-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem), Tugay Mercan (Sultan Ibrahim I) y Hande Doğandemir (Sultana Turhan Hatice). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 51

Está autorizado masacrar a sus hermanos por amor a nuestra religión, eso es lo que hasta ahora habían dictaminado nuestras leyes, así es como siempre fue, es igual para todos los príncipes, tenían dos caminos; el trono o la muerte, reflexiono Sakura sentada frente a su tocador la mañana del día siguiente, dejándose arreglar con más dignidad que nunca por Tenten y Kin que con nostalgia y tristeza hacían todo lo posible por no dejarse abatir, no por su gloriosa Sultana que permanecía tan estoica y perfecta como siempre lo había sido. Era un día glorioso, el aniversario del Imperio y como Sultana Haseki no podía lucir menos que perfecta en este ultimo día, por lo que analizo con disimulada atención su reflejo; hacia tan solo unos momentos atrás Temari había peinado afanosamente, sus largos rizos rosados para recogerlos elegantemente tras su nuca, dejándole el camino libre a Kin que ahora hubo colocado la corona más acorde con la ocasión sobre la cabeza de la Sultana; se trataba de una corona de oro que estaba decorada con rubíes, granates, diamantes y cristales rojos que conformaban una estructura, que replicaba rosas, diminutos capullos, así como rosas que parecían estar floreciendo, mientras que la Sultana—de manos de Tenten—hubo recibido un par de pendientes que se colocó por sí misma, un par de cunas de plata y diamante en forma de lagrima en cuyo centro se encontraba un rubí homologo. Por culpa de esto cada príncipe crecía y vivía con miedo a sus ejecutores, con miedo a la muerte, es por eso que mis hijos tuvieron que morir, porque sufrieron los remanentes del cambio de una época que se dejaba atrás, el ultimo respiro de cada bebé, cada niño y príncipe joven dependía única y exclusivamente de la ascensión al trono y el poder que se ganaba, solo había conciencias sangrientas, corazones heridos, almas desoladas…no pudo evitar tragar de forma casi inaudible producto de la nostalgia y tristeza personal que le traían estos pensamientos, asintiendo de forma casi imperceptible, permitiéndole a Tenten colocar alrededor de su cuello un collar de plata con seis broches de cuna de diamante con granate en el centro, y uno levemente más grande enseñando un rubí que formaba el dije Imperial de los Uchiha, y cuyo broche fue cerrado tras su nuca con delicadeza, casi con veneración.

Finalmente y con un mudo suspiro abrió el diminuto cobre de oro sobre su tocador y sobre la cual reposaba la sortija de las Sultanas, había pasado de la Sultana Kaede—esposa del Sultan Hashirama—a la Sultana Miso—la esposa del Sultán Tobirama—y luego a la Sultana Mito de quien Sakura lo había tomado como precio por la vida de su padre y hermana y que ahora, con increíble dignidad, ciño a su dedo anular con autoridad y coraje. Y el poder absoluto de un Sultan representaba al mismo tiempo el llanto de una madre, el grito doloroso de una madre que estaba obligada a decirle adiós a sus hijos, una última mirada, una última caricia, un último abrazo, y el último aliento. Se había esmerado como nunca en su apariencia, jamás se había centrado tanto en ser y lucir como aquello que era; la Sultana más poderosa del mundo. Ciertamente solo había vivido para ver a dos Sultanes, no era un logro tan portentoso del cual presumir, pero si podía sentirse dichosa porque tres de sus hijos habían sido declarados Sultanes, uno siéndolo formalmente y dos que habían sido considerados como tal por obra suya y por el sacrificio que habían cometido; Baru, Daisuke y Shisui. Como madre había sufrido lo indeseable, pero como Sultana…sabía que algún día todo su sufrimiento valdría la pena y evitaría que alguien más tuviera que padecer lo mismo que ella, eso la dejaba tranquila. Soy Sakura, es mi voluntad, una nueva era se abre para el mundo con mi muerte, de ahora en adelante el miedo se convertirá en paz, el odio en amor y la tristeza en felicidad, féretros de príncipes que no ascienden y son inocentes no llenaran la cripta como sucedió en su día, los gritos de las madres cuyos corazones se deshacen no se escucharan más. Soy Sakura y es mi voluntad, mi muerte significara el fin del derramamiento de sangre, abriré un nuevo camino, un nuevo futuro, mi existencia cambio los destinos de siglos y siglos de Príncipes que heredaran el trono. Sujetando con elegancia el dobladillo de la falda de su vestido, la Sultana Haseki finalmente se hubo levantado del tocador, permitiendole a Kin acomodar el largo velo rubí que pendió de la corona y que cayo libremente tras su espalda cual cascada de seda. Ya no habrá muerte, mi vida fue un perpetuo sacrifico para cambiar lo que ningún hombre había podido cambiar.

De pie y en silencio la magnífica Sultana Haseki, madre de tres Sultanes, matriarca del imperio que gobernaba al mundo y esposa del Sultan, se observó con ojos sumamente crítico, intentando no solo cuestionar si lucia tan perfecta como toros esperarían que lo hiciera, sino además si era capaz de fingirse fuerte por u lapsus de tiempo más, porque sus horas y minutos en la tierra ya estaban contados desde la noche anterior y eso lo sabía bien. Su impecable y cadenciosa figura, insólitamente aún mantenía un aspecto juvenil pese a ya contar con cincuenta y dos años, y es que Kami había parecido querer usarla como un ejemplo magnánimo que expusiera su belleza y voluntad y eso es lo que Sakura había hecho en vida; se encontraba ataviada por un hermoso vestido granate-rubí, hecho en satín, de escote cuadrado revestido en diamantes en puntos inexactos de la tela, enriqueciendo la tela todavía más, decorado con oro y rubíes en el centro del corpiño y la falda formando el emblema de los Uchiha. Las mangas eran ceñidas hasta las muñecas, ribeteadas en cristales, escamas de plata y oro en unas hombreras caídas, unidas a holanes a los costados del corpiño, decoradas con rubíes y diamantes engarzados y unidos mediante finos hilos de plata. Soy la Sultana Sakura, todos deben saber que yo soy el Imperio de los Uchiha y la gloria de tiempos pasados desaparecerá conmigo, no estaba siendo vanidosa o arrogante en ningún sentido, había dedicado su alma a ser parte de aquel imperio, había olvidado sus orígenes, había entregado su cuerpo, su vida y su alma al estado alumbrando príncipes que pudieran heredar e trono y que tristemente habían muerto, pero había hecho cosas de las que no se enorgullecía y todo eso por el futuro, un futuro que no podría ver pero que cedería a sus hijas, confiando en que ellas pudieran tomar su lugar tal y como ella les había inculcado que hicieran. Con idéntica dignidad se alejó del tocador y dirigió hacia las puertas que abrió por su cuenta, sujetándose elegantemente la falda para descender las escaleras, apoyando su mano en el barandal, esbozando una sonrisa al ver a Shikamaru al piel de la escalera, esperándola. Si alguna vez había lucido más perfecta, nadie lo recordaba, para todos existía solo ese momento, esa triste despedida a la que Shikamaru deseaba asistir, pero algo le decía que su Sultan no se lo permitiría.

-¿Por cuantos momentos difíciles hemos pasado, Shikamaru?, ¿Cuántas veces no hemos enfrentado a la muerte a la cara?- inquirió Sakura, divertida apenas y hubo estado frente a él.

-Una vida no es suficiente para recordar todos esos sucesos, Sultana- sonrió el Nara, satisfecho consigo mismo por albergar tantas batallas, consejos y experiencias en su mente, pero lamentando no poder seguir sirviéndole lealmente en el futuro. -Gracias a Kami siempre salimos victoriosos, gracias a usted.

-¿Nunca te has cansado, Shikamaru?, ¿Nunca pensaste en retirarte y vivir una vida tranquila junto a Temari y tus hijos?- inquirió Sakura, con curiosidad, esperando no haber sido u problema o una obligación para él en algún momento de su vida, eso era algo que no podría perdonarse, mucho menos a esas alturas.

-No pensé en esa posibilidad Sultana- admitió Shikamaru y es que eso era todo cuanto conocía, ese era su hogar tanto como lo era para ella que había padecido un destino incluso peor que el suyo, pero en que él nunca había dudado en acompañarla, -he estado en este Palacio desde que era un adolescente, y tras un par de años junto a la Sultana Mikoto fue cuando escuche su nombre por primera vez, todos hablaban de una joven griega llamada Sakura, una leona que había llegado a revolucionar el Palacio- una divertida sonrisa plasmada en el maravilloso rostro de la Sultana Haseki evoco la satisfacción de Shikamaru, al ver que aún en momentos tan difíciles, ella seguía siendo el ángel que iluminaba al mundo con el brillo de su bondad. -Y aun a pesar del paso de los años, ese fuego y esa determinación no han desaparecido de sus ojos, Sultana, contraria al resto de las personas que han residido en este Palacio, usted sigue intacta al paso del tiempo- admiro, aun pudiendo ver fragmentos de esa inocencia en esos profundos pozos esmeralda cargados de buenos deseos para el mundo entero.

