra y, una vez vacía, el Uchiha la dejo caer al suelo bajo un eco sonoro, sin apartar en ningún momento la mirada de Takara que negó únicamente, pero a él no pudo importarle menos, porque no se arrepentía.
-La Sultana Sakura hizo bien al oponerse a usted desde la muerte del Príncipe Shisui, su crueldad no tiene límites- hubo comprobado Takara comprendiendo finalmente los sentimientos de la Sultana Haseki. -Si ordeno la muerte de su hijo, ¿Por qué no haría lo mismo con su nieto?- se preguntó a sí misma en voz alta, reconociendo lo errado de su lealtad hacía él, hasta ese día. Le indico a su hijo Itachi que se situara a su lado, indicación que no dudo en acatar, sosteniéndose de la mano de su madre. -Desde ahora mi hijo permanecerá conmigo, usted no volverá a verlo, si intenta algo así otra vez, desataré una tormenta tal que lo aplastara por completo y que cobrara su vida- amenazo abiertamente sin arrepentimiento alguno por sus palabras.
Observando al Sultan, Takara hubo ratificado su creencia, al hombre ante ella no le quedaba ni conciencia ni misericordia, de hecho dudaba que fuera capaz de sentir amor, eso era un monstruo, alguien a quien o le importara el precio de sus acciones, alguien sin corazón, eso es lo que era el Sultan Sasuke, era algo triste pero era la realidad. Sasuke aun tras estas palabras, solo hubo permanecido en calma, viendo partir tanto a Takara como a lady Yugito. No comprendía el sentido de esas palabras, después de todo Takara llevaba años siendo parte del Imperio, desde su llega al Palacio había prendido del tipo de mundo al que pertenecían, las decisiones que debían tomarse y porque…pero aun tras todas esas experiencias, esa niña insensata no había aprendido nada, no como Sakura si lo había hecho y pudiendo actuar en consecuencia; era necesario llevar a cabo decisiones así, pero por supuesto que Sasuke no pensaba gastar saliva rindiéndole explicaciones, en lugar de eso permitió dejarla ir…por ahora. No le temía a esa niña, porque ninguna tormenta podría apagar o hace temblar siquiera a llamarada que él había encendido con su vida, nadie jamás podría derrotarlo, existía una única persona con un fuego incluso superior al suyo, alguien capaz de derrotarlo, pero esa persona estaba en introspección y dolor propio, negándose a actuar como él lo había hecho; Sakura. La imagen soberbia y confiada del Sultan se hubo transformado en un evidente gesto de furia apenas y las puertas se hubieron cerrado tras la partida de Takara, Itachi y lady Yugito, haciendo que Sasuke volteara a ver a Suigetsu que hubo bajado la mirada únicamente, el plan había sido perfecto, a prueba de fallas, ¿Quién?,¿Quién había osado apuñarlo por la espalda? Era vital para él saberlo porque la siguiente vez que pensar intentarlo no podía haber error alguno, el error cometido no solo era una traición a él sino a su voluntad que simbolizaba al Imperio entero y semejante acto merecía la muerte, pero no ejercería tal sentencia hasta saber quién lo había traicionado.
¿Quién lo había desafiado?
-Hiroshi, haz que dos escoltas jenízaros más resguarden las puertas, ni un pájaro volara sin que yo lo sepa- ordeno Takara, ingresando en su habitación, sosteniendo la mano de su hijo.
