-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem), Tugay Mercan (Sultan Ibrahim I) y Hande Doğandemir (Sultana Turhan Hatice). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 50

La amistad era algo que pocas veces conseguía encontrarse en el mundo corrupto de ambiciones y plagado de intrigas, la honestidad presumiblemente no existía y si llegaba a encontrarse se debía atesorar como el mayor de los tesoros porque quienes estaban en el poder se veían privados de la amistad y la sinceridad de quienes lo rodeaban, sierpe teniendo que interpretar un rol, siempre teniendo que hacer lo que fuera necesario con tal de cumplir con las expectativas que existían sobre ello y victimas de ello eran quienes conformaban el Sultanato de los Uchiha. Para Sakura había resultado un duro contraste enfrentarse la verdad del mundo ya habiendo conocido la bondad e inocencia en su añorada isla griega, afortunadamente había encontrado en Ino, Shikamaru, Temari, Tenten y Choji amigos que la habían acompañado en cada odisea que había encontrado en su camino, sin ellos estaría tan sola como se sentía por haber perdido a sus padres, a su hermana y a sus hijos. Pero esos instantes de tanto dolor ya comenzaban a cobrar una importancia secular en su vida, especialmente ahora cuando a lo mucho le quedaban un par de días de vida, como el doctor C tristemente le había asegurado. Se tomó con cuidado la falda del vestido y la tela del abrigo para no tropezar mientras seguía a Shikamaru, ya hacían cuatro días desde la muerte de Naruto y si bien lamentaba no haber podido impedir su muerte luego de haberle sido absolutamente leal en vida…quería ver la tumba en que residía antes de hacer que fuera trasladado a un lugar más digno de quien había sido Khan de Crimea y servidor del Imperio.

En medio de la nada en un camino que limitaba con las afueras de la capital, lejos de los ojos de los hombres de buena voluntad es que había llegado a parar uno de los mejores hombres a quienes Sakura había conocido y que solo podía ser identificado por una lápida con su nombre y títulos escritos en ruso y alemán para figurar que se trataba de un extranjero pero que Sakura reconoció sin problema alguno. Por sobre su vestido—que era totalmente opacado—la hermosa Sultana Haseki lucía un regio abrigo de terciopelo gris oscuro de mangas amplias y acampanadas, y cuyo cuello se unía a las hombreras, formando un corte elegante de piel color negro—así como los bordes de las mangas y que realzaba la corona de tipo torre, emblemática de los Uchiha, hecha de tafetán y terciopelo gris claro sobre su largo cabello rosado que se hallaba prolijamente recogido tras su nuca y que era ocultado por el velo gris claro que esta sostenía y que se arremolinaba hacia el frente para cubrir el escote de su vestido y el corte en V del abrigo, más no pudiendo ocultar los pendientes de plata y cuna de diamante en forma de lagrima con un zafiro homólogo en su centro. Se detuvo frente a la tumba teniendo a Shikamaru como escolta y guardián, no hacia esto solo en memoria de Naruto y lo que había hecho por ella, sino también por Boruto que si bien no había desafiado al Sultan, en privado—según Sarada atestiguaba—estaba inconsolable por no tener una tumba digna donde visitar a su padre, Naruto merecía ser debidamente recordado.

-¿Es aquí?- corroboro Sakura, ocultando su personal indignación.

-Si Sultana- contesto el Nara, sabiendo la importancia que el fallecido Visir tenia para al Haseki, -afortunadamente nuestros contactos pudieron dar con el lugar- agradeció, no sabiendo si dejar sola a la Sultana.

Desde hace ya mucho tiempo y por su delicada condición de salud es que la Sultana Sakura no acostumbraba a hacer abandono del Palacio porque significaba aun esfuerzo demasiado grande de su parte, pero esta vez había declarado que era necesario sin importar que hubiera tenido que caminar por un par de kilómetros—siguiendo la ubicación que Shikamaru le había garantizo al guiarla—interrumpidos, teniendo que detenerse para recuperar el aliento. No hubiera salido del Palacio por ninguna otra situación de no ser aquella, especialmente teniendo en cuenta que sin desearlo podía encontrarse por Sasuke. Sabía, por Temari, que antes de que lo ejecutaran Naruto había confesado los sentimientos que tenía por ella y que ella a medias le había devuelto, Naruto había sido u pilar fundamental en su vida, quien había estado ahí para ella cuando más había necesitado de un acompañante y amigo por todas las perdidas vividas, lo mínimo que podía hacer por él y en su memoria como amigos que habían sido era otorgarle una tumba digna donde descansar tras remover sus restos de ese lugar perdido de la mano de Kami. Así como en su caso, Naruto se había enamorado de la amistad entre ambos luego de haber perdido a su primer amor; la Sultana Hinata, y Sakura se sentía realizada al haber podido hacer que fuera feliz por al menos un momento como él había hecho con ella y en que le había permitido aprender de eso llamado vida y que ahora le permitía ver en que había triunfado y en que había errado irremediablemente y debía enmendar algunas cosas.

-Gracias, Shikamaru- sonrió Sakura quien era incapaz de encontrar palabras suficientes conque expresar todo cuanto le debía por su amistad, asistencia y ayuda, -si no es mucho pedir…quisiera unos momentos a solas- pidió, necesitando encontrarse unos momentos a solas con sus propios pensamientos y sentimientos.

-Sí, mi Sultana- acepto el Nara.

Al igual que la contable cantidad de personas de confianza que sabían de los sentimientos que el fallecido Naruto Uzumaki había tenido por la Sultana Haseki, Shikamaru no pensó siquiera en objetar permitirle los momentos que quisiera pasar a solas a aquella noble mujer a la que había admirado silenciosamente desde el primer momento en que había oído sobre ella cuando solo había sido la favorita del Sultan y ahora siendo la mujer más poderosa del mundo, había visto sus lágrimas, había visto su dolor y la había acompañado a pesar de todo, ella ni siquiera tenía que pedirle algo, luego de la muerte de la Madre Sultana Mikoto había tenido por su futuro; casado junto a Temari que entonces había estado embarazada, ambos a su suerte…y como un ángel la Sultana Sakura les había pedido que estuvieran a su servicio y ella a cambio les daría toda la seguridad y oportunidades para que sus hijos e hijas fueran funcionarios importantes del imperio y así había sido por lo que Shikamaru y Temari—así como todos aquellos que eran amigos de esa maravillosa mujer—le habían correspondido con su entera lealtad, no soñando a darle la espalda o cuestionarle nada así como ella los había ayudado sin reparar en nada más. De pie frente ante la tumba, Sakura escucho los pasos de Shikamaru alejarse, primero muy escasamente y luego más hasta casi hacerse inaudible, ocasión que aprovecho para desplomarse de rodillas sobre el suelo sin más, apoyando su manos cruzadas sobre sus rodillas, apretado los labios con tristeza pero sin pensar en llorar, tras año cargando con un dolor inaguantable ya consideraba inútil llorar por algo que no podía cambiar, era un nuevo puñal clavado contra su frágil corazón a punto de romperse y lo que más le dolía era ser impotente para cambiar las cosas, pero esa era la realidad, su realidad.

-Jamás pensé que el destino nos aguardara esto, Naruto- admitió con un desganado suspiro, prueba de que las fuerzas que intentaba encontrar para aferrarse inútilmente a la vida ya dejaban de serle útiles, -tu sinceridad y lealtad permanecen en mi corazón y siempre lo estarán, me defendiste cuando nadie más lo hizo, porque me amabas, y si bien jamás pude corresponderte, siempre fuiste y serás importante para mí y vivirás en mi corazón- declaro sabiendo que actuando el cuerpo de Naruto estuviera bajo tierra, su alma y sentimientos permanecían lo bastante próximos al mundo como para hablar de él y saber que escucharía sus palabras. -En tu memoria haré algo que no hubiera pensado hacer…olvidar, porque si voy a morir quiero hacerlo con mi conciencia tranquila y mi ser en paz, le diré a mis hijas sobre mi enfermedad, al fin y al cabo el doctor C dice que apenas y me quedan unos días de vida y quiero que sepan lo que cada uno deberá hacer en mi ausencia- sabía que resultaría doloroso de aceptar para todos, especialmente porque haría que todos salvo sus nietos, Takara, Sasuke y los leales a él lo supieran de su condición, pero era necesario, ya había mantenido el secreto de todos hasta la fecha, pero necesitaba que algunos lo supieran, ya era muy difícil continuar con la mentira. -Lo haré por el Imperio, y por ti- prometió, carraspeando y limpiando una solitaria lagrima que a punto estuvo de deslizarse por su mejilla, no podía llorar, no serviría de nada. Sujetándose la falda y la tela del abrigo se irguió con un halito de dificultad, respirando sonoramente y dirigiéndole una última mirada a la tumba donde yacía su amigo. -Haré que remuevan tu cuerpo de esta zanja y residirás en un mausoleo privado, es lo menos que puedo hacer por ti- declaro como despedida.

Una parte de ella le decía que se fuera, que eso era lo correcto, por otra parte de ella no quería irse de allí, era la única oportunidad real que tenía para sentirse humana, claro, era humana pero teniendo que ser una Sultana…en ocasiones lo olvidaba, olvidaba cuál era su identidad porque todos a su alrededor querían que fuera alguien que no era; un ídolo, una especie de ángel o diosa y no lo era, solo era una mujer que tenía miedos e inseguridades como cualquier otra; que sentía ira, amor, odio, sufrimiento y un dolor que creía que pocas personas podrían sentir en su vida al haber perdido tanto. Quizás fuera inteligente como para sostener el Imperio por su cuenta, o no, pero el punto era que le quitaban lo que más amaba; su inocencia que le había sido erradicada, su individualismo y su tan amada libertad que la hacía recordar la sencillez con la que—en su amada y añorada isla griega—había sido capaz de montar a caballo hasta el acantilado más alto y allí con los brazos extendidos al aire creer que volar era posible solo con sentirlo en su mente y su corazón. Inspiro profundamente, elevando la mirada al cielo mientras cruzaba las manos sobre su vientre, apretándolas hasta sentir que se lastimaba, pero ni aun así era capaz de llorar como su corazón le gritaba que hiciera, era doloroso comprender en vida que el sufrimiento y la iniquidad del mundo la hubieran llevado en esa dirección pero era la realidad, la había sabido desde ese primer instante en que la habían raptado de su tierra, cuando la habían agredido en ese Palacio que ahora era suyo y cuando había llorado por todos a quienes amaba y ya no estaba con ella, afortunadamente esto dejaría de ser así dentro de poco tiempo. Pronto podría volver a reunirse con quienes tanto amaba y extrañaba con el alma.