Había sentido que el mundo y su existencia, su utilidad en se Palacio había llegado a su fin con la muerte de la Madre Sultana Mikoto, pero la joven griega, Sakura, la favorita del Sultan había tenido piedad y buena voluntad con él, le había entregado su entera confianza, había permitido que él y Temari formaran una familia bajo el techo del Palacio imperial, gracias a ella sus hijos eran funcionarios del Imperio y eran hombres y mujeres libres, Shikamaru estaba totalmente convencido de que nunca, en toda la historia del imperio, había vivido una Sultana tan justa, clemente y poderosa. Claro que a ojos de muchos de sus enemigos la Sultana Sakura no era sino una mujer cruel que había llegado a permitir la muerte de sus hijos y aliados para mantenerse en el poder, pero no estaba en juego el amor de una madre, o el de unos príncipes inocentes, estaba en juego el futuro del Imperio y por el que la Sultana no había tenido dudas en arrancarse y hacer trizas su ingenuidad e inocencia, ¿Qué mayor muestra de amor había que esa? Una extranjera que había dedicado su vida a amar a un pueblo y por el que había invertido grandes sumas de dinero, nutriendo el comercio, alimentando a los pobres, dándole hogar y techo a los desamparados, ¿Acaso no era un ángel? Así la recordaría el mundo, como la Sultana de todas las Sultanas. Sakura sonrió con la alegría casi propia de una niña ante esta respuesta, la primera cosa que había creído al llegar al Palacio, siendo entonces una adolescente, era que jamás podría encontrar amigos, que siempre estaría sola, pero gracias a Kami había encontrado a una nueva familia en este Imperio al que había entregado su amor, amigos, amigas y hermanos de amor incondicional que habían mostrado su lealtad y por quienes no había dudado en dar lo que fuera, porque la sinceridad era un tesoro y la amistad un elixir inalcanzable, pero que ella afortunadamente había encontrado, también sus hijas y Sasuke…el Sultanato era una condena, pero una que se había vuelto soportable, algo que Takara no podría hacer aunque se empeñara en ya creerse Madre Sultana, había un largo camino por recorrer y Takara no podría seguir sin salir lastimada, ni tampoco Itachi, no estaban hechos para soportar lo que ella sí, y eso sus aliados lo sabían muy bien; la verdadera guerra comenzaría con su muerte.

-Tú has sido mi mayor consuelo en estos años, Shikamaru- elogio Sakura sinceramente, no sabiendo como pero pudiendo contener las lágrimas que evocaba en ella el sentimentalismo por recordar un pasado tanto triste como doloroso, pero en que el Nara siempre había estado junto a ella, como el hermano que nunca había tenido, -te esperare en la otra vida-prometió, pidiéndole omniscientemente que viviera, aunque fuera un tiempo más.

-Sera un honor volver a verla, Sultana- acepto el Nara, dispuesto a volver a servirle mil veces si Kami así lo permitía, porque ella tenía un lugar incomparable en su corazón, ella era como la hermana que jamás había tenido.

-Pero, hasta que ese día llegue, debo pedirte que, al igual que Ino, Tenten, Kin, Choji y Eri, Temari y tú sean un apoyo incondicional para mis hijas- pidió la Sultana si necesidad de voltear a ver a Kin y Tenten que estaban de pie tras ella y que hubieron sonreído ligeramente a Shikamaru, secundando las palabras de la Sultana Haseki, -ellas dependerán de ustedes y de su experiencia- aludió, ya que aun cuando sus hijas fueran inteligentes y adultas, salvo Hanan, ella aún seguía viéndolas como si fueran niñas y como tal sentía que debía protegerlas.

-Lo seremos, Sultana- juro Shikamaru, implicando en tal promesa tanto a su esposa como a todos sus amigos, pero solo porque sabía que su lealtad cruzaba cualquier limite, no eran solo amigos entre sí, eran una familia, la Sultana Sakura había permitido que así fuera.

La Sultana Takara había comenzado la guerra, antes de que esta enemistad iniciaría la Sultana Sakura le había brindado el amor que le daría a cualquiera de sus hijas, la había protegido, educado y guiado por años, había confiado en ella como si fuera parte de su sangre, ¿Y para qué? Solo para ser traicionada y apuñalada pro al espalda, Shikamaru no titubearía nunca, quería ver derramaba la sangre de esa niña insensata que aspiraba a demasiado, quería que pagara con sangre y lágrimas la afrenta hecha a la Sultana Haseki, además y conociendo a la Sultana Takara, Shikamaru ya imaginaba una posible oferta de cambiar de bando, pero antes que eso preferiría morir, sabía muy bien a quien seguir y que voluntad cumplir, otros quizás elegirían salvar su pellejo y cuello, pero él no, él tenía la dignidad suficiente para no romper una promesa, jamás. Su corazón estaba tranquilo, Shikamaru conseguía disipar sus miedos de que el futuro del Imperio corriera algún tipo de peligro, sus hijas estarían a salvo, Takara no podría tocarlas, su poder no llegaría tan lejos, todo tenía sus propios límites aun si algún día era Madre Sultana, nunca llegaría hasta donde ella había llegado y la primera prueba era el anillo que llevaba en la mano derecha, el anillo de las Sultanas, y que se llevaría a la tumba, ya había preparado todo en secreto, Takara no tendría ningún futuro. Las despedidas eran algo a lo que Sakura siempre había estado acostumbrada, pero esta vez era completamente diferente esto no pudo evitar afectarla, llevándola a sorprender a Shikamaru con un abrazo, necesitando sentirse segura y querida en ese momento, agradeciendo con el alma que el Nara le correspondiera, solo Kami sabía que pasaría en el futuro con todos aquellos que permanecerían vivos tas ella, ya había hecho su parte y todo cuanto le tocaba hacer en esa vida, ahora solo debía tener fe en sus hijas y sus nietos, porque estaba convencida de que Hashirama y Sasuke también llegarían al trono, Kami mediante así seria. Si algo había aprendido era que tarde o temprano todos los seres crueles sobre la tierra pagaban sus crímenes con sus vidas, siempre era igual.

-Llego la hora- suspiro Sakura finalmente, rompiendo el abrazo, más tomándose el familiar atrevimiento de sostener las manos de su queridísimo amigo entre las suyas, lo apreciaba demasiado, demasiado como para permitirle verla morir. -Hasta pronto, Shikamaru-se despidió, mordiéndose ligeramente el labio inferior para que no se le quebrara la voz.

-Hasta pronto, Sakura- tuteo el Nara, sabiendo que ella siempre había sido su amiga aun antes que su Sultana.

Siguiendo el protocolo, aun en ese momento, el Nara hubo reverenciado con avasallador respeto a su Sultana que le acaricio fraternalmente el hombro, siguiendo con su camino, pasando junto a él, este no era un adiós para siempre, era solo un hasta pronto, algún día volverían a verse, algún día.


Este era un día diferente a los demás en todo el sentido de la palabra, en cómo se había arreglado, en el simbolismo que tenían sobre ella y sobre los demás aquellas soberbias joyas y galas bordadas en oro, con rubíes incrustados y bordados ricamente relucientes frente a la cálida luz del sol. Ciertamente ya no lucia la exorbitante belleza juvenil de dieciséis años que había tenido una vez, pero aunque ahora aparentara poco más de cuarenta años sabía que la vida se había ensañado más con otros que con ella, pese al dolor que aun sentía en su corazón. Seguía siendo espléndidamente delgada, alta, de tez blanca como el alabastro, hermosos orbes esmeralda que todos ansiaban poder contemplar. Su ser, pese a todos los golpes recibidos a lo largo de su vida, no había menguado ni un poco, así como su inquebrantable voluntad de pelear. De ser así, no estaría aquí, se dijo en la entrada del jardín privado donde se estaba celebrando el aniversario del Imperio, otro año más en que la familia Uchiha regia el mundo entero luego de que Indra Otsutsuki hubiera establecido un trono donde su hijo, Baru I Uchiha, había sido nombrado como el primer Sultan del glorioso Imperio Uchiha que llevaba siglos gobernando al mundo entero, y ese mismo día, como ella presentía, sería el día de su muerte. Inhalando aire para calmar y serenar su mente y su agitado corazón, avanzo con aquella impoluta solemnidad que tanto la caracterizaba desde que había sido declarada como lo que era; una Sultana, la Sultana más poderosa del mundo, lo que a su vez la había hecho aprender por cuenta propia que debía legar el dolor y los miedos al fondo más recóndito de su corazón para que nadie ¡Nadie! Jamás pudiera verla débil. Si se es débil todos te herirán, se dijo.

