Candy ha permanecido en silencio durante todo el trayecto hacia Lakewood, aunque ella intente disimularlo, sé que está asustada y no es para menos, hasta yo siento temor de lo que pueda pasar en esta visita. No puedo dejar de pensar en lo que nos dirá Albert cuando le informemos sobre nuestra precipitada decisión, ¿será que él se opondrá a nuestra relación? Lo único que me tranquiliza es que Candy ya es mayor de edad y que él no podrá hacer nada para evitar que nos casemos.
Si lo pienso detenidamente, me doy cuenta de que todo ha sucedido demasiado rápido y para ser sincero, nunca imaginé que las cosas fueran a darse de esta manera. Es curioso, apenas esta mañana venía de camino hacia el hogar de Pony, lleno de miedos e imaginándome el peor de los escenarios, jamás hubiera pensado que a estas horas estaría yendo rumbo a Lakewood, para pedir la mano de mi amada pecosa en matrimonio.
En un principio creí que me costaría más trabajo convencerla, hasta me imaginé rogándole de rodillas por toda la colina para que aceptara ser mi esposa; le doy gracias al cielo, porque eso no fue necesario. Ahora compruebo que es cierto lo que dicen por ahí: cuando el amor es verdadero, puede esperar una eternidad sin morir; me siento afortunado de saber que su amor, al igual que el mío, permaneció intacto dentro de su corazón, esperando paciente a que llegara el momento de estar juntos de nuevo.
Tomo su mano entre las mías, en un intento por tranquilizarla, ella me sonríe y coloca su cabeza sobre mi hombro. Me doy cuenta de que ese tal George no ha dejado de mirarnos a través del espejo retrovisor; está de más decir que su actitud está comenzando a cansarme, ¿qué no le habrá quedado claro que Candy es mi prometida? Supongo que lo mejor será ignorarlo, no quiero tener problemas con mi pecosa por culpa de mi carácter impulsivo.
Después de un viaje bastante largo, por fin llegamos a la dichosa mansión Ardlay, no niego que es bastante lujosa e imponente, pero las mansiones Grandchester no se quedan atrás. Candy ha permanecido dormida más de la mitad de camino, así que me apresuro a despertarla.
- ¿Por fin llegamos? – Me pregunta, todavía adormilada.
- Por fin llegamos, mi bella durmiente – Le respondo y le doy un inocente beso en los labios.
Ni bien hemos descendido del auto, veo a Albert salir por la puerta principal de la residencia. Él me ve y me muestra una sonrisa sincera, o al menos eso creo. Mi viejo amigo camina hasta donde yo me encuentro y me da un fuerte y caluroso abrazo.
- Terry, ¡qué alegría me da volver a verte! Han pasado muchos años, ¿no es así?
- Demasiados, diría yo.
Albert voltea a ver a Candy – Hola pequeña, ¿qué tal estuvo el viaje? – Le pregunta, mientras se acerca a ella y le da un beso en la frente.
No puedo evitar sentirme celoso ante tal muestra de cariño, pero estoy consciente de que tampoco puedo reclamarle nada, después de todo, ellos dos son buenos amigos y además, son familia.
- Bien, pequeño Bert…
¿Pequeño Bert? ¿Le dijo pequeño Bert?
- …Aunque me dormí más de la mitad del camino.
- Eso ya no me sorprende, siempre has sido una dormilona… - Le dice, mientras la mira con adoración
¿Qué acaso han dormido juntos? ¿Cómo demonios sabe que ella es una dormilona? Y además, ¿por qué carajos la mira así? Solo yo puedo mirarla de esa manera.
Los dos comienzan a reír y yo aclaro la garganta para hacerme notar. Él vuelve a enfocar su mirada en mí.
- Pero no nos quedemos aquí parados, que el almuerzo nos está esperando. George, por favor dile a Dorothy que ponga una plaza más en la mesa, ya que tenemos un invitado de honor.
- Sí, señor William.
