Declaimer: Los personajes de Haikyuu! no son propiedad mía sino de Haruichi Furudate. Esta historia tampoco es mía, pero tengo el permiso del autor para publicarla y dar continuación si en algún caso se encuentre incapacitado para hacerlo.


VII

Cinco minutos. Cinco minutos ya han pasado y Kageyama Tobio no se ha movido del lugar donde está. Aún no acaba de entender qué sucedió un momento atrás. Se siente cálido, tranquilo pero a la vez ansioso, lleno al mismo tiempo que hambriento. Es verdaderamente gracioso tener tales sentimientos encontrados. Contradictorios los unos con los otros.

— Entrenador, ya es hora— lo llama Sawamura, seguro que se ha preocupado por su demora.

Agradeció internamente al chico porque por fin pudo salir de su ensoñación.

No importa que su corazón palpitara a mil por segundo, con una fuerte amenaza de entrar en paro en cualquier momento después de recibir aquel abrazo, debe de mantenerse tranquilo. Aún después de ser sacudido por aquel terremoto de cabello naranja, con sus sentimientos al borde, él, Kageyama, tenía que dirigir a sus chicos a la victoria y para ello tenía que tener la mente fría. Se limpia las manos sudorosas en su pantalón, tiene trabajo que hacer y no puede darse el lujo de flaquear.

Hinata ha dicho que va a darle el partido que desea ver, bien, porque no esperará algo menos que lo mejor de él.


Cuando regresa al gimnasio percibe que sus chicos están más que nerviosos por el encuentro, principalmente los de tercero. No piensa regañarlos, no contra estos oponentes, después de todo van a jugar contra el equipo que los eliminó hace dos temporadas en las primeras rondas del campeonato, contra uno de los mejores equipos de la prefectura, el Dateko.

La fuerza del equipo no se basaba en la nada despreciable altura de sus integrantes, más de la mitad estaban arriba de 1.80 mts y había al menos un par de 1.90mts, tenían perfectamente pulida su habilidad para bloquear. Eran conocidos como el muro de acero, porque eran capaces de neutralizar a los rematadores de nivel nacional. Un equipo formidable al cual enfrentarse.

Sin embargo confiaba en que su equipo tenía todo para superar aquel muro que se alzaba, tal vez no eran igual de buenos en los bloqueos pero tenían una deidad guardiana que salvaría los balones que rebotaran, un colocador que jamás dejaría de levantar y rematadores con la destreza y fuerza para anotar. Si no creyera en su potencial nunca hubiera programado este juego.

A Hinata olvida, al menos de momento, que ha abrazado a su entrenador momentos atrás cuando mira a esos gigantes calentar en la duela. Él no es particularmente alto si lo comparan con sus compañeros de equipo, no le causa problema, pero frente a estos chicos se siente completamente un enano, como si pudiera ser aplastado de una mala pisada.

No, no debe de temer ahora, tiene que hacer el partido de su vida. Lo ha prometido y si quiere tener aquella mirada de color azul sobre él nada más, debe de traer una victoria a su nueva casa, el Karasuno. No sólo por su equipo, sino por él mismo que entró a este instituto con el sueño de alzarse sobre las murallas más altas. Ha entrenado como loco, sin renegar. Obediente cual soldado en guerra.

Este es su momento.

Diez segundos antes de que el silbato pite el inicio del partido ambos, Kageyama y Hinata, vuelven a buscarse con la mirada. Nerviosos, ansiosos, deseosos el uno del otro de una manera que ninguno de los dos entiende en lo más mínimo. Aquella necesidad es tan nueva y extraña que hace que su estómago hormiguee. Hinata le sonríe, no con la dulzura que acostumbra, sino con fiereza, a Kageyama le encanta.

Si tuviera que comparar aquel sentimiento con algo, tendría que ser con el voleybol, con aquel deporte que es su vida, su pasión.

Suena estúpido, pero él es estúpido, ambos lo son.

Quiere mirarlos a todos, pero sus ojos buscan nada más que a la figurilla naranja que nada más al tocar la duela ya está buscando otro punto para rematar, sin perder tiempo en deprimirse porque su primer intento de marcar un punto ha sido frustrado. Sus compañeros entienden que no deben de meterse en su camino, este juego no es para jugarse individual pero todos son conscientes que Hinata es una bestia hambrienta del deporte y que cualquiera que lo obstruya no hará nada más aniquilar su ritmo, lo que sería nefasto para el equipo.

Los del Date empiezan a tomarlo enserio cuando les cobra tres remates seguidos, con aquella alucinante velocidad que apenas pueden igualar. Es pequeño, un enano, pero ese cuerpo lo ayuda a ganar dos o tres segundos que son más que suficientes para pararse en la cima antes que los bloqueadores contrarios.

