Los ojos del alma

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 3 Rescate


—No sabes cuánto había estado esperando éste momento.— Terry levantó al pequeño y famélico gusano que era Neil y volvió a revirarle el rostro a puñetazos, mientras más miraba su nefasta cara, más ganas de golpearlo le entraban.

—Anota éste día, infeliz, no lo olvidarás nunca.— Las costillas de Neil fueron testigos de lo que dijo. Todos los golpes que Terry le propinaba, lejos de cansarlo, le daban más energía y más rabia para seguir golpeándolo.

—Nunca, en tu miserable vida, vuelvas a tocarla de esa manera, porque si me entero... comienza a rezar y entrégate a Dios porque te mataré. Te buscaré donde sea que te metas y te cortaré en pedazos, ¡animal!

—¡Ya! Por favor, ya...— Candy se había puesto como un papel de pálida, temblaba, estaba aterrada. Terry sólo quería golpear a Neil hasta matarlo, pero cuando vio a Candy, su angustia, su desesperación, lo soltó.

—¡Esto no se quedará así! No me conoces, Candy. Sabrás pronto de lo que soy capaz.— La amenazó mientras se dirigía a su auto dando tumbos, su ropa de marca hecha hilachas y el rostro desfigurado, ahora era por dentro y por fuera una piltrafa humana.

—Candy... ¿estás bien?— Terry se le acercó y comenzó a revisarla, buscando indicios de que la hubiera maltratado y se topó con sus muñecas enjorecidas por el agarre brutal de Neil, la rabia se apoderó de su expresión.

—Yo... tengo mucho miedo... no es la primera vez...— Terry sintió que el mundo se le caía en pedazos, nunca había visto a alguien tan asustado en su vida.

—Ya no te volverá a tocar en su vida, yo no dejaré que te haga nada...

Tomó su rostro con las manos y la miró directamente a los ojos, como haciéndole una promesa a sus pupilas aterradas, rogándole a Dios que al menos por un segundo, ella pudiera mirarlo a él.

—¿A dónde iban tan temprano?

—Él siempre me deja en la escuela por la mañana, pero hoy... me recogió más temprano... y... sabía de ti.

—¿Cómo que sabía de mí?— Le preguntó con recelo mientras le frotaba las muñecas lastimadas y las manos.

—Me comenzó a reclamar porque soy tu amiga y me acusó de engañarlo contigo...

Terry clavó sus ojos en ella con más intensidad al escuchar eso. ¿Amigos? No se le había ocurrido antes... y... ¿engañar a Neil con él? Le habría gustado que eso fuera verdad, esa rata no merecía a una chica como ella. Y él tampoco, pensó.

—No volverás a verlo, Candy. No aceptarás nada de él y por favor, no vuelvas a confiar en él, aunque regrese arrepentido... ya dejó claras sus intenciones.

—Si fuera por mí... no lo volvería a ver, pero es que mi familia piensa que él es un santo... si vieras cómo se comporta delante de ellos...

—¡Habla con ellos! Diles lo que acaba de hacerte esa basura.

—He querido hacerlo, pero es que... me da tanta vergüenza...

Su llanto se volvió más suave y sutil, pero abundante. Estaba llorando su miedo, su inocencia y su humillación.

—Nadie puede tratarte de esa manera, Candy. Ni ese idiota, ni nadie y si tus padres están apoyando eso los denunciaré con Servicios Sociales... ¿qué edad tienes?

—No, no... es que ellos no conocen todos los detalles... pero no son malos, Grand, no los denuncies...

Le suplicó tomando fuerte las manos de él, con su carita suplicante y ese fuerte agarre, Terry se sintió derretido, conmovido de que esa chica pequeña y frágil se aferraba a él, buscando su protección. Algo nuevo había despertado en él, un deseo arrollador por protegerla y defenderla.

—No lo haré entonces, pero habla con ellos... y no me contestaste mi pregunta, ¿qué edad tienes?

—Acabo de cumplir diecisiete... ¿y tú?

—Yo tengo veintiuno... ¿qué edad tiene el imbécil de tu novio?

—Veinticinco...