Pronto volvería a ser libre.


El atardecer azoraba al Imperio, volviendo el cielo una paleta de colores que iban desde el dorado en el cielo al naranja de las nubes y el purpura que comenzaba a verse en el horizonte por las inminentes penumbras nocturnas y en los aposentos de la Sultana Haseki reinaba el descontrol, bajo un comunicado general de parte de Ino, Tente, Temari y Choji es que todas las hijas de la Sultana Sakura así como las Sultanas Naori, Ayame, Naomi, Kohana, Hana, Aratani, Sumiye, Risa, Seina y Masumi, al igual que lady Eri Kalfa y su hija la Sultana Kaori, se encontraban reunidas en espera del regreso de la Sultana Haseki al Palacio, algo que ya de por si generaba un abismal grao de preocupación en todos. La Sultana Haseki llevaba mucho tiempo sin abandonar el Palacio bajo ninguna circunstancia por su complejo estado de salud que apenas y era rebelada al público en general o a los miembros del Imperio como tal y era sumamente preocupante que ahora, de la nada, saliera únicamente acompañada por Shikamaru, siendo que nadie sabía siquiera si había regresado o no, o si estaba bien o si se sentía mal, sumiendo a todos en un estado de constante preocupación y que se transformaba en inquietud al no comprender la razón por la que la Sultana Haseki había pedido que se reunieran y la esperaran, aún más porque no estaban invitados los pequeños Príncipes ni Takara aunque sinceramente esto era bueno, un desplante a esa arrogante e insufrible mujer era algo agradecido por todas ellas que, en un lugar específico de la habitación, sentadas y aguardando, intentaban pasar el tiempo y no pensar en las mil y un negativas posibilidades que podían haber en relación a la Sultana Sakura.

Lo que su madre había hecho era muy peligroso, en su delicada condición de salud, que apenas y era sabida o entendida por sus propias hijas, más ahora, sentada sobre el diván junto a la ventana, Mikoto solo pudo apretarse las manos, dando todo de sí para no pasearse cual leona enjaulada al no saber cómo se encontraba tas su regreso. Intentando mantener la calma, la primogénita del imperio portaba un modesto vestido de terciopelo Porráceo , calzado a su figura, de escote redondo—con un cuello falso de gasa verde grisáceo oscuro de corte en V—y mangas ajustadas hasta los codos hasta volverse acampanadas y holgadas que llegaban a cubrir las manos salvo que la Sultana evitaba esto al mantenerla cruzadas sobre su regazo, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de gasa transparente sin mangas, escasamente cerrada a la altura del vientre y que estaba ribeteada en encaje y escamas de plata que formaban un grueso margen interior y replicaban el emblema de los Uchiha entrelazado con figuras que emulaban flores de cerezo. Sus rizos rosados se encontraban impecablemente recogidos tras su nuca exponiendo su largo cuello y adornado por una soberbia corona de oro en forma de dalias y tulipanes en una estructura cónica, recubierta por diamantes y con esmeraldas incrustadas a juego con unos pendientes de cuna de oro en forma de ovalo recubierta por diamantes y con una pulida esmeralda homologa en su centro. Solo recordar que no estaba sola y que, como Sultana que era, tenía una imagen que mantener era lo que conseguía hacerla mantener su lugar y permanecer estoica, pero apostaba lo que fuera a que quienes la acompañaban era presas de la misma angustia que ella o al menos en un grado similar como para no darse cuenta de su flaqueza ante la espera, suspirando de forma parcialmente sonora desvió su mirada hacia su hermana Shina que igual que ella apenas y podía mantenerse quieta.

Perdida en sus pensamientos mientras se apretaba las manos, la Sultana Shina solo pudo encogerse de hombros ante la mirada de su hermana mayor, no teniendo la respuesta a sus pensamientos ni a los propios y eso solo contribuía hacerla sentirse aún más nerviosa e incluso peor si hacía falta, porque sentía que no cumplía el rol que le correspondía como hija, aunque era más fácil decir que hacer esto. Quizás lo único que le permitía eran las magníficas galas que vestía, hechas de satín oliva oscuro y seda oliva claro ribeteado en hilo de oro siendo que estas conformaban un vestido de escote cuadrado con un margen de satín oliva oscuro así como unos tirantes, los laterales del corpiño, la falda superior y las mangas que se volvían holgadas desde los codos, siendo acampanadas y llegando a cubrirle las manos que apretaba con nerviosismo, mientras que la seda oliva claro bordada en hilo de oro formaba el centro del corpiño, la falda inferior y las mangas que eran ajustadas hasta los codos. Alrededor de su cuello se encontraba una creación simplemente magnifica, una estructura dorada en forma de ramas y paneles que sostenía múltiples dijes de cuna de oro en forma de lagrima recubiertos por diamantes y que en su interior sostenía cristales oliva en forma de lagrima a juego con sus pendientes y que solo merecía ser comparado con la corona sobre su cabeza que en una cónica estructura ascendente, hecha de oro y recubierta por cristales y diamantes multicolor replicaba flores de jazmín y capullos de rosa que se encontraba sobre su largo cabello castaño dorado que caía sobre su hombro izquierdo en una cascada de rizos. La espera resultaba agonizante pero necesaria, al fin y al cabo si sucumbían al miedo y al pánico no solucionaría nada.

Finalmente y como tanto se había anhelado las puertas de la habitación se abrieron permitiendo la aparición de la Sultana Haseki que—como siempre y engañosamente por cierto—parecía encontrarse perfectamente, aunque muchas en el fondo sabían que esto era una fachada falsa, el cambio en su rutina era prueba suficiente como para que lo pensaran. La Sultana Haseki en su impoluta belleza vestía unas elegantes pero modestas galas de seda azul-índigo claro, de conservador escote en V perfectamente detalladas a su figura, mangas ajustadas hasta los codos que se abrían en lienzos de gasa para exponer los brazos y falda ribeteada en múltiples capas de gasa superpuestas para mayor movilidad, por sobre estas galas una rigurosa chaqueta violeta azulada ribeteada en encaje color negro para replicar flores de cerezo sobre la tela, de escote en V levemente más bajo, si mangas pero con un cuello posterior que se enmarcaba tras su nuca, y cerrada en el frente hasta la altura del vientre donde se abría para crear una falda superior. Alrededor de su cuello se encontraba una fina cadena de oro que sostenía un dije en forma de flor de cerezo hecho de oro y en cuyo centro reposaba un pequeño pero valioso diamante azul a juego con su pendientes de cuna de oro ribeteados en diamantes en forma de lagrima con un zafiro homólogo en el centro. Como no había sucedido en mucho tiempo es que su largo cabello rosado se encontraba recogido en una trenza que caía tras su espalda y otra que superiormente actuaba de cintillo tras la corona de oro que replicaba espinas y rosas conformadas por zafiros y diamantes multicolores. El viaje o visita a la tumba de su fallecido amigo había sido vigorizante, le había resultado ser el torrente de honestidad que ahora-ante sus hijas, nietas y aliadas que la hubieron reverenciado—le permitiría declarar la verdad; su verdad.

-Madre, ¿nos llamaste?- hablo Mikoto, levantando la mirada y ya que ninguna de las otras presentes, ni aun sus hermanas, sabia como romper con el silencio.

Desde que había cruzado el umbral y viendo a todas las presentes—amigas o familiares—reverenciar la por respeto más que por deber, Sakura se dedicó de forma imperceptible y veloz—más lenta en su subconsciente—a analizar a quienes la rodeaban y la enorgullecían tanto, quienes podrían sostener todo por lo que había luchado desde que había pisado por primera vez ese Palacio. Mikoto, Shina Sarada, Izumi y Hanan que sobre los elegantes divanes en torno al que ella ocuparía, ellas eran su orgullo. Elegante, digna y ya sin una pisca de infantilismo sobre si, Izumi resultaba quizás la más curiosa a contemplar, con su femenina figura ataviada por un favorecedor vestido esmeralda oscuro, de escote recto cerrado por tres botones de oro desde el escote hasta la altura del busto, de mangas ceñidas hasta ñas muñecas e interinamente cerradas por dos botones de oro, y adornadas en las muñecas por encaje dorado ribeteado en diamantes al igual que el borde del escote, emulando flores de cerezo; por sobre el vestido portaba una rigurosa chaqueta jade grisáceo ribeteada en encaje e hilo cobrizo para emular sobre la tela el emblema de los Uchiha entrelazado con flores de cerezo, de profundo escote en V que se cerraba bajo el busto y se abría bajo el vientre, de mangas holgadas y abiertas desde los hombros y que conseguía darle una imagen poderosa. Su largo cabello castaño estaba elegantemente recogido en una coleta que caía tras su espalda y de cuyo peinado escapaban un par de rebeldes rizos que enmarcaban su rostro, resaltando la hermosa corona de oro en forma de hojas y flores de jazmín ribeteada en diamantes y esmeraldas a juego con unos pendientes de oro y esmeralda en forma de lagrima. Era nostálgico recordar a la frívola niña que había sido, viendo en actual contraste a una mujer con una dignidad envidiable.