Una sonrisa tenue, pero falsa, se plasmó en su rostro en cuanto fue recibida por una reverencia de todos los presentes; sus hijas; Mikoto, Shina, Sarada, Izumi y Hanan, así como sus nueros; Kakashi, Konohamaru, Boruto y Mitsuki, y sus nietas; Naori, Ayame, Sumiye, Kohana, Hana y Naomi. Las Sultanas de su difunto hijo Shisui; la arrogante y traicionera Takara que no bajaba la cabeza junto a su hijo Itachi y su hija Seramu, por otro lado se encontraba la devota y leal Seina, su leal vasalla y admiradora junto a su hijo Hashirama y su hija Kaede, al igual que Masumi y su hijo Sasuke. Solo una persona no había bajado la cabeza y hecho una reverencia, y no, no era por osadía, se trataba del único ser y hombre presente que tenía pleno derecho y potestad sobre las vidas allí presentes; Sasuke, su Sultan, vistiendo un formal Kaftan color negro, su esposo seguía conservando su imperdible soberbia física, jamás parecía menos de lo que aspiraba a ser. El cuello del Kaftan era alto y semi cerrado bordado en oro con tres gruesas líneas en forma de V en el pecho con 5 botones del mismo color desde el cuello hasta el vientre, las hombreas de color dorado en sus hombros anchos seguían en ajustadas mangas lisas que en las muñequeras estaban igualmente bordadas en oro. Un cinturón de cuero con una exorbitante y central hebilla de oro relucía en su caderas y bajo esta la larga chaqueta se habría exponiendo unos pantalones de seda igualmente de color negro y un par de largas botas de cuero, por sobre el Kaftan se encontraba un pesado abrigo de piel de igual color que permanecía abierto y cuyas marcadas hombreras y mangas holgadas aportaban una imagen aún más imponente a su persona como lo que era; el Sultan del mundo.

Continuo avanzando pese a la sensación de angustia en su pecho mientras veía el inequívoco brillo de serenidad y alegría en los ojos de su esposo que era completamente ajeno al hecho de que su esposa, pese a la seguridad y belleza que mostraba, estaba muriendo a cada segundo. Sasuke, en cuanto la vio entrar le pareció volver a la primera vez en que había contemplado su belleza, cuando se habían encontrado hacia tantas décadas atrás por primera vez. Ciertamente ella ya no lucia tan joven, pero su belleza no había diezmado en lo absoluto, seguía siendo la mujer más hermosa del mundo, de hecho a sus ojos estaba en la cúspide de su encanto. El mismo ya no era tan joven como antes pero afortunadamente gozaba de buena salud, viviendo más que sus antecesores en el trono Imperial, exceptuando al insuperable Sultan Hashirama I. Las circunstancias, batallas y pérdidas sucedidas a lo largo de los años le habían enseñado que el hecho de tener poder y autonomía no significaba ser feliz sino desdichado, las muertes de cada uno de sus hijos y herederos, especialmente la de Shisui por obra suya, se lo habían enseñado a pulso. Fuera del modo que fuera estaba feliz de saber que su esposa por fin estaba libre de aquella insufrible enfermedad que de haber persistido los habría separado, y eso es lo que él más temía.

Una vida, sin su ángel, no merecía ser vivida.

Esperándola, ansioso, Sasuke le ofreció su mano, viéndola sonreír radiante como siempre, reverenciándolo ante la atenta mirada de los presentes y dejándose guiar por él, ocupando su debido lugar a su lado en el trono Imperial, permitiéndole a todos los presentes-salvo las doncellas y sirviente-ocupar su debido lugar en la mesa, secundando su actuar. Desde su lugar de honor percibió la mirada recelosa de Takara, más la ignoro, no quería que su último día de vida se viera opacado de una rabia innecesaria. No siendo menos de lo esperado, la arrogante Sultana hubiera optado por lucir su poder bajo el color representativo del Imperio, pero este derecho le estaba imposibilitado ante el honorifico uso de la Sultana Sakura que—como siempre—debía deslumbrar por encima de cualquier otra persona, por ello había acabado optando por unas galas verde claro de escote corazón, con tres botones de oro que cerraban el escote, y mangas ajustadas bajo una chaqueta superior de igual color bordada en oro, cerrada a la altura del cuello y bajo el busto para formar un escote digno y recatado, cuyos bordados de oro a lo largo de la tela emulaban el magnífico emblema de los Uchiha. Una espléndida corona de oro y diamantes amarillos reposaba sobre su largo cabello naranja recogido tras su nuca y oculto por un velo a juego con el vestido que masifica los largos pendientes de cuna de oro con una esmeralda en el centro que portaba. Obviamente Takara no reparaba en aminorar su poder como lo que aspiraba llegar a ser; la Madre Sultana.

Sakura en realidad no sabía que sucedería después, de su muerte, pero si de algo estaba segura era que tras su muerte el "Sultanato de Mujeres"—como se llamaba a la época comprendida desde el reinado de la Sultana Kaede, esposa del Sultan Hashirama I, hasta la actualidad—llegaría su fin, Takara podía decirse poderosa y ambiciosa, incluso inteligente, pero no era lo bastante cauta y, valga la redundancia, inteligente, como para no pensar en este detalle. El Imperio cambiaria para siempre si ella llegaba a ser la Madre Sultana. Bajo una imagen y estética, ciertamente, mucho más humilde, se encontraba Seina, que bien merecía ser llamada Sultana por su lealtad al Imperio, al Sultanato y a su hijo, ella sería una opción mucho más positiva como Madre Sultana, pero dudaba que Takara fuera a permitirlo y gozaba del poder suficiente para hacerse con la indiscutible autoridad de tener el camino libre, pero Seina por otra parte…no estaba interesada en ganar nada, solo en proteger a la familia Imperial porque ello significaba proteger a su hijo y al Imperio. Pendiente de su hijo e hija en todo momento, la diligente Sultana lucía un sencillo vestido borgoña de escote corazón, sin mangas, bordado en hilo cobrizo por emular flores de cerezo sobre la tela, bajo el vestido se encontraba uno inferior de mangas holgadas y cuello alto y cerrado, con una abertura desde allí hasta el escote superior, dándole un aspecto tremendamente correcto y admirable. Sobre su largo cabello castaño, que caía sobre su hombros cual marea de rizos, se hallaba una elegante corona de oro y diamantes en forma de un modesto casquete decorado con amatistas y diamantes purpuras con uno de mayor tamaño en el centro, para mayor renombre y complementada por un par de pendiente de oro y amatista en forma de lagrima. Sencilla y correcta, así era Seina, quien merecía ser su digna sucesora…pero quien quizá debería esperar para verse en el poder.

Le dio uno que otro bocado a la comida que fue puesta sobre su plato, solo para contentar a los presentes y a Sasuke, de hecho no tenía ni una pisca de apetito siquiera, saberse moribunda le restaba todo animo posible. Su mirada se centró prontamente en la luz del futuro de todo su trabajo hecho en vida, su Rosa Albana, su hermosa hija Sarada: Portaba un magnifico vestido azul metálico de escote cuadrado y mangas ajustadas con marcadas hombreras—estas decoradas con un borde de hilo dorado al igual que las muñequeras formadas con pasamanería y ribeteadas en diamantes—y un cuello de gasa bajo el vestido par brindare un aspecto más correcto e inalcanzable, como debía ser. El corpiño se dividía en dos por obra de un grueso margen de pasamanería dorada con diamante incrustados que además de igual modo enmaraba el escote y que, en el centro del corpiño, replicaba la figura del emblema Uchiha al igual que los mismos bordados que se repetían en la falda superior mientras que la falda inferior, bajo esta, se encontraba plagada de bordados de hilo de plata que emulaba flores de cerezo. Sobre su largo cabello azache, que caía tras su espalda en perfectos rizos, se hallaba una soberbia corona de oro-que sostenía un largo velo azul claro-que emulaba flores de jazmín en una compleja pero hermosa estructura con diamantes engarzados y que distinguían a la perfección un sencillo par de pendiente de oro y cristal en forma de lagrima a imagen del dije de la guirnalda de oro y diamante que llevaba alrededor del cuello y que tenía como dije el emblema de los Uchiha. Estaba elegante y perfecta como siempre, tal y como ella la había educado desde la cuna.

Siempre, desde el nacimiento de aquella niña se había dado cuenta de que era idéntica a ella; era capaz y sabía muy bien como guardar las formas, hablar con los Pashas y tratar asuntos de estado, ocultar sus verdaderos sentimientos y lo más importante: sabía muy bien cómo ser independiente y valerse por sí misma en el mundo de los hombres, sacando provecho de su condición de mujer para jugar con las pasiones del sexo opuesto. Además contaba con el amor y apoyo del pueblo y la poderosa elite gubernamental, su hija era fuerte y sabría cómo sobrevivir sola luego que ella hubiera muerto, no tenía la menor duda de ello.

No olvides que debes legar el dolor al fondo de tu corazón, nunca permitas que nadie te vea débil. Sé que eres más fuerte que yo, y sé que tu intelecto te llevara muy lejos pero no olvides que una Sultana solo es amada por su pueblo si es justa y tiene corazón, y sé que tú lo tienes, porque eres mi hija. Probablemente las cosas cambien cuando muera, pero tu podrás con todo porque naciste siendo una Sultana y tu destino no es otra cosa que la grandeza. Siempre estaré orgullosa de ti, mi hermosa hija. Trago saliva lo más suavemente que le fue posible al recordar las palabras que le había dicho a su hija hacía apenas un día, sabiéndose al borde de la muerte y no deseando ocultarles la verdad a ninguna de sus hijas. Sentada junto a Boruto, su hermosa hija levanto la vista hacia ella sonriéndole con la misma melancolía que su madre le estaba mostrando, estaba preparada para quemarse en lava de ser necesario con tal de cumplir con el legado que su madre le estaba encomendando y lo haría a cualquier precio.