Albert comienza a caminar en dirección a la mansión y Candy y yo lo seguimos hasta que llegamos al comedor, donde ya está todo dispuesto para empezar a comer. La mayor parte del almuerzo permanecemos callados, solo con alguno que otro comentario sobre Nueva York, el teatro, Chicago y los negocios. Una vez que terminamos de ingerir nuestros alimentos, él por fin se atreve a preguntarme el motivo de mi visita.
- Y dime Terry, ¿qué es lo que te trae por estos rumbos?
- Voy a ser sincero contigo, vengo a pedirte la mano de Candy en matrimonio – Le expreso, de manera directa y sin contemplaciones. Creo que lo mejor para él, es enterarse de todo de una vez por todas.
Sí la noticia le causa algún tipo de disgusto, no lo demuestra en absoluto, al contrario, parece estar muy feliz.
- Vaya, no voy a mentir, tus palabras de dejan completamente sorprendido… Pero si ustedes así lo han decidido, yo no tengo nada que opinar al respecto, al contrario, comparto su dicha.
Candy lo observa minuciosamente, tal parece que ella no cree nada de lo que esta diciendo.
- ¿Qué les parece si pasamos a la estancia? Para hablar con más tranquilidad.
Albert le hace una seña a su asistente y este se acerca rápidamente a él - Por favor, que nadie nos interrumpa - Le pide, en voz baja.
- Sí, señor.
Yo me levanto rápidamente de mi asiento y ayudo a Candy a hacer lo mismo. los tres nos dirigimos a otra de las habitaciones y justo cuando estamos por entrar a un suntuoso salón, Albert se vuelve hacia nosotros – Candy, ¿qué te parece si nos esperas un momento en tu recamara? Me gustaría platicar unas cosas con Terry, a solas.
Mi pecosa lo mira desconcertada y después voltea a verme, yo asiento con la cabeza y ella obedece – Está bien, me avisan cuando terminen con su reunión – Responde.
Una vez que Candy sube por las escaleras, él y yo entramos a la habitación.
- ¿Whisky? – Me pregunta, mientras se encamina hacia un pequeño bar que se encuentra en una de las esquinas de la estancia.
- Por favor.
Los dos tomamos asiento, frente a frente, en unos pequeños sillones.
- Tal vez te sorprenda que le haya pedido a Candy que nos dejara solos…
- No me sorprende en absoluto, de hecho esperaba que lo hicieras.
- Hay ciertas cosas que me gustaría decirte, pero que no quiero que ella las escuche, porque estoy seguro de que se sentiría de cierto modo… comprometida conmigo.
- Adelante, soy todo oídos.
- Supongo que estás enterado del accidente que sufrí hace años, y debido al cual, yo perdí la memoria…
- Sí, Candy que comentó algo de eso en una de sus cartas.
- Entonces supongo que sabes que ella y yo vivimos juntos por un largo tiempo, en un pequeño departamento…
- En efecto, ella me lo contó.
- En ese tiempo yo me sentía completamente perdido y solo, cuando estuve en ese hospital, todos me trataban como a un leproso, ya que creían que era un espía y nadie confiaba en mí.
Albert suelta una pequeña risa y le da un trago a su vaso.
- Pero Candy…. – Un suspiro sale de su boca - Fue una verdadera suerte que ese pequeño angel me hubiera encontrado en ese lugar, estoy seguro de que si ella no hubiera estado ahí, probablemente yo estaría muerto.
- ¿A dónde quieres llegar? - Yo comienzo a sentirme impaciente.
- Tranquilo, viejo amigo, no comas ansias. Esta plática, al igual que este Whisky, la disfrutaremos con calma.
Ahora soy yo el que le da un trago a su vaso. Siempre me he considerado una persona directa y no me gusta que los demás se anden por las ramas.
- Pues bien, mi querido Terrence, Candy se dedicó en cuerpo y alma a cuidarme y dentro de mi corazón fue creciendo un enorme agradecimiento por esa gentil enfermera, que con su inmensa dulzura, hizo que todas mis heridas y todos mis temores desaparecieran. Con el paso del tiempo, ese agradecimiento se convirtió en cariño y al final ese cariño se convirtió en...
- ¿Amor?...
