-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada (bajo mi cronología) por Metin Akdülger (Sultan Murad IV), Aslı Tandoğan (Sultana Gevherhan) y Hande Doğandemir (Sultana Turhan Hatice). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.
Epilogo
-¡Atención!, ¡Su Majestad el Sultan Itachi y la Madre Sultana Takara, Regente del Sultanato!
Las horas habían parecido convertirse en años para los habitantes del Palacio Imperial, en una eternidad de llanto y sufrimiento, para unos más que para otros desde luego, dependiendo de la perspectiva con que se analizasen los hechos que tenían lugar. Como tantos otros Sultanes a lo largo de la historia, el féretro de su padre ahora había encontrado su propio lugar en la cripta Imperial, junto a su madre, sus hermanos y el resto de los miembros de la dinastía, en medio de la noche e inmediatamente tras haber informado al resto de los habitantes del Palacio es que se había realizado una sencilla ceremonia nocturna, con las hijas y nietas del Sultan aun en camisones y batas, con sus cabellos cubiertos por velos y ante la cual solo habían asistido los miembros de sangre de la dinastía que se habían encontrado en el Palacio y los mayores aliados del Sultan en vida; las Sultanas, Mikoto, Shina, Sarada, Izumi, Hanan, Aratani, Sumiye, Risa, Naomi, Kohana, Hana, Kaori, lady Eri, Lady Ino, lady Tenten,, Lady Temari, Shikamaru y Choji. Pero como siempre el luto no podía durar en tiempos de celebración, o así parecía haberlo justificado la Sultana Takara, tal vez no había tenido la intención de quedar en evidencia como conspiradora y responsable de la muerte del Sultan Sasuke, más igualmente lo había hecho al hacer correr la noticia ente el pueblo de tal manera que a la mañana siguiente ya todos los miembros del ejército Jenízaro y Spahi, los eruditos y Pashas se encontraban a las puertas del Palacio Imperial, observando el imponente y vacío trono que ahora habría de ocupar el Príncipe Itachi. Así como el heraldo acaba de anunciar, las enormes puertas se abrieron dando paso a la Sultana Takara acompañada por su pequeño hijo de tan solo siete años, hasta entonces el Sultan más joven en la historia del Imperio y que habría de tener a su madre como Regente del Sultanato.
El estatus y poder Imperial era algo que se debía tener muy en cuenta, y por ello es que la—ahora—Madre Sultana y Regente del Imperio había optado por usar sobre si misma el color que representaba a la Dinastía Uchiha. La Madre Sultana Takara portaba unas impecables galas de seda color rojo, se trataba de un vestido de escote corazón, —con un grueso margen por sobre el escote, formando un corte en V—con siete botones rojo oscuro en caída vertical hasta la altura del vientre, y sin mangas, por sobre el vestido o más bien pegada a él se hallaba una chaqueta sin mangas granate oscuro que enmarcada en los costados del corpiño, se apegaba al vestido por obra de un margen de hilo de oro que igualmente formaba el borde del escote. Para mayor portento en su afán de lucir insuperable, por sobre el vestido y a chaqueta de este se hallaba una especie de capa o chaqueta superior, de mangas ajustadas y pronunciadas hombreras abullonadas, la chaqueta-de un pronunciado escote redondo, que enseñaba parte de vestido inferior-se cerraba abajo el busto por seis botones de oro—uno a la izquierda y otro a la derecha—con una escama dorada como adorno en el lado izquierdo—respectivamente—y abierta bajo el busto, una serie de intrínsecos y hermosos bordados de encaje e hilo dorado iniciaba en los costado del corpiño, en el resto de la chaqueta, la espalda, la falda y el dobladillo de este, las hombreras abullonadas y finalmente una especie de muñequeras bordadas que iniciaban cinco centímetros bajo los codos y que en conjunto con la imagen del vestido, en su totalidad, la hacían lucir impecablemente soberbia. Alrededor de su cuello se hallaba una elegante cadena de plata con diamante engarzados, formado una estructura rizada que sostenía cinco dijes—el central de mayor tamaño—de cuna de diamante en forma de lagrima con un rubí homólogo en el centro, a juego on un pequeño par de pendientes de cuna de diamante en forma de ovalo con un rubí en el centro. Finalmente y de manera majestuosa sobre su cabello naranja—recogido tras su nuca—se hallaba la soberbia corona Imperial de tipo torre con un diseño simplemente hermoso conformado por una firme estructura de piezas de oro con diamantes y diminutas perlas incrustadas, sosteniendo un largo velo dorado que, obviamente comparado con el vestido y todo su arreglo, creaba una imagen simplemente insuperable.
Pese a ser tan solo un niño de siete años, joven como ningún otro Sultan en la historia hasta ese punto, Itachi no necesito recurrir a sostener la mano de su madre que camino a su lado en todo momento, rodeando el trono junto al que permaneció de pie mientras él se situaba frente a la avasalladora estructura que a partir de ahora solo habría de ser suya, él era partir de ese momento el Sultan absoluto del Imperio y su hermosa madre era la mujer más poderosa del imperio; la Madre Sultana. Todos los presentes, ya fuesen Jenízaros, Spahis o Pashas de cualquier rango, bajaron de forma inmediata la cabeza ante el joven Sultan, reverenciándolo como lo merecía cualquier miembro del imperio que por la voluntad de Kami tuviera a bien asumir el trono. La muerte del Sultan Sasuke lo había sorprendido a todos por el abrupto modo en que había tenido lugar; los Jenízaros se observaron con sutileza entre sí, le estaba rindiendo homenaje al nuevo Sultan, sí, pero no a la "Madre Sultana Takara", para ellos la única mujer que merecía ser reverenciada como "Regente del Sultanato" había sido y seria la Sultana Sakura a quien aún tras la muerte continuaban siendo leales con sus vidas. Dirigiéndole una última mirada a su madre, el joven Sultan se sentó con propiedad sobre el trono, apoyando las manos sobre sus rodillas tal y como había visto hacer a su difunto abuelo, intentando asemejarse a él y parecer lo bastante intimidante como para que nadie osara desafiarlo, sosteniéndole la mirada a los miembros del ejército, alzando su mano derecha como señal de que podían alzar la cabeza. Desviando la mirada hacia su madre, el joven Sultan Itachi asintió, permitiéndole tomar la palabra en su nombre.
-Pese a este nuevo inicio que se abre paso ante nosotros, ante esta nueva era, sabemos que hay traidores y enemigos entre nosotros- inicio Takara con respeto y máxime autoridad, sabiéndose respaldada en su totalidad por su hijo. -Como Madre Sultana, les ofrezco el perdón solo si se alían a su Majestad y a mí, de ser así salvaran sus vidas y tendrán su premio- planteo la Sultana, ofreciendo así, y de manera indirecta, poder y títulos con el fin de ser la mujer más poderosa en la historia del Imperio. -De otro modo saben lo que les aguardara- sentencio Takara con un deje de veneno en su voz.
Itachi había aprendido algo sumamente importante a lo largo de su corta vida; las mujeres, dentro del Imperio se dividían en dos categorías, la que eran inteligentes y astutas como su madre y que usaban sus poder en pro de buscar lo mejor para la dinastía y el Imperio…y aquellas que eran insulsas, que no sabían lo que hacían y que solo buscaban el poder sin saber qué hacer con él, tal y como sucedía con los hombres, debía agregar. Por las noches, cuando había sentido miedo a niveles apabullantes, a causa del intento de asesinato de su abuelo en su contra, su madre lo había abrazado, le había prometido que nadie lo lastimaría mientras ella estuviera viva e Itachi creía ciegamente en su promesa aún más que en la palabra de cualquier otra persona, para él su madre era la mayor persona en el imperio y el Palacio que buscaba su felicidad, nadie se preocupaba tanto por él como ella. Sabiéndose escuchado por todos los presentes, en la cima del poder como tanto había anhelado, Takara no tenía arrepentimiento alguno en su corazón ni en su consciencia, mucho la habían subestimado y ella había probado ser capaz de ganar en aquel infame juego de intenciones oscuras y estrategias complejas. Si, había envenenado al Sultan Sasuke, ¿Y qué? Lo había hecho por el futuro de su hijo, su amado Sultan; no le importaba nada más que la felicidad de Itachi y su pequeña Seramu, de ser preciso el resto del mundo podría venirse abajo y a ella en nada le importaría, solo le importaba su hijo.
-No habrá perdón, no habrá piedad para nadie que se oponga al Sultan Itachi- declaro la Sultana Regente con voz firme e inderrotable, -por ello es imperativo que ratifiquen su lealtad, por la prosperidad y la paz de este Imperio- justifico Takara diplomáticamente.
En su pasado nunca hubiera podido imaginar, como una simple plebeya ucraniana, hasta donde podría llegar con tan solo obtener poder; hoy lo sabía. Agradecía al destino que los corsarios del Imperio la hubieran arrancado de su hogar, había entrado a ese Palacio como esclava y ahora todo el Imperio era suyo, suyo y de su hijo. Mucho había errado hasta hoy, había tenido que olvidar el decoro, la moralidad y aquello que otros considerarían adecuado para llegar a donde estaba, el camino hasta que su hijo ascendiera al trono había estado pavimentado de dolor a niveles inimaginables para cualquiera que algún día pudiera atreverse a juzgarla, pero si tuviera que volver a vivir todo su pasado en pro de remediar o cambiar algo, no haría nada, dejaría todo tal cual estaba porque eso la había conducido a la victoria que ahora gozaba minuto a minuto. Por largo tiempo había considerado a la Sultana Sakura como su enemiga, más hoy la tenía en alta estima como su mentora, aquella que le había enseñado a usar la intriga como arma y a hacer hasta lo más aberrante con tal de buscar el bien del Sultanato y de paso su propio bien y el de su adorado hijo, ella no sería como las demás Sultanas del imperio, ella dejaría su propia huella y seria incomparable. Cruzando las manos a la altura de su vientre, aguardo en silencio y con una confiada sonrisa a que sus súbditos clamaran los obvio y no hubo pasado siquiera un segundo para que lo hicieran.
-¡Larga vida al Sultan Itachi!
-¡Larga vida a la Sultana Takara!
Una triunfal sonrisa de autosuficiencia se plasmó en su rostro, cerrando los ojos de dicha y placer personal al tener su ansiada victoria; su era finalmente había comenzado.
La torre de la Justicia, el punto más alto desde donde la coronación o ascensión era visible en su totalidad, nuevamente volvía a albergar en su interior a los miembros del Imperio que cuales guerreros y ángeles vigilantes decidían y confabulaban sobre lo que debía de suceder de ahora en más, porque ninguna de ellas estaba de acuerdo con que Itachi fuera el Sultan ya que eso implicaría estar bajo las normas que Takara tuviera a bien estipular, pero deponerlo en cuestión de años y sembrar la semilla de la insurrección en el corazón de la gente que las veneraba en memoria de su difunta madre era bastante fácil en la experiencia que ellas tenían en sus vidas políticas, aunque tomaría tiempo obviamente. Bajo una permanente imagen enlutada, y distante del mundo, se encontraba la Sultana Mikoto que como siempre era la representante de su familia y del Imperio Uchiha como tal, siendo acompañada por su hija Naori, así como por sus hermanas Shina, Sarada, Izumi y Hanan, y sus sobrinas y sobrino; Ayame, Izuna, Naomi, Kohana, Hana, así como por Seina y sus pequeños Hashirama y Kaede, Masumi y su pequeño Sasuke, Aratani y sus dos hijas, Sumiye y Risa. También, e infinitamente leales se hallaban lady Eri, -en compañía de su hija Kaori-lady Ino, lady Tenten, Shikamaru, lady Temari, Yugito, Choji, Chouchou, Himawari, Hanabi y Tokuma.
