Los ojos del alma
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 4 El beso del héroe
Candy no contestó la pregunta de Terry, le dejó el suspenso, dejándolo decidir. Sus ojos estaban agigantados, brillando por la emoción de la espera.
Terry sólo se concentraba en su boca, no dejaba de mirar sus labios, su carita ansiosa y la forma en que se mordía el labio inferior y sus ojos estaban fijos en un punto, soñando, esperando.
Tomó su barbilla suavemente y se le acercó. Su respiración y la de ella unieron su aliento, achicando el espacio, la distancia y el tiempo, sus labios ya casi se rozaban.
—No puedo...— Le susurró de pronto, muy cerca aún, acalorándola, pero a la vez, matando la ilusión y el momento.
—¿Por qué?— Preguntó llena de sorpresa y con los ojos aguados mientras Terry buscaba las palabras que mejor definieran lo que sentía.
—Porque...
—Sí, ya lo sé, mejor no lo digas...— Dos hermosas lagrimillas salieron de ella, de un profundo dolor que rompían a Terry en cien mil partículas.
—Candy...—Volvió a tomar su mentón.
—Piensas que soy patética... y tienes razón... yo sólo quería saber si tus besos podrían ser tan tiernos como tú...
Esa revelación volvió a partir a Terry, dejando en el suelo un montón de células y moléculas de compasión y ternura... sobre todo ternura... ¿Ella pensaba que él era tierno? ¿Él?
—Yo no soy tierno, Candy. Tú lo eres. Demasiado para mí.
—¿Entonces no me besas?
A Terry se le fue la respiración una vez más, por supuesto que quería besarla, estaba frenando sus ganas desde hacía rato, pero había una cosa que mortificaba a Terry, dos para ser exactos.
—No...
—Bueno...
—Porque después de mí te los dará Neil y además, yo también tengo...
No terminó la frase y Candy se quedó esperando a que continuara. Terry pensó que tal vez no valía la pena considerar aún su relación esporádica con Eliza. Tal vez llevaba más tiempo soltero del que se imaginaba y él ni se enteraba.
—¡Yo no dejaré que Neil me bese! ¡No lo permitiré nunca más!— le gritó con rabia y llanto, con gran amargura.
Terry se quedó mirándola, prendiéndose de su carácter y su intensidad, rabiando de pensar en todos los besos que Neil pudo haberle dado.
—Candy, ven aquí, acércate.— palmeó el sofá indicándole que se sentara a su lado.
—¡No!
—Por favor... quiero hablar contigo, ven.— Empleó la ternura para convencerla, él sabía que Candy se movía con eso.
A tientas llegó junto a él y se acomodó a su lado.
—Eres la niña más bella y dulce que he conocido y no sabes cuánto me muero por besarte... no sabes desde cuando, pero no sería acertado, no está bien.— Le tomaba el rostro tiernamente, mirándola a los ojos y los de ella estaban fijos en él, aunque ella no lo supiera y para él fue suficiente porque sintió que de algún modo, ella lo miraba.
—¿Por qué no está bien? Seguro que besas divino...— Terry tuvo que sonreir.
—No lo sé, pero de seguro que besarte sería divino.— Su voz fue muy suave y le dejó un beso en la mejilla que la dejó temblando.
—¿Y por qué no lo haces?
—Porque si lo hago, tú estarías muy confundida. Entre tantas cosas, entre Neil y yo...
—Pero es que...
—Yo no quiero ser una confusión en tu vida.
—Neil jamás me besaría como tú lo harías...
Soltó un llanto grueso y se recostó de su pecho, quedando casi todo su cuerpecito sobre Terry, su cara mojada enterrada en su playera. Y ahí estaba él, invadido de su ternura, sin saber qué más hacer con ella.
—Candy, dime algo... ¿has tenido otros novios antes de Neil?— le preguntó acariciando su melena y ella con sus bracitos al rededor de su cintura.
—No... sólo Neil... ¡y lo arruinó todo!— Levantó un momento la cabeza para contestar y después de un sollozo, se volvió a enterrar en su pecho.
—¿Qué te hizo, Candy? ¿Qué fue lo que arruinó?
—Todo. Mi primer beso, mis ilusiones y todo con su... su morbosidad.
