Los ojos del alma

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 9 Volviendo a empezar


Su corazón se aceleraba más y más, siempre era así, se sentía a falta de aire, su olor lo llenaba todo.

—Grand...— Murmuró sorprendida y con poca voz, cada poro de su cuerpo latía, la emoción de sentirlo cerca otra vez hacía que su enfado disminuyera un poco, pero sólo un poco.

—Vine a cumplirte el paseo que te prometí hace mucho.— Le sonrió y fue una lástima que ella no haya podido apreciar esa sonrisa ladeada tan suya, era el tipo de sonrisa que su hermana Annie catalogaba como mojabragas.

—Pues llegas tarde. No quiero nada que ver con un mentiroso como tú.— Le respondió ácidamente y se puso en marcha, ignorándolo.

—Candy, ya no sigas con eso. Te he dejado en paz toda una semana, pero ya es momento de que hablemos. No podemos dejarlo así...

—Ya lo que hiciste está hecho y nada de lo que tú me digas va a cambiarlo. Eres un mentiroso, mujeriego y un patán y por favor, apártate que llevo prisa.

Él tenía una mezcla de frustración con diversión, era un encanto enojada y él siempre procuraba ponerla en ese estado a menudo. No se apartó ni un milímetro, sino que la jaló hacia él para que detuviera la marcha.

—Pues yo te llevaré.

—¡No! ¿Que no entiendes que no me interesas? ¡Se acabó! No quiero nada contigo.— Se lo dijo a gritos, desesperada y con dolor, también le dolió a él.

—¡Muy bien! Pero te llevaré a casa de todas formas. No te dejaré caminar sola por ahí.

—Antes de ti lo he hecho todo el tiempo y hasta ahora no me he muerto, así que ahórrate la molestia.— Lo buscó a tientas y lo empujó.

—Pues yo sólo hago mi trabajo. Soy tu chofer, ¿lo recuerdas?

—¡Ay por favor! Déjate de baboserías.

—Tenemos un contrato. Lo personal no debe mezclarse con el trabajo y si me despides sin justificación te demandaré.— La amenazó y ella puso los ojos en blanco y negó varias veces con la cabeza, no pudiendo creer lo absurdo que era Terry.

—Te mandaré tu liquidación por correo. Hoy tómate el día libre, tu novia me lo agradecerá.— Ella también sabía jugar ese juego y sobre todo, manejar bien el sarcasmo. A Terry le fascinó ese desafío.

—Sabes, estoy en ley de quiebra, sería muy bueno que me dieras mi liquidación ahora.

Y sin más, la acorraló en la puerta de su auto y se cobró cada desplante a besos.

—Suél...— Lo empujó por un segundo, pero su boca ávida la volvió atrapar.

Terry la besaba como si siempre fuera la última vez que tendría la oportunidad de hacerlo. Empezó violento, pero una vez ella fue cediendo y rindiéndose, el beso volvió a la ternura que ella admiraba en él. Sus manos que antes sujetaban sus brazos firmemente para que no escapara, ahora estaban suavemente en su estrecha cintura y los brazos de ella que segundos antes lo manoteaban, lo abrazaban. Mientras se besaban, ella lloraba.

—Deja que te explique cómo pasó todo, por favor.

—Grand, yo...

—Por favor... déjame intentar ganarte una vez más.— Colocó ambas manos en el capó del auto, clausurando a Candy entre el auto y su cuerpo mientras besaba los ojos que tanto adoraba.

—En casa me deben estar esperando...— Intentó usarlo como excusa.

—Annie sabe que vienes conmigo.— La desconcertó y le descalificó la excusa.

—¿Annie?

—Sí. Después te cuento. Ven...— Suspirando, ella tomó su mano y él la condujo hasta el asiento del pasajero.

—¡Ay! Creo que me senté sobre algo...— Se levantó un momento, sacando lo que le impidió sentarse.

—Oh, lo olvidaba, es para ti.

Ella comenzó a explorar con sus manos lo que había agarrado y se dio cuenta que era un peluche.

—Es una monita. Igual a la de tu playera. No me creerás todos los artículos que vienen de ella.

Terry la miraba con atención y le hablaba sonriente, esperando que a ella le gustase ese detalle.

—¿No te gusta...?

—No... bueno, sí. Pero es que recuerdo que tú me llamaste mono... y ya entonces no me gusta.— Le reclamó con los cachetitos encendidos.

—No te llamé mono. Te llamé monito, un monito bonito y gracioso.— Le besó ambas mejillas y le apretó la naricita.

—¿A dónde vamos?— Le preguntó queriéndose mostrar objetiva y no que se estaba rindiendo a sus encantos.

—¿Te gustaría ir a Central Park?

—Me da igual.— Le respondió y cruzó los brazos. Terry respiró profundo y se puso en marcha. La miraba de reojo de vez en cuando y la pilló acariciando el peluche.

—Seguro que Lola se la pasará bien en Central Park. Hay muchos árboles.

—¿Lola?— Preguntó Candy perdida.

—Claro.

—¿Y esa quién es?

—La monita bonita que tienes en tus brazos.— Le contestó divertido, tomándola por el mentón por un segundo.

