Tengo mil sentimientos arremolinados en mi interior, se siente tan bien estar entre los brazos de Terry, pero tengo miedo, miedo de lo que pueda pasar entre los dos, miedo de ilusionarme de nuevo y miedo de volver a perderlo. Pasé tanto tiempo corriendo atrás de él, tratando de encontrarlo, de alcanzarlo y cuando por fin lo logré, cuando pensé que estaríamos juntos y que nunca más nos separaríamos, tuve que dejarlo ir.

El levanta mi barbilla con sus dedos, puedo ver el azul intenso de sus ojos que me observan fijamente. Su mirada transmite una alegría que no había visto en mucho tiempo, en todas las revistas y en todos los periódicos en los que su foto aparecía, él siempre tenía esa mirada cargada de tristeza, de añoranza. Pero ahora sus ojos resplandecen ante mí, por mí.

Tal vez en esta ocasión todo sea diferente, porque ahora Terry es libre y él ha vuelto para estar conmigo.

- ¿En qué piensas?

- En nada...

- ¿Nada? No te creo.

No, no me atrevo a confesarle mis temores, ya han sido demasiadas emociones fuertes en un solo día. Primero fue la alegría que sentí cuando lo vi subir por la colina, viéndose tan apuesto, tan maduro, tan hombre. Luego la melancolía de la que fui presa al escucharlo interpretar esa triste melodía con mi vieja armónica, era la misma melodía que él tocó afuera de la celda de castigo, cuando Elisa nos tendió esa sucia trampa.

Por si fuera poco, casi muero de vergüenza cuando al intentar bajar del árbol, resbalé y caí de nalgas frente a él, dejando muy en claro que nunca me convertiré en una dama de sociedad. Y qué decir del enorme coraje que sentí cuando volvió a compararme con un mono - ¡Por Dios, con un mono! - No cabe duda de que eso de los reencuentros románticos no es lo suyo, pero se redimió por completo con esa dulce declaración de amor que hizo que me temblaran hasta las pestañas.

Pude haber muerto en ese mismo instante de tanta felicidad, pero todo sentimiento de alegría se esfumó, cuando él intentó marcharse, creo que nunca me había sentido tan angustiada en toda mi vida, lo único que se me ocurrió hacer, para poder detenerlo, fue besarlo y para mi buena suerte funcionó. Con ese beso, él me llevó al cielo de ida y vuelta, cientos de veces.

- Pecosa, ¿estás ahí?

No aún no estoy lista para abrirle mi corazón - Sí, disculpa, yo… -

Él se acerca a mí y vuelve a besarme, creo que podría pasar todo el día besando esos labios suaves y encarnados.

- Terry, tenemos que bajar a desayunar, nos están esperando - Le digo, al ver que Jimmy vuelve a asomarse por la puerta.

Él me ofrece su brazo y yo lo tomo sin titubear. Los dos descendemos hasta el hogar de Pony con una gran sonrisa en nuestros rostros. Al entrar al comedor, nuestra felicidad no pasa desapercibida para mis madres, quienes parecen estar al pendiente de cada uno de nuestros gestos. No sé si Jimmy les haya dicho algo de lo que vio, pero lo cierto es que las dos nos observan de manera muy sospechosa, estoy segura de que ellas están esperando el momento perfecto para empezar a cuestionarnos.

Desayunamos en completo silencio y tal como lo supuse, una vez que todos los niños se han marchado, ellas comienzan con el interrogatorio.

- ¿Y cuáles son sus planes Sr. Grandchester? – Pregunta la hermana María.

- ¿Mis planes?

- Sí, ¿piensa quedarse aquí unos días, o piensa regresarse a Nueva York?

- Bueno, para ser sincero había planeado quedarme un par de días más, ya que en este momento no tengo ningún compromiso con la compañía de teatro… De hecho en la mañana me hospedé en una posada, que está como a una hora de camino de aquí.

- Puedes quedarte aquí – Le digo, sin siquiera pensarlo. En ese momento las miradas de mis madres se fijan en mí y yo me sonrojo por completo.

- No es necesario, no quisiera causarles ninguna molestia…

- Usted no es ninguna molestia, todos los amigos de Candy son bien recibidos esta humilde morada – Interrumpe la señorita Pony.

- Gracias, ustedes son muy amables. En ese caso, creo que les tomaré la palabra.

Me levanto de la mesa en un intento por evitar que sigan cuestionando a Terry, o a mí – Voy a llevar a Terrence a dar un paseo por los alrededores, espero regresar antes de la hora de la comida – Les digo.

Él se levanta rápidamente de su asiento, me alegra que haya entendido el mensaje.

- Candy, recuerda que George va a venir por ti en la tarde para llevarte a Lakewood.

- Maldición, una vez más lo olvidé por completo.

Albert y yo habíamos acordado pasar unos días juntos en la mansión de Lakewood y de ahí emprenderíamos nuestro viaje.

- Sí hermana María, trataré de no tardarme demasiado – Dicho esto, salgo rápidamente del comedor, seguida por Terry, quien por cierto luce bastante tenso.