La mirada de la Sultana Haseki esta vez se posó sobre Shina, a quien muchos comparaban con ella a causa de su poderoso temple y carácter, ataviada en un exquisito vestido negro azulado de mangas ajustadas—ligeramente abullonadas a la altura de los hombros—y cuyo centro del corpiño, con seis botones de diamante purpura en caída vertical, y la falda inferior eran de color violeta claro, más bien malva. Los márgenes de tela la central y los costados tanto del corpiño como del cuello y la falda estaban bordados en pasamanería malva violáceo ribeteada en diamante al igual que los bordados en forma de flores de cerezo y hojas que se encontraba en los costados del corpiño, a lo largo de las mangas y en el resto de la tela aportando una magnificencia simplemente increíble. Sobre su largo cabello castaño, recogido tras su nuca, se encontraba una bellísima y compleja corona de oro—que sostenía un largo velo violeta-con una estructura ininteligible pero magnifica y envidiable, con amatistas y diamantes, con un diamante gran tamaño en la cima de todo para mayor magnificencia a juego con un par de pendiente de oro y amatista en forma de lagrima que se complementaban por una guirnalda de oro con tres dijes de oro—con un diamante purpura en el centro—en forma de flor de cerezo, especialmente el central que era de mayor tamaño. Nunca he osado controlarte, Shina. Posees la libertad que yo tanto anhele tener desde siempre y que me fue arrebatada antes de llegar a este Palacio, cuando me arrancaron de mi tierra, y sé que tú la usas sabiamente, no hay nada que realmente pueda ordenarte o pedirte porque siempre te has anticipado a mis sugerencias, porque sabes los sacrificios que necesita este Imperio y como efectuarlos, pero te insto a que siempre te mantengas leal a ti misma, no olvides quien eres, hija mía.

Apenas y debió desviar un ápice su mirada para ver a Mikoto que, sentada junto a Kakashi, ocupaba su lugar junto a su hermana para tranquilizarse mutuamente de manera cómplice y que, al saberse observada, hubo levantado su mirada ónix hacia su progenitora. La magnificencia formaba parte de Mikoto, siempre había sido así y Sakura se alegraba de ello ya que esta atribución omnipresente de poder y autocracia la hacía fuerte y resistente ante las adversidades, así como cruel, no necesariamente de una manera negativa, pero cruel al fin y al cabo y este era un rasgo que la familia Imperial de los Uchiha tenía muy marcado. Manteniendo una estética absolutamente perfecta, la Sultana lucía un sencillo vestido azul oscuro, sin botones en el corpiño, de escote alto y redondo, así como mangas ajustadas hasta los codos, donde se volvían holgadas hasta cubrir sus manos, por sobre el vestido y cerrada a la altura del vientre se encontraba una chaqueta azul claro con un matiz grisáceo, bordada en hilo cobrizo y que emulaba flores de cerezo así como ramas y hojas sobre la tela que formaba un par de marcadas hombreras más allá de la imagen poderosa que brindaba el grueso dobladillo del cuello que remarcaba aún más la guirnalda de plata y diamante alrededor de su cuello cuyos broches de cuna de plata albergaban un zafiro en su interior de los que pendían pequeños diamantes en forma de lagrima. A imagen de la espléndida gargantilla alrededor de su cuello, portaba unos pendientes de cuna de plata en forma de lagrima, revestida en diamantes, con un zafiro de igual forma en su centro y que favorecía aún más la envidiable corona de oro y zafiros sobre su cabello que se encontraba recogido tas su nuca y que permanecía oculto gracias al largo velo azul oscuro que sostenía la corona que emulaba hojas y rosas.

Este Imperio no es lugar para las mujeres; eso es lo que muchos piensan, pero se equivocan. Tras mi muerte será tu deber suplirme en la política del Imperio, Kakashi quizá sea destituido como Gran Visir en unos años, o puede que no, pero ya sea que pase lo que tenga que pasar, no le des a nadie el beneplácito de verte débil, jamás. Puedes ser cruel y quiero que lo seas con todos aquellos que signifiquen una amenaza y eso emplaza a todos aquellos que son leales a Takara, ¿Quiere ser la Madre Sultana? Bien, pero quiero que te encargues de destruir su Sultanato desde adentro hasta que llegue el turno de Seina de ver a Hashirama en el trono, porque solo entonces habrá paz. El Imperio es primordial, no nosotros, recuérdalo siempre. Como una respuesta muda y omnisciente, Mikoto asintió ante la atenta mirada de su madre que se sintió totalmente conforme, Mikoto era la más fuerte de sus hijas y era quien-en su ausencia-mantendría el orden y protegería al Imperio con mano de hierro; pesara a quien le pesara.

Su mirada nuevamente se desvió, esta vez a Izumi y Mitsuki que parecían-pese a la tristeza que sentían por su inminente muerte-estar en su propio mundo. En cierto modo a Sakura no le sorprendía aquello después de todo Izumi conseguía crear un margen invisible entre el presente y lo que estaba por venir, esto evitaba que se preocupara o sufriera innecesariamente. Resultaba insólito pensar que aquella pequeña rebelde fuera ahora una Sultana digna y leal al Imperio como siempre había debido ser, pero después de todo se parecía a ella por más que Izumi demostrara tener una personalidad más similar a la de Rin, pero no era así realmente. Indudablemente tenía un fragmento de su madre en sí misma y eso siempre le brindaría autocontrol. La Sultana, que era admirada por su belleza y seguridad, se encontraba ataviada en un exquisito vestido de seda y satín azul oscuro de escote corazón, con intrínsecos bordados de oro y plata en el centro del corpiño que tenía un margen central completamente liso donde eran visibles seis botones de oro en caída vertical hasta la altura del vientre, mangas ajustadas y lisas, así como una falda inferior de igual diseño que el corpiño, emulando flores de jazmín y rosas gracias a sus intrínsecos bordados mientras la falda superior era completamente lisa. Su largo cabello castaño se encontraba recogido tras su nuca en un discreto moño que permitía a un par de rizos caer a los costados de su rostro, enmarcando su hermosa faz favorecedoramente agraciada por una corona de oro, zafiros y topacios que emulaba espinas y punas, sosteniendo un largo velo azul que complementa la tela del vestido, al igual que la corona que equiparaba a la gargantilla de oro y zafiro en forma de espinas que se encontraba alrededor de su cuello, así como un par de pendientes de oro y topacio en forma de lagrima. Izumi levanto la vista al sentir el peso de la mirada de su madre sobre sí misma, sosteniéndole la mirada, como siempre sucedía entre ambas.

Es cierto que hemos tenido nuestras desavenencias, ambas hemos tenido que lidiar con nuestra propia carga, hija mía, aun cuando pudiéramos llegar a odiarnos en el proceso, jamás ha estado en mi ánimo herirte y lamento si lo he hecho involuntariamente. Sé que odias a Takara tanto como yo y por ello te doy la dura labor de mantenerla a raya porque nadie más podrá hacerlo. Pero recuerda que no eres invulnerable, los fuertes saben reconocer a un enemigo de su talla pero sin demostrar miedo, sé que el miedo no está en tu mente ni en tu vocabulario, mantente fuerte y todo lo demás se formara elocuentemente a tu alrededor. Sentía el pecho oprimido y no solo de dolor sino también de tristeza. Jamás creyó que la muerte, estando junto a sus seres más amados, fuera a resultarle tan difícil. Sufriendo tanto a lo largo de su vida…siempre había creído que la muerte sería algo que esperaría con ansias, que jamás sentiría miedo. Pero si bien no tenía miedo, se sentía al borde del llanto por separarse de quienes amaba.