No se hubo tranquilizado, Takara no se hubo sentido mejor hasta que hubo sentado a su hijo sobre la cama, abrazándolo contra su pecho y besándole la frente, sonriéndole antes de decidirse a separarse de él. Al carecer del amor del Príncipe Shisui como su primera mujer, su Haseki, viendo primero reemplazada por Seina y luego Masumi, Takara había temido vivir en soledad hasta que su niño había entrado a su vida, cuando ése pequeño Príncipe había nacido y lo habla tenido en sus brazos…ese día había sentido que cualquier temor o lagrima derramada con anterioridad había valido la pena, porque solo lo amaba a él, era Sultana por él, estaba en donde estaba en la vida por él y viviría por él, protegería a Itachi más que a nada en el mundo, porque su mundo era él. Quizás la amenaza hecha al Sultan fuera osada teniendo en cuenta que si podían matarla a ella, pero Takara no se arrepentía, ¿Por qué hacerlo? Ella estaba luchando por la supervivencia de su hijo mientras que el Sultan Sasuke solo por el poder, ella tenía todo a su favor para ganar esa guerra y ganaría, ganaría y su hijo sería el Sultan. Cuando la Sultana Takara, de camino hacia la habitación, le había dicho lo sucedido, Hiroshi había creído que se trataba de una locura, pero al meditarlo era fácil deducir aquello como algo más que posible y atemorizante de cara al futuro, si el Sultan había hecho eso ¿De qué no sería capaz? Daba miedo solo pensarlo.
-No se preocupe Sultana, haremos lo que sea por la seguridad de su alteza, pediremos apoyo a las Sultanas de ser preciso- se atrevió a suponer Hiroshi sin recibir negativa alguna ante esta suposición, -ellas y la Sultana Sakura no se negaran a colaborar- hubo admitido.
-Al menos puedo contar con ellas en este momento, algo es algo- agradeció Takara que temporalmente solo tenía como enemigo al Sultan. -Por posibles eventualidades es que no me apartare de mi hijo por nada del mundo- desvió la mirada hacia su hijo Itachi que sonrió al escucharla decir eso.
-Buena decisión, Sultana, además- alabo Hiroshi, -ahora que el Sultan Sasuke ha quedado expuesto, indudablemente no se atreverá a hacer algo como esto una segunda vez- predijo sencillamente.
-Al contrario, Hiroshi, volverá a intentarlo- corrigió Takara para confusión de Hiroshi, -es por eso que necesito que la Sultana Sakura me brinde su ayuda, no puedo perder a mi hijo, he luchado demasiado como para permitir que dañen a Itachi ahora- obvio, dispuesta a lo que fuera.
Ya no tenía miedo, solo tenía a su hijo en el mundo y por Itachi estaba dispuesta a enfrentarlo todo…todo.
-El Sultan Sasuke no negó su culpabilidad-concluyo Ino, ya habiéndole relatado a la Sultana Haseki lo que había sucedido, -jamás imagine que algo así fuese a suceder- suspiro únicamente, bajando la mirada.
Lo que había sucedido sorprendía a Ino enormemente, había pasado esos dos años sirviéndole lealmente a su mejor amiga, reservando su opinión para sí, pero en ese momento ya no pudo hacerlo, hubiera deseado que la Sultana Sakura hiciera algo para revertir estos problemas y conflictos, pero ni siquiera Ino sabía si era posible, y aun cuando podía haberse retirado a dormir a esa ahora, eligió no hacerlo. La Yamanaka portaba un elegante pero sencillo vestido de seda burdeo, de escote cuadrado cerrado por dos botones de oro en el escote on un escote falso de gasa rubí en V, de falda ribeteada ne gasa para mayor movilidad y mangas ceñidas hasta las muñecas donde se encontraban interinamente cerradas por dos botones de oro; por sobre el vestido se encontraba una chaqueta borgoña, sin mangas hecha de tafetán, de profundo escote en V cerrado bajo el busto y abierta bajo el vientre creando una falda superior, ajustada a su cuerpo por cinturón dorado decorado con diamantes y que combinaba con el margen de seda dorada que decoraba el borde del escote de la chaqueta, el centro de pecho y se dividía en la tela y el dobladillo de la falda. Su largo cabello rubio caía sobre su hombro derecho, recogido en una coleta a la par del mechón que cubría ligeramente el lado de su rostro, adornado por una diadema de oro en forma de flores de jazmín y que sostenía un largo velo purpura que caía tras su espalda, a juego con los pendientes de cuna de oro en forma e lagrima con un granate en su centro a imagen del dije de la cadena de oro alrededor de su cuello. Aun cuando la Sultana Sakura no fuera a intervenir, Ino había sentido la necesidad de informarla, aun cuando ya no participara en política, la Sultana Haseki continuaba siendo la mujer más poderosa del Palacio y del Imperio.