- ¿Quién es George? – Me pregunta.

- La mano derecha de Albert.

Un silencio incómodo se hace presente entre los dos y nos acompaña hasta que llegamos de nuevo a la cima de la Colina.

- ¿Qué tipo de relación tienes con Albert?

- Tenemos una fuerte amistad…

- ¿Solo amistad?

Volteo a verlo y observo nuevamente sus ojos, los cuales lucen igual que aquella mañana en el zoológico Blue River, cuando le platiqué por primera vez de Anthony.

- Por el momento, sí…

- ¿Qué quieres decir con "por el momento"? – Para cuando termina de hablar, la molestia se ha hecho evidente en todo su rostro. Creo que lo mejor que puedo hacer, es sincerarme con él.

- Tiempo después de que yo regresara de Nueva York, él y yo hicimos una promesa...

- ¿Qué clase de promesa?

- Prometimos que nos compartiríamos todo, nuestras penas y nuestras alegrías... Y así lo hemos hecho desde entonces... Pero desde hace un año nuestra relación se ha hecho muy cercana, a pesar de que solo nos hemos visto en contadas ocasiones. Es como si no necesitáramos de palabras para poder conocer lo que hay en nuestro interior...

- ¿Lo quieres?

- Claro que lo quiero...

- ¿Lo amas?

Su pregunta me agarra desprevenida, nunca me he puesto a analizar a fondo mis sentimientos por Albert, pero si de algo estoy segura, es de que no estoy enamorada de él.

- ¿Me amas?

Su mirada se sitúa sobre mí, de manera firme, puedo ver que él está esperando con impaciencia una respuesta que no sé si podré darle.

- Contéstame, ¿me amas?

Mis labios tiemblan levemente - ¿Lo amo? - Me preguntó a mí misma.

Él me toma de la cintura y me acerca a su cuerpo, para después posar sus labios sobre los míos, besándome sin reparos, llenándome con una pasión que jamás imaginé sentir y dándome de inmediato la respuesta que tanto estaba buscando. Al separarme de él, las palabras brotan de mi boca sin siquiera pensarlas.

- Sí, te amo, nunca he dejado de amarte - Murmuro, aún cerca de su rostro.

- Cásate conmigo Candy y vámonos a vivir Nueva York.

- ¿Nueva York? No, no es tan fácil. Este es mi hogar, no quiero alejarme de aquí y dejar a mis madres, a los niños; además, ¿qué va a pasar con Albert? ¿Con el viaje?...

- Candy, ¿de verdad piensas que te dejaré ir a ese viaje?

- No, pero al menos tengo que hablar de frente con Albert y decirle las razones por las cuales no podré acompañarlo.

- En eso estoy de acuerdo contigo... Yo te acompañaré a hablar con él, así aprovecharé para pedirle tu mano.

- Yo nunca dije que me casaré contigo.

El me mira fijamente a los ojos - ¿Ah, no? ¿Y por qué no quieres casarte conmigo? Si se puede saber...

- Porque no me lo has pedido como se debe.

Una amplia sonrisa se dibuja en su rostro y sin decir una sola palabra, se hinca frente a mí y toma mis manos entre las suyas.

- Te cojo la palabra, Julieta... Dime tan solo: ¡Amado mío! Dame ese nuevo bautismo, y nunca, ¡oh! Nunca volveré a ser Romeo.

Yo no puedo evitar reír al ver su teatral actuación.

- Discúlpa si no tengo un anillo que entregarte, pero créeme cuando te digo que nada me haría más feliz que pasar el resto de mi vida a tu lado, cuidando de ti, queriéndote. No sabes cuánto tiempo esperé este momento, creo que desde la primera vez que te vi en ese barco, supe que mi destino sería estar siempre contigo, mi hermosa pecosa.

- ¡Terry!

- La vida ha sido cruel con nosotros, hemos tenido que separarnos en contra de nuestra voluntad y hemos pasado mucho tiempo alejados, pero ahora se nos está dando la oportunidad de estar juntos, de ser felices, no hay que desaprovecharla.

- No, no la desaprovecharemos.

- Candy, ¿quieres casarte conmigo?

- Sí, sí quiero.

Terry se levanta de suelo y antes de que se incorpore por completo, me lanzo a sus brazos. Él me envuelve en un dulce abrazo y yo me siento la mujer más dichosa del mundo.

- Candy, te juro que me esforzaré cada día por hacerte feliz. ¡TE AMO!

- Yo también te amo.

Nos tomamos de la mano y comenzamos a caminar sin dirección, todo está cubierto de nieve, así que no tengo mucho que mostrarle.

- Si hubieras venido en primavera, te hubiera llevado al río y nos habríamos recostado sobre la hierba, observando las nubes en el cielo, respirando el aroma de las flores. ¿Recuerdas cuando te pedí que me llevaras de día de campo? Aún estábamos en el Colegio San Pablo.

- Sí, lo me acuerdo perfectamente, tú estabas muy emocionada con la idea. Recuerdo que yo te había contado sobre aquella vez que había ido con mis padres de picnic, cuando yo era muy pequeño.

