Los ojos del alma
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 1 Encuentro casual
Grand se quedó sorprendido de que unos ojos tan bellos, tan grandes y tan cautivadores como la chica que nos portaba no pudieran ver. Pero tenía una sonrisa amplia que podía iluminar la ciudad completa. Ella estuvo a punto de bajar su pequeña mano al ver que él no la estrechaba.
—Oh, lo siento, es que...
—Sí, no te preocupes, conozco esa reacción.— Ella volvió a sonreirle mientras al fin estrechaban las manos, pero ésta sonrisa fue apagada, el tipo de sonrisa que muestra que te has resignado o que estás harto de explicar lo mismo una y otra vez.
—¿A dónde vas?— Grand no podía quedarse indiferente. Algo en la chica lo había atraído como un mosquito a la luz. Se había involucrado y sin saberlo, se había prendido de su exótica belleza.
—Voy a casa.— Contestó tomando su bastón y tentando el camino, dispuesta a marcharse.
—¿Te dejan regresar sola a casa?— No sólo hubo sorpresa en su voz, sino cierta indignación.
—Siempre lo hago. Soy perfectamente capaz.— Se defendió y su expresión fue muy seria, como si su dulzura se habría escondido al sentirse insultada.
—Sé que eres capaz, no me queda duda. Pero es muy peligroso aquí, incluso para los que...
—Para los que no son ciegos...— Ella terminó la frase que no acababa de salir de los labios de él y le volvió a brindar nuavemente su sonrisa resignada.
—No deberías andar por aquí sola. Ni tú ni ninguna otra chica.— Aunque Candy no era vidente, podía sentir en ella la mirada intensa de Grand, podía sentir su resplandor y quemarse.
—Mi familia no sabe que tomo éste atajo... y bueno, hace unos meses que suele regresarme mi novio en su auto...
Novio... Grand no entendió porque esa información le cayó como una patada en el estómago cuando a penas hacía unos cinco minutos que llevaba de conocerla. Su rostro se enfureció de pronto. ¿Celos? ¡No! Totalmente abusurdo. Lo que había enojado a Grand era el preguntarse qué clase de novio la dejaría caminar sola por esos lares y con su... condición.
—Bueno, me voy, Grand.
—¡Espera! Yo te acompaño.— Se ofreció, era imposible que no lo hiciera. No iba a dejarla regresar sola ni loco.
—No, no es necesario, gracias...
—Eso, dícelo al patán que tienes por novio.
Candy se quedó sorprendida al ver como él le quitó la mochila y se la colocó sobre la espalda y tomó su mano. Se había quedado sin habla por esa autoridad de ese desconocido que aún le daba miedo, aunque su mano se sintiera tan calientita y suave. Una mano grande, fuerte. Grand era un protector, había nacido para ello.
Caminaron juntos y de la mano las cuadras que faltaban. Algunos caminantes miraban a la peculiar pareja con curiosidad. Las fachas de Grand, una franela que había sido blanca, pero que ahora tenía matices rojos de sangre y de barro, su rostro amoratado y su jean degastado, era imposible que él andara con ese ángel encantador que no podía percibir nada de eso, por fortuna. Si ella pudiera ver, jamás habría accedido acompañarlo a ninguna parte.
—¡Candy! ¿Por qué has llegado tan tarde?— Su madre la abrazó como si no la viera en años.
—Estoy bien, mamá. Grand me acompañó.— Dijo ella aún en la entrada de la casa.
—¿Quién?— Preguntó su madre mirando por todos lados.
—Él...— Candy señaló hacia el vacío.
—Ahí no hay nadie, Candy. Ven, ya la comida está servida.
Ni su madre ni sus hermanas notaron el desconcierto en el rostro de Candy. ¿Será que Grand fue un juego de su imaginación? Necesitaba descansar, estaba emocionalmente aturdida.
...
—¡Terry! ¡Por el amor de Dios!
Su madre se lanzó a sus brazos llorando y abrazándolo, como si cada vez que lo hiciera, fuera la última vez que podría hacerlo.
—Llegué completo, mamá.
—¿Completo? ¿Es que quieres matarme del corazón? ¿Eso quieres? Estaba tan preocupada, sabes que no me gusta que...
—Lo sé, lo sé. ¿Sabes que luces guapísima hoy? Si no fueras mi madre, ya me habría casado contigo.
Grand giró a su joven madre y luego la cerró en un abrazo por la cintura y besó su mejilla.