La mandíbula de Terry se apretó con más rabia y pensamientos e imágenes horrorosas invadieron su mente.
—¿Él te...? ¿Qué te ha hecho, Candy?— Le alzó el rostro abruptamente para que lo encarara, qué importaba que no pudiera verlo.
—Él... besa muy feo, siempre me lastima y me aprieta. También... me toca...
Terry pudo percibir la vergüenza y el miedo en ella, su frustración, hasta su escalofrío y cómo la piel se le fue poniendo chinita.
—¿Se lo permitías?— Su voz fue más severa de lo que quiso.
—No... pero es que él... me retenía muy fuerte y me decía que... que para algo era su novia y que yo me tenía que dejar hacer esas cosas porque son normales...
Mientras más escuchaba, más ganas tenía de matar a ese desgraciado.
—Candy... ¿Neil y tú llegaron a...?
—¡No! Yo no quise... él me da miedo.
—¿Y no le has dicho eso a tus padres?
—No... es que es demasiado vergonzoso, Grand. Yo sé que todos los novios lo hacen, pero es que yo... me da miedo y no estoy preparada...
Terry la aferró fuerte contra él, la mantuvo abrazada, envuelta en su calor, besando su cabecita y ella sólo quería que el mundo se detuviera ahí por siempre.
—No todos los novios hacen eso, Candy. Los dos tienen que querer y es maravilloso cuando los dos quieren, pero sí tú no te sientes lista... nadie te puede obligar, ¿entendiste? Ni Neil, ni nadie.
—Grand...
—Umm.
—Si dejo a Neil para siempre... ¿sí me das un beso?
—Si lo dejas y hablas con tus padres sobre todo lo que te ha hecho, te daré todos los besos que me debes.— A Candy le brilló el cielo.
—¿Te debo muchos besos?
—Pues yo diría que estás sobregirada. Soy tu chofer y dijiste que me pagarías con besos, déjame sacar cuentas... A ver, te llevé a tu casa el otro día que escapaste, te he traído a mi casa hoy y tengo que regresarte a la tuya... y si le sumo el costo de gasolina... ¡uff! Usted tiene una gran deuda pendiente, señorita.
Rozó su nariz con la de ella y la vio sonreir, viendo como lo iluminaba todo. Por supuesto que la quería besar y no sólo eso, quería besarla sólo él de ahora en adelante.
—Candy, ya tengo que llevarte a casa.
—No... yo no me quiero ir...— Refunfuñó como una niña y se acomodó mejor en su regazo. Terry tembló y se puso muy nervioso. Candy era muy inocente, pero él no. Revolviéndose sobre él de esa manera, la cosa no iba a pintar muy bien y él no quería asustarla.
—Candy, tengo que irme a trabajar...
—Está bien...— Se puso de pie, resignada y triste.
—Cambia esa carita, Candy, por favor...
—¡No!
—No me podré ir tranquilo si no me das una sonrisita.
—Pues no te vayas.—Le dijo como si fuera la gran solución y él sonrió y suspiró, la miraba con admiración.
—Me encantaría quedarme aquí contigo, cieguita, pero no puedo... si me echan del trabajo, no podré seguir pagándome la universidad y no te podré comprar rollos de canela.— A ella no le molestaba que Terry le llamara cieguita, porque sólo él se refería a su condición con cariño, como si fuera una virtud y no una falla.
—Yo sé hacérmelos yo misma.— Respondió con orgullo y alzando los hombros, como si tal cosa.
—¿Ah así? Pues tendrás que vender muchísimos para que me puedas mantener. Vámonos.
—No...
—¡Sí!— le respondió él cargándola y así sobre su espalda, bajó con ella las escaleras de su apartamento y la llevó hasta su auto.
...
—Ya llegamos, Candy.— Terry se bajó y le abrió a ella la puerta, como todo un caballero, pero tan pronto como ambos pusieron sus pies sobre la acera en donde quedaba la casa de Candy...
—¡Ahí está! Ese es el delincuente con el que anda su hija, señor.
Terry nunca había tenido tan emotivo recibimiento y Candy por su parte, volvió a temblar como un flan y no por lo furiosos que podrían estar sus padres, sino porque ahí estaba Neil.