- Es difícil no sentir amor por Candy, no es una mujer que se encuentre a la vuelta de la esquina. Ella es especial... Pero eso tú lo sabes mejor que nadie... Es por eso que volviste a buscarla, ¿no es asi?
- Ella y yo escribimos una historia… que lamentablemente tuvimos que dejar inconclusa.
- Lo sé, yo viví con ella una parte de esa historia y la otra parte la leí en un diario que me hicieron llegar del Colegio San Pablo, poco después de que ella abandonara el internado para venir corriendo atrás de ti...
- Ella nunca corrió detrás de mí…
- ¿Y cuál crees tú que fue su principal motivación para regresar a América? Es gracioso, esa pequeña aventurera hizo todo para poder alcanzarte, en el barco, en el hogar de Pony, en Chicago, pero nunca logró llegar a tiempo… Me sorprende que nunca te haya hablado de eso…
- Creo que nunca tuvimos la ocasión, nuestro único encuentro, después de dejar el Colegio San Pablo, fue en Nueva York y la verdad es que fue tan breve, que ni siquiera pudimos hablar sobre todo lo que nos había pasado en el tiempo que estuvimos separados.
- ¿Sabes? Candy regresó destrozada de ese viaje, ella tenía demasiadas ilusiones puestas en tí, pensó que por fin podrían estar juntos… Yo nunca la había visto tan triste, por un momento creí que no se recuperaría de ese duro golpe y sin embargo, ella logró salir adelante por sí misma.
- ¿Por qué me cuentas todo esto?
- Ya te dije que no comas ansias... – Albert se levanta del sillón y me extiende su mano - ¿más Whisky?
- Por favor – Yo le doy mi vaso vacío y él camina de nuevo hacia el bar.
- Yo traté de convertirme en su más grande apoyo y quise devolverle todo el cariño y la ternura que alguna vez me había dado. Poco tiempo después recuperé la memoria, pero no me atreví a confesárselo, mucho menos me atreví a alejarme de su lado. En ese entonces no sabía si lo hacía porque ella me necesitaba, o porque yo la necesitaba a ella, así que simplemente me quedé callado y fingí que seguía estando amnésico.
Albert se acerca a mí y me entrega el vaso con licor, luego vuelve a tomar asiento.
- Me dediqué a ocultarle todas las revistas y los periódicos que hablaban de ti, ya que ella se angustiaba demasiado cada vez que leía algún artículo relacionado contigo. Pero esas cosas siempre salen a la luz y cuando encontró toda esa pila de recortes tuyos, que yo había escondido, se derrumbó por completo. Yo no soportaba verla sufrir de esa manera, así que me prometí hacer todo lo posible para que mi pequeña fuera feliz, para que ella volviera a sonreír. Yo no quería verla llorar de nuevo, ni por ti, ni por nadie.
- ¿Y qué hiciste?
- Permanecí fielmente a su lado, le pedí que me hiciera partícipe de sus penas y de sus alegrías. En el fondo yo hubiera deseado vivir con ella por siempre, pero bueno, yo tenía que tomar mi lugar como la cabeza de la familia Ardlay y hacerme cargo de los negocios familiares.
- ¿Cómo fue que dejaron de vivir en ese departamento?
- Los vecinos comenzaron a sospechar de mí, creían que yo era un gánster o algo así…
No puedo evitar reir al escuchar eso - No sé por qué te sorprende, tú mismo dijiste alguna vez que eras un maleante… y que siempre lo serías.
Los dos soltamos una carcajada al recordar aquellos días que pasábamos platicando en el zoológico.
- Bueno, mi época de rebelde ya pasó. Ahora todo mi tiempo es consumido por un sin número de responsabilidades.
- Creo que te comprendo… Es lo malo de crecer, tienes que madurar y dejar de excusarte en los demás, para afrontar la vida como un hombre.
- Por lo que veo el chico más rebelde del Colegio San Pablo también ha madurado.
- Tuve que hacerlo, en la repartición de cartas, no me tocó la mejor mano… Pero tal parece que por fin la suerte se ha puesto de mi lado…
- Ya era hora…
- Pero sígueme contando, ¿qué pasó con los vecinos? ¿Les aclaraste que no eras un maleante?