Agradeciendo poder manifestar—ligeramente—su dolor por la muerte de su padre, -siendo su primogénita—la Sultana Mikoto portaba un sencillo vestido de seda color negro, de escote alto en V con cinco botones de oro en caída vertical hasta la altura del vientre y un cadena de oro de lado a lado como adorno, de mangas ajustadas y decorado por tres botones de oro en borde interior de las muñecas, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de igual color, de escote en V, cerraba bajo el busto, sin mangas, pero plagada de finos bordados en hilo de oro que emulaban ondas, flores de cerezo y unidas a ellas el contorno del emblema de los Uchiha, por no hablar del grueso margen de encaje dorado ribeteado en su totalidad de diamantes que formaban no solo el margen sino también el dobladillo de la falda, abierta bajo el vientre, aportando una imagen tanto regia y sobria como enriquecedora. Su largo cabello rosado se encontraba recogido impecablemente tras su nuca, exponiendo así su largo cuello desprovisto de joyas, sobre su cabello se hallaba una hermosa y portentosa corona de oro y piedras de ónix ribeteada en diamantes, -que sostenía un largo velo color negro ligeramente cruzado sobre su escote-conformando una estructura en forma de ondas y olas complementando un par de prominentes pendientes de cuna de oro en forma cuadrada con una piedra de ónix en el centro.
De pie tras su madre-e igualmente fría e imperturbable a lo que acontecía-se hallaba la hermosa Sultana Naori, de veintiséis años, con su largo cabello rosado peinado de forma elegante para caer libremente tras su espalda en una cascada de rizos, adornado por una corona de oro, rubíes, granates y diamantes-que sostenía un largo velo granate- de tipo casquete que emulaba púas y espinas, formando una especie de estructura en forma de flecha sobre su cabello para dejar caer un rubí en forma de lagrima sobre su frente, complementando un par de pendientes de cuna de oro con granate en el centro y sin joya alguna estorbando la visión de su largo cuello. Su femenina figura se encontraba ataviada con un sencillo vestido de sea frambuesa, de escote cuadrado y mangas ajustadas hasta los codos, abiertas frontalmente en lienzos de casa que permanencia a los costados de sus brazos, por sobre el vestido se hallaba una capa de seda y tafetán de igual color hecha en base a la inspiración griega, que se cerraba para crear un cuello alto en V que enmarcaba su cuello y resaltaba sus joyas, con una serie de bordados color crema en el cuello y el borde del costado izquierdo el corpiño y la falda de la chaqueta y que la hacían parecer una especie de túnica griega, un silente homenaje a su abuela, que aun persistía en su memoria.
-Es tan ilusa que casi, casi, me da algo de pena- puntualizo Mikoto con burla y una expresión de frialdad en su hermoso rostro.
El aire que reinaba era frió, impoluto y restrictivo, porque todas y todos los testigos presentes urdían planes mentalmente, estrategias perfectas a emplear para así destruir a Takara, porque no iban a hacerle el camino fácil, era lo mínimo que les debían a sus padres, mantener una guerra que garantizase que el candidato adecuado accediese al trono en el futuro, y ese Príncipe en cuestión no era otro que Hashirama.
Totalmente de acuerdo con su hermana mayor, e igualmente vistiendo de la forma más enlutada posible a pesar del ánimo de perpetua celebración que sabía debía plasmarse ante todos, la Sultana Shina lucía un modesto vestido marrón purpureo plagado de delicados bordados en hilo de plata que emulaba flores de cerezo entrelazadas con el emblema de los Uchiha, de escote redondo, cerrado por un botón purpura oscuro y sin mangas, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta superior de seda purpura grisáceo, de escote redondo y bajo exponiendo parte del vestido inferior, cerrado por seis botones de igual color que el resto de la tela, abierta bajo el vientre para exponer la falda y de mangas ajustadas que brindaba un aspecto más riguroso así como el cuello alto y posterior que enmarcaba los lados de su cuello. Su cabello rubio castaño se encontraba recogido tras su nuca para así exponer con facilidad una sencilla cadena de plata y diamante que sostenía una serie de cinco pequeños dijes de cristal en forma de lagrima a juego con un par de pendientes de plata y cristal de igual forma para complementar una espléndida y compleja corona de plata, amatistas y diamantes purpuras que conformaba una estructura en forma de púas, hojas y flores de cerezo que sostenía un largo velo malva-rosáceo a juego con su vestido y que caía tras su espalda.
Más triste que su madre, y sinceramente afectada por la muerte de su abuelo que había conseguido hacerla más feliz que nunca en su vida al permitir su matrimonio con Iwabee, Ayame portaba un sencillo vestido negro de escote cuadrado y mangas ajustadas, abiertas cuales lienzos de gasa para exponer sus brazos, por sobre el vestido se hallaba una rigurosa chaqueta Viridián metálica bordada en hilo plateado, de cuello alto y marcadas hombreras, cerrada alrededor del cuello por un botón de diamante para formar un escote redondo que exponía el vestido inferior antes de volver a cerrarse por otra de cinco botones de diamante hasta la altura del vientre donde la falda se abría para exponer nuevamente el vestido inferior. Su largo cabello castaño caía libremente tras su espalda y sobre sus hombros en una marea de impecables rizos, adornado por una sencilla corona de plata y piedras de ónix que sostenía un largo velo color negro que lo cubría parcialmente y sin joya alguna que ensalzara aún más su belleza ya que tal objetivo no estaba en su ánimo.
-Pagará su estupidez con su vida y la de su hijo- sentencio Shina igualmente estoica al respecto. -Kami mediante no tendremos que esperar por ello- oro, ansiosa por la muerte de la ucraniana y el fin de su falso Sultanato.
-Amén- secundo Sarada inmediatamente, orando porque su madre, desde el paraíso, las guiara para seguir eficientemente sus pasos y deshacerse de Takara, -pero hasta entonces, no significa en lo absoluto que podamos mantener la guardia baja- recordó con claras intenciones de mantener la "guerra" que Takara había iniciado desde el primer momento. -El Sultanato de Takara podrá lograr grandes cosas, pero al final deben ser el pueblo y el ejército quienes aclamen que Itachi sea depuesto- esclareció, desviando ligeramente su mirada hacia sus hermanas mayores que asintieron en son con sus palabras.
Más que triste por la muerte de su padre, -que sabía había sido provocada—Sarada se sentía profundamente iracunda y por ello es que no portaba ajuares similares al luto como hacían sus hermanas mayores, no, si lo que Takara quería era una confrontación inmediata Sarada no pensaba negarse a sostener una guerra interina, pelearía inmediatamente y con todas sus fuerzas. La Uchiha portaba un modesto vestido esmeralda de escote en V, con un cuello alto—que conformaba el escote—hecho de gasa, calzado a su figura, y que dividía el centro del corpiño de los laterales por obra de un margen de hilo de oro, sin mangas y una falda única, lisa y sin adorno alguno, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta entre barbecho y ocre plagada de bordados en hilo esmeralda, de escote redondo—con cuatro botones de oro desde el inicio del escote hasta el área bajo el busto y con un par de diamante a los lados como adorno—que únicamente abarcaba desde el escote al área delimitante bajo el busto, de mangas ajustadas con holanes de gasa esmeralda que complementaban el vestido inferior, y una larga cola que hacía de falda superior, enmarcándose a los costados del vestido. Su largo cabello azabache estaba hermosamente peinado como siempre, cayendo libremente tras su espalda en una perfecta cascada de rizos y adornado por un sencilla pero elegante corona de oro—que sosteniendo un largo velo esmeralda que caía tras su espalda—que conformaba una estructura en forma de púas y hojas ribeteadas en diminutos diamantes y cristales ámbar, dejando caer un dije en forma de flor de cerezo sobre su coronilla, emulando el contorno de las flores predilectas de su padre, a juego con un par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima.
Tras Sarada e igualmente opositora al hecho de manifestar su tristeza se hallaba su hija Naomi, de casi once años, de pie junto a su hermano mayor, Izuna, de veinte años, y a quien era tan unida. La joven pero encantadora Sultana lucía un sencillo vestido de seda Orceína, de recatado escote corazón y mangas ajustadas hasta los codos, abiertas frontalmente en lienzos de seda para exponer sus brazos, por sobre el vestido una chaqueta de gasa de igual dolor plagada de una serie de bordados en secciones determinadas de la tela, emulando flores de cerezo en encaje e hilo dorado ribeteadas en diminutos diamantes, sin mangas, de escote en V, cerraba bajo el busto, y abierta bajo el vientre, enmarcando su aun ligeramente infantil figura por un fino cinturón de cadena de plata. El obsequio de su abuela, una fina cadena de plata con dije en forma de flor de cerezo, no abandonaba su cuello en ningún momento, resaltando a pesar de sus largos rizos azabache que caían sobre sus hombros, adornados por una diadema de tipo cintillo en forma de ondas para replicas diminutas flores de cerezo conformadas por amatistas y diamantes color rosa a juego con un par de pequeños pendientes de diamantes en forma de lagrima.
-Kakashi ya fue degradado a Segundo Visir y asesor del "Sultan"- menciono Mikoto, plantando una falsa sonrisa en sus labios, para sorpresa de gran parte de las presentes, pero no de su hermana Hanan que ni se inmuto ante esto, ni de su hija Naori que se reservó a bajar la mirada ligeramente, -si Takara cree que me conformare con eso no sabe con quién se enfrenta- mascullo, apretándose la manos, pero sin perder su imagen de absoluta dignidad.
Si bien hasta ahora se había mantenido en silencio, Izumi hubo contemplado meditativamente el intercambio de palabras entre sus hermanas, cuestionándose mentalmente que hacer ya que admitía sentirse perdida tras la muerte de su madre, y ahora la muerte de su padre no resultaba más fácil de asimilar por más que no hubiese sido capaz de perdonar lo que él había hecho, pero ahora no era momento de recordar enemistades y animadversiones, sino de seguir adelante y era preciso saber cómo específicamente. La Sultana, mucho más sencilla que en ocasiones anteriores, portaba un vestido de seda limón metálico, de escote cuadrado, cerrado por cinco botones de diamante en caída vertical desde el escote hasta la altura del vientre, de mangas ajustadas y caída ciertamente sencilla, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de igual dolor que conformaba una especie de marcado cuello superior que se creaba ante el escote en V de la chaqueta que se cerraba bajo el busto, si manga alguna pero con un favorecedor bordado de hilo de oro sobre la tela que replicaba flores de jazmín y sutiles capullos de rosa, las flores favoritas de su madre. Su cabello castaño, habitualmente suelto como una cascada de rizos tras su espalda, esta vez se encontraba rigurosa y perfectamente recogido tras su nuca, adornado por una sencilla corona de doro en forma de pétalos y decorada por diamante y cristales verde limón a juego con un par de pendientes de oro con un dije homólogo de cristal que complementaba una cadena de oro en forma de ondas—alrededor de su cuello—y de la que pendían seis dijes iguales que destacaban ante el largo velo mantequilla que caía tras su espalda.
