Los ojos del alma

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 14 Mis demonios


Candy, vámonos...— Le insistió Archie, pero ella seguía ahí de pie, con su corazón en guerra. Ahora comprendió el olor peculiar de Terry, a sangre y sudor. Las primeras dos veces que se lo había encontrado, él venía de alguna pelea.

—Candy, sólo escúchame, por favor. Nunca hablo de mis cosas con nadie, deja que te cuente todo...

Casi llorando, Terry se le acercó poniendo las manos en los hombros de Candy, mirándola suplicante, si ella pudiera percibir su mirada, se habría rendido hace rato.

—Candy, no dejes que te envuelva otra vez...

—¿Por qué mejor no te callas? ¿No te cansas de mortificar?— Le gritó Terry a Archie perdiendo la paciencia. De no ser porque estaba molido, le habría partido la cara en ese instante.

—Claro, para que tú sigas mintiéndole, aprovechándote de ella, ¿no te da vergüenza?

—Mira, imbécil, si no sabes nada de lo que...

—¡Ya! ¡Ya me tienen harta los dos!— Ambos hicieron silencio y la miraron como dos niños reprendidos.

—¡Tú!— señaló en dirección a Archie, o al menos esa fue la intención.— Deja de tratarme como si fuera una pobre infeliz.

—Candy, no fue esa la inteción, yo...

—¡Y tú!—Señaló a Terry, no dando importancia al argumento de Archie.— ¿Por qué no me lo dijiste? Además, ¿quién te ha dicho que te voy a dejar?

—¿No me dejarás...?— Le preguntó incrédulo y asombrado.

—Bueno... aún no lo decido... ¡pero hoy mismo vas a contarme toda la verdad!— Le gritó.

—Está bien. Te voy a contar todo, te lo juro.— Puso sus manos suavemente en su cintura, respiraba grueso, pero a la vez un poco aliviado, quiso darle un beso, pero no lo creyó conveniente, además, ahí estaba Archie.

—¿Me acompañas a casa? Es para que hablemos...

—No te va acompañar a ninguna parte, Candy, ven que te dejo en tu casa.— Terry resopló, no golpeó a Archie con las pocas fuerzas que le quedaban sólo porque Candy estaba ahí y él no quería seguir perdiendo puntos con ella.

—Ya basta, Archie. Déjame encargarme de mi vida.

—Pero...

—¡Déjanos solos!— Fue Candy quien perdió la paciencia esa vez. Archie se marchó derrotado.

En silencio, Candy se montó en el auto con Terry y fueron hasta su apartamento. Al llegar, su madre no estaba, fue un buen punto para la privacidad y porque además, le vendría con el sermón de la pelea.

Se sentaron en el sofá del salón, Tery quiso buscar su cercanía, su calor, pero Candy se mantenía algo distante.

—Hago ésto desde los dieciocho. Mi vida no es fácil, Candy, sobre todo la de mi madre. Desde que tenía un añito, mi madre se quedó conmigo sola, no recibimos nunca nada por parte de mi padre y mi madre nunca le rogó ni le exigió nada. Desde que tengo memoria, sólo la he visto trabajando duro, jornadas de diez y doce horas y en algunas ocaciones, hasta dos trabajos... mi abuela, me cuidaba mientras ella trabajaba y estuvo con nosotros hasta hace cinco años, murió de un infarto fulminante... murió en mis brazos...— Terry derramó un par de lágrimas y su mirada se perdió en algún punto al recordar aquello.

—Lo siento...— Le dijo Candy, sin evitar llorar también.

—Ya pasó, no quiero que tú llores...— Le enjugó las lágrimas y le besó la frente.

—Es que... debiste sufrir mucho...

—Pero más sufrió mamá. Yo... quería ayudarla, no quería verla llegar tan tarde, tan cansada, comencé a buscar trabajo, yo quería ayudarla, pero ella se negó. Cuando perdió uno de los empleos, el dinero no alcanzaba y yo aún no conseguía trabajo. Las facturas se comenzaban acumular sobre la mesa, mamá nunca se quejaba, pero yo me daba cuenta, se iba a su habitación a llorar. Yo no pude quedarme más de brazos cruzados y fue así como entré a lo de las peleas... Cuando mamá se enteró, casi se muere y casi me mata a mí, dijo que si lo volvía hacer, me golpearía por encima de los golpes que ya tenía...

—Y no le hiciste caso...— Candy sonrió con ironía.

—No. Soy muy terco.— Le apretó la nariz y por fin se atrevió a darle un besito ligero en los labios.