—No intentes adularme, Terry, sabes bien que...
—Hoy es viernes... ¿Por qué no te cambias y te invito a cenar fuera?
Eleanor Baker sonrió derrotada. Su hijo era desde hace muchos años el único hombre en su vida, su debilidad, por quien daba su vida y viceversa. No le faltaban los pretendientes, ella aún no tenía ni cuarenta años, pero se había dedicado enteramente a sacar a su hijo adelante y que ningún hombre interfiriera con eso.
—¿Qué se le antoja a su paladar, madmoizelle?— Terry imitó el acento francés y puso su brazo en jarra para que su madre introdujera el suyo.
—Sorpréndame, monsieur.
Soltaron una carcajada y caminando fueron hacia el bufet cercano del barrio, Kendra's.
—Era preciosa, mamá. Era... a veces pienso que me lo imaginé.— Le contaba Terry a su madre mientras engullía sus spaguetties con albóndigas.
—¿Y dices que andaba caminando sola?
—Exactamente. ¿Puedes creerlo? Aunque parecía no tener contratiempo alguno, sus reflejos muchas veces eran mejores que los míos.
—¿Te cautivó la cieguita, verdad?
—Bueno... es que no había visto algo parecido y...
—No has hablado de otra cosa en toda la noche...— Terry dejó de comer de pronto, conciente de esa gran verdad.
Pensaba que tal vez no volvería a verla... se fue cuando escuchó a su madre acercarse a la puerta y él no podía dejar que la señora lo viera en esas fachas, era capaz de llamar a la policía pensando que se trataba de algún delincuente queriéndose aprovechar de su hija.
Y de todas formas... ¿para qué el querría volver a verla? Bueno, no era que no quisiera, algo en ella lo mantenía cautivo, pero... ¿eso de qué serviría? Ella tenía novio... un novio que de habérselo cruzado, él le habría partido la cara por irresponsable y poco caballero. Y por otro lado... también estaba Eliza, su novia.
Sonrió con ironía. Eliza se había ido a estudiar a España y hacía al menos dos meses que no tenían comunicación... en el fondo, Terry no sabía si aún tenía novia o si ya podría ir celebrando su soltería.
Se sorprendió a sí mismo sonriendo ante la idea. Hace seis meses atrás sintió tener el corazón roto al tener que separarse de su novia de la preparatoria, pero ahora... no le dolía su ausencia, no la extrañaba y rara vez la había pensado en los últimos dos meses. Entonces lo que había quedado no era más que costumbre y nostalgia...
...
Esa noche, Candy no se pudo concentrar en sus libros, libros que le habían costado un huevo a Neil, según él, pues conseguir las mejores obras de Isabel Allende y especialmente para ciegos, no era tarea sencilla.
Se encontró pensando en Grand... Lo recordó autoritario, como Neil, pero... la autoridad que mostraba Grand era de protección, de preocupación e incluso consideración. Recordó el contacto de su mano y se frotó la suya, mientras sus ojos se perdían en un punto imaginario.
Le pareció que aquél extraño había sido tierno y gentil con ella y también recordó su olor... olía a jabón masculino, pero también a sudor y a sangre, a hombre rudo y se preguntó que edad podría tener, cómo luciría... guapo o con aspecto de chico malo... se vio fantaseando con Grand recostada en su cama.
—¡Qué sueño tan placentero!
—¡Patty! Te he dicho que no oses interrumpir cuando estoy soñando despierta.
—Lo siento, lo siento, Alteza, pero resulta que éste también es mi cuarto.
Patty, de trece años se sentó junto a Candy en la cama y sacó unas barritas de chocolate.
—¿Quieres?
—¡Claro que quiero! El olor me está matando.
—Candy... estás feliz otra vez... ¡qué bueno!
Candy se desconcertó de pronto. En la tarde había escuchado que la notaban triste y ahora...
—Siempre he estado feliz...
—No en los últimos días... algo tuvo que haberte pasado hoy...
Candy se mordió el labio inferior pensando si le cuenta o no sobre su peculiar encuentro con el tal Grand.
—Vale, te cuento, pero que quede entre tú y yo, eh.
—¡Soy una tumba!
Daba gusto ver la forma en que Candy le contaba todo a su hermanita con lujo de detalles, con una emoción tan infantil como la de la niña.
—¿Y desapareció a sí no más?
—Sí... por eso pienso que tal vez, a parte de ciega, también me estoy volviendo loca.
—¡Candy! No digas eso, tú no eres así...