Que Sasuke actuara así no la sorprendía ni decepcionaba en lo absoluto, ¿Por qué? Había ordenado la muerte de dos de sus hijos; Rai y Shisui…¿Por qué dudaría en hacer algo así a esas alturas? Estaba pro demás decir que había sentido temor por su nieto en cuanto Ino había comenzado a contarle lo sucedido, pero gracias a Kami—y no podía creer que lo pesara—Takara había conseguido llegar a tiempo. Sentada sobre el diván junto a la ventana, la Sultana Haseki se encontraba ataviada en un sencillo camisón de gasa rubí, de recatado escote en V, falda semitransparente y mangas holgadas y traslucidas que llegarían a cubrir las manos si ella lo permitiera, por sobre el camisón y ante el tibio aire nocturno es que usaba una chaqueta de tafetán rubí oscuro con reflejos más claros de escote cuadrado levemente más bajo con el centro de la tela del pecho en un tono granate purpúreo que tenía estampadas flores de cerezo, cerrando la tela hasta la altura del vientre donde se abría a modo de falda superior y de mangas cortas y ajustadas hasta los codos. Sus largos rizos rosados caían perfectamente sobre sus hombros y tras su espalda, sin joya o adorno alguno que necesita ensalzar su belleza y que continuaba sorprendiendo a todo el Imperio. Quizás fuera tarde, pero como siempre no conseguía dormir, así que desciendo su mirada al libro que sostenía en las manos, Sakura termino de leer esa página, sorprendiendo a Ino por la calma con que se tomaba las cosas, pero ya que no tenía nada que perder, no tenía por qué temer un nuevo golpe, ya lo había perdido todo.
-En días como estos debemos comenzar a pensar lo inimaginable, Ino- recordó Sakura, cambando la página del libro, levantando la mirada hacia su mejor amiga, -espero que tú no pesaras siquiera en colaborar- afirmo ligeramente, creyendo en la lealtad de su mejor amigo.
-Jamás, Sultana, mi lealtad esta con usted antes que con nadie más- ratifico la Yamanaka sin la menor duda.
-Gracias- sonrió Sakura, agradecida por esa lealtad.
Habían sido muy jóvenes cuando se había hecho amigas, cuando ella había comenzado a ser Sultana e Ino que había sido una doncella y sirvienta voluntariamente, ambas dos jóvenes de entonces dieciséis años contra el mundo cruel de la corte, el Harem y el mundo, pero aun tras tantas adversidades y conociendo el infierno en la tierra, habían permanecido juntas, esa amistad era la más importante en su vida, justo como Tenten y Kin, Ino no era solo su sirvienta y amiga más leal, era su hermana y ese vínculo entre ambas valía más que cualquier fortuna que pudiera llegar a ambicionarse tener y agradecía que no se hubieran separado tras tantos acontecimientos, Ino podría haber pedido su consentimiento para casarse y tener su propia vida pero cuando, en años anteriores, Sakura le había planteado esa posibilidad, Ino le hacía dicho que ambas habían comenzado su vida juntas en ese Palacio y la muerte seria lo único que las separaría, hasta entonces continuarían bajo el mismo techo, no siendo una Sultana y su súbdita sino más bien dos amigas y hermanas que a pesar de todo podían decir que continuaban siendo las mismas. Aunque era una lástima que no pudiera suceder lo mismo con otras personas, cosa que al profundizar mentalmente la hizo cerrar el libro, suspirando tristemente.