- No, ellos le dieron un ultimátum a Candy y decidí marcharme antes de ocasionarle más problemas. Yo no podía revelarles mi verdadera identidad… y si seguía con ella, íbamos a terminar los dos en la calle. No voy a negar que en ese momento creí que la mejor opción era desaparecer de su vida, no solo por los vecinos, si no por mí y por mis sentimientos, que cada vez eran más difíciles de controlar. Supuse que el tiempo y la distancia harían su trabajo… Algún tiempo después, te encontré en uno de mis viajes…
Yo lo miro confundido, no recuerdo haberlo visto después de partir de Londres - ¿Por qué no me hablaste?
- No creí que quisieras hablar conmigo, estabas muy cómodo actuando en ese teatro ambulante, perdido en el alcohol… hundido en el fango.
- Tú… ¿me viste?
- Sí, y cuando regresé a Chicago, planeé un encuentro entre tú y Candy. Reconozco que lo hice con una doble intención; primero, quería que ella te rescatara de ese lugar tan mediocre en donde habías caído; segundo, quería saber si los sentimientos de Candy hacia ti seguían siendo igual de fuertes. Yo estaba seguro de que ella se quedaría a tu lado, pero para mi sorpresa no fue así; ella volvió y yo tomé eso como una señal de que, tal vez, los dos podríamos estar juntos.
- ¿Ella sabe acerca de tus sentimientos?
- Nunca se lo he confesado abiertamente, pensaba hacerlo en este último viaje, pero….
- Yo aparecí de nuevo, estropeándolo todo, ¿no es así?
- No pudiste haberlo dicho mejor, mi viejo amigo. Para serte sincero, desde hace un par de años había decidido empezar a cortejarla, pero cuando supe de la muerte de tu prometida, quise dejar pasar un tiempo considerable, en caso de que tú eligieras regresar. Al ver que no aparecías, pensé que ya había esperado lo suficiente y que había llegado el momento de actuar.
- No iba a venir a buscarla una semana después de la muerte de Susana, estoy seguro de que ella jamás me hubiera recibido.
- Concuerdo contigo…. Aunque creo que esperaste demasiado tiempo.
Yo me encojo de hombros y me bebo el resto del Whisky que queda en mi vaso.
- Hace un mes me hicieron llegar una carta para Candy, cuando vi tu nombre en el remitente, casi pude adivinar cuales eran tus intenciones. Yo tenía planeado que este viaje se realizara mucho antes, pero decidí posponerlo para darles tiempo a que aclararan su situación. Nunca me he considerado una persona egoísta y como te lo dije antes, me prometí hacer todo lo posible para que Candy fuera feliz, aunque no fuera conmigo. Quiero creer que tú hubieras actuado del mismo modo, si estuvieras en mi lugar.
- Por supuesto.
- Tú me preguntaste por qué te había contado todo esto, pues bien, como te pudiste dar cuenta, el amor que tengo por Candy es grande, profundo, sincero y ha permanecido oculto dentro de mí por mucho tiempo… Yo me he dedicado a cuidarla desde hace muchos años y podría seguir haciéndolo por el resto de mis días, pero creo que ha llegado el momento de cederte esa responsabilidad. Candy ha sufrido demasiado durante toda su vida y aun así, ella siempre ha sabido seguir adelante, con una gran sonrisa dibujada en su rostro, pero ya es tiempo de que ella sea feliz… Así que lo único que te voy a pedir, NO, lo único que te voy a exigir, es que te esfuerces por hacerla la mujer más dichosa de este mundo, que te comprometas a cuidarla y a respetarla todos los días, que nunca la hagas llorar… Porque sí lo haces…
- ¿Me vas a patear el trasero?
- Créeme, amigo, será algo mucho peor que eso…
Los dos comenzamos a reír con fuerza, una vez que recobramos la compostura, él me extiende su mano - ¿Me lo prometes?
- Te lo prometo.
Los dos nos levantamos y salimos de la estancia, para caminar hacia el recibidor, donde nos quedamos platicando un rato más. Albert le pide a uno de los mozos que vaya por Candy, ella baja algunos minutos después.