Tras la Sultana Izumi se hallaban sus dos hijas, Kohana de once años, y Hana de diez, ambas impecables para la ocasión, al igual que su madre pese a la animadversión compartida, hacia la Sultana Takara. La mayor de la dos hermanas, la Sultana Kohana, de once años, portaba un sencillo vestido morado de escote redondo, mangas ajustadas hasta los codos y abiertas frontalmente como lienzos de seda, el modelo tradicional al que se ceñían la mayoría de lo vestido, sencillo a decir verdad, y sobre este se hallaba una chaqueta de encaje índigo-purpureo de escote en V y abierta bajo el vientre, sin mangas y ligeramente ribeteada en diamantes, afianzada a su juvenil y aun infantil figura por un cinturón de cadena de plata a juego con un par de pendientes en forma de sarcillos y una hermosa corona de plata, amatistas y diamantes en forma de broche que realzaba su largo cabello castaño que se arremolinaba sobre sus hombros.
Más pequeña y junto a su hermana mayor se hallaba la Sultana Hana, de diez años, portando un inocente vestido blanco de escote alto en V, recatado y de mangas holgadas desde los hombros hasta cubrir las manos, y por sobre esta una chaqueta de satín blanco con una serie de pequeños estampados dorado que replicaban el emblema de los Uchiha a lo largo de la tela, de escote en V, si mangas y cerrada por seis botones blanco hasta la altura del vientre donde se exponía la falda del vestido. Su largo cabello castaño, plagado de rizos y que caía libremente sobre sus hombros y tras su espalda estaba adornado por una sencilla diadema de tipo cintillo hecha de oro y ribeteada en diamantes, sin ninguna otra joya para enmarcar su tierna e infantil inocencia.
-Conozco bien esa mirada y ese tono de voz- menciono Izumi de manera preventiva, -¿Qué tienes pensado hacer, Mikoto?- inquirió, intrigada por los planes que, sabia, se estaban entretejiendo.
-Debería resultar claro para ustedes, pero ya que Mikoto me brinda el honor…- aludió Hanan observando de sola sayo a su hermana mayor que asintió, sonriéndole sutilmente, -deshacernos de todos aquellos que traicionen la memoria nuestra madre- aclaro con tal madurez y valor que llego a sorprender a Shina, Sarada e Izumi, así como a Seina y Aratani, al igual que a sus sobrinas y sobrinos.
Sonaba implacable y lo sabía, pero Hanan era más consiente que el resto de sus hermanas de que Takara compraría a tantos aliados como le fuese posible, y ante ellas se presentaba la certera oportunidad de descartar a aquellos aliados que no fuesen viables y que con facilidad se cambiarían de bando ante las tentativos ofrecimientos, para sobrevivir y mantenerse en el poder, Hanan sabía que debían de mantenerse a salvo, ella misma no estaba exenta de los peligros, sabía que la obligarían a casarse ya que era joven y estaba bajo las órdenes del nuevo Sultan y la Madre Sultana en contrariedad con sus hermanas que ya tenían sus familias formadas, pero a pesar de ello Hanan no iba a parecer disconforme, fuera quien fuera su esposo; ella iba a anteponer la seguridad del Imperio y el futuro de su sobrino Hashirama como Sultan por encima de su propia vida, al igual que la felicidad del pueblo y la ayuda a los más necesitados, tal y como había hecho su madre, se dedicaría a hacer su voluntad tal y como si ella aun siguiera viva, porque el nombre de la Sultana Sakura debía de permanecer en el corazón de la gente para siempre.
La menor de las hijas del difunto Sultan se encontraba elegante ataviada en un vestido calzado a su juvenil pero femenina figura de casi catorce años, hecho en seda bermellón chino, una mezcla entre el granate y el rubí, -con un patrón de flores de cerezo replicadas en encaje de hilo de plata sobre si, en el corpiño salvo por un margen central de la misma tela, en el dobladillo de la falda, en la espalda y en la parte posterior de la falda, entrelazado con bordados de hilo de plata para replicar sobre la tela el emblema Imperial de los Uchiha– de escote cuadrado y mangas ajustadas hasta los codos, abiertas frontalmente en lienzos de gasa para exponer sus brazos. Su largo cabello rosado, plagado de rizos, caía sobre sus hombros cual marea de rizos, resaltando de manera obvia la corona de oro en forma de capullos de rosa con pequeños rubíes y granates incrustados sobre la estructura a juego con un par de pendientes de cuna de oro en forma de lagrima con un dije homólogo de rubí en su centro. Siendo la única hija de la Sultana Sakura que había heredado todos los aditamentos físicos que la caracterizaban; desde su inocencia a su tono de piel, su color de cabello y sus serenos orbes esmeralda, no se esperaba menos que fuese una gran belleza en cuanto alcanzara la dad apropiada para casarse. Era correcto admitir que muchos hombres del Imperio ya comenzaban a disputarse su mano en matrimonio.
-Nuestra madre confió en que todos aquellos que le eran leales seguirían siéndolo tras su muerte- recordó Hanan con toda la intención de mantener viva la imagen de su madre, algo que agradecieron los sirvientes y amigos presentes que vieron a la difunta Sultana Sakura reflejada en su hija menor, -si ahora eligen cambiarse al bando de Takara, su destino no será otro que la muerte- sentencio de manera implacable.
-Debo reconocer que no podría estar más de acuerdo- admitió Shina, orgullosa del carácter de su hermana menor a quien igualmente todas y todos intentarían proteger.
-Dejemos que los jenízaros se encarguen de ellos como debe ser- menciono Naori al saber que el ejército leal a su madre, la Sultana Mikoto y a sus tías, era la mayor fuerza de acción en que podían y debían apoyarse para deshacerse de los traidores.
-Por ahora solo dediquémonos a fingir que estamos de acuerdo con esta farsa- secundo Ayame, observando de sola sayo a su prima y asintiendo uniformemente.
-Tu no debes temer nada, Seina- tranquilizo Sarada con un tono mucho más cálido, -Hashirama llegara al trono sea cuando y como sea- prometió sonriéndole a su sobrino que le correspondió inmediatamente sin separarse del lado de su madre.
Sonriendo con la misma amabilidad que siempre demostraba, la Sultana bajo la mirada hacia sus hijos Hashirama y Kaede que apoyando sus manos en el borde de la ventana, observaban la ceremonia de coronación a pesar en intrínseco enrejado que hacia que todos los presentes pasasen inadvertidos. Tan sencilla como de costumbre, la Sultana Seina portaba un cómodo vestido de chiffon y seda frambuesa, de halagador escote corazón aunque algo más rebajado que lo usual, ceñido a su cuerpo bajo el busto, de falda holgada de una sola capa y mangas ajustadas hasta los codos donde se volvían holgadas y abiertas cuales lienzos de gasa para exponer los brazos; por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de seda de aspecto metálico azul claro con reflejos celestes y detalles en color violeta-rosáceo en forma de flores de cerezo, sin mangas, de profundo escote redondo que se cerraba bajo el busto y se abría bajo el vientre. Sus rizos castaños sencillamente recogidos tras su nuca ne una trenza mariposa caían ordenadamente tras su espalda, únicamente adornados por una diadema de plata en forma de capullos de rosa con diamantes y amatistas formando los diminutos pétalos, sosteniendo un largo velo azul claro; alrededor de su cuello se encontraba una cadena de plata con diamantes engarzados con un dije replicando el contorno de una lagrima y un par de pendientes a juego. Estaba calmada, sabía que el inicio del Sultanato de Takara e Itachi significaba no solo el principio de la guerra sino también el futuro Sultanato de su pequeño e inocente hijo.
-Confió en que así sucederá, Sultana, más vivo tranquila al saber que la ley del fratricidio desapareció para siempre, así mi hijo estará a salvo- manifestó la pelicastaña con serenidad, agradecida por el sacrificio de vida que la Sultana Sakura había efectuado en vida, -más sé que no debo confiarme- recordó con la debida contrariedad.
Desvió la mirada hacia su amiga Masumi, de pie a su lado, que le sonrió totalmente de acuerdo más igualmente absorta por el futuro que se habría ante ellas y que darían todo de si por no claudicar. Su femenina figura se encontraba ataviada en un amplio vestido de seda y chiffon beige ligeramente anaranjado basado en la inspiración griega, de favorecedor escote en V y que se ceñía bajo el busto como si fuese un guante, de falda holgada compuesta por múltiples capas de gasa superpuestas entre si y manga dobles, unas inferiores de gasa transparente, holgadas y abiertas a la altura de los codos y que pasaban desapercibidas ante las superiores mangas de seda, abiertas desde los hombros y que oscilaban a los lados de sus brazos; por sobre el vestido lucía una opaca chaqueta de tafetán gris azulado con bordados color negro que creaban un agradable degrade en la tela, cerrado bajo el busto por un profundo corte en V y abierta bajo el vientre. Sus largos cabellos azabaches caían sobre su hombro izquierdo y tras su espalda, peinados sencillamente para hacer resaltar la austera y hermosa corona de oro en forma de dalias y pequeñas ramas, con diamantes ámbar y cristales multicolor decorando la estructura que sostenía un largo velo crema suave; alrededor de su cuello se encontraba una cadena de perlas color negro que sostenía el dije de los Uchiha hecho de rubí y del que pendían escamas cobrizas en un tono tan oscuro que parecían negras y que llegaban hasta el borde de su escote a juego con los pendientes de oro en forma de rosa de los que pendía una perla negra en forma de lagrima. Masumi descendió la mirada hacia su hijo Sasuke que igual que como su hermano y hermana, observaba la ceremonia…por su hijo estaba dispuesta a hacer lo que fuera, pero no traicionando sus principios como si había hecho Takara, ella no haría eso jamás.
-Afortunadamente el Sultan Sasuke, antes de morir determino, en conformidad con los Visires, eruditos y Pashas, que no fuésemos enviadas al antiguo Palacio, de otro modo no podríamos hacer nada- rememoro Aratani, sinceramente agradecida por la última voluntad del fallecido Sultan. -Esperemos que Takara se confié, entonces atacaremos- menciono tanto para sí misma como para Seina que asintió, totalmente de acuerdo.
Nadie conocía tan de cerca la desdicha como la Sultana Aratani que había enlutado sin haber tenido siquiera treinta años, no había peor suerte que esa en el Imperio, solo que en contrapunto con Hayami, ella si había podido permanecer en el Palacio Imperial. La hermosa Sultana portaba un favorecedor y recatado vestido esmeralda claro, de escote en forma de corazón, con seis botones color negro que iban desde el escote—enmarco por un borde de encaje de igual color—hasta la altura del vientre, los costados del corpiño, así como las mangas y al falda que conformaba la tela estaba ribeteado en su totalidad de encaje de color negro, brindándole un aspecto ya de por si enlutado, como previendo lo que ya debía de ser inminente. Su largo cabello castaño plagado de rizos se encontraba élegamente recogido tras su nuca, adornado por una corona con una base en forma de enrejado que ascendía para recrear el modelo europeo de diadema, con brillantes diamantes color jade y esmeraldas en forma de rombos, alrededor de su cuello su obsequio; el emblema de los Uchiha sostenido por una fina cadena d oro, y a la par de su vestido unos pendientes de cuna de oro en forma de lagrima con una esmeralda homologa en su centro. El Sultan Sasuke y la Sultana Sakura habían muerto, por supuesto que sí, pero Aratani también era sobradamente consciente de que debía utilizar toda la influencia que poseía y había ganado a lo largo de los años para luchar de la forma más silenciosa para derrocar a Takara, eso era lo único que le quedaba por hacer para proteger a sus hijas.