Finalmente su mirada se trasladó a la menor de sus hijas, su hermosa y tierna Hanan que se encontraba sentada junto a Sarada quien conseguía brindarle seguridad, ella—a sus trece años—estaba resignada a quedarse huérfana de madre pese a su exterior melancolía, había visto morir a sus hermanos Daisuke y Shisui, en cierto modo sabía que lo que la vida le tenía deparado no era precisamente un destino feliz y afable, sino tormentoso y difícil…pero, Kami mediante, sabría enfrentarlo por entereza y determinación, lucia un sencillo vestido aguamarina de alto escote en V, adaptado a su edad, de mangas gitanas y holgadas, abiertas a la altura del codo, exponiendo favorablemente sus brazos, por sobre el vestido una chaqueta superior—sin mangas—de escote cuadrado y que solo llegaba hasta la altura de los muslos, abierta bajo el vientre, plagada de bordados de hilo de plata con diamantes incrustados en los márgenes del escote y levemente más abajo, así como en los hombros y el dobladillo de la falda, emulando flores de jazmín y cerezo. Su largo cabello rosado caía libremente en cadenciosos rizos sobre sus hombros y tras su espalda, adornado por una sencilla diadema de tipo cintillo hecha de plata y diamantes aguamarina que complementaban un diminuto par de pendientes de diamante en forma de lágrima. Con el peso de la mirada de su madre sobre si, Hanan levanto tristemente la mirada hacia ella por la inminente tragedia que sabía estaba por ocurrir…

Eres mi luna, mi Sultana, y se bien que has aprendido de todo con lo que hemos tenido que lidiar hasta ahora, por ello te ruego que en mi ausencia sirvas de consuelo para tu padre y tus hermanas, se bien que ellas podrán superar el dolor pero tu padre no, lo conozco bien. A menudo estarás sola y te sentirás incomprendida, pero naciste como una Sultana y tu destino siempre tendrá algo bueno y malo, ambas cosas van de la mano, pero debes intentar ver lo bueno de tus problemas y tropiezos, debes aprender de todo cuanto experimentes, solo así se puede vivir. El poder no se consigue sin sacrificios, es verdad, pero ese sacrificio no deber ser el amor entre hermanas ni nadie de su familia. Se le estaba agitando la respiración, lo sentía, lo estaba disimulando tanto como podía pero sabía que no duraría más. Empezaba su cuenta regresiva de estos, los últimos momentos de su vida. Noto por el rabillo del ojo que Sasuke había percibido el cambio en sus expresiones y dicha preocupación era justificada ya que era el único de los presentes que desconocía que ella estaba muriendo frente a sus propios ojos.

-Sakura, ¿estás bien?- inquirió Sasuke, claramente preocupado.

La pregunta fue más dolorosa de lo que ella hubiera creído posible. Hace décadas atrás aquella hechicera había garantizado que el Sultan sobreviviría mientras ella pagara el precio y lo había hecho; su padre, su madre, su hermana, Baru, Itachi, su nieto Daiki, Kagami, sus nietos Sasuke y Mikoto, Midoriko, Rai, sus nietos Itachi y Kagami, Daisuke, Shisui, su nieto Rai...Una vida de dolor por una de paz, ella sufría y Sasuke era feliz y estaba a salvo a cambio…ese sacrificio valía la pena para ella. Fingió más normalidad de la que había aparentado y volteo a verlo con una diminuta sonrisa en el rostro.

-Si—respondió actuando lo mejor que le fue posible, sujetando una de las manos de él entre las suyas para sentir su calor a cada momento. –Solo necesito caminar un poco, estoy algo…sofocada- se excusó fingiendo una respiración pausada para ocultar el hecho de que en realidad apenas podía respirar.

Sasuke, para su alivio, se puso de pie en el acto y sin soltarle la mano la ayudo a caminar para hacer exactamente lo que ella le había dicho. Envolviendo firmemente sus manos alrededor del brazo izquierdo de Sasuke, intento no desplomarse sobre el suelo a causa de la debilidad que sentía. Todos los presentes, por protocolo y deber, se pusieron de pie y bajaron la cabeza en una reverencia, inclusive los niños que jugaban tan felizmente y que parecieron el doble de tiernos. Pese al malestar que persistía en su pecho y que le quitaba el aire a cada segundo, su paso seguía siendo firme y largo, digno de llamar el andar de una Sultana, de modo que Sasuke fue incapaz de notar la fatiga y agotamiento que sopesaba sobre su esposa. A sus ojos aquella mujer era extremadamente fuerte, más que él mismo y por ende resultaba insólito imaginarla débil. Sabiendo que era la última vez que vería a sus hijas, nietos, aliados y amigos, Sakura se volteó hacia ellos una última vez, esbozando una sonrisa leve pero que les hubo estrujado el corazón a todo ellos que se esforzaban de sobremanera para no llorar su inminente muerte, la de la Sultana más poderosa de la historia del Imperio, una Sultana como ninguna otra. Sakura no mentiría al decir que no extrañaría a Takara, pero ella co o sin su consentimiento seria Madre Sultana en el futuro…solo Kami y el destino dirían si estaba a la altura del reto, porque ser una Sultana significaba vivir con miedo e ir y venir mil veces del infierno a la tierra, por lo que con un casi imperceptible asentimiento entre ambas es que las dos Sultanas se hubieron sostenido la mirada por unos escasos segundos, ni aun la muerte dejaría que su enemistad desapareciera. La Sultana Haseki estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no llorar, pero solo basto una mirada para que se sintiera el doble de orgullosa al ver a sus hijas y yernos listos para lo que iba a ocurrir, sin duda ellos podrían perpetuar su legado cuando ella ya no estuviera y eso la llenaba de alegría; sabía que podía morir tranquila.

Volvió su vista al frente encontrándose con los preocupados orbes ónix de Sasuke, más disipo lo mejor posible los miedos de él con una tenue sonrisa y un cálido beso en la mejilla que le proporciono para luego apoyar su cabeza sobre su hombro mientras él la ayudaba a caminar…


Los primeros pasos, tras dejar el jardín principal, habían sido dignos de una Sultana, no había tenido reproche alguno ni tampoco podría tenerlo jamás…pero en cuanto Sakura se supo fuera del alcance de la vista de todos su fuerza comenzó a fallar, buscando refugio en el cuerpo de Sasuke en quien se apoyaba más para caminar, sin reparar en la sorpresa plasmada en el rostro del Uchiha que no tenía idea de porque su esposa estaba en esas condiciones. ¿Qué estaba pasando? En su situación, lo único que Sakura podía hacer con sus fuerzas restantes, además de intentar respirar con normalidad para que su fuerza no menguara más, era pensar y recordar todo lo que había vivido hasta ahora. En ese preciso momento no podía dejar de pensar en ese primer encuentro que había sucedido entre ambos cuando habían tenido dieciséis años, cuando ella había caído pesadamente sobre él, quien había intentado detener su caída. Aquel fugaz momento en que sin saber quién había sido se había sentido vulnerable y diminuta, en que se había enamorado completamente de él con solo verlo a los ojos. Viendo la historia de ambos desde su inicio y con esa perspectiva…No había sido del todo desgraciada, ¿verdad? Las doncellas que llevaban bandejas y jaras para servir más comida en la mesa donde estaban sus hijas, yernos y nietos se detuvieron lateralmente ante ellos, principalmente ante ella, y la reverenciaron bajando la cabeza, con una mirada levemente triste por saber que era el último día en que verían a su Sultana, ante cuyo pensamiento asintió Sakura, a duras penas, permitiéndoles retirarse.

El aire la llegaba con cada vez más dificultad haciendo que, lo más discretamente posible, tironeara del borde del escote de su vestido, como si le molestara o apretara innecesariamente. Estaba a punto de desplomarse, lo sabía, estaba intentando parecer fuerte como para no preocupar a Sasuke, más sabía que no podría hacerlo más. Estaba llegando al punto que cruzaba la fuerza con la inteligencia, si era inteligente como tanto sabia ella misma…se rendiría para recibir la ayuda de Sasuke, porque de no hacerlo solo estaría abreviando su tiempo innecesariamente. Sasuke, que hasta entonces la había ayudado para caminar a lo largo de su salida del jardín principal, sintió como el peso de ella resultaba más difícil de sostener puesto que le sorprendía que ella no estuviera dando nada de si para caminar. ¿Qué le estaba sucediendo? Apenas la noche anterior había estado bien. A cada paso dado, Sakura cedía más para pedirle silenciosamente que cargara su cuerpo que estaba resultando, por así decirlo, un peso muerto. Por inercia le rodeo firmemente los hombros con uno de sus brazos e intento alzarla del suelo con su otro brazo bajo las rodillas de ella, pero Sakura, que casi se desvanecía en sus brazos, apoyo una de sus rodillas sobre el suelo, notoriamente débil, apenas y respirando…Sasuke jamás recordaba haber sentido tanto miedo por verla sumida en semejante fragilidad.

-Sakura—la llamó esperando ver en sus ojos un silencioso, no es nada, algo que calmara sus miedos.

Levantando su vista hacia los orbes ónix de él, a Sakura le parecía revivir aquel primer encuentro, solo que no estaba tumbada sobre el suelo de roca y Sasuke no estaba tendido sobre ella, pero puede que fuera el momento más similar que hubieran vivido hasta ese entonces. Si, pese a todo lo vivido, pese a lo cruel que habían sido tanto las perdidas como las adversidades, Sasuke seguía siendo el mismo hombre del que se había enamorado, el mismo Sultan que había dicho amarla con todo su corazón. Te perdono, menciono silenciosamente en su mente. Habían atravesado pruebas sumamente difíciles hasta llegar a donde estaban, y Sasuke le había probado su lealtad en infinidad de ocasiones…ahora estaba segura de poder perdonarlo pese a haber ocultado cuanto había sufrido por su causa, su amor por él era tan grande que elegía ignorar toda enemistad y pasar esos últimos momentos en paz con él. Levanto cuidadosamente una de sus manos con la que acaricio lentamente el rostro de Sasuke, cuya preocupación la llenaba de tristeza ya que estaba totalmente convencida de que su fortaleza se quebraría sin ella y no soportaría mucho tiempo al no tenerla a su lado. Buscando fuerza de sus reservas más internas, se sujetó de uno de los hombros de él y peleo por intentar erguirse para hacerle más fácil el trabajo de cargarla.