Junto a Izumi y siendo la única—descontando a Seina, claro—que sabía el motivo de esta reunión, Hanan se mantenía tranquila, fingiendo ingenuidad y desconcierto ante quienes le hubieran preguntado si sabía el motivo por el que su madre había abandonado el Palacio y preparado esta reunión, se fingiría así hasta que su madre le dijera que dejara de hacerlo. Siendo una adolescente de trece años casi cumplidos, la Sultana Hanan no era menos que lo esperado en la hija de un Sultan, enfundada en unas sencillas galas de seda crema suave que casi eran blancas de escote cuadrado—con un escote falso bajo este, de corte en V, levemente más alto—y cerrado hasta la altura del vientre por seis botones blancos, continuando en una falda ribeteada en múltiples capas de gasa superpuestas entre sí para mayor comodidad y mangas ajustadas hasta los codos que al volverse acampanadas estaban hechas de gasa semi transparente, llegando a cubrir las manos; por sobre el vestido lucía una chaqueta violeta oscuro con múltiple patrones y figuras multicolor de escote bajo y redondo que se cerraba bajo el busto, sin mangas y abierta bajo el vientre, fija a su cuerpo por un delicado cinturón de plata con diamantes incrustados. Alrededor de su cuelo se encontraba una estilizada guirnalda que recreaba diminutos dijes en forma del emblema los Uchiha de los que pendían cristales en forma de lagrima con unos pendientes a juego. Su largo cabello rosado plagado de rizos caía libremente tras su espalda y sobre su hombro derecho, sencillamente adornado por una diadema de plata de tipo cintillo decorada por pequeños diamantes que formaban diminutas flores de cerezo, sus flores predilectas. Realmente nunca había esperado algo de esa niña, no esperaba que fuera la Sultana más legendaria del mundo, no esperaba que interfiriera en política…desde el primer momento en que la había sostenido en sus brazos solo había anhelado que fuera su hija y había cumplido eso como nadie, había estado siempre ahí, la había acompañado en cada lucha aprendiendo de todo lo que veía y oía, no necesitaba esperar algo de Hanan; su hija superaría cualquier expectativa, el universo como obsequio ya era poco para ella.

Aceptar la muerte era algo fácil de hacer, especialmente si se trataba de alguien que no temía a la conclusión que tuviera su vida y en si su alma iría al cielo o bien al infierno, vivir era errar y pecar, pero la intención tras estos actos determinaban a donde se dirigiría una persona cuando su vida terminara, no se podía pretender creer que una persona era tan noble para no ver sus errores, se debían reconocer, aceptar, juzgar y valorar porque allí estaba el valor de la experiencia, pero pudiendo hacer esto, Sakura no sabía si su visión del mundo era la correcta y ciertamente no le importaba, pero estaba segura de que-en el cielo o en el infierno, dependiendo de a donde la llevaran sus acciones—nada sería más doloroso y tortuoso que la existencia que hasta entonces había llevado. Suspirando de forma inaudible les indico a todas que tomaran haciendo antes de hacer lo propio sobre el diván central, apartando ceremoniosa y elegantemente la tela de su falda y cruzando las manos sobre su regazo, enfrentarse a batallas de vida o muerte en ese momento parecían ser mil veces más fácil que ser sincera con quienes amaba y apreciaba sabiendo que sufrirían por ella, pero no quería eso, no quería que lloraran como ella ya lo había hecho al perder tanto anteriormente, quería que todos pudieran continuar viendo al futuro con esperanza sin importar que ella ya no estuviera, quería que su muerte no fuera un final sino más bien un nuevo inicio.

-Sí- contesto Sakura, suspirando sonoramente al pensar en las palabras exactas conque expresar lo que desde hace años haba estado ocultándoles, -he de hablar acerca de algo muy importante con ustedes, algo que marcara el fin de mi era- aludió, necesitando de unos preámbulos con los que hacerles entender a su hija el corto tiempo que le quedaba en ese mundo.

-Madre, ¿de qué hablas?- inquirió Sarada, confundida y nerviosa por el sentido implícito en aquellas palabras cuyo peso al parecer su madre no estaba tomando.

Para Sarada que desde que tenía memoria había visto a su madre como una figura invencible, escucharla hablar con ese tono tan fatalista le hacía sentir pavor e inquietud, le hacía temer por el futuro. La Uchiha se encontraba sentada junto…o casi pegada a su madre, portando un halagador vestido purpura violáceo, muy detallado y calzado a su figura, de escote corazón cuyo borde estaba ribeteado en escamas de plata con diminutas incrustaciones de amatista, por sobre el corpiño una especie de corsé que remarcaba su silueta, de escote redondo bajo el busto con el contorno del escote, el margen a la altura de las caderas, los hombros y parte del corpiño hechas de encaje plateado y escamas de plata ribeteadas en amatistas, creando una falda sencilla de una sola capa pero con una cola que parecía recrear una capa superior, ajustadas mangas de gasa semitransparente color violeta ribeteada en plata y que se tornaban púrpuras a la altura de los codos—delimitados por un margen de encaje plateado e hilo de plata con incrustaciones de amatistas—donde se abrían en forma de lienzos, exponiendo los brazos. Su largo cabello azabache estaba hermosamente peinado en una cascada de rizos,, como siempre, cayendo libremente tras su espalda y adornado por una elegante corona de oro que conformaba una estructura en forma de púas y hojas ribeteadas en diminutos diamantes y cristales ámbar, así como lo era el dije en forma de flor de cerezo que caía sobre su coronilla emulando el contorno de dicha flor, y pendientes de plata y cristal en forma de lagrima. Ahora Sakura podía ver con orgullo a su hija, Sarada era una Sultana realmente magnifica y alguien que contra todos los enemigos futuros podría proteger el Imperio y el ideal por el que ella tanto había luchado, creía en ello.

-No hace falta señalar lo obvio, Sarada; no estoy bien, no lo he estado desde hace años- admitió la Haseki, desviando su mirada hacia todas aquellas que estaban presentes, -y por fin mi vida llegara a su fin, no hay fecha en concreto aparentemente, pero algo en mi corazón dice que será mañana-concluyo, bajado la mirada, más no sabiendo cómo ser lo bastante precisa.

Hasta entonces su mirada se había dirigido especialmente a Hanan, diciendo que ya no tenía por qué ocultar la verdad, no como había hecho hasta hoy. Recibiendo un casi imperceptible asentimiento como respuesta, observo con orgullo a sus nietas, especialmente a Naori, la mayor de todas; vestía unas elegantes galas de seda metálica azul grisáceo claro, ribeteadas en gasa y encaje azul bordado en diamantes, de escote cuadrado y perfectamente detalladas a su figura, falda de una sola capa más muy cómoda y que permitía la movilidad, sin mangas sino más bien tirantes y falsas mangas transparentes ceñidas hasta las muñecas y cuyo favorecedor encaje aportaba un inconfundible temple aristocrático. Sus largos rizos rosados recogidos en un especie de coleta caían sobre su hombro derecho, enmarcando la elaborada guirnalda sobre su cuelo que emulaba diminutos capullos de rosa y espinas a juego con unos pendientes que figuraban el contorno de una flor de cerezo con un diamante en forma de lagrima en el centro y sobre su cabeza una bellísima corona que conformaba una estructura de oro e forma de espinas decorada por diamantes y zafiros. Era increíble que esa hermosa mujer hubiera sido una ansiosa adolescente que había anhelado casarse tenía la fortuna de ser feliz en su matrimonio, pero comparada con las experiencias personales que Sakura tenía, Naomi no dejaba de ser una niña, una niña que era leal al imperio por encima de cualquier otra cosa, por sobre sus hijos, su esposo, su madre, padre y hermano; sabía que lo importante era mantener la paz.

Alguien que igualmente no cesaba de sorprenderla era su nieta Ayame que ciertamente despertaba polémica por tener diecinueve años, una edad en que ya se esperaría que hubiera contraído matrimonio y tenía dos pretendientes muy reconocidos; Iwabee Yuino y Denki Kaminarimon, pero dentro de poco se decidiría su futuro, era solo cuestión de tiempo. Imitando a su prima Naori quien ciertamente admiraba, la hermosa Sultana portaba unas elegantes y muy femeninas galas de seda turquesa brillante ribeteadas en casa celeste transparente y encaje bordado en hilo de diamante para replicar un patrón de flores de cerezo sobre el corpiño-de escote corazón y perfectamente calzado a su figura—así como en la zona baja de la falda hecha de múltiples capas de gasa superpuestas entre sí para mayor comodidad, sin mangas sino más ben tirantes que continuaban en falsa mangas transparentes y semi ceñidas hasta las muñecas, con el encaje e hilo de diamanté adornando la superficie. Contraria al caso de su prisa, su largo cabello rubio castaño peinado en una cascada de rizos caían perfectamente sobre su hombro izquierdo, adornado en su cima por una delicada pero elegante corona de oro en forma de capullos de rosas y espinas con topacios y cristales multicolor engarzados a juego con unos pendientes que emulaban el contorno de un capullo de rosa de los que penda un diminuto diamante en forma de lagrima. Ayame era joven, pero Shina no había reparado en hacer de su hija una mujer muy inteligente y culta que pudiera—como ella misma—interferir en la política por el bien del imperio, ya fuera que esa mujer se enamorar en el camino o no, justo como todos los miembros de su familia había hecho, ella enaltecería al Imperio y sería una Sultana que velaría por la paz antes que en cualquier otra cosa.

Sentada a los pies de su madre y observando inquieta y confundida a quienes la rodeaban, temerosa por el sentido implícito en las palabras de su abuela, Naomi era incapaz de hablar, presa de su propio temor. La única hija de la Sultana Sarada y hermana menor del príncipe Izuna—gobernador de Takigakure—portaba un sencillo vestido celeste claro en un degrade tan inocente y especifico que de no ser por la luz del atardecer perfectamente parecía gris claro de recatado escote cuadrado, mangas holgadas y transparentes que se abrían a la altura de los codos para exponer los brazos y falda de múltiples capas de gasa superpuesta entre sí para mayor movilidad, pero este vestido ciertamente pasaba desapercibido por la chaqueta sobre el vestido, de igual color; de escote cuadrado que recreaba un patrón fue elegante en el centro del corpiño, formando una V, separando los laterales del centro, y con un corto faldón hasta los muslos, abierto bajo el vientre y que enmarcaba su silueta, los costados del corpiño así como las mangas—cortas hasta los codos—y el faldón estaban bordadas en un fino hilo plateado que replicaba el emblema de los Uchiha entrelazado con las flores de cerezo y finalmente a la altura de los hombros una especie de hombreras de gasa a modo de hombros semi caídos. Sus largos rizos rosados se encontraban perfectamente peinados en un sutil recogido que sostenía una diadema de plata de tipo cintillo decorada con diminutos topacios incrustados y que hacia caer su melena libremente tras su espalda, resaltando un par de pequeños pendientes de diamante en forma de lagrima en consonancia a la cadena de plata con diamantes y cristales engarzados que sostenía un dije que replicaba el contorno del emblema los Uchiha y en cuyo interior se encontraba un diamante en forma de lagrima, obsequio de su abuela a quien ahora no entendía. Desde siempre su abuela era la mujer más poderosa del mundo y para Naomi imaginar que se rendiría ahora era…algo inconcebible así como ilustrativo, quizás todos tenían un punto al cual llegar para reconocer cuando, como y hasta qué punto se podía ganar o perder.

