El traqueteo de los dedos contra los botones resuena una y otra vez con violento ímpetu, cual par de locos en una carrera en zona desértica. Salvo que no hay polvo elevándose ni motores reales rugiendo en sus oídos empero la adrenalina es idéntica a pesar de no participar en una verdadera confrontación (no, al menos, mortal).

Un apretar profundo y más tarde el ajeno grito victorioso. El videojuego termina. Por detrás un bufido, doloroso al orgullo.

Hanamaki aprieta los ojos.

— ¡Eres terrible! — más que una acusación se trata de un tono de incredulidad por parte de Matsukawa hacia él, tras perder la cuarta partida consecutiva (por qué se sorprende si han jugado una y otra vez y él ha perdido una y otra vez). Takahiro disimula blanqueo de ojos.
Es más, hasta haría mohines infantiles por sus descaradas palabras que, no obstante, suenan tan dulces, cual piedad simpática. También le encantaría propinar un buen puño a esa sonrisa gigante que se plasma frente a él como premio consuelo (que no es taan malo, pero, diablos, es una sensación contradictoria) donde el frío y el calor colisionan y generan, por ejemplo, ¡la tonta fiebre!
Takahiro desvaría.
No obstante, se queda en silencio esperando iniciar un nuevo enfrentamiento, paciente mientras recorre sus dientes con la lengua; el ansiado sabor de victoria. Sus hombros caen como telas, cansados de permanecer tan tiesos. Por otro lado, los dedos listos para el próximo enfrentamiento.
No es que él sea particularmente malo en juego, sino Mattsun es un increíble jugador. Pero jamás lo admitirá en alto, sino que se guardará en el cofre hermético de la cabeza y allí quedará; preparado para ser desechado cuando él le gane y demuestre cuánto se ha esforzado.

Infantiles. Pero bueno, es adolescente y consumir tonterías son su día a día.

Y Bien. Ahí va, ignora la agresión (no agresión), y aprieta la boca con una decisiva aura de triunfo. O eso espera. Pues Matsukawa no propone otra partida, sino que balancea el curso de la situación y despierta eso en él que es involuntario y eriza su piel. Las tontas reacciones del cuerpo humano, incontrolables, traidoras.
Entonces:
— ¿Qué tal la fiebre? — pregunta Issei e intenta llevar una mano a su frente con un tono preocupación casi casual, como un empujoncito inesperado en el último escalón de la escalera. Él lo detiene, esquivándolo mediante un raro acto reflejo que al instante envía ideas erróneas (un rechazo incoloro) y en efecto preocupan su corazón que enseguida reclama, apretado, exaltado incluso cuando el gesto ajeno no es necesario puesto que se encuentra en perfecta salud. Diría hasta renovado, recién salido del agua.

— Estoy bien — dice un momento después, junto a una sincera sonrisa que le anima continuar —: Ya no siento dolor. Quizás un poco la espalda, pero nada de fiebre asesina. Creo que es más la sensación de costumbre, de que algo molestaba ahí entonces como que me muevo cuidadoso, por las dudas — apresura a responder, inconexo quizás, aunque agraciado de sus palabras mediante una nueva e imparcial sonrisa. Por otra parte, piensa, no es que rechace su cercanía, en realidad teme de sí mismo. Tal vez no soporte el mínimo contacto -teniendo en cuenta que sigue algo débil- y cual terrón de azúcar que deshace en el té caliente, Issei lo sumerja para jamás volver a la superficie, la tierra, la vida. O algo así, pues la sensación de peligro es constante. Por supuesto que no es algo crucial, que realmente no morirá si la calidez de Issei le cubre entero, sin embargo, qué podrá hacer después: el ridículo, murmurar tonterías y avergonzarse por cosas que no debería y tampoco le encuentra sentido. Si no tiene una respuesta, Takahiro no buscará motivos para la realización de preguntas.
Además, cree que no será suficiente; que el toque del caliente cuerpo ajeno se impregne a él; que comience a ser una necesidad pues ahora mismo, cuando ni siquiera se han tocado, percibe la asfixiante sensación de sentirle, de que podría mantenerse durante horas dentro de un simple abrazo, cálido y apretado en los brazos de Issei. Takahiro ni lo considera ya que, de nuevo, teme de sí mismo, teme ahuyentar a Issei con su extraña e insaciable hambre de… contacto.

Al final también se ríe un poquito, medio forzado y medio genuino, pero aliviado de ver que su compañero ignora el anterior ademán. Issei devuelve una sonrisa grande y fresca (en su cabeza el sonido del agua vertiéndose), mientras responde apretando los botones distraídamente aunque pasando por alto el botón que reanuda el juego, por lo que Takahiro le brinda toda su atención sin alarmarse:

— Sí — coincide, una ligera risa y luego las cejas inclinadas —: Te veías medio muerto — añade bromeando. Es inevitable soltar en respuesta una carcajada nada ofendida.