La trampa termina de tejerse en el momento que los jugadores del equipo contrario ya no pueden dejar de seguir a Hinata. Lo que Kageyama ha diseñado no es nada complicado, una pequeña y simple distracción, tendió una carnada de vistoso cabello naranja y estos mocosos han picado como los peces en el anzuelo. La pelota se eleva alto y alejado de la red, Hinata salta como si la colocación gritara su nombre pero no es hasta que llega al punto más alto que el verdadero dueño llega a reclamar lo suyo. Azumane remata sin misericordia, descabrajando el muro de acero.

Kageyama se siente tonto, porque todo toma sentido en el momento en el que mira como Hinata se alza en cielo para rematar la bola que de manera tan limpia ha colocado Sugawara. Pasa que se da cuenta que se ha enamorado de uno de sus "chicos", que desastre, de un chico que apenas va iniciando su vida, cuya edad es un poquito menos que la mitad de la suya. ¿Cómo llega a esa descabellada conclusión? porque se encela, de que esté rematando algo que no ha colocado él, porque aprieta los dientes con frustración al no hacerle llegar el balón en el punto más alto donde podría explotar todo su potencial.

Que maravilloso debió haber sido tenerlo para él, siempre necesitó de un compañero así en la duela. Alguien que no se resignara nada más a igualar su paso, sino que se pusiera delante de él y lo obligara a seguir avanzando. Cuantas combinaciones pudieron haber logrado, hasta dónde pudieron llegar si hubieran trabajado en el mismo equipo. Ahora solo queda soñar, lo prefiere así. Peor que no tener la dicha de jugar con Hinata es pensar que su talón los separaría tarde o temprano, probar un pequeño pedazo del fruto del paraíso para después arrebatarlo.

¿Qué va a hacer con esto que está sintiendo y que sabe que no pude sacar?

.

Al final han ganado, está conforme con lo que han hecho los chicos hoy pero sabe que hay demasiadas cosas que debe mejorar, principalmente la sincronización del enano con todos los demás. Varios pases fueron desperdiciados porque los tiempos se arruinaron, tal vez tendrá que hacer que Sugawara se quede después del entrenamiento normal para que practique con Hinata y logre eliminar aquel problema. Pero para ser su primer partido le ha ido bastante bien, ha hecho sus propios puntos y se hizo notar en la cancha, yendo de lado a lado sin parar, sólo Dios sabe cuanta energía tiene ese chico que aún después de acabar sigue brincoteando, feliz de lograr su primera victoria.

Ahora que el encuentro ha terminado los jugadores se dedican a compartir una charla amistosa entre ellos, agradecen el gran partido que han tenido e intercambian una serie de halagos. Kageyama hace lo propio con el entrenador contrario aunque no deja de seguir con su mirada ni por un segundo a cierto chico que ha simpatizado muy rápido con los contrarios.

—Ha encontrado a un excelente jugador, Kageyama— le dice el entrenador del equipo contrario, está claro que se está refiriendo a Hinata.

Quiere reír al recordar que en un inicio quiso correrlo del club como si no hubiera mañana.

—Así es, aunque tenemos demasiado que mejorar con él—sobre todo sus odiosas recepciones.

—Aún así, no quite los ojos de él—desearía contestarle que es lo que más desea ahora mismo, despegar su mirada de él pero no puede aunque quiera.

—Eres una molestia, como una pulga enloquecida— exclama un altote de cabello castaño, Hinata no entiende si debe de estas palabras como un halago o como un insulto.

—Número 10— exclama otro igual de alto pero con mal ceño, justo el muchacho que tanto lo atemorizó.

Durante todo el partido, ese bloqueador no dejó de intentar bloquearlo, incluso pudo igualar su ritmo por algunos instantes.

Escucha como sus compañeros cuchichean algo como "woow, Aone está hablando". Cohibido, espera que diga alguna cosa más pero Aone sólo se inclina y le extiende su móvil.

—Él quiere intercambiar número contigo— interviene el capitán del Date, con un sonrisa cariñosa.

Hinata asiente, nunca nadie había hecho nada semejante. Toma el objeto entre sus manos y teclea su número, escribe no.10 Karasuno y se lo regresa.

Hinata le pide que más tarde mande un mensaje para que pueda registrarlo, el grandote asiente con la cabeza, ahora ya no parece un ser atemorizante, más bien un niño en el cuerpo de un adulto. Aone vuelve a hacer una reverencia, Hinata corresponde y cada uno vuelve con su propio equipo.


Como parte del premio por haber conseguido la victoria, Kageyama mando a los chicos a casa con dinero suficiente para que cada uno se comprara un pan al vapor relleno de carne. Sabe que todos los chicos tienen un amor extraño por esos panes, el mismo lo tuvo en sus días de instituto, es una excelente recompensa, podría haber pedido pizza pero es noche de sábado y merecen llegar a sus casas y disfrutar a su familia.