—Grand...

—Dime...

—Ya no lo hagas más, por favor...— Le pidió, sus ojos estaban aguados, intentaba mirarlo de frente, sus ojos desviados siempre lo conmovían más, siempre había en ellos una necesidad tan grande, de poder verlo, de tantas cosas.

—Candy... no es así de fácil. No lo hago porque me gusta, lo hago cuando tengo que hacerlo...

—Es que... es muy peligroso. Cuando yo estuve presenciando eso, escuchaba los gritos y según Archie me decía, estabas en mucha desventaja. Pude oir cada golpe que te dieron y me sentí morir, era como... como si fuera yo que los recibiera...— Lloró angustiada y Terry se conmovió profundamente.

—No llores, cieguita. Yo estoy bien. Le gané.— Bromeó tratando de consolarla.

—Fue un milagro y lo sabes, Grand. Tuviste suerte...

—¿Ah no crees que yo pude haberlo molido? ¿Que no soy lo suficientemente fuerte?— Sacó sus bíceps y tomó la mano de Candy para que los tocara.

—Grand, lo digo en serio. Puedo entender lo que debe sentir tu madre. Es horrible, Grand. Yo no creo que ella se merezca esa angustia, ni yo tampoco...

—Lo sé, mi amor, pero entiéndeme un poquito, ¿sí?— Le dio un besito dulce y se la sentó en el regazo, tratando astutamente de envolverla.

—Te entiendo, Grand, por eso sigo aquí. Pero la entiendo también a ella y creo que sería justo que tú nos entendieras también a nosotras. Que te amamos mucho y que no soportamos que te lastimen.

—¡Ouch!— Se quejó cuando Candy le tocó la cara.

—Lo siento...— Le dijo y le besó ambas mejillas.

—También me duele aquí.— Le llevó la mano a su frente y ella se la besó.— Y también aquí.— Llevó su dedito índice a sus labios. Candy le dio un besito sonriendo.

—¿Dónde más te duele?— Le preguntó y Terry esbozó una gran sonrisa de pillo.

—Me duele todo...—Le contestó con los ojos encendidos de maldad. Ella comenzó a repartirle besos por todo el rostro y le besó los brazos fuertes, él no resistió más y comenzó a besarla a ella. Candy sobre su regazo, las manos de él en su cintura y ese beso era glorioso. La besó tanto, que se le pusieron los labios rojitos, cuando él comenzó a respirar con dificultad y a excitarse, se detuvo de pronto y se la quitó del regazo, quedando ella a su lado otra vez.

—Grand... ¿qué pasa?— Le preguntó perdida, sin saber por qué había terminado el beso y por qué la había apartado de su regazo donde tanto le gustaba estar.

—No pasa nada, mi amor. ¿Por qué?

—Me apartaste...— Él respiró profundo al ver la carita de angustia y abandono con que Candy lo miró.

—Candy... ¿sabes que yo te amo mucho, verdad?

—Sí...

—Y además de eso... también siento otras cosas... ¿entiendes?

—No...

—También te deseo. Mucho... ¿sabes a qué me refiero?

—Sí... eso creo.— Respondió con las mejillas rojitas.

—Pero yo quiero respetarte. Sé que hay cosas para las que aún no estás lista y además, has tenido malas experiencias, yo no quiero asustarte...

—Pero tú no me asustas...— Le sonrió y esa inocencia tan pura barría con todas las defensas de Terry.

—Es bueno saber que no me tienes miedo.— La besó por un segundo.— Pero estás más segura en éste sofá que encima de mí.

—Me gusta estar encima de ti...— Se le volvió acomodar en el regazo y recostó su cabeza de su pecho.

—Candy...— Suspiró y la abrazó fuerte, rogando porque su cuerpo se calmara y que por nada del mundo ella fuera a sentir lo excitado que él estaba.

—Grand...—Levantó la cabeza un momento.

—¿Sí?

—Hay otra cosa que te quiero preguntar... necesito salir de esa duda...

—Pregunta lo que quieras. No te ocultaré nada más.

—No es tan fácil... y además pienso que es absurdo, pero...

—Pregúntame.

—Vale... es que Archie me dijo que tienes antecedentes penales... que... mataste a un hombre...— Los ojos de Terry se pusieron gigantes. Su corazón latía tan fuerte que Candy podía escucharlo.

—¿Cómo se supo eso?— Preguntó entre sorprendido y molesto.

