Los ojos del alma

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 11 Heridas del alma


Terry no respondió a la pregunta del señor, pensó que era obvio hacerlo, dado a que su credencial indicaba su nombre, no habría que ser un genio para averiguarlo.

—Terruce...— Volvió a murmurar el señor de unos cuarenta años, alto y elegante, vestido de traje, pelo oscuro y ojos marrones, unas canas se asomaban por sus sienes.

—¿Lo conoces, papá?— Preguntó Susana intrigada y molesta. Terry le dio una mirada al señor, sonriendo irónico y levantando una ceja, esperando a ver qué le respondía a su curiosa y odiosa hija.

—Richard, ¿qué es lo que sucede? Llevo rato esperándolos en la mesa.

Al parecer, la esposa del señor se sumó a la fila, era impaciente y odiosa como la hija.

—Nada, mami. Un mal rato por los ineptos que contratan aquí. ¿Qué no saben que su trabajo es servirnos?— Susana miró a Terry con intención.

—Pues si tan superior se siente, ¿por qué tanto empeño en pagar con un cupón una simple orden de siete dólares?

—¡Terruce!— Intervino el señor Hathaway volviéndose blanco como un papel.

—¿Cómo se atreve?— Se indignó la madre de la joven arpía, una mujer baja y rechoncha que trataba de controlar a otro niño obeso de unos diez años, al parecer, el hijo menor.

—Señora, si no tienen el dinero, no hay problema, yo lo pagaré, pero por favor, denos chance de ordenar, ¿no?— Terry tuvo que reprimir una carcajada ante lo que dijo el cliente de atrás, haciendo que la cara de cerdo de la señora hirviera de coraje.

—¿Y usted? ¿Dejará que su empleado nos falte el respeto así?— El señor Hathaway estaba entre la espada y la pared, aunque entendía la posición de Terry, lo que había hecho estaba mal, con el hecho de que el cliente siempre tenía la razón.

—Terruce, acompáñame a mi oficina...— Le dijo finalmente lleno de pena.

—¡No!— Intervino el señor, ambos, Terry y Hathaway se voltearon a encararlo.

—¿Disculpe?

—No tiene que amonestar al empleado por un malentendido...

—¿Malentendido? Papá, ¿a caso no viste que...?

—¡Susana!— Le habló fuerte y la detuvo en seco. Su madre iba a intervenir, pero el cerdito de su hijo estaba a punto de derribar un súper héroe de cartón que promocionaba las ofertas infantiles, desviando su atención.

—No se preocupe, señor, yo reconozco mis culpas y mis responsabilidades.— Le dijo Terry y siguió al señor Hathaway hasta la oficina.

—¿Te has vuelto loco? ¿Cómo se te ocurre contestarle así a un cliente?

—¿Tiene idea de todo lo que aguanté a la tipita esa?

—Entiendo, pero es una clienta, recuerda que son los clientes los que pagan tu sueldo y si se queja con las oficinas centrales... Terruce, yo quiero promoverte a la posición de entrenador para que luego pases a gerencial, pero si no cooperas...

—¿Va a redactar mi amonestación?— Lo apresuró para salir de aquél trago amargo rápido.

—¡Claro que no! Pero lo que importa es que ellos piensen que sí.

Unos cinco minutos después Terry volvió a su lugar de trabajo, con una sonrisa de oreja a oreja, en señal de triunfo. Para cuando lo hizo, ya la hamburguesa que había pedido Susana junto con el resto de su orden estaba lista. Decidió llevársela él mismo a la mesa, quería verles las caras a esa familia.

—Disculpen la espera, aquí está su órden...— Sonriente, les colocó la bandeja en la mesa, le gustó al forma en que todos lo miraban perplejos, en especial Richard. El regordete jaló la bandeja por berrinche, echándose el batido encima.

—¡Dios! ¿Es que no podía ponerle una tapa a esa cosa?

—Oh, lo siento, pero sólo se le pone tapa si al orden es para llevar... o si... el cliente lo solicita...— Respondió fingiendo pesar.