Recordaba a esa antigua Sakura, la Sakura que había permitido que se hiciera un hechizo con su destino para salvar al hombre que amaba y que había sido inmensamente feliz a pesar de haber perdido a sus padres y su hermana, habiendo sido alejada de su tierra…había amado alumbrar a sus hijos e hijas, criándolos y amándolos, recordaba lo insegura que se había sentido luego del nacimiento de Shina y luego el de Sarada, dos niñas tan seguramente teniendo entonces solo dos hijos varones; Baru e Itachi, pero en ese tiempo Sasuke le había dicho que para él sus hijos eran era igual de importantes sin importar que fueran Príncipes o Sultanas y así era aún hasta la fecha porque Hanan tenía un lugar tan especial para él como solo podía tenerlo Sarada, pero nada de eso había evitado sus muertes, y aun tras tantas adversidades Sakura no podía negar que continuaba amando a Sasuke, vivir un amor como el que ambos sentían era algo único en el mundo, habían pasado por todo tipo de experiencias juntos y soñar con retroceder el tiempo era lindo pero no podían hacerlo, Sakura sabía que nunca podría perdonarlo porque no le correspondía, ella no era juez ni verdugo para condenarlo o salvarlo, solo él y sus actos lo harían, pero aun cuando no el dirigiera la palabra desde hace dos años…continuaba amándolo. Extrañaba sentir sus brazos alrededor de ella por las noches, su mirada, su voz, pero era la realidad, le dolía no poder recuperar esos días felices en su cama, asesorándolo, acompañándolo y velando por el Imperio pero ya no tenía fuerzas ni sabía si eso serviría de algo. Un mes de vida como máximo, eso no servía para reparar dos años de lejanía, si ella tenía cosas que aceptar de Sasuke, errores que ignorar…Sasuke también debería de hacer lo mismo con ella, solo que Sakura era incapaz de perdonar sus propios errores, era incapaz de considerarse el ángel que Sasuke tanto amaba.
-Me parece que la felicidad vivida en el pasado fue una fantasía, Ino- murmuro la Haseki con la mirada pérdida en la nada, sumida en sus propios pensamientos, -¿Qué se puede hacer cuando el ser amado es a la vez el puñal que desgarra los sentimientos? Amo al hombre con la misma furia que odio al Sultan, y son la misma persona- comparo, revelando algo que solo unos pocos cercanos sabían, que sin importar todo lo hecho continuaba amando a Sasuke. -Dije que no me inmiscuiría y cumpliré mi promesa- se corrigió finalmente, sin faltar a su palabra.
Ya era tarde para retractarse, no podía llorarse sobre la leche derramada, amaba a Sasuke y él la amaba a ella, esa era la única verdad, pero ni él ni ella se atrevían a cruzar los límites invisibles que los separaban. Fuera de los aposentos de la Sultana Haseki que únicamente eran custodiados por los escoltas jenízaros…se encontraba el Sultan que en una ola de valentía había creído que finalmente y tras tanto tiempo podría obtener el valor para verla a los ojos, para hablarle luego de dos largos años separados por sus propios problemas, pero estando fuera de la habitación, ante las puertas; su valor había flaqueado, no se sentía digno de ella, pesaban sobre él todos sus errores. Temía por ella, no sabía si estaba bien o mal, si los malestares que sufría y de los que todos hablaban eran algo serio y lo peor es que no podía saberlo, no tenía el valor para enfrentarla. Por las noches rememoraba esos instantes compartidos juntos, su rostro, su voz, su sonrisa…solo para enfrentarse a lo largo de todo un día sin ella, únicamente conciliando el sueño por las noches al saber que soñaría con ella, pero ahora y escuchando sus palabras del otro lado de las puertas…se sentía furioso consigo mismo, porque Sakura amaba al hombre que era, pero odiaba al Sultan, y desgraciadamente no podía dejar de serlo, eso era todo cuanto conocía y no podía despegarse de ello. Ya no me considero más tu esposa, tú ya no eres mi esposo, estás muerto para mí, debes saber que si alguna vez tocas a mis nietos, si llegas a hacerles lo mismo que le hiciste a Shisui, te quitare la vida con mis propias manos, recordar sus últimas palabras, la última vez que había escuchado su voz era un puñal en su corazón, lo hacía cuestionarse todo cuanto conocía, pero nunca era capaz de enfrentarla, nunca osaba romper con las distancias entre ambos, temía haber dejado de ser el hombre que ella había amado y es que ni siquiera podía reconocerse en el espejo aun cuando continuase luciendo igual, pero sin ella sentía que ya nada tenía sentido, sin ella nada era igual.