De pie tras ellas se encontraban sus hijas Sumiye de recién cumplidos doce años y Risa de casi once y que si bien lucían debidamente engalardonadas para la ocasión, sabían sobradamente el papel que jugaban en aquella lucha ideológica en que se vivía o moría. La Sultana Sumiye había heredado la etérea belleza de su abuela, maximizada por aquellas femeninas galas rosa pálido de escote redondo, adecuado a cada curva de su figura y de falda de una sola capa, con mangas ajustadas hasta los codos que se volvían acampanadas hasta la altura de las muñecas, conformadas por capas de chiffon superpuestas entre sí; por sobre el vestido y ocultando su escote se encontraba una chaqueta de seda metálica fucsia bordada en líneas horizontales de flores de cerezo hechas de escamas de plata, de alto escote redondo a la altura de los hombros, sin mangas, y que se cerraba hasta la altura del vientre por nueve botones de diamante. Sus largos rizos castaños se encontraban peinados en una coleta ladina que caía sobre su hombro derecho, resaltando al corona de oro, escamas de plata y perlas en forma de espinas sobre su cabeza, sosteniendo un largo velo rosa blanquecino, con un par de pendientes de oro en forma de flor de cerezo y que sostenía una perla en forma de lagrima. Un ángel en el exterior, más en lo profundo de su mente, Sumiye sabía que podía llegar tan lejos como su padre y su abuela, estaba en su sangre hacer todo lo necesario por el imperio e incluso más.
Igualmente encantadora se encontraba la Sultana Risa, con sus largos rizos azabache, casi tan oscuros como la tinta cayendo sobre sus hombros y tras su espalda, con un broche de oro en forma de flor de cerezo decorado con una infinidad de cristales color ámbar que formaban un dije de mariposa tremendamente elaborado que caía sobre su frente, decorado por diamantes violeta rojizo, sosteniendo un largo velo rubí suave que caía tras su espalda; todo favoreciendo su largo cuelo semejante al de un delicado cine y que por poco opacada los pendientes de cuna de oro en forma de ovalo con un rubí homólogo en el centro. A semejanza de sus joyas un sencillo vestido de brillante chiffon rubí cubría su aun inocente figura componiendo el atuendo de un recatado y alto escote en V que no daba lugar a la imaginación, sin dar a entender si se ceñía a su cuerpo o no, con holgadas y traslucidas mangas que llegaban a cubrirle las manos que cruzaba a la altura de su regazo y falda de múltiples capas de gasa superpuestas entre sí; por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de tafetán granate rosáceo, de escote redondo ligeramente más bajo que el del vestido, cerrado en el corpiño hasta la altura el vientre por seis botones de plata, abriendo la tela como si fuera una falda superior y de mangas cortas y ceñidas hasta los codos. Aunque parecía delgada, sin busto y demasiado joven, solo Kami y su madre sabían que poseía una mente tan aguda y perspicaz como la de su difunto padre y sus abuelos.
Tal vez su presencia por poco y pasase desapercibida, pero lady Eri Kalfa era una personalidad recurrente en conversaciones como esa, quizás la ahora Madre Sultana Takara la viera como a una simple sirvienta, pero pese a u rango social Eri no era lo que parecía. Mucho más sencilla que las Sultanas presentes, un modesto vestido violeta claro cubría su figura, compuesto por dos capas, una inferior de alto escote en V que no daba a entender si se ceñía o no a su figura, de mangas holgadas y transparentes que se abrían a la altura de los codos y falda holgada de seda ligeramente ribeteada en gasa para mayor movilidad, por sobre esta primera capa se encontraba una hecha de georgette ligeramente más oscuro y opaco que se cenia bajo el busto mediante un profundo escote redondo que detallaba su figura, con la caída de la tela formando una falda superior y mangas cortas hasta los codos; por sobre el vestido una chaqueta de tafetán verde grisáceo de profundo escote redondo que se cerraba bajo el busto por tres botones de oro y un cinturón de cadena de oro que ceñía la tela a su cuerpo. Sus largos rizos rubios caían ordenadamente sobre sus hombros y ras su espalda por obra de una diadema de oro de tipo broche que recreaba flores de jazmín. Envida de la Sultana Sakura se había hecho muy amiga de hombres poderosos, la mitad de los miembros el Consejo Real siempre la respaldaban y oían, así como parte del Ulema o cámara de eruditos, siendo amiga y aliada de las esposas de estos hombres. Las intriga comenzaban desde lo más bajo y en silencio estaba tan dispuesta como todos a luchar hasta el cansancio.
Finalmente y de pie junto a su madre se encontraba la Sultana Kaori, de trece años, la única hija del fallecido "Príncipe de Corazones" y que sabía que su destino estaría a expensas de lo que la insufrible "Madre Sultana Takara" tuviera a bien decidir. Un sumamente inocente vestido blanco ensalzaba su juvenil belleza, hecho d seda blanca en un recatado escote redondo que no daba señal alguna de ceñirse a su cuerpo y con falda ligeramente ribeteada en gasa para facilitar el movimiento, bajo el vestido una especie de enagua de gas transparente que recreaba un cuello alto y brevemente cerrado que formaba un escote en forma de lagrima hasta la altura del margen del vestido, las mangas igualmente hechas de gasa casi legaban a cubrir las manos y se transparentaban de forma sutil; por sobre el vestido una chaqueta de chiffon blanco bordada en hilo de oro para recrear flores de jazmín sobre la tela, de profundo escote en V que se cerraba bajo el busto y ceñía a su cuerpo por un delicado cinturón de cadena de oro con diamantes engarzados. Su largos rizos castaño dorado caían ordenadamente sobre sus hombros y tras su espalda, peinados de forma sencilla por una diadema de tipo cintillo hecha por diminutas escamas de oro y plata engarzadas entre sí, recreando un dije en forma de lagrima que caía sobre su coronilla y en los lados de su rostro a imagen de un par de pendientes que por poco y pasaban inadvertidos entre sus rizos. Era demasiado joven para casarse aún, debería esperar uno o dos años más, pero si lo que Takara quería era hacerla sufrir, Kaori no le daría ese gusto, no claudicaría aunque su vida dependiera de ello, su odio por la ucraniana estaba por encima de cualquier otra cosa.
-Es fácil- comento Mikoto fríamente, devolviendo su vista al frente y observando con desinterés como los Pashas juraban aparente lealtad, al nuevo Sultan y a la "Sultana Regente", -el Sultanato de Takara llegara a su fin desde el primer día- sentencio de forma irrefutable.
Aquellos que se opusieran al Imperio Uchiha, o más bien a su voluntad, desaparecerían de un modo u otro, porque el Imperio que ahora existía era otro, después de la muerte del Sultan Sasuke y la Sultana Sakura, el Imperio y el mundo no volverían a ser más que la sombra de lo que habían sido en su día…
Sultana Sakura: fue una de las mujeres más poderosas de la historia del Imperio Uchiha. Fue consorte y favorita del Sultan Sasuke I, madre del Sultan Baru II y de los Príncipes Itachi, Daisuke, Kagami y Shisui, así como de las Sultanas Mikoto, Shina, Sarada, Izumi y Hanan. Fue Madre Sultana durante el Sultanato de su hijo el Sultan Baru, y Regente durante el Sultanato de su esposo, el Sultan Sasuke. Fue una figura femenina prominente durante el llamado Sultanato de Mujeres, siendo la figura más representativa de su época y la única mujer del Imperio que vio el-aparente-ascenso y declive de-en total-seis Sultanes; su esposo el Sultan Sasuke, su cuñado Yosuke, sus hijos Baru, Daisuke y Shisui, y su nieto Itachi. Después de su muerte, fue conocida por los nombres "Valide-i Muazzama" (Madre Magnífica) y "Vālide-i Şehīde" (Madre Martirizada).
Cuando murió, los habitantes de Konoha estuvieron tres días de luto, paralizando completamente la capital y el comercio.
Sultan Sasuke: Sultan del poderoso Imperio Uchiha, fue conocido tanto por haber restaurado la autoridad del estado como por la brutalidad de sus métodos. Trató de acabar con lo que quedaba de corrupción, la que se había incrementado durante los gobiernos de los sultanes anteriores, y que no había sido del todo comprobada. Esto se consiguió de muy diversas maneras, limitando por ejemplo los gastos despilfarradores. Su severidad y habilidad como guerrero y un excepcional comandante de guerra, siendo indiscutiblemente implacable con sus enemigos, le otorgo el apodo de «el cruel». Lo más notable del Sultanato de Sasuke fueron las conquistas de Persia, Bagdad, Belgrado, Revan, Mesopotamia, Irán, parte del Territorio Húngaro y la última ocupación de Crimea, futuramente pérdida durante el Sultanato de su nieto Itachi IV. Fue el último Sultan del Imperio que comandó un ejército en el campo de batalla.
Sasuke fue conocido como el último gran Sultan y conquistador del Imperio Uchiha, así como por haber derogado de manera oficial y permanente la ley del fratricidio, lo que impediría a los próximos Sultanes ejecutar a sus hermanos al ascender al trono.
Sultana Mikoto: fue la hija mayor del Sultan Sasuke I y su Haseki, la Sultana Sakura. Fue una de las figuras más influyentes en la historia del Imperio Uchiha. Su matrimonio con Kakashi Hatake Pasha hizo de ella una de las mujeres más ricas del imperio. Siendo educada con el fin de influir en la política del Estado, -al igual que su hermana Shina, y su madre la Sultana Sakura-Mikoto siempre se manifestó como una mujer ambiciosa y con gran autoridad sobre la política, pudiendo influir en la toma de decisiones políticamente importantes gracias a su esposo Kakashi Hatake Pasha, Gran Visir durante el Sultanato de su padre el Sultan Sasuke, y que si bien fue depuesto como tal ante el ascenso de su sobrino Itachi IV, igualmente siguió siendo un hombre importante en la política del estado. Pese a su increíble belleza-tan renombrada como la de su madre, la Sultana Sakura-Mikoto fue conocida por su crueldad y su sangre fría, ya que fue implacable con los traidores a su familia que aparecieron tras la muerte de sus padres, y voluntariamente vio como los torturaban y ejecutaban.
Sultana Shina: fue la segunda hija del Sultan Sasuke I y su Haseki, la Sultana Sakura, hermana del Sultan Baru II, los Príncipes Daisuke y Shisui, y tía paterna del Sultan Itachi IV. Gracias a su matrimonio con el Visir y diplomático Konohamaru Sarutobi Pasha, Shina fue conocida por su gran poder e influencia en el imperio, al igual que su hermana mayor, la Sultana Mikoto, interfiriendo o más bien pudiendo elegir a voluntad parte de las decisiones que se tomaban por el bienestar y perpetuidad del Imperio.
Sultana Sarada: fue la tercera hija del Sultan Sasuke I y su Haseki, la Sultana Sakura, se convirtió en la administradora del Harem tras la muerte de su madre, y mantuvo una fuerte influencia política durante el Sultanato de su sobrino el Sultan Itachi IV, colaborando en su derrocamiento y en el ascenso de su sobrino, el Sultan Hashirama II. Además fue sobrina del Sultan Yosuke I, y hermana de los Sultanes y Príncipes; Baru II, Daisuke IV y Shisui I. Pese a no tener la exorbitante importancia de sus hermanas Mikoto y Shina, Sarada fue una figura influyente en la política del Imperio en consonancia con su madre y sus hermanas Izumi y Hanan. Primero estuvo casada con Inojin Yamanaka Pasha, de quien tuvo un hijo; Izuna, pero su esposo fue ejecutado por órdenes del Sultan, permitiéndole a Sarada casarse con Boruto Uzumaki Pasha, hijo del ex-Khan de Crimea, con quien tuvo una hija, la Sultana Naomi.