—¿Veinticinco? ¿A los diecisiete tus padres te permiten estar con un hombre de veinticinco?— La voz le salió más alta de lo que quiso, se le notaba la indignación y la rabia.

—Es que... delante de los demás, Neil se comporta como un chico encantador y dulce... mis padres pensaron que era bueno que fuera mayor porque así... tendría la madurez suficiente para estar con alguien como yo... que pudiera lidiar con la responsabilidad... ¿entiendes?

—Claro que entiendo, veo que ese hijo de puta se desborda en cuidados hacia ti... Lo siento. No debí hablar así...

Se disculpó de inmediato al ver el espanto en la cara de Candy y hasta cierto temor. Eso le dio un pinchazo en el corazón, que ella tuviera miedo de él. Si lo viera peleando, descubriría la bestia que llevaba dentro y se alejaría para siempre, decidió guardarse ese detalle como el mejor secreto.

—Yo te llevaré a la escuela.— Demandó y los ojos de Candy se nublaron de angustia.

—No... Grand, por favor...

—Ah, claro que sí. No dejaré que te vayas de pinta, tienes dos opciones, ir a la escuela o que yo te acompañe a tu casa y tengamos una seria conversación con tus padres...

—¡No!— Se apresuró rápido a contestar y Terry sonrió de lado.

—No estoy emocionalmente bien para ir a la escuela, Grand...— Otra vez soltó un par de lágrimas melancólicas. Candy lo estaba volviendo débil, le cambiaba el rumbo por completo y tal pareciera que todas las casualidades del mundo lo llevaban a toparse con ella.

—Candy... ¿y a dónde pretendes que te lleve? No puedo dejarte por...

—¡Contigo!— Contestó con un júbilo infantil y una sornisa de muela a muela que hizo conmover hasta las piedras.

—Candy, no puedo llevarte conmigo... ¿qué tal si alguien te está buscando? ¿Quieres que me metan preso?

—No... pero... aún me debes un paseo, ¿lo recuerdas? Me ibas a llevar de paseo y yo te iba a leer El Principito...

Terry tuvo que respirar profundo, su ternura y su inocencia lo aniquilaban, lo dejaba reducido a cero, a sus pies.

—Pero hoy no puedo, Candy... tengo compromisos.— La cara de Candy se cayó de desilusión, lo mismo que su encantadora sonrisa.

—Está bien... bueno, te lo conseguí de todas formas...

Buscó en su mochila y le extendió un libro.

—¿"Cambios y sexualidad en la adolescencia"?

—¡No! Me equivoqué... espera...— Muerta de vergüenza, tomó el libro que le había dado a Terry por equivocación, lo guardó y le dio el libro correcto.

—Oh, El Marinerito...

—¡Grand! Es El Principito.

—Ah, sí, claro...

—Apréndete al menos el título... Mmmm...— Dijo de pronto y se comenzó a saborear.

—Ejem...— Carraspeó Terry.

—¿Son rollos de canela, verdad?

Terry de pronto recordó la caja de una docena de rollos de canela que había comprado y que dejó abandonada en el suelo para darle la golpiza a Neil.

—Sí... ¿te gustan?

—¡Me encantan! ¿Me convidas?— Se mordió el labio inferior esperando la respuesta de Terry. Él pensaba que esa chica era de otro mundo, lo tenía bailando a su son, atrapado en su inverosimil inocencia.

—Tengo una idea mejor...

...

—¡Sorpresa!

—¡Terry! Te acordaste...— Eleanor se quedó de pronto con la emoción paralizada cuando vio la acompañante su hijo que le sonreía nerviosa porque podía sentir su mirada en ella.

—¿Cuándo lo he olvidado?— Le reclamó fingiéndose indignado y extendiéndole la caja de rollos.

—Mamá... ¿recuerdas que te hablé de Candy?

—Sí, lo recuerdo...— Se quedó mirando a la chica que le sonreía ampliamente, aunque sus ojos miraban a otra parte, pero era cierto lo que su hijo había dicho, era preciosa y su sonrisa era cautivante.

—¿Cómo estás, linda?

