Temprano, despejado y fresco.
— Aquí. Café. — Takahiro ofrece uno de los vasos térmicos a su compañero, ese de mechones negros y desmelenados (pero tan suaves, aunque no las haya acariciado) como si las hebras, una por una, hubieron sido creadas a partir de la más delicada seda. O quizás está leyendo mucha literatura de esa que le pasa Oikawa, entonces Takahiro delira hasta del más pequeño detalle. No importa, él disfruta lo minucioso, la calidez y las letras. Y crear paisajes hasta donde no los hay.
Si hay alguna especie de armonía compartida cuando está con Oikawa, ha de suceder especialmente en los espacios coincidentes de la biblioteca escolar: a veces estudiando y otras veces leyendo historias porque sirven como un confortable escape (una pausa silenciosa) al tan pesado último año.
— Sin azúcar — Takahiro se acuerda de agrega, volviéndose y sonriendo de esa manera orgullosa de que sabe lo que hace. Enseguida Issei se ríe con ganas, mientras él se pasa la lengua por los labios y luego los muerde con la intención de contener una sonrisa mucho más grande por simplemente mirarlo. Su compañero obtiene el vaso con ambas manos, como pasándose el calor, aunque apenas traspase hacia sus palmas.
— Gracias. Siempre pensando en todo, mmh. ¿Dónde los has conseguido? — pregunta, después de tomar un pequeño sorbo. Atrás suyo, alto y claro se pintan los pigmentos celestes de la mañana. Hanamaki alza un poquito la vista al notarlo y regresa a él, intermitente, pues ambos son panoramas agradables, cálidos en todo el cuerpo. Así que bebe tranquilo de su café que sí tiene azúcar asimismo disfrutando tanto del líquido caliente en su garganta, y la vista tibia en sus ojos.
— En una tienda cercana a mi casa, estaban baratos — contesta quitando desinterés pues en realidad le gusta compartir algo tan pequeño como lo es un vaso, pero que a partir de ahora será de Mattsun; más o menos como esa clase de amistades que tienen una cama desarmable en casa de la otra persona, o un mero cepillo de dientes.
Detalles importantes.
— ¿Y por eso dos?
— Y por eso dos.
Hace un poco de frío por lo que el abrigo de corderoy no es exagerado, sino muy cómodo. En cambio, Mattsun viste una chaqueta oscura, casi formal cual saco extravagante. Luce bien, lindo, piensa.
— Bueno, supongo a mí me toca conseguir algo para comer. Con lo mucho que comes... solamente el café no va a saciarte. Y con lo dulce que lo tomas... — Matsukawa no termina la oración, mas él entiende su punto. Takahiro pisa fuerte, suelta una risa incrédula y alza una ceja, divertido, mirando hacia el alto joven:
— ¿Yo, mucho? ¿Te has visto comer alguna vez? Eres como esos dibujitos infantiles que comen muchísimo y nunca se llenan. Además, qué si me gustan las cosas dulces, tú eres en todo caso el amargado — dice desafiante, la sonrisa gigante y luego busca por más líquido. Pronto sus labios se sienten dulces y calientes.
Agradable, agradable.
— ¿Amargado? ¿Así me tratas en nuestra primera cita? — Mattsun también bebe tras hablar, ocultando su sonrisa, que debe ser pequeña empero quisquillosa. Él se derrite por dentro. De hecho, la siguiente tanda de líquido se siente hirviendo por todos los confines internos de su cuerpo. Sin palabras.
Sin embargo, un momento después, se deja reír largamente, abrumado un poco por la presión en su pecho, una mezcla entre nervioso y divertido. Es un remolino de emociones encontradas que en realidad no quieren encontrarse.
Más nervios tontos.