A los pies de la Sultana Izumi se encontraban sus dos hijas-Kohana y Hana-que intercalaron su mirada a aquellas a quienes las rodeaban, Hana en especial era demasiado joven para comprender porque su abuela hablaba así, habiendo sido una figura invencible, pero ni aun siendo un año mayor es que su hermana Kohana podía darle las respuestas que ni ella misma conseguía encontrar. Inocente y vistiendo unas sencillas galas blancas—de retado escote en V cerrado en el frente por seis botones blancos que continuaban en una falda de una sola capa de gasa y mangas holgadas y transparentes que, abiertas a la altura de los codos, le llegaban a las muñecas—se encontraba la Sultana Kohana, que si bien lucia inocente ensalzaba su título como Sultana al portar una chaqueta de gasa dorada—por sobre sus inocentes galas—bordada en hilo de oro y con pequeños detalles en violeta para recrear tulipanes, sin mangas y escasamente cerrada a la altura del vientre. Sus largos rizos castaños, adornados por una diadema de oro de tipo cintillo decorada con diminutos diamantes ámbar—caían libremente tras su espalda y sobre su hombro derecho. Por otro lado e igualmente inocente a sus once años la Sultana Hana vestía una sencilla chaqueta rosa pastel de escote en V ligeramente bajo y cerrada en el frente por seis botones rosa claro hasta la altura del vientre continuada por una falda superior y mangas cortas y ceñida hasta los codos, el matiz de color de la tela era tan suave, inocente y de un matiz metálico que indudablemente hacia valer su posición como Sultana pese a su juventud, y bajo esta chaqueta unas femeninas galas rosa suave de alto escote en V, falda de una sola capa hecha de gasa y mangas abiertas y traslucidas desde los codos para exponer los brazos; finalmente sus largos rizos castaño-grisáceo se arremolinaban libremente sobre su hombros, solo adornados por una diadema de oro de tipo cintillo decorada con diminutos cristales y diamantes rosa. Todas—salvo Hanan y Seina—eran presa de la confusión, no sabiendo que hacer o decir para comprender sus palabras porque lo que había intentado decir era algo tanto inimaginable como doloroso y nadie quería creerlo, se había credo un silencio tal que resultaba peligrosamente inquietante, un silencio que sentía que ya no debía durar, pero nadie sabía si era correcto hablar.

-Madre, nos estas asustando- murmuro Shina, preocupada.

Escuchando la voz de su hija, Sakura recordaba hace muchos años atrás—antes de que Baru hubiera sido Sultan—cuando había dicho lo mismo, entonces había sido una niña asustada a quien había tenido que proteger de la crueldad del mundo como a todos sus hijos, pero ahora no era así; ni Mikoto, Shina, Sarada, Izumi, Hanan eran niñas, podían protegerse, se los había enseñado, no la necesitaban, no tanto como ellas creían que hacían. Era duro despedirse de esa existencia que por años había sostenido, aprendido a ver lo bueno y lo malo para o sucumbir ante el dolo y el sufrimiento, pero esto mismo la había hecho sentir cierto apego a hacia la vida, aunque quizás no era sino hasta ahora que era capaz de entender eso y a estas alturas ya no podía hacer nada para detener o impedir lo inevitable. Había reído y llorado por igual, había sonreído y gritado de dolor , en ese Palacio y ente aquellos muros había padecido momentos que pocas personas podrían vivir, había visto amor y odio y había conocido la bondad y la maldad más profunda, todo eso veía a ella ahora, pero como su propia apariencia es que exteriormente era todo lo que se podía anhelar que fuera; hermosa, correcta, inteligente, caritativa…pero por dentro estaba muriendo a cada instante y ahora ya no podía más con esa tortura, y había padecido su propio infiero por mucho tiempo, viendo dolorosamente como todos aquellos que amaba perecían sin que ella hubiera podido evitarlo…al final Kami tenía compasión de ella, le permitiría morir antes d ver como el Imperio por el que tanto había luchado se venía lenta e increíblemente abajo, porque eso acabaría sucediendo, no hoy, no mañana…pero si en el futuro.

-¿Recuerdan hace muchos años, cuando eran solo unas niñas y les mencione que su abuela Mebuki, mi madre, había muerto a causa de una enfermedad?- indago la Haseki meditabunda, pero sin especificar el por qué tras su pregunta, causando el desconcierto generalizado de quienes la acompañaban.

-Si, dijiste que se trataba de algo llamado…- intento recordar Izumi, sin ver la importancia que ello tenía en las circunstancias.

-Cáncer de corazón- contesto Sakura por ella, solo haciendo más inquietante el silencio que nadie se atrevía a romper y que las hizo observarla con mayor preocupación. -Cuando se los mencione no sabía lo que podría causar, y la relevancia que tendría de ahora en más, pero ahora lo sé ya que cargo con ello- confeso finalmente, más teniendo el valor para cerrar los ojos o apartar la mirada.

Un jadeo doloroso fue escuchado de forma inmediata, provenía de todos, Sakura lo supo sin llegar reparar en ello, pero su atención en ese instante se centró en quienes no había preparado como merecía, tal era el caso de Aratani que incrédula, no era capaz de llorar, pero el sufrimiento e sus ojos era la prueba más clara de lo que esta noticia representaba para ella. Radiante, hermosa y sencilla a la vez portaba un cautivante vestido de seda y gasa color rojo brillante, de escote corazón, ajustado y calzado perfectamente a su figura, de mangas holgadas ligeramente trasparentes que llegaban a cubrir las manos y un osado corte en la espalda que exponía parte de su piel. Su largo cabello castaño se encontraba elegantemente recogido tras su nuca, exponiendo su cuello alrededor del cual se hallaba el emblema de los Uchiha sostenido por una cadena de oro con diamantes y cristales incrustados, y a juego con él un par de pendientes de plata en forma de una línea horizontal y de la cual pendía un dije de cuna de diamante con un rubí en el centro, finalmente y sobre su cabello se hallaba una corona de oro, rubíes y granates sobre su cabeza, emulando capullos de rosa y escamas ribeteadas en diamantes y cristales. Aratani era una hija más para ella, siempre lo había visto y sentido así, por eso la había mantenido consigo, pero…aun así no había podido decirle la verdad, no a ella, le dolía verla al borde del llanto ahora pero no había podio herirla antes, no cuando ya sufría infaltablemente desde la muerte de Daisuke.

La segunda persona a quien vio quebrarse de dolor fue a su nieta Sumiye que sentada junto a Aratani se cubrir los labios para callar un inmediato sollozo, pero no pudiendo contener las lágrimas que porto se deslizaron por sus mejillas. Ostentaba unas femeninas pero sencillas galas índigo grisáceo acorde con su silueta de doce años a punto de ser cumplidos; inocente pero calzado escote corazón que se cenia a su cuerpo por cuarto botones de igual color que iniciaban bajo el busto y terminaba a la altura del vientre, continuando un una cómoda falda de gasa de múltiples capas superpuestas y de mangas ajustadas hasta los codos que se volvían acampanadas y traslucidas hasta cubrir las manos, todo esto bajo una elegante chaqueta de igual color solo que con un degrade en puntos específicos de la tela, sin mangas y abierta bajo el vientre pero con un digno escote redondo que se cerraba bajo el busto. Sus largos rizos azabache con reflejos castaños cayendo sobre sus hombros, apenas y adornados por una diadema de tipo broche en forma de flores de cerezo y decorad con diamantes a juego con unos pendientes de oro y cristal en forma de lagrima. Esa niña había heredado la fortaleza de Daisuke, así como su apego a ella, pero Sakura confiaba en que estaría bien sin ella, como todos los demás.

Contraria a su hermana mayor, Risa recordaba su rol como Sultana más Sakura no supo si fue esto o su juventud lo que impidieron que Risa llorara, únicamente plasmando un triste y desolador puchero en su rostro mientras bajaba la mirada. Su elegante hermana mayor ciertamente le hacía sombra, pero ni aun así la Sultana Risa llegaba a ser insignificante, enfundada en un inocente vestido rosa pastel de escote bajo y en V con falda de gasa ribeteada en encaje y cuyos contornos estaban bordado en hilo de oro, el vestido—salvo la falda—era insignificante, encontrándose bajo una chaqueta superior de calzado e inocente escote corazón, cerrado por cinco botones rosa suave hasta la altura del vientre, dando paso a una falda superior, y de cortas y ceñidas mangas hasta los codos adornadas en los hombros por un margen de gasa que hacia lucir las mangas semi caídas a la altura de los hombros. Su largo cabello castaño oscuro peinado en salvajes y algo descuidados rizos caían tras su espalda y sobre su hombro derecho, sin joya u adorno alguno, pero realmente no necesitaba de ello. Sakura intercalaba con la mirada sus hijas, especialmente a Hanan que al saber esa verdad desde hace años podía vivir con ella, pero no era el caso de sus otras hijas que hubieron dado todo de si por controlar los sollozos y el llanto que deseaban proliferar y a quienes no podía ver a los ojos, no sabiéndose irremediablemente responsable de su sufrimiento.

-Deberían resignarse- sugirió Hanan en voz alta, sorprendiendo a todas por sus palabras.

-Hanan, ¿Cómo puedes estar tan tranquila?- no entendió Mikoto, confundida por la frialdad de su hermana menor.

-Lo he sabido desde hace años- respondió Hanan con simpleza, pero ahora había algo de dolor en su voz, dolor por saber que ya no tenía que fingirse fuerte, dolor porque ahora sus hermanas podían consolarla y viceversa, -mi madre me lo aclaro cuando la vi toser sangre de niña, hace ya muchos años, guarde silencio porque así lo creí conveniente-rebelo, desviando la mirada hacia su madre que el sonrió ligeramente.