-Estoy bien…estoy bien—mintió con la voz entrecortada producto del escaso aire, por no decir nulo, que le llegaba a los pulmones, y solamente porque estaba esforzándose en demasía para respirar. -Ayúdame, por favor—pidió sabiendo a donde él seguramente fuera a llevarla.

Sasuke asintió, cargando completamente el cuerpo de ella entre sus brazos, notando lo frágil que la sentía, lo débil y vulnerable que era entre sus brazos. La propia respiración de ella contra su cuello era totalmente desigual, casi agonizante y eso era lo que más lo atemorizaba. Ino, Tenten y Kin iban detrás de ellos, siendo principalmente la pelicastaña y la Yamanaka quienes casi iban pegadas a ellos, ellas eran las únicas que lucían igual de preocupadas que él por el estado de Sakura. Se dirigió y detuvo en un claro del jardín, donde había una elegante banca de mármol sobre la que, cuidadosamente, deposito a Sakura quien jadeo impotente por estar recibiendo menos aire del necesario. Su pecho se alzaba desesperadamente intentando alcanzar el aire que le era vitaliciamente necesario para vivir aunque fuera por unos instantes más. El Uchiha volteo a ver a Ino, Tenten y Kin que se mantenían con la mirada baja.

-¡Traigan al médico!—demando Sasuke más asustado de lo que abiertamente quisiera admitir.

Sin necesitar preguntar siquiera, Kin se retiró en solitario, dejando a sus dos amigas que se encontraban demasiado afectadas como para moverse siquiera. Ino y Tenten se mantuvieron cerca de ellos, pero lo bastante lejos como era prudente para darles su espacio. Ambas mujeres ya de por si se estaban conteniendo para no llorar y rebelarle al Sultan lo que realmente está sucediendo en ese instante.

-Sasuke…no— Sakura elevo su voz para que Sasuke la escuchara, sumido en su temor. Apenas y conseguía mantenerse cuerda producto del nulo aire que le estaba llegando a los pulmones. -Lamento…lamento haberte mentido—rebeló sabiendo que Sasuke posiblemente incluso pudiera odiarla por lo que ella había hecho a sus espaldas.

El Sultan parpadeo confundido por sus palabras mientras se sentaba en el borde de la banca para contemplarla, y asegurarse de que estuviera bien.. ¿Por qué ella le estaba pidiendo perdón? No, acaso…

-¿Haberme mentido?—repitió la pregunta el Uchiha, más bien para sí mismo. -No…- ahora fue el turno de él para sentirse sin aire. ¿Había seguido enferma durante todo ese tiempo?

No, no, no, ¡No! Aquello no podía ser verdad. El propio doctor C, además del doctor Darui, había asegurado clínicamente que Sakura estaba curada, que le enfermedad la había abandonado y que todo volvería a ser como antes. ¿Cómo habían podido mentirle de esa forma tan cruel?, ¿Cómo es que Sakura le había mentido así?, ¿Con que propósito lo había hecho?

-Tenía que hacerlo…- se defendió ella sabiendo lo que estaba pensando. Quiso seguir hablando inmediatamente pero el aire estancándose en sus pulmones se lo impedía, -de todas formas no hay cura posible—sonrió tristemente para sí misma, más que para él que no podía hacer nada más que observarla. -Quería…pasar el poco tiempo que me quedaba siendo tu esposa hasta en el más insignificante…- tosió fuertemente preocupando a Sasuke, más su discreto acto de cubrirse los labios con una de sus manos impidió que el Uchiha notara la sangre que había escapado de sus labios, -sentido de la frase—termino sonriendo en memoria de las noches y momentos que habían compartido, como lo que era para él; la dueña absoluta de su corazón. -No…sueltes mi mano…por favor—pidió entrelazando una de sus manos, la que no estaba manchada de sangre, con la de él.

Preocupado tras haber escuchado aquella severa tos, Sasuke hizo exactamente lo que ella demandaba, entrelazando sus dedos con los de ella, contemplando como el semblante naturalmente sano de ella se tornaba en una tristeza que jamás recordaba haber visto hasta la fecha.

-No lo haré—le prometió sonriendo levemente, levanto su otra mano para acariciar el rostro de ella con sumo cuidado y atención. -No necesitas afligirte ni pedirme perdón por nada—le aseguró sabiendo que ella seguramente se estaba sintiendo responsable, y con razón, por haberle ocultado tal cosa. -Te pondrás bien— aseguro más para sí mismo que para ella, -lo has hecho antes.

Con tristeza total, Sakura negó suavemente. Llevo sus ojos a Ino y Tenten que los observaban; Ino lucia templada y calmada, negándose a llorar hasta que su amiga, hermana y Sultana muriera, solo entonces se sentiría capaz de llorar…pero por su parte Tenten lloraba silenciosamente dejando como testigo de su actuar las lágrimas que descendían por sus mejillas.

-Ambos sabemos que esta vez no será así… - se detuvo para respirar y abstenerse de toser. No quería preocuparlo más ni tampoco a Tenten ni a Ino. -Es imposible huir del destino—pronuncio con una fatalidad de la que no había dado testimonio desde hace años. -Infinidad de veces rece para que la muerte no me encontrara estando lejos de ti…-confeso sinceramente. -Todos…- jadeo y tosió con la voz adolorida producto del esfuerzo que realizaba para respirar.

-Sakura…- la nombro pidiendo silenciosamente que dejara de hablar.

Si hablar le restaba fuerzas, era mejor que no lo hiciera. Si bien no estaba en su poder el detener la muerte, al menos deseaba creer que podía ser así. Quería creer que Kami estaba imposibilitado para arrebatársela. ¿Cómo es que el destino podía ser tan cruel para separarlos? Ella, para su sorpresa, encontró las fuerzas necesarias para erguirse o mantenerse sentada sobre la banca. Sintió como Sasuke le envolvió la espalda con uno de sus brazos por si ella se desvanecía producto de su condición. Tenía que decirle la verdad, tenía que confesar lo que pensaba realmente, sus miedos y creencias; por una vez en su vida debía de ser sincera.

-Todos siempre dijeron que el dolor pasaría—la voz de ella sonaba quebrada y herida a causa de los recuerdos que continuaban persiguiéndola tan desesperadamente, -que olvidaría…y me sentiría mejor—sabía que esto último resultaría ser un duro golpe para Sasuke pero debía ser sincera, le había hecho creer tantas cosas, tanto que no había sido nada más que una mentira cruel y muy dolorosa. -El tiempo paso, y no pude olvidar…- una suave sonrisa se plasmó en su rostro al saberse capaz de alcanzar lo que llevaba deseando desde la muerte de su primogénito, Baru, -he llorado y perdido demasiado…no tengo nada más por lo que pelear—cerro los ojos suavemente y se relajó en los brazos del Uchiha.

Sasuke quiso preguntarle algo, más nada salió de sus labios…

Por más asombroso que pareciera, el mundo y el tiempo parecían haberse detenido en toda su inmensidad, la "Sultana del Pueblo" era despedida por un silencio sepulcral que jamás hubiera imaginado. En su condición agonizante sentía como Kin corría hacia el claro en que ella estaba en compañía de los doctores C y Darui. En el interior del palacio, en el Harem, y como ella había ordenado, las concubinas intentaban estar despreocupadas y libres de pensamientos negativos. Todas vestidas de colores alegres y brillantes para la ocasión, comiendo postres mandados a cocinar por ella misma, repartiéndose frutas y jugo de las bandejas disponibles…

En el jardín, los niños y niñas jugaban a perseguirse mientras sus padres conversaban amenamente. Mikoto, con una expresión de tristeza en el rostro, era abrazada por Kakashi quien intentaba consolarla lo mejor posible. Izumi y Mitsuki estaban casi pegados el uno al otro mientras el peliceleste abrazaba por la espalda a su hija Hana, quien sonreía tiernamente, observando a su hermana mayor, Kohana, de pie junto a su madre. Shina hablaba junto a su esposo Konohamaru, así como junto a Seina y Masumi, a quienes embargaba la preocupación por la inminentemente muerte de su Sultana, madre de Shina además y representante de la bondad y pureza del mundo, ¿Cómo seguirían sin ella? Eso era lo más preocupante del caso. ¿Cómo seguir sin una líder y guía como ella? Varios pasos más lejos de ellos estaba Sarada que acariciaba cariñosamente el cabello de su hermana Hanan, mientras que su esposo Boruto la abrazaba por la espalda, aferrando a su hija Naomi a su cuerpo mientras ella lo abrazaba. Intentaban no pensar en la calamidad que sabían estaba sucediendo. En la inmensidad del idilio que tenían sus hijas, Sakura sabía que podrían seguir sin ella. No la necesitaban tanto como mucha gente lo creía, y todo porque ella les había enseñado a ser independientes. Kami los proteja a todos, fue su último pensamiento. Absolutamente tranquila, emocionalmente hablando, cerró los ojos e inhalo aire por última vez, relajando su cuerpo para afrontar la otra vida que, ya fuese en el cielo o en el infierno, aceptaría producto de todo lo que había hecho en vida, tanto si había obrado bien o mal. Sasuke la observo cerrar los ojos, como si por fin hubiera conseguido una tranquilidad que no le había visto jamás en el rostro. Se preocupó el doble al sentir que su pecho ya no se movía, y que la piel de ella comenzaba a perder rápidamente su calidez.