No podía perdonarse sus propios errores.
¿Qué se puede hacer cuando el ser amado es a la vez el puñal que desgarra los sentimientos? Amo al hombre con la misma furia que odio al Sultan, y son la misma persona. Se encontraba perdido, las palabras de Sakura lo hacían dudar que hacer de cara al futuro, reconocía como no había hecho antes que intentar matar a Itachi, a su propio nieto, era un error imperdonable. Escucharla hablar, acercarse a ella le recordaba sus ideales pasados, ideales que deseaba volver a sentir, pero que dudaba pudiera remediar sus errores a esas alturas. Era un cobarde, un cobarde por no haber recurrido a ella y manifestar sus dudas, solicitar su consejo, un cobarde por no atreverse actualmente a recurrir a su presencia y verla a la cara, pero ya era tarde, era demasiado tarde para merecer su perdón. Sakura decía no ser capaz o no querer retractarse de su promesa, no estaba dispuesta a dirigirle a la palabra, y si ella que era inocente se encontraba renuente a dirigirle la palabra, ¿Con que derecho él pretendería remediar todo lo que le había hecho? No podía ni aun cuando dedicase la vida a tal causa, porque todo cuanto había hecho era simplemente imperdonable. Irrumpiendo en sus pensamientos mientras se paseaba como león enjaulado es que las puertas de su habitación se hubieron abierto, permitiendo el ingreso de Suigetsu tras quien aparecieron dos escoltas jenízaros que hicieron ingresar a Naruto, subyugándolo y dejándolo de rodillas sobre el suelo, más osadamente e ignorando el protocolo que conocía a la perfección, Naruto alzo la mirada hacia el Sultan que observo claramente desconcertado a Suigetsu, le había ordenado que investigara quien había interferido con el plan de envenenar a Itachi, claro que ahora se arrepentía de haber pensado en ello, pero no entendía porque traía a Naruto si él era leal a él y al Imperio, si odiaba a Takara.
-Majestad- reverencio Suigetsu respetuosamente. -Uno de nuestros soldados escucho cuando Naruto Uzumaki le contaba de su plan a lady Yugito- dio a saber, desviando su mirada hacia el Uzumaki.
Tal acusación desconcertó y sorprendió a Sasuke enormemente,. Una de las medidas a tomar durante sus primeros años como Sultan había sido ejecutar a Menma Uzumaki, primogénito de la familia y aspirante al trono, luego de ello había permitido que Naruto fuera nombrado Khan de Crimea y que contrajera matrimonio con su tía, la Sultana Hinata, hermana menor de su difunto padre, el Sultan Izuna. Lo había nombrado capitán del ejercito Jenízaro por su experiencia en batalla, lo había designado como Hasoda Basi, le había dado un lugar en el Consejo Real como Visir y aun tras su renuncia no lo había degradado, lo había nombrado protector de su Sultana Haseki para saber más de la condición de Sakura….diariamente Sasuke se veía enfrentado a la traición y es que aun siendo Sultan no podía confiar en nadie, pero de entre todas las personas que conformaban su entorno, jamás había pensado que Naruto sería quien incumpliría una orden suya. De rodillas y siendo tachado de traidor…pero pese a ello Naruto no sentía miedo, había hecho lo correcto, había impedido la muerte del Príncipe Itachi que era un niño inocente y sabía que la Sultana Sakura estaría de acuerdo con ello, y aun sabiendo que podían llegar a condenarlo a muerte, Naruto no temía a ello, si moría se despediría del mundo dejando un hijo adulto y que contaba con un familia propia y habiéndole servido con abrumador vasallaje a la mujer que más amaba, habiendo compartido dos grandes amores en su vida; la Sultana Hinata que aún vivía en su memoria, y la Sultana Sakura. No, no tenía por qué arrepentirse de nada de lo que había hecho en su vida hasta entonces.
