Los ojos del alma

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 8 Un héroe celoso


El instinto asesino de Terry se había despertado por completo. Se había alegrado de verla reir, de ver un atisbo de alegría, pero eso era muy distinto a verla abrazando a aquél idiota y que luego patinaran de la mano como si fuera lo más natural del mundo.

Sentía tanta rabia, experimentaba por primera vez lo torturante que pueden llegar a ser los celos. Su mandíbula estaba apretada, los puños encerrados, haciendo que se notasen más las venas de los músculos de sus brazos fuertes y su sien izquierda latía.

Desde el primer beso que le diera, él la había sentido suya, la quiso suya. Y ahora pagaba el precio por no sincerarse a tiempo. Pero lo de él tenía una explicación... ¿ella qué excusa tenía para andar abrazando y tomando la mano de ese...?

Iba acercarse a ella, con toda su furia latiendo, pero cuánto más cerca estaba, más notaba su risa, no paraba de reir de lo que fuera que el idiota le estuviera contando. Sintió una punzada de dolor y remordimiento. Hace unas horas, él la había hecho llorar y aquél la estaba haciendo reir. Se sintió bien fea la derrota. Tanto, que se dio la vuelta para marcharse.

—¡Hey! ¿A dónde piensas que vas?— Terry se giró desconcertado.

—¿Disculpa?— Preguntó perdido y luego reconoció a su emisora.

—¿Creías que podías lastimar a mi hermana y salir ileso?— Le lanzó un puñetazo en la cara, no le dolió mucho, pero sí lo sorprendió. Sólo el golpe trajo la atención de Candy y compañía.

—No fue a propósito... yo quise explicarle, pero ella...

—¿Pensaste que podías engañarla, no? Pues fíjate que ella es ciega, pero no tonta.

—¡No la engañé! Fue sólo que...

—Annie... ¿qué pasa?— Preguntó Candy nerviosa, pero había reconocido la voz de Terry, incluso percibía su olor único. Cuando Terry la vio ahí, tan cerca, todo se le paralizó, ambas almas latían por la otra, pero había también un gran orgullo herido poniendo una barrera entre los dos.

—Nada, Candy. Aquí Grand quería saber cómo estabas... y ha comprobado que estás mejor que nunca, ¿verdad?

—¡Sí! Y no te quiere para nada.— Añadió Patty, mientras que Candy luchaba con todas sus fuerzas para no llorar. Archie le tomó la mano, aunque no tenía ni idea de lo que pasaba.

Terry miró a Candy con mucho rencor, estaba tentado a partirle la cara a ese fulano por cada segundo que su mano seguía entrelazada a la de Candy.

—Pero no te quedes callada, Candy, vamos, preséntale a tu novio.— Cuando Annie dijo eso, la carita de Candy se desfiguró, pero la de Terry... esa había que grabarla. Los celos, la rabia y el odio contenían imágenes de Terry si buscabas esas palabras en el diccionario.

—¿Novio?— Preguntó Candy perdida.

—Claro, Archie, tu novio...— Le dio un codazo a Candy para que pillara la maldad.

—¿Yo?— Preguntó Archie igual de perdido.

—Sí. Tú.— Annie sonrió con los dientes apretados y le dio un codazo a ver si lo pillaba.

—Pero... ¿no van a darse un beso?— A Patty se le fue la mano con eso y Candy sintió que iba a desmayarse. Terry se quedó mirándola a ella y a su supuesto novio como si los desafiara.

—¡Por supuesto que habrá beso! Vamos, chicos, demuestren que el amor vive...— Annie los codeó a ambos para que reaccionaran. Lo cierto era que Archie estaba más perdido que un cangrejo bizco y Candy estaba asustada, a pesar de que nada le gustaría más que vengarse de Terry, no le apetecía entrar en ese juego.

—¿Qué esperas para besarla, imbécil?— Le susurró Annie a Archie con una sonrisa apretada mientras disfrutaba de lo mal que se la estaba pasando Terry.