- ¿Sigues distanciado de tu padre?

- No, hicimos las pases algún tiempo después de mi… desaparición.

- ¿Desaparición?

- Fue poco después de nuestra despedida, yo no me hacía a la idea de perderte y me alejé de todo y de todos, caí en el alcohol y terminé actuando en un pobre teatro ambulante.

- Terry, yo…

- Sí, sé que estuviste ahí, mi madre me lo dijo. También me dijo que te había mandado unos boletos para mi representación de Hamlet.

- Te juro que deseaba ir a verte, pero…

- No tienes por qué explicarme nada, en el fondo yo entendí tus motivos y creo que hasta debo agradecerte por no haber asistido, porque estoy seguro que con solo verte, hubiera salido corriendo atrás de ti y no hubiera podido cumplir con la promesa que les hice a tí y a Susana.

- Perdóname.

- Candy, no tengo nada que perdonarte, tu sola presencia me ayudó a salir de ese fango en el que estaba hundido, fue por ti que volví a levantarme, que desee volver a empezar, que luché por ser lo que había sido antes. Tú fuiste mi motivación durante todos estos años.

Me acerco a él y lo abrazo con fuerza, él me da un beso en la frente.

- Poco después de que regresé a Nueva York, recibí la visita del duque, él estaba realmente preocupado por mí, las noticias de mi "condición" habían llegado hasta sus oídos y quería ayudarme. Pero lo cierto es que no había nada que él pudiera hacer.

- ¿Y qué paso?

- Él permaneció un par de semanas en la ciudad, platicamos como nunca lo habíamos hecho antes, hasta mi madre nos acompañó en una ocasión. Al final todos hicimos las paces con nuestro pasado. Poco después de la muerte de Susana, él me pidió que volviera a Londres, que tomara mi lugar como heredero de los Grandchester.

- ¿Por qué no lo hiciste?

- Porque no me veo conviviendo con toda la nobleza inglesa, fingiendo ser algo que no soy. Mi vida es el teatro y no pienso dejar de hacer lo que amo, nunca. Además, tenía la convicción de que volvería a ti, solo tenía que esperar a que fuera el momento apropiado.

- ¿Tu padre lo entendió?

- Sí, creo que en el fondo él siempre supo que yo no heredaría el ducado, no por mi condición de bastardo, sino porque nunca encajaría en ese mundo superficial.

- Me alegro por ustedes, por ti.

En ese momento veo acercarse a Emily, quién intenta correr, con mucha dificultad, sobre la nieve - Candy, el señor George te está esperando - Me dice, todavía agitada por el esfuerzo.

- Pero el iba a llegar hasta la tarde - Murmuro.

Terry me toma de la mano y la aprieta con fuerza - Vamos Candy.

Yo solo asiento con la cabeza y tomo a Emily con mi mano libre, para después avanzar a paso lento hacia el hogar de Pony. Al irnos acercando, veo la silueta de George, quién está recargado sobre el capote del auto.

- Señorita Candy, la estaba esperando - Me dice al verme. No pasa mucho tiempo antes de que su mirada se pose sobre mi castaño acompañante.

- Joven Grandchester, que sorpresa encontrarlo aquí.

- Buenos días, no creo tener el placer de conocerlo, ¿o si?

- No, claro que no, yo lo conozco a usted, pero usted no me conoce a mí. Mi nombre es George Villers, yo soy, entre muchas cosas, el asistente del señor William Ardlay.

- Encantado de conocerlo Sr. Villers, mi nombre es Terrence Grandchester, aunque creo que eso usted lo sabe perfectamente. Yo soy, entre muchas cosas, el prometido de la señorita aquí presente.

- ¿Prometido? No estaba enterado de ese suceso... Y casi podría asegurar que el Sr. William también lo desconoce, ¿no es así, señorita Candy?

- No, no lo sabe – Le contesto.

- Yo deseo acompañar a mi prometida a Lakewood, quiero hablar personalmente con el Sr. William y hacer de su conocimiento mis intenciones con respecto a su hija adoptiva. Además, pienso pedirle su mano en sagrado matrimonio.

- Entiendo, en ese caso, no perdamos más tiempo – Responde George, con el semblante imperturbable que lo caracteriza.

- Lo seguiremos en nuestro auto – Le dice Terry.

- Eso no será necesario, yo mismo los llevaré y los traeré de regreso cuando ustedes lo decidan.

Terry y yo entramos rápidamente para despedirnos. Al salir, los dos nos subimos al vehículo. Mientras el auto avanza, yo comienzo a sentirme culpable, estoy segura de que voy a lastimar a mi mejor amigo con mi decisión y me odio por eso.


Hola, ya falta muy poco para terminar la historia. Les agradezco a todas las que la han seguido hasta el momento y se han tomado la molestia de dejar sus comentarios. Muchas gracias.

Espero publicar los últimos dos capítulos en el transcurso de la próxima semana. Tal vez los publique juntos, aun no lo sé.

Saludos, que tengan un excelente día.