Pues Mattsun está bromeando, ya que sólo acordaron este encuentro por su pérdida en los videojuegos, puesto que siempre están juntos andando hacia algún lugar y eso no es algo nuevo: salir aquí o allá. Pero, por qué hoy es tan extraño, se pregunta. Como si la naturaleza de los días se hubo congelado y de pronto, un volcán, un cambio que lo aplasta; una inusual sensación bajo la lengua, una constante picazón en la nuca.
— Sí, bueno, siempre hay una primera vez para todo. Quizás en la próxima me vuelva bueno — bromea entre pequeños sorbos tras recuperar la compostura.
Nota que incluso con el aliento calentito, y al hablar se genera un vaho en el aire.
— No esperaré hasta la segunda cita. Es más, iremos ya a conseguir comida para que me trates como merezco: muy bien.
Para ser sincero, Matsukawa lo toma por sorpresa. Hanamaki no pensaba que lo tomaría con esa magnitud de seriedad, cosa que no precisamente asusta sino son de nuevo sentimientos contrariados cual mezcla de confusión y una desconocida felicidad que lo invaden.
De todas formas, enseguida retoma con sus tonterías.
— Chico rudo — declara, tono interesante. El piercing en la lengua chocando contra el paladar.
— Como te gusta que sea — sigue la corriente Issei.
— Diablos contigo — fingida ofensa; Hanamaki patea un poquito hacia suelo metido en su papel —, quieres que te trate muuuy bien, pero como chico malo ¿no es eso algo fuera de personaje? No me convence… ¿entonces eres dulce por dentro? — y entrecierra la mirada de actuada desconfianza. La verdad, nada de lo que ha dicho tiene sentido. No es que importe, igualmente.
Matsukawa suelta una gran risa. Takahiro quiere guardarla de recuerdo.
— No lo sé. Si me tratas bien, entonces podrás descubrirlo.
Él se deja convencer por esa aura misteriosa. Al final, están tonteando.
Luego de mucho caminar y pensar (en realidad no tanto caminar sino trotar puesto que técnicamente Issei lo arrastró por el camino) Issei muestra interés en un lugar, avivando la voz en que quiere comprar esto y lo otro.
— Se supone que yo pagaría la comida. Era el trato — medio protesta él.
— Sólo fue para darle emoción a la competencia. Mira — Mattsun señala con el dedo al otro lado de la vidriera — aquí, dulces caseros.
En efecto, galletas, tartas y pasteles.
E irremediablemente ingresan a la pequeña tienda familiar de masas caseras donde un fuerte aroma dulce se impregna al aire y una sensación tibia abraza a los viajantes curiosos y hambrientos, justo como ellos. En esta ocasión, Takahiro inhala profundo. Segundos después es imitado por su compañero.
El olor es realmente adictivo. Y abrigador. El lugar en sí es cálido -más bien caliente porque la calefacción aquí es casi insoportable, además de que hay un gran horno en algún lado horneando todas esas cosas dulces que parecen mirarlo con pura tentación, emanando más calor- por lo que suelta su abrigo momentáneamente mientras recorren por aquí y por allá a ver qué tantas variedades venden. Hanamaki se emociona con todo.
— Siento que me estás sobornando ¿Qué obtendrás a cambio? — inquiere, cuando detienen fijos en profiteroles ojalá de crema, entrecerrando los ojos cual gesto de suspicacia. Mattsun sonríe mientras declara:
— Idiota — y estira un brazo y golpecito en la cabeza más bien despeinándolo —. Lo hago porque quiero. Darte el gusto. — Así de sencillo, suficiente para trastabillar el mundo, o apenas su baldosa. Pero vaya que lo ha movido, descolocado precisamente por la sinceridad inesperada, el detalle colorido.
Él toma ese brazo -no tiene idea de lo que está haciendo- y estrecha ambas manos como lo hacen en el voleibol cuando saludan a sus oponentes a través de la red. La carcajada ajena es complaciente.
— Gracias — dice él luego, se suelta y se dirige a hacer el pedido. Matsukawa, quiera o no, tendrá que aceptar que él también desea aportar un poco, es decir pagar la mitad.