—¡Candy! Nos tenías a todos preocupados... Usted, suéltela, criminal. ¡No la toque!
La madre de Candy la apartó de Terry de un jalón, haciéndolo sentir como una verdadera escoria. Terry pudo ver lo mucho que se parecía Candy a su madre, Rosemary. Los mismos ojos y el pelo rubio rizado.
—Mamá, papá, no exageren. Grand es sólo un amigo... él me hace el favor de traerme a casa...
—¿Y yo estoy pintado en la pared, no? ¿Por qué necesitas que éste infeliz te traiga cuando yo puedo hacerlo?
Ni Candy ni Terry podían creer el cinismo de Neil. Y lo peor, como había dicho Candy, Terry comprobó lo irracionales que se ponían sus padres y la admiración que sentían por Neil por la forma en que una de las hermanas de Candy, la mayor, asumió Terry, le ponía una mano sobre el hombro, como si él fuera la pobre víctima en todo ésto.
—¡Tú hace tiempo que no me recojes en la escuela! Llevo tres meses regresando sola.— La madre de Candy miró a Neil por unos momentos y luego a su hija, como no sabiendo a quién creerle.
—¡Eso es mentira! Yo siempre voy a recogerla, pero ella ya se ha ido cuando yo llego. Es una caprichosa.
Terry miró a Neil de una manera que el pobre infeliz pudo sentir campanadas fúnebres en su interior, pero respaldado por la familia de Candy, tenía mucha ventaja sobre Terry.
—Hazte el santo ahora, desgraciado. Hace unos días, yo mismo estuve a punto de atropellarla porque salió a la calle sola de noche y ustedes ni se enteraron. Ésta es la tercera vez que la traigo a casa porque éste imbécil no lo hace.
Por unos momentos, los padres de Candy se quedaron perplejos, sus hermanas e incluso el mismo Neil.
—Candy suele hacer esas cosas, no es la primera vez y no es culpa nuestra. Y además, nadie le ha solicitado ayuda a usted, puede marcharse por donde vino.
—Mamá, no seas injusta. Grand no ha hecho otra cosa más que...
—¡Tú entra a casa ahora mismo, niñata malcriada.— Salió abogando Annie.
—¡No! Tú no me mandas, no eres nadie. Y no pienso entrar más a ésta casa y nunca más quiero saber de Neil.
Las lágrimas quemaban el rostro de Candy, lo mismo que su coraje y Terry se sentía impotente, si Candy fuera mayor, se la habría llevado con él sin pensarlo.
—¡Es el colmo! Hay que ver que éste vago te ha lavado el cerebro brutalmente. Ahora yo soy el enemigo. Yo que te dedicado mi tiempo y todo mi empeño en cumplir todos tus caprichos.
—¡Eso no es cierto!— Se defendió sintiendo que la rabia la escosía.
—Neil tiene razón. Es una vergüenza tu comportamiento, eres una malagradecida, Candy... Neil no ha hecho otra cosa más que desvivirse por ti...
—Pues si tanto lo admiras, ¿por qué no andas con él tú?
—¡Porque es a ti a quien él quiere!— Respondió Annie por un impulso que en seguida se arrepintió por lo que acababa de revelar.
—¿La quiere? ¡Ja! De yo no haber llegado a tiempo, éste desgraciado la hubiera...
—¡No! Grand, no...— Suplicó Candy desesperada para que Terry no revelara aquello ante todos.
—Candy, si no se lo dices ahora, tal vez...
—¡Váyase de aquí antes de que llame a la policía!— Le escupió el padre de Candy con un gesto amenazante.
—Llámela si quiere, pero no permitiré que ésta basura siga abusando de su hija en sus narices y que ustedes se hagan los tontos. ¿Estar en la nómina de éste espantapájaros vale más que su hija?
—¿De qué estás hablando, maldito?— El señor White se le acercó y lo tomó por el cuello de su playera. Terry no le dio un puñetazo por respeto a Candy.
—¡Basta! Por favor, ya no más. Entraré a casa. Grand, por favor, vete...— Terry se quedó de piedra al escuchar eso, sabía que Candy estaba acorralada, su llanto desgarrador, que le acortaba la voz se lo decía. Quiso explotar por tanta impotencia e injusticia. Se le acercó un momento y la jaló a parte, contra todo pronóstico.