—¡Ésto es insólito! Deme su nombre completo. Llamaré ahora mismo a su supervisor. Lo conozco, ¿sabe?

—No tengo duda. Pero, sabe, pregúntele a su esposo cómo me llamo... tal vez él todavía recuerda quién soy.

Richard sufrió un ataque de tos en ese momento, la cara de la señora se quería caer ante la impertinencia de Terry.

—¿Richard?— La cerda esperaba impaciente una explicación.

—Él es Terruce... Terruce Grandchester, es mi hijo.

Los ojos de la esposa se querían salir, Susana se atragantó con la hamburguesa y el regordete le mostró contento un pequeño helicóptero que vino en su comida feliz, Terry supo que tenía retrazo, pero fue el que más amable se mostró.

—¿Tu... tu hi... hijo?— La señora tartamudeó.

—¿Él es mi hermano?— Susana lo señaló con desprecio, Terry ya estaba acostumbrado, sólo disfrutaba de la comedia.

—¿Cómo es que nunca supe que tenías un hijo?— Le reclamó furiosa su esposa.

—Yo llevo veintiún años preguntándome lo mismo, señora, sabe.— A pesar de su sarcasmo, había mucha rabia y rencor en su tono.

—Sé que tienen muchas preguntas, pero por favor, éste no es el momento ni el lugar... Vámonos a casa y ahí les explicaré todo.

Terry puso los ojos en blanco y se volvió para retirarse.

—¡Terruce! No te vayas... también quisiera hablar contigo...

—Lo siento, señor, pero mi turno no termina hasta las doce.— Se volvió una vez más para regresar a su puesto.

—¡Te esperaremos!— Se apresuró en contestar Richard.

—Estaré muy cansado para entonces.

—¿Cuándo podremos hablar?— Richard se puso de pie, colocándole una mano en el hombro, algo desesperado.

—Pues... déjeme pensar... ¿qué tal dentro de veinte años más?

Se quitó la mano de su padre del hombro con desprecio y volvió a trabajar. Terminó ese turno como un robot, sin hacer contacto directo con ningún cliente, trabajó rápido e incluso, ayudó a varios de sus compañeros con la limpieza para el cierre de tienda, de todo para no pensar en lo que acababa de suceder. Eran la una y treinta de la madrugada para cuando por fin pudo salir.

Caminó hasta su auto sigiloso, pidiendo a Dios que su padre no estuviera esperándolo en algún rincón. Por fortuna, no fue así. Entró en el auto y antes de cerrar la puerta y encender el motor, se quedó pensativo unos instantes. Golpeó el volante con rabia, la fuerza del impacto hizo que cayera a su regazo una foto de Candy que tenía sujeta en una de las viceras. Sonrió contemplándola, con un gorrito de invierno rosa, abrigo grueso y guantes rosas, su pelo suelto y ella sonriendo alegre al lado de un muñeco de nieve que había hecho. Deseó que no fuera tan tarde para poder llamarla y que ella le diera con su inocencia y su alegría un pedacito de paz, que anulara por un rato la fealdad y los demonios de su mundo.

Cuando llegó a la casa, besó a su madre que se había quedado dormida en el sofá, siempre insistía en esperarlo.

—Mamá, ya llegué.— La despertó con cariño.

—Terry... mira nada más, ¿te dejaron pegado?

—Hubo mucho trabajo...— Le contestó suspirando, no quiso angustiarla con lo ocurrido con su padre. Cada uno se dirigió a su habitación.

No podía dormir bien. El asunto de su padre le daba muchas vueltas en la cabeza, no quería que ahora llegara a sus vidas a fastidiar luego de tanta ausencia. Realmente no lo quería en su vida, ni a él ni a su odiosa familia. Sabía que necesitaba dormir, le había prometido a Candy pasear el domingo con ella. Pensar en ella le dio paz e hizo que por fin conciliara el sueño.

...