Sultana Izumi: fue la cuarta hija del Sultan Sasuke I y su esposa y Haseki, la Sultana Sakura, así como hermana de los Príncipes y Sultanes; Baru II, Daisuke IV y Shisui I, al igual que tía paterna de los Sultanes Itachi IV, Hashirama II y Sasuke II.
Por fines políticos contrajo matrimonio con Mitsuki Pasha, con quien tendría dos hijas; las Sultanas Kohana y Hana. Pese a colaborar en la instrucción y educación de su sobrino Itachi, la Sultana Izumi era opositora al Sultanato y Regencia de su cuñada, la Sultana Takara, enemistad que se manifestó abiertamente tras la muerte de la Sultana Sakura y aún más tras la muerte de su padre el Sultan Sasuke que aparentemente murió por causa de un plan urdido por Takara. Junto a su hermana, la Sultana Sarada, durante sus últimos años de vida confabulo para derrocar a su sobrino Itachi que fue depuesto como Sultan y reemplazado por su hermano, el Príncipe Hashirama.
Sultana Hanan: hija menor del Sultan Sasuke y la Sultana Sakura, a la edad de 14 años, se casó con Shikadai Nara Pasha por decisión de su sobrino el Sultan Itachi. Siendo un matrimonio por política, ante lo cual Hanan era disconforme, evidentemente se mostró extremadamente hostil hacia su esposo, llegando a abofetearlo en su noche de bodas en la primera oportunidad que tuvieron de encontrarse a solas. A pesar de la inicial y compleja relación entre ambos, consiguieron entenderse y llevarse bien, con el tiempo, ya que Hanan demostró ser importante para la carrera política de su esposo. A menudo lo ayudaba estratégica y financieramente. Naka Celebi, un contemporanio y escritor de la época, consideró a la Sultana Hanan como un excelente ejemplo del prestigio Imperial de los Uchiha, continuando las obras de caridad que su madre-la Sultana Sakura-había realizado en vida. También señaló que ningún matrimonio Imperial había sido tan armonioso como el que conformaban Hanan y Shikadai. Con dieciséis años y tras dar a luz una hija, la Sultana presento complicaciones post-parto y murió luego de cuatro días de agonía. Después de la muerte de la Sultana Hanan, su esposo Shikadai se arrojó en su ataúd y lloró desconsoladamente.
El Sultan Itachi, respaldado por la Sultana Madre Takara y el Gran Visir Hayate Gekko Pasha, ordeno que Shikadai Nara Pasha-viudo y con una hija-se casara con la Sultana Seramu, hermana del Sultan Itachi. Se atestigua que este fue un matrimonio permanentemente infeliz ya que el Pasha se negó a consumar el matrimonio e ignoro desmedidamente a la Sultana.
Sultan Baru II: fue el hijo primogénito del Sultan Sasuke I y la Sultana Sakura. Ascendió al trono a la temprana edad de quince años como resultado de un golpe de Estado contra su tío Yosuke I. A pesar de su juventud, Baru pronto procuró destacar como soberano y mantuvo un estado de paz con las casas reales vecinas, dedicándose al fortalecimiento interino del Imperio. Lastimeramente una conspiración sucedida por facciones rebeldes del ejército, alentada por las Sultanas Mei y Rin que pretendían volver a entronizar al Príncipe Yosuke, consiguió entrar al Palacio a la fuerza y decapitarlo, así como ejecutar a su heredero, el Príncipe Daiki. Habiendo sido Sultan por tan corto tiempo-menos de dos años-fue muy perspicaz y enérgico como gobernante, siendo asesinado y destronado por los rebeldes al interior del Estado.
Sultan Daisuke IV: Príncipe Heredero del Imperio Uchiha tras las muertes de sus hermanos Baru II, e Itachi, fue declarado Sultan del Imperio Uchiha tras su muerte por su labor de regencia, así como por su colaboración en las campañas militares efectuadas. Sus padres fueron el Sultan Sasuke I y la Haseki de este, la Sultana Sakura, igualmente su hermano menor, Shisui I, fue declarado Sultan de manera póstuma. Se sabe muy poco acerca de las concubinas que tuvo, sobre todo porque ninguno de sus hijos varones sobrevivió a la edad adulta o a él mismo para ser sucesores elegibles para el trono. Pero tuvo dos Sultanas Haseki. La primera fue la Sultana Haseki Midoriko, que le dio un hijo-el Príncipe Sasuke-y una hija-la Sultana Mikoto-, posteriormente su segunda Haseki y esposa legal fue la Sultana Haseki Aratani que le dio cuatro hijos, dos Príncipes; Baru y Kagami, y dos Sultanas; Seramu y Risa.
Murió a la edad de 27 años, a causa de una cirrosis hepática. Antes de morir, escribió su testamento de manera privada, pidiéndole a su madre la incansable protección de su hermano Shisui, temiendo que su padre ordenara ejecutarlo, sabiendo que ello habría significado el fin de la línea de sucesión y dinastía Uchiha, afortunadamente tal situación no sucedería hasta siete años después, cuando su sobrino Itachi IV tuviera cinco años.
Sultan Shisui I: fue el hijo menor del Sultan Sasuke I y la Sultana Sakura, Príncipe Heredero del Imperio y declarado Sultan de manera póstuma tras su ejecución. Fue conocido como "Shisui el Loco". Sucedió a su hermano Daisuke como Príncipe de la Corona, y regente oficial en ausencia de su padre. Inestable emocionalmente, además de padecer esquizofrenia o neurastenia, Shisui fue ineficaz como Príncipe Heredero, despilfarrando la pensión y dinero que le correspondía y manteniendo un actuar egoísta y desinhibido. Permanentemente junto a su madre y aislándose de la política, Shisui dependió por completo de su autoridad y protección en la corte, así como de sus hermanas Mikoto, Shina, Sarada, Izumi y Hanan. Preso de la impopularidad, Shisui se volvió presa fácil para sus enemigos que, alentados por su Haseki; la Sultana Takara, conformaron un motín que consiguió convencer y acorralar al Sultan Sasuke que acabo por ordenar su ejecución.
Sultana Takara: fue Sultana Haseki del Príncipe Shisui, así como Regente Imperial y Madre Sultana durante el Sultanato de su hijo Itachi. Takara fue prominente por la regencia sobre su joven hijo que ascendió al trono con apenas siete años, y por su patrocinio en la arquitectura. Ella y su suegra, la Sultana Sakura, fueron las dos únicas mujeres en la historia del Imperio Uchiha en ser consideradas Regentes Oficiales, interfiriendo abiertamente en los asuntos y la política del Estado. Takara fue la única mujer en la historia del imperio Uchiha que compartió igualmente el poder de dirigir todo el imperio junto a su hijo, el Sultan Itachi, legalmente, aunque de hecho transfirió todo su poder político al gran visir Hayate Gekko. Su declive en el poder y el posterior derrocamiento de su hijo la convirtieron en la última representante del llamado Sultanato de Mujeres.
Sultan Itachi IV: fue Príncipe Heredero y Sultan del Imperio Uchiha a la corta edad de siete años. Fue el hijo mayor del Príncipe Shisui y su Haseki, la Sultana Takara que, ante su ascenso al trono, se volvió Madre Sultana y Regente. Su sultanato fue significativo debido a un breve florecimiento del poder Imperial, dirigido en mayor medida por el firme e inflexible Gran Visir, Hayate Gekko; que recobró las islas Egeas, que estaban en manos de Venecia, y combatió en triunfantes campañas militares frente a Transilvania y Polonia. Posteriormente sus generales se volvieron ineficaces, lo que concluyo en una serie de estrepitosas derrotas militares en que se perdieron los territorios conquistados por su abuelo, el Sultan Sasuke I: Hungría volvió a formar parte oficial del continente europeo, permitiendo a los austriacos asestar una derrota aplastante, Bagdad, Revan y parte de Persia se perdieron irremediablemente. Venecia igualmente obtuvo una victoria en que volvió a conquistar Mesopotamia, hecho que permitió al Imperio ruso apropiarse de Crimea. Ante todos los problemas e insurrecciones que no tardaron en surgir por causa de estos eventos, el Sultan Itachi fue depuesto y encarcelado en Amegakure, cerca de sus cotos de caza favoritos, pasando allí el resto de su vida junto a dos de sus concubinas.
Sultan Hashirama II: único hijo del Príncipe Shisui, y la Sultana Seina, fue Sultan del Imperio Uchiha hasta su muerte. Ascendió al trono por un motín armado planeado por sus tías Izumi y Sarada, junto a su madre la Sultana Seina, derrocando a su hermano mayor-el Sultan Itachi- que fue exiliado a Amegakure. El bien llamado Sultan Hashirama II, apodado "el pacificador", fue un hombre muy inteligente, sencillo y religioso. Hashirama logró reconquistar pequeños territorios y creo reformas internas para estabilizar al imperio y mejorar la organización de este. Ya que ascendió al trono con cuarenta y cinco años, su Sultanato fue relativamente breve, brindándole al Imperio-afortunadamente-un periodo de paz que permitió un auge y restructuración económica y militar.
Sultan Sasuke II: único hijo del Príncipe Shisui y la Sultana Masumi, fue Sultan del Imperio Uchiha tras la muerte de su hermano Hashirama. Durante su corto Sultanato, dedicó la mayor parte de sus esfuerzos a las guerras contra los Habsburgo y a la política exterior relacionada con asuntos gubernamentales y económicos. Una de las decisiones políticas más importantes que tomó fue la reforma fiscal y la introducción del impuesto de agricultura. Durante el Sultanato de Sasuke II también se revisó el sistema tributario mediante un ajuste a las capacidades de los contribuyentes afectados por las últimas guerras. También reformó la movilización de tropas y aumentó la reserva de reclutas para el ejército con la colaboración de las tribus de los Balcanes e Iwagakure. Lastimeramente, durante su Sultanato se perdió Belgrado, los últimos territorios de Hungría en manos Uchiha, y una parte de Rumania, a manos de los húngaros.
Palacio Imperial de los Uchiha, Konoha/En la Actualidad
Décadas, siglos habían transcurrido para el Palacio Imperial que; tras la muerte del último y más glorioso de sus Sultanes y la Sultana más poderosa del mundo, había visto intentos de gobernantes que en nada habían conseguido emular a sus predecesores, pero pese a ello ese hermoso Palacio había sobrevivido a tantos infortunios. El Imperio de los Uchiha había desparecido como tal siendo ahora el País del Fuego, una república unificada por la capital, Konoha, un territorio que unía oriente y occidente como ningún otro país del mundo, hermoso y lejano al mismo tiempo y que llamaba a ser conocido y explorado de forma insistente, volviéndose así el destino de una joven estudiante de ciencias políticas que lo había elegido como destino vacacional de su pasantía, regalo de su padre por su conducta irreprochable y noble corazón, casi rogándole que se tomara la egoísta decisión de pensar en si misma por una única vez.
El nombre de la joven era Sakura Haruno, venia de la isla Tinos, en Cefalonia. La hermosa joven poseía una belleza extraordinaria, inigualable y que hacía que de vez en vez volteasen a verla los hombres presentes; piel blanca como el alabastro pero perfectamente sonrosada, largo cabello rosado plagado de rizos naturales y cadenciosos que caían libremente sobre sus hombros y tras su espalda, usaba unos jeans color negro ajustados al contorno de sus muslos y caderas, destacando más su figura por los botines de cuero color negro que usaba en consonancia con una blusa gitana de seda y gasa blanca, de recatado escote alto y redondo, mangas ajustadas hasta los codos y holgadas hasta casi cubrirle las manos. Sencilla, inocente, pero encantadora en su sencillez.