—¿Bien y usted?

—Un año más vieja...

—¡Terry!— Eleanor le da un codazo y para ambos fue música la carcajada de Candy.

—Sólo bromeaba, sabes que eres el amor de mi vida.— La besó en ambas mejillas.

—Ya, ya... ¿desayunaste, Candy?

—No, pero Grand dijo que podía comer con ustedes...

—Oh... claro que sí...— Dijo Eleanor y miró a Terry con muchas interrogativas.

Candy se sentó en el comedor con la señora mientras Terry disponía toda la mesa, siendo el cumpleaños de su madre, él se estaba encargando de todo.

—Mmm. Esto sabe a gloria...— Eleanor estaba tan fascinada que habló con la boca llena.

—Son mis favoritos también... algún día le traeré de los que yo hago, le apuesto a que se chupará los dedos.

—¿Sabes hacerlos?

—Oh sí. Me enseñaron en la escuela. Y también sé hacer bizcochos, tartas de manzana y galletas... ¿cuáles son sus favoritas?

—Eh... avena con pasas...

—Pues pronto le traeré una docena, ya verá que no probará otras iguales.

Eleanor estaba con los ojos aguados, prendida de ella y Terry la miraba fascinado, embobado, sin pestañear. Todo el universo cambiaba cuando ella estaba.

—Chicos, yo me tengo que ir a trabajar... fue un placer conocerte, Candy...— Se despidió Eleanor y con una mirada le advirtió a Terry que tuviera cuidado con lo que hacía con Candy, pues con Eliza lo atrapó in fraganti muchas veces.

—Es divertida tu mamá, Grand.

—Terry. Ya me puedes llamar Terry.

—Me había acostumbrado a llamarte Grand... es más como tú.

—¿Más como yo?

—Sí... es que te describe más. Grand... como grande, fuerte... rudo, aunque a veces eres muy tierno, hasta divertido...

—Ah, ¿te parezco fuerte y rudo?— Dio un falso gruñido y la levantó, muy alto, quedando su vientre apoyado en sus palmas.

—Jajajajaja.

Su risa, se estaba enamorando de esa risa. ¿Cómo podía alguien querer lastimarla? La bajó de pronto, nervioso. Sintiendo que se estaba involucrando demasiado y además, le habían entrado unas ganas extrañas por abrazarla y besarla. En lugar de eso, la condujo al sofá del modesto salón de su apartamento.

—Terry... ¿cómo eres físicamente?—Le soltó de pronto y él quedó desconcertado.

—¿Cómo me imaginas?

—De muchas formas. Como un guardián, alguien que da confianza y miedo a la vez... pero esa es una forma abstracta... ¿cómo luces en realidad?

—Oh, muy guapo. Tanto, que de poder ver... te desmayarías...

—Ya, en serio... yo sólo comparo a la gente con colores.

—¿Colores?

Candy siempre conseguía desconcertarlo y adentrarlo en su mundo, no podía aburrirlo jamás.

—Sí. Mi maestra de arte dice que todos irradiamos un color. El mío es el verde.

—¿Y qué significa?

—Al principio yo pensé que era esperanza, los sueños... pero ya no lo sé...— dijo bajando la cabeza.

—Pues no podrías haber comparado mejor color, hasta tus ojos lo irradian y son hermosos. Efectivamente, están llenitos de esperanza.— Se encontró besando cada uno sin poderlo evitar y ella soltó otro par de lágrimas.

—Lo siento, no debí tomarme ese atrevimiento...

—No... es que nadie los había besado antes... Neil decía que sólo los tengo de adorno...

—Candy, ¿podrías hacerme un favor?— Le pidió evidentemente molesto.

—¿Sí?

—No menciones más a Neil. Cada vez que lo haces, me entran ganas de ir a matarlo.

—Bueno, lo siento... ¿Quieres saber cuál es tu color?

—Me encantaría.

—Azúl.

—¿Azúl?

—Sí. Como el cielo. Eso eres. Tú eres el cielo.

—No lo creo...— Le dijo Terry de forma burlona, recordando quién sabe qué diablura.