—Si te hace algo, si pasa cualquier cosa, por favor, llámame... yo vendré por ti, ¿entendiste?— La tomó firme del rostro con ambas manos, reprimiendo sus ganas enormes de echársela al hombro y huir con ella para siempre.
...
—¡No puedo creerlo, Candy! No puedo creer que seas tan estúpida, ¿a qué crees que estás jugando?
—No estoy jugando a nada, soy yo la que no puede creer que ustedes sean tan ciegos. Yo estaré ciega de los ojos, pero ustedes están ciegos hasta de las orejas.
Le respondió Candy a Annie, retándolos a todos. Con un nuevo brío, revelándose contra ellos, contra sí misma.
—No seas malcriada, Candy. Pídele una disculpa a Neil.— Le ordenó su madre y Candy sencillamente no lo podía creer. Estaba en una cárcel, su propia familia la estaba entregando a su verdugo.
—No pienso pedirle ninguna disculpa, ni a él, ni a ustedes. ¡Los odio!
Les gritó y subió corriendo las escaleras hasta su cuarto, con una habilidad increíble.
—Candy... ¿qué pasó?—Le preguntó Patty abrazándola, había permanecido en la habitación, como siempre le ordenaban cuando los mayores discutían.
—Que no puedo más, Patty... ya no puedo más...— Rompió en llanto en los brazos de su hermanita.
...
—Terruce, antes de ir al ponchador, pasa por mi oficina.— Le ordenó una gerente a Terry tan pronto como llegó a su trabajo.
—Buenas tardes, sé que llegué un poco tarde, pero se me presentó una situa...
—Todos tenemos situaciones personales, pero hay que ser responsables. Tu impuntualidad afecta las operaciones del restaurante, sabes que debes llamar con dos horas de anticipación para notificar que llegarás tarde...
—Lo sé, señora Jane... pero fue algo que no estaba en mis manos y...
—Firma ésto por favor y luego releva a Anthony en la parrilla.
Lleno de rabia, Terry firmó la amonestación por los quince minutos tarde en que se presentó a trabajar. En ese turno, no se concentró en nada. Quemó las carnes varias veces y en otras ocaciones, quedaban crudas. Definitivamente, ese no era su día.
Pensaba en Candy, eso no lo dejaba en paz. ¿Cómo se encontraría? ¿Estaba Neil con ella? La preocupación y la rabia lo invadían.
—¡Terruce! Otra vez quemaste las carnes. ¡Por Dios! ¿Qué pasa contigo hoy?
—Lo siento, señor Hathaway... yo... no me siento bien, ¿podría mandarme a casa? Por favor...
El señor Hathaway, gerente general de Big Burgers, respiró profundo, sentía mucha empatía por Terry.
—Veré qué puedo hacer... hay tantos clientes que tal parece que estuviéramos regalando la comida... —Iba comentando su jefe mientras se alejaba.
Lamentablemente, no fue posible que Terry pudiera salir antes de su turno, fue toda una hazaña terminarlo, pero su preocupación por Candy seguía ahí, latente como una jaqueca que no lo dejaba ni pensar. Estaba en su hora de receso y miraba con desprecio su hamburguesa. Ese día, que le habían dado ocho horas completas para trabajar, lo que tanto él había solicitado, había trabajado fatal.
—Hey, Terruce, te buscan.— Anthony, su compañero lo sacó de sus pensamientos.
—¿Quién es?— Preguntó con poco o ningún interés, echando su bandeja de comida hacia un lado y echándose hacia atrás en la butaca de la salita de descanso de empleados.
—No lo sé, preguntó por "Grand", asumí que ese eres tú, ¿no?
—¡Candy!— Exclamó y se paró como un resorte, agradeció que su tiempo de descanso estuviera casi completo.
Caminó hasta la mesa en donde se encontraba Candy sentadita, esperándolo ansiosa.
—¡Candy! ¿Qué haces aquí? ¿Pasó algo?
—No, todavía no...— Bajó la cabeza.
—¿Sabe tu familia que estás aquí?— Terry miró el reloj, eran las ocho de la noche y su turno terminaba a las diez.