-Todo esto es magnífico- menciono Sakura, tanto para sí como para su mejor amiga.
-Debo admitir que yo me quede más cautivada con el Harem- disto Ino Yamanaka, su mejor amiga y compañera de viajes, -un Sultan con tantas mujeres a su disposición…yo desearía que pasara al revés- reconoció con un risa divertida ante sus fantasías.
Con dieciocho años recién cumplidos, Sakura Haruno no era menos que un prodigio, en su último año de universidad, era tal su inteligencia y compromiso por aquello en lo que creía que había podido adelantar sus años de estudio, terminando la secundaria a los dieciséis años, e iniciando la universidad ese mismo año. Provenía de una familia adinerada, su padre Kizashi era un empresario multinacional muy habilidoso y afortunado pero que mantenía un ambiente muy familiar y austero en su hogar, Su madre Mebuki era una talentosa abogada, y dedicaba sus instantes libres a efectuar obras de caridad en pro de los más necesitados y de las que Sakura—voluntariamente—formaba parte cada vez que tenía oportunidad, y-por otro lado-estaba su hermana menor Matsuri que estaba estudiando en la academia de arte y que tenía un talento envidiable, pero era un tanto indisciplinada e irresponsable ya que le gustaba disfrutar de la vida como toda adolescente, o no como ella misma que desde siempre había sido responsable como primogénita de la familia.
Colgando la correa de la cámara alrededor de su cuello, Sakura busco en el interior de su bolso, extrayendo una especie de agenda o block de notas, y un lápiz, escribiendo los nuevos veneros históricos que aprendía a cada momento que tomaba fotografías y leía parte de las placas conmemorativas había y por haber. Habiendo registrado en su "bitácora" aquello que consideraba necesario, Sakura regreso su bloc de notas al interior de su bolso que acomodo sobre su hombro derecho. Sonriendo para sí misma, la Haruno volvió a sostener su cámara y enfocarla adecuadamente para tomar otra fotografía de los pasillos y de todo cuanto se hallase a su alcance, estar en un Palacio así de único era simplemente un sueño, el Palacio que-en los siglos pasados-había albergado a la dinastía, al Imperio de los Uchiha, a la casa real predominante del mundo, un Imperio que había superado el ascenso y descenso del sol y que había permanecido incólume como ninguna otra casa real europea lo había hecho, o por lo menos durante más tiempo que otras casas reales y sociedades monárquicas. En la actualidad Konoha, o más bien el País el Fuego, era una sombra del original poderío Imperialista, pero a Sakura no podía evitar fascinarle todo cuanto rodeaba a aquel hermoso pero triste y desolador Palacio.
-En ese caso deberíamos haber ido a China o Angola- recordó Sakura aludiendo los Harem masculinos que, sabía, existían, mientras revisaba las fotografías que había tomado con su cámara.
-El Paraíso, vayamos la próxima vez- pidió Ino con ojos de cachorrito para poder convencerla.
-Tal vez- divago Sakura sin ser del todo concreta con respecto a esa posibilidad.
Amigas las había y de muchos tipos, pero ciertamente poca serian como Ino que si dudarlo ni por un segundo armaba su maleta cuando ella mencionaba la palabra "viaje", juntas habían recorrido Londres, Paris, Roma, Venecia, Nápoles y Japón, a sus dieciocho años habían conocido el mundo más que la mayoría de la gente. Ino era el tipo de amiga que le hacía sombra; poseía una belleza tal que llamaba atención de diseñadores y empresas de modelaje, tenía números telefónicos e innumerables contactos para probarlo, y no hacía nada por disimular sus encantos; unos ajustados jeans azul oscuro, casi negro, hacían parecer aún más largas su piernas así como los altos tacones aguja de color negro de cuando mínimo quince centímetros que hacina ver diminuta Sakura en comparación con ella, una traslucida blusa de chiffon azul parecía ser recatada con el cuello alto y redondo que se transparentaba con toda la intención, con los laterales, hombros y la espalda hechos de encaje a juego y un fajín que se cerraba con un broche en forma de tulipán. Sus sedosos cabellos rubios caían libremente tras su espalda, con un mechón cubriendo a medias el lado izquierdo de su rostro, haciendo más vivaces sus ojos aguamarina como dos gemas. Ino tenía novio, Sai, graduado recientemente en Economía, y según Sakura tenía entendido ambos eran muy felices juntos desde hace ya tres años y a punto de querer formalizar su relación con el matrimonio en cualquier momento, pero si Sakura no conociera a Ino…por su forma de vestir diría que tenía toda la intención de conseguir un nuevo novio. Pocas personas estaban tan seguras de su físico como Ino para exponer sus encantos sin reparo alguno. Ojala yo pudiera ser así, pensó Sakura para sí, negando de forma casi imperceptible. Sosteniendo su estuche y bolso en la mano derecha, Ino codeo a su mejor amiga co toda la intención, haciendo que Sakura la observase arqueando una ceja al no entender el porqué de este gesto de su parte.
-Y, hablando de hombres, ¿Cuándo piensas olvidar los estudios y elegir a un galán?- inquirió la Yamanaka como de costumbre, observando a los atractivos hombres que veía en los pasillos aledaños.
-Ino, mi pasantía aquí solo durara dos meses, quiero disfrutar de la arquitectura- objeto la Haruno de forma casi inmediata, mecánica por no decir menos y es que no quería pensar en eso, -después del Palacio tengo pensado visitar el Templo Nakano- aludió intentando cambiar de tema lo más posible, aunque sabía que eso no serviría de mucho.
-Sakura, olvida la virginidad y la imagen de buena hija por un día- rogó Ino en un murmullo para que nadie las escuchase, aun así Sakura la observo molesta por tan solo aludir aquello, -tu misma dijiste, dos meses- recordó alzando dos dedos como una niña a la que se le preguntaba lo obvio. Intentando no prestarle atención, Sakura entorno os ojos, revisando nuevamente las fotografías de su cámara. -Mira a tú alrededor, tantos hombres guapos y yo sin poder sacarles provecho- el amor a distancia no era nada bonito y dos semanas de abstinencia lejos de su novio le empezaban a pasar la cuenta…pero su mejor amiga y casi hermana valía la pena que pasasen algo de tiempo separados.
-Sai tiene mucha suerte- rió la pelirosa, divertida al ver la aparente frustración sexual de su amiga con motivo de la distancia.
-Infinita- suspiro la rubia, buscando en su bolso al escuchar el timbre de su teléfono. En cuanto vio de quien se trataba, un sonrisa infantil se apropió por completo de su rostro. -Es él, iré al Harem- se despidió para tener algo de privacidad.
-Diviértete- animo Sakura, siguiéndola con la mirada hasta verla desaparecer.
Regularmente Ino siempre desatendía cosas por ella, tal vez porque intentaba que consiguiera novio al pasar tiempo con ella y algunos de sus amigos, pero Sakura apreciaba a niveles insospechados el tiempo que su mejor amiga le dedicaba, incluso había aprendido la definición grafica de Coitus Interruptus en una de las fiestas de cumpleaños de Ino al encontrarlos accidentalmente en la cochera, en el auto del señor Inoichi. Era una suerte que el señor Inoichi y la señora Miyuki trabajasen tanto, o de lo contrario sabrían que la relación de Ino y Sai tenía toques de ninfomanismo y…otras cosas más. Definitivamente podía dejar de considerar su mente como la de una usual adolescente virgen y todo con motivo de las conversaciones y charlas motivacionales de su mejor amiga y de su hermana menor, Matsuri parecía más adulta que ella en ocasiones o más bien cuando le convenía que fuera así. Cambiando el royo de fotografía de su cámara por quinta vez en aquel día, Sakura reconoció el timbre de su teléfono, haciendo sonar "Phoenix" de Molly Sandén. Abriendo su bolso, agradeció mentalmente no llevar tantas cosas consigo, dando casi inmediatamente con su teléfono, sonriendo como una niña al ver que se trataba de su padre. Una costumbre muy marcada en la familia era, su madre la llamaba a las diez de la mañana, su padre después del mediodía, su hermanita a las ocho y nuevamente su madre antes de la media noche recordándole que no se durmiera tarde. Ella estaba perdida sin ellos y ellos estaban perdidos sin ella.
-Hola papá- saludo la Haruno, sonriendo ante lo pendiente su padre que estaba de ella.
-Hola, mi angelito- contesto Kizashi, haciéndola sentir como una niña al llamarla así, -¿Cómo estás?- se interesó, camuflando a medias su preocupación, como siempre.
-Feliz, todo es maravilloso- chillo Sakura, a él no podía ocultarle cuanto le fascinaba estar allí. Parecía una especie de sueño, -recorriendo este Palacio siendo que estuviera en mi elemento- admitió extrañada, no se lo había dicho a Ino pero sabía que si podía decírselo a su padre.
-Quizá estuviste ahí en otra vida- sugirió Kizashi ante las palabras de su hija.
-Te diré lo mismo que a Ino; sueña, papá- rió la pelirosa, negando para sí ante aquella insólita posibilidad, -¿Tu hijita una concubina o Sultana? Ya quisieras- bromeo extrañada por no normal que sonaba aquello en su mente, sin entender porque.
Ciertamente la historia de los Uchiha era fascinante, pero imaginarse como una Sultana…por favor, solo era ella, Sakura Haruno, creer en algo así sería extraño e incómodo porque ni en sueños podría vivir casi enclaustrada en un Palacio así y ninguneada por una cultura machista y patriarcal donde se debiera recurrir a la crueldad para ganar posición, voz y voto. Eso no iba con ella en lo absoluto. En total 37 Sultanes había gobernado el imperio Uchiha de principio a fin, el fundador había sido el Sultan Baru I, hijo del Bey Indra Otsutsuki y la Sultana Selyúcida Sanavber Uchiha cuya sangre noble le había permitido tener derecho sobre el trono y Sultanato como único sucesor. Por 623 años, más que cualquier otra casa o familia real en el mundo, la Dinastía Uchiha había gobernado el mundo entero aterrorizando con su poder a aquellos que osasen desafiarlos; al menos eso es lo que Sakura había comenzado entender desde un par de semanas antes de iniciar el viaje cuando su padre le había obsequiado un libro de más seiscientas páginas sobre el Imperio Uchiha que permanecía en su maleta en el hotel y que ya casi leía por la mitad, un tesoro para ella que amaba los libros. La historia era atrapante, como la atmósfera de aquel Palacio, hombres y mujeres comunes pero forzados a vivir por un legado, un Imperio y una creencia que quizás nunca había sido la suya. Insólito y atrapante, por ello no le molestase que su padre la asociar ello, se estaba dejando sumergir por esta historia.
-¿Dónde estás?- curioseo Kizashi, lamentando no tener el tiempo para acompañar a su hija en este nuevo viaje.
-Por ahora, recorriendo los pasillos e Ino está en el Harem- en son de sus palabras y con la cámara colgando de su cuello, la Haruno tránsito por el pasillo, observando con atención los hermosos decorados de mármol y oro. -Ya tome fotografías de los aposentos del Sultan, la Sala del Consejo, los Aposentos de la Madre Sultana y, valga la redundancia, el Harem- no necesitaba revisar su bloc de notas, en su mente aún estaban esos elegantes salones con baldosas multicolor, mármol, tapices, seda…Kami, todo era como estar dentro de un sueño, en otra vida, -creo que ya no me faltan más fotografías, y gaste otro rollo- menciono algo avergonzada, aunque afortunadamente tenía otros diez royos de sobra, por si acaso, y pensaba comprar otros más ante los lugares turísticos que aún le quedaban por visitar.