—Eres como el cielo ahora mismo. Estás azúl, claro, despejado y con el sol sobre ti. Pero otras veces, cuando te enojas, te vuelves gris, lleno de nubes negras que revientan y truenan, y ya cuando te calmas, vuelves a ser tierno... con el arcoiris sobre ti...

Candy poseía un don para dejarlo sin palabras, para fascinarlo más. Se la quedó mirando sin poder decir nada. Su belleza, su transparencia, sus hermosos ojos y le pareció tan injusto que no pudiera ver. Su boquita incansable, Terry jamás había deseado besar tanto a alguien y estaba muriendo por besarla a ella. Descubrir qué se sintiría probar esos labios inocentes, que se pusieran rojitos de tanto besarla. Lo que más quería era sentarla sobre su regazo y envolverla en sus brazos, en su calor y protegerla del mundo entero.

—¿Dije algo malo?— Le preguntó al no comprender su prolongado silencio.

—No, Candy. Sólo me había quedado pensando.

—¿En qué?

—Pues...— Estaba en aprietos, el deseo tan fuerte que comenzaba a surgir en él le nublaba los sentidos.

—Que de ahora en adelante, seré tu chofer. Yo te llevaré a la escuela y te recogeré, no quiero que andes sola por ahí nunca más.

—Pero... yo siempre he caminado sola...

—Pues ya no lo harás.— Su voz era autoritaria, suave, pero que no dejaba lugar a réplicas, pero Candy...

—Siguiré caminando, eso es algo de la poca libertad que tengo y no puedes quitármelo.

—Pues busca tu libertad en otra cosa, yo no siempre estaré ahí para poder rescatarte y es evidente que no te sabes cuidar bien, eres muy confiansuda e ingenua.

—¡Sé cuidarme! Seré ciega, pero tengo buen sentido de orientación y jamás me he perdido.— Le gritó poniéndose de pie, llorando, pero sumamente molesta.

—Y hasta hace unos días estuve a punto de arrollarte con mi auto y ésta mañana... ¿te imaginas lo que te habría pasado ésta mañana si yo no hubiera llegado?

Candy perdió el habla al instante al recordar lo que estuvo a punto de hacerle Neil hace un rato. Un llanto mudo y amargo comenzó a brotar de ella.

—No volverá a pasar, no le permitiré volver acercarse a mí de esa manera...

—Y el día que lo haga, se muere. ¿Puedes volver a sentarte, por favor...?— Ella obedeció, no sintió ganas de desafiarlo.

—Yo creo en ti, en tus habilidades, eres una chica lista. Hasta ves mejor que yo y que muchos, pero... yo sólo te estoy solicitando trabajo, míralo de esa forma...

—¿Trabajo?

—Sí. Me he contratado yo mismo como tu chofer y guardaespaldas, es un trabajo bien remunerado, ¿lo sabías?

—Pero yo no tengo dinero... aunque puedo pagarte en besos...

Terry se quedó perplejo. Pensó haber escuchado mal y se puso nervioso.

—¿Disculpa?

—Las damiselas en peligro, pagan a los súper héroes con un beso.— Los ojos de Candy brillaban de ensoñación, había estado fantaseando con eso desde hace unos días.

—No soy un súper héroe, Candy...

—Pues para mí lo eres.

—¿Y qué me quieres decir con eso? ¿Que puedo cobrar mi beso?

Terry sabía que se estaba metiendo en un buen lío, que estaría muy mal lo que estaba a punto de hacer, pero era algo más grande que él lo que estaba creciendo en su interior y moría por besarla, por Dios que se moría por hacerlo.

Continuará...


¡Hola!

Espero que les haya gustado... ¿qué les depararán a ellos ahora?

Gracias por comentar: luz rico, Luisa, elisablue85, fati, skarllet northman, norma Rodriguez, soadora, Eri, Iris Adriana, ferchita diaz, Azukrita, vero, Dali, dulce lu, Laura Grandchester, Zafiro Azul Cielo 1313, Maride, Rose De Grandchester, Oh Ha Ni, LizCarter, gatita

Hasta pronto,

Wendy