Archie se acercó a Candy, nervioso, pero ella no puso objeción, se fue acercando lentamente a sus labios y cuando estuvo a punto de besarlos... ¡Plaf!— Lo que el pobre e inocente Archie besó fue el puño de Terry.

—Te atreves a besarla y te mato a golpes...— Lo sostuvo por el cuello de la camisa, destilando rabia.

—Pues ve ensayando.— ¡Plaf!— Archie le devolvió el puñetazo.

La situación se había salido de control. Candy estaba asustada y desesperada, algunos curiosos miraban la pelea y Annie se arrepintió de lo que había provocado.

—¡Ya! ¡Basta! ¿Por qué me hacen ésto?— Les gritó Candy a todos, llorando, con dolor y cierto rencor. Terry detuvo en el aire el próximo puñetazo que le daría a Archie. Se quedó mirando a Candy y como siempre... su mundo se paró en ese instante en que veía a los ojitos verdes perdidos y llenos de lágrimas. La distracción le valió un puñetazo inesperado por parte de Archie.

—No sé qué le habrás hecho, pero no dejaré que te burles de ella...

—¡Tú no sabes nada! Y más te vale que te apartes porque si no...— Ya le había dado otro puñetazo, pero lo soltó cuando miró la desesperación en Candy y en sus propias hermanas.

—Candy... sólo quiero hablar contigo un momento, por favor...

—¡No tengo nada que hablar contigo! ¿Por qué no te vas con tu novia? ¡Déjame en paz!

—Candy... puedo explicarte...

—¡Tuviste un mes para hacerlo! Ahora es tarde y yo no quiero escucharte más. ¡Te odio!

Esa última expresión se llevó un pedazo del corazón de Terry. Ella lo odiaba y nada podía dolerle más que eso.

—Ya la oíste, amigo. Y lo siento mucho, pero a rey muerto... rey puesto.— Terry quiso estrangular a Annie y ella lo percibió, le dio una sonrisa macabra y triunfal.

—Vámonos, Candy...— Archie le fue a tomar la mano para llevársela, pero a penas llegaron a rozarse sus manos cuando...

—No te la llevas a ninguna parte hasta que yo hable con ella.— La jaló hacia él por un bracito, haciendo que tropezara con su cuerpo grande y fuerte y que la invadiera aquél calor abrasador que la envolvía cuando lo tenía cerca.

—¡Que no quiero hablar contigo! ¿No entiendes que te odio?

—Lo sé, sé lo que debes pensar, pero por lo menos...

—¡Piérdete con tu estúpida novia!— Le gritó lanzando un puñetazo, pero Terry detuvo su puñito en el aire.

—Sólo unos minutos, Candy. Sólo eso, por favor...— Le suplicó con un nudo dificultando su voz.

—Está bien...

—¡Candy!— Le reclamó Annie por su acto de debilidad.

—Dije que está bien, Annie.— Contestó con firmeza y sus hermanas y Archie se alejaron.

—Comienza hablar porque no tengo toda la noche.— Lo apresuró ella al incomodarse por el prolongado silencio.

—¡Claro! ¿Tienes prisa por volver con tu novio, no?— La atrajo hacia él con fuerza, sus brazos poderosos aprisionando su pequeña cintura. Estaban tan cerca que el aire olía a pura pasión.

—¿Y tú qué tienes que reclamar? Al menos yo sí estoy libre de estar con quien quiera...

—Y encontraste reemplazo muy pronto... seguro que debes estar muy dolida, ¡cómo no!

—¿Para eso me querías? ¿Para predicar la moral en tus calzones? ¿Eh? ¡Mentiroso!— Le espetó soltándose de su posesivo agarre, dispuesta a irse. Terry la giró fuertemente, amarrándola nuevamente en sus brazos. El calor de la rabia y la pasión que residía en ambos era asfixiante en esa corta distancia... o mejor dicho, en ningua distancia.

—Yo no te mentí, Candy. Nunca...

—No, es verdad. No mentiste. Sólo te quedaste callado a conveniencia...

—¡Tampoco!— Se defendió, volviendo su amarre más fuerte, muriendo por besarla otra vez.