Sin pensarlo, Takahiro aparta el mando y se mueve hacia Matsukawa, esta vez con seguridad pues va de broma. Lleva las manos bajo sus ojos y desplaza los pulgares de un lado a otro. Luego, cambia el tono:

Claaro, ahora ríes, pero estoy seguro que tú te morías de preocupación. Aquí puedo notar los rastros de tus lágrimas — da labia de puro y amigable sarcasmo.

La sonrisa de Mattsun se achica, pero parece tomar confianza. Se funde en un gesto que de pronto le quita el aire y lo convierte en el nudo en la garganta. Porque que hay un momento, e inevitablemente propina una electricidad a todo de su cuerpo, un choque, una gran chispa, una tonta reacción tardía pues Mattsun se apoya con cariño en su mano y es ahí cuando nota lo que él ha iniciado con el gesto. Algo ha cambiado. Y lo seguirá haciendo.

— Siendo honesto, sí estaba preocupado. Pero no lloré — dice la voz en profunda y atractiva seriedad.

La broma... explota en su cara. Takahiro balbucea.

— Pero no lloraste — repite, suavemente. Las palmas de sus manos ardiendo.

— Makki…

— Uh.

Mattsun aprieta los labios.
— No sé si podré perdonarte.

Hanamaki vuelve a la vida. Siguen bromeando, por dios que siguen bromeando.
Los colores resaltan del mismo modo que el oxígeno entra de repente a sus pulmones. El corazón a mil, sin embargo.

— ¿Qué tal si me perdonas por simple, no sé, perdón? — la verdad es que se queda en blanco (aún recuperándose), sin palabras extravagantes por decir, o qué decir. Todavía hay hormigueo en el interior de sus manos que con cuidado aparta, disimulando a su vez cualquier posible temblor nervioso.

— ¿Misericordia? — Las cejas fruncidas de Issei, reincorporándose como si nada.

— ¡Eso! — señala él, demasiado vivaz e innecesario que les hace estallar en risas, saliéndose del papel, los torpes. Hanamaki siente un no sé qué, pero pronto su corazón es mucho más blando y él mucho más feliz.

Tan relajado, sentado y con las piernas cruzadas, Hanamaki vira de un lado a otro. Después, un suspiro.

— En fin. Quiero fregar una maldita victoria en tu cara — suelta, cambiando el tema, aunque el sabor a venganza inconclusa brilla muy fuerte en su boca.
No obstante:
— Ya me cansé — su compañero niega.

Takahiro no le puede creer. Quizás nunca antes tan expresivo, deja mostrar todas las muecas de inconformidad, todas las partes de su rostro moviéndose.

— ¡No! Una más — casi que ruega.

— Mira mis manos. El voleibol y los juegos me las están matando. Mira, mira.

Él se ríe con ganas al exagerado acto de Matsukawa.

— No aguantas nada.

Oh. Ese gesto único: Mattsun alza una ceja y en su rostro se pintan los tonos desafiantes de persecución inminente.

— Si gano esta partida mañana iremos a comer — propone. Él medita.

— ¿Cuál es el sentido, si siempre salimos?

— ¡Que tú pagas toda la comida! — Y automáticamente reanuda el juego, por lo que Mattsun ya lleva la ventaja. Enseguida él se hace con el control, y con un contenido grito de victoria que flamea por dentro, pero ruge por fuera exclama:

— ¡Tramposo!

Mattsun se muere de la risa.

— ¡Menos ruido y más acción!

Hanamaki deja de oír más allá de su cabeza, buscando la concentración máxima para lograr su cometido. A veces titubea porque Issei mueve tanto los dedos sobre el mando como su cuerpo e inevitablemente el rabillo del ojo termina siendo una distracción; un pecho fornido que se mueve hacia adelante o hacia atrás dependiendo si quiere acelerar su personaje o retroceder; el cabello por naturaleza despeinado pero que en constante movimiento es una dulzura para la vista y las tantas muecas conforme al momento; si aprieta un poco más los prominentes labios, si sonríe sin mostrar los dientes o hasta exhibiendo la lengua. Si es muy serio o muy alegre. Takahiro se devora todos los detalles.

Quizás Matsukawa no sea un gran jugador, sino que él se distrae y pierde por su culpa.

Es probable que él pierda, de nuevo. Sin embargo, percibe de nuevo la sensación, cual improvisto, de ser consciente de que es un momento que ambos participan pero que, insiste, hay un mínimo cambio que modifica todos los engranajes. Y las piezas entonces deben reemplazarse.

Takahiro se pregunta si podría cambiar completamente. Desconocerse o aprender a comprenderse.

Tal vez lo haga por Matsukawa, continúa. Después de todo, no puede negarse a lo que ya está dentro suyo.

Bajo la piel.

Takahiro, por supuesto, pierde. El quejido que suelta es endeble e insatisfecho, la sonrisa que recibe en respuesta es suficiente.

Takahiro deja de cuestionarse. Al menos por hoy.