Siendo tan leal a la Sultana Sakura y conociendo de antemano la enfermedad de que padecía porque así se lo había hecho saber Tenten, Seina pudo mantener la calma, más nada calmaba el dolor que sentía al ver que tan noble y excelente mentora fuera a desaparecer de sus vidas. La siempre dulce y sencilla Seina, como siempre, resplandecía por su espíritu libre y su forma física de demostrarlo por medio de vestidos—que si bien eran sencillos—realzaban su indiscutible belleza y encanto único, lucía un sencillo vestido crema claro, casi blanco, de escote corazón y mangas holgadas hasta casi cubrirle las manos, bordadas—al igual que el borde y centro del escote—en encaje rosa suave y crema con perlas incrustadas para recrear una especie de escamas que aportaban un estilo muy elegante. Por sobre el vestido se hallaba una chaqueta purpura de escote en V—cerrada casi bajo el busto y abierta a la altura del vientre—bordada en hilo de plata con perlas incrustadas para recrear flores de cerezo a lo largo de la tela, igualmente recreando el estilo del escote y las mangas del vestido inferior. Su cabello castaño plagado de rizos se encontraba elegante y perfectamente recogido tras su nuca, decorado por una diadema de tipo broche en forma de flores de jazmín ribeteada en diamantes y perlas a juego con un par de largos pendientes de plata y perla en forma de lagrima que en conjunto con todo lo demás brindaba una imagen de inocencia y sencillez, pero no siendo menos de lo que era, una Sultana, madre de un Príncipe. Habiendo sido arrancada de su hogar y traída al Palacio como tantas otras concubinas, se había sentido sola, pero en la Sultana Sakura había encontrado una madre en sus momentos de dolor y angustia, verla desaparecer significaba ver como quien había forjado quien era y le daba seguridad…se desvanecía ante sus ojos sin importar que hubiera sabido que eso sucedería tarde o temprano.

Quizás como en el caso de Seina, Masumi algún día pudiera ser o no madre Sultana si el pequeño Sasuke llegaba a ser Sultan, pero ese era futuro que solo Kami decidiría, no ella ni nadie más. Sentada junto a Seina a quien observaba confusa por su serenidad, la madre del Príncipe Sasuke vestía unas elegantes galas azules de conservador escote en V ligeramente rebajado y calzadas a su estilizada figura pero de una forma más bien holgada, cerrada desde el escote el vientre por cinco botones azules que continuaba en una falda de seda ribeteada en gasa para mayor movilidad, con mangas ceñidas hasta os codos donde se transparentaba y volvían acampanadas hasta cubrir la manos a no ser que ella las mantuviera cruzadas en su regazo como estaba haciendo. Al igual que con Seina, su larga y ondulada melena azabache estaba impecablemente recogida tras su nuca de no ser un par de rizos que enmarcaba su rostro y la corona de oro en forma de mariposas sobre su cabeza, decoradas por zafiros, topacios y diamantes multicolor a juegos con unos sencillos pendientes de oro y zafiro en forma de lagrima a imagen del dije que sostenía la cadena de oro alrededor de su cuello. Teniendo en cuenta todo lo que la Sultana Sakura había hecho para sobrevivir y proteger a quienes amaba, muchos dirían que era poco menos que burlesco de su parte decir que decisiones tan importantes debía dejarse a la providencia y a la voluntad del creador, pero Masumi había aprendido de ella que la experiencia solo fundamentaba aún más que esto era lo mejor y más sensato.

-Madre, ¿Por qué?…- Sarada se aclaró la garganta para su voz no sonara aun más quebrada de lo que ya estaba, -¿Por qué no lo dijiste antes?-pregunto con un incontenible sollozo.

-La enfermedad no tiene cura, no habría cambiado absolutamente nada al respecto- contesto Sakura con cierta indiferencia, tal vez porque ya desde hace mucho es que había pedido morir o bien porque estaba resignada a que su era llegara a su fin.

No podía ser injusta, había vivido lo suficiente para conocer todos los aspectos de la vida humana; esclavitud, resignación, caída, levantamiento, rebeliones, odio, amor…tortura, había aprendido y visto cosas que otros solo podrían soñar, pero ya era tiempo de ponerle fin a esa existencia. En silencio y con la mirada baja, Eri asintió para sí, comprendiendo finalmente porque la Sultana había aludido algo así en el pasado, entonces no lo había entendió, pero ahora sí. Sentada junto a su hija Kaori, portaba unas sencillas galas de seda azul de conservador escote cuadrado enmarcado por un margen de encaje crema ribeteado en diamantes a juego con unas hombreras del mismo material y que también conformaban unos holanes o muñequeras que cubrían a medias las manos seguidas de unas ajustadas mangas hasta las muñecas, falda de doble capa una inferior azul claro ribeteada en hilo de oro para conformaban contornos de flores de jazmín entrelazadas por el emblema de los Uchiha, y una superior que formaba parte del vestido hecho de seda azul. Su cabello miel dorado se encontraba completamente suelo pero cayendo sobre su hombro izquierdo, permitiendo a sus rizos fluir con naturalidad, resaltando la diadema sobre su cabeza, emulando flores entretejidas y ribeteada en diamantes y cristales azul claro con pequeños tozos de oro entrelazados que replicaban diminutas hojas, complementando un diminuto par de pendientes en forma de flor de jazmín con un cristal azul claro en su interior. Pero ahora que todas y todo los leales a ella sabían de la verdad…debía establecer ciertos límites, porque esto no podía ser del entero conocimiento de todos, no hasta que hubiera muerto, había decidido que no fuera de otra forma.

-No se los digo para entristecerlas, sino porque sé que merecen saber la verdad, todas y cada una de sus ustedes, mis hijas…y aquellas a quienes amo como si lo fueran- aclaro, sonriéndoles a Aratani, Eri, Seina y Masumi que se sintieron profundamente honradas por tener un lugar de importancia en su vida, o lo suficiente para saber todo de ella y haberla visto sonreír y sufrir. -Mañana es el aniversario del Imperio, el día de gloria en que la alegría regocija los corazones de todos, si no erro en mis resoluciones, mañana será mi último día con ustedes, quiero que luzcan radiantes y que celebremos como si no sucediera nada- menciono a modo de petición, aludiendo la razón de importancia por la que había decidió dar por terminado su silencio y porque quería que continuara siendo un secreto…para ciertas personas, -ninguna tiene permitido decirle la verdad a su padre, no, él no lo sabrá, así lo he decidido, no hasta mi último aliento- aclaro ante la confusa mirada de Sarada que no esperaba tal decisión e su parte, pero estaba resignada a aceptarla.

Finalmente y tras una larga evasión es que su mirada se centró en su nieta Kaori, la única hija de su fallecido y adorado hijo Kagami. Resplandecía en un sencillo vestido blanco calzado a su juvenil figura de doce años, de escote corazón, con un escote falso en V ligeramente más alto y recatado, y mangas ajustadas hasta los codos que se volvían holgadas hasta cubrir la altura de las muñecas, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de terciopelo blanco-crema, cerrada bajo el busto y abierta bajo el vientre, sin magas y estampada para recrear hojas otoñales verde esmeralda y rellenadas en verde jade. Su largo cabello rubio castaño estaba recogido en una trenza mariposa que hacia caer sus largos rizos libremente tras su espalda y que de igual modo resaltaba la sencilla corona de base de plata y perlas que formaba una estructura de cristales y diamantes en forma de jazmines y flores de cerezo a juego con un par de pendientes de plata y perla en forma de lagrima y una cadena de pequeñísimas perlas que sostenían un dije de oro que representaba el emblema de los Uchiha y del cual pendía una perla en forma de lagrima, todo conformando una imagen de inocencia que Kaori indudablemente sabía realzar por su bondad y dulzura espontanea. Lo que les estaba pidiendo a todas—especialmente a sus hijas—era difícil, lo sabía porque la tentación de revelarle la verdad a Sasuke era muy grande, pero de hacerlo solo prolongaría más su dolor y acortaría la reconciliación que merecía otorgarle, claro que nunca podría perdonar todo lo que él había hecho, pero no quería morir odiándolo ni lamentándose de haberlo torturado más de lo que sabía que él lo hacía sobre sí mismo, no le pediría a Hanan que odiara a su padre, ni tampoco podía pedírselos a Mikoto, Shina o Sarada, pero había alguien que compendia perfectamente el por qué pedía eso.

-Si, madre- respondió Izumi, limpiando las lágrimas de sus mejillas.

Era polémico, claro, pero su madre había decidido no perdonar al Sultan y aun cuando el resto de sus hermanas no pensaran igual o no lo comprendieran ella sí; cumpliría la voluntad de su madre sin importar lo que pasara.


Este Palacio, en su gloria, fue creado con el fin de representar la opulencia, el poder, la alegría que la fama y el triunfo podían traer, más desde el primer instante en que surgió la enemistad, en que se libraron batallas, en que la sangre ha manchado los muros, el mármol y la gravilla que lo cubren todo…las lágrimas se alojan entre las baldosas, el sufrimiento se oculta bajo la seda, el oro, la plata y las gemas más sublimes que el mundo pueda ver, la inocencia se pierde, la alegría es una fantasía irrealizable. La inocencia era un bien insuperable, el más preciado y difícil de mantener, quizás ella fuera diferente de otras Sultanas por haber luchado por mantenerlo, pero ni siquiera sabía si por ello era mejor o diferente. La Sultana Kaede, la Sultana Miso, La Sultana Mito, la Madre Sultana Mikoto y la Sultana Mei, había ido y conocido a algunas de estas mujeres y aprendido que nadie intentaba luchar por el bien de otros, nadie realmente intentaba preservar su inocencia, no como ella había hecho, quizás esta lucha tan fútil le hubiera permitido ser amada por el pueblo, quizás la hubiera hecho más digna, pero en realidad no tenía modo alguno conque saberlo. Día tras día hay que levantarse, si, levantarse y pelear para morir otro día, eso es lo que yo hago, luchar, luchar por una causa sin sentido en este tiempo pero que, con toda seguridad, resultara importante en el futuro, lo sé, mi corazón me lo dice, quizás fuera tonto continuar luchando tras tantos golpes, tantas batallas ganadas y perdidas, tantas victorias y derrotas ecuánimes, pero si se nacía luchando por algo en lo que se creía y por meras ambiciones como hacían la mayoría de las personas, definitivamente no había forma más noble que morir que como se había vivido; luchando hasta el final.