—Candy, pero si son a penas las nueve... ¿No es al mediodía que Grand vendrá por ti?— Le dijo Annie bostezando.

—Por eso mismo. Necesito que me arregles... que me peines y que me pintes las uñas...—Annie le sonrió, a pesar de su inmensa tristeza.

—Candy, nena, ¿por qué no le dices a Patty? Yo no me siento bien...— Candy se perdió la mirada perdida y dolorosa de Annie. A parte del dolor físico que había dejado esa decisión, estaba súper deprimida. La conciencia le pinchaba y lejos de solucionar su problema, se sentía vacía, pero ya no había vuelta atrás, tendría que vivir con ello cada día de su vida.

—Bueno, espero que te mejores pronto.— Candy le dejó un besito en la mejilla que la hizo llorar, luego se retiró como un torbellino en busca de Patty.

—¡Qué emoción! Pero luego quiero que me cuentes todo con lujo de detalles. ¡Todo! ¡Absolutamente todo!

—Claro, ahora... ¿podrías comenzar con mi arreglo?

—Eh... sí. Lo primero es afeitarte esas piernas...

Era divertida y especial su relación de hermanas. Patty le ayuda aplicarse la crema de afeitar y le decía por dónde debía pasar la navaja para que no se cortara ni quedara vello.

—Esas cosas duelen.— Se quejó Candy haciendo un gesto refunfuñón.

—Sí, son incómodos, pero es para que tus dedos no se peguen y arruinen la pintura.— Le explicaba Patty con paciencia mientras le colocaba los separadores en los dedos de los pies.

—¡Candy! ¿Qué haces? No te muevas tanto... no me gusta tener que pintar las uñas nuevamente después de haber acabado.

—Lo siento... es que no puedo estar quieta tanto rato. ¿Qué haces?

—Te pongo una pegatina en forma de flor.— Le dijo pegando la pequeña flor en las uñas de los dedos anulares.

Luego de la tediosa tarea de esperar a que se le secaran las uñas, se dio un buen baño de pies a cabeza y salió de la ducha cantanto.

—¿Ya sabes qué te pondrás?

—¡Patty! ¡Qué susto! Al menos anúnciate antes.

—Jajajaja. Lo siento.

Patty comenzó a escarbar todo el armario de Candy hasta que dio con una falda de jean, un poquito más arriba de las rodillas. Luego le buscó un blusa verde con cuello de tortuga y sin mangas, la tela parecía tener escarcha y se transparentaba un poco.

—No creo que tus converse le queden bien a ese atuendo... eso quiere decir que...

—¡A buscar en el armario de Annie!— Gritaron al unísono.

Fueron allí, aprovecharon a Annie dormida y asaltaron sus zapatos, eligiendo unas sandalias de plataforma no muy altas, color crema con florecillas verdes estampadas.

—Ahora... hay que maquillarte...

Buscó también el estuche de maquillajes de Annie y Candy se dejó hacer y deshacer por Patty. La chiquilla de verdad tenía talento.

—¿Y mi pelo? ¡Dios! ¿Qué hago con toda ésta melena?

—Tranquila, Candy. No te lo voy a plachar porque tienes demasiado pelo y me tomaría un buen rato, pero... ¡Bendita sea la espuma!— Gritó con triunfo.

Candy disfrutó como una nena de la espuma que Patty le aplicaba, hasta se echó un poco en las manos por curiosidad.

—¡Como nueva!

—¡Gracias!— Candy la abrazó de súbito. Daba gusto verla tan alegre.

...

—Buenos días, señora White... vine por Candy...— Terry saludó a la señora con su mejor sonrisa, pero no fue bien recibida.

—¿Por Candy? ¿Y se puede saber con qué permiso pretende llevársela?— Terry respiró profundo.

—Bueno... pensé que ella les había informado...

—Pues nosotros no sabíamos nada...— Agregó su padre, situándose al lado de su esposa.

—Mamá, papá, ya déjenla que se vaya... él ya sabe lo que le espera si le hace algo.— Se apareció Annie caminando como pudo, con voz cansina, pero alegre por su hermana.