—Candy, tú apareciste así, sin ningún aviso y yo... no quise involucrarme. Yo lo único que quería era protegerte, pero nunca pensé que... que me enamoraría de ti... y entonces tuve mucho miedo de que te alejaras... porque tú... eres tan inocente y tan tierna y pensé que no entenderías mis problemas, lo que yo soy...

—Y decidiste engañarme. Engañarnos a las dos...— Dijo muy suave, analizando cada palabra, llorando con amargura.

—No. Yo nunca tuve intención de engañarte, cieguita, lo juro...

—¡Pero lo hiciste! ¡Y no me vuelvas a llamar así!

—Lo siento.— Dijo suspirando grueso, sin saber ya qué hacer.

—Eliza era una novia que he tenido desde que tengo memoria... pero las cosas ya no eran como antes... ella se fue a España hace seis meses y yo tenía más de dos meses sin saber de ella. Ni una llamada, nada...

—Y te desquitaste conmigo. ¡Me usaste!— Le gritó con frustración.

—¡No! Déjame terminar, por favor... luego ya decidirás si me perdonas o no... Ven, siéntate.— Se sentaron en un banco.

—Tras dos meses sin saber de ella, yo la di por perdida. No lo habíamos hablado, pero yo lo asumí. Ella se fue en busca de una vida mejor, de cambios y con su ausencia, yo asumí que yo era uno de esos cambios que ella buscaba, así que entendí que fue su manera de dejarme y todo eso fue incluso antes de conocerte a ti. No tiene que ver contigo, Candy.

—No te creo... ¡No me vas a convencer!

—Es la verdad, cieguita...

—¡Que no me llames así!— En sus ojos había dolor y cierta nostalgia, le dolía que él siguiera llamándola así, porque eso significaba una confianza que ya se había perdido.

—Yo te hacía diferente... tú no eres ningún héroe ni nada...

—Yo nunca te dije que lo fuera, Candy. Yo sólo soy un hombre normal, con muchos defectos y muchos demonios, pero te quiero mucho, te lo juro.— La miró a los ojos y le limpió las lágrimas, la tentación de besarla era muy grande.

—Yo ya no confío en ti, Grand. ¡Eres igual a Neil!—Le espetó y se puso de pie. A Terry le supo a mierda esa comparación. Se le fue la ternura y lo abrasó la rabia una vez más.

—¡A mí no me compares con esa basura jamás! Yo nunca, nunca te haría daño de la forma en que él lo hizo.— Su mirada clavada en ella destilaba fuego, un fuego que la consumía aunque ella no pudiera verlo. Las llamas de su cercanía en ese abrazo posesivo que la envolvía otra vez. Haciéndola sentir más pequeña y vulnerable, tan suya, inevitablemente. Pero recordar su engaño era algo que podía más que ella.

— Pero tú también me traicionaste... y me arrepiento de todos los besos que te di. ¡No te los mereces!— Se safó de sus brazos, quería huir de las ganas traicioneras de querer quedarse ahí por siempre, en esos brazos que la envolvían y la protegían.

—En ese caso, permíteme que te haga un reembolso.

La jaló hacia él nuevamente y sin ningún miramiento, la comenzó a besar. Con furia y ganas, dejando de lado la ternura habitual con que antes lo había hecho. Candy forcejeaba contra él y golpeaba su pecho, pero sus labios no se apartaban, lo seguían en el ritmo. Su cerebro quería pelear contra esa debilidad, pero su corazón era un contrincante muy fuerte.

—Voy a devolverte cada uno con creces.— Le advirtió con la voz ronca y acortada, la sujetó contra una pared y le agarró las manos hacia arriba, impidiéndole luchar.

Eran los besos más salvajes que Candy había recibido en su vida, pero eran salvajemente deliciosos. No quería luchar contra eso, no quería, pero sentía que debía.

—¡Suéltame!— Lo empujó y se limpió su saliba con desprecio, un desprecio que estaba muy lejos de sentir.

—¿Por qué? ¿A caso quieres probar con el idiota aquél? ¿A él sí quieres besarlo, no?

—¡Qué te importa!