-¿Sakura?—la llamó esperando que sus miedos fueran acallados, que ella abriera los ojos y solo se excusara diciendo sentir cansancio. Pero no abría los ojos, -Sakura—la llamó con más insistencia. -Sakura—murmuro aterrado, escuchando los suaves e inaudibles sollozos tanto de Ino como Tenten a sus espaldas.

¡No!, ella no podía morir. No podía pasar tal cosa. La abrazó con todas sus fuerzas sabiéndose privado, por primera vez en su vida, de ella, llorando contra el cuello de ella, sintiendo el inconfundible aroma a rosas y jazmines que seguía brotando de su piel. ¿Cuántos errores había cometido?, ¿Cuánto la había herido por sus imprudencias?, ¿Cómo podía seguir viviendo? Lo único que deseaba en ese momento, y de todo corazón, era seguirla, morir con ella en ese mismísimo instante. La abrazó con más fuerza, embargado por el dolor más grande que hubiera sentido en su vida. Cualquier pérdida sucedida anteriormente le resultaba insignificante, lo único que había conseguido destrozarle el corazón era la muerte de su ángel, del amor de su vida. La había abandonado en infinidad de ocasiones, pero no quería volver a hacerlo. Mi ángel, mi perfume, mi amor, mi luna, la que es más cercana a mí, la que conoce mis secretos, la que reside junto a mí, mi hermosa Sultana, mi paraíso, mi primavera, mi felicidad, mi amor, mi cisne, mi amada, mi existencia, mi refugio, mi tranquilidad, mi hermoso ángel, mi amante, la más resplandeciente de todas las estrellas, mi deseo, mi joya más valiosa, mi mañana, mi ideal, mi tarde, mi felicidad, mi conciencia, mi cordura, mi mariposa, mi golondrina, mi sustento, mi hogar, la única luz en mi mundo oscuro, mi amiga más sincera, mi confidente, mi único amor, mi amada de cara alegre, mi corazón, mi dulce, mi rosa, la única que no me engaña en este mundo, mi líder, mi vida en este gran Imperio, mi tesoro, mi paz interna en este mundo, mi amada, mi vida, mi existencia, el hogar de mi alma, mi ciudad, mi país, la tierra de mi existencia, mi estrella, mi mundo, mi mujer de hermosos cabellos, mi amada de sonrisa cautivadora, mi amada de ojos dulces…

Ino y Tenten observaron con desoladora tristeza el rostro de la mujer a la que habían llamado amiga, hermana y Sultana, contemplando la sorprendente expresión de paz que se encontraba plasmada en su rostro. Pero lo más sorprendente era la solitaria lágrima que se deslizo de sus parpados al momento de su deceso y que ahora mojaba una de sus mejillas. El ángel había muerto…


La muerte, o mejor dicho el umbral de esta, siempre era diferente para cada persona, dependiendo lo que hubiera hecho en vida y las circunstancias en que esta vida hubiera llegado a su fin, el solo encontrar un paraíso terreno que fuera dicho umbral era un verdadero misterio puesto que las visiones y perspectivas con respecto a este jardín del Edén eran subjetivas, por no decir variadas e infinitas así como la propia visión que se tenía de la muerte, cobrando matices y expectativas demasiado diferentes y/o variadas entre sí. Sintiendo el agradable calor que otorgaba la luz del sol contra su piel, extrañada por lo mismo, es que Sakura pestañeo lenta y suavemente, abriendo sus orbes esmeralda al mundo ante ella y que por un instante pareció resultarle borroso, incapaz de observar en la situación en que estaba, pero y casi pudiendo considerarse a sí misma una loca es que juraba oír—a lo lejos, al menos en su mente—que alguien la llamaba. Incapaz de moverse, más con los ojos abiertos, arqueo las con confusión al contemplar el cielo y las ramas de los árboles en su campo de visión, hacía apenas unos instantes atrás—porque creía que había transcurrido muy poco tiempo—había creído que por fin podía sentirse libre de todo peso terrenal como para morir sin reparar en nada más, y también por no mencionar el hecho de que estaba en un lugar que a ella le resultaba totalmente desconocido: arboles, césped, flores de todos los colores y aromas etéreos la rodeaban como una amalgama hermosa, pero a la vez incomparablemente desconocida para ella. El sol se alzaba en lo alto de un cielo perfecto y completamente despejado, más pacífico y perfecto de lo que ella pudiera haber visto alguna vez y en el fondo del ambiente, sin saber de dónde exactamente, es que de la arboleda emergía el cántico de aves, que se desplazaba de rama en rama entre los árboles, pero sin perturbar ni siquiera un fragmento de la tranquilidad que Imperaba. Se enderezo con lentitud y apoyando sus manos sobre la hierba, sentándose para analizar mejor aquel parque de flores que la rodeaba y cuyo aroma a rosas la hacía sonreír sin necesidad de gesto alguno, al igual que la quietud del ambiente que evocaba en ella sentimientos sumamente placenteros…por primera vez en mucho tiempo volvía a sentir paz.

-Abuela, te quedaste dormida.

Hasta ese punto y totalmente absorta en su propia sorpresa por estar en un paraíso tan hermoso y pleno a la vez es que Sakura no había sido capaz de oír los pasos de alguien aproximarse, no hasta que ya hubo sido demasiado tarde, siendo sorprendida por un abrazo cálido y afectivo por la espalda y cuya dulce voz, alegre como la de un pequeño gorrión, le callo por los hombros como un balde de agua fría, quizás pudieran haber transcurrido años, una década o más, pero así como una madre reconocía la voz o el latir del corazón de sus hijos es que Sakura reconoció esa voz que llevaba tanto años sin oír, la voz de una nieta muy querida para ella y que le había sido arrebatada hacía ya tanto tiempo. Siendo temporalmente incapaz de moverse, Sakura reacciono al sentir que el abrazo llegaba su fin, pero aun sentía esa tierna presencia tras suyo y ante lo cual se giró sin ser capaz de erguirse por temor a que flaquearan sus propias fuerzas; ahí frente a ella se encontraba su nieta Mikoto, idéntica a la última vez en que la había visto, vestida con un sencillo vestido blanco con flores de múltiples colores estampadas sobre la tela y a imagen de la corona de jazmines sobre su largo cabello rosado y con una permanente sonrisa estampada en su rostro…Kami, cuando había extrañado a esa niña. Ya sin poder contenerse es que Sakura abrazo a aquella niña con todas sus fuerzas, mordiéndose el labio inferior por temor a la posibilidad de romper en llanto en cualquier momento, pero regresando al presente al escuchar reír a su nieta que hubo continuado observándola con una permanente sonrisa sin importar cuanto tiempo pasara. Calmada cual estanque imperturbable, la joven Sultana Mikoto extendió su mano, entrelazándola con la de su abuela, halándola hacia la arboleda, quería que la siguiera y Sakura—apoyándose en el suelo para levantarse, teniendo cuidado de apartarse la falda del vestido para no caer—no dudo en seguirla ni por un solo instante. En su sorpresa apenas y había reparado en su ropa: su largo cabello rosado caía libremente por sobre sus hombros desnudos que quedaban al descubierto ya que el vestido de hombros y escote recto, de seda roja, estaba diseñado para envolver sus brazos en mangas gitanas y se acentuaba a su figura con un largo lazo granate que servía de cinturón y adorno. Sentía la tierra y las flores bajo sus pies descalzos, e indudablemente no sentía miedo de aquel lugar desconocido al que la conducía su nieta, nacía de ella no sentir miedo y esta vez no era diferente a ninguna otra, sujetándose la falda casi hasta las rodillas para avanzar sin problema alguno, pero sin soltar la mano de Mikoto.