...

—Ya llegamos.— Se estacionó y apagó el motor. Se bajó para abrirle la puerta a Candy.

Caminaron de la mano hacia un banco solitario bajo un almendro. Algunas palomas caminaban sobre el área pavimentada comiendo migajas de pan o de cualquier sobra. Terry se sentó y la guió a ella para que hiciera lo mismo.

—Candy, antes que nada, quiero que sepas que nunca fue mi intención jugar contigo en ningún sentido. Yo no juego jamás, Candy.

—Pero lo hiciste conmigo... dicen que siempre hay una primera vez...— Su mirada se perdió en el vacío.

—No, cieguita. Yo no tuve tiempo de nada, tú sólo llegaste y mi única intención fue protegerte y no dejar que nadie te hiciera daño...

—Realmente nunca te gusté...— Se le hizo un nudo en la garganta cuando reconoció eso.

—Me gustaste desde el primer segundo en que te vi. Candy, tú eres tan hermosa que no pareces real.— Le tomó el rostro con dulzura y se topó con sus ojos aguados, reprimió el deseo enorme de besarla.

—Todos dicen eso. No tienen por qué tenerme lástima, de todas formas, mi ceguera nunca me permitirá ver lo fea que debo ser...

—Pues me alegro de que yo sí pueda ver porque me moriría si algún día no pudiera verte más. No te han mentido, Candy. Eres bellísima. Eres hermosa por fuera y por dentro y... me tienes a tus pies.— Se tomó la libertad de besarla, dejando de lado el miedo al rechazo. La besó muy tierno y prolongadamente, pero ella terminó el beso abruptamente.

—¿Por qué nunca me dijiste que tienes novia?— Terry tragó hondo. En el fondo, él tampoco sabía por qué no se lo contó.

—Por idiota, por inseguro y por miedo a alejarte. Pero también es que... yo me hice a la idea de que ya no tenía ninguna novia, tras el largo periodo que llevaba sin saber de ella, lo di por sentado. Pensé decírtelo muchas veces, pero... pensé que no tendría caso mencionarte una novia fantasma y además... yo no sabía que tú me llegarías a importar tanto...

—Yo tampoco pensé que me importarías, pero lo que nunca pensé fue que eras capaz de engañarme... de hecho... no quiero que me beses más...

—¿Por qué? Si cada segundo que pasa es lo único que quiero hacer.

—¡Porque tienes novia! ¿Por qué más sería?— Le gritó con rabia y las lágrimas le nublaron los ojos.

—Candy, tranquilízate. He insistido tanto en buscarte precisamente por eso, porque no tengo novia. Estoy libre y me gustaría...

—¿Libre? ¿Ella te dejó libre? ¡Ja!— Candy simplemente no podía creer lo absurdo que parecía todo.

—Fue así. Entre nosotros dos ya no quedaba nada, Candy. Sólo había una vieja costumbre. Decidimos terminar en acuerdo, no hay rencores... ni nada. Sólo somos amigos.

—No me creo eso, Terry... ¿dejarte ir así sin más? Yo ni loca haría eso. Tal vez esté planificando una vengaza por haberla engañado, tal vez...— Comenzó a especular Candy alarmada.

—Hey, hey. Calma. Eliza no es así, Candy. Si hay una persona en la que yo podría confiar a ciegas, es ella. Ella no sólo fue mi novia, fue mi amiga, mi hermana. Entre ella y yo hay un lazo muy fuerte y posiblemente eterno, pero...

—¿Y cómo fue que ese lazo tan fuerte se rompió? ¿A eso llamas amor?

—El lazo no se rompió, Candy. Es sólo que en la vida hay distintos lazos y él nuestro no era de amor. No de esa clase de amor.

—No entiendo nada. Para mí, un amor tan grande sólo debe sentirse una vez y no se anda quebrando sin razón, a menos que haya alguna traición...

—Exactamente. El amor llega, te lo encuentras así de pronto, no es que esté destinado como algunos dicen. Eliza... ella no llegó, ella siempre estuvo ahí, desde que tengo memoria. Hemos estado juntos desque andábamos en pañales. Vivimos muchas cosas maravillosas, no terminaría nunca si me propusiera mencionarlas y es posible que en algún momento, por fruto de tantos años, hayamos sentido algo muy parecido al amor. Pero hoy sé que no es amor.

Luego de eso, ambos se quedaron en silencio. Cada uno junto al otro, pero lejos. En sus propios pensamientos.

—¿Y cómo sabes que lo que sientes por mí sí es amor?

—Porque nunca se me había acelerado el corazón de esa manera cuando te vi la primera vez. Porque nunca había extrañado a alguien al punto de que me doliera el pecho. Nunca había besado a nadie de la forma en que te he besado a ti. No había conocido las ansias, la deseperación e incluso... los celos. Nunca mis estados de ánimo habían dependido de una persona. Hasta que llegaste tú. Y es amor, porque es algo que va más allá de lo físico, algo que te hace sentir invencible, y ni siquiera ves barreras...

—¿Te refieres a las limitaciones de mi ceguera?— Le preguntó llorando, en parte era la emoción de su declaración.