—¡Me importa! Y no voy a dejarte en paz para que te vayas con él. Tú querías estar conmigo, querías mis besos, pues ahora son tuyos.— La volvió a besar sin importarle sus protestas, su lucha. No podía parar de hacerlo. Sus manos posesivas en su cintura, los brazos de ella rendidos en su pecho y ese beso... uno de esos besos que lo pueden todo.

—¡Ya! No sigas... ¡yo no te quiero!— Fue su manera de acabar con el encanto. Es que aunque se perdía en sus labios, recordaba que también Eliza lo había besado y eso le suponía un mal sabor.

—¿No me quieres? ¿Estás segura?

—¡Te odio!

—Pues no me lo parece. Tú eres mía, cieguita. Lo quieras o no.

—No soy tuya ni de nadie. No dejaré que me engañes otra vez o que me lastimes.

—Eso no sucederá, Candy. Yo te quiero. ¿Qué hago para que me perdones? ¿Para que confíes en mí otra vez?— Le tomó el rostro desesperado. Él que ella ya no se sintiera segura con él lo torturaba y sobre todo, saber que había otro rondándola, cerca de ella en un momento de vulnerabilidad. Eso lo volvía loco.

—No quiero que hagas nada. Tú ya me perdiste y yo ya no te puedo querer otra vez.

—Amigo, se te acabó el saldo. Candy, ya es tarde, vámonos a casa.

Apareció a Annie y Candy se iba, dejándolo atrás, con la incertidumbre. A mitad de camino, él la jaló suavemente por un brazo.

—Lo siento mucho, Candy. Si me necesitas alguna vez, estaré siempre para ti. Sólo llámame y yo iré por ti. No importa la hora que sea, ni lo que esté haciendo, tu héroe irá por ti.

Le dejó un beso suave en los labios y la dejó partir. Su corazón roto. Él jamás volvería a ser el mismo.

...

Había pasado una semana. Candy estaba totalmente apagada. Asistía a clases y sólo ahí conseguía algo de sociego.

—Estoy segura de que tu pintura ganará.— Le dijo la señorita Pony.

—¿Usted cree? Yo espero haberlo captado todo en mi imaginación...

—Pues tienes una imaginación privilegiada, niña. Esos ojos parecen que realmente estuvieran mirando.— Dijo su maestra señalando a los ojos del protagonista de la pintura de Candy.

—Y su pelo... parece que realmente se está moviendo con el viento. ¡Wow! Los efectos que usaste para crear el cielo en plena tormenta... son simplemente increíbles...

—Aún quedan algunos detalles...

—Pero ya eso será mañana, Candy. Es hora de irnos.

Candy deseaba que el horario escolar durara más. Estar en casa era una tortura. No había mucho que ella pudiera hacer allí encerrada, excepto recordar a Terry y llorar.

Se dirigía a casa caminando, se estaba acostumbrando otra vez a eso luego de que Terry fielmente la recogiera a las tres de la tarde. Lo comenzó a recordar inevitablemente. Siempre esperándola a fuera, puntual, de pie junto a su auto y sonriéndole aunque ella no pudiera verlo.

Un bocinazo la asustó y la distrajo de sus recuerdos. Ignoró el sonido y siguió caminando, pero mientras más avanzaba, más sentía el auto acercarse a ella.

—¿Necesitas un aventón?— Le gritó bajando el cristal.

Su corazón de detuvo en ese instante y luego latió con más vigor. Escuchó la puerta del auto abrirse y luego cerrarse. Se estaba acercando peligrosamente a ella.

Continuará...


¡Hola!

Espero que les haya gustado... ya pronto iremos avanzando con otros acontecimientos interesantes.

Gracias por leer y por tus comentarios:

dulce lu, gatita, Luisa, CONNY DE G, LizCarter, Maria De Jesus L H, LUCYLUZ, Eri, norma Rodriguez, Laura GrandChester, skarllet northman, normaangelica. zamoramartinez, elisablue85, Azukrita, Rose De Grandchester, Betk Grandchester, Maride de Grand, Oh Ha Ni, Dali, Guest

Un beso,

Wendy