—No... escapé otra vez.— Dijo titubeando, esperando la regañiza de Terry.
—¿Qué? Pero niña, ¿es que no escarmientas? ¿Cómo llegaste aquí?
—Llamé a un taxi...
—¡Ah qué bueno! Porque ahora te llamaré otro para que te regrese a casa.
—Grand... yo sólo necesitaba estar contigo un rato...
Las dos lágrimas que acompañaron esa declaración dejaron a Terry hecho nada, derretido a sus pies. Con todo su mundo del revés. Candy había llegado para desordenarlo todo.
—Terruce...
—Sí, voy ahora, señor Hathaway, sólo déjeme pedir un taxi para...
—No, muchacho. Puedes irte. Se ha roto una tubería y estamos evacuando el restaurant...
Fue la mejor noticia que Terry pudo haber escuchado jamás. Se llevó a Candy afuera, hasta el estacionamiento.
—Candy, ¿qué diablos voy hacer contigo?— Dijo suspirando, pegándola a él de pronto, abrazándola fuerte contra su cuerpo caliente.
—Terry...
—Dime...
—Ya dejé a Neil... ¿ahora sí me das mi beso?
La respiración de Terry se aceleró violentamente, como si el novato fuera él. Ahí estaba ella, frente a él, con sus ojitos siempre perdidos, pero que hablaban solos, con su carita de ángel y su boquita anhelante, el viento de la noche hacía bailar sus bucles, era como si ella hubiera salido de algún cuento, de algún loco sueño.
Se inclinó hacia su rostro, delicadamente, tomó su mentón entre su mano, apoyando sus dedos índice y pulgar en él y rozó sus labios con los suyos, suavemente y al sentir su temblor, las palpitaciones de su corazoncito desbocado y ese cuerpecito inquieto pegado al suyo, se rindió.
Besó sus labios poco a poco, rozándolos, succionándolos mientras que la respiración de Candy se hacía más pesada, entonces, de a poco, fue abriéndose paso en su boca, ella abrió la suya un poco, para darle espacio a su lengua.
—Déjate guiar...— Le susurró con el poco aliento que le quedaba.
Suavemente, comenzó acariciar su lengüita con la suya, llevándola en un ritmo tierno y candente a la vez. Ella era adictiva. Era la primera vez que Terry besaba a una chica de esa manera, con tanta dulzura, dando paso a su deseo sin romper el encanto de la inocencia.
Cuando soltó sus labios, ya rojitos, como tantas veces él había imaginado, se escuchó como música del cielo el sonido que hicieron al despegarse.
Él abrió los ojos y se encontró con su carita mojada. Se asustó.
—Candy... ¿no te gustó?— Le preguntó angustiado.
—No... no es eso. Es que era así como siempre lo quise.
Terry se conmovió profundamente. La acercó un poco más hacia él y besó sus ojos húmedos una vez más.
—Pues aún quedan muchísimos más así, para ti.— Iba abrirle la puerta del pasajero para devolverla a casa, aún cuando su deseo más ferviente era llevársela con él.
—¡Candy!
La llamó su madre, rompiendo con el encanto del momento. Llegó con la policía.
Continuará...
¡Hola!
Bueno chicas, ya la besó... ¿y ahora? Gracias a las que dejaron sus canciones, hasta me dan ganas de llorar el impacto que ha tenido esta historia en ustedes, incluso mi esposo dice estar enamorado de ésta Candy y se ha autoproclamado mi fan #1. Cada vez que escribo un capítulo, me hace leérselo. Sí, porque a él no le gusta leer, me obliga a mí a leerle.
Ésta historia surgió de repente, como si un duende hubiera puesto la idea en mi mente de pronto.
Gracias por comentar: CONNY DE G, Candice Graham, Cyt, Tsubaki Hyuga, norma Rodriguez, naila, Rose De Grandchester, elisablue85, dulce lu, normaangelica. zamoramartinez, Guest, Skarllet northman, Maride de Grand, Oh Ha Ni, Laura GrandChester, Zafiro Azul Cielo 1313, vero, gatita, luz rico, Guest 8P, Ailizzzz G, Soadora, Belen Inhuman, Luisa, LizCarter, Dali, mepi, Mirna
Las quiero, princesas
Wendy