—No lo sé... creo que en internet o algo así me dijo... dime que no es cierto, Grand. Que tú no eres un asesino...—Se aferró a él muy fuerte.

—Es cierto, Candy. Lo siento...— Le confesó con un nudo en la garganta. Las lágrimas de ella cayeron de inmediato. No podía si quiera hablar por un momento.

—Grand... ¿qué clase de persona eres? ¿Quién eres?— Le preguntó con pocas fuerzas y apartándose de su regazo, destruyéndolo.

—Candy, no es lo que piensas. Ese desgraciado merecía morirse, aunque no fue mi intención matarlo.

—Pero lo hiciste...

—Escúchame primero y después me juzgas.— Le pidió llorando y secándole a ella sus propias lágrimas una vez más.

—Hace tres años, cuando yo a penas comenzaba la universidad, al salir de clases, no me fui directo a casa, sino que me fui con Eliza para aquél entonces por ahí, era jueves. Ya era tarde para cuando decidí regresar a casa. Caminando, ya había llegado hasta el callejón, ese en que me encontré contigo por primera vez. Escuchaba gritos, un hombre lanzando improperios a lo que asumí que la discusión o lo que fuera que estaba ocurriendo, era contra una mujer. Cuando me acerqué más, pude comprobar que era un hombre forzando a una mujer y ella trataba de quitárselo de encima, recuerdo que él... la golpeó en el rostro para que ella dejara de resistirse. Cuando me acerqué más para intervenir... vi que esa mujer era mi madre...

Había mucha rabia en su voz, los ojos de Candy se abrieron mucho y no podía dejar de llorar al recordarse a sí misma y el infierno que vivió con Neil.

—Un odio inmenso de apoderó de mí. Mi madre es la persona que yo más amo en ésta tierra y por ella yo mataría una y mil veces. Le quité a ese maldito de encima y lo comencé a golpear con todas mis fuerzas, ni siquiera pensaba, sólo lo golpeaba, sin descanso. Recuerdo que mi madre me suplicaba que lo dejara, pero la ira me había cegado, no podía dejar de golpearlo, no sé por cuánto tiempo fue, el caso es que... el tipo dejó de moverse y mi madre estaba muy asustada y yo también. Llamamos a una ambulancia y para colmo, la policía llegó en ese momento. El tipo estaba muerto... me llevaron detenido... aún recuerdo los gritos desgarradores de mi madre cuando me esposaron y me llevaron.

Terry tuvo que hacer una pausa, recordar esos sucesos aún le afectaban mucho.

—¿Y qué pasó, Grand?

—Resultó que al tipo lo llevaban buscando desde hacía unos años, había violado a muchas mujeres, hasta en otros estados y algunas víctimas las había ultrajado en más de una ocasión. Cerca de ese callejón había un negocio y la cámara de afuera captó un poco de lo sucedido, ganamos el juicio alegando defensa propia. Pero aún así... fueron las horas más negras de mi vida, Candy.

Candy lo abrazó más fuerte y como si fuera posible, se enamoró mucho más de ese joven que le había robado el corazón desde el primer momento con esa ternura agresiva que desprendía, algo que iba más allá de la química y que los empujaba a estar juntos sin explicación.

—Lo siento tanto, Grand. Perdón por haberte juzgado, es que yo... ya me habían lastimado mucho y no soportaba pensar que tú tampoco fueras quien yo había creído.

—No tengo nada que perdonarte. Fui yo quien debió hablarte claro desde el principio. Yo te amo mucho, Candy. Aún con todo lo malo que tengo, lo que quiero es cuidarte y que... que me cuides porque a veces yo también lo necesito.— La apretó contra sí.

—Claro que te voy a cuidar, pero necesito que me prometas algo.— Terry ya se imaginaba lo que ella le pediría.

—Candy, no me vayas a pedir que...

—Por favor... prométeme que ya no pelearás más.

—Candy, tengo que hacerlo... algunas veces no me queda más que...

—Hazlo por mí y por tu mamá... si tanto nos amas...

—Eso no es justo, Candy.

—No soporto que sufras ni que te peguen, por favor, prométemelo...

—Está bien, te lo prometo...— Terry pensó que sería un gran esfuerzo y esperaba poder cumplirlo.

—Ya lo prometiste, Grand, si me entero que...

—Procuraré que no te enteres...

—¡Grand!

—¡Ouch! Está bien. No pelearé más, pero ten cuidado.

—¿Te duele mucho, verdad?— Pasó sus dedos por lo suave de su pelo.