- ¿Sabes, pequeña? Había pensado que Terry y tú podían dar una vuelta por los alrededores, tal vez podrías mostrarle nuestra vieja cabaña en el bosque…
- Creo que esa es una buena idea.
- Tengo que decirte que escogiste una pésima época para venir a Lakewood, si hubieras llegado en primavera, hubieras quedado maravillado con los paisajes tan hermosos que ofrece este lugar – Me dice Albert.
- Me lo imagino, Candy no hace otra cosa que hablar maravillas de este sitio.
- Tienes que entenderme, aquí viví momentos maravillosos con mis tres paladines.
- ¿Tus tres paladines? – Le pregunto.
- Sí, Anthony, Stear y Archie… Aunque ahora solo me queda uno…
- Y próximamente ni eso, porque mi querido sobrino se convertirá en el paladín de Annie.
- Oh, es cierto, olvidaba ese pequeño detalle…
- Bueno, yo me retiro – Nos dice Albert.
- Pensé que irías con nosotros – Le reclama Candy.
- Lo siento pequeña, pero tengo un millón de cosas que atender aquí, pero en otra ocasión será. Los espero para cenar.
- Está bien.
Candy me toma de la mano y me guía hacia afuera de la mansión, yo volteo a ver a Albert y lo veo parado en la puerta, observándonos con una sonrisa en el rostro. La plática que tuvimos hace unos minutos me viene a la mente, fui un estúpido al sentirme amenazado por su presencia. Me doy cuenta de que a pesar de los años, él sigue siendo aquel buen amigo que conocí en Londres y le agradezco infinitamente por haber cuidado de mi pecosa durante todos estos años.
- ¿De qué platicaron? - Me pregunta ella.
- No te lo puedo decir...
- ¿Por qué no?
- Por que fue una plática de caballeros y los caballeros no tenemos memoria...
Mi pecosa me lanza una mirada retadora - Grandchester, entre esposos no debe de haber secretos.
- Le recuerdo señorita, que usted y yo todavía no estamos casados…
- Pero ya estamos comprometidos.
- Sí, pero no es lo mismo, en el momento en que seas oficialmente mi esposa, te diré todo lo que quieras saber, mientras tanto, déjame guardar mis últimos secretos.
Ella me da un golpe en el hombro, bastante fuerte, a decir verdad.
- Veo que no has perdido esa mala costumbre de pegarle a los hombres…
- Y tú no has perdido esa habilidad de sacarme de mis casillas.
- Con que la señorita pecas quiere pelear, ¿eh? – Yo la jalo hacia mí y le doy un beso apasionado – Mmmm, ya extrañaba besar esos dulces labios.
Candy se sonroja por completo – Basta Terry, nos pueden ver…
- No me importa, ya eres mía.
Ella se sonroja aún más, yo no puedo evitar reírme al ver su actitud tan inocente y a la vez tan seductora.
- ¿Qué hay en esa cabaña? – Le pregunto.
- Muchos animales…
- ¿Animales?
- Esa cabaña es como un refugio, no es el lugar más elegante, pero si el más tranquilo, capaz de poner en paz al corazón más acelerado… Además tiene una chimenea, ¿recuerdas aquella tarde que pasamos contemplando el fuego de la chimenea de tu casa, en Escocia?
- Jamás podría olvidarlo, es uno de los mejores recuerdos que tengo… Yo tenía tantas ganas de besarte, pero tenía miedo de que volvieras a abofetearme.
- No lo hubiera hecho… Yo también deseaba que me besaras.
A la distancia veo la dichosa cabaña, el solo hecho de imaginarme acostado en la alfombra, abrazado de Candy, enfrente de la chimenea, hace que mis más perversos pensamientos salgan a flote. Trato de tranquilizarme, pensando en que yo soy un caballero y ella es una dama, pero lo cierto es que los dos somos mayores, estamos comprometidos, venimos solos y podemos hacer lo que queramos…
Les agradezco infinitamente cada uno de sus comentarios, ya vamos en la recta final de esta historia.
Les mando un saludo afectuoso a cada una de las lectoras de este fic. Que tengan una excelente noche.