—Tengo que aprender a reírme de mis desgracias, Pat...
—Candy... ¿te puedo preguntar algo?
—¡Claro!
—¿Qué se siente tener novio?
Nada preparó a Candy para esa pregunta, sobre todo, porque desde que había experimentado lo que era eso... descubrió que no tenía nada que ver con lo que ella había imaginado o leído. Sus ojos se aguaron al recordar a Neil, que ni siquiera quiso despedirse de ella al dejarla en la escuela, molesto y ella sintiéndose tan culpable e indigna.
—Nada que sea de su incumbencia, señorita, ¿ya hizo sus tareas?
Annie, la hermana mayor de Candy, de 25 años apareció de pronto. Era muy guapa e inteligente, logró hacer un breve curso de secretarial médico y trabajaba en un consultorio independiente, no tenía pareja, se había echado al igual que sus padres, la responsabilidad de la casa y de sus hermanas.
—Annie... qué humor traes.
—¡Ni que lo digas! Hoy estoy como agua para chocolate.— Se quejó quitándose el blazer de su atuendo de oficina y soltando los tacones para sentarse con Candy en la cama.
—¿Y eso por qué?
—Los pacientes que se creen reyes de Inglaterra. Llegan tarde a sus citas y cuando se dignan aparecer, pretenden que uno haga maravillas y les atienda en seguida...
—Sí, últimamente todo el mundo anda muy impaciente, ¿no?
—¿Pasa algo?— Preguntó Annie, pero en su tono se notaba que no lo dudaba, estaba segura.
—Bueno, en verdad no lo sé... pienso que... ésto de Neil y yo... no está funcionando...
—A ver, a ver, Candy... ¿por qué lo dices?— Candy había dudado mucho sobre contarle sus inquietudes a Annie, pues tanto ella como sus padres idolatraban a Neil.
—No soy lo que él espera y todo lo que hace por mí... refleja esa desilusión y me duele...
—¡Tonterías! Neil se desvive por ti, Candy. No desperdicies una oportunidad así por estar pensando en babosadas y considérate afortunada, ya quisiera yo que un chico tan guapo y de su clase se fijara en mí...
—Pues te lo regalo...— Murmuró entre dientes.
—¿Perdón?
—Nada... que tienes razón.
Suspiró Candy resignada y agradeció que ambas hermanas se habían marchado y la dejaron sola con sus pensamientos y sus inquietudes que nadie quería comprender o que ante los ojos de ellos, carecían de importancia.
...
—Lo siento, Terruce, sé que eres un empleado muy eficiente, pero en éstos momentos... no puedo darte más horas de las que dice tu horario...
—Está bien, señor Hathaway...
Terry con resignación introdujo su número de empleado en el ponchador de Big Burgers y terminó su jornada de cuatro horas, veinte por semana. Llevaba tres meses trabajando ahí con la esperanza de que por su eficiencia le dieran un horario a tiempo completo. Nadie podía decir que no se estaba esforzando. Quería hacerse de una carrera, ser arquitecto era su sueño, pero también ayudar a su madre quien trabajaba en una lavandería formaba parte de sus responsabilidades.
—Entonces, Grand... ¿qué dices? ¿Le entras o no?
Terry le había prometido a su madre una y mil veces que dejaría las peleas callejeras, pero esa promesa se rompía cada vez que la nevera estaba vacía, cada vez que la mesa servía más de buzón para cuentas vencidas que para comer, cada vez que veía a su madre llegar muerta de trabajar horas extras y cada vez que... miraba el lugar donde vivían.
—Vamos, Grand, el tipo está tan desesperado que apostará su auto. Piénsalo bien... no te vendría mal un auto, está casi nuevo y saldo... ¿qué más podrías pedir?
Terry pensó en las largas caminatas que da su madre de su casa al trabajo y de regreso, los morbosos del metro y la impuntualidad del transporte público... e incluso... pensó en Candy... sin saber por qué.
—¡Le entro!— Dijo por fin suspirando. No le afectaría mucho si al final no ganaba el auto, pero sí perder los últimos docientos dólares que le quedaban para nada.
—Damas y caballeros, con ustedes El Pitbull contra nuestro Grand, ¡que comience la masacre!
Anunció un chico latino y los expectadores se alborotan y gritan. Terry mira al Pitbull, nunca había luchado contra él. El tipo no era más alto que él, pero sí estaba bastante fornido, sus brazos parecían muslos, era calvo y su cara era cuadrada, dientes terroríficos y los presumía, como si de ellos vinieran toda su fuerza. Terry permanecía excéptico, no hacía ningún tipo de alarde, se lo encontraba patético, pero tampoco mostraba inseguridad.