-Estás muy emocionada- afirmo Kizashi al escucharla, sonriendo al ver que su plan de hacerla feliz había resultado y con eso él también era feliz aunque la extrañase mucho.
-Sí- escuchándose, Sakura sintió que esa escueta palabra no era suficiente para expresar su agradecimiento…la experiencia de estar en un lugar así era algo inolvidable y que su padre desperdiciase dinero de esa forma solo para hacerla feliz era algo que pocos padres podían hacer, pero su padre era el mejor papá del mundo, desde luego. -Papá, en verdad te agradezco que hayas hecho esto por mí, es una experiencia que jamás olvidare.
-Por eso lo hice, mi angelito- contesto Kizashi con naturalidad. El mayor deseo de un padre era que su hija estuviera feliz y él intentaba dedicar todos los momento libres a ello, tal como Mebuki, -recuerda nuestro trato, dos meses, no pienses en volver antes- sabía que Sakura disfrutaba de conocer el mundo, pero por momentos parecía permitir que su amor por su familia la hiciera olvidar su propia felicidad, aquella que merecía encontrar junto a alguien más y que parecía postergar a conciencia, y tenía razones a decir verdad.
-Estarás llorando por mí- objeto Sakura, bromista, sin negarse a disfrutar del viaje, sabiendo que su padre se torturaba por dentro al tenerla tan lejos y ella a él.
-Lo sé, pero quiero que te liberes un poco de las presiones que tienes aquí en casa- insistió Kizashi.
-Papá, si yo no rescato a Matsuri, ¿Quién lo hará?- se aventuró a cuestionar la pelirosa que sin llegar a exagerar, pensaba arduamente en que clase de locura estaría cometiendo su hermana, justo antes de dormir.
-Buen punto- admitió Kizashi, sin darse por vencido aunque sonando algo derrotado.
Matsuri era su antítesis, si ella seguía las reglas, no ocasionaba problemas y era perfeccionista…Matsuri llegaba tarde a casa, se la pasaba en fiestas y aunque sus notas en la Escuela de Arte eran excelentes, su comportamiento como una joven de casi diecisiete años, hacía que sus padres y ella misma se preocupasen a niveles abismales, en ocasiones llamando a la policía porque se desaparecía todo un fin de semana, eso y porque cambiaba de novio tan seguido que al final nadie sabía si el chico en cuestión era confiable, de buena familia…o qué tipo de antecedentes delictuales tenia. Pero, había que comprender a Matsuri y Sakura intentaba hacerlo siempre que podía, tal vez su hermanita había creído tan pegada a su sombra de hija responsable que simplemente intentaba demostrar cómo era realmente o que simplemente que era diferente de lo que muchos pudieran especular sobre ella, porque ella era testigo de que cuando estaban juntas, peleaban con almohadadas, veían películas románticas y cenaban juntas como dos hermanas cualquiera. Nunca habían tenido problemas y se extrañaban a través de la distancia, a su manera claro. Tal vez gozaran de más dinero que otras personas, pero aun así Sakura calculo mentalmente la cantidad de dinero que significaba una llamada a distancia de ese tipo, además de la hora que sería en Cefalonia, y no quería que su padre dejase sus deberes de lado o faltase a una junta solo por hablar con ella, aunque fuera por unos minutos.
-Bueno, tengo que colgar o gastaras mucho dinero- recordó la Haruno sin perder ese cómplice tono bromista que siempre compartía con su padre.
-Ya gano mucho- riño Kizashi a modo de defensa, escuchando a su hija contener una carcajada.
-Y quiero que ganes más- ánimo ella, cubriéndose los labios para acallar el ataque de risa que por poco y la hubo dejado en evidencia, -adiós papá, te amo, saluda a mamá y a Matsuri por mí- pidió inevitablemente aunque si fuera a hablar con ellas más tarde.
-Lo haré- prometió Kizashi sin problema, -te amo, adiós- se despidió amorosamente.
-Adiós- murmuro Sakura.
Sin dejar de caminar y con la mirada baja, finalizo la llamada, regresando su teléfono al interior de su bolso…
Tradiciones las había muchas, aún más si eran de carácter familiar y desde que Sasuke Uchiha tenía memoria ese Palacio y la historia del Imperio Uchiha habían formado parte de su vida. Según su madre le había dicho una vez, hace mucho tiempo, cuando había sido un niño de no más de siete años; el Imperio Uchiha había desaparecido en los años veinte, los políticos y la república democrática se había hecho con el poder como antaño lo habían hecho los Sultanes durante el medievo. Los aun miembros de la dinastía habían partido al exilio a los cuatro puntos cardinales en espera de correr la desgracia de la muerte como si había sucedido con otros menos afortunados miembros de las diversas casas reales de Europa durante y después de la Primera Guerra Mundial. Entre esos remanentes del Imperio, un hombre llamado Fujitama, su abuelo, había regresado a Konoha hacia tan solo unas décadas, volviendo a usar el apellido de su madre; Uchiha, que había sido una princesa o Sultana del Imperio, radicando de forma permanente en la que antes había sido la capital del imperio. Su padre Fugaku había nacido en Konoha donde trabajaba como abogado y allí había conocido a su madre Mikoto que pese a su dulce exterior tenía una expresa textil de reconocimiento internacional. Tenía un hermano seis años mayor, su nombre era Itachi, graduado en Administración de Empresas, más que dispuesto a hacerse cargo del trabajo de su madre algún día. Ambos eran prácticamente inseparables y no era broma, desde que tenían memoria, lo más lejos que habían estado el uno del otro era…la distancia entre su habitación que de hecho eran vecinas.
Tal vez la vinculación sanguínea que tenían con el desaparecido Imperio Uchiha había sido la razón por la que a él en especial le habían dado el mismo nombre que habían tenido dos de los Sultanes; Sasuke I "el cruel" y Sasuke II, aunque no por ello se sentía identificado con ese pasado Imperialista. Cada año, su madre insistía que debía visitar ese Palacio, hasta ese punto de su vida a sus dieciocho años, se le había hecho una rutina muy marcada, según su madre siempre, siempre, se debía tener presente el pasado y a su vez la relevancia que eso tenía en el futuro. Intentando aligerar la carga de su hermano mayor, igualmente se había graduado en Administración de Empresas, aunque no con el propósito de realmente hacerse cargo del actual trabajo de su madre algún día, no, ese no era su propósito. Había ido a los mejores colegios y secundarias, a la mejor universidad de Konoha y había sido el primer en todo como su hermano antes que él, más pese a haberse adelantado años en comparación con otros de sus amigos a su edad, nuevamente estaba cursando una nueva carrera en la universidad, esta vez por placer propio; Relaciones Internacionales. Desde niño era afín a la política, quería marcar una diferencia por más idealista que sonase o así lo definía su hermano Itachi que había dicho estado dispuesto a apoyarlo aunque nadie más lo hiciera, aunque si lo habían hecho. En ocasiones los sueños debían perseguirse sin importar que tan irrealizables parecieran, en tanto no dañasen a nadie más e por medio, por supuesto, porque lo único que impedía que se realizaran era la propia voluntad de quien los tuviera.
Sabía que gozaba de una situación—en teoría—mejor que la de otras personas, aunque no se sentía particularmente mejor por ello, de hecho estaba convencido de que su casa y el lugar en que vivía eran mucho más grandes que las de la mayoría de la gente que vivía en Konoha, aunque nunca tenía intención alguna de despilfarrar "su dinero" del modo en que si lo hacían otros chicos de su edad. Lucía una sencilla camiseta gris oscuro, de cuello redondo y mangas cinco centímetros por sobre la altura de las muñecas, una sudadera purpura oscuro que ligeramente parecía marrón al intercalar la luz cola sombra mientras transitaba por el pasillo y que permanecía abierta, con las manos en los bolsillos frontales de los pantalones de mezclilla azul grisáceo oscuro. Como siempre había hecho lo mejor posible por intentar parecer decente aunque le costaba trabajo, en contrapunto con el liso cabello ébano de su hermano Itachi, él había heredado el mismo cabello azabache azulado de su madre solo que rebelde a excepción del flequillo que enmarcaba los lados de su rostro. Tal vez debería haber regresado a casa, pero extrañamente había sentido deseos de pasear por la ciudad y casualmente uno de los lugares más tranquilos para hacerlo era el Palacio imperial, no, no era ninguna broma. Era miércoles y no había tanta gente como de costumbre. Había salido antes de la sesión de entrenamiento en armas y técnicas de combate, no era un requisito que supiera como defenderse en cualquier situación, pero en el colegio habían pedido actividades extra curriculares y él había encontrado lo que mejor le permitía deshacerse del estrés.
Distraído, sumergido en sus propios pensamientos, solo fue capaz de regresar a al realidad tras doblar en la esquina del pasillo y chocar a medias con una joven que se vio enviada en una caída, salvo que él atino casi por instinto a envolver su brazo alrededor de su cintura, impidiéndole caer, sintiendo de paso como se aferraba sus hombros para recobrar el equilibrio, más nada pudo prepararlo para lo que vio. Había conocido a muchas mujeres hasta ese momento de su vida, un cuarto de ellas habían sido novias suyas, literalmente, pero se sintió como un mortal que no había conocido la belleza jamás o por lo menos no hasta ese punto. Aquella joven alzo la vista, encontrando sus ojos con los suyos; tenía un rostro hermoso, perfecto y adorable, de facciones puras y delicadas, unos largos rizos rosados como las flores de cerezo le llegaban hasta la altura de las caderas, brillantes y muy sedosos según percibía contra sus manos. Su rostro de porcelana, levemente ovalado y delicado como ningún otro que hubiera visto, iluminado por unos grandes y brillantes orbes que tenían una belleza sin igual, dos extraordinarias esmeraldas de un verde tan profundo que sentía que podía ahogarse en ellos, que brillaban de inocencia y seguridad, reflejando al mismo tiempo una exquisita suavidad. Era delgada pero de unas curvas sugerentes y perfectas que parecían ensalzarse con esos jeans negros y que contrastaban con la agitanada blusa blanca. Todo en ella irradiaba pureza y suavidad: su delicado rostro, era la representación de la pureza y la dulzura personificada…parecía un ángel.
La belleza era subjetiva, se suponía que todos pensaban de manera diferente y lo que era agradable o desagradable para uno no lo era para otros, lo había comprendido desde el principio cuando Ino le había presentado a muchos chicos; guapos, sí, pero literalmente sin cerezo o por lo menos no que usasen para pensar, pero esos ojos…Kami, era como ver en la profundidad de un alma repleta de complejidad, había lucha, había fugo en esa aparente calma ónix, despertando algo extraño en ella, como si toda su vida hubiera sido vivida para llegar a ese punto. Su magnífico rostro de facciones a la vez finas y varoniles era el estuche de dos joyas, dos esplendidos ónix, puros y profundos, que le conferían una mirada penetrante y sin embargo de una gran suavidad. Su rebelde cabello azabache azulado formaba un flequillo que enmaraba lo lados de su rostro. Su cuerpo era espléndido, muy atlético y sin embargo esbelto, parecía tallado milímetro a milímetro como las antiguas estatuas: hombros musculosos, brazos poderosos, pecho amplio, piernas interminables, su figura era escultural y armoniosa, como la de un felino, seguro, de movimientos eran ágiles y gestos precisos. Alto y majestuoso, de piel blanca como el alabastro, este hombre era dueño de una belleza extraordinaria. Tenía un porte noble, una elegancia innata, una presencia imponente…como la prestancia de un rey. Todo en él era espectacular y pura perfección, tanto que Sakura hubo de repararse mentalmente en caso de que estuviera babeando y de ser así se avergonzaría infinitamente y desearía que la tierra se la tragase.