Su mirada recorría todo cuanto estaba a su alcance; animales, plantas, el suelo, la tierra bajo sus pies, el aire y la brisa que mecían sus rizos haciéndolos caer parcialmente sobre sus hombros…todo era simplemente perfecto hasta ese punto, como si ya no pudiera ser mejor, pero algo le decía que lo seria y recibió esta respuesta cuando—rompiendo la unión entre sus manos—su nieta aparto con un poco de dificultad las ramas plagadas de enredaderas de jazmín, indicándole que la siguiera aun cuando al luz que iluminaba aquel claro fuera tal que el dificultase ver.. La perfección no existía, esta era una realidad humana muy clara y plasmada aunque quizás solo unos pocos estuvieran dispuestos a admitirla en todo su esplendor, Sakura lo había hecho, había aprendido a ver los más diminutos errores donde otros no los veían, pero en este caso sintió que por primera vez en su vida estaba siendo testigo del cuadro más hermoso y simplemente esplendoroso que hubiera visto en toda su existencia, apenas y la enceguecedora luz del sol se hubo disipado lo suficiente como para permitirle contemplar aquel hermoso cuadro; lo primero que vio fue a u grupo de cinco niños que reconoció en el acto y que la rodearan, intentando halar de ella para que ingresara aún más en la profundidad de ese claro, reconocía a todos esos niños, ¿Cómo olvidarlos si eran sus propios nietos? El hermano mayor de Mikoto, Sasuke, Baru y Kagami que la abrazaron pese a intentar ayudar a caminar, así como su otro nieto Baru, el hijo de Shisui y que intentaba apartar del camino a sus primos para acaparar la atención y por supuesto Daiki a quien por poco no reconoció en un inicio. Pero por supuesto que estos hermosos y amorosos niños, al igual que su nieta, no eran los únicos componentes de aquel cuadro, no, claro que no, bajo un amplio toldo borgoña bordado en oro y diamantes, idéntico al siempre acostumbraba a estar presente en el jardín Imperial, vio a todos su hijos reunidos frente a una mesa, riendo y bromeando entre sí; Baru que abrazaba a Mirai, Itachi que lo codeaba de vez en vez haciéndolo reír, Daisuke junto a Midoriko quienes charlaban animosamente con Rai y la Sultana Naoko, por no citar a Kagami que cargaba en brazos a un pequeño infante de casi dos años, el pequeño hijo de Hayami, Rai, mientras veía a Shisui y Ryoko sonreírse entre sí. Era un cuadro tanto original como perfecto y que no hubo perdido su encanto ni aun cuando todos hubieron reparado en su llegada.

-Por fin llegas, mamá– sonrió Daisuke desviando la mirada hacia Kagami y Rai que asintieron totalmente de acuerdo con él.

-Llevábamos mucho esperándote– rió Shisui.

No son lágrimas de tristeza las que caen de mis ojos, son lágrimas de anhelo y dolor por las noches de felicidad y dulce música a tu lado, el sueño me ha abandonado en tu ausencia, ¿Cómo puedo dormir si la otra parte de mi vida esta tan lejos de mí?, no me importan los obstáculos ni las adversidades que se presentan ante mí, mis lágrimas se convirtieron en ríos porque simplemente son las lágrimas de un amante. Ni el dinero, ni las banas atenciones de los que me rodean pueden hacerme olvidar el dolor que me aflige, siento que he entrado a un túnel eterno del cual nunca saldré, si los dolores de la vida fueran como los dolores del amor entonces serían muy dulces: este amor me está ahogando y no quiero que nadie me rescate. Sakura ni siquiera supo porque pero todas estas palabras resonaron en su mente como si de un poema se tratase, pero no era su voz quien se las pronunciaba al oído, de hecho y de haber podido habría jurado que se trataba de la voz de Sasuke, pero en ese entorno eso desde luego era algo imposible y en lo que eligió no pensar mientras les sonreía a todos los presentes, algunos a quienes había añorado con el alma y a quienes ahora deseaba abrazar, pero no había necesidad de ningún grado de premura, después de todo y si estaba donde estaba era porque este paraje no tendría fin, este era su final, haber librado tantas batallas tenia ahora su recompensa y tras tanto tiempo de haber llorado lágrimas de sangre es que podría estar con sus hijos y esta vez para siempre. Ver a Naoko no la sorprendía, por supuesto que habían sido enemigas por largo tiempo y todo por causa del Sultanato, pero al final habían amado a Rai como el hijo que consideraban de cada una y habían dejado el pasado donde merecía estar, Naoko había sido una víctima más y esta vez, sonriendo más feliz de lo que nunca se hubiera sentido en su vida, Sakura estaba infinitamente feliz de volver a verla, porque en estas circunstancias todo—absolutamente todo—era diferente y solo Kami sabía lo inmensamente feliz y agradecida que se sentía mientras alzaba muy brevemente la mirada al cielo esbozando la más radiante de las sonrisas que hubiera mostrado en toda su vida, porque el tiempo de preocupaciones ya no existía.

-Ya estoy aquí– sonrió Sakura tomándole el debido peso a sus propias palabras.

Escúchenme, que mi voz resuene como un eco en la historia; fui la madre del Imperio más poderoso del mundo, que llevo sobre su cabeza la corona de sangre de la experiencia, fui la más grande de todas las Sultanas, la Sultana Sakura. Ya sin más demora y jugueteando con sus nietos, se dejó conducir hacia donde la esperaban sus hijos y que la hubieron recibido con inmensa felicidad, recordando la primavera de la alegría, el vergel del amor y la bondad tan amable y de la que el mundo terreno carecía, pero ya no tenía que pensar en eso nunca más, ahora ese ra su lugar, no el mundo de dolor y llanto, su sufrimiento por fin su anhelo cobraba vida y podría vivir en paz y esta paz tan magnánima le decía que, en un futuro, sin importar el tiempo, volvería a ver a Sasuke…solo tenía que esperar y ser paciente, y esperaba que él pudiera hacer lo mismo. Me alejo para siempre de este mundo, no existe el bien ni el mal, su tiempo y su espacio ya no son ni mi espacio ni mi tiempo, se cierran las puertas a mi paso y ante mí se erige un viaje desconocido…


PD: les confesare, mis amores, que hasta yo tenía el corazón apretado al actualizar y es que el Imperio despide a la más grande de todas sus Sultanas, nadie nunca será tan poderosa ni llegara tan lejos como Sakura, pero la historia no terminara con ella, no, a partir del próximo capítulo seguiremos a Sasuke y el infierno en la tierra que padecerá por no tener más a su lado a la mujer que tanto amo y amara, veremos si el legado de Sakura y el Imperio podrán sobrevivir gracias a sus hijas y aliados, y veremos quienes serán aliados y enemigos :3 como continuación del final que tengo planeado para esta historia, iniciare una nueva, titulada "El Siglo Magnifico: El Sultan y La Sultana", levemente inspirada en la serie "Medcezir", también les recuerdo que actualizare "El Sentir de un Uchiha" durante este fin de semana y quizás actualice "La Bella & La Bestia" la próxima semana, y "El Siglo Magnifico Mito Mei & Mikoto" el próximo fin de semana :3 les recuerdo que finalice el guion completo-diálogos y detalles menores-de la futura adaptación de la película "Avatar", por lo que les pido a los interesados que comenten cuando quieren que inicie el fic u otro que tengan en mente, esperando contar con su aprobación, por supuesto :3 como siempre la actualización está dedicada a DULCECITO311(que siempre está cerca y a quien dedico y dedicare todas mis historias, prometiendo iniciar los bosquejos de la secuela cuanto antes siendo que ya hice la portada :3) a Adrit126 (temiendo haberle causado dolor por la muerte de nuestra Sultana, pero era necesario, de otro modo la historia no tendría sentido) :3 y a todos aquellos que sigan cualquier otro de mis fics :3 les recuerdo que además de los fic ya iniciados tengo otros más en mente para iniciar más adelante en el futuro: "El Siglo Magnifico: El Sultan y La Sultana" (siguiendo el final que haré para el fic de "El Siglo Magnifico; La Sultana Sakura" e inspirada en la serie "Medcezir"), "Avatar: Guerra de Bandos" (una adaptación de la película "Avatar" de James Cameron cuya secuela comenzó su rodaje, y cuyo guion-de la primera película-ya he terminado), "La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber" (precuela de "La Bella & La Bestia", que prometo actualizar cuando tenga tiempo) "Sasuke: El Indomable" (una adaptación de la película "Spirit" como había prometido hacer) "El Siglo Magnifico; Indra & El Imperio Uchiha" (narrando la formación del Imperio a manos de Indra Otsutsuki en una adaptación de la serie "Diriliş Ertuğrul"), por no hablar de las películas del universo de "el Conjuro" y que prometo iniciar durante y a lo largo de este año :3 cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.

Datos Históricos:

-La Muerte de la Sultana Kösem/Sultana Sakura: en la lucha por el poder, Kösem planeó destronar a su nieto el Sultan Mehmed IV y reemplazarlo con otro joven nieto, el Príncipe Suleiman. Reemplazando de igual forma a la ambiciosa Sultana Turhan por la Sultana Dilasub. El plan no tuvo éxito ya que la Sultana Turhan fue informada por Meleki Hatun, una de las esclavas cercanas de Kösem, de que se estaba planeando la remoción y reemplazo de Mehmed y su ejecución. Kösem Sultan fue asesinada tres años después de convertirse en regente de su joven nieto, se rumorea que la Sultana Turhan ordenó su asesinato. Se dice que Kösem fue estrangulada con una cortina por el jefe de los eunucos del harén, Tall Suleiman, o bien estrangulada con su propio cabello largo. Cuando murió, las personas de Estambul estuvieron tres días de luto, paralizando completamente la ciudad y el comercio de esta. Después de su muerte su cuerpo fue llevado de Topkapi al Viejo Palacio y enterrado en el mausoleo de su esposo el Sultan Ahmed I, junto al resto de su familia.