Sumergida en sus propios pensamientos, meditando sobre qué hacer en las horas—no sabiendo si categorizarlas como un día—que le quedaban de vida, se dejó agasajar y bañar por sus doncellas y mayor confianza, se dejó sucumbir ante la nostalgia por el aroma a agua de rosas que imperaba en el ambiente y con la cual era impregnada su piel y cabello; amaba a Sasuke, ni cuando él cometiera los crímenes más condenados por la humanidad podría dejar de sentir lo que sentía por él, no habiendo estado juntos por tantos años, no habiendo pasado por tanto ni habiendo significado lo que significaban el uno por el otro, él era la única razón por la que—presa de tantos miedos, inseguridades y temores—se había levantado y había continuado luchando, ni aun cuando hubiera perdido a todos su hijos, ni aun cuando no tuviera una ambición real o personal por la cual caer y volver a luchar…él había sido esa razón, la razón por la que continuar, la razón o el obstáculo al cual asirse y eso ella era en su vida, porque cuando se odiaba a alguien se podían encontrar mil y un razones, e incluso más para continuar sosteniendo ese odio, pero cuando se amaba…no importaba nada más que amar, no importaban las razones, ni el cómo ni él cuando, solo importaba ese sentir y finalmente tras tanta tozudez de su parte volvía a entenderlo y como nunca había hecho, ¿Era tarde para entenderlo? Puede que si y no, reconocía que había errado y enmendaría las cosas, eso era suficiente, había vivido y visto tanto que ya ni siquiera le importaba irse al cielo o al infierno, solo quería ver por terminada esa existencia llamada vida.

No renunciare, si llegue hasta aquí no era para rendirme, moriré sabiendo que dejo tras de mi todo y más de lo que podía esperar, no muero sin una razón, no, muero tras haber vivido una era entera, una eternidad de horrores y maravillas sin par, mil vidas en una sola, esa ha sido mi existencia

El tiempo precio volar ante sus ojos, pues antes de haberse dado cuenta ya se encontraba de regreso en sus aposentos, sentada sobre el diván frente a su tocador mientras sus doncellas terminaba de arreglar. Para una ocasión como lo era esta había elegido un vestido que jamás había usado, o por lo menos no hasta la fecha, hecho de seda miel grisáceo de escote corazón perfectamente detallado a su figura, cerrado desde el escote hasta la altura del vientre por seis botones de diamante que continuaba en una falda de seda apenas y ribeteada en gasa; los laterales el corpiño, la falda superior y las muñecas—transparentes y ceñidas hasta las muñecas—estaban hechas de encaje crema de un degrade tan claro que parecía ser blanco y finalmente una especie de mangas superiores, de seda miel grisáceo, holgadas y abiertas desde los hombros que cubrían parcialmente parte de las mangas inferiores. Observo frente al espejo como Temari rizaba su cabello con un cuidado único, como siempre, pero especialmente simbólico, teniendo un halito de nostalgia plasmado en el rostro, dejando caer libremente esos elegantes rizos rosados tras su espada mientras Tenten colocaba en su cima una bella aunque sencilla corona de oro en forma de flores de jazmín decorada pro diminutos diamantes y cristales multicolor a juego con unos pendientes de oro y cristal en forma de lagrima. Todo parecía haber estado dispuesto para la perfección absoluta y eso representaba su reflejo frente al espejo; un vestido único, una apariencia avasalladora sin importar que por dentro se sintiera morir a cada instante; irónico la verdad, pero esa era su vida.

Haseki y única esposa legal del Sultan del Mundo, Sultana de los Pobres, Madre Sultana del Imperio Uchiha, Regente Oficial, la Madre Magnifica, Madre Superior, Máxima Autoridad, Voz del Estado, Madre Noble, Madre Asesinada, Madre Martirizada, me dieron todos esos títulos y reconocimientos a lo largo de mi vida, quizás sin merecerlo era lo primero que se le ocurría pensar inevitablemente porque nunca había tenido la intención de ser el ídolo, el ángel a quien todo el pueblo y el Imperio veneraban ¿Cuántas mujeres me habrán envidiado por ser quién fui? Y cuan gustosamente hubiera preferido mantener mi destino original como una simple plebeya griega para no vivir ni recordar las torturas de que solo yo puedo dar testimonio. El poder realmente era muy adictivo para todos aquellos que no sabían que hacer con él, especialmente si se trataba de alguien que no había nacido con él por derecho propio y que acababa sucumbiendo a él y se perdía en ello, olvidaba sus orígenes y solo vivían por él, pero afortunadamente-y lo agradecía de todo corazón-ella no había sido una de esas personas, aún hoy deseaba poder haber tenido otra existencia y haber sido quien originalmente había creído que sería; una simple plebeya griega. No dará el mundo en toda su historia una Sultana tan desdichada como lo fui yo que, salvo por conocer un amor tan grande y perfecto…padecí y agonice hasta mi último respiro cuya fecha solo Kami conoce…

Despertó de su meditabundo ensueño en cuanto Ino se aproximó, tendiéndole sus muñecas y permitiéndole impregnarlas con perfume al igual que en el cuello y el escote, y antes de darse cuenta Tenten—situándose tras suyo—ayudada por Temari que aparto su cabello, envolvió alrededor de su cuello un collar que llevaba ya mucho tiempo y cuyo broche cerro finalmente, el mismo collar que Sasuke le había obsequiado y que representaba el emblema de los Uchiha; quien era, no podía retractarse.


-Adelante- indico Sasuke al escuchar que llamaban a la puerta, pero sin mostrar interés mientras continuaba con su lectura, ni aun cuando las puertas se abrieron.

Lo primero que había hecho al llegar a ese Palacio, con toda la intención e individualismo que poseía, había sido enamorarse de Sasuke, se había enamorado de su corazón noble y cargado de bondad, había visto en él los miedos que ocultaba de todos, su temor a sucumbir a la crueldad, lo había acompañado y habían estado juntos en el nacimiento de cada uno de sus hijos y separarse a estas alturas definitivamente era el peor error que podían cometer, y ahora, aun tras todo lo hecho Sakura seguía considerando que él era el paraíso en la tierra a sus ojos, había temido que su ira y odio, su afán por proteger a la dinastía y al Imperio—como ella—acabaran por perjudicar a quienes amaba y quizás había sido así, pero era mil veces pero mentirse a si misma y decir que ya no lo amaba. Vestía—por sobre la usual túnica de seda color negro, de cuello alto y mangas ceñidas hasta las muñecas—un elegante y magnifico Kaftan gris oscuro bordado en hilo de plata, de aspecto metálico; cuello en V cerrado a cinco centímetros bajo la altura de los hombros, por cuatro botones de diamante entrelazados por cadenas de pata, hombreras y cuello posterior de terciopelo color negro, mangas hasta cinco centímetros por sobre la altura de los codos, abiertas en los costados y levemente cerradas por cadenas de plata, con mangas posteriores que oscilaban tras los brazos como lienzos, y una caída elegante que permitía la visualización de las botas de cuero color negro que usaban, todo el conjunto cerrado por un fajín de terciopelo color negro. Sumergido en sus propios pensamientos, resulto divertido para Sakura verlo sorprendido e incapaz de moverse siquiera apenas levanto la mirada y se encontró con ella.

-Majestad- reverencio Sakura debidamente, bajando la mirada por apenas un instante.

-Sakura…- murmuro el Uchiha, no sabiendo que hacer o decir.

La Inocencia era el bien más preciado que existía en el mundo, porque se perdía con facilidad, eran pocas aquellas personas que eran capaces de sostenerla o siquiera intentarlo, él había perdido en esa batalla, sabía que ya no era el mismo joven idealista que con dieciséis años había subido al trono, pero en contraparte con él su esposa si lo había logrado, ahí de pie frente a él era el reflejo de la perfección y la bondad misma; un ángel. Su relación con Sakura era diferente, no había sido la habitual relación entre un Sultan y una concubina del harem; había sido amor verdadero y aun tras tantas adversidades Sasuke creía que estos sentimientos aun perduraban y que continuarían haciéndolo porque Sakura era diferente, eso lo hacía amarla tanto, porque tenía una inocencia que nadie podía profanar, no había permitido que su corazón se envenenara ni por la ambición, ni por el poder ni por nada que existiera en el mundo, por eso había añorado su presencia, por eso tenía el lugar que tenía en su corazón. Claro, como cualquier mujer dentro de la historia del Imperio es que Sakura había aprendido a hacer cosas a espaldas de los demás, incluso de él, había aprendido a conspirar, atacar y engañar, pero pedirle que no hiciera esto era como pedirle que no hubiera dejado de ser la frágil adolescente y plebeya griega traída al Palacio y que había pasado a ser una Sultana, había madurado tal y como él también haba tenido que hacerlo, era parte de su vidas y sus destinos. Por mucho tiempo había tenido miedo, si Sakura dejaba de amarlo su vida dejaría de tener sentido, si ella lo odiaba todo su mundo se vendría abajo, pero ahí y rompiendo con sus propias y anteriores palabras, pronunciadas hacía ya dos años atrás la última vez que se habían dirigido la mirada o la palabra…él no había podido temer a sus amenazas de atacarlo o herirlo porque ene fondo de su corazón sabía que merecía es y más, pero no podía dejar de amarla y por un largo tiempo había intentado creer que ella pensaría igual, pero...Kami, no sabía qué hacer si la perdía y ahora sentado sobre el diván, era incapaz de moverse, incapaz de considerar que el que ella estuviera frente a él fuera una realidad.

-He venido aquí luego de tanto tiempo porque deseo que nuestras rencillas pasadas queden atrás-inicio Sakura calmadamente, cruzando las manos por sobre su vientre en un gesto personalmente nervioso mientras evadía la incrédula y sorprendida mirada de Sasuke que apenas y conseguía parpadear, sin siquiera pensar en quitarle la atención de encima, -a lo largo de todo este tiempo intente creer que lo que sentía era tal que podía olvidarlo, pero resulto absolutamente imposible para mí, porque tú fuiste, eres y serás todo lo que tengo en este mundo, lo perdí todo y aun así tú sigues junto a mí y lo que yo debo hacer es permanecer a tu lado, a pesar de todo- Sasuke pareció reaccionar al escucharla, pero aun así Sakura sintió como necesario continuar explicándose, porque le debía eso, si él había errado ella también lo había hecho, había roto con su promesa de estar siempre para él, no había sido justa y leal como había prometido, ella también había fallado. -Pobres son mis excusas para defenderme al respecto por mi ausencia, pero te amo y espero que eso sea suficiente porque nuestro deber en estos días es olvidar, dejar el pasado atrás y centrarnos en el futuro- sin poder evitarlo su voz se quebró ligeramente al decir esto último, porque ahora que recaía en sus propios errores se daba cuenta de lo ciega que había estado y se daba cuenta de cuanto lo amaba y lo mucho que lo había extrañado.