-¿Tú fuiste, Naruto?- más bien afirmo Sasuke, guardando la incredulidad para sí únicamente. -Jamás, ni en un millón de años, imagine que tú me traicionarías- admitió con decepción.
-Y yo jamás imagine que usted perdería su corazón y lastimara conscientemente a la Sultana Sakura- contesto Naruto, incapaz de guardar silencio más tiempo sin importar que aquello que lo aguardara en el futuro no fuera sino su propia muerte, -¿No dice amarla? Para ella nada es más importante que la paz y la seguridad del Imperio, de sus hijos y sus nietos, pero nada de eso le importo a usted, usted se volvió cruel y no le importo pasar por encima de quien fuera con tal de mantenerse en el poder, incluso pasar por encima de los sentimientos de su esposa- inculpo, decepcionado por haber servido a un gobernante tal cruel y carente de sentimientos. -No me arrepiento de haber delatado su plan, me sentiría mal si lo hubiera consentido- contesto finalmente, sin temor.
-Naruto, cuida tus palabras- advirtió Suigetsu, incrédulo por la templanza con que se expresaba el Uzumaki.
-Como todos los traidores, buscas excusas- concluyo Sasuke únicamente, reconociendo lo predecible que esto era. -Me recuerdas a Neji, ambiciono demasiado y no midió las consecuencias que eso traería para él- comparo nostálgicamente y con nada disimulado desprecio.
-No, Majestad, yo no soy como él- corrigió el Uzumaki, inusualmente calmado pero si lo estaba era porque había hecho lo correcto, -yo amo sinceramente a la Sultana Sakura y tengo un lugar en su corazón, un lugar que quedo para mí cuando usted cambio, usted mato el amor que la Sultana sentía por usted, así como mato al Príncipe Shisui- dio a saber sin temor a confesar esto.
-¡Cállate!- silencio el Uchiha, negándose a aceptar eso como una verdad. -Desháganse de él, mátenlo, no quiero volver a ver su rostro otra vez- ordeno, sin dudarlo ni por un segundo.
Escuchar que Sakura había consentido que alguien tuviera sentimientos por ella y viceversa, no…la idea de apuñalaba el corazón desde adentro, una cosa era saber que ella lo odiaba como Sultan por todas las decisiones que había tomado indebidamente, pero pese a haber escuchado a la propia Sakura que continuaba amándolo como el hombre que era, Sasuke se sintió más celoso de lo que nunca se hubiera sentido frente la posibilidad de que ante cada falta suya, Sakura hubiera buscado consuelo afectivo en alguien más. Conocía bien a su esposa, a posibilidad de serle infiel no se le pasaría por la cabeza ni estando muerta, pero era tan frágil emocionalmente que desde luego que debía de haber buscado a alguien que le sirviera de apoyo al encontrarse sola durante su ausencia y casualmente la única persona que estaba en el Palacio cuando él no estaba era Naruto, él mismo los había acercado sin haber reparado nunca en ello y quizás nunca hubiera existido esa posibilidad si él no…si él no se hubiera equivocado tanto, más en ese omento le importaba poco ser cruel, no quería que nadie, nadie salvo él tuviera un lugar en el corazón e Sakura y no dudaba en matar a Naruto de ser necesario, teniendo al excusa de la traición como condena absoluta. Naruto nunca hubiera podido imaginar que el Sultan asesinaría a un niño pequeño, manchándose las manos con sangre abiertamente sin repulsión alguna, por supuesto que la Sultana Takara era alguien ambiciosa, pero ni aun así podría volver a instaurar la ley del fratricidio y que al ser derogada como tal había salvado vidas futuras, la Sultana Takara no era como el Sultan Sasuke, no mataría niños por su avidez de poder, no lo había hecho hasta la fecha pese a tener los medios y no lo haría en el futuro. El Sultan Sasuke no se daba cuenta de lo que había provocado su ambición; había perdido a todos los que amaba y habían estado a su lado, sus hijas, sus hijos, y aquellos que aún no habían muerto, como era el caso de la Sultana Sakura, no querían volver a verlo o dirigirle la palabra siquiera. Naruto no se arrepentía de morir, amaba a la Sultana Sakura y le había sido leal hasta el final, no la había traicionado y eso lo reconforto mientras los guardias jenízaros le sujetaban los brazos y lo hacían levantarse del suelo, pero ni aun así hubo dejado de sostenerle la mirada al Sultan.