-Lo siento- se disculpó Sasuke, únicamente soltándole las mano al verla recobrar plenamente el equilibrio, reprendiéndose mentalmente por casi quedarse boquiabierto.
-No, yo lo siento- se disculpó Sakura atropelladamente, acomodándose las mangas de la blusa y asiendo la correa de su bolso a su hombro, -perdón, no vi por donde iba- se llevó distraídamente una mano a la frente, acomodándose un mechón de cabello que se coló hacia sus hombros, sonriendo algo divertida por su propia torpeza y tardía reacción.
-¿Soy yo el que choco contigo y eres tu quien se disculpa?-inquirió el Uchiha sin poder evitar sonar divertido y algo confundido.
-Sí, pero me disculpo porque también fue mi error, estaba distraída- rió la Haruno sin perder costumbre, contagiada por la sonrisa ladina de él, -¿Y?- él la observo confundido ante su repentina pregunta, arqueando una ceja, -¿No merezco conocer el nombre de mi salvador?- inquirió intentando parecer casual.
No lo comprendía, había salido con un par de chicos hasta ese punto de su vida, algo inevitable teniendo a Ino como mejor amiga, ninguna relación había sido realmente en serio salvo por una oportunidad y aun así esta relación había sido desastrosa, o por lo menos para ella que por un año entero se había negado a la posibilidad de volver a intentar enamorarse, eso era suficiente para concluir la historia. Pero ahora y después de tanto tiempo, sentía un magnetismo extraño emanando de ella y únicamente por este desconocido, el momento en que sus miradas se habían entrelazado había originado un magnetismo que no entendía y que le pedía un nombre, deseaba saber con desesperación cuál era su nombre. Escuchándola, Sasuke se sintió como un completo idiota, ¿En serio no le había dicho su nombre? De estar presente, su hermano Itachi se habría burlado de él. No era el tipo de chico que era un casanova pero tampoco vivía en una cueva, había salido con un par de chicas por insistencia de su hermano y su mejor amigo Naruto, nada enserio a decir verdad, pero ahora que por fin alguien había llamado su atención por completo, como nunca…tenía que quedarse callado como un idiota. Al menos tenía tiempo de remediarlo según indicaba la mirada de aquella encantadora mujer delante de él a quien le tenido la mano, entrelazándola muy distraídamente con la de ella que le hubo correspondido de forma prácticamente inmediata. Había algo sumamente extraño en ella, no sabía que pero lo hacía sentir que esta no era la primera vez que la veía.
-Sasuke Uchiha- se presentó él.
-Sakura Haruno- correspondió ella, sin dejar de sonreír, estrechándole la mano, -¿ocurre algo?- lo vio fruncir ligeramente el ceño mientras la observaba.
Esperaba no tener una mancha en la cara o algo, porque de ser así mataría a Ino por no decirle.
-Tu rostro me resulta familiar- contesto Sasuke, absorto, como si la hubiera conocido durante toda la vida y ahora volviese a verla luego de una larguísima espera, no sabía porque pero se sentía así, -¿No hemos visto antes?- inquirió en caso de que no la hubiese notado antes, más lo consideraba imposible al no conseguir quitarle los ojos de encima.
-Creo que no, te recordaría- garantizo Sakura, convencida de no haber tratado con él jamás, ni de haberlo visto. -Pasante de Ciencias Políticas, último año, vengo de Tinos, Grecia- se presentó intentando sonar formal, eso y eludiendo decir que además estaba graduad en medicina. Él no tenía por qué saberlo, quizás pensaría en ella como una sabelotodo si se lo decía.
-Es todo un honor, señorita Haruno- correspondió el Uchiha con un tono aristocrático que la hizo reír melodiosamente. -Estudiante de Relaciones Internacionales, Konoha- se presentó de igual modo, siguiéndole la corriente.
Ahí, ambos, estrechándose las manos sin ser capaces de hacer nada que no fuese observar intensamente en los ojos de otro como así pudieran ver una eternidad de posibilidades que los hacia unirse sin comprender porque. El silencio, las sonrisas que se dirigían y la ausencia de personas—no en el pasillo en que estaban, más si en los aledaños—había creado un ambiente simplemente perfecto con un silencio y misticismo que ninguno de los dos daba señales de querer romper. Sin necesidad de leerse la mente, ambos sintieron este primer encuentro como Deja Vu, sentina que lo hablan vivido alguna vez solo que o sabían cuándo o si había sido así realmente, pero si bien Sasuke había llegado a profundizar mentalmente en ello, ahora era Sakura quien intentaba entender en su mente como es que podía encontrar a una persona casi en la otra punta del mundo que sintiera como si lo hubiera conocido toda la vida. No era el tipo de chica que tenía tantos amigos del sexo opuesto, bueno, de hecho si tenía un par en contrapunto con Ino que segura o prácticamente se había acostado con todos ellos en un acto de rebeldía adolescente, pero algo extraño en su corazón, como un incómodo alfiler, le decía que si conocía a Sasuke Uchiha de alguna parte, no sabía de donde, solo lo sentía. Por un momento Sakura recordó las palabras de su padre diciendo que tal vez había estado en ese Palacio, en otra vida, más las desecho de inmediato, asociar aquello con la realidad como un respuesta a este aparente Deja Vu, no tenía sentido.
-Debo reconocer que estoy de acuerdo contigo, nos hemos visto antes- admitió ella, sonriendo radiantemente, haciendo que sus ojos se iluminasen de alegría, -no sé cómo explicarlo, solo lo siento- menciono, sintiendo como si se perdiera en esos profundos orbes ónix.
Una vocecilla inocente en su mente quiso postular la posibilidad de, tal vez, tener un rostro común que quizás le hubiera hecho recordar a alguien en particular y no porque la hubiera visto alguna vez, más dudaba que eso fuera posible al ser griega, por no mencionar que extrañamente se le oprimió el pecho al pensar que quizás estuviera pensando en alguien. Se reprendió al sentir esto último. Solo sabía su nombre y en que estudiaba, eso no le daba derecho alguno a interesarse en él, además no había hecho ese viaje a esta—para ella—desconocida tierra para intentar tener un romance con nadie, lo había hecho para conocer más del mundo. Aun así, si Sasuke hubiera recordado a alguien al verla, eso no explicaba porque ella también tenía la sensación de haberlo visto antes de este primer encuentro…todo aquello era demasiado extraño. Hasta ese preciso momento había sido poco menos que un idiota, okey, lo había remediado un poquito al decirle su nombre y comportarse apropiadamente, pero de todas formas sentía que debía esforzarse más, descontando el hecho de que ella se sentía tan confundida como él por sentir una especie de Deja Vu apropiándose del momento. Quería conocerla mejor; si, sabía su nombre y que es lo que estaba estudiando, pero había más; quería saber que le gustaba, que la hacía reír o si podría verla otra vez. Era demasiado extraño, nunca antes en su vida recordaba haber llegado a sentirse así por nadie y cuando se refería a nadie era ¡nadie!...pero, quizás tuviera la invitación o sugerencia apropiada con que compensar el haber chocado con ella. Por un brevísimo instante agradeció de forma infinita que su hermano le hubiese prestado su auto.
-Ya que fui sumamente descortés al chocar contigo, ¿serias tan amable de aceptar que te invite a comer?- ofreció Sasuke, ansiando conocerla mejor, tan solo saber su nombre, ver su sonrisa, escuchar su voz y risa parecían haberlo hecho adicto a su presencia. -Como disculpa, desde luego- añadió en caso de que esta proposición resultase demasiado invasiva.
-Claro, me da hambre cuando me golpean- acepto Sakura, encogiéndose de hombros sencillamente.
Sonriendo con algo de torpeza entre sí, descendieron sus miradas, dándose cuenta de que continuaba estrechándose las manos, pero no resultaba incomodo haber permanecido así por tantos minutos, sino salir de aquella situación, temiendo que dejaría un vacío que ya sentían de antemano. Adelantándose y sin dejar de sonreír, Sakura soltó la mano del Uchiha, envolviendo su brazo alrededor del de él con naturalidad, como si ya lo hubiera hecho antes. Siguiéndole la corriente, Sasuke retomo sus pasos tal y por donde había venido, solo que junto a ella, sin preguntarle más, únicamente volteando a ver su rostro de vez en vez, encontrando esa sonrisa en todo momento, haciéndolo sentir infinitamente afortunado, dejando de preguntarse porque se sentía así, solo disfrutando de la sensación. Quizás fuese una mala amiga por dejar a Ino ahí, sola, le enviaría un mensaje luego, sabía que ella podía cuidarse sola, pero por ahora solo quería conocer mejor a Sasuke. Tal vez tuviera más motivos por los que gradecer a su padre por este viaje, ya que de no haberlo hecho no habría conocido a Sasuke. Alzando la vista hacia el otro al mismo tiempo, no pudieron evitar reír, prácticamente se estaban leyendo el pensamiento.
Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo rojo se puede estirar, contraer o enredar, pero nunca se romperá
PD: ¡Al fin! La verdad es que no podía terminar la historia, se me apretaba mi corazoncito y aunque no lo hubiera parecido he aquí el final feliz como prometí :3 lo pensé hace meses atrás, pero no sabia si hacerlo o no, ya que dudaba que alguien se lo imaginase teniendo en cuenta todos los personajes a los que "mate" a lo largo de la historia :3 ahora les pediré a todos los que hayan seguido esta historia y la precuela "El Siglo Magnifico: El Sultan Sasuke & La Sultana Sakura" que comenten si quieren que en base al final del epilogo continué con la secuela titulada "El Siglo Magnifico: El Sultan & La Sultana" y que estará levemente inspirada en la serie "Medcezir" :3 como ya mencione, durante la próxima semana o la siguiente, actualizare el fic "Lady Sakura: Flor de Cerezo", "El Clan Uchiha" y "El Emperador Sasuke":3 les recuerdo que finalice el guion completo-diálogos y detalles menores-de la futura adaptación de la película "Avatar", por lo que les pido a los interesados que comenten cuando quieren que inicie el fic u otro que tengan en mente, esperando contar con su aprobación, por supuesto :3 como siempre la actualización está dedicada a DULCECITO311(que siempre está cerca y a quien dedico y dedicare todas y cada una de mis historias y a quien le pido perdón mi larga ausencia:3) y a todos aquellos que sigan cualquier otro de mis fics :3 También les recuerdo que además de los fic ya iniciados tengo otros más en mente para iniciar más adelante en el futuro: "Avatar: Guerra de Bandos" (una adaptación de la película "Avatar" de James Cameron cuya secuela comenzó su rodaje, y cuyo guion-de la primera película-ya he terminado), "La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber" (precuela de "La Bella & La Bestia", que prometo actualizar en cuanto tenga tiempo) "Sasuke: El Indomable" (una adaptación de la película "Spirit" como había prometido hacer) "El Siglo Magnifico; Indra & El Imperio Uchiha" (narrando la formación del Imperio a manos de Indra Otsutsuki en una adaptación de la serie "Diriliş Ertuğrul"), por no hablar de las películas del universo de "el Conjuro" ("El Conjuro-Naruto Style 2: Enfield", "Sasori: La Marioneta" y "Sasori: La Creación") y que prometo iniciar durante y a lo largo de este año :3 cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.