—No me importaría ser tus ojos para siempre. Mientras tu alma me siga viendo como me vio desde el principio. Tan transparente... sólo tú podrías pensar que yo soy un héroe.

—Porque lo eres. Tú me salvaste de Neil... y de mi propia familia.

—Y lo seguiré haciendo si tú me lo permites. Sólo dame otra oportunidad. Te prometo que ésta vez no te fallaré...

Se besaron una vez más. Candy se rindió al almor que sentía por él y al que sentía llegarle de él. Se recostó, quedando cobijada en sus brazos.

—Me gusta estar así contigo. Eres tan... cómodo... y yo quepo perfectamente. Podría quedarme aquí por siempre.

—Yo también quise parar el tiempo la primera vez que te tuve así. Te adoro, cieguita.— La apretó fuerte contra él.

—Grand...

—Dime.

—Háblame de ti.— Se puso nervioso y tenso. Siempre hablar de sí mismo le ponía incómodo.

—¿Qué quieres saber?

—Todo. No quiero que haya más secretos ni medias verdades entre los dos...

—Vale... ¿por dónde quieres que empiece?— Dio un profundo suspiro y le besó el pelo antes de volverla abrazar fuerte y dejarla acomodada en su cuerpo.

—De tu familia... si tienes hermanos... tu papá...

—Sólo somos mi madre y yo.— Respondió más seco de lo que se propuso.

—Pero de seguro debes...

—No tengo papá.

—¿No? ...¿se murió?

—Para mí sí.— La rabia era casi palpable, al igual que el dolor que opacó el brillo de esos ojos azules hermosos, el único rasgo que tenía de su madre, porque el resto era puro Richard Grandchester.

—Si te incomodan mis preguntas... sólo dímelo... entiendo que hay cosas que son privadas y...

—Hay muchas cosas que te tengo que contar, Candy, pero son demasiado para un día... sólo tenme un poquito de paciencia... no es fácil para mí. No soy un ángel, ni un héroe como tú piensas... yo estoy lleno de demonios... demonios que no quisiera que tú conozcas...

—No lo creo. Tú eres como el cielo... y yo me siento precisamente ahí cuando estoy contigo.

—Del cielo fueron antes los ángeles caídos...

—Lo que no quiero es tener que enterarme por terceros, Grand o de una forma no muy agradable, como lo de tu novia...

—Lo sé. Eso no se repetirá otra vez. Sólo un poquito de tiempo y te juro que te lo contaré todo... ahora... háblame de ti.

—Pero yo aún no termino contigo...

—Háblame de tus sueños, de lo que te gusta...— La desvió del asunto de su familia a propósito.

La rodeó con sus brazos y le besó el pelo y el cuello. Ella se extremeció y se revolvió más contra su cuerpo.

—Me gusta mucho leer... bueno, pero eso ya lo sabes. También me gusta escribir... lo hago a mano, porque... bueno, ya sabes que es imposible en una computadora...

—¿No las hay para...?

—Sí... pero ya te imaginarás cuánto cuestan... También me gusta pintar... mi maestra ha querido alentarme para vender mis obras, pero...— Su carita hizo un gesto de no estar muy convencida.

—¿Pero?— Insistió él.

—No creo que sean suficientemente buenas como para que... vayan a una galería...

—De seguro deben ser asombrosas si tu propia maestra te lo dice. Tienes que creer más en ti. Estás llena de talentos.

—Bueno... Annie hace muchas bromas sobre ello, dice que estamos pobres porque queremos...

—Y por primera vez concuerdo con ella. Debes exprimir tus habilidades.

—Pues sí... hasta había pensado en publicar un libro...

—¡Genial! Podrías hacer otra versión de El Piratita y...

—¡El Principito!

—Bueno, eso. Pero con mejores dibujos, porque déjame decirte que las ilustraciones daban pena...

—Jajajaja. Yo no las he visto, pero eso han dicho.

Su risa hizo que de pronto el mundo de Terry se parara. Era la primera vez que la escuchaba reir en todo el rato. Se quedó mirándola embobado.

—Sabes... plantaré un arbolito de los deseos para que se te cumplan todos tus sueños.— Le dijo mirándola divertido.

—Si fuera así de fácil... ¿ya conseguiste al menos las semillas?

—¡Claro! Y justo sé dónde lo plantaré.

—¿Dónde?

—Aquí. Justo aquí en éste huequito de tu mejilla.— Le besó el hoyuelo que se formaba en su mejilla izquierda cada vez que hablaba o reía. Le hizo cosquillas para empaparse más con su risa.

—Jajajajaja. ¡Ya!— Le suplicó mientras reía hasta las lágrimas.

—Candy...

—¿Qué?— Le respondió mientras intentaba recuperar la respiración normal por tantas cosquillas.

—Hace un tiempo te he querido preguntar... ¿tú naciste cieguita o... te pasó algo?

Continuará...


¡Hola! Espero que les haya gustado, ya nos volamos la primera etapa, gracias a todas las que me han acompañado desde el principio y a las que se han unido recientemente.

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Maride, Where were you yesterday?


Hasta pronto,

Wendy