Había hecho cosas impensables, para empezar había renunciado a su vida y pasado por Sasuke, había renunciado a sus orígenes y accedido a ser una Sultana, la madre de sus hijos y esposa pese a haber aprendido lo que todo ello conllevaba, pero de nada servía pensar en que había sacrificado ella, ¿Y Sasuke?, ¿Que había sacrificado él? Sus decisiones ya habían sido difíciles pero las de Sasuke habían sido el doble, sus limitaciones mayores, solo amarla y casarse con ella ya había resultado polémico. Había sido injusta con él, no se había detenido a analizar los hechos, él que era su lama gemela, su sol y su alegría, su guardián y ella su ángel…traicionar a la persona amada era el mayor error a cometer sobre la tierra y ella lo había hecho, se había olvidado que era mujer y esposa, solo se había dedicado a ser madre. Así que ahora, habiendo dicho lo que tanto le imploraba su corazón, pero no admitiendo la verdad que pondría fin a su vida, solo pudo bajar tristemente la mirada, presa de la angustia por no saber si merecía ser perdonada, porque si él había errado ella había también e incluso más porque él nunca la había traicionado, pero ella sí. Le tomo un par de segundos a Sasuke comprender lo que acaba de oír y no, no se trataba de ningún sueño, siempre había creído que la solución a la disputa entre ambos había estado en sus manos, que de él dependía remediar este problema con su esposa y seguía pensando así, pero no siendo capaz de soportar la lejanía que los embargaba es que Sakura había dado el primer paso, ella no había aguantado estar lejos de él. Lentamente, aun resultándole difícil recordar que esto no era un fantasía o algo así, el Uchiha se levantó del diván y con lentitud tomo el mentón de su esposa, haciéndola levantar la mirada, cuanto había anhelado volver a contemplar su rostro, escuchar su voz y sentir su perfume y ahora estaba frente a él, no le había pedido perdón dignamente hasta ese momento pero tenía que hacerlo, después de todo el verdadero culpable dentro de esa historia era él.

-Quien realmente erro aquí soy yo- reconoció Sasuke, viendo la inmediata protesta de su parte lo que lo hizo sonreír, cuando había extrañado esa necedad y tozudez, pero desgraciadamente no podía permitirle llevarle la contraria esta vez, ella ya había tenido que soportar mucho por su causa, él ya la había escuchado ahora era su turno de escucharlo a él, -si te llame tan insistentemente este tiempo fue porque intentaba convencerme de que no había cometido un error, pero si hice lo que hice fue porque de no haber sido así el Imperio hubiera entrado en una guerra civil, enfrentando a Shisui e Itachi entre sí a la menor oportunidad- Sakura desvió casi imperceptiblemente la mirada a la par que asentía, pero Sasuke comprendió que era porque pensaba igual, aunque a ella misma le hubiera dolido aceptar eso era lo que habría terminado por suceder por causa de Takara. Entrelazando sus manos con las de ella, Sasuke la hizo levantar la mirada, encontrándose con su intenta mirada ónix que ella tanto había extrañado. -Quiero que sepas que, al igual que tú, no hay instante en que no recuerde esa noche y lo que significo, porque una parte de mi murió junto con Shisui- admitió, siendo que aun tenía pesadillas sobre esa noche, escuchando la voz de su hijo, pero por más frió que sonase había hecho eso por el bien el Imperio y esperaba que Sakura lo entendiera. -Aunque no lo merezco, pido tu perdón y compañía- suplico, necesitando de una respuesta de parte para estar tranquilo.

No era el mismo Sasuke que había podido ejercer originalmente la crueldad con indiferencia, haber sido padre y sentir amor incondicional por sus hijos y su esposa lo habían cambiado, habían permitido que mantuviera su conciencia pese a que no lo demostrar, Mikoto era su mayor orgullo, Shina era mil veces más de lo que hubiera podido esperar, Sarada era perfecta, Izumi lo dejaba boquiabierto y Hanan era sus ojos, esa niña era su predilecta; Baru había sido un gran Sultan, Itachi hubiera sido un magnifico guerrero, Daisuke…nadie lo había hecho sentir tan orgulloso, Rai quizás no había sido un hijo que hubiera pensado tener pero siempre había tenido un lugar especial en su corazón porque Sakura lo había educado, Kagami había sido el más perfecto de todos un sucesor ideal, y aun pese a sus diferencias Shisui había sido muy importante en su vida al final y en sus últimos momentos se había sentido identificado con él como con ningún otro de sus hijos…pero el Imperio era lo importante, como Sultan lo sabía y había hecho necesario por el bien del imperio, pero aun así necesitaba del perdón de su esposa, solo entonces podría estar tranquilo. Todos sus enemigos, las traiciones y heridas vividas habían terminado por asesinar a la inocente Sakura que había llegado al Palacio a tal punto que ahora ni siquiera podía reconocerse cuando se veía en el espejo, sabía que centraría a como habrían hecho otras Sultanas en su lugar, ella nunca le había mentido a Sasuke sobre lo que hacía, pero por mucho que lo amara no podía perdonarlo, ese deber no estaba en sus manos sino en las de una autoridad más grande, claro que ella podía hacer de borro y cuenta nueva de lo que había sucedido, pero no…no podía perdonarlo.

-Pese a que el dolor aun persista en mí, por todo lo sucedido, sé que ambos estamos sujetos a una mayor entrega de la que nos corresponde como seres terrenos- aclaro Sakura, ocultando en sus palabras un determinado grado de perdón, pero sin poder decirlo de viva voz, su corazón y orgullo de mujer se lo impedía. -Y por ello debemos de ir juntos en todo, sin importar lo que eso signifique- determino, acercando más su rostro al de él a tal punto que sus frentes estuvieran a punto de tocarse.

-¿Siempre juntos, ángel?-murmuro Sasuke sin apartar sus ojos de ella

-Siempre juntos, Sasuke- sonrió ella, no pudiendo negarse a nada de lo que él le pidiera.

Eso era más que suficiente para él que teniéndola a su lado podía olvidar todas sus preocupaciones y temores, su mirada y su sonrisa aliviaban su dolor y pesadillas, no haberla visto por tanto tiempo era el infierno mismo y—y sin poder contenerse—la estrecho entre sus brazos, aceptando que eso no era un sueño sin importar que lo pareciera, ella era el oxígeno que tanto necesitaba para respirar, sintiéndola corresponder y abrazarlo con todas sus fuerzas, respirando contra el costado de su cuello como él hacia sentía que por fin su dolor había cesado y su tristeza terminaba, por fin podía olvidar. Lo amaba con todo su corazón y quería pensar que estaría bien cuando ella se hubiera ido, quería que él continuara con su vida cuando ella ya no estuviera, ya ocupaba el lugar de mayor importancia en su corazón y estaría con él hasta el fin de los tiempos, no la engañaría si llegaba a amar a otra mujer, es más; deseaba que lo hiciera porque su amor era tan embriagante que cualquier mujer se sentiría dichosa de sentirse amada por él tanto como ella se sentía, él aun podía tener hijos con otra mujer si se lo proponía, tenía mucho amor que darle a quienes lo rodeaban, solo quería que la recordara en algún momento durante cada día al menos, cobrar esta importancia para él era suficiente, pero necesitaba que él siguiera con su vida sin ella, necesitaba que no permitiera que su corazón se secara. Era feliz por solo compartir el mismo aire que ella, por compartir el mismo techo y la misma cama otra vez…tenía miedo, había oído que estaba muy enferma y esta preocupación solo se había magnificado al oír que había abandonado el Palacio, no quería creer que ella fuera una mujer débil porque nunca lo había sido ni seria, pero necesitaba saber qué es lo que le sucedía realmente, solo seguiría viviendo si ella lo hacía, dependía de su respuesta y del camino que ella fuera a seguir.

-Dijeron que estabas enferma- aludió Sasuke, acariciando cuidadosamente su espalda, jugando con su cabello en el proceso, temiendo que algo tan nimio pudiera separarlos.

-Ya no- mintió Sakura, a punto de morderse la lengua por sentir un impulso de decirle la verdad, más aun así no lo hizo, -no quiero que pensemos en nada más esta noche, en nada más que nosotros- pidió, rompiendo finalmente el abrazo, marcando una distancia apenas palpable entre ambos.

Con una inocente sonrisa adornando su rostro, sin apartar su mirada de la de Sasuke, la pelirosa aferro sus manos a sus hombros y pecho, refugiándose en él como no había hecho por meses infinitas noches, cuando tanto había anhelado encontrar paz, ahora era capaz de dejar todo atrás y concentrarse en lo que ambos sentían y vivían en eso momento, sintiendo a Sasuke rodearle la cintura por inercia, apegándola más cerca de él. Lenta y tentativamente el Uchiha rozo su nariz con la de ella haciéndola sonreír levemente a medida que se relajaba y cerraba los ojos disfrutando del entrañable momento, de la oportunidad de volver a estar juntos como ambos tanto habían anhelado que sucediera, porque ya no podían pasar más tiempo lidiando con una distancia que para ambos era insostenibles. Sonriendo sutilmente en todo momento, Sakura acorto la distancia entre ambos levantando la cabeza para alcanzar a besar cuidadosamente sus parpados. Justo cuando Sasuke creyó que podía continuar avanzando y retribuir la dedicación que ella plasmaba en todas sus acciones es que sintio un cálido beso sobre su frente, deteniéndolo. Delicadamente, sintiendo un puñal enterrarse en su corazón por haber sido tan tonta como para esperar tanto por este momento que la llenaba de insospechada fortaleza, Sakura aparto sus labios de la frente del Uchiha, sabía que ella también había errado, no había sido lo bastante cauta, no había prestado la suficiente atención para evitar tantas tragedias…pero había velado por sus hijos y ni siquiera esto lo había hecho bien , de hecho toda su vida eran meros intentos, quizás la recordaran más de como merecía ser recordada, pero ahora eso importaba poco, en esos momentos y con él no quería pensar en deberes, responsabilidades o política, solo quería volver a estar en sus brazos como no había sucedido en tanto tiempo. Sasuke acorto aún más el espacio entre ambos para satisfacción propia y de ella, encontrando el punto exacto de su cuello donde retozaba la mayor cantidad de ese embriagante aroma a rosas y jazmines que emanaba de su piel, ese perfume y todo a su alrededor le decía que lo que estaba viviendo no era más que un sueño, pero sabía por primera vez en mucho tiempo que no era así, no importaba cuanto cerrara los ojos y pensara en despertar, lo que estaba ante él era la realidad, su única realidad y que había sido apartada de él por causa sus errores, pero no debía pensar en eso, no ahora, ya habría tiempo mediante el que reparar todo lo facturado, peor ese momento no era ahora.