El Pitbull era verdaderamente un animal. Terry parecía una pobre marioneta en ese cuadrilátero. Sin embargo, el Pitbull ya se estaba cansando, se notaba porque sus puñetazos se habían vuelto más suaves y lentos.
—¡Vamos Grand! Joder, no me hagas perder mi dinero.
—No dejes ni un sólo hueso, Pitbull.
El Pitbull se relamió los labios, como si de verdad fuera un perro listo para degustar su porción de huesos y eso sacó la furia de Grand, dándole un sorpresivo puñetazo en la quijada y otro en la garganta que lo dejó haciendo náuseas.
—¡Eso es Grand! Ya era hora de que despertaras, niñato.
—Pitbull, demuéstrale al cachorrito de quién es éste territorio, ¡vamos!
Terry se había cegado de furia e ira. Repartió puñetazos en todas direcciones, pero el Pitbull metió una de sus piernas entre las de Terry y lo hizo caer, aprovechó la caída para írsele encima y lo consiguió, pero Terry siguió dándole puñetazos en la cara sin parar.
—¡Aarrr!— Se quejó Terry como un oso herido, Pitbull le había clavado los dientes en el cuello y casi le arranca un pedazo de piel, Terry pudo levantar las piernas y se lo quitó de encima de una patada propinada por ambas piernas y le dio un concierto de puñetazos que lo marearon y cayó al suelo aturdido. Quiso culminar la pelea, pero él tipo jamás se puso de pie.
—¡Grand! ¡Grand! ¡Grand!
—Me parece que alguien no regresará a pie a casa...
Terry agradeció ese premio. A penas podía mantenerse de pie. Era cierto que había perdido doscientos dólares, pero había ganado un Toyota Canry del 2005 color blanco.
Conducía camino a Forrest Down Laundry, con la cabeza en las nubes, pensando en la cara que pondría su madre cuando él fuera a recogerla al trabajo en su nueva adquisición.
¡Biiiii!— Pegó un bocinazo por impulso al ver que por poco se lleva a alguien enredado en la carretera mientras cruzaba sin esperar la señal peatonal.
El transeunte se quedó paralizado en plena calle, con las manos en el rostro, aún con los efectos del susto.
—¿Estás bien?— Terry bajó del auto y se dirigió hasta la persona.
—Sí... ¿Grand?— Le preguntó dudosa.
—¡Candy! Otra vez tú...
Él estaba sorprendido y ella asustada. Estaba llorando, pero no por el susto, se notaba que venía llorando desde antes.
—¿Qué buscas en la calle y a éstas horas?
Su autoridad la hizo temblar, sobre todo, el mismo olor a sudor y a sangre.
—Es que...
—Ven. Súbete que te llevo a casa.— La metió él mismo en el asiento del pasajero.
—¿Saben tus padres que no estás en casa?
—No...
—¿Lo sabe el imbécil de tu novio?— Le preguntó abrochándole el cinturón.
—¡No! ¡Nadie lo sabe!— Gritó desesperada y en llanto.
—¿Y qué pretendías fuera de casa y a éstas horas? ¿Morir atropellada?
Le gritó, había que ver que era autoritario y mandón, hacía que la rebeldía de Candy se aplacara con ese temple.
—No me lleves a casa, por favor...— Suplicó tratando de que sus rostros estuvieran frente a frente, pero sus ojos siempre miraban hacia otra dirección.
—¿Y qué quieres que haga contigo, niña? Mejor dame el número de teléfono de tus padres, les marcaré ahora mismo.
—¡No!
—¿Por qué no?
—¡Porque escapé!— Le gritó con la misma angustia y con un llanto más lastimero.
Los ojos de Terry se abrieron de par en par mientras seguía estacionado en la calle, con ella.
Continuará...
¡Hola!
Espero que les haya gustado este Nuevo capi y gracias por comentar:
norma Rodriguez, Luisa, LizCarter, Olga Parada, Dali, Eri, Rose De Grandchester, Azukrita, Laura GrandChester, mel cruz, Betk Grandchester, Ailizzzz G, dulce lu, gatita, normaangelica. zamoramartinez, Oh Ha Ni, comoaguaparachoc, Candice. w. andrydeg
Un beso y nos veremos pronto!
Wendy