—¿Te digo la verdad? Pensé que no la iba a contar.

—Por eso es que no quiero que lo hagas más. Ahora yo te cuido.

Terry no supo si fue esa expresión tan hermosa e inocente de su cara o si fue esa adoración con que ella siempre lo miraba sin verlo, pero volvió a besarla con mucho amor, con un sentimiento puro, con mucha pasión y ganas. La dejó a horcajadas sobre él, sólo envuelto en su boca inocente y ambos se dejaban llevar por ese amor tan grande y sin pretenciones.

—Te amo...— Le dijo con la voz ahogada, perdido en sus labios. Ella se sentía en la gloria cada vez que estaba en sus fuertes brazos, sus labios explorándola, inventando siempre nuevos besos, nuevas formas de acariciarle el alma.

—¡Terry!— Los sorprendió Eleanor al verlos tan acaramelados. Candy se espantó y se puso roja de vergüenza, intentó incorporarse, Terry permaneció muy sereno y puso los ojos en blanco.

—Buenas noches, mamá. ¿Qué tal el trabajo?— Le preguntó con su sonrisa sarcástica.

—Me fue bien... ¡Dios! ¡Otra vez!— Soltó su bolso y se dirigió a Terry y se puso a examinarlo como un niño.

—Estoy bien, mamá...—Dijo suspirando y nuevamente puso los ojos en blanco.

—¿Cómo vas a estar bien? A penas puedes abrir los ojos y... ¡mira tu cara!

—Sí, ya sé que mi hermosura impresiona, pero...

—¡No estoy jugando, Terry!

—¡Qué genio! ¿Has visto, Candy?— Candy aún estaba avergonzada y no decía ni pío.

Eleanor fue por el botiquín para desinfectar las heridas de Terry.

—Grand... creo que es mejor que me vaya...

—Yo te llevo. Sólo deja que mi madre haga su numerito de enfermera y nos vamos...

—No... tú necesitas descansar, pídeme un taxi.

—Candy, he dicho que yo te llevo.

—Pero es que...

—Yo te llevaré a casa.— Le dijo tajante y ella puso un cara de enojo que valía un millón. En eso volvió Eleanor con el botiquín.

—Mamá, espérate... ¿qué haces?— Terry huía de Eleanor y el alcohol, Candy no podía creer que aguantara esos golpes y que le tuviera miedo a que su madre lo curara.

—Desinfectándote. Además, deberías darte un baño, hueles a perro lloviznado.

—Uy sí, ¿te molesta mi olor a macho?—La abrazó fuerte a propósito y la estrujó contra él, Candy imaginaba la escena y se reía.

—¡Terry! Me has hecho derramar el alcohol...

—¡Gracias a Dios! Vámonos, Candy.

—Pero... no te he terminado de curar...

—El tiempo es oro.

Le dio un beso en la mejilla y se marchó con Candy.

...

El domingo llegó volando. Terry tenía todo listo para llevar a Candy a la playa por primera vez. Estaba buscando la neverita y verificando que no faltara nada, ese día prometía mucho.

—Terry, espera el desayuno, ¡Dios! No comprendo tu apuro.— Lo regañó su madre.

—Quiero encontrar un buen lugar en la playa, mamá. No quiero llegar cuando no quepa ni un alma o no haya estacionamiento.

—¡Bien! Pero desayuna primero.— Resignado, se sentó y desayunó.

—Nos vemos, mamá.

Cuando se dirigió a la puerta, al abrirla, se topó con la persona que ni en sus más locos sueños esperaba ver.

—¿Usted?

—Buenos días... ¿Terruce, verdad?

—¿Quién es ésta mujer, Terry?— Eleanor se colocó junto a Terry y miró con desconfianza a la mujer baja y rellenita que estaba ante ella.

—Soy Margareth, la esposa de Richard...

Continuará...


¡Hola! Espero que éste capítulo revelador les haya gustado. Bueno, ha sido un milagro el poder escribir hoy, hace dos días que me comenzó la chikungunya, para las que no conocen esta enfermedad, es parecida al dengue, se transmite por el mismo mosquito, pero es mucho más fuerte y tengo momentos en los que pongo realmente mal, especialmente por las noches y madrugadas, las fiebres son altas, da dolor en los huesos y coyonturas y para rematar, te sale una alergia en todo el cuerpo y quieres arrancarte la piel rascándote, es horrible y no se lo deseo a nadie :'(

Bueno, gracias por comentar:

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Un beso y hasta pronto,

Wendy