No obstante, la voz detrás suyo lo congela:
— Está bien. En la siguiente cita será una costosa cena. Y la pagarás tú.
Hay una punzada, un leve escozor en su pecho. Será exagerado, pero es como descubrir un nuevo terreno del mundo y a la vez estar perdido allí, vasta soledad por donde mire, o un gran laberinto donde él corre y todo aquello que considere una salida sea toparse con otra pared, y otra, y otra. Más o menos.
Perdido.
— Basta — murmura, la voz sin embargo apurada.
— ¿Qué?
Él voltea, aunque no tiene mucho valor para enfrentarlo. No obstante, lo hace.
— No es una cita. Sólo es... nosotros. Como siempre.
— Nosotros, sí — repite Mattsun, pero la voz suena extraña, incolora, como un susurro hacia sí mismo que él ha captado quizás por error y entonces se siente entrometido; algo ilícito. Pero también, oh, un fulgor, hay más detrás de este adolescente y su sonrisa escurridiza que Takahiro sí ha logrado captar pese a que es efímero.
— Pero la próxima vez que salgamos pagaré las hamburguesas — anuncia convincente.
— Justo lo que me gusta. Cómo no voy a enamorarme de ti — bromea y él se sonroja avergonzado. Mas no se equivoca, lo ha dicho precisamente porque a Mattsun le gustan y con ello él está conforme, no importa qué. Es algo cobarde tal vez, mencionarlo de esa forma como si fuese de lo más casual pero detrás viene, preciso, la comida favorita de su compañero.
Así que se muere de los nervios desde ya. Por más que quiera negarse, ya prueba en sus labios la palabra cita. Lo bueno de Mattsun es que bromea con todo por lo que pasa desapercibido que quizás al negarse haya sonado un poco... inquieto.
Al marcharse llevan una bolsa llena de profiteroles de crema. Takahiro tiene una sonrisa inmensa puesto que todo junto -la comida, Mattsun, el prominente futuro- conforman un buen sentimiento.
Felicidad.
Pura felicidad.
Para variar, le mandan una foto a Oikawa de las calorías que están consumiendo: molestándolo porque por más capitán que sea y les aconseje qué dieta seguir, ellos consumen lo que sea (así son los amigos, eh, desagradecidos). Mas éste responde enviando una foto de sus panes esos que tanto le gustan de modo que la broma ha salido por la culata. No son tan rebeldes al parecer.
—Woah, además de engreído, glotón — un impresionado Mattsun, por supuesto no serio.
— Y uno aquí queriendo molestar. Se la voy a enviar a Hajime para que lo regañe.
Hanamaki sabe en realidad que a Iwaizumi no le importa, no como madre exagerada, sino que aporta en la broma del regaño, porque así son y Oikawa todavía cree que Iwaizumi se enoja por cosas como éstas; que si come esto o lo otro. Pues mientras Tooru haga el ejercicio debido sin sobre-esforzarse, las aguas se mantienen calmas.
Son tonterías entre todos, más o menos. Y al final Oikawa siempre reclama, en algún punto actuado, por qué son tan crueles.
Ah. Sonrisas quisquillosas.
Al poco tiempo llega un mensaje. Es Oikawa, de hecho, y está reclamando muy enojado (Takahiro imagina su voz de repente llorona, como el de un niño pequeño) de por qué hicieron eso (seguramente Hajime le dijo algo hiriente). Es divertido, y el capitán se lo merece. Por engreído (aquí se ríen un poco).
Hanamaki está seguro que algún día pagarán por todas estas inocentadas. Mientras tanto, siguen jugando. El brazo de Matsukawa sobre su hombro, inclinándose para poder ver el móvil. Ellos se mantienen cerca, juntos y calentitos, tanto de estómago como de corazón.
Hay más reclamos y caras tristes.
Ellos se mueren de la risa.
Después de todo, son sólo amigos haciéndose bromas.
Qué mejor que eso.