-Tu aroma me vuelve loco Sakura…- admitió Sasuke, perdido en todo lo que había añorado de ella; su presencia, su aroma, su sonrisa, su voz…Kami, todo en ese instante le parecía un sueño, un sueño del que en cualquier momento habría de despertar, era muy difícil creer lo contrario, -me enloqueces por completo- murmuro contra su cuello, sintiéndola temblar ligeramente ya fuera por sus palabras o la atención que cernía sobre ella.

Se sintió plena al escucharlo hablar así; una mujer podía ser hermosa, muchos podían elogiarla como tal, pero no podía realmente sentirse hermosa hasta saberse deseada, saberlo y sentirlo en el cuerpo, el alma y la sangre significaba una satisfacción sin límites, y saberse deseada por el hombre que tanto se amaba, haber sido su primera y única mujer, despertando en él pasiones que nadie más podría…esa satisfacción no tenía comparación, no tenía forma de ser superada. Una de sus manos descendió con parsimoniosa lentitud a través de la tela del Kaftan que portaba, teniendo el máximo cuidado de, en su camino, —al saberlo perdido en su perfume—desabrochar lentamente los botones y desanudar el fajín, abriendo la tela, distrayéndolo y a si misma con un beso que ambos habían anhelado co toda el alma y que en ese momento fue definitivamente un bálsamo, si, un bálsamo para recordarles que eso no era ningún sueño ni ninguna fantasía pese a que lo pareciera. Completamente doblegado por la mujer que más amaba en el mundo, el Uchiha apretó su brazo alrededor de la cintura de ella hasta acortar toda distancia posible—exceptuando la ropa que aún tenían puesta—haciéndola entreabrir los labios de la sorpresa, permitiéndole profundizar el beso que si bien había sido satisfactorio, solo lo hacía desear más y más de ella. Le mordió los labios haciéndola jadear y dándole el espacio suficiente para introducir su lengua y sentirla temblar entre sus brazos.

A conciencia y con una inocente sonrisa adornando su rostro es que aun contra sus propios deseos, confundiendo a Sasuke, rompió el beso, percibiendo la confusión en su mirad ay e temor a que ella quizás solo estuviera jugando con él como una venganza personal por todo lo hecho…pero no, nunca podría intentar algo contra él, ni aunque eso significara salvar al mundo entero, ¿Cómo matar el amor que aun la mantenía viva? Aferrando sus manos a los hombros de él, marcando una sutil distancia, se deshizo del Kaftan, deslizándolo por su hombros y dejándolo caer al suelo, acercando su rostro al de él como una muda tentación, segura de que al igual que su caso sus ojos reflejaban el inmenso deseo que sentía y que había creído extinto por la distancia que empeñosamente había sostenido pero que por fin se daba por terminada. Sentir miedo era algo ilógico, claro; ella había venido a él, ella se había adjudicado culpas pese a ser la criatura más inocente del mundo, pero percibiendo su actuar y siendo testigo de esos profundos y oscurecidos pozos esmeralda que no se dedicaban a más que entrelazarse con su mirada conseguían subyugarlo como si fuera un embrujo, uno al que estaba dispuesto a ceder de principio a fin. Sintió una de las manos de Sakura entrelazarse con la suya y ante la cual se afianzo sin oponer ningún tipo de resistencia, dejándose guiar y llevar hasta la cama donde ella, pidiéndole permiso con la mirada, lo sentó cuidadosamente, dedicándose a observarlo con esa permanente e inocente sonrisa en su rostro. Si ese instante era una fantasía o no, Sasuke solo estaba seguro de una cosa mientras sentía los brazos de Sakura volverse alrededor de su cuello; no quería despertar.

Apartado cuidadosamente la falda de su vestido para que no resultara una incomodidad, Sakura se dejó caer a horcajadas sobre el Uchiha, sonriendo para si al sentirlo deshacer con premura los cordones que cerraban el vestido en su espalda, era su última noche juntos y—dejándose caer sobre su pecho, tumbándolo sobre la cama—se dedicarían a que fuera perfecta…


La penumbras cubrían el cielo en una noche inusualmente fresca, claro que era primavera pero esto no cambiaba absolutamente nada, situado en oriente el Imperio Uchiha gozaba de una estabilidad inusual, inviernos muy fríos ciertamente pero de veranos amablemente cálidos sin resultar excesivos en ningún sentido y esta primavera no era diferente de tantas otras que anteriormente hubieran tenido lugar, pero esta noche sí; las nubes cubrían el firmamento pero extrañamente la luna aun así era visible así como unas cuantas estrellas, todo en el Imperio era calma, ningún eco se escuchaba en las calles ya que todos se encontraban durmiendo en sus casas o en los albergues de la Sultana Sakura y en el Palacio Imperial sucedía igual, las concubinas dormían en el Harem, las Sultanas y Príncipes en sus aposentos, todo estaba en calma antes del culmine día que sería el aniversario del Imperio un día donde todos tenían el derecho de disfrutar y ser felices como nunca, el único momento del año donde se merecía celebrar sin más y agradecer por la vida que se tenía. Pero había un punto del Palacio donde toda la cama se rompía, donde no había felicidad de ningún tipo, solo inquietud, desahucio y languidez; tan apresuradamente como su cuerpo se lo permitió es que la Sultana Haseki se levantó de la cama que hasta entonces había compartido con el Sultan sencillamente ataviada un camisón de seda crema clara de calzado e inocente escote corazón, sin mangas y que cubrió a medias con la bata de terciopelo y encaje plateado junto a la cama sintiendo sus largos rizos arremolinarse sobre su hombros y tras su espalda, jadeando e intentando respirar pausadamente se acercó al vestido que anteriormente había usado y que descuidadamente sobre el suelo reviso, encontrando un pañuelo que siempre llevaba consigo, a medas volteo su rostro hacia la cama, cubriéndose la boca con el pañuelo y acallando el dolor que nacía desde su pecho al toser contra él

Recostado sobre la cama, ajeno al padecimiento de su esposa se encontraba le Sultan Sasuke a quien Sakura vio removerse con calma, sin representar atisbo alguno de que la hubiera visto u oído levantarse, pero no podía correr un riesgo de ese ni ningún tipo allí, permaneciendo casi junto a la cama, si Sasuke despertaba de un momento a otro y la veía así definitivamente seria su ruina, todo cuando había fraguado se vendría abajo y ya nada de lo que había hecho hasta ese momento tendrían ningún sentido. Respirar le resultaba doloroso y aunque lo hubiera intentado o se le fuera la vida en ello sabía que no podría hablar, apoyo una de sus manos sobre el escritorio en su camino, dirigiéndose hacia la terraza, intentando no perder el equilibrio solo por la repentina pero relacionada flaqueza que sentía por la falta del aire y que con suerte le permitía moverse, sin descubrirse los labios se recargo en las puertas y diván en su camino, intentando ser lo más rápida posible al aproximarse al balcón sobre el que apoyo sus manos, dándose un respiro y jadeando pesadamente, el aire limpio la ayudaba a sentirse mejor pero apenas, no la ayudaba a respirar lo suficiente, no como necesitaba de verdad porque eso se lo impedía su corazón y su propia debilidad, su fatiga por sostener una vida que su cuerpo ya no podía, pero no se rendía sin importar que su cuerpo se lo estuviera pidiendo a gritos. En un minúsculo instante de seguridad reviso el pañuelo que sostenía en la mano, intentando ver que tan mala era su situación, había estado durmiendo bien junto a Sasuke hasta hacia solo unos cuantos momentos atrás, todo había sido perfecto, por un instante había sentido que se podría bien, que quizás ocurría un milagro…pero al desdoblar el pañuelo y verlo completamente manchado de sangre supo que no había ninguna posibilidad, su vida se estaba acabando y puede que más pronto de lo que ella hubiera pensado, quizás lo que pensara hacer al día siguiente debería ser modificado pero tenía que llegar a mañana, tenía que hacerlo, no podía morir, no ahora.

-Kami…permíteme aguantar un día más- rogo elevando la mirada a los cielos intentando respirar lo suficiente para hablar y apenas y conseguía hacerlo. -Permíteme llegar a mañana- rogó agitada.

Un día, solo un día más y su existencia habría llegado definitivamente a su fin, tenía que llegar a mañana, tenía que vivir lo suficiente, tenía que resistir.


PD: había prometido actualizar esta semana, creí que tardaría más pero lo cierto es que inicie inmediatamente el lunes tras concluir la actualización de "El Sentir de un Uchiha" cuya precuela "El Clan Uchiha" actualizare este fin de semana para seguidamente seguir con "Operación Valkiria" la próxima semana :3 dedico la actualización a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro, cumpliendo mi promesa de actualizar en su nombre, como siempre :3), a Adrit126(agradeciendo su continua presencia y prometiendo actualizar su fic "El Emperador Sasuke" en tanto tenga tiempo el próximo fin de semana)y a todos aquellos que sigan la historia o alguna de mis otras historias en todas sus formas, sin excepción :3 Se que aun no lo parece pero haré que Sasuke y Sakura tengan un final feliz, cuando este fic termine-siendo que aun faltan unos cuantos capítulos más-ofreceré hacer una secuela inspirada en el final, pero solo si gusta lo suficiente :3 Además, más adelante tengo la esperanza de hacer adaptaciones de Star Wars (luego del estreno de Han Solo: Una Historia de Star Wars) y Avatar (a finales de este año o durante el próximo año, antes de que se estrene la secuela en 2020) y lo digo en serio, sumado a muchas otras historias igual de apasionantes de aquí al próximo año, recordandoles además que si tienen alguna sugerencia con respecto a series o películas que quieran como adaptaciones, apreciaría que la aportaran, recordándoles que este fic, y los otros que hago, son por y para ustedes :3 los amo, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.