-Mi muerte será en paz, porque la Sultana Sakura me recordara, pero a usted jamás, usted es un monstruo- sentencio Naruto con igual calma.
-¡Sáquenlo de mi vista!- ordeno Sasuke, furioso como nunca.
Naruto no había mentido en ninguna de sus palabras, moriría con la conciencia tranquila creyendo que en la otra vida se reencontraría con la Sultana Hinata a quien finalmente podría pedirle perdón por no haberle dedicado el tiempo suficiente para demostrarle cuanto la amaba y seguía amando, pero…el Sultan Sasuke ya no contaba con mucho tiempo para pedirle perdón a la Sultana Sakura cuya vida se estaba agotando. Bajo las órdenes de Suigetsu, los soldados jenízaros se hubieron llevado a Naruto para cumplir su orden, pero Sasuke le dio la espalda a las puertas, desabrochándose el cuello del Kaftan, sintiendo que casi no podía respirar. Sabía que Suigetsu se encargaría de que las palabras de Naruto fueran silenciadas por el bien y la reputación de la dinastía y el imperio, pero Sasuke se sintió aterrado, repitiendo las palabras del Uzumaki en su mente. ¿Había perdido el amor de Sakura?, ¿Realmente había alguien más en su corazón?
PD: prometi actualizar hoy lo cumplo aunque sean las 2:30 de la mañana, excusándome al no actualizar este fic el próximo fin de semana pero el documento de mi computador del capitulo 51 esta dañado y necesito que un especialista lo revise para saber si puede recuperarse antes de decidirme a escribirlo de cero :3 como siempre espero ser capaz de satisfacer sus expectativas :3 la actualización nuevamente esta dedicada a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro, prometiendo actualizar el fic "La Bella & La Bestia" este fin de semana semana:3) así como a Asch (cuyas palabras aprecio, prometiendole iniciar el fic "Operación Valquiria" esta semana, dedicándoselo a él), y a todos aquellos que siguen la historia en todas sus formas, sin excepción :3 para aquellos que sigan otros de mis fics, durante esta semana iniciare el fic "Operación Valquiria" y el fin de semana actualizare el fic "La Bella & La Bestía" :3 Si tienen alguna sugerencia con respecto a series o películas que quieran como adaptaciones, apreciaría que las aportaran, -antes de navidad porque entonces tengo penado iniciar nuevas historias y el tiempo se habrá acabado-recordándoles que este fic, y los otros que hago, son por y para ustedes, reiterando parte de los nuevos personaje que comienzan a hacerse presentes, y recordandoles que pueden comentar que fic quieren que inicie de los que ya había planeado :3 los amo, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.
Hechos Históricos:
-El intento de asesinato al Sultan Mehmed IV-Prinipe Itachi: no se sabe en que consistió pero ha sido retratado en dos oportunidades como un secreto intento de asesinato contra el joven Sultan de entonces nueve años pero que consiguió ser frustrado, salvando su vida y remarcando las hostilidades entre la Sultana Kösem y la Sultan Turhan. Evidentemente la Sultana Kösem planeó destronar al joven Sultan Mehmed para reemplazarlo con otro joven nieto. Esta conmutación tenía más que ver con el reemplazo de una nuera ambiciosa con una que fuera más fácilmente controlable que era el caso de la Sultana Dilasub (Sultana Seina)y su hijo el Príncipe Suleiman (Príncipe Hashirama) Sasuke evidentemente considera a Itachi una amenaza por la manipulación que Takara puede ejercer sobre él y con tal de mantener su poder es que el Uchiha esta dispuesto a hacer lo que sea necesario, incluso tomar la vida de uno de sus nietos de ser preciso.