—Bueno, pero si a las siete de la noche no está aquí...

—¡Dios! ¡Candy! Grand está aquí.— Gritó Annie a propósito para que Candy bajara.

—¡Voy!— Se escuchó su grito alegre y un minuto después, Terry la veía descender. Hermosa, ella iba tímida, aunque no veía, era conciente de su mirada. Sin sus converse, no se veía tan aniñada, se veía como la mujercita en que se estaba convirtiendo, hermosa, así de simple.

—Grand...— Murmuró su nombre al incomodarse por el largo silencio.

—Estoy aquí, preciosa.— La tomó de ambas manos y le dio un besito casto en los labios. Se quedó mirándola fascinado, ella sonreía con timidez, sintiendo un hormigueo en el estómago.

—¿Nos vamos?

—Sí...

Los padres de Candy no quedaron muy convencidos, Patty y Annie se lanzaban miraditas cómplices, estaban alegres de ver a Candy partir tan feliz, como nunca lo fue con Neil.

—¿A dónde vamos, Grand?—Él a penas había encendido el motor.

—¿A dónde te gustaría?

—Pues... honestamente... a un lugar donde haya comida.— Se puso rojita de vergüenza, pero de verdad sus tripas rugían.

—¿Te parece Ponderosa?

—¡Sí!

Se fueron a ese lugar, una mesera los atendió en seguida. Terry la guiaba de la mano, orgulloso de ella, aunque molesto por las miradas de algunos hombres, es que Candy era realmente bella y vestida de esa forma, poco usual en ella, llamaba mucho la atención.

—Grand...

—Dime, linda.— Rozó su mano con cariño.

—¿Me veo linda...?— Preguntó con cierto temor. Ella nunca podía comprobar su apariencia, sólo se dejaba llevar por lo que sus hermanas podían hacer por ella.

—Hoy más que nunca. Eres preciosa, Candy. La verdad es que se me secó la boca cuando te vi...— Le dio un beso en los labios y ella lo deleitó con su sonrisa.

—Es que... no me habías dicho nada y Patty pasó toda la mañana arreglándome...

—Es que me dejaste sin palabras. Siempre lo haces.

—Tenía miedo de no gustarte...

—Eso sería imposible, cieguita. Además, estoy a punto de golpear a los dos mequetrefes de la mesa de al lado.— Le dijo bajito y el rostro de ella se tornó preocupado.

—¿Por qué? ¿Qué hicieron?

—No te han dejado de mirar.

—Pero eso no es tan malo... soy ciega, es inevitable que la gente me mire de esa forma...

—Candy, no te están mirando porque seas ciega, lo hacen porque estás hermosa. Eres la más hermosa de todas.

—¿Entonces? ¿Por qué es malo?

—Porque...— Respiró profundo.— Porque andas conmigo...— Le dijo con los dientes apretados.

—Oh, entiendo. Pero no importa. Yo no puedo verlos a ellos, así que los ignoro naturalmente.— La sonrisa traviesa que ella le brindó lo hizo olvidar sus celos. Rozó su nariz con la suya y le dio un par de besitos ligeros que fueron interrumpidos por la mesera que llegó con su comida.

...

—Voy a reventar...— Salieron riendo del restaurant.

—Me alegro que te haya gustado la comida.— Candy notó por primera vez en el rato que llevaban juntos que la voz de Terry guardaba cierta tristeza y que andaba algo despistado en ocasiones.

—¿Quieres ir al parque de las palomas?

—Sí...

Fueron allí y Terry le compró una bolsa de maíz para que ella alimentara las palomas, se le veía graciosa, esparciendo los granos por todas las direcciones y las palomas se le posaban hasta en la cabeza. Ella reía y Terry decidió hacerle un video con su celular.

—Ven. Antes de que alguna decida rociarte de caca.— Se la llevó a la parte donde había hierba, donde había una estatua de Abraham Lincoln, buena sombra y sobre todo, algo de privacidad. Se sentaron en un elegante banco de metal. Ella estaba recostada de su pecho, mientras que èl pasó su brazo por el hombro de ella, viendo a un par de niños volar cometas.