Hinata estaba hecho un lío emocional, tal vez había sido por aquel partido tan duro que tuvo que lo había olvidado por completo, pero ahora, con el cuerpo frío, venían a él las memorias de cuando había abrazado a su entrenador. Ni siquiera sabía en qué estaba pensando cuando lo hizo "Es que tú no piensas" se regañó a sí mismo. Por suerte podría evitarlo hasta el lunes.

—Hinata—llamó Suga—. ¿Hoy no has traído tu bicicleta?

Lo había olvidado, su vehículo se había quedado en la casa de su entrenador.

—¡Oh!

—¿Pasa algo?

—Nada, la están arreglando— mintió.

Cuando sale lo mira con sorpresa, como si no esperaba que se quedara, no después de hacer "eso". Pero que puede hacer ahora, no vale la pena retrasarlo ni un poquito, no un "será mañana o ya luego, no señor, necesita su bici para ir a casa. Bien podría usar el autobús, pero para llegar a su instituto la necesita sí o sí, a la hora que sale de su casa no pasa ni un alma por la calle, menos un transporte. Y bueno, también quiere pasar un rato más y a solas con su entrenador.

Ya se inventará algo para desviar su atención de aquel vergonzoso acto, estaba nervioso y no podía jugar así, fue un tonto impulso, de esos que solía cometer a menudo. Así como cuando intentó imitar el rolling thunder de Noya sempai, o cuando pensó que la capitana del equipo femenino era novia de Daichi-san. Esto era igual, un pequeño y simple impulso.

Termina de comer su respectivo bollo de carne con todo el equipo, charla un rato más y se separa por la ruta para el mercado, poniendo como excusa que necesita algunas compras para su casa. Todos le piden que se cuide de camino a casa y que descanse. Hinata promete que va a hacer todo lo posible.

En verdad que está enloqueciendo. No tiene ni una pizca de esperanza y ahí está, corriendo como tonto hasta la casa de su entrenador.

.

—¿Qué haces?— Preguntó Kageyama cuando miró a Hinata frente a la entrada de su casa.

Hinata se encogió, tal vez había sido más brusco con su tono que de costumbre. No era su intención, sólo no esperaba que viniera a su casa. Lo mira, impaciente de respuestas. Esperaba que estuviera con la parvada, disfrutando de su pequeña victoria no oficial, no aquí, no ahora cuando tiene un lío emocional con su persona.

—Yo sólo venía por mi bici—responde—. La necesito para regresar a casa.

—Cierto, la dejaste aquí—dice Kageyama haciendo memoria— dame un segundo, voy por ella.

¿Es que esperaba que buscara otra cosa de él? mientras busca el vehículo se pregunta si vale la pena cuestionar sobre lo que pasó en el baño ¿Vale la pena?, no, porque ambos tienen tantos años de distancia casi como la Tierra a la siguiente estrella más cercana. Porque entiende que a esa edad los chicos son volubles y que necesitan aferrarse a alguien para no caer, Kageyama estaba cerca en el momento justo y fue por eso que fue el objetivo de los brazos de Hinata. No hay nada más profundo detrás de aquel acto.

Lo mira desde la lejanía, que los dioses lo castiguen por lo que ha comenzado a pensar, pero no deja de decir en su mente lo bello que es. Necesita una de dos, que Hinata se aleje de él tanto como sea posible o que el cielo le mande una señal de que no está enloqueciendo por sentir mariposas en la panza por un niño de quince años.

Hinata se monta en la bici, así Kageyama puede ver que trae consigo bolsas con un montón de compras ¿Acaso pensaba en volver a prepararle la cena?, su corazón se entibia por aquel pensamiento.

—Hinata—lo llama.

El chico a pesar de haber avanzado a varios metros en su vehículo se detiene para atender a su llamado.

—¿Sí, entrenador?—pregunta con cierta timidez.

—Descansa apropiadamente—se limita a decir.

Ambos se sienten tontos.

Hinata se siente de aquella manera porque por un segundo su corazón albergó la esperanza de escuchar otras palabras de la boca de aquel hombre.

Kageyama porque estuvo a punto de decirle "Quédate"

—Vale—responde perdiéndose en el camino.

Casi como si fuera una obra del destino, una mala jugada, la lluvia se desata sobre sus hombros de manera torrencial. Si esto no es una señal, no sabe que podrá ser.


Hola

Actualización fugaz, gracias por leerme. Esto no será lo último que tendrán de mi este año pero es que he tenido muchas compliacaciones para escribir, de trabajo (del cual no me quejo porque he tenido un montón) y salud. De momento es todo porque llegó mi taxi