—Grand...

—¿Sí?

—¿Te pasa algo?— Se giró para encararlo, como si pudiera verlo.

—¿No se te escapa nada, verdad?— Le sonrió resignado, pellizcando una de sus mejillas.

—Es que... estás diferente, como ido... ¿es por mí?— Bajó la cabeza.

—Claro que no, cielo. ¿Cómo voy a estar triste por ti?

—Pero lo estás... ¿Por qué estás triste?— Tocó su cara y trató de mirarlo de frente, pero siempre sus ojitos apuntaban hacia otra parte.

—Son muchas cosas juntas, cieguita.

—Pero nunca me las cuentas, Grand y quedamos en que no habría secretos ni medias verdades entre nosotros...

—Lo sé, no me olvido. Es sólo que... no quiero arruinar nuestro paseo con mis problemas... Por el contrario, lo que quiero es que tú me hagas olvidarlos un rato.

Tomó sus labios, porque los besos que compartían tenían algo que los transportaba a otro mundo. Disfrutó de que por primera vez, ella acariciara su cabello a través de la nuca mientras lo besaba. Sus uñitas largas le hacían cosquillas.

—Te quiero...— Le susurró cuando culminaron el beso.

—Yo también te quiero mucho, Grand, pero siento que... que siempre te traes algo entre manos... que me escondes algo...

—Tengo muchos demonios dentro, Candy, te lo he dicho...

—Pero no has querido hablar de ellos...

—No es fácil, Candy, no hablo de ello con nadie...

—Pero yo soy alguien, soy tu novia...— Él volvio a exhalar otro suspiro.

—Está bien. Te lo contaré todo, pero no hoy, hoy vamos a disfrutar de éste paseo y el martes... te invito a casa a cenar y te cuento todo, ¿sí?

Ella asintió y se quedaron un rato así, en brazos del otro. A él le gustaba oler su pelo, recién lavado y lo que fuera que se hubiera aplicado en él que le daba esas ondas tan perfectas.

—Grand, ya sé que no te gusta leer, entonces... ¿qué cosas te gustan?

—Escuchar música, dibujar... me gusta también el surfing... aunque hace mucho que no lo practico...

—Surfing... ¿o sea, lo de esquiar por las olas?

—Sí... no me digas que también eres una experta en eso...—Comenzó a decir él algo incrédulo.

—No... yo nunca he ido a la playa... pero me encantaría saber lo que es...

Terry se quedó perplejo. Nunca había escuchado de nadie que no hubiese ido nunca a la playa.

—Entonces, el próximo domingo te llevaré a la playa.

—¿En serio?— Sus ojos estaban llenos de emoción.

—Siempre hablo en serio.— Le dio otro beso.

Miró el reloj y vio que ya eran las seis, debía entregar a Candy a las siete.

—Pero todavía no quiero regresar...

—Yo tampoco quisiera regresarte... quisiera que te quedaras conmigo para siempre.

—Pues róbame.— Le dijo como si fuera lo más sencillo del mundo.

—Me encantaría la idea, te secuestraría y te confinaría a una habitación tenebrosa para torturarte...—Puso voz siniestra y le comenzó hacer cosquillas.

—Ya, en serio, no quiero irme a casa...

—Pero no te pongas triste, mañana te recogeré en la escuela y el martes cenarás en casa...

—No es suficiente...

—Lo sé, pero no pongas esa carita. Te tengo una sorpresa...

—¿Vienes conmigo a casa?

—No, cieguita, no esa clase de sorpresa, pero tal vez te guste...

Le compró un sencillo juego de cadenita y aretes a juego de oro, eran corazoncitos diminutos con una piedrecilla rosa en el centro. Él mismo se las puso.

—Ya está.

—Gracias. No me las quitaré nunca.— Dijo palpando el corazoncito de su cadena.

...

El martes llegó volando. Candy llevó un pastel de manzana para la cena que tendría con Terry y su madre. La señora estaba encantada con ella, aunque de vez en cuando, mantenía sus reservas.

—Mamá... ¿dónde estabas?— Le reclamó Terry mientras ponía la mesa.

—Bajé un momento a donde Eliza. Ella... había estado en el hospital...

—¿Hospital?— Se ganó la atención de Terry, quien soltó los platos y la miró directo.

—Sí... pero ya está en casa, aunque no pinta muy bien. Pidió que vayas a verla cuando pudieras.

—Bueno, iré en otro momento...— Miró a Candy imaginando que debía sentirse incómoda por ese asunto.

La madre de Terry terminó de poner la mesa y llevar la cena. Candy y Terry se quedaron solos un momento.

—Tu madre... prefiere que sea Eliza la que esté aquí, ¿verdad?— Preguntó bajito, llena de tristeza.

—No, no es eso, mi amor. Le caes muy bien a mamá, es sólo que le tiene mucho aprecio a Eliza, su madre y ella son muy amigas, desde que ambas estaban embarazadas, ya sabes...

—Espero que algún día me pueda querer a mí de esa manera...

—Claro que sí, cieguita, no hay nada más fácil que quererte a ti.— Compartieron un beso apasionado rápido antes de que Eleanor regresara con todo listo.

—Bien, no soy la mejor cocinera, pero espero que les guste...— En ese momento tocaron a la puerta.

—Disculpen.— Eleanor se levantó para abrir. Candy se puso tensa, pensando que pudiera ser Eliza. No tenía nada en contra de ella, pero le resultaba incómoda su presencia luego de lo sucedido o el simple hecho de que ella haya sido novia de Terry.

—¿Mamá? ¿Está todo bien?— Gritó Terry al escuchar voces y que hayan pasado minutos sin que Eleanor regresara a la mesa. Como no escuchó respuesta, decidió ir a ver él mismo.

—¿Qué busca usted aquí?— Gritó con furia, haciendo que Candy brincara en su silla, aún hayándose a una distancia prudente.

—¿Qué pasa, Grand? ¿Quién es él?— Preguntó Candy acercándosele y aferrándose a él que la recibió, como si al tener su cuerpo abrazado evitara írsele encima al hombre que tenía delante.

Continuará...


¡Hola!

Espero que les haya gustado el capítulo de hoy y que hayan tenido un excelente comienzo de semana.

Gracias por comentar:

Yoruichy, Erika L, Alizzzz G, dulce lu, luz rico, zucastillo, Rose De Grandchester, Zafiro Azul Cielo 1313, norma Rodriguez, Dyta Dragon, Kary Klais, gatita, lucylu121flaks, Luisa, Dali, skarllet northman, Maride de Grand

Erika L: Me alegro de que mis historias te hayan ayudado de alguna manera a abrir tu mente de forma positiva, otras chicas me han comentado lo mismo y aunque no fue mi intención ayudar a nadie en ese aspecto, ya que resulta que son chicas me llevan al menos diez años, yo asumía que me superaban en experiencia, sólo describía escenas así por gusto, imaginación y experiencias, asumiendo incorrectamente que toda mujer adulta tienen esos conocimientos y experiencias, pero yo también he aprendido gracias a algunas que me lo han contado que no es así, tal vez el lugar de donde somos influya mucho, pues al menos aquí donde vivo, creo que ni siquiera una adolescente se sorprendería o impresionaría con las escenas que yo describo, aquí hablar de eso es como hablar del clima, por ejemplo... Pero me da mucha alegría que yo haya influenciado de forma positiva en tu vida y que hayas podido disfrutarlo desde otra perspectiva de beneficio hacia tu relación. Me alegro que ahora disfrutes a plenitud, es un derecho y un privilegio. Ahora tengo una pregunta... ¿llegaste a terminar de leer Tu mayor tentación? Jajajaja hasta la próxima, amiga.


Un beso